Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Lucas 15: comentario de Juan Calvino

Lucas 15:10

Lucas 15:10. Habrá gozo delante de los ángeles. Si los ángeles se regocijan mutuamente en el cielo cuando ven que lo que se había extraviado es devuelto al redil, también nosotros, que tenemos con ellos la misma causa en común, debemos ser partícipes del mismo gozo. Pero ¿cómo dice que el arrepentimiento de un solo impío produce mayor gozo que la perseverancia de muchos justos a los ángeles, cuyo mayor deleite está en un curso continuo e ininterrumpido de justicia? Respondo: aunque sería más conforme a los deseos de los ángeles (como es también más deseable) que los hombres permanecieran siempre en perfecta integridad, sin embargo, como en la liberación de un pecador, que ya había sido entregado a la destrucción y había sido cortado como miembro podrido del cuerpo, la misericordia de Dios resplandece con más claridad, atribuye a los ángeles, a la manera de los hombres, un mayor gozo que nace de un bien inesperado.

Por un pecador que se arrepiente. La palabra arrepentimiento se limita especialmente a la conversión de quienes, habiéndose apartado por completo de Dios, se levantan como de la muerte a la vida; porque de otro modo el ejercicio del arrepentimiento debe ser ininterrumpido durante toda nuestra vida, y ningún hombre está exento de esta necesidad, pues cada uno es advertido por sus imperfecciones de que debe aspirar a un progreso diario. Pero una cosa es cuando un hombre que ya ha entrado en el buen camino, aunque tropiece, o caiga, o incluso se extravíe, procura alcanzar la meta; y otra cuando un hombre deja un camino enteramente errado, o apenas empieza en el buen curso. Los que ya han comenzado a regular su vida por la norma de la ley divina no necesitan esa clase de arrepentimiento que consiste en comenzar a llevar una vida santa y piadosa, aunque deban gemir bajo las debilidades de la carne y esforzarse por corregirlas.

Lucas 15:11-24

Lucas 15:11-24

11. Y dijo: Un hombre tenía dos hijos: 12. y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde. Y les repartió los bienes. 13. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada, y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. 14. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. 15. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. 16. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, y nadie le daba. 17. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! 18. Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, 19. y ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. 20. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. 21. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. 22. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. 23. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; 24. porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.

Lucas 15:11

Esta parábola no es otra cosa que una confirmación de la doctrina precedente. En la primera parte se muestra cuán dispuesto está Dios a perdonar nuestros pecados, y en la segunda (que trataremos después en su lugar propio) se muestra la gran malignidad y obstinación de quienes murmuran de su compasión. En la persona de un joven pródigo que, tras haber sido reducido a la más profunda pobreza por el lujo y el derroche, regresa suplicante a su padre, a quien había sido desobediente y rebelde, Cristo describe a todos los pecadores que, cansados de su necedad, acuden a la gracia de Dios. Al padre bondadoso, por otra parte, que no solo perdona los crímenes de su hijo, sino que sale por su propia voluntad a su encuentro cuando vuelve, compara a Dios, que no se contenta con perdonar a los que le oran, sino que hasta sale a su encuentro con la compasión de un padre. Examinemos ahora la parábola en detalle.

Lucas 15:12-16

Lucas 15:12. Y el menor de ellos dijo a su padre. La parábola comienza describiendo una señal de arrogancia perversa en el joven, que aparece en su deseo de dejar a su padre y en pensar que no puede estar bien sin que se le permita entregarse a la disolución, libre del dominio de su padre. Hay también ingratitud en dejar al anciano, y no solo en negarle el cumplimiento de los deberes que le debía, sino en mutilar y disminuir la riqueza de su casa. A esto sigue por fin el lujo derrochador y la prodigalidad perversa, con que dilapida todo lo que tenía. Después de tantas ofensas merecía hallar implacable a su padre.

Bajo esta imagen nuestro Señor nos pinta sin duda la bondad ilimitada y la inestimable paciencia de Dios, para que ningún crimen, por agravado que sea, nos aparte de la esperanza de obtener perdón. Habría algún fundamento para la analogía si dijéramos que este joven necio e insolente se parece a quienes, disfrutando de mano de Dios gran abundancia de bienes, son movidos por una ambición ciega y loca a separarse de Él para gozar de perfecta libertad; como si no fuera más deseable que todos los reinos del mundo vivir bajo el cuidado paternal y el gobierno de Dios. Pero como temo que esta alusión pueda juzgarse forzada, me contentaré con el sentido literal; no que desapruebe la opinión de que bajo esta figura se reprende la locura de quienes imaginan que les será ventajoso tener algo propio y ser ricos aparte del Padre celestial; sino que ahora me limito a los confines de un comentarista.

Cristo describe aquí lo que suele suceder con los jóvenes cuando los arrastra su disposición natural. Faltos de juicio sano y enloquecidos por la pasión, son poco aptos para gobernarse a sí mismos y no los contienen ni el temor ni la vergüenza. Es imposible, por tanto, que no se abandonen a todo aquello a que los impulsa su inclinación pecaminosa y se precipiten por un camino vergonzoso hasta verse envueltos en una pobreza deshonrosa. Describe después el castigo que, en el justo juicio de Dios, suele alcanzar a los despilfarradores y pródigos. Después de haber disipado perversamente sus bienes, se les deja consumirse de hambre, y no habiendo sabido usar con moderación una abundante provisión del mejor pan, quedan reducidos a comer bellotas y algarrobas. En suma, se hacen compañeros de los cerdos y se les hace sentir que son indignos de participar del alimento humano; porque es glotonería porcina dilapidar perversamente lo que se dio para el sustento de la vida. En cuanto a la ingeniosa exposición que algunos han propuesto, de que es el justo castigo del desprecio perverso que quienes rechazaron el pan delicioso en la casa de nuestro Padre celestial sean llevados por el hambre a comer algarrobas, es una doctrina verdadera y útil; pero mientras tanto, debemos tener presente la diferencia que existe entre las alegorías y el sentido natural.

Y deseaba llenar su vientre. Esto significa que, a causa del hambre, ya no pensaba en sus lujos anteriores, sino que devoraba con avidez las algarrobas; pues de esa clase de alimento no podía carecer, cuando se lo daba a los cerdos. Hay un dicho muy conocido de Ciro, quien, habiendo sufrido hambre durante mucho tiempo en una huida, y habiéndose reconfortado un poco comiendo un pan negro y burdo, declaró que nunca había gustado pan sabroso hasta entonces; así el joven de quien aquí se habla se vio obligado por la necesidad a lanzarse con apetito a las algarrobas. Se añade la razón: porque nadie le daba; pues la conjunción copulativa y (καὶ) debe significar, a mi parecer, porque, y lo que aquí se dice no se refiere a las algarrobas, que tenía a mano, sino que entiendo que el sentido es que nadie se compadecía de su pobreza; pues los pródigos que malgastan toda su hacienda son personas a quienes nadie se cree obligado a socorrer; más aún, como han estado acostumbrados a malgastarlo todo, los hombres piensan que no se les debe dar nada.

Lucas 15:17-19

17. Y volviendo en sí. Aquí se nos describe la manera en que Dios invita a los hombres al arrepentimiento. Si por su propia voluntad fueran sabios y se sometieran, los atraería con más suavidad; pero como nunca se rinden a la obediencia hasta que han sido sometidos por la vara, los castiga severamente. Así, a este joven, a quien la abundancia había vuelto fiero y rebelde, el hambre le resultó el mejor maestro. Instruidos por este ejemplo, no imaginemos que Dios obra cruelmente con nosotros si alguna vez nos visita con aflicciones pesadas; porque de esta manera los que eran obstinados y estaban embriagados de alegría son enseñados por él a ser obedientes. En suma, todas las miserias que soportamos son una invitación provechosa al arrepentimiento. Pero como somos lentos, casi nunca recobramos el sano juicio sino cuando nos fuerza una angustia extrema; porque hasta que nos apremian las dificultades por todos lados y nos vemos encerrados en la desesperación, la carne se entrega siempre a la alegría o, al menos, retrocede. De aquí inferimos que no hay motivo para asombrarse si el Señor emplea a menudo golpes violentos e incluso repetidos para someter nuestra obstinación y, como reza el proverbio, aplica cuñas duras a nudos duros. Debe observarse también que la esperanza de mejorar su condición, si volvía a su padre, dio a este joven ánimo para arrepentirse; porque ninguna severidad de castigo ablandará nuestra depravación ni nos hará desagradables nuestros pecados hasta que percibamos alguna ventaja. Así como este joven, por tanto, es inducido por la confianza en la bondad de su padre a buscar la reconciliación, así el comienzo de nuestro arrepentimiento debe ser un reconocimiento de la misericordia de Dios que excite en nosotros esperanzas favorables.

Lucas 15:20

20. Y cuando aún estaba lejos. Este es el punto principal de la parábola. Si los hombres, que por naturaleza son propensos a la venganza y demasiado tenaces en sus derechos, son movidos por el amor paternal a perdonar bondadosamente a sus hijos y a recibirlos gratuitamente cuando están hundidos en la miseria, Dios, cuya bondad ilimitada excede todo el afecto de los padres, no nos tratará con más dureza. Y ciertamente nada se atribuye aquí a un padre terrenal que Dios no prometa respecto de sí mismo. Antes que clamen, dice, responderé yo (Is 65:24). Es también bien conocido aquel pasaje de David:

Dije: Confesaré al Señor mi iniquidad contra mí, y tú perdonaste la maldad de mi pecado (Sal 32:5).

Así, como este padre no solo es apaciguado por los ruegos de su hijo, sino que sale a su encuentro cuando viene y, antes de haber oído una palabra, lo abraza, sucio y repugnante como está, así Dios no espera una larga oración, sino que de su propia voluntad sale al encuentro del pecador en cuanto este se propone confesar su falta.

Es una miserable sofistería inferir de esto que la gracia de Dios no se muestra a los pecadores hasta que ellos se anticipan con su arrepentimiento. «Aquí —dicen— se nos presenta un padre dispuesto a perdonar, pero después de que su hijo ha comenzado a volver a él; y por tanto Dios no mira ni concede su gracia sino a los que comienzan a buscarlo». Es cierto, sin duda, que para obtener el perdón se requiere que el pecador tenga dolor de conciencia y esté descontento consigo mismo; pero es erróneo inferir de esto que el arrepentimiento, que es un don de Dios, sea rendido por los hombres por un movimiento propio de su corazón. Y en este respecto sería impropio comparar a un hombre mortal con Dios; porque no está en el poder de un padre terrenal renovar el corazón obstinado de su hijo, como Dios cambia los corazones de piedra en corazones de carne. En suma, la cuestión aquí no es si un hombre se convierte por sí mismo y vuelve a él; sino que solo bajo la figura de un hombre se recomienda la ternura paternal de Dios y su disposición a conceder el perdón.

Lucas 15:21

21. Padre, he pecado contra el cielo. Aquí se señala otro aspecto del arrepentimiento, a saber, una convicción de pecado tal que va acompañada de dolor y vergüenza. Porque quien no se duele de haber pecado, y a quien no se le pone delante de los ojos su ofensa, intentará cualquier cosa antes que pensar en volver al camino del deber. El desagrado por el pecado debe, pues, preceder al arrepentimiento. Y hay gran énfasis en esta expresión de que se dice que el joven volvió en sí, como uno a quien los extravíos de los deseos desenfrenados habían arrastrado al olvido de sí mismo. Y ciertamente tan extraviados están los impulsos de la carne que de cualquiera que se entrega a ellos puede decirse que ha salido de sí mismo y ha perdido el sentido. Por eso se manda a los transgresores volver al corazón (Is 46:8). Sigue luego una confesión, no como la que el Papa ha ideado, sino aquella con que el hijo aplaca a su padre ofendido; porque esta humildad es absolutamente necesaria para obtener el perdón de los pecados. Esta manera de expresarse, he pecado contra el cielo y contra ti, tiene el mismo sentido que si hubiera dicho que Dios era ofendido en la persona de un padre terrenal. Y ciertamente este es el dictado de la naturaleza: que todo el que se rebela contra un padre se levanta también impíamente contra Dios, que ha puesto a los hijos en sujeción a los padres.

Lucas 15:22-24

22. Sacad el mejor vestido. Aunque en las parábolas (como hemos observado con frecuencia) sería inútil seguir cada circunstancia minuciosa, no se hará violencia al sentido literal si decimos que nuestro Padre celestial no solo perdona nuestros pecados de manera que sepulta su recuerdo, sino que restituye incluso aquellos dones de que habíamos sido privados; como, por el contrario, al quitárnoslos castiga nuestra ingratitud para hacernos sentir vergüenza ante el oprobio y la deshonra de nuestra desnudez.

Lucas 15:25-32

Lucas 15:25-32

25. Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas. 26. Y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27. Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido sano y salvo. 28. Entonces se enojó, y no quería entrar; por tanto, su padre salió, y le rogaba que entrase. 29. Mas él, respondiendo, dijo a su padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos; 30. pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. 31. Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. 32. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.

Lucas 15:25-27

Esta última parte de la parábola acusa de crueldad a aquellas personas que perversamente querrían poner límites a la gracia de Dios, como si envidiaran la salvación de los miserables pecadores. Porque sabemos que esto apunta a la altivez de los escribas, quienes no pensaban recibir la recompensa debida a sus méritos si Cristo admitía a publicanos y a la gente común a la esperanza de la herencia eterna. La sustancia de ella es, pues, que, si deseamos ser contados entre los hijos de Dios, debemos perdonar fraternalmente las faltas de los hermanos, que Él perdona con bondad paternal.

25. Y su hijo mayor estaba en el campo. Quienes piensan que bajo la figura del hijo primogénito se describe a la nación judía tienen en verdad algún argumento de su lado; pero no creo que atiendan suficientemente a todo el pasaje. Porque el discurso fue ocasionado por la murmuración de los escribas, que se escandalizaron de la bondad de Cristo hacia personas miserables que habían llevado una vida perversa. Compara, pues, a los escribas, hinchados de presunción, con hombres buenos y modestos que siempre habían vivido con decoro y sobriedad y habían sostenido honrosamente a su familia; más aún, con hijos obedientes que durante toda su vida se habían sometido con paciencia al dominio de su padre. Y aunque eran enteramente indignos de esta alabanza, Cristo, hablando según la creencia de ellos, les atribuye, a modo de concesión, su pretendida santidad, como si hubiera sido virtud; como si hubiera dicho: Aunque yo os concediera lo que falsamente alardeáis, que siempre habéis sido hijos obedientes a Dios, aun así no debéis rechazar tan altiva y cruelmente a vuestros hermanos cuando se arrepienten de su mala vida.

Lucas 15:28-30

28. Por tanto, su padre salió. Con estas palabras reprocha a los hipócritas un orgullo intolerable, que hace necesario que el Padre les ruegue que no envidien la compasión mostrada a sus hermanos. Ahora bien, aunque Dios no ruega, sin embargo con su ejemplo nos exhorta a soportar las faltas de nuestros hermanos. Y para quitar toda excusa a la severidad perversa, no solo introduce hablando a hipócritas, cuyo falso alarde podría ser refutado, sino que afirma que, aunque un hombre hubiera cumplido de la manera más perfecta todos los deberes de piedad para con el Padre, no tiene sin embargo justo motivo para quejarse de que su hermano obtenga perdón. Es cierto, en verdad, que los adoradores sinceros de Dios están siempre puros y libres de esta disposición maligna; pero el designio de Cristo es mostrar que sería injusto que alguien murmurara porque su hermano ha sido recibido en gracia, aun cuando no fuera inferior en santidad a los ángeles.

Lucas 15:31-32

31. Hijo, tú siempre estás conmigo. Esta respuesta consta de dos partes. La primera es que el hijo primogénito no tiene motivo para enojarse cuando ve a su hermano recibido con bondad sin pérdida alguna para él; y la segunda, que, sin tener ningún respeto a la salvación de su hermano, se duele del regocijo ocasionado por su regreso. Todas mis cosas, dice, son tuyas; es decir: «Aunque hasta ahora no te has llevado nada de mi casa, no ha habido pérdida para ti, porque todo se te reserva sin disminución». Además, ¿por qué te ofendes de nuestro gozo, del cual debías haber participado? porque era justo que tu hermano, a quien creíamos perdido, fuera ahora felicitado por su salvación y su regreso. Estas dos razones merecen nuestra atención; porque, por una parte, no es pérdida para nosotros que Dios reciba graciosamente en favor a quienes habían estado enemistados con él a causa de sus pecados; y, por otra parte, es una perversa dureza de corazón no regocijarse cuando vemos a nuestros hermanos vueltos de la muerte a la vida.

Mateo 18:15-20; Lucas 17:3

Mateo 18:15-20

Lucas 17:3

15. Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos: si te oyere, has ganado a tu hermano. 16. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o a dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra: y si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia. 17. Y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. 18. De cierto te digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado también en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado también en el cielo. 19. Otra vez os digo, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. 20. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

3. Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.