Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Isaías 9: comentario de Juan Calvino

Isaías 9:1

1. Con todo, la oscuridad no será. Comienza a consolar a los miserables con la esperanza de alivio, para que no sean tragados por la enorme masa de angustias. Muchos toman estas palabras en un sentido completamente opuesto, es decir, como una amenaza que anuncia contra los judíos una aflicción más pesada que aquella con que los afligieron Tiglat-pileser (2 R 15:29) y Salmanasar (2 R 17:6). El primero infligió una calamidad pesada; el segundo, una todavía más pesada, pues llevó cautivas a las doce tribus y borró el nombre de la nación. Algunos piensan que ahora predice la calamidad más pesada de todas, pues, comparada con las dos anteriores, las supera a ambas. Aunque no estoy dispuesto a rechazar esta opinión, porque no carece de plausibilidad, me inclino más bien por otra. La otra interpretación es ciertamente más plausible: que el profeta quiso privar a los hipócritas de todo placer, para que no se imaginaran que esta calamidad pasaría pronto como una tormenta, como habían pasado las otras, pues sería totalmente destructiva; y así tomaremos la partícula כי (ki) en su sentido literal.

Pero en mi opinión es más apropiado verlo como un consuelo, en el cual comienza a mitigar lo que había dicho sobre aquella espantosa oscuridad y aquel ser empujados (Is 8:22), y, suavizando la amargura de aquellos castigos, los anima a esperar el favor de Dios. Como si dijera: «y sin embargo, en medio de esa terrible calamidad que los judíos soportarán, la oscuridad no será como cuando la tierra de Israel fue afligida, primero, por Tiglat-pileser (2 R 15:29), y después más gravemente por Salmanasar» (2 R 17:6). En medio de tan grandes extremos los creyentes podrían haber desfallecido, si sus corazones no hubieran sido alegrados con algún consuelo. Isaías dirige, pues, su discurso a ellos para que no piensen que están perdidos, pues da a entender que los castigos que ahora van a infligirse serán más ligeros que los que vinieron antes. Que esta es la interpretación natural se verá pronto por lo que inmediatamente sigue.

Pero ¿por qué dice el profeta que esta calamidad, que era mucho más terrible, sería más suave y benigna? Pues Jerusalén iba a ser arrasada, el templo derribado y los sacrificios abolidos, que habían permanecido intactos durante las calamidades anteriores. Podría pensarse que estas eran las más severas de todas y que las anteriores, comparadas con ellas, eran ligeras. Pero debe observarse que, mientras en los casos anteriores no hubo promesa, a esta amenaza se añadió una promesa explícita. Solo con esto pueden vencerse las tentaciones y hacerse ligeros los castigos. Solo con este condimento, digo, se alivian nuestras aflicciones; y todos los que carecen de él deben desesperar. Pero si, por medio de él, el Señor nos fortalece ofreciéndonos la esperanza de ayuda, no hay aflicción tan pesada que no la tengamos por ligera.

Esto puede aclararse con una comparación. Puede ocurrir que un hombre se ahogue en un arroyo pequeño, y sin embargo, aunque hubiera caído en alta mar, si hubiera alcanzado a asirse de una tabla, podría haber sido rescatado y llevado a la orilla. De igual manera, las calamidades más leves nos abrumarán si estamos privados del favor de Dios; pero si confiáramos en la palabra de Dios, podríamos salir de la calamidad más pesada a salvo e ilesos.

En cuanto a las palabras, algunos toman מועף (mugnaph) por un adjetivo, como si el profeta dijera: No será oscurecida; pero el pronombre femenino que sigue inmediatamente, בה (bahh), en ella, no permite referirlo a los hombres. Otros lo describen con más exactitud como un sustantivo; y por eso he resuelto traducirlo literalmente: no habrá oscuridad en Judea conforme a la angustia del tiempo en que, etc. Algunos explican que הקל (hekal) significa que la tierra fue aliviada de una carga, por haber sido llevado el pueblo al cautiverio; pero esto está del todo en desacuerdo con el sentido del profeta y no concuerda con lo que sigue; pues inmediatamente se añade que la costa del mar ha sido más gravemente afligida por una segunda calamidad. No puede haber duda, pues, de que este verbo corresponde al otro verbo הכביד (hikbid). Como Tiglat-pileser no afligió sino una pequeña parte del reino, se dice que la calamidad que le trajo fue ligera en comparación con la segunda, infligida por Salmanasar.

Por el camino del mar, al otro lado del Jordán, en Galilea de los gentiles. La llama camino del mar porque Galilea era contigua a la costa del mar Mediterráneo, y por un lado estaba limitada por el curso del Jordán. Se llama Galilea de los gentiles no solo porque era contigua a Tiro y Sidón, sino porque contenía gran multitud de gentiles mezclados con los judíos; pues desde que Salomón concedió este país al rey Hiram (1 R 9:11), nunca pudo ser sometido de tal manera que alguna parte de él no fuera poseída por los gentiles.

Isaías 9:2

2. El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz. Habla de acontecimientos futuros en tiempo pasado, y así los pone ante la vista inmediata del pueblo, para que en la destrucción de la ciudad, en su cautiverio y en lo que parecía su total ruina, contemplen la luz de Dios. Puede resumirse, pues, de este modo: «Aun en tinieblas, más aún, en la muerte misma, hay sin embargo buen fundamento de esperanza; porque el poder de Dios basta para devolver la vida a su pueblo cuando parece ya muerto». Mateo, que cita este pasaje, parece retorcerlo a un sentido diferente; pues dice que esta predicción se cumplió cuando Cristo predicó a lo largo de la costa del mar. (Mt 4:16.) Pero si se considera justamente la comparación, se hallará que Mateo ha aplicado este pasaje a Cristo correctamente y en su verdadero sentido. Sin embargo, no parece que la explicación dada comúnmente por nuestros comentaristas sea una elucidación acertada del pasaje; pues se limitan a afirmar que pertenece al reino de Cristo, pero no dan razón ni muestran cómo concuerda con este pasaje. Si queremos, pues, averiguar el verdadero sentido de este pasaje, debemos traer a la memoria lo que ya se ha dicho: que el profeta, cuando habla de traer de vuelta al pueblo de Babilonia, no mira a una sola época, sino que incluye todas las demás, hasta que Cristo vino y trajo a su pueblo la liberación más completa. La liberación de Babilonia no fue sino un preludio de la restauración de la Iglesia, y estaba destinada a durar, no solo unos pocos años, sino hasta que Cristo viniera y trajera la verdadera salvación, no solo a sus cuerpos, sino también a sus almas. Cuando hayamos avanzado un poco en la lectura de Isaías, hallaremos que esta era su costumbre ordinaria.

Habiendo hablado del cautiverio en Babilonia, que presentaba la perspectiva de una calamidad muy pesada, muestra que esta calamidad será más ligera que la que Israel soportó antes; porque el Señor había fijado término y límite a esa calamidad, a saber, setenta años (Jer 25:11, 12; 29:10), transcurridos los cuales la luz del Señor resplandecería sobre ellos. Con esta firme esperanza de liberación anima, pues, sus corazones abrumados por el temor, para que no se angustien sin medida; y así hizo distinción entre los judíos y los israelitas, a quienes no se prometió la expectativa de una liberación tan cercana. Aunque los profetas habían dado al remanente elegido algún sabor de la misericordia de Dios, con todo, como la redención de Israel era, por así decirlo, un añadido a la redención de Judá y dependía de ella, con justicia declara ahora el profeta que se ha mostrado una nueva luz; porque Dios ha determinado redimir a su pueblo. Con propiedad y habilidad extiende también Mateo los rayos de luz a Galilea y la tierra de Zabulón. (Mt 4:15.)

En tierra de sombra de muerte. Compara ahora el cautiverio en Babilonia con tinieblas y muerte; pues los que estaban allí retenidos eran desdichados y miserables, y del todo semejantes a muertos; como también Ezequiel refiere su lenguaje:

«Los muertos se levantarán de los sepulcros». (Ez 37:11, 12.)

Su condición era, pues, como si ningún resplandor, ningún rayo de luz hubiera brillado sobre ellos. Sin embargo, muestra que esto no les impedirá gozar de la luz y recobrar su libertad anterior; y esa libertad la extiende, no a un período corto, sino, como ya hemos dicho, hasta el tiempo de Cristo.

Así es costumbre de los apóstoles tomar argumentos de los profetas y mostrar su verdadero uso y propósito. De este modo cita Pablo (Ro 9:25) aquel pasaje de Oseas:

«Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo» (Os 2:23),

y lo aplica al llamamiento de los gentiles, aunque propiamente se dijo de los judíos; y muestra que se cumplió cuando el Señor introdujo a los gentiles en la Iglesia. Así, cuando podía decirse que el pueblo estaba sepultado en aquel cautiverio, no se diferenciaba en nada de los gentiles; y puesto que ambos estaban en la misma condición, es razonable creer que este pasaje se refiere, no solo a los judíos, sino también a los gentiles. Ni debe considerarse que se refiere solo a la miseria exterior, sino a las tinieblas de la muerte eterna, en las cuales están sumidas las almas hasta que salen a la luz espiritual; pues sin duda yacemos sepultados en tinieblas hasta que Cristo resplandece sobre nosotros por la doctrina de su palabra. De aquí que Pablo también exhorte:

«Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo». (Ef 5:14.)

Si, pues, extendemos el comienzo de la liberación desde el regreso de Babilonia hasta la venida de Cristo, de quien depende toda libertad y toda concesión de bendiciones, entenderemos el verdadero sentido de este pasaje, que por lo demás no ha sido explicado satisfactoriamente por los comentaristas.

Isaías 9:3-4

3. Multiplicaste. Este pasaje es algo oscuro, tanto en sí mismo como por la diversidad de interpretaciones; pues parece absurdo decir que no aumentaste la alegría, cuando inmediatamente después añade: se alegrarán. Por esta razón los judíos interpretan לא (lo) no como negación, sino como si se hubiera puesto ו (vau) en lugar de א (aleph); porque a veces, aunque raramente, tiene ese sentido en las Escrituras (Éx 21:8). Los judíos lo hacen así porque no pueden conciliar las palabras del profeta con su opinión. Algunos, por otra parte, entienden estas palabras de Senaquerib, porque su ejército, aunque era grande, no le dio motivo de alegría, sino más bien de aflicción (2 R 19:35). Otros lo explican de la Iglesia, y con razón, pero se equivocan en el modo de aplicarlo; pues piensan que el profeta lo dijo porque los creyentes, mientras viven, están sujetos a numerosas y variadas aflicciones. Otros se alejan todavía más del asunto, al decir que la conversión de los gentiles, que ensanchará la Iglesia, no traerá alegría a los judíos ni a la antigua sinagoga.

Pero yo no puedo aprobar ninguna de esas interpretaciones, y por eso la interpreto de este modo. Así como el profeta, al comienzo del capítulo, había hecho una declaración previa, a saber, que este beneficio de la redención era mayor que todos los demás beneficios, aunque pudiera parecer indigno de ser tan encarecido por el escaso número de los redimidos, así ahora repite la misma comparación, o una no muy distinta: que este favor de Dios sería más notable que cuando antes había multiplicado a su pueblo. A primera vista esto podría parecer muy inapropiado; pues si comparamos la condición del reino de los judíos antes del cautiverio de Babilonia con la que tuvo después del regreso, podríamos pensar que el tiempo en que su antigua posesión permaneció intacta fue una época de mayor prosperidad. Los que volvieron eran sólo un pequeño remanente en comparación con aquella multitud que había sido llevada cautiva. Además, no tenían la libre posesión de su tierra, sino que podría decirse que eran arrendatarios a voluntad del dueño; tenían que pagar tributo a los persas y apenas conservaban apariencia alguna de su antiguo rango. ¿Quién, pues, no habría preferido aquel reinado próspero del que había gozado la familia de David a esta condición?

Pero el profeta declara que esta última condición, aunque parezca muy inferior e incluso más miserable, debe preferirse a aquella próspera y espléndida, y muestra que producirá mayor alegría que cuando tenían abundante parte de riquezas y de toda clase de posesiones. Esto lo atestiguó también Hageo:

que la gloria de este postrer templo sería mayor que la del primero (Hag 2:9),

aunque a primera vista pudiera parecer muy otra cosa. Es como si Isaías dijera: «Nunca hubo mayor alegría, aunque la multitud del pueblo era mayor. Aunque somos pocos y despreciables en número, con la luz con que resplandeces sobre nosotros nos has alegrado hasta tal punto que ninguna alegría de nuestra condición anterior puede compararse con la presente». Porque aquella redención podía considerarse como un preludio de la salvación plena y perfecta que por fin se obtuvo mediante Cristo.

Delante de ti. Quiere decir que la alegría era verdadera y completa, no ligera ni pasajera. Los hombres se alegran a menudo, pero con una alegría engañosa y transitoria, a la que siguen el luto y las lágrimas. Él afirma que esta alegría tiene raíces tan hondas que nunca podrá perecer ni ser destruida. Tal es también el sentido de la frase delante de ti; pues nada alegra tanto a los piadosos como cuando el rostro de Dios resplandece dulcemente sobre ellos. No son como los hombres irreligiosos, a quienes lleva de acá para allá una alegría ciega e incierta, sino que tienen lo único que da motivo para una alegría plena: su confianza en la bondad paternal de Dios. Quizá también el profeta quiso aludir a aquellas palabras que se repiten a menudo en los escritos de Moisés: Te alegrarás delante de Jehová tu Dios (Lv 23:40; Dt 12:12, 18). Porque aunque allí se trata del tabernáculo, esa manera de hablar se aplica bien a la presente ocasión: la alegría de un pueblo creyente no será irreligiosa, sino que nacerá de reconocer a Dios y de contemplarlo con los ojos de la fe como el autor de la salvación (He 5:9).

Otros lo explican con más ingenio: que interiormente los creyentes se alegran delante de Dios en sus conciencias, porque en el mundo les aguardan continuamente la aflicción y los suspiros. Aunque esto es verdad, se saca un sentido más natural de la conexión del pasaje, a saber, que los creyentes a quienes Dios redima tendrán verdadera alegría, porque habrán sido instruidos con prueba indudable de que él es su Padre, de modo que podrán gloriarse con libertad de que estarán siempre seguros bajo su guía; y por eso, como mencioné hace poco, indica continuidad.

Como se alegran en la siega, y como se gozan cuando reparten despojos. Las comparaciones de la siega y de la victoria, con las que realza la medida de la alegría, son bastante claras. De aquí resulta evidente lo que Cristo nos trae, a saber, una alegría plena y perfecta, de la cual no podemos ser despojados ni privados de ningún modo, aunque se levanten diversas tormentas y tempestades y aunque nos abrumen toda clase de aflicciones. Por débiles y frágiles que seamos, debemos estar contentos y gozosos; pues el motivo de nuestra alegría no está en el número, ni en las riquezas, ni en el esplendor exterior, sino en la felicidad espiritual que obtenemos por la palabra de Cristo.

Porque tú quebraste el yugo de su carga. Explica la causa de la alegría: que los creyentes, cuando hayan sido librados de una tiranía espantosa y cruel, sentirán como si hubieran sido rescatados de la muerte. Para ilustrar la gracia de Dios, les recuerda cuán vergonzosa y pesada era la esclavitud con que los judíos habían sido oprimidos y afligidos; y éste es su propósito al acumular las expresiones: el yugo de su carga, la vara de su hombro, el cetro de su opresor o capataz. Por excesiva que sea nuestra blandura o cobardía mientras sentimos realmente las aflicciones, en cuanto pasan las olvidamos con facilidad. Para que el pueblo redimido no estime en poco el favor de Dios, el profeta le manda considerar cuán amarga y lamentable era la esclavitud, cuando gemían bajo un yugo pesado o carro triunfal, cuando la vara caía sobre sus hombros y eran oprimidos por un dominio tiránico; y por eso su liberación debe con justicia hacerlos más alegres y gozosos.

Luego, encarece la excelencia de este favor desde otro punto de vista: que Dios ha mostrado abiertamente su mano desde el cielo. Con este fin aduce un ejemplo antiguo y memorable. Así como Dios había derrotado antes a los madianitas, sin ayuda de hombres, de un modo maravilloso y asombroso (Jue 7:21), así ahora habrá una demostración semejante e ilustre de poder; pues Dios librará a su pueblo de una cruel tiranía sin que ni uno de los miserables judíos se atreva a mover un dedo. Ahora bien, debe observarse que Dios a veces ayuda a su pueblo de tal manera que se vale de medios ordinarios; pero cuando ve que esto impide a los hombres contemplar su mano, que por así decirlo queda oculta, a veces obra él solo y con milagros evidentes, para que nada estorbe ni oscurezca la manifestación de su poder. Así, en esta victoria de Gedeón, cuando los enemigos fueron puestos en fuga sin intervención de hombre alguno, el brazo de Dios apareció abiertamente. Pues ¿qué tenía Gedeón sino el ruido de unos cántaros, que apenas habrían podido ahuyentar ratones, y un pequeño grupo de hombres, frente a un ejército inmenso, y en lugar de armas, un inútil espantajo? Compara, pues, con esta liberación la futura liberación del pueblo, en la cual la mano de Dios se mostrará no menos abierta e ilustremente.

Algunos explican este pasaje como referido tan sólo a la ley, que no sin propiedad podría haberse llamado yugo de carga y vara sobre los hombros. Pero esa interpretación es inadecuada; pues daría al profeta la apariencia de haberse apartado de repente de su tema, y sería una violenta tortura de este pasaje. Debemos, por tanto, atender a aquel orden que señalé antes, a saber, que cuando Dios sacó a su pueblo de Babilonia, prolongó ese beneficio de liberación hasta Cristo. El sentido, pues, es: «Has quebrado aquellas cargas con que tu pueblo era oprimido injusta y cruelmente».

Otros lo aplican a la destrucción de Jerusalén en el reinado de Vespasiano, pero no tienen argumento a su favor. Casi todos los judíos lo refieren a Ezequías, cuando de este modo el Señor libró la ciudad del cerco de Senaquerib y destruyó su ejército (2 R 19:35; Is 37:36). Pero esa interpretación no puede admitirse, pues Ezequías no reinó tiránicamente sobre los judíos. Además, en aquel tiempo el Señor rescató al pueblo del temor y del peligro, y no de la esclavitud. De ahí resulta evidente que esta predicción tenía un objeto más lejano, y que la interpretación que he dado a este pasaje es justa y razonable.

Isaías 9:5

5. Porque toda batalla. Aquí los comentaristas casi coinciden en que Isaías quiso contrastar la victoria que Dios iba a dar a su pueblo con otras victorias. Otros vencen haciendo gran matanza de los enemigos, pero aquí el Señor vencerá con su sola mano. Expresa más plenamente lo que había dicho: Como en el día de Madián (v. 4). El Señor, pues, dice, no se valdrá de la actividad de una gran multitud, sino que logrará la victoria por sí mismo desde el cielo. Cuando el Señor obra por sí mismo, se quita todo velo y percibimos con más claridad que él es el Autor de nuestra vida y salvación.

Ahora bien, como hay un contraste que expresa la diferencia entre el modo ordinario de guerrear y el milagro de la redención, la copulativa ו (vau) en medio del versículo debe traducirse pero; como si hubiera dicho que de ordinario es en medio de la confusión de la batalla donde se derriba a los enemigos: pero Dios obrará de un modo muy distinto; pues destruirá a los enemigos de la Iglesia como si enviara rayos del cielo o los hiriera de repente con truenos. Quizá parezca mejor adoptar la opinión de quienes explican la segunda cláusula como continuación de la primera, de modo que todos los guerreros estarán con temblor y con fuego ardiente. Pero el primer sentido es más apropiado, y lo apoyan además las palabras del profeta. De ahí resulta evidente que el asunto presente no es solamente la liberación que el pueblo obtuvo de Ciro, al permitirle volver a su tierra natal, sino que estas palabras deben considerarse como extendidas al reino de Cristo.

Isaías 9:6

6. Porque un niño nos es nacido. Isaías argumenta ahora desde el designio, para mostrar por qué esta liberación debe preferirse a los demás beneficios de Dios, a saber, porque Dios no sólo hará volver al pueblo del cautiverio, sino que pondrá a Cristo en su trono real, para que bajo él se goce de una felicidad suprema y eterna. Así afirma que la bondad de Dios no será temporal, pues abarca todo aquel período intermedio durante el cual la Iglesia fue preservada hasta la venida de Cristo. Ni es de extrañar que el profeta pase de repente del regreso del pueblo antiguo a la plena restauración de la Iglesia, que tuvo lugar muchos siglos después; pues en nuestras observaciones sobre Is 7:14 hemos notado que, no habiendo otro modo de que Dios se reconcilie con nosotros sino por el Mediador, todas las promesas se fundan en él; y que por eso es costumbre de los profetas, siempre que quieren alentar los corazones de los creyentes con buena esperanza, presentar a Cristo como prenda o garantía. A esto debe añadirse que el regreso del cautiverio de Babilonia fue el comienzo de la renovación de la Iglesia, que se completó cuando apareció Cristo; y por consiguiente no hay absurdo en una sucesión ininterrumpida. Con razón, pues, enseña Isaías que no deben limitar su atención al beneficio presente, sino considerar el fin y referirlo todo a él. «Ésta es vuestra mayor felicidad: haber sido rescatados de la muerte, no sólo para vivir en la tierra de Canaán, sino para llegar al reino de Dios».

De aquí aprendemos que no debemos devorar los beneficios que recibimos de Dios hasta olvidarlos al instante, sino elevar nuestras mentes a Cristo; de lo contrario, la ventaja será pequeña y la alegría pasajera, porque no nos llevarán a gustar la dulzura del amor de un Padre, a menos que conservemos en la memoria la libre elección de Dios, que se ratifica en Cristo. En suma, el profeta no quiere que este pueblo se ocupe por entero de la alegría causada por la libertad externa y breve que había obtenido, sino que mire al fin, es decir, a la preservación de la Iglesia hasta que apareciera Cristo, el único Redentor; pues él debe ser el fundamento y la perfección de toda nuestra alegría.

Un niño nos es nacido. Los judíos fuerzan descaradamente este pasaje, pues lo interpretan de Ezequías, aunque éste había nacido antes de pronunciarse esta predicción. Pero el profeta habla de ello como de algo nuevo e inesperado; y es incluso una promesa, destinada a despertar a los creyentes a la espera de un acontecimiento futuro; y por eso no puede dudarse en concluir que describe a un niño que había de nacer después.

Se le llama Hijo de Dios. Aunque en la lengua hebrea la palabra hijo, lo admito, tiene un sentido amplio, eso ocurre cuando se le añade algo. Todo hombre es hijo de su padre; los que tienen cien años son llamados (Is 65:20) hijos de cien años; los impíos son llamados hijos de maldad; los bienaventurados, hijos de bendición; e Isaías llamó a una colina fértil hijo de aceite (Is 5:1). Pero hijo, sin adición alguna, no puede significar otro que el Hijo de Dios; y ahora se atribuye a Cristo por excelencia (κατ᾿ ἐξοχήν), para informarnos de que por esta marca notable se distingue del resto de los hombres. Ni puede dudarse de que Isaías se refería a aquella conocida predicción, que andaba en boca de todos:

Yo seré a él padre, y él me será a mí hijo (2 S 7:14),

como se repite después:

Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy (Sal 2:7).

Si no hubiera sido común y generalmente sabido que el Mesías sería Hijo de Dios, habría sido necio y sin sentido que Isaías lo llamara simplemente el Hijo. Por consiguiente, este título se deriva de la predicción anterior, de la cual el Apóstol argumenta que la excelencia de Cristo lo eleva por encima de todos los ángeles (He 1:5).

Ahora bien, aunque en la persona de un niño Cristo pudiera tener un aspecto humilde, la designación de Hijo señala su alto rango. No niego, con todo, que pudiera haberse llamado Hijo de David, pero es más natural aplicárselo como a Dios. Los títulos que siguen se aplican todavía menos a Ezequías. Daré pronto una amplia refutación de los sofismas con que los judíos intentan eludir este pasaje. Calumnien como quieran, el asunto es bastante claro para todos los que lo examinen con calma y sobriedad.

Hijo nos es dado. Tiene peso lo que añade ahora: que este Hijo fue dado al pueblo, para informar a los judíos de que su salvación y la de toda la Iglesia está contenida en la persona de Cristo. Y este dar es uno de los artículos principales de nuestra fe; pues de poco nos habría servido que Cristo naciera, si no hubiera sido también nuestro. Lo que será este niño y cuál es su rango, lo declara en las afirmaciones siguientes.

Y el principado sobre su hombro. Suponer, como algunos hacen, que esto es una alusión a la cruz de Cristo es manifiestamente pueril. Cristo llevó la cruz sobre sus hombros (Jn 19:17), y por la cruz obtuvo un espléndido triunfo sobre el príncipe de este mundo (Jn 14:30). Pero como aquí se dice que el principado fue puesto sobre sus hombros en el mismo sentido en que veremos que la llave de la casa de David fue puesta sobre el hombro de Eliaquim (Is 22:22), no necesitamos ir lejos a buscar exposiciones ingeniosas. Con todo, concuerdo con quienes piensan que hay un contraste indirecto entre el principado que el Redentor llevó sobre sus hombros y la vara de su hombro que se acaba de mencionar; pues concuerda bien y no está sujeto a objeciones. Muestra, por tanto, que el Mesías será distinto de los reyes indolentes, que abandonan los negocios y las preocupaciones y viven a sus anchas; porque él será capaz de llevar la carga. Así afirma la superioridad y grandeza de su gobierno, pues Cristo conseguirá por su propio poder que se le rinda homenaje, y cumplirá su oficio no sólo con la punta de los dedos, sino con toda su fuerza.

Y se llamará su nombre. Aunque יקרא (yikra), llamará, es un verbo activo, no he dudado en traducirlo en sentido pasivo; pues el sentido es el mismo que si hubiera usado el plural: llamarán. Tenemos un modismo francés semejante, on appellera, literalmente se llamará, es decir, será llamado. Los judíos lo aplican a Dios y lo leen seguido: llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Pero es muy evidente que esto procede de un deseo, o más bien de un afán licencioso, de oscurecer la gloria de Cristo; porque si no se hubieran esforzado con excesivo empeño por despojarlo de su Deidad, el pasaje correría con mucha suavidad tal como lo interpretan nuestros teólogos. Además, ¿qué necesidad había de atribuir a Dios esos atributos, si el profeta no quería decir más que Dios daba un nombre al Mesías? Porque los atributos que de ordinario se atribuyen a Dios son o perpetuos o acomodados al caso de que se trata, y ninguna de las dos suposiciones puede admitirse aquí. Además, habría sido una interrupción del orden regular insertar el nombre de Dios en medio de varios títulos, sino que habría debido decir así: el Dios fuerte, Admirable, Consejero, llamará. Ahora bien, no veo cómo el nombre יועץ (yognetz) pueda aplicarse a Dios en sentido absoluto, pues corresponde a los consejeros que asisten a reyes o a otras personas. Si algún porfiado discutidor sostiene la idea de los rabinos, sólo mostrará su propio descaro. Sigamos el sentido llano y natural.

Admirable. Debe observarse que esos títulos no son ajenos al asunto, sino adaptados al caso presente, pues el profeta describe lo que Cristo se mostrará ser para con los creyentes. No habla de la esencia misteriosa de Cristo, sino que celebra sus excelencias, que percibimos y experimentamos por la fe. Esto debe considerarse con tanto mayor cuidado cuanto que la mayor parte de los hombres se contentan con su mero nombre y no observan su poder y eficacia, aunque eso es lo que principalmente debe tenerse en cuenta.

Con el primer título despierta las mentes de los piadosos a una atención seria, para que esperen de Cristo algo más excelente que lo que vemos en el curso ordinario de las obras de Dios, como si hubiera dicho que en Cristo están escondidos los inestimables tesoros de cosas admirables (Col 2:3). Y, en verdad, la redención que ha traído supera incluso la creación del mundo. Viene a decir que la gracia de Dios, que se mostrará en Cristo, excede a todos los milagros.

Consejero. La razón de este segundo título es que el Redentor vendrá dotado de sabiduría absoluta. Recordemos ahora lo que acabo de notar: que el profeta no razona aquí sobre la esencia oculta de Cristo, sino sobre el poder que despliega para con nosotros. No es, pues, porque conozca todos los secretos de su Padre por lo que el profeta lo llama Consejero, sino más bien porque, procediendo del seno del Padre (Jn 1:18), es en todos los aspectos el maestro más alto y perfecto. Del mismo modo, no se nos permite obtener sabiduría sino de su Evangelio, y esto contribuye también a la alabanza del Evangelio, porque contiene la perfecta sabiduría de Dios, como Pablo muestra con frecuencia (1 Co 1:24, 30; Ef 1:17; Col 1:9). Todo lo necesario para la salvación lo abre Cristo de tal manera y lo explica con tanta familiaridad, que ya no llama siervos a los discípulos, sino amigos (Jn 15:14, 15).

Dios fuerte. אל (El) es uno de los nombres de Dios, aunque derivado de fuerza, de modo que a veces se añade como atributo. Pero aquí es evidentemente un nombre propio, porque Isaías no se contenta con él y, además, emplea el adjetivo גבור (gibbor), que significa fuerte. Y, en efecto, si Cristo no fuera Dios, sería ilícito gloriarse en él; pues escrito está:

Maldito el varón que confía en el hombre (Jer 17:5).

Debemos, pues, encontrar en él la majestad de Dios, de modo que more verdaderamente en él lo que no puede sin sacrilegio atribuirse a una criatura.

Se le llama, por tanto, Dios fuerte por la misma razón por la que antes se le llamó Emanuel (Is 7:14). Porque si en Cristo no hallamos más que la carne y la naturaleza del hombre, nuestra gloria será necia y vana, y nuestra esperanza descansará en un fundamento incierto e inseguro; pero si se nos muestra como Dios y Dios fuerte, podemos confiar ya en él con seguridad. Con buena razón lo llama fuerte o poderoso, porque nuestra lucha es contra el diablo, la muerte y el pecado (Ef 6:12), enemigos demasiado poderosos y fuertes, por quienes seríamos vencidos al instante si la fuerza de Cristo no nos hubiera hecho invencibles. Así aprendemos de este título que hay en Cristo abundancia de protección para defender nuestra salvación, de modo que no deseemos nada fuera de él; pues es Dios, que se complace en mostrarse fuerte en nuestro favor. Esta aplicación puede considerarse como la llave de éste y de otros pasajes semejantes, que nos lleva a distinguir entre la esencia misteriosa de Cristo y el poder con que se nos ha revelado.

Padre de eternidad. El traductor griego ha añadido μέλλοντος, futuro; y, en mi opinión, la traducción es correcta, pues denota eternidad, a menos que parezca mejor entenderlo como «duración perpetua» o «sucesión interminable de siglos», para que nadie lo limite indebidamente a la vida celestial, que todavía está escondida para nosotros (Col 3:3). Es cierto que el profeta la incluye, y hasta declara que Cristo vendrá para otorgar inmortalidad a su pueblo; pero como los creyentes, aun en este mundo, pasan de muerte a vida (Jn 5:24; 1 Jn 3:14), este mundo queda abarcado por la condición eterna de la Iglesia.

El nombre Padre se pone por Autor, porque Cristo preserva la existencia de su Iglesia a través de todos los siglos y otorga inmortalidad al cuerpo y a cada uno de sus miembros. De aquí concluimos cuán pasajera es nuestra condición fuera de él; pues, concedido que viviéramos un período larguísimo a la manera ordinaria de los hombres, ¿qué valor tendrá, después de todo, nuestra larga vida? Debemos, por tanto, elevar nuestras mentes a aquella vida bienaventurada y eterna, que todavía no vemos, pero que poseemos por la esperanza y la fe (Ro 8:25).

Príncipe de paz. Éste es el último título, y por él el profeta declara que la venida de Cristo será causa de felicidad plena y perfecta, o al menos de una seguridad serena y bienaventurada. En la lengua hebrea la paz significa a menudo prosperidad, pues de todas las bendiciones ninguna es mejor ni más deseable que la paz. El sentido general es que todos los que se sometan al dominio de Cristo llevarán una vida tranquila y bienaventurada en obediencia a él. De ahí se sigue que la vida sin este Rey es inquieta y miserable.

Pero debemos considerar también la naturaleza de esta paz. Es la misma que la del reino, pues reside principalmente en las conciencias; de otro modo estaríamos metidos en conflictos incesantes y expuestos a ataques diarios. No promete, pues, sólo una paz externa, sino aquella paz por la cual volvemos a gozar del favor de Dios, nosotros que antes éramos sus enemigos. Justificados por la fe, dice Pablo, tenemos paz para con Dios (Ro 5:1). Ahora bien, cuando Cristo haya traído sosiego a nuestras mentes, esa misma paz espiritual ocupará el primer lugar en nuestros corazones (Fil 4:7; Col 3:15), de modo que soportaremos con paciencia toda clase de adversidad, y de la misma fuente fluirá también la prosperidad externa, que no es otra cosa que el efecto de la bendición de Dios.

Y para aplicarlo a nuestra propia instrucción: siempre que surja alguna desconfianza y se nos quiten todos los medios de escape, siempre que, en suma, nos parezca que todo está en ruinas, recordemos que Cristo es llamado Admirable, porque tiene medios inconcebibles de ayudarnos y porque su poder está muy por encima de lo que podemos concebir. Cuando necesitemos consejo, recordemos que él es el Consejero. Cuando necesitemos fuerza, recordemos que es Poderoso y Fuerte. Cuando nuevos terrores broten de repente a cada instante y muchas muertes nos amenacen desde varios lados, confiemos en aquella eternidad de la cual con buena razón se le llama Padre, y con el mismo consuelo aprendamos a calmar todas las angustias temporales. Cuando seamos sacudidos interiormente por diversas tempestades y Satanás intente turbar nuestras conciencias, recordemos que Cristo es el Príncipe de paz y que le es fácil aplacar pronto todas nuestras inquietudes. Así, estos títulos nos confirmarán más y más en la fe de Cristo y nos fortalecerán contra Satanás y contra el infierno mismo.

Isaías 9:7

7. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite. Comienza a explicar y confirmar lo que había dicho antes, que Cristo es Príncipe de paz, diciendo que su gobierno se extiende a todas las edades y es perpetuo; que no habrá fin de su gobierno ni de la paz. Esto lo repitió también Daniel, que predice que su reino es reino eterno (Dn 7:27). Gabriel aludió igualmente a ello cuando llevó el mensaje a la virgen; y dio la verdadera exposición de este pasaje, pues no puede entenderse que se refiera a otro que a Cristo:

Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin (Lc 1:33).

Vemos que los gobiernos más poderosos de este mundo, como si se hubieran edificado sobre un fundamento resbaladizo (Sal 73:18), son derribados inesperadamente y caen de repente. Cuán inconstantes y cambiantes son todos los reinos bajo el cielo lo aprendemos de la historia y de ejemplos cotidianos. Sólo este gobierno es inmutable y eterno.

Ahora bien, esta continuidad, de la que Isaías habla ahora, consta de dos partes: pertenece tanto al tiempo como a la calidad. Aunque el reino de Cristo se halla en tal condición que parece estar a punto de perecer a cada momento, Dios no sólo lo protege y defiende, sino que además extiende sus fronteras a lo largo y a lo ancho, y luego lo preserva y lo lleva adelante en progreso ininterrumpido hasta la eternidad. Debemos creer esto con firmeza, para que la frecuencia de esas sacudidas con que la Iglesia es zarandeada no debilite nuestra fe, cuando sabemos que, entre los gritos enloquecidos y los ataques violentos de los enemigos, el reino de Cristo se mantiene firme por el poder invencible de Dios, de modo que, aunque todo el mundo se oponga y resista, permanecerá por todas las edades. No debemos juzgar su estabilidad por las apariencias presentes de las cosas, sino por la promesa, que nos asegura su continuidad y su constante crecimiento.

Y la paz. Al gobierno añade la eternidad de la paz, pues una no puede separarse del otro. Es imposible que Cristo sea Rey sin mantener también a su pueblo en una paz serena y bienaventurada y enriquecerlo con toda bendición. Pero como cada día están expuestos a innumerables vejaciones, soportan fieros ataques y son sacudidos y turbados por temores y ansiedades, deben cultivar aquella paz de Cristo, que ocupa el primer lugar en sus corazones (Fil 4:7; Col 3:15), para que permanezcan ilesos y conserven incluso la calma en medio de la destrucción del mundo entero.

En la palabra לםרבה (lemarbeh), contra la manera usual de escribir, aparece la forma cerrada de ם (mem). Algunos piensan que denota la esclavitud con que el pueblo judío sería oprimido hasta la venida de Cristo. Otros piensan que esa nación, por su perfidia, quedó excluida con esta marca de toda participación en este reino. No censuro estos puntos de vista. En verdad, apenas podemos afirmar que el profeta la escribiera de este modo; pero con todo, como ésta es la forma en que ha llegado a nuestras manos, y como los rabinos eran observadores tan minuciosos de la más pequeña porción de una letra, no podemos evitar pensar que esto no se hizo a la ligera. Y si admitimos que el profeta la escribió así a propósito, pienso que transmitía esta útil enseñanza: que los creyentes no deben imaginar que el esplendor del reino de Cristo consistiría en pompa exterior, ni abrigar vanas esperanzas de triunfos mundanos, sino esperar sólo, en medio de diversas calamidades, una extensión invisible del reino, porque había sido prometida.

Sobre el trono de David. Habiéndose hecho a David la promesa de que el Redentor saldría de su descendencia (2 S 7:12, 13), y no habiendo sido su reino otra cosa que una imagen o tenue sombra de aquel estado más perfecto y verdaderamente bienaventurado que Dios había determinado establecer por mano de su Hijo, los profetas, para recordar al pueblo aquel notable milagro, suelen llamar a Cristo hijo de David (Jer 23:5; 33:15). Aunque el nombre de un rey tan santo y recto era con justicia amado y reverenciado, los creyentes estimaban más la restauración prometida a la salvación plena, y aun entre las personas más ignorantes aquella predicción se recordaba universalmente, y su verdad y autenticidad se consideraban claras e indudables. Reuniré sólo unos pocos de los pasajes en que los profetas prometen a un pueblo afligido la restauración en la persona de David o de su hijo (Jer 30:9; Ez 34:23; 37:24; Os 3:5). A veces predicen que David, que ya había muerto, sería rey. Del mismo modo Isaías, en este pasaje, da a entender que no presenta nada nuevo, sino que sólo les recuerda lo que Dios había prometido antes acerca de la perpetuidad del reino. Insinúa también indirectamente lo que Amós declara con más claridad, que Cristo

levantará otra vez el trono que por algún tiempo había caído (Am 9:11).

Para disponerlo y confirmarlo en juicio y en justicia. Describe la calidad del reino, pero con una comparación tomada de los gobiernos terrenales; pues dice que Cristo será un Rey para disponer y confirmar su reino con juicio y con justicia. Éstos son los medios por los cuales los gobiernos terrenales prosperan y echan hondas raíces; pero los que sólo se administran con temor y violencia no pueden ser duraderos. Puesto que, por tanto, la justicia es la mejor guardiana de los reinos y gobiernos, y puesto que de ella depende la felicidad de todo el pueblo, con esta cláusula Isaías muestra que el reino de Cristo será el modelo de la mejor clase de gobierno.

El juicio y la justicia no se refieren aquí a los asuntos externos del Estado. Debemos observar la analogía entre el reino de Cristo y sus cualidades; pues siendo espiritual, se establece por el poder del Espíritu Santo. En una palabra, todas estas cosas deben entenderse como referidas al hombre interior, es decir, cuando somos regenerados por Dios para la verdadera justicia. La justicia exterior sigue ciertamente después, pero debe ser precedida por aquella renovación de la mente y del corazón. No somos, pues, de Cristo, a menos que sigamos lo bueno y lo justo y llevemos en nuestros corazones la impronta de aquella justicia que ha sido sellada por el Espíritu Santo.

Desde ahora y para siempre. Esto debe entenderse, pienso, como referido a la perpetuidad de la justicia y de la doctrina más que a la del reino, para que no imaginemos que sus leyes se parecen a los estatutos de reyes y príncipes, que están en vigor tres días, o por un breve período, y se renuevan continuamente y pronto envejecen otra vez, sino para que sepamos que su obligación es eterna; porque han sido establecidas, como dice Zacarías,

para que le sirvamos en santidad y en justicia todos los días de nuestra vida (Lc 1:74, 75).

Así como el reino de Cristo es eterno, porque ya no muere (Ro 6:9), se sigue que la justicia y el juicio serán eternos, pues no pueden ser cambiados por ningún lapso de tiempo.

El celo de Jehová de los ejércitos hará esto. Por celo entiendo aquel ardiente deseo que Dios mostrará en preservar a su Iglesia, quitando todas las dificultades y obstáculos que de otro modo habrían impedido su redención. Cuando emprendemos algo difícil, nuestro empeño y el calor de nuestros afectos superan las dificultades que se presentan para frustrar o retardar nuestros intentos. De igual modo Isaías muestra que Dios está inflamado de un deseo poco común y extraordinario de promover la salvación de la Iglesia, de modo que, si los creyentes no pueden medir con su propia capacidad lo que acaba de prometer, no deben dejar por eso de abrigar confiada esperanza, pues el modo de cumplirlo es maravilloso e inconcebible. En suma, da a entender que Dios vendrá con brazo ni ligero ni lento a redimir a su Iglesia, pues estará todo en llamas por el asombroso amor a los creyentes y por la solicitud de su salvación.

Isaías 9:8

8. El Señor envió palabra. Aquí refiere una nueva predicción, pues pienso que este discurso se separa del anterior porque el profeta vuelve ahora a hablar de la condición futura del reino de Israel, que entonces era hostil a los judíos. Ahora bien, sabemos que los judíos tenían buena razón para alarmarse ante las fuerzas y el poder de aquel reino, sobre todo cuando se había aliado con los sirios, porque veían que no tenían fuerza suficiente para oponérseles. Para dar, pues, consuelo a los piadosos, muestra cuál será la condición futura del reino de Israel.

Por Jacob e Israel quiere decir lo mismo; pero la diversidad de expresión es elegante, y pretende mostrar que los impíos nada ganan con su oposición cuando se esfuerzan o por apartar de sí el juicio de Dios o por alterarlo. Alude a la manera de hablar de quienes piensan que pueden escapar con sus ocurrencias ingeniosas y que convierten en broma y juego todo lo que los profetas amenazan; como si alguien intentara ahuyentar una tempestad con el soplo de su boca. Es, pues, una concesión irónica, como si hubiera dicho: «En vuestra opinión, lo que Dios pronuncia contra vosotros caerá sobre otros; pero todas las amenazas que profiere contra Jacob caerán sobre Israel».

Enviar significa decretar. La preposición ב (beth) significa en el mismo Jacob. La palabra de Dios debe morar y reposar en él, pues no puede desvanecerse sin producir efecto alguno. Esto es lo que establece después en otros términos: «Mi palabra no volverá a mí vacía; es decir, porque es una publicación eficaz de lo que una vez he decretado» (Is 55:11). Con la palabra cayó señala la certeza del efecto y del resultado; como si hubiera dicho: «No conjeturo estas cosas ni las invento de mi propia cabeza; sino que ha hablado Dios, que no puede ser engañado ni puede cambiar».

Isaías 9:9

9. Y lo sabrá el pueblo. Por la palabra pueblo entiendo no a los judíos, sino más bien a los israelitas; y, en efecto, el profeta quita la duda nombrando expresamente a Efraín. Añade también Samaria, que era la metrópoli de aquel pueblo, o de las diez tribus; pues las ciudades fortificadas, al concebirse puestas fuera del alcance del peligro, son mucho más insolentes en sus pretensiones. Piensan que siempre tendrán el remedio en sus manos capitulando con el enemigo, aunque todo el país fuera devastado. Por eso Isaías amenaza que no quedarán exentos de la calamidad general. Dice que todos sentirán que las predicciones pronunciadas por boca de Dios no quedarán sin efecto. Con la palabra sabrá, que se refiere a la experiencia real, reprende indirectamente su incredulidad; como si hubiera dicho: «Puesto que hablo a sordos y no dais valor alguno a las advertencias que ahora os dirijo, os enseñará el hecho mismo, pero demasiado tarde».

Que dicen. Aquí el profeta ataca la obstinación y rebeldía de aquel pueblo, porque, aunque una y otra vez habían sido castigados por los azotes de Dios, y duramente, estaban tan lejos del arrepentimiento que contaban sus pérdidas como ganancia y se endurecían más. Ciertamente, los que de este modo se burlan insolentemente de Dios no son llevados a la obediencia sin ser reducidos a total debilidad. Ahora bien, tal insulto provoca abierta y declaradamente la ira de Dios, y por eso el profeta dice que procede de la soberbia y altivez de corazón. De ahí se sigue que es justo aplicar a la madera nudosa cinceles todavía más duros.

Isaías 9:10

10. Los ladrillos cayeron. Éstas son palabras de hombres obstinados, que despreciaban la calamidad que habían sufrido, como si les hubiera sido provechosa, porque les daba ocasión de adornar con mayor esplendor tanto sus casas como sus campos. «Edificaremos, dicen, con más magnificencia. Las casas de ladrillo han sido derribadas para que habitemos en palacios espléndidos; y puesto que los árboles han sido cortados, plantaremos otros más fructíferos». Esto no fue culpa de una sola época, pues hoy vemos en el mundo la misma obstinación. ¿Cuántas son las angustias con que Europa ha sido afligida durante treinta o cuarenta años? ¿Cuántos los castigos con que ha sido llamada al arrepentimiento? Y sin embargo no parece que esos numerosos castigos hayan hecho bien alguno. Al contrario, el lujo aumenta cada día, las pasiones desenfrenadas se inflaman y los hombres prosiguen en crímenes y libertinaje con más desvergüenza que nunca. En suma, esas mismas calamidades parecen haber sido otros tantos estímulos al lujo y al esplendor. ¿Qué podemos esperar, pues, sino ser quebrantados con golpes más pesados?

Isaías 9:11

11. Pero Jehová levantará contra él a los enemigos de Rezín. Habiéndose enorgullecido los israelitas de su alianza con el rey de Siria y esperando que todo les saliera conforme a su deseo, Isaías amenaza con un nuevo cambio que quitará toda su esperanza y frustrará por completo sus designios, pues después los asirios tomaron las armas y guerrearon contra los sirios. Por consiguiente, muerto Rezín (2 R 16:9), aquel país quedó enteramente arruinado. Lo realza todavía más añadiendo: y juntará; pues quiere decir que el Señor reunirá y juntará a diversos enemigos a quienes encargará destruir al rey de Siria, así como los soldados que componían el ejército de aquella vasta monarquía se reunían de varias naciones.

Isaías 9:12

12. Delante los sirios. El profeta muestra cuál será la naturaleza de este cambio y lo que sucederá después de la muerte de Rezín (2 R 16:9), que se había aliado con Israel contra Judá: que los sirios, muerto su rey, de aliados se volverán de repente enemigos y harán guerra contra Israel, lo cual sucedió (2 R 17:3). Esto es lo que quiere decir cuando afirma que Siria estará delante; pues no estoy de acuerdo con los expositores que entienden por Siria «los del oriente» y por los filisteos «los del occidente». Un sentido más natural es que los enemigos los invadirán por todos lados; porque por todos lados se levantarán para destruirlos los que habían sido tenidos por amigos fieles. Las frases delante y detrás concuerdan con los modos ordinarios de hablar, de modo que no debemos buscar una interpretación nueva y ajena al propósito.

De este ejemplo debemos aprender lo que es confiar en el poder humano y en las alianzas de los reyes, y sobre todo cuando, enredados por pactos ilícitos, nos volvemos descuidados y nos dormimos; porque tan pronto como place al Señor, los que antes estaban de nuestra parte se volverán, en la más breve porción de tiempo, contra nosotros para nuestra ruina; y los remedios que pensábamos que nos serían útiles resultarán nuestra destrucción y nos asistirán tanto delante como detrás. Debemos observar también que Dios no gasta de una vez todos sus azotes, sino que, cuando procedemos con obstinación y lo provocamos más y más, aumenta y multiplica los castigos y todavía inflige una nueva clase de pena, hasta que por fin doblega nuestra obstinación y rebeldía.

Y a Israel devorarán a boca llena. La frase a boca llena equivale a un modismo nuestro corriente (a pleine bouche, «a boca llena»). Como si hubiera dicho: «Israel quedará expuesto como presa a sus enemigos, de modo que por todos lados será devorado a boca abierta, tanto por los sirios como por los filisteos».

Ni con todo esto ha cesado su furor. Esto es lo más severo de todo y, más que ninguna otra cosa, debía haber aterrado a los impíos: que si habían sufrido mucho, tienen todavía más que soportar; que nuevos castigos los aguardan continuamente, porque al proseguir en su obstinación inflaman todavía más la ira de Dios. Los hombres lo toman como incentivo para una maldad más obstinada y resuelta: que, habiendo sufrido algún castigo, piensan que ya no tienen nada más que sufrir, y se endurecen más. Ni siquiera creen estar ya expuestos al juicio de Dios, que ya ha gastado sus varas; y como si estuvieran del todo fuera de su poder, se dan mayor libertad y sacuden todo yugo.

Antes todavía su mano está extendida. Lo que acabamos de exponer es la razón por la cual Isaías amenaza que la mano del Señor está todavía extendida, para que no piensen que han escapado de esa mano. Ahora bien, esto se dice no para instruir, sino para acusar, aunque las amenazas tienden también a hacer entender mejor la doctrina; pero como trataba con hombres obstinados, en quienes ningún castigo producía buen efecto, anuncia por eso que los castigos todavía no han terminado; y que, aunque Dios haya interrumpido por un tiempo esos castigos, no los ha dispensado, sino que tiene levantada su mano para infligir una nueva herida.

Isaías 9:13

13. Pero el pueblo no se convirtió. La copulativa ו (vau) es traducida por algunos intérpretes porque, como si el profeta diera la razón por la cual el Señor no cesa de emplear sus azotes en la continua aplicación de castigos; es decir, porque el pueblo está tan endurecido y obstinado que no se arrepiente. Cuando no hay arrepentimiento, no es razonable esperar que Dios ceda ante hombres obstinados, como si fuera vencido; y la consecuencia es que se dispone a infligir un castigo más severo. Puesto que, por tanto, ningún castigo había producido enmienda alguna en Israel, éste debe perecer; pues habiendo sido tan a menudo herido y castigado sin arrepentirse en absoluto, ésta era prueba de la más desesperada maldad.

Es una reprensión muy severa: que aunque el Señor no sólo nos amonesta con palabras, sino que nos empuja de hecho y nos constriñe con diversos castigos, todavía nos endurecemos y no permitimos que se nos aparte de nuestros crímenes y nuestras concupiscencias. Así se pone de manifiesto una maldad desesperada, y nada más atroz podría decirse ni concebirse. Es una ofensa atroz que los hombres no reciban la instrucción tan pronto como se les da; es más atroz que no los afecten las reprensiones; lo más atroz de todo es que, a pesar incluso de los castigos, se endurezcan, y hasta den coces, o con su conducta obstinada inflamen todavía más la indignación del Juez, y no consideren por qué fueron castigados ni a qué los llama el Señor. Por consiguiente, cuando ningún remedio produce buen efecto, ¿qué debemos pensar sino que la enfermedad es incurable y del todo desesperada?

Esta reprensión se aplica no sólo a los israelitas, sino también a nosotros. Ya ha castigado el Señor a todo el mundo con diversas aflicciones, de modo que apenas ninguna parte ha podido quedar exenta de angustias y calamidades. Y con todo, todos parecen haberse conjurado obstinadamente contra Dios, de modo que, haga lo que haga, no dejan de conservar su carácter anterior y de proseguir sus malos caminos. Con razón, pues, podría el Señor dirigirnos la misma queja, y ciertamente nos la dirige por boca de Isaías; y no debemos esperar a otro profeta que amenace con nuevos castigos, pues nuestro caso no es distinto del de los israelitas y estamos envueltos en la misma culpa que ellos.

Ni buscó a Jehová de los ejércitos. Esto se añade enseguida como explicación, pues la razón por la que Dios inflige castigo es traer de nuevo a sí a los descarriados. Por este método, en verdad, parece alejar más de sí a los hombres; pero como a él le pertenece sacar del sepulcro a los que parecía haber herido y matado, aterrando a los pecadores sólo los humilla, para que vuelvan a él. Y, en efecto, el principio de la conversión es buscar a Dios, o más bien es la única regla de vivir bien; si nos apartamos de ella no tenemos reposo para la planta de nuestro pie. Pero debemos ahora averiguar qué es buscar a Dios, o de qué manera debemos buscarlo; pues los hipócritas siempre estarán dispuestos a alegar que con oraciones y ayunos, y lágrimas y semblante triste, ruegan con empeño a Dios e imploran perdón. Pero Dios quiere ser buscado de otra manera; a saber, cuando el pecador, verdaderamente sometido, toma de buena gana el yugo que había sacudido y rinde obediencia a aquel a quien había despreciado.

Isaías 9:14

14. Y Jehová cortará de Israel. Da a entender que la venganza de Dios será universal y alcanzará a todos los rangos; pues toda la nación estaba corrompida y el contagio se había extendido por todo el país hasta tal punto que ninguna parte quedaba entera o sana. Ahora bien, cuando la iniquidad abunda así, cada uno se halaga, y piensan que se han ocultado tras un admirable velo porque tienen muchos que son como ellos; y cuando se comparan con otros, piensan que han presentado su excusa. Ésta es la razón por la que amenaza con esa venganza de modo general contra todos; pues ni uno estaba libre de la enfermedad general.

Cabeza y cola, rama y caña. Por rama entiende a los más fuertes y poderosos; por caña o junco entiende a los más débiles, es decir, a los hombres del rango más bajo y que apenas tenían riqueza. Quiere decir, pues, que la venganza de Dios pende sobre ellos y no perdona ni al fuerte ni al débil, ni al más alto ni al más bajo, porque ninguna parte está sana ni libre de la enfermedad general.

Isaías 9:15

15. El anciano y venerable de rostro es la cabeza. Lo que había dicho alegóricamente sobre la cabeza y la cola lo explica con más claridad y sin figura. Dice que las cabezas son los príncipes y nobles que tenían a su cargo los asuntos públicos y se sentaban al timón de la república. A éstos añade los falsos profetas, y dice que son significados por la cola. Pero explica sólo la primera parte del versículo y nada dice de la rama y la caña. La razón por la que los omitió se explica fácilmente: es que quería apretar más duramente a los que eran transgresores más graves y que inducían a otros a pecar, por la influencia que obtenían de su alto rango. A los profetas les da el nombre de cola, no porque fueran viles y despreciables, como piensan algunos, sino porque quería denotar las partes más bajas de todo el cuerpo. Por la cabeza entiende a magistrados y jueces, y por la cola a los falsos profetas, porque engañan y embaucan a los hombres con mentiras e hipocresía, como si hubiera comparado a los unos con leones u osos, y a los otros con zorras.

Este pasaje nos advierte que no debemos dormirnos en nuestros pecados, porque la maldad y el libertinaje abundan en todos los rangos y ninguna clase de hombres está sana ni libre de contagio; pues cuanto más abundan los vicios, tanto más se encenderá la ira de Dios contra los más altos y los más bajos. Debemos, sobre todo en el día presente, en medio de esa peste de toda clase de males, temer que, cuando la ira de Dios haya comenzado a arder, consuma todo, alto y bajo.

Isaías 9:16

16. Porque los gobernadores de este pueblo son engañadores. Algunos lo traducen: los que te hacen bienaventurado, o los que te llaman bienaventurado; como si hubiera dicho que nada era más dañino ni destructivo para una nación que las adulaciones, que alentaban una licencia sin límites. Pero seguiré la lectura que aprobé en una ocasión anterior, cuando ocurrió la misma palabra (Is 3:12). Quiere decir que los gobernantes y magistrados, cuyo deber era contener al pueblo dentro de los límites de una conducta decente, permitían que todos se entregaran libremente a crímenes y maldad. Por eso deben con justicia ser tenidos por engañadores y corruptores, pues de ellos fluye la corrupción a todo el cuerpo del pueblo, como de la cabeza a los miembros. Los magistrados y pastores son constituidos para contener la perversidad del pueblo, mandar lo bueno y justo y, sobre todo, defender el honor de Dios. Si descuidan estos deberes, deben ser tenidos por impostores y no por gobernantes, pues dan lugar a una miserable confusión. Ahora bien, cuando cada uno hace lo que quiere y no se encuentran en parte alguna las riendas del gobierno, ¿puede haber otra cosa que el resultado más terrible? Cuando el pueblo común es así castigado por sus faltas, no aguarda una venganza más ligera a los gobernantes, porque han descuidado el deber que se les confió y han ocasionado tantos males.

Y los guiados por ellos serán destruidos. Con esta cláusula quiere decir que los príncipes malos, y los que gobiernan según su propio capricho, son destructores; y del mismo modo los maestros que más bien engañan y embaucan a los hombres que mostrarles el camino de la salvación, porque por su culpa el pueblo se arruina. Pero al mismo tiempo muestra que esto no da excusa a nadie para querer hacer de los malos gobernantes un manto de sus propias transgresiones, como comúnmente se hace, pues si el ciego guiare al ciego, como dice Cristo, ambos caerán en el hoyo. Es cierto que no se arruinan por guías malos y pérfidos sino los que por su propia voluntad desean ser extraviados.

Isaías 9:17

17. Por tanto, el SEÑOR no se complacerá en sus jóvenes. Isaías describe con más claridad cuán terrible será esa venganza de Dios contra todos los rangos; pues tan lejos estarán los transgresores más flagrantes de escapar, que no quedarán exentos ni niños, ni jóvenes, ni viudas, a quienes de ordinario se perdona incluso en medio de una matanza espantosa; lo cual solía hacerse hasta entre los paganos en el saqueo de las ciudades, como sabemos por la historia. Pero aquí el Señor amenaza con que no tendrá consideración ni al sexo ni a la edad. Con todo, no será inadecuado el siguiente parecer: «Aunque la matanza privará a muchas mujeres de sus maridos y a muchos niños de sus padres, Dios no vacilará en castigar a las mujeres haciéndolas viudas y a los niños haciéndolos huérfanos». Pero como no afecta mucho al sentido general, no me detengo en ello. Además, para que no lo acusen de crueldad, muestra al mismo tiempo que hay buenas razones para que sea tan severo, porque todos son malvados y, por tanto, merecen ser arrojados de cabeza a la ruina sin distinción alguna.

Porque todos son falsos y malignos. En cuanto a esta palabra, no quise apartarme de la opinión comúnmente aceptada, aunque חנף (chaneph) significa un hombre impío, engañoso o pérfido y malvado. Parece señalar la fuente de todos los males: que no había entre ellos verdadero temor de Dios. Con esto no quiere decir una disimulación ligera, sino un desprecio interior asentado en el corazón, por el cual las conciencias se entorpecen de modo que ninguna instrucción surte efecto en ellas; como si hubiera dicho que estaban hundidos hondamente en su depravación. Pero como la maldad, cuando se ha apoderado de la mente, arrastra consigo las manos y los pies y los demás miembros del cuerpo, así el profeta añade que todos son malignos.

Y toda boca habla despropósitos. En tercer lugar, añade que han llegado a tal extremo de maldad manifiesta que se jactan de sus crímenes sin vergüenza. La palabra hebrea נבלה (niblah), que se traduce insensatez, tiene con frecuencia un sentido más amplio; pues denota bajeza, villanía y locura (Gn 34:7; Jos 7:15; Jue 19:24). Aquí, en mi opinión, el profeta quiere decir que están tan enteramente entregados a malos caminos que no necesitamos buscar otra prueba de ello que sus lenguas.

No cesará su furor. Repite de nuevo esta afirmación, que debe repetirse con frecuencia; pues no basta haber sido informados una vez de cuán terribles son los juicios del Señor contra los impíos; tan fácil y rápidamente se nos cuela el olvido de ellos, que destierra la inquietud, así como el temor, acerca del futuro. Además, nos extravía y ciega ese engaño, pues pensamos que la aplicación de un solo castigo ha agotado el poder de Dios. Nada hay mejor, por tanto, que aferrarnos a este principio: que siempre que Dios nos castiga amenaza con algo más terrible si no nos arrepentimos pronto (Lv 26:18, 21, 24, 28).

Antes todavía su mano está extendida. Puesto que el profeta repite esta advertencia, recordemos sin cesar que la indignación de Dios no se ha aplacado todavía, aunque pensemos que ya nos ha castigado severamente por nuestros pecados. ¿Qué debemos, pues, concluir cuando nos ha dado sólo un castigo ligero? En el día presente, por ejemplo, hemos soportado algún castigo; pero ¿qué es en comparación con aquellas calamidades terriblemente severas que aquella nación había sufrido, cuando Isaías predijo que todavía les aguardaban nuevos castigos? ¿Qué será entonces de nosotros? El Señor continuará sin duda haciendo lo que le corresponde y será siempre semejante a sí mismo. Si este temor no nos despierta, nuestra insensibilidad es evidentemente insoportable. He traducido el verbo שב (shab) en sentido futuro, no cesará, para hacer más claro el sentido; pues aunque habla como si fuera un hecho pasado, amenaza con una continuación de castigos contra los rebeldes.

Isaías 9:18

18. Porque la maldad se encendió como fuego. El profeta ataca a los impíos, que acostumbran defenderse echando la culpa a Dios. O bien recurren a evasivas para convencerse de que son inocentes, o bien, cuando han sido convictos, todavía atenúan su culpa, como si la severidad de Dios excediera los debidos límites. Jamás, ciertamente, reconocen que Dios es justo al castigarlos, hasta que se ven obligados a reconocerlo; y aunque no se atrevan a excusarse públicamente, se irritan y murmuran. Con el fin de reprimir tal insolencia, el profeta compara las calamidades a un incendio, pero muestra que la maldad de los hombres es la leña y el combustible con que se enciende la ira de Dios; como si hubiera dicho: «Todos claman y se quejan en voz alta de que la ira de Dios arde con violencia, y sin embargo no consideran que sus propios pecados son los abanicos con que se aviva, y que esos pecados suministran el combustible, y que ellos mismos son consumidos por el fuego interior de sus crímenes».

Devorará zarzas y espinos. El sentido es que esta llama prenderá en toda parte de Judea. Se expresan aquí dos cosas: que el castigo del pecado procede del juicio de Dios, y sin embargo que la culpa recae en los propios pecadores, para que no reclamen a Dios como si los hubiera tratado con crueldad. Hay una hermosa gradación; pues percibimos que suele suceder que un fuego encendido en la parte más baja de un lugar va cobrando fuerza poco a poco, se extiende más y más y sube a las partes más altas. Tal será la ira de Dios; pues Isaías muestra que no se apodera de los impíos de una vez, sino que se enciende gradualmente hasta destruirlos por completo. Al principio el Señor procede con suavidad, pero si un castigo ligero no produce buen efecto, aumenta y duplica la pena. Si ve que somos obstinados, su ira arde hasta el extremo, para destruirnos del todo y consumirnos como un espeso bosque. Por último, como declaran los profetas en otros lugares, hemos de ser como paja y rastrojo tan pronto como se encienda la ira de Dios (Sal 83:14; Is 5:24; 33:11; 40:24; 41:2; 47:14).

Isaías 9:19

19. Por la ira de Jehová de los ejércitos se oscureció la tierra. Después de haber mostrado que la causa de todos nuestros males procede de nosotros mismos y que, por tanto, la culpa debe recaer sobre nosotros, muestra al mismo tiempo que Dios es un vengador justísimo. Cuando los hombres atraen sobre sí calamidades y angustias, Dios no permite que escapen de su mano; no porque esté inclinado a la crueldad, pues es clemente y misericordioso (Éx 34:6), sino porque es justo y no puede soportar a los impíos. Lo terrible de la venganza de Dios se describe con la metáfora de las tinieblas, que nada puede ser más lúgubre; pues sin figuras de lenguaje no puede expresarse un juicio tan repugnante. Y sin embargo parece aludir al humo, de que habló en el versículo anterior; pues cuando un incendio se extiende y se enfurece con tal violencia, la luz ha de quedar sofocada por el espeso humo.

El hombre no tendrá compasión de su hermano. En esta última cláusula y en el versículo siguiente, el profeta describe los métodos y medios, como se los llama, con que el Señor ejecutará su venganza, cuando su ira se haya encendido así. Cuando no se vea ningún enemigo a quien tengamos motivo de temer, él nos armará para nuestra destrucción. Como si hubiera dicho: «El Señor no hallará dificultad en ejecutar la venganza con que amenaza; pues aunque no haya nadie que nos moleste desde fuera, nos arruinará con disensiones internas y guerras civiles». Es espantoso y monstruoso decirlo: el hombre no tendrá compasión de su hermano, «cada cual devorará la carne de su propio brazo»; pues nadie aborreció jamás a su propia carne (Ef 5:29). Pero cuando el Señor nos ha cegado, ¿qué resta sino que nos destruyamos mutuamente? Y aunque es monstruoso, sucede casi cada día.

No nos contiene ningún parentesco, ni de sangre, ni de religión, ni de la imagen de Dios que todos llevamos; aunque incluso los paganos, por el contrario, eran impedidos por la participación en esta naturaleza común de hacerse daño unos a otros, porque percibían que las mismas bestias son contenidas por la semejanza de naturaleza para no ser crueles con los de su propia especie; pues un lobo no devora a un lobo ni un oso a un oso. Que los seres humanos, de quienes se deriva el nombre de humanidad, luchen unos contra otros con tal crueldad y fiereza que excedan la rabia de las fieras es monstruoso; y este mal no puede surgir de otra fuente que de que Dios los ha cegado y entregado a una mente reprobada (Ro 1:28). Con razón describió Isaías esta clase de venganza; pues cuando los hombres gozan de paz, piensan que están fuera del alcance del peligro y nada temen. Pero el Señor se ríe de esta indiferencia y muestra que ejecutará su venganza por mano de ellos mismos, que armará y dirigirá contra ellos.

Isaías 9:20

20. Cada uno arrebatará a la derecha. Equivale a una frase de uso común, prendre et ravir a toutes mains, «tomar y arrebatar a dos manos». Este modo de expresión denota o insaciable codicia o insaciable crueldad; pues el afán de arrebatar excita a una crueldad salvaje. Que serán insaciables lo expresa con más énfasis diciendo que, impulsados por una fiereza ciega y una rabia inconcebible, chuparán la sangre de su hermano con tanta libertad como devorarían la carne que era de su propiedad. La amargura de la venganza se realza mucho con esta circunstancia: que los hijos de Abraham y la santa posteridad de la raza escogida estallen en tal furia bestial. Recordemos, pues, que es una terrible prueba del castigo celestial cuando los hermanos se lanzan, con irreconciliable ardor, a hacerse mutuas heridas.

Isaías 9:21

21. Manasés, Efraín. Estas tribus estaban estrechamente emparentadas entre sí; pues además de descender del mismo antepasado, Abraham, surgió un estrecho parentesco de descender de un solo patriarca, su nieto José (Gn 41:50-52). Pero aunque estaban tan unidas, Dios amenaza con hacer que se destruyan a sí mismas en mutuo conflicto, como si devoraran la carne de su propio brazo, y, por consiguiente, que no habrá necesidad de enemigos extranjeros. Añade igualmente que, después de haberse agotado con mutuas heridas, ambas se unirán contra Judá para destruirlo.

Y con todo esto no ha cesado su furor. Si alguien considera aquellas calamidades que Isaías amenazó, se asombrará y quedará muy atónito de que se prediga todavía castigos más severos. Pero de este modo obra Dios con los impíos, y no cesa de afligir hasta abrumarlos y destruirlos por completo, cuando, después de haber sido invitados con frecuencia, se niegan a reconciliarse con él. No debemos extrañarnos, pues, de que inflija golpe tras golpe, como también predijo por medio de Moisés que castigaría siete veces más (Lv 26:18) y traería siete veces más plagas sobre (Lv 26:21) los que no se arrepintieran; para que no pensaran que, habiendo sido castigados una o dos veces, no serían castigados otra vez.

Antes todavía su mano está extendida. Con esto quiere decir que las varas están preparadas, para herir con ellas de inmediato; pues el Señor no se aíra con pasión de mujer, sino que a su ira sigue enseguida la venganza.

CAPÍTULO 10

Isaías, capítulo 10:1-34

1. ¡Ay de los que decretan decretos inicuos, y de los que escriben agravios que han prescrito!

1. Vae decernentibus decreta iniqua, et qui dictantes dictant injuriam,

2. Para apartar del juicio a los necesitados, y quitar el derecho a los pobres de mi pueblo, para que las viudas sean su presa y para que despojen a los huérfanos.

2. Ut arceant pauperes a judicio, et eripiant jus pauperibus populi mei, viduas spolient, et pupillos praedentur.

3. ¿Y qué haréis en el día de la visitación, y en la desolación que vendrá de lejos? ¿A quién huiréis por ayuda? ¿Y dónde dejaréis vuestra gloria?

3. Et quid facietis in die visitationis? Et cum desolatio venerit e longinquo, ad quem confugietis auxilii causa, et ubi deponetis (vel, munietis) gloriam vestram?

4. Sin mí se doblarán entre los presos, y caerán entre los muertos. Con todo esto no ha cesado su furor, sino que su mano está extendida todavía.

4. Nisi (vel, sine me) corruent inter vinctos, et inter occisos cadent. In hoc toto non erit aversus furor ejus, et adhuc manus ejus extenta.

5. Oh Asiria, vara de mi furor, y báculo en cuya mano está mi indignación.

5. O Assur virga furoris mei, et baculus ipse in manu eorum ira mea.

6. Lo enviaré contra una nación hipócrita, y contra el pueblo de mi ira le daré orden de tomar despojo y de tomar presa, y de hollarlos como lodo de las calles.

6. Ad gentem simulatricem mittam eum, et contra populum indignationis meae praecipiam ei, ut praedetur praedam; ut rapiat spolia, et ponat eum in conculcationem, quasi lutum platearum.

7. Mas él no lo pensará así, ni su corazón lo imaginará así; sino que estará en su corazón destruir y exterminar naciones no pocas.

7. Atqui ipse non sic arbitrabitur, nec cor ejus sic cogitabit; quia in corde ejus erit ad extirpandum et succidendum gentes non paucas.

8. Porque dirá: ¿No son mis príncipes todos ellos reyes?

8. Dicet enim, Annon Principes mei pariter Reges?

9. ¿No es Calno como Carquemis? ¿No es Hamat como Arfad? ¿No es Samaria como Damasco?

9. Annon, ut Carchemis, sic Calno? annon Hamath, sicut Arphad? annon Samaria ut Damascus?

10. Así como mi mano halló los reinos de los ídolos, cuyas imágenes talladas excedían a las de Jerusalén y de Samaria;

10. Sicut invenit manus mea regnum idolorum, cum simulachra eorum sint prae Ierusalem et Samaria.

11. ¿No haré a Jerusalén y a sus ídolos, como hice a Samaria y a sus ídolos?

11. Annon sicut feci Samariae et idolis ejus, ita faciam Ierusalem et idolis ejus?

12. Por tanto, acontecerá que, cuando el Señor haya cumplido toda su obra en el monte de Sion y en Jerusalén, castigaré el fruto de la altivez del corazón del rey de Asiria, y la gloria de la altivez de sus ojos.

12. Sed accidet, Cum perfecerit Dominus totum opus suum in monte Sion et Ierusalem, visitabo super fructum magnificentiae cordis regis Assur, et super gloriam altitudinis oculorum ejus.

13. Porque dijo: Con la fuerza de mi mano lo he hecho, y con mi sabiduría, porque he sido prudente; y quité los límites de los pueblos, y saqueé sus tesoros, y derribé como valiente a los que estaban sentados.

13. Quia dixit: In fortitudine manus meae feci, et in sapientia mea; quia perspicax fui; et ideo abstuli terminos populorum, et recondita eorum diripui, et detraxi tanquam fortis sedentes.

14. Y mi mano halló, como un nido, las riquezas de los pueblos; y como se recogen los huevos abandonados, así he recogido yo toda la tierra; y no hubo quien moviera el ala, ni abriera la boca, ni chistara.

14. Et invenit quasi nidum manus mea opes populorum; et ut colliguntur ova derelicta, sic ego universam terram collegi; nec fuit qui abigeret ala, et aperiret os, et sibilaret.

15. ¿Se gloriará el hacha contra el que corta con ella? ¿Se engrandecerá la sierra contra el que la mueve? Como si la vara se alzara contra los que la levantan, o como si el báculo se alzara a sí mismo, como si no fuera madera.

15. An gloriabitur securis adversus secantem ipsa? An magnificabitur serra adversus eum qui ipsum agitat? quasi elevatio virgae contra elevantem ipsam, quasi elevationes baculi, non ligni.

16. Por tanto, el Señor, Jehová de los ejércitos, enviará flaqueza entre sus gordos; y debajo de su gloria encenderá un incendio como incendio de fuego.

16. Propterea mittet Dominator Dominus exercituum in pingues ejus maciem, et subtus gloriam ejus succendet incendium, quasi incendium ignis.

17. Y la luz de Israel será por fuego, y su Santo por llama; y quemará y devorará sus espinos y sus zarzas en un día;

17. Et erit lux Israel in ignem, et Sanctus ejus in flammam; comburetque et devorabit vepres ejus et spinas die uno.

18. Y consumirá la gloria de su bosque, y de su campo fructífero, desde el alma hasta la carne; y serán como cuando desfallece un portaestandarte.

18. Gloriam sylvae ejus, et frugiferi campi ejus, ab anima usque ad carnem consumet; et erit quasi dissolutio signiferi.

19. Y los demás árboles de su bosque serán pocos, de modo que un niño los pueda escribir.

19. Et reliquiae ligni sylvae ejus ad numerum erunt, ut puer eas numeret.

20. Y acontecerá en aquel día que el remanente de Israel, y los que hayan escapado de la casa de Jacob, nunca más se apoyarán en el que los hirió, sino que se apoyarán en Jehová, el Santo de Israel, en verdad.

20. Erit in die illo. Non adjicient amplius reliquiae Israel, et superstites e domo Iacob inniti percussori suo; nam innitentur super Iehovam sanctum Israel, in veritate.

21. El remanente volverá, el remanente de Jacob, al Dios fuerte.

21. Reliquiae revertentur, reliquiae Iacob ad Deum fortem.

22. Porque aunque tu pueblo Israel sea como la arena del mar, con todo un remanente de ellos volverá; la consumación decretada rebosará de justicia.

22. Nam si fuerit populus tuus Israel instar arenae maris, reliquiae ejus revertentur. Consumptio decreta inundans justitiam, (vel, justitia.)

23. Porque el Señor Jehová de los ejércitos hará consumación, ciertamente determinada, en medio de toda la tierra.

23. Quia consumptionem et finitionem Dominus Iehova exercituum facit in medio totius terrae.

24. Por tanto, así dijo el Señor Jehová de los ejércitos: Pueblo mío, que moras en Sion, no temas al asirio: con vara te herirá, y alzará contra ti su báculo, a la manera de Egipto.

24. Propterea sic dicit Iehova exercituum: Ne timeas, popule mi, incolae Sion, ab Assur. In virga percutiet te, et baculum suum levabit contra te in via AEgypti.

25. Porque todavía un poquito, y cesará la indignación, y mi ira, en la destrucción de ellos.

25. Sed adhuc paululum, et consumabitur (vel, consumetur) furor et indignatio mea, in abolitione eorum.

26. Y Jehová de los ejércitos levantará un azote contra él, como la matanza de Madián en la peña de Oreb; y como su vara estuvo sobre el mar, así la alzará él a la manera de Egipto.

26. Et excitabit Iehova exercituum contra eum flagellum, secundum caedem Madian in rupe Oreb; et virga ejus super mare, levabitque eam in via AEgypti.

27. Y acontecerá en aquel día que su carga será quitada de tu hombro, y su yugo de tu cerviz, y el yugo será destruido a causa de la unción.

27. Et accidet in die illa, ut auferatur onus ejus ab humero tuo, et jugum ejus a cervice tua; et dissipabitur jugum a facie unctionis.

28. Vino a Ajat, pasó a Migrón; en Micmas guardó su equipaje:

28. Venit in Aiath, transiit in Migron, in Michmas reponet vasa tua.

29. Pasaron el vado: se alojaron en Geba; Ramá tiembla; Gabaa de Saúl huyó.

29. Transierunt vadum, in Gaeba pernoctaverunt hospitio; territa est Rama; Gibaea Saulis fugit.

30. Alza tu voz, oh hija de Galim; hazla oír hasta Lais, oh pobrecita Anatot.

30. Hinni voce tua filia Gallim, fac audire Laisam paupercula Anathoth.

31. Madmena se alborotó; los moradores de Gebim se juntan para huir.

31. Mota est Madmena; incolae Gebim collegerunt se.

32. Todavía permanecerá en Nob aquel día: sacudirá su mano contra el monte de la hija de Sion, el collado de Jerusalén.

32. Adhuc dies: cum in Nob interquiescet, agitabit manum suam versus montem filiae Sion, collem Ierusalem.

33. He aquí, el Señor, Jehová de los ejércitos, desgajará la rama con terror; y los de gran estatura serán cortados, y los altivos serán humillados.

33. Ecce, Dominus Iehova exercituum amputabit ramum cum terrore, (vel, potenter,) et procerae staturae excidentur, et sublimia humiliabunter.

34. Y cortará con hierro las espesuras de los bosques, y el Líbano caerá por un poderoso.

34. Et resecabit condensa sylvae ferro, et Libanus violenter cadet.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.