Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Génesis 8: comentario de Juan Calvino
Génesis 8:1-2
1. Y se acordó Dios de Noé. Moisés desciende ahora más particularmente a esa otra parte del asunto, que muestra que Noé no vio frustrada su esperanza de la salvación que Dios le había prometido. El recuerdo de que habla Moisés debe referirse no sólo al aspecto exterior de las cosas (por decirlo así), sino también al sentimiento interior del santo varón. Es cierto, en efecto, que Dios, desde el momento en que recibió a Noé bajo su protección, nunca se olvidó de él; pues, en verdad, fue por un milagro tan grande el que no pereciera por asfixia en el arca como si hubiera vivido sin aliento, sumergido en las aguas. Y Moisés ha dicho poco antes que por el cierre secreto del arca por Dios las aguas fueron contenidas para que no la penetraran. Pero como el arca flotaba, hasta el mes quinto, sobre las aguas, la demora con que el Señor permitió que su siervo fuera atormentado con angustia y miseria podría parecer implicar una especie de olvido. Y no hay que dudar de que su corazón era agitado por diversos sentimientos al verse tanto tiempo mantenido en suspenso; pues podía inferir que su vida se había prolongado para que fuera más desdichado que todo el resto de los hombres. Porque sabemos que solemos imaginar a Dios ausente, salvo cuando tenemos alguna experiencia sensible de su presencia. Y aunque Noé se aferró tenazmente hasta el fin a la promesa que había abrazado, es creíble, con todo, que fue gravemente asaltado por diversas tentaciones; y Dios, sin duda, ejercitó así a propósito su fe y su paciencia. Pues ¿por qué no fue destruido el mundo en tres días? ¿Y con qué fin las aguas, después de haber cubierto los montes más altos, subieron quince codos más, sino para acostumbrar a Noé y a su familia a meditar con más provecho en los juicios de Dios, y, pasado el peligro, a reconocer que habían sido rescatados de mil muertes? Aprendamos, pues, por este ejemplo, a descansar en la providencia de Dios, aun cuando parezca más olvidadizo de nosotros; porque al fin, dándonos ayuda, testificará que se ha acordado de nosotros. Y si la carne nos persuade a desconfiar, no cedamos con todo a su inquietud; sino que, tan pronto como se insinúe este pensamiento, que Dios ha dejado todo cuidado de nosotros, o duerme, o está lejos, salgámosle de inmediato al paso con este escudo: «El Señor, que ha prometido su ayuda a los desdichados, estará presente con nosotros a su debido tiempo, para que percibamos en verdad el cuidado que tiene de nosotros». Y no tiene menos peso lo que se añade, que Dios se acordó también de los animales; pues si, a causa de la salvación prometida al hombre, su favor se extiende al ganado y a las fieras, ¿qué debemos suponer que será su favor hacia sus propios hijos, a quienes ha empeñado su fidelidad tan generosa y tan sagradamente?
E hizo pasar Dios un viento sobre la tierra. Aquí aparece más claramente que Moisés habla del efecto del recuerdo de Dios por Noé; a saber, que de hecho, y por una prueba segura, Noé pudiera saber que Dios cuidaba de su vida. Pues habiendo podido Dios secar la tierra por su poder secreto, se valió del viento; método que empleó también para secar el Mar Rojo. Y así quiso testificar que, como tenía las aguas a su mando, listas para ejecutar su ira, así ahora tenía los vientos en su mano para dar alivio. Y aunque aquí Moisés registra una historia notable, se nos enseña con todo que los vientos no se levantan fortuitamente, sino por mandato de Dios; como se dice en el Salmo 104:4 que «son los veloces mensajeros de Dios», y de nuevo, que Dios cabalga sobre sus alas. En fin, la variedad, los movimientos contrarios y los mutuos conflictos de los elementos conspiran para rendir obediencia a Dios. Moisés añade también otros medios inferiores por los cuales las aguas fueron disminuidas y hechas volver a su posición anterior. La suma de todo es que Dios, para restaurar el orden que antes había establecido, hizo volver las aguas a los límites que les había prescrito, de modo que mientras las aguas celestes, como congeladas, quedaban suspendidas en el aire, otras yacieran ocultas en sus simas, otras fluyeran por cauces separados, y el mar permaneciera también dentro de sus barreras.
Génesis 8:3-5
3. Y al cabo de ciento cincuenta días. Algunos piensan que aquí se señala todo el tiempo desde el comienzo del diluvio hasta la disminución de las aguas, y así incluyen los cuarenta días en que Moisés relata que llovió sin cesar. Pero yo hago esta distinción: que hasta el día cuarenta las aguas subieron gradualmente con nuevos aumentos; luego que permanecieron casi en el mismo estado durante ciento cincuenta días; pues ambos cómputos dan un período algo mayor de seis meses y medio. Y Moisés dice que hacia el fin del mes séptimo la disminución de las aguas se mostró tal que el arca se asentó sobre la cumbre más alta de un monte, o tocó algún terreno. Y con este largo espacio de tiempo el Señor quiso mostrar más claramente que la espantosa desolación del mundo no había caído sobre él por accidente, sino que era una prueba notable de su juicio, mientras que la liberación de Noé fue una magnífica obra de su gracia y digna de memoria perpetua. Si, sin embargo, contamos el mes séptimo desde el comienzo del año (como hacen algunos), y no desde el tiempo en que Noé entró en el arca, el descenso de que habla Moisés tuvo lugar antes, a saber, tan pronto como el arca había flotado cinco meses. Si se acepta esta segunda opinión, habrá el mismo cómputo de diez meses; pues el sentido será que en el mes octavo después del comienzo del diluvio aparecieron las cimas de los montes. Acerca del nombre Ararat, sigo la opinión más recibida. Y no veo por qué algunos niegan que sea Armenia, cuyos montes son declarados, por los autores antiguos casi unánimemente, los más altos. La paráfrasis caldea señala también la parte particular, a la cual llama montes de Cardu, que otros llaman Cardueni. Pero si es verdad lo que Josefo ha transmitido acerca de los fragmentos del arca hallados allí en su tiempo, de los cuales, dice Jerónimo, quedaban restos hasta su propia época, lo dejo sin decidir.
Génesis 8:6-14
6. Al cabo de cuarenta días. De aquí podemos conjeturar con cuán grande angustia estaba oprimido el pecho del santo varón. Después de haber advertido que el arca descansaba sobre terreno firme, con todo no se atrevió a abrir la ventana hasta el día cuarenta; no porque estuviera aturdido y entorpecido, sino porque un ejemplo tan formidable de la venganza de Dios lo había afectado con tal temor y tristeza juntos que, privado de todo juicio, permanecía en silencio en la cámara de su arca. Al fin envía un cuervo, del cual podría recibir una indicación más cierta de la sequedad de la tierra. Pero el cuervo, no percibiendo sino pantanos cenagosos, revolotea alrededor y procura enseguida ser readmitido. No tengo duda de que Noé escogió a propósito los cuervos, que sabía que podían ser atraídos por el olor de los cadáveres a volar más lejos, si la tierra, con los animales sobre ella, estuviera ya a la vista; pero el cuervo, volando alrededor, no se alejó mucho. Me asombra de dónde se ha deslizado en la versión griega y latina una negación que Moisés no tiene en el texto hebreo, pues cambia por completo el sentido. De ahí se ha originado la fábula de que el cuervo, habiendo hallado cadáveres, se mantuvo lejos del arca y abandonó a su protector. Después siguieron alegorías fútiles, como la curiosidad de los hombres siempre desea entretenerse en bagatelas. Pero la paloma, en su primera salida, imitó al cuervo, porque volvió al arca; luego trajo una rama de olivo en el pico; y a la tercera vez, como emancipada, disfrutó del aire libre y de la tierra libre. Algunos escritores ejercitan su ingenio sobre la rama de olivo, porque entre los antiguos era emblema de paz, como el laurel lo era de victoria. Pero más bien pienso que, como el olivo no crece en los montes y no es un árbol muy elevado, el Señor había dado a su siervo alguna señal de la cual pudiera inferir que regiones agradables y productoras de buenos frutos estaban ya libres de las aguas. Como la versión de Jerónimo dice que era una rama con hojas verdes, quienes han pensado que el diluvio comenzó en el mes de septiembre toman esto como confirmación de su opinión. Pero las palabras de Moisés no tienen tal sentido. Y bien pudo ser que el Señor, queriendo reanimar el espíritu de Noé, ofreciera a la paloma alguna rama que todavía no se había marchitado del todo bajo las aguas.
Génesis 8:15-16
15. Y habló Dios a Noé. Aunque Noé estaba no poco aterrado por el juicio de Dios, con todo su paciencia es encomiada en este respecto: que teniendo ante sus ojos la tierra, que le ofrecía un hogar, no se atreve sin embargo a salir. Los hombres profanos pueden atribuir esto a timidez, o aun a indolencia; pero santa es la timidez que produce la obediencia de la fe. Sepamos, pues, que Noé fue contenido, por una modestia consagrada, de permitirse gozar de la bondad de la naturaleza hasta oír la voz de Dios que le indicara que lo hiciera. Moisés resume esto en pocas palabras, pero conviene que atendamos a la cosa misma. Todos deberían, en efecto, considerar espontáneamente cuán grande debió de ser la fortaleza del hombre que, tras el increíble cansancio de todo un año, cuando el diluvio ha cesado y ha brillado una nueva vida, no mueve aún un pie fuera de su sepulcro sin el mandato de Dios. Así vemos que, por un curso continuo de fe, el santo varón fue obediente a Dios; porque por mandato de Dios entró en el arca y permaneció allí hasta que Dios le abrió el camino para salir; y porque prefirió yacer en una atmósfera viciada antes que respirar el aire libre, hasta sentirse seguro de que su salida agradaría a Dios. Aun en asuntos pequeños la Escritura nos recomienda este dominio de nosotros mismos: que no intentemos nada sino con una conciencia que lo apruebe. ¡Cuánto menos ha de tolerarse la temeridad de los hombres en materias religiosas, si, sin tomar consejo de Dios, se permiten obrar a su antojo! No ha de esperarse, ciertamente, que Dios declare a cada momento, por oráculos especiales, lo que es necesario hacer; pero nos conviene escuchar atentamente su voz, para estar ciertamente persuadidos de que no emprendemos sino lo que está de acuerdo con su palabra. Ha de buscarse también el espíritu de prudencia y de consejo, del cual nunca deja desprovistos a los que son dóciles y obedientes a sus mandamientos. En este sentido Moisés relata que Noé salió del arca tan pronto como, apoyándose en el oráculo de Dios, supo que se le daba una nueva morada en la tierra.
Génesis 8:17-19
17. Para que se muevan, etc. Con estas palabras el Señor quiso alentar el ánimo de Noé e inspirarle confianza de que en el arca se había conservado una simiente que crecería hasta llenar toda la tierra. En suma, se promete a Noé la renovación de la tierra, a fin de que sepa que el mundo mismo estaba encerrado en el arca, y que la soledad y la devastación, a cuya vista su corazón podía desmayar, no serían perpetuas.
Génesis 8:20
20. Y edificó Noé un altar a Jehová. Así como Noé había dado muchas pruebas de su obediencia, presenta ahora un ejemplo de gratitud. Este pasaje nos enseña que los sacrificios fueron instituidos desde el principio con este fin: que los hombres se habituaran, por tales ejercicios, a celebrar la bondad de Dios y a darle gracias. La simple confesión de la lengua, aun el silencioso reconocimiento del corazón, podría bastar a Dios; pero sabemos cuántos estímulos requiere nuestra indolencia. Por tanto, cuando los santos padres, en otro tiempo, profesaban su piedad hacia Dios por medio de sacrificios, el uso de éstos no era de ningún modo superfluo. Además, era justo que tuvieran siempre ante sus ojos símbolos con los cuales fueran advertidos de que no podían tener acceso a Dios sino por un mediador. Ahora bien, la manifestación de Cristo ha quitado aquellas antiguas sombras. Por tanto, usemos las ayudas que el Señor ha prescrito. Además, cuando digo que los santos padres se servían de los sacrificios para celebrar los beneficios de Dios, hablo sólo de una clase: pues esta ofrenda de Noé corresponde a las ofrendas de paz y a las primicias. Pero aquí puede preguntarse: ¿por qué impulso ofreció Noé un sacrificio a Dios, no habiendo recibido mandato de hacerlo? Respondo: aunque Moisés no declara expresamente que Dios se lo mandó, puede formarse un juicio cierto por lo que sigue, y aun por todo el contexto, de que Noé se había apoyado en la palabra de Dios, y de que, confiando en el mandato divino, rindió este culto, que sabía indudablemente que sería aceptable a Dios. Hemos dicho antes que se conservó aparte un animal de cada especie, y hemos expuesto con qué fin se hizo. Pero habría sido inútil apartar animales para el sacrificio si Dios no hubiera revelado este designio al santo Noé, que había de ser el sacerdote que ofreciera las víctimas. Además, Moisés dice que los sacrificios se escogieron entre los animales limpios. Pero es cierto que Noé no inventó para sí esta distinción, puesto que no depende de la elección humana. De donde concluimos que no emprendió nada sin autoridad divina. También inmediatamente después Moisés añade que el olor del sacrificio fue aceptable a Dios. Debe observarse, pues, esta regla general: que todos los servicios religiosos que no están perfumados con el olor de la fe son de mal olor ante Dios. Sepamos, por tanto, que el altar de Noé estaba fundado en la palabra de Dios. Y la misma palabra fue como sal para sus sacrificios, para que no fueran insípidos.
Génesis 8:21
21. Y percibió Jehová olor grato. Moisés llama olor de reposo a aquello con que Dios fue aplacado; como si dijera que el sacrificio había sido ofrecido rectamente. Sin embargo, nada puede ser más absurdo que suponer que Dios fuera aplacado por el sucio humo de entrañas y de carne. Pero Moisés aquí, según su costumbre, reviste a Dios de carácter humano para acomodarse a la capacidad de un pueblo ignorante. Pues ni siquiera ha de suponerse que el rito del sacrificio, en sí mismo, fuera grato a Dios como acto meritorio; sino que debemos considerar el fin de la obra, y no limitarnos a la forma externa. Pues ¿qué otra cosa se proponía Noé sino reconocer que había recibido su propia vida, y la de los animales, como don de sola la misericordia de Dios? Esta piedad exhalaba un olor bueno y suave ante Dios; como se dice (Sal 116:12):
«¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo? Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre de Jehová».
Y dijo Jehová en su corazón. El sentido del pasaje es que Dios había decretado que no maldeciría más la tierra en lo sucesivo. Y esta forma de expresión tiene gran peso: pues aunque Dios nunca se retracta de lo que ha dicho abiertamente con su boca, nos conmovemos más hondamente cuando oímos que ha fijado algo en su propia mente; porque un decreto interior de esta clase no depende en modo alguno de las criaturas. En suma, Dios determinó ciertamente que nunca más destruiría el mundo con un diluvio. Con todo, la expresión «no volveré a maldecir» ha de entenderse sólo en general; porque sabemos cuánto ha perdido la tierra de su fertilidad desde que fue corrompida por el pecado del hombre, y sentimos cada día que es maldecida de diversos modos. Y él mismo se explica poco después, diciendo: «ni volveré más a herir todo viviente». Pues con estas palabras no alude a toda clase de venganza, sino sólo a la que destruiría el mundo y traería ruina tanto al género humano como a los demás animales; como si dijera que restauraba la tierra con esta estipulación: que no pereciera después por un diluvio. Así, cuando el Señor declara (Is 54:9) que se contentará con un solo cautiverio de su pueblo, lo compara con las aguas de Noé, con las cuales había resuelto que el mundo fuera inundado una sola vez.
Porque el pensamiento del corazón del hombre. Este razonamiento parece incongruente: pues si la maldad del hombre es tan grande que no cesa de provocar la ira de Dios, necesariamente ha de acarrear destrucción sobre el mundo. Más aún, Dios parece contradecirse, habiendo declarado antes que el mundo debía ser destruido porque su iniquidad era desesperada. Pero aquí nos conviene considerar más hondamente su designio; pues fue voluntad de Dios que hubiera alguna sociedad de hombres que habitara la tierra. Si, sin embargo, se les hubiera de tratar conforme a sus merecimientos, sería necesario un diluvio cada día. Por eso declara que, al infligir castigo al segundo mundo, lo hará de tal modo que conserve aún la apariencia externa de la tierra, y no barra de nuevo las criaturas con que la ha adornado. En efecto, nosotros mismos podemos percibir que se ha usado tal moderación, tanto en los juicios públicos como en los particulares de Dios, que el mundo aún subsiste en su integridad y la naturaleza conserva todavía su curso. Además, puesto que Dios declara aquí cuál sería el carácter de los hombres hasta el fin del mundo, es evidente que todo el género humano está bajo sentencia de condenación, a causa de su depravación y maldad. Ni se refiere la sentencia sólo a las costumbres corrompidas; sino que se dice que su iniquidad es una iniquidad innata, de la cual nada sino males puede brotar. Me asombra, sin embargo, de dónde se ha deslizado esa falsa versión de este pasaje, que dice que el pensamiento es propenso al mal; a no ser, como es probable, que el lugar fuera así corrompido por quienes disputan con demasiada filosofía acerca de la corrupción de la naturaleza humana. Les parecía duro que el hombre fuera sometido, como esclavo del diablo, al pecado. Por eso, a modo de atenuación, han dicho que tenía propensión a los vicios. Pero cuando el Juez celestial truena desde el cielo que sus pensamientos mismos son malos, ¿de qué sirve suavizar lo que, no obstante, permanece inalterable? Reconozcan, pues, los hombres que, por cuanto nacen de Adán, son criaturas depravadas y por eso sólo pueden concebir pensamientos pecaminosos, hasta que lleguen a ser la nueva hechura de Cristo y sean formados por su Espíritu para una vida nueva. Y no ha de dudarse de que el Señor declara depravada la mente misma del hombre, y toda ella infectada de pecado, de modo que todos los pensamientos que proceden de ella son malos. Si tal es el defecto en la fuente misma, se sigue que todos los afectos del hombre son malos, y sus obras cubiertas de la misma contaminación, puesto que por necesidad han de saber a su origen. Pues Dios no dice meramente que los hombres piensan a veces el mal; sino que el lenguaje es ilimitado, y comprende el árbol con sus frutos. Ni es prueba en contrario que los hombres carnales y profanos a menudo sobresalgan en generosidad de disposición, emprendan designios aparentemente honorables y den ciertas muestras de virtud. Pues como su mente está corrompida por el desprecio de Dios, por la soberbia, el amor propio, la hipocresía ambiciosa y el fraude, no puede ser sino que todos sus pensamientos estén contaminados por los mismos vicios. Además, no pueden tender a un fin recto; de donde resulta que son juzgados tales como son en realidad, torcidos y perversos. Porque todas las cosas en tales hombres que nos deslumbran bajo color de virtud son como vino echado a perder por el olor de la cuba. Pues (como se dijo antes) los afectos mismos de la naturaleza, que en sí son loables, están sin embargo viciados por el pecado original, y a causa de su desorden han degenerado de su propia naturaleza; tales son el amor mutuo de los casados, el amor de los padres hacia sus hijos y otros semejantes. Y la cláusula que se añade, «desde su juventud», declara más plenamente que los hombres nacen malos; para mostrar que, tan pronto como tienen edad para comenzar a formar pensamientos, tienen una corrupción radical de la mente. Los filósofos, al transferir al hábito lo que Dios atribuye aquí a la naturaleza, traicionan su propia ignorancia. Y no es de asombrar; pues nos complacemos y halagamos a tal punto que no percibimos cuán fatal es el contagio del pecado y qué depravación penetra todos nuestros sentidos. Debemos, pues, acatar el juicio de Dios, que declara al hombre tan esclavizado por el pecado que nada sano y sincero puede producir. Con todo, al mismo tiempo, debemos recordar que no ha de echarse culpa alguna a Dios por lo que tiene su origen en la defección del primer hombre, por la cual el orden de la creación fue subvertido. Y además ha de notarse que los hombres no quedan exentos de culpa y condenación con el pretexto de esta servidumbre: porque, aunque todos se precipitan al mal, no son impulsados por ninguna fuerza extrínseca, sino por la inclinación directa de sus propios corazones; y, por último, no pecan sino voluntariamente.
Génesis 8:22
22. Mientras la tierra permanezca. Con estas palabras el mundo queda de nuevo completamente restaurado. Pues tan grande era la confusión y el desorden que se había extendido sobre la tierra, que era necesaria alguna renovación. Por eso Pedro habla del mundo antiguo como habiendo perecido en el diluvio (2 P 3:6). Además, el diluvio había sido una interrupción del orden de la naturaleza. Pues las revoluciones del sol y de la luna habían cesado: no había distinción de invierno y verano. Por eso el Señor declara aquí que es su voluntad que todas las cosas recobren su vigor y sean restituidas a sus funciones. Los judíos dividen erróneamente su año en seis partes; mientras que Moisés, al poner el verano en oposición al invierno, divide así el año entero, de manera popular, en dos partes. Y no ha de dudarse de que por el frío y el calor designa los períodos ya mencionados. Bajo las palabras «sementera» y «siega» señala las ventajas que fluyen a los hombres de la temperatura moderada de la atmósfera. Si se objeta que este temperamento uniforme no se percibe cada año, la respuesta está pronta: que el orden del mundo es, en efecto, perturbado por nuestros vicios, de modo que muchos de sus movimientos son irregulares; a menudo el sol retiene su calor propio, la nieve o el granizo suceden en lugar del rocío, el aire es agitado por diversas tempestades; pero aunque el mundo no está regulado de modo que produzca perpetua uniformidad de estaciones, percibimos, con todo, que el orden de la naturaleza prevalece hasta tal punto que el invierno y el verano vuelven cada año, que hay una sucesión constante de días y noches, y que la tierra produce sus frutos en el verano y el otoño. Además, con la expresión «todos los días de la tierra» quiere decir «mientras la tierra dure».
CAPÍTULO 9.
Génesis 9:1-29
1. Y bendijo Dios a Noé y a sus hijos, y les dijo: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra.
1. Et benedixit Deus Noah, et filiis ejus: et dixit ad eos, Crescite, et multiplicamini, et replete terram.
2. Y el temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, y sobre todo lo que se mueve sobre la tierra, y sobre todos los peces del mar; en vuestra mano son entregados.
2. Et timor vester et pavor vester erit super omnem bestiam terrae, et super omne volatile coeli, cum omnibus quae gradiuntur in terra, et omnibus piscibus maris: quia manui vestrae tradita sunt.
3. Todo lo que se mueve y vive os será para mantenimiento; así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo.
3. Omne reptile quod vivit, vobis erit ad vescendum: sicut virentem herbam dedi vobis omnia.
4. Pero carne con su vida, que es su sangre, no comeréis.
4. Veruntamen carnem cum anima ejus, sanguine ejus, non comedetis.
5. Porque ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas; de manos de todo animal la demandaré, y de manos del hombre; de manos del hermano de cada uno demandaré la vida del hombre.
5. Et profecto sanguinem vestrum, qui vobis est in animas, requiram: de manu omnis bestiae requiram illum, et de manu hominis, et de manu viri fratris ejus requiram animam hominis.
6. El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.
6. Qui effuderit sanguinem hominis in homine, sanguis ejus effundetur: quia ad imaginem Dei fecit hominem.
7. Y vosotros fructificad y multiplicaos; procread abundantemente en la tierra, y multiplicaos en ella.
7. Et vos crescite, et multiplicamini, et generate in terra, et multiplicemini in ea.
8. Y habló Dios a Noé y a sus hijos con él, diciendo:
8. Et dixit Deus ad Noah, et ad filios ejus qui cum eo erant, dicendo,
9. He aquí que yo establezco mi pacto con vosotros, y con vuestra descendencia después de vosotros;
9. Et ego, ecce ego statuo pactum meum vobiscum, et cum semine vestro post vos.
10. y con todo ser viviente que está con vosotros, de aves, de ganado y de todo animal de la tierra que está con vosotros; desde todos los que salieron del arca hasta todo animal de la tierra.
10. Et cum omni anima vivente quae est vobiscum, tam cum volatili quam cum animali, et omni bestia terrae vobiscum, ab omnibus quae egressa sunt ex arca: cum omni, inquam , bestia terrae.
11. Estableceré mi pacto con vosotros, y no fenecerá ya más toda carne con aguas de diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra.
11. Et statuam pactum meum vobiscum, et non excidetur omnis caro ultra ab aquis diluvii, et non erit ultra diluvium, ut disperdat terram.
12. Y dijo Dios: Esta es la señal del pacto que yo hago entre mí y vosotros y todo ser viviente que está con vosotros, por siglos perpetuos:
12. Et dixit Deus, Hoc est signum foederis quod ego do inter me et bos, et omnem animan viventem quae est vobiscum in generationes saeculi:
13. Mi arco he puesto en las nubes, el cual será por señal del pacto entre mí y la tierra.
13. Arcum meum ponam in nube, et erit in signum foederis inter me et terram.
14. Y sucederá que cuando haga venir nubes sobre la tierra, se dejará ver entonces mi arco en las nubes.
14. Et erit, quum obnubilavero nubem super terram, tunc apparebit arcus in nube.
15. Y me acordaré de mi pacto, que hay entre mí y vosotros y todo ser viviente de toda carne; y no habrá más diluvio de aguas para destruir toda carne.
15. Et recordabor foederis mei quod est inter me et vos, et omnem animam viventem cum omni carne: et non erit ultra aqua ad diluvium, ut disperdat omnem carnem.
16. Estará el arco en las nubes, y lo veré para acordarme del pacto perpetuo entre Dios y todo ser viviente, con toda carne que hay sobre la tierra.
16. Et erit arcus in nube, et videbo illum, ut recorder pacti perpetui inter Deum et omnem animam viventem cum omni carne quae est super terram.
17. Dijo, pues, Dios a Noé: Esta es la señal del pacto que he establecido entre mí y toda carne que está sobre la tierra.
17. Et dixit Deus ad Noah, Hoc est signum foederis quod statui inter me et omnem carnem quae est super terram.
18. Y los hijos de Noé que salieron del arca fueron Sem, Cam y Jafet; y Cam es el padre de Canaán.
18. Erant autem filii Noah qui egressi sunt de arca, Sem, Cham, et Jepheth: et Cham est pater Chenaan.
19. Estos tres son los hijos de Noé, y de ellos fue llena toda la tierra.
19. Tres isti, filii Noah: et ab istis dispersa est universa terra.
20. Comenzó Noé a labrar la tierra, y plantó una viña;
20. Coepit vero Noah colere terram, et plantavit vineam.
21. y bebiendo del vino se embriagó, y estaba descubierto en medio de su tienda.
21. Et bibit de vino et inebriatus est, et discooperuit se in medio tabernaculi sui.
22. Y Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre, y lo dijo a sus dos hermanos que estaban afuera.
22. Et vidit Cham pater Chenaan turpitudinem patris sui, et nuntiavit duobus fratribus suis in platea.
23. Entonces Sem y Jafet tomaron la ropa, y la pusieron sobre sus propios hombros, y andando hacia atrás cubrieron la desnudez de su padre, teniendo vueltos los rostros, y así no vieron la desnudez de su padre.
23. Et tulerunt Sem et Jepheth vestimentum, et posuerunt super humerum ambo ipse: et euntes retrorsum, operuerunt turpitudinem patris sui: et facies eorum erant retrorsum, et turpitudinem patris sui non viderunt.
24. Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que le había hecho su hijo menor,
24. Expergefactus autem Noah a vino suo, cognovit quod fecerat sibi filius suus minor.
25. y dijo: Maldito sea Canaán; siervo de siervos será a sus hermanos.
25. Et dixit, Maledictus Chenaan, servus servorum erit fratribus suis.
26. Dijo más: Bendito por Jehová mi Dios sea Sem, y sea Canaán su siervo.
26. Et dixit, Benedictus Jehova Deus Sem, et sit Chenaan servus eis.
27. Engrandezca Dios a Jafet, y habite en las tiendas de Sem, y sea Canaán su siervo.
27. Dilatet Deus Jepheth, et habitet in tabernaculis Sem: et sit Chenaan servus eis.
28. Vivió Noé después del diluvio trescientos cincuenta años.
28. Et vixit Noah post diluvium trecentos annos et quinquaginta annos.
29. Y fueron todos los días de Noé novecientos cincuenta años; y murió.
29. Fuerunt autem omnes dies Noah nongenti anni et quinquaginta: et mortuus est.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.