Comentarios y sermones · Martín Lutero
Filipenses 3: comentario de Martín Lutero
Sermón para el vigésimo tercer domingo después del Domingo de la Trinidad; Filipenses 3:17-21
ENEMIGOS DE LA CRUZ DE CRISTO Y LA CIUDADANÍA DEL CRISTIANO EN LOS CIELOS.
1 Pablo elogia sin medida a los filipenses por haber hecho un buen comienzo en el santo evangelio y haberse conducido de manera encomiable, como hombres sinceros, según se ve por sus frutos de fe. La razón por la que muestra esta preocupación sincera y fuerte por ellos es su deseo de que permanezcan firmes y no se dejen extraviar por los falsos maestros entre los judíos errantes. Porque en aquel tiempo muchos judíos andaban de lugar en lugar con el propósito de pervertir a los convertidos de Pablo, fingiendo que enseñaban algo mucho mejor; y así apartaban al pueblo de Cristo y lo devolvían a la ley, con el fin de establecer y extender sus doctrinas judías. Pablo, al contemplar con especial interés y agrado a su iglesia de Filipos, se siente movido por un cuidado paternal a amonestarlos, para que algún día no sean descarriados por tales maestros; los exhorta a mantenerse firmes en lo que han recibido, sin buscar otra cosa y sin imaginarse, como las almas seguras de sí mismas y embrutecidas que se dejan engañar por el diablo, que ya son perfectos y tienen entendimiento completo en todo. En los versículos inmediatamente anteriores a nuestro texto habla de sí mismo como quien todavía no ha alcanzado el pleno conocimiento.
SE ORDENA LA PUREZA DE LA DOCTRINA.
2 De manera particular los amonesta a seguirlo a él y a fijarse en los ministros que andan como él; también a moldear su creencia y su conducta según el modelo que han recibido de él. No solo se pone a sí mismo como ejemplo, sino que presenta a quienes andan de igual manera, de los cuales menciona a varios en esta carta a los filipenses. Los individuos a quienes les manda observar y seguir debían de ser personas de especial eminencia. Pero es sobre todo la doctrina lo que el apóstol quiere que los filipenses tomen por modelo. Por eso debemos preocuparnos ante todo de conservar la pureza del oficio del ministerio y la autenticidad de la fe. Cuando estas se mantienen sin mancha, la doctrina será recta y las buenas obras vendrán espontáneamente. Más adelante, en el capítulo 4, versículo 8, Pablo exhorta sobre el mismo asunto: «si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad».
3 Al parecer, Pablo es un hombre temerario al atreverse a jactarse de ser modelo para todos. Otros ministros bien podrían acusarlo de querer exaltar su persona por encima de los demás. «¿Piensas —le dirían nuestros sabios— que tú solo tienes el Espíritu Santo, o que nadie más es tan deseoso de honra como tú?» Así murmuraron Miriam y Aarón contra Moisés, su propio hermano, diciendo: «¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros?» Nm 12:2. Y parecería que Pablo tuviera un concepto demasiado alto de su propio carácter si presentara su persona como modelo, dando a entender que nadie debía ser tenido por digno a menos que anduviera como él; aunque pudiera haber algunos que aparentemente dieran mayor evidencia del Espíritu, de santidad, de humildad y de otras gracias que él, y sin embargo no anduvieran por su camino.
4 Pero él no dice «yo, Pablo, solo». Dice: «como nos tenéis a nosotros por ejemplo», lo cual no excluye a otros verdaderos apóstoles y maestros. Está amonestando a su iglesia, como lo hace en todas partes, a aferrarse a la única doctrina verdadera recibida de él al principio. No deben confiar demasiado en su propia sabiduría en este asunto, ni presumir que tienen autoridad independiente; más bien, deben guardarse de los impostores que pretenden una doctrina superior, pues así habían sido engañados algunos.
LA JUSTICIA DE LA LEY ES VANA.
5 En qué sentido fue él un modelo o ejemplo para ellos, lo ha dejado claro; por ejemplo, al comienzo de este capítulo, en el versículo 3 y siguientes, dice: V.3-5. Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne, aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos. Es decir, reclama para sí la más alta honra de que un judío puede gloriarse. V.5-9. En cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe.
6 «He aquí la imagen o el modelo —diría él— que les presentamos para que lo sigan, a fin de que, recordando cómo obtuvieron la justicia, se aferren a ella, una justicia que no es de la ley.» En cuanto a la justicia de la ley, Pablo se atreve a decir que la considera inmundicia y basura (lo que procede del cuerpo humano); y esto a pesar de que, en su forma hermosa e irreprensible, tal justicia puede no ser superada por nada en el mundo, como la que se manifestaba en los judíos sinceros y en el propio Pablo antes de su conversión; porque estos, en su gran santidad, consideraban a los cristianos como bribones que merecían la condenación y, en consecuencia, se deleitaban en tomar parte en la persecución y el asesinato de los cristianos.
7 «Sin embargo —diría Pablo—, yo, que soy judío de nacimiento, he estimado todo este mérito como simple pérdida, para ser hallado en "la justicia que es de Dios por la fe".» Solo la justicia de la fe nos enseña cómo asirnos de Dios, cómo consolarnos con confianza en su gracia, aguardar una vida futura y esperar acercarnos a Cristo en la resurrección. Por «acercarnos» a él entendemos encontrarlo en la muerte y en el día del juicio sin terror, no huyendo sino acercándonos con gozo y saludándolo con alegría, como a alguien esperado con intenso anhelo.
Ahora bien, la justicia de la ley no puede producir tal confianza de ánimo. Por eso, para mí no vale nada delante de Dios; más bien es un perjuicio. Lo que sí vale es la imputación de justicia que Dios hace por amor de Cristo, por medio de la fe. Dios nos declara en su Palabra que el que cree en su Hijo tendrá, por amor de Cristo mismo, la gracia de Dios y la vida eterna. El que sabe esto puede esperar con esperanza el último día, sin temor y sin inclinación a huir.
8 Pero ¿no es tratar con irreverencia y desprecio la justicia de la ley considerarla y enseñarla como algo no solo inútil e incluso estorboso, sino dañino, repugnante y abominable? ¿Quién habría podido hacer una afirmación tan audaz, y censurar una vida tan intachable y tan conforme a la ley como la de Pablo, sin ser declarado por todos secuaz del diablo, si el apóstol mismo no hubiera hecho esa estimación de ella? ¿Y quién va a tener más respeto por la justicia de la ley si hemos de predicar de ese modo?
9 Si Pablo hubiera limitado sus denuncias a la justicia del mundo o de los paganos, la justicia que depende de la razón y está regida por el gobierno secular, por leyes y reglamentos, su enseñanza no habría parecido tan irreverente. Pero él especifica claramente la justicia de la ley de Dios, o los Diez Mandamientos, a los cuales debemos una obligación muy superior a la que se debe a los poderes temporales, pues enseñan cómo vivir delante de Dios, algo de lo cual ningún tribunal pagano ni autoridad temporal sabe nada. ¿No deberíamos condenar como hereje a este predicador que va más allá de su prerrogativa y se atreve a hallar falta en la ley de Dios? ¿Que además nos advierte que evitemos a los que la observan, a los que confían en su justicia, y que exalta a la santidad a V.18, 19. los enemigos de la cruz de Cristo… cuyo dios es el vientre, que sirven a los apetitos en lugar de a Dios?
10 Pablo diría de sí mismo: «Yo también fui uno de ellos. En mi justicia perfectísima de la ley fui enemigo y perseguidor de la congregación, o iglesia, de Cristo. Era el fruto legítimo de mi justicia que yo pensara que debía tomar parte en la más horrible persecución de Cristo y de sus cristianos. Así, mi santidad me hizo un verdadero enemigo de Cristo y un asesino de sus seguidores. La disposición a dañar es un resultado natural de la justicia de la ley, como lo atestigua toda la historia de la Escritura desde Caín, y como vemos incluso en el resto del mundo que no ha llegado al conocimiento de Cristo. Los príncipes y las autoridades civiles, en proporción a su sabiduría, su piedad y su honor, son enemigos acerbos e intolerantes del evangelio.
11 De los torpes sensuales papistas de Roma, cardenales, obispos, sacerdotes y otros semejantes, no es necesario hablar aquí; sus obras son manifiestas. Todas las autoridades seculares honorables deben confesar que son sencillamente bribones abandonados, que viven vidas desvergonzadas de escándalo abierto, avaricia, arrogancia, impureza, vanidad, robo y maldad de toda clase. No solo son culpables de vivir así, sino que se esfuerzan sin vergüenza por defender su conducta. Deben, pues, ser considerados enemigos de Cristo y de toda honestidad y virtud. Por eso todo hombre respetable les es con justicia contrario. Pero, como se dijo antes, Pablo no se refiere aquí a esta clase, sino a personas eminentes y piadosas, cuyas vidas están fuera de reproche. Estos mismos, cuando se topan con cristianos, son lo bastante hostiles y odiosos para poder olvidar todas sus propias faltas a la vista de Dios y agrandar hasta convertir en enormes vigas las motas que tenemos los cristianos. De hecho, tienen que llamar al evangelio herejía y doctrina satánica para poder exaltar su propia santidad y su celo por Dios.
LA JUSTICIA DE LA LEY SE OPONE A LA CRUZ.
12 La cosa parece increíble, y yo mismo no la habría creído, ni habría entendido aquí las palabras de Pablo, si no lo hubiera visto con mis propios ojos y no lo hubiera experimentado. Si el apóstol repitiera hoy la acusación, ¿quién podría concebir que nuestra gente primera, más noble, más respetable, piadosa y santa, aquellos de quienes esperaríamos, por encima de todos los demás, que aceptaran la Palabra de Dios, que estos, digo, fueran enemigos de la doctrina cristiana? Pero los ejemplos que tenemos delante testifican con toda claridad que los «enemigos» a los que se refiere el apóstol tienen que ser los individuos llamados príncipes y nobles piadosos y dignos, ciudadanos honorables, personas instruidas, sabias e inteligentes. Y sin embargo, si estos pudieran devorar de un solo bocado a los «evangélicos», como ahora se les llama, lo harían.
13 Si preguntas: ¿De dónde viene tal disposición?, respondo: brota naturalmente de la justicia humana. Porque todo individuo que profesa la justicia humana y nada sabe de Cristo, sostiene que ella es eficaz delante de Dios. Confía en ella y se complace con ella, presumiendo con ello presentar una apariencia halagüeña ante los ojos de Dios y hacerse particularmente aceptable a él. De ser orgulloso y arrogante para con Dios, llega a rechazar a los que no son justos según la ley, como se ilustra en el caso del fariseo. Lc 18:11-12. Pero mayor es su enemistad y más amargo su odio hacia la predicación que se atreve a censurar tal justicia y a afirmar su inutilidad para merecer la gracia de Dios y la vida eterna.
14 Yo mismo, y otros conmigo, estábamos dominados por tales sentimientos cuando, bajo el papado, pretendíamos ser santos y piadosos; tenemos que confesar el hecho. Si hace treinta años, cuando yo era un monje devoto y santo, que decía misa todos los días y no pensaba sino que iba por el camino que lleva directamente al cielo, si entonces alguien me hubiera acusado, me hubiera predicado las cosas de este texto y hubiera declarado que nuestra justicia, que no concordaba estrictamente con la ley de Dios sino que se conformaba a la doctrina humana y era manifiestamente idólatra, carecía de eficacia, y hubiera dicho que yo era enemigo de la cruz de Cristo y que servía a mis propios apetitos sensuales, yo habría ayudado de inmediato, al menos, a buscar piedras para dar muerte a semejante Esteban, o a juntar leña para quemar a este peor de los herejes.
15 Así hace siempre la naturaleza humana. El mundo no puede conducirse de otra manera cuando llega desde el cielo la declaración que dice: «Es cierto que eres un hombre santo, un gran y docto jurista, un regente concienzudo, un príncipe digno, un ciudadano honorable, y así sucesivamente, pero con toda tu autoridad y tu carácter recto vas camino al infierno; todo lo que haces es ofensivo y condenado a la vista de Dios. Si quieres ser salvo, debes hacerte un hombre completamente distinto; tu mente y tu corazón deben ser cambiados.» Anúnciese esto y el fuego se levanta, el Rin entero arde; porque los que se creen justos consideran una idea intolerable que vidas tan hermosas, vidas dedicadas a ocupaciones dignas de alabanza, sean censuradas y condenadas públicamente por la predicación desagradable de unos pocos individuos insignificantes considerados incluso perniciosos y, según Pablo, basura inmunda, verdaderos obstáculos para la vida eterna.
16 Pero dirás: «¿Cómo? ¿Prohíbes las buenas obras? ¿No es justo llevar una vida honorable y virtuosa? ¿No reconoces la necesidad de las leyes políticas, de los gobiernos civiles? ¿No reconoces que de la obediencia a ellos depende el mantenimiento de la disciplina, la paz y el honor? Más aún, ¿no admites que Dios mismo manda tales instituciones y quiere que se las observe, castigando donde se las desprecia? Mucho más quiere que su propia ley y los Diez Mandamientos sean honrados y no rechazados. ¿Cómo te atreves entonces a afirmar que tal justicia es engañosa y estorbo para la vida eterna? ¿Qué coherencia hay en enseñar a la gente a observar las cosas de la ley, a ser justos en ese sentido, y al mismo tiempo censurar esas cosas como condenadas delante de Dios? ¿Cómo pueden ser buenas y preciosas las obras de la ley, y sin embargo repulsivas y productoras de mal?»
17 Respondo: Pablo sabe muy bien que el mundo se afirma en este punto de la justicia por la ley, y por eso lo contradiría. Pero que consulte al apóstol quien quiera, acerca de por qué hace aquí afirmaciones tan audaces. Porque, en efecto, las palabras del texto no son nuestras, sino suyas. Es cierto que la ley y el gobierno son esenciales en la vida temporal, como el mismo Pablo confiesa, y Dios quiere que todos los honren y obedezcan. De hecho, ha ordenado su observancia entre turcos y paganos. Sin embargo, es un hecho que estas gentes, incluso los mejores y más rectos de ellos, los que llevan vidas honorables, son por naturaleza, en su corazón, enemigos de Cristo, y dedican sus facultades intelectuales a exterminar al pueblo de Dios.
Todos deben admitir que los turcos, con todas las restricciones y la austeridad de vida que les impone el Corán, una vida más rigurosa incluso que la de los cristianos, hay que admitir que pertenecen al diablo. En otras palabras, los juzgamos condenados con toda su justicia, pero al mismo tiempo decimos que hacen bien en castigar a ladrones, salteadores, asesinos, borrachos y otros delincuentes; más aún, que los cristianos que viven bajo su jurisdicción están obligados a pagarles tributo y a servirles con su persona y sus bienes. Exactamente lo mismo vale respecto de nuestros príncipes que persiguen el evangelio y son enemigos abiertos de Cristo: debemos obedecerles, pagando el tributo y prestando el servicio que se nos imponga; pero ellos, y todos los seguidores obedientes que consienten de buena gana en la persecución del evangelio, deben ser considerados condenados delante de Dios.
18 De manera semejante habla Pablo acerca de la justicia de todos los judíos y santos piadosos que no son cristianos. Su declaración es audaz y de sonido seguro. Los censura y, llorando, alude con reprobación a ciertos hombres que dirigen al pueblo a la justicia de la ley con el único resultado de hacer «enemigos de la cruz de Cristo».
19 Además, todo el elogio que tiene para ellos es decir que su «fin será perdición»; están condenados a pesar de los esfuerzos denodados de toda su vida por enseñar e imponer la justicia de las obras. Aquí en la tierra es verdaderamente una distinción inestimable, un tesoro admirable y noble, una honra digna de alabanza, tener el nombre de príncipe, gobernante o ciudadano piadoso y recto; de esposa o doncella piadosa y virtuosa. ¿Quién no alabaría y ensalzaría tal virtud? Es en verdad algo raro y valioso en el mundo. Pero por hermosa, inestimable y admirable que sea tal honra, nos dice Pablo, al final es condenada y no pertenece al cielo.
LA JUSTICIA HUMANA ES IDOLÁTRICA.
20 El apóstol hace su acusación aún más punzante con las palabras «cuyo dios es el vientre». Así oyes cómo la justicia humana, aun en lo mejor que tiene, no llega más alto que al servicio de los apetitos sensuales. Toma toda la sabiduría, la justicia, la jurisprudencia, el ingenio, incluso las más altas virtudes que el mundo ofrece, ¿y qué son? Solo sirven a ese dios, el apetito carnal. No pueden ir más allá de las necesidades de esta vida, pues todo su propósito es satisfacer los deseos físicos. Cuando pasan los apetitos físicos de los mundanos, pasan también ellas, y los dones y virtudes que hemos mencionado ya no pueden servirles. Todo perece y va a la destrucción junto: la justicia, las virtudes, las leyes y los apetitos físicos a los que han servido como a su dios. Porque ignoran por completo al Dios verdadero y eterno; no saben cómo servirle y recibir la vida eterna. Así pues, en sus rasgos esenciales, tal vida es meramente idolátrica, sin más objeto que la conservación de este cuerpo perecedero y su disfrute de la paz y del honor.
21 La cuarta acusación es, V.19. «cuya gloria es su vergüenza». A eso se reduce toda su gloria. Que reciban los sabios filósofos, los paganos escrupulosos y los agudos juristas la cumbre de la alabanza y del honor: no es sino vergüenza. Es cierto que su lema es «Amor a la virtud»; se jactan de un fuerte amor a la virtud y a la justicia y hasta pueden creerse sinceros. Pero juzgada por los resultados finales, su jactancia carece de fundamento y termina en vergüenza. Porque lo máximo que su justicia puede lograr es el aplauso del mundo aquí en la tierra. Delante de Dios no vale nada. No puede tocar la vida venidera. Al final deja a su poseedor cautivo en la vergüenza. La muerte lo devora y el infierno lo atenaza.
22 Podrías objetar de nuevo: «Si lo que dices es cierto, ¿por qué observar las restricciones temporales? Vivamos en una despreocupación indulgente, siguiendo nuestras inclinaciones. Pase lo que pase con el hombre piadoso y honorable, con la esposa o doncella virtuosa y recta.» Respondo: De ninguna manera; ese no es el propósito. Has oído que es mandato y voluntad de Dios que haya justicia temporal incluso entre turcos y paganos. Y más adelante (cap. 4:8) Pablo exhorta a los cristianos a «pensar en estas cosas», es decir, en lo que es verdadero. Dice: «Todo lo que es honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.» Y continuando, en el versículo 9, los remite a su propio ejemplo, diciendo: «Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí.»
FRUTOS DE LA FE.
23 En los creyentes en Cristo, los que tienen su justicia en él, deben seguir en esta vida sobre la tierra los frutos de una vida recta, en obediencia a Dios. Estos frutos constituyen las buenas obras aceptables a Dios que, siendo obras de fe y hechas en Cristo, serán recompensadas en la vida venidera. Pero Pablo tiene en mente a los individuos que, rechazando la fe en Cristo, consideran su vida dirigida por sí mismos, sus obras hechas por fuerzas humanas, que se conforman a la ley, como justicia que vale a los ojos de Dios. Se refiere a los que así confían, aunque ignoren por completo a Cristo, por cuyo amor, sin mérito alguno de nuestra parte, Dios nos imputa la justicia. La única condición es que creamos en Cristo; porque él se hizo hombre, murió por nuestros pecados y resucitó de los muertos, con el propósito mismo de librarnos de nuestros pecados y concedernos su resurrección y su vida. Hacia la vida celestial debemos encaminarnos, andando aquí en nuestra vida en armonía con ella; como dice Pablo para concluir: V.20. Mas nuestra ciudadanía está en los cielos [no es terrenal ni se limita solo a esta vida temporal]; de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.
Si no tenemos conocimiento ni conciencia de este hecho, no importa cuán hermosa y digna de alabanza sea nuestra justicia humana y terrenal: es solo un estorbo y un daño. Porque la carne y la sangre no pueden dejar de confiar en su propia justicia y de jactarse con arrogancia en este tono: «Somos mejores, más honorables, más piadosos que los demás. Nosotros los judíos somos el pueblo de Dios y guardamos su ley.» Ni siquiera los cristianos están del todo libres de la influencia perniciosa de la santidad humana. Siempre buscan presentar delante de Dios sus propias obras y méritos. Yo sé por mí mismo qué penas inflige esta sabiduría impía, esta ficción de justicia, y qué esfuerzo hay que hacer antes de que la cabeza de la serpiente sea quebrantada.
24 Ahora bien, esta es la situación y no hay alternativa: o sufres el infierno, o consideras tu justicia humana como pérdida e inmundicia y procuras no ser hallado confiando en ella en tu última hora, en presencia de Dios y del juicio, sino más bien de pie en la justicia de Cristo. Con el vestido de la justicia de Cristo, y criado en él, podrás, en la resurrección del pecado y de la muerte, salir al encuentro de Cristo y exclamar: «¡Salve, amado Señor y Salvador, tú que me has redimido del cuerpo miserable de pecado y de muerte, y me has hecho semejante a tu santo, puro y glorioso cuerpo!»
LA PACIENCIA DE DIOS CON LA JUSTICIA HUMANA.
25 Mientras tanto, mientras andamos en la fe de su justicia, él tiene paciencia con la pobre y frágil justicia de esta vida terrenal, que de otro modo no es sino inmundicia a sus ojos. Honra nuestra santidad humana sosteniéndola y protegiéndola durante el tiempo que vivimos en la tierra; así como nosotros honramos nuestros cuerpos corruptos e inmundos, adornándolos con hermosos y costosos vestidos y joyas de oro, y reposándolos sobre cojines y camas de lujo. Aunque no son sino hedor e inmundicia encerrados en carne, son honrados por encima de todo lo demás en la tierra. Por causa de ellos se hace todo: el ordenar y gobernar, el edificar y trabajar; y el mismo Dios permite que el sol y la luna brillen para que reciban luz y calor, y que todo crezca en la tierra en su beneficio. ¿Qué es el cuerpo humano sino un hermoso copón que contiene ese objeto inmundo y repulsivo de reverencia, los órganos digestivos, que el cuerpo debe llevar siempre consigo con paciencia; más aún, que debemos incluso alimentar y atender, contentos con que cumplan bien sus funciones?
26 De manera semejante trata Dios con nosotros. Porque quiere conferir la vida eterna al hombre, soporta con paciencia la inmunda justicia de esta vida en la que debemos habitar hasta el último día, por amor de su pueblo escogido y hasta que el número se complete. Porque mientras se difiere el día final, aún no han nacido todos los que han de tener vida eterna. Cuando se cumpla el tiempo, cuando se complete el número, Dios pondrá fin de repente al mundo con sus gobiernos, sus juristas y autoridades, sus condiciones de vida; en suma, abolirá por completo la justicia terrenal, destruyendo los apetitos físicos y todo lo demás junto. Porque toda forma de santidad humana está condenada a la destrucción; sin embargo, por amor de los cristianos, a quienes está destinada la vida eterna, y solo por amor de ellos, todo esto debe perpetuarse hasta que nazca el último santo y alcance la vida sin fin. Si faltara por nacer un solo santo, por amor de ese uno el mundo tendría que permanecer. Porque Dios no tiene en cuenta al mundo ni lo necesita, sino por amor de sus cristianos.
27 Por eso, cuando Dios nos manda obedecer al emperador y llevar vidas piadosas y honestas en la tierra, no hay garantía de que nuestra sujeción a la autoridad temporal haya de continuar para siempre. Más bien, Dios necesariamente servirá, adornará y honrará este cuerpo miserable —cuerpo vil, como lo llama aquí Pablo— con poder y dominio. Sin embargo, el apóstol llama «inmundicia» a la justicia humana y dice que no es necesaria para el reino de Dios; más aún, que es condenada a la vista de Dios con todo su honor y gloria, y que todo el mundo debe avergonzarse de ella en su presencia, confesándose culpable. Pablo da testimonio de este hecho en Ro 3:27 y Ro 4:2, cuando cuenta cómo incluso los exaltados y santos padres, Abraham y otros, aunque tenían gloria delante del mundo por sus obras justas, no pudieron hacer que estas les sirvieran para obtener honra delante de Dios. Mucho menos valdrá la honra mundana ante Dios en el caso de individuos que, llamados señores y príncipes, esposas y maridos honorables, piadosos, honestos y virtuosos, se jactan de tal justicia.
28 Por fuera, pues, aunque tu justicia pueda parecer deslumbrantemente hermosa ante el mundo, por dentro no eres sino inmundicia. Ilustra este punto la historia que se cuenta de cierta monja tenida por santa por encima de todas las demás. No quería tener trato con nadie, sino que se sentaba sola en su celda en devoción extática, orando sin cesar. Se jactaba de revelaciones y visiones especiales y no tenía conciencia de otra cosa sino de que amados ángeles revoloteaban a su alrededor y la adornaban con una corona de oro. Pero algunos de fuera, deseando ardientemente contemplar tales visiones, espiaron por agujeros y rendijas, y al ver su cabeza tan solo manchada de inmundicia, se rieron de ella.
29 Fíjate: la razón por la que Pablo llama inmundicia y contaminación a la justicia de la ley es que desea denunciar el honor y la gloria que se reclaman para ella ante Dios; no obstante, honra ante el mundo la observancia de la ley llamándola «justicia». Pero si te jactas ostentosamente de tal justicia delante de él, pronuncia su sentencia de juicio, haciéndote una abominación, un enemigo de la cruz de Cristo, avergonzando tu honor de que te jactas y por último arrojándote al infierno. Pero acerca de la justicia de la fe, que en Cristo vale delante de Dios, dice:
V.20, 21. Mas nuestra ciudadanía [conversación] está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya.
30 Nosotros, los bautizados y creyentes en Cristo, es el pensamiento de Pablo, no fundamos nuestras obras y nuestra esperanza en la justicia de esta vida temporal. Por la fe en Cristo tenemos una justicia que vale en el cielo. Ella permanece solo en Cristo; de otro modo no valdría nada delante de Dios. Y toda nuestra preocupación es estar eternamente en Cristo; que nuestra existencia terrenal culmine en aquella vida cuando Cristo venga y cambie esta vida en otra, completamente nueva, pura, santa y semejante a la suya, con una vida y un cuerpo de naturaleza como la suya.
EL CRISTIANO, CIUDADANO DEL CIELO.
31 Por lo tanto, ya no somos ciudadanos de la tierra. El cristiano bautizado nace ciudadano del cielo por medio del bautismo. Debemos tener presente este hecho y andar aquí como si fuéramos nativos de allá. Debemos consolarnos con el hecho de que Dios así nos acepta y nos trasplantará allá. Mientras tanto debemos aguardar la venida del Salvador, que ha de traernos desde el cielo justicia eterna, vida, honor y gloria.
32 Somos bautizados y hechos cristianos no con el fin de tener gran honra, o renombre de justicia, o dominio, poder y posesiones terrenales. Aunque los tenemos, porque son necesarios para nuestra vida física, hemos de considerarlos mera inmundicia con la cual atendemos a nuestro bienestar corporal lo mejor que podamos, para beneficio de la posteridad. Pero nosotros los cristianos hemos de aguardar con expectación la venida del Salvador. Su venida no será para nuestro daño ni vergüenza, como puede serlo en el caso de otros. Viene para la salvación de nuestros cuerpos inútiles e impotentes. Miserablemente inservibles como son en esta vida, lo son mucho más cuando yacen sin vida y perecen en la tierra.
33 Pero por miserables, impotentes y despreciables que sean en la vida y en la muerte, Cristo, en su venida, hará nuestros cuerpos hermosos, puros, resplandecientes y dignos de honra, hasta que correspondan a su propio cuerpo inmortal y glorioso. No como estuvo colgado en la cruz o yació en la tumba, manchado de sangre, lívido y deshonrado; sino como está ahora, glorificado a la diestra del Padre. No hemos, pues, de alarmarnos ante la necesidad de dejar nuestros cuerpos terrenales; de ser despojados del honor, la justicia y la vida que en ellos residen, para entregarlos al poder devorador de la muerte y de la tumba, algo muy propio para aterrar a los enemigos de Cristo: sino que podemos esperar con gozo y aguardar su pronta venida para librarnos de esta miserable e inmunda contaminación. V.21. Por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.
EL CUERPO GLORIFICADO DEL CRISTIANO.
34 ¡Piensa en el honor y la gloria que la justicia de Cristo trae incluso a nuestros cuerpos! ¿Cómo puede este pobre cuerpo pecador, miserable, inmundo y contaminado hacerse semejante al del Hijo de Dios, el Señor de la gloria? ¿Qué son tus fuerzas y capacidades, o las de todos los hombres, para lograr esta cosa gloriosa? Pero Pablo dice que la justicia, el mérito, la gloria y el poder humanos nada tienen que ver con ello. Son mera inmundicia y contaminación, y además están condenados. Interviene otra fuerza, el poder de Cristo el Señor, que puede sujetar a sí mismo todas las cosas. Ahora bien, si tiene poder para sujetar a sí mismo todas las cosas a voluntad, también puede glorificar la contaminación y la inmundicia de este cuerpo miserable, aun cuando se haya vuelto gusanos y polvo. En sus manos es como el barro en las manos del alfarero, y del terrón de barro contaminado puede hacer un vaso que será un cuerpo hermoso, nuevo, puro y glorioso, que supera al sol en su brillo y hermosura.
35 Por medio del bautismo Cristo nos ha tomado en sus manos, en verdad, para cambiar nuestras vidas físicas pecadoras, condenadas y perecederas por la nueva justicia y vida imperecederas que prepara para el cuerpo y el alma. Tal es el poder y la acción que nos exalta a una gloria maravillosa, algo que ninguna justicia terrenal de la ley podría lograr. La justicia de la ley deja nuestros cuerpos a la vergüenza y a la destrucción; no alcanza más allá de la existencia física. Pero la justicia de Cristo inspira con poder, haciendo evidente que no adoramos el cuerpo sino al Dios verdadero y vivo, que no nos deja a la vergüenza y a la destrucción, sino que nos libra del pecado, de la muerte y de la condenación, y exalta este cuerpo perecedero a honra y gloria eternas.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.