Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Hechos 15: comentario de Juan Calvino
Hechos 15:1
1. Cuando Pablo y Bernabé habían soportado muchos combates contra los enemigos declarados del evangelio, Lucas comienza ahora a declarar que fueron probados por una guerra doméstica; de modo que convenía que su doctrina y ministerio fueran probados por todos los medios, para que apareciera mejor que estaban provistos por Dios y armados contra todos los asaltos del mundo y de Satanás. Porque no fue pequeña confirmación para su doctrina que, sacudida y batida por tantas máquinas, se mantuviera con todo en pie, ni pudiera su curso ser cortado por tantos impedimentos. Con este fin se gloría Pablo de que sufrió luchas por fuera y temores por dentro (2 Co 7:5). Esta historia es muy digna de notarse; pues aunque por naturaleza aborrecemos la cruz y toda clase de persecución, con todo la discordia civil y doméstica es más peligrosa, no sea que acaso nos desanime. Cuando los tiranos aplican su fuerza y se lanzan con violencia contra los hombres, la carne, en verdad, se espanta; y todos los que no están dotados del espíritu de fortaleza tiemblan de todo corazón; pero entonces sus conciencias no son propiamente tocadas por tentación alguna. Porque esto se sabe que es, por así decirlo, el estado fatal de la Iglesia. Pero cuando sucede que los hermanos se enfrentan entre sí, y que la Iglesia está en tumulto dentro de sí misma, no puede ser sino que las mentes débiles se turben y desmayen; y sobre todo cuando la controversia es acerca de la doctrina, que es el único santo vínculo de la unidad fraterna. En fin, nada hay que dañe más al evangelio que la discordia civil, porque no solo hiere y lastima la conciencia débil, sino que también da ocasión a los impíos para detractar.
Por tanto, debemos notar diligentemente esta historia, para que sepamos que no es ejemplo nuevo que entre los que profesan un mismo evangelio surjan algunas contiendas y disputas acerca de la doctrina, cuando hombres soberbios no pueden hacerse un nombre (del cual están tan furiosamente deseosos) sino introduciendo sus propias invenciones. Es cierto que, como no hay sino un solo Dios, así no hay sino una sola verdad de este Dios. Por eso, cuando Pablo procura exhortar a los fieles al mutuo consentimiento, usa este argumento: «Un Dios, una fe, un bautismo», etc. (Ef 4:6). Pero cuando vemos levantarse hombres impíos que procuran dividir [desgarrar] la Iglesia con sus facciones, y también o corromper el evangelio con sus falsas y sucias [espurias] invenciones, o ponerlo en sospecha, debemos conocer la sutileza [artificio] de Satanás. Por eso dice Pablo en otro lugar que es necesario que haya herejías, para que los que son aprobados se manifiesten (1 Co 11:19). Y ciertamente el Señor hace maravillosamente vana la sutileza de Satanás, en cuanto prueba la fe de los suyos con tales pruebas, y adorna su palabra con una victoria digna y excelente; y hace resplandecer más claramente la verdad que los impíos procuraban oscurecer. Pero conviene mucho ponderar todas las circunstancias de la historia que Lucas señala.
Que venían de Judea. Este manto y color era entonces muy poderoso para engañar aun a los buenos. Jerusalén era honrada, y no sin causa, entre todas las iglesias, porque la reverenciaban como a su madre. Pues el evangelio había sido conducido, por así decirlo, por cañerías y conductos desde aquella fuente. Estos seductores vienen de allí; alegan a los apóstoles; se jactan de que no traen sino lo que de ellos aprendieron. Con este humo ciegan y ofuscan los ojos de los inexpertos; y los ligeros y malvados se apoderan con avidez del pretexto que se les ofrece. La perturbación de la Iglesia sacude, como una tempestad, a los que por lo demás eran buenos y moderados, de modo que se ven forzados a tropezar. Por tanto, debemos notar esta sutileza de Satanás: que abusa de los nombres de los santos para engañar a los sencillos, quienes, ganados por la reverencia a los hombres, no se atreven a inquirir la cosa misma. Lucas no expresa, es cierto, con qué afecto se movían estos bellacos; pero es probable que un celo perverso fue la causa que los movió a ponerse contra Pablo y Bernabé; porque hay ciertos caracteres ásperos a quienes nada agrada sino lo suyo. Habían visto que la circuncisión y otros ritos de la ley se observaban en Jerusalén; dondequiera que van, no pueden soportar nada que no sea conforme a ello, como si el ejemplo de una iglesia obligara con cierta ley a todas las demás iglesias. Y aunque tales sean movidos por un celo desordenado para promover tumultos, con todo son aguijoneados interiormente por su ambición y por cierta especie de obstinación. Sin embargo, Satanás consigue lo que quería; pues las mentes de los piadosos tienen delante tal niebla que apenas saben distinguir lo negro de lo blanco.
Por tanto, debemos guardarnos primero de esta plaga: que unos no prescriban ley a otros a su manera, que el ejemplo de una iglesia no sea prejuicio de una regla común. También debemos usar otra cautela: que las personas de los hombres no estorben ni oscurezcan el examen del asunto o causa. Porque si Satanás se transfigura en ángel de luz (2 Co 11:14), y si, con sacrílega osadía, usurpa el santo nombre de Dios, ¿qué maravilla es que engañe igualmente a los hombres bajo los nombres de santos? El fin declarará por último que los apóstoles no pensaban nada menos que poner el yugo de la ley sobre el cuello de los gentiles; y con todo Satanás pretendía entrar bajo este subterfugio. Así sucede muchas veces que los que contradicen [se oponen a] la doctrina de Cristo se introducen bajo el título de siervos suyos. Por eso hay un solo remedio: venir a examinar el asunto con sano juicio; conviene también prevenir el escándalo, para que no pensemos que los fieles siervos de Dios contienden entre sí porque Satanás abusa falsamente de sus nombres, para enfrentar ciertas sombras unas con otras y aterrar a los sencillos.
Hechos 15:2
2. Habiéndose levantado sedición. No fue pequeña prueba que Pablo y Bernabé fueran arrastrados a un molesto tumulto. Ya había bastante mal en el asunto mismo [la disensión]; pero es un mal más cruel cuando la contienda se enciende tanto que se ven forzados a luchar con sus hermanos como con enemigos. Añádase, además, la infamia con que se veían cargados entre los sencillos e inexpertos, como si con su obstinación quisieran turbar la paz de la Iglesia. Porque sucede muchas veces que los fieles siervos de Cristo son los únicos envidiados, y cargan con toda la culpa, después de haber sido injustamente perturbados y de haberse empleado fielmente en la defensa de una buena causa. Por tanto, deben estar dotados de un ánimo invencible para despreciar todos los falsos rumores que se difunden acerca de ellos. Por eso Pablo se gloría en otro lugar de haber pasado por en medio de sediciones (2 Co 6:5). Pero los siervos de Dios deben guardar tal moderación que aborrezcan, cuanto puedan, toda discordia; si alguna vez Satanás levanta tumultos y contiendas, procuren aplacarlos, y, por último, hagan todo lo que puedan para fomentar y cultivar la unidad. Pero, por otra parte, cuando la verdad de Dios es asaltada, no rehúsen combate alguno en defensa de ella; ni teman oponerse valerosamente, aunque cielo y tierra se confundan.
Y nosotros, amonestados por este ejemplo, aprendamos, cada vez que se levante algún tumulto en la Iglesia, a ponderar sabiamente por culpa de quién vino, no sea que condenemos temerariamente a los fieles ministros de Cristo, cuya gravedad más bien ha de alabarse, porque pueden soportar tan valerosamente tan violentos asaltos de Satanás. En segundo lugar, recordemos que Satanás fue refrenado por la admirable providencia de Dios, para que no derribara la doctrina de Pablo. Porque si se le hubiera permitido hacer daño a su placer, tan pronto como la fe de los gentiles hubiera sido abatida y derribada, el evangelio predicado por Pablo habría caído por tierra, y la puerta habría quedado cerrada al llamamiento de los gentiles. En tercer lugar, aprendamos que debemos prevenir a tiempo la disensión, de la clase que sea, no sea que estalle en llama de contienda; porque Satanás no busca otra cosa con los abanicos de la disensión sino encender otros tantos fuegos. Pero, por otra parte, viendo que vemos a la Iglesia primitiva en tumulto, y a los mejores siervos de Cristo ejercitados con sedición, si esto mismo nos sucede ahora, no temamos como ante algo nuevo e insólito; sino, pidiendo de la mano del Señor un fin como el que él dio entonces, pasemos por los tumultos con el mismo tenor de fe.
Si no os circuncidáis. Lucas fija [define] brevemente con estas palabras el estado de la cuestión, a saber, que estos seductores procuraban atar las conciencias de los hombres con la necesidad de guardar la ley. La circuncisión se menciona, es cierto, sola en este lugar; pero por el texto se ve que promovían la cuestión sobre la observancia de toda la Ley. Y como la circuncisión era, por así decirlo, una solemne entrada y admisión a los demás ritos de la ley, por eso, por sinécdoque, toda la ley se comprende bajo una parte. Estos enemigos de Pablo no negaban que Cristo fuese el Mesías; pero aunque le dieron sus nombres, retenían con ello las antiguas ceremonias de la ley.
El error pudo parecer tolerable a primera vista. ¿Por qué entonces no disimula Pablo, al menos por algún corto tiempo, para no sacudir a la Iglesia con conflicto? Pues la disputa era sobre cosas externas, acerca de las cuales el mismo Pablo prohíbe en otro lugar detenerse y porfiar demasiado. Pero había tres graves causas que lo obligaron a resistir. Porque si la observancia de la ley es necesaria, la salvación del hombre queda atada a las obras, siendo así que debe fundarse en la sola gracia de Cristo, para que la fe se asiente y repose. Por tanto, cuando Pablo vio que el culto de la ley se oponía a la justicia gratuita de la fe, no le era lícito callar, a menos que quisiera traicionar a Cristo. Porque, negando los adversarios que nadie pudiera ser salvo sino el que observara la ley de Moisés, con esto trasladaban a las obras la gloria de la salvación, que quitaban a Cristo, y, sacudida la seguridad, afligían a las almas miserables con inquietud. Además, no era cosa pequeña ni de poca importancia despojar y robar a las almas fieles de la libertad ganada con la sangre de Cristo. Aunque la libertad interior del Espíritu fuese común a los padres como a nosotros, sabemos con todo lo que dice Pablo: que estaban encerrados bajo la tutela y custodia pueril de la ley, de modo que poco se diferenciaban de los siervos; pero nosotros estamos libres del ayo de la ley después que Cristo fue revelado (Gá 3:24), y tenemos más libertad, acabado, por así decirlo, el tiempo de nuestra minoría de edad. El tercer vicio de esta doctrina era que oscurecía la luz de la Iglesia, o al menos ponía como ciertas nubes, para que Cristo, Sol de justicia, no diera luz perfecta. En suma, el cristianismo habría venido pronto a nada si Pablo hubiera cedido a tales comienzos. Por eso entra en el combate, no por la incircuncisión externa de la carne, sino por la salvación gratuita de los hombres. En segundo lugar, para absolver y librar a las conciencias piadosas de la maldición de la ley y de la culpa de la muerte eterna. Por último, para que, apartados todos los estorbos, el resplandor de la gracia de Cristo brille como en un cielo agradable y claro. Además, estos bellacos hacían gran injuria a la ley cuando corrompían impíamente su recto uso. Este era el oficio natural y recto de la ley: llevar a los hombres de la mano, como un ayo, a Cristo; por tanto, no podía ser más corrompida que cuando, bajo color de ella, se disminuía el poder y la gracia de Cristo.
De esta manera debemos mirar las fuentes de todas las cuestiones, para que con nuestro silencio no traicionemos la verdad de Dios, cada vez que veamos a Satanás, con su sutileza, apuntar derecho a ella; ni dejemos que nuestros ánimos cambien y desmayen por peligro alguno, ni por oprobios y calumnias, porque debemos defender constantemente la religión pura, aunque cielo y tierra se confundan. Los siervos de Cristo no deben ser peleadores (2 Ti 2:24); por tanto, si ha surgido alguna contienda, deben más bien procurar aplacarla y pacificarla con su moderación, que ponerse enseguida a tocar al asalto. En segundo lugar, deben guardarse bien de conflictos superfluos y vanos; ni tratarán controversias de poco peso; pero cuando vean que Satanás se ensoberbece tanto que la religión no puede ya continuar salva y sana si no se le sale al paso, deben tomar buen ánimo y levantarse a resistir; ni teman entrar aun en los combates más odiosos. El nombre de paz es, ciertamente, plausible y dulce, pero maldita sea la paz que se compra con tan gran pérdida que dejemos perecer la doctrina de Cristo, por la cual sola crecemos juntos en santa y piadosa unidad.
Los papistas hacen que hoy seamos muy aborrecidos, como si hubiéramos sido los causantes de los mortales tumultos con que el mundo es sacudido; pero podemos defendernos bien, porque las blasfemias que procuramos reprender eran demasiado crueles para que nos fuera lícito callar; en esto no se nos debe culpar, porque hemos tomado sobre nosotros entrar en combate en defensa de aquella causa por la cual debíamos pelear aun con los mismos ángeles. Que griten hasta quedar roncos; nos basta el ejemplo de Pablo: que no debemos ser ni fríos ni flojos en defender la doctrina de la piedad cuando los ministros de Satanás procuran derribarla con todas sus fuerzas; porque su destemplanza frenética no debe superar la constancia de los siervos de Dios. Cuando Pablo se puso con celo contra los falsos apóstoles, comenzó al fin una sedición a causa del conflicto; y con todo el Espíritu de Dios no lo reprende por ello; antes bien encomienda con debidas alabanzas aquella fortaleza que había dado a aquel santo varón.
Determinaron, etc. El Espíritu de Dios les sugirió este remedio para aplacar el tumulto, que de otro modo habría ido más lejos haciendo mucho daño, por lo cual se nos enseña también que debemos buscar siempre los medios convenientes para poner fin a la discordia; porque Dios encomienda tanto la paz, muestren los fieles que hacen lo que pueden para alimentar la paz de la Iglesia. La verdad debe ser siempre lo primero para ellos, y en defensa de ella no deben temer tumulto alguno; pero deben templar de tal modo su ardor que no rehúsen ningún medio de piadoso acuerdo; más aún, inventen ellos de su propia voluntad todos los caminos que puedan, y sean ingeniosos en buscarlos. Por tanto, debemos observar este término medio, para que, arrebatados por una vehemencia inmoderada de celo, no seamos llevados más allá de los justos límites; porque debemos ser valerosos en la defensa de la verdadera doctrina, no obstinados ni temerarios; aprendamos, pues, a unir estas dos virtudes que el Espíritu de Dios manda en Pablo. Cuando es llevado al campo por los impíos, no teme ofrecerse con osadía; pero cuando admite con mansedumbre el remedio que se le ofreció, declara claramente cuán poco deseo tenía de pelear, pues de otro modo habría podido jactarse de que no hacía caso de los apóstoles, y mantenerse firme en ello; pero el deseo de paz no le permitió rechazar su juicio. Además, los ignorantes y débiles habrían concebido una opinión siniestra si hubieran visto a dos solos hombres separados de todos los siervos de Cristo; y los maestros piadosos no deben en modo alguno descuidar este medio de cultivar la fe, a fin de mostrar que están de acuerdo con la Iglesia.
Pablo, en verdad, no dependía del gesto de los apóstoles, como si fuera a cambiar de parecer si los hallaba contrarios a él, quien no habría cedido ni aun a los mismos ángeles, como se gloría en el capítulo primero a los Gálatas (Gá 1:8); pero para que los impíos no difundieran calumniosamente que era un hombre demasiado pagado de su propio parecer, y soberbio, y que se complacía en un desdén indecoroso hacia todos los hombres, se ofreció a dar razón de su doctrina, como le convenía, y como era provechoso para la Iglesia; en segundo lugar, se presentó ante los apóstoles con segura esperanza de victoria, porque sabía muy bien cuál sería su juicio, siendo guiados por el mismo Espíritu por el cual él era gobernado. Sin embargo, puede preguntarse con qué fin los de Antioquía enviaron a Pablo y Bernabé a los demás apóstoles; pues si los reverenciaban tanto que quedaban en duda hasta que ellos hubieran dado sentencia en uno u otro sentido, ¿su fe hasta entonces era vana y del todo nula? Pero la respuesta es fácil: sabiendo que todos los apóstoles habían sido enviados por Cristo solo con los mismos mandamientos, y que tenían el mismo Espíritu, estaban plenamente persuadidos del fin y del éxito, y sin duda este consejo procedió de hombres honestos y valerosos, que no ignoraban que los bellacos pretextaban falsamente los nombres de Santiago y de Pedro. Por eso no buscaban otra cosa sino que los apóstoles favorecieran con su consentimiento una buena causa.
Con el mismo fin se reunieron todos los santos sínodos desde el principio: para que hombres graves, y bien ejercitados en la palabra de Dios, decidieran las controversias, no a su antojo, sino conforme a la autoridad de Dios. Esto es digno de notarse, para que los papistas no hieran a nadie con sus grandes voces, quienes, para derribar a Cristo y su evangelio, y apagar toda la luz de la piedad, nos echan encima los Concilios, como si toda definición y determinación de los hombres hubiera de tenerse por oráculo celestial; pero si los santos Padres se sentaran hoy, clamarían a una sola voz que nada les era más ilícito, ni pensaban nada menos que establecer o entregar algo sin tener por guía la palabra de Cristo, que era su único maestro, [instructor,] como lo es nuestro. Paso por alto que los papistas se apoyan solo en Concilios extemporáneos, que no respiran sino crasa ignorancia y barbarie; pero aun los mejores y más selectos deben contarse en ese número, para que estén sujetos a la palabra de Dios. Hay una grave queja de Gregorio Nacianceno, que aún existe, de que nunca hubo Concilio que tuviera buen fin. Cualquier excelencia que floreciera y estuviera en vigor en la Iglesia, no puede negarse que comenzó a decaer cien años después; por tanto, si aquel santo varón viviera ahora, con qué firmeza rechazaría las tonterías de los papistas, que, sin vergüenza alguna, meten con toda impudencia las farsas de máscaras en lugar de legítimos Concilios, y ello con el fin de que la Palabra de Dios se haga a un lado, tan pronto como unos pocos hombres calvos y necios hayan establecido cuanto les plugo.
Hechos 15:3
3. Encaminados por la Iglesia. Como, por consentimiento común de la Iglesia, se dieron a Pablo y Bernabé compañeros que, por deber, los acompañaran, podemos deducir de ahí que todos los piadosos estaban de su parte; y que nunca pensaron sino que la causa era suya tanto como de los apóstoles. Por eso decidieron el viaje de Pablo y Bernabé con el mismo ánimo con que lo emprendieron; a saber, para domar y hacer callar a aquellos espíritus turbulentos que falsamente se jactaban de los apóstoles. Cuando dice poco después que informaban a los hermanos, en su viaje, de la admirable conversión de los gentiles, es testimonio y señal de que no llegaron a Jerusalén cargados de temor; sino que aun sin temor profesaban con firmeza lo que habían enseñado antes. Por tanto, no vienen a defender su causa ante sus jueces; sino para que, con común consentimiento y juicio, de una y otra parte, se aprobara lo que Dios había mandado acerca de la abolición de las ceremonias. Porque aunque no despreciaban el juicio de los apóstoles, con todo, sabiendo que no les era lícito a ellos, ni a los apóstoles, decretar otra cosa acerca de la causa, no les convenía presentarse como hombres cuyo asunto se trata ante el tribunal. De ahí viene la osadía del regocijo; a esto tiende el gozo de los piadosos, con el cual suscriben tanto la doctrina de Pablo como el llamamiento de los gentiles.
Hechos 15:4
4. Fueron recibidos por la Iglesia. Por esta palabra Iglesia entiende la multitud misma y el cuerpo entero; hecho esto, asigna un lugar particular a los apóstoles y a los ancianos, por quienes Pablo y Bernabé fueron especialmente recibidos. Además, como los apóstoles no tenían lugar cierto de residencia en Jerusalén, sino que iban continuamente, unas veces a un lugar y otras a otro, adonde la ocasión los llamaba, aquella iglesia tenía ancianos a quienes estaba encomendado el gobierno ordinario de la Iglesia; y en qué se diferencia una función de la otra ya lo hemos declarado antes (Hch 14:23). Y de aquí se ve cuánta cortesía fraterna había en los apóstoles y ancianos, porque no solo reciben con cortesía a Pablo y Bernabé, sino que tan pronto como oyen el éxito que tuvieron en sus trabajos, magnifican la gracia de Dios. Lucas repite otra vez aquella forma de hablar que tuvimos antes en el capítulo inmediatamente anterior, cuando dice que contaron cuantas cosas había hecho Dios con ellos. En lo cual debemos recordar lo que dije antes: que Dios no es hecho compañero de trabajo, sino que toda la alabanza de la obra se le atribuye a él. Por eso se dice que hizo con Pablo y Bernabé lo que hizo por medio de ellos, como se dice que obra misericordiosamente con nosotros cuando socorre nuestras miserias.
Hechos 15:5
5. Algunos de la secta de los fariseos. No sin causa expresa Lucas qué clase de hombres eran los que procuraban turbar o estorbar a Pablo, aun en Jerusalén. Y es de pensar que el mal fluía de aquella fuente; y que Lucas expresa ahora más claramente que también ahora brotaron abanicos [perturbadores] de aquella misma secta de donde habían salido los autores de aquella impía disensión. Porque aunque habían dado sus nombres a Cristo, quedaban reliquias de su naturaleza anterior. Sabemos cuán soberbios eran los fariseos, cuán altivos, cuán elevadas sus miradas; todo lo cual habrían olvidado si se hubieran revestido verdaderamente de Cristo. Como no quedaba fariseísmo alguno en Pablo, pero gran parte había contraído el hábito de la obstinación por larga costumbre, que no podían sacudirse tan fácilmente de repente. Como entre ellos reinaba sobre todo la hipocresía, estaban demasiado aficionados a los ritos externos, que son cubiertas de los vicios. Estaban igualmente hinchados de soberbia, de modo que ambicionaban tiránicamente sujetar a todos los demás hombres a sus decretos. Bien se sabe cuán gravemente enfermos de ambas enfermedades están los monjes. Por lo cual sucede que nada hay más cruel que ellos para oprimir a la Iglesia, nada más impío o perverso que ellos para despreciar la Palabra de Dios. Además, vemos a muchos de ellos que salieron de aquellas madrigueras y han echado de sí la cogulla, y con todo nunca pueden olvidar aquellas condiciones que allí aprendieron.
Hechos 15:6-11
6. Y se reunieron los apóstoles y los ancianos para mirar este asunto. 7. Y después de haber habido gran disputa, Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo Dios escogió entre nosotros que por mi boca los gentiles oyesen la palabra del evangelio y creyesen. 8. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo, lo mismo que a nosotros. 9. Y ninguna diferencia hizo entre ellos y nosotros, después de haber purificado por la fe sus corazones. 10. Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? 11. Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos.
Hechos 15:6
6. Se reunieron los apóstoles y los ancianos. Lucas dice, no que toda la Iglesia entera se reuniera, sino los que sobresalían en doctrina y juicio, y los que, según su oficio, eran jueces competentes en este asunto. Puede ser, ciertamente, que la disputa se tuviera en presencia del pueblo. Pero para que nadie pensara que se permitía al pueblo común tratar el asunto sin orden ni concierto, Lucas hace mención expresa de los apóstoles y ancianos, por ser más conveniente que ellos oyeran el asunto y lo decidieran. Pero sepamos que aquí Dios prescribe una forma y un orden en la reunión de sínodos, cuando surge alguna controversia que no puede decidirse de otro modo. Porque como muchos resistían cada día a Pablo, esta sola disputa, por causa de la cual amenazaba gran ruina, y que había llegado ya a ardientes combates, lo obligó a ir a Jerusalén.
Hechos 15:7-8
7. Y después de haber habido gran disputa. Aunque se había hecho elección de hombres graves, y que eran maestros públicos de la Iglesia, con todo no pudieron ponerse de acuerdo enseguida. Por lo cual se ve cómo el Señor ejercitaba a su Iglesia, ya entonces, con la flaqueza de los hombres, para que aprendiera a ser sabia con humildad. Además, permitió (aun en aquella compañía y asamblea en que él era el principal) que el punto principal de la doctrina cristiana fuera diversamente agitado y tratado, para que no nos maravillemos si alguna vez sucede que hombres, por lo demás doctos y piadosos, caen, por inexperiencia, en un error. Porque algunos no eran tan agudos de ingenio que pudieran penetrar a fondo la grandeza del asunto. De modo que, cuando juzgan que la ley debe guardarse, arrebatados sin reflexión por el celo de la ley, no ven en qué profundo laberinto arrojan las conciencias de otros hombres, y también las suyas. Pensaban que la circuncisión era señal eterna e inviolable del pacto de Dios; la misma opinión tenían de toda la ley. Por eso Pedro se detiene principalmente en mostrar el estado de la cuestión, que la mayor parte de ellos no conocía. Y su discurso tiene dos miembros. Pues, primero, prueba por la autoridad de Dios que no se debe obligar a los gentiles a guardar la ley; en segundo lugar, enseña que toda la salvación del hombre queda derribada si la conciencia es una vez atrapada en este lazo. Por tanto, la primera parte (en la cual declara que fue enviado por Dios a enseñar a los gentiles, y que el Espíritu Santo descendió sobre ellos) tiende a este fin: que los hombres no abrogaron sin reflexión las ceremonias de la ley, sino que Dios es el autor de esa abrogación. Y tan pronto como se presenta la autoridad de Dios, toda duda queda quitada, porque toda nuestra sabiduría es esta: apoyarnos en la autoridad, gobierno y mandato de Dios, y hacer más caso de su gesto y beneplácito que de todas las razones. Ahora conviene que ponderemos las palabras de Pedro, con las cuales prueba que Dios concedió esto a los gentiles: estar libres del yugo de la ley.
Vosotros sabéis. Los llama a dar testimonio (y a ellos apela), para que nadie pensara que iba a hablar de alguna cosa oscura y dudosa. La historia les era bien conocida a todos. En cuanto a lo que quedaba, muestra que estaban ciegos aun en la luz más clara, y ello porque no hacía mucho que habían aprendido lo que se había mostrado abiertamente. Llama días antiguos, o tiempo antiguo, al comienzo de la predicación del evangelio, como si dijera: hace tiempo, casi desde el primer comienzo de la Iglesia, después que Cristo comenzó a juntar para sí algún pueblo.
Dios escogió entre nosotros. La palabra escoger significa señalar o decretar. Aunque Pedro comprende tanto la libre elección de Dios como la elección por la cual Dios adoptó a los gentiles como su pueblo; por tanto, escogió, es decir, como haciendo elección, para mostrar una señal de su libre elección en los gentiles, quiso que por mi boca oyeran la doctrina del evangelio. Estas palabras, entre nosotros, significan tanto como a nuestra vista, o siendo nosotros testigos, o entre nosotros. Porque su intención es que no declara sino lo que ellos conocían muy bien; a saber, lo que se hizo ante sus ojos. La frase es bastante común tanto entre los griegos como entre los hebreos, [hebreos,] a menos que prefiramos resolverla como otros: Me ha escogido de entre esta compañía.
Y creyesen. Esto fue un sello para confirmar el llamamiento de los gentiles. El oficio de enseñar fue encomendado a Pedro por un oráculo; pero el fruto que vino de su doctrina hace ilustre y, como dicen, auténtico su ministerio. Porque, siendo los elegidos iluminados a la fe por una gracia peculiar del Espíritu, la doctrina no producirá fruto alguno si el Señor no muestra su poder en sus ministros, enseñando interiormente las mentes de los que oyen, y atrayendo interiormente sus corazones. Por tanto, habiendo mandado el Señor que la doctrina del evangelio fuese llevada a los gentiles, los santificó para sí, para que ya no fueran profanos. Pero la consagración solemne fue entonces perfecta en todos sus puntos, cuando imprimió en sus corazones, por la fe, la marca de su adopción. La sentencia que sigue inmediatamente ha de entenderse como puesta a modo de exposición; porque Pedro anexa a la fe las gracias visibles del Espíritu, que ciertamente no eran sino una adición de ella. Por tanto, viendo que los gentiles son injertados en el pueblo de Dios sin circuncisión ni ceremonias, Pedro concluye que no estuvo bien imponerles necesidad alguna de guardar la ley. Con todo, parece ser un argumento débil para probar con él su elección, que el Espíritu Santo descendió sobre ellos. Porque eran dones tales que no podía razonarse a partir de ellos que fueran contados en el número de los piadosos. Pero solo el Espíritu de regeneración distingue a los hijos de Dios de los extraños. Respondo: Aunque hombres por lo demás vanos fueran dotados del don de lenguas y otros semejantes, con todo Pedro toma por cosa que todos conceden lo que era conocido: que Dios había sellado en Cornelio y sus primos [parientes] su libre adopción por la gracia visible del Espíritu, como si señalara a sus hijos con el dedo.
El conocedor de los corazones. Aplica este título a Dios según la circunstancia del asunto presente; y tiene debajo una secreta oposición: que los hombres están más aficionados a la pureza externa, porque juzgan conforme a su sentido y entendimiento grosero y terreno; pero Dios mira el corazón. Por tanto, Pedro enseña que juzgan torcidamente en este asunto según el entendimiento del hombre, siendo así que aquí ha de estimarse solamente la pureza interior del corazón, la cual no conocemos. Y con esto refrena nuestra temeridad, para que, tomando para nosotros más de lo debido, no murmuremos contra el juicio de Dios. Como si dijera: si no ves razón de aquel testimonio que Dios les dio, piensa contigo mismo cuán gran diferencia hay entre él y tú. Porque tú estás asido de la pompa externa según tu naturaleza grosera, la cual ha de ser abandonada cuando llegamos al trono de Dios, donde los corazones de los hombres son conocidos espiritualmente. Pero, entretanto, debemos notar una doctrina general: que los ojos de Dios no miran la vana pompa de los hombres, sino la integridad de sus corazones, como está escrito (Jer 5:3). En cuanto a que el intérprete antiguo y Erasmo lo traducen así: que Dios conoce los corazones, no expresa suficientemente lo que Lucas dice en griego; pues cuando llama a Dios καρδιαγνωστην, lo opone a los hombres, que por lo general juzgan más bien por la apariencia externa; y por eso pueden ser προσωπογνωσται, o conocedores del rostro, si se comparan con Dios.
Hechos 15:9
9. Y ninguna diferencia hizo. Había, en verdad, alguna diferencia, porque los gentiles, que eran incircuncisos, fueron admitidos de repente al pacto de la vida eterna, mientras que los judíos habían sido preparados por la circuncisión para la fe. Pero la intención de Pedro es que ambos fueron escogidos juntamente por Dios para la esperanza de la misma herencia, y que fueron ensalzados al mismo grado de honor, para que fueran hijos de Dios y miembros de Cristo, y, por último, la santa simiente de Abraham, generación sacerdotal y real. De donde se sigue que no pueden sin sacrilegio ser tenidos por inmundos, puesto que Dios los ha escogido para pueblo peculiar, y los ha consagrado para ser santos vasos de su templo. Porque, derribada la pared de separación con que estaban divididos entre sí los gentiles y los judíos, ha unido a los gentiles con los judíos, para que crezcan juntos en un solo cuerpo (Ef 2:14); y, por decirlo así, ha mezclado la circuncisión y la incircuncisión, para que tanto los de la casa como los extraños sean uno en Cristo, y hagan una sola Iglesia; y para que ya no haya ni judío ni griego.
Purificando por la fe sus corazones. Este miembro responde a aquel título anterior que aplica a Dios; como si dijera que Dios, que conoce los corazones, purificó interiormente a los gentiles, cuando se dignó hacerlos partícipes de su adopción, para que fueran dotados de limpieza espiritual. Pero añade además que esta pureza consistía en la fe. Por tanto, enseña, primero, que los gentiles tienen verdadera santidad sin ceremonias, la cual puede bastar ante el tribunal de Dios. En segundo lugar, enseña que esto se alcanza por la fe, y de ella fluye. De igual manera Pablo concluye que la incircuncisión no impide que un hombre sea tenido por santo y justo ante Dios (Ro 4:10); porque la circuncisión siguió a la justicia en la persona de Abraham, y por orden de tiempo fue posterior [posterior].
Pero aquí surge una cuestión: si aquella pureza que tuvieron los padres en los tiempos pasados era distinta de la que Dios dio ahora a los gentiles. Porque parece que Pedro distingue a los gentiles de los judíos por esta señal: que, contentos con la sola limpieza del corazón, no necesitan ayuda alguna de la ley. Respondo que la una difiere de la otra no en sustancia, sino en forma [solamente]. Porque Dios miró siempre a la limpieza interior del corazón; y las ceremonias fueron dadas al pueblo antiguo solo por esta causa, para que ayudaran su fe. De modo que aquella limpieza, en cuanto a figuras y ejercicios, fue solo por un tiempo, hasta la venida de Cristo, y no tiene lugar entre nosotros hoy; así como permanece desde el mismo comienzo del mundo hasta el fin el mismo verdadero culto de Dios, a saber, el culto espiritual; con todo hay gran diferencia en la forma visible. Ahora bien, vemos que los padres no obtuvieron justicia por las ceremonias, ni eran por ellas puros ante Dios, sino por la limpieza del corazón. Porque las ceremonias por sí mismas no tenían importancia para justificarlos; eran solo ayudas que los purificaban accidentalmente (por decirlo así); pero de modo que los padres y nosotros teníamos la misma verdad. Ahora, cuando vino Cristo, todo lo accidental se desvaneció; y, por tanto, ahuyentadas las sombras, queda la pureza desnuda y llana del corazón.
Así queda fácilmente respondida aquella objeción que los judíos piensan que no puede en modo alguno responderse. La circuncisión es llamada pacto eterno, o del mundo (Gn 17:13); por tanto, dicen, no debía ser abolida. Si alguien dice que esto no se refiere a la señal visible, sino más bien a la cosa figurada, será bien respondido; pero hay otra respuesta además de esta. Siendo el reino de Cristo cierta renovación del mundo, no seguirá inconveniente alguno si puso fin a todas las sombras de la ley, puesto que la perpetuidad de la ley está fundada en Cristo. Vengo ahora al segundo miembro, donde Pedro pone la limpieza [pureza] de los gentiles en la fe. ¿Por qué no dice: En perfección de virtudes, o santidad de vida, sino solo porque los hombres tienen la justicia de otro, y no de sí mismos? Porque si los hombres, viviendo bien y justamente, adquirieran la justicia, o si fueran limpios ante Dios por naturaleza, esta sentencia de Pedro caería por tierra. Por tanto, el Espíritu pronuncia claramente en estas palabras que todo el género humano está contaminado y manchado de inmundicia; en segundo lugar, que sus manchas no pueden ser borradas por otro medio que por la gracia de Cristo. Porque, siendo la fe el remedio con que el Señor nos ayuda gratuitamente, se opone tanto a la naturaleza común de todos los hombres como a los méritos propios de cada uno. Cuando digo que todo el género humano está contaminado, mi intención es que no traemos del vientre de nuestra madre sino pura inmundicia, y que no hay justicia en nuestra naturaleza que pueda reconciliarnos con Dios. El alma del hombre fue, en verdad, dotada al principio de dones singulares; pero todas sus partes están tan corrompidas por el pecado, que no queda ya en ella gota alguna de pureza; por tanto, debemos buscar la limpieza fuera de nosotros.
Porque si alguien alega que puede recobrarse por los méritos de las obras, nada hay más absurdo que imaginar que una naturaleza impía y cobarde pueda merecer algo. Por tanto, resta que los hombres busquen en otra parte lo que nunca podrán hallar dentro de sí mismos. Y ciertamente es oficio de la fe trasladarnos lo que es propio de Cristo, y hacerlo nuestro por libre participación. De modo que hay una relación mutua entre la fe y la gracia de Cristo. Porque la fe no nos hace limpios como una virtud o cualidad infundida en nuestras almas; sino porque recibe aquella limpieza que se ofrece en Cristo. Debemos notar también la frase: que Dios purifica los corazones; con lo cual Lucas hace a Dios autor de la fe, y enseña también que la limpieza es beneficio suyo. En suma, nos significa que a los hombres se les da por la gracia de Dios lo que ellos no pueden darse a sí mismos. Pero como dijimos que la fe toma de Cristo lo que transfunde [transfiere] en nosotros, debemos ver ahora cómo la gracia de Cristo nos hace limpios, para que agrademos a Dios. Y hay una doble manera de purificar: porque Cristo nos ofrece y presenta limpios y justos a la vista de su Padre, quitando cada día nuestros pecados, que él ha purgado una vez con su sangre; en segundo lugar, porque, mortificando por su Espíritu las concupiscencias de la carne, nos reforma a santidad de vida. Comprendo de buena gana ambas clases de purificación bajo estas palabras; porque Lucas no toca una sola clase de purificación, sino que enseña que toda su perfección consiste fuera de las ceremonias de la ley.
Hechos 15:10
10. Ahora, pues, ¿por qué tentáis? Esta es la otra parte del discurso, en la que Pedro muestra cuán mortal es la doctrina que los enemigos de Pablo procuraban introducir, a saber, la que podía hundir las almas piadosas en la desesperación. De lo anterior infiere y deduce que se tienta a Dios si se obliga a los gentiles a guardar la ley como cosa necesaria; y sube más alto, y penetra hasta la fuente misma. Pues hasta aquí razona que se haría injuria a los gentiles si se les exigiera más de lo que Dios quiere; y puesto que los igualó con el pueblo santo y se dignó concederles el honor de la adopción, era cosa impropia e inconveniente [absurda] que fueran rechazados y así se limitara su liberalidad. Pues dice, por último, que esta fe les basta, aunque carezcan de ceremonias. Y ahora toma un principio más alto: que quienes atan la salvación de los hombres a las obras de la ley no les dejan ninguna buena esperanza, sino que más bien arrojan de cabeza al mundo entero en una horrible destrucción, si no puede obtener la salvación por otro medio que guardando la ley. Con qué argumentos lo prueba lo veremos en su lugar. En cuanto a las palabras, como la Escritura dice que Dios es tentado de diversas maneras, el sentido de Pedro en este lugar es que Dios es provocado como a propósito cuando se pone sobre los hombres una carga más pesada de la que pueden llevar, y que su poder queda encerrado dentro de límites cuando se ata el yugo que él mismo desata, lo cual no es otra cosa que, luchando contra la naturaleza, igualarnos con los gigantes, como suele decirse.
Que se pusiera sobre sus cuellos el yugo. El sentido de las palabras es claro: Dios es tentado cuando se pone sobre las conciencias de los hombres una carga más pesada de la que pueden llevar, y de este modo la salvación de las almas queda gravemente quebrantada, pues por fuerza han de hundirse así en la desesperación, lo cual no puede suceder sin su ruina. Pero la injuria que se hace a Dios no es en absoluto más tolerable, cuando se le despoja de su derecho para que no tenga libertad de librarnos. Mas de la cosa misma podemos deducir fácilmente que no habla solo de las ceremonias. La servidumbre de la antigua instrucción bajo la ley era dura y penosa; pero sería demasiado absurdo llamarla un yugo que no se puede llevar; y sabemos que no solo los santos, sino aun los más hipócritas, cumplían bien y exactamente la observancia externa de los ritos.
Además, no sería difícil satisfacer la ley moral, si se contentara con la obediencia corporal solamente y no exigiera la justicia espiritual; pues a muchos les es dado refrenar sus manos y sus pies; pero moderar todos los afectos de modo que reine una perfecta abstinencia y pureza, tanto en el alma como en el cuerpo, esto es demasiado difícil.
Por tanto, son demasiado necios quienes restringen a las ceremonias las palabras de Pedro, con las cuales se expresa la debilidad de los hombres para cumplir la justicia del corazón; la cual no solo excede con mucho sus fuerzas, sino que es del todo contraria a la naturaleza. Estos hombres fueron engañados, os lo aseguro, por una sola razón: porque la cuestión se había planteado solo acerca de las ceremonias; pero no recuerdan que Pedro consideró con más atención y más sabiamente, como convenía a quien era, en qué laberinto metía este error (que a la vista parecía ligero). Los falsos apóstoles afirmaban que nadie podía alcanzar la salvación si no guardaba las ceremonias. Si la salvación del hombre está atada a las obras, ya no se fundará en la gracia de Cristo, y así la reconciliación gratuita caerá por tierra. Ahora bien, siendo las fuerzas del hombre incapaces de guardar la ley, todos los hombres quedan sujetos a la maldición que el Señor pronuncia allí contra los transgresores; y así todos los hombres correrán peligro de desesperación, viéndose culpables de muerte eterna por la ley. Quizá los falsos apóstoles entendían estas cosas con astucia. Pero Pedro penetra hasta la fuente misma, para sacar a la luz el veneno mortal de aquella doctrina; y así debemos hacer nosotros siempre que Satanás introduzca con astucia errores impíos.
Hoy parece a algunos que somos demasiado contenciosos, porque nos mantenemos tan firmes en que no se debe orar por los muertos; pues es una costumbre antiquísima, y no parece cosa muy peligrosa que los hombres derramen alguna oración superflua; más aún, es una opinión plausible, porque lleva cierto color de piedad humana.
Además, los hombres poco versados juzgan así porque no buscan la fuente. Pues si concedemos que se puede orar por los muertos, también hemos de admitir que ahora son castigados por el juicio de Dios, porque no dieron satisfacción por sus pecados en esta vida. Y así la fuerza de la satisfacción de Cristo se traslada a las obras de los hombres. En segundo lugar, se destruye la regla de orar rectamente, si los hombres pueden orar a la ventura, sin la palabra de Dios. Esto es también un absurdo mayor de lo que debemos pasar por alto a la ligera. En suma, nunca podremos juzgar verdaderamente ninguna cuestión, si, habiendo abierto por completo la fuente de la doctrina que se discute, no deducimos todas las consecuencias que trae consigo. Por tanto, no es de extrañar que Pedro, para sacar a los falsos apóstoles (por las orejas) como de sus escondrijos, discuta en general acerca de toda la ley; porque no hace otra cosa que descubrir el asunto mismo, que los sencillos ignoraban, a fin de que todos vean cuán mortal es una doctrina que extingue la gracia de Cristo y hunde las almas en el horrible calabozo de la desesperación.
Ni nosotros ni nuestros padres. Pedro no discute solo lo que los hombres han hecho en efecto, sino lo que podían hacer; ni habla solo de la gente común, sino de los santos padres. Puesto que niega que pudieran llevar el yugo de la ley, es manifiesto que la ley no puede guardarse de ningún modo. Sé que el dicho de Jerónimo está tan generalmente recibido que es como una máxima indudable y certísima: Si alguien dice que es imposible guardar la ley, sea anatema; pero no debemos atender a ninguna voz de hombre que sea contraria al juicio del Espíritu de Dios. Oímos lo que el Espíritu declara en este lugar por boca de Pedro, no acerca de la voluntad y las obras de los hombres, sino acerca de su capacidad y poder. Y con esto concuerda Pablo, cuando afirma que era imposible que la ley nos diera vida, por cuanto era débil por la carne. En verdad, si alguien pudiera cumplir la ley, hallaría la vida que allí se promete; pero como Pablo niega que se pueda obtener la vida por la ley, se sigue que allí se requiere una justicia más alta y más grande de la que el hombre puede rendir. Confieso, ciertamente, que Jerónimo no concede del todo a las fuerzas de la naturaleza el poder de cumplir la ley, sino en parte también a la gracia de Dios, como él mismo lo explica después: que un fiel, ayudado por la gracia del Espíritu, puede decirse que es capaz de cumplir la ley. Pero aun esa atenuación no es verdadera. Pues si consideramos solo las fuerzas de la naturaleza, los hombres no solo serán incapaces de llevar el yugo de la ley, sino que no podrán mover siquiera un dedo para cumplir la más mínima tilde de la ley. Y ciertamente, si es verdad que todo designio del pensamiento del hombre es de continuo el mal desde su juventud (Gn 8:21); que los designios de la carne son enemistad contra Dios (Ro 8:7); que no hay quien busque a Dios (Sal 14:3); y otros lugares semejantes, comunes en la Escritura, que tienden al mismo fin, pero especialmente los que cita Pablo en el capítulo tercero de Romanos (Ro 3:11), el poder y la capacidad del hombre para cumplir la ley no serán solo débiles y cojos, sino absolutamente nulos para empezar.
Por tanto, debemos pensar que aun los muy fieles, después de regenerados por el Espíritu de Dios, cuando procuran alcanzar la justicia de la ley, cumplen sin embargo solo la mitad, y mucho menos de la mitad, no el todo. Pues sin duda Pedro no habla en este lugar del epicúreo o de los profanos, sino de Abraham, de Moisés y de otros santos padres, que fueron los más perfectos del mundo; y sin embargo dice que estos desfallecían bajo la carga de la ley, porque excedía sus fuerzas. Se objeta odiosamente que se blasfema contra el Espíritu de Dios cuando se quita a su gracia y ayuda la capacidad de cumplir la ley; pero podemos responder sin dificultad que la cuestión no es lo que puede hacer la gracia del Espíritu, sino lo que puede hacer aquella medida de gracia que Dios reparte a cada uno en esta vida. Pues siempre debemos considerar lo que Dios promete hacer; y no hagamos con ligereza esta pregunta: si puede hacerse aquello que él mismo testifica que nunca será, y que no quiere que se haga. Promete a los fieles la gracia y el auxilio del Espíritu, con los cuales puedan resistir los deseos de la carne y someterlos; pero no los abolirán del todo ni los echarán fuera. Les promete gracia con la cual puedan andar en vida nueva; pero no podrán correr tan velozmente como exige la ley. Porque quiere que se mantengan humillados durante toda su vida, para que acudan a pedir perdón. Si es ilícito apartarse del poder del consejo de Dios y del orden que él ha establecido, es una objeción necia y vana con la que los adversarios pretenden cargarnos, cuando dicen que disminuimos el poder de Dios; más bien son ellos quienes transforman a Dios, cuando sostienen que su consejo y propósito pueden ser cambiados.
Los pelagianos acusaron del mismo modo a Agustín en otro tiempo. Él responde que, aunque fuera posible que la ley se cumpliera, le basta que nadie la haya cumplido jamás y que la Escritura no testifique que se cumplirá hasta el fin del mundo. Con estas palabras se libra de su importuna sutileza. Pero no había razón para que dudara, sino que podía conceder libre y llanamente que podía cumplirse, siendo el Espíritu Santo su autor. Pues debemos limitar la gracia del Espíritu para que concuerde con las promesas. Además, ya hemos declarado hasta dónde alcanzan las promesas. Nadie plantea esta cuestión: si Dios no es capaz, si quiere, de hacer perfectos a los hombres; pero desatinan necia mente los que separan su poder de su consejo, de lo cual tienen testimonio evidente y claro en la Escritura. Dios declara claramente cien veces lo que quiere y lo que ha determinado hacer: ir más allá es sacrilegio.
Jerónimo fue obligado, por razón de la filosofía, a lanzar el rayo de su maldición contra Pedro y Pablo; porque las leyes deben aplicarse a la capacidad de aquellos para quienes se establecen; lo cual, así como confieso que tiene lugar en las leyes humanas, niego por completo que sea bueno respecto de la ley de Dios, que, al exigir la justicia, no mira lo que el hombre puede hacer, sino lo que debe hacer.
Aunque aquí surge una cuestión más difícil: «¿No fue dada la ley para obligar a los hombres a obedecer a Dios? Y esto sería en vano, si el Espíritu de Dios no dirigiera a los fieles a guardarla; y la solemne protesta de Moisés parece poner el asunto fuera de duda, cuando dice que da a los judíos preceptos no para que los lean, sino para que en verdad los cumplan (Dt 30:12); de donde deducimos que se puso el yugo sobre el cuello de los judíos cuando se dio la ley, para sujetarlos a Dios, para que no vivieran como les placiera.» Respondo que la ley se considera yugo de dos maneras. Pues en cuanto refrena los deseos de la carne y entrega una regla de vida piadosa y santa, conviene que los hijos de Dios tomen sobre sí este yugo; pero en cuanto prescribe exactamente lo que debemos a Dios, y no promete vida sin añadir la condición de una obediencia perfecta, y de nuevo pronuncia maldición si en algún punto ofendemos, es un yugo que nadie puede llevar. Lo mostraré más claramente.
La doctrina sencilla de la buena vida, con la cual Dios nos invita a sí mismo, es un yugo que todos debemos tomar de buena gana; pues nada hay más absurdo que Dios no gobierne la vida del hombre, sino que este vague a su antojo sin freno alguno. Por tanto, no debemos rehusar el yugo de la ley, si se considera su doctrina simple. Pero estas palabras cualifican de otro modo (por decirlo así) la ley.
«El que hiciere estas cosas, vivirá por ellas», etc. (Lv 18:5).
Y de nuevo:
«Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para cumplirlas» (Dt 27:26),
para que empiece a ser un yugo que nadie puede llevar.
Pues mientras la salvación se prometa solo a la guarda perfecta de la ley, y toda transgresión sea llamada a juicio, el género humano queda del todo deshecho. En este sentido afirma Pedro que Dios es tentado, cuando la arrogancia del hombre carga las conciencias con la ley; pues no es su propósito negar que los hombres deban ser gobernados por la doctrina de la ley, y así concede que estén bajo la ley no simplemente para enseñar, sino también para humillar a los hombres con la culpa de la muerte eterna. Considerando que esa cualidad estaba unida a la doctrina, afirma que las almas de los piadosos no deben ser atadas con el yugo de la ley, porque de este modo sucedería por necesidad que se hundieran en la destrucción eterna. Pero cuando no solo está presente la gracia del Espíritu Santo para gobernarnos, sino también el perdón gratuito de los pecados para librarnos y absolvernos de la maldición de la ley, entonces se cumple lo de Moisés, que el mandamiento no está sobre nosotros (Dt 30:11); y entonces percibimos también cuán fácil es el yugo de Cristo y cuán ligera su carga (Mt 11:30). Pues porque sabemos que por la misericordia de Dios se nos perdona lo que falta por la flaqueza de la carne, tomamos alegremente y sin pesar lo que él nos manda. Por tanto, quitado el rigor de la ley, la doctrina de la ley no solo será tolerable, sino también gozosa y agradable; ni debemos rehusar el freno que nos gobierna con suavidad y no nos apremia más de lo conveniente.
Hechos 15:11
11. Por la gracia del Señor Jesús. Pedro compara estas dos cosas entre sí como contrarias una a otra: tener esperanza en la gracia de Cristo y estar bajo el yugo de la ley; comparación que realza mucho la justificación de Cristo, pues de ella deducimos que son justificados por la fe quienes, libres y exentos del yugo de la ley, buscan la salvación en la gracia de Jesucristo. Además, dije antes que el yugo de la ley está hecho de dos cuerdas. La primera es: «El que hiciere estas cosas, vivirá por ellas»; la otra: «Maldito todo el que no permaneciere en todos los mandamientos». Volvamos al miembro contrario. Si no podemos alcanzar de otro modo la salvación por la gracia de Cristo sin que se quite el yugo de la ley, se sigue que la salvación no está puesta en guardar la ley, ni los que creen en Cristo están sujetos a la maldición de la ley; pues si pudiera salvarse por gracia quien todavía está envuelto en el yugo de la ley, entonces el razonamiento de Pedro, que se saca de los contrarios, sería necio: Esperamos la salvación por la gracia de Cristo; por tanto, no estamos bajo el yugo de la ley. Si no hubiera desacuerdo entre la gracia de Cristo y el yugo de la ley, Pedro nos engañaría.
Por eso, quienes desean hallar vida en Cristo deben apartarse por necesidad de la justicia de la ley; porque esta oposición no atañe a la doctrina, sino a la causa de la justificación.
Con lo cual queda también refutada la ocurrencia de quienes dicen que somos justificados por la gracia de Cristo porque nos regenera por su Espíritu y nos da fuerzas para cumplir la ley. Los que así lo imaginan, aunque parecen aliviar un poco el yugo de la ley, mantienen sin embargo las almas atadas con sus cuerdas. Pues esta promesa permanecerá siempre en vigor: El que hiciere estas cosas, vivirá por ellas; y, por otra parte: La maldición vendrá sobre todos los que no cumplan la ley de manera absoluta. Por tanto, debemos definir la gracia de Cristo (en la cual se apoya la esperanza de salvación) de manera muy distinta de como ellos sueñan: a saber, que es la reconciliación gratuita obtenida por el sacrificio de su muerte; o, lo que es lo mismo, el perdón gratuito de los pecados, que, pacificando y aplacando a Dios, lo hace de enemigo o juez severo, que no puede ser complacido ni rogado, un Padre misericordioso. Confieso, ciertamente, que somos regenerados a novedad de vida por la gracia de Cristo; pero cuando se trata de la seguridad de la salvación, entonces debemos traer a la memoria la sola adopción gratuita, que está unida a la purificación [expiación] y al perdón de los pecados. Pues si se admiten las obras, para que nos hagan justos solo en parte, el yugo de la ley no será quebrado, y así la oposición [antítesis] de Pedro caerá por tierra o quedará disuelta.
Como ellos también. Pedro testifica en este lugar que, aunque la servidumbre de la ley fue puesta sobre los padres en cuanto a lo externo, sus conciencias estaban libres y exentas; con lo cual se quita aquel absurdo que de otro modo habría turbado no poco a las mentes piadosas. Pues siendo el pacto de vida eterno, y el mismo que Dios hizo con sus siervos desde el principio hasta el fin del mundo, sería cosa absurda e intolerable que se enseñara hoy otro camino para alcanzar la salvación distinto del que tuvieron los padres en otro tiempo. Por tanto, Pedro afirma que concordamos muy bien con los padres, porque ellos, no menos que nosotros, pusieron su esperanza de salvación en la gracia de Cristo; y así, reconciliando la ley y el evangelio en cuanto al fin de la doctrina, quita a los judíos el tropiezo que se forjaban por causa de la discordia.
De donde se ve que la ley no fue dada a los padres para que por ella compraran la salvación, ni se añadieron las ceremonias para que por su observancia alcanzaran la justicia; sino que el único fin de toda la ley fue que, desechando toda confianza que pudieran poner en las obras, pusieran toda su esperanza en la gracia de Cristo. Con lo cual queda también refutado el desvarío de quienes piensan que el pueblo antiguo, por contentarse con bienes terrenales, no pensaba nada en la vida celestial. Pero Pedro hace a los padres partícipes con nosotros de la misma fe, y hace común a ambos la salvación; y aun hay algunos que se deleitan en aquel loco de Servet, con sus tan sucios sacrilegios. Además, debemos notar que Pedro enseña que la fe de los padres [antiguos] estuvo siempre fundada en Cristo, puesto que no podían hallar la vida en ninguna otra parte, ni había otro camino para que los hombres vinieran a Dios. Por tanto, este lugar concuerda con aquel dicho del apóstol:
«Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (He 13:8).
Hechos 15:12-18
12. Y toda la multitud guardó silencio, y oyeron a Bernabé y a Pablo, que contaron cuán grandes señales y maravillas había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles. 13. Y cuando ellos callaron, Jacobo respondió, diciendo: Varones hermanos, oídme: 14. Simeón ha contado cómo Dios visitó al principio a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. 15. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: 16. Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar; 17. para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace todas estas cosas. 18. Conocidas son a Dios [desde el principio] todas sus obras.
Hechos 15:12
12. Toda la multitud calló. Con estas palabras Lucas nos da a entender que el Espíritu de Dios reinó de tal modo en aquella asamblea que se rindieron enseguida a la razón. La disputa había sido antes acalorada; pero ahora, después que Pedro ha descubierto el consejo de Dios y ha tratado la cuestión conforme a la doctrina de la Escritura, cesando de pronto todo ruido, quedan quietos y callados los que poco antes defendían imprudentemente el error. Esta es una imagen viva de un concilio legítimo, donde la sola verdad de Dios, en cuanto sale a la luz, pone fin a todas las controversias; y sin duda es bastante eficaz para apaciguar toda discordia cuando el Espíritu tiene el mando principal; porque él es a su vez un gobernador idóneo, tanto para moderar las lenguas de quienes han de hablar delante de otros como para mantener en obediencia a los demás, de modo que no estén demasiado entregados a sí mismos y casados con su propia voluntad, sino que, dejando la terquedad, se muestren obedientes a Dios. Ni se ha de dudar de que hubo unos pocos que no quisieron ceder, como sucede en una gran asamblea; pero la verdad de Dios prevaleció, de modo que el silencio de que habla Lucas fue un testimonio manifiesto de la obediencia común. Y no fue pequeña moderación en Pedro que, habiendo dejado que cada uno dijera cuanto pudiera en su favor, difiriera su juicio (para que no fuera perjudicial a los demás) hasta que la cuestión fue plenamente discutida de una y otra parte.
Oyeron a Bernabé y a Pablo. Por estas palabras podemos deducir que antes no se les oía en silencio. Pues estando la mayor parte persuadida de que obraban mal al admitir en la Iglesia a los gentiles profanos, nada de lo que hubieran dicho habría sido recibido con paciencia hasta que esta falsa opinión fuera corregida y reformada; sino que todo se habría tomado por lo peor. Vemos qué veneno es el disgusto concebido sin causa, que de tal modo posee los ánimos de los hombres que cierra el camino, de suerte que la verdad no puede tener entrada. De aquí aprendemos cuán verdadero es aquel dicho: Todas las cosas son puras para los puros (Tit 1:15), porque nada hay tan saludable que el afecto corrompido no lo convierta en dañoso. Y a este fin tiende la narración hecha por Pablo y Bernabé: mostrar y probar que Dios aprueba su apostolado entre los gentiles, pues fue ratificado y confirmado por milagros, que son como sellos ciertos de él.
Hechos 15:13-14
13. Jacobo respondió, diciendo. Algunos escritores antiguos de la Iglesia piensan que este Jacobo fue uno de los discípulos, cuyo sobrenombre era Justo y Oblías, cuya cruel muerte refiere Josefo en el libro veinte de sus Antigüedades. Pero ojalá los antiguos se hubieran esforzado más en conocer al hombre que en ensalzar, con alabanzas inventadas, la santidad de un hombre a quien no conocían. Es un juguete y una ocurrencia pueril decir que a él solo le era lícito entrar en el lugar santísimo. Pues si en aquel entrar hubiera habido alguna religión, lo habría hecho contra la ley de Dios, por cuanto no era el sumo sacerdote. En segundo lugar, era cosa supersticiosa fomentar así el culto sombrío del Templo. Omito otras bagatelas. Y se engañan mucho al negar que fuera uno de los doce apóstoles. Pues están obligados a confesar que es aquel a quien Pablo recomienda tan honrosamente que lo hace el primero de las tres columnas de la Iglesia (Gá 2:9). Ciertamente, un hombre inferior en orden y grado nunca habría podido aventajar tanto a los apóstoles; pues Pablo le da el título de apóstol. Ni merece oírse lo que alega Jerónimo, [a saber] que allí la palabra es general, siendo que allí se trata de la dignidad del orden; por cuanto Cristo prefirió a los apóstoles sobre los demás maestros de la Iglesia.
Además, podemos deducir de este lugar que hacían no poco caso de Jacobo (Hch 21:18); por cuanto él con su voz y consentimiento confirma de tal modo las palabras de Pedro que todos son de su parecer. Y veremos después cuán grande fue su autoridad en Jerusalén. Los antiguos piensan que esto se debía a que era obispo del lugar; pero no ha de pensarse que los fieles cambiaran a su antojo el orden que Cristo había establecido. Por eso no dudo de que fuera hijo de Alfeo y primo de Cristo, en cuyo sentido se le llama también su hermano. Si fue obispo de Jerusalén o no, lo dejo indiferente; ni importa mucho al asunto, salvo solo porque con esto se refuta la impudencia del Papa, pues el decreto del concilio se da más bien por disposición y según la autoridad de Jacobo que de Pedro. Y ciertamente Eusebio, al comienzo de su libro segundo, no teme llamar a Jacobo, quienquiera que fuese, el Obispo de los Apóstoles. Vayan ahora los de Roma y jáctense de que su Papa es cabeza de la Iglesia universal porque es sucesor de Pedro, el cual permitió que otro lo rigiera, si creemos a Eusebio.
Varones hermanos, oídme. El discurso de Jacobo consta de dos miembros principales; pues primero confirma y prueba el llamamiento de los gentiles con el testimonio del profeta Amós; luego muestra lo que es mejor hacer para nutrir la paz y la concordia entre los fieles, de modo, sin embargo, que la libertad de los gentiles permanezca sana y salva, y no se oscurezca la gracia de Cristo. Que a Pedro se le llame aquí Simeón puede deberse a que entonces este nombre se pronunciaba de diversas maneras. Cuando dice que Dios visitó para tomar un pueblo de entre los gentiles, se refiere a la misericordia de Dios, por la cual se dignó recibir a los extraños en su familia. Es, ciertamente, una frase áspera, pero que contiene una doctrina provechosa; porque hace a Dios autor del llamamiento de los gentiles, y declara que es por su bondad que comenzaron a ser contados entre su pueblo, cuando dice que fueron tomados por él; pero va más lejos, cuando dice que visitó para tomar. Pues este es su sentido: que cuando los gentiles estaban apartados de Dios, él los miró con misericordia; porque nosotros no podemos hacer sino alejarnos más y más de él, hasta que su mirada paternal nos previene por su propia voluntad.
Para su nombre. El antiguo intérprete tiene: A su nombre, que es casi lo mismo, aunque la preposición puede traducirse de otro modo, a saber: Por su nombre, o Sobre su nombre. Ni desconviene el sentido, de que la salvación de los gentiles se funda en el poder o nombre de Dios, y que Dios no miró otra cosa al llamarlos sino su propia gloria; sin embargo, retuve lo más usual: que, al contarlos entre su pueblo, quiso que fueran contados en su nombre, como se dirá poco después que su nombre es invocado por todos aquellos a quienes reúne en su Iglesia. El adverbio de tiempo, πρωτον, puede exponerse de dos maneras; si se lee primero, como lo tienen el antiguo intérprete y Erasmo, el sentido será que Cornelio y otros fueron como las primicias con las que Dios comenzó el llamamiento de los gentiles; pero puede tomarse también comparativamente, porque ya había alguna señal de la adopción de los gentiles en Cornelio y sus parientes, antes de que Bernabé y Pablo predicaran el evangelio a los gentiles. Y este último sentido me agrada más.
Hechos 15:15
15. Con esto concuerdan las palabras de los profetas. Vemos ahora cómo los apóstoles nada tomaron para sí imperiosamente, sino que siguieron con reverencia lo que estaba prescrito en la palabra de Dios. Ni les molestó, ni tuvieron por deshonra profesarse discípulos de la Escritura. Debemos notar también aquí que el uso de la doctrina de los profetas está aún en vigor, la cual algunos hombres desatinados quisieran desterrar de la Iglesia. Al citar a los profetas, en plural, como testigos, aunque alega un solo lugar, significa que hay entre ellos tal acuerdo que lo que dice uno es testimonio común de todos, porque todos hablan con una sola boca, y cada uno habla como en persona de todos, o más bien el Espíritu de Dios habla en todos. Además, los oráculos de todos los profetas fueron reunidos para formar un solo cuerpo. Por eso, con razón y propiedad podía atribuirse a todos los profetas en general lo que fue tomado de una sola parte del libro general.
Hechos 15:16
16. Después de esto volveré. Como el lugar no se cita palabra por palabra como está en el profeta, debemos ver qué diferencia hay, aunque no es necesario examinar estrechamente qué diversidad hay en las palabras, con tal que se vea que la profecía conviene bien al asunto que se trata. Después que Dios ha prometido la restauración del tabernáculo de David, dice también que hará que los judíos posean el resto de Edom. En todo ese texto no aparece aún de dónde pueda deducirse el llamamiento de los gentiles; pero lo que sigue inmediatamente después en el profeta, acerca del resto de los gentiles que invocarán el nombre del Señor, muestra claramente que judíos y gentiles formarán una sola Iglesia, porque lo que entonces era propio solo de los judíos se da a ambos en común. Pues Dios coloca a los gentiles en igual grado de honor que a los judíos, cuando quiere que invoquen su nombre. Los de Idumea y los pueblos de alrededor estuvieron en otro tiempo sujetos a los judíos bajo David; pero aunque eran tributarios del pueblo de Dios, seguían siendo extraños a la Iglesia. Por tanto, esto era una novedad y cosa extraña, que Dios los cuente con el pueblo santo, para ser llamado Dios de todos; siendo cierto que por este medio todos quedan igualados en honor entre sí. Con lo cual se ve claramente cuán bien concuerda el testimonio del profeta con el propósito presente. Pues Dios promete restaurar el tabernáculo caído, en el cual los gentiles obedecerán al reino de David, no solo para pagar tributo o tomar las armas a mandato del rey, sino para tener un solo Dios y ser una sola familia para él.
Con todo, puede plantearse una cuestión: por qué prefirió citar esta profecía antes que otras muchas que contienen prueba más abundante del asunto que trata, de las cuales cita Pablo muchas (Ro 15:9-11). Respondo, primero, que los apóstoles no eran ambiciosos en amontonar lugares de la Escritura; sino que simplemente apuntaban a lo que les bastaba, a saber, probar que su doctrina estaba tomada de la palabra de Dios; segundo, digo que esta profecía de Amós es más clara de lo que comúnmente se piensa. El profeta trata de la restauración de una casa que estaba caída; describe su miserable ruina. Por tanto, la promesa que se añade inmediatamente, de que la sede y el trono serán levantados de nuevo, desde los cuales reyes de la posteridad de David gobernarán sobre los gentiles, pertenece propiamente a Cristo. Por tanto, en cuanto se establece el reino de Cristo, ha de seguirse por necesidad lo que dice también el profeta, que los gentiles invocarán el nombre de Dios. Ahora vemos que Jacobo no escogió este lugar sin consideración; porque si el reino de Cristo no puede establecerse de otro modo sino siendo Dios invocado por todas partes en todo el mundo, y creciendo los gentiles hasta ser uno con su pueblo santo, es absurdo que sean echados de la esperanza de salvación, y debe caer por tierra el muro intermedio con que el uno estaba separado del otro bajo la ley (Ef 2:14). La primera palabra, volveré, no está en el profeta, pero el cambio de estado que él anuncia queda muy bien expresado de este modo.
El tabernáculo de David, que está caído. No sin causa pone el profeta ante nuestros ojos aquella desolación y ruina deforme de la casa del rey; porque si los piadosos no hubieran estado persuadidos de que Cristo vendría no obstante, aunque el reino de David fuera reducido a nada, y que no solo restauraría a su antiguo orden lo que estaba caído, sino que exaltaría hasta los cielos la gloria de su reino con éxito incomparable, habrían desesperado cien veces al día. Después de volver del destierro en que vivieron en Babilonia, fueron llevados por continuas destrucciones casi a la destrucción total. Después, lo que quedaba se fue consumiendo poco a poco con discordias civiles; y aun cuando Dios aliviaba sus miserias, la clase de ayuda que tuvieron era cierta ocasión de desesperación; pues el gobierno que tomaron los macabeos fue entonces quitado de la tribu de Judá. Por estas causas el Espíritu de Dios inculca con diligencia esto por el profeta: que Cristo no vendrá hasta que el reino de David perezca, para que no desesperen de la salvación ni en medio de las mayores miserias. Así dice Isaías que saldrá un renuevo del tronco despreciable y humilde (Is 11:1); y recordemos también que Dios observa este camino admirable en la restauración de la Iglesia: que la edifica cuando está caída.
Además, este lugar enseña cuándo está mejor ordenada la Iglesia y cuál es su verdadera y recta constitución, a saber, cuando el trono de David es levantado y solo Cristo tiene la preeminencia, para que todos se reúnan en su obediencia.
Aunque el Papa ha oprimido a la Iglesia con su tiranía sacrílega, se jacta con todo del título de la Iglesia; más aún, engaña a los hombres bajo el vano título de la Iglesia, para apagar la clara luz de la sana doctrina. Pero si llegamos a examinar a fondo el asunto, podemos refutar fácilmente tan grosera burla, porque él solo manda, habiendo depuesto a Cristo. De palabra confiesa que es vicario de Cristo; pero de hecho, después de haber enviado a Cristo a los cielos con un hermoso destierro, toma para sí todo su poder; pues Cristo reina solo por la doctrina de su evangelio, que es pisoteada impíamente por este ídolo abominable. Pero recordemos que este será el estado legítimo de la Iglesia entre nosotros, si todos en general obedecemos a Cristo, Rey de reyes, para que haya un rebaño y un Pastor (Jn 10:16).
Hechos 15:17
17. Para que el resto de los hombres busque. Jacobo añadió esta palabra busque a modo de exposición, la cual no se halla ni se lee en el profeta; y sin embargo no es superflua, porque, para que seamos contados entre el pueblo de Dios y él nos tenga por suyos, debemos a nuestra vez ser estimulados a buscarle. Y ha de pensarse que Lucas comprendió en resumen las cosas que Jacobo expuso en su propia lengua entre los judíos; de donde resultó que la exposición del asunto se mezclara con las palabras del profeta. En lugar de los restos de los gentiles que usa Amós, Lucas, tomándolo de la traducción griega (que era más familiar), pone el resto de los hombres con el mismo sentido, a saber, que debe preceder a la purga de la inmundicia del mundo una poda o recorte, como sucedió. Y esta doctrina debe aplicarse también a nuestro tiempo. Pues, siendo la corrupción del mundo peor de lo que puede ser llevada toda ella a obedecer a Cristo, él aventa con diversos bieldos de tribulaciones la paja y la cizaña, para reunir al fin para sí lo que quedare.
Hechos 15:18
18. Conocidas desde el principio. Esto es una precaución, para quitar el odio que podía haberse levantado por la novedad; pues el cambio repentino podía haber causado sospecha, y por eso turbaba a los ánimos débiles. Por tanto, Jacobo se anticipa, mostrando que esto no era cosa nueva en Dios, aunque sucediera de repente de otro modo de lo que los hombres pensaban; porque Dios vio, antes que el mundo fuera creado, lo que haría, y el llamamiento de los gentiles estaba oculto en su consejo secreto. De donde se sigue que no debe estimarse conforme al sentir del hombre. Además, Jacobo mira a las palabras del profeta cuando afirma que Dios, que haría todas estas cosas, fue también el autor de la profecía. Por tanto, su sentido es que, hablando Dios por su profeta, él vio entonces, sí, desde el mismo principio, que ni la incircuncisión ni cosa alguna le estorbaría para escoger a los gentiles en su familia. Sin embargo, bajo esto se comprende una exhortación general: que los hombres no se atrevan a medir con la pequeña medida de su ingenio las obras de Dios, cuya razón muchas veces no es conocida sino por él mismo; sino más bien que exclamen, asombrados, que sus caminos son inescrutables y que sus juicios son profundidad demasiado profunda (Ro 11:33).
Hechos 15:19-21
19. Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios, 20. sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre. 21. Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien le predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo.
Hechos 15:19
19. Que no se inquiete. Niega que los gentiles deban ser echados de la Iglesia por el desacuerdo acerca de las ceremonias, puesto que fueron admitidos por Dios; sin embargo, parece contradecirse a sí mismo cuando niega que deban ser inquietados y, con todo, prescribe ciertos ritos. La respuesta es fácil, y la seguiré más ampliamente después. Primero, no les exige nada sino lo que estaban obligados a hacer por la concordia fraternal; segundo, estos preceptos no podían en modo alguno turbar ni inquietar sus conciencias, después que supieron que eran libres delante de Dios y que se quitaba la religión falsa y perversa que los falsos apóstoles procuraban introducir. La cuestión es ahora por qué Jacobo impone a los gentiles solo estas cuatro cosas. Algunos dicen que esto se derivó [tomó] de la antigua costumbre de los padres, que no hacían pacto con ningún pueblo al que pudieran obligar a obedecerles sino con esta condición; pero como no se saca a luz ningún autor idóneo de esa cosa, lo dejo en duda y sin decidir.
Hechos 15:20
Pero aquí aparece una razón manifiesta por la que dieron mandamiento particular acerca de las cosas ofrecidas a los ídolos, la sangre y lo ahogado. Eran, ciertamente, cosas indiferentes en sí mismas; pero tenían algo especial más que otros ritos de la ley. Sabemos cuán estrechamente manda el Señor huir de las cosas contrarias a la profesión externa de la fe y en las cuales hay alguna apariencia o sospecha de idolatría. Por tanto, para que no quedara en los gentiles mancha alguna de superstición, y para que los judíos no vieran en ellos nada que no concordara con el culto puro de Dios, no es de extrañar que, para evitar la ofensa, se les mande abstenerse de lo ofrecido a los ídolos.
La palabra αλισγημα, que usa Lucas, significa toda clase de profanación; por eso no he cambiado la traducción común, que tiene contaminación o inmundicia. Sin embargo, a veces se toma por sacrificios; sentido que no desconvendría al propósito de Jacobo; y quizá sea más claro y natural exponerlo así en este lugar; porque cuando Lucas repite poco después el mismo decreto, pondrá ειδωλοθητα, o cosas sacrificadas a los ídolos.
En cuanto a la sangre y lo ahogado, no solo se prohibió a los judíos comerlos por la ley de Moisés (Dt 12:23), sino que esta ley fue dada a todo el mundo después del diluvio (Gn 9:4), por lo cual sucedió que los que no se habían apartado del todo de su naturaleza aborrecían la sangre. No hablo de los judíos, sino de muchos de los gentiles. Confieso, ciertamente, que aun ese mandamiento fue solo temporal; sin embargo, se extendió más allá de un solo pueblo. No es de extrañar, pues, que pudiera surgir de ello mayor ofensa, la cual pareció bien a los apóstoles remediar. Pero surge una cuestión más difícil acerca de la fornicación; porque Jacobo parece contarla entre las cosas indiferentes, de las cuales deben guardarse solo por respeto a la ofensa; pero hubo otra causa por la que colocó la fornicación entre las cosas que no eran ilícitas por sí mismas. Es bien sabido qué desenfrenada libertad de prostituirse reinaba y rabiaba por todas partes; y este mal había prevalecido principalmente entre los hombres del oriente, por ser más dados a la lujuria. Ciertamente la fe y la castidad del matrimonio nunca fueron menos observadas y guardadas en ningún lugar que entre ellos. Además, no trata, a mi juicio, en este lugar indiferentemente de toda clase de fornicación o prostitución, como del adulterio, el vagar y las lujurias desenfrenadas, con que toda castidad es violada y corrompida; sino que pienso que habla del concubinato, como lo llaman; que era tan común entre los gentiles que era casi como una ley.
Por tanto, cuando Jacobo cuenta una corrupción común entre cosas que no son corruptas en sí mismas, no hay en ello inconveniente; con tal que sepamos que no era su intención poner en un mismo orden cosas muy distintas entre sí. Pues cuando los hombres inmundos colorean y encubren con ello su suciedad, pueden ser refutados fácilmente. Jacobo, dicen, unió el comer sangre con la prostitución; pero ¿acaso las compara entre sí como cosas semejantes, o al menos que no discrepan en ningún punto? No; solo mira a la costumbre mala y corrupta de los hombres, que se había apartado de la primera ley y orden de la naturaleza establecida por Dios. En cuanto al juicio de Dios, su conocimiento debe ser buscado [sacado] de la doctrina continua de la Escritura; y no es dudoso lo que dice la Escritura: que la prostitución es maldita delante de Dios, y que el alma y el cuerpo son con ella contaminados, que el santo templo de Dios es profanado y Cristo es despedazado; que Dios castiga cada día a los fornicarios y que algún día les pagará. La suciedad de la prostitución, que el Juez celestial condena tan severamente, no puede ser cubierta con ningún manto por los patrocinadores de la prostitución, por ingeniosos y elocuentes que sean.
Hechos 15:21
21. Porque Moisés tiene. Este lugar, a mi juicio, ha sido mal explicado y llevado a un sentido contrario. Pues los intérpretes piensan que Jacobo añade esto porque sería superfluo prescribir algo a los judíos, que estaban bien instruidos en la doctrina de la ley y a quienes se leía cada día de reposo; y sacan este sentido: Contentémonos con exigir de los gentiles estas pocas cosas, que no están acostumbrados a llevar el yugo de la ley; en cuanto a los judíos, tienen a Moisés, de quien pueden aprender más. Algunos deducen también de este lugar que la circuncisión, con sus dependencias, debe observarse aun hoy entre los judíos. Pero razonan sin propiedad y sin pericia, aun cuando fuera verdadera la exposición que he expuesto. Pero Jacobo tenía un sentido muy otro; a saber, enseña que no puede ser que las ceremonias se puedan abolir tan pronto, como de un primer golpe; porque los judíos llevaban ya mucho tiempo instruidos en la doctrina de la ley, y Moisés tenía sus predicadores; por tanto, les convenía comprar la concordia por un corto tiempo, hasta que la libertad ganada por Cristo pudiera aparecer poco a poco más claramente. Esto es lo que se dice en el proverbio común: que convenía que las antiguas ceremonias fueran enterradas con algún honor. Los que son expertos en la lengua griega sabrán que aquel último miembro, Cuando es leído cada día de reposo en las sinagogas, fue cambiado por mí no sin causa, para evitar la ambigüedad.
Hechos 15:22-29
22. Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir de entre ellos varones y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé: a Judas, que tenía por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos. 23. Y escribieron por conducto de ellos, en esta forma: Los apóstoles, los ancianos y los hermanos, a los hermanos de entre los gentiles que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia, salud: 24. Por cuanto hemos oído que algunos que han salido de nosotros, a los cuales no dimos orden, os han inquietado con palabras, trastornando vuestras almas, mandando que os circuncidéis y guardéis la ley, 25. nos ha parecido bien, habiendo llegado a un acuerdo, elegir varones y enviarlos a vosotros con nuestros amados Bernabé y Pablo, 26. hombres que han arriesgado su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. 27. Así que enviamos a Judas y a Silas, los cuales también de palabra os harán saber lo mismo. 28. Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: 29. que os abstengáis de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien.
Hechos 15:22-23
22. Pareció bien a los apóstoles. Aquella tempestad se calmó no sin la singular gracia de Dios, de modo que, discutido a fondo el asunto, todos se pusieron de acuerdo en la sana doctrina. Se deduce también de esto la modestia del pueblo común, pues, después de remitir el asunto al juicio de los apóstoles y de los demás maestros, ahora también suscriben su decreto; y, por otra parte, los apóstoles dieron alguna muestra de su equidad, al no decidir nada acerca de la causa común de todos los piadosos sin admitir al pueblo. Pues ciertamente esta tiranía nació de la soberbia de los pastores: que las cosas que atañen al estado común de toda la Iglesia queden sujetas (excluido el pueblo) a la voluntad, por no decir al capricho, de unos pocos. Sabemos qué cosa tan difícil es reprimir las calumnias de los malvados, satisfacer a la mayoría, que es áspera y rebelde, contener a los ligeros y poco instruidos, borrar los errores concebidos, sanar el odio, apaciguar las contiendas [y] abolir los falsos rumores. Quizá los enemigos de Pablo y Bernabé habrían podido decir que habían conseguido las cartas con palabras halagüeñas y aduladoras; habrían podido inventar alguna nueva objeción; los rudos y débiles habrían podido turbarse enseguida; pero cuando vienen hombres principales con las cartas, para discutir gravemente todo el asunto en presencia, se quita toda sospecha siniestra.
Hechos 15:24
24. Algunos que han salido de nosotros. Vemos que entre estos santos varones no hubo acepción de personas, que siempre corrompe los juicios sanos y rectos. Confiesan que había bribones de su propia compañía; y no los halagan en absoluto ni, por favor corrompido, se inclinan a encubrir su error; más bien, al condenarlos libremente, no se perdonan ni a sí mismos. Y, primero, les arrancan de la cara aquella máscara de que habían abusado para engañar. Se jactaban de estar en el secreto de la intención de los apóstoles. Los apóstoles los reprenden y los condenan de mentira en ese falso pretexto, cuando niegan por completo haberles mandado cosa semejante. De nuevo, los acusan mucho más duramente de haber inquietado a la Iglesia y trastornado las almas. Pues de este modo los ponen en desprecio y detestación entre los piadosos, porque no pueden ser admitidos sino para su perdición. Pero se dice que los falsos maestros trastornan las almas porque la verdad de Dios las edifica, y así este dicho contiene esta doctrina general: Si no queremos de buen grado que nuestras almas sean arrastradas de cabeza dejando de ser templos del Espíritu Santo, y si no deseamos su ruina, debemos guardarnos de los que procuran apartarnos del evangelio puro. Lo que dicen acerca de guardar la ley atañe solo a las ceremonias, aunque siempre debemos recordar que trataban de las ceremonias como si en ellas consistieran tanto la salvación como la justicia de los hombres. Pues los falsos apóstoles mandaban que se guardaran, como si la justicia viniera por la ley y la salvación dependiera de las obras.
Hechos 15:25-27
25. Con nuestros amados Bernabé y Pablo. Oponen estas alabanzas a las calumnias con que los falsos apóstoles habían intentado desacreditar a Pablo y Bernabé. Y, primero, para quitar la opinión de desacuerdo que había poseído los ánimos de muchos, testifican su consentimiento; segundo, recomiendan a Pablo y Bernabé por el fervor de su celo y su valor muy varonil, pues no temieron arriesgar o exponer sus vidas por amor de Cristo. Y esta es una virtud excelente en un ministro del evangelio, y que merece no poca alabanza, si no solo es firme y valeroso para cumplir el oficio de enseñar, sino que está también dispuesto a entrar en el peligro que se le presente en defensa de su doctrina. Así como el Señor prueba de este modo la fe y la constancia de los suyos, así los hace como nobles con las insignias de la virtud, para que sobresalgan en su Iglesia. Por eso Pablo muestra las marcas de Cristo que llevaba en su cuerpo (Gá 6:17) como un escudo para rechazar a los bribones que perturbaban su doctrina. Y aunque no suceda así con la mayoría de los maestros y predicadores valientes y esforzados del evangelio, que luchen por el evangelio hasta llegar a peligro de la vida, porque el asunto no lo requiere así, no impide esto que Cristo adquiera autoridad para sus mártires, cuantas veces los lleva a combates dignos y renombrados.
Con todo, estén dispuestos a derramar su sangre aun los que no se ven obligados a entrar en combate por ninguna necesidad, si a Dios le parece bien en algún momento que así sea. Pero los apóstoles recomiendan la fortaleza de Pablo y Bernabé solo en una buena causa; porque, si bastara entrar en peligros con valentía, los mártires de Cristo en nada se diferenciarían de los hombres turbulentos y frenéticos, de los matones y pendencieros. Por tanto, se recomienda a Pablo y Bernabé no porque se expusieran simplemente a los peligros, sino porque no rehusaron morir por amor de Cristo. Quizá también los apóstoles quisieron morder de paso a aquellos bribones que, sin haber sufrido nunca nada por amor de Cristo, salieron de su vida regalada y sus delicias para perturbar a las iglesias, que tanto costaron a los valerosos soldados de Cristo.
Hechos 15:28-29
28. Ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros. Cuando los apóstoles y los ancianos se unen y juntan con el Espíritu Santo, no se atribuyen nada aparte a sí mismos en ello; sino que esta expresión significa tanto como si dijeran que el Espíritu Santo era el capitán, guía y gobernador, y que ellos establecieron y decretaron lo que escriben tal como él se lo dictó. Pues esta manera de hablar se usa comúnmente en la Escritura, para dar a los ministros el segundo lugar después de expresado una vez el nombre de Dios. Cuando se dice que el pueblo creyó a Dios y a Moisés su siervo (Éx 14:31), la fe no se despedaza, como si se dedicara en parte a Dios y en parte a un hombre mortal. ¿Pues qué? A saber: teniendo el pueblo a Dios por único autor de su fe, creyeron o dieron crédito a su ministro, del cual no podía ser separado. Ni podían creer de otro modo a Dios sino creyendo la doctrina que Moisés les proponía, como sacudieron el yugo de Dios después que una vez rechazaron y despreciaron a Moisés. Con lo cual queda también refutada la maldad de aquellos que, jactándose de la fe a boca llena, desprecian el ministerio no menos impía que soberbiamente. Pues así como sería una partición sacrílega que la fe dependiera aunque fuera muy poco del hombre, así estos hombres se burlan abiertamente de Dios al fingir que lo tienen por maestro, cuando en nada estiman a los ministros por quienes él habla. Por tanto, los apóstoles niegan que inventaran de su propio cerebro el decreto que entregan a los gentiles, sino que fueron solo ministros del Espíritu, para hacerlo recomendable con la autoridad de Dios, pues lo entregan fielmente, procediendo de él. Así, cuando Pablo menciona su evangelio, no les impone un evangelio nuevo, inventado por él, sino que predica lo que le fue encomendado por Cristo.
Y son torpes los papistas que pretenden probar por estas palabras que la Iglesia tiene alguna autoridad propia; más aún, se contradicen a sí mismos. Pues ¿con qué pretexto afirman que la Iglesia no puede errar, sino porque está fundada inmediatamente por el Espíritu Santo? Por tanto, claman a boca abierta que son oráculos del Espíritu las cosas que nosotros probamos ser invenciones suyas. Por eso urgen necia mente esta razón, nos ha parecido bien; porque, si los apóstoles decretaron algo aparte del Espíritu, caerá por tierra aquella máxima principal, de que los concilios no decretan nada que no sea dictado por el Espíritu.
Además de estas cosas necesarias. Los papistas triunfan con terquedad bajo el color de esta palabra, como si fuera lícito a los hombres hacer leyes que impongan necesidad a la conciencia. Lo que (dicen) manda la Iglesia debe guardarse bajo pena de pecado mortal, porque los apóstoles dicen que debe observarse necesariamente lo que ellos deciden. Pero tal objeción vana se responde pronto. Pues esta necesidad no alcanzaba más allá de donde había algún peligro de que se rompiera la unidad. De modo que, hablando con propiedad, esta necesidad era accidental o externa; no puesta en la cosa misma, sino solo en evitar la ofensa, lo cual aparece más claramente por la abolición del decreto. Pues las leyes hechas acerca de cosas necesarias en sí mismas deben ser perpetuas. Pero sabemos que esta ley fue deshecha por Pablo en cuanto el tumulto y la contienda hubieron terminado, cuando enseña que nada es inmundo (Ro 14:14); y cuando concede libertad de comer toda clase de carnes, aun las sacrificadas a los ídolos (1 Co 10:25). Por tanto, en vano sacan algún manto o color de esta palabra para atar las conciencias de los hombres, puesto que la necesidad de que aquí se habla solo miraba a los hombres en el uso externo, para que no surgiera de ello ninguna ofensa, y para que su libertad delante de Dios quedara entera y sana. También en vano sacan de todo el lugar, y en vano pretenden probar con él, que la Iglesia recibió poder para decretar algo contrario a la palabra de Dios. El Papa ha hecho las leyes que le parecieron mejor, contra la palabra de Dios, con las cuales quería gobernar a la Iglesia; y no diez ni veinte, sino un número infinito, de modo que no solo oprimen tiránicamente las almas, sino que son también crueles tormentos para vejarlas y atormentarlas.
Para que los pendencieros [litigantes] asalariados del Papa excusen tal crueldad, objetan que aun los apóstoles prohibieron a los gentiles lo que no estaba prohibido en la palabra de Dios. Pero digo llanamente que los apóstoles nada añadieron a la palabra de Dios; lo cual aparecerá claramente si queremos considerar su intención. Dije poco antes que estaban muy lejos de establecer una ley perpetua con la cual ataran a los fieles. ¿Qué, pues? Usan el remedio que era idóneo para nutrir la paz y concordia fraternal entre las iglesias: que los gentiles se acomoden por un tiempo a los judíos. Pero si hemos de conceder algo, ciertamente debemos confesar que esto es conforme a la palabra de Dios: que el amor tenga el mando en las cosas indiferentes; es decir, que el uso externo de aquellas cosas que son libres en sí mismas se someta a la regla de la caridad.
En suma, si el amor es el vínculo de la perfección y el fin de la ley; si Dios manda que procuremos conservar la unidad mutua entre nosotros y que cada uno sirva a su prójimo para edificarle, nadie es tan ignorante que no vea que está contenido en la palabra de Dios lo que los apóstoles mandan en este lugar; solo que aplican una regla general a su tiempo. Además, recordemos lo que dije antes: que era una ley política que no podía enredar la conciencia ni introducir ningún culto inventado a Dios; dos vicios que la Escritura condena en todas partes en las tradiciones de los hombres. Pero admitamos que concediéramos (lo cual es muy falso) que no concordaba con la palabra de Dios lo que se decretó en aquel concilio; con todo, eso no favorece en nada a los papistas. Decreten los concilios algo contra [más allá de, además de] la palabra expresa de Dios, conforme a la revelación del Espíritu; con todo, solo los concilios legítimos pueden tener esta autoridad. Prueben entonces que sus concilios fueron piadosos y santos, a cuyos decretos quieren que estemos sujetos. Pero no seguiré más adelante en este punto, porque fue tratado al comienzo del capítulo. Sepan los lectores (lo cual basta para el presente lugar) que los apóstoles no pasan los límites de la palabra de Dios cuando establecen una ley externa, según lo requiere el tiempo, con la cual reconcilien a las iglesias entre sí.
Hechos 15:30-35
30. Ellos entonces, despedidos, descendieron a Antioquía, y reunida la multitud, entregaron la carta; 31. la cual, cuando leyeron, se regocijaron por la consolación. 32. Judas y Silas, como ellos también eran profetas, exhortaron [o consolaron] a los hermanos con abundancia de palabras, y los confirmaron. 33. Y pasando algún tiempo allí, fueron despedidos por los hermanos en paz para volver a los apóstoles. 34. Pero a Silas le pareció bien quedarse allí. 35. Y Pablo y Bernabé continuaron en Antioquía, enseñando la palabra del Señor y anunciando el evangelio con otros muchos.
Hechos 15:30
30. Reunida la multitud. Esta fue la manera más legítima de proceder: admitir a toda la multitud a la lectura de la carta. Pues si surge alguna controversia en la doctrina de la fe, conviene que el juicio se remita a los sabios y piadosos, y a los ejercitados en la Escritura; y, sobre todo, a los pastores debidamente ordenados. Sin embargo, porque a todos pertenece por igual saber con certeza lo que deben sostener, los maestros piadosos y sabios deben dar a conocer a toda la Iglesia lo que han establecido conforme a la palabra de Dios. Pues nada hay más impropio del orden santo y cristiano que apartar del cuerpo del pueblo la doctrina común, como si fuera una piara de cerdos, como suelen hacer bajo la tiranía del papado. Porque como el Papa y los obispos con cuernos pensaban que el pueblo nunca sería bastante obediente hasta ser llevado a una ignorancia crasa, se imaginaron que este era el mejor resumen de la fe: no saber nada, sino depender enteramente de sus decretos. Pero, por el contrario, debe observarse un término medio, para que se mantengan los gobiernos legítimos y, por otra parte, el pueblo tenga la libertad que le pertenece, no sea que lo opriman como a esclavos.
Hechos 15:31
31. Se regocijaron por la consolación. Siendo la carta tan breve y no conteniendo sino una simple narración, ¿qué consolación podían recibir de ella? Pero debemos notar que había en ella no poca materia de consolación, porque, al conocer el consentimiento de los apóstoles, todos se pacificaron, y también, habiendo antes discordia entre ellos, ahora se reconcilian unos con otros. Habiendo corrido un falso rumor de que todos los apóstoles estaban contra Pablo y Bernabé, esto mismo había sacudido a algunos que eran demasiado ligeros en creer, muchos estaban en duda; los malvados abusaron de esta ocasión para hablar mal; a otros los aguijoneaba el amor de la novedad y la curiosidad, y uno se ponía contra otro. Pero ahora, después que ven que el juicio de la primera Iglesia concuerda con la doctrina de Pablo y Bernabé, obtienen aquello que los hijos de Dios deben desear más: que, establecidos en la recta fe y siendo de un mismo sentir entre sí, tengan con ánimos tranquilos paz unos con otros.
Hechos 15:32
32. Judas y Silas. Estos dos hermanos fueron enviados por esta causa: para testificar también de palabra lo mismo que se contenía en las cartas, y aun más; de otro modo los apóstoles no habrían enviado cartas tan breves acerca de un asunto tan grande y grave; y habrían hablado también algo de los misterios de la fe, y habrían hecho alguna larga exhortación con la que los persuadieran al estudio de la piedad. Ahora Lucas muestra otras cosas que hicieron: a saber, que, provistos del don de profecía, edifican a la Iglesia en general, como si dijera que no solo cumplieron fielmente su deber en la causa que entonces se trataba, sino que también se tomaron buen y provechoso trabajo enseñando y exhortando a la Iglesia. Y debemos notar que dice que exhortaron a la Iglesia porque eran profetas; pues no es cosa común a todos entrar en tan excelente función. Por tanto, debemos guardarnos de que nadie pase sus límites; como enseña Pablo, 1 Co 7:20 y Ef 4:1, que cada uno se mantenga dentro de la medida de la gracia recibida. Por eso no en vano dice Lucas que el oficio de enseñar es peculiar; para que nadie, por ambición, siendo incapaz, o por celo temerario, o por cualquier otro deseo necio, ansiando asomar la cabeza, perturbe el orden de la Iglesia.
Eran profetas. Aunque la palabra tiene diversas significaciones, en este lugar no se toma por aquellos profetas a quienes fue concedido predecir cosas futuras; porque este título vendría a destiempo cuando trata de otro asunto; sino que el sentido de Lucas es que Judas y Silas estaban dotados de excelente conocimiento y entendimiento de los misterios de Dios, para ser buenos intérpretes de Dios; como Pablo, en el capítulo catorce de la Primera a los Corintios (1 Co 14:3), cuando trata de la profecía y la prefiere a todos los demás dones, no habla de predecir cosas futuras; sino que la recomienda por este fruto, porque edifica a la Iglesia con doctrina, exhortación y consolación. De esta manera asigna Lucas la exhortación a los profetas, como punto principal de su oficio.
Hechos 15:33-35
33. Fueron despedidos en paz. Es decir, cuando partieron, los hermanos, al despedirse de ellos, les desearon bien, como suelen hacer los amigos. Y hay sinécdoque en este miembro; porque solo uno de los dos volvió a Jerusalén. Y en el texto se añade inmediatamente una corrección: que a Silas le pareció bien quedarse allí; pero cuando Lucas los junta a ambos, su sentido es solo declarar que la Iglesia estuvo tranquila antes que pensaran en volverse. Por último añade que Pablo y Bernabé, mientras estuvieron en Antioquía, se dieron a enseñar, y continuaron en esta obra, y sin embargo dieron lugar a muchos más. Con lo cual se ve que todos tenían un mismo deseo, sin envidia, de modo que se unieron mano con mano para hacer el bien; aunque parece que menciona a otros muchos a propósito, para que no pensemos que, después que Pablo y Bernabé se fueron, aquella Iglesia quedó destituida, que florecía en abundancia de maestros. Además, la bendición de Dios, que comenzó enseguida a aparecer de nuevo en aquella Iglesia, es ahora otra vez recomendada y ensalzada, Iglesia que Satanás procuraba por medio de sus ministros dispersar y asolar miserablemente.
Hechos 15:36-41
36. Y después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos ahora a visitar a los hermanos por todas las ciudades en que hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están. 37. Y Bernabé quería que llevasen consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos. 38. Pero a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra. 39. Y hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre. 40. Y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia de Dios, 41. y pasó por Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias.
Hechos 15:36
36. Visitemos a nuestros hermanos. En esta historia debemos notar primero cuán solícito era Pablo por las iglesias que había establecido. Trabaja, ciertamente, con provecho en Antioquía, pero como recordaba que era apóstol ordenado por Dios y no pastor de un lugar particular, sigue el curso de su vocación. Segundo, así como no le convenía estar atado a un solo lugar, piensa consigo mismo que estaba obligado a todos los que engendró en el Señor; por eso no quiere que carezcan de su ayuda. Además, la obra que se había comenzado en aquellos lugares no podía descuidarse; pues decaería poco después. Con todo, ha de pensarse que Pablo permaneció aún en la iglesia de Antioquía hasta ver bien ordenado su estado y establecida la concordia. Pues sabemos y experimentamos cuánta fuerza tienen las iglesias principales para mantener en orden a otras iglesias menores. Si surge algún tumulto en una calle oscura, o sucede alguna ofensa, el rumor no llega tan lejos ni los vecinos se conmueven tanto; pero si algún lugar es señalado, no puede desfallecer sin gran ruina, o al menos sin que los edificios menores queden gravemente sacudidos, lejos y en torno. Por tanto, Pablo, al detenerse un tiempo en Antioquía, proveyó a las otras iglesias; y así debemos mirar en este ejemplo no menos su sabiduría que su diligencia, porque muchas veces el ardor inmoderado de los pastores al emprender los asuntos daña no menos que su pereza.
Cómo están. Pablo sabía que, en medio de tanta ligereza e inconstancia de los hombres, y siendo su naturaleza inclinada al vicio, si hay algo bien ordenado entre ellos rara vez se mantiene estable ni por mucho tiempo; y en especial que las iglesias decaen o degeneran fácilmente si no se las cuida de continuo. Nada bajo el cielo debería ser más firme que el edificio espiritual de la fe, cuya estabilidad está fundada en el cielo mismo; sin embargo, son pocos aquellos en cuyo ánimo la palabra del Señor echa raíz viva a fondo; por eso la firmeza es rara en los hombres. Además, aun los que tienen su ancla firmemente fijada en la verdad de Dios no dejan por eso de estar sujetos a diversas sacudidas, con las cuales, aunque su fe no sea derribada, necesita con todo ser fortalecida, para ser apuntalada y sostenida. Además, vemos cómo Satanás asalta y con qué sutiles artificios procura en secreto derribar a veces iglesias enteras, a veces a cada uno de los fieles en particular. Por tanto, no sin causa está Pablo tan solícito por sus discípulos, para que no se comporten de otro modo del que es de desear; y por eso desea prevenir a tiempo, si ha surgido algún inconveniente, lo cual no puede saberse hasta haberlos visitado.
Hechos 15:37-41
37. Y Bernabé aconsejó. Lucas expone aquí aquel doloroso desacuerdo que debe causar temor, con justas razones, a todos los piadosos. La sociedad de Pablo y Bernabé había sido consagrada por el oráculo celestial. Habían trabajado largo tiempo, siendo de un mismo sentir, bajo este yugo al que el Señor los había atado; habían probado [sentido], por muchas experiencias, el excelente favor de Dios; más aún, aquel maravilloso éxito que Lucas ha mencionado antes era una manifiesta bendición de Dios. Aunque casi se habían ahogado tantas veces en tantas tempestades de persecución, y habían sido acometidos duramente por infinitos enemigos, aunque la sedición doméstica se había encendido por todas partes contra ellos, estaban tan lejos de ser separados que su acuerdo era entonces más probado [comprobado]. Pero ahora, por una cosa ligera, y que fácilmente podía haberse resuelto, rompen aquel santo vínculo del llamamiento de Dios.
Esto no pudo suceder sin gran perturbación de todos los piadosos. Si el ardor de la contienda fue tan grande y vehemente en estos santos varones, que se habían acostumbrado largo tiempo a sufrirlo todo, ¿qué será de nosotros, cuyos afectos, no sujetos aún tanto a la obediencia de Dios, se enfurecen muchas veces sin modestia? Si una causa ligera separó a quienes habían conservado santamente la unidad largo tiempo en medio de tan grandes pruebas, ¡cuán fácilmente podrá Satanás dividir a los que no tienen deseo alguno de fomentar la paz, o al menos lo tienen frío! ¡Qué gran soberbia fue en Bernabé, que no tenía cosa más honrosa que ser compañero de Pablo, para portarse como hijo con su padre, rehusar tan obstinadamente su consejo! Quizá también algunos pensaran que Pablo no fue muy cortés al no perdonar esta falta a un fiel ayudante. Por tanto, somos amonestados por este ejemplo de que, si los siervos de Cristo no tienen gran cuidado, hay muchas rendijas por las cuales Satanás se colará para perturbar la concordia que hay entre ellos.
Pero ahora debemos examinar la causa misma, pues hay quienes echan la culpa del desacuerdo a Pablo; y, al primer oír, las razones que alegan parecen probables. Juan Marcos es rechazado porque se apartó de la compañía de Pablo; pero no se apartó de Cristo. Un joven, no acostumbrado aún a llevar la cruz, volvió a casa de su viaje. Merecía cierta indulgencia por su edad; siendo un soldado novato [bisoño], desfalleció en las dificultades desde el primer golpe; no iba, por tanto, a ser un soldado perezoso toda su vida. Ahora bien, por cuanto su vuelta a Pablo es excelente testimonio de arrepentimiento, parece descortesía rechazarle; pues se debe tratar con más cortesía a los que se castigan a sí mismos por sus propias ofensas por su propia voluntad. Había también otras causas que debían haber hecho a Pablo más cortés. La casa de Juan Marcos era una posada famosa (Hch 12:12); su madre había hospedado a los fieles en gravísima persecución; cuando Herodes y todo el pueblo estaban enfurecidos, solían tener allí sus reuniones secretas, como Lucas refirió antes. Ciertamente debía haber tolerado a una mujer tan santa y valerosa, para que un rigor inmoderado no la alejara. Ella deseaba que su hijo se dedicara a predicar el evangelio; ahora bien, ¡cuán gran pena podía ser para ella que se rechazaran su esfuerzo y su industria por una falta ligera! Y ahora que Juan Marcos no solo llora su falta, sino que en efecto la enmienda, Bernabé tiene buen color para perdonarle.
Con todo, podemos deducir del texto que la Iglesia aprobó el consejo de Pablo. Pues Bernabé parte, y con su compañero navega a Chipre. No se hace mención de los hermanos (como si hubiera partido a escondidas sin despedirse); pero los hermanos encomiendan a Pablo en sus oraciones a la gracia de Dios; con lo cual se ve que la Iglesia estuvo de su parte. Segundo, como Dios muestra el poder de su Espíritu en bendecir a Pablo, y bendice sus trabajos con feliz éxito de su gracia, y deja a Bernabé como enterrado, puede sacarse de ahí una razón probable de que le agradó que se mostrara tal ejemplo de severidad. Y ciertamente la ofensa de Juan Marcos fue mayor de lo que comúnmente se piensa. No se apartó, en verdad, de la fe de Cristo, pero abandonó su vocación y fue un desertor [apóstata] de ella; por tanto, era un asunto que podía haber dado mal ejemplo, si hubiera sido recibido enseguida de nuevo en la vocación de la cual se había apartado. Se había entregado a servir a Cristo con esta condición: que no fuera libre por más tiempo. No le era lícito quebrantar su promesa hecha en este sentido, más de lo que es lícito al marido dejar a su mujer o al hijo abandonar a su padre. Ni la flaqueza excusa su infidelidad, con la cual fue violada la santidad de la vocación.
Y debemos notar que no fue del todo rechazado por Pablo; lo tenía por hermano, de modo que se contentaría con el orden común; rehusó admitirle a la función común [pública] de enseñar, de la cual cayó vergonzosamente por su propia culpa. Y no hay gran diferencia entre estas dos cosas: que el que ha ofendido sea excluido del todo del perdón, o solo se le niegue el honor público; aunque puede ser que ambos se excedieran, como los accidentes muchas veces estropean un asunto que en otro caso es bueno. Hizo bien Pablo, y según el derecho de la disciplina con provecho, en no admitir por compañero suyo a aquel cuya inconstancia había probado una vez [experimentado]; pero cuando vio a Bernabé tan importuno, pudo haber cedido a su deseo. Debemos hacer más caso de la verdad que del favor de todo el mundo; pero conviene que sopesemos sabiamente qué gran peso hay en el asunto que se trata. Pues si, en cosa de ningún peso ni edificación, alguien se jacta de su constancia, se prepara para el combate y no cesa de defender hasta el fin aquello en que una vez se complació, será una necia y perversa obstinación. Había también algún camino y medio por el cual Pablo podía haber concedido algo a la importunidad de su compañero [colega] en el oficio, y sin embargo no haberse apartado de la verdad. No le tocaba adular a Marcos ni encubrir su ofensa, pero no le impedía la religión que, habiendo profesado libremente lo que pensaba, se dejara vencer en aquel asunto que ni dañaba la verdadera doctrina ni ponía en peligro la salvación del hombre; lo cual digo por esta causa: para que aprendamos a moderar nuestro deseo, aun en las mejores causas, no sea que pase la medida y sea demasiado fervoroso.
CAPÍTULO 16
Hechos 16:1-5
1. Y llegó a Derbe y a Listra; y he aquí, había allí cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía fiel, pero de padre griego. 2. De este daban buen testimonio los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. 3. Quiso Pablo que este fuese con él; y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos lugares. Porque todos sabían que su padre era griego. 4. Y al pasar por las ciudades, les entregaban los decretos que habían acordado los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, para que los guardasen. 5. Así que las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.