Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Isaías 38: comentario de Juan Calvino
Isaías 38:1
1. En aquellos días. El profeta relata ahora que el piadoso rey fue violentamente asaltado por una clase diferente de tentación, a saber, que fue atacado por una enfermedad mortal y desesperó de la vida; y no solo eso, sino que sufrió además una angustia terrible, a consecuencia de haber recibido de Dios una advertencia de su muerte, como si Dios hubiera tronado hostilmente sobre su cabeza desde el cielo. En qué tiempo ocurrió esto, si después del asedio o durante él, no es muy evidente; pero es innecesario darnos mucho trabajo sobre ese asunto. Se puede inferir fácilmente de la historia sagrada que este suceso ocurrió hacia el año catorce de su reinado, o mientras era invadido por el asirio, o después de ser librado, pues reinó veintinueve años (2 R 18:2); en el año catorce de su reinado el asirio atacó a Judea (2 R 18:13), y quince años fueron añadidos por la promesa que aquí relata el profeta (2 R 20:6), y esto completa los veintinueve años. De aquí se desprende que debió de ser hacia el año catorce de su reinado cuando Ezequías fue afligido por esta enfermedad.
El único punto dudoso es si fue durante el tiempo del asedio, o después, que enfermó. Por mi parte, lo considero una conjetura más probable que fue atacado por esta enfermedad después de levantado el asedio; pues si hubiera estado enfermo durante el asedio, el profeta no habría dejado fuera esa circunstancia, el cual, por otra parte, ha relatado que Ezequías envió mensajeros, entró en el templo, extendió una carta delante del Señor y mandó llamar al profeta. Estas circunstancias no se aplican en absoluto a un hombre que sufría grave enfermedad; y si la enfermedad se hubiera añadido a tantas angustias, esa circunstancia no se habría omitido. En asuntos dudosos, por tanto, sigamos lo más probable, a saber, que el piadoso rey, librado del enemigo, es atacado por la enfermedad y se halla en gran peligro.
Sin embargo, no es sin razón que se dirige también nuestra atención a una sucesión casi ininterrumpida de sucesos, para que sepamos que apenas tuvo respiro, sino que, apenas llegado a la orilla desde un naufragio, cayó de repente en otro igualmente peligroso. Recordemos, pues, que los creyentes deben soportar diversas tentaciones, de modo que son asaltados a veces por guerras, a veces por enfermedades, a veces por otras calamidades, y a veces una calamidad sigue a otra en continua sucesión, y se ven en la necesidad de sostener una guerra ininterrumpida durante toda su vida; de modo que, cuando han escapado de un peligro, están a punto de soportar otro. Deben estar preparados de tal manera que, cuando al Señor le plazca añadir dolor a dolor, lo sufran con paciencia y no se desalienten por calamidad alguna. Si se les concede algún respiro, sepan que se les concede por su debilidad, pero que una breve tregua no los lleve a forjarse la falsa imaginación de una larga paz; redoblen sus esfuerzos, hasta que, terminada la carrera de su vida terrenal, lleguen al puerto de paz.
Hasta la muerte. La gravedad de la enfermedad podía ser muy angustiosa para el buen hombre. Primero, la enfermedad mortal trae consigo agudos dolores, especialmente cuando va acompañada de un tumor inflamatorio. Pero lo más angustioso de todo era que pudiera pensar que Dios se le oponía y lo aborrecía, porque, tan pronto como había sido rescatado de tan gran calamidad, era arrastrado inmediatamente a la muerte, como si fuera indigno de reinar. Además, en aquel tiempo no tenía hijos; y había razón para creer que su muerte sería seguida de un gran desorden en los asuntos públicos (2 R 21:1). Este temor de la ira de Dios causa a la conciencia de los creyentes una angustia mucho más amarga que cualquier enfermedad corporal; y si pierden la percepción del favor de Dios, es imposible que no se entristezcan de inmediato. Pero Dios, como si expresamente quisiera echar aceite al fuego, amenaza absolutamente con la muerte y, para afectarlo más profundamente, le quita toda esperanza de vida.
Porque morirás, y no vivirás. La cláusula no vivirás no es superflua, sino que se añade para dar intensidad o confirmación, como si se hubiera dicho que no habrá esperanza de remedio. Los hombres buscan evasivas, aunque la muerte esté cerca, y buscan ansiosamente los medios de escapar; y, por tanto, para que Ezequías no mire a su alrededor como si estuviera incierto, se le informa dos veces que debe morir.
Ordena tu casa, o, a tu casa. Para que se despida del mundo, el profeta le ordena disponer prontamente lo que quiere que se haga después de su muerte; como si dijera: «Si no quieres que la muerte te sorprenda, da de inmediato órdenes sobre tus asuntos domésticos». Vemos aquí de paso que el Señor aprueba una práctica que siempre ha sido costumbre entre los hombres, a saber, que cuando están a punto de morir, dan órdenes a sus vecinos o siervos y arreglan los asuntos de su familia.
Jonatán lo traduce: «Entrega tu casa a otro»; pero la construcción transmite un sentido diferente. Toda persona, cuando debe partir de esta vida, debe testificar que atiende a su deber y que provee incluso para los intereses futuros de su familia. Pero su principal cuidado debe ser no por testamentos y herederos, sino por promover la salvación de aquellos a quienes el Señor ha confiado a su cargo.
Isaías 38:2
2. Entonces volvió Ezequías su rostro a la pared. Relata ahora la manera en que Ezequías fue afectado cuando recibió este mensaje, para que veamos su piedad y su fe. No prorrumpe en rabia o indignación como los incrédulos, sino que soporta esta aflicción con paciencia. No debate con Dios, como si hubiera soportado ya bastantes angustias de parte de los enemigos, y no debiera ser de nuevo castigado tan severamente por una nueva clase de aflicciones. Y esta es la verdadera paciencia: no solo soportar con paciencia una angustia en una sola ocasión, sino perseverar hasta el fin y estar siempre preparado para soportar nuevos sufrimientos, pero, sobre todo, someterse a los juicios de Dios en tranquilo silencio, y no murmurar de su severidad, aunque parezca grande; como David reconoce que «enmudeció, porque veía que tenía que tratar con Dios» (Sal 39:9).
Y tal es el significado de «volver el rostro a la pared»; pues, abrumado por la vergüenza y el dolor, como si rehuyera el rostro de los hombres, reúne su energía y se vuelve enteramente a Dios, para apoyarse del todo en él. La actitud misma, en verdad, es indiferente; pero es de la mayor importancia para nosotros que nada se presente a nuestros ojos o sentidos que nos aparte de la oración, para que derramemos más libremente nuestros deseos delante de Dios. Somos por naturaleza inestables y fácilmente nos distraemos; y por eso nunca somos demasiado diligentes en fijar nuestra atención. Si debemos orar en público, nos detiene la vergüenza, no sea que, si manifestamos excesiva vehemencia, se piense que lo hacemos por ostentación; o tememos caer en actitudes impropias; y por eso debemos quitar todo lo que nos desvíe.
Ezequías, pues, no aparta su rostro como si estuviera abrumado, o como si rechazara amarga y obstinadamente el mensaje que se le había traído, sino que de este modo aviva su fervor para la oración. Que no presente sus oraciones abiertamente, como cuando antes subió al templo, seguido del resto de la multitud (Is 37:14), es indicio de la más honda ansiedad, como si el dolor se hubiera apoderado de todo su ser. Sin embargo, es un notable modelo de piedad que, habiendo recibido la sentencia de muerte, no deje de invocar a Dios.
Estas palabras, Morirás, y no vivirás, no solo tendían a sobresaltarlo, sino a herir y traspasar profundamente su corazón, como si Dios se lanzara sobre él hostilmente para destruirlo. Era una señal alarmante de ira ser arrojado de cabeza fuera de la vida en la misma flor de su edad, y ser echado del mundo, como si fuera indigno de la sociedad de los hombres; y por eso tenía que luchar no solo con la muerte, sino con el mismo infierno y con espantosos tormentos.
De aquí se sigue que atribuyó a las palabras del profeta más significado del que realmente transmitían; pues, aunque no podía librarse de golpe, el Espíritu Santo sugirió, sin embargo, a su corazón oscuro y confuso «gemidos indecibles» (Ro 8:26). Y, en efecto, habría sido un mensaje necio si Dios no lo hubiera sostenido por una influencia secreta, cuando parecía haber sido muerto por la voz exterior de su siervo. Pero como nunca habría aspirado al arrepentimiento si lo hubiera atrapado la desesperación, la muerte vino primero, y fue seguida luego por aquella energía secreta que dedicó a Dios al muerto.
Isaías 38:3
3. Y dijo: Te ruego, Jehová. Parece aquí que Ezequías se querella con Dios y le reclama sobre su vida pasada, como si fuera afligido sin merecerlo; pero el caso es muy otro. Por el contrario, se fortalece y se pertrecha contra una tentación pesada y peligrosa, que de otro modo podría habérsele sugerido. Pues la gran severidad con que el Señor lo castigaba podía llevarlo a pensar que el Señor lo había desechado, abandonado y desaprobado, y había rechazado todo lo que antes había hecho. Por eso se fortalece y se anima, y declara que todo lo que hizo lo hizo con buena conciencia. En suma, concluye que, aunque debe morir, sus servicios no han desagradado, sin embargo, a Dios, para abrirse así un camino a la oración y a las buenas esperanzas.
Te ruego que te acuerdes ahora de que he andado delante de ti en verdad. No alega sus méritos contra Dios, ni se querella con él en cosa alguna, como si fuera castigado injustamente, sino que se pertrecha contra una dura tentación, para no pensar que Dios está airado con él por corregir los vicios y quitar las corrupciones que prevalecían en todo su reino, y especialmente en cuanto a la religión. Sin embargo, el Señor permite a su pueblo incluso gloriarse, hasta cierto punto, a causa de sus buenas obras, no para que se jacten de sus méritos delante de él, sino para que reconozcan sus beneficios y sean afectados por su recuerdo de tal manera que estén preparados para soportarlo todo con paciencia. Pero a veces la conducta irrazonable de sus enemigos los constriñe a una santa jactancia, para encomendar su buena causa a su juez y vengador; como David enfrenta audazmente las malvadas calumnias de los enemigos alegando su inocencia ante el tribunal de Dios (Sal 7:8; y 17:2). Pero aquí Ezequías quiso hacer frente a la astucia de Satanás, que los creyentes sienten cuando, bajo pretexto de humildad, los abruma con la desesperación; y por eso debemos guardarnos con empeño de que nuestros corazones sean tragados por el dolor.
Con íntegro corazón. Aprendemos de sus palabras cuál es la verdadera regla de una vida piadosa; y es cuando la integridad de corazón ocupa el primer lugar, pues nada es más aborrecido por Dios que cuando intentamos engañarlo a él o a los hombres con nuestra hipocresía. Aunque los ojos de los hombres son deslumbrados por el esplendor de las apariencias, la santidad fingida, que es como una profanación de su nombre, provoca su ira; y, porque «Dios es Espíritu» (Jn 4:24), con justicia exige obediencia espiritual, y declara que aborrece al «corazón doble» (Sal 12:2). Con toda propiedad, pues, comienza Ezequías por la sinceridad de corazón. La palabra hebrea שלם (shalem), que se traduce perfecto, no significa otra cosa que integridad, en contraste con la hipocresía, lo cual es también evidente por el uso de la palabra verdad; como Pablo afirma que
«el fin del mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida» (1 Ti 1:5).
Y que he hecho lo que ha sido bueno ante tus ojos. Presenta también los frutos que brotan de un corazón recto como de una raíz, no solo para confirmarse a sí mismo, sino también para confirmar a otros, en cuanto a aquellas cosas que podrían haber dado alguna ocasión de escándalo. Ezequías, por tanto, no vaciló ni dudó, sino que quiso quitar lo que podría haber ofendido a muchas personas. Pero, de nuevo, debe observarse de qué manera hemos de regular nuestra vida, si deseamos que Dios apruebe nuestra conducta. No debemos hacer nada sino lo que está de acuerdo con su mandato; pues, así como rechaza y condena toda la pompa de que se jactan los hipócritas, así también estima sin valor todo el falso culto en que los necios se fatigan en vano, mientras se afanan por obtener su favor menospreciando su palabra. Por consiguiente, Ezequías, que sabía que «la obediencia es de mayor valor que el sacrificio» (1 S 15:22), dice no solo que corrió (lo cual a menudo se hace desordenadamente), sino que reguló su vida en obediencia a Dios, que es el único competente para juzgar. De aquí podemos concluir cuán grande era su fervor en la oración; pues aunque ve por todas partes nada sino señales de la ira de Dios, no deja, sin embargo, de huir a él y de ejercer la fe, lo cual todos los creyentes deben hacer con empeño y diligencia en medio de las más pesadas aflicciones.
Isaías 38:4
4. Entonces vino la palabra de Jehová. Isaías se había marchado, dejando el aguijón, como se dice, en la herida, dando por abandonado a aquel contra quien había pronunciado sentencia en nombre del mismo Dios. Con todo, con qué temblorosa inquietud fue atormentado, e incluso con qué terror fue asaltado, puede aprenderse en parte del cántico. Qué intervalo de tiempo transcurrió entre la partida del profeta y su regreso, no lo sabemos, pero es cierto que las buenas nuevas de vida no fueron traídas hasta que, después de largas y severas luchas, vio que estaba completamente arruinado; pues era una dura prueba de fe que fuera mantenido sumido en tinieblas por el ocultamiento del rostro de Dios. Hemos dicho que, aunque la doctrina de consolación fue quitada, la fe del buen rey no se extinguió, sin embargo, de modo que no emitiera algunas chispas, porque, por la influencia secreta del Espíritu, «gemidos indecibles» (Ro 8:26) subían a Dios desde el abismo del dolor. De aquí concluimos también que, aunque «en el día de la angustia» (Sal 50:15) Dios oye a los creyentes, el favor de Dios no resplandece sobre ellos de golpe, sino que se demora de propósito hasta que son sinceramente humillados. Y si un rey tan eminente en piedad necesitó casi sufrir angustia, para ser más poderosamente excitado a buscar el favor de Dios, y, casi consumido por el dolor, gemir desde el infierno a Dios, no nos maravillemos si a veces permite que seamos agitados por temores y perplejidades por un tiempo, y tarda más en conceder consuelo en respuesta a nuestras oraciones.
Pero podría parecer extraño que Dios, habiendo pronunciado una sentencia, sea movido poco después, como por arrepentimiento, a revocarla; pues nada está más en desacuerdo con su naturaleza que un cambio de propósito. Respondo que, aunque se amenazó con la muerte a Ezequías, Dios no la había decretado, sino que determinó de esta manera poner a prueba la fe de Ezequías. Debemos, por tanto, suponer que una condición está implícita en aquella amenaza; pues de otro modo Ezequías no habría alterado, por arrepentimiento u oración, el decreto irrevocable de Dios. Pero el Señor lo amenazó de la misma manera que amenazó a Gerar por haber tomado a Sara (Gn 20:3), y como amenazó a los ninivitas (Jon 1:2; y 3:4).
De nuevo, se objetará que parece incompatible con la naturaleza de Dios amenazar lo que no tiene intención de ejecutar, y que esto quita autoridad a la palabra y hace que las promesas y amenazas tengan menos peso. Pero lo que ya hemos dicho en cuanto a la sentencia debe también mantenerse en cuanto a la forma de las palabras. Dios amenazó con la muerte de Ezequías porque no quería que Ezequías muriera; y, en efecto, habría sido innecesario e incluso inútil predecirla, si no se hubiera provisto un remedio. Ahora bien, como el propósito de Dios era humillar a su siervo por el temor y el terror, para que voluntariamente se condenara a sí mismo y así escapara del castigo por la oración, de igual modo, con lenguaje duro y una amenaza absoluta de muerte, quiso matarlo, para que, levantándose como un muerto de la tumba, sintiera que la vida le había sido devuelta. Y así debemos suponer que se entendía una condición implícita, que Ezequías, si no la percibió de inmediato, la conoció después, a su debido tiempo, como añadida. Ni tenemos libertad de inferir de ello que Dios usó de disimulo acomodando su discurso a la capacidad y alcance del hombre; pues no es cosa nueva que «mate, y él da vida» (Dt 32:39; 1 S 2:6). Para preparar a Ezequías por una semejanza espiritual de la muerte, y formarlo gradualmente para una vida nueva, retiene una parte del discurso.
Isaías 38:5
5. Así dice Jehová, Dios de David tu padre. Al principio, cuando infundía terror él solo, le pareció suficiente mencionar el nombre escueto y simple de Dios, ante cuyo tribunal celestial lo citaba como a un criminal; pero ahora, cuando trae consuelo, distingue a Dios con un título peculiar y honroso para señalar la causa y el origen de la gracia; como si dijera que, por consideración al pacto que hizo con David, él se inclina a la misericordia, de modo que no trata con rigor a Ezequías. (2 S 7:12.) Sabemos que nada es más difícil que animar a corazones que han sido muy alarmados por la convicción de la ira de Dios a concebir una esperanza favorable, de modo que perciban que Dios está reconciliado con ellos. Era, pues, necesaria esa confirmación, para que el piadoso rey, que en sí mismo estaba perdido, supiera que podía ser levantado de nuevo a aquella vida de la que había caído; porque la profecía acerca de la eternidad de aquel reino no podía fallar. Por tanto, puesto que desfallecía al pensar que no tenía esperanza de vivir, para que pueda volver a respirar se le recuerda una promesa, entonces universalmente conocida, de que reyes de la simiente y posteridad de David reinarían siempre sobre el pueblo escogido,
«mientras el sol y la luna brillaran en los cielos». (Sal 89:36, 37.)
Aquella era la tabla a la que se aferró, y con la cual escapó del naufragio.
David no se menciona en este pasaje como un particular, sino como un rey eterno, a quien había sido encomendada la promesa que podía sostener a Ezequías; eterno, digo, no en sí mismo, sino en su bendita simiente. Ahora bien, puesto que aquella eternidad había de manifestarse por fin en Cristo, del cual Ezequías, junto con otros reyes, era figura, el ser hijo de David debió de ser un fundamento sólido de esperanza favorable. Por tanto, siempre que sintamos que nuestros propios pecados nos impiden acercarnos a Dios para obtener su favor, pensemos en este preámbulo: que, aunque nos hayamos apartado de él por nuestra propia culpa, él sigue siendo el Padre de Cristo, que es nuestra cabeza, y
«en quien nuestra salvación permanece siempre escondida». (Col 3:3.)
En una palabra, Dios había hablado poco antes en carácter de juez, pero ahora está reconciliado y señala a un Mediador que sale a aplacarlo.
He oído tu oración. Habiendo abierto la puerta de la esperanza, dice a Ezequías que Dios «ha oído sus oraciones». Esto debe animarnos mucho a la fervorosa oración; pues, aunque Dios por su propia voluntad se interesa profundamente en nuestra salvación y se anticipa a nosotros con su bondad, no solo mientras dormimos, sino «antes que naciésemos» (Ro 9:11), sin embargo, cuando testifica que todos los beneficios que concede se otorgan en respuesta a nuestras oraciones, nuestra negligencia es del todo inexcusable si, habiendo recibido tan amplias invitaciones, descuidamos el deber de orar. Y con todo, no debemos imaginar que las oraciones, a las que Dios escucha con tanta bondad, sean meritorias; sino que, al dar gratuitamente lo que gratuitamente prometió, añade esto como el colmo de su bondad, para estimular más fuertemente nuestra fe. No es un privilegio ordinario poder acercarse a él con libertad y depositar familiarmente nuestras cuitas en su seno. Si Ezequías no hubiera orado, Dios sin duda habría logrado que, de un modo u otro, se conservara en la posteridad de David algún gobierno del reino; pero lo que haría por consideración a su verdad, dice que lo dará en respuesta a las oraciones de Ezequías, para que reconozca que ha obtenido muy abundante fruto de su fe, que ejercitó en la oración.
Y he visto tus lágrimas. Menciona las lágrimas como señal de arrepentimiento, y también de ardor y fervor; no porque las lágrimas por sí mismas alcancen el favor o tengan algún poder para aplacar a Dios, sino porque distinguen las oraciones sinceras de las que se ofrecen con descuido.
He aquí que yo añado a tus días quince años. Por fin añade que Dios ha prolongado la vida de Ezequías por «quince años». Esto podría, ciertamente, parecer a primera vista absurdo; porque fuimos creados con la condición de no poder pasar, ni por un solo momento, el límite que se nos ha señalado; como dice también Job: «Le fijaste límites, de los cuales no pasará». (Job 14:5.) Pero la solución es fácil. Lo que se dice acerca de un período prolongado debe entenderse con referencia al parecer de Ezequías, que había sido excluido de la esperanza de vivir y que, por tanto, debió de considerar con razón como ganancia lo que después se le añadió, como si hubiera sido levantado del sepulcro a una segunda vida.
Isaías 38:6
6. Y te libraré. Quienes piensan que Ezequías estuvo enfermo durante el tiempo del asedio se fundan en esto, en que de otro modo esta promesa parecería superflua. Pero ese razonamiento tiene poca fuerza; porque el asirio pudo haber rehecho sus fuerzas y reunido un nuevo ejército, en una época posterior, con el fin de invadir otra vez Judea y atacar Jerusalén. La derrota misma de la que acabamos de leer pudo haber sido una provocación para su ira y crueldad, de modo que los judíos tenían buenas razones para alarmarse continuamente ante cualquier noticia que oyeran. Esa promesa, por tanto, dista mucho de ser superflua, porque junto con la vida promete protección contra el enemigo, contra el cual de otro modo él no habría estado a salvo, y puede considerarse como una ampliación y aumento de la bendición que el Señor prometió a Ezequías; como en el capítulo anterior le prometió abundancia de frutos como acompañamiento de la liberación. (Is 37:30.)
Isaías 38:7
7. Y esto te será señal. La historia sagrada relata en el orden debido que Ezequías pidió una señal al Señor (2 R 20:8) y que le fue concedida; lo cual el profeta mencionará también al final de este capítulo. Pero no es cosa nueva que los escritores hebreos inviertan el orden de la narración. Dios da algunas señales por su propia iniciativa, sin que se las pidan; y concede otras señales a su pueblo que se las pide. Como las señales están por lo general destinadas a ayudar nuestra debilidad, Dios la mayoría de las veces no espera a que oremos por ellas; sino que desde el principio establece las que sabía que serían provechosas a su Iglesia. Si alguna vez, pues, los creyentes quisieron tener su fe confirmada por una señal, esta circunstancia, siendo rara, no debe presentarse como ejemplo. Así, a Gedeón, a quien llamó del aprisco para gobernar a Israel, le dio una señal y luego otra, cuando las pidió (Jue 6:17, 37, 39), para que quedara más plenamente convencido de su vocación. Comúnmente dio, como hemos dicho, otras señales, acomodándose a la debilidad de los hombres; como a Adán el árbol de la vida (Gn 2:9), a Noé el arco en el cielo (Gn 9:12), y después la nube y la columna de fuego (Éx 13:21), y la serpiente de bronce en el desierto. (Nm 21:8.) Lo mismo se aplica a la pascua (Éx 12:8) y a todos los sacramentos, tanto los que se observaban antiguamente como los que ahora han sido establecidos por Cristo, y que nadie pidió a Dios.
Pero se podría pensar que Ezequías insulta a Dios al negar crédito a su palabra cuando pide una señal. Respondo que no debemos acusarlo de incredulidad porque su fe fuera débil; pues no hallaremos a nadie que haya tenido una fe perfecta y completa en todo aspecto. Al buscar alguna ayuda para sostener su debilidad, no se le puede culpar por ello; porque, habiendo abrazado la promesa que el profeta le hizo, muestra su confianza en Dios buscando un remedio para la desconfianza. Y si no hubiera habido debilidad en el hombre, no habría necesitado señales alguna; y por consiguiente no debemos extrañarnos de que pida una señal, puesto que en otras ocasiones el Señor las ofrece libremente.
Sin embargo, conviene también observar que los creyentes nunca se lanzaron al azar a pedir señales, sino que fueron guiados por una influencia secreta y peculiar del Espíritu. Lo mismo podría decirse de los milagros. Si Elías pidió a Dios lluvia y sequía (Stg 5:17, 18), no se sigue que otros tengan libertad de hacer lo mismo. Debemos, por tanto, ver qué nos permite Dios, no sea que, despreciando su palabra, pactemos con él según los necios deseos de nuestra carne.
Isaías 38:8
8. He aquí que yo hago volver la sombra de los grados. La señal que aquí se da a Ezequías es el retroceso de la sombra en el reloj de sol, junto con el sol, diez grados, los que había avanzado, es decir, los que había subido sobre el horizonte. Y esta señal guarda semejanza con el hecho mismo, como suelen hacerlo todas las demás señales; pues es como si dijera: «Así como está en mi poder cambiar las horas del día y hacer que el sol retroceda, así está en mi poder alargar tu vida». En cuanto a que la sombra no retrocediera tantos grados como años se añadían a su vida, era imposible, porque en el reloj de sol no había más de doce grados; pues por ellos el día se dividía en doce horas, más largas o más cortas según el cambio de la estación. No necesitamos, pues, inquietarnos por el número; basta que haya una correspondencia y semejanza manifiestas.
En el reloj de sol de Acaz. Aquí los judíos forjan fábulas según su costumbre e inventan una historia: que el día en que murió Acaz fue más corto que diez horas, y que lo que Dios le había infligido justamente como castigo por sus pecados fue revertido en beneficio de Ezequías; porque el acortamiento de un día era el alargamiento de otro. Pero no hay historia alguna de esto, y está totalmente desprovisto no solo de pruebas sino de probabilidad; ni se dice aquí nada acerca de la muerte de Acaz, ni del cambio que ocurrió cuando murió, sino acerca del reloj de sol que él había hecho.
Isaías 38:9
9. Escritura de Ezequías. Aunque la historia sagrada no da cuenta de este escrito, merece sin embargo ser registrado y es sumamente digno de observación; pues vemos que Ezequías no quiso pasar en silencio, ni sepultar en el olvido, una bendición tan notable que había recibido de Dios. Con su ejemplo muestra lo que todos los creyentes deben hacer cuando Dios ejerce milagrosamente y de manera extraordinaria su poder en favor de ellos. Deben dar a conocer su gratitud, no solo a sus contemporáneos, sino también a la posteridad; como vemos que hizo Ezequías con este cántico, que puede considerarse un registro público. Vemos que David compuso muchos salmos sobre este asunto, cuando había sido librado de muy grandes peligros, de modo que cuidó de celebrar hasta el fin del mundo lo que era digno de ser recordado por todas las edades. (Sal 18:2, y 27:1.) Especialmente, cuanto más eminente es un hombre, y más alta la posición que ocupa, tanto más obligado está a considerarse puesto por Dios en un teatro, y a cumplir este deber. Con todo, todos los hombres, ya sean de rango ordinario o nobles y grandes, deben guardarse de la ambición, no sea que, mientras profesan imitar a Ezequías y a David, engrandezcan su propio nombre más que el nombre de Dios.
Isaías 38:10
10. Yo dije: En la mitad de mis días. Este es un cántico muy melancólico; pues contiene quejas más bien que oraciones. De ahí es evidente que estaba oprimido por una perplejidad tan grande, que estaba cansado de gemir y hundido en lamentos, y no se atrevía a elevarse libremente para formular una oración. Murmurando así consigo mismo, expresa la causa y la intensidad de su dolor.
En cuanto a la causa, podría parecer extraño que tuviera un apego tan fuerte y un anhelo tan ardiente por esta vida pasajera, y que temiera tanto la muerte. La tendencia de los primeros elementos de la doctrina celestial es que aprendamos a peregrinar en este mundo y a avanzar rápidamente hacia la vida celestial. Ezequías parece tan fervientemente entregado a la tierra como si nunca hubiera tenido la más mínima partícula de piedad; rehúye y aborrece la muerte tanto como si nunca hubiera oído una palabra sobre la doctrina celestial. Ahora bien, ¿qué propósito tenía poner por escrito aquellas tempestuosas pasiones, que más bien impulsarían a los lectores al mismo exceso que los inducirían a obedecer a Dios? Pues somos demasiado propensos a la rebelión, aunque no haya estímulos adicionales de ninguna clase.
Pero cuando se examine con minuciosidad, con sabiduría y con cuidado, hallaremos que nada podía habernos sido más provechoso que tener este cuadro de un hombre abrumado por el dolor pintado al vivo. No era el propósito del buen rey, al proclamar sus virtudes, cazar el aplauso del mundo. Su oración fue sin duda una prueba de fe y de obediencia; pero, como si hubiera sido vencido por el miedo, el pavor y la tristeza, deja la oración y profiere débilmente quejas. Sin duda quiso dar a conocer su debilidad, y así dar una lección de humildad a todos los hijos de Dios, y al mismo tiempo engrandecer la gracia de Dios, que había sacado de lo más profundo de la muerte a un hombre perdido.
En cuanto a la manera en que deplora su suerte, cuando está cerca de la muerte, como si pusiera su existencia en la tierra y pensara que la muerte reduce a los hombres a nada, debemos atender a la razón especial. Pues aunque la muerte no es deseable por sí misma, los creyentes deben «gemir continuamente» (Ro 8:23), porque el pecado los tiene atados en la cárcel de la carne. Se les prohíbe también «entristecerse como los otros que no tienen esperanza» (1 Ts 4:13), y aun se les manda «alzar sus cabezas» cuando están a punto de partir del mundo, porque son recibidos en una vida más feliz. (Lc 21:28.) Tampoco la Iglesia antigua bajo la Ley estaba desprovista de este consuelo; y, aunque el conocimiento de una resurrección bienaventurada era menos claro, debió de bastar para mitigar el dolor. Si aquel impostor Balaam se vio forzado a exclamar: «Muera mi persona de la muerte de los rectos» (Nm 23:10), ¡qué gozo debió de llenar los corazones de los creyentes, en cuyos oídos resonaba aquella voz: «Yo soy el Dios de Abraham»! (Éx 3:6.)
Pero aunque con esperanza firme y segura miraban hacia la vida celestial, no debemos extrañarnos de ver en Ezequías lo que David confiesa de sí mismo (Sal 30:9), quien, sin embargo, llegada su hora, lleno de días, dejó serenamente el mundo. (1 R 2:10.) Es evidente, pues, que ambos no eran asaltados por el mero temor de la muerte, sino que oraban con lágrimas ser librados de la muerte, porque veían en ella señales manifiestas de la ira de Dios. Debemos recordar que el profeta vino como heraldo para anunciar la muerte de Ezequías en nombre de Dios. Este mensajero pudo naturalmente haber sumido todos los sentidos de Ezequías en un espantoso diluvio de dolor, de modo que, sin pensar en otra cosa que en la ira y la maldición de Dios, luchara con la desesperación.
Así la piedad de Ezequías ya empieza a mostrarse, cuando, colocándose ante el tribunal de su juez, aplica su mente a meditar en su culpa. Y, primero, pudo venirle a la mente aquel pensamiento con el cual David confiesa que fue tentado: «¿Qué quiso decir Dios al tratar con cruel severidad a sus siervos y perdonar a los profanos despreciadores?» (Sal 73:3.) Después, vio que estaba expuesto a las burlas de los impíos, por los cuales también la verdadera religión era vilmente escarnecida. Vio que era apenas posible que su muerte no conmoviera el ánimo de todos los buenos; pero sobre todo, estaba oprimido por la ira de Dios, como si ya hubiera sido condenado al infierno y a la maldición eterna. En una palabra, porque nuestra verdadera y perfecta felicidad consiste en tener comunión con Dios, Ezequías, percibiendo que estaba en cierta medida alejado de él, tenía buena razón para estar tan sumamente alarmado; pues aquella palabra: «Morirás, y no vivirás», se había apoderado de su mente tan por completo que creyó que debía morir. Esto se expresa con la frase Yo dije; pues en hebreo no significa meramente hablar, o pronunciar una palabra, sino estar persuadido o convencido en el propio ánimo. Aunque los hipócritas reciban cien amenazas de Dios, aun así miran a su alrededor por todos lados, para que, si ven alguna abertura por donde piensan que pueden escapar, puedan burlarse de Dios y entregarse al lujo y a la indiferencia. Pero Ezequías, siendo un sincero adorador de Dios, no recurrió a subterfugios; sino que, por el contrario, creyendo las palabras del profeta, concluyó que debía prepararse para morir, porque tal era el beneplácito de Dios.
En este sentido habla de la mitad de sus días, porque creía que un Dios airado y ofendido había cortado el curso de su vida; pues no dice meramente, de la manera ordinaria, que su vida es truncada por una enfermedad violenta, sino que reconoce aquel indudable juicio de Dios como causa del «corte». Ahora bien, la vida es «cortada» ya muramos a la entrada de la vida, o en la edad media, o en la vejez; pero se dice que son «cortados» de la vida los que son arrebatados en la flor misma de su edad, porque parecen morir demasiado pronto y antes de haber terminado su carrera. El caso de Ezequías era diferente; pues percibió que la parte restante de la vida era «cortada» por la espada de Dios, porque había provocado la ira de Dios con sus ofensas. Así se queja de que, como si hubiera sido indigno de gozarla, Dios le priva súbitamente de la vida, que de otro modo habría durado más. Tal es el sentido de la frase «el resto de mis años»; pues aunque, habiendo nacido mortales, tenemos razón para esperar la muerte a cada momento, sin embargo, puesto que se la amenazó como castigo, tiene buena razón para decir que le habían sido quitados aquellos años que habría podido vivir, si hubiera sido el beneplácito de Dios.
Isaías 38:11
11. Dije: No veré a Dios. En medio de un anhelo tan ardiente por la vida terrena, Ezequías habría traspasado los límites si su dolor no se hubiera agravado por la convicción de la ira de Dios. Puesto que, por tanto, es arrastrado violentamente por su propia culpa, como si fuera indigno de gozar de la luz ordinaria del sol, exclama que es un miserable, porque de ahora en adelante nunca verá ni a Dios ni a los hombres. Entre los creyentes la afirmación habría sido considerada sujeta a esta excepción: que mientras habitamos en la tierra, andamos errantes y distantes de Dios, pero que, cuando se hayan quitado las ataduras de la carne, «veremos a Dios» más de cerca.
En la tierra de los vivientes. Estas palabras se añaden ciertamente como una limitación; pero de esta manera Ezequías parece limitar «el ver a Dios» a la vida presente, como si la muerte extinguiera toda la luz del entendimiento. Debemos, pues, tener presente lo que observé antes: que cuando recibió el mensaje de la venganza de Dios, este le afectó de tal manera como si hubiera sido privado del amor paternal de Dios; pues si era indigno de contemplar el sol, ¿cómo podía esperar lo que era de más alto valor? No porque la esperanza estuviera del todo borrada de su mente, sino porque, teniendo la atención fija en la maldición de Dios, no puede elevarse tan pronto ni tan rápidamente al cielo para suavizar el dolor presente con la dulzura de una vida mejor.
Así sucede a veces que los ánimos piadosos se nublan, de modo que no siempre reciben consuelo, el cual por un tiempo queda reprimido, pero permanece aún en sus mentes y después se manifiesta. Con todo, es una evidencia de piedad que, por el objeto propio y lícito de la vida, muestre cuán penoso y angustioso es verse privado de ella. Aun al ganado le causa inquietud morir, pero casi no tiene otro uso de su vida que pacer y comer hasta saciarse; mientras que nosotros tenemos un objeto mucho más excelente, pues fuimos creados y nacimos con la expresa condición de que nos dediquemos al conocimiento de Dios. Y porque esta es la razón principal por la que vivimos, repite dos veces el nombre de Dios, y así expresa la fuerza de sus sentimientos: «No veré a Dios, a Dios en la tierra de los vivientes».
Si se objeta que aquí no «vemos a Dios», la respuesta es fácil: que él es visible en sus obras; porque «por medio de las cosas visibles de la creación del mundo», como dice Pablo, «su eterno poder y deidad se hacen claramente visibles». (Ro 1:20.) De ahí que el apóstol llame también a este mundo un espejo de las cosas invisibles. (He 11:3.) Cuanto más de cerca se manifiesta él para ser conocido por los creyentes, tanto más estimaba Ezequías aquella contemplación espiritual; como dice también David que ven el rostro de Dios los que confirman su fe con los ejercicios de piedad en el santuario. (Sal 42:2; 63:2.) En cuanto se refiere a los hombres, se duele de ser retirado de su sociedad, porque nacimos para prestarnos unos a otros buenos oficios.
Isaías 38:12
12. Mi morada ha sido removida. Prosigue en sus quejas, pintando su vida bajo una hermosa metáfora; pues la compara a una tienda de pastor. Tal es ciertamente la condición de la vida humana en general; pero él no relata tanto lo que sucede a todos universalmente como lo que le ha acontecido a él como individuo. El uso de tiendas es más común en aquellos países que en los nuestros, y los pastores cambian a menudo de residencia al llevar su rebaño de un lugar a otro. No dice, pues, de manera absoluta que los hombres habiten en un alojamiento frágil mientras pasan por el mundo, sino que, después de haber habitado holgadamente en un palacio real, su suerte cambió, exactamente como si «una tienda de pastor» se plantara dos días en un campo y después se trasladara a otro.
Como tejedor corté mi vida. Es digno de observación que atribuye indistintamente la causa de su muerte, unas veces a sí mismo y otras a Dios, pero al mismo tiempo explica los fundamentos; pues cuando habla de sí mismo como el autor, no se queja de Dios, ni reclama que Dios le haya robado la vida, sino que se acusa a sí mismo y reconoce una profunda culpa. Sus palabras equivalen al dicho proverbial: «Yo mismo he cortado este hilo, de modo que yo solo soy la causa de mi muerte». Y sin embargo, no sin razón atribuye poco después a Dios lo que había reconocido proceder de sí mismo; porque aunque nosotros damos a Dios motivos para tratarnos con severidad, él es sin embargo el juez que inflige el castigo. En nuestras aflicciones, por tanto, debemos alabar siempre su juicio; porque cumple su oficio cuando nos castiga como lo merecemos.
Del hilo me cortará. Algunos traducen מדלה (middallah) «por flaqueza» o «por enfermedad», y otros lo traducen «llevándome». Los primeros derivan este nombre de דלל (dalal), que significa «disminuir», y los segundos de דלה (dalah), que significa «llevarse alzando». Pero consideren mis lectores si la palabra «alzar» no es más apropiada; pues Ezequías parece quejarse de que su vida, mientras tendía a avanzar más, fue derribada de repente; exactamente como si Dios hiciera ponerse el sol cuando todavía estaba ascendiendo en el cielo.
De la mañana a la noche. Añade ahora que en breve espacio de tiempo fue abatido; y con esta circunstancia expresa de nuevo la severidad de la ira de Dios; porque consume a los hombres con el soplo de un momento; pues ser derribado en un solo día significa que los hombres mueren muy rápidamente.
Isaías 38:13
13. Contaba yo hasta la mañana. Otros lo traducen «determiné», o «puse». Aquí significa lo que nosotros expresamos con la frase ordinaria (Je fasoye mon compte,) «hacía mi cuenta». De este versículo puede inferirse que Ezequías padeció la enfermedad por lo menos dos días; pues en el versículo anterior declaró que su gravedad era tan grande que esperaba una muerte inmediata. Y ahora, pasado un día, aún esperaba hasta la mañana, y de nuevo, de la mañana a la noche, de modo que decía que moriría a cada momento. El sentido, pues, es que aunque llegó «a la mañana», aun así, entre continuos sobresaltos, se apresuraba a la muerte, porque, habiendo sido herido por un terrible juicio de Dios, no se preocupaba nada de su vida; y como los griegos, cuando querían decir que nada hay más vano que el hombre, decían que era (ἐφήμερον) «un animal efímero», es decir, «la criatura de un día», así Ezequías significa con «la vida de un día» aquella que se marchita y no tiene duración.
Como un león, así quebrantó todos mis huesos. La comparación de Dios con un león no debe considerarse extraña, aunque Dios es por naturaleza «clemente, misericordioso y benigno». (Éx 34:6.) Nada ciertamente puede pertenecer más verdaderamente a Dios que estos atributos; pero no podemos percibir esa dulzura cuando lo hemos provocado con nuestros crímenes y lo hemos impulsado a la severidad con nuestra maldad. Además, no hay crueldad ni fiereza en las bestias salvajes que sea capaz de infundir un terror como el que sentimos con la mera mención del nombre de Dios, y con razón; pues los castigos del Señor deben tener poder suficiente para humillarnos y arrojarnos hasta el infierno mismo, de modo que quedemos casi desprovistos de consuelo y veamos todo lleno de horror. De la misma manera vemos también que David ha descrito estos terrores cuando dice que «sus huesos están contados, su lecho está bañado en lágrimas, su alma está turbada, y el infierno se abre». (Sal 6:3-6; 22:17; 38:6.) Así deben los piadosos ser aterrados a veces por el juicio de Dios, para que sean más poderosamente estimulados a desear su favor.
Isaías 38:14
14. Como la grulla y como la golondrina. Ezequías no logra satisfacerse al explicar la severidad de su angustia. Dice ahora que fue reducido tan bajo que no podía emitir una voz articulada, sino que murmuraba algún sonido confuso, como las personas que están casi a punto de morir. De ahí es evidente que su aflicción era atroz; porque la severidad del dolor le quitó la voz, y su voz, dice, se le atascaba en la garganta; no se oían sino gemidos indistintos.
Tal es el sentido de estas metáforas de «la grulla y la golondrina» que emplea el profeta. Con todo, es cierto que este sonido indistinto de la voz es oído, a pesar de todo, por Dios; aunque todos nuestros sentidos estén oprimidos por el dolor y nuestra garganta ahogada por la pena, Dios contempla nuestros corazones y escucha los suspiros piadosos, que serán aún más poderosos que las palabras claras y directas, con tal que esté presente el Espíritu, que produce en nosotros aquellos «gemidos indecibles» de que habla Pablo. (Ro 8:26.) No hay creyente que no sienta que en la oración, cuando su corazón está oprimido por alguna pesada tristeza, o balbucea o está casi mudo.
Alzaba en alto mis ojos. Estas palabras son traducidas por algunos: «Mis ojos están debilitados»; pero eso no concordaría con la frase «en alto». Por esta razón debemos adoptar un sentido más sencillo: que aunque los ojos de Ezequías estaban casi consumidos por la debilidad, de modo que casi desfallecía, no cesó sin embargo de alzar sus ojos al cielo; y que nunca fue embotado hasta tal grado que no supiera que debía pedir ayuda a Dios. Aprendamos, pues, por el ejemplo de Ezequías a alzar nuestros ojos al cielo, cuando nuestros corazones estén afligidos y turbados; y sepamos que Dios no exige de nosotros gran elocuencia.
Jehová, violencia padezco; fortaléceme. Confirma el sentimiento ya expresado dirigiendo inmediatamente su discurso a Dios e implorando su ayuda. Oprimido por la violencia de la enfermedad, desea que Dios esté presente para socorrerlo. Algunos traducen las palabras: «Sé fiador por mí»; y el verbo ערב (gnarab) se usa a menudo en este sentido; pero es más apropiado decir: «Consuélame» o «Anímame». O quizá parezca preferible traducir, como algunos han hecho: «Hazme descansar». Sin duda pide consuelo a Dios para no hundirse bajo la violencia de la enfermedad; y debemos estar seguros de esto: que cuanto mayor es el peso de las aflicciones que nos oprime, tanto más dispuesto estará Dios a darnos ayuda.
Isaías 38:15
15. ¿Qué diré? Por lo general se supone que esta es una exclamación, como las que brotan frecuentemente en tiempo de gozo, como si se congratulara de haber obtenido ya lo que deseaba. Pero yo pienso de otro modo. Ezequías parece proseguir sus quejas; pues habla como suelen hablar los hombres cuando los vence el dolor: «¿Qué diré? Pues él lo dijo, y él lo ha hecho»; es decir: «la vida y la muerte están en su mano; es inútil que yo argumente o contienda con él; es inútil que me queje». En el libro de Job se hallan también a menudo palabras y dichos de esta clase. (Job 7:4.) Pienso que este es el verdadero sentido; pues Ezequías antes miraba a su alrededor por todos lados para ver si aparecía alguna ayuda, y ahora, cuando ve que está a punto de morir, y que Dios lo ha amenazado con ello, concluye que ya no debe resistir sino obedecer.
Con todo, debemos notar la afirmación enfática de que Dios ha cumplido realmente lo que había amenazado con su palabra. Quienes la explican como si significara simplemente «lo que Dios me dijo por el profeta lo ha cumplido», expresan una parte de la verdad, pero no toda; pues Ezequías no relata fríamente que ha percibido el efecto de la palabra, sino que, al presentar el poder de Dios, corta toda ocasión de murmurar o quejarse. Así dice también David: «Enmudecí, porque tú lo hiciste». (Sal 39:9.) Nunca cesamos de quejarnos hasta que nos contiene el temor del poder de Dios. Así también Job, considerando que tiene que tratar con Dios, dice: «Mi mano pongo sobre mi boca» (Job 40:4), y «Habría de rogar a mi juez». (Job 9:15.) Ezequías, pues, se impone silencio a sí mismo por este motivo: que es inútil contender con Dios.
Al mismo tiempo, quiere decir que no tiene esperanza de vivir, porque el Señor da una demostración efectiva de que era una amenaza seria; y de ahí infiere que nada gana, porque no hay medios de evasión. Este sentimiento, es cierto, procede de la desesperación; porque de esta manera, pensando que Dios es su enemigo, cierra la puerta a sus oraciones. Pero que en angustias muy graves se escapen de nuestros labios palabras de esta clase, que nos apartan de la confianza en la oración, no es nuevo ni extraño, con tal que, por otra parte, nos apoyemos en aquel invocar a Dios que los pareceres de la carne declaran inútil. Hay razón para creer que el piadoso rey padecía tal perplejidad que desfallecía de debilidad; pero que consideró principalmente lo que he dicho, que nada era preferible al silencio, porque de nada serviría disputar con Dios, aparecerá más claramente por lo que sigue inmediatamente.
Andaré humildemente todos mis años. De aquí podemos inferir que ahora pone ante su vista el temible poder de Dios, para disponerse a la verdadera humildad. Como דדה (dadah) significa a veces «moverse» y a veces «andar suavemente», אדדה (eddaddeh) es traducido por algunos comentaristas «seré movido» o «seré turbado», y por otros «andaré suavemente». Por mi parte, no tengo duda de que denota un paso trémulo y débil; pues Ezequías había sido reducido a tan gran debilidad que desesperaba de recobrar jamás sus fuerzas anteriores. Este temblor debe atribuirse al temor, pues sigue inmediatamente: en la amargura; lo cual significa que la tristeza que había soportado estaba tan hondamente arraigada en su corazón que nunca podría ser quitada. De ahí surgió aquella debilidad que mencionó.
אדדה (eddaddeh) es traducido por la Vulgata «recordaré», por cuya razón este pasaje ha sido torturado por los papistas para apoyar la confesión auricular, pero tan absurdamente que hasta las viejas pueden reírse de ello. Pero el sentido claro es que Ezequías no habla de recordar, sino de aquella agitación y temblor de que dice que será herido durante todo el período de su vida.
Isaías 38:16
16. Oh Señor, por todas estas cosas los hombres vivirán. El estilo conciso del profeta ha dado lugar a diversas interpretaciones. La interpretación más comúnmente recibida es: «Oh Señor, ellos vivirán más allá de aquellos años», es decir, «alargarán su vida». Esto equivale a decir: «Cuando hayas alargado mi vida, concederás que otros gocen también del mismo favor». Pero ese sentido no concuerda con el texto, y lo considero forzado. Más bien pienso que el sentido de Ezequías era este: «Oh Señor, a todo el que viva más allá de aquellos años, también a ellos se les dará a conocer la vida de mi espíritu». Debemos, pues, suplir el relativo אשר (asher), «quien», como hacen con frecuencia los escritores hebreos, y no habrá nada forzado en esta interpretación; pues no cabe duda, y nadie lo niega, de que habla de los años que el Señor le había prolongado. Así quiere decir que este favor será reconocido no solo por los hombres de aquella época, sino también por la posteridad.
Tú me restablecerás, y harás que viva. De esta manera engrandece la magnitud del favor, porque será también bien conocido de una edad futura, y seguirá grabado en la memoria de todos, aun cuando el mismo Ezequías haya muerto, y no solo eso, sino que será tenido por una especie de resurrección. Con la palabra dormir se refiere a la muerte, como hacen con frecuencia las Escrituras. (1 Co 11:30; 1 Ts 4:14; 2 P 3:4.) Así compara esta enfermedad mortal con la muerte; pues estaba tan cerca de la muerte que desesperaba totalmente de la vida.
Isaías 38:17
17. He aquí que en paz tuve gran amargura. De nuevo, otra circunstancia agrava la severidad de la angustia; pues las calamidades repentinas e inesperadas nos perturban más que las que vienen sobre nosotros de manera gradual. La gravedad de la enfermedad era tanto más insoportable cuanto que lo asaltó de repente mientras gozaba de holgura y tranquilidad; pues nada estaba más lejos de sus pensamientos que el estar a punto de partir de esta vida. Sabemos también que los santos a veces se apoyan demasiado en la prosperidad y se prometen un éxito constante, lo cual David reconoce también que le sucedió a él: «En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido; pero escondiste tu rostro, y fui turbado». (Sal 30:6, 7.)
Nada más angustioso, pues, podía sucederle a Ezequías que ser sacado de la vida, sobre todo cuando la derrota y ruina de su enemigo lo dejaba en el disfrute de la paz; pues pienso que Ezequías cayó en esta enfermedad después de la derrota de Senaquerib, como ya se ha dicho. En medio de aquel gozo y paz que le sonreían, he aquí una pesada enfermedad por la cual Ezequías es temiblemente angustiado y atormentado. Esto nos advierte que, puesto que nada es sólido ni duradero en esta vida, y todo lo que nos deleita puede sernos quitado rápidamente, no debemos volvernos indolentes en la prosperidad, sino que, aun mientras gozamos de paz, debemos pensar en la guerra, en la adversidad y en las aflicciones, y, sobre todo, buscar aquella paz que descansa en la bondad paternal de Dios, en la cual nuestras conciencias pueden reposar con seguridad.
Y a ti agradó (rescatar) mi vida del hoyo. Esta parte del versículo admite dos sentidos. Puesto que el verbo חשק (chashak) significa a veces «amar» y a veces «desear», ese sentido no sería impropio: «Te ha agradado librar mi alma». Pero si no se sobreentiende nada, el estilo será igualmente completo y fluirá no menos agradablemente: «Tú, oh Dios, abrazaste mi alma con favor y bondad, mientras yacía en el sepulcro». Es bien sabido que «alma» significa «vida»; pero aquí se proclama la bondad de Dios, que no cesó de amar a Ezequías aun cuando pudiera considerársele muerto. De esta manera la partícula copulativa debe traducirse Pero.
Porque echaste tras tu espalda todos mis pecados. Al asignar la razón, nos lleva ahora a la fuente misma, y señala el método de aquella curación; pues de otro modo podría haberse pensado que hasta aquí no había hablado sino de la curación del cuerpo, pero ahora muestra que mira algo más elevado, a saber: que había sido culpable ante Dios, pero por su gracia había sido perdonado. Afirma, ciertamente, que se le ha devuelto la vida, pero estima de más alto valor haber sido reconciliado con Dios que cien o mil vidas. Y en verdad,
«bueno le fuera a ese hombre no haber nacido» (Mt 26:24)
que, viviendo una larga vida, añadir continuamente nuevas ofensas y así atraer sobre sí un juicio más pesado. Se congratula, pues, principalmente por esto: que el rostro de Dios le sonríe alegremente; pues gozar de su favor es la más alta felicidad.
Al mismo tiempo declara que todas las angustias que Dios nos inflige deben atribuirse a nuestros pecados, de modo que quienes acusan a Dios de excesiva severidad no hacen otra cosa que duplicar su culpa; y no se condena solo por un pecado, sino que confiesa que estaba cargado de muchos pecados, de modo que necesitaba más de un perdón. Si, pues, buscamos sinceramente el alivio de nuestras angustias, debemos comenzar por aquí; porque cuando Dios está aplacado, es imposible que nos vaya mal; pues él no se complace en nuestras angustias. A menudo nos sucede como a las personas necias y descuidadas cuando están enfermas; pues no fijan su atención sino en los (συμπτώματα) síntomas o circunstancias accidentales, y en los dolores que sienten, y pasan por alto la enfermedad misma. Pero debemos más bien imitar a los médicos hábiles, que examinan las causas de la enfermedad y dedican toda su atención a erradicarlas. Saben que los remedios externos son inútiles, y aun dañinos, si se ignora la causa interna; pues tales remedios hacen retroceder toda la fuerza de la enfermedad hacia dentro, y la promueven y aumentan, de modo que no hay esperanza de curación.
Ezequías, pues, percibió la causa de su angustia, es decir, sus pecados; y cuando hubo recibido el perdón de ellos, supo que el castigo también cesaba y era remitido. De ahí vemos cuán absurda es la distinción de los papistas, que quieren separar la remisión de la pena de la remisión de la culpa. Pero Ezequías testifica aquí que se le ha remitido la pena, porque se le ha remitido la culpa.
Debemos observar cuidadosamente la forma de expresión que emplea Isaías, echaste tras tu espalda; porque significa que el recuerdo de ellos queda totalmente borrado. De igual manera dice un profeta en otro lugar que Dios
«los echará en lo profundo del mar». (Mi 7:19.)
Se dice igualmente en otro pasaje que los aleja
«cuanto está lejos el oriente del occidente». (Sal 103:12.)
Con estos modos de expresión Dios nos asegura que no nos imputará los pecados que ha perdonado; y si, no obstante esto, nos castiga, no lo hace como juez, sino como padre, para educar a sus hijos y mantenerlos en el cumplimiento de su deber. Los papistas se equivocan al soñar que los castigos contienen alguna clase de satisfacción, como si Dios exigiera venganza porque no quisiera otorgar un perdón gratuito. Pero cuando Dios castiga a su pueblo, promueve su provecho futuro.
Isaías 38:18
18. Porque el Seol no te exaltará. Cuando dice que no habría celebrado las alabanzas de Dios si se le hubiera quitado la vida, promete que será agradecido y que las conservará en la memoria, y al mismo tiempo declara que la ventaja más alta y deseable que la vida puede rendirle es que alabará a Dios. Pero aunque es señal de verdadera piedad desear la vida por ninguna otra razón que para emplearla en las incesantes alabanzas de Dios, Ezequías parece emplear un lenguaje demasiado exclusivo; pues la muerte de los creyentes declara la gloria de Dios no menos que su vida, y, estando después de la muerte perfectamente unidos a Dios, no cesan de proclamar sus alabanzas junto con los ángeles. Además, surge otra pregunta: «¿Por qué Ezequías estaba tan ansioso de evitar la muerte y tan ardientemente deseoso de una vida terrena?» Y aunque aun esta segunda pregunta fuera respondida, el lector recordará igualmente que este terror no fue producido por la muerte sola, pues el mismo Ezequías, cuando su vida terminó, no se resistió, sino que cedió voluntariamente a Dios; sino que el piadoso rey, cuando había sido herido por la ira de Dios, se dolía solo por esto: que por sus pecados se había excluido a sí mismo de la vida, como si nunca más fuera a gozar de ningún favor ni bendición.
De esto depende también la respuesta a la primera pregunta; pues no debemos extrañarnos de que el piadoso rey, no solo suponiendo que debía partir de la vida, sino pensando que la muerte es el castigo de los pecados y la venganza de Dios, gima y llore por haber sido condenado como indigno de dedicarse a promover la gloria de Dios. Todos los que han sido heridos por este rayo son incapaces, vivos o muertos, de celebrar las alabanzas de Dios, sino que, abrumados por la desesperación, tienen que permanecer mudos. En el mismo sentido dice también David:
«Porque en la muerte no hay memoria de ti; en el Seol, ¿quién te alabará?» (Sal 6:5.)
Y toda la Iglesia dice:
«No alabarán los muertos a Jah, ni cuantos descienden al silencio». (Sal 115:17.)
La razón es que los que están perdidos y arruinados no tendrán motivo de acción de gracias.
Con todo, debe observarse igualmente que los santos, cuando hablaban de esta manera, no consideraban qué clase de condición les aguardaba después de la muerte, sino que, bajo la influencia del dolor que sentían entonces, miraban solo el fin para el cual fueron creados y conservados en el mundo. El objeto principal de la vida, como dijimos poco antes, es que los hombres se empleen en el servicio de Dios; y con el mismo designio protege Dios a su Iglesia en el mundo, porque es su voluntad que su nombre sea celebrado. Ahora bien, quien se ve abatido porque no merece ser contado ni tener lugar entre los adoradores de Dios, no considera con calma y atención lo que hará después de la muerte, sino que, bajo la influencia oscurecedora del dolor, como si después de la muerte cesara todo ejercicio de piedad, quita a los muertos el poder de alabar a Dios, porque la gloria de Dios parece quedar sepultada junto con los testigos de ella.
Isaías 38:19
19. El que vive, el que vive, este te alabará. No incluye a todos los hombres sin excepción; pues muchos viven que, sin embargo, extinguen la gloria de Dios con su ingratitud en cuanto está en su poder, y sin duda no tienen nada más lejos de su pensamiento que el haber nacido para alabar a Dios. Pero declara simplemente que los hombres, mientras Dios los sostiene en esta vida, pueden ser considerados con justicia los legítimos heraldos de su gloria, cuando los invita con su bondad al cumplimiento de ese oficio. Y este contraste muestra que lo que dijo poco antes, que «en la muerte o en el sepulcro no hay memoria de Dios», es una declaración general: que los que de buena gana se emplearían en alabar a Dios son privados de este favor cuando son expulsados del mundo.
Como yo hoy. Declara solemnemente que será uno de los testigos de la gloria de Dios, y así da una indicación manifiesta de gratitud hacia Dios; pues declara que no lo olvidará, sino que dará gracias continuamente a Dios y dará a conocer el favor que ha recibido; y eso no solo a los hombres de su propia edad, sino también a la posteridad, para que también ellos celebren esas alabanzas y adoren al autor de un favor tan grande.
El padre hará notoria a los hijos tu verdad. De aquí debemos aprender una lección útil: que los hijos son dados a los hombres con la expresa condición de que cada uno, instruyendo a sus hijos, se esfuerce con todo su poder en transmitir el nombre de Dios a la posteridad; y, por tanto, se manda principalmente a los padres de familia que sean cuidadosos en esto, que mencionen diligentemente los beneficios que Dios les ha concedido. Con la palabra verdad se refiere a aquella fidelidad que Dios ejerce hacia su pueblo, y a todos los testimonios de su gracia con los cuales demuestra que es veraz.
Isaías 38:20
20. Jehová para salvarme. Reconoce que fue librado, no por la ayuda o la industria de los hombres, sino únicamente por la bondad de Dios. La traducción que dan algunos, «Al Señor le pertenece salvarme», no expresa lo bastante y parece más alejada del sentido literal; pues alaba no solo el poder de Dios, sino también la obra con la cual ha dado una prueba evidente de él. En una palabra, contrasta la guarda de Dios con la muerte a la que había sido sentenciado; porque, habiéndolo temido antes como un juez severo, ahora lo reconoce como su libertador y salta de gozo.
Y cantaremos nuestros cánticos. Por la razón ahora expuesta, no solo se prepara para cantar en señal de gratitud, sino que llama también a otros a unirse a él y acompañarlo en este deber, y por eso menciona el Templo, en el cual se celebraban las asambleas de los hombres religiosos. Aunque hubiera sido un particular y uno del pueblo común, aun así habría sido su deber ofrecer un sacrificio público a Dios, para animar a otros con su ejemplo. Mucho más, entonces, estaba obligado el rey a cuidar de que condujera a otros a unirse con él en la acción de gracias; especialmente porque en su persona Dios había provisto para el provecho de toda la Iglesia.
Todos los días de nuestra vida. Declara que hará su esfuerzo para que este favor de Dios sea conocido de todos y para que su memoria se conserve, no solo por un día o por un año, sino mientras viva. Y en verdad, en cualquier tiempo habría sido sumamente vil dejar que una bendición de Dios tan notable como esta pasara o fuera olvidada; pero, siendo olvidadizos, necesitamos continuamente espuelas que nos despierten. Al mismo tiempo, toca de pasada la razón por la cual Dios instituyó las santas asambleas. Fue para que todos, como con una sola boca, lo alabaran y se excitaran unos a otros a la práctica de la piedad.
Isaías 38:21
21. Y dijo Isaías. Isaías relata ahora cuál fue el remedio que prescribió a Ezequías. Algunos piensan que no era un remedio, porque los higos son peligrosos y dañinos para las llagas; sino que el piadoso rey fue advertido y claramente enseñado por esta señal de que la curación no procedía de otra cosa que del solo favor de Dios. Así como el arco en el cielo, con el cual Dios quiso testificar que la humanidad nunca sería destruida por un diluvio (Gn 9:13), parece denotar lo absolutamente contrario a esto (pues aparece cuando se juntan nubes muy espesas, listas para caer como si fueran a inundar todo el mundo), así piensan que un emplasto que no era nada apropiado para curar la enfermedad fue aplicado a propósito por el profeta, para testificar abiertamente que Dios curó a Ezequías sin medicinas. Pero puesto que los higos son empleados aun por nuestros propios médicos para madurar una pústula, es posible que el Señor, que había dado una promesa, diera también una medicina, como vemos hecho en muchas otras ocasiones; pues aunque el Señor no necesita de los medios secundarios, como se les llama, los usa sin embargo siempre que lo juzga oportuno. Y el valor de la promesa no queda disminuido por esta medicina, que sin la palabra habría sido vana e inútil; porque había recibido otra señal sobrenatural, con la cual había aprendido claramente que de Dios solo había recibido aquella vida de la que desesperaba.
Isaías 38:22
22. Había asimismo dicho Ezequías. Algunos explican este versículo como si también esto hubiera sido una señal dada a Ezequías, y por tanto lo ven conectado con el versículo anterior y lo consideran una exclamación de asombro. Pero es más probable que en este pasaje el orden haya sido invertido, como sucede con frecuencia en los escritores hebreos, y que lo que se dijo al final se relate primero. Isaías no dijo al principio que Ezequías había pedido una señal, aunque la historia sagrada (2 R 20:8) lo atestigua; y por eso añade lo que había omitido en su debido lugar.
Que subiré. Quiere decir que su principal objeto en toda su vida será celebrar el nombre de Dios; pues no deseaba la vida por vivir holgadamente y gozar del placer, sino para defender el honor de Dios y la pureza de su culto. Recordemos, pues, que Dios prolonga nuestra vida, no para que sigamos la inclinación de nuestra disposición natural ni nos entreguemos al lujo, sino para que cultivemos la piedad, nos prestemos buenos oficios unos a otros y participemos con frecuencia en la asamblea de los piadosos y en los ejercicios públicos de la religión, para que proclamemos la verdad y la bondad de Dios.
CAPÍTULO 39
Isaías 39:1-8
1. En aquel tiempo Merodac Baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, envió cartas y un presente a Ezequías: porque había oído que había estado enfermo y se había recuperado.
1. Tempore illo misit Merodach Baladan, filius Baladan, rex Babel, ad Ezechiam literas et munus, ex quo audieret eum aegrotasse, et convaluisse
2. Y Ezequías se alegró de ellas, y les mostró la casa de sus cosas preciosas, la plata y el oro, y las especias, y el ungüento precioso, y toda la casa de sus armas, y todo lo que se halló en sus tesoros: no hubo cosa en su casa, ni en todo su dominio, que Ezequías no les mostrara.
2. Laetatus est autum de iis Ezechias, et ostendit illis domum thesauri sui, argentum et aurum et aromata, unguentum pretiosum, et omne armamentarium suum, et quicquid inveniebatur in thesauris suis: non fuit res ulla, quam non ostenderit Ezechias in domo sua, totoque regno suo.
3. Entonces vino Isaías el profeta al rey Ezequías, y le dijo: ¿Qué dijeron esos hombres? ¿Y de dónde vinieron a ti? Y Ezequías dijo: De una tierra lejana han venido a mí, de Babilonia.
3. Tum venit Isaias propheta ad regem Ezechiam, dixitique illi: Quid dixerunt viri isti? Et unde venerunt ad te? Respondit Ezechias, E terra longinqua venerunt ad me, e Babel
4. Y él dijo: ¿Qué han visto en tu casa? Y Ezequías respondió: Todo lo que hay en mi casa han visto: no hay nada entre mis tesoros que no les haya mostrado.
4. Tunc dixit: Quid viderunt domi tuae? Et dixit Ezechias: Cuncta quae domi meae sunt viderunt; nec res ulla est, quam non illis ostenderim in thesauris meis.
5. Entonces Isaías dijo a Ezequías: Oye la palabra de Jehová de los ejércitos:
5. Tunc ait Isais Ezechiae: Audi verbum Iehovae exercituum.
6. He aquí que vienen días en que todo lo que hay en tu casa, y lo que tus padres han atesorado hasta este día, será llevado a Babilonia: nada quedará, dice Jehová.
6. Ecce dies veniunt, ut tollatur in Babylonem quicquid est domituae, et quicquid recondiderunt patres tui ad hunc usque diem; nec residuum quicquam manebit, dicit Iehova.
7. Y de tus hijos que saldrán de ti, que tú engendrarás, tomarán; y serán eunucos en el palacio del rey de Babilonia.
7. E filiis tuis qui egressi fuerint ex te, quos genueris, tollent; eruntque eunuchi in palatio regis Babel.
8. Entonces dijo Ezequías a Isaías: Buena es la palabra de Jehová que has hablado. Dijo además: Porque habrá paz y verdad en mis días.
8. Dixit Ezechias Isiae: Bonus est sermo Iehovae quem pronumtiasti. Et dixit: Saltem erit pax et stabilitas in diebus meis.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.