Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Mateo 8: comentario de Juan Calvino
Mateo 8:1
Mateo 8:1. Cuando descendió del monte. Mateo vuelve ahora al curso de la historia. Había dicho antes que Cristo subió al monte (cap. 5:1); luego reunió, como en un montón, muchos puntos principales de la doctrina de Cristo; y ahora añade que, hacia el tiempo en que predicó en el monte, sanó a cierto leproso. El mismo hecho es relatado por Marcos y Lucas, aunque no mencionan el tiempo. Fue una notable demostración del poder divino de Cristo que, con su sola palabra y el toque de su mano, limpiara de repente la lepra de aquel hombre. Ahora bien, aunque la lepra era una enfermedad distinta de la elefantiasis (ἐλεφαντίασις), es bastante claro que era difícil de curar. Cuando había durado mucho y estaba profundamente arraigada, rara vez sucedía que alguien se recobrara. Concedido que los médicos hubieran podido, con su arte, dar algún alivio, es manifiesto que este milagro no tuvo nada de humano.
Mateo 8:2
2. Se postró ante él. Lo que significa el verbo προσκυνεῖν, que la versión latina traduce adorare, adorar, puede aprenderse fácilmente de este pasaje. Para su exposición podemos fiarnos de los otros dos evangelistas, de los cuales Marcos dice que hincó la rodilla y Lucas que se postró con el rostro en tierra. El gesto exterior de arrodillarse lo mostró el leproso como señal de reverencia. Ahora bien, sabemos que tales muestras de respeto eran de uso general entre los judíos, pues los pueblos de Oriente son más aficionados a ese género de ceremonias. Muchos piensan, por tanto, que el leproso no pretendía rendir a Cristo culto divino, sino saludarle respetuosamente como a un profeta distinguido de Dios.
No entro en disputa sobre los sentimientos que movieron al leproso a reverenciar a Cristo. Pero miro lo que le atribuyó: que podía limpiarlo, si quería. Con estas palabras declaró que reconocía en Cristo un poder divino; y cuando Cristo responde: Quiero, muestra que reclamaba para sí más de lo que corresponde al hombre. Quien, con la mera expresión de su voluntad, devuelve la salud a los hombres, debe poseer autoridad suprema. Ya creyera el leproso que Cristo era el Hijo de Dios, o que había recibido este poder del mismo modo que Moisés y los demás profetas, no tiene duda alguna de que tenía en su mano y en su poder el don de sanar. Es cierto que habla condicionalmente: si quieres, puedes. Pero esto no es incompatible con aquella certeza de fe que Dios exige en nuestras oraciones; pues los hombres no deben esperar más de lo que Dios promete. El leproso no había sabido, por comunicación inspirada alguna ni por promesa de Dios, lo que Cristo haría. Habría sido impropio, por tanto, que traspasara estos límites; pues aunque a veces leemos que ciertas personas oraron sin condición alguna, debemos creer que eran guiadas por movimientos especiales del Espíritu, que no han de tomarse por regla general. Ni siquiera estoy seguro de que podamos decir, hablando estrictamente, que el leproso hizo una oración. Solo declara que está tan plenamente convencido del poder de Cristo que no duda de que está en su mano curar la lepra; y luego se presenta para ser sanado, pero incierto del resultado, porque aún no conocía la voluntad de Cristo.
Mateo 8:3
3. Extendiendo la mano, le tocó. Bajo la Ley, el contacto de un leproso contagiaba; pero como Cristo posee tal pureza que rechaza toda suciedad y contaminación, al tocarlo no se contamina con la lepra ni se hace transgresor de la ley. Cuando tomó nuestra carne, no solo se dignó tocarnos como con la mano, sino que fue unido a un mismo cuerpo con nosotros, para que fuéramos carne de su carne (Gn 2:23). Y no solo extendió el brazo hacia nosotros, sino que descendió del cielo hasta el infierno, y sin embargo no contrajo mancha alguna de ello, sino que, conservando su inocencia, quitó todas nuestras impurezas y nos roció con su santidad. Con su sola palabra podría haber sanado al leproso; pero aplicó al mismo tiempo el toque de su mano, para expresar el sentimiento de compasión. Ni debe esto excitar nuestra admiración, pues quiso tomar sobre sí nuestra carne para limpiarnos de nuestros pecados. El extender su mano fue, pues, una expresión y señal de infinita gracia y bondad. Lo que leemos con indolencia y pasamos con frialdad no puede ponderarse debidamente sin gran asombro. El Hijo de Dios estuvo tan lejos de desdeñar hablar a un leproso que hasta extendió la mano para tocar aquella inmundicia.
Mateo 8:4
4. Y Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie. Algunos, para excusar al leproso, piensan que Cristo no le prohibió en serio publicar el milagro, sino que más bien le dio un estímulo adicional para hacerlo. Otros consideran con más justicia que la razón de la prohibición fue que «aún no había llegado el tiempo» (Jn 7:6). Reconozco que haber suprimido este milagro habría sido impropio; pero nuestro Señor tenía una razón particular para querer que su noticia no se divulgara enseguida, o al menos no por el leproso. El leproso estaba tan lejos de merecer alabanza por la desordenada muestra de su afecto que, en mi opinión, debe ser condenado por no obedecer el mandato de Cristo. Si quería expresar su gratitud a aquel a quien debía su curación, no pudo hallarse mejor método que la obediencia, que Dios prefiere a todos los sacrificios (1 S 15:22) y que es el origen y fundamento del culto legítimo. Este ejemplo nos muestra que quienes se dejan guiar por un celo irreflexivo obran mal, porque cuanto más ansiosos están de agradar a Dios, mayores progresos hacen en la rebelión contra sus mandatos.
Muéstrate al sacerdote. Como las ceremonias de la ley aún no habían sido derogadas, Cristo no quiso que fueran despreciadas ni descuidadas. Ahora bien, Dios había ordenado en la ley que, si alguien había sido limpiado de la lepra, se presentara al sacerdote con un sacrificio de acción de gracias (Lv 14:2). El propósito era que el sacerdote, con su decisión, atestiguara el beneficio recibido de Dios, y que la persona sanada diera expresión a su gratitud. Cristo, pues, al enviar al leproso al sacerdote, prueba que no tenía otro objeto a la vista que manifestar la gloria de Dios. El mostrarse al sacerdote era para el examen, y la ofrenda era la expresión de acción de gracias. Quiere que los sacerdotes examinen al hombre, para hacer manifiesto e indudable el favor divino; y que el leproso, por su parte, reconozca que Dios lo había sanado. Entretanto, como acabo de mencionar, les manda observar las ceremonias prescritas por la ley hasta el tiempo en que fuera derogada.
El intento de los papistas de alegar este pasaje como autoridad para su confesión es sumamente necio. La lepra, alegan, se pone alegóricamente por el pecado, y los sacerdotes, consagrados por el papa, son los jueces de la lepra espiritual. Aun concediendo que esta autoridad fue conferida a los sacerdotes bajo la ley con el fin de informar al pueblo de que toda su limpieza, y la decisión sobre ella, dependía del sacerdocio, esto lo reclaman impíamente para sí los sacerdotes papistas. Toda la honra que pertenecía a los antiguos sacerdotes la reclama ahora solo Cristo como suya. Solo él ha sido constituido juez de la lepra espiritual y con derecho a recibir, de quienes han sido curados, la ofrenda por su purificación. Bajo la ley se empleaba un sacrificio como sello de la limpieza, porque la satisfacción hecha por el derramamiento de sangre es la única manera en que los hombres son limpiados. Transferir a otro ese derecho, que Dios ha declarado prerrogativa de su propio Hijo, es un sacrilegio detestable. Cuando los ministros del evangelio, por mandato de Cristo, declaran a los pecadores que están limpios de sus pecados, esto no debe torcerse hasta convertirlo en la pretendida jurisdicción que los sacerdotes imaginan tener para pronunciar una decisión sobre la lepra.
Mateo 8:5-7
Mateo 8:5. Y al entrar Jesús. Quienes piensan que Mateo y Lucas dan relatos diferentes son inducidos a error por una mera nimiedad. La única diferencia en las palabras es que Mateo dice que el centurión vino a él, mientras que Lucas dice que envió a algunos de los judíos a interceder en su nombre. Pero no hay impropiedad en que Mateo diga que el centurión hizo lo que se hizo en su nombre y a petición suya. Hay un acuerdo tan perfecto entre los dos evangelistas en todas las circunstancias que es absurdo hacer dos milagros en lugar de uno.
La compañía de soldados que el centurión tenía bajo su mando estaba estacionada, no lo dudo, en la ciudad de Capernaúm, del mismo modo que solían establecerse guarniciones para la protección de las ciudades. Aunque percibía que las costumbres del pueblo eran muy viciosas y depravadas (pues sabemos que Capernaúm, por estar en la costa, debía de ser más disoluta que otras ciudades), esto no le impidió condenar las supersticiones de su país y tomar gusto a la piedad verdadera y sincera. No había edificado una sinagoga a los judíos sin exponerse a cierto odio y a cierto riesgo; y la única razón por la que amaba a aquella nación era que había abrazado el culto de un solo Dios. Antes de que Cristo sanara a su siervo, él mismo había sido sanado por el Señor.
Esto fue en sí mismo un milagro. Uno que pertenecía a la profesión militar, y que había cruzado el mar con una compañía de soldados para acostumbrar a los judíos a soportar el yugo de la tiranía romana, se somete de buen grado y rinde obediencia al Dios de Israel. Lucas dice que este siervo le era muy preciado; y así se anticipa a una duda que pudo surgir en la mente del lector; pues sabemos que a los esclavos no se les tenía en tal estima como para que sus amos se preocuparan tanto por su vida, a no ser que por una extraordinaria diligencia, o fidelidad, o alguna otra virtud se hubieran ganado su favor. Con esta afirmación Lucas quiere decir que no era un esclavo vil o corriente, sino un siervo fiel, distinguido por muchas excelencias y muy estimado por su amo; y que esta era la razón por la que se preocupaba tanto por su vida y lo recomendaba tan encarecidamente. De ambos evangelistas resulta evidente que era una parálisis repentina que, desde el primer ataque, quitó toda esperanza de vida; pues las parálisis lentas no van acompañadas de dolor agudo. Mateo dice que estaba gravemente atormentado, y Lucas que estaba a punto de morir. Ambas descripciones —dolor o agonía, y peligro extremo— sirven para realzar la gloria del milagro; y por esta razón soy más reacio a arriesgar cualquier afirmación absoluta sobre la naturaleza de la enfermedad.
Mateo 8:8
Mateo 8:8. Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. El relato de Mateo es más conciso y presenta al hombre diciendo esto; mientras que Lucas explica más plenamente que fue un mensaje enviado por sus amigos; pero el sentido de ambos es el mismo. Hay dos puntos principales en este discurso. El centurión, excusando a Cristo por honrarlo, le ruega que no se moleste, porque se tiene por indigno de recibir una visita suya. El otro punto es que atribuye a Cristo tal poder que cree que, con la mera expresión de su voluntad y con una palabra, su siervo puede recobrarse y vivir. Había una humildad asombrosa en exaltar tanto sobre sí mismo a un hombre que pertenecía a una nación conquistada y esclavizada. Es posible también que se hubiera acostumbrado a las altivas pretensiones de los judíos y, siendo hombre modesto, no llevara a mal que se le tuviera por pagano, y por eso temiera deshonrar a un profeta de Dios si le instaba a entrar en la casa de un gentil impuro. Sea como fuere, es cierto que habla sinceramente y tiene tal reverencia por Cristo que no se atreve a invitarlo a su casa; más aún, como afirma luego Lucas, se tenía por indigno de hablar con él.
Pero puede preguntarse qué lo movió a hablar de Cristo en términos tan elevados. La dificultad aumenta aún por lo que sigue inmediatamente: solamente di la palabra, y mi siervo sanará, o, como dice Lucas, di la palabra; pues si no hubiera reconocido a Cristo como Hijo de Dios, transferir la gloria de Dios a un hombre habría sido superstición. Es difícil creer, por otra parte, que estuviera debidamente informado sobre la divinidad de Cristo, que casi todos ignoraban entonces. Sin embargo, Cristo no halla falta en sus palabras, sino que declara que procedían de la fe; y esta razón ha obligado a muchos expositores a concluir que el centurión da a Cristo el título del Dios verdadero y único. Yo más bien pienso que el buen hombre, habiendo sido informado de las obras extraordinarias y verdaderamente divinas de Cristo, reconoció simplemente en él el poder de Dios. Algo había oído también, sin duda, sobre el Redentor prometido. Aunque no entiende distintamente que Cristo es Dios manifestado en carne (1 Ti 3:16), está convencido de que el poder de Dios se manifiesta en él y de que ha recibido comisión para mostrar la presencia de Dios por medio de milagros. No se le puede, pues, acusar de superstición, como si hubiera atribuido a un hombre lo que es prerrogativa de Dios; sino que, mirando la comisión que Dios había dado a Cristo, cree que con una sola palabra puede sanar a su siervo.
¿Se objeta que nada pertenece más peculiarmente a Dios que cumplir con una palabra todo lo que quiere, y que esta autoridad suprema no puede cederse sin sacrilegio a un hombre mortal? La respuesta es de nuevo fácil. Aunque el centurión no entró en esas sutiles distinciones, atribuyó este poder a la palabra no de un hombre mortal, sino de Dios, de quien creía plenamente que Cristo era ministro: en ese punto no tenía duda. Habiéndose confiado a Cristo la gracia de sanar, reconoce que este es un poder celestial, y no lo considera inseparable de la presencia corporal, sino que se contenta con la palabra, de la cual cree que procede tal poder.
Mateo 8:9
Mateo 8:9. Porque también yo soy hombre bajo autoridad. Esta comparación no implica igualdad entre los dos casos, sino que se toma de lo menor a lo mayor. Se forma un concepto más elevado del poder divino, que se manifiesta en Cristo, que de la autoridad que él mismo tenía sobre siervos y soldados.
Mateo 8:10
10. Jesús se maravilló. La maravilla no puede aplicarse a Dios, pues nace de lo nuevo e inesperado; pero pudo darse en Cristo, porque se había revestido de nuestra carne y de afectos humanos. Ni aun en Israel he hallado tanta fe. Esto no se dice de manera absoluta, sino desde un punto de vista particular. Pues, si consideramos todas las propiedades de la fe, debemos concluir que la fe de María fue mayor, al creer que concebiría por el Espíritu Santo y daría a luz al Hijo unigénito de Dios, y al reconocer que el hijo que había dado a luz era su Dios, el Creador de todo el mundo y su único Redentor.
Pero hubo principalmente dos razones por las que Cristo prefirió la fe de un gentil a la fe de todos los judíos. Una fue que un conocimiento leve y poco considerable de la doctrina produjo fruto tan repentino y abundante. No era poca cosa declarar en términos tan elevados el poder de Dios, del cual solo unos pocos rayos eran aún visibles en Cristo. Otra razón fue que, mientras los judíos estaban excesivamente ansiosos de obtener señales exteriores, este gentil no pide señal visible alguna, sino que declara abiertamente que no quiere nada más que la simple palabra. Cristo iba hacia él, no porque fuera necesario, sino para probar su fe; y él elogia su fe principalmente porque se conforma con la simple palabra. ¿Qué habría hecho otro, y además uno de los apóstoles? Ven, Señor, mira y toca. Este hombre no pide acercamiento ni contacto corporal, sino que cree que la palabra tiene tal eficacia que espera plenamente de ella que su siervo será curado.
Ahora bien, atribuye esta honra a la palabra no de un hombre, sino de Dios; pues está convencido de que Cristo no es un hombre ordinario, sino un profeta enviado por Dios. Y de aquí puede sacarse una regla general. Aunque fue voluntad de Dios que nuestra salvación se cumpliera en la carne de Cristo, y aunque la sella cada día por los sacramentos, su certeza debe obtenerse de la palabra. A menos que demos tal autoridad a la palabra que creamos que, tan pronto como Dios ha hablado por sus ministros, nuestros pecados son indudablemente perdonados y somos restituidos a la vida, toda confianza de salvación queda derribada.
Mateo 8:11
11. Vendrán muchos del oriente y del occidente. En la persona del siervo, Cristo dio a los gentiles una muestra y como unas primicias de su gracia. Ahora muestra que el amo es un ejemplo del futuro llamamiento de los gentiles y de la extensión de la fe por todo el mundo; pues dice que vendrán no solo de los países vecinos, sino de los confines más lejanos del mundo. Aunque esto había sido claramente predicho en muchos pasajes de los profetas, al principio pareció extraño e increíble a los judíos, que imaginaban que Dios estaba confinado a la familia de Abraham. No sin asombro oyeron que quienes entonces eran extranjeros serían ciudadanos y herederos del reino de Dios; y no solo eso, sino que el pacto de salvación sería proclamado de inmediato, para que todo el mundo se uniera en un solo cuerpo de la Iglesia. Declara que los gentiles que vengan a la fe serán partícipes de la misma salvación con Abraham, Isaac y Jacob. De aquí sacamos la cierta conclusión de que la misma promesa que se nos ha ofrecido en Cristo fue dada antes a los padres; pues no habríamos tenido herencia en común con ellos si la fe por la cual se obtiene no hubiera sido la misma. La palabra ἀνακλιθήσονται, se sentarán a la mesa, contiene una alusión a un banquete; pero como sabemos que la vida celestial no requiere comida ni bebida, esta frase tiene el mismo sentido que si hubiera dicho: gozarán de la misma vida.
Mateo 8:12
12. Mas los hijos del reino. ¿Por qué llama hijos del reino a personas que eran todo menos hijos de Abraham? Pues quienes son ajenos a la fe no tienen derecho a ser considerados parte del rebaño de Dios. Respondo: aunque no pertenecían realmente a la Iglesia de Dios, como ocupaban un lugar en la Iglesia, les concede esta designación. Además, debe observarse que, mientras el pacto de Dios permaneció en la familia de Abraham, tuvo en ella tal fuerza que la herencia del reino celestial les pertenecía peculiarmente. Con respecto a Dios mismo, al menos, eran ramas santas de una raíz santa (Ro 11:16), y su rechazo, que siguió después, muestra bastante claramente que en aquel tiempo pertenecían a la familia de Dios. En segundo lugar, debe observarse que Cristo no habla ahora de individuos, sino de toda la nación. Esto era aún más duro de soportar que el llamamiento de los gentiles. Que los gentiles fueran admitidos, por libre adopción, en el mismo cuerpo con la posteridad de Abraham, apenas podía soportarse; pero que los judíos mismos fueran expulsados para dejar lugar a que los gentiles les sucedieran les parecía del todo monstruoso. Sin embargo, Cristo declara que ambas cosas ocurrirán: que Dios admitirá a extranjeros en el seno de Abraham y excluirá a los hijos. Hay un contraste implícito en la frase las tinieblas de afuera. Significa que fuera del reino de Dios, que es el reino de la luz, no reina más que oscuridad. Por tinieblas la Escritura señala aquella angustia espantosa que no puede expresarse ni concebirse en esta vida.
Mateo 8:13-16
13. Ve, y como creíste, te sea hecho. De aquí es evidente cuán generosamente derrama Cristo su gracia cuando halla abierto el vaso de la fe. Aunque dirige estas palabras al centurión, no cabe duda de que, en su persona, nos invita a todos a una firme esperanza. De aquí aprendemos también la razón por la cual Dios es, en su mayor parte, tan limitado en sus comunicaciones con nosotros: es porque nuestra incredulidad no le permite ser liberal. Si le abrimos la entrada por la fe, escuchará nuestros deseos y oraciones.
LUCAS 7:11-17
Lucas 7:11-17
11. Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. 12. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban fuera a un muerto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. 13. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. 14. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. 15. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar; y lo dio a su madre. 16. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo. 17. Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor.
Mateo 8:17
Mateo 8:17. Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías. Esta predicción tiene la apariencia de ser inapropiada, e incluso de ser forzada hacia un sentido que no tiene; pues Isaías no habla allí de milagros, sino de la muerte de Cristo, y no de beneficios temporales, sino de gracia espiritual y eterna. Ahora bien, lo que sin duda se dice sobre las impurezas del alma, Mateo lo aplica a las enfermedades corporales. La solución no es difícil, si el lector observa solamente que el evangelista no declara meramente el beneficio que Cristo confirió a aquellos enfermos, sino el propósito para el cual sanó sus enfermedades. Ellos experimentaron en sus cuerpos la gracia de Cristo, pero debemos mirar el designio; pues sería ocioso limitar la vista a una ventaja pasajera, como si el Hijo de Dios fuera médico de cuerpos. ¿Qué, pues? Dio la vista a los ciegos para mostrar que es «la luz del mundo» (Jn 8:12). Devolvió la vida a los muertos para probar que es «la resurrección y la vida» (Jn 11:25). Podrían hacerse observaciones similares sobre los cojos o los paralíticos. Siguiendo esta analogía, unamos esos beneficios que Cristo otorgó a los hombres en la carne con el designio que Mateo nos declara: que fue enviado por el Padre para librarnos de todos los males y miserias.
Mateo 8:18
Mateo 8:18. Y viendo Jesús la multitud que le rodeaba. Mateo, no lo dudo, toca brevemente lo que los otros explican en un relato más amplio y copioso. Los otros dos declaran una circunstancia que Mateo no menciona: que Cristo se retiró en privado, en busca de soledad, a un lugar desierto, antes de que amaneciera. Marcos dice después que Pedro le informó: todos te buscan; y Lucas dice que las multitudes vinieron a aquel lugar. Además, Mateo dice que pasó a la otra orilla, mientras que los otros dos dicen que recorrió toda Galilea predicando en todos los lugares. Pero la otra orilla, o la ribera opuesta (τὸ πέραν), no denota, creo, lo que era estrictamente el lado opuesto, sino que se refiere a aquella curvatura del lago que quedaba más abajo de Capernaúm. De esta manera pasó a otra parte del lago y, sin embargo, no salió de Galilea.
Mateo 8:19
Mateo 8:19. Y vino un escriba. Mateo nos presenta aquí a dos hombres, y Lucas a tres, todos los cuales estaban dispuestos a hacerse discípulos de Cristo, pero que, impedidos por diversos vicios de seguir el camino recto, reciben una correspondiente variedad de respuestas. A primera vista podría parecer extraño que Cristo despida, y no admita en su familia, a uno que se ofrece a seguirlo de inmediato y sin demora, mientras retiene consigo a otro que, al pedir permiso por un tiempo, se mostró más lento y menos dispuesto. Pero hay excelentes razones para ambas cosas. ¿De dónde nació la gran presteza del escriba para disponerse a acompañar enseguida a Cristo, sino de no haber considerado en absoluto la condición dura y miserable de sus seguidores? Debemos tener presente que era un escriba, acostumbrado a una vida tranquila y cómoda, que había gozado de honra y estaba mal preparado para soportar afrentas, pobreza, persecuciones y la cruz. Quiere, en efecto, seguir a Cristo, pero sueña con una vida fácil y agradable, y con moradas llenas de toda comodidad; mientras que los discípulos de Cristo deben andar entre espinas y marchar hacia la cruz en medio de aflicciones ininterrumpidas. Cuanto más ansioso está, menos preparado se halla. Parece como si quisiera pelear a la sombra y con comodidad, sin molestarle el sudor ni el polvo, y fuera del alcance de las armas de guerra. No hay por qué extrañarse de que Cristo rechace a tales personas; pues, como se lanzan sin reflexión, se afligen con la primera molestia de cualquier clase que se presenta, pierden el ánimo al primer ataque, ceden y abandonan vilmente su puesto. Además, este escriba pudo haber buscado un lugar en la familia de Cristo para vivir a su mesa sin gasto y alimentarse con regalo sin trabajo. Consideremos, pues, que en su persona se nos advierte que no nos jactemos ligera y cómodamente de que seremos discípulos de Cristo mientras no pensamos en la cruz ni en las aflicciones, sino que, al contrario, consideremos a tiempo qué clase de condición nos aguarda. La primera lección que nos da, al entrar en su escuela, es negarnos a nosotros mismos y tomar su cruz (Mt 16:24).
Mateo 8:20
20. Las zorras tienen guaridas. El Hijo de Dios describe con estas palabras cuál era su condición mientras vivió en la tierra, pero al mismo tiempo informa a sus discípulos qué clase de vida deben estar preparados para esperar. Y sin embargo es extraño que Cristo diga que no tenía un palmo de tierra donde recostar su cabeza, habiendo muchas personas piadosas y benévolas que de buen grado lo habrían recibido en sus casas. Pero esto se dijo, debe observarse, como advertencia al escriba, para que no esperara una paga abundante y rica, como si tuviera un amo acaudalado, cuando el amo mismo recibe un sustento precario en casas prestadas.
Mateo 8:21
21. Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. Hemos dicho que Cristo rechazó al escriba como seguidor porque hizo su ofrecimiento sin reflexión e imaginaba que gozaría de una vida cómoda. El hombre a quien Cristo retiene tenía la falta contraria. La debilidad de considerar penoso dejar a su padre le impidió obedecer de inmediato el llamado de Cristo. Es probable que su padre estuviera en extrema vejez, pues la manera de expresarse, Permíteme enterrar, da a entender que le quedaba poco tiempo de vida. Lucas dice que Cristo le ordenó seguirle, mientras que Mateo dice que era uno de sus discípulos. Pero él no rechaza el llamado: solo pide permiso por un tiempo para cumplir un deber que tiene para con su padre. La excusa implica que se consideraba en libertad hasta la muerte de su padre. De la respuesta de Cristo aprendemos que los hijos deben cumplir su deber para con sus padres de tal manera que, cuando Dios los llame a otra ocupación, la dejen a un lado y den el primer lugar al mandato de Dios. Cualesquiera deberes que tengamos para con los hombres deben ceder cuando Dios nos ordena lo que se le debe inmediatamente a él. Todos deben considerar lo que Dios exige de ellos como individuos y lo que demanda su llamamiento particular, para que los padres terrenales no impidan que los derechos del supremo y único Padre de todos permanezcan íntegros.
Mateo 8:22
22. Deja que los muertos entierren a sus muertos. Con estas palabras Cristo no condena el entierro: pues habría sido vergonzoso y cruel arrojar los cuerpos de los muertos sin sepultura, y sabemos que la costumbre de enterrar tuvo su origen en un mandato divino y fue practicada por los santos para fortalecer la esperanza de la última resurrección. Solo quiso mostrar que todo lo que nos aparta del camino recto, o nos retrasa en él, no merece otro nombre que el de muerte. Solo viven, nos dice, los que consagran todos sus pensamientos y cada parte de su vida a la obediencia a Dios; mientras que los que no se elevan por encima del mundo —los que se dedican a agradar a los hombres y olvidan a Dios— son como muertos que se ocupan ociosa e inútilmente en cuidar de los muertos.
Mateo 8:23-24
Como pronto volveremos a encontrar la mención de un lago, donde se dice (Mt 8:33) que los cerdos fueron arrojados en él con violencia, no hay acuerdo general sobre si en ambos lugares se menciona un mismo lago. Todos admiten que las aguas de Genesaret eran agradables y saludables para beber; pero el lago de los gadarenos, nos dice Estrabón, era tan insalubre y pestilente que el ganado que bebía de él perdía a menudo el pelo y las pezuñas. Por tanto, no hay duda de que eran dos lagos distintos y de que estaban a una distancia considerable el uno del otro. Hay igualmente poca duda de que el lago mencionado aquí era el de Genesaret, y de que Cristo, después de cruzarlo, llegó a los gadarenos, a quienes Mateo llama gergesenos (8:28).
Los que, por la diversidad de los nombres, infieren que las narraciones son distintas, por el deseo de pasar por muy agudos incurren en la acusación de crasa ignorancia: pues la región de los gergesenos se llamaba también gadarena, por una ciudad célebre, Gádara. En la época de Jerónimo el nombre cambió; y por eso, conforme a la costumbre dominante, él los llama geraseos. No tengo inconveniente en admitir que el lago al que los demonios arrojaron los cerdos fue el lago de los gadarenos; pero cuando Cristo dice: pasemos a la otra orilla, no puedo explicar la referencia como hecha a otro lago que el de Genesaret.
Queda ahora investigar el tiempo, que no se puede saber ni por Mateo ni por Lucas. Solo Marcos menciona que fue la tarde de aquel día en que Cristo habló de la predicación del evangelio bajo la parábola del sembrador. De ahí se ve que ellos no atendieron al orden del tiempo; y, en efecto, Lucas lo afirma expresamente cuando dice que aconteció un día: pues estas palabras muestran que se preocupa poco de la cuestión de cuál de los hechos fue anterior o posterior.
Mateo 8:23. Y entrando él en la barca. Marcos dice que otras barquillas cruzaron con él, pero que Cristo entró en su propia barca con sus discípulos. Lucas cita también sus palabras; Mateo es más conciso. Sin embargo, coinciden en el hecho principal: que Cristo se acostó a descansar y que, mientras dormía, se levantó de repente una tempestad. Primero, es cierto que la tormenta que agitaba el lago no fue casual: pues ¿cómo habría permitido Dios que su Hijo fuera llevado al azar por la violencia de las olas? Pero en esta ocasión quiso dar a conocer a los apóstoles cuán débil e insignificante era todavía su fe. Aunque el sueño de Cristo fue natural, sirvió además para que los discípulos conocieran mejor su debilidad. No diré, como muchos, que Cristo fingió dormir para probarlos. Al contrario, pienso que dormía de la manera que requerían la condición y la necesidad de la naturaleza humana.
Y sin embargo su divinidad velaba por él, de modo que los apóstoles no tenían motivo para temer que no se les proveyera de inmediato consuelo, o que no se obtuviera ayuda del cielo. Concluyamos, pues, que todo esto fue dispuesto por la providencia secreta de Dios: que Cristo durmiera, que se levantara una violenta tempestad y que las olas cubrieran la barca, que estaba en inminente peligro de perecer. Y aprendamos de aquí que, siempre que sucede algo adverso, el Señor prueba nuestra fe. Si las angustias llegan a tal extremo que casi nos abruman, creamos que Dios lo hace con el mismo propósito de ejercitar nuestra paciencia, o de sacar a la luz de este modo nuestra debilidad oculta; como vemos que, cuando los apóstoles fueron cubiertos por las olas, quedó al descubierto su debilidad, que antes estaba escondida.
Mateo 8:25
25. Señor, sálvanos. Una oración piadosa, se diría: pues ¿qué otra cosa tenían que hacer, estando perdidos, sino implorar salvación a Cristo? Pero como Cristo los acusa de incredulidad, hemos de investigar en qué pecaron. Ciertamente, no dudo de que daban demasiada importancia a la presencia corporal de su Maestro: pues, según Marcos, no solo oran, sino que le reclaman: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Lucas describe además confusión y temblor: ¡Maestro, Maestro, que perecemos! Debían haber creído que la divinidad de Cristo no estaba oprimida por el sueño carnal, y a su divinidad debían haber recurrido. Pero no hacen nada hasta que los apremia el peligro extremo; y entonces los abruma un temor tan irrazonable que no piensan estar a salvo hasta que Cristo sea despertado. Esta es la razón por la que los acusa de incredulidad; pues su ruego de que los socorriera habría sido más bien una prueba de su fe si, confiando con seguridad en su poder divino, hubieran esperado con calma, y sin tanta alarma, la ayuda que pedían.
Y aquí obtenemos respuesta a una pregunta que podría plantearse, y que surge de su reprensión: ¿es pecaminosa toda clase de temor y contraria a la fe? Primero, no los censura simplemente porque teman, sino porque son temerosos. Marcos añade la palabra οὕτω: ¿Por qué estáis así temerosos?, y con este término indica que su alarma pasa los límites debidos. Además, contrapone la fe a su temor, y así muestra que habla de un miedo inmoderado, cuya tendencia no es ejercitar su fe sino desterrarla de sus mentes. No toda clase de temor se opone a la fe. Esto es evidente por la consideración de que, si no tememos nada, una seguridad indolente y carnal se apodera de nosotros; y así la fe languidece, el deseo de orar se vuelve perezoso y el recuerdo de Dios se extingue al fin. Además, los que no son afectados por el sentido de las calamidades, de modo que teman, son más bien insensibles que firmes.
Vemos así que el temor que despierta la fe no es en sí mismo censurable mientras no pase los límites. Su exceso consiste en perturbar o debilitar la serenidad de la fe, que debe descansar en la palabra de Dios. Pero como nunca sucede que los creyentes se contengan a sí mismos de tal modo que su fe no sufra daño, su temor va casi siempre acompañado de pecado. Con todo, debemos tener presente que no toda clase de temor indica falta de fe, sino solo el pavor que perturba la paz de la conciencia de tal manera que no descansa en la promesa de Dios.
Mateo 8:26
26. Reprendió a los vientos. Marcos relata además las palabras de Cristo, con las que, dirigiéndose al mar, le ordena silencio (σιώπα), es decir, quietud; no porque el lago tuviera percepción alguna, sino para mostrar que el poder de su voz alcanzaba a los elementos, desprovistos de sentimiento. Y no solo el mar y los vientos, que carecen de sentimiento, sino también los hombres malvados, con toda su obstinación, obedecen los mandatos de Dios. Pues cuando a Dios le place calmar los tumultos de la guerra, no siempre ablanda los ánimos feroces de los hombres ni los moldea a la obediencia, sino que, aun mientras su furia continúa, hace caer las armas de sus manos. Y así se cumple aquella declaración:
«Que hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra. Que quiebra el arco, corta la lanza, y quema los carros en el fuego» (Sal 46:9).
Mateo 8:27
27. Y los hombres se maravillaron. Marcos y Lucas parecen decir esto en referencia a los apóstoles; pues, después de haber dicho que Cristo los reprendió, añaden que exclamaron con temor: ¿Quién es éste? Sin embargo, se aplica más propiamente a otros, que todavía no conocían a Cristo. Tomemos una u otra de estas interpretaciones, el resultado del milagro se ve en la manifestación de la gloria de Cristo. Si alguien supone que son los apóstoles los que hablan, el sentido de las palabras será que su poder divino quedaba suficientemente probado por el hecho de que los vientos y el mar le obedecen. Pero como es más probable que estas palabras fueran dichas por otros, los evangelistas muestran que el milagro causó tal impresión en sus ánimos que produjo cierta reverencia hacia Cristo, que los preparó para creer en él.
MATEO 8:28-34; MARCOS 5:1-20; LUCAS 8:26-39
Mateo 8:28-34
Marcos 5:1-20
Lucas 8:26-39
28. Y cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gergesenos, le salieron al encuentro dos endemoniados, que venían de entre los sepulcros; y eran feroces en extremo, de modo que nadie podía pasar por aquel camino. 29. Y he aquí, gritaron diciendo: ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá antes de tiempo para atormentarnos? 30. Y a cierta distancia de ellos había una piara de muchos cerdos paciendo. 31. Y los demonios le rogaron, diciendo: Si nos echas fuera, permítenos ir a la piara de cerdos. 32. Y les dijo: Id. Y ellos, cuando salieron, se fueron a la piara de cerdos. Y he aquí, toda la piara se precipitó en el mar de cabeza, y murió en las aguas. 33. Y los que las cuidaban huyeron; y yéndose a la ciudad, contaron todo, y lo que había sucedido a los endemoniados. 34. Y he aquí, toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando lo vieron, le rogaron que se fuera de sus territorios.
1. Y habiendo cruzado el mar, llegaron a la tierra de los gadarenos. 2. Y cuando salió de la barca, en seguida le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído por un espíritu inmundo, 3. que tenía su morada entre los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas: 4. porque muchas veces, cuando había sido atado con grillos y cadenas, las cadenas fueron hechas pedazos por él, y los grillos quebrados, de modo que nadie podía domarle. 5. Y siempre, de día y de noche, estaba en los montes y entre los sepulcros, gritando e hiriéndose con piedras. 6. Y cuando vio a Jesús de lejos, corrió y se postró ante él: 7. y gritando con gran voz, dijo: ¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. 8. Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. 9. Y le preguntó: ¿Cuál es tu nombre? Y respondió diciéndole: Mi nombre es Legión, porque somos muchos. 10. Y le rogaba con insistencia que no lo enviara fuera de aquella región. 11. Y había allí, cerca de los montes, una gran piara de cerdos paciendo. 12. Y todos los demonios le rogaron, diciendo: Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos. 13. Y en seguida Jesús se lo permitió. Y saliendo el espíritu inmundo, entró en los cerdos, y la piara se precipitó de cabeza en el mar; y eran como dos mil, y se ahogaron en el mar. 14. Entonces los que apacentaban los cerdos huyeron, y lo contaron en la ciudad y en los campos. Y salieron a ver qué era lo que había sucedido. 15. Y vienen a Jesús, y ven al endemoniado que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su cabal juicio, y tuvieron miedo. 16. Y los que lo habían visto, contaron cómo le había sucedido al endemoniado, y lo de los cerdos. 17. Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus territorios. 18. Y cuando entró en una barca, el que había sido poseído por un demonio le rogó que le dejara estar con él. 19. Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a tus amigos, y cuéntales cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo, y cómo ha tenido compasión de ti. 20. Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús por él; y todos se maravillaban.
26. Y navegaron a la tierra de los gadarenos, que está al otro lado de Galilea. 27. Y cuando salió de la barca a tierra, le salió al encuentro un hombre de la ciudad, que desde hacía mucho tiempo tenía demonios, y no vestía ropa, ni vivía en casa, sino entre los sepulcros. 28. Cuando vio a Jesús, gritó, y se postró ante él, y dijo a gran voz: ¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes. 29. Porque mandaba al espíritu inmundo que saliera del hombre; pues muchas veces se había apoderado de él, y estaba atado con cadenas, y guardado con grillos, y rompía las cadenas, y era impulsado por el demonio a los desiertos. 30. Y Jesús le preguntó, diciendo: ¿Cuál es tu nombre? Y dijo: Legión; porque muchos demonios habían entrado en él. 31. Y le rogaban que no les mandara ir al abismo. 32. Y había allí una piara de muchos cerdos paciendo en el monte, y le rogaron que les permitiera entrar en ellos; y se lo permitió. 33. Y los demonios, saliendo del hombre, entraron en los cerdos, y la piara se lanzó violentamente por un despeñadero al lago, y se ahogó. 34. Y cuando los que los cuidaban vieron lo que había acontecido, huyeron, y lo contaron en la ciudad y por los campos. 35. Y salieron a ver lo que había sucedido, y vinieron a Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, vestido, y en su cabal juicio, sentado a los pies de Jesús; y tuvieron miedo. 36. Y los que lo habían visto, les contaron cómo había sido sanado el endemoniado. 37. Y toda la multitud de la región de los gadarenos le rogó que se marchara de ellos, porque tenían gran temor; y él, subiendo a la barca, se volvió. 38. Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba que le dejara estar con él; pero Jesús lo despidió, diciendo: 39. Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo. Y él se fue, publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas Jesús había hecho con él.
Mateo 8:28
Ya ha sido refutado el error de los que piensan que Marcos y Lucas relatan un milagro distinto de este. Es la misma región, que estaba enfrente, como Lucas afirma expresamente, de Galilea, la que describen los tres evangelistas, y todas las circunstancias concuerdan. ¿Quién, pues, creerá que unos hechos tan plenamente coincidentes en todos los puntos sucedieron en épocas distintas?
Mateo 8:28. Dos endemoniados le salieron al encuentro. Los comentaristas han sido inducidos al error de separar la narración de Mateo de la de los otros por esta única diferencia: que él menciona dos, mientras que los otros mencionan solo uno. Hay probabilidad en la conjetura de Agustín, que piensa que eran dos, pero explica que aquí no se mencione más que uno diciendo que este era más generalmente conocido y que la gravedad de su enfermedad hacía más notable el milagro realizado en él. Y, en efecto, vemos que Lucas y Marcos emplean muchas palabras para describir la extraordinaria rabia del demonio, de modo que resulta evidente que el desdichado de quien hablan estaba gravemente atormentado. El hecho de que ellos destaquen un caso singular del poder divino de Cristo no es incompatible con la narración de Mateo, en la que se menciona también a otro, aunque menos conocido.
Mateo 8:29-30
Mateo 8:29. ¿Qué tenemos nosotros contigo? De buena gana querrían, con esta palabra, alejarlo de sí. Pero cuando ven que están sujetos a freno y que es en vano que rehúsen su autoridad, se quejan de ser atormentados antes de tiempo, y mezclan además súplica. Vemos así que los demonios no respiran sino rebelión contra Dios; y sin embargo, con toda su hinchada soberbia, son aplastados y caen en un momento: pues su malicia y obstinación, que nunca es sometida, no cesa de luchar contra el gobierno de Dios, y sin embargo se ve obligada a ceder.
Cristo no rechaza abiertamente, como lo hizo en otras ocasiones, la confesión del demonio; y la razón parece ser que su enemistad hacia él era tan manifiesta que quitaba toda oportunidad de imputación desfavorable o calumniosa. Además, Cristo tenía en cuenta a los espectadores. Por eso, cuando había hombres malintencionados y malvados presentes, era más solícito en reprimir las calumnias y más inclinado a poner severo freno a los demonios. En la presente ocasión bastaba con que los demonios, mientras hacían una oración y súplica, se enfurecieran y bramaran contra él.
¿Has venido acá antes de tiempo para atormentarnos? Algunos explican esta clase de tormento como consistente en verse obligados a dejar en absoluta libertad al hombre que poseían. Otros lo entienden como referido al último día del juicio. Mi opinión es que temblaban en presencia de su Juez al pensar en su castigo: pues, aunque Cristo no dijo nada, una mala conciencia les decía lo que merecían. Como los criminales, cuando llegan al tribunal, esperan su castigo, así los demonios y todos los malvados deben temblar ante la vista de Dios, tan verdaderamente como si ya experimentaran el infierno, el fuego inextinguible y los tormentos que les aguardan. Ahora bien, los demonios sabían que Cristo era el Juez del mundo; y por eso no hemos de extrañarnos de que su vista les infundiera pavor de un tormento inmediato.
¿Conocían el día del juicio final? Esta pregunta, que algunos han propuesto, está fuera de lugar. ¿Qué significa, entonces, la frase antes de tiempo? Significa que los reprobados nunca consideran que el tiempo de castigarlos haya llegado del todo: pues de buena gana lo aplazarían de día en día. Cualquier medida de demora que el Señor tenga a bien concederles la cuentan como ganancia; y así, con subterfugios, procuran evitar su sentencia, aunque el intento es en vano.
Mateo 8:31-34
Mateo 8:31. Permítenos ir a la piara de cerdos. Algunos conjeturan que querían atacar a los cerdos porque están llenos de enemistad hacia todas las criaturas de Dios. Admito que es verdad que están enteramente empeñados en confundir y trastornar todo el orden de la naturaleza que Dios ha establecido. Pero es cierto que tenían un objetivo más remoto: incitar a los habitantes de aquella región a maldecir a Dios por la pérdida de los cerdos. Cuando el diablo descarga su trueno contra la casa de Job, no lo hace por odio alguno a la madera o a las piedras, sino para que el buen hombre, por impaciencia ante la pérdida, prorrumpa contra Dios. Por otra parte, cuando Cristo consiente, no atiende a sus ruegos, sino que elige probar de este modo qué clase de gente son los gadarenos. Quizá también sea para castigar sus crímenes por lo que concede a los demonios tanto poder sobre sus cerdos. Aunque no conocemos con certeza la razón, nos conviene contemplar con reverencia y adorar con devota humildad el juicio oculto de Dios. Este pasaje muestra también la necia frivolidad de ciertos hombres irreligiosos, que se imaginan que los demonios no son espíritus realmente existentes, sino meras pasiones depravadas de los hombres: pues ¿cómo podrían la codicia, la ambición, la crueldad y el engaño entrar en los cerdos? Aprendamos también que los espíritus inmundos (como están destinados a la destrucción) son enemigos del género humano, de modo que hunden en la misma destrucción que ellos a todos los que pueden.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.