Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Isaías 11: comentario de Juan Calvino
Isaías 11:1
1. Pero saldrá una vara. Como la descripción de calamidades tan espantosas podía aterrar a los piadosos y darles motivo de desesperación, era necesario ofrecer consuelo; pues cuando el reino fue destruido, las ciudades derribadas y la desolación esparcida por todo el país, pudo no haber quedado nada sino dolor y lamento; y por eso podrían haber vacilado y caído, o haberse desanimado grandemente, si el Señor no les hubiera provisto este consuelo. Declara, pues, lo que el Señor hará después y de qué manera restaurará aquel reino.
Prosigue la metáfora que empleó hacia el final del capítulo anterior; pues había dicho que Jerusalén sería destruida como si un bosque fuera consumido por una sola conflagración. (Is 10:33, 34.) Su futura desolación sería como la de un país antes cubierto de bosques, cuando los árboles han sido talados y no puede verse nada sino ceniza. Para que las cosas que se contraponen se correspondan entre sí, dice que del tronco saldrá un renuevo, que crecerá hasta ser un árbol y extenderá lejos y ampliamente sus ramas y frutos. Por eso he preferido traducir גזע (gezang) un tronco seco, más bien que una raíz, aunque importa poco en cuanto al sentido; pero lo primero expresa más plenamente lo que el profeta quiso decir, a saber, que aunque el tronco esté seco, el renuevo que brote de él será más excelente que todos los bosques.
De aquí inferimos que esta predicción se aplica únicamente a la persona de Cristo; porque hasta que él vino no surgió tal renuevo. Ciertamente no puede aplicarse a Ezequías ni a Josías, que desde su misma infancia fueron criados con la expectativa de ocupar un trono. Zorobabel (Esd 3:8) no alcanzó la milésima parte de aquel elevado rango que el profeta encomia. Vemos, pues, que a los miserables y casi arruinados judíos solo se les ofreció consuelo en el Mesías y que su esperanza quedó en suspenso hasta que él apareció. En el tiempo de su aparición no habría habido esperanza de que el reino fuera levantado y restaurado si esta promesa no se hubiera añadido; porque la familia de David parecía completamente extinguida. Por eso no lo llama David, sino Isaí; porque el rango de aquella familia había caído tan bajo que parecía no una familia real, sino la de un humilde campesino, como lo era la familia de Isaí cuando David fue llamado inesperadamente al gobierno del reino. (1 S 16:1; 2 S 7:8.) Así, pues, habiendo sufrido esta calamidad y perdido su antigua fama, es denominada por el profeta la familia de Isaí, porque aquella familia no tenía superioridad sobre ninguna otra. Por eso pienso que aquí, y no hacia el final del capítulo anterior, comienza el consuelo.
En medio de tan espantosa desolación podían dudar quién sería su libertador. Promete, pues, que uno brotará aun de un tronco seco; y continúa, como mencioné poco antes, la misma metáfora del bosque, porque es mucho más hermosa que si hubiera dicho en lenguaje llano que vendría el Mesías. Habiendo amenazado con que el bosque sería talado por completo, añade que aun así saldrá de él un renuevo para restaurar la abundancia y magnificencia del bosque consumido; es decir, Cristo, que sería el libertador del pueblo. Cuán humilde fue su comienzo, es innecesario explicarlo. Sin duda estaba tan lejos de tener algo espléndido o atractivo que, con excepción de su nacimiento, todo, a la vista de la carne, era incompatible con el carácter del Redentor. Aun su nacimiento estuvo casi oscurecido; porque ¿quién habría pensado que un pobre carpintero (Mr 6:3) descendía de una familia real? Además, ¿dónde nació Cristo y cómo había sido criado? En suma, siendo toda su vida humilde y aun despreciable, sufrió una muerte sumamente ignominiosa, con la cual tuvo que comenzar su reino. Sin embargo, creció hasta una altura inmensurable, como un gran árbol de una semilla pequeña y débil, como él mismo muestra (Mt 13:31, 32; Mr 4:32) y como vemos por ejemplos cotidianos; porque en el progreso ininterrumpido de su reino deben suceder las mismas cosas que se vieron en su persona.
Isaías 11:2
Y reposará sobre él el Espíritu del Señor. Comienza ahora a hablar de Cristo claramente y sin figura; pues bastaba haber representado el consuelo bajo aquella figura para que se hiciera manifiesto el pleno contraste entre el incendio del bosque y su nuevo brotar. Describe dos estados del pueblo; pues, después de haber explicado la calamidad, añadió luego la esperanza de restauración, aunque su comienzo fuera de un renuevo delgado. Pero ahora muestra claramente cuál será la naturaleza de la redención y cuál será la condición de Cristo y de su reino.
Algunos piensan que esto debe entenderse más bien referido a Ezequías; pero cuán infundada es esa opinión ya lo hemos mostrado; porque cuando él nació, David tenía aún una fama floreciente y el rango de la realeza pertenecía a sus descendientes; y Ezequías estuvo muy lejos de alcanzar aquella grandeza que se describe poco después. Ahora bien, de aquí inferimos que el reino espiritual de Cristo fue prometido antes al pueblo antiguo, porque toda su fuerza, poder y majestad se hace consistir aquí en los dones del Espíritu. Aunque a Cristo no le faltaban dones de esta clase, sin embargo, como tomó sobre sí nuestra carne, era necesario que fuera enriquecido con ellos, para que después fuéramos hechos partícipes de todas las bendiciones de que de otro modo estamos desprovistos; porque de su plenitud, como dice Juan, hemos de sacar como de una fuente. (Jn 1:16; 7:37, 38.)
El Espíritu del Señor. Debemos tener presente lo que mencioné poco antes: que esto se refiere a la naturaleza humana de Cristo; porque no podía ser enriquecido con el don y la gracia del Padre sino en cuanto se hizo hombre. Además, así como descendió hasta nosotros, así recibió los dones del Espíritu para concedérnoslos. Y esta es la unción de la cual recibe el nombre de Cristo, que él nos comunica; pues ¿por qué somos llamados cristianos, sino porque nos admite a su comunión, distribuyéndonos de su plenitud conforme a la medida (Ef 4:7) de una liberalidad inmerecida? Y sin duda este pasaje no nos enseña tanto lo que Cristo es en sí mismo como lo que recibió del Padre para enriquecernos con sus riquezas.
Espíritu de sabiduría y de inteligencia. Aunque no es necesario prestar gran atención a las palabras sueltas, sin embargo, si alguien quiere establecer una ligera distinción entre sabiduría e inteligencia, la considero así: que la palabra sabiduría comprende en general todo lo que se refiere a la regulación de la vida, y que inteligencia se añade para explicarla; porque si estamos dotados de esta sabiduría, tendremos suficiente sagacidad. Consejo significa aquel juicio con que podemos abrirnos camino por asuntos intrincados; pues la inteligencia no bastaría si no hubiera también consejo, para que podamos obrar con cautela en asuntos dudosos. La palabra poder es bastante conocida. El conocimiento difiere poco de la inteligencia, salvo que se refiere más al acto de conocer y así declara lo que ha ocurrido. El temor del Señor significa un deseo sincero de adorar a Dios.
El profeta no enumera aquí todos los dones del Espíritu Santo, como algunos han pensado. De este pasaje los papistas han sacado, necia e ignorantemente, su gracia séptuple, y algunos de los antiguos cayeron en un error semejante. Solo enumera seis clases; pero ellos han añadido una séptima de su propia cabeza. Pero como un error suele seguir a otro, han preferido limitar los dones del Espíritu al número siete, aunque en otras partes de la Escritura (Jn 14:17; 2 Ti 1:7) recibe numerosos y elevados encomios tomados de la variedad de los efectos que produce. Además, es muy evidente que por la bondad de Cristo (Gá 5:22, 23) somos partícipes de otras bendiciones que las que aquí se enumeran: la mansedumbre, la castidad, la sobriedad, la verdad y la santidad; pues estas no proceden de otro que de Cristo. No menciona, por tanto, todos los dones que fueron concedidos a Cristo, pues era innecesario; sino que solo muestra brevemente que Cristo no vino con las manos vacías, sino bien provisto de todos los dones, para enriquecernos con ellos.
Si no se hubieran añadido estas cosas, podríamos haber supuesto, como suelen hacer los judíos, que la restauración de este reino era carnal, y podríamos haber imaginado que Cristo era pobre y desprovisto de todas las bendiciones. Por eso el profeta muestra después que los dones del Espíritu están depositados en él, primero en general y luego en particular; para que acudamos a él a obtener lo que nos falte. Nos iluminará con la luz de la sabiduría y la inteligencia, nos impartirá consejo en las dificultades, nos hará fuertes y valerosos en los combates, nos concederá el verdadero temor de Dios, es decir, la piedad, y, en una palabra, nos comunicará todo lo necesario para nuestra vida y salvación. Todos los dones están aquí incluidos por el profeta, de modo que es sumamente necio intentar ocultar los que no pertenecen a la presente enumeración.
Muestra que moran en Cristo para que nos sean comunicados. Somos llamados también sus compañeros (Sal 45:7), porque la fuerza procede de él como de la cabeza a los miembros individuales, y de igual modo Cristo hace fluir su unción celestial sobre todo el cuerpo de su Iglesia. De aquí se sigue que quienes son del todo estériles y secos no tienen parte en Cristo y se glorían falsamente en su nombre. Siempre que sintamos, pues, que nos falta alguno de estos dones, culpemos a nuestra incredulidad; porque la verdadera fe nos hace partícipes de todos los beneficios de Cristo. Debemos, pues, orar al Señor que no permita que las concupiscencias de la carne reinen en nosotros, para que Cristo nos una por completo a sí. Debe también observarse que debemos pedir todas las bendiciones solo a Cristo; porque nos engañamos si imaginamos que algo puede obtenerse del Padre de otra manera.
Isaías 11:3
3. Y le hará sagaz. El verbo ריח (riach), que aquí está en la conjugación Hifil, significa literalmente oler; pero también puede explicarse en sentido activo, como dar un olfato agudo, lo cual concuerda mejor, a mi parecer, con este pasaje, de modo que esta sagacidad quede también incluida entre los dones del Espíritu. Y este efecto es propio de la persona de Cristo, a saber, que, muy por encima de lo que los piadosos pueden concebir, él está dotado de un discernimiento penetrante para gobernar a su pueblo. Debemos atender, ante todo, a la metáfora del verbo oler, que significa que Cristo será tan perspicaz que no necesitará aprender por lo que oye ni por lo que ve; pues con solo oler percibirá lo que de otro modo permanecería desconocido.
En el temor del Señor. La mayor parte de los comentaristas entiende esta expresión en el sentido de que todos los sentimientos del corazón estarán manifiestos ante Cristo, de modo que fácilmente juzgará quiénes son los sinceros adoradores de Dios. Pero que el lector examine si no es un sentido más apropiado que el temor de Dios designa una regla fija de juzgar. Distingue expresamente entre el juicio celestial de Cristo y los juicios terrenales, para enseñarnos que la máscara exterior de santidad o de rectitud de nada vale en su presencia.
Y no juzgará según la vista de sus ojos. El sentido es: «Cuando comparezcamos ante el tribunal de Cristo, no solo serán llevadas a juicio las acciones exteriores, a la manera de los gobiernos humanos, sino que la vida de los hombres será examinada por la norma de la verdadera piedad. No corresponde al hombre penetrar en los corazones; y aquellos a quienes tenemos por hombres excelentes no tienen con frecuencia más que una máscara vacía; pero Cristo no juzga por la apariencia exterior (Lc 11:17; Jn 2:25), porque conoce a fondo y escudriña nuestros pensamientos más íntimos. Su juicio, por tanto, es muy distinto del de los hombres, que, con toda su agudeza y rápida sagacidad, caen en los errores más vergonzosos». De aquí se sigue que nadie puede ser verdadero adorador de Dios sino aquellos a quienes Cristo aprueba. No pueden obtener su aprobación a menos que presenten una mente pura y recta; porque una máscara falsa y vacía no puede engañarle.
Isaías 11:4
4. Sino que juzgará con justicia a los pobres. Aquí muestra que Cristo será el protector de los pobres; o bien señala a las personas a quienes pertenece propiamente la gracia de Cristo, a saber, a los pobres o mansos; es decir, a aquellos que, humillados por la convicción de su pobreza, han dejado a un lado esas disposiciones soberbias y altivas que de ordinario hinchan el ánimo de los hombres, hasta que han aprendido a ser mansos por la influencia dominadora de la palabra de Dios. Declara, pues, que será el defensor y protector, no de todos los hombres sin distinción, sino de los que saben que son pobres y están desprovistos de todo bien. Esto mismo declaró Cristo a los discípulos de Juan, cuando dijo que a los pobres es anunciado el evangelio (Mt 11:5). ¿Quiénes son los capaces de recibir esta doctrina? No todos los hombres sin excepción, sino los que, habiendo dejado a un lado la gloria de la carne, se acogen a esa protección celestial.
Hay, por tanto, un contraste implícito, a saber, que Cristo no gobierna sobre los ricos, es decir, sobre los que están hinchados con una falsa opinión de sí mismos. Aunque invita a todos los hombres a venir a él, con todo la mayor parte rehúsa someterse a su gobierno. Solo los pobres se dejan gobernar por él. Este pasaje nos enseña que, si deseamos ser protegidos por el poder de Cristo, debemos dejar a un lado todo orgullo y revestirnos del espíritu de mansedumbre y modestia. Aquella pobreza espiritual que el profeta recomienda a todos los miembros de Cristo consiste en no tener pensamientos altivos, sino en ser verdaderamente humillados por la convicción de nuestra pobreza y desnudez, de modo que dependamos de Cristo solo. Cuando hemos sido llevados a este estado de ánimo, el fiel Rey y Protector se encargará de asegurar nuestra salvación y nos defenderá hasta el fin contra todos nuestros enemigos. Aprendemos también a quiénes invita Cristo a venir a él: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados» (Mt 11:28). Debemos, pues, estar trabajados y abatidos por el peso de nuestra carga, si queremos sentir y conocer su socorro.
Y argüirá con equidad por los mansos de la tierra. Debemos atender al orden que aquí observa el profeta. Pone primero la pobreza y luego la mansedumbre; porque primero debemos ser pobres antes de llegar a ser mansos. Mientras pensemos que somos alguien (Hch 5:36) y nos dejemos llevar por una vana confianza en nosotros mismos, nuestro corazón está lleno de orgullo y presunción, y no puede ceder ni someterse; pero cuando estamos convencidos de nuestra pobreza, perdemos el ánimo y, sometidos y abatidos, comenzamos a gemir bajo la carga. Se describe, pues, aquí la condición del pueblo de Cristo, así como antes había ilustrado la naturaleza del rey mismo. De aquí debemos aprender también que esos preciosos dones del Espíritu de que vimos poco antes que Cristo está provisto no los concede él a todos los hombres sin distinción, sino a los pobres y a los mansos; porque la palabra juzgar denota gobierno, una parte muy importante del cual es que Cristo nos comunica los dones que recibió del Padre, para que él viva en nosotros y nosotros vivamos en él.
Y herirá la tierra con la vara de su boca. El profeta ensalza aquí la eficacia de la palabra, que es el cetro real de Cristo. Por la vara de su boca se entiende un cetro que consiste en palabras, y en la segunda cláusula repite la misma idea con la expresión el soplo de sus labios; como si dijera que Cristo no necesitará tomar prestada la ayuda de otros para derribar a sus enemigos y abatir todo lo que se oponga a su gobierno; pues bastará un simple soplo o una palabra. La afirmación puede ser general, ya que también los creyentes deben morir para ser renovados a una vida espiritual; y en este sentido el evangelio es llamado una espada destinada a degollar los sacrificios (Ro 15:16). Pero la última parte del versículo exige una interpretación diferente. Si alguien quiere hacer una distinción, el herir la tierra se aplicará igualmente a los reprobados y a los elegidos; pues el evangelio es
una espada de dos filos, que penetra hasta los sentimientos más ocultos y secretos del corazón, y discierne los pensamientos y las intenciones (He 4:12).
Sin embargo, hiere a los primeros de modo muy distinto a como hiere a los segundos. Al mortificar en los elegidos la naturaleza pecaminosa, mata sus concupiscencias, para que lleguen a ser sacrificio vivo y sacrificio de olor fragante; pero a los impíos los hiere de una manera totalmente destructora, pues se pudren y mueren, y para ellos es, como dice Pablo, olor de muerte para muerte (2 Co 2:16). Con gusto consideraría que aquí se describen ambos efectos a la vez, si no se opusiera a ello el uso de la lengua hebrea; pues los escritores hebreos repiten con frecuencia el mismo pensamiento en distintas palabras.
Y con el espíritu de sus labios matará al impío. Cristo está armado con el soplo de sus labios para matar al impío. Pero quizá esta segunda cláusula fue añadida por Isaías con el fin de amplificar; y, ciertamente, matar es mucho más que herir. Como es propio del evangelio abatir a todos los hombres sin excepción, puede decirse que su efecto sobre los reprobados es accidental: matarlos con un golpe mortal. De este modo el profeta añadiría un caso particular a la afirmación general, dando a entender que los impíos caen bajo la espada de Cristo para su destrucción eterna, porque no han sido apartados para ser sacrificios. Sea como fuere, esta última cláusula debe limitarse sin duda a los impíos solamente; y se añade porque esa eficacia no aparece inmediatamente en la predicación del evangelio, sino que, por el contrario, muchos se burlan, se mofan y tratan como una fábula todo lo que se dice acerca de Cristo y de su palabra. Pero aunque no sientan de inmediato su poder, no podrán escapar de él, y al fin serán muertos por una herida mortal.
Pero el sentido del profeta, según pienso, todavía no está plenamente explicado; porque no habla solo del sentimiento interior por el cual los impíos son movidos, quieran o no, sino de la impiedad misma, que será quitada y expulsada por el poder y la eficacia de este cetro, como también lo explica Pablo; pues sin duda alude a este pasaje cuando habla de la destrucción del Anticristo.
Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida (2 Ts 2:8).
Así nos explica el sentido del profeta; porque muestra que Cristo nunca estará sin enemigos, que se esforzarán por derribar su reino y por estorbar o retardar el curso del evangelio; de otro modo estas palabras del profeta se habrían dicho en vano. Pero Cristo expulsará a algunos de ellos, y a todos juntos, y a su misma cabeza y caudillo, con el sonido de su doctrina.
Así también Pablo recomienda un doble uso de la doctrina, exigiendo del pastor que
sea capaz no solo de enseñar, sino también de convencer a los que contradicen (Tit 1:9).
Un pastor no solo debe apacentar a su rebaño, sino también protegerlo y guardarlo de todo daño. Esto es lo que Cristo hace, y por eso está provisto de la armadura necesaria, para combatir con éxito contra las mentiras de Satanás, la crueldad de los tiranos y toda clase de enemigos.
De aquí es evidente que las doctrinas impías no pueden ser expulsadas por ningún otro método que por el evangelio. En vano empleará el magistrado la espada, que sin duda debe emplear para reprimir a los falsos maestros y a los falsos profetas; en vano, digo, intentará todo esto, si no precede esta espada de la palabra (Dt 13:5). Esto debe observarse cuidadosamente frente a los papistas, quienes, cuando les falta la palabra, recurren a nuevas armas, con cuya ayuda piensan alcanzar la victoria. Llegan a ser tan impudentes que se jactan de que los herejes no pueden ser refutados por la palabra, aunque tanto el profeta como Pablo no establecen otro método.
Cuando el profeta dice: con el soplo de sus labios, esto no debe limitarse a la persona de Cristo; pues se refiere a la palabra que es predicada por sus ministros. Cristo actúa por ellos de tal manera que quiere que su boca sea tenida por su boca, y sus labios por sus labios; es decir, cuando hablan de su boca y declaran fielmente su palabra (Lc 10:16). El profeta no nos remite ahora a revelaciones secretas para que Cristo reine en nosotros, sino que recomienda abiertamente la predicación exterior de la doctrina, y muestra que el evangelio sirve de cetro en la mano de Cristo, en cuanto es predicado y en cuanto es oral, si se nos permite la expresión; de otro modo habría sido inútil mencionar la boca y los labios. De aquí se sigue que todos los que rechazan la predicación exterior del evangelio sacuden de sí este cetro, en cuanto está en su poder, o lo arrancan de la mano de Cristo; no porque la eficacia de que habla dependa de la voz de los hombres, sino en cuanto Cristo obra por sus ministros; pues no quiere que su trabajo sea infructuoso, sino que sacrifica a los elegidos a la obediencia (Ro 15:16) y mata a los reprobados; como Pablo en otro pasaje se gloría de que habrá pronta venganza contra todos los incrédulos y rebeldes.
Aquí debemos recordar de nuevo cuál es la naturaleza del reino de Cristo. Así como no lleva corona de oro ni emplea armas terrenales, tampoco gobierna el mundo por la fuerza de las armas, ni gana autoridad con un despliegue vistoso y ostentoso, ni obliga a su pueblo por el terror y el espanto; sino que la doctrina del evangelio es su estandarte real, que reúne a los creyentes bajo su dominio. Dondequiera, pues, que se predica con pureza la doctrina del evangelio, allí tenemos la certeza de que Cristo reina; y donde es rechazada, también su gobierno queda anulado. De aquí es evidente cuán neciamente se jactan los papistas de que la Iglesia les pertenece, cuando mandan callar al mismo Cristo y no soportan el sonido de su voz, sino que proclaman en voz alta, con las mejillas hinchadas, sus propios edictos, leyes, decretos y reglamentos tiránicos.
Isaías 11:5
5. Y será la justicia ceñidor. Algunos traducen cinto; pero como el profeta nos representa a Cristo vistiendo, por así decirlo, las insignias de la realeza, he preferido traducir ceñidor, que es también una insignia real, del mismo modo que el cetro, que poco antes le había asignado. Cuando Job habla de quitar la autoridad a los reyes, dice que el Señor desatará su ceñidor (Job 12:18). Estar ceñido con un ceñidor no es, por tanto, otra cosa que ser exaltado a la autoridad real, como veremos después en otro pasaje (Is 14:5).
El profeta describe dos adornos pertenecientes al ceñidor. Son la justicia y la verdad; a menos que se piense que hay un cambio en el orden de la construcción, como si hubiera dicho que Cristo será ceñido con verdadera justicia; pues la verdad no se añade como si fuera distinta de la justicia, sino para señalar la naturaleza de la justicia con que Cristo está ceñido. Algunos piensan que la justicia denota aquí la que Cristo nos comunica, para que habite, no solo en él, sino en sus miembros. Entienden que la fe o la verdad es aquello por lo que abrazamos la salvación que nos ofrece.
El parafraseador caldeo lo explica así: «y los justos estarán en torno a él, los adoradores creyentes se acercarán a él». Pero yo adopto una interpretación más sencilla, como si hubiera dicho: «No aparecerá como los reyes, vestido de púrpura y corona, o ceñido con un cinto; sino que la justicia y la verdad resplandecerán en él». Reconozco, ciertamente, que la justicia no se limita a Cristo, sino que pertenece a sus miembros; pero debemos atender al modo de expresión: Cristo sale a gobernar a su pueblo ceñido de justicia, la cual después les comunica por la influencia secreta del Espíritu. Si distinguimos entre la palabra אמונה (emunah) y justicia, considero que significa fidelidad o firmeza; como si hubiera dicho que Cristo nunca defrauda a los suyos, porque permanece siempre igual a sí mismo.
Isaías 11:6-7
6. Morará el lobo con el cordero. Vuelve de nuevo a describir el carácter y las costumbres de los que se han sometido a Cristo. Como hay una relación mutua entre el rey y el pueblo, unas veces asciende del cuerpo a la cabeza y otras desciende de la cabeza al cuerpo; y ya hemos visto que Cristo reina, no para sí mismo, sino para los que creen en él. De aquí se sigue que él forma sus mentes por su Espíritu celestial. Pero el discurso del profeta mira más allá; pues equivale a la promesa de que habrá una bienaventurada restauración del mundo. Describe el orden que existía al principio, antes de que la apostasía del hombre produjera el cambio desdichado y lamentable bajo el cual gemimos. ¿De dónde procede la crueldad de los brutos, que impulsa a los más fuertes a atrapar, desgarrar y devorar con terrible violencia a los animales más débiles? Ciertamente no habría habido discordia alguna entre las criaturas de Dios si hubieran permanecido en su condición primera y original. Cuando ejercen crueldad unos contra otros, y los débiles necesitan ser protegidos contra los fuertes, es una prueba del desorden (ἀταξίας) que ha brotado de la pecaminosidad del hombre. Habiendo venido Cristo para reconciliar al mundo con Dios quitando la maldición, no sin razón se le atribuye la restauración de un estado perfecto; como si los profetas hubieran dicho que volverá aquella edad de oro en que existía la perfecta felicidad, antes de la caída del hombre y de la conmoción y ruina del mundo que la siguieron. Así habla Dios por Oseas:
Haré para ti pacto con las bestias del campo, con las aves del cielo, y con las serpientes de la tierra (Os 2:18).
Como si dijera: «Cuando Dios haya sido reconciliado con el mundo en Cristo, dará también muestras de bondad paternal, de modo que cesarán todas las corrupciones que han surgido de la pecaminosidad del hombre».
En una palabra, bajo estas figuras los profetas enseñan la misma verdad que Pablo afirma claramente, que Cristo vino a reunir de un estado de desorden todas las cosas, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra (Ef 1:10; Col 1:20). Puede resumirse así: «Cristo vendrá para echar del mundo todo lo dañino y para devolver a su antigua belleza el mundo que yacía bajo la maldición». Por esta razón dice que la paja será el alimento del león lo mismo que del buey; porque si la mancha del pecado no hubiera contaminado el mundo, ningún animal se habría dado a devorar sangre, sino que los frutos de la tierra habrían bastado para todos, según el método que Dios había establecido (Gn 1:30).
Aunque Isaías dice que las fieras y los animales domésticos vivirán en armonía, para que la bendición de Dios se manifieste clara y plenamente, sin embargo quiere decir principalmente lo que he dicho: que el pueblo de Cristo no tendrá inclinación a hacer daño, ni fiereza ni crueldad. Antes eran como leones o leopardos, pero ahora serán como ovejas o corderos; porque habrán dejado a un lado toda disposición cruel y brutal. Con estos modos de expresión no quiere decir otra cosa sino que los que antes eran como bestias salvajes serán mansos y apacibles; porque compara a los hombres violentos y rapaces con lobos y osos que viven de presa y de rapiña, y declara que serán dóciles y apacibles, de modo que se contentarán con el alimento ordinario y se abstendrán de causar injuria o daño alguno. Sobre este asunto conviene argumentar de lo menos a lo más: «Si Cristo traerá a los animales brutos a un estado de paz, mucho más habrá armonía fraternal entre los hombres, que serán gobernados por el mismo espíritu de mansedumbre». Y sin embargo Isaías no quiere decir que alguno sea manso y pacífico por naturaleza antes de ser renovado, pero promete que, cualquiera que haya sido su natural disposición, dejarán a un lado o vencerán su fiereza, y serán como corderos y ovejas.
Y un niño los pastoreará. Esto significa que las bestias que antes eran crueles e indomables estarán dispuestas a rendir una obediencia gozosa, de modo que no será necesaria la violencia para reprimir su fiereza. Con todo, debemos atender al sentido espiritual que señalé: que todos los que llegan a ser seguidores de Cristo obedecerán a Cristo, aunque antes hayan sido fieras salvajes, y le obedecerán de tal manera que, en cuanto levante el dedo, seguirán sus pasos, como se dice que tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente (Sal 110:3). Los que no están dotados de esta mansedumbre no merecen ser contados entre las ovejas. Dejémonos, pues, regir y gobernar por él, y sometámonos de buena gana a aquellos que él ha puesto sobre nosotros, aunque parezcan niños pequeños. Además, pienso que los ministros de la palabra son comparados a niños porque no tienen poder externo ni ejercen sobre ellos gobierno civil alguno.
Surge una pregunta: ¿encontramos personas que sean mansas aunque no hayan sido domadas por el evangelio? El profeta parece insinuarlo cuando compara a unos hombres con ovejas y a otros con lobos y osos; y ciertamente entre los hombres que siguen la inclinación de su natural disposición percibiremos una asombrosa diversidad. Unos son dulces y apacibles, otros fieros y violentos; pero es cierto que todos los hombres son indomables hasta que Cristo los sujeta por el evangelio; todos están hinchados de ambición y de orgullo antes de ser curados con esta medicina. Muchos podrán hacer una falsa y vacía profesión de modestia y humildad, pero se hincharán de orgullo interior. En suma, donde no está el Espíritu de Cristo, no habrá verdadera mansedumbre.
Isaías 11:8
8. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid. Continúa ilustrando el mismo pensamiento: que cuando los hombres han sido puestos en un estado de favor con Dios y han sido limpiados de su depravación por el Espíritu de regeneración, quedarán también libres de toda disposición dañina. No hay otra razón por la que los hombres teman el peligro o el veneno que procede de la mordedura de las serpientes sino que no merecen que Dios ponga bajo su dominio cada parte del mundo. Y, en verdad, puesto que se permite a los animales hacer daño incluso a los niños, esto muestra que toda la raza de Adán ha sido manchada con la contaminación desde el seno materno.
Debemos observar de nuevo la comparación que establecimos: que aquellos hombres a quienes un veneno oculto llevaba a actos de violencia tendrán cambiada su disposición y no harán daño ni siquiera a los niños pequeños. Algunos hombres son abiertamente fieros y crueles (Sal 140:3), y otros llevan y fomentan interiormente su malicia como veneno (Sal 55:21), como también los describe David; pues unos hombres son más rápidos y otros más lentos en manifestar el deseo de hacer daño. Cualesquiera que hayan sido antes, quiere decir que todos ellos deben ser limpiados de la maldad, tanto abierta como oculta, después de haberse sometido a Cristo. Quiere decir también que en adelante la seguridad, que reinará en todas partes, será disfrutada incluso por aquellos que no tienen protección alguna; de modo que se atreverán libremente a exponerse a peligros inminentes.
Isaías 11:9
9. No harán mal. Declara ahora claramente que los hombres mismos, habiendo dejado a un lado la depravación que naturalmente mora en ellos, se inclinarán por sí mismos a hacer lo recto. Habla de los creyentes que han sido verdaderamente regenerados para una vida nueva (Ro 6:4); pues aunque en la Iglesia se mezclaron con los elegidos de Dios muchos hipócritas llenos de maldad, son como los ismaelitas, a quienes Dios echará fuera a su debido tiempo. Debemos observar también, como se nos enseña en el Sal 15:1; 24:3, que solo los que siguen la justicia tienen una morada fija en el templo de Dios, para habitar allí para siempre. Es, pues, una señal distintiva de los genuinos miembros de la Iglesia que están libres de todo deseo de hacer daño a otros. De aquí también inferimos que es un don notable del Espíritu de Cristo que los hombres se abstengan de hacer el mal; porque por naturaleza, la ambición, el orgullo, la crueldad y la avaricia los incitan siempre a cometer injusticias libre y voluntariamente.
Porque la tierra será llena del conocimiento del Señor. Con buena razón añade el profeta que esta bendición inestimable fluye del conocimiento de Dios; pues este humilla a toda carne, y enseña a los hombres a encomendarse a su confianza y protección, y los lleva a un estado de armonía fraternal, cuando aprenden que tienen el mismo Padre (Mal 2:10). Aunque muchos que aún no han sido renovados por el Espíritu de Cristo profesan tener humanidad, es cierto que reina en ellos el amor propio (φιλαυτίαν); porque en todos es tan natural y está tan profundamente arraigado que buscan su propia ventaja y no la de otros, piensan que han nacido para sí mismos y no para los demás, y querrían someter a sí todo el mundo, si pudieran, como Platón observó con juicio. De aquí surgen el fraude, el perjurio, el hurto, el robo y los innumerables crímenes de esta clase; y por eso no hay otro remedio para dominar este deseo desenfrenado que el conocimiento de Dios. Vemos cómo el profeta hace descansar de nuevo el gobierno de Cristo sobre la fe y la doctrina del evangelio, pues en verdad no nos reúne consigo (Ef 1:10) de otro modo que iluminando nuestras mentes para revelar la vida celestial, que no es otra cosa, como él mismo declara, que
conocerte a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Jn 17:3).
Como las aguas cubren el mar. Hay una comparación implícita entre la abundancia de conocimiento y aquel escaso gusto que Dios dio al pueblo antiguo bajo la ley. Habiendo sido los judíos mantenidos en los rudimentos de la infancia (Gá 3:23; 4:3), la luz perfecta de la sabiduría ha resplandecido plenamente sobre nosotros por el evangelio, como también lo predijo Jeremías:
No enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande (Jer 31:34).
Si esta plenitud de conocimiento toma posesión de nuestras mentes, nos librará de toda malicia.
Este pasaje nos instruye también sobre cuál es el carácter de la Iglesia bajo el papado, donde la luz de la doctrina está ahogada y casi extinguida, y se hace consistir la más alta religión en la influencia entumecedora de una estupidez brutal. Si no poseemos de inmediato un conocimiento pleno, debemos avanzar de día en día y hacer un progreso continuo (2 P 3:18), y de tal modo que de esa raíz brote fruto. De aquí es evidente cuán poco han progresado la mayor parte en la escuela de Cristo, viendo que abundan en todas partes el fraude, el robo y los actos de violencia.
Isaías 11:10
10. Y en aquel día la raíz de Isaí. Vuelve de nuevo a la persona de Cristo y repite la misma comparación que había introducido al principio del capítulo, la de una raíz o un vástago que brota de un tronco carcomido, del cual no aparecía rastro alguno; y predice que los gentiles, que antes aborrecían a los judíos, se postrarán en adelante ante su Rey con humilde homenaje. Esto podría parecer del todo increíble, y sin duda la promesa fue objeto de burla durante muchos siglos, porque tal reunión debía esperarse más bien cuando el reino permanecía y florecía que cuando había sido cortado. Pero era necesario que fuera cortado, para que después retoñara de nuevo y para que la gloria y el poder de Dios resplandecieran en él más brillantemente que en su estado de florecimiento. ¿Quién habría visto con ojos de hombres que el vástago se elevaría a tal altura que lo verían todas las naciones y dirigiría hacia sí los ojos de todos?
Estará puesta por pendón a los pueblos. Lo compara a un estandarte desplegado en alto; y sabemos que esto se cumplió por la predicación del evangelio, y fue en verdad más ilustre que si Cristo se hubiera elevado por encima de las nubes. A este mismo propósito se refiere lo que dice:
Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado (Jn 3:14; Nm 21:9).
Las gentes lo buscarán. Se dice que Cristo es buscado cuando los hombres acuden a él para pedir salvación, así como buscar a Dios significa, en toda la Escritura, depositar en él todas nuestras esperanzas. Por eso los traductores griegos lo han vertido ἐλπιοῦσι, esperarán, atendiendo más al sentido que a la palabra.
Y su holganza será gloriosa. Estas palabras se explican comúnmente como referidas a la sepultura de Cristo, y esto por una figura en que se toma la parte por el todo; pues luego las aplican también a su muerte; y en verdad la sepultura de Cristo no era sino un apéndice de su muerte. Piensan que el sentido es este: «La muerte de Cristo, que era ignominiosa a los ojos del mundo, será gloriosa y espléndida». Pero cuando examino más de cerca el conjunto, por holganza entiende el profeta en este pasaje la Iglesia; como también se dice:
Este es para siempre el lugar de mi reposo; aquí habitaré (Sal 132:14).
Otorga un nombre honroso a la asamblea de los piadosos, porque quiere tener entre ellos una habitación continua. Por tanto, estando entonces la Iglesia expuesta a oprobios y deshonra, promete que será elevada de nuevo a una condición más próspera y recobrará su antigua gloria. Tenemos aquí, pues, una notable prueba de que Dios se complace en morar continuamente en su Iglesia, aunque los hombres no siempre lo vean.
Isaías 11:11
11. Asimismo acontecerá en aquel día, que el Señor alzará otra vez su mano. Siendo increíble la predicción sobre la gloria futura de la Iglesia, explica el método de restaurarla, a saber, que Dios desplegará el poder de su mano, como para realizar una hazaña memorable y extraordinaria. Ahora bien, para confirmar la esperanza del pueblo elegido, trae a su memoria el recuerdo de una liberación pasada, para que no duden de que Dios es tan capaz de librarlos ahora como lo encontraron sus padres en Egipto (Éx 12:51). Tal es el sentido de la palabra שנית (shenith), es decir, la segunda vez, o de nuevo; como si dijera: «También ahora será Dios el libertador de su Iglesia».
Para recobrar el remanente de su pueblo. Confirma lo que ha dicho con otro argumento; pues aunque parecía que Dios había desatendido a su pueblo, no permitirá que se le prive de su heredad. Podemos resumirlo diciendo que Dios cuidará de la salvación de su Iglesia, para no ser despojado de su derecho. Los llama expresamente remanente, porque esta liberación pertenecía solo a una pequeña simiente (Is 1:9; 10:22). En suma, repite lo que antes dijo: «Aunque Dios disperse y esparza a su Iglesia, es imposible, con todo, que alguna vez la deseche del todo; porque le es tan querida como lo es para cada uno de nosotros nuestra heredad».
Que aún quede de Asiria y de Egipto. No habla solo de los asirios, que habían llevado cautivo al pueblo, sino también de otras naciones entre las cuales fueron dispersados los judíos; pues aunque la mayor parte del pueblo fue llevada a Babilonia, algunos huyeron a Egipto, algunos a Etiopía y otros a otros países. Temían sufrir la misma servidumbre que otros habían sufrido. Algunos piensan que por Patros se entiende Partia, lo cual es muy probable; otros piensan que es la Arabia Pétrea. Bajo el nombre de Elam incluye a los medos, sogdianos, bactrianos y otras naciones orientales. Sinar pertenece a Caldea. Por Hamat entienden Cilicia y los otros países que están hacia el monte Tauro. Con la palabra islas los judíos entienden todos los países que están al otro lado del mar; pues para ellos Grecia, Italia y España eran islas, porque estaban separadas de ellos por el mar.
Vemos que el profeta no habla aquí solo de la liberación que tuvo lugar bajo Zorobabel (Esd 2:2), sino que mira más allá; pues en aquel tiempo los israelitas no fueron traídos de vuelta de Egipto, Etiopía y otros países. Estas palabras, por tanto, no pueden entenderse como relativas a la liberación de Babilonia, sino que deben considerarse como referidas al reino de Cristo, bajo el cual se obtuvo esta liberación mediante la predicación del evangelio. Además, conviene observar que esta obra pertenece a Dios y no a los hombres; pues dice: El Señor extenderá su brazo; atribuyendo así a su poder celestial esta obra, que no habría podido cumplirse por capacidad humana.
También debe observarse que de los beneficios pasados de Dios debemos albergar siempre buenas esperanzas para el futuro; de modo que, cuantas veces recordemos las liberaciones de Babilonia y de Egipto (Esd 2:2; Éx 12:51), estemos convencidos de que Dios es igualmente capaz, y que igualmente nos ayudará hoy, para restaurar la Iglesia a su antigua gloria. Lo que hizo una y otra vez, puede hacerlo una tercera, una cuarta y muchas veces. Cuando el profeta llama remanente a los que rescata, aprendamos que no debemos desear una gran multitud, y démonos por satisfechos aunque seamos pocos, y no nos aterre la pequeñez de nuestro número; pues, con tal que abunde la justicia de Dios, tenemos verdadero y abundante fundamento de confianza.
Isaías 11:12
12. Y levantará pendón a las naciones. Este versículo no contiene más que la explicación del anterior. El lenguaje es metafórico y admite dos sentidos: o bien que, al dar un pendón, aterrará a los adversarios, de modo que no se atreverán a impedir el regreso de su pueblo; o bien que dará un pendón a los desdichados desterrados para que no vacilen en hacer los preparativos de su regreso. Pero aun hoy esta doctrina es sumamente útil entre nosotros; pues así como en el ejército se levanta un pendón para que los soldados se reúnan, y cada uno siga y guarde su debido puesto, así se nos presenta aquí un estandarte para que nos reunamos en torno a él, a saber, el evangelio, que el Señor ha levantado entre los gentiles y por el cual se nos predica a Cristo.
Y juntará los esparcidos de Judá. De aquí debemos concluir que no podemos ser reunidos por el Señor a menos que nos congreguemos en torno a este pendón y nos unamos a él por la fe; pues no hay otra manera en que nos reconozca por sus ovejas sino cuando, después de haber sido dispersados, somos reunidos y nos congregamos en la misma asamblea bajo este pendón; como dice:
Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen (Jn 10:27).
Se repite la palabra juntar. Juntará los desterrados de Israel, y juntará los esparcidos de Judá. Muestra cuán eficaz será el llamamiento de Dios; pues en cuanto dé la más leve señal de que tal es su voluntad, restaurará al pueblo. Dispersión es un nombre colectivo, pues significa los judíos esparcidos en todas direcciones; y parece aludir, como hace a menudo en otras partes, a pasajes semejantes de los escritos de Moisés, en los que el Señor promete que reunirá al pueblo, aunque haya sido dispersado hasta los confines del mundo y a los cuatro vientos del cielo (Dt 30:3, 4). Ahora bien, esto se hizo bajo la dirección de Cristo. Bajo el mismo caudillo debemos esperar hoy la restauración de una Iglesia desdichada y dispersa; pues no hay esperanza de reunir al remanente sino mirando los elegidos a este pendón. Debemos, pues, recordar con frecuencia esas promesas, para que, apoyándonos en ellas, fortalezcamos cada vez más nuestros corazones.
Isaías 11:13
13. Y se disipará la envidia de Efraín. Promete aquí que la Iglesia estará en tal estado de paz que ni los israelitas y los judíos contenderán en luchas civiles, ni sufrirán molestia alguna de sus enemigos, ni estarán expuestos al odio o a la envidia, como lo estuvieron antes. No que no vaya a haber impíos, sino que el Señor al fin los cortará y destruirá. Pero debemos observar principalmente lo que añade acerca de apaciguar las querellas domésticas, para que en adelante los hijos de Abraham no se hostiguen unos a otros, sino que se unan en la misma religión y en el culto puro de Dios; pues era un espectáculo vergonzoso y horrible que sus pleitos y hostilidades mutuas se hubieran mantenido por tanto tiempo.
Con buena razón señala el origen de las querellas, a saber, la envidia, a consecuencia de la cual los descendientes de Abraham se han desgarrado entre sí, mientras las tribus de Judá y de Efraín porfían una con otra por la fama. Esta horrible antorcha ha encendido siempre guerras en el mundo, al no querer ceder ninguno. En suma, el Señor promete aquí paz exterior e interior, que es una bendición grandísima y sumamente deseable.
Se objetará que esto nunca se cumplió, y que sucedió justamente lo contrario; pues tan pronto como comenzó el evangelio, le siguieron diversas guerras, tumultos y terribles persecuciones, y casi todo el mundo fue perturbado y conmovido. Y en el interior, ¿qué paz gozó la Iglesia? Entre los mismos cristianos Satanás, con su cizaña (Mt 13:25), ha suscitado terribles disturbios, de modo que ningunos enemigos han sido más feroces y destructores que los criados en el seno de la Iglesia.
Respondo que el profeta incluye aquí todo el reino de Cristo, y no meramente una sola edad o siglo. En este mundo solo gustamos el comienzo del reino de Cristo; y aunque la Iglesia sea hostigada por enemigos de dentro y de fuera, el Señor, con todo, la defiende y conserva, y vence a todos sus enemigos. Además, esta predicción pertenece propiamente a los verdaderos y legítimos hijos de Abraham, a quienes el Señor ha purificado por la cruz y por el destierro, y ha obligado a dejar a un lado la ambición y la envidia; así como los que han sido domados en la escuela de Cristo dejan de desear la fama. Así, la promesa que Isaías hace en este pasaje se ha cumplido ya en parte, y se cumple cada día. Pero debemos proseguir en estos ejercicios y combatir con ardor por dentro y por fuera, hasta alcanzar aquella paz eterna que será nuestra dicha disfrutar en el reino de Dios.
Isaías 11:14
14. Y volarán sobre los hombros de los filisteos. Quiere decir que hay también otro modo en que el Señor ayudará a su pueblo, que es que vencerá a sus enemigos y los someterá a su dominio. Habiendo hablado de la seguridad de la Iglesia, declara ahora que será victoriosa sobre sus enemigos. Menciona aquellas naciones con las cuales los judíos sostenían guerras incesantes; pues por un lado los filisteos, y por otro los amonitas y moabitas, a quienes estaban unidos por el vínculo del parentesco y de la sangre, los molestaban y atacaban continuamente. De un lado estaban también los edomitas, a quienes el parentesco de sangre no impedía ser enemigos acérrimos; pues descendían de Esaú (Gn 25:25, 26; 36:1, 8, 9), hermano de Jacob; y el recuerdo de esto debía haberlos disuadido de la enemistad y del odio. El Señor promete, pues, que la Iglesia, aunque no está absolutamente sin enemigos, ganará ventaja sobre ellos padeciendo, y al fin será victoriosa.
Edom y Moab serán la extensión de las manos. La extensión de las manos significa el dominio que la Iglesia obtuvo sobre sus enemigos; pues por la palabra mano se entiende de ordinario el poder; y los hebreos usan la expresión extender la mano en lugar de «poner esto o aquello bajo sujeción». Así se dice:
Asimismo pondré su mano sobre el mar, y sobre los ríos su diestra (Sal 89:25).
La extensión de la mano es, pues, el pleno poder de gobernar; y por otra parte añade la obediencia que los enemigos le rendirán: y los hijos de Amón serán sus súbditos.
Los judíos, que sueñan con un reino terrenal de Cristo, interpretan todo esto en sentido carnal y lo aplican a no sé qué poder exterior; pero más bien deberían juzgarlo según la naturaleza del reino de Cristo. En parte, sin duda, se vio el cumplimiento de esta predicción cuando los judíos volvieron del cautiverio y Dios los puso en una moderada prosperidad, contra el deseo y a pesar de la oposición de todas las naciones vecinas; pero se llevó a los creyentes a esperar una victoria más espléndida, que al fin obtuvieron mediante la predicación del evangelio. Aunque debemos combatir continuamente bajo la cruz, vencemos, con todo, a nuestros enemigos cuando somos rescatados de la tiranía del diablo y de los hombres malos y restituidos a la libertad por Cristo, para que la carne sea sometida y nuestras concupiscencias abatidas, y así vivamos para él y ganemos nuestras almas con nuestra paciencia (Lc 21:19), soportando con calma y paciencia todo lo que acontece. Y así incluso amontonamos brasas de fuego sobre la cabeza (Ro 12:20) de los enemigos a cuyos ataques y ultrajes parecemos estar sujetos.
Isaías 11:15
15. Y secará el Señor. En este versículo no quiere decir otra cosa sino que el Señor, con su asombroso poder, abrirá a su pueblo un camino que antes parecía cerrado. Habla figuradamente. Lo que llama lengua es «una bahía del mar»; pues cuando el mar penetra en la tierra y ocupa una parte de ella, hay una semejanza con una persona que saca su lengua. Se refiere, pues, al mar de Egipto y al mismo Egipto, como explica después más ampliamente. Pero menciona principalmente el mar y los ríos porque protegen los países y cierran toda entrada.
Y levantará su mano sobre el río con el poder de su espíritu. Sin duda se refiere al Nilo, que riega todo Egipto y lo divide en muchas partes, y podría así interrumpir la marcha del pueblo al volver a su tierra natal. No tengo duda de que רוח (ruach) denota aquí viento, aunque añade del Señor; pues todos los vientos son del Señor, porque él los regula y los guía según su voluntad; y esta expresión se emplea más especialmente cuando es milagrosamente agitado por un violento torbellino. Alude a la anterior liberación de su pueblo, por la cual lo sacó de Egipto; pues cuando el Señor quiso abrirles camino, secó el mar con la fuerza y violencia de los vientos (Éx 14:21).
Es verdad que el Señor no necesitaba la ayuda de los vientos, pues habría podido hacerlo por una acción inmediata de su poder. Pero cuando se sirve de medios exteriores, aprendamos, en primer lugar, que todas las criaturas están prontas a obedecerle; pues aunque tienen un curso natural, están en su poder, de modo que puede dirigir su fuerza y violencia como le plazca. Por ejemplo, cuando se levanta un viento, su comienzo procede de una causa natural, y cada uno de los vientos tiene sus propiedades. El viento del sur es húmedo, y el del norte es frío, y completamente semejantes son los efectos que proceden de ellos; pues el viento del sur humedece los cuerpos y el del norte los seca. Por milagros extraordinarios el Señor muestra que posee una autoridad muy por encima de estas causas naturales, de modo que son gobernadas, no por la naturaleza (es decir, por esa sucesión de acontecimientos o cadena de causas que imaginan los hombres irreligiosos), sino por Dios solo.
En segundo lugar, muestra que cambia la naturaleza y el orden de los acontecimientos cuando le place, para ser reconocido como único Señor de ellos; porque tal cambio exhibe más claramente su autoridad y dominio. Por eso Isaías lo llamó no simplemente el viento, sino el viento del Señor, para que percibamos que no es dirigido ni movido por el azar, sino por el poder del Señor.
Y lo herirá en sus siete brazos. Algunos lo traducen torrentes, y lo explican así: «dividirá el Nilo en siete partes». Aunque esta exposición ha sido adoptada universalmente, no la apruebo; y pienso que ha surgido del olvido, más que de la ignorancia, de parte de sus autores, que son sin embargo hombres doctos y profundamente versados en la lectura de los escritores antiguos. Es bien sabido por la historia que el Nilo tenía siete bocas. Hay otras de las que se habla poco, porque no tenían nombre, y por eso se las llama falsas bocas. Sea cual fuere, pues, el número de las bocas o brazos, parece que forma otros tantos arroyos o ríos; y estos podrían haber sido otros tantos obstáculos para retardar su viaje. El profeta los menciona expresamente porque el río era muy célebre.
Y hará que pasen en sandalias. Siendo profundo el río, dice que lo secará, de modo que no será necesario quitarse las sandalias al cruzarlo, cosa que habría sido necesaria si hubiera quedado solo una pequeña porción de agua.
Con estas metáforas, pues, el profeta no quiere decir otra cosa sino que nada se interpondrá en el camino de Dios cuando le plazca rescatar a su pueblo del cautiverio. Echa una mirada a la historia de una liberación anterior, para que aprendan que ocurrirá lo mismo que disfrutaron antes. Por eso quiso ponerla, por así decirlo, delante de sus ojos; pues no se veía el medio de esta liberación. Si esta promesa se hubiera enunciado en términos llanos, quizá no habría producido en sus mentes una impresión tan profunda como al presentarles este notable ejemplo.
Isaías 11:16
16. Y habrá camino. Este versículo no contiene nada nuevo, sino que explica el anterior. El pueblo percibiría en la liberación de Babilonia el mismo poder de Dios que había percibido en la liberación de Egipto. Dios había abierto un camino a través de mares (Éx 14:29; Sal 77:19), a través de desiertos no hollados (Dt 8:2; 29:5) y a través del Jordán (Jos 3:16, 17). De igual manera, dice Isaías, por un método inesperado y asombroso abrirá de nuevo un camino para que su pueblo salga. Por tanto, lo que el Señor ha hecho una vez, esperémoslo también para el futuro; y para ello meditemos las historias antiguas. Esto debe también dirigir nuestros pensamientos a la liberación final de la Iglesia, por la cual seremos todos librados de todas las tribulaciones y angustias; de modo que, aunque lo que se nos dice acerca de una resurrección y una vida inmortal pueda parecer increíble, y no veamos los medios de cumplirlos, el Señor hallará fácilmente un camino.
CAPÍTULO 12
Isaías, capítulo 12:1-6
1. Y en aquel día dirás: Oh Señor, te alabaré: aunque te airaste contra mí, tu ira se ha apartado, y me has consolado.
1. Et dices in die illo: Cantabo tibi Iehova, Tametsi iratus es mihi, aversus est furor tuus, et consolatus es me.
2. He aquí, Dios es mi salvación; confiaré y no temeré: porque el Señor JEHOVÁ es mi fortaleza y mi cántico; él ha sido también mi salvación.
2. Ecce Deus salus mea: confidam, et non pavebo. Quoniam fortitudo mea et canticum Deus Iehova; factusque est (vel erit) mihi in salutem.
3. Por tanto, sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.
3. Haurietis aquas cum gaudio, de fontibus salvatoris (vel, salutis).
4. Y en aquel día diréis: Alabad al Señor, invocad su nombre, haced notorias sus obras entre los pueblos, recordad que su nombre es enaltecido.
4. Et dicetis in die illa: Canite Iehovae; invocate nomen ejus; celebrate in populis opera ejus; commemorate, quia nomen ejus exaltatum est.
5. Cantad al Señor, porque ha hecho cosas magníficas: esto es notorio en toda la tierra.
5. Psallite Iehovae, quoniam magnifica gessit; et hoc vulgatum est per totam terram.
6. Clama y da voces de júbilo, habitante de Sión: porque grande es en medio de ti el Santo de Israel.
6. Jubila et canta habitatrix Sion; quia magnus in medio tui Sanctus Israel.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.