Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Mateo 25: comentario de Juan Calvino
Mateo 25:1
Mateo 25:1. Entonces el reino de los cielos. Con este término se significa la condición de la Iglesia futura, que había de ser reunida por la autoridad y dirección de Cristo. Emplea este notable título para que los creyentes no se engañen con la opinión errónea de que han llegado a la perfección absoluta. La parábola está tomada de la costumbre ordinaria de la vida; pues fue una especulación pueril de Jerónimo y otros aducir este pasaje en alabanza de la virginidad, cuando Cristo no tenía otro objeto a la vista que aliviar la inquietud que podrían sentir a causa de la demora de su venida. Dice, pues, que no nos pide nada más que lo que suele hacerse por los amigos en un banquete de bodas. La costumbre era que las vírgenes, que son tiernas y delicadas, acompañaran por deferencia al esposo hasta su cámara. Pero la enseñanza general de la parábola consiste en que no basta haber estado una vez listos y preparados para cumplir el deber, si no perseveramos hasta el fin.
Mateo 25:2-4
2. Cinco de ellas eran prudentes. Hacia el final del capítulo anterior, nuestro Señor exigió especialmente que el mayordomo fuera prudente (Mt 24:45), pues es razonable que, cuanto más pesado es el cargo que alguien lleva y cuanto más importantes los asuntos en que se ocupa, tanto mayor sea la prudencia con que se conduce. Pero ahora exige prudencia a todos los hijos de Dios en general, para que no se expongan, por imprudente temeridad, a ser presa de Satanás. Ahora bien, describe esta clase de prudencia diciendo que deben proveerse de los recursos necesarios para completar el curso de su vida. Porque el ardor de nuestra impaciencia nos hace ver el tiempo, por breve que sea, como demasiado prolongado; y, además, nuestra pobreza es tal que necesitamos provisiones para cada hora.
Mateo 25:5
5. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Algunos interpretan este adormecimiento en mal sentido, como si los creyentes, junto con los demás, se hubieran entregado a la pereza y dormido en medio de las vanidades del mundo; pero esto es del todo incompatible con la intención de Cristo y con la estructura de la parábola. Habría mayor probabilidad en explicarlo como la muerte, que sorprende a los creyentes antes de la venida de Cristo; pues no solo en ese tiempo debemos esperar la salvación, sino también cuando hemos dejado el mundo y dormimos en Cristo. Pero yo lo tomo más sencillamente como las ocupaciones terrenales en que los creyentes deben estar metidos mientras habiten en el cuerpo; y, aunque el olvido del reino de Dios nunca debería deslizarse sobre ellos, la influencia distractora de las ocupaciones de este mundo se compara no impropiamente al sueño. Pues no pueden estar tan constantemente ocupados con el pensamiento de salir al encuentro de Cristo como para no ser distraídos, retardados o enredados por una variedad de afanes, a causa de lo cual, mientras velan, están en parte dormidos.
Mateo 25:6-7
6. A la medianoche se oyó un clamor. Respecto del clamor, lo entiendo tomado metafóricamente por su llegada repentina; pues sabemos que, cuando sucede algo nuevo e inesperado, los hombres suelen hacer gran ruido. Cierto es que nuestro Señor clama cada día que viene pronto (Ap 22:20); pero en aquel tiempo toda la estructura del mundo resonará con el clamor, y su temible majestad llenará el cielo y la tierra de tal manera que no solo despertará a los que están dormidos, sino que sacará a los muertos de sus sepulcros (Jn 5:28).
Mateo 25:8
8. Y las insensatas dijeron a las prudentes. Esto es una reprensión del arrepentimiento tardío de quienes nunca piensan en lo que les falta hasta que la puerta se cierra a todo remedio. Pues los que no se proveen para un largo período son acusados de necedad, porque son descuidados, se lisonjean en medio de su pobreza y dejan pasar el tiempo de trato mutuo de tal manera que desprecian las ayudas que se les ofrecían. Como no se acuerdan a su debido tiempo de procurarse aceite, Cristo, burlándose del conocimiento que han adquirido cuando ya es tarde, muestra cómo será castigada su estupidez, cuando se vean vacías y desprovistas, sin que haya remedio.
Mateo 25:9
9. No sea que no haya suficiente para ustedes y para nosotras. Sabemos que el Señor distribuye sus dones de manera tan diversa a cada uno, según su medida, para que se ayuden mutuamente y empleen para el provecho común lo que se ha confiado a cada individuo; y que de este modo se conserve el vínculo sagrado que existe entre los miembros de la Iglesia. Pero Cristo señala aquí el tiempo en que citará a todos los hombres ante su tribunal, cada uno llevando su fardo, para que reciba conforme a lo que haya hecho en su cuerpo. Esa porción de gracia recibida, que cada uno ha guardado para sí, se compara por tanto con justicia a una provisión para un viaje, que no alcanzaría para un número mayor de personas.
Id más bien a los que venden, y comprad para vosotras. Estas palabras siguen de inmediato, y no pretenden ser una exhortación, sino un reproche; y el sentido es: «Hubo un tiempo para comprar, que no debían haber descuidado; porque entonces se ofrecía en venta el aceite, pero ahora se les ha quitado el medio de obtenerlo». Y sin embargo es necio que los papistas infieran de aquí que por nuestras propias virtudes o esfuerzo obtenemos el don de la perseverancia. Porque la palabra comprar no implica en absoluto que se haya pagado un precio, como se ve con claridad en el pasaje de Isaías (55:1), donde el Señor, mientras nos invita a comprar, no exige precio alguno, sino que nos informa de que tiene vino y leche en abundancia, para darlos gratuitamente. No hay, por tanto, otra manera de obtenerlo que recibir por la fe lo que se nos ofrece.
Mateo 25:10-14
10. Y se cerró la puerta. Al fin se sigue que la puerta del reino celestial se cerrará para todos los que no se han provisto, porque desfallecieron a la mitad del camino. No debemos entrar aquí en indagaciones minuciosas sobre cómo es que Cristo dice que las vírgenes insensatas fueron a comprar, pues esto no significa otra cosa sino que todos los que no estén preparados en el mismo momento en que sean llamados quedarán excluidos de la entrada al cielo.
MATEO 25:31-46; LUCAS 21:37-38
Mateo 25:31-46
Lucas 21:37-38
31. Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en el trono de su gloria: 32. Y todas las naciones serán reunidas delante de él; y separará los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. 33. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a la izquierda. 34. Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo: 35. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis con bondad; 36. Estuve desnudo, y me vestisteis; estuve enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí. 37. Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te alimentamos? ¿o sediento, y te dimos de beber? 38. ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recibimos con bondad? ¿o desnudo, y te vestimos? 39. ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? 40. Y respondiendo el Rey les dirá: De cierto os digo que, en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos, a mí lo hicisteis. 41. Entonces dirá también a los que estén a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles: 42. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber. 43. Fui forastero, y no me recibisteis con bondad; estuve desnudo, y no me vestisteis; estuve enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. 44. Entonces ellos también le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te asistimos? 45. Entonces les responderá, diciendo: De cierto os digo que, en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, a mí no lo hicisteis. 46. E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.
37. Y enseñaba de día en el templo; pero de noche salía y se alojaba en el monte que se llama de los Olivos. 38. Y por la mañana temprano todo el pueblo venía a él en el templo para oírle.
Mateo 25:15-19
Mateo 25:15. A cada uno conforme a su capacidad. Con este término Cristo no distingue entre los dones naturales y los dones del Espíritu; pues no tenemos poder ni habilidad alguna que no deba reconocerse como recibida de Dios; y por eso, quien se proponga dar a Dios su parte no dejará nada para sí. ¿Qué significa entonces que el señor de la casa da a cada persona más o menos, conforme a su capacidad? Significa que Dios, así como ha asignado a cada uno su lugar y le ha concedido dones naturales, le da también este o aquel encargo, lo emplea en la administración de los asuntos, lo eleva a diversos cargos, le provee abundantes medios para una eminente utilidad y le presenta la oportunidad.
Es absurdo, sin embargo, que los papistas infieran de aquí que los dones de Dios se confieren a cada hombre según la medida que merece. Pues aunque el antiguo traductor empleó la palabra virtus, no quiso decir que Dios concede sus dones según los hombres se hayan conducido bien y hayan obtenido el elogio de la virtud, sino solo en cuanto el señor de la casa los ha juzgado aptos. Ahora bien, sabemos que Dios no encuentra apto a ningún hombre hasta que él mismo lo ha hecho tal; y la palabra griega δύναμις, (poder, capacidad,) que Cristo empleó, está libre de toda ambigüedad.
Mateo 25:20-23
20. Y el que había recibido cinco talentos. Se dice que están negociando quienes emplean provechosamente todo lo que Dios les ha confiado. La vida de los piadosos se compara con justicia a un comercio, pues por naturaleza deben intercambiar y trocar entre sí, para mantener el trato mutuo; y la diligencia con que cada uno cumple el oficio que se le ha asignado, la vocación misma, la capacidad de obrar rectamente y los demás dones se cuentan como otras tantas clases de mercancía, porque el uso o el fin que tienen en vista es promover el trato mutuo entre los hombres.
Ahora bien, la ganancia que menciona Cristo es la utilidad general, que ilustra la gloria de Dios. Porque aunque Dios no se enriquece ni obtiene ganancia con nuestros trabajos, sin embargo, cuando cada uno es muy provechoso a sus hermanos y aplica ventajosamente, para su salvación, los dones que ha recibido de Dios, se dice que produce provecho, o ganancia, al mismo Dios. Tanto estima nuestro Padre celestial la salvación de los hombres, que todo lo que contribuye a ella quiere ponerlo en su propia cuenta. Para que no nos cansemos de hacer el bien, (Gá 6:9,) Cristo declara que el trabajo de quienes se emplean fielmente en su vocación no será inútil.
Según Lucas, dice que el que ganó cinco minas recibe el gobierno de cinco ciudades; con lo cual les informa que la gloria de su reino será muy diferente en su última venida de lo que ahora parece. Porque ahora tenemos trabajo y ansiedad al administrar, por así decirlo, los asuntos de un señor ausente; pero entonces él tendrá a su disposición una amplia y copiosa provisión de honores para ennoblecernos y enriquecernos. La forma de expresión que emplea Mateo es más sencilla: Entra en el gozo de tu señor; con lo cual quiere decir que los siervos fieles, cuyo cumplimiento del deber obtenga su aprobación, compartirán con él mismo una bienaventurada abundancia de todos los bienes.
Pero se pregunta: ¿Qué significa lo que se añade: Quitadle el talento, y dadlo al que tiene diez talentos? Porque entonces toda clase de negocio habrá terminado. Respondo que debemos tener presente lo que mencioné antes: que se equivocan quienes insisten en explicar con exactitud cada frase mínima. El verdadero sentido es que, aunque los siervos perezosos e inútiles están ahora dotados de los dones del Espíritu, al fin se verán privados de todos ellos, para que su miserable y vergonzosa pobreza redunde en la gloria de los buenos. Ahora bien, Cristo nos dice que estos perezosos esconden el talento o la mina en la tierra, porque, mientras buscan su propia comodidad y satisfacción, se niegan a someterse a incomodidad alguna; como vemos en muchísimos que, mientras se entregan en privado a sí mismos y a su propio provecho, evitan todos los deberes de la caridad y no tienen consideración alguna por la edificación común. Cuando se dice que el señor de la casa, después de su regreso, llamó a los siervos a cuentas, así como esto debe infundir ánimo a los buenos, al entender que no pierden su esfuerzo, así, por otra parte, los indolentes y descuidados deben ser sacudidos por no pequeño terror. Aprendamos, pues, a llamarnos a cuentas cada día, antes que venga el Señor y ajuste cuentas con nosotros.
Mateo 25:24-28
24. Te conocía, que eres hombre duro. Esta dureza nada tiene que ver con la sustancia de la parábola; y es una especulación ociosa la de quienes razonan a partir de este pasaje sobre cuán severa y rigurosamente trata Dios a su propio pueblo. Porque Cristo no quiso describir tal rigor, como tampoco aplaudir la usura, cuando presenta al señor de la casa diciendo que el dinero debió haberse depositado con un banquero, para que al menos ganara interés. Cristo solo quiere decir que no habrá excusa para la indolencia de quienes ocultan los dones de Dios y a la vez malgastan su tiempo en la ociosidad. De aquí inferimos también que ningún modo de vida es más digno de elogio a los ojos de Dios que el que rinde alguna ventaja a la sociedad humana.
Mateo 25:29
29. Porque al que tiene, se le dará, ha sido explicado en Mateo 13:12
Mateo 25:30
30. Y al siervo inútil echadlo en las tinieblas de afuera. Hemos explicado también, en Mateo 8:12, que las tinieblas de afuera se contraponen a la luz que hay dentro de la casa; pues, como los banquetes se celebraban antiguamente, por lo común, de noche y se iluminaban con numerosas antorchas y lámparas, de los que son desterrados del reino de Dios dice Cristo que son echados afuera, a las tinieblas
Mateo 25:31
Mateo 25:31. Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria. Cristo prosigue la misma doctrina, y lo que antes describió mediante parábolas lo explica ahora con claridad y sin figuras. La suma de lo dicho es que los creyentes, para animarse a una conducta santa y recta, deben contemplar con los ojos de la fe la vida celestial, que, aunque ahora está oculta, al fin se manifestará en la última venida de Cristo. Pues, cuando declara que, cuando venga con los ángeles, entonces se sentará en el trono de su gloria, contrapone esta última revelación a los desórdenes y agitaciones de la milicia terrenal; como si dijera que no había aparecido con el propósito de establecer de inmediato su reino, y que por tanto había necesidad de esperanza y de paciencia, para que los discípulos no se desanimaran por la larga demora. De aquí inferimos que esto se añadió de nuevo para que los discípulos, libres del error acerca de una felicidad inmediata y repentina, mantuvieran su ánimo en la lucha hasta la segunda venida de Cristo, y no cedieran ni se desalentaran a causa de su ausencia.
Esta es la razón por la que dice que entonces tomará el título de Rey; pues aunque comenzó su reino en la tierra, y ahora se sienta a la diestra del Padre, para ejercer el gobierno supremo del cielo y de la tierra, sin embargo no ha erigido aún ante los ojos de los hombres aquel trono desde el cual su majestad divina se manifestará mucho más plenamente que ahora en el último día; porque aquello de lo cual ahora obtenemos por la fe apenas una probada, tendrá entonces su pleno efecto. Así pues, Cristo está ahora sentado en su trono celestial, en cuanto es necesario que reine para refrenar a sus enemigos y proteger a la Iglesia; pero entonces aparecerá abiertamente, para establecer el orden perfecto en el cielo y en la tierra, para aplastar a sus enemigos bajo sus pies, para reunir a su pueblo creyente a fin de que participe de una vida eterna y bienaventurada, para subir a su tribunal; y, en una palabra, habrá una manifestación visible de la razón por la cual el Padre le dio el reino. Dice que vendrá en su gloria, porque, mientras habitó en este mundo como hombre mortal, apareció en la forma despreciada de un siervo. Y la llama su gloria, aunque en otro lugar la atribuye a su Padre, pero el sentido es el mismo; pues se refiere simplemente a la gloria divina, que en aquel tiempo resplandecía solo en el Padre, porque en él mismo estaba oculta.
Mateo 25:32-33
32. Y todas las naciones serán reunidas delante de él. Emplea títulos grandes y espléndidos para ensalzar su reino, a fin de que los discípulos aprendan a esperar una clase de felicidad distinta de la que se habían imaginado. Pues ellos se contentaban con esta sola consideración: que su nación fuese librada de las miserias que entonces la oprimían, de modo que se hiciera manifiesto que Dios no había establecido en vano su pacto con Abraham y su posteridad. Pero Cristo extiende mucho más lejos el beneficio de la redención que él trae, pues será el Juez de todo el mundo. Además, para persuadir a los creyentes a una vida de santidad, les asegura que los buenos y los malos no participarán por igual; porque traerá consigo la recompensa que está reservada para ambos. En suma, declara que su reino quedará plenamente establecido cuando los justos hayan obtenido una corona de gloria, y cuando los impíos hayan recibido la paga que merecían.
Como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Cuando nuestro Señor dice que la separación de las ovejas de los cabritos se demora hasta aquel día, quiere decir que los impíos están ahora mezclados con los buenos y santos, de modo que viven juntos en el mismo rebaño de Dios. La comparación parece tomada de Ezequiel 34:18, donde el Señor se queja de la fiereza de los cabritos, que embisten con sus cuernos a las pobres ovejas, y destruyen los pastos, y ensucian el agua; y donde el Señor declara expresamente que tomará venganza. Y por tanto el discurso de Cristo viene a decir que los creyentes no deben pensar que su condición es demasiado dura si ahora se ven obligados a vivir con los cabritos, e incluso a soportar de ellos muchos ataques y molestias graves; en segundo lugar, que deben cuidarse de no ser ellos mismos infectados por el contagio de sus vicios; y, en tercer lugar, les informa que en una vida santa e inocente su trabajo no se pierde, porque la diferencia aparecerá un día.
Mateo 25:34
34. Venid, benditos de mi Padre. Debemos recordar el propósito de Cristo; pues manda a sus discípulos que se contenten ahora con la esperanza, para que con paciencia y tranquilidad de ánimo aguarden el goce del reino celestial; y luego les manda que se esfuercen con empeño y no se cansen en el buen camino. A esta última cláusula se refiere cuando promete la herencia de los cielos únicamente a quienes por las buenas obras aspiran al premio del llamamiento celestial. Pero antes de hablar de la recompensa de las buenas obras, señala de paso que el comienzo de la salvación fluye de una fuente más alta; pues al llamarlos benditos del Padre, les recuerda que su salvación procedió del favor inmerecido de Dios. Entre los hebreos la frase bendito de Dios significa alguien querido por Dios, o amado por Dios. Además, esta forma de expresión no solo la empleaban los creyentes para ensalzar la gracia de Dios hacia los hombres, sino que aun quienes habían degenerado de la verdadera piedad conservaban este principio. Entra, bendito de Dios, dijo Labán al siervo de Abraham (Gn 24:31). Vemos que la naturaleza les sugería esta expresión, con la cual atribuían a Dios la alabanza de todo lo que poseían. No cabe duda, por tanto, de que Cristo, al describir la salvación de los piadosos, comienza con el amor inmerecido de Dios, por el cual fueron predestinados para vida aquellos que, bajo la guía del Espíritu en esta vida, aspiran a la justicia.
A esto se refiere también lo que dice poco después, que el reino, en cuya posesión serán establecidos en el último día, les había sido preparado desde el principio del mundo. Pues aunque sea fácil objetar que la recompensa se reservó en vista de sus méritos futuros, cualquiera que examine sinceramente las palabras debe reconocer que hay implícito un encomio de la gracia de Dios. Más aún, Cristo no invita simplemente a los creyentes a poseer el reino, como si lo hubieran obtenido por sus méritos, sino que dice expresamente que se les da como a herederos.
Sin embargo, debemos observar otro propósito que tenía nuestro Señor. Porque aunque la vida de los piadosos no sea otra cosa que un triste y miserable destierro, de modo que apenas los soporta la tierra; aunque gimen bajo dura pobreza, y afrentas, y otras aflicciones; sin embargo, para que superen estos obstáculos con fortaleza y alegría, el Señor declara que en otra parte les está preparado un reino. No es un móvil pequeño para la paciencia que los hombres estén plenamente convencidos de que no corren en vano; y por eso, para que nuestros ánimos no sean abatidos por el orgullo de los impíos, con el cual se dan a placeres sin freno, para que nuestra esperanza no se debilite ni siquiera por nuestras propias aflicciones, recordemos siempre la herencia que nos aguarda en el cielo; pues no depende de ningún acontecimiento incierto, sino que Dios la preparó para nosotros antes que naciéramos, la preparó, digo, para cada uno de los elegidos, pues las personas a quienes Cristo se dirige aquí son los benditos del Padre.
Cuando aquí se dice solamente que el reino fue preparado desde el principio del mundo, mientras que en otro pasaje se dice que fue preparado antes de la creación del cielo y de la tierra (Ef 1:4), esto no implica inconsecuencia alguna. Porque Cristo no fija aquí el tiempo preciso en que se destinó la herencia de la vida eterna a los hijos de Dios, sino que solo nos recuerda el cuidado paternal de Dios, con el cual nos abrazó antes que naciéramos; y confirma la certeza de nuestra esperanza con esta consideración: que nuestra vida no puede sufrir daño alguno de las conmociones y agitaciones del mundo.
Mateo 25:35-36
35. Porque tuve hambre. Si Cristo hablara ahora de la causa de nuestra salvación, no se podría culpar a los papistas por inferir que merecemos la vida eterna por las buenas obras; pero como Cristo no tuvo otro propósito que exhortar a su pueblo a una conducta santa y recta, es impropio concluir de sus palabras cuál es el valor de los méritos de las obras. En cuanto al énfasis que ponen en la palabra porque, como si señalara la causa, es un argumento débil; pues sabemos que, cuando se promete vida eterna a los justos, la palabra porque no siempre denota una causa, sino más bien el orden del proceder. Pero tenemos otra respuesta que ofrecer, todavía más clara; pues no negamos que se prometa una recompensa a las buenas obras, sino que sostenemos que es una recompensa de gracia, porque depende de la adopción. Pablo se gloría (2 Ti 4:8) de que una corona de justicia le está guardada; pero ¿de dónde sacó esa confianza sino de que era miembro de Cristo, que es el único heredero del reino celestial? Él afirma abiertamente que el juez justo le dará aquella corona; pero ¿de dónde obtuvo ese premio sino de que por gracia fue adoptado, y recibió aquella justificación de la cual todos estamos destituidos? Debemos, pues, mantener estos dos principios: primero, que los creyentes son llamados a la posesión del reino de los cielos, en cuanto a las buenas obras, no porque las hayan merecido por la justicia de las obras, ni porque sus propias mentes los impulsaran a obtener esa justicia, sino porque Dios justifica a los que previamente eligió (Ro 8:30). Segundo, que aunque por la guía del Espíritu aspiren a la práctica de la justicia, como nunca cumplen la ley de Dios, ninguna recompensa se les debe, sino que el término recompensa se aplica a lo que se concede por gracia.
Cristo no especifica aquí todo lo que pertenece a una vida piadosa y santa, sino que, a modo de ejemplo, solo se refiere a algunos deberes de caridad, con los cuales damos evidencia de que tememos a Dios. Pues aunque el culto a Dios es más importante que la caridad hacia los hombres, y del mismo modo la fe y la oración son más valiosas que las limosnas, Cristo tuvo buenas razones para presentar aquellas evidencias de la verdadera justicia que son más visibles. Si un hombre no se preocupara de Dios y fuera solo benéfico con los hombres, tal compasión de nada le serviría para aplacar a Dios, a quien mientras tanto se habría defraudado de su derecho. Por consiguiente, Cristo no hace consistir la parte principal de la justicia en las limosnas, sino que, por medio de lo que pudiera llamarse señales más evidentes, muestra lo que es vivir una vida santa y justa; como sin duda los creyentes no solo profesan con la boca, sino que prueban con obras reales que sirven a Dios.
Muy impropiamente, pues, los fanáticos, con el pretexto de este pasaje, se apartan de oír la palabra, y de observar la Santa Cena, y de otros ejercicios espirituales; pues con igual verosimilitud podrían desechar la fe, y el llevar la cruz, y la oración, y la castidad. Pero nada estaba más lejos del propósito de Cristo que confinar a una parte de la segunda tabla de la Ley aquella regla de vida que está contenida en las dos tablas. Los monjes y otros charlatanes tenían tan poca razón para imaginar que solo hay seis obras de misericordia, porque Cristo no menciona más; como si no fuera obvio, aun para los niños, que él recomienda, por medio de una sinécdoque, todos los deberes de la caridad. Porque consolar a los afligidos, socorrer a los que son injustamente oprimidos, ayudar con consejo a los hombres sencillos, librar a los miserables de las fauces de los lobos, son obras de misericordia no menos dignas de encomio que vestir al desnudo o alimentar al hambriento.
Pero aunque Cristo, al recomendarnos el ejercicio de la caridad, no excluye aquellos deberes que pertenecen al culto de Dios, recuerda a sus discípulos que será una evidencia auténtica de una vida santa que practiquen la caridad, conforme a aquellas palabras del profeta:
Misericordia quiero, y no sacrificio, (Os 6:6;)
cuyo significado es que los hipócritas, mientras son avaros, y crueles, y engañadores, y extorsionadores, y soberbios, fingen santidad con un imponente aparato de ceremonias. De aquí inferimos también que, si deseamos que nuestra vida sea aprobada por el Juez Supremo, no debemos extraviarnos tras nuestras propias invenciones, sino considerar más bien qué es lo que él exige principalmente de nosotros. Pues todos los que se aparten de sus mandamientos, aunque se afanen y se agoten en obras de su propia invención, oirán decir en el último día: ¿Quién
demandó esto de vuestras manos? (Is 1:12.)
Mateo 25:37-39
37. Entonces los justos le responderán. Cristo representa a los justos dudando —de lo que bien saben— de su disposición a formar un juicio justo de lo que se hace a los hombres. Pero como esto no estaba tan hondamente impreso en sus mentes como debía estar, les presenta esta viva representación. Pues ¿cómo es que somos tan lentos y reacios para los actos de beneficencia, sino porque aquella promesa no está verdaderamente grabada en nuestros corazones: que Dios pagará algún día con usura lo que damos a los pobres? La admiración que Cristo expresa aquí tiene por fin instruirnos a elevarnos por encima de la aprensión de nuestra carne, siempre que hermanos afligidos pidan nuestra confianza y ayuda, para que el aspecto de un hombre despreciado no nos impida tratarlo con bondad.
Mateo 25:40
40. De cierto os digo. Así como Cristo acaba de decirnos, por medio de una figura, que nuestros sentidos aún no comprenden cuánto estima él las obras de caridad, así ahora declara abiertamente que tendrá por hecho a sí mismo todo lo que hayamos dado a su pueblo. Debemos ser prodigiosamente perezosos si esta declaración no saca la compasión de nuestras entrañas: que Cristo es descuidado u honrado en la persona de los que necesitan nuestra ayuda. Así pues, siempre que seamos reacios a asistir a los pobres, pongamos ante nuestros ojos al Hijo de Dios, a quien sería un vil sacrilegio negar cosa alguna. Con estas palabras muestra también que reconoce aquellos actos de bondad que se han hecho gratuitamente y sin esperar recompensa. Y ciertamente, cuando nos manda hacer bien a los hambrientos y desnudos, a los forasteros y presos, de quienes nada se puede esperar a cambio, debemos mirar a aquel que libremente se obliga para con nosotros y nos permite poner en su cuenta lo que de otro modo parecería perdido.
En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños. Solo los creyentes son expresamente recomendados a nuestra atención; no porque nos mande despreciar del todo a los demás, sino porque cuanto más se acerca un hombre a Dios, tanto más debe ser estimado por nosotros; pues aunque hay un vínculo común que une a todos los hijos de Adán, hay una unión todavía más sagrada entre los hijos de Dios. Así pues, como quienes pertenecen a la familia de la fe deben ser preferidos a los extraños, Cristo hace mención especial de ellos. Y aunque su propósito era animar a aquellos cuyas riquezas y recursos son abundantes a aliviar la pobreza de los hermanos, sin embargo ofrece un consuelo nada común a los pobres y afligidos que, aunque la vergüenza y el desprecio los sigan a los ojos del mundo, el Hijo de Dios los tiene por tan queridos como a sus propios miembros. Y ciertamente, al llamarlos hermanos, les confiere un honor inestimable.
Mateo 25:41-43
41. Apartaos de mí, malditos. Llega ahora a los reprobados, que están tan embriagados por su prosperidad pasajera que imaginan que siempre serán felices. Amenaza, por tanto, con que vendrá como su Juez y les hará olvidar aquellos goces suntuosos a los que ahora están tan enteramente entregados; no porque la venida de Cristo vaya a llenarlos de terror —pues piensan que
han hecho pacto con la muerte, (Is 28:15,)
y se endurecen en una indiferencia impía—, sino para que los creyentes, advertidos de su espantosa ruina, no envidien su suerte presente. Porque así como las promesas nos son necesarias para excitarnos y animarnos a la santidad de vida, así también las amenazas son necesarias para refrenarnos con la inquietud y el temor. Se nos enseña, pues, cuán deseable es estar unidos al Hijo de Dios; porque la destrucción eterna y el tormento de la carne aguardan a todos los que él echará de su presencia en el último día. Entonces mandará a los impíos que se aparten de él, porque muchos hipócritas están ahora mezclados con los justos, como si estuvieran estrechamente unidos a Cristo.
Al fuego eterno. Hemos dicho antes que el término fuego representa metafóricamente aquel castigo espantoso que nuestros sentidos no pueden comprender. Es innecesario, por tanto, entrar en sutiles indagaciones, como hacen los sofistas, sobre la materia o la forma de este fuego; pues habría igual razón para indagar sobre el gusano, que Isaías conecta con el
fuego: su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará, (Is 66:24.)
Además, el mismo profeta muestra con bastante claridad en otro pasaje que la expresión es metafórica; pues compara el Espíritu de Dios con un soplo por el cual se enciende el fuego, y añade una mezcla de azufre, (Is 30:33.) Bajo estas palabras, por tanto, debemos representarnos en la mente la venganza futura de Dios contra los impíos, la cual, siendo más grave que todos los tormentos terrenales, debe excitar más bien horror que deseo de conocerla. Pero debemos observar la eternidad de este fuego, así como de la gloria que poco antes se prometió a los creyentes.
Que está preparado para el diablo. Cristo contrapone a sí mismo el diablo, como cabeza de todos los reprobados. Pues aunque todos los demonios son ángeles apóstatas, sin embargo muchos pasajes de la Escritura asignan la más alta autoridad a uno que reúne bajo sí, como en un solo cuerpo, a todos los impíos para perdición; de la misma manera que los creyentes se reúnen para vida bajo Cristo, y crecen bajo él, hasta que, habiendo alcanzado la perfección, son enteramente unidos por él a Dios, (Ef 4:13; Col 2:19.) Pero ahora Cristo dice que el infierno está preparado para el diablo, para que los impíos no abriguen la creencia de que podrán escapar de él, cuando oigan que están envueltos en el mismo castigo que el diablo, quien, es cierto, fue sentenciado y condenado al infierno hace mucho, sin esperanza alguna de liberación.
Y sus ángeles. Por los ángeles del diablo algunos entienden a los hombres malos, pero es más probable que Cristo hable solo de los demonios. Y así estas palabras encierran un reproche indirecto: que los hombres que habían sido llamados a la esperanza de salvación por medio del evangelio prefirieron perecer con Satanás y, rechazando al Autor de la salvación, se arrojaron voluntariamente a esta miserable condición; no porque no estuvieran destinados a la destrucción lo mismo que el diablo, sino porque en su crimen se ve claramente la causa de su destrucción, cuando rechazan la gracia de su llamamiento. Y así, aunque los reprobados fueron destinados a la muerte, por un juicio secreto de Dios, antes de que nacieran, sin embargo, mientras se les ofrece la vida, no se los cuenta como herederos de la muerte ni compañeros de Satanás, sino que su perdición, que antes estaba oculta, es descubierta y hecha evidente por su incredulidad.
Mateo 25:44-46
44. Entonces ellos también le responderán. La misma clase de descripción vívida que Cristo había empleado antes se repite ahora, para informar a los reprobados que sus vanas excusas, con las cuales ahora se engañan a sí mismos, de nada les servirán en el último día. Pues ¿de dónde viene la gran crueldad de su orgullo hacia los pobres sino de que piensan que no serán castigados por despreciarlos? Para destruir esta complacencia, nuestro Señor les advierte que sentirán un día —pero cuando ya sea demasiado tarde— lo que ahora no se dignan considerar: que aquellos que ahora son tan despreciados no son menos estimados por Cristo que sus propios miembros.
MATEO 26:1-13; MARCOS 14:1-9; LUCAS 22:1-2
Mateo 26:1-13
Marcos 14:1-9
Lucas 22:1-2
1. Y aconteció que cuando Jesús hubo acabado todos estos discursos, dijo a sus discípulos: 2. Sabéis que dentro de dos días es la pascua; y el Hijo del hombre es entregado para ser crucificado. 3. Entonces se reunieron los principales sacerdotes, y los escribas, y los ancianos del pueblo, en el palacio del sumo sacerdote llamado Caifás, 4. Y entraron en consulta sobre cómo prender a Jesús con astucia, y matarle. 5. Pero dijeron: No durante la fiesta, para que no se haga alboroto en el pueblo. 6. Y estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, 7. Vino a él una mujer con ungüento, y lo derramó sobre su cabeza, estando él sentado a la mesa. 8. Y sus discípulos, al verlo, se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio? 9. Porque este ungüento podía haberse vendido por gran precio, y haberse dado a los pobres. 10. Pero Jesús, sabiendo esto, les dijo: ¿Por qué molestáis a la mujer? pues ha hecho una buena acción conmigo. 11. Porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis. 12. Pues en cuanto a este ungüento que esta mujer ha derramado sobre mi cuerpo, lo hizo para sepultarme. 13. De cierto os digo: Dondequiera que este evangelio sea predicado en todo el mundo, también lo que ella ha hecho será contado en memoria de ella.
1. Y dos días después era la pascua y la fiesta de los panes sin levadura; y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo prenderle con engaño, y matarle. 2. Pero decían: No durante la fiesta, para que no haya alboroto del pueblo. 3. Y estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, sentado a la mesa, vino una mujer con un frasco de alabastro de ungüento de nardo, muy precioso; y quebró el frasco, y lo derramó sobre su cabeza. 4. Y había algunos que se enojaron dentro de sí, y dijeron: ¿Para qué este desperdicio de ungüento? 5. Porque podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella. 6. Pero Jesús dijo: Dejadla: ¿por qué la molestáis? ha hecho una buena acción conmigo. 7. Porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, y cuando queráis les podéis hacer bien; pero a mí no siempre me tenéis. 8. Ha hecho lo que podía; se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. 9. De cierto os digo: Dondequiera que este evangelio haya sido predicado en todo el mundo, también lo que ella ha hecho será contado en memoria de ella.
1. Estaba cerca la fiesta de los panes sin levadura, que se llama la Pascua. 2. Y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo matarle; porque temían al pueblo.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.