Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Oseas 12: comentario de Juan Calvino
Oseas 12:1
El profeta arremete aquí contra las vanas esperanzas del pueblo, pues estaba tan hinchado de arrogancia que despreciaba toda instrucción y toda amonestación. Era, por tanto, necesario corregir en primer lugar este vicio, y por eso dice: Efraín se apacienta de viento. Porque cuando alguien traga viento, parece ciertamente que se llena la boca, la garganta, el pecho y todo el estómago; pero no hay sino aire, ningún alimento. Así dice que Israel tenía ciertamente mucha confianza en sus caminos astutos, pero que era solo para apacentarse de viento. Soñaban que eran felices cuando aseguraban alianzas, cuando tenían como aliados tanto a los asirios como a los egipcios. No son sino ráfagas, dice el profeta; más aún, dice que son ráfagas dañinas; pues por el oriente entiende el solano, que sopla desde donde sale el sol; y este, según dicen, es en Judea un viento seco y a menudo tempestuoso. Los otros vientos traen lluvia o alguna otra ventaja; pero este no trae sino sequía y tormentas. De aquí, pues, aparece que el profeta quiso decir que Israel, por esta su vana confianza, se procuraba muchos dolores y permanecía siempre vacío y desierto. Efraín se apacienta, pues, de viento, y además sigue al solano.
Oseas explica después su pensamiento con más claridad: Cada día aumenta la mentira y la destrucción, dice. Por «mentira» alude, no tengo duda, a los engaños con que el pueblo se engañaba a sí mismo, como hacen los hipócritas, que, afilando su ingenio para engañar a Dios, se enredan en muchos lazos mortales. Así también se dice que Israel multiplicó la mentira; porque se hicieron tan obstinados que quedaron del todo endurecidos contra la enseñanza de Dios; y esta obstinación se llama mentira por esta razón: porque los hombres incrédulos, como vemos, se fabrican muchas excusas; y aunque sean engaños, se creen a salvo de todas las amenazas de Dios con tal de que levanten no sé qué cosa que piensan que les será suficientemente útil. Por eso el profeta repite de nuevo que no había sino falsedad en todos sus decretos astutos.
Luego insiste aún más, y dice que era «destrucción», es decir, causa de destrucción. Primero, pues, se burla de la vana confianza del pueblo, porque pensaban que podían cegar los ojos de Dios con sus vanos disfraces: «Esto es mentira —dice—, esto es engaño». Luego los presiona más duramente y dice: «Esta es vuestra perdición: percibiréis por fin que nada habéis ganado con vuestros consejos sino la ruina».
¿Cómo así? Porque hicieron pacto. Tomo esta última cláusula como explicativa: pues si el profeta hubiera hablado solo en general, la impiedad del pueblo no habría quedado suficientemente expuesta; y las máscaras de los hombres seguros deben ser arrancadas, y sus crímenes, por así decirlo, pintados, para que se avergüencen; pues a menos que sean sacados, por así decirlo, ante el público, y su torpeza expuesta a la vista de todos, siempre se esconderán en sus lugares secretos. Esta es, pues, la razón por la que el profeta señala aquí específicamente sus fraudes, que había mencionado antes. He aquí, dice, hicieron pacto con el asirio, y llevan su aceite a Egipto; es decir, cazan la amistad del asirio por un lado, y por el otro se granjean con gran importunidad a los egipcios; más aún, no escatiman sus propios bienes, pues llevan presentes para ganárselos. Entendemos, pues, cómo Israel había multiplicado la mentira y la destrucción; pues se habían enredado en pactos ilícitos. Pero por qué les era ilícito acudir a los asirios y a los egipcios, lo hemos explicado en otra parte, y no es necesario repetir aquí largamente lo que se ha dicho: Dios quería que el pueblo estuviera bajo su protección; y habiendo prometido Dios ser el defensor de su seguridad, debieron haberse contentado con su sola protección; pero cuando se refugiaron en Egipto y en Asiria, fue una clara evidencia de incredulidad; pues era lo mismo que negar que el poder de Dios les bastara. Y sabemos también que los israelitas nunca fueron a Asiria ni a Egipto sino cuando meditaban la destrucción de sus propios hermanos; pues a menudo se esforzaron por derribar el reino de Judá: buscaban aliados solo para satisfacer su propia crueldad. Pero esta sola razón era, con todo, más que suficiente para condenarlos: que se fortificaban con ayudas extranjeras cuando Dios quería guardarlos, por así decirlo, encerrados bajo sus alas. Siempre, pues, que intentamos proveer por nosotros mismos con medios ilícitos, es lo mismo que si negáramos a Dios; pues él nos llama e invita a venir bajo su protección; pero cuando corremos con el pensamiento de aquí para allá y buscamos algunas ayudas vanas, deshonramos gravemente a Dios: es, por así decirlo, huir a Egipto o a Asiria. Y a este propósito debe aplicarse la doctrina de este versículo. Sigue:
Oseas 12:2
2. Pleito tiene también Jehová con Judá para castigar a Jacob conforme a sus caminos; le pagará conforme a sus obras.
2. Contentio Jehovae cum Jehudah, et ad visitandum super Jacob: secundum vias ejus, secundum opera ejus rependet ei.
Oseas 12:2
Puede parecer extraño que el profeta diga ahora que Dios tenía pleito con Judá; pues había dicho antes que Judá permanecía fiel con los santos. Parece, en efecto, inconsecuente que Dios litigue con los judíos y, sin embargo, los declare rectos y los separe de los pérfidos e impíos. ¿Qué significa, pues, esto? El profeta, como hemos dicho, habló comparativamente de la tribu de Judá cuando dijo que permanecían fieles con los santos: pues no pretendía exculpar del todo a los judíos, que también estaban llenos de graves males; sino que quería alabar el culto que aún prevalecía en Jerusalén, para que la impiedad de las diez tribus apareciera menos excusable, pues se habían apartado voluntariamente de la regla que Dios había dado.
Cuando hoy alguien reprende a los papistas, dicen que otro modo de culto les es desconocido, que así lo han aprendido de sus antepasados, y que el culto que observan se ha mantenido de tal modo desde la antigüedad que no se atreven ni a cambiarlo ni a desviarse de él. Tal pudo haber sido la excusa de los israelitas. Pero el profeta los acusa de defección voluntaria, pues el templo que Dios había escogido para sí estaba a su vista; allí el rostro de Dios, en cierto modo, se podía ver; pues todo estaba dispuesto conforme al modelo celestial que había sido mostrado a Moisés en el monte. Puesto que la religión pura estaba ante sus ojos, ¿no quedaba probado su pecado por este mismo hecho, que, habiendo descuidado la palabra de Dios, se entregaron a modos de culto nuevos y fingidos? El profeta, pues, había alabado antes el culto, pero no las costumbres, de la tribu de Judá; y ahora llega a sus costumbres, y dice que había muchas cosas en Judá que Dios castigaría.
El Señor, pues, tiene pleito con Judá; y comenzará por esa tribu, y luego descenderá a la casa de Jacob. El profeta, sin embargo, habla aquí solo de pasada de la casa de Judá, y toca solo ligeramente el pleito que tenía con aquella parte del pueblo. ¿Por qué? Porque no era maestro, como ya se ha dicho, puesto sobre el reino de Judá, sino solo sobre los israelitas. Se refiere ahora a aquel reino solo con el propósito de infundir terror a su propio pueblo, como si dijera: «¿Pensáis que la paciencia de Dios será para siempre porque hasta ahora os ha soportado? Más aún, Dios comenzará a contender con la tribu de Judá. He dicho, ciertamente, que son inocentes en comparación con vosotros; pero no escaparán al castigo; pues en poco tiempo Dios los citará a juicio. Si no ha de perdonar a los judíos, ¿cómo quedarán sin castigo vuestros grandes crímenes? Pues ciertamente merecéis cien muertes en comparación con los judíos, entre quienes existe al menos alguna integridad y rectitud; pues no han hecho cambio alguno en el culto de Dios. Su vida está corrompida; pero, con todo, la ley de Dios y la religión no son despreciadas por ellos como lo son por vosotros. Si, pues, Dios no los perdonará a ellos, mucho menos os perdonará a vosotros».
Entendemos ahora con qué propósito dice el profeta que Dios tenía pleito con Judá; pues su designio no era aterrorizar a los mismos judíos, ni exhortarlos al arrepentimiento, salvo de paso; sino presentar un ejemplo a los israelitas, para que temieran; pues debían haber pensado dentro de sí: «Si esto se hace en el árbol verde, ¿qué será del seco? (Lc 23:31). Si Dios ejercerá con tanta severidad su venganza contra nuestros hermanos los judíos, entre quienes aún existe la religión pura, ¿qué clase de fin, y cuán espantoso, es el que nos aguarda a nosotros, que nos hemos apartado de la ley, del culto, de la enseñanza y de la obediencia de Dios, que nos hemos hecho quebrantadores de la tregua, y degenerados, y profanos en todo sentido?».
Por eso añade enseguida: Y castigará a Jacob. «Dios comenzará, en efecto, por la tribu de Judá; esto será el preludio, y tratará a los judíos con más suavidad que a vosotros; pero contra vosotros tronará con toda su fuerza. No será, pues, una reprensión para llevaros al arrepentimiento, sino un castigo como el que merecéis; pues ya ha contendido con vosotros más que suficiente».
Conforme a sus caminos, conforme a sus obras le pagará. Pone aquí caminos y obras sin repetición superflua, sino para mostrar que ya se había esperado más que suficientemente el arrepentimiento de este pueblo; pues no habían cesado desde hacía mucho tiempo de seguir su propia maldad. El profeta condena, sin duda, aquí a los judíos por su perversa maldad, porque nunca dejaron sus pecados, aunque ya desde hacía mucho tiempo habían sido amonestados y a menudo reprendidos por los profetas. Sigue ahora:
Oseas 12:3-5
3. En el vientre tomó por el calcañar a su hermano, y con su fuerza tuvo poder con Dios.
3. In utero apprehendit plantam fratri suo; et in fortitudine sua dominatus est cum Deo (quanquam nomen *אלהים, Aleim, transfertur etiam saepe ad Angelos.*)
4. Sí, tuvo poder sobre el ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó; lo halló en Bet-el, y allí habló con nosotros;
4. Et dominatus est cum Angelo (vel, adversus Angelum; vel, *luctatus est, *si quis malit, quanquam ad verbum ita habetur; sed quia sequitur *יוכל, iucal, praevaluit, ideo libenter admitto luctandi verbum, non quod proprie conveniat, sed rem potius respicio quam verba*) et praevaluit; flevit et rogavit eum: in Bethel invenit eum, et illic locutus est cum eo;
5. Sí, Jehová Dios de los ejércitos; Jehová es su memorial.
5. Et Jehova Deus exercituum; Jehova memoria ejus.
Oseas 12:3
En todo este discurso el profeta condena la ingratitud del pueblo; y luego muestra cuán vergonzosamente se habían apartado del ejemplo de su padre, de cuyo nombre, sin embargo, se jactaban. Esta es la sustancia. Su ingratitud se muestra en que no reconocían que habían sido prevenidos, en la persona de su padre Jacob, por la misericordia gratuita de Dios. La primera historia se refiere, en efecto, con este fin: que la posteridad de Jacob entendiera que había sido elegida por Dios antes de nacer. Pues Jacob no tomó el calcañar de su hermano en el vientre de su madre por elección o designio; fue una cosa extraordinaria. Fue, pues, Dios quien guió la mano del niño, y por esta señal testificó que su adopción era gratuita. En suma, al decir que Jacob sujetó el pie de su hermano en el vientre de su madre, se da a entender lo mismo que si Dios hubiera recordado a los israelitas que no sobresalían sobre los demás pueblos por su propia virtud ni por la de sus padres, sino que Dios, por su buena voluntad, los había escogido. Lo mismo se alega contra ellos por Malaquías:
«¿No era Esaú hermano de Jacob? Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí» (Mal 1:2, 3).
Pues sabemos con qué altivez se ha ensalzado siempre esta nación. «Pero ¿de dónde habéis surgido? Mirad atrás, a vuestro origen: sois, ciertamente, hijos de Abraham y de Isaac. ¿En qué os distinguís, entonces, de los idumeos? Ciertamente fueron engendrados por Esaú; y Esaú era hijo de Isaac y hermano de Jacob, y por cierto el primogénito. No sobresalís, pues, por dignidad alguna que pueda haber en vosotros. Reconoced, pues, vuestro origen, y sabed que cualquier excelencia que haya en vosotros procede del puro favor de Dios, y esto debe obligaros cada vez más a él. ¿De dónde, pues, este orgullo?».
Así habla ahora también nuestro profeta: Jacob sujetó el pie de su hermano en el vientre de su madre; es decir: «Tenéis un estrecho parentesco con Esaú y su posteridad; pero ellos os son detestables. ¿De dónde viene esto? ¿Es por algún mérito vuestro? Jactaos cuando podáis mostrar que algo ha procedido de vosotros que pudiera ganar favor ante Dios. Más aún, vuestro padre Jacob, un hombre ciertamente santísimo, estando aún en el vientre de su madre, tomó el pie de su hermano Esaú; es decir, cuando llegó a ser superior a su hermano y ganó la primogenitura, no había crecido y nada podía hacer por su propia elección o poder, pues estaba entonces encerrado en el vientre de su madre y no tenía dignidad alguna, ningún mérito. Vuestra ingratitud es, pues, tanto más vil, porque Dios os había obligado a sí antes de que nacierais; en la persona del santo patriarca os escogió para posesión suya. Pero ahora, habiéndolo abandonado y dejado el culto que enseñó en su ley, os entregáis a los ídolos y a supersticiones impías. ¡Traed ahora vuestros pretextos con que encubrís vuestra impiedad! ¿No es vuestra bajeza tan grosera y palpable que debierais avergonzaros de ella?». Entendemos, pues, ahora el fin con que el profeta dijo que el pie de Esaú fue sujetado por Jacob en el vientre de su madre.
Además, este pasaje muestra claramente que los hombres no ganan el favor de Dios por su libre albedrío, sino que son escogidos por su sola bondad antes de nacer, y escogidos no a causa de las obras, como imaginan los papistas, que conceden a Dios alguna elección, pero piensan que depende de obras futuras. Pero si fuera así, la acusación del profeta sería fría y árida. Ahora bien, puesto que Dios, por su solo beneplácito, previene a los hombres y adopta a los que quiere, no a causa de las obras, sino por su propia misericordia, de ello se sigue que los que han sido elegidos están más obligados a él, y que son menos excusables cuando rechazan el favor que se les ofrece.
Pero aquí alguien podría objetar y decir que es extraño que se diga que la posteridad de Jacob fue elegida en su persona, y que, sin embargo, entretanto se hubiera apartado de Dios; pues la elección de Dios no sería, en este caso, firme y permanente; y sabemos que a los que Dios elige también justifica, y su salvación está tan asegurada que ninguno de ellos puede perecer; todos los elegidos son también entregados a Cristo como su guardián, para que los guarde con su poder divino, que es invencible, como enseña Juan en el capítulo 10. ¿Qué significa, pues, esto? Ahora bien, sabemos, y ya se ha dicho antes, que la elección de Dios respecto de aquel pueblo era doble; pues una era general y la otra especial. La elección del santo Jacob era especial, pues era realmente uno de los hijos de Dios; especial era también la elección de los que Pablo llama los hijos de la promesa (Ro 9:8). Había otra, una elección general; pues recibió a toda su descendencia en su fe y ofreció a todos su pacto. Al mismo tiempo, no todos fueron regenerados, no todos fueron dotados del Espíritu de adopción. Esta elección general no era, pues, eficaz en todos. Queda resuelto ahora el asunto en debate: que ninguno de los elegidos perecerá; pues no todo el pueblo fue elegido de manera especial; sino que Dios conocía a quienes había escogido de entre aquel pueblo; y a ellos los dotó, como hemos dicho, del Espíritu de adopción, y los proveyó de su propia gracia, para que nunca cayeran. Otros fueron escogidos, ciertamente, en cierta manera, es decir, Dios les ofreció el pacto de salvación; pero, por su ingratitud, hicieron que Dios los rechazara y los desconociera como hijos.
Pero el profeta añade que Jacob con su fuerza tuvo poder con Dios, y había prevalecido también con el ángel. Reprocha aquí a los israelitas que reclamaban falsamente el nombre de Jacob, puesto que nada tenían en común con él, sino que se habían apartado vergonzosamente de su ejemplo. Tuvo, pues, poder con el ángel y con Dios mismo; y prevaleció sobre el ángel. Pero ¿qué clase de personas eran ellos? Así como los poetas paganos llamaban a los romanos, cuando se hicieron degenerados y afeminados, Romúlidas, y decían que habían descendido de aquellos héroes notables e ilustres cuyas hazañas eran entonces bien conocidas, y por la misma razón los llamaban Escipíadas; así también dice el profeta: «Vamos ahora, hijos de Jacob, ¿qué clase de hombres sois? Él estaba dotado de un poder heroico, más aún, angélico, y todavía más que angélico; pues luchó con Dios y obtuvo la victoria: pero vosotros sois esclavos de los ídolos; el diablo os retiene dedicados a él; estáis, por así decirlo, en un burdel; pues ¿qué otra cosa es vuestro templo sino un lupanar? Y además sois como adúlteros, y cada día cometéis adulterio con vuestros ídolos. Vuestras abominaciones, ¿qué son sino cadenas inmundas, que prueban que no hay conocimiento ni corazón en vosotros? Pues debéis de haber sido fascinados cuando abandonasteis a Dios y adoptasteis modos de culto nuevos y profanos». Esta diferencia entre el santo patriarca Jacob y su posteridad debe notarse; de otro modo no entenderemos el propósito del profeta; y servirá de poco reunir diversas opiniones, a menos que sepamos primero qué quiso decir el profeta y cuál era el sentido de este reproche y de esta narración: que Jacob tuvo poder con Dios y con el ángel.
Pero debe notarse que Dios y ángel se mencionan aquí en el mismo sentido; podemos, en efecto, traducir ángel en ambos lugares; pues אלהים, Aleim, así como מלאך, melac, significa un ángel. Pero toda duda queda quitada por el profeta cuando por fin añade: Jehová, Dios de los ejércitos, Jehová es su nombre, pues aquí el profeta menciona expresamente el nombre esencial de Dios, con el cual testifica que este mismo era el Dios eterno y el único verdadero, que era, sin embargo, al mismo tiempo un ángel. Pero se puede preguntar: ¿Cómo era el Dios eterno y al mismo tiempo un ángel? Ocurre, en efecto, tan frecuentemente en la Escritura que debe sernos bien conocido que, cuando el Señor aparecía por medio de su ángel, el nombre de Jehová se les daba, no ciertamente a todos los ángeles indistintamente, sino al ángel principal, por quien Dios se manifestaba. Esto, como he dicho, debe sernos bien conocido. Se sigue, pues, que este ángel era verdadera y esencialmente Dios. Pero esto no se aplicaría estrictamente a Dios, a menos que haya alguna distinción de personas. Debe haber, pues, alguna persona en la Deidad a la cual pueda aplicarse este nombre y título de ángel; porque si tomamos el nombre Dios sin diferencia ni distinción, y lo consideramos como denotando su esencia, sería ciertamente inconsecuente decir que es Dios y también ángel; pero cuando distinguimos personas en la Deidad, no hay inconsecuencia. ¿Cómo así? Porque Cristo, la eterna Sabiduría de Dios, tomó el carácter de Mediador antes de tomar nuestra carne. Era, pues, ya entonces Mediador, y en esa calidad era también un ángel. Era al mismo tiempo Jehová, que es ahora Dios manifestado en carne.
Pero debemos, por otra parte, refutar el delirio, o la locura diabólica, de aquel pendenciero, Servet, que imaginaba que Cristo era desde el principio un ángel, como si fuera un fantasma y una persona distinta, que tuviera una esencia aparte del Padre; pues dice que fue formado de tres elementos increados. Esta ocurrencia diabólica debe ser del todo desechada por nosotros. Pero Cristo, aunque era Dios, era también Mediador; y como Mediador se le llama con razón y propiedad el ángel o mensajero de Dios, pues voluntariamente se ha colocado entre el Padre y los hombres.
Oración
Concede, Dios omnipotente, que, ya que hoy te muestras a nosotros tan bondadosamente como Padre, habiéndonos presentado una prenda singular e inestimable de tu favor en tu Hijo unigénito, concede, oh, que nos dediquemos por entero a ti, y te rindamos verdaderamente ese servicio libre y esa obediencia que se deben a un Padre, de modo que no tengamos otro objeto en la vida sino confirmar aquella adopción con la cual una vez nos favoreciste, hasta que, por fin, reunidos en tu reino eterno, participemos de su fruto, junto con Cristo Jesús tu Hijo. Amén.
Lección trigésima segunda
Ayer explicamos cómo parecía conveniente llamar Dios y ángel a aquel que se apareció al santo Jacob en Bet-el; porque el nombre Jehová, con el cual se expresa el poder, la esencia y la majestad eternos de Dios, no podía transferirse a un mero ángel. De aquí es cierto que era el único Dios verdadero. Pero no podía ser que se le llamara ángel simplemente y sin distinción alguna; pero como Cristo sostenía ya entonces el carácter de Mediador, no se le llamaba ángel sin razón; y sin embargo sabemos que es el Dios eterno. Así, este pasaje es digno de ser recordado, pues da testimonio de la divinidad de Cristo; porque el profeta afirma claramente que él es Jehová, el Creador del cielo y de la tierra, y que lo es por su propio poder; y que no subsiste en otro, como todas las criaturas. Siendo, pues, así, queda probada su soberanía, de modo que no es inferior al Padre.
Pero dice que este es su memorial, o recuerdo. Esta expresión se refiere a los hombres; el profeta quiere decir, pues, que este nombre admirable y magnífico sería bien conocido en el mundo cuando Cristo fuera revelado. El pueblo, ciertamente, reconocía ya entonces que el Dios verdadero se había aparecido a su padre Jacob; pero el conocimiento de un Mediador era hasta entonces oscuro. Parece, pues, que el profeta mira aquí a la venida de Cristo; como si dijera que el nombre Jehová sería ampliamente conocido de todos cuando el Mediador fuera exhibido con más claridad. Pero pasaré ahora a las otras partes del pasaje.
El profeta dice que fue príncipe, o tuvo poder, con su fuerza con Dios. Lo que significa este dicho lo explicaré en breve. El nombre Israel fue dado a Jacob a causa de la victoria que obtuvo en aquella noble lucha de la cual se hace mención en Génesis 32: pues el santo varón no tuvo contienda con un ser mortal, sino con Dios mismo; y venció en aquel combate, y por eso se le llama el vencedor de Dios. Como este modo de hablar es duro, algunos han procurado, con un comentario, volverlo a algo más moderado, es decir, que Jacob fue príncipe con Dios, queriendo decir que Dios aprobaba su valor inusitado. Pero Dios quiso expresar algo más cuando dio este nombre a su siervo; pues confesó que cedía, vencido, por así decirlo, y entregó la palma de la victoria al santo Jacob. Y esto no debe parecernos extraño; pues sabemos que siempre que Dios prueba nuestra fe y nos pone a prueba con tentaciones, estos son otros tantos combates con que contiende con nosotros; porque procura descubrir cuál es la fortaleza de nuestra fe. Ahora bien, cuando se dice que luchamos con Dios, y el resultado del combate es tal que Dios nos deja la victoria, no se nos llama impropiamente vencedores, más aún, incluso de Dios mismo. Pero ¿cómo? Porque Dios obra maravillosamente en sus santos, de modo que por su propio poder se derriba a sí mismo; y mientras lucha con nosotros, nos provee de fuerza con la cual podemos soportar el peso y la presión del combate. Si Dios nos asaltara, ¿qué hallaría sino debilidad? Pero cuando nos llama a la lucha, al mismo tiempo nos provee de las armas necesarias.
Y es una admirable disposición del combate que Dios, por un lado, se haga adversario, y, por otro, pelee en nosotros contra sus propias tentaciones, o contra todas aquellas luchas con que prueba nuestra fe. Por eso se dice que Dios es vencido por nosotros cuando, por el poder y la ayuda de su propio Espíritu, nos fortalece y nos hace invencibles; más aún, cuando nos hace triunfar de las tentaciones, y al considerarlo todo, tal es el estado del caso que Dios quiere que la mayor porción de fuerza esté de nuestro lado, y que solo tome la porción más débil para tentarnos y probarnos. No hemos de imaginar aquí, ciertamente, ninguna separación como si Dios estuviera dividido contra sí mismo; pero sabemos que, cuando prueba nuestra fe, sale como si fuera un contendiente, o como si nos desafiara al combate. Esto es ciertamente así. Pues ¿qué son las tentaciones, o cuál es su objeto, sino darnos ocasión de exhibir, como en un campo de batalla, un ejemplo y prueba de nuestra fortaleza y firmeza? Pero esto no podría hacerse sin un adversario; pues ¿de qué serviría pelear con una sombra? ¿O cuando nadie se enfrenta con nosotros? Por eso Dios es como un adversario siempre que prueba nuestra fe; y, como se ha dicho antes, tenemos este combate no con hombres, sino con Dios mismo. Tenemos, en efecto, que contender con el diablo; pues Pablo dice que no tenemos que luchar (solo) contra sangre y carne, sino contra poderes poderosos (Ef 6:12). Esto es sin duda verdad; pero el Señor, al mismo tiempo, ocupa el primer lugar, como lo testificó aquel notable pasaje de Job: «Jehová dio, y Jehová quitó» (Job 1:21). Así, pues, debemos enfrentarnos con Dios mismo. ¿Cómo así? Porque él nos prueba y nos pone a prueba. Pero no nos tienta, como dice Santiago (Stg 1:13, 14); pues cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído. No nos tienta al mal; no instila en nosotros deseos corruptos, que crecen espontáneamente y que son innatos en nuestra naturaleza; sino que tienta, es decir, nos prueba, como se dice que tentó a Abraham (Gn 22:1).
Siendo así, debemos luchar ahora con Dios; pero ¿con qué fin? Para vencer: pues Dios no pretende abrumarnos mientras da a conocer nuestra fe y constancia de obediencia; sino que, por el contrario, edifica un teatro en el cual mostrar sus dones. Venimos, pues, al combate con la esperanza de vencer. Para que venzamos, él, como he dicho, no solo nos exhorta a ser fuertes, sino que nos provee también de armas, nos reviste de fuerza, y también pelea él mismo, en cierto modo, con nosotros, y es poderoso en nosotros, y nos capacita para vencer nuestras tentaciones. Por esta razón se dice que Jacob tuvo poder con Dios, o que fue el vencedor de Dios.
Pero lo que añade el profeta puede parecer extraño: que esto se hizo por su fuerza. Tuvo poder con Dios, dice, por su propia fuerza. Pero si Israel hubiera peleado con su propio valor, no habría podido soportar ni la sombra de Dios, pues habría caído. Habría sido reducido a nada si no hubiera tenido un poder mayor que el del hombre. ¿Qué significa, pues, que fue vencedor por su propia fuerza? Concedemos que esta fuerza de la que habla el profeta puede atribuirse al santo Jacob cuando obtuvo el dominio. No hay mejor título, como suele decirse, que el de donación; y Dios suele transferirnos todo lo que concede, como si fuera nuestro. Es, pues, necesario distinguir aquí sabiamente entre la fuerza que el hombre tiene en sí mismo y la que Dios le confiere. Los papistas, tan pronto como se hace mención de la fuerza o el poder del hombre, se aferran de inmediato a ello y dicen: «Si no hay libre albedrío en el hombre, no hay fuerza, o no hay poder para resistir». Pero revelan su propia estupidez y irreflexión, pues no pueden distinguir entre la fuerza intrínseca que hay en el hombre mismo por naturaleza y la fuerza adventicia con que Dios dota a los hombres, que es don del Espíritu Santo. Y el profeta, cuando recomienda aquí la fuerza del santo Jacob, no ensalza su libre albedrío, como si de sí mismo hubiera obtenido la fuerza con que venció a Dios; sino que quiere decir que fue dotado divinamente de un poder invencible, de modo que salió vencedor en el combate. Comprendemos, pues, ahora el sentido del profeta.
Oseas 12:4-5
Y puesto que esto era especialmente digno de ser recordado, repite que tuvo poder con el ángel, y prevaleció. Pero ya hemos dicho cómo Jacob prevaleció no ciertamente por sí mismo, sino porque Dios había distribuido de tal modo su poder que la mayor parte estaba en el mismo Jacob. Por eso suelo, cuando hablo de la lucha y de los combates diarios con que Dios ejercita a los piadosos, aducir esta comparación: que Dios pelea con nosotros con su mano izquierda y nos defiende con su mano derecha, es decir, nos asalta de manera débil (por así decirlo) y al mismo tiempo extiende su diestra para defendernos: en este último caso despliega su mayor poder, para que salgamos vencedores en la lucha. Y este modo de hablar, aunque a primera vista parece duro, presenta, con todo, maravillosamente la gracia y la bondad de Dios, puesto que se digna humillarse por nuestra causa, hasta escoger concedernos la alabanza de la victoria; no ciertamente para que nos envanezcamos, sino para que sea así más glorificado, cuando prefiere ejercer su poder defendiéndonos antes que abrumándonos, lo cual podría hacer con un soplo de su boca. Pues no necesita hacer esfuerzo alguno para reducirnos a nada: si solo escogiera soplar sobre todo el género humano, el mundo entero se extinguiría en un momento. Pero el Señor pelea con nosotros y al mismo tiempo no permite que seamos aplastados; más aún, nos levanta en alto y, como ya he dicho, nos concede la victoria. Sigamos ahora.
El profeta añade que lloró y rogó: Lloró, dice, y le rogó. Algunos explican esta cláusula del ángel; pero no sé si el llanto le convenía a él. Puede defenderse, ciertamente, el dicho de que el ángel fue como un suplicante cuando cedió la conquista al santo varón; pues era lo mismo que si quien se reconoce desigual en un combate se arrojara al suelo. Explican entonces el llanto así: «El ángel rogó al patriarca cuando dijo: “Déjame ir”; y esto era una confesión de victoria». El sentido sería entonces que el patriarca Jacob no ganó algo ordinario cuando salió vencedor en la lucha; pues Dios era en cierto modo el suplicante, ya que le concedía el nombre y la alabanza de vencedor. Pero yo prefiero explicar esto del patriarca, y hacerlo así es, a mi juicio, más apropiado. No se dice, ciertamente, que Jacob llorara; es decir, no está declarado, lo reconozco, de manera clara y expresa por Moisés; pero el llanto puede tomarse por aquella humildad que los fieles traen siempre a la presencia de Dios: y además el llanto convenía al patriarca; pues ganó de tal modo la victoria en el combate que no se fue sin dolor y sin daño, puesto que sabemos que su pierna fue descoyuntada y su muslo dislocado, de modo que fue cojo toda su vida. Jacob obtuvo, pues, la victoria, y allí triunfó con la aprobación de Dios; pero no salió ileso, pues Dios lo había dejado cojo. Sintió, pues, un dolor no pequeño, ya que esta debilidad de su cuerpo continuó toda la vida. Por eso el llanto no desdecía del santo varón, que fue humillado en la lucha aunque se llevó la palma de la victoria.
Y esto debe notarse con cuidado; porque aquí el profeta sale al paso de todas las calumnias, cuando modera de tal modo la sentencia que nada quita a Dios y a su gloria, aunque adorna así espléndidamente la victoria del patriarca. Fue, pues, príncipe con Dios; prevaleció también, llegó a ser vencedor; pero ¿cómo? Sin embargo, lloró y le rogó; lo cual significa que no había motivo de orgullo en que se llevara la palma de la victoria del combate, sino que Dios lo condujo a la humildad aun por la dislocación de su muslo o pierna: y así le rogó. La oración de Jacob la relata Moisés, la que hizo cuando pidió ser bendecido. Pero lo menor, como dice el apóstol, es bendecido por lo mayor (He 7:7). Jacob, pues, no se ensalzó, como hacen los ciegos, que reclaman mérito para sí; sino que oró a Dios y pidió ser bendecido por Aquel que se reconocía vencido. Y esto debe observarse con cuidado, en especial la circunstancia añadida; pues de aquí aprendemos que no hay motivo para que los que son probados con tentaciones huyan de Dios, aunque nuestra carne busca ciertamente el descanso y desea ser perdonada.
Pero cuando una tentación está cerca, nos retiramos, y no hay nadie que no quisiera de buena gana hacer una tregua y esconderse también lejos de la presencia de Dios. Puesto, pues, que deseamos que Dios esté lejos de nosotros cuando sale como antagonista para probar nuestra fe, debe recordarse esta oración de Jacob; pues aunque tenía la pierna descoyuntada, aunque estaba agotado de fatiga, no se retiró, no quiso la partida del ángel, sino que lo retuvo, por así decirlo, por la fuerza: «Me bendecirás; antes quiero contender contigo y ser consumido del todo que dejarte ir antes de que me bendigas». Vemos de aquí que debemos buscar la presencia de Dios; aunque nos pruebe con severidad, aunque suframos mucho, aunque nuestras fuerzas desfallezcan, aunque quedemos cojos toda la vida, no debemos, con todo, rehuir la presencia de Dios, sino más bien abrazarlo con ambos brazos y retenerlo, por así decirlo, por la fuerza; pues es mucho mejor gemir bajo nuestra carga y sentir el poder de aquel que está sobre nosotros, que continuar libres de fatiga y pudrirnos en nuestros placeres, como hacen aquellos a quienes Dios abandona. Y vemos cuánto debemos temer tal indulgencia; pues a menos que seamos afilados cada día con diversas tentaciones, enseguida criamos herrumbre y otros males. Es, pues, necesario, para que nos mantengamos en buen estado, que nuestros combates se renueven cada día: y por eso he dicho que debemos buscar la presencia de Dios, por severa que sea la lucha.
Sigue: Lo halló en Bet-el. Para quitar toda ambigüedad, lo traduciría: «En Bet-el lo había hallado». Es, ciertamente, un verbo en tiempo futuro; pero es cierto que el profeta habla del pasado. Pero cuando tomamos el pasado, aún queda ambigüedad en el lenguaje; pues algunos entienden así el lugar: que Dios halló después a Jacob en Bet-el, o que Jacob halló a Dios; es decir, cuando se le confirmó el nombre de Israel, después de la destrucción de la ciudad de Siquem; porque, para consolar su dolor, Dios se le apareció allí de nuevo. Explican, pues, esto de una segunda visión en aquel lugar. Pero me parece que el profeta tenía en vista otra cosa, a saber, que Dios ya había hallado a Jacob en Bet-el, que lo había encontrado cuando huía a Siria y se iba por temor a su hermano. Fue entonces por primera vez cuando Dios se apareció a su siervo y lo exhortó a la fidelidad: le prometió un regreso seguro a su tierra. El profeta quiere decir, pues, que Jacob ganó la victoria porque Dios, mucho antes, había comenzado a abrazarlo en su amor, y testificó también su amor cuando se le manifestó en Bet-el. Por tanto, lo halló en Bet-el. Esto podría, ciertamente, referirse a Jacob: «Lo halló en Bet-el»; es decir, halló a Dios. Pero como se añade enseguida: Allí habló con nosotros, y esto no puede aplicarse a otro que al mismo Dios, me inclino a añadir también que Dios había hallado a Jacob en Bet-el. Y el profeta nos recomienda de nuevo la bondad gratuita de Dios hacia Jacob, porque se dignó encontrarlo en su camino y mostrar que era el guía de Jacob en su viaje; pues él no pensaba antes que Dios estuviera cerca de él, como dice él mismo:
«Esta es casa de Dios, y puerta del cielo, y yo no lo sabía» (Gn 28:16, 17).
Cuando, pues, el santo varón se creía, por así decirlo, desechado por Dios y destituido de toda ayuda, cuando estaba solo y sin esperanza alguna, se dice que Dios lo halló; porque por su buena voluntad se le presentó, cuando el santo varón no esperaba tal cosa ni la concebía en su mente. Por eso Dios ya había hallado a su siervo en Bet-el; y allí habló, o (para que continúe el mismo estilo) le había hablado.
Allí había hablado con nosotros. Algunos toman עמנו, omnu, por עמו, omu, había hablado con él; y lo hacen forzados por la necesidad; pues no hallan sentido en las palabras de que Dios habló con nosotros en Bet-el. Pero no hay necesidad de cambiar las palabras contra las reglas de la gramática. Otros, que no se atreven a apartarse de las palabras del profeta, imaginan un sentido del todo diferente. Algunos dicen: «Habló con nosotros allí»; es decir: «El Señor habla por mí, Oseas, y por Amós, que es mi colega y amigo; pues denunciamos sobre vosotros, por su autoridad, ruina y destrucción totales; y Dios nos ha dado a conocer en Bet-el todo lo que os traemos». Pero cuán forzado es esto, todos lo ven: esto es torcer la Escritura, y no explicarla. Otros hablan aún más fríamente: «Allí habló con nosotros», como si el ángel hubiera dicho: «Espera, el Señor hablará con nosotros; yo te he llamado Israel, pero el Señor vendrá al fin, y ratificará lo que ahora te digo»: como si no fuera ciertamente el Dios eterno; pero esto lo expresa él inmediatamente cuando dice: Jehová es su memorial, Jehová de los ejércitos. Pero así desvarían los judíos, que son como seres irracionales siempre que se hace referencia a Cristo.
No parece, sin embargo, que haya gran razón para que nos afanemos mucho con las palabras del profeta: y aun algunos de los rabinos (para no privarlos de su justa alabanza) han observado que este es el sentido: que el Señor había hablado de tal modo con Jacob que lo que dijo pertenecía a todo el pueblo. Pues sin duda todo lo que Dios prometió entonces a su siervo pertenecía a todo el cuerpo del pueblo y a toda su posteridad. ¿Por qué, entonces, se atormentan tanto los intérpretes, cuando es evidente que Dios habló, en la persona de un solo hombre, con toda la posteridad de Abraham? Y esto concuerda muy bien con el contexto; pues el profeta aplica ahora, por así decirlo, a todo el pueblo lo que hasta ahora había referido del patriarca Jacob. Para que no pensaran, pues, que se relataba la historia de un solo hombre, dice que pertenece a todos. ¿Cómo así? Porque el Señor había hablado de tal modo con el santo Jacob que su voz debía resonar en los oídos de todos. Pues ¿qué se dijo al santo varón? ¿Se reveló Dios solo a él? ¿Prometió ser Padre solo de él? Más aún, adoptó a toda su descendencia y extendió su favor a toda su posteridad. Puesto, pues, que había hablado así a todos los israelitas, debían ahora avergonzarse más de su defección, por cuanto habían degenerado tanto de su padre, con quien estaban, sin embargo, unidos. Pues había un lazo sagrado de unidad entre Jacob y sus hijos, ya que Dios los abrazó a todos en su amor y los favoreció a todos con su adopción. Percibimos ahora el pensamiento del profeta. Prosigamos:
Oseas 12:6-7
6. Tú, pues, vuélvete a tu Dios; guarda misericordia y juicio, y en tu Dios confía siempre.
6. Et tu ad Deum tuum convertere; bonitatem et judicium custodi; et spera in Deo tuo semper.
7. ¡Canaán! En su mano están balanzas de engaño; le gusta oprimir.
7. Chanaan! In manu ejus statera fraudis (vel, dolosa;) praedari diligit.
Oseas 12:6
El profeta insiste ahora con el pueblo. Habiendo hecho referencia al ejemplo del patriarca, muestra cuán diferente de él era su posteridad, con la cual Dios nada podía lograr por la sana enseñanza, aunque estaba continuamente solícito por su salvación y suscitaba a sus profetas para volver al camino de la salvación a los perdidos y dispersos. Siendo así, el profeta los acusa de ingratitud. Pero habla primero del arrepentimiento; y luego muestra que él y otros ministros de Dios habían trabajado en vano; pues tal era la perversidad del pueblo que la enseñanza no surtía efecto. Su sermón es breve, pero contiene mucho.
Vuélvete, dice, a tu Dios. Alude aquí a la apostasía del pueblo al mandarles volverse a su Dios y, al mismo tiempo, condena todo lo que los israelitas solían alzar como defensa cuando los profetas los reprendían. Porque querían que sus modos de culto fingidos pasaran por razón; querían que los dioses inventados por ellos mismos ocuparan el lugar del Dios verdadero. El profeta les corta el asidero de subterfugios de esta clase al mandar al pueblo que se vuelva a su Dios. «Pues —dice— ciertamente adoráis dioses y os fatigáis mucho en vuestras supersticiones; pero confesad que sois apóstatas, que habéis rechazado la ley entregada por el Dios verdadero. Volveos, pues, a vuestro Dios». Y llama a Dios el Dios de Israel no para honrarlos, sino para reprocharles, porque habían desechado voluntaria y deliberadamente el culto del Dios verdadero, que se les había dado a conocer.
Se muestra después el verdadero camino del arrepentimiento. El comienzo del versículo, como ya he dicho, exige que el pueblo se arrepienta; pero como sabemos que los hombres juegan con Dios cuando se les llama al arrepentimiento, no es en vano que se añada una descripción definida, o al menos breve, del arrepentimiento, con la cual se hace evidente qué es arrepentirse, o volverse a Dios. Dice, pues, el profeta: Guarda misericordia, o bondad, y juicio. Comienza por la segunda tabla, y luego añade la piedad hacia Dios. Pero establece solo dos cosas, en las cuales incluyó toda la enseñanza de la segunda tabla. Pues ¿cuál es el designio de Dios, desde el quinto mandamiento hasta el último, sino enseñarnos a conformar nuestra vida a la regla del amor? En la segunda tabla de la ley se nos enseña, pues, cómo debemos obrar hacia nuestros hermanos; o, si alguien quiere un resumen más corto, en la segunda tabla de la ley se muestran los deberes mutuos de los hombres. Pero el profeta comienza aquí por la segunda parte de la ley; porque los profetas no suelen observar estrictamente el orden, ni siguen siempre un método regular; sino que les basta mencionar las cosas principales con que explican su asunto; y por eso no es de extrañar que el profeta, según su manera acostumbrada, mencione aquí en primer lugar el amor, y luego pase al culto de Dios. Este orden, como he dicho, no es, ciertamente, ni natural ni legítimo; pero esto no tiene importancia; más aún, no sin muy buena razón solían hacerlo así los profetas; pues el arrepentimiento se prueba mejor por la observancia de la segunda tabla que por la del culto divino. Porque, como los hipócritas disimulan y se esconden con encubrimientos admirables, el Señor aplica una piedra de toque, y esto lo hace siempre que los saca a la luz y expone a la vista pública sus fraudes, robos, crueldad, perjurios, hurtos y vicios semejantes. Puesto, pues, que los hipócritas pueden ser mejor convictos por la segunda tabla de la ley, el Señor apela con razón a esta cuando habla del arrepentimiento; como si dijera: «Hágase ahora evidente cuál es vuestro arrepentimiento, si es fingido o sincero; pues si obráis con justicia y rectitud para con vuestros prójimos, si guardáis equidad y rectitud, es evidencia segura de vuestro arrepentimiento».
Al mismo tiempo, el profeta no pasa por alto el culto de Dios; pues añade: Espera siempre en tu Dios. Con la palabra «espera» exige primero la fe, y luego la oración que de ella nace, y la acción de gracias, que necesariamente la sigue. Así queda incluido brevemente todo el culto de Dios, como parte por el todo, en la palabra «espera». El sentido del profeta es, pues, que Israel, abandonando sus propias supersticiones, se apoyara en el único Dios verdadero y pusiera en él toda su salvación, que se refugiara en él y le atribuyera solo a él la alabanza debida por todas las bendiciones. Haciéndolo así, restaurarían el culto puro de Dios y desecharían todas sus supersticiones adúlteras. Había hablado ya de la segunda tabla de la ley.
Vemos, pues, que el arrepentimiento no es otra cosa que una reforma de toda la vida conforme a la ley de Dios. Porque Dios ha explicado su voluntad en su ley; y cuanto nos apartamos o desviamos de ella, tanto nos apartamos del Señor. Pero cuando nos volvemos a Dios, la verdadera prueba es cuando enmendamos nuestra vida conforme a su ley, y comenzamos adorándolo espiritualmente, cuya principal parte es la fe, de la cual procede la oración; y cuando, además de esto, obramos con bondad y justicia hacia nuestros prójimos, y nos abstenemos de todas las injurias, fraudes, robos y toda clase de maldad. Esta es la verdadera evidencia del arrepentimiento.
Oseas 12:7
Pero mientras el profeta exhortaba a los israelitas al arrepentimiento, añade que tal era su perversidad que se hacía sin fruto alguno. ¡Canaán!, dice; lo leo por sí solo; pues lo que algunos consideran sobrentendido es frío, como: «Fue asimilado a, o fue semejante a Canaán, en cuya mano», etc. Pero, por el contrario, el profeta condena aquí a los israelitas con una sola palabra; como si dijera que eran del todo extraños e indignos de ser llamados hijos de Abraham. Y así lo que decimos es a menudo brusco cuando hablamos con indignación. El profeta los llama, pues, «Canaán» por indignación; lo cual significa esto: «No sois hijos de Abraham; falsamente os jactáis de su nombre, que no puede convenir a vosotros; pues sois Canaán».
Luego añade: En su mano está la balanza de engaño, le gusta robar, o despojar. Literalmente es: le gusta despojar. Pero el sentido es claro: que amaban el robo; es decir, eran arrastrados con toda codicia a actos de rapiña. Debe notarse primero que el profeta expone aquí a la infamia a los descendientes carnales de Abraham al llamarlos Canaán, y esta imputación se halla a menudo en los profetas. Y la razón por la que se les hablaba así era que estos hombres insensatos solían alzar orgullosamente como escudo la distinción de su raza. «¡Cómo! Somos un pueblo santo». Puesto que con este pretexto rechazaban todas las advertencias de los profetas, Dios les devuelve este reproche: «No sois hijos de Abraham, sino Canaán»; como si dijera: «Nada ha cambiado aún en aquella nación; los israelitas son siempre iguales a sí mismos». El Señor había limpiado una vez la tierra de impíos; pero cuando los descendientes de Abraham se hicieron semejantes a los cananeos, fueron llamados simiente de Canaán; como si la misma nación que antes estuvo allí hubiera permanecido todavía; pues no había diferencia en sus costumbres, porque eran iguales o los mismos en depravación.
Pero sigue la razón por la cual los llama raza de Canaán: porque llevaban en la mano una balanza engañosa y se dedicaban con toda avidez al despojo. La balanza engañosa puede extenderse a sus disimulos, falacias y falsedades, con los cuales Dios, como se había quejado antes, estaba rodeado; pero como sigue enseguida: Ama los robos, prefiero entender aquí aquellas dos maneras de hacer daño que incluyen casi toda clase de maldad; pues los hombres o defraudan con astucia cuando perjudican a otros, o dañan a sus prójimos por fuerza abierta. Puesto, pues, que los que agravian a sus prójimos o los perjudican abiertamente, o circunvienen a los sencillos con sus fraudes y tratos astutos, Oseas establece aquí, en primer lugar, la balanza engañosa, y luego añade su codicia en despojar o robar. Es, pues, lo mismo que si hubiera dicho que eran fraudulentos y que eran también ladrones que procedían con violencia abierta. Quiere decir que, sin ley ni freno alguno, eran adictos a actos de agravio e injusticia, y estaban tan empeñados en hacer daño que lo hacían o por astucia o por fuerza abierta. No es de extrañar, pues, que se les llamara raza incircuncisa. ¿Por qué? Porque nada tenían que ver con Dios, ya que se habían apartado así de su ley; más aún, aborrecían la bondad y la misericordia. Se sigue también que estaban vacíos de toda piedad, puesto que se olvidaban así de toda equidad para con sus prójimos. Este es el sentido.
Oración
Concede, Dios omnipotente, que, ya que no te apareces ahora a nosotros en sombras y figuras, como antes a los santos padres, sino clara y abiertamente en tu Hijo unigénito, concede, oh, que nos entreguemos por completo a la contemplación de tu imagen, que así resplandece ante nosotros; y que seamos transformados en ella de tal manera que hagamos progresos crecientes, hasta que por fin, habiendo despojado toda la inmundicia de nuestra carne, seamos plenamente conformados a aquella santidad pura y perfecta que mora en Cristo, así como en él mora la plenitud de todas las bendiciones, y obtengamos al fin participación de aquella gloria que nuestro Señor nos ha procurado por su resurrección. Amén.
Lección trigésima tercera
Oseas 12:8
8. Y dijo Efraín: Sin embargo, me he enriquecido, he hallado riquezas para mí; en todos mis trabajos no hallarán en mí iniquidad que sea pecado.
8. Et dixit Ephraim, Attamen ditatus sum; inveni opes mihi: in omnibus laboribus meis non invenient mihi iniquitatem, quia scelus (vel, piaculum.)
Oseas 12:8
Aquí Dios se queja por medio de su profeta de que los israelitas se halagaban en sus vicios porque sus asuntos prosperaban y salían conforme a sus deseos: y es un vicio demasiado común que los hombres se feliciten mientras la fortuna, como suele decirse, les sonríe, pensando que entonces tienen a Dios propicio. Siendo tal la condición del pueblo, despreciaban a todos los profetas y sus reprensiones. De esta dureza se queja ahora el Señor. Efraín ha dicho: Sin embargo, me he enriquecido. Hay un énfasis que notar en la partícula adversativa אך, «ach». En hebreo es a veces una simple afirmativa; pero aquí el profeta quiso expresar otra cosa, a saber, que los israelitas se reían de todas las reprensiones porque Dios parecía serles propicio, como si manifestara su favor con la prosperidad. «Sin embargo, me he enriquecido; y por eso no me importa nada lo que digan los profetas, pues estoy contento con mi suerte». Este, como he dicho, es un mal común; y por eso este pasaje debe notarse con cuidado, no sea que cuando el Señor nos perdona por un tiempo pensemos que somos inocentes ante él; pues nada hay que temer más que el deslumbramiento de nuestros ojos por un estado de cosas próspero y deseable. Aunque el Señor, pues, nos soporte y no saque de inmediato su venganza contra nosotros, sino que, por el contrario, nos acaricie, por así decirlo, bondadosamente en su seno, si nos reprende con su palabra debemos atender a sus amenazas.
Pero añaden además: Todos mis trabajos no hallarán iniquidad, o, no hallarán iniquidad en todos mis trabajos. Muchos leen simplemente como dicen las palabras: «Mis trabajos no hallarán iniquidad»; pero como la expresión parece rígida, he procurado traducirla de manera más suave, como también otros han hecho: «No hallarán iniquidad en todos mis trabajos». Esta jactancia iba más lejos, pues el profeta muestra que el pueblo no solo estaba seguro porque el Señor les daba algunas muestras de su favor paternal, sino que estaban también embriagados con esta impía confianza de que Dios no los habría favorecido si no estuvieran exentos de toda falta y vicio: y esta segunda cláusula debe notarse con cuidado. Ahora bien, es una depravación que de ningún modo ha de tolerarse que los hombres comiencen a despreciar a Dios porque los trata con bondad, y que abusen de su indulgencia hasta condenar toda su enseñanza y toda su amenaza; esto es, ciertamente, una gran perversión: pero cuando a todo esto se añade tal orgullo que los hombres impíos y réprobos se persuaden de que son justos porque Dios no los castiga de inmediato, esto es, por así decirlo, una locura diabólica; y sin embargo vemos que es cosa común. Pues los impíos no solo se enorgullecen de sus riquezas, no solo se hinchan con su propio poder, sino que piensan también que Dios está de algún modo obligado a ellos. «¡Cómo! Debe de ser que Dios me considera inocente y puro de todo vicio, pues me favorece: no halla, pues, en mí lo que merezca castigo». Así levantan los impíos sus cuernos contra Dios mientras los trata con indulgencia y no parece tan severo con ellos como merecían.
Cuando hoy percibimos estos males prevaleciendo entre la mayor parte de los hombres, no hay razón para asombrarse; pero debemos al mismo tiempo aprovechar la instrucción del profeta, para no ser cegados por la prosperidad, ni despreciar las reprensiones, ni halagarnos en nuestro pecado; y también para no acumularnos un tesoro de la ira de Dios cuando nos trata con bondad. No abusemos, pues, de su paciencia; no pensemos que somos inocentes ante él porque no ejecuta de inmediato sus juicios; sino aprendamos más bien a escudriñarnos a nosotros mismos y a sacudir nuestros vicios, para humillarnos bajo su mano, aunque él se contenga de infligir castigo. Esta es la aplicación de la presente doctrina.
Pero debemos notar lo que añade el profeta: No hallarán iniquidad en mis trabajos; es decir, no se hallará iniquidad en mis trabajos, porque esto es maldad o un crimen que requiere expiación. Me asombra que los intérpretes expliquen este lugar tan fríamente; pues dicen que no se hallará en mis trabajos iniquidad o pecado. Pero el profeta no pone una copulativa, sino que usa la partícula אשר, asher, que ha de tomarse aquí de manera exegética. Y el sentido es que los hipócritas, mientras reclaman para sí la alabanza de la inocencia, por disimular, detestan ostensiblemente toda maldad y todo crimen. «No se hallará iniquidad en mis trabajos, porque esto es maldad; lejos de mí que se descubra que soy un malvado en mis obras; pues estoy sin fraude en todos mis tratos». Pero ¿es así? De ninguna manera; pero como juzgan el favor de Dios por la fortuna próspera, piensan que Dios no sería tan bondadoso con ellos si no los considerara justos y puros. De aquí vemos con cuánta seguridad se burlan los hipócritas de Dios cuando comienzan a despreciar su enseñanza y sus advertencias. No hemos de asombrarnos, pues, de que hoy prevalezca por doquier en el mundo tanta perversidad. Pero usemos también este modo de enseñar que el profeta nos presenta. Sigamos ahora:
Oseas 12:9
9. Y yo soy Jehová tu Dios desde la tierra de Egipto; aún te haré habitar en tiendas, como en los días de la fiesta solemne.
9. Ego autem Jehova Deus tuus a terra Aegypti: habitare te faciam in tabernaculis, sicut diebus conventus.
Oseas 12:9
En la primera cláusula Dios reprocha a los israelitas haber olvidado el beneficio de su redención, cuya memoria debía haber prevalecido y florecido siempre entre ellos. Aún soy, dice, tu Dios desde la tierra de Egipto; es decir: «Es extraño que seáis tan olvidadizos que vuestra redención no os venga a la mente, la cual, sin embargo, debía ser bien conocida y estar siempre, por así decirlo, ante vuestros ojos». Aquella fue, como sabemos, una memorable muestra de la bondad de Dios. Pero cuando dice que es el Dios de aquel pueblo desde la tierra de Egipto, señala el fin de la redención, como si dijera: «Te redimí con este fin, para que estuvieras ligado a mí para siempre». Pues sabemos que cuando libró a aquel pueblo de su cruel tiranía, adquirió al mismo tiempo para sí un reino eterno; fue entonces santificado en su pueblo elegido. El fin de la redención debe, pues, observarse en las palabras del profeta: «Soy —dice— tu Dios desde la tierra de Egipto; ¿de qué otro modo habrías salido de tu sepulcro?». Porque eran como muertos cuando Dios extendió su mano hacia ellos. Desde la tierra de Egipto, pues, soy tu Dios, lo cual significa esto: «Puesto que has sido restaurado tan maravillosamente de la muerte a la vida por mi favor, ¿no soy tu Dios desde aquel día? Te debes, pues, a ti mismo y todo lo tuyo a mí; porque te compré para mí como posesión peculiar. Cuando ahora detestas con petulancia rechazar a mis profetas, que hablan en mi nombre, es ciertamente una ingratitud que no se puede soportar que olvides tus redenciones y el fin para el cual te di a conocer mi poder y mi gracia».
Pero en cuanto a la segunda cláusula, los intérpretes varían; algunos la explican de esta manera: que Dios no cesaría de mostrar misericordia a los israelitas, por indignos que fueran: Te haré habitar en tus tiendas; y toman tiendas, no en sentido estricto, por casas. Luego dicen: conforme a los días de Moed, es decir, del antiguo convenio, o conforme a los días señalados; pues Dios había prometido dar la tierra de Canaán a la posteridad de Abraham para su perpetuo reposo. Pero esta exposición no parece adecuada. Otros dicen que aquí se reprende a los israelitas porque descuidaron el mandamiento de Dios, que había instituido un día festivo en el cual debían conmemorar cada año su redención. Sabemos, en efecto, que había la fiesta anual de los tabernáculos: piensan, pues, que el sentido del profeta es este: «No solo te redimí una vez, sino que quise también que hubiera un memorial de este favor; ¿y con qué propósito os he mandado guardar una fiesta anual sino para que retuvierais en la memoria lo que de otro modo podría haberse olvidado? Pero nada he logrado con este rito, pues ahora soy rechazado y mis profetas no tienen autoridad entre vosotros». Pero este sentido es también frío. Algunos piensan que el profeta amenaza aquí a los israelitas, como si dijera: «Dios os arrojará de nuevo, para que habitéis en tiendas como antes en el desierto». Aunque no rechazo esta opinión, pienso, con todo, que hay algo más enfático en las palabras del profeta, a saber, que Dios dice aquí de manera indirecta que había necesidad de una nueva redención, para ligar más a sí al pueblo; como si dijera: «Veo que sois olvidadizos de mi redención anterior; pues veo que la estimáis en nada, como si fuera cosa anticuada; debo, pues, perder todo mi trabajo, a menos que se renueve la memoria de mi antiguo favor: te haré, por tanto, habitar de nuevo en tiendas. Es necesario echarte otra vez de tu heredad, y restaurarte otra vez, y eso de un modo inusitado y el menos esperado, para que entiendas que soy tu Redentor».
Comprendemos, pues, ahora lo que el profeta quiso decir. Después de haber dicho Dios que era el Dios de Israel desde la tierra de Egipto, añade luego: «Puesto que vuestra redención anterior ha perdido toda su influencia por vuestro malvado olvido, me haré de nuevo vuestro Redentor; te haré, pues, permanecer o habitar en tiendas como antes; ya que vuestra primera redención nada vale, añadiré una segunda, para que por fin os arrepintáis y sepáis cuánto me debéis». Los días de Moed los toma por su manera de proceder en el desierto, como la describe Moisés; pues se congregaban desde sus campamentos para los sacrificios. Por eso Dios no habla aquí del convenio que había hecho con su pueblo, como si señalara algún pacto perpetuo; sino que llama días de Moed a aquellos en que los israelitas estaban congregados, cuando estaban ubicados en sus campamentos según el relato dado por Moisés. Sigue ahora:
Oseas 12:10
10. Y he hablado a los profetas, y aumenté la profecía, y por medio de los profetas puse semejanzas.
10. Et locutus sum super Prophetas, et ego visionem multiplicavi, et in manu Prophetarum assimilavi (vel, similitudines posui.)
Oseas 12:10
El profeta agrava el pecado del pueblo por haberse opuesto siempre obstinadamente a Dios, de modo que no tenían pretexto alguno de ignorancia: pues los hombres, como sabemos, eluden el espantoso juicio de Dios mientras pueden alegar ignorancia o irreflexión. El profeta niega que el pueblo hubiera caído por falta de información, pues habían sido a menudo, más aún, continuamente, advertidos por los profetas. Aparece, pues, que este pueblo se había vuelto, por así decirlo, deliberadamente rebelde contra Dios; pues siempre habían despreciado a los profetas, no una o dos veces, sino cuando el Señor los enviaba en sucesión: He hablado, dice, sobre mis profetas, o por mis profetas; pues על, ol, se toma de diversas maneras: «He hablado sobre mis profetas», es decir, he depositado en ellos la doctrina que debía haberos devuelto al camino recto; y no solo esto, sino que he multiplicado las visiones; no ha sido de una sola manera como he procurado reuniros, sino que he acumulado muchas visiones: y luego dice: En la mano de los profetas he puesto semejanzas; es decir, he procurado de toda manera posible devolveros a un sano juicio; pues Dios habla a la manera de los hombres. Podría, ciertamente, si quisiera, lograr esto por el movimiento secreto de su Espíritu; pero basta, para quitar toda excusa a los hombres, alegar el hecho de que no obedecen la palabra y no se ofrecen a Dios como sumisos y dóciles cuando él, por sus profetas, los exhorta al arrepentimiento. Es, pues, un agravamiento del pecado digno de notarse cuando Dios reclama y dice que había gastado inútilmente todos sus esfuerzos para reunir a Israel disperso, aunque había empleado constantemente los trabajos de sus profetas.
Pero este reproche puede aplicarse también a nosotros hoy; más aún, todo lo que el profeta ha dicho hasta aquí puede volverse justamente contra nosotros. Porque vemos cómo el mundo se endurece contra todas las advertencias; y vemos también cuánto tiempo suspende el Señor sus juicios y tolera a los hombres que se burlan de su paciencia. La misma depravación que el profeta describe en este lugar se ensaña ahora en el mundo. Además, Dios no solo nos ha redimido de Egipto, sino del infierno más profundo, y sabemos que hemos sido redimidos por Cristo con este fin: para que estemos enteramente dedicados a Dios; pues Cristo murió y resucitó con este propósito: para ser Señor así de los muertos como de los vivos. Pero vemos cuánta es la perversidad de los hombres, y cómo con impunidad se desenfrenan contra Dios. ¿Quiénes de entre nosotros recuerdan que ya no son suyos, porque han sido comprados por la sangre de Cristo? Pocos piensan en esto. Y no solo esta única y perpetua redención verdadera debe ser tenida en cuenta por nosotros; pues el Señor nos redimió de nuevo cuando estábamos hundidos en el abismo del papado; y cada día renueva también la misma bondad para con nosotros; y sin embargo somos tan olvidadizos que a menudo no recordamos la gracia de Dios. Vemos ahora cuán necesaria es esta doctrina aun para nuestra época.
Además, Dios, como ya he dicho, no cesa cada día de estimularnos y apremiarnos; multiplica las profecías y las semejanzas; es decir, se acomoda a nosotros de diversas maneras; pues por semejanzas entiende todas las formas de enseñanza. Y sin duda vemos que Dios en cierto modo se transforma en su palabra, pues no habla conforme a su propia majestad, sino como ve que conviene a nuestra capacidad y debilidad; pues las Escrituras nos presentan diversas representaciones que nos muestran el rostro de Dios. Puesto que Dios se acomoda así a nuestra rudeza, ¡cuán grande es nuestra ingratitud cuando no sigue fruto alguno! Recordemos, pues, que el profeta reprendió de tal manera a los hombres de su época que habla también a nosotros hoy. Sigamos ahora:
Oseas 12:11
11. ¿Es Galaad iniquidad? Ciertamente son vanidad; en Gilgal sacrificaron bueyes; sí, sus altares son como montones en los surcos del campo.
11. An in Gilead iniquitas? (vel, an Gilead coepit peccare?) certe vanitas (vel, mendacium) fuerunt in Gilgal (alii disjungunt istud בגלגל*,* ut contexant cum sequentibus) boves sacrificarunt, etiam altaria eorum sicut acervi super sulcos agrorum.
Oseas 12:11
Es una pregunta irónica cuando el profeta dice: ¿Hay iniquidad en Galaad? Y se burla de la locura de aquellos que se deleitaban en vicios tan groseros, cuando su culto era del todo espurio y degenerado. Cuando sabían que eran pérfidos para con Dios y seguían un culto ajeno a su ley, eran, sin embargo, tan perversos que rechazaban orgullosamente toda amonestación. Puesto, pues, que estaban cegados en sus vicios, el profeta les pregunta irónicamente: ¿Hay iniquidad en Galaad? Todavía dudan, por cierto, de si son culpables ante Dios, de si llevan alguna culpa. Ciertamente, dice, son vanidad; es decir: «Por más que busquen pretextos especiosos para sí, y nieguen que son conscientes de hacer mal, e introduzcan también muchas razones de duda para no verse forzados a reconocer su pecado, son, con todo, culpables de falsedad; todas sus glosas no contienen nada sólido, sino que son meros disfraces que de nada valen ante Dios». Comprendemos, pues, ahora el sentido del profeta.
Pero no hay duda de que condena también aquí su culto pervertido, con el cual los israelitas pensaban al mismo tiempo que rendían el mejor servicio a Dios. Pero la obediencia, como sabemos, es mejor que todos los sacrificios. El profeta arremete, pues, aquí contra todos los modos de culto fingidos, ideados sin Dios y contra la autoridad de la ley de Dios. Pero al mismo tiempo, como acabamos de insinuar, expone indirectamente su irreflexión por imaginarse excusables con tal de que alegaran su buena intención, como se hace comúnmente, y dijeran que habían edificado altares sin otro designio que dar a conocer por doquier el nombre de Dios y conservar entre ellos algunas señales de religión. Puesto, pues, que levantaban así una nube de humo para cubrir su impiedad, el profeta dice: «Todavía preguntan, como de cosa dudosa, si hay iniquidad en Galaad; pregunten y disputen; ciertamente —dice— son vanidad»; literalmente, ciertamente han sido falsedad; pero quiere decir que alegaban neciamente aquellas excusas frívolas con que trataban de escapar del crimen y de su castigo. ¿Cómo es que eran vanidad? Porque Dios estima su propia ley más que todas las glosas de los hombres, y quiere que todos obedezcan, sin disputa, su propia palabra; pero cuando se apartan así licenciosamente de sus mandamientos, es algo que no puede soportar. Son, pues, falsos y se engañan a sí mismos los que piensan que sus propias invenciones tienen algún valor ante Dios. Expone luego sus crímenes:
En Gilgal, dice, sacrificaron bueyes. Jerónimo traduce: «Sacrifican a los bueyes», y piensa que aquí se reprende a los israelitas por sacrificar a los becerros; pero esto parece demasiado alejado de las palabras del profeta. El profeta menciona, pues, su pecado: que sacrificaron bueyes y multiplicaron altares. Y sin embargo parecía una diligencia digna de alabanza que multiplicaran muchos altares, que adoraran a Dios por doquier, que no escatimaran ni gasto ni trabajo, que no se contentaran con pocos sacrificios, sino que añadieran gran número; todo esto parecía merecer no poca alabanza: pero el Señor, como ya se ha dicho, no estimaba estas prácticas corruptas; pues quería ser adorado él solo por su pueblo, y quería que su piedad se atestiguara con esta sola evidencia: su obediencia a su palabra. Cuando, pues, nos desviamos de la palabra de Dios, más aún, cuando con riendas sueltas nos abandonamos a nuevas invenciones, aunque con apariencia de razón profesemos que nuestro objeto es adorar a Dios, todo esto es, sin embargo, un pretexto vano y falaz, como declara aquí el profeta.
Jerónimo se equivoca al pensar que Gilgal era una ciudad de la tribu de Judá; y esta suposición no puede convenir a este lugar: pues Judá, sabemos, estaba entonces libre de aquellas groseras contaminaciones; Judá no estaba todavía contaminado con las inmundicias que el profeta condena aquí en el reino de Israel. Es, pues, cierto que Gilgal era una ciudad de Israel; y sabemos que había allí un célebre templo y altar: por eso señala especialmente este lugar.
Pero luego añade: Sus altares son como montones en los surcos del campo. Había, como sabemos, un solo altar legítimo; y Dios no quería que se le ofrecieran sacrificios sino en un solo lugar. Por eso, cuanto más activos eran los israelitas en multiplicar altares, tanto más provocaban la venganza de Dios: por mucho que su propósito fuera adorar a Dios, Dios rechazaba aquella necia afectación. Vemos, pues, por qué el profeta compara aquí los altares entonces erigidos en el reino de Israel con montones de piedras; como si dijera: «Así como uno junta piedras en un montón, cuando la tierra es pedregosa, para poder conducir más fácilmente su arado, así cada uno se forma un altar para sí, como si levantara un montículo en su propio campo: de ahí viene que corrompan perversamente el culto puro y legítimo que yo he establecido». Entendemos, pues, ahora que el sentido del profeta es que los supersticiosos nada ganan cuando con audacia y abiertamente se jactan de que adoran a Dios; pues cualquier disfraz que inventen para sí y para otros, el Señor abomina, con todo, todo lo que es contrario a su palabra: y nuestro modo de adorar a Dios es el único verdadero y legítimo cuando seguimos solo lo que él prescribe y no nos permitimos nada sino lo que está conforme a su mandato y ordenanza. Este es el sentido. Prosigamos:
Oseas 12:12-13
12. Jacob huyó al territorio de Siria, y Israel sirvió por una mujer, y por una mujer guardó ovejas.
12. Et fugit Jacob in agrum Syriae, et servivit Israel in uxore (hoc est, pro uxore,) et pro uxore custodivit (*id est, *custos fuit gregis.)
13. Y por un profeta el Señor hizo subir a Israel de Egipto, y por un profeta fue guardado.
13. Et per Prophetam eduxit (ascendere fecit) Jehova Israelem ex Aegypto, et per Prophetam servatus est.
Oseas 12:12
El profeta emplea ahora otra clase de reprensión: que los israelitas no consideraban de qué fuente habían procedido y eran olvidadizos de su origen. Y el profeta toca este punto deliberadamente; pues sabemos con cuánta audacia y orgullo se jactaba el pueblo de su propia eminencia. Porque así como un pagano se gloriaba de ser ateniense, así también los judíos piensan que todos los demás somos animales brutos, e imaginan que tienen un origen diferente del resto de los hombres, porque son la posteridad de Abraham. Puesto, pues, que estaban cegados por tal orgullo, Dios quiso desengañarlos, como lo hace aquí: «Jacob vuestro padre, ¿quién fue? ¿Cuál era su condición? ¿Cuál su nobleza? ¿Cuál su poder? ¿Cuál su dignidad y eminencia según la carne? Más aún, en verdad era un fugitivo de su propio país: aunque hubiera vivido siempre en casa, su padre no era sino un peregrino; pero él se vio obligado a huir a Siria. ¿Y cuán espléndidamente vivió allí? Estaba, ciertamente, con su tío; pero no fue tratado mejor que si hubiera sido algún esclavo despreciable: Sirvió por una mujer. ¿Y cómo sirvió? Fue guardador de ovejas. Id, pues, ahora y jactaos de vuestra dignidad, como si fuerais más nobles que los demás, como si vuestra condición fuera mejor que la del común de la gente». Dios les opone, pues, la condición de su padre, en cuyo nombre se gloriaban, pero que fue una persona abyecta y un fugitivo, que fue como un esclavo despreciable, que fue guardador de ovejas; que, en suma, no tenía nada que pudiera ser tenido por honorable entre los hombres.
Oseas 12:13
Y Dios, dice, os sacó de Egipto por medio de un profeta, y por un profeta fuisteis guardados. Este fue, por así decirlo, su segundo nacimiento. Algunos piensan que la comparación se establece entre su primer origen y su liberación, como si Oseas hubiera dicho: «Aunque naciste de un hombre muy pobre y sin nobleza, Dios te ha favorecido con un privilegio singular, pues te dio a Moisés como ministro de tu liberación». Pero, a mi juicio, el profeta habla de una manera más sencilla; porque, en primer lugar, muestra cuál fue el primer origen del pueblo, a saber, que descendían de Jacob; y luego muestra cuál fue su segundo origen, pues Dios los engendró de nuevo cuando los sacó de Egipto. Y allí estaban, como es bien sabido, muy miserables, y no salieron por su propio valor, no alcanzaron por sí mismos su libertad; sino que solo Moisés les tendió la mano, enviado para este fin por Dios. Siendo así las cosas, era extraño que ahora provocaran a Dios, como dice en el último versículo, con sus altares.
Y ocurre con mucha frecuencia en los profetas que Dios recuerda a los israelitas de dónde o de qué fuente habían surgido: «Mirad a la piedra de donde fuisteis cortados; porque Abraham estaba solo y sin hijos, y su mujer también era estéril»; y sin embargo Dios multiplicó su raza (Is 51:2). Esto se dijo porque los israelitas no miraban a Dios, sino que en la adversidad se desesperaban, cuando no aparecía camino alguno por el cual pudieran ser restaurados; y en la prosperidad se enorgullecían y no tenían en nada el favor de Dios. Vemos, pues, lo que el profeta tenía en mente. El Señor dice: «Reconoced lo que me debéis; porque yo escogí a Jacob vuestro padre, y no lo escogí porque fuera eminente por su gran dignidad en el mundo; pues era un fugitivo y un pastor de ovejas, y sirvió por su mujer. Después os redimí de la tierra de Egipto; y en esa salida no hubo nada que vosotros hicierais; no hay razón alguna para que os jactéis de que la liberación se obtuvo por vuestro valor; porque solo Moisés fue mi siervo en aquella liberación. Os engendré entonces por segunda vez, cuando os redimí. ¡Qué grande es vuestra ingratitud, cuando no me reconocéis ni me adoráis como vuestro Redentor!». Vemos, pues, que el profeta trató así al pueblo de Israel para que apareciera de todos modos que era indigno de tantos y tan grandes beneficios que Dios les había concedido; porque habían pervertido todas las obras de Dios, y las habían pervertido de tal manera que no pensaban que nada le perteneciera, y no daban gracias a Dios; más aún, se ensalzaban a sí mismos, como si Dios nunca les hubiera hecho ningún bien.
Pero no me detendré en la historia de Jacob, pues no es necesaria para dilucidar el sentido del profeta, y es bien conocida; basta referirse solo a lo que conviene a este lugar. Jacob, pues, huyó a la tierra de Siria; y luego dice: Israel sirvió por una mujer. Menciona el nombre de Israel después del de Jacob. El nombre de Israel era noble y memorable; es más, fue dado por Dios al santo patriarca; pero, a pesar de ello, Jacob no sobresalía en sí mismo ni en su propia persona; sin embargo sirvió, y estuvo en una condición muy humilde, y sirvió por una mujer; es decir, para tener una mujer; pues sabemos cómo hizo un pacto con su tío Labán.
Además, por un profeta los sacó de Egipto. Este fue su segundo nacimiento; y por un profeta Israel fue guardado. Hay aquí una alusión a la palabra שמר, shimer; pues tomo la palabra נשמר, nushimer, en sentido pasivo. Había dicho antes que Jacob guardó ovejas; y dice ahora נשמר, nushimer, guardado fue Israel por un profeta; como si dijera: «Veis ahora que Dios os ha dado en vuestro padre un motivo de humildad, pues permitió que fuera tan miserablemente afligido; y luego os guardó más allá de la esperanza de los hombres, y por ningún medio humano sino por Moisés, que también fue un fugitivo y que salió como de una cueva, pues también era pastor de ovejas. Puesto que, entonces, habéis sido guardados así por el favor de Dios, ¿cómo es que vuestra condición presente os fascina, y no consideráis que una vez fuisteis redimidos por el Señor para este fin: que os consagrarais enteramente a él para siempre?». Ahora añade (pasaré también rápidamente por este versículo, pues no habrá lección mañana ni pasado mañana):
Oseas 12:14
14. Efraín lo provocó a ira amargamente; por tanto, dejará su sangre sobre él, y su Señor le devolverá su oprobio.
14. Provocavit Ephraim excelsis suis, et sanguis ejus super eum manebit (*vel, *fundetur:) et opprobrium ejus reddet illi Dominus suus.
Oseas 12:14
El profeta dice primero que Efraín había provocado a Dios con sus lugares altos. Algunos, sin embargo, toman la palabra תמרורים, tamerurim, por amarguras. Entonces sería: «Israel o Efraín han provocado a Dios a amargura». Pero como esta palabra en otros lugares, como en el capítulo 31 de Jeremías, se toma por lugares altos, y como es evidente que el profeta arremete aquí abiertamente contra Israel y su culto vicioso, no dudo de que señala esos lugares altos en los cuales los israelitas establecieron sus modos de culto falsos e impíos. Efraín, pues, lo ha provocado con sus lugares altos: Efraín, habiéndose sumergido de tantas maneras en sus supersticiones, provocó a Dios en sus lugares altos.
Luego, su sangre permanecerá sobre él. Como la palabra נתש, nuthesh, significa «derramar» y significa también «permanecer», algunos lo traducen: «Su sangre permanecerá»; otros: «Será derramada sobre él». Pero esto hace muy poca diferencia en cuanto a lo que se quiere decir; pues el profeta pretende mostrar que Efraín tendría que sufrir el castigo de su impiedad; como si dijera: «No escaparán al fin de la mano de Dios, recibirán el salario de sus iniquidades».
Y su Señor le devolverá su oprobio. Aquí llama a Dios mismo el Señor de Israel, aunque Israel se había sacudido el yugo y se había alejado del servicio de Dios. No pueden, dice, escapar a la autoridad de Dios, aunque hayan despreciado su ley; aunque se hayan vuelto desenfrenados en sus supersticiones, sabrán sin embargo que permanecen bajo la mano y el poder de Dios, sabrán que nada consiguen con esta su petulancia; aunque anden así errantes tras sus abominaciones, el Señor no perderá su derecho, que había obtenido para sí al redimir a Israel. Su Señor, pues, les devolverá su propio oprobio, del cual son dignos.
Oración
Concédenos, Dios Todopoderoso, que así como no solo hemos sido creados por ti, sino que, después de colocarnos en este mundo, nos has enriquecido también con abundancia de todas las bendiciones, ¡oh, concédenos que no transfiramos a otros la gloria que se te debe a ti, y que, especialmente puesto que somos amonestados cada día por tu palabra, e incluso reprendidos severamente, no resistamos con dureza de hierro, sino que nos hagamos dóciles a ti, y no nos entreguemos a nuestras propias invenciones, sino que sigamos con verdadera docilidad y mansedumbre la regla que has prescrito en tu palabra, hasta que, habiendo por fin dejado todos los restos de los errores, disfrutemos de esa luz bienaventurada que has preparado para nosotros en el cielo, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Capítulo 13
Lección trigésima cuarta
Oseas 13:1
1. Cuando Efraín hablaba, había temblor; se ensalzó en Israel; mas cuando ofendió en Baal, murió.
1. Quam loqueretur Ephraim, tremor: extulit se ipse in Israel, et peccavit in Baal, et mortuus est.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.