Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Números 33: comentario de Juan Calvino
Números 33:1-2
1. Estas son las jornadas de los hijos de Israel. Moisés no había enumerado antes todas las estaciones en que el pueblo había acampado, sino apenas más que aquellas en las que había ocurrido algo memorable, sobre todo después del paso del Mar Rojo; porque era de gran importancia que los lugares mismos fueran puestos, por así decirlo, ante sus ojos, hasta que no solo fueron rescatados de la muerte inminente por el asombroso poder de Dios, sino que se les abrió un camino a la vida a través de la muerte y de lo más profundo del abismo. De hecho, en un pasaje casi nos ha dicho que omitió ciertas estaciones, donde registra que el pueblo «partió del desierto de Sin, por sus jornadas, conforme al mandato de Jehová», hacia Refidim (Éx 17:1); aquí, en cambio, declara con más exactitud cada lugar en que se detuvieron, como si pintara un cuadro de su viaje de cuarenta años. Su propósito en esto es, primero, que el recuerdo de su liberación, y de tantas bendiciones que la acompañaron, quedara más hondamente grabado en ellos, ya que las descripciones de lugares tienen no poco efecto en dar certeza a la historia; y, en segundo lugar, que los nombres de los lugares les recordaran cuántas veces y de cuántas maneras habían provocado contra sí la ira de Dios; pero especialmente que, estando ahora en el umbral mismo de la tierra prometida, reconocieran que habían sido apartados de ella, y habían andado errantes por diversos rodeos tortuosos, a causa de su propia depravación y obstinación, hasta que recibieron el pago de su vil ingratitud. Al mismo tiempo, podían reflexionar que Dios había templado de tal modo la severidad de su castigo que seguía preservando y sosteniendo a los despreciadores de su gracia, a pesar de su iniquidad e indignidad; y también que había transmitido a los hijos (de los transgresores) el pacto que había hecho con Abraham.
No sin razón antepone Moisés que «estas fueron las jornadas de los hijos de Israel»; porque en la época en que salieron de la tierra de Gosén, se vieron afectados por un temor y una angustia nada comunes cuando se vieron sepultados, por así decirlo, en la tumba; pues estaban cercados por todos lados, ya por el mar, ya por los desfiladeros de dos montañas, ya por el ejército de Faraón. Una vez que entraron en el desierto, tuvieron siete estaciones antes de llegar al monte Sinaí, en las cuales habrían perecido cien veces de hambre y de sed, y por carencia de todo, si Dios no los hubiera socorrido maravillosamente. Y aunque habrían podido completar todo su viaje en tantos días, ya entonces su obstinada perversidad comenzó a someterlos a demoras. Si les faltaban el pan y el agua, eso debía haberlos estimulado con más eficacia a recurrir humildemente a Dios. Pero estaban tan poco dispuestos a esa humildad, que les habría enseñado a pedir a Dios con oración y súplica un remedio para su necesidad, que más bien se rebelaron contra Moisés; y no solo eso, sino que atacaron petulantemente al mismo Dios con sus impías burlas, como si fuera un verdugo cruel en lugar de su Redentor. De ahí, pues, resultó que no fue sino hasta el día cuarenta cuando por fin fueron llevados al monte Sinaí. Apenas había sido promulgada la Ley, y mientras la terrible voz de Dios resonaba todavía en sus oídos, con la cual los había ligado a sí como su pueblo, cuando, he aquí, de repente una vil, más aún, monstruosa caída en la idolatría, de la cual no fue culpa suya que, habiendo rechazado la gracia de Dios y, en cuanto dependía de ellos, anulado la promesa, no perecieran miserablemente como merecían. Por este impedimento fueron detenidos de nuevo en su avance. Con la misma obstinación se enfurecieron constantemente contra Dios y, aunque advertidos por muchos ejemplos de castigo, nunca volvieron a un sano juicio. La culminación de su insensata contumacia fue que, llegados a las fronteras de la tierra prometida, repudiaron la bondad de Dios y se exhortaron unos a otros a volver, como si Dios les fuera adverso, y como si su inestimable liberación, que debía haber sido una obligación perpetua de obediencia, les resultara del todo desagradable. Las estaciones que siguen entonces expresan de manera más viva cómo, como una nave que una tempestad aleja de su puerto y que es arrastrada por diversas corrientes, fueron apartados de acercarse a la tierra y anduvieron errantes por rodeos: como si merecieran que Dios los llevara así de un lado a otro en burla. Nos conviene tener los ojos puestos en este propósito de Moisés, para que leamos el capítulo con provecho.
Llama a la serie de sus marchas jornadas (profectiones), en contraste con sus estaciones: pues no levantaban su campamento a menos que se diera la señal, es decir, cuando la nube dejaba el santuario y se movía a otro lugar, como si Dios extendiera su mano desde el cielo para dirigir su camino; y de ahí se veía con más claridad que eran retenidos en el desierto por este poder.
Números 33:3-7
3. Y partieron de Ramesés. No apruebo la opinión de quienes piensan que el nombre de esta ciudad se usa para toda la tierra de Gosén: pues no es razonable que hayan salido al mismo tiempo de lugares diversos, distantes y remotos. Y esto concordaría todavía menos con lo que sigue enseguida, que salieron en orden de formación; aunque podría no ser el caso que todos se reunieran juntos en la ciudad, porque apenas es creíble que tan gran multitud pudiera ser recibida dentro de sus muros, sino que, por orden de Moisés y de Aarón, fueron todos reunidos en las cercanías de la ciudad, para que pudieran ser organizados, no fuera que en la confusión de su apresurada marcha se estorbaran unos a otros.
Después de haber declarado que salieron por «la mano poderosa» de Dios, para ensalzar todavía más su maravilloso poder, añade que los egipcios fueron testigos y espectadores de ello: de donde concluimos que por fin habían cedido ante Dios, o estaban tan completamente sometidos que no se atrevían a levantar un dedo. Se añade también otra circunstancia, a saber, que los egipcios estaban entonces sepultando a todos sus primogénitos; con estas palabras Moisés no quiere indicar que se abstuvieron de impedir la partida de los israelitas porque estaban ocupados en otro asunto; más bien da a entender que, aunque estaban exasperados por el dolor de la pérdida de sus hijos, yacían como atontados, pues el poder de Dios los había debilitado, de modo que habían perdido la capacidad de ofrecer resistencia.
Cuando Moisés dice que Dios «ejecutó juicios» sobre los dioses de los egipcios, lo hace con el objeto de recomendar la verdadera fe, para que los hijos de Israel nunca se desviaran hacia las supersticiones de los gentiles, que, en el tiempo de la liberación, habían descubierto ser meros engaños. Pues no solo fueron derrotados Faraón y sus tropas, sino que también sus dioses fueron avergonzados cuando pretendían ser los protectores de su tierra: y así todas sus supersticiones fueron refutadas y convictas de error y de necedad. Es una imaginación necia pensar que todos los ídolos de Egipto cayeron por sí mismos, para que el Dios de Israel reclamara para sí solo la gloria de la Deidad. Basta que Dios triunfara sobre los ídolos, cuando mostró con eficacia que no tenían poder para ayudar a sus adoradores y, al mismo tiempo, descubrió las tretas de los magos. A esto parece aludir Isaías cuando dice:
«He aquí que Jehová... vendrá a Egipto, y los ídolos de Egipto temblarán delante de él» (Is 19:1),
pues da a entender que Dios dará en Egipto tales pruebas de su poder que demostrarán la vanidad de todos sus errores y derribarán todas las ficciones supersticiosas con que los israelitas habían sido engañados.
Números 33:8-38
8. Y partieron de delante de Pi-hahirot. Relata cómo el pueblo marchó durante tres días; no tanto en alabanza de su resistencia como en celebración del maravilloso poder de Dios, que sostuvo sin agua a tan gran multitud. Pues debemos tener presente lo que he mostrado en otro lugar, que desde el paso del Mar Rojo hasta Mara no se halló agua; de donde la impiedad del pueblo fue tanto más detestable, ya que allí estallaron en rebelión a causa del sabor amargo del agua. Por otra parte, resplandeció la incomparable misericordia de Dios, pues se dignó refrescar a estos hombres groseros e irritantes en una estación agradable y deleitosa; porque desde su primer campamento fueron llevados a Elim, donde hallaron doce fuentes y setenta palmeras. Moisés pasa brevemente sobre el desierto de Sin, como si allí no hubiera ocurrido nada digno de registrarse; siendo así que allí se delató la vil impiedad del pueblo, y el lugar fue ennoblecido por un milagro señalado, ya que el maná llovió del cielo para el sustento del pueblo, de modo que, abiertas las ventanas del cielo, el hombre mortal «comió pan de ángeles». Alude también brevemente a la falta de agua para beber en Refidim: pero consideró suficiente enumerar aquí las estaciones, que podían traer de nuevo a la memoria del pueblo los diversos sucesos. En los Sepulcros de la Concupiscencia quedó inscrito un memorial del castigo de Dios; pero como simplemente da una lista de otros lugares, sin registro de hechos, podemos deducir, como he dicho arriba, que no tenía otro designio que poner ante los ojos del pueblo la peregrinación en que habían andado durante cuarenta años. Menciona, sin embargo, de pasada la muerte de Aarón; porque su vida había sido prolongada, por una bendición especial de Dios, para bien del pueblo, hasta que se acercó el tiempo en que iban a entrar en la tierra prometida; pues su autoridad era un freno útil y necesario para el carácter ingobernable de este pueblo obstinado. Al mismo tiempo, el castigo infligido al santo varón debía recordar a la posteridad que no sin razón sus padres habían sido castigados tan severamente, ya que no habían cesado de añadir pecado a pecado, cuando Dios no había perdonado ni siquiera a su propio siervo por una sola transgresión.
Cuando añade enseguida que el cananeo oyó entonces por primera vez de la venida de los hijos de Israel, indica que Dios había puesto un velo sobre los ojos de sus enemigos, para que no se opusieran a ellos en un tiempo anterior. Pues Dios mitigó de tal modo el rigor de su juicio que el destierro de los israelitas, en todo caso, estuvo libre de perturbaciones y de molestias externas, mientras tuvieron que andar errantes en el desierto.
Números 33:39
39. Y Aarón era de edad de ciento veintitrés años. No sin razón se declara expresamente la avanzada edad de Aarón, puesto que su vida había sido prolongada hasta un período inusitado, para bien del pueblo. A los cien años había sobrepasado ya la duración ordinaria de la vida; pero, por una extraordinaria bendición de Dios, sobrevivió hasta que el pueblo estaba a punto de pasar a la tierra prometida. De ahí que su ingratitud fuera tanto más vil al no reconocer este cuidado paternal de Dios, ya que era para su provecho que él conservó tanto tiempo al ministro de su gracia.
Deuteronomio 10
Deuteronomio 10:6,7
6. Y los hijos de Israel partieron de Beerot de los hijos de Jaacán a Mosera: allí murió Aarón, y allí fue sepultado; y Eleazar su hijo ejerció el sacerdocio en su lugar.
6. Filii autem Israel profecti sunt de Beeroth filiorem Jaacan in Moserah: illic mortus est Aharon, et illic sepultus est, functusque est sacerdotio Eleazar filius ejus pro eo.
7. De allí partieron a Gudgoda; y de Gudgoda a Jotbata, tierra de arroyos de aguas.
7. Inde profecti sunt in Gudgodah, et de Gudgodah in Jobath terram torrentium aquarum.
Números 33:40-49
40. Y el rey de Arad, el cananeo. Aunque Moisés no da relato de una batalla, sin embargo reaviva brevemente el recuerdo de la historia anterior; como si dijera que en esta parte de su viaje los israelitas por fin encontraron a su enemigo, puesto que entonces comenzaron a combatir con una de las naciones de Canaán. En una palabra, el sentido es que este fue el comienzo de su guerra, cuando la tierra que Dios les había prometido como herencia estaba a punto de ser ocupada.
Números 21
Números 21:4-20
4. Y partieron del monte de Hor, camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y el ánimo del pueblo se desalentó mucho por el camino.
4. Et profecti sunt de Hor monte per viam maris Suph, ut circuirent terram Edom: et angustiis affecta est anima populi in via.
5. Y el pueblo habló contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos habéis hecho subir de Egipto para que muramos en el desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan liviano.
5. Itaque loquutus est populus contra Deum et Mosen, Ut quid ascendere nos fecistis ex Aegypto, ut moreremur in deserto? Non est enim panis neque aqua. Et taedet animam nostram super pane levi (aut, vili.)
6. Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel.
6. Misit igitur Jehova in populum serpentes urentes, qui momorderunt populum: ita ut morcretur populus multus ex Israele.
7. Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: Hemos pecado, por cuanto hemos hablado contra Jehová y contra ti; ruega a Jehová que quite de nosotros estas serpientes. Y Moisés oró por el pueblo.
7. Tunc venit populus ad Mosen, et dixerunt, Peccavimus, quia loquuti sumus contra Jehovam et contra te: ora Jehovam ut auferat a nobis serpentes istos. Et oravit Moses pro populo.
8. Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre un asta; y será que cualquiera que sea mordido, cuando la mire, vivirá.
8. Et dixit Jehova ad Mosen, Fac tibi urentem, et pone eum super vexillum: et erit, quicunque morsus fuerit, et aspexerit ilium, tunc vivet.
9. Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre un asta; y sucedía que si una serpiente había mordido a alguno, cuando miraba la serpiente de bronce, vivía.
9. Fecit ergo Moses serpentem aeneum, quem posuit supra vexillum: et fuit, quando momorderat serpens quenquam, aspiciebat ad serpentem aeneum, et vivebat.
10. Y los hijos de Israel partieron, y acamparon en Obot.
10. Et profecti sunt filii Israel, et castrametati sunt in Oboth.
11. Y partieron de Obot, y acamparon en Ije-abarim, en el desierto que está enfrente de Moab, al nacimiento del sol.
11. Profecti vero ex Oboth casstrametati sunt in Ije-abarim in deserto, quod erat in conspectu Moab ab ortu solis.
12. De allí se movieron, y acamparon en el valle de Zered.
12. Inde profecti castrametati sunt in valle Zered.
13. De allí se movieron, y acamparon al otro lado de Arnón, que está en el desierto que sale de los límites de los amorreos; porque Arnón es límite de Moab, entre Moab y los amorreos.
13. Profecti deinde illinc castrametati sunt citra Arnon, qum est in deserto, et portenditur a termino Emorrhaei. Arnon enim est terminus Moab inter Moab et Emorrhaeum.
14. Por esto se dice en el libro de las batallas de Jehová: Lo que hizo en el Mar Rojo, y en los arroyos de Arnón.
14. Ideirco dicetur in narratione praeliorum Jehovae, Vaheb in Suphah, et torrentes ad Arnon.
15. Y a la corriente de los arroyos que va a parar en Ar, y descansa en el límite de Moab,
15. Et decursum torrentium, qui pergit ut quiescat in Ar, et recumbit in termino Moab.
16. Y de allí fueron a Beer: este es el pozo del cual Jehová dijo a Moisés: Reúne al pueblo, y les daré agua.
16. Illinc in Beer. Is est puteus de quo dixerat Jehova ad Mosen, Congrega populum, et dabo illis aquam.
17. Entonces cantó Israel este cántico: Sube, oh pozo; cantadle:
17. Tunc cecinit Israel carmen hoc, Ascende Beer, canite ei.
18. Pozo que cavaron los príncipes, lo cavaron los príncipes del pueblo con el legislador, con sus báculos. Y del desierto a Matana;
18. Puteus quem loderunt principes, loderunt eum principes populi cum legislatore baculis suis. Et e deserto in Mathanah.
19. Y de Matana a Nahaliel; y de Nahaliel a Bamot;
19. Et e Mathanah in Nahaliel: et de Nahaliel in Bamoth.
20. Y de Bamot, en el valle que está en la tierra de Moab, a la cumbre de Pisga, que mira hacia Jesimón.
20. Et de Bamoth Hagaie, quae est in regione Moab, in vertice coilis, et respicit contra faciem deserti, (vel, Gessimon.)
Números 33:50-53
50. Y habló Jehová a Moisés. El fin y el designio de Dios al querer que estas naciones fueran expulsadas, lo he explicado en otro lugar, a saber, para que no adulteraran con sus mezclas el culto puro de Dios, no corrompieran al pueblo con sus malos ejemplos y así fueran contaminaciones para la Tierra Santa. Pero Moisés se refiere ahora a otro punto, pues, estando a punto de hablar de la división de la tierra, comienza diciendo que debe ser vaciada de sus habitantes, para que su libre y plena posesión quede para los hijos de Israel. Debemos notar la conexión aquí, pues de otro modo este pasaje habría sido un suplemento del Primer Mandamiento, al cual, en efecto, he añadido la última parte del versículo; pero, puesto que Dios declara en conexión: «Echaréis a los moradores de la tierra, y habitaréis en ella, porque yo os la he dado para que la poseáis», habría sido absurdo que una cláusula se separara de la otra.
Números 33:54
54. Y repartiréis la tierra por suerte. Se declara también el modo de la división, que cada uno poseyera lo que le tocara en suerte; y este era el mejor plan, pues las diversas tribus nunca habrían permitido ser enviadas aquí o allá a elección de los hombres; e incluso si el arreglo se hubiera dejado a los votos de los jueces, habrían reñido unos con otros más bien que determinar lo que era justo. Pero aquí debemos tomar en consideración algo más profundo, a saber, que por este método Dios dio prueba cierta de que los hijos de Israel eran los herederos y dueños de aquella tierra por su liberalidad y bendición especial. Y, en primer lugar, debemos recordar que, aunque los hombres no consideran nada más fortuito que echar suertes, estas son sin embargo gobernadas por Dios, como dice Salomón (Pr 16:33). Dios, por tanto, mandó al pueblo echar suertes, reservándose a sí mismo el juicio sobre aquellos a quienes les tocarían. Pues ¿cómo sucedió que Zabulón obtuvo su porción a la orilla del mar, sino porque así lo había predicho el patriarca Jacob? ¿Por qué cayó a la tribu de Aser un distrito productor del mejor trigo, sino porque había sido pronunciado por los mismos labios que
«El pan de Aser será substancioso, y él dará deleites al rey»? (Gn 49:20).
Por la misma profecía la tribu de Judá obtuvo una herencia rica en viñas y abundante en los mejores pastos. Así la división de la tierra por suerte mostró claramente que Dios no había prometido en vano antes aquella tierra a Abraham; porque la proclamación del don por boca de Jacob fue realmente confirmada. El piadoso anciano había sido expulsado de allí por el hambre; era solo un forastero en Egipto, y dos veces desterrado, y sin embargo asigna a sus descendientes sus porciones de la manera más autoritativa, como el padre de una familia podría repartir sus pocas yugadas de tierra entre sus herederos. Pero Dios selló finalmente lo que entonces podía parecer ridículo. De ahí aparece que las cosas que, en la debilidad de nuestros sentidos, imaginamos que se mueven por el ciego impulso del azar, son dirigidas por la secreta providencia de Dios; y que su consejo procede siempre por un curso tan regular que el fin corresponde al principio. Además, les recomienda la ley de la proporción, de modo que, según su número, se diera una porción mayor o menor a las diversas tribus. La alegoría que algunos conciben que aquí se indica, a saber, que obtenemos nuestra herencia celestial por el beneplácito gratuito de Dios, como por suerte, aunque a primera vista plausible, se refuta fácilmente. Hebrón era parte de la herencia, pero Caleb la obtuvo sin echar suertes; y una excepción todavía más decidida aparece en el caso de la tribu de Rubén, de Gad y la media de Manasés, que, con el consentimiento de las demás, y no por suerte, adquirieron por privilegio, por así decirlo, todo el territorio que había sido ganado al otro lado del Jordán. Que mis lectores aprendan, por tanto, a abstenerse de tales ocurrencias, no sea que muchas veces se vean obligados a confesar con vergüenza que han atrapado una sombra vacía.
Números 33:55-56
55. Pero si no echareis. Hemos visto en otro lugar por qué la ira de Dios se encendió tanto contra aquellas naciones que quiso que fueran exterminadas. Ya en tiempos de Abraham había comenzado a prevalecer allí una grosera licencia para pecar, como deducimos de la palabra de Dios cuando dijo que «aún no ha llegado a su colmo la maldad» de ellos. Después de haber abusado durante 400 años de la paciencia del mismo Dios, ¿quién negará que su destrucción fue el justo y razonable pago de su larga obstinación? Con todo, al cortarlos, Dios tuvo en cuenta a su pueblo elegido, para que fuera separado de los paganos y nunca se desviara hacia supersticiones extrañas. Pero el castigo que aquí se amenaza lo merecieron los israelitas dos veces por su negligencia, pues ni cumplieron su deber de ejecutar la venganza de Dios y, en cuanto estaba en ellos, desmerecieron su gracia. Les había conferido un honor nada común cuando los designó como sus ministros para ejecutar sus juicios. Era, por tanto, una vil desidia de su parte ser negligentes en este punto. Pero, además, les había dado toda la tierra; cuando, pues, se contentaron con una parte de ella y descuidaron el resto, su perversa ingratitud se delató por su indiferencia. Además, se habían enredado voluntariamente en lazos mortales al mezclarse con naciones paganas, de las cuales Dios los había separado para que no imitaran sus costumbres ni corrompieran las ceremonias religiosas. Dios, por tanto, amenaza con que estas naciones serán como espinas que les punzarán los ojos y aguijones en sus costados. Que esto se cumplió, el libro de Jueces da el testimonio más claro y amplio, aunque, hasta los días de David, este castigo se estuvo infligiendo constantemente sobre sus ojos y costados. Así también queda probada su indomable obstinación, puesto que una advertencia tan solemne no tuvo efecto para hacerlos avanzar, tanto en el castigo abierto de la iniquidad como en un curso de victoria y éxito.
Números 34
Números 34:1-29
1. Y habló Jehová a Moisés, diciendo:
1. Et loquutus est Jehova ad Mosen, dicendo:
2. Manda a los hijos de Israel, y diles: Cuando entréis en la tierra de Canaán (esta es la tierra que os caerá en herencia, la tierra de Canaán por sus límites),
2. Praecipe filiis Israel, et dices eis, Quum intraveritis terram Chenaan (ista est terra quae cadet vobis in haereditatem, terra Chenaan per terminos suos.)
3. Entonces vuestro lado del mediodía será desde el desierto de Zin hasta los límites de Edom, y vuestro límite meridional será el extremo del Mar Salado hacia el oriente.
3. Erit vobis plaga meridiei a deserto Sin usque ad terminos Edom: erit inquam vobis terminus meridiei ab extremo maris salis ad orientem.
4. Y este límite os irá rodeando desde la subida de Acrabim, y pasará hasta Zin: y sus salidas serán desde el mediodía a Cades-barnea, y de allí saldrá a la aldea de Adar, y pasará hasta Asmón.
4. Et circuibit vobis iste terminus a Maale Acrabim, et transibit usque ad Sin: et erunt egressus ejus a meridie in Cades-Barnea, atque illinc egredietur ad villam Addar, et transibit usque ad Asmon.
5. Además, este límite rodeará desde Asmón hasta el río de Egipto: y sus salidas serán de allí al occidente.
5. Praeterea circuibit terminus iste ab Asmon usque ad flumen Aegypti: et erunt illinc egressus ejus ad occidentum.
6. Y el límite occidental será para vosotros el mar grande; este límite, digo, será vuestro límite occidental.
6. Terminum autem occidentalis erit vobis mare magnum, terminus, inquam, iste erit vobis terminus occidentalis.
7. Y este será vuestro límite del norte: desde el mar grande os trazaréis el monte de Hor.
7. Iste vero erit vobis terminus aquilonaris, a mari magno describetis vobis Hor montem.
8. Desde este monte trazaréis hasta la entrada de Hamat: y las salidas de aquel límite serán a Zedad.
8. Ab hoc monte describetis usque ad introitum Hamach: et erunt eggressus termini illius ad Sedad.
9. Y de allí saldrá este límite a Zifón, y sus salidas serán a la aldea de Enán: este será vuestro límite del norte.
9. Et illinc egredietur terminus iste ad Ziphon, eruntque egressus ejus ad villam Enan: iste erit vobis terminus aquilonaris.
10. Os trazaréis además el límite al oriente, desde la aldea de Enán hasta Sefam.
10. Describetis praeterea vobis terminum ad orientem, a villa Enan usque ad Sepham.
11. Y bajará este límite desde Sefam a Ribla, al oriente de Ain: y este límite descenderá, y llegará al lado del mar de Cineret hacia el oriente.
11. Et destendet iste terminus a Sepham usque ad Riblah ab oriente Ain: et descendet terminus iste, provenietque ad latus maris Cinnereth ad orientem.
12. Y este límite descenderá al Jordán, y sus salidas serán al Mar Salado: esta será vuestra tierra, por sus límites alrededor.
12. Et descendet iste terminus ad Jordanem, erunt que egressus ejus ad mare salis: ista erit vobis terra per terminos suos, per circuitum.
13. Y Moisés mandó a los hijos de Israel, diciendo: Esta es la tierra que heredaréis por suerte, la cual mandó Jehová dar a las nueve tribus y a la media tribu.
13. Praecepit autem Moses filiis Israel, dicendo: Haec est terra quam possidebitis sorte, et quam princepit Jehova dare novem tribubus, et dimidiae tribui.
14. Porque la tribu de los hijos de Rubén, según las casas de sus padres, y la tribu de los hijos de Gad, según las casas de sus padres, han recibido su herencia, y la media tribu de Manasés ha recibido su herencia:
14. Acceperunt enim tribus filiorum Rubenitarum per domos patrum suorum, et tribus filiorum Gaditarum per domos patrum suorum, et dimidia tribus Manasse: acceperunt inquam haereditatem suam:
15. Las dos tribus y la media tribu han recibido su herencia a este lado del Jordán, cerca de Jericó, al oriente, hacia donde nace el sol.
15. Duae tribus et dimidia acceperunt possessionem suam citra Jordanera Jericho ad orientem ad exortum solis.
16. Y habló Jehová a Moisés, diciendo:
16. Loquutus est praeterea Jehova ad Mosen, dicendo:
17. Estos son los nombres de los varones que os repartirán la tierra: Eleazar el sacerdote, y Josué hijo de Nun.
17. Ista sunt nomina virorum qui possidendam vobis distribuent terram, Eleazar sacerdos, et Josue filius Nun.
18. Y tomaréis de cada tribu un príncipe, para repartir la tierra por herencia.
18. Et principes singulos de qualibet tribu capietis ad possidendam terram.
19. Y estos son los nombres de los varones: De la tribu de Judá, Caleb hijo de Jefone.
19. Ista sunt nomina virorun: de tribu Jehudah, Caleb filius Jephune.
20. Y de la tribu de los hijos de Simeón, Semuel hijo de Amiud.
20. Et de tribu filiorum Simeon, Samuel filius Ammihud.
21. De la tribu de Benjamín, Elidad hijo de Quislón.
21. Et de tribu Benjamin, Elidad filius Chislon.
22. Y de la tribu de los hijos de Dan, el príncipe Buqui hijo de Jogli.
22. Et de tribu filiorum Dan, princeps Bucci filius Jogli.
23. De los hijos de José, de la tribu de los hijos de Manasés, el príncipe Haniel hijo de Efod.
23. De filiis Joseph, de tribu filiorum Manasse, princeps Huiel filius Ephod.
24. Y de la tribu de los hijos de Efraín, el príncipe Kemuel hijo de Siftán.
24. Et de tribu filiorum Ephraim, princeps Cemuel illius Siphtan.
25. Y de la tribu de los hijos de Zabulón, el príncipe Elizafán hijo de Parnac.
25. Et de tribu filiorum Zabulon, princeps Elisaphan filius Parvaeh.
26. Y de la tribu de los hijos de Isacar, el príncipe Paltiel hijo de Azán.
26. Et de tribu filiorum Issachar, princeps Paltiel illius Azzam.
27. Y de la tribu de los hijos de Aser, el príncipe Ahiud hijo de Selomi.
27. Et de tribu filiorum Aser, princeps Ahihud filius Selomi.
28. Y de la tribu de los hijos de Neftalí, el príncipe Pedael hijo de Amiud.
28. Et de tribu filiorum Nephthali, princeps Pedahel filius Ammihud.
29. Estos son los que Jehová mandó que repartieran la herencia a los hijos de Israel en la tierra de Canaán.
29. Isti sunt quibus praecepit Jehova, Ut distribuerent haereditatem filiis Israel in terra Chenaan.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.