Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Juan 19: comentario de Juan Calvino
Juan 19:1
1. Entonces Pilato, pues, tomó a Jesús. Pilato se atiene a su intención original; pero a la ignominia anterior añade una segunda, esperando que, cuando Cristo haya sido azotado, los judíos se den por satisfechos con este leve castigo. Cuando se afana con tanto empeño y sin éxito alguno, debemos reconocer en esto el decreto del cielo, por el cual Cristo fue destinado a la muerte. Con todo, su inocencia es atestiguada con frecuencia por el testimonio del juez, para asegurarnos de que estaba libre de todo pecado, y de que fue sustituido como culpable en lugar de otros y llevó el castigo debido a los pecados de otros. Vemos también en Pilato un notable ejemplo de conciencia temblorosa. Absuelve a Cristo con su boca y reconoce que no hay delito en él, y sin embargo le inflige castigo como si fuera culpable. Así, quienes no tienen el valor suficiente para defender con inquebrantable constancia lo que es justo, tienen que ser empujados de un lado a otro y llevados a adoptar opiniones opuestas y contradictorias.
Todos condenamos a Pilato; y sin embargo, es vergonzoso decir que hay en el mundo tantos Pilatos que azotan a Cristo, no solo en sus miembros, sino también en su doctrina. Hay muchos que, para salvar la vida de los que son perseguidos por causa del evangelio, los obligan perversamente a negar a Cristo. ¿Qué es esto sino exponer a Cristo a la burla, para que lleve una vida deshonrosa? Otros escogen y aprueban ciertas partes del evangelio, y sin embargo destrozan todo el evangelio. Piensan que han hecho muy bien si han corregido unos pocos abusos groseros. Sería mejor que la doctrina fuera sepultada por un tiempo que ser azotada de este modo, pues volvería a brotar a pesar del diablo y de los tiranos; pero nada es más difícil que restaurarla a su pureza una vez corrompida.
Juan 19:2-5
2. Y los soldados, trenzando una corona de espinas. Esto se hizo sin duda por autoridad de Pilato, para poner una marca de infamia sobre el Hijo de Dios por haberse hecho rey; y ello para satisfacer la rabia de los judíos, como si estuviera convencido de que las acusaciones que presentaban contra Cristo eran fundadas. Sin embargo, la maldad e insolencia de los soldados se desfoga con más libertad de la que había ordenado el juez; pues los impíos aprovechan con avidez la oportunidad de hacer el mal siempre que se les ofrece. Pero vemos aquí la asombrosa crueldad de la nación judía, cuyos ánimos no se mueven a compasión ante un espectáculo tan lastimoso; pero todo esto es dirigido por Dios, para reconciliar consigo al mundo por la muerte de su Hijo.
Juan 19:6
6. Tomadlo vosotros. No quería entregar a Cristo en sus manos ni abandonarlo a su furia; solo declara que no será su verdugo. Esto es evidente por la razón que añade en seguida, cuando dice que no halla delito en él; como si hubiera dicho que nunca se dejará persuadir de derramar sangre inocente para complacerlos. Que solo los sacerdotes y los alguaciles piden que sea crucificado es evidente por la circunstancia de que la locura del pueblo no era tan grande, salvo en cuanto aquellos fuelles contribuyeron después a encenderla.
Juan 19:7-11
7. Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo Hijo de Dios. 8. Cuando Pilato oyó decir esto, tuvo aún más miedo; 9. y entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Mas Jesús no le dio respuesta. 10. Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? 11. Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no se te hubiese dado de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene.
Juan 19:7
7. Nosotros tenemos una ley. Quieren decir que, al proceder contra Cristo, hacen lo que es justo y no los mueve el odio ni la pasión pecaminosa; pues percibieron que Pilato los había reprendido indirectamente. Ahora hablan como en presencia de un hombre que ignoraba la ley; como si hubieran dicho: «Se nos permite vivir a nuestra manera, y nuestra religión no consiente que ningún hombre se jacte de ser el Hijo de Dios». Además, esta acusación no carecía del todo de plausibilidad, pero erraron gravemente en su aplicación. La doctrina general era sin duda verdadera: que a los hombres no les era lícito arrogarse ningún honor debido a Dios, y que los que reclamaban para sí lo que es peculiar de Dios solo merecían la muerte. Pero la fuente de su error se relacionaba con la persona de Cristo, porque no consideraron cuáles son los títulos que la Escritura da al Mesías, por los cuales habrían podido aprender fácilmente que era el Hijo de Dios, y ni siquiera se dignaron indagar si Jesús era o no el Mesías que Dios había prometido antes.
Vemos, pues, cómo sacaron una falsa conclusión de un principio verdadero, porque razonan mal. Este ejemplo nos advierte que distingamos cuidadosamente entre una doctrina general y su aplicación, pues hay muchas personas ignorantes e inconstantes que rechazan los principios mismos de la Escritura si una vez han sido engañadas por la apariencia de la verdad; y tal licencia hace cada día demasiado progreso en el mundo. Recordemos, por tanto, que debemos guardarnos del engaño, para que los principios que son verdaderos permanezcan con toda su fuerza y la autoridad de la Escritura no se menoscabe.
Por otra parte, podemos hallar fácilmente respuesta a los malvados que alegan falsa e impropiamente el testimonio de la Escritura, y los principios que de ella sacan, para sostener sus malos designios; así como los papistas, cuando ensalzan en términos elevados la autoridad de la Iglesia, no alegan nada en que no estén de acuerdo todos los hijos de Dios. Sostienen que la Iglesia es la madre de los creyentes, que es columna de la verdad, que debe ser oída, que es guiada por el Espíritu Santo. Todo esto debemos admitirlo, pero cuando quieren apropiarse de toda la autoridad que se debe a la Iglesia, se apoderan perversamente, y con sacrílega presunción, de lo que no les pertenece en absoluto. Porque hemos de indagar los fundamentos de lo que dan por verdadero, para que merezcan el título de La Iglesia; y aquí fracasan por completo. Del mismo modo, cuando ejercen una crueldad furiosa contra todos los piadosos, lo hacen con el pretexto de que han sido ordenados para defender la fe y la paz de la Iglesia. Pero cuando examinamos el asunto más de cerca, vemos claramente que no hay nada que les importe menos que la defensa de la doctrina verdadera, que nada los afecta menos que el cuidado de la paz y la armonía, sino que solo luchan por sostener su propia tiranía. Quienes se contentan con principios generales y no atienden a las circunstancias imaginan que los papistas hacen bien en atacarnos; pero la investigación del asunto disipa pronto ese humo con que engañan a los sencillos.
Juan 19:8
8. Tuvo aún más miedo. Estas palabras pueden explicarse de dos maneras. La primera es que Pilato temió que se le imputara alguna culpa, si surgía un tumulto, por no haber condenado a Cristo. La segunda es que, después de haber oído el nombre de el Hijo de Dios, su ánimo fue movido por la religión. Esta segunda interpretación se confirma por lo que sigue inmediatamente:
Juan 19:9
9. Y entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? De esto es evidente que se hallaba en un estado de perplejidad y angustia, porque tenía miedo de ser castigado por sacrilegio si ponía su mano sobre el Hijo de Dios. Debe observarse que, cuando pregunta de dónde es Cristo, no inquiere por su país, sino que el sentido es como si hubiera dicho: «¿Eres un hombre nacido en la tierra, o eres algún dios?». La interpretación que doy a este pasaje es, por tanto, que Pilato, herido por el temor de Dios, estaba en perplejidad y duda sobre lo que debía hacer; porque veía, por una parte, la agitación de un motín y, por otra, la conciencia lo mantenía obligado a no ofender a Dios por evitar el peligro.
Este ejemplo es sumamente digno de observación. Aunque el semblante de Cristo estaba tan desfigurado, apenas oye Pilato el nombre de Dios, lo invade el temor de violar la majestad de Dios en un hombre completamente humilde y despreciable. Si la reverencia a Dios tuvo tanta influencia en un hombre irreligioso, ¿no serán peores que reprobados los que ahora juzgan las cosas divinas en broma y burla, con descuido y sin temor alguno? Pues, en verdad, Pilato es una prueba de que los hombres tienen naturalmente un sentimiento de religión, que no les permite lanzarse sin temor en cualquier dirección que elijan cuando se trata de las cosas divinas. Esta es la razón por la que dije que aquellos que, al tratar la doctrina de la Escritura, no se impresionan más por la majestad de Dios que si disputaran sobre la sombra de un asno, son entregados a una mente reprobada (Ro 1:28). Con todo, un día sentirán, para su destrucción, qué veneración se debe al nombre de Dios, que ahora tratan con tan desdeñosa y ultrajante burla. Es espantoso decir con qué altivez condenan los papistas la verdad clara y comprobada de Dios, y con qué crueldad derraman sangre inocente. ¿De dónde viene, os ruego, esa estupidez de borrachos, sino de que no recuerdan que tienen que tratar con Dios?
Mas Jesús no le dio respuesta. No debemos pensar que sea extraño que Jesús no responda; al menos, si tenemos presente lo que he mencionado antes: que no estaba ante Pilato para defender su propia causa —como acostumbran los acusados que desean ser absueltos—, sino más bien para sufrir condenación; porque era conveniente que fuese condenado cuando compareció en nuestro lugar. Esta es la razón por la que no hace defensa alguna; y con todo, el silencio de Cristo no es incompatible con lo que dice Pablo:
Recuerda que Cristo, ante Poncio Pilato, dio testimonio de la buena profesión (1 Ti 6:13);
pues allí mantuvo la fe del evangelio, cuanto fue necesario, y su muerte no fue otra cosa que el sello de la doctrina que él había enseñado. Cristo no dejó sin hacer nada de lo necesario para hacer una confesión legítima, pero guardó silencio en cuanto a pedir la absolución. Además, había cierto peligro de que Pilato absolviera a Cristo como a uno de los pretendidos dioses, así como Tiberio quiso contarlo entre los dioses de los romanos. Con justicia, pues, Cristo, con su silencio, reprueba esta necia superstición.
Juan 19:10
10. ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte? Esto muestra que el temor que había asaltado de repente a Pilato fue pasajero y no tenía raíz sólida; porque ahora, olvidando todo temor, estalla en altivo y monstruoso desprecio de Dios. Amenaza a Cristo como si no hubiera Juez en el cielo; pero esto ha de suceder siempre con los hombres irreligiosos: que, sacudiéndose el temor de Dios, vuelven pronto a su disposición natural. De aquí inferimos también que no sin buena razón se llama engañoso al corazón del hombre (Jer 17:9); pues, aunque habite en él algún temor de Dios, de él procede también pura impiedad. Todo el que no es regenerado por el Espíritu de Dios, aunque finja por un tiempo reverenciar la majestad de Dios, mostrará pronto, por hechos contrarios, que este temor era hipócrita.
Además, vemos en Pilato la imagen de un hombre soberbio, a quien su ambición arrastra a la locura; porque, cuando quiere exaltar su poder, se priva a sí mismo de toda alabanza y reputación de justicia. ¡Reconoce que Cristo es inocente y, sin embargo, se hace a sí mismo no mejor que un salteador cuando se jacta de tener poder para degollarlo! Así, las conciencias malvadas, en las que no reinan la fe y el verdadero conocimiento de Dios, tienen necesariamente que ser agitadas, y debe haber dentro de ellas diversos sentimientos de la carne que luchan entre sí; y de este modo Dios toma señalada venganza de la soberbia de los hombres cuando van más allá de sus límites, hasta reclamar para sí un poder infinito. Al condenarse a sí mismos por injusticia, se estampan el mayor oprobio y deshonra. Ninguna ceguera, pues, es mayor que la de la soberbia; y no hay por qué maravillarse, ya que la soberbia siente que la mano de Dios, contra la cual choca, está armada de venganza. Recordemos, por tanto, que no debemos entregarnos temerariamente a necias jactancias, para no exponernos a la burla; y en especial que quienes ocupan un alto rango deben conducirse con modestia y no avergonzarse de estar sujetos a Dios y a sus leyes.
Juan 19:11
11. Ninguna autoridad tendrías. Algunos explican esto en sentido general: que nada se hace en el mundo sino por permisión de Dios; como si Cristo hubiera dicho que Pilato, aunque piensa que puede hacerlo todo, no hará nada más de lo que Dios permite. La afirmación es, sin duda, verdadera: que este mundo es regido por la disposición de Dios y que, por muchos que sean los esfuerzos de los malvados, ni siquiera pueden mover un dedo sino según lo dirige el poder secreto de Dios. Pero prefiero la opinión de quienes limitan este pasaje al oficio del magistrado; porque con estas palabras Cristo reprende la necia jactancia de Pilato, que se enaltecía como si su poder no viniera de Dios; como si hubiera dicho: Lo reclamas todo para ti, como si no hubieras de rendir cuentas un día a Dios; pero no fue sin su providencia que fuiste hecho juez. Considera, pues, que su trono celestial está mucho más alto que tu tribunal. Es imposible hallar una amonestación mejor para reprimir la insolencia de quienes gobiernan sobre otros, a fin de que no abusen de su autoridad. El padre imagina que puede hacer lo que quiera con sus hijos, el marido con su mujer, el amo con sus siervos, el príncipe con su pueblo, salvo cuando miran a Dios, que ha determinado que su autoridad esté limitada por una regla fija.
Por tanto, el que a ti me ha entregado. Algunos piensan que esto declara a los judíos más culpables que Pilato, porque, con odio perverso y traición maliciosa, se enfurecen contra un hombre inocente, es decir, aquellos de ellos que eran particulares y no estaban revestidos de autoridad legítima. Pero yo pienso que esta circunstancia hace su culpa más grave y menos excusable por otra razón: que obligan a un gobierno establecido por Dios a plegarse a sus deseos desenfrenados; porque es un monstruoso sacrilegio pervertir una santa institución de Dios para promover cualquier maldad. Con justicia se tiene en aborrecimiento al salteador que degüella con su propia mano a un desdichado caminante; pero quien, bajo las formas de un proceso judicial, da muerte a un inocente es mucho más malvado. Sin embargo, Cristo no agrava su culpa con el propósito de atenuar la de Pilato; porque no establece una comparación entre él y ellos, sino que más bien los incluye a todos en la misma condenación, porque igualmente contaminan un poder santo. Solo hay esta diferencia: que ataca directamente a los judíos, pero censura indirectamente a Pilato, que accede a su perverso deseo.
Juan 19:12-16
12. Desde entonces procuraba Pilato soltarlo; pero los judíos daban voces, diciendo: Si a este sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone. 13. Entonces Pilato, oyendo este dicho, llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal, en el lugar que se llama el Enlosado, y en hebreo Gabata. 14. Era la preparación de la pascua, y como la hora sexta; y dijo a los judíos: ¡He aquí vuestro Rey! 15. Pero ellos gritaron: ¡Fuera, fuera, crucifícale! Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César. 16. Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado; y tomaron a Jesús, y lo llevaron.
Juan 19:12
12. Desde entonces procuraba Pilato soltarlo. Aunque Pilato no se conduce con rectitud de conciencia, y lo mueve más la ambición que el respeto a la justicia, y por eso es lamentablemente irresoluto, su modestia es con todo digna de elogio en cuanto a que, cuando es reprendido severamente por Cristo, no se enfurece, sino que, por el contrario, está aún más dispuesto a soltarlo. Es juez, y sin embargo permite con mansedumbre que el acusado sea su reprensor; y, en verdad, apenas se hallará una persona entre cien que soporte con tanta mansedumbre una reprensión, aun de parte de un igual.
No eres amigo de César. Con amenazas logran que Pilato condene a Cristo; porque nada podían hacer más odioso ni más apto para producir terror que tenerlo por sospechoso de deslealtad a César. «Muestras —dicen— que no te importa la autoridad de César si absuelves al que ha procurado ponerlo todo en confusión». Esta maldad quebrantó al fin la resolución de Pilato, que hasta entonces solo había sido sacudida por sus furiosos clamores. Y no sin buena razón el evangelista examina y detalla con tanto empeño esas circunstancias; pues es de gran importancia para nosotros saber que Pilato no condenó a Cristo antes de haberlo absuelto varias veces con su propia boca, para que aprendamos de ello que fue condenado por nuestros pecados y no por causa propia. Podemos aprender también de ello cuán voluntariamente se ofreció a morir, cuando desdeñó valerse de la disposición favorable del juez hacia él; y, en verdad, fue esta obediencia la que hizo que su muerte fuera sacrificio en olor fragante (Ef 5:2) para borrar todos los pecados.
Juan 19:13
13. Y se sentó en el tribunal. De aquí vemos qué opiniones contrarias pasaban por la mente de Pilato, como si fuera un comediante que representara dos papeles. Sube al tribunal para pronunciar solemnemente, y en la forma acostumbrada, sentencia de muerte contra Cristo; y sin embargo declara abiertamente que lo hace de mala gana y contra su conciencia. Cuando llama rey a Cristo, habla con ironía, dando a entender que era una acusación trivial la que los judíos presentaban contra él; o más bien, para aplacar su furia, les advierte que sería una deshonra para toda la nación si se esparciera el rumor de que una persona de esa nación había sido condenada a morir por aspirar al poder real.
En el lugar que se llama el Enlosado, y en hebreo Gabata. Cuando el evangelista dice que גבתא (Gabata) era el nombre del lugar en hebreo, se refiere a la lengua caldea o siria, que entonces era de uso común; porque en hebreo גבה (Gabach) significa ser elevado. Era conveniente, pues, que Cristo fuera condenado desde un lugar elevado, para que él, viniendo del cielo como Juez supremo, nos absuelva en el último día.
Juan 19:14
14. Como la hora sexta. Los evangelistas parecen discrepar, e incluso contradecirse, en el cómputo del tiempo. Los otros tres evangelistas dicen que las tinieblas vinieron cerca de la hora sexta, mientras Cristo estaba colgado en la cruz (Mt 27:45; Mr 15:33; Lc 23:44). Marcos, además, dice expresamente que era la hora tercera cuando se pronunció sentencia contra él (Mr 15:25). Pero esto puede explicarse fácilmente. Es bastante claro por otros pasajes que el día estaba entonces dividido en cuatro partes, así como la noche contenía cuatro vigilias; por lo cual los evangelistas a veces no asignan a cada día más de cuatro horas y extienden cada hora a tres, y al mismo tiempo cuentan el espacio de una hora que estaba por terminar como perteneciente a la parte siguiente. Según este cálculo, Juan relata que Cristo fue condenado como a la hora sexta, porque la hora del día se acercaba a la hora sexta, es decir, a la segunda parte del día. De aquí inferimos que Cristo fue crucificado a la hora sexta o cerca de ella; porque, como menciona después el evangelista (Jn 19:20), el lugar estaba cerca de la ciudad. Las tinieblas comenzaron entre la hora sexta y la novena, y duraron hasta la hora novena, en la cual murió Cristo.
Juan 19:15
15. No tenemos más rey que César. Es una muestra de espantosa locura que los sacerdotes, que debían haber conocido bien la Ley, rechacen a Cristo, en quien estaba contenida por entero la salvación del pueblo, de quien dependían todas las promesas y sobre quien se fundaba toda su religión; y, en verdad, al rechazar a Cristo se privan de la gracia de Dios y de toda bendición. Vemos, pues, qué insania se había apoderado de ellos. Supongamos que Jesucristo no era el Cristo; aun así no tienen excusa para no reconocer más rey que César. Porque, primero, se rebelan contra el reino espiritual de Dios; y, en segundo lugar, prefieren la tiranía del Imperio romano, que aborrecían en gran manera, a un gobierno justo, como el que Dios les había prometido. Así los malvados, por huir de Cristo, no solo se privan de la vida eterna, sino que atraen sobre sus cabezas toda clase de miserias. Por el contrario, la única felicidad de los piadosos es estar sujetos a la autoridad real de Cristo, ya sea que, según la carne, estén puestos bajo un gobierno justo y legítimo, o bajo la opresión de tiranos.
Juan 19:16
16. Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado. Pilato fue, sin duda, obligado por su importunidad a entregar a Cristo; y sin embargo esto no se hizo de manera tumultuosa, sino que fue condenado solemnemente en la forma ordinaria, porque había también dos ladrones que, tras haber sido juzgados, fueron condenados al mismo tiempo a ser crucificados. Pero Juan emplea esta expresión para dejar más plenamente en evidencia que Cristo, aunque no había sido convicto de crimen alguno, fue entregado a la insaciable crueldad del pueblo.
Juan 19:17-22
17. Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; 18. donde lo crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. 19. Y escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz; y estaba escrito: Jesús Nazareno, El Rey De Los Judíos. 20. Muchos de los judíos leyeron este título, porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad; y estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. 21. Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino que él dijo: Soy Rey de los judíos. 22. Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito.
Juan 19:17
17. Salió al lugar. Las circunstancias que aquí se relatan contribuyen en gran manera no solo a mostrar la verdad de la narración, sino también a edificar nuestra fe. Debemos buscar la justicia en la satisfacción hecha por Cristo. Para probar que él es el sacrificio por nuestros pecados, quiso ser llevado fuera de la ciudad y ser colgado de un madero; porque la costumbre era, en cumplimiento del mandato de la Ley, que los sacrificios cuya sangre se derramaba por el pecado fueran sacados fuera del campamento (Lv 6:30; 16:27); y la misma Ley declara que
el colgado es maldito de Dios (Dt 21:23).
Ambas cosas se cumplieron en Cristo, para que estuviéramos plenamente convencidos de que se ha hecho expiación por nuestros pecados mediante el sacrificio de su muerte; de que
fue hecho maldición, para que nos redimiera de la maldición de la ley (Gá 3:13);
de que
fue hecho pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Co 5:21);
de que fue llevado fuera de la ciudad para que llevara consigo y quitara nuestras contaminaciones que fueron puestas sobre él (He 13:12). Al mismo propósito sirve lo que se dice de los ladrones, que sigue inmediatamente:
Juan 19:18
18. Y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Como si la severidad del castigo no hubiera sido suficiente por sí misma, es colgado en medio de dos ladrones, como si no solo hubiera merecido ser contado con otros ladrones, sino que hubiera sido el más malvado y el más detestable de todos ellos. Debemos recordar siempre que los perversos ejecutores de Cristo no hicieron sino lo que la mano y el consejo de Dios habían determinado; porque Dios no entregó a su Hijo a las pasiones desenfrenadas de ellos, sino que determinó que, conforme a su propia voluntad y beneplácito, fuera ofrecido en sacrificio. Y si había las mejores razones para el propósito de Dios en todas aquellas cosas que determinó que su Hijo padeciera, debemos considerar, por una parte, el espantoso peso de su ira contra el pecado y, por otra, su infinita bondad hacia nosotros. De ninguna otra manera podía quitarse nuestra culpa sino haciéndose el Hijo de Dios maldición por nosotros. Lo vemos arrojado a un lugar maldito, como si hubiera sido contaminado por una masa de crímenes de toda clase, para que allí pareciera maldito ante Dios y ante los hombres. Ciertamente somos prodigiosamente estúpidos si no vemos claramente en este espejo con qué aborrecimiento mira Dios el pecado; y somos más duros que las piedras si no temblamos ante un juicio como este.
Cuando, por otra parte, Dios declara que nuestra salvación le fue tan cara que no perdonó a su Hijo unigénito, ¡qué abundante bondad y qué asombrosa gracia contemplamos aquí! Quien, pues, considere debidamente las causas de la muerte de Cristo, junto con el provecho que nos rinde, no considerará, como los griegos, la doctrina de la cruz como locura, ni, como los judíos, la considerará tropezadero (1 Co 1:23), sino más bien como una señal y prenda inestimable del poder, la sabiduría, la justicia y la bondad de Dios.
Cuando Juan dice que el nombre del lugar era Gólgota, quiere decir que, en la lengua caldea o siria, se llamaba גלגלתא (Gulgaltha). El nombre se deriva de גלגל (Gilgel), que significa rodar; porque una calavera es redonda como una bola o globo.
Juan 19:19-20
19. Y escribió también Pilato un título. El evangelista relata una acción memorable de Pilato, después de haber pronunciado la sentencia. Quizá sea cierto que era costumbre fijar títulos cuando se ejecutaba a los malhechores, para que la causa del castigo fuera conocida de todos y sirviera de ejemplo. Pero en Cristo hay esta circunstancia extraordinaria: que el título que se le fija no implica deshonra alguna; porque la intención de Pilato era vengarse indirectamente de los judíos (quienes, con su obstinación, le habían arrancado una injusta sentencia de muerte contra un inocente) y, en la persona de Cristo, echar la culpa sobre toda la nación. Así, no marca a Cristo con la comisión de crimen alguno.
Pero la providencia de Dios, que guiaba la pluma de Pilato, tenía en vista un objeto más elevado. No se le ocurrió, ciertamente, a Pilato celebrar a Cristo como el Autor de la salvación, y el Nazareno de Dios, y el Rey de un pueblo escogido; pero Dios le dictó este elogio del evangelio, aunque él no sabía el sentido de lo que escribía. Fue la misma secreta dirección del Espíritu la que hizo que el título se publicara en tres lenguas; porque no es probable que esto fuera una práctica ordinaria, sino que el Señor mostró, con esta disposición preparatoria, que ya estaba cerca el tiempo en que el nombre de su Hijo sería dado a conocer por toda la tierra.
Juan 19:21
21. Dijeron, pues, a Pilato los principales sacerdotes de los judíos. Sienten que han sido duramente reprendidos; y por eso querrían que el título fuera cambiado, para no cubrir de deshonra a la nación, sino echar toda la culpa sobre Cristo. Pero, con todo, no ocultan su profundo odio a la verdad, puesto que la más pequeña chispa de ella es más de lo que pueden soportar. Así Satanás impulsa siempre a sus siervos a procurar apagar, o al menos sofocar con sus propias tinieblas, la luz de Dios, tan pronto como aparece el más débil rayo de ella.
Juan 19:22
22. Lo que he escrito, he escrito. La firmeza de Pilato debe atribuirse a la providencia de Dios; pues no hay duda de que intentaron por diversos medios hacerle cambiar de resolución. Sepamos, por tanto, que una mano divina lo sostuvo, de modo que permaneció inconmovible. Pilato no cedió a los ruegos de los sacerdotes ni se dejó corromper por ellos; sino que Dios testificó por su boca la firmeza y estabilidad del reino de su Hijo. Y si en el escrito de Pilato el reino de Cristo se mostró tan firme que no podía ser sacudido por todos los ataques de sus enemigos, ¿qué valor no debemos dar a los testimonios de los profetas, cuyas lenguas y manos consagró Dios a su servicio?
El ejemplo de Pilato nos recuerda también que es nuestro deber permanecer firmes en la defensa de la verdad. Un pagano se niega a retractarse de lo que ha escrito justa y debidamente acerca de Cristo, aunque no entendía ni consideraba lo que hacía. ¡Cuán grande será, entonces, nuestra deshonra si, aterrados por amenazas o peligros, nos apartamos de la profesión de su doctrina, que Dios ha sellado en nuestros corazones por su Espíritu! Además, debe observarse cuán detestable es la tiranía de los papistas, que prohíbe al pueblo común la lectura del evangelio y de toda la Escritura. Pilato, aunque era un hombre réprobo y, en otros aspectos, instrumento de Satanás, fue sin embargo destinado, por una guía secreta, a ser pregonero del evangelio, para que publicara un breve resumen de él en tres lenguas. ¿Qué lugar, pues, asignaremos a quienes hacen cuanto pueden por suprimir su conocimiento, ya que muestran ser peores que Pilato?
Juan 19:23-24
23. Los soldados, pues, cuando hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica. Pero la túnica era sin costura, tejida de arriba abajo en una sola pieza. 24. Dijeron, pues, entre sí: No la rasguemos, sino echemos suertes sobre ella, para ver de quién será; para que se cumpliese la Escritura que dice: Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Y así lo hicieron los soldados.
Juan 19:23-24
23. Los soldados, pues. Los otros evangelistas mencionan también el reparto de los vestidos de Cristo entre los soldados (Mt 27:35; Mr 15:24; Lc 23:34). Eran cuatro soldados los que repartieron entre sí todos sus vestidos, excepto la túnica, que, por ser sin costura, no podía dividirse, y por eso echaron suertes sobre ella. Para fijar nuestra mente en la contemplación del propósito de Dios, los evangelistas nos recuerdan que también en este suceso hubo un cumplimiento de la Escritura. Podría pensarse, sin embargo, que el pasaje que citan, del Salmo 22:19, se aplica impropiamente al caso; pues aunque David se queja en él de haber sido expuesto como presa a sus enemigos, usa la palabra vestidos para designar metafóricamente todos sus bienes; como si hubiera dicho en una sola palabra que "los impíos lo habían dejado desnudo y despojado"; y al pasar por alto la figura, los evangelistas se apartan del sentido natural del pasaje. Pero debemos recordar, en primer lugar, que el salmo no debe restringirse a David, como es evidente por muchas de sus partes, y especialmente por una cláusula en que está escrito: Anunciaré tu nombre entre las naciones (Sal 22:22), la cual debe explicarse como referida a Cristo. No debe extrañarnos, pues, que lo que apenas fue esbozado en David se contemple en Cristo con toda esa claridad superior que la verdad debe tener en comparación con su representación figurada.
Aprendamos también esto: Cristo fue despojado de sus vestidos para vestirnos de justicia; su cuerpo desnudo fue expuesto a los insultos de los hombres para que nosotros aparezcamos en gloria ante el tribunal de Dios. En cuanto al sentido alegórico al que algunos han forzado este pasaje, haciéndolo significar que los herejes despedazan la Escritura, es demasiado rebuscado; aunque no me opondría a una comparación como esta: así como los vestidos de Cristo fueron divididos una vez por soldados impíos, así hoy hay hombres perversos que, con invenciones ajenas, despedazan toda la Escritura, de la cual Cristo está vestido para que se nos manifieste. Pero la maldad de los papistas, acompañada de espantosa blasfemia contra Dios, es intolerable. Nos dicen que la Escritura es despedazada por los herejes, pero que la túnica, es decir, la Iglesia, permanece entera; y así procuran probar que, sin prestar atención alguna a la autoridad de la Escritura, la unidad de la fe consiste en el mero título de la Iglesia; como si la unidad de la Iglesia misma se fundara en otra cosa que en la autoridad de la Escritura. Cuando, por tanto, separan la fe de la Escritura para que quede unida solo a la Iglesia, con tal divorcio no solamente despojan a Cristo de sus vestidos, sino que despedazan su cuerpo con un espantoso sacrilegio. Y aunque admitiéramos lo que sostienen, que la túnica sin costura es figura de la Iglesia, estarán muy lejos de lograr su propósito: pues quedaría aún por probar que la Iglesia está sometida a su autoridad, de lo cual no muestran señal alguna.
Juan 19:25-27
25. Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena. 26. Jesús, entonces, viendo a su madre, y al discípulo a quien amaba que estaba presente, dice a su madre: ¡Mujer, he ahí tu hijo! 27. Después dice al discípulo: ¡He ahí tu madre! Y desde aquella hora el discípulo la llevó a su casa.
Juan 19:25
25. Estaban junto a la cruz de Jesús. El evangelista menciona aquí de paso que, mientras Cristo obedecía a Dios el Padre, no dejó de cumplir el deber que como hijo debía a su madre. Es cierto que se olvidó de sí mismo, y lo olvidó todo en cuanto era necesario para cumplir la obediencia a su Padre; pero, una vez cumplido ese deber, no descuidó lo que debía a su madre. De aquí aprendemos de qué manera debemos cumplir nuestro deber para con Dios y para con los hombres. Sucede a menudo que, cuando Dios nos llama a realizar algo, nuestros padres, o esposa, o hijos nos arrastran en sentido contrario, de modo que no podemos dar igual satisfacción a todos. Si ponemos a los hombres en el mismo rango que a Dios, juzgamos mal. Debemos, pues, dar preferencia al mandato, al culto y al servicio de Dios; y después, hasta donde podamos, dar a los hombres lo que les corresponde.
Y sin embargo, los mandamientos de la primera y de la segunda tabla de la Ley nunca chocan entre sí, aunque a primera vista lo parezca; pero debemos comenzar por el culto a Dios, y después asignar a los hombres un lugar inferior. Tal es el sentido de estas declaraciones:
«El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10:37);
y también:
«Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas… no puede ser mi discípulo» (Lc 14:26).
Debemos, pues, consagrarnos a los intereses de los hombres de manera que no interfiramos en grado alguno con el culto y la obediencia que debemos a Dios. Cuando hayamos obedecido a Dios, será entonces el tiempo oportuno de pensar en padres, esposa e hijos; como Cristo se ocupa de su madre, pero después de estar en la cruz, adonde había sido llamado por el decreto de su Padre.
Con todo, si atendemos al tiempo y al lugar en que ocurrieron estas cosas, el afecto de Cristo por su madre fue digno de admiración. No digo nada de los severos tormentos de su cuerpo; no digo nada de los oprobios que sufrió; pero aunque horribles blasfemias contra Dios llenaban su alma de un dolor inconcebible, y aunque sostenía un terrible combate con la muerte eterna y con el diablo, ninguna de estas cosas le impide estar solícito por su madre. Podemos aprender también de este pasaje cuál es la honra que Dios, por la Ley, nos manda rendir a los padres (Éx 20:12). Cristo designa al discípulo como su sustituto y le encarga que sostenga y cuide de su madre; y de aquí se sigue que la honra debida a los padres consiste, no en una fría ceremonia, sino en el cumplimiento de todos los deberes necesarios.
Por otra parte, debemos considerar la fe de aquellas santas mujeres. Es verdad que, al seguir a Cristo hasta la cruz, mostraron un afecto más que ordinario; pero si no hubieran sido sostenidas por la fe, nunca habrían podido estar presentes en aquel espectáculo. En cuanto al mismo Juan, deducimos que, aunque su fe estuvo sofocada por un breve tiempo, no se extinguió por completo. ¡Cuán vergonzoso será que el temor de la cruz nos aparte de seguir a Cristo, cuando la gloria de su resurrección está puesta ante nuestros ojos, siendo que las mujeres no veían en ella sino deshonra y maldición!
María mujer de Cleofas, y María Magdalena. La llama esposa o hija de Cleofas; pero prefiero la segunda interpretación. Dice que era la hermana de la madre de Jesús, y al decirlo adopta el lenguaje de la lengua hebrea, que incluye a los primos y otros parientes bajo el término hermanos. Vemos que no fue en vano que María Magdalena fuera librada de siete demonios (Mr 16:9; Lc 8:2), puesto que se mostró, hasta el fin, discípula tan fiel de Cristo.
Juan 19:26
26. ¡Mujer, he ahí tu hijo! Como si hubiera dicho: "De ahora en adelante no seré habitante de la tierra, de modo que esté en mi mano cumplir contigo los deberes de un hijo; y por eso pongo a este hombre en mi lugar, para que desempeñe mi oficio." Lo mismo significa cuando dice a Juan:
¡He ahí tu madre! Pues con estas palabras le encarga que la trate como a una madre y que cuide de ella como si fuera su propia madre.
Al abstenerse de mencionar el nombre de su madre y llamarla simplemente ¡Mujer!, algunos piensan que lo hizo para no atravesar su corazón con una herida más profunda. No me opongo a esta opinión; pero hay otra conjetura igualmente probable: que Cristo quiso mostrar que, tras haber completado el curso de la vida humana, deja la condición en que había vivido y entra en el reino celestial, donde ejercerá dominio sobre ángeles y hombres; pues sabemos que Cristo acostumbraba siempre guardar a los creyentes de mirar la carne, y era especialmente necesario que se hiciera esto en su muerte.
Juan 19:27
27. El discípulo la llevó a su casa. Es señal de la reverencia que un discípulo debe a su maestro que Juan obedezca tan prontamente el mandato de Cristo. De aquí resulta también evidente que los apóstoles tenían sus familias; pues Juan no habría podido ejercer hospitalidad con la madre de Cristo, ni llevarla a su casa, si no hubiera tenido casa y un modo regular de vivir. Son necios, pues, los que piensan que los apóstoles abandonaron sus bienes y vinieron a Cristo desnudos y vacíos; pero son peores que necios los que hacen consistir la perfección en la mendicidad.
Juan 19:28-30
28. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todas las cosas estaban cumplidas, para que se cumpliese la Escritura, dijo: Tengo sed. 29. Había allí una vasija llena de vinagre; y, empapando una esponja en vinagre, la fijaron en hisopo y se la acercaron a la boca. 30. Cuando, pues, Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es; y, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Juan 19:28
28. Sabiendo Jesús que ya todas las cosas estaban cumplidas. Juan omite a propósito muchas cosas que refieren los otros tres evangelistas. Describe ahora el último acto, que fue un suceso de la mayor importancia. Cuando Juan dice que había allí una vasija, habla de ello como de algo acostumbrado. Ha habido mucha controversia sobre este asunto; pero concuerdo con quienes piensan (y, en efecto, la costumbre está probada por las historias) que era una especie de bebida que se administraba habitualmente para acelerar la muerte de los malhechores miserables, cuando habían soportado suficiente tortura. Ahora bien, debe notarse que Cristo no pide nada de beber hasta que todas las cosas han sido cumplidas; y así testificó su amor infinito hacia nosotros y el inconcebible ardor de su deseo de promover nuestra salvación. Ninguna palabra puede expresar cabalmente la amargura de los dolores que soportó; y sin embargo no desea verse libre de ellos hasta que la justicia de Dios ha sido satisfecha y hasta que ha hecho una perfecta expiación.
Pero ¿cómo dice que todas las cosas estaban cumplidas, si aún faltaba la parte más importante, es decir, su muerte? Además, ¿no contribuye su resurrección al cumplimiento de nuestra salvación? Respondo que Juan incluye las cosas que habían de seguir inmediatamente. Cristo aún no había muerto ni había resucitado; pero veía que ya nada quedaba que le impidiera avanzar hacia la muerte y la resurrección. De este modo nos instruye, con su propio ejemplo, a rendir una obediencia perfecta, para que no nos parezca duro vivir conforme a su beneplácito, aun cuando debamos languidecer en medio de los más atroces dolores.
Para que se cumpliese la Escritura. Por lo que dicen los otros evangelistas (Mt 27:48; Mr 15:23, 36; Lc 23:36) puede concluirse fácilmente que el pasaje al que se refiere es el Salmo 69:21:
«Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre».
Es, sin duda, una expresión metafórica, y David quiere decir con ella, no solo que le negaron la ayuda que necesitaba, sino que agravaron cruelmente sus aflicciones. Pero no hay inconsecuencia en decir que lo que había sido vagamente esbozado en David fue mostrado con más claridad en Cristo: pues así podemos percibir más plenamente la diferencia entre la verdad y las figuras, cuando aquello que David sufrió solo de manera figurada se manifiesta clara y perfectamente en Cristo. Para mostrar que él era la persona a quien David representaba, Cristo quiso beber vinagre; y lo hizo con el fin de fortalecer nuestra fe.
Tengo sed. Quienes ingenian un sentido metafórico para la palabra sed, como si quisiera decir que, en lugar de una bebida agradable y placentera, le dieron amargura, como si pretendieran desollarle la garganta, desean más ser tenidos por ingeniosos que promover la verdadera edificación; y, en efecto, el evangelista los refuta expresamente, pues dice que Cristo pidió vinagre cuando estaba cerca de la muerte; de lo cual es evidente que no deseaba ningún lujo.
Juan 19:29
29. Y, habiendo empapado una esponja en vinagre, la fijaron en hisopo. Cuando dice que fijaron la esponja en hisopo, el sentido es que la sujetaron al extremo de un manojo de hisopo, para que pudiera ser alzada hasta la boca de Cristo; pues en aquel país los hisopos crecen tan grandes como pequeños arbustos.
Juan 19:30
30. Consumado es. Repite la misma palabra que había empleado poco antes. Ahora bien, esta palabra que Cristo emplea merece bien nuestra atención; pues muestra que todo el cumplimiento de nuestra salvación, y todas sus partes, están contenidos en su muerte. Ya hemos dicho que su resurrección no está separada de su muerte, sino que Cristo solo pretende mantener nuestra fe fija en él solo, y no permitir que se desvíe en dirección alguna. El sentido, por tanto, es que todo lo que contribuye a la salvación de los hombres se halla en Cristo y no debe buscarse en ningún otro lugar; o, lo que viene a ser lo mismo, que la perfección de la salvación está contenida en él.
Hay también un contraste implícito; pues Cristo contrasta su muerte con los antiguos sacrificios y con todas las figuras; como si hubiera dicho: "De todo lo que se practicaba bajo la Ley no había nada que tuviera en sí mismo poder alguno para hacer expiación por los pecados, apaciguar la ira de Dios y obtener la justificación; pero ahora la verdadera salvación es presentada y manifestada al mundo." De esta doctrina depende la abolición de todas las ceremonias de la Ley; pues sería absurdo seguir sombras, puesto que tenemos el cuerpo en Cristo.
Si damos nuestro asentimiento a esta palabra que Cristo pronunció, debemos contentarnos con su sola muerte para la salvación, y no tenemos libertad de buscar ayuda en ningún otro lugar; pues quien fue enviado por el Padre celestial para obtenernos una plena absolución y cumplir nuestra redención, sabía bien lo que correspondía a su oficio, y no faltó en lo que sabía que se le exigía. Fue principalmente para dar paz y tranquilidad a nuestras conciencias que pronunció esta palabra: Consumado es. Detengámonos aquí, pues, si no queremos ser privados de la salvación que nos ha conseguido.
Pero toda la religión del papado tiende a llevar a los hombres a idear para sí innumerables métodos de buscar la salvación; y de aquí inferimos que está llena hasta rebosar de abominables sacrilegios. Más especialmente, esta palabra de Cristo condena la abominación de la misa. Todos los sacrificios de la Ley debieron cesar, pues la salvación de los hombres ha sido completada por el único sacrificio de la muerte de Cristo. ¿Qué derecho tienen, entonces, los papistas, o qué excusa plausible pueden alegar para decir que están autorizados a preparar un nuevo sacrificio para reconciliar a Dios con los hombres? Responden que no es un nuevo sacrificio, sino el mismo sacrificio que Cristo ofreció. Pero esto se refuta fácilmente; pues, en primer lugar, no tienen mandato de ofrecerlo; y, en segundo lugar, Cristo, habiendo cumplido una vez, con una sola ofrenda, todo lo que era necesario hacer, declara desde la cruz que todo está consumado. Son peores que falsificadores, por tanto, pues corrompen y adulteran malvadamente el testamento sellado con la preciosa sangre del Hijo de Dios.
Entregó el espíritu. Todos los evangelistas ponen gran cuidado en mencionar la muerte de Cristo, y con toda razón; pues de ella obtenemos nuestra confiada esperanza de vida, y de ella obtenemos igualmente un triunfo sin temor sobre la muerte, porque el Hijo de Dios la ha soportado en nuestro lugar y, en su combate con ella, ha salido victorioso. Pero debemos atender a la expresión que Juan emplea, y que nos enseña que todos los creyentes que mueren con Cristo encomiendan en paz sus almas a la custodia de Dios, que es fiel y no permitirá que perezca lo que ha tomado a su cargo conservar. Los hijos de Dios mueren, lo mismo que los réprobos; pero hay esta diferencia entre ellos: que los réprobos entregan el alma sin saber adónde va ni qué será de ella; mientras que los hijos de Dios la encomiendan, como un precioso depósito, a la protección de Dios, que fielmente la guardará hasta el día de la resurrección. La palabra espíritu se usa aquí manifiestamente para designar el alma inmortal.
Juan 19:31-37
31. Los judíos, pues, para que los cuerpos no quedasen en la cruz el día de reposo (porque era la preparación, y aquel día de reposo era un día grande), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados. 32. Vinieron entonces los soldados, y quebraron las piernas del primero, y del otro que había sido crucificado con él. 33. Pero cuando llegaron a Jesús, y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas; 34. pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. 35. Y el que lo vio ha dado testimonio de ello, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que ustedes crean. 36. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: Hueso de él no será quebrado. 37. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.
Juan 19:31-32
31. Porque era la preparación. Esta narración tiende también a la edificación de nuestra fe; primero, porque muestra que lo que había sido predicho en las Escrituras se cumple en la persona de Cristo; y, en segundo lugar, porque contiene un misterio de no ordinario valor. El evangelista dice que los judíos rogaron que los cuerpos fueran quitados de las cruces. Esto había sido sin duda ordenado por la Ley de Dios; pero los judíos, como suele ocurrir con los hipócritas, dirigen toda su atención a cosas pequeñas y, sin embargo, pasan sin vacilación por alto los mayores crímenes; pues, para observar estrictamente su día de reposo, se cuidan de evitar la contaminación exterior; y no consideran cuán espantoso crimen es quitar la vida a un hombre inocente. Así vimos poco antes que
no entraron en el pretorio, para no contaminarse (Jn 18:28),
mientras todo el país estaba contaminado por su maldad. Con todo, por medio de ellos el Señor lleva a efecto lo que era de la mayor importancia para nuestra salvación: que, por una admirable disposición, el cuerpo de Cristo permanezca sin daño y salgan sangre y agua de su costado.
Y aquel día de reposo era un día grande. Otra lectura, más generalmente aprobada, es: y aquel día de reposo era grande; pero la lectura que he adoptado está respaldada por muchos manuscritos antiguos y de gran autoridad. Que el lector escoja por sí mismo. Si leemos ἐκείνου en genitivo (ἐκείνου τοῦ σαββάτου, de aquel día de reposo), la palabra día de reposo debe entenderse como designando la semana; como si el evangelista hubiera dicho que la fiesta de aquella semana era muy solemne a causa de la Pascua. Nótese que el evangelista habla del día siguiente, que comenzaba a la puesta del sol. Pero si preferimos leer ἐκείνη, en nominativo, ἦν γὰρ μεγάλη ἡ ἡμέρα ἐκείνη τοῦ σαββάτου, y aquel era el gran día del día de reposo, el sentido será casi el mismo en sustancia; solo habría esta diferencia en las palabras: que la Pascua, que había de celebrarse al día siguiente, haría más solemne aquel día de reposo.
Juan 19:33
33. Pero cuando llegaron a Jesús, y vieron que ya estaba muerto. Que quebraran las piernas de los dos ladrones y, después de hacerlo, hallaran que Cristo ya estaba muerto y por eso no tocaran su cuerpo, parece una obra extraordinaria de la providencia de Dios. Los impíos dirán, sin duda, que es natural que un hombre muera antes que otro; pero si examinamos con cuidado todo el curso de la narración, nos veremos obligados a atribuir al propósito secreto de Dios que la muerte de Cristo llegara mucho más rápidamente de lo que los hombres habrían podido esperar, y que esto impidiera que le quebraran las piernas.
Juan 19:34-35
34. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza. Cuando el soldado abrió con su lanza el costado de Cristo, lo hizo con el fin de comprobar si estaba muerto; pero Dios tenía a la vista un objeto más elevado, como veremos enseguida. Fue una invención pueril de los papistas que, de la palabra griega λόγχε, que significa lanza, fabricaran el nombre propio de un hombre y llamaran Longinos a este soldado, y que, para dar apariencia de verosimilitud a su relato, alegaran neciamente que antes había sido ciego y que, tras recibir la vista, se convirtió a la fe. Así lo han puesto en el catálogo de los santos. Puesto que sus oraciones, siempre que invocan a Dios, descansan en tales intercesores, ¿qué, pregunto, podrán jamás obtener? Pero quienes desprecian a Cristo y buscan las intercesiones de los muertos, merecen que el diablo los empuje hacia espectros y fantasmas.
Y al instante salió sangre y agua. Algunos se han engañado imaginando que esto fue un milagro; pues es natural que la sangre, cuando se coagula, pierda su color rojo y llegue a parecerse al agua. Es bien sabido también que hay agua en la membrana que está inmediatamente junto a los intestinos. Lo que los ha extraviado es que el evangelista se toma tanto trabajo en explicar que la sangre fluyó junto con el agua, como si relatara algo inusual y contrario al orden de la naturaleza. Pero él tenía una intención muy distinta: a saber, acomodar su narración a los pasajes de la Escritura que enseguida añade, y más especialmente que los creyentes infirieran de ello lo que él afirma en otro lugar: que Cristo vino con agua y sangre (1 Jn 5:6). Con estas palabras quiere decir que Cristo trajo la verdadera expiación y el verdadero lavamiento; pues, por una parte, el perdón de los pecados y la justificación, y, por otra, la santificación del alma, estaban prefigurados en la Ley por esos dos símbolos: los sacrificios y los lavamientos. En los sacrificios, la sangre expiaba los pecados y era el rescate para apaciguar la ira de Dios. Los lavamientos eran señales de verdadera santidad y remedios para quitar la inmundicia y remover las contaminaciones de la carne.
Para que la fe no descanse ya en estos elementos, Juan declara que el cumplimiento de ambas gracias está en Cristo; y aquí nos presenta una señal visible del mismo hecho. Los sacramentos que Cristo ha dejado a su Iglesia tienen el mismo propósito; pues la purificación y santificación del alma, que consiste en novedad de vida (Ro 6:4), se nos señala en el bautismo, y la Cena del Señor es la prenda de una perfecta expiación. Pero difieren ampliamente de las antiguas figuras de la Ley; pues muestran a Cristo como presente, mientras que las figuras de la Ley señalaban que estaba todavía lejano. Por esta razón no me opongo a lo que dice Agustín, que nuestros sacramentos han fluido del costado de Cristo; pues cuando el bautismo y la Cena del Señor nos llevan al costado de Cristo, para que por la fe saquemos de él, como de una fuente, lo que representan, entonces somos verdaderamente lavados de nuestras contaminaciones y renovados para una vida santa, y entonces vivimos verdaderamente delante de Dios, redimidos de la muerte y librados de la condenación.
Juan 19:36
36. Hueso de él no será quebrado. Esta cita está tomada de Éx 12:46 y Nm 9:12, donde Moisés trata del cordero pascual. Nótese que Moisés da por sentado que aquel cordero era figura del verdadero y único sacrificio con el cual la Iglesia había de ser redimida. Ni es esto inconsistente con el hecho de que fuera sacrificado como memorial de una redención ya realizada; pues, si bien Dios quiso que celebrara el favor anterior, quiso también que mostrara la liberación espiritual de la Iglesia, que todavía era futura. Por eso Pablo, sin vacilación alguna, aplica a Cristo la regla que Moisés establece sobre comer el cordero:
«Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad» (1 Co 5:7-8).
De esta analogía, o semejanza, la fe obtiene una ventaja no ordinaria, pues en todas las ceremonias de la Ley contempla la salvación que ha sido manifestada en Cristo. Tal es también el propósito del evangelista Juan cuando dice que Cristo no fue solamente la prenda de nuestra redención, sino también el precio de ella, porque en él vemos cumplido lo que antes se mostraba al pueblo antiguo bajo la figura de la pascua. Así también se recuerda a los judíos que deben buscar en Cristo la sustancia de todas aquellas cosas que la Ley prefiguraba, pero no cumplía realmente.
Juan 19:37
37. Mirarán al que traspasaron. Este pasaje es violentamente forzado por quienes procuran explicarlo literalmente como referido a Cristo. Ni es este el propósito con que el evangelista lo cita, sino más bien mostrar que Cristo es aquel Dios que antes se quejó, por medio de Zacarías, de que los judíos habían traspasado su corazón (Zac 12:10). Ahora bien, Dios habla allí a la manera de los hombres, declarando que es herido por los pecados de su pueblo, y especialmente por su obstinado desprecio de su palabra, del mismo modo que un mortal recibe una herida mortal cuando su corazón es traspasado; como dice en otro lugar que su Espíritu fue profundamente contristado. Ahora bien, como Cristo es Dios manifestado en carne (1 Ti 3:16), Juan dice que en su carne visible se cumplió claramente lo que su Majestad divina había soportado de parte de los judíos, en cuanto era capaz de soportarlo; no que Dios pueda ser afectado en modo alguno por las afrentas de los hombres, ni que los oprobios que se lanzan contra él desde la tierra lleguen jamás a él, sino porque con este modo de expresión quiso declarar de cuán enorme sacrilegio es culpable la maldad de los hombres cuando se levanta en rebelión contra el cielo. Lo que fue hecho por la mano de un soldado romano, el evangelista Juan lo imputa justamente a los judíos; como se dice en otro lugar que ellos crucificaron al Hijo de Dios (Hch 2:36), aunque no pusieron un dedo sobre su cuerpo.
Surge ahora una pregunta sobre este pasaje tomado del profeta: ¿promete Dios a los judíos arrepentimiento para salvación, o amenaza con venir como vengador? Por mi parte, cuando examino de cerca el pasaje, pienso que incluye ambas cosas; a saber, que de una nación despreciable y sin principios Dios reunirá un remanente para salvación, y que, con su terrible venganza, mostrará a los despreciadores con quién tienen que tratar; pues sabemos que solían tratar a los profetas con tanta insolencia como si los profetas no hubieran contado sino fábulas y no hubieran recibido comisión alguna de Dios. Dios declara que no quedarán sin castigo, pues al fin sostendrá su causa.
Juan 19:38-42
38. Después de estas cosas, José de Arimatea (que era discípulo de Jesús, pero secretamente, por miedo a los judíos) rogó a Pilato que le permitiera llevarse el cuerpo de Jesús, y Pilato se lo concedió. Vino, pues, y se llevó el cuerpo de Jesús. 39. Vino también Nicodemo (el que antes había venido a Jesús de noche), trayendo una mezcla de mirra y áloes, como de cien libras. 40. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias, como es costumbre de los judíos sepultar. 41. Y en el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto nadie. 42. Allí, pues, pusieron a Jesús, por causa de la preparación de los judíos, porque el sepulcro estaba cerca.
Juan 19:38-39
38. José de Arimatea rogó a Pilato. Juan relata ahora por quiénes, en qué lugar y con qué magnificencia fue sepultado Cristo. Menciona a dos personas que sepultaron a Cristo: José y Nicodemo; el primero de los cuales pidió a Pilato que le diera el cuerpo muerto, que de otro modo habría quedado expuesto a la violencia desenfrenada de los soldados. Mateo (Mt 27:57) dice que era hombre rico, y Lucas (Lc 23:50) dice que era consejero; es decir, tenía el rango de senador. En cuanto a Nicodemo, hemos visto, en el capítulo 3 de este Evangelio, que tenía un rango honroso entre sus compatriotas; y que era también rico puede inferirse fácilmente del gran gasto que hizo para conseguir esta mezcla.
Hasta entonces, pues, las riquezas les habían impedido profesar ser discípulos de Cristo, y podían después tener no menos influencia para impedirles hacer una profesión tan odiada y aborrecida. El evangelista dice expresamente que José había sido antes retenido por este miedo de aventurarse a declarar abiertamente que era discípulo de Cristo; y en cuanto a Nicodemo, repite lo que ya hemos visto: que vino a Jesús secretamente y de noche (Jn 3:2 y Jn 7:50). ¿De dónde, pues, sacan tan heroica magnanimidad que, cuando las cosas están en su punto más bajo, salen sin temor a la vista pública? No digo nada del grande y evidente peligro que debieron correr; pero lo más importante es que no vacilaron en ponerse en estado de guerra perpetua con su propia nación. Es cierto, por tanto, que esto fue efecto de un impulso celestial, de modo que quienes, por miedo, no le rindieron la honra debida mientras vivía, corren ahora a su cuerpo muerto, como si se hubieran vuelto hombres nuevos.
Traen sus especias para embalsamar el cuerpo de Cristo; pero nunca lo habrían hecho si no hubieran estado perfumados con el dulce aroma de su muerte. Esto muestra la verdad de lo que Cristo había dicho:
«Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto» (Jn 12:24).
Pues aquí tenemos una prueba notable de que su muerte fue más vivificante que su vida; y tan grande fue la eficacia de aquel dulce aroma que la muerte de Cristo llevó a la mente de estos dos hombres, que extinguió rápidamente todas las pasiones propias de la carne. Mientras reinaban en ellos la ambición y el amor al dinero, la gracia de Cristo no tenía encantos para ellos; pero ahora comienzan a sentir desagrado por todo el mundo.
Además, aprendamos que su ejemplo nos señala lo que debemos a Cristo. Estos dos hombres, como testimonio de su fe, no solo bajaron a Cristo de la cruz con gran riesgo, sino que lo llevaron osadamente al sepulcro. Nuestra pereza será baja y vergonzosa si, ahora que él reina en la gloria celestial, le negamos la confesión de nuestra fe. Tanto menos excusable es la maldad de quienes, aunque ahora niegan a Cristo con vil hipocresía, alegan en su favor el ejemplo de Nicodemo. En una cosa, lo admito, se parecen a él: en que procuran, en cuanto está en su poder, sepultar a Cristo; pero el tiempo de sepultar ha pasado, puesto que ha ascendido a la diestra del Padre, para reinar gloriosamente sobre ángeles y hombres, y para que toda lengua proclame su señorío (Fil 2:9-10).
Secretamente, por miedo a los judíos. Como este miedo se contrasta con la santa osadía que el Espíritu del Señor produjo en el corazón de José, hay motivo para creer que no estaba libre de culpa. No que todo temor con que los creyentes se guardan de los tiranos y enemigos de la Iglesia sea censurable, sino porque la debilidad de la fe se manifiesta siempre que se retiene la confesión de la fe por miedo. Debemos considerar siempre lo que el Señor manda y hasta dónde nos ordena avanzar. El que se detiene a mitad de la carrera muestra que no confía en Dios, y el que da más valor a su propia vida que al mandato de Dios no tiene excusa.
Que era discípulo de Jesús. Cuando vemos que el evangelista da a José la honrosa designación de discípulo en un tiempo en que era excesivamente tímido y no se atrevía a profesar su fe ante el mundo, aprendemos de ello cuán benignamente obra Dios con su pueblo y con qué bondad paternal perdona sus ofensas. Y sin embargo, los falsos nicodemitas no tienen derecho a lisonjearse, ellos que no solo guardan su fe oculta en su propio pecho, sino que, fingiendo dar su consentimiento a supersticiones impías, hacen cuanto está en su poder por negar que son discípulos de Cristo.
Juan 19:40
40. Como es costumbre de los judíos sepultar. Cuando Cristo hubo soportado la extrema ignominia en la cruz, Dios determinó que su sepultura fuera honrosa, para que sirviera de preparación a la gloria de su resurrección. El dinero gastado en ella por Nicodemo y José es muy grande, y a algunos puede parecer superfluo; pero debemos considerar el designio de Dios, que los condujo, por su Espíritu, a rendir esta honra a su propio Hijo, para que, con el dulce aroma de su sepulcro, quitara de nosotros el temor de la cruz. Pero las cosas que salen del curso ordinario no deben ser tomadas como ejemplo.
Además, el evangelista declara expresamente que fue sepultado conforme a la costumbre de los judíos. Con estas palabras nos informa que esta era una de las ceremonias de la Ley; pues el pueblo antiguo, que no recibió una declaración tan clara de la resurrección, y que no tenía tal demostración y prenda de ella como tenemos nosotros en Cristo, necesitaba tales ayudas para sostenerse, a fin de creer firmemente y esperar la venida del Mediador. Debemos, pues, atender a la distinción entre nosotros, que hemos sido iluminados por el resplandor del evangelio, y aquellos a quienes las figuras suplían la ausencia de Cristo. Esta es la razón por la cual entonces podía tolerarse una mayor pompa de ceremonias, que hoy no estaría libre de culpa; pues quienes ahora sepultan a los muertos con tan grande gasto no sepultan, hablando con propiedad, a hombres muertos, sino que más bien, en cuanto está en su poder, bajan del cielo al mismo Cristo, el Rey de la vida, y lo ponen en el sepulcro, pues su gloriosa resurrección abolió aquellas antiguas ceremonias.
Entre los paganos también había gran solicitud y ceremonia en sepultar a los muertos, la cual sin duda derivaba su origen de los antiguos Padres de los judíos, del mismo modo que los sacrificios; pero, como entre ellos no existía esperanza alguna de la resurrección, no fueron imitadores de los Padres, sino sus monos; pues la promesa y la palabra de Dios es como el alma que da vida a las ceremonias. Quita la palabra, y todas las ceremonias que observan los hombres, aunque por fuera puedan parecerse al culto de los piadosos, no son sino necia o demente superstición. Por nuestra parte, como hemos dicho, debemos mantener ahora sobriedad y moderación en este asunto, pues el gasto inmoderado apaga el dulce aroma de la resurrección de Cristo.
Juan 19:41-42
41. Y en el lugar donde fue crucificado había un huerto. Este es el tercer punto, como he dicho, que debe observarse en la historia de la sepultura. El evangelista lo relata por diversas razones. En primer lugar, no sucedió por casualidad, sino por indudable providencia de Dios, que el cuerpo de Cristo fuera sepultado en un sepulcro nuevo; pues aunque murió como mueren todos los demás hombres, como había de ser el primogénito de entre los muertos (Col 1:18) y primicias de los que durmieron (1 Co 15:20), tuvo un sepulcro nuevo, en el cual nadie había sido puesto jamás. Es cierto que Nicodemo y José tenían otro objeto a la vista; pues, por el poco tiempo que restaba hasta la puesta del sol, que era el comienzo del día de reposo, atendieron a la conveniencia del lugar; pero, contra su intención, Dios dispuso para su propio Hijo un sepulcro que aún no había sido usado. Los buenos hombres se contentan meramente con que el lugar estuviera cerca, para no violar el día de reposo; pero Dios les ofrece lo que no buscaban, para que la sepultura de su Hijo tuviera alguna señal que lo distinguiera del rango de los demás hombres. La situación del lugar sirvió también para probar la verdad de su resurrección y para arrojar no poca luz sobre la narración que se contiene en el capítulo siguiente.
CAPÍTULO 20
Juan 20:1-9
1. El primer día de la semana, María Magdalena va de mañana al sepulcro, siendo aún oscuro, y ve la piedra removida del sepulcro. 2. Entonces corre, y viene a Simón Pedro, y al otro discípulo a quien amaba Jesús, y les dice: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto. 3. Salió, pues, Pedro, y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. 4. Y corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. 5. Y, inclinándose, vio los lienzos puestos allí; pero no entró. 6. Luego llegó Simón Pedro siguiéndole, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, 7. y el sudario que había estado sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. 8. Entonces entró también el otro discípulo, que había llegado primero al sepulcro, y vio, y creyó. 9. Porque aún no sabían la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.