Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Lucas 11: comentario de Juan Calvino
Lucas 11:1-4
No es seguro si esta fórmula fue dada una sola vez o dos por Cristo a sus discípulos. Algunos piensan que lo segundo es más probable, porque Lucas dice que se le pidió que la diera, mientras que Mateo lo presenta enseñándola por iniciativa propia. Pero como hemos dicho que Mateo reúne todos los puntos principales de la doctrina para que su conjunto sea percibido con más claridad por los lectores cuando se ponen en estrecha sucesión, es posible que Mateo haya omitido mencionar la ocasión que refiere Lucas. Sin embargo, sobre este asunto no quiero debatir con nadie.
Lc 11:1 Como también Juan enseñó a sus discípulos. Juan dio a sus discípulos una forma particular de oración; y lo hizo, en mi opinión, porque la época lo requería. El estado de los asuntos entre los judíos estaba entonces sumamente corrompido. Todo lo relacionado con la religión había decaído tan miserablemente que no debe sorprendernos que hubiera pocos entre ellos que oraran de manera debida. Además, convenía que los ánimos de los creyentes fueran despertados por la oración a esperar y desear la redención prometida, que estaba cercana. Juan pudo, por tanto, haber reunido, de diversos pasajes de la Escritura, cierta oración adaptada al tiempo y más cercana al reino espiritual de Cristo, que ya había comenzado a manifestarse.
Lucas 11:5-15
Lc 11:5. ¿Quién de ustedes tendrá un amigo? Lucas añade esta comparación, que Mateo no menciona. La enseñanza general que encierra es esta: los creyentes no deben desanimarse si no obtienen de inmediato lo que desean, o si lo encuentran difícil de obtener; pues si entre los hombres la importunidad al pedir arranca lo que una persona no haría de buena gana, no tenemos motivo para dudar de que Dios nos escuchará si perseveramos constantemente en la oración y si nuestros ánimos no decaen por la dificultad o la demora.
MATEO 7:12-14; LUCAS 6:31
Mateo 7:12-14
Lucas 6:31
12. Así que, todas las cosas que quieran que los hombres hagan con ustedes, así también hagan ustedes con ellos: porque esta es la Ley y los Profetas. 13. Entren por la puerta estrecha: porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella. 14. Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que la hallan.
31. Y como quieren que los hombres hagan con ustedes, así también hagan ustedes con ellos.
Lucas 11:16-26
Lc 11:16. Y otros, para tentarle, le pedían señal. Algo semejante a esto refiere después Mateo (16:4) y Marcos (8:11, 12). De ahí se hace evidente que Cristo los reprendió repetidamente sobre este asunto, de modo que no había fin a la maldad de aquellos hombres que una vez resolvieron oponerse a la verdad. No cabe duda de que piden una señal para alegar, como pretexto plausible de su incredulidad, que el llamamiento de Cristo no ha sido debidamente atestiguado. No muestran una sumisión tal que estén dispuestos a rendirse ante dos o tres milagros, y menos aún a quedar satisfechos con un solo milagro; sino que, como insinué poco antes, se excusan de no creer el evangelio con el pretexto de que Cristo no muestra ninguna señal del cielo en favor de él. Él ya había hecho delante de sus ojos milagros bastante numerosos y manifiestos; pero como si estos no bastaran para confirmar la doctrina, quieren que se les muestre algo desde el cielo, por lo cual Dios, por así decir, se haga visiblemente presente. Lo llaman Maestro, según la costumbre; pues tal era entonces el título dado a todos los escribas y expositores de la ley. Pero no lo reconocen como profeta de Dios hasta que presente un testimonio del cielo. El sentido es, por tanto: «Ya que profesas ser maestro y Rabí, si deseas que seamos tus discípulos, que Dios declare desde el cielo que él es el Autor de tu enseñanza, y que confirme tu llamamiento con un milagro».
Lucas 11:27-29
Lc 11:27. Bienaventurado el vientre. Con este elogio la mujer quiso engrandecer la excelencia de Cristo; pues no se refería a María, a quien quizá nunca había visto. Y sin embargo contribuye en alto grado a ilustrar la gloria de Cristo que ella declare noble y bienaventurado el vientre que le trajo. Y la bendición no era impropia, sino muy conforme al modo de la Escritura; pues sabemos que la descendencia, y en particular cuando está dotada de virtudes distinguidas, es declarada un don notable de Dios, preferible a todos los demás. Ni siquiera se puede negar que Dios confirió el más alto honor a María al escogerla y destinarla para ser madre de su Hijo. Y, con todo, la respuesta de Cristo está tan lejos de asentir a esta voz de mujer que contiene una reprensión indirecta.
Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios. Vemos que Cristo trata casi como cosa indiferente aquello en lo que la mujer ponía tan alto valor. Y sin duda lo que ella suponía el mayor honor de María era muy inferior a los otros favores que había recibido; pues era de mucha mayor importancia ser regenerada por el Espíritu de Dios que concebir a Cristo, según la carne, en su vientre; tener a Cristo viviendo espiritualmente en ella que amamantarlo con sus pechos. En una palabra, la mayor felicidad y gloria de la santa Virgen consistía en ser miembro de su Hijo, de modo que el Padre celestial la contó en el número de las nuevas criaturas.
En mi opinión, sin embargo, fue por otra razón y con otro objeto que Cristo corrigió ahora lo dicho por la mujer. Fue porque los hombres suelen ser culpables de descuidar aun aquellos dones de Dios que contemplan con asombro y alaban con el mayor elogio. Esta mujer, al aplaudir a Cristo, había dejado fuera lo que era de la más alta importancia: que en él se presenta la salvación a todos; y, por tanto, era un elogio débil el que no hacía mención de su gracia y poder, que se extienden a todos. Cristo reclama con razón para sí otra clase de alabanza: no que solo su madre sea tenida por bienaventurada, sino que él nos trae a todos la felicidad perfecta y eterna. Nunca hacemos una justa estimación de la excelencia de Cristo hasta que consideramos con qué propósito nos fue dado por el Padre y percibimos los beneficios que nos ha traído, para que nosotros, que somos miserables en nosotros mismos, seamos felices en él. Pero ¿por qué no dice nada de sí mismo y menciona solamente la palabra de Dios? Porque de este modo nos abre todos sus tesoros; pues sin la palabra no tiene trato con nosotros, ni nosotros con él. Comunicándose a nosotros por la palabra, con razón y propiedad nos llama a oírla y guardarla, para que por la fe llegue a ser nuestro.
Vemos ahora la diferencia entre la respuesta de Cristo y el elogio de la mujer; pues la bienaventuranza que ella había limitado a sus parientes es un favor que él ofrece gratuitamente a todos. Muestra que no debemos tenerlo en estima común, porque tiene todos los tesoros de vida, bienaventuranza y gloria escondidos en él (Col 2:3), que dispensa por la palabra, para que sean comunicados a quienes abrazan la palabra por la fe; pues la adopción gratuita de Dios, que obtenemos por la fe, es la llave del reino de los cielos. Debe observarse también la conexión entre las dos cosas. Primero debemos oír, y luego guardar; pues como la fe es por el oír (Ro 10:17), de esta manera debe comenzar la vida espiritual. Ahora bien, como el mero oír es como un pasajero mirarse en un espejo, según dice Santiago (1:23), añade asimismo el guardar la palabra, que significa la recepción eficaz de ella, cuando echa raíces profundas en nuestros corazones y da su fruto. El oyente olvidadizo, cuyos oídos solamente son golpeados por la doctrina exterior, no saca ningún provecho. Por otra parte, quienes se jactan de estar satisfechos con la inspiración secreta y por eso desprecian la predicación exterior se excluyen a sí mismos de la vida celestial. Lo que el Hijo de Dios juntó, no lo separe el hombre (Mt 19:6), con perversa temeridad. Los papistas muestran una estupidez asombrosa al cantar en honor de María estas mismas palabras con las que su superstición es expresamente condenada, y al dar gracias separan el dicho de la mujer y omiten la corrección. Pero era justo que tal estupefacción universal viniera sobre quienes profanan intencionadamente, a su antojo, la sagrada palabra de Dios.
Lucas 11:30-36
Lc 11:30. Como Jonás fue señal a los ninivitas. Declara que él será señal para ellos, como Jonás lo fue para los habitantes de Nínive. Pero la palabra señal no se toma en su sentido ordinario, de indicar algo, sino como denotando lo que está muy alejado del curso ordinario de la naturaleza. En este sentido la misión de Jonás fue milagrosa, cuando fue sacado del vientre del pez, como del sepulcro, para llamar a los ninivitas al arrepentimiento. Tres días y tres noches. Esto concuerda con una conocida figura de lenguaje. Como la noche es un apéndice del día, o más bien, como el día consta de dos partes, luz y tinieblas, expresa un día por un día y una noche, y donde hubo medio día, pone un día entero.
Lucas 11:37-38
Esta narración concuerda en algunos aspectos, pero no del todo, con la doctrina expuesta por Mateo (10:1-20): que Cristo, para corregir la superstición del pueblo, y en particular la de los escribas, descuidó intencionadamente las ceremonias exteriores de invención humana que los judíos se afanaban demasiado por observar. Dios había prescrito en su Ley ciertas clases de lavamientos, para que por medio de ellos adiestrara provechosamente a su pueblo en la consideración de la verdadera pureza. Los judíos, no satisfechos con esta moderada porción, habían añadido muchos otros lavamientos, y muy especialmente que nadie participara de la comida sin haberse lavado con el agua de la purificación, como Marcos refiere más por menor (12:3, 4) y como también es evidente por Juan (2:6). Este defecto iba acompañado de una confianza perversa; pues se cuidaban poco del culto espiritual de Dios y pensaban que habían cumplido perfectamente su deber cuando la figura ocupaba el lugar de Dios. Cristo sabe muy bien que su omisión de esta ceremonia dará ofensa, pero rehúsa observarla, para mostrar que Dios da muy poco valor a la limpieza exterior, pero exige la justicia espiritual del corazón.
Lucas 11:39-40
39. Ahora bien, ustedes los fariseos. Cristo no acusa aquí a los fariseos, como en Mateo (15:1-20) y Marcos (12:2-13), de servir a Dios de manera indebida con invenciones humanas y de quebrantar la ley de Dios por causa de sus tradiciones; sino que solo alude a su hipocresía, en no desear la pureza sino ante los ojos de los hombres, como si no tuvieran que tratar con Dios. Ahora bien, esta reprensión se aplica a todos los hipócritas, aun a los que creen que la justicia consiste en ceremonias establecidas por Dios. Cristo incluye más que si hubiera dicho que es en vano dar culto a Dios por mandamientos de hombres (Mr 7:7); pues condena en general el error de adorar a Dios por ceremonias, y no espiritualmente, por la fe y un afecto puro del corazón.
En este punto los profetas habían contendido siempre con ardor contra los judíos; pero como los ánimos de los hombres están fuertemente inclinados a la hipocresía, se aferraban con orgullo y obstinación a la convicción de que Dios se agrada del culto externo, aun cuando no vaya acompañado de fe. Pero en tiempo de Cristo habían caído en tal profundidad de necedad que hacían consistir la religión enteramente en puras naderías. Por eso dirige su acusación contra los fariseos, por ser sumamente cuidadosos en lavar copas y por abrigar en su interior la más abominable inmundicia de crueldad y maldad. Los acusa de necedad porque Dios, que creó lo de adentro del hombre, su alma, tanto como el cuerpo, no puede contentarse con una mera apariencia externa. La razón principal por la que los hombres se engañan es que no consideran que tienen que tratar con Dios, o lo transforman según la vanidad de sus sentidos, como si no hubiera diferencia entre él y un hombre mortal.
Lucas 11:41-52
41. Pero de lo que tienen, den limosna. Cristo, según su costumbre, aparta a los fariseos de las ceremonias hacia la caridad, declarando que no es el agua, sino la liberalidad, lo que limpia tanto a los hombres como los alimentos. Con estas palabras no menosprecia la gracia de Dios ni rechaza las ceremonias de la Ley como vanas e inútiles; sino que dirige su discurso a quienes confían en que Dios se contentará con meras señales. «Solo el uso lícito», dice, «santifica el alimento. Pero el alimento es usado recta y debidamente por quienes de su abundancia suplen las necesidades de los pobres. Por tanto, sería mejor dar limosna de lo que tienen que preocuparse por lavar manos y copas y descuidar a los pobres».
La inferencia que los papistas sacan de estas palabras, que las limosnas son satisfacciones con las que somos limpiados de nuestros pecados, es demasiado absurda para requerir una larga refutación. Cristo no nos informa aquí con qué precio debemos comprar el perdón de los pecados, sino que dice que comen su pan con limpieza los que dan una parte de él a los pobres. Entiendo que las palabras τὰ ἐνόντα significan «lo que hay a mano», y no, como las traducen Erasmo y el antiguo traductor, «lo que sobra».
Las reprensiones que siguen inmediatamente pueden reservarse, con mayor propiedad, para otra ocasión. No creo probable que Cristo, estando sentado a la mesa, se entregara a esta continua invectiva contra escribas y fariseos, sino que Lucas ha introducido aquí lo que se dijo en otro momento; pues los evangelistas, como hemos mencionado con frecuencia, prestaron poca atención al orden de las fechas.
Lucas 14:1-6
Lucas 14:1-6
1. Y aconteció que entrando en casa de un gobernante de los fariseos un sábado, para comer, ellos le acechaban. 2. Y he aquí estaba delante de él un hombre hidrópico. 3. Y respondiendo Jesús, habló a los intérpretes de la ley y a los fariseos, diciendo: ¿Es lícito sanar en el día de reposo? 4. Pero ellos callaron; y él, tomándole, le sanó, y le despidió. 5. Y respondiendo a ellos, dijo: ¿Quién de ustedes, si su asno o su buey cae en algún pozo, no lo sacará inmediatamente en día de reposo? 6. Y no le podían replicar a estas cosas.
Lucas 11:53-54
Lc 11:53. Y diciéndoles él estas cosas. Ya he mencionado antes que las sentencias precedentes no fueron insertadas por Lucas en su lugar propio. Pues mientras relataba que Cristo en una comida reprendió a los escribas, introdujo también los últimos discursos con que, poco antes de su muerte, reprendió sus perversos caminos; y de igual modo, la reprensión que acabamos de examinar es insertada por Lucas en conexión con una narración diferente. Si alguien prefiere seguir la opinión de quienes conjeturan que Cristo repitió los mismos discursos en diversas ocasiones, no tengo mucha objeción. Después de pronunciar las maldiciones que se han explicado, concluye diciendo que todos los escribas se hicieron más enconados contra Cristo, de modo que no cesaron de tenderle lazo con preguntas capciosas; lo cual debe referirse a la conversación tenida en la mesa, más bien que a su último discurso. Pero no he juzgado de gran importancia ser muy exacto en cuanto al tiempo, cosa que el evangelista ha descuidado.
MARCOS 12:41-44; LUCAS 21:1-4
Marcos 12:41-44
Lucas 21:1-4
41. Y estando sentado Jesús frente al arca de la ofrenda, observaba cómo la multitud echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. 42. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, que hacen un cuadrante. 43. Y llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto les digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca: 44. porque todos han echado de lo que les sobraba; pero ella, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.
1. Y mirando, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca. 2. Y vio también a una viuda pobre que echaba allí dos blancas. 3. Y dijo: De verdad les digo que esta viuda pobre echó más que todos: 4. porque todos aquellos, de lo que les sobra, echaron en las ofrendas de Dios; pero esta, de su pobreza, echó todo el sustento que tenía.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.