Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Juan 5: comentario de Juan Calvino

Juan 5:1

1. Había una fiesta de los judíos. Aunque el evangelista no dice expresamente cuál era esta fiesta, la conjetura probable es que se refiere a Pentecostés, al menos si lo que aquí se relata ocurrió inmediatamente después de que Cristo llegó a Galilea. Pues inmediatamente después de la Pascua partió de Jerusalén y, al pasar por Samaria, contó cuatro meses para la siega; habiendo entrado en Galilea, sanó al hijo del cortesano. El evangelista añade que la fiesta vino después; y, por tanto, el orden del tiempo nos lleva a concluir que debemos entender que es Pentecostés; aunque no disputo sobre ese asunto. Ahora bien, Cristo subió a Jerusalén para la fiesta, en parte porque en aquel tiempo, a causa de la gran multitud de gente que se reunía, tenía ocasión de publicar su doctrina más ampliamente, y en parte porque era necesario que se sujetara a la Ley, para redimirnos de la esclavitud de la Ley, como ya hemos explicado en ocasiones anteriores.

Juan 5:2

2. Había en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, un estanque. Se añade la circunstancia del lugar, de la cual aprendemos que el milagro no estaba oculto ni era conocido solo de unas pocas personas; pues los cinco pórticos muestran que el lugar era famoso por el gran número de personas que acudían a él, y esto estaba implícito también en su cercanía al templo. Además, el evangelista dice expresamente que muchos enfermos yacían allí. En cuanto al significado del nombre, los eruditos rechazan con razón la opinión fantasiosa de Jerónimo, que, en lugar de Betesda, pone Betheder y lo interpreta como la casa del rebaño; pues aquí se hace mención de un estanque que estaba junto al mercado de las ovejas. Los que lo leen Betesda, como significando lugar de pesca, no tienen razón de su lado. Hay mayor probabilidad en la opinión de los que lo explican como lugar de derramamiento; pues la palabra hebrea (אשך) (Eshed) significa derramarse; pero el evangelista, como era entonces el modo ordinario de hablar, la pronunció Esda. Pues pienso que el agua era conducida a él por canales, para que los sacerdotes sacaran de allí; a menos que quizá el lugar recibiera su nombre de que el agua se vertía en él por medio de tubos. Se llamaba mercado de las ovejas, en mi opinión, porque allí se llevaban las bestias que iban a ofrecerse en sacrificio.

Juan 5:3

3. En éstos yacía una gran multitud. Es posible que los enfermos yacieran en los pórticos para pedir limosna a la gente que pasaba por allí camino del templo para adorar; y allí también era costumbre comprar los animales que se habían de ofrecer en sacrificio. Sin embargo, en cada fiesta Dios sanaba a un cierto número, para recomendar de este modo el culto prescrito en la Ley y la santidad del templo. Pero ¿no parecería una necedad creer, cuando no leemos que se hiciera nada semejante en el tiempo en que la religión estaba en su mayor florecimiento, e incluso después, en la edad de los profetas, los milagros no se realizaban sino en ocasiones extraordinarias, que cuando los asuntos de la nación estaban tan decaídos y casi arruinados, el poder y la gracia de Dios se manifestaran con un esplendor más que ordinario? Respondo que había, en mi opinión, dos razones. Como el Espíritu Santo, que habitaba en los profetas, era un testigo suficiente de la presencia divina, la religión no necesitaba entonces otra confirmación; pues la Ley había sido sancionada con milagros más que suficientes, y Dios no cesaba de expresar, con innumerables testimonios, su aprobación del culto que había ordenado. Pero hacia el tiempo de la venida de Cristo, como estaban privados de los profetas y su condición era muy miserable, y como diversas tentaciones los apremiaban por todas partes, necesitaban esta ayuda extraordinaria, para que no pensaran que Dios los había abandonado del todo, y así se desanimaran y se apartaran. Pues sabemos que Malaquías fue el último de los profetas y, por eso, cierra su doctrina con esta amonestación, para que los judíos

se acordaran de la Ley dada por Moisés (Mal 4:4)

hasta que Cristo apareciera. Dios vio que convenía privarlos de los profetas y mantenerlos por un tiempo en suspenso, para que se inflamaran de un deseo más fuerte de Cristo y lo recibieran con mayor reverencia cuando se les manifestara. Pero, para que no faltaran testimonios al templo y a los sacrificios, y a todo aquel culto por el cual la salvación sería dada a conocer al mundo, el Señor conservó entre los judíos este don de sanidad, para que supieran que había una buena razón por la que Dios los separaba de las demás naciones. Pues Dios, al sanar a los enfermos, mostró claramente, como con un brazo extendido desde el cielo, que aprobaba esta clase de culto que ellos habían recibido por mandato de la Ley. En segundo lugar, no dudo de que Dios quiso recordarles por estas señales que el tiempo de la redención se acercaba, y que Cristo, el Autor de la salvación, estaba ya a las puertas, para que los ánimos de todos se despertaran mejor. Pienso que las señales, en aquella época, servían a este doble propósito: primero, que los judíos supieran que Dios estaba presente con ellos y así permanecieran firmes en su obediencia a la Ley; y, en segundo lugar, que esperaran con ardor una condición nueva e inusitada.

De cojos, ciegos, secos. Para informarnos de que las enfermedades curadas por nuestro Señor no eran de las comunes, el evangelista enumera algunas clases de ellas; pues los remedios humanos de nada podían servir a los cojos, ciegos y secos. Era ciertamente un espectáculo lastimoso ver en un cuerpo tan grande de hombres tantas clases de deformidades en los miembros; pero, con todo, la gloria de Dios resplandecía allí con más brillo que a la vista del ejército más numeroso y mejor disciplinado. Pues nada es más magnífico que cuando un poder inusitado de Dios corrige y restaura los defectos de la naturaleza; y nada es más hermoso ni más deleitable que cuando, por su bondad infinita, alivia las angustias de los hombres. Por esta razón el Señor quiso que éste fuera un teatro espléndido, en el cual no sólo los habitantes del país, sino también los extranjeros, pudieran percibir y contemplar su majestad; y, como ya he sugerido, fue no pequeño ornamento y gloria del templo que Dios, extendiendo su mano, mostrara claramente que estaba presente.

Juan 5:4

4. Porque un ángel descendía. Sin duda, sanar a los enfermos era una obra propia de Dios; pero, como acostumbraba emplear el ministerio y la acción de los ángeles, mandó a un ángel que cumpliera este oficio. Por esta razón los ángeles son llamados principados o potestades (Col 1:16); no porque Dios les ceda su poder y permanezca ocioso en el cielo, sino porque, obrando poderosamente en ellos, muestra y despliega magníficamente su poder. Es, por tanto, impío y vergonzoso imaginar algo como perteneciente a los ángeles, o constituirlos en medio de comunicación entre nosotros y Dios, de modo que se oscurezca la gloria de Dios, como si estuviera a gran distancia de nosotros, cuando, al contrario, él los emplea como manifestaciones de su presencia. Debemos guardarnos de las necias especulaciones de Platón, pues la distancia entre nosotros y Dios es demasiado grande para permitirnos ir a los ángeles, a fin de que ellos nos obtengan el favor; sino que, al contrario, debemos venir directamente a Cristo, para que, bajo su guía, protección y mandato, tengamos a los ángeles como ayudantes y ministros de nuestra salvación.

De tiempo en tiempo. Dios podría haberlos sanado a todos de una vez, en un solo momento; pero, así como sus milagros tienen su propósito, así también deben tener su límite; como también Cristo les recuerda que, aunque fueron tantos los que murieron en el tiempo de Eliseo, no fue resucitado de entre los muertos más que un niño (2 R 4:32); y que, aunque tantas viudas padecieron hambre durante el tiempo de la sequía, hubo una sola cuya pobreza fue aliviada por Elías (1 R 17:9; Lc 4:25). Así el Señor estimó suficiente dar una demostración de su presencia en el caso de unos pocos enfermos. Pero la manera de curar que aquí se describe muestra bastante claramente que nada es más irrazonable que el que los hombres sometan las obras de Dios a su propio juicio; pues, dime, ¿qué ayuda o alivio podía esperarse del agua agitada? Pero de esta manera, privándonos de nuestros propios sentidos, el Señor nos acostumbra a la obediencia de la fe. Seguimos con demasiado afán lo que agrada a nuestra razón, aunque sea contrario a la palabra de Dios; y, por eso, para hacernos más obedientes a él, con frecuencia nos presenta cosas que contradicen nuestra razón. Sólo entonces mostramos nuestra obediencia sumisa, cuando cerramos los ojos y seguimos la palabra clara, aunque nuestra propia opinión sea que lo que hacemos de nada servirá. Tenemos un ejemplo de esta clase en Naamán el sirio, a quien el profeta envía al Jordán para que sea curado de su lepra (2 R 5:10). Al principio, sin duda, lo desprecia como una burla, pero después llega realmente a percibir que, aunque Dios obra contra la razón humana, nunca se burla de nosotros ni nos defrauda.

Y agitaba el agua. Con todo, la agitación del agua era una prueba manifiesta de que Dios usa libremente los elementos conforme a su propio beneplácito, y de que reclama para sí el resultado de la obra. Pues es un defecto sumamente común atribuir a las criaturas lo que pertenece sólo a Dios; pero sería el colmo de la necedad buscar en el agua agitada la causa de la curación. Él presenta, pues, el símbolo externo de tal manera que, al mirar el símbolo, los enfermos se vean constreñidos a levantar sus ojos a aquel que es el único Autor de la gracia.

Juan 5:5

5. Y estaba allí un hombre. El evangelista reúne diversas circunstancias que prueban que del milagro se puede estar cierto. La larga duración de la enfermedad había quitado toda esperanza de curación. Este hombre se queja de estar privado del remedio del agua. Había intentado con frecuencia arrojarse al agua, pero sin éxito; no había nadie que lo ayudara, y esto hace que el poder de Cristo se muestre de modo más llamativo. Tal era también el sentido del mandato de llevar su cama: que todos vieran claramente que fue curado de ningún otro modo que por la acción de Cristo; pues cuando de repente se levanta sano y fuerte en todos los miembros en que antes era impotente, un cambio tan súbito es tanto más apto para despertar y conmover los ánimos de todos los que lo veían.

Juan 5:6

6. ¿Quieres ser sano? No pregunta como si fuera un asunto dudoso, sino en parte para encender en el hombre el deseo del favor que se le ofrecía, y en parte para avivar la atención de los testigos presentes, quienes, si hubieran estado pensando en otra cosa, podrían no haber percibido el milagro, como sucede con frecuencia en los sucesos repentinos. Por estas dos razones, pues, era necesaria esta preparación.

Juan 5:7-8

7. No tengo quien. Este enfermo hace lo que casi todos nosotros solemos hacer; pues limita la ayuda de Dios según su propio pensamiento, y no se atreve a prometerse nada más que lo que concibe en su mente. Cristo perdona su debilidad, y en esto tenemos un espejo de aquella paciencia de la que cada uno de nosotros tiene experiencia diaria, cuando, por una parte, mantenemos fija la atención en los medios que están a nuestro alcance, y cuando, por otra parte, contra toda expectativa, él extiende su mano desde lugares ocultos, y así muestra cuánto excede su bondad los estrechos límites de nuestra fe. Además, este ejemplo debe enseñarnos paciencia. Treinta y ocho años eran un largo período, durante el cual Dios había retrasado conceder a este pobre hombre aquel favor que, desde el principio, había determinado otorgarle. Por largo que sea, pues, el tiempo en que se nos mantenga en suspenso, aunque gimamos bajo nuestras angustias, no nos desanimemos nunca por lo tedioso del largo período; pues, cuando nuestras aflicciones se prolongan, aunque no descubramos fin para ellas, debemos creer siempre que Dios es un libertador admirable, que con su poder aparta fácilmente todo obstáculo del camino.

Juan 5:9

9. Y era día de reposo. Cristo sabía bien cuán grande escándalo surgiría de inmediato cuando vieran a un hombre andar cargado con fardos; pues la Ley prohíbe expresamente

llevar carga alguna en día de reposo (Jer 17:21).

Pero había dos razones por las que Cristo, sin hacer caso de este peligro, escogió hacer tal demostración: primero, para que el milagro fuera más ampliamente conocido; y, en segundo lugar, para dar ocasión y, por así decirlo, abrir camino al hermoso discurso que pronunció inmediatamente después. De tanta importancia era el conocimiento de aquel milagro, que consideró su deber despreciar con valentía el escándalo que tomaba el pueblo, particularmente porque tenía a mano una defensa justa con la cual, aunque no aplacó a los impíos, refutó ampliamente sus calumnias. Debemos, pues, observar esta regla: que aunque todo el mundo se encienda de ira, debemos proclamar la gloria de Dios y celebrar sus obras, en la medida en que su gloria requiera que se den a conocer. Ni debemos inquietarnos ni desanimarnos aunque nuestros trabajos no tengan éxito de inmediato, con tal que tengamos a la vista el objetivo que he indicado y no traspasemos los límites de nuestro oficio.

Juan 5:10-15

10. Entonces los judíos dijeron al que había sido curado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu cama. 11. Él les respondió: El que me sanó me dijo: Lleva tu cama y anda. 12. Ellos entonces le preguntaron: ¿Quién es aquel hombre que te dijo: Lleva tu cama y anda? 13. Y el que había sido curado no sabía quién era; porque Jesús se había retirado, por haber una multitud en aquel lugar. 14. Después de estas cosas, Jesús lo halló en el templo y le dijo: He aquí, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor. 15. El hombre se fue y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. 16. Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús y procuraban matarlo, porque hacía estas cosas en el día de reposo.

Juan 5:10-12

10. Es día de reposo. Era deber de todos mantener la santidad del día de reposo y, por tanto, acusan con justicia y razón al hombre. Pero, cuando la excusa que ofrece el hombre no los satisface, ya empiezan a estar en falta; pues, conocida la razón, debieron haberlo absuelto. Llevar una carga era, como hemos dicho, una violación del día de reposo; pero Cristo, que puso la carga sobre sus hombros, lo descarga con su propia autoridad. Se nos enseña, pues, con este ejemplo a evitar todo juicio precipitado, hasta que la razón de cada acción sea plenamente conocida. Todo lo que contradice la palabra de Dios merece ser condenado sin vacilación; pero, como con frecuencia sucede que en esto hay equivocaciones, debemos primero indagar con modestia y calma, para que nuestra decisión sea sana y sobria. Pues, como los judíos, prevenidos por disposiciones perversas, no tienen paciencia para indagar, cierran la puerta al juicio y a la moderación; pero, si se hubieran dejado enseñar, no sólo se habría quitado el escándalo, sino que habrían sido conducidos aún más lejos, con gran provecho, al conocimiento del evangelio.

Vemos ahora hasta qué punto los judíos estaban equivocados. Es porque no admiten una defensa razonable. La defensa es que el que había sido curado responde que no hace nada sino por mandato de aquel que tenía poder y autoridad para mandar; pues, aunque todavía no sabía quién era Cristo, estaba convencido de que había sido enviado por Dios, porque había recibido una prueba de su poder divino, y aprende de ella que Cristo está investido de autoridad, de modo que debe ser su deber obedecerle. Pero esto parece digno de reprensión: que un milagro lo aparte de la obediencia a la Ley. Confieso, en verdad, que el argumento que el hombre emplea al contender con ellos no es suficientemente fuerte, pero los otros son culpables por dos motivos: porque ni consideran que ésta es una obra extraordinaria de Dios, ni suspenden su juicio hasta haber oído a un profeta de Dios provisto de la palabra.

Juan 5:13

13. Y el que había sido curado no sabía quién era. Cristo ciertamente no quiso que la gloria de una obra tan grande pasara, sino que quiso que se hiciera generalmente conocida antes de que él se reconociera como su Autor. Se retiró, pues, por un poco, para que los judíos tuvieran en su poder juzgar el hecho mismo, sin referencia a persona alguna. Y de aquí aprendemos que la curación de este hombre no puede atribuirse a su fe, pues, aun después de haber sido curado, no reconoce a su Médico; y, sin embargo, cuando se le ordenó, llevó su cama, lo cual parece haberse hecho bajo la guía de la fe. Por mi parte, así como no niego que hubiera en él algún movimiento secreto de fe, digo que por lo que sigue es claro que no tenía doctrina sólida ni luz clara en que pudiera apoyarse.

Juan 5:14

14. Después de esto lo halló Jesús. Estas palabras muestran todavía más claramente que, cuando Cristo se ocultó por un tiempo, no fue para que pereciera el recuerdo del beneficio que había concedido, pues ahora aparece en público por su propia voluntad; sólo quiso que la obra fuera conocida primero, y que él fuera declarado después su Autor. Este pasaje contiene una doctrina muy útil; pues cuando Cristo dice: He aquí, has sido sanado, su sentido es que hacemos mal uso de los dones de Dios si no somos movidos a gratitud. Cristo no le reprocha lo que le había dado, sino que sólo le recuerda que había sido curado para que, acordándose del favor recibido, sirviera toda su vida a Dios su Libertador. Así, como Dios con azotes nos instruye y nos espolea al arrepentimiento, así nos invita a él con su bondad y paciencia; y, en efecto, el designio universal, tanto de nuestra redención como de todos los dones de Dios, es mantenernos enteramente consagrados a él. Ahora bien, esto no puede lograrse si no permanece impreso en la mente el recuerdo del castigo pasado, y si el que ha obtenido perdón no se ocupa en esta meditación durante toda su vida.

Esta amonestación nos enseña también que todos los males que soportamos deben imputarse a nuestros pecados; pues las aflicciones de los hombres no son accidentales, sino otros tantos azotes para nuestra corrección. Primero, pues, debemos reconocer la mano de Dios que nos golpea, y no imaginar que nuestras angustias surgen de un impulso ciego de la fortuna; y luego atribuimos a Dios este honor: que, siendo un Padre lleno de bondad, no se complace en nuestros sufrimientos y, por tanto, no nos trata con más dureza de la que merecen nuestros pecados con que lo hemos ofendido. Cuando le encarga: no peques más, no le manda estar libre de todo pecado, sino que habla en sentido comparativo respecto de su vida anterior; pues Cristo lo exhorta a arrepentirse en adelante y a no hacer como había hecho antes.

Para que no te suceda algo peor. Si Dios no logra hacernos bien con los azotes con que suavemente nos castiga, como el más bondadoso padre castigaría a sus hijos tiernos y delicados, se ve obligado a asumir un carácter nuevo, y un carácter que, por así decirlo, no le es natural. Toma, pues, el látigo para domar nuestra obstinación, como amenaza en la Ley (Lv 26:14; Dt 28:15; Sal 32:9); y, en efecto, en toda la Escritura se hallan pasajes de la misma clase. Así, cuando somos abrumados sin cesar por nuevas aflicciones, debemos atribuirlo a nuestra obstinación; pues no sólo nos parecemos a caballos y mulos indómitos, sino que somos como fieras que no pueden ser domadas. No hay razón, pues, para maravillarnos si Dios usa un castigo más severo para machacarnos, por así decirlo, con mazos, cuando el castigo moderado de nada sirve; pues es justo que los que no soportan ser corregidos sean quebrantados a golpes. En suma, el uso de los castigos es hacernos más cautos para el futuro. Si, tras el primer y el segundo golpe, mantenemos una dureza obstinada de corazón, nos golpeará siete veces más severamente. Si, después de haber mostrado por un tiempo señales de arrepentimiento, volvemos enseguida a nuestra disposición natural, castiga más duramente esta ligereza que nos prueba olvidadizos y que está llena de pereza.

Además, en la persona de este hombre nos importa observar con cuánta dulzura y condescendencia nos soporta el Señor. Supongamos que el hombre se acercaba a la vejez; en tal caso debió de haber sido visitado por la enfermedad en la flor de la vida, y quizá le había atacado desde su más tierna infancia; y consideremos ahora cuán penoso debió de serle este castigo continuado por tantos años. Es cierto que no podemos acusar a Dios de excesiva severidad por hacer que este hombre languideciera, medio muerto, por tan largo período; y, por tanto, cuando somos castigados más levemente, aprendamos que es porque el Señor, en su infinita bondad, modera el extremo rigor de los castigos que habríamos merecido bien. Aprendamos también que ningún castigo es tan riguroso y severo que el Señor no pueda añadirle más cuando le plazca. Ni puede dudarse de que los hombres miserables, con sus perversas quejas, atraen con frecuencia sobre sí tormentos terribles y espantosos, cuando afirman que no es posible soportar angustias más pesadas, y que Dios no puede enviarles nada más. «¿No tengo yo esto guardado conmigo, sellado en mis tesoros?» dice el Señor (Dt 32:34). Debemos observar también cuán lentos somos en sacar provecho de los castigos de Dios; pues si la exhortación de Cristo no era superflua, podemos aprender de ella que el alma de este hombre no estaba aún plenamente purificada de todo vicio. En efecto, las raíces de los vicios son demasiado profundas en nosotros para poder ser arrancadas en un solo día, o en pocos días; y la curación de las enfermedades del alma es demasiado difícil para lograrse con remedios aplicados por poco tiempo.

Juan 5:15-16

15. Se fue el hombre. Nada estaba más lejos de su intención que hacer de Cristo objeto de odio para ellos, y nada estaba más lejos de su expectativa que el que ellos se enfurecieran tan ferozmente contra Cristo. Su intención, pues, era piadosa; porque quería rendir a su Médico el honor que justamente se le debía. Los judíos, por su parte, muestran su veneno, no sólo al acusar a Cristo de haber violado el día de reposo, sino al estallar en extrema crueldad.

Juan 5:17-19

17. Pero Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. 18. Por esto, pues, los judíos procuraban con mayor empeño matarlo, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también llamaba a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios. 19. Entonces Jesús respondió y les dijo: De cierto, de cierto os digo: El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.

Juan 5:17

17. Mi Padre hasta ahora trabaja. Veamos qué clase de defensa emplea Cristo. No responde que la Ley sobre guardar el día de reposo era temporal y que debía ser abolida ahora; sino que, al contrario, sostiene que no ha violado la Ley, porque ésta es una obra divina. Es verdad que la ceremonia del día de reposo era parte de las sombras de la Ley, y que Cristo le puso fin con su venida, como muestra Pablo (Col 2:16); pero la cuestión presente no gira en torno a ese punto. Pues a los hombres sólo se les manda abstenerse de sus propias obras; y, por tanto, la circuncisión, que es obra de Dios y no de los hombres, no está en desacuerdo con el día de reposo.

Lo que Cristo sostiene es esto: que el santo reposo ordenado por la Ley de Moisés no es perturbado cuando nos ocupamos en obras de Dios. Y por esta razón excusa no sólo su propia acción, sino también la acción del hombre que llevó su cama; pues era un apéndice y, por así decirlo, una parte del milagro, ya que no era otra cosa que una aprobación de él. Además, si la acción de gracias y la publicación de la gloria divina se cuentan entre las obras de Dios, no era una profanación del día de reposo dar testimonio de la gracia de Dios con pies y manos. Pero Cristo habla principalmente de sí mismo, a quien los judíos eran más hostiles. Declara que la salud del cuerpo que ha devuelto al enfermo es una demostración de su poder divino. Afirma que él es el Hijo de Dios, y que obra de la misma manera que su Padre.

Cuál es la utilidad del día de reposo, y por qué razones fue ordenado, no lo discuto ahora más extensamente. Basta para el presente pasaje que la observancia del día de reposo está tan lejos de interrumpir o impedir las obras de Dios que, al contrario, sólo cede ante ellas. Pues ¿por qué manda la Ley a los hombres abstenerse de sus propias obras sino para mantener libres y ocupados todos sus sentidos en considerar las obras de Dios? En consecuencia, el que en el día de reposo no deja libre curso y reinado a las obras de Dios no sólo es un falso expositor de la Ley, sino que perversamente la trastorna.

Si se objeta que el ejemplo de Dios se propone a los hombres para que reposen el séptimo día, la respuesta es fácil. Los hombres no se conforman a Dios en el sentido de que él cesó de obrar, sino en abstenerse de las molestas acciones de este mundo y aspirar al reposo celestial. El sábado o reposo de Dios, por tanto, no es ociosidad, sino verdadera perfección, que trae consigo un estado tranquilo de paz. Ni esto es incompatible con lo que dice Moisés, que Dios acabó sus obras (Gn 2:2); pues quiere decir que, habiendo completado la formación del mundo, Dios consagró aquel día para que los hombres lo emplearan en meditar en sus obras. Sin embargo, no cesó de sostener con este poder el mundo que había hecho, de gobernarlo con su sabiduría, de mantenerlo con su bondad y de regular todas las cosas conforme a su beneplácito, tanto en el cielo como en la tierra. En seis días, pues, se completó la creación del mundo, pero su administración continúa todavía, y Dios trabaja incesantemente en mantener y conservar su orden; como nos informa Pablo, que en él vivimos, y nos movemos, y somos (Hch 17:28); y como nos informa David, que todas las cosas subsisten mientras el Espíritu de Dios las sostiene, y que faltan en cuanto retira su apoyo (Sal 104:29). Y no sólo por una providencia general mantiene el Señor el mundo que ha creado, sino que dispone y regula cada parte de él, y muy especialmente, con su protección, guarda y custodia a los creyentes que ha recibido bajo su cuidado y tutela.

Y yo trabajo. Dejando la defensa de la causa presente, Cristo explica ahora el fin y el uso del milagro, a saber, que por medio de él sea reconocido como el Hijo de Dios; pues el objeto que tenía a la vista en todas sus palabras y acciones era mostrar que él era el Autor de la salvación. Lo que ahora reclama para sí pertenece a su Divinidad, como dice también el apóstol, que

sustenta todas las cosas con la palabra de su poder (He 1:3).

Pero cuando testifica que es Dios, es para que, manifestado en carne, cumpla el oficio de Cristo; y cuando afirma que vino del cielo, es principalmente para informarnos con qué propósito descendió a la tierra.

Juan 5:18

18. Por esto, pues, los judíos procuraban con mayor empeño matarlo. Esta defensa estaba tan lejos de calmar su furor que aun los enfureció más. Ni desconocía él su malignidad, su maldad y su obstinación endurecida, sino que quiso primero aprovechar a unos pocos de sus discípulos que estaban entonces presentes, y luego hacer una demostración pública de su malicia incurable. Con su ejemplo nos ha enseñado que nunca debemos ceder al furor de los malvados, sino que debemos procurar mantener la verdad de Dios, en la medida en que la necesidad lo exija, aunque todo el mundo se oponga y murmure. Ni hay razón para que los siervos de Cristo lo tomen a mal por no aprovechar a todos según su deseo, pues el mismo Cristo no siempre tuvo éxito; y no hemos de maravillarnos si, a medida que la gloria de Dios se despliega más plenamente, Satanás se enfurece más violentamente en sus miembros e instrumentos.

Porque no sólo quebrantaba el día de reposo. Cuando el evangelista dice que los judíos eran hostiles a Cristo porque había quebrantado el día de reposo, habla según la opinión que ellos se habían formado; pues ya he mostrado que el estado de la cuestión era completamente contrario. La causa principal de su ira era que llamaba a Dios su Padre. Y ciertamente Cristo quiso que se entendiera que Dios era su Padre en un sentido peculiar, de modo que se distinguiera del rango ordinario de los demás hombres. Se hacía igual a Dios cuando reclamaba para sí la continuidad en el trabajo; y Cristo está tan lejos de negarlo que lo confirma más distintamente. Esto refuta el desvarío de los arrianos, que reconocían que Cristo es Dios, pero no pensaban que es igual al Padre, como si en la esencia una y simple de Dios pudiera haber alguna desigualdad.

Juan 5:19

19. Respondió, pues, Jesús. Vemos lo que he dicho: que Cristo está tan lejos de defenderse de lo que los judíos afirmaban, aunque ellos lo pretendían como calumnia, que sostiene más abiertamente que es verdad. Y primero insiste en este punto: que la obra que los judíos criticaban era una obra divina, para hacerles entender que tendrán que pelear con Dios mismo si persisten en condenar lo que necesariamente se ha de atribuir a él. Este pasaje fue debatido antiguamente de diversas maneras entre los Padres ortodoxos y los arrianos. Arrio infería de él que el Hijo es inferior al Padre, porque no puede hacer nada por sí mismo. Los Padres respondían que estas palabras no denotan más que la distinción de la persona, para que se supiera que Cristo procede del Padre, y sin embargo no está privado de poder intrínseco para obrar. Pero ambas partes estaban equivocadas. Pues el discurso no se refiere a la simple Divinidad de Cristo, y esas afirmaciones que veremos enseguida no se refieren simplemente y de suyo a la Palabra eterna de Dios, sino que se aplican sólo al Hijo de Dios, en cuanto manifestado en la carne.

Tengamos, pues, a Cristo delante de nuestros ojos, tal como fue enviado al mundo por el Padre para ser Redentor. Los judíos no veían en él nada más elevado que la naturaleza humana y, por tanto, él argumenta que, cuando curó al enfermo, no lo hizo por poder humano, sino por un poder divino que estaba oculto bajo su carne visible. El estado de la cuestión es éste. Como ellos, fijando su atención en la apariencia de la carne, despreciaban a Cristo, él les manda que se eleven más alto y miren a Dios. Todo el discurso debe referirse a este contraste: que yerran grandemente los que piensan que tienen que ver con un hombre mortal cuando acusan a Cristo de obras verdaderamente divinas. Ésta es su razón para afirmar tan enérgicamente que en esta obra no hay diferencia entre él y su Padre.

Juan 5:20-24

20. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y le mostrará mayores obras que éstas, para que os maravilléis. 21. Porque como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. 22. Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo; 23. para que todos honren al Hijo como honran al Padre; el que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió. 24. De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida.

Juan 5:20

20. Porque el Padre ama al Hijo. Todos ven cuán forzada y traída de lejos es la exposición de este pasaje que dan los Padres. «Dios —dicen— se ama a sí mismo en el Hijo.» Pero esta afirmación se aplica admirablemente a Cristo revestido de carne: que es amado por el Padre. Es más, sabemos que con este excelente título se distingue tanto de los ángeles como de los hombres: «Éste es mi Hijo amado» (Mt 3:17). Pues sabemos que Cristo fue escogido para que todo el amor de Dios habitara en él y fluyera de él hacia nosotros como de una fuente llena. Cristo es amado por el Padre en cuanto es la Cabeza de la Iglesia. Muestra que este amor es la causa de que el Padre haga todas las cosas por su mano. Pues cuando dice que el Padre LE MUESTRA, esta palabra debe entenderse como denotando comunicación, como si hubiera dicho: «Así como el Padre me ha dado su corazón, así ha derramado su poder sobre mí, para que la gloria divina resplandezca en mis obras y, lo que es más, para que los hombres no busquen nada divino sino lo que hallan en mí.» Y, en verdad, fuera de Cristo será en vano buscar el poder de Dios.

Y le mostrará mayores obras que éstas. Con estas palabras quiere decir que el milagro que había realizado al curar al hombre no era la mayor de las obras que el Padre le había encomendado; pues sólo había dado en él un ligero gusto de aquella gracia de la cual es propiamente ministro y Autor: a saber, devolver la vida al mundo.

Para que os maravilléis. Al añadir estas palabras, los acusa indirectamente de ingratitud por despreciar una demostración tan ilustre del poder de Dios; como si hubiera dicho: «Aunque sois torpes y estúpidos, las obras que Dios realizará después por medio de mí os arrastrarán, aunque de mala gana, a la admiración.» Sin embargo, esto parece no haberse cumplido, pues sabemos que viendo, no veían; como dice también Isaías que los reprobados están ciegos en medio de la luz de Dios. Respondo que Cristo no hablaba ahora de su disposición, sino que sólo lanzaba una sugerencia acerca del esplendor de la demostración que daría poco después de que él era el Hijo de Dios.

Juan 5:21

21. Porque como el Padre levanta a los muertos. Aquí da una visión resumida de la naturaleza del oficio que el Padre le había dado; pues aunque parece especificar una clase, es sin embargo una doctrina general en la cual se declara Autor de la vida. Ahora bien, la vida contiene en sí no sólo la justicia, sino todos los dones del Espíritu Santo y cada parte de nuestra salvación. Y ciertamente este milagro debía ser una prueba tan notable del poder de Cristo que produjera este fruto común: esto es, abrir una puerta al evangelio. Debemos observar también de qué manera nos concede Cristo la vida; pues nos halló a todos muertos y, por tanto, era necesario comenzar por una resurrección. Sin embargo, cuando une las dos palabras, levanta y da vida, no usa un lenguaje superfluo; pues no habría bastado con que fuéramos rescatados de la muerte si Cristo no nos devolviera plena y perfectamente la vida. Además, no habla de esta vida como concedida indiscriminadamente a todos; pues dice que da vida a los que quiere; con lo cual quiere decir que concede especialmente esta gracia sólo a ciertos hombres, esto es, a los elegidos.

Juan 5:22

22. Porque el Padre a nadie juzga. Establece ahora más claramente la verdad general: que el Padre gobierna el mundo en la persona del Hijo y ejerce dominio por su mano; pues el evangelista emplea la palabra juicio, conforme al modo de hablar de la lengua hebrea, como denotando autoridad y poder. Percibimos ahora la suma de lo que aquí se afirma: que el Padre ha dado al Hijo un reino, para que gobierne el cielo y la tierra conforme a su beneplácito. Pero esto podría parecer muy absurdo: que el Padre, cediendo su derecho a gobernar, permaneciera ocioso en el cielo, como un particular. La respuesta es fácil. Esto se dice tanto con respecto a Dios como a los hombres; pues ningún cambio tuvo lugar en el Padre cuando designó a Cristo como Rey supremo y Señor del cielo y de la tierra; pues él está en el Hijo y obra en él. Pero como, cuando queremos elevarnos a Dios, todos nuestros sentidos fallan de inmediato, Cristo se pone ante nuestros ojos como imagen viva del Dios invisible. No hay razón, por tanto, para que nos afanemos en vano explorando los secretos del cielo, pues Dios provee a nuestra debilidad mostrándose cercano en la persona de Cristo; pero, por otra parte, siempre que la indagación se refiera al gobierno del mundo, a nuestra propia condición, a la tutela celestial de nuestra salvación, aprendamos a dirigir nuestros ojos sólo a Cristo, pues todo poder le ha sido dado (Mt 28:18), y en su rostro Dios el Padre, que de otro modo habría estado oculto y distante, se nos aparece de modo que la majestad de Dios sin velo no nos trague con su inconcebible resplandor.

Juan 5:23

23. Para que todos honren al Hijo. Esta cláusula confirma suficientemente la sugerencia que lancé hace poco: que cuando se dice que Dios reina en la persona de Cristo, esto no significa que repose en el cielo, como suelen hacer los reyes indolentes, sino que en Cristo manifiesta su poder y se muestra presente. Pues ¿qué otro sentido tienen estas palabras, para que todos honren al Hijo, sino que el Padre quiere ser reconocido y adorado en el Hijo? Nuestro deber, por tanto, es buscar a Dios el Padre en Cristo, contemplar su poder en Cristo y adorarlo en Cristo. Pues, como sigue inmediatamente, el que no honra al Hijo priva a Dios del honor que se le debe. Todos admiten que debemos adorar a Dios, y este sentimiento, que nos es natural, está hondamente arraigado en nuestros corazones, de modo que nadie se atreve a negar absolutamente a Dios el honor que se le debe; y, sin embargo, la mente de los hombres se pierde al salirse del camino para buscar a Dios. De aquí tantas deidades fingidas, de aquí tantos modos perversos de culto. Nunca hallaremos, pues, al Dios verdadero sino en Cristo, ni lo adoraremos jamás rectamente sino besando al Hijo, como nos dice David (Sal 2:12); pues, como Juan declara en otro lugar,

Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre (1 Jn 2:23).

Los mahometanos y los judíos adornan, en verdad, con títulos hermosos y magníficos al Dios que adoran; pero debemos recordar que el nombre de Dios, cuando se separa de Cristo, no es otra cosa que una vana imaginación. Todo el que desee, pues, que su culto sea aprobado por el Dios verdadero, no se aparte de Cristo. Y no era de otro modo con los padres bajo la Ley; pues aunque veían a Cristo oscuramente bajo sombras, nunca Dios se reveló fuera de Cristo. Pero ahora, puesto que Cristo se ha manifestado en carne y ha sido constituido Rey sobre nosotros, todo el mundo debe doblar la rodilla ante él para obedecer a Dios; pues habiéndolo hecho el Padre sentarse a su diestra, el que se forma un concepto de Dios sin Cristo le quita la mitad.

Juan 5:24

24. El que oye mi palabra. Aquí se describe el camino y la manera de honrar a Dios, para que nadie piense que consiste solamente en alguna práctica externa o en ceremonias frívolas. Pues la doctrina del evangelio es como un cetro para Cristo, con el cual gobierna a los creyentes que el Padre ha hecho sus súbditos. Y esta definición es eminentemente digna de atención. Nada es más común que una falsa profesión de cristianismo; pues aun los papistas, que son los más inveterados enemigos de Cristo, se jactan de su nombre del modo más presuntuoso. Pero aquí Cristo no exige de nosotros otro honor que obedecer su evangelio. De aquí se sigue que todo el honor que los hipócritas dan a Cristo no es sino el beso de Judas, con el cual traicionó a su Señor. Aunque cien veces lo llamen Rey, le quitan su reino y todo poder cuando no ejercen fe en el evangelio.

Tiene vida eterna. Con estas palabras recomienda también el fruto de la obediencia, para que estemos más dispuestos a rendirla. Pues ¿quién ha de estar tan endurecido que no se someta de buena gana a Cristo, cuando se le ofrece la recompensa de la vida eterna? Y, sin embargo, vemos cuán pocos son los que Cristo gana para sí con tan gran bondad. Tan grande es nuestra depravación que preferimos perecer por nuestra propia voluntad antes que entregarnos a obedecer al Hijo de Dios para ser salvos por su gracia. Ambas cosas, pues, están incluidas aquí por Cristo: la vestidura de un culto devoto y sincero que exige de nosotros, y el método por el cual nos restaura a la vida. Pues no bastaría entender lo que enseñó antes, que vino a levantar a los muertos, si no supiéramos también la manera en que nos devuelve a la vida. Ahora bien, afirma que la vida se obtiene por oír su palabra, y por la palabra oír entiende la fe, como declara enseguida. Pero la fe tiene su asiento no en los oídos, sino en el corazón. De dónde recibe la fe tan gran poder, lo hemos explicado antes. Debemos considerar siempre lo que el evangelio nos ofrece; pues no hemos de maravillarnos de que el que recibe a Cristo con todos sus méritos sea reconciliado con Dios y absuelto de la condenación de muerte; y de que el que ha recibido el don del Espíritu Santo sea revestido de una justicia celestial, para andar en vida nueva (Ro 6:6). La cláusula que se añade, y cree al que me envió, sirve para confirmar la autoridad del evangelio: cuando Cristo testifica que procede de Dios y no fue inventado por los hombres, como dice en otro lugar que lo que habla no es de sí mismo, sino que le fue entregado por el Padre (Jn 7:16; 14:10).

Y no vendrá a condenación. Hay aquí un contraste implícito entre la culpa a la que todos estamos naturalmente sujetos y la absolución incondicional que obtenemos por medio de Cristo; pues si todos no estuvieran sujetos a condenación, ¿de qué serviría librar de ella a los que creen en Cristo? El sentido, por tanto, es que estamos fuera del peligro de la muerte, porque somos absueltos por la gracia de Cristo; y, por tanto, aunque Cristo nos santifica y regenera, por su Espíritu, para una vida nueva, aquí menciona especialmente el perdón incondicional de los pecados, en el cual solo consiste la felicidad de los hombres. Pues entonces comienza el hombre a vivir cuando tiene a Dios reconciliado con él; y ¿cómo nos amaría Dios si no perdonara nuestros pecados?

Mas ha pasado. Algunos ejemplares latinos tienen este verbo en tiempo futuro, pasará de muerte a vida; pero esto ha surgido de la ignorancia y temeridad de alguien que, no entendiendo el sentido del evangelista, se ha tomado más libertad de la que debía; pues la palabra griega μεταβέβηκε (ha pasado) no tiene ambigüedad alguna. No hay impropiedad en decir que ya hemos pasado de muerte a vida; pues la simiente incorruptible de la vida (1 P 1:23) reside en los hijos de Dios, y ya están sentados en la gloria celestial con Cristo por la esperanza (Col 3:3), y tienen ya establecido el reino de Dios dentro de ellos (Lc 17:21). Pues aunque su vida esté escondida, no por eso dejan de poseerla por la fe; y aunque son asediados por todos lados por la fe, no dejan de estar tranquilos por esto: porque saben que están en perfecta seguridad por la protección de Cristo. Recordemos, sin embargo, que los creyentes están ahora en la vida de tal manera que llevan siempre consigo la causa de la muerte; pero el Espíritu que habita en nosotros es vida, que al fin destruirá los restos de la muerte; pues es verdad lo que dice Pablo:

el postrer enemigo que será destruido es la muerte (1 Co 15:26).

Y, en efecto, este pasaje no contiene nada que se refiera a la completa destrucción de la muerte o a la manifestación entera de la vida. Pero aunque la vida sólo esté comenzada en nosotros, Cristo declara que los creyentes están tan seguros de obtenerla que no deben temer la muerte; y no hemos de maravillarnos de esto, puesto que están unidos a aquel que es la fuente inagotable de la vida.

Juan 5:25-29

25. De cierto, de cierto os digo: Vendrá hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. 26. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; 27. y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre. 28. No os maravilléis de esto; porque vendrá hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz; 29. y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; y los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.

Juan 5:25

25. De cierto, de cierto. Cuando el evangelista representa al Hijo de Dios jurando tan frecuentemente con respecto a nuestra salvación, percibimos de aquí, primero, cuán ansiosamente desea nuestro bien y, luego, cuán importante es que la fe del evangelio esté hondamente fijada y plenamente confirmada. La afirmación tiene, en efecto, cierta apariencia de increíble, cuando se nos dice que éste es el efecto de la fe de que habla Cristo; y por eso confirma con un juramento que la voz de su evangelio tiene tal poder de dar vida que es poderosa para levantar a los muertos. Se admite generalmente que habla de la muerte espiritual; pues los que lo refieren a Lázaro (Jn 11:44), al hijo de la viuda de Naín (Lc 7:15) y a casos semejantes, son refutados por lo que sigue. Primero, Cristo muestra que todos estamos muertos antes de que él nos vivifique; y de aquí es evidente cuánto puede lograr toda la naturaleza del hombre para procurar la salvación.

Cuando los papistas quieren establecer su libre albedrío, lo comparan con el samaritano a quien los ladrones habían dejado medio muerto en el camino (Lc 10:30); como si con el humo de una alegoría pudieran oscurecer una afirmación clara, por la cual Cristo declara que estamos plenamente condenados a muerte. Y, en efecto, puesto que desde la rebelión del primer hombre hemos sido alejados de Dios por el pecado, todos los que no reconocen que están abrumados por una destrucción eterna no hacen otra cosa que engañarse con vanas lisonjas. Reconozco de buena gana que en el alma del hombre queda algún resto de vida; pues el entendimiento, el juicio, la voluntad y todos nuestros sentidos son otras tantas partes de la vida; pero como no hay parte alguna que se eleve al deseo de la vida celestial, no hemos de maravillarnos de que el hombre entero, en cuanto se refiere al reino de Dios, sea reputado muerto. Y esta muerte la explica Pablo más plenamente cuando dice que estamos alejados de la razón pura y sana del entendimiento, que somos enemigos de Dios y opuestos a su justicia en todo afecto de nuestro corazón; que andamos en tinieblas como ciegos y estamos entregados a malos deseos (Ef 2:1; 4:17). Si una naturaleza así corrompida no tiene poder para desear la justicia, se sigue que la vida de Dios está extinguida en nosotros.

Así la gracia de Cristo es una verdadera resurrección de entre los muertos. Ahora bien, esta gracia nos es conferida por el evangelio; no porque la voz externa posea tanta energía, pues en muchos casos hiere los oídos sin provecho, sino porque Cristo habla a nuestros corazones por dentro con su Espíritu, para que recibamos por la fe la vida que se nos ofrece. Pues no habla indiscriminadamente de todos los muertos, sino que se refiere sólo a los elegidos, cuyos oídos Dios perfora y abre para que reciban la voz de su Hijo, que los devuelve a la vida. Esta doble gracia, en efecto, nos la presenta Cristo expresamente con sus palabras, cuando dice: Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán; pues no es menos contrario a la naturaleza que los muertos oigan que el que sean devueltos a la vida que habían perdido; y por tanto ambas cosas proceden del poder secreto de Dios.

Vendrá hora, y ahora es. Habla así de ello como de algo que nunca antes había sucedido; y, en verdad, la publicación del evangelio fue una nueva y repentina resurrección del mundo. Pero ¿no daba siempre vida a los hombres la palabra de Dios? Esta pregunta se responde fácilmente. La doctrina de la Ley y los Profetas se dirigía al pueblo de Dios y, por consiguiente, debía de estar destinada más bien a conservar en la vida a los que eran hijos de Dios que a devolverlos de la muerte. Pero era otra cosa con el evangelio, por el cual naciones antes ajenas al reino de Dios, separadas de Dios y privadas de toda esperanza de salvación, eran invitadas a hacerse partícipes de la vida.

Juan 5:26

26. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo. Muestra de dónde recibe su voz tal eficacia: a saber, que él es la fuente de la vida y con su voz la derrama sobre los hombres; pues la vida no fluiría a nosotros de su boca si no tuviera en sí mismo la causa y la fuente de ella. Se dice que Dios tiene vida en sí mismo no sólo porque él solo vive por su propio poder inherente, sino porque, conteniendo en sí la plenitud de la vida, comunica vida a todas las cosas. Y esto, en verdad, pertenece propiamente a Dios, como se dice: «Contigo está el manantial de la vida» (Sal 36:9). Pero como la majestad de Dios, estando lejos de nosotros, se parecería a una fuente desconocida y oculta, por esta razón se ha manifestado abiertamente en Cristo. Tenemos así una fuente abierta puesta delante de nosotros, de la cual podemos sacar. El sentido de las palabras es éste: «Dios no quiso tener la vida oculta y como sepultada dentro de sí, y por eso la derramó en su Hijo, para que fluyera a nosotros.» De aquí concluimos que este título se aplica estrictamente a Cristo en cuanto se manifestó en la carne.

Juan 5:27

27. Y le dio autoridad. Repite de nuevo que el Padre le ha dado dominio, para que tenga pleno poder sobre todas las cosas en el cielo y en la tierra. La palabra (ἐξουσία) denota aquí autoridad. Juicio se pone aquí por mando y gobierno, como si hubiera dicho que el Padre lo había designado Rey, para gobernar el mundo y ejercer el poder del Padre mismo.

Por cuanto es el Hijo del Hombre. Esta razón, que se añade enseguida, merece observarse particularmente, pues significa que sale al encuentro de los hombres adornado de tal magnificencia de poder para comunicarles lo que ha recibido del Padre. Algunos piensan que este pasaje no contiene otra cosa que lo que dice Pablo, que Cristo,

siendo en forma de Dios, se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, y se humilló hasta la muerte de cruz; por lo cual Dios también lo exaltó y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que ante él se doble toda rodilla (Fil 2:7-10).

Pero yo, por mi parte, considero que el sentido es más amplio: que Cristo, en cuanto hombre, fue designado por el Padre como Autor de la vida, para que no sea necesario ir lejos a buscarla; pues Cristo no la recibió para sí, como si la necesitara, sino para enriquecernos con su riqueza. Puede resumirse así: «Lo que estaba oculto en Dios se nos revela en Cristo como hombre, y la vida, antes inaccesible, se pone ahora ante nuestros ojos.» Hay quienes separan este argumento de su conexión inmediata y lo unen a la cláusula siguiente; pero ésta es una interpretación forzada y está en desacuerdo con el sentido de Cristo.

Juan 5:28

28. No os maravilléis de esto. Podemos inclinarnos a pensar que razona sin concluir, al sacar de la última resurrección una confirmación de lo que había dicho; pues no es muestra de mayor poder levantar cuerpos que levantar mentes. Respondo que no es por el hecho mismo por lo que hace una comparación entre lo mayor y lo menor, sino por la opinión de los hombres; pues, siendo carnales, no admiran sino lo externo y visible. De ahí que pasen por alto con poco interés la resurrección del alma, mientras que la resurrección del cuerpo les excita mayor admiración. Otro efecto producido por esta grosera estupidez nuestra es que las cosas que se perciben con los ojos tienen una influencia más poderosa para producir fe que las que sólo pueden recibirse por la fe. Al mencionar el último día, no se añade otra vez aquella limitación —y ahora es—, sino que simplemente declara que el tiempo llegará algún día.

Pero surge otra objeción; pues aunque los creyentes esperan la resurrección de los cuerpos, no pueden apoyarse en su conocimiento de ella para concluir que las almas son ahora rescatadas de la muerte, porque los cuerpos saldrán un día de los sepulcros. Y entre los hombres impíos, ¿qué se tendría por más ridículo que probar una cosa desconocida (por usar una frase común) por otra menos conocida? Respondo que Cristo se gloría aquí de su poder sobre los reprobados, para testificar que el Padre le ha encomendado la plena restauración de todas las cosas; como si hubiera dicho: «Lo que ahora os digo que he comenzado, lo terminaré algún día ante vuestros ojos.» Y, en efecto, cuando Cristo ahora, por la voz de su evangelio, vivifica almas que se habían hundido en la perdición, es una especie de preparación para la última resurrección. Además, como incluye a todo el género humano, hace enseguida una distinción entre los elegidos y los reprobados. Esta división muestra que los reprobados, así como son ahora convocados por la voz de Cristo a venir a juicio, serán también, por la misma voz, arrastrados y traídos a comparecer ante su tribunal.

Pero ¿por qué menciona sólo a los que están encerrados en los sepulcros, como si los demás no fueran a participar de la resurrección, ya sea que se hayan ahogado, o los hayan devorado las fieras, o hayan sido reducidos a cenizas? La respuesta es que, como los muertos suelen ser sepultados, por la figura retórica llamada sinécdoque emplea una parte para denotar a todos los que ya han muerto. Y esto es más enfático que si hubiera dicho simplemente los muertos; pues a aquellos a quienes la muerte ya ha privado de vida y de luz, el sepulcro los retira, por así decirlo, del mundo.

Oirán su voz. La voz del Hijo significa el sonido de la trompeta, que sonará por mandato, con el poder de Cristo (Mt 24:31; 1 Co 15:52). Pues aunque un ángel será heraldo o precursor (1 Ts 4:16), esto no impide que lo que se hace por la autoridad del Juez, y como en su propia persona, se le atribuya a él mismo.

Juan 5:29

29. Y los que hicieron lo bueno. Señala a los creyentes por las buenas obras, como enseña en otro lugar que el árbol se conoce por su fruto (Mt 7:16; Lc 6:44). Alaba sus obras buenas, a las cuales han comenzado a dedicarse desde que fueron llamados. Pues el ladrón, a quien Cristo en la cruz (Lc 23:42) prometió vida, y que toda su vida había estado entregado a los crímenes, expresa con su último aliento un deseo de hacer el bien; pero como nace de nuevo hombre nuevo, y de esclavo del pecado comienza a ser siervo de la justicia, todo el curso de su vida pasada no se toma en cuenta ante Dios. Además, los pecados mismos por los cuales los creyentes se someten cada día a condenación no les son imputados. Pues sin el perdón que Dios concede a los que creen en él, nunca hubo en el mundo hombre de quien podamos decir que ha vivido bien; ni hay siquiera una sola obra que se reputará enteramente buena, a menos que Dios perdone los pecados que le pertenecen, pues todas son imperfectas y corrompidas. A esas personas, pues, se las llama aquí hacedores de buenas obras, a las que Pablo llama ansiosamente deseosas o celosas de ellas (Tit 2:14). Pero esta estimación depende de la bondad paternal de Dios, quien por gracia gratuita aprueba lo que merecía ser rechazado.

La inferencia que los papistas sacan de estos pasajes —que la vida eterna depende de los méritos de las obras— puede refutarse sin dificultad alguna. Pues Cristo no trata ahora de la causa de la salvación, sino que simplemente distingue a los elegidos de los reprobados por su propia señal; y lo hace para invitar y exhortar a los suyos a una vida santa e irreprensible. Y, en efecto, no negamos que la fe que nos justifica va acompañada de un ardiente deseo de vivir bien y rectamente; pero sostenemos solamente que nuestra confianza no puede descansar en otra cosa que en la sola misericordia de Dios.

Juan 5:30-32

30. No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió. 31. Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. 32. Otro es el que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da acerca de mí es verdadero.

Juan 5:30

30. No puedo yo hacer nada por mí mismo. Sería superfluo entrar aquí en razonamientos abstrusos sobre si el Hijo de Dios puede hacer algo por sí mismo o no, en cuanto se refiere a su eterna Divinidad; pues no quiso mantener nuestras mentes ocupadas en tales bagatelas. En consecuencia, no había razón para que los antiguos se dieran tanta ansiedad y angustia por refutar la calumnia de Arrio. Aquel bellaco echaba a correr que el Hijo no es igual al Padre porque no puede hacer nada por sí mismo. Los santos varones responden que el Hijo reclama con justicia para sí todo lo que puede atribuirse al Padre, de quien toma su comienzo en cuanto a su persona. Pero, en primer lugar, Cristo no habla de su Divinidad simplemente, sino que nos advierte que, en cuanto está revestido de nuestra carne, no debemos juzgarlo por la apariencia externa, porque tiene algo más alto que el hombre. Además, debemos considerar con quién trata. Su intención era refutar a los judíos, que procuraban contraponerlo a Dios. Afirma, pues, que no hace nada por poder humano, porque tiene por guía y director a Dios, que habita en él.

Debemos recordar siempre que, siempre que Cristo habla de sí mismo, reclama sólo lo que pertenece al hombre; pues tiene los ojos puestos en los judíos, que decían erróneamente que era simplemente uno del rango ordinario de los hombres. Por la misma razón atribuye al Padre todo lo que es más alto que el hombre. La palabra juzgo pertenece propiamente a la doctrina, pero está destinada a aplicarse también a toda su administración, como si hubiera dicho que obra por dirección del Padre en todas las cosas, que la voluntad del Padre es su regla y que, por tanto, él lo defenderá contra todos los adversarios.

Y mi juicio es justo. Concluye que sus acciones y dichos están fuera de riesgo de censura, porque no se permite intentar nada sino por mandato y dirección del Padre; pues debe considerarse fuera de toda controversia que todo lo que procede de Dios ha de ser recto. Esta modestia debemos tenerla como la primera máxima de la piedad: tener tal reverencia por la palabra y las obras de Dios que el nombre de Dios bastara por sí solo para probar su justicia y rectitud; pero ¡cuán pocos se hallan dispuestos a reconocer que Dios es justo, a no ser que se los obligue! Reconozco, en verdad, que Dios demuestra su justicia por la experiencia; pero limitarla a la percepción de nuestra carne, de modo que no se tenga acerca de ella más opinión que la que nuestra propia mente sugiere, es impiedad perversa y atrevida. Establezcamos, pues, como cierto e indudable que todo lo que procede de Dios es recto y verdadero, y que es imposible que Dios no sea veraz en todas sus palabras, justo y recto en todas sus acciones. Se nos recuerda también que la única regla para obrar bien es no emprender nada sino por dirección y mandamiento de Dios. Y si después de esto todo el mundo se levantara contra nosotros, tendremos aún esta defensa invencible: que el que sigue a Dios no puede extraviarse.

Porque no busco mi voluntad. No hace aquí que su propia voluntad y la de su Padre choquen entre sí, como si fueran cosas contrarias, sino que sólo refuta la falsa opinión que ellos tenían: que era impulsado por presunción humana más que guiado por la autoridad de Dios. Afirma, pues, que no tiene ninguna disposición que le sea peculiar y esté separada del mandato del Padre.

Juan 5:31-32

31. Si yo doy testimonio acerca de mí mismo. No quita aquí nada del crédito debido a su testimonio, el cual afirma en otro lugar en términos enérgicos, sino que habla por vía de concesión; pues Cristo, estando en otros aspectos muy abundantemente respaldado, consiente en que no crean su palabra. «Si mi testimonio acerca de mí mismo —dice— os es sospechoso según la costumbre ordinaria de los hombres, no valga nada.» Ahora bien, sabemos que lo que alguien afirma acerca de sí mismo no se tiene por verdadero y auténtico, aunque en otros aspectos diga la verdad, porque nadie es testigo competente en su propia causa. Aunque sería injusto reducir al Hijo de Dios a este rango, prefiere, sin embargo, renunciar a su derecho para convencer a sus enemigos con la autoridad de Dios.

Juan 5:33-36

33. Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él dio testimonio de la verdad. 34. Pero yo no recibo testimonio de hombre alguno; mas digo esto para que vosotros seáis salvos. 35. Él era antorcha que ardía y alumbraba, y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz. 36. Pero yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado.

Juan 5:33

33. Vosotros enviasteis mensajeros a Juan. Antes de presentar el testimonio de Dios, los apremia con la respuesta de Juan, a la cual no podían negar honrosamente su creencia. Pues ¿de qué servía enviar a él, si no pensaban atenerse a sus palabras? Ellos envían a él como a un profeta de Dios y así fingen que tendrán su palabra por un oráculo. Ahora bien, aunque esto implica otra concesión en su favor, con todo Cristo les hace abiertamente este cargo: que nada sino su propia malicia les impide creer. Y por eso vemos que esta circunstancia es sumamente apropiada al asunto de que se trata, a saber, que enviaron a Juan y, como si su motivo hubiera sido el deseo de aprender, le preguntaron quién era el Mesías, y sin embargo no prestaron atención a su respuesta.

Juan 5:34

34. Yo no recibo testimonio de hombres. Sin embargo, no fue en vano que Dios escogiera a Cristo por testigo suyo, y el mismo Cristo declara en otra ocasión que los discípulos

serán sus testigos: «Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hch 1:8).

Respondo que Cristo se sirve del testimonio de Juan, no porque lo necesite, sino en cuanto nos es provechoso recibir de él alguna confirmación. Los hombres toman prestado testimonio unos de otros porque no pueden prescindir de esa ayuda. Distinto es el caso de Dios y de Cristo. Pues si los filósofos afirman que la virtud no necesita ayuda ajena, ¿qué tiene el hombre en sí mismo para prestar apoyo a la verdad de Dios? Y Cristo añade enseguida que presenta el testimonio de Juan por causa de ellos: digo esto para que vosotros seáis salvos. Con esta afirmación quiere decir que no es tanto por consideración a sí mismo como por el deseo de promover el provecho de los hombres por lo que levanta los heraldos de su evangelio, por medio de los cuales nos testifica acerca de su voluntad. En esto vemos también una notable prueba de su admirable bondad, con la cual regula todas las cosas para nuestra salvación. Es, pues, nuestro deber, por nuestra parte, esforzarnos para que el gran cuidado que pone en salvarnos no sea infructuoso.

Juan 5:35

35. Él era antorcha que ardía y alumbraba. Cuando llama a Juan antorcha que ardía, esto prueba su ingratitud; pues se sigue que sólo están ciegos porque así lo quieren, ya que Dios encendió una antorcha ante sus ojos. El sentido de las palabras es, por tanto: «Dios no quiso que os extraviarais; pues designó a Juan para ser una antorcha, para dirigiros con su resplandor; y, por tanto, cuando no me reconocéis como Hijo de Dios, esto proviene de un error voluntario.» A esto sigue otro reproche: que no sólo cerraron los ojos y así obstruyeron la entrada de la luz que se les ofrecía, sino que a propósito abusaron de ella con el fin de aplastar a Cristo. Pues cuando estaban dispuestos a aplaudir a Juan más de lo que justamente merecía, esto provenía de un designio malvado y traicionero de no ceder ante el Hijo de Dios.

Y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz. Este perverso abuso de la luz celestial lo compara Cristo con elegancia a una alegría necia; como si el padre de familia encendiera una lámpara de noche para sus siervos, para que cumplieran los deberes que les había encomendado, pero ellos, en vez de hacerlo, la emplearan para la disolución y toda clase de libertinaje. Con estas palabras Cristo acusa a los judíos y a la vez nos da a todos una advertencia: que, cuando Dios envía maestros fieles para guiarnos por el camino recto, cuidemos de no abusar de ellos vagando en todas direcciones. Cuán útil es esta advertencia lo muestra la experiencia de todas las edades. Dios se propone dirigir a los hombres, a lo largo de todo el curso de su vida, hasta la meta final, y les envía sus profetas por guías. Pero tal es la locura de la necedad de los hombres que, en vez de caminar, prefieren entregarse a bailes desenfrenados, sin avanzar nada; tan ligeros e inestables son que, despreciando y rechazando su dirección continua, son arrebatados por los impulsos repentinos de sus pasiones.

Por un tiempo, o por una hora. Con este término los reprende por su necedad de pensar que una maldad de naturaleza pasajera y de corta duración pueda extinguir la luz de Dios. Así, en nuestros días, todos aquellos maestros fieles que Dios ha dado a su Iglesia como antorchas que arden son aplicados por los papistas a un fin contrario; como si su intención fuera, mirando a la luz, deslumbrarse los ojos. Y no sólo abusan de las antorchas para extinguir la luz de Dios, sino que con frecuencia se entregan a una alegría necia en medio de las tinieblas, como cuando se levantan contra la doctrina pura del evangelio y se glorían en los necios dichos de sus ruidosos declamadores. Pero lo que Cristo afirma aquí acerca de Juan, Pablo declara que es común a todos los creyentes, porque, teniendo la palabra de vida, deben dar luz al mundo, como antorchas. Pero Cristo muestra que corresponde propiamente a los apóstoles y ministros del evangelio ir delante de los demás y sostener la antorcha para guiarlos; pues aunque todos somos ciegos y estamos en medio de las tinieblas, Dios resplandece sobre nosotros con la luz de su palabra. Pero aquí adorna de modo peculiar a Juan el Bautista con este honroso título, porque por su ministerio Dios resplandeció sobre su Iglesia con mucho mayor brillo.

Juan 5:36

36. Pero yo tengo mayor testimonio que el de Juan. Después de haber mostrado que, en la persona de Juan, los judíos habían corrompido perversamente el don de Dios, repite ahora por segunda vez lo que había dicho: que no necesita el testimonio de hombre, como si no tuviera bastante de sí mismo; aunque, percibiendo que tenían en desprecio su persona, los remite a su Padre, según su costumbre.

Porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese. Pone a la vista dos cosas por las cuales se probaba que era el Hijo de Dios. «Mi Padre —dice— atestigua con milagros que soy su Hijo; y antes de que yo viniera al mundo, dio abundante testimonio de mí en las Escrituras sagradas.» Recordemos siempre el objeto que tiene a la vista. Quiere ser reconocido como el Mesías prometido por Dios, para ser oído, y por eso sostiene que ahora se manifiesta como la persona que la Escritura describe. Se podría preguntar: ¿bastan los milagros para probar esto, si los profetas ya habían realizado milagros semejantes? Respondo que los milagros que Dios realizó por medio de los profetas no pasaban del propósito para el cual estaban destinados, a saber, mostrar que ellos eran ministros de Dios, porque de ningún otro modo podían obtener la autoridad debida a su oficio. Pero Dios quiso exaltar más altamente a su Hijo, y este propósito de Dios debemos considerarlo como el designio de los milagros. Por tanto, si los judíos no hubieran estado prevenidos por la malicia y no hubieran cerrado voluntariamente los ojos, Cristo les habría podido probar fácilmente con sus milagros quién y qué era.

Juan 5:37-40

37. Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Nunca habéis oído su voz, ni visto su aspecto. 38. Ni tenéis su palabra morando en vosotros; porque al que él envió, vosotros no creéis. 39. Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí. 40. Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.

Juan 5:37

37. Y el Padre que me envió. Limitar esta afirmación, como algunos han hecho, a la voz que se oyó en su bautismo (Mt 3:17) es un error; pues dice en tiempo pasado que el Padre (μεμαρτύρηκε) ha dado testimonio, para mostrar que no se presentaba como una persona desconocida, porque el Padre lo había distinguido hacía mucho con señales tan peculiares que, trayéndolas consigo, podía ser reconocido. Explico, por tanto, que Dios dio testimonio acerca de su Hijo siempre que en tiempos pasados ofreció al pueblo antiguo la esperanza de salvación, o prometió que el reino de Israel sería plenamente restaurado. De este modo los judíos debían de haberse formado una idea de Cristo por los profetas, antes de que se manifestara en carne. Cuando, teniéndolo ante sus ojos, lo desprecian y por eso lo rechazan, muestran claramente que no tienen gusto por la Ley, de lo cual Cristo también los reprende; y, sin embargo, se jactaban de su conocimiento de la Ley, como si hubieran sido criados en el seno de Dios.

Nunca habéis oído su voz. Después de haberse quejado de que no lo reciben, Cristo prorrumpe en un lenguaje aún más severo contra su ceguera. Cuando dice que nunca habían oído la voz de Dios ni visto su aspecto, éstas son expresiones metafóricas con las cuales quiere declarar en general que están totalmente alejados del conocimiento de Dios. Porque así como los hombres se dan a conocer por el rostro y la palabra, así Dios emite su voz para nosotros por la voz de los profetas y, en los sacramentos, toma como una forma visible, por la cual podamos conocerlo según nuestra débil capacidad. Pero el que no reconoce a Dios en su imagen viva muestra claramente por este mismo hecho que no adora otra deidad que la que él mismo ha fabricado. Por esta razón dice Pablo que los judíos tenían un velo puesto delante de sus ojos, para que no percibieran la gloria de Dios en el rostro de Cristo (2 Co 3:14).

Juan 5:38

38. Ni tenéis su palabra morando en vosotros. Éste es el verdadero modo de aprovechar: que la palabra de Dios eche raíz en nosotros, de modo que, impresa en nuestros corazones, tenga allí su morada fija. Cristo afirma que la doctrina celestial no tiene lugar entre los judíos, porque no reciben al Hijo de Dios, a quien ella recomienda en todas partes. Y con justicia les hace este reproche; pues no fue en vano que Dios habló por Moisés y los profetas. Moisés no tenía otra intención que invitar a todos los hombres a ir directamente a Cristo; y de aquí es evidente que los que rechazan a Cristo no son discípulos de Moisés. Además, ¿cómo puede tener la palabra de vida morando en él el que echa de sí a la vida misma? ¿Cómo puede guardar la doctrina de la Ley el que destruye el alma de la Ley, en cuanto está en su poder? Porque la Ley sin Cristo está vacía y no tiene solidez. En la misma proporción, pues, en que uno conoce a Cristo, es el aprovechamiento que ha hecho en la palabra de Dios.

Juan 5:39

39. Escudriñad las Escrituras. Hemos dicho que la afirmación que Cristo hizo antes —que tiene al Padre por testigo en el cielo— se refiere a Moisés y los profetas. Sigue ahora una explicación más clara; pues dice que ese testimonio se halla en las Escrituras. Los reprende de nuevo por su necia jactancia, porque, mientras reconocían que tenían vida en las Escrituras, no percibían en ellas nada sino la letra muerta. Pues no los culpa absolutamente por buscar la vida en las Escrituras, ya que se nos dieron para este fin y uso, sino porque los judíos pensaban que las Escrituras les daban vida, mientras estaban muy opuestos a su sentido natural y, lo que es peor, mientras apagaban la luz de la vida que estaba contenida en ellas; pues ¿cómo puede la Ley dar vida sin Cristo, que es el único que se la da?

Además, este pasaje nos enseña que, si queremos obtener el conocimiento de Cristo, debemos buscarlo en las Escrituras; pues los que imaginan acerca de Cristo lo que les place no tendrán al fin en lugar de él sino un fantasma sombrío. Primero, pues, debemos creer que Cristo no puede ser conocido propiamente de ninguna otra manera que por las Escrituras; y, si es así, se sigue que debemos leer las Escrituras con el propósito expreso de hallar en ellas a Cristo. Quien se aparte de este objeto, aunque se fatigue toda su vida en aprender, nunca alcanzará el conocimiento de la verdad; pues ¿qué sabiduría podemos tener sin la sabiduría de Dios? Luego, así como se nos manda buscar a Cristo en las Escrituras, así declara en este pasaje que nuestros trabajos no serán infructuosos; pues el Padre testifica en ellas acerca de su Hijo de tal manera que nos lo manifestará sin lugar a duda. Pero lo que impide aprovechar a la mayor parte de los hombres es que dan al asunto sólo una mirada superficial y de pasada. Sin embargo, requiere la mayor atención y, por tanto, Cristo nos manda escudriñar diligentemente este tesoro escondido. En consecuencia, la profunda aversión a Cristo que tienen los judíos, que tienen la Ley constantemente en sus manos, debe imputarse a su indolencia. Pues el resplandor de la gloria de Dios brilla vivamente en Moisés, pero ellos prefieren tener un velo que oscurezca ese resplandor. Por las Escrituras se entiende aquí, como es bien sabido, el Antiguo Testamento; pues no fue en el evangelio donde Cristo empezó primero a manifestarse, sino que, habiendo recibido testimonio de la Ley y los Profetas, fue exhibido abiertamente en el evangelio.

Juan 5:40

40. Y no queréis venir a mí. Les reprocha de nuevo que sólo su propia malicia les impide hacerse partícipes de la vida ofrecida en las Escrituras; pues cuando dice que no quieren, imputa la causa de su ignorancia y ceguera a la maldad y a la obstinación. Y, en verdad, puesto que él se les ofrecía tan bondadosamente, debían de estar ciegos voluntariamente; pero cuando huían a propósito de la luz, e incluso deseaban extinguir el sol con la oscuridad de su incredulidad, Cristo con justicia los reprende con mayor severidad.

Juan 5:41-47

41. Gloria de los hombres no recibo. 42. Mas os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros. 43. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis. 44. ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único? 45. No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. 46. Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. 47. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?

Juan 5:41

41. Gloria de los hombres no recibo. Prosigue su reprensión; pero, para que no se sospeche que defiende su propia causa, comienza diciendo que no se preocupa por la gloria de los hombres, y que no le da cuidado ni inquietud verse despreciado; y, en verdad, es demasiado grande para depender de las opiniones de los hombres, pues la malignidad de todo el mundo nada puede quitarle ni hacer la más leve mella en su elevado rango. Está tan deseoso de refutar su calumnia que se eleva por encima de los hombres. Después entra libremente en invectivas contra ellos y los acusa de desprecio y odio a Dios. Y aunque, en cuanto a rango honroso, hay una distancia inmensa entre Cristo y nosotros, debemos, con todo, despreciar valientemente las opiniones de los hombres. Debemos al menos guardarnos con el mayor celo de irritarnos cuando somos despreciados; sino que, al contrario, aprendamos a no encendernos nunca de indignación, salvo cuando los hombres no rinden a Dios el honor que le es debido. Que nuestras almas ardan y se atormenten con este santo celo cada vez que veamos que el mundo es tan ingrato que rechaza a Dios.

Juan 5:42

42. Que no tenéis amor de Dios en vosotros. El amor de Dios se pone aquí por todos los sentimientos religiosos; pues nadie puede amar a Dios sin contemplarlo con admiración y someterse enteramente a su autoridad; como, por el contrario, cuando no prevalece el amor de Dios, no puede haber deseo de obedecerle. Ésa es la razón por la que Moisés da esto como resumen o recapitulación (ἀνακεφαλαίωσις) de la Ley:

«Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas» (Dt 6:5).

Juan 5:43

43. Yo he venido en nombre de mi Padre. Los falsos profetas se jactan, en efecto, de este título, como el Papa, en nuestros días, se jacta a boca llena de ser el Delegado o Vicario de Cristo; y bajo este mismo disfraz ha engañado Satanás a los hombres miserables desde el principio. Pero Cristo se refiere aquí a la realidad, y no a un fingimiento hipócrita; pues cuando testifica que ha venido en nombre de su Padre, quiere decir no sólo que el Padre lo ha enviado, sino que ejecuta fielmente la comisión que ha recibido. Con esta señal distingue a los maestros legítimos de la Iglesia de los maestros espurios y fingidos. Este pasaje, por tanto, enseña que debemos rechazar valientemente a todos los que se exaltan a sí mismos y, en su propio nombre, reclaman autoridad sobre las almas; pues el que desea ser tenido por siervo de Dios no debe tener nada separado de Dios. Ahora bien, si se examina toda la doctrina del Papa, aun los ciegos verán que ha venido en su propio nombre.

Si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis. Que los judíos no aman a Dios y no tienen reverencia por él, Cristo lo prueba con este argumento: que recibirán con avidez a los falsos profetas mientras rehúsan obedecer a Dios; pues da por sentado que es señal de una mente malvada e impía que los hombres desprecien la verdad y asientan de buena gana a las falsedades. Si se objeta que esto se hace generalmente más por ignorancia que por malicia, la respuesta es fácil. Nadie está expuesto a los engaños de Satanás sino en cuanto, por alguna disposición perversa, prefiere la falsedad a la verdad. Pues ¿cómo es que estamos sordos cuando Dios habla, y que Satanás nos halla dispuestos y activos, sino porque somos adversos a la justicia y deseamos por nuestra propia voluntad la iniquidad? Aunque debe observarse que aquí Cristo habla principalmente de aquellos a quienes Dios iluminó de modo peculiar, pues concedió a los judíos este privilegio: que, instruidos en su Ley, mantuvieran el recto camino de salvación. Es cierto que tales personas prestan oído a los falsos maestros por ninguna otra razón que porque quieren ser engañadas. Por eso dice Moisés que, cuando se levantan falsos profetas, es para probar y examinar al pueblo si aman a Jehová su Dios (Dt 13:3). En muchas personas, sin duda, parece haber una sencillez inocente y sin engaño, pero sus ojos están indudablemente cegados por la hipocresía que se oculta en sus mentes. Pues es cierto que Dios nunca cierra la puerta a los que llaman (Mt 7:8) y nunca defrauda a los que le ruegan sinceramente (Is 45:19). Con justicia, pues, atribuye Pablo a la venganza de Dios el que se dé a Satanás el poder de engañar,

para que crean la mentira todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia; y dice que perecen los que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos (2 Ts 2:9, 12).

De este modo se descubre la hipocresía de muchos que, entregados a los engaños y las perversas supersticiones del Papa, arden en una rabia envenenada contra el evangelio; pues si tuvieran corazones dispuestos al temor de Dios, ese temor produciría también obediencia.

Juan 5:44

44. ¿Cómo podéis creer? Como podría parecer duro decir que aquellos que desde su niñez eran discípulos adiestrados de la Ley y los Profetas fueran acusados de tan grosera ignorancia y declarados enemigos de la verdad, y como esto podría incluso parecer increíble, Cristo muestra qué es lo que les impide creer. Es porque la ambición les ha quitado el juicio sano; pues habla, de modo peculiar, a los sacerdotes y escribas, que, hinchados de orgullo, no podían obedecer a Dios. Éste es un pasaje notable, que enseña que la puerta de la fe está cerrada a todos aquellos cuyos corazones están ocupados de antemano por un vano deseo de gloria terrenal. Pues el que quiere ser alguien en el mundo se vuelve errante e inestable, de modo que no tendrá inclinación hacia Dios. Nunca está un hombre preparado para obedecer la doctrina celestial hasta que está convencido de que su objeto principal, durante toda su vida, debe ser que sea aprobado por Dios.

Pero se podría pensar que la perversa confianza con que los hipócritas se exaltan en la presencia de Dios es un obstáculo mayor que la ambición mundana; y sabemos que ésta era también una enfermedad de la cual los escribas estaban profundamente infectados. La respuesta es fácil; pues Cristo quería arrancarles la falsa máscara de santidad con que engañaban a la multitud ignorante. Señala, pues, como con el dedo, el vicio más grosero, por el cual pueda hacerse manifiesto a todos que nada está más lejos de su verdadero carácter que lo que querían ser tenidos por ser. Además, aunque la hipocresía se exalta contra Dios, sin embargo, en el mundo y ante los hombres, es siempre ambiciosa; más aún, es sólo esta vanidad la que nos hincha con falsa presunción, cuando confiamos más en nuestro propio juicio y en el de otros que en el juicio de Dios. El que en realidad se presenta ante Dios como su Juez tiene, por necesidad, que postrarse humillado y consternado, sin hallar en sí mismo nada en que pueda poner confianza. Así, pues, para que alguien busque la gloria sólo de Dios, debe ser abrumado de vergüenza y huir a la misericordia inmerecida de Dios. Y, en efecto, los que miran a Dios ven que están condenados y arruinados, y que no les queda nada en que puedan gloriarse sino la gracia de Cristo. El deseo de tal gloria irá siempre acompañado de humildad.

En cuanto se refiere al presente pasaje, el sentido de Cristo es que no hay otro modo en que los hombres puedan ser preparados para recibir la doctrina del evangelio que retirando todos sus sentidos del mundo y volviéndolos sólo a Dios, y considerando seriamente que es con Dios con quien tienen que ver, para que, olvidando las lisonjas con que suelen engañarse, desciendan a sus propias conciencias. No hemos de maravillarnos, por tanto, de que el evangelio halle hoy tan pocas personas dispuestas a ser enseñadas, pues todos son arrastrados por la ambición. Ni hemos de maravillarnos de que muchos apostaten de la profesión del evangelio, pues son arrebatados por su propia vanidad y se van volando. Con tanto mayor empeño debemos buscar esta única cosa: que, mientras somos viles y despreciados a los ojos del mundo, e incluso abrumados dentro de nosotros mismos, seamos contados entre los hijos de Dios.

Juan 5:45

45. No piensen que yo los acusaré ante el Padre. Así debemos tratar a las personas obstinadas y endurecidas, cuando nada aprenden con la instrucción y las advertencias amistosas: hay que citarlas ante el tribunal de Dios. Son pocos, ciertamente, los que se burlan abiertamente de Dios, pero son muchísimos los que, creyendo que aquel Dios a quien se oponen como enemigos les es propicio, se entretienen tranquilamente con vanas lisonjas. Así, en nuestros días, nuestros Gigantes, aunque pisotean impíamente toda la doctrina de Cristo, se jactan con altivez de ser los amigos íntimos de Dios. Porque ¿quién persuadirá a los papistas de que el cristianismo existe en algún otro lugar fuera de entre ellos? Tales eran los escribas con quienes Cristo disputa aquí. Aunque eran los mayores despreciadores de la Ley, se gloriaban de Moisés en términos elevados, de modo que no vacilaban en servirse de él como escudo para oponerse a Cristo. Si Cristo los hubiera amenazado con que sería para ellos un adversario poderoso y temible, sabía que esto habría sido recibido con el mayor desprecio; y por eso los amenaza con que Moisés presentará contra ellos una acusación formal.

Moisés, en quien ustedes confían. Hay quienes piensan que Cristo señala aquí la diferencia entre su oficio y el de Moisés, porque a la Ley le corresponde convencer a los hombres de incredulidad. Pero esto es un error; porque Cristo no pretendía eso, sino solamente quebrantar la confianza de los hipócritas, que falsamente se jactaban de tener reverencia a Moisés; tal como si alguien hoy, para vencer a los papistas con su propia arma, dijera que no hallarán enemigos más decididamente opuestos a ellos que los santos doctores de la Iglesia, bajo cuya autoridad falsa e impíamente se amparan. Aprendamos también de aquí que no debemos gloriarnos en las Escrituras sin buena razón; porque si no honramos al Hijo de Dios con la verdadera obediencia de la fe, todos los que Dios ha levantado para ser sus testigos se alzarán contra nosotros como acusadores en el último día. Cuando dice que ellos confían en Moisés, no los acusa de superstición, como si atribuyeran a Moisés la causa de su salvación; sino que quiere decir que hacen mal en apoyarse en la protección de Moisés, como si lo tuvieran para defender su perversa obstinación.

Juan 5:46

46. Porque si creyeran a Moisés, también me creerían a mí. Muestra por qué Moisés será su acusador: porque no rechazan su doctrina. Sabemos que no se puede hacer mayor injuria a los siervos de Dios que despreciar o vituperar su doctrina. Además, quienes el Señor ha puesto como ministros de su palabra deben estar dispuestos a defenderla contra los que la desprecian; y por eso dio a todos sus profetas una doble comisión: que enseñaran e instruyeran para salvación de los creyentes, y que un día confundieran con su testimonio a los reprobados.

Porque de mí escribió él. Cuando Cristo dice que Moisés escribió de él, esto no necesita larga prueba para quienes reconocen que Cristo es el fin y el alma de la Ley. Pero si alguien no se satisface con esto y desea que se le señalen los pasajes, le aconsejaría, primero, leer con cuidado la Epístola a los Hebreos, con la cual concuerda también el sermón de Esteban, en el capítulo 7 de los Hechos de los Apóstoles; y, después, observar las citas que Pablo aplica a su propósito. Reconozco, ciertamente, que son pocas aquellas en que Moisés menciona expresamente a Cristo; pero ¿para qué servían el tabernáculo, los sacrificios y todas las ceremonias sino para ser figuras trazadas conforme a aquel primer modelo que le fue mostrado en el monte? (Éx 25:40; He 8:5.) Así, sin Cristo, todo el ministerio de Moisés se desvanece. Además, vemos cómo recuerda continuamente al pueblo el pacto de los Padres, que había sido ratificado en Cristo, e incluso cómo hace de Cristo el tema principal y el fundamento del pacto. Ni esto era desconocido para los santos Padres, que tenían siempre los ojos puestos en el Mediador. Tratar el asunto más ampliamente sería contrario a la brevedad que procuro.

Juan 5:47

47. Pero si no creen sus escritos. Cristo parece aquí reclamar para sí menos autoridad que para Moisés; y sin embargo sabemos que la voz *del evangelio *ha conmovido el cielo y la tierra (He 12:26). Pero Cristo acomoda su discurso a aquellos a quienes habla; porque la autoridad de la Ley era, sin controversia alguna, tenida por sagrada entre los judíos; y así era imposible que Cristo fuera inferior a Moisés. A lo mismo apunta el contraste entre escritos y palabras; pues muestra que su incredulidad es más agravada, porque la verdad de Dios, consignada en forma auténtica, no tiene autoridad para ellos.

CAPÍTULO 6

Juan 6:1-13

1. Después de esto, Jesús fue al otro lado del mar de Galilea, que se llama (mar) de Tiberias. 2. Y le seguía una gran multitud, porque habían visto sus milagros, que hacía con los que estaban enfermos. 3. Y subió Jesús a un monte, y allí se sentó con sus discípulos. 4. Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos. 5. Entonces Jesús, alzando los ojos y viendo que una gran multitud venía a él, dice a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman estos? 6. (Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que iba a hacer.) 7. Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no bastan para ellos, para que cada uno tome un poco. 8. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dice: 9. Aquí hay un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; pero ¿qué es esto para tantos? 10. Y Jesús dijo: Hagan sentar a los hombres. (Había mucha hierba en aquel lugar.) Se sentaron, pues, los hombres, en número de unos cinco mil. 11. Y tomó Jesús los panes, y habiendo dado gracias, los repartió a los discípulos, y los discípulos a los que estaban sentados, y asimismo de los pescados, cuanto querían. 12. Y después que se saciaron, dijo a sus discípulos: Recojan los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada. 13. Los recogieron, pues, y llenaron doce cestas de los pedazos que sobraron de los cinco panes a los que habían comido.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.