Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Jeremías 51: comentario de Juan Calvino

Jeremías 51:1

Prosigue con el mismo asunto. Jeremías parece, en efecto, haber usado más palabras de las necesarias; pero hemos expuesto la razón por la que se detuvo extensamente en un asunto tan claro: su propósito no era solo enseñar, pues esto lo habría podido hacer con pocas palabras, y haber incluido así todo lo que hemos visto hasta ahora y hallaremos en todo este capítulo; sino que, como se trataba de un suceso apenas creíble, era necesario ilustrar la profecía acerca de él con muchas figuras, e inculcar con muchas repeticiones lo que ya se había dicho, y confirmar también con muchas razones lo que casi nadie admitía.

Dice, pues: He aquí que yo, etc. Dios es hecho el que habla, para que la palabra tuviera más fuerza y poder. He aquí, dice, que yo levanto un viento destruidor contra los caldeos. La semejanza del viento es muy apropiada, porque Dios les recordaba así brevemente cuán fácil le era destruir a todo el mundo con un solo soplo. El viento se opone, ciertamente, de modo indirecto, a los instrumentos de guerra; porque cuando alguien busca vencer a un enemigo, reúne muchas y fuertes fuerzas, y procura auxiliares por todos lados; en suma, no se atreverá a intentar nada sin hacer todos los preparativos posibles. Como, pues, los hombres no se atreven a atacar a sus enemigos sin hacer esfuerzos denodados, Dios ensalza aquí su propio poder, porque le basta levantar un viento. Percibimos ahora, pues, el propósito de la semejanza, cuando dice que levantaría un viento que destruiría o dispersaría a los caldeos.

En las palabras siguientes hay una oscuridad; literalmente son: los moradores del corazón; porque como la palabra ישבי, ishebi, está en construcción, necesariamente sigue otra palabra, como por ejemplo, el país de los caldeos. Pero debería haberse puesto el relativo, ה, He, referido a Babilonia. Sin embargo, tal como están las palabras, nos vemos obligados a leer: y contra los moradores del corazón. Algunos quieren que se sobrentienda el relativo, אשר, asher, pero eso es duro, porque es un modo de hablar poco natural. Ellos, sin embargo, dan esta traducción de אשר לב, asher leb: «los que de corazón se levantaron contra mí». Pero ¿y si leemos las palabras moradores del corazón metafóricamente, como significando los que se gloriaban en su propia sabiduría? Porque los babilonios, como es bien sabido, tenían a los demás hombres por torpes y necios, y estaban tan complacidos con su propia astucia, como si estuvieran fortificados con cercados por todos lados. Habitaban, pues, en su propio corazón, es decir, se creían bien fortificados alrededor por su propia sabiduría. En este sentido el profeta parece llamar a los babilonios moradores del corazón.

Añade, al mismo tiempo, que se levantaron contra Dios, es decir, porque habían tratado cruelmente a su pueblo, y casi lo habían destruido. Y sabemos que Dios tomaba a su cargo la causa de su Iglesia, y por eso se quejaba de que los impíos le hacían la guerra siempre que molestaban a los fieles. También es, al mismo tiempo, generalmente cierto que todos los que se arrogan sabiduría se levantan contra Dios, porque roban a Dios la honra que le es debida. Pero debe referirse propiamente a la unión que existe entre Dios y su Iglesia, cuando acusa a los caldeos de que se levantaron contra él. Sigue:

Jeremías 51:2

2. Y enviaré a Babilonia aventadores que la avienten, y vaciarán su tierra; porque se pondrán contra ella de todas partes en el día del mal.

2. Et mittam contra Babylonem ventilatores, qui ventilent ipsam (ad verbum, *et ventilabunt ipsam,) et exinanient terram ejus *(vel, spoliabunt; בקק *enim significat proprie exinanire, evacuare, ut vulgo dicunt; et significat etiam spoliare et proedari; *qui *ergo *exinanient terram;) quia erunt contra eam in circuitu in die mali *(hoc est, *in die adversa.)

Jeremías 51:2

Aquí se explica con más claridad, sin la metáfora que había usado. Ya no usa la semejanza del viento cuando declara que enviaría aventadores. Algunos toman al mismo tiempo זארים, zarim, en el sentido de extranjeros, que la desterrarían; pero esto sería duro. No dudo, pues, de que el profeta alude al viento antes mencionado. No continúa ciertamente esa metáfora; pero lo que dice corresponde con ella. En lugar de viento menciona ahora aventadores, o ventiladores; pero esto no puede entenderse sino de enemigos. Se halla todavía una explicación más clara en la palabra vaciar, después de haber dicho que los persas y los medos aventarían o ventilarían a Babilonia. La compara, sin duda, a paja. Así como la paja, cuando se avienta, cae en tierra, así dice que algo semejante sucedería a los babilonios.

Pero añade: Y vaciarán su tierra, es decir, la tierra de Babilonia. Dice que todo el país sería de tal modo saqueado que nada quedaría. Y confirma esta declaración: porque estarán, dice, alrededor de ella. Con esta expresión da a entender que no habría escape para los caldeos.

Con frecuencia sucede que los hombres escapan a hurtadillas cuando son apremiados por sus enemigos; porque aunque los enemigos vigilen todos los pasos, a menudo no descubren todos los escondrijos. Pero el profeta dice que sus enemigos los rodearían de tal modo que los caldeos no podrían llevarse consigo nada de lo que pudieran salvar de las manos de sus enemigos. Añade: en el día del mal. Con esta frase da a entender de nuevo que los caldeos ya estaban destinados por Dios a la destrucción. Es lo mismo, pues, que si hubiera dicho que tan pronto como vinieran sus enemigos todo habría terminado para Babilonia y para toda la nación; ¿por qué? porque sería el día de su ruina total. Sigue:

Jeremías 51:3

3. Contra el que entesa, entese su arco el flechero; y contra el que se enorgullece con su coraza; no perdonéis a sus jóvenes; destruid todo su ejército.

3. Ad tendentem qui tendit arcum suum ידרך est hic vox supervacua, qui tendit igitur arcum suum,) et (copula hic abundat;) ne parcatis electis ejus, interficite omnem exercitum ejus.

Jeremías 51:3

Los intérpretes dan diversas exposiciones de este versículo. Algunos entienden por el que entesa el arco a un soldado de armadura ligera; y por el que se enorgullece con su cota de malla, entienden a un soldado de armadura pesada. Hay también otra diferencia; algunos toman אל, al, por לא, la, cuando se dice ואל יתעל, veal itol, porque sigue una copulativa; y las palabras no parecen bien conectadas si leemos así: «En cuanto al que se enorgullece con su cota de malla, y no perdonéis», etc.; y por eso toman negativamente la partícula אל, al, en lugar de לא, la: «y no se enorgullezca con su cota de malla». Pero es probable que la copulativa en el segundo lugar sea redundante. El sentido simple sería, pues: En cuanto al que entesa el arco, y al que se enorgullece con su cota de malla.

Yo no doy, ciertamente, una interpretación tan refinada como la de algunos, acerca de los soldados de armadura ligera y pesada. No dudo, pues, de que señala a los flecheros y a los revestidos de malla. Si, sin embargo, alguien prefiere la otra explicación, disfrute de su propia opinión. En cuanto al punto principal, es evidente que el profeta exhorta a los persas y a los medos a no perdonar a los jóvenes de entre los caldeos, sino a destruir todo su ejército, de modo que ninguna parte de él quedara.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que ya que fuiste en otro tiempo tan solícito por la salvación de tu pueblo que emprendiste la guerra, por causa de ellos, contra una nación poderosísima, concede que también nosotros, en este día, sepamos que estaremos a salvo y seguros bajo la protección de tu mano, y que experimentemos de tal modo tu poder, que tengamos justo motivo para gloriarnos en ti, y nuestros enemigos sean confundidos, para que tu gloria resplandezca más y más, y sea así también promovido el reino de tu Hijo unigénito. — Amén.

LECCIÓN CIENTO OCHENTA Y SEIS

Jeremías 51:4

4. Y caerán muertos en la tierra de los caldeos, y alanceados en sus calles.

4. Et cadent vulnerati in terra ejus (in terra Casdin) et transfixi *(vel, *confossi) in compitis ejus.

Jeremías 51:4

PROSIGUE con lo que comenzamos a explicar ayer: que el tiempo estaba cerca en que Dios tomaría venganza de los babilonios. Como esto no podía ser sin gran destrucción en una ciudad tan populosa, y como no podía ser derribada sin que la calamidad se extendiera por todo el país, dice por eso que aunque Babilonia preparara ejércitos grandes y poderosos, sería sin embargo en vano, porque caerán, dice, heridos por todas partes en la tierra; y luego añade: y traspasados en sus calles. Con estas palabras quiere decir que los caldeos serían muertos no solo en los campos abiertos, sino también en medio de la ciudad. Añade después:

Jeremías 51:5

5. Porque Israel y Judá no han enviudado de su Dios, Jehová de los ejércitos, aunque su tierra fue llena de pecado contra el Santo de Israel.

5. Quoniam non viduatus est Israel, et Jehudah a Deo suo, a Jehova exercituum; quin potius (eadem est particula *כי causalis, quae tamen hic *phes aliquid exprimit, ergo quin potius) terra ipsorum plena est peccato propter sanctum Israel.

Jeremías 51:5

El profeta muestra aquí la causa por la que Dios había resuelto tratar a los babilonios con tanta severidad, a saber, porque sería el vengador de su propio pueblo. Sale también al paso de una duda que podía haber perturbado a los espíritus débiles, pues parecía haber abandonado a su pueblo cuando permitió que fuera llevado al exilio. Como esto era una especie de repudio, según hemos visto en otro lugar, el profeta dice ahora que Israel no había quedado del todo viudo, ni Judá, de su Dios; como si dijera que los judíos y los israelitas estaban ciertamente, por un tiempo, como viudas, pero que esto no sería perpetuo. Porque, como hemos dicho, el divorcio era temporal, cuando Dios abandonó de tal modo su templo y la ciudad que el pueblo miserable quedó expuesto al saqueo. Mientras prevalecía la voluntad de sus enemigos, Dios parecía haber abandonado a su pueblo. De esta viudez habla ahora el profeta; pero testifica sin embargo que Israel no quedaría del todo viudo de Jehová su Dios.

Alude, en efecto, a aquel matrimonio espiritual, del que se hace frecuente mención; porque Dios había unido desde el principio a la Iglesia consigo, como por un vínculo matrimonial; y el pueblo, como es bien sabido, había sido recibido de tal modo en el pacto que se contrajo, por así decirlo, un matrimonio espiritual. Dice, pues, ahora el profeta que no habían enviudado; con lo cual se refiere a la esperanza de liberación; porque no se podía negar que Dios había repudiado a su pueblo. Pero muestra que su castigo no sería perpetuo, porque Dios reconciliaría al fin consigo al pueblo del cual se había alejado, y lo restauraría a la antigua condición y honra de esposa. Habla de ambos reinos.

Añade luego: por Jehová de los ejércitos. Con este título presenta el poder de Dios, como si dijera que así como Dios es fiel en sus promesas, y guarda constantemente su pacto, así no carece de poder, de modo que no pudiera salvar a su pueblo y rescatarlo, cuando le plazca, de la muerte misma. Confirma esta verdad cuando dice: porque la tierra de los caldeos está llena de pecado a causa del Santo de Israel, como si dijera que la tierra era abominable porque hacía la guerra contra Dios. Porque cuando habla del Santo de Israel, muestra que Dios tenía tal cuidado de su pueblo que estaba dispuesto, cuando llegara el tiempo oportuno, a mostrarse como su vengador. Percibimos ahora lo que quiere decir el profeta cuando dice que Caldea estaba llena de pecado, es decir, porque provocó a Dios cuando pensaba que el agravio se hacía solo a los hombres. Sigue:

Jeremías 51:6

6. Huid de en medio de Babilonia, y librad cada uno su vida, para que no perezcáis por su maldad; porque este es el tiempo de la venganza de Jehová; he aquí que ella recibirá su pago.

6. Fugite e medio Babylonis, et servate quisque animam suam, (vel, eripite,) ne excidamini (vel, pereatis) in iniquitate ejus; quia tempus hoc ultionis Jehova, mercedem ipse rependet ei.

Jeremías 51:6

Continúa con el mismo tema, pero lo ilustra con diversas figuras; pues de otro modo no habría penetrado en los corazones de los piadosos. Si hoy alguien predijera la destrucción de Roma, difícilmente se le creería; y sin embargo sabemos que en nuestros días ha sido tomada por asalto, y ahora pende, por así decirlo, de un hilo, aunque hasta aquí ha sido sostenida y fortificada con las mayores fuerzas. Pero la dignidad de la ciudad confundía de tal modo los ánimos de los hombres, que apenas era creíble que pudiera ser derribada tan pronto. ¿Cómo, entonces, era posible que algo así sucediera en aquel tiempo? Pues Babilonia era la señora del Oriente. Los asirios habían poseído antes el imperio; pero habían sido sometidos y puestos, por así decirlo, bajo el yugo. Como Babilonia florecía ahora en un poder tan grande e invencible, Jeremías parecía estar desvariando cuando hablaba de su destrucción inminente. Era necesario, por tanto, que lo que decía fuera confirmado, como ahora se hace. Y así se dirige ahora a los extranjeros y huéspedes, y los exhorta a huir para no perecer en la ciudad maldita.

Huid, dice, de en medio de Babilonia. Pero entonces no había en la tierra lugar más seguro; pues aunque todas las regiones del mundo hubieran sido sacudidas, Babilonia habría sido tenida por fuera de todo peligro. Pero dice que todos los huéspedes debían huir de en medio de ella, si querían salvar sus vidas. Luego añade: para que no perezcáis en su iniquidad. Da la razón por la cual los que entonces habitaban en Babilonia no podían estar a salvo a menos que huyeran: porque Dios estaba a punto de castigar la ciudad por sus iniquidades. Opone entonces la iniquidad de Babilonia a la multitud de sus hombres, así como a sus riquezas, sus defensas y los demás medios de fortaleza. Babilonia estaba populosa; podía también ser auxiliada por muchos aliados; y tenía a la mano a quienes podían alquilar sus servicios. Como, pues, nada faltaba a aquella ciudad, el profeta muestra aquí que las riquezas, la abundancia de gente y todos los demás auxilios no valdrían de nada, porque era voluntad de Dios castigar su iniquidad. Esta es la razón por la que Jeremías dice ahora: para que no perezcáis en su iniquidad; es decir: «No os mezcléis con esos hombres impíos a quienes Dios ha entregado a la destrucción».

Y con el mismo fin añade: Porque es el tiempo de la venganza de Jehová. Aquí, de nuevo, se anticipa a una objeción; pues como Dios había suspendido su juicio, nadie pensaba que pudiera encenderse tan pronto, y como en un momento, un fuego para destruir a Babilonia. Dice entonces el profeta que era el tiempo; con lo cual da a entender que, aunque Dios no ejecuta de inmediato sus juicios, no por eso permanece como ocioso, de modo que olvide lo que tiene que hacer, sino que tiene sus propios tiempos. Y esta doctrina merece ser notada, porque con nuestro celo destemplado armamos gran alboroto si Dios no viene en nuestra ayuda tan pronto como somos agraviados; pero si se demora aunque sea poco, nos quejamos y pensamos que se ha olvidado de nuestro bienestar. E incluso los santos, al depositar familiarmente sus cuidados y ansiedades en su seno, hablan así:

«Despierta; ¿por qué duermes, Señor?» (Sal 44:23)

Como, pues, somos por naturaleza propensos a la impaciencia, debemos observar lo que la Escritura inculca tantas veces, a saber, que Dios tiene sus tiempos ciertos y fijados para castigar a los impíos. Por eso Jeremías nos enseña ahora que había llegado el tiempo de la venganza de Dios.

Añade luego: Él le dará su merecido; como si dijera que, aunque Babilonia no habría de sufrir el castigo de inmediato, no escaparía de la mano de Dios, pues la retribución que Dios le daría ya estaba preparada. Y esta doctrina procede de un principio general: que Dios siempre dará a cada uno su justa retribución. Percibimos ahora, pues, el propósito del profeta.

Hemos dicho que las palabras estaban dirigidas a los extranjeros y huéspedes que estaban en Caldea, o en la ciudad de Babilonia. Pervierten, pues, este pasaje quienes piensan que aquí se exhorta a los fieles a salir inmediatamente de Babilonia, es decir, a apartarse de las supersticiones y de las contaminaciones del mundo; porque el profeta no quiere decir tal cosa. Sin embargo, de una verdad se podría pasar a otra. Sigue ahora: —

Jeremías 51:7

7. Copa de oro fue Babilonia en la mano de Jehová, que embriagó a toda la tierra: de su vino bebieron las naciones; por eso las naciones enloquecieron.

7. Calix aureus Babylon in manu Jehovae, inebrians totam terram; e vino ejus biberunt gentes, propterea insanierunt gentes.

Jeremías 51:7

Aquí de nuevo se anticipa a una objeción que podía haberse hecho; pues sabemos que los reinos del mundo ni se levantan ni se sostienen sino por la voluntad de Dios; como, pues, el profeta amenaza a Babilonia con la destrucción, esta objeción estaba a la mano: «¿Cómo es, entonces, que esta ciudad, que dices que es maldita, ha florecido hasta aquí tan grandemente? Pues ¿quién ha honrado a Babilonia con tanta dignidad, con tantas riquezas y con tantas victorias? Porque no ha sucedido por casualidad que esta monarquía haya sido elevada tan alto; pues no solo toda Asiria ha sido puesta bajo su yugo, sino también el reino de Israel, y el reino de Judá no está lejos de su ruina final». A esto responde el profeta, y dice que Babilonia fue una copa en la mano de Dios para embriagar la tierra; como si dijera que Dios no era de ningún modo inconsecuente consigo mismo cuando empleó a los babilonios como sus azotes, y cuando ahora los castiga a su vez. Y muestra también que, cuando las cosas giran así en el mundo, no suceden por la fuerza ciega del azar, sino por los juicios secretos de Dios, quien gobierna el mundo de tal manera que a menudo exalta aun a los impíos al más alto poder, cuando su propósito es ejecutar por medio de ellos sus juicios.

Entendemos ahora, pues, el propósito de este pasaje; pues de otro modo lo que dice el profeta podría parecer abrupto. Habiendo dicho que el tiempo de la venganza de Dios ya había llegado, añade ahora: Una copa de oro está en la mano de Dios; ¿con qué fin se añadió esto? Por lo que se ha expuesto, se ve con evidencia cuán adecuadamente corren las palabras, y cómo frases que parecen estar muy apartadas se unen con propiedad; pues podía haberse insinuado una duda: ¿cómo era posible que Dios otorgara así sus beneficios a esta ciudad y luego, en poco tiempo, la destruyera? Como, pues, parece irrazonable que Dios varíe en sus obras, como si no fuera consecuente consigo mismo, el profeta, por otra parte, nos recuerda que, cuando suceden tales cambios, Dios no cambia en grado alguno sus propósitos; pues regula de tal manera el gobierno del mundo que a aquellos a quienes favorece con beneficios notables los destruye después, siendo dignos de castigo por su ingratitud, y que no sin razón ni causa los usa por un tiempo como azotes para castigar la maldad de otros. Y por esta razón, según pienso, la llama copa de oro; pues Dios parecía derramar sus beneficios sobre los babilonios como con mano llena. Cuando, por tanto, el esplendor de aquella ciudad y de la monarquía era tan grande, todo allí era, por así decirlo, de oro.

Luego dice que era una copa de oro, pero en la mano de Dios. Al decir que estaba en la mano de Dios, da a entender que los babilonios no estaban bajo el gobierno del azar, sino que eran regidos por Dios como le placía, y también que su poder, aunque muy grande, estaba bajo el freno de Dios, de modo que nada hacían sino con su permiso, e incluso por su mandato.

Añade después cómo se proponía Dios llevar esta copa en su mano, una copa tan espléndida, por así decirlo, de oro; su voluntad era que embriagara a toda la tierra. Estas son palabras metafóricas; pues el profeta habla aquí, sin duda, de castigos que producen una especie de furor o locura. Cuando Dios, pues, se propuso tomar venganza de todas estas naciones, las embriagó con males, y esto lo hizo por medio de los babilonios. Por esta razón, por tanto, se dice que Babilonia fue la copa de oro que Dios extendió con su propia mano y dio a beber a todas las naciones. Esta semejanza se ha empleado también en otro lugar, cuando Jeremías habló de los idumeos:

«Los que no estaban condenados a beber de la copa bebieron; ¿y tú serás absuelto? No quedarás impune, sino que de cierto beberás» (Jer 49:12)

Allí también llamó copa de furor al terrible castigo que venía sobre los idumeos. Así, pues, muchas naciones fueron embriagadas por los babilonios, porque fueron oprimidas de tal modo que sus mentes quedaron, por así decirlo, ofuscadas por las tribulaciones; pues sabemos que los hombres se aturden con las adversidades, como si no estuvieran en su juicio. De esta manera Babilonia embriagó a muchas naciones, porque las oprimió de tal modo que fueron reducidas a un estado de rabia o locura; pues no estaban en un estado de ánimo sereno cuando eran miserablemente afligidas.

Al mismo propósito apunta lo que se añade: Las naciones que bebieron de su copa enloquecieron. Aquí muestra que los castigos con que los babilonios afligían a diversas naciones no eran ordinarios, sino tales que las privaban de la mente y del juicio, como suele suceder, según acabo de decir, en los males extremos.

Además, este pasaje nos enseña que, cuando los impíos ejercen su poder con gran ostentación, Dios, sin embargo, gobierna toda su violencia, aunque no de manera aparente; más aún, que todos los impíos, mientras parecen tomarse la mayor licencia, son guiados, por así decirlo, por la mano de Dios, y que cuando oprimen a sus vecinos, ello sucede por la providencia secreta de Dios, que así embriaga a todos los que merecen ser castigados. Al mismo tiempo, el profeta da a entender que los babilonios no oprimieron a tantas naciones ni por su propia traza ni por su propia fuerza, sino porque era voluntad del Señor que fueran embriagadas; de otro modo habría perturbado mucho a los fieles pensar que no se podía hallar a nadie más fuerte que los babilonios. Por eso el profeta responde en efecto que todas las naciones no habrían podido ser vencidas si el Señor no les hubiera dado a beber el vino del furor y de la locura. Sigue: —

Jeremías 51:8

8. De repente cayó Babilonia, y fue quebrantada: aullad por ella; tomad bálsamo para su dolor, por si acaso sana.

8. Subito cecidit Babylon et confracta est; ululate super eam; tollite resinam* (alii, *balsamum) ad dolorem ejus, si forte sanetur.

Jeremías 51:8

El profeta declara ahora que la caída de Babilonia sería repentina, para que los fieles entendieran que Dios podía cumplir en un momento lo que había decretado. Pues cuando los profetas hablaban de los juicios de Dios, el pueblo se preguntaba entre sí cómo podía ser aquello que superaba las ideas comunes de los hombres. Para que los hombres, por tanto, no estimaran el poder de Dios según sus propios pensamientos, introduce esta palabra, de repente; como si dijera que Dios no necesitaba fuerzas guerreras; pues, aunque no haga preparativos, puede subvertir todo poder que exista en el mundo.

Añade luego: Aullad por ella; y esto se dice porque no podía ser sino que muchas naciones lamentaran la ruina de tan gran monarca, o se asombraran de ella, y así se dirían muchas cosas. Dice entonces que, aunque el mundo entero aullara por Babilonia, ella caería no obstante y sería de repente quebrantada, cuando a Dios le pluguiera. Y dice, a modo de ironía: Tomad bálsamo, por si acaso puede ser sanada. La palabra צרי, tsari, es traducida por algunos bálsamo, pero significa resina, pues sabemos que era tenida por preciosa en Judea; y el profeta, sin duda, acomodó lo que decía a lo que era comúnmente conocido. Como, pues, aquel medicamento era de uso común entre los judíos, dice ahora: Tomad resina. Como apenas hay país que no tenga sus remedios peculiares, vemos así que Jeremías no se refiere a lo que se solía hacer en Babilonia, ni a los medicamentos usados por los caldeos, sino a lo que se usaba comúnmente en su propia tierra, como se ve por otros pasajes. Ahora bien, la resina era un jugo que fluía de los árboles, y era un jugo espeso. La mejor resina que usamos ahora es la del terebinto; pero en estas regiones tienen la que procede del abeto, pues aquí no se encuentra el terebinto. Pero Judea tenía una resina muy valiosa, como aprendemos por muchos pasajes de la Escritura. Y bajo esta sola cosa se incluye todo: Tomad resina; como si dijera: «Que vengan médicos de todas partes (de otro modo perecerá), por si acaso puede ser sanada». Esto se dice irónicamente, para que los fieles supieran que los males de Babilonia serían incurables.

Hemos dicho en otro lugar que Babilonia no fue completamente demolida cuando fue tomada por Ciro, y que el pueblo no fue entonces expulsado. Habitaron allí como de costumbre, aunque hechos tributarios, como lo fueron después, bajo el dominio de los persas. Babilonia fue también gravemente oprimida cuando fue castigada por su rebelión, hasta que se cumplió lo que Jeremías y otros profetizaron. El tiempo del que habla no debe, pues, limitarse a una sola calamidad, que fue solo preludio de otras aún mayores. Añade después: —

Jeremías 51:9

9. Curamos a Babilonia, y no fue sanada: dejadla, y vámonos cada uno a su tierra: porque su juicio ha llegado hasta los cielos, y se ha alzado hasta las nubes.

9. Curavimus Babylonem *(idem est quidera verbum, *אפר, quod significat sanare et mederi, quia non semper est in medico relevetur ut oeger, nec semper foeliciter succedit, ideo dicit Propheta, medicati sumus, vel, remedia attulimus ad curandum Babylonem,) et non sanata fuit; derelinquite eam, et proficiseamur quisque in terram suam; quia pertigit ad coelos judicium ejus, et elevatum est usque ad nubes.

Jeremías 51:9

El profeta asume diferentes personajes; habla aquí en la persona de aquellos que por sí mismos llevaron ayuda a los babilonios. Y muchos, sin duda, habrían estado dispuestos a asistirlos, si el rey Belsasar hubiera querido aceptar ayuda; y sabemos también que la ciudad tenía un gran ejército. Compara, pues, a las naciones sujetas a los babilonios, y también a los soldados mercenarios y extranjeros, con médicos, como si dijera: «Babilonia ha sido sanada con gran cuidado». Como cuando un gran príncipe cae enfermo, manda llamar de aquí y de allá a los mejores y más hábiles médicos; pero cuando la enfermedad es incurable, todos se esfuerzan en vano por salvarle la vida: así habla ahora el profeta, usando una metáfora; pero habla en la persona de quienes o bien habían puesto a alquiler sus servicios, o bien habían venido por un sentido del deber a sanar a Babilonia. «Mirad», decían, «la culpa no es nuestra, pues hemos hecho fiel y cuidadosamente lo que hemos podido para sanarla, pero no ha sido sanada».

Añade luego: Dejadla, y vámonos cada uno a su tierra. Este era el lenguaje de los soldados extranjeros y mercenarios. Cuando vieron que la salvación de la ciudad era desesperada, comenzaron a aconsejarse unos a otros: «¿Qué hacemos? ¿No debemos más bien velar por nuestra propia seguridad? Pues nuestros esfuerzos son del todo inútiles. Es tiempo, pues, de que cada uno vuelva a su propio país, porque ha llegado el fin de Babilonia». Pero el cambio de persona tiene mucha más fuerza que si el profeta hubiera hablado así: «Vendrá el tiempo en que los auxiliares huirán, pues verán que sería del todo vano defenderla». Pero cuando los compara con médicos, esta semejanza ilustra más plenamente el caso; y luego, cuando habla en su persona, esto hace lo que se dice todavía más enfático.

Añade por fin: Porque su juicio ha llegado hasta los cielos, y se ha elevado hasta las nubes. Jeremías no habría podido dirigir apropiadamente lo que dijo a los incrédulos, si se explica esto como que Dios era adverso y hostil a los babilonios; pues nunca se les ocurrió a los soldados mercenarios

que Babilonia pereciera por el justo juicio de Dios. Pero el profeta, según un modo usual de hablar, dice: Su juicio (es decir, su destrucción) ha llegado hasta los cielos, y se ha elevado hasta las nubes; es decir, no se hallará bajo el cielo auxilio alguno que pueda librar a Babilonia. ¿Cómo así? Porque será lo mismo que si la destrucción viniera del cielo mismo y de las nubes. Pues cuando el peligro está cerca, ya por detrás o por delante de nosotros, podemos desviarnos a la derecha o a la izquierda, de modo que escapemos de los males que los hombres puedan traernos; pero cuando el cielo mismo parece amenazar nuestras cabezas, entonces se intenta en vano escapar. Esta es, pues, la razón por la cual el profeta dice que el juicio de Babilonia había llegado hasta los cielos y se había elevado hasta las nubes. Sigue: —

Jeremías 51:10

10. Jehová sacó a luz nuestras justicias: venid, y publiquemos en Sion la obra de Jehová nuestro Dios.

10. Eduxit *(vel, *protulit; egredi fecit, *ad verbum) *Jehova justitias nostras: venite et narremus in Sion opus Jehovae, Dei nostri.

Jeremías 51:10

El profeta se dirige aquí a los fieles, y muestra especialmente que la ruina de Babilonia sería una evidencia segura del favor paternal de Dios hacia su Iglesia. Y no era un consuelo común para los fieles, en sus extremas miserias, saber que su salvación era tan querida y preciosa para Dios, que de ningún modo perdonaría a los babilonios, a quienes todo el mundo tenía por semidioses; pues, como he dicho, el poder de aquella monarquía llenaba de asombro los ánimos de los hombres. Cuando los fieles, pues, supieron que los babilonios habían de perecer porque los habían oprimido y tratado cruelmente, debió de llegarles de ahí, como he dicho, un consuelo inestimable. El profeta nos recuerda, entonces, que sería un singular testimonio del favor de Dios hacia su Iglesia que él subvirtiera a Babilonia, y exhorta también a los fieles a la gratitud: pues el fin de todos los beneficios de Dios es que su nombre sea celebrado por nosotros, conforme a lo que dice David:

«¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo? Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre de Jehová». (Sal 116:12, 13.)

Dice, pues, primeramente: Jehová sacó a luz nuestra justicia. Aquí algunos se afanan con ansiedad por desatar un nudo donde no lo hay; pues, temiendo que la palabra justicia sea aprovechada para levantar méritos, dicen que la justicia es la remisión de los pecados. Explican entonces las palabras del profeta así: «Dios ha desplegado al fin su misericordia hacia nosotros, y esta es nuestra justicia, cuando todas nuestras iniquidades son sepultadas». Pero esto es forzado. Cuando el profeta habla aquí de justicias, no se refiere a los méritos por los cuales los judíos habían de obtener lo que se les había prometido; sino que llama justicias a su buena causa con respecto a los babilonios. Porque la justicia tiene diversos sentidos; y cuando se hace una comparación entre hombres, se dice que Dios saca a luz nuestra justicia cuando defiende nuestra integridad de las calumnias de los malvados. Así dijo Jacob:

«Mi justicia responderá por mí mañana» (Gn 30:33)

Pero en este sentido nuestra justicia tiene referencia a nuestros adversarios. Así, siempre que David pedía a Dios que mirara por su justicia, sin duda se comparaba con sus enemigos. Y la justicia debe tomarse aquí simplemente con referencia a los babilonios. Pues aunque Dios había castigado a los judíos como merecían, con respecto a los babilonios estos eran tiranos crueles y ladrones malvados. La causa, pues, del pueblo escogido era justa con respecto a ellos. Esta es la razón por la que dice que Dios sacó a luz sus justicias. Lo demás, mañana.

ORACIÓN

Concédenos, Dios omnipotente, que así como en otro tiempo desplegaste tu admirable poder para ayudar a tu pueblo miserablemente afligido, — oh, concédenos que hoy ese mismo poder se despliegue en favor nuestro, y que la misma evidencia de tu gracia y de tu favor paternal se nos muestre, levantando tu mano terrible para destruir a todos los impíos que oprimen cruelmente a tu pueblo inocente, para que, librados por tu mano, aprendamos siempre a darte gracias, en el nombre de tu Hijo unigénito. — Amén.

Lección ciento ochenta y siete

AYER comenzamos a explicar las palabras del profeta cuando dice que las justicias del pueblo habían sido sacadas a luz; y dijimos que la palabra justicias no se refiere a Dios, como si los judíos hubieran merecido una recompensa, sino que, por el contrario, ha de entenderse de una causa justa con respecto a los caldeos, quienes, impulsados únicamente por la avaricia y la soberbia, habían hecho guerra contra la Iglesia y, sin derecho alguno, habían oprimido tiránicamente al pueblo. En cuanto Dios quiso defender a su pueblo, era, pues, una causa justa. Ni hay necesidad de entablar aquí una larga disputa sobre esto —cómo podía ser justo el pueblo que había provocado, con tantas iniquidades, la ira de Dios—; porque, como ya hemos dicho, no trata ahora de sus méritos, sino de un derecho que dependía de la fidelidad y de la protección de Dios.

El profeta exhorta ahora a los fieles a la gratitud; quiere que al mismo tiempo se levanten a la esperanza de liberación y alimenten las promesas que les había dado, cuando dice: Venid, como si pusiera ante sus ojos el don de la redención. Muestra también el fin, a saber, que el pueblo había de celebrar la gracia de Dios, como si dijera que el pueblo, después de haber obtenido misericordia, debía tener esto en la mira: adorar de nuevo a Dios en su templo; como si dijera que, cuando Dios restaurara a su Iglesia, su culto puro y verdadero sería restaurado al mismo tiempo; pues el propósito de su gracia es la religión, y no el honor o la dignidad del pueblo. Esta es la razón por la que dice: Venid, y publiquemos en Sion la obra de Jehová nuestro Dios. Ahora bien, cuando Pedro trata de una redención mejor, dice que los que son librados del reino de las tinieblas deben anunciar las inefables alabanzas de Dios. (1 P 2:9.) Debemos entender, pues, que Dios se nos ha aparecido como Redentor en la persona de su Hijo unigénito, para que celebremos su misericordia, que hemos experimentado, conforme también a lo que se dice en el cántico de Zacarías:

«Que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos los días de nuestra vida». (Lc 1:74, 75)

Sigue ahora: —

Jeremías 51:11

11. Limpiad las saetas; juntad los escudos: Jehová ha despertado el espíritu de los reyes de Media: porque su designio es contra Babilonia, para destruirla; porque esta es la venganza de Jehová, la venganza de su templo.

11. Polite sagittas (parate, ad *verbum,) *implete *(vel, *perficite) clypeos; suscitat Jehova spiritum regum Mediae, quia super Babylonem cogitatio ejus ad perdendum eam, quia ultio Jehovae haec, ultio Templi ejus.

Jeremías 51:11

Estas palabras podrían estar dirigidas tanto a los medos como a los babilonios. Si se aprueba este último sentido, es decir, que el profeta se dirige a los babilonios, las palabras son una burla, como si dijera que en vano gastaban sus esfuerzos en preparar sus ejércitos, porque Dios sería más fuerte que ellos, y los medos harían la guerra bajo su bandera y autoridad. Tampoco sería inadecuado lo que también he dicho: que el profeta manda a los medos que se preparen y se pongan sus armas, para que luchen valerosamente contra los babilonios.

Añade ahora lo principal: que los reyes de Media vendrían contra Babilonia, porque habían sido llamados desde lo alto; y menciona la palabra espíritu para expresar más plenamente que los ánimos de los hombres son regidos y vueltos por el poder secreto de Dios, y también que todo el poder o la audacia que se halla en ellos procede enteramente de Dios; como si dijera que Dios dispondría de tal modo a los medos y a los persas, que no solo fortalecería sus brazos, manos y pies para la guerra, sino que los guiaría también y gobernaría sus pasiones; que, en suma, volvería su espíritu de aquí para allá según su voluntad. No habla ahora del viento, como antes; ni señala a los enemigos en general, sino que nombra expresamente a los medos. Pues aunque Ciaxares, o Darío, como lo llama Daniel, no era un hombre muy prudente ni hábil en la guerra, sin embargo, por ser superior en dignidad, el profeta menciona aquí a los medos más bien que a los persas. Ciro sobresalía por su rapidez, y era también un hombre de singular cautela, actividad y audacia; pero como de ningún modo era rico, y gobernaba una nación rústica, y los límites de su reino eran estrechos, el profeta habla con razón aquí solo de los medos, cuyo poder excedía con mucho al de los persas.

Pero de aquí aprendemos que Jeremías no habló como hombre, sino que fue instrumento del Espíritu; pues era un sello indudable de su profecía que predijera un suceso mucho tiempo antes de que la guerra tuviera lugar. Ciro, que fue el jefe en esta guerra, aún no había nacido; ni Darío había nacido todavía; pues transcurrieron setenta años desde el tiempo en que el profeta habló hasta la toma de Babilonia. Vemos, pues, que este pasaje es una prueba segura de su fidelidad y autoridad.

Añade después que el pensamiento de Dios respecto a Babilonia era destruirla. Sigue hablando a la manera de los hombres, y al mismo tiempo se anticipa a una objeción que podía haber perturbado a los espíritus débiles, porque Babilonia no solo permaneció salva y segura durante mucho tiempo, sino que recibió aumento de poder y dignidad. Los ánimos de los piadosos podían, pues, desfallecer, cuando no parecía haber cumplimiento de esta profecía. Por eso el profeta llama la atención sobre el pensamiento de Dios, como si dijera que, aunque Dios no extendiera de inmediato su mano, bastaba sin embargo a los fieles saber lo que había decretado. En suma, el profeta les recordaba que debían conformarse con el decreto de Dios, aunque su obra estuviera aún oculta.

Y confirma de nuevo a los judíos, añadiendo que sería su venganza, la de Dios, porque no desatendía su templo. Con estas palabras da a entender que el culto conforme a la ley agradaba a Dios, porque los judíos llegaron a ser un pueblo distinto de las naciones paganas cuando se les prescribió la regla en cuanto a la religión. Da a entender entonces el profeta que, aunque a los hombres les agrade cualquier clase de religión, no hay sin embargo sino una que Dios aprueba, a saber, la que él mismo ha mandado. Siendo así, podemos concluir que Dios no puede soportar por mucho tiempo que su culto sea escarnecido. Pues sabemos con cuánto desdén y soberbia hablaban los caldeos del templo, de modo que no solo proferían blasfemias, sino que amontonaban sobre el templo todo oprobio que podían imaginar. Puesto que aquella religión estaba fundada en la palabra de Dios, se sigue que no podía ser sino que él se levantara al fin y vindicara los agravios que los caldeos le habían hecho. Percibimos ahora el sentido del profeta cuando dice que sería la venganza de Dios; y añade: porque Dios vengará su templo. Confirma a los judíos al declarar que Dios sería el vindicador de su propio culto; y muestra, al mismo tiempo, que el culto conforme a la ley, que había sido enseñado por Moisés, era el único culto en el mundo que Dios aprobaba. Sigue después: —

Jeremías 51:12

12. Alzad bandera sobre los muros de Babilonia, reforzad la guardia, poned centinelas, preparad emboscadas: porque Jehová ha pensado y hecho lo que dijo contra los moradores de Babilonia.

12. Super muros Babylonis tollite vexilium, roborate custodiam (vel, *augete,) parate *(vel, *statuite, potius) custodes, *disponite insidias; quia etiam cogitavit Jehova, etiam fecit quod loquutus est super habitatores Babylonis.

Jeremías 51:12

Estas palabras parecen dirigidas a los caldeos más bien que a los medos o a los persas, como algunos las exponen; pues el contexto lo favorece; porque así como les manda primero alzar una bandera sobre los muros, añade: Aumentad la guardia, lo cual se refiere a los ciudadanos de Babilonia, y luego dice: poned los centinelas. Todo esto no puede aplicarse a los persas y a los medos, sino que debe referirse a los sitiados, como lo más adecuado a ellos. No dudo, pues, de que el profeta trata aquí, con burla, de todos los esfuerzos que harían los caldeos para la defensa de su ciudad. Porque no solo los que atacan una ciudad alzan una bandera, sino también los que están sitiados, y esto como señal de confianza, para mostrar que poseen valor suficiente para contener a sus enemigos y para sostener todos sus ataques. El propósito del profeta era, pues, mostrar que, por muy esforzadamente que los caldeos se defendieran, todos sus esfuerzos serían en vano, porque Dios destruiría la ciudad sin trabajo.

Alzad, dice, la bandera sobre los muros de Babilonia, y reforzad, o aumentad, la guardia; y después, poned centinelas, para que cada uno vigilara con más cuidado que de costumbre. Dice por último: disponed las emboscadas. «Cuando todo haya sido intentado por vosotros, vuestro trabajo no tendrá provecho alguno, porque el Señor ha hablado». Cuando la partícula גם, gam, está repetida, debe traducirse como y así: pues como el Señor ha pensado, así hará lo que ha dicho, etc. Dice de nuevo que Dios había pensado, para que los fieles no imaginaran que lanza amenazas a la ligera; porque este pensamiento acude a menudo a la mente: que Dios aterra sin lograr nada. Por eso el profeta, para confirmar más plenamente su profecía, dice que la cosa había sido meditada por Dios; y dijimos ayer que Dios no delibera consigo mismo como los hombres; pero como de otro modo no podemos entender la certeza e inmutabilidad de su consejo secreto, ni formarnos idea de la firmeza de sus decretos, se menciona la palabra pensamiento. El profeta quiere decir, en suma, que no traía sino lo que Dios había decretado. Pues a menudo se pronuncian palabras a la ligera, y la realidad y las palabras no siempre están unidas; pero Jeremías atestigua que había tomado lo que anunciaba del consejo oculto e inmutable de Dios. Luego añade: lo que ha hablado o dicho; y esto se refiere a su doctrina o su predicción. Sigue: —

Jeremías 51:13

13. Oh tú que moras entre muchas aguas, rica en tesoros, ha venido tu fin, la medida de tu codicia.

13. Quae habitas super aquas multas *(vel, *magnas,) quae multa es in thesauris, *(id est, *dives, *vel, *locuples) venit finis tuus, mensura cupiditatis tuae.

Jeremías 51:13

La palabra שכנתי, shekenti, ha de tomarse aquí por שכנת, shekenet, una moradora; y el pasaje es más claro cuando lo tomamos como título de Babilonia. Y dice que ella era moradora entre aguas, porque el Éufrates no solo corría junto a la ciudad (y sabemos que era un río muy grande), sino que la rodeaba; y se dividía, en efecto, por encima de Babilonia en muchos brazos, de modo que formaba, por así decirlo, muchas islas, y así el acceso a la ciudad era más difícil. Esta circunstancia le servía no solo de defensa, sino también para otras ventajas: pues estos brazos o canales eran navegables; y la tierra era también más fértil por el riego que suministraban. Así, estos brazos contribuían tanto a su riqueza como a su defensa en tiempo de guerra. Y aunque por esto Babilonia era tenida por inexpugnable, y era además una tierra muy fértil, el profeta dice aquí, sin embargo, que había llegado su fin.

Ahora bien, si no hubiera hecho este preámbulo —que Babilonia estaba situada entre ríos o muchas aguas, y que era además una ciudad llena de riquezas—, todo esto podía haber parecido un obstáculo para impedir que Dios ejecutara sobre ella su venganza; pues esta objeción estaba a la mano: «¿Cómo puede ser tomada Babilonia, que está asentada entre muchas aguas? Pues sin gran fuerza y número de soldados no puede sino permanecer a salvo, ya que está protegida por tantos ríos». Podía presentarse además otra objeción: que Babilonia era una ciudad opulenta, de modo que podía alquilar auxiliares por todas partes, y que teniendo tal abundancia de dinero nunca estaría desprotegida. Por eso el profeta menciona aquí estas dos cosas; pero lo que dice debe tomarse en sentido adversativo, como si dijera: «Aunque moras entre muchas aguas, y eres grande en tesoros, es decir, tienes grandes tesoros, sin embargo ha venido tu fin».

Añade: la medida de tu codicia. Algunos traducen אמת, amet, «fin», pero impropiamente; y el profeta no ha introducido sin razón la palabra אמת, amet, que significa propiamente un codo, pero ha de tomarse aquí por medida. Jerónimo la traduce «un pie», palabra en uso en su época. Pero el sentido es bastante claro: que, aunque Babilonia había agotado todas las riquezas del mundo como un abismo insaciable, la medida de su codicia llegaría. Porque la codicia de aquella nación era ilimitada, pero Dios le puso al fin término; no porque se enmendaran, sino porque Dios refrenó su ambición. Y según este sentido dice el profeta que, aunque hasta entonces habían estado devorando las riquezas de muchos países, la medida de su codicia había llegado, porque el Señor quitaría, junto con la monarquía, el poder y la oportunidad de hacer el mal. Pues los caldeos podían obrar licenciosamente cuando tenían tantas naciones sujetas a ellos; pero la medida de su codicia llegó cuando Dios, en cierto modo, cortó sus fuerzas; no que entonces desistieran, o que su disposición rapaz fuera enmendada, pues no cambiaron su naturaleza; sino que la codicia debe referirse aquí a su ejercicio, es decir, a que entonces se les quitó el poder, de modo que no pudieron continuar sus saqueos como solían. Añade después: —

Jeremías 51:14

14. Jehová de los ejércitos juró por sí mismo, diciendo: Yo te llenaré de hombres como de langostas, y levantarán contra ti gritería.

14. Juravit Jehova exercituum per animam suam, Nisi implevero to homine sicut locusta (hoc est, *hominibus sicut locustis, *aut bruchis,) qui canunt super to דדיה*, (id est, canticum vindemiale, *cujus ante facta fuit mentio.)

Jeremías 51:14

El profeta confirma más plenamente lo que había dicho introduciendo a Dios haciendo un juramento; y es la manera más solemne de confirmación cuando Dios jura por su propio nombre. Pero habla de Dios en el lenguaje de los hombres cuando dice que jura por su propia alma; pues es una especie de protesta cuando los hombres juran por sus propias almas, como si pusieran o empeñaran su propia vida. Quien jura, pues, por su propia alma, quiere decir que, como su propia vida le es cara, la pone así como prenda, para que, si engañara con perjurio, Dios fuera vengador y se la quitara. Esto es propio de los hombres, no de Dios; pero lo que no pertenece propiamente a Dios se le atribuye; ni es esto raro, como lo hemos visto en otros lugares. Y cuanto más familiar es la manera de hablar adoptada por Dios, tanto más debe conmover a los hombres cuando se hace semejante a ellos y en cierto modo asume su persona, como si viviera en medio de ellos.

Pero debemos todavía recordar por qué el profeta introduce a Dios haciendo un juramento, a saber, para que toda duda fuera quitada y se diera más crédito a su profecía; pues no solo procedía de Dios, sino que estaba además sellada con un juramento. Si no llenare a Babilonia, dice, de hombres como de langostas.

La multitud de los enemigos se opone aquí a la multitud de los ciudadanos, que era muy grande. Pues hemos dicho en otro lugar que Babilonia superaba a todas las demás ciudades, y no estaba menos poblada que si fuera toda una extensa región. Como, pues, estaba llena de tantos defensores, podía objetarse: «¿De dónde puede venir un número tal de enemigos que baste para poner en fuga a los habitantes? Pues si un gran ejército entrara, estaría aun así en gran peligro al contender con tan vasta multitud». Pero el profeta compara aquí a los persas y a los medos con langostas; y sabemos que Ciro reunió de diversas naciones un ejército muy grande, más aún, muchos ejércitos. Se cumplió, pues, lo que había sido predicho por el profeta, porque Ciro formó sus fuerzas no solo de un pueblo, sino que trajo consigo a casi todos los medos, y llevó también muchas tropas de otras naciones bárbaras. De ahí sucedió, pues, que lo que había dicho Jeremías fue comprobado por el suceso.

Añade también que serían victoriosos; pues por el canto vendimial, o grito, quiere decir sin duda un canto o grito de triunfo. Pero este canto, הידד, eidad, estaba entonces en uso entre los judíos. Así como después de la vendimia cantaban en señal de alegría, así también los vencedores, exultando después de la victoria sobre sus enemigos, tenían un canto triunfal. Y los traductores griegos lo han traducido κέλευσμα, o κελευμα, que es propiamente el canto de los marineros; cuando ven el puerto, exultan de gozo y cantan, porque han sido librados de los peligros del mar, y han completado también su navegación, siempre peligrosa, y han llegado al puerto donde disfrutan más plenamente de la vida, donde tienen aire agradable, agua saludable y otras ventajas. Pero el sentido simple del profeta es que, cuando los persas y los medos entraran en Babilonia, serían de inmediato victoriosos, de modo que exultarían sin combate y sin trabajo alguno, y cantarían un canto de triunfo. El profeta confirma ahora su profecía de otro modo, a saber, ensalzando el poder de Dios: —

Jeremías 51:15-16

15. Él hizo la tierra con su poder, el que puso en orden el mundo con su sabiduría, y extendió los cielos con su inteligencia.

15. Qui fecit terram in virtute sua, qui statuit *(alii vertunt, *paravit) orbem in sapientia sua, et in sua intelligentia; extendit coelos;

16. Al dar su voz, se agolpan las aguas en los cielos, y hace subir los vapores de los extremos de la tierra; hace los relámpagos con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos.

16. Ad vocem dando copiam aquarum in coelis, qui attollit (et attollit, *ad verbum) *elevationes a fine *(vel, *extremitate) terrae; fulgura in pluviam facit, educit ventum de thesauris suis.

Jeremías 51:15

El profeta encomienda aquí, como ya he dicho, en términos elevados, el poder de Dios; pero debemos tener presente su propósito, pues de otro modo las frases abruptas carecerían de interés. Su fin era animar a los judíos a abrigar esperanza; pues no debían juzgar a Babilonia según su esplendor, que deslumbraba los ojos de todos; ni debían medir según sus propias nociones lo que Dios había testificado; manda a los fieles que eleven todos sus pensamientos por encima del mundo, y que contemplen con admiración el poder incomprensible de Dios, para que no dudaran de que Babilonia sería al fin hollada; pues si hubieran fijado los ojos en aquella monarquía, apenas habrían podido creer las palabras de la profecía; porque el profeta hablaba de cosas que no podían ser comprendidas por la mente humana.

Entendemos ahora, pues, por qué el profeta puso de relieve el poder de Dios, a saber, para que los fieles aprendieran a pensar en algo más sublime que el mundo entero al contemplar la destrucción de Babilonia, pues esta no se efectuaría de un modo usual o natural, sino por el increíble poder de Dios. Las mismas palabras se hallan también en el capítulo diez; y los cinco versículos que encontramos aquí fueron allí explicados. Pero Jeremías tenía entonces un propósito diferente, pues se dirigía a los desterrados judíos, y les mandaba perseverar firmemente en el culto de Dios: aunque la religión estuviera oprimida, y aunque los caldeos vencedores se burlaran soberbiamente de Dios, les mandó sin embargo mantenerse firmes en su religión, y dijo entonces:

«Les diréis así: Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, desaparezcan de la tierra y de debajo de los cielos». (Jer 10:11)

Y allí, en efecto, usó una lengua extranjera, y les enseñó a hablar en caldeo, para que profesaran más claramente que perseverarían en el culto del único Dios verdadero. Añadió después lo que ahora repite, a saber, que el poder de Dios no había disminuido, aunque hubiera castigado por un tiempo a su propio pueblo. Pero ahora, como hemos dicho, habla en términos sublimes del poder de Dios, para que los fieles supieran que lo que el juicio de la carne tenía por imposible podía ser hecho fácilmente por aquel Dios que todo lo puede.

Dice primero: El que hizo la tierra. No menciona el nombre de Dios; pero la expresión es más enfática cuando dice: el Hacedor de la tierra; como si dijera: «¿Quién puede hallarse que sea el creador de los cielos y de la tierra sino el único Dios verdadero?». Vemos, pues, más fuerza en la frase que si se hubiera expresado el nombre de Dios; pues así excluía a todos los dioses fingidos que habían sido inventados por los paganos; como si dijera: «El único Dios verdadero es el que hizo la tierra». Luego dice: con su poder. Habla del poder de Dios en relación con la tierra, como es probable, a causa de su estabilidad.

Añade después: El que puso en orden el mundo con su sabiduría, y con su ciencia extendió los cielos. La sabiduría de Dios es visible en todo el mundo, pero especialmente en los cielos. El profeta habla, ciertamente, brevemente, pero nos lleva a contemplar la obra admirable de Dios en su múltiple variedad, que aparece arriba y abajo. Pues aunque pueda parecer cosa ligera cuando dice que el mundo fue puesto en orden por la sabiduría de Dios, si alguien aplicara su mente a la meditación de la sabiduría de Dios en la abundancia de todos los frutos, en la riqueza del mundo entero, en el mar (que está comprendido en el mundo), no podría, sin duda, sino llenarse mil veces de asombro y admiración: pues cuanto más cuidadosamente atendemos a la consideración de las obras de Dios, tanto más nosotros mismos, en cierto modo, nos desvanecemos en la nada; los milagros que se presentan por todas partes ante nuestros ojos nos abruman. En cuanto a los cielos, ¿qué vemos allí? Una innumerable multitud de estrellas dispuestas de tal modo como si un ejército estuviera ordenado en todas sus filas; y luego los planetas errantes, no fijos, teniendo cada uno su propio curso, y sin embargo apareciendo entre las estrellas. Luego el curso del sol, ¡cuánta admiración debe producir en nosotros! Lo digo no solo de los que entienden todo el sistema de la astronomía, sino también de los que lo ven únicamente con sus propios ojos; pues cuando el sol, en su curso diario, completa una distancia tan grande e inmensa, los que no se asombran de tal milagro deben de ser más que estúpidos; y además el sol, como es bien sabido, tiene su propio curso, que cumple cada año, y nunca pasa lo más mínimo más allá de sus propios límites; y la mole de aquel cuerpo es inmensa (pues, como es bien sabido, excede con mucho a la tierra), y sin embargo gira con gran rapidez y al mismo tiempo con tal orden como si avanzara por grados tranquilamente. Ciertamente es una maravillosa muestra de la sabiduría de Dios. El profeta, pues, aunque habla de manera ordinaria, abruma sin embargo a los piadosos con materia de pensamiento, para que apliquen sus mentes a la consideración de las obras de Dios. Algunos explican las palabras en el sentido de que Dios extiende los cielos siempre que están cubiertos de nubes; pero esto es del todo ajeno al sentido del profeta; pues no hay duda de que señala en este versículo el orden perpetuo de la naturaleza, como en el siguiente habla de aquellos cambios que a veces suceden.

ORACIÓN

Concédenos, Dios omnipotente, que ya que te has dignado una vez recibirnos bajo tu protección, aprendamos a apoyarnos en el poder de tu mano, y que, aunque tantos terrores nos salen al paso por todas partes a causa de los asaltos y la crueldad de nuestros enemigos, permanezcamos sin embargo firmes y perseveremos en invocar tu nombre, hasta que te muestres como nuestro Redentor, no solo una vez, sino siempre que necesitemos tu ayuda, hasta que nos reúnas al fin en aquel bienaventurado reposo que ha sido preparado para nosotros en los cielos, por Cristo nuestro Señor. — Amén.

Lección ciento ochenta y ocho

EN nuestra última lección nos detuvimos donde el profeta encomienda el poder de Dios, manifestado en sus obras ordinarias. Habiendo hablado antes de la creación, y mostrado brevemente que tanto en el cielo como en la tierra hay muchas claras evidencias de la admirable sabiduría de Dios, así como de su poder, llega ahora a las lluvias y a los vientos. Hemos dicho además que hay diferencia entre un orden fijo de la naturaleza y esos cambios que se observan a diario; pues si el aspecto de los cielos y de la tierra fuera siempre el mismo, el poder y la sabiduría de Dios no podrían parecer tan admirables; pero cuando los cielos se cubren de nubes, cuando el aire está ya tranquilo, ya turbado por vientos, cuando de repente se levantan tempestades y luego siguen lluvias, Dios así presenta vívidamente su múltiple sabiduría y poder.

Jeremías 51:16

Esta es, pues, la razón por la que el profeta, después de haber tocado brevemente lo que hemos visto, añade, como evidencias del poder y de la sabiduría de Dios, aquellas cosas que se nos aparecen en sus diversos cambios. Dice entonces que con su sola voz da abundancia de aguas en los cielos, y luego que hace subir los vapores del extremo de la tierra, que crea los relámpagos y la lluvia, que sin embargo parecen cosas contrarias. Dice por último que saca los vientos de sus depósitos. Los filósofos mencionan, en efecto, las causas de estas cosas, pero debemos llegar a la fuente misma y a la causa original, a saber, que las cosas están dispuestas en el mundo de tal manera que, aunque hay causas intermedias y subordinadas, la causa primera aparece siempre de modo eminente, a saber, la sabiduría y el poder de Dios. Los vientos se levantan de la tierra, porque de ella proceden las exhalaciones; pero las exhalaciones, ¿por quién son creadas? No por sí mismas: de ahí se sigue que Dios es su único autor. Y llama depósitos a los lugares ocultos: como cuando alguien saca esto o aquello de su despensa, así dice que los vientos salen de lugares ocultos, no por sí mismos, sino por Dios, quien los tiene como encerrados. Paso por alto estas cosas tocándolas solo de paso, porque ya les he recordado que hemos explicado antes, en el capítulo diez (Jer 10), lo que aquí se repite literalmente. Sigue ahora: —

Jeremías 51:17

17. Todo hombre se ha infatuado con su ciencia; avergonzado está todo fundidor de su ídolo: porque mentira es su obra de fundición, y no hay espíritu en ellos.

17. Infatuatus est omnis homo a scientia, pudefactus omnis conflator a sculptili; quia mendacium est fusile, et non est spiritus in ipsis.

Jeremías 51:17

Este versículo suele explicarse como si el profeta señalara cómo los hombres se deslizan a errores y fantasías, porque buscan ser sabios según sus propias nociones; y Pablo, en el capítulo primero a los Romanos, asigna como causa de la idolatría que los hombres se hacen vanos en su propia sabiduría, porque siguen lo que sus propios cerebros les sugieren. Esta doctrina es en sí verdadera y útil; pues los hombres se han forjado ídolos porque no querían recibir con reverencia el conocimiento de Dios que se les ofrecía, sino que creyeron antes sus propias invenciones; y como mera vanidad es todo lo que el hombre imagina según sus propios pensamientos, no es de extrañar que quienes forman presuntuosamente sus propias ideas de Dios se vuelvan del todo necios e infatuados. Pero por el contexto es evidente que el profeta quiere decir aquí otra cosa, a saber, que los artífices que funden o forjan ídolos, o los forman de cualquier otra manera, desvarían por completo al pensar que pueden, con su propio arte y habilidad, hacer dioses. Un leño yace en el suelo, es hollado sin honor alguno; pero cuando el artífice le da forma, el leño comienza a ser adorado como dios; ¿qué locura puede imaginarse mayor que esta? Lo mismo puede decirse de las piedras, de la plata y del oro; pues aunque sea un metal precioso, no se le atribuye divinidad hasta que comienza a tomar cierta forma. Ahora bien, cuando un fundidor funde un ídolo, ¿cómo puede un trozo de oro o de plata llegar a ser dios? El profeta reprende, pues, esta monstruosa locura cuando dice que los hombres son en su ciencia como las bestias brutas, es decir, cuando aplican su habilidad a cosas tan vanas y necias. Pero menciona la misma cosa dos veces, según el uso común del estilo hebreo; pues sabemos que los profetas dicen a menudo la misma cosa dos veces para confirmarla.

Después de haber dicho, pues, que los hombres se infatúan por la ciencia, añade que fueron avergonzados por la imagen tallada. Parece haber una impropiedad en las palabras; pues פסל, pesal, «tallada», no concuerda bien con צרף, tsareph, «el fundidor»; pero el profeta, tomando la parte por el todo, quiere decir simplemente que todos los artífices son necios y desvarían al pensar que pueden con su propia mano y habilidad fundir o forjar, o de cualquier modo formar dioses. Y para probarlo dice que no hay espíritu o aliento en ellos; y esta era prueba suficiente; pues sabemos que Dios es la fuente de la vida, y por eso Moisés lo llama

«Dios de los espíritus de toda carne». (Nm 16:22)

Toda la vida, pues, que se difunde por todas las criaturas fluye de Dios solo como única fuente verdadera. ¿Qué hay, entonces, menos semejante a la divinidad, o que tenga menos afinidad con ella, que un trozo de oro o de plata, o un leño, o una piedra? Pues no tienen vida ni vigor. Nada es más pasajero que el hombre, y sin embargo, mientras tiene vida en sí, posee algo divino; pero un cuerpo muerto, ¿qué tiene que sea semejante a Dios? Con todo, la forma de un cuerpo humano se acerca más a la gloria de Dios que un leño o una piedra formados en figura de hombre. No sin razón, pues, condena el profeta esta locura de todos los paganos, que adoraban dioses fingidos en los cuales, sin embargo, no había espíritu. Sigue: —

Jeremías 51:18

18. Vanidad son, obra de errores: en el tiempo de su visitación perecerán.

18. Vanitas ipsi, opus illusionum, tempore visitationis ipsorum peribunt.

Jeremías 51:18

Así como había llamado mentira a los ídolos, así ahora, en el mismo sentido, declara que eran vanidad, porque no eran nada real, sino vanas pompas, o fantasmas, o máscaras; y después se expresa más claramente diciendo que eran obra de ilusiones. Pero no parece tomar la palabra תעתעים, toroim, en sentido pasivo, sino activo. Quiere decir, pues, que era una obra engañosa, que era un lazo para los hombres; como si dijera que eran obra de impostura, o imposturas.

Este pasaje, y los que se le parecen, deben notarse con cuidado; porque los papistas creen hallar una salida cuando confiesan que sus imágenes no han de ser adoradas, sino que son libros para los indoctos. Los que son moderados en sus opiniones recurren a este subterfugio. Esto fue sugerido una vez por Gregorio, pero muy neciamente; y los que quieren parecer más ilustrados que los demás bajo el papado repiten la misma sentencia: que las imágenes deben ser toleradas, porque son los libros de los ignorantes. Pero ¿qué declara aquí, por el contrario, el Espíritu Santo, y también por el profeta Habacuc? Que son obra de imposturas, meros lazos o trampas. (Hab 2:18.) Todos, pues, los que buscan instrucción en estatuas o pinturas nada ganan, sino que quedan enredados en los lazos de Satanás, y no hallan sino imposturas. Y sin duda, todo lo que nos aparta de la contemplación del único Dios verdadero debe ser tenido con justicia por impostura o engaño; pues ¿quién puede, por la vista de una pintura o de una estatua, formarse una idea recta del Dios verdadero? ¿No se convierte así en mentira la verdad acerca de él? ¿Y no queda así rebajada su gloria? Pues solo tenemos el verdadero conocimiento de Dios cuando lo consideramos como Dios solo, cuando le atribuimos una esencia infinita que llena el cielo y la tierra, cuando lo reconocemos como espíritu, cuando, en fin, sabemos que él solo, hablando con propiedad, existe, y que el cielo y la tierra, y todo lo que contienen, existen por su poder. ¿Pueden enseñarnos estas cosas una piedra o un madero? No; antes al contrario, la piedra me lleva a imaginar que Dios está fijado y confinado a cierto lugar. Y además, la vida de Dios, ¿aparece en la piedra o en el madero? Y, por otra parte, ¿qué semejanza tiene un cuerpo, y sin vida, con un espíritu infinito? No sin razón, pues, se queja, como está registrado en Isaías, de que así queda del todo degradado:

«¿A quién me habéis hecho semejante? Pues yo contengo la tierra en mi puño, y vosotros me confináis a un madero o a una piedra». (Is 40:12, 18)

Si, en una palabra, las mentes de los hombres no recibieran de los ídolos otro error que el pensamiento de que Dios es corpóreo, ¿qué puede haber más absurdo?

Vemos, pues, que el profeta no dice aquí sin causa que todos los ídolos son vanidad y obra de impostura o engaño.

Añade por último que todos los dioses fingidos perecerían en el tiempo de la visitación. En esta cláusula exhorta a los fieles a la paciencia, y en cierto modo sostiene sus ánimos para que no desmayaran; pues no era una prueba pequeña ver florecer la monarquía de Babilonia cuando, sin embargo, no tenía otra protección que la de los ídolos. Como, pues, los babilonios pensaban que aquellos dioses fingidos eran los guardianes y defensores de su seguridad, y que por ellos habían sometido a todos sus vecinos, se entregaban así más y más a sus supersticiones, cuya recompensa consideraban que eran todas sus riquezas y su poder. Puesto que los ánimos de los piadosos no podían sino ser sacudidos por tal prueba, el profeta los apoya aquí y les recuerda que esperen el tiempo de la visitación en que los ídolos habían de perecer. Sin embargo, puede estar aludiendo tanto a los babilonios como a los ídolos cuando dice: En el tiempo de su visitación perecerán, es decir, cuando los caldeos sean visitados. Pero es probable que el tiempo de la visitación se refiera aquí especialmente a los ídolos, porque el profeta había hablado antes de todos los impíos y réprobos. Sea como fuere, entendemos que su propósito era mostrar que, por prósperos que fueran por un tiempo los idólatras, la mano de Dios debía ser soportada con paciencia hasta que llegara el tiempo oportuno, que aquí se llama el tiempo de la visitación. Y la metáfora se refiere a las nociones de los hombres, pues pensamos que Dios mora ociosamente en el cielo y aparta de nosotros sus ojos mientras perdona a los impíos. Por eso el profeta llama visitación al juicio de Dios, porque entonces muestra realmente, con pruebas evidentes, que no desatiende los asuntos de los hombres. Sigue ahora: —

Jeremías 51:19

19. No es como ellos la porción de Jacob; porque él es el Hacedor de todo; e Israel es la vara de su heredad: Jehová de los ejércitos es su nombre.

19. Non sicut ipsi (vel, *sicut ipsa, si ad idola referimus) *portio Jacob; quia fictor omnium ipse, et virga haereditatis ejus, Jehova exercituum nomen ejus.

Jeremías 51:19

Si el profeta hubiera dicho solamente que los ídolos son meras imposturas y burlas, habría sido ciertamente algo; pero esta parte de su enseñanza habría sido fría y sin interés si no hubiera proclamado, por otra parte, la gloria del único y solo Dios verdadero. Debemos, ciertamente, saber que los ídolos no son nada, que los hombres son engañados muy neciamente y quedan del todo infatuados cuando imaginan que hay en ellos alguna divinidad. Pero lo principal es que se nos presente al Dios verdadero mismo, y que se nos enseñe a dirigir a él todos nuestros pensamientos. Esto es, pues, lo que ahora hace el profeta; pues después de haber puesto de manifiesto la necedad de los paganos al adorar ídolos, y de haber mostrado que todo no es sino engaño y mentira, dice ahora: No es como ellos, los dioses fingidos, la porción de Jacob; es decir, el Dios que se había revelado al pueblo escogido es muy diferente de todos los ídolos.

Y, sin duda, la vanidad que el profeta mencionó antes no puede entenderse adecuadamente si no se conoce al Dios verdadero. Pues aunque algunos de los filósofos antiguos se burlaban de los errores más groseros del vulgo, no tenían nada fijo o cierto en que descansar, como aquel que, preguntado «¿Qué era Dios?», pidió tiempo para considerarlo, y que después de varias dilaciones confesó que cuanto más indagaba la naturaleza de Dios, más absortos quedaban todos sus pensamientos. Y esto ha de ser necesariamente así con los hombres hasta que se les enseñe qué es Dios, lo cual nunca puede hacerse hasta que él mismo se represente a sí mismo y su gloria como en un espejo.

Esta es, pues, la razón por la que el profeta, al oponer al único Dios verdadero a los ídolos y a todas las invenciones de los mortales, lo llama la porción de Jacob, porque la ley era, por así decirlo, la representación de la gloria de Dios. Como él se había mostrado allí claramente, en cuanto era necesario para la salvación del pueblo escogido, el profeta, para invitar a los hombres al verdadero conocimiento del Dios verdadero, lo llama la porción de Jacob, como si hubiera puesto la ley como un espejo ante sus ojos. La porción de Jacob es, pues, Dios, que no es como los dioses fingidos; ¿cómo así? Porque es el artífice de todas las cosas. Hace, ciertamente, con pocas palabras la distinción entre el único Dios verdadero y los dioses fingidos; pero en esta breve frase incluye lo que antes he explicado, a saber, que Dios es la fuente de la vida, y la vida de todos, y luego que su esencia es espiritual e infinita; pues así como ha creado los cielos y la tierra, así también de necesidad sostiene ambos con su poder.

Vemos, pues, que el profeta habla brevemente, pero no fríamente; y de este pasaje aprendemos una doctrina útil, a saber, que Dios no puede ser comprendido por nosotros sino en sus obras. Como, pues, los hombres vanos se fatigan con especulaciones que no tienen en sí, por así decirlo, ningún conocimiento práctico, no es de extrañar que se precipiten en muchos desvaríos. Seamos, pues, sobrios en esto, para no indagar la esencia de Dios más de lo que nos conviene. Cuando, por tanto, procuremos comprender qué es Dios, o cómo alcanzar su conocimiento, dirijamos todos nuestros pensamientos, ojos y mentes a sus obras.

Así también, por este pasaje, cuando el profeta llama a Dios el obrador o artífice de todas las cosas, queda puesta al descubierto la vanidad de todas las supersticiones; ¿y cómo? Porque aprendemos de ahí que el poder que no hizo los cielos y la tierra es vano y sin valor; pero el único hacedor del cielo y de la tierra es Dios, luego él es Dios solo. Puesto que es el único Dios verdadero, se sigue que las invenciones o ficciones de los hombres son del todo desvaríos, y son, por tanto, artificios e imposturas del diablo para engañar al género humano. Vemos así que la doctrina del profeta es excluyente cuando dice que Dios es el hacedor de todas las cosas; pues donde no se halla al hacedor de todas las cosas, allí ciertamente no puede haber divinidad.

Añade: la vara de su heredad. Esto parece referirse a Dios, pero en el capítulo diez se introduce la palabra Israel; por lo demás, estos cinco versículos concuerdan literalmente, pero en aquel pasaje el profeta dice que Israel era la vara de la heredad de Dios. Aquí la vara significa una caña de medir; pues la semejanza está tomada del medir las tierras; pues los antiguos usaban varas de cierta longitud para medir. De ahí que los hebreos llamaran a una heredad la vara de la heredad, porque era lo que había sido medido y tenía ciertos límites: como cuando alguien posee un campo, sabe cuántas fanegas contiene, por haber sido medido. Pero ambas cosas pueden decirse apropiada y verdaderamente, a saber, que Israel es la vara de la heredad de Dios, y también que Dios mismo es una vara de heredad; pues hay una unión recíproca. Porque así como Dios nos favorece con este honor de hacernos su heredad, y se complace en tenernos como suyos, así también se ofrece a nosotros como heredad. David dice a menudo: «Jehová es mi porción», y «Jehová es la porción de mi heredad», es decir, mi porción hereditaria. Así, en este lugar el sentido no sería inadecuado si aplicáramos las palabras a Dios. Sin embargo, como la palabra Israel se halla en el lugar anterior, puede tenerse por sobrentendida aquí.

Dice por último: Jehová de los ejércitos es su nombre. Hay aquí implícito un contraste; pues no honra a Dios con este título como si fuera un nombre común u ordinario; sino que reclama para él su propio derecho, y así lo distingue de todos los ídolos. Al decir, pues, que este nombre pertenece solo al Dios verdadero, el Dios de Israel, da a entender que por esta distinción se diferencia de todos los ídolos, y que los hombres son sacrílegos cuando transfieren algún poder a los ídolos, y esperan de ellos la salvación, y huyen a ellos. Como, pues, este nombre pertenece solo a Dios, se sigue que en él habita una plenitud de todo poder y fuerza. Siendo así, es del todo sin valor cuanto el mundo ha imaginado jamás acerca del número y la multitud de los dioses. Sigue ahora: —

Jeremías 51:20-23

20. Mi mazo eres tú, armas de guerra: porque contigo quebrantaré naciones, y contigo destruiré reinos;

20. Malleus tu mihi, vasa (vel, instrumenta) proelii, (aut, bellica,) et conteram (vel, contrivi) per to gentes, et perdam (vel, perdidi, malo in proeterito tempore accipere utrunque verbum, rationem postea dicam) per to regna;

21. Y contigo quebrantaré al caballo y a su jinete; y contigo quebrantaré el carro y al que en él sube;

21. Et contrivi per to equum et ascensorem ejus, et contrivi per to currum et ascensorem ejus;

22. Contigo quebrantaré también al hombre y a la mujer; y contigo quebrantaré al viejo y al niño; y contigo quebrantaré al joven y a la doncella;

22. Et contrivi per to virum et mulierem, et contrivi per to senem et puerum, et contrivi per to adolescentem et virginem;

23. Quebrantaré también contigo al pastor y a su rebaño; y contigo quebrantaré al labrador y a su yunta de bueyes; y contigo quebrantaré capitanes y gobernadores.

23. Et contrivi per to pastorem et gregem ejus, et contrivi per to agricolam et jugum ejus, et contrivi per to duces et principes.

Jeremías 51:20-23

El profeta se anticipa aquí a las dudas de muchos; pues como había hablado de la destrucción de Babilonia, podía objetarse fácilmente que la monarquía, fortificada con tantas defensas y que había sometido a todas las naciones vecinas, era inexpugnable. Por eso el profeta muestra aquí que el poder y la riqueza de Babilonia no eran obstáculo para que Dios no la destruyera cuando le placiera; pues es un argumento derivado de lo contrario. Hemos visto antes que Dios arranca lo que ha plantado (Jer 45:4); y hemos visto luego la metáfora del alfarero y sus vasos. Cuando el profeta descendió a casa del alfarero, vio una vasija formada y luego quebrada a voluntad y gusto del alfarero (Jer 18:2-4). Así también ahora muestra Dios que la destrucción estaba, por así decirlo, en su mano, porque los caldeos no se habían elevado a la preeminencia por su propio poder, sino que él los había elevado y los había empleado para su propio propósito. En suma, compara en este pasaje a los babilonios con una vasija formada, y él se hace el alfarero:

«Yo soy quien ha elevado a Babilonia a tan gran altura; me corresponde, pues, derribarla cuando me plazca».

Entendemos ahora el propósito de este pasaje, aunque el profeta emplee palabras diferentes.

Dice que Babilonia era un mazo y armas de guerra para quebrantar a las naciones. El verbo נפף, nuphets, significa quebrantar, y esparcir sin cuidado de aquí para allá, y también esparcir con violencia. Dice, pues: «He esparcido por medio de ti las naciones, y por medio de ti he destruido reinos». Pero como los caldeos habían gozado de tantas victorias y habían sometido a tantas naciones, añade: He quebrantado por medio de ti al caballo y a su jinete; al carro y al que en él sube; y luego: He quebrantado hombres y mujeres, viejos y niños, jóvenes y doncellas, pastores y también sus rebaños. Enumera aquí casi todas las clases de hombres. Menciona luego labradores y yuntas de bueyes, o de caballos; y por último menciona capitanes y gobernadores. Todas estas cosas se dicen a modo de concesión; pero el profeta nos recuerda sin embargo que ninguna dificultad impediría a Dios destruir a Babilonia, porque Babilonia en sí misma no era nada. Según este sentido, pues, se la llama mazo. En suma, el profeta quita la falsa opinión que de otro modo podía haber perturbado a los espíritus débiles, como si Babilonia fuera del todo invencible. Muestra al mismo tiempo que Dios ejecutaba sus juicios sobre todas las naciones por medio de Babilonia. Así podían ser confirmados los fieles; pues de otro modo habrían tenido que abatirse necesariamente al considerar el formidable poder de Babilonia; pero cuando oyeron que era solo un mazo, y que no habrían sido quebrantados por los babilonios si no hubieran sido armados desde lo alto, o más bien si no hubieran sido impulsados por un poder celestial, apareció entonces que la calamidad que los judíos habían sufrido no era más que un castigo infligido por la mano de Dios. Cuando, pues, oyeron esto, no fue pequeño consuelo; los libró de sucumbir bajo sus miserias y de ser tragados por la tristeza y la desesperación. Pero sigue ahora: —

Jeremías 51:24

24. Y pagaré a Babilonia y a todos los moradores de Caldea todo el mal que hicieron en Sion delante de vuestros ojos, dice Jehová.

24 Et rependam Babyloni et omnibus habitatoribus Chaldaeae to omnia mala ipsorum quae intulerunt in Sion (contra Sion, quae fecerunt in Sion, ad verbum,) in oculis vestris, (vel, eoram oculis vestris,) dicit Jehova.

Jeremías 51:24

El profeta, después de haber recordado a los judíos que todo lo que habían sufrido de los babilonios les había sido infligido con justicia a causa de sus pecados, y que Dios había sido el autor de todas sus calamidades, añade ahora: Pagaré a Babilonia y a los caldeos lo que han merecido. Puede, sin embargo, parecer extraño a primera vista que Dios amenace aquí a los babilonios; pues si sus servicios dependían de su mandato, parecían sin duda haber merecido alabanza más bien que castigo; más aún, sabemos lo que declara el Espíritu Santo en otro lugar:

«Por su trabajo con que sirvió contra ella le he dado la tierra de Egipto; porque trabajó para mí, dice Jehová el Señor» (Ez 29:20)

pues Nabucodonosor había afligido a los judíos, y por eso obtuvo esto, dice Ezequiel, como su recompensa. Parece, pues, algo inconsecuente que Dios declare que los caldeos merecían castigo porque habían afligido a los judíos. Pero ambas declaraciones concuerdan bien entre sí; pues cuando Dios declaró por Ezequiel que daba Egipto como recompensa a su siervo Nabucodonosor, tenía en cuenta a los judíos y su perversidad, porque aún no habían sido suficientemente humillados; más aún, pensaban que era por casualidad por lo que habían sido sometidos por los babilonios. Dios declara, pues, que había ejecutado su juicio sobre ellos por mano de Nabucodonosor. Era necesario después que los fieles fueran levantados en su extrema angustia; y esto lo tuvo en cuenta nuestro profeta cuando dijo: He aquí, pagaré a Babilonia y a los caldeos todos sus males. Obtuvieron, pues, Egipto por poco tiempo, pero después todos los males que habían traído sobre otras naciones recayeron sobre sus propias cabezas.

Pero esta promesa fue dada de modo peculiar a la Iglesia; pues aunque la venganza ejecutada sobre los caldeos era justa, porque ejercieron extrema crueldad hacia todas las naciones; con todo, Dios, teniendo cuidado de su propia Iglesia, tomó así su causa; por eso no habla aquí en general del castigo infligido a los caldeos por su crueldad; sino que Dios, como he dicho, tenía en cuenta a su propia Iglesia. Por eso dice: Pagaré a los babilonios y a todos los caldeos todo el mal que habían hecho en Sion. Vemos ahora que este castigo tenía una referencia especial al pueblo escogido, para que los fieles supieran que habían sido castigados por Dios de tal modo que, sin embargo, nunca había faltado la memoria de su pacto, y que así, en medio de la muerte, tuvieran alguna esperanza de salvación, y estuvieran seguros de que Dios al fin sería misericordioso; no que Dios fuera jamás a restaurar a todo el cuerpo del pueblo; sino que esta promesa, como se ha dicho en otro lugar, se dirige solo al remanente. Permanece, sin embargo, firme la verdad de que Dios, después de haber quebrantado a los judíos y a otras naciones por medio de una sola nación, sería aun así el vengador de su Iglesia, porque nunca podía olvidar su pacto. Añade: delante de vuestros ojos, para que los fieles esperaran con ánimo más sereno la venganza de la cual ellos mismos serían testigos oculares.

ORACIÓN

Concédenos, Dios omnipotente, que ya que nos has favorecido con la luz de tu evangelio, en el cual vemos tu gloria, y en el cual podemos ser también transformados, a no ser que lo impida nuestra incredulidad, — oh, concédenos que con los ojos fijos estudiemos siempre ese conocimiento que de una vez por todas se nos ha dado a conocer, hasta que al fin, habiendo seguido el camino que allí se nos pone delante, lleguemos a la plenitud de aquella gloria celestial que nos ha sido obtenida por la sangre de tu Hijo unigénito. — Amén.

Lección ciento ochenta y nueve

Jeremías 51:25

25. He aquí yo estoy contra ti, oh monte destruidor, dice Jehová, que destruiste toda la tierra; y extenderé mi mano sobre ti, y te haré rodar de las peñas, y te reduciré a monte quemado.

25. Ecce ego ad to, mons perditionis, dicit Jehova, perdens omnem terram; et extendam manum meam super to, et devolvam to e rupibus, et ponam to in montem combustionis.

Jeremías 51:25

No hay duda de que el profeta habla de Babilonia. Pero puede parecer extraño llamarla monte, cuando aquella ciudad estaba situada en una llanura, como es bien sabido; más aún, no tiene montes cerca. Era una llanura, de modo que podían conducirse arroyos de aquí para allá en cualquier dirección. Por eso piensan que la ciudad fue llamada monte a causa de la altura de sus muros y también de sus grandes edificios. Y esto es probable, como si el profeta la llamara una gran mole; pues los historiadores nos dicen que sus muros eran muy altos, de unos doscientos pies, y que el pie común excedía de tres dedos. Luego las torres eran muy altas. En suma, Babilonia era un prodigio por la cantidad de sus ladrillos, pues los muros no estaban construidos con piedras labradas, sino formados de ladrillos. Su anchura era también increíble; pues carros tirados por cuatro caballos podían pasar sin tocarse unos a otros. Su anchura, según Estrabón y también Plinio, era de cincuenta pies. No sin razón, pues, se usó esta metáfora cuando el profeta, mirando en un aspecto el estado de la ciudad, llamó a Babilonia monte, como si Nino, o Semíramis, u otros hubieran contendido con la naturaleza misma. El comienzo de Babilonia fue aquella memorable torre mencionada por Moisés, pero entonces la obra fue abandonada. (Gn 11) Después, ya porque tal comienzo inflamó el deseo de los hombres, ya porque el lugar era muy agradable y fértil, sucedió que allí se edificó una ciudad de gran tamaño. En suma, era más como una región que como una ciudad; pues, como dice Aristóteles, no era tanto una ciudad como una región o una provincia. Basta esto en cuanto a la palabra monte.

Ahora bien, Dios mismo declara la guerra a Babilonia, para que se diera más crédito a esta profecía; pues el profeta no tenía en cuenta a los caldeos, sino a su propia nación, y especialmente al remanente de los piadosos. La mayor parte se burlaba de su profecía, pero quedaban unos pocos que recibían con la debida reverencia la doctrina del profeta. Su propósito era, pues, velar por su bien y provecho; y, como veremos al fin de este capítulo, quería depositar este tesoro entre ellos, para que alimentaran la esperanza de la restauración mientras estaban como perdidos en el destierro. Dios los anima, pues, aquí, y declara que sería enemigo de los babilonios.

He aquí, dice, yo estoy contra ti, oh monte de perdición. El monte de perdición ha de tomarse en sentido activo, por monte destruidor, como también sigue una explicación más clara cuando dice que había destruido toda la tierra. Pues los babilonios, como es bien sabido, habían afligido a todos sus vecinos, y habían trasladado a su propia ciudad el poder imperial de los medos. Cuando sometieron a los asirios extendieron su poder a lo largo y a lo ancho, y por fin avanzaron hasta Siria, Judea y Egipto. Así sucedió que los babilonios gozaron del imperio de Oriente hasta el tiempo de Ciro; y entonces la monarquía fue poseída por los persas. Pero nuestro profeta miraba al estado anterior de las cosas; pues dijo que los caldeos habían sido como un mazo, que Dios había empleado para quebrantar a todas las naciones; y, en el mismo sentido, dice ahora que toda la tierra había sido destruida por los babilonios.

Pero Dios declara aquí que sería su juez, porque extendería su mano sobre Babilonia, y la haría rodar de las peñas; prosigue aún con la misma metáfora; pues así como llamó a Babilonia monte por sus grandes edificios, y especialmente por sus altos muros y elevadas torres, así adopta ahora la misma clase de lenguaje: te derribaré, o más bien te haré rodar, de las peñas, y te reduciré a monte de quema. Da así a entender que Babilonia llegaría a ser un montón de cenizas, aunque esto no se cumplió de inmediato; pues, como hemos dicho, fue tomada de tal modo que no quedó enteramente asolada. Porque en tiempo de Alejandro Magno, muchos años después, Babilonia estaba en pie, y allí murió Alejandro. Se sigue, pues, que no fue reducida a soledad y cenizas por Darío y Ciro. Pero ya hemos desatado este nudo, a saber, que el profeta no habla solo de una venganza de Dios, sino que incluye otras que siguieron. Pues Babilonia se rebeló poco después y sufrió un castigo grave por su perfidia, y fue entonces tratada con gran desprecio. Después, Seleuco intentó de varios modos destruirla, y para este fin se edificó Seleucia, y luego se levantó Ctesifonte frente a Babilonia. Babilonia fue entonces reducida poco a poco a aquella soledad de la que el profeta habla aquí. Plinio dice que en su tiempo estaba allí el templo de Bel, a quien creían fundador de la ciudad; pero añade después que las demás partes de la ciudad estaban desiertas. Si Jerónimo, como dice, la visitó, debemos creer lo que había visto; y dice que Babilonia era una pequeña población sin nombre, y que allí solo se veían ruinas. No hay, pues, nada irrazonable en esta profecía, pues no debe restringirse a una sola calamidad; porque Dios no cesó de afligir de varios modos a Babilonia hasta que quedó del todo asolada, según lo atestigua nuestro profeta. Según este punto de vista, dice, pues, que Babilonia llegaría a ser un monte de quema, o un monte quemado, pues solo quedarían ruinas; y en el mismo sentido añade inmediatamente: —

Jeremías 51:26

26. Y no tomarán de ti piedra para esquina, ni piedra para cimiento; sino que perpetuo asolamiento serás, dice Jehová.

26. Et non tollent ex to lapidem ad angulum, et lapidem ad fundamenta; quia solitudines perpetuae eris, dicit Jehova.

Jeremías 51:26

Confirma el versículo anterior: que, cuando Babilonia fuera destruida, no habría esperanza de restauración. Sucede a menudo que las ciudades que han sido del todo destruidas son después reedificadas; pero Dios dice que esto no sería así con Babilonia, pues estaba entregada a perpetua destrucción. Por esquina y cimientos entiende la solidez de los edificios; dice, pues, que no había esperanza de que las piedras fueran de nuevo ensambladas para la edificación de la ciudad, pues Babilonia llegaría a ser un perpetuo yermo o desolación.

Hemos dicho, ciertamente, que los muros de Babilonia no estaban hechos de piedras sino de ladrillos; pero el profeta habla simplemente según la manera común, para mostrar que su ruina sería para siempre. Hemos dicho también en otro lugar que los profetas suelen hacer una diferencia entre el pueblo de Dios y los réprobos: que Dios promete a su Iglesia un nuevo estado como una resurrección de entre los muertos, pero denuncia a los incrédulos una desolación perpetua. Este es el camino que sigue ahora nuestro profeta cuando dice que las desolaciones allí serían para siempre, porque no hay esperanza de perdón ni de misericordia para los incrédulos. Sigue después: —

Jeremías 51:27

27. Alzad bandera en la tierra, tocad trompeta entre las naciones, preparad naciones contra ella, juntad contra ella los reinos de Ararat, de Minni y de Askenaz; poned contra ella capitán; haced subir caballos como langosta erizada.

27. Tollite signum in terra, clangite tuba in gentibus, sanctificate (vel, *praeparate) super eam gentes, congregate contra eam regna Ararath, Minni, et Aschenaz, praeficite super eam ducem *(alii putant esse nomen proprium, et relinquunt *טפסר sed accipitur haud dubie pro duce,) educite equum tanquam locustam *(vel, *bruchum) horribilem *(vertit Hieronymus, *aculeatum; *alii vertunt, *horripilantem; *sed vox illa asperior est, et tamen proprie signatur horror ille, dum pili exurgunt ob metum, vel, ob iracundiam.)

Jeremías 51:27

El profeta confirma aquí lo que antes había enseñado, a saber, que Babilonia, por soberbia que estuviera a causa de sus fortalezas, no escaparía sin embargo de la mano de Dios. Si hubiera usado un modo simple de hablar, apenas alguien se habría atrevido a esperar lo que el profeta decía. Era, pues, necesario introducir expresiones figuradas, de las cuales hemos hablado antes. Aquí, pues, con la más alta autoridad, manda a las naciones levantar la guerra contra Babilonia.

Debemos observar, como ya les he recordado, que por tales modos de hablar se expone el efecto de la doctrina profética. Pues los incrédulos se burlan de todo lo que oyen, porque la voz de Dios es para ellos lo mismo que un sonido que fluye por el aire. Por eso el profeta muestra que estaba investido del poder de Dios, y que la mano de Dios estaba unida a su boca, de modo que cumple todo lo que predice. Alzad, dice, bandera. Esto podía haber parecido ridículo, pues sabemos que el profeta era despreciado, no solo en Jerusalén, sino también en su propia ciudad donde había nacido: ¿con qué derecho, pues, o con qué fundamento manda ahora con audacia a todas las naciones, y ordena alzar las banderas? Pero, como he dicho, muestra que se haría un falso juicio de lo que decía a menos que el pueblo pensara que el mismo Dios hablaba.

Tocad trompeta, dice, entre todas las naciones, y luego, santificad contra ella las naciones; y además, juntad, literalmente «haced oír», pero significa, en Piel, reunir, congregar. En cuanto a la palabra Ararat, puede tomarse por Armenia. No sé por qué algunos han tomado Minni por la Armenia inferior, pues no hay autor digno de crédito para tal opinión. Ni es cierto qué país designa el profeta con Askenaz. Pero es evidente por las historias que el gran ejército que Darío, o Ciro bajo la autoridad de Darío, llevó consigo, había sido reunido de diversas naciones, y aun remotas. Pues trajo consigo a los hircanios y a los armenios, y algunos de muchos lugares desconocidos. Como, pues, los autores paganos declaran que este ejército fue reunido indistintamente de muchas naciones y casi desconocidas, no es nada extraño que los nombres hebreos sean hoy desconocidos. Y no hay duda de que el profeta da a entender aquí indirectamente alguna gran sacudida del mundo, como si dijera que aun naciones bárbaras, cuyo nombre no se había oído hasta entonces, vendrían como una inundación arrolladora para destruir a Babilonia. Hablará después de los medos; pero aquí trata el asunto de modo diferente, como si dijera que sería tan grande la multitud de los enemigos que Babilonia, a pesar de su grandeza, sería fácilmente derribada. Percibimos ahora el propósito del profeta en cuanto a estas oscuras palabras.

Dice después: Poned contra ella un capitán. Esto ha de entenderse de Ciro, cuyo vigor se hizo especialmente manifiesto en aquella guerra. Ni hay duda de que llevó a su tío y suegro a emprender la guerra. Pues fabulan aquellos historiadores que dicen que Ciro fue desechado por su abuelo, y que fue criado en secreto por Astiages, y que después hizo la guerra a su abuelo. Todas estas cosas han sido inventadas. Pues es del todo evidente que Darío, rey de los medos, fue el jefe en aquella guerra, y Daniel es nuestro mejor testigo en este punto. Los escritores paganos imaginan que no hubo rey de los medos sino bajo la autoridad de Ciro. Pero Ciro no reinó hasta después de la muerte de su suegro, o de su tío, cuya hija había desposado. Se sigue, pues, que él era el general, de modo que hacía la guerra bajo la autoridad de Darío. Ciro era, pues, por así decirlo, el soldado a sueldo de su tío y suegro, pero al fin obtuvo el reino de los medos y todo el imperio de Oriente. De este capitán, pues, entiendo este pasaje, cuando el profeta dice: Poned o designad un capitán contra Babilonia; añade: Sacad, o haced subir, el caballo como la langosta. Esto se refiere a su número; como si dijera: Sacad contra Babilonia caballos sin número, que serán como langostas. Los compara con langostas, no por la fuerza o la habilidad en la guerra, sino solo con respecto a su número. Pero como las langostas son espantosas, les aplica la palabra סמר, samer, «horrible», como si dijera: Son, ciertamente, langostas en cuanto a su abundancia, pero son al mismo tiempo horribles, como si tuvieran sobre sí pelos espantosos. Sigue después: —

Jeremías 51:28

28. Preparad contra ella naciones, a los reyes de Media, sus capitanes, y todos sus gobernadores, y toda la tierra de su dominio.

28. Praeparate contra eam gentes*, *regna Medorum, duces ejus, et principes ejus, et totam terram ditionis ejus.

Jeremías 51:28

Repite ahora lo que había dicho acerca de preparar a las naciones; pero las menciona primero de manera general, y luego pasa a especificarlas una por una. Manda, pues, convocar a las naciones, y luego muestra quiénes eran, a saber, los reinos de los medos. Había, en verdad, un solo reino, pero muchos reyes le estaban sujetos. Entonces, por causa de las muchas provincias sobre las cuales gobernaban los sátrapas, y también por causa de los muchos países tributarios, el profeta no se contentó con usar el número singular, sino que los llama en plural, los reinos de los medos; porque aquella monarquía se había extendido a lo largo y a lo ancho, de modo que muchos reyes estaban sujetos a Darío.

Y contribuía en no pequeña medida a mostrar la certeza de esta profecía el que Jeremías declarase, antes de que naciera Ciro, o aun Darío, que vendrían los medos. Pero hemos dicho que, aunque Ciro, siendo singularmente activo y buen guerrero, llevó adelante la guerra, Darío era sin embargo el primero en autoridad. Babilonia obedeció entonces a los medos por un tiempo; pero como Darío era ya anciano, Ciro le sucedió; y entonces la monarquía fue trasladada a Persia, y de allí salieron las leyes hasta el tiempo de Alejandro Magno, quien, junto con su favorito infame, quemó la torre. Y no hay duda de que muchos hechos memorables estaban depositados allí. Pero Alejandro, estando ebrio, tomó una antorcha y quemó la torre, pues pensaba que de ese modo podía abolirse la memoria de la monarquía oriental.

Percibimos, pues, por qué el profeta menciona aquí expresamente a los medos; y añade: los capitanes y los príncipes. Incluye, sin duda, bajo estos nombres a todos los sátrapas y reyes. Por último añade: toda la tierra de su dominio, o jurisdicción; y con esta palabra designa los reinos ya mencionados. Sigue ahora:

Jeremías 51:29

29. Y la tierra temblará y se dolerá: porque todo designio de Jehová se cumplirá contra Babilonia, para convertir la tierra de Babilonia en desolación, sin habitante.

29. Et contremuit terra, et doluit *(similitudo sumpta est a parturientibus,) *quia stabilita fuit super Babylon cogitationes (*in plurali numero ponit cum tamen verbum sit singulare, hoc est, *stabilitae sunt cogitationes) Jehovae ad ponendum terram Babylonis in solitudinem, ita ut non sit habitator *(vel, *qui illic habitet.)"

Jeremías 51:29

Sin duda el profeta se esforzaba por quitar toda duda de la mente de los piadosos, la cual habría debilitado de otro modo la confianza en su doctrina. Pudo haberse presentado a la mente de todos que el mundo entero se reduciría antes a nada que el que Babilonia cayera. Aunque así fuera, dice el profeta, aunque toda la tierra temblara, Babilonia será destruida. Por eso dice: Temblará la tierra y estará en dolor, es decir, porque se han confirmado, etc. Hay aquí un contraste notable entre la conmoción de la tierra y la estabilidad del propósito de Dios. El verbo significa propiamente levantarse, pero en muchos lugares se toma en el sentido de confirmar o establecer, y necesariamente así en este pasaje. Dice, pues: Temblará la tierra, es decir, porque serán confirmados los pensamientos de Dios acerca de Babilonia.

Pero menciona los pensamientos en plural, como si hubiera dicho que todo lo que Dios había dispuesto y decretado sería inmutable, y que la tierra entera sería sacudida antes de que la verdad de Dios perdiera su efecto. Este versículo no contiene, pues, otra cosa que una confirmación de toda la profecía. Pero el profeta muestra que, aun si todos los obstáculos del mundo estuvieran a favor de la perpetuidad de Babilonia, lo que Dios había decretado respecto de su destrucción sería firme e inmutable. Sigue después:

Jeremías 51:30

30. Los fuertes de Babilonia dejaron de pelear, se quedaron en sus fortalezas; les faltó la fuerza, se hicieron como mujeres; incendiaron sus moradas, sus cerrojos fueron quebrados.

30. Cessarunt fortes Babylonis ad* pugnandum (hoc est, *destiterunt pugnare fortes Babylonis,) sederunt in munitionibus, deficit *(vel, *elanguit) virtus ipsorum, fuerunt in mulieres, accenderunt habitacula ejus, confracti sunt vectes ejus."

Jeremías 51:30

El profeta muestra aquí, como con el dedo, la manera de la destrucción de Babilonia, tal como la describen los autores paganos. Dice, pues, que los hombres valientes de Babilonia, aun los que habían sido escogidos para defender la ciudad, dejaron de pelear. Porque la ciudad fue tomada más por astucia que por fuerza abierta; pues tras un largo asedio, los babilonios se burlaron de Ciro; luego celebraron un banquete con toda seguridad. Entretanto, dos eunucos de Belsasar se pasaron a Ciro; pues, como relata Jenofonte, el tirano había matado al hijo de uno, y había castrado al otro para deshonrarlo. De ahí, pues, que se rebelaran contra él; y Ciro fue instruido por ellos sobre cómo podía tomar la ciudad. Los vados se secaron cuando Belsasar no sospechaba nada semejante, y en la noche oyó que la ciudad había sido tomada. Daniel da una descripción más clara; pues dice que se celebraba un banquete solemne, y que la mano de un escribiente apareció en la pared, y que el rey, aterrado, había oído de Daniel que el fin de su reino estaba cercano, y que la ciudad fue tomada esa misma noche. (Dn 5:25-30.) Por eso el profeta dice ahora que los valientes desistieron, de modo que no pelearon. Habla, ciertamente, de lo que era futuro, pero sabemos cuál era la manera de los profetas, pues relataban lo que había de venir como si ya hubiera sucedido.

Añade después que se sentaron en sus fortalezas, porque la ciudad no fue tomada por asalto; no hubo combate, sino que las fuerzas pasaron en silencio por los vados, y los soldados entraron en medio de la ciudad; el rey fue muerto junto con todos sus sátrapas, y entonces se tomó posesión de todas las partes de la ciudad. Vemos, pues, que el Espíritu de Dios habló por boca de Jeremías como de algo que ya había sucedido.

Añade luego que su valor había faltado, o languidecido, porque el terror los dejó atónitos cuando oyeron que la ciudad había sido tomada. Así también se hizo verdad lo que se añade, que se hicieron mujeres, es decir, que fueron como mujeres en cuanto al ánimo, pues nadie se atrevió a oponerse a los vencedores. Todavía se habría podido continuar la lucha con una multitud tan grande; más aún, habrían podido enfrentarse con sus enemigos en cientos o en miles de las calles de la ciudad, pues habría sido fácil hostigarlos de noche; pero el profeta dice que todos se hicieron mujeres en cuanto al ánimo. Por último, añade que fueron incendiados por los enemigos los palacios, y que los cerrojos de las puertas fueron quebrados; porque nadie se atrevió a llamar a las armas después de oírse que la ciudad había sido tomada. Sigue:

Jeremías 51:31

31. Un correo se encontrará con otro correo, y un mensajero con otro mensajero, para dar aviso al rey de Babilonia de que su ciudad ha sido tomada por un extremo,

31. Cursor in occursum cursoris cucurrit *(vel, *curret, *ad verbum) *et nuntius in occmsum nuntii ad nuntiandum regi Babylonis, quod capta sit urbs ejus ab extremitate."

Jeremías 51:31

Esto también se cumplió según el testimonio de los autores paganos, así como de Daniel. No repiten, ciertamente, estas palabras, pero por todo el tenor de la historia podemos concluir fácilmente que los mensajeros corrían de un lado a otro, pues los babilonios nunca pensaron que el enemigo pudiera penetrar tan de repente en la ciudad, ya que no había entrada. Hemos visto cuán altos eran los muros, pues entonces no había mosquetes, y los muros no podían ser derribados. Había, es verdad, arietes; pero ¿cuál era el ancho de los muros? Cincuenta pies, como ya se dijo, de modo que cuatro caballos de frente podían pasar sin tocarse. No había, pues, ariete que pudiera derribar muros tan gruesos. En cuanto a los vados, la cosa parecía increíble; de modo que celebraban un banquete con perfecta seguridad. En una irrupción semejante, lo que nuestro profeta atestigua aquí debió necesariamente suceder. Pero es muy evidente que él fue instrumento del Espíritu Santo; pues Ciro no había nacido aún cuando se anunció esta profecía. Sabemos, pues, que el santo varón fue guiado desde lo alto, y que lo que dijo no fue producido en su propia cabeza, sino que era realmente celestial; pues no podía haber adivinado nada semejante, ni fue por conjetura probable como pudo hablar así y conducir a los judíos, por decirlo así, a la escena misma.

Y no hay duda de que esta autoridad fue confirmada después cuando los padres dijeron a sus hijos: «Así hemos oído de boca del profeta lo que ahora vemos con nuestros ojos; y sin embargo nadie habría podido conjeturar cosa semejante, ni descubrirla por la razón o la perspicacia; por tanto, Jeremías debió necesariamente ser enseñado por el Espíritu de Dios». Esta es, pues, la razón por la cual Dios quiso que la destrucción de Babilonia fuera descrita, como vemos, de manera tan gráfica.

Dice, pues: Un correo corrió al encuentro de otro correo, y luego: un mensajero al encuentro de otro mensajero, para dar aviso al rey de Babilonia de que su ciudad había sido tomada por el extremo. Si esto se hubiera dicho de una ciudad pequeña, habría podido parecer ridículo: ¿para qué estos correos?, podría decirse. Pero se ha mostrado suficientemente que aquella ciudad era tan extensa que los correos, pasando por muchos campos, podían llegar al rey y comunicarle la noticia de que la ciudad había sido tomada por uno de sus extremos. Y los escritores paganos no pueden elogiar bastante la habilidad y la destreza de Ciro, que de este modo se apoderó de una ciudad tan grande; pues pudo haber asegurado solo la mitad de ella, y Belsasar pudo haber conservado la otra mitad, y haber disputado valientemente con Ciro y todas sus fuerzas; y sin duda lo habría vencido, de no ser por la maravillosa e inusitada rapidez de Ciro. Esta prisa, pues, o rapidez de Ciro, es lo que el profeta expone ahora, cuando dice que los mensajeros corrieron al rey para decirle que la ciudad había sido tomada. Añade ahora, acerca de otras cosas, lo que nadie habría podido adivinar:

Jeremías 51:32

32. Y que los vados fueron tomados, y los carrizales quemados con fuego, y los hombres de guerra se espantaron.

32. Et vada capta sunt, e stagna exusta sunt igni, et viri proelii *(hoc est, *bellicosi) conterriti sunt."

Jeremías 51:32

Este versículo prueba con toda claridad que Jeremías fue el heraldo de Dios, y que su lenguaje estaba bajo la guía del Espíritu celestial; pues expone la manera en que Babilonia fue tomada como si lo hubiera presenciado con sus propios ojos.

Dice que los vados fueron tomados, y que los estanques fueron quemados con fuego. No leemos que Ciro hubiera hecho uso del fuego; y algunos traducen estanques por carrizales, pero no hay razón que nos obligue a traducir así la palabra; pues el profeta habla metafóricamente. Su propósito era dar una traducción literal diciendo que se quemaron carrizales; pero el profeta muestra, hablando por hipérbole, que los vados del Éufrates fueron secados, como si alguien quemara leña aplicándole fuego. Esto, ciertamente, no es propio del agua; pero él, por una hipérbole, expresa más plenamente el milagro que de otro modo habría excedido la comprensión humana. Dice, pues, que los vados fueron secados, y luego añade que los estanques fueron quemados. Se expresa dos veces lo mismo, pero de diferente manera; y, como ya he dicho, afirma hiperbólicamente que tal fue la destreza de Ciro y de su ejército, que secó los vados y los estanques, como si alguien juntara un gran montón de leña y lo consumiera con fuego. Percibimos ahora el propósito del profeta.

Añade después que los hombres de guerra fueron deshechos. Porque aunque los vados fueron secados, es decir, los canales que se derivaban del Éufrates, los guardias de la ciudad podían haber conservado todavía una parte de ella, y haber resistido varonilmente, de modo que los soldados de Ciro no pudieran avanzar más; pero la ciudad fue tomada con tanta astucia, que los babilonios quedaron tan aterrados que no se atrevieron a levantar un dedo, cuando todavía habrían podido defender una parte de la ciudad, aunque otra parte hubiera sido tomada.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que así como antaño diste testimonio de tu favor hacia tu Iglesia al no perdonar a la mayor de las monarquías, te conozcamos hoy como el mismo para con todo tu pueblo fiel que te invoca; y como el poder y la crueldad de nuestros enemigos son tan grandes, levanta tú tu mano contra ellos, y muestra que eres el defensor perpetuo de tu Iglesia, para que tengamos motivo de magnificar tu bondad en Cristo Jesús nuestro Señor. — Amén.

LECCIÓN CIENTO NOVENTA

Jeremías 51:33

33. Porque así dice Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: La hija de Babilonia es como una era; tiempo de trillarla es; de aquí a poco vendrá el tiempo de su siega.

33. Quoniam sic dicit Jehova exercituum, Deus Israel, filia Babylonis tanquam area, tempus calcandae ejus; adhuc paulisper, et veniet messis ei."

Jeremías 51:33

CON esta comparación el profeta confirma lo que había dicho antes, a saber, que Dios sería el vengador de su Iglesia, y castigaría justamente a los babilonios, pero en el tiempo oportuno, que en la Escritura suele llamarse el tiempo de la visitación. Compara, pues, a Babilonia con una era, no ciertamente en el sentido que han imaginado los intérpretes, sino porque la era solo sirve para el tiempo de la cosecha, y después se cierra y no se usa. Babilonia, pues, había sido durante mucho tiempo como una era, porque allí no había habido trilla, es decir, ni ruido ni gritos. Pero Dios declara que vendría el tiempo de la siega, cuando se usaría la era. Entonces los bueyes trillaban el grano; pues el grano no se desgranaba con mayales, como entre nosotros y en la mayor parte de Francia, aunque los habitantes de Provenza todavía usan la trilla con animales. En Judea trillan el grano en las eras, y se usaban bueyes para ello. Ahora bien, la razón de la comparación parece evidente; pues vendría el tiempo en que Dios heriría a Babilonia, como después de la siega los bueyes trillan con sus pies el grano en la era, que durante el resto del año no se necesita, sino que permanece cerrada y quieta. De ahí que haya dicho que se confirma lo que antes vimos acerca del tiempo de la visitación; pues a primera vista era extraño prometer liberación a los judíos cuando Babilonia crecía más y más y extendía los límites de su monarquía. (Is 28:24-26.) Dios muestra en ese pasaje que no era de extrañar que no ejerciera cada día sus juicios en igual grado; y nos manda considerar cómo obran los labradores, pues no siembran al mismo tiempo trigo, cebada y otras clases de grano; ni siempre aran, ni siempre siegan, sino que esperan los tiempos oportunos. «Puesto que, entonces, los labradores están dotados de tanto cuidado y previsión como yo les he enseñado, ¿por qué no podría yo también tener mis tiempos rectamente distribuidos, de modo que haya ahora la siega, y luego la trilla? ¿Y no habría yo de sembrar en un tiempo trigo, y en otro comino?»; pues el profeta añade estas diversas clases. El mismo es el modo de razonar en este lugar, aunque el profeta habla más brevemente.

Dice, pues, que Babilonia sería como una era, ¿y cómo? Porque había sido como un lugar cerrado y del todo quieto; pues Dios había perdonado a los caldeos, y, como veremos después, estaban tan embriagados de placeres que no temían peligro alguno.

Y luego se explica enseguida: es tiempo de trillarla. Babilonia, pues, llegó a ser como una era, porque no había sido trillada ni golpeada desde hacía mucho tiempo, así como la era no se usa durante nueve o diez meses de todo el año. Pero añade: de aquí a poco vendrá su siega.

Aprendemos de este pasaje y de otros que la trilla se usaba entre los judíos y otras naciones orientales solo durante la siega. En otros lugares, el grano a menudo se guarda en la espiga durante cinco y seis años. Algunos trillan el grano después de seis, ocho o nueve meses, según les conviene. Pero hay muchos países donde el grano se trilla de inmediato; no se almacena, sino que se lleva enseguida a la era, y allí lo pisan los bueyes o lo golpean con mayales. Como era, pues, costumbre trillar enseguida el grano, Dios declara por eso que llegaría el tiempo de la siega cuando Babilonia sería pisoteada, como se pisa la era después de la siega.

Debemos observar que poco tiempo no ha de entenderse según las nociones de los hombres; pues aunque Dios suspende sus juicios, nunca los demora más allá del tiempo; por el contrario, ejecuta su obra con toda la debida presteza. El profeta Hageo dice:

«De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra» (Hag 2:6).

Pero esto no se cumplió sino muchos años después. Pero debemos recordar lo que hay en Habacuc:

«Aunque la visión tardare, espérala, porque sin duda vendrá, no tardará» (Hab 2:3).

Dice que las profecías tardan, es decir, según el juicio de los hombres, que tienen demasiada prisa y son incluso arrastrados de cabeza por sus propios deseos. Pero Dios ejecuta su obra con suficiente presteza, con tal que le permitamos disponer los tiempos según su propia voluntad, como es justo y recto que lo hagamos. Siempre que, pues, los impíos disfrutan de tranquilidad y se entregan con seguridad a sus placeres, venga a nuestra mente este hecho: que la era no siempre es pisada, pero que el tiempo de la siega vendrá cuando a Dios le plazca. Este es el provecho que debemos sacar de lo que aquí se dice. Sigue:

Jeremías 51:34

34. Me devoró, me desmenuzó Nabucodonosor rey de Babilonia; me dejó como vaso vacío, me tragó como dragón, llenó su vientre de mis delicias, me echó fuera.

34. Comedit me, contrivit me Nabuchadnezer rex Babylonis; posuit me (locavit, ad verbum) vas inane; diglutivit me tanquam draco, implevit ventrem suum deliciis meis, ejecit me."

Jeremías 51:34

Se menciona aquí la queja del pueblo escogido, y Jeremías lo hizo adrede, para que los judíos estuvieran seguros de que Dios no pasaba por alto sus miserias; pues nada puede angustiarnos tanto como pensar que Dios se olvida de nosotros y no hace caso de los agravios que los impíos nos hacen. Por eso el profeta pone aquí a los israelitas en la presencia de Dios, para que se convencieran en sus propias mentes de que Dios no los desatendía, y de que no era indiferente al trato injusto y cruel que recibían de sus enemigos. Pues esta queja se hace como si ellos se lamentaran ante Dios en su presencia.

Dice, pues: Me devoró y me desmenuzó Nabucodonosor, rey de Babilonia. La palabra comer, o devorar, bastaba; pero Jeremías quiso expresar algo más atroz añadiendo la palabra desmenuzar; pues da a entender que Babilonia no había sido como un hombre que devora la carne puesta delante de él, sino que había sido una bestia salvaje cruel, que quebranta hasta los mismos huesos. Entendemos, pues, ahora el propósito del profeta; amplifica la fiereza del rey de Babilonia diciendo que el pueblo de Dios no solo había sido devorado por él como los hombres tragan su alimento, sino que también había sido despedazado por sus dientes, como si hubiera sido un león, un oso u otro animal salvaje; pues estos no solo devoran su presa, sino que también con sus dientes quebrantan todo lo que es más duro que la carne, como los huesos.

Con el mismo fin añade: Me ha dejado como vaso vacío, es decir, me ha agotado por completo, como cuando alguien vacía una jarra o un tonel. Luego dice que me tragó como dragón. Es una comparación diferente de la anterior, pero muy apropiada; porque los dragones son los que devoran un animal entero; y esto es lo que el profeta quiere decir. Aunque estas comparaciones no concuerdan en todo, en lo principal son muy apropiadas, a saber, para mostrar que Dios permitió que su pueblo fuera devorado, como si hubiera estado expuesto a los dientes de un león o de un oso, o como si hubiera sido presa de un dragón.

Añade: Ha llenado su vientre de mis delicias, es decir, todo lo delicado que yo tenía, él lo ha consumido. Luego dice: ha echado fuera los restos, como los lobos, los leones y otras fieras, que, cuando tienen más presa de la que les basta, escogen lo más sabroso; pues escogen la cabeza del hombre para comer el cerebro; chupan la sangre, pero dejan las entrañas y todo lo que no les agrada. Así también el profeta dice aquí de los miserables judíos que habían sido tan devorados que el enemigo, ya saciado, había echado fuera el resto.

De ahí aprendemos que el pueblo de Dios había estado tan expuesto al saqueo que el vencedor no solo quedó satisfecho, sino que arrojó aquí y allá lo que sobraba; pues la saciedad, como es bien sabido, produce hastío. Pero el profeta se refiere a la condición del pueblo miserable; pues sus riquezas habían sido tragadas por los caldeos, pero el mobiliario de sus casas fue saqueado por las naciones vecinas; y los hombres mismos habían sido llevados al destierro, de modo que hubo una dispersión vergonzosa. Fueron, pues, dispersados por diversos países, y algunos quedaron en la tierra por desprecio; así se cumplió lo que aquí se dice: «Me ha echado fuera», porque esas fieras, los caldeos, se saciaron; la carne fue rechazada por ellos, porque no podían consumir todo lo que se les presentaba.

Con estos términos figurados, como se ha dicho, se expone la calamidad extrema del pueblo; y sin duda el profeta quiso salir al paso de aquellos pensamientos que de otro modo habrían resultado muy angustiosos para los judíos. Pues como no hallaban fin a sus males, podían haber pensado que habían sido tan desechados por Dios que se habían vuelto los más miserables de los hombres. Esta es la razón por la cual nuestro profeta se anticipa a lo que podía haber amargado el ánimo de los piadosos, y aun llevarlos a la desesperación; dice, pues, que a pesar de todo lo que había sucedido, Dios no se había olvidado de su pueblo; porque todas estas cosas se hacían como a su vista.

En cuanto a nosotros, aunque Dios no solo duplicara las calamidades de su Iglesia, sino que también la afligiera en extremo, lo que el profeta dice aquí debe servirnos de ayuda, a saber, que el pueblo escogido de Dios fue antaño tan consumido que el resto fue echado fuera con desprecio; pues el vencedor, aunque insaciable, no podía sin embargo consumir todo lo que recibía como presa, porque su codicia no podía contenerlo. Sigue ahora:

Jeremías 51:35-36

35. La violencia que se me ha hecho, y mi carne, sea sobre Babilonia, dirá la moradora de Sion; y mi sangre sobre los moradores de Caldea, dirá Jerusalén.

35. Violentia mea *(sed passive accipitur, alii vertunt, *rapinam, *quod idem est) *et caro mea contra Babylonem, dicet *(vel, *dicat) habitatrix Sion, sanguis mens contra habitatores Chaldaeae, dicat Jerusalem.

36. Por tanto, así dice Jehová: He aquí que yo juzgo tu causa, y haré tu venganza; y secaré su mar, y haré que se seque su manantial.

36. Propterea sic dicit Jehova, Ecce ego litigans litem tuam *(hoc est, *disceptans causam tuam, *vel, *cognitor causae tuae,) et vindleans vindictam tuam; et arefaciam mare ejus, et exsiccabo fontem ejus."

Jeremías 51:35

Jeremías continúa con el mismo tema; pues, después de haber mostrado que las calamidades del pueblo no eran desconocidas para Dios, exhorta ahora, de manera indirecta, a los fieles a depositar sus quejas en el seno de Dios, y a acudir a él, o apelar a él, como a su defensor. El propósito del profeta es, pues (después de haber explicado cuán gravemente habían sido afligidos los judíos), mostrarles que su único remedio era refugiarse en Dios y exponer su causa ante él.

Y este pasaje merece particular atención, para que también nosotros aprendamos, en los males extremos, cuando todo parece sin esperanza, a descubrir nuestros males a Dios, y así a descargar nuestras ansiedades en su seno. Pues ¿por qué es que la tristeza nos abruma a menudo, sino porque no seguimos lo que el Espíritu de Dios nos prescribe? Porque en los Salmos se dice:

«Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo» (Sal 55:22).

Podemos, pues, descargarnos mediante la oración, y este es el mejor remedio; pero nosotros murmuramos, y a veces clamamos, o al menos mordemos y mascamos el freno, según un proverbio común; y, entretanto, descuidamos lo principal, y lo que el profeta nos enseña aquí.

Debemos, pues, notar con cuidado el propósito de lo que aquí se enseña, cuando se dice: mi violencia y mi carne sean sobre Babilonia. Cuando añade: Dirá (o diga) la hija de Sion, muestra sin duda que los fieles tienen siempre este consuelo en sus calamidades extremas, que pueden quejarse ante Dios de sus enemigos y de su crueldad. Dice, pues, mi despojo o violencia; algunos lo traducen «el despojo de mí», lo cual es forzado. Pero el sentido del profeta no es ambiguo, pues sigue después: mi carne. La violencia era, pues, lo que habían hecho los enemigos. Pero aquí se habla del pueblo bajo el nombre de una mujer, según se acostumbra: Diga la moradora de Sion: Mi despojo y mi carne. Con la segunda palabra el profeta muestra bastante claramente lo que entendía por despojo. Mi carne, dice (a saber, la que los caldeos habían devorado y consumido), sea sobre Babilonia. Esto es del mayor peso, pues con estas palabras da a entender que, aunque los caldeos pensaban haber ejercido impunemente su crueldad contra los judíos, su sangre inocente clamaba y se levantaba contra ellos como enemiga.

Con el mismo fin añade después: Diga Jerusalén: Mi sangre sea sobre los caldeos.

Jeremías 51:36

Sigue luego una explicación más clara, cuando Dios promete que él sería el vengador de su pueblo escogido, y que todo lo que los judíos habían sufrido sería devuelto a Babilonia: Por tanto, así dice Jehová: He aquí que yo litigaré tu pleito. Por este pasaje se nos enseña a presentar nuestras quejas a Dios, si queremos que él tome nuestra causa; pues cuando callamos, él a su vez reposará, por considerarnos indignos de ser ayudados. Pero si clamamos a él, sin duda nos oirá. Debemos recordar entonces el orden de las cosas, pues el profeta dice por una parte: Clame Jerusalén, diga la hija de Sion; y por otra dice: Por tanto, Dios vendrá y oirá el clamor de su pueblo.

Dice primero: He aquí que yo defenderé tu causa, y luego: vindicaré o vengaré tu venganza. Son palabras duras para oídos latinos; pero contienen más fuerza y poder que si siguiéramos la elegancia de la lengua latina. Es mejor, pues, conservar los términos genuinos que cuidar demasiado el pulimento.

En resumen, Dios promete ser el defensor de su pueblo, y al usar la partícula demostrativa quita sin duda toda duda, como si la cosa estuviera ya presente. Sabemos que habían pasado más de setenta años desde que Dios había hablado así; pues, como ya se dijo, Jeremías no profetizó contra los caldeos después de la toma de la ciudad; pero aunque Dios suspendió su juicio y su venganza durante setenta años después de la destrucción de la ciudad, se dijo no obstante: He aquí, yo, como si trajera a los fieles a presenciar el suceso; y esto se hizo para dar certeza.

Ahora bien, aprendemos de aquí que, aunque Dios humille a su pueblo, y permita incluso que sea abrumado por miserias extremas, él será al fin el vengador de todos los agravios que haya soportado; pues lo que se ha dicho de la destrucción del pueblo se refiere a nosotros; más aún, lo que aquí se dice no ha quedado registrado sino para nuestro provecho. Y además, aprendamos, como ya os he recordado, a preparar nuestras mentes para la paciencia siempre que Dios parezca abandonarnos. Ejercitémonos al mismo tiempo constantemente en la oración, y Dios oirá nuestros gemidos y quejas, y mirará nuestras lágrimas.

Se añade luego: Secaré su mar; porque Babilonia, como ya se ha dicho, estaba rodeada por las corrientes del Éufrates; y no había fácil acceso a ella. El profeta compara, pues, las fortificaciones de Babilonia con un mar y un manantial. Pues ¿quién habría pensado que podía secarse el Éufrates, que es un río tan grande, y que no tiene igual en toda Europa? Ni siquiera el Danubio iguala la grandeza de ese río. ¿Quién habría pensado, pues, que fuera posible secar un río semejante, que era como un mar, y cuyo manantial era inagotable? Dios da a entender, pues, con estas palabras, que tal era su poder, que todos los obstáculos se desvanecerían, y que estaba resuelto al mismo tiempo a ejecutar su juicio sobre los babilonios. Sigue después:

Jeremías 51:37

37. Y Babilonia se convertirá en montones de ruinas, morada de chacales, espanto y silbido, sin habitante.

37. Et erit Babylon in acervos, habitaculum draconum, stupor et sibilum, absque habitatore."

Jeremías 51:37

Confirma lo que había dicho, que cuando Dios levantara su mano contra Babilonia, tal sería su destrucción que el esplendor que antes asombraba a todas las naciones quedaría reducido a nada. Perecerán, dice, todas las riquezas de Babilonia; sus torres y sus muros caerán, y su pueblo desaparecerá; en suma, se convertirá en montones de piedras, como había dicho antes, que se convertiría en un monte de quema. Con el mismo fin dice ahora que se convertiría en montones. Pero debemos tener presente lo que observamos ayer, que se convertiría en tales montones que no servirían para esquinas, que no podrían ponerse en cimientos; pues las ruinas serían del todo inútiles para cualquier edificio nuevo.

Dice que sería un espanto y un silbido. Moisés también usó estas palabras cuando amenazó al pueblo con castigo si transgredía la ley de Dios. (Dt 28:37.) Pero estas amenazas se extienden a todos los impíos y a los que desprecian a Dios. Dios cumplió, pues, en los babilonios lo que había anunciado por Moisés contra todos los despreciadores de su ley. Sigue luego:

Jeremías 51:38

38. A una rugirán como leones, gruñirán como cachorros de leones.

38. Rugient tanquam leones, rugient *(est quidem alium verbum sed ejusdem sensus) *tanquam catuli leonum."

Jeremías 51:38

Aquí, con otra figura, Jeremías expresa lo que había dicho de la destrucción de Babilonia, a saber, que en medio de la matanza no tendrían fuerza para resistir; perecerían, al mismo tiempo, en medio de gran confusión; y así se anticipa a lo que podía objetarse contra su profecía. Pues los babilonios habían sido superiores a todas las demás naciones; ¿cómo era posible, entonces, que un poder tan invencible perdiera? Aunque fueran como leones, dice el profeta, eso no les valdría de nada; rugirán, ciertamente, pero el rugido no les servirá de nada; rugirán como cachorros de leones, y sin embargo perecerán.

Entendemos ahora, pues, el propósito de esta comparación, a saber, que el poder superior con que los babilonios habían aterrado a todos no les valdría de nada, pues nada les quedaría en su calamidad sino rugir. Sigue:

Jeremías 51:39

39. En su calor les pondré sus banquetes, y los embriagaré para que se alegren, y duerman un sueño perpetuo, y no despierten, dice Jehová.

39. In calore ipsorum ponam convivia ipsorum, et inebriabo eos, ut exultent, et dormiant somnum perpetuum, et non expergiscantur, dicit Jehova."

Jeremías 51:39

Aquí también describe la manera en que Babilonia fue tomada. Y de ahí aprendemos que el profeta no habló oscura ni ambiguamente, sino que mostró, por decirlo así, con el dedo el juicio de Dios, para que la profecía fuera conocida por la posteridad, a fin de que entendieran que el Espíritu de Dios había revelado estas cosas por boca del profeta; pues ningún mortal, aunque hubiera estado cien veces dotado del espíritu de adivinación, habría podido jamás expresar con tanta claridad una cosa desconocida. Pero como nada es pasado ni futuro para Dios, habló tan claramente de la destrucción de Babilonia por medio de su profeta, para que la posteridad, confirmada por el suceso, reconociera que él había sido ciertamente instrumento del Espíritu Santo. Y Daniel selló después la profecía de Jeremías, cuando relató históricamente lo que había sucedido; más aún, Dios arrancó a los escritores paganos una confesión, de modo que llegaron a ser testigos de la verdad de la profecía. Aunque Jenofonte no era, ciertamente, por designio testigo de Jeremías, aquel escritor sin principios, cuyo objeto era la adulación, prestó sin embargo servicio a Dios, y selló con un testimonio público lo que Jeremías había predicho por inspiración divina.

En su calor, dice, les pondré sus banquetes, es decir, los acaloraré en sus banquetes; pues cuando el rey de Babilonia estaba ebrio, fue muerto junto con sus príncipes y consejeros. Los embriagaré para que se alegren, es decir, para que se vuelvan petulantes. Esto se refiere a su necedad, pues pensaban que siempre estarían seguros, y se burlaban de Ciro por soportar tantas penalidades. Pues vivía en tiendas, y el asedio era ya largo, y en la ciudad no faltaba nada. Así, pues, su petulancia los destruyó. Y de ahí que el profeta diga que Dios los acaloraría, para que se volvieran petulantes en sus placeres; y luego, para que durmieran un sueño perpetuo, es decir, para que perecieran en su lujo: aunque habían despreciado a su enemigo, nunca despertarían; porque Babilonia, como observamos ayer, habría podido resistir por largo tiempo, pero fue tomada de una vez. A los babilonios no se les permitió después tener armas. Ciro, ciertamente, les dejó entregarse a los placeres, pero les quitó el uso de las armas, los privó de toda autoridad, de modo que vivieron en estado servil, en la mayor degradación; y luego, con el transcurso del tiempo, llegaron a ser más y más despreciables, hasta que por fin la ciudad quedó tan arruinada que no quedó sino unas pocas chozas, y vino a ser una aldea humilde. Vemos, pues, que todo lo que Dios había predicho por su siervo Jeremías se cumplió al fin, pero en el tiempo oportuno, en el tiempo de la trilla, como se ha dicho. Sigue:

Jeremías 51:40

40. Los haré bajar como corderos al matadero, como carneros y machos cabríos.

40. Educam *(ad verbum est, *descendere faciam) eos tanquam agnos ad mactationem, tanquam arietes cure hircis."

Jeremías 51:40

Esta es una comparación diferente de la anterior, cuando el profeta dijo que serían como leones, pero solo en cuanto al rugir. Pero ahora muestra cuán fácil sería aquella ruina cuando a Dios le placiera destruir a los babilonios. Así, en cuanto a su clamor, eran como leones; pero en cuanto a la facilidad de su destrucción, eran como corderos llevados al matadero. Dios no quiere decir aquí que estarían dotados de tanta mansedumbre como para entregarse a una muerte voluntaria; sino que quiere decir que, por fuertes que hubieran sido antes los babilonios, y por mucho que hubieran amenazado a todas las demás naciones, serían entonces mujeres en ánimo, y serían llevados a la matanza como si fueran corderos o carneros.

Esta es una comparación que se encuentra a menudo en los profetas, pues entonces se hacían sacrificios cada día; y los profetas consideraban la destrucción de los impíos como una especie de sacrificio; porque así como bajo la Ley se ofrecían sacrificios como testimonios de piedad y de culto, así, cuando Dios se presenta como juez y toma venganza de los reprobados, es lo mismo que si levantara un altar, y exhibiera así un testimonio del culto que se le debe; porque su gloria y su culto son honrados, y aun celebrados, con tales sacrificios. La destrucción de todos los impíos, pues, como hemos dicho, puede compararse justamente con sacrificios; pues en tales casos resplandece la gloria de Dios, y esto es lo que pertenece especialmente a su culto. Sigue por fin:

Jeremías 51:41

41. ¡Cómo fue apresada Sesac, y fue conquistada la alabanza de toda la tierra! ¡Cómo se convirtió Babilonia en espanto entre las naciones!

41. Quomodo capta est Sesak, et comprehensa laus totius terrae? quomodo facta est Babylon in vastitatem *(vel, *in stuporem) inter curtetas gentes?"

Jeremías 51:41

Aquí el asombro expresado por el profeta tendía a confirmar lo que había dicho, pues así disipaba aquellas cosas que solían perturbar la mente de los piadosos, para que no dieran pleno crédito a sus predicciones. No hay duda de que los piadosos pensaban en muchas cosas cuando oían a Jeremías hablar así de la destrucción de Babilonia. Siempre les venía a la mente: «¿Cómo puede ser esto?». Por eso Jeremías se anticipó a tales pensamientos, y tomó él mismo el carácter de uno lleno de asombro: ¿Cómo fue tomada Sesac?, como si hubiera dicho: «Aunque el mundo entero se asombre de la destrucción de Babilonia, lo que yo predigo es cierto; y así lo hallarán los que ahora no admiten la verdad de lo que digo, así como la posteridad».

Pero llama aquí a Babilonia Sesac, como en Jeremías 25. Algunos piensan que allí es el nombre propio de un hombre, y otros lo consideran el nombre de una ciudad célebre de Caldea. Pero vemos que lo que afirman carece de fundamento; pues este pasaje pone fin a toda controversia, ya que en la primera cláusula menciona a Sesac, y en la segunda, a Babilonia. Aquel pasaje de Jeremías 25 tampoco puede referirse a otra cosa sino a Babilonia; pues el profeta dijo:

«Beberán todas las naciones de la copa del furor de Dios, y después de ellas el rey de Sesac»,

es decir, cuando Dios haya castigado a todas las naciones, al fin le llegará su turno al rey de Babilonia. Pero en este lugar el profeta muestra claramente que Sesac no puede ser otra cosa que Babilonia. El nombre, ciertamente, se forma invirtiendo el alfabeto. Y esta no es una noción nueva; pues ya tenían este alfabeto retrógrado en tiempo de Jerónimo. Ponen ת, tau, la última letra, en lugar de א, aleph, la primera; luego ש, shin, por ב, beth; así vemos cómo formaron Sesac. La ש, shin, se halla dos veces en la palabra, siendo la penúltima letra puesta por ב, beth, la segunda letra; y luego כ, caph, se pone en lugar de ל, lamed, según el orden del alfabeto retrógrado. No hay buena razón para lo que algunos dicen, que el profeta habló así oscuramente por causa de los judíos, porque la profecía desagradaba y podía haberles creado peligros; pues ¿por qué mencionó Sesac y luego Babilonia en el mismo versículo?

Muchos entienden este pasaje de manera enigmática; pero no hay duda de que aquel alfabeto estaba entonces, como hemos dicho, en uso común, como tenemos hoy la Ziphras, como la llaman. Entretanto, aunque el profeta no era tímido, y animaba a su propio pueblo a la confianza, plugo sin embargo a Dios que esta profecía quedara en cierto modo oculta, pero no que careciera de evidencia de su certeza; pues veremos en el penúltimo versículo de este capítulo que mandó arrojar el rollo al Éufrates, hasta que el suceso mismo manifestó el poder de Dios, el cual permaneció durante largo tiempo como sepultado, hasta el tiempo de la visitación del cual había hablado.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que, pues te place hoy recibirnos por tu pueblo, disfrutemos del mismo favor hasta el fin, y seamos abrigados bajo tus alas; y aunque merecemos ser del todo desechados, si nos castigas por un tiempo, trátanos con moderada severidad, y castíganos con juicio, y no con rigor extremo; y luego, después de las tinieblas, haz aparecer tu rostro sereno, hasta que por fin gocemos de aquella plena luz a la cual nos invitas cada día por Cristo Jesús nuestro Señor. — Amén.

LECCIÓN CIENTO NOVENTA Y UNO

Jeremías 51:42

42. Subió el mar sobre Babilonia; de la multitud de sus olas ha sido cubierta.

42. Ascendit contra Babylonem mare, multitudine fluctuum ejus cooperta est *(vel, *obruta.)"

Jeremías 51:42

EL profeta emplea aquí una comparación, para confirmar más plenamente su profecía acerca de la destrucción de Babilonia; pues, como era increíble que pudiera ser sometida por el poder o las fuerzas de los hombres, compara la calamidad con que Dios la anegaría a un diluvio. Dice, pues, que el ejército de los persas y de los medos sería como el mar, pues inundaría irresistiblemente; como cuando se levanta una tempestad, el mar se hincha, así dice que los medos y los persas vendrían con tal fuerza que Babilonia sería anegada por un diluvio más que por las fuerzas de los hombres. Entendemos ahora, pues, el sentido del profeta, cuando dice que Babilonia sería cubierta de olas cuando vinieran los medos y los persas. Sigue luego:

Jeremías 51:43

43. Sus ciudades fueron asoladas, tierra seca y desierto, tierra en la cual no morará nadie, ni pasará por ella hijo de hombre.

43. Erunt urbes ejus in vastitatem, terra deserti et siccitatis *(aut, *vastitatis) terra; non transibit per eam quisquam (onmis homo,) et non habitabit in illa quisquam (et non transibit in illa, *hoc est, *per illam) filius hominis."

Jeremías 51:43

Repite lo que había dicho antes, pero ya os hemos recordado por qué habla tan extensamente sobre un asunto en sí no oscuro. Pues habría podido comprender en pocas palabras todo lo que había dicho en el capítulo anterior y también en este; pero era difícil convencer a los hombres de lo que enseñaba; era, pues, necesario detenerse largamente en el asunto.

Dice ahora que las ciudades de Babilonia, es decir, de aquella monarquía, se convertirían en desolación. Parece haber dirigido hasta ahora sus amenazas contra la ciudad misma; pero ahora declara que la venganza de Dios se extendería a todas las ciudades que estaban bajo el poder de la nación caldea; y habla extensamente de su desolación, pues dice que sería tierra de desierto, tierra de sequedad, o de inmundicia, de modo que nadie habitaría en ella. Y aunque usa el número singular y lo repite, se refiere sin embargo a ciudades: No pasará por ella hombre alguno, no habitará en ella nadie. Habla, ciertamente, de toda la tierra, pero de modo que se refiere propiamente a las ciudades, como si hubiera dicho que tan grande sería la destrucción, que por lejos y por ancho que se extendiera la monarquía de Babilonia, todas sus ciudades serían cortadas. Sigue después:

Jeremías 51:44

44. Y castigaré a Bel en Babilonia, y sacaré de su boca lo que ha tragado; y las naciones no vendrán más a él; y el muro de Babilonia caerá.

44. Et visitabo super Bel in Babylone, et extraham quod voravit ab ore ejus; et non confluent ad ipsum amplius gentes; etiam murus Babylonis cecidit."

Jeremías 51:44

Dios declara de nuevo que tomaría venganza de los ídolos de Babilonia; no que Dios esté propiamente airado contra los ídolos, pues no son sino cosas hechas por los hombres; sino para mostrar cuánto detesta todo culto supersticioso e idolátrico. Pero habla de Bel como si fuera un enemigo suyo; y sin embargo Dios no tenía querella con una figura muerta, privada de razón y de sentimiento; y semejante contienda habría sido ridícula. Dios, sin embargo, se levanta así contra Bel por causa de los hombres, y declara que era enemigo suyo, no porque el ídolo, como hemos dicho, mereciera por sí mismo castigo alguno.

Pero de ahí aprendemos cuán detestable era aquella corrupción y aquella falsa religión. Consta con evidencia por los escritores paganos que Bel era el dios supremo de la nación caldea; más aún, aquel ídolo era adorado por toda Asiria, como todos testifican de común acuerdo. Pensaban que había habido un rey hábil en el conocimiento de los astros, y por eso fue colocado por hombres extraviados entre los dioses. Pero aprendemos de los profetas que esta era una superstición muy antigua; y apenas es probable que hubiera habido algún rey de este nombre, pues de otro modo Isaías y Jeremías, al predecir la ruina de este ídolo, no habrían callado sobre el asunto. Esa opinión común no me parece, pues, probable; sino que pienso, por el contrario, que este nombre fue dado al ídolo según las fantasías de los hombres; pues no puede hallarse razón por la cual las naciones paganas llamaron así a sus falsos dioses. Es cierto, ciertamente, que los griegos y los romanos, y las naciones bárbaras, dieron honor divino a mortales. Pero el culto de Bel era más antiguo que el tiempo en que se hizo tal cosa. Y era tal la veneración en que se tenía a aquel ídolo, que de él llamaron a algunas de sus piedras preciosas. Consagraron la piedra llamada ojo al dios de los asirios, porque era una gema de gran precio. *(Véase Plinio, *lib. 37, cap. 10.)

Jeremías, pues, declara ahora que Bel sería expuesto a la venganza de Dios, no que Dios, como hemos dicho, estuviera airado con aquella estatua, sino que quería testificar de este modo cuánto abominaba el culto impío en que se deleitaban los caldeos. Ni miraba tanto a los caldeos como a los judíos; pues os he recordado a menudo que era una dura prueba, que podía poner fácilmente en peligro la fe del pueblo, pensar que los caldeos no habían obtenido tantas y tan notables victorias sino porque Dios los había favorecido. Los judíos podían por esa razón haber tenido algunas dudas acerca del templo y de la ley misma. Como, pues, los babilonios triunfaban cuando el éxito los acompañaba, era necesario fortificar el ánimo de los piadosos, para que permanecieran firmes, aunque los babilonios se jactaran de sus victorias. Para que los fieles no sucumbieran bajo sus pruebas, los profetas suministraron un remedio adecuado, que es lo que hace aquí Jeremías. Dios declara, pues, que visitaría a Bel; ¿por qué razón y con qué fin? Para que los judíos se convencieran de que aquel ídolo no podía hacer nada, sino que habían sido afligidos por los babilonios a causa de sus pecados. Para que la verdadera religión no fuera desacreditada, Dios testificó que algún día tomaría venganza no solo de los caldeos mismos, sino también de su ídolo, que ellos habían forjado para sí; visitaré, pues, a Bel en Babilonia.

Y añade: y sacaré, o extraeré, de su boca lo que ha tragado. La palabra בעי, belo, significa, ciertamente, lo que es devorado; pero el profeta se refiere aquí a las ofrendas sagradas con que Bel había sido honrado hasta entonces. Y no hay duda de que muchas naciones presentaban dádivas a aquel ídolo por causa de la nación caldea, como hallamos que de todas partes del mundo se llevaban dádivas a Júpiter Capitolino cuando florecía el imperio romano; pues cuando los griegos, los asiáticos o los egipcios querían obtener algún favor, enviaban coronas de oro, candelabros o algunos vasos preciosos; y buscaban como el mayor privilegio consagrar sus dones a Júpiter Capitolino. Así, pues, no hay duda de que muchas naciones ofrecían sus dones a Bel, cuando querían adular a los caldeos. Y de ahí que el profeta declare que cuando Dios visitara a aquel ídolo, le haría vomitar lo que antes había tragado. Esto, ciertamente, no se dice con estricta propiedad; pero el profeta tenía en cuenta a los judíos, que podían haber dudado de si el Dios de Israel era el único Dios verdadero, mientras permitía que aquella imagen vacía fuera honrada con tantas ofrendas preciosas; pues esto era transferir el honor del Dios verdadero a una figura muerta. Dice, pues: Sacaré, como si Bel hubiera tragado lo que se le había ofrecido: sacaré de su boca lo que ha tragado. Aunque el lenguaje no es estrictamente correcto, vemos sin embargo que era necesario, para que no turbara el ánimo de los judíos que casi todas las naciones miraran aquel ídolo con tanta veneración.

Expresa después su sentido más claramente al añadir: las naciones no afluirán más a él. Vemos, pues, lo que quería decir con la voracidad de Bel, a saber, que había concurrencia de todas partes a este templo, pues las naciones, buscando congraciarse con los babilonios, dirigían su atención a su dios. Sabemos, ciertamente, que el templo de Bel permaneció aun después de conquistada la ciudad; no hay duda sin embargo de que las predicciones de Jeremías y de Isaías se han cumplido. Pues Isaías dice:

«Se postró Bel, se abatió Nebo» (Is 46:1).

Nombra a algún otro dios, que los escritores paganos no dan a conocer; pero este testimonio basta para mostrar que Bel gozaba de gran reputación. Dice después que sería «una carga para las bestias fatigadas». De ahí aprendemos que Bel fue llevado, no porque fuera adorado por los medos y los persas, sino porque todas las riquezas fueron removidas, y probablemente aquel ídolo era de oro.

Sigue después: Aun el muro de Babilonia ha caído. Hemos dicho en otro lugar que esta profecía no debe restringirse a la primera caída de Babilonia, pues sus muros no fueron entonces derribados sino en parte, por donde entró el ejército, después de haberse desviado las corrientes del Éufrates. Sin embargo, el antiguo esplendor de la ciudad continuó todavía. Pero cuando Babilonia fue recobrada por Darío, hijo de Histaspes, entonces los muros fueron derribados hasta los cimientos, como escribe Heródoto, con quien concuerdan otros autores paganos. Pues Babilonia se había rebelado junto con los asirios cuando los magos obtuvieron el gobierno; pero cuando Darío recobró el reino, preparó un ejército contra los asirios que habían acudido a Babilonia; y se narra su bárbara crueldad, pues estrangularon a todas las mujeres para que no consumieran las provisiones. A cada uno se le permitió conservar una mujer como sirvienta para preparar el alimento y servir de cocinera; pero no perdonaron ni a las matronas, ni a las esposas, ni a sus propias hijas. Durante un tiempo los persas fueron rechazados por ellos con denuedo. Por fin, mediante la estratagema de Zopiro, Darío entró en la ciudad; entonces demolió los muros y las puertas, y después Babilonia no fue mejor que una aldea. Entonces también hizo ahorcar a los principales de la ciudad, en número de tres o cuatro mil, lo cual sería increíble si no consideráramos la extensión de la ciudad; pues tal matanza sería horrible en una ciudad de tamaño moderado, aun si hubieran sido muertos hombres de todas las clases. Pero de ahí se ve qué atroz crueldad debió de ser, cuando todos los principales fueron ahorcados o clavados en cruces; y entonces también fueron demolidos los muros, aunque eran, como se ha dicho en otro lugar, de altura y anchura increíbles. Su anchura era de cincuenta pies; Heródoto nombra cincuenta codos, pero más bien pienso que eran pies; y sin embargo sus pies eran más largos que los comunes.

Como, pues, Jeremías dice ahora que el muro de Babilonia había caído, no hay duda de que su profecía incluye esta segunda calamidad, que sucedió bajo Darío; y esto confirma lo que he mencionado en otro lugar. Sigue ahora:

Jeremías 51:45

45. Salid de en medio de ella, pueblo mío, y salvad cada uno su vida del ardor de la ira de Jehová.

45. Exite e mediom ejus, popule mi, et serrate quisque animam suam ab exeandescentia irae Jehovae."

Jeremías 51:45

Aquí el profeta exhorta a los israelitas a huir de Caldea y Asiria. Sin embargo, esta exhortación tenía otro propósito, el de animarlos en la esperanza de la liberación; pues apenas era creíble que alguna vez tuvieran libre salida, porque Babilonia era para ellos como un sepulcro. Como, pues, los exhorta en cuanto a su liberación, da a entender que Dios sería su redentor, como había prometido. Pero muestra que la venganza de Dios sobre Babilonia sería terrible, cuando dice: Huid de la indignación de la ira de Dios.

Debemos, sin embargo, observar que los fieles eran así despertados para que, embriagados con las comodidades de los caldeos, no permanecieran allí obstinadamente cuando Dios extendía su mano hacia ellos; pues sabemos lo que sucedió cuando se dio libertad a los israelitas para volver: solo una pequeña porción volvió; algunos despreciaron el gran favor de Dios; estaban tan acostumbrados a sus moradas, y tan arraigados allí, que no hacían caso del templo, ni de la tierra que Dios les había prometido. El profeta, pues, para apartar a los fieles de tales comodidades, dice que serían miserables todos los que, en su entumecimiento, permanecieran allí, porque la indignación de Dios se encendería contra aquella ciudad. Percibimos ahora el propósito del profeta.

Parece, ciertamente, una simple exhortación a los judíos a marcharse, para no contaminarse con la inmundicia de Babilonia, pero ha de considerarse también otro fin, propuesto por el santo profeta. Esta exhortación contiene, pues, una promesa de regreso, como si hubiera dicho que no habían de temer, porque al fin se les daría libertad, como Dios había prometido. Entretanto, se añade un estímulo a la promesa, para que los israelitas no se deleitaran con los placeres de Caldea, y así despreciaran la heredad que Dios les había prometido; pues sabemos cuán grande era la amenidad de aquella tierra, y cuán grande la abundancia que poseía de todas las bendiciones; pues la fertilidad de aquella tierra es más celebrada que la de todos los demás países. No es de extrañar, pues, que el profeta urgiera tanto a los judíos a volver, y que les pusiera delante la venganza de Dios para espantarlos con terror, por si dormitaban en Caldea. Y añade después:

Jeremías 51:46

46. Y no desmaye vuestro corazón, ni temáis por la noticia que se oirá en la tierra; porque en un año vendrá la noticia, y después en otro año otra noticia, y violencia en la tierra, dominador contra dominador.

46. Et ne forte mollescat cor vestrum, et timeatis in rumore (hoc est, ob rumorem) qui audietar in terra; veniet in anno rumor, et postea in anno (altero, *subaudiendum est *anno posteriore) rumor, et violentia in terra, et dominator super dominatorem."

Jeremías 51:46

Aquí el profeta se anticipa a su debido tiempo a un peligro, no fuera que los judíos se turbaran en su ánimo al ver aquellas terribles conmociones que sucedieron después; pues cuando su ánimo se elevaba a la expectativa de un regreso, comenzaron a surgir grandes alborotos en Babilonia. Babilonia, como es bien sabido, estuvo sitiada durante largo tiempo, y, como es usual en las guerras, cada día trae algo nuevo. Como, pues, Dios sacudía en cierto modo toda la tierra, no podía ser, sobre todo con los males en aumento, sino que los miserables desterrados desfallecieran, estando en constante temor; pues estaban expuestos a la insolencia de sus enemigos. El profeta les sale, pues, oportunamente al encuentro, y muestra que no había causa para que se turbaran, sucediera lo que sucediera.

Vendrán, dice, y se levantarán diversos rumores; pero estad firmes en vuestro ánimo. Los intérpretes limitan estos rumores al primer año de Belsasar; pero no sé si tal opinión es correcta. Considero que las palabras están simplemente destinadas a fortalecer los ánimos débiles, para que no fueran abrumados, o al menos no vacilaran, a causa de las pruebas, cuando oyeran de graves conmociones.

Pero hay aquí una doctrina especialmente útil; pues cuando Dios se propone ayudar a su Iglesia, permite que el mundo sea, en cierto modo, arrojado a la confusión, para que el favor de la redención aparezca más notable. Si los fieles, pues, no tuvieran algún conocimiento de la misericordia de Dios, jamás podrían soportar con ánimo valeroso las pruebas con que Dios los prueba, mientras Satanás, por otra parte, procura trastornar su fe. El preludio de esto mismo se ve en el pueblo antiguo: Dios había prometido ser su redentor; cuando se acercaba el día, surgió de repente la guerra, y los medos y los persas, como langostas, cubrieron toda la tierra. Sabemos cuán diversos males trae consigo la guerra. No hay duda, pues, de que los hijos de Dios soportaron muchas y graves tribulaciones, sobre todo siendo desterrados allí; debieron de padecer escasez, debieron de ser acosados de diversos modos. Ahora bien, como el desenlace de la guerra era incierto, podían haber desfallecido cien veces, si no hubieran sido sostenidos por esta profecía. Pero, como he dicho, así también ahora trata Dios a su Iglesia; pues cuando aparece un libertador, todas las cosas parecen amenazar ruina más que prometer una liberación gozosa y feliz. Es necesario, entonces, que estas profecías vengan a nuestra mente, y que apliquemos, para nuestro provecho, lo que sucedió antaño a nuestros padres, pues somos el mismo cuerpo. No hay, por tanto, razón para que hoy nos maravillemos si todo parece ir de mal en peor, cuando Dios ha prometido sin embargo que la salvación de su Iglesia le será siempre preciosa, y que cuidará de ella: ¿cómo así? Porque se dice: No desmaye vuestro corazón, no temáis cuando se levanten rumores, uno tras otro; cuando un año traiga tumultos, y luego otro año traiga nuevos tumultos, que todo esto no turbe sin embargo vuestro ánimo.

Y Cristo parece aludir a estas palabras del profeta, cuando dice:

«Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis» (Mt 24:6).

Estas palabras de Cristo nos advierten suficientemente que no tengamos por extraño que la Iglesia hoy esté expuesta a olas violentas, y sea zarandeada como por continuas tempestades: ¿por qué? Porque es recto y justo que nuestra condición sea semejante a la de los padres, o al menos se aproxime a ella. Entendemos ahora, pues, el propósito del profeta, y el uso perpetuo que debe hacerse de lo que aquí se enseña.

Añade después: Violencia en la tierra, y un dominador sobre o después de un dominador. Esto se refiere a Ciro, que sucedió a Darío, a quien algunos llaman Ciaxares. Ambos, como es bien sabido, gobernaron; pero Darío, que era mayor, tuvo el honor de ser el rey supremo. Después Ciro, muerto Darío, llegó a ser rey de toda la monarquía. Y Darío el medo vivió solo un año después de tomada Babilonia. Pero no dudo de que el profeta manda aquí a los judíos que tengan buen ánimo y un espíritu alegre, aunque la tierra cambiara a menudo de amos; pues ese cambio, por frecuente que fuera, no podía quitar nada de la autoridad y del gobierno de Dios. Sigue después:

Jeremías 51:47

47. Por tanto, he aquí que vienen días en que castigaré sus ídolos, y toda su tierra será avergonzada, y todos sus muertos caerán en medio de ella.

47. Propterea ecce dies veniunt, et visitabo super simulachra Babylonis; et tota terra ejus pudefiet, et omnes occisi ejus *(vel, *interfecti) cadent in medio ejus."

Jeremías 51:47

Repite una sentencia anterior: que Dios visitaría los ídolos de Babilonia. No habla ahora solo de Bel, sino que incluye a todos los falsos dioses. Ya hemos dicho por qué Dios levantaba su mano contra los ídolos, que eran sin embargo meras invenciones sin valor. Esto lo hizo por causa de los hombres, para que los israelitas supieran que habían sido engañados por las astucias de Satanás, y para que los fieles entendieran que no debían atribuir a los falsos dioses el que Dios por un tiempo perdonara a los impíos. Por insolentes que fueran, pues, en su prosperidad, cuando perecieran junto con sus ídolos, los fieles aprenderían entonces por experiencia que los ídolos no obtenían victoria alguna para sus adoradores.

Cuando, por tanto, el profeta dice ahora: He aquí que vienen días, y visitaré, etc., sin duda quería sostener el ánimo de los piadosos, que de otro modo habrían sido abatidos. Y el mejor sostén era esperar con paciencia el tiempo de la visitación, del cual habla ahora; visitaré, dice, todas las imágenes de Babilonia; y luego añade: toda su tierra será avergonzada. Habla de la tierra, porque el dominio de aquella monarquía se extendía lejos, de modo que era difícil recorrer todas sus regiones, y los enemigos apenas podían tener acceso a ellas. Por fin añade: todos sus muertos caerán en medio de ella. Habla, pues, primero del país, y luego añade que, por fortificada que estuviera la ciudad, sus muros y sus torres no serían de importancia, pues los conquistadores marcharían por sus mismas calles, y por todas partes matarían a los que se creían ocultos en lugar seguro y puestos, por decirlo así, por encima de las nubes. Añade luego:

Jeremías 51:48

48. Entonces los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos, darán gritos de alegría sobre Babilonia; porque del norte vendrán sobre ella destruidores, dice Jehová.

48. Et jubilabunt contra Babylonem coeli et terra, et omnia quae in eis sunt; quia ab aquilone veniet illi vastatores, (est mutatio numeri,) dicit Jehova."

Jeremías 51:48

Para convencer más plenamente a los judíos de la verdad de todo lo que había dicho hasta aquí acerca de la destrucción de Babilonia, declara que Dios la llevaría a cabo, y que sería aplaudida por todos los elementos. Gritarán de alegría, dice, el cielo y la tierra; lo cual es una especie de personificación, pues atribuye conocimiento al cielo y a la tierra. Podría, ciertamente, explicarse con más refinamiento que los ángeles y los hombres gritarían de gozo, pero sería una explicación fría; y el profeta quita toda ambigüedad añadiendo: y todo lo que hay en ellos; incluye, sin duda, las estrellas, los hombres, los árboles, los peces, las aves, los campos, las piedras y los ríos. Y la expresión es muy enfática cuando dice que todas las cosas creadas, aunque sin razón ni entendimiento, estarían sin embargo llenas de gozo, de modo que, en cierto modo, se regocijarían y cantarían alabanzas. Si tal sería el sentir en las criaturas muertas cuando Dios extendiera su mano contra Babilonia, ¿sería posible que permaneciera segura aquella ciudad, tan aborrecida por el cielo y la tierra, y maldecida por las aves y las fieras, por los árboles y todo lo que carece de entendimiento?

Vemos, pues, que el profeta amontona toda clase de figuras y modos de hablar, para confirmar los ánimos débiles, a fin de que esperaran con confianza la destrucción de Babilonia. Da a entender al mismo tiempo que Babilonia era aborrecida por todas las criaturas, porque había llegado al colmo de la maldad. Muestra, pues, la causa por el efecto, como si hubiera dicho que Babilonia era aborrecida por el cielo y la tierra, de modo que el cielo y la tierra parecían considerarse en cierto modo contaminados por la vista de aquella ciudad. Mientras Babilonia estuvo en pie, el cielo y la tierra suspiraron; pero, por el contrario, cuando Dios apareciera como vengador, entonces el cielo y la tierra, y todas las cosas que hay en ellos, gritarían de gozo. ¿Podría ser, pues, que Dios, el juez del mundo, disimulara siempre sus pecados? Si el cielo y la tierra no podían soportarla, y Babilonia era tan aborrecible para todos, y de su destrucción nacería el gozo, ¿podía Dios permitir que aquella ciudad, llena de tantos pecados y detestada por el cielo y la tierra, escapara con impunidad a su juicio?

Entendemos ahora, pues, más plenamente por qué el profeta dice que habría triunfo y gozo en el cielo y en la tierra, y entre todas las cosas creadas.

Dice: porque; pero la partícula כי, ki, puede tomarse como adverbio de tiempo: dice entonces: cuando del norte vengan destruidores. Alude a los medos, pues los persas estaban al oriente. Pero como los medos estaban más cerca, y su monarca era también más rico, el profeta se refiere especialmente a los medos cuando dice que el mal vendría del norte. Pues los medos estaban al norte de Caldea, como los persas al oriente.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que, pues no solo nos testificas que serás el Redentor de tu Iglesia, en la cual te has dignado introducirnos, sino que te has manifestado también realmente a nosotros en tu Hijo unigénito, concédenos soportar con paciencia todas las luchas y aflicciones con que ahora pruebas nuestra fe, y que peleemos perseverantemente bajo la cruz, hasta que, habiendo pasado por todas nuestras pruebas, gocemos por fin de la gloria eterna, cuando te hallemos como nuestro completo Redentor, por el mismo Cristo Jesús nuestro Señor. — Amén.

LECCIÓN CIENTO NOVENTA Y DOS

Jeremías 51:49

49. Como Babilonia hizo caer a los muertos de Israel, así en Babilonia caerán los muertos de toda la tierra.

49. Sicuti Babylon ut caderent (hoc est, *fecit ut caderent, *subaudiendum est aliquid,) interfecti Israelis, sic Babyloni cadent interfecti totius terrae."

Jeremías 51:49

LAS palabras dicen literalmente así: «Como Babilonia, para que cayeran, los muertos de Israel, así por Babilonia caerán los muertos de todas las tierras». Algunos, omitiendo la ל, lamed, en la segunda cláusula, traducen el pasaje así: «Como los muertos de Israel han caído por Babilonia, así por Babilonia caerán»; y otros traducen la última como la primera: «por Babilonia». Pero la traducción más sencilla es la que he dado, a saber, que esta sería la recompensa que Dios daría a Babilonia: que caerían por todas partes en toda su tierra, como ella había matado al pueblo de Israel. Pues el profeta sin duda tenía esto a la vista, aliviar el dolor de los piadosos con algún consuelo; y el fundamento del consuelo era que Dios sería el vengador de todos los males que los babilonios les habían causado. Pues es una dura prueba cuando pensamos que Dios no hace caso de nosotros, y que nuestros enemigos nos oprimen impunemente a su antojo. El profeta testifica, pues, que Dios de ningún modo permitiría que tantos israelitas perecieran sin castigo, pues al fin daría a los babilonios lo que merecían, a saber, que los que destruyeron a otros fueran a su vez destruidos.

Podemos ahora reunir fácilmente lo que el profeta quiere decir: «Como Babilonia», dice, «ha hecho caer a muchos en Israel, así ahora los babilonios mismos caerán». Traducir ל, lamed, por «por medio de», o por causa de, es impropio. Dice entonces que los babilonios mismos caerán, los muertos de toda la tierra. Por toda la tierra no entiendo el mundo entero, como otros intérpretes, sino solo Caldea. Por todas partes en Caldea, pues, perecerían los que habían sido tan crueles como para derramar sangre inocente en todas partes. Y aunque aquel dicho es en general verdadero: El que derramare sangre de hombre será castigado; sin embargo la palabra se dirige especialmente a la Iglesia. Dios, pues, venga todas las matanzas, porque no puede soportar que sea violada su propia imagen, que ha impreso en los hombres. Pero como tiene cuidado paternal de su Iglesia, es de manera especial el vengador de aquella crueldad que los impíos ejercen contra los fieles.

En resumen, el profeta quiere decir que, aunque Dios permita por un tiempo que los impíos se ensañen contra su Iglesia, será sin embargo en el tiempo oportuno su vengador, de modo que por todas partes serán muertos los que han sido tan crueles.

Pero de ahí aprendemos que de ningún modo debemos desesperar cuando Dios permite tanta libertad a los impíos, de modo que maten a los miserables y a los inocentes, porque lo mismo sucedió antaño al pueblo antiguo. Era la Iglesia de Dios aquella en que los caldeos cometieron la carnicería de que habla el profeta: los hijos de Dios fueron entonces muertos como ovejas. Si lo mismo sucediera hoy a nosotros, no habría razón para que nos desanimáramos, sino para esperar el tiempo de la venganza de que habla aquí el profeta; pues la experiencia mostrará entonces cuán preciosa es para Dios la vida de todos los piadosos. Sigue ahora:

Jeremías 51:50

50. Los que escapasteis de la espada, andad, no os detengáis; acordaos por lejos de Jehová, y acuda Jerusalén a vuestra memoria.

50. Qui evasistis e gladio, abite, ne stetis; recordamini e longinquo Jehovae, et Jerusalem ascendat in cor vestrum."

Jeremías 51:50

El profeta manda de nuevo a los fieles huir presto de Caldea; pero dice: Los que quedáis de la espada. Da a entender, pues, que la matanza sería tal que incluiría a muchos del pueblo de Dios, y que serían destruidos. Y sabemos que muchos entre ellos merecían tan triste fin; pero el profeta se dirige ahora a los que habían sido preservados por el especial favor de Dios. Les manda, pues, que se vayan y que no se queden ni se detengan.

Ahora bien, dijimos ayer cuál era el objeto de esta exhortación, a saber, que los fieles se aseguraran de su libre regreso a su propio país, del cual, sin embargo, pensaban que estaban perpetuamente excluidos; pues habían desesperado por completo de la liberación, aunque había sido prometida tantas veces. Esta exhortación contiene, pues, una promesa; y entretanto el profeta nos recuerda que, aunque Dios infligió un castigo temporal al pueblo escogido, su venganza sobre los babilonios sería perpetua. Pues Dios no solo templa su rigor hacia los fieles cuando los castiga, sino que también les da un feliz desenlace, de modo que todas sus aflicciones se convierten en ayudas para su salvación, como Pablo también nos enseña. (Ro 8:28.) En suma, los castigos que Dios inflige a sus hijos son otras tantas medicinas; pues siempre mira por su bienestar aun cuando manifiesta señales de su ira. Pero el caso de los impíos es diferente; pues todos sus castigos son perpetuos, aun los que parecen tener fin. ¿Cómo así? Porque conducen a la ruina eterna. Esto es lo que el profeta quiere decir cuando manda a los que quedaban huir de Caldea, según lo que observamos ayer, cuando dijo: Huid de la indignación de la ira de Dios. Hay, pues, una comparación implícita entre el castigo que trae ruina final a los reprobados, y el castigo temporal que Dios inflige a sus hijos.

Les manda acordarse de Jehová desde lejos. Algunos aplican esto a los setenta años, pero, a mi ver, en un sentido demasiado restringido. No dudo, pues, de que el profeta les manda abrigar esperanza y mirar a Dios, por lejos que hubieran sido llevados de él, como si estuviera del todo alejado de ellos. Los israelitas habían sido llevados a tierras distantes, como si Dios nunca pensara restaurarlos. Como, pues, era tan grande la distancia entre Caldea y Judea, ¿qué otra cosa podía venir a la mente de los miserables desterrados sino que Dios estaba muy lejos de ellos, de modo que era en vano buscarlo o invocarlo? El profeta sale al paso de esta falta de fe, y levanta su confianza, para que no dejaran de refugiarse en Dios, aunque hubieran sido llevados a tierras distantes: Acordaos, pues, de Jehová desde lejos.

Luego añade: Suba Jerusalén a vuestro corazón; es decir, aunque tantos obstáculos intercepten vuestra fe, pensad sin embargo en Jerusalén. La condición del pueblo requería que fueran así animados, pues de otro modo, como se ha dicho, habrían podido desesperar cien veces, y quedar así entumecidos en sus calamidades. El profeta testifica, pues, que el acceso a Dios les estaba abierto, y que, aunque estuvieran muy lejos, él cuidaba sin embargo de ellos, y estaba dispuesto a traer ayuda siempre que lo invocaran. Y por la misma razón les manda dirigir su pensamiento a Jerusalén, a fin de que prefirieran el templo de Dios a todo el mundo, y nunca descansaran tranquilos hasta que Dios los restaurara, y se les diera libertad de adorarle allí.

Ahora bien, este pasaje merece especial atención, pues se aplica a nosotros hoy; porque cuando sobreviene la dispersión de la Iglesia, pensamos que somos abandonados por Dios, y concluimos también que él está lejos de nosotros, de modo que se le busca en vano. Como, pues, solemos, siendo propensos a la desconfianza, quedar pronto entumecidos en nuestras calamidades, como si estuviéramos muy lejos de Dios, y como si él no volviera sus ojos para mirar nuestras miserias, apliquémonos lo que aquí se dice, a saber, acordarnos de Jehová desde lejos; es decir, cuando nos parezca estar envueltos en miserias extremas, cuando Dios nos oculta su rostro y parece estar lejos; en suma, cuando nos creamos abandonados, y las circunstancias parezcan probarlo, debemos aun así luchar con todos esos obstáculos hasta que nuestra fe triunfe, y emplear nuestros pensamientos en acordarnos de Dios, aunque aparentemente esté alejado de nosotros. Aprendamos también a dirigir nuestros pensamientos a la Iglesia; pues por miserable que sea nuestra condición, es sin embargo mejor que la felicidad que los impíos buscan para sí en el mundo. Cuando, por tanto, veamos a los impíos lisonjearse en cuanto a sus posesiones, cuando los veamos complacidos y deleitados como si Dios los tratara con indulgencia, venga entonces Jerusalén a nuestra mente. Es decir, prefiramos el estado de la Iglesia, que puede ser todavía triste y deforme, y tal que lo evitaríamos si siguiéramos nuestras propias inclinaciones. Venga, pues, a nuestra mente la condición de la Iglesia, es decir, abracemos las miserias comunes a los piadosos, y séanos más grato estar unidos con los hijos de Dios en todas sus aflicciones, que estar embriagados con la prosperidad de aquellos que solo se deleitan en el mundo, y que al mismo tiempo son malditos de Dios. Este es el provecho que debemos sacar de lo que aquí se enseña. Sigue ahora:

Jeremías 51:51

51. Estamos avergonzados, porque hemos oído afrenta; la confusión cubrió nuestro rostro, porque vinieron extranjeros contra los santuarios de la casa de Jehová.

51. Pudefacti sumus, quia audivimus opprobrium; operuit igno minia facies nostras, quia venerunt extranei in sanctuaria domus Jehovae."

Jeremías 51:51

Se piensa que estas palabras fueron dichas por el profeta a los fieles, para confirmarlos en cuanto a su regreso. Pero yo más bien pienso que fueron dichas a modo de anticipación. Los que piensan que fueron dichas como una fórmula a los israelitas, para que se prepararan con más presteza para su regreso, suponen un verbo sobreentendido: «Decid: Estamos confundidos (o avergonzados), porque hemos oído afrenta»; a saber, que el dolor heriría el ánimo de los fieles, a fin de que pasaran sin embargo por todas sus dificultades. Pero, como he dicho, el profeta repite aquí lo que los fieles podían haber concebido por sí mismos en su ánimo; y habla así por vía de concesión, como si dijera: «Sé que tenéis a punto estas palabras: “Estamos avergonzados, estamos abrumados de afrentas; los extranjeros han entrado en el santuario de Dios: puesto que el templo está contaminado y la ciudad derribada, ¿qué más nos queda? Y ciertamente vemos que todas las cosas dan razones para desesperar”».

Como, pues, los pensamientos de la carne sugerían a los fieles cosas que podían abatir su ánimo, el profeta les sale al paso y recita sus palabras. Dice, pues, como en su persona: Estamos confundidos, porque hemos oído afrenta; es decir, porque hemos sido acosados por las afrentas de nuestros enemigos. Pues no hay duda de que los caldeos amontonaron muchas afrentas sobre aquel miserable pueblo; porque su orgullo y su crueldad eran tales que insultaban a los judíos, sobre todo siendo su religión del todo diferente. Como, pues, los oídos del pueblo eran a menudo molestados por afrentas, el profeta declara aquí que tenían alguna causa, según la carne, por la cual apenas se atrevían a abrigar la esperanza de un regreso.

Con el mismo fin añade: La confusión cubrió nuestro rostro, porque vinieron extranjeros contra los santuarios de Jehová. Pues la principal gloria del pueblo escogido era que tenían un templo donde no en vano invocaban a Dios; porque esta promesa era como un tesoro inestimable:

«Habitaré en medio de vosotros; este es mi reposo, aquí habitaré» (Sal 132:14).

Como, pues, plugo a Dios escoger para sí aquel trono y habitación en el mundo, era, como he dicho, la principal dignidad del pueblo. Pero cuando el templo fue derribado, ¿qué más les quedaba? Era como si la religión hubiera sido del todo subvertida, y como si Dios también los hubiera dejado y se hubiera mudado a otra parte; en suma, toda su esperanza de ayuda divina y de salvación les fue quitada de allí.

Entendemos ahora, pues, por qué el profeta habla así según los pensamientos comunes del pueblo, a saber, que estaban cubiertos de vergüenza, porque extranjeros habían entrado en los santuarios de Dios; pues aquella habitación, que Dios había escogido para sí, estaba contaminada. Y dice «santuarios», en plural, porque el templo tenía muchas dependencias, como el tabernáculo; pues estaba el vestíbulo o atrio donde mataban las víctimas; y luego estaba el lugar santo, y estaba el lugar santísimo, que era el santuario interior. Por esta razón, pues, dijo que los santuarios de la casa de Dios estaban poseídos por extranjeros; pues era una contaminación triste y vergonzosa que extranjeros tomaran posesión del templo de Dios, adonde ni siquiera el pueblo común era admitido; pues aunque todo el pueblo estaba consagrado a Dios, solo los sacerdotes entraban en el templo. Era, por tanto, una terrible profanación del templo que los enemigos entraran en él por la fuerza y para degradarlo. ¿Qué les quedaba entonces al pueblo sino la desesperación?

«Esta es vuestra gloria», dijo Moisés, «delante de todas las naciones; porque ¿qué pueblo tan noble, qué nación tan ilustre, que tenga dioses tan cercanos a ella!» (cf. Dt 4:6-8).

Cuando, por tanto, Dios dejó de habitar familiarmente con los judíos, toda su gloria cayó, y fueron abrumados de vergüenza. Pero después de recitar el profeta estas quejas, añade enseguida un consuelo:

Jeremías 51:52

52. Por tanto, he aquí vienen días, dice Jehová, en que castigaré sus ídolos, y en toda su tierra gemirán los heridos.

52. Propterea ecce dies veniunt, dicit Jehova, et visitabo super sculptilia ejus; et in tota terra ejus clamabit vulneratus (vel, *occisus, *hoc nomen *חלל, *jam soepius vidimus.)"

Jeremías 51:52

El propósito del profeta es, como os he recordado, levantar el ánimo de los piadosos para que no sucumbieran bajo sus pruebas, al verse expuestos a la vergüenza y privados de todo honor. Dice, pues, que vendría el tiempo en que Dios tomaría venganza de los ídolos de Babilonia. Y así Dios reclama para sí aquel poder que entonces parecía casi haber desaparecido; pues, derribado el templo, los babilonios parecían en cierto modo triunfar sobre él, como si el poder de Dios en el templo hubiera sido vencido. Como, pues, la ruina del templo, como hemos dicho, parecía haber extinguido el poder de Dios, el profeta aplica un remedio, y dice que aunque el templo fue derribado, Dios permanecía íntegro y su poder inmutable. Pero entre otras cosas manda a los fieles esperar con paciencia, pues invita su atención a la esperanza de lo que estaba todavía oculto.

Vemos ahora cómo concuerdan estas cosas, y por qué el profeta usa la partícula «por tanto», לכן, laken: Por tanto, he aquí vienen días, es decir, aunque estáis confundidos, Dios os dará sin embargo motivo de gloriaros, de modo que cantaréis de nuevo con gozo sus alabanzas. Pero dice: «vienen días»; con estas palabras nos recuerda que debemos abrigar la esperanza de las promesas hasta que Dios complete su obra; y así corrigió aquel ardor que nos domina en medio de nuestras aflicciones, pues queremos volar enseguida a Dios. El profeta exhorta, pues, aquí a los fieles a mantener el ánimo hasta el tiempo fijado por Dios; y así los remite a la providencia de Dios, para que no presumieran demasiado deseando que él obrara como sus propias mentes los llevaban. Vendrán, pues, los días en que visitaré las imágenes de Babilonia; y gemirá o clamará, etc.; pues la palabra אנק, anak, significa clamar. Algunos traducen así: «gemirán los heridos»; y traducen la última palabra «herido», porque piensan que es impropio decir que los muertos claman o gimen. Pero el profeta quiere decir que el clamor en aquella matanza sería grande, es decir, que mientras los babilonios eran muertos, habría por todas partes un gran alarido. Sigue:

Jeremías 51:53

53. Aunque suba Babilonia al cielo, y aunque fortalezca en lo alto su fuerza, de mí vendrán destruidores a ella, dice Jehová.

53. Si ascenderit Babylon in coelos, et si munierit excelsum fortitudinis sum (vel, *munierit fortitudinem suam in excelso, *quod mihi magis placet,) a me venient vastatores ei, dicit Jehova."

Jeremías 51:53

El profeta nos enseña de nuevo que, por inexpugnable que fuera Babilonia, no había razón alguna para temer que Dios no fuera su juez; pues de ningún modo es recto medir su poder con nuestros pensamientos. Y nada nos impide ni estorba más abrazar las promesas de Dios que pensar en lo que puede hacerse naturalmente, o en lo que es probable. Cuando, por tanto, consultamos así nuestros propios pensamientos, excluimos el poder de Dios, que es superior a todos los medios que puedan emplearse.

Por eso el profeta dice aquí que aunque Babilonia subiera por encima de los cielos, y en lo alto fortaleciera su fuerza, de mí, dice, vendrán destruidores contra ella. Ha de entenderse aquí un contraste entre Dios y los hombres; pues si hay contienda entre los hombres, pelean unos con otros; pero el camino de Dios es diferente, pues él puede tronar desde el cielo, y así postrar los montes más altos. Percibimos ahora, pues, el propósito del profeta al decir que destruidores vendrían de Dios para destruir a Babilonia, aunque subiera por encima de las nubes. Sigue:

Jeremías 51:54

54. Se oye el clamor de Babilonia, y grande quebrantamiento de la tierra de los caldeos;

54. Vox clamoris e Babylone, et confractio magna e terra Chaldaeorum."

Jeremías 51:54

Jeremías en cierto modo se goza sobre Babilonia, para que los fieles, habiendo visto removidos o superados todos los obstáculos, estuvieran seguros de que lo que el profeta había predicho de la caída de Babilonia se confirmaría; los lleva, pues, a la escena misma, cuando dice que habría voz de clamor de Babilonia, y que habría gran quebrantamiento o aflicción de la tierra de los caldeos.

Podemos, al mismo tiempo, traducir aquí שבר, shober, por «estruendo», de modo que corresponda con la cláusula anterior: había dicho: La voz de un clamor de Babilonia; ahora dice: un estruendo de la tierra de los caldeos. Llaman estruendo a aquel sonido que se produce por alguna gran sacudida; como cuando cae una gran mole, no sucede sin gran ruido. Esto es, pues, propiamente lo que el profeta quiere decir. Ya hemos dicho por qué usó estas palabras, a saber, para que los fieles tuvieran ante sus ojos el suceso mismo, que todavía era increíble. Sigue:

Jeremías 51:55

55. Porque Jehová destruirá a Babilonia, y quitará de ella el gran estruendo; y sus olas rugirán como muchas aguas, se oirá el sonido de la voz de ellos.

55. Quia perdens Jehova Babylonem (hoc est *perdet, *aut *vastabit *proprie est *שדד) et perdet (*nunc aliud est verbum) ex ea vocem magnam *(vel, *magnificam;) et sonuerunt fluctus eorum tanquam aquae magnae, editus est sonitus vocis eorum."

Jeremías 51:55

Se añade ahora la razón del estruendo: que Dios había resuelto asolar Babilonia y reducirla a nada. Jeremías vuelve a llamar a los fieles a considerar el poder de Dios. Dice entonces que no sería una obra hecha por hombres, porque Dios desplegaría su gran poder, que las mentes humanas no pueden comprender. Opone entonces el nombre de Dios a todas las criaturas, como si dijera que lo que excede todos los esfuerzos de los hombres, Dios lo haría sin embargo con facilidad. En efecto, aquí representa a Dios como delante de nuestros ojos, y dice que Babilonia perecería, pero que era Dios quien la asolaría. Así presenta aquí a Dios ya armado con el propósito de exterminar a Babilonia. Y destruirá de ella la voz magnífica, es decir, su jactancia desmedida.

Lo que sigue lo explican muchos de otra manera que no puedo aprobar; pues dicen que las olas hacían ruido entre los babilonios en el tiempo en que la ciudad estaba populosa; porque donde hay un gran concurso de hombres se oye un gran ruido, pero la soledad y la desolación traen el silencio. Así, pues, explican las palabras del profeta diciendo que, aunque ahora las olas, es decir, los ruidos, resonaban en Babilonia como muchas aguas, y el sonido de su voz salía afuera, Dios destruiría sin embargo su gran voz, o magnífica. Pero no dudo de que lo que el profeta quiso decir con su gran voz era la jactancia altisonante en que los babilonios se complacían durante su prosperidad. Mientras, pues, la monarquía florecía, hablaban como desde lo alto. Su silencio, por temor y vergüenza, seguiría, como lo insinúa el profeta, cuando Dios reprimiera aquel orgulloso gloriarse.

Pero lo que sigue lo tomo en otro sentido; pues lo aplico a los medos y a los persas: y así hay un relativo sin antecedente, modo de hablar nada infrecuente en hebreo. Expresa, pues, la manera en que Dios destruiría o aboliría la jactancia altisonante de los babilonios, a saber, porque sus olas, es decir, las de los persas, harían estruendo como muchas aguas; esto es, los persas y los medos se lanzarían sobre ellos como olas impetuosas, y así los babilonios serían reducidos al silencio y a la desolación. Cuando estaban en paz y ningún enemigo los perturbaba, daban entonces plena salida a su orgullo; y así, el vanagloriarse era el lenguaje de Babilonia mientras floreció; pero cuando de repente los enemigos irrumpieron, entonces Babilonia quedó silenciosa o muda a causa del espantoso estruendo que había en ella. Vemos, pues, por qué compara a los persas y a los medos con olas violentas que romperían y pondrían fin a aquel sonido que antes se oía en Babilonia. Sigue:

Jeremías 51:56

56. Porque vino sobre ella, sobre Babilonia, el destructor, y sus valientes fueron apresados, quebrado fue el arco de ellos; porque Jehová, Dios de retribuciones, dará ciertamente el pago.

56. Quia venit super eam*, super Babylonem, vastator; et deprehensus est fortis ejus (deprehensi sunt, vel, *capri, fortes ejus;) confractus est arcus eorum, quia Deus retributionum Jehova reddendo reddet.

Jeremías 51:56

Confirma el versículo anterior; pues como lo que dice era difícil de creer, pone a Dios delante de ellos y muestra que él sería el autor de aquella guerra. Continúa ahora su discurso y dice que vendrán contra Babilonia destructores. Había atribuido a Dios lo que ahora transfiere a los medos y a los persas. Había dicho: Jehová ha asolado, o devastado, שדד יהוה, shedad Jeve; dice ahora: viene un destructor, שודד, shudad. ¿Quién es? No Dios, sino Ciro, junto con el ejército unido de los persas y los medos; sí, con inmensas fuerzas reunidas de muchas naciones. Que se dé el mismo nombre a Dios y a los persas, se hace en atención al ministerio. Hablando con propiedad, Dios era el destructor de Babilonia; pero como en esta expedición empleó el servicio de los hombres, e hizo de los persas y los medos, por así decirlo, sus ministros y los ejecutores de su juicio, el nombre que pertenece propiamente a Dios se transfiere a los ministros que empleó. El mismo modo de hablar se usa también cuando se habla de bendiciones. Se dice que levantó salvadores a su pueblo, siendo así que él mismo es el único Salvador, y ningún mortal puede tomar ese nombre sin sacrilegio. (Jue 3:15; 2 R 13:5.) Porque la gloria peculiar de Dios se le quita cuando se busca la salvación por el brazo de los hombres, como hemos visto en Jeremías 17. Pero aunque Dios es el único autor de la salvación, no es objeción a esta verdad que emplee hombres para llevar a cabo sus propósitos. Así también convierte a los hombres, ilumina sus mentes por medio de los ministros del evangelio, y los libra también de la muerte eterna. (Lc 1:17.) Sin duda, si alguno se arrogara lo que Cristo se complace en conceder a los ministros de su evangelio, de ninguna manera podría ser tolerado; pero, como ya he dicho, debemos tener presente esto: que aunque Dios obra por su propio poder y nunca toma prestado nada de nadie, ni necesita ayuda alguna, lo que le pertenece propiamente se aplica en cierto modo a los hombres, al menos por vía de concesión. Así, pues, el profeta llama ahora a Dios el destructor, y después honra con el mismo título a los persas y a los medos.

Añade que los valientes de Babilonia fueron apresados, conforme a lo que hemos visto antes, que la ciudad fue tomada de tal manera que nadie resistió. Añade luego que su arco fue quebrado; aquí se pone una parte por el todo, pues bajo la palabra arco incluye toda clase de armas. Pero como los arcos se usaban a distancia, y se rechazaba a los enemigos de los muros lanzando flechas, el profeta dice que no se haría uso alguno de los arcos, porque los enemigos se mostrarían en medio de la ciudad antes de que los centinelas los vieran, como sabemos que así ocurrió realmente. Percibimos ahora por qué el profeta menciona el arco más bien que las espadas u otras armas.

Sigue la razón: Porque Jehová es el Dios de las retribuciones, y pagando pagará a ella, es decir, retribuirá. Aquí el profeta confirma todo lo que había dicho, y razona desde la naturaleza o el carácter del mismo Dios. Como, pues, los fieles difícilmente creerían la caída de Babilonia, el profeta no pregunta qué es Dios en sí mismo, sino que declara que es el Dios de las retribuciones, como si dijera que a Dios le pertenece, y que no puede separarse de su naturaleza, ser el Dios de las retribuciones; de otro modo su juicio no sería nada, su justicia no sería nada. Porque si los reprobados prosperaran impunemente, y los justos fueran oprimidos sin auxilio alguno, ¿no sería Dios como un tronco de madera o una cosa imaginaria? Pues ¿para qué tiene poder, sino para ejercer justicia? Pero Dios no puede carecer de poder.

Vemos, pues, ahora cuán poderosa es esta confirmación con que el profeta cierra su discurso: porque es lo mismo que si dijera que no podía haber duda alguna acerca de la caída de Babilonia, porque Dios es el Dios de las retribuciones. O no hay Dios, dice, o Babilonia debe ser destruida; ¿cómo así? Porque si hay Dios, es el Dios de las retribuciones; si es el Dios de las retribuciones, entonces pagando pagará. Ahora bien, es bien sabido cuán impía era Babilonia, y de cuántas maneras había provocado la ira de Dios. Era imposible, pues, que escapara impune de su mano, puesto que de tantos modos había buscado su propia ruina.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que cuando en este día escondes de nosotros tu rostro, la miserable desesperación que percibimos no abrume nuestra fe ni oscurezca la visión de tu bondad y de tu gracia, sino que en las más densas tinieblas tu poder nos aparezca siempre, el cual puede elevarnos por encima del mundo, para que combatamos valerosamente hasta el fin y nunca dudemos de que al fin serás el defensor de tu Iglesia, que ahora parece oprimida, hasta que gocemos de nuestra perfecta felicidad en el cielo, por Cristo nuestro Señor. — Amén.

LECCIÓN CIENTO NOVENTA Y TRES

Jeremías 51:57

57. Y embriagaré a sus príncipes, y a sus sabios, a sus capitanes, a sus gobernadores y a sus fuertes; y dormirán un sueño perpetuo, y no despertarán, dice el Rey, cuyo nombre es Jehová de los ejércitos.

57. Et inebriabo principes ejus et sapientes ejus et duces ejus et praefectos ejus et fortes ejus; et dormient somnum perpetuum, et non expergefient, dicit rex, cujus nomen est Jehova exercituum.

Jeremías 51:57

Jeremías persigue el mismo asunto; dijo ayer que vendrían destructores para destruir Babilonia. Ahora lo confirma con una comparación; y el mismo Dios habla: Yo embriagaré a los príncipes y capitanes, así como a los soldados y a todos los consejeros. Parece aludir aquí a aquel banquete del que habla Daniel, y del que han escrito autores paganos. (Dn 5:1.) Pues mientras los babilonios celebraban el banquete, la ciudad fue tomada aquella noche, no solo por la estratagema y el valor de Ciro, sino también por la traición de los que se habían sublevado contra Belsasar. Como, pues, fueron tomados mientras estaban en el banquete, y como el rey fue muerto aquella noche junto con sus sátrapas, Dios parece referirse a este suceso cuando declara que, después de haberlos embriagado, los alcanzaría un sueño perpetuo; porque la muerte siguió inmediatamente a aquel festín. Habían prolongado su banquete hasta la medianoche; y mientras estaban sentados a la mesa, se levantó de repente un tumulto en la ciudad, y el rey oyó que estaba en manos de sus enemigos. Como, pues, el festín y la muerte se sucedieron tan de cerca, es una alusión notable la que hace el profeta cuando Dios amenaza a los babilonios con un sueño perpetuo, después de haberlos embriagado.

Pero menciona aquí a los gobernadores y a los capitanes, así como a los consejeros y a los sabios. Sabemos, en efecto, que los babilonios estaban envanecidos por una doble confianza: se creían dotados de una sabiduría consumada, y también poseedores de valor guerrero. Por esto el profeta expresa tan claramente que todos los capitanes y gobernadores de Babilonia, por superiores que fueran en agudeza y prudencia, serían sin embargo alcanzados por un sueño perpetuo antes de levantarse de su mesa. Y debemos observar que Jeremías había profetizado así de Babilonia muchos años antes; de donde concluimos que su mente, así como su lengua, era guiada por el Espíritu de Dios, pues no pudo haber conjeturado lo que sucedería después de ochenta años; y sin embargo tanto tiempo medió entre la predicción y su cumplimiento, como veremos en seguida.

Además, el profeta usa aquí un modo de hablar que ocurre a menudo en la Escritura: que la insensibilidad es una especie de embriaguez con la cual Dios, por su juicio oculto, hace perder el juicio a los hombres. Debe, pues, notarse que toda la prudencia y habilidad que hay en el mundo son de tal modo dones de Dios, que cuando le place los más sabios son cegados y, como los ebrios, se extravían o caen. Pero debemos tener presente lo que ya he dicho: que el profeta alude a aquella misma historia, pues entonces hubo un tránsito inmediato del festín a la muerte. Sigue ahora:

Jeremías 51:58

58. Así dice Jehová de los ejércitos: El muro ancho de Babilonia será derribado por completo, y sus altas puertas serán quemadas a fuego; los pueblos trabajarán en vano, y las naciones se cansarán en el fuego.

58. Sic dicit Jehova exercituum, Murus Babylonis latitudinis (hoc est, latus) dissipando dissipabitur, et portae ejus excelsae igne comburentur, et laborabunt populi ad nihilum, et gentes in igne, et fatigabuntur.

Jeremías 51:58

El profeta introduce de nuevo a Dios como el que habla, para que lo que decía obtuviera más atención de parte de los judíos; y por esta razón añadió un elogio al último versículo, y dijo que hablaba el rey, cuyo nombre es Jehová de los ejércitos. Hemos dicho en otro lugar cuál es el propósito de tales expresiones: que los hombres se eleven por encima de todo lo que se ve en el mundo cuando se menciona el poder de Dios, y no intenten contenerlo en su propia pequeña medida. Así, pues, el profeta repite ahora de nuevo el nombre de Dios, para que los judíos recibieran con la debida reverencia lo que anunciaba.

Y lo que dice es: El muro de Babilonia, por ancho que sea, será sin embargo ciertamente derribado. Hemos dicho que los muros tenían cincuenta pies de ancho, y los pies eran en verdad largos, aunque Heródoto, como he dicho, menciona codos y no pies. El ancho era tal que cuatro caballos de frente, al encontrarse, podían pasar, habiendo espacio suficiente para ellos. De aquí, pues, se ve que su espesor era tan grande que los babilonios despreciaban confiadamente todo lo que había sido predicho por el profeta; porque ninguna máquina de guerra habría podido jamás abatir muros tan gruesos, sobre todo siendo de ladrillos y unidos con betún. Como, pues, el material, además del espesor, era tan firme y fuerte, esta profecía era increíble. No llegaba, en verdad, a los babilonios, pero los mismos judíos tenían por fábula todo lo que habían oído de boca del profeta. Sin embargo, Dios no hizo en vano referencia al ancho del muro, para que los fieles tuvieran por seguro que los muros de Babilonia no podrían resistirle de ninguna manera, por firmes que fueran en su material y espesor. El muro, dice, será ciertamente derribado.

Menciona después las puertas, que según Heródoto eran de bronce cuando Darío se las llevó. Se refiere, en efecto, a las hojas, pero el profeta incluye el armazón así como las puertas de bronce. Dice, pues, que serán consumidas por el fuego. Los babilonios pudieron haberse reído de esta amenaza de Jeremías, porque el bronce no podía ser consumido por el fuego, aun si se hubiera permitido a los enemigos prenderle fuego, pues el bronce no podía fundirse tan pronto. Pero como el profeta lo había predicho por mandato de Dios, así al fin se verificó su profecía cuando él ya había muerto, porque se probó por el suceso que esto procedía de Dios; pues cuando las hojas fueron quitadas, las puertas mismas fueron demolidas; y puede ser que Darío les pusiera fuego para destruir más pronto las puertas y las torres, que eran muy altas, así como los muros.

Añade después: Trabajarán en vano los pueblos, y las naciones en el fuego; se cansarán. Así se explica comúnmente este pasaje, como si el profeta hubiera dicho que, cuando los muros de Babilonia hubieran empezado a arder y las puertas a ser consumidas por el fuego, no habría remedio, aunque los babilonios se fatigaran y se cansaran mucho intentando apagar el fuego. Pero esta exposición me parece forzada y poco natural. Yo tomo, por tanto, las palabras, aunque futuras, en tiempo pasado. Y como los muros de Babilonia no se habían levantado sin gran trabajo, y se había contratado a un vasto número de hombres, unos para traer betún, otros para amontonar la tierra, y otros para hacer los ladrillos, el profeta insinúa en este lugar que todo este trabajo sería en vano, precisamente porque se empleó para el fuego; que todo cuanto hicieron los que habían sido contratados por salario o forzados por la autoridad para levantar los muros era trabajo para el fuego; es decir, trabajaron para que su obra fuera finalmente consumida por el fuego. Este me parece ser el verdadero sentido del profeta. Dice, pues, que el pueblo había trabajado en vano, o para nada, ¿y por qué? porque trabajó para el fuego. La segunda cláusula es, a mi parecer, una explicación de la primera. Sigue ahora:

Jeremías 51:59

59. La palabra que mandó el profeta Jeremías a Seraías hijo de Nerías, hijo de Maasías, cuando iba con Sedequías rey de Judá a Babilonia, en el año cuarto de su reinado. Y era Seraías príncipe de la quietud.

59. Sermo quem praecepit Jeremias propheta Seraiae filio Neriae, filii Mahesiae, quum profectus est pro Zedechia (*vel, *a Zedechia,) rege Jehudah, Babylonem, anno quarto regni ipsius; Seraiah autem princeps quietis.

Jeremías 51:59

Este es un notable sello de todo lo que hasta aquí hemos hallado dicho respecto a la destrucción de Babilonia; pues el profeta no solo habló y promulgó lo que el Espíritu de Dios había dictado, sino que lo puso también por escrito en un libro; y no contento con esto, entregó el libro a Seraías hijo de Nerías, cuando iba a Babilonia por mandato del rey Sedequías, para que lo leyera allí, lo arrojara al Éufrates y se fortaleciera en la esperanza de todas aquellas cosas que habían sido predichas divinamente.

Dice primero que mandó a Seraías lo que debía hacer, a saber, leer el libro y arrojarlo al Éufrates, como veremos después. Pero señala el tiempo y menciona la disposición de Seraías, para que no nos parezca extraño que el profeta se atreviera a dar una orden con autoridad al mensajero del rey, lo cual un hombre de otro carácter habría rehusado. En cuanto al tiempo, fue el año cuarto del reinado de Sedequías; siete años antes de que la ciudad fuera tomada, pues fue sitiada el año noveno y tomada el undécimo. Fue, pues, siete años antes de la destrucción y ruina de la ciudad cuando Seraías fue enviado por el rey a Babilonia. No hay duda de que el mensaje se envió para apaciguar al rey de Babilonia, que se había ofendido por la inconstancia y perfidia del rey Sedequías; se envió entonces un embajador a pedir perdón. Pero lo que dicen los judíos, que Sedequías fue a Babilonia, carece por completo de fundamento; y sabemos que el Seder Olam, de donde lo han tomado, está lleno de toda clase de fábulas y bagatelas; y en un asunto como este la historia sagrada no habría callado, pues era cosa de gran importancia; además, la partícula את, et, no expresa tal cosa, sino que puede traducirse en este sentido: que el mensajero fue enviado por, o de parte de, o en lugar de Sedequías. Contentémonos, pues, con esta explicación sencilla y obvia: que Seraías era el mensajero del rey, enviado para quitar las ofensas que los babilonios habían recibido. Y esto ocurrió en el año cuarto de Sedequías.

Ahora bien, al llamar a Seraías príncipe de la quietud, no dudo de que se hace referencia a su mansedumbre y apacibilidad; y me admiro de que en una cosa tan clara los intérpretes se hayan afanado tanto. Uno lo traduce, y también la paráfrasis caldea, «el príncipe de las ofrendas», como si estuviera encargado de examinar los presentes ofrecidos al rey. Otros imaginan que era un hombre chistoso que divertía al rey en sus temores; y otros piensan que se le llamaba «príncipe de la quietud» porque mantenía la ciudad en estado de tranquilidad. Pero todo esto carece de fundamento. Ninguna otra opinión me parece, pues, correcta, sino que era un príncipe de disposición tranquila. Por tanto, la palabra «quietud» no debe referirse a ningún oficio, sino que es un sustantivo en genitivo usado en lugar de un adjetivo. Era, pues, un príncipe quieto, o de disposición plácida. Y no sin motivo se añadió este elogio, porque sabemos con cuánta altivez los príncipes rechazaban todo lo que les mandaban los siervos de Dios. Seraías habría podido objetar y decir que había sido enviado a Babilonia, no por un particular ni por uno del común del pueblo, sino por el rey mismo. Pudo entonces haber reprendido altivamente al profeta por tomarse con él demasiada libertad: «¿Quién eres tú, que te atreves a mandarme, cuando represento la persona del rey? ¿Y cuando voy en su nombre al rey de Babilonia? ¿Y tú pretendes causar disturbios ordenándome leer este libro? ¿Qué si se lo encuentran a mi cargo? ¿Qué si algunos sospecharan que llevo semejante cosa a Babilonia? ¿No llevaría, en primer lugar, la muerte en mi seno? ¿Y no sería, en segundo lugar, desleal a mi rey? Porque así mi mensaje sería sumamente desagradable.»

Como, pues, Seraías pudo haber alegado todo esto y rechazado el mandato que Jeremías le dio, se menciona expresamente su mansedumbre, a saber, que era un hombre apacible y que no negó su servicio; que, en suma, estaba dispuesto a obedecer a Dios y a su siervo. Lo que aquí se elogia, en una palabra, es la mansedumbre de Seraías: que recibió al profeta con tanta prontitud, que se dejó mandar por él, y que tampoco vaciló en ejecutar lo que se le había mandado, cuando podía haber sido delito capital, y podía haber sido especialmente contrario a su misión, que era reconciliar al rey de Babilonia. Y ciertamente es un ejemplo digno de notarse que Seraías no fue disuadido por el peligro de prestar obediencia inmediata al mandato del profeta, ni se miró a sí mismo ni al cargo que se le había confiado para rechazar al profeta, como suelen hacer los príncipes, bajo el pretexto de su propia dignidad; sino que, dejando a un lado su propio honor y olvidando toda su grandeza, se hizo discípulo de Jeremías, quien sin embargo, como es bien sabido, había sido largo tiempo despreciado por el pueblo y en ocasiones casi llevado a la muerte. Fue, pues, un notable ejemplo de virtud en Seraías que recibiera con tanta modestia y prontitud lo que el profeta le había dicho, y que obedeciera su mandato con evidente peligro de su propia vida. Sigue ahora:

Jeremías 51:60-64

60. Escribió, pues, Jeremías en un libro todo el mal que había de venir sobre Babilonia, todas estas palabras que están escritas contra Babilonia.

60. Et scripsit Jeremias omne malum, quod venturum erat contra Babylonem in libro uno, omnes sermones istos scriptos contra Babylonem.

61. Y dijo Jeremías a Seraías: Cuando llegues a Babilonia, y veas, y leas todas estas palabras,

61. Et dixit Jeremias ipsi Seraiae, Quum ingressus fueris Babylonem, et conspexeris eam, tunc leges omnes sermones istos,

62. dirás: Jehová, tú has hablado contra este lugar para destruirlo, para que no quede en él morador, ni hombre ni animal, sino que será desolación perpetua.

62. Et dices, Jehova, tu loquutus es contra locum hunc, ad excidendum ipsum, ut non sit in eo habitator, ab homine ad bestiam, quia vastationes perpetuae erit (hoc est, erit in vastationes perpetuas, vel redigetur.)

63. Y cuando acabes de leer este libro, le atarás una piedra, y lo arrojarás en medio del Éufrates;

63. Et erit quum finem feceris legendo librum hunc, alligabis ad ipsum lapidem, et projicies in medium Euphratem:

64. y dirás: Así se hundirá Babilonia, y no se levantará del mal que yo traigo sobre ella; y se fatigarán. Hasta aquí son las palabras de Jeremías.

64. Et dices, Sic mergetur Babylon, et non exurget a facie mali quod ego immitto contra eam, et volabunt (aut, fatigabunt.) Hue usque sermones Jeremiae.

Jeremías 51:60

Vemos aquí, por una parte, qué valor tenía el profeta, que se atrevió a mandar al mensajero del rey; pues aunque Seraías era un hombre manso, de modo que se mostraba sumiso, Jeremías se exponía sin embargo al peligro; porque Seraías pudo haber sido tímido, aunque no fuera soberbio ni arrogante; y así, como suelen hacer los hombres cuando se aterran, pudo haber referido al rey lo que había oído del profeta. Jeremías hizo, pues, lo que aquí leemos, no sin peligro; y de aquí se ve su firmeza. Vemos, pues, que estaba dotado de un espíritu de valor invencible, de modo que cumplía su oficio con libertad e intrepidez.

Por otra parte, hemos de observar no solo la mansedumbre de Seraías, sino también su piedad, junto con su modestia; porque si no hubiera tenido en sí un fuerte principio de religión, habría podido aducir razones plausibles para negarse. Como, pues, estaba tan sumiso y no temía peligro alguno, es evidente que el verdadero temor de Dios estaba vigoroso en su alma.

Y estas cosas deben notarse con cuidado; porque ¿quién se halla hoy entre nuestros príncipes cortesanos que cierre los ojos a todos los peligros y desprecie resueltamente todos los sucesos adversos cuando se ha de obedecer a Dios y a sus siervos? Y vemos luego cuán pusilánimes son los que profesan ser embajadores de Dios y reclaman para sí el nombre de pastores. Como, pues, los maestros no se atreven a cumplir fielmente su oficio, así, por otra parte, los príncipes cortesanos están tan entregados a sí mismos y a su propia prudencia, que no quieren emprender deberes que no son populares. Por esto, pues, este pasaje, con todas sus circunstancias, debe notarse cuidadosamente.

Jeremías 51:61

Jeremías, pues, escribió en un libro todo el mal que había de venir sobre Babilonia, a saber, todas aquellas palabras (se refiere a las profecías que hemos visto); y dijo Jeremías a Seraías, etc. Aquí se muestra la osadía de Jeremías, que no vaciló en mandar a Seraías leer este libro cuando llegara a Babilonia y la hubiera visto. No sin motivo se menciona aquí el verla, porque el esplendor de aquella ciudad pudo haber asombrado a Seraías. Así, pues, el profeta sale aquí oportunamente al paso de la dificultad, y le manda no hacer caso de la altura de los muros y las torres; y que, aunque Babilonia pudiera deslumbrar los ojos de otros, él debía mirar desde lo alto, por así decirlo, toda aquella pompa y orgullo: Cuando entres en la ciudad, y la hayas visto, lee entonces este libro. El verbo קרא, kora, significa llamar, proclamar, y también leer. Seraías debió, pues, leer este libro por sí mismo; y no dudo de que las palabras deben entenderse así, como veremos. No era, pues, necesario que Seraías tuviera un púlpito, ni que leyera el libro públicamente a un pueblo reunido; bastaba leerlo en privado, por sí mismo, sin testigos; y esto puede deducirse del contexto.

Jeremías 51:62

Y dirás: Jehová, tú has hablado contra este lugar. De aquí se ve que a Seraías se le mandó leer el libro no para provecho de oyentes, pues habrían estado doblemente sordos a las palabras de Seraías. Y no es probable que la lengua hebrea fuera entonces familiar a los caldeos. Hay una gran afinidad, como es bien sabido, entre las lenguas, pero también alguna diferencia. Concluimos, pues, por este pasaje, que la lectura fue en una cámara, o en algún lugar secreto; porque a Seraías se le manda fijar todos sus pensamientos en Dios y dirigirle a él sus palabras. No emprendió, pues, la obra u oficio de predicador, de modo que proclamara abiertamente todas estas cosas a los babilonios. Sino que, habiendo inspeccionado la ciudad, debía leer el libro por sí mismo, es decir, lo que había sido escrito.

Y esto también merece notarse; porque por valientes que seamos, nuestra constancia y osadía se muestran más cuando tratamos con hombres que cuando estamos solos y Dios es el único testigo; pues cuando nadie nos ve, temblamos; y aunque antes hayamos parecido tener un valor varonil, estando solos nos sobrecoge el miedo. Apenas hay uno entre cien que sea tan osado como debe serlo cuando Dios solo es testigo. Pero la vergüenza nos hace valientes y nos obliga a ser firmes, y el vigor que casi se extingue en privado se despierta en público. Como, pues, la ambición domina casi siempre a los hombres, este pasaje debe notarse con cuidado, donde el profeta manda a Seraías tratar a solas con Dios y, aunque ningún mortal estuviera presente, fortalecerse apoyándose en la fidelidad cierta e infalible de Dios: Dirás, pues, Jehová, etc. Y es sin duda una verdadera experiencia de fe cuando consideramos dentro de nosotros las promesas de Dios, y no salimos ante el público a declarar nuestra firmeza; porque cuando alguien en silencio reconoce que Dios es veraz, y se fortalece en sus promesas, y así desprecia los falsos juicios de todos, de modo que, aunque estuviera solo en el mundo, no se desalentaría, esta es una verdadera y genuina prueba de la fe.

Dirás, pues, Jehová, tú has hablado contra este lugar. El designio de las palabras era que Seraías tuviera por cierto que Dios es veraz, y abrazara en su presencia lo que leía, y no dudara de que la palabra que procedía de Dios se cumpliría a su debido tiempo: ¿cómo así? Porque Dios es veraz. La palabra Jehová, pues, debe considerarse enfática; y dirás: Tú, Jehová, has hablado contra este lugar; es decir, ni Jeremías ni ningún otro mortal es el autor de esta profecía, sino que tú, oh Señor, has dictado a tu siervo todo lo que se contiene en este volumen.

Para destruirlo, de modo que no quede en él morador, ni hombre ni animal: ¿cómo así? porque será reducido a desolaciones, o la partícula כי, ki, puede tomarse adversativamente: sino que será reducido a desolaciones perpetuas.

Jeremías 51:63

Añade después: Y cuando acabes de leer, le atarás una piedra y lo arrojarás al Éufrates, y dirás: Así se hundirá Babilonia. Aquí se añade un símbolo externo para confirmar la fe de Seraías. Debemos, sin embargo, tener presente que esto no se dijo a Seraías solo por causa de él, sino para que el pueblo supiera también que el mensajero del rey, que había sido enviado para conciliar, era también mensajero de Dios y del profeta, a quien de otro modo el pueblo habría podido despreciar. Cuando, por tanto, los fieles supieron esto, fueron confirmados de manera nada común en la verdad de la profecía. Jeremías, pues, no miró solo por el provecho de Seraías, sino por el de todos los piadosos; porque aunque esto fue desconocido durante mucho tiempo, el mensajero reconoció después que Jeremías le había dado este mandato, y que tomó el libro y lo arrojó al Éufrates. Esto, pues, se dio como confirmación a todos los piadosos.

En cuanto a los símbolos con que Dios selló las profecías en tiempos antiguos, hemos hablado en otro lugar; por eso paso ahora ligeramente sobre ellos; solo debemos tener presente esto: que estas señales eran sacramentos meramente temporales; porque los sacramentos ordinarios son permanentes, como la santa cena y el bautismo. Pero la señal mencionada aquí era temporal, y se refería, como dicen, a una acción particular: tenía sin embargo la fuerza y el carácter de un sacramento, en cuanto a su uso, la confirmación de esta profecía. A Seraías se le mandó, pues, atar una piedra al libro, y luego arrojarlo al Éufrates: ¿por qué? Para que el volumen no flotara sobre la superficie del agua, sino que se hundiera hasta el fondo; y sigue la aplicación: Dirás, etc. Vemos que las palabras deben estar siempre unidas a los signos. De aquí concluimos cuán necios son los papistas, que practican muchas ceremonias, pero sin conocimiento. Son, en efecto, cosas muertas y vacías, cualesquiera que sean los signos que los hombres inventen para sí, a menos que se añada la palabra de Dios. Dirás, pues, Así se hundirá Babilonia, y no se levantará del mal que yo traigo sobre ella. En suma, a Seraías se le mandó, como mensajero del profeta, predecir por sí mismo la caída de Babilonia; pero era por causa de todos los piadosos, a quienes se enseñó después lo que se había hecho.

Jeremías 51:64

Sigue la conclusión: Hasta aquí son las palabras de Jeremías. Hemos dicho que los profetas, después de haber hablado en el templo o al pueblo, reunían luego breves resúmenes, y que estos contenían lo principal: de ellos se formaron los libros proféticos. Porque Jeremías no escribió el volumen tal como lo tenemos hoy, salvo los capítulos; y es evidente que no fue escrito en el orden en que habló. El orden del tiempo no se observa, pues, en todas partes; pero los escribas tuvieron cuidado en esto: que reunieron los resúmenes fijados a las puertas del templo; y así añadieron esta conclusión: Hasta aquí son las palabras de Jeremías. Pero esto, a mi parecer, no debe limitarse a las profecías respecto a la caída de Babilonia; porque no dudo de que el escriba que había reunido todas sus profecías añadió estas palabras, indicando que hasta aquí había transcrito las palabras de Jeremías.

De aquí concluimos que el último capítulo no está incluido en el libro profético de Jeremías, sino que contiene solo historia en cuanto era necesario para entender lo que aquí se enseña: porque es evidente que muchas partes de la profecía no podían entenderse sin el conocimiento de esta historia. En cuanto al libro de Lamentaciones, sabemos que fue una obra distinta de las profecías de Jeremías: no es, pues, de extrañar que se haya añadido: Hasta aquí son las palabras de Jeremías.

ORACIÓN

Concédenos, Dios Todopoderoso, que, ya que te has dignado elegirnos por tu pueblo, no dudemos de que nuestros enemigos serán delante de ti como Babilonia, de modo que, cuando nos hayas castigado, los postres al fin, con una destrucción fatal y perpetua, de tal manera que no se levanten más; y cuando hayas matado el cuerpo, te manifiestes como nuestro libertador, hasta que seamos al fin reunidos en aquel reino celestial que nos ha sido preparado por tu Hijo unigénito. — Amén.

El último capítulo, por ser histórico y haberse tratado en otros lugares todas sus partes, el santo Calvino no lo expuso en sus Lecciones, para no cargar a los oyentes con repeticiones superfluas; sin embargo, para completar el libro, lo añadimos aquí.

CAPÍTULO 52

Jeremías 52:1-34

1. De veintiún años era Sedequías cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén. El nombre de su madre fue Hamutal hija de Jeremías, de Libna.

1. Viginti et unius anni erat Sedechias quando regnavit, et undecim annis regnavit in Jerusalem, et nomen matris ejus Hamutal filia Jeremiae de Libnah.

2. E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, conforme a todo lo que había hecho Joacim.

2. Et fecit malum in oculis Jehovae, secundum omnia quae fecerat Jehoiakim:

3. Porque a causa de la ira de Jehová contra Jerusalén y Judá, hasta que los echó de su presencia, aconteció que Sedequías se rebeló contra el rey de Babilonia.

3. Nempe propter furorem Jehovae qui fuit contra Jerusalem et Jehudah, donec projiceret eos a facie sua, rebellavit Sedechias contra regem Babylonis.

4. Aconteció, pues, a los nueve años de su reinado, en el mes décimo, a los diez días del mes, que Nabucodonosor rey de Babilonia vino, él y todo su ejército, contra Jerusalén, y acamparon contra ella, y edificaron contra ella baluartes alrededor.

4. Fuit autem anno nono regni ejus, mense decimo, decima mensis, venit Nabuchadrezer rex Babylonis, ipse et universus exercitus ejus adversus Jerusalem, et castrametati sunt contra eam, et aedificaverunt contra earn munitionem undique.

5. Y la ciudad fue sitiada hasta el año undécimo del rey Sedequías.

5. Venitque civitas in obsidionem usque ad undecimum annum regis Sedechiae.

6. En el mes cuarto, a los nueve días del mes, prevaleció el hambre en la ciudad, de modo que no había pan para el pueblo de la tierra.

6. Mense quarto, nona mensis, invaluit fames in urbe, *(adeo) *ut non esset panis populo terrae.

7. Entonces fue abierta una brecha en la ciudad, y todos los hombres de guerra huyeron, y salieron de la ciudad de noche por el camino de la puerta entre los dos muros, que estaba junto al huerto del rey (los caldeos estaban junto a la ciudad alrededor), y se fueron por el camino del desierto.

7. Et dirupta fuit urbs, et omnes viri bellatores fugerunt, exieruntque de urbe noete per viam portae *(quoe erat) *inter duos muros, qui (erant) juxta hortum regis (Chaldaei autem erant juxta urbem per circuitum) abieruntque per viam solitudinis.

8. Pero el ejército de los caldeos siguió al rey, y alcanzaron a Sedequías en los desiertos de Jericó; y todo su ejército fue dispersado de su lado.

8. Persecutus vero est exereitus Chaldaeorum regem, apprehenderuntque Sedechiam in desertis Jericho; quia omnis exercitus ejus dispersus est ab eo.

9. Prendieron, pues, al rey, y lo llevaron al rey de Babilonia en Ribla, en tierra de Hamat, donde pronunció sentencia contra él.

9. Comprehenderunt igitur regem, et duxerunt eum ad regem Babylonis in Riblatah, in terram Chamath, qui disceptavit cure eo judiciis.

10. Y degolló el rey de Babilonia a los hijos de Sedequías delante de sus ojos, y degolló también a todos los príncipes de Judá en Ribla.

10. Et jugulavit rex Babylonis filios Sedechiam in oculis ejus, et etiam omnes principes Jehudah jugulavit in Riblatah:

11. Y cegó los ojos de Sedequías, y lo ató con cadenas, y el rey de Babilonia lo llevó a Babilonia, y lo puso en la casa de la cárcel hasta el día en que murió.

11. Oculos autem Sedechiae excaecavit, et vinxit catenis, adducique fecit eum rex Babylonis, Babylonem, et posuit eum in domo carceris usque ad diem quo mortuus est.

12. En el mes quinto, a los diez días del mes, que era el año diecinueve de Nabucodonosor rey de Babilonia, vino a Jerusalén Nabuzaradán, capitán de la guardia, que servía al rey de Babilonia,

12. Mense autem quinto, decima mensis (is annus erat decimus nonus annus regis Nabuchadrezer regis Babylonis) venit Nebuzaradan princeps militum, qui stabat coram rege Babylonis, in Jerusalem,

13. e incendió la casa de Jehová, y la casa del rey, y todas las casas de Jerusalén; y toda casa grande la quemó a fuego.

13. Et incendit domurn Jehovae et domum regis, atque cunctas domos Jerusalem, et omnem domum magnam combussit igni:

14. Y todo el ejército de los caldeos que estaba con el capitán de la guardia derribó todos los muros de Jerusalén alrededor.

14. Onmesque muros Jerusalem undique destruxerunt totus exercitus Chaledaeorum, qui erat cum magistro militum.

15. Y a algunos de los pobres del pueblo, y al resto del pueblo que había quedado en la ciudad, y a los que se habían pasado al rey de Babilonia, y al resto de la multitud, los llevó cautivos Nabuzaradán, capitán de la guardia.

15. De pauperibus autem populi, et de reliquo populo qui remanserant in urbe*, *et de transfugis qui transfugerunt ad regem Babylonis, et de reliquiis multitudinis transmigrare fecit Nebuzaradan nmgister militum.

16. Pero de los pobres de la tierra dejó Nabuzaradán, capitán de la guardia, para viñadores y labradores.

16. De pauperibus vero terrae reliquit Nebuzaradan magister militurn vinitores et agricolas.

17. Y quebraron los caldeos las columnas de bronce que estaban en la casa de Jehová, y las basas, y el mar de bronce que estaba en la casa de Jehová, y llevaron todo el bronce a Babilonia.

17. Et columnas aereas quae erant in domo Jehovae, et bases et mare aereum quod erat in domo Jehovae confregerunt Chaldaei, et detulerunt omne aes eorum Babylonem.

18. Se llevaron también los calderos, las paletas, las despabiladeras, los tazones, las cucharas, y todos los utensilios de bronce con que se ministraba.

18. Lebetes quoque et scopas et psalteria et pelves et cochlearia et omnia vasa aerea quibus ministrabant, tulerunt.

19. Y los lavatorios, los braseros, los tazones, los calderos, los candeleros, los morteros y las copas; lo que era de oro, en oro, y lo que era de plata, en plata, se llevó el capitán de la guardia.

19. Et hydrias et thuribula et pelves et ollas et candelabra, et mortariola et cyathos, quae aurea, aurea, et quae argentea, argentea, tulit magister militum.

20. Las dos columnas, un mar, y los doce bueyes de bronce que estaban debajo de las basas, que el rey Salomón había hecho para la casa de Jehová; no había peso del bronce de todos estos utensilios.

20. Columnas duas, mare unum, et boves duodecim aereos, qui erant sub basibus quas fecerat rex Solomo in domo Jehovae, non erat pondus, aeris eorum omnium *(nempe) *vasorum istorum.

21. En cuanto a las columnas, la altura de una columna era de dieciocho codos, y un hilo de doce codos la rodeaba, y su grueso era de cuatro dedos; era hueca.

21. Quod ad columnas, octodecim cubitorum erat altitudo columnae unius, et filum duodecim cubitortum circuibat eam, cujus crassitudo *(quoe) *erat quatuor digitorum; (erat) vacua.

22. Y había sobre ella un capitel de bronce; la altura de un capitel era de cinco codos, con red y granadas sobre el capitel alrededor, todo de bronce. Y semejante a esto era la segunda columna con sus granadas.

22. Capitellum autem quod erat super earn aereum; altitudo vero capitelli unius, quinque cubitorum erat, et reticulum, et malogranata super capitellum per circuiturn, omnia aerea et similia erant columnae secundae et malogranata.

23. Había noventa y seis granadas por lado; todas las granadas sobre la red eran cien alrededor.

23. Fuerunt autem malogranata nonaginta et sex ad plagam (unam) onmia malogranata, centum super reticulum per circuitum.

24. Tomó también el capitán de la guardia a Seraías, sumo sacerdote, y a Sofonías, segundo sacerdote, y tres guardas del umbral.

24. Tulit quoque magister militurn Seraiah sacerdotem primum, et Sephaniah sacerdotem secundum, et tres custodes liminis.

25. Y de la ciudad tomó a un eunuco que tenía a su cargo los hombres de guerra, y a siete hombres de los que veían el rostro del rey, que se hallaron en la ciudad, y al principal escriba del ejército, que llevaba el registro del pueblo de la tierra para la milicia, y a sesenta hombres del pueblo de la tierra, que se hallaron en medio de la ciudad.

25. Et de urbe tulit eunuchum unum, qui erat praepositus super viros bellatores, et septem viros ex iis qui videbant faciem regis, qui inventi sunt in urbe, et scribam principem militiae, qui colligebat ad militiam populum terrae, et sexaginta viros de populo terrae, qui inventi sunt in medio urbis.

26. Los tomó, pues, Nabuzaradán, capitán de la guardia, y los llevó al rey de Babilonia en Ribla.

26. Tulit, inquam, cos Nebuzaradan magister militum, et deduxit eos ad regem Babylonis in Riblatha:

27. Y el rey de Babilonia los hirió y los mató en Ribla, en tierra de Hamat. Así fue Judá llevado cautivo de su tierra.

27. Et percussit eos rex Babylonis, et interfecit eos in Riblatha in terra Chamath; et translatus est Jehudah de terra sua.

28. Este es el pueblo que Nabucodonosor llevó cautivo: en el año séptimo, tres mil veintitrés judíos.

28. Iste est populus quem transferre fecit Nabuchadrezer, anno septimo, Judaeos tria millia et viginti tres.

29. En el año dieciocho de Nabucodonosor llevó cautivas de Jerusalén ochocientas treinta y dos personas.

29. Anno decimo octavo Nabuchadrezer transferre fecit de Jerusalem animas octingentas triginta duas.

30. En el año veintitrés de Nabucodonosor, Nabuzaradán, capitán de la guardia, llevó cautivas de los judíos setecientas cuarenta y cinco personas; todas las personas fueron cuatro mil seiscientas.

30. Anno tertio et vigesimo Nabuchadrezer, transferre fecit Nelmzar-adan magister militum, Judaeorum animus septingentas quadraginta quinque; omnes animae quatuor millia et sexcentae.

31. Aconteció en el año treinta y siete de la cautividad de Joaquín rey de Judá, en el mes duodécimo, a los veinticinco días del mes, que Evil-merodac rey de Babilonia, en el primer año de su reinado, levantó la cabeza de Joaquín rey de Judá, y lo sacó de la casa de la cárcel;

31. Fuit autem tricesimo septimo anno transmigrationis Jehoiakin regis Jehudah, duodecimo mense, vicesima quinta mensis, elevavit Evil-merodach rex Babylonis, anno regni sui, caput Jehoiakin regis Jehudah, et eduxit eum de domo carceris;

32. y le habló con bondad, y puso su trono sobre el trono de los reyes que estaban con él en Babilonia;

32. Loquutusque est eum eo bolla, et posuit thronum ejus super thronum regum, qui erant secum in Babylone;

33. y le cambió los vestidos de la cárcel, y comía siempre pan delante de él todos los días de su vida.

33. Et mutavit vestimenta carceris ejus, et comedebat panem coram eo semper omnibus diebus vitae suae.

34. Y para su sustento, le fue dada de parte del rey de Babilonia una ración perpetua, cada día una porción, hasta el día de su muerte, todos los días de su vida.

34. Et portio ejus, portio perpetua dabatur ei a rege Babylonis, per singulos dies ejus, usque ad diem quo mortuus est, omnibus diebus vitae ejus.

Laus Deo

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.