Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Santiago 3: comentario de Juan Calvino
Santiago 3:1
1. No os hagáis maestros muchos de vosotros. La interpretación común y casi universal de este pasaje es que el apóstol desaconseja el deseo del oficio de enseñar, y esto por la razón de que es peligroso y expone a un juicio más pesado si se comete falta: y piensan que dijo no os hagáis maestros muchos porque debía haber algunos. Pero yo entiendo por maestros no a los que cumplían un deber público en la Iglesia, sino a los que se arrogaban el derecho de emitir juicio sobre otros: porque tales censores procuraban ser tenidos por maestros de la moral. Y es una manera de hablar usual entre los griegos y también entre los latinos llamar maestros a los que reprendían a otros con altivez.
Y que les prohibiera ser muchos se debió a que muchos se metían por todas partes; pues es, por así decirlo, una enfermedad innata en la humanidad buscar reputación censurando a otros. Y en este respecto prevalece un doble vicio: aunque pocos sobresalen en sabiduría, todos se entrometen indistintamente en el oficio de maestros; y luego pocos están movidos por un sentimiento recto, pues los estimulan la hipocresía y la ambición, y no el cuidado de la salvación de sus hermanos. Porque debe observarse que Santiago no desaconseja aquellas amonestaciones fraternales que el Espíritu tantas veces y tanto nos recomienda, sino ese deseo inmoderado de condenar, que procede de la ambición y del orgullo, cuando alguien se ensalza contra su prójimo, calumnia, censura, muerde y busca con malignidad qué pueda volver para un fin siniestro: porque esto suele hacerse cuando censores impertinentes de esta clase se jactan con insolencia en la tarea de exponer los vicios ajenos.
De este atropello y molestia nos aparta Santiago; y añade una razón: que los que son así de severos con otros sufrirán un juicio más pesado; pues se impone una ley dura a sí mismo el que examina las palabras y los hechos de otros según la regla del rigor extremo; ni merece perdón el que a nadie perdonará. Esta verdad debe observarse con cuidado: que los que son demasiado rígidos con sus hermanos provocan contra sí la severidad de Dios.
Santiago 3:2
2. Porque todos ofendemos muchas veces. Esto puede tomarse como dicho a modo de concesión, como si hubiera dicho: «Sea que halles algo censurable en tus hermanos, pues nadie está libre de pecados; pero ¿piensas que eres perfecto tú, que usas una lengua calumniosa y virulenta?». Pero me parece que Santiago nos exhorta con este argumento a la mansedumbre, puesto que también nosotros estamos rodeados de muchas flaquezas; pues obra injustamente quien niega a otros el perdón que él mismo necesita. Así dice también Pablo cuando manda que al que ha caído se le reprenda con bondad y con espíritu de mansedumbre; pues añade enseguida:
«considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado» (Gá 6:1).
Porque nada sirve más para moderar el rigor extremo que el conocimiento de nuestra propia flaqueza.
Si alguno no ofende en palabra. Después de haber dicho que no hay nadie que no peque en muchas cosas, muestra ahora que la enfermedad de la maledicencia es más odiosa que otros pecados; pues al decir que el que no ofende con su lengua es perfecto, da a entender que refrenar la lengua es una gran virtud, y una de las principales. De ahí que obran del modo más perverso los que examinan con minuciosidad toda falta, aun la más pequeña, y sin embargo se dan tan groseramente rienda suelta a sí mismos.
Toca aquí, pues, indirectamente la hipocresía de los censores, porque al examinarse a sí mismos omitían lo principal, que era de gran importancia: su propia maledicencia; pues los que reprendían a otros fingían un celo por la santidad perfecta, pero debían haber comenzado por la lengua si querían ser perfectos. Como no tenían en cuenta refrenar la lengua, sino que, al contrario, mordían y desgarraban a otros, mostraban solo una santidad fingida. De ahí resulta evidente que eran los más reprensibles de todos, porque descuidaban una virtud primordial. Esta conexión nos aclara el sentido del apóstol.
Santiago 3:3-4
3. Ponemos freno en la boca de los caballos. Con estas dos comparaciones prueba que gran parte de la verdadera perfección está en la lengua, y que ejerce dominio, como acaba de decir, sobre toda la vida. Compara la lengua primero con un freno y luego con el timón de una nave. Aunque el caballo es un animal feroz, se le hace girar a voluntad de su jinete, porque está embridado; no menos puede la lengua servir para gobernar al hombre. Así también con el timón de una nave, que guía un gran barco y vence el ímpetu de los vientos. Aunque la lengua es un miembro pequeño, vale mucho para regular la vida del hombre.
Santiago 3:5
Y se jacta de grandes cosas. El verbo μεγαλαυχεῖν significa jactarse o vanagloriarse. Pero Santiago en este pasaje no pretendía tanto reprender la ostentación como mostrar que la lengua es la autora de grandes cosas; pues en esta última cláusula aplica las comparaciones anteriores a su asunto; y la vana jactancia no es apropiada para el freno ni para el timón. Quiere decir, pues, que la lengua está dotada de gran poder.
He traducido lo que Erasmo tradujo por el ímpetu, la inclinación, del piloto o guía; pues ὁρμὴ significa deseo. Admito, en efecto, que entre los griegos designa aquellas pasiones que no están sujetas a la razón. Pero aquí Santiago habla simplemente de la voluntad del piloto.
Santiago 3:5-6
5. — ¡He aquí, cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!
5. Ecce exiguus ignis quantam sylvam incendit.
6. Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno.
6. Et lingua ignis est, et mundus iniquitatis: sic inquam lingua constituta est in membris nostris, inquinans totum corpus, inflammans rotam nativitatis, et inflammatur a gehenna.
Santiago 3:6
Explica ahora los males que proceden de descuidar el refrenar la lengua, para que sepamos que la lengua puede hacer mucho bien o mucho mal: que si es modesta y bien regulada, se convierte en un freno para toda la vida, pero que si es petulante y violenta, como un fuego lo destruye todo.
La presenta como un fuego pequeño o poco, para dar a entender que esta pequeñez de la lengua no será un impedimento para que su poder se extienda lejos y ampliamente para hacer daño.
6. Al añadir que es un mundo de maldad, es lo mismo que si la hubiera llamado el mar o el abismo. Y conecta oportunamente la pequeñez de la lengua con la inmensidad del mundo; según este sentido, una porción exigua de carne contiene en sí todo el mundo de la maldad.
La lengua está puesta. Explica lo que quería decir con el término mundo, a saber, que el contagio de la lengua se extiende por todas las partes de la vida; o más bien muestra lo que entendía por la metáfora del fuego, a saber, que la lengua contamina a todo el hombre. Sin embargo, vuelve enseguida al fuego y dice que la lengua inflama toda la rueda de la creación. Y compara la vida humana con una carrera o una rueda: y γένεσις, como antes, la toma por naturaleza (Stg 1:23).
El sentido es que, cuando otros vicios son corregidos por la edad o por la sucesión del tiempo, o cuando al menos no poseen a todo el hombre, el vicio de la lengua se extiende y prevalece sobre todas las partes de la vida; a menos que se prefiera tomar inflamar como significando un impulso violento, pues llamamos fervoroso lo que va acompañado de violencia. Y así habla Horacio de las ruedas, pues llama fervorosos a los carros en la batalla por su rapidez. El sentido sería entonces que la lengua es como caballos indómitos; pues, así como estos arrastran violentamente los carros, así la lengua arrebata al hombre de cabeza por su propia desenvoltura.
Cuando dice que es inflamada por el infierno, es lo mismo que si hubiera dicho que el desenfreno de la lengua es la llama del fuego infernal. Pues, así como los poetas paganos imaginaron que los impíos son atormentados por las antorchas de las Furias, así es verdad que Satanás, con los abanicos de las tentaciones, enciende el fuego de todos los males en el mundo: pero Santiago quiere decir que el fuego enviado por Satanás es prendido muy fácilmente por la lengua, de modo que arde de inmediato; en suma, que es una materia apta para recibir, o fomentar y aumentar, el fuego del infierno.
Santiago 3:7-12
7. Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por el género humano;
7. Omnis enim natura ferarum et volucrum et serpentium et marinorum, a natura humana domatur et dimota est:
8. pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal.
8. Linguam vero nullus hominum domare potest, incoercibile malum, plena veneno mortifero.
9. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios.
9. Per ipsam benedicimus Deum et Patrem; et per ipsam execramur homines ad similitudinem ejus factos.
10. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.
10. Ex eodem ore procedit benedictio et maledictio. Non onvenit, fratres mei, haec ita fieri.
11. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?
11. An fons ex codem foramine ejicit dulce et amarum?
12. Hermanos míos, ¿puede la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así ninguna fuente puede dar agua salada y dulce.
12. Non potest, fratres mei, ficus oleas proferre; aut vitis ficus; sic nullus fons salsam et dulcem gignere aquam.
Santiago 3:7-8
7. Porque toda naturaleza de bestias. Esta es una confirmación de la última cláusula; pues que Satanás reina con la mayor eficacia por la lengua, lo prueba con esto: que ella no puede en modo alguno ser reducida al debido orden; y lo amplifica con comparaciones. Pues dice que no hay animal tan salvaje o fiero que no sea domado por la habilidad del hombre; que los peces, que en cierto modo habitan otro mundo, que las aves, tan veloces y errantes, y que las serpientes, tan enemigas del género humano, son a veces domados. Puesto que, pues, la lengua no puede ser refrenada, debe haber algún fuego secreto del infierno oculto en ella.
Lo que dice de las fieras, de las serpientes y de otros animales no ha de entenderse de todos ellos; basta que la habilidad del hombre someta y domestique a algunos de los más feroces, y también que las serpientes a veces sean domadas. Se refiere al tiempo presente y al pasado: el presente atañe al poder y la capacidad, y el pasado, al uso o la experiencia. De ahí concluye con justicia que la lengua está llena de veneno mortal.
Aunque todas estas cosas se refieren muy oportunamente, en primer lugar, al asunto de este pasaje —que reclaman un mando irrazonable sobre otros los que adolecen de un vicio peor—, puede entenderse también que se enseña aquí una doctrina universal: que si deseamos formar rectamente nuestra vida, debemos esforzarnos especialmente por refrenar la lengua, pues ninguna parte del hombre hace más daño.
Santiago 3:9
9. Con ella, o por ella, bendecimos a Dios. Es un claro ejemplo de su veneno mortal que pueda transformarse así por una monstruosa ligereza; pues cuando finge bendecir a Dios, enseguida lo maldice en su propia imagen, es decir, maldiciendo a los hombres. Porque, siendo que Dios debe ser bendecido en todas sus obras, debe serlo especialmente en cuanto a los hombres, en quienes resplandecen de modo peculiar su imagen y su gloria. Es, pues, una hipocresía intolerable que el hombre emplee la misma lengua en bendecir a Dios y en maldecir a los hombres. No puede haber, pues, invocación de Dios, y sus alabanzas deben cesar necesariamente cuando prevalece la maledicencia; pues es una impía profanación del nombre de Dios que la lengua sea virulenta contra nuestros hermanos y finja alabarle a él. Para que alabe, pues, rectamente a Dios, debe corregirse ante todo la disposición a hablar mal de nuestro prójimo.
Santiago 3:10
Debe tenerse también presente esta verdad particular: que los censores severos descubren su propia virulencia, pues vomitan de repente contra sus hermanos cuantas maldiciones pueden imaginar, después de haber ofrecido alabanzas a Dios en dulces cantos. Si alguien objetara y dijera que la imagen de Dios en la naturaleza humana ha sido borrada por el pecado de Adán, debemos confesar, en efecto, que ha sido miserablemente deformada, pero de tal modo que aún aparecen algunos de sus rasgos. La justicia y la rectitud, y la libertad de escoger lo bueno, se han perdido; pero permanecen muchas excelentes dotes por las cuales sobresalimos a los brutos. El que adora y honra verdaderamente a Dios temerá, pues, hablar con calumnia del hombre.
Santiago 3:11-12
11. ¿Acaso alguna fuente? Aduce estas comparaciones para mostrar que una lengua que maldice es algo monstruoso, contrario a toda la naturaleza, y que subvierte el orden establecido en todas partes por Dios. Pues Dios ha dispuesto de tal manera las cosas contrarias que las cosas inanimadas deberían disuadirnos de una mezcla caótica como la que se halla en una lengua doble.
Santiago 3:13-18
13. ¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre.
13. Quis sapiens et intelligens inter vos? ostendat ex honesta conversatione opera sua in mansuetudine sapientiae.
14. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad.
14. Si vero aemulationem amaraem habetis, et contentionem in corde vestro, ne gloriemini, et mentiamini adversus veritatem.
15. Esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica.
15. Non est haec sapientia de sursum veniens, sed terrestris, animalis, daemonica.
16. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.
16. Ubi enim aemulatio et contentio, ibi perturbatio et omne pravum opus.
17. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía.
17. Quae autem e sursum est sapientia, primum pura est, deinde pacata, aequa, comis, plena misericordiae et bonorum operum, sine disquisitione, sine simulatione.
18. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.
18. Fructus autem justitiae in pace seminatur facientibus pacem.
Santiago 3:13
13. ¿Quién es sabio? Como el deseo de calumniar nace las más de las veces del orgullo, y como la falsa presunción de sabiduría engendra por lo común orgullo, habla aquí, por eso, de la sabiduría. Es habitual en los hipócritas ensalzarse y lucirse incriminando a todos los demás, como sucedía antiguamente con muchos de los filósofos, que buscaban gloria para sí mediante un amargo vituperio de todos los otros órdenes. Santiago refrenó tal altivez, de la que se hinchan y por la que se ciegan los calumniadores, negando que la presunción de sabiduría con que los hombres se lisonjean tenga en sí algo divino; y declara, al contrario, que procede del diablo.
El sentido es entonces que los censores altivos, que se dan amplia libertad a sí mismos y al mismo tiempo no perdonan a nadie, se les figura que son muy sabios, pero se equivocan mucho; pues el Señor enseña a su pueblo de un modo muy distinto: a ser manso y a ser cortés con los demás. Solo son sabios, pues, a los ojos de Dios los que unen esta mansedumbre con una buena conducta; porque los que son severos e inexorables, aunque superen a otros en muchas virtudes, no siguen sin embargo el recto camino de la sabiduría.
Santiago 3:14
14. Pero si tenéis celos amargos. Señala los frutos que proceden de aquella austeridad extrema que es contraria a la mansedumbre; pues el rigor inmoderado engendra necesariamente emulaciones dañinas, que pronto estallan en contiendas. Es, en verdad, una manera impropia de hablar poner las contiendas en el corazón; pero esto no afecta el sentido; pues el propósito era mostrar que la mala disposición del corazón es la fuente de estos males.
Ha llamado amargos a los celos, o emulación; pues no prevalece sino cuando los ánimos están tan infectados con el veneno de la malignidad que convierten todas las cosas en amargura.
Para que podamos, pues, gloriarnos realmente de ser hijos de Dios, nos manda obrar con calma y mansedumbre hacia nuestros hermanos; de otro modo declara que mentimos al tomar el nombre de cristianos. Pero no sin razón ha añadido el compañero de los celos, a saber, la contención, o disputa, pues las luchas y las riñas surgen siempre de la malignidad y la envidia.
Santiago 3:15
15. Esta sabiduría no es la que desciende. Como los hipócritas ceden con dificultad, refrenó con dureza su altivez, negando que fuera verdadera sabiduría aquella de que estaban hinchados, mientras eran extremadamente ásperos en escudriñar los vicios ajenos. Concediéndoles, sin embargo, el término sabiduría, muestra por las palabras que le aplica su verdadero carácter, y dice que es terrenal, animal, diabólica, o demoníaca, mientras que la verdadera sabiduría debe ser celestial, espiritual, divina; tres cosas que son directamente contrarias a las tres anteriores. Pues Santiago da por sentado que no somos sabios sino cuando somos iluminados por Dios desde lo alto mediante su Espíritu. Por más que se ensanche, pues, la mente del hombre, toda su agudeza será vanidad; y no solo eso, sino que, enredada al fin en las astucias de Satanás, llegará a delirar por completo.
Animal, o natural, se opone a lo espiritual, como en 1 Co 2:14, donde Pablo dice que el hombre animal o natural no percibe las cosas de Dios. Y el orgullo del hombre no podía ser abatido con más eficacia que cuando así se condena toda la sabiduría que tiene de sí mismo, sin el Espíritu de Dios; más aún, cuando de sí mismo se pasa al diablo. Pues es lo mismo que si hubiera dicho que los hombres, siguiendo su propio sentido, o mente, o sentimientos, pronto se convierten en presa de los engaños de Satanás.
Santiago 3:16
16. Porque donde hay celos. Es un argumento por lo contrario; pues la envidia, por la cual son movidos los hipócritas, produce efectos contrarios a la sabiduría. Porque la sabiduría requiere un estado de ánimo calmado y sereno, pero la envidia lo perturba, de modo que en sí mismo se vuelve en cierto modo tumultuoso y hierve desmedidamente contra otros.
Algunos traducen ἀκαταστασία por inconstancia, y a veces significa esto, pero como significa también sedición y tumulto, «perturbación» parece lo más adecuado a este pasaje. Pues Santiago quiso expresar algo más que ligereza, a saber, que el malicioso y el calumniador lo hace todo confusa y temerariamente, como si estuviera fuera de sí; y por eso añade: toda obra perversa.
Santiago 3:17
17. Pero la sabiduría que es de lo alto. Menciona ahora los efectos de la sabiduría celestial, que son del todo contrarios a los anteriores. Dice primero que es pura; con este término excluye la hipocresía y la ambición. En segundo lugar, la llama pacífica, para dar a entender que no es contenciosa. En tercer lugar, la llama amable o humana, para que sepamos que está muy lejos de aquella austeridad desmedida que nada tolera en nuestros hermanos. La llama también benigna o tratable; con lo cual quiere decir que difiere ampliamente del orgullo y la malignidad. En último lugar, dice que está llena de misericordia, etc., mientras que la hipocresía es inhumana e inexorable. Por buenos frutos se refiere en general a todos aquellos deberes que los hombres benévolos cumplen hacia sus hermanos; como si hubiera dicho que está llena de benevolencia. De ahí se sigue que mienten los que se glorían en su cruel austeridad.
Pero aunque había condenado suficientemente la hipocresía cuando dijo que la sabiduría es pura o sincera, lo aclara más repitiendo lo mismo al final. Se nos recuerda con esto que no somos desmedidamente ásperos o austeros por otra razón sino esta: que nos perdonamos demasiado a nosotros mismos y disimulamos nuestros propios vicios.
Pero lo que dice, sin discernimiento (sine dijudicatione), parece extraño; pues el Espíritu de Dios no quita la diferencia entre el bien y el mal; ni nos hace tan insensatos que carezcamos de juicio hasta alabar el vicio y tenerlo por virtud. A esto respondo que Santiago se refiere aquí, con el discernir o distinguir, a esa indagación demasiado ansiosa y escrupulosa, como la que suelen practicar los hipócritas, que examinan con demasiada minucia los dichos y hechos de sus hermanos y les dan la peor interpretación.
Santiago 3:18
18. Y el fruto de justicia. Esto admite dos sentidos: que el fruto es sembrado por los pacíficos, y luego lo recogen; o que ellos mismos, aunque toleran con mansedumbre muchas cosas en sus prójimos, no cesan sin embargo de sembrar justicia. Es, con todo, una anticipación de una objeción; pues los que son arrastrados a hablar mal por el deseo de calumniar tienen siempre esta excusa: «¿Cómo? ¿Podemos entonces quitar el mal con nuestra cortesía?». Por eso dice Santiago que los que son sabios según la voluntad de Dios son tan bondadosos, mansos y misericordiosos que sin embargo no encubren los vicios ni los favorecen, sino que, al contrario, se esfuerzan por corregirlos, y esto de manera pacífica, es decir, con moderación, de modo que se conserve la unión. Y así testifica que lo que había dicho hasta ahora no tiende en modo alguno a suprimir las reprensiones serenas; sino que los que quieren ser médicos para sanar los vicios no deben ser verdugos.
Añade, pues: para aquellos que hacen la paz; lo cual debe explicarse así: los que procuran la paz cuidan, sin embargo, de sembrar justicia; ni son perezosos o negligentes en promover y alentar las buenas obras; pero moderan su celo con el condimento de la paz, mientras que los hipócritas lo confunden todo con una violencia ciega y furiosa.
CAPÍTULO 4
Santiago 4:1-3
1. ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?
1. Unde bella et pugnae inter vos? nonne hinc, ex voluptatibus vestris, quae militant in membris vestris.
2. Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y guerreáis, pero no tenéis, porque no pedís.
2. Concupiscitis et non habetis; invidetis et aemulamini, et non potestis obtinere; pugnatis et belligeramini, non habetis, propterea quod non petitis;
3. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.
3. Petitis, et non accipitis, quia male petitis, ut in voluptates vestras insumatis.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.