Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Mateo 2: comentario de Juan Calvino

Mateo 2:1

1. Habiendo nacido Jesús. Cómo sucedió que Jesús naciera en Belén, Mateo no lo dice. El Espíritu de Dios, que había designado a los evangelistas como sus escribas, parece haber regulado a propósito su estilo de tal manera que todos escribieron una misma historia, con perfectísimo acuerdo, pero de maneras diferentes. La intención era que la verdad de Dios apareciera más clara y llamativamente, al ser manifiesto que sus testigos no hablaban por un plan preconcebido, sino que cada uno de ellos, por separado, sin atender a otro, escribió libre y honradamente lo que el Espíritu Santo dictaba.

Esta es una narración muy notable. Dios hizo venir magos de Caldea a la tierra de Judea, para adorar a Cristo en el establo donde yacía, entre señales no de honra, sino de desprecio. Fue un designio verdaderamente admirable de Dios el que hiciera que la entrada de su Hijo en el mundo fuera acompañada de profunda humildad, y le concediera sin embargo ilustres adornos, tanto de encomio como de otras señales exteriores, para que nuestra fe tuviera todo lo necesario para probar su Majestad divina.

Se muestra aquí un hermoso ejemplo de verdadera armonía en medio de una contradicción aparente. Una estrella del cielo anuncia que es rey aquel a quien un pesebre, destinado al ganado, sirve de trono, porque se le niega la entrada entre los más humildes del pueblo. Su majestad brilla en el Oriente, mientras que en Judea está tan lejos de ser reconocida que se la visita con muchas marcas de deshonra. ¿Por qué? El Padre celestial quiso designar la estrella y a los magos como guías nuestros, para conducirnos directamente a su Hijo; mientras lo despojaba de todo esplendor terrenal, con el fin de informarnos que su reino es espiritual. Esta historia transmite una enseñanza provechosa, no solo porque Dios trajo a los magos a su Hijo como primicias de los gentiles, sino también porque dispuso que el reino de su Hijo recibiera el encomio de ellos y de la estrella, para confirmación de nuestra fe; a fin de que el desprecio malvado y malicioso de su nación no lo hiciera menos estimable a nuestros ojos.

Es bien sabido que magos es el nombre que los persas y caldeos daban a los astrólogos y filósofos; de aquí puede conjeturarse fácilmente que aquellos hombres venían de Persia. Como el evangelista no dice cuál era su número, es mejor ignorarlo que afirmar como cierto lo dudoso. Los papistas han caído en un error pueril al suponer que eran tres: porque Mateo dice que ofrecieron oro, incienso y mirra (v. 11). Pero el historiador no dice que cada uno de ellos presentara por separado su propio don. Dice más bien que esos tres dones fueron presentados por ellos en común. Aquel antiguo autor, quienquiera que sea, cuyo imperfecto comentario sobre Mateo lleva el nombre de Crisóstomo y se cuenta entre las obras de Crisóstomo, dice que eran catorce. Esto tiene tan poca probabilidad como lo otro. Puede haber venido de una tradición de los Padres, pero carece de fundamento sólido. Pero la invención más ridícula de los papistas sobre este asunto es que aquellos hombres eran reyes, porque hallaron en otro pasaje una predicción de que

los reyes de Tarsis y de las islas, y los de Sabá, ofrecerían dones al Señor (Sal 72:10).

Ingeniosos artífices, por cierto, que para presentar a aquellos hombres bajo una forma nueva han comenzado por volver el mundo de un lado a otro: pues han cambiado el sur y el occidente en el oriente. Sin duda alguna han sido entontecidos por un justo juicio de Dios, para que todos se rían de la burda ignorancia de quienes no han vacilado en adulterar y «cambiar la verdad de Dios por la mentira» (Ro 1:25).

La primera cuestión aquí es: ¿Era esta estrella una de las que el Señor creó en el principio (Gn 1:1, 16) para «adornar los cielos» (Job 26:13)? En segundo lugar: ¿Fueron llevados los magos, por su conocimiento de la astrología, a concluir que señalaba el nacimiento de Cristo? Sobre estos puntos no hay necesidad de disputa acalorada; pero de las palabras de Mateo puede inferirse que no era una estrella natural, sino extraordinaria. No era conforme al orden de la naturaleza que desapareciera por cierto período y luego se volviera brillante de repente; ni que siguiera una trayectoria recta hacia Belén y por fin quedara inmóvil sobre la casa donde estaba Cristo. Nada de esto pertenece a las estrellas naturales. Es más probable que se pareciera a un cometa, y que se viera no en el cielo, sino en el aire. Sin embargo, no hay impropiedad en que Mateo, que usa el lenguaje popular, la llame incorrectamente estrella.

Esto decide casi también la segunda cuestión: pues como la astrología está sin duda confinada dentro de los límites de la naturaleza, su guía sola no pudo haber conducido a los magos a Cristo; de modo que debieron ser ayudados por una revelación secreta del Espíritu. No llego a decir que no recibieran ayuda alguna del arte; pero afirmo que esta no habría tenido ventaja práctica si no hubieran sido ayudados por una revelación nueva y extraordinaria.

Mateo 2:2

2. ¿Dónde está el que ha nacido rey? La idea de algunos comentaristas, de que se dice que nació rey por contraste indirecto con quien ha sido hecho o creado rey, me parece demasiado frívola. Supongo más bien que los magos quisieron decir simplemente que este rey había nacido recientemente y era todavía un niño, para distinguirlo de un rey que es mayor de edad y que tiene las riendas del gobierno: pues añaden enseguida que habían sido atraídos no por la fama de sus hazañas ni por alguna muestra presente de su grandeza, sino por un presagio celestial de su reinado futuro. Pero si la vista de una estrella tuvo tan poderoso efecto en los magos, ¡ay de nuestra insensibilidad, que, habiéndosenos revelado ya Cristo el Rey, somos tan fríos en buscarlo!

Y venimos a adorarle. La razón por la que se mostró la estrella fue atraer a los magos a Judea, para que fueran testigos y heraldos del nuevo Rey. En cuanto a ellos mismos, no habían venido a rendir a Cristo el culto piadoso que se debe al Hijo de Dios, sino que pensaban saludarlo, según la costumbre persa, como a un Rey muy eminente. Pues sus miras respecto de él probablemente no iban más allá de que su poder y elevado rango serían tan extraordinarios que impresionarían a todas las naciones con justa admiración y reverencia. Es incluso posible que quisieran ganarse de antemano su favor, para que los tratara con benevolencia y bondad si acaso llegaba después a poseer dominio en el oriente.

Mateo 2:3

3. El rey Herodes se turbó. Herodes no ignoraba las predicciones que prometían a los judíos un Rey que restauraría sus angustiados y arruinados asuntos a una condición próspera. Había vivido desde niño entre esa nación y conocía a fondo sus asuntos. Además, el rumor se había extendido por todas partes y no podía ser desconocido a las naciones vecinas. Sin embargo se turba, como si el asunto hubiera sido nuevo y nunca oído; porque no ponía confianza en Dios y juzgaba vano apoyarse en las promesas de un Redentor; y particularmente porque, con la necia confianza propia de los soberbios, imaginaba que el reino estaba seguro para él y sus descendientes. Pero aunque, en la embriaguez de la prosperidad, solía antes mirar con desdén las profecías, el recuerdo de ellas lo despertó ahora con súbita alarma. Pues no se habría conmovido tan fuertemente por el simple relato de los magos si no hubiera recordado las predicciones, que antes había considerado inofensivas y sin importancia. Así, cuando el Señor ha permitido dormir a los incrédulos, de repente les rompe el sueño.

Y toda Jerusalén con él. Esto puede explicarse de dos maneras. O bien el pueblo fue agitado tumultuosamente por la novedad del suceso, aunque la buena noticia de un rey nacido para ellos fue cordialmente acogida. O bien el pueblo, acostumbrado a las aflicciones y endurecido por el largo padecer, temía un cambio que pudiera traer calamidades aún mayores. Pues estaban tan completamente agotados, y casi consumidos, por guerras continuas, que su miserable y cruel servidumbre les parecía no solo tolerable, sino deseable, con tal que fuera acompañada de paz. Esto muestra cuán poco habían aprovechado bajo los castigos de Dios: pues estaban tan entumecidos y entontecidos que la redención y salvación prometidas casi les apestaban en las narices. Mateo quiso, no tengo duda, expresar su ingratitud, al estar tan totalmente quebrantados por la larga duración de sus aflicciones que desechaban la esperanza y el deseo de la gracia que se les había prometido.

Mateo 2:4-5

4. Convocados los sacerdotes. Aunque en el palacio de Herodes reinaba un profundo silencio acerca de Cristo, tan pronto como los magos han lanzado la mención de un Rey, se recuerdan predicciones que antes yacían en el olvido. Herodes conjetura al instante que el Rey por quien preguntan los magos es el Mesías que Dios había prometido antes (Dn 9:25). Aquí aparece de nuevo que Herodes está seriamente alarmado, cuando hace indagaciones tan fervientes; y no es de extrañar. Todos los tiranos son cobardes, y su crueldad produce en su propio pecho mayor alarma que en el de los demás. Herodes debió temblar más que otros porque percibía que reinaba en oposición a Dios.

Esta nueva investigación muestra que el desprecio de Cristo, antes de la llegada de los magos, debía de ser muy profundo. En época posterior, los escribas y los sumos sacerdotes se afanaron con furor por corromper toda la Escritura, para no dar ningún apoyo a Cristo. Pero en la presente ocasión responden honradamente conforme a la Escritura, y por esta razón: que Cristo y su evangelio todavía no les han causado inquietud. Y así todos los impíos no tienen dificultad en dar su asentimiento a Dios en principios generales; pero cuando la verdad de Dios comienza a apretarlos más de cerca, lanzan el veneno de su rebeldía.

Tenemos un ejemplo notable de esto, en nuestros propios días, entre los papistas. Confiesan libremente que es el unigénito Hijo de Dios, revestido de nuestra carne, y reconocen la sola persona del Dios-hombre subsistiendo en las dos naturalezas. Pero cuando llegamos al poder y oficio de Cristo, estalla enseguida una contienda; porque no quieren consentir en ocupar un rango inferior, y mucho menos en ser reducidos a nada. En una palabra, mientras los malvados piensan que nada se quitan a sí mismos, cederán a Dios y a la Escritura cierto grado de reverencia. Pero cuando Cristo entra en conflicto directo con la ambición, la codicia, la soberbia, la confianza mal puesta, la hipocresía y el engaño, olvidan al instante toda modestia y estallan en furor. Aprendamos, pues, que la causa principal de la ceguera de los enemigos de la verdad se encuentra en sus malos afectos, que convierten la luz en tinieblas.

Mateo 2:6

6. Y tú, Belén. Los escribas citaron fielmente, sin duda, las palabras del pasaje en su propia lengua, tal como se halla en el profeta. Pero Mateo estimó suficiente señalar el pasaje; y, como escribía en griego, siguió la lectura ordinaria. Este pasaje, y otros del mismo tipo, sugieren fácilmente la inferencia de que Mateo no compuso su evangelio en lengua hebrea. Debe observarse siempre que, cuando los apóstoles citan alguna prueba de la Escritura, aunque no traduzcan palabra por palabra, y a veces se aparten mucho del lenguaje, se aplica sin embargo correcta y apropiadamente a su tema. Considere siempre el lector con qué propósito los evangelistas aducen pasajes de la Escritura, para no aferrarse demasiado a las palabras particulares, sino quedar satisfecho con esto: que los evangelistas nunca fuerzan la Escritura hacia un sentido diferente, sino que la aplican correctamente en su sentido nativo. Pero aunque su intención era dar leche a los niños y «neófitos» (1 Ti 3:6) en la fe, que todavía no podían soportar «alimento sólido» (He 5:12), nada impide que los hijos de Dios indaguen con cuidado y diligencia el sentido de la Escritura, y sean así llevados a la fuente por el gusto que los apóstoles ofrecen.

Volvamos ahora a la predicción. Así está literalmente en el profeta:

«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel» (Mi 5:2).

En lugar de Efrata Mateo ha puesto Judá, pero el sentido es el mismo; pues Miqueas solo quiso, con esta marca, distinguir la Belén de que habla de otra Belén que estaba en la tribu de Zabulón. Hay mayor dificultad en lo que sigue: pues el profeta dice que Belén es pequeña cuando se la cuenta entre los gobiernos de Judá, mientras que Mateo, por el contrario, habla con elogio de su rango como uno de los más distinguidos: de ninguna manera eres la más pequeña entre los príncipes de Judá. Esta razón ha inducido a algunos comentaristas a leer el pasaje del profeta como una pregunta: ¿Eres pequeña entre los millares de Judá? Pero yo concuerdo más bien con quienes piensan que Mateo quiso, con este cambio de lenguaje, engrandecer la gracia de Dios al hacer de una ciudad insignificante y desconocida el lugar de nacimiento del más alto Rey. Aunque Belén recibió este distinguido honor, no fue de ventaja alguna para sus habitantes, sino que trajo sobre ellos una destrucción más pesada: pues allí se dio una recepción indigna al Redentor. Por será Señor, Mateo ha puesto apacentará (ποιμανεῖ). Pero ha expresado ambas cosas cuando dice que Cristo es el caudillo (ἡγούμενος) y que a él se le encomienda el oficio de apacentar a su pueblo.

MATEO 2:7-12

Mateo 2:7-12

7. Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos con diligencia el tiempo de la aparición de la estrella. 8. Y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando lo hayáis hallado, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore. 9. Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que, habiendo avanzado, se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. 10. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. 11. Y al entrar en la casa, hallaron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le presentaron dones: oro, incienso y mirra. 12. Y advertidos por aviso celestial en sueños que no volviesen a Herodes, se fueron por otro camino a su tierra.

Mateo 2:7-8

7. Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos. El tirano no se atrevió a confesar su temor e inquietud, no fuera que diera nuevo ánimo a un pueblo por el cual sabía que era odiado. En público, pues, finge que este asunto no le concierne, pero indaga en secreto, para hacer frente al peligro inmediato. Aunque una mala conciencia lo hacía tímido, no cabe duda de que Dios hirió su mente con un temor inusitado, que por un tiempo lo hizo incapaz de reflexionar y casi lo privó del uso de la razón. Pues nada era más fácil que enviar a uno de sus cortesanos como escolta, so pretexto de cortesía, que investigara todo el asunto y volviera de inmediato. Herodes era ciertamente un hombre de no común astucia y de gran valor. Es tanto más sorprendente que, en un caso extremo y estando el remedio a mano, permanezca en un estado de estupor y casi muerto. Aprendamos que se realizó un milagro al rescatar al Hijo de Dios de las fauces del león. No menos en el día de hoy entontece Dios a sus enemigos, de modo que mil planes para dañar y arruinar a su Iglesia no se les ocurren, y aun las oportunidades que están a mano no las aprovechan. La treta que Herodes practicó con los magos, fingiendo que él también vendría para adorar a Cristo, fue evitada por el Señor, como veremos, de otra manera. Pero así como el temor de Herodes a levantar contra sí al pueblo lo privó del uso de su razón, así también es impulsado por tal locura que no vacila ni se estremece ante el pensamiento de provocar a Dios. Pues sabía que, si nacía un Rey, estaba ordenado por Dios que levantaría el trono «de David, que estaba caído» (Am 9:11). No ataca, pues, a hombres, sino que furiosamente osa pelear contra Dios. Dos cosas reclaman nuestra atención. Fue tomado de un espíritu de vértigo para atacar a Dios; y, por otra parte, su manera de obrar fue pueril: pues su designio fue frustrado, de modo que era como un «ciego que anda a tientas en tinieblas».

Mateo 2:9-10

9. Ellos, habiendo oído al rey, se fueron. Es verdaderamente un ejemplo de vil pereza que ninguno de los judíos se ofrezca como escolta de aquellos extranjeros, para ir a ver al Rey que había sido prometido a su propia nación. Los escribas les muestran el camino y les señalan el lugar donde nació; pero los dejan partir solos: ninguno da un paso. Tal vez temían la crueldad de Herodes; pero era muestra de una perversa ingratitud que, por causa de la salvación que se les había ofrecido, no quisieran correr riesgo alguno, y se cuidaran menos de la gracia de Dios que del ceño de un tirano. Toda la nación, ya lo he mostrado hace poco, estaba tan degenerada que prefería ser oprimida bajo el yugo de la tiranía a someterse a cualquier inconveniente derivado de un cambio. Si Dios no hubiera fortalecido el ánimo de los magos por su Espíritu, podrían haberse desalentado ante este estado de cosas. Pero el ardor de su celo no disminuye; se ponen en camino sin guía. Y sin embargo no faltan los medios de confirmar su fe; pues oyen que el Rey que les había sido señalado por una estrella fue descrito hace mucho, en lenguaje resplandeciente, por predicciones divinas. Parece que la estrella que hasta entonces los guiaba en el camino había desaparecido poco antes. La razón puede conjeturarse fácilmente. Fue para que indagaran en Jerusalén acerca del nuevo Rey y quitaran así toda excusa a los judíos, que, después de haber sido instruidos acerca del Redentor enviado a ellos, lo desprecian a sabiendas y voluntariamente.

Mateo 2:11-12

11. Hallaron al niño. Una vista tan repugnante podía naturalmente haber creado un prejuicio adicional; pues Cristo estaba tan lejos de tener algo de realeza a su alrededor que se encontraba en una condición más humilde y despreciada que la de cualquier niño campesino. Pero ellos están convencidos de que ha sido divinamente designado para ser Rey. Este solo pensamiento, hondamente arraigado en sus mentes, les obtiene su reverencia. Contemplan en el designio de Dios su elevado rango, que todavía está oculto a la vista exterior. Teniendo por cierto que algún día será distinto de lo que ahora aparece, no se avergüenzan en absoluto de rendirle los honores de la realeza.

Sus presentes muestran de dónde venían: pues no cabe duda de que los llevaron como las producciones más selectas de su país. No hemos de entender que cada uno de ellos presentó su propia ofrenda, sino que las tres ofrendas que menciona Mateo fueron presentadas por todos en común. Casi todos los comentaristas se entregan a especulaciones sobre esos dones, como si denotaran el reino, el sacerdocio y la sepultura de Cristo. Hacen del oro el símbolo de su reino, del incienso de su sacerdocio y de la mirra de su sepultura. No veo fundamento sólido para tal opinión. Era costumbre, sabemos, entre los persas, cuando rendían homenaje a sus reyes, llevar un presente en las manos. Los magos escogen esos tres por ser productos por los que son célebres las tierras de Oriente; así como Jacob envió a Egipto los productos más selectos y estimados de la tierra:

«Tomad de lo mejor de la tierra en vuestros vasos, y llevad a aquel varón un presente: un poco de bálsamo, y un poco de miel, aromas y mirra, nueces y almendras» (Gn 43:11).

Además, al rendir homenaje, según la costumbre de Persia, a quien todavía consideraban un Rey terrenal, ofrecieron los productos de la tierra. Nuestro deber es adorarlo de manera espiritual: pues el culto legítimo y racional que él exige es que consagremos primero a nosotros mismos, y luego todo lo que tenemos, a su servicio.

LUCAS 2:22-32

Lucas 2:22-32

22. Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, lo trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor, 23. como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor; 24. y para ofrecer sacrificio conforme a lo que se dice en la ley del Señor: un par de tórtolas, o dos palominos. 25. Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes que viese al Cristo del Señor. 27. Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, 28. él también lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, y dijo: 29. Ahora, Señor, despides a tu siervo, conforme a tu palabra, en paz; 30. porque han visto mis ojos tu salvación, 31. la cual has preparado ante la faz de todos los pueblos; 32. luz para iluminar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel.

Mateo 2:13-14

13. Y cuando ellos partieron. Cuántos días transcurrieron desde la partida de los magos hasta que se ordenó a José huir a Egipto, no se sabe, ni importa mucho indagarlo; solo es probable que el Señor perdonó a María hasta que estuvo lo bastante recuperada del parto para poder hacer el viaje. Fue un designio admirable de Dios el escoger preservar a su Hijo por medio de la huida. El ánimo de José debió de ser acosado por peligrosas tentaciones cuando llegó a ver que no había esperanza sino en la huida: pues en la huida no había apariencia de protección divina. Además, era muy difícil conciliar la afirmación de que quien había de ser el Salvador de todos no pudiera ser preservado sin el esfuerzo de un hombre mortal. Pero, al preservar la vida de su Hijo, Dios mantuvo tal reserva que dio algunas señales de su poder celestial, y sin embargo no lo hizo tan manifiesto que no pudiera quedar oculto bajo la apariencia de debilidad: pues todavía no había llegado el tiempo pleno de glorificar abiertamente a Cristo. El ángel predice un suceso que estaba oculto y desconocido para los hombres. Esa es una clara prueba de guía divina. Pero el ángel le ordena defender la vida del niño por la huida y el destierro. Esto pertenece a la debilidad de la carne a la cual Cristo estaba sujeto.

Se nos enseña aquí que Dios tiene más de una manera de preservar a los suyos. A veces hace asombrosas demostraciones de su poder; mientras que otras veces emplea oscuros velos o sombras, de las cuales se escapan tenues rayos de él. Este admirable método de preservar al Hijo de Dios bajo la cruz nos enseña que obran impropiamente quienes prescriben a Dios un plan fijo de acción. Permitámosle que adelante nuestra salvación por diversidad de métodos; y no rehusemos ser humillados, para que muestre más abundantemente su gloria. Sobre todo, no evitemos nunca la cruz, por la cual el propio Hijo de Dios fue ejercitado desde su más tierna infancia. Esta huida es parte de la locura de la cruz, pero sobrepasa toda la sabiduría del mundo. Para aparecer a su debido tiempo como el Salvador de Judea, se ve obligado a huir de ella, y es alimentado por Egipto, del cual nada había procedido jamás sino lo que era destructivo para la Iglesia de Dios. ¿Quién no habría mirado con asombro una obra de Dios tan inesperada?

José cumple de inmediato el mandato del ángel. Esta es otra prueba de la certeza del sueño: pues tal prontitud de obediencia muestra claramente que no tenía duda alguna de que era Dios quien le había ordenado huir. Esta ansiosa prisa puede tener algo de apariencia de desconfianza: pues la huida de noche tenía cierto aire de alarma. Pero no es difícil hallar una excusa. Veía que Dios había dispuesto un método de seguridad humilde y bajo; y concluye que es libre de huir en aquel estado de alarma que suele producir el peligro extremo. Nuestro temor debe estar siempre regulado por las indicaciones divinas. Si concuerda con ellas, no se opondrá a la fe.

Estate allá hasta que yo te diga. Con estas palabras el ángel declara que la vida del niño será, aun en el futuro, objeto del cuidado divino. José necesitaba ser así fortalecido, para concluir con certeza que Dios no solo lo guiaría en el viaje, sino que, durante su destierro, Dios sería su constante protector. Y de esta manera quiso Dios calmar muchas ansiedades con que debía de estar perplejo el corazón de aquel buen hombre, de modo que gozó de serenidad de ánimo durante su estancia en Egipto. De no ser por esto, no habría pasado un momento sin numerosas tentaciones, cuando se veía excluido no solo de la herencia prometida por Dios a todos sus santos, sino del templo, de los sacrificios, de la pública profesión de su fe, y vivía entre los peores enemigos de Dios y en un profundo abismo de supersticiones. Llevaba consigo, ciertamente, en la persona del niño, todas las bendiciones que los Padres habían esperado disfrutar o que el Señor les había prometido; pero como todavía no había hecho tal progreso en la fe y en el conocimiento de Cristo, necesitaba ser sostenido por este mandato, Estate allá hasta que yo te diga, para que no se disgustara por languidecer en el destierro lejos de su patria entre los egipcios.

Mateo 2:15

15. De Egipto llamé a mi Hijo: Mateo dice que se cumplió una predicción. Algunos han pensado que la intención del profeta era distinta de lo que aquí se afirma, y han supuesto que el sentido es que los judíos obran neciamente al oponerse al Hijo de Dios y procurar oprimirlo, porque el Padre lo ha llamado de Egipto. De este modo pervierten gravemente las palabras del profeta (Os 11:1), cuyo propósito es levantar una acusación de ingratitud contra los judíos, quienes, desde su más tierna infancia y desde el comienzo de su historia, habían hallado en Dios a un Padre bondadoso y generoso, y sin embargo lo provocaban con nuevas ofensas. Sin duda alguna, el pasaje no debe restringirse a la persona de Cristo; y con todo, Mateo no lo tuerce, sino que lo aplica hábilmente al asunto que trata.

Las palabras del profeta deben interpretarse así: «Cuando Israel era aún niño, lo saqué de aquella miserable esclavitud en que estaba sumido. Antes era como un muerto, y Egipto le servía de sepulcro; pero yo lo saqué de allí como del vientre materno, y lo traje a la luz de la vida». Y con razón habla el Señor de este modo, pues aquella liberación fue una especie de nacimiento de la nación. Entonces se expidieron públicamente las cartas de adopción, cuando, por la promulgación de la ley, llegaron a ser «porción de Jehová» (Dt 32:9), «real sacerdocio, nación santa» (1 P 2:9); cuando fueron separados de las demás naciones y cuando, en fin, Dios «puso su morada» (Lv 26:11) en medio de ellos. Las palabras del profeta significan que la nación fue rescatada de Egipto como de un profundo remolino de muerte. Ahora bien, ¿qué fue la redención traída por Cristo sino una resurrección de entre los muertos y el comienzo de una vida nueva? La luz de la salvación se había casi extinguido cuando Dios engendró de nuevo a la Iglesia en la persona de Cristo. Entonces la Iglesia salió de Egipto en su cabeza, como antes había salido todo el cuerpo.

Esta analogía impide que nos parezca extraño que una parte de la infancia de Cristo transcurriera en Egipto. La gracia y el poder de Dios se hicieron más ilustres, y su maravilloso propósito se vio con más claridad, cuando la luz salió de las tinieblas y la vida del infierno. De otro modo, el sentido de la carne habría podido prorrumpir aquí en palabras de desprecio: «¡Vaya, un Redentor va a salir de Egipto!». Mateo nos recuerda, pues, que no es cosa extraña ni desacostumbrada que Dios llame a su Hijo de aquel país, y que esto sirve más bien para confirmar nuestra fe, pues, como en otro tiempo, así ahora de nuevo la Iglesia de Dios sale de Egipto. Hay, sin embargo, esta diferencia entre ambos casos. Antes, toda la nación estaba encerrada en la prisión de Egipto; mientras que, en la segunda redención, solo Cristo, la cabeza de la Iglesia, estuvo allí oculto, pero llevaba encerradas en su propia persona la salvación y la vida de todos.

Mateo 2:16-17

16. Entonces Herodes, viéndose: Mateo habla conforme a lo que Herodes sintió y pensó del asunto. Creyó que los magos lo habían engañado, porque no quisieron tomar parte en su perversa crueldad. Más bien fue él quien quedó atrapado en su propia astucia, en su vil fingimiento de que también él quería rendir homenaje al nuevo Rey.

Josefo no menciona esta historia. El único escritor que la menciona es Macrobio, en el libro segundo de sus Saturnales, donde, al referir las burlas y dichos punzantes de Augusto, dice: Cuando oyó que, por orden de Herodes, habían sido muertos en Siria los niños menores de dos años, y que entre la multitud había sido muerto el hijo del propio Herodes, dijo: «Preferiría ser cerdo de Herodes que hijo suyo». Pero la autoridad de Mateo por sí sola nos basta abundantemente. Ciertamente Josefo no debió pasar por alto un crimen tan digno de quedar registrado. Pero hay menos motivo de asombro en que nada diga de los niños, pues pasa ligeramente, y expresa en lenguaje oscuro, otro caso de la crueldad de Herodes no menos horroroso, ocurrido casi al mismo tiempo, cuando dio muerte a todos los jueces, llamados el Sanedrín, para que apenas quedara un resto del linaje de David. No tengo duda de que fue el mismo temor el que lo impulsó a ambos asesinatos.

Hay cierta incertidumbre acerca de la fecha. Mateo dice que fueron muertos de dos años para abajo, conforme al tiempo que había inquirido de los magos; de lo cual podemos inferir que Cristo había alcanzado entonces esa edad, o al menos no estaba lejos de cumplir dos años. Algunos van más lejos y concluyen que Cristo tenía aproximadamente esa edad cuando llegaron los magos. Pero sostengo que lo uno no se sigue de lo otro. Con qué terror se apoderó Herodes cuando se difundió ampliamente la noticia de un nuevo rey que había nacido, lo hemos visto hace poco. El miedo le impidió entonces valerse de un traidor para hacer una investigación en secreto. No hay motivo para asombrarse de que durante algún tiempo se contuviera de cometer una carnicería tan odiosa y espantosa, particularmente mientras la noticia de la llegada de los magos era todavía reciente. Es ciertamente probable que meditara el crimen en su mente, pero lo aplazara hasta que se presentara una ocasión conveniente. Incluso es posible que primero asesinara a los jueces, para privar al pueblo de sus jefes y obligarlo así a ver aquel crimen como uno para el cual no había remedio.

Podemos concluir ahora que es un argumento frívolo aquel en que se apoyan quienes sostienen que Cristo tenía dos años cuando fue adorado por los magos, porque, conforme al tiempo en que apareció la estrella, Herodes mató a los niños que estaban un poco por debajo de los dos años. Tales personas dan por supuesto, sin fundamento alguno, que la estrella no apareció sino después de que la Virgen hubo dado a luz a su hijo. Es mucho más probable que fueran avisados desde temprano, y que emprendieran el viaje muy cerca del tiempo del nacimiento de Cristo, para ver al niño recién nacido, en la cuna o en el regazo de su madre. Es una imaginación muy pueril suponer que, por venir de un país desconocido y casi de otro mundo, hubieran gastado unos dos años en el camino. Las conjeturas expuestas por Osiander son demasiado absurdas para necesitar refutación.

Pero no hay inconsecuencia en el hilo de la historia que propongo: que los magos llegaron cuando el período del parto aún no había terminado, y preguntaron por un rey que había nacido, no por uno que ya tuviera dos años; que, después de que volvieron a su país, José huyó de noche, pero aun así, de paso, cumplió un piadoso deber en Jerusalén (pues en una ciudad tan populosa, adonde afluían constantemente forasteros de todas partes, podía estar a salvo del peligro); que, después de que partió a Egipto, Herodes comenzó a pensar seriamente en su propio peligro, y la úlcera de venganza que había alimentado en su corazón por más de año y medio estalló por fin. El adverbio entonces (τότε) no denota siempre en la Escritura un tiempo ininterrumpido, sino que se encuentra con frecuencia cuando hay gran distancia entre los acontecimientos.

Mateo 2:18

18. Se oyó una voz en Ramá: Es cierto que el profeta describe (Jer 31:15) la destrucción de la tribu de Benjamín, que ocurrió en su tiempo; pues había predicho que la tribu de Judá sería cortada, a la cual se añadió la mitad de la tribu de Benjamín. Pone el lamento en boca de Raquel, muerta hacía mucho. Es una personificación (προσωποποιία), que tiene un poderoso influjo para mover los afectos. No fue por el mero propósito de adornar su estilo por lo que Jeremías empleó adornos retóricos. No había otro modo de corregir la dureza y la estupidez de los vivos que despertar, por así decirlo, a los muertos de sus sepulcros, para que lloraran aquellos castigos divinos que comúnmente se trataban con burla. Habiéndose cumplido entonces la predicción de Jeremías, Mateo no quiere decir que ella anunciara lo que haría Herodes, sino que la venida de Cristo ocasionó la renovación de aquel lamento que la tribu de Benjamín había experimentado muchos siglos antes.

Quiso así salir al paso de un prejuicio que podía turbar y sacudir a los ánimos piadosos. Podría suponerse que no cabía esperar salvación alguna de aquel por cuya causa, apenas nació, fueron asesinados niños; más aún, que era un presagio desfavorable y funesto que el nacimiento de Cristo encendiera una llama de crueldad más fuerte que la que suele arder en las guerras más encarnizadas. Pero así como Jeremías promete una restauración allí donde una nación ha sido cortada hasta sus niños pequeños, así Mateo recuerda a sus lectores que esta matanza no impediría que Cristo apareciera poco después como el Redentor de toda la nación; pues sabemos que todo el capítulo de Jeremías en que se hallan esas palabras está lleno de las más deleitosas consolaciones. Inmediatamente después de la lamentación dolorosa, añade:

«Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos, porque salario hay para tu trabajo, dice Jehová, y volverán de la tierra del enemigo. Esperanza hay también para tu porvenir, dice Jehová, y los hijos volverán a su propia tierra» (Jer 31:16-17).

Tal era la semejanza entre la calamidad anterior que había sufrido la tribu de Benjamín y la segunda calamidad que aquí se registra. Ambas fueron preludio de la salvación que pronto había de llegar.

MATEO 2:19-23

Mateo 2:19-23

19. Pero muerto Herodes, he aquí el ángel del Señor aparece en sueños a José en Egipto, 20. diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y ve a la tierra de Israel; porque han muerto los que procuraban la vida del niño. 21. Y él se levantó, tomó al niño y a su madre, y vino a la tierra de Israel. 22. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo temor de ir allá; pero, advertido por una comunicación celestial en sueños, se retiró a las regiones de Galilea. 23. Habiendo llegado allí, habitó en la ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliese lo que había sido dicho por los profetas: Será llamado nazareno.

Mateo 2:19-22

19. Pero muerto Herodes: Estas palabras muestran la perseverancia de la fe de José. Mantuvo firmes los pies en Egipto hasta que un mandato de Dios lo llamó de vuelta a su tierra natal. Vemos, al mismo tiempo, que el Señor nunca defrauda a los suyos, sino que les presta oportuno auxilio. Es probable que José volviera de Egipto inmediatamente después de la muerte de Herodes, antes de que Augusto César hubiera dado su decreto nombrando a Arquelao gobernador de Judea. Habiendo sido declarado por el testamento de su padre sucesor del trono, asumió todo el cargo del gobierno, pero se abstuvo de tomar el título de rey, diciendo que esto dependía de la voluntad y el beneplácito de César. Después fue a Roma y obtuvo la confirmación; solo se le negó el nombre de rey, hasta que lo hubiera merecido por sus obras. El gobernador de Galilea era Felipe, hombre de carácter apacible y casi como un particular. José obedeció la indicación del ángel porque, bajo un príncipe que no se deleitaba en derramar sangre y que trataba con suavidad a sus súbditos, había menos peligro.

Debemos tener siempre presente el propósito de Dios al formar a su Hijo, desde el comienzo, bajo la disciplina de la cruz, porque este era el camino por el cual había de redimir a su Iglesia. Llevó nuestras debilidades, y estuvo expuesto a peligros y temores, para librar de ellos a su Iglesia con su poder divino y concederle paz eterna. Su peligro fue nuestra seguridad; su temor fue nuestra confianza. No que él sintiera jamás alarma en su vida; pero como estuvo rodeado por todas partes por el temor de José y de María, puede decirse con justicia que tomó sobre sí nuestros temores, para procurarnos una confianza segura.

Mateo 2:23

23. Será llamado nazareno: Mateo no deriva nazareno de Nazaret, como si esta fuera su etimología estricta y propia, sino que solo hace una alusión. La palabra נזיר, o nazareo, significa santo y consagrado a Dios, y deriva de נזר, separar. El sustantivo נזר, en efecto, significa una flor; pero Mateo se refiere, sin duda alguna, al primer sentido. Pues en ninguna parte leemos que nazareos significara floreciente o próspero, sino personas consagradas a Dios, conforme a las indicaciones dadas por la Ley (Nm 6). El sentido es: aunque fue por temor por lo que José fue empujado a un rincón de Galilea, Dios tenía un designio más alto, y designó la ciudad de Nazaret como lugar de residencia de Cristo, para que con justicia fuera llamado nazareo. Pero se pregunta: ¿quiénes son los profetas que dieron este nombre a Cristo? Pues no se halla ningún pasaje que corresponda a la cita. Algunos piensan que basta responder que la Escritura lo llama con frecuencia Santo; pero esa es una explicación muy pobre. Pues Mateo, como percibimos, hace referencia expresa a la palabra misma y a los antiguos nazareos, cuya santidad era de un carácter peculiar. Nos dice que lo que entonces estaba prefigurado en los nazareos, quienes fueron, en cierto sentido, escogidos como primicias para Dios, debía cumplirse en la persona de Cristo.

Pero queda por ver en qué parte de la Escritura han dicho los profetas que este nombre sería dado a Cristo. Crisóstomo, al verse incapaz de desatar el nudo, lo corta diciendo que muchos libros de los profetas han perecido. Pero esta respuesta no tiene probabilidad; pues, aunque el Señor, para castigar la indiferencia de su pueblo antiguo, lo privó de alguna parte de la Escritura, o dejó fuera lo que era menos necesario, sin embargo, desde la venida de Cristo no se ha perdido parte alguna de ella. En apoyo de ese parecer se ha cometido un extraño error, citando un pasaje de Josefo en que dice que Ezequiel dejó dos libros; pues la profecía de Ezequiel sobre un nuevo templo y reino es manifiestamente distinta de sus demás predicciones, y puede decirse que forma una obra nueva. Pero si todos los libros de la Escritura que existían en tiempo de Mateo permanecen íntegros hasta hoy, debemos hallar en alguna parte el pasaje citado de los profetas.

Bucero lo ha explicado, creo yo, más correctamente que ningún otro escritor. Piensa que la referencia es a un pasaje del libro de los Jueces: El niño será nazareo a Dios desde el vientre (Jue 13:5). Estas palabras, sin duda, fueron dichas con respecto a Sansón. Pero Sansón es llamado «Redentor» o «Libertador» del pueblo solo porque fue una figura de Cristo, y porque la salvación que se cumplió por su medio fue una especie de preludio de la salvación plena que por fin fue presentada al mundo por el Hijo de Dios. Todo lo que la Escritura predice favorablemente acerca de Sansón puede aplicarse con justicia a Cristo. Para expresarlo con más claridad, Cristo es el modelo original; Sansón es el tipo inferior. Cuando asumió el carácter de Redentor, debemos entender que ninguno de los títulos otorgados a ese ilustre y verdaderamente divino oficio se aplica tan estrictamente a él mismo como a Cristo; pues los padres apenas gustaron la gracia de la redención, que a nosotros se nos ha permitido recibir plenamente en Cristo.

Mateo usa la palabra profetas en plural. Esto se excusa fácilmente, pues el libro de los Jueces fue compuesto por muchos profetas. Pero pienso que lo que aquí se dice acerca de los profetas tiene una referencia todavía más amplia. Pues José, que fue un salvador temporal de la Iglesia y fue, en muchos aspectos, una figura, o más bien una imagen viva de Cristo, es llamado nazareo entre sus hermanos (Gn 49:26; Dt 33:16). Dios determinó que el honor distinguido, del cual había dado una muestra en José, resplandeciera de nuevo en Sansón, y le dio el nombre de nazareo, para que los creyentes, habiendo recibido esas primeras instrucciones, miraran con más atención al Redentor que había de venir, quien había de ser separado de todos,

«para que él sea el primogénito entre muchos hermanos» (Ro 8:29).

Lucas 2:40-47

Lucas 2:40-47

40. Y el niño crecía y se fortalecía en espíritu, y estaba lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él. 41. Y sus padres iban cada año a Jerusalén, a la fiesta de la Pascua. 42. Y cuando llegó a los doce años, subiendo ellos a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta, 43. y cumplidos los días, al volver ellos, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, y sus padres no lo supieron. 44. Y pensando que estaba en la compañía, anduvieron camino de un día, y lo buscaban entre los parientes y los conocidos. 45. Y al no hallarlo, volvieron a Jerusalén, buscándolo. 46. Y sucedió que, después de tres días, lo hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndolos y haciéndoles preguntas. 47. Y todos los que lo oían se asombraban de su inteligencia y de sus respuestas.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.