Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Jeremías 23: comentario de Juan Calvino

Jeremías 23:1

Aquí el profeta promete la restauración de la Iglesia; pero recuerda a los hipócritas que no había razón para que por eso se lisonjearan, en especial el rey, sus consejeros y los sacerdotes. Esta profecía es, pues, una mezcla de promesas y amenazas, porque Dios promete que sería propicio a los miserables judíos, después de haberlos castigado, para que la simiente de Abraham no fuera del todo cortada; pero priva a los hipócritas de la vana confianza, para que no se aplicaran falsamente la esperanza de salvación, de la cual se habían excluido por su impiedad. Y esto es lo que debe notarse, pues tan pronto como se ofrece la misericordia de Dios, los hipócritas se aplican a sí mismos todo lo que Dios promete, y se vuelven cada vez más insolentes, como si lo tuvieran obligado a ellos; pues la impunidad los lleva a tomarse más libertad para pecar. De ahí que se jacten de estar seguros, pues se consideran el pueblo de Dios. El profeta enseña, por tanto, aquí que todo lo que Dios promete pertenece a sus elegidos, que no corresponde indistintamente a todos, ni debe extenderse a los hipócritas que falsamente pretenden su nombre, sino que pertenece particularmente a los elegidos, aunque sean pocos en número y aunque sean despreciados.

Dice primero: ¡Ay de los pastores que destruyen!, etc. ¡Aquí hay cosas contrarias: un pastor y un destructor! Pero les concede el nombre que era honroso; y sin embargo se burla de su falsa jactancia, pues pensaban que podían ocultar sus crímenes bajo esta sombra, falsamente reclamada. Aunque, pues, los llama pastores, les quita la máscara, y muestra así que se jactaban en vano al tomar el nombre de pastores. «Sois pastores», dice, «¡y sois destructores!, que dispersan o desparraman el rebaño de mis pastos».

Aquí Dios muestra la razón por la que estaba tan gravemente airado contra estos pastores; pues al ejercer tiranía sobre el pueblo, no solo dañaban a los hombres, sino que dañaban y deshonraban también a Dios, que había recibido bajo su propia protección a su pueblo escogido. Es verdad, en efecto, que merecían tal dispersión; pues ya hemos visto en muchos lugares que el pueblo de ningún modo podía ser excusado cuando era engañado por jefes malos e infieles; porque así se les pagaba toda su paga pasada por haber provocado contra sí la ira de Dios, del menor al mayor. Pero la impiedad de los pastores malos no era por esto excusable; pues debían haber considerado para qué propósito se les había impuesto esta carga, y también por quién habían sido puestos. Dios da a entender, pues, que se le hacía gran agravio cuando el pueblo era así ignominiosamente dispersado. Él mismo era el pastor principal; había puesto como en su propio lugar al rey y a sus consejeros y también a los sacerdotes. Con justicia, pues, los condena ahora, porque habían destruido el rebaño de Dios, conforme a lo que se dice en otro lugar:

«Que habían destruido su viña». (Jeremías 12:10; Isaías 5:3.)

En suma, cuando Dios llama a los judíos el rebaño de sus pastos, no considera lo que merecían, o lo que eran, sino que, por el contrario, pone de relieve el favor otorgado a la simiente de Abraham. Tiene en cuenta, pues, aquí su adopción gratuita, aunque los judíos se habían hecho indignos de tal beneficio.

Jeremías 23:2

Después añade: Así dice Jehová, Dios de Israel, a los pastores que apacientan a mi pueblo. En el mismo sentido los llama ahora su pueblo, como antes los había llamado el rebaño de sus pastos. Se habían enajenado de Dios, y él ya los había repudiado por su propio decreto; y Dios podía en cierto respecto haberlos considerado extraños; y sin embargo, en razón del pacto, los reconocía como suyos; y por eso los llama su pueblo. Confirma, pues, ahora lo que ya hemos notado: que estos pastores no solo eran ladrones y salteadores, sino también sacrílegos; pues no solo habían ejercido crueldad contra el rebaño, sino que, en cuanto pudieron, dañaron y deshonraron al mismo Dios, que había tomado a su cargo el cuidado de aquel pueblo.

Pero hay aquí una doble concesión: los llama pastores, y se dice que apacientan al pueblo. Había dicho antes que destruían y dispersaban el rebaño, y ahora dice que lo apacientan; pero en qué sentido, bien lo sabemos, pues con esta clase de ironía quiso reprenderlos; se jactaban de ser pastores, y pensaban que sus crímenes quedarían con tal cobertura sepultados a los ojos de Dios, como a los ojos de los hombres. De manera semejante, cuando hablamos hoy del papa, de sus obispos con mitra y de su inmundo clero, usamos expresiones que se emplean comúnmente. Pero el Anticristo es todo menos un padre, y sabemos cuán lejos están de ser realmente obispos quienes toman el título; y en cuanto al clero, el nombre es sagrado, pero están muy lejos de ser la heredad de Dios. Nosotros, en efecto, no hacemos caso de estos títulos vacíos. Pero es una gran agravante de su culpa que, siendo demonios, tomen nombres angélicos, que siendo lobos, salteadores y sacrílegos, pretendan falsamente el nombre de Dios y se recomienden con títulos espurios, como si fueran pastores, obispos, abades y prelados, y qué sé yo.

Así, pues, nuestro profeta llama, por vía de burla, pastores a aquellos a quienes condena, y dice que apacentaban, es decir, que fueron llamados para este fin, para hacer esta obra. Pero después añade: Mi rebaño habéis dispersado, y echado fuera, y no habéis cuidado. Ciertamente no era apacentar el no tener cuidado alguno de las ovejas. Cuidar ha de extenderse aquí a toda parte del deber de velar, como si hubiera dicho que el rebaño había sido por ellos descuidado, traicionado y abandonado. Vemos por eso que habían descuidado del todo su oficio de pastores. Pero las otras dos cosas son aún peores, pues habían dispersado y echado fuera el rebaño. Su pereza al descuidar el rebaño no era tolerable; pero era aún más intolerable que ejercieran tanta crueldad como para dispersar el rebaño como si fueran enemigos mortales; y sin embargo estas son las cosas por las que Jeremías los condena. Vemos así que había una burla implícita cuando les concedió el oficio de apacentar.

Luego pronuncia juicio sobre ellos: Yo visito sobre vosotros la maldad de vuestras obras. Aquí Dios declara que castigaría a los pastores, a quienes con justicia se atribuía la dispersión del pueblo. Pues aunque nadie estaba exento de culpa, como se ha dicho antes, la culpa principal correspondía a estos pastores. Esta es, pues, la razón por la que Dios declara que tomaría venganza; pues no quería que su rebaño fuera dispersado impunemente.

Jeremías 23:3

Sigue luego: Y yo mismo recogeré mi rebaño. Así como habían echado fuera al pueblo, Dios promete que tomaría a su cargo recogerlo. Y sin embargo se atribuye a sí mismo lo que les había imputado a ellos, que había echado fuera a su rebaño, pero en otro sentido; los pastores habían dispersado el rebaño no solo por su pereza, sino también por su crueldad, pues se habían vuelto lobos rapaces; pero Dios había castigado al pueblo, pues todos habían merecido plenamente tal dispersión. Vemos, pues, que los impíos ejecutan el juicio de Dios; pero no son por eso excusables como si fueran ministros de Dios, pues nada tienen menos en vista. Ni puede Dios ser implicado en su pecado, aunque los emplee así para ejecutar su propósito. En suma, la dispersión del pueblo fue un justo castigo de Dios, pues todos se habían apartado de la fe, habían roto el vínculo sagrado del pacto con que Dios los había unido a sí. Fue también culpa de los pastores, porque con avaricia y crueldad tiranizaron sobre ellos. Los pastores, como he dicho, no eran solo los sacerdotes, sino también el rey y sus consejeros.

Recogeré, dice, no el rebaño, sino el remanente de las ovejas. Dios da a entender aquí que sería tan misericordioso como para recibir en su favor, no a todos indistintamente, sino a un pequeño número, que constituía los elegidos. Y por eso Pablo distinguió cuidadosamente entre el pueblo y el remanente de la gracia, o el remanente gratuito; pues Cristo parecía, con su venida, haber abolido el pacto por el cual Dios había adoptado a los hijos de Abraham, pero Pablo no lo admite. Ahora bien, si alguien objeta y dice que la mayor parte del pueblo había sido cortada, esto lo concede; pero dice que el pacto permanece válido en el remanente, y presenta también ejemplos, como este del cual ahora hablamos. Dios ha sido siempre, pues, el preservador de su Iglesia; y así su adopción gratuita, por la cual había escogido la simiente de Abraham, nunca falla. Pero esta adopción es eficaz solo en cuanto al remanente.

En cuanto a la palabra remanente, no solo se da a entender el escaso número de aquellos a quienes Dios había resuelto recoger, sino también la venganza que, en cuanto al tiempo, había precedido; pues parecía que Dios había destruido a los judíos cuando fueron echados a diversas tierras, ya que no les quedaba nombre alguno, y el reino y el sacerdocio fueron abolidos. Era, pues, cierta clase de muerte, como he dicho antes; pero Dios declara aquí que habría algún remanente, conforme a lo que se dice en Isaías 10:22, que Dios salvó a unos pocos como de la consumición; pues se refiere allí a los poquísimos que quedaron con vida, cuando pensaban que todo había terminado para todo el pueblo, que no había esperanza de restauración.

Recogeré, dice, el resto de mis ovejas de todas las tierras adonde las haya echado. Confirma de nuevo lo que he dicho: que no habría lugar para la misericordia hasta que hubiera limpiado a su Iglesia de sus muchas inmundas contaminaciones. La dispersión del pueblo en diversas tierras fue, pues, la purgación de la Iglesia, conforme a lo que dice Dios, que separaría la escoria y la paja del trigo al castigar a su pueblo; pues así como la paja y la escoria son aventadas de aquí para allá cuando se ventea el trigo, y solo queda el trigo y después se guarda en el granero, así cuando Dios echó a su pueblo a diversas tierras, purgó entonces a su Iglesia. Si alguien objeta y dice: «Entonces el remanente fue tratado como la escoria», es verdad en cuanto a los individuos, pero Dios se refiere aquí a sí mismo cuando los llama sus propias ovejas, que sin embargo eran indignas de tal honor.

Añade luego que los haría volver a sus apriscos, y que serían fructíferos, es decir, que darían fruto y crecerían, y se multiplicarían. Por apriscos entiende, sin duda, la tierra de Canaán; pues no había entonces en el mundo riqueza alguna que los judíos hubieran preferido a la heredad que se les había prometido; todo el mundo era para ellos un exilio. Porque Dios había escogido aquella tierra en que habitaban y la había consagrado para sí, y se la dio como arras o prenda de la heredad eterna. Con razón, pues, llama ahora aquella tierra apriscos, pues vivían allí bajo su guarda y protección. El templo era como el cayado pastoral; sabían que Dios habitaba allí, para que, protegidos por su poder, continuaran en seguridad. Puesto que había, pues, seguridad para ellos bajo la protección de Dios en la tierra de Canaán, la llama su aprisco. Luego dice que serían fructíferos y se multiplicarían; pues entre otras bendiciones, su aumento no era la menor. Añade después:

Jeremías 23:4

4. Y pondré sobre ellas pastores que las apacienten; y no temerán más, ni se amedrentarán, ni serán menoscabadas, dice Jehová.

4. Et excitabo super eos pastores, et pascent eos (hoc est, qui pascant,) et non timebunt amplius, et non pavebunt, et non deficient, dicit Jehova.

Jeremías 23:4

Confirma la promesa, pues les daría pastores fieles y verdaderos, que cumplirían su oficio como convenía; pues no bastaría con que las ovejas fueran devueltas a sus apriscos si no fueran apacentadas. Sabemos, en efecto, que la oveja es un animal simple, y por eso necesita un pastor que la rija y la guíe. Dios da a entender, pues, con estas palabras que, después de haber recogido su rebaño en el aprisco, sería objeto de su constante cuidado; pues pondría pastores que cumplirían su oficio de manera muy distinta de los lobos y los salteadores sacrílegos. Añade luego una promesa en cuanto a su seguridad, que consideraremos mañana.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que ya que antes tomaste tan pesada venganza de la impiedad de tu pueblo antiguo, que no perdonaste ni a los reyes, que eran representantes de Cristo, ni a sus consejeros, oh, concede que nosotros, en este día, continuemos en la obediencia de tu palabra, y no encendamos así tu venganza contra nosotros con nuestra ingratitud, hasta provocarte a castigarnos con aquella triste y terrible desolación que antes no en vano anunciaste a tu pueblo; sino que tu Iglesia se haga más y más fructífera, para que sepamos que eres realmente bondadoso con nosotros; y así te demos gracias en quietud, y nos dejemos gobernar por ti, aun por la mano de tu Hijo unigénito, hasta que seamos recogidos de nuestra dispersión en este mundo en aquel reposo eterno que él ha obtenido para nosotros con su propia sangre. Amén.

Lección Ochenta y cinco

Dijimos en nuestra lección de ayer que, cuando el Señor prometió dar pastores, señaló con este modo de hablar la continuación de su favor; como si hubiera dicho que no solo sería el Redentor de su pueblo, sino que también cuidaría de la seguridad de aquellos a quienes libraba del exilio. Las dos cosas son, en efecto, necesarias, pues de nada les habría servido que la mano de Dios se hubiera extendido una vez en su favor, si no hubiera continuado sus favores hacia ellos hasta el fin. La suma de todo es, pues, esta: que los judíos, después de ser restaurados a su propio país, estarían bajo la protección de Dios, de modo que su seguridad estaría asegurada, y sería permanente y no momentánea.

Al añadir: No temerán, ni se amedrentarán, ni serán menoscabadas, o disminuidas, da a entender que los judíos estarían en un estado tranquilo bajo los pastores que pondría sobre ellos. Y sabemos que el deber de un verdadero pastor consta de dos partes; pues no le basta regir y guiar las ovejas, si no las defiende también de toda violencia, de las incursiones de salteadores y lobos. Ahora bien, esta tranquilidad se pone en contraste con la inquietud con que los judíos habían sido hostigados durante largo tiempo; pues sabemos que habían sido zarandeados por grandes ansiedades a causa de las continuas incursiones de sus enemigos. Como, pues, temblaban continuamente cuando oían rumores de guerra, Dios les promete aquí una condición mejor, como veremos después con más claridad. Sigue ahora:

Jeremías 23:5-6

5. He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará un Rey, el cual obrará con prudencia, y hará juicio y justicia en la tierra.

5. Ecce dies veniunt, dicit Jehova, et suscitabo Davidi germen justum; et regnabit rex, et prudenter (vel, prospere) aget: faciet judicium et justitiam in terra.

6. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: JEHOVÁ, JUSTICIA NUESTRA.

6. Diebus ejus servabitur Jehudah, et Israel habitabit in fiducia (hoc est, tranquille: et hoc nomen, quo vocabunt eum, Jehova justitia nostra.

Jeremías 23:5

El profeta confirma lo que antes había dicho acerca de la renovación de la Iglesia; pues en sí mismo no habría sido suficientemente fuerte decir: «He prometido pastores que cumplirán fielmente su deber», si no se les hubiera puesto delante al único verdadero Pastor, sobre quien estaba fundado el pacto de Dios, y de quien había de esperarse el cumplimiento de las promesas que se esperaban. Y era costumbre de todos los profetas, siempre que daban al pueblo la esperanza de salvación, presentar la venida del Mesías, pues en él las promesas de Dios han sido siempre «sí» y «amén». (2 Corintios 1:20.) Esto, en efecto, aparece ahora, bajo el evangelio, más claro que antes; pero la fe de los Padres no podía ser completa si no dirigían sus pensamientos al Mesías. Como, pues, ni el amor de Dios podía haberse hecho cierto a los Padres, ni confirmarse el testimonio de su bondad y favor paternal sin Cristo, esta es la razón por la que los profetas solían poner a Cristo delante de sus ojos siempre que procuraban inspirar buena esperanza a los miserables, que de otro modo habrían sido abrumados por la tristeza y arrastrados a la desesperación.

Lo que, por tanto, ocurre tan a menudo en los profetas merece especial atención, para que sepamos que las promesas de Dios se nos harán ineficaces, o quedarán suspendidas, o incluso se desvanecerán, si no elevamos todos nuestros pensamientos a Cristo y buscamos en él lo que de otro modo no nos sería cierto ni seguro.

Conforme a este principio, el profeta dice ahora que vendrían los días en que Dios levantaría a David un renuevo justo. Había hablado en general de pastores; pero los judíos podían todavía estar en duda y vacilar en creer que pudiera esperarse algo semejante; por eso Dios llama aquí su atención al Mesías; como si hubiera dicho que no podía albergarse esperanza alguna de salvación sino por el Mediador que se les había prometido, y que por tanto no eran suficientemente sabios si no volvían su mente a él. Además, como el cumplimiento de la salvación había de esperarse por el Mediador, Dios muestra que no debía dudarse de la promesa de que les daría pastores. De ahí se ve que dije con razón al comienzo que la doctrina anterior se confirma con este pasaje en que Dios promete la venida del Mediador. Y la partícula demostrativa he aquí, como hemos visto en otro lugar, tiene por objeto mostrar certeza; y era necesario que los judíos fueran así confirmados, porque el tiempo todavía no había llegado, y sabemos que su fe tenía que haber sido gravemente sacudida por tantas y tan largas pruebas si no hubieran tenido algún apoyo. Dios parece, pues, señalar el suceso como con el dedo, aunque estaba todavía muy remoto. No da a entender un tiempo corto, sino que habla así para hacer cierta la cosa, de modo que no desfallecieran por una larga espera. Vendrán, pues, dice, los días en que levantará a David un renuevo justo.

Aunque la preposición ל, lamed, es a menudo redundante, en este lugar me parece que Dios hace referencia al pacto que había hecho con David. Y el profeta lo hizo a propósito, porque los judíos eran indignos de ser tenidos en cuenta por Dios; pero él promete aquí que sería fiel a aquel pacto que una vez hizo con David, porque David mismo fue también fiel y abrazó con verdadera fe la promesa que se le hizo. Dios, pues, como si no quisiera tener nada que ver con aquel pueblo perverso e irreformable, sino con su siervo David, dice: «Levantaré a David un renuevo justo»; como si dijera: «Aunque fuerais cien veces indignos de tener un Libertador, sin embargo la memoria de David permanecerá siempre íntegra ante mí, pues él fue perfecto y fiel en guardar mi pacto». Ahora bien, no puede dudarse de que el profeta habla aquí de Cristo.

Los judíos, para oscurecer esta profecía, quieren que se aplique a todos los descendientes de David; y así se imaginan un reino terrenal, como el que hubo bajo Salomón y otros. Pero tal cosa ciertamente no puede deducirse de las palabras del profeta; pues no habla aquí de muchos reyes, sino de uno solo. La palabra «renuevo», lo concedo, puede tomarse en sentido colectivo; pero ¿qué se dice después? Reinará un Rey. También pueden pervertir esto, pues la palabra «rey» se toma a menudo por los sucesores en un reino. Esto es, en verdad, cierto; pero debemos considerar todo el contexto. Se dice: en sus días. De ahí aparece evidente que se trata de algún rey particular, y que las palabras no deben aplicarse a muchos. Y la última cláusula es una confirmación más: Este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra. Aquí también los judíos pervierten las palabras, pues hacen de Dios el sujeto del verbo, como si las palabras fueran: «Jehová lo llamará justicia nuestra»; pero esto es contrario a toda razón, pues todos han de ver que es una versión forzada y violentada. Así estos miserables hombres revelan su propia perversidad; pues pervierten, sin vergüenza alguna, todos los testimonios en favor de Cristo; y piensan que basta eludir todo lo que los aprieta con fuerza.

Debemos entender, pues, ahora, que este pasaje no puede explicarse de ningún otro sino de Cristo solamente. El propósito del Espíritu Santo ya lo hemos explicado; Dios había introducido desde el principio esta prenda siempre que quería confirmar la fe en sus promesas; pues sin Cristo Dios no puede ser Padre y Salvador de los hombres; ni habría podido reconciliarse con los judíos, porque se habían apartado de él. ¿Cómo, en efecto, podrían haber sido recibidos en gracia sin expiación? ¿y cómo podrían haber esperado que Dios fuera un Padre para ellos, si no se reconciliaban con él? Por tanto, sin Cristo no podían apoyarse en las promesas de salvación. Con razón, pues, he dicho que este pasaje debe limitarse a la persona de Cristo.

Y sabemos con certeza que solo él fue un renuevo justo; pues aunque Ezequías y Josías fueron sucesores legítimos, cuando pensamos en los otros, debemos decir que fueron monstruos. Sin duda, con excepción de tres o cuatro, todos fueron espurios y quebrantadores del pacto; sí, digo espurios, pues nada tenían en común con David, a quien debían haber tomado como ejemplo de piedad. Puesto que, pues, eran del todo diferentes de su padre David, no podían ser llamados renuevos justos. Eran, en verdad, pérfidos y apóstatas, pues se habían apartado de Dios y de su ley. Vemos, por eso, que hay aquí implícito un contraste entre Cristo y todos aquellos hijos espurios que, sin embargo, habían descendido de David, aunque del todo indignos de tal honor a causa de su impiedad. Por tanto, como estos reyes habían provocado la ira de Dios contra el pueblo y habían sido la causa de su exilio, el profeta dice ahora que habría al fin un renuevo justo; es decir, que aunque aquellos hicieron todo lo que pudieron para subvertir el pacto de Dios con sus malas obras, vendría al fin el verdadero y único Hijo, que en otro lugar es llamado el primogénito en todo el mundo (Salmo 89:27), y que sería un renuevo justo.

Y esto debe notarse con cuidado; pues ni Ezequías ni Josías, ni ninguno como ellos, considerados en sí mismos, eran dignos de esta sagrada distinción:

«Yo también le pondré por primogénito en la tierra»; y además: «Mi hijo eres tú». (Salmo 2:7.)

Esto no podía decirse de ningún hombre mortal, considerado en sí mismo. Y luego se dice:

«Yo seré a él Padre, y él me será a mí hijo»;

y el apóstol nos dice que esto no puede aplicarse ni siquiera a los ángeles. (Hebreos 1:5.) Como, pues, esta dignidad es más alta que la gloria de los ángeles, es cierto que ninguno de los sucesores de David era digno de tal honor. Por eso Cristo es llamado con justicia renuevo justo. Al mismo tiempo, el profeta, como ya os he recordado, parece oponer la perfecta integridad de Cristo a la impiedad de aquellos que, con falso pretexto, habían ejercido autoridad, como si fueran de aquella raza sagrada de la cual se había dicho: «Yo seré a él Padre, y él me será a mí hijo».

Sigue: Y reinará un rey. Esto tampoco ha sido añadido sin razón, poco después de que Jeconías había sido llevado al exilio, y también toda la familia real había sido expuesta a toda clase de oprobios. La corona, en efecto, fue arrojada por tierra, como ya ha aparecido, y fue pisoteada. No había, pues, esperanza de un reino futuro cuando la simiente de Abraham se había vuelto, por así decirlo, extinta. Esta es la razón por la que Dios promete lo que ahora oímos acerca de la restauración del trono; y podemos inferir fácilmente de lo que todos los profetas han dicho que la salvación del pueblo dependía de la persona de su rey; y siempre que Dios mandaba al pueblo abrigar esperanza, ponía un rey delante de sus ojos. Un rey había de ser su cabeza bajo el gobierno de Dios. Vemos ahora el propósito del profeta al decir que reinaría un rey.

Algunos piensan que se ha de entender rey por oposición a tirano, porque muchos reyes se habían apartado de su deber y cometían robo bajo aquella especiosa autoridad. No tengo duda de que se expresó la palabra rey para que el pueblo no dudara del cumplimiento de esta profecía; pues si solo se hubiera dicho: «Levantaré a David un renuevo justo, y reinará», habrían podido, en verdad, tener alguna esperanza, pero sería pequeña, y no plena y completa. Sabemos, en efecto, que Zorobabel y otros sobresalieron en algunas cosas y eran muy estimados por causa de David; pero entonces no había reino. Dios quiso, pues, testificar aquí expresamente que habría el alto privilegio de un reino, para que no faltara nada a los judíos, ya que el poder de Cristo no sería inferior al poder de David. Reinará, pues, un rey; es decir, reinará gloriosamente, de modo que no habría solamente algunos restos de la dignidad primitiva, sino que un rey florecería, se haría fuerte y alcanzaría la perfección, como la hubo bajo David y Salomón, y mucho más excelente.

Sigue: Y obrará con prudencia, y hará juicio y justicia en la tierra; o «prosperará», pues שכל, shecal, significa ambas cosas; sin embargo, el profeta parece hablar aquí del recto juicio más que del éxito, pues las dos cláusulas deben leerse juntas: «obrará con prudencia» y «hará juicio y justicia». Parece, pues, que quiere decir en resumen que Cristo estaría dotado del espíritu de sabiduría, así como de rectitud y equidad, de modo que poseería todas las cualidades y cumpliría todos los deberes de un rey bueno y perfecto.

Y en primer lugar, la sabiduría o prudencia es necesaria; pues la sola probidad no bastaría en un rey. En los particulares, en verdad, no es de poco valor; pero la probidad en un rey, sin sabiduría, valdrá muy poco; por eso el profeta recomienda aquí a Cristo por su buen discernimiento, y luego menciona su celo por la equidad y la justicia. Es verdad que las excelencias de Cristo no se exponen suficientemente con expresiones como estas; pero la semejanza está tomada de los hombres; pues la primera dotación de un rey es la sabiduría, y luego, en segundo lugar, la integridad. Y sabemos que Cristo es comparado a menudo con los reyes terrenales, o se nos presenta bajo la imagen de un rey terrenal, en la cual podemos verlo; pues Dios se acomoda a nuestra ignorancia. Como, pues, no podemos comprender la inefable justicia de Cristo ni su sabiduría, Dios, para llevarnos poco a poco al conocimiento de Cristo, nos lo bosqueja bajo estas figuras o tipos. Aunque, pues, lo que se dice aquí no alcanza la perfección de Cristo, no debe juzgarse impropia la comparación; pues Dios nos habla conforme a la medida de nuestras capacidades, y no podía expresar de una vez, en pocas palabras, plenamente lo que Cristo es. Pero debemos tener presente que de los reyes terrenales debemos ascender a Cristo; pues aunque se le compara con ellos, no hay igualdad; después de haber contemplado en el tipo lo que nuestras mentes pueden comprender, debemos ascender más lejos y mucho más alto.

Por eso debe notarse aquí la diferencia entre la justicia de Cristo y la justicia de los reyes. Los que gobiernan bien no pueden administrar justicia y juicio de otro modo que cuidando de dar a cada uno lo suyo, refrenando la audacia de los malos y defendiendo a los buenos y a los inocentes; esto es lo único que puede esperarse de los reyes terrenales. Pero Cristo es muy diferente; pues no solo es sabio de modo que sabe lo que es justo y lo mejor, sino que además dota a su propio pueblo de sabiduría y conocimiento; ejecuta juicio y justicia, no solo porque defiende a los inocentes, ayuda a los oprimidos, socorre a los miserables y refrena a los malos; sino que hace justicia porque nos regenera por su Espíritu, y también hace juicio porque refrena, por así decirlo, al diablo. Entendemos ahora, pues, el propósito de lo que dije: que debemos notar la trascendencia de Cristo sobre los reyes terrenales, y también la analogía; pues hay cierta semejanza y cierta diferencia: la diferencia entre Cristo y los demás reyes es muy grande, y sin embargo hay semejanza en algunas cosas; y los reyes terrenales se nos presentan como figuras y tipos de él.

Jeremías 23:6

Sigue, pues, que Judá será salvo en los días de este rey. Por días no hemos de entender solo la vida de Cristo, que vivió en este mundo, sino aquella perpetuidad de la que habla Isaías cuando, maravillado, pregunta:

«Su generación, ¿quién la contará?» (Isaías 53:8);

pues murió una vez, para vivir para Dios, según lo que dice Pablo. (Romanos 6:10.) Fue, pues, solo un breve comienzo de vida cuando Cristo se manifestó en el mundo y conversó con los hombres; pero su vida ha de continuar para siempre. Es lo mismo, por tanto, que si el profeta hubiera dicho que, cuando Cristo viniera y descendiera del Padre, la Iglesia sería salva.

Si ahora se pregunta: «¿Hasta cuándo será salva?», la respuesta es: «Mientras el mismo Rey continúe; y su reino no tiene fin». Sigue, pues, que la salvación de la Iglesia será para siempre. Este es el sentido de todo.

Ahora bien, aunque el profeta habla de la liberación del pueblo, no hay duda de que expone especialmente lo que pertenece propiamente al reino de Cristo. Él es puesto sobre nosotros como rey, para ser nuestro Salvador; y su salvación, aunque se extiende a nuestros cuerpos, debe sin embargo considerarse como perteneciente propiamente a nuestras almas; pues el reino de Cristo es espiritual, y también lo es todo lo que se relaciona con él. Por eso, cuando el profeta dice que Judá sería salvo, es lo mismo que si prometiera que la felicidad de la Iglesia sería real y sólida bajo Cristo.

Añade: Israel habitará confiado; pues en una vida feliz lo primero es que poseamos un ánimo tranquilo y sosegado; porque la tranquilidad no ha sido sin razón encomiada por los antiguos. Aunque se junten todas las cosas que los hombres codician y lo que piensan necesario para la felicidad, no pueden sin embargo dejar de ser desdichados si su ánimo no está en recto estado. No es, pues, sin causa que se añade la tranquilidad cuando se hace mención de la salvación. Y la experiencia misma nos enseña que no tenemos salvación a menos que, apoyándonos en Cristo el Mediador, tengamos paz con Dios, como Pablo también la menciona como el fruto de la fe, y muestra que de otro modo no podemos sino ser siempre desdichados: «tenemos paz», dice, «para con Dios». (Romanos 5:1.) De ahí concluye también que nuestras mismas miserias son una ayuda para nuestra salvación; pues las aflicciones producen paciencia, la paciencia ejercita la esperanza, y la esperanza nunca nos avergüenza; y se añade la prueba de esto, porque Dios muestra así realmente que está presente con nosotros.

Vemos, pues, cuán acertadamente el profeta une la tranquilidad de ánimo con la felicidad. Además, es cierto que todavía no gozamos ni de la salvación ni de la paz, tales como las que aquí se prometen; pero aprendamos por la fe qué es la salvación, y también qué es el reposo aun en medio de las agitaciones a que estamos continuamente expuestos; pues descansamos en Dios cuando echamos nuestra ancla en el cielo. Puesto que, pues, el profeta dice aquí que Judá sería salvo y que Israel estaría en estado tranquilo, sepamos que incluye todo el reino de Cristo desde el comienzo hasta el fin, y que por eso no es de extrañar que hable de aquella felicidad perfecta, cuyas primicias solo ahora aparecen.

Añade luego: Y este es el nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra. Con estas palabras el profeta muestra más claramente que no habla en general de la posteridad de David, por excelente que haya sido, sino del Mediador que había sido prometido, y de quien dependía la salvación del pueblo; pues dice que este sería su nombre: Jehová, justicia nuestra.

Aquellos judíos que parecen más modestos que otros, y no se atreven, por obstinada pertinacia, a corromper este pasaje, eluden sin embargo la aplicación de este título a Cristo, aunque le conviene; pues dicen que el nombre se le da porque es el ministro de la justicia de Dios, como si se dijera que siempre que este rey apareciera todos reconocerían la justicia de Dios resplandeciendo en él. Y alegan otros pasajes semejantes, como cuando Moisés llama al altar «Jehová mi bandera», o mi protección. (Éxodo 17:15.) Pero no hay semejanza alguna entre un altar y Cristo. Con el mismo propósito se refieren a otro pasaje, donde se dice:

«Y este es el nombre con el cual llamarán a Jerusalén: Jehová nuestra paz». (Ezequiel 48:35.)

Ahora bien, Moisés no quiso decir otra cosa sino que el altar era un monumento de la protección de Dios; y Ezequiel solo enseña que la Iglesia sería como un espejo en el cual se vería la misericordia de Dios, pues resplandecería entonces, por así decirlo, visiblemente. Pero esto no puede, por la misma razón, aplicarse a Cristo; se le presenta aquí como Redentor, y se le da un nombre: ¿qué nombre? el nombre de Dios. Pero los judíos objetan y dicen que era ministro de Dios, y que por eso podía aplicársele en cierto sentido, aunque no fuera más que un hombre.

Pero todos los que sin contienda ni prejuicio juzgan las cosas pueden ver fácilmente que este nombre se aplica con propiedad a Cristo, en cuanto Dios; y el Hijo de David le corresponde en cuanto hombre. El Hijo de David y Jehová es uno y el mismo Redentor. ¿Por qué se le llama Hijo de David? precisamente porque era necesario que naciera de aquella familia. ¿Por qué se le llama, pues, Jehová? de ahí concluimos que hay en él algo más excelente que lo humano; y se le llama Jehová porque es el Hijo unigénito de Dios, de una misma esencia, gloria, eternidad y divinidad con el Padre.

De ahí aparece evidente a todos los que juzgan con imparcialidad y consideración que Cristo es presentado aquí en su doble carácter, de modo que el profeta pone delante de nosotros tanto la gloria de su divinidad como la realidad de su humanidad. Y sabemos cuán necesario era que Cristo viniera como Dios y hombre; pues la salvación no puede esperarse de otro modo que de Dios; y Cristo debe conferirnos la salvación, y no ser solo su ministro. Y luego, como es Dios, nos justifica, nos regenera, nos ilumina hacia la esperanza de la vida eterna; vencer el pecado y la muerte es sin duda lo que solo puede lograrse por el poder divino. Por tanto, Cristo, si no fuera Dios, no habría podido cumplir lo que debíamos esperar de él. Era también necesario que se hiciera hombre, para unirnos a sí; pues no tenemos acceso a Dios si no llegamos a ser amigos de Cristo; ¿y cómo podemos serlo sino por una unión fraternal? No sin la más fuerte razón, pues, el profeta nos presenta aquí a Cristo tanto como verdadero hombre e Hijo de David, como Dios o Jehová, pues es el Hijo unigénito de Dios, y siempre el mismo en sabiduría y gloria con el Padre, como Juan testifica en Juan 17:5, 11.

Percibimos ahora, pues, el sentido sencillo y real de este pasaje, a saber, que Dios restauraría a su Iglesia, porque lo que había prometido acerca de un Redentor permanecía firme e inviolable. Luego añade lo que sería este Redentor y lo que había de esperarse de él; declara que sería el Dios verdadero y sin embargo Hijo de David; y nos manda también esperar de él justicia y todo lo necesario para una felicidad plena y perfecta.

Pero al decir que Dios es justicia nuestra, el profeta muestra todavía más plenamente que la justicia no está en Cristo como si fuera solo suya, sino que la tenemos en común con él, pues nada tiene separado de nosotros. Dios, en efecto, debe ser siempre tenido por justo, aunque la iniquidad prevaleciera en todo el mundo; y los hombres, aunque fueran todos malos, nada podrían hacer para impugnar o menoscabar la justicia de Dios. Pero sin embargo Dios no es nuestra justicia en cuanto es justo en sí mismo, o en cuanto tiene su propia justicia peculiar; y como es nuestro juez, su propia justicia nos es adversa. Pero la justicia de Cristo es de otra clase: es nuestra, porque Cristo no es justo para sí mismo, sino que posee una justicia que nos comunica. Vemos, pues, que aquí se expone el verdadero carácter de Cristo: no que viniera a manifestar la justicia divina, sino a traer justicia, que valiera para la salvación de los hombres. Porque si consideramos a Dios en sí mismo, como he dicho, es en verdad justo, pero no es nuestra justicia. Si, pues, deseamos tener a Dios como nuestra justicia, debemos buscar a Cristo; pues esto no puede hallarse sino en él. La justicia de Dios se nos ha presentado en Cristo; y todos los que se apartan de él, aunque den muchos rodeos, nunca podrán hallar la justicia de Dios. Por eso dice Pablo que ha sido dado o hecho para nosotros justicia: ¿para qué fin? para que fuésemos hechos justicia de Dios en él. (1 Corintios 1:30.) Puesto que, pues, Cristo es hecho nuestra justicia, y somos tenidos por justicia de Dios en él, de ahí aprendemos cuán propia y acertadamente se ha dicho que sería Jehová, no solo para que el poder de su divinidad nos defendiera, sino también para que fuéramos hechos justos en él, pues no es solo justo para sí mismo, sino que es nuestra justicia.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que habiendo sido todos esclavos del pecado y de la iniquidad, pero regenerados por el Espíritu de tu Hijo unigénito, procuremos verdaderamente y con sincero deseo servirte y adorarte solo a ti, y consagrarnos de tal manera a ti, que aparezca que no profesamos falsamente el nombre de Cristo, sino que somos verdaderamente sus miembros, partícipes de aquella nueva vida que nos trajo; y hagamos tal progreso en ella que, habiendo terminado nuestra carrera en la tierra, lleguemos al fin a aquella plenitud de vida y felicidad que nos ha sido procurada por él, y que está guardada para nosotros en el cielo. Amén.

Lección Ochenta y seis

Jeremías 23:7-8

7. Por tanto, he aquí que vienen días, dice Jehová, en que no dirán más: Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra de Egipto;

7. Propterea ecce dies veniunt, (venient,) dicit Jehova, quibus non dicetur *(ad verbum, *et non dicetur, — non dicent) amplius, Vivit Jehova, qui eduxit filios Israel e terra Egypti;

8. Sino: Vive Jehová, que hizo subir y condujo a la descendencia de la casa de Israel de la tierra del norte, y de todas las tierras adonde yo los había echado; y habitarán en su propia tierra.

8. Quin potius, Vivit Jehova, qui eduxit et adduxit (ascendere fecit et introduxit, *ad verbum) *semen domus Israel e terra Aquilonis, et ex omnibus terris, ad quas expuleram eos illue; et habitabunt super terram suam.

Jeremías 23:7

El profeta, después de haber hablado del Redentor que había de ser enviado, expone ahora en términos elevados ese gran favor de Dios, y dice que sería tan notable y glorioso que la redención anterior no sería nada frente a la grandeza y excelencia de esta. Cuando los hijos de Israel fueron sacados de Egipto, Dios, como sabemos, manifestó su poder con muchos milagros, a fin de que este favor hacia su pueblo resultara tanto más ilustre; y con razón exhortaban y animaban los profetas a los fieles a tener buena esperanza recordándoles lo que entonces se hizo. Pero nuestro profeta realza la segunda redención con esta comparación: que en adelante no se recordaría la bondad con que Dios favoreció a su pueblo cuando lo libró de la servidumbre de Egipto, sino que se haría algo más notable, de modo que todos hablarían de ello, y todos proclamarían el inmenso beneficio que Dios les concedería al librarlos de su destierro en Babilonia.

Dice, pues, que vendrían días en que no se diría: Vive Jehová, que sacó a su pueblo de Egipto, sino que sacó a su pueblo de la tierra del norte. Con todo, no quiere decir que la memoria del favor de Dios hacia los israelitas, cuando los sacó de Egipto, hubiera de ser abolida; sino que razona aquí de lo menor a lo mayor, como si dijera que era una muestra del favor de Dios que no podía alabarse lo bastante el que hubiera librado a su pueblo de la tierra de Egipto, de modo que, tomada por sí sola, era digna de ser recordada para siempre; pero que, comparada con la segunda liberación, parecería casi nada. El sentido es que la segunda redención sería tanto más notable que la primera, que oscurecería su recuerdo, aunque no lo borraría.

Y este pasaje merece ser notado de manera especial, porque de aquí aprendemos cuánto debemos estimar esa redención que hemos obtenido por medio del Hijo unigénito de Dios. Y de aquí también se sigue que estamos más obligados a Dios que los padres bajo la Ley, pues ha obrado con nosotros mucho más generosamente y ha desplegado su poder más plena y eficazmente en nuestro favor. Aprendemos además que el profeta no abarca en esta profecía solo unos pocos años, sino todo el reino de Cristo y todo su progreso. Habla ciertamente del regreso del pueblo a su tierra, y esto debe admitirse, aunque los cristianos han sido en esto demasiado rígidos; pues pasando por alto todo el tiempo intermedio entre el regreso del pueblo y la venida de Cristo, han aplicado con demasiada violencia las profecías a la redención espiritual. No hay duda de que el profeta comienza con el libre regreso del pueblo de la cautividad; pero, como he dicho, la redención de Cristo no ha de separarse de esto, de lo contrario el cumplimiento de la promesa no se nos mostraría, pues solo una pequeña parte volvió a su tierra. Sabemos también que fueron acosados por muchas y continuas tribulaciones, de modo que su condición fue siempre miserable, pues nada hay peor que un estado de inquietud. Sabemos además que fueron despojados, y a menudo, y que también fueron reducidos a servidumbre. Sabemos cuán cruelmente fueron tratados unas veces por los egipcios y otras por los reyes de Siria. Entonces, más fue lo prometido por Jeremías que lo que Dios ha cumplido realmente, a menos que incluyamos en esta profecía el reino de Cristo. Pero como Dios restauró de tal modo a su Iglesia por mano de Ciro, para que fuera como un preludio de una redención futura y perfecta, no es extraño que los profetas, siempre que hablaban del regreso del pueblo y del fin de su destierro, miraran hacia Cristo y su reino espiritual.

Vemos ahora, pues, el propósito del profeta cuando dice que vendrían días en que el pueblo no hablaría de su primera redención como de una prueba notable o principal del favor y del poder de Dios, pues su segunda redención la superaría con mucho.

En cuanto a la fórmula o modo de hablar, Vive Jehová, sabemos que los antiguos usaban tales palabras al hacer un juramento solemne, y siempre que procuraban animarse con esperanza en medio de las adversidades. Así, siempre que se veían tan oprimidos que no tenían otra salida del mal que el favor de Dios, solían decir que el Dios que antes había sido el Redentor de su pueblo aún vivía, y que su poder no había disminuido, de modo que podía diez veces, o cien veces, o mil veces, si fuera necesario, traer ayuda a su Iglesia y a cada uno de sus miembros.

Jeremías 23:8

Dice: de todas las tierras adonde yo los hubiere echado, y lo dice por dos razones, que expondremos enseguida. El cambio de persona no oscurece el sentido: Vive, dice, Jehová, que sacó y condujo a su pueblo de la tierra del norte, y de todas las tierras adonde yo los había echado; pero no hay ambigüedad en el sentido.

En cuanto al asunto mismo, parece que Dios quiso en primer lugar recordar a los judíos sus pecados, pues este conocimiento había de ser el camino al arrepentimiento, o una preparación para él. Porque a menos que estuvieran convencidos de que eran castigados por la mano de Dios a causa de sus pecados, habrían pensado que su destierro era obra del azar, o se habrían entregado a quejas murmuradoras, como lo hacían a menudo. Pero Dios declara aquí que él era el autor de su destierro, para que los judíos supieran que Dios los castigaba con justicia por sus muchos y graves pecados. Pero Dios, en segundo lugar, muestra que estaba en su poder, cuando quisiera, restaurar a los que había afligido. Era lo mismo que resucitar a los que había matado, conforme a lo que se dice en otro lugar:

«Jehová mata, y él da vida» (1 S 2:6).

Muchos pueden ciertamente destruir, pero no pueden sanar la herida que han hecho. Pero Dios es a la vez un Juez justo y un Salvador misericordioso. Así, pues, como la muerte está en su poder siempre que castiga a los hombres por su maldad, así también tiene la vida en su mano y a su mandato, siempre que se propone mostrar misericordia. Percibimos ahora, pues, lo que el profeta tenía en vista al decir que los judíos habían sido echados por Dios.

Añade después: Habitarán en su propia tierra. Era necesario que los judíos fueran sostenidos con este apoyo hasta la venida de Cristo, pues veían que estarían en aquella herencia que había sido prometida a los padres como prenda de la vida eterna y del reino celestial. Sigue ahora:

Jeremías 23:9

9. Mi corazón se quebranta dentro de mí a causa de los profetas, tiemblan todos mis huesos; estoy como un ebrio, y como hombre a quien dominó el vino, delante de Jehová y de sus santas palabras.

9. Propter prophetas *(alii, *ad prophetas, *et potest legi ita ad verbum) *contritum est *(vel, *confractum est) cor meum in medio mei; commota sunt *(vel, *concussa) omnia ossa mea *(proprie, *luxata sunt, *quia de ossibus agitur; quantum ad verbum spectat, significat agitari, et moveri; sed quoniam nunc loquitur de ossibus, sermo erit aptior, *luxata esse ossa;) fui tanquam vir ebrius super quem transiit vinum *(hoc est *tanquam vir obrutus vino) a facie Jehovae, et a facie sermonum sanctitatis ejus.

Jeremías 23:9

Aquí el profeta vuelve a clamar contra la maldad del pueblo; pero como los profetas con sus lisonjas habían extraviado entonces al rey y a sus príncipes, lo mismo que al pueblo, el profeta dirigió su discurso a ellos, y dice que su corazón estaba turbado a causa de los profetas. Sabemos que los hombres se creen medio absueltos cuando nadie los reprende con severidad. Por tanto, cuando los profetas cesaron en su obra, hubo tanta seguridad en todo el pueblo que no había en ellos temor de Dios. Esta es la razón por la que el profeta dice ahora que su corazón estaba turbado por tanta indiferencia; pues los profetas eran, como se dice en otro lugar, como perros mudos; pasaban por alto los pecados más graves y más atroces, no hacían esfuerzo alguno por devolver al pueblo al camino recto. Turbado, dice, pues, está mi corazón a causa de los profetas; un juicio más pesado los aguardaba, pues debían haber sido los instrumentos del Espíritu de Dios, los heraldos de sus juicios; debían haber tomado su causa con exhortaciones, reprensiones y amenazas.

No hay duda, sin embargo, de que lo que se dice debe extenderse a todo el cuerpo del pueblo. Pero Jeremías quiso comenzar por los profetas, como si dijera que era monstruoso que los profetas se jactaran de ser ministros de Dios y, sin embargo, enmudecieran en medio de tanta maldad. A causa de los profetas, dice, quebrantado está mi corazón. Luego dice que sus huesos estaban descoyuntados. En el primer capítulo de Génesis, cuando Moisés habla del Espíritu moviéndose sobre las aguas, usa el mismo verbo, pero en otra conjugación. Sea como fuere, lo más apropiado es decir que sus huesos estaban descoyuntados. Y sabemos que los huesos están unidos por tendones, para que no se muevan de sus lugares; porque la dislocación de un solo hueso deja casi inútil todo el cuerpo. Quiso, pues, expresar con este modo de hablar la más dolorosa perturbación del ánimo, como si dijera que lo que tenía por más firme y fuerte se había vuelto débil y del todo flaco.

Se compara después a un ebrio; con esta metáfora da a entender que estaba completamente aturdido y que todos sus sentidos le habían sido quitados. Y añade: sobre quien pasó el vino. El verbo עבר, ober, significa pasar más allá; pero aquí su sentido es pasar por encima. El que es vencido por la bebida inmoderada parece como ahogado; pues cuando alguien cae bajo el agua, no está más hundido que el que ahoga su cerebro con vino; porque la embriaguez es como una sepultura, en cuanto que tiene a todo el hombre bajo su poder. Sin embargo, el profeta no quiso decir otra cosa sino que esta cosa monstruosa dejaba atónitos a los que tenían una mente sana y cabal, y que sacudía y descoyuntaba todos los miembros, y aterraba y confundía a ánimos por lo demás quietos y tranquilos. Porque ciertamente Jeremías era un hombre sabio, y estaba además dotado de valor, de modo que no habría flaqueado ante cualquier mal, por grande que fuera; ni habría podido ser fácilmente abrumado por el estupor como un ebrio. Por tanto, con estas comparaciones muestra cuán terrible y monstruoso era que los profetas estuvieran tan despreocupados que no dijeran palabra, cuando veían que la impiedad y el desprecio de Dios eran tan desenfrenados, cuando veían toda la tierra contaminada con toda clase de maldades, como veremos enseguida.

Dice después: A causa de Jehová, y a causa de las palabras de su santidad. Al decir a causa de Jehová, pone a Dios delante de ellos como juez y vengador; como si dijera: «Si creen que hay un Dios en el cielo, es de maravillar que sean tan brutos como para atreverse a jactarse de su nombre y, sin embargo, permitir en silencio que el cielo y la tierra se mezclen. ¿Dónde está, pues, su razón, cuando se atreven a profesar con tanta ligereza un nombre tan temible y tremendo? Pues siempre que se menciona el nombre de Dios, deben venirles a la mente no solo su bondad y misericordia, sino también su severidad, y luego su poder, que es terrible para todos los impíos. Si, pues, estos hombres se atreven a jugar así con Dios, ¿no debe ser monstruosa su estupidez?». Lo que el profeta quiere decir, pues, es esto: que era de maravillar que los profetas emprendieran su oficio y, sin embargo, no se preocuparan por la gloria de Dios.

Y añade: A causa de las palabras de su santidad. Los hombres buscarían la comodidad si Dios no los despertara con su palabra. Pero como la Ley había sido escrita para los judíos, y como estos falsos profetas sabían que, si querían cumplir bien su obra, debían haber sido los expositores de la Ley —como estas cosas eran suficientemente conocidas—, el profeta con razón se refiere aquí a la palabra de Dios, como si quisiera poner freno en sus bocas, para que no eludieran, a su manera acostumbrada, lo que implicaba una simple profesión del nombre de Dios. Puesto que Dios había testificado en su Ley cómo quería que fuera gobernado su pueblo, ¿cómo era que estos profetas no se espantaban ante las palabras de Dios? Y como los hipócritas no solo desprecian a Dios mismo y menoscaban su gloria, sino que también desatienden la doctrina de su ley, el profeta adorna las palabras de Dios con un notable elogio, llamándolas las palabras de su santidad. Y llama así santas, y por tanto inviolables, a las palabras de Dios, para que los impíos supieran que una venganza terrible estaba cerca de ellos, porque despreciaban tanto a Dios como sus santas palabras. Sigue:

Jeremías 23:10

10. Porque la tierra está llena de adúlteros; a causa del juramento la tierra está desierta; los pastizales del desierto se secaron; la carrera de ellos fue mala, y su valentía no es recta.

10. Quia adulteriis referta est terra, quia a facie jurisjurandi (vel, perfidae) luxit terra, aruerunt speciosa deserti (vel, caulae deserti; *nam pluribus *modis vertunt;) et fuit cursus eorum malus, et robur eorum non rectum.

Jeremías 23:10

Jeremías señala ahora la razón por la que estaba tan horrorizado ante la insensibilidad que observaba en los profetas. Si las cosas estuvieran en buen orden, o si al menos fueran tolerables, los profetas habrían hablado más serenamente a los judíos; pues ¿qué necesidad hay de armar gran alboroto cuando los hombres siguen de buena gana lo que Dios manda? Por tanto, cuando tratamos con hombres mansos y modestos, la vehemencia es necia; y los que así se agitan, y buscan, por gran ambición, mostrar un celo muy fervoroso cuando no hace falta, no son más que monos; pero cuando las cosas están en desorden y confusión, entonces se necesita la vehemencia. Jeremías declara ahora que las cosas estaban tan en extremo desordenadas que los profetas no podían haber callado, a menos que fueran como troncos de madera.

Estas dos cosas, pues, deben unirse: que los profetas eran mudos, y que lo eran cuando había la mayor necesidad de hablar; pues veían la tierra llena de adulterios. Aunque nombra a los adúlteros, condena sin embargo el crimen. Así, como la tierra estaba contaminada por adulterios y perjurios, como todos se entregaban a hacer el mal, no era en modo alguno tolerable que los profetas no se indignaran, como si las cosas estuvieran bien ordenadas y en paz.

De aquí vemos cuánto aborrece Dios la pereza en los ministros de su palabra, en aquellos a quienes designa como maestros en su Iglesia, cuando disimulan la maldad, y pasan con indiferencia por alto los adulterios, y fornicaciones, y perjurios, y fraudes, y otras clases de agravios; pues si hubiera aunque fuera la más mínima partícula de religión en sus corazones, ciertamente se habrían conmovido, y no habrían podido callar ni por un momento. Porque si ese celo debe estar en todos los hijos de Dios, que estaba en el salmista:

«Me consumió el celo de tu casa; y los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí» (Sal 69:9),

¡cuán inexcusable debe ser la indiferencia de los profetas, cuando ven el nombre de Dios expuesto a burla, y ven prevalecer toda clase de maldad! Vemos ahora no solo lo que el profeta enseña en este pasaje, sino también la utilidad de su doctrina y cómo debe aplicarse. Aprendamos, pues, que cuanta más libertad se toman los hombres para pecar, y cuanto más audazmente estallan su impiedad y su desprecio de Dios, tanto más duramente deben los profetas y los maestros fieles reprenderlos y condenarlos; y que es tiempo de combatir cuando el mundo se levanta así, presuntuosa y furiosamente, contra Dios.

El profeta menciona algunas clases de mal, y sin embargo no las enumera todas; pero bajo los adulterios y perjurios incluye también otros crímenes. En cuanto a la palabra אלה, ale, significa propiamente juramento; pero como la maldición la acompaña a menudo, algunos la traducen aquí «execración». Pero yo más bien pienso que se trata del perjurio, y que aquí el juramento se toma en mal sentido, significando jurar falsamente en el nombre de Dios.

Se enlutó, dice, la tierra, y se secaron los pastizales del desierto. Aquí el profeta muestra de modo impresionante cuán vergonzoso era ese letargo del que habla, pues la tierra misma clamaba, y no solo la tierra que era cultivada y tenía en ella a muchos hombres, sino también los mismos montes y sus escondrijos. Dice que la tierra estaba de luto, porque Dios mostraba por todas partes sus juicios haciendo estériles los campos, y por otros medios que usaba como castigos. Y es un modo de hablar muy impresionante cuando el profeta menciona el luto de la tierra, como si asumiera el carácter de una plañidera, al ver a Dios airado a causa de la maldad de los hombres. Es, ciertamente, una especie de personificación, aunque no introduce a la tierra hablando; pero describe el luto tal como aparecía en la esterilidad de la tierra, y también en granizos y tempestades, en lluvias fuera de sazón, en sequías y en otras calamidades.

Por tanto, siempre que Dios levanta su mano para castigar a los hombres por sus pecados, si ellos mismos no lo perciben, la tierra misma, que no tiene sentido ni sentimiento, debería llenarlos de vergüenza por su locura; pues el luto aparece en la tierra misma, como si supiera que Dios estaba desagradado con ella. Cuando, pues, los hombres duermen en sus pecados y así desatienden la venganza de Dios, ¡cuán monstruoso debe ser su letargo! Y si esto es intolerable en el pueblo común, ¿qué se puede decir de los profetas, que debían proclamar palabras como estas: «Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley» —«maldito el que haya corrompido el culto de Dios»— o «el que haya obrado injustamente con su prójimo» —y todo lo demás que contiene la ley? (Dt 27:26; Dt 28:47, 58). Percibimos ahora, pues, cuán enfáticas son las palabras cuando el profeta dice: Se enlutó la tierra. Y amplifica lo mismo diciendo: Se secaron los lugares hermosos del desierto; como si dijera que los juicios de Dios se veían en los lugares más remotos, que no solo en las llanuras, donde habitaba el mayor número de hombres, se enlutaba la tierra; sino que si alguien subía a los montes, donde solo se encontraban pastores con sus rebaños, aun allí era visible la ira de Dios; y los mismos montes clamaban que Dios estaba airado; ¡y sin embargo los hombres seguían engañándose, los cuales eran a la vez expositores de la ley, eran la boca de Dios, y a quienes él había confiado el oficio de reprender; pero eran mudos! Entendemos ahora lo que estas palabras contienen, y lo que de ellas se ha de aprender.

Añade que su carrera era mala, y que su fuerza no era recta. Por carrera sin duda entiende sus obras y todas sus acciones, y también la ayuda que se proponían; pues nuestra vida se llama carrera, porque Dios no nos ha creado para que nos echemos en un lugar, sino que nos ha puesto delante un fin para el cual hemos de vivir. Por tanto, por carrera la Escritura entiende todas nuestras obras, y el fin mismo para el cual hemos de vivir. Dice entonces que toda su fuerza había sido pervertida; es decir, que habían aplicado todas sus facultades a hacer el mal. De aquí aparece, pues, que, a menos que los profetas hubieran sido pérfidos, habrían pensado que era ya hora de clamar, cuando los hombres provocaban a Dios con tanta audacia en sus malos caminos. Sigue:

Jeremías 23:11

11. Porque tanto el profeta como el sacerdote son impíos; aun en mi casa hallé su maldad, dice Jehová.

11. Quia tam propheta quam sacerdos impia egerunt; etiam in domo mea deprehendi (vel, reperi) malitiam ipsorum, dicit Jehova.

Jeremías 23:11

Añade aquí que no debía parecer extraño que los profetas callaran cuando debían haber clamado en alta voz, porque ellos mismos eran culpables: ¿y de dónde puede venir la libertad de palabra sino de una buena conciencia? Los hipócritas, que se complacen a sí mismos, son ciertamente a menudo severos contra los demás, y aun más de lo necesario; pero nadie puede atreverse a clamar honestamente contra la maldad sino el que es inocente. Pues el que condena a otros parece hacerse una ley a sí mismo, según lo que dijo un escritor pagano (Cicerón contra Salustio). Entonces el profeta nos muestra aquí por qué los profetas no solo estaban ociosos, sino que eran aun como troncos y piedras; pues para hablar contra la maldad, era necesario que primero se enmendaran ellos mismos; porque su vida era del todo disoluta. Así, como eran los más malvados de todos, no podían clamar con denuedo contra los demás; y por eso el profeta los condena, porque su propia impiedad les impedía cumplir su propio deber.

Es posible, ciertamente, que alguien viva sobria, honesta y justamente, y sin embargo disimule la maldad de los demás; pero el profeta condena aquí a los profetas y sacerdotes por dos motivos: por ser mudos, y por no tomar la causa de Dios cuando veían la tierra contaminada con toda clase de inmundicias; y muestra luego la fuente de este mal, es decir, la causa por la que eran ociosos y del todo indiferentes, y era que no se atrevían a decir palabra contra aquellos crímenes de los que ellos mismos eran culpables, sí, de los que estaban más cargados que aun el pueblo común. Percibimos ahora el propósito del profeta al decir que tanto los sacerdotes como los profetas habían obrado impíamente; era para mostrar que su desprecio de Dios, por el cual eran notorios, y también su maldad, les habían quitado todo poder y libertad para actuar.

Se añade: Aun en mi casa hallé su maldad. Realza lo que había dicho de su impiedad; pues no solo eran infames y malvados en la vida común, en cuanto a los deberes de la Segunda Tabla; sino que corrompían también todo el servicio de Dios, y los verdaderos profetas eran escarnecidos por ellos. Pues ¿qué se halló como maldad de los sacerdotes en el templo, sino que practicaban una especie de mercadería bajo el manto del sacerdocio? y luego los profetas viciaban y adulteraban el culto de Dios; ¿y qué era la religión para ellos sino el medio de un lucro sórdido o ganancia? Cuando, pues, los profetas pisoteaban así el servicio de Dios, corrompían y pervertían la Ley para obtener ganancia o adquirir poder, su impiedad no se veía solo en las costumbres de la vida diaria, sino también en el mismo templo de Dios, es decir, en cuanto al oficio sacerdotal.

Ahora bien, si esto es verdad de lo que sucedía bajo la Ley, no es de extrañar que un ejemplo tan vil se vea en el día de hoy. Y de aquí se descubre también la necedad de los papistas, que piensan eludir ingeniosamente toda objeción acerca de los crímenes del papa y de su inmundo clero, diciendo que el papa ciertamente puede ser malo, como lo han sido casi todos, y que lo mismo puede decirse de sus obispos con mitra; pero que el papa, como papa, no puede errar, y que los obispos, como obispos, es decir, en su gobierno y oficio, son regidos por el Espíritu Santo, porque representan a la Iglesia. Pero ¿son mejores que estos antiguos sacerdotes, a quienes el mismo Dios había designado expresamente, y a quienes mandó que todo el pueblo rindiera obediencia? Pero el profeta no solo dice aquí que eran malos, que obraban impía y malvadamente con sus prójimos, que cometían despojos y robos, que se daban a la violencia y a la rapacidad, que se abandonaban al adulterio y a todo otro crimen; sino que dice también que su maldad fue hallada en el mismo templo, es decir, en el mismo oficio sagrado; pues no solo era mala su vida, sino que también corrompían impía y pérfidamente la doctrina de Dios y subvertían su culto.

ORACIÓN

Concede, Dios omnipotente, que así como te has complacido en ponernos delante un ejemplo de toda perfección en tu Hijo unigénito, procuremos formarnos a imitación suya, y seguir así no solo lo que él ha prescrito, sino también lo que realmente hizo, a fin de que demostremos ser realmente sus miembros, y confirmemos así nuestra adopción; y que procedamos de tal modo en todo el curso de nuestra vida, que seamos por fin reunidos en aquel bienaventurado reposo que el mismo, tu Hijo unigénito, ha obtenido para nosotros con su propia sangre. Amén.

Lección ochenta y siete

Jeremías 23:12

12. Por tanto, su camino será para ellos como resbaladeros en tinieblas: serán empujados, y caerán en él; porque yo traeré mal sobre ellos, el año de su castigo, dice Jehová.

12. Propterea erit via eorum ipsis tanquam lubricitates, in caligine impingent, et cadent in ea; quia inducam super eos malum, annum visitationis eorum, dicit Jehova.

Jeremías 23:12

Aquí declara a los falsos profetas y a los sacerdotes infieles que el juicio del Señor estaba cercano, porque habían engañado al pueblo. Pero habla figuradamente cuando dice que su camino sería para ellos como resbaladeros. Por camino entiende los medios que ellos tenían por los mejores, como en otro lugar, casi en el mismo sentido, lo que se tiene por deleitable, o lo que sirve para sustentar la vida, se llama «la mesa» de los impíos (Sal 69:22). El sentido, pues, es que cuando pensaban que todo marchaba bien, como si alguien avanzara por una llanura, se hallarían sobre suelo resbaladizo. Su camino, pues, sería para ellos como resbaladeros, es decir, cuando parecían tomar un consejo seguro y disponer todas las cosas tan prudentemente que nada pudiera sucederles mal, su camino se volvería resbaladizo, y en tinieblas. Duplica el mal; pues uno puede estar sobre suelo resbaladizo y, sin embargo, cuidarse al ver el peligro; pero cuando a un suelo resbaladizo se añade la oscuridad, el que no puede ni sostenerse ni moverse difícilmente puede hacer otra cosa que caer, ya hacia un lado, ya hacia el otro: por eso dice: tropezarán y caerán en él.

Sigue la razón, a saber, que el Señor estaba desagradado con ellos. No podían, pues, escapar de la ruina, porque tenían que tratar con Dios. Pero como los impíos sacan falsa confianza de la paciencia de Dios, de modo que se atreven a gloriarse en su maldad, añade: el año de su castigo. Aunque, pues, Dios no extendiera de inmediato su mano para castigarlos, su tiempo había de llegar; porque el año del castigo significa el tiempo oportuno que Dios ha determinado en sí mismo. Él ciertamente difiere el castigo; pero cuando los hipócritas y los que lo desprecian han abusado largamente de su paciencia, entonces de repente comienza a tronar contra ellos; y este es el año del castigo. Sigue:

Jeremías 23:13-14

13. Y en los profetas de Samaria he visto desatino; profetizaban en nombre de Baal, e hicieron errar a mi pueblo Israel.

13. In prophetis (Et in prophetis) Samariae vidi fatuitatem *(vel, *insulsum, *aut, *insulsitatem;) prophetant in Baal, et errare faciunt *(vel, *decipiunt) populum meum Israel.

14. Y en los profetas de Jerusalén he visto torpezas; cometían adulterios, y andaban en mentiras, y fortalecían las manos de los malos, para que ninguno se convirtiese de su maldad; me fueron todos ellos como Sodoma, y sus moradores como Gomorra.

14. Et in prophetis Jerusalem vidi pravitatem, adulterando et ambulando in fallacia; et roborant manus improborum, ut non revertantur quisque a malitia sua; erunt mihi onmes tanquam Sodoma, et habitatores ejus tanquam Gomorrha.

Jeremías 23:13

Estos dos versículos han de leerse juntos; pues no hay duda de que el profeta compara aquí a los falsos profetas que habían corrompido el culto de Dios en el reino de Israel con los de Jerusalén, que querían parecer más santos y más perfectos. Y los compara así para presentar a los que procuraban ser tenidos por fieles ministros de Dios como con mucho los peores; pues dice que había hallado necedad en los profetas de Samaria, pero perversidad en los profetas de Jerusalén. Se equivocan, pues, a mi juicio, los que toman también תפלה, tephle, como perversidad; pues no consideran que aquí realza por comparación la maldad de los que se creían los mejores, como dicen, sin excepción.

En cuanto a los profetas de Samaria, habían sido condenados desde hacía mucho; ni había nadie en Jerusalén que se atreviera a defenderlos abiertamente; pues se habían apartado del culto de Dios y habían alejado al pueblo del único verdadero templo y altar. Eran, pues, tenidos entonces en el reino de Judá como apóstatas, pérfidos y sin principios. Pero el reino de Judá aún quería ser tenido por puro e irreprochable; y los profetas que allí había se jactaban de ser incorruptos y libres de toda mancha. Por eso el profeta dice que se había hallado necedad en los profetas de Samaria, es decir, en los que habían corrompido a las diez tribus y viciado allí el culto puro de Dios; pero que había más maldad en los profetas de Jerusalén y del reino de Judá, porque no solo eran necios, sino que también subvertían deliberadamente toda religión y permitían libertad en toda clase de maldad, de modo que llevaban, por así decirlo, un estandarte en aprobación de toda especie de iniquidad. Vemos, pues, que el propósito de Jeremías era mostrar que los profetas del reino de Judá superaban en impiedad a aquellos mismos profetas a quienes condenaban con orgullo; pues no eran solo necios e insensatos, sino que, como si dijéramos, habían conspirado deliberadamente contra Dios, y se habían hecho enemigos declarados no solo de la religión sino de todas las leyes.

En cuanto a las palabras de que halló necedad en los profetas de Samaria, habla en persona de Dios, que es el único juez idóneo. Y añade la causa de su insensatez, porque profetizaban por Baal, e hicieron errar al pueblo de Israel. Si Jeremías hubiera hablado solo de estos, sin duda habría usado términos más fuertes al describir su pecado; pero como los contrastaba con los que eran peores, se contentó con la palabra necedad; como si dijera: «Si alguien los considerara por sí solos, eran ciertamente muy malvados y merecían el castigo más severo; pero si se los compara con los profetas de Judá, entonces solo deben ser tenidos por necios y estúpidos». Entonces la conjunción copulativa ha de traducirse así: «He visto, ciertamente, necedad en los profetas de Samaria»; y luego de otro modo en la cláusula siguiente: «pero en los profetas de Judá he visto perversidad». Ha de leerse adversativamente en este versículo, y concesivamente en el anterior. Luego: en los profetas de Jerusalén he visto perversidad.

Jeremías 23:14

Sigue: Cometían adulterios, y andaban en mentiras. Los expositores piensan que hay cambio de número; pero ¿y si estas palabras se aplicaran al pueblo? como si Jeremías hubiera dicho: «Cuando alguien es adúltero, cuando alguien anda en engaño, es decir, cuando alguien es fraudulento, fortalecen las manos de los malos». Y, sin duda, este sentido parece aquí el más correcto. Entonces Jeremías muestra cómo superaban a los demás profetas en impiedad, a saber, porque disimulaban cuando veían por una parte prevalecer los adulterios, y por otra los fraudes, despojos y perjurios; y no solo eso, sino que tomaban a su cargo el patrocinio de los malos, y fortalecían las manos de los impíos, y añadían audacia a su locura. Pues como el temor debilita las manos, así lo hace la vergüenza; así, como estos profetas quitaban a los malos e impíos tanto la vergüenza como el temor, fortalecían sus manos; es decir, les daban más confianza, de modo que se lanzaban de cabeza a todo mal con más desenfado y mayor libertad.

Para que ninguno, dice, se convirtiese de su maldad. Esto se añade a modo de explicación; pues, como he dicho, el temor de Dios o la vergüenza ante los hombres podrían haber frenado su audacia; pero cuando eran confirmados y apoyados, estallaban en todos los excesos y se endurecían en su obstinación: para que ninguno se convirtiese de su maldad.

Por último añade: Me fueron todos ellos como Sodoma, y sus moradores como Gomorra. Vemos que la última cláusula se limita a los ciudadanos de Jerusalén. Dice, pues, Dios que estos profetas serían como los sodomitas, y los ciudadanos de Jerusalén como los ciudadanos de Gomorra. Esto no ha de entenderse solo en cuanto a los crímenes, sino también en cuanto al castigo; como si dijera que no había más esperanza de perdón para ellos que para los sodomitas, pues habían provocado al extremo la ira de Dios, de modo que ya no podía perdonarlos. Sigue entonces:

Jeremías 23:15

15. Por tanto, así ha dicho Jehová de los ejércitos acerca de aquellos profetas: He aquí que yo les haré comer ajenjo, y les daré a beber aguas de hiel; porque de los profetas de Jerusalén salió la impiedad sobre toda la tierra.

15. Propterea sic dicit Jehova exercituum super (vel, ad) prophetas istos, Ecce ego cibabo eos amaritudine (aut, veneno; alii vertunt, absynthio, הנעל, sed nomen absynthii non videtur quadrare; ubicumque enim ponitur hoec vox, significat amaritudinem noxiam et virulentem et mortiferam,) et potabo eos aquis veneni (alii vertunt, fellis*; diximus alibide hac voce,* שאר,) quoniam a prophetis Jerusalem egressa est impietas in totam terram.

Jeremías 23:15

Este versículo está dirigido a los profetas del reino de Judá, como aprendemos de su conclusión; y así se confirma la exposición que he dado, a saber, que Dios atenúa la falta de los otros profetas al hablar de los profetas de Jerusalén, que se jactaban de mayor santidad. Pero declara que tendrían veneno por comida e hiel por bebida; como si dijera: «Los perseguiré con toda clase de castigos». Expresa evidentemente lo mismo a que me he referido antes, que su mesa se les volvería lazo (Sal 69:22). Los impíos, ciertamente, piensan siempre que pueden escapar con sus artes; Dios, por el contrario, declara que, aunque tuvieran una mesa preparada, no hallarían en ella sino veneno por comida e hiel por bebida. Pues así como para los hijos de Dios y sus siervos fieles los males se convierten en provecho, así para el impío y los malvados que lo desprecian todas las cosas deben necesariamente resultar en su ruina, aun la comida y la bebida, y su manera de vivir, y en una palabra todo.

Sigue la causa: Porque de los profetas de Jerusalén salió la impiedad sobre toda la tierra. Con estas palabras declara que ellos eran los autores de todos los males, de modo que en comparación con ellos los profetas de Samaria podrían haber sido tenidos en cierto modo por justos. Pero no hay duda de que esta declaración se consideró demasiado severa; sin embargo vemos con qué necesidad se vio constreñido Jeremías a hablar así; pues la lámpara de Dios permanecía aún en Jerusalén, conforme a lo que se dice en muchos pasajes, ni se había apagado del todo la luz de la sana doctrina. Profesaban seguir obedeciendo la Ley; y al mismo tiempo eran mucho peores que los demás, pues no solo estaba corrompido el culto de Dios en el templo y en la ciudad, sino que los adulterios, fraudes, despojos y toda clase de maldad prevalecían por todas partes. Añade:

Jeremías 23:16

16. Así ha dicho Jehová de los ejércitos: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan de vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová.

16. Sic dicit Jehovah exercituum, Ne audiatis verba prophetarum, qui prophetant vobis; evanescere faciunt ipsi vobis, visionem cordis sui loquuntur, non ex ore Jehovae.

Jeremías 23:16

Lo que aquí se dice debió de parecer muy severo, y debió de ofender gravemente al pueblo; pues Jeremías les prohibía oír la enseñanza de los profetas. Les concede ciertamente el nombre de profetas, que era un nombre sagrado; pero aun así los desacredita y los priva de toda dignidad. No habla de magos o impostores, que eran ajenos al pueblo de Dios; no habla de egipcios, o caldeos, o semejantes, ni habla de los profetas de Samaria, sino de los que aparecían a diario en el templo y se jactaban de haber sido elegidos por Dios, dotados del espíritu de revelación, y de que no traían sino lo que Dios les había encomendado. Como, pues, Jeremías prohibía oír a estos, una gran perplejidad debió necesariamente apoderarse del ánimo de todos, en especial de los sencillos: «¿Qué significa esto? ¿Por qué permite Dios que estos hombres sin principios ocupen un lugar en el templo y ejerzan allí el oficio profético, siendo al mismo tiempo estafadores, perjuros e impostores?».

Del mismo modo vemos que muchos en el día de hoy están perplejos a causa de las discordias con que la Iglesia es acosada y como despedazada. Estamos obligados a contender con los que se arrogan el nombre de Iglesia católica, que se jactan de ser obispos, vicarios de Cristo, sucesores de los apóstoles. Cuando, pues, los ignorantes ven tan hostiles conflictos en el seno mismo de la Iglesia, necesariamente se aterran, y tal tropiezo sacude terriblemente su fe. Por eso este pasaje debe notarse de manera especial; pues aunque al principio los ignorantes puedan turbarse por una prohibición como esta, todo el que realmente teme a Dios ejercitará su mente para poder distinguir entre falsos y verdaderos profetas; y Dios nunca dejará a su pueblo escogido desprovisto del espíritu de juicio y discernimiento, cuando los maestros contienden de ambas partes, y los tumultos casi derriban a la Iglesia; aun entonces, como he dicho, Dios preservará a sus propios elegidos, con tal que nos esforcemos piadosa y humildemente por someternos a su palabra; él también nos guiará con su mano, para que no seamos engañados. Puesto que Dios había mandado a Jeremías prohibir al pueblo oír a los falsos profetas, no nos maravillemos hoy de que los maestros fieles que desean mantener la verdadera doctrina y la genuina piedad se sientan obligados a oponerse a estos hombres de títulos que se amparan bajo los nombres enmascarados de pastores, y prelados, y obispos, para embaucar a los incautos y a los ignorantes; No escuchéis, dice, las palabras de los profetas que os profetizan.

Añade: Os hacen desvanecer; es decir, os infatúan. Pero esto no habría sido suficiente si no hubiera añadido lo que lo confirmaba más plenamente. Por eso Jeremías dice que presentaban la visión de su propio corazón, y no hablaban lo que venía de la boca de Dios. Esta es una señal que nunca puede engañarnos, a menos que nos arrojemos voluntariamente en los lazos y ardides de Satanás, como lo hacen muchos que buscan deliberadamente ser engañados, y hasta andan a la caza de falsedades; pero todo el que aplica su mente al estudio de la verdad nunca puede ser engañado, si por esta señal que se nos pone delante distingue entre profetas y profetas; porque todo el que habla según las meras sugerencias de su propia mente debe ser un impostor. Nadie, pues, debe ser tenido por sano maestro sino el que habla de la boca de Dios.

Pero aquí puede plantearse una pregunta: ¿Cómo puede entender el pueblo común que unos hablan de la boca de Dios y que otros proponen sus propias glosas? Respondo que la doctrina de la Ley bastaba entonces para guiar el ánimo del pueblo, con tal que no cerraran los ojos; y si la Ley bastaba en aquel tiempo, Dios nos da ahora ciertamente una luz más clara por sus profetas, y sobre todo por su evangelio. Puesto que Dios nos ha dado una vez su testimonio, todos deben obedecerle tan pronto como saben qué es lo recto, qué deben seguir y qué deben evitar.

Vemos, pues, cuán útil es este pasaje; porque nada hay más miserable que ser los hombres sacudidos de aquí para allá y desviados del camino de la salvación. Nada hay, por tanto, más deseable que conocer este camino con certeza. Ahora bien, Dios nos muestra aquí el camino como con el dedo; pues dice que se puede oír con seguridad a los que hablan de su boca; pero que los otros han de ser rechazados, por mucho que se jacten de ser profetas, y busquen así, bajo apariencia de autoridad, sujetar cautivas a sí mismos las mentes de los hombres. Y esto debería bastar hoy para poner fin a todas las controversias; pues de esto depende sin duda casi toda cuestión que ahora se agita en el mundo. Los papistas quieren que sus propias invenciones sean tomadas como oráculos, y pretenden ser la Iglesia; pero nosotros, por el contrario, decimos que la sabiduría perfecta se halla solo en la Ley, en los Profetas y en el Evangelio. Si, pues, atendiéramos a la boca de Dios, sería fácil resolver todas las disputas entre nosotros. De aquí se sigue también que los papistas están engañados porque no se dignan preguntar a la boca de Dios, sino que prefieren hacerse esclavos de los hombres y de sus propias falsedades, antes que inquirir lo que agrada a Dios; pues él mismo ha hablado, y no ha hablado de manera oculta, ni dudosa, ni oscura; porque nada hay más claro que su enseñanza, con tal que los hombres no se vuelvan voluntariamente ciegos. Añade luego:

Jeremías 23:17-18

17. Dicen atrevidamente a los que me irritan: Jehová dijo: Paz tendréis; y a cualquiera que anda tras la dureza de su corazón, dijeron: No vendrá mal sobre vosotros.

17. Dicentes dicendo iis qui me contemnunt, Loquutus est Jehova, Pax erit vobis, et omnibus qui ambulant (cunctis ambulantibus; est quidem singularis numerus, ad verbum, cuique ambulanti) in pravitate cordis sui, dicunt, Non veniet super vos malum.

18. Porque ¿quién estuvo en el consejo de Jehová, y vio, y oyó su palabra? ¿Quién estuvo atento a su palabra, y la oyó?

18. Nam quis stetit in consilio Jehovae? et vidit et audivit sermonem ejus? Quis attendit ad sermonem ejus et audivit?

Jeremías 23:17

Jeremías introduce otra señal por la cual los falsos profetas podían ser reconocidos como distintos de los verdaderos: adulaban a los impíos y malvados que despreciaban a Dios. Repite así lo que había dicho antes, que fortalecían las manos de los malos, de modo que se endurecían en su impiedad y desechaban todo cuidado de arrepentirse. Aunque usa palabras diferentes, el sentido es el mismo: que prometían paz, o prosperidad, a los que despreciaban a Dios, pues la palabra שלום, shalum, significa vivir bien o felizmente.

Dicen, pues, a los que me desprecian o rechazan; pues נאף, nats, significa ambas cosas. La duplicación de la palabra «decir» es también enfática, אמרים אמור, amrim amur: pues sabemos con cuánta altivez y confianza se atrevían los falsos profetas a anunciar sus sueños; porque eran movidos por el espíritu de soberbia, como hijos de Satanás. De ahí, pues, su confianza, de modo que hacían sus declaraciones como si hubieran descendido del cielo. Dicen, pues, diciendo; es decir, prometen, y con gran descaro, que habría paz para todos los que despreciaban a Dios; y no solo eso, sino que fingían el nombre de Dios: Ha hablado Jehová. Querían ser tenidos por instrumentos o agentes del Espíritu Santo, mientras anunciaban vanamente, como se ha dicho, sus propias imaginaciones. Y de ahí que Jeremías les aplicara, aunque impropiamente, la palabra visión: Hablan visión de su propio corazón. Al usar esta palabra hace una concesión; pues podía haber dicho solo que no presentaban sino frivolidades, es decir, las falsedades que ellos mismos habían forjado, pero menciona la palabra חזון, chezun, que en sí misma debería tenerse por de alto significado. Y sin embargo quiere decir que eran solo monos de profetas, cuando parloteaban de visiones y declaraban con confianza que presentaban las revelaciones del Espíritu. Les concede, pues, aunque impropiamente, que veían visiones; pero ¿qué veían? Que Jehová había hablado: Paz tendréis.

Luego dice: Prometen a los que andan tras la dureza de su corazón que todo les saldrá bien: No vendrá mal sobre vosotros; como si dijera: «Prometen impunidad a todos los malos».

Jeremías 23:18

El versículo que sigue suele explicarse así: Jeremías condena a los falsos maestros por su descuido, porque no atendían a la palabra de Dios y tenían por nada lo que contenía la Ley. Pero a mí me parece que los intérpretes se han equivocado mucho en esta opinión; pues Jeremías muestra aquí, a lo largo del pasaje, cuán insolente y arrogantemente se portaban los falsos maestros al oponerse con audacia a los siervos verdaderos y fieles de Dios: ¿Quién estuvo en el consejo de Jehová? Sin duda hablaban así en son de burla de los verdaderos profetas: «¡Cómo! Estos os anuncian pestilencia, guerra, hambre, como si fueran ángeles enviados por Dios desde el cielo; ¿acaso han estado en el consejo de Dios?». Así enlazo este versículo con el anterior, pues estoy plenamente persuadido de que se refiere aquí a la arrogancia que los falsos maestros manifestaban hacia los verdaderos.

Los ejemplos de esto en nuestro tiempo dan una clara exposición de este pasaje. Pues cuando los papistas se ven llevados a un extremo, cuando nada consiguen con griterío y falsedad, recurren a este tipo de evasiva: «¡Ja! Si hemos de determinar todo en religión por la Ley, los Profetas y el Evangelio, ¿qué certeza puede hallarse? La Escritura es como una nariz de cera, pues puede torcerse hacia cualquier lado, y ningún sentido puede sacarse con certeza; así todo quedará perplejo y dudoso, si la autoridad pertenece solo a la Escritura». Vemos, pues, que los enemigos de la verdad en nuestros días, cuando no pueden de otro modo encubrir su inmundicia, se esfuerzan por echarlo todo en confusión, y por desacreditar la palabra de Dios, y por introducir tales tinieblas que no se pueda distinguir lo blanco de lo negro, y que la luz se mezcle con las tinieblas.

Semejante a esto era la perversa maldad de los falsos maestros. Pues Jeremías y sus compañeros, cuando se presentaban, declaraban que la venganza de Dios ya no podía diferirse, porque el pueblo seguía provocándola; y se anunciaban como heraldos de Dios y testigos de su propósito oculto; pero estos hombres sin principios, para adormecer, y aun entorpecer, las conciencias de los hombres, decían: «¡Eh! ¿Quién estuvo en el consejo de Jehová? ¿Quién ha oído? ¿Quién ha atendido? ¿Quién ha visto? Todas estas cosas son inciertas; y aunque estos os amenazan severamente con pestilencia, guerra y hambre, no hay razón para que temáis. Estad, pues, tranquilos, y gozad quieta y alegremente, porque no entienden el propósito de Dios». Y este sentido lo veremos enseguida confirmado por lo que se dice en el versículo 22, ואםעמדו בסודי, veam omdu besudi, «Y si hubieran estado en mi consejo». No hay duda, pues, de que vuelve contra ellos lo que perversamente se jactaban. Pero sigue ahora:

Jeremías 23:19

19. He aquí que la tempestad de Jehová saldrá con furor, y un torbellino penoso; caerá gravemente sobre la cabeza de los impíos.

19. Ecce turbo (vel, tempestas) Jehovae cum furore (vel, cum iracundia) egreditur, et turbo impendens super caput impiorum cadet (vel, turbo cadens cadet; est participium מתחולל, et postea est simplex verbum, sed eadem est radix utriusque.)

Dejaré la consideración de esto para la próxima Lección. Mañana no habrá Lección, pues, como saben, nos ocupará la entrega de honores.

ORACIÓN

Concede, Dios omnipotente, que así como estamos siempre inclinados a dejarnos arrastrar por lisonjas engañosas, y buscamos así para nosotros mismos la muerte y la ruina final, oh, concede que aprendamos a temblar ante aquellas denuncias anunciadas por los profetas, con las cuales nos muestras tu ira, para que seamos despertados a un verdadero arrepentimiento, y no nos endurezcamos en el mal por tu paciencia, sino que sigamos nuestra carrera celestial, hasta que, habiendo por fin despojado todos nuestros vicios, seamos restaurados a aquella forma perfecta en que resplandece plenamente tu santa imagen, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Lección ochenta y ocho

Jeremías 23:19

El versículo que leí al final de mi última Lección debe repetírseles ahora: He aquí la tempestad (o torbellino) de Jehová; saldrá con furor; ¡el torbellino que amenaza! Sobre la cabeza de los impíos permanecerá, o caerá; pues יחול, ichul, significa ambas cosas. El profeta ataca ahora con más vehemencia a los falsos maestros, pues estaban casi estupidizados. Nadie, ciertamente, puede mostrar tanta audacia como para oponerse a Dios, sino cuando está del todo cegado por Satanás. Por eso nuestro profeta trata a los falsos maestros como a fanáticos o a gente del todo entorpecida: les dice que Dios vendría como un torbellino. Ya lo traduzcamos torbellino o tempestad, no hay mucha diferencia. Y añade que no podrían escapar, pues la ira de Dios pendía sobre ellos, y por fin permanecería sobre ellos.

Ahora bien, es costumbre en la Escritura tratar muy duramente a los hipócritas, y en especial a los falsos maestros, porque Satanás reina en ellos de manera terrible. Y sin duda, como ya he dicho, si una persona no estuviera fascinada por ilusiones, no se atrevería a oponerse a Dios. No es, pues, de extrañar que el profeta fulmine contra estos maestros impíos; pues para ellos no era sino juego y diversión fingir el sagrado nombre de Dios para engañar al pueblo. Añade después:

Jeremías 23:20

20. No se apartará el furor de Jehová hasta que lo haya hecho, y hasta que haya cumplido los pensamientos de su corazón; en los postreros días lo entenderéis cumplidamente.

20. Non revertetur iracundia Jehovae usque dum fecerit, et usque dum stabilierit cogitationes cordis sui: in extremitate dierum intelligetis hoc intelligentia (hoc est, intelligetis hujus rei intelligentiam, ad verbum.)

Jeremías 23:20

Confirma lo que había dicho, para que los hipócritas con quienes tenía que tratar no pensaran que su castigo sería leve y pasaría pronto. Pues aunque hubieran visto que la mano de Dios estaba armada contra ellos, se consolaban, porque esperaban que sería solo por poco tiempo. Por eso Jeremías les recuerda aquí que se engañaban mucho si pensaban que podían disipar como una nube la venganza que estaba cercana; pues Dios no cesaría de castigarlos hasta destruirlos.

Había otra seguridad que engañaba a los impíos: no se aterraban con las amenazas del profeta, porque pensaban que Dios en cierto modo jugaba con ellos siempre que denunciaba ruina. Y, sin duda, los malos no habrían podido complacerse tan seguramente, si no hubiera sido porque no creían que la palabra de Dios se cumpliría. Así, como las amenazas de Dios no llenaban de terror a los hipócritas, el profeta declara aquí que no había razón para que albergaran la vana esperanza de que Dios solo pronunciaba palabras, y de que no habría ejecución de su venganza.

No se apartará, dice, el furor de Jehová hasta que haya cumplido y confirmado los pensamientos de su corazón. Jeremías muestra que Dios no había hablado en vano por medio de sus siervos, como lo hacen los hombres, que a menudo hablan con ligereza, pues su lengua con frecuencia se adelanta a su propósito. Pero les recuerda aquí que Dios es muy diferente de los hombres, pues siempre habla en serio, y su palabra profética es un testimonio seguro de su propósito oculto, como se declarará de nuevo enseguida. Esta es la razón por la que menciona los pensamientos de su corazón.

Con todo, no debemos pensar que Dios es como nosotros, como si reflexionara sobre esto y aquello, y formara muchos propósitos, mientras una cosa u otra le viene a la mente; no, una idea tan burda como esta no puede admitirse, y no puede ser coherente con la naturaleza de Dios.

Pero Jeremías llama, por una especie de metáfora, el consejo de Dios sus pensamientos, a saber, ese consejo fijo e inmutable que él declaró por sus profetas. A veces, ciertamente, Dios amenazaba para devolver a los hombres al arrepentimiento; pero debemos tener presente que él ni varía ni cambia su propósito. Todo lo que, pues, los profetas anunciaban en su nombre fluía de su propósito oculto, y era lo mismo que si nos hubiera dado a conocer su propio corazón. Y no es pequeño elogio de la doctrina profética que Dios, por así decirlo, uniera su corazón con su boca. La boca de Dios es la doctrina misma; y dice ahora que había procedido de lo profundo de su corazón. De aquí se sigue que nada hay frustratorio (engañoso), como dicen, en la palabra de Dios; pues declara aquí que todo lo que había confiado a sus siervos eran los pensamientos de su corazón. Y confirmar, o establecer, debe aplicarse a la ejecución de sus pensamientos.

La suma de todo es que Dios pronuncia ahora una sentencia contra el pueblo que no podía ser revocada; pues había decretado de una vez por todas destruir a los hombres obstinados en sus pecados.

Pero parece referirse a la palabra יחול, ichul, que significa, como he dicho, caer, y también permanecer o yacer sobre. Conforme a este sentido, dice ahora que la ira de Dios no se volvería atrás, de modo que cambiara su curso, hasta haber completado lo que ya estaba decretado, a saber, lo que Dios había resuelto respecto de la destrucción del pueblo.

Luego añade: En el extremo de los días entenderéis el conocimiento de esto. Así dice literalmente; pero podemos dar una versión más sencilla: «Percibiréis el conocimiento de este asunto», o «Sabréis qué significa esto». El profeta, sin duda, se goza sobre la insensibilidad de los que no podían ser movidos por advertencias tan terribles. Sabemos cuán grande es la dureza de los impíos, en especial cuando Satanás posee su mente y su corazón. No hay, en verdad, hierro ni piedra que tenga tanta dureza como la que hay en los perversamente malos; y ellos de algún modo asaltan a Dios con la mayor obstinación, como si fueran vencedores, porque desprecian todas sus advertencias y amenazas. Por eso el profeta se burla de su insolencia, o más bien de su locura, y dice: «Entenderéis», pero demasiado tarde; pues por extremo de los días entiende el tiempo que Dios había señalado para su ira. Pero con todo, Dios los había advertido a su debido tiempo para que se arrepintieran antes de que viniera su juicio. Era, pues, ahora lo mismo que si los dejara en su propio estupor, y dijera que, sin embargo, no podrían escapar de la mano de Dios por su perversidad, conforme a lo que dice Pablo:

«Mas el que ignora, ignore» (1 Co 14:38).

Sin duda reprime la arrogancia de los que rechazaban toda doctrina sana y todo buen consejo.

Así, pues, el profeta nos enseña aquí que los hipócritas nada ganan con oponer su propia contumacia y arrogancia a Dios, pues hallarán, aunque demasiado tarde, que Dios no ha hablado en vano. Vemos, pues, que por extremo de los días ha de entenderse aquel tiempo en que la puerta será cerrada, porque no respondieron a Dios a su debido tiempo cuando los invitaba a sí y les ponía delante la esperanza de salvación.

Hay también otra verdad que se nos enseña aquí: que hemos de buscar a Dios mientras puede ser hallado, e invocarlo en tanto que está cercano (Is 55:6). Pues si abusamos de su paciencia y despreciamos al que nos habla hoy, descubriremos demasiado tarde, y no sin el más grave dolor, que hemos sido engañados por el diablo, porque no atendimos a Dios que nos llamaba. Sigue:

Jeremías 23:21

21. No envié yo a aquellos profetas, pero ellos corrían; yo no les hablé, mas ellos profetizaban.

21. Non misi prophetas, et ipsi concurrerunt; non loquutus sum ad eos, et ipsi prophetarunt.

Jeremías 23:21

El profeta advierte de nuevo a los judíos que no se dejen pervertir por las lisonjas de los falsos maestros, y que no desatiendan las amenazas de Dios. Ya hemos dicho que el ánimo del pueblo estaba entonces adormecido por los falsos maestros, que les prometían impunidad. Y no hay mal peor que cuando los falsos maestros, bajo el nombre de Dios, nos lisonjean y ahuyentan todo temor y toda preocupación por nuestras almas. Este mal prevalecía entre el pueblo antiguo, como prevalece también hoy. En efecto, la mayor parte del mundo ha buscado siempre lisonjeros, y cuando Dios ve que los hombres se complacen así a sí mismos y en cierto modo se buscan lazos, suelta las riendas a Satanás y a sus ministros para que engañen a esos miserables que así buscan deliberadamente ser engañados. El propósito, pues, de Jeremías era recordar al pueblo con frecuencia que todas las lisonjas no eran sino las artimañas de Satanás, o algún veneno mortal que entorpecía todos sus sentidos. Pues cuando se da a alguien un veneno que extingue los sentidos del cuerpo y las facultades de la mente, todo ha terminado para el miserable que ha sido así drogado. Vemos algo semejante hecho por los falsos maestros, que arrullan a los miserables pecadores y les prometen paz, como vimos en nuestra última lección. Como, pues, era difícil despertar a los hombres de este estupor, que se había vuelto en ellos como innato, y como Satanás emplea siempre las mismas intrigas, era necesario que el santo profeta urgiera su doctrina más y más.

Dice ahora Dios que no envió a los profetas, y sin embargo ellos corrían. Pues esta objeción podía parecer suficiente contra Jeremías: que él estaba solo, y que los otros profetas eran muchos. Es, en efecto, el dictado del sentido común que debemos creer a cien personas antes que a una. Jeremías, pues, estaba solo, y había gran número de falsos profetas; y el nombre profético era común a todos ellos. Era, por tanto, necesario salir al paso de esta objeción, que podía hacer despreciable al fiel siervo de Dios. Por eso menciona la diferencia entre los falsos maestros con quienes contendía y él mismo, como si dijera: «Yo ciertamente estoy solo, pero enviado por Dios; y estoy plenamente convencido de mi legítimo llamamiento, y estoy también dispuesto a probar que no traigo invenciones de mi propio cerebro; no os engañe, pues, una falsa comparación de un hombre con una gran multitud. Pues aquí la cuestión no es de hombres ni de su autoridad, sino que lo que debemos indagar es: ¿quién los envía? Si Dios es el autor de mi misión, entonces yo, aunque solo, soy superior a todo el mundo; y si ellos no han sido llamados por Dios, aunque fueran cien veces más de lo que son, todo lo que se jactan no significa nada, pues solo en Dios debemos creer». Vemos ahora el propósito del profeta al decir que los profetas corrían, pero no habían sido enviados, que profetizaban, pero no habían recibido mandato alguno de Dios.

Ahora bien, este pasaje nos enseña en especial que nadie es digno de ser oído sino el que es verdadero ministro de Dios. Pero son necesarias dos cosas para probar que alguien lo es: un llamamiento divino, y fidelidad e integridad. Todo el que, pues, se mete por sí mismo, por mucho que finja un nombre profético, puede ser rechazado con seguridad, pues Dios reclama el derecho de ser oído para sí solo. Sin embargo, un llamamiento simple y desnudo no basta; sino que el que es llamado debe también trabajar fielmente para su Dios; y ambas cosas se insinúan aquí, pues dice que los profetas corrían, aunque no habían sido enviados, y que profetizaban, aunque no tenían mandato alguno de Dios. Admito, ciertamente, que aquí se repite lo mismo, según el uso común en hebreo, con otras palabras; pero la expresión más fuerte se halla en la segunda cláusula, pues enviar pertenece propiamente al llamamiento, y mandar a la ejecución del oficio. Porque Dios primero escogió a sus profetas y les encomendó el oficio de enseñar, y luego les mandó qué decir, y les dictó en cierto modo su mensaje, para que no presentaran nada ideado por ellos mismos, sino que fueran solo sus heraldos, como ha aparecido en otro lugar.

De aquí aprendemos también que nuestros oídos no deben estar abiertos a los impostores, que fingen audazmente el nombre de Dios, sino que debemos distinguir entre maestros verdaderos y falsos; pues Jeremías no habla aquí a unos pocos hombres, sino que se dirige a todo el pueblo. Y lo que se proponía mostrar era que en vano buscaban escapar bajo pretexto de ignorancia los que no prestaban atención a la sana doctrina; pues a menos que descuidaran deliberadamente a Dios y su palabra, podían haber sabido a quién creer. De aquí se sigue que es frívola la excusa que muchos consideran hoy como su asilo sagrado; pues alegan en su favor que han sido engañados por falsos maestros. Pero debemos ver e indagar si Dios los ha enviado, y si enseñan como venidos de su escuela, y si traen algo que no hayan recibido de su boca.

No hablaré aquí extensamente del llamamiento de Dios; pero si alguien desea una definición muy breve, tome la siguiente: Hay un doble llamamiento; uno es interno y el otro pertenece al orden, y puede por tanto llamarse externo o eclesiástico. Pero el llamamiento externo nunca es legítimo si no es precedido por el interno; pues no nos corresponde a nosotros crear profetas, o apóstoles, o pastores, ya que esta es obra especial del Espíritu Santo. Aunque, pues, alguien sea llamado y elegido cien veces por los hombres, no puede aún ser tenido por ministro legítimo si no ha sido llamado por Dios; pues para el oficio profético, apostólico y pastoral se requieren dotes peculiares, que no están en el poder ni en la voluntad de los hombres. Vemos, pues, que el llamamiento oculto de Dios es siempre necesario para que alguien llegue a ser profeta, o apóstol, o pastor. Pero el segundo llamamiento pertenece al orden; pues Dios quiere que todo se haga entre nosotros ordenadamente y sin confusión (1 Co 14:40). De ahí ha surgido la costumbre de elegir. Pero a menudo sucede que el llamamiento de Dios basta, en especial por un tiempo. Pues cuando no hay Iglesia, no hay remedio para el mal, a menos que Dios suscite maestros extraordinarios. Entonces el llamamiento ordinario, del que ahora hablamos, depende de un estado de cosas bien ordenado. Dondequiera que hay una Iglesia de Dios, esta tiene sus propias leyes, tiene una regla cierta de disciplina: allí nadie debe meterse por sí mismo para ejercer el oficio profético o pastoral, aunque igualara en santidad a todos los ángeles. Pero cuando no hay Iglesia, Dios suscita maestros de modo inusual, que no son elegidos por los hombres; pues tal cosa no puede hacerse donde no se ha formado una Iglesia.

Este asunto merece, ciertamente, ser tratado mucho más extensamente; pero como no suelo divagar sobre puntos particulares, me basta exponer lo que el presente pasaje requiere, que parece ser esto: que nadie debe ser reconocido como siervo y maestro de Dios en la Iglesia sino los que han sido enviados por Dios, y a quienes él, por así decirlo, ha extendido su mano y dado su comisión. Pero como el llamamiento interno de Dios no puede ser conocido con certeza por nosotros, debemos ver y comprobar si el que habla es el órgano o instrumento del Espíritu Santo. Pues todo el que presenta sus propias ficciones e invenciones es indigno de ser atendido. Por eso, demuestre el que habla que realmente es embajador de Dios; pero ¿cómo puede demostrarlo? Hablando de la boca del mismo Dios; es decir, no traiga nada propio, sino entregue fielmente, como de mano en mano, lo que ha recibido de Dios. Pero como podría quedar aún alguna perplejidad sobre el asunto, sigue:

Jeremías 23:22

22. Si ellos hubieran estado en mi secreto, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo, y lo habrían hecho volver de su mal camino, y de la maldad de sus obras.

22. Quod si stetissent in concilio meo, certe (copula enim ita resolvi debet) udire fecissent verba mea populum meum (hoc est, docuissent populum meum sermones meos) et reduxissent eos a via sua mala, et a malitia studiorum ipsorum.

Jeremías 23:22

Este versículo es como una explicación del anterior; pues muchos podrían haberse quedado perplejos si solo se les hubiera dicho que no hay maestros idóneos y legítimos sino los que han sido enviados y a quienes se ha confiado lo que Dios había mandado. Por eso el profeta llama aquí nuestra atención a la verdad que es cierta y manifiesta; pues Dios había entregado en su Ley la suma de toda verdad. Como, pues, la perfección de la sabiduría se hallaba en la Ley, de la cual los profetas tomaron todo lo que leemos en sus escritos, no podían admitirse excusas como esta: «¿Cómo podemos saber que los profetas hablan de la boca de Dios, que no traen nada ideado por ellos mismos, que tienen las instrucciones que Dios aprueba?».

El profeta llama entonces la atención de los judíos a la Ley, como si dijera lo que dijo Moisés:

«No hay necesidad de subir por encima de las nubes, ni de descender a los abismos, ni de correr más allá del mar; pues cerca de ti está la Ley y la palabra, en tu boca; es decir, Dios os ha puesto delante todo lo que es necesario y útil saber» (Dt 30:12-14; Ro 10:6).

Esto, pues, se os ha dado a conocer plenamente, ni será oscuro el conocimiento de cosa alguna necesaria, si atendéis a la Ley. Por eso la causa del error no es solo vuestra pereza, sino también vuestra perversidad; pues descuidáis voluntariamente la Ley, y permanecéis dudosos y preguntáis: «¿Cuál es el camino?».

«Este es el camino —dijo Moisés—, andad por él» (Dt 5:33).

Percibimos ahora, pues, lo que Jeremías tenía en vista: había dicho antes que no debía atenderse a nadie sino a los que eran enviados y hablaban de la boca de Dios; pero ahora explica lo que quería decir, a saber, que la Ley contenía toda la suma de la sabiduría. Pero como antes había presentado a los falsos profetas burlándose audazmente de los siervos verdaderos y fieles de Dios, objetándoles y diciendo: «¿Quién ha estado en el consejo de Dios? Estos se imaginan haber caído de las nubes, os aterran con terribles amenazas, como si fueran ángeles del cielo», como los falsos profetas solían hablar así con desdén de los siervos de Dios, y alegaban que no estaban en el consejo de Dios, Jeremías les replica ahora, y dice, hablando en nombre de Dios: Si ellos hubieran estado en mi secreto, habrían hablado sin duda desde mi Ley; como si dijera: «No creen a mis siervos, porque son hombres y no ángeles; por eso niegan que sean de mi consejo: así persuaden a todo el pueblo a despreciar la doctrina de salvación. Hay, sin embargo, algunos profetas a quienes yo he enviado: ahora bien, si quieren ser tenidos por enviados, que lo demuestren». ¿Cuál es la verdadera prueba? Si hubieran estado en mi secreto, habrían sin duda dado a conocer mi palabra a mi pueblo. ¿Cuál es esa palabra? Sigue la definición, a saber, la palabra de la Ley: Habrían hecho volver al pueblo extraviado de su mal camino.

El pasaje puede parecer oscuro, pero del contexto mismo podemos colegir que el verdadero propósito del profeta era convencer a los falsos maestros, para que no se jactaran más del nombre de Dios, ni fingieran falsamente estar dotados del oficio profético, ni se gloriaran en esa distinción. Dice que era una prueba evidente de que no eran profetas de Dios, porque no enseñaban fielmente lo que debían haber tomado de la Ley.

Es, ciertamente, cierto que nadie ha sido consejero de Dios, según dice la Escritura en muchos lugares, cuando se trata de reprimir la arrogancia de los que, en su curiosidad, intentan penetrar en los juicios ocultos de Dios (Is 40:13); y Pablo, al hablar de la elección eterna de Dios, siendo incomprensible, exclama: «¿Quién fue su consejero?» (Ro 11:34). Usa un lenguaje semejante en la Primera Epístola a los Corintios (1 Co 2:16): ¿y por qué? Para reprimir la temeridad de la mente humana, que se aventura más allá de lo lícito. Pero después Pablo añade a modo de corrección: «Mas nosotros tenemos la mente de Cristo»: ¿cómo así? Porque él nos ha dado a conocer su consejo. Cuando, pues, los falsos profetas negaban que los siervos de Dios fueran sus consejeros, podían haberlo dicho, considerándolos solo como hombres mortales; pero su propósito era desacreditar y anular la palabra de Dios; de modo que querían poner freno no solo a los hombres, sino también al mismo Dios. Esto era un insulto intolerable a Dios.

Además, el profeta se vuelve ahora como contra ellos: «¡No hay, pues, profeta de Dios en el mundo!». Pero firme era aquel dicho de que siempre habría algunos profetas; y ninguno de los judíos habría podido atreverse a negar que Moisés fue divinamente inspirado. Admitido esto, el profeta los reprende ahora indirectamente: «¿Dónde están los profetas de Dios?»; y como ellos reclamaban esta distinción, dice: «Sin duda vosotros no estáis en el consejo de Dios. ¿Cómo así? Porque el consejo de Dios está incluido en su Ley; y como os habéis apartado de la doctrina de la verdadera religión, como no tenéis cuidado de impartir instrucción, como vuestra doctrina no enseña a los hombres el temor de Dios ni lleva al arrepentimiento, se sigue que no sois consejeros de Dios ni sus profetas». Pero para que esto aparezca más evidente, debemos tener presente lo que dijo Moisés: que Dios tiene sus propias cosas secretas, pero que todo lo que se enseña en la Ley nos pertenece a nosotros y a nuestros hijos (Dt 29:29). No hay, pues, razón para que la indagación sobre los verdaderos profetas de Dios sea difícil; pues ellos, sin controversia, merecen ser oídos como ángeles de Dios, siendo fieles intérpretes de su Ley; pero los que nos apartan de la Ley deben ser rechazados con firmeza y osadía.

Pero debemos también tener presente la definición que se da cuando se dice que debían haber hecho volver al pueblo de su mal camino, y de la maldad de sus obras. Sabemos, ciertamente, que los peores hombres fingen con insolencia predicar la palabra de Dios, como lo hacen hoy los papistas: aunque han embriagado a todo el mundo con sus doctrinas impías y delirantes, se jactan de ser siervos de Dios. Por eso el profeta, después de haber hablado en general de la palabra de Dios, añade una distinción especial: que la doctrina de Dios es la que edifica, la que enseña y lleva a los hombres al arrepentimiento y al temor de Dios, según lo que dice Pablo, que la Escritura es útil para estos fines (2 Ti 3:16); pues al decirlo quiso condenar a todos los falsos intérpretes de la Escritura, ya que había entonces muchos que se jactaban de ser los mejores maestros, mientras solo complacían oídos que sentían comezón. Como, pues, había muchos que buscaban la ostentación y no la edificación, Pablo dice que la Escritura es útil; y por eso rechazaba con desprecio todas las exposiciones en que nada había de útil. Así también en este lugar el profeta muestra que el uso recto y legítimo de la Escritura era cuando se empleaba para hacer volver a los hombres de su mal camino.

Hay aquí, ciertamente, un caso en que se pone la parte por el todo: pues si solo exhortamos a los hombres a arrepentirse, no habrá gran fruto; y nuestra enseñanza sería defectuosa, pues la doctrina del arrepentimiento sería ineficaz sin la fe y sin invocar el nombre de Dios. Pero el profeta no pretendía mencionar aquí todas las partes de una doctrina sana y útil; juzgó suficiente refutar a los falsos maestros que querían ser los únicos en reputación, sin tener cuidado alguno de edificar al pueblo; pues veían todas las cosas en desorden, veían los crímenes prevalecer por todas partes, veían un terrible desprecio de Dios, pero para estas cosas estaban del todo ciegos. De aquí podía, pues, inferirse fácilmente que ni trabajaban fielmente para Dios ni mostraban cuidado alguno por la salvación de la Iglesia; pues así traicionaban a miserables almas cuya ruina veían cercana.

Vemos ahora, pues, todo el propósito del profeta. Pero no hay duda de que al mal camino añadió la maldad de sus obras, para exponer más plenamente la insensibilidad de los que, ante tal urgencia, callaban y permanecían inactivos. A veces hace falta una reprensión moderada; pero cuando la gente se permite una licencia extrema en la maldad, cuando por todas partes se permite la impunidad, y prevalecen en común tales corrupciones que nada queda sin mancha, si entonces la lengua del maestro calla y está como atada, ¿no se le llama con razón un perro ocioso y mudo? Y así el profeta realza la insensibilidad por la que condena a los falsos maestros; callaban, como si las cosas estuvieran en buen orden, cuando tenían que presenciar no solo crímenes comunes, sino aun una vasta acumulación de toda clase de crímenes; pues el pueblo se entregaba no solo a una clase de maldad, sino a todas, y despreciaba por completo a Dios y su Ley. Sigue después:

Jeremías 23:23-24

23. ¿Soy yo Dios de cerca, dice Jehová, y no Dios desde muy lejos?

23. An Deus e propinquo, dicit Jehova? Et non Deus e longinquo?

24. ¿Se ocultará alguno en escondrijos que yo no lo vea? dice Jehová. ¿No lleno yo el cielo y la tierra? dice Jehová.

24. An absonderit vir in latebris et ego non videbo eum, dicit Jehova? An non coelos et terram impleo, dicit Jehova?

Jeremías 23:23

Aquí sacude especialmente de los hipócritas sus propios engaños; pues estaban entorpecidos en sus vicios, porque pensaban que podían en cierto modo cegar los ojos de Dios. No lo decían, ciertamente; pero la despreocupada seguridad de los hombres nunca sería tan grande como es, si creyeran que nada está oculto a Dios, sino que penetra en lo más recóndito del corazón, que discierne entre los pensamientos y los sentimientos, y no deja sin observar ni la médula misma. Si, pues, esta verdad estuviera fija en los corazones de todos, ciertamente obedecerían a Dios con más reverencia, y temerían también sus amenazas.

Como, pues, están tan despreocupadamente entorpecidos, se sigue que se imaginan a un Dios que no tiene vista clara, que ve solo las cosas cercanas a él, como quien tiene una visión deficiente, que puede ver lo que está a mano, pero no lo que está lejos. Tal es lo que los hipócritas sueñan que es Dios, que al modo de los hombres o disimula las cosas, o es ciego, o al menos no ve claramente sino lo que está cerca. Entendemos ahora el propósito del profeta al decir que Jehová es Dios desde lejos tanto como de cerca.

ORACIÓN

Concede, Dios omnipotente, que así como nada necesario para ser sabido para la salvación falta en tus santos y celestiales oráculos, los estudiemos con cuidado y diligencia, y procuremos así avanzar en el temor de tu nombre, confiando en aquella gracia que se nos ofrece en Cristo, para que saquemos verdadero fruto de la lectura y audición de tu palabra; y que aprendamos también a convertir todo en edificación, de modo que tu nombre sea realmente glorificado en nosotros, y que durante todo el curso de nuestra vida avancemos en la fe y el arrepentimiento, hasta que alcancemos por fin aquella santidad perfecta a la que nos invitas cada día, cuando estemos del todo despojados de toda la inmundicia de nuestra carne, y plenamente renovados conforme a la imagen de tu Hijo, nuestro Señor. Amén.

Lección ochenta y nueve

¿Soy yo Dios de cerca, dice Jehová, y no Dios desde muy lejos? ¿Se ocultará el hombre en tinieblas, o en escondrijos, sin que yo lo vea, o que yo no pudiera verlo, dice Jehová? ¿No lleno yo el cielo y la tierra, dice Jehová? Aquí el profeta reprende con la mayor aspereza a los hipócritas, que pensaban no tener nada que ver con Dios, como sucede siempre con los que se engañan a sí mismos en sus pecados. Aunque ellos profesan siempre esta verdad: que Dios es el juez del mundo, y que algún día se le ha de rendir cuenta; sin embargo, después piensan que pueden escapar por alguna evasiva, de modo que Dios los perdone. En suma, es costumbre de los hipócritas jugar con Dios como niños. Por esta razón, Dios está gravemente desagradado con ellos, y declara que es muy diferente de lo que se imaginan. Pues mientras así se erigen en árbitros, de modo que sujetan a Dios a sus propias leyes, piensan que él está como lleno de aprensión, y que no ve nada, o muy poco; él dice que no es solo Dios de cerca, sino también desde lejos.

Algunos aplican esto al tiempo, como si negara haber venido a la existencia recientemente; y así piensan que el único Dios verdadero y eterno es comparado con los ídolos, que los hombres forman presuntuosamente para sí. Pero el otro sentido es mucho más apropiado, a saber, que es un Dios desde lejos; pues, como se dice en otro lugar:

«Aunque habita en lo alto, ve todo lo que se hace en la tierra» (Sal 102:19).

Como, pues, nada escapa a su vista, se dice que es Dios desde lejos, mientras los hipócritas lo tenían por un Dios solo de cerca, como decimos en francés, De courte veue, que ve solo las cosas cercanas, como delante de los ojos. Pero una pregunta tiene mucha más fuerza que si se dijera que no era solamente un Dios de cerca; y este modo de hablar encierra reprensión; pues los hipócritas menoscaban grandemente su majestad cuando así, según sus propias nociones, se imaginan que no puede ver más que un hombre mortal. No se habrían atrevido, ciertamente, a hablar así; pero si alguien examinara todos sus consejos y sus acciones, habría hallado que nunca habrían podido mostrar tanta audacia, si no se hubieran engañado con la vana noción de que Dios podía ser engañado. Y por eso Jeremías no refiere sus palabras, sino que señala la maldad que se manifestaba suficientemente en sus obras, aunque profesaran otra cosa con sus lenguas.

Jeremías 23:24

Y que este es el sentido aparece con más claridad en el versículo siguiente, que debe leerse en conexión con este: ¿Se ocultará el hombre en escondrijos sin que yo lo vea? Este versículo se añade a modo de explicación; no puede haber, pues, duda respecto de las palabras lejos y cerca: que se dice que Dios es Dios desde lejos porque sus ojos penetran hasta las profundidades más hondas, de modo que nada puede escapársele.

Es de maravillar que los traductores griegos cometieran un error tan grande; pues cambiaron por completo el sentido: que Dios es Dios cercano, pero no lejano. En primer lugar, no consideraron la pregunta, y luego, como no vieron el rumbo del pasaje, forjaron de su propio cerebro lo que está del todo lejos de las palabras del profeta. Esta sentencia, que Dios está cerca y no lejos, es en verdad cierta; pero lo que aquí se significa es algo muy distinto: que Dios ve de un modo muy diferente de los hombres, pues ve plena y perfectamente lo que más lejos está de él, según el pasaje que hemos citado del Salmo 102:19; y hay otro en el Salmo 139:7-12, donde el salmista dice:

«¿A dónde huiré de tu rostro? Porque si subiere al cielo, allí estás tú; si me acostare en el infierno, allí extiendes tu mano; si tomare las alas del alba y volare a las nubes, aun allí me alcanzará tu mano; si buscare escondrijos, aun la noche misma es delante de ti como la luz, y las tinieblas resplandecen como la luz».

Si, pues, unimos estos dos pasajes, nada aparecerá ambiguo en las palabras de Jeremías, a saber, que Dios penetra con sus ojos hasta las profundidades más hondas, de modo que nada le está oculto.

Pero Jeremías no solo explica el sentido del último versículo, sino que también hace de él un uso práctico: ¿Se ocultará alguno, dice, en escondrijos sin que yo lo vea? El ver de Dios se refiere a su juicio. Deben, pues, desecharse todas las especulaciones frívolas, ya que la Escritura dice que Dios ve todas las cosas; pero debemos considerar especialmente con qué fin ve todas las cosas; lo cual es evidentemente esto: para llamar por fin a juicio todo lo que hacen los hombres. Hay, pues, una aplicación de la doctrina a nuestro caso; pues de aquí aprendemos que todo lo que hacemos, pensamos y decimos es conocido por Dios.

Por escondrijos, o lugares de escondite, entiende todos los fraudes secretos que los hombres piensan poder encubrir; pero con tal intento nada ganan sino un juicio más pesado. Por escondrijos, pues, hemos de entender todos esos vanos pensamientos que albergan los hipócritas; pues piensan que pueden ocultarse de tal modo que Dios no pueda ver sus propósitos. Por eso Dios se ríe de ellos con escarnio, y dice en efecto: «Que entren en sus escondrijos, que se oculten cuanto quieran, yo los veo en sus escondrijos no menos claramente que si estuvieran muy cerca de mí».

Para confirmarlo añade: ¿No lleno yo el cielo y la tierra, dice Jehová? Esto no debe explicarse con sutileza acerca de la esencia infinita de Dios. Es cierto, ciertamente, que su esencia se extiende por el cielo y la tierra, por ser ilimitada. Pero la Escritura no quiere que nos alimentemos de nociones frívolas e inútiles; enseña solo lo que aprovecha para promover la verdadera religión. Lo que, pues, Dios declara aquí, que llena el cielo y la tierra, debe aplicarse a su providencia y a su poder; como si dijera que no está tan ocupado con las cosas del cielo que descuide los asuntos de la tierra, como sueñan los profanos; sino que se dice que llena el cielo y la tierra porque gobierna todas las cosas, porque todas son notadas por él, porque es, en suma, el juez del mundo.

Percibimos ahora lo que el profeta quiere decir; y este pasaje merece particular atención, porque este error de imaginar un Dios semejante a nosotros es casi connatural en todos nosotros. De ahí que los hombres se permitan tanta libertad; pues consideran cosa ligera cumplir su deber para con Dios, porque no reflexionan qué clase de ser es, sino que piensan en él conforme a su propio entendimiento y carácter. Como, pues, somos tan burdos en nuestras ideas, nos conviene reflexionar cuidadosamente sobre este pasaje, donde Dios declara que no es solo un Dios de cerca, es decir, que no es como nosotros, que tenemos solo un poder limitado de ver, sino que ve en la más densa oscuridad como en la luz más clara; y que por eso de nada aprovecha engañarse a los que cavan para sí cavernas, como se dice en Isaías, y se ocultan en profundos laberintos (Is 2:21). Niega así que ganen algo, y da esta razón:

«Porque llena el cielo y la tierra»;

es decir, su providencia, su poder y su justicia están de tal modo difundidos por todas partes que, dondequiera que los hombres se refugien, es imposible que se oculten de él. Sigue:

Jeremías 23:25

25. Yo he oído lo que dijeron aquellos profetas que profetizan mentira en mi nombre, diciendo: Soñé, soñé.

25. Audivi quod dicunt (vel, quid dicant,) prophetae prophetantes in nomine meo, dicendo, somniavi, somniavi.

Jeremías 23:25

Jeremías vuelve de nuevo a aquellos impostores que adormecían al pueblo con sus halagos. Siempre que Jeremías y los que eran como él, que cumplían fielmente su oficio, trataban al pueblo con severidad reprendiéndolo y amenazándolo por sus pecados, estos hombres sin principios se levantaban contra ellos y, bajo el nombre de profetas, halagaban a los impíos despreciadores de Dios. Era, como ya hemos dicho, una prueba gravísima que en la misma Iglesia los ministros de Satanás fingieran así falsamente el nombre de Dios. Los judíos habrían despreciado sin vacilar, y se habrían burlado de, lo que pudieran jactarse los vanos profetas de los gentiles, porque sabían que estos no tenían conocimiento de Dios; pero cuando los falsos profetas de quienes ahora habla ocupaban un lugar en la Iglesia y se jactaban en términos elevados de ser siervos de Dios, esto habría perturbado mucho a los débiles y sacudido su fe, e incluso la habría derribado por completo, si Dios no hubiera extendido su mano. No es extraño, pues, que Jeremías insista tanto en este asunto, porque era un mal que no se podía curar fácilmente; si hubiera dicho solamente que no se les debía estimar, los débiles no se habrían dado por satisfechos. Por eso le era necesario repetir a menudo esta verdad, para que todos supieran que hacía falta discernimiento y juicio, y que a quienes fingían el nombre de Dios no se les debía admitir indiscriminadamente como profetas suyos.

Repite entonces lo que antes hemos observado, pero con otras palabras: He oído, dice Dios, lo que dicen los profetas que profetizan en mi nombre. Se anticipa una objeción, pues podría haberse dicho: «¿Qué significa esto? ¡Los profetas no están de acuerdo! ¿Y qué hacer ante estas disensiones? Los que discrepan deslumbran nuestros ojos con un título ilustre y afirman con audacia haber sido enviados por Dios. Si hay, pues, tal conflicto entre los profetas, ¿qué hemos de hacer?». Dios responde a esta objeción y declara que no le era desconocido de qué se jactaban los falsos profetas. Añade que profetizaban en su nombre. Era una ofensa que debía de afligir mucho a los espíritus débiles el oír de esta profanación del nombre de Dios. Porque así como nos corresponde recibir con reverencia lo que procede de Dios, no es pequeño el peligro cuando se finge falsa y mentirosamente el nombre de Dios. Como ellos podían, pues, ser muy perturbados por este falso pretexto de lo bueno, se dice aquí expresamente que habían usado el nombre de Dios, pero añade: falsamente.

Vemos, pues, la verdad de lo que he dicho: que a los que afirman ser profetas y fingen con ostentación el nombre de Dios no se les debe recibir indiscriminadamente, sino que se ha de ejercer el juicio; porque en todas las épocas ha sido voluntad de Dios probar la fe de sus siervos permitiendo a Satanás y a sus ministros la libertad de fingir falsamente su santo nombre. Y como vemos que la Iglesia ha estado siempre expuesta a este mal, no hay motivo para que nos perturbemos hoy cuando ocurre lo mismo, pues no es nada nuevo. Aprendamos, por tanto, a endurecernos contra tales pruebas; y siempre que los falsos profetas pongan a prueba nuestra fe, permanezcamos firmes, reteniendo este principio: que debemos considerar con sabiduría si es Dios mismo quien habla, o si los hombres se jactan falsamente de ser sus siervos.

Soñar se ha de tomar aquí en buen sentido, pues, como hemos visto en otro lugar, Dios solía darse a conocer a sus siervos por sueños. No se ha de entender, entonces, toda clase de sueños, sino los sueños que venían de lo alto. Los falsos profetas, en efecto, afirmaban con este lenguaje algo que no era verdad, pues era lo mismo que testificar que no traían sus propias invenciones, sino que relataban fielmente lo que habían recibido de Dios. Como el Papa declara hoy que es el vicario de Cristo y el sucesor de Pedro mientras ejerce tiranía sobre la Iglesia, así también estos, con un pretexto especioso, engañaban a los sencillos diciendo que no traían nada humano, sino que eran solo testigos de los oráculos de Dios. Sigue:

Jeremías 23:26-27

26. ¿Hasta cuándo estará esto en el corazón de los profetas que profetizan mentira? Sí, son profetas del engaño de su propio corazón;

26. Quosque erit in corde prophetarum prophetantium mendacium, et prophetarum doli cordis sui?

27. Que piensan hacer que mi pueblo olvide mi nombre con sus sueños que cuentan cada uno a su prójimo, así como sus padres olvidaron mi nombre por Baal.

27. Cogitantes ut faciant oblivisci populum meum nominis mei per somnia sua (vel, in somniis suis, ad verbum,) qua narrant quisque socio suo; quemadmodum obliti sunt patres eorum nominis mei in Baal.

Jeremías 23:26

Aquí Dios reprende a los falsos profetas y promete también a su pueblo lo que era especialmente de desear: que limpiaría a su Iglesia de tales contaminaciones. Muestra entonces que su propósito era tomar venganza, porque los falsos profetas se habían atrevido de manera tan impía y audaz a abusar de su santo nombre. Pues siempre les venía a la mente: «¿Cómo es que Dios permite esto? ¿Es porque no se preocupa por la salvación de su pueblo? ¿O le causa algún deleite ver la verdad mezclada con la mentira, y la luz con las tinieblas?». Dios muestra, por tanto, que durante un tiempo toleró aquella audacia sacrílega que practicaban los falsos profetas, pero que no la disimulaba hasta el punto de no castigarlos al fin.

¿Hasta cuándo?, dice, lo cual es lo mismo que si hubiera dicho: «No será perpetuo; aunque yo tarde, sin embargo sabrán que han abusado con extrema perversidad de mi paciencia». Y agrava además su crimen diciendo: ¿Hasta cuándo estará en el corazón de los profetas el profetizar falsedad? Con este modo de hablar da a entender que no erraban por ignorancia, como muchos que por falta de conocimiento sacan a luz lo que no entienden; Dios se queja aquí de que estos profetas se levantaban, por así decirlo, a propósito para suprimir la verdad. Por corazón se ha de entender entonces el pensamiento o el propósito; como si hubiera dicho que fingían falsamente su nombre a propósito, que su resuelto designio era engañar al pueblo.

Añade que eran profetas del engaño de su propio corazón. Este engaño del corazón se opone a la verdadera doctrina; y así Dios da a entender que todo lo que los hombres sacan de sí mismos es engañoso, pues de ellos nada puede proceder sino vanidad. No hay duda, sin embargo, de que condena aquella necia presunción de la que los falsos profetas se jactaban con orgullo, de ser los únicos sabios, como sucede ahora bajo el papado: ¡con cuánta arrogancia parlotean los hombres sin principios siempre que hablan de sus propias ficciones! Nada puede ser más necio, y sin embargo creen superar a los ángeles en agudeza y en altas especulaciones. Tal era la arrogancia que mostraban los falsos profetas de antaño. Pero Dios declara que todo lo que los hombres inventan, y todo lo que idean sin haberlo recibido de su boca, es solo el engaño del corazón.

Y esto se debe notar con cuidado, porque hay muchas sutilezas plausibles en las que no hay nada sólido, sino que son meras futilidades. Si, pues, en algún momento estos vanos pensamientos nos parecen agradables, recordemos lo que dice aquí Jeremías: que todo lo que no procede de Dios es el engaño del corazón; y además, que aunque todo el mundo aplauda las falsedades e imposturas, debemos saber, sin embargo, que es engaño todo lo que no tiene a Dios mismo por autor.

Jeremías 23:27

Sigue luego una definición más clara: que hacían olvidar a su pueblo mi nombre con sus sueños, como sus padres lo olvidaron por Baal. De este versículo podemos inferir que aquellos con quienes Jeremías contendía no eran abiertamente enemigos de la Ley, pues sostenían muchos principios de la verdadera religión. Mantenían, en común con los verdaderos y sinceros adoradores de Dios, esta verdad: que debe adorarse al único Dios verdadero; y también esta: que había un solo altar legítimo en el que se habían de ofrecer los sacrificios conforme a la Ley. En estos puntos, pues, no había controversia. Pero engañaban al pueblo con sus halagos, porque hacían negocio de su oficio profético. Por eso Jeremías los condena, porque hacían olvidar el nombre de Dios con sus sueños, como sus padres lo habían olvidado por Baal; como si hubiera dicho: «Estos sueños son como las formas de culto ficticias y espurias con que antes fue subvertida la verdadera religión; porque sus padres adoraron a Baal y a los baales: se erigieron estos falsos dioses y así subvirtieron la gloria de Dios con sus propias invenciones». La impiedad de los falsos profetas que vivían en tiempo de Jeremías no era, en verdad, tan grosera; y sin embargo era una defección indirecta, porque presentaban sus sueños y profesaban falsamente ser siervos de Dios, aunque él no los había comisionado.

Hemos dicho en otro lugar (Jeremías 23:21) que su crimen era doble: primero, corrían sin haber sido llamados ni enviados; y segundo, presentaban sus propias fantasías y no la palabra de Dios. Y este pasaje debe notarse con cuidado, porque aprendemos aquí que Dios no puede soportar no solo la defección abierta, sino también las depravaciones indirectas, que nos apartan solapadamente del temor de Dios. Estos dos males deben evitarse, pues, con cuidado en la Iglesia, si deseamos permanecer íntegros en nuestra obediencia a Dios. Uno de los males es bastante conocido: cuando la verdad se convierte abiertamente en mentira, cuando los hombres son arrastrados a la idolatría y a inmundas supersticiones, o cuando el pueblo antiguo, como dice Jeremías, olvidó el nombre de Dios por Baal. Pero el otro mal es más oculto y por eso más peligroso: cuando se conserva alguna apariencia de verdadera religión y, sin embargo, se aparta insidiosamente a los hombres del temor de Dios y de su verdadero culto, y de la doctrina pura, como vemos que sucede hoy en las Iglesias que profesan haberse separado del papado para abrazar la doctrina del evangelio: hay muchos entre ellos que corrompen insidiosamente la doctrina sencilla y genuina del evangelio. Vemos cuántos hombres curiosos hay en este tiempo que lo perturban todo con sus propias invenciones, cuán absurdamente buscan muchos sutilezas, ¡y con cuánta seguridad proponen también muchos sus propias invenciones como oráculos! Nos conviene, pues, estar alerta, no solo para evitar las abominaciones abiertas, sino también para retener la palabra pura y verdadera de Dios, de modo que no permitamos que falsos obreros corrompan y adulteren insidiosamente cosa alguna. Sigue:

Jeremías 23:28

28. El profeta que tenga un sueño, cuente el sueño; y aquel que tenga mi palabra, cuente fielmente mi palabra. ¿Qué tiene que ver la paja con el trigo?, dice Jehová.

28. Propheta apud quem est somnium, narrabit somnium; et apud quem est sermo meus, narrabit sermonem meum veritatis: quid palae ad triticum, dicit Jehova?

Jeremías 23:28

También debemos leer este versículo con atención, pues sin duda contiene una doctrina especialmente útil. Ya he dicho que la fe de muchos podía haber fallado al ver un conflicto en el templo de Dios, no solo entre el pueblo común, sino también entre los profetas de Dios. Dios no aparecía desde el cielo, ni enviaba a sus ángeles, sino que quería ser oído por medio de hombres. Los que venían al templo esperaban que los profetas los enseñaran. Allí aparecían los ministros de Satanás, que corrompían y pervertían todas las cosas. Eran pocos los que declaraban con sinceridad la verdad de Dios y explicaban fielmente lo que Dios mandaba. ¿Qué podían hacer en este caso los pobres hombres que estaban dispuestos a obedecer y poseían un espíritu dócil? De ahí que muchos echaran a un lado toda preocupación por la religión y se entregaran a la desesperación: «¿Qué significa todo esto? ¿Por qué hay tantas discordias, tantas disputas, tantas contiendas, tantas invectivas? ¿A dónde podemos acudir ahora? Es mejor no preocuparse ya de nada». Así muchos tomaron ocasión para dar rienda suelta a su indiferencia, prefiriendo no fatigarse más, ni buscar quién era Dios, cuál era su voluntad, si había salvación para ellos, si había alguna esperanza, antes que enredarse en disputas molestas y espinosas.

Tal tentación existía en tiempo de Jeremías. Aplicó, por tanto, a su debido tiempo un remedio adecuado y dijo: El profeta que tiene un sueño, es decir, en quien hay un sueño, contará un sueño; y luego: El profeta en quien está mi palabra, hablará mi palabra; como si Dios hubiera dicho que era cosa en extremo perversa obstruir con la falsedad el camino de la verdad. Pero esto es lo que suele ocurrir, como ya he dicho; porque donde Satanás tiene sus agentes, parece interponerse en nuestro camino un obstáculo que nos impide avanzar y proseguir en el curso de la verdadera religión. Pues cuando los que tienen recto el corazón, como hemos dicho, ven a los profetas mismos contender, disputar y reñir, se detienen; más aún, retroceden. Ahora bien, Dios muestra que esto es en extremo irrazonable. El sentido es, entonces, como si hubiera dicho: «No impidan los falsos profetas con sus engaños el curso de los siervos de Dios, de modo que estos no puedan avanzar y su palabra no sea oída con reverencia».

Si no atendemos a lo que el profeta tenía en vista, el pasaje parecerá carente de sentido. Se ha citado a menudo, pero ciertamente no se ha observado esta circunstancia. Debemos, por tanto, considerar siempre por qué se dice una cosa. Este versículo depende de lo anterior; y Dios responde aquí a una pregunta que podía haberse planteado: «¿Qué hemos de hacer, entonces, si las falsedades chocan con la verdad?». Dios responde que su palabra no debe verse perjudicada por esta circunstancia; como si hubiera dicho: «Que nada impida enseñar a mis profetas; mando que se les oiga». De ahí concluimos que hacen mal a Dios quienes alegan las controversias con que la religión es desgarrada y como lacerada, y piensan que así obtienen licencia para dar rienda suelta a su impiedad; porque no es una razón que les pueda valer que Satanás y sus ministros se esfuercen por desacreditar la autoridad de Dios y de sus siervos. Aunque estos falsos profetas se introduzcan, aunque se levanten contra los verdaderos y fieles siervos de Dios, que los sueños, es decir, las revelaciones proféticas, conserven su peso, y que aquel en quien está la palabra de Dios, hable la palabra de Dios, para que sea oída. Esta cláusula se refiere a los oyentes: no habían de dejar de rendir obediencia a la Ley, por mucho que Satanás se esforzara en subvertir su fe intentando destruir su unidad.

Sigue después: ¿Qué tiene que ver la paja con el trigo? Esta adición era también del todo necesaria, pues muchos podían haber objetado de nuevo que no tenían suficiente criterio para distinguir entre los verdaderos y los falsos profetas. Dios da aquí la respuesta de que la diferencia entre la doctrina verdadera y la falsa no era menor, para quien hiciera un examen cuidadoso, que entre el trigo y la paja. Y con esta comparación muestra cuán necia y absurdamente muchos menoscaban la autoridad de la Ley con el pretexto de que hay muchos que la interpretan falsamente. Pues cuando alguien rechaza el trigo porque está cubierto de paja, ¿no merece perecer de hambre? ¿Y quién se compadecerá del que dice que tiene trigo en su era, pero que está mezclado con paja y por eso no es apto para alimento? ¿Por qué, entonces, hombre necio, no separas la paja del trigo? Pero tú prefieres perecer de necesidad antes que limpiar el trigo para tenerlo como tu alimento. Así también en el templo el trigo está a menudo mezclado con la paja, la pura verdad de Dios es a menudo manchada con muchas glosas y vanas ficciones; y sin embargo, a menos que sea culpa nuestra, podremos distinguir entre el trigo y la paja. Pero si somos negligentes y pensamos que es excusa suficiente para despreciar la palabra de Dios que Satanás introduce sus engaños, pereceremos en nuestra pereza como el que descuida limpiar su trigo para convertirlo en pan. Pero el tiempo no me permite decir más.

ORACIÓN

Concédenos, Dios omnipotente, que así como te place en tu gracia poner cada día ante nosotros tu voluntad segura y cierta, abramos nuestros ojos y oídos y elevemos todos nuestros pensamientos a aquello que no solo nos revela lo que es recto, sino que también nos confirma en una mente sana, de modo que sigamos adelante en el curso de la verdadera religión y nunca nos desviemos, sea lo que fuere que Satanás y sus ministros maquinen contra nosotros, sino que permanezcamos firmes y perseveremos, hasta que, habiendo terminado nuestra milicia, lleguemos por fin a aquel bendito reposo que nos ha sido preparado en el cielo por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Lección nonagésima

Vimos ayer que, aunque los falsos profetas corrompían la doctrina verdadera, el oficio profético permaneció en su honor sin pérdida alguna de su autoridad. Por eso dijo Jeremías que todos sus engaños no debían ser un estorbo para los fieles, de modo que les impidieran proseguir en el curso de su vocación, y que nadie debía objetar diciendo que en un estado de cosas tan confuso no podía saber qué evitar y qué seguir; dijo que la diferencia entre el trigo y la paja se percibía fácilmente, con tal que los hombres no estuvieran voluntariamente ciegos. Añade ahora:

Jeremías 23:29

29 ¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?

29. An non ut sit sermo meus quasi ignis (hoc est, an non sermo meus tanquam ignis) dicit Jehova? Et tanquam malleus conterens saxum (vel, rupem.)

Jeremías 23:29

Confirma lo que dijo de la paja y el trigo, pero con diferentes palabras. Era una comparación apropiada cuando Jeremías comparó la palabra de Dios con el trigo y las ficciones de los hombres con la paja. Pero como los judíos, por su ingratitud, volvían ineficaz la palabra de Dios y esta no llegaba a ser para ellos un sustento espiritual, el profeta dice que se volvería como fuego y como martillo; como si hubiera dicho que, aunque los judíos carecían de juicio por haberse endurecido en su maldad, la palabra de Dios no podía quedar anulada, o al menos no se le podía quitar su poder; pues, como dice Pablo:

«Si no es olor de vida para vida, es olor de muerte para muerte a los que perecen» (2 Co 2:16),

y así también el mismo apóstol dice en otro lugar que los siervos de Dios tenían la venganza en su poder, porque llevan la espada espiritual para derribar toda altura que se levanta contra Cristo; pero añade:

«Cuando vuestra obediencia sea perfecta» (2 Co 10:6),

la de los fieles. El primer uso de la palabra de Dios, y como el natural, es traer salvación a los hombres; y por eso se la llama alimento; pero se convierte en veneno para los reprobados: y esta es la razón de tan gran diversidad.

Dijo primero que la palabra de Dios era trigo, porque con ella son nutridas las almas para una vida celestial; y nada puede ser más delicioso que esta comparación. Pero ahora la declara fuego y martillo. Hay en estos términos cierta apariencia de contradicción; pero hay que hacer una distinción en cuanto a los oyentes, pues los que abrazan con reverencia la palabra de Dios, como les corresponde, y con genuina docilidad de fe, la encuentran alimento; pero los impíos, como son indignos de tal beneficio, la encuentran muy diferente. Pues la palabra, que en sí misma da vida, se cambia en fuego que los consume y devora; y se vuelve también martillo para quebrarlos, despedazarlos y destruirlos.

La suma de todo es que la palabra de Dios conserva siempre su propia dignidad; pues si ocurre que los hombres la desprecian, no por eso se le puede privar de su vigor y eficacia; si no es saludable como alimento, será como fuego o como martillo. Estas dos comparaciones corresponden, pues, a los malos, porque la palabra de Dios tiene otro sentido cuando se la llama fuego con referencia a los fieles: porque seca y consume las concupiscencias de la carne, como la plata y el oro son purificados por el fuego. Por eso la palabra de Dios se llama propia y adecuadamente fuego, incluso con respecto a los fieles; pero no un fuego devorador, sino un fuego que refina. Pero cuando llega a los reprobados, necesariamente los destruye, porque no reciben la gracia que ella les ofrece. Puede también llamarse martillo, pues somete los afectos depravados de la carne y los que se oponen a Dios aun en los elegidos; pero no quebranta a los elegidos, porque se dejan someter por ella.

Pero se dice que este martillo quebranta la piedra o la roca porque los reprobados no quieren oír que se les corrija; por eso necesariamente han de ser quebrantados y destruidos. Por esta razón también Pablo, hablando de los rebeldes, dice:

«Mas el que ignora, ignore» (1 Co 14:38).

Con estas palabras quiere decir que al fin descubrirán cuán grande es la dureza de aquella palabra con la que se atreven a contender por la perversidad de su corazón. Pero aquel pasaje que antes cité explica bien lo que aquí dice Jeremías, a saber, que la verdad en sí misma es saludable, pero se convierte en olor de muerte para muerte para los que perecen (2 Co 2:16). Pablo habla, en efecto, del evangelio, pero esto puede aplicarse también a la Ley. Sigue ahora:

Jeremías 23:30-32

30. Por tanto, he aquí que yo estoy contra los profetas, dice Jehová, que roban mis palabras cada uno de su prójimo.

30. Propterea ecce ego ad *(vel, *super) prophetas, dicit Jehova, qui furantur sermones meos, quisque a socio suo:

31. He aquí que yo estoy contra los profetas, dice Jehová, que usan sus lenguas y dicen: Él dice.

31. Ecce ego ad *(vel, *super, *vel, *contra) prophetas, dicit Jehova, qui mollificant *(vel, *tollunt) linguam suam, et dicunt, sermo *(vel, *dictio:)

32. He aquí que yo estoy contra los que profetizan sueños falsos, dice Jehová, y los cuentan, y hacen errar a mi pueblo con sus mentiras y con su ligereza; yo no los envié ni les mandé; por tanto, no aprovecharán nada a este pueblo, dice Jehová.

32. Ecce ego super *(vel, *ad, *vel, *contra) prophetantes somnia mendacii, dicit Jehova, et narrant illis et decipiunt populum meum in mendaciis suis et levitate sua; et ego *(hoc est, *quanquam ego) non miserim ipsos, neque mandaverim illis, et utilitate non proderunt (proficiendo non afferent utilitatem) populo huic, dicit Jehova.

Jeremías 23:30

Jeremías vuelve de nuevo a los falsos maestros, que eran los autores de todos los males, porque fascinaban al pueblo con sus halagos, de modo que casi se había extinguido todo aprecio por la doctrina sana y celestial. Pero mientras Dios declara que es vengador contra ellos, no exime de castigo al pueblo. Sabemos, en efecto, que se daba una justa retribución a los reprobados cuando Dios soltaba las riendas a los ministros de Satanás para engañarlos con impunidad. Pero como el pueblo se plegaba a aquellos falsos halagos, mientras Jeremías reprendía tan severamente a los falsos maestros, recuerda al pueblo cuán necio era al acogerse a la sombra de aquellos hombres, creyéndose seguro.

Dice primero: He aquí que yo estoy contra los profetas que roban mis palabras cada uno de su prójimo. Muchos explican este versículo como si Dios condenara a los falsos profetas que tomaban algo prestado de los verdaderos profetas para ser sus rivales y como sus monos; y sin duda los maestros impíos habían hecho siempre desde el principio algunas presunciones para ser tenidos por siervos de Dios. Pero parece, sin embargo, una interpretación forzada que robaran palabras a los verdaderos profetas, pues las palabras expresan algo distinto: que robaban cada uno de su amigo. Jeremías no habría llamado con este nombre a los fieles siervos de Dios. Pienso más bien que se señalan aquí sus artes secretas: que conspiraban entre sí en secreto y a propósito, y luego difundían sus propias ficciones según su costumbre. Porque los impíos y los pérfidos, para obtener crédito entre los sencillos y desprevenidos, se consultaban unos a otros y maquinaban todas sus medidas con astucia, para no ser descubiertos de inmediato; y así uno tomaba del otro lo que después anunciaba y publicaba. Y esto es lo que Jeremías llama robar: que se consultaban en secreto y luego declaraban al pueblo lo que habían acordado entre ellos; y lo hacían como si cada uno hubiera recibido su oráculo del cielo. No dudo, pues, de que el profeta condena estas consultas ocultas cuando dice que cada uno robaba de su prójimo.

Vemos, en efecto, lo mismo ahora bajo el papado, pues los monjes y hombres sin principios de la misma índole tienen sus propias doctrinas falsas; y cuando suben al púlpito, cada uno habla como si estuviera dotado de algún don especial; y sin embargo roban cada uno de su amigo, pues son como los adivinos o los magos, que forjaban entre sí sus propias falsedades y solo sacaban a luz lo que juzgaban necesario para engañar al pueblo común. Este era, pues, uno de los vicios que el profeta muestra que prevalecían entre los falsos maestros: que ninguno atendía a la voz de Dios, sino que cada uno tomaba furtivamente de su amigo lo que después proclamaba abiertamente.

Jeremías 23:31

Añade, en segundo lugar: He aquí que yo estoy contra los profetas que ablandan su propia lengua. Casi todos los intérpretes toman לקה, lekech, como «hacer dulce o suave»; y entienden que se condena a los falsos profetas porque halagaban a los malos por afán de ganancia; pues si los hubieran ofendido o exasperado, no habrían podido atraerlos hacia sí. Piensan, entonces, que ablandar su lengua significa aquí que usaban su lengua para decir cosas suaves y lisonjeras. Pero otros dan otra explicación: que ablandaban su lengua porque pulían sus palabras imitando a los siervos de Dios, de modo que su discurso era más dulce que la miel. Pero como לקה, lekech, significa recibir y tomar, y a veces levantar en alto, y a veces llevar, no veo por qué no habría de tomarse en su significado propio. Ciertamente no veo razón para convertir su sentido en metáfora, cuando puede tomarse en su sentido llano de levantar su lengua: se elevaban a sí mismos y se jactaban en términos altivos de que se les había confiado el oficio de enseñar, pues sabemos con cuánta altivez se elevan los falsos maestros. Por tanto, el versículo puede tomarse así: que Dios castigaría a aquellos impostores que levantaban su lengua, es decir, que se jactaban con orgullo y se arrogaban con audacia autoridad, como si fueran mensajeros del cielo.

Sigue después: Y dicen, נאם, nam, él dice. Sabemos que era cosa común en todos los profetas añadir נאם יהוה, nam Jeve, el dicho de Jehová, o la palabra de Jehová, para mostrar que no decían sino lo que habían recibido de lo alto. Y si leemos este versículo en su conjunto, hallaremos verdad lo que he dicho: que el verbo לקה, lekech, no significa la suavidad o adulación usada, sino la altiva jactancia de los falsos maestros, que querían ser tenidos por órganos del Espíritu Santo y se atribuían toda la autoridad de Dios. Pues su altivez consistía en que se jactaban con seguridad de que el mismo Dios había hablado, y decían que era la palabra; y lo hacían para que todo lo que parloteaban pareciera indiscutible, aunque era bastante evidente que fingían falsamente el nombre de Dios.

Jeremías 23:32

Añade, en tercer lugar: He aquí que yo estoy contra los que profetizan sueños de falsedad. Era, en efecto, necesario decir aquí que, aunque los falsos maestros se arrogaban lo que solo pertenecía a los siervos de Dios, eran sin embargo mentirosos. Añade después: Los cuentan y hacen errar a mi pueblo con sus falsedades y con su ligereza. El sentido es que, por más orgullosamente que fingieran el nombre de profetas, eran sin embargo impostores que engañaban al pueblo contándole sus falsos sueños. La palabra sueño se toma aquí en buen sentido, pero la palabra que se le añade muestra que se jactaban de sueños que eran solo suyos; y esto se confirma de nuevo cuando Jeremías dice que engañaban al pueblo con sus falsedades; y añade: con su ligereza, que algunos traducen «adulación». No dudo de que significa sus invenciones, que eran vanas porque procedían solo de una vana presunción.

Añade: Aunque yo no los envié ni les mandé. Esta negación debe notarse especialmente, porque Dios muestra cómo hemos de formar un juicio cuando se plantea una cuestión sobre maestros verdaderos y falsos. Por tanto, todo lo que carece del mandato de Dios es como el viento y se desvanecerá por sí mismo. No hay, pues, solidez en nada sino en el mandato de Dios. De ahí se sigue que todos los que hablan según sus propias fantasías son mentirosos y que cuanto presentan carece de peso; porque Dios opone estas dos cosas una a otra: de un lado la falsedad y la ligereza, y del otro su mandato y su llamamiento. De ahí se sigue que nadie, a menos que simplemente obedezca a Dios y declare fielmente lo que de él ha recibido, puede ser de algún valor; pues todo su peso es más ligero que una pluma, y toda su aparente sabiduría es falsedad.

Por último dice que no aprovecharían a su pueblo. Con estas palabras advierte al pueblo que los evite como a la peste. Pero vemos cómo el mundo se complace a sí mismo en esto: los que están adormecidos procuran absolverse alegando ignorancia y echan la culpa a sus pastores, como si ellos mismos estuvieran fuera de peligro. Pero el Señor recordaba aquí al pueblo que los maestros que recibían eran pestilentes; aunque por otra razón testificó que eran inútiles, y esto a fin de sacudir la vana confianza de los judíos, que solían oponer este escudo a todas las amenazas de Dios: que sus falsos maestros les prometían cosas maravillosas. Sigue:

Jeremías 23:33

33. Y cuando te pregunte este pueblo, o el profeta, o el sacerdote, diciendo: ¿Cuál es la carga de Jehová?, les dirás: ¿Qué carga? Yo os dejaré, dice Jehová.

33. Quod si interrogaverint to populus hic, vel Propheta, vel Sacerdos, dicendo. Quod onus Jehovae? Tunc dices illis, Quod onus? Derelinquam vos, inquit Jehova.

Jeremías 23:33

Por este pasaje se ve con suficiente evidencia que la contumacia de los judíos era tan grande que buscaban por todas partes alguna excusa para su insensibilidad, como si pudieran despreciar a Dios con impunidad al rechazar su palabra. Pues el diablo, con su artificio, fascina a los reprobados cuando vuelve la palabra de Dios odiosa o despreciable; y siempre que puede exasperar sus mentes, de modo que no oigan la palabra de Dios sino con desdén y amargura, alcanza plenamente su objetivo. Los judíos, pues, habían sido llevados a tal estado de ánimo que miraban la palabra de Dios con odio; y así se alejaron de toda docilidad y de todo cuidado por la religión. En suma, los profetas, como es bien sabido, emplean en todas partes la palabra משא, mesha, que significa carga.

Ahora bien, una carga significa una profecía que aterra a los despreciadores de Dios amenazándolos con venganza. Como sus mentes estaban, pues, exasperadas, llamaban por odio carga a la palabra de Dios y la usaban como dicho proverbial: «Es una carga, una carga». Debían haberse conmovido por las amenazas de Dios y haber temblado al oír que estaba airado contra ellos. La palabra carga debía, pues, haberlos humillado; pero, al contrario, se exasperaron, primero por altivez, luego por una contumacia indomable y, en tercer lugar, se encendieron de furor. Vemos así cómo surgió la expresión de que los profetas llamaran cargas a sus profecías. Dios condena ahora severamente este furor, porque no vacilaban en mostrar así abiertamente su insolencia. Era ciertamente una cosa vergonzosísima que la palabra de Dios fuera llamada así con desdén y desprecio en los caminos y en las calles; pues obraban así con desdén e insolencia contra Dios, ya que era lo mismo que tratar su palabra con abierto desprecio. No era extraño, pues, que reprendiera este furor con tanta vehemencia, diciendo: Pero si este pueblo te pregunta: ¿Cuál es la carga de Jehová?

Esta manera de preguntar era del todo burlona, cuando decían a Jeremías y a otros siervos de Dios: «¿Cuál es la carga?», es decir: «¿Qué nos traes tú, qué desgracia va a venir sobre nosotros?». Así no solo hablaban con desprecio de la palabra de Dios, sino que, como si esta maldad no fuera suficiente, se irritaban y exasperaban, como he dicho. Si, pues, te preguntan: ¿Cuál es la carga? Y no habla solo del pueblo común, sino de los mismos profetas y sacerdotes.

Aprendemos de aquí cuán grande era entonces el desprecio de Dios, de modo que no había integridad ni en el orden sacerdotal ni en el profético. ¡Es en verdad asombroso con qué impudencia se atrevían a jactarse de ser siervos de Dios mientras hablaban con tanta insolencia! Pero lo mismo sucede en el mundo en nuestros días; pues vemos que los ministros de Satanás no mantienen al mundo bajo su poder de otro modo que seduciendo las mentes de los impíos; y al mismo tiempo hacen que la palabra de Dios sea aborrecida y dicen que trae no solo molestias, sino también tormentos. Puesto que, pues, estos hombres sin principios, que conducen así con odio y desdén la doctrina verdadera, ocupan los púlpitos, no hemos de extrañarnos de que el mismo mal prevaleciera en la Iglesia antigua.

Sigue: Si un profeta o un sacerdote te pregunta: ¿Cuál es la carga de Jehová?, les dirás: ¿Qué carga? Yo os dejaré, dice Jehová. Era una amenaza gravísima, pero no ha sido bien considerada ni rectamente entendida; pues los intérpretes han pasado por alto el contraste implícito entre la presencia y la ausencia de Dios. Nada podía ser más grato a los judíos que el silencio de Dios. Y sin embargo, de ningún otro modo muestra con más claridad que es un Padre para nosotros, que cuida de nuestra salvación, que dirigiéndonos familiarmente la palabra. Siempre que, pues, se anuncia la palabra profética, tenemos una evidencia segura y clara de la presencia de Dios, como si quisiera unirse a nosotros. Pero cuando los impíos no solo rechazan un beneficio tan notable, sino que además repelen con furor, en cuanto pueden, tal favor, desean y buscan la ausencia de Dios. Por eso dice Dios: «No pueden soportar mi palabra, con la cual muestro que estoy presente con ustedes; los dejaré»; es decir: «No toleraré más este agravio, sino que me apartaré de ustedes; en adelante no habrá profecía».

A primera vista esto no parecía grave a los judíos; pues, como he dicho, los impíos no desean nada más que Dios calle, y pensaban que habían alcanzado su mayor felicidad cuando, con las conciencias adormecidas, se entregaban a su inmundicia. Su principal deseo era, pues, que Dios se apartara de ellos. Y sin embargo no había nada más que temer. El profeta muestra, pues, aquí que estaban en extremo desatinados y por completo fascinados por el diablo, pues no podían desear nada más terrible que el que Dios se apartara de ellos; como si hubiera dicho: «Mi palabra les es una fatiga, y yo, a mi vez, me vengaré ahora, porque estoy cansado de soportarlos, al ver que de ningún modo pueden ser sanados; y así como hasta ahora he sido asiduo en instruirlos y los he hallado indóciles, ahora, a mi vez, los abandonaré». Sigue:

Jeremías 23:34

34. Y en cuanto al profeta, al sacerdote o al pueblo que diga: Carga de Jehová, yo castigaré a tal hombre y a su casa.

34. Et propheta et sacerdos et populus qui dixerit, Onus Jehovae, visitabo super virum illum (hoc est, quicunque fuerit, sive propheta, sive sacerdos, sive homo quispiam vulgaris, visitabo super virum illum,) et super domum ejus.

Jeremías 23:34

Se podía, en efecto, llamar carga a la profecía cuando se anunciaba algo triste; pero también se podía llamar así cuando se despertaba a los hombres a temer a Dios, o cuando se los exhortaba a arrepentirse. Pero Dios se refiere aquí a aquella perversa impiedad con que los hombres se atrevían a llamar carga, por burla, a cualquier profecía. Y de ahí se ve que estaban todos tan entregados a sus pecados que el mismo nombre del juicio de Dios les resultaba odioso. Percibimos ahora, entonces, el sentido del profeta cuando dijo que Dios castigaría a todos los que llamaban carga a su palabra; pues los mismos profetas solían hablar así, y hallamos que Jeremías usó esta palabra en muchos lugares. No habla, pues, aquí en general, sino que señala, como con el dedo, un vicio que prevalecía; porque los judíos se habían endurecido tanto en el odio a la doctrina sana que decían: «¡Vaya! Estos profetas no hacen otra cosa que aterrarnos con amenazas y anunciarnos ruina; ¿y cuál será el fin de todo esto?». Dios dice que castigaría a todos los que así hablaban y a todas sus familias. De ahí se ve cuánto abominaba esta blasfemia; y de ahí vemos también cuán preciosa es para Dios la honra de su palabra; pues no de toda clase de pecado habla Dios cuando extiende su venganza a la posteridad. Es lo mismo que si Jeremías hubiera dicho: «Es del todo intolerable que los hombres se irriten y se exasperen contra la palabra de Dios». Y sin embargo este mal no es el mal de una sola época. Vemos que los israelitas se quejaron siempre del rigor de Dios; de ahí aquel dicho:

«Los caminos del Señor no son tortuosos, sino más bien los vuestros, casa de Israel» (Ez 18:25).

Y aquí debemos notar la maldad de la mente humana; pues Dios, como se ha dicho antes, no tiene otra cosa en vista al llamarnos a sí que hacernos partícipes de la vida eterna y de la salvación. El designio de Dios es, pues, recibirnos para salvarnos; este es el fin que se proponen todos los profetas; y por eso el profeta llamó antes trigo a la palabra de Dios; pero ¿qué hacen los hombres? Desprecian este favor; y no solo eso, sino que convierten el alimento en veneno y no cesan de provocar la ira de Dios. Fue, por tanto, obligado a amenazarlos. Cuando nos halla dóciles, nos atrae a sí incluso con paternal bondad. Pero cuando lo provocamos a ira, en cierto modo lo forzamos a tomar otro carácter, conforme a lo que dice: que se mostrará rebelde con los rebeldes (Sal 18:26). Y sin embargo nos quejamos cuando Dios nos trata con rigidez. No cesamos de hacerle la guerra; pero cuando refrena y reprime nuestra insolencia, de inmediato le pedimos cuentas, como si fuera demasiado severo y su palabra nos ofendiera. ¿De dónde viene esta ofensa? De nuestra obstinada maldad. Si los hombres pusieran fin a su carrera pecaminosa, el Señor cambiaría su manera de tratarlos y los trataría con dulzura y los abrigaría como a polluelos bajo sus alas; pero esto no lo permiten; más aún, rechazan tal trato cuanto pueden. De ahí que aborrezcan el nombre de Dios y su palabra. ¿Qué excusa hay entonces para la queja, cuando dicen que Dios es demasiado riguroso, como si su palabra fuera una carga? Ninguna; porque ellos mismos son rebeldes contra Dios, y así su palabra se vuelve un martillo para quebrarles la cabeza, para destrozarlos y destruirlos. Vemos ahora la razón por la cual Dios no solo declara que estaba airado con estos impíos despreciadores de su palabra, sino que denuncia también la misma venganza sobre su posteridad.

Jeremías 23:35

35. Así diréis cada cual a su prójimo, y cada cual a su hermano: ¿Qué ha respondido Jehová? y ¿qué ha hablado Jehová?

35. Sic dicetis quisque ad socium suum, et quisque ad fratrem suum, Quid respondit Jehova? Et quid loquutus est Jehova?

Jeremías 23:35

Aquí el profeta se explica con más claridad; muestra por qué Dios no quería que su palabra fuera llamada carga. ¿Por qué? Porque ellos, en cierto modo, cerraban el camino, de modo que no sacaban provecho alguno de la palabra de Dios al mirarla con desdén y odio; pues la palabra carga era un obstáculo, de modo que no daban acceso a Dios ni abrían sus oídos para oír su palabra. Dios les manda entonces que vengan con corazones vacíos y sinceros; porque es una verdadera preparación para un espíritu dócil el reconocer que debemos creer en la palabra de Dios y el no estar poseídos por un sentimiento perverso que forma un prejuicio y de algún modo nos tiene atados, de manera que no somos libres para formar un juicio recto.

El sentido del pasaje es, pues, este: que los judíos, renunciando a sus blasfemias, habían de prepararse a oír con reverencia la palabra de Dios, pues a Dios se le debe la audición; y luego que esta palabra había de oírse con corazones sinceros, de modo que ni el fastidio, ni el orgullo, ni el odio, ni ningún sentimiento depravado impidiera que todos creyeran su palabra y la oyeran con reverencia. Esto es, entonces, lo que quiere decir el profeta cuando dice: «En adelante cambiarán su expresión impía y dirán: ¿Qué ha respondido Jehová? ¿Qué ha hablado Jehová?». Es decir, que no cerrarán ellos mismos la puerta, sino que vendrán de buena gana a la escuela de Dios, mansos y dóciles, de modo que nada les impida rendir honor a Dios y abrazar su palabra, para que sean aterrados por sus amenazas y, atraídos por sus promesas, se consagren por completo a él.

ORACIÓN

Concédenos, Dios omnipotente, que así como nada es mejor para nosotros ni más necesario para nuestra suprema felicidad que depender de tu palabra, pues esta es prenda segura de tu buena voluntad hacia nosotros, concédenos, oh, que ya que nos has favorecido con un beneficio tan singular, que nos manifiestas cada día, estemos atentos para oírte y nos sometamos a ti con verdadero temor, mansedumbre y humildad, de modo que estemos preparados en espíritu de mansedumbre para recibir todo lo que proceda de ti, y que así tu palabra no solo nos sea preciosa, sino también dulce y deleitosa, hasta que disfrutemos la perfección de aquella vida que tu Hijo unigénito nos ha conseguido con su propia sangre. Amén.

Lección nonagésima primera

Jeremías 23:36

36. Y nunca más os acordaréis de la carga de Jehová, porque la palabra de cada uno será su carga; pues habéis pervertido las palabras del Dios viviente, de Jehová de los ejércitos, Dios nuestro.

36. Et oneris, Jehovae non recordabimini amplius, quia onus erit cuique sermo ejus; et pervertistis sermones Dei vivi, Jehovae exercituum, Dei nostri.

Jeremías 23:36

Jeremías prosigue con el mismo asunto: que todos deben oír con calma y mansedumbre a Dios que habla. Dijo, como vimos ayer, que se había de preguntar a los profetas qué había hablado Dios y qué había respondido; con ello dio a entender que debe haber docilidad para que la palabra de Dios obtenga entre nosotros crédito, autoridad y favor. Repite de nuevo que Dios no podía soportar la palabra carga; porque, como explicamos ayer, esta palabra la usaban comúnmente los judíos como expresión de odio o desdén, por no querer recibir la doctrina sana.

Al prohibirles mencionar la palabra carga, era lo mismo que si hubiera dicho: «Que esta forma de hablar no se use más entre ustedes». Añade entonces: Porque a cada uno su palabra le será por carga. Con estas palabras muestra que lo amargo de las profecías es como accidental; porque Dios no tiene otra cosa en vista al dirigirse a los hombres que llamarlos a la salvación. La palabra de Dios debe, pues, tenerse en sí misma por dulce y deleitosa. ¿De dónde viene entonces esta amargura y este odio hacia ella? Solo de la maldad de los hombres. Como cuando un enfermo, comiendo el alimento más sano, lo halla convertido en veneno, estando la causa en él mismo; así sucede con nosotros: es culpa nuestra que la palabra de Dios se vuelva una carga. Era, además, el designio del profeta mostrar que los judíos no tenían razón para quejarse de que las profecías les fueran gravosas y siempre anunciaran alguna desgracia; porque Dios quiere dirigirse a los hombres con lenidad y bondad, pero se ve forzado por su maldad a tratarlos con aspereza. Parece, sin embargo, que el profeta va todavía más lejos, como si hubiera dicho: «Aunque cesaran las profecías, cada uno será, sin embargo, profeta para sí mismo; pues como murmuran contra Dios y no pueden soportar su juicio, por más callados que estén los ministros de Dios, darán causa suficiente de condenación los que se atreven así a levantarse contra Dios».

Vemos ahora el designio del profeta al decir: No mencionarán más la carga de Jehová; es decir: «Este proverbio vergonzoso, que marca con deshonra la palabra de Dios, no lo usarán más; cesará esta práctica perversa, porque de otro modo a cada uno de ustedes su palabra les será por carga»; así se ha de traducir la partícula causal כי, ki. Pero si se prefiere otro sentido, no tengo objeción: que debían haber considerado la razón por la cual Dios no los trataba con más suavidad, que era que tenían una disposición perversa y así rechazaban la bondad paternal que estaba dispuesto a mostrarles, con tal que la recibieran.

Este pasaje merece especial atención, pues vemos cómo la mayor parte no puede soportar las amenazas y los terrores cuando se les anuncian. De ahí que alimenten desprecio y odio hacia la doctrina celestial; y sin embargo nadie considera por qué Dios los amenaza y aterra tan a menudo en su palabra. Pues si los hombres dejaran de pecar, Dios dejaría de contender con ellos; pero cuando lo provocan continuamente, ¿ha de callar? Y además, ¿han de sufrir sus profetas que todo lo justo sea violado, y que el mismo Dios sea despreciado? Sepamos, pues, que la culpa está en nosotros cuando Dios parece tratarnos con rigidez, porque no le permitimos usar con nosotros aquel lenguaje paternal que siempre usaría, si no fuera porque ponemos un estorbo en el camino.

El profeta añade también: Porque habéis pervertido las palabras del Dios viviente, de Jehová de los ejércitos, Dios nuestro. Así deben traducirse las palabras. Aquí los acusa con justicia de que pervertían las palabras de Dios, y de dos maneras: porque obligaban a Dios con su maldad a hablar de otro modo del que quería, y también porque eran intérpretes desatinados de sus obras. Pues aunque Dios nos castigue con severidad, es nuestro deber recibir sus reprensiones con espíritu manso, ya que nos son necesarias; pero cuando murmuramos y nos rebelamos, pervertimos la palabra de Dios. Vemos, pues, que la palabra de Dios no es pervertida de una sola manera: cuando nos oponemos a él con furor, le impedimos tratarnos con suavidad y bondad; y hacemos lo mismo cuando no nos sometemos a sus reprensiones, sino que nos enfurecemos contra él siempre que nos cita a juicio. Y como su desenfreno era en este caso tan grande, el profeta les opone aquí en términos expresos el poder de Dios.

Dice primero que es el Dios viviente; y con este término les recordaba que los impíos, que vomitaban así sus blasfemias contra él, no quedarían sin castigo: «Miren», dice, «con quién tienen que ver; pues contienden con el Dios viviente; esta audacia recaerá sobre sus propias cabezas; hacen, pues, una guerra fatal». Añade, en segundo lugar, que es Jehová de los ejércitos; con cuya expresión muestra de nuevo su poder. Y, en tercer lugar, dice que es el Dios de aquel pueblo; como si hubiera dicho que su impiedad no solo era locura por atreverse a contender con Dios, sino que estaba también unida a la ingratitud; porque Dios los había adoptado como su pueblo y había prometido ser su Dios.

Vemos, pues, ahora el designio del profeta: primero les advirtió que no albergaran en su corazón odio a la doctrina profética; segundo, mostró que toda la culpa estaba en ellos mismos, pues forzaban a Dios a tratarlos con severidad; y además, que pervertían la palabra de Dios, siendo falsos intérpretes de ella y cerrando la puerta a su bondad cuando invitaba a todos los piadosos y dóciles; y por último, exalta el poder de Dios y recomienda su bondad, para agravar así el pecado del pueblo al atreverse a hacer la guerra al mismo Dios y a despreciar el favor que se les había concedido. Sigue:

Jeremías 23:37

37. Así dirás al profeta: ¿Qué te ha respondido Jehová? y ¿qué ha hablado Jehová?

37. Sic dices Prophetae, Quid respondit tibi Jehova? Et quid loquutus est tibi Jehova?

Jeremías 23:37

Repite lo que notamos ayer, y casi con las mismas palabras. El sentido es que, si deseamos aprovechar en la escuela de Dios, debemos guardarnos de que nuestras mentes estén ocupadas por algún sentimiento corrupto. Pues ¿de dónde viene que no saboreemos la palabra de Dios, o que excite en nosotros un espíritu amargo? Precisamente de que estamos infectados por alguna lujuria o pasión pecaminosa que corrompe por completo nuestro juicio. Dios quiere, pues, que vengamos a él libres de toda disposición viciosa y que seamos tan dóciles que solo preguntemos lo que enseña, lo que puede respondernos; porque quien así se desembaraza y se libera hallará sin duda que la doctrina profética es para su provecho. No hay, pues, sino una causa por la cual la palabra de Dios no nos aprovecha, sino que, al contrario, nos es dañosa y fatal: que no buscamos lo que Dios habla, es decir, que no somos dóciles ni venimos a aprender, sino que impera en nosotros o la pereza, o el desprecio, o la ingratitud, o la perversidad, o algo semejante.

Dice ahora aquí que se ha de preguntar a los profetas qué habla Dios, o qué puede responder. Con estas palabras exculpa a los fieles siervos de Dios; porque si un oyente está dispuesto a obedecer, hallará en un maestro fiel lo que con razón le agrade y le haga bien. En suma, muestra que no hay nada malo en los profetas cuando su doctrina no nos agrada, sino que esto sucede porque no tenemos en cuenta lo que aquí nos recuerda Jeremías: que debemos oír a Dios para aprender y para obedecer su voz. Sigue:

Jeremías 23:38-39

38. Pero si decís: Carga de Jehová, por eso Jehová dice así: Porque dijisteis esta palabra, Carga de Jehová, y yo envié a vosotros diciendo: No digáis: Carga de Jehová;

38. Quod si onus Jehovae dixeritis, propterea sic dicit Jehovah, Ne dicatis hoc verbum *(hoc est, *ne proferatis hunc sermonem) onus Jehovae; et misi ad vos *(sed debet resolvi oratio, *quum miserium ad vos,) et ne dicatis, onus Jehovae:

39. Por tanto, he aquí que yo os echaré en olvido, y os dejaré, a vosotros y a la ciudad que di a vosotros y a vuestros padres, y os arrojaré de mi presencia:

39. Propterea ecce ego et tollam vos tollendo *(vel, *obliviscar vestri obliviscendo, *ut alii vertunt; tertia est sententia, *obliviscar vestri, ut tollam, *vel, *ad tollendum,) et evellam vos *(vel, *projiciam, *melius; alii vertunt, *relinquam, *male,) *et urbem hanc, quam dedi vobis et patribus vestris, a facie mea.

Jeremías 23:38

Aquí el profeta confirma lo que había dicho, pues Dios podía parecer demasiado indignado, habiendo sido tan gravemente ofendido por una breve expresión. Los judíos habían tomado de los mismos profetas el llamar cargas a las profecías, como ya hemos dicho, y como hallamos en muchos lugares. Ahora bien, como la inconstancia del lenguaje es grande, aunque los judíos hubieran obrado mal en cuanto a una sola palabra, podía haber parecido, sin embargo, una razón insuficiente para el castigo que Dios amenazaba infligir. Pero el profeta muestra aquí que Dios estaba justamente airado contra ellos, pues les había enviado y los había advertido a menudo que no usaran esta forma de hablar, que era una manifiesta evidencia de su impiedad. Habiendo, pues, despreciado así a Dios y sus advertencias, ¿era un error excusable? En suma, Jeremías muestra que no habían errado inconsideradamente, como a menudo ocurre a los que hablan con temeridad y sin pensar, sino que esta manera perversa de hablar procedía de una maldad determinada, del deseo de imprimir alguna marca de deshonra a la palabra de Dios; y así obraban con desdén contra el mismo Dios. Este es, pues, el sentido de las palabras.

Jeremías 23:39

Si dijeren, aun cuando les advierto que no hablen de este modo; si, pues, persisten en esta obstinación, He aquí que yo, etc.; Dios declara aquí que tomaría venganza. En cuanto a esta sentencia, la mayoría de los intérpretes derivan el verbo de נשה, nushe, haciendo ה, he, la letra final; pero dudo de que esto sea correcto; sin embargo, si se adopta esta explicación, hemos de sostener todavía que el profeta alude al verbo «quitar», que sigue inmediatamente. Pero me inclino a otra interpretación: que Dios los quitaría quitándolos. Debe notarse que la palabra משא, mesha, que se ha mencionado a menudo, viene de la misma raíz; משא, mesha, carga, se deriva de נשא, nusha, quitar o llevarse. Como, por tanto, este proverbio se usaba comúnmente, que la doctrina profética traía siempre alguna carga y molestia, Dios responde: «Los quitaré»; es decir: «Hallarán por experiencia cuán grave y pesada me es su maldad, recaerá sobre sus cabezas; han cargado y tratado con indignidad mi palabra, y yo los trataré con indignidad a ustedes», pero ¿de qué manera? Los quitaré quitándolos. Si alguien aprueba más el sentido de olvidar, siga su propio juicio; pero esa explicación me parece sin sentido: «Los olvidaré», a menos que נשא, nusha, se tome en segundo lugar como «quitar». «Los olvidaré para quitarlos».

Añade: Y los arrancaré; que algunos traducen: «Los dejaré», pero parece que no entienden lo que el profeta se proponía; pues declara algo más grave y más terrible que antes cuando dice: Los arrancaré; y sin embargo este sentido no me satisface. El verbo נטש, nuthash, significa extender y, metafóricamente, arrojar lejos; y arrojar o echar lejos parece convenir mejor al pasaje. Dios, entonces, no solo quitaría o sacaría a los judíos de su propio lugar, sino que los arrojaría lejos, a países distantes. Les denuncia así un destierro por el cual serían llevados, por así decirlo, a otro mundo. Pues si hubieran habitado en la vecindad, les habría sido más tolerable, pero como habían de ser expulsados, como por una tempestad violenta, a las regiones más lejanas y remotas, era mucho más grave.

Dice después: Y la ciudad que di a ustedes y a sus padres. Los verbos arrojar y arrancar no convienen bien a las piedras; pero en cuanto al sentido, bien puede decirse que Dios quitaría la ciudad con sus habitantes, como si fueran arrastrados por el viento. Y esto se añadió a propósito, porque los judíos, confiando en esta promesa: «Este es mi reposo para siempre; aquí habitaré», pensaban que era imposible que el santuario de Dios fuera jamás destruido. Como los engañaba, pues, esta vana confianza de que la ciudad que Dios había escogido por morada permanecería siempre, el profeta añade expresamente que la ciudad misma perecería.

Y se añade también que se la había dado a ellos y a sus padres. Se anticipa a todas las objeciones y sacude de los judíos la vana esperanza con que estaban embriagados, a saber, que la ciudad les había sido dada a perpetuidad y que Dios residía allí para defenderlos: «Esta donación», dice, «no los librará ni a ustedes ni a la ciudad misma de la destrucción». Añade: De mi presencia; pues acostumbraban fingir el nombre de Dios cuando buscaban endurecer su corazón contra las amenazas de los profetas; pero Dios les responde aquí y dice: de mi presencia; como si hubiera dicho: «En vano albergan el pensamiento de la perpetuidad de la ciudad y del templo; porque esto depende de mi voluntad y beneplácito. Como ustedes se sostienen o caen según me parece bien, declaro ahora que serán echados y enteramente apartados de mi presencia». Sigue:

Jeremías 23:40

40. Y pondré sobre vosotros afrenta perpetua, y eterna confusión que nunca borrará el olvido.

40. Et ponam super vos opprobrium aeternum, et opprobria (est quidem aliud verbum, *dedecora) aeterna, quod oblivioni non tradetur (*potest referri ad utrunque membrum: nam in plurali numero ponit *כלמות,* * et postea addit verbum singulare,* oblivioni non tradetur; sed potest, quemadmodum dixi, hoc extendi ad totum complexum.

Jeremías 23:40

Lo que aquí se contiene es que, aunque los judíos se gloriaban con justicia por un tiempo de ser el pueblo particular de Dios, esto de nada les valdría, pues se habían despojado de aquel honor en el que habían sobresalido, por la negación de la verdadera religión. Aquí, pues, el profeta despoja a los judíos de aquella necia jactancia de que estaban hinchados cuando decían que eran el pueblo de Dios, y amenaza con que Dios, habiéndoles quitado su gloria, los haría yacer bajo perpetua vergüenza.

Sabemos al mismo tiempo que tales amenazas han de restringirse en cuanto al tiempo: solo se extienden hasta la venida de Cristo; pues la Iglesia de Dios no podía haber sido condenada a eterno oprobio. Pero en cuanto a los hipócritas, como no hubo arrepentimiento, nunca obtuvieron perdón; pero Dios libró a los suyos del eterno oprobio cuando apareció Cristo el Redentor; sin embargo, estas palabras han de entenderse como dirigidas con razón a los impíos despreciadores de Dios. Sigue ahora:

CAPÍTULO 24

Jeremías 24:1-2

1. Jehová me mostró, y he aquí dos cestas de higos puestas delante del templo de Jehová, después que Nabucodonosor rey de Babilonia hubo llevado cautivo a Jeconías hijo de Joacim, rey de Judá, y a los príncipes de Judá, y a los artesanos y herreros de Jerusalén, y los hubo llevado a Babilonia.

1. Videre me fecit (ostendit mihi visionem) Jehova, et ecce duo calathi ficuum positi coram Templo Jehovae, postquam transtulerat Nebuchadne-zer, rex Babylonis, Jechoniam, filium Joakim, regem Jehudah, et principes Jehudah, et artificem et inclusorem *(vel, *sculptorem) e Jerusalem, et ab-duxerat eos Babylonem:

2. Una cesta tenía higos muy buenos, como los higos de la primera sazón; y la otra cesta tenía higos muy malos, que no se podían comer de malos que eran.

2. Calathus unus ficuum bonarum valde, sicuti sunt ficus praecoces; et alter calathus ficuum malarum valde, quae non comederentur propter malitiam *(hoc est, *adeo malae erant.)

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.