Notas sobre la Biblia · Jonathan Edwards
Gálatas 5: comentario de Jonathan Edwards
Gálatas 5:18
Gá 5:18. «Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley». Aquí hay que indagar: 1. En qué sentido no están bajo la ley; y 2. Por qué se dice: No estáis bajo la ley, si sois guiados por el Espíritu; o en qué consiste la conexión entre ser guiados por el Espíritu y no estar bajo la ley.
Indagación I. ¿En qué sentido los cristianos no están bajo la ley?
Respuesta. En una palabra: no están bajo la ley como siervos; porque esto es lo que el apóstol sostiene en el capítulo 4 y al final del 3: que los cristianos no están bajo un ayo, sino bajo un padre, cap. 3:25, 26 y 4:2; que no son siervos, sino hijos, cap. 4, los siete primeros versículos, en especial el v. 7; que no son hijos de la esclava, sino de la libre, y así no están en estado de servidumbre, sino en estado de libertad, como en el cap. 4 desde el v. 9 hasta el final; y es el argumento en que el apóstol sigue todavía en este capítulo, como en el v. 1, etc.
Y es evidente que por estar bajo la ley, en este versículo, el apóstol entiende estar bajo la ley como siervo; o que el estar bajo la ley se opone a un estado de libertad; por el contexto inmediato, y por la manera en que este versículo y los intermedios son introducidos por el v. 13: «Porque a libertad fuisteis llamados, hermanos; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne», etc., que puede verse. Así el apóstol opone el estar bajo la ley a la libertad, al comienzo de este capítulo, y así en la última parte del capítulo anterior: véase el v. 21, comparado con la alegoría que sigue; también la explicación que da el apóstol de esa alegoría, v. 25. Nos dice que Agar, la esclava, representa el monte Sinaí, el monte donde se dio la ley. Así el estar bajo la ley se llama estar bajo un ayo, y bajo tutores y curadores; lo cual se opone a ser hijos, cap. 3:24, 25, 26 y cap. 4:2 con su contexto. Más aún, el estar bajo la ley se opone expresamente a ser hijos, cap. 4:5, y se llama ser siervos, v. 7.
Por estas cosas es evidentísimo que el apóstol, aquí, cuando dice que los cristianos no están bajo la ley, quiere decir solo que no estaban bajo la ley como siervos o esclavos, o en ningún sentido en que el estar bajo la ley se opone a la libertad, o al estado de hijos.
I. No estaban bajo la ley ceremonial en absoluto; la cual era un yugo de servidumbre, una ley adaptada a un estado servil de la iglesia, o al estado de minoría de la iglesia, en el cual no difiere en nada de un siervo, como en el cap. 4:1, 2, 3; donde es evidente que se tiene en mira especialmente la ley ceremonial, por la expresión los rudimentos del mundo que allí se usa. Es evidente que, por estar bajo la ley, el apóstol tiene especialmente en cuenta la ley ceremonial, por el cap. 4:9, 10, 11 y el cap. 5:3, 6, 11, y por la ocasión y el propósito de toda la epístola.
II. No están bajo la ley moral como siervos. No solo la ceremonial, sino también la ley moral está comprendida en las palabras; como es evidente por el contexto, en particular los vv. 14 y 23. Los hijos en una familia donde las cosas están en su orden regular, es decir, donde el padre tiene las cualidades y el espíritu propios de un padre, y los hijos los de hijos, no están tan propiamente bajo ley como los siervos. Los mandatos de un padre en tal familia a sus hijos, especialmente si los hijos no están en su minoría, no se llaman ley en el mismo sentido que los edictos de un monarca absoluto a sus súbditos. Las leyes no se hacen para los hijos ni para los amigos íntimos y queridos, sino para los siervos. El estar bajo la ley, en el uso más ordinario de la expresión entre los apóstoles, era incompatible con la libertad; el estar bajo la ley y el gozar de libertad eran opuestos; y por eso la frase la ley de la libertad es usada por el apóstol Santiago como paradójica. Estar bajo ley es estar bajo la declaración de la voluntad de otro, no solo como una instrucción o doctrina para nuestra dirección al obrar, sino estar bajo ella como regla de juicio, o estar bajo su poder de justificar o condenar. Que el apóstol entiende el estar bajo la ley en este sentido es evidente por el v. 4 de este capítulo, y por el cap. 3 per totum: vid. Ro 8:1. Porque lo que se dice en aquel capítulo 3 introduce lo que sigue en estos dos capítulos siguientes. No puede decirse que estén bajo la ley aquellos a quienes no se les imputan las infracciones de la ley; el pecado no se imputa donde no hay ley; y, a la inversa, (en cierto sentido,) no hay ley, o las personas no están bajo la ley, donde no se imputa el pecado.
La doctrina de la santa voluntad de Dios, tal como es revelada y dirigida a los que están en Cristo, se llama impropiamente dar ley: donde la encontramos así llamada, esa palabra se usa fuera de su sentido estrictamente propio. Dar ley a otro es exigir conformidad con la voluntad declarada del legislador. Puede haber un mandato sin una ley: una declaración de la voluntad de otro, sin una exigencia, no es dar ley: estar bajo la ley es estar bajo tal exigencia. Puede decirse que Dios exige a los hombres obediencia a los mandamientos de la ley cuando les da a entender, o les hace saber, que están obligados por su poder o a la obediencia o a la pena de la ley. Y los que reciben una declaración de la voluntad de otro, pero al mismo tiempo no se les exige, no la tienen como ley, sino solo como instrucción o doctrina. Una declaración de la voluntad de un superior, sin que se dé a entender o se suponga que será exigida por el poder, puede llamarse una doctrina, una regla, un precepto o mandato, pero no una ley, si no es impropiamente, como se llama ley de la libertad a la declaración que Dios hace de su voluntad a sus santos: la expresión muestra que la palabra no se destina a usarse en este sentido estrictamente propio.
Objeción. Pero ¿no se exige de los creyentes la obediencia sincera, aunque no se exija la obediencia perfecta? La Escritura nos da a entender a menudo que ningún hombre puede ser salvo, y que todos perecerán, sin obediencia sincera.
Respuesta. I. Si se les exige obediencia sincera, no es por la ley por la que se les exige.
Lo que la ley exige es obediencia perfecta, y no sincera. Es una contradicción suponer que ley alguna requiera y exija otra cosa que conformidad consigo misma, o, lo que es lo mismo, exactamente tanto, o todo lo que requiere o exige. La obediencia sincera, o el procurar sinceramente obedecer, no es requerida ni exigida por la ley de ningún otro modo que en cuanto la consideramos como parte de la obediencia perfecta, o parte de esa conformidad con la ley, y así no es exigida por la ley más de lo que lo es la obediencia perfecta. Si no se exige el todo, una parte no se exige más que el todo; una parte de la conformidad con la ley no puede ser exigida por la ley más que la conformidad, porque no se exige en absoluto, salvo por ser parte de la conformidad e incluida en ella; y por tanto, si la ley no exige de los creyentes la conformidad, o, lo que es lo mismo, la obediencia perfecta, tampoco exige una parte de la conformidad. De modo que la ley no exige de los creyentes obediencia alguna. No están bajo la ley ni en el todo ni en parte, pues la ley exige conformidad de todos los que están bajo ella; Cristo los ha librado de toda la ley, cumpliendo la ley por ellos. De modo que si se exige de los creyentes alguna obediencia, no es por la ley, sino que tiene que ser por alguna otra constitución, o ley sobreañadida. Pero,
II. No es propiamente por ninguna otra constitución hecha después de la ley. En verdad nada se exige propiamente de hombre alguno por ninguna otra constitución que la ley. Es cierto que la fe, y así la obediencia sincera, que está virtualmente implícita en ella, son hechas por una nueva constitución las condiciones de la salvación. La salvación les es prometida, y se declara que son las únicas condiciones de la salvación, de modo que sin ellas seguimos bajo condenación, y hemos de perecer. Sin embargo, de aquí no se sigue que ninguna nueva constitución o ley exija la fe y la obediencia sincera, o las requiera bajo pena de perecer, o de sufrir castigo alguno, de hombre alguno; porque no es en virtud de la nueva constitución, que solo era una oferta o promesa, por lo que perece o sufre en la incredulidad, sino en virtud de la ley solamente, bajo la cual estaba antes. Si un criminal ha de ser ejecutado por su infracción de la ley, y su príncipe le ofrece un perdón si quiere aceptarlo de su mano, reconociendo en ello su gracia; si rechaza la oferta del rey, no es perdonado sino que sufre, y la ley se ejecuta sobre él. Pero no puede decirse propiamente que el príncipe, por una nueva ley o edicto, le exija que acepte agradecido el perdón; porque su ejecución es en virtud de una ley hecha antes, que él había quebrantado, y no por ninguna ley nueva, ni por ese nuevo acto de su príncipe, el ofrecerle el perdón. No es en virtud de amenaza alguna contenida en ese nuevo acto, sino de la amenaza de la ley que había quebrantado antes, por lo que sufre. Más aún, aunque además de sufrir por toda aquella infracción de la ley, cuyo perdón rechazó, pueda también sufrir por su rechazo, pueda recibir un castigo adicional por afrentar al rey al rechazar con desprecio su oferta benigna, no se seguirá que la aceptación del perdón le fuera exigida propiamente como por ley, pues ese sufrimiento adicional por su afrenta puede también ser en virtud de la ley bajo la que estaba antes, y de su amenaza, y no de amenaza alguna implícita en la oferta del rey: puede estar contenido en la ley que quien por su conducta afrente o desprecie al rey sea castigado según el grado de la afrenta; y puede ser castigado por rechazar la oferta del rey en virtud de esto, y no en virtud de amenaza alguna contenida en ese nuevo acto del rey al ofrecer el perdón. El aceptar la oferta, en verdad, le es exigido; pero es exigido por la ley y no por la oferta.
Así la fe y el arrepentimiento, y la obediencia sincera, son en verdad exigidos a los pecadores bajo pena de condenación eterna, pero no por el evangelio. La vida eterna se ofrece bajo estas condiciones por el evangelio, y la condenación eterna se amenaza por la falta de ellas por la ley.
La incredulidad, en el estado presente de las cosas, es una gran inmoralidad, y como tal prohibida por la ley, y la fe es estrictamente mandada, y como deber de la ley es exigida a todos los que están bajo la ley. No es por el evangelio, sino por la ley, por lo que la incredulidad es un pecado que expone a la condenación eterna, como es evidente, porque tenemos el perdón del pecado de incredulidad por la muerte de Cristo, lo cual muestra que Cristo murió para satisfacer por el pecado de incredulidad, así como por los demás pecados, pero Cristo había de responder a la ley y satisfacerla a ella: en su muerte soportó la maldición de la ley. Gá 3:10, 11, 12, 13. Ro 8:3, 4. Es absurdo decir que Cristo murió para satisfacer al evangelio, o para soportar el castigo de este.
Indagación II. ¿Por qué se dice: «Si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley»? o ¿cuál es la conexión entre ser guiados por el Espíritu y no estar bajo la ley?
Respuesta. La conexión consiste en dos cosas: 1. Esto evidencia que no están bajo la ley. 2. Hace que no sean sujetos propios de la ley.
I. El ser guiados por el Espíritu es una evidencia de que están en Cristo, que ha cumplido la ley y los ha librado de ella. El Espíritu se da en la Escritura como la evidencia propia de estar en Cristo, 1 Co 1:22; 5:5; Ef 1:13, 14 y 4:30; Ro 8:9; 1 Jn 3:24 y 4:13. Es la evidencia propia de que son hijos, pues es el Espíritu del Hijo, Gá 4:6. «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios», porque es el Espíritu de adopción. Ro 8:14. «Pero los hijos no están bajo la ley como siervos».
II. El ser guiados por el Espíritu es algo que causa en ellos aquella alteración que los hace inaptos para ser sujetos de ley.
- Por haberles sido dado el Espíritu, son elevados a aquel estado que no concuerda con un estado de sujeción a la ley. 2 Co 3:17: «Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad»; véase la nota sobre ese versículo. Porque por esto son regenerados, nacen de Dios y llegan a ser hijos de Dios; por esto son asemejados al Hijo de Dios en naturaleza y estado. Siendo hijos, es conveniente que se les trate de otra manera: mantenerlos bajo la ley es tratarlos como siervos, como en los vv. 6 y 7 del capítulo anterior: «Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo».
- El Espíritu de Cristo en los cristianos, o Espíritu de adopción que actúa y guía, es un principio que reemplaza a la ley y los pone por encima de la ley, por dos razones: (1.) Por tener este principio, en cuanto prevalece, están por encima de la necesidad de la exigencia de la ley, y por tanto son de aquellos para quienes la ley no fue dada, y a quienes la ley no apunta. Tienen un espíritu de amor y de verdad que cumple la ley, 1 Ti 1:9, lo que la ley pretende, como en los vv. 14 y 16 del contexto. No necesitan la exigencia de la ley para ser impulsados a su deber; pues, en cuanto son guiados por el Espíritu, están de suyo naturalmente inclinados a las mismas cosas que la ley requiere, y reciben fuerza de Dios conforme a sus promesas para cumplirlas. Los frutos del Espíritu son tales que ellos, por el Espíritu, sin la ley, están inclinados y capacitados para ellos, como el amor, el gozo, la paz, etc.; son tales que la ley no está contra ellos, como en los vv. 22 y 23 del contexto: «Contra tales cosas no hay ley».
El Espíritu filial, o Espíritu de amor y de verdad, cumple la ley; es decir, la ley no obliga a otras cosas que a las que este Espíritu inclina y para las cuales es suficiente. La ley no fue hecha para los que ya están suficientemente dispuestos a todas las cosas que contiene. 1 Ti 1:9: «La ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes», etc. Un espíritu filial es ley suficiente. Es una clase superior de ley; la ley del Espíritu de vida es la mejor ley, y hace libres de cualquier otra ley. El espíritu es mejor que la letra. Los que tienen en sí el Espíritu de Cristo tienen la ley escrita en sus corazones, conforme a la promesa de Dios por sus profetas.
El Espíritu de Cristo es superior a la ley, y pone a una persona por encima de la sujeción a la ley, porque es un principio superior a un principio legal, o a aquel principio que es el sujeto propio de la fuerza e influencia de la exigencia de una ley, a saber, el temor; en cuanto el Espíritu del Hijo, o Espíritu de adopción, prevalece, en tanto está la persona por encima de la necesidad de ese principio, y en consecuencia por encima de la necesidad de estar bajo la ley.
II. El Espíritu filial, o Espíritu del hijo, o Espíritu de adopción, es un principio que, en cuanto prevalece, excluye y hace incapaces a los santos del temor, o principio legal, o espíritu de esclavitud. 1 Jn 4:18: «El perfecto amor echa fuera el temor». Lo echa fuera como Sara e Isaac echaron fuera a la esclava y a su hijo, según leemos en el capítulo que precede al texto en que estamos. Es en los cristianos un principio de amor, de confianza y esperanza filiales, como en el v. 6 del capítulo anterior, clama: «¡Abba, Padre!». Les evidencia que son hijos de Dios, y engendra esa confianza y seguridad que los hace incapaces de un principio legal. Ro 8:15, 16: «Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios». Si una persona no tiene ese principio legal, o principio de temor, no tiene el principio sobre el cual la ley, o aquella constitución que exige obediencia, fue hecha para influir y obrar; y por tanto no es sujeto propio de ley, porque, al carecer de ese principio, la ley no hace presa en ella, pues no halla en ella principio por donde asirla.
El ser guiado por el Espíritu del Hijo de Dios, como Espíritu de adopción, es incompatible con un estado de servidumbre, así como la filiación es incompatible con la servidumbre. 2 Co 3:17: «Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad».
Traducción del inglés hecha con IA para Berea.