Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Génesis 24: comentario de Juan Calvino

Génesis 24:1

1. Y Abraham era viejo. Moisés pasa a la relación del matrimonio de Isaac, porque, en efecto, Abraham, viéndose agobiado por la vejez, quiso cuidar de que su hijo no tomara esposa en la tierra de Canaán. En este lugar Moisés describe expresamente a Abraham como un anciano, para que aprendamos que su misma edad le había amonestado a buscar esposa para su hijo; porque la vejez misma, que a lo más no está lejos de la muerte, debe inducirnos a ordenar de tal modo los asuntos de nuestra familia que, cuando muramos, se conserve la paz entre nuestra posteridad, florezca el temor del Señor y prevalezca un orden rectamente constituido. La vejez de Abraham estaba todavía verde, como veremos después; pero cuando contó sus propios años consideró que era tiempo de velar por el bienestar de su hijo. Los hombres irreligiosos, en parte porque no tienen el matrimonio en bastante honra, en parte porque no consideran la importancia que se atribuye especialmente al matrimonio de Isaac, se maravillan de que Moisés, o más bien el Espíritu de Dios, se ocupe de asuntos tan menudos; pero si tenemos la reverencia debida al leer las Sagradas Escrituras, entenderemos fácilmente que aquí nada es superfluo: pues cuanto menos pueden persuadirse los hombres de que la Providencia de Dios se extiende a los matrimonios, tanto más insiste Moisés en este punto. Principalmente, sin embargo, quiere enseñar que Dios honró a la familia de Abraham con especial consideración, porque de ella había de brotar la Iglesia. Pero será mejor tratar cada cosa por su orden.

Génesis 24:2

2. Y dijo Abraham a su siervo, el más viejo. Abraham cumple aquí el deber común de los padres, afanándose y preocupándose por la elección de esposa para su hijo; pero mira algo más lejos; pues, como Dios lo había separado de los cananeos por un pacto sagrado, teme con razón que Isaac, uniéndose en parentesco con ellos, se sacuda el yugo de Dios. Algunos suponen que las costumbres depravadas de aquellas naciones le desagradaban tanto que pensaba que el matrimonio de su hijo resultaría infeliz si tomaba esposa de entre ellas. Pero la razón especial era, como he dicho, que no quería permitir que su propia raza se mezclara con la de los cananeos, a quienes sabía ya divinamente destinados a la destrucción; más aún, puesto que sobre su ruina había de ser puesto en posesión de la tierra, se le mandó tratarlos con desconfianza como a enemigos perpetuos. Y aunque había habitado entre ellos tranquilamente por un tiempo, no podía tener descendencia común con ellos sin confundir cosas que, por mandato de Dios, habían de mantenerse distintas. De ahí que quisiera que tanto él como su familia conservaran íntegra esta separación.

Pon ahora tu mano. Es bastante obvio que esta era una forma solemne de jurar; pero si Abraham la había introducido por primera vez o la había recibido de sus padres, se ignora. La mayor parte de los escritores judíos declaran que Abraham fue su autor, porque, en su opinión, esta ceremonia tiene la misma fuerza que si su siervo hubiera jurado por la santidad del pacto divino, ya que la circuncisión estaba en esa parte de su persona. Pero los escritores cristianos conciben que la mano se ponía debajo del muslo en honor de la simiente bendita. Con todo, puede ser que estos primeros padres tuvieran en vista algo diferente; y hay entre los judíos quienes afirman que era señal de sujeción cuando el siervo juraba sobre el muslo de su amo. La opinión más plausible es que los antiguos juraban de este modo por Cristo; pero como no sigo de buena gana conjeturas inciertas, dejo la cuestión sin decidir. No obstante, la última suposición me parece la más sencilla: a saber, que los siervos, cuando juraban fidelidad a sus señores, solían testificar su sujeción con esta ceremonia, sobre todo porque dicen que esta práctica se observa todavía en ciertas partes del Oriente. Que no era un rito profano que restara algo a la gloria de Dios lo inferimos de que se interpone el nombre de Dios. Es verdad que el siervo puso su mano debajo del muslo de Abraham, pero es conjurado por Dios, Creador del cielo y de la tierra; y este es el método sagrado de conjuración, por el cual Dios es invocado como testigo y juez; pues este honor no puede transferirse a otro sin hacer afrenta a Dios. Además, se nos enseña, por el ejemplo de Abraham, que no pecan quienes exigen un juramento por causa lícita; porque esto no se cuenta entre las faltas de Abraham, sino que se registra para su particular alabanza. Ya se ha mostrado que el asunto era de la mayor importancia, puesto que se emprendía para que el pacto de Dios se ratificara entre su posteridad. Fue, pues, impulsado por justas razones a proveer con suma ansiedad al cumplimiento de su objeto, tomando juramento a su siervo; y sin duda el carácter y aun la virtud de Isaac eran tan notorios que, además de sus riquezas, tenía tales dotes de espíritu y de persona que muchos desearían ardientemente emparentar con él. Su padre teme, pues, que después de su propia muerte los habitantes de la tierra cautiven a Isaac con sus halagos. Ahora bien, aunque Isaac ha resistido hasta ahora con firmeza aquellos halagos, cuyos lazos pocos jóvenes eluden, Abraham teme todavía que, por vergüenza y por temor de ofender, sea vencido. El santo varón quiso anticiparse a estos y semejantes peligros cuando obligó a su siervo a la fidelidad interponiendo un juramento; y puede ser que también alguna necesidad secreta lo impulsara a tomar este camino.

Génesis 24:3

3. Que no tomarás esposa. Aquí se ve la clase de disciplina que prevalecía en la casa de Abraham. Aunque este hombre no era sino un siervo, con todo, por haber sido puesto en autoridad por el amo de la familia, su condición servil no le impidió ser el siguiente en autoridad a su señor; de modo que el mismo Isaac, heredero y sucesor de Abraham, se sometía a su dirección. A tal punto prevalecieron la autoridad de Abraham y la reverencia hacia él que, cuando puso a un siervo en su lugar, hizo que este siervo, por su mera voluntad o palabra, ejerciera un poder que otros amos de familia encuentran difícil retener para sí. Es también evidente la modestia de Isaac, que se dejó gobernar por un siervo; pues habría sido en vano que Abraham contrajera compromisos con su siervo si no hubiera estado persuadido de que su hijo se mostraría sumiso y dócil. Aquí aparece cuán gran veneración tenía hacia su padre, porque Abraham, confiando en la obediencia de Isaac, llama con seguridad a su siervo. Ahora bien, este ejemplo debe ser tomado por nosotros como regla común, para mostrar que no es lícito a los hijos de familia contraer matrimonio sino con el consentimiento de los padres; y ciertamente la equidad natural dicta que, en un asunto de tanta importancia, los hijos dependan de la voluntad de sus padres. ¡Cuán detestable es, pues, la barbarie del Papa, que ha osado romper este sagrado vínculo! Por eso ha de refrenarse la lascivia de los jóvenes, para que no contraigan temerariamente nupcias sin consultar a sus padres.

Génesis 24:4

4. Sino que irás a mi tierra y a mi parentela. Parece que, en la elección del lugar, Abraham se guiaba por el pensamiento de que una mujer vendría de allí con más gusto para casarse con su hijo, cuando supiera que iba a casarse con uno de su misma raza y país. Pero como después se dice que el siervo llegó a Padan-aram, algunos infieren de ello que Mesopotamia era la tierra de Abraham. La solución de esta dificultad, sin embargo, es fácil. Sabemos que Mesopotamia no era solo la región comprendida entre el Tigris y el Éufrates, sino que una parte de Caldea estaba también comprendida en ella; pues los escritores profanos sitúan a menudo allí a Babilonia. El nombre hebreo significa simplemente «Siria de los ríos». Dan el nombre de Aram a aquella parte de Siria que, comenzando cerca de Judea, abarca Armenia y otras extensas regiones, y llega casi hasta el mar Euxino. Pero cuando designan especialmente aquellas tierras bañadas o atravesadas por el Tigris y el Éufrates, añaden el nombre «Padan»: pues sabemos que Moisés no hablaba científicamente, sino en estilo popular. Como, sin embargo, relata después que Labán, hijo de Nacor, habitaba en Harán (Gn 29:4), me parece probable que Nacor, que se había quedado en Caldea porque le sería molesto dejar su suelo natal, con el tiempo cambió de parecer, ya porque la piedad filial lo obligó a atender a su padre decrépito y declinante, ya porque había sabido que podía tener allí un hogar tan cómodo como en su propia tierra. Ciertamente, por el capítulo once, Génesis 11:1, se ve que no había migrado al mismo tiempo que su padre.

Génesis 24:5

5. Y el siervo le dijo. Como no pone objeción alguna respecto de Isaac, podemos conjeturar que estaba tan plenamente persuadido de su integridad que no dudaba de su conformidad con la voluntad de su padre. Debemos admirar también el escrúpulo religioso del hombre, pues no hace un juramento temerariamente. Lo que pertenecía al cumplimiento fiel y diligente de su propio deber podía prometerlo lícitamente bajo la sanción de un juramento; pero como la consumación del asunto dependía de la voluntad de otros, aduce con propiedad y sabiduría esta excepción: «Quizá la mujer no querrá seguirme».

Génesis 24:6

6. Guárdate de volver allá a mi hijo. Si la mujer no se hallara dispuesta, Abraham, encomendando el desenlace a Dios, se atiene firmemente al punto principal: que su hijo Isaac no volviera a su tierra, porque de este modo se habría privado de la herencia prometida. Prefiere, pues, vivir por esperanza, como extranjero, en la tierra de Canaán, antes que reposar entre sus parientes en su suelo natal; y así vemos que, en asuntos perplejos y confusos, el ánimo del santo varón no fue desviado del mandato de Dios por ningún cuidado agitador; y se nos enseña, por su ejemplo, a seguir a Dios a través de todo obstáculo. Sin embargo, después declara que espera cosas mejores. Con tales palabras confirma la confianza de su siervo, para que, esperando con mayor presteza un desenlace próspero, se preparara para el viaje.

Génesis 24:7-9

7. El Señor, Dios de los cielos. Con un doble argumento infiere Abraham que lo que delibera acerca del matrimonio de su hijo tendrá, por la gracia de Dios, un desenlace próspero. Primero, porque Dios no lo había sacado en vano de su propia tierra a una tierra extraña; y segundo, porque Dios no había prometido falsamente dar a su descendencia la tierra en que habitaba como extranjero. Podía también con razón confiar en que su designio tendría éxito, porque lo había emprendido solo por la autoridad y, por así decirlo, bajo los auspicios de Dios; pues fue su exclusiva consideración a Dios la que apartó su mente de las hijas de Canaán. Puede pensarse, sin embargo, que infirió sin razón que Dios daría a su hijo una esposa de aquella tierra y parentela a la que él mismo había dicho adiós. Pero como había dejado a sus parientes solo por mandato divino, espera que Dios incline sus ánimos a serle propicios y favorables. Entretanto concluye, por las bondades pasadas de Dios, que su mano no le faltaría en el presente negocio; como si dijera: «Yo, que por mandato de Dios dejé mi tierra y he experimentado su continua ayuda en mi peregrinación, no dudo de que él será también el guía de tu viaje, porque es confiando en su promesa que te impongo este encargo». Describe luego el modo en que se concedería la ayuda: a saber, que Dios enviaría su ángel; pues sabía que Dios ayuda a sus siervos por el ministerio de los ángeles, de lo cual había recibido ya muchas pruebas. Al llamar a Dios el Dios del cielo, celebra aquel poder divino que era el fundamento de su confianza.

Génesis 24:10-11

10. Y el siervo tomó diez camellos. Se lleva consigo los camellos para probar que Abraham es hombre de gran riqueza, a fin de conseguir con más facilidad lo que desea. Pues ni una muchacha de corazón abierto se dejaría llevar fácilmente a una región lejana, si no era con la condición propuesta de ser provista de las comodidades de la vida. El destierro mismo es bastante triste, sin la pobreza como compañera. Por tanto, para que la doncella no se espantara ante el temor de la escasez, sino que más bien se viera invitada por la perspectiva de la abundancia, carga diez camellos de regalos, para dar prueba suficiente a los habitantes de Caldea de la opulencia doméstica de Abraham. Lo que sigue, a saber, que «todos los bienes de su señor estaban en su mano», algunos de los hebreos lo explican impropiamente como que el siervo llevó consigo una relación de toda la riqueza de Abraham, descrita y atestiguada en documentos escritos. Es más bien la razón del hecho que podría parecer improbable: que el siervo asumiera para sí tanto poder. Por eso Moisés, habiendo dicho que un hombre que no era sino siervo partió de viaje con tan suntuoso y espléndido equipaje, añade enseguida que lo hizo por propia iniciativa, porque tenía en su mano todos los bienes de Abraham. Al decir que llegó a la ciudad de Nacor, no menciona ni el nombre de la ciudad ni la parte de Caldea, o de otra región, donde habitaba, sino que dice solo, en términos generales, que llegó a «Siria de los ríos», término sobre el cual he dicho algo arriba.

Génesis 24:12-14

12. Oh Señor, Dios de mi amo Abraham. El siervo, desprovisto de consejo, recurre a la oración. Con todo, no pide simplemente consejo al Señor, sino que ruega también que la doncella destinada a ser esposa de Isaac le sea traída con cierta señal, por la cual pudiera colegir que le era presentada divinamente. Es evidencia de su piedad y fe que, en un asunto de tal perplejidad, no se desconcierta como atónito, sino que prorrumpe en oración con ánimo sereno. Pero el método que usa parece apenas compatible con la verdadera regla de la oración. Porque, primeramente, sabemos que nadie ora rectamente si no somete sus propios deseos a Dios. Por eso nada es más inconveniente que prescribir algo a Dios por nuestra propia voluntad. ¿Dónde está, entonces, se preguntará, la religión del siervo, que, según su propio gusto, impone una ley a Dios? En segundo lugar, no debe haber nada ambiguo en nuestras oraciones; y la certeza absoluta ha de buscarse solo en la Palabra de Dios. Ahora bien, como el siervo prescribe a Dios qué respuesta ha de darse, parece apartarse culpablemente de la modestia propia de la oración; porque, aunque no se le había dado promesa alguna, desea sin embargo ser asegurado plenamente acerca de todo el asunto. Dios, sin embargo, al atender su deseo, prueba por el desenlace que le fue agradable. Debemos saber, pues, que aunque no se había hecho en el momento una promesa especial, el siervo no oraba temerariamente ni según la concupiscencia de la carne, sino por el impulso secreto del Espíritu. Además, la ley general por la que están obligados todos los piadosos no impide al Señor, cuando determina dar algo extraordinario, dirigir hacia ello las mentes de sus siervos; no para apartarlos de su palabra, sino solo para hacerles alguna concesión peculiar en su modo de orar. La suma de la oración que tenemos delante es esta: «Oh Señor, si se presenta una doncella que, al pedirle yo de beber, lo ofrezca también con bondad y cortesía a mis camellos, buscaré en ella una esposa para mi amo Isaac, como si tú la hubieras puesto en mis manos». Parece, en verdad, que se aferra a alguna conjetura dudosa; pero como descansa en la Providencia de Dios, está ciertamente persuadido de que esta señal equivaldrá para él a un oráculo, porque Dios, que es el guardián de su empresa, no permitirá que yerre. Entretanto, es digno de notarse que no busca la señal de reconocimiento de lejos, sino que la toma de algo presente; pues la que sea tan humana con un huésped desconocido dará, por ese mismo acto, prueba de una excelente disposición. Esta observación puede servir para impedir que los hombres curiosos aduzcan este ejemplo como precedente de vanos pronósticos. En las palabras mismas han de notarse los siguientes particulares: primero, que se dirige al Dios de su amo Abraham; no por ser él mismo extraño al culto de Dios, sino porque el asunto de que se trata depende de la promesa hecha a Abraham. Y en verdad no tenía confianza en la oración por ninguna otra fuente que no fuera el pacto en que Dios había entrado con la casa de Abraham. La expresión «dame hoy el tener buen encuentro», Jerónimo la traduce: «sal, te ruego, hoy a mi encuentro». Pero el verbo es transitivo, y el siervo de Abraham da a entender con su uso que los asuntos de los hombres estaban de tal modo ordenados por el consejo y la mano de Dios que su desenlace no era fortuito; como si dijera: Oh Señor, en vano miraré a un lado y a otro; en vano procuraré alcanzar el éxito con mi propio trabajo, industria y diversas trazas, si tú no diriges la obra. Y cuando añade enseguida: haz misericordia con mi amo, da a entender que en esta empresa no descansa en nada sino en la gracia que Dios había prometido a Abraham.

Génesis 24:15-20

15. Antes que él terminara de hablar. Lo que sigue demuestra suficientemente que su deseo no había sido concebido con ligereza. Porque la rapidez de la respuesta manifiesta la extraordinaria bondad de Dios, que no permite que el hombre sea atormentado por mucho tiempo con la ansiedad. Rebeca, en efecto, había salido de su casa antes de que él comenzara a orar; pero hay que sostener que el Señor, en cuyas manos están tanto los momentos del tiempo como los caminos del hombre, lo había dispuesto así por ambas partes para dar una clara manifestación de su providencia. Pues a veces nos mantiene más tiempo en suspenso, hasta que, cansados de orar, podemos parecer haber perdido nuestro trabajo; pero en este asunto, para que su bendición no pareciera dudosa, intervino de repente. Lo mismo sucedió también a Daniel, a quien el ángel se le apareció antes de que concluyera su oración (Dn 9:21). Ahora bien, aunque con frecuencia sucede que, a causa de nuestra pereza, el Señor retrasa el concedernos lo que pedimos, en tales casos nos conviene que lo que pedimos sea diferido. Entretanto, él ha demostrado abierta y claramente, con ejemplos indiscutibles, que aunque el resultado no responda de inmediato a nuestros deseos, las oraciones de su pueblo nunca son vanas; más aún, su propia declaración de que, antes que clamen, él se acuerda de sus necesidades, se cumple invariablemente (Is 65:24).

Génesis 24:21

21. Y el hombre, maravillado de ella, callaba. Este asombro del siervo de Abraham muestra que tenía alguna duda en su ánimo. Se está preguntando en silencio dentro de sí si Dios haría prosperar su viaje. ¿No tenía, entonces, confianza alguna acerca de aquella dirección divina, de la cual había recibido la señal o prenda? Respondo que la fe nunca es tan absolutamente perfecta en los santos que impida la aparición de muchas dudas. No es, pues, absurdo suponer que el siervo de Abraham, aunque se encomendaba en general a la providencia de Dios, vacila sin embargo y se agita en medio de una multitud de pensamientos contrarios. Además, la fe, aunque pacifica y serena el ánimo de los piadosos, de modo que esperan pacientemente a Dios, no los libra por ello de toda inquietud; porque es necesario que la paciencia misma sea ejercitada con una espera ansiosa hasta que el Señor cumpla lo que ha prometido. Pero aunque esta vacilación del siervo de Abraham no estaba libre de culpa, por cuanto procedía de la debilidad de la fe, es sin embargo excusable por esto: que no volvió sus ojos hacia otra parte, sino que solamente buscó en el suceso una confirmación de su fe, para percibir que Dios estaba con él.

Génesis 24:22-25

22. El hombre tomó un pendiente de oro. El que adornara a la joven con preciosos ornamentos es señal de su confianza. Porque como es evidente por muchas pruebas que era un siervo honrado y cuidadoso, no habría malgastado sin discreción los tesoros de su amo. Sabe, pues, que estos regalos no estarán mal empleados; o, al menos, confiando en la bondad de Dios, los da con fe, como arras del matrimonio futuro. Pero se puede preguntar si Dios aprueba adornos de esta clase, que pertenecen no tanto al aseo como a la ostentación. Respondo que las cosas que se relatan en la Escritura no siempre son dignas de imitarse. Todo lo que el Señor manda en términos generales ha de tenerse por regla inflexible de conducta; pero apoyarse en ejemplos particulares no solo es peligroso, sino incluso necio y absurdo. Ahora bien, sabemos cuán desagradables son a Dios no solo la ostentación y la ambición en el adorno del cuerpo, sino toda clase de lujo. Para librar el corazón de la codicia interior, él condena aquel esplendor inmoderado y superfluo, que encierra en sí muchos atractivos para el vicio. ¿Dónde, en efecto, se halla la pura sinceridad de corazón bajo adornos suntuosos? Ciertamente todos reconocen que esta virtud es rara. No nos corresponde, sin embargo, prohibir expresamente toda clase de adorno; pero como todo lo que excede del uso frugal de tales cosas está manchado con algún grado de vanidad, y sobre todo porque la codicia de las mujeres es en este punto insaciable, se ha de cultivar, hasta donde sea posible, no solo la moderación, sino incluso la abstinencia. Además, la ambición se introduce silenciosamente, de modo que el adorno algo excesivo de la persona pronto estalla en desorden. En cuanto a los pendientes y brazaletes de Rebeca, así como no dudo que eran de los que usaban los ricos, también la rectitud de aquella época permitía usarlos con parquedad y frugalidad; y con todo no excuso la falta. Este ejemplo, sin embargo, ni nos ayuda ni alivia nuestra culpa si por tales medios excitamos e inflamamos continuamente esos deseos depravados que, aun cuando se retiren todos los incentivos, es sumamente difícil refrenar. Las mujeres que desean brillar con oro buscan en Rebeca un pretexto para su corrupción. ¿Por qué, entonces, no se conforman del mismo modo a aquella vida austera y a aquel trabajo rústico a que ella se dedicaba? Pero, como acabo de decir, se engañan quienes imaginan que los ejemplos de los santos pueden amparar su conducta contra la ley común de Dios. Si alguien objetara que es contrario al pudor de una doncella virtuosa y casta recibir pendientes y brazaletes de un hombre que era extraño y a quien nunca antes había visto, respondo, en primer lugar, que puede ser que Moisés pase por alto mucha conversación sostenida por ambas partes, por la cual es probable que ella fuera inducida a atreverse a recibirlos. Puede ser también que relate primero lo que fue último en el orden. Pues luego sigue en el contexto que el siervo de Abraham preguntó de quién era hija. Debemos también tener en cuenta la sencillez de aquella época. ¿De dónde viene que no fuera deshonroso para una joven salir sola de la ciudad, sino de que entonces las costumbres de los hombres no requerían una guardia tan severa para la conservación del pudor? En efecto, se ve por el contexto que los adornos no le fueron dados con un propósito deshonroso, sino que se ofrece una parte a los padres para facilitar el contrato de matrimonio. Los intérpretes no están de acuerdo acerca del valor de los presentes. Moisés estima los pendientes en medio siclo y los brazaletes en diez siclos. Jerónimo, en lugar de medio siclo, lee dos siclos. Yo entiendo que el sentido genuino es que los brazaletes valían diez siclos y el adorno frontal o pendientes la mitad de esa suma, o cinco siclos. Porque, como después de la palabra בקע (bekah) no se añade nada, se refiere al número mayor. De otro modo no habría aquí una proporción adecuada entre los brazaletes y los adornos de la cabeza. Además, si tomamos el siclo por cuatro dracmas áticas, el valor es insignificante; por tanto, pienso que se indica el peso del oro, lo cual hace la suma mucho mayor que la pieza de moneda llamada siclo.

Génesis 24:26-27

26. Y el hombre se inclinó. Cuando el siervo de Abraham oye que había dado con la hija de Betuel, se eleva más y más con la esperanza. Sin embargo, no se regocija como suelen hacerlo los hombres profanos, como si el suceso fuera fortuito, sino que da gracias a Dios, considerando como resultado de la providencia el haber sido guiado así, oportunamente, derecho al lugar que deseaba. No se jacta, pues, de su buena suerte, sino que declara que Dios había obrado con bondad y fidelidad con Abraham; o, en otras palabras, que, por su propia misericordia, Dios había sido fiel en cumplir sus promesas. Es verdad que la misma forma de hablar se aplica a las personas presentes, como sigue poco después en el mismo capítulo (Gn 24:49):

«Si vosotros hacéis misericordia y verdad con mi señor, declaradmelo».

Pero el lenguaje es peculiarmente apropiado al carácter de Dios, tanto porque confiere gratuitamente favores a los hombres y está especialmente inclinado a la benevolencia, como porque, al no frustrar nunca su esperanza, se muestra fiel y veraz. Esta acción de gracias nos enseña, por tanto, a tener siempre ante nuestros ojos la providencia de Dios, para atribuirle todo lo que nos sucede prósperamente.

Génesis 24:28-32

28. Y la joven corrió e hizo saber en casa de su madre. Es posible que la madre de Rebeca ocupara una casa aparte; no porque tuviera una familia separada de la de su marido, sino para tener bajo su propia custodia a sus hijas y doncellas. Sin embargo, la expresión puede explicarse más sencillamente en el sentido de que ella fue directamente a la habitación de su madre, porque podía contarle el asunto más fácilmente a ella que a su padre. Es también probable que, cuando Betuel fue informado del hecho por el relato de su esposa, ambos enviaran a su hijo Labán a introducir al forastero. Otras explicaciones son innecesarias.

Génesis 24:33-49

33. No comeré hasta que haya dicho mi mensaje. Moisés comienza a mostrar por qué medios los padres de Rebeca fueron inducidos a darla en matrimonio a su sobrino. Que el siervo, cuando le pusieron comida delante, rehusara comer hasta haber cumplido su encargo, es una prueba de su diligencia y fidelidad; y con razón puede considerarse como uno de los beneficios que Dios había concedido a Abraham el tener un siervo tan fiel y tan atento a su deber. Pero como esto era el fruto de la santa disciplina que Abraham mantenía, no debemos admirarnos de que se hallen muy pocos siervos así, viendo que en todas partes están tan mal gobernados.

Además, aunque el siervo parece tejer una historia superflua, no hay en ella nada que no sirva a su propósito inmediato. Sabía que es un sentimiento naturalmente inherente a los padres no enviar de buen grado a sus hijos lejos. Por eso recuerda primero las riquezas de Abraham, para que no vacilaran en unir a su hija con un marido tan rico. En segundo lugar, explica que Isaac nació de su madre en la vejez; no meramente para informarles de que había sido dado milagrosamente a su padre, de donde podrían inferir que había sido divinamente destinado a esta grandeza y eminencia, sino para que se añadiera un encomio más por razón de la edad de Isaac. En tercer lugar, afirma que Isaac sería el único heredero de su padre. En cuarto lugar, relata que había sido obligado con juramento a buscar esposa para su amo Isaac entre sus propios parientes; esta elección especial de parte de Abraham era muy eficaz para moverlos a consentir. En quinto lugar, declara que Abraham, plenamente confiado en que Dios sería el guía de su viaje, le había encomendado todo el asunto. En sexto lugar, declara que todo lo que había pedido en oración lo había obtenido del Señor; de donde se veía que el matrimonio del que iba a tratar era conforme a la voluntad de Dios. Vemos ahora el propósito de su narración: primero, persuadir a los padres de Rebeca de que no había sido enviado para engañarlos, que no había obrado con astucia ni con rodeos en nada, sino en el temor del Señor, como lo exige la obligación religiosa del matrimonio. Segundo, que no deseaba nada que no les fuera provechoso y honroso. Y por último, que Dios había sido el director de todo el asunto.

Además, puesto que el siervo de Abraham, aunque persuadido de que el ángel de Dios sería el guía de su viaje, no dirige sin embargo a él ni sus oraciones ni sus acciones de gracias, podemos aprender de aquí que los ángeles no han sido constituidos ministros de Dios para nosotros en el sentido de que debamos invocarlos, o de que ellos tomen para sí el culto debido a Dios; superstición que prevalece en casi todo el mundo hasta tal punto que los hombres desvían una parte de su fe de la única fuente de todo bien hacia los arroyuelos que de ella fluyen. La cláusula el Señor, en cuya presencia yo he andado (Gn 24:40), que algunos refieren a la probidad y buena conciencia de Abraham, prefiero explicarla como aplicada a la fe, por la cual puso a Dios delante de sí como el gobernador de su vida, confiando en que era objeto del cuidado de Dios y dependía de su gracia.

Si vosotros hacéis misericordia. Hace poco he expuesto el sentido de esta expresión; a saber, obrar con humanidad y buena fe. Así les pide con modestia y suplicante que consientan en el matrimonio de Isaac y Rebeca: si encontrara de su parte una negativa, dice, irá a la derecha o a la izquierda; es decir, buscará en otra parte. Porque pone la derecha y la izquierda en contraste con el camino recto por el cual había sido conducido hasta ellos. Es, sin embargo, con fértil ingenio como algunos de los hebreos explican las palabras en el sentido de que iría a Lot o a Ismael.

Génesis 24:50-51

50. De Jehová ha salido esto. Puesto que el discurso del hombre los convence de que Dios era el autor de este matrimonio, confiesan que no les sería lícito oponer nada en contra. Declaran que esto viene de Jehová, porque él había manifestado su voluntad con las señales más claras. De aquí percibimos que, aunque la verdadera religión se observaba entre ellos en parte y en parte estaba infectada de errores viciosos, el temor de Dios nunca se había extinguido tan por completo que no permaneciera firmemente fijo en todos sus ánimos este axioma: que a Dios se debe obedecer. Si, pues, unos miserables idólatras, que casi habían caído de la religión, se sometían sin embargo a Dios de tal modo que reconocían ser ilícito apartarse de su voluntad, ¿cuánto más pronta debería ser nuestra obediencia? Por tanto, tan pronto como se nos da a conocer la voluntad de Dios, no solo callen nuestras lenguas, sino estén quietos todos nuestros sentidos; porque es una profanación audaz admitir cualquier pensamiento que se oponga a esa voluntad.

Génesis 24:52-53

52. Adoró. Moisés repite de nuevo que el siervo de Abraham dio gracias a Dios; y no sin motivo inculca tantas veces este deber religioso, porque, puesto que Dios no nos exige nada mayor, el descuidarlo revela la más vergonzosa indolencia. El reconocimiento de la bondad de Dios es un sacrificio de olor fragante; más aún, es un servicio más aceptable que todos los sacrificios. Dios está colmando continuamente a los hombres de innumerables beneficios. Su ingratitud, pues, es intolerable si no se ejercitan en celebrar esos beneficios.

Génesis 24:54-56

54. Y se levantaron por la mañana. En este punto Moisés insiste con mayor detalle, en parte para encomiar la fiel diligencia del siervo en cumplir los mandatos de su amo, y en parte para enseñar que su ánimo estaba inflamado por el Espíritu de Dios, pues es tan ardiente que no concede tregua a otros ni descanso a sí mismo. Así, aunque se condujo como corresponde a un siervo honrado y prudente, no hay que dudar con todo que el Señor lo impulsó a obrar como lo hizo por amor de Isaac. De este modo el Señor vela por los suyos mientras duermen, apresura y lleva a cabo sus asuntos en su ausencia, e influye en las disposiciones de todos, en cuanto conviene, para prestarles ayuda. Es por una interpretación forzada como algunos quisieran explicar los diez días, durante los cuales Labán y su madre desean que se difiera la partida de Rebeca, como si significaran años o meses. Pues era sencillamente el tierno deseo de la madre, que difícilmente podía soportar que su hija fuera arrancada tan de repente de su seno.

Génesis 24:57-58

57. Llamaremos a la joven. Betuel, que antes había dado sin reservas a su hija en matrimonio, parece ahora adherirse con poca constancia a su propósito. Sin embargo, cuando antes ofreció a su hija sin hacer excepción alguna, se debe entender que lo hizo solo en cuanto estaba en su mano. Pero ahora Moisés declara que no ejerció tiranía sobre su hija, como para echarla fuera contra su voluntad o forzarla a casarse sin querer, sino que la dejó a su libre elección. Ciertamente, en este asunto la autoridad de los padres debe ser sagrada; pero se ha de seguir un camino intermedio, para que los interesados hagan su contrato espontáneamente y de común acuerdo. No es correcto entender que Rebeca, al responder tan explícitamente, mostrara desprecio por el techo paterno o deseara con demasiada ansiedad un marido; sino que, viendo que el asunto se trataba por autoridad de su padre y con el consentimiento de su madre, ella también por su parte lo aceptó.

Génesis 24:59-62

59. Entonces dejaron ir a Rebeca. Moisés relata primero que Rebeca fue despedida honrosamente, pues se le dio su nodriza. Además, no dudo de que tenían nodrizas domésticas, que eran sus criadas; no porque las madres descuidaran por completo ese deber, sino porque encomendaban el cuidado de la crianza a una criada en particular. Por eso las que ayudaban a las madres con un servicio subsidiario se llamaban nodrizas. Después añade Moisés que los parientes de Rebeca «la bendijeron» (Gn 24:60), con cuya expresión quiere decir que oraron para que su condición fuera feliz. Sabemos que era una costumbre solemne, en todas las edades y entre todos los pueblos, acompañar los matrimonios con toda clase de buenos deseos. Y aunque la posteridad ha degenerado mucho del método puro y genuino de celebrar los matrimonios que usaron los padres, es voluntad de Dios que se alce algún testimonio público por el cual se amoneste a los hombres de que ninguna boda es lícita sino la que está rectamente consagrada. Ahora bien, la forma particular de bendición que aquí se relata era probablemente de uso común, porque la naturaleza dicta que la propagación de la descendencia es el fin especial del matrimonio. Bajo la idea de victoria (Gn 24:60) se comprende un estado próspero de vida. El Señor, sin embargo, dirigió sus lenguas para que pronunciaran una profecía que ellos mismos ignoraban. Poseer las puertas de los enemigos significa obtener dominio sobre ellos, porque en las puertas se administraba justicia y allí estaban los baluartes de la ciudad.

Génesis 24:63

63. Y había salido Isaac. Parece que Isaac vivía aparte de su padre, sea porque la familia era demasiado numerosa, sea porque tal era la costumbre. Y quizá Abraham había tomado ya otra esposa, de modo que, para evitar contiendas, parecería más conveniente que él tuviera casa propia. Así las grandes riquezas traen consigo sus molestias. Sin duda, de todas las bendiciones terrenales concedidas por Dios, ninguna habría sido más dulce a Abraham que la de vivir con su hijo. Sin embargo, de ningún modo pienso que fuera privado de su compañía y ayuda. Porque tal era la piedad de Isaac que sin duda se esmeraba en cumplir todo deber para con su padre; solo esto faltaba: que no vivían en la misma casa. Moisés relata también cómo sucedió que Isaac se encontró con su esposa antes de que ella llegara a su casa. Pues dice que Isaac salió por la tarde a meditar o a orar. Porque la palabra hebrea שוח (soach) puede significar una u otra cosa. Es probable que lo hiciera conforme a su costumbre, y que buscara un lugar retirado para orar, a fin de que su mente, libre de toda ocupación, estuviera más desembarazada para servir a Dios. Ya fuera que aplicara su mente a la meditación o a la oración, el Señor le concedió una señal de su propia presencia en aquel gozoso encuentro.

Génesis 24:64-66

64. Y alzó Rebeca sus ojos. Fácilmente podemos conjeturar que Isaac, al ver los camellos, encaminó sus pasos hacia ellos, por el deseo de ver a su prometida; esto dio ocasión a la pregunta de Rebeca. Recibida la respuesta, ella inmediatamente, por honrar a su esposo, descendió de su camello para saludarlo. Pues que cayera, herida de temor, como algunos suponen, no concuerda en absoluto con la narración. Había hecho un viaje demasiado largo, bajo la protección de muchos acompañantes, para asustarse tanto a la vista de un solo hombre. Pero esos intérpretes se engañan porque no perciben que en las palabras de Moisés se da luego la razón en este sentido: que cuando Rebeca vio a Isaac, bajó de su camello porque había preguntado al siervo quién era, y se le había dicho que era el hijo de su amo Abraham. No se le habría ocurrido hacer tal pregunta acerca de cualquier persona con quien se topara por casualidad; pero, habiéndosele informado de que la casa de Abraham no estaba lejos, supone que era por lo menos uno de los domésticos. Dice también Moisés que tomó el velo, lo cual era señal de recato y modestia. Pues de ahí se deriva también la palabra latina que significa «casarse», porque era costumbre entregar a las novias veladas a sus maridos. Que el mismo rito fue observado también por los padres, no tengo duda. Tanto más vergonzosa, y menos capaz de excusa, es la licencia de nuestra propia época, en la cual el atavío de las novias parece ideado de propósito para la subversión de todo pudor.

Génesis 24:67

67. E Isaac la trajo a la tienda de Sara su madre. Primero la trajo a la tienda, y luego la tomó por esposa. Por el orden mismo de sus palabras Moisés distingue entre el modo legítimo del matrimonio y la barbarie. Y ciertamente la santidad del matrimonio exige que el hombre y la mujer no vivan juntos como el ganado, sino que, habiéndose dado mutuamente su fe e invocado el nombre de Dios, habiten el uno con el otro. Además, hay que observar que Isaac no fue obligado a casarse por el mandato tiránico de su padre, sino que, después de haber puesto su ánimo en ella, la tomó libremente y le dio cordialmente la seguridad de la fidelidad conyugal.

Y se consoló Isaac después de la muerte de su madre. Como su dolor por la muerte de su madre solo ahora se aplacaba por primera vez, inferimos cuán grande había sido su vehemencia, pues ya había transcurrido un período suficientemente largo. Podemos también inferir de aquí que el afecto de Isaac era tierno y suave, y que su amor a su madre no era común, viendo que había lamentado su muerte durante tanto tiempo. Y el conocimiento de este hecho es útil para impedir que imaginemos que los santos patriarcas eran hombres de modales salvajes y de dureza de corazón como de hierro, y que lleguemos a ser como quienes conciben la fortaleza como consistente en la brutalidad. Solo hay que cuidar de que el dolor sea debidamente mitigado, no sea que estalle en murmuraciones impías o destruya la esperanza de la resurrección futura. No excuso, sin embargo, enteramente la tristeza de Isaac; solo aconsejo que lo que pertenece a la humanidad no debe condenarse del todo. Y aunque era censurable no poder borrar el dolor del ánimo hasta que prevaleció sobre él la alegría contraria del matrimonio, Moisés lo cuenta con todo entre los beneficios concedidos por Dios, en cuanto que aplica a su siervo un remedio de cualquier clase.

CAPÍTULO 25.

Génesis 25:1-34

1. Y Abraham tomó otra vez mujer, y su nombre era Cetura.

1. Et addidit Abraham, et accepit uxorem, cujus nomen erat Cetura.

2. Y ella le dio a luz a Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa.

3. Y Jocsán engendró a Seba y a Dedán. Y los hijos de Dedán fueron Asurim, Letusim y Leumim.

3. Et Iocsan genuit Seba, et Dedan. Filii autem Dedan fuerunt Assurim, et Letusim, et Leummin.

4. Y los hijos de Madián: Efa, Efer, Hanoc, Abida y Elda. Todos estos fueron hijos de Cetura.

4. Filii vero Midian, Hephah, et Hepher, et Hanoch, et Abidah, et Eldaah: omnes isti, filii Ceturae.

5. Y Abraham dio todo lo que tenía a Isaac.

5. Porro dedit Abraham omnia, quae sua erant, ipsi Ishac.

6. Pero a los hijos de las concubinas que Abraham tenía, Abraham les dio regalos, y los envió lejos de Isaac su hijo, mientras él aún vivía, hacia el oriente, a la tierra oriental.

6. Et filiis concubinarum quas habebat Abraham, dedit Abraham dona; et emisit eos ab Ishac filio suo, quum adhuc viveret, ad Orientem, ad terram Orientalem.

7. Y estos son los días de los años de la vida de Abraham que vivió: ciento setenta y cinco años.

7. Porro isti sunt dies annorum vitae Abraham quos vixit, centum anni et septuaginta anni et quinque anni.

8. Y Abraham expiró, y murió en buena vejez, anciano y lleno de años; y fue reunido con sus pueblos.

8. Et obiit, et mortuus est Abraham in senectute bona, senex et satur: et congregatus est ad populos suos.

9. Y lo sepultaron Isaac e Ismael sus hijos en la cueva doble, en el campo de Efrón hijo de Zohar heteo, que está delante de Mamre,

9. Et sepelierunt eum Ishac et Ismael filii ejus in spelunca duplici, in agro Ephron filii Sohar Hittaei, quae est ante Mamre,

10. El campo que compró Abraham de los hijos de Het: allí fue sepultado Abraham, y Sara su mujer.

10. In agro quem emit Abraham a filiis Heth: ibi sepultus est Abraham et Sarah uxor ejus.

11. Y aconteció que, después de la muerte de Abraham, Dios bendijo a Isaac su hijo; e Isaac habitó junto al pozo Lahai-roi.

11. Et fuit, postquam mortuus est Abraham, benedixit Deus Ishac filio ejus; et habitavit Ishac apud Puteum viventis videntis me.

12. Y estas son las generaciones de Ismael hijo de Abraham, a quien dio a luz Agar la egipcia, sierva de Sara, para Abraham.

12. Istae autem generationes Ismael filii Abraham, quem peperit Hagar AEgyptia ancilla Sarah ipsi Abraham.

13. Y estos son los nombres de los hijos de Ismael, por sus nombres, según sus generaciones: el primogénito de Ismael, Nebaiot; y Cedar, Adbeel, Mibsam,

13. Et haec nomina filiorum Ismael per nomina sua, per generationes suas: primogenitus Ismael, Nebajoth, et Cedar, et Abdeel, et Mibsam,

14. Misma, Duma, Massa,

14. Et Mismah, et Dumah, et Masa,

15. Hadar, Tema, Jetur, Nafis y Cedema.

15. Hadar, et Thema, Jetur, Naphis, et Cedmah.

16. Estos son los hijos de Ismael, y estos sus nombres, por sus aldeas y por sus castillos: doce príncipes según sus familias.

16. Isti sunt filii Ismael, et ista nomina eorum per villas suas, et per castella sua, duodecim principes per familias suas.

17. Y estos son los años de la vida de Ismael: ciento treinta y siete años; y expiró, y murió, y fue reunido con sus pueblos.

17. Et isti sunt anni vitae Ismael, centum anni, et triginta anni, et septem anni: et obiit, et mortuus est, et congregatus est ad populos suos.

18. Y habitaron desde Havila hasta Shur, que está delante de Egipto, según se va hacia Asiria; habitó delante de todos sus hermanos.

18. Et habitaverunt ab Havilah usque ad Sur, quae est ante AEgyptum, dum pergis in Assur: coram omnibus fratribus suis habitavit.

19. Y estas son las generaciones de Isaac hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac.

19. Istae vero sunt generationes Ishac filii Abraham: Abraham genuit Ishac.

20. E Isaac tenía cuarenta años cuando tomó por mujer a Rebeca, hija de Betuel arameo de Padan-aram, hermana de Labán arameo.

20. Et erat Ishac quadragenarius, quando accepit Ribcam filiam Bethuel Aramaei de Padan Aram, sororem Laban Aramaei, sibi in uxorem.

21. E Isaac oró a Jehová por su mujer, porque era estéril; y Jehová se dejó rogar por él, y concibió Rebeca su mujer.

21. Et oravit Ishac Iehovam respectu uxoris suae, quia sterilis erat: et exoratus est ab ipso Iehova, et concepit Ribca uxor ejus.

22. Y los hijos se golpeaban dentro de ella, y dijo: Si es así, ¿para qué soy yo?

22. Et collidebant se filii in utero ejus, et dixit, Si ita, ut quid ego?

23. Entonces Jehová le dijo: Dos naciones hay en tu seno, y dos pueblos se separarán de tus entrañas; y un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor.

23. Tune dixit Iehova ad eam, Duae gentes sunt in utero tuo, et duo populi a visceribus tuis separabunt se: et populus populo robustior erit, et major serviet minori.

24. Y se cumplieron sus días para dar a luz, y he aquí que había gemelos en su seno.

24. Et impleti sunt dies ejus ut pareret, et ecce gemini erant in utero ejus.

25. Y salió el primero rojizo, todo él como un manto velludo; y llamaron su nombre Esaú.

25. Egressus est autem prior rufus, totus ipse sicut pallium pilosum: et vocaverunt nomen ejus Esau.

26. Y después salió su hermano, y su mano tenía asido el calcañar de Esaú, y llamaron su nombre Jacob. E Isaac tenía sesenta años cuando ella los dio a luz.

26. Et postea egressus est frater ejus, et manus ejus tenebat calcaneum Esau, et vocarunt nomen Iahacob. Ishac autem erat sexagenarius, quando peperit eos.

27. Y crecieron los niños, y Esaú fue un hombre experto en la caza, hombre del campo; pero Jacob era hombre íntegro, que habitaba en tiendas.

27. Et creverunt pueri: et fuit Esau vir peritus venationis, vir agricola: sed Iahacob erat vir integer, manens in tabernaculis.

28. E Isaac amó a Esaú, porque la caza estaba en su boca; y Rebeca amaba a Jacob.

28. Et dilexit Ishac Esau, quia venatio erat in ore ejus, et Ribca diligebat Iahacob.

29. Y Jacob coció un guisado, y vino Esaú del campo, y estaba cansado.

29. Coxit autem Iahacob coctionem: et venit Esau ex agro, et erat lassus.

30. Y dijo Esaú a Jacob: Dame de comer ahora de lo rojo, de ese rojo, porque estoy cansado; por eso llamaron su nombre Edom.

30. Et dixit Esau ad Iahacob, Fac me comedere nunc de rufo, rufo isto: quia lassus sum: idcirco vocarunt nomen ejus Edom.

31. Entonces dijo Jacob: Vende ahora tu primogenitura a mí.

31. Tunc dixit Iahacob, Vende hoc tempore primogenituram tuam mihi.

32. Y dijo Esaú: He aquí yo voy a morir, ¿y para qué me sirve la primogenitura?

32. Et dixit Esau, Ecce ego vado ut moriar, et utquid mihi primogenitura?

33. Dijo, pues, Jacob: Júramelo ahora. Y se lo juró, y vendió su primogenitura a Jacob.

33. Dixit itaque Iahacob, Iura mihi hoc tempore. Et juravit ei: et vendidit primogenituram suam ipsi Iahacob.

34. Y Jacob dio a Esaú pan y guisado de lentejas; y él comió y bebió, y se levantó y se fue; así menospreció Esaú la primogenitura.

34. Et Iahacob dedit Esau panem et coctionem lenticularum, et comedit, atque bibit: et surrexit, et abiit, contempsitque Esau primogenituram.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.