Comentarios y sermones · Martín Lutero

1 Pedro 2: comentario de Martín Lutero

Sermón para el tercer domingo después de Pascua; 1 Pedro 2:11-20

NUESTROS DEBERES CRISTIANOS

1 Esta selección de la epístola es también una exhortación a las buenas obras, o frutos de la fe. Toca casi todas las condiciones de la vida, enseñando cómo debe vivir y conducirse cada individuo. Pero primero Pedro exhorta a los cristianos en general a que en su trato con los gentiles, o el mundo incrédulo, no den ocasión real de censura o reproche por su conducta. La exhortación parece apoyarse en el hecho de que los cristianos, como el apóstol les recuerda en los capítulos primero y segundo, han sido llamados a una esperanza viva, jamás muerta, de una herencia incorruptible en el cielo, y de gozo y salvación eternos; que ahora están redimidos, habiendo obtenido la remisión de los pecados por la preciosa sangre de Cristo; y además, que han llegado a ser nación santa y sacerdocio real, para proclamar y engrandecer la gracia de Dios, ellos que en otro tiempo no eran pueblo de Dios y no habían alcanzado gracia. «Pero ahora —diría Pedro—, han alcanzado gracia por el llamamiento divino de Cristo, por el sufrimiento de su Señor. Vivan, pues, como pueblo santo de Dios y ciudadanos del cielo».

2 Ya hemos oído que en la vida cristiana hay dos principios esenciales, dos principios en los que pueden hacer hincapié los maestros cristianos. Primero, la fe en el hecho de que por la sangre de Cristo somos librados del pecado y tenemos perdón; segundo, una vez perdonados, nuestra naturaleza ha de ser cambiada y hemos de andar en vida nueva. En el bautismo, cuando creemos por primera vez, obtenemos no solo la remisión de los pecados por la cual somos hechos, por gracia, hijos de Dios, sino también el poder de purgar, de mortificar, los pecados restantes. Nuestras transgresiones no son perdonadas, dice Pablo (Ro 6:1), con el privilegio de continuar en ellas, como se imaginan los insolentes que rechazan la gracia. Es así: al ser borrados nuestros pecados por la sangre de Cristo, no necesitamos hacer compensación ni dar satisfacción por ellos; somos hijos de gracia y gozamos de perdón. Sin embargo, el pecado inherente no está enteramente purgado, o mortificado.

DEFINICIÓN DE REMISIÓN Y MORTIFICACIÓN

3 Hay diferencia entre la remisión de los pecados y su mortificación. La distinción debe aclararse para combatir a los que confunden y pervierten ambos principios con sus falsas doctrinas. En cuanto a la remisión, el papa y muchos otros han enseñado que el perdón de los pecados se obtiene mediante la necedad de las obras que los hombres mismos eligen, las satisfacciones de su propia invención. Este error ha prevalecido siempre en el mundo. Caín fue el primero en cometerlo, y continuará hasta el fin. Y donde se refuta este error, se hallan falsos maestros que, por el contrario, aceptan y se jactan de la doctrina de la gracia sin gozar de sus felices resultados. Proceden como si el mero perdón bastara, y sin más efecto que evitar el castigo; como si nos dejara donde estábamos antes, sin mejorar en modo alguno nuestra condición moral; y como si no hubiera nada más que saber acerca de Cristo y el evangelio.

Por tanto, los que dicen ser cristianos deben aprender que, habiendo obtenido perdón sin mérito de su parte, no deben dar de ahí en adelante lugar a los pecados, sino más bien resistir sus antiguas malas concupiscencias y evitar y huir de sus frutos y obras. Tal es la sustancia de esta lección.

4 Pero nota por las palabras del apóstol cómo ha cambiado su punto de vista desde el tiempo en que, como pescador de Betsaida, andaba con el Señor antes de la muerte y resurrección del Señor. En aquel tiempo Pedro y los demás apóstoles, de hecho toda la nación judía, no tenían otra concepción del reino de Cristo —o reino de Dios— que la de uno terrenal en el que no conocerían sino felicidad, figurando como ricos labradores, ciudadanos, nobles, condes y señores. La suma de los bienes del mundo sería suya, y todos los gentiles sus vasallos. De ahí en adelante estarían libres de enemigos, guerras, hambre o desgracia, y gozarían de paz, ocio y felicidad en grado sumo bajo su supremo Rey, el Mesías. Tales eran sus esperanzas, aun sus expectativas. Con estas gratas fantasías estaban llenas sus mentes. Y de igual modo hoy los judíos están llenos y ebrios de sus sueños visionarios.

LA NATURALEZA DEL REINO DE CRISTO

5 Observa aquí, sin embargo, que Pedro enseña que la suerte del que participa del reino de Cristo es todo lo contrario de lo que él imaginaba antes. «Oh amados cristianos —diría—, que han sido llamados y bautizados para el reino real y sacerdotal de Cristo, tengo ahora que decirles cosas muy diferentes de las ideas y sueños que ustedes y yo solíamos abrigar. Somos, es cierto, ciudadanos, condes y señores en el reino donde Cristo reina supremo sobre todos los reyes y señores terrenales, y donde solo hay riquezas eternas, paz y felicidad en toda forma; pero la vida de ese reino no se parece a la de los reyes y dominios terrenales. Ustedes no son, sépanlo, señores y nobles en sentido mundano; ni Cristo es rey como el mundo entiende la realeza, y el reino del mundo no está en armonía con el suyo. Sepan, pues, que deben considerarse extranjeros y peregrinos en el reino del mundo».

«Por tanto, les exhorto a que, habiendo llegado a ser ahora cristianos —hermanos en el reino celestial eterno—, su manera de vivir sea la que conviene a quienes ya no pertenecen a un reino mundano. Consideren esta vida terrenal solo como el viajero o peregrino considera el país por donde viaja, la posada donde consigue alojamiento por una noche. No espera quedarse en la ciudad, ser alcalde ni siquiera ciudadano. Halla allí su alimento, pero sus pensamientos se lanzan más allá de sus puertas, al lugar donde está su hogar. Así, dice Pedro, deben mirar ustedes su curso terrenal. No se hicieron cristianos con la perspectiva de reinar aquí en la tierra, como los judíos imaginan que reinarán y serán establecidos. La morada, la ciudadanía y la autoridad de los cristianos han de hallarse en otra dirección, no en este mundo. Por tanto, piensen en ustedes mismos como peregrinos en la tierra, dirigiendo su atención hacia otras posesiones y otra patria, donde serán señores para siempre, y donde jamás entrarán la discordia ni la desgracia que deben soportar en este puerto terrenal».

EL USO CRISTIANO DE ESTA VIDA

6 Pero ¿cómo se logra la indiferencia hacia esta vida? Pedro continúa diciendo: V.13, 14. “Por causa del Señor someteos a toda institución humana . . . ya sea al rey . . . ya a los gobernadores”; y otra vez, V.18. “Criados, estad sujetos con todo respeto a vuestros amos . . . sino también a los severos.” ¿Cómo es coherente con la ciudadanía real en una patria celestial ser peregrino en la tierra? ¿Cómo podemos vivir aquí con esposas e hijos, casas y tierras, y siendo ciudadanos bajo un gobierno temporal, y sin embargo no estar en casa? Hay aquí una distinción que, como se dijo antes, al principio fue difícil de entender aun para los amados apóstoles mismos. Pero para los cristianos, especialmente los de hoy, debería ser clara. Cristo y los apóstoles no pretenden, con esta enseñanza, el rechazo del gobierno externo y la autoridad humana —lo que Pedro llama aquí instituciones humanas—. No, permiten que estas permanezcan como están; más aún, nos mandan someternos a ellas y hacer uso de ellas.

7 Esta es la diferencia que hay que tener presente: debemos conducirnos en nuestros puestos y ocupaciones terrenales sin considerar esta vida nuestro verdadero reino y mejor bien. Y no debemos pensar que la vida venidera no contiene nada más ni mejor que lo que poseemos aquí, como hacen los judíos y los turcos. Aunque creen en la resurrección de los muertos, se imaginan carnalmente que la vida futura será como la presente, salvo por su paz y felicidad perfectas, su libertad de desgracia, persecución y todo mal. Es prerrogativa del papa y de sus santos epicúreos no creer nada en ningún aspecto.

Todo cristiano, sea señor o siervo, príncipe o súbdito, debe conducirse como conviene a su puesto, usando en fideicomiso todo lo que Dios le ha dado: dominio y súbditos, casa y hogar, esposa e hijos, dinero y bienes, comida y bebida. Debe considerarse únicamente huésped de la tierra, como quien come su bocado de pan o toma su comida en una posada; debe conducirse en este puerto terrenal como un huésped piadoso. Así puede ser realmente un rey que reina con fidelidad, o un señor fiel a su oficio, y al mismo tiempo declarar: «No cuento con nada de esta vida. No espero quedarme aquí. Esta no es para mí sino tierra extraña. Es cierto que estoy sentado en el lugar más alto de la mesa en esta posada; pero el que ocupa el último asiento tiene tanto como yo, aquí o allá. Porque somos huéspedes por igual. Pero el que me asignó mi deber, cuyo mandato ejecuto, me dio órdenes de conducirme piadosa y honorablemente en esta posada, como conviene a un huésped».

8 Así deben los cristianos en todos los estados de la vida —señores y señoras, siervos y criadas— conducirse como huéspedes de la tierra. Que en esa calidad coman y beban, hagan uso de ropas y zapatos, casas y tierras, mientras Dios quiera, pero estén preparados para emprender su camino cuando estas cosas pasen, y para salir de la vida como el huésped sale de la casa o de la ciudad que no es su hogar. Que se conduzcan como el huésped, con cortesía hacia aquellos con quienes tratan, sin infringir los derechos de nadie. Porque un visitante no puede seguir sin freno su propio placer e inclinaciones en casa ajena. El dicho es: «Si quieres ser huésped, debes portarte con cortesía; de lo contrario puede que te muestren enseguida la puerta o la mazmorra».

9 Los cristianos deben ser conscientes de su ciudadanía en una patria mejor, para adaptarse rectamente a este mundo. Que no ocupen la vida presente como si tuvieran intención de quedarse en ella; ni como los monjes, que huyen de la responsabilidad, evitan el cargo civil y tratan de salir corriendo del mundo. Porque Pedro dice más bien que no debemos escapar de nuestros semejantes y vivir cada uno para sí, sino permanecer en nuestras diversas condiciones de vida, unidos a los demás mortales como Dios nos ha ligado, y sirviéndonos unos a otros. Al mismo tiempo debemos considerar esta vida como un viaje por un país donde no tenemos ciudadanía, donde no estamos en casa; pensar en nosotros mismos como viajeros o peregrinos que ocupan por una noche la misma posada, comen y beben allí y luego dejan el lugar.

10 Que los que ocupan los puestos más humildes —siervos y súbditos— no rezonguen: «¿Por qué habría de afligirme con desagradables tareas domésticas, con labores del campo o trabajo pesado? De todos modos esta vida no es mi hogar, y bien puedo tenerla mejor. Por tanto, abandonaré mi puesto y me daré buena vida; los monjes y sacerdotes, en sus puestos, se han retirado del mundo y sin embargo han bebido a fondo, satisfaciendo las concupiscencias de la carne». No, este no es el camino recto. Si no estás dispuesto a soportar tu suerte, como debe hacerlo el huésped en una taberna y entre extraños, tampoco puedes comer ni beber. De igual modo, los que gozan del favor de posiciones más elevadas en la vida no pueden, con esta autoridad, entregarse a la idea de vivir en el puro ocio y el placer lujurioso que su puesto más favorecido permite, como si hubieran de estar aquí siempre. Que razonen así: «Es cierto que esta vida es pasajera: un viaje, una peregrinación que conduce a nuestra verdadera patria. Pero como es voluntad de Dios que cada uno sirva aquí a sus semejantes en su puesto respectivo, en el cargo que se le ha confiado, haremos lo que se nos ordene. Serviremos a nuestros súbditos, a nuestros prójimos, a nuestras esposas e hijos mientras podamos; no aflojaríamos nuestro servicio ni aunque supiéramos que tenemos que partir en esta misma hora y dejar todas las cosas terrenales. Porque, gracias a Dios, si tuviéramos que morir ahora sabríamos adónde pertenecemos, dónde está nuestro hogar. Mientras estamos aquí, sin embargo, de camino, nos toca cumplir las obligaciones de nuestra ciudadanía terrenal. Por tanto, viviremos con nuestros semejantes en obediencia a la ley de nuestro lugar de estancia, hasta la hora en que tengamos que cruzar el umbral hacia afuera, para partir con honra, sin dejar motivo de queja».

11 Así, fíjate, debe conducirse todo cristiano aquí en la tierra, según Pedro. En primer lugar, debe saber dónde está su verdadero hogar, su patria. Esto lo aprendemos por la fe en Cristo, por la cual llegamos a ser hijos de Dios, herederos de la vida eterna, ciudadanos del cielo. Por eso cantamos: «Ahora te rogamos, Espíritu Santo, la verdadera fe», etc., cuando partimos de casa de esta miseria. Este sentimiento concuerda hermosamente con el texto donde Pedro nos llama «extranjeros y peregrinos», caminantes en la miseria terrenal, que anhelan el hogar y lanzan sus pensamientos más allá de las puertas de su lugar de estancia. En segundo lugar, aunque debamos sufrir esta miserable condición en tierra extranjera, estamos obligados a rendir toda honra al anfitrión y a respetar la posada, aprovechando al máximo lo que nos sobrevenga.

12 El profeta Jeremías encontró necesario dar una exhortación de esta clase a sus desdichados compatriotas judíos en Babilonia, que anhelaban indeciblemente volver a casa y casi desesperaban por tener que sufrir tanto tiempo miseria entre extraños cuando muchos de sus hermanos estaban en su tierra. Otros profetas los habían animado con la promesa de un pronto regreso. En consecuencia, muchos de ellos dejaron de labrar la tierra y descuidaron el proveerse el sustento. A ellos escribe Jeremías (cap. 29:10): «Tienen que tener paciencia, porque no volverán tan pronto; no hasta que se cumplan setenta años». Entretanto, aunque en miseria y cautiverio, debían hacer lo que él manda en los vv. 5-7: «Edificad casas, y habitadlas; plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad vuestras hijas a maridos, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz».

Que allí, en su miseria, edificaran casas y se hicieran ciudadanos de Babilonia, se casaran y criaran hijos —sí, casaran a sus hijos— como si hubieran de quedarse allí permanentemente, este mandato del profeta les resultaba del todo desagradable y molesto. Y aún más ofensivo era el mandato de orar por la ciudad y el reino en que eran cautivos. Habrían orado mucho más bien por su liberación; pues, influidos por los otros profetas, esperaban volver a casa al año siguiente.

13 Ahora bien, ¿cómo les iba? Los piadosos y fieles tenían motivo para esperar y confiar en la liberación y el regreso a su propio reino. Ciertamente no había placer ni alegría para ellos en su presente condición miserable, como testifican y se quejan en el Salmo 137 junto a los ríos de Babilonia. Allí clamaban y lloraban y no tenían una hora de contento cuando pensaban en su hogar. Durante los largos setenta años sus corazones estuvieron continuamente a la puerta, listos para partir, de modo que no tenían inclinación alguna a edificar casas, a cultivar campos, a hacer huertos, a tomar esposas y criar hijos. Sin embargo, el profeta les manda cumplir todos los requisitos de los ciudadanos de aquel país; y más aún, orar por sus anfitriones con el mismo espíritu con que orarían por sus vecinos y conciudadanos, pidiendo a Dios paz y prosperidad para la ciudad.

LOS CRISTIANOS, SÚBDITOS DE DOS REINOS

14 Así también los cristianos son súbditos de dos reinos: tienen experiencia de dos clases de vida. Aquí en la tierra, donde el mundo tiene su hogar y su reino celestial, ciertamente no somos ciudadanos. Según Pablo (Fil 3:20): «nuestra ciudadanía está en los cielos»; es decir, en aquella vida, la vida que esperamos. Así como los judíos esperaban ser librados de Babilonia, nosotros esperamos ser librados de esta vida presente e ir adonde seremos ciudadanos señoriales para siempre. Pero obligados a continuar en este estado miserable —nuestra Babilonia— mientras Dios quiera, debemos hacer lo que a los judíos se les mandó hacer: mezclarnos con los demás mortales, comer y beber, hacer hogares, labrar la tierra, ocupar cargos civiles y mostrar buena voluntad hacia nuestros semejantes, aun orando por ellos, hasta que llegue la hora de partir a nuestro hogar.

15 El que se guía por estos hechos, el que comprende la distinción entre el reino de los cielos y el reino del mundo, sabrá cómo resistir con éxito a toda clase de fanáticos. Porque estos pintan esta vida en un aspecto terrible. Quieren salir corriendo del mundo por completo y no están dispuestos a asociarse con nadie; o proceden a perturbar las ordenanzas civiles y a derribar todo orden; o bien, como el papa, se entrometen en el gobierno secular, deseando autoridad temporal, todo bajo el nombre y el color del cristianismo.

Teniendo como cristianos el perdón de los pecados, y siendo ahora pueblo de Dios, hijos de su reino, ciudadanos ya no de Babilonia sino del cielo, sepamos que durante el período de nuestra estancia aquí entre extraños nos toca vivir con justicia, honor y castidad, fomentar la paz civil y doméstica y prestar consejo y ayuda en beneficio aun de los malos y desagradecidos, esforzándonos entretanto sin cesar por nuestra herencia y teniendo presente el reino adonde nos dirigimos.

16 En suma, un cristiano debe ser alguien que, como dice Pablo (1 Co 7:29-31), usa de este mundo como si no lo usara, que compra y posee como si no poseyera, que tiene esposa e hijos como si no los tuviera y que edifica como si no edificara. ¿Cómo es posible conciliar estas aparentes inconsistencias? Distinguiendo la fe cristiana de la fe de los judíos y los turcos, sí, aun de los papistas: aceptando el hecho de que la actitud del cristiano hacia esta vida terrenal es la actitud del huésped; que en tal calidad ha de edificar, comprar, tratar y relacionarse con sus semejantes, unirse a ellos en todos los asuntos temporales: un huésped que respeta los deseos de su anfitrión, las leyes del reino y de la ciudad y las costumbres de la posada, pero al mismo tiempo el cristiano se abstiene de dar testimonio de su satisfacción con esta vida como si pensara quedarse aquí y no esperara nada mejor. Así pasará el cristiano por todo acontecimiento temporal de la manera correcta: teniendo toda posesión como si no la tuviera, usándola y sin embargo sin apegarse a ella; sin ocuparse tanto de lo temporal como para perder lo eterno, sino dejando atrás —olvidando— lo primero mientras se esfuerza por lo segundo como la meta puesta delante de él.

17 Por tanto, los que pretenden salir corriendo del mundo yéndose al desierto o al yermo; que, no queriendo ocupar la posada pero hallándola sin embargo indispensable, tienen que ser sus propios anfitriones, estos son grandes e irrazonables necios. Ciertamente han de comer y beber y tener ropa y abrigo. De estas cosas no pueden prescindir, aunque puedan apartarse de toda sociedad. Ni es su acción abandonar y huir del mundo, como se imaginan. Sea cual sea tu puesto y condición, sea cual sea tu ocupación en la vida, necesariamente tienes que estar en alguna parte de la tierra mientras la vida mortal sea tuya. Ni Dios te ha separado de los hombres; te ha puesto en la sociedad. Cada individuo es creado y nace por causa de los demás individuos. Pero observa: dondequiera que estés y sea cual sea tu puesto, debes, digo, huir del mundo.

CÓMO ESCAPAR DEL MUNDO

18 Pero ¿cómo hemos de huir del mundo? No poniéndonos capuchas y metiéndonos en un rincón o yéndonos al desierto. Así no puedes escapar del diablo ni del pecado. Satanás te encontrará tan fácilmente en el desierto con una capucha gris como en el mercado con un abrigo rojo. Es el corazón el que debe huir, y eso guardándose «sin mancha del mundo», como dice Stg 1:27. En otras palabras, no debes apegarte a las cosas temporales, sino guiarte por la doctrina de la fe en Cristo y esperar la herencia celestial y eterna; y en esa fe y esa esperanza has de ejecutar la tarea y la obra que se te han confiado aquí, declarando entretanto: «Lo que hago aquí no es el sumo bien, la cosa de verdadero valor por la que vivo; aunque tal es el caso del mundo, los judíos, los turcos y los papistas. Tengo esta vida temporal por una taberna, valorándola no más de lo que el huésped valora la posada donde goza de comida y alojamiento, mientras su corazón y su mente se vuelven siempre a su propio hogar».

¿Qué tolerancia habría para uno tan necio que declarara: «No comeré ni beberé aquí. Me comportaré de manera extravagante, rompiendo ventanas y poniendo todo patas arriba, porque este no es mi lugar de permanencia»? Precisamente para avanzar en su viaje debe el viajero hacer uso de la posada, aceptando lo que se le ofrezca.

19 Asimismo deben los cristianos usar del mundo, lanzando constantemente sus pensamientos más allá de esta vida, aunque tengan aquí casa y hogar, esposa e hijos. Estos son solo para la vida presente, pero el cristiano les debe la debida consideración, mientras afirma: «Hoy estamos aquí, mañana en otra parte. Ahora nos valemos de esta posada, al día siguiente de otra. No esperamos quedarnos aquí».

Sobre este tema, Pedro en su hermoso sermón de Pentecostés dice acerca de David, que sin embargo fue un rey santo, que no subió a los cielos, sino que, habiendo cumplido la voluntad de Dios, durmió. Pedro, lejos de estar dispuesto a menospreciar el oficio y el gobierno de David, a criticarlo en ello por mal proceder, más bien lo engrandece en términos ardientes. David fue rey, y no echó a un lado su corona; no, conservó su gloria real. Ejerció su cargo como uno confiado por Dios, en cuya ejecución servía a Dios. De igual modo debe hacer el gobernante justo; de hecho, todos los hombres en sus respectivos cargos y puestos. Que recuerden que no han sido puestos donde están para escoger su propio placer, sino únicamente para el servicio de Dios. Tal es su deber mientras estén aquí: transeúntes, como el forastero en la posada con otros huéspedes, que se conduce con respeto a las necesidades y el agrado de sus semejantes, haciendo lo que ellos hacen, y en caso de peligro y necesidad uniéndose a ellos en el esfuerzo de ayudar y proteger.

20 El rey David no consideraba su reino y las bendiciones que Dios le dio como su verdadera gloria, sino como su oficio, sus oportunidades de servicio en esta peregrinación terrenal. En todo ello sigue siendo un huésped, que espera dejar este lugar de estancia por una morada cierta. Por eso dice (Sal 39:12): «Porque forastero soy para ti, y advenedizo, como todos mis padres». ¿Cómo es eso? ¿Tiene un rey de la gloriosa categoría de David motivo para hablar así? ¿Es huésped quien ocupa un trono real, quien es señor de propiedades territoriales y de más de un millón doscientas mil personas según su propio cálculo? Este es el sentido de David: en su reino sirve a Dios como transeúnte aquí en la tierra, y apartado por Dios para ese fin; pero al mismo tiempo como ciudadano del reino de Dios en otra vida, otra existencia, que considera más gloriosa que la gloria terrenal, y que ofrece algo mejor que una corona temporal.

RAZONES PARA ABSTENERSE DE LA CONCUPISCENCIA CARNAL

21 Tal es la enseñanza de Pedro. Exhorta a los cristianos a vidas y obras semejantes a las de Cristo en vista de que han sido llamados a gran gloria, habiendo llegado a ser por Cristo sacerdocio real, pueblo de Dios y ciudadanos del cielo. Quiere que ocupen este mundo temporal como huéspedes, esforzándose por otro reino, eterno; es decir, que se abstengan de todas las concupiscencias carnales y mantengan un andar irreprensible, una vida de buenas obras. El apóstol asigna dos razones para tal abnegación: primera, que no perdamos, por hábitos carnales y lujuriosos, lo espiritual y eterno; segunda, que el nombre de Dios y la gloria que tenemos en Cristo no sean calumniados entre nuestros adversarios paganos, sino más bien honrados por causa de nuestras buenas obras. Estas son las principales razones para hacer buenas obras. Deberían impulsarnos con la mayor fuerza al cumplimiento de nuestros deberes.

22 Pedro exhorta, primero, a V.11. “abstenerse de los deseos carnales que batallan contra el alma.” Implica que si no resistimos las inclinaciones carnales, sino que más bien las seguimos, perderemos nuestra inestimable herencia eterna. Ser extranjero en la tierra, esforzándose por otra vida mejor, es incompatible con vivir en deseos carnales como si el único propósito fuera quedarse para siempre en el mundo. Si quieres las cosas de una vida, dice Pedro, debes abandonar las de la otra. Si olvidas tu patria y yaces ebrio con esta vida carnal, como el mundo pagano que vive en incredulidad y sin esperanza de vida eterna, nunca llegarás a aquella existencia; pues así la rechazas.

Es necesario luchar si hemos de resistir las concupiscencias de la carne; porque estas, dice Pedro, batallan contra el alma: contra la fe y la buena conciencia en el hombre. Si la concupiscencia triunfa, se pierde nuestro dominio sobre el Espíritu y sobre la fe. Ahora bien, si no quieres ser derrotado, debes contender valerosamente contra las inclinaciones carnales, cuidando de vencerlas y de mantener tu bien espiritual y eterno. En este caso, nuestro propio bienestar exige la conquista.

23 En segundo lugar, lo pide el honor de Dios. El honor de Dios aquí en la tierra se ve afectado por nuestra manera de vivir. Debemos evitar dar ocasión a nuestros enemigos para que abran la boca en calumnia del nombre de Dios y de su Palabra. Más bien debemos engrandecer el nombre de Dios con nuestra confesión y conducta general, y ganar así a otros, que con nosotros lo confesarán y honrarán. Cristo manda (Mt 5:16): «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

24 Pedro procede a enumerar ciertas buenas obras propias de los cristianos en todos los estados de la vida, particularmente los cristianos sujetos a autoridad, o en estado de servidumbre: siervos y siervas. En los días del apóstol, los cristianos tenían que someterse a la autoridad pagana, a servir a amos incrédulos. Pedro exhorta a los cristianos a glorificar a Dios con su conducta, soportando con paciencia la violencia y la injusticia que se les hagan, y absteniéndose de devolver mal; como oímos en la lección de la epístola del domingo anterior, que sigue al texto de hoy. Pero tratar todas las buenas obras que Pedro enumera aquí requeriría demasiado tiempo por ahora.

Sermón para el segundo domingo después de Pascua; 1 Pedro 2:21-25

PACIENCIA EN LA TRIBULACIÓN.

1 Esta lección de la epístola es una hermosa selección de la enseñanza apostólica. Sin duda fue dispuesta a propósito para este domingo; pues las palabras finales de Pedro, v. 25: Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas, concuerdan con la lectura del evangelio sobre el Buen Pastor. Sin embargo, también podría servir en parte, con toda propiedad, como texto de un sermón sobre la pasión de Cristo; pues aquí los sufrimientos de Cristo se nos presentan como ejemplo. En la parte anterior del capítulo, Pedro enseñó a los cristianos cómo, habiendo obtenido la fe, deben mostrar sus frutos, es decir, las buenas obras, en los diversos estados de la vida. En particular los exhorta a manifestar el fruto de la paciencia bajo las cruces y las aflicciones.

2 Cuando una persona acepta a Cristo y comienza a profesar su fe de palabra y de vida, invariablemente (no puede ser de otro modo) el mundo, ese enemigo eterno de Cristo y siervo fielmente obediente del diablo, se disgustará. El mundo considera despreciable, vergonzoso, vivir de cualquier manera que no le agrade a él, hacer o decir cualquier cosa que no sea lo que él desea. Su furia se enciende contra el cristiano, y procede a perseguirlo, a torturarlo, incluso a matarlo cuando puede. A menudo oímos a los burlones sabihondos decir que Cristo habría podido gozar de paz si hubiera querido. Lo mismo puede decirse de los cristianos: podrían tener paz y placer si tan solo aceptaran el consejo y se conformaran al mundo.

3 ¿Qué hemos de hacer? Es un hecho que mantener y obedecer la verdad es provocar ira y odio. Hasta los paganos lo afirman. Pero la culpa no está en el defensor de la verdad, sino en quienes la rechazan. ¿Acaso no se ha de predicar la verdad en absoluto? ¿Hemos de callar y permitir que todos los hombres vayan directamente al infierno? ¿Quién podría o querría cargar sobre sí la culpa de semejante negligencia? El cristiano piadoso, que espera la vida eterna después de la presente y que procura ayudar a otros a alcanzar esa misma meta bienaventurada, ciertamente debe cumplir el papel que profesa, debe afirmar su creencia y mostrar al mundo cómo camina por el camino ancho hacia el infierno y la muerte eterna. Y hacerlo es antagonizar al mundo y atraerse el desagrado del diablo.

4 Ahora bien, puesto que no hay manera de eludir el hecho de que quien quiera confesar a Cristo y mejorar el mundo debe, en pago de su servicio y de sus beneficios, atraerse la enemistad del diablo y de sus seguidores, como dice Pedro; puesto que así son las cosas, debemos recordar que nos corresponde tener paciencia cuando el mundo manifiesta su enemistad más amarga y odiosa contra nuestra doctrina y contra nuestras mismas vidas, cuando nos injuria, nos calumnia y nos persigue al máximo por nuestros principios. Aquí Pedro exhorta y persuade a los cristianos a la paciencia en estas circunstancias, y al mismo tiempo procura consolarlos con palabras tiernas y conmovedoras.

5 Primero, Pedro recuerda a los creyentes su llamamiento: su razón y su propósito al abrazar el cristianismo. Dice, en efecto: «Recordad que creer en Cristo hace necesario confesarlo, y toda la Iglesia cristiana está incluida en el santo llamamiento divino que existe para alabanza de Dios y para el avance de su reino». Un rasgo esencial de este llamamiento es sufrir el mal a cambio del bien. Parece inevitable que los cristianos sean condenados a los ojos del mundo y se atraigan sus mayores desagrados; que estén destinados a recoger el guante contra el diablo y el mundo. Se dice (Sal 44:22): Por causa de ti somos muertos todo el día; somos contados como ovejas para el matadero, o para el sacrificio. Las ovejas destinadas al sacrificio se guardaban en un redil, y no se les permitía ir a pastar con las demás. No se las conservaba para criar, sino para ser degolladas cada día, una tras otra.

6 Pablo diría: «¿Qué haréis, amados cristianos? ¿Viviréis en el mundo sin encontrar ninguna persecución a causa de vuestras buenas obras? ¿Os enfureceréis contra la maldad del mundo, y en vuestra furia os volveréis malos vosotros mismos y cometeréis el mal? Entended que estáis llamados a sufrir persecuciones; son una consecuencia de vuestro bautismo, de vuestro cristianismo. Por ellas renunciasteis al diablo y profesasteis a Cristo. Estáis bautizados para sufrir toda clase de desgracias, para soportar al mundo y al diablo». No puedes escapar del humo cuando te ves obligado a vivir en la posada donde el diablo es el anfitrión y toda la casa está llena de él. Además, si quieres tener fuego, tendrás humo como consecuencia; si quieres ser cristiano e hijo de Dios, debes soportar los males que por ello te sobrevengan.

7 En suma, el cristiano, por ser cristiano, queda sometido a la santa y preciosa cruz. Debe sufrir a manos de los hombres y del diablo, que lo atormentan y lo provocan: exteriormente con miseria, persecución, pobreza y enfermedad, o interiormente, en el corazón, con sus dardos venenosos. La cruz es la señal y la consigna del cristiano en su santo, precioso, noble y feliz llamamiento a la vida eterna. A tal llamamiento debemos rendirle todo lo que le es debido y tener por bueno todo lo que traiga. ¿Y por qué habríamos de quejarnos? ¿Acaso no sufren también a menudo los malvados bribones y los opositores de los cristianos, unos de manos de otros, lo que no les agrada soportar? Y todo hombre debe sufrir con frecuencia daños y desgracias en su cuerpo, en sus bienes, en su esposa y en sus hijos.

8 Entonces, si quieres ser cristiano y vivir rectamente en tu llamamiento, no te alarmes tan terriblemente, ni te llenes de rabia hostil, ni seas tan sumamente impaciente ante los tormentos del mundo y del diablo. Si no estás dispuesto a sufrir y a ser injuriado y calumniado, si prefieres el honor y la comodidad, entonces niega a Cristo y abraza los deleites del mundo y del diablo. Ni siquiera así quedarás del todo libre de sufrimiento y de dolor, aunque tendrás la prerrogativa de no sufrir como cristiano ni por causa de Cristo. Al mismo tiempo, descubrirás que, aunque en la tierra solo goces de placer, será solo por breve tiempo, y al final hallarás el amargo desenlace del placer buscado.

CRISTO, NUESTRO MODELO.

9 En segundo lugar, para dar más fuerza a su exhortación, Pedro presenta el ejemplo de nuestro verdadero Maestro, nuestro Guía y Señor, Cristo, que soportó persecuciones semejantes a las nuestras, y él mismo sufrió más que nadie. El apóstol se refiere a él de una manera verdaderamente bíblica: como de carácter doble. Lo presenta no como ejemplo de un santo en el sentido ordinario, sino como el verdadero Pastor y Obispo de nuestras almas, que sufrió por nosotros, ofreciendo sacrificio por nuestros pecados en su propio cuerpo sobre la cruz. En esta condición él es nuestro tesoro, consuelo y salvación.

10 El apóstol señala de manera hermosa y notable las sublimes perfecciones de nuestro Modelo en su sufrimiento, como una manera de instarnos suavemente a la paciencia. Presenta los puntos principales de la resistencia de Cristo, ejemplos de verdadera paciencia; todos nuestros sufrimientos, comparados con los de Cristo, quedan en la sombra. «La pasión de Cristo», diría Pedro, «el sufrimiento del Señor, es algo que sobrepasa, algo eminente y sublimemente glorioso, que trasciende cualquier otro caso de sufrimiento: primero, porque fue para ejemplo nuestro; segundo, porque sufrió para salvarnos; tercero, porque sufrió inocentemente en todo sentido, sin haber cometido jamás pecado alguno». En estos tres puntos debemos dejarle a él solo la distinción, humillándonos ante ellos; aun si hubiéramos sufrido la muerte en todas sus formas, debemos clamar que todo nuestro sufrimiento no es nada en comparación con el suyo.

Aun si pudiéramos alcanzar el grado más sublime, supremo y glorioso de sufrimiento, no sería sino andar en sus pisadas, seguir su ejemplo; sería quedar muy por debajo de su sufrimiento. Él seguiría siendo el más eminente, el Maestro. Mantendría una superioridad inmensurable, y a nosotros nos quedaría seguirlo lo mejor que pudiéramos. La extensión de su agonía, la intensidad y la amargura de sus sufrimientos, nadie en la tierra puede comprenderlas. Y si está más allá de nuestra comprensión, cuánto más está más allá de nuestra capacidad de imitarlo o experimentarlo. Podemos dar gracias a Dios de tenerlo delante como ejemplo para contemplar y seguir. Es verdad que quedamos muy lejos de seguirlo perfectamente, pero podemos acercarnos a ello en proporción a nuestros sufrimientos, nuestra fe y nuestra paciencia; pues uno puede aventajar a otro en estas cosas.

Cristo es un ejemplo, dice Pedro, para todos los santos; no para unos pocos. En contraste con Cristo, todos los santos deben confesar con los ojos bajos: «Intensos, amargos, penosos como son verdaderamente nuestros sufrimientos, cuando se mencionan los sufrimientos de Cristo nuestro Señor callaremos de buena gana; pues ningún ejemplo humano de sufrimiento se compara con el de Cristo».

11 Ahora bien, este solo hecho, que alguien tan exaltado como el mismo Cristo, el único y eterno Hijo de Dios, haya recorrido antes que nosotros el camino del sufrimiento, soportando una angustia ilimitada, una agonía que trasciende el poder de la humanidad para experimentarla, esto solo debería bastar para exhortar e instar a cualquiera a soportar con paciencia la aflicción. Entonces, ¿por qué nosotros, los discípulos, tan insignificantes e inexpertos en comparación con nuestro Maestro, por qué habríamos de turbarnos en absoluto por cualquier sufrimiento por causa de él? Sobre todo cuando todo lo que nos pide es que lo sigamos, que aprendamos de él y que permanezcamos como sus discípulos. Fíjate: este es el ejemplo puesto delante de toda la Iglesia cristiana, el modelo que ella ha de seguir al menos hasta el punto de andar en las pisadas de Cristo, recordando al mismo tiempo, sin embargo, que sus más intensos sufrimientos no son nada en comparación con una sola gota de su sangre derramada, como oiremos más adelante.

12 Además, este ejemplo adquiere su carácter inefable e inimitable por el hecho de que Cristo no sufrió por sí mismo, ni tampoco meramente como ejemplo, sino en lugar nuestro. Este acto, por decir lo menos, trasciende toda capacidad humana. Ningún santo puede jactarse de igualar este ejemplo, ni decir que sufrió por otro como Cristo sufrió por nuestros pecados. No; aquí toda jactancia queda sumariamente descartada. En cuanto a la expiación, Cristo no nos dejó ejemplo, porque nadie puede imitarlo en eso. En eso él está solo. Él solo fue llamado a sufrir por todos los hombres: por los individuos ahora llamados y santos, y por los todavía no llamados y pecadores.

13 La expiación es el artículo principal, el más excelso, de la doctrina cristiana. Solo la fe la aprehende como el bien supremo, la mayor bendición de nuestra salvación, y reconoce que no podemos, por nuestras obras ni por nuestros sufrimientos, hacer ni merecer nada para expiar el pecado. La manera en que la Escritura presenta este tema nos prohíbe añadirle cualquier cosa de origen humano. Pero así lo ha hecho el maldito papado en las enseñanzas de sus columnas y sostenes, los monjes, que consideran los sufrimientos de Cristo como un mero ejemplo para nosotros. Pervierten y vuelven irrelevante el hecho de que él sufrió por nosotros; ponen toda la responsabilidad sobre nosotros mismos, como si nosotros, por nuestras propias obras o nuestro sufrimiento, hubiéramos de dar satisfacción por nuestros pecados, aplacar la ira de Dios y merecer la gracia. Esta es una doctrina que no se halla en la Palabra de Dios, sino que pertenece a sus enseñanzas humanas triviales, escogidas por ellos mismos, inventadas por ellos mismos y falsas.

14 Han llevado sus inventos mentirosos y sin valor hasta el extremo de atribuir a los santos no solo suficientes méritos adquiridos para su propia salvación, sino un gran excedente acumulado disponible para otros, que han legado al papa, proveyéndole así un abundante tesoro. El papa, mediante las indulgencias, ha de distribuir este exceso, estos méritos superfluos, como bien le parezca, sacando al mismo tiempo para sí y para sus cerdos engordados y tonsurados las riquezas del mundo; en verdad, los eclesiásticos distribuyen sus propios méritos y obras. Esta es la refinada castidad, pobreza y rígida obediencia monástica de las órdenes: nada sino falsedad desvergonzada y vicio escandaloso, practicados bajo esa cubierta, tanto en privado como en público, con excepción de unos pocos que deseaban sinceramente ser monjes, de los cuales yo fui uno. Estas falsedades las órdenes las vendían prestamente a los laicos en su lecho de muerte, y en otras circunstancias.

En verdad, a los desdichados mortales que habían incurrido en pena de muerte y estaban a punto de ser ejecutados públicamente, no los remitían a Cristo para consuelo, sino que les aconsejaban paciencia en su propio sufrimiento y muerte bien merecidos; como si Dios fuera a aceptar su dolor como expiación de sus pecados con tal que sufrieran con paciencia. Comprar méritos era la doctrina principal de los eclesiásticos, su punto más fuerte. La proclamaban sin temor en público, y por su influencia erigieron numerosas iglesias y claustros y saciaron la avaricia y la codicia del papa. Y yo también, ay, fui uno de esos bribones hasta que Dios me libró. Y ahora, alabado sea Dios, soy execrado y condenado por la sede infernal del dragón romano con sus escamas, porque ataqué esta doctrina papal y no quise darle mi aprobación.

15 ¡Oh, vergonzosa abominación, que en el templo de Dios y en la Iglesia cristiana se deban enseñar y recibir cosas que vuelven del todo insignificantes los sufrimientos y la muerte de Cristo! ¡Dios misericordioso! ¿Qué se puede decir a favor del mérito humano, del exceso de mérito humano, cuando ni un solo santo en la tierra ha sufrido, con todas sus penas, lo bastante para cancelar sus propias deudas; mucho menos para tener derecho al honor de hacer que sus sufrimientos valgan algo ante el tribunal de Dios, a modo de retribución o satisfacción por los pecados mortales de otros frente a la ira divina? Fíjate: Pedro dice que Cristo nos dejó ejemplo para que sigamos sus pisadas; lo cual equivale a concluir que ningún santo ha hecho ni sufrido jamás lo suficiente para justificar la pretensión: «He cumplido la medida, he llegado al límite; Cristo ya no es ejemplo ni modelo para mí». No; el santo debería avergonzarse de jactarse de sus sufrimientos en comparación con los de Cristo, y debería regocijarse en el privilegio de ser partícipe del dolor divino, de compartirlo hasta donde pueda, y así ser hallado en las pisadas de Cristo.

16 El tema de la pasión de Cristo, pues, debe estar muy por encima de cualquier otro. Sus sufrimientos son como oro puro y precioso, en comparación con el cual los nuestros no son nada. Nadie sino Cristo ha sufrido por los pecados de otro. Ningún hombre ha pagado jamás el precio de sus propios pecados, grandes o pequeños. Aun si el sufrimiento del hombre pudiera valer algo por el pecado, el individuo no podría ir más allá de expiar sus propios pecados. Pero Cristo no tenía ninguna necesidad de sufrir por sí mismo; pues, como sigue en el texto, no había cometido pecado. Sufrió para dejarnos ejemplo, pero también para traer al hombre la gran bendición de poder decir: «Mis pecados y los pecados de todo el mundo fueron expiados en la cruz, borrados por la muerte de Cristo». Pedro, María, Juan el Bautista y toda alma nacida de mujer deben incluirse a sí mismos en esta afirmación, v. 21: Cristo padeció también por vosotros.

17 En tercer lugar, Cristo se destaca por encima de todos los demás en la afirmación de Pedro, citada de Isaías 53:9:

V.22. «El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca».

18 Puedes sacar tus propias conclusiones sobre la eminencia de alguien así; pues ciertamente no se hallará ningún otro ser humano que no haya pecado alguna vez de palabra o de obra. «Si alguno no ofende en palabra, este es varón perfecto», dice Santiago 3:2. Pero ¿dónde está ese varón perfecto, y cómo se llama? Es este Cristo, y solo él entre todos, debió haber añadido Santiago. Pues Pedro excluye a todos los demás individuos, en una sola clase, diciendo: «Erais como ovejas descarriadas». Y más adelante (cap. 3:18) nos dice claramente: «Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos». Esta afirmación no deja a ningún hombre inocente de pecado, ni de palabra ni de obra; y en palabra y obra queda incluida toda la vida del hombre. El habla y la acción se asocian en diversos pasajes de la Escritura; como en el Salmo 34:13-14: «Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño. Apártate del mal, y haz el bien». Pero en el habla es donde hay mayor riesgo de error. Al enseñar, aconsejar, exhortar, consolar y reprender, y al confesar la verdad, no se hallará, en efecto, a nadie tan perfecto en sus expresiones que nunca cometa un desliz.

19 Pero Cristo es el único ejemplo perfecto en este aspecto. Es imposible que los santos alcancen su ausencia de falta. Ciertamente ningún hombre, a menos que quiera ser un mentiroso y un verdadero discípulo del diablo en vez de un hijo de Dios y un cristiano fiel, será tan presuntuoso como para ponerse en igualdad con Cristo, ni se atreverá a jactarse de estar sin pecado en palabra y obra. Solo Cristo ha padecido, el justo por los injustos; esa prerrogativa puede atribuirse honrosa y verdaderamente solo a Cristo el Señor, y es suya perpetuamente. Ningún hombre es justo e inocente en palabra y obra. Todos deben confesar que sus sufrimientos, de cualquier naturaleza, son el resultado de sus propios pecados y un castigo bien merecido. Por haber escapado de la ira eterna, la condenación y el castigo de Dios, deben dar gracias solo a este justo, quien, siendo él mismo irreprensible, sufrió voluntariamente para dar satisfacción por los injustos y aplacó la ira de Dios. Los sufrimientos de todos los santos, pues, deben valorarse muy por debajo de los de Cristo el Señor. Los santos deben vestirse y adornarse con la inocencia de él, y con toda la Iglesia cristiana orar: «Perdónanos nuestras deudas»; y deben confesar el artículo: «Creo en el perdón de los pecados».

20 Ahora resumamos los tres argumentos que usa Pedro al exhortar a los cristianos a la paciencia en el sufrimiento. Primero: dice, v. 21: Pues para esto fuisteis llamados. Aunque tengáis que sufrir mucho y duramente, tenéis siempre delante el ejemplo de Cristo, hasta cuyo límite de sufrimientos nunca podréis llegar. No os es lícito jactaros ni siquiera si hubierais sufrido todo. Además, estáis obligados a sufrir por amor de Dios. Segundo: Cristo no sufrió por sí mismo, ni por necesidad; sufrió por vosotros, y todo por buena voluntad hacia vosotros. Tercero: era del todo inocente, libre de pecado, interiormente, en el corazón, y exteriormente, en palabra y obra. Pues donde el mal habita en el corazón, no puede permanecer oculto mucho tiempo. Tiene que manifestarse en palabras, por lo menos. Cristo dice (Mt 12:34): «De la abundancia del corazón habla la boca».

21 Entonces, ¿por qué habrías de quejarte de tu sufrimiento o negarte a sufrir lo que tus pecados realmente merecen? En verdad, mereces mucho más de lo que recibes: incluso sufrimiento eterno. Pero Dios te perdona y remite el castigo eterno por amor de Cristo el Señor, deseando que soportes con paciencia el sufrimiento menor para la total mortificación de los pecados inherentes a tu carne y sangre. Para hacerte menos penosa esa suerte, Cristo ha ido delante y te ha dejado ejemplo de perfecta paciencia bajo el más intenso sufrimiento, un ejemplo que no tiene igual en el mundo. La Suprema Majestad, el propio Hijo de Dios, sufrió de la manera más ignominiosa el extremo de la tortura, del dolor y de la angustia en cuerpo y alma, algo intolerable para la mera naturaleza humana; y eso inocentemente, y por nosotros, pecadores condenados, padeciendo por los pecados de extraños.

V.23. «Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba».

22 Para subrayar aún más y hacer eficaz en nosotros el ejemplo de la paciencia de Cristo, Pedro procede a analizarlo, a mostrarlo bajo su verdadera luz, a mencionar los detalles y a dejar claro en qué se distingue de cualquier otro ejemplo de sufrimiento. Ya nos ha dicho que Cristo no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca. ¿Por qué, entonces, lo persiguieron los judíos y lo crucificaron, lo mataron? Indaga en toda la historia de su vida y hallarás que nadie podía acusarlo con justicia, ni convencerlo de pecado alguno. Él mismo desafió a sus enemigos a probar algún pecado en él. Nadie pudo mostrar un daño que hubiera hecho jamás a alguien, ni un mal que hubiera enseñado o practicado. Al contrario, había ido por todas partes para traer a la nación judía la gracia y la salvación de Dios. Había revelado la Palabra de Dios, abierto los ojos de los ciegos, sanado a los enfermos, echado fuera demonios, alimentado a grandes multitudes hambrientas y sin alimento. En suma, en toda su vida no hubo en palabra ni en obra nada sino verdad, bondad, beneficencia y una disposición a ayudar. En pago del bien que hizo, se vio obligado a recibir la ingrata recompensa del odio y la condenación de los hombres. Sus enemigos se movían solo por un odio obstinado y diabólico, y no pudieron cesar en sus persecuciones hasta llevarlo a la cruz, donde fue colgado vergonzosamente desnudo entre dos asesinos, levantado como indigno de tocar la tierra y de vivir entre los hombres.

23 Cristo no tenía ninguna obligación de soportar la deshonra y el maltrato. Habría podido abstenerse de sus benévolos ministerios cuando vio la inutilidad de sus esfuerzos con los judíos. Pero no lo hizo así; aun en sus sufrimientos en la cruz oró caritativamente por sus enemigos. Tenía autoridad, tenía poder suficiente, y habría estado justificado en hacerlo, si se hubiera vengado de sus furiosos enemigos, invocado el mal sobre ellos y execrado como merecían ser execrados; pues lo habían tratado con grosera injusticia delante de todo el mundo, como admitieron incluso el testimonio de su traidor y de su juez y de todas las criaturas, y lo habían injuriado amargamente cuando colgaba de la cruz. Pero no hizo nada de eso. Soportó con inefable mansedumbre y paciencia todo el maltrato que sus enemigos pudieron amontonar sobre él. Aun en el extremo de su angustia, intercedió benévolamente por ellos ante su Padre celestial, acto al cual el profeta Isaías (cap. 53) ofrece un tributo de alta alabanza.

24 Fíjate: tenemos aquí en todos los aspectos un ejemplo perfecto e inimitable de paciencia, una paciencia de la clase más elevada. En este ejemplo podemos contemplar como en un espejo lo que aún nos falta aprender de la serena resistencia, y así sentirnos impulsados a imitar ese ejemplo, siquiera en pequeña medida.

25 No sin razón aplaude Pedro que Cristo, cuando le maldecían, no respondía con maldición, y cuando padecía, no amenazaba. Aunque soportar una violencia e injusticia inmerecidas ya es bastante duro, lo que más que cualquier otra cosa hace naturalmente penoso el sufrimiento y vuelve impacientes a los hombres es experimentar la monstruosa injusticia de recibir la ruin y molesta recompensa de la ingratitud de parte de personas que han disfrutado de nuestros favores y de nuestros mayores beneficios. La baja ingratitud es extremadamente dolorosa de soportar para la naturaleza humana. Hace palpitar el corazón y hierve la sangre con espíritu de venganza. Cuando no se presenta otra salida, sigue un estallido de injurias, execraciones y amenazas. La carne y la sangre no tienen la fuerza de contención necesaria para permanecer serenas cuando se devuelve mal por favores y benevolencia, y para decir: «Gracias sean dadas a Dios».

26 Mira, sin embargo, el ejemplo de Cristo, y aprende allí a censurarte a ti mismo. Amado, ¿cómo puedes quejarte cuando ves cuánto más infinitamente grande fue el dolor y cuánto más penosa la angustia que soportó tu amado Señor y fiel Salvador, el Hijo de Dios mismo, quien sin embargo lo soportó todo con paciencia y sumisión y, más aún, oró por los que fueron instrumento de esa agonía? ¿Quién, con una sola gota de sangre cristiana en el corazón, no se sonrojaría de vergüenza de ser culpable de murmurar por sus sufrimientos cuando, ante Dios, es tan pecador y merece mucha más aflicción? Siervo malo, inútil y condenado debe de ser quien no sigue el ejemplo de resistencia de su Señor, sino que presume creerse mejor y más noble que Cristo; quien con espíritu hostil murmura, quejándose de gran injusticia, cuando en realidad merece aflicción y cuando sufre infinitamente menos que su querido, justo e inocente Señor. Amado, si Cristo sufrió así en pago del gran bien que otorgó, no seas demasiado perezoso para imitarlo en cierto grado sufriendo sin ira y sin reproches. Menos razón tienes para airarte y reprochar, por el hecho de que tú también fuiste uno de aquellos cuyos pecados llevaron a Cristo a la cruz.

27 Pero dirás: «¿Cómo? ¿No injurió Cristo cuando (Mt 23) llamó a los escribas y fariseos hipócritas, asesinos, serpientes, generación de víboras, y los reprendió aún más severamente?». Respondo: Oh, sí, con gusto seguiríamos aquí el ejemplo de Cristo; podríamos injuriar y acusar alegremente. Es mucho más fácil que ser pacientes. No necesitaríamos ningún Maestro que nos ayudara en esto. Pero fíjate en lo que dice Pedro: cuando Cristo estaba a punto de sufrir la muerte, habiendo cumplido la obligación de su ministerio, habiendo proclamado la verdad, reprendido la falsedad y sido llevado a la cruz por ello, y estando a punto de concluir su misión padeciendo, no maldijo; como oveja para el matadero, se dejó ejecutar y no abrió su boca contra sus calumniadores y asesinos. Véase Isaías 53:7.

28 Es necesario, pues, hacer aquí una distinción. Injuriar, o pronunciar execraciones y amenazas, es de dos clases. En un caso es oficial y pronunciado por Dios; en el otro, sin autoridad y procede del hombre. Era uno de los deberes del oficio de Cristo en la tierra, y uno que ahora incumbe a los llamados a ejercer ese oficio después de él, afirmar la verdad y censurar el mal. Tal proceder es esencial para el honor de Dios y la salvación de las almas; pues si se ignorara la verdad, ¿quién vendría a Dios? El castigo oficial es una obra del amor divino y cristiano. Es un deber paterno impuesto por Dios. Dios ha implantado en la naturaleza de los padres un intenso amor por el hijo; al mismo tiempo, si los padres son piadosos y tienen el debido afecto a sus hijos, no consentirán la desobediencia de estos ni la dejarán pasar sin castigo. Deben castigar, tanto con reprensión como con varas agudas. Estos son golpes oficiales, azotes de amor, ordenados por Dios, y aplicarlos es nuestro deber. No son dañinos, sino provechosos. Salomón dice (Pr 13:24): «El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige». Y Jesús, hijo de Sirac, dice en el Eclesiástico: «El que ama a su hijo le hace sentir a menudo la vara, para que al final tenga gozo de él».

29 Así, todos pueden, y deben, reprender cuando lo exijan el deber oficial o el caso de su prójimo; sirve para reformar al reprendido. Citando otra vez a Salomón (Pr 27:6): «Fieles son las heridas del que ama; pero importunos los besos del que aborrece» [engañosos]. Las reprensiones y los azotes movidos por el amor y un corazón fiel son provechosos. En cambio, un enemigo puede usar palabras suaves y lisonjeras cuando tiene enemistad y engaño en el corazón, prefiriendo dejarte ir a la ruina antes que advertirte del peligro con una suave reprensión y rescatarte de la destrucción. El médico fiel y concienzudo debe con frecuencia, por necesidad y con gran dolor del paciente, amputar un miembro para salvar el cuerpo.

También Pablo manda a los obispos piadosos que insistan a tiempo y fuera de tiempo; que redarguyan, reprendan, exhorten, con toda paciencia. 2 Ti 4:2; Tit 2:15. Con nuestro silencio, recomendar o animar al mal a quien obra mal no sería manifestar amor al ofensor, sino más bien entregarlo por completo a la muerte y al diablo.

30 Fue este amor y sinceridad de corazón lo que movió a Cristo, en su oficio, a censurar y reprender, por lo cual no mereció sino ira y odio; como decimos, buscó sus azotes. Pero el deber de su oficio exigía tal acción de su parte. Su motivo era apartar a los transgresores de su ceguera y malicia, y rescatarlos de la perdición; y no podía ser disuadido por la persecución, la cruz y la muerte que por ello le aguardaban. Pero, habiendo cumplido sus deberes oficiales y llegada la hora de su sufrimiento, padeció con paciencia, permitiendo que sus enemigos amontonaran sobre él todo el mal posible en pago del amor y las bendiciones que había manifestado. En lugar de injuriar y execrar con ira, mientras suspendido de la cruz soportaba las más vergonzosas calumnias, él, con gran clamor y lágrimas, oró: «Padre, perdónalos». Era, en verdad, un corazón de amor insondable el que, en medio del sufrimiento extremo, tuvo compasión de sus perseguidores y los bendijo en mayor medida de lo que un padre puede bendecir a un hijo o un individuo a otro.

31 Observa, pues, la distinción entre la censura y la reprensión oficiales y las no oficiales; la primera está movida por el amor, la segunda por la ira y el odio. El mundo, sin embargo, es lo bastante artero y astuto, cuando oye esta distinción, para pervertir y confundir las dos, ejerciendo su propia venganza bajo el nombre de celo oficial y de reprensión. Por ejemplo, si un predicador está dispuesto a obrar como bribón, puede desahogar fácilmente su ira personal y su venganza en sus palabras desde el púlpito, censurando y reprendiendo a su antojo, y luego alegar que todo es en obediencia a lo que exige el oficio y para el bien del pueblo.

Asimismo, un juez, un alcalde u otro funcionario destacado que desee vengarse para satisfacer un rencor personal puede lograr su objeto con más éxito bajo el título del cargo que ostenta y de las obligaciones que se le imponen para el castigo de los malos que de cualquier otra manera. Esta práctica se da ahora con frecuencia desde que el mundo ha aprendido a usar el Evangelio para encubrir su malicia y su bellaquería, y a adornarla con el nombre de un oficio establecido por Dios. Siempre usa el nombre y la Palabra de Dios para encubrir su infamia. Pero ¿quién es lo bastante vigilante para eludir tal bellaquería y hacer honrados a los hijos del diablo? Que quien quiera ser cristiano, pues, cuide cómo responderá a semejante acusación. Ciertamente Dios no se dejará engañar. A su debido tiempo aliviará a la víctima inocente de la injusticia, y su castigo alcanzará a los malos. Pedro dice además:

V.23. «sino encomendaba la causa al que juzga justamente».

32 ¿Quién reveló a Pedro la naturaleza de los pensamientos de Cristo en la cruz? El apóstol acaba de decir que Cristo no maldecía ni pensaba en venganza, sino que manifestaba amor y buena voluntad hacia sus virulentos enemigos. ¿Cómo habría podido Cristo aprobar tal malicia? En verdad no podía respaldarla. Ni podía elogiar a sus enemigos por crucificarlo y darle muerte en la cruz sin causa. No se puede sacar tal conclusión. El diablo y sus seguidores no deben interpretar el pasaje como licencia para amontonar toda clase de tortura y angustia sobre Cristo y sus santos, como sobre quienes no solo deben soportar estas cosas con paciencia, sin dejarse mover por deseos de venganza, sino que deben dar gracias a sus perseguidores como si sus actos fueran dignos de alabanza. No; esto de ningún modo puede permitirse. ¿Podría decirse que sufro inocentemente si me veo obligado a confesar que se me trata bien? Varias veces en esta epístola Pedro exhorta a los cristianos a no padecer como malhechores, ladrones, asesinos. Pero si sufro inocentemente y soy tratado con injusticia, no debo justificar el maltrato ni fortalecer al enemigo en sus pecados; pues, haciéndolo, aprobaría su conducta y asumiría la culpa que se me atribuye. Ese principio sería grato al papa, al diablo y a los tiranos; con gusto lo verían imponerse. No les basta ni siquiera con asesinar al inocente; preferirían ser justificados en su acción, que confesemos haber obrado mal. Pero eso es algo que ningún corazón cristiano hará; puede dejarse al diablo.

33 Pero los papistas dirán: «Sin embargo, está escrito: Debéis sufrir y no maldecir; debéis dar gracias a Dios por la persecución y orar por vuestros enemigos». Eso es verdad; pero una cosa es sufrir con paciencia, deseando mientras tanto el bien a tus enemigos y orando por ellos, y muy otra justificarlos en su conducta. No debo dejar de confesar la verdad y de mantener mi inocencia, tanto de corazón como con mis labios. Pero si los hombres no aceptan mi palabra, mi corazón debe decirme que he sufrido injusticia. Antes soportaría diez muertes, si mis enemigos pudieran infligirlas, que condenarme a mí mismo violando mi conciencia. Así, cuando Pedro hizo esta breve declaración sobre Cristo, que no maldecía ni amenazaba, lo cual era verdad, no quiso decir que Cristo justificara a sus perseguidores en su trato hacia él. Pero ¿qué hemos de hacer? Si no justificamos a nuestros enemigos cuando nos hacen sufrir, nos harán cosas aún peores; pues desean el nombre y el crédito, a los ojos del mundo, de haber obrado bien con nosotros. Sí, como Cristo dijo en alguna parte, querrían que se pensara que prestan gran servicio a Dios matándonos. Ahora bien, ¿quién ha de juzgar y decidir la cuestión?

34 Pedro declara que Cristo encomendó la causa al que juzga justamente. ¿Cómo habría de hacer otra cosa, sabiendo que sus perseguidores lo trataban injustamente y sin embargo sostenían lo contrario? Para él no había juez en la tierra. Se vio obligado a encomendar la causa a ese juez justo, su Padre celestial. Bien sabía que tales pecados y blasfemias no podían quedar sin castigo. No, la sentencia ya estaba dictada, la espada afilada, las órdenes dadas a los ángeles, para la destrucción de Jerusalén. Antes de sus sufrimientos, camino de Jerusalén, cuando Cristo contempló la ciudad, anunció su condenación venidera y lloró sobre ella. Por eso ora por sus enemigos, diciendo: «Amado Padre, debo encomendarte la causa, puesto que ellos se niegan a oír y a ver el mal que hacen. Bien sé que corren hacia tu ira y tu terrible castigo, pero te ruego que les perdones lo que me hacen». Y así habrían sido perdonados si después se hubieran arrepentido con la predicación de los apóstoles, y si no hubieran pecado más persiguiendo la Palabra de Dios y atrayendo así sobre sí mismos, impenitentes, el castigo final.

CRISTO, NUESTRO EJEMPLO EN EL SUFRIMIENTO.

35 Observa: como hizo Cristo, así debemos conducirnos nosotros en nuestros sufrimientos; sin aprobar ni consentir cuanto se amontone sobre nosotros, pero sin buscar venganza. Hemos de encomendar la causa a Dios, que juzgará con rectitud. No podemos defender nuestros derechos ante el mundo; por eso debemos encomendar nuestra causa a Dios, que juzga justamente y que no dejará sin castigo la calumnia contra su Palabra ni la persecución de los creyentes. Sin embargo, debemos orar por nuestros perseguidores, para que se conviertan y escapen de la ira y el castigo venideros; y así lo hacemos. Si es posible que algunos de los obispos y otros tiranos perseguidores del Evangelio se conviertan, oraremos de corazón y desearemos que su conversión se realice. Pero si es imposible, como ahora, ay, se teme, pues después de haber sido muy amonestados y de que se haya orado por ellos a menudo, y habiendo gozado de las mejores ventajas, se enfurecen a sabiendas contra la verdad conocida; si es así, entonces debemos encomendarlos al juicio de Dios. ¿Qué más podemos hacer?

Estoy persuadido de que la intolerable persecución y calumnia del Evangelio que hoy prevalece no puede pasar impune. Tiene que encontrar al fin el juicio que viene sobre el papado y sobre Alemania. De esto no puede haber duda. Pero a nosotros nos toca seguir predicando, orando, amonestando y suplicando, con la esperanza de lograr el arrepentimiento. Entonces, si nuestros enemigos todavía se niegan a apartarse de sus malos caminos, si perecen en su impenitencia, ¿qué podemos hacer sino decir: «Amado Dios, te encomendamos la causa. Tú los castigarás; en verdad puedes hacerlo de la manera más terrible»?

36 Tal es, fíjate, el ejemplo de Cristo, presentado a toda la Iglesia cristiana, erigido como modelo para ella. Por tanto, es deber de la Iglesia, como Pedro nos dice en otro lugar, armarse del mismo pensamiento que hubo en Cristo, sufrir como Cristo sufrió y pensar: Si Cristo, mi Señor y Guía, ha sufrido por mí con tanta mansedumbre y paciencia, ¡cuánta más razón tengo yo para someterme al sufrimiento! ¿Y qué daño puede hacerme sufrir cuando sé que es la voluntad de Dios? No porque el sufrimiento en sí sea tan perfeccionador y precioso, sino por amor del querido Salvador que sufrió por mí. Sé también que mis perseguidores cometen así las más abominables faltas contra Dios y se atraen su ira y su castigo. Entonces, ¿por qué habría de impacientarme o desear venganza? Ya estoy demasiado honrado por Dios en el hecho de que mis sufrimientos cuentan con su aprobación y de que él me vengará perfectamente de mis enemigos. ¿De qué me serviría que ellos ardieran eternamente en el infierno? Antes bien oraré y haré todo lo posible por su conversión. Si fracaso y ellos están decididos a persistir en su camino, debo llevar el asunto ante Dios, debo encomendárselo.

V.24. «Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia».

37 La de Pedro es la verdadera predicación sobre la pasión de Cristo. No enseña solo el mérito de los sufrimientos de Cristo, sino que introduce ambos temas: su eficacia y su ejemplo. Tal es también la costumbre de Pablo. En este versículo Pedro presenta los sufrimientos de Cristo a la luz de un sacrificio por el pecado. Constituyen una obra aceptable a Dios como satisfacción por los pecados de todo el mundo y eficaz para reconciliarlo con los hombres. Tan grande es la ira de Dios contra el pecado que nadie sino aquel eterno, el Hijo de Dios, podía apartarla. Él mismo tuvo que ser el sacrificio, que permitir que su cuerpo fuera clavado en la cruz. La cruz fue el altar sobre el cual el sacrificio fue consumido, enteramente quemado, en el fuego de su insondable amor. Tuvo que ser su propio sumo sacerdote en este sacrificio; pues ningún mortal terrenal, siendo todos pecadores e impuros, podía ofrecer a Dios el sacrificio de su amado e íntegramente sin pecado Hijo; a pesar de la jactancia de los sacerdotes del Anticristo respecto de sus misas. Ahora bien, por el único sacrificio del Hijo de Dios, nuestros pecados son remitidos y obtenemos gracia y perdón; y este hecho no puede captarse de otro modo que por la fe.

38 Pedro menciona el objeto último del sacrificio divino hecho por nosotros, lo que logró en nosotros, el fruto que la pasión de Cristo ha de dar; pues no quiere que la Iglesia cristiana pase por alto ese punto ni descuide predicarlo. Cristo, nos dice, tomó sobre sí nuestros pecados, sufriendo la pena. Por tanto, solo Cristo tiene derecho a ser llamado sacrificio por todos nuestros pecados. No estaba dispuesto, sin embargo, que después del sacrificio permaneciéramos como antes; al contrario, el propósito era obrar finalmente en nosotros libertad de los pecados, hacer que ya no vivamos para el pecado sino para la justicia. Ahora bien, si en Cristo nuestros pecados son sacrificados, son puestos a muerte, borrados; pues sacrificar significa degollar, matar. Bajo la dispensación del Antiguo Testamento, todos los sacrificios debían presentarse a Dios muertos. Ahora bien, si nuestros pecados son puestos a muerte, no se quiere decir que hayamos de vivir en ellos.

39 Por eso la doctrina salvadora del perdón de los pecados y de la gracia de Cristo no puede interpretarse de modo que admita que continuemos en la vida antigua y sigamos nuestros propios deseos. Según Pablo (Ro 6:1-8), gozar de la gracia y del perdón de los pecados no da licencia para vivir en el pecado. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? El mismo hecho de que podamos ser tenidos por muertos a los pecados significa que estos ya no pueden vivir y reinar en nosotros. En el santo cuerpo de Cristo fueron estrangulados y muertos expresamente para que también fueran muertos en nosotros.

40 Cuida, pues, lo que crees y cómo vives, para que la eficacia de los sufrimientos de Cristo se cumpla manifiestamente en ti. Si, por la fe, has aprehendido rectamente su sacrificio, su virtud se mostrará en el sometimiento y la mortificación de tus pecados, así como ya están muertos y sepultados por su muerte en la cruz. Pero si sigues viviendo en pecados, no puedes decir que estén muertos en ti. Solo te engañas a ti mismo, y tu propio testimonio es falso cuando te jactas de Cristo, en quien todos los pecados son puestos a muerte, si el pecado permanece vigoroso en ti. Concluimos naturalmente que es incongruente que el pecado esté muerto en nosotros y sin embargo vivo; que estemos libres del pecado y sin embargo cautivos o aferrados a él. Este hecho ya se ha señalado suficientemente.

41 A nosotros nos corresponde, dice Pedro, no solo creer que Cristo, mediante el sacrificio de su propio cuerpo, ha dado muerte al pecado y nos ha liberado de él, cosa que los sacrificios combinados de todos los cuerpos mortales nunca habrían podido lograr, sino, habiendo sido muerto el pecado por él, procurar librarnos más y más del dominio del pecado en nuestros cuerpos y vivir de ahora en adelante para la justicia, hasta que seamos completa y finalmente librados del pecado por la muerte. Por tanto, si antes de creer en Cristo eras adúltero, avaro, codicioso, maldiciente, debes considerar ahora todos estos pecados como muertos, estrangulados por Cristo; el beneficio es tuyo por la fe en su sacrificio, y tus pecados deben cesar de aquí en adelante de reinar en ti. Si no has recibido así el sacrificio, no puedes jactarte de Cristo ni de la fe. Aunque Cristo haya muerto por ti, aunque tus pecados hayan sido puestos sobre él y tenidos por muertos, todavía no estás libre de esos pecados si no deseas estarlo, si no aprehendes por la fe a Cristo y su bendición, ni sigues su ejemplo en tu vida y conducta.

42 Ahora dirás: «Pero enseñas que todos somos pecadores, que no hay ni siquiera un santo en la tierra sin pecado. Y ciertamente debemos confesar el artículo: "Creo en el perdón de los pecados", y debemos orar: "Perdónanos nuestras deudas"». Respondo: con toda seguridad nunca alcanzarás aquí en la tierra una perfección sin pecado; si así fuera, no necesitarías ya de la fe ni de Cristo. Al mismo tiempo, no se pretende que sigas como eras antes de obtener el perdón de los pecados por la fe. Hablo de los pecados conocidos en los que se persiste a sabiendas, a pesar de la reprensión y la condenación de la conciencia. Estos deben estar muertos en ti; en otras palabras, no han de gobernarte, sino que tú has de gobernarlos, resistirlos, emprender su mortificación. Y si de vez en cuando fallas, si tropiezas, debes levantarte de inmediato, abrazar el perdón y renovar tu empeño en mortificar tus pecados.

V.24. «Por cuya herida fuisteis sanados».

43 Parece como si Pedro no pudiera exaltar y hacer suficientemente impresionantes los sufrimientos de Cristo. Trae casi todo el capítulo cincuenta y tres de Isaías en el intento. Fíjate cómo, en cuanto a la eficacia de las obras, introduce siempre significativamente los dos temas a la vez, cómo distingue cuidadosamente entre realizar obras humanas en obediencia al ejemplo de Cristo y recibir por la fe el mérito de la obra de Cristo. Primero tenemos: «Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero… por cuya herida fuisteis sanados». Esta es la parte vital de nuestra salvación. Solo Cristo pudo cumplir la obra por completo. Esta doctrina debe enseñarse en su pureza y sencillez, y así debe ser creída, en oposición al diablo y sus facciones. Solo así podemos mantener el honor y el oficio de Cristo, en el cual está anclada nuestra salvación. Pero la segunda parte de la doctrina no debe pasarse por alto. Hay falsos cristianos que aceptan solo la primera parte y no hacen esfuerzo alguno por reformarse; pero, liberados de nuestros pecados y en estado de salvación, no podemos volver a contaminarnos con ellos. Donde estos dos principios de la doctrina cristiana no se mantienen en su debida relación, se sigue daño para la verdad en dos aspectos: los que se ocupan solo de sus propias obras corrompen la verdadera doctrina de la fe; los que descuidan seguir el ejemplo de Cristo retardan la eficacia y el fruto de esa fe.

V.25. «Porque vosotros erais como ovejas descarriadas».

44 Aquí Pedro señala de manera franca y clara el hecho que he expuesto, que la liberación del pecado y de la muerte no fue obra de nuestras obras y méritos, sino solo de las heridas y la muerte de Cristo. El perdón no os costó nada, enseña Pedro; ni sangre ni heridas. Erais impotentes en este sentido. Erais solo ovejas miserables, extraviadas, perdidas, separadas de Dios, condenadas al infierno e incapaces de aconsejaros o ayudaros a vosotras mismas. En esa misma condición están todos los que están fuera de Cristo. Como dice con más claridad el profeta Isaías en el capítulo del cual están tomadas estas palabras (v. 6): «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino». Es decir, cualesquiera que fueran nuestras vidas, cualquiera que fuera nuestra intención, no hacíamos sino alejarnos más de Dios. Como está escrito (Sal 14:3): «Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno».

45 Que los hombres son propensos a descarriarse como ovejas se muestra claramente en su conducta; la historia lo prueba. Siempre ha ocurrido que, cuando la humanidad estaba dividida en diversas idolatrías o falsos servicios a Dios, en supersticiones numerosas y variadas, incluso cuando el pueblo de Dios creía haber alcanzado la perfección de la santidad, entonces uno corría hacia aquí y otro hacia allá, buscando y buscando siempre dar con el camino al cielo, pero alejándose más y más de él. Era exactamente el caso de la oveja que se aparta del rebaño y se pierde para el pastor: cuanto más corre y más sigue la voz de extraños, más se descarría. Sigue vagando y huyendo hasta que finalmente perece, a menos que vuelva a oír la voz del pastor. Que nadie, pues, se atreva a jactarse de haber hallado por sí mismo el camino recto al cielo, de haber merecido la gracia de Dios y el perdón de los pecados por su manera de vivir. Todos los hombres deben confesar la verdad del testimonio de la Escritura, que no éramos sino ovejas extraviadas, huyendo cada vez más lejos de nuestro Pastor y Salvador, hasta que él nos hizo volver a sí.

V.25. «Pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas».

46 Ahora habéis oído la voz de vuestro Pastor, que os ha hecho volver a sí desde vuestros caminos errados e idólatras. No fue vuestro propio esfuerzo el que logró vuestro regreso; se cumplió a costa de las heridas y la sangre derramada de vuestro Pastor. Cuidad, pues, diría Pedro, de no vivir como ovejas extraviadas y perdidas; sino, convertidos, vueltos atrás, seguid a vuestro amado Salvador. En él tenéis un piadoso Pastor que fielmente os apacienta y cuida de vosotros; y también un leal Obispo que siempre vela por vosotros y os guarda, sin permitir que os extraviéis.

47 Inmensamente misericordiosas y consoladoras son estas palabras. Pero el significado de la palabra «obispo» ha sido miserablemente oscurecido y pervertido por nuestros sacerdotes idólatras y farsantes episcopales. Asimismo han pervertido y corrompido los términos «eclesiásticos», «Iglesia», «servicio divino», «sacerdote», etc., con su dominio anticristiano. Solo tienen derecho al nombre de «eclesiástico» los que han sido redimidos de sus pecados por las heridas de Cristo y que viven vidas santas. Pero los papistas les han quitado el nombre a los verdaderos cristianos y lo han aplicado a los ungidos y rapados del papa. Y de nuevo, cuando oímos la palabra «obispo» pensamos solo en grandes gorros puntiagudos y en báculos de plata. ¡Como si bastara poner en la Iglesia tales máscaras, tales ídolos tallados y labrados! Pues no son nada mejor; de hecho, hacen más daño.

Según las Escrituras, un verdadero obispo es un supervisor, un guardián, un vigía. Es semejante al padre de familia, al centinela de la ciudad, o a cualquier funcionario judicial o regente que ejerce constante vigilancia sobre los asuntos del Estado o del municipio. Antiguamente había obispos en cada parroquia, que recibían su nombre del hecho de que su oficio requería supervisar la Iglesia y guardarla contra el diablo, contra las falsas doctrinas y toda clase de ofensas. También Pablo (Hch 20:28) recuerda a los obispos su oficio, diciendo: Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos [supervisores]. Y supervisores deberían seguir siendo los obispos, como lo son de hecho todos los predicadores piadosos y cuidadores de almas. Pero en todo el papado el oficio no es ahora sino un mero nombre, para pecado y vergüenza de toda la Iglesia cristiana.

48 Ahora bien, Cristo nuestro Señor es ese fiel Guardián, ese verdadero Obispo, que por encima de todos los demás tiene derecho al nombre (en él oficio y nombre son idénticos), y que lo lleva con el debido honor, para nuestra felicidad eterna. Pues, estando a la diestra de Dios y mostrando sus heridas, intercede sin cesar por nosotros ante el Padre; y además, en la tierra gobierna, sustenta, alimenta y protege, por su Palabra, sus sacramentos y la eficacia del Espíritu Santo, al pequeño rebaño que cree en él. Si él no estuviera presente con nosotros y velando por nosotros aquí, el diablo nos habría derribado y destruido hace mucho, y también la Palabra de Dios y el nombre de Cristo. Y así ocurre cuando Dios, airado, aparta sus ojos del mundo para castigar su ingratitud. Entonces de inmediato todo cae en poder del diablo. Por tanto, la doctrina pura, la fe, la confesión y el uso de los sacramentos dependen para su permanencia únicamente de la vigilante guarda de nuestro amado Pastor y Obispo.

49 Consolador es, en verdad, tener en Cristo un sacerdote tan fiel y justo; aunque, ay, el digno nombre de «sacerdote» también ha sido sometido a vergüenza y desprecio por causa de los vergonzosos ocupantes de ese oficio, rapados y de cabeza hueca, del papa. Consolador es, en verdad, ser los felices corderos que tienen un refugio acogedor en el Pastor y hallan en él gozo y consuelo en todo tiempo de necesidad, seguros de que su perfecta fidelidad cuida de nosotros y nos protege del diablo y de las puertas del infierno. Sobre este tema, todo el Salmo 23 es un hermoso y alegre canto, cuyo estribillo es: Jehová es mi pastor.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.