Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Isaías 39: comentario de Juan Calvino
Isaías 39:1
1. En aquel tiempo. Algunos piensan que este fue el primer rey de la nación caldea; pues su padre, Baladín, había ejercido el gobierno sobre los babilonios sin el título de rey. Este Merodac, pues, después de haber reinado doce años, sometió a los asirios y los hizo tributarios de los caldeos; pues es un error suponer que la guerra fue comenzada por Nabucodonosor. Es posible, en efecto, que él completara su sometimiento; pero es probable que ya estuvieran medio sometidos, de modo que no quedaba otra cosa que consolidar el poder real ganado por la victoria de su predecesor.
Envió cartas y presente a Ezequías. Aunque el profeta relata simplemente que se enviaron mensajeros, es importante observar que esto lo hizo el babilonio con astucia, para adular y engatusar a Ezequías. Estaba amenazando entonces a los asirios, a quienes sabía que los judíos detestaban con justicia por sus continuas guerras; y por eso, para obtener a Ezequías como aliado y partidario en la guerra que ahora se hacía contra él, procura ganarse su amistad por métodos indirectos. El ánimo del buen rey estaba corrompido por la ambición, de modo que aceptó con demasiado afán las falsas lisonjas del tirano y se tragó el cebo.
El pretexto era felicitar a Ezequías por haberse recuperado de su enfermedad. Y sin embargo la historia sagrada parece asignar otra razón, que era que Merodac fue inducido por un milagro. (2 Cr 32:31.) No hay duda ciertamente de que la noticia de aquel prodigio, que ocurrió cuando el sol retrocedió, se extendió muy ampliamente; y pudo haber producido impresión en muchas naciones. Con todo, apenas puede creerse que un pagano tuviera otro objeto a la vista que atraer a Ezequías a su red; pero puesto que, por una señal notable, Dios había mostrado que se interesaba por la seguridad de Ezequías, y puesto que los impíos suelen aplicar a un fin vil todas las pruebas del favor de Dios, Merodac pensó que, si lograba la alianza de Ezequías, haría la guerra bajo la protección y el favor del cielo.
La consecuencia fue que envió mensajeros a Ezequías con presentes, para expresar su buena voluntad; pues quería obtener su favor, creyendo que su amistad le sería útil y ventajosa; y su intención era servirse de él después contra los asirios, a quienes sabía bien que los judíos tenían un odio mortal. Tales son los designios de los reyes y príncipes: despachar sus asuntos con fraude y astucia, y por algún medio ganar tantos aliados como sea posible, para emplear sus esfuerzos contra sus enemigos.
Isaías 39:2
2. Y Ezequías se alegró de ellas. El profeta hace el papel de historiador; pues se limita a relatar lo que hizo Ezequías, y explicará después por qué lo hizo; es decir, que Ezequías, cegado por la ambición, hizo ostentación ante los mensajeros; mientras censura una clase impropia de alegría, que dio origen después a un afán de tratarlos amistosamente.
Cualquiera que lea simplemente esta historia concluirá que Ezequías no hizo nada malo; pues fue un acto de humanidad dar una acogida alegre y hospitalaria a los mensajeros y mostrarles toda prueba de buena voluntad; y habría sido acto de un bárbaro desdeñar a los que habían venido a él en visita amistosa y rechazar la amistad de un rey tan poderoso. Pero aun así acechaba en su corazón un deseo de vana ostentación; pues quería mostrarse de manera favorable, para que el babilonio llegara a entender que esta alianza no carecería de ventaja para él, y pudiera comprobarlo por sus riquezas, fuerzas y armas de guerra. Merecía ser reprendido por otra razón: que dirigió su ánimo a una ayuda extranjera e ilícita, y en esa medida negó honra a Dios, a quien había conocido recientemente como su libertador en dos ocasiones; pues de otro modo el profeta no habría censurado este acto tan severamente.
Este es un ejemplo notable, y nos enseña que nada es más peligroso que ser cegado por la prosperidad. Prueba también la verdad del antiguo proverbio de que «es más difícil soportar la prosperidad que la adversidad»; pues cuando todo marcha según nuestro deseo, nos volvemos insolentes y petulantes, y no se nos puede mantener en el camino del deber con ningún consejo ni amenaza. Cuando esto le sucedió a Ezequías, a quien el profeta había tributado el alto elogio de que «el temor de Jehová era su tesoro» (Is 33:6), debemos tener mucho miedo de caer en los mismos peligros. Es arrastrado por una vana jactancia y no recuerda que poco antes estaba medio muerto y que Dios lo rescató de la muerte por un milagro extraordinario. Poco antes hizo una solemne promesa de que celebraría continuamente las alabanzas de Dios en la asamblea de los piadosos (Is 38:20), y ahora, cuando ve que se busca su amistad y que un poderoso monarca envía a saludarlo, olvida a Dios y los beneficios que había recibido de él. Cuando vemos que este buen rey cae tan pronto y es arrastrado por la ambición, aprendamos a imponernos el freno de la modestia, que nos mantendrá constante y diligentemente en el temor de Dios.
Isaías 39:3
3. Entonces vino Isaías el profeta. Continúa la misma narración, pero añade también doctrina. Aunque no dice que Dios lo había enviado, es cierto que hizo esto por influencia del Espíritu Santo y por mandato de Dios; y por eso se da a sí mismo la designación de el profeta, con la cual da a entender que no vino como particular, sino para cumplir un oficio que Dios le había encomendado, para que Ezequías viera claramente que no tenía que tratar con un hombre mortal.
Ahora bien, cuando dice que vino, debemos inferir que no fue mandado llamar, sino que se le dejó permanecer tranquilamente en casa mientras Ezequías hacía una jactanciosa exhibición de sus tesoros; pues los profetas no suelen ser invitados a consultas de esta clase. Pero antes, mientras estaba abrumado por una angustia extrema, mientras Rabsaces lo insultaba tan ferozmente y profería tan atrevidas blasfemias contra Dios, envió a Isaías y le pidió que intercediera ante Dios y calmara su angustia con algún consuelo. (Is 37:2, 3, 4.) Así, en la adversidad y la angustia se busca a los profetas, pero en la prosperidad se les desatiende o aun se les desprecia; porque turban nuestra alegría con sus amonestaciones y parecen dar ocasión de pesar. Pero Isaías vino, aunque no fue invitado; y en esto debemos observar y alabar su firmeza, y se nos enseña por su ejemplo que no debemos esperar a que nos manden llamar los hombres que necesitan que cumplamos nuestro deber, cuando se lisonjean a sí mismos en medio de las más pesadas angustias y atraen peligro sobre sí por ligereza, o por ignorancia, o incluso por malicia; pues es nuestro deber reunir a las ovejas descarriadas, y debemos hacerlo con diligencia, aunque nadie nos lo pida.
Aunque Ezequías puede ser justamente culpado por haberse dejado corromper por las lisonjas del rey de Babilonia hasta no pedir consejo a Dios, es sin embargo una manifestación de no ordinaria modestia que no ahuyente ni desprecie al profeta, como si hubiera encontrado falta sin razón, sino que responde con suavidad y por fin recibe con calma y mansedumbre una reprensión muy severa. Habría sido mejor que hubiera consultado desde el principio la boca de Dios, como se dice en el salmo:
«Tus testimonios son mis consejeros». (Sal 119:24.)
pero, habiendo cometido un error, su deber siguiente era recibir sumisamente el remedio de la falta.
¿Qué dijeron aquellos hombres? El profeta no le inflige de inmediato el dolor de una reprensión severa, sino que lo hiere suavemente, para llevarlo a una confesión de su pecado; pues Ezequías se lisonjeaba y pensaba que todo le iba bien, y por tanto necesitaba ser despertado gradualmente de su indolencia. Con todo, estas palabras dieron una herida aguda; como si dijera: «¿Qué tienes que ver con aquellos hombres? ¿No debías mantenerte a la mayor distancia de una peste tan contagiosa?» Pregunta también por el contenido del mensaje, para avergonzar a Ezequías de no haber percibido el engaño que se practicaba con él; pues hay razón para creer que no habría censurado la felicitación si no se hubiera mezclado en ella algún veneno, pero señala aquellos lazos en que los babilonios querían enredarlo.
Y sin embargo, por la respuesta es evidente que Ezequías no fue aún herido por aquella suave reprensión; pues sigue estando a bien consigo mismo y se jacta de que aquellos hombres vinieron de lejana tierra, de Babilonia. Hay razón para creer que Isaías no ignoraba aquel país, de modo que Ezequías no necesitaba expresar la distancia en lenguaje tan magnífico; pero se jacta de esta manera porque estaba bajo la influencia de la ambición. Era, pues, necesario que fuera apremiado con más vigor y que se le aplicaran espuelas más agudas.
Isaías 39:4
4. Y dijo él. Isaías prosigue su amonestación indirecta, para ver si Ezequías es conmovido por ella y se disgusta consigo mismo. Pero aun así no lo consigue, aunque apenas puede creerse que el rey fuera tan estúpido como para no sentir los pinchazos de la espuela; pues sabía que el profeta no había venido, como suelen hacer las personas aficionadas a la curiosidad, para andar a caza de noticias; y sabía también que el profeta no había venido a bromear con él, sino a declarar algo de importancia. Sea como fuere, debemos interpretar favorablemente su suave respuesta; pues no estalla contra el profeta, sino que confiesa modestamente el estado de los hechos, aunque todavía no reconoce que ha pecado, o al menos no es llevado al arrepentimiento; pues no juzga su pecado a partir de aquella disposición oculta. La ambición engaña tanto a los hombres que con su dulzura no solo los embriaga sino que los enloquece, de modo que, aun cuando han sido amonestados, no se arrepienten de inmediato. Cuando, pues, vemos al piadoso Ezequías herido de tal estupidez que no percibe que se le reprende, o al menos no es punzado por ello hasta conocerse a sí mismo, debemos guardarnos cuidadosamente de una enfermedad tan peligrosa.
Isaías 39:5
5. Entonces dijo Isaías a Ezequías. Por este juicio de Dios percibimos que el pecado de Ezequías no era pequeño, aunque el sentido común juzgue de otra manera; pues puesto que Dios observa siempre la más alta moderación al castigar a los hombres, podemos inferir de la severidad del castigo que no fue una falta ordinaria, sino un crimen sumamente agravado. De ahí se nos recuerda también que los hombres juzgan mal las palabras o las acciones, y que solo Dios es juez competente de ellas. Ezequías mostró sus tesoros. ¿Habían sido amontonados para que siempre quedaran escondidos en la tierra? Recibió amablemente a los mensajeros. ¿Debía haberlos echado? Prestó oído a sus instrucciones. Pero eso fue cuando el rival del asirio deseó voluntariamente su amistad. ¿Debía haber rechazado una ventaja tan valiosa? En una palabra, por lo que toca a las apariencias, no hallaremos nada para lo cual no pueda ofrecerse una disculpa.
Pero Dios, a quien nada se oculta, observa en el gozo de Ezequías, primero, ingratitud; porque olvida las angustias que poco antes lo abrumaban y, en algunos aspectos, pone a los caldeos en el lugar del mismo Dios, a quien debía haber dedicado su propia persona y todo lo que poseía. Después, observa soberbia; porque Ezequías intenta con demasiado afán ganar reputación por la magnificencia y las riquezas. Observa un deseo pecaminoso de entrar en una alianza que habría sido destructiva para toda la nación. Pero la falta principal era la ambición, que casi del todo destierra el temor de Dios de los corazones de los hombres. De ahí que Agustín exclame con justicia: «¡Cuán grande y cuán pernicioso es el veneno de la soberbia, que no puede curarse sino con veneno!» Pues tiene la vista puesta en aquel pasaje de una de las epístolas de Pablo, en que dice que «le fue dado un mensajero de Satanás que lo abofeteara, para que no se enalteciera sobremanera por la grandeza de las revelaciones». (2 Co 12:7.) Ezequías estuvo inconmovible cuando todo estaba casi arruinado; pero es vencido por estas lisonjas y no resiste la vana ambición. Consideremos, pues, atenta y diligentemente qué mal tan destructivo es este, y seamos tanto más cuidadosos en evitarlo.
Oye la palabra de Jehová de los ejércitos. A punto de ser portador de una dura sentencia, comienza diciendo que es heraldo de Dios, y poco después repite de nuevo que Dios le ha mandado hacer esto, no meramente para protegerse contra el odio, sino para causar una honda impresión en el corazón del rey. Aquí vemos de nuevo su firmeza y su valor heroico. No teme el rostro del rey ni recela dar a conocer su enfermedad y anunciarle el juicio de Dios; pues aunque, entonces como ahora, los reyes tenían oídos delicados, sin embargo, plenamente consciente de que Dios le había encomendado este deber, ejecuta osadamente su comisión, por mucho que desagradara. Los profetas estaban, ciertamente, sujetos a los reyes y no reclamaban nada para sí, salvo cuando era su deber hablar en nombre de Dios; y en tales casos nada hay tan elevado que no deba humillarse ante la majestad de Dios. Y si su objeto hubiera sido ganarse las buenas gracias de su príncipe, habría callado como los demás aduladores; pero atiende a su oficio y procura cumplirlo con la mayor fidelidad.
Isaías 39:6
6. Y nada quedará. Conviene observar la clase de castigo que el Señor inflige a Ezequías; pues quita a sus sucesores aquellas cosas de las que se jactaba tan estrepitosamente, para que no tengan motivo de gloriarse de ellas. Así castiga el Señor la ambición y la soberbia de los hombres, de modo que su nombre o reino, que esperaban que durara para siempre, es borrado, y son tratados con desprecio, y su memoria es maldita. En una palabra, derriba sus necios pensamientos, de modo que hallan por experiencia lo completamente opuesto a aquellas invenciones con que se engañan a sí mismos.
Si se objeta que es irrazonable que el saqueo de una ciudad y el cautiverio de una nación se atribuyan a la falta de un solo hombre, cuando el Espíritu Santo declara en todas partes (2 Cr 36:14-17) que la obstinación general fue la razón por la cual Dios entregó la ciudad y el país a ser saqueados por los babilonios, respondo que no hay absurdo en que Dios castigue el pecado de un solo hombre y a la vez los crímenes de toda una nación. Pues cuando la ira del Señor se extendió sobre todo el país, era deber de todos unirse para confesar su culpa, y de cada persona considerar individualmente lo que había merecido; para que nadie echara la culpa a otros, sino que cada uno la pusiera sobre sí. Además, puesto que los judíos estaban ya de muchas maneras sujetos al juicio de Dios, él permitió con justicia que Ezequías faltara a su deber en perjuicio de todos, para apresurar más su propia ira y abrir camino a la ejecución de su juicio. De igual manera vemos que le sucedió a David; pues la Escritura declara que no fue un suceso accidental que David numerara al pueblo, sino que ocurrió por culpa de la nación misma, a la cual el Señor determinó castigar de esta manera:
«Se encendió la ira de Jehová contra la nación, e incitó a David a que numerara al pueblo». (2 S 24:1.)
Así también en este pasaje se amenaza con castigo a Ezequías; pero su pecado, con el cual provocó la ira de Dios, fue también la venganza de Dios contra toda la nación.
Isaías 39:7
7. De tus hijos. Podría pensarse que esto era mucho más angustioso para Ezequías, y por eso se pone al final para realzar el cuadro. Aunque una calamidad cualquiera se extienda ampliamente en una nación, se piensa comúnmente que los reyes y sus familias quedarán exentos, como si no estuvieran puestos en el mismo rango que los demás hombres. Cuando entendió, pues, que sus hijos serían hechos cautivos y esclavos, esto debió de parecerle sumamente severo. De ahí podemos aprender de nuevo cuánto desagradó a Dios que Ezequías buscara ayuda en las riquezas terrenales y se jactara de ellas en presencia de hombres impíos, cuando Dios con un ejemplo terrible castiga como crimen imperdonable que Ezequías hiciera una ambiciosa exhibición de sus riquezas en presencia de incrédulos.
Isaías 39:8
8. Buena es la palabra de Jehová. De esta respuesta aprendemos que Ezequías no era un hombre obstinado ni altivo con terquedad, pues escuchó con paciencia la reprensión del profeta, aunque al principio le conmovió poco. Cuando se le informa de que el Señor está airado, reconoce sin vacilar su culpa y confiesa que es castigado con justicia. Habiendo oído el juicio de Dios, no discute ni contiende con el profeta, sino que se conduce con mansedumbre y modestia, y nos ofrece así un ejemplo de genuina sumisión y obediencia.
Aprendamos, pues, por el ejemplo del piadoso rey, a escuchar con calma al Señor, no solo cuando exhorta o amonesta, sino aun cuando condena y aterra amenazando con un justo castigo. Cuando dice que «la palabra de Dios es buena», no solo le atribuye la alabanza de la justicia, sino que acepta con paciencia lo que habría podido resultarle desagradable por su dureza; porque aun los reprobados se han visto a veces obligados a confesar su culpa, sin que por ello su rebeldía fuera sometida hasta abstenerse de murmurar contra su Juez. Por tanto, para que las amenazas de Dios se nos suavicen, debemos albergar alguna esperanza de misericordia; de lo contrario, nuestros corazones derramarán siempre una amargura inútil. Pero quien esté convencido de que Dios, cuando castiga, no abandona en grado alguno el afecto de un padre, no solo confesará que Dios es justo, sino que soportará con calma y mansedumbre su severidad pasajera. En una palabra, cuando tengamos una poderosa convicción de la gracia de Dios, de modo que creamos que es nuestro Padre, no nos será duro ni desagradable estar en pie o caer según su beneplácito; porque la fe nos asegurará que nada nos es más provechoso que su corrección paternal.
Así David, severamente reprendido por Natán, responde con humildad: «Jehová es; haga lo que bien le pareciere»; porque sin duda la razón de su mutismo no es solo que de nada serviría murmurar, sino que se somete de buen grado al juicio de Dios. Tal es también el carácter del silencio de Saúl, cuando se le informa de que el reino le será quitado. (1 S 28:20.) Pero como solo el castigo le aterra, y no le mueve el arrepentimiento de su pecado, no debe extrañarnos que esté lleno de crueldad por dentro, aunque en apariencia se resigne porque no puede resistir, cosa que de otro modo haría de buena gana; como los malhechores que, mientras están sujetos con cadenas o grillos, se muestran sumisos a sus jueces, a quienes gustosos derribarían del lugar de autoridad para pisotearlos. Pero aunque David y Ezequías son «humillados bajo la poderosa mano de Dios» (1 P 5:6), no pierden con todo la esperanza del perdón, y por eso eligen más bien someterse al castigo que él inflige que sustraerse a su autoridad.
Que has hablado. Es digno de notarse que reconoce no solo que la sentencia que Dios ha pronunciado es justa, sino que la palabra que Isaías ha hablado es buena; pues hay gran peso en esta cláusula, ya que no vacila en recibir la palabra con reverencia, aunque la pronuncia un hombre mortal, porque mira a su principal Autor. La franqueza empleada por Isaías pudo ser sin duda dura y desagradable para el rey; pero reconociéndolo como siervo de Dios, se deja llevar a la obediencia. Tanto más insoportable es la delicadeza de quienes se ofenden al ser amonestados o reprendidos, y responden con desdén a los maestros y ministros de la palabra: «¿Acaso no son ustedes hombres como nosotros?». Como si no fuera nuestro deber obedecer a Dios, a menos que enviara ángeles del cielo o descendiera él mismo.
De aquí aprendemos también qué opinión debemos formarnos de los fanáticos, que, mientras pretenden adorar a Dios, rechazan la doctrina de los profetas; porque si estuvieran dispuestos a obedecer a Dios, le escucharían cuando habla por sus profetas, no menos que cuando truena desde el cielo. Admito que debemos distinguir entre profetas verdaderos y falsos, entre «la voz del pastor (Jn 10:3, 5) y la voz del extraño»; pero no debemos rechazarlos a todos sin distinción, si no queremos rechazar al mismo Dios; y debemos escucharlos, no solo cuando exhortan o reprenden, sino también cuando condenan, y cuando amenazan, por mandato de Dios, con el justo castigo de nuestros pecados.
Al menos habrá paz. La partícula כי (ki) expresa a veces oposición, pero aquí denota una excepción, y por eso la he traducido al menos; porque Ezequías añade algo nuevo, es decir, da gracias a Dios por mitigar el castigo que había merecido; como si dijera: «El Señor pudo haber levantado de repente enemigos para echarme de mi reino; pero ahora me perdona y, retrasándolo, modera el castigo que con justicia pudo haberme sido infligido». Sin embargo, esta cláusula puede explicarse como una oración, que expresa el deseo de Ezequías de que el castigo se retrase hasta una edad futura. Pero es más probable que lo que el profeta había dicho acerca de los días venideros, Ezequías lo aplicara para aliviar su dolor y animarse a la paciencia, porque una venganza repentina le habría asustado todavía más. Esta excepción, por tanto, es muy apropiada para inducir mansedumbre de espíritu: «Al menos Dios perdonará nuestra época». Pero si alguien prefiere entenderla como la expresión de una causa, «Porque habrá paz», que goce de su opinión.
Paz y verdad. Algunos piensan que אמת (emeth), verdad, denota el culto a Dios y la religión pura, como si diera gracias a Dios porque, al morir, dejaría intacta la doctrina de la piedad. Pero yo entiendo que denota «permanencia», o una condición pacífica del reino; si no se prefiere considerar que denota, por sustitución de una palabra por otra, una prosperidad cierta y duradera.
Pero se podría pensar que Ezequías fue cruel al no preocuparse por la posteridad y no inquietarse mucho por lo que sucedería después. Dichos como (ἐμοῦ θανόντος γαῖα μιχθήτω πυρί) «Cuando yo muera, que la tierra sea entregada a las llamas», es decir, «Cuando yo muera, todos han muerto»; y otros del mismo tipo, que hoy están en boca de muchos cerdos y epicúreos, son profanos y chocantes. Pero la intención de Ezequías era muy distinta; porque, aunque deseaba el bien de quienes vivieran después de él, habría sido una falta de deber despreciar aquella muestra de clemencia que Dios dio al retrasar su venganza; pues pudo ser llevado por ella a esperar que esta misericordia se extendería en alguna medida a la posteridad.
Algunos responden que se alegró del retraso porque
«no debemos afanarnos por el día de mañana, pues basta a cada día su propio mal». (Mt 6:34.)
Pero esto no se aplica al presente pasaje; porque Ezequías no desprecia la posteridad, sino que, percibiendo que Dios modera el castigo con su paciencia, da gracias a Dios, como ya hemos dicho; pues aunque este castigo aguardaba a una edad futura, era con todo su deber reconocer el favor presente. Y en verdad debemos trabajar sobre todo por nuestra propia época y atender principalmente a ella. No hay que descuidar el futuro; pero lo presente e inmediato tiene mayores derechos sobre nuestros servicios; porque los que vivimos al mismo tiempo estamos atados por Dios con un vínculo más fuerte, para que, mediante el trato mutuo, nos ayudemos unos a otros en cuanto esté en nuestro poder. Debe observarse también que, habiendo prometido antes el Señor a Ezequías una vida prolongada cuando estaba muy cerca de la muerte, había ahora fuerte razón para temer que la acortara de nuevo a causa de aquel pecado. Cuando se le informa de que la promesa queda ratificada, da gracias a Dios y soporta con más paciencia la calamidad que había de venir, aunque la sentía grave y angustiosa.
CAPÍTULO 40
Isaías 40:1-31
1. Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios.
1. Consolamini, consolamini populum meum, dicit Deus rester.
2. Hablad al corazón de Jerusalén, y decidle a voces que su milicia ha terminado, que su iniquidad ha sido perdonada; pues ha recibido de la mano de Jehová el doble por todos sus pecados.
2. Loquimini secundum cor Ierusalem, et clamate ad eam, quod impleta sit militia ejus, quod remissa sit iniquitas *(vel, miseria) *ejus, quoniam accepit e manu Iehovae duplicia in onmibus peccatis suis.
3. Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino de Jehová; enderezad en la soledad una calzada para nuestro Dios.
3. Vox clamans in deserto: Parate viam Iehovae; Dirigite in solitudine semitam Deo nostro.
4. Todo valle será alzado, y todo monte y collado será humillado; lo escabroso se convertirá en llanura, y los lugares ásperos en planicie.
4. Omnis vailis exaltabitur, et onmis mons et collis humiliabitur; et erit praeruptum in rectitudinem, et loca confragosa in planiciem.
5. Y se revelará la gloria de Jehová, y toda carne a una lo verá; porque la boca de Jehová lo ha dicho.
5. Et revelabitur gloria Iehovae, videbitque omnis caro pariter, quod os Iehovae loquutum sit.
6. La voz dijo: Clama. Y yo dije: ¿Qué he de clamar? Toda carne es hierba, y toda su gracia como la flor del campo.
6. Vox dixit *(vel, dicebat): *Clama. Et dixi, Quid clamabo? Omnis caro herba, et omnis gratia ejus quasi flos eampi.
7. La hierba se seca, la flor se marchita, porque el Espíritu de Jehová sopló en ella. Ciertamente el pueblo es hierba.
7. Exaruit herba, emarcuit flos, quia spiritus Iehovae sufflavit in co. Sane herba est populus.
8. La hierba se seca, la flor se marchita; mas la palabra de nuestro Dios permanece para siempre.
8. Arescit herba, emarcet flos. At sermo Dei nostri stabit in aeternum.
9. Sube a un monte alto, anunciadora de Sion; levanta con fuerza tu voz, anunciadora de Jerusalén. Levántala, no temas. Di a las ciudades de Judá: ¡He aquí vuestro Dios!
9. Ascende in montem excelsum, annuntiatrix Sion; attolle fortiter vocem tuam, annuntiatrix Ierusalem. Attolle, ne timeas. Die civitatibus Iuda: Ecce Deus rester.
10. He aquí, el Señor Jehová vendrá con poder, y su brazo tendrá dominio para él; he aquí, su recompensa está con él, y su obra delante de su rostro.
10. Ecce Dominus Iehova in robore veniet; et brachium ejus sibi potens. Ecce merces ejus cure co, et opus ejus coram ipsius facie.
11. Como pastor apacentará su rebaño, con su brazo recogerá los corderos, en su seno los llevará, y guiará con suavidad a las recién paridas.
11. Sicuti pastor gregem suam pascet, brachio suo colliget agnos, sinu suo portabit, foetus suaviter ducet.
12. ¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano, y con su palma midió los cielos, y con tres dedos comprendió el polvo de la tierra, y pesó los montes con la balanza, y los collados con la pesa?
12. Quis mensus est pugillo suo aquas, et coelos palma mensus est, et comprehendit tribus digitis pulverem terrae, et appendit montes in statera, et colles in trutina?
13. ¿Quién instruyó al Espíritu de Jehová, o le enseñó siendo su consejero?
13. Quis erudivit Spiritum Iehovae, aut consilio eum instruxit, et eum docuit?
14. ¿A quién pidió consejo para ser instruido, y quién le enseñó el camino del juicio, le enseñó ciencia y le mostró la senda de la prudencia?
14. A quo petlit consilium, ut eum moneret? et docuit eum semitam judicii, erudivit scientia, et viam prudentiae ostendit ei?
15. He aquí, las naciones son reputadas como la gota de un cubo, y como el polvillo de la balanza; he aquí, él levanta las islas como cosa mínima.
15. En gentes quasi gutta situlae, et quasi pulvisculus trutinae reputantur; en insulas quasi rein minimam tollit.
16. Ni el Líbano bastaría para el fuego, ni sus animales para el holocausto.
16. Nec Libanus sufficeret ad incendium, nec bestiae ejus ad holocaustum.
17. Todas las naciones son como nada delante de él, y son reputadas por él menos que nada, y como vanidad.
17. Omnes gentes quasi nihilum sunt corameo, et praeipso reputantur minus quam nihil, et quod non est.
18. ¿A quién, pues, habéis hecho semejante a Dios, o qué semejanza le pondréis?
18. Cui igitur similem fecistis Deum, aut quam similitudinem ordinabitis ei?
19. El artífice prepara la imagen de talla, el orfebre le ajusta el oro, y el orfebre funde cadenas de plata.
19. Artifex parat sculptlie, aurifaber aurum aptat illi, et catenas argenteas (conflat) aurifaber.
20. El pobre, para su ofrenda, escoge madera que no se pudra; busca un artífice experto que le prepare una imagen de talla que no se mueva.
20. Pauper oblationi eligit lignum quod non putrescat; artificem peritum quaerit sibi qui sculptlie praeparet, ne moveatur.
21. ¿No lo sabéis? ¿No lo habéis oído? ¿No se os ha anunciado desde el principio? ¿No habéis sido enseñados desde los cimientos de la tierra?
21. An nescitis? An non audistis? An non vobis annuntiatum est ab initio? An non edocti estis a fundamentis terrae?
22. Él es el que se sienta sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; el que extiende los cielos como una cortina; los extiende, digo, como una tienda para habitar.
22. Is sedet super gyrum terrae, cujus habitatores sunt vehti locustae, extendit coelum ut cortinam; expandit, inquam, quasi tentorium, ut inhabitetur.
23. Él reduce a nada a los poderosos, a los gobernantes de la tierra los hace como si no fueran.
23. Redigit potentes in nihilum, gubernatores terrae quasi non slut.
24. Como si no hubieran sido plantados, como si no hubieran sido sembrados, como si su tronco no tuviera raíz en la tierra. Aun mientras sopla sobre ellos, se secan, y el torbellino los lleva como a hojarasca.
24. Perinde ut non plantati, perinde ut non sati, perinde acsi non radix in terra stirps eorum. Etiam dum sufflat in eos arescunt, et turbo quasi stipulam aufert eos.
25. ¿Y a quién me asemejaréis, para que yo sea semejante? dice el Santo.
25. Et cut assimilabitis me, ut similis sim? dicit Sanctus.
26. Alzad al cielo vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas, sacando por cuenta su ejército; a todas llamará por sus nombres; por la grandeza de su poder y la fuerza de su vigor, ninguna faltará (o, le faltará).
26. Tollite in sublime oculos vestros, et aspicite quis creaverit ea producens ad numerum exercitum eorum; omnibus nominatim acclamabit; a magnitudine virium et robore fortitudinis nullum deficiet (vel, deerit).
27. ¿Por qué dices, Jacob, y hablas, Israel: Mi camino está escondido de Jehová, y de mi Dios pasa mi juicio?
27. Quare dices, Iacob, et loqueris Israel? Abscondita est via mea ab Iehova, eta Deo meo judicium meum transit.
28. ¿No lo has sabido? ¿No lo has oído? Que el Dios eterno es Jehová, el que creó los confines de la tierra. No se fatiga ni se cansa de agotamiento; y no hay quien investigue su entendimiento.
28. An non scivisti? An non audiisti (quod) Deus seculi sit Iehova, qui fines terrae creavit? Non laborat, nec lassitudine fatigatur; et non est investigatio intelligentiae ejus.
29. Da fuerzas al cansado, y al que no tiene ninguna fuerza le suministra vigor.
29. Dot lasso virtutem, et cui nihil est virium robur suppeditat.
30. Se fatigan los jóvenes y se cansan; los mancebos caen sin remedio.
30. Fatigantur adolescentes et lassantur; juvenes cadendo cadunt.
31. Pero los que esperan a Jehová recogerán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se fatigarán; caminarán, y no desfallecerán.
31. At expectantes Iehovam vires novas colligent; sustollent alas ut aquibe; current, nec fatigabuntur; ambulabunt, nec deficient.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.