Comentarios y sermones · Martín Lutero
1 Corintios 10: comentario de Martín Lutero
Sermón para el tercer domingo antes de Cuaresma; 1 Corintios 9:24-27; 10:1-5
LA CARRERA CRISTIANA POR EL PREMIO.
1 Esta lección es parte de la larga instrucción de cuatro capítulos que Pablo da a los corintios. En ella les enseña cómo tratar a los débiles en la fe, y advierte a los cristianos temerarios y presuntuosos que cuiden de no caer, por firmes que estén al presente. Presenta un símil contundente en el correr de la carrera, o la lucha por el premio. Muchos corren sin alcanzar el objeto de su carrera. Pero nosotros no debemos correr en vano. Seguir fielmente a Cristo no significa simplemente correr. Eso no basta. Debemos correr con propósito. Creer, estar corriendo en la carrera de Cristo, no es suficiente; debemos echar mano de la vida eterna. Dice Cristo (Mt 24:13): «Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo». Y Pablo (1 Co 10:12): «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga».
2 Ahora bien, la carrera se estorba de dos maneras; una, por la indolencia. Cuando la fe no se ejercita con empeño, cuando somos indolentes en las buenas obras, nuestro avance se estorba, de modo que no se alcanza el premio. Pero no creo que Pablo se refiera aquí a ese estorbo. No alude a los que corren con indolencia, sino a los que corren en vano porque yerran su objeto; personas, por ejemplo, que persiguen su meta a toda velocidad, pero, engañadas por un fantasma, yerran su blanco y se precipitan a la ruina o chocan con terribles obstáculos. Por eso Pablo manda a los hombres correr con éxito mientras están en la carrera, para que se apoderen del premio y no lo pierdan por descuido. En consecuencia, la carrera se estorba cuando se levanta una meta falsa o se quita la verdadera. Dice el apóstol (Col 2:18): «Nadie os prive de vuestro premio». Es cierto, sin embargo, que una vida indolente y negligente acabará por causar la pérdida del premio. Mientras los hombres duermen, el enemigo muy pronto siembra cizaña entre el trigo.
3 La meta se quita cuando se falsifica la Palabra de Dios y se predican creaciones de la mente humana bajo el nombre de la Palabra de Dios. Y estas cosas suceden fácilmente cuando no cuidamos de guardar la unidad del Espíritu, cuando cada uno sigue sus propias ideas y no cede ante ningún otro, porque prefiere su propia vanidad.
Tal ha de ser el curso de los acontecimientos donde falta el amor. Los fuertes y los eruditos desean ser tenidos por especialmente dignos de elogio, mientras los débiles en la fe son despreciados. Así el diablo tiene abundante ocasión de sembrar cizaña. Pablo llama al amor la unidad del Espíritu, y exhorta (Ef 4:3) a que procuremos guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. En 2 Tesalonicenses 2:10 proclama la venida del Anticristo «por cuanto no recibieron el amor de la verdad»; es decir, el amor verdadero. V.25. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene.
4 Si el que compite en una carrera intentara otras cosas o procurara al mismo tiempo el éxito en otros asuntos, no ganaría mucho; más bien pronto sería derrotado, perdería la carrera y todo. Si quiere luchar de veras, no debe atender a ninguna otra cosa. Todo lo demás debe ser descuidado y la atención concentrada solo en el certamen. Aun así el vencedor debe contar con el favor de la fortuna; pues los que lo descuidan todo para correr no todos ganan el premio.
De igual manera en el certamen cristiano es necesario, y en grado aún mayor, renunciar a todo y dedicarse solo al certamen. El que además buscara su propia gloria y provecho, el que hallara en la Palabra y el Espíritu de Dios ocasión para su propia alabanza y ventaja, a la manera de los disidentes y cismáticos, ¿qué puede esperar ganar? Está enteramente enredado en la gloria y la ganancia temporales; atado de pies y manos, cautivo por completo. La carrera que corre es la mera carrera soñada de quien yace en su lecho, cautivo e indolente.
V.26. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire.
5 Pablo se señala aquí a sí mismo como ejemplo e insinúa la causa del fracaso, a saber, la caída del amor y el uso de la palabra divina con espíritu voluntarioso, ambicioso y codicioso, faltando la fe que obra por el amor. En tales condiciones, los cristianos falsos e indolentes corren en verdad una alegre carrera; pero la Palabra de Dios y los caminos en que son tan ágiles y veloces son mera apariencia, porque los hacen servir a su propio interés y gloria. Sin embargo, no ven que corren a la ventura y golpean el aire. Nunca hacen un intento serio, ni dan jamás en el blanco. Les corresponde mortificar la ambición, refrenar su propia voluntad y ponerse al servicio de sus prójimos, y nada de esto hacen. Al contrario, hacen incluso muchas cosas para fortalecer su ambición y su propia voluntad, y luego juran con mil juramentos que no buscan su propia honra sino la honra de Dios, el bien de su prójimo y no el propio. Pedro dice (2 P 1:9-10) que esta clase de gente es ciega y no ve de lejos, y ha olvidado la purificación de sus antiguos pecados, porque no procura hacer firme su vocación mediante buenas obras. Por eso sucede que, como dice Pablo, corren a la ventura, golpeando el aire. Sus corazones son inestables y vacilantes delante de Dios, y son inconstantes y volubles en todos sus caminos, Stg 1:8. Puesto que carecen de rumbo y de constancia en el corazón, esto aparecerá también como inconstancia en las obras y en las doctrinas. Emprenden ahora esto y ahora aquello; no pueden estarse quietos ni abstenerse de la contienda de facciones. Así yerran su blanco o quitan la meta, y no pueden sino desviarse del camino verdadero y común.
V.27. Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre.
6 El pensamiento del apóstol es el mismo que en su afirmación anterior: «Todo aquel que lucha, de todo se abstiene». Por «golpear el cuerpo» Pablo entiende no solo someter las concupiscencias carnales, sino también todo objeto temporal, en cuanto apela al deseo corporal: el amor a la honra, a la fama, a la riqueza y cosas semejantes. El que da rienda suelta a estas cosas en lugar de someterlas predicará para su propia condenación, por correcta que sea su predicación. Tales personas no permiten que se presente la verdad; esto es cierto en particular de la honra temporal. Estas palabras del apóstol, pues, son una fina estocada a los predicadores y cristianos ambiciosos y egocéntricos. No solo corren en vano y pelean sin provecho; llegan a ser verdaderos reprobados, con solo la apariencia, el color, del cristianismo.
EJEMPLOS DE LA ESCRITURA.
V.1. Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube.
7 Pablo cita un terrible ejemplo de la Escritura para probar que no todos los que corren alcanzan el premio. Eran unos seiscientos mil, todos los cuales anduvieron en el camino de Dios y gozaron de su palabra y de su confianza tan plenamente que fueron protegidos bajo la nube y pasaron milagrosamente por el mar; y sin embargo, entre la inmensa multitud que corría entonces, solo dos, Josué y Caleb, alcanzaron el premio. Ellos solos de toda aquella multitud llegaron a la tierra prometida.
Más adelante en el capítulo (vv. 11-12) Pablo explica este hecho, diciendo: «Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos… Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga». El propósito de estos tratos de Dios con Israel es aterrar el orgullo, la falsa sabiduría y la voluntad propia; disuadir a los hombres de despreciar a sus semejantes y de procurar que la Palabra de Dios sirva a su propia honra o provecho con preferencia a la honra y el provecho de los demás. La intención es que cada individuo se ponga en igualdad con los otros, que cada uno soporte a su prójimo, el débil al fuerte, y así sucesivamente, como se ordena en los cuatro capítulos.
8 ¡Cuántos hombres grandes y nobles pudo haber entre los seiscientos mil, hombres a quienes no habríamos sido dignos de alcanzar una copa de agua! Entre ellos estaban los doce príncipes de las doce tribus, uno de los cuales, Naasón, Mateo (cap. 1:4) cuenta en el linaje santo de Cristo. Había también los setenta ancianos que participaron del espíritu de Moisés, Eldad y Medad en particular (Nm 11:27), y todos los demás grandes hombres, fuera de la facción de Coré. Todos estos, fíjense, lucharon en la carrera. Hicieron y sufrieron mucho. Presenciaron muchos milagros de Dios. Ayudaron a levantar un gran tabernáculo y a instituir el culto divino. Estaban llenos de buenas obras. Sin embargo fracasaron, y murieron en el desierto. ¿Quién es tan osado y altivo que no se sienta refrenado y humillado por tan notable ejemplo del juicio divino? Bien puede decirse: «El que piensa estar firme, mire que no caiga».
9 Bien, el ejemplo de Israel se entiende con facilidad. ¡Dios conceda que lo tomemos en cuenta! Examinemos todavía más el texto del apóstol: su mención del bautismo y del alimento espiritual, usando términos cristianos y poniendo a los padres en el mismo plano que nosotros los cristianos, como si ellos también hubieran tenido el Bautismo y la Santa Cena.
Quiere que sepamos, primero, el hecho tantas veces repetido de que Dios desde el principio guió, redimió y salvó a sus santos por dos medios: por su propia palabra y por señales externas. Adán fue salvo por la palabra de promesa (Gn 3:15): la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente; es decir, Cristo vendrá a vencer por nosotros el pecado, la muerte y a Satanás. A esta promesa Dios añadió la señal del sacrificio, sacrificio encendido con fuego del cielo, como en el caso de Abel (Gn 4:4), y en otros casos mencionados en las Escrituras. La palabra de promesa fue el evangelio de Adán hasta el tiempo de Noé y de Abraham. En esta promesa creyeron y fueron redimidos todos los santos hasta Abraham; como nosotros somos redimidos por la palabra del evangelio que creemos. El fuego del cielo les servía de señal, como nos sirve el bautismo, que se añade a la palabra de Dios.
10 Tales señales se repitieron una y otra vez en diversos tiempos, y la última señal la dio Cristo en su propia persona: el evangelio con el bautismo, concedido a todas las naciones. Por ejemplo, Dios dio a Noé la promesa de que sobreviviría al diluvio, y le concedió una señal en la nave, o arca, que construyó. Y por la fe en la promesa y en la señal Noé fue justificado y salvo, con su familia. Después Dios le dio otra promesa, y por señal el arco iris. Otra vez dio a Abraham una promesa, con la señal de la circuncisión. La circuncisión fue el bautismo de Abraham, así como el arca y el diluvio fueron el de Noé. Así también nuestro bautismo es para nosotros circuncisión, arca y diluvio, según la explicación de Pedro. 1 P 3:21. En todas partes encontramos la Palabra y la Señal de Dios, en las cuales debemos creer para ser salvos por la fe del pecado y de la muerte.
11 Así los hijos de Israel tenían la palabra de Dios de que heredarían la tierra prometida. Además de esa palabra se les dieron muchas señales, en particular las que Pablo nombra aquí: el mar, la nube, el pan del cielo, el agua de la roca. A estas las llama su bautismo; así como nuestro bautismo podría llamarse nuestro mar y nuestra nube. La fe y el Espíritu son los mismos en todas partes, aunque las señales y las palabras varíen. Las señales y las palabras cambian, ciertamente, de tiempo en tiempo, pero la fe en el mismo y único Dios continúa. Mediante diversas señales y revelaciones, Dios en diferentes tiempos concede la misma fe y el mismo Espíritu, efectuando por ellos en todos los santos la remisión de los pecados, la redención de la muerte y la salvación, ya vivieran al principio o al fin de los tiempos, o mientras el tiempo transcurría.
12 Tal es el sentido de Pablo cuando dice que los padres comieron la misma vianda y bebieron la misma bebida que nosotros. Sin embargo, matiza con la palabra «espiritual». Externa e individualmente Israel tenía señales y revelaciones distintas de las nuestras; pero el Espíritu y su fe en Cristo eran idénticos a los nuestros. Comer y beber espiritualmente es simplemente creer en la Palabra y en la señal de Dios. Dice Cristo (Jn 6:56): «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él». Y en el versículo anterior: «Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida». Es decir: El que cree en mí vivirá.
V.4. Porque bebían de la roca espiritual que los seguía.
13 En otras palabras, creían en el mismo Cristo en quien nosotros creemos, aunque todavía había de venir en carne; y la señal de su fe era la roca material, de la cual bebían agua físicamente, así como nosotros, al participar del pan y del vino materiales en el altar, comemos y bebemos espiritualmente al verdadero Cristo. Con el acto exterior de comer y beber ejercitamos la fe interior. Si los israelitas no hubieran tenido la palabra de Dios y la fe cuando bebían de la roca, el acto de beber no habría beneficiado sus almas. Tampoco nos aprovecharía recibir el pan y el vino en el altar si estuviéramos sin fe. En verdad, si la Palabra de Dios no hubiera venido primero, la roca no habría dado agua ni pedido fe. Asimismo, si la Palabra de Dios no acompañara al pan y al vino, no serían alimento espiritual ni ejercitarían la fe.
14 Así es siempre el mismo alimento y bebida espirituales que Dios encarna en su palabra y señal, sea cual fuere su forma material y externa. Si me mandara levantar una simple paja, al instante la paja encerraría para mí alimento y bebida espirituales. No por virtud alguna de la paja, sino porque es una revelación y señal de la verdad y presencia divinas. Por otra parte, si faltan la Palabra de Dios y su señal, o no se reconocen, la presencia misma de Dios no surte efecto. Dice Cristo de sí mismo (Jn 6:63): «La carne para nada aprovecha». Hace esta afirmación porque sus oyentes no prestan atención a las palabras con que habla de su carne, siendo estas las que hacen de su cuerpo la verdadera comida, según su declaración (v. 58): «Este es el pan que descendió del cielo». Por lo tanto, no debemos considerar en demasía, como hace la razón ciega, las obras, señales y milagros de Dios; más bien debemos reconocer en ellos su mensaje. Este es el acto de la fe.
15 El apóstol se refiere a un solo tipo, la roca, diciendo: V.4. Bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Con esta afirmación hace que todas las figuras y señales concedidas al pueblo de Israel por la Palabra de Dios se refieran a Cristo; porque donde está la Palabra de Dios, allí está Cristo. Todas las palabras y promesas de Dios son acerca de Cristo. El mismo Cristo refiere a sí mismo la serpiente de Moisés, dándole un significado tipológico, Jn 3:14. Podemos decir con verdad que los israelitas miraron la misma serpiente que nosotros contemplamos, pues vieron la serpiente espiritual que los seguía, o sea Cristo en la cruz. Su mirar era creer en la Palabra de Dios, con la serpiente por señal; así como su beber espiritual era creer en la Palabra de Dios con la roca por señal. Sin la Palabra de Dios, la serpiente no les habría aprovechado nada; ni habrían podido aprovecharles innumerables serpientes de bronce, aunque los israelitas las hubieran contemplado para siempre. Del mismo modo la roca no les habría aprovechado nada sin la palabra de Dios; habrían podido machacar hasta hacer polvo todas las rocas del mundo, o beber de ellas, sin provecho alguno.
16 Conforme al principio general que aquí establece Pablo, usando la roca como ilustración, podemos decir que los israelitas participaron del mismo pan del cielo del que comemos nosotros; y comieron del pan espiritual del cielo que los seguía: Cristo. Para ellos, comer era creer en la Palabra de Dios, teniendo por señal el pan del cielo del que participaban físicamente. Si esta Palabra no hubiera acompañado al pan, habría sido simple alimento material, incapaz de aprovechar al alma o de suscitar la fe. Dice Cristo (Jn 6:32): «No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo». Y (v. 58): «No como vuestros padres comieron el maná, y murieron». El mismo Moisés dice (Dt 8:3): «Y te sustentó con maná… para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre».
En otras palabras: «En el maná material no deben ver meramente la obra, el acto de saciar el apetito, sino mucho más la palabra de promesa que les trae el pan del cielo; porque por esa palabra viven para siempre si tienen fe».
17 Podemos decir lo mismo del mar y de la nube. Los hijos de Israel anduvieron bajo la misma nube que nos cubre con su sombra; es decir, anduvieron bajo la nube espiritual que los seguía: Cristo. Dicho de otro modo, andar bajo la nube era simplemente creer en la palabra de Dios, la palabra que tenían en sus corazones, que les decía que siguieran la nube. Sin esa palabra no habrían podido creer ni seguir; más aún, faltando la palabra, la nube nunca habría aparecido. Por eso la nube se llamaba la gloria del Señor, cuya aparición había sido prometida.
Vemos así cómo en todas las cosas debemos atender a la palabra de Dios. A ella debe adherirse la fe. Sin ella, o bien no hay señales ni obras de Dios, o bien, si existen y se miran solo con los ojos físicos, sin referencia a la Palabra, hacen que uno abra la boca de asombro por un tiempo, como todo lo que es nuevo, pero no aprovechan al alma ni apelan a la fe.
18 Algunos entienden las palabras «que los seguía» en el sentido de que la roca espiritual acompañaba a los hijos de Israel, era su compañera: «comitante petra», no «petra consequente», estando Cristo espiritualmente presente en la palabra y por la fe. Procuran fundar esta opinión en el texto griego. Yo lo he traducido: «la roca que seguía». El punto no merece disputa. Entiéndalo cada uno como pueda. Ambas interpretaciones son correctas. Yo me atengo a lo que he ofrecido porque todas las circunstancias del suceso, y las palabras anteriores de Dios, apuntaban a un Cristo futuro, un Cristo que había de seguir, en quien todos habían de creer. Así Abraham vio detrás de sí el carnero en el zarzal y lo tomó y lo sacrificó; es decir, creyó en el Cristo que después había de venir y ser sacrificado.
19 Otra vez, algunos dicen que el nombre común en la cláusula «y la roca era Cristo» significa la roca material; y como Cristo no puede ser roca material, explican la incongruencia diciendo que la roca significa a Cristo. Hacen aquí que la palabra «era» equivalga a «significa». El mismo razonamiento lo aplican a ciertas palabras de Cristo; por ejemplo, dicen que donde Cristo, refiriéndose a la Santa Cena (Mt 26:26), manda: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo», el sentido es: «Este pan significa mi cuerpo, pero no lo es verdaderamente». Con ello negarían que el pan sea el cuerpo de Cristo. De la misma manera tratan el texto (Jn 15:1) «Yo soy la vid verdadera», haciéndolo: «Soy significado por la vid». Guárdense de tales razonadores. Su propia malicia los ha llevado a tal perversión de la Escritura. Pablo distingue aquí expresamente entre rocas material y espiritual, diciendo: «Bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo». No dice que la roca material era Cristo, sino la roca espiritual. La roca material no era espiritual, y no los seguía ni iba con ellos.
20 Las explicaciones y distorsiones de tales falsos razonadores no se necesitan aquí. Las palabras son verdaderas como se leen; han de entenderse en sustancia y no figuradamente. Así en Juan 15:1, la referencia de Cristo no es a una vid material sino espiritual. ¿Cómo sonaría esto: «Soy significado por una vid espiritual»? Cristo habla de lo que existe, y así debe entenderse: «Yo soy»; aquí hay una verdadera vid espiritual. Semejante es Juan 6:55: «Mi carne es verdadera comida». El pensamiento no es: «Mi carne significa, o es significada por, verdadera comida»; se habla de comida espiritual y el sentido es: «Mi carne es sustancialmente un alimento; no para el estómago, físicamente, sino para el alma, espiritualmente». Tampoco debes permitir que las palabras «Esto es mi cuerpo» se pervierten hasta significar que el cuerpo es solo significado por el pan, como algunos pretenden; debes aceptar las palabras exactamente como significan: «Este pan es esencialmente, por una presencia real, mi cuerpo». No se puede tolerar que se fuerce la Escritura para acomodarla a las propias opiniones. Se necesitaría un texto claro que probara que el infinitivo «ser» equivale a «significar»; y, aun cuando esto pudiera probarse en unos pocos casos, no bastaría. Todavía habría que mostrarlo indiscutiblemente cierto en el lugar en cuestión. Esto nunca puede hacerse. Ahora bien, siendo imposible la proposición, debemos rendirnos a la Palabra de Dios y aceptarla tal como está.
21 Cristo ha sido tipificado por diversas señales y objetos en el Antiguo Testamento, y la roca es uno de ellos. Nota primero que la roca material de que se habla existía con independencia del trabajo del hombre y lejos de los dominios del hombre, en el desierto, en desolada soledad. Así Cristo es un objeto verdaderamente insignificante en el mundo, desatendido, inadvertido; ni debe nada al trabajo humano.
22 Además, el agua que mana de la roca es contraria a la naturaleza; es puramente milagrosa. El agua tipifica al Espíritu vivificante de Dios, que procede del Cristo condenado, crucificado y muerto. Así se saca vida de la muerte, y esto por el poder de Dios. La muerte de Cristo es nuestra vida, y si queremos vivir debemos morir con él.
23 Moisés golpea la roca por mandato de Dios y la señala, prefigurando así el oficio ministerial que de palabra hace brotar el Espíritu de la roca espiritual. Porque Dios no dará su Espíritu a nadie sin el instrumento de la Palabra y del oficio ministerial instituido por él para este fin, añadiendo el mandato de que no se predique sino a Cristo. Si Moisés no hubiera obedecido el mandato de Dios de golpear la roca con su vara, nunca habría brotado agua de ella. Su vara representa la vara de la boca de que habla Isaías (cap. 11:4): «Herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío». «Cetro de justicia es el cetro de tu reino». Sal 45:6.
Sermón para el noveno domingo después del Domingo de la Trinidad; 1 Corintios 10:6-13
LA SEGURIDAD CARNAL Y SUS VICIOS.
1 Aquí hay una exhortación muy seria, un mensaje tan severo como el que más haya escrito Pablo, aunque escribe a cristianos bautizados, que componen siempre la verdadera Iglesia de Cristo. Los confronta con varios ejemplos terribles tomados de la misma Iglesia, de Israel, el pueblo escogido de Dios.
2 La ocasión y el propósito de Pablo al escribir esta epístola era la seguridad de los corintios. Conscientes de gozar el privilegio de Cristo, del bautismo y del Sacramento, pensaban que nada les faltaba y se dieron a crear sectas y cismas entre ellos. Olvidando la caridad, se despreciaban unos a otros. Lejos de reformar su vida y de rectificar sus obras de iniquidad, se hicieron cada vez más seguros y siguieron sus propias inclinaciones, permitiendo incluso que un hombre tuviera a la mujer de su padre. Al mismo tiempo querían ser tenidos por cristianos, y se enorgullecían jactanciosamente de haber recibido el evangelio de los grandes apóstoles. Así que Pablo se vio impulsado a escribirles una carta severa, tratándolos con una dureza que no emplea en ningún otro lugar. De hecho, parece casi que fuera demasiado lejos hablar así a cristianos; la reprensión pudo haber golpeado con dureza intolerable las conciencias débiles y tiernas. Pero, como en la segunda epístola, viendo cómo su severidad ha sobresaltado a los corintios, la modera en cierta medida y trata con ternura a los arrepentidos.
3 Sin embargo, en los notables ejemplos de la Escritura del texto presente muestra suficientemente la necesidad de tal exhortación para quienes, después de haber recibido la gracia, se harían carnalmente seguros y abandonarían la vida de arrepentimiento.
4 El texto debería incluir propiamente el comienzo de este capítulo décimo, que se lee en el pasaje del tercer domingo antes de Cuaresma. Comienza: «Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual… Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto». Sigue entonces nuestro texto: «Mas estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros».
5 Como dijimos, la exhortación es para quienes ya son cristianos. Pablo quiere que sepan que, aunque están bautizados en Cristo, y han recibido y siguen gozando su bendición por pura gracia, sin mérito propio, sin embargo están obligados a obedecerle siempre; no han de ser orgullosos ni jactanciosos, ni abusar de su gracia. Cristo desea obediencia de nuestra parte, aunque la obediencia no nos justifica delante de él ni merece su gracia. Por ejemplo, la fidelidad de una novia a su marido no puede ser el mérito que compró el favor de este cuando la eligió. Ella es propiedad del novio porque a él le agradó hacerla suya, aunque hubiera sido una ramera. Pero ahora que él la ha honrado, quiere que mantenga en adelante esa honra con su pureza; si en esto falla, el novio tiene el derecho y el poder de repudiarla.
Otro ejemplo: un pobre y desdichado huérfano, un bastardo, un expósito, puede ser adoptado como hijo por algún hombre piadoso y hecho su heredero, aunque no merezca el honor. Ahora bien, si a cambio de tal bondad el niño se vuelve desobediente y rebelde, con justicia puede ser privado de la herencia. No por el mérito de su devoción, como Moisés insinuó a menudo, llegaron los judíos a ser pueblo de Dios; eran siempre de dura cerviz y se rebelaban continuamente contra él. Dios, habiéndolos escogido y sacado de Egipto, les mandó con urgencia que le sirvieran y obedecieran su Palabra. Pero cuando dejaron de cumplir los mandamientos, tuvieron que sentir la terrible fuerza de su castigo.
LA SEGURIDAD CARNAL DE ISRAEL, ADVERTENCIA PARA NOSOTROS.
6 Su ejemplo lo presenta aquí Pablo, con gran seriedad, al mundo como advertencia contra presumir carnal y confiadamente de la gracia y la bondad de Dios por el hecho de que ya las hemos recibido. En colores inconfundibles el apóstol retrata la enseñanza de este ejemplo notable e importante, grave y específico. Bien mirado, ciertamente no hay historia mayor ni más maravillosa desde la creación del mundo hasta el presente, nada más admirable que se pueda hallar en libro alguno —salvo aquella obra sobremanera admirable, la muerte y resurrección del Hijo de Dios— que esta historia de un pueblo guiado por el poder de Dios fuera de Egipto, a través del desierto y hasta la tierra prometida. Está llena de las obras extraordinariamente maravillosas de Dios, de notables ejemplos de su ira y de su gran bondad.
7 Refiriéndose a estos ejemplos, Pablo da a entender: «Como cristianos y bautizados, deberían conocerlos. Si no los conocen, no dejaré de traerlos ante ustedes para que reflexionen sobre lo que aconteció a otros del pueblo de Dios, según el registro de la Escritura. Eran nuestros padres, una compañía y congregación de hombres noble, inteligente y grande, que sumaba más de seiscientos mil, sin contar mujeres y niños».
Fueron llamados, nos dice Pablo, y con razón, el pueblo santo de Dios. Dios procuraba su bienestar; y por medio de Moisés, su obispo y papa, tuvieron la Palabra de Dios, la promesa y el Sacramento. Bajo Moisés fueron todos bautizados, cuando los condujo por el mar, y por la nube, bajo cuya sombra, resguardados del calor, proseguían cada día su camino. De noche una hermosa columna de fuego, un intenso resplandor como de relámpago, los protegía. Además, su pan les venía cada día del cielo y bebían agua de la roca. Estas providencias eran su Sacramento y la señal de que Dios estaba con ellos para protegerlos. Creían en el Cristo prometido, el Hijo de Dios, su guía en el desierto. Así eran un pueblo noble, muy favorecido y santo.
8 Pero en la gran masa del pueblo, ¿cuánto duró la fe? No más que hasta que llegaron al desierto. Allí comenzaron a despreciar la Palabra de Dios, a murmurar contra Moisés y contra Dios y a caer en la idolatría. Entonces Dios se hizo justicia entre ellos; de toda aquella gran nación que salió de Egipto, de todos los ilustres que ayudaron a Moisés a conducir y gobernar, solo dos personas pasaron del desierto a Canaán. Es claro, pues, que Dios no se complacía en la gran masa de aquel ejército. De nada les valió ser llamados el pueblo de Dios, pueblo santo, una compañía a la que Dios había mostrado admirable bondad y grandes maravillas; porque rehusaron creer y obedecer la Palabra de Dios.
La perspectiva era buena cuando fueron librados de sus enemigos de manera tan maravillosa y gloriosa, y habían recibido de Dios en el monte Sinaí la ley y un noble orden de culto: era buena su perspectiva de entrar en la tierra; estaban ya a la puerta. Pero aun en ese momento propicio provocaron a Dios hasta que los hizo volver atrás a vagar cuarenta años por el desierto, donde perecieron.
9 Su castigo fue del todo resultado de su odiosa arrogancia al jactarse, frente a la Palabra de Dios, de sus privilegios como pueblo de Dios, sobre el cual derramaba cada día grandes bondades. «¿No reconocen —se jactaban— la santidad de toda esta congregación, en medio de la cual habita Dios, haciendo cada día sus maravillosos prodigios?». En su orgullo y desafío se volvieron de dura cerviz y tan obstinados que se quejaban continuamente contra Moisés y se le oponían fuera cual fuera el camino que tomara con ellos. Así, día tras día despertaban contra sí la ira de Dios, obligándolo a visitarlos con muchas plagas terribles. Como estas no los humillaron, se vio obligado a quitar de en medio a toda la nación. Muchas veces Dios los habría destruido a todos de una vez si Moisés no se hubiera postrado ante él en favor de ellos y con ruego ferviente y fuerte súplica no hubiera apartado su ira. Por causa de su perversidad, Moisés fue un hombre sumamente desdichado y acosado. «Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra». Nm 12:3. Porque cada día lo afligían el desafío, la desobediencia y la oposición de esta gran multitud de gente; y además tuvo que presenciar y soportar durante los cuarenta años completos las numerosas y terribles plagas enviadas sobre su pueblo, llenándose su corazón de angustia por ellos. Y también le tocaba resistir continuamente la ira de Dios.
10 Terrible es en verdad lo que aprendemos de este pueblo famosamente grande, la propia nación de Dios, a la cual él se revela, a la cual se revelan Dios y el mismo Cristo; una nación que Dios gobierna y guía por medio de sus ángeles; un pueblo que honra con maravillas más admirables que cuanto se haya oído en la tierra de nación alguna. Como dice Moisés en Deuteronomio 4:7: «Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos?». Sin embargo, todos los que salieron de Egipto y habían presenciado las poderosas maravillas que Dios obró entre ellos y entre sus enemigos, cayeron y pecaron de manera flagrante; no conforme a la medida de la mera debilidad e imperfección de la naturaleza humana, sino que pecaron con desobediencia y con voluntario desprecio de Dios. Endurecidos en la incredulidad hasta la insensibilidad, atrajeron sobre sí un castigo abrumador.
11 Pablo menciona varios casos del pecado con que merecieron la ira de Dios, para ilustrar cómo cayeron de la fe y despreciaron la Palabra de Dios. Primero, hace la afirmación general de que de muchos de ellos no se agradó Dios. Quiere incluir a la gran masa del pueblo; en particular a los oficiales y dirigentes, a los eminentes entre ellos, personas tenidas por las más dignas y santas de la congregación, y que en verdad habían hecho grandes cosas. Muchos de estos cayeron en la hipocresía por jactarse del nombre divino, del oficio divino y del espíritu divino; Coré, por ejemplo, con su facción, entre los cuales había doscientos cincuenta príncipes de la congregación. Nm 16:1-2. Él y sus dirigentes reclamaban derecho al sacerdocio y al gobierno igual al de Moisés y Aarón, y tan ostentosa y jactanciosamente que solo Dios podía decir si tenían razón. Necesariamente Dios tuvo que manifestar que no se complacía en ellos; porque se jactaron hasta que la tierra se los tragó vivos, y muchos que los seguían y apoyaban fueron consumidos por fuego.
LOS VICIOS DE ISRAEL EN EL DESIERTO, CASTIGADOS.
12 Prosiguiendo, Pablo relata los vicios que ocasionaron el castigo de Dios y la caída del pueblo en el desierto. Primero, dice, codiciaron cosas malas. En el segundo año desde la partida, cuando ya habían llegado a Canaán, olvidaron la bondad de Dios y sus obras maravillosas en favor suyo y, descontentos, anhelaron volver a Egipto para sentarse junto a las ollas de carne. Murmuraron contra Dios y contra Moisés hasta que Dios se vio obligado a detenerlos sin más con fuego del cielo. Muchos del pueblo fueron consumidos y una multitud más fue herida con una gran plaga mientras todavía comían la carne que ansiaban; por eso el lugar del campamento se llamó «Kibrot-hataava» (sepulcros de la codicia). Nm 11. Tal fue la recompensa de su concupiscencia, que Pablo explica aquí acertadamente como «codiciar cosas malas».
13 En verdad no es sino codiciar la ira y el castigo de Dios cuando, olvidando su gracia y bondad y siendo ingratos por ellas, buscamos algo nuevo. El mundo se va llenando del espíritu de concupiscencia, porque la multitud está cansada del evangelio. Particularmente le disgusta porque no aprovecha a la carne; no contribuye al poder, a la riqueza ni al lujo. Los hombres desean de nuevo las cosas viejas y formales del papado, aunque sufrieron en él una opresión extrema y estuvieron cargados no menos que el pueblo de Israel en Egipto. Pero al fin tendrán que pagar un castigo gravísimo por su concupiscencia.
14 En tercer lugar, el apóstol menciona el gran pecado: la idolatría. «Ni seáis idólatras —aconseja—, como algunos de ellos». No solo la gente de clase baja fue culpable en esto, sino los dirigentes y modelos. Como ellos guiaron, la multitud siguió. Hasta Aarón, el hermano de Moisés, sumo sacerdote él mismo, influido por los principales, cedió y erigió el becerro de oro (Éx 32:4) mientras Moisés se demoraba en el monte. Nos asombra que aquellas personas eminentemente dignas, habiendo oído la Palabra de Dios y visto sus maravillas derramadas con largueza, cayeran tan pronto y sin freno en el falso culto de la idolatría, como si fueran paganos y no poseyeran la Palabra. Mucho menos hemos de extrañarnos de que el mundo ciego esté siempre enredado en el culto a los ídolos.
15 Donde falta la Palabra de Dios o se la desatiende, la sabiduría humana se fabrica un culto. Hallará su placer en la cosa de su propia hechura y la tendrá por algo digno de estima, aunque esté terminantemente prohibida en la Palabra de Dios, quizá incluso sea una abominación delante de él. La razón humana piensa que puede manejar las cosas divinas según su propio juicio; que Dios debe agradarse de lo que satisface su gusto. En consecuencia, para dar sanción a la idolatría, se apropia el nombre de la Palabra de Dios. Hay que forzar la Palabra a armonizar con el falso culto para darle a este una apariencia admirable, a pesar de que el culto es esencialmente lo contrario de lo que se hace aparecer. De igual modo el papado adornó sus abominaciones de la misa, del monaquismo y del culto a los santos; y el mundo a su vez procura adornar esa idolatría para hacerla sostenerse ante la Palabra de Dios.
Tal es la conducta del eminente Aarón cuando hace para el pueblo el becerro de oro (Éx 32:5-6), imagen o señal de sus ofrendas y su culto. Le edifica un altar y manda proclamar una fiesta para el Señor que los ha sacado de la tierra de Egipto. Tienen que imitar el culto del Dios verdadero, un culto de sincera devoción y honesta intención, con su ofrenda, el becerro, en el intento de introducir un culto refinado y ennoblecedor.
16 Sigue entonces lo que está escrito en Éxodo 32:6, a lo cual Pablo se refiere aquí: «Y se levantaron de mañana, y ofrecieron holocaustos, y presentaron ofrendas de paz; y se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse». Es decir, se alegraron y quedaron muy satisfechos de sí mismos, contentos de haber realizado tal culto, y juzgaron que habían hecho bien. Luego pasan a su propio placer, como si hubieran previsto contra la ira de Dios. De ahí en adelante vivirían según sus inclinaciones, del todo sin freno ni reproche de la Palabra de Dios; pues, como decían, Aarón había hecho libre al pueblo.
17 Tal es el curso ordinario de la idolatría. Rehusando ser considerada pecado, presume merecer la gracia y se jacta de la libertad del pueblo de Dios. Continúa sin arrepentimiento y llena de seguridad, aun en la práctica del vicio abierto, imaginando que toda ofensa es perdonada delante de Dios por causa de su santo culto. Así ha venido haciendo hasta ahora la chusma sacerdotal del papado; y todavía adornan —más aún, refuerzan y defienden— su vergonzoso adulterio, su impureza y todos sus vicios con el nombre de la Iglesia, el culto santo, la misa, y así sucesivamente.
LA PRUEBA DE DIOS POR ISRAEL.
18 En la cuarta exhortación, dice el apóstol: «Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes». Este también es un pecado atroz, como lo prueba el terrible castigo. En Números 21 leemos que después que el pueblo hubo caminado cuarenta años por el desierto y Dios los hubo llevado a través de todas sus dificultades y les hubo dado la victoria sobre sus enemigos, al acercarse a la tierra prometida se descontentaron e impacientaron. Se disponían a rodear la tierra de los edomitas, que les negaron el paso por su país, cuando comenzaron a murmurar contra Dios y contra Moisés por haberlos sacado de Egipto. Entonces Dios envió entre ellos serpientes ardientes y fueron mordidos, y pereció una multitud del pueblo.
Aquí se llama tentar a Dios al quejarse contra él. Los hombres se levantan contra la Palabra de Dios y blasfeman como si Dios y su Palabra fueran del todo insignificantes, porque su disposición no es como ellos desean. Hablando con propiedad, es tentar a Dios cuando no solo no le creemos sino que nos oponemos a él, negándonos a aceptar como verdadero lo que dice y deseando que gobierne nuestra propia sabiduría. Eso es jactarnos contra él. Dice Pablo en 1 Corintios 10:22: «¿Provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?».
19 Tal fue la conducta de los judíos. A pesar de la promesa de Dios de ser su Dios, de permanecer con ellos y de preservarlos en la aflicción, con tal que creyeran en él y confiaran en él; y a pesar de que probó su cuidado con providencias diarias expresadas en bendiciones especiales y maravillas extrañas, todas estas cosas no bastaron para librarlos de murmurar. Cuando el orden de los acontecimientos no concordaba exactamente con su sabiduría o su deseo, o cuando quizá amenazaba desastre o fracaso, enseguida empezaban a clamar contra Moisés; es decir, contra su oficio y mensaje dados por Dios. «¿Por qué nos has sacado de Egipto?», se quejaban, queriendo decir: «Si llevaras, como dices, la palabra y el mandato de Dios, y si él verdaderamente se propusiera obrar tales maravillas con nosotros, no permitiría que padeciéramos necesidad como esta». En efecto, no podían creer que los tratos de Dios con ellos estuvieran de acuerdo con su promesa y propósito. Insistían en que él debía, por medio de Moisés, hacer lo que ellos dictaban; de otro modo no sería su Dios.
Al principio, cuando entraron en el desierto, después de haber salido de Egipto y de haber experimentado la maravillosa preservación de Dios en el Mar Rojo y su liberación de su enemigo, y de haber recibido de él pan y carne, enseguida empezaron a murmurar contra Moisés y Aarón y a reprenderlos por haberlos llevado al desierto donde no había agua. «¿Está Jehová entre nosotros, o no?», prorrumpieron. Éx 17:7. Esto era en verdad, como dice nuestro texto, tentar a Dios; pues por abundantemente que se les hubieran revelado su palabra y sus maravillas, rehusaban creer a menos que él cumpliera sus deseos.
20 Y persistieron en oponerse así a Dios y tentarlo mientras estuvieron en el desierto, hasta el año cuarenta; lo cual Dios atestigua cuando dice a Moisés: «Todos los que han visto mi gloria y mis señales que he hecho en Egipto y en el desierto, y me han tentado ya diez veces, y no han oído mi voz», etc., Nm 14:22. Fue en el segundo año después de la salida de Egipto cuando los judíos murmuraron por el agua, y ahora en el año cuarenta, cuando debían haberse humillado después de tan larga experiencia, y cuando los que vivían a lo largo de ese período debían haber tenido conciencia de las maravillosas liberaciones que habían experimentado al no ser destruidos con otros de los suyos, sino llevados a salvo a la tierra prometida, ahora empiezan de nuevo a quejarse con gran impaciencia y amargura: «¿Por qué nos habéis hecho subir de Egipto para morir en el desierto?». O, dicho de otro modo: «Con frecuencia nos recuerdas que representas el mandato de Dios, y nos has prometido grandes cosas. ¡Bonita manera tienes de llevarnos a la tierra, cuando todavía nos queda más camino por recorrer y todos vamos a morir en el desierto!».
21 Nota que Pablo, al hablar de cómo tentaron a Dios, dice: «Tentaron a Cristo», señalando el hecho de que el Hijo eterno de Dios estuvo desde el principio con su Iglesia y con el pueblo que recibió de los antiguos padres la promesa de su venida en forma de hombre. Creían, como nosotros, que Cristo —por usar las palabras de Pablo al comienzo— era la roca que los seguía.
Por eso el apóstol nos da a entender que el punto de la afrenta de los israelitas estaba dirigido contra la fe en Cristo, contra la promesa acerca de él. Moisés se vio obligado a oírles protestar de esta manera: «Sí, se jactan de un Mesías que es uno con Dios, y que está con nosotros para guiarnos; uno revelado a los padres y prometido para nacer entre nosotros de nuestra carne y sangre, para redimirnos y traer alivio a todos los hombres; un Mesías que por eso nos adopta como su pueblo, para llevarnos a la tierra; pero ¿dónde está? ¡Bonita manera tiene de aliviarnos! ¿Es nuestro Dios uno que permite que vaguemos cuarenta años por el desierto hasta que todos perezcamos?».
22 Que tal pecado y blasfemia era el verdadero sentido de sus murmuraciones lo indica el hecho de que Moisés, después, en el terrible castigo de las serpientes ardientes por las que el pueblo era mordido y moría, levantó por mandato de Dios una serpiente de bronce y todo el que la miraba vivía. Era para ellos una señal de Cristo, que había de ser ofrecido para la salvación de los pecadores. Enseñaba al pueblo que había blasfemado contra Dios, incurrido en su ira y merecido castigo, y que por lo tanto, para ser salvos de la ira y de la condenación, no tenían alternativa posible sino creer de nuevo en Cristo.
MURMURAR CONTRA DIOS ES REBELIÓN ABIERTA.
23 Este último punto es afín al anterior. Pablo define el murmurar contra Dios como una rebelión abierta impulsada por la incredulidad hacia la Palabra, una manifestación de ira e impaciencia, una renuencia a obedecer cuando los acontecimientos no se ordenan al gusto de la carne y la sangre, y una disposición a ver al instante a Dios como quien odia y no quiere ayudar. Así se portaron persistentemente los judíos, a pesar de los esfuerzos de Moisés por reconciliarlos. Siendo además castigados continuamente por su perversidad, habrían debido con prudencia abandonar sus murmuraciones; pero solo murmuraron más.
24 La intención del apóstol en la narración es advertir a todos los que profesan ser cristianos, o pueblo de Dios, como oiremos más adelante. Sostiene que el ejemplo de los israelitas debe impresionarnos profundamente, enseñándonos a permanecer en el temor de Dios y a tenerlo presente, y a guardarnos de la confianza en nosotros mismos. Porque Dios, con los castigos mencionados, muestra al mundo con bastante fuerza que no jugará con nuestro pecado ni lo excusará —como el mundo y nuestra propia carne se imaginan ingenuamente— si nosotros, al amparo de su alto y sagrado nombre, nos atrevemos a despreciar y pervertir su Palabra; si nosotros, movidos por una confianza presuntuosa en nuestra propia sabiduría, nuestra propia santidad y los dones de Dios, seguimos nuestras opiniones privadas, nuestro propio juicio e inclinaciones, y nos satisfacemos en vano con el engaño: «Dios no está airado conmigo, que soy tan meritorio, tan superior a sus ojos». 25. Aprenden aquí que Dios no perdonó a ninguno de la gran multitud de Egipto, entre los cuales había muchas personas dignas y eminentes, incluso los progenitores de Cristo en la tribu de Judá. Descargó terrible castigo sobre los príncipes distinguidos y sobre los dirigentes del sacerdocio y de otras clases, y eso a la vista de todo el pueblo entre el cual había hecho tantas maravillas admirables. Habiéndolos librado por medio de Moisés de la servidumbre temporal en Egipto, y por su oficio bautizado y santificado espiritualmente; habiéndoles dado a Cristo, para hablarles, guiarlos, defenderlos y ayudarlos; habiendo obrado con ellos con bondad como un padre con sus hijos: sin embargo descarga terrible destrucción sobre estos judíos porque han abusado de su gracia y no han producido frutos de fe, y se han vuelto orgullosos, jactándose de ser el pueblo de Dios, hijos de Abraham y circuncidados, únicos poseedores de la promesa de un Mesías y, por consiguiente, seguros de participar del reino de Dios y de gozar su gracia.
26 Ahora bien, si, como enseña Pablo, vino terrible juicio y espantoso castigo sobre estas personas ilustres y buenas, no seamos orgullosos ni presuntuosos. Somos muy inferiores a ellos y no podemos esperar, en estas últimas edades del mundo, conocer dones y maravillas tan grandes y gloriosos como los que ellos conocieron. Veámonos reflejados en ellos y aprovechemos su ejemplo, recordando que, aunque tenemos el privilegio de gloriarnos en Cristo, en el perdón de los pecados y en la gracia de Dios, debemos cuidar fielmente de no perder lo que hemos recibido ni caer en la misma condenación y castigo delante de Dios que fue la suerte de este pueblo. Porque todavía no hemos completado nuestra peregrinación; no hemos llegado al lugar hacia el cual caminamos. Estamos todavía en el camino y debemos avanzar constantemente en la empresa, a pesar de los peligros y estorbos que puedan asaltarnos. La obra de la salvación está en verdad comenzada en nosotros, pero todavía incompleta. Hemos salido de Egipto y hemos pasado el Mar Rojo; es decir, hemos sido sacados del dominio del diablo al reino de Dios, mediante el bautismo cristiano. Pero todavía no hemos atravesado el desierto ni estamos en la tierra prometida. Existe la posibilidad de que todavía nos desviemos del camino, hacia la derrota, y perdamos la salvación.
27 Nada falta de parte de Dios; nos ha dado su Palabra y los Sacramentos, ha concedido el Espíritu, ha dado la gracia y los dones necesarios, y está dispuesto a ayudarnos aún más. De nosotros depende no caer de la gracia, no rechazarla por la incredulidad, la ingratitud, la desobediencia y el desprecio de la Palabra de Dios. Porque la salvación no es para el que solo empieza bien, sino que, como dice Cristo (Mt 24:13): «El que persevere hasta el fin, este será salvo». Pero el apóstol continúa:
V.6. Mas estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.
LA CARRERA DE ISRAEL, AMONESTACIÓN PARA CADA UNO.
28 Cuando leas u oigas este ejemplo histórico, el terrible castigo que sufrió el pueblo judío en el desierto, no pienses que es un registro anticuado y sin significado presente. La narración ciertamente no está escrita para los muertos, sino para nosotros que vivimos. Se propone refrenarnos, ser un ejemplo permanente para toda la Iglesia. Porque los tratos de Dios con su propio rebaño son siempre los mismos, desde el principio de los tiempos hasta el fin. Del mismo modo el pueblo de Dios, o la Iglesia, ha de ser siempre el mismo. Esta historia es un retrato de la Iglesia en toda época, que representa en gran parte su vida real, la parte vital; pues muestra de qué depende siempre el éxito de la Iglesia en la tierra y cómo obra. El registro enseña que la Iglesia es en todo tiempo gobernada y preservada por Dios de manera admirable, sin agencia humana, en medio de múltiples tentaciones, pruebas, sufrimientos y derrotas; que no existe como un gobierno establecido y regulado según la sabiduría humana, con armonía de las partes y acción lógica, sino que continuamente es agitada, dañada y debilitada en sí misma por mucha confusión y numerosos castigos; que la parte grande y mejor, la que lleva el nombre de la Iglesia, cae y provoca un estado de cosas tan deplorable que Dios ya no puede perdonarlo, sino que se ve obligado a enviar castigos en forma de motines y desórdenes semejantes, cuyo carácter terrible deja recto solo a una pequeña proporción del pueblo.
29 Ahora bien, si tal desastre sobrevino a la nación escogida por Dios, elegida desde el principio como su pueblo, entre la cual obró obras admirables y manifiestas más que cuanto se haya conocido desde entonces, ¿qué cosa mejor podemos esperar para nosotros? En verdad, ¡cuánto mayor es el peligro que nos amenaza; cuánta razón tenemos para cuidar que el mismo destino, o peor, no nos alcance a nosotros!
Con referencia a las cosas relatadas en nuestro texto, Pablo nos dice: V.11. Están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Es decir, estamos ahora en los últimos y más malos días, un tiempo que trae muchos terribles peligros y severos castigos. Está predicho en las Escrituras, profetizado por Cristo y los apóstoles, que vendrán tiempos terribles y angustiosos, en que habrá grandes extravíos de la fe verdadera y tristes desolaciones de la Iglesia. Y, ¡ay!, vemos las profecías cumplidas de manera demasiado dolorosa en la herejía pasada, y después en el mahometismo y el papado.
30 La era que constituye el «último tiempo» comenzó con los apóstoles. Los cristianos que han vivido desde la ascensión de Cristo constituyen el pueblo de los últimos tiempos, la pequeña compañía que queda para el cielo; y nosotros los gentiles, en medio de la innumerable multitud de la generación impía en el ancho mundo, debemos experimentar calamidades peores que las que sobrevinieron a los judíos, que vivían bajo la ley de Moisés y la Palabra de Dios, bajo una admirable disciplina externa y un gobierno bien regulado. Sin embargo, aun en esta edad final tan cercana al fin de los tiempos, cuando deberíamos estar ocupados en proclamar el evangelio por todas partes, la gran multitud se ocupa principalmente en jactarse de su nombre cristiano. Vemos cuán extravagantemente el papa exalta su iglesia, enseñando que fuera de sus límites no se hallan cristianos en la tierra, y que el mundo entero debe considerarlo la cabeza de la Iglesia.
31 Es verdad que sus súbditos fueron bautizados en Cristo, llamados al reino de Dios y hechos partícipes del Sacramento y del nombre de Cristo. Pero ¿cómo se conducen? Bajo ese nombre y honor superior, suprimen la Palabra de Cristo y su reino. Hace ya más de mil años que han desolado la Iglesia, y hasta esta hora la persiguen del modo más deplorable. Por otra parte, grandes países, vastos reinos, que pretenden ser cristianos pero desatienden la verdadera doctrina de la fe, son castigados por la mano desoladora del turco, y en lugar del incienso del cristianismo tienen entre ellos el repugnante olor de la fe de Mahoma.
32 Grande y terrible fue el castigo del pueblo judío. Al parecer ningún desastre más espantoso podía sobrevenir al hombre que el que los alcanzó en el desierto. Sin embargo fue castigo físico, y aunque muchos, por incredulidad y desprecio de Dios, cayeron e incurrieron en condenación eterna, con todo la Palabra de Dios permaneció con un remanente: Moisés y la verdadera Iglesia. Pero el castigo de esta última edad es infinitamente más espantoso, pues Dios permite que se pierda la doctrina pura, y envía un poder engañoso, para que los que no recibieron ni amaron la verdad crean la mentira y se pierdan eternamente. 2 Ts 2:10. Tal ha sido nuestra recompensa; hemos sufrido castigo de manera demasiado terrible. Y si no somos más agradecidos por la gracia que Dios extiende en su Palabra —un último destello de luz, a punto de extinguirse— toparemos con una retribución aún más espantosa. V.12. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.
33 Aquí se resume la enseñanza de los ejemplos anteriores. El sermón se dirige contra los que están seguros de sí mismos. Había algunos entre los cristianos de Corinto que se jactaban de ser discípulos de los grandes apóstoles, y que incluso habían recibido el Espíritu Santo, pero que suscitaban sectas y querían ser elogiados en todos sus actos. A estos Pablo les diría: «No, querido hermano, no estés demasiado seguro, no estés demasiado cierto de dónde estás. Cuando piensas estar más firme quizá estás más cerca de caer, y puedes caer tan lejos que no te levantes más. Los del desierto eran gente digna y comenzaron bien, haciendo grandes obras, y sin embargo cayeron deplorablemente y fueron destruidos. Por lo tanto, sé cauteloso y no permitas que el diablo te engañe. Necesitarás estar vigilante, porque estás en la carne, que siempre lucha contra el espíritu; y tienes al diablo por enemigo, y peligros y dificultades te rodean por todas partes. Cuida de no perder lo que has recibido. Solo has hecho un comienzo; el fin está por alcanzar todavía». Así debemos ser cautos y firmes, para que, como dice Pablo, ocupemos nuestra salvación con temor y temblor. Fil 2:12.
V.13. No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir.
34 El sentido de Pablo es: «No debo aterrarlos demasiado. Quiero consolarlos en cierta medida. Hasta ahora no han tenido tentaciones mayores que las que ofrecen la carne y la sangre. Han surgido entre ustedes mismos: uno despreciando a otro, uno haciendo injusticia a otro; permitiendo que se deslicen adulterios y otros males, cosas que en verdad no son rectas ni decentes. Deben resolverse a reformarse en estas cosas para que no les sobrevenga error peor. Porque si Satanás los agarrara de veras con su falsa doctrina y sus engaños espirituales, con sus fuertes tentaciones del alma —el desprecio de Dios, por ejemplo— como las que asaltaron a Pedro y a muchos otros de los santos, no podrían mantenerse en pie. Son todavía débiles; son cristianos nuevos y sin prueba. Den entonces gracias a Dios, que les da fuerza para soportar sus tentaciones presentes; que, para retenerlos, les presenta lo que es mejor para ustedes, exhortándolos, mediante su Palabra, a estar en guardia para no caer aún más hondo en la tentación.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.