Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Habacuc 1: comentario de Juan Calvino

Habacuc 1:1

La mayor parte de los intérpretes refieren esta carga a los caldeos y a la monarquía de Babilonia; pero no apruebo esta opinión, y una buena razón me obliga a disentir de ellos: pues como el profeta se dirige a los judíos, y sin añadir nada llama «carga» a su profecía, no hay duda de que se refiere a ellos. Además, esa opinión parece del todo incoherente, porque el profeta teme la devastación futura de la tierra y se queja ante Dios de que permita que su pueblo escogido y elegido sea tratado con tanta crueldad. Lo que piensan otros es más correcto: que esta carga pertenecía a los judíos.

Lo que el profeta entendió por la palabra משא, mesha, se ha explicado en otro lugar. Habacuc reprende aquí, pues, a su propia nación, y muestra que en vano habían resistido con desdén a todos los profetas de Dios, porque al fin descubrirían que sus amenazas se cumplirían. La carga, entonces, que vio el profeta Habacuc era esta: que Dios, después de haber ejercido larga paciencia con los judíos, sería al fin el castigador de sus muchos pecados. Sigue ahora:

Habacuc 1:2, 3

2. ¡Oh JEHOVÁ, hasta cuándo clamaré, y no oirás! Aun clamaré a ti a causa de la violencia, ¡y no salvarás!

2. Quousque, Jehova, clamabo, et non exaudies? Vociferabor ad te ob violentiam, et non servabis?

3. ¿Por qué me muestras la iniquidad, y me haces contemplar el agravio? Porque ante mí hay despojo y violencia: y hay quienes levantan pleito y contienda.

3. Quare ostendis mihi iniquitatem, et moestiam aspicere facis? Et direptio et violentia in conspectu meo? et est qui litem et contentionem excitet.

Habacuc 1:2

Como ya les he recordado, los intérpretes piensan que el profeta habla aquí de cosas futuras, como si tuviera a la vista la calamidad que menciona después; pero este sentido es demasiado forzado; por eso no dudo de que el profeta se queja aquí ante Dios porque soporta con tanta paciencia a un pueblo reprobado. Pues aunque los profetas sentían una preocupación real por la seguridad del pueblo, no hay duda de que ardían de celo por la gloria de Dios; y cuando veían que tenían que luchar con hombres rebeldes, se inflamaban entonces de una santa indignación, tomaban la causa de Dios y le imploraban su ayuda para poner remedio cuando las cosas habían llegado a ser desesperadas. Considero, por tanto, que el profeta pide aquí a Dios que castigue estos muchos pecados en los que el pueblo se había endurecido. De ahí concluimos que antes había ejercido su oficio de maestro; pues de otro modo no habría sido conveniente que comenzara su obra con tal queja y reclamo. Había descubierto, pues, por experiencia que el pueblo era en extremo perverso. Cuando vio que no había esperanza de enmienda, y que el estado de las cosas empeoraba cada día, ardiendo de celo por Dios, dio rienda suelta a sus sentimientos. Antes, pues, de amenazar al pueblo con la venganza futura de Dios, se aparta, por así decirlo, del trato con los hombres y se dirige en privado a Dios mismo.

Debemos tener presente primero esto: que el profeta relata aquí el coloquio secreto que tuvo con Dios; pero no ha de atribuirse a un carácter insensible que con estas palabras quisiera apresurar la venganza de Dios contra sus propios parientes; porque convenía que el profeta no solo se preocupara por la salvación del pueblo, sino también por la gloria de Dios, es más, que ardiera con un santo celo. Como, pues, había trabajado en vano durante largo tiempo, no dudo de que, apartado por así decirlo de la presencia de todo testigo, pregunta aquí a Dios hasta cuándo pensaba soportar así la maldad del pueblo. Entendemos ya el propósito del profeta y el sentido de sus palabras.

Pero dice primero: ¿Hasta cuándo, Jehová, clamaré, y no oirás? ¿Hasta cuándo clamaré a ti por la violencia, es decir, a causa de la violencia, y no salvarás? De ahí aprendemos que el profeta había rogado a Dios muchas veces que corrigiera al pueblo por su maldad, o que ideara algún medio para impedir tanta licencia en el pecar. Es ciertamente probable que el profeta hubiera orado mientras hubo alguna esperanza; pero cuando vio que las cosas no tenían remedio, oró entonces con más ardor para que Dios asumiera el oficio de juez y castigara al pueblo. Pues aunque el profeta se condolía de veras de los que perecían, y le preocupaba seriamente, como he dicho, su seguridad pública, prefería sin embargo la gloria de Dios; cuando vio, pues, que la osadía en el pecado aumentaba por la impunidad, y que los judíos se burlaban de Dios con más descaro al ver que podían pecar sin ser castigados, no pudo soportar tan desenfrenada insolencia. Además, el profeta puede haber hablado así no solo expresando su propio sentir, sino lo que sentía en común con todos los piadosos; como si hubiera asumido aquí un deber público y expresara una queja común a todos los fieles: pues es probable que todos los piadosos, en un estado de cosas tan desordenado, se lamentaran igualmente. ¿Hasta cuándo, pues, clamaré? ¿Hasta cuándo, dice, clamaré a causa de la violencia? Es decir: cuando todo está en desorden, cuando ya no hay respeto por la equidad y la justicia, sino que los hombres se entregan, como con riendas sueltas, a toda clase de maldad, ¿hasta cuándo, Señor, no tomarás nota? Pero con estas palabras el profeta no solo expresa sus propios sentimientos, sino que hace una especie de preámbulo, para que los judíos entendieran mejor que había llegado el tiempo de la venganza; pues se habían vuelto intolerables no solo a Dios, sino también a sus siervos. Dios, en efecto, había suspendido su juicio, aunque su profeta se lo había pedido muchas veces. De ahí se ve que su maldad había avanzado tanto que no sería extraño que el Señor los castigara ahora severamente; pues con sus pecados no solo lo habían provocado contra ellos, sino también a todos los piadosos y fieles.

Habacuc 1:3

Añade después: ¿Hasta cuándo me mostrarás la iniquidad, y me harás ver la aflicción? Aquí el profeta relata brevemente la causa de su indignación: que no podía, sin gran dolor, es más, sin angustia de espíritu, contemplar tales males prevaleciendo entre el pueblo escogido de Dios; porque quienes aplican esto a los caldeos lo hacen de manera forzada y sin necesidad alguna, y no han advertido la razón que he expuesto: que el profeta no enseña aquí a los judíos, sino que los prepara para un juicio venidero, pues no podían sino ver que eran justamente condenados, ya que el clamor y las quejas de todos los piadosos los declaraban culpables.

Ahora bien, este pasaje nos enseña que todos los que de veras sirven y aman a Dios deben, según el ejemplo del profeta, arder de santa indignación siempre que vean la maldad reinando sin freno entre los hombres, y sobre todo en la Iglesia de Dios. En efecto, nada debe causarnos mayor dolor que ver a los hombres enfurecidos con profano desprecio de Dios, sin respeto alguno por su ley y por la verdad divina, y todo orden pisoteado. Cuando, por tanto, se nos presente tal confusión, debemos sentirnos movidos, si tenemos en nosotros alguna chispa de religión. Si se objeta que el profeta excedió la moderación, la respuesta obvia es esta: que aunque derrama libremente sus sentimientos, no había en ello nada malo delante de Dios, al menos no se le imputa nada malo; pues ¿para qué oramos, sino para que cada uno de nosotros descargue sus cuidados, sus penas y sus ansiedades, derramándolos en el seno de Dios? Puesto que Dios nos permite tratar con él tan familiarmente, no debe atribuirse nada malo a nuestras oraciones cuando así derramamos libremente nuestros sentimientos, con tal de que el freno de la obediencia nos mantenga siempre dentro de los debidos límites, como fue el caso del profeta; pues es cierto que lo retenía el influjo de una bondad genuina. Jeremías oró ciertamente con fervor desenfrenado (Jer 15:10); pero su caso era distinto del de nuestro profeta; pues este no llega aquí a un exceso, como Jeremías cuando maldijo el día de su nacimiento y se quejó ante Dios de haber sido hecho hombre de contienda. Nuestro profeta, en cambio, asume aquí la defensa de la justicia; pues no podía soportar que la ley de Dios fuera convertida en juego y que los hombres se permitieran toda libertad en el pecar.

Vemos, pues, ahora que el profeta puede ser justamente excusado, aunque se queje aquí ante Dios, porque Dios no condena esta libertad en nuestras oraciones; al contrario, el fin de orar es que cada uno de nosotros derrame, como se dice en los Salmos, su corazón delante de Dios. Como, pues, comunicamos a Dios nuestras preocupaciones y tristezas, no es extraño que el profeta, a la manera de los hombres, diga: ¿Por qué me muestras la iniquidad, y me haces ver la aflicción? La aflicción ha de tomarse aquí en sentido activo, y el verbo תבימ, tabith, tiene significado transitivo. Algunos lo traducen: ¿Por qué miras la aflicción?, como si el profeta soportara con indignación la connivencia de Dios. Pero el contexto exige necesariamente que este verbo se tome en sentido transitivo. «¿Por qué me muestras la iniquidad?», y luego: «¿y me haces mirar la violencia?». Dice después, en tercer lugar: ante mí hay violencia. Pero he dicho que la palabra aflicción ha de tomarse activamente; pues el profeta no quiere decir que estaba agotado de cansancio, sino que los malvados eran molestos para los buenos y los inocentes, como suele suceder cuando prevalece la libertad de pecar.

Y ¿por qué, dice, hay violencia y despojo ante mí? y hay quien levanta, etc.? El verbo נשא, nusha, no significa aquí emprender, como algunos lo traducen, sino, al contrario, levantar. Otros lo traducen: «Quién sostiene», pero esto es frío. Por tanto, la traducción que he expuesto es la más adecuada: ¿Y por qué hay quien levanta pleito y contienda?

Pero el profeta los acusa aquí solo de pecados contra la segunda tabla de la ley: no habla de las supersticiones del pueblo ni del culto corrompido a Dios; sino que dice brevemente que no tenían consideración por lo justo y lo recto: pues cuanto más fuerte era alguien, más oprimía a los indefensos y a los inocentes. Por eso mencionó la iniquidad, la aflicción, el despojo, la violencia, la contienda y el pleito. En suma, el profeta deplora aquí que ya no hubiera equidad ni bondad fraterna entre el pueblo, sino que por todas partes prevalecían los robos, las rapiñas y la violencia tiránica. Sigue:

Habacuc 1:4

4. Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio nunca sale: porque el impío rodea al justo; por eso sale torcido el juicio.

4. Propterea dissolvitur (vel, debilitatur) lex, et non egredietur perpetuo judicium (vel, non egreditur:) quia impius circumdat justum, propterea impius circumdat justum, propterea egredietur judicium perversum.

Habacuc 1:4

El profeta confirma aquí lo que ya he dicho, y presenta una excusa de su celo; prueba que no sin razón fue llevado a tan gran ardor; pues veía que la ley de Dios era pisoteada, por así decirlo; veía a los hombres tan endurecidos en toda clase de pecado, que toda religión y el temor de Dios casi se habían extinguido. De ahí que ya he dicho que el profeta no era movido aquí por una pasión carnal, como nos sucede a menudo cuando nos defendemos de agravios que se nos hacen; pues cuando alguno de nosotros es injuriado, se enciende de inmediato, mientras que, al mismo tiempo, toleramos que la ley de Dios sea un juego, que toda su verdad sea despreciada y que todo lo que es justo sea violado. Solo somos sensibles en lo que nos toca individualmente, y entretanto perdonamos con facilidad cuando se agravia a Dios y se desprecia su verdad. Pero el profeta muestra aquí que no se indignaba por un sentimiento privado, sino porque no podía soportar la profanación del culto de Dios y la violación de su santa ley.

Dice, por tanto, que la ley era disuelta o debilitada, como si dijera que la ley de Dios ya no tenía autoridad ni consideración alguna. Aprendamos de ahí a despertarnos, pues somos muy fríos cuando los impíos desprecian abiertamente a Dios e incluso se burlan de él. Como, pues, somos demasiado indiferentes en este aspecto, aprendamos, por el ejemplo del profeta, a estimularnos. Pues también Pablo muestra, de manera indirecta, que hay justa razón para la indignación: «Airaos, pero no pequéis» (Ef 4:26); es decir, cada uno debe mirar sus propios pecados de modo que llegue a ser enemigo de sí mismo; y debe también sentir indignación siempre que vea a Dios ofendido.

Esta regla sigue ahora el profeta: Debilitada, dice, es la ley. Sabemos que cuando prevalece una costumbre pecaminosa, hay poca autoridad en lo que se enseña: y no solo se desprecian las leyes humanas cuando la audacia de los hombres rompe todo freno, sino que aun la misma ley de Dios es estimada en nada; pues piensan que todo lo que se hace erróneamente, con el consentimiento de todos, es lícito. Vemos, pues, ahora que el profeta sentía gran angustia de espíritu, como el santo Lot (Gn 19:1-38), cuando veía casi extinguido en la tierra todo respeto por Dios, y sobre todo entre el pueblo escogido, a quien Dios había consagrado a sí mismo por encima de todos los demás.

Añade luego: el juicio no sale perpetuamente. Muchos consideran absurdamente que esto fue dicho en la persona de hombres necios, que piensan que no existe providencia divina cuando las cosas del mundo están en desorden; pero el profeta simplemente dice que toda justicia estaba suprimida. Casi la misma queja tenemos en Is 59:4. Dice, pues, que el juicio no salía perpetuamente, porque los impíos pensaban que no habían de rendir cuentas. Cuando, por tanto, alguien se atrevía a decir una palabra contra ellos, enseguida hervían de rabia y, como fieras, lo atacaban con furia. Todos callaban entonces, casi enmudecidos, cuando los impíos así prevalecían y cobraban osadía de la práctica diaria de la licencia. De ahí: «¿No sale perpetuamente el juicio?»; es decir: «Oh Señor, las cosas están ya sin esperanza, y no parece haber fin a nuestros males, a menos que vengas pronto y apliques un remedio que supere lo que nuestra carne puede concebir». Porque el impío, dice, rodea al justo; es decir, cuando había alguien que seguía conservando algún respeto por la religión y la justicia, enseguida los impíos se levantaban contra él por todos lados y lo rodeaban por delante y por detrás; así sucedía que nadie se atrevía a oponerse al torrente, aunque por todas partes prevalecían los fraudes, las rapiñas, los ultrajes, la crueldad e incluso los asesinatos; si aún quedaban algunos justos, no se atrevían a salir en público, porque los impíos los acechaban por todos lados.

Añade después: Por eso sale torcido el juicio. El profeta se eleva ahora más: que aun los gobernantes mismos aumentaban la furia de los males y, por así decirlo, suministraban combustible a su maldad, pues confundían toda distinción entre lo recto y lo malo; porque el profeta no habla aquí de agravios privados que cualquiera pudiera haber hecho, sino de los gobernantes mismos, como si dijera: «Podría haber habido un remedio: los jueces habrían podido frenar tan gran audacia; pero ellos mismos extienden la mano a los impíos y los ayudan». De ahí que los tribunales, que debían haber sido sagrados, se hubieran vuelto, por así decirlo, cuevas de ladrones. La palabra משפט, meshiphith, se toma propiamente en buen sentido: ¿no es el juicio, entonces, algo deseable? Sí, pero el profeta dice que estaba pervertido. Fue, pues, por vía de concesión que se menciona el juicio; porque después le añade una palabra con la que muestra que la administración de las leyes era mala y perjudicial: pues cuando algún oprimido recurría al auxilio de las leyes, era despojado. En suma, el profeta quiere decir que todo, en lo privado y en lo público, estaba corrompido entre el pueblo. Sigue ahora:

Habacuc 1:5

5. Mirad entre las naciones, y observad, y asombraos maravillados: porque yo haré una obra en vuestros días, que no creeréis, si se os contare.

5. Videte in gentibus, et aspicite, et admiramini, admiramini; quia opus operans in diebus vestris, non credetis, quum narratum fuerit.

Habacuc 1:5

El profeta dirige su discurso a los judíos, después de haber relatado el coloquio privado en el que se quejó ante Dios porque había soportado con tanta paciencia la obstinada maldad de la nación. Provisto ahora, por así decirlo, del mandato de Dios (como en efecto era el caso), cumple el oficio de heraldo y proclama una destrucción cercana. Adopta, en verdad, un preámbulo que debía haber despertado a los ánimos adormilados y descuidados. Dice: mirad, ved, asombraos, asombraos; estas repeticiones aumentan no poco la alarma; dos veces les manda ver, y dos veces los exhorta a asombrarse o maravillarse. Proclama luego brevemente el juicio de Dios, que después describe más ampliamente. Percibimos, pues, ahora el propósito del profeta y la manera en que procede con su tema.

Y manda a los que están entre las naciones que miren, como si dijera que ellos eran indignos de ser enseñados en la escuela de Dios; les designó, por tanto, otros maestros, los caldeos, como veremos enseguida. Podría haber dicho: miren a Dios; pero como el profeta había gastado tanto tiempo su trabajo en vano y sin provecho al enseñarles, les pone por maestros a los caldeos. Mirad, dice, maestros entre los gentiles. Hay aquí, en efecto, un contraste implícito, como si dijera: «Dios os ha llamado hasta ahora muchas veces a sí, y se os ha ofrecido, pero vosotros os habéis negado a mirarle; ahora, pues, como está cansado de ejercer tanto tiempo la paciencia, os designa otros maestros; aprended ahora de los gentiles lo que hasta aquí os habéis negado a aprender de la santa boca del mismo Dios».

Los traductores griegos sin duda leyeron בגורים, pues su versión es: «Mirad, despreciadores». Pero en hebreo no hay ambigüedad en cuanto a la palabra.

Añade después: Y maravillaos, maravillaos. Con estas palabras los profetas expresan cuán terrible sería el juicio de Dios, que asombraría a los mismos judíos. Si no hubieran sido en extremo rebeldes, habrían podido recibir la instrucción en calma, pues Dios les habría hablado por sus profetas como si fueran sus propios hijos. Así habrían podido escuchar con ánimo sereno a Dios que les hablaba; pero había llegado ya el tiempo en que serían llenos de asombro. Vemos, pues, que el profeta quiso decir esto en pocas palabras: que habría un nuevo modo de enseñar, que abrumaría de asombro a los que no querían, porque no soportaron ser gobernados con suavidad, cuando el Señor no les exigía otra cosa que mostrarse dóciles.

Después de haber dicho que el juicio de Dios sería terrible, añade que estaba muy cerca: una obra, dice, hará él en vuestros días, etc. Ya habían sido advertidos muchas veces de esa venganza, pero como la habían menospreciado por mucho tiempo, permanecían siempre hundidos en sus propios engaños, como los hombres que suelen dar largas al tiempo y buscar por todas partes alguna excusa para darse gusto. Así, pues, cuando el pueblo se endureció contra toda amenaza, pensaban que Dios los soportaría siempre; por eso el profeta declara expresamente que la ejecución de lo que ellos consideraban una fábula estaba cerca: Hará, dice, esta obra en vuestros días.

Añade luego: no creeréis cuando se os contare; es decir, Dios ejecutará un castigo tal que será increíble y superará toda creencia. El profeta alude sin duda a la falta de fe del pueblo y lo reprende indirectamente, como si dijera: «Hasta ahora habéis negado fe a la palabra de Dios, pero al fin descubriréis que ha dicho la verdad; y esto lo descubriréis con asombro; pues así como su palabra ha sido tenida por vosotros por increíble, así también será increíble su juicio». En suma, el profeta da a entender esto: que aunque los profetas habían sido objeto de burla por parte de los judíos y despreciados como inventores de fábulas, nada habían dicho que no se cumpliera plenamente. Esta recompensa debía, pues, pagarse a todos los incrédulos; porque Dios vengaría su impiedad de la manera más terrible, de modo que ellos mismos quedaran asombrados y fueran un asombro para otros. Percibimos ahora lo que el profeta quiso decir al afirmar que los judíos no creerían la obra de Dios cuando se les contara, es decir, la venganza que describirá enseguida.

Este pasaje es citado por Pablo y aplicado al castigo que entonces aguardaba a los judíos; pues Pablo, después de haberles ofrecido a Cristo, y viendo que muchos de ellos miraban con desprecio la predicación del evangelio, añadió estas palabras: «Mirad», dijo, «y asombraos, porque Dios hará una obra en vuestros días que no creeréis». Pablo hizo al mismo tiempo una aplicación adecuada de las palabras del profeta; pues así como Dios había amenazado una vez a su pueblo por su profeta Habacuc, así seguía siendo el mismo; y puesto que había vindicado tan severamente el desprecio de su ley respecto de su pueblo antiguo, no podía ciertamente soportar la impiedad de aquel pueblo que había obrado de manera tan maligna y tan ingrata, es más, tan insolente y perversa, hasta rechazar su gracia; porque este era el último remedio para los judíos. No es extraño, pues, que Pablo les pusiera delante esta venganza, cuando los judíos de su tiempo persistían en su incredulidad rechazando a Cristo. Sigue ahora la explicación:

Habacuc 1:6

6. Porque he aquí que yo levanto a los caldeos, nación amarga y apresurada, que marchará por la anchura de la tierra para poseer moradas que no son suyas.

6. Quia ecce ego excito Chaldaeos, gentem asperam, et praecipitem, quae incedet per latitudines terrae, ad possidendum tabernacula non sua.

Habacuc 1:6

Este versículo lo añade el profeta como explicación; pues no bastaba hablar en general de la obra de Dios sin recordarles que su destrucción por los caldeos estaba cerca. No explica, en verdad, en este versículo cuál sería el carácter de aquel juicio que había mencionado en el versículo anterior (Hab 1:5); pero lo hará en lo que sigue. Ahora bien, los profetas difieren de Moisés en esto: que muestran, por así decirlo, con el dedo lo que él amenazaba en general, y declaran los juicios particulares de Dios; como se ve en efecto por el adverbio demostrativo «He aquí». Cuán necesario era esto lo podemos deducir de la perversidad de aquel pueblo; pues por muy claramente que los profetas les mostraran los juicios de Dios, de modo que los veían con sus ojos, era sin embargo tan grande su insensibilidad que despreciaban advertencias tan evidentes. ¿Qué se habría hecho, pues, si los profetas hubieran dicho solo en general: «¡Dios no os perdonará!»? Esta es, pues, la razón por la que el profeta, habiendo hablado de la terrible venganza de Dios, declara ahora en términos expresos que los caldeos ya estaban armados por él para ejecutar su juicio. El resto lo dejamos para mañana.

Oración

Concédenos, Dios todopoderoso, que así como nuestros pecados claman continuamente al cielo, cada uno de nosotros se vuelva al arrepentimiento, y condenándonos a nosotros mismos por nuestra propia voluntad anticipemos tu juicio, y así nos estimulemos al arrepentimiento, para que, recibidos en tu favor, te hallemos a ti, a quien hemos provocado a tomar venganza, como verdaderamente nuestro Padre; y seamos de tal modo preservados por ti en este mundo, que, habiéndonos despojado al fin de todos nuestros vicios, alcancemos aquella perfección de pureza a la que nos invitas; y así condúcenos más y más a ti por tu Espíritu, y sepáranos de las corrupciones de este mundo, para que te glorifiquemos delante de los hombres, y seamos al fin hechos partícipes de aquella gloria celestial que ha sido comprada para nosotros con la sangre de tu Hijo unigénito. Amén.

Lección ciento siete

En la lección de ayer el profeta comenzó a mostrar de quién habían de esperar los judíos la venganza de Dios: de los caldeos, que vendrían no por su propio instinto, sino por el impulso oculto de Dios. Dios, en efecto, testifica que él sería el autor de esta guerra, y que los caldeos pelearían, por así decirlo, bajo sus auspicios. Yo soy, dice, el que levanto, etc. Luego, al llamar a los caldeos nación amarga y apresurada, quiso aterrorizar seriamente a los judíos, que habían despreciado con indiferencia todas las amenazas. No era, ciertamente, motivo de alabanza para los caldeos ser amargos e impetuosos; pero el Señor podía convertir estos vicios a un buen fin, pues hace brotar luz de las tinieblas. Cuando, por tanto, leemos que los caldeos eran amargos y también apresurados, Dios da así a entender que puede emplear los vicios de los hombres en la ejecución de sus juicios, y sin embargo no contraer de ello mancha ni tacha; pues no es posible que lo contaminemos con nuestra inmundicia, ya que la esparce lejos con el resplandor de su justicia y equidad.

Añade después: Marcharán por las anchuras * de la tierra, para poseer moradas que no son suyas*. Quiere decir que no habría obstáculos en el camino de los caldeos, sino que se extenderían por toda la tierra y ocuparían regiones muy remotas. Pues los que temen no se atreven a dispersarse así, sino que, al contrario, avanzan con cautela con un ejército reunido; pero los que ya han obtenido la victoria marchan para devastar la tierra. Esto es lo que dice el profeta que harían los caldeos.

El sentido es que no vendrían a sostener una guerra incierta, sino que gozarían de una victoria; pues con una carrera impetuosa llenarían la tierra, de modo que ocuparían tiendas o moradas que no son suyas. Era ciertamente motivo de culpa en los caldeos que así invadieran a sus propios vecinos; pero, como he dicho, Dios solo quería llenar de terror a los judíos, porque veía que todas las amenazas eran despreciadas. Quiso, pues, mostrar cuán terribles serían los caldeos, y lo confirma en el versículo siguiente.

Habacuc 1:7

7. Terribles y espantosos son: de ellos mismos procederá su derecho y su dignidad.

7. Terribilis et metuenda ipsa, ab ipsa judicium ejus (pro jure ponitur hoc nomen,) et exultatio (vel, dignitas) ejus egredietur.

Habacuc 1:7

Al decir que los caldeos serían terribles y espantosos, no alaba sus virtudes; sino que, como ya les he recordado, muestra que estarían preparados para hacer su servicio ejecutando su venganza: y reguló de tal modo su juicio, que usó su crueldad para un buen fin. Vemos así que los peores hombres están en la mano de Dios, como lo está Satanás, que es su cabeza; y que, sin embargo, Dios no queda implicado en su maldad, como sostienen algunos insensatos; pues dicen que si Dios gobierna el mundo por su providencia, se convierte así en autor del pecado, y los pecados de los hombres han de atribuírsele. Pero la Escritura nos enseña algo muy distinto: que los impíos son llevados de acá para allá por el poder oculto de Dios, y que, sin embargo, la culpa es de ellos cuando hacen algo con engaño y crueldad, y que Dios permanece siempre justo, sea cual sea el uso que haga de los instrumentos, aun de los peores.

Pero cuando el profeta añade que su juicio procedería de la nación misma, quiere decir que los caldeos actuarían conforme a su propia voluntad. Cuando alguien, en efecto, obedece las leyes y se somete de buen grado a ellas, admitirá libremente jueces o árbitros en caso de disputa; pero el que quiere que todo se haga conforme a su propio designio repudia a todos los jueces. El profeta quiere decir, por tanto, que los caldeos serían sus propios jueces, de modo que los judíos u otros se quejarían en vano de cualquier agravio que se les hiciera. «Ellos serán», dice, «sus propios jueces, y ejecutarán el juicio, porque no aceptarán árbitros». La palabra juicio, tomada en buen sentido, se pone aquí por derecho (jus); como si dijera: «Todo lo que los caldeos reclamen para sí, suyo será; porque nadie se atreverá a intervenir, y ellos no se someterán a la voluntad de otros; sino que su poder será por ley, y su espada por tribunal». Entendemos ahora el sentido del profeta; y debemos tener siempre presente lo que ya he dicho: que Dios no tenía participación en estos vicios; sino que era necesario que la terquedad de un pueblo incorregible fuera así corregida, o al menos quebrantada. El Señor, entretanto, podía usar tales instrumentos de tal modo que conservara cierta moderación en sus juicios. Sigue:

Habacuc 1:8

8. Sus caballos son también más veloces que los leopardos, y más fieros que los lobos de la tarde: y sus jinetes se multiplicarán, y sus jinetes vendrán de lejos; volarán como águila que se apresura a comer.

8. Et velociores pardis equi ejus, et acutiores lupis vespertinis: et multiplicati sunt equites ejus, et equites ejus e longinquo venient; volabunt quasi aquila festinans ad comedendum (vel, ad cibum.)

Habacuc 1:8

El propósito de estas expresiones figuradas es el mismo. El profeta había hablado de la crueldad de aquellos enemigos a quienes los judíos despreciaban: añade ahora que serían tan activos que superarían en velocidad tanto a los leopardos como a las águilas, o al menos serían iguales a ellos. Dice, pues, primero, que sus caballos serían más veloces que los leopardos. Los judíos podrían haber eludido sus amenazas, o al menos alimentar su insensibilidad con una vana confianza, pues vemos cuánto prevalece este vicio en el mundo; porque podrían haber pensado dentro de sí: «Los caldeos están muy lejos, y el peligro del que habla el profeta no puede estar tan cerca». Por eso declara que sus caballos serían más veloces que los leopardos.

Añade luego que serían más fieros que los lobos de la tarde. El lobo es un animal rapaz; y cuando ha andado todo el día en vano buscando qué devorar, entonces, al atardecer, el hambre enciende su furia. No hay, pues, nada más temible que los lobos hambrientos. Pero, como he dicho, si no encuentran alguna presa hacia la tarde, se vuelven aún más furiosos. Encontraremos la misma comparación en Sof 3:1. Vemos ahora el alcance de las palabras del profeta.

Añade que sus jinetes serían numerosos. Expone ahora su poder, para que los judíos no recurrieran a vanas esperanzas, porque pudieran obtener alguna ayuda de los egipcios o de otros vecinos. El profeta muestra que todas esas esperanzas serían del todo vanas; pues aunque reunieran auxiliares de todas partes, los caldeos los superarían aún en poder y en número.

Dice después que sus jinetes vendrían de lejos. Aunque tuvieran un largo camino, el cansancio no les impediría ni retrasaría venir de una región remota. La fatiga del viaje no los debilitaría hasta que llegaran a Judea. ¿Cómo así? Porque volará, dice (habla siempre de la nación misma), como águila que se apresura a devorar. Esta metáfora es también muy adecuada al presente propósito; pues significa que dondequiera que los caldeos vieran una presa, vendrían al instante, como el águila a cualquier cadáver que divise. Sea cual sea la distancia, en cuanto ve una presa emprende un vuelo precipitado y pronto está presente para devorar; pues la rapidez de las águilas, como es bien sabido, es asombrosa.

Vemos ahora que lo que aprendemos de las palabras del profeta es en sustancia esto: que el juicio de Dios debía haber sido temido, porque se proponía emplear a los caldeos como sus siervos, cuya disposición cruel e inhumanidad serían espantosas; muestra también que los caldeos serían muy superiores en poder y en número; y en tercer lugar da a conocer que poseerían una rapidez asombrosa, y que aunque la longitud del viaje pudiera considerarse un obstáculo, serían sin embargo como las águilas, que caen como una flecha del cielo a la tierra siempre que ven una presa. Y las águilas no solo son rápidas en su vuelo, sino que poseen también agudeza de vista; pues sabemos que los ojos de las águilas son notablemente penetrantes y fuertes: y se dice que arrojan a sus crías si descubren que no pueden mirar fijamente al sol, porque las consideran espurias. El profeta da a entender, pues, que los caldeos divisarían su presa desde lejos: como las águilas, dotadas de una agudeza de vista increíble, ven desde la mitad del aire cada cadáver que yace en el suelo, así también los caldeos descubrirían pronto una presa y caerían sobre ella en un instante. Prosigamos.

Habacuc 1:9

9. Todos vendrán a la violencia: el aspecto de sus rostros será como el viento oriental, y juntarán cautivos como arena.

9. Tota (semper de ipsa gente loquitur, hoc est. totus ipse populus) ad praedam venict; occursus vultus ipsorum (jam in plurali numera loquitar) ventus orientalis, et colliget quasi arenam captivitatem.

Habacuc 1:9

Al decir que vendrían a la presa, quiere decir que no tendrían molestia ni trabajo, pues serían vencedores antes de tener contienda alguna o de hacer guerra con sus enemigos. El sentido, pues, es que los caldeos no vendrían a gastar mucho tiempo en guerrear, como cuando hay un poder fuerte que resiste; sino que vendrían solo por el botín, porque los judíos se espantarían y se someterían al instante. Y con estas palabras el profeta da a entender que no habría fuerza ni ánimo en un pueblo tan rebelde: pues Dios debilita así los corazones de los que resisten ferozmente su palabra. Siempre, pues, que los hombres se hacen fuertes contra Dios, él derrite de tal modo sus corazones que no pueden resistir a sus semejantes mortales; y así se burla de su confianza, o más bien de su locura. Para que los judíos no albergaran todavía alguna esperanza por el azar de la guerra, el profeta dice que los caldeos vendrían solo por la presa, porque todos les quedarían sometidos.

Añade después que el encuentro de sus rostros sería como el viento oriental. La palabra גמה, gime, significa lo que está enfrente; y su derivado significa encuentro u oposición (occursus). Sabemos, en efecto, que el viento del este era muy dañino para la tierra de Judea, que secaba la vegetación, es más, que consumía por así decirlo todo el producto de la tierra. La violencia de ese viento era también muy grande. Por eso, siempre que los profetas querían expresar una impetuosidad violenta, añadían esta comparación con el viento oriental. Era, pues, lo mismo que si el profeta hubiera dicho que los judíos se halagarían ahora en vano; porque en cuanto percibieran el soplo del viento oriental, huirían, sabiendo que serían del todo incapaces de resistirlo.

De ahí sigue lo que añade el profeta: Juntará cautivos como arena; es decir, el rey de Babilonia someterá sin dificultad alguna a todo el pueblo y reunirá cautivos innumerables como la arena; pues por la arena del mar se entiende una inmensa multitud de hombres. En suma, el profeta muestra que los judíos ya estaban vencidos; porque su lucha y su contienda habían sido con Dios, a quien habían provocado tantas veces y con tanta obstinación; y también porque Dios había escogido para sí tales siervos que sobresalían en rapidez, poder y crueldad. Esta es la suma del conjunto. Añade después:

Habacuc 1:10

10. Y se burlarán de los reyes, y los príncipes serán para ellos objeto de risa: se reirán de toda fortaleza; porque amontonarán polvo, y la tomarán.

10. Et ipse reges ridebit, et principes subsannatio ei; ipse omnem munitionem subsannabit; congregabit pulverem et capiet eam.

Habacuc 1:10

El profeta concluye el tema que ha venido tratando hasta aquí. Dice que los caldeos no vendrían a entablar una guerra dudosa, sino solo a triunfar sobre naciones vencidas. Sabemos, en efecto, que los judíos, aunque no sobresalían ni en número ni en riquezas, eran sin embargo tan orgullosos que miraban, por así decirlo, con desprecio a las demás naciones, y sabemos también que confiaban vanamente en vanos auxilios; pues como estaban confederados con los egipcios, se creían fuera del alcance del peligro. Por eso el profeta dice que los reyes y los príncipes serían solo un juego para los caldeos, y sus fortalezas solo una burla para ellos. ¿Cómo así? Porque amontonarán polvo, dice; es decir, harán un terraplén con el polvo de la tierra y penetrarán así en todas las ciudades fortificadas.

En suma, el profeta quiso cortar toda esperanza a los judíos, para que se humillaran ante Dios; o quiso quitarles toda excusa si no se arrepentían, como en efecto sucedió; pues sabemos que no se arrepintieron a pesar de estas advertencias, hasta que al fin la venganza los alcanzó por completo. Añade luego:

Habacuc 1:11

11. Entonces mudará su espíritu, y pasará adelante, y ofenderá, atribuyendo este su poder a su dios.

11. Tunc mutabit spiritum, et transgredietur, et impie aget: haec virtus ejus deo ipsius.

Habacuc 1:11

El profeta comienza ahora a dar algún consuelo a los fieles, para que no sucumbieran bajo males tan graves. Hasta aquí ha dirigido su discurso a aquel pueblo incorregible, pero ahora se vuelve al remanente; pues siempre hubo entre ellos algunos fieles, aunque pocos, a quienes Dios nunca descuidó; es más, por causa de ellos enviaba a menudo a sus profetas; porque aunque la multitud no sacaba provecho, los fieles entendían que Dios no amenazaba en vano, y así eran retenidos en su temor. Esta era la razón por la que los profetas solían, después de haber hablado en general, descender a los fieles y consolarlos aparte y en privado, por así decirlo. Y esta diferencia debe notarse, como hemos dicho en otro lugar; pues cuando los profetas denuncian la ira de Dios, el discurso se dirige entonces indistintamente a todo el cuerpo del pueblo; pero cuando añaden promesas, es como si llamaran a los fieles a una conferencia privada y les hablaran al oído lo que el Señor les había encomendado. La verdad habría podido ser útil a todos, si hubieran vuelto a la cordura; pero como casi todo el pueblo se había endurecido en sus vicios, y Satanás había entorpecido las mentes y los corazones de casi todos, convenía que el profeta tuviera una consideración especial por los escogidos de Dios. Comprendemos, pues, ahora su propósito.

Y dice: ahora mudará su espíritu. Manda a los fieles que alimenten esperanza, porque los caldeos, después de haber derramado todo su furor, serán castigados por el Señor por su arrogancia, pues será intolerable. Esto puede parecer, en efecto, frío a los impíos; pues ¿qué tiene de extraño que los caldeos, tras haber obtenido tantas victorias, se envanezcan y se regocijen en su éxito, como suele suceder? Pero como es principio firme entre nosotros que el orgullo de los hombres se vuelve intolerable a Dios cuando se exaltan en extremo y no guardan moderación, este es un argumento muy poderoso: que todo el que así levanta sus cuernos será derribado de repente por el Señor. Y la Escritura nos pone siempre delante esto: que Dios abate el orgullo altanero, y lo hace para que sepamos que la destrucción está cerca de todos los impíos cuando así enloquecen violentamente y no saben que son mortales. Fue, pues, por esta razón que el profeta menciona lo que dice aquí: para que los fieles esperaran algún fin de la violencia de sus enemigos, pues Dios frenaría su orgullo cuando traspasaran los límites. Pero dice: entonces mudará su espíritu; no que antes hubiera alguna humildad en los caldeos, sino que el éxito los embriagó, y aun les quitó toda razón. Y es cosa común que quien tiene la fortuna, por así decirlo, en su mano, se olvida de sí mismo y se cree ya no mortal. Los grandes reyes confiesan, en efecto, que son hombres; pero vemos cómo se apodera de ellos la locura; pues, como he dicho, engañados por la prosperidad, no se consideran menos que dioses.

El profeta se refiere aquí al rey de Babilonia y a todo su pueblo. Mudará, dice, su espíritu; es decir, el éxito le quitará la razón y la moderación que tenía. Ahora bien, puesto que los soberbios se delatan a sí mismos y delatan su carácter cuando la fortuna les sonríe, aprendamos a formar nuestro juicio sobre los hombres según esta prueba. Si queremos juzgar rectamente a alguien, debemos ver cómo lleva la buena y la mala fortuna; pues puede ser que quien ha soportado la adversidad con ánimo paciente, sereno y resignado, nos defraude en la prosperidad y se engría de tal modo que sea del todo otro hombre. No sin razón habla, pues, el profeta de un cambio de espíritu; porque aunque los caldeos eran antes orgullosos, no eran tan en extremo altivos como cuando su orgullo pasó todos los límites después de sus muchas victorias. Mudará, pues, su espíritu; no que los caldeos fueran otra clase de gente, sino que el Señor descubrió así su locura, que antes estaba oculta.

Añade luego: pasará adelante. El profeta quiso expresar que cuando el Señor permitía que los caldeos dominaran por lejos y por ancho, se abría así camino a sus juicios, que son muy distintos del juicio de la carne. Pues cuanto más poder adquieren los hombres, más osadía asumen; y parecía que contribuía a afirmar su poder el que supieran aprovechar su éxito. Pero el Señor, como he dicho, estaba preparando en secreto un camino para destruirlos, cuando así se volvieron soberbios y pasaron todos los límites; por eso el profeta no condena simplemente la altivez y el orgullo de los caldeos, sino que muestra que ya está abierto, por así decirlo, un camino para el juicio de Dios, a fin de destruirlos, puesto que se harían a sí mismos intolerables.

Añade después: y obrará impíamente. El verbo אשם, ashem, lo refiero al fin del versículo, donde atribuye su poder a su propio dios. Y el profeta añade esta explicación para que los judíos supieran qué clase de pecado sería el pecado del rey de Babilonia. Lo acusa, pues, de sacrilegio, porque pensaría que había llegado a ser el conquistador de Judea por la bondad de su ídolo, de modo que no tendría en nada el poder y la gloria del Dios verdadero. Puesto que el babilonio transferiría la gloria de Dios a su propio ídolo, su propia ruina maduraría así; pues el Señor tomaría su propia causa y ejecutaría venganza sobre tal sacrilegio; porque habla aquí sin duda del babilonio, y según su manera de ver, cuando dice:

Esta su fuerza es la de su dios; pero si alguien se inclinara a explicar esto del Dios verdadero, como hacen algunos, haría una construcción dura y forzada; pues los babilonios no adoraban al Dios verdadero, sino que estaban entregados, como es bien sabido, a sus propias supersticiones. El profeta, pues, sin duda da a conocer aquí a los fieles el orgullo con que se engreirían los babilonios, provocando así contra sí mismos la ira de Dios; y también la jactancia sacrílega en que se complacerían, atribuyendo las victorias que se les daban a sus propios ídolos, lo cual no podía hacerse sin un atrevido oprobio contra el Dios verdadero. Sigue ahora:

Habacuc 1:12

12. ¿No eres tú desde el principio, oh JEHOVÁ Dios mío, Santo mío? No moriremos. Oh JEHOVÁ, para juicio lo pusiste; y tú, oh Fuerte, lo fundaste para castigo.

12. Annon tu ab initio, (vel, jampridem,) Jehova, Deus meus? sanctus meus, non moriemur; Jehova, ad judicium posiusti eum; et fortis, ad castigationem fundasti eum.

Habacuc 1:12

El profeta, ahora exultante, conforme a lo que sienten todos los fieles, muestra el efecto de lo que acaba de mencionar; pues así como los impíos se levantan insolentemente contra Dios y, mientras Satanás los vuelve insensatos, lanzan palabras hinchadas de vanidad, como si pudieran confundir con hablar la tierra y el cielo, así también los fieles obtienen de la palabra de Dios una santa confianza, se ponen frente a ellos y vencen su ferocidad con la magnanimidad y la firmeza de su propio ánimo, de modo que pueden jactarse sin temor de que son felices y bienaventurados aun en las mayores miserias.

Esto es, pues, lo que quiere decir el profeta cuando añade: ¿No eres tú nuestro Dios? La pregunta es mucho más enfática que si simplemente hubiera declarado que el Dios verdadero era adorado en Judea y que por eso sería el protector de aquella nación; pues cuando el profeta hace una pregunta, quiere decir, según lo que comúnmente se entiende en hebreo, que la cosa no admite duda. «¡Cómo! ¿No eres tú nuestro Dios?» Vemos así que hay un contraste entre las jactancias malvadas e impías en que se complacen los profanos y la santa confianza que tienen los fieles, que se regocijan en su Dios. Pero que el discurso se dirija a Dios más bien que a los impíos no se hace sin razón, pues habría sido inútil contender con los malvados. Esto es, en verdad, a veces necesario, pues cuando los reprobados injurian abiertamente a Dios no podemos contenernos; ni es justo que nos abstengamos de testificar que tenemos por nada todas sus calumnias; pero no podemos oponernos tan valerosamente a su audacia como cuando tenemos primero el asunto arreglado entre nosotros y Dios, y podemos decir con los profetas: «Tú eres nuestro Dios». Todo el que quiera, pues, contender con osadía contra los impíos debe tratar primero con Dios, y confirmar y ratificar, por así decirlo, aquel pacto que Dios nos ha propuesto, a saber, que somos su pueblo y que él, a su vez, será siempre nuestro Dios. Como, pues, Dios así pacta con nosotros, nuestra fe debe afirmarse de veras, y entonces salgamos y contendamos contra todos los impíos. Este es el orden que observa aquí el profeta, y que hemos de observar nosotros: ¿No eres tú nuestro Dios?

Añade también: desde antiguo, מקדם, mekodam, palabra con la que el profeta invita la atención de los fieles al pacto que Dios había hecho, no ayer ni anteayer, con su pueblo, sino muchos siglos antes, es decir, 400 años antes de que redimiera a sus padres de Egipto. Puesto que el favor de Dios hacia los judíos había sido confirmado durante tanto tiempo, no sin razón dice aquí el profeta: Tú eres nuestro Dios desde el principio; es decir: «la religión que abrazamos nos ha sido entregada por tus manos, y sabemos que tú eres su autor; pues nuestra fe no descansa en la opinión de los hombres, sino que se sostiene en tu palabra. Puesto que hemos hallado, pues, tantas veces y de tantos modos, y durante tantos años, que tú eres nuestro Dios, no hay ahora lugar para la duda».

Añade luego: no moriremos. Lo que dicen los judíos de este lugar, que había sido corregido por los escribas, no me parece probable; pues la razón que dan es muy frívola. Suponen que estaba escrito lo tamut, «Tú no mueres», y que se había introducido la letra nun, «no moriremos», porque la expresión ofendía a aquellos escribas, como si el profeta comparara a Dios con los hombres y le atribuyera una inmortalidad precaria; pero habrían sido críticos muy necios. Pienso, por tanto, que la palabra fue escrita por el profeta como ahora la leemos: Tú eres nuestro Dios, no moriremos. Algunos lo explican como una oración: «no muramos»; y el futuro se toma a menudo en este sentido en hebreo; pero esta exposición no conviene al presente pasaje; pues el profeta, como ya he dicho, se levanta aquí como vencedor y disipa como nieblas todas aquellas necias jactancias de las que había estado hablando, como si dijera: «no moriremos, porque estamos bajo la protección de Dios».

Ya he explicado por qué dirige su discurso a Dios; pero esta es todavía la conclusión del argumento: que como Dios había adoptado a aquel pueblo, lo había recibido en su favor y había testificado que sería su defensor, el profeta saca con confianza esta inferencia: que este pueblo no puede perecer, pues es preservado por Dios. Ningún poder del mundo ni ninguna de sus defensas pueden darnos, en efecto, esta seguridad; pues cualesquiera fuerzas que todos los mortales aporten para protegernos o ayudarnos, todas perecerán junto con nosotros. Por eso, solo la protección de Dios es la que puede librarnos del peligro de muerte. Percibimos ahora por qué el profeta une estas dos cosas: «Tú eres nuestro Dios» y «No moriremos»; y en verdad la una no puede separarse de la otra; pues cuando estamos bajo la protección de Dios, necesariamente hemos de permanecer seguros, y seguros para siempre; no que estaremos libres de males, sino que el Señor nos librará de mil muertes y conservará siempre nuestra vida a salvo. Con solo que nos dé a gustar la salvación eterna, alguna chispa de vida permanecerá siempre en nuestros corazones, hasta que nos muestre, cuando por fin seamos redimidos, como ya he dicho, de mil muertes, la perfección de aquella vida bienaventurada que ahora se nos promete, pero que todavía se espera, y por eso está oculta bajo la custodia de la esperanza.

Oración

Concédenos, Dios todopoderoso, que ya que pones a nuestro alrededor tantos terrores, sepamos que debemos despertarnos y resistir la pereza y la lentitud de nuestra carne, para que nos fortalezcas con una confianza distinta; y que descansemos de tal modo en tu ayuda que triunfemos osadamente sobre nuestros enemigos, y nunca dudemos de que al fin nos darás la victoria sobre todos los asaltos de Satanás y de los malvados; y que también te miremos de tal modo que nuestra fe descanse enteramente en aquel pacto eterno e inmutable, que ha sido confirmado para nosotros con la sangre de tu único Hijo, hasta que al fin seamos unidos a aquel que es nuestra cabeza, después de haber pasado por todas las miserias de la vida presente y de haber sido reunidos en aquella herencia eterna que tu Hijo ha comprado para nosotros con su propia sangre. Amén.

Lección ciento ocho

Comenzamos ayer a explicar las palabras del profeta, con las que se animó a sí mismo y a los fieles, y obtuvo apoyo en circunstancias que rayaban en la desesperación; pues se volvió a Dios cuando vio a los malvados no solo engreídos por la prosperidad, sino también profiriendo blasfemias contra el Dios vivo. Dice, pues, el profeta que los que están bajo la protección de Dios no perecerán. De esto se sentía seguro en su interior. La declaración, como he dicho, es mucho más notable, al volver el profeta todos sus pensamientos hacia Dios, que si hubiera declarado pública y ruidosamente lo que testificó, por así decirlo, en una conferencia privada.

Pero no sin razón dijo: «Tú, Dios mío, Santo mío»; como si dijera: «Confío en ti, por cuanto soy uno de tu pueblo escogido». No habla aquí, en verdad, en su nombre privado, sino que incluye consigo a toda la Iglesia; pues este privilegio pertenecía a todos los hijos de Abraham, ya que habían sido apartados por la adopción gratuita de Dios y eran un real sacerdocio. Esta es la razón por la que el profeta dice: Tú, Dios mío, Santo mío. Pues los judíos solían llamar así a Dios porque habían sido escogidos del resto del mundo. Y su santidad consistía en que Dios se había dignado tomarlos como su pueblo, habiendo desechado a otros, aunque por naturaleza no había diferencia entre ellos.

Hay, además, mucho peso en las palabras que siguen: ¡Jehová! para juicio lo has puesto. Esta tentación se nos presenta siempre que nos esforzamos por poner nuestra confianza en Dios: «¿Qué significa esto? Pues Dios nos abandona ahora y nos expone al capricho de los malvados; se les permite hacer lo que quieren, y Dios no interviene. ¿Cómo, pues, podemos alimentar esperanza en medio de estas perplejidades?». El profeta levanta ahora un escudo contra esta tentación: «Tú», dice, «lo has puesto para juicio». Pues atribuye a la providencia de Dios que los asirios hubieran devastado la tierra con tanta insolencia, o la devastarían cuando vinieran; porque habla de cosas todavía futuras: «Tú», dice, «lo has puesto para juicio».

Esta es una verdad muy necesaria: pues Satanás oscurece, como con nubes, el favor de Dios cuando nos sobreviene alguna adversidad, y cuando Dios mismo prueba así nuestra fe. Pero las adversidades son, por así decirlo, nubes que nos impiden ver el fervor de Dios, como la luz del sol no aparece ante nosotros cuando el cielo se oscurece. Si, en efecto, la masa de males es tan grande y tan espesa que nuestros ánimos quedan abrumados, ya no son nubes, sino la densa oscuridad de la noche. En ese caso nuestra fe no puede mantenerse firme, a menos que la providencia de Dios se presente a nuestra vista, para que sepamos, en medio de tal confusión, por qué permite tanta libertad a los malvados, y también cómo pueden resultar sus intentos y cuál puede ser el desenlace. A menos, pues, que estemos plenamente persuadidos de que Dios, por su providencia secreta, regula todas estas confusiones, Satanás sacudirá cien veces al día, es más, en cada momento, aquella confianza que debe descansar en Dios. Vemos ahora cuán oportunamente añade el profeta esta cláusula. Había dicho: «¿No eres tú nuestro Dios? No moriremos». Añade ahora esto a modo de anticipación: «Los asirios, es verdad, devastan tu tierra con una insolencia desenfrenada, saquean a tu pueblo y matan impunemente al inocente; pero, oh Señor, esto no se hace sino con tu permiso: tú gobiernas todos estos procedimientos confusos, y todo esto no lo haces tú sin causa. Tú, Jehová, para juicio lo has puesto». Juicio ha de tomarse por castigo.

Pero el profeta repite lo mismo: y tú, oh Fuerte, lo fundaste para castigo. Algunos traducen צור, tsur, «fuerte», en caso acusativo, y dan una explicación doble. Una parte aplica el término a los judíos, que habían de ser sometidos por medios duros, ya que eran tan rebeldes; y piensan por eso que se llama fuertes a los judíos porque eran como piedras. Otros dan este sentido: Tú lo has hecho fuerte para castigar; es decir, le has dado fuerza, con la cual nos castigará. Pero como este es uno de los títulos de Dios, no dudo de que las dos cláusulas se corresponden. Da, pues, ahora este nombre a Dios. Habiéndole dado su nombre como Dios eterno, Tú, Jehová, etc., lo llama ahora fuerte. Pone צור, tsur, para corresponder con Jehová; y luego castigar, para corresponder con juicio. Vemos así cuán bien concuerda todo el contexto y cómo las palabras se responden unas a otras. Entonces es: Tú, oh Fuerte, lo has fundado para castigar. Pero ¿por qué llama el profeta fuerte a Dios? Aunque este título, como he dicho, se atribuye comúnmente a Dios, el profeta, no lo dudo, tenía en cuenta las circunstancias del momento. Es en verdad difícil retener esta verdad: que el mundo es gobernado por el consejo secreto de Dios, cuando las cosas se trastornan: pues entonces los profanos clamorean contra Dios y le acusan de indolencia; y otros gritan que todas las cosas cambian así por casualidad y al azar; y de ahí llaman ciega a la fortuna. Es difícil, pues, como he dicho, mantener firme esta verdad. El profeta, por tanto, para sostener su propia debilidad, se pone delante este título de Dios: Tú, el Dios fuerte, o la roca, etc.; porque צור, tsur, significa propiamente una roca, pero aquí ha de tomarse por Dios de fortaleza. ¿Por qué? «He aquí, vemos en verdad revoluciones que no solo hacen vacilar nuestra fe, sino que también disipan, por así decirlo, todos nuestros pensamientos; pero por mucho que el mundo gire en confusión, Dios es una roca; su propósito no falla ni vacila, sino que permanece siempre firme». Vemos, pues, ahora por qué el profeta llama fuerte a Dios.

Tú, el Fuerte, dice, lo has fundado. Expresa más con la palabra fundado que en la primera cláusula: pues se preparaba con firmeza contra males continuos, por si Dios (como era fácil conjeturar) no diera alivio inmediato a su pueblo, sino que añadiera calamidades a calamidades. Si Dios, pues, juntara males a males, el profeta se prepara para la perseverancia: «Tú», dice, «el Fuerte, lo has fundado»; es decir: «Aunque el asirio no solo se lance sobre nosotros como un torbellino o una violenta tempestad, sino que además siga oprimiéndonos, como si fuera una peste adherida a la tierra o algún monte fijo, tú, Señor, lo has fundado». ¿Para qué fin? Para castigar. Pero el profeta no habría podido decir esto si no hubiera sabido que Dios castigaba justamente a su pueblo. No lo dijo solo por sí mismo; sino que quiso también, con su propio ejemplo, llevar a los fieles a hacer la misma santa y piadosa confesión.

Las dos cláusulas de esta frase son, pues, estas: que aunque el asirio se enfurezca con insolencia desenfrenada, como una cruel fiera, sería sin embargo refrenado por el poder oculto de Dios, a quien pertenece de manera peculiar gobernar con su providencia secreta las confusiones de este mundo. Esto es una cosa. El profeta atribuye también justicia al poder de Dios, y confiesa así su propia culpa y la del pueblo; pues el Señor usaría justamente un azote tan severo, porque el pueblo necesitaba tal corrección. Prosigamos ahora:

Habacuc 1:13

13. Tú eres muy limpio de ojos para ver el mal, ni puedes contemplar la iniquidad: ¿por qué ves a los que hacen traición, y callas cuando destruye el impío al que es más justo que él?

13. Mundus es oculis, ne videas malum, et aspicere ad molestiam non potes (non poteris, adverbum;) quare aspicis transgressores? dissimulas quum impius devorat justiorem se?

Habacuc 1:13

El profeta se queja aquí ante Dios, no como al comienzo del capítulo; pues no emprende aquí, con ánimo santo y sereno, la defensa de la gloria de Dios, sino que se queja de agravios, como hacen los hombres oprimidos, que acuden al juez e imploran su protección. Esta queja ha de distinguirse, pues, de la anterior; porque al comienzo del capítulo el profeta no defendía su propia causa ni la del pueblo; sino que lo movía el celo por la gloria de Dios, de modo que en cierta manera pedía a Dios que tomara venganza de tan gran obstinación en la maldad; pero ahora desciende y expresa los sentimientos de los hombres; pues habla de los pensamientos y dolores de quienes habían sufrido agravios bajo la tiranía de sus enemigos.

Y dice: Oh Dios, tú eres limpio de ojos, no miras el mal. Algunos traducen el verbo טהור, theur, en modo imperativo, limpia los ojos; pero se equivocan; pues el versículo contiene dos partes, una contraria a la otra. El profeta razona a partir de la naturaleza de Dios, y luego expone lo que es de carácter opuesto. Tú, Dios, dice, eres limpio de ojos; por eso no puedes ver el mal; no es coherente con tu naturaleza pasar por alto los vicios de los hombres, pues toda iniquidad te es aborrecible. Así el profeta se pone delante la naturaleza de Dios. Añade luego que la experiencia se opone a esto; pues los malvados, dice, se regocijan; y mientras oprimen miserablemente al inocente, nadie presta ayuda. ¿Cómo es esto, sino que Dios duerme en el cielo y descuida los asuntos de los hombres? Entendemos, pues, ahora el sentido del profeta en este versículo.

Al decir que Dios es limpio de ojos, da por supuesto lo que todos los hombres piadosos deben tener por cierto e indudable. Pero como la justicia de Dios no siempre aparece, el profeta lucha; y muestra que en cierta manera vacilaba, pues no veía en el estado de cosas que tenía delante lo que su piedad, sin embargo, le dictaba: que Dios era justo y recto. Es verdad que la segunda parte del versículo roza la blasfemia: pues aunque el profeta pensó siempre honrosa y reverentemente de Dios, murmura aquí e indirectamente le acusa de demasiada tardanza, pues cerraba los ojos a las cosas mientras veía a los justos vergonzosamente oprimidos por los malvados. Pero debemos notar el orden que guarda el profeta. Pues al decir que Dios es limpio de ojos, sin duda se contiene a sí mismo. Como había peligro de que esta tentación lo llevara demasiado lejos, le sale al paso a tiempo y se encierra, en cierto modo, dentro de este límite: que debemos conservar plena convicción de la justicia de Dios. El mismo orden observa Jeremías cuando dice: «Yo sé, Señor, que eres justo, pero ¿cómo es que los impíos pervierten así toda equidad? y tú o no tomas nota o no aplicas remedio alguno. Por eso quisiera contender libremente contigo». El profeta no irrumpe de inmediato en una expresión como esta: «Oh Señor, contenderé contigo en juicio»; sino que antes de mencionar su queja, sabiendo que sus sentimientos estaban fuertemente excitados, hace una especie de preámbulo y en cierto modo se contiene, para frenar aquel ardor extremo que de otro modo podría haberlo llevado más allá de los debidos límites; «Tú eres justo, oh Señor», dice. De manera semejante habla aquí nuestro profeta: Tú eres limpio de ojos para no ver el mal; y no puedes mirar la aflicción.

Puesto que, dice, no puedes mirar la aflicción, hallamos que se afirma en aquella verdad: que la justicia de Dios no puede separarse de su misma naturaleza; y al decir לא תוכל, la tucal, «no puedes», es lo mismo que si hubiera dicho: «Tú, oh Señor, eres justo porque eres Dios; y Dios porque eres justo». Pues estas dos cosas no pueden separarse, ya que tanto la eternidad como el mismo ser de Dios no pueden subsistir sin su justicia. Vemos así cuán enérgicamente luchó el profeta contra su propia impetuosidad, para no entregarse demasiado a la queja que sigue enseguida.

Pues pregunta entonces, conforme al juicio común de la carne: ¿Por qué miras, cuando el impío devora al que es más justo que él? El profeta no despoja aquí a Dios de su poder, sino que habla con duda, y contiende no tanto con Dios como consigo mismo. Un hombre profano habría dicho: «No hay Dios, no hay providencia», o: «No se preocupa del mundo, se complace en el cielo». Pero el profeta dice: «Tú ves, Señor». Atribuye, pues, a Dios lo que le pertenece de manera peculiar: que no descuida el mundo que ha creado. Al mismo tiempo se inclina aquí en dos direcciones y alterna: ¿Por qué miras, cuando el impío devora al que es más justo que él? No dice que el mundo gire al azar, ni que Dios se deleite y descanse en el cielo, como sostienen los epicúreos; sino que confiesa que el mundo es visto por Dios y que él ejerce cuidado sobre los asuntos de los hombres: sin embargo, como no podía ver claro su camino en un estado de cosas tan confuso, discute el punto más consigo mismo que con Dios. Vemos ahora el sentido de esta frase. El profeta, sin embargo, prosigue:

Habacuc 1:14, 15

14. ¿Y haces a los hombres como los peces del mar, como reptiles que no tienen quien los gobierne?

14. Facis hominem quasi pisces maris, quasi reptile, quod caret duce (ad verbum, non est dux in illo.)

15. Todos ellos los sacan con anzuelo, los recogen con su red, y los juntan en su esparavel: por lo cual se alegran y se regocijan.

15. Totum hamo suo attrahet, colliget in sagenam suam, et congregabit in rete suum; propterea gaudebit et exultabit (hoc est, gaudet et exultat.)

Habacuc 1:14-15

Continúa, como se ha dicho, en su queja; y por medio de una comparación muestra que el juicio sería tal como si Dios se apartara de los hombres, de modo que no refrenara la violencia de los malvados ni opusiera su mano a su insolencia para contenerlos. Puesto que, pues, cada uno oprimiría a otro según lo superara en poder, y se levantaría con creciente insolencia contra los miserables y los pobres, el profeta compara al hombre con los peces del mar: «¿Qué puede significar esto?», dice. «Pues los hombres han sido creados a imagen de Dios: ¿por qué, pues, no aparece alguna justicia entre ellos? Cuando uno devora a otro, y aun un solo hombre oprime a casi todo el mundo, ¿qué puede significar esto? Dios parece jugar con los asuntos humanos. Porque si mira a los hombres como a sus hijos, ¿por qué no los defiende con su poder? Pero vemos a un hombre (pues habla del rey asirio) tan enfurecido y tan cruel, como si el resto del mundo fuera como peces o reptiles». Haces a los hombres, dice, como reptiles o peces; y añade luego: Los saca todos con su anzuelo, los recoge en su esparavel, los junta en su red, se regocija.

Vemos ahora lo que quiere decir el profeta: que Dios cerraría, por así decirlo, los ojos mientras los asirios devastaban insolentemente todo el mundo; y cuando esta tiranía llegara a la tierra santa, ¿qué otra cosa podrían pensar los fieles sino que habían sido abandonados por Dios? Y no hay nada, como ya he dicho, más monstruoso que el que una tiranía inicua prevalezca así entre los hombres; pues todos, del menor al mayor, han sido creados a imagen de Dios. Dios debería, pues, ejercer un cuidado peculiar en preservar al género humano; su amor paternal y su solicitud deberían aparecer en esto con evidencia; pero cuando los hombres son así destruidos impunemente, y uno oprime a casi todos los demás, parece en verdad que no hay providencia divina. Pues ¿cómo se cuidará de las aves, de los bueyes, de los asnos, de los árboles o de las plantas, cuando así abandona a los hombres y no trae ayuda en un estado tan confuso? Entendemos ahora el alcance de lo que dice el profeta.

Pero, sin embargo, no quita a Dios, como ya he dicho, su poder, ni se desata aquí contra la fortuna, como hacen muchos capciosos. Haces a los hombres, dice: atribuye a Dios lo que no puede quitársele: que gobierna el mundo. Pero en cuanto a la justicia de Dios, vacila y apela a Dios. Aunque el profeta parece aquí precipitarse como los insensatos, si consideramos todo veremos que contendió enérgicamente con sus tentaciones, y aun en estas palabras brillarán al menos algunas chispas de fe, que bastan para mostrarnos la gran firmeza del profeta. Pues esto es especialmente digno de notarse: que el profeta se vuelve a Dios. Los epicúreos, cuando clamorean contra Dios, buscan por lo general el oído de la multitud; y así hablan mal de Dios y se apartan lejos de él; pues no piensan que él ejerza cuidado alguno sobre el mundo. Pero el profeta se dirige continuamente a Dios. Sabía, pues, que Dios era el gobernador de todas las cosas. Desea también ser librado de pensamientos tan espinosos y perplejos; ¿y de quién busca alivio? Del mismo Dios. Cuando los profanos se burlan insolentemente de Dios, se complacen a sí mismos y no buscan otra cosa que endurecerse en sus propias conjeturas impías; pero el profeta viene al mismo Dios: «¿Cómo sucede esto, oh Señor?». Como si hubiera dicho:

«Tú ves cómo estoy distraído, y también atado con fuerza: distraído por muchos pensamientos absurdos, de modo que casi quedo confundido, y atado por grandes perplejidades de las que no puedo librarme. Desata tú, oh Señor, estos nudos para mí, y concentra mis pensamientos dispersos, para que entienda lo que es verdadero y lo que debo creer; y quita de mí especialmente esta duda, para que no sacuda mi fe; oh Señor, concédeme que al fin conozca y entienda plenamente cómo eres justo y gobiernas, con perfecta equidad, aquellas cosas que parecen tan confusas».

Sucede también a veces que los impíos injurian abiertamente a Dios, por así decirlo, habiéndose apoderado de ellos una rabia satánica. Pero el caso era muy distinto con el profeta; pues al verse abrumado y que su ánimo no podía sostenerlo bajo pruebas tan pesadas, buscó alivio y, como hemos dicho, acudió al mismo Dios.

Al decir: Por eso se alegra y se regocija, aumenta la indignidad; pues aunque el Señor permita por un tiempo que los malvados opriman al inocente, cuando los halla gloriándose en sus vicios y triunfando, tan gran insolencia debería encender más su venganza. Que el Señor se contenga todavía, parece en verdad muy extraño. Pero el profeta prosigue:

Habacuc 1:16

16. Por esto sacrificarán a su red, y ofrecerán incienso a su esparavel; porque con ellos su porción es abundante, y su comida suculenta.

16. Propterea sacrificabit sagenae suae, et suffitum offeret reti suo, quia in illis pinguis portio ejus, et cibus ejus lautus.

Habacuc 1:16

El profeta confirma la frase final del versículo anterior; pues explica cuál era aquel gozo del que había hablado, a saber, el gozo con el que los malvados, por así decirlo, provocan a propósito a Dios contra sí mismos. Es, en verdad, cosa abominable que los impíos se deleiten en sus vicios; pero es aún más atroz que se burlen del mismo Dios. Tal es, pues, la razón que añade ahora el profeta, como si dijera: «No solo se felicitan los impíos mientras tú los perdonas o por un tiempo los soportas; sino que ahora se levantan contra ti y se burlan de toda tu majestad, y blasfeman abiertamente contra el cielo mismo; pues sacrifican a su propia red y ofrecen incienso a su esparavel». Con esta metáfora el profeta da a entender que los malvados no solo se endurecen cuando tienen éxito en sus vicios, sino que se atribuyen también el elogio de la justicia; pues consideran bien hecho lo que ha tenido éxito. Así destronan a Dios y se ponen en su lugar. Vemos, pues, ahora el sentido del profeta.

Pero este pasaje nos descubre la impiedad secreta de todos los que no sirven a Dios con sinceridad y con ánimo honesto. Hay, en efecto, impresa en los corazones de los hombres cierta convicción acerca de la existencia de Dios; pues nadie es tan bárbaro que no tenga algún sentido de religión: y así todos quedan sin excusa, pues llevan en sus corazones una ley que basta para hacerlos mil veces culpables. Pero al mismo tiempo los impíos, y los que no son iluminados por la fe, sepultan este conocimiento, pues están envueltos en sí mismos: y cuando se insinúa algún recuerdo de Dios, al principio se impresionan y le atribuyen algún honor; pero esto es pasajero, pues pronto lo reprimen cuanto pueden; es más, se esfuerzan por extinguir (aunque no pueden) este conocimiento y toda luz que tienen del cielo. Esto es lo que el profeta presenta ahora gráficamente en la persona del rey asirio. Había dicho antes: «Este poder es el de su dios». Se había quejado de que los asirios darían a sus ídolos lo que es propio de Dios solo, privándole así de su derecho; pero dice ahora que sacrificarían a su propio esparavel y ofrecerían incienso a su red. Esto es muy distinto: pues ¿cómo podrían sacrificar a sus ídolos si atribuían a su esparavel todas las victorias que habían ganado? Ahora bien, con las palabras esparavel y red, el profeta se refiere a sus esfuerzos, fuerza, ejércitos, poder, consejos y políticas, como las llaman, y cuanto más haya que los profanos se arrogan. Pero ¿qué es sacrificar a su propia red? El asirio lo hacía porque pensaba que superaba a todos los demás en astucia; porque se creía tan valiente que no vacilaba en hacer guerra a todas las naciones, considerándose bien preparado con fuerzas y justificado en sus procedimientos; y porque tenía éxito y no omitía nada de lo que podía asegurar la victoria. Así el asirio, como he dicho, tenía por nada a sus ídolos; pues se ponía a sí mismo en el lugar de todos los dioses. Pero si se pregunta de dónde le venía el éxito, hemos de responder que el asirio debía haberlo atribuido todo al único Dios verdadero: pero pensaba que prosperaba por su propio valor. Si nos referimos al consejo, es cierto que Dios es quien gobierna los consejos y las mentes de los hombres; pero el asirio pensaba que lo ganaba todo con su propia habilidad. Si, de nuevo, hablamos de fuerza, ¿de dónde era? y de valor, ¿de dónde, sino de Dios? Pero el asirio se apropiaba todas estas cosas. ¿Qué consideración tenía, pues, por Dios? Vemos cómo quita ahora todo honor aun a sus propios ídolos y lo atribuye todo a sí mismo.

Pero este pecado, como ya he dicho, pertenece a todos los impíos; pues donde no reina el Espíritu de Dios no hay humildad, y los hombres se hinchan siempre de orgullo interior, hasta que Dios los limpia a fondo. Es, pues, necesario que Dios nos vacíe por su gracia especial, para que no seamos llenos de este orgullo satánico, que es innato, y que no podemos sacudirnos de ninguna manera hasta que el Señor nos regenere por su Espíritu. Y esto puede verse especialmente en todos los reyes de este mundo. Confiesan, en efecto, que los reyes reinan por la gracia de Dios; y luego, cuando ganan alguna victoria, se hacen súplicas, se pagan votos. Pero si alguien dijera a esos conquistadores: «Dios tuvo misericordia de ti», la respuesta sería: «¡Cómo! ¿Fueron entonces nada mis preparativos? ¿No dispuse muchas cosas de antemano? ¿No logré la amistad de muchos? ¿No formé alianzas? ¿No previne tales y tales desventajas? ¿No apliqué oportunamente el remedio?». En una palabra, sacrifican en apariencia a Dios, pero después miran sobre todo a su esparavel y a su red, y no tienen en nada a Dios. Bien estaría que estas cosas no fueran tan evidentes. Pero puesto que el Espíritu de Dios nos pone delante una imagen viva del hecho, aprendamos qué es la verdadera humildad, y que solo la tenemos cuando pensamos que no somos nada y que nada podemos, y que es Dios solo quien no solo nos sostiene y nos mantiene en vida, sino que también nos gobierna por su Espíritu, y que es él quien sostiene nuestros corazones, da valor y luego nos bendice, de modo que haga prosperar lo que emprendemos. Aprendamos de ahí que Dios no puede ser verdaderamente glorificado sino cuando los hombres se vacían por completo.

Añade luego: porque en *(*o por) ellos está su porción grasa y su comida suculenta. Aunque algunos traducen בראה, berae, comida escogida, y otros, comida grasa, prefiero sin embargo el sentido de suculenta. Su comida será, pues, suculenta. El profeta da a entender aquí que los hombres están tan cegados por la prosperidad que se sacrifican a sí mismos, y por eso es más digna de reprensión su ingratitud; pues cuanto más liberalmente obra Dios con nosotros, más razón hay, sin duda, para que lo glorifiquemos. Pero cuando los hombres, bien provistos y plenamente saciados, se hinchan así de orgullo y se sacrifican a sí mismos, ¿no queda más completamente al descubierto su impiedad de este modo? Pero el profeta no solo prueba que los asirios abusaban de la generosidad de Dios, sino que muestra en su persona cuál es la disposición de todo el mundo. Pues cuando los hombres acumulan grandes riquezas y amontonan un gran cúmulo con los bienes de otros, se ciegan más y más. Vemos así que debemos temer con razón el mal de la prosperidad, para que nuestra gordura no crezca tanto que no podamos ver nada; pues los ojos se empañan con el exceso de gordura. Tengamos esto siempre presente. El profeta concluye, pues, su discurso; pero como solo queda un versículo del primer capítulo, lo trataré brevemente.

Habacuc 1:17

17. ¿Vaciarán por eso su red, y no perdonarán continuamente matar naciones?

17. An propterea extendet sagenam suam, et assiduus erit ad occidendas gentes, ut non parcat (alii vertuat, annon negative; *atqui debuisset *esse [וכ-לע אלה])?

Habacuc 1:17

Esta es una pregunta afirmativa: «¿Por eso...?», que sin embargo requiere una respuesta negativa. Todos los intérpretes se equivocan, pues; porque piensan que el profeta se queja aquí de que extiende al punto su red después de haber hecho una captura, pero él quiere decir más bien: «¿Ha de extender siempre su red?», es decir: «¿Hasta cuándo, oh Señor, permitirás que los asirios procedan a nuevos saqueos, como el cazador que, después de haber cobrado un jabalí o un ciervo, está más ansioso y renueva enseguida su caza; o como el pescador que, habiendo llenado su barquilla, persigue su oficio con más avidez? ¿Permitirás, Señor, dice, que los asirios se vuelvan más asiduos en su obra de destrucción?». Y muestra cuán indignos eran de la paciencia de Dios, pues mataban a las naciones. «No hablo aquí», dice, «ni de peces ni de ningún otro animal, ni hablo de este o aquel hombre, sino que hablo de muchas naciones. Como estas matanzas se llevan a cabo así por todo el mundo, ¿hasta cuándo, Señor, quedarán sin castigo? Pues nunca cesarán». Vemos ahora el alcance de la queja del profeta; pero en la lección siguiente veremos cómo se rehace.

Oración

Concédenos, Dios todopoderoso, que ya que no puede ser sino que, por la debilidad de nuestra carne, seamos sacudidos y zarandeados de aquí para allá por las muchas turbulentas conmociones de este mundo, concede que nuestra fe se sostenga con este apoyo: que tú eres el gobernador del mundo, que los hombres no solo fueron creados una vez por ti, sino que son también preservados por tu mano, y que eres además un juez justo, de modo que sepamos contenernos debidamente; y aunque hayamos de soportar a menudo muchos ultrajes, no desfallezcamos nunca, hasta que nuestra fe resulte victoriosa sobre todas las pruebas, y hasta que, habiendo pasado por una sucesión continua de combates, lleguemos al fin a aquel reposo celestial que Cristo tu Hijo ha obtenido para nosotros. Amén.

CAPÍTULO 2

Lección ciento nueve

Habacuc 2:1

1. Sobre mi guarda estaré, y sobre la fortaleza afirmaré el pie, y velaré para ver lo que se me dirá, y qué he de responder cuando sea reprendido.

1. Super speculam meam stabo, et statuam me super arcem, et speculabor ad videndum quid loquatur mecum, et quid respondeam ad increpationem meam.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.