Comentarios y sermones · Martín Lutero
1 Corintios 9: comentario de Martín Lutero
Sermón para el tercer domingo antes de Cuaresma; 1 Corintios 9:24-27; 10:1-5
LA CARRERA CRISTIANA POR EL PREMIO.
1 Esta lección es parte de la larga instrucción de cuatro capítulos que Pablo da a los corintios. En ella les enseña cómo tratar a los débiles en la fe, y advierte a los cristianos temerarios y presuntuosos que cuiden de no caer, por firmes que estén al presente. Presenta un símil contundente en el correr de la carrera, o la lucha por el premio. Muchos corren sin alcanzar el objeto de su carrera. Pero nosotros no debemos correr en vano. Seguir fielmente a Cristo no significa simplemente correr. Eso no basta. Debemos correr con propósito. Creer, estar corriendo en la carrera de Cristo, no es suficiente; debemos echar mano de la vida eterna. Dice Cristo (Mt 24:13): «Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo». Y Pablo (1 Co 10:12): «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga».
2 Ahora bien, la carrera se estorba de dos maneras; una, por la indolencia. Cuando la fe no se ejercita con empeño, cuando somos indolentes en las buenas obras, nuestro avance se estorba, de modo que no se alcanza el premio. Pero no creo que Pablo se refiera aquí a ese estorbo. No alude a los que corren con indolencia, sino a los que corren en vano porque yerran su objeto; personas, por ejemplo, que persiguen su meta a toda velocidad, pero, engañadas por un fantasma, yerran su blanco y se precipitan a la ruina o chocan con terribles obstáculos. Por eso Pablo manda a los hombres correr con éxito mientras están en la carrera, para que se apoderen del premio y no lo pierdan por descuido. En consecuencia, la carrera se estorba cuando se levanta una meta falsa o se quita la verdadera. Dice el apóstol (Col 2:18): «Nadie os prive de vuestro premio». Es cierto, sin embargo, que una vida indolente y negligente acabará por causar la pérdida del premio. Mientras los hombres duermen, el enemigo muy pronto siembra cizaña entre el trigo.
3 La meta se quita cuando se falsifica la Palabra de Dios y se predican creaciones de la mente humana bajo el nombre de la Palabra de Dios. Y estas cosas suceden fácilmente cuando no cuidamos de guardar la unidad del Espíritu, cuando cada uno sigue sus propias ideas y no cede ante ningún otro, porque prefiere su propia vanidad.
Tal ha de ser el curso de los acontecimientos donde falta el amor. Los fuertes y los eruditos desean ser tenidos por especialmente dignos de elogio, mientras los débiles en la fe son despreciados. Así el diablo tiene abundante ocasión de sembrar cizaña. Pablo llama al amor la unidad del Espíritu, y exhorta (Ef 4:3) a que procuremos guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. En 2 Tesalonicenses 2:10 proclama la venida del Anticristo «por cuanto no recibieron el amor de la verdad»; es decir, el amor verdadero. V.25. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene.
4 Si el que compite en una carrera intentara otras cosas o procurara al mismo tiempo el éxito en otros asuntos, no ganaría mucho; más bien pronto sería derrotado, perdería la carrera y todo. Si quiere luchar de veras, no debe atender a ninguna otra cosa. Todo lo demás debe ser descuidado y la atención concentrada solo en el certamen. Aun así el vencedor debe contar con el favor de la fortuna; pues los que lo descuidan todo para correr no todos ganan el premio.
De igual manera en el certamen cristiano es necesario, y en grado aún mayor, renunciar a todo y dedicarse solo al certamen. El que además buscara su propia gloria y provecho, el que hallara en la Palabra y el Espíritu de Dios ocasión para su propia alabanza y ventaja, a la manera de los disidentes y cismáticos, ¿qué puede esperar ganar? Está enteramente enredado en la gloria y la ganancia temporales; atado de pies y manos, cautivo por completo. La carrera que corre es la mera carrera soñada de quien yace en su lecho, cautivo e indolente.
V.26. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire.
5 Pablo se señala aquí a sí mismo como ejemplo e insinúa la causa del fracaso, a saber, la caída del amor y el uso de la palabra divina con espíritu voluntarioso, ambicioso y codicioso, faltando la fe que obra por el amor. En tales condiciones, los cristianos falsos e indolentes corren en verdad una alegre carrera; pero la Palabra de Dios y los caminos en que son tan ágiles y veloces son mera apariencia, porque los hacen servir a su propio interés y gloria. Sin embargo, no ven que corren a la ventura y golpean el aire. Nunca hacen un intento serio, ni dan jamás en el blanco. Les corresponde mortificar la ambición, refrenar su propia voluntad y ponerse al servicio de sus prójimos, y nada de esto hacen. Al contrario, hacen incluso muchas cosas para fortalecer su ambición y su propia voluntad, y luego juran con mil juramentos que no buscan su propia honra sino la honra de Dios, el bien de su prójimo y no el propio. Pedro dice (2 P 1:9-10) que esta clase de gente es ciega y no ve de lejos, y ha olvidado la purificación de sus antiguos pecados, porque no procura hacer firme su vocación mediante buenas obras. Por eso sucede que, como dice Pablo, corren a la ventura, golpeando el aire. Sus corazones son inestables y vacilantes delante de Dios, y son inconstantes y volubles en todos sus caminos, Stg 1:8. Puesto que carecen de rumbo y de constancia en el corazón, esto aparecerá también como inconstancia en las obras y en las doctrinas. Emprenden ahora esto y ahora aquello; no pueden estarse quietos ni abstenerse de la contienda de facciones. Así yerran su blanco o quitan la meta, y no pueden sino desviarse del camino verdadero y común.
V.27. Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre.
6 El pensamiento del apóstol es el mismo que en su afirmación anterior: «Todo aquel que lucha, de todo se abstiene». Por «golpear el cuerpo» Pablo entiende no solo someter las concupiscencias carnales, sino también todo objeto temporal, en cuanto apela al deseo corporal: el amor a la honra, a la fama, a la riqueza y cosas semejantes. El que da rienda suelta a estas cosas en lugar de someterlas predicará para su propia condenación, por correcta que sea su predicación. Tales personas no permiten que se presente la verdad; esto es cierto en particular de la honra temporal. Estas palabras del apóstol, pues, son una fina estocada a los predicadores y cristianos ambiciosos y egocéntricos. No solo corren en vano y pelean sin provecho; llegan a ser verdaderos reprobados, con solo la apariencia, el color, del cristianismo.
EJEMPLOS DE LA ESCRITURA.
V.1. Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube.
7 Pablo cita un terrible ejemplo de la Escritura para probar que no todos los que corren alcanzan el premio. Eran unos seiscientos mil, todos los cuales anduvieron en el camino de Dios y gozaron de su palabra y de su confianza tan plenamente que fueron protegidos bajo la nube y pasaron milagrosamente por el mar; y sin embargo, entre la inmensa multitud que corría entonces, solo dos, Josué y Caleb, alcanzaron el premio. Ellos solos de toda aquella multitud llegaron a la tierra prometida.
Más adelante en el capítulo (vv. 11-12) Pablo explica este hecho, diciendo: «Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos… Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga». El propósito de estos tratos de Dios con Israel es aterrar el orgullo, la falsa sabiduría y la voluntad propia; disuadir a los hombres de despreciar a sus semejantes y de procurar que la Palabra de Dios sirva a su propia honra o provecho con preferencia a la honra y el provecho de los demás. La intención es que cada individuo se ponga en igualdad con los otros, que cada uno soporte a su prójimo, el débil al fuerte, y así sucesivamente, como se ordena en los cuatro capítulos.
8 ¡Cuántos hombres grandes y nobles pudo haber entre los seiscientos mil, hombres a quienes no habríamos sido dignos de alcanzar una copa de agua! Entre ellos estaban los doce príncipes de las doce tribus, uno de los cuales, Naasón, Mateo (cap. 1:4) cuenta en el linaje santo de Cristo. Había también los setenta ancianos que participaron del espíritu de Moisés, Eldad y Medad en particular (Nm 11:27), y todos los demás grandes hombres, fuera de la facción de Coré. Todos estos, fíjense, lucharon en la carrera. Hicieron y sufrieron mucho. Presenciaron muchos milagros de Dios. Ayudaron a levantar un gran tabernáculo y a instituir el culto divino. Estaban llenos de buenas obras. Sin embargo fracasaron, y murieron en el desierto. ¿Quién es tan osado y altivo que no se sienta refrenado y humillado por tan notable ejemplo del juicio divino? Bien puede decirse: «El que piensa estar firme, mire que no caiga».
9 Bien, el ejemplo de Israel se entiende con facilidad. ¡Dios conceda que lo tomemos en cuenta! Examinemos todavía más el texto del apóstol: su mención del bautismo y del alimento espiritual, usando términos cristianos y poniendo a los padres en el mismo plano que nosotros los cristianos, como si ellos también hubieran tenido el Bautismo y la Santa Cena.
Quiere que sepamos, primero, el hecho tantas veces repetido de que Dios desde el principio guió, redimió y salvó a sus santos por dos medios: por su propia palabra y por señales externas. Adán fue salvo por la palabra de promesa (Gn 3:15): la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente; es decir, Cristo vendrá a vencer por nosotros el pecado, la muerte y a Satanás. A esta promesa Dios añadió la señal del sacrificio, sacrificio encendido con fuego del cielo, como en el caso de Abel (Gn 4:4), y en otros casos mencionados en las Escrituras. La palabra de promesa fue el evangelio de Adán hasta el tiempo de Noé y de Abraham. En esta promesa creyeron y fueron redimidos todos los santos hasta Abraham; como nosotros somos redimidos por la palabra del evangelio que creemos. El fuego del cielo les servía de señal, como nos sirve el bautismo, que se añade a la palabra de Dios.
10 Tales señales se repitieron una y otra vez en diversos tiempos, y la última señal la dio Cristo en su propia persona: el evangelio con el bautismo, concedido a todas las naciones. Por ejemplo, Dios dio a Noé la promesa de que sobreviviría al diluvio, y le concedió una señal en la nave, o arca, que construyó. Y por la fe en la promesa y en la señal Noé fue justificado y salvo, con su familia. Después Dios le dio otra promesa, y por señal el arco iris. Otra vez dio a Abraham una promesa, con la señal de la circuncisión. La circuncisión fue el bautismo de Abraham, así como el arca y el diluvio fueron el de Noé. Así también nuestro bautismo es para nosotros circuncisión, arca y diluvio, según la explicación de Pedro. 1 P 3:21. En todas partes encontramos la Palabra y la Señal de Dios, en las cuales debemos creer para ser salvos por la fe del pecado y de la muerte.
11 Así los hijos de Israel tenían la palabra de Dios de que heredarían la tierra prometida. Además de esa palabra se les dieron muchas señales, en particular las que Pablo nombra aquí: el mar, la nube, el pan del cielo, el agua de la roca. A estas las llama su bautismo; así como nuestro bautismo podría llamarse nuestro mar y nuestra nube. La fe y el Espíritu son los mismos en todas partes, aunque las señales y las palabras varíen. Las señales y las palabras cambian, ciertamente, de tiempo en tiempo, pero la fe en el mismo y único Dios continúa. Mediante diversas señales y revelaciones, Dios en diferentes tiempos concede la misma fe y el mismo Espíritu, efectuando por ellos en todos los santos la remisión de los pecados, la redención de la muerte y la salvación, ya vivieran al principio o al fin de los tiempos, o mientras el tiempo transcurría.
12 Tal es el sentido de Pablo cuando dice que los padres comieron la misma vianda y bebieron la misma bebida que nosotros. Sin embargo, matiza con la palabra «espiritual». Externa e individualmente Israel tenía señales y revelaciones distintas de las nuestras; pero el Espíritu y su fe en Cristo eran idénticos a los nuestros. Comer y beber espiritualmente es simplemente creer en la Palabra y en la señal de Dios. Dice Cristo (Jn 6:56): «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él». Y en el versículo anterior: «Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida». Es decir: El que cree en mí vivirá.
V.4. Porque bebían de la roca espiritual que los seguía.
13 En otras palabras, creían en el mismo Cristo en quien nosotros creemos, aunque todavía había de venir en carne; y la señal de su fe era la roca material, de la cual bebían agua físicamente, así como nosotros, al participar del pan y del vino materiales en el altar, comemos y bebemos espiritualmente al verdadero Cristo. Con el acto exterior de comer y beber ejercitamos la fe interior. Si los israelitas no hubieran tenido la palabra de Dios y la fe cuando bebían de la roca, el acto de beber no habría beneficiado sus almas. Tampoco nos aprovecharía recibir el pan y el vino en el altar si estuviéramos sin fe. En verdad, si la Palabra de Dios no hubiera venido primero, la roca no habría dado agua ni pedido fe. Asimismo, si la Palabra de Dios no acompañara al pan y al vino, no serían alimento espiritual ni ejercitarían la fe.
14 Así es siempre el mismo alimento y bebida espirituales que Dios encarna en su palabra y señal, sea cual fuere su forma material y externa. Si me mandara levantar una simple paja, al instante la paja encerraría para mí alimento y bebida espirituales. No por virtud alguna de la paja, sino porque es una revelación y señal de la verdad y presencia divinas. Por otra parte, si faltan la Palabra de Dios y su señal, o no se reconocen, la presencia misma de Dios no surte efecto. Dice Cristo de sí mismo (Jn 6:63): «La carne para nada aprovecha». Hace esta afirmación porque sus oyentes no prestan atención a las palabras con que habla de su carne, siendo estas las que hacen de su cuerpo la verdadera comida, según su declaración (v. 58): «Este es el pan que descendió del cielo». Por lo tanto, no debemos considerar en demasía, como hace la razón ciega, las obras, señales y milagros de Dios; más bien debemos reconocer en ellos su mensaje. Este es el acto de la fe.
15 El apóstol se refiere a un solo tipo, la roca, diciendo: V.4. Bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Con esta afirmación hace que todas las figuras y señales concedidas al pueblo de Israel por la Palabra de Dios se refieran a Cristo; porque donde está la Palabra de Dios, allí está Cristo. Todas las palabras y promesas de Dios son acerca de Cristo. El mismo Cristo refiere a sí mismo la serpiente de Moisés, dándole un significado tipológico, Jn 3:14. Podemos decir con verdad que los israelitas miraron la misma serpiente que nosotros contemplamos, pues vieron la serpiente espiritual que los seguía, o sea Cristo en la cruz. Su mirar era creer en la Palabra de Dios, con la serpiente por señal; así como su beber espiritual era creer en la Palabra de Dios con la roca por señal. Sin la Palabra de Dios, la serpiente no les habría aprovechado nada; ni habrían podido aprovecharles innumerables serpientes de bronce, aunque los israelitas las hubieran contemplado para siempre. Del mismo modo la roca no les habría aprovechado nada sin la palabra de Dios; habrían podido machacar hasta hacer polvo todas las rocas del mundo, o beber de ellas, sin provecho alguno.
16 Conforme al principio general que aquí establece Pablo, usando la roca como ilustración, podemos decir que los israelitas participaron del mismo pan del cielo del que comemos nosotros; y comieron del pan espiritual del cielo que los seguía: Cristo. Para ellos, comer era creer en la Palabra de Dios, teniendo por señal el pan del cielo del que participaban físicamente. Si esta Palabra no hubiera acompañado al pan, habría sido simple alimento material, incapaz de aprovechar al alma o de suscitar la fe. Dice Cristo (Jn 6:32): «No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo». Y (v. 58): «No como vuestros padres comieron el maná, y murieron». El mismo Moisés dice (Dt 8:3): «Y te sustentó con maná… para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre».
En otras palabras: «En el maná material no deben ver meramente la obra, el acto de saciar el apetito, sino mucho más la palabra de promesa que les trae el pan del cielo; porque por esa palabra viven para siempre si tienen fe».
17 Podemos decir lo mismo del mar y de la nube. Los hijos de Israel anduvieron bajo la misma nube que nos cubre con su sombra; es decir, anduvieron bajo la nube espiritual que los seguía: Cristo. Dicho de otro modo, andar bajo la nube era simplemente creer en la palabra de Dios, la palabra que tenían en sus corazones, que les decía que siguieran la nube. Sin esa palabra no habrían podido creer ni seguir; más aún, faltando la palabra, la nube nunca habría aparecido. Por eso la nube se llamaba la gloria del Señor, cuya aparición había sido prometida.
Vemos así cómo en todas las cosas debemos atender a la palabra de Dios. A ella debe adherirse la fe. Sin ella, o bien no hay señales ni obras de Dios, o bien, si existen y se miran solo con los ojos físicos, sin referencia a la Palabra, hacen que uno abra la boca de asombro por un tiempo, como todo lo que es nuevo, pero no aprovechan al alma ni apelan a la fe.
18 Algunos entienden las palabras «que los seguía» en el sentido de que la roca espiritual acompañaba a los hijos de Israel, era su compañera: «comitante petra», no «petra consequente», estando Cristo espiritualmente presente en la palabra y por la fe. Procuran fundar esta opinión en el texto griego. Yo lo he traducido: «la roca que seguía». El punto no merece disputa. Entiéndalo cada uno como pueda. Ambas interpretaciones son correctas. Yo me atengo a lo que he ofrecido porque todas las circunstancias del suceso, y las palabras anteriores de Dios, apuntaban a un Cristo futuro, un Cristo que había de seguir, en quien todos habían de creer. Así Abraham vio detrás de sí el carnero en el zarzal y lo tomó y lo sacrificó; es decir, creyó en el Cristo que después había de venir y ser sacrificado.
19 Otra vez, algunos dicen que el nombre común en la cláusula «y la roca era Cristo» significa la roca material; y como Cristo no puede ser roca material, explican la incongruencia diciendo que la roca significa a Cristo. Hacen aquí que la palabra «era» equivalga a «significa». El mismo razonamiento lo aplican a ciertas palabras de Cristo; por ejemplo, dicen que donde Cristo, refiriéndose a la Santa Cena (Mt 26:26), manda: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo», el sentido es: «Este pan significa mi cuerpo, pero no lo es verdaderamente». Con ello negarían que el pan sea el cuerpo de Cristo. De la misma manera tratan el texto (Jn 15:1) «Yo soy la vid verdadera», haciéndolo: «Soy significado por la vid». Guárdense de tales razonadores. Su propia malicia los ha llevado a tal perversión de la Escritura. Pablo distingue aquí expresamente entre rocas material y espiritual, diciendo: «Bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo». No dice que la roca material era Cristo, sino la roca espiritual. La roca material no era espiritual, y no los seguía ni iba con ellos.
20 Las explicaciones y distorsiones de tales falsos razonadores no se necesitan aquí. Las palabras son verdaderas como se leen; han de entenderse en sustancia y no figuradamente. Así en Juan 15:1, la referencia de Cristo no es a una vid material sino espiritual. ¿Cómo sonaría esto: «Soy significado por una vid espiritual»? Cristo habla de lo que existe, y así debe entenderse: «Yo soy»; aquí hay una verdadera vid espiritual. Semejante es Juan 6:55: «Mi carne es verdadera comida». El pensamiento no es: «Mi carne significa, o es significada por, verdadera comida»; se habla de comida espiritual y el sentido es: «Mi carne es sustancialmente un alimento; no para el estómago, físicamente, sino para el alma, espiritualmente». Tampoco debes permitir que las palabras «Esto es mi cuerpo» se pervierten hasta significar que el cuerpo es solo significado por el pan, como algunos pretenden; debes aceptar las palabras exactamente como significan: «Este pan es esencialmente, por una presencia real, mi cuerpo». No se puede tolerar que se fuerce la Escritura para acomodarla a las propias opiniones. Se necesitaría un texto claro que probara que el infinitivo «ser» equivale a «significar»; y, aun cuando esto pudiera probarse en unos pocos casos, no bastaría. Todavía habría que mostrarlo indiscutiblemente cierto en el lugar en cuestión. Esto nunca puede hacerse. Ahora bien, siendo imposible la proposición, debemos rendirnos a la Palabra de Dios y aceptarla tal como está.
21 Cristo ha sido tipificado por diversas señales y objetos en el Antiguo Testamento, y la roca es uno de ellos. Nota primero que la roca material de que se habla existía con independencia del trabajo del hombre y lejos de los dominios del hombre, en el desierto, en desolada soledad. Así Cristo es un objeto verdaderamente insignificante en el mundo, desatendido, inadvertido; ni debe nada al trabajo humano.
22 Además, el agua que mana de la roca es contraria a la naturaleza; es puramente milagrosa. El agua tipifica al Espíritu vivificante de Dios, que procede del Cristo condenado, crucificado y muerto. Así se saca vida de la muerte, y esto por el poder de Dios. La muerte de Cristo es nuestra vida, y si queremos vivir debemos morir con él.
23 Moisés golpea la roca por mandato de Dios y la señala, prefigurando así el oficio ministerial que de palabra hace brotar el Espíritu de la roca espiritual. Porque Dios no dará su Espíritu a nadie sin el instrumento de la Palabra y del oficio ministerial instituido por él para este fin, añadiendo el mandato de que no se predique sino a Cristo. Si Moisés no hubiera obedecido el mandato de Dios de golpear la roca con su vara, nunca habría brotado agua de ella. Su vara representa la vara de la boca de que habla Isaías (cap. 11:4): «Herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío». «Cetro de justicia es el cetro de tu reino». Sal 45:6.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.