Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Hechos 7: comentario de Juan Calvino

Hechos 7:1

1. Todavía aparece cierto color de equidad en el sumo sacerdote y en el concilio; y, sin embargo, hay en sus palabras un prejuicio injustísimo; pues no le pregunta qué motivo tenía para enseñar así, ni lo admite a la defensa del derecho (que era, con todo, lo principal); sino que preguntó de manera tajante si Esteban había pronunciado estas palabras, fueran las que fueran; así como hoy los papistas no preguntarán qué doctrina es, ni si puede probarse por las Escrituras; sino que indagan si alguien se atrevió a murmurar contra sus supersticiones, para que, en cuanto sea convicto, puedan quemarlo enseguida. Además, la respuesta de Esteban puede parecer a primera vista absurda y necia. Comienza primero por el mismo principio; luego hace una larga narración en la cual, por así decir, no se hace mención del asunto de que se trata; y no puede haber mayor falta que pronunciar muchas palabras que nada tienen que ver con el asunto; pero quien considere a fondo este largo discurso no hallará en él nada superfluo, y percibirá muy bien que Esteban habla muy a propósito, como el asunto lo requería. Se le acusaba como apóstata (o rebelde) que intentaba el derrocamiento de la religión y del culto de Dios; por eso insiste con diligencia en que conserva a aquel Dios que los padres han adorado siempre, de modo que aparta de sí el crimen de perversa apostasía; y declara que sus enemigos eran movidos por cualquier cosa menos por el celo de la ley, pues aparentan estar del todo resueltos a aumentar la gloria de Dios; por eso les arranca esta falsa jactancia, y como tenían siempre a los padres en la boca, y estaban hinchados con la gloria de su nación, Esteban declara también que no tienen motivo para enorgullecerse de esto, sino más bien que las corrupciones de los padres fueron tantas y tan grandes que debían avergonzarse y humillarse.

En cuanto al estado principal de la causa, como la cuestión se refería al templo y a las ceremonias, afirma claramente que sus padres fueron elegidos por Dios como pueblo particular antes de que hubiera templo alguno y antes de que naciera Moisés; y a esto se encamina aquel exordio o comienzo tan remoto (traído de tan lejos). En segundo lugar, les dice que todos los ritos externos que Dios dio por mano de Moisés fueron hechos conforme al modelo celestial.

De donde se sigue que la ley ceremonial se refiere a otro fin, y que obran necia y desordenadamente los que omiten la verdad y se detienen solo en las señales. Si los lectores refieren todo el discurso de Esteban a estos puntos, no hallarán en él nada que no concuerde muy bien con la causa, como lo mostraré de nuevo brevemente al final; sin embargo, ese propósito de todo el discurso no impedirá que examinemos brevemente todo lo que merece ser notado.

Hechos 7:2

2. Varones, hermanos y padres. Aunque Esteban veía que los que estaban sentados en el concilio eran en su mayor parte enemigos jurados de Cristo, con todo, como a ellos pertenecía el gobierno ordinario del pueblo y tenían la supervisión de la Iglesia, a la cual Dios todavía no había desechado, no teme llamarlos padres, por modestia. Y no busca con ello ganar favor con adulaciones, sino que da esta honra al orden y al gobierno establecidos por Dios, hasta que se les quitara la autoridad, cambiado el orden. Sin embargo, la reverencia del lugar que ocupaban no le estorba ni le cierra la boca, sino que disiente libremente de ellos; con lo cual se ve cuán ridículos son los papistas, que quieren atarnos a títulos desnudos y vanamente inventados para obligarnos a suscribir sus decretos, por muy malvados que sean.

El Dios de la gloria. Con este comienzo declara que no está en desacuerdo ni disiente de los padres en la verdadera religión que ellos seguían; pues toda la religión, el culto de Dios, la doctrina de la ley y todas las profecías dependían de aquel pacto que Dios hizo con Abraham; así pues, cuando Esteban confiesa que Dios se apareció a Abraham, abraza la ley y los profetas, que fluyen de aquella primera revelación como de una fuente; además, lo llama Dios de la gloria para distinguirlo de los dioses falsos e inventados, pues solo él es digno de gloria.

Cuando estaba en Mesopotamia. Es bien sabido que se llama con este nombre la región que está entre los ríos Tigris y Éufrates; y dice antes que habitó en Harán, porque Abraham, advertido por un oráculo, huyó de Caldea a Harán, que es una ciudad de Mesopotamia, famosa por la matanza de Craso y del ejército romano; aunque Plinio dice que era una ciudad de Arabia; y no es de extrañar que Caldea esté comprendida en este lugar bajo el nombre de Mesopotamia, porque, aunque aquella región que está encerrada entre el Tigris y el Éufrates [Mesopotamia] es propiamente el país entre dos ríos, los que hacen alguna descripción de países llaman con este nombre tanto a Asiria como a Caldea.

La suma es esta: que Abraham, mandado por Dios, dejó su país, y así fue prevenido por la pura bondad de Dios, cuando buscaba en su tierra, por sí mismo, lo que se le ofrecía. Lee el último capítulo de Josué; pero parece que la narración de Moisés discrepa algo de esto, pues después de haber declarado, hacia el fin del capítulo 11 de Génesis, que Abraham iba [fue] a habitar en otro país, habiendo dejado su casa, añade, al comienzo del 12, que Dios habló a Abraham. Esto se responde fácilmente, pues Moisés no relata en este último lugar lo que sucedió después de la partida de Abraham; sino que, para que nadie pensara que Abraham andaba errante por otros países habiendo abandonado imprudentemente su casa (como suelen hacer a veces los hombres ligeros e indiscretos), muestra la causa de su partida, a saber, que Dios le había mandado mudarse a otro lugar. Y esto es lo que significan las palabras del oráculo. Pues si hubiera sido ya un extranjero en otro país, Dios no habría podido mandarle que saliera de su suelo natal, dejando a sus parientes y la casa de su padre. Por tanto, vemos que este lugar concuerda maravillosamente con las palabras de Moisés. Pues después de que Moisés ha dicho que Abraham fue a Harán, para mostrar que este viaje fue emprendido no por ligereza del hombre, sino por mandato de Dios, añade después lo que antes había omitido; manera de hablar muy usada entre los hebreos.

Hechos 7:3

3. Sal de tu tierra. Dios usa muchas palabras para herir más el ánimo de Abraham, como si no fuera cosa bastante dura por sí misma ser desterrado de su propio país. Y esto servía para probar su fe; lo mismo que aquello otro: que Dios no le asigna tierra alguna en que habitar, sino que lo deja en duda y a la espera por un tiempo. Por eso la obediencia de Abraham debe alabarse tanto más, porque la dulzura del suelo natal no lo retiene de irse de buena gana, por así decir, al exilio; y porque no duda en seguir a Dios, aunque no aparezca lugar de descanso cierto, sino que se le manda andar errante de un sitio a otro por un tiempo. Puesto que se difiere el mostrarle la tierra, poco difiere esto de engañarlo.

Además, aprendemos de continuo por nuestra propia experiencia cuán provechoso fue para Abraham ser así ejercitado y, por así decir, adiestrado poco a poco. Muchos son llevados por un afecto piadoso a emprender grandes cosas, pero enseguida, en cuanto se les enfría el ardor, se arrepienten de su propósito y quisieran sacar el cuello del yugo. Por eso, para que Abraham no desfalleciera en medio de su carrera, por el recuerdo de lo que había dejado atrás, Dios criba y prueba a fondo su ánimo inmediatamente después de haber comenzado, para que no emprenda nada a la ligera e inconsideradamente. A esto sirve la parábola que Cristo nos propone sobre la edificación de la torre (Lc 14:28). Pues enseña que primero debemos calcular los gastos, no sea que con vergüenza nos veamos obligados a dejar de edificar después de haber comenzado. Y aunque esto fuera algo particular en Abraham, en cuanto se le mandó salir de su propio país e ir a un país lejano, y en cuanto Dios lo llevó de lugar en lugar, sin embargo hay en estas palabras cierta figura del llamamiento de todos nosotros. No se nos manda a todos, sin más, abandonar nuestro país, pero se nos manda negarnos a nosotros mismos; no se nos manda salir de la casa de nuestro padre, pero sí despedirnos de nuestra propia voluntad y de los deseos de nuestra propia carne. Y si el padre y la madre, la esposa y los hijos nos estorban para seguir a Dios, debemos abandonarlos a todos. A Abraham se le da el mandato de mudarse sin más; a nosotros se nos manda hacer lo mismo bajo condición. Pues si en algún lugar no podemos servir a Dios, debemos preferir el exilio antes que quedarnos en nuestro nido, perezosos y ociosos. Tengamos, pues, siempre ante los ojos el ejemplo de Abraham. Él es el padre de los fieles, fue probado de todas las maneras. ¿Olvida su país, sus amigos y a sí mismo para entregarse a Dios? (Ro 4:16-17). Si queremos ser tenidos por hijos de Dios, no debemos degenerar de él.

Que yo te mostraré. Debemos notar lo que toqué un poco antes: que Abraham es mantenido en duda para que su paciencia sea probada. Y esto debemos aplicarlo también a nuestro uso, para que aprendamos a depender enteramente de Dios. Y ciertamente es un ejercicio principal de nuestra fe poner nuestra confianza en Dios aun cuando no vemos nada. Dios, en verdad, muchas veces nos mostrará una tierra en que nos concede morada; sin embargo, como somos extranjeros en el mundo, no tenemos en ninguna parte lugar cierto y continuo de morada. Además, nuestra vida, como dice Pablo, está escondida (Col 3:3); y siendo semejantes a muertos, esperamos la salvación, que está escondida en el cielo. Por eso, en cuanto a nuestra habitación perpetua, Dios nos hace depender solo de su providencia cuando nos manda, por así decir, andar errantes en un país extraño. Para que tal dilación no nos desanime, debemos guardar esta regla general de la fe: que debemos ir adonde Dios nos llama, aunque no muestre lo que promete.

Hechos 7:4

4. Entonces, saliendo. En estas palabras se encomienda la prontitud y la buena voluntad de la fe. Pues cuando es llamado no pone dilación, sino que se apresura y somete todos sus afectos para que obedezcan el santo mandamiento de Dios. Es incierto por qué causa se detuvo en Harán; puede ser, sin embargo, que la debilidad de su padre lo hiciera quedarse allí, el cual, según leemos, murió allí poco después; o bien porque no se atrevió a ir más lejos hasta que el Señor le dijera adónde debía ir. En mi opinión, es más probable que lo detuvo allí por un tiempo el cansancio y la enfermedad de su padre, porque Esteban dice claramente que fue traído de allí después de la muerte de su padre.

Hechos 7:5-8

5. Y no le dio herencia en ella, ni siquiera la anchura de un pie; y prometió que se la daría en posesión, y a su descendencia después de él, cuando aún no tenía hijo. 6. Y Dios habló de esta manera: Tu descendencia peregrinará en tierra extraña; y la reducirán a servidumbre y la maltratarán durante cuatrocientos años. 7. Pero a la nación a la cual servirán, yo la juzgaré, dijo Dios. Y después saldrán y me adorarán en este lugar. 8. Y le dio el pacto de la circuncisión; y así engendró a Isaac y lo circuncidó al octavo día; e Isaac engendró a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.

Hechos 7:5

5. Debemos notar tres cosas en este lugar: que Dios ejercitó la paciencia de su siervo, porque, después de haberlo sacado de su propio país, habitó en la tierra de Canaán como extranjero.

[Primero:] Abraham no poseyó ni la anchura de un pie, salvo solo lo que compró para sepultar. Y no se cuenta como posesión lo que no sirve para los usos de esta vida. En segundo lugar, puesto que aquel campo fue comprado, Esteban dice con buenas razones que Dios no dio nada a Abraham. Pues aquello no podía obtenerse ni con dinero ni por ningún otro medio que el hombre pudiera inventar, lo que Abraham esperaba de la promesa.

En segundo lugar, debemos notar que, aunque Dios no mostró aún a Abraham la cosa misma, lo sostuvo sin embargo con su palabra. Y este es nuestro apoyo cuando Dios promete que está guardado para nosotros lo que aún no poseemos. Así pues, faltando la cosa, es decir, la posesión de la tierra, Abraham tenía como ayuda y apoyo la promesa de Dios; y contento con ella sola, no deseaba nada en la tierra de Canaán sino solo un lugar de descanso incierto en que pudiera peregrinar.

Como [επαγγελλεσθαι] significa simplemente prometer, pensé que no había motivo para traducirlo en este lugar, con Erasmo, por prometer de nuevo. Pues lo resuelvo en sentido adversativo: aunque había prometido, para que de paso notemos, por así decir, una apariencia de engaño, a menos que quizá alguien quiera aplicarlo a las promesas que a menudo se repiten.

En tercer lugar, debemos notar que la promesa era tal que poco difería de una mera burla. Dios prometió la tierra a la descendencia de Abraham cuando este tenía ochenta años y tenía por mujer a una estéril, y no tenía esperanza alguna de tener hijos. Esto parece ser más que frívolo. Pues ¿por qué no promete más bien que le dará descendencia? Pero esta fue una notable prueba de fe, pues Abraham, sin hacer pregunta alguna ni disputa curiosa, abrazó con obediencia y mansedumbre lo que había oído salir de la boca del Señor. Recordemos, pues, que Dios levanta y consuela así a su siervo con su palabra, que no solo difiere el dar la cosa, sino que puede parecer en cierto modo que se burla de él; como trata también con nosotros en algún aspecto. Pues aunque nos llama herederos del mundo (Stg 2:5), permite a menudo que nos falte incluso un sustento suficiente y las ayudas necesarias. Y esto lo hace a propósito, para reducir a nada la sabiduría de la carne, puesto que de otro modo no damos a su palabra la honra debida.

Hechos 7:6

6. Tu descendencia será extranjera. Esteban recuerda a los judíos en cuán miserable y afrentoso estado se hallaban sus padres en Egipto; y muestra que esta servidumbre con que fueron oprimidos no vino por casualidad, porque fue predicha mucho antes por el oráculo de Dios. Esta historia debía tener gran fuerza, en parte para domar sus ánimos altivos y enseñarles modestia; en parte para poner de relieve la gracia de Dios, porque Dios siempre había tenido cuidado de aquella nación. Pues es un beneficio singular que el pueblo fuera restaurado maravillosamente, por así decir, de la muerte a la vida. Entretanto, se enseña a los judíos que la Iglesia de Dios estuvo en otro lugar que en la tierra en que habitaban; que los padres fueron elegidos para ser un pueblo particular, y que fueron guardados a salvo bajo la tutela de Dios antes de que se edificara el templo o se instituyeran los ritos externos de la ley.

Estas cosas pertenecen al propósito general o designio del discurso. Pero de aquí podemos sacar una amonestación provechosa. La servidumbre es de suyo dura y amarga; pero cuando se le añade la crueldad de los amos, parece intolerable. Por eso era forzoso que el ánimo del hombre piadoso quedara gravemente herido cuando oyó que su descendencia serviría y sería tratada vil y cruelmente. Además, esta no era una prueba pequeña, porque estas cosas eran, a la vista, contrarias: la herencia de la tierra de Canaán, que ahora se prometía, y la servidumbre en un país extraño. Pues ¿quién no habría pensado que Dios se había olvidado, por así decir, de su promesa anterior, cuando dice a Abraham que su descendencia soportará una miserable servidumbre? Dice al principio que dará la tierra a su descendencia. Pero él aún no tenía descendencia; más aún, toda esperanza de descendencia estaba ya cortada. ¿Pero cuándo promete que se la dará? Después de su muerte. Enseguida dice que esa descendencia sería llevada a otro lugar para servir a extraños. ¿Y por cuánto tiempo? Cuatrocientos años. ¿No parece, de esta manera, retirar su mano para no cumplir lo que había prometido?

Sepamos que esto se hizo (no una sola vez), pues Dios trata a menudo así con nosotros, de modo que puede parecer contrario a sí mismo; y habla también de tal manera que puede parecer que retira lo que había prometido. Por tanto, no puede ser sino que la carne juzgue que es contrario a sí mismo; pero la fe sabe que sus palabras concuerdan bien entre sí y con sus obras. Y este es el propósito de Dios: extender más lejos la vista de nuestra fe, mostrando sus promesas a lo lejos, por así decir, poniendo un largo espacio de por medio. Por eso es nuestro deber avanzar y esforzarnos por alcanzar aquella salvación que se nos propone a través de muchas estrecheces, de diversos estorbos, de larga distancia, en medio de los abismos y, finalmente, a través de la muerte misma. Además, puesto que vemos que el pueblo que Dios había elegido servía a los egipcios y era afligido sin miramientos, no debemos desanimarnos si nos está preparada hoy una condición semejante. Pues no es cosa nueva ni inusitada que la Iglesia de Dios yazca oprimida bajo la tiranía y sea, por así decir, pisoteada por los impíos.

Hechos 7:7

7. La nación a la cual servirán. Este juicio está unido a la liberación del pueblo. Pues cuando Dios castiga la crueldad y la tiranía de los impíos egipcios, lo hace por causa de su pueblo, al que tomó bajo su tutela, para que se vea que es el libertador de su Iglesia. Por eso, cuantas veces seamos afligidos injustamente por los impíos, recordemos que Dios es el Juez del mundo, que no dejará sin castigo ninguna injuria. Piense cada uno así consigo mismo: Puesto que estoy bajo la tutela de Dios, que es el Juez del mundo y a quien pertenece castigar todas las injurias, no escaparán de su mano los que ahora me molestan. Hay un lugar semejante en Dt 32:43, donde Dios dice que suya es la venganza. De donde Pablo concluye que debemos dar lugar a la ira (Ro 12:19); como si dijera que esto debe servir para corregir la impaciencia y refrenar nuestros malos afectos, porque Dios promete que vengará; pues el que se venga a sí mismo le quita a Dios su oficio. Y recordemos aún lo que ya he dicho: que Dios se conmueve con un cuidado especial para vengar las injurias hechas a sus hijos, como está en el Salmo: «No toquéis a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas».

Saldrán de allí y me servirán. Así pues, su liberación precedió al templo y al culto de la ley; de donde se sigue que la gracia de Dios no estaba atada a las ceremonias. Sin embargo, Esteban señala el fin de su liberación: que Dios escogió tanto un pueblo particular como un lugar particular para el verdadero culto de su nombre. De donde concluimos de nuevo que debemos atender a lo que él manda y aprueba. También otras naciones estaban resueltas a adorar a Dios; pero como sus ritos eran corruptos y bastardos, Dios separa a los judíos de los demás y les asigna un lugar donde quiere que le adoren sincera y debidamente, como deben. Este lugar nos enseña que los beneficios de Dios deben referirse a este fin: que los hombres sean llevados a consagrarse y entregarse enteramente a él. Ahora bien, puesto que Dios ha esparcido los tesoros de su gracia por todo el mundo, debemos esforzarnos por santificarlo adorándolo pura y santamente, en cualquier país que habitemos.

Hechos 7:8

8. Le dio el pacto. Al confesar que la circuncisión es el pacto de Dios, se libra suficientemente del crimen que se le imputaba; pero, entretanto, muestra que los judíos obran mal si ponen el comienzo de su salvación en la señal externa. Pues si Abraham fue llamado, y se prometieron la tierra y la redención a su descendencia antes de que fuera circuncidado, se ve que la gloria de todo el linaje no depende de la circuncisión. Pablo usa el mismo argumento en el capítulo 4 de Romanos (Ro 4:11). Pues, viendo que Abraham obtuvo la justicia y agradó a Dios antes de ser circuncidado, deduce de ahí que la circuncisión no es la causa de la justicia. Vemos, pues, que Esteban no forma una narración vana y ociosa; porque esto era muy pertinente a la causa, a fin de que los judíos recordaran cómo Dios los había adoptado junto con sus padres, y es de pensar que Esteban expresó claramente ambas cosas: que, aunque la circuncisión fue dada por Dios para que fuera señal de gracia, la adopción la precedió tanto en orden como en tiempo. Pero no necesitamos disputar más en este lugar sobre la naturaleza y la fuerza de la circuncisión. Notemos solo esto: que Dios promete primero a Abraham aquello que confirma después por la circuncisión, para que sepamos que las señales son vanas y de nada valen si no las precede la palabra. Notemos también que en la palabra pacto se contiene una doctrina provechosa, a saber, que Dios hace su pacto con nosotros en los sacramentos para declarar su amor hacia nosotros; lo cual, si es verdad, primero, no son solo obras de profesión externa entre los hombres, sino que tienen gran fuerza interiormente ante Dios para confirmar la fe. En segundo lugar, no son figuras vanas; porque Dios, que es veraz, nada figura allí que no cumpla.

Hechos 7:9-16

9. Y los patriarcas, movidos por la envidia, vendieron a José para Egipto. Con todo, Dios estaba con él; 10. y lo libró de todas sus aflicciones; y le dio gracia y sabiduría ante Faraón, rey de Egipto, quien lo hizo gobernador sobre Egipto y sobre toda su casa. 11. Y vino hambre sobre toda la tierra de Egipto y de Canaán, y gran aflicción; y nuestros padres no hallaban alimentos. 12. Y cuando Jacob oyó que había trigo en Egipto, envió allá primero a nuestros padres. 13. Y en la segunda venida José fue reconocido por sus hermanos; y el parentesco de José fue dado a conocer a Faraón. 14. Entonces José envió y llamó a su padre Jacob y a toda su parentela, setenta y cinco almas. 15. Y Jacob descendió a Egipto, y murió él, y nuestros padres; 16. y fueron llevados a Siquem, y fueron puestos en el sepulcro que Abraham había comprado por dinero de los hijos de Hamor, hijo [padre] de Siquem.

Hechos 7:9

9. Ahora sigue la mayor maldad de la nación de Israel: que conspiraron juntos para oprimir a su hermano inocente, crueldad contraria a la naturaleza. Ni podían los judíos objetar que era una falta privada de unos pocos; pues la infamia alcanza a todo el pueblo, ya que todos los patriarcas, salvo Benjamín, se habían contaminado con aquella traición; por eso, el que Esteban se digne darles un nombre honroso redunda en mayor afrenta de la nación. Se jactaban orgullosamente de sus padres; él muestra qué clase de personas eran los principales de ellos: a saber, asesinos de su hermano, en cuanto estuvo en ellos. Pues, además de que la esclavitud era una especie de muerte, sabemos qué intentaron al principio y, en segundo lugar, qué crueles castigos sufrió José, de todo lo cual eran culpables sus hermanos. Con esto se ve que Dios fue generoso y misericordioso con los que le eran, por así decir, reacios y le resistían. Pues habrían destruido a aquel que iba a ser el autor de salud y socorro. Por eso hicieron cuanto pudieron por renunciar a todos los beneficios de Dios. Así declarará después que Moisés fue rechazado cuando Dios lo ofrecía como redentor. Por tanto, los judíos tienen poco motivo para jactarse de la excelencia de su linaje; solo les queda esto: que, avergonzados, confiesen que todo lo que son lo tienen por pura misericordia de Dios, y que consideren que la ley fue dada para ponerla de relieve.

Dios estaba con él. Dios no estaba con él de modo que mostrara siempre su poder ayudándolo. Pues no es poco lo que se dice en el Salmo (105:18): «Y entró el hierro en su alma». Sin duda era forzoso que estuviera en gran angustia cuando, destituido de toda ayuda, sufrió también afrenta junto con cadenas y el castigo de un hombre impío y malvado; pero Dios suele estar presente con los suyos de tal manera que permanece oculto por un tiempo. Y el fin fue una señal evidente de su presencia, que José no vio al principio. Además, debemos recordar de vez en cuando que José no fue librado porque hubiera invocado a Dios en un templo, sino lejos, en Egipto.

Hechos 7:10

10. Esteban añade el medio: que Dios le dio gracia ante Faraón. Dios habría podido librarlo por otros medios, pero su consejo miraba a algo más lejano: que José, siendo gobernador del reino, pudiera sustentar a su padre y a toda su familia. En estas dos palabras, gracia y sabiduría, hay la figura hypallage. Pues la sabiduría de que José estaba dotado fue la causa de que hallara gracia; aunque confieso que eran dos beneficios distintos. Pues, aunque José fuera fiel intérprete de sueños y sobresaliera en sabiduría divina, el orgulloso tirano nunca lo habría llevado a tan gran honor si Dios no hubiera inclinado el ánimo de Faraón a cierto afecto inusitado; sin embargo, debemos considerar el orden por el cual Dios suele conducirlo a la gracia. Sabiduría no significa solo el don de profecía para interpretar sueños, sino prudencia para dar consejo; pues Moisés pone ambas. Lo que Esteban refiere de un solo hombre en este lugar se extiende a todos. Pues cualquier aptitud y destreza que haya en los hombres debe contarse entre los dones de Dios, y como dones suyos especiales. Y es él quien da buen éxito como le place, para que sus dones sean provechosos al fin para el cual le pareció bien darlos. Por eso, aunque José sea hecho por Faraón gobernador principal de Egipto, es elevado a tan gran honor propiamente por la mano de Dios.

Hechos 7:11-13

11. Vino hambre. Con esto se ve que la liberación de José fue un beneficio común a toda la familia de Jacob. Pues, acercándose el hambre, José fue enviado delante a tiempo para proveer sustento con que alimentar a los hambrientos; como él mismo reconoce en este punto el admirable consejo de Dios. Sin embargo, la libre bondad de Dios aparece claramente en la persona de José, al ser puesto para nutrir y alimentar a sus hermanos, que lo habían vendido y con ello lo habían enviado lejos, y pensaban que había desaparecido por completo del mundo. Pone alimento en la boca de los que lo habían arrojado a un pozo y lo habían privado del aire y del aliento común. En fin, nutre y conserva la vida de aquellos que no temieron quitarle la suya. Entretanto, Esteban recuerda a los judíos que los patriarcas se vieron obligados a salir de aquella tierra que les había sido dada en herencia, y que murieron en otro lugar. Por tanto, puesto que eran peregrinos en ella, son al fin desterrados de la misma.

Hechos 7:14-15

14. Cuando dice que Jacob descendió a Egipto con setenta y cinco almas, no concuerda con las palabras de Moisés; pues Moisés menciona solo setenta. Jerónimo piensa que Lucas no pone, palabra por palabra, lo que Esteban había dicho, o que tomó este número de la traducción griega de Moisés (Gn 46:27), ya porque él mismo, siendo prosélito, no tenía conocimiento de la lengua hebrea, ya porque quiso conceder esto a los gentiles, que solían leerlo así. Además, es incierto si los intérpretes griegos pusieron este número a propósito, o si se coló [se deslizó] después por descuido [error]; lo cual (me refiero a lo último) bien pudo ser, porque los griegos solían escribir sus números con letras. Agustín, en el libro 26 de La ciudad de Dios [De Civitate Dei], piensa que los sobrinos y parientes de José están comprendidos en este número; y así piensa que las palabras descendió significan todo el tiempo que Jacob vivió. Pero esa conjetura no puede recibirse de ningún modo. Pues, entretanto, también a los otros patriarcas les nacieron muchos hijos. A mí me parece cosa verosímil que los Setenta Intérpretes tradujeron fielmente lo que estaba en Moisés. Y no podemos decir que se equivocaron; pues en Dt 10, donde se repite este número, concuerdan con Moisés, al menos tal como se leía ese lugar sin duda alguna en tiempo de Jerónimo; porque los ejemplares que hoy se imprimen lo tienen de otro modo. Por tanto, pienso que esta diferencia vino por el error de los copistas que transcribían los libros. Y no era asunto de tanto peso como para que Lucas debiera inquietar a los gentiles, acostumbrados a la lectura griega. Y puede ser que él mismo pusiera el número verdadero, y que alguien lo corrigiera mal a partir de aquel lugar de Moisés. Pues sabemos que los que tenían en las manos el Nuevo Testamento ignoraban la lengua hebrea, aunque eran hábiles en la griega.

Por tanto, para que las palabras de Esteban concordaran con el lugar de Moisés, es de pensar que aquel número falso que se hallaba en la traducción griega del Génesis fue puesto por ellos también en este lugar; y si alguien porfía más obstinadamente sobre esto, dejémosle ser sabio sin medida. Recordemos que no sin causa nos prohíbe Pablo ser demasiado curiosos acerca de las genealogías. Este número tan pequeño se expresa a propósito, para que el poder de Dios aparezca más claramente en tan gran multiplicación de aquel linaje, que no fue de larga duración. Pues un puñado tan pequeño de hombres no podía, por ningún modo humano de engendrar, crecer hasta una multitud tan infinita como la que se registra en Éx 12:37 en el plazo de doscientos cincuenta años. Debemos más bien ponderar el milagro que el Espíritu nos encomienda en este lugar que detenernos largo rato en una letra por la cual se altera el número. Surgen otras cuestiones (y de más difícil respuesta) del resto del texto [contexto].

Hechos 7:16

16. Esteban dice que los patriarcas fueron llevados a la tierra de Canaán después de muertos. Pero Moisés menciona solo los huesos de José (Gn 1:13). Y en Jos 24:32 se refiere que los huesos de José fueron sepultados, sin hacer mención de los demás. Algunos responden que Moisés habla de José por honor, porque había dado orden expresa acerca de sus huesos, lo cual no leemos que se hiciera con los demás. Y ciertamente, cuando Jerónimo, en la peregrinación de Paula, dice que ella pasó por Siquem, dice que vio allí los sepulcros de los doce patriarcas; pero en otro lugar menciona solo el sepulcro de José. Y puede ser que se hubieran erigido tumbas vacías a los demás. No puedo afirmar nada con certeza sobre este asunto, salvo solo que esto es o un modo de hablar en que hay sinécdoque, o que Lucas lo relata no tanto de Moisés como según la antigua fama; pues los judíos tenían muchas cosas de tiempos pasados recibidas de los padres, transmitidas, por así decir, de mano en mano. Y cuando dice después que fueron puestos en el sepulcro que Abraham había comprado a los hijos de Hamor, es manifiesto que hay una falta [error] en la palabra Abraham. Pues Abraham había comprado una cueva doble a Efrón el heteo (Gn 23:9) para sepultar a su mujer Sara; pero José fue sepultado en otro lugar, a saber, en el campo que su padre Jacob había comprado a los hijos de Hamor por cien corderos. Por tanto, este lugar debe enmendarse.

Hechos 7:17-19

17. Y cuando se acercaba el tiempo de la promesa que Dios había jurado a Abraham, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto, 18. hasta que se levantó otro rey que no conocía a José: 19. este trató con astucia a nuestro parentesco; maltrató a nuestros padres para que echaran fuera a sus niños, a fin de que no se multiplicaran.

Hechos 7:17-18

17. Esteban pasa a la liberación del pueblo, la cual fue precedida por aquella descendencia innumerable que había crecido, más allá de lo ordinario, en no largo espacio de tiempo. Por eso pone esto como un don singular de Dios, que el pueblo creciera, para que sepamos que eso no sucedió según la costumbre común o acostumbrada de la naturaleza. Pero, por otro lado, Dios parece quitar a los judíos toda esperanza, porque Faraón los aflige tiránicamente y su servidumbre crece cada día. Y cuando se les manda echar fuera a sus hijos varones, parece que la destrucción de toda la nación estaba a la puerta. Se da otra señal de liberación cuando Moisés sale a la luz; pero como enseguida es rechazado y obligado a huir al exilio, no queda más que pura desesperación. La suma es esta: que Dios, acordándose de su promesa, hizo crecer al pueblo a su tiempo para cumplir lo que había jurado a Abraham; pero los judíos (como eran ingratos y perversos) rechazaron la gracia de Dios, de modo que hicieron cuanto pudieron por cerrarse a sí mismos el camino. Además, debemos notar en este lugar la providencia de Dios, pues ordena de tal modo el curso de los tiempos que sus obras tienen siempre su oportunidad. Pero los hombres que se apresuran desordenadamente en sus deseos no pueden esperar con paciencia ni estar tranquilos hasta que Dios muestre su mano; por esta causa, porque no atienden a aquella moderación de que he hablado. Y para que Dios ejercite la fe de sus hijos, cuantas veces aparece con señales alegres de gracia, les opone por el otro lado otras cosas que cortan de repente la esperanza de salvación. Pues ¿quién no habría dicho de los hebreos que estaban del todo perdidos cuando el mandato del rey ordenaba dar muerte a todos los niños varones? Por lo cual es más necesaria para nosotros la meditación de esa doctrina: que Dios mata y da vida; hace descender al Seol y hace subir.

Hechos 7:19

19. Trató con astucia. El antiguo intérprete no tradujo mal engañar. Pues Esteban quiere decir que el rey de Egipto inventó con astucia nuevos subterfugios y pretextos malvados para echar de vez en cuando cargas más pesadas sobre el pueblo, como hacen casi todos los tiranos; pues por muy injustamente que vejen a sus súbditos, son demasiado ingeniosos para inventar excusas. Y no se ha de dudar de que Faraón abusó de este color honesto: que no era justo que los judíos, que eran peregrinos, tuvieran de balde un lugar de morada en su reino, y que estuvieran libres de todas las cargas, puesto que disfrutaban de grandes comodidades. Así, con engaño, hizo de hombres libres viles esclavos. Cuando Esteban dice que este tirano no conocía a José, se ve con esto cuán pronto se borra entre los hombres el recuerdo de los beneficios. Pues aunque todos de común acuerdo detestamos la ingratitud, no hay vicio más común entre nosotros.

A fin de que no se multiplicaran. Erasmo traduce esto impropiamente, a mi juicio. Pues [Ζωογονεισθαι] expresa más que para que sus hijos no vivieran. Porque la palabra se toma de que el pueblo permanece siempre vivo en la descendencia. Y, además, Esteban no enumera todas las partes de su maltrato, sino que pone un ejemplo de crueldad extrema. De donde podemos colegir fácilmente cuán cerca estuvo de la destrucción toda la descendencia de Abraham. Pues Faraón parecía haberlos matado a todos con aquel mandato como con un solo golpe de espada. Pero tan violenta barbarie puso más de relieve el poder inesperado e increíble de Dios; porque, aunque Faraón luchó contra Dios por todos los medios posibles, todo es en vano.

Hechos 7:20-29

20. En aquel tiempo nació Moisés, que era agradable a Dios; y fue criado tres meses en casa de su padre. 21. Y cuando fue echado fuera, la hija de Faraón lo recogió y lo crió como a hijo suyo. 22. Y Moisés fue enseñado en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabras y obras. 23. Y cuando se cumplió el tiempo de cuarenta años, le vino al corazón visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. 24. Y al ver a uno de ellos que sufría agravio, lo defendió e hizo justicia por el que recibía el agravio, hiriendo al egipcio. 25. Y pensaba que sus hermanos entenderían que Dios les daría liberación por su mano; pero no lo entendieron. 26. Al día siguiente se presentó a ellos cuando reñían, y los puso en paz, diciendo: Señores, ustedes son hermanos; ¿por qué se hacen daño el uno al otro? 27. Pero el que hacía injuria a su prójimo lo rechazó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por príncipe y juez sobre nosotros? 28. ¿Quieres matarme a mí, como mataste ayer al egipcio? 29. Al oír esta palabra, Moisés huyó y se hizo extranjero en la tierra de Madián, donde engendró dos hijos.

Hechos 7:20-21

20. No sin causa señala Esteban la circunstancia del tiempo. Moisés nació justo cuando el rey había mandado echar fuera a todos los niños varones. Por eso parece que el ministro de la liberación muere antes de nacer. Pero aquel tiempo es el más apropiado para que Dios obre, cuando no se ha de esperar esperanza ni consejo de manos de los hombres. Y se ve también con toda claridad cómo Dios perfecciona su poder en la debilidad del hombre (2 Co 12:9). Moisés es guardado tres meses, pero al fin sus padres (para salvar sus propias vidas) se ven obligados a echarlo al río. Solo lo ponen en un arquita, para que no perezca enseguida. Cuando la hija de Faraón lo recoge, escapa ciertamente de la muerte, pero de modo que pasa a otra nación, separado del parentesco de Israel. Más aún, estaba llamado a ser un adversario muy molesto para su nación, si Dios no hubiera refrenado su ánimo. Pasan cuarenta años antes de que muestre alguna señal de buena voluntad fraterna.

Hechos 7:22

22. Cuando Lucas refiere que fue enseñado en toda la sabiduría de los egipcios, lo pone en su elogio como punto de excelencia. Sin embargo, podría haber sucedido, como sucede a menudo, que, hinchado con las ciencias profanas, hubiera despreciado al pueblo bajo y común; pero como Dios había determinado redimir a su pueblo, entretanto forma tanto el ánimo de Moisés como todas las demás cosas para llevar a cabo su obra. La razón de la carne del hombre murmuraría en este lugar: ¿Por qué disimula Dios tan largas miserias del pueblo? ¿Por qué permite que Faraón se ensañe cada día más cruelmente? ¿Por qué no permite que Moisés crezca entre su propio pueblo? ¿Por qué lo separa en cierto modo del parentesco de Israel, siendo adoptado por la hija del rey? ¿Por qué permite que permanezca entre los placeres de la corte y no lo saca más bien de allí? Pero el fin mismo es tan admirable que nos vemos obligados a confesar que todas estas cosas fueron gobernadas con singular consejo y orden para poner de relieve la gloria de Dios.

Cuando dije que Lucas habla en este lugar de la ciencia de los egipcios por honor, no quisiera que se entendiera como si en ella no hubiera corrupción alguna. Puesto que la astrología considera la admirable obra de Dios, no solo en la colocación de los astros y en tan excelente variedad, sino también en su movimiento, fuerza y oficios secretos, es una ciencia provechosa y digna de alabanza. Los egipcios pusieron en ella gran estudio, pero, no contentos con el orden simple de la naturaleza, se extraviaron también en muchas especulaciones necias, como los caldeos. Es incierto si Moisés fue infectado o no por estas supersticiones. Sea como fuere, vemos con cuánta sinceridad y claridad nos pone ante los ojos, para que lo consideremos, lo que en la estructura del mundo pertenece a la piedad. Sin duda esto fue excelente modestia, en cuanto que el que podía razonar con hombres doctos e ingeniosos sobre los secretos de la naturaleza no solo omite las sutilezas más elevadas, sino que desciende también a la capacidad común del hombre más sencillo, y expone en estilo común a los hombres iletrados aquellas cosas que perciben por experiencia. Cuando Justiniano [Justino] parlotea acerca de Moisés, lo hace mago, que con malabarismos y encantamientos abrió paso al pueblo por el Mar Rojo; de modo que Satanás no solo intentó sepultar el poder de Dios, sino también blasfemar contra él. Pero sabemos que Moisés no luchó con los encantadores por magia, sino que hizo solo lo que Dios le había mandado.

Además, los egipcios tenían una divinidad mística con la cual coloreaban sus inventos delirantes y monstruosas abominaciones, como si quisieran probar que desvariaban no sin razón; como los papistas, que, aunque engañan y burlan a los hombres como comediantes en su misa y en otros ritos necios, inventan sin embargo misterios para persuadir a los hombres de que allí no hay sino lo divino. El común de los sacerdotes no puede subir tan alto, pero los que entre ellos quieren ser tenidos por más astutos no omiten rito alguno, por necio e infantil que sea, afirmando que hay algún misterio espiritual en cada [uno] de ellos. Existe sobre este asunto una mezcolanza necísima, que llaman el Rationale de los Oficios Divinos. Pero como solo los sacerdotes sacrificadores usaban entre sí tales desvaríos, no se ha de pensar que Moisés, cuya crianza fue principesca, gastó tiempo alguno en ellos, sino que fue enseñado en las artes liberales.

Era poderoso. Esta frase expresa entre los hebreos una doble excelencia: cuando el que sobresale en ingenio y saber es también apto para emprender y llevar a cabo cosas grandes y de peso. El sentido de Esteban es, pues, que Moisés estaba dotado de dones raros, de modo que todos confesaban que era un hombre singular. Pero viéndolo en tal estima, los israelitas tenían menos esperanza de que fuera el ministro que obraría su liberación.

Hechos 7:23

23. Cuando se cumplió el tiempo. Muchos infieren de esto que Moisés nunca estuvo apartado de ánimo de su nación; pero las palabras de Esteban se inclinan más bien a lo contrario, a saber, que el Espíritu de Dios despertó al fin su ánimo, como de un sueño, para que fuera por fin a visitar a sus hermanos, a quienes había descuidado largo tiempo. Es de pensar que no ignoraba de qué linaje procedía, pues tenía alguna señal de ello en su carne, y como el rumor de ello se había extendido por la corte, porque la hija del rey no podía adoptarlo por hijo sin alguna sospecha de maldad si su parentesco no hubiera sido conocido; sin embargo, pasó largo tiempo antes de que tuviera valor para atreverse a dar a conocer el amor que tenía a su parentela. Y esto sirve no poco para poner de relieve la gloria de Dios: que Moisés, ignorante de su llamamiento, permanece largo tiempo ocioso en la corte del rey y es llamado después por el Señor contra la esperanza de todos los hombres y también contra la suya propia. Por eso, este nuevo cuidado por sus hermanos que le vino al ánimo procedió de un nuevo e inusitado movimiento del Espíritu de Dios.

Hechos 7:24-25

24. Al ver a uno. Moisés no llegó a este espectáculo por casualidad, sino que, habiéndolo Dios destinado a ser libertador de su pueblo, quiso que diera esta señal y, por así decir, hiciera este comienzo. Pues Esteban expresa claramente que no intentó nada inconsideradamente, sino que hizo lo que convenía al que había sido destinado a ser libertador del pueblo, sabiendo que había sido llamado a ello. Pues si Dios no lo hubiera armado (y hecho poderoso), habría sido cosa del todo ilícita para él matar a hombre alguno, por malvado que fuera. Es obra piadosa y digna de alabanza que un hombre se oponga a los malvados, defienda a los buenos de las injurias de los malvados y refrene su violencia; pero no corresponde a un particular castigar (o tomar venganza). Por tanto, era ilícito que Moisés matara al egipcio, salvo solo en cuanto el Señor le había puesto la espada en la mano conforme al derecho de su llamamiento. Pero este valor heroico y esta nobleza de corazón fue obra del Espíritu Santo; porque Dios muestra poderosamente su poder en aquellos a quienes destina a grandes asuntos, para que puedan cumplir su función. En suma, Esteban quiere decir que Moisés se ofrecía ya entonces como ministro de liberación, cuando el día estaba cerca según el pacto hecho con Abraham, aunque el pueblo no esperaba nada menos.

Hechos 7:26-29

26. Al día siguiente se presentó. Esteban declara ahora que los padres no solo descuidaron, sino que rechazaron con malicia la gracia de Dios. Pues aunque el mal que menciona procedió de un solo hombre, con razón asigna la culpa a todos. Pues si hubieran sido agradecidos a Dios, todos de común acuerdo habrían reprimido su atrevimiento. Pero callan, y permiten que se le eche en cara a Moisés el buen servicio que había hecho; y, en cuanto está en ellos, ponen en extremo peligro a aquel a quien debían haber defendido poniéndose ellos mismos en peligro. Su designio es, pues, este: que el pueblo mismo tuvo la culpa de no haber sido liberado y aliviado antes. Así la maldad de los hombres impide a menudo que Dios haga lo que querría. Él está dispuesto a ayudar a los suyos a su tiempo, pero nosotros retenemos su mano lejos de nosotros con diversos estorbos, y después nos quejamos de su lentitud, pero sin razón. Además, esta ingratitud era demasiado malvada contra Dios y demasiado cruel contra Moisés. Debían dar gracias a Dios por darles un patrono tan fiel en la corte del rey. Debían amar y reverenciar a Moisés; pero lo pagaron muy mal con amenazas y reproches. Además, en cuanto el hecho llegó a oídos del rey, hemos de imputarlo forzosamente a la traición del pueblo. Por tanto, así como después, cuando el pueblo pudo ver la tierra de Canaán, por su propia necedad se impidió entrar en ella, así ahora, rechazando la gracia de Dios en la persona de un solo hombre, hacen que el tiempo de su liberación se difiera cuarenta años. Pues aunque Dios había determinado lo que haría, con justicia son culpados de la tardanza los que estorban a Moisés en su oficio.

Hombres, ustedes son hermanos. Hay, ciertamente, entre los hombres una unión general, de modo que deben usar gran cortesía unos con otros y abstenerse de toda injuria; pero esto es más indecoroso e intolerable cuando se hacen daño los que están más estrechamente unidos. Por eso Moisés no usa solo una razón general para hacer volver los ánimos de los que deseaban hacer daño, sino que menciona su parentesco y comunión de sangre para ablandar su crueldad. Pero todo en vano; pues el que había hecho injuria a su prójimo lo rechaza con atrevimiento y añade amenaza. Y esto es cosa común entre los hombres; pues la mala conciencia arrastra a los hombres al furor, y cuanto peor es la causa de cada uno, con más osadía y crueldad se engríe. ¿Pero con qué color se opone tan obstinadamente a Moisés el que tiene la peor causa? Dice que no es juez; pero Moisés no los reprendió con autoridad, sino que solo los amonestó amistosamente. ¿Es deber del juez solo amonestarnos cuando obramos mal? Pero este es un vicio común, propio de todas las personas obstinadas y rebeldes: no dar lugar a ninguna amonestación, salvo cuando se les fuerza con violencia y autoridad; más aún, son como los frenéticos [enloquecidos] que injurian a sus médicos. Por esta causa debemos ser tanto más cuidadosos en refrenar nuestra concupiscencia, no sea que nos lancemos de cabeza con tan ciego furor contra los que desean curar nuestros vicios. Además, se nos enseña con este ejemplo que los siervos de Dios no pueden cumplir su deber reprendiendo tales vicios de los hombres sin sufrir muchas injurias, ofender a muchos y correr peligros; y principalmente, cuando hacen bien, ciertamente oirán mal. Pero deben tragarse la indignidad de estos males, para no dejar por ello de hacer lo que el Señor les mandó y lo que él aprueba. Moisés es cargado aquí con una cruel falsa acusación: que usurpa la autoridad de gobernante, y con esto le imputan traición. En segundo lugar, se le echa en cara con afrenta que mató a un egipcio; ambas cosas eran muy odiosas. Con lo cual podemos colegir con cuán peligrosa tentación fue herido el ánimo del santo varón. Y como vemos que no se desanimó ni por el exilio ni por ningún otro mal, de modo que no se arrepintió de haber obrado bien, aprendamos también por su ejemplo a tener un ánimo y un corazón valientes y fuertes contra todos tales asaltos de Satanás.

Hechos 7:30-34

30. Y cuando se cumplieron cuarenta años, le apareció en el desierto del monte Sinaí el ángel del Señor, en una llama de fuego en una zarza. 31. Y en cuanto Moisés lo vio, se maravilló de la visión. Además, cuando se acercó para considerar, vino a él la voz del Señor: 32. Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob; y Moisés se estremeció y no se atrevió a acercarse. 33. Y el Señor le dijo: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa. 34. Viendo, he oído [visto] la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he oído su gemido, y he descendido para librarlos. Y ahora ven, te enviaré a Egipto.

Hechos 7:30

30. Y cuando se cumplieron cuarenta años. Como Moisés no era hombre torpe, cada uno de nosotros puede colegir fácilmente cuántas cosas pudieron venirle al ánimo que le hicieran desconfiar de su llamamiento. Las artimañas y astucias de Satanás son capciosas. Somos más que inclinados por naturaleza a la desconfianza; cualesquiera dudas que surjan en nuestro ánimo acerca de la palabra de Dios las admitimos con facilidad. Era un duro cambio ser arrojado de los deleites terrenales y de una vida suntuosa al penoso y humilde oficio de apacentar ovejas; y sobre todo porque Moisés veía que había pasado tanto tiempo y, enviado entretanto al desierto, ¿qué otra cosa podía imaginar consigo mismo sino que era vano y una burla manifiesta lo que el Señor había prometido? Puesto que, teniendo ya ochenta años, estaba ocupado en apacentar las ovejas de su suegro, ¿cuándo habría podido esperar que se le fuera a dar algún uso en la liberación del pueblo? Nos conviene muchas veces traer a la memoria estos combates de los piadosos hasta que queden bien grabados en ella, para que nuestro ánimo no desfallezca ni el corazón nos falte si el Señor nos hace esperar más de lo que quisiéramos. Además, Moisés da un notable ejemplo de modestia, pues en todo ese tiempo no intenta nada; no levanta tumultos ni se entromete de modo alguno para mandar, como suelen hacer los hombres inquietos; sino que se emplea en su oficio de pastor con tanta diligencia como si nunca hubiera de ser llamado a un cargo mayor. Pero mientras espera con tanta paciencia el momento del Señor, él [el Señor] le aparece por fin.

Le apareció el ángel del Señor. Se pregunta primero quién era este ángel, y en segundo lugar por qué apareció en tal forma. Pues después de que Lucas lo ha llamado ángel, lo introduce enseguida hablando así: Yo soy el Dios de Abraham, etc. Algunos responden: Así como Dios atribuye y comunica a veces a sus ministros lo que es más propio de sí mismo, no es cosa absurda ni inconveniente que se les dé su nombre; pero como este ángel afirma manifiestamente que es el Dios eterno, el único que es y en quien todas las cosas tienen su ser, debemos restringir necesariamente este título a la esencia de Dios; porque no puede convenir de ningún modo a los ángeles. Se podría decir con más propiedad que, como el ángel habla en nombre del Señor, toma sobre sí su persona, como si declarara sus mandamientos palabra por palabra, como de la boca de Dios, manera de hablar que es usual en los profetas; pero cuando Lucas diga después que este era el mismo ángel por cuya asistencia y guía Moisés libró al pueblo, y Pablo, en el capítulo 10 de la Primera a los Corintios (1 Co 10:4), afirma que Cristo era aquel guía, no hay motivo para que nos maravillemos ahora de que el ángel tome para sí lo que es propio de Dios solo.

Por tanto, establezcamos ante todo como cosa segura que nunca, desde el principio, hubo comunicación alguna entre Dios y los hombres sino por Cristo; pues nada tenemos que ver con Dios si el Mediador no está presente para conseguirnos su favor. Así pues, este lugar prueba abundantemente la divinidad de Cristo y enseña que es de la misma esencia con el Padre. Además, se le llama ángel no solo porque tenía siempre a los ángeles como compañía y, por así decir, como sus ministros, sino porque aquella liberación del pueblo era sombra de la redención de todos nosotros, por cuya causa Cristo iba a ser enviado por su Padre, para tomar sobre sí la forma de siervo junto con nuestra carne. Es cierto, en verdad, que Dios nunca apareció a los hombres tal como es, sino bajo alguna forma acomodada a su capacidad; sin embargo, hay otra razón por la que Cristo es llamado con este nombre: que, siendo destinado por el eterno consejo de Dios para ser ministro de salvación para los hombres, aparece a Moisés con este fin. Ni es contrario a esta doctrina lo que está escrito en el capítulo 2 a los Hebreos (He 2:16): que Cristo nunca tomó a los ángeles, sino la descendencia de Abraham; pues aunque tomó por un tiempo la forma de un ángel, nunca tomó la naturaleza de los ángeles, como sabemos que fue hecho verdadero hombre.

Resta que digamos algo de la zarza ardiente. Es cosa común que Dios aplica las señales a las cosas por cierta semejanza, y este es casi el orden y modo común de los sacramentos. Además, esto era lo más apropiado que podía mostrarse a Moisés para confirmar su fe en el asunto presente. Él sabía en qué estado había dejado a su nación. Aunque había mayor número de hombres, no eran diferentes de una zarza. Pues cuanto más espesa es la zarza y más abundancia de arbustos tiene, más expuesta está a prender fuego, para arder por todos lados; así el pueblo de Israel era solo una banda débil, y expuesta a todas las injurias; y esta multitud poco guerrera, oprimida por su propio peso, había encendido la crueldad de Faraón solo con el próspero éxito de su crecimiento. Así pues, el pueblo oprimido con cruel tiranía es, por así decir, un montón de leña encendido por todas las esquinas, y nada hay que impida que sea reducido a cenizas, salvo esto: que el Señor está sentado en medio de él; y aunque ardía entonces un fuego indudable de persecución, sin embargo, como la Iglesia de Dios nunca está libre de aflicciones en el mundo, el estado continuo de ella queda en cierto modo pintado en este lugar. Pues ¿qué otra cosa somos sino combustible para el fuego? Y vuelan continuamente por doquier innumerables tizones de Satanás que incendian tanto nuestros cuerpos como nuestros ánimos; pero el Señor nos libra y nos defiende, por su admirable y singular bondad, de ser consumidos. Por eso es forzoso que el fuego arda, para quemarnos en esta vida; pero como el Señor habita en medio de nosotros, nos guardará de tal modo que las aflicciones no nos hagan daño, como se dice también en el Salmo 46 (Sal 46:5).

Hechos 7:31

31. Se maravilló de la visión. Sepamos que Dios solía tratar así con nuestros padres para que conocieran con seguridad su majestad; pues quería hacer una distinción manifiesta entre las visiones que mostraba y los juegos de manos de Satanás. Y esta certeza es más necesaria, pues ¿qué crédito tendrían de otro modo los oráculos de Dios, en los cuales se contiene el pacto de vida eterna? Por tanto, siendo este el único verdadero apoyo de la fe: que Dios sea su autor, es forzoso que declare sin duda que es él quien habla. Además, puesto que Satanás anda continuamente alrededor y se insinúa con muchas y extrañas artimañas, y tiene tantos modos de engañar, y especialmente porque pretende con astucia el nombre de Dios, debemos guardarnos mucho de sus burlas. Vemos cómo en otro tiempo engañó a todas las naciones, y [cómo engaña] también a los papistas. Pues todos los monstruos de las supersticiones, todos los desvaríos de los errores que hubo en otro tiempo y que aún reinan en el papado, procedieron de sueños, visiones y falsas revelaciones; más aún, incluso los anabaptistas tienen de ahí sus ilusiones. Por tanto, este es el único remedio: que Dios distinga con señales ciertas las visiones que muestra; pues entonces estamos sin peligro de errar, cuando nos ha revelado su majestad. Por esta causa el ánimo de Moisés fue herido de admiración, y luego se acerca para considerar; después de que se ha acercado más, el Señor lo toca con un sentimiento más vivo de [confieso, ciertamente,] su presencia, de modo que se atemoriza. Pues confieso que no hay nada de todo esto que Satanás no pueda imitar, aunque falsamente, como un mono. Y el Señor no solo se muestra por tales señales, sino que, ayudando nuestra torpeza, nos abre también los ojos para que no seamos engañados. Además, el Espíritu Santo imprime en nuestros ánimos ciertas marcas y señales de la presencia de Dios, para que no quede duda alguna.

Hechos 7:32

32. Yo soy el Dios de tus padres. Ahora vemos con qué fin se ofreció la visión a Moisés: a saber, para que la palabra de Dios tuviera su autoridad. Pues las visiones desnudas harían poco provecho si no se les uniera la doctrina; y se les une no como parte inferior, sino como causa de todas las visiones y fin de ellas. Y cuando se llama a sí mismo el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, hay una doble razón por la que se llama así. Como la majestad de Dios es infinita, si queremos comprenderla, más bien absorbe nuestros sentidos; si nos esforzamos por subir hasta ella, nos desvanecemos; por eso se adorna con títulos bajo los cuales podamos comprenderlo. Pero debemos notar que Dios escoge tales títulos que por ellos nos vuelva a llamar a su palabra. Pues se llama Dios de Abraham, Isaac y Jacob por esta causa: porque les encomendó la doctrina de la salvación para ser conocido por ella en el mundo. Pero Dios miraba propiamente a la circunstancia presente cuando habló a Moisés de esta manera; pues tanto esta visión como la esperanza de la liberación del pueblo y el mandato que iba a dar a Moisés dependían del pacto que había hecho en otro tiempo con los padres. De modo que se quita la sospecha de novedad, y el ánimo de Moisés es levantado a la esperanza de la redención, que estaba fundada en toda la promesa.

Por tanto, este título es como si Dios hubiera dicho: Yo, que he prometido en otro tiempo a vuestros padres que tengo cuidado de vuestra salvación, que he tomado bajo mi tutela el linaje de Abraham por un pacto gratuito, más aún, que he señalado este tiempo como fin de vuestra servidumbre, me aparezco ahora a ti para cumplir lo que prometí; como hoy todas las promesas de Dios deben apoyarse y sustentarse en este fundamento, para que nos sean seguras y ciertas: que Dios nos ha adoptado en Cristo y ha prometido que será nuestro Dios y nuestro Padre. Y Cristo deduce de este lugar, con buena razón, que los piadosos viven después de muertos (Mt 22:32); pues si el hombre entero perece en la muerte, sería inadecuado este lenguaje: Yo soy el Dios de Abraham. Supongamos que no hay Roma: ¿no se reirán del que se llame cónsul de Roma? Pues esto es necesario en la relación: que los miembros se correspondan entre sí. Hay también otra razón que considerar: que, teniendo Dios en su mano la vida y la muerte, sin duda conserva vivos a aquellos de quienes será padre y a quienes cuenta por hijos; por eso, aunque Abraham, Isaac y Jacob murieron según la carne, viven sin embargo en espíritu con Dios.

Y Moisés, temeroso. Esto podría parecer absurdo: que una voz llena de consuelo espante a Moisés más bien que alegrarlo; pero convenía que Moisés fuera así aterrado con la presencia de Dios, para que se dispusiera a mayor reverencia; y no es solo la voz de Dios la que hiere su ánimo, sino su majestad, de la cual veía una señal en la zarza ardiente. ¿Y qué maravilla es que el hombre se atemorice cuando ve a Dios? Y recordemos especialmente que por este medio los ánimos de los hombres se preparan al temor y a la reverencia, como en Éx 20:20:

«Habéis visto señales, habéis oído el sonido de la trompeta, para que aprendáis a temer al Señor».

Pero alguno dirá: ¿Por qué no se atreve ahora Moisés a considerar, por miedo, él que antes no temía acercarse? Respondo que, cuanto más nos acercamos a Dios, más aparece su gloria, y así nos atemorizamos más, y con razón. Y Dios atemoriza a Moisés por ninguna otra causa sino para hacerlo obediente a él. Este temor era una preparación no inadecuada para mayor osadía; y a esto se encamina lo que sigue: Quita el calzado de tus pies; pues es amonestado con esta señal a recibir con reverencia los mandamientos de Dios y a darle la debida gloria por todos los medios.

Hechos 7:33

33. Porque el lugar en que. El Señor quiso con este encomio que da al lugar levantar el ánimo de Moisés al cielo, para que no pensara en cosa terrenal alguna. Y si Moisés debía ser aguijoneado con tantos aguijones para que, olvidada la tierra, prestara oído a Dios, ¿no debemos tener nosotros los costados, por así decir, taladrados de parte a parte, siendo cien veces más lentos que él? Sin embargo, aquí puede hacerse una pregunta: ¿cómo llegó a ser tan santo este lugar? Pues no era más santo que otros lugares antes de aquel día. Respondo que esta honra se da a la presencia de Dios, y no al lugar, y que se habla de la santidad del lugar por causa del hombre. Pues si la presencia de Dios hace santa la tierra, ¿cuánta más fuerza debe tener en los hombres? Sin embargo, debemos notar también que el lugar fue así engalanado solo por un tiempo, de modo que Dios no fijó allí su gloria; como Jacob erigió un altar a Dios en Bet-el después de que Dios mostró allí alguna señal de su presencia (Gn 35:7). Cuando su posteridad lo imitó después, fue un culto reprobado. Finalmente, el lugar es llamado santo solo por causa de Moisés, para que se dispusiera mejor a temer a Dios y a obedecerle. Puesto que Dios se nos muestra ahora en todas partes en Cristo, y no en figuras oscuras, sino en plena luz y perfecta verdad, no solo debemos quitarnos el calzado de los pies, sino despojarnos totalmente de nosotros mismos.

Hechos 7:34

34. Viendo, he visto. Dios promete ahora que librará a su pueblo, para destinar de nuevo a Moisés como su ministro, porque la objeción anterior quedó quitada por tan largo espacio de tiempo. Pues se dice que Dios ve nuestras miserias cuando tiene consideración de nosotros y cuida de nuestra salvación; como se dice, por el contrario, que cierra los ojos y vuelve la espalda cuando parece hacer poco caso de nuestra causa. De igual modo se dice que desciende. No necesita moverse de su lugar para ayudarnos, pues su mano alcanza por todo el cielo y la tierra; pero esto se refiere a nuestro entendimiento. Pues, viendo que no libraba a su pueblo de su aflicción, podía parecer que estaba lejos y ocupado en alguna otra cosa en el cielo. Ahora dice que los israelitas percibirán que está cerca de ellos. La suma tiende a este fin: que Moisés, conociendo la voluntad de Dios, no dude en seguirlo como guía y se emplee con más osadía en la liberación del pueblo, que sabía que era obra de Dios. Pues debemos notar que dice que oyó el gemido del pueblo. Porque aunque tiene consideración de los que están en miseria y son oprimidos injustamente, sin embargo, cuando ponemos nuestros gemidos y quejas en su regazo, se mueve especialmente a misericordia; aunque esta palabra puede tomarse por aquellas quejas ciegas y confusas que no se dirigen a Dios, como se toma a menudo en otros lugares.

Hechos 7:35-37

35. A este Moisés, a quien habían negado diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez?, a este, digo, Dios lo ha enviado como gobernante y redentor, por mano del ángel que se le apareció en la zarza. 36. Él los sacó, habiendo hecho prodigios y señales en la tierra de Egipto, y en el Mar Rojo, y en el desierto durante cuarenta años. 37. Este es Moisés, el que dijo a los hijos de Israel: El Señor su Dios les levantará un Profeta de entre sus hermanos, semejante a mí; a él oigan.

Hechos 7:35-36

35. Esteban pasa por alto muchas cosas, porque tiene prisa por llegar a este punto: que los judíos entiendan que los padres no fueron librados por haberlo merecido con su piedad, sino que este beneficio les fue concedido siendo ellos del todo indignos; y, en segundo lugar, que de estos comienzos ha de esperarse algo más perfecto. Cuando Moisés, ordenado por Dios para ser su vengador y libertador, estaba ya listo, ellos le cerraron el paso; por eso Dios los libra ahora, como si fuera contra su voluntad. Lo que se añade acerca de los milagros y prodigios sirve tanto para engrandecer la gracia de Dios como para dar a conocer la vocación de Moisés. Es realmente algo extraño que Dios se digne mostrar su poder con diversos prodigios por causa de un pueblo tan ingrato. Pero entretanto, deja bien acreditado a su siervo. Así, aunque los judíos lo estimaron menos después, aunque a veces intentaron echarlo con injurias, aunque unas veces lo reprendían a gritos, otras murmuraban y otras se lanzaban contra él con violencia, con ello dejaron al descubierto tanto su maldad como su desprecio de la gracia de Dios. Su ingratitud e impiedad crecieron de tal modo que Dios tuvo que luchar con admirable paciencia contra un pueblo tan rebelde y obstinado.

Gobernante y libertador. Debemos entender los contrastes que agravan la culpa. Habrían obedecido a Moisés si un tirano lo hubiera puesto por juez, pero lo desprecian con soberbia y lo rechazan con desdén siendo nombrado por Dios, y además como libertador. Por tanto, al despreciarlo eran malvados, y al rechazar la gracia, ingratos. Y aunque a Moisés se le da un título tan honroso, Dios no cede ni entrega al hombre el honor que le es debido de tal modo que pierda algo de su autoridad. Pues sin duda Moisés no fue llamado redentor o libertador por ninguna otra razón sino porque era ministro de Dios. Y así la gloria de toda la obra permanece por entero en el poder de Dios. Aprendamos, pues, que cuantas veces se da a los hombres los títulos que pertenecen a Dios, Dios mismo no es despojado de su honor; sino que, porque la obra se hace por sus manos, ellos son con ello recomendados. A esto apunta lo que dice Esteban: que este encargo fue confiado a Moisés en la mano del ángel. Porque así Moisés queda sujeto a Cristo, para que bajo su conducción y dirección obedezca a Dios. Pues mano se toma en este lugar no por ministerio, sino por principado. Por tanto, Dios se sirvió del servicio de Moisés de tal manera que el poder de Cristo lo superaba, como él es aún hoy el gobernante supremo en el cumplimiento de la salvación de la Iglesia; más aún, se sirve del ministerio de los hombres de modo que la fuerza y el efecto dependen de él solo.

Hechos 7:37

37. Profeta os levantará Dios. Esteban se esfuerza sin duda por probar con estas palabras que Cristo es el fin de la ley, aunque no lo expresa en palabras claras. Y ciertamente (como ya hemos dicho) Lucas no refiere palabra por palabra todo lo que Esteban dijo, sino que le basta anotar los puntos principales de los asuntos. Además, hemos dicho antes, en el capítulo tercero, que este testimonio se aplica a Cristo de tal modo que, no obstante, conviene también a los demás profetas. Pues después de que Moisés prohibió al pueblo dejarse llevar de un lado a otro por las malvadas supersticiones de los gentiles, muestra lo que debía seguir. No hay razón (dice) para que desees magos y encantadores; porque Dios nunca permitirá que te falten profetas que te enseñen fielmente. Y es cierto que el ministerio de los profetas era temporal, como lo era también el ministerio de la ley, hasta que Cristo trajera al mundo la plena perfección de la sabiduría. Por eso el discurso de Esteban tiende a esto: que Moisés no mantiene al pueblo atado solo a sí mismo, cuando les pone delante y les recomienda a otro maestro. Los profetas eran ciertamente intérpretes de la ley, y toda su doctrina era, por así decirlo, una adición o dependencia de lo que había sido dicho por Moisés; pero como era también cierto que Cristo traería una clase de doctrina más perfecta, porque pondría fin a todas las profecías, se sigue que él es el principal y que el magisterio supremo (por decirlo así) es suyo, para que la fe del evangelio no sea dudosa. Ahora sabemos con qué fin Esteban entremezcló el testimonio de Moisés: para probar que los judíos no despreciaban menos a Moisés (de quien se jactaban a boca llena de tenerlo por su único maestro) ahora que estaba muerto, que como lo rechazaron con maldad y rebeldía mientras vivía. Porque todo el que cree a Moisés no rehusará ser discípulo de Cristo, de quien Moisés fue mensajero y pregonero (Jn 5:46). Para lo demás, véase el capítulo tercero.

Hechos 7:38-41

38. Este es aquel que estuvo en la congregación en el desierto con el ángel que le había hablado en el monte Sinaí [o le hablaba en el monte], y con nuestros padres; quien recibió oráculos vivos para dárnoslos a nosotros: 39. A quien nuestros padres no quisieron obedecer, sino que lo rechazaron, y se volvieron con sus corazones a Egipto, 40. diciendo a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque no sabemos qué le ha sucedido a este Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto. 41. Y en aquellos días hicieron un becerro, y ofrecieron sacrificio al ídolo, y se regocijaron en las obras de sus propias manos.

Hechos 7:38

38. Esteban procede a poner de manifiesto la obstinación del pueblo, que aunque era provocado [estimulado] por tantos beneficios de Dios, nunca cesó de rechazarlo con malicia. Si antes habían sido desobedientes e ingratos para con Dios, esta liberación tan admirable debió haberlos llevado a mejor sentir; pero declara que siempre fueron iguales a sí mismos. Convenía que tantos milagros no solo hubieran quedado firmes en sus mentes, sino que además permanecieran ante sus ojos. Pero, habiéndolo olvidado todo, vuelan de repente a las supersticiones de Egipto. El recuerdo de su cruel servidumbre estaba aún fresco, de la cual habían escapado al pasar el Mar Rojo; y sin embargo prefieren a aquellos tiranos, por quienes habían sido tratados más que cruelmente, antes que a su libertador. Fue, pues, un cúmulo de impiedad desesperadísimo que su terquedad no pudiera ser quebrantada ni vencida con tantos beneficios de Dios, sino que siempre volvieran a su naturaleza. Esto aumenta mucho la gravedad de la ofensa, cuando Esteban dice que Moisés estaba entonces con ellos en el desierto. Porque, además de que aquí aparece la rara bondad y longanimidad del Señor al soportarlos, ellos se hacen inexcusables, pues, cercados por todas partes de tantos apuros, llevados a tan grande aflicción, teniendo a Moisés por guía en su camino y fiel guardián de su vida, se apartan sin embargo traidoramente de Dios. En fin, se ve que eran como bestias indómitas, a las que Dios no podía mantener en obediencia con tantas ataduras. Por tanto, puesto que Moisés no dejó de gobernarlos a través del desierto, bajo la conducción y ayuda del ángel, es fácil deducir por esta circunstancia de tiempo cuán incurable y obstinada era su rebeldía; pues fue un punto de monstruosa rebelión no humillarse con las miserias, ni siquiera con la vista misma de la muerte.

Cuando dice que Moisés estaba con el ángel y con los padres, hay una relación distinta en cada caso. Estaba presente con los padres para ser su guía conforme al mandato del Señor; estaba con el ángel como ministro. De donde se sigue que no fue un particular a quien se hizo esta injuria, sino que se hizo al gobierno de Dios, cuando el pueblo no pudo ser detenido, por reverencia a ninguno de los dos, de correr precipitadamente a una rebelión impía. Ya hemos hablado del ángel. Pero el participio [λαλουντος], es decir, que hablaba, tiene doble sentido. Pues puede entenderse de la primera visión, por la cual Moisés fue llamado a redimir al pueblo, o de aquella conversación que Dios tuvo con Moisés después de que pasaron el Mar Rojo. Y como Cristo declaró de ambas maneras que él era el autor de su liberación, importa poco cuál elijamos; más aún, nada impide que se extienda a ambas. Porque el que comenzó a hablar a Moisés desde el principio, para enviarlo a Egipto, continuó después el hilo de su discurso hasta que la obra fue terminada.

Que recibió oráculos vivos. Erasmo lo tradujo palabra viva; pero los que son expertos en la lengua griega sabrán que yo he traducido con más verdad las palabras de Esteban. Porque hay mayor majestad en «oráculos» que en «palabra»; hablo solo de la voz; pues sé que todo lo que sale de la boca de Dios es un oráculo. Además, con estas palabras Esteban gana autoridad para la doctrina de Moisés, porque no pronunció nada sino lo que procedía de Dios. De donde se sigue que no se rebelaron tanto contra Moisés como contra Dios; con lo cual se descubre más su terquedad. Y esta es una manera general de establecer la doctrina: cuando los hombres no enseñan nada sino lo que les es mandado por Dios. Pues ¿qué hombre se atreverá a hacer inferior a sí mismo a Moisés, a quien (como afirma el Espíritu) solo se debe creer por esta causa: porque expuso y entregó fielmente la doctrina que había recibido de Dios? Pero algunos preguntarán: ¿por qué llamó a la ley palabra viva? Pues este título parece discordar mucho con las palabras de Pablo, donde dice que la ley es ministerio de muerte, que produce muerte y que es la fuerza del pecado (1 Co 3:7). Si tomas «palabra viva» por la que es eficaz y no puede ser anulada por el desprecio de los hombres, no habrá contradicción; pero yo lo interpreto en sentido activo, como lo que hace vivir. Porque, siendo la ley la regla perfecta de una vida piadosa y santa, y mostrando la justicia de Dios, con buenas razones es tenida por doctrina de vida y salvación. Y a este propósito sirve aquella solemne protesta de Moisés, cuando pone por testigos al cielo y a la tierra de que ha puesto delante de ellos el camino de la muerte y de la vida. En este sentido el Señor mismo se queja de que su buena ley es quebrantada, y sus buenos mandamientos, de los cuales había dicho: «El hombre que los cumpliere vivirá por ellos» (Ez 20). Por tanto, la ley tiene vida en sí misma. Con todo, si alguien prefiere tomar viva por lo que está lleno de eficacia y fuerza, no discutiré mucho.

Y en cuanto a que se la llama ministerio de muerte, eso le sucede accidentalmente, a causa de la naturaleza corrupta del hombre; pues no engendra el pecado, sino que lo halla en nosotros. Ofrecía vida, pero nosotros, que estamos del todo corrompidos, no podemos recibir de ella sino muerte. Por tanto, es mortal solo con respecto a los hombres. Aunque Esteban tenía en este lugar la mira puesta en algo más lejano; pues no habla solo de los simples mandamientos, sino que abarca toda la doctrina de Moisés, en la cual se incluyen las promesas gratuitas y, por consiguiente, el mismo Cristo, que es la única vida y salud de los hombres. Debemos recordar con qué hombres tenía que tratar Esteban. Eran gente celosa de la ley de manera desordenada, que se detenía solo en la letra muerta y mortífera de la ley y, entretanto, se enfurecían contra Esteban porque buscaba en la ley a Cristo, que es en verdad su alma. Por eso, tocando de pasada su perversa ignorancia, les da a entender que en la ley hay algo mayor y más excelente oculto de lo que hasta ahora han conocido. Pues como eran carnales y se contentaban con una apariencia externa, no buscaban en ella nada espiritual; más aún, ni siquiera querían que se les mostrara.

Para dárnoslos a nosotros. Esto sirve para refutar la falsa acusación con que se le cargaba injustamente. Pues al someter su cuello al yugo de la ley y profesar que es uno de los discípulos de Moisés, está lejos de desacreditarlo ante otros. Más bien hace recaer la culpa que se le imputaba sobre los autores de la calumnia. Era como un reproche común para todo el pueblo que los padres no quisieran obedecer la ley. Y a la vez les dice que Moisés fue constituido profeta no solo para su tiempo, sino para que su autoridad tuviera vigor entre la posteridad, aun después de muerto. Porque no conviene que la doctrina de Dios se extinga junto con los ministros, ni que sea quitada. Pues ¿qué hay más improbable que muera aquello por lo cual tenemos inmortalidad? Así debemos pensar también hoy. Como los profetas y los apóstoles hablaron a los hombres de su tiempo, así también escribieron para nosotros, y la fuerza de su doctrina es continua, porque tiene por autor a Dios más que a los hombres. Entretanto, enseña que si alguien rechaza la palabra que se le ha señalado, rechaza el consejo de Dios.

Hechos 7:39

39. Lo rechazaron, y se volvieron. Dice que los padres rechazaron a Moisés; y muestra también la causa: porque se entregaron más bien a las supersticiones de Egipto; lo cual era horrible, y más que ciega furia, desear las costumbres y ordenanzas de Egipto, donde poco antes habían sufrido cosas tan graves. Dice que se volvieron a Egipto con sus corazones; no porque desearan regresar allá (corporalmente), sino porque volvieron con la mente a aquellas corrupciones que no debían siquiera haber recordado sin gran detestación y odio. Es cierto que los judíos hablaron una vez de volver; pero Esteban no toca ahora esa historia. Además, más bien expresa su terquedad cuando dice que se volvieron. Pues después de haber tomado el camino recto, teniendo a Dios por guía y gobernador, se desvían de repente, como si un caballo terco e indómito, no obedeciendo a su jinete, corriera rebeldemente hacia atrás.

Hechos 7:40

40. Haznos. Aunque los judíos se desviaron de diversas maneras, Esteban escoge, sin embargo, un ejemplo notable por encima de todos los demás de su sucia y detestable traición: a saber, cuando se hicieron un becerro para adorarlo en lugar de Dios. Porque no puede inventarse nada más sucio que esta su ingratitud. Confiesan que fueron sacados de Egipto; ni niegan que esto se hizo por la gracia de Dios y el ministerio de Moisés; y sin embargo rechazan al autor de tan gran bondad junto con el ministro. ¿Y con qué pretexto? Fingen que no saben qué ha sido de Moisés. Pero saben muy bien que está en el monte. Lo vieron con sus ojos cuando subió allá, hasta que el Señor lo tomó consigo, rodeándolo de una nube. Además, saben que Moisés está ausente por el bien de ellos, y que había prometido que volvería y les traería la ley que Dios iba a dar. Solo les mandó estar tranquilos un tiempo. Levantan de pronto, en poco tiempo y sin causa alguna, locos alborotos; y, para cubrir su locura con el color de alguna razón, quieren tener dioses presentes con ellos, como si Dios no les hubiera mostrado hasta entonces señal alguna de su presencia; siendo que su gloria aparecía cada día en la nube y en la columna de fuego. Vemos, pues, con qué prisa cometen idolatría por un impío desprecio de Dios, por no mencionar entretanto cuán sucia y malvada era su ingratitud al haber olvidado tan pronto aquellos milagros que debían haber recordado hasta el fin del mundo. Así, por esta sola apostasía se ve suficientemente qué pueblo tan terco y rebelde eran.

Además, para la causa que Esteban tenía entre manos convenía más referir esta historia de su rebelión que la otra. Pues el pueblo derriba por completo el culto de Dios; rechazan la doctrina de la ley; introducen una religión extraña y profana. Y este es un lugar notable, porque señala la fuente de la que fluyeron toda clase de supersticiones desde el principio, y en especial cuál fue el primer comienzo de hacer ídolos: a saber, que el hombre, que es carnal, quiere sin embargo tener a Dios presente consigo, conforme a la capacidad de su carne. Esta es la causa por la que los hombres fueron en todas las edades tan atrevidos para hacer ídolos. Y Dios ciertamente se acomoda a nuestra rudeza hasta este punto: que se muestra visible, en cierta manera, bajo figuras; pues había muchas señales bajo la ley para atestiguar su presencia. Y desciende a nosotros, aun hoy, por el bautismo y la cena, y también por la predicación externa de la palabra. Pero los hombres ofenden en esto de dos maneras; porque, primero, no contentos con los medios que Dios ha establecido, se procuran audazmente medios nuevos. Esta no es una falta pequeña, porque siempre les pican los dedos por tener nuevas invenciones sin guardar medida alguna, y así no temen traspasar los límites que Dios les ha señalado. Pero no puede haber verdadera imagen de Dios sino la que él estableció. Por tanto, cualesquiera imágenes que el hombre fabrique e invente fuera de su palabra, son falsas y corruptas.

Hay también otro vicio no menos intolerable: que así como la mente del hombre no concibe de Dios sino lo que es grosero y terrenal, así traslada todas las señales de la presencia de Dios a esa misma grosería. Y el hombre no se deleita solo en los ídolos que él mismo ha hecho, sino que también corrompe todo lo que Dios ha ordenado, torciéndolo a un fin contrario. Dios desciende a nosotros, ciertamente, como ya he dicho, pero con el fin de elevarnos al cielo consigo. Mas nosotros, como estamos enteramente puestos en la tierra, queremos también, del mismo modo, tenerlo a él en la tierra. Así se deforma su gloria celestial y se cumple del todo lo que dicen aquí los israelitas: Haznos dioses. Porque quienquiera que no adora a Dios espiritualmente, se hace un dios nuevo; y sin embargo, si se ponderan bien todas las cosas, los israelitas no quieren un dios hecho por ellos de propósito, sino que piensan más bien que tienen al Dios verdadero y eterno bajo la forma del becerro de oro. Pues están dispuestos a ofrecer el sacrificio señalado, y aprueban con su consentimiento lo que dice Aarón: que esos son los dioses por quienes fueron sacados de Egipto. Pero Dios no se detiene en esas frívolas imaginaciones; sino que se queja de que los hombres ponen dioses ajenos en su lugar tan pronto como se apartan siquiera un poco de su palabra.

Hechos 7:41

41. Y hicieron un becerro. Fácilmente podemos deducir de lo que precede por qué se deleitaron más en esa figura que en cualquier otra. Pues aunque Egipto pululaba de innumerables ídolos, es bien sabido que hacían el mayor caso de un buey. ¿Y de dónde les viene tanto deseo de tener un ídolo, sino de que se habían vuelto a Egipto, como Esteban ya ha dicho? Debemos notar la expresión cuando dice que ofrecieron sacrificio al ídolo. Aarón manda al pueblo reunirse para adorar a Dios; vienen todos juntos. Testifican, por tanto, que nada están más lejos de querer [cualquier cosa antes] que defraudar a Dios de su culto, aunque lo trasladen al becerro; más aún, están resueltos a adorar a Dios en la imagen del becerro. Pero como abandonaron al Dios verdadero haciendo un ídolo, todo lo que sigue después se juzga dado al ídolo, porque Dios rechaza todo culto impío. Pues no conviene contar como dado a él lo que él no ha mandado; y como les prohíbe expresamente erigirle imagen visible alguna, es puro sacrilegio todo lo que se hace después en honor de ella.

Se regocijaron en las obras. Esta expresión está tomada de Isaías, es decir, de los profetas, quienes de igual modo echan en cara a los judíos que se deleitaban en sus propias invenciones. Y ciertamente es una locura admirable cuando los hombres se arrogan algo en los asuntos de Dios. Entiendo que este regocijo es aquella danza solemne de la que habla Moisés en el capítulo treinta y dos de Éxodo. Con todo, Esteban toca un vicio común del que están infectados los idólatras. Porque aunque es del todo ilícito que los hombres intenten algo en la religión que Dios no haya establecido, ellos inventan todo sin reflexión y, teniendo en poco la Palabra de Dios, escogen las obras de sus propias manos; pero Esteban muestra que mientras se complacen tanto en esta libertad, desagradan tanto más a Dios. Pero si queremos que Dios apruebe nuestro culto, debemos abstenernos de las obras de nuestras manos, es decir, de nuestras propias invenciones; porque todo lo que los hombres inventan por sí mismos no es otra cosa que profanación sacrílega. El ídolo se llama así propiamente con desprecio, como cosa de nada, porque ninguna razón permite que el hombre haga a Dios.

Hechos 7:42-43

42. Y Dios se apartó, y los entregó a que rindiesen culto al ejército del cielo; como está escrito en el libro de los profetas: ¿Me ofrecisteis víctimas y sacrificios en el desierto por espacio de cuarenta años, casa de Israel? 43. Y tomasteis el tabernáculo de Moloc, y la estrella de vuestro dios Renfán, figuras que os hicisteis para adorarlas; por eso os llevaré cautivos más allá de Babilonia.

Hechos 7:42

Esteban quiere declarar aquí que los judíos nunca acabaron de pecar, sino que se extraviaron cada vez más en sus rebeldes errores; de modo que aquella primera caída suya fue para ellos como la entrada a un laberinto. Y esto lo atribuye a la justa venganza de Dios: que después de aquel tiempo su locura creció de tal modo que, por un ídolo, se procuraron una infinidad. Este ejemplo nos enseña a cuidar de seguir la regla que Dios ha fijado; porque, tan pronto como nos apartamos aunque sea un poco de ella, necesariamente somos llevados de un lado a otro por diversos desatinos, nos enredamos en muchas supersticiones y quedamos del todo sumergidos en la enorme cloaca de los errores; castigo que Dios, en justicia, impone a los hombres que se niegan a obedecer su palabra. Por eso Esteban dice que Dios se apartó; palabra que equivale a decir que les volvió la espalda. Pues había fijado en cierto modo sus ojos sobre el pueblo cuando mostró el singular cuidado que tenía en gobernarlos; ofendido por su apostasía, ahora vuelve su rostro hacia otra parte.

También podemos deducir de aquí que no podemos seguir el camino recto de ningún otro modo sino cuando el Señor vela sobre nosotros para gobernarnos; pero tan pronto como aparta su rostro, corremos enseguida a los errores. Los israelitas fueron abandonados de Dios aun entonces, cuando hicieron el becerro; pero Esteban quiso expresar la grandeza del castigo, como si hubiera dicho que entonces fueron del todo entregados a una mente reprobada; como también enseña Pablo que los que no dieron gloria a Dios cuando él se les había manifestado fueron, por el justo juicio de Dios, entregados a la ceguera y a la estupidez, y a pasiones vergonzosas (Ro 1:28). De ahí sucedió que, después de que la religión comenzó a corromperse, a unas pocas supersticiones sucedieron innumerables abominaciones, y en lugar de corrupciones leves entraron monstruos groseros de idolatría. Porque, como los hombres despreciaron la luz que se les había puesto delante, se volvieron del todo estúpidos por el justo juicio de Dios, de modo que no tenían más discernimiento que las bestias brutas. La idolatría es ciertamente muy fecunda, pues de un solo dios inventado salen enseguida cien, y de una sola superstición fluyen mil. Pero esta tan gran locura de los hombres brota de que Dios se venga entregándolos a Satanás; porque, una vez que él ha tomado en su mano el gobernarnos, no hay cambio de su parte, sino que es arrancado de nosotros por nuestra temeraria ligereza.

¿Me ofrecisteis víctimas y sacrificios? Este pasaje está tomado del capítulo quinto de Amós (Am 5:25). La manera de hablar que usa Esteban muestra que todas las profecías estaban reunidas en un solo cuerpo; y Amós añade (después de haber reprendido la idolatría y los diversos pecados del pueblo) que no es un mal nuevo que los judíos sean rebeldes contra Dios, porque sus padres habían caído de la verdadera piedad ya en el desierto. Además, niega que le ofrecieran víctimas, no porque allí no hubiera sacrificios en absoluto, sino porque Dios rechazaba su culto corrupto; como reprende y reprocha al pueblo en Isaías porque no lo honraban con sacrificio alguno:

«Tú (dice) no me invocaste, oh Jacob, ni me honraste con tus sacrificios, ni yo te hice servir con ofrenda ni incienso. No compraste para mí caña aromática, ni me saciaste con la grosura. Pero me has abrumado [me has sido gravoso] con tus pecados, y me has hecho servir con tus maldades» (Is 43:22).

Ciertamente los judíos hacían todo esto cada día, pero Dios no acepta la obediencia de los impíos, ni la aprueba. Además, aborrece todo lo que está contaminado con las mezclas que se añaden. Así habla Amós de los padres, que eran rebeldes. Lo que se añade a continuación puede referirse a ellos o a su posteridad.

Hechos 7:43

43. Tomasteis el tabernáculo de Moloc. Algunos toman la copulativa por adversativa [partícula], como si dijera: Antes bien, adorasteis al ídolo. Puede resolverse también en la conjunción causal, así: No me ofrecisteis sacrificios, porque erigisteis un tabernáculo a Moloc. Pero yo lo explico de otro modo, a saber: que Dios acusa primero a los padres para mayor vehemencia, y luego añade que su posteridad aumentó las supersticiones, porque se procuraron ídolos nuevos y diversos; como si el profeta hubiera hablado así en persona de Dios: Si repaso desde el principio (oh casa de Jacob) cómo se ha portado vuestro linaje conmigo, vuestros padres comenzaron a trastornar y corromper, aun en el desierto, el culto que yo había mandado; pero vosotros habéis sobrepasado con mucho su impiedad, porque habéis introducido una compañía infinita de dioses. Y este orden es más apropiado al propósito de Esteban; pues pretende probar (como ya hemos dicho) que después de que los israelitas se desviaron hacia ritos extraños y bastardos, nunca acabaron de pecar, sino que, heridos de ceguera, se contaminaban a cada momento con nuevas idolatrías, hasta llegar al último extremo de la impiedad. Por eso Esteban confirma oportunamente esta sentencia con el testimonio del profeta: que los judíos, descendientes de padres malvados y rebeldes, nunca habían dejado de empeorar cada vez más. Y aunque las palabras del profeta son algo distintas de estas, el sentido es el mismo. Debe pensarse que Esteban, que tenía que tratar con los judíos, repitió palabra por palabra en su lengua lo que está en el profeta; Lucas, que escribió en griego, siguió al intérprete griego. El profeta dice: Honrasteis a Sicut vuestro rey, y a Quiún vuestra imagen, la estrella de vuestros dioses. El intérprete griego hizo de un nombre propio un nombre común, por la afinidad de la palabra Sicut, que significa tabernáculo. Además, no sé de dónde sacó ese su Renfán, a no ser que esa palabra fuera más usada en aquel tiempo.

Y figuras que os hicisteis. La palabra imagen, que está en el profeta, no significa de suyo nada malo. Además, la palabra [τυπος] se toma entre los griegos en buena parte. Pues las ceremonias que Dios estableció se llaman [τυποι]; no obstante, el profeta condena expresamente las figuras [tipos] que los judíos habían hecho. ¿Por qué? Porque Dios no quiere ser adorado bajo forma visible y externa. Si alguien objeta que aquí habla de estrellas, es verdad, lo confieso; pero yo me detengo solo en que, aunque el profeta dé a sus ídolos algún nombre honesto, condena sin embargo con dureza su culto corrupto; con lo cual queda refutada la necia e infantil sutileza de los papistas. Como niegan que las imágenes que adoran sean ídolos, dicen que aquel su loco culto es [εικονοδουλεια], o servicio a las imágenes, y no [ειδολοδουλεια], o adoración de ídolos. Puesto que se burlan de Dios con sofismas, no hay nadie dotado siquiera de entendimiento común que no vea que son más que ridículos incluso en tales fruslerías. Pues aunque yo no discuta la palabra, es cierto que la palabra [τυπος] es más honrosa que [εικων]. Pero esos mismos [τυποι], o figuras, son condenados sin más en este lugar, los que los hombres se hacen, no solo [προς την λατρειαν], o para adorarlos, sino [προς την προσκυνησιν], es decir, para darles siquiera alguna reverencia. Por tanto, aquella sucia distinción cae por tierra, en la cual los papistas piensan tener un astuto refugio.

Más allá de Babilonia. El profeta nombra Damasco; y la interpretación griega no discrepa de ello. Por eso puede ser que la palabra Babilonia se haya colado aquí por error; aunque en lo sustancial no haya gran diferencia. Los israelitas habían de ser llevados cautivos a Babilonia; pero como pensaban que tenían una fortaleza segura y fuerte en el reino de Siria, cuya capital era Damasco, el profeta dice que Damasco no les ayudará, sino que Dios los llevará más lejos; como si dijera: Mientras tengáis a Damasco frente a vuestros enemigos, os creéis bien defendidos; pero Dios os llevará más allá de ella, hasta Asiria y Caldea.

Hechos 7:44-50

44. Nuestros padres tuvieron el tabernáculo del testimonio en el desierto, como había ordenado el que habló a Moisés que lo hiciese conforme al modelo que había visto: 45. el cual tabernáculo, nuestros padres que les sucedieron lo introdujeron con Josué en la posesión de los gentiles, a quienes Dios echó de delante de la faz de nuestros padres, hasta los días de David; 46. el cual halló gracia delante de Dios, y pidió hallar tabernáculo para el Dios de Jacob. 47. Pero Salomón le edificó casa. 48. Pero el Altísimo no habita en templos hechos de mano; como dice el profeta: 49. El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis?, dice el Señor; ¿o cuál es el lugar de mi reposo? 50. ¿No hizo mi mano todas estas cosas?

Hechos 7:44

44. El tabernáculo del testimonio. Esteban muestra aquí que no se puede echar la culpa a Dios porque los judíos se contaminaran con diversas supersticiones, como si Dios hubiera permitido que vagaran libremente. Pues dice que Dios había mandado cómo quería ser adorado por ellos. De donde se sigue que se enredaron en tantos errores porque no quisieron seguir la forma que Dios había establecido. Aunque los reprende por dos causas: porque, no contentos con la sola regla que Dios había prescrito, se inventaron cultos extraños; y en segundo lugar, porque no atendieron al fin recto del templo y de las ceremonias que Dios había establecido. Pues siendo que debían ser para ellos ejercicios del culto espiritual, no captaron sino lo carnal, conforme a su naturaleza carnal; es decir, tomaron la sombra por el cuerpo.

Vemos, por tanto, que los judíos fueron reprendidos primero por su osadía, porque, no contentos con la sola palabra clara de Dios, se dejaron arrastrar tras sus propias invenciones. En segundo lugar, son reprendidos por el abuso desordenado del culto verdadero y sincero, porque siguieron la carne en lugar del Espíritu. Tenían, dice, el tabernáculo del testimonio. Por tanto, solo su propia lascivia y temeridad los hizo pecar. Pues habiendo sido bien enseñados cuál era la manera y el orden recto de adorar a Dios, se les quitó todo velo y pretexto de ignorancia.

Lo cual merece notarse. Porque, como Dios en cierto modo nos pone freno cuando nos da a conocer su voluntad, si después de haber recibido su mandamiento nos desviamos a la derecha o a la izquierda, somos doblemente culpables; porque el siervo que sabe la voluntad de su señor y no la hace, recibirá más azotes. Esta es la primera señal por la cual el Espíritu Santo distingue todos los cultos bastardos y corruptos del culto verdadero y sincero. Más aún (por decirlo más brevemente), la primera diferencia entre el culto verdadero y la idolatría es esta: que los piadosos no emprenden nada sino lo que está de acuerdo con la Palabra de Dios, mientras que los otros piensan que es lícito todo lo que a ellos les agrada, y así tienen su propia voluntad por ley; siendo que Dios no aprueba nada sino lo que él mismo ha establecido. A esto sirve la palabra testimonio.

La palabra hebrea [מד] (moed) significa, ciertamente, un lugar y tiempo señalado, o una asamblea de hombres; pero la razón expresada en Moisés muestra que hay otra causa por la que se llama así. Pues en Moisés esto se repite muchas veces: «Allí me reuniré con vosotros». Por tanto, el tabernáculo fue consagrado por el pacto y la palabra del Señor, y su voz se oía allí continuamente, para que se distinguiera de todos los lugares profanos.

Conforme al modelo que había visto. Esto se refiere al segundo punto que he tocado; pues puede suceder que el que use solo las ceremonias que Dios estableció adore, sin embargo, mal a Dios. Porque a Dios no le importan los ritos externos sino en cuanto son de la verdad celestial; por eso Dios quiso que el tabernáculo se hiciera semejante a la figura celestial, para que los judíos supieran que no debían detenerse en las figuras externas. Además, el que quiera lea mis Comentarios sobre la Epístola a los Hebreos, y verá qué significaba aquella figura de que se hace mención en Éxodo 25 (Éx 25:40; He 8:5). Esteban solo les dice brevemente en este lugar que el culto que Dios mandó a los judíos es espiritual, y que ellos, conforme a su estupidez carnal, eran malos y falsos intérpretes; por tanto, como hemos dicho, así como Dios no aprueba ningún culto sino el que está fundado en su mandamiento, así se nos enseña aquí que en el uso recto del mandamiento es necesario que esté presente la verdad espiritual; concedido lo cual, era la misma cuestión que dijimos que consistía principalmente en este punto: si las sombras debían ceder al cuerpo o no. Cuando se dice que Moisés vio una forma o figura, el Espíritu de Dios significa con ello que no nos es lícito inventar formas a nuestro gusto, sino que todos nuestros sentidos deben ponerse en la forma que Dios muestra, para que toda nuestra religión se forme conforme a ella. La palabra figura significa aquí, en este lugar, el modelo principal, que no es otra cosa que la verdad espiritual.

Hechos 7:45-46

45. Que introdujeron. Esto sirve para aumentar la rebeldía de la nación: que aunque el tabernáculo permanecía con ellos y lo llevaban dondequiera que iban, no pudieron con todo ser contenidos dentro de los límites del pacto de Dios, sino que quisieron ritos extraños y profanos; a saber, declarando que Dios habitaba en medio de ellos, de quien estaban tan lejos, y a quien ellos echaban de aquella heredad que él les había dado. A este propósito sirve también que Dios hermoseó el tabernáculo con diversos milagros; pues su dignidad fue establecida por aquellas victorias que los judíos habían alcanzado, como aparece en diversos lugares de la santa historia; por tanto, necesariamente eran muy desobedientes los que no cesaban de desviarse con frecuencia de aquel culto que estaba aprobado de tantas maneras.

Hasta los días de David. Aunque el arca del Señor permaneció mucho tiempo en Silo, no tuvo lugar fijo hasta el reinado de David (1 S 1:3); pues no era lícito a los hombres erigirle un lugar, sino que debía ser colocada en el lugar que el Señor hubiera mostrado, como Moisés dice muchas veces. Ni el mismo David se atrevió, después de haberla quitado a los enemigos, a llevarla a la era de Arauna hasta que el Señor declaró, por medio de un ángel del cielo, que aquel era el lugar que había escogido (2 S 24:16). Y Esteban cuenta esto como singular beneficio de Dios, no sin gran causa: que se mostrara a David el lugar donde los israelitas habían de adorar a Dios en adelante; como en el Salmo se regocija como por algo notable: «Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos. Nuestros pies estuvieron dentro de tus puertas, oh Jerusalén» (Sal 132:3). El sacerdocio estaba unido al reino; por eso la estabilidad del reino se muestra en el reposo del arca; por eso se dice que él lo deseó tan ardientemente que se obligó con un voto solemne a no entrar en su casa, a no dar sueño a sus ojos ni reposo a sus sienes, hasta que conociera un lugar para el Señor, y un tabernáculo para el Dios de Jacob. Además, el lugar fue mostrado a David, pero a Salomón le fue concedido edificar el templo (1 R 5:7).

Hechos 7:47-48

47. Salomón edificó. Esteban parece reprender de pasada a Salomón en este lugar, como si no hubiera considerado la naturaleza de Dios al edificar el templo; sin embargo, emprendió aquella obra no sin mandamiento de Dios. Se añadió también una promesa, en la cual Dios testificaba que estaría allí presente con su pueblo. Respondo que cuando Esteban niega que Dios habite en templos hechos de manos, eso no se refiere a Salomón, que sabía muy bien que Dios debía ser buscado en el cielo y que las mentes de los hombres deben elevarse allá por la fe; lo cual expresó también en aquella solemne oración que hizo:

«He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no pueden contenerte; ¡cuánto menos esta casa!» (1 R 8:23);

sino que reprende la estupidez del pueblo, que abusaba del templo, como si hubiera tenido a Dios atado a él; lo cual aparece más claramente por el testimonio de Isaías (Is 6:6), que Esteban cita también; Dios, dice, quiso que Salomón le edificara un templo; pero se engañaban mucho los que pensaban que él estaba, por así decirlo, encerrado en tal edificio; como se queja por su profeta de que el pueblo le hace injuria cuando imaginan que está atado a un lugar; pero el profeta no invectiva contra los judíos solo por esta causa, porque adoraban a Dios supersticiosamente pensando que su poder estaba atado al templo, sino porque lo estimaban conforme a su propio afecto, y por eso, después de haber terminado sus sacrificios y su pompa externa, imaginaban que estaba complacido y que lo habían dejado en deuda con ellos. Este era casi un error común en todas las edades, porque los hombres pensaban que las ceremonias frías bastaban para el culto de Dios. La razón es que, siendo carnales y totalmente puestos en el mundo, imaginan que Dios es semejante a ellos; por eso, para que Dios les quite esta estupidez, dice que él lo llena todo.

Hechos 7:49

49. Pues cuando dice que el cielo es su trono, y la tierra el estrado de sus pies, no debe entenderse como si tuviera cuerpo o pudiera dividirse en partes, al modo de los hombres; sino que, porque es infinito, dice que no puede ser comprendido dentro de ningún espacio de lugar; por eso se engañan los hombres que estiman a Dios o su culto conforme a su propia naturaleza; y como el profeta tenía que tratar con hipócritas, no solo disputa sobre la esencia de Dios, sino que enseña también en general que él es muy distinto de los hombres y que no se mueve, como ellos, por la vana pompa de este mundo. Aquí surge también aquella cuestión: por qué el profeta dice que el Señor no tiene lugar de reposo en el mundo, siendo que, sin embargo, el Espíritu afirma lo contrario en otro lugar: «Este es para siempre el lugar de mi reposo» (Sal 132:14). Además, Isaías adorna a la Iglesia con este mismo título: que es el glorioso reposo de Dios, aludiendo al templo. Respondo que cuando Dios estableció señales de su presencia en el templo, y sacrificios en tiempos pasados, no lo hizo para asentarse y fijarse él y su poder allí; por eso los israelitas obraban mal, pues, poniendo sus mentes por entero en las señales, se forjaban un Dios terrenal. Obraban también impíamente los que, bajo este pretexto, se tomaban la libertad de pecar, como si pudieran aplacar fácil y prontamente a Dios con meras ceremonias. Así suele burlarse el mundo de Dios.

Cuando Dios declara, por los ritos externos, que estará presente con los suyos, para habitar en medio de ellos, les manda elevar sus mentes para buscarlo espiritualmente. Los hipócritas, que están enredados en el mundo, más bien querrán arrancar a Dios del cielo; y, teniendo solo figuras vanas y desnudas, se hinchan de una confianza tan necia que se regalan en sus pecados sin cuidado. Así, hoy, los papistas encierran a Cristo en el pan y el vino en su imaginación; hecho lo cual, tan pronto como han adorado a su ídolo con necio culto, se jactan y alardean como si fueran tan santos como los ángeles. Debemos notar diligentemente estos dos vicios: que los hombres se forjan supersticiosamente un Dios carnal y mundano, que desciende a ellos de tal modo que permanecen con sus mentes puestas en la tierra y no se elevan con la mente al cielo. Y además, sueñan que Dios se aplaca con una obediencia frívola; de ahí resulta que se entontecen con las señales visibles, y, en segundo lugar, que intentan dejar a Dios en deuda con ellos de manera pueril y con cosas que no valen nada.

Ahora entendemos en qué sentido dice el profeta que Dios no tiene lugar de reposo en el mundo. Quería, ciertamente, que el templo fuera señal y prenda de su presencia, pero solo para los piadosos, que ascendían al cielo en su corazón, que lo adoraban espiritualmente con fe pura; pero no tiene lugar de reposo con los supersticiosos, que, por sus necias invenciones, lo atan a los elementos del mundo o le erigen un culto terrenal; ni tampoco con los hipócritas, que están hinchados de una confianza ebria, como si hubieran cumplido bien su deber para con Dios después de haber jugado con sus fruslerías. En suma, la promesa recibida por la fe hace que Dios nos oiga en su templo, como si estuviera presente para mostrar su poder en los sacramentos; pero si no nos elevamos a él por la fe, no tendremos su presencia. De aquí podemos deducir fácilmente que, cuando habita en medio de los suyos, no está atado a la tierra ni comprendido en lugar alguno, porque ellos lo buscan espiritualmente en el cielo.

Hechos 7:50

50. ¿No hizo mi mano? El profeta dice al pueblo con estas palabras que Dios no tiene necesidad ni de oro, ni del precioso ajuar del templo, ni de los sacrificios; de donde se sigue que su verdadero culto no está contenido en las ceremonias. Pues no desea ninguna de todas estas cosas que le ofrecemos, por sí mismo, sino solo para ejercitarnos en el estudio de la piedad; argumento que se trata más ampliamente en el Salmo 1. Porque aunque sea una necedad vergonzosa pretender alimentar a Dios con sacrificios, si los hipócritas no estuvieran sumergidos en ella, no harían tal caso de fruslerías, pues todo lo que se aparta del culto espiritual es insípido delante de Dios; sepamos, pues, que Dios nos busca a nosotros y no lo nuestro, que tenemos solo a nuestro antojo; y de aquí se ve también cuán grande diferencia hay entre la verdadera religión y las invenciones carnales de los hombres.

Hechos 7:51-53

51. Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros siempre resistís al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros. 52. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores; 53. vosotros que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis.

Hechos 7:51

51. Como Esteban no responde expresamente a los puntos de la acusación, soy de la opinión de quienes piensan que habría dicho más si su discurso no hubiera sido interrumpido por algún alboroto. Pues sabemos qué clase de tribunal tenía; no es de extrañar, por tanto, que lo forzaran a callar con ruido y gritos. Y vemos también que usó a propósito una larga insinuación para domar y aplacar a quienes eran como bestias brutas y crueles en extremo; pero es verosímil que su locura se encendiera entonces, cuando probó que habían corrompido malvadísimamente la ley, que el templo estaba contaminado por sus supersticiones y que entre ellos no hay nada sincero; porque, mientras se aferraban a meras figuras, no adoraban a Dios espiritualmente, ya que no referían las ceremonias a la figura celestial; pero aunque Esteban no entró en la causa directamente, sino que procuró ir suavizando poco a poco sus fieros ánimos, razonó con mucho acierto para purgarse del crimen que se le imputaba.

Estos dos puntos, como hemos dicho, eran los principales de la cuestión: que Esteban había blasfemado contra Dios y su templo; que pretendía anular la ley. Para que Esteban se limpiara de ambas falsas calumnias, comenzó por la vocación de Abraham, y declara que los judíos aventajaban a los gentiles no por su propia naturaleza, ni por derecho propio, ni por mérito alguno de obras, sino por un privilegio gratuito, porque Dios los había adoptado en la persona de Abraham. Esto es también muy pertinente a la causa: que el pacto de salvación se hizo con Abraham antes de que hubiera templo ni ceremonias, más aún, antes de que se estableciera la circuncisión. De estas cosas se jactaban tanto los judíos que decían que sin ellas no había culto de Dios ni santidad alguna. Después expuso cuán maravillosa y múltiple fue la bondad de Dios para con la descendencia de Abraham, y de nuevo cuán malvada y rebeldemente habían rechazado, en cuanto estaba de su parte, la gracia de Dios; con lo cual se ve que no puede atribuirse a sus propios méritos que sean contados por pueblo de Dios, sino a que Dios los escogió por su propia voluntad, siendo indignos, y no cesó de hacerles bien aunque fueron ingratísimos. Sus espíritus altivos y soberbios podían así ser sometidos, domados y humillados, para que, vaciados de aquel viento de necia gloria, vinieran al Mediador. En tercer lugar, declaró que el Ángel era el gobernante y principal al dar la ley y libertar al pueblo, y que Moisés sirvió de tal manera en su oficio que enseñó que después vendrían otros profetas, los cuales, con todo, tendrían uno que sería el principal de ellos, para que pusiera fin a todas las profecías y trajera el cumplimiento perfecto de todas. De donde se deduce que son todo menos discípulos de Moisés los que rechazan aquella clase de doctrina que fue prometida y recomendada en la ley, junto con su autor.

Por último, muestra que todo el culto antiguo prescrito por Moisés no ha de estimarse por sí mismo, sino que debe más bien referirse a otro fin, porque fue hecho conforme al modelo celeste; y que los judíos han sido siempre malos intérpretes de la ley, porque no concibieron sino lo terrenal. Con esto se prueba que no se hace injuria al templo ni a la ley cuando Cristo es puesto, por así decirlo, como el fin y la verdad de ambos. Pero como el estado de la causa consistía principalmente en esto: que el culto de Dios no consiste propiamente en sacrificios y otras cosas, y que todas las ceremonias no hacían otra cosa que dar sombra de Cristo, Esteban se proponía detenerse en este punto si los judíos se lo hubieran permitido; pero como, cuando llegó al meollo del asunto, no pueden soportar oír más (tan encendidos estaban de furor), falta la aplicación de lo que había dicho a esta causa que tenía entre manos. Y se ve forzado a usar una áspera reprensión como conclusión: Duros de cerviz, dice (Éx 32:9; 33:3, 5). Vemos cuán pronto se ofende con ellos con un santo celo; pero como veía que decía muchas cosas con poco fruto, especialmente ante sordos, corta su doctrina. Esta es una metáfora tomada de los caballos o los bueyes, que Moisés usa a menudo cuando quiere decir que su pueblo es rebelde y desobediente a Dios, y además indómito.

El reproche que sigue tenía mayor fuerza para ellos. La circuncisión era para ellos un velo y cubierta para encubrir todos los vicios. Por tanto, cuando los llama incircuncisos de corazón, no solo quiere decir que son rebeldes contra Dios y obstinados, sino que fueron hallados traidores y quebrantadores del pacto, aun en aquella señal de la que tanto se jactaban; y así vuelve muy oportunamente a su vergüenza aquello de lo que hacían gloria. Porque es lo mismo que si hubiera dicho que habían quebrantado el pacto del Señor, de modo que su circuncisión era vana y profana. Esta expresión está tomada de la ley y los profetas. Pues así como Dios estableció la señal, así quiso que los judíos supieran con qué fin eran circuncidados: a saber, para que circuncidaran sus corazones y todos sus afectos corruptos al Señor, como leemos: «Circuncidad, pues, vuestros corazones al Señor». Por tanto, la letra de la circuncisión, como la llama Pablo, es una máscara vana delante de Dios (Ro 2:28). Así, puesto que hoy el lavamiento espiritual es la verdad de nuestro bautismo, hay que temer que se nos pueda objetar con razón que no somos partícipes del bautismo, porque nuestras almas y nuestra carne están contaminadas de inmundicia.

Siempre resistís. Al principio Esteban se dignó llamar padres y hermanos a estos hombres contra quienes invectiva ahora con tanta dureza. Por tanto, mientras quedó alguna esperanza de que se volvieran más apacibles, no solo trató amistosamente con ellos, sino que les habló con honor. Ahora, tan pronto como advierte su desesperada terquedad, no solo les quita todo honor, sino que, para no tener comunión alguna con ellos, les habla como a hombres de otro linaje. Vosotros, dice, sois semejantes a vuestros padres, que siempre se rebelaron contra el Espíritu de Dios. Pero él mismo procedía de esos mismos padres; y sin embargo, para unirse a Cristo, olvida su parentela, por cuanto era impía. Y con todo, no los ata a todos en un mismo haz, como suele decirse, sino que habla a la multitud.

Y se dice que resisten al Espíritu los que lo rechazan cuando habla en los profetas. Ni habla en este lugar de revelaciones secretas con que Dios inspira a cada uno, sino del ministerio externo; lo cual debemos notar con diligencia. Se propone quitar a los judíos todo pretexto de excusa; y por eso les echa en cara que habían resistido a Dios a propósito, y no por ignorancia. De donde se ve cuánto aprecia el Señor su palabra y con cuánta reverencia quiere que la recibamos. Por tanto, para que no hagamos guerra a Dios como gigantes, aprendamos a escuchar a los ministros por cuya boca él nos enseña.

Hechos 7:52

52. ¿A cuál de los profetas? Como ellos no debían cargar con la culpa de sus padres, Esteban parece obrar injustamente al contar esto entre las faltas de aquellos a quienes habla; pero tenía justas causas para hacerlo. Primero, como se jactaban de ser la santa descendencia de Abraham, valía la pena mostrarles cuán grande vanidad era aquella, como si Esteban dijera que no hay razón para que se jacten de su linaje, puesto que descienden de los que fueron malvados asesinos de los profetas. De modo que toca de pasada lo que está expuesto más claramente por los profetas: que no son hijos de profetas, sino una descendencia degenerada y bastarda, simiente de Canaán, etc. Lo cual podemos echar hoy en cara a los papistas, cuando tanto ensalzan a sus padres. Además, esto sirve también para agravar la culpa, pues dice que no es cosa nueva en ellos resistir a la verdad, sino que tienen esta maldad, por así decirlo, por herencia de sus padres. Además, era necesario que Esteban les arrancara así de la cara la máscara de Iglesia con que lo cargaban. Era un prejuicio indebido contra la doctrina del evangelio que se jactaran de ser la Iglesia de Dios y reclamaran este título por larga sucesión. Por eso Esteban se adelanta y prueba lo contrario: que sus padres se enfurecieron contra los profetas no menos que ellos, por un impío desprecio y odio de la sana doctrina. Por último, es costumbre continua de la Escritura reunir a padres e hijos bajo la misma culpa, ya que se contaminan con las mismas ofensas, y a esto responde aquella famosa sentencia de Cristo: «¡Vosotros también llenad la medida de vuestros padres!… para que venga sobre vosotros toda la sangre justa, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías».

Que anunciaron de antemano. De aquí deducimos que este era el blanco de todos los profetas: dirigir a su nación a Cristo, como él es el fin de la ley (Ro 10:4). Sería demasiado largo reunir todas las profecías en que se predijo la venida de Cristo. Baste saber en general que era oficio común de todos los profetas prometer la salvación por la gracia de Cristo. Cristo es llamado en este lugar el Justo, no solo para señalar su inocencia, sino por el efecto, porque le es propio establecer la justicia en el mundo. Y aun en este lugar prueba Esteban que los judíos eran del todo indignos del beneficio de la redención, porque los padres no solo rechazaron en tiempos pasados lo que les era atestiguado por los profetas, sino que además mataron cruelmente a los mensajeros de la gracia, y sus hijos procuraron extinguir al autor de la justicia y de la salvación que se les ofrecía. Con lo cual Cristo enseña que la malvada conspiración de sus enemigos era un cúmulo de todas las iniquidades.

Hechos 7:53

53. Que recibisteis la ley. Llamaban celo de la ley a aquel furor con que se enfurecían contra Esteban, como si él hubiera sido un abandonador de la ley y un rebelde, y hubiera forzado a otros a apartarse del mismo modo. Aunque estaba resuelto a limpiarse de esta falsa acusación, no llevó su respuesta hasta el final. Pues no podía ser oído, y era inútil hablar a sordos. Por eso se contenta, en una palabra, con quitarles su falso color y pretexto. Es evidente, dice, que mentís cuando pretextáis el celo de la ley, que transgredís y quebrantáis sin cesar; y así como les echó en cara, en las palabras inmediatamente anteriores, el traidor asesinato del Justo, así ahora les reprocha su apartamiento de la ley. Alguno dirá que con esto la causa de Esteban no mejora en nada, porque los judíos quebranten la ley. Pero, como ya hemos dicho, Esteban no los reprende así como si su defensa consistiera principalmente en este punto, sino para que no se lisonjeen con su falsa jactancia. Porque así hay que tratar a los hipócritas, que quieren, no obstante, parecer defensores fervientísimos de la gloria de Dios, aunque en realidad lo condenan sin cuidado. Y aquí hay también una oportuna antístrofe, porque aparentaban que recibían la ley que se les había confiado, la cual, sin embargo, era despreciada por ellos con oprobio.

Por disposición de ángeles. Literalmente es para disposiciones, pero viene a ser lo mismo. Además, no necesitamos buscar otro intérprete de esta expresión que Pablo, quien dice que la ley fue dispuesta u ordenada por ángeles (Gá 3:16); pues allí usa el participio del cual se deriva este nombre. Y su sentido es que los ángeles fueron los mensajeros de Dios y sus testigos al promulgar la ley, para que su autoridad fuera firme y estable.

Por tanto, puesto que Dios llamó a los ángeles para que fueran como testigos solemnes cuando dio su ley a los judíos, esos mismos ángeles serán testigos de su infidelidad. Y con este fin hace Esteban mención de los ángeles: para acusar a los judíos en presencia de ellos y probarlos culpables, porque han transgredido la ley. De aquí podemos deducir qué será de los despreciadores del evangelio, que tanto excede a la ley que, en cierto modo, oscurece su gloria, como enseña Pablo (2 Co 3).

Hechos 7:54-58

54. Y oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él. 55. Pero él, estando lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios; 56. y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios. Y ellos, gritando a gran voz, se taparon los oídos; 57. y arremetieron a una contra él; 58. y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon.

Hechos 7:54

54. Al oír. El comienzo de la acción tenía algún color de juicio; pero al fin los jueces no pueden refrenar su furor. Primero lo interrumpen con murmullos y ruido; ahora estallan en gritos envidiosos y mortales, para no oír ni una sola palabra. Después arrastran al santo varón (fuera de la ciudad) para darle muerte. Y Lucas expresa con propiedad qué fuerza tiene Satanás para impulsar a los adversarios de la palabra. Cuando dice que se enfurecían por dentro [literalmente, se partían por dentro], señala que no solo estaban airados, sino también heridos de locura. Este furor estalla en el crujir de dientes, como un fuego violento en llama. Los réprobos, que están a las órdenes de Satanás, necesariamente se mueven así al oír la palabra de Dios; y tal es el estado del evangelio: lleva a la locura a los hipócritas que antes podían parecer modestos, como si a un borracho que desea dormir se le despertara de repente. Por eso Simeón asigna esto a Cristo como propio de él: revelar los pensamientos de muchos corazones (Lc 2:35). Pero, con todo, esto no debe atribuirse a la doctrina de la salvación, cuyo fin es más bien este: domar las mentes de los hombres para que obedezcan a Dios después de haberlas sometido. Pero tan pronto como Satanás ha poseído sus mentes, si se les insiste, su impiedad estallará. Por tanto, este es un mal accidental; con todo, se nos enseña por estos ejemplos que no debemos esperar que la palabra de Dios lleve a todos los hombres a un sano juicio.

Esta doctrina nos es muy necesaria para la constancia. Los que son maestros no pueden cumplir su deber como deben sin oponerse a los despreciadores de Dios. Y como siempre hay algunos hombres malvados que tienen en poco la majestad de Dios, han de recurrir de vez en cuando a esta vehemencia de Esteban. Pues no deben disimular cuando se le quita a Dios su honor. ¿Y cuál será el resultado? Su impiedad se enardecerá más, de modo que parecerá que echamos aceite al fuego (como dicen). Pero suceda lo que suceda, no debemos perdonar a los impíos, sino que debemos mantenerlos abatidos con vigor, aunque pudieran derramar todas las furias del infierno. Y es cierto que los que quieren lisonjear a los impíos no miran el fruto, sino que están desanimados por el temor del peligro. Pero en cuanto a nosotros, aunque no tengamos el éxito que quisiéramos, sepamos que el valor en defender la doctrina de la piedad es un sacrificio de olor grato a Dios.

Hechos 7:55

55. Estando lleno. Casi no podemos expresar en qué apuros se vio el siervo de Cristo cuando se vio rodeado de enemigos enfurecidos; la bondad de su causa estaba oprimida, en parte por falsas acusaciones y malicia, en parte por violencia y gritos desaforados; estaba cercado por todos lados de rostros severos; él mismo era arrastrado a un género de muerte cruel y horrible; no podía divisar socorro ni alivio en ninguna parte. Por eso, viéndose así destituido de ayuda humana, se vuelve a Dios. Debemos notar primero esto: que Esteban miró a Dios, que es el juez de la vida y de la muerte (apartando sus ojos de mirar al mundo), cuando fue llevado a extrema desesperación de todas las cosas, mientras que no tenía ante sus ojos sino la muerte. Hecho esto, debemos añadir también que su expectación no fue vana, porque Cristo se le apareció enseguida. Aunque Lucas da a entender que ya estaba armado de tal poder del Espíritu que no podía ser vencido, de modo que nada podía impedirle contemplar los cielos; por eso Esteban mira hacia el cielo, para cobrar ánimo contemplando a Cristo; para que, muriendo, triunfe gloriosamente, habiendo vencido la muerte. Pero en cuanto a nosotros, no es de extrañar que Cristo no se nos muestre, porque estamos tan fijos y atados a la tierra. De ahí resulta que el corazón nos falla ante cualquier ligero rumor de peligro, y aun a la caída de una hoja. Y con buenas causas; pues ¿dónde está nuestra fuerza sino en Cristo? Pero pasamos por alto los cielos, como si no tuviéramos ayuda en ninguna otra parte sino en el mundo. Además, este vicio no puede remediarse por otro medio que si Dios nos levanta por su Espíritu, estando nosotros naturalmente puestos en la tierra. Por eso Lucas asigna esta causa de por qué Esteban miró fijamente hacia el cielo: porque estaba lleno del Espíritu. Nosotros también debemos ascender al cielo, teniendo a este Espíritu por director y guía, cuantas veces nos veamos oprimidos por las tribulaciones. Y ciertamente, hasta que él nos ilumine, nuestros ojos no son tan agudos de vista que puedan llegar al cielo. Más aún, los ojos de la carne son tan torpes que no pueden ascender al cielo.

Vio la gloria de Dios. Lucas da a entender, como he dicho, que Cristo se apareció enseguida a Esteban tan pronto como levantó los ojos hacia el cielo. Pero nos dice antes que le fueron dados otros ojos distintos de los ojos de la carne, puesto que con ellos vuela hasta la gloria de Dios. De donde debemos sacar un consuelo general: que Dios no estará menos presente con nosotros si, abandonando el mundo, todos nuestros sentidos se esfuerzan por llegar a él; no porque se nos aparezca por visión externa alguna, como a Esteban, sino porque se nos revelará por dentro de tal modo que sintamos realmente su presencia. Y esta manera de ver debe bastarnos, cuando Dios no solo declara, por su poder y gracia, que está cerca, sino que prueba además que habita en nosotros.

Hechos 7:56

56. He aquí, veo los cielos. Dios no quiso solo proveer en privado a su siervo, sino también atormentar y torturar a sus enemigos; pues Esteban triunfa valientemente sobre ellos cuando afirma claramente que veía un milagro. Y aquí puede plantearse una cuestión: ¿cómo fueron abiertos los cielos? Por mi parte, pienso que no se cambió nada en la naturaleza de los cielos, sino que a Esteban se le concedió una nueva agudeza de vista, que atravesó todos los estorbos hasta la invisible gloria del reino de los cielos. Pues aunque concedamos que se hizo alguna división o abertura en el cielo, el ojo del hombre jamás podría alcanzar tan lejos. Además, solo Esteban vio la gloria de Dios. Porque aquel espectáculo no solo estaba oculto a los impíos, que estaban en el mismo lugar, sino que estaban tan cegados por dentro que no veían la verdad manifiesta. Por eso dice que los cielos se le abren en este sentido: porque nada le impide contemplar la gloria de Dios. De donde se sigue que el milagro no fue obrado en el cielo, sino en sus ojos. Por tanto, no hay razón para que disputemos mucho acerca de visión natural alguna; porque es cierto que Cristo se le apareció no de alguna manera natural, sino de una manera nueva y singular. Y os ruego, ¿de qué color era la gloria de Dios, para que pudiera verse naturalmente con los ojos de la carne? Por eso no debemos imaginar en esta visión nada sino lo que es divino. Además, esto merece notarse: que la gloria de Dios no se apareció a Esteban toda tal como es, sino conforme a la capacidad del hombre. Pues aquella infinitud no puede ser comprendida con la medida de criatura alguna.

El Hijo del Hombre que está. Ve a Cristo reinando en aquella carne en la que fue abatido; de modo que en verdad la victoria consistía en esto solo. Por eso no es superfluo que Cristo se le aparezca, y por esta causa lo llama también Hijo del Hombre, como si dijera: Veo en el gobierno del cielo a aquel hombre a quien pensabais haber extinguido por completo con la muerte; crujid, pues, los dientes cuanto queráis: no hay razón para que yo tema combatir hasta la sangre por aquel que no solo defenderá su propia causa, sino también mi salvación. Con todo, aquí puede plantearse una cuestión: ¿por qué lo vio de pie, siendo que en otro lugar se dice que está sentado? Agustín, como a veces es más sutil de lo necesario, dice «que está sentado como juez, y que entonces estaba de pie como abogado». Por mi parte, pienso que aunque estas expresiones sean diversas, significan ambas una misma cosa. Pues ni el estar sentado ni el estar de pie señala cómo estaba formado el cuerpo de Cristo; sino que esto se refiere a su poder y reino. Pues ¿dónde le erigiremos un trono para que se siente a la diestra de Dios Padre, siendo que Dios lo llena todo de tal manera que no debemos imaginar lugar alguno para su diestra?

Por tanto, todo el texto es una metáfora cuando se dice que Cristo está sentado o de pie a la diestra de Dios Padre, y el sentido claro es este: que Cristo tiene todo poder dado, para que reine en lugar de su Padre en aquella carne en la que fue humillado, y para que esté junto a él. Y aunque este poder se extiende por el cielo y la tierra, algunos hombres imaginan mal que Cristo está en todas partes en su naturaleza humana. Porque, aunque esté contenido en un lugar determinado, eso no impide en absoluto que pueda mostrar, y muestre, su poder por todo el mundo. Por tanto, si deseamos sentirlo presente por la operación de su gracia, debemos buscarlo en el cielo; como se reveló a Esteban allí. Además, algunos afirman ridículamente, a partir de este pasaje, que se acercó a Esteban para que este lo viera. Porque ya hemos dicho que los ojos de Esteban fueron elevados de tal modo por el poder del Espíritu que ninguna distancia de lugar podía impedirlo. Confieso, ciertamente, que hablando con propiedad, es decir, filosóficamente, no hay lugar sobre los cielos. Pero me basta con esto: que es un desvarío perverso colocar a Cristo en cualquier otra parte que no sea solo el cielo, y por encima de los elementos del mundo.

Hechos 7:57

57. Gritando a gran voz. Esto fue o una vana muestra de celo, como los hipócritas casi siempre son impulsados por la ambición a estallar en un calor inmoderado; como Caifás, cuando oyó a Cristo decir así: De aquí en adelante veréis al Hijo del Hombre, etc., rasgó sus vestidos en señal de indignación, como si fuera una blasfemia intolerable; o ciertamente la predicación de la gloria de Cristo fue para ellos un tormento tal que necesariamente reventaban de locura. Y yo me inclino más a esta opinión; porque Lucas dice después que fueron llevados con violencia, como suelen saltar desmedidamente los hombres que no tienen dominio de sí mismos.

Hechos 7:58

58. Apedrearon. Dios había establecido en la ley esta clase de castigo para los falsos profetas, como está escrito en el capítulo 13 de Deuteronomio; pero Dios define también allí quiénes deben contarse en ese número: a saber, el que intente llevar al pueblo tras dioses ajenos; por tanto, el apedreamiento de Esteban fue injusto y también impío, porque fue condenado injustamente; de modo que los mártires de Cristo deben sufrir el mismo castigo que los impíos. Solo la causa hace la diferencia; pero esta diferencia es tan estimada ante Dios y sus ángeles que los oprobios de los mártires exceden con mucho toda la gloria del mundo. Con todo, aquí puede plantearse una cuestión: ¿cómo era lícito a los judíos apedrear a Esteban, no teniendo el gobierno en sus manos? Pues en la causa de Cristo responden: No nos es lícito dar muerte a nadie. Respondo que lo hicieron con violencia y en tumulto. Y en cuanto a que el presidente no castigó esta maldad, puede ser que disimulara muchas cosas, para no atraer sobre su propia cabeza el odio que ellos tenían contra el nombre de Cristo. Vemos que los presidentes romanos disimulaban sobre todo las discordias civiles de aquella nación, aun a propósito, para que, cuando unos hubieran matado a otros, fueran vencidos más fácilmente después.

Hechos 7:58-61

Y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo. 59. Y apedrearon a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. 60. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió. 61. Y Saulo consentía [estaba consintiendo] en su muerte.

Hechos 7:59

Y los testigos. Lucas da a entender que aun en aquel tumulto guardaban alguna apariencia de juicio. No fue en vano mandar que los testigos arrojaran la primera piedra; porque, viendo que habían de cometer el homicidio con sus propias manos, muchos son retenidos por cierto temor, que de otro modo temen menos degollar a los inocentes con perjurio de la lengua. Pero entretanto, deducimos cuán ciega y loca era la impiedad de estos testigos, que no temen manchar sus manos sanguinarias con la sangre de un inocente, ellos que ya habían cometido homicidio con sus lenguas. Cuando dice que sus ropas fueron puestas a los pies de Saulo, muestra que no había en él impedimento alguno para que, entregado a una mente reprobada, pereciera con los demás. Pues ¿quién no pensaría que era un desesperado [desperado], que había infectado su juventud con talcrueldad? Ni se expresa su edad para disminuir su culpa, como pretenden probar algunos hombres poco instruidos; pues tenía tales años que la falta de conocimiento no podía excusarlo en absoluto. Y Lucas declarará poco después que fue enviado por el sumo sacerdote a perseguir a los fieles. Por tanto, no era un niño, bien podía ser contado por hombre. ¿Por qué, pues, se menciona su juventud? Para que cada uno considere consigo mismo cuán gran daño habría podido hacer en la Iglesia de Dios, si Cristo no lo hubiera refrenado a tiempo. Y en ello aparece una señal notabilísima tanto del poder de Dios como de su gracia: que domó a una bestia fiera y salvaje en su mayor furor, aun en un momento, y que ensalzó tan alto a un miserable homicida que por su maldad estaba casi sumergido en el profundo pozo del infierno.

59. Invocando. Porque había pronunciado palabras suficientes ante los hombres, aunque en vano, se vuelve ahora a Dios con buenas razones, y se arma con la oración para sufrirlo todo. Pues aunque necesitamos correr a la ayuda de Dios en cada minuto de la hora durante toda nuestra milicia, tenemos mayor necesidad de invocar a Dios en el último combate, que es el más duro.

Y Lucas expresa de nuevo cuán furiosamente locos estaban, porque sucrueldad no se aplacó ni aun cuando vieron al siervo de Cristo orando humildemente. Además, aquí se pone una oración de Esteban de dos miembros. En el primero, donde encomienda su espíritu a Cristo, muestra la constancia de su fe. En el otro, donde ora por sus enemigos, testifica su amor hacia los hombres. Como toda la perfección de la piedad consiste en estas dos partes, tenemos en la muerte de Esteban un raro ejemplo de una muerte piadosa y santa. Debe pensarse que usó muchas más palabras, pero la suma tiende a esto.

Señor Jesús. Ya he dicho que esta oración fue testimonio de confianza; y ciertamente grande fue el valor y la vehemencia de Esteban, pues cuando veía volar las piedras alrededor de sus oídos, con las cuales iba a ser apedreado enseguida; cuando oye crueles maldiciones y oprobios contra su cabeza, se apoya, sin embargo, mansamente en la gracia de Cristo. De igual modo, el Señor quiere que sus siervos sean reducidos, por así decirlo, a nada algunas veces, para que su salvación sea más admirable. Y no definamos esta salvación por el entendimiento de nuestra carne, sino por la fe. Vemos cómo Esteban no se apoya en el juicio de la carne, sino que, asegurándose, aun en la misma destrucción, de que será salvo, sufre la muerte con ánimo tranquilo. Pues sin duda estaba seguro de esto: que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3:3).

Por tanto, desechando todo cuidado del cuerpo, se contenta con encomendar su alma en las manos de Cristo. Porque no podría orar así de corazón si, habiendo olvidado esta vida, no hubiera desechado todo cuidado de ella.

Nos conviene, con David (Sal 31:6), encomendar nuestras almas cada día en las manos de Dios mientras estemos en el mundo, porque estamos rodeados de mil muertes, para que Dios libre nuestra vida de todos los peligros; pero cuando hayamos de morir de veras y seamos llamados a ello, debemos acudir a esta oración: que Cristo reciba nuestro espíritu. Porque él encomendó su propio espíritu en las manos de su Padre, con este fin: para guardar el nuestro para siempre. Este es un consuelo inestimable, pues sabemos que nuestras almas no andan errantes de un lado a otro cuando salen de nuestros cuerpos, sino que Cristo las recibe, para guardarlas fielmente, si las encomendamos en sus manos. Esta esperanza debe animarnos a sufrir la muerte con paciencia. Más aún, todo el que encomienda su alma a Cristo con un ardiente afecto de fe, necesariamente debe resignarse por entero a su agrado y voluntad. Y este pasaje testifica claramente que el alma del hombre no es un soplo vano que se desvanece, como algunos frenéticos imaginan desatinadamente, sino que es un espíritu esencial que vive después de esta vida. Además, se nos enseña con esto que invocamos a Cristo recta y lícitamente, porque todo poder le es dado del Padre, con este fin: que todos los hombres se encomienden a su tutela.

Hechos 7:60

60. Puesto de rodillas, clamó. Esta es la otra parte de su oración, en la cual une el amor a los hombres con la fe en Cristo; y ciertamente, si deseamos ser reunidos con Cristo para nuestra salvación, debemos revestirnos de este afecto. Cuando Esteban ora por sus enemigos, y por enemigos mortalísimos, y aun en el mismo instante en que sucrueldad podía provocarlo al deseo de venganza, declara suficientemente qué afecto tiene hacia todos los demás hombres.

Y sabemos que a todos se nos manda hacer lo mismo que hizo Esteban; pero como no hay nada más difícil que perdonar las injurias de tal modo que queramos bien a quienes querrían vernos deshechos (Mt 5:43, 44), por eso debemos poner siempre a Esteban ante nuestros ojos como ejemplo. Clama, ciertamente, a gran voz, pero no hace ante los hombres ostentación de nada que no fuera dicho con sinceridad y de corazón, como Dios mismo es testigo. Con todo, clama en voz alta para no omitir nada de lo que pudiera servir para aplacar lacrueldad de los enemigos. El fruto no apareció enseguida, pero sin duda no oró en vano; y Pablo es para nosotros testimonio suficiente de que este pecado no fue imputado a todos ellos. No diré como Agustín, que si Esteban no hubiera orado la Iglesia no habría tenido a Pablo; porque esto es algo duro; solo digo esto: que, puesto que Dios perdonó a Pablo, se ve por ello que la oración de Esteban no fue en vano. Aquí surge una cuestión: cómo ora Esteban por los que poco antes dijo que resistían al Espíritu Santo; pero ¿no parece este el pecado contra el Espíritu, que nunca será perdonado? Fácilmente podemos responder que aquello se pronuncia en general de todos, lo cual corresponde a muchos en todas partes; por eso no llamó rebelde al cuerpo del pueblo de tal manera que no exceptuara a ninguno. Además, ya he declarado antes qué clase de resistencia condenaba en aquel lugar; pues no se sigue enseguida que pequen contra el Espíritu Santo los que lo resisten por un tiempo. Cuando ora para que Dios no les impute el pecado, su sentido es que la culpa no permanezca en ellos.

Y habiendo dicho esto, durmió. Esto se añadió para que sepamos que estas palabras fueron pronunciadas cuando estaba ya a punto de entregar el espíritu, lo cual es señal de admirable constancia; además, esta palabra dormir señala una muerte apacible. Ahora bien, como hizo esta oración cuando estaba a punto de morir, no fue movido por esperanza alguna de obtener perdón para ser tan cuidadoso de aplacar a sus enemigos, sino solo para que se arrepintieran. Cuando esta palabra dormir se toma en la Escritura por morir, debe referirse al cuerpo, para que nadie imagine necio con los ignorantes que las almas también duermen.

CAPÍTULO 8

En esta historia podemos ver primero el estado de los piadosos en este mundo, a saber, que son como ovejas destinadas al matadero, como está en el Salmo (Sal 44:22); y especialmente cuando el Señor suelta la rienda a sus enemigos, para que ejecuten lacrueldad que han concebido en su mente. En segundo lugar, aquí se expone el fin de las persecuciones, a saber, que están tan lejos de interrumpir el curso del evangelio que más bien, por el admirable consejo de Dios, llegan a ser ayudas para promoverlo. Como fue un milagro manifiesto que la dispersión, mencionada por Lucas, reuniera a muchos en la unidad de la fe que antes estaban alejados de Dios. Ahora consideremos cada cosa por orden.

Hechos 8:1-4

1. Y en aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén. Por eso todos fueron esparcidos por las regiones de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles. 2. Y hombres piadosos sepultaron a Esteban, y lo lloraron mucho. 3. Pero Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y mujeres y los metía en la cárcel. 4. Y los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando la palabra de Dios.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.