Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Salmo 48: comentario de Juan Calvino
Salmos 48:1-14
SALMO 48
En este salmo se celebra alguna notable liberación de la ciudad de Jerusalén en un tiempo en que muchos reyes habían conspirado para destruirla. El profeta (quienquiera que fuese el autor del salmo), después de haber dado gracias a Dios por esta liberación, toma de allí ocasión para ensalzar en magníficos términos el estado feliz de aquella ciudad, puesto que tenía a Dios por su continuo guardián y protector. No habría bastado que el pueblo de Dios hubiera sentido y reconocido que una vez fue preservado y defendido por el poder de Dios, si no hubiera estado al mismo tiempo seguro de ser también preservado y protegido por el mismo Dios en el tiempo venidero, porque los había adoptado como su pueblo propio. El profeta insiste, pues, principalmente en este punto: que no fue en vano que el santuario de Dios se erigió sobre el monte Sión, sino que allí se invocaba su nombre para que su poder se manifestara de manera patente para la salvación de su pueblo. Es fácil deducir del asunto del salmo que fue compuesto después de la muerte de David. Admito, ciertamente, que entre los enemigos de David hubo algunos reyes extranjeros, y que no fue por falta de voluntad de su parte que la ciudad de Jerusalén no fue destruida por completo; pero no leemos que llegaran jamás hasta sitiarla y reducirla a tal extremo que fuera necesario reprimir sus esfuerzos por una maravillosa manifestación del poder de Dios. Es más probable que el salmo deba referirse al tiempo del rey Acaz, cuando la ciudad fue sitiada y los habitantes llevados al punto de la desesperación total, y cuando, sin embargo, el sitio fue levantado de repente (2 R 16:5); o bien al tiempo de Josafat y de Asa (2 Cr 14:9; y 20:2), pues sabemos que bajo sus reinados Jerusalén fue preservada de la destrucción total solo por un auxilio milagroso del cielo. Debemos tener esto por cierto: que el salmista presentó aquí a los verdaderos creyentes un ejemplo del favor de Dios hacia ellos, por el cual tenían razón para reconocer que su condición era feliz, puesto que Dios había escogido para sí una morada sobre el monte Sión, para presidir desde allí sobre ellos para su bien y seguridad.
Canción de alabanza de los hijos de Coré.
Salmo 48:1-3
1. Grande es Jehová, y en gran manera digno de ser alabado en la ciudad de nuestro Dios, en el monte de su santidad. 2. Hermosa por su situación, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sión, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey. 3. Dios es conocido en sus palacios por defensa, [o fortaleza.]
1. Grande es Jehová, y en gran manera digno de ser alabado. El profeta, antes de proceder a hacer mención de aquel ejemplo especial del favor de Dios hacia ellos, al que me he referido, enseña en general que la ciudad de Jerusalén era feliz y próspera porque Dios se había dignado tomar a su cargo defenderla y preservarla. De esta manera separa y distingue a la Iglesia de Dios de todo el resto del mundo; y cuando Dios escoge de entre todo el género humano a un pequeño número al que abraza con su amor paternal, esta es una bendición inestimable que les concede. Su maravillosa bondad y justicia resplandecen en el gobierno de todo el mundo, de modo que no hay parte de él vacía de su alabanza, sino que en todas partes se nos provee abundante materia para alabarle. Aquí, sin embargo, el poeta inspirado celebra la gloria de Dios que se manifiesta en la protección de la Iglesia. Declara que Jehová es grande, y en gran manera digno de ser alabado en la ciudad santa. Pero ¿no lo es también en todo el mundo? Sin duda lo es. Como he dicho, no hay rincón tan oculto en el que no penetren su sabiduría, justicia y bondad; pero siendo su voluntad que se manifiesten principalmente y de una manera particular en su Iglesia, el profeta pone muy apropiadamente ante nuestros ojos este espejo, en el cual Dios da una representación más clara y viva de su carácter. Al llamar a Jerusalén el monte santo, nos enseña en una sola palabra con qué derecho y por qué medio llegó a ser de una manera peculiar la ciudad de Dios. Lo fue porque el arca del pacto había sido colocada allí por designación divina. El sentido de la expresión es este: si Jerusalén es, por así decirlo, un hermoso y magnífico teatro en el que Dios quiere que se contemple la grandeza de su majestad, no se debe a ningún mérito propio, sino a que el arca del pacto fue establecida allí por mandato de Dios como señal o símbolo de su favor peculiar.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.