Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Hebreos 4: comentario de Juan Calvino

Hebreos 4:1

1. Temamos, pues, etc. Concluye que había motivo para temer que los judíos a quienes escribía fueran privados de la bendición que se les ofrecía; y luego dice no sea que alguno, dando a entender que era su ansioso deseo conducirlos a todos, sin excepción, a Dios; porque es deber de un buen pastor, al velar sobre todo el rebaño, cuidar de cada oveja de tal modo que ninguna se pierda; más aún, también nosotros debemos sentir así los unos por los otros, de manera que cada uno tema por su prójimo tanto como por sí mismo.

Pero el temor que aquí se recomienda no es el que sacude la confianza de la fe, sino el que nos llena de tal inquietud que no nos entorpezcamos con la indiferencia. Temamos, pues, no porque debamos temblar o albergar desconfianza, como inciertos del resultado, sino no sea que seamos infieles a la gracia de Dios.

Al decir no sea que seamos frustrados de la promesa que se nos deja, da a entender que nadie se queda corto de ella sino el que, rechazando la gracia, ha renunciado primero a la promesa; pues Dios está tan lejos de arrepentirse de hacernos bien que no cesa de otorgar sus dones sino cuando despreciamos su llamamiento. El ilativo pues significa que por la caída de otros se nos enseña humildad y vigilancia, conforme a lo que dice también Pablo:

«Por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie; no te ensoberbezcas, sino teme» (Ro 11:20).

Hebreos 4:2

2. Porque también a nosotros, etc. Nos recuerda que la doctrina con que Dios nos invita hoy a sí es la misma que entregó antaño a los padres; ¿y por qué lo dijo? Para que sepamos que el llamamiento de Dios no nos será en modo alguno más provechoso que a ellos, a menos que lo aseguremos por la fe. Concede, pues, que el evangelio se nos predica en verdad; pero para que no nos gloriemos vanamente, añade de inmediato que los incrédulos, a quienes Dios había favorecido antes con la participación de tan grandes bendiciones, no recibieron sin embargo fruto alguno de ellas, y que por tanto también nosotros careceremos de su bendición si no la recibimos por la fe. Repite la palabra oír con este fin: que sepamos que el oír es inútil si la palabra que se nos dirige no es recibida por la fe.

Pero debemos observar aquí la conexión entre la palabra y la fe. Es tal que la fe no ha de separarse de la palabra, y que la palabra separada de la fe no puede conferir ningún bien; no porque la eficacia o el poder de la palabra dependa de nosotros; pues aunque todo el mundo fuera falso, el que no puede mentir no dejaría nunca de ser veraz; sino que la palabra nunca despliega su poder en nosotros sino cuando la fe le da entrada. Es en verdad poder de Dios para salvación, pero solo a los que creen (Ro 1:16). En ella se revela la justicia de Dios, pero por fe y para fe. Así, la palabra de Dios es siempre eficaz y saludable para los hombres, considerada en sí misma o en su propia naturaleza; pero nadie hallará fruto sino los que creen.

En cuanto a una declaración anterior, cuando dije que no hay fe donde falta la palabra, y que quienes hacen tal divorcio extinguen por completo la fe y la reducen a nada, el asunto merece especial atención. Pues de ahí resulta evidente que la fe no puede existir sino en los hijos de Dios, a quienes solos se ofrece la promesa de adopción. Porque ¿qué clase de fe tienen los demonios, a quienes no se promete salvación alguna? ¿Y qué clase de fe tienen todos los impíos que ignoran la palabra? El oír debe preceder siempre a la fe, y ello para que sepamos que habla Dios y no los hombres.

Hebreos capítulo 4:3-10

3. Pero los que hemos creído entramos en el reposo, de la manera que dijo: Como juré en mi ira, no entrarán en mi reposo; aunque las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo.

3. Ingredimur enim in ejus requiem postquam credidimus: sicut dixit, Itaque juravi in ira mea, si introibunt in requiem meam; tametsi operibus a creatione mundi perfectis.

4. Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día.

4. Dixit enim alicubi sic de die septimo, Et requievit Deus septimo die ab omnibus operibus suis:

5. Y otra vez aquí: No entrarán en mi reposo.

5. Et in hoc rursum, Si introibunt in requiem meam.

6. Por lo tanto, puesto que falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes primero se les predicó no entraron por causa de incredulidad,

6. Quando igitur reliquum fit ut quidam ingrediantur in ipsam, et quibus prius evangelizatum fuit, non intrarunt propter incredulitatem:

7. otra vez determina un día: Hoy, diciendo por David después de tanto tiempo, como se dijo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.

7. Rursum quendam praeficit diem hodiernuum in David dicens post tantum temporis (quemadmodum dictum est) Hodie si vocem ejus audieritis, ne obduretis corda vestra:

8. Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día.

8. Nam si Iesus requiem illis praestitisset, non de alia loqueretur post illos dies.

9. Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios.

9. Ergo relinquitur sabbathismus populo Dei.

10. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas.

10. Nam qui ingreditur in requiem ejus, requievit et ipse ab operibus propriis quemadmodum a suis Deus.

Hebreos 4:3-6

Comienza ahora a adornar el pasaje que había citado de David. Hasta aquí lo ha tomado, como dicen, según la letra, es decir, en su sentido literal; pero ahora lo amplía y lo decora; y así más bien alude a las palabras de David que las explica. Esta clase de decoración la empleó Pablo en Ro 10:6, al referirse a estas palabras de Moisés: «No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo?», etc. Y no es en verdad nada inconveniente, al acomodar la Escritura al asunto que se trata, ilustrar con términos figurados lo que se expresa con más sencillez. Sin embargo, la suma de todo es esta: que lo que Dios amenaza en el Salmo sobre la pérdida de su reposo se aplica también a nosotros, en cuanto que también hoy nos invita a un reposo.

La principal dificultad de este pasaje surge de que muchos lo tergiversan. El apóstol no tenía otra cosa a la vista al declarar que hay un reposo para nosotros que despertarnos para desearlo, y también hacernos temer que seamos excluidos de él por la incredulidad. Nos enseña, sin embargo, al mismo tiempo, que el reposo al que ahora se nos abre la entrada es mucho más valioso que el de la tierra de Canaán. Pero vengamos ahora a los detalles.

3. Pero los que hemos creído entramos en el reposo, o entramos en el reposo después de haber creído, etc. Es un argumento por lo contrario. Solo la incredulidad nos excluye; luego solo la fe abre la entrada. Debemos tener presente, ciertamente, lo que ya ha dicho: que Dios, airado con los incrédulos, había jurado que no participarían de esa bendición. Entran, pues, donde la incredulidad no lo impide, con tal que Dios los invite. Pero al hablar en primera persona los atrae con mayor dulzura, separándolos de los extraños.

Aunque las obras, etc. Para definir lo que es nuestro reposo, nos recuerda lo que relata Moisés: que Dios, habiendo acabado la creación del mundo, reposó de inmediato de sus obras; y concluye finalmente que el verdadero reposo de los fieles, que ha de continuar para siempre, será cuando reposen como Dios lo hizo. Y sin duda, así como la mayor felicidad del hombre es estar unido a su Dios, así debe ser también su fin último, al que ha de referir todos sus pensamientos y acciones. Lo prueba porque Dios, de quien se dice que reposó, declaró mucho tiempo después que no daría su reposo a los incrédulos; lo habría declarado sin propósito alguno si no hubiera querido que los fieles reposaran a su ejemplo. De ahí que diga: Falta que algunos entren en él; porque si no entrar es el castigo de la incredulidad, entonces la entrada, como se ha dicho, está abierta a los creyentes.

Hebreos 4:7

7. Pero hay alguna dificultad más en lo que añade enseguida: que hay otro hoy señalado para nosotros en el Salmo, porque el pueblo anterior había sido excluido; pero las palabras de David (podría decirse) no parecen expresar tal cosa, y significan solamente esto: que Dios castigó la incredulidad del pueblo negándole la posesión de la tierra. A esto respondo que la inferencia es correcta: que a nosotros se nos ofrece lo que a ellos se les negó; porque el Espíritu Santo nos recuerda y advierte para que no hagamos lo mismo y no incurramos en el mismo castigo. Pues ¿cómo está el asunto? Si hoy no se nos prometiera nada, ¿cómo podría convenir esta advertencia: «Cuidad que no os suceda lo mismo que a los padres»? Con razón dice, pues, el apóstol que, así como la incredulidad de los padres los privó de la posesión prometida, la promesa se renueva a sus hijos, para que posean lo que sus padres habían descuidado.

Hebreos 4:8-9

8. Porque si Josué les hubiera dado el reposo, o hubiera obtenido reposo para ellos, etc. No quiso negar que David entendiera por reposo la tierra de Canaán, a la que Josué condujo al pueblo; pero niega que este sea el reposo final al que aspiran los fieles, y que nosotros tenemos también en común con los fieles de aquella época; pues es cierto que ellos miraban más alto que aquella tierra; más aún, la tierra de Canaán no era tan estimada por otra razón sino porque era imagen y símbolo de la herencia espiritual. Cuando, pues, obtuvieron su posesión, no debían haber reposado como si hubieran alcanzado la cima de sus deseos, sino, al contrario, meditar en lo espiritual que ella les sugería. Aquellos a quienes David dirigió el Salmo estaban en posesión de esa tierra, pero se les recordaba el deber de buscar un reposo mejor.

Vemos, pues, cómo la tierra de Canaán era un reposo; pero era efímero, y los fieles tenían el deber de avanzar más allá de él. En este sentido el apóstol niega que ese reposo fuera dado por Josué; porque el pueblo, bajo su guía, entró en la tierra prometida para que avanzara con mayor presteza hacia el cielo.

Y de aquí podemos aprender fácilmente la diferencia entre nosotros y ellos; pues aunque el mismo fin está destinado a ambos, ellos tenían, añadidas, figuras externas que los guiaban; nosotros no las tenemos, ni de hecho las necesitamos, porque la verdad misma, desnuda, se pone ante nuestros ojos. Aunque nuestra salvación está todavía en esperanza, en cuanto a la verdad, conduce directamente al cielo; ni Cristo nos tiende su mano para conducirnos por el rodeo de tipos y figuras, sino para sacarnos del mundo y elevarnos al cielo. Que el apóstol separe la sombra de la sustancia lo hizo por esta razón: porque trataba con los judíos, demasiado apegados a lo externo.

Saca la conclusión de que hay un sabatizar reservado para el pueblo de Dios, es decir, un reposo espiritual, al que Dios nos invita cada día.

Hebreos 4:10

10. Porque el que ha entrado en su reposo, o Porque el que ha reposado, etc. Esta es una definición de aquel sábado perpetuo en que está la más alta felicidad, cuando habrá semejanza entre los hombres y Dios, a quien estarán unidos. Pues todo lo que los filósofos hayan dicho jamás del sumo bien, no fue sino frío y vano, porque confinaron al hombre en sí mismo, cuando es necesario que salgamos de nosotros mismos para hallar la felicidad. El sumo bien del hombre no es otra cosa que la unión con Dios; esta se alcanza cuando somos conformados según él como nuestro ejemplar.

Ahora bien, esta conformación, nos enseña el apóstol, se realiza cuando reposamos de nuestras obras. De aquí se sigue, en fin, que el hombre llega a ser feliz por la abnegación. Pues ¿qué otra cosa es cesar de nuestras obras sino mortificar nuestra carne, cuando el hombre renuncia a sí mismo para vivir para Dios? Porque aquí debemos comenzar siempre, cuando hablamos de una vida piadosa y santa: que el hombre, en cierto modo muerto para sí mismo, permita que Dios viva en él, que se abstenga de sus propias obras para dar lugar a que Dios obre. Debemos confesar ciertamente que solo entonces está rectamente formada nuestra vida cuando se sujeta a Dios. Pero por la corrupción innata esto nunca sucede hasta que reposamos de nuestras propias obras; más aún, tal es la oposición entre el gobierno de Dios y nuestros afectos corruptos que él no puede obrar en nosotros hasta que reposemos. Pero aunque la consumación de este reposo no puede alcanzarse en esta vida, debemos esforzarnos siempre por ella. Así entran en él los creyentes, pero con esta condición: que corriendo avancen continuamente.

Pero no dudo de que el apóstol aludió deliberadamente al sábado para apartar a los judíos de sus observancias externas; pues de ningún otro modo podría entenderse su abrogación sino por el conocimiento de su designio espiritual. Trata, pues, de dos cosas a la vez; porque al ensalzar la excelencia de la gracia, nos estimula a recibirla por la fe, y entretanto nos muestra de paso cuál es el verdadero designio del sábado, para que los judíos no se apeguen neciamente al rito exterior. De su abrogación no habla expresamente, pues no es este su tema, pero al enseñarles que el rito se refería a algo distinto, los aparta poco a poco de sus nociones supersticiosas. Porque quien entiende que el objeto principal del precepto no era el reposo externo ni el culto terrenal, percibe de inmediato, al mirar a Cristo, que el rito externo fue abolido con su venida; pues cuando aparece el cuerpo, las sombras se desvanecen enseguida. Nuestra primera tarea es, pues, siempre enseñar que Cristo es el fin de la ley.

Hebreos capítulo 4:11-13

11. Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de incredulidad.

11. Studeamus ergo ingredi illam requiem, nequis eodem cadat incredulitatis exemplo.

12. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

12. Vivus enim sermo Dei et efficax, et penetrantior quovis gladio utrinque scindente, et pertingens usque ad divisionem animae et spiritus, compagumque et medullaarum, et discretor cogitationum et intentionum cordis.

13. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien, todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.

13. Nec ulla est creatura quae non appareat coram ipso, imo omnia nuda et resupina in oculis ejus com quo nobis est ratio.

Hebreos 4:11

Habiendo señalado la meta a la que hemos de avanzar, nos exhorta a proseguir nuestra carrera, lo cual hacemos cuando nos habituamos a la abnegación. Y como compara el entrar en el reposo con una carrera recta, le opone el caer, y así continúa la metáfora en ambas cláusulas, y al mismo tiempo alude a la historia que da Moisés de los que cayeron en el desierto por haberse rebelado contra Dios (Nm 26:65). De ahí que diga según el mismo ejemplo, dando a entender que el castigo de la incredulidad y la obstinación se nos pone allí delante como en un cuadro; y no hay duda de que nos espera un fin semejante si se halla en nosotros la misma incredulidad.

Luego, «caer» significa perecer; o, para hablar con más claridad, es caer, no en cuanto al pecado, sino como castigo de él. Pero la figura corresponde tanto a la palabra «entrar» como a la triste ruina de los padres, con cuyo ejemplo quiso aterrorizar a los judíos.

Hebreos 4:12

12. Porque la palabra de Dios es viva, etc. Lo que dice aquí de la eficacia o poder de la palabra lo dice para que sepan que no puede ser despreciada impunemente, como si hubiera dicho: «Siempre que el Señor nos habla por su palabra, trata seriamente con nosotros, para tocar todos nuestros pensamientos y sentimientos más íntimos; y así no hay parte de nuestra alma que no deba ser despertada».

Pero antes de proseguir, debemos preguntar si el apóstol habla del efecto de la palabra en general o se refiere solo a los fieles.

En verdad parece evidente que la palabra de Dios no es igualmente eficaz en todos. Pues en los elegidos ejerce su propio poder cuando, humillados por un verdadero conocimiento de sí mismos, huyen a la gracia de Cristo; y esto nunca sucede sino cuando penetra hasta lo más íntimo del corazón. Porque hay que cribar la hipocresía, que tiene en el corazón de los hombres escondrijos maravillosos y en extremo tortuosos; y además no debemos ser levemente pinchados o desgarrados, sino heridos a fondo, para que, postrados bajo el sentimiento de la muerte eterna, aprendamos a morir a nosotros mismos. En suma, nunca seremos renovados en todo el espíritu de nuestra mente, como Pablo requiere (Ef 4:23), hasta que nuestro viejo hombre sea muerto por el filo de la espada espiritual. De ahí que Pablo diga en otro lugar (Fil 2:17) que los fieles son ofrecidos en sacrificio a Dios por el evangelio; porque no pueden ser llevados a obedecer a Dios de otro modo que teniendo, por así decir, su propia voluntad muerta; ni pueden recibir de otro modo la luz de la sabiduría de Dios que teniendo destruida la sabiduría de la carne. Nada de esto se halla en los reprobados; pues o desatienden con descuido a Dios que les habla, y así se burlan de él, o claman contra su verdad y le resisten con obstinación. En suma, así como la palabra de Dios es un martillo, ellos tienen un corazón como yunque, de modo que su dureza rechaza sus golpes, por poderosos que sean. La palabra de Dios, pues, está lejos de ser tan eficaz para con ellos que penetre en ellos hasta partir el alma y el espíritu. De ahí resulta que este carácter suyo ha de limitarse solo a los fieles, pues solo ellos son así escudriñados hasta lo vivo.

El contexto, sin embargo, muestra que aquí hay una verdad general, que se extiende también a los mismos reprobados; pues aunque no se ablandan, sino que oponen un corazón de bronce y de hierro a la palabra de Dios, deben ser necesariamente refrenados por su propia culpa. Ríen, en verdad, pero es una risa sardónica; porque sienten interiormente que están, por así decir, muertos; buscan evasivas de diversos modos para no comparecer ante el tribunal de Dios; pero, aunque no quieran, son arrastrados allí por esta misma palabra que con arrogancia escarnecen; de modo que pueden compararse con justicia a perros furiosos, que muerden y arañan la cadena que los ata, y sin embargo no pueden nada, pues siguen atados con firmeza.

Y además, aunque este efecto de la palabra no aparezca de inmediato, por así decir, el primer día, se hallará al fin por el resultado que a nadie ha sido predicada en vano. General es, sin duda, lo que declara Cristo cuando dice: Cuando venga el Espíritu, convencerá al mundo (Jn 16:8-9); pues el Espíritu ejerce este oficio por la predicación del evangelio. Y en fin, aunque la palabra de Dios no siempre ejerce su poder sobre el hombre, lo tiene, sin embargo, en cierto modo incluido en sí misma. Y el apóstol habla aquí de su carácter y oficio propio solo con este fin: que sepamos que nuestras conciencias son citadas como culpables ante el tribunal de Dios en cuanto suena en nuestros oídos; como si hubiera dicho: «Si alguien piensa que se golpea el aire con un sonido vacío cuando se predica la palabra de Dios, se engaña mucho; porque es cosa viva y llena de un poder oculto, que no deja nada en el hombre sin tocar». La suma de todo es, pues, esta: que en cuanto Dios abre su sagrada boca, todas nuestras facultades deben abrirse para recibir su palabra; porque no quiere que su palabra se disperse en vano, de modo que desaparezca o caiga desatendida por tierra, sino que quiere que constriña eficazmente las conciencias de los hombres, sometiéndolas a su autoridad; y que ha puesto poder en su palabra para este fin: que escrute todas las partes del alma, examine los pensamientos, discierna los afectos y, en una palabra, se muestre como juez.

Pero aquí surge una nueva pregunta: «¿Ha de entenderse esta palabra de la ley o del evangelio?». Quienes piensan que el apóstol habla de la ley aducen estos testimonios de Pablo: que es ministerio de muerte (2 Co 3:6-7), que es la letra que mata, que no produce sino ira (Ro 4:15), y pasajes semejantes. Pero aquí el apóstol señala también sus diferentes efectos; porque, como hemos dicho, hay cierta muerte vivificante del alma, que es obrada por el evangelio. Sepamos, pues, que el apóstol habla en general de la verdad de Dios cuando dice que es viva y eficaz. Así lo atestigua Pablo cuando declara que por su predicación salía olor de muerte para muerte a los incrédulos, pero de vida para vida a los creyentes (2 Co 2:16), de modo que Dios nunca habla en vano; a unos los atrae a la salvación, a otros los empuja a la ruina. Este es el poder de atar y desatar que el Señor confirió a sus apóstoles (Mt 18:18). Y, en verdad, nunca nos promete salvación en Cristo sin denunciar, por otra parte, venganza contra los incrédulos, que rechazando a Cristo se acarrean la muerte.

Debe notarse además que el apóstol habla de la palabra de Dios que nos es traída por el ministerio de hombres. Pues delirantes e incluso peligrosas son esas nociones según las cuales, aunque la palabra interna es eficaz, la que sale de la boca del hombre es inerte y desprovista de todo poder. Admito, en verdad, que el poder no procede de la lengua del hombre, ni reside en el mero sonido, sino que todo el poder ha de atribuirse enteramente al Espíritu Santo; no hay, sin embargo, nada en esto que impida al Espíritu desplegar su poder en la palabra predicada. Pues Dios, como no habla por sí mismo sino por hombres, insiste cuidadosamente en este punto, para que su verdad no sea objetada con desprecio porque los hombres son sus ministros. Así Pablo, al decir que el evangelio es poder de Dios (Ro 1:16), adornó deliberadamente con esta distinción su propia predicación, aunque veía que era calumniada por unos y despreciada por otros. Y cuando en otro lugar (Ro 10:8) nos enseña que la salvación se confiere por la doctrina de la fe, dice expresamente que era la doctrina que se predicaba. En efecto, hallamos que Dios recomienda siempre la verdad que nos administran los hombres, para inducirnos a recibirla con reverencia.

Ahora bien, al llamar a la palabra viva debe entenderse que se refiere a los hombres; lo cual aparece aún más claro por la segunda palabra, eficaz, pues muestra qué clase de vida posee cuando dice expresamente que es eficaz; porque el objeto del apóstol era enseñarnos lo que la palabra es para nosotros. La espada es una palabra metafórica usada a menudo en la Escritura; pero el apóstol, no contento con una simple comparación, dice que la palabra de Dios es más cortante que toda espada, aun que la espada que corta por ambos lados, o de dos filos; pues en aquel tiempo eran de uso común espadas que eran romas de un lado y afiladas del otro. Penetra hasta partir el alma y el espíritu, o hasta la división del alma y del espíritu, etc. La palabra alma significa a menudo lo mismo que espíritu; pero cuando aparecen juntas, la primera incluye todos los afectos, y la segunda significa lo que llaman la facultad intelectual. Así Pablo, escribiendo a los tesalonicenses, usa las palabras cuando ruega a Dios que guarde irreprensible su espíritu, alma y cuerpo hasta la venida de Cristo (1 Ts 5:23); no quiso decir otra cosa sino que se mantuvieran puros y castos en la mente, en la voluntad y en las acciones externas. También Isaías quiere decir lo mismo cuando dice:

«Mi alma te deseó en la noche; te busqué con mi espíritu» (Is 26:9).

Lo que sin duda quiere mostrar es que estaba tan atento a buscar a Dios que aplicaba toda su mente y todo su corazón. Sé que algunos dan una explicación diferente; pero todos los de sano juicio, según espero, asentirán a esta manera de verlo.

Ahora bien, para venir al pasaje que tenemos delante, se dice que la palabra de Dios penetra, o llega hasta la división del alma y del espíritu, es decir, examina toda el alma del hombre; pues escudriña sus pensamientos y escruta su voluntad con todos sus deseos. Y luego añade las coyunturas y los tuétanos, dando a entender que no hay en el hombre nada tan duro o fuerte, nada tan oculto, que la poderosa palabra no pueda penetrarlo. Pablo declara lo mismo cuando dice que la profecía sirve para reprender y juzgar a los hombres, de modo que los secretos del corazón salgan a la luz (1 Co 14:24). Y como es oficio de Cristo descubrir y sacar a la luz los pensamientos de los rincones del corazón, esto lo hace en su mayor parte por el evangelio.

De ahí que la palabra de Dios sea discernidora (κριτικὸς, que tiene poder para discernir), pues lleva la luz del conocimiento a la mente del hombre como sacándola de un laberinto, donde antes estaba retenida y enredada. No hay en verdad tinieblas más espesas que las de la incredulidad, y la hipocresía es una horrible ceguera; pero la palabra de Dios disipa estas tinieblas y ahuyenta esta hipocresía. De ahí la separación o discernimiento que menciona el apóstol; porque los vicios, ocultos bajo la falsa apariencia de virtudes, empiezan entonces a ser conocidos, una vez quitado el barniz. Y si los reprobados permanecen por un tiempo en sus escondrijos, hallan al fin que la palabra de Dios ha penetrado también allí, de modo que no pueden escapar al juicio de Dios. De ahí su clamor y también su furor; pues si no fueran heridos por la palabra, no delatarían así su locura, sino que procurarían eludir la palabra, o escapar con evasivas de su poder, o pasarla por alto sin ser notados; pero Dios no les permite estas cosas. Siempre que, pues, calumnian la palabra de Dios o se enfurecen contra ella, muestran que sienten dentro su poder, por mucho que sea contra su voluntad y a regañadientes.

Hebreos 4:13

13. Y no hay cosa creada, etc. La conjunción aquí, como pienso, es causal, y puede traducirse porque; pues para confirmar esta verdad, que todo lo que está oculto en el hombre es discernido y juzgado por la palabra de Dios, saca un argumento de la naturaleza del mismo Dios. No hay criatura, dice, que esté oculta a los ojos de Dios; no hay, por tanto, nada tan profundo en el alma del hombre que no pueda ser sacado a la luz por esa palabra que se asemeja a su propio autor; pues así como es oficio de Dios escudriñar el corazón, así realiza este examen por su palabra.

Los intérpretes, sin considerar que la palabra de Dios es como una larga vara con que él examina y escudriña lo que yace hondo en nuestros corazones, han tergiversado extrañamente este pasaje; y sin embargo no se han sacado de la dificultad. Pero toda dificultad desaparece cuando se toma este punto de vista: que debemos obedecer la palabra de Dios con sinceridad y con afecto cordial, porque Dios, que conoce nuestros corazones, ha asignado a su palabra el oficio de penetrar hasta nuestros pensamientos más íntimos. El sentido ambiguo de las últimas palabras ha extraviado también a los intérpretes, que las han traducido: «De quien hablamos»; pero deben traducirse, al contrario: A quien tenemos que dar cuenta. El sentido es que es Dios quien trata con nosotros, o con quien tenemos que ver; y que, por tanto, no debemos jugar con él como con un hombre mortal, sino que siempre que su palabra se nos ponga delante, debemos temblar, pues nada le está oculto.

Hebreos capítulo 4:14-16

14. Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión.

14. Habentes igitur ponticem magnum qui coelos ingressus est, Iesum filium Dei, teneamus confessionem.

15. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

15. Neque enim habemus pontificem, qui compati non possit infirmitatibus nostris; sed in omnibus tentatum, secundum similitudinem, absque peccato.

16. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.

16. Accedamus igitur cum ficucia ad thronum gratiae, ut obtineamus miseericordiam, et gratiam inveniamus in auxilium opportunum.

Hebreos 4:14

14. Teniendo, pues, o Habiendo, pues, etc. Hasta aquí ha hablado del apostolado de Cristo. Pero ahora pasa a su segundo oficio. Pues hemos dicho que el Hijo de Dios sostuvo un doble carácter cuando fue enviado a nosotros: el de maestro y el de sacerdote. El apóstol, pues, después de haber exhortado a los judíos a abrazar con obediencia la doctrina de Cristo, muestra ahora qué beneficio nos ha traído su sacerdocio; y este es el segundo de los dos puntos que trata. Y con razón une el sacerdocio con el apostolado, ya que nos recuerda que el propósito de ambos es capacitarnos para venir a Dios. Emplea una inferencia, pues; porque antes se había referido a esta gran verdad, que Cristo es nuestro sumo sacerdote; pero como el carácter del sacerdocio no puede conocerse sino por la enseñanza, era necesario preparar el camino para hacer a los hombres dispuestos a oír a Cristo. Ahora falta que quienes reconocen a Cristo como su maestro se hagan discípulos dóciles, y aprendan también de su boca y en su escuela cuál es el beneficio de su sacerdocio, y cuál es su uso y fin.

En primer lugar dice: Teniendo un gran sumo sacerdote, Jesucristo, retengamos nuestra profesión, o confesión. La confesión ha de tomarse aquí, como antes, como una metonimia de la fe; y como el sacerdocio sirve para confirmar la doctrina, el apóstol concluye de ahí que no hay razón para dudar ni vacilar respecto a la fe del evangelio, porque el Hijo de Dios la ha aprobado y sancionado; pues quien considera la doctrina como no confirmada deshonra al Hijo de Dios y lo priva de su honor como sacerdote; más aún, tal y tan grande prenda debe hacernos confiados, de modo que descansemos sin vacilar en el evangelio.

Hebreos 4:15

15. Porque no tenemos, etc. Hay en el nombre que menciona, el Hijo de Dios, tal majestad que debe constreñirnos a temerle y obedecerle. Pero si no contempláramos en Cristo sino esto, nuestras conciencias no serían pacificadas; pues ¿quién de nosotros no teme la vista del Hijo de Dios, sobre todo cuando consideramos cuál es nuestra condición y cuando nuestros pecados vienen a la mente? Los judíos podían tener también otro obstáculo, pues estaban acostumbrados al sacerdocio levítico; veían en él a un solo hombre mortal, escogido de entre los demás, que entraba en el santuario para reconciliar con Dios a sus hermanos por su oración. Es gran cosa que el Mediador que puede apaciguar a Dios para con nosotros sea uno de los nuestros. Con esta clase de atractivo podían ser enredados los judíos, de modo que quedaran siempre apegados al sacerdocio levítico, si el apóstol no se hubiera anticipado a esto y mostrado que el Hijo de Dios no solo sobresalía en gloria, sino que estaba también dotado de igual bondad y compasión hacia nosotros.

Es, pues, de esto de lo que habla cuando dice que fue probado en nuestras debilidades, para que se condoliera con nosotros. En cuanto a la palabra simpatía (συμπαθεία), no estoy dispuesto a hacer refinamientos; pues tan frívola como curiosa es esta pregunta: «¿Está Cristo ahora sujeto a nuestros dolores?». No era, en efecto, el objeto del apóstol cansarnos con tales sutilezas y vanas especulaciones, sino solo enseñarnos que no tenemos que ir lejos a buscar un Mediador, pues Cristo de su propia voluntad nos tiende la mano; que no tenemos razón para temer la majestad de Cristo, puesto que es nuestro hermano; y que no hay motivo para temer que él, como quien no conoce los males, no sea tocado por sentimiento alguno de humanidad de modo que nos traiga ayuda, puesto que tomó sobre sí nuestras debilidades para estar más inclinado a socorrernos.

Luego todo el discurso del apóstol se refiere a lo que se aprehende por la fe, pues no habla de lo que Cristo es en sí mismo, sino que muestra lo que es para nosotros. Por la semejanza entiende la de naturaleza, con lo cual da a entender que Cristo se revistió de nuestra carne, y también de sus sentimientos o afectos, de modo que no solo se mostró verdadero hombre, sino que había sido enseñado también por su propia experiencia a socorrer a los miserables; no porque el Hijo de Dios tuviera necesidad de tal adiestramiento, sino porque de otro modo no podríamos comprender el cuidado que siente por nuestra salvación. Siempre que, pues, suframos bajo las debilidades de nuestra carne, recordemos que el Hijo de Dios experimentó las mismas, para levantarnos con su poder, a fin de que no seamos abrumados por ellas.

Pero puede preguntarse: ¿qué quiere decir con debilidades? La palabra se toma, en efecto, en varios sentidos. Algunos entienden por ella el frío y el calor, el hambre y otras necesidades del cuerpo, y también el desprecio, la pobreza y otras cosas de esta índole, como en muchos lugares de los escritos de Pablo, especialmente en 2 Co 12:10. Pero es más correcta la opinión de quienes incluyen, junto con los males externos, los sentimientos del alma, tales como el temor, el dolor, el pavor de la muerte y cosas semejantes.

Y sin duda la restricción, sin pecado, no se habría añadido si no hubiera hablado de los sentimientos interiores, que en nosotros son siempre pecaminosos a causa de la depravación de nuestra naturaleza; pero en Cristo, que poseía la más alta rectitud y perfecta pureza, estaban libres de todo lo vicioso. La pobreza, en verdad, y las enfermedades, y las cosas que están fuera de nosotros, no han de contarse como pecaminosas. Puesto que, por tanto, habla de debilidades afines al pecado, no hay duda de que se refiere a los sentimientos o afectos del ánimo, a los que nuestra naturaleza está sujeta, y ello a causa de su debilidad. Pues la condición de los ángeles es en esto mejor que la nuestra; porque ellos no se afligen, ni temen, ni son acosados por la variedad de cuidados, ni por el pavor de la muerte. Estas debilidades las tomó Cristo de su propia voluntad, y luchó voluntariamente con ellas, no solo para alcanzar sobre ellas una victoria por nosotros, sino también para que estemos seguros de que está presente con nosotros siempre que somos probados por ellas.

Así no solo se hizo realmente hombre, sino que asumió también todas las cualidades de la naturaleza humana. Se añade, sin embargo, una limitación: sin pecado; pues debemos recordar siempre esta diferencia entre los sentimientos o afectos de Cristo y los nuestros: que los suyos estaban siempre regulados según la estricta regla de la justicia, mientras que los nuestros brotan de una fuente turbia, y participan siempre de la naturaleza de su origen, pues son turbulentos y desenfrenados.

Hebreos 4:16

16. Acerquémonos, pues, confiadamente, o con confianza, etc. Saca esta conclusión: que el acceso a Dios está abierto a todos los que vienen a él confiando en Cristo el Mediador; más aún, exhorta a los fieles a atreverse sin vacilación alguna a presentarse ante Dios. Y el principal beneficio de la enseñanza divina es una confianza segura al invocar a Dios, así como, por otra parte, toda la religión se viene abajo y se pierde cuando se quita esta certeza a las conciencias.

De aquí es obvio concluir que bajo el papado la luz del evangelio se ha extinguido, pues se manda a los miserables hombres dudar de si Dios les es propicio o está airado con ellos. Dicen, en verdad, que se ha de buscar a Dios; pero no se señala el camino por el cual es posible llegar a él, y se cierra con barra la puerta por la que solamente pueden entrar los hombres. Confiesan de palabra que Cristo es Mediador, pero en realidad anulan el poder de su sacerdocio y lo privan de su honor.

Porque debemos sostener este principio: que Cristo no es realmente conocido como Mediador si no se quita toda duda sobre nuestro acceso a Dios; de otro modo no se sostendría la conclusión que aquí se saca: «Tenemos un sumo sacerdote que está dispuesto a socorrernos; por tanto, podemos venir con osadía y sin vacilación alguna al trono de la gracia». Y si estuviéramos plenamente persuadidos de que Cristo, por su propia voluntad, nos tiende la mano, ¿quién de nosotros no vendría con perfecta confianza? Es cierto, pues, lo que dije: que se quita su poder al sacerdocio de Cristo siempre que los hombres dudan y buscan con ansiedad mediadores, como si aquel uno no bastara, en cuyo patrocinio todos los que confían de verdad, como el apóstol aquí les indica, tienen la seguridad de que sus oraciones son oídas.

El fundamento de esta seguridad es que el trono de Dios no está revestido de majestad desnuda para confundirnos, sino que está adornado con un nombre nuevo, el de gracia, que debe recordarse siempre que rehuimos la presencia de Dios. Porque la gloria de Dios, cuando la contemplamos sola, no puede producir otro efecto que llenarnos de desesperación; tan terrible es su trono. El apóstol, pues, para remediar nuestra desconfianza y librar nuestras mentes de todo temor y temblor, lo adorna con la «gracia» y le da un nombre que puede atraernos con su dulzura, como si hubiera dicho: «Puesto que Dios ha fijado en su trono, por así decir, la bandera de la “gracia” y de su amor paternal hacia nosotros, no hay razones para que su majestad nos aleje».

El sentido de todo es que debemos invocar a Dios sin temor, pues sabemos que nos es propicio, y que esto pueda hacerse se debe al beneficio que Cristo nos ha conferido, como hallamos en Ef 3:12; porque cuando Cristo nos recibe bajo su protección y patrocinio, cubre con su bondad la majestad de Dios, que de otro modo nos sería terrible, de modo que allí no aparece sino gracia y favor paternal.

Para alcanzar misericordia, etc. Esto no se añade sin gran razón; es para animar, por así decir, por su nombre a los que sienten la necesidad de misericordia, no sea que alguien se abata por el sentimiento de su miseria y cierre su camino con su propia desconfianza. Esta expresión, «para alcanzar misericordia», contiene especialmente esta dulcísima verdad: que todos los que, confiando en la intercesión de Cristo, oran a Dios, tienen la certeza de alcanzar misericordia; y sin embargo, por otra parte, el apóstol lanza indirectamente, o por implicación, una amenaza a todos los que no toman este camino, y da a entender que Dios será inexorable con ellos, porque desprecian el único camino verdadero de ser reconciliados con él.

Añade: Para el oportuno socorro, o para un socorro a tiempo; es decir, si deseamos obtener todo lo necesario para nuestra salvación. Ahora bien, esta oportunidad se refiere al tiempo del llamamiento, según aquellas palabras de Isaías, que Pablo acomoda a la predicación del evangelio: «He aquí ahora el tiempo aceptable», etc. (Is 49:8; 2 Co 6:2); pues el apóstol se refiere a ese «hoy» durante el cual Dios nos habla. Si aplazamos el oír hasta mañana, cuando Dios nos habla hoy, vendrá la noche inoportuna, cuando lo que ahora puede hacerse ya no podrá hacerse; y llamaremos en vano cuando la puerta esté cerrada.

CAPÍTULO 5

Hebreos capítulo 5:1-6

1. Porque todo sumo sacerdote escogido de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para presentar ofrendas y sacrificios por los pecados;

1. Omnis namque Pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur de eis quae (vel, ordinat ea quae) ad Deum pertinent, ut offerat dona et sacrifia pro peccatis;

2. el cual puede compadecerse de los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad;

2. Qui possit placabilem (vel, moderatum) se praebere ignorantibus et errantibus, quando ipse quoque circumdatus est infirmitate.

3. y por causa de ella debe ofrecer por los pecados, así por el pueblo como también por sí mismo.

3. Et propter hanc debet, quemadmodum pro populo, ita et pro seipso offerre pro peccatis.

4. Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón.

4. Ac nemo sibi usurpat honorem, sed qui vocatur a Deo, sicut et Aaron.

5. Así también Cristo no se glorificó a sí mismo para hacerse sumo sacerdote, sino el que le dijo: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy.

5. Quare nec Christus seipsum glorificavit ut esset Pontifex, sed qui loquutus est ad eum, Filius meus es tu, ego hodie genui te.

6. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.

6. Quemadmodum et alibi dicit, Tu es sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedec.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.