Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Juan 20: comentario de Juan Calvino

Juan 20:1-2

1. El primer día de la semana. Como la resurrección de Cristo es el artículo más importante de nuestra fe, y sin ella se extingue la esperanza de la vida eterna, por eso los evangelistas ponen más cuidado en probarla, como aquí Juan reúne muchas pruebas para asegurarnos de que Cristo ha resucitado de los muertos. Podría parecer extraño, sin embargo, que no presente testigos más competentes; pues comienza con una mujer; pero así se cumple lo que está dicho:

«Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios… a fin de que nadie se jacte en su presencia» (1 Co 1:27-29).

Ciertamente no había más grandeza terrenal en los discípulos que en las mujeres que seguían a Cristo; pero como Cristo quiso contarlas como los principales testigos de su resurrección, solo por este motivo su testimonio merece la mayor deferencia y no está sujeto a objeción alguna. En cuanto a los sacerdotes, los escribas, todo el pueblo y aun Pilato, nada sino una ceguera burda y voluntaria les impidió creer firmemente que Cristo había resucitado. Todos ellos, por tanto, merecían que viendo no vieran; y sin embargo Cristo se reveló al pequeño rebaño.

Antes de proseguir, con todo, es necesario mostrar cómo concuerdan entre sí los evangelistas; pues a primera vista parece haber alguna contradicción en sus palabras. Juan menciona una sola mujer, María Magdalena; Mt 28:1 menciona dos, María Magdalena y la otra María; Mr 16:1 menciona tres, María Magdalena, y María (la madre) de Jacobo, y Salomé; Lc 24:10, 22 no fija el número, sino que solo relata que vinieron mujeres que habían seguido a Cristo desde Galilea. Pero la dificultad se resuelve fácilmente de este modo. Así como Mateo inserta los nombres de dos mujeres que eran las más conocidas y tenían la más alta reputación entre los discípulos, así Juan se contenta con mencionar el nombre de María Magdalena sola, pero sin excluir a las otras; y, en efecto, es evidente, considerando sus palabras en su contexto, que ella no estaba sola, pues poco después María Magdalena dice, en plural: NO SABEMOS dónde lo han puesto. Aunque, por tanto, Juan nada dice de sus compañeras, los otros evangelistas, que relatan que había muchas con ella, no dicen nada que sea contradicho por la narración de Juan.

La discrepancia en cuanto al tiempo puede resolverse fácilmente. Cuando Juan dice que llegaron antes del amanecer, debemos entender que habían emprendido su camino durante la oscuridad de la noche; que antes de llegar al sepulcro había clareado el día; y que por la tarde, después de la puesta del sol, cuando terminó el día de reposo, habían comprado las especias; y así debe conciliarse la narración de los otros evangelistas.

Podría pensarse que hay otra apariencia de contradicción en que Juan dice que María habló solo con él y con Pedro, mientras que Lc 24:10-11 relata que vino a los once apóstoles y que sus palabras les parecían locura. Pero esto se explica fácilmente, pues Juan pasó intencionalmente por alto a los demás apóstoles, porque solo él y Pedro fueron al sepulcro. En cuanto a que Lucas mencione solo a Pedro, es por la misma razón que acabamos de dar respecto de María Magdalena y las demás mujeres. Es también probable que los otros nueve discípulos fueran retenidos por el miedo, no fuera que se los observara con demasiada facilidad si iban en grupo. Ni es esto inconsistente con lo que Lucas parece sugerir, que despreciaron las palabras de María; pues inmediatamente después añade que Pedro se levantó y corrió (Lc 24:12). Quiere decir, por tanto, simplemente que, cuando lo oyeron por primera vez, parecieron quedar atónitos, pero que al fin Pedro cobró ánimo y la siguió para ver.

Cuando Lucas relata que Cristo se apareció a María antes de que ella informara a los discípulos que el sepulcro estaba vacío, el orden de la narración está invertido. Esto es evidente por el contexto, pues añade lo que, según nos dice Juan, sucedió antes de que ella viera a Jesús; ni hay nada extraño en ello, pues los escritores hebreos relatan con frecuencia primero lo que es posterior en el orden del tiempo.

El primer día de la semana; o, literalmente, el primer día de los sábados. Los evangelistas no relatan cuándo ni cómo resucitó Cristo; pues les bastaba explicar en qué momento y a qué personas se dio a conocer su resurrección. Juan dice, por tanto, que María vino el primer día de los sábados. Literalmente, las palabras pueden traducirse el día uno (μιᾷ) de los sábados; pero es costumbre entre los hebreos usar la palabra אחד (ehad), uno, en lugar de primero, porque al contar comenzamos por uno. Ahora bien, como cada séptimo día estaba dedicado al reposo, llamaban a toda la semana un sábado, confiriendo esta honra a la santidad del día, que el resto del tiempo recibiera de él su nombre. Las mujeres, pues, vinieron al sepulcro el día después del día de reposo, habiendo comprado especias ese mismo día (pero después de la puesta del sol); y luego salieron de la ciudad en secreto, y durante la oscuridad de la noche, como suele hacer la gente cuando tiene miedo. Ahora bien, era el primer día de los sábados con respecto al siguiente sábado, porque era el comienzo de la semana, de la cual el sábado era el fin.

Juan 20:3-4

3. Salió, pues, Pedro. Habiendo tan poca fe, o más bien casi ninguna, tanto en los discípulos como en las mujeres, es asombroso que tuvieran tan gran celo; y, en efecto, no es posible que fueran sentimientos religiosos los que los llevaron a buscar a Cristo. Alguna semilla de fe, por tanto, permanecía en sus corazones, pero apagada por un tiempo, de modo que no eran conscientes de tener lo que tenían. Así obra a menudo el Espíritu de Dios en los elegidos de manera secreta. En suma, debemos creer que había alguna raíz oculta de la cual vemos producirse fruto. Aunque este sentimiento de piedad que poseían era confuso y estaba acompañado de mucha superstición, todavía le doy —aunque con inexactitud— el nombre de fe, porque fue producido solo por la doctrina del evangelio y no tenía otra tendencia que hacia Cristo. De esta semilla brotó al fin una fe verdadera y sincera, que, dejando el sepulcro, ascendió a la gloria celestial de Cristo.

Cuando la Escritura habla de los débiles comienzos de la fe, dice que Cristo nace en nosotros y que nosotros, por nuestra parte, nacemos en él; pero los discípulos deben ser puestos casi por debajo de la infancia, pues ignoran la resurrección de Cristo, aunque el Señor los alimenta como una madre alimenta al niño que lleva en su seno. Antes eran como niños y habían progresado un poco, pero la muerte de Cristo los había hecho tan débiles que debían ser engendrados otra vez y formados, como dice Pablo de los gálatas:

«Hijitos míos, de quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gá 4:19).

Cuando hallamos que Pedro, aunque se apresuró menos, es el primero en entrar en el sepulcro, aprendamos de ello que a muchas personas se les da al fin más de lo que parece al comienzo. Y, en efecto, vemos a veces que muchos que estaban llenos de fervor al principio ceden cuando llegan al combate; mientras que otros, que parecían lentos e indolentes, cobran nuevo ánimo cuando el peligro está cerca.

Juan 20:5-6

5. Y ve los lienzos puestos allí. Los lienzos podían considerarse como los despojos, destinados a conducir a la fe en la resurrección de Cristo; pues no era probable que su cuerpo hubiera sido dejado desnudo para ser llevado a otro lugar. Esto no lo habría hecho un amigo, ni siquiera un enemigo.

Juan 20:7

7. Y el sudario que había estado sobre su cabeza. Cuando el evangelista dice que un sudario estaba enrollado sobre su cabeza, esto refuta la falsedad de los papistas, que pretenden que todo el cuerpo fue cosido en una sola sábana de lino, la cual muestran al miserable populacho llamándola "la santa sábana". No digo nada de su burda ignorancia de la lengua latina, que los llevó a suponer que la palabra sudario, que designa lo que se usaba para enjugar el sudor del rostro, como un pañuelo, significaba una cubierta para todo el cuerpo; ni digo nada de su desvergüenza en jactarse de tener este mismo sudario en cinco o seis lugares distintos. Pero esta burda falsedad es intolerable, porque contradice abiertamente la historia evangélica. A esto se añade un milagro fabuloso que han inventado, a saber, que la figura del cuerpo de Cristo siguió siendo visible en el lienzo. Apelo a ustedes: si tal milagro se hubiera obrado, ¿no habría dicho nada de ello el evangelista, que tiene tanto cuidado en relatar sucesos que no eran de tanta importancia? Contentémonos con esta sencilla consideración del asunto: que Cristo, al dejar a un lado las señales de la muerte, quiso testificar que se había revestido de una vida bienaventurada e inmortal.

Juan 20:8

8. Y vio, y creyó. Es pobre la exposición que algunos dan de estas palabras, que Juan creyó lo que había oído decir a María, a saber, que el cuerpo de Cristo había sido llevado; pues no hay pasaje en que la palabra creer tenga este significado, especialmente cuando se usa sola y sin añadidura alguna. Ni es esto inconsistente con el hecho de que Pedro y Juan vuelvan a casa mientras están todavía en duda y perplejidad; pues en algunos pasajes Juan había empleado esta expresión cuando quería describir el crecimiento de la fe. Además, Lc 24:12 relata que Pedro se maravilló al ver el sepulcro en tan buen orden; queriendo decir con esto que Pedro pensó en algo mayor y más elevado de lo que María le había dicho.

Juan 20:9

9. Porque aún no sabían la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos. Habían oído a menudo de la boca de Cristo lo que ahora veían con sus ojos, pero esto se les había escapado del corazón. Advertidos ahora por la vista de un espectáculo extraño, comienzan a pensar en Cristo como alguien que tenía algo divino, aunque están todavía lejos de tener un conocimiento claro y exacto de él. Juan, por tanto, se acusa a sí mismo cuando reconoce que la primera vez que creyó fue cuando contempló las pruebas de la resurrección de Cristo.

Además, representa con más fuerza su propia culpa y la de sus hermanos al añadir que no solo habían olvidado las palabras de Cristo, sino que no creían las Escrituras; pues a esta ignorancia atribuye la deficiencia de su fe. De aquí también podemos sacar una instrucción útil: que debemos atribuirlo a nuestro descuido cuando ignoramos lo que debemos saber acerca de Cristo, porque no hemos aprovechado como debíamos las Escrituras, que revelan claramente la excelencia de Cristo.

Sin ir más lejos para dar un ejemplo de esto, podría pensarse que la resurrección de Cristo se enseña en ellas oscuramente y solo bajo figuras; pero el lector atento hallará testimonios abundantemente claros. Pablo prueba (Hch 13:34) que Cristo debía haber resucitado de los muertos, porque Dios declara por el profeta Isaías (Is 55:3) que, bajo su reinado, las misericordias firmes prometidas a David serían seguras. Una persona poco versada podría imaginar que lo que Pablo cita no viene al caso; pero los que creen los principios de la fe y conocen bien las Escrituras no tienen dificultad en percibir la fuerza de este argumento; pues, para que Cristo pueda asegurarnos para siempre la gracia de Dios, el mismo Cristo debe vivir para siempre.

Hay muchos pasajes del mismo tipo que no es necesario ahora reunir. Contentémonos, pues, con los tres siguientes. Está escrito:

«Ni permitirás que tu Santo vea corrupción» (Sal 16:10).

Pedro y Pablo explican esta predicción como referida a Cristo (Hch 2:27 y Hch 13:35), y con razón; pues no hay uno solo de todos los hijos de Adán que no esté por sí mismo sujeto a corrupción. En consecuencia, allí se declara la inmortalidad de Cristo. Igualmente está fuera de toda duda que el siguiente pasaje se refiere a Cristo:

«Dijo Jehová a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Sal 110:1).

Ahora bien, la muerte no será destruida hasta el último día. El reino es dado, pues, a Cristo hasta el fin del mundo, y este reino no puede existir sin su vida. Pero Isaías habla más claramente que todos los demás cuando, después de haber predicho la muerte de Cristo, añade enseguida que es imposible declarar su edad (Is 53:8). En suma, debemos creer que la doctrina de la Escritura es tan plena y completa en todo sentido que todo lo que falta a nuestra fe debe atribuirse justamente a la ignorancia de las Escrituras.

Juan 20:10-15

10. Volvieron entonces los discípulos a sus casas. 11. Pero María estaba fuera, llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó hacia el sepulcro, 12. y ve a dos ángeles con vestiduras blancas sentados, uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había estado puesto. 13. Y le dicen: Mujer, ¿por qué lloras? Les dice: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto. 14. Habiendo dicho esto, se volvió, y ve a Jesús que estaba allí, y no sabía que era Jesús. 15. Le dice Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? Ella, pensando que era el hortelano, le dice: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.

Juan 20:10

10. Volvieron entonces los discípulos a sus casas. Es posible que su ánimo estuviera todavía en estado de duda e incertidumbre cuando volvieron a casa; pues aunque Juan dice que creyeron, su fe no era fuerte, sino solo algún recuerdo confuso del milagro, y semejante a un arrobamiento, hasta que fuera más plenamente confirmada; y, en efecto, una fe fuerte no podía producirse solamente por la vista que habían contemplado. Además, Cristo no se presentó a su vista hasta que hubieron despertado más plenamente de su estupor carnal. Habían dado, ciertamente, una digna de alabanza demostración de su celo al apresurarse hacia el sepulcro; sin embargo, Cristo se ocultó de ellos, porque lo buscaban con demasiada superstición.

Juan 20:11

11. Pero María estaba fuera, junto al sepulcro. El evangelista comienza ahora a describir la manera en que Cristo se apareció tanto a las mujeres como a los discípulos para testificar su resurrección. Aunque menciona una sola mujer, María, pienso sin embargo que es probable que las otras mujeres estuvieran también con ella; pues no es razonable suponer, como algunos han hecho, que las mujeres se desmayaron de miedo. Esos escritores quieren evitar una contradicción, pero ya he mostrado que tal contradicción no existe.

En cuanto a que las mujeres permanezcan junto al sepulcro mientras los discípulos vuelven a la ciudad, no merecen por ello gran indulgencia; pues los discípulos llevan consigo consuelo y gozo, pero las mujeres se atormentan con un llanto vano e inútil. En suma, es solo la superstición, acompañada de sentimientos carnales, lo que las mantiene cerca del sepulcro.

Juan 20:12

12. Y ve a dos ángeles. ¡Qué asombrosa tolerancia muestra nuestro Señor al soportar tantas faltas en María y sus compañeras! Pues no es pequeña la honra que les confiere al enviar a sus ángeles y, al fin, darse a conocer a ellas, cosa que no había hecho con los apóstoles. Aunque los apóstoles y las mujeres estaban afligidos por la misma enfermedad, la estupidez de los apóstoles era menos excusable, porque habían aprovechado tan poco la valiosa y cuidadosa instrucción que habían recibido. Uno de los propósitos, ciertamente, que Cristo tuvo al escoger a las mujeres para hacerles la primera manifestación de sí mismo, fue llenar de vergüenza a los apóstoles.

Con vestiduras blancas. Si María los conocía como ángeles o los tomaba por hombres, es incierto. Sabemos que las vestiduras blancas eran un emblema de la gloria celestial; pues hallamos que Cristo estaba vestido de blanco cuando fue transfigurado en el monte y mostró su gloriosa majestad a tres de sus apóstoles (Mt 17:2). Lucas relata que el ángel que se apareció a Cornelio se puso delante de él con vestido resplandeciente (Hch 10:30). Tampoco niego que los vestidos de lino fueran de uso común entre los habitantes de los países orientales; pero por el vestido de los ángeles Dios señaló algo notable y fuera de lo común, y puso en ellos como marcas para que se distinguieran de los hombres. Además, Mt 28:3 compara el aspecto del ángel que habló con las mujeres a un relámpago. Y con todo es posible que su temor surgiera solamente de que sus mentes quedaron heridas de admiración, pues parece que ellas quedaron atónitas.

Además, siempre que leemos que los ángeles aparecieron en forma visible de hombres y vestidos con ropas, esto se hizo a causa de la ignorancia de los hombres. Por mi parte, no dudo de que a veces estuvieron revestidos de cuerpos reales; pero si aquellos dos ángeles tuvieron solamente la apariencia de cuerpos o no, sería una indagación inútil, y por eso lo dejaré indeterminado. Me basta que el Señor les diera una forma humana, para que las mujeres pudieran verlos y oírlos, mientras que el magnífico y extraordinario vestido que llevaban los distinguía del rango ordinario de los hombres y señalaba algo divino y celestial.

Uno a la cabecera, y el otro a los pies. Mateo menciona un solo ángel (Mt 28:2). Esto, sin embargo, no contradice la narración de Juan; pues los dos ángeles no hablaron a María al mismo tiempo, sino solo uno de ellos, que tenía comisión de hablar. No hay buen fundamento para la alegoría de Agustín, según la cual la posición de los ángeles —uno a la cabecera, y el otro a los pies— señalaba que el evangelio sería predicado de oriente a occidente. Es más digno de observación que Cristo, con disposiciones preparatorias de esta naturaleza, dio comienzo a la gloria de su reino; pues por la honra que los ángeles rinden al sepulcro no solo se quita la ignominia de la cruz, sino que resplandece la majestad celestial de Cristo.

Juan 20:13

13. Mujer, ¿por qué lloras? Por lo que dicen los evangelistas puede concluirse fácilmente que el ángel sostuvo una larga conversación; pero Juan da un breve resumen de lo que se habló, porque esto bastaba para probar la resurrección de Cristo. La conversación consiste en reprensión mezclada con consuelo. El ángel reprende a María por su excesivo llanto, pero al mismo tiempo mezcla el gozo, cuando dice que no hay motivo para llorar, puesto que Cristo ha resucitado.

Juan 20:14

14. Y ve a Jesús que estaba allí. Puede preguntarse de dónde surgió este error de que María no reconozca a Jesús, a quien debía de conocer íntimamente. Algunos piensan que se apareció en una forma diferente, pero yo pienso que la falta estaba más bien en los ojos de las mujeres, como Lucas (Lc 24:16) dice de los dos discípulos: los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen. No diremos, por tanto, que Cristo estaba tomando continuamente nuevas formas, como Proteo, sino que está en el poder de Dios, que dio ojos a los hombres, disminuir la agudeza de su vista siempre que lo juzgue conveniente, para que viendo no vean.

En María tenemos un ejemplo de los errores en que cae con frecuencia la mente humana. Aunque Cristo se presenta a nuestra vista, imaginamos que toma diversas formas, de modo que nuestros sentidos conciben cualquier cosa antes que al verdadero Cristo; pues no solo nuestras facultades de entendimiento están sujetas a ser engañadas, sino que además son hechizadas por el mundo y por Satanás, para que no tengan percepción alguna de la verdad.

Juan 20:15

15. Señor, si tú lo has llevado. Lo llama Señor según la costumbre de su nación; pues la misma designación, Señor (Κύριε), es empleada por los hebreos al dirigirse a jornaleros y otras personas de baja condición. Vemos que María no tiene en este asunto otra visión que la terrenal. Solo desea obtener el cuerpo muerto de Cristo, para tenerlo oculto en el sepulcro; pero deja de lado lo más importante, la elevación de su mente al poder divino de su resurrección. No debe extrañarnos, pues, que tan rastreras ideas pongan un velo delante de sus ojos.

Juan 20:16-18

16. Le dice Jesús: ¡María! Ella, volviéndose, le dice: ¡Raboni!, que significa: ¡Maestro! 17. Le dice Jesús: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; pero ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. 18. Fue María Magdalena y dio a los discípulos la noticia de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.

Juan 20:16

16. Le dice Jesús: ¡María! Que Cristo permitiera a María caer por un breve tiempo en un error fue útil para confirmar su fe; pero ahora, con una sola palabra, corrige su error. Antes le había hablado, pero su discurso parecía el de una persona desconocida; ahora asume el carácter de Maestro y se dirige a su discípula por su nombre, como hemos visto antes que

el buen pastor «a sus ovejas llama por nombre» a cada una de su rebaño (Jn 10:3).

Aquella voz del pastor, por tanto, entra en el corazón de María, le abre los ojos, despierta todos sus sentidos y la afecta de tal manera que se entrega enseguida a Cristo.

Así, en María tenemos una viva imagen de nuestro llamamiento; pues la única manera en que somos admitidos al verdadero conocimiento de Cristo es cuando él primero nos conoce y luego nos invita familiarmente a sí, no con esa voz ordinaria que suena indistintamente en los oídos de todos, sino con esa voz con que llama especialmente a las ovejas que el Padre le ha dado. Así dice Pablo:

«Ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios» (Gá 4:9).

Y le dice: ¡Raboni! La eficacia del llamado es evidente por esta circunstancia: que María rinde enseguida a Cristo la honra que se le debe; pues la palabra Raboni no es solo respetuosa, sino que implica una profesión de obediencia. María declara, pues, que es discípula de Cristo y se somete a él como a su Maestro. Este es un cambio secreto y admirable obrado en el entendimiento humano, cuando Dios, iluminándolo por su Espíritu, da clara vista a quien antes era tardo de comprensión y, en verdad, enteramente ciego. Además, el ejemplo de María debe servir de exhortación, para que todos a quienes Cristo invita a sí le respondan sin demora.

La palabra Raboni es caldea, aunque los caldeos la pronuncian Riboni; pero es costumbre hacer cambios en las palabras cuando pasan a una lengua extranjera. El significado es el mismo que si dijéramos: ¡Mi Señor! o ¡Mi Maestro! Pero en tiempo de Cristo había ganado curso este modo de expresión, de usar Rabí y Raboni en lugar de Maestro.

Juan 20:17-18

17. No me toques. Esto parece no concordar con la narración de Mateo; pues él dice expresamente que las mujeres se asieron de sus pies y lo adoraron (Mt 28:9). Ahora bien, puesto que permitió que sus discípulos lo tocaran, ¿qué razón había para prohibir a María tocarlo? La respuesta es fácil, con tal que recordemos que las mujeres no fueron apartadas de tocar a Cristo hasta que su ansia de tocarlo fue llevada al exceso; pues, en cuanto era necesario para quitar la duda, sin duda no les prohibió tocarlo, pero, al percibir que su atención estaba demasiado ocupada en abrazar sus pies, refrenó y corrigió aquel celo inmoderado. Fijaban su atención en su presencia corporal y no entendían otra manera de gozar de su compañía que conversando con él en la tierra. Debemos concluir, por tanto, que no se les prohibió tocarlo hasta que Cristo vio que, por su necio e irrazonable deseo, querían retenerlo en el mundo.

Porque aún no he subido a mi Padre. Debemos atender a esta razón que añade; pues con estas palabras ordena a las mujeres refrenar sus sentimientos hasta que sea recibido en la gloria celestial. En suma, señaló el propósito de su resurrección; no tal como ellas lo habían imaginado, que después de haber vuelto a la vida triunfara en el mundo, sino más bien que, por su ascensión al cielo, entrara en posesión del reino que le había sido prometido y, sentado a la diestra del Padre, gobernara la Iglesia por el poder de su Espíritu. El sentido de las palabras es, por tanto, que su estado de resurrección no sería pleno y completo hasta que se sentara en el cielo a la diestra del Padre; y, por consiguiente, que las mujeres obraban mal al contentarse con tener solo la mitad de su resurrección y desear gozar de su presencia en el mundo. Esta doctrina rinde dos provechos. El primero es que quienes desean tener éxito en buscar a Cristo deben elevar su mente hacia arriba; y el segundo, que todos los que procuran ir a él deben despojarse de los afectos terrenales de la carne, como Pablo exhorta:

«Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3:1).

Pero ve a mis hermanos. Algunos limitan la palabra hermanos a los primos y parientes de Cristo, pero, en mi opinión, impropiamente; pues ¿por qué los habría enviado a ellos y no a los discípulos? Responden: Porque Juan testifica en otro lugar que sus hermanos no creían en él (Jn 7:5).

Pero no me parece probable que Cristo confiriera tan gran honra a los que allí se mencionan. Debe admitirse también que María Magdalena obedeció plenamente las órdenes de Cristo. Ahora bien, enseguida se sigue que fue a los discípulos; de lo cual concluimos que Cristo había hablado de ellos.

Además, Cristo sabía que los discípulos, a quienes esos hombres, con su opinión, tratan como separados, estaban reunidos en un solo lugar; y habría sido sumamente absurdo que se ocupara de no sé qué clase de personas y descuidara a los discípulos, que, reunidos en un solo lugar, estaban sometidos a un violento conflicto entre la esperanza y el temor. A esto puede añadirse que Cristo parece haber tomado esta expresión del Salmo 22:22, donde hallamos estas palabras: Anunciaré tu nombre a mis hermanos; pues está fuera de toda controversia que este pasaje contiene el cumplimiento de aquella predicción.

Concluyo, pues, que María fue enviada a los discípulos en general; y considero que esto se hizo a modo de reproche, porque habían sido tan tardos y perezosos para creer. Y, en efecto, merecen no solo tener mujeres por maestras, sino aun bueyes y asnos; puesto que el Hijo de Dios se había empleado tan largo tiempo y con tanto trabajo en enseñarles, y ellos habían progresado tan poco, o casi nada. Con todo, este es un castigo suave y benigno, cuando Cristo envía así a sus discípulos a la escuela de las mujeres, para que por su medio los vuelva a traer a sí. Aquí contemplamos también la inconcebible bondad de Cristo al escoger y designar a mujeres como testigos de su resurrección ante los apóstoles; pues la comisión que se les da es el único fundamento de nuestra salvación y contiene el punto principal de la sabiduría celestial.

Debe observarse igualmente, sin embargo, que este suceso fue extraordinario y —casi podríamos decir— accidental. Se les manda dar a conocer a los apóstoles lo que después, en el ejercicio del oficio que se les confió, proclamaron a todo el mundo. Pero, al ejecutar este encargo, no obran como si hubieran sido apóstoles; y por eso es erróneo forjar una ley de este mandato de Cristo y permitir a las mujeres el oficio de bautizar. Contentémonos con saber que Cristo mostró en ellas los ilimitados tesoros de su gracia cuando las designó una vez como maestras de los apóstoles, y sin embargo no quiso que lo que se hizo por un privilegio singular fuera tenido como ejemplo. Esto es particularmente evidente en María Magdalena, que antes había estado poseída por siete demonios (Mr 16:9; Lc 8:2); pues venía a significar que Cristo la había sacado del más profundo infierno para elevarla por encima del cielo.

Si se objeta que no había razón para que Cristo prefiriese a las mujeres a los apóstoles, puesto que no eran menos carnales y torpes, respondo que no nos corresponde a nosotros, sino al Juez, estimar la diferencia entre los apóstoles y las mujeres. Pero voy más lejos, y digo que los apóstoles merecían ser censurados con más severidad, porque no solo habían sido mejor instruidos que todos los demás, sino que, después de haber sido designados maestros de todo el mundo, y después de haber sido llamados la luz del mundo (Mt 5:14) y la sal de la tierra (Mt 5:13), apostataron tan vilmente. Sin embargo, agradó al Señor, por medio de aquellos vasos débiles y despreciables, dar una muestra de su poder.

Subo a mi Padre. Al usar la palabra subo confirma la doctrina que he explicado poco antes: que resucitó de los muertos, no con el fin de permanecer más tiempo en la tierra, sino para entrar en la vida celestial y así llevar consigo al cielo a los creyentes. En suma, con este término prohíbe a los apóstoles fijar toda su atención en su resurrección considerada simplemente en sí misma, sino que los exhorta a avanzar más, hasta llegar al reino espiritual, a la gloria celestial, a Dios mismo. Hay, pues, gran énfasis en esta palabra subo; pues Cristo extiende la mano a sus discípulos para que no busquen su felicidad en ningún otro lugar sino en el cielo;

«porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mt 6:21).

Ahora bien, Cristo declara que sube a lo alto; y por eso nosotros debemos subir, si no queremos ser separados de él.

Cuando añade que sube a Dios, disipa rápidamente el dolor y la ansiedad que los apóstoles podían sentir por su partida; pues su sentido es que estará siempre presente con sus discípulos por poder divino. Es verdad que la palabra subir denota distancia de lugares; pero aunque Cristo esté ausente en cuerpo, como está con Dios, su poder, que se siente por todas partes, muestra claramente su presencia espiritual; pues ¿por qué subió a Dios, sino para que, sentado a la diestra de Dios, reinara tanto en el cielo como en la tierra? En suma, con esta expresión quiso grabar en la mente de sus discípulos el poder divino de su reino, para que no se afligieran por su ausencia corporal.

A mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. El beneficio y la eficacia de aquella unión fraternal que se ha mencionado poco antes se expresa cuando Cristo declara que tenemos esto en común con él: que quien es su Dios y su Padre es también nuestro Dios y nuestro Padre. Subo, dice, a mi Padre, que es también vuestro Padre. En otros pasajes aprendemos que somos hechos partícipes de todas las bendiciones de Cristo; pero este es el fundamento del privilegio: que nos comunica la fuente misma de las bendiciones. Es, sin duda, una bendición inestimable que los creyentes puedan creer con seguridad y firmeza que Aquel que es el Dios de Cristo es su Dios, y que Aquel que es el Padre de Cristo es su Padre. Ni tenemos motivo alguno para temer que esta confianza sea acusada de temeridad, puesto que está fundada en Cristo, ni de soberbia jactancia, puesto que el mismo Cristo nos la ha dictado con su propia boca.

Cristo lo llama su Dios en cuanto que, al

tomar forma de siervo, se humilló a sí mismo (Fil 2:7).

Esto es, por tanto, propio de su naturaleza humana, pero se aplica a toda su persona a causa de la unidad, porque es Dios y Hombre. En cuanto a la segunda cláusula, en que dice que sube a su Padre y nuestro Padre, hay también una diversidad entre él y nosotros; pues él es Hijo de Dios por naturaleza, mientras que nosotros somos hijos de Dios solo por adopción; pero la gracia que obtenemos por medio de él está tan firmemente establecida que no puede ser sacudida por esfuerzo alguno del diablo, de modo que nos impida llamar siempre Padre nuestro a quien nos ha adoptado por medio de su Hijo Unigénito.

Juan 20:19-23

19. Cuando, pues, llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y se puso en medio, y les dice: Paz a vosotros. 20. Y cuando hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. 21. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros; como me envió el Padre, así también yo os envío. 22. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. 23. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.

Juan 20:19

19. Cuando, pues, llegó la noche. El evangelista relata ahora que la resurrección de Cristo fue probada a los discípulos por su presencia. No sucedió sin la providencia de Dios que todos estuvieran reunidos en un lugar, para que el hecho fuera más cierto y más manifiesto. Es digno de notarse cuán benignamente obró Cristo con ellos, al no mantenerlos en suspenso más que hasta la noche. Además, los iluminó, trayendo la prenda de una vida nueva, mientras las tinieblas se extendían sobre el mundo.

Donde los discípulos estaban reunidos. En cuanto a que estuvieran reunidos, fue una indicación de fe, o al menos de sentimientos religiosos. En cuanto a que se mantuvieran ocultos tras puertas cerradas, percibimos en ello alguna prueba de su debilidad; pues aunque los ánimos más fuertes y osados son a veces presa del miedo, puede inferirse fácilmente que los apóstoles, en aquel tiempo, temblaban de tal manera que manifestaban la deficiencia de su fe. Este ejemplo es digno de notarse; pues aunque son menos valientes de lo que debían haber sido, todavía no ceden a su debilidad. Es cierto que buscan ocultarse para evitar el peligro, pero cobran ánimo hasta el punto de permanecer juntos; de otro modo se habrían dispersado de aquí para allá y ninguno se habría atrevido a mirar a su prójimo. De este modo debemos luchar contra la debilidad de nuestra carne y no dar lugar al temor, que nos tienta a la apostasía. Cristo bendice también su celo, cuando se les aparece mientras están reunidos; y Tomás es justamente privado del favor concedido a todos sus hermanos, porque, como un soldado errante, se había apartado del estandarte de la unión. Aquí, pues, hay una lección para los excesivamente tímidos, para que se aguijoneen y animen a corregir su temor carnal; y en particular deben cuidarse de que el temor no los haga dispersarse.

Y estando las puertas cerradas. Esta circunstancia fue añadida expresamente porque contiene una prueba manifiesta del poder divino de Cristo; pero esto está en total desacuerdo con el sentido del evangelista. Debemos creer, por tanto, que Cristo no entró sin un milagro, a fin de dar una demostración de su divinidad, con la cual pudiera estimular la atención de sus discípulos; y sin embargo estoy lejos de admitir la verdad de lo que afirman los papistas, que el cuerpo de Cristo pasó a través de las puertas cerradas. Su razón para sostenerlo es probar no solo que el glorioso cuerpo de Cristo se asemejaba a un espíritu, sino que era infinito y no podía ser confinado a un solo lugar. Pero las palabras no encierran tal sentido; pues el evangelista no dice que entrara a través de las puertas cerradas, sino que se puso de repente en medio de sus discípulos, aunque las puertas estaban cerradas y no le habían sido abiertas por mano de hombre. Sabemos que Pedro (Hch 12:10) salió de una cárcel cerrada con llave; ¿y diremos por eso que pasó a través del hierro y de los tablones? Fuera, pues, esa puerilidad, que nada contiene de sólido y trae consigo muchos absurdos. Contentémonos con saber que Cristo quiso, con un milagro notable, confirmar a sus discípulos en la fe de su resurrección.

¡Paz a vosotros! Esta es la forma ordinaria de saludo entre los hebreos; y con la palabra paz designan toda aquella alegría y prosperidad que suele desearse para una vida feliz. La frase significa, por tanto: "¡Que estéis bien y prosperéis!" Menciono esto porque hay algunos que, al explicar estas palabras, entran en discusiones innecesarias sobre la paz y la armonía, aunque Cristo no pretendía otra cosa que desear que sus discípulos fueran felices y prósperos.

Juan 20:20

20. Les mostró las manos y el costado. Era necesario añadir esta confirmación, para que por todos estos medios quedaran plenamente seguros de que Cristo había resucitado. Si alguien piensa que es extraño e inconsistente con la gloria de Cristo que llevara las marcas de sus heridas aun después de su resurrección, considere, primero, que Cristo resucitó no tanto para sí como para nosotros; y, en segundo lugar, que todo lo que contribuye a nuestra salvación es glorioso para Cristo; pues cuando se humilló por un tiempo, esto nada quitó a su majestad, y ahora, puesto que esas heridas de que hablamos sirven para confirmar la fe en su resurrección, no disminuyen su gloria. Pero si alguien infiriera de esto que Cristo tiene todavía el costado herido y las manos traspasadas, sería absurdo; pues es cierto que el uso de las heridas fue temporal, hasta que los apóstoles quedaron plenamente convencidos de que había resucitado de los muertos.

Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Esto significa que todo el dolor que les había causado la muerte de Cristo fue disipado por su nueva vida.

Juan 20:21

21. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Este segundo saludo me parece que no tiene otro objeto sino que el Señor recibiera la atención que se debía a la grandeza e importancia de los asuntos de que iba a hablar.

Como me envió el Padre. Con estas palabras, Cristo, por así decirlo, los instala en el oficio al que los había designado previamente. Es cierto que ya habían sido enviados por toda Judea, pero solo como heraldos, para dar la orden de que se oyera al supremo Maestro, y no como apóstoles, para ejercer un oficio perpetuo de enseñanza. Pero ahora el Señor los ordena como sus embajadores para establecer su reino en el mundo. Tengamos, por tanto, por verdad averiguada que los apóstoles fueron entonces, por primera vez, designados ministros ordinarios del evangelio.

Sus palabras equivalen a una declaración de que hasta ahora él ha desempeñado el oficio de Maestro y de que, habiendo terminado su carrera, les confiere ahora el mismo oficio; pues quiere decir que el Padre lo designó Maestro con esta condición: que se empleara por un tiempo en mostrar el camino a otros y que después pusiera a esas personas en su lugar para suplir su ausencia; por esta razón Pablo dice que él mismo constituyó a unos apóstoles; a otros, evangelistas; a otros, pastores, para gobernar la Iglesia hasta el fin del mundo (Ef 4:11). Cristo, por tanto, testifica, primero, que, aunque tuvo un oficio temporal de enseñanza, la predicación del evangelio no es por poco tiempo, sino que será perpetua. Además, para que su doctrina no tenga menos autoridad en boca de los apóstoles, les manda suceder en aquel oficio que él ha recibido de su Padre, los pone en su lugar y les confiere la misma autoridad; y era conveniente que su ministerio fuera ratificado de este modo, pues eran personas desconocidas y de baja condición. Por otra parte, aunque hubieran tenido el más alto esplendor y dignidad, sabemos que todo lo que pertenece a los hombres no se acerca a la excelencia de la fe.

No sin razón, pues, Cristo comunica a sus apóstoles la autoridad que recibió del Padre, para que así declare que la predicación del evangelio le fue encomendada, no por autoridad humana, sino por mandato de Dios. Pero no los sustituye en su lugar de tal manera que les ceda la suprema autoridad de maestro, que el Padre quiso que residiera solo en él. Él continúa, pues, y continuará eternamente, siendo el único Maestro de la Iglesia; solo hay esta diferencia: que habló con su boca mientras habitó en la tierra, pero ahora habla por medio de los apóstoles. La sucesión o sustitución es, por tanto, de tal naturaleza que nada quita a Cristo, sino que su autoridad permanece plena e íntegra, y su honra sin menoscabo; pues aquel decreto por el cual se nos manda oírle a él, y no a otros, no puede ser anulado:

«Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd» (Mt 17:5).

En suma, Cristo quiso aquí adornar la doctrina del evangelio y no a los hombres.

Debe observarse igualmente que el único asunto que se trata en este pasaje es la predicación del evangelio; pues Cristo no envía a sus apóstoles a expiar pecados y a procurar la justificación, como él fue enviado por el Padre. Por consiguiente, no hace en este pasaje alusión alguna a nada que sea propio de él, sino que solo designa ministros y pastores para gobernar la Iglesia; y con esta condición: que él solo conserve la posesión de todo el poder, mientras que ellos no reclamen para sí nada más que el ministerio.

Juan 20:22

22. Sopló sobre ellos. Ninguno de los hijos de los hombres está capacitado para desempeñar un cargo tan difícil; por eso Cristo prepara a los apóstoles para él con la gracia de su Espíritu. Y, en verdad, gobernar la Iglesia de Dios, llevar la embajada de la salvación eterna, levantar el reino de Dios en la tierra y elevar a los hombres al cielo es una tarea que sobrepasa con mucho la capacidad humana. No debe asombrarnos, pues, que nadie sea hallado capacitado si no es inspirado por el Espíritu Santo; porque nadie puede decir palabra acerca de Cristo si el Espíritu no guía su lengua (1 Co 12:3); tan lejos está de ser verdad que haya hombre alguno competente para cumplir fiel y honradamente todos los deberes de un cargo tan excelente. Además, es gloria de Cristo solo formar a los que designa como maestros de su Iglesia; porque la razón por la que la plenitud del Espíritu ha sido derramada sobre él es que la reparta a cada uno según cierta medida.

Recibid el Espíritu Santo. Aunque él sigue siendo el único Pastor de su Iglesia, necesariamente ha de mostrar el poder de su Espíritu en los ministros de cuyo trabajo se sirve; y esto lo atestiguó también con el símbolo exterior, cuando sopló sobre los apóstoles; pues esto no tendría sentido si el Espíritu no procediera de él. Tanto más detestable es el sacrilegio de los papistas, que se apropian y reclaman para sí el honor que pertenece al Hijo de Dios: sus obispos con mitra, cuando ordenan sacerdotes, tienen el descaro de jactarse de soplar sobre ellos el Espíritu Santo. Pero el hecho mismo muestra claramente cuán distinto es su aliento hediondo del soplo divino de Cristo; porque ¿qué otra cosa hacen sino convertir caballos en asnos? Además, Cristo no solo comunica a sus discípulos el Espíritu que ha recibido, sino que lo da como suyo propio, como el Espíritu que tiene en común con el Padre. Por consiguiente, todos los que se jactan de dar el Espíritu soplando pretenden para sí la gloria de la divinidad.

Se ha de observar que a los que Cristo llama al oficio pastoral los adorna también con los dones necesarios, para que estén capacitados para desempeñarlo o, al menos, para que no vengan a él vacíos y desprovistos. Y si esto es verdad, no hay dificultad en refutar la necia jactancia de los papistas, quienes, mientras emplean términos elevados de alabanza para ensalzar su jerarquía, no pueden mostrar una sola chispa del Espíritu Santo en sus obispos. Quieren que creamos que son los pastores legítimos de la Iglesia y, asimismo, los apóstoles y vicarios de Cristo, siendo evidente que carecen por completo de la gracia del Espíritu Santo. Aquí se establece un criterio seguro para juzgar el llamamiento de los que gobiernan la Iglesia de Dios; y ese criterio es que veamos que han recibido el Espíritu Santo.

Sin embargo, lo que Cristo pretendía principalmente con ello era sostener la dignidad del rango de los apóstoles; pues era razonable que quienes habían sido elegidos para ser los primeros y más señalados predicadores del evangelio poseyeran una autoridad fuera de lo común. Pero si Cristo dio entonces el Espíritu a los apóstoles soplando, podría pensarse que era superfluo enviarles después el Espíritu Santo. Respondo que el Espíritu fue dado a los apóstoles en esta ocasión de tal manera que solo fueron rociados con su gracia, pero no llenados con pleno poder; porque, cuando el Espíritu apareció sobre ellos en lenguas de fuego (Hch 2:3), fueron enteramente renovados. Y, en efecto, no los constituyó heraldos de su evangelio de modo que los enviara de inmediato a la obra, sino que les ordenó descansar, como leemos en otro lugar:

«Quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto» (Lc 24:49).

Y si lo consideramos todo debidamente, concluiremos que no les proporciona los dones necesarios para el uso presente, sino que los designa para ser en el futuro los órganos de su Espíritu; y, por tanto, este soplo debe entenderse referido principalmente a ese magnífico acto de enviar el Espíritu que tantas veces había prometido.

Aunque Cristo podía haber dado la gracia a sus apóstoles por una inspiración secreta, quiso añadir un soplo visible para confirmarlos más plenamente. Cristo tomó este emblema exterior del modo ordinario de hablar de las Escrituras, que muy a menudo comparan el Espíritu con el viento; comparación que explicamos brevemente al exponer el capítulo 3 de este Evangelio. Pero observe el lector que al signo visible y exterior se une también la palabra; porque de ahí sacan los sacramentos su eficacia; no porque la eficacia del Espíritu Santo esté contenida en la palabra que suena en nuestros oídos, sino porque el efecto de todo lo que los creyentes reciben de los sacramentos depende del testimonio de la palabra. Cristo sopla sobre los apóstoles: reciben no solo el soplo, sino también el Espíritu. ¿Y por qué, sino porque Cristo se lo promete?

De igual modo, en el bautismo nos vestimos de Cristo (Gá 3:27), somos lavados con su sangre (Ap 1:5), nuestro viejo hombre es crucificado (Ro 6:6), para que la justicia de Dios reine en nosotros. En la Santa Cena somos alimentados espiritualmente con la carne y la sangre de Cristo. ¿De dónde sacan tan gran eficacia sino de la promesa de Cristo, quien hace y cumple por su Espíritu Santo lo que declara por su palabra? Aprendamos, pues, que todos los sacramentos que los hombres han inventado no son sino burlas absolutas o pasatiempos frívolos, porque los signos no pueden tener verdad si no van acompañados de la palabra del Señor. Ahora bien, como nunca jugamos así con las cosas sagradas sin despreciar impíamente a Dios y perder las almas, debemos guardarnos con sumo cuidado de esas estratagemas de Satanás.

Si se objeta que no debemos censurar a los obispos papistas cuando consagran a sus sacerdotes soplando, porque en esos casos la palabra de Cristo acompaña al signo, la respuesta es evidente. En primer lugar, Cristo no habló a los apóstoles para establecer un sacramento perpetuo en la Iglesia, sino que quiso declarar de una vez lo que dijimos hace un momento: que el Espíritu no procede de nadie más que de él solo. En segundo lugar, él nunca designa a los hombres para un oficio sin comunicar al mismo tiempo fuerza a sus ministros y proveerlos de capacidad. No menciono que en el papado los sacerdotes son ordenados para un fin totalmente distinto, o más bien contrario: matar a Cristo cada día, mientras que los discípulos fueron hechos apóstoles para dar muerte a los hombres con la espada del evangelio. Con todo, debemos creer también que Cristo solo da todas las bendiciones que representa y promete con signos exteriores; pues no manda a los apóstoles recibir el Espíritu Santo del soplo exterior, sino de él mismo.

Juan 20:23

23. A quienes remitiereis los pecados. Aquí, sin duda, nuestro Señor ha abarcado en pocas palabras la suma del evangelio; porque no debemos separar este poder de perdonar pecados del oficio de enseñar, con el cual está estrechamente unido en este pasaje. Cristo había dicho poco antes: Como me envió el Padre viviente, así también yo os envío. Ahora hace una declaración de lo que se pretende y significa con esta embajada, solo que entretejió en esa declaración lo que era necesario: que les dio su Espíritu Santo, para que nada tuvieran de sí mismos.

El designio principal de la predicación del evangelio es que los hombres sean reconciliados con Dios, y esto se logra por el perdón incondicional de los pecados; como también nos lo enseña Pablo, cuando por esta razón llama al evangelio el ministerio de la reconciliación (2 Co 5:18). Muchas otras cosas, sin duda, se contienen en el evangelio, pero el objeto principal que Dios se propone alcanzar por él es recibir a los hombres en su favor no imputándoles sus pecados. Si, pues, queremos mostrar que somos ministros fieles del evangelio, debemos poner el más ferviente cuidado en este tema; porque la principal diferencia entre el evangelio y la filosofía pagana está en que el evangelio hace consistir la salvación de los hombres en el perdón de los pecados por la gracia gratuita. De aquí proceden las demás bendiciones que Dios otorga, como que Dios nos ilumina y regenera por su Espíritu, que nos forma de nuevo a su imagen, que nos arma de una firmeza inquebrantable contra el mundo y Satanás. Así toda la doctrina de la piedad y la edificación espiritual de la Iglesia descansan en este fundamento: que Dios, habiéndonos absuelto de todos los pecados, nos adopta por hijos suyos por gracia gratuita.

Cuando Cristo manda a los apóstoles perdonar pecados, no les transmite lo que es propio de él. A él le pertenece perdonar los pecados. Esta honra, en cuanto le pertenece de manera peculiar, no la cede a los apóstoles, sino que les manda proclamar en su nombre el perdón de los pecados, para que por medio de ellos reconcilie a los hombres con Dios. En suma, hablando con propiedad, solo él perdona los pecados por medio de sus apóstoles y ministros.

Pero se preguntará: si los constituye solo testigos o heraldos de esta bendición, y no autores de ella, ¿por qué ensalza su poder en términos tan elevados? Respondo que lo hizo para confirmar su fe. Nada nos importa más que poder creer firmemente que nuestros pecados no vienen a la memoria delante de Dios. Zacarías, en su cántico, lo llama el conocimiento de salvación (Lc 1:77); y, puesto que Dios se sirve del testimonio de los hombres para probarlo, las conciencias nunca se rendirán a él si no perciben que Dios mismo habla en la persona de ellos. Por eso dice Pablo:

«Os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios», como si Dios rogase por medio de nosotros (2 Co 5:20).

Vemos ahora la razón por la que Cristo emplea términos tan magníficos para recomendar y adornar ese ministerio que confiere y encomienda a los apóstoles. Es para que los creyentes estén plenamente convencidos de que lo que oyen acerca del perdón de los pecados queda ratificado, y no estimen en menos la reconciliación que se ofrece por la voz de los hombres que si Dios mismo extendiera su mano desde el cielo. Y la Iglesia recibe cada día el más abundante provecho de esta doctrina, cuando percibe que sus pastores son ordenados por Dios para ser fiadores de la salvación eterna, y que no ha de ir lejos a buscar el perdón de los pecados, que ha sido confiado a ellos.

Ni debemos estimar en menos este tesoro inestimable porque se presente en vasos de barro; antes bien, tenemos motivo de dar gracias a Dios, quien ha conferido a los hombres tan alto honor como hacerlos embajadores y delegados de Dios y de su Hijo para declarar el perdón de los pecados. Hay fanáticos que desprecian esta embajada; pero sepamos que, al hacerlo, pisotean la sangre de Cristo.

Con muy grande absurdo, por otra parte, torturan los papistas este pasaje para sostener sus absoluciones mágicas. Si alguien no confiesa sus pecados al oído del sacerdote, no tiene, en su opinión, derecho a esperar perdón; porque Cristo quiso que los pecados fueran perdonados por medio de los apóstoles, y estos no pueden absolver sin haber examinado el asunto; por tanto, la confesión es necesaria. Tal es su hermoso argumento. Pero caen en un extraño error cuando pasan por alto el punto más importante del asunto: que este derecho fue concedido a los apóstoles para mantener el crédito del evangelio que se les había encargado predicar. Porque Cristo no establece aquí confesores que indaguen minuciosamente cada pecado mediante murmullos en voz baja, sino predicadores de su evangelio, que hagan oír su voz y que sellen en el corazón de los creyentes la gracia de la expiación obtenida por medio de Cristo. Debemos, pues, atenernos al modo de perdonar los pecados, para saber cuál es ese poder que ha sido concedido a los apóstoles.

Y a quienes se los retuviereis. Cristo añade esta segunda cláusula para aterrar a los despreciadores de su evangelio, a fin de que sepan que no escaparán al castigo por este orgullo. Así como la embajada de salvación y de vida eterna ha sido confiada a los apóstoles, así también, por otro lado, han sido armados con venganza contra todos los impíos que rechazan la salvación que se les ofrece, como enseña Pablo (2 Co 10:6). Pero esto se coloca en último lugar porque convenía que se mostrara primero el designio verdadero y real de predicar el evangelio. Que seamos reconciliados con Dios pertenece a la naturaleza del evangelio; que los creyentes sean adjudicados a la vida eterna puede decirse que está unido a él accidentalmente. Por eso Pablo, en el pasaje que acabo de citar, cuando amenaza con venganza a los incrédulos, añade enseguida:

«cuando vuestra obediencia sea perfecta» (2 Co 10:6);

pues quiere decir que es propio del evangelio invitar a todos a la salvación, pero que es accidental que traiga destrucción a alguno.

Se ha de observar, sin embargo, que todo el que oye la voz del evangelio, si no abraza el perdón de los pecados que allí se le promete, queda expuesto a la condenación eterna; porque, así como es Salvador viviente para los hijos de Dios, así para los que se pierden es olor de muerte para muerte (2 Co 2:16). No porque la predicación del evangelio sea necesaria para condenar a los reprobados, pues por naturaleza todos estamos perdidos y, además de la maldición hereditaria, cada uno atrae sobre sí causas adicionales de muerte, sino porque la obstinación de los que a sabiendas y voluntariamente desprecian al Hijo de Dios merece un castigo mucho más severo.

Juan 20:24-25

24. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. 25. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor. Pero él les dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y meto mi dedo en la señal de los clavos, y meto mi mano en su costado, no creeré. 26. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Entonces vino Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio, y les dijo: Paz a vosotros. 27. Luego dijo a Tomás: Acerca aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. 28. Respondió Tomás, y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! 29. Jesús le dice: Porque me has visto, Tomás, has creído; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

Juan 20:24

24. Pero Tomás, uno de los doce. Aquí se relata la incredulidad de Tomás para que por medio de ella la fe de los piadosos sea confirmada más plenamente. No solo era lento y reacio para creer, sino incluso obstinado. Su torpeza de entendimiento fue la razón por la que Cristo permitió otra vez que lo vieran y lo palparan, del mismo modo que antes. De esta manera se dio una nueva prueba añadida de la resurrección de Cristo, no solo a Tomás, sino también a nosotros. Además, la obstinación de Tomás es un ejemplo que muestra que esta maldad es casi natural a todos los hombres: retrasarse a sí mismos por propia voluntad cuando se les abre la entrada a la fe.

Juan 20:25

25. Si no viere en sus manos la señal de los clavos. Esto señala que el origen del vicio está en que cada uno quiere ser sabio según su propio entendimiento y se lisonjea más allá de toda medida. Si no veo, dice, «y si no toco, no creeré». Estas palabras no tienen nada de fe, sino que son lo que puede llamarse un juicio sensual, es decir, un juicio fundado en la percepción de los sentidos. Lo mismo ocurre a todos los que están tan entregados a sí mismos que no dejan lugar a la palabra de Dios. No importa que se lea el lugar, o la forma, o la señal de los clavos; pues los copistas pueden haber cambiado τύπον (señal) por τόπον (lugar), o τόπον (lugar) por τύπον (señal); pero el sentido no cambia por ello. Elija, pues, el lector la que prefiera.

Juan 20:26-28

26. Acerca aquí tu dedo. Ya hemos hablado una vez de la entrada de Cristo y de la forma de saludo que empleó. Cuando Cristo accede tan prontamente a la petición inconveniente de Tomás y, de su propia voluntad, lo invita a palpar sus manos y tocar la herida de su costado, aprendemos de ello cuán ansioso estaba de promover nuestra fe y la de Tomás; porque no miraba solo a Tomás, sino también a nosotros, para que no faltara nada de lo necesario para confirmar nuestra fe.

La estupidez de Tomás fue asombrosa y monstruosa; porque no se contentaba con solo contemplar a Cristo, sino que quiso tener también sus manos como testigos de la resurrección de Cristo. Así no solo era obstinado, sino también soberbio y despectivo en su trato con Cristo. Ahora, al menos, cuando vio a Cristo, debía haberse llenado de vergüenza y de asombro; pero, al contrario, extiende la mano con audacia y sin temor, como si no fuera consciente de culpa alguna; pues fácilmente se infiere de las palabras del Evangelista que no se arrepintió antes de haberse convencido tocando. Así sucede que, cuando rendimos a la palabra de Dios menos honra de la que le es debida, se desliza en nosotros, sin que lo sepamos, una obstinación ardiente que trae consigo el menosprecio de la palabra de Dios y nos hace perder toda reverencia hacia ella. Con tanto mayor empeño debemos trabajar por refrenar el desenfreno de nuestra mente, para que ninguno de nosotros, entregándose indebidamente a la contradicción y apagando, por así decirlo, el sentimiento de piedad, se cierre a sí mismo la puerta de la fe.

¡Señor mío, y Dios mío! Tomás despierta al fin, aunque tarde, y como suelen hacer quienes han estado mentalmente trastornados cuando vuelven en sí, exclama con asombro: ¡Señor mío, y Dios mío! Porque la brusquedad del lenguaje tiene gran vehemencia; y no cabe duda de que la vergüenza lo obligó a prorrumpir en esta expresión para condenar su propia estupidez. Además, una exclamación tan repentina muestra que la fe no se había extinguido del todo en él, aunque había sido ahogada; pues en el costado o en las manos de Cristo no palpa la divinidad de Cristo, sino que de esos signos infiere mucho más de lo que ellos mostraban. ¿De dónde viene esto sino de que, tras el olvido y un profundo sueño, vuelve en sí de repente? Esto muestra, pues, la verdad de lo que dije hace un momento: que la fe que parecía destruida estaba, por así decirlo, escondida y enterrada en su corazón.

Lo mismo sucede a veces con muchas personas; pues se desenfrenan por un tiempo, como si hubieran sacudido todo temor de Dios, de modo que parece no haber ya fe alguna en ellas; pero en cuanto Dios las ha castigado con la vara, la rebelión de su carne es sometida y vuelven a su sano juicio. Es cierto que la enfermedad por sí sola no bastaría para enseñar la piedad; de donde inferimos que, removidos los obstáculos, brota la buena semilla que había estado escondida y aplastada. Tenemos un ejemplo notable de esto en David; pues, mientras se le permite satisfacer su lujuria, vemos cómo se entrega sin freno. Cualquiera habría pensado que entonces la fe había sido desterrada por completo de su mente; y sin embargo, con una breve exhortación del profeta, es llamado de nuevo a la vida tan de repente que fácilmente se infiere que alguna chispa, aunque ahogada, permanecía aún en su mente y estalló pronto en llama. En cuanto a los hombres mismos, son tan culpables como si hubieran renunciado a la fe y a toda la gracia del Espíritu Santo; pero la infinita bondad de Dios impide que los elegidos caigan tan bajo que se alejen enteramente de Dios. Debemos, por tanto, guardarnos con el mayor celo de caer de la fe; y, sin embargo, debemos creer que Dios refrena a sus elegidos con un freno secreto, para que no caigan en su perdición, y que siempre mantiene milagrosamente vivas en sus corazones algunas chispas de fe, que después, a su debido tiempo, enciende de nuevo con el soplo de su Espíritu.

Hay dos cláusulas en esta confesión. Tomás reconoce que Cristo es su Señor, y luego, en la segunda cláusula, asciende más alto y lo llama también su Dios. Sabemos en qué sentido da la Escritura a Cristo el nombre de Señor. Es porque el Padre lo ha constituido supremo gobernador, para que tenga todas las cosas bajo su dominio, para que toda rodilla se doble ante él (Fil 2:10) y, en suma, para que sea el lugarteniente del Padre en el gobierno del mundo. Así el nombre de Señor le pertenece propiamente en cuanto es el Mediador manifestado en carne y la Cabeza de la Iglesia. Pero Tomás, habiéndolo reconocido como Señor, es llevado enseguida hacia arriba, a su divinidad eterna; y con razón; porque la causa por la que Cristo descendió a nosotros, y primero se humilló, y después fue colocado a la diestra del Padre y obtuvo dominio sobre el cielo y la tierra, fue exaltarnos a su propia gloria divina y a la gloria del Padre. Para que nuestra fe llegue a la divinidad eterna de Cristo, debemos comenzar por aquel conocimiento que está más cerca y se adquiere con más facilidad. Así, algunos han dicho con razón que por Cristo hombre somos conducidos a Cristo Dios, porque nuestra fe avanza tan gradualmente que, viendo a Cristo en la tierra, nacido en un establo y colgado de una cruz, se eleva a la gloria de su resurrección y, avanzando, llega por fin a su vida y poder eternos, en los cuales su divina Majestad se muestra gloriosamente.

Con todo, debemos creer que no podemos conocer debidamente a Cristo como nuestro Señor sin obtener enseguida también el conocimiento de su divinidad. Y no hay lugar a dudar de que esta debe ser una confesión común a todos los creyentes, cuando vemos que Cristo la aprueba. Ciertamente él nunca habría tolerado que se despojara al Padre de la honra que le es debida y que esta honra se le transfiriera a él falsa e infundadamente. Pero ratifica claramente lo que dijo Tomás; y, por tanto, este pasaje basta abundantemente para refutar la locura de Arrio; pues no es lícito imaginar dos Dioses. Aquí se declara también la unidad de persona en Cristo; porque el mismo Jesucristo es llamado Dios y Señor. Enfáticamente, además, dos veces lo llama suyo propio: ¡MI Señor y MI Dios!, declarando que habla en serio y con un vivo sentimiento de fe.

Juan 20:29

29. Porque me has visto, Tomás. Cristo no reprocha nada a Tomás, sino que fue tan lento para creer que necesitó ser arrastrado violentamente a la fe por la experiencia de los sentidos; lo cual está del todo en desacuerdo con la naturaleza de la fe. Si se objeta que nada es más inadecuado que decir que la fe es una convicción obtenida por tocar y ver, la respuesta se obtiene fácilmente de lo que ya he dicho; pues no fue por el mero tocar o ver como Tomás llegó a creer que Cristo es Dios, sino que, despertado del sueño, recordó la doctrina que antes casi había olvidado. La fe no puede fluir de un conocimiento meramente experimental de los hechos, sino que debe sacar su origen de la palabra de Dios. Cristo, por tanto, reprende a Tomás por rendir a la palabra de Dios menos honra de la que debía y por haber considerado la fe —que nace del oír y debe estar del todo fija en la palabra— como atada a los demás sentidos.

Bienaventurados los que no vieron, y creyeron. Aquí Cristo recomienda la fe porque se aquieta en la sola palabra y no depende de miras carnales ni de la razón humana. Incluye, pues, en una breve definición el poder y la naturaleza de la fe: que no se da por satisfecha con el ejercicio inmediato de la vista, sino que penetra hasta el cielo para creer lo que está oculto a los sentidos humanos. Y, en verdad, debemos dar a Dios esta honra: considerar su verdad como (αὐτόπιστος) indudable sin otra prueba. La fe tiene, ciertamente, su propia vista, pero una que no limita su mirada al mundo ni a los objetos terrenales. Por eso se la llama

«la certeza de lo que no se ve» (He 11:1);

y Pablo la contrapone a la vista (2 Co 5:7), queriendo decir que no se contenta con mirar la condición de los objetos presentes ni dirige los ojos en todas direcciones a las cosas que son visibles en el mundo, sino que depende de la boca de Dios y, apoyándose en su palabra, se eleva sobre todo el mundo para echar su ancla en el cielo. Viene a ser que la fe no es de recta clase si no está fundada en la palabra de Dios y no se eleva al reino invisible de Dios, de modo que vaya más allá de toda capacidad humana.

Si se objeta que este dicho de Cristo es incompatible con otro suyo, en el que declara que son bienaventurados los ojos que lo ven (Mt 13:16), respondo que Cristo no habla allí meramente de la vista corporal, como en este pasaje, sino de la revelación, que es común a todos los creyentes desde que apareció al mundo como Redentor. Establece una comparación entre los apóstoles y los santos reyes y profetas (Mt 13:17), que habían sido mantenidos bajo las oscuras sombras de la ley de Moisés. Dice que ahora la condición de los creyentes es mucho más deseable, porque una luz más brillante resplandece a su alrededor, o más bien, porque se les dio a conocer la sustancia y la verdad de las figuras. Había muchos incrédulos que en aquel tiempo contemplaron a Cristo con los ojos de la carne, y no por eso fueron más bienaventurados; pero nosotros, que nunca hemos contemplado a Cristo con los ojos, gozamos de aquella bienaventuranza de que Cristo habla con elogio. De ahí se sigue que llama bienaventurados a aquellos ojos que contemplan espiritualmente en él lo celestial y divino; porque ahora contemplamos a Cristo en el evangelio del mismo modo que si estuviera visiblemente delante de nosotros. En este sentido dice Pablo a los gálatas (Gá 3:1) que Cristo fue crucificado ante sus ojos; y, por tanto, si deseamos ver en Cristo lo que puede hacernos felices y bienaventurados, aprendamos a creer cuando no vemos. A estas palabras de Cristo corresponde lo que se dice en otro pasaje, en el cual el apóstol elogia a los creyentes que

«amáis sin haberle visto», y «os alegráis con gozo inefable», aunque no lo veis (1 P 1:8).

Es sumamente absurdo el modo en que los papistas torturan estas palabras para probar su doctrina de la transubstanciación. Para que seamos bienaventurados, nos mandan creer que Cristo está presente bajo la apariencia del pan. Pero sabemos que nada estaba más lejos de la intención de Cristo que someter la fe a las invenciones de los hombres; y en cuanto pasa, por poco que sea, más allá de los límites de la palabra, deja de ser fe. Si hemos de creer sin reserva todo lo que no vemos, entonces todo monstruo que a los hombres les plazca formar, toda fábula que inventen, tendrá nuestra fe en esclavitud. Para que este dicho de Cristo se aplique al caso presente, debemos probar primero por la palabra de Dios el punto mismo en cuestión. Traen, es verdad, la palabra de Dios en apoyo de su doctrina de la transubstanciación; pero cuando la palabra es debidamente expuesta, no da apoyo alguno a su necia idea.

Juan 20:30-31

30. Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro. 31. Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

Juan 20:30

30. Hizo además Jesús muchas otras señales. Si el Evangelista no hubiera advertido a sus lectores con esta observación, podrían haber supuesto que no había omitido ninguno de los milagros que Cristo había realizado y que había dado un relato pleno y completo de todo lo sucedido. Juan, pues, testifica, en primer lugar, que solo ha relatado algunas cosas de un gran número; no porque las demás no fueran dignas de ser registradas, sino porque estas bastaban para edificar la fe. Y sin embargo no se sigue que fueran hechas en vano, pues aprovecharon a aquella época. En segundo lugar, aunque hoy no tenemos un conocimiento minucioso de ellas, no debemos suponer que tenga poca importancia para nosotros saber que el evangelio fue sellado con un vasto número de milagros.

Juan 20:31

31. Pero estas se han escrito para que creáis. Con estas palabras quiere decir que puso por escrito lo que debe satisfacernos, porque es abundantemente suficiente para confirmar nuestra fe; pues quiso responder a la vana curiosidad de los hombres, que es insaciable y se permite excesiva libertad. Además, Juan conocía bien lo que habían escrito los otros Evangelistas; y, como nada estaba más lejos de su intención que dejar de lado sus escritos, sin duda no separa su narración de la de ellos.

Podría parecer extraño, sin embargo, que la fe se funde en milagros, siendo que debe descansar exclusivamente en las promesas y la palabra de Dios. Respondo que aquí no se asigna a los milagros otro uso que ser ayudas y apoyos de la fe; pues sirven para preparar los ánimos de los hombres a fin de que tengan mayor reverencia a la palabra de Dios, y sabemos cuán fría y perezosa es nuestra atención si no es excitada por algo más. Además, no añade poca autoridad a la doctrina ya recibida cuando, para sostenerla, extiende Dios su poderosa mano desde el cielo; como dice Marcos que los apóstoles enseñaron,

«ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían» (Mr 16:20).

Aunque, pues, hablando estrictamente, la fe descansa en la palabra de Dios y mira a la palabra como su único fin, con todo, la adición de los milagros no es superflua, siempre que también se los considere en relación con la palabra y dirijan la fe hacia ella. Por qué los milagros se llaman señales ya lo hemos explicado. Es porque, por medio de ellos, el Señor despierta a los hombres para que contemplen su poder, cuando muestra algo extraño e inusitado.

Que Jesús es el Cristo. Se refiere a el Cristo tal como había sido prometido en la ley y los profetas, como el Mediador entre Dios y los hombres, el supremo Embajador del Padre, el único Restaurador del mundo y el Autor de la felicidad perfecta. Porque Juan no echó mano de un título vacío y sin sentido para adornar al Hijo de Dios, sino que incluyó bajo el nombre de Cristo todos los oficios que los profetas le atribuyen. Debemos, por tanto, contemplarlo tal como allí es descrito. Esto muestra más plenamente lo que se dijo hace un momento: que la fe no limita su mirada a los milagros, sino que nos lleva directamente a la palabra; pues es como si Juan hubiera dicho que lo que los profetas enseñaron antiguamente por la palabra ha sido probado por milagros. Y, en efecto, vemos que los mismos Evangelistas no ocupan toda su atención en relatar milagros, sino que se detienen más largamente en la doctrina, porque los milagros por sí solos no producirían sino una admiración confusa. El sentido de las palabras es, pues, que estas cosas han sido escritas para que creamos, en cuanto la fe puede ser ayudada por señales.

El Hijo de Dios. El Evangelista añade esto porque no podía hallarse uno del rango ordinario de los hombres que fuera competente para llevar a cabo empresas tan grandes; es decir, reconciliar con nosotros al Padre, expiar los pecados del mundo, abolir la muerte, destruir el reino de Satanás, traernos la verdadera justicia y la salvación. Además, como el nombre de Hijo de Dios pertenece solo a Cristo, se sigue que es Hijo no por adopción, sino por naturaleza; y, por tanto, bajo este nombre se comprende la divinidad eterna de Cristo. Y, en verdad, quien, después de haber recibido las pruebas tan notables que se hallan en el evangelio, no percibe que Cristo es Dios, no merece ni siquiera mirar el sol y la tierra, pues está ciego en medio del resplandor del mediodía.

Para que creyendo, tengáis vida. Este efecto de la fe se añadió también para refrenar los necios deseos de los hombres, a fin de que no anhelen saber más de lo suficiente para obtener la vida. Porque ¿qué obstinación sería no darse por satisfecho con la salvación eterna y querer ir más allá de los límites del reino celestial? Aquí Juan repite el punto más importante de su doctrina: que obtenemos la vida eterna por la fe, porque, mientras estamos fuera de Cristo, estamos muertos, y somos devueltos a la vida solo por su gracia. Sobre este tema hemos hablado ya bastante en nuestra exposición de los capítulos 3 y 5 de este Evangelio.

En su nombre. En cuanto a que dice en el nombre de Cristo, y no en Cristo, la razón de esta forma de expresión la hemos dado en nuestra exposición del versículo 12 del capítulo 1 de este Evangelio. El lector puede consultar ese pasaje, si le parece bien, para que yo no tenga la molestia de repetir con frecuencia las mismas cosas.

CAPÍTULO 21.

Juan 21:1-14

1. Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a los discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera. 2. Estaban juntos Simón Pedro, y Tomás, llamado Dídimo, y Natanael, que era de Caná de Galilea, y los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos. 3. Simón Pedro les dice: Voy a pescar. Ellos le dicen: Vamos nosotros también contigo. Salieron, y entraron en una barca inmediatamente; y aquella noche no pescaron nada. 4. Cuando ya iba amaneciendo, Jesús se puso en la ribera; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 5. Jesús les dice: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. 6. Y él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. La echaron, pues, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces. 7. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque estaba desnudo), y se echó al mar. 8. Y los otros discípulos vinieron en la barca (porque no estaban lejos de tierra, sino como a doscientos codos), arrastrando la red de peces. 9. Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pescado encima de ellas, y pan. 10. Jesús les dice: Traed de los peces que acabáis de pescar. 11. Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aunque eran tantos, la red no se rompió. 12. Jesús les dice: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres?, sabiendo que era el Señor. 13. Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado. 14. Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.