Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Jeremías 31: comentario de Juan Calvino

Jeremías 31:2

Omito aquí toda observación sobre el primer versículo, pues fue explicado en conexión con el versículo 22 del capítulo anterior (Jer 30:22). El verbo הלוך eluk, en el segundo versículo, está en modo infinitivo, pero ha de tomarse como pretérito, y en esto los intérpretes concuerdan. Pero algunos lo aplican a Dios, como guía de su pueblo hasta que lo lleva al reposo; y como el verbo להרגיעו laeregiou, para hacerle reposar, por así decirlo, está en Hifil, parece que esto debe atribuirse a Dios. Pero podemos tomar las palabras más sencillamente: «hasta que se dirige al reposo»; se añade después la palabra «Israel»; y así podemos traducir el pronombre «se», y no «le»: hasta que él se dirigió al reposo.

Vengamos ahora a la verdad que trata el profeta: recuerda al pueblo, sin duda, los antiguos beneficios de Dios, para que los miserables desterrados tuvieran esperanza y no dudaran de que Dios sería su libertador, aunque estuvieran, por así decirlo, sumergidos en Caldea y anegados bajo un diluvio de males. Esta es la razón por la que menciona el desierto, y por la que Jeremías añade también que los que entonces fueron preservados habían escapado de la espada. Pues el pueblo, aunque habitaba en un país agradable y fértil, estaba en cierto modo en un desierto en comparación con su propia tierra. Como, pues, los israelitas habían sido arrojados lejos a tierras extranjeras, todas las regiones donde entonces habitaban son comparadas a un desierto. Un modo de hablar semejante adopta Isaías cuando dice:

«Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad» (Is 40:3).

¿Qué entendía entonces por desierto? Las regiones más fértiles, Caldea, Asiria y otros países vecinos. Pero con respecto al pueblo, así llama a estos países, porque su exilio fue siempre doloroso y miserable. Así, pues, en este lugar el profeta, para animar a los desterrados con esperanza, dice que, aunque habían sido enviados lejos a regiones desconocidas, la distancia, o cualquier otra cosa que pudiera parecer opuesta a su liberación, no podría impedir que Dios los restaurara; porque en otro tiempo libertó a sus padres cuando estaban en Egipto. Y como los judíos podían objetar de nuevo que eran pocos en número, y que además estaban siempre expuestos a la espada, por habitar entre los conquistadores más crueles, dice que sus padres no fueron preservados sino por un milagro; habían sido arrebatados, por así decirlo, de en medio de la muerte.

Percibimos ahora el propósito del profeta; y podemos encerrar en pocas palabras la sustancia de lo que dice: que no había razón para temer que Dios no libraría a su pueblo a su debido tiempo; pues era bien sabido que cuando en otro tiempo fue libertador de su pueblo, su poder se hizo ilustre de diversas maneras, más aún, que fue inconcebiblemente grande, puesto que durante cuarenta años sustentó a su pueblo en el desierto, y que su salida fue como si los muertos se levantaran de sus sepulcros, pues los egipcios habrían podido matar fácilmente a todo el pueblo; de modo que fueron sacados, por así decirlo, de la muerte cuando fueron conducidos a la tierra que había sido prometida a Abraham. No había duda, por tanto, de que Dios los libraría de nuevo de manera maravillosa y manifestaría el mismo poder al libertarlos que en otro tiempo mostró hacia sus padres.

De aquí puede recogerse una doctrina provechosa: siempre que la desesperación se presente ante nuestros ojos, o siempre que nuestras miserias nos tienten a desesperar, vengan a nuestra mente los beneficios de Dios, no solo los que nosotros mismos hemos experimentado, sino también los que ha conferido en todas las edades a su Iglesia, conforme a lo que dice también David, que tenía este único consuelo en su dolor, cuando, oprimido por males extremos y casi abrumado por la desesperación:

«Me acordé de los días antiguos» (Sal 143:5).

De modo que no solo traía a la memoria los beneficios de Dios que él mismo había experimentado, sino también lo que había oído de sus padres y lo que había leído en los libros de Moisés. De la misma manera el profeta nos recuerda aquí los beneficios de Dios cuando nos parece que él nos ha abandonado; pues este solo pensamiento es capaz de aliviarnos y consolarnos. Este es el sentido de todo. Sigue ahora:

Jeremías 31:3

3. Jehová se me apareció hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.

3. Ab antiquo Jehova apparuit mihi; atqui dilectione perpetua dilexi re; ideo protraham *(vel, *protraxi, *vel, *extendi) ad to clementiam.

Jeremías 31:3

La última parte se traduce comúnmente así: «Por tanto, te he atraído con misericordia»; pero el sentido es frío e inadecuado. No dudo, pues, de que quiere decir, por el contrario, que la misericordia de Dios no sería pasajera, sino que seguiría al pueblo de año en año en todas las edades. Al comienzo del versículo el profeta introduce a los judíos alzando un clamor, como suelen hacerlo los incrédulos, que, aunque rechazan el favor de Dios, quieren sin embargo parecer que lo hacen con alguna razón. Se narra, pues, en primer lugar, la blasfemia del pueblo. Estas palabras impías y diabólicas se oían sin duda por todas partes en aquel tiempo: «¡Bah! Dios se nos apareció, pero hace ya mucho tiempo»; como dicen hoy los profanos cuando presentamos ejemplos del favor de Dios tomados de la Ley, de los profetas o del evangelio: ¡Bah! c’est du temps jadis. Así se burlan con sorna de todo lo que Dios ha testificado en algún tiempo en su palabra, como si estuviera anticuado por ser antiguo. Es lo mismo cuando anunciamos algunos terrores según ejemplos antiguos: «¡Bah! Sucedió en otro tiempo, pero hace mucho». Vuelven entonces siempre a aquel impío dicho común: Le temps jadis. Y lo mismo quiso expresar Jeremías aquí: Hace mucho tiempo Jehová se nos apareció; es decir: «Tú hablas, ciertamente, en términos elevados de la redención con que fueron libertados los padres, pero ¿qué nos importa eso a nosotros? ¿Por qué no nos muestras más bien claramente lo que Dios se propone hacer? ¿Y por qué no presentas algún motivo de gozo presente? ¿Por qué no pruebas realmente que Dios nos es propicio? Pero tú hablas de la antigua liberación, cuando esa narración está ya, por así decirlo, anticuada».

Vemos por ello que los hombres han sido siempre, desde el principio, ingratos para con Dios; pues, en cuanto estuvo en su mano, sepultaron los actos bondadosos de Dios; y no solo por esto se descubrió su impiedad, sino porque trataron con desprecio todas las historias antiguas, que sin embargo se han conservado para nosotros a fin de promover nuestra salvación.

«Las cosas que se escribieron antes», dice Pablo, «para nuestra enseñanza se escribieron, para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza» (Ro 15:4).

Muestra allí que debemos aprender la paciencia de los ejemplos contenidos en la Escritura, y que tenemos allí fundamento de fuerte consolación, para que alimentemos la esperanza hasta que Dios nos libre de todas las miserias. Pero ¿qué dicen los profanos? «¡Bah! Nos cuentas lo que ha sido escrito, pero esto está lejos de nosotros y con el largo tiempo se ha desvanecido: ¿qué nos importa la antigüedad?». Pero aunque los judíos usaron este lenguaje sacrílego, aprendamos nosotros a abrazar todo lo que se nos presenta en la Escritura, mientras Dios nos invita a esperar misericordia y a la vez nos exhorta a la paciencia; y no salga jamás de nuestra boca esta blasfemia; más aún, no se insinúe nunca en nuestro corazón este pensamiento: «Dios se apareció hace mucho tiempo». Abominemos, pues, la ingratitud de quienes querrían que Dios estuviera siempre presente, y sin embargo no hacen caso de sus antiguos beneficios.

Por eso el profeta responde: Pero, etc.: la copulativa ו es aquí adversativa, como si hubiera dicho: No, o Sí, pues puede tomarse también por גם gam: «Sí, con amor perpetuo te he amado». Dios responde, pues, a los impíos y muestra que, habiéndose hecho una vez libertador de su pueblo, no asumió este oficio por un impulso momentáneo, sino porque así lo había prometido a Abraham y había adoptado al pueblo. Puesto que el pacto de Dios era perpetuo, refuta así aquí la impía calumnia de que Dios obró generosamente para con su pueblo solo por un momento, y miró solo una vez por sus miserias para ayudarlos. Sí, dice, con amor perpetuo te he amado. Dios muestra aquí, pues, que la redención, con la cual había dado una notable prueba de su misericordia, estaba fundada en la adopción gratuita, que no era por un año, sino perpetua en su duración. Vemos así que reprende la detestable blasfemia del pueblo e indica que la adopción fue la causa de su redención.

Y este pasaje debe notarse con cuidado; porque estas falsas imaginaciones vienen enseguida a nuestra mente cuando leemos u oímos cómo Dios había sido misericordioso de diversas maneras y en diversos grados para con su pueblo: «¡Bah! Eso sucedió en otro tiempo, pero no sabemos si el propósito de Dios sigue siendo el mismo; él, ciertamente, concedió este favor a su pueblo antiguo, pero no sabemos si puede o quiere extenderse lo mismo a nosotros». Así el diablo, con su astucia, nos sugiere estas falsas imaginaciones, que impiden el flujo del favor de Dios, para que no llegue a nosotros. Así se detiene en su curso la gracia de Dios, cuando nos separamos de este modo de los padres y de todos sus siervos para con quienes ha sido tan misericordioso. Es, por tanto, una doctrina especialmente útil cuando el profeta muestra que todas las bendiciones que Dios ha conferido en algún tiempo a su pueblo antiguo deben atribuirse a su pacto gratuito, y que ese pacto es eterno; y de ahí que no hay duda de que Dios está hoy dispuesto a asegurar la salvación de todos los piadosos; pues permanece siempre el mismo y nunca cambia; y quiere también que su fidelidad y constancia resplandezcan en el pacto que ha hecho con su Iglesia. Puesto que, pues, el pacto de Dios es inviolable y no puede fallar, aunque cielo y tierra se confundieran, debemos estar seguros de que Dios será siempre libertador para nosotros: ¿por qué? Porque su pacto permanece el mismo; y, por tanto, su poder para librarnos permanecerá el mismo. Este es el uso que debemos hacer de esta cláusula.

Sigue luego una confirmación: Por tanto, te he prolongado mi misericordia. Ya he dicho que esta cláusula se traduce y se explica de otro modo. Pero nada puede ser más aguado que leer así: «Te he atraído con misericordia». ¿Qué tiene esto que ver con la perpetuidad, o con el curso continuo y el progreso del amor? Pero el otro sentido es muy adecuado: que Dios prolongaría su misericordia a Israel. Solo se sobrentiende una letra, pero esto no estorba el sentido; y tales formas de hablar se hallan a menudo en otros lugares. Dice entonces que, como había abrazado a Israel con amor perpetuo, había, por tanto, prolongado o extendido su misericordia; pues desde el tiempo en que libró a su pueblo de la tiranía de Faraón y lo alimentó cuarenta años en el desierto, les había otorgado muchos beneficios. Pues ¿con qué victorias los favoreció? Y luego, ¿cuántas veces se había compadecido de ellos? Dios no cesó, pues, de continuarles su misericordia desde el tiempo en que les había extendido la mano. Y según este punto de vista se dice muy apropiadamente que había prolongado su misericordia; pues no solo por un día o un año se mostró propicio a los israelitas, sino que se había mostrado el mismo durante cuatrocientos, quinientos, seiscientos años. Y así también se refuta mejor aquella impiedad y blasfemia del pueblo de que Dios se les había aparecido en otro tiempo: «No», dice, «a menos que suprimas del modo más perverso mis beneficios, debes percibir que los beneficios que conferí a tus padres se han extendido largamente hasta ti, y han sido perpetuos y múltiples».

Percibimos ahora el verdadero sentido del profeta. Si alguien prefiere volver el pretérito en futuro, no me opondría: «Por tanto, te prolongaré (o extenderé) mi misericordia». Este sentido sería adecuado. Pero cuando las palabras se toman como están, vemos por qué el profeta añade que la misericordia de Dios había sido prolongada, es decir, para condenar la ingratitud de los judíos, porque no consideraban debidamente los beneficios que les habían sido concedidos durante tantas edades. Sigue:

Jeremías 31:4

4. Aún te edificaré, y serás edificada, oh virgen de Israel; todavía serás adornada con tus panderos, y saldrás en las danzas de los que se regocijan.

4. Adhuc aedificabo to, et aedificaberis, puella Israel: adhuc ornaberis tympanis tuis, et exibis in choros ludentium.

Jeremías 31:4

Jeremías, en este versículo, prosigue con el mismo tema: que, aunque habría un largo tiempo de setenta años, Dios sería sin embargo el libertador de su Iglesia. El largo tiempo podía haber extinguido la fe del pueblo, como ocurre con demasiada frecuencia: pues cuando nada se nos presenta sino la palabra desnuda, y Dios repite de día en día las mismas promesas, las tenemos en poco; y luego, cuando algún mal ha prevalecido, pensamos que todos los caminos están ya cerrados, de modo que Dios no puede traer remedio; así medimos su poder por nuestra propia medida; y como él viene tarde a ayudarnos, porque permite que los hombres sean largo tiempo afligidos por la enfermedad u otros males, así imaginamos que Dios nunca vendrá, cuando suspende y retrasa su favor más de lo que quisiéramos.

Por eso el profeta dice aquí: Aún te edificaré, y serás edificada, virgen de Israel; y luego: todavía serás adornada con tus panderos. El gozo se opone aquí al dolor con que el pueblo había de ser oprimido en el exilio, y con el que en parte ya había sido oprimido, pues muchos habían sido llevados al destierro. Pero Jeremías expresa su gozo y alegría con un modo de hablar figurado, mediante los panderos y las danzas de los que se regocijan. Pues cuando los profetas anuncian la venganza de Dios, suelen decir: «Cesará todo gozo entre vosotros; no tocaréis más el arpa ni los instrumentos musicales». Así también en este lugar Jeremías dice que volverían a los panderos y a las danzas cuando Dios los restaurara a su propio país. No debemos, al mismo tiempo, volver este testimonio del profeta para excusar la lascivia profana con que los profanos pervierten los beneficios de Dios, pues no guardan moderación en su gozo, sino que se abandonan, y así se vuelven insolentes contra Dios. Y es propio de todas las danzas y sones de panderos embrutecer a los profanos. El profeta no quiso, pues, permitir al pueblo esta clase de licencia: porque debemos tener siempre presente lo que dijo ayer, que la voz de alabanza saldría con gozo. Con panderos y danzas se refiere, pues, a un gozo santo, unido a las alabanzas a Dios y al sacrificio de acción de gracias. Sigue después:

Jeremías 31:5

5. Todavía plantarás viñas en los montes de Samaria; plantarán los que plantan, y no las disfrutarán hasta su tiempo.

5. Adhuc plantabis rites in montibus Samariae: plantabunt plantatores *(hoc est, *plantabunt vinitores) et profanabunt *(id est, *conferent ad usum communem)

Jeremías 31:5

El verbo חלל chelal significa profanar, pero significa también aplicar a uso común. La expresión está tomada de la Ley; porque no era lícito comer del fruto de la vid hasta después del cuarto año; pues su incircuncisión, por así decirlo, permanecía en la vid, de modo que su fruto era inmundo. Luego sus primicias se ofrecían a Dios; después cada uno disfrutaba de su vendimia (Lv 19:23-25). Pero al mismo tiempo Jeremías tenía en cuenta las maldiciones que leemos en otro lugar:

«Plantarás viña, y otros comerán su fruto» (Dt 28:30).

¿Qué quiso decir, pues, con estas palabras? Que el país estaría, por un tiempo, tan desierto que no habría vides en los montes más ricos y fértiles. Los montes de Samaria eran ricos en viñas; y cuando fueron cortadas las vides de ellos, hubo una desolación espantosa. Cuando, por tanto, el profeta dice: todavía plantarán viña, da a entender que la tierra estaría desolada por un tiempo; así también, cuando dice: Aún te edificaré, recuerda a los judíos que debían soportar con resignación el juicio de Dios, mientras no pudieran ver sino desolación en toda la tierra.

Esto es, pues, lo que da a entender la palabra aún; pero cuando prometió que habría de nuevo vides en los montes de Samaria, añade que quienes las plantaran disfrutarían el fruto. Aquí hay, pues, una bendición adicional: de nada les habría servido plantar o poner vides si no se añadiera esta bendición de Dios; porque es muy penoso verse privado de una posesión que hemos cultivado y en la cual hemos gastado mucho trabajo. Quien, pues, ha plantado diligentemente viñas, y quien ha cultivado su tierra, si es llevado al destierro, se siente profundamente herido en su ánimo cuando ve que sus viñas y su tierra están en poder de extraños. Por eso el profeta da a entender aquí que el favor de Dios sería cierto, porque no solo daría a los judíos, cuando volvieran, tiempo para plantar viñas, sino que les haría también disfrutar del fruto en paz y tranquilidad. Profanarán, pues, es decir, aplicarán a su propio uso, en el quinto año, el fruto producido por las vides, como si hubiera dicho: «Habitarán sin perturbación en su propia heredad, una vez que hayan vuelto a ella».

ORACIÓN

Concede, Dios Todopoderoso, que así como una vez has testificado que eres Padre para nosotros por medio de tu Hijo unigénito, no solo gustemos de esa promesa, sino que también quedemos plenamente satisfechos con ella y permanezcamos constantemente en ella, hasta que, habiendo pasado por todos los males, alcancemos al fin su plena manifestación, cuando nos reúnas en aquel bienaventurado reposo que es el fruto de tu eterna adopción, por el mismo Cristo Jesús, nuestro Señor. Amén.

Lección ciento dieciocho

Jeremías 31:6

6. Porque habrá un día en que clamarán los guardas en el monte de Efraín: Levantaos, y subamos a Sion, a Jehová nuestro Dios.

6. Quia erit dies, quo clamabunt *(sed subaudiendum est relativum) *custodes in monte Ephraim, Surgite et ascendamus Sion ad Jehovam Deum nostrum.

Jeremías 31:6

El profeta amplifica aquí la bondad de Dios, porque no solo restauraría a la tribu de Judá, sino también a las diez tribus, que antes habían sido llevadas al exilio. Promete, pues, aquí una restauración plena y completa de la Iglesia. Los profetas no hablan siempre del mismo modo acerca de la liberación del pueblo; a veces limitan lo que dicen a la tribu de Judá, como si el resto estuviera en un estado desesperado, pero a menudo extienden sus profecías a todo el cuerpo del pueblo. Así, en este lugar Jeremías incluye, junto con la tribu de Judá, a las diez tribus y a la media tribu de Benjamín, pues algunos de la tribu de Benjamín habían permanecido y nunca se habían rebelado contra la familia de David. Pero suelen llamar a las diez tribus el reino de Israel, y denotan el reino de Judá con el nombre de aquella sola tribu; así no se menciona a la tribu de Benjamín, dividida en dos partes.

El sentido del profeta es, pues, que cuando Dios redimiera a su pueblo, no solo volvería Judá, sino también los israelitas, de quienes apenas había esperanza, porque habían estado en el exilio mucho tiempo; y como habían rechazado el culto puro y legítimo de Dios, podía pensarse que habían sido excluidos de la Iglesia, pues por su propia perfidia se habían excluido a sí mismos, de modo que eran indignos de tan honrosa distinción. Así el profeta declara aquí que el favor de Dios superaría la maldad y la perversidad del pueblo de Israel.

Por eso dice que vendría el día en que los guardas clamarían en el monte de Efraín, etc. Por Efraín, como es bien sabido, se entiende a menudo a las diez tribus, y esto a causa de Jeroboam, que fue el primero que reinó sobre ellas. Pero debemos recordar siempre que bajo una sola tribu, en este caso, se incluyen todas las diez tribus. Cuando, por tanto, el profeta habla de los guardas en el monte de Efraín, se refiere a todos los guardas, colocados en sus atalayas, por todo el reino de Israel. Pero debe notarse el contraste, pues Jeroboam había cerrado todo paso por el cual los israelitas pudieran subir a Jerusalén; porque temía que allí oyeran del pacto de Dios que había hecho con David y su descendencia. Estaba intranquilo consigo mismo, porque había obtenido el reino por medios siniestros. Dios, ciertamente, le había mandado por su profeta que fuera ungido rey; pero de ahí no se sigue que, por lo que a él respecta, hubiera obtenido el reino justamente. Es verdad que Dios quería castigar a Roboam y también al pueblo; pero quien había sido el autor de la rebelión fue pérfido al procurar establecer un reino para su posteridad; prohibió que nadie subiera a Jerusalén, y por eso edificó altares en Dan y en Bet-el (1 R 12:29-31). Por esta causa el profeta Oseas se queja de que asediaban los caminos como ladrones, y de que muchos que subían a Jerusalén para ofrecer sacrificios a Dios eran muertos; y a algunos los despojaban y los enviaban de vuelta a casa (Os 6:9). El contraste es, pues, digno de notarse cuando el profeta dice:

«Todavía clamarán los guardas en el monte de Efraín: Levantaos, y subamos a Sion, a nuestro Dios».

Porque aunque en apariencia solo abandonaban a la posteridad de David, renunciaban al mismo tiempo al culto verdadero y puro de Dios; y la religión que siguieron bajo Jeroboam era espuria; pues debían ofrecer sacrificios a Dios solo en un lugar, como se halla a menudo en la Ley:

«Vendrás al lugar que Jehová tu Dios escogiere» (Dt 12:26).

Pero ellos, habiendo despreciado el lugar que Dios se había designado, edificaron altares en otra parte. Su culto no era, pues, sino superstición; y aunque multiplicaban los sacrificios, no hacían sino provocar la ira de Dios; porque no nos es lícito idear nada más allá de lo prescrito en la Ley.

El profeta dice, por tanto: Clamarán los guardas: Levantaos, y subamos a Sion; es decir, no habrá tal división entre el pueblo como la hubo antes. Pues solo unos pocos adoraban a Dios en el templo que había sido edificado por mandato suyo, y los demás se entregaban a innumerables supersticiones; pero ahora se unirán de nuevo en un solo cuerpo. En suma, Jeremías nos enseña aquí que todos los hijos de Abraham volverían a un acuerdo fraternal, y que habría entre ellos un vínculo, una unidad de fe, pues se unirían para ofrecer sacrificios juntos, y nadie inventaría un dios para sí.

Ahora bien, este pasaje es especialmente útil; pues podemos aprender de él cuál es el estado recto de la Iglesia: cuando todos concuerdan en una sola fe. Pero debemos ver, al mismo tiempo, cuál es el fundamento de esta fe. Los papistas, ciertamente, se jactan de esta unión, pero pasan por alto lo que debe ocupar el primer lugar, es decir, que todos deben mirar al único Dios verdadero, según lo que se les enseña por su palabra. Por eso el profeta menciona aquí el monte Sion, que había sido escogido por Dios, para mostrar que ninguna unidad agrada a Dios si los hombres no obedecen su palabra, del menor al mayor, y no siguen sus propias imaginaciones, sino que abrazan lo que él enseña y prescribe en su Ley. Este es el sentido de este pasaje. Los israelitas llamarán, pues, su Dios a aquel de quien antes se habían apartado perversamente. Sigue:

Jeremías 31:7

7. Porque así dice Jehová: Cantad con alegría por Jacob, y gritad entre los principales de las naciones; proclamad, alabad y decid: Oh Jehová, salva a tu pueblo, el remanente de Israel.

7. Quid sic dicit Jehova, Exultate propter Jacob in laetitia *(vel *cum Jacob, *nam *ל potest utroque modo accipi) et jubilate in capite gentium; promulgate, laudate, et dicite, Serva Jehova populum suum, reliquias Israel.

Jeremías 31:7

El profeta confirma el contenido del versículo que hemos explicado; y era necesario hacer esta adición, porque lo que había dicho era casi increíble. Lo amplió, pues. Así dice Jehová; hizo este preámbulo, como os he recordado a menudo, para que su doctrina tuviera más peso. Jeremías, ciertamente, no aducía nada sino lo que había aprendido de Dios y por la revelación de su Espíritu; pero era necesario a veces testificarlo expresamente por causa de sus oyentes.

Les manda ahora regocijarse con alegría y gritar de júbilo. Debe observarse que esta profecía fue anunciada cuando la destrucción total del pueblo, de la ciudad y del templo no estaba lejana; pero el objeto del profeta era consolar, por así decirlo, a los muertos en sus sepulcros, para que esperaran con paciencia su prometida liberación, y para que estuvieran seguros de que no era más difícil para Dios resucitar a los muertos que sanar a los enfermos. Por tanto, la profecía tuvo su utilidad cuando los judíos fueron llevados al exilio y miserablemente dispersados, hasta no tener esperanza de liberación. Pero para que su doctrina penetrara más eficazmente en sus corazones, los exhorta a regocijarse, a gritar de júbilo y a cantar; y no solo a ellos, sino también a los extraños. Porque aunque enseguida aparecerá que su gozo no era común con los incrédulos, el profeta parece, sin embargo, dirigir sus palabras a propósito a los extraños, para que los mismos judíos se avergonzaran de no abrazar la promesa que se les ofrecía. Pues ¿qué dice el profeta? «Naciones extrañas, gritad de júbilo por Jacob». ¿Qué debería hacer entretanto el mismo Jacob? Vemos ahora el propósito de la vehemencia del profeta al mandar a todos regocijarse por la redención del pueblo: que esta profecía no solo trajera algún consuelo a los miserables desterrados, sino que supieran también que, estando en medio de la muerte, vivirían delante de Dios, con tal que no desesperaran.

En suma, no solo quería mitigar su dolor, sino también llenarlos de gozo espiritual, para que no dejaran de tener esperanza y de cobrar ánimo, y soportaran sus calamidades no solo con paciencia, sino con alegría, porque Dios prometía serles propicio. Esta es la razón por la que les manda regocijarse con alegría y gritar de júbilo.

Añade: entre los principales de las naciones. Esto puede entenderse como si el profeta hubiera dicho que las naciones serían tan despreciables que los hijos de Dios no estarían dispuestos a insultarlas; pero yo entiendo las palabras de un modo más sencillo: que el profeta les manda regocijarse a la cabeza de las naciones, como si hubiera dicho: «abiertamente, para que vuestro gozo sea observado por todos». Porque aunque los judíos tenían la esperanza del regreso, apenas se atrevían a dar señal alguna de su confianza, porque así habrían podido exasperar el ánimo de sus enemigos. Estaban, por tanto, en la necesidad de guardar total silencio y, por así decirlo, sin vida. Ahora el profeta opone este gozo manifiesto a aquel temor que constreñía a los judíos a estar casi del todo mudos, de modo que no se atrevían, ni con gesto ni con palabra, a dar a conocer lo que habían aprendido de los santos siervos de Dios. En suma, el profeta indica que la liberación de los judíos sería tan gloriosa que no temerían peligro alguno al proclamar abiertamente la bondad de Dios. Esto parece denotarse con la cabeza de las naciones.

Añade luego: Proclamad, alabad y decid: Salva, etc. Esto se refiere propiamente a los fieles; pues sabemos que Dios no es realmente invocado por los incrédulos. Solo la fe nos abre una puerta de acceso, y no puede haber oración recta sino la que procede de la fe. El profeta se dirige, pues, aquí a los hijos de Dios cuando dice: «Proclamad, alabad y decid», etc. Y aunque todos los impíos estaban convencidos por evidente experiencia del maravilloso poder de Dios, no había entre ellos ningún heraldo de la gracia de Dios. Se encomienda, pues, a los fieles, como su propio oficio, celebrar el favor de Dios. Y a esto se añade la acción de gracias, como si el profeta hubiera dicho que la gracia de Dios no puede proclamarse rectamente a menos que se reconozca su bondad y se le ofrezca el sacrificio de alabanza. Aprendemos por ello que debemos ser de tal modo animados por sus promesas a confiar en Dios que no nos entorpezcamos. Pues muchos se alegran cuando oyen alguna noticia gozosa, pero este gozo produce en ellos seguridad carnal. Así sucede que la fe es ahogada y no produce sus frutos propios; porque la obra principal de la fe es la oración a Dios. Ahora bien, los que están seguros porque no piensan en peligro alguno no huyen a Dios, y así omiten aquella obra de la religión en la que principalmente deberían ejercitarse. Por eso el profeta recuerda aquí a los fieles que deben alabar a Dios de tal modo que no descuiden la oración.

El sentido es que, cuando Dios promete que nos será propicio, nos da razón suficiente para el gozo. Debemos, pues, contentarnos con la palabra desnuda de Dios cuando declara que será un Padre para nosotros, y cuando promete que nuestra salvación será objeto de su cuidado. Pero, como ya he dicho, el gozo no debe hacernos seguros, de modo que la fe quede ociosa, sino que debe más bien estimularnos a la oración. Tenemos entonces verdadero gozo espiritual, derivado de la palabra de Dios, cuando somos diligentes en la oración; y la frialdad y la seguridad carnal no son señales de fe, sino de insensibilidad; y las promesas de Dios no producen en nosotros efectos reales, como forzosamente ocurre, a menos que nuestras mentes se enciendan en deseo de orar, más aún, en fervor de oración. Esta es, pues, la razón por la que el profeta, después de haber mandado a los fieles alabar y exaltar el favor de Dios, añade esta oración: «Decid: Salva, Jehová, a tu pueblo». Les convenía, entonces, regocijarse de tal modo que se sintieran solícitos por la restauración de la Iglesia. Y nos conviene también a nosotros, en este tiempo, siempre que Dios resplandece sobre nosotros con el testimonio de su favor, regocijarnos de tal modo que no omitamos aquel ejercicio primordial de la fe, es decir, la oración.

Añade además: el remanente de Israel, porque era necesario que se cumpliera lo que Isaías había predicho:

«Aunque tu pueblo fuera como la arena del mar, solo un remanente será salvo» (Is 10:22).

Aunque, pues, el profeta ha hablado en general de toda la posteridad de Abraham, e incluido a las diez tribus, aquí sin embargo califica esa afirmación mencionando el remanente o residuo de Israel, y esto para que los fieles no se desanimaran al ver que apenas volvía uno de cada diez o de cada cincuenta del exilio; pues sabemos que, en comparación con su gran número, solo unos pocos volvieron del exilio. Ha mencionado, pues, aquí «el remanente de Israel», para que los fieles, en tiempo futuro, no fueran sacudidos en su esperanza, aunque Dios no restaurara de inmediato a toda la Iglesia; y era también necesario privar a los hipócritas de aquella vana confianza de que estaban llenos; pues solían apropiarse de todo lo que Dios prometía por sus siervos. Por eso Jeremías los excluyó, para que supieran que esta promesa no les pertenecía, conforme a lo que Pablo, al tratar este asunto, nos muestra ampliamente (Ro 9:27; 11:5, 7). Y es un recto intérprete de este pasaje y de otros semejantes cuando dice que Dios nunca estuvo tan atado al pueblo de Israel que no pudiera hacer libremente lo que quisiera, de modo que solo un remanente fuera salvo. Y lo llama «remanente escogido por gracia», porque no son salvos de otro modo que por la bondad libre y gratuita de Dios.

Y esta doctrina puede aplicarse también justamente a nuestro tiempo. Pues de ningún modo hemos de esperar que Dios restaure a su Iglesia en el mundo de tal manera que todos sean renovados por su Espíritu y se unan en la verdadera religión; sino que él reúne a su Iglesia de todas partes, y sin embargo de tal modo que su misericordia gratuita aparece siempre, porque solo habrá remanentes. Sigue:

Jeremías 31:8

8. He aquí que yo los traeré de la tierra del norte, y los reuniré de los confines de la tierra, y con ellos el ciego y el cojo, la preñada y la que está de parto juntamente: una gran compañía volverá acá.

8. Ecce reducens ipsos e terra Aquilonis: et congregabo eos ex lateribus terrae; in ipsis erunt caecus et claudus, praegnans et puerpera simul, coetus magnus revertentur huc.

Jeremías 31:8

El profeta confirma de nuevo la misma verdad, pero con amplificación. Pues este oráculo no solo se presenta con el preámbulo de haber procedido de Dios, sino que, para que el discurso fuera más enérgico, introduce al mismo Dios como el que habla: He aquí que yo los hago volver de la tierra del norte; pues Babilonia, como es bien sabido, estaba al norte de Judea. Y siempre que los profetas hablan de la liberación del pueblo, nombran siempre el norte; como también, cuando amenazan al pueblo, dicen que un ejército o una calamidad vendría del norte. Antes habían sido librados del sur, pues tal era la situación de Egipto. El profeta indica ahora que Dios estaba provisto de poder para libertarlos de nuevo de la tierra del norte.

Dice luego: y los reuniré de los lados de la tierra; por lados se refiere a los extremos o, por así decirlo, a los rincones de la tierra; como si hubiera dicho que su dispersión no impediría a Dios reunir a su pueblo.

Casi la misma promesa fue anunciada por Moisés, aunque en otras palabras:

«Aunque fueras dispersado por los cuatro confines del mundo, de allí te recogeré» (Dt 30:4).

Dios quiere decir allí que la distancia de los lugares no le sería obstáculo alguno, sino que, tan pronto como llegara el tiempo oportuno, reuniría de nuevo a su Iglesia de su dispersión. Vemos por ello lo que el profeta entiende por los lados de la tierra. Y quiso prevenir una duda que podía abatir el ánimo del pueblo al ver el cuerpo desgarrado y deformado: «¡Ah! ¿Cómo puede ser que volvamos a juntarnos?». Para quitar, pues, esta duda, el profeta dice que Dios vendría a reunir de nuevo a su pueblo, no solo de un rincón, sino también de las regiones más extremas de la tierra.

Adopta luego otro modo de hablar, para mostrar que ningún impedimento sería tan fuerte que excediera el poder de Dios cuando su propósito era librar a su pueblo: El ciego, dice, y el cojo, la preñada y la que está de parto, vendrán. El ciego no puede dar un paso sin tropezar o caer; los ciegos no son, pues, de ningún modo aptos para emprender un viaje, porque no hay camino que vean abierto para ellos; y los cojos, cuando hay camino para ellos, no pueden avanzar. Pero Dios promete que su liberación sería tal que tanto los cojos como los ciegos participarían de ella. Menciona luego a la preñada y a las mujeres de parto. La preñada, por la carga que lleva, no puede emprender un largo viaje, y la que acaba de dar a luz apenas se atreve a dejar su lecho, tan debilitada está por el parto; pero Dios promete que la preñada y la recién parida volverán con los demás; como si hubiera dicho que no había temor de que Dios no restaurara a su Iglesia, porque su poder era superior a todos los impedimentos del mundo, de modo que podía confirmar a los débiles, guiar a los ciegos, sostener a los cojos y fortalecer a las preñadas y a las que yacían de parto.

Ahora bien, aunque el profeta dirigió este discurso al pueblo antiguo, contiene sin embargo una doctrina perpetuamente útil. Recogemos de aquí que obran perversamente quienes estiman el favor de Dios según las apariencias presentes. Pero este es un error casi ingénito en nosotros por naturaleza, y absorbe todos nuestros pensamientos y sentimientos. De ahí nace la falta de confianza en Dios, y de ahí también sucede que todas las promesas de Dios se nos vuelven frías, o al menos pierden su justo valor. Pues cuando Dios promete algo, miramos a nuestro alrededor e inquirimos cómo puede cumplirse; y si nuestra mente no puede comprender el camino y la manera, rechazamos lo que ha salido de la boca de Dios. Atendamos, pues, a esta doctrina profética; y cuando Dios parezca prometer lo que supera nuestra fe, más aún, lo que nos parece de ningún modo posible, venga esta doctrina a nuestra mente y sirva de correctivo para frenar nuestros falsos pensamientos, no sea que, teniendo nuestra mente preocupada por una opinión falsa y perversa, hagamos agravio al poder de Dios. Si, pues, la liberación que Dios promete nos parece increíble según nuestras percepciones, recordemos que está en su poder hacer ver a los ciegos, andar a los cojos, emprender un viaje a las preñadas y a las que yacen de parto; porque él puede con su poder superar todos los obstáculos, de modo que hallaremos victoriosa nuestra fe, con tal que aprendamos a confiar en las promesas de Dios y a descansar firmemente en ellas. Entendemos ahora qué uso debemos hacer de esta profecía. Sigue después:

Jeremías 31:9

9. Vendrán con llanto, y con súplicas los guiaré; los haré andar junto a arroyos de aguas, por un camino recto en el cual no tropezarán; porque soy un padre para Israel, y Efraín es mi primogénito.

9. Cum fletu venient, et in precationibus (vel, *miserationibus) addiscam cos; deducam ad fluvios aquarum, in viam rectam, ubi non impingent (non impingent in ea, *ad verbum, sed *בה debet resolvi in relativum) *quoniam ero Israeli in Patrem, et Ephraim primogenitus meus ipse.

Jeremías 31:9

El profeta sigue con el mismo asunto; pero añade que, aunque fueran al exilio llorando, eso no sería impedimento para que Dios no los restituyera de nuevo a su tierra; pues tomo el comienzo de este versículo, con lloro vendrán, en sentido adversativo. Algunos explican el llanto como efecto del gozo, pues tanto el gozo como el dolor traen a veces lágrimas. Piensan, pues, algunos que el sentido del profeta es que tan grande sería el gozo a su regreso que brotarían lágrimas de sus ojos. Pero yo pienso, por el contrario, que el profeta quiere decir lo que se repitió después en uno de los Salmos:

«Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá con regocijo, trayendo sus gavillas» (Sal 126:6).

Pues el profeta compara el exilio del pueblo con la siembra; porque si la semilla echada en la tierra no muere, permanece seca y estéril, y no germina: la muerte de la semilla es, pues, la causa de la producción. Así también era necesario que el pueblo fuera de este modo arrojado por el exilio sobre la tierra, para que su calamidad fuera como una especie de muerte para ellos. Pero dice que los judíos, arrojados como una semilla, es decir, cuando eran llevados al exilio para ser puestos a muerte por la vara correctora de Dios, «habían venido llorando»; pero que después regresaron con gozo, como en la siega, es decir, cuando se les concedió libertad para volver. Así también habla aquí el profeta, como pienso, en sentido adversativo, acerca de los judíos; hay que sobrentender la partícula aunque.

Sigue después: Con ruegos, o misericordias, los guiaré. La palabra תחנונים, techenunim, que se halla casi siempre en plural, significa ruegos; y no sé si este sentido conviene aquí. En Zacarías, estando la palabra unida a gracia, no puede explicarse de otro modo que de misericordia (Zac 7:9), y me inclino a adoptar aquí este significado, a saber, que el llanto del pueblo no sería obstáculo para que Dios por fin tuviera misericordia de ellos y convirtiera su llanto y sus lágrimas en risa y gozo. Pero si alguno prefiere traducir la palabra por ruegos, el sentido no sería impropio; es decir, que cuando comenzaran a confesar suplicantes sus pecados y a refugiarse en la misericordia de Dios, entonces llegaría el tiempo del gozo. Pero entonces el llanto debe aplicarse a un dolor ciego, pues los judíos todavía no estaban sometidos de modo que se sujetaran a Dios, se humillaran y se arrepintieran. Por tanto, el llanto ha de tomarse en mal sentido, es decir, como dolor mezclado de perversidad, cuando murmuraban contra Dios; y el profeta debió de tomar los ruegos como señales de arrepentimiento, esto es, cuando los judíos, convencidos de veras de sus pecados por males muchos y continuos, comenzaran a refugiarse en la misericordia de Dios. Pero más bien parece oponer las misericordias de Dios a la tristeza en que estaban envueltos los judíos cuando Dios les ocultaba su favor.

Añade: Los haré andar junto a arroyos de aguas, conforme a lo que se dice en el libro de los Salmos, que hallarían fuentes y pozos en su camino (Sal 84:6). Pues los judíos tenían que viajar por desiertos y arenas estériles; por eso pensaban que vivían en otro mundo mientras estaban en Caldea: recordaban cuán vasta era la soledad por la que habían pasado. De ahí su desesperación, de modo que rechazaban todo consuelo cuando los profetas los exhortaban a tener buena esperanza. Dios promete, pues, ser su guía en el camino, para que no les falte agua en el desierto solitario y árido. Y vemos que el profeta, con las diversas figuras que emplea, quiere decir una sola y misma cosa, a saber, que cualesquiera obstáculos que nos salgan al paso para impedirnos gustar la bondad de Dios y abrazar las promesas de salvación, todos se desvanecerán si tenemos presente el poder infinito de Dios. Los guiaré, pues, junto a arroyos de aguas.

Luego dice: por camino derecho, en el cual no tropezarán, conforme a lo que se dice en Isaías 40:3:

«Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane».

Vemos así cómo concuerdan estas profecías y cómo deben considerarse como enseñanza de una misma cosa: que Dios supera todos los obstáculos cuando se propone salvar a su Iglesia; pues por mucho que todos los elementos se unan contra la salvación de los piadosos, Dios puede con un soplo disiparlos todos, derribar los montes más altos que se interpongan en su camino y dar ríos en los desiertos y tierras secas; y así puede obligar a obedecerle a todo lo que parezca oponerse a la salvación de su Iglesia.

Añade después: porque seré a Israel por padre, y Efraín será mi primogénito, o es; pues הוא, eua, como es bien sabido, se toma en lugar de un verbo. Aquí Jeremías señala la causa, y como la fuente, de la liberación de que ha venido hablando, a saber, que Dios se reconciliaría con su pueblo. Da a entender también la causa del exilio y de todos los males que habían venido y vendrían: que habían provocado a Dios con sus pecados. Dios los había adoptado ciertamente como su pueblo en la persona de Abraham; pero el profeta indica una interrupción cuando dice: seré, aunque el pacto de Dios nunca había sido anulado. Dios fue, pues, siempre el Padre de la Iglesia, pero el beneficio de la adopción no aparecía; en apariencia exterior el pueblo parecía rechazado, como se ha dicho en otros lugares; y sobre este asunto habla también Oseas con estas palabras:

«Y diré a Lo-ruhama: Tú eres pueblo mío, y él dirá: Dios mío» (Os 2:23).

Pues nada podía decirse de los judíos expulsados de su heredad sino que estaban totalmente alejados de Dios. No era, pues, Padre para ellos en aquel tiempo, es decir, no lo parecía, aunque de hecho y con eficacia se mostraba Padre. Comenzó, pues, a ser Padre cuando el pueblo regresó a su tierra, porque entonces resplandeció el favor de Dios, que durante un tiempo había estado como extinguido.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que así como te has complacido tantas veces en recibir en tu favor a tu antiguo pueblo, aunque extremadamente provocado por su perversa maldad, oh, concede que también hoy se nos muestre misericordia a nosotros, y que, aunque merecemos del todo perecer eternamente, extiendas, sin embargo, tu mano hacia nosotros y nos des un testimonio de tu favor, para que podamos con ánimo alegre invocarte como Padre nuestro y tener siempre esperanza en tu misericordia, hasta que seamos reunidos en aquel reino donde te rendiremos perfectamente el sacrificio de alabanza y nos gozaremos en el disfrute de aquella vida eterna que nos ha sido adquirida por la sangre de tu Hijo unigénito. Amén.

Lección ciento diecinueve

Explicamos ayer cómo Dios comenzó a ser Padre de Israel cuando lo restituyó del exilio. La adopción, por lo que toca a Dios, permaneció ciertamente la misma, como se ha dicho; pero en cuanto al juicio de los hombres, fue abolida. Comenzó entonces de nuevo a reunir a su pueblo de tal manera que de veras lo conociera como su Padre.

Añade después que Efraín sería su primogénito. Efraín se toma sin duda aquí por todo el pueblo; el profeta no hace aquí distinción entre los dos reinos, sino que incluye aun a la tribu de Judá en el nombre de Efraín, como se hace en muchos otros lugares. Pero conviene observar que Efraín se toma unas veces por toda la posteridad de Abraham, otras por el reino de Israel y otras por esa misma tribu. Cuando el reino de Judá se distingue del reino de Israel, entonces Efraín incluye solo las diez tribus; pero en este lugar el profeta no quiso señalar la diferencia entre la tribu de Judá y las diez tribus, porque en tal caso habría sido muy extraño llamar a Efraín el primogénito; pues sabemos que Efraín había sido desechado por consideración a David, como se dice en los Salmos:

«Desechó la tienda de José, y no escogió la tribu de Efraín, sino que escogió la tribu de Judá, el monte de Sion, al cual amó» (Sal 78:67-68).

Allí se hace una comparación entre el reino de Judá, que Dios había establecido, añadiendo una promesa, y el reino de Jeroboam, que era como espurio; pues la rebelión contra la familia de David había desgarrado el cuerpo de la Iglesia, de modo que quedó como mutilado. Por esta razón se dice que Efraín fue desechado, es decir, porque Dios miraba con favor paternal solo a David y a su posteridad; y de toda su familia se dijo:

«Él me clamará: Mi padre eres tú… y yo le haré también mi primogénito» (Sal 89:26-27).

En este lugar, pues, el profeta habla del pueblo en general, como si hubiera dicho que fue solo una división temporal cuando las diez tribus formaron para sí un reino propio, pero que llegarían a ser un solo pueblo, de modo que Efraín ya en nada difiriera de Judá. Al mismo propósito es lo que dice Oseas:

«Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo» (Os 11:1).

Allí el profeta llama al pueblo Israel; no designa, sin embargo, solo a las diez tribus, sino que puso en primer lugar a David y su posteridad. En efecto, los profetas, cuando profetizan sobre la restauración de la Iglesia, dirigen su mirada a la primera unidad que Dios había fijado entre el pueblo, pues solo entonces era el verdadero estado de las cosas, cuando las doce tribus conservaban una unión fraterna. Percibimos, pues, ahora por qué el profeta dice que Efraín era el primogénito de Dios.

Pero aquí puede preguntarse: «¿Con respecto a quién se le llama así? Pues se sigue que había otros hijos de Dios, si Efraín era el primogénito entre ellos». Pero esta conclusión no está bien fundada; porque se dice que María dio a luz a su hijo primogénito, que era, sin embargo, su único hijo (Mt 1:25), y a Cristo se le llama en otro lugar el primogénito con respecto a todos los fieles:

«para que él sea el primogénito entre muchos hermanos» (Ro 8:29).

Pero María había dado a luz a su único hijo. Por tanto, la palabra «primogénito» no prueba que sigan otros, el segundo y el tercero en su orden; pero podemos decir que Efraín fue llamado el primogénito de Dios con respecto a los gentiles, que al fin llegaron a ser partícipes de la adopción gratuita: pues también nosotros somos hijos de Abraham, porque hemos sido injertados por la fe en el pueblo escogido; sin embargo, esta solución me parece más sutil que sólida. Doy, pues, esta interpretación sencilla: que Efraín fue llamado primogénito porque fue preferido a todos los gentiles; Dios quiso elegirlos como su pueblo. Este fue, pues, el privilegio peculiar de la descendencia de Abraham; pues aunque el género humano era uno y el mismo, plugo a Dios elegir y adoptar a Abraham y su posteridad. Sigue ahora:

Jeremías 31:10

10. Oíd palabra de Jehová, oh naciones, y hacedlo saber en las costas que están lejos, y decid: El que esparció a Israel lo reunirá y guardará, como el pastor a su rebaño.

10. Audite sermonem Jehovae, gentes, et annuntiate in insulis e longinquo, et dicite, Qui dispersit Israel congregabit eum, et custodiet tanquam pastor gregem suum.

Jeremías 31:10

El profeta se detiene largamente en la redención, que a juicio de todos era increíble, sobre todo porque habían transcurrido ya tantos años; pues era la duración plena de la vida humana el tiempo que el pueblo llevaba como sepultado en sus tumbas, setenta años. El solo transcurso del tiempo bastaba, pues, para cortar toda esperanza. No es de extrañar, entonces, que nuestro profeta ensalce en tono elevado el regreso del pueblo.

Por eso exclama: Oíd, naciones, la palabra de Jehová. Y luego, como por mandato de Dios, envía heraldos por todas partes para proclamar el favor concedido: Id, dice, y anunciadlo en las islas lejanas. Con estas palabras da a entender que la liberación del pueblo sería una notable demostración del poder de Dios, que había de darse a conocer entre todas las naciones. Si esto no se hubiera dicho, la esperanza del pueblo habría desfallecido por su propia debilidad y quedado como reducida a nada. Pero cuando oyeron la profecía de Jeremías acerca de este extraordinario favor de Dios, les fue un consuelo nada común; es decir, que Dios sería para ellos un libertador tal que ejercería su poder de manera que se hiciera evidente aun a las naciones lejanas, y que su fama penetraría hasta las regiones más remotas. Por islas los profetas entienden los países al otro lado del mar; así, para los judíos, Italia, España, Grecia y Francia se llamaban islas. El profeta, pues, por islas lejanas entiende aquí todas las regiones del mundo distantes de Judea, y sobre todo las de ultramar.

Dice después: el que ha esparcido a Israel lo reunirá. Esta sentencia confirma la esperanza de liberación; pues Dios podía redimir fácilmente a su pueblo, ya que su exilio era un castigo infligido por su propia mano. Si los caldeos hubieran obtenido la victoria sobre ellos por su propio valor, podrían haber abandonado toda esperanza de liberación. Dios exhorta, pues, aquí al pueblo a tener esperanza, porque podía sanar las heridas que él mismo había infligido; como si dijera: «Yo soy quien los llevé al exilio, ¿no podré traerlos de vuelta? Si hubieran sido llevados por el poder de sus enemigos, podrían estar ahora sin esperanza de liberación; pero como nada sucedió sino por mi justo juicio, la misericordia puede poner remedio a todos sus males». Dios muestra así que su liberación podía realizarse fácilmente, puesto que los caldeos nada lograron por su propio poder, sino solo en cuanto él se lo permitió al castigar a su pueblo. Razona, pues, por los contrarios: que, puesto que los había dispersado, podía también reunirlos. Pues si los israelitas hubieran sido dispersados por voluntad y capricho de los hombres, su liberación habría parecido estar fuera del poder de Dios; pero como él los había castigado, podía, como acabo de decir, sanar las heridas infligidas por su propia mano.

De aquí puede deducirse una doctrina útil: el profeta invita al pueblo al arrepentimiento recordándole que Dios los había dispersado; pues si el pueblo miserable no lo hubiera sabido y no estuviera plenamente persuadido de ello, no se habría refugiado en la misericordia de Dios, ni lo habría tenido en cuenta, ni habría esperado liberación. Era, pues, necesario que el arrepentimiento precediera en debido orden, para que el pueblo abrazara la liberación que se le ofrecía. Esta es la razón por la cual el profeta dice que fue Dios quien esparció a Israel. Razona ciertamente, como he dicho, por los contrarios; pero la sentencia contiene sin duda la exhortación que acabo de exponer, para que el pueblo supiera que sufría un castigo justo; pues no fue por casualidad, ni por voluntad de los hombres, sino por el justo juicio de Dios, que habían sido llevados al exilio.

Sigue: y lo guardará como el pastor a su rebaño. El profeta muestra aquí que el favor de Dios no sería momentáneo, sino que su liberación sería el comienzo de una salvación continuada hasta el fin; y saber esto es sumamente necesario; pues ¿de qué nos serviría ser librados una vez por Dios? Si fuera así, nuestra salvación pronto desfallecería. Pero cuando oímos que somos librados por Dios de la tiranía de nuestros enemigos con este fin, para que continúe su favor hacia nosotros, para que llegue a ser nuestro guardián y pastor perpetuo, tenemos un fundamento sólido de confianza. Esta es, pues, la razón por la cual el profeta, después de hablar de la liberación de su pueblo, añade al mismo tiempo que Dios sería su pastor, que guardaría y preservaría perpetuamente a su pueblo. Sigue:

Jeremías 31:11

11. Porque Jehová redimió a Jacob, lo redimió de mano del más fuerte que él.

11. Quia redimet Jehova Jacob et redimet e manu (est quidem aliud verbum, sed idem significat, *פדה נאל redemit e manu) *potentis *(vel, *robusti) prae ipso.

Jeremías 31:11

Continúa con el mismo asunto. Había dicho antes que no sería para Dios obra difícil ni ardua librar a su pueblo; ahora dice: Jehová redimirá a su pueblo, y lo redimirá de la mano del más poderoso que ellos. Jeremías sale de nuevo al paso de la duda que podía haber abatido el ánimo de los piadosos; pues este pensamiento les volvía siempre: «¿Cómo puede Dios redimirnos? Habría podido, ciertamente, refrenar a los caldeos, pero ahora dominan todo el Oriente; esta monarquía es como un abismo en que el mundo entero es tragado: puesto que Dios ha exaltado así el poder caldeo, estamos del todo sin esperanza». Podían, pues, haber desesperado al comparar este mal con todos los remedios que se les ocurrieran. Pero el profeta confirma aquí lo que acababa de decir, que Dios sería más poderoso que los caldeos y que todos los demás enemigos; como si dijera:

«Aunque sus enemigos son fuertes y ustedes son como ovejas entre las fauces de los lobos, nada puede impedir que Dios los redima».

Al mismo propósito es lo que Dios dice a menudo por sus profetas:

«De balde fuisteis vendidos, y sin dinero seréis rescatados» (Is 52:3),

como si dijera: «No estoy obligado a pagar nada a los caldeos, pues no los vendí a ellos como por contrato, sino que los vendí a causa de sus pecados; en cuanto a ellos, no me han dado precio alguno: que nada, pues, los atemorice, como si pudieran oponerse a su liberación contra mi voluntad». ¿Cómo así? «Porque no tienen derecho a retenerlos; por tanto, con que solo acepten mi favor, la fuerza de sus enemigos, que parece tan formidable, no impedirá su redención». Esta es la razón por la cual dice que los caldeos eran más fuertes o más poderosos que los israelitas.

Esta verdad no es de poca utilidad para nosotros hoy; pues cuando consideramos cuán grande es la fuerza de nuestros enemigos, la desesperación debe abrumar nuestro ánimo; pero esta promesa viene en nuestra ayuda: Dios testifica que será de tal modo el Libertador de su pueblo que el poder de los hombres no impedirá ni retrasará su obra. Sigue:

Jeremías 31:12

12. Vendrán y cantarán en lo alto de Sion, y correrán al bien de Jehová, al pan, al vino, al aceite, y al ganado de las ovejas y de las vacas; y su alma será como huerto de riego, y nunca más tendrán dolor.

12. Et venient et laudabunt in excelso Zion, et confluent ad beneficentiam Jehovae, ad triticum et ad vinum et ad oleum, et ad gregem pecudum (ad verbum, filios ovium) et armenti (vel, pecoris; distinguit oves et arietes a bobus et vaccis) et erit anima eorum quasi hortus irriguus, et non adjicient ad dolendum (vel, lugendum) amplius.

Jeremías 31:12

Dice que vendrían a cantar alabanzas en lo alto de Sion; con estas palabras Jeremías promete la restauración del templo, pues de otro modo el regreso de los judíos a su tierra no habría tenido gran importancia; más aún, les habría sido mejor permanecer en Caldea, si solo atendieran a la tranquilidad, la riqueza y los placeres; pues sabemos cuán grande era la fertilidad y la amenidad de Caldea. En cuanto a los bienes de una vida terrenal y pasajera, habitar allí habría sido más ventajoso para los judíos; pero su regreso a su tierra había de esperarse principalmente para que fueran separados de los paganos, adoraran rectamente a Dios y habitaran en la heredad prometida de tal modo que fueran extranjeros en el mundo, mirando a su reposo celestial.

Lo que se ha dicho hasta aquí del regreso del pueblo habría sido de poca importancia si no se hubiera añadido esta promesa acerca de la restauración del culto de Dios. Al mismo tiempo exhorta a los israelitas a la gratitud mostrándoles el fin para el cual iban a ser puestos en libertad, a saber, para cantar alabanzas en lo alto de Sion. Sabemos, en efecto, que el templo estaba edificado en la cima de aquel monte. Pero el profeta menciona la altura o lugar alto porque la gratitud se expresaba con libertad cuando los judíos regresaban a su tierra; pues mientras vivían en el exilio eran como mudos. Por eso se dice en los Salmos:

«¿Cómo cantaremos cántico de Jehová en tierra de extraños?» (Sal 137:4).

Y habrían podido seguir temerosos después de su regreso, si no se les hubiera concedido plena libertad. Este es, pues, el beneficio al que alude el profeta cuando dice que celebrarían este favor en lo alto de Sion, no en un rincón oscuro, sino de modo que su voz se oyera por todas partes.

Añade: y correrán al bien de Jehová, al trigo, al vino y al aceite. Este modo de hablar, común entre los profetas, debe notarse especialmente. Describen el reino de Cristo de manera adecuada a la comprensión de un pueblo rudo, y por eso les presentan imágenes externas; pues cuando se trata del reino de Cristo, se menciona oro, plata, toda clase de riquezas, y también gran esplendor y gran poder, porque sabemos que lo que está más allá y por encima del mundo no puede ser comprendido de inmediato por la mente humana. Estamos aquí encerrados como en cárceles (no hablo de nuestros cuerpos); pero mientras peregrinamos en la tierra, no podemos elevar nuestras mentes hacia arriba para penetrar hasta la gloria celestial de Dios. Como el reino de Cristo es, pues, espiritual y celestial, no puede ser comprendido por las mentes humanas, a menos que él levante nuestros pensamientos, como lo hace, poco a poco. Esta es, entonces, la razón por la cual los profetas han presentado el reino de Cristo comparándolo con los reinos terrenales. Sabemos también que había una peculiaridad en el Antiguo Testamento, cuando Dios cubría con sombras lo que después fue claramente revelado en el evangelio; en Cristo se nos han abierto los cielos. Por eso esta forma de exponer la verdad sería ahora para nosotros no solo superflua, sino incluso dañina, pues nos apartaría del disfrute de las cosas celestiales. Porque debemos distinguir entre nuestra condición y la del pueblo antiguo. Pablo nos recuerda que ellos eran niños bajo un ayo, estando bajo la ley; pero que nosotros somos ya adultos, y que, por tanto, la servidumbre bajo la cual vivían los Padres ha llegado a su fin con la venida de Cristo (Gá 3:23-25).

Aunque David estaba dotado de un don singular del Espíritu, se mantuvo, sin embargo, dentro de sus propios límites; pues sabía que Dios quería gobernar entonces a su Iglesia de tal manera que el modo de enseñar fuera adecuado a niños. Pero ahora, después que hemos crecido en Cristo, las figuras y las imágenes externas han cesado; pues aunque la piedad tiene promesas para la vida presente y también para la venidera, como testifica Pablo (1 Ti 4:8), debemos, sin embargo, elevarnos por encima de esa doctrina elemental. Por tanto, cuando los profetas prometen vino, aceite y trigo a los fieles, su propósito es elevar sus mentes poco a poco y gradualmente a cosas más altas, según la condición y la comprensión de la niñez.

Y esto debe notarse con cuidado; pues muchos hombres profanos, cuando leen tales sentencias, piensan que el pueblo estaba entregado solo a los placeres presentes, y que todos los judíos eran esclavos de sus apetitos y eran alimentados por Dios como cerdos o bueyes. Pero tal opinión ha de ser del todo aborrecida; pues quienes la sostienen no solo agravian muy gravemente a los Padres, cuya esperanza era la misma que la nuestra, ya que siempre miraban a una herencia eterna, siendo extranjeros, como nos dice el apóstol, en este mundo (He 11:13), sino que además dividen el cuerpo de la Iglesia y extinguen la gracia de Dios, que fue concedida antiguamente durante muchos siglos, aunque solo con la venida de Cristo comenzó Dios a proclamar a los hombres su salvación eterna. Pero debemos tener presente que los santos Padres no eran tan toscos de mente que limitaran sus pensamientos a este mundo; pues sabían que habían sido adoptados por Dios para disfrutar al fin de una vida celestial; y por eso se llamaban peregrinos. Jacob, que había morado largo tiempo en la tierra de Canaán, dice que toda su vida había sido una continua peregrinación (Gn 47:9). Y el apóstol lo nota sabiamente cuando dice que Dios los reconocía como sus hijos porque eran extranjeros en este mundo (He 11:13). Así pues, los santos padres tenían la misma esperanza que nosotros recibimos ahora del evangelio, como tenían también el mismo Cristo. Pero la diferencia es que Dios presentaba entonces su gracia bajo figuras visibles, y por eso era más oscura, mientras que ahora las figuras y los tipos han cesado, y Cristo ha salido y se nos ha manifestado con más claridad. He dicho, por tanto, que esta doctrina debe aplicarse sabiamente a nuestro uso, no sea que busquemos ser alimentados y hartados cuando Dios nos invita a participar de su gracia. Pero debemos saber que, de todos los hombres, somos los más miserables si nuestra esperanza se limita a este mundo; y, sin embargo, en aquel tiempo esta manera de enseñar era muy necesaria, pues el regreso del pueblo, como se ha dicho, la exigía.

Sepamos, pues, ahora que al decir: correrán al bien de Jehová, al vino, al aceite y al trigo, se promete algo mejor y más excelente que alimento y suficiencia, y que bajo estas figuras se transmite lo espiritual, para que el pueblo ascendiera poco a poco al reino espiritual de Cristo, que estaba todavía envuelto en sombras y oscuridad.

Añade después: su alma será como huerto de riego. Da a entender que su abundancia sería perpetua. Cuando viene un año fructífero, abundan ciertamente los frutos, y la cantidad de vino y de trigo es mayor que la demanda; pero tras un año fértil sigue la esterilidad, que absorbe la abundancia anterior; y así ocurre con frecuencia, porque los hombres, por su ingratitud, ahuyentan como a empellones la bendición de Dios, de modo que no fluye a ellos en un curso continuo; pero Dios promete aquí que las almas del pueblo serían como huertos de riego, porque no habían de ser saciadas solo por poco tiempo, sino que en ningún momento estarían expuestas a necesidad, ni a hambre, ni a carencia alguna.

Dice además: nunca más tendrán dolor. Confirma lo mismo usando diversas expresiones; pero lo que significa en sustancia es que, cuando el pueblo de Dios fuera puesto en libertad, la bendición de Dios les sería continuada, de modo que los fieles no estarían sujetos a las miserias comunes de los hombres. Pues sabemos cuál es nuestra condición en este mundo: a cada hora, más aún, casi a cada momento, nuestro gozo se convierte en tristeza y nuestra risa en lágrimas. Pero Dios promete aquí que sería tan propicio a su Iglesia que esta tendría perpetuo motivo de regocijo. Ahora bien, cómo sucede esto no lo comprendemos fácilmente; pues aunque Dios en Cristo nos ha desplegado claramente los tesoros de la vida celestial, nosotros nos arrastramos siempre por la tierra. De ahí viene que no alcancemos lo que se contiene en estas sentencias que hablan de la verdadera y real felicidad de los piadosos. Sin embargo, debemos, en lo principal, considerar nuestro gozo como perpetuo; pues cualesquiera males que nos sobrevengan, Dios resplandece sobre nosotros con su gracia, y así todas las cosas resultan para nuestro bien y son ayudas para nuestra salvación, como nos dice Pablo en Ro 8:28. Y así no cesamos de gloriarnos en las angustias y aflicciones, como también nos enseña en el capítulo quinto; y nos atrevemos a triunfar sobre el frío y el calor, sobre la desnudez y todos los demás males, y aun sobre la muerte misma.

Pero debemos tener presente que el reino de Cristo solo comienza en nosotros aquí, y en el resto del mundo; no es, pues, de extrañar que gustemos tan poco de los beneficios que los profetas ensalzan en términos tan elevados. Cuando, por tanto, se insinúa una tentación de esta clase, cuando Dios nos trata más duramente de lo que deseamos: «¿Qué significa esto? Si fueras uno de los hijos de Dios, ¿no te trataría con indulgencia como ha prometido? ¿Dónde está esa abundancia de trigo, vino y aceite, si estás a menudo en necesidad? Vives siempre en penuria, ni parece haber nada mejor para ti mañana, pues ahora estás despojado y has llegado a una tierra estéril». Cuando se insinúa una tentación como esta, capaz de arrastrarte a la desesperación, venga a tu mente esta doctrina: «¿Está el reino de Dios hecho perfecto en ti?». Ahora bien, si ninguno de nosotros ha entrado apenas en el reino de Dios, no es de extrañar que no seamos partícipes de todos los bienes que Dios ha prometido a su pueblo; pues si el reino de Cristo es débil y flaco en nosotros, es muy justo que vivamos como en esa penuria que nos tienta a desconfiar de Dios; lo mismo ocurre con todo el mundo. No hay, pues, razón para extrañarse de que Dios no cumpla lo que ha prometido bajo el reino de Cristo, cuando los hombres no son capaces de recibir tan gran bondad; porque está escrito:

«Abre tu boca, y yo la llenaré» (Sal 81:10).

Pero nosotros estamos estrechos en nosotros mismos; de ahí que apenas nos lleguen las más pequeñas gotas de la generosidad de Dios. Sigue después:

Jeremías 31:13

13. Entonces la virgen se alegrará en la danza, los jóvenes y los viejos juntamente; y cambiaré su lloro en gozo, y los consolaré, y los alegraré de su dolor.

13. Tunc laetabitur virgo *(aut *puella) in choro et adolescentes *(vel, *electi; *sed signi,ficat proprie adolescentes) *et senes pariter; et convertam luctum eorum in gaudium, et consolabor eos et exhilarabo a suo dolore.

Jeremías 31:13

Esta es una confirmación del versículo anterior; pues dice que el gozo sería común a las jóvenes y a los jóvenes, y también a los viejos. Había hablado de la perpetuidad del gozo; pero ahora extiende este gozo a ambos sexos, mujeres y varones, y a todas las edades. De la danza hemos hablado en otro lugar: no se permitía aquella lascivia a que el mundo se entrega en su alegría; en cuanto a los hombres profanos, no hay moderación en su gozo. Los profetas seguían el modo común de hablar; y, en efecto, los israelitas tenían sus danzas al celebrar las alabanzas de Dios; pero era un gozo casto y modesto, más aún, un gozo sagrado, pues era una manera de adorar a Dios. Sin embargo, el profeta habla conforme a las costumbres comunes del pueblo, como en otros muchos lugares, cuando dice que las jóvenes y los jóvenes se alegrarían en la danza.

Añade después: Cambiaré su lloro en gozo, los consolaré y los alegraré de su dolor. Aquí el profeta aparta el pensamiento de los israelitas de los males que entonces tenían, no sea que su dolor oscureciera tanto sus mentes que les impidiera gustar la bondad de Dios que se les prometía. Para que el sentimiento de los males presentes no les estorbara venir a Dios y recibir su favor, habla de su dolor y de su lloro, y da a entender que el cambio sería fácilmente hecho por la mano de Dios, cuando le placiera librar a su pueblo y restituirlo a su antiguo estado, de modo que su completa felicidad tendría lugar bajo el reinado de Cristo.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que, estando todavía en nuestro estado de peregrinación, y haciéndonos partícipes de tu bondad según sabes que nos es necesario, oh, concédenos que, recordados siempre por tus beneficios, aspiremos a cosas más altas, y que, a través de todas las tentaciones con que debemos luchar, avancemos hacia la meta que se nos ha puesto delante, esperando aquella felicidad perfecta en el cielo, de la cual ahora solo brillan unas pocas chispas ante nuestros ojos, y así llevemos adelante la milicia bajo la bandera de tu Hijo, de modo que no dudemos de que nos está preparado un triunfo en aquella vida bienaventurada que ha sido obtenida por su sangre. Amén.

Lección ciento veinte

Jeremías 31:14

14. Y el alma del sacerdote saciaré de grosura, y mi pueblo será saciado de mi bien, dice Jehová.

14. Et satiabo animam sacerdotum pinguedine, et populus meus beneficentia mea salvabitur, dicit Jehova.

Jeremías 31:14

Este versículo está conectado con el anterior; pues lo que el profeta había dicho en general de todo el pueblo, lo declara ahora en particular respecto de los sacerdotes, pues eran como el corazón del pueblo; y por este orden daba Dios una representación viva de su favor. Esta es la razón por la cual la Escritura, al exponer la bendición de Dios para su pueblo escogido, habla especialmente de los sacerdotes, como se ve en muchos lugares. El profeta da, pues, a entender que Dios sería generoso indistintamente con todos los israelitas, pero que su favor peculiar sería notorio hacia los sacerdotes, pues la condición del pueblo no sería completa sin el sacerdocio, ya que el sacerdocio era como el alma. Habrían vivido como los paganos si Dios no hubiera prescrito cómo debía ser invocado y adorado. Y habiendo mencionado a los sacerdotes, no se limita a ellos, sino que el favor de Dios se extiende a todo el pueblo. No habla, pues, el profeta solo de los sacerdotes, sino que declara que el pueblo sería hecho bienaventurado por la generosidad de Dios, y que, sin embargo, su bondad peculiar se manifestaría hacia los sacerdotes levíticos, conforme a lo que leemos en los Salmos: se promete a los sacerdotes una bendición especial, acompañada de felicidad para los piadosos; y David, cuando se felicita por tener tantas bendiciones de Dios, por las cuales era distinguido, menciona ciertamente las provisiones de su mesa y la abundancia de todas las demás cosas, pero añade enseguida:

«En la casa de Jehová moraré por largos días» (Sal 23:6).

Con esta conclusión da a entender que estimaba en nada lo que desean los hombres profanos, a menos que gozara como lo primero del culto de Dios; pues esta es la parte principal de nuestra felicidad. Porque ¿para qué vivimos, si no aprendemos, mientras participamos de las bendiciones de la mano de Dios, que él es nuestro Padre, y que somos estimulados por su bondad a adorarle, y si no nos entregamos por completo a su palabra?

Percibimos, pues, ahora el propósito del profeta al decir que los sacerdotes serían saciados de grosura.

Como la palabra דשן, deshin, grosura, denota abundancia de todas las cosas, así saciar da a entender la gran extensión de la bondad de Dios. Algunos la traducen «embriagar», pero impropiamente; y sería inapropiado decir: «Embriagaré de grosura». Pero רוה, rue, significa regar y también saciar: por eso dijo el profeta, en lo que consideramos ayer, que el alma de los fieles sería como huerto de riego; allí es רוה, rue. Así también ahora Dios quiere decir que sería tan generoso con su pueblo que nada faltaría a la plena afluencia de todos los bienes. Y vuelve a decir lo mismo respecto de todo el pueblo: Mi pueblo será saciado de mi bien, dice Jehová. Vemos así que nada se promete a los sacerdotes sino en conexión con toda la Iglesia. Sigue:

Jeremías 31:15-16

15. Así ha dicho Jehová: Voz fue oída en Ramá, llanto y lloro amargo; Raquel que lloraba a sus hijos, y no quiso ser consolada acerca de sus hijos, porque perecieron.

15. Sic dicit Jehova, Vox in excelso audita est, lamentatio, fietus amaritudinum, Rachel plorans super filiis suis noluit (renuit, vel, non admisit) ad consolandum (hoc est, non admisit consolationum super filiis suis) quia non ipsi, (hoc est, quia non sunt)

16. Así ha dicho Jehová: Reprime tu voz de llorar, y de derramar lágrimas tus ojos, porque salario hay para tu trabajo, dice Jehová, y volverán de la tierra del enemigo.

16. Sic dicit Jehova, Prohibe vocem tuam a fletu et oculos tuos a lachrymis, quia erit merces operi tuo, dicit Jehova, et revertentur e terra hostis.

Jeremías 31:15

Aquí, en primer lugar, el profeta describe la desolación de la tierra, privada de todos sus habitantes; y, en segundo lugar, añade un consuelo: que Dios restituiría a los cautivos del exilio, para que la tierra fuera de nuevo habitada. Pero hay aquí lo que llaman una personificación, es decir, un personaje imaginario introducido: pues el profeta levanta a Raquel de la tumba y la representa lamentándose. Hacía mucho que había muerto y su cuerpo estaba reducido a cenizas; pero el discurso tiene más fuerza cuando se atribuye el lamento a una mujer muerta que si el profeta hubiera dicho que la tierra presentaría un aspecto triste y lúgubre, porque estaría asolada y desierta; pues los retóricos cuentan la personificación entre las mayores excelencias, y Cicerón, al tratar del mayor ornato de un discurso, dice que nada conmueve tanto al auditorio como cuando se levanta a los muertos desde abajo. El profeta, pues, aunque no enseñado en la escuela de los retóricos, adornó así su discurso por el impulso del Espíritu de Dios, para penetrar con más eficacia en los corazones del pueblo.

Y esta personificación introduce una escena, pues nos pone delante a los judíos y a los demás israelitas; y no solo les representa la calamidad que estaba cerca, y lo que ya en parte había sucedido, sino que pone también ante sus ojos la venganza de Dios que había tenido lugar en la destrucción del reino de Israel, cuando primero cuatro tribus fueron llevadas al exilio y después fue destruido todo el reino, y expone también aquello en que los judíos poco pensaban y que no temían, a saber, la calamidad extrema y la ruina del reino de Judá y de la ciudad santa.

Por eso dice: Así ha dicho Jehová: Voz se oyó en lo alto, lamentación, lloro de amarguras; introduce a Dios como el que habla; pues los judíos, aunque habían visto la terrible dispersión de sus hermanos, permanecían, sin embargo, seguros; y por eso se queja otro profeta de que nadie se dolía del quebrantamiento de José (Am 6:6). Veían que casi toda la tierra había sido consumida por la venganza de Dios, como si un fuego hubiera arrasado por todas partes; y, sin embargo, seguían sus propios placeres, como también los acusa Isaías (Is 22). Esta es la razón por la cual se hace hablar aquí a Dios: tenía que ver con hombres del todo aletargados y descuidados. Para despertarlos, pues, de su letargo, el profeta introduce a Dios haciendo el anuncio: Voz se oyó; ¿de quién es la voz? De Raquel.

Los intérpretes piensan que se menciona a Raquel porque fue sepultada en Belén; pero en cuanto a José, es decir, su posteridad, esta región le había tocado en suerte, y me parece probable que el profeta no se refiere aquí a la tumba de Raquel, sino a su descendencia; pues aquella parte que obtuvieron los descendientes de su hijo Benjamín fue asolada; por eso introduce a Raquel como madre de esa parte del país; y es bien sabido que bajo la tribu de Efraín están incluidas las otras diez tribus; pero la referencia a su sepultura carece de sentido. Raquel, pues, que lloraba a sus hijos, no quiso ser consolada, porque no existen; es decir, no podía recibir consuelo, porque faltaba motivo, ya que su posteridad había sido destruida y se había extinguido en la tierra.

Este pasaje es citado por Mateo (Mt 2:18), donde da cuenta de los niños menores de dos años que habían sido muertos por mandato de Herodes; entonces dice que se cumplió esta profecía, a saber, que Raquel lloró de nuevo a sus hijos. Pero la explicación de esto no ofrece dificultad; pues Mateo no quiso decir otra cosa sino que lo mismo sucedió con la venida de Cristo que había ocurrido antes, cuando todo el país fue reducido a desolación; pues el propósito del evangelista era quitar un escándalo nacido de la novedad, ya que sabemos que el ánimo de los hombres se llena de pavor cuando sucede algo nuevo, inesperado y nunca oído antes. Por eso los evangelistas dirigen a menudo su atención a este punto, para que lo que sucedió en tiempo de Cristo no aterrara ni perturbara el ánimo de los hombres como cosa nueva e inesperada, puesto que los padres habían experimentado antes lo mismo. En vano se atormentan, pues, los intérpretes explicando este pasaje alegóricamente; pues Mateo no quiso disminuir la autoridad de la historia antigua, ya que sabía en qué sentido se había dicho esto antiguamente; sino que su único propósito era recordar a los judíos que no había motivo para asombrarse mucho de aquella matanza, pues aquella región había sido antes asolada y privada de todos sus habitantes, como si una madre, habiendo tenido una familia numerosa, perdiera a todos sus hijos.

Vemos ahora, pues, cómo Mateo acomodó a su propósito este pasaje. Conserva el nombre propio «Ramá», y había un lugar así llamado; pero el apelativo es preferible aquí, «Voz se oyó en lo alto», como teníamos ayer, «en lo alto de Sion». Un lugar alto es, pues, lo que Jeremías ha mencionado aquí, porque el lamento había de oírse por todas partes del país, ya que una voz lanzada desde un lugar alto resuena a lo lejos. Percibimos también ahora el sentido de esta sentencia: que el país poseído por los hijos de Benjamín había sido reducido a desolación, de modo que la madre, como quien ha perdido a sus hijos, se consumía en su lamento, porque nada podía darle consuelo, ya que toda su descendencia había sido cortada.

Sigue ahora una promesa que modera la gravedad de la calamidad. Y los dos versículos deben leerse como opuestos el uno al otro: «Aunque Raquel, llorando a sus hijos, no tiene por un tiempo motivo de consuelo, Dios la consolará, sin embargo». Y así el profeta, en el versículo anterior, exhorta a los judíos al arrepentimiento, pero en este a la esperanza: pues era necesario que los judíos fueran advertidos de su terrible calamidad, para que reconocieran el juicio de Dios; y era también necesario que su ánimo fuera inspirado con esperanza. Ahora, pues, el profeta les manda ser consolados; porque Raquel, después de haber llorado largo tiempo a sus hijos sin consuelo alguno, alcanzaría al fin la misericordia de Dios. Dios consolaría, pues, a Raquel después de su largo lamento.

Jeremías 31:16

Reprime, dice, tu voz de llorar. La palabra es בכה, beke: como había mencionado antes esta palabra en segundo lugar, «lamentación, lloro de amarguras», así la repite ahora aquí: «Reprime tu voz de llorar», es decir, deja de quejarte y de lamentar la muerte de tus hijos, y de derramar lágrimas tus ojos. El sentido es que el lamento de Raquel no sería perpetuo. Hemos dicho que se introduce a una mujer muerta, pero que esto se hace por la solemnidad y el efecto, para que los judíos, teniendo el asunto como puesto ante sus ojos, fueran más tocados y movidos. Pero si queremos entender el sentido del profeta sin figura, es este: que el lamento no sería perpetuo, porque los desterrados volverían, y la tierra que había tocado en suerte a los hijos de Benjamín y de José sería habitada de nuevo.

Y dice: porque salario hay para tu trabajo. Quiere decir que el dolor de Raquel llegaría al fin felizmente a su término, de modo que produjera algún beneficio. Mientras los fieles, según Isaías, se quejaban de que estaban oprimidos de dolor sin esperanza, decían: «Concebimos, tuvimos dolores de parto, dimos a luz viento»; con estas palabras querían decir que habían experimentado las más pesadas tribulaciones; y añadían luego: «sin fruto», como si una mujer estuviera de parto y sufriera el mayor dolor y angustia, y no diera a luz un niño vivo, sino muerto, como sucede a veces. Ahora bien, la mujer que da a luz un niño vivo se regocija, como dice Cristo, porque ha nacido un hombre (Jn 16:21), pero cuando una mujer, tras largos dolores, da a luz una masa muerta o algo monstruoso, es aumento de dolor. Así dice el profeta que el trabajo de Raquel, es decir, de su país, no sería sin fruto: habrá, pues, recompensa para tu trabajo. La Escritura usa el mismo modo de hablar en 2 Cr 15:7, donde el profeta Azarías habla al rey Asa:

«Esforzaos vosotros, y no desfallezcan vuestras manos, pues hay recompensa para vuestra obra».

Por trabajo se ha de entender, pues, aflicción o dolor, y por recompensa un desenlace gozoso y próspero. El sentido es que, aunque todo el país se lamentara miserablemente por un tiempo, abandonado y privado de sus habitantes, el desenlace sería, sin embargo, gozoso, porque el Señor restituiría a los desterrados, de modo que la tierra sería como una madre que tiene una familia numerosa y se deleita en sus hijos, o en su descendencia.

Ahora bien, si alguien aplicara esto a las satisfacciones, haría algo muy absurdo, como lo hacen los papistas, que dicen que por el castigo que sufrimos somos redimidos de la muerte eterna, y que entonces la venganza de Dios es aplacada y se da satisfacción a su justicia. Pero cuando el profeta declara que habría recompensa para el trabajo, no recomienda los frutos del castigo con que Dios corrigió a su pueblo, como si fueran, como dicen, satisfacciones; sino que simplemente les recuerda que sus tribulaciones y dolores no serían inútiles, pues tendría lugar un desenlace más feliz de lo que los judíos esperaban. Pero es don gratuito de Dios que haya recompensa para nuestro trabajo, es decir, cuando las miserias y calamidades que nos inflige se hacen ayudas para nuestra salvación. Pues sin duda cualesquiera males que sufrimos son señales de la ira de Dios; la pobreza, el frío, el hambre, la esterilidad, la enfermedad y todos los demás males son otras tantas maldiciones infligidas por Dios. Cuando, pues, hay recompensa para nuestras tribulaciones y dolores, es decir, cuando producen algún beneficio o fruto, es como si Dios convirtiera las tinieblas en luz; pues naturalmente, como he dicho, todos estos castigos son maldiciones. Pero Dios promete que nos bendecirá, de modo que todos estos castigos resulten para nuestro bien y salvación, como nos dice Pablo en Ro 8:28.

Añade después: volverán de la tierra del enemigo. Con estas palabras alude a la restauración del pueblo, de modo que Raquel vería de nuevo a su posteridad heredando la tierra prometida. Pero no hay razón para disputar sutilmente aquí si Raquel se alegró del regreso de su descendencia, o si aquella calamidad fue lamentada por ella; pues el propósito del profeta no era mostrar si los muertos tienen conciencia de nuestros asuntos o no; sino que habla figuradamente para hacer más notable y vigoroso lo que decía. Sigue:

Jeremías 31:17

17. Esperanza hay también para tu postrimería, dice Jehová, y los hijos volverán a su propia tierra.

17. Et erit spes novissimo tuo, dicit Jehova; et redibunt filii ad terminum suum *(hoc est, *in regionum suam)

Jeremías 31:17

Explica ciertamente en pocas palabras, pero con suficiente claridad, lo que había dicho. Debemos tener siempre presente el orden que he señalado: que primero puso ante los judíos su calamidad, para que se humillaran ante Dios; y luego les dio la esperanza del regreso, para que se sintieran seguros de que Dios les sería propicio. Ahora incluye ambas cosas en estas pocas palabras: habrá esperanza para tu postrimería; pues abarcan las dos cláusulas: que todo el país se lamentaría por un tiempo, y luego que sus lágrimas se convertirían en risa y su dolor en gozo; porque si la felicidad del pueblo hubiera fluido en una corriente ininterrumpida, la palabra «postrimería» no habría sido adecuada; pues se refiere a lo que termina. Hay que entender, pues, un contraste entre el fin y el comienzo. En suma, Jeremías enseña aquí que el tiempo penoso durante el cual Dios afligiría a su pueblo debía ser soportado con paciencia. Pero después de mandarles permanecer en suspenso, les presenta un desenlace feliz.

Ahora bien, este pasaje contiene una doctrina útil: que no hemos de medir el favor de Dios por las apariencias presentes, sino aprender a mantener nuestras mentes y pensamientos en suspenso, mientras el Señor parece estar airado con nosotros y solo nos salen al encuentro terrores desalentadores, para que podamos abrigar en nuestro corazón la esperanza que el profeta nos exhorta a tener, y distinguir entre nuestro estado presente y el fin. Y por esta razón el apóstol, en su Epístola a los Hebreos, al exhortar a los fieles a la paciencia, dice que la vara es siempre en el momento penosa para los hijos, pero que la corrección parece útil cuando se mira al fin (He 12:11). Así, cuando percibimos que Dios está disgustado con nosotros, no podemos dejar de sentir pavor, y deseamos al mismo tiempo escapar de su mano correctora; pero, como acabo de decir, debemos dirigir nuestros pensamientos al fin o desenlace, según se nos enseña aquí: habrá, pues, esperanza para tu postrimería.

Pero aquí puede plantearse una cuestión: ¿no había esperanza para el tiempo intermedio, mientras Dios castigaba a los judíos? La respuesta es obvia: el profeta toma aquí la esperanza por la esperanza cumplida. Si alguno la llama esperanza real o esperanza efectuada, no me opongo. Pero sin duda da a entender que todas las calamidades que los judíos habrían de soportar terminarían al fin en su liberación y serían para su bien. Vemos así que la esperanza aquí, como hemos dicho, ha de tomarse por esperanza cumplida. Y el profeta se explica a sí mismo: volverán a su propia tierra. Aquí, tomando la parte por el todo, menciona el término por todo el país, como si dijera: «Ahora están lejos de su país, pero volverán de nuevo a aquella tierra que ha sido señalada con límites ciertos, a saber, el Éufrates, Egipto, el mar y Arabia»; pues estos eran los cuatro límites. Sigue después:

Jeremías 31:18

18. Escuchando, he oído a Efraín que se lamentaba: Me azotaste, y fui castigado como novillo indómito; conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios.

18. Audiendo audivi Ephraim transmigrantem, *(vel, *cum transmigravit, *vel, *lamentantem, *ut alii vertunt; dicemus postea de voce) *Castigasti me, et castigatus sum tanquam vitulus non edotus; converte me et convertar, quia tu Jehova Deus meus.

Jeremías 31:18

El profeta habla aquí más claramente de un desenlace bienaventurado, y muestra que el castigo con que Dios había ya corregido al pueblo, y con que estaba dispuesto a corregir a la tribu de Judá, era del todo necesario, y que se lo daría como una medicina. Pues mientras tenemos delante la ira de Dios, procuramos necesariamente, como ya se ha dicho, evitarla, porque nos queremos bien a nosotros mismos y tratamos de alejar lo más posible todo lo que nos es adverso; de ahí que el castigo que Dios inflige nunca nos sea agradable, que nuestro dolor en los males y adversidades nunca se mitigue, y que no nos sometamos tranquilamente a Dios si no dirigimos nuestra mente al fruto que producen las angustias y las correcciones. Percibimos, pues, ahora el propósito del profeta: los judíos murmuraban siempre y decían: «¿Por qué no nos perdona y nos exime Dios? ¿Por qué no nos trata con más suavidad?». El profeta muestra, por tanto, que Dios miraba por el bienestar de su pueblo al castigarlo; pues si los hubiera consentido en sus pecados, habrían crecido su soberbia y su perversidad.

La intención de estas palabras es, pues, esta, y con este fin habla el profeta: que los judíos supieran que todo su castigo, que de otro modo habría sido amargo y penoso, era una especie de medicina con la cual habían de ser sanadas sus enfermedades espirituales.

Dice, por tanto: Escuchando, he oído a Efraín, después de haber migrado, etc. El participio מתנודד, metnudad, está en Hithpael, y viene de נוד, nud, o de נדד, nedad. Algunos lo traducen «migrando», y otros «lamentándose». Pero נוד, nud, significa moverse, vagar, migrar de un lugar a otro; significa también quejarse, contar adversidades, aunque a menudo se aplica a quienes tienen por objeto consolar a los miserables y afligidos. Si alguno prefiere la traducción «he oído a Efraín lamentándose», no me opongo, pues hay suficiente probabilidad a su favor. Pero puede derivarse también de נוד, nud, así como de נדד, nedad; el sentido más adecuado sería entonces «después de haberse mudado al exilio», o literalmente «después de haber migrado», es decir, después que Dios hubo llevado a Efraín, a saber, a las diez tribus, al exilio.

Después que Efraín hubo así migrado, o hubo sido llevado al exilio, comenzó entonces a decir: Me azotaste, y fui castigado, porque era un novillo indómito: conviérteme, y seré convertido, porque tú, Jehová, eres mi Dios. El profeta quiso sin duda, como dije antes, reprimir las murmuraciones que prevalecían entre los judíos, que decían que Dios era demasiado rígido y severo; muestra no solo que eran dignos del gravísimo castigo que sufrían, sino que era también un testimonio del favor de Dios, que así quería limpiarlos de sus pecados; pues se habrían podrido cien veces en su maldad si Dios no los hubiera así reducido a sano juicio. Presenta al mismo tiempo a Efraín como ejemplo, para que los judíos siguieran resignados a sus hermanos y no soportaran con descontento su exilio, viendo que ya había sido provechoso para sus hermanos. Cuando percibieran, pues, que su castigo era útil para los israelitas y producía buen fruto, debían haberse sometido de buen grado a Dios y no haber murmurado contra él por castigarlos por sus pecados, sino haber soportado su exilio como una corrección paternal.

Dice después: «He oído a Efraín»: ¿en qué tiempo? Esta circunstancia debe notarse especialmente: fue después que hubo migrado. Cuando estaban tranquilos en la tierra eran, como sigue, como novillos indomables. Los profetas usan también este modo de hablar cuando describen a los israelitas antes de su dispersión: los llaman bueyes gordos y bien alimentados: la abundancia produjo lujo, y el lujo soberbia. Así, pues, daban coces, por decirlo así, contra Dios, conforme a lo que dice Moisés:

«Engordó Jesurún, y tiró coces» (Dt 32:15).

Siendo tales, era necesario que fueran domados. Y a esto se refiere el tiempo que se menciona: cuando Efraín fue arrojado a la fuerza de su propio país, entonces comenzó a reconocer sus males y a ser tocado de un sentimiento de arrepentimiento: «Me azotaste», dice, «y fui instruido». El verbo יסר, iser, significa instruir y también castigar, y se aplica a príncipes, consejeros, padres y magistrados. La palabra «castigar» es más restringida en latín. Pero יסר, iser, significa propiamente enseñar, y sin embargo a menudo significa castigar, pues esa es una manera de enseñar o instruir. Dice, pues, que fue castigado, aunque en distinto sentido: en la primera cláusula, cuando dice: «Me azotaste», se refiere al castigo con que Dios había humillado a su pueblo; y en la segunda cláusula dice: «Fui instruido», es decir, «comienzo ahora por fin a hacerme sabio»; pues es la sabiduría aun de los necios no endurecerse bajo sus calamidades; porque los que se endurecen están del todo en un estado sin esperanza. Es la parte principal de la sabiduría reconocer lo que es recto y seguirlo de buen grado; pero si no estamos dispuestos a mirar por nuestro propio bien, entonces Dios nos castigará.

Cuando nuestras enfermedades son curables, nos volvemos a Dios; pero los perversamente malos muerden y mascan el freno y contienden con el juicio de Dios. Pero el profeta se refiere aquí solo a los fieles; pues el castigo no tiene el mismo efecto en todos indistintamente. Dios, ciertamente, llama a todos los hombres por el castigo al arrepentimiento, de modo que aun los reprobados quedan sin excusa cuando endurecen su corazón y no aprovechan bajo la vara. Pero el castigo es particularmente útil para los fieles; pues Dios no solo los azota, sino que también, por su Espíritu, inclina sus mentes a la docilidad, de modo que se dejan corregir de buen grado por él. Por eso dije que esta cláusula se refiere propiamente a los fieles, cuando el profeta dice que Efraín fue instruido, después de haber sido advertido por el castigo, para volverse a Dios.

Se compara a sí mismo con un novillo indomable; pues los novillos son retozones antes de acostumbrarse al yugo. Tal es también el retozo de los hombres antes que Dios los someta con diversas clases de castigo, y no solo los someta, sino que los haga también dóciles y sumisos. La próxima semana daré la lección en lugar de Beza.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que, como somos siempre arrastrados por nuestras propias vanidades, y la licencia y la insolencia de nuestra carne son tales que nunca te seguimos ni nos sometemos a tu voluntad, oh, concédenos que aprovechemos más y más bajo tus azotes, y nunca nos endurezcamos perversamente, sino que aprendamos a reconocer que, aun cuando pareces rígido, miras por nuestra salvación, para que, volviéndonos a ti, procuremos durante el resto de nuestra vida glorificar tu nombre por medio de tu Hijo unigénito. Amén.

Lección ciento veintiuna

En la lección anterior, el profeta nos dijo que Efraín, hasta que fue castigado por la mano de Dios, era como un novillo indómito, y que, por tanto, el exilio le fue útil. Ahora añade: Conviérteme, y seré convertido.

Esta segunda cláusula parece no concordar con la primera; pues los israelitas habían confesado antes que se habían convertido, y ahora piden a Dios que los convierta. ¿Por qué se dice esto? Pues parece inútil pedir lo que ya hemos obtenido. Pero la solución es obvia. Puede responderse, en primer lugar, que los hombres nunca se arrepienten de tal modo que no necesiten la ayuda continua de Dios; pues debemos ser renovados de día en día y renunciar poco a poco a los deseos de nuestra carne; ni nos despojamos del viejo hombre en un solo día. Y cuando el profeta en los Salmos habla de la liberación del pueblo, dice que fue un milagro, que el pueblo había sido restituido más allá de toda esperanza:

«Seremos», dice, «como los que sueñan»;

añade después:

«Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová» (Sal 126:1, 4),

y dijo esto porque Dios había restituido solo a un pequeño número. Lo mismo ocurre también con la conversión espiritual, tanto con respecto a todo el cuerpo como a los miembros individuales. Nos convertimos, como ya he dicho, poco a poco a Dios y por diversos pasos; pues el arrepentimiento tiene su progreso. No hay, por tanto, nada impropio en decir que el profeta, en nombre de las diez tribus, pide a Dios que continúe su obra. Pero como esta explicación es algo forzada, prefiero una visión más sencilla de las palabras: «Conviérteme, y seré convertido». Significan lo mismo que si el profeta hubiera dicho: «Oh Señor, esta es obra tuya». No se refiere, pues, simplemente a un tiempo futuro, sino que habla del favor de Dios, como si dijera que los hombres no se convierten por su propio impulso, sino que Dios, por el poder oculto de su Espíritu, los convierte.

Los israelitas habían confesado antes que habían sido castigados provechosamente por la mano de Dios, porque el castigo los había instruido; pero ahora añade que esto fue bondad singular de Dios. Pero, como observamos antes, el castigo es común a los elegidos y a los reprobados; pero el fin y el fruto del castigo es muy diferente; pues los reprobados se endurecen más y más, lo contrario de someterse a Dios; pero los elegidos son sometidos, porque Dios no solo los hiere con sus varas, sino que también los doma por dentro, sujeta su soberbia y, en una palabra, inclina sus corazones a la obediencia por su Espíritu.

Entendemos ahora, pues, el propósito del profeta: pues en nombre del pueblo confiesa, primero, que el castigo infligido por Dios había sido útil, y, en segundo lugar, añade que no fue por el poder de los hombres como volvieron de buen grado a sano juicio, sino que Dios había inclinado sus corazones por su Espíritu, de modo que no se endurecieron por el castigo ni resistieron obstinadamente, como sucede lo más comúnmente. Concluimos, pues, de aquí que el arrepentimiento es obra del Espíritu Santo. Dios nos invita ciertamente, y aun nos urge por medios externos al arrepentimiento; pues ¿cuál es el designio del castigo sino llevarnos al arrepentimiento? Pero debemos recordar todavía que, si Dios solo nos castigara, esto no tendría otro efecto que dejarnos sin excusa, pues nuestra perversidad nunca podría así ser corregida. Es necesario, pues, añadir el segundo favor, es decir, que Dios nos someta por dentro y nos restituya a la obediencia. Esto es lo que testifica el profeta cuando dice: «Conviérteme, y seré convertido», como si dijera que los hombres ciertamente se convierten cuando Dios les recuerda sus pecados, pero que no lo hacen por su propio poder, pues es obra peculiar de Dios.

Añade, por tanto: Porque tú, Jehová, eres mi Dios. Con esta cláusula da a entender que Dios favorece solo a sus elegidos con este privilegio; como si dijera que no sucede a todos indistintamente que se arrepientan y se sometan a Dios cuando los castiga por sus pecados, sino que es un beneficio peculiar de su pueblo escogido. Debemos, pues, notar especialmente la razón con que el profeta confirma la sentencia anterior, pues de ahí aprendemos la diferencia manifiesta que hay entre los elegidos y los reprobados; pues unos se rebelan y dan coces contra el aguijón, y se precipitan obstinadamente a la ruina, pero otros se someten a Dios con calma y quietud: la razón es que unos son reprobados y los otros son elegidos. Sigue ahora:

Jeremías 31:19

19. Porque después que me aparté, me arrepentí; y después que reconocí mi falta, me herí el muslo; me avergoncé, y también me confundí, porque llevé la afrenta de mi juventud.

19. Quia postquam convertisti me, poenituit me, et postquam cognitus sum mihi (vel, ostensum fuit mihi, vel, agnovi meipsum) percussi femur meum; pudefactus sum, atque etiam confusus, quia tuli opprobrium adolescentiae meae.

Jeremías 31:19

Jeremías pasa ahora a lo que había tocado antes brevemente, a saber, mostrar que el castigo infligido a los israelitas no había sido sin fruto. Y esta es una doctrina que debe conocerse especialmente, pues siempre rehuimos todo lo que es duro para la carne; de modo que, si fuera según nuestra propia voluntad, nunca recibiríamos bien las correcciones de Dios. Es necesario, por tanto, mirar al fin, como nos recuerda el apóstol (He 12:11). Ahora bien, cuando vemos que Dios mira por nuestra propia salvación aun tratándonos con cierta aspereza, nuestro dolor se mitiga y disminuye, sobre todo cuando la experiencia prueba que el castigo nos es bueno; entonces nos felicitamos y damos gracias a Dios porque no nos ha dejado perecer del todo en nuestros pecados. Esta es la razón por la cual el profeta se extiende sobre esta doctrina.

Dice, por tanto: Después que me convertiste, me arrepentí. Confirma lo que ya ha dicho, que es obra peculiar de Dios cuando un pecador se arrepiente, y que no puede atribuirse a las fuerzas humanas, como si los hombres pudieran por sí mismos volverse al buen camino. Pero ¿cómo se hizo esto? Después que me convertiste. Repite así con otras palabras lo que había dicho, pero con el fin de confirmar su declaración anterior. El sentido es que nunca somos tocados por un sentimiento serio, de modo que nos desagraden nuestros pecados, hasta que Dios mismo nos convierte.

De aquí aprendemos cuán ciegos son los papistas, que, hablando del arrepentimiento, sostienen que el hombre, por su propio libre albedrío, vuelve a Dios; y en este punto está nuestra mayor contienda con ellos hoy. Pero el profeta resuelve brevemente toda la cuestión; pues, como había dicho antes que los hombres no pueden convertirse si Dios no los convierte, añade ahora que lo había hallado ser realmente así, que el pueblo nunca había tomado conciencia de sus pecados, aunque Dios los había castigado gravemente, hasta que fueron convertidos, no por su propio libre albedrío, sino por la obra oculta y la influencia del Espíritu Santo: después que me convertiste, me arrepentí. El sentido es que los hombres nunca tienen un verdadero aborrecimiento del pecado, a menos que Dios ilumine sus mentes y cambie sus corazones; pues ¿qué es la conversión de que habla el profeta? Es la renovación de la mente y del corazón. Porque tomemos su definición, como dicen, de lo contrario: ¿qué es apartarse? Es el alejamiento de la mente y del corazón respecto de Dios. Se sigue, pues, que cuando nos convertimos somos renovados en el conocimiento, y luego en el corazón, o en nuestros afectos; ambas cosas las atribuye el profeta a la gracia de Dios, pues dice que el pueblo no se arrepintió de sus pecados hasta que fue convertido, es decir, hasta que fue renovado tanto en la mente como en el corazón. Algunos dan esta versión: «Después que recibí consuelo»; pero su error se refuta fácilmente por el contexto; pues sigue enseguida: me avergoncé y también me confundí. No hay duda, pues, de que aquí se expone el desagrado por el pecado que se siente cuando el pecador es aterrado por el juicio de Dios hasta renunciar a sus vicios.

Después que me fue dado a conocerme a mí mismo, o: después que se me mostró, o, simplemente: después que lo conocí, etc. Pues podemos tomar el sentido así: después que le fue dado a Efraín conocerse a sí mismo, o: después que se conoció. Algunos dan esta versión: «Después que fui conocido»; y así el sentido sería el mismo que el de aquellas palabras de Pablo:

«Ahora, conocido ya a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios» (Gá 4:9).

Pero temo que esta exposición sea demasiado sutil. Preferiría, por tanto, seguir a quienes dan esta traducción: Después que me fui dado a conocer a mí mismo, o: después que la cosa me fue dada a conocer. El profeta recomienda sin duda aquí la gracia de Dios, porque el velo había sido quitado de los ojos del pueblo, o porque habían sido curados de su ceguera; como si dijeran que habían estado ciegos largo tiempo, porque se deleitaban en sus vicios y toda su alma estaba en estado de letargo; pues sabemos que los abandonados por Dios son del todo insensibles y son como las bestias. Confiesa, pues, el pueblo de Israel que fueron así estúpidos durante un tiempo y que sus mentes estaban cegadas: reconocen, por tanto, aquí la gracia de Dios, que al fin les había abierto los ojos. Pues no hablan aquí, como hemos dicho, de su virtud o poder, sino que reconocen que su arrepentimiento procedió enteramente del favor gratuito de Dios.

Así como bajo la palabra conversión está incluida la renovación de toda el alma, así ahora se dice expresamente que fueron dotados de sano juicio, porque Dios había quitado el velo que cubría sus ojos y les había conferido nueva luz. El sentido es que no fueron tocados por el verdadero temor de Dios antes de ser dotados de sano juicio; pero al mismo tiempo testifica que lo habían obtenido por el favor peculiar de Dios. Vemos así que el profeta, en nombre de las diez tribus, reconoce que nada dependía del libre albedrío del hombre, sino que un sano juicio y un recto sentimiento del corazón son obra del Espíritu Santo.

El herirse el muslo significa tristeza o dolor, que nace del temor de Dios; pues mientras despreciamos el juicio de Dios, Satanás nos fascina necesariamente con sus halagos; pero cuando Dios muestra de manera manifiesta que es nuestro juez, y cuando nuestra propia bajeza sale a la vista, entonces comenzamos a herirnos el muslo. Y añade, lo cual significa lo mismo: me avergoncé y también me confundí. Me extraña que muchos intérpretes hayan omitido la partícula גמ, gam, «también»: invierten el orden y traducen así: «Me confundí y me avergoncé». Pero la partícula muestra que el profeta realza la grandeza del dolor y de la vergüenza cuando dice: me avergoncé y también me confundí.

Añade después: porque llevé la afrenta de mi juventud. Aquí repite lo que había dicho antes, a saber, que el castigo, enviado desde arriba, había hecho bien a los israelitas. Pues si no hubieran sido así avergonzados, se habrían deleitado siempre en sus vicios; porque vemos que los impíos se halagan y se engañan mientras Dios los perdona y se muestra paciente con ellos. Por eso el profeta, en nombre del pueblo, dice que el castigo le había sido provechoso. Pero debemos tener presente lo que hemos dicho: que este fruto procede enteramente de la gracia de Dios; pues los reprobados, por terribles que sean los ejemplos de venganza que Dios exhiba, permanecen aún inflexibles, ni llevan su propia afrenta, es decir, confiesan que han pecado. Llevar la afrenta es, pues, propio de los elegidos de Dios, que han sido regenerados por su Espíritu; pues entienden la causa de sus males. Cuando vemos a dos enfermos, uno de los cuales está demente y por eso es insensible a su enfermedad, y el otro siente su dolor y es afectado por él: en este caso vemos alguna diferencia. Pero vemos otra diferencia en otros enfermos; podemos suponer, pues, un tercer caso, pues ocurre a menudo que quien es afectado por el dolor no examina todavía su causa. El que es, pues, curable es el que entiende de dónde ha surgido su enfermedad, y por eso está dispuesto a obedecer y de buen grado adopta los remedios necesarios. Hay también muchos que se precipitan a su propia ruina; algunos, ciertamente, sienten amargo su castigo, pero no consideran su causa, es decir, que han provocado la ira de Dios; pero los que están dispuestos a buscar la recuperación de la salud saben bien cómo contrajeron su enfermedad. Por eso el profeta dice aquí que llevaron su afrenta, porque no solo sintieron su dolor, sino que consideraron también su fuente, es decir, que habían provocado con sus pecados la ira de Dios.

Por juventud señala metafóricamente el tiempo en que los israelitas se entregaron a los excesos; pues sabemos cuánto ardor hay en esa edad. En los ancianos hay más moderación; pero los jóvenes se dan a sí mismos con intemperancia. Es, pues, una expresión metafórica con que el profeta da a entender que los israelitas habían sido por un tiempo retozones contra Dios, sin que su petulancia fuera sometida, pues, como había dicho, habían sido como novillos indómitos. Sigue:

Jeremías 31:20

20. ¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño en quien me deleito? pues desde que hablé de él, me he acordado de él constantemente. Por eso mis entrañas se conmovieron por él; ciertamente tendré de él misericordia, dice Jehová.

20. An filius pretiosus mihi Ephraim? an filius oblectationum? tamen ex quo tempore loquutus sum de eo, recordando recordabor filius (אזכרנו, *vel, *quia a termpore loquutus sum cum eo, reeordando recordabor illius; *dicemus postea de sensu) *propterea sonuerunt viscera mea illi *(id est, *super ipsum) miserando miserabor illius, dicit Jehova.

Jeremías 31:20

Dios se queja aquí de los israelitas, porque había producido tan poco efecto en ellos con su gran bondad: pues la adopción con que los había favorecido era un beneficio inmenso; pero con su ingratitud habían aniquilado en cierto modo ese favor. Dios pregunta, pues, aquí qué clase de pueblo habían sido los israelitas. Pero una pregunta fortalece la cosa; pues quien pregunta muestra que no habla de algo incierto, sino cuyo conocimiento es tan manifiesto que no puede negarse. Es lo mismo, pues, que si hubiera dicho que Efraín era indigno de todo honor y estima, y que no era objeto de deleite. Percibimos ahora, pues, lo que Dios quiere decir al comienzo del versículo, a saber, que el pueblo era indigno de toda misericordia, porque habían abolido, en cuanto de ellos dependía, el favor de la adopción: pues por la palabra hijo se refiere a aquel favor especial, el pacto que había hecho con la descendencia de Abraham.

En primer lugar, lo llama hijo, בן, ben, y luego niño, ילד, ilad, que se refiere a su nacimiento: pero con estos dos nombres Dios da aquí a entender que eran para él un pueblo peculiar, como en todas partes llama hijos suyos a los descendientes de Abraham; pues la circuncisión era para ellos un símbolo y prenda del pacto; y así el tiempo es una circunstancia que debe notarse, porque Dios no muestra aquí lo que eran los israelitas antes de haberlos escogido como su pueblo. Pero, como ya he dicho, los acusa de ingratitud desde el tiempo en que fueron adoptados por él como sus hijos. Los llama, pues, hijos, o niños, a modo de concesión, y con respecto a su adopción, como Jerusalén era llamada la ciudad santa, porque era la morada de Dios. Hay, pues, una concesión en cuanto al nombre que se les da. Pero añade después que este hijo no era precioso, es decir, digno de honor alguno, y que no era objeto de deleite; como si dijera que era de índole perversa y mala, de modo que no podía deleitarse en él, como con otra comparación se queja en Jeremías 2:21, según hemos visto, de que los judíos se le habían vuelto amargos:

«Yo te planté de vid escogida, ¿cómo, pues, te me has vuelto sarmiento de vid extraña?».

Así también dice ahora que los israelitas eran ciertamente sus hijos, pero hijos de mala índole, hijos desobedientes, hijos que solo vejaban a su padre, que herían sus sentimientos, que lo llenaban de dolor.

Añade después: Pues desde que hablé en él; así dice literalmente. Es común acuerdo que estas palabras han de leerse con las que siguen: «Pues desde el tiempo en que hablé»; y así hay que sobrentender el relativo אשר, asher; pero literalmente es: «Pues desde el tiempo en que hablé en él», בו, bu, o, como algunos lo traducen, «acerca de él»; pero puede traducirse adecuadamente «con él». Leen luego, en conexión con esto: Acordándome me acordaré aún de él.

Este pasaje, por su brevedad, es oscuro y por eso ambiguo; pero la opinión común es esta: que aunque Efraín no era un niño de deleite, Dios sería, sin embargo, misericordioso con él; y así toman כי, ki, en sentido adversativo, «no obstante», o «sin embargo»: «¿Es Efraín hijo precioso? ¿Es niño de deleite? Sin embargo, acordándome me acordaré aún de él»; como si dijera que no se dejaría impedir por la maldad del pueblo, pues todavía se compadecería de él según su infinita bondad, o que su bondad superaría la maldad de ellos. Este sentido es plausible; sin embargo, puede dudarse de que este sea el significado. Algunos leen las palabras: «Desde el tiempo en que hablé acerca de él», es decir, mientras hablo ahora de él; pero no sé si esta explicación puede sostenerse. Me inclino, por tanto, a la opinión de quienes refieren esto a las amenazas, a saber, que desde el tiempo en que Dios había hablado contra Israel, estaba aún dispuesto a reconciliarse con ellos, conforme a lo que dice el profeta Habacuc:

«En la ira acuérdate de la misericordia» (Hab 3:2).

Pero esto debe entenderse más bien del pacto, como si Dios hubiera dicho: «Desde el tiempo en que hablé con él, me acordaré de él»; es decir, para mostrar la razón por la cual trataba con tanta misericordia al pueblo. Pues siendo tan grandes su maldad y su corrupción, podía surgir una duda: «¿Puede Dios soportarlos todavía con paciencia?». Aquí, pues, se nos llama de nuevo la atención a la fuente de la misericordia gratuita, a saber, que Dios perdonaría a su pueblo porque una vez lo había escogido.

Pero, sin embargo, cuando peso todo con atención, pienso que el sentido del profeta es distinto. Separo, por tanto, las dos cláusulas: «Desde el tiempo en que hablé con él» y «Acordándome me acordaré aún de él»; pues la frase es dura cuando decimos: «Desde el tiempo en que hablé con él», y luego añadimos: «Me acordaré aún de él». Pero la exposición más adecuada, a mi parecer, es esta: «Desde el tiempo en que hablé con él» (pues ב significa «con»), es decir, no cesé de exhortarlo continuamente al arrepentimiento, y sin embargo nada logré; no obstante, me acordaré aún de él; es decir: «Aunque he hallado a este pueblo muy perverso, y aunque durante mucho tiempo han dado muchas pruebas de su obstinación, pues les he hablado durante largo tiempo, sin embargo me acordaré aún de ellos». Porque el pueblo merecía ruina eterna, habiendo sido tantas veces advertido; pero Dios declara que todavía les sería propicio, aunque les había hablado durante un tiempo, es decir, un largo tiempo; pues no había cesado durante un largo espacio de tiempo de exhortar a aquel pueblo por sus profetas, pero sin éxito. Así, pues, leo las palabras «Desde el tiempo en que hablé con él» separadamente de lo que sigue, y las conecto con las cláusulas anteriores: «¿Es hijo precioso? ¿Es niño de deleite?». Pues se queja de que habían sido rebeldes e indomables, no solo desde el tiempo en que les había hablado una sola vez y procurado hacerles bien, sino por varios siglos. Declara, por tanto, que el pueblo mismo no tenía esperanza, porque había sido intratable durante mucho tiempo. Añade, sin embargo, que, aun siendo así: Acordándome me acordaré aún de él.

Y realza el beneficio de esta reconciliación y dice: Por eso resonaron mis entrañas por él, tendré de él misericordia ciertamente. Aquí Dios se atribuye sentimientos humanos; pues las entrañas se conmueven y hacen ruido bajo un dolor desmedido; y suspiramos y gemimos profundamente cuando nos oprime un gran dolor. Así también, cuando Dios expresa los sentimientos de un padre tierno, dice que sus entrañas resonaron, porque quería recibir de nuevo a su pueblo en su favor. Esto, ciertamente, no pertenece propiamente a Dios; pero como no podía expresar de otro modo la grandeza de su amor hacia nosotros, habla así condescendiendo a nuestra capacidad. Sigue:

Jeremías 31:21

21. Ponte señales, ponte majanos altos; pon tu corazón en el camino, en la carretera por donde fuiste; vuélvete, virgen de Israel, vuélvete a estas tus ciudades.

21. Statue tibi titulos, pone tibi acervos, adjice *(vel, *applica) cor tuum ad semitam, ad viam per quam ambulasti; revertere virgo Israel, revertere ad urbes tuas istas.

Jeremías 31:21

Describe lo que haría la misericordia, a saber, que Dios restituiría al fin a los cautivos y los traería de vuelta del exilio a su propio país. Se hizo, sin embargo, mención antes de su favor, para que sepamos que el pueblo fue restituido por ninguna otra razón sino porque Dios tuvo misericordia de ellos. El profeta, habiendo señalado la fuente de la redención, pasa ahora al efecto externo, con el cual Dios probó que estaba reconciliado con su pueblo. Por eso dice: ponte señales.

Debemos entender primero por qué habla así el profeta. Cuando los judíos fueron llevados a Caldea, pensaron que se les había cerrado el regreso. Habiendo renunciado, pues, a todo interés por su país, habitaban entre naciones extranjeras como si estuvieran muertos para la tierra de Canaán. Sabían que habían perdido aquella tierra; pero no entendían lo que tantas veces les habían dicho los profetas, que su castigo sería temporal. Como antes habían despreciado todas las amenazas, así, cuando Dios comenzó a fulminar contra ellos, la desesperación abrumó su ánimo, de modo que no querían oír nada acerca del regreso. Como pensaban, pues, que nunca volverían a su país, habían olvidado el camino. Como cuando alguien se muda a otro lugar donde piensa habitar toda su vida, solo procura saber el camino hacia allá, pero no observa las comodidades del camino para usarlas de nuevo, ni se fija por dónde va, si aquí tuerce a la derecha y allá a la izquierda; le basta llegar al lugar adonde se dirige; así también ocurría con los judíos; habían resuelto permanecer en perpetuo exilio, y por eso no se preocupaban del camino, de modo que recordaran su viaje. Por eso dice ahora el profeta: Ponte señales, o inscripciones; pues los que viajan a alguna parte, si piensan volver, saben que tal posada era cómoda, y también que había tanta distancia entre esta villa o ciudad y aquella aldea, y asimismo que el camino era recto o torcía más a un lado que a otro. Cuando, pues, piensan en un regreso, se fijan en cosas como estas.

Con este propósito dice el profeta: Ponte señales, es decir, para que ayudes a tu memoria, como suelen hacer los viajeros que piensan volver por el mismo camino. Ponte, pues, señales y levanta majanos, o piedras, que en nuestra lengua llamamos monioyes; como si dijera: «Tú has pensado hasta ahora que el camino se te ha cerrado, de modo que no habías de volver más; pero Dios extenderá su mano y te restituirá a tu antiguo estado». Vemos, pues, que la comparación está tomada de la práctica común de los hombres, pero se emplea con este fin, que los judíos no desesperaran de su restauración como antes lo habían hecho.

Dice después: Pon tu corazón (ahora se explica a sí mismo) en la senda, en el camino por donde pasaste. Vemos así que el profeta se hace intérprete de sus propias palabras, a saber, que el pueblo volvería por el mismo camino, aunque no esperaban tal cosa. Y confirma de nuevo la misma declaración con otras palabras: Vuélvete, hija de Israel, vuélvete a tus ciudades; como si dijera: «Aunque la tierra ha sido abandonada por un tiempo y reducida a soledad, las ciudades permanecen, y recibirán de nuevo a sus habitantes; y por el maravilloso favor de Dios la tierra espera todavía a su pueblo». Aunque los echó fuera por un tiempo, el exilio no había de ser perpetuo, pues las ciudades que quedaban eran aún por derecho propiedad del pueblo, no porque fueran dignos de ellas, sino porque Dios había fijado de antemano, como ha aparecido en otro lugar, un tiempo determinado para su exilio y castigo.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que, siendo la pertinacia innata en nosotros, de modo que luchamos siempre contra ti y nunca somos tratables hasta que somos renovados por tu Espíritu, oh, concédenos que tus correcciones, con las cuales quieres restituirnos a sano juicio, no nos resulten ruinosas, sino que obren de tal modo en nosotros por tu Espíritu en lo interior que, siendo verdaderamente humillados, te reconozcamos como nuestro Juez y Padre: nuestro Juez, para que nos desagrademos de nosotros mismos y, tocados por tu juicio, nos condenemos a nosotros mismos; y nuestro Padre, para que, no obstante, huyamos a aquella misericordia que se nos ofrece cada día en el evangelio, por medio de Cristo Jesús nuestro Señor. Amén.

LECCIÓN CIENTO VEINTIDÓS

Jeremías 31:22

22. ¿Hasta cuándo andarás errante, oh hija contumaz? Porque Jehová creará una cosa nueva sobre la tierra: la mujer rodeará al varón.

22. Quousque vagaberis *(aut, *cir cuibis) filia rebellis (immorigera)? quia creavit Jehova rem novam in terra, Foemina circundabit virum.

Jeremías 31:22

Como el profeta había prometido al pueblo el regreso, reprende ahora de manera especial a los israelitas, que miraban de un lado y de otro y nunca podían descansar en la sola palabra de Dios; pues es cosa común en casi todos los incrédulos que se atormentan a sí mismos y, por decirlo así, se fabrican a propósito muchas inquietudes. Como, pues, los israelitas estaban pendientes de lo que pudiera suceder y no podían albergar esperanza alguna acerca de su regreso, salvo cuando se les presentaba alguna apariencia de esperanza, el profeta los reprende ahora por esta causa.

Llama primero al pueblo desobediente *o rebelde, porque con frecuencia habían sido aterrados con amenazas, y Dios les había ofrecido también la esperanza del perdón. Como habían sido perversos siempre que Dios los perdonaba, y habían rechazado además todas sus promesas, el profeta no sin razón los llama desobedientes o rebeldes. Y con *rodeos o vagabundeos se refiere a esas vanas especulaciones con que los incrédulos suelen fatigarse; porque la palabra significa propiamente andar alrededor. Podemos tomarla ciertamente en el sentido de vagar, y viene a ser lo mismo; pero, como he dicho, el profeta da con mucha propiedad el nombre de rodeos a esas especulaciones torcidas y tortuosas en que se complacían los incrédulos. Y parece sobrentenderse un contraste entre el camino recto que Dios les había puesto delante y esos rodeos en que los miserables se enredan cuando no siguen a Dios, sino que son extraviados por sus propias vanas invenciones. Isaías se vale también de la misma comparación, pues dice que el pueblo era arrastrado por sus propios inventos, de modo que se fatigaba en vano, porque no andaba por el camino recto. (Is 57:10)

De aquí podemos sacar una doctrina útil: que estamos siempre dentro del límite de la seguridad cuando obedecemos a Dios y andamos por el camino que se nos ha puesto delante en su palabra; pero que, tan pronto como nos apartamos del camino recto, somos arrastrados de aquí para allá por rodeos y extravíos, de manera que nuestro trabajo resulta al fin inútil y hasta ruinoso.

Entendemos ya, pues, el sentido del profeta: como la incredulidad del pueblo era, por decirlo así, una puerta sellada, de modo que no recibían las promesas de Dios acerca de su liberación y regreso, su propósito aquí era corregir este mal y reprender a los israelitas por andar vagando y ser desobedientes.

Añade luego: Porque he aquí que Jehová creará —literalmente, ha creado; pero el tiempo pasado se ha de tomar aquí por futuro; y sirve para mostrar la certeza de una cosa cuando usa el pasado, como si hablara de algo ya hecho—: Jehová, pues, ha creado una cosa nueva. Da a entender que los israelitas obraban necedad al estimar la promesa de liberación según su propio juicio de las cosas y según el estado de ellas tal como se les aparecía; pues dice que el favor que se les prometía sería admirable, porque esto es lo que quiere decir con cosa nueva, como si hubiera dicho: «Ustedes juzgan, ciertamente, según su costumbre, lo que Dios les promete acerca de su regreso; pero será un milagro; no obren, pues, perversamente, considerando el favor de Dios como el orden común de la naturaleza, porque Dios superará todo lo que es usual entre los hombres».

Debe observarse también que lo que Jeremías dijo de la redención del pueblo se ha de extender a la salvación eterna de la Iglesia; porque Dios resucita de manera admirable a los muertos, defiende y preserva a su Iglesia y la socorre en sus aflicciones. Siempre que la Escritura habla del estado de la Iglesia, debemos, pues, elevarnos por encima del mundo y por encima de nuestras propias concepciones, y darnos cuenta del milagro que se nos oculta.

Sigue ahora el milagro: La mujer rodeará al varón. Los cristianos, casi de común acuerdo, explican esto de la virgen María; y la «cosa nueva» los lleva a esta opinión, y probablemente estaban también ansiosos por asirse de cuanto pareciera referirse al misterio de nuestra salvación. Dicen, por tanto, que la cosa nueva de que habla el profeta es la virgen que lleva en su vientre al niño Cristo, y que a este se le llama varón porque estaba lleno de poder divino, aunque crecía según la carne en estatura, sabiduría y fuerza. Todo esto es con razón motivo de risa para los judíos; pero ellos mismos, a mi parecer, tampoco entienden bien el sentido del profeta. Lo aplican al pueblo de Israel, porque era como una mujer divorciada de su marido. Dicen entonces: «La mujer abrazará al varón después de haberse alejado de él y de haberse prostituido con muchos adúlteros». Los judíos parecen pensar que dan el sentido del profeta; pero yo pienso de otro modo, porque aquí se hace una comparación entre una mujer y un varón, que ellos no consideran. Pues el profeta no habla aquí simplemente de un hombre, sino de un hombre fuerte; porque la palabra גבר geber significa un hombre valiente o esforzado. Cuando, pues, compara a una mujer con un varón, no dudo de que el profeta quiere decir que los israelitas, que eran como mujeres, sin fuerza, estaban destituidos de todo medio de socorro; pero que luego dice que serían superiores en fuerza a sus enemigos, cuyo poder llenaba de terror al mundo entero. Sabemos, en efecto, qué clase de monarquía era Babilonia cuando los judíos fueron llevados al exilio. Si consideramos, pues, lo que eran entonces los judíos, hemos de decir que eran como débiles mujeres, mientras que sus enemigos eran fuertes y belicosos: La mujer, pues, rodeará al varón.

La palabra סבב, sebab, no significa abrazar, sino muchas veces sitiar; y se toma en muchos lugares de la Escritura en mal sentido: «Me han rodeado los enemigos». Cuando, por tanto, se menciona un asedio, la Escritura usa esta palabra. Es, pues, lo mismo que si el profeta hubiera dicho: «Las mujeres pondrán a los hombres en tales apuros que los tendrán cautivos». Pero usa el número singular, como si hubiera dicho: «Una mujer será superior a muchos hombres, o cada judío superará en valor a un caldeo; así los judíos llevarán la ventaja, aunque la fuerza de sus enemigos sea grande y terrible». Esto es lo que considero el sentido del profeta; y con justicia lo presenta como cosa admirable, porque fue una especie de revolución en el mundo que Dios levantara así a sus siervos, de modo que quienes los habían esclavizado quedaran muy lejos de igualarlos. Sigue: —

Jeremías 31:23

23. Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Aún dirán esta palabra en la tierra de Judá y en sus ciudades, cuando yo hiciere volver su cautividad: Jehová te bendiga, oh morada de justicia, oh monte de santidad.

23. Sic dicit Jehova exercituum, Deus Israel, Adhuc dicent hoc verbum (hoc est, pronunciabunt hunc sermonum) in terra Jehudah et urbibus ejus, ubi convertero captivitatem ipsorum, Benedicet tibi Jellova, habitaculum justitiae, mons sanctitatis.

Jeremías 31:23

Confirma con otras palabras lo que ha dicho antes; y la repetición, como hemos dicho en otro lugar, no es superflua; pues era difícil convencer a los judíos de que podía realizarse lo que ya habían considerado imposible; porque con su perversidad habían cerrado, por decirlo así, la puerta a la palabra de Dios. Como la desesperación se había apoderado así de ellos y tenía fuertemente atadas sus mentes, era necesario extenderse largamente sobre el asunto, para que al fin abrazaran la promesa de liberación. Esta es la razón por la que el profeta empleó muchas palabras sobre un mismo tema.

Hace ahora este preámbulo: que tenía su mensaje de parte de Dios; y habla en su nombre, para que la cosa increíble fuera creída tanto por los israelitas como por los judíos. Aún dirán, dice, en la tierra de Judá y en sus ciudades, cuando yo hiciere volver su cautividad, etc. Con estas palabras el profeta pone a los israelitas y a los judíos, por decirlo así, en medio, para que vieran puesto ante sus ojos lo que juzgaban imposible. Cuando yo hiciere volver, pues, su cautividad, dirán de nuevo: Bendígate Dios, oh morada de justicia, oh monte de santidad.

No sin razón empleó el profeta este modo de hablar; porque Jerusalén, como sabemos, fue enteramente derribada, y el templo destruido e incluso quemado con fuego. Como esto era un espectáculo horrible y espantoso para todos, se describe aquí una revolución admirable: que Sión sería de nuevo el monte de santidad, y Jerusalén la morada de justicia, aunque entonces era soledad y desolación. Y este pasaje merece una atención especial, para que sepamos que Dios restaura a su Iglesia como si la sacara incluso del infierno mismo. Cuando, por tanto, no aparece forma alguna de Iglesia, reconozcamos que el poder de Dios puede levantarla. ¿De dónde? Del infierno mismo, como se ha dicho. Sigue: —

Jeremías 31:24

24. Y habitarán en Judá, y en todas sus ciudades a una, los labradores, y los que van con rebaño.

24. Et sedebunt *(vel, *habitabunt) in ea *(nempe terra) *Jehudah, et omnes urbes ejus *(id est, *incolae ejus) simul agricolae, et proficiscentur cum grege.

Jeremías 31:24

Prosigue con el mismo tema, pero expone el efecto de aquel favor del que había hablado, pues habitarán, dice, los judíos de nuevo en la tierra; es decir, descansarán allí y tendrán una morada tranquila. Añade ciudades solo para ensalzar el favor de Dios en cuanto al número y la multiplicidad de los hombres; como si hubiera dicho que no volverían pocos, sino una vasta multitud de hombres, suficiente para llenar sus ciudades. Ahora bien, esto superaba la esperanza de todos; porque cuando veían las ciudades desiertas y la tierra casi vacía, ¿quién habría pensado que volverían a llenarse de gente? Pero esto lo confirma el profeta diciendo: Habitará en ella Judá y todas sus ciudades; y añade: labradores. Extiende el favor de Dios al campo y a las aldeas, como si hubiera dicho que la tierra se llenaría de habitantes, no solo en cuanto a las ciudades fortificadas, sino también en cuanto a los campos.

Sucede a menudo que las ciudades están habitadas cuando hay algún temor o peligro de enemigos; pues quienes viven en ciudades tienen murallas para su defensa, y baluartes y otros medios de seguridad. Si el profeta hubiera hablado solo de ciudades, no habría ensalzado suficientemente el favor de Dios. Por eso añade labradores, como si hubiera dicho que el habitar en la tierra sería seguro, aunque no hubiera puertas, ni murallas, ni defensas, pues los labradores descansarían seguros en sus cabañas como si estuvieran encerrados dentro de murallas. Entendemos ya, pues, lo que el profeta quiere decir.

Algunos leen así: «Los labradores y los que van con el rebaño», como si el profeta hiciera una distinción entre labradores y pastores de ovejas; pero esto me parece improcedente; pues no dudo de que quiere decir que los labradores con sus rebaños y manadas estarían seguros, sin temor a las incursiones de los enemigos, sino viviendo en la tierra bajo el cuidado y la protección de Dios, sin temer nada adverso ni hostil. El sentido es que la restauración de la Iglesia sería tal que su estado no sería peor que en los tiempos pasados, y que estaría en una condición pacífica y tranquila, de modo que los habitantes de las aldeas y de los lugares del campo no estarían menos seguros que los de las ciudades.

Ahora bien, si alguien preguntara: ¿cuándo se cumplió esto? Debemos tener presente lo que se ha dicho en otro lugar: que los profetas, cuando hablan de la restauración de la Iglesia, comprenden todo el reino de Cristo desde el principio hasta el fin. Y en esto yerran nuestros teólogos, de modo que, al limitar estas promesas a algún tiempo particular, se ven obligados a recurrir a alegorías; y así tuercen e incluso pervierten todas las profecías. Pero los profetas, como se ha dicho, comprenden todo el progreso del reino de Cristo cuando hablan de la futura redención del pueblo. El pueblo comenzó a prosperar cuando volvió a su propio país; pero poco después vinieron angustias, como Daniel había predicho. Era necesario, por tanto, que esperaran la venida de Cristo. Nosotros gustamos ahora de estos beneficios de Dios mientras estemos en el mundo. Vemos, pues, que estas profecías no se cumplen en un día, ni en un año, ni siquiera en una edad, sino que deben entenderse como referidas al principio y al fin del reino de Cristo. Sigue: —

Jeremías 31:25

25. Porque satisfaré al alma cansada, y saciaré a toda alma entristecida.

25. Quia irrigabo *(vel, *inebriabo) animam sitientem, et Omnem animam quae deficit implebo.

Jeremías 31:25

Con este versículo quita toda duda, para que nadie rechace lo que había prometido acerca de la restauración del pueblo, porque los judíos y los israelitas estaban entonces como muertos. Dice, por tanto: Regaré al alma sedienta; algunos traducen «el alma cansada»; pero נפש עיפה, nuphesh oiphe, se toma a menudo metafóricamente por un alma sedienta. Así en el Salmo 143:6 se dice:

«Mi alma te anhela como la tierra sedienta»;

el cansancio no puede aplicarse convenientemente a la tierra; y en Isaías 29:8 tenemos estas palabras:

«Como el que sueña que come; pero cuando despierta, su estómago está vacío; y como el que sueña que bebe»,

etc. El profeta emplea allí la misma palabra, porque casi nunca hay cansancio sin sed; contraemos sed por el cansancio. Entonces se dice que el alma es עיפה, oiphe, por metáfora, no cansada, sino, al contrario, sedienta; y el verbo corresponde, pues significa embriagar, regar o dar de beber, y a menudo saciar. Regaré, pues, o daré de beber hasta la saciedad, a tu alma seca, y a toda alma que desfallece, etc.; pero como דאב, dab, significa estar falto, y a veces estar fatigado, aquí denota una carencia, porque sigue: Llenaré. Se ha de tomar, pues, por un alma hambrienta.

El sentido es que, aunque los israelitas tuvieran hambre y sed y estuvieran por un tiempo sin comida y sin bebida, su necesidad no impediría que Dios les diera alivio, porque tenía el poder y la voluntad de saciar a los hambrientos y de dar de beber a los sedientos, o a los que desfallecían de sed. Sigue ahora: —

Jeremías 31:26

26. En esto me desperté, y miré; y mi sueño me fue dulce.

26 Propterea expergefaetus sum et vidi, et somnus meus dulcis fuit mihi, *(vel *utilis)

Jeremías 31:26

Aquí el profeta se presenta y, con su propio ejemplo, anima a los fieles a tener confianza, incluso a reposar en la promesa de Dios, como si ya gozaran realmente de lo que todavía se les ocultaba, y que era, como se ha dicho, increíble. Dice, pues, que despertó y vio. Esta metáfora debe aplicarse a un sentimiento contrario a aquel por el cual el profeta había quedado, por decirlo así, aturdido. Porque aunque los judíos no habían sido llevados todavía al exilio, las diez tribus ya estaban en aquella miserable servidumbre; su reino había caído y perecido, y la ruina final se acercaba al reino de Judá. Mientras el profeta consideraba estas terribles venganzas de Dios, estaba, por decirlo así, abrumado de sueño. Dice ahora que despertó. Así como en la oscuridad los hombres pierden el vigor de su mente y el sueño también prevalece, de modo que no pueden distinguir entre lo negro y lo blanco, así también el profeta confiesa que estuvo por un tiempo como sin vida; dice, pues, que despertó, es decir, cuando resplandeció el favor de Dios, no por su propio efecto, sino en esta profecía.

Vemos, pues, que conocía como en un espejo lo que estaba todavía muy lejano; porque el plazo de los setenta años aún no había comenzado; pero la fe, como es bien sabido, es la visión de las cosas ocultas y la sustancia de las ausentes; porque si la palabra de Dios no obtiene en nuestros corazones esta seguridad, delatamos nuestra incredulidad. El profeta dio una prueba de su fe, pues reconoció plenamente que todo lo que Dios había predicho, aunque lejano, se cumpliría con todo a su debido tiempo. Entendemos ya por qué dice que despertó.

Y añade: Y mi sueño me fue dulce. Después de haber dicho que vio la obra de Dios, que sin embargo no podía ser vista por el ojo humano, añade ahora que su sueño le había sido dulce, aunque había estado triste y lleno de temor; pues el mejor aliviador de toda tristeza es la esperanza.

Pero hemos dicho que la tristeza por la que el ánimo del profeta había sido abrumado por un tiempo se compara a un sueño. Añade ahora: —

Jeremías 31:27

27. He aquí que vienen días, dice Jehová, en que sembraré la casa de Israel y la casa de Judá de simiente de hombre y de simiente de animal.

27. Ecce dies veniunt, dicit Jehova, et seminabo domum Israel et domum Jehudah semine hominis et semine animalis.

Jeremías 31:27

Vemos que el profeta no presenta nada nuevo, sino que solo anima a los judíos con confianza acerca de su liberación y de su regreso. Emplea, sin embargo, otra comparación: que Dios sembraría de nuevo a Judá en la tierra, para que produjera un aumento de hombres, y también de ganado y de toda clase de animales. Hemos dicho que la tierra iba a estar por un tiempo desolada y abandonada. Como Dios condenaba así, por decirlo así, la tierra, para que todos la consideraran entregada a la desolación y a la soledad, el profeta dice que Dios haría que fuera habitada de nuevo por hombres y por animales.

Pero la comparación expone todavía más plenamente el favor de Dios. Se ha de sobrentender un contraste entre una tierra cultivada y una tierra desierta. Es como si alguien dijera: «Sembrarán y segarán en montes donde nunca hubo trigo, donde nunca se vio un arado». Si alguien prometiera, pues, una siembra y una cosecha en una tierra desierta, sería una cosa nueva y apenas podría creerse. Así dice ahora el profeta: Sembraré, etc., como si dijera: «La tierra será ciertamente maldita por un tiempo, de modo que no sustentará ni a hombres ni a animales; pero será sembrada de nuevo». La sembraré, dice, de simiente de hombres y de animales; y así sale al paso de una pregunta que pudiera haberse hecho: «¿Cómo puede ser que la tierra vuelva a ser habitada, si ahora está abandonada por sus habitantes?»; precisamente porque Dios la sembrará. De esta manera, pues, responde el profeta a la pregunta. Pero al mismo tiempo ensalza el favor de Dios, como si hubiera dicho que no habría otro remedio para la esterilidad de la tierra hasta que Dios mismo la cultivara y esparciera semilla en ella; lo cual equivale a decir que la restauración de la tierra no sería obra de la industria ni del poder humano, sino del admirable poder de Dios. Sigue: —

Jeremías 31:28

28. Y como tuve cuidado de ellos para arrancar y derribar, y trastornar, y perder y afligir, así tendré cuidado de ellos para edificar y plantar, dice Jehová.

28. Et erit, sicuti vigilavi super eos ad evellendum et conterendum, et ad confringendum et ad perdendum, et ad affligendum, sic vigilabo super eos ad aedificandum et ad plantandum, dicit Jehova.

Jeremías 31:28

Con estas palabras el profeta confirma lo que había dicho; pues los israelitas y los judíos podían siempre haber puesto esta objeción: «¿Por qué Dios promete ser el libertador de su pueblo, al que había permitido que fuera oprimido con tan grandes males, cuando habría sido más fácil impedirlos?». Los judíos podían, pues, haber levantado este clamor: «Tú nos das aquí la esperanza de un regreso, pero ¿por qué permite Dios que seamos llevados al exilio? ¿Por qué no aplica entonces el remedio a tiempo? Porque ahora, demasiado tarde, declara que será nuestro socorro después de nuestra ruina». Como, pues, los judíos pensaban que se les prometía una restauración a destiempo, el profeta dice que fue Dios quien los castigó y los corrigió por sus pecados, y que también podía aliviarlos cuando le placiera. Porque si los caldeos hubieran dominado a los judíos según su propio placer y hubieran obtenido la victoria sobre ellos, ¿quién habría podido esperar jamás que aquellos miserables, así reducidos, pudieran ser librados por la mano de Dios? Pero ahora el profeta muestra que los judíos no tenían razón para desesperar, como si fuera difícil para Dios librarlos de la tiranía de sus enemigos; porque nada les había sucedido por casualidad ni por el poder de sus enemigos, sino por el justo juicio de Dios.

Percibimos, pues, ahora el propósito del Espíritu Santo en lo que dice el profeta: Como tuve cuidado de ellos para arrancar, y derribar, y trastornar, y perder, y afligir, así tendré cuidado, etc. Dios se presenta, pues, como el juez que los había castigado por sus pecados, a fin de convencerlos de que también sería su Médico; como si hubiera dicho: «Yo, que he infligido la herida, puedo por eso sanarla», conforme a lo que se dice en otro lugar:

«Jehová mata, y él da vida; él hace descender al Seol, y hace subir» (1 S 2:6).

Pero emplea muchas palabras, porque la gran mole de tantos males podía haber hundido a los judíos en el abismo de la desesperación. Por eso el profeta se anticipa a ellos y muestra que, aunque habían sido reducidos a los extremos, tantas y tan severas calamidades no podían impedir que Dios los restaurara cuando le pareciera bien. Les recuerda, sin embargo, que no sin causa sufrían cosas tan graves; porque Dios no se deleita en las miserias de su pueblo. El pueblo debía, pues, haber aprendido que se había hecho culpable de grandes pecados por el hecho de haber sido castigado con tanto rigor y severidad. Añade ahora: Así tendré cuidado de ustedes para edificar y plantar.

En cuanto al verbo perder, si leemos הרם erem, debería traducirse y quitar. El verbo רם rem, como es bien sabido, significa elevar; pero metafóricamente, quitar. Pero la lectura recibida, como he dicho, es הרס eres. Dice que tendría cuidado de edificarlos y plantarlos, como lo había tenido de destruirlos; como si hubiera dicho que ya habían aprendido por experiencia cuán grande era el poder de la mano de Dios para salvar y también para destruir. Habían despreciado las amenazas mientras Dios los perdonaba, y pensaban que podían pecar impunemente; y vemos con qué insolencia rechazaban a todos los profetas. Pero Dios había mostrado al fin con duras pruebas cuánto debían haberse temido sus juicios. Ahora, pues, les inspira esperanza, porque su cuidado no valdría menos para su preservación. Sigue: —

Jeremías 31:29-30

29. En aquellos días no dirán más: Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera.

29. In diebus illis non dicent amplius, Patres comederunt omphacium *(uvam acerbam) *et dentes filiorum obstupuerunt:

30. Sino que cada cual morirá por su propia maldad; todo hombre que comiere las uvas agrias, tendrá la dentera.

30. Quin potius vir *(hoc est; *quisque) in sun iniquitate morietur; omnis homo comedens *(hoc est, *quisquis comederit) uvam acerbam obstupescent dentes ejus *(aut, *omnis viri qui comederit, dentes obstupescent)

Jeremías 31:29-30

Ezequiel muestra que era una queja corriente entre el pueblo que sufrían por los pecados de sus padres, como dice también Horacio, un pagano y despreciador de Dios: «Tú, romano, sufres sin merecerlo por las faltas de tus padres». Tal era, pues, la arrogancia de los judíos, que porfiaban con Dios, como si los castigara siendo ellos inocentes; y lo expresaban usando un proverbio: «Si nuestros padres comieron uvas agrias, ¿por qué tenemos nosotros la dentera?». Sabemos que los dientes sufren dentera cuando se comen frutos verdes; pero la palabra significa propiamente uvas agrias, que los griegos llaman omphakes. El profeta dice, pues, que este proverbio no se usaría más, porque, después de haber sido domados por los males, conocerían al fin que Dios no los había tratado con tanta severidad sin justa causa.

Percibimos ahora el sentido del profeta. Y dice: En aquellos días, es decir, después de que Dios hubiera castigado al pueblo y lo hubiera acogido también por su misericordia; porque ambas cosas eran necesarias: que su perversidad y su orgullo fueran sometidos, que dejaran de altercar con Dios, y que además se les manifestara el favor gratuito de Dios. En aquel tiempo, pues, dice, no usarán este impío proverbio: Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera; sino que, al contrario, añade, cada cual morirá por su propia maldad; y todo el que comiere las uvas agrias, tendrá la dentera; es decir, en aquel tiempo el justo juicio de Dios será exaltado, de modo que no habrá lugar para esos clamores insolentes y blasfemos; la misericordia de Dios se manifestará también, porque hombres dignos de muerte serán librados, pero no de otro modo que por la bondad gratuita de Dios.

ORACIÓN

Concede, Dios Todopoderoso, que, puesto que cada día nos adviertes con tantas evidencias de tu ira para que nos arrepintamos a tiempo, te lo rogamos, que no seamos tardos en considerar tu obra y también la doctrina que añades, sino que nos anticipemos a tu venganza extrema, y así seamos hechos capaces de recibir tu misericordia, para que, así como nos la ofreces gratuitamente, la abracemos con ansia, y también la retengamos en nuestros corazones por la verdadera fe, a fin de que continúes su curso hacia nosotros, hasta que lleguemos por fin a aquel bendito reposo que se nos ha preparado en el cielo por Cristo nuestro Señor. — Amén.

Lección ciento veintitrés

Jeremías 31:31-32

31. He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá:

31. Ecce dies veniunt, dicit Jehova, et percutiam cum domo Israel et cum domo Jehudah foedus novum:

32. No como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová:

32. Non secundum foedus quod percussi cum patribus eorum die quo apprehendi manum eorum, ut educerem eos e terra Egypti, quod irritum fecerunt foedus, *inquam, *et ego dominabor illis, dicit Jehova.

Jeremías 31:31

Jeremías prosigue con el mismo tema, pero muestra más claramente cuánto más abundante y rico sería el favor de Dios hacia su pueblo que antes; no promete, pues, simplemente la restauración de aquella dignidad y grandeza que habían perdido, sino algo mejor y más excelente. De aquí vemos que este pasaje se refiere necesariamente al reino de Cristo, porque sin Cristo nada superior a la Ley podía ni debía esperar el pueblo; pues la Ley era la regla de la doctrina más perfecta. Si se quita, pues, a Cristo, es cierto que debemos permanecer en la Ley.

Concluimos, por tanto, que el profeta predice acerca del reino de Cristo; y este pasaje es citado también por los apóstoles, como notable y digno de atención. (Ro 11:27; He 8:8-12; He 10:16)

Pero debemos observar el orden y el modo de enseñar que aquí se sigue. El profeta confirma lo que antes he dicho: que lo que hemos estado considerando era increíble para los judíos. Habiendo hablado ya, pues, de los beneficios de Dios, que apenas podían ser reconocidos por los sentidos de los hombres, para obviar la falta de fe añade que el Señor manifestaría su misericordia hacia ellos de una manera nueva e inusitada. Vemos, pues, por qué el profeta añadió este pasaje a su doctrina anterior. Porque si no hubiera hablado de un nuevo pacto, aquellos miserables, a quienes procuraba inspirar la esperanza de salvación, habrían vacilado siempre; es más, como la mayor parte estaba ya abrumada por la desesperación, no habría conseguido nada. Pone aquí, pues, ante ellos un nuevo pacto, como si hubiera dicho que no debían mirar más lejos ni más alto, ni medir el beneficio de Dios, del que había hablado, por la apariencia del estado de cosas de aquel tiempo, porque Dios haría un nuevo pacto.

No hay duda, sin embargo, de que encarece el favor de Dios que después se manifestaría en el cumplimiento del tiempo. Además, debemos tener siempre presente que, desde el tiempo en que el pueblo volvió a su propio país, la fe de los que habían abrazado el favor de la liberación fue asaltada por las más graves pruebas, pues habría sido mejor para ellos continuar en perpetuo exilio que ser cruelmente hostigados por todos sus vecinos y expuestos a tantas dificultades. Si, pues, el pueblo hubiera sido solamente restaurado de su exilio en Babilonia, habría sido un asunto de poca importancia; pero convenía que los piadosos dirigieran su mente a Cristo. Y vemos así que los profetas que cumplieron el oficio de enseñar después de la restauración insistieron en este punto: que debían esperar algo mejor que lo que entonces aparecía, y que no debían desanimarse porque veían que no gozaban de reposo y que eran arrastrados a luchas fatigosas y penosas más bien que librados de la tiranía. Sabemos, en efecto, lo que dice Hageo del templo futuro, y lo que dicen Zacarías y también Malaquías. Y el mismo fue el objeto de nuestro profeta al hablar del nuevo pacto: que los fieles, después de haber gozado de nuevo de su propio país, no clamaran contra Dios porque no les concedía aquella felicidad que había prometido. Esta fue la segunda razón por la que el profeta habló del nuevo pacto.

Como antes, repite ahora las palabras de que vendrían días en que Dios haría un pacto con Israel y también con Judá. Porque las diez tribus, como es bien sabido, habían sido llevadas al exilio mientras el reino de Judá aún estaba en pie. Además, cuando se rebelaron contra la familia de David, llegaron a ser, por decirlo así, otra nación. Dios, ciertamente, no dejó de reconocerlos como su pueblo; pero ellos se habían alejado de la Iglesia cuanto pudieron. Dios promete, pues, que habría de nuevo un solo cuerpo, porque los reuniría para que se unieran y no fueran como dos casas.

Ahora bien, en cuanto al nuevo pacto, no se llama así porque sea contrario al primer pacto; porque Dios nunca es inconsecuente consigo mismo, ni es desemejante a sí mismo; el que una vez hizo un pacto con su pueblo escogido no había cambiado su propósito, como si hubiera olvidado su fidelidad. Se sigue, pues, que el primer pacto era inviolable; además, ya había hecho su pacto con Abraham, y la Ley era una confirmación de ese pacto. Como, pues, la Ley dependía de aquel pacto que Dios hizo con su siervo Abraham, se sigue que Dios nunca pudo haber hecho un pacto nuevo, es decir, contrario o diferente. Porque ¿de dónde derivamos nuestra esperanza de salvación sino de aquella bendita simiente prometida a Abraham? Además, ¿por qué se nos llama hijos de Abraham, sino a causa del vínculo común de la fe? ¿Por qué se dice que los fieles son reunidos en el seno de Abraham? ¿Por qué dice Cristo que vendrán muchos del oriente y del occidente y se sentarán en el reino de los cielos con Abraham, Isaac y Jacob? (Lc 16:22; Mt 8:11) Estas cosas muestran sin duda suficientemente que Dios nunca ha hecho otro pacto que el que hizo antes con Abraham y que por fin confirmó por mano de Moisés. Este tema podría tratarse más ampliamente; pero basta mostrar brevemente que el pacto que Dios hizo al principio es perpetuo.

Veamos ahora por qué promete al pueblo un pacto nuevo. El ser nuevo se refiere sin duda a lo que llaman la forma; y la forma, o manera, atañe no solo a las palabras, sino primero a Cristo, luego a la gracia del Espíritu Santo y a todo el modo externo de enseñar. Pero la sustancia permanece la misma. Por sustancia entiendo la doctrina; porque Dios en el evangelio no presenta nada que la Ley no contenga. Vemos así que Dios ha hablado de tal manera desde el principio que no ha cambiado, ni una sílaba, en cuanto a la sustancia de la doctrina. Porque ha incluido en la Ley la regla de una vida perfecta, y ha mostrado también cuál es el camino de salvación, y por tipos y figuras condujo al pueblo a Cristo, de modo que la remisión del pecado se manifiesta allí claramente, y todo lo que es necesario saber.

Como, pues, Dios no ha añadido nada a la Ley en cuanto a la sustancia de la doctrina, debemos llegar, como ya he dicho, a la forma, pues Cristo aún no había sido manifestado: Dios hizo un nuevo pacto cuando cumplió por medio de su Hijo todo lo que había sido prefigurado bajo la Ley. Porque los sacrificios no podían por sí mismos aplacar a Dios, como es bien sabido, y todo lo que la Ley enseñaba acerca de la expiación era de por sí inútil y sin importancia. El nuevo pacto se hizo, pues, cuando Cristo apareció con agua y sangre, y cumplió realmente lo que Dios había exhibido bajo tipos, para que los fieles tuvieran algún gusto de la salvación. Pero la venida de Cristo no habría sido suficiente si no se hubiera añadido la regeneración por el Espíritu Santo. Fue, pues, en cierto modo una cosa nueva que Dios regenerara a los fieles por su Espíritu, de modo que no fuera solamente una doctrina de la letra, sino también eficaz, que no solo hiere el oído, sino que penetra en el corazón y nos forma realmente para el servicio de Dios. El modo externo de enseñar era también nuevo, como es evidente para todos; porque cuando comparamos la Ley con el evangelio, hallamos que Dios nos habla ahora abiertamente, por decirlo así, cara a cara, y no bajo un velo, como nos enseña Pablo cuando habla de Moisés, quien se ponía un velo cuando salía a hablar al pueblo en nombre de Dios. (2 Co 3:13) No es así, dice Pablo, bajo el evangelio, sino que el velo es quitado y Dios en el rostro de Cristo se presenta para ser visto por nosotros. Esta es, pues, la razón por la que el profeta lo llama un pacto nuevo, como se mostrará más ampliamente; pues toco solo cosas que no pueden tratarse por separado, para que se entienda mejor todo el contexto del profeta. Procedamos ahora con las palabras.

Jeremías 31:32

Dice que el pacto que hará no será como el que había hecho con sus padres. Aquí distingue claramente el nuevo pacto de la Ley. Debe tenerse presente el contraste; porque ninguno de los judíos pensaba que fuera posible que Dios añadiera algo mejor a la Ley. Pues aunque consideraban la Ley casi como nada, sabemos, sin embargo, que los hipócritas fingían con gran ardor de celo estar tan consagrados a la Ley que pensaban que antes se mezclarían el cielo y la tierra que se haría cambio alguno en la Ley; y al mismo tiempo se aferraban con la mayor tenacidad a lo que Dios había instituido solo por un tiempo. Era, por tanto, necesario que la Ley fuera aquí contrastada con el nuevo pacto, para que los judíos supieran que el favor reservado para ellos sería mucho más excelente que el que antes se había manifestado a los padres. Esta es, pues, la razón por la que dice: no según el pacto, etc.

Añade luego: que hice con sus padres cuando los tomé de la mano, etc. Aquí muestra que nunca podrían tener una esperanza firme de salvación a menos que Dios hiciera un nuevo pacto. Tal era su orgullo que apenas habrían recibido el favor de Dios si no hubieran sido convencidos de esta verdad; porque esto habría estado siempre en su boca: «¿No se mostró Dios Padre de su pueblo cuando lo redimió? ¿No fue un testimonio de su favor paternal? ¿No ha elevado la condición de la Iglesia, que él quiere que sea perpetua?». Habrían rechazado, pues, el favor de Dios si el profeta no hubiera declarado abiertamente que la Ley había sido y seguiría siendo inútil para ellos, y que había, por tanto, necesidad de un nuevo pacto; de otro modo habrían perecido.

Percibimos ahora el propósito del profeta; y esto debe observarse con cuidado; porque no bastaría saber lo que dice el profeta si no supiéramos también por qué dice esto o aquello. El sentido es, pues, que no debe parecer extraño que Dios haga un nuevo pacto, porque el primero había sido inútil y de ningún provecho. Luego lo confirma, porque Dios hizo el primer pacto cuando extendió su mano a su pueblo antiguo y se hizo su libertador; y sin embargo ellos invalidaron ese pacto. Debe notarse la circunstancia del tiempo, porque la memoria de un beneficio reciente debía ser un motivo poderosísimo para la obediencia. Pues ¡qué baja ingratitud era la de quienes habían sido librados por el admirable poder de Dios, rechazar su pacto en un tiempo en que habían sido prevenidos por la misericordia divina! Como, pues, habían invalidado incluso entonces el pacto de Dios, puede concluirse con certeza que no había habido tiempo alguno en que no hubieran manifestado su impiedad y no hubieran sido violadores del pacto.

Añade: Yo, no obstante, fui señor de ellos, o los dominé. Aunque algunos limitan el verbo בעלתי bolti al dominio ejercido por un marido, y esto no sería inadecuado, pues Dios no solo dominaba entonces sobre su pueblo, sino que era también su marido, comparación que se usa con frecuencia; sin embargo, no sé si este parecer puede sostenerse satisfactoriamente; debemos, por tanto, contentarnos con la verdad general de que Dios tenía al pueblo bajo su propia autoridad, como si hubiera dicho que solo usaba su propio derecho al dominar sobre ellos y prescribirles el modo en que habían de vivir. Al mismo tiempo, la palabra pacto era más honrosa para el pueblo. Porque cuando un rey manda algo a su pueblo, se llama edicto; pero Dios trata con más bondad a su propio pueblo, porque desciende y aparece en medio de ellos, para obligarse a su pueblo así como obliga al pueblo a sí mismo. Vemos, en suma, por qué dice Dios que dominaba al pueblo: porque lo había adquirido para sí, y sin embargo no había gozado de su derecho a causa del carácter indomable y perverso del pueblo.

Debe observarse al mismo tiempo que aquí se echa la culpa al pueblo, y no a que la Ley fuera débil y no suficientemente válida, como vemos que nos enseña Pablo en Ro 7:12. Porque tan pronto como se habla de la debilidad de la Ley, la mayor parte se aferra a algo que juzga malo en la Ley, y así la Ley se hace despreciable; por eso el profeta dice aquí que ellos habían invalidado el pacto de Dios, como si hubiera dicho que la falta no debía buscarse en la Ley, que hubiera necesidad de un nuevo pacto, porque la Ley era abundantemente suficiente, sino que la falta estaba en la ligereza y la infidelidad del pueblo. Vemos, pues, ahora que nada se quita a la Ley cuando se dice que es débil e ineficaz; porque es una falta accidental que procede de los hombres que no guardan ni observan su fe empeñada. Quedan todavía más cosas que decir; pero ahora, como he dicho, toco solo brevemente las palabras del profeta. Sigue, pues: —

Jeremías 31:33

33. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.

33. Quia hoc foedus quod percutiam cum domo Israel post dies illos, dicit Jehova, ponam legem meam in medio ipsorum *(id est, *in visceribus) et in cordibus ipsorum scribam eam; et ego ero illis in Deum, et ipsi erunt mihi in populum.

Jeremías 31:33

Muestra ahora una diferencia entre la Ley y el evangelio, porque el evangelio trae consigo la gracia de la regeneración: su doctrina, por tanto, no es la de la letra, sino que penetra en el corazón y reforma todas las facultades interiores, de modo que se rinde obediencia a la justicia de Dios.

Aquí puede, sin embargo, plantearse una cuestión: ¿faltaba a los Padres bajo la Ley la gracia de la regeneración? Pero esto es del todo absurdo. ¿Qué significa, entonces, que Dios niegue aquí que la Ley estuviera escrita en el corazón antes de la venida de Cristo? A esto respondo que los Padres, que fueron regenerados en otro tiempo, obtuvieron este favor por medio de Cristo, de modo que podemos decir que les fue, por decirlo así, transferido de otra fuente. El poder de penetrar en el corazón no era, pues, inherente a la Ley, sino un beneficio transferido a la Ley desde el evangelio. Esto es una cosa. Luego sabemos que esta gracia de Dios era rara y poco conocida bajo la Ley; pero que bajo el evangelio los dones del Espíritu se han derramado más abundantemente, y que Dios ha obrado más generosamente con su Iglesia. Pero lo principal sigue siendo considerar qué es la Ley por sí misma y qué es peculiar del evangelio, especialmente cuando se hace una comparación entre la Ley y el evangelio. Porque cuando cesa esta comparación, esto no puede aplicarse propiamente a la Ley; pero con respecto al evangelio se dice que la Ley es la de la letra, como se la llama en otro lugar (Ro 7:6), y esta es también la razón por la que Pablo la llama la letra en 2 Co 3:6:

«la letra mata»,

etc. Con «letra» no se refiere a lo que Orígenes explicó neciamente, pues pervirtió ese pasaje como casi toda la Escritura: Pablo no quiere decir allí el sentido simple y llano de la Ley; porque la llama la letra por otra razón: porque solo pone ante los ojos de los hombres lo que es recto, y lo hace sonar también en sus oídos. Y la palabra letra se refiere a lo que está escrito, como si hubiera dicho: la Ley fue escrita en piedras y era, por tanto, una letra. Pero el evangelio, ¿qué es? Es espíritu; es decir, Dios no solo dirige su palabra a los oídos de los hombres y la pone ante sus ojos, sino que también enseña interiormente sus corazones y sus mentes. Esta es, pues, la solución de la cuestión: el profeta habla de la Ley en sí misma, como aparte del evangelio, porque la Ley entonces está muerta y desprovista del Espíritu de regeneración.

Dice luego: Pondré mi Ley en su interior. Con estas palabras confirma lo que hemos dicho: que la novedad que antes mencionó no lo era en cuanto a la sustancia, sino solo en cuanto a la forma; porque Dios no dice aquí: «Les daré otra Ley», sino escribiré mi Ley, es decir, la misma Ley que había sido entregada antes a los Padres. No promete, pues, nada diferente en cuanto a la esencia de la doctrina, sino que pone la diferencia solo en la forma. Pero dice lo mismo de dos maneras, y afirma que pondría su ley en su interior y que la escribiría en su corazón. Sabemos, en efecto, cuán difícil es que el hombre sea de tal modo formado para la obediencia que toda su vida esté en armonía con la Ley de Dios, porque todas las concupiscencias de la carne son otros tantos enemigos, como dice Pablo, que combaten contra Dios. (Ro 8:7) Como, pues, todos nuestros afectos y deseos hacen así la guerra a Dios, es en cierto modo una renovación del mundo que los hombres se dejen gobernar por Dios. Y sabemos lo que dice la Escritura: que no podemos ser discípulos de Cristo si no renunciamos a nosotros mismos y al mundo, y nos negamos a nosotros mismos. (Mt 6:24; Lc 14:26, 27) Esta es la razón por la que el profeta no se contentó con una sola afirmación, sino que dijo: Pondré mi Ley en su interior, la escribiré en su corazón.

Podemos aprender además de este pasaje cuán necios son los papistas en su ilusión acerca del libre albedrío. Ellos conceden, ciertamente, que sin la ayuda de la gracia de Dios no somos capaces de cumplir la Ley, y así conceden algo a la ayuda de la gracia y del Espíritu; pero aun así no solo imaginan una cooperación en cuanto al libre albedrío, sino que le atribuyen la obra principal. Ahora bien, el profeta testifica aquí que es obra propia de Dios escribir su Ley en nuestros corazones. Puesto que Dios declara, pues, que este favor es con razón suyo, y reclama para sí la gloria de él, ¡cuán grande debe ser la arrogancia de los hombres que se lo apropian! Escribir la Ley en el corazón no significa menos que formarlo de tal modo que la Ley reine allí, y que no haya sentimiento alguno del corazón que no sea conforme y no consienta a su doctrina. Queda, pues, suficientemente claro que nadie puede ser vuelto de modo que obedezca la Ley hasta que sea regenerado por el Espíritu de Dios; más aún, que no hay en el hombre inclinación a obrar rectamente si Dios no prepara su corazón por su gracia; en una palabra, que la doctrina de la letra está siempre muerta hasta que Dios la vivifica por su Espíritu.

Añade: Y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Aquí Dios comprende en general la sustancia de su pacto; porque ¿cuál es el propósito de la Ley sino que el pueblo lo invoque y que él también tenga cuidado de su pueblo? Porque siempre que Dios declara que será nuestro Dios, nos ofrece su favor paternal y declara que nuestra salvación se ha hecho objeto de su cuidado; nos da libre acceso a sí mismo, nos manda reposar en su gracia y, en suma, esta promesa contiene en sí todo lo necesario para nuestra salvación. El caso es también hoy el mismo bajo el evangelio; porque, como somos extraños al reino de los cielos, por él nos reconcilia consigo y testifica que será nuestro Dios. De esto depende lo que sigue: Y ellos me serán por pueblo; porque lo uno no puede separarse de lo otro. Con estas palabras el profeta da a entender, pues, brevemente que el objeto principal del pacto de Dios es que él llegue a ser nuestro Padre, de quien hemos de buscar y esperar la salvación, y que nosotros lleguemos a ser también su pueblo. Sobre estas cosas hay más que decir de nuevo; pero he explicado la razón por la que paso ahora tan rápidamente sobre cosas dignas de una explicación más larga. Añade: —

Jeremías 31:34

34. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.

34. Et non docebit amplius vir *(id est, *quisque) proximum suum, et quisque fratrum suum, dicendo, cognoscite Jehovam; quia omnes cognoscent me a parvo ipsorum, et *(sed abundat copula) *ad magnum ipsorum, dicit Jehova; quia ignoscam pecattis ipsorum, et iniquitatum ipsorum non recordabor amplius.

Pero no puedo avanzar más ahora, porque da la hora.

ORACIÓN

Concede, Dios Todopoderoso, que, así como nos has favorecido con un beneficio tan singular como hacer por medio de tu Hijo un pacto que ha sido ratificado para nuestra salvación, te lo rogamos, lleguemos a ser partícipes de él y sepamos que nos hablas de tal manera que no solo muestras por tu Palabra lo que es recto, sino que nos hablas también interiormente por tu Espíritu, y así nos haces dóciles y obedientes, para que haya una evidencia de nuestra adopción y una prueba de que nos gobernarás y regirás, hasta que por fin estemos real y plenamente unidos a ti por medio de Cristo nuestro Señor. — Amén.

Lección ciento veinticuatro

Jeremías 31:34-35

Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conozcan a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré sus pecados, y de sus maldades no me acordaré más. Aquí se menciona otra diferencia entre el antiguo y el nuevo pacto: que Dios, que se había manifestado oscuramente bajo la Ley, enviaría una luz más plena, de modo que el conocimiento de él sería comúnmente gozado. Pero ensalza hiperbólicamente este favor cuando dice que nadie tendría necesidad de maestro ni de instructor, pues cada uno tendría por sí mismo suficiente conocimiento. Consideramos, por tanto, que el objeto del profeta es sobre todo mostrar que tan grande sería la luz del evangelio que resultaría claramente evidente que Dios bajo él obra más generosamente con su pueblo, porque su verdad resplandece como el sol del mediodía. Lo mismo promete Isaías cuando dice que todos serían discípulos de Dios. (Is 54:13) Esto era también así bajo la Ley, aunque Dios daba entonces solo una pequeña muestra de la doctrina celestial; pero a la venida de Cristo desplegó los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, de modo que bajo el evangelio está la perfección de lo que se había comenzado; porque sabemos que el pueblo antiguo era como niños, y por eso Dios los mantenía en los rudimentos del conocimiento; ahora, como hemos crecido, nos favorece con una doctrina más plena y viene, por decirlo así, más cerca de nosotros.

Por eso dice: Ya no enseñará cada uno a su prójimo, ni el hombre a su hermano. He dicho que el profeta ensalza aquí el favor de Dios. Pero hallamos que algunos fanáticos han abusado de este pasaje con ignorancia y necedad, procurando suprimir toda clase de enseñanza, como los anabaptistas de nuestros días, que rechazan toda enseñanza; y, lisonjeándose en su ignorancia, se jactan con orgullo de estar dotados del Espíritu, y dicen que se hace deshonra a Cristo si todavía somos discípulos, porque está escrito como una de las alabanzas y encomios dados al nuevo pacto que ninguno enseñará más a su prójimo. Y de ahí ha sucedido también que se embriagan con doctrinas extrañas y horribles; porque el diablo, cuando se hinchan de tanto orgullo, puede fascinarlos y engañarlos a su gusto; y su propio orgullo también los extravía de tal modo que inventan sueños; y muchos hombres sin principios han torcido este pasaje para servir a sus propios fines. Porque cuando se jactan de ser profetas y persuaden a los simples de que lo son, tienen muchos apegados a sí y sacan provecho de esta clase de jactancia.

Pero el profeta no se refiere aquí a inspiración, ni excluye la práctica de enseñar, como ya he dicho; solo nos muestra el brillo superior de la luz del evangelio, pues Dios, bajo la Ley, no enseñaba tan perfectamente a su pueblo como nos enseña hoy a nosotros. De ahí aquel dicho de Cristo:

«Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; porque os digo que muchos profetas y reyes», etc. (Lc 10:23-24)

Cristo es, pues, el mejor intérprete de este pasaje: que Dios haría resplandecer la verdad más plenamente bajo el evangelio; y por eso Cristo es llamado por Malaquías

«Sol de justicia» (Mal 4:2),

pues el profeta da a entender allí que los Padres tenían ciertamente alguna luz, pero no tal como la que tenemos nosotros. En suma, debemos tener presente la comparación de que se hizo mención ayer: que Dios mantenía a su pueblo en suspenso con la esperanza de un estado mejor.

Y para que no busquemos más explicación, pesemos cuidadosamente las palabras; porque no se dice simplemente y sin excepción: «Nadie enseñará a su prójimo», sino que se añade: «diciendo: Conozcan a Jehová». Vemos, pues, que el profeta promete un conocimiento tal que ya no serían abecedarios; porque estas palabras, «Conozcan a Jehová», señalan los primeros elementos de la fe o de la doctrina celestial. Y sin duda, si consideramos cuán grande era la ignorancia del pueblo antiguo, estaban entonces solo en los elementos. El que hoy es el menor entre los fieles ha avanzado tanto que conoce con mucha más claridad lo que atañe principalmente a la salvación que los que entonces eran los más instruidos. El sentido es, pues, que todo el pueblo escogido de Dios estaría dotado de tal modo del don del conocimiento que ya no permanecería en los primeros elementos.

Ahora bien, si alguien insistiera con pertinacia en esta sola cláusula, sería justo ponerle delante un pasaje de Isaías, porque ciertamente habla del reino de Cristo cuando dice:

«Vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová… y nos enseñará sus caminos» (Is 2:3).

Conciliemos ahora estas dos profecías. El propósito de ambas es exponer el favor de Dios manifestado por Cristo en su venida. Un pasaje dice: «Nadie enseñará a su prójimo»; y el otro: «Cada uno tomará de la mano a su prójimo y dirá: Vengamos y subamos al monte, para que Jehová nos enseñe». Ahora bien, el modo de conciliarlos es este: que Jeremías dice que el pueblo no sería tan ignorante bajo el nuevo pacto como para necesitar los primeros principios de la verdad; pero que Isaías dice que cada uno tomaría de la mano a su prójimo para ayudarse mutuamente, de modo que alcanzaran el conocimiento de la ley de Dios. Queda así resuelta la cuestión; y vemos al mismo tiempo cuán notable es el beneficio con que Dios favorece a su pueblo, pues así se da a conocer a ellos familiarmente.

Dice: Todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande. No quiere decir que el conocimiento estaría en todos en igual medida. La experiencia, ciertamente, prueba que esto es falso; y además sabemos que Dios ha testificado desde el principio, como nos lo recuerda también Pablo (Ro 12:2, 3), que la medida de sus dones es según su beneplácito. Pero el profeta quiere decir que los que son los menores o los más humildes entre el pueblo de Dios estarán dotados de tanta luz de conocimiento que serán casi como maestros. A lo mismo se dirige la profecía de Joel:

«Profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros ancianos soñarán sueños» (Jl 2:28).

Promete que habría por todas partes profetas y maestros, porque la gracia de Dios sería en aquel día más abundante; y estas cosas deben entenderse siempre comparativamente. Aunque, pues, muchos son ahora ignorantes entre los hijos de Dios, y entre los que son realmente del número de los fieles, si consideramos cuán grande era la oscuridad de la Ley, los que hoy son los menores entre los discípulos no son otra cosa que profetas y maestros. Y por esta razón dice Cristo:

«El más pequeño en el reino de los cielos es mayor que Juan el Bautista»,

quien, sin embargo, era superior a todos los profetas. (Mt 11:11) Juan el Bautista era, por su oficio, exaltado por encima de todos los profetas, y los superaba en conocimiento; y sin embargo el menor de los que profesaban el evangelio y daban testimonio de él era mayor, dice Cristo, que Juan el Bautista. Y esto no ha de aplicarse solo a ellos individualmente, ni limitarse a ellos, sino más bien a la doctrina clara y llana que transmite el evangelio, según el pasaje que citamos ayer, donde Pablo dice que ahora no hay velo de por medio, sino que se nos permite ver a Dios, por decirlo así, cara a cara en la persona de Cristo. (2 Co 3:18)

Sigue: Porque perdonaré sus pecados, y de sus maldades no me acordaré más. El profeta muestra aquí, sin duda, el fundamento de la bondad de Dios: que recibiría al pueblo en su favor no imputándole sus pecados. Si buscamos, pues, el origen del nuevo pacto, es la remisión gratuita de los pecados, porque Dios se reconcilia con su pueblo. Y de aquí concluimos que no hay otra causa que podamos imaginar por la que Dios apareciera en su Hijo unigénito y manifestara tan grande generosidad; porque el profeta reduce aquí a nada toda la gloria de la carne y postra todos los méritos cuando dice que Dios sería tan generoso con su pueblo como para serle propicio, remitirle gratuitamente sus pecados y no acordarse de sus maldades. Este pasaje, pues, no puede tomarse propiamente como referido a la perpetua remisión de los pecados, aunque esta esté incluida en la doctrina general; pero debemos tener presente el propósito del profeta, que era mostrar que Dios desde el principio, con respecto a su Iglesia, no se movía por otra causa que por el deseo de abolir los pecados.

El apóstol, en la Epístola a los Hebreos, da una interpretación algo refinada de este pasaje, porque se detiene en la palabra más, עד, od. Dice que bajo el Nuevo Testamento Dios perdona las maldades porque se ha hecho expiación, de modo que ya no hay necesidad de sacrificios. Porque supone la idea contraria: que Dios se acordaba de las maldades hasta que hizo el nuevo pacto. Si se acordaba de los pecados, dice, hasta que hizo un nuevo pacto, no es de extrañar que entonces exigiera sacrificio diario para aplacarlo; pero ahora, bajo el Nuevo Testamento, no se acuerda más de ellos. Entonces cesan los sacrificios, porque ya no hay necesidad de satisfacción cuando los pecados son perdonados. De aquí concluye que hemos sido tan expiados por la sangre de Cristo y tan reconciliados con Dios que la confianza en cuanto a nuestra salvación debe darnos pleno reposo. Pero debemos tener presente lo que he dicho: que el profeta habla aquí expresamente, y en primer lugar, del comienzo de la misericordia y de la gracia que Dios promete; declara, por tanto, que Dios sería tan bondadoso y tan benigno que no se acordaría de las maldades.

¿Qué indica, pues, la partícula más? Que Dios había estado por un tiempo airado con su pueblo y había visitado sus pecados con juicio. Porque se dice que Dios trae a la memoria nuestros pecados, se dice que se aíra contra nosotros, se dice que es vengador de nuestras maldades, cuando nos castiga, cuando da muestras de su severidad y de su venganza. Siempre que, pues, Dios trataba con severidad a su pueblo, parecía acordarse de sus maldades; pero cuando hizo el nuevo pacto, todas las maldades fueron entonces sepultadas y arrojadas, como dice otro profeta, a lo profundo del mar. (Mi 7:19) ¿Aplicó mal, entonces, el apóstol el testimonio del profeta? De ninguna manera; porque lo acomodó sabiamente al asunto que trataba: lo que Dios promete, que no se acordaría más de las maldades después de hacer el nuevo pacto, se cumplió por la venida de Cristo. Cristo solo ha logrado, pues, que nuestras maldades no sean más recordadas ante Dios. De aquí también aprendemos fácilmente lo que el apóstol quiso probar: que los sacrificios cesan cuando los pecados son expiados. Estas cosas, en efecto, concuerdan bien entre sí, y no hay nada forzado ni demasiado refinado.

Además, el profeta no discute aquí toda la cuestión sobre la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, sino que solo da esto por supuesto: que la gracia de Dios sería más abundante que antes, para que los fieles, sostenidos por la esperanza, soportaran con paciencia sus males y las gravísimas pruebas con que tenían que luchar, y no se desanimaran hasta que Cristo fuera manifestado, como dijimos ayer. Habla aquí, pues, de la gracia de la regeneración, del don del conocimiento, y promete al mismo tiempo que Dios sería propicio a su pueblo de una manera diferente y más perfecta que en los tiempos pasados. Pero el apóstol en aquella Epístola parece aplicar esto a las ceremonias, porque estas cosas están unidas entre sí; es decir, la abrogación de las ceremonias y la regeneración del Espíritu que aquí se promete. El apóstol no tuerce, pues, las palabras del profeta; sino que, como encarece el nuevo pacto, que había de ser más excelente que la Ley, concluye de ahí que no es de extrañar que las ceremonias no hubieran de continuar sino por un tiempo. Porque da por supuesto este principio: que un nuevo pacto había de suceder al antiguo; luego había de haber necesariamente algún cambio. Supone también que el nuevo pacto se oponía al antiguo y que el antiguo estaba sujeto a destrucción. Los judíos no podían soportar cambio alguno en los tipos, porque querían que permanecieran los mismos. Pero el apóstol dice que no es nada extraño que una cosa envejezca; porque Dios, dice, no sin razón llama viejo a aquel pacto que hizo por Moisés; luego no seguirá siempre vigente. (He 8:13) Siendo así, no puede ser incompatible con la verdad y la fidelidad de Dios que las ceremonias cesaran en cuanto a su uso, mientras la Ley misma permanecía sin cambio. Vemos, pues, ahora que el apóstol interpretó fielmente el propósito del profeta al acomodar su testimonio a la abrogación de las ceremonias.

Pero como solo tengo que explicar las palabras del profeta, no hay necesidad de hablar más de la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, es decir, en qué puntos difieren; pues el Antiguo y el Nuevo Testamento difieren también en otras cosas. Pero el profeta, como he dicho, juzgó suficiente tocar este punto: que a la venida de Cristo se había de esperar algo mejor de lo que los Padres en todas las edades habían hallado. Y así, como he dicho, procuraba aliviar la tristeza de los fieles, a quienes Dios ejercitaba con duras pruebas antes de que Cristo fuera manifestado en la carne.

Además, la Ley y el evangelio forman un contraste como Moisés y Cristo. Así el Nuevo Testamento es más excelente que la Ley, como Cristo supera a Moisés. Pero debemos llegar a un pasaje de Juan, para entender más plenamente por qué el profeta dice que la gracia del nuevo pacto sería diferente de la del antiguo. Juan dice:

«La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Jn 1:17).

Juan parece dejar allí a la Ley nada más que una sombra pasajera. Porque si Cristo solo nos trajo la verdad, entonces no había verdad en la Ley, y no había gracia en la Ley; pero esto parece arrojar un oprobio sobre la Ley. Ahora bien, esta cuestión fue en parte respondida ayer. Pero como deseo terminar este pasaje, obsérvese brevemente que siempre que la Ley es así rebajada, es solo para que se exponga el beneficio de Cristo, a fin de que sepamos cuán inestimable es la misericordia de Dios que aparece en su Hijo unigénito.

Si ahora alguien objetara y dijera: «Pero ¿por qué había publicado antes la Ley? ¿Y por qué mandó que se recibiera con reverencia, si estaba sin gracia y sin verdad?». A esto respondo, según lo que dije ayer, que la Ley no estaba desprovista de aquellos beneficios que hoy recibimos bajo el evangelio, sino que estos beneficios eran entonces, por decirlo así, adventicios, y no pertenecen propiamente a la Ley; porque si la Ley se separara del evangelio, sería lo mismo que separar a Moisés de Cristo. Si se considera a Moisés no como opuesto a Cristo, fue el heraldo y testigo de la bondad paternal de Dios hacia su pueblo; su doctrina contenía también promesas de una salvación gratuita y abría a los fieles la puerta de acceso a Dios. Pero si se pone a Moisés en oposición a Cristo, se convierte en ministro de muerte, y su doctrina lleva a la destrucción; porque la letra, como la llama Pablo en 2 Co 3:6, mata. ¿Por qué? Porque quien se apega a Moisés se aparta de Cristo; y solo Cristo posee en sí la plenitud de todas las bendiciones. Se sigue, pues, que nada queda en Moisés considerado en sí mismo. Pero Dios prometió salvación a su pueblo antiguo, y regeneró también a sus escogidos y los iluminó por su Espíritu. Esto no lo hizo tan libre y extensamente como ahora. Como, pues, la gracia de Dios es hoy más abundante, es con justicia encarecida en términos elevados por todos los profetas; y, como ya he dicho, todo lo que Dios concedía entonces era, por decirlo así, adventicio, porque todos estos beneficios dependían de Cristo y de la promulgación del evangelio. Procedamos ahora: —

Jeremías 31:35-36

35. Así dijo Jehová, que da el sol para luz del día, las leyes de la luna y de las estrellas para luz de la noche, que parte el mar, y y rugen sus ondas; Jehová de los ejércitos es su nombre:

35. Sic dicit Jehova, Qui ponit solera *(vel, *posuit) in lucem diei, et leges *(vel, *statuta, decreta) lunae et stellarum in lucem noctis; scindens mare, et resonant (tumultuautur) fluctus ejus; Jehova exercituum nomen ejus:

36. Si faltaren estas leyes delante de mí, dice Jehová, también la descendencia de Israel dejará de ser nación delante de mí para siempre.

36. Si remota fuerint decreta haec a conspectu meo, dicit Jehova, etiam semen Israel cessabit *(vel, *deficiet) ne sit gens coram facie mea cunctis diebus.

Jeremías 31:36

Confirma las promesas que hemos estado considerando; porque era difícil creer que el pueblo no solo recuperaría lo que había perdido, sino que sería hecho mucho más feliz; pues la Iglesia estaba entonces en un estado de total abatimiento. No era, pues, cosa fácil levantar, por decirlo así, desde lo más profundo a un pueblo miserable y consolarlo para que superara su terrible prueba; porque el desorden de la Iglesia era tal que, aunque hubiera sido resucitada cien veces de entre los muertos, podría ser otras cien veces aplastada hasta la muerte, pues le quedaban todavía en el futuro males gravísimos. Esta es, pues, la razón por la que el profeta se detiene largamente en probar lo mismo.

Dice en persona de Dios: «Yo soy el que creó el sol, la luna y las estrellas; el orden regular de las cosas en la creación continúa todavía, pues el sol cumple su curso, y también la luna». Habla, ciertamente, de su curso diurno, porque sabemos que los profetas hablaban de modo popular y según las nociones comunes. Si hubieran filosofado, como hacen los astrólogos, y hablado del curso mensual de la luna y del curso anual del sol, no habrían podido ser entendidos por el pueblo común. Se contentaron, por tanto, con exponer cosas que hasta los niños podían comprender: que el sol hacía su giro diario alrededor del mundo, que la luna hacía lo mismo, y que las estrellas seguían a su vez; de modo que la luna ocupa el primer lugar en la noche entre las estrellas y el sol reina durante el día. «Yo soy el Señor», dice, «que he fijado este orden de cosas que aún permanece»: Yo parto o divido el mar, dice, es decir, lo agito con tempestades, y hacen estruendo, o rugen, sus ondas.

Menciona cosas contrarias, pero no incompatibles, aunque diferentes. Porque el curso del sol, de la luna y de las estrellas es regular y fijo, y por eso llama a sus cursos חקת cheket y החקים echekim, es decir, decretos, que no son mudables. Hallamos, pues, en los cielos un orden de tal modo dispuesto y regulado que nada se desvía de su curso señalado. Pero en las borrascas y tempestades Dios parece como si quisiera sacudir el mundo y trastornar lo que de otro modo parece inmóvil; porque hasta las rocas mismas, por decirlo así, tiemblan cuando el mar es violentamente agitado; y sin embargo Dios aquieta el mar mismo y así pone fin a las borrascas y tempestades, de modo que siempre parece haber estabilidad y perpetuidad en la naturaleza. Añade luego: Si faltaren estas leyes delante de mí, también la descendencia de Israel faltará; es decir: «Tan cierta como es la estabilidad del orden de la naturaleza, que se ve en el curso del sol y de la luna y en el mar turbulento, tan cierta será la liberación de mi Iglesia, y nunca podrá ser destruida». La tempestad en el mar parece sacudir el mundo, y sin embargo el mundo permanece firme. El sol y la luna, cuando salen, podrían abrumar toda la tierra; porque sabemos que el sol es mucho mayor que la tierra. Mientras un cuerpo tan grande, y casi inmenso, pende sobre nuestras cabezas y rueda tan velozmente, ¿quién no debería temer? Y, sin embargo, el sol sigue su curso y la tierra permanece firme, porque así place a Dios. No hay, por tanto, razón para temer que la seguridad de la Iglesia llegue alguna vez a faltar, porque las leyes o decretos de la naturaleza nunca cesarán; es decir, Dios, que ha gobernado el mundo desde el principio, no descuidará el bienestar de su Iglesia, por cuya causa fue creado el mundo.

Y no es, en verdad, motivo de asombro que aquí se muestre tan segura la salvación de la Iglesia, porque con justicia puede preferirse incluso al curso fijo del sol y de la luna y a las demás instituciones de la naturaleza. Pero Dios juzgó suficiente en este lugar usar esta comparación, conforme a lo que se dice en los Salmos, donde el sol y la luna son llamados sus testigos fieles en el cielo. (Sal 89:36, 37) Pero allí también se habla del pacto que Dios iba a hacer con su pueblo por medio de su Hijo unigénito. Menciona la luna como su testigo en el cielo; pero, como ya he dicho en otro lugar, nos eleva muy por encima del mundo y de todos los elementos, sí, por encima del sol y de la luna, cuando trata de la certeza de nuestra salvación; y sin duda la condición de la Iglesia no depende del estado del mundo; porque se dice en otro lugar:

«Ellos perecerán, mas tú permanecerás» (Sal 102:26-28).

Y el profeta compara allí los cielos a vestidos, que se gastan con el uso y al fin quedan inservibles; pero la condición de la Iglesia, dice, es muy diferente. No expresa, ciertamente, estas palabras; pero después de haber dicho: «Tú, oh Dios, eres el mismo desde la eternidad», llega a la eternidad de la Iglesia: «Los hijos de tus siervos habitarán seguros». Vemos, pues, que la Iglesia tiene la preferencia sobre todo el mundo. Pero Dios tuvo en este lugar consideración a la debilidad de su pueblo cuando dijo que su gracia hacia su pueblo sería tan firme y cierta como las instituciones de la naturaleza. Algunos refieren la última cláusula del v. 35 (Jer 31:35) al Mar Rojo, porque Dios dividió el Mar Rojo; pero esto es del todo ajeno al sentido del profeta, y no requiere refutación; pero lo he señalado para que nadie sea extraviado.

ORACIÓN

Concede, Dios Todopoderoso, que así como gozamos de la luz del sol de día y de la luna de noche, aprendamos a levantar más alto nuestros ojos y no seamos como los incrédulos, que tienen este beneficio en común con nosotros, sino que miremos hacia adelante con esperanza de nuestra salvación eterna, y no dudemos de que, así como pones ante nuestros ojos una prueba de tu inmutable constancia en estas cosas creadas, así también segura y cierta será nuestra salvación, que está fundada en tu certísima verdad, que da firmeza a todas las cosas, hasta que lleguemos por fin a aquel reino bienaventurado que nos ha sido obtenido por la sangre de tu Hijo unigénito. — Amén.

Lección ciento veinticinco

Jeremías 31:37

37. Así ha dicho Jehová: Si los cielos arriba se pudieren medir, y buscarse abajo los fundamentos de la tierra, también yo desecharé toda la descendencia de Israel por todo lo que hicieron, dice Jehová.

37. Sic dicit Jehova, Si mensurentur coeli sursum, et investigentur fundamenta terrae deorsum, etiam ego rejiciam *(vel, *spernam) totum semen Israel, propter onmia quae *fecerunt, *dicit Johova.

Jeremías 31:37

Confirma lo mismo con otra comparación: que sería imposible que Dios olvidara por completo su pacto, sino que volvería a reunir a su pueblo. El exilio podía parecer, ciertamente, una muerte permanente; y así la verdad de Dios podía haber sido reducida a nada; y el pacto no habría podido ser invalidado sin dar al pueblo cierto derecho a quejarse de que había sido engañado. Porque sabemos que, aunque al pacto se añadió una condición, no estaba fundado en la integridad de los hombres; y por eso se dice que Dios no es mentiroso, aunque todos los judíos fueran pérfidos. (Ro 3:3, 4) El profeta nos enseña, pues, aquí que, aunque Dios había castigado severamente los pecados del pueblo y había resuelto castigarlos en el futuro, hasta destruir su ciudad, habría todavía lugar para la misericordia después de que el pueblo hubiera sido castigado.

Había dicho antes que el pacto de Dios con los hijos de Abraham no podía fallar más que las leyes de la naturaleza; dice ahora que si alguien pudiera medir el cielo e investigar los fundamentos de la tierra, es decir, penetrar hasta el mismo centro de la tierra, entonces, dice, yo desecharé a la descendencia de Israel. Pero Dios presenta ante nosotros estas cosas extrañas e imposibles para que sepamos que al fin se reconciliará con su pueblo después de haberlo castigado con justicia. Y esta promesa no podía dar consuelo alguno a los hipócritas, porque Dios no incluye a toda la descendencia de Abraham, sino que dice que no permitiría que perecieran todos los descendientes de Abraham, pues quedaría algún remanente, conforme a lo que dice Isaías:

«Aunque tu pueblo, oh Israel, sea como las arenas del mar, el remanente de él volverá» (Is 10:22).

Dios no afirma aquí, pues, que sería misericordioso con todos, sino que quedaría todavía algún resto, de modo que el nombre del pueblo permaneciera inmortal; en suma, promete que la Iglesia sería salva, pero que el número sería pequeño.

Percibimos ahora el propósito del profeta: sin duda tenía en cuenta a los fieles, que podían haber sido abrumados por la desesperación al verse arrojados lejos de su propio país y sin esperanza de regreso. Testifica, pues, que Dios tenía tal cuidado de la salvación de los fieles que reuniría la simiente dispersa.

Pero debemos tener presente lo que hemos dicho: que esta promesa ha de limitarse a los solos elegidos, porque solo ellos eran capaces de recibir este favor. En cuanto a los incrédulos, que eran perversos en su maldad, Dios podía haberlos cortado por completo y, sin embargo, salvar los remanentes de la gracia.

Ahora bien, no hay necesidad de entrar aquí en una discusión sutil sobre si puede hallarse el centro de la tierra. Los filósofos aducen, ciertamente, algunas razones probables sobre la extensión de los cielos, y también conjeturan la dimensión de la tierra. Pero el propósito del profeta era declarar, según el modo común y popular de hablar, que la misericordia de Dios sería perpetua e inmensurable hacia los hijos de Abraham, como la inmensidad de la tierra y de los cielos, que excede la comprensión de la mente humana.

Añade: Por todo lo que han hecho; es decir, aunque han merecido morir eternamente cien veces, tendré, sin embargo, consideración a mi pacto y a mi misericordia. El profeta pone, pues, aquí ante nosotros a propósito los pecados del pueblo, para que sepamos que la misericordia de Dios sería muy grande, de modo que toda la masa de tantos males no impediría a Dios perdonarlos. Esta es la razón por la que dice: por todo lo que han hecho. Sigue ahora: —

Jeremías 31:38-40

38. He aquí vienen días, dice Jehová, en que la ciudad será edificada a Jehová, desde la torre de Hananeel hasta la puerta del Ángulo.

38. Ecce dies (addunt alii *באים, veniunt) *dicit Jehova, et edificabitur urbs Jehovae e turri Chananeel usque ad portam anguli:

39. Y saldrá más adelante el cordel de la medida delante de ella, sobre el collado de Gareb, y rodeará Goa.

39. Et exibit adhuc funiculus mensurae coram ipso (vel, coram ipsa porta) et usque ad collem Gazeb, et circumdabit Goathath,

40. Y todo el valle de los cadáveres y de la ceniza, y todos los campos hasta el torrente de Cedrón, hasta la esquina de la puerta de los Caballos al oriente, será santo a Jehová; no será arrancada ni destruida más para siempre.

40. Et omnem vallem (alii legunt in nominativeocasu, et omnis vailis) cadaverum et cineris, et omnes regiones (vel, agri) ad torrentem Kedron usque ad angulum portae equorum versus orientem, sanctitas Jehovae; non evelletur, et non destructur amplius in perpetuum.

Jeremías 31:38

Aquí el profeta habla de la reedificación de la ciudad. No dudo de que su objeto era mostrarles que la amplitud y el esplendor de la ciudad después del regreso del pueblo no serían menores que los que había tenido bajo David en su condición más floreciente. Debemos, sin embargo, hablar primero de las palabras antes de proceder al asunto.

He aquí vienen días, dice Jehová, y será edificada la ciudad. Aún no había sido destruida; pero el profeta daba a entender que su ruina total estaba cercana; hace, pues, que su esperanza dependa ahora solo de la misericordia de Dios en cuanto a la liberación del pueblo del exilio: Será edificada, pues, la ciudad a Jehová desde la torre de Hananeel, etc. Esta torre estaba, sin duda, situada en el muro de la ciudad. Casi la misma predicción se halla en Zac 14:10, aunque hay alguna diversidad en las palabras; pero ambos profetas se refieren a lo mismo. El objeto de Zacarías era animar al pueblo en esta circunstancia, porque la belleza, la grandeza y la extensión de la ciudad no correspondían al principio con lo que había sido antes. Promete, pues, que su gloria sería al fin la misma que había sido; y nombra allí la torre de Hananeel. Jeremías añade: hasta la puerta del Ángulo. El ángulo, הפנה ephene, está en singular; pero en Zacarías es הפנים ephenim, en plural; y se piensa que el ángulo o los ángulos se llaman así metafóricamente, porque un ángulo muestra dos caras mientras sobresale, y así aparecen dos partes; pero sea la puerta del Ángulo o de los Ángulos, poca diferencia hace.

Jeremías 31:39

Añade luego: Saldrá aún el cordel de la medida delante de ella. Algunos aplican esto a la puerta, porque desde la puerta se había de extender el cordel sobre el collado de Gareb y rodear Goa. De estos nombres de lugares no puedo decir mucho, porque no conocemos la situación antigua de la ciudad; y los mismos judíos, cuando hacen conjeturas sobre estas cosas inciertas, muestran solo su propia ignorancia. Sin embargo, la mayor parte de los intérpretes entienden esto en el sentido de que la ciudad iba a ser grande, como si Dios prometiera que la extendería más allá de las murallas; y esto lo sacan del verbo יצא itsa, saldrá el cordel o cuerda de la medida. Pero cuando el profeta dice aún, compara la antigua grandeza de la ciudad con la que percibe que tendrá después. Zacarías, por su parte, parece prometer que sería una ciudad que contendría la misma medida; porque dice:

«Y Jerusalén será habitada otra vez en su lugar»,

o en su propio sitio. (Zac 12:6) Como, pues, Zacarías promete que la ciudad ocuparía el mismo lugar que antes, yo no concluyo otra cosa de las palabras de nuestro profeta, especialmente porque la partícula aún da a entender lo mismo. Cuando se dice delante de él, lo aplico a Dios y no a la puerta; porque se hizo mención antes de Dios: Será edificada la ciudad a Jehová; y luego añade: delante de él. No tengo duda de que el profeta manda aquí a los israelitas levantar sus ojos a Dios, para que esperaran de él lo que era increíble según la comprensión de los hombres y de la carne: delante de él, es decir, cuando Dios restaure la ciudad, entonces saldrá el cordel, es decir, extenderá el cordel hasta el collado de Gareb y rodeará Goa.

Jeremías 31:40

Añade luego: Y todo el valle. Algunos leen: «todo el valle será santidad para Jehová»; y puede entenderse bien que todos los lugares cercanos a la ciudad serían santos para Dios; pero este versículo puede conectarse con el anterior, como si dijera: la línea se extenderá hasta todo el valle de los cadáveres y de las cenizas. La palabra דשן, dashin, significa cenizas y grosura; pero aquí debe tomarse por cenizas; y se piensa que el lugar se llamó así porque allí solían arrojar las cenizas recogidas del altar, después de quemados los sacrificios: como había allí un gran montón de cenizas, el lugar recibió ese nombre. Otro lugar se llamaba también el lugar de los cadáveres, porque allí un ángel había matado a un ejército de enemigos en el reinado de Ezequías. Como allí tuvo lugar una matanza grande y memorable, se piensa que recibió ese nombre para que el favor de Dios siguiera siendo conocido por la posteridad. Si este nombre llegó a ser el monumento del favor de Dios, no dudo de que Ezequías fue la causa de ello.

Se añade luego: y todas las regiones hasta el torrente de Cedrón. Es bastante probable que los lugares aquí nombrados estuvieran fuera de la ciudad, pues sabemos que el torrente de Cedrón no estaba dentro de ella. Luego añade: hasta la esquina de la puerta de los caballos. Se piensa que por esta puerta salían los carros del rey cuando quería ejercitar sus caballos. Podría haber sido el mercado de caballos. Aquí solo caben conjeturas; pues nadie sabe con certeza si el rey tenía un lugar para ejercitar sus caballos. Pero esta puerta miraba hacia el oriente. Dice que todos los lugares serían santidad para Jehová; y luego les promete una condición tranquila y perpetua: No será arrancada ni destruida jamás; por lo cual dice Zacarías: «no habrá más חרם, cherim, destrucción».

Vemos ahora el propósito del profeta: después de haber hablado del regreso del pueblo, añade que la ciudad volvería a ser espléndida y grande, como había sido; pues la tierra permaneció en un estado de desorden hasta la restauración de la ciudad, porque Dios había escogido allí una morada para sí. Y como allí se había edificado el templo, convenía a los israelitas, dondequiera que habitaran, dirigir siempre sus ojos al templo y al santuario de Dios, para vivir bajo su protección. Por tanto, si la ciudad no hubiera sido edificada de nuevo, no se habría podido gozar realmente de la bondad de Dios; pues de otro modo se habría presentado siempre ante los ojos del pueblo una especie de desolación, ya que la ciudad era, por así decirlo, el estandarte bajo el cual Dios los protegía. Esta es, pues, la razón por la que el profeta anunció expresamente esta profecía acerca de la futura restauración de la ciudad.

Ahora bien, cuando dice que la ciudad sería edificada para Jehová, da a entender lo que los judíos esperaban de manera especial: que aquella ciudad volvería a ser santa; pues si solo florecía en riquezas y poder como las demás ciudades, habría sido un consuelo muy pequeño para los israelitas. Pero señala aquí una diferencia entre Jerusalén y todas las ciudades paganas; pues Dios era, por así decirlo, el arquitecto de esa ciudad, como se dice en los Salmos:

«Y el Altísimo mismo la establecerá» (Sal 87:5)

y además:

«Su fundamento está en el monte santo»,

y esto debe entenderse de él mismo. (Sal 87:1) El sentido es que Dios cuidaría de nuevo de esa ciudad, pues el templo vendría a ser, por así decirlo, su trono real y su santuario en la tierra. Al mismo tiempo, cuando el profeta afirma que la extensión de la ciudad no sería menor de lo que había sido, vemos que esta profecía debe referirse necesariamente al reino de Cristo: pues aunque Jerusalén, antes de la venida de Cristo, fue eminente y estuvo rodeada de un triple muro, y aunque fue celebrada en todo el Oriente, de modo que aun los escritores paganos dicen que superaba a toda otra ciudad, nunca llegó a cumplirse que la ciudad floreciera como bajo David y Salomón. Debemos, pues, necesariamente llegar al estado espiritual de la ciudad, y explicar la promesa como la gracia que vino por medio de Cristo.

Pero debemos notar especialmente lo que se dice: que sería santidad para Jehová, y también que ya no se temería ninguna ruina ni destrucción. Si la condición del pueblo elegido hubiera sido la misma que la de las demás naciones, la promesa de restauración habría sido pequeña y de poca importancia; pues les habría sido mejor habitar en el exilio, donde vivían en un país agradable y fértil. Pero el profeta recomienda aquí un privilegio con el que Dios había favorecido a los hijos de Abraham por encima de todas las demás naciones, cuando los adoptó como su pueblo particular. Sin embargo, debe entenderse un contraste implícito entre la profanación que entonces prevalecía y la santificación que aquí se promete. Los judíos habían contaminado de tal modo la tierra que en nada se diferenciaba de otros países; y Dios, como dice Ezequiel, había emigrado de allí (Ez 8:6); y sabemos que los profetas llamaron al templo cueva de ladrones (Jer 7:11) y que también compararon la ciudad con Sodoma y Gomorra. (Is 1:10) Por eso el profeta promete aquí que la ciudad, con todos sus alrededores, sería santa para Dios, porque Dios la limpiaría de todas las contaminaciones con que había sido profanada; y reclama también esto como obra suya, pues santificar es una obra propia de él.

Se añade la promesa de un favor perpetuo, como lo hace también Zacarías; pues no bastaría que se nos prometiera la misericordia de Dios por poco tiempo, si no se asegurara su perpetuidad. El profeta promete, pues, ahora que el curso de los beneficios de Dios sería permanente. Es verdad que la ciudad fue destruida otra vez por Tito, y por último demolida por completo por Adriano; pero este hecho no se opone a esta promesa; pues, como hemos dicho, Dios dio alguna muestra de su favor en el aspecto exterior de la ciudad hasta que vino Cristo; pero después que Cristo fue manifestado, la Jerusalén celestial pasó a ser el objeto que se debía buscar, pues entonces cesaron todos los tipos y sombras. La perpetuidad de que habla el profeta es, pues, la que corresponde al carácter del reino de Cristo, y es por tanto espiritual. Además, este pasaje nos enseña que la Iglesia será perpetua, y que aunque Dios permita que sea terriblemente sacudida y zarandeada de aquí para allá, siempre quedará alguna simiente, mientras el sol y la luna brillen en los cielos y continúe el orden de la naturaleza; de modo que todos los elementos, todo cuanto vemos con nuestros ojos, den testimonio de la perpetuidad de la Iglesia, es decir, de que continuará siempre: pues aunque Satanás y todo el mundo amenazan cada día con su ruina, el Señor la preservará de manera admirable hasta el fin, de modo que nunca perecerá. Este es el sentido del pasaje. Sigue otra profecía.

CAPÍTULO 32

Jeremías 32:1-3

1. La palabra que vino a Jeremías de parte de Jehová en el año décimo de Sedequías rey de Judá, que era el año dieciocho de Nabucodonosor.

1. Sermo qui datus fait Jeremiae a Jehova anno decimo Zedechiae regis Jehudah; hic annus est decimus octavus Nabuchadnezer:

2. Porque entonces el ejército del rey de Babilonia tenía sitiada a Jerusalén; y el profeta Jeremías estaba preso en el patio de la cárcel que estaba en la casa del rey de Judá.

2. Et tunc exercitus regis Babylonii obsidebat Jerosolymam, et Jeremias propheta erat indusus in atrio custodiae qum est in palatio regis Jehudah;

3. Pues Sedequías rey de Judá lo había encerrado, diciendo: ¿Por qué profetizas tú diciendo: Así dice Jehová: He aquí yo entrego esta ciudad en manos del rey de Babilonia, y la tomará;

3. Quia incluserat ipsum Zedechias rex Jehudab, dicendo, Quare tu prophetizas dicendo, sic dicit Jehova, Ecce ego trado urbem hanc in manum regis Babylonii, et capiet eam.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.