Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Hechos 21: comentario de Juan Calvino
Hechos 21:1-3
1. Lucas refiere brevemente el curso de su navegación; y no solo para dar crédito a la historia, a fin de que sepamos lo que se hizo en cada lugar, sino para que los lectores consideren por sí mismos la invencible y heroica fortaleza que había en Pablo, quien prefería ser sacudido y fatigado con viajes tan largos, desiguales y penosos, para servir a Cristo, antes que mirar por su propia tranquilidad. Cuando dice que fueron arrancados y apartados, no se refiere simplemente a la distancia de los lugares, sino a que los hermanos permanecieron en la orilla mientras pudieron ver el barco en que iban Pablo y sus compañeros. Nombra los puertos donde arribó el barco, para que sepamos que navegaron tranquilamente, sin molestia de tempestad. Que los descriptores de países nos informen acerca de la situación de las ciudades que menciona; a mí me basta mostrar el propósito de Lucas.
Hechos 21:4
4. Y habiendo hallado discípulos. Aunque el número de los fieles era pequeño, con todo llegó allí alguna semilla del evangelio, conforme a las profecías de los profetas (Is 23:18), para que Tiro no quedara del todo privada de la bendición de Dios. Y aquí, como en otros lugares anteriores, Lucas llama discípulos a los cristianos, para que sepamos que solo se cuentan en el rebaño de Cristo los que han abrazado su doctrina por la fe. Pues es vana y falsa la profesión de quien da su nombre a Cristo y no entiende lo que él enseña o dice. Y note el lector que Pablo se quedó siete días en Tiro por ninguna otra causa sino para fortalecerlos. De modo que vemos que dondequiera que llegaba no descuidaba [no desaprovechaba] ocasión alguna de hacer el bien.
Decían a Pablo por el Espíritu. A saber, con la aprobación de su palabra, para que Pablo supiera que hablaban por el Espíritu de profecía. Sin duda esta no era pequeña tentación para que no acabara el viaje que había emprendido, viendo que el Espíritu Santo lo disuadía de él. Y este era un muy buen pretexto para huir de la cruz, si hubiera mirado por su propia seguridad: ser retraído, como por la mano de Dios.
Con todo, no cesa de proseguir hacia donde sabía que el Señor lo llamaba. Sin embargo, aquí surge una cuestión: ¿cómo pueden los hermanos disuadirlo por el Espíritu de hacer lo que Pablo testificaba hacer por el impulso secreto del mismo Espíritu? ¿Es el Espíritu contrario a sí mismo, que ahora suelta a Pablo a quien mantenía atado interiormente? Respondo que hay diversos dones del Espíritu; de modo que no es de extrañar que los que sobresalen en el don de profecía carezcan a veces de juicio o de fortaleza. El Señor mostró a estos hermanos, de quienes hace mención Lucas, lo que había de suceder; pero, con todo, no saben lo que conviene ni lo que exige el llamamiento de Pablo, porque la medida de su don no alcanza tan lejos. Y el Señor quiso que su siervo fuera advertido a propósito, en parte para que, mediante una larga meditación, quedara mejor provisto y preparado para sufrir lo que viniera, y en parte para que su constancia apareciera más claramente cuando, siendo informado por profecías del doloroso desenlace, se apresura, sin embargo, con conocimiento y de buena voluntad, a soportar cuanto le sobrevenga.
Hechos 21:5-6
5. Con sus mujeres e hijos. No era pequeño testimonio de amor que acompañaran a Pablo fuera de la ciudad con sus mujeres e hijos; cosa que Lucas refiere, en parte para encomiar su piedad según merecía, en parte para declarar que se daba a Pablo el honor que se le debía. De donde concluimos también que lo que menos pretendía era mirar por su propia comodidad, pues no lo retuvo tan gran afecto, que era un cebo agradable para inducirlo a quedarse. Y debemos notar también la costumbre solemne de orar en los asuntos de mayor peso, y que, advertidos por Dios del peligro, se mueven más a orar.
Hechos 21:7-14
7. Y nosotros, habiendo terminado la navegación desde Tiro, llegamos a Tolemaida; y habiendo saludado a los hermanos, nos quedamos con ellos un día. 8. Al día siguiente, los que éramos compañeros de Pablo salimos y llegamos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él. 9. Este tenía cuatro hijas vírgenes que profetizaban. 10. Y permaneciendo nosotros allí muchos días, llegó de Judea un profeta llamado Agabo. 11. Y venido a nosotros, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y lo entregarán en manos de los gentiles. 12. Al oír esto, le rogamos nosotros y los del lugar que no subiese a Jerusalén. 13. Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y afligiendo mi corazón? Porque yo estoy dispuesto no solo a ser atado, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús. 14. Y como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor.
Hechos 21:7-8
7. Lucas declara brevemente que Pablo fue recibido también en Tolemaida por los hermanos. Esta es una ciudad de Fenicia, situada en la costa del mar, no lejos de los confines de Judea, desde la cual Pablo y sus compañeros no tenían largo camino hasta Cesarea. Pero si los lectores desean saber más acerca de la situación de las regiones, recurran a los descriptores de lugares y países [geógrafos]. Dice además que, cuando llegó a Cesarea, se alojaron con Felipe, a quien llama evangelista, aunque fuera uno de los siete diáconos, como podemos ver en el capítulo 6 (Hch 6:5). De aquí podemos concluir fácilmente que aquel diaconado era un oficio que duraba solo un tiempo; porque de otro modo no habría sido lícito a Felipe abandonar Jerusalén e ir a Cesarea. Y en este lugar se nos presenta, no como quien abandona voluntariamente su oficio, sino como aquel a quien se encomendó un cargo mayor y más excelente. Los evangelistas, a mi juicio, estaban en medio entre los apóstoles y los doctores. Pues era una función cercana a la de los apóstoles predicar el evangelio en todos los lugares y no tener residencia fija; solo el grado de honor era inferior. Porque cuando Pablo describe el orden de la Iglesia (Ef 4:11), los pone después de los apóstoles de tal manera que muestra que se les da más campo donde enseñar que a los pastores, que están atados a lugares determinados. Por tanto, Felipe ejerció por un tiempo el oficio de diácono en Jerusalén, y más tarde la Iglesia lo consideró hombre idóneo para confiarle el tesoro del evangelio.
Hechos 21:9
9. Cuatro hijas. Esto se añade para encomio de Felipe, no solo para que sepamos que su casa estaba bien ordenada, sino también que era famosa y excelente por la bendición de Dios. Pues, ciertamente, no era pequeño don tener cuatro hijas todas dotadas del espíritu de profecía.
Con esto quiso el Señor embellecer los primeros comienzos del evangelio, cuando suscitó a hombres y mujeres para predecir las cosas por venir. Las profecías habían cesado ya casi por muchos años entre los judíos, a fin de que estuvieran más atentos y deseosos de oír la nueva voz del evangelio. Por tanto, puesto que el profetizar, que había cesado en cierto modo por completo, vuelve ahora después de largo tiempo, era señal de un estado más perfecto. Sin embargo, parece que esta misma fue la razón por la que cesó poco después; pues Dios sostuvo al pueblo antiguo con diversas predicciones hasta que Cristo pusiera fin a todas las profecías. Convenía, pues, que el nuevo reino de Cristo fuera provisto y embellecido con este ornato, para que todos supieran que había llegado aquella visitación prometida del Señor; y convenía también que durase poco tiempo, para que los fieles no estuvieran siempre aguardando alguna otra cosa, o para que los ingenios curiosos no tuvieran ocasión de buscar o inventar de continuo algo nuevo. Pues sabemos que, cuando se quitó aquella capacidad y destreza, hubo, sin embargo, muchos desequilibrados que se jactaban de ser profetas; y puede ser también que la perversidad de los hombres privara a la Iglesia de este don. Pero esa sola causa debe bastar: que Dios, al quitar las profecías, testificó que el fin y la perfección estaban presentes en Cristo; y es incierto cómo ejercían estas doncellas el oficio de profetizar, salvo que el Espíritu de Dios las guiaba y gobernaba de tal modo que no trastornaba el orden que él mismo había establecido. Y puesto que no permite que las mujeres ejerzan ningún cargo público en la Iglesia, hay que pensar que profetizaban en casa, o en algún lugar privado, fuera de la asamblea común.
Hechos 21:10-11
10. Un profeta. Aunque Lucas no lo expresa claramente, conjeturo que este Agabo era el mismo de quien se hace mención en el capítulo 11 (Hch 11:28), que predijo que habría hambre bajo el reinado de Claudio César. Y cuando Lucas lo llama profeta, como poco antes llamó a las cuatro hijas de Felipe, significa que no era un don común sino particular. Ahora debemos ver con qué fin se mostró de nuevo por medio de Agabo la persecución que se acercaba. En cuanto a Pablo, ya había sido suficientemente advertido. Por eso no dudo de que esta confirmación se añadió por causa de otros; porque el Señor quería dar a conocer por todas partes las cadenas de su siervo, en parte para que supieran que entraba al combate voluntariamente, en parte para que percibieran que había sido designado por Dios como campeón para luchar por el evangelio. Era sin duda un ejemplo provechoso de invencible constancia el que se ofreciera voluntaria y conscientemente a la violencia de los adversarios; y no menos provechoso es para nosotros hoy que su apostolado sea confirmado con esta entrega voluntaria, y no menos constante, de su vida.
Al varón de quien es este cinto. Era cosa usual entre los profetas representar con señales las cosas que decían; y no confirmaban sus profecías con señales por impulso propio, sino por mandato del Espíritu, como cuando a Isaías se le manda andar descalzo (Is 20:2), a Jeremías ponerse un yugo al cuello, vender la posesión y comprarla (Jer 27:2 y Jer 32:7), y a Ezequiel abrir un boquete en la pared de su casa a escondidas y en la misma noche sacar cargas (Ez 12:5). Estas cosas y otras semejantes podían parecer al vulgo juegos de niños; pero el mismo Espíritu que aplicaba señales a sus palabras tocaba interiormente los corazones de los piadosos, como si hubieran sido llevados a la cosa misma. Así este espectáculo, que menciona Lucas, conmovió a los compañeros de Pablo no menos que si lo hubieran visto atado de veras. Los falsos profetas intentaron después engañar a los simples con esta treta, pues Satanás es en cierto modo el mono de Dios, y sus ministros envidian a los siervos de Dios. Sedequías se hizo cuernos con los cuales prometía que Siria sería embestida. Ananías, al quebrar el yugo de Jeremías, puso al pueblo en una vana esperanza de liberación. Dios ha permitido que los réprobos fueran burlados con tales engaños, para castigar su incredulidad.
Pero, como en ellos no había fuerza alguna del Espíritu, su vanidad no dañó en absoluto a los fieles. Es digno también de notarse que Agabo no pone ante sus ojos un espectáculo mudo, sino que junta con él la palabra, con la cual muestra a los fieles el uso y el fin de la ceremonia.
Hechos 21:12-13
12. Tanto nosotros. Como no todos tenían una misma revelación, no es de extrañar que sus juicios fueran diversos. Pues viendo estos santos varones que mucho dependía de la vida o la muerte de un solo hombre, no querían que se pusiera en peligro temerariamente. Y su deseo es digno de alabanza, pues querían velar por la seguridad común de la Iglesia reteniendo a Pablo. Pero, por otra parte, la constancia de Pablo merece tanto más alabanza cuanto que permanece tan firme en el llamamiento de Dios. Porque no ignoraba cuán gran aflicción había de sufrir a causa de sus cadenas. Pero, como conoce la voluntad de Dios, que era su única regla al tomar consejo, no hace caso de todas las demás cosas con tal de seguirla. Y, ciertamente, debemos estar tan sujetos a la voluntad y al beneplácito de Dios que ningún provecho ni clase alguna de razón nos aparte de obedecerle. Cuando Pablo reprende a los hermanos porque afligen su corazón con llanto, declara suficientemente que no estaba endurecido, sino que era llevado a cierto sentimiento y padecimiento juntamente con ellos. Por tanto, las lágrimas de los piadosos herían su corazón; pero aquella ternura no lo desvió del camino, sino que siguió adelante en pos de Dios con rumbo recto. Por eso debemos usar tal cortesía con nuestros hermanos que la voluntad de Dios tenga siempre la primacía. Ahora bien, Pablo declara de nuevo con su respuesta que los siervos de Cristo no pueden estar preparados para cumplir su deber si no desprecian la muerte; y que nadie puede ser jamás bien animado a vivir para el Señor sino los que están dispuestos a dar de buena gana su vida por el testimonio de la verdad.
Hechos 21:14
14. Desistimos. Si hubieran pensado que corría temerariamente a la muerte, no habrían desistido así. Por tanto, ceden para no resistir al Espíritu Santo, por quien entienden que Pablo es gobernado. Pues lo que habían oído antes de boca de Pablo, que era arrastrado, por así decirlo, por las ataduras del Espíritu, se les había ido por completo de la cabeza a causa del dolor que habían concebido; pero cuando se les enseña de nuevo que era voluntad de Dios que así fuera, piensan que no les es lícito resistir más. Y con este freno deben ser contenidos todos nuestros afectos, de modo que nada sea tan amargo, ni doloroso, ni duro, que la voluntad de Dios no pueda mitigar y suavizar. Porque cuantas veces sucede algo duro o áspero, damos poca honra a Dios si no prevalece en nosotros este pensamiento: que debemos obedecerle.
Hechos 21:15-25
15. Y después de estos días, hechos los preparativos, subimos a Jerusalén. 16. Y vinieron también con nosotros algunos de los discípulos de Cesarea, trayendo consigo a un Mnasón de Chipre, discípulo antiguo, con quien nos hospedaríamos. 17. Y cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo. 18. Al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y se hallaron presentes todos los ancianos. 19. A los cuales, después de haberlos saludado, les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio. 20. Y ellos, cuando lo oyeron, glorificaron al Señor, y le dijeron: Ya ves, hermano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la ley. 21. Pero se les ha informado acerca de ti que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apartarse de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni vivan según las costumbres. 22. ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto, porque oirán que has venido. 23. Haz, pues, esto que te decimos: Tenemos cuatro hombres que tienen un voto sobre sí. 24. Tómalos contigo, purifícate con ellos y costea los gastos para que rasuren sus cabezas, y todos sepan que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas guardando la ley. 25. Pero en cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les hemos escrito determinando que no guarden nada de esto, pero que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación.
Hechos 21:15-16
15. Hechos los preparativos [lit.: «habiendo tomado nuestras cargas»]. Los compañeros de Pablo declaran que, cuando procuraban retraerlo del peligro, se preocupaban más por la seguridad común de la Iglesia que cada uno por su propia vida. Pues, tras haber sido rechazados, no rehúsan tomar parte con él en el mismo peligro; y, sin embargo, tenían una excusa plausible: que ninguna ley los obligaba a ser arrastrados a sufrir la muerte por la obstinación de un solo hombre. Y esto es verdaderamente sujetar nuestros afectos a Dios: cuando ningún temor nos aterra, sino que cada uno de nosotros procura, en cuanto puede, promover lo que sabemos que a él le agrada. También se ve más claramente qué gran fervor de piedad había en los demás, que de su propia voluntad lo acompañan y le traen un huésped, aunque, a pesar de ello, bien podían haber temido muchos inconvenientes.
Hechos 21:17
17. Los hermanos nos recibieron con gozo. Lucas lo refiere, pues, para poner de relieve la equidad de los hermanos, que no daban crédito a rumores ni a falsos informes. Aunque muchos hombres envidiosos y malvados procuraban a diario, unos tras otros, poner a Pablo en desprecio, con todo, como Jacobo y sus compañeros de oficio estaban bien persuadidos de su rectitud, no se distanciaron de él. Por eso ahora lo reciben cortés y fraternalmente como siervo de Cristo, y declaran que es bienvenido. Debemos observar diligentemente esta moderación: no ser demasiado prontos para creer informes malvados, sobre todo cuando aquellos que han dado algún testimonio de su honradez, y a quienes hemos comprobado que sirven fielmente a Dios, son cargados con crímenes desconocidos para nosotros, o dudosos; porque Satanás sabe que nada es más apto para devastar el reino de Cristo que la discordia y el desacuerdo entre los fieles, y no cesa de esparcir falsos rumores que hagan que unos sospechen de otros. Por tanto, debemos cerrar nuestros oídos a los falsos informes, para no creer nada acerca de los fieles ministros de la Palabra sino lo que sabemos que es verdad.
Hechos 21:18
18. Se hallaron presentes todos los ancianos. De este lugar podemos concluir lo que ya teníamos en el capítulo 15. Cuantas veces había que tratar algún asunto de peso, los ancianos solían reunirse, para que la deliberación fuera más tranquila sin la multitud. Veremos enseguida que también se admitía al pueblo en su orden, pero después de que los ancianos hubieran tenido su consulta secreta entre sí.
Hechos 21:19-21
19. Y ahora Pablo muestra su modestia cuando no se hace a sí mismo autor de lo que había hecho, sino que, dando la alabanza a Dios, se llama solamente el ministro de quien Dios se había servido en su labor [actuación]. Pues hemos de conceder que todo lo excelente y digno de alabanza no se hace por nuestro propio poder, sino porque Dios obra en nosotros; y especialmente en lo que toca a la edificación de la Iglesia. Se ve también cuán lejos estaban de la envidia los ancianos, cuando glorifican a Dios por el feliz éxito. Pero como no se hace mención de ningún otro apóstol además de Jacobo, podemos conjeturar que se habían ido a diversos lugares para esparcir y predicar el evangelio, como su vocación lo exigía; pues el Señor no los había destinado a quedarse siempre en Jerusalén, sino que, después de haber hecho allí un comienzo, les mandó ir a Judea y a otras partes del mundo. Además, el error de quienes piensan que Jacobo era uno de los discípulos a quienes Pablo cuenta entre las tres columnas de la Iglesia queda refutado antes, en el capítulo 15. Y aunque se le dio el mismo mandato que a los demás compañeros de oficio, no dudo, sin embargo, de que se repartieron de tal manera que Jacobo permaneció en Jerusalén, adonde solían acudir cada día muchos extranjeros. Pues eso era como si hubiera predicado el evangelio por todas partes en tierras extrañas.
Ya ves, hermano, cuántos millares. Esta alocución o discurso tiene dos miembros. Porque, primero, los ancianos dicen que todos los judíos que se habían convertido, como son celosos de la ley, están mal dispuestos hacia Pablo, porque piensan que él se esfuerza con todas sus fuerzas por abolir la ley. Segundo, lo exhortan a que, haciendo un voto solemne, se purifique, para que no sea ya tenido en sospecha. Le oponen la multitud de los creyentes, para que ceda más de buena gana. Pues si hubieran sido unos pocos obstinados, no se habría conmovido tanto. Pero ahora no debe descuidar ni al mucho pueblo ni a todo el cuerpo de la Iglesia.
Sin duda, aquel celo por la ley que había en ellos era corrupto, y ciertamente los mismos ancianos declaran suficientemente que no les agrada. Pues aunque no lo condenan abiertamente, ni se quejan agriamente de él, como se separan de su afecto confiesan en secreto que yerran. Si hubiera sido un celo conforme a ciencia, habría debido comenzar por ellos; [mismos] pero no contienden por la ley misma, ni fingen la debida reverencia hacia ella, ni se suman a quienes son celosos de ella. Por tanto, dan a entender a la vez que son de otro parecer y que no aprueban la superstición del pueblo.
Sin embargo, se objeta que dicen que Pablo estaba cargado de un falso informe o calumnia; y que, cuando le piden satisfacción, parecen alimentar aquel celo. Respondo que, aunque aquel informe con que se escandalizaban los judíos fuera verdadero en cierto respecto, estaba mezclado con calumnia. Pablo enseñaba la abrogación de la ley de tal manera que, con todo, por este medio su autoridad no solo permanecía sana y perfecta, sino que resultaba más santa. Porque, como dijimos en el capítulo 7, las ceremonias serían vanas si su efecto no se hubiera mostrado en Cristo. Por tanto, quienes dicen que fueron abolidas por la venida de Cristo están tan lejos de blasfemar contra la ley que más bien confirman su verdad. En las ceremonias hay que considerar dos cosas: la verdad, a la cual va unida la eficacia; y, en segundo lugar, el uso externo. Además, la abrogación del uso externo, que trajo Cristo, depende de que él es el cuerpo sólido, y de que nada se sombreó en los tiempos pasados que no se cumpla en él. Esto difiere mucho de apartarse de la ley: es mostrar su verdadero fin, para que las figuras tengan término y su verdad espiritual tenga siempre vigencia. Por eso vemos que eran intérpretes malintencionados e injustos los que acusaban a Pablo de apostasía, aunque él apartaba a los fieles del culto externo de la ley. Y cuando mandan a Pablo hacer un voto con este fin, para que pruebe que es guardador de la ley, no tiende a otra cosa sino a que testifique que no detesta la ley como un malvado apóstata que él mismo se hubiera sacudido el yugo del Señor y movido a otros a igual rebelión.
Que no circunciden. Y así era en verdad; pues Pablo enseñaba que tanto judíos como gentiles habían sido puestos en libertad. Porque estas sentencias son generales en él. La circuncisión nada es (1 Co 7:19). Y también: Somos circuncidados por el bautismo en Cristo, no con la circuncisión hecha de mano; y también: Nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo (Col 2:11, 16). Y también: De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia (1 Co 10:25). Y también: No estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud (Gá 5:1). Puesto que hablaba así en todas partes sin excepción, libró a los judíos de la necesidad de guardar la ley.
Y para no detenerme demasiado en esto, bastará un lugar donde compara la ley con un ayo, bajo el cual estuvo la Iglesia antigua como en su niñez; pero ahora, conociendo la gracia de Cristo, ha crecido, para quedar libre de las ceremonias. En ese lugar habla sin duda tanto de judíos como de gentiles. Además, cuando dice que el acta de los decretos de la ley (Col 2:14) fue borrada y clavada en la cruz por Cristo, libra de las ceremonias, que en ese lugar llama decretos, tanto a los judíos como a los gentiles. Pero puesto que no rechazaba las ceremonias de manera absoluta, sino que enseñaba que la venida de Cristo puso fin a su observancia, eso no era apostatar, como pensaban los judíos envidiosos.
Tampoco ignoraban los ancianos la libertad de Pablo. Por tanto, como entienden muy bien el asunto, su intención es que solo se dé a conocer a los rudos e ignorantes que Pablo no pretendía en absoluto persuadir a los judíos de que despreciaran la ley. No miran, pues, el asunto en sí, sino que, sabiendo lo que el vulgo pensaba de Pablo por los rumores que corrían acerca de él, procuran curarlo. Aunque no sé si lo que pedían a Pablo era más importuno que justo. [equitativo] Y por esto se ve cuán desacertada es la crueldad [credulidad] de los hombres en recibir falsos informes, y con cuánta tenacidad se pega una opinión falsa una vez recibida con ligereza. Es cierto que Jacobo y sus compañeros de oficio procuraban mantener y defender la buena fama de Pablo y quitar aquellas mentiras que dañaban su reputación; pero, por más que hagan, hablarán mal de Pablo. A no ser que, quizá, hubieran sido demasiado flojos al principio, por complacer a sus compatriotas, de modo que después no eran dueños de sí [libres].
Hechos 21:22
22. La multitud se reunirá de cierto. El verbo es un verbo neutro, como si dijeran: es necesario que la multitud se reúna. Pues habría sido absurdo que un apóstol de tan rara fama no compareciera ante toda la multitud de los fieles. Porque si hubiera rehuido la luz y la vista del pueblo, la sospecha siniestra podría haber aumentado. Sin embargo, vemos con cuánta modestia se comportaron los ancianos en fomentar la concordia, cuando previenen a tiempo el escándalo del pueblo, salvo que quizá toleran demasiado su debilidad al exigir un voto a Pablo. Pero en la Iglesia debe guardarse esta moderación: que los pastores tengan gran autoridad, y que, sin embargo, no gobiernen con orgullo como señores ni desprecien al resto del cuerpo. Pues la distinción de órdenes, que es el vínculo de la paz, no debe ser causa de disensión.
Hechos 21:23
23. Haz esto que te decimos. Los ancianos parecen (como dije hace un momento) haber caído en una necia condescendencia [indulgencia] por demasiado amor a su nación. Pero el juicio manifiesto de este asunto depende de circunstancias que hoy nos están ocultas; ellos, en cambio, las conocían bien. Casi todo el cuerpo se componía de judíos, de modo que no necesitaban temer el escándalo de los gentiles. Porque en otras regiones esta era la causa de la separación: que cada uno estaba casado con su propia costumbre y quería prescribir una ley a los demás. Además, tenían en Jerusalén muchas cosas que podían incitarlos a guardar las ceremonias de la ley, de modo que tenían mayor excusa si las abandonaban más lentamente. Y aunque su celo no estuviera libre de culpa, como era difícil reformarlo, así tampoco podía hacerse de repente. Vemos cómo esta superstición apenas fue arrancada de los apóstoles en mucho tiempo; y como cada día llegaban nuevos discípulos a la fe, la debilidad se alimentaba en todos juntamente. Y, con todo, no debemos negar que a la ignorancia estaba unida la obstinación, que los ancianos toleraban, sin embargo, para no hacer más daño con remedios violentos. Dejo indiferente si se pasaron de la medida o no.
Que tienen un voto sobre sí. Aunque estos cuatro se cuentan entre los fieles, su voto era supersticioso. Por lo cual se ve que los apóstoles tenían mucha dificultad en aquella nación, que no solo estaba endurecida en el culto de la ley por el largo uso, sino que era además por naturaleza insolente y casi intratable. Aunque puede ser que estos hombres fueran todavía novicios, y por eso su fe fuera aún tenue y apenas bien formada; por lo cual los doctores les permitían cumplir el voto que habían hecho imprudentemente. En cuanto a Pablo, como hizo este voto no movido a ello por su propia conciencia, sino por causa de aquellos cuyo error toleraba, el caso era distinto en él. Sin embargo, debemos ver si esta era una de las ceremonias indiferentes, que los fieles podían omitir o guardar a su arbitrio. Parece, en efecto, que tenía en sí ciertas cosas que no concordaban con la profesión de fe. Pero como su fin era la acción de gracias (como dijimos antes en el capítulo 18) y no había nada en el rito mismo repugnante a la fe de Cristo, Pablo no dudó en condescender hasta aquí para dar a conocer su religión. Hizo, pues, Pablo lo que dice de sí mismo en otro lugar, que se hizo compañero de los que seguían la ley, como si él mismo estuviera sujeto a la ley (1 Co 9:20). En suma, se hizo todo para todos, para ganar a todos; es decir, hasta los altares, con tal de no contaminarse con sacrilegio alguno bajo color de amor. No le habría sido tan lícito ir al sacrificio solemne de expiación. Pero en cuanto a esta parte del culto de Dios, que consistía en un voto, podía hacerlo indiferentemente, con tal que no se hiciera por motivo de religión, sino solo para sostener a los débiles. Pero su intención no era adorar a Dios con este rito, ni su conciencia estaba atada, sino que se sometía libremente a sus hermanos débiles.
Hechos 21:24
24. Nada hay de lo que se les informó acerca de ti. Parecen persuadir a Pablo de que disimule. Pues el rumor no surgió de la nada: que apartaba a los judíos de las ceremonias y que no andaba en la observancia de la ley. Pero debemos recordar lo que dije hace poco: que a Pablo y a los ancianos les bastaba con poder quitar la calumnia injustamente levantada, a saber, que era un desertor [apóstata] de la ley, y que pronto podía presentarse mejor ocasión para que, purgándose él, los fuera apartando poco a poco de su error. Ni era bueno ni provechoso que Pablo fuera tenido mucho tiempo por observador de la ley, como lo eran entonces comúnmente los discípulos; pues con ello se habría puesto un velo espeso ante sus ojos para oscurecer la luz de Cristo.
Por eso sepamos que Pablo no disimuló, sino que profesó sinceramente que no aborrecía la ley, sino que más bien pensaba reverentemente de ella. Quieren que costee los gastos juntamente con ellos, porque acostumbraban juntar su dinero para ofrecer juntos el sacrificio.
Hechos 21:25
25. Pero en cuanto a los gentiles que han creído. Añaden esto para que no se piense que pretenden quitar o retirar aquella libertad que habían concedido a los gentiles, de modo que queden cargados con algún prejuicio. Pero, entre tanto, parecen mantener en servidumbre a los judíos, de la cual libran en palabras claras solo a los gentiles. Respondo que, como la condición de todos era igual, se concedió igual libertad a ambos. Pero se hace mención de los judíos, que estaban tan apegados a sus observancias y ceremonias que no querían tomar para sí aquella libertad que bien podían reclamar. Y los apóstoles, por su parte, proveyeron expresamente por los gentiles, para que los judíos, según su costumbre, no los rechazaran como profanos e inmundos por no estar circuncidados ni criados [educados] en el culto de la ley. Además, para no cargar el papel con una repetición superflua, acuda el lector al capítulo 15 (Hch 15:20), donde hallará lo que pertenece a la exposición de este decreto.
Hechos 21:26-30
26. Entonces Pablo tomó consigo a aquellos hombres, y al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo, para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, cuando había de presentarse la ofrenda por cada uno de ellos. 27. Pero cuando estaban para acabarse los siete días, unos judíos de Asia, al verle en el templo, alborotaron a toda la multitud y le echaron mano, 28. gritando: Varones israelitas, ayudad: Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, y la ley, y este lugar; y además de esto, ha metido a griegos en el templo y ha profanado este santo lugar. 29. Porque antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo, efesio, a quien pensaban que Pablo había metido en el templo. 30. Y toda la ciudad se conmovió, y se agolpó el pueblo; y apoderándose de Pablo, lo arrastraron fuera del templo, y en seguida fueron cerradas las puertas.
Hechos 21:26
26. Que algunos acusen a Pablo de astucia, como si hubiera obrado con hipocresía, lo he refutado antes. Con todo, no niego que concedió hacer esto a petición de los hermanos, siendo en cierto modo forzado a ello. Por tanto, tiene más apariencia, y es (como dicen) más discutible, que se dejó convencer con demasiada facilidad y estuvo demasiado dispuesto a obedecer; y, sin embargo, no admito lo que algunos dicen: que a Pablo no le fue bien porque, tomando una persona nueva y desacostumbrada, no mantuvo tan constantemente como solía la libertad adquirida por Cristo. Confieso, ciertamente, que Dios castiga a menudo los propósitos necios con un éxito desgraciado; pero no veo por qué se haya de aplicar esto a Pablo, que por una sujeción voluntaria buscaba ganar el favor de los rudos y de los no bien instruidos, para hacerles bien; y que estaba a punto de hacer aquello no de buen grado, sino porque prefería ceder a los hermanos antes que aferrarse a su propio juicio. Además, una vez admitido, bien podía haber pasado a moderar aquel celo. Su cortesía merece más bien gran alabanza, porque no solo se humilla con suavidad por causa del pueblo ignorante, sino que obedece también la necedad de los que indignamente y sin razón sospechaban de él. Bien podía haberlos reprendido, porque habían sido tan prontos para creer informes contrarios a su estimación [reputación]. Al abstenerse, muestra gran paciencia; al ganar su favor con tanto cuidado, muestra singular modestia.
Además, pudo haber sido más áspero y franco con Jacobo y sus compañeros de oficio, porque no habían sido más diligentes en arrancar los errores de entre el pueblo. Pues aunque es cierto que enseñaban fielmente, puede ser que la vista del templo y la sede misma de la ley les estorbara en la defensa del uso de la libertad. Pero Pablo, ya sea que renunciara a su derecho por propia voluntad, ya sea que piense que ellos ven mejor que él lo que conviene, sigue su consejo. Y en cuanto a los falsos nicodemitas que, siguiendo este ejemplo de Pablo, intentan colorear su disimulación traicionera mientras se contaminan con toda la inmundicia del papado, no necesita larga refutación. Se jactan de hacerlo para ganar a los hermanos débiles (o de seguirles hasta ahí el humor), como si Pablo cediera a ellos en todo sin elección. Si, siendo judíos, tomaran sobre sí, conforme al precepto de la ley, el cumplir entre los judíos un voto no infectado de idolatría alguna, entonces podrían demostrar que son semejantes a Pablo. Pero ahora, como se envuelven en supersticiones groseras y del todo impías, y esto para escapar de la cruz, ¿qué semejanza es la que se imaginan?
Hechos 21:27
27. Los judíos que venían de Asia. Es cierto que estos hombres eran enemigos del nombre de Cristo y de los cristianos, de modo que, mientras Pablo se empeña en apaciguar a los fieles, incurre en la rabia de los enemigos. Los de Asia son, ciertamente, los promotores del tumulto; pero los ánimos de todo el pueblo estaban tan corrompidos por el odio contra él que todos se hicieron partícipes del furor. Pero este pasaje enseña que no debemos llevar con impaciencia que alguna vez nuestra esperanza sea frustrada y que los consejos que hemos tomado con afecto recto y santo no salgan bien, de modo que nuestras acciones tengan un feliz desenlace. No debemos intentar nada sino con buena conciencia y conforme al Espíritu de Dios. Pero si las cosas no suceden como quisiéramos, aun entonces sosténganos aquel sentimiento interior: que sabemos que Dios aprueba nuestro deseo, aunque esté expuesto a los reproches y burlas de los hombres; ni nos arrepintamos de nuestra mansedumbre si alguna vez los impíos nos pagan de otro modo que como merecemos.
Hechos 21:28-29
28. Varones israelitas, ayudad. Gritan como si estuvieran en extremo peligro, e invocan a todos los hombres para que los ayuden, como si toda la religión estuviera en riesgo. Con lo cual vemos de qué furioso odio estaban inflamados contra Pablo, solo porque, al mostrar que la verdad plena y perfecta se halla en Cristo, enseñaba que las figuras de la ley habían llegado a su fin. Ahora bien, el que conciban una opinión falsa, por haber visto a Trófimo, delata más, por esta ligereza precipitada, cuán venenosos son. Acusan a Pablo de sacrilegio. ¿Por qué? Porque había metido en el templo a un hombre incircunciso. Pero imputaron un crimen cruelísimo a un inocente por una opinión falsa. Así suele ser desacertada la osadía de los hombres que son arrastrados por una opinión concebida de antemano. Pero aprendamos de tales ejemplos a guardarnos del desorden de los afectos y a no dejar rienda suelta a ligeros prejuicios, para no arrojarnos de cabeza sobre el inocente, llevados de una fuerza ciega.
Hechos 21:30
30. Y toda la ciudad se conmovió. Vemos en este lugar la vanidad del pueblo común, que tiene a Pablo por condenado antes de oírlo. Que la ciudad se conmueva por la piedad no es de extrañar; pero esto es un rasgo de celo perverso y de temeridad insensata: que se pongan contra Pablo antes de conocer su causa. Pues en esta corrupción de la naturaleza la obstinación va unida a la necedad, de modo que los que apenas pueden ser movidos con muchas exhortaciones a hacer el bien se apresuran de buena gana y por sí mismos a defender una mala causa. Es duro que todo el mundo se arme de repente contra nosotros por la persuasión de unos pocos; pero como al Señor le place que así sea, prepárese cada uno de nosotros con este y otros semejantes ejemplos para sufrir toda clase de asaltos, y para soportar y aguantar todos los embates.
Hechos 21:31-40
31. Y procurando ellos matarle, se le avisó al tribuno de la compañía: Toda Jerusalén está alborotada. 32. Este, tomando luego soldados y centuriones, corrió a ellos; y ellos, cuando vieron al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. 33. Entonces, acercándose el tribuno, lo prendió y lo mandó atar con dos cadenas, y preguntó quién era y qué había hecho. 34. Pero entre la multitud unos gritaban una cosa, y otros otra; y como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, lo mandó llevar a la fortaleza. 35. Al llegar a las gradas, aconteció que era llevado en peso por los soldados a causa de la violencia de la multitud. 36. Porque la multitud del pueblo venía detrás, gritando: Muera. 37. Y cuando comenzaban a meter a Pablo en la fortaleza, dijo al tribuno: ¿Se me permite hablarte algo? Él dijo: ¿Sabes griego? 38. ¿No eres tú aquel egipcio que levantó una sedición antes de estos días, y sacó al desierto los cuatro mil hombres de los sicarios? 39. Entonces dijo Pablo: Yo de cierto soy hombre judío, de Tarso, ciudad no insignificante de Cilicia; pero te ruego que me permitas hablar al pueblo. 40. Y cuando él se lo permitió, Pablo, estando en pie en las gradas, hizo señal con la mano al pueblo. Y hecho gran silencio, habló en lengua hebrea, diciendo:
Hechos 21:31
31. Procurando ellos matarle. Ciertamente se manifiesta en esto la fuerza de Satanás, que arrastra de cabeza al pueblo a tal rabia que, una vez cerradas las puertas del templo, no contentos con un castigo moderado, conspiran para dar muerte a Pablo. Debemos pensar así: que Satanás aguijonea a los enemigos de la piedad, para que su rabia, por cruel y molesta que sea, no nos perturbe. Por otra parte, aparece la admirable bondad de Dios, cuando levanta de repente al tribuno para librar a Pablo de la muerte. Él mismo no pensaba en tal cosa, sino que vino a apaciguar el tumulto que se había levantado entre el pueblo; pero el Señor muestra una señal más evidente de su providencia, porque la vida de Pablo fue librada de tan inminente peligro sin consejo de hombre. Así permite que los fieles no solo se afanen, sino que casi sean oprimidos, para librarlos de la muerte de manera más admirable. Lucas llama al tribuno «jefe [tribuno] de la compañía» impropiamente, pues todo tribuno estaba puesto sobre mil, lo cual aparece también por el texto, donde dice que el tribuno tomó consigo centuriones.
Hechos 21:32-33
32. Y cuando vieron al tribuno. Aquellos cuyo furor no pudieron detener ni la majestad de Dios ni la reverencia del templo comienzan a ceder cuando ven a un hombre profano. Por lo cual se ve que estaban encendidos más por una crueldad bárbara que por el celo. Ahora bien, el que el tribuno ate a Pablo con cadenas declara suficientemente que no vino para aliviarlo. Los incrédulos atribuirían esto a la fortuna; pero el Espíritu nos ha pintado la providencia de Dios, como en un cuadro [pintura], reinando en medio de los confusos alborotos de los hombres. Y aunque es muy duro que este santo ministro de Dios sea tratado tan vergonzosamente, con todo, la equidad del tribuno es digna de elogio si se la compara con los judíos. Lo ata con cadenas, como si fuera algún malhechor o algún impío; y, sin embargo, se digna oír, atado, a aquel a quien ellos golpeaban sin misericordia; ni decide tratarlo con dureza antes de conocer su causa. Es más, este era el mejor modo de mitigar su crueldad, porque pensaban [esperaban] que Pablo sería castigado de inmediato.
Hechos 21:34-36
34. Unos gritaban una cosa, y otros otra. La locura del pueblo enfurecido se delata por todas partes. Dan gritos horribles, de los cuales uno es contrario a otro. Sin embargo, desean de común acuerdo que muera el que no había sido convicto de ofensa alguna. Entre tanto, no hay que dudar de que estaban cegados por un pretexto de celo santo. Pero la verdad de la causa, bien conocida, hace a los hombres verdaderamente celosos, como los hace verdaderos mártires de Dios; en cambio, la rabia delata una locura diabólica. Puesto que en este lugar se menciona el campamento o fortaleza, debemos saber que los soldados puestos para guardar la ciudad tenían un lugar atrincherado y fortificado por todos lados, que podían defender como un castillo y desde el cual podían rechazar todos los asaltos si se levantaba alguna sedición. Porque no les habría convenido estar dispersos aquí y allá en diversas posadas, siendo el pueblo traicionero y la ciudad turbulenta. Y concluimos por esto que el lugar era elevado, porque Lucas dice que, cuando llegaron a las gradas, Pablo fue llevado por los soldados. Y ya fuera que los soldados alzaran a Pablo en alto para llevarlo a salvo al cuartel o campamento, ya fuera que fuese así zarandeado por la violencia de la muchedumbre, este no era un servicio [oficio] de favor. Pero cuanto mayor era la crueldad de los que lo seguían, tanto más claramente declaró Dios que favorecía a su siervo al perdonarle la vida, para que, si hubiera sido asesinado en el tumulto, su muerte no quedara sin el debido fruto.
Hechos 21:37-40
37. ¿Se me permite hablarte algo? Pablo se ofreció a defender su causa, cosa que deben hacer todos los siervos de Dios. Pues debemos esforzarnos por dar a conocer nuestra integridad a todos los hombres, para que por nuestra infamia no sea blasfemado el nombre de Dios. Pero cuando el tribuno pregunta si Pablo no es aquel egipcio asesino que poco antes había arrastrado tras sí a una multitud de hombres, aprendamos que, por modesta y tranquilamente que se comporten los ministros de Cristo, y por libres que estén de toda culpa, no pueden escapar de los reproches y calumnias del mundo. Esto debemos notarlo para que nos acostumbremos a los oprobios y, al hacer el bien, estemos preparados para que hablen mal de nosotros. Cuando le pregunta por el egipcio, no se refiere a Teudas el hechicero, como suponen falsamente algunos; del cual hizo mención Gamaliel antes, en el capítulo 5 (Hch 5:36), y del cual habla Josefo más extensamente en el libro 20 de las Antigüedades. Pues, además de que leemos allí que Teudas se llevó solo a cuatrocientos hombres, y el tribuno cuenta en este lugar cuatro mil y dice que todos eran asesinos, hay más: que Teudas levantó aquella facción durante el reinado de Tiberio o de Augusto César; de la cual quedó solo un rumor oscuro, porque, en cuanto se envió tras ellos un destacamento de jinetes, fueron destruidos enseguida.
Sin embargo, me parece que Josefo se equivoca en que dice primero que Cuspio Fado fue enviado por Claudio, y luego añade que Teudas fue vencido por él, pues ya he mostrado antes que aquella primera insurrección se hizo cuando Claudio era aún un hombre privado. Aunque discrepa mucho de la narración de Lucas, incluso en el número, pues dice que unos treinta mil fueron hechos partícipes de la sedición, a menos que lo expliquemos así: que, después de ser puesto en fuga por Félix, huyó al desierto con cuatro mil. Y habría sido absurdo que el número se hiciera diez veces mayor, como también que una tropa sin pericia en la guerra, o del todo sin valor, fuera infamada con el nombre de asesinos. Porque, como Josefo atestigua, aquel seductor había engañado con falsas promesas al vulgo simple y crédulo, jactándose de que era un profeta de Dios que llevaría al pueblo a pie enjuto por en medio del Jordán.
Pero el mismo Josefo pone el asunto fuera de duda cuando dice que un egipcio, profeta, reunió una banda de hombres bajo el gobernador Félix y los llevó al monte de los Olivos, de los cuales fueron muertos cuatrocientos, presos doscientos y el resto dispersado. La historia estaba fresca en la memoria. Además, como el autor de la sedición había escapado y la región estaba llena de asesinos, no sin causa pregunta el tribuno a Pablo, al ver que todos lo odiaban tanto, si era aquel egipcio. Lucas no refiere una conversación más larga entre el tribuno y Pablo; pero es verosímil, puesto que ambos entendían la lengua griega, que tuvieron más plática. Por lo cual sucedió que, en cuanto Pablo se hubo justificado bien, se le concedió licencia para hablar al pueblo. Pues el tribuno nunca habría permitido que un hombre malvado hiciera discurso público alguno en una ciudad tan sospechosa.
Capítulo 22
Hechos 22:1-5
1. Varones hermanos y padres, oíd ahora mi defensa ante vosotros. 2. Y cuando oyeron que les hablaba en lengua hebrea, guardaron más silencio. Y dijo: 3. Yo de cierto soy un hombre judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad a los pies de Gamaliel, instruido conforme a la perfecta manera de la ley de los padres, celoso de Dios, como lo sois todos vosotros hoy. 4. Perseguí yo este Camino hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres; 5. como el sumo sacerdote también me es testigo, y todos los ancianos, de quienes también recibí cartas para los hermanos, y fui a Damasco para traer presos a Jerusalén también a los que estuviesen allí, para que fuesen castigados.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.