Comentarios y sermones · Martín Lutero

1 Corintios 5: comentario de Martín Lutero

Sermón para el Domingo de Pascua; 1 Corintios 5:6-8

EXHORTACIÓN A ANDAR COMO CRISTIANOS.

1 Cuando Dios estaba a punto de sacar a los israelitas de Egipto, les mandó, poco antes de su partida, que comieran la Pascua la noche en que salieran; y como memorial perpetuo de su redención, cada año, al volver la estación, debían celebrar durante siete días la fiesta de la Pascua. Un rasgo especialmente urgente del mandato era que la primera noche de la fiesta debían sacar de sus casas toda levadura y todo pan leudado, y durante los siete días no comer sino pan sin levadura, o tortas. De ahí que los evangelistas llamen a la fiesta la Fiesta (o los Días) de los Panes sin Levadura. Mr 14:1; Lc 22:1.

2 Pablo, en esta lección, explica la figura con palabras breves, pero hermosas y expresivas. Lo mueve a tratar el asunto el hecho de que en los versículos anteriores de este capítulo ha estado reprendiendo a los corintios por su inclinación a jactarse del evangelio y de Cristo mientras abusaban de esa libertad para la impureza y otros pecados. Les advierte que, poseyendo el evangelio y habiéndose hecho cristianos, deben vivir, como conviene a cristianos, conforme al evangelio, evitando todo lo que no concuerda con la fe y con el carácter cristiano, todo lo que no les conviene como nuevas criaturas.

3 Así, el apóstol se sirve de la figura del cordero pascual y del pan sin levadura requerido en la fiesta de la Pascua de los judíos, en su empeño por señalar a los corintios el verdadero carácter y propósito del Nuevo Testamento hecho con nosotros en el reino de Cristo. Explica cuál es el verdadero Cordero Pascual y cuál el pan sin levadura, y cómo se debe celebrar la verdadera Pascua, en la cual todo ha de ser nuevo y espiritual. En el gozo y la riqueza de su espíritu presenta esta analogía para recordarles que son cristianos y para que consideren lo que eso significa.

Su sentido es: Siendo cristianos y verdadero pueblo de Dios, y llamados a celebrar una Pascua, deben hacerlo de la manera debida, quitando de ustedes toda levadura restante hasta que haya sido completamente purgada.

Lo que Pablo quiere decir con «levadura» se declara más adelante en su expresión «ni con la levadura de malicia y de maldad»; se refiere a todo lo que es malo y perverso. Todo lo ajeno al cristianismo, tanto en doctrina, o fe, como en vida, es «levadura». De todo esto quiere Pablo que los cristianos se limpien con la misma diligencia con que debía quitarse la levadura de su Pascua conforme a la ley. Y, ateniéndose a la figura, quiere que celebremos nuestra Pascua con el pan dulce, que, en contraste con la levadura, significa sinceridad y verdad, o una naturaleza y una vida completamente nuevas.

4 El texto, pues, no es sino una exhortación a las obras cristianas rectas, dirigida a quienes han oído el evangelio y han aprendido a conocer a Cristo. Esto es lo que Pablo llama en figura participar del verdadero pan sin levadura, es decir, de las hostias o tortas. Nosotros los alemanes hemos tomado nuestra palabra «tortas» del lenguaje de la Iglesia judía, abreviando «oblaten», hostias, en «fladen», tortas. ¿De qué otro modo tendríamos nosotros los gentiles la idea de tortas en la Pascua, cuando en nuestra Pascua comemos por la fe al Cordero Pascual, Cristo? Se nos exhorta a participar del verdadero pan sin levadura para que la vida y la conducta concuerden con la fe en Cristo, a quien hemos aprendido a conocer. La exhortación de Pablo comienza:

V.6. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?

5 Esto sirve de introducción a las exhortaciones siguientes. La levadura es una figura común en el apóstol, que usa con frecuencia, casi como proverbio; la emplea también en su epístola a los Gálatas (cap. 5:9). Cristo, asimismo, nos da una parábola de la levadura en la Escritura. Mt 13:33. Es propio de la levadura que una pequeña cantidad mezclada con una masa de harina penetre y llene toda la masa hasta comunicarle su propia naturaleza agria. Pablo hace de esto una figura de las cosas espirituales, tanto en cuanto a la doctrina como en cuanto a la vida.

6 En Gálatas 5:9 hace que tipifique más especialmente la falsa doctrina. Porque es igualmente cierto que la introducción de un error en un artículo de fe pronto dañará el todo y acabará en la pérdida de Cristo. Así sucedió con los gálatas. Lo único que insistían los falsos apóstoles era la circuncisión, aunque tenían plena intención de predicar el evangelio de Cristo. Tal innovación seguirá su curso con barrido destructor hasta que aun la parte no contaminada llegue a ser inútil; la masa antes pura queda del todo corrompida. El apóstol escribe a los gálatas (cap. 5:2): «He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo». Otra vez (v. 4): «De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído».

Pero en este texto se refiere más particularmente a una idea errónea acerca de la vida y la conducta. También en este caso es cierto que, una vez que se concede a la carne alguna licencia, y se abusa de la libertad, y eso bajo el nombre del evangelio, se introduce una levadura que pronto corromperá la fe y la conciencia, y continuará su obra hasta que se pierdan Cristo y el evangelio. Tal habría sido la suerte de los corintios si Pablo no los hubiera salvado de ella con esta epístola, amonestándolos e instándolos a purgar la levadura de la licencia; porque habían comenzado a practicar gran disolución, y habían dado origen a sectas y facciones que tendían a subvertir el único evangelio y la única fe.

7 Este es, pues, un consejo sabio y una seria exhortación: que se monte fiel guardia contra la infiltración o introducción en la doctrina de lo que es falso, ya se trate de las obras o de la fe. La Palabra de Dios, la fe y la conciencia son cosas muy delicadas. Dice el antiguo proverbio: «Non patitur jocum fama, fides, oculus»; es decir: la buena reputación, la fe y el ojo, estas tres cosas no soportan burla.

Así como el buen vino o las medicinas preciosas se corrompen por una sola gota de veneno o de otra impureza, y cuanto más puros son, más fácilmente se manchan y envenenan; así también la Palabra de Dios y su causa no soportan absolutamente ninguna aleación. La verdad de Dios debe ser perfectamente pura y clara, o de lo contrario está corrompida y no sirve de nada. Y lo peor del asunto es que el dominio y el atrincheramiento del mal son tan fuertes que no se pueden quitar; así como la levadura, por poca que sea la cantidad, añadida a la masa, pronto penetra y agria toda la masa, y es imposible detener su influencia o volver a endulzar la masa.

8 La propuesta de ciertos espíritus sabios de mediar y llegar a un compromiso entre nosotros y nuestros adversarios del papado es errónea e inútil. Permitirían la predicación del evangelio, pero retendrían al mismo tiempo los abusos papistas, sosteniendo que estos errores no sean todos censurados y rechazados, por causa de los débiles; y que, por amor a la paz y a la unidad, de algún modo moderemos y restrinjamos nuestras exigencias, dispuesta cada parte a ceder ante la otra y a soportarla con paciencia. Aunque en tal caso no puede pretenderse que exista una pureza perfecta, la situación puede hacerse tolerable si se usa de discreción y se toma el trabajo de explicar.

¡No, no es así! Pues, como oyen, Pablo no quiso mezclar ni siquiera una pequeña cantidad de levadura con la masa pura, y el mismo Dios lo ha prohibido con instancia. La leve aleación penetraría por completo y corrompería el todo. Donde se hacen adiciones humanas a la doctrina del evangelio en un solo punto, el daño está hecho; la verdad queda oscurecida y las almas son extraviadas. Por lo tanto, no se ha de tolerar tal mezcla, tal remiendo, en la doctrina. Como enseña Cristo (Mt 9:16), no debemos poner remiendo de paño nuevo en vestido viejo.

9 Tampoco podemos tolerar en nuestras obras y en nuestra vida diaria que se ceda a la disolución de la carne y al mismo tiempo se alardee del evangelio de Cristo, como hacían los corintios, que suscitaron entre sí divisiones y desorden, hasta el punto de que uno tomó por mujer a la mujer de su padre. En cosas como estas, dice Pablo, un poco de levadura leuda y arruina toda la masa, es decir, toda la vida cristiana. Estas dos cosas no son compatibles entre sí: mantener la fe cristiana y vivir según la disolución de la carne, en pecados y vicios condenados por la conciencia. Pablo advierte en otro lugar (1 Co 6:9-10): «No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios». Otra vez (Gá 5:19-21): «Y manifiestas son las obras de la carne… acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios».

10 Aquí se da también autorización para censurar y refrenar a los individuos temerarios que afirman que no se debe aterrorizar a los hombres con la ley ni entregarlos a Satanás. ¡No! Es nuestro deber enseñar a los hombres a purgar la vieja levadura; debemos decirles que no son cristianos, sino carentes de fe, cuando ceden a la disolución de la carne y perseveran deliberadamente en el pecado contra la advertencia de la conciencia. Debemos enseñar que tales pecados son tanto más viciosos y condenables cuando se practican bajo el nombre del evangelio, al amparo de la libertad cristiana; porque eso es despreciar y blasfemar el nombre de Cristo y del evangelio; y por lo tanto tal conducta debe ser renunciada y purgada sin reservas, como irreconciliable con la fe y con una buena conciencia. V.7. Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois.

11 Si hemos de ser una masa nueva y dulce, dice Pablo, debemos purgar la vieja levadura. Porque, como se ha dicho, una naturaleza renovada por la fe y el cristianismo no admite que vivamos como vivíamos cuando carecíamos de fe y estábamos en pecado, bajo el influjo de una mala conciencia. No podemos ser coherentemente «una masa nueva» y participar de la Pascua, y al mismo tiempo dejar que permanezca la vieja levadura: porque si esta no se purga, toda la masa será leudada y corrompida; nuestra anterior naturaleza pecaminosa volverá a tener el dominio y derribará la fe, la santidad en que hemos entrado y la buena conciencia.

12 Pablo no habla aquí de la levadura en general; manda purgar la «vieja levadura», dando a entender que puede haber buena levadura. Sin duda lo influye el respeto por las palabras del Señor Cristo, donde (Mt 13:33) compara también el reino de los cielos con la levadura. En este último caso la levadura no puede ser mala en su cualidad; más bien, el objeto de mezclarla con la masa es producir pan bueno y nuevo. Se refiere a la Palabra de Dios, o a la predicación del evangelio, por la cual somos incorporados al reino de Cristo, o la Iglesia cristiana. Aunque el evangelio parece ser vil, despreciable y desagradable al mundo, tal es su poder que dondequiera que se introduce se extiende, hallando discípulos en quienes obra; los transforma, dándoles sus propias propiedades, así como la levadura comunica su fuerza a la masa y hace que suba.

Pero Pablo se refiere aquí a la levadura vieja, inactiva y sin valor. Quiere decir las enseñanzas, opiniones o modos de vida que proceden del viejo Adán, de la carne y la sangre, y que destruyen la doctrina pura y nueva, o la naturaleza renovada por el cristianismo. Más adelante la llama «levadura de malicia y de maldad», y en el versículo que consideramos manda a los corintios ser una masa nueva y pura.

13 Fíjense en las palabras peculiares del apóstol. Ordena purgar la vieja levadura, dando como razón el hecho: Ustedes son una masa nueva y sin levadura. Por masa nueva sin levadura entiende aquella fe que se aferra a Cristo y cree en el perdón del pecado por medio de él; pues enseguida habla de nuestra Pascua: Cristo, sacrificado por nosotros. Por esta fe los corintios están ya purificados de la vieja levadura, la levadura del pecado y de una mala conciencia, y han entrado en la vida nueva; y sin embargo se les manda purgar la vieja levadura.

14 Ahora bien, ¿cómo explicaremos que les mande purgar la vieja levadura para que sean una masa nueva, cuando al mismo tiempo admite que son sin levadura y una masa nueva? ¿Cómo pueden ser estos corintios verdaderas hostias sin levadura, o masa dulce, cuando todavía tienen que purgar la vieja levadura?

Este es un ejemplo del modo de hablar paulino y apostólico acerca de los cristianos y del reino de Cristo; nos muestra cuál es realmente la condición. Es una disciplina en la cual se entra en una vida nueva, cristiana, por la fe en Cristo, la verdadera Pascua; por eso la Pascua se celebra con pan dulce, sin levadura. Pero al mismo tiempo queda algo de la vida antigua, que debe ser barrido, o purgado. Sin embargo, esto último no se imputa, porque allí están la fe y Cristo, trabajando y esforzándose constantemente para purgar por completo cualquier inmundicia que quede.

15 Por la fe tenemos a Cristo y su pureza perfectamente conferidas a nosotros, y así somos tenidos por puros; sin embargo, en nuestra propia naturaleza personal no somos hechos de inmediato del todo puros, sin pecado ni debilidad. Mucha de la vieja levadura permanece aún, pero será perdonada, no nos será imputada, con tal que continuemos en la fe y nos ocupemos en purgar esa impureza que queda.

Este es el pensamiento de Cristo cuando dice a sus discípulos (Jn 15:3): «Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado», y en el mismo contexto declara que los pámpanos que están en él deben ser limpiados para que lleven más fruto. Y a Pedro, y a otros, les dice (Jn 13:10): «El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos». Estos pasajes, como también se dice en otro lugar, enseñan que el cristiano por la fe se aferra a la pureza de Cristo, y por eso es tenido también por puro y comienza a progresar en la pureza; porque la fe trae el Espíritu Santo, que obra en el hombre, capacitándolo para resistir y someter el pecado.

16 Han de ser censurados aquellos según cuyas representaciones y opiniones debería defenderse una Iglesia cristiana que fuera en todo sentido sin flaqueza ni defecto, y que enseñan que, cuando la perfección no se manifiesta, no existe la Iglesia de Cristo ni verdaderos cristianos. Muchos espíritus errados, en especial los grandes pretendientes a sabiduría y los santos precoces, hechos por sí mismos, se impacientan enseguida ante cualquier debilidad en los cristianos que profesan la fe del evangelio; porque sus propios sueños son de una Iglesia sin imperfección alguna, cosa imposible en esta vida terrenal, no siendo perfectos ni siquiera ellos mismos.

17 Tal, debemos saber, es la naturaleza del oficio y del dominio de Cristo en su Iglesia: que aunque en verdad nos confiere al instante, por la fe, su pureza, y por el Espíritu transforma nuestros corazones, sin embargo la obra de transformación y purificación no se completa de una vez. Cada día Cristo obra en nosotros y nos purga, a fin de que crezcamos cada día en pureza. Esta obra la lleva adelante en nosotros por medio de la Palabra, amonestando, reprendiendo, corrigiendo y fortaleciendo; como en el caso de los corintios por medio de Pablo. Cristo se sirve también de cruces y aflicciones para lograr este fin.

No vino a afanarse, a sufrir y a morir porque esperara hallar gente pura y santa. La pureza y la santidad para nosotros las ha adquirido en su propia persona a la perfección, por cuanto estuvo sin pecado y perfectamente puro desde el momento en que se hizo hombre, y esta pureza y santidad nos las comunica en su perfección sin mancha en la medida en que nuestra fe se aferra a él. Pero alcanzar una pureza personal de tal perfección requiere un esfuerzo diario de parte de Cristo, hasta que llegue el momento en que haya obrado en nosotros una perfección sin mancha como la suya.

Por eso nos ha dado su Palabra y su Espíritu para ayudarnos a purgar la vieja levadura que queda, y a mantenernos en nuestra pureza recién comenzada en lugar de recaer de ella. Debemos conservar la fe, el Espíritu y a Cristo; y esto, como se dijo antes, no podemos hacerlo si damos lugar a la vieja disposición carnal en lugar de resistirla.

18 Nota, una cosa enseña el texto: Aun los santos tienen debilidad, inmundicia y pecado por purgar todavía, pero no se les imputa porque están en Cristo y ocupados en purgar la vieja levadura.

19 Otra cosa: enseña en qué consiste la diferencia entre los santos y los impíos, pues ambos son pecadores; dice cuál es la naturaleza de los pecados a pesar de cuya presencia los santos y creyentes son santos, conservando la gracia y el Espíritu Santo, y también qué pecados son incompatibles con la fe y la gracia.

20 Los pecados que quedan en los santos después de la conversión son diversas malas inclinaciones, concupiscencias y deseos naturales al hombre y contrarios a la ley de Dios. Los santos, lo mismo que los demás, son conscientes de estos pecados, pero con esta diferencia: no se dejan vencer por ellos hasta obedecerlos y darles libre curso; no ceden ante ellos, sino que los resisten y, como dice aquí Pablo, se purgan incesantemente de ellos. Los pecados de los santos, según él, son precisamente aquellos que purgan. Los que obedecen sus concupiscencias, en cambio, no hacen esto, sino que dan rienda suelta a la carne y pecan contra la protesta de su propia conciencia.

Los que resisten sus concupiscencias pecaminosas conservan la fe y una buena conciencia, cosa imposible para quienes no resisten el pecado y así violan su conciencia y derriban su fe. Si persistes en lo malo sin hacer caso de la voz de la conciencia, no puedes decir ni creer que tienes el favor de Dios. Así pues, el cristiano necesariamente no debe ceder a las concupiscencias pecaminosas.

21 El Espíritu Santo es dado precisamente para oponerse al pecado e impedir su reinado. Dice Pablo (Gá 5:17): «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne… para que no hagáis lo que quisiereis». Y otra vez (Ro 8:13): «Si por el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis». También (Ro 6:12): «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias».

V.7. Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.

22 Aquí Pablo da la razón de la afirmación que acaba de hacer: «Sois sin levadura». Son una masa nueva, sin levadura o dulce, no por mérito alguno suyo, no por su propia santidad o dignidad, sino porque tienen fe en Cristo como la Pascua sacrificada por ellos. Este sacrificio los hace puros y santos delante de Dios. Ya no son la vieja levadura que eran fuera de Cristo. Por este sacrificio están reconciliados con Dios y purificados del pecado.

23 Asimismo, para nosotros Dios instituye una nueva ordenanza, una nueva fiesta. Lo antiguo ha cedido el lugar a algo del todo nuevo. Un sacrificio pascual distinto y mejor sucede al de los judíos. Los judíos tenían que participar cada año de su sacrificio ofrecido, pero no eran por ello hechos santos ni puros de pecado. El suyo era una señal o arras de la verdadera Pascua por venir, la Pascua prometida por Dios, en cuya sangre derramada somos lavados del pecado y enteramente sanados; una Pascua de la que debemos gozar participando por la fe. Tenemos ahora una sola fiesta de Pascua, perpetua y eterna, en la cual la fe es alimentada, saciada y alegrada; en otras palabras, recibimos la remisión de los pecados, y consuelo y fortaleza, por medio de esta nuestra Pascua, Cristo.

24 El significado de la frase «sacrificada por nosotros» se ha explicado en el sermón sobre la Pasión de Cristo. Allí se presentan dos pensamientos: Primero, la necesidad de considerar la grandeza y el terror de la ira de Dios contra el pecado, pues no pudo ser apaciguada ni efectuarse un rescate de otro modo que por el único sacrificio del Hijo de Dios. Solo su muerte y el derramamiento de su sangre podían dar satisfacción. Y debemos considerar también que nosotros, por nuestra pecaminosidad, habíamos incurrido en esa ira de Dios y por eso éramos responsables de que el Hijo de Dios fuera ofrecido en la cruz y de que su sangre fuera derramada.

Bien podemos aterrarnos a causa de nuestros pecados, pues la ira de Dios no puede ser cosa leve cuando se nos dice que ningún sacrificio, sino solo el Hijo de Dios, puede afrontar tal ira y valer por el pecado. ¿Te imaginas capaz de soportar esa ira de Dios, o de resistirla si no quieres considerar esto y aceptarlo?

25 El segundo pensamiento presentado en el sermón mencionado es la necesidad de reconocer el amor y la gracia inexpresables de Dios hacia nosotros. Solo así puede recobrar consuelo el corazón aterrado del hombre. Es preciso que sepa por qué Dios no escatimó a su propio Hijo, sino que lo ofreció en sacrificio en la cruz, lo entregó a la muerte; a saber, para que su ira fuera quitada de nosotros otra vez. ¿Qué mayor amor y bendición podría mostrarse? El sacrificio de Cristo se nos presenta para darnos seguro consuelo contra los terrores del pecado. Porque podemos percibir y confiar en que no nos perderemos por causa de nuestros pecados cuando Dios hace de tal sacrificio la preciosa prenda de su favor y de la salvación prometida.

Por eso, aunque tus pecados sean grandes y merezcan la terrible ira de Dios, el sacrificio representado por la muerte del Hijo de Dios es infinitamente mayor. Y en este sacrificio Dios te concede una señal segura de su gracia y del perdón de tus pecados. Pero ese perdón debe ser aprehendido por la fe que se aferra a la declaración: «Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros». Con esta promesa debe la fe ser consolada y fortalecida.

V.8. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.

26 Teniendo, pues, un Cordero Pascual y una verdadera Pascua, valorémoslos como es debido. Celebremos la fiesta con la alegría que debe inspirar. No comamos más la vieja levadura, sino verdaderas hostias y tortas pascuales. Donde está el Cordero Pascual, allí debe estar el pan sin levadura. El primero es Cristo sacrificado por nosotros. A este sacrificio no podemos añadir nada; solo podemos recibirlo y gozarlo por la fe, reconociéndolo como un don para nosotros.

Sin embargo, poseyendo el Cordero Pascual, nos corresponde participar también del dulce pan festivo; en otras palabras, mientras abrazamos la fe de la Pascua, debemos mantener la verdadera doctrina del evangelio, ilustrándola con el ejemplo piadoso de nuestra propia vida. Debemos vivir una vida de Pascua eterna, por así decirlo, para llevar adelante la analogía de Pablo, una vida en la cual, como personas justificadas, santificadas y purificadas, permanezcamos en la paz y el gozo del Espíritu Santo mientras estemos en la tierra.

27 En este versículo, como en el anterior, Pablo contrasta la levadura y el pan sin levadura. Hace de la levadura un término general para todo lo que procede de la carne y la sangre y de una naturaleza pecaminosa no renovada, pero la clasifica bajo dos títulos: la levadura de malicia y la levadura de maldad. Por «malicia» entendemos los diversos vicios y pecados abiertos que representan un agravio manifiesto a Dios y al prójimo. «Maldad» designa esas numerosas malas artes, esos ardides ágiles, sutiles y venenosos practicados contra la doctrina cristiana y la Palabra de Dios con la intención de corromperlas y pervertirlas, de apartar los corazones de su verdadero sentido. Advierte Pablo (2 Co 11:3): «Pero temo que como la serpiente engañó a Eva con su astucia, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sencillez que hay en Cristo». Bajo «maldad» entran también males como la hipocresía y otros tratos falsos y engañosos practicados en nombre de Dios para adornar y encubrir el pecado, enseñanza falsa y acción engañosa hechas pasar por justas, propias y cristianas. A tal maldad la llama Cristo «la levadura de los fariseos y la levadura de Herodes». Mr 8:15. De esta clase de levadura, en particular, tenemos en el mundo una cantidad indecible en estos últimos y peores tiempos.

28 A la levadura de malicia y de maldad opone Pablo la levadura de sinceridad y verdad. Ser sincero es vivir y obrar de manera recta y cristiana, movido por un corazón fiel y piadoso, un corazón bien dispuesto hacia todos y que a nadie medita mal ni daño; y tratar a otros como quieres que te traten. Ser veraz es abstenerse de tratos falsos y arteros, del engaño y la bellaquería, y enseñar y vivir con probidad y justicia conforme a la pura Palabra de Dios. La verdad y la sinceridad deben prevalecer y ser manifiestas en los cristianos, que han entrado en una relación y una vida del todo nuevas; deben celebrar la nueva fiesta de Pascua poniendo de acuerdo con ella la fe, la doctrina y la vida.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.