Notas sobre la Biblia · Jonathan Edwards
Romanos 2: comentario de Jonathan Edwards
Romanos 2:29-30
Ro 2:29, 30. «Pero es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios». Que con esta última expresión, «la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios», el apóstol tiene en vista la insuficiencia del hombre para juzgar si alguien es o no judío en lo interior, y quiere significar que solo a Dios le toca dar su voz en ese asunto, se confirma por el uso de una frase semejante por el mismo apóstol en 1 Co 4:5: «Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios». El apóstol dice en los dos versículos anteriores: «Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor». Y se confirma además porque el apóstol, en este capítulo 2 a los Romanos, se dirige especialmente a los que tenían un alto concepto de su propia santidad, que se jactaban de Dios, confiaban en su propio discernimiento, y que conocían su voluntad y aprobaban lo mejor, o probaban las cosas que difieren, como dice el margen en el v. 18, y confiaban en que eran guías de ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructores de los indoctos, maestros de niños; y así se atrevían a juzgar a otros. Véanse los vv. 1, 17, 18, 19, 20. Estas cosas muestran que es un grave error que alguien se atribuya el derecho de juzgar como hipócritas, inexpertos y no convertidos a los que profesan piedad, basándose solo en un poco de conversación ocasional con ellos. Lo mismo se confirma por 1 Co 2:15: «En cambio el espiritual juzga [discierne] todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie», o (como dice el margen) no es discernido por nadie.
Todo lo que hay en el cristiano que pertenece a la vida espiritual y divina se dice en la Escritura que está oculto, conocido solo por Dios y por él mismo. De su vida se dice que está escondida con Cristo en Dios, pero que aparecerá y será manifestada en el día del juicio, cuando Cristo aparezca. Col 3:3, 4. De su gozo se dice que es algo en lo que otros no se entremeten. De su alimento espiritual se dice que está escondido. Ap 2:17: «Al que venciere, daré a comer del maná escondido». Así Cristo dijo a sus discípulos que tenía una comida para comer que ellos no conocían. Y de su nombre nuevo, que es el nombre que tienen como nuevas criaturas, como nacidos de nuevo, se dice que es algo que nadie conoce sino el que lo recibe. Ap 2:17. El corazón, que es lo que Dios mira, y en el que están los adornos y las gracias espirituales por las cuales las personas son cristianos sinceros, se llama el hombre oculto del corazón. 1 P 3:4: «Sino el hombre oculto del corazón, en el incorruptible», etc.
Además: lo mismo se confirma por lo que hay en la parábola de la buena semilla y la cizaña, en Mt 13:28-30. «Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos? Él les dijo: No, porque al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero». Los siervos del padre de familia no pueden interpretarse como nada mejor que los ministros, que estaban representados por el siervo de Abraham; y por los siervos del padre de familia en la parábola del rey que hizo fiesta de bodas a su hijo y envió a sus siervos a llamar a los invitados; y por el siervo del hombre que hizo una gran cena en Lc 14; y por los siervos del padre de familia a quienes encomendó el cuidado de su casa al irse lejos; y por los siervos del padre de familia que esperaban la venida de su señor, en el capítulo 12 de Lucas; y por el siervo o mayordomo, en el mismo capítulo, que da a cada uno su ración de alimento a tiempo; y por el siervo que golpeó a su consiervo; y por los siervos del padre de familia que vistieron, adornaron y alimentaron al pródigo que volvía; y por los siervos que fueron enviados a recibir el fruto de la viña, Lc 20. Los mismos que estaban allí para cuidar el fruto de la viña son los que en esta parábola tienen el cuidado del fruto del campo. Los siervos del padre de familia son muchas veces muy propensos a presumir que son capaces de separar el trigo de la cizaña; pero el padre de familia dice: Alto. Él es más consciente que ellos del peligro de que arranquen el trigo junto con la cizaña, y por eso manda que dejen crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega, y da a entender que ese es el tiempo propio para hacerlo. Esta parábola muestra con claridad que el tiempo propio del juicio en este aspecto, a saber, el de juzgar quiénes de entre los que profesan son sinceros y quiénes no, es el día del juicio; y que, por tanto, si alguien se atribuye hacerlo ahora, lo hace fuera de su sazón. Y por eso, juzgar a los hombres en este sentido cae bajo aquella prohibición ya mencionada, 1 Co 4:5: «No juzguéis nada antes de tiempo».
Cuando se nos prohíbe tantas veces juzgar, para que no seamos juzgados, sin duda se refiere a juzgar el estado de los hombres, su sinceridad e hipocresía, sus buenos y malos principios, sus corazones en general, y también sus acciones particulares. Porque lo que esa prohibición quiere decir es sin duda que los hombres no deben quitar de las manos de Dios su obra ni adelantarse a lo que es propiamente el asunto del día del juicio. En el lugar recién mencionado se nos prohíbe juzgar; en 1 Corintios se nos prohíbe juzgar a otros por esta razón, porque es antes de tiempo; y en Ro 14:4 se nos prohíbe juzgar a otros por la otra razón, porque en ello salimos de nuestro lugar y tomamos en nuestras manos la obra de Dios. Ro 14:4: «¿Quién eres tú que juzgas al siervo ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae»; y Stg 4:12: «Uno solo es el Legislador, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?».
Estas dos razones se dan en la Escritura como buenas razones contra el juzgar a otros, pero valen tanto contra el juzgar el estado de los corazones de los hombres en general como contra el juzgar el estado de sus corazones con respecto a acciones particulares.
Porque, 1. Es tanto obra propia de Dios, y prerrogativa suya, juzgar el estado de los corazones de los hombres en general, determinar qué corazones son buenos y cuáles no, qué corazones son sinceros y cuáles no, como juzgar el estado del corazón con respecto a acciones particulares. Cuando tantas veces se atribuye a Dios como su gran prerrogativa el conocer los corazones de los hombres, una cosa que se pretende principalmente es que conoce el estado de sus corazones, si son sinceramente piadosos o no, como es evidente por lo que dice Pedro acerca de la conversión de los gentiles ante el concilio de Jerusalén, Hch 15:7, 8: «Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio, y creyesen. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros». Dios reclama a menudo como una de las prerrogativas más gloriosas el escudriñar el corazón y probar los riñones de los hijos de los hombres. Y esto lo reclama como prerrogativa de Dios, especialmente en lo que se refiere a probar el estado general de los corazones de los que profesan, en Ap 2:22, 23. Allí Cristo amenaza con destruir, y finalmente condenar, a ciertos que profesan, a menos que se arrepientan; y añade: «Y todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y os daré a cada uno según vuestras obras». Y de nuevo, en 1 Cr 28:9 se afirma esta prerrogativa divina con respecto al juicio del estado del corazón en general, y en orden a aquella salvación, o destrucción y rechazo para siempre, que depende de él: «Y tú, Salomón, hijo mío, conoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario; porque Jehová escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos. Si tú le buscares, lo hallarás; mas si lo dejares, él te desechará para siempre». Así Sal 7:9, 10, 11: «Fenezca ahora la maldad de los inicuos, mas establece tú al justo; porque el Dios justo prueba la mente y el corazón. Mi escudo está en Dios, que salva a los rectos de corazón. Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días». Así también, el probar los corazones se dice que es prerrogativa de Dios, como el horno prueba qué es oro y qué es escoria o metal bajo. Pr 17:3: «El crisol para la plata, y la hornaza para el oro; pero Jehová prueba los corazones». Así el salmista ruega en el Salmo 26 que Dios lo juzgue con respecto a su integridad y a su confianza en Dios, y que lo examine, lo pruebe, y pruebe su mente y su corazón, y no junte su alma con los pecadores, ni su vida con los hombres sanguinarios, v. 9. Así era parte de la prerrogativa de Cristo saber cuáles de sus seguidores, y de los que profesaban creer en él, merecían confianza y cuáles no, Jn 2:23, 24, 25: «Muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre». Es prerrogativa de Dios pesar los espíritus y sopesar los corazones de los hombres, Pr 16:2 y 21:2. A él le pertenece pesar a los hombres en balanza y decir quién es hallado falto, Dn 5:27. Esto ciertamente se reclama en la Escritura como prerrogativa de Dios tanto como, y mucho más que, el tomar venganza; y por tanto, que alguien se atribuya decidir qué profesantes son sinceros y cuáles insinceros, y trazar una línea divisoria entre ellos, es invadir la prerrogativa divina tanto como, y mucho más que, la venganza privada.
- Si es buena aquella razón por la que no debemos juzgar a los hombres, a saber, que al hacerlo los juzgamos antes de tiempo, porque el tiempo propio para ello es el día del juicio, entonces hay buena razón para que no nos atrevamos a juzgar a los que profesan con respecto a su estado; pues esta es una de las grandes y principales partes de la obra del juicio final, y uno de los fines especiales del día del juicio: hacer una distinción pública entre los sinceros y los hipócritas, separar entre ovejas y cabritos, entre trigo y cizaña, entre buen grano y paja, entre oro y escoria, como es manifiesto por Mal 3:2: «¿Quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores»; y Mt 3:12: «Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará». Más aún, en la mayoría de las descripciones que tenemos en la Escritura, esta es toda la obra que se menciona. Es lo único que se menciona en la descripción que tenemos del día del juicio, en la explicación de la parábola de la buena semilla y la cizaña en el capítulo 13 de Mateo; y es todo el asunto que se menciona en aquella célebre descripción que Cristo da del día del juicio en el capítulo 25 de Mateo; y es todo el asunto que se menciona en la descripción que tenemos en el capítulo 20 de Apocalipsis, que es la más célebre de todas las que hay en la Biblia, exceptuando la del capítulo 25 de Mateo.
Más aún, juzgar el estado de las personas, y sentenciarlas o condenarlas, es lo que principalmente tiene en mente Cristo cuando nos prohíbe juzgarlas; porque esto es lo más propiamente juzgarlas, o juzgar y condenar sus personas. Podemos reprobar a un hombre por muchas cosas que hace, sin condenar ni sentenciar al hombre; lo que principalmente se prohíbe es hacer el papel del Gran Juez de los hombres, que consiste en justificarlos o condenarlos como malos o justos.
En cuanto a aquel texto, Jue 12:6: «Le dijeron entonces: Di ahora Shibolet; y él dijo Sibolet; porque no podía pronunciar de aquella manera. Entonces le echaron mano, y le degollaron junto a los vados del Jordán»; aunque es una verdad indudable que la falta de experiencia tiende a hacer que los hombres balbuceen y fallen y se equivoquen mucho al hablar de la religión experimental, lo cual podría compararse muy apropiadamente al fallo del efraimita al pronunciar Shibolet, sin embargo no podemos inferir de ello que estemos autorizados a llegar tan lejos en juzgar el estado de los hombres por lo que nos parezca de su manera de expresarse correctamente en lenguaje espiritual y experimental, como tampoco podemos inferir que se nos haya confiado proceder sobre ello hasta donde procedieron aquellos con la mala pronunciación de Shibolet. No podemos llevar la inferencia tan lejos, porque lo que aquí se tipifica principalmente no es el lenguaje de los falsos profesantes tal como suena en los oídos de sus consiervos en este mundo, sino en los oídos de su Juez, y de los santos o asesores que están con él en el paso del Jordán, es decir, en su paso de este mundo al venidero, o cuando intentan pasar de este mundo a la Canaán celestial. En los oídos de Cristo, nadie puede aprender el lenguaje de los cananeos sino los que son verdaderamente cananeos, así como nadie puede aprender el cántico de los ciento cuarenta y cuatro mil, sino solo los que fueron redimidos de entre los de la tierra. Lo que falta es el corazón y la práctica, que son la parte esencial del cántico; y es el lenguaje del corazón y de la práctica lo que es la parte esencial del lenguaje de un cristiano. Y estas son las cosas por las cuales se nos dice a menudo que los que profesan la religión serán juzgados después por aquel que escudriña el corazón, prueba los riñones y da a cada uno según sus obras.
Cuando Cristo y sus apóstoles advirtieron tanto contra el juzgar a otros, sin duda tenían especialmente en vista el juzgar sus corazones. Y los cristianos de aquellos días entendían que esto era lo que se prohibía tan estrictamente, y una práctica señalada como tan presuntuosa; como se confirma por la manera en que el apóstol Santiago introduce lo que dice en el capítulo 2 de su epístola, en el v. 4, hablando de que preferían al hombre de vestido espléndido sobre el de vestido humilde: «¿No hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?».
Los once discípulos, aunque todos eran verdaderos convertidos, no sabían sino que Judas también estaba convertido, y siempre lo supusieron así, aunque tuvieron tan abundante oportunidad de conversar con él, y Cristo siempre lo trató como si hubiera sido un verdadero discípulo, e incluso lo envió a predicar el evangelio, porque en ello actuaba como ministro de la iglesia visible. No se atribuyó entonces actuar como Juez omnisciente, sino que daba ejemplo a sus discípulos y ministros de cómo conducirse en la iglesia visible. El salmista, aunque hombre tan sabio, tan conocedor de la palabra de Dios y de tan gran experiencia, no descubrió que Ahitofel no era un convertido, aunque hacía tanto tiempo que lo conocía tan íntimamente, sino que siempre lo consideró santo, y un santo eminente, y se deleitaba en él como tal. Sal 55:13, 14: «Sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios».
Y además, en ninguna parte se nos manda juzgar a los hombres principalmente por el relato que dan de sus experiencias, sino principalmente por sus obras; y es evidente que no era costumbre de los apóstoles juzgar la sinceridad de los cristianos principalmente por el relato que daban de la manera de la obra en sus corazones, sino por su conducta.
Y el significado de la palabra Shibolet parece insinuar lo mismo, pues es una espiga de grano. Esto parece insinuar que es el fruto, o la espiga, la gran característica por la cual los verdaderos amigos de Jefté pueden distinguirse de los hipócritas, o el trigo de la cizaña. Es por el fruto por lo que seremos juzgados al final; nuestros frutos serán pesados en la balanza, y, si son hallados faltos, seremos degollados en este Jordán, y nunca se nos permitirá pasar a Canaán. Es probable que, según el dialecto de Efraín, una espiga de grano se llamara Sibolet, y que ese fuera el nombre del fruto de los enemigos de Jefté; pero Shibolet era el nombre del fruto de los amigos de Jefté, según el dialecto de Galaad. Esto significa, por tanto, que si al final se halla que nuestro fruto no es el fruto de los amigos de Cristo, sino el de sus enemigos, seremos degollados.
Parece muy probable que el diablo, aunque ve y oye mucho más que nosotros de lo que los hombres hacen y dicen, y tiene una experiencia incomparablemente mayor, sin embargo no sabe quiénes están convertidos y quiénes no. Así, no sabía que Pedro estaba convertido, y por eso esperaba derribarlo. Así tampoco sabía que Job era, como Dios le dijo, perfecto y recto; lo puso en duda, aunque era un santo tan eminente, y dudó de que no fallaría en la prueba (a menos que podamos suponer que el diablo procura derribar a cristianos particulares solo como procura derribar a la iglesia de Dios, a la cual hace lo que puede por destruir, aunque Dios ha prometido que nunca será destruida).
Traducción del inglés hecha con IA para Berea.