Comentarios y sermones · Martín Lutero
Génesis 6: comentario de Martín Lutero
Génesis 6:1-2
V.1, 2. Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, que viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas.
- Este es un relato muy breve, pero abarcador. No hay que entender el texto como si el mundo no se hubiera multiplicado hasta el año quinientos de Noé. Esta afirmación abarca a los patriarcas más antiguos. Lo demuestra el hecho de que Noé no tuvo hijas. La mención de «hijas» en el texto ciertamente debe entenderse referida a la época ya pasada de Lamec, Matusalén, Enoc y otros. El mundo, por lo tanto, era corrupto y malo antes de que naciera Noé, en particular cuando el libertinaje comenzó a prevalecer después de la muerte de Adán, a cuya autoridad, como primer padre, temían.
- He dicho que Noé fue virgen por encima de todos los demás; puedo añadir que fue el mayor de todos los mártires. Nuestros llamados mártires, comparados con él, tienen una ventaja infinita en la fuerza recibida del Espíritu Santo, con la cual se vence la muerte y se escapa de todas las pruebas y peligros. Noé vivió entre los injustos durante seiscientos años, y, como Lot en Sodoma, no sin numerosos y terribles peligros y pruebas.
- Esta fue quizá una de las razones por las que el padre Lamec dio a su hijo el nombre de Noé al nacer. Cuando el santo patriarca vio que el mal abundaba en el mundo, abrigó la esperanza de que su hijo consolaría a los justos oponiéndose al pecado y a su autor, Satanás, y restaurando la justicia perdida.
- Sin embargo, la maldad que comenzó entonces no solo no cesó bajo Noé, sino que más bien creció. Por eso Noé es el mártir de los mártires. Porque ¿no es mucho más fácil ser librado de todo peligro y sufrimiento en una sola hora que vivir durante siglos en medio de una maldad colosal?
- Mantengo la opinión expresada antes: que Noé se abstuvo del matrimonio tanto tiempo para no verse obligado a presenciar y sufrir en su propia descendencia lo que veía en los descendientes de los otros santos. Ver la maldad de los hombres fue su mayor cruz, como dice Pedro de Lot en Sodoma (2 P 2:8): «Porque este justo, que moraba entre ellos, afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos».
- Por lo tanto, la multiplicación de la humanidad de que habla Moisés no se refiere solo al tiempo de Noé, sino también a la época de los demás patriarcas. Allí comenzó la violación de la primera tabla, en el desprecio mostrado hacia Jehová y su Palabra. A esto siguieron después ofensas tan graves como la opresión, la tiranía y la lascivia, que Moisés menciona explícitamente y nombra en primer lugar como causa del mal. Consulta toda la historia, estudia las tragedias griegas y los asuntos de bárbaros y romanos de todos los tiempos, y hallarás que la lujuria es la madre de toda clase de males. No puede ser de otro modo. Donde la Palabra de Dios sigue siendo desconocida o desatendida, los hombres se precipitan en la lujuria.
- La lujuria arrastra tras de sí otros males sin fin, como el orgullo, la opresión, el perjurio y cosas semejantes. Estos pecados solo pueden combatirse cuando los hombres, por medio de la primera tabla, aprenden a temer a Dios y a confiar en él. Entonces siguen la Palabra como una lámpara que va delante en la oscuridad, y no se entregan a tales hechos escandalosos, sino que más bien se guardan de ellos. Pero cuando se viola la primera tabla, es inevitable que se propaguen las pasiones y los pecados de toda clase.
- Pero parece extraño que Moisés enumere en el catálogo de los pecados el engendrar hijas. Lo había encontrado digno de elogio en el caso de los patriarcas. Incluso los impíos lo disfrutan como una bendición de Dios. ¿Por qué, entonces, lo llama Moisés pecado?
Respondo: no condena el hecho de la procreación como tal, sino su abuso, que resulta del pecado original. Estar dotado de majestad real, sabiduría, riqueza y fuerza corporal es una buena bendición. Es Dios quien da estos dones. Pero cuando los hombres que poseen estas bendiciones no reverencian la primera tabla, y con esos mismos dones la violentan, tal maldad merece castigo. Esta es la razón de las palabras peculiares de Moisés: «Viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas», sin tener en cuenta a Dios ni la ley, natural o positiva.
- Despreciada la primera tabla, la segunda corre la misma suerte. El deseo ocupa el lugar principal y, en su desprecio de la procreación, se vuelve puramente bestial; mientras que Dios instituyó el matrimonio como ayuda para la naturaleza débil y principalmente con el fin de la procreación. Pero cuando la lujuria se ha impuesto de este modo, todos los mandamientos, los que van antes y los que siguen, son quebrantados y deshonrados sin piedad. La honra de los padres queda en peligro; los hombres no retroceden ante el asesinato, ni ante el despojo de bienes, ni ante el falso testimonio, etc.
- La palabra jiru, «vieron», no significa solo «mirar», sino «mirar con placer y deleite». Este sentido aparece a menudo en los salmos, por ejemplo: «Y mirarán mis ojos sobre mis enemigos», Sal 92:11; es decir, veré con placer la venganza ejecutada sobre mis enemigos. El sentido aquí es que, después de apartar los ojos de Dios y de su Palabra, los volvieron, llenos de lujuria, hacia las hijas de los hombres. La secuencia es infalible: de la violación de la primera tabla, los hombres se precipitan a la violación de la segunda. Después de despreciar a Dios, despreciaron también las leyes de la naturaleza y, según les placía, se casaron con quienes escogieron.
- Son palabras bastante duras, y sin embargo mi opinión es que la lujuria se mantuvo hasta entonces dentro de ciertos límites, pues ni cometieron incesto con sus madres, como después los habitantes de Canaán, ni se contaminaron con el vicio de los sodomitas. Moisés limita su acusación a que desecharon las restricciones legales establecidas por los patriarcas y no reconocieron en sus alianzas matrimoniales otra ley que la de la lujuria, escogiendo solo según los guiaba la pasión y contra la voluntad de los padres.
- Parece que los patriarcas habían prohibido estrictamente contraer alianzas con la descendencia de Caín, así como después a los judíos no les era lícito mezclarse con los cananeos. Aunque no faltan quienes escriben que antes del diluvio existían matrimonios incestuosos, sin que el parentesco de sangre se considerara impedimento, yo deduzco del hecho de que Pedro haya ensalzado el mundo antiguo que tales atrocidades incestuosas no existían en aquel tiempo, sino que el pecado del mundo antiguo consistía más bien en que los hombres se casaban con quienes querían, y tomaban de los cainitas cuantas mujeres escogían, ignorando la autoridad de los padres y gobernados solo por la pasión. Por eso es una palabra dura: «escogiendo entre todas».
- He mostrado en varias ocasiones que las dos generaciones, o iglesias, de Adán y de Caín estaban separadas. Porque, como dice claramente Moisés, Adán expulsó de su compañía al asesino. Sin duda, por lo tanto, Adán exhortó también a su descendencia a evitar la iglesia de los malhechores y a no mezclarse con la generación maldita de Caín. Y durante un tiempo se obedeció su consejo o mandato.
- Pero cuando murió Adán y la autoridad de los demás patriarcas se volvió objeto de desprecio, los hijos de Dios, que tenían la promesa de la bendita simiente y pertenecían ellos mismos a la bendita simiente, buscaron en la tribu de los impíos trato y matrimonio. Moisés llama escuetamente a los hijos de los patriarcas «hijos de Dios», porque a ellos se les dio la promesa de la bendita simiente y constituían la iglesia verdadera. Cediendo a las corrupciones de la iglesia cainita, ellos mismos se entregaron a la carne y tomaron de la tribu de Caín, como esposas y concubinas, a las que quisieron y cuantas quisieron. Esto lo vieron con dolor Lamec y Noé, y por esa razón, quizá, aplazaron el matrimonio.
- En relación con este punto, los judíos imaginan necedades. Interpretan que los hijos de Dios son demonios lujuriosos que engendraron aquella generación impía, y que se les llamó hijos de Dios por su naturaleza espiritual. Los más moderados, sin embargo, refutan tal locura y entienden a los hijos de los poderosos. Esto lo ha refutado acertadamente Lira; porque el castigo del diluvio no cayó solo sobre los poderosos, sino sobre toda carne, como caerá la sentencia del día postrero.
- Pero en cuanto a los demonios lujuriosos y las rameras demoníacas (íncubos y súcubos), no niego —más aún, lo creo— que un demonio pueda ser un seductor o una ramera, porque he oído a hombres citar su propia experiencia. Agustín dice que lo oyó de personas dignas de confianza, a las que se vio obligado a creer. Satanás se complace cuando puede engañarnos de este modo, tomando la forma de un joven o de una joven. Pero que algo pueda ser engendrado por un diablo y un ser humano es simplemente falso. Oímos de nacimientos monstruosos con rasgos de demonio, y yo mismo he visto algunos. Opino, sin embargo, que fueron deformados por el diablo, pero no engendrados por él; o que son verdaderos diablos con un cuerpo humano simulado o robado. Porque si el diablo, con permiso divino, puede apoderarse de todo el hombre y cambiar su mente, ¿es extraño que pueda desfigurar también su cuerpo, haciendo que los hombres nazcan ciegos o lisiados?
- Por eso el diablo puede engañar de tal modo a la gente frívola y a los que viven sin temor de Dios, que, estando el diablo en la cama, un joven piense que tiene consigo a una muchacha, y una muchacha que tiene consigo a un joven; pero que de semejante concubinato pueda nacer algo, no lo creo. Muchas hechiceras han sido condenadas en una u otra ocasión a morir en la hoguera por su trato con los demonios. Si el diablo puede engañar los ojos y los oídos de modo que se imaginen ver y oír cosas que no existen, ¡cuánto más fácil le es engañar el sentido del tacto, que en este aspecto es sumamente grosero! Pero ¡basta! Estas explicaciones no tienen relación con el presente texto, y nos han llevado a ellas solo las habladurías judías.
- El verdadero sentido es que Moisés llama hijos de Dios a aquellos hombres que tenían la promesa de la bendita simiente. Es una expresión del Nuevo Testamento y significa los creyentes que llaman Padre a Dios, y a quienes Dios, a su vez, llama hijos. El diluvio no vino porque la generación de Caín fuera corrupta, sino porque la generación de los justos, que habían creído a Dios, habían obedecido su Palabra y habían tenido el culto verdadero, había caído ahora en la idolatría, la desobediencia a los padres, la sensualidad y la opresión. Así también el día postrero será apresurado, no por la disolución de gentiles, turcos y judíos, sino porque la iglesia se llena de errores por obra del papa y de los espíritus fanáticos, de modo que precisamente los que ocupan el lugar más alto en la iglesia se ejercitan en la sensualidad, la lujuria y la opresión.
- Es motivo de temor para todos nosotros que aun los que descendían de los mejores patriarcas comenzaran a ensoberbecerse y a apartarse de la Palabra. Se gloriaban en su sabiduría y en su justicia, como después los judíos en la circuncisión y en el padre Abraham. Así los papas se gloriaron en el título de iglesia, solo para ir sustituyendo poco a poco su gloria espiritual por la complacencia carnal, después de haber perdido el conocimiento de Dios, de su Palabra y de su culto. La iglesia romana fue verdaderamente santa y estuvo adornada por los más grandes mártires. Pero hoy somos testigos de cómo ha caído.
- ¡Que nadie, por lo tanto, se gloríe en sus dones, por espléndidos que sean! El mayor don es ser miembro de la iglesia verdadera. Pero cuídate de no enorgullecerte por eso, porque puedes caer, así como Lucifer cayó del cielo y, como se nos informa aquí, como los hijos de Dios cayeron en los placeres carnales. Por eso ya no son hijos de Dios, sino hijos de Satanás, habiendo caído tanto de la primera como de la segunda tabla de la ley. Así también, en el pasado, papas y obispos fueron buenos y santos, pero hoy son los peores de todos los hombres y, por así decirlo, la hez de todas las clases.
- En medio de esta chusma de hombres decadentes, que se habían apartado de la piedad y las virtudes de sus antepasados, el piadoso Noé vivía en el mayor desprecio y odio de todos. ¿Cómo podía aprobar la corrupción de una descendencia tan degenerada? Y ellos mismos no soportaban en absoluto la reprensión. Así, mientras su ejemplo brillaba y resplandecía, y su santidad llenaba toda la tierra, el mundo empeoraba de día en día, y cuanto mayor era la santidad y castidad de Noé, más se revolcaba el mundo en la lujuria. Este es el comienzo; invariablemente trae la ruina.
- Cuando Dios levanta hombres santos, llenos del Espíritu Santo, para instruir y reprender al mundo, el mundo, que no soporta la sana doctrina, cae con mucho mayor celo en el pecado y se entrega a él con mucha mayor persistencia. Esta era la situación al principio del mundo, y ahora, al final del mundo, vemos que sigue siendo así.
II. El juicio y el lamento de Dios sobre el primer mundo; Noé y su predicación.
A. EL JUICIO DE DIOS Y SU LAMENTO SOBRE EL MUNDO ANTIGUO.
V.3. «Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años».
- Moisés comienza aquí a describir a Noé como el sumo pontífice y sacerdote o, como lo llama Pedro, un pregonero de justicia. Este texto ha sido destrozado de diversas maneras, porque el hombre natural no puede entender las cosas espirituales. Por eso, cuando los intérpretes se lanzaron sobre las Sagradas Escrituras con los pies y las manos sin lavar, llevando consigo un prejuicio y un método humanos, como ellos mismos reconocen, no pudieron sino caer en opiniones diversas y erróneas. Casi ha llegado a suceder que, cuanto más sublimes y espirituales son las palabras de la Escritura, tanto más vergonzosamente han sido torcidas. Este pasaje en particular lo han tratado con tan poca vergüenza que, si siguieras a los intérpretes, no sabrías qué creer.
- Los judíos son los primeros en crucificar aquí a Moisés, porque esta es su exposición: Mi espíritu, es decir, mi indignación y mi ira, no permanecerá siempre sobre el hombre. No me enojaré con los hombres, sino que los perdonaré, porque son carne. Esto significa que, aguijoneados por el pecado, se inclinan al pecado. Este sentido lo adopta también Jerónimo, quien opina que aquí se habla solo del pecado de la lujuria, al que todos somos propensos por naturaleza. Pero su primer error es que interpreta «espíritu» como ira. Moisés habla aquí del Espíritu Santo, como lo muestra el contraste. «Porque el hombre —dice— es carne». El sentido es, pues, que la carne no solo es propensa al pecado, sino también hostil a Dios.
- Además, la cosa misma sirve de refutación, porque ¿podría haberse inventado algo más absurdo? Ven con sus propios ojos la ira de Dios tragándose a todo el género humano por medio del diluvio, y sin embargo exponen que Dios no quiere dejarse mover hacia el género humano por la ira, sino por la misericordia, ¡y eso después de ciento veinte años, justamente el tiempo del diluvio!
- El rabino Salomón lo expone así: El Espíritu que está en Dios ya no contenderá ni disputará. Como si Dios en su majestad hubiera discutido y disputado sobre qué hacer con el hombre, si destruirlo o perdonarlo, y al final, cansado de la maldad del hombre, se hubiera decidido, a pesar de todo, por su destrucción.
- Otros entienden esto del espíritu creado: Mi espíritu, el que soplé sobre el rostro del hombre, es decir, el espíritu del hombre, ya no luchará ni contenderá con la carne, que está sometida a sus concupiscencias; porque quitaré este espíritu y lo libraré de la carne, para que, una vez extinguida esta, ya no le cause más dificultades al espíritu. Así lo entiende Orígenes, y no difiere mucho del error maniqueo, que atribuye el pecado no a todo el hombre, sino solo a una parte. Y Agustín dice que lo que más le había agradado de las enseñanzas de los maniqueos era oír que su depravación no era del todo suya, sino solo de aquella parte del cuerpo que es mala desde el principio. Los maniqueos afirmaban dos principios, el bueno y el malo, así como ciertos filósofos afirmaron la enemistad y la amistad. Así los hombres no solo yerran el blanco, sino que además caen en delirios impíos.
- El rabino David cita a Sanctes y deriva la palabra jadon de nadan, que significa vaina o funda. Pero así como la interpretación es muy torpe, también la viste con una palabra muy torpe: Mi Espíritu no estará encerrado en el hombre como en una vaina. ¿Se ha oído jamás algo más antinatural? Pero los judíos convierten en objeto de burla a los hebraístas modernos cuando los convencen de que las Sagradas Escrituras no pueden entenderse sino mediante reglas gramaticales y una ciencia exacta de los puntos vocálicos. No hay exposición tan absurda que no la defiendan y la pulan con sus rancias reglas gramaticales.
- Pero dime: ¿qué lengua ha habido jamás que los hombres hayan aprendido a hablar con facilidad a partir de reglas gramaticales? ¿No es cierto que precisamente las lenguas más reducidas a reglas, como el griego y el latín, se aprenden más bien por la práctica? ¡Qué estupendo absurdo es, entonces, sacar el sentido de una lengua sagrada, que es depositaria de cosas teológicas y espirituales, a partir de reglas gramaticales, y no prestar atención al significado propio de las cosas! Y esto es lo que hacen casi universalmente los rabinos y sus discípulos. Muchas palabras y verbos pueden declinarse sin que se vea uso alguno de ellos en la lengua. Mientras convierten tales cosas en lo principal y por todas partes persiguen ansiosamente la etimología, caen en extrañas fantasías.
- Así sucede aquí. Como la palabra de este pasaje puede derivarse de nadan, construyen a partir de ello un sentido prodigioso. Mi espíritu, dicen, no será retenido como en una vaina. Se refieren al espíritu del hombre contenido en el cuerpo como en una vaina. No lo dejaré en una vaina, dicen, sino que lo quitaré y destruiré la vaina. Tales absurdos nacen de las rancias reglas gramaticales, cuando más bien debería considerarse el uso; es el uso el que forma al gramático.
- Pero expongo todo esto por extenso para advertirte que, cuando te encuentres con comentaristas tan necios, no los sigas ni admires semejante sabiduría singular. Porque aun grandes hombres se han deleitado en la necedad de los rabinos. No son distintos de los sacramentarios, que no niegan las palabras de Cristo: Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre; pero las explican así: El pan es pan, y sin embargo es el cuerpo de Cristo, es decir, su criatura; esta es mi sangre, es decir, mi vino. Esta pasión por torcer los textos no la tolera ningún hombre cuerdo en la exposición de las fábulas de Terencio o de las églogas de Virgilio, ¡y nosotros, por lo visto, deberíamos tolerarla en la Iglesia!
- Necesitamos al Espíritu Santo para entender las Sagradas Escrituras. Porque sabemos que el mismo Espíritu que existía antes de todas las cosas existirá hasta el fin del mundo. Nos gloriamos de poseer este Espíritu por la gracia de Dios y, por medio de él, tenemos fe, un conocimiento moderado de la Escritura y la comprensión de las demás cosas necesarias para la piedad. Por eso no inventamos una interpretación nueva; nos guiamos no solo por la analogía de la Sagrada Escritura, sino también por la fe.
- En toda la Sagrada Escritura, el verbo juzgar, dun, significa casi invariablemente un oficio público en la Iglesia, o el oficio del ministerio, por medio del cual somos corregidos, reprendidos, instruidos y capacitados para distinguir lo malo de lo bueno, etc. Así, en Sal 110:6: Jadin bagojim, «Juzgará entre las naciones»; lo cual significa: predicará entre las naciones. La palabra que aparece en este pasaje es evidentemente la misma. Y en el Nuevo Testamento esta expresión, originalmente hebrea, es muy frecuente, sobre todo en los escritos de Pablo, que usa el giro hebreo más que los demás.
- Por tanto, entiendo este pasaje como palabras pronunciadas por Lamec o por Noé como un nuevo mensaje a todo el mundo. Porque fue un mensaje público, proclamado en alguna asamblea pública. Cuando Matusalén, Lamec y Noé vieron que el mundo corría derecho a la destrucción por sus pecados, recurrieron a esta proclamación: Mi Espíritu ya no predicará entre los hombres. Es decir: enseñamos en vano, amonestamos en vano; el mundo no tiene ningún deseo de ser mejor.
- Es como si alguien en estos tiempos perversos dijera: Enseñamos y hacemos grandes esfuerzos por llamar al mundo de vuelta a la sobriedad y a la piedad, pero se burlan de nosotros, nos persiguen, nos matan, y al final todos los hombres se precipitan a la destrucción con ojos ciegos y oídos sordos; por eso nos vemos obligados a desistir. Estas son las palabras de un alma que busca qué hacer y está llena de angustia, porque es evidente que el género humano, en el colmo de su peligro, no puede ser sanado.
- Esta exposición se ajusta a la fe y a las Sagradas Escrituras. Cuando la Palabra se revela desde el cielo, vemos que algunos se convierten y son librados de la condenación. La multitud restante la desprecia y se entrega tranquilamente a la avaricia, a la lujuria y a otros vicios, como dice Jeremías (Jer 51:9): «Curamos a Babilonia, y no ha sanado; dejadla, y vámonos cada uno a su tierra».
Cuanto más diligentemente insistían e instruían Moisés y Aarón, tanto más obstinado se volvía Faraón. Los judíos no se hicieron mejores ni siquiera con la predicación de Cristo y de los apóstoles. Lo mismo nos sucede a nosotros, que enseñamos en nuestros días. ¿Qué debemos hacer, entonces? Podemos deplorar la ceguera y la obstinación de los hombres; corregirlas, no podemos. ¿Quién se alegraría de la condenación eterna de los papas y de sus seguidores? ¿Quién no preferiría que abrazaran la Palabra y recobraran el juicio?
- Una muestra semejante de obstinación vieron Matusalén, Lamec y Noé en su tiempo. Por eso brota de ellos esta voz de desesperación: Mi Espíritu, es decir, la Palabra de la verdad que sana, ya no dará testimonio entre los hombres. Porque, ya que ustedes se niegan a abrazar la Palabra —no quieren rendirse a la verdad que sana—, perecerán.
Estas son las palabras de un corazón lleno de angustia, a la manera en que las Escrituras dicen que Dios se angustia; es decir, los corazones de Noé, Lamec, Matusalén y otros hombres santos, que están llenos de amor hacia todos. Al contemplar esta maldad de los hombres, se turban y se duelen.
- Tal dolor es en realidad el dolor del Espíritu Santo, como dice Pablo: «Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención», Ef 4:30. Esto significa que el Espíritu Santo se contrista cuando nosotros, míseros hombres, somos turbados y atormentados por la maldad del mundo, que desprecia la Palabra que predicamos por el Espíritu Santo. Así se turbaba Lot en Sodoma, y los judíos piadosos en Babilonia bajo el impío rey Belsasar; también Jeremías, cuando predicaba a los judíos impíos y exclamaba (Jer 15:10): «¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste!». Así también en Mi 7:1: «¡Ay de mí! porque estoy como cuando han quedado los rebuscos de la vendimia, y no queda racimo para comer».
- La ira de Dios es terribilísima cuando retira la Palabra. ¿Qué hombre no preferiría la peste, el hambre, la guerra —que son meras calamidades corporales— antes que el hambre de la Palabra, que siempre va unida a la condenación eterna? Un ejemplo de las horribles tinieblas en que Satanás puede hundir a los hombres cuando Dios calla y no habla lo ofrecen los gentiles, que han sido privados de la Palabra. ¿Quién no se horroriza ante los romanos, hombres de sabiduría ejemplar y famosos entre las demás naciones por su digna disciplina, que observaban la costumbre de que las matronas respetables adoraran y coronaran a Príapo, ese ídolo inmundo, y de llevar ante él a las vírgenes que iban a casarse? ¿Qué hay más ridículo que el hecho de que los egipcios adoraran al becerro Apis como la divinidad suprema?
- La Historia Tripartita cuenta que Constantino el Grande fue el primero en abolir en Fenicia y en otros lugares la desvergonzada costumbre de usar a las vírgenes, antes de sus bodas, para la prostitución. Tales infamias monstruosas se tenían por religión y justicia entre los gentiles. De hecho, no hay nada tan ridículo, tan necio, tan obsceno, nada tan alejado de toda decencia, que no pueda imponerse como la esencia misma de la religión a hombres que han sido abandonados por la Palabra.
- Por tanto, este es el mayor castigo: que Dios, por boca de los santos patriarcas, amenace con no reprender ya más a los hombres por su Espíritu; lo cual significa que en adelante no dará su Palabra a los hombres, puesto que toda enseñanza es en vano.
- Un castigo semejante traerán nuestros tiempos también sobre Alemania. Porque vemos la prisa, la inquietud de Satanás, y sus esfuerzos por despojar de la Palabra a quien pueda. ¡Cuántas sectas ha levantado en nuestros días, y eso mientras dedicábamos todas nuestras fuerzas a mantener la doctrina pura! ¿Qué nos espera después de nuestra muerte? Sin duda sacará enjambres enteros de sacramentarios, anabaptistas, antinomianos, servetianos, campanistas y otros herejes que ahora, vencidos por la Palabra pura y por la constancia de los maestros fieles, se mantienen ocultos, pero están listos para aprovechar cualquier ocasión de establecer sus doctrinas.
- Por tanto, quienes tienen la Palabra en su pureza deben aprender a abrazarla, a dar gracias a Dios por ella y a invocarlo mientras puede ser hallado. Porque cuando se quita el espíritu de conocimiento, también se va el espíritu de oración. Zacarías lo dice (Zac 12:10): porque el espíritu de oración va unido al espíritu de gracia. Es el espíritu de gracia el que reprende nuestros pecados y enseña acerca de su perdón, el que condena la idolatría y enseña acerca del verdadero culto de Dios, el que condena la avaricia, la lujuria y la opresión, y enseña la castidad, la paciencia y la caridad. Dios amenaza aquí con que este espíritu ya no continuará su obra de enseñanza, porque los hombres se niegan a oír y son incorregibles. Quitado el espíritu de gracia, se quita también el espíritu de oración. Porque es imposible que ore quien está sin la Palabra.
- Por consiguiente, el oficio del sacerdote es doble: primero, que se vuelva a Dios y ore por sí mismo y por su pueblo; segundo, que se vuelva de Dios a los hombres por medio de la enseñanza y la Palabra. Dice Samuel: «Así que, lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto», 1 S 12:23. Él sabe que este es su oficio propio.
- Por eso el ministerio es alabado y estimado con razón como el mayor favor. Cuando se ha perdido o se ha corrompido, no solo la oración se vuelve imposible, sino que los hombres quedan sencillamente en poder del diablo, y no hacen otra cosa que contristar al Espíritu Santo con todas sus obras, y así caen en pecado de muerte, por el cual no es lícito orar. Las demás caídas que ocurren entre los hombres son leves, porque el regreso está abierto y queda la esperanza del perdón. Pero cuando se contrista al Espíritu Santo y los hombres se niegan a recibir el testimonio y la reprensión del Espíritu Santo, la enfermedad es desesperada e incurable.
- ¡Pero qué común es hoy este pecado en todas las clases! Príncipes, nobles, habitantes de la ciudad y del campo se niegan a ser reprendidos; más bien reprenden y se sientan a juzgar al Espíritu Santo en sus siervos. Juzgan el oficio del ministerio por la humildad de la persona. Razonan así: Este ministro es pobre y despreciado; ¿por qué, entonces, ha de reprenderme a mí, que soy príncipe, noble, magistrado? Antes que soportar esto, pisotean a los ministros junto con su oficio y su mensaje. ¿No deberíamos, entonces, temer el juicio de Dios, como el que aquí anuncia al mundo antiguo?
- Estas son, pues, las palabras de un padre que deshereda a su hijo, o de un severo maestro de escuela que en su ira expulsa a un alumno, cuando Dios fija sencillamente ciento veinte años como el tiempo en que se concede oportunidad para el arrepentimiento. Amenaza con que, si no se aprovecha, su Espíritu ya no reprenderá ni contenderá más.
Esta palabra pertenece propiamente al oficio del ministerio y, en cierto sentido, lo describe. Porque todo predicador o siervo de la Palabra es un hombre de contienda y de juicio, y está obligado, por razón de su oficio, a reprender todo lo vicioso, sin considerar la persona ni el cargo de su oyente. Cuando Jeremías hace esto con celo, no solo se gana el odio, sino también los más graves peligros. Hasta llega a impacientarse, de modo que desea no haber nacido nunca, Jer 20:14.
- Y si yo no hubiera sido fortalecido de manera particular por Dios, ya estaría cansado y quebrantado por la contumacia de un mundo impenitente; porque los impíos contristan de tal modo al Espíritu Santo en nosotros que, con Jeremías, a menudo desearíamos no haber comenzado nunca nada. Por eso ruego a menudo a Dios que deje morir con nosotros a la generación presente, porque después de nuestra muerte vendrán los tiempos más peligrosos.
- Por esta razón Acab, el impío rey de Israel, llama a Elías el que turba a Israel, porque reprendía abiertamente la idolatría, la violencia y las pasiones de su tiempo. De igual modo, a nosotros hoy se nos tiene por los que turban a Alemania.
- Pero es buena señal cuando los hombres nos condenan y nos llaman autores de contiendas, porque el Espíritu de Dios contiende con los hombres, los reprende y los condena. Pero los hombres son así: solo quieren que se les enseñe lo que les agrada, como lo confiesan francamente en Mi 2:6-7: «No profeticéis», porque no nos alcanzará vergüenza, dice la casa de Jacob. Esto último lo usan como argumento: porque se consideran la casa de Jacob y el pueblo de Dios, rehúsan la corrección y no quieren darse por aludidos con castigos y amenazas. Así hoy el papa y sus cómplices se jactan únicamente de ser la Iglesia, y declaran que la Iglesia es incapaz de errar. Pero fíjate en este texto y verás cuán frívolo es semejante argumento.
- ¿No son acaso también hijos de Dios aquellos a quienes Dios amenaza con no juzgarlos ya más por su Espíritu? ¿Qué puede haber más espléndido que este nombre? Sin duda se gloriaban en este nombre y se rebelaban contra los patriarcas cuando se oponían a su predicación, o al menos la despreciaban. Porque no parece probable que Dios se enfureciera contra todo el género humano a causa de unos pocos pecados. Pero el nombre magnífico no los salvó, ni les sirvió de nada ser fuertes y numerosos. Seiscientos mil salieron de Egipto, y solo dos entraron en la tierra de Canaán; a todos los demás se los impidió la muerte a causa de sus pecados.
- Evidentemente, Dios no preguntará en absoluto por los títulos magníficos de Iglesia, papa y obispo. Cuando quieran escapar de la ira de Dios, les hará falta otro testimonio que jactarse de ser la Iglesia. Porque está escrito (Mt 7:20): «Así que, por sus frutos los conoceréis». Y en el v. 21: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos».
- Si alguna vez en el futuro se celebra un concilio —cosa que apenas creo—, nadie podrá quitarles el título de Iglesia, y apoyados solo en él nos condenarán y nos oprimirán. Distinto será el juicio cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria. Entonces se verá que entre los miembros de la santa Iglesia han estado Juan Hus y Jerónimo de Praga. El papa, en cambio, y los cardenales, los obispos, doctores, monjes y charlatanes sacerdotales aparecerán como la iglesia de los malhechores, entronizada en la pestilencia, y como verdaderos secuaces de Satanás, que ayudan a su padre en sus mentiras y asesinatos.
- Tal juicio de Dios lo vemos también aquí. Él no niega que la descendencia de los santos sean hijos de Dios. Este título magnífico, del que se enorgullecían y bajo el cual pecaban tranquilamente, Dios se lo deja. Y sin embargo, a estos mismos hijos de Dios que tomaron por mujeres a las hijas de los hombres les advierte que no solo quitará la Palabra de sus corazones y de sus mentes, sino que también quitará de sus ojos y de sus oídos al Espíritu ministrante que predica, ora, reprende, enseña y gime en los santos siervos; y esto porque se niegan a ser corregidos y reprendidos: sabiéndose hijos de Dios, desprecian la Palabra y a sus maestros. Pero no escapan del castigo a causa de su nombre. Lo mismo les sucederá también a los papistas y a los demás enemigos de la Palabra.
- De acuerdo con esto, sostengo que aquí se atribuyen a Dios mismo los sentimientos de los hombres piadosos, según el uso de las Sagradas Escrituras; por ejemplo, en Mal 3:8, donde el Señor dice que es traspasado o, como dice el hebreo, que se le hace violencia, porque el pueblo era infiel en dar a los sacerdotes las primicias y el diezmo.
- Pero, dirás, ¿por qué habría de quejarse Dios así? ¿No puede, cuando le place, destruir de repente al mundo entero? Claro que puede, pero no lo hace con gusto. Él dice: «No quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva», Ez 33:11. Tal disposición prueba que Dios está inclinado a perdonar, a soportar y a remitir los pecados de los hombres, con tal que vuelvan en sí; pero como ellos persisten en su obstinación y rechazan toda ayuda, él es, por así decirlo, atormentado por esta maldad de los hombres.
- Las palabras «Y dijo Jehová» las atribuyo a los santos padres, que por medio de un decreto público testificaron que Dios se vería obligado a ejercer venganza, porque enseñaban con autoridad divina. Cuando Noé y sus antepasados habían predicado casi mil años, y sin embargo el mundo seguía degenerando cada vez más, anunciaron a un mundo ingrato la decisión de Dios y revelaron este como su pensamiento: ¿Por qué he de predicar para siempre y permitir que mis heraldos clamen en vano? Cuantos más mensajeros envío, cuanto más aplazo mi ira, tanto peores se vuelven. Es necesario, pues, que cese la predicación y comience el castigo. No permitiré que mi Espíritu, es decir, mi Palabra, se siente a juzgar y dé testimonio para siempre, y tolere la maldad del hombre. Me veo obligado a castigar sus pecados. Porque el hombre es carne, se opone a mí. Él es terrenal, yo soy espíritu. El hombre persiste en su estado carnal, se burla de la Palabra, persigue y odia a mi Espíritu en los patriarcas, y se le cuenta la historia a oídos sordos. Por eso es necesario que yo cese y deje que el hombre siga su propio camino. Este contraste quiere indicar cuando dice: «Porque él es carne».
- Noé, Lamec y Matusalén eran hombres muy santos, llenos del Espíritu Santo. Por eso cumplían su oficio enseñando, amonestando, insistiendo y rogando, a tiempo y fuera de tiempo, como dice Pablo en 2 Ti 4:2. Pero reprendían a la carne y trabajaban sin provecho, porque la carne no quería rendirse a la sana enseñanza. ¿He de soportar para siempre —dice él— tal desprecio de mi Palabra?
- Esta proclamación contiene, pues, una queja pública hecha por el Espíritu Santo por medio de los santos patriarcas Noé, Lamec, Matusalén y otros, a quienes Dios se llevó antes del diluvio para que no fueran espectadores de una ira tan extendida. Todos ellos, a una sola voz y con una sola boca, exhortaban a los gigantes y tiranos a arrepentirse, y añadían la amenaza de que Dios no soportaría para siempre tal desprecio de su Palabra.
- Pero la carne siguió fiel a su naturaleza: en su presunción y seguridad carnal despreciaron las exhortaciones fieles, y trataron a los santos patriarcas como a viejos chochos y simplones por su amenaza de que Dios se movería en ira aun contra su Iglesia, es decir, contra los herederos de la promesa de la simiente venidera.
- En cuanto a la cláusula añadida, «mas serán sus días ciento veinte años», Jerónimo afirma que no debe entenderse referida a los años de la vida humana ni a la edad de cada hombre, porque es cierto que después del diluvio muchos pasaron de los doscientos años. Si lo refieres a los años asignados a cada individuo, la promesa sería que cada uno cumpliría otros tantos años, lo cual, sin embargo, es falso. Por tanto, habla del tiempo concedido al mundo para el arrepentimiento hasta que llegara el diluvio.
- Esta interpretación concuerda con lo que precede. Dios muestra que le desagrada la perversidad de los hombres. Está lleno de solicitud y muy dispuesto a tener paciencia. Contra su voluntad, por así decirlo, permite que el diluvio se desate. Por eso fijó un tiempo determinado y suficiente para que volvieran en sí y escaparan del castigo. Durante todo este tiempo Noé exhortó a los hombres al arrepentimiento, dejando en claro que Dios ya no podía soportar semejante maldad, aunque todavía era tan bondadoso que concedía tiempo suficiente para arrepentirse.
- Hay una hermosa coherencia entre las palabras y su significado. Una proclamación anterior amenaza: No puedo soportar por más tiempo el desprecio de mi Palabra; mis predicadores y sacerdotes no logran nada con su trabajo infinito, sino burlas. Sin embargo, así como un padre o un buen juez perdonaría con gusto a un hijo, pero su maldad lo obliga a ser severo, así dice el Señor: No destruyo con gusto al género humano. Les concederé ciento veinte años en los que puedan volver en sí, y durante los cuales ejerceré misericordia.
- Horrible fue el desastre, porque ni los hermanos ni las hermanas de Noé se salvaron. Era necesario que precediera la advertencia más seria, para que, quizá, fueran llamados de nuevo al arrepentimiento. Jonás anuncia a los ninivitas la destrucción dentro de cuarenta días, y ellos se arrepienten y se salvan.
- Es claro, pues, que la despreocupación del mundo antiguo fue enorme, ya que durante los ciento veinte años de gracia persistió obstinadamente en sus concupiscencias, burlándose incluso de su pontífice Noé, el maestro de justicia.
- En nuestros tiempos, al acercarse el día del Señor, se da casi la misma situación: exhortamos al arrepentimiento a los papistas y a nuestros nobles; amonestamos a los habitantes de la ciudad y del campo a que no sigan despreciando la Palabra, porque Dios no dejará esto sin castigo. Pero nos esforzamos en vano, como dice la Escritura. Unos pocos fieles son edificados, y estos son recogidos uno a uno de delante del pecado, «y no hay quien piense en ello», como se dice en Is 57:1. Pero cuando Dios, de este modo, haya aventado el trigo y recogido el grano en su lugar, ¿qué crees que será de la paja? Nada más que ser quemada con fuego inextinguible, Mt 13:42. Esta será la suerte del mundo.
- Pero el mundo no entiende cómo puede ser que por medio de la predicación del evangelio el trigo sea separado de la paja para ser recogido en el granero, mientras la paja, es decir, la multitud de incrédulos hundidos en la idolatría y las tinieblas, será entregada al fuego. Está escrito: «En el día de salvación te ayudé; y te guardaré», Is 49:8. Quienes descuiden este día de salvación encontrarán a Dios como vengador, porque él no hará el trabajo inútil de trillar paja vacía.
- Pero el mundo es carne; no obedece. Más aún, cuanto más cercana e inminente es la calamidad, tanto más seguro se siente y con más facilidad desprecia todas las amonestaciones fieles. Aunque este escándalo irrita a los justos, debemos concluir, no obstante, que Dios no reprende en vano al mundo por medio de su Espíritu Santo, ni el Espíritu Santo se contrista en vano en los justos. Cristo usa esto como ejemplo cuando habla de la maldad y la despreocupación de nuestra época: «Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre», Mt 24:37.
- Hay que observar aquí lo que ha sido motivo de dificultad para Jerónimo: que el diluvio vino cien años después del nacimiento de Sem, Cam y Jafet, mientras que aquí se dice que el tiempo hasta el diluvio fue de ciento veinte años.
B. NOÉ Y SU PREDICACIÓN.
- Pero este pasaje muestra que Noé comenzó a predicar sobre el castigo inminente del diluvio antes de su matrimonio, habiendo llevado hasta entonces una vida de célibe.
- Considera, pues, qué entretenimiento ofreció a un mundo malvado en su imaginaria seguridad. Predice la destrucción de todo el mundo por el diluvio y, sin embargo, él mismo se casa. ¿Por qué? ¿No le bastaba perecer solo, que tiene que juntarse una compañera para el desastre? ¡Oh viejo necio! Seguramente, si creyera que el mundo iba a perecer por un diluvio, preferiría perecer solo antes que casarse y tomarse la molestia de engendrar hijos. Pero si él mismo va a salvarse, pues también nos salvaremos nosotros.
De este modo comenzaron a despreciar la predicación acerca del diluvio con tanta mayor seguridad a causa del matrimonio de Noé, ignorantes del consejo de Dios, que obra de una manera del todo incomprensible para el mundo. ¡Qué absurdo prometer a Abraham descendencia por medio de Isaac y, sin embargo, mandar que Isaac sea sacrificado!
- El divino Jerónimo argumenta contra la opinión de que Dios había fijado el tiempo del diluvio en ciento veinte años, pero que más tarde, cuando la maldad se hizo fuerte, se vio obligado a acortar el plazo.
- Pero nosotros no haremos de Dios un mentiroso; más bien afirmamos como convicción nuestra que Noé había predicado hasta entonces, en estado de celibato, que el mundo sería destruido por el diluvio, y que más tarde, por mandato divino, tomó una doncella como una pequeña rama, por así decirlo, del linaje de las mujeres, y engendró tres hijos. Más abajo está escrito que halló gracia ante el Señor; de lo contrario, quien se había abstenido del matrimonio tanto tiempo podría haber seguido haciéndolo todavía más. Pero Dios, para contener su ira, quiere dejar un semillero para el género humano; por eso manda el matrimonio. Los impíos creen que esto es señal de que el mundo no perecerá; por eso viven seguros y desprecian al predicador Noé. Pero el consejo de Dios es otro: destruir el mundo entero y dejar, por medio de este justo Noé, un semillero para el mundo futuro.
- Noé fue, por tanto, el profeta más grande; el mundo no ha tenido otro igual. Primero, enseña durante el tiempo más largo; luego, da instrucción acerca de un castigo universal que viene sobre el mundo, y hasta fija el año de su llegada. Del mismo modo Cristo profetiza acerca del juicio final, cuando toda carne perecerá. «Pero de aquel día y de la hora —dice en Mr 13:32— nadie sabe, … sino el Padre».
Jonás predice el castigo de los ninivitas dentro de cuarenta días; Jeremías predice setenta años de cautiverio; Daniel, setenta semanas hasta la venida de Cristo. Son profecías notables, en las que se describen con exactitud el tiempo, el lugar y la persona.
Pero esta profecía de Noé supera a todas las demás, porque predice por el Espíritu Santo que dentro de un número determinado de años perecerá todo el género humano. Es digno de ser llamado el segundo Adán y la cabeza del género humano, por cuya boca Dios habla y llama al mundo entero al arrepentimiento.
- Es terrible, sin embargo, que su mensaje fuera despreciado con tal seguridad que no solo ninguno de los cainitas, sino ni siquiera ninguno de la descendencia de Adán cambió. Por eso Noé se vio obligado a presenciar la destrucción de hermanos, hermanas, parientes y allegados sin número, y todos ellos se burlaban del piadoso anciano y de su mensaje como de un cuento de viejas.
- Este terrible ejemplo se nos pone delante para que no persistamos en el pecado. Porque si Dios no perdonó al mundo primitivo, que era tan magnífico —la flor misma y la juventud del mundo—, y en el que habían vivido tantos hombres piadosos, sino que, como dice en Sal 81:12, «los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón», y los echó a un lado como si no tuvieran derecho alguno a la promesa hecha a la Iglesia; si hizo esto, ¿cuánto menos nos perdonará a nosotros, que no poseemos tales prerrogativas?
- Por tanto, el decreto citado en este pasaje, según el cual Dios concedería a los hombres ciento veinte años para arrepentirse, fue dictado y promulgado antes de que Noé hubiera engendrado hijos.
- En cuanto a la generación de los cainitas, no se menciona a sus patriarcas en el tiempo del diluvio, ni Moisés los considera siquiera dignos de ser nombrados. Antes ha traído la generación de Caín hasta Lamec, pero es incierto si sus hijos o sobrinos vivían en tiempos de Noé. Esto sí es cierto: que la descendencia de Caín existió hasta entonces, y era tan poderosa que extravió a los mismos hijos de Dios, ya que aun la posteridad de los santos patriarcas pereció en el diluvio.
- Antes de este tiempo, los santos patriarcas —los gobernantes de la verdadera Iglesia, por así decirlo— amonestaban a sus familias a guardarse de la generación maldita. Pero los cainitas, irritados por ser condenados, intentaron derribar a los justos con toda clase de maldades; porque la iglesia de Satanás hace guerra perpetua contra la Iglesia de Dios.
- Por eso, cuando los justos comienzan a vacilar y la maldad gana terreno, Dios levanta a Noé para exhortar al arrepentimiento y para ser para sus descendientes un ejemplo perpetuo, cuya fe y cuya diligente y paciente dedicación a la enseñanza pudiera admirar e imitar su descendencia. Gran milagro es, y caso de fe ilustre, que Noé, habiendo oído por medio de Matusalén y Lamec el decreto de que el mundo perecería por el diluvio al cabo de ciento veinte años, no duda de su verdad y, sin embargo, cuando los ciento veinte años casi han expirado, se casa y engendra hijos. Más bien podría haber pensado: Si el género humano ha de perecer, ¿para qué casarme? ¿Para qué engendrar hijos? Si me he abstenido durante tantos años, seguiré haciéndolo en adelante. Pero Noé no hace esto; al contrario, después de dar a conocer el propósito de Dios respecto a la destrucción del mundo, obedece a Dios, que lo llama al matrimonio, y le cree a Dios que, aunque el mundo entero perezca, él con sus hijos será salvo. Ilustre es esta fe y digna de nuestra consideración.
- Había en él, primero, aquella fe general, común con los patriarcas, acerca de la simiente que había de herir la cabeza de la serpiente. Poseía además la virtud singular de aferrarse a esta fe en medio de tan gran multitud de escándalos, y de no apartarse de Jehová. Luego, a esta fe general añadió la otra, la fe especial, por la cual creyó a Dios tanto respecto a la destrucción con que se amenazaba al resto del mundo como respecto a la salvación prometida al propio Noé y a sus hijos. Sin duda, a esta fe lo animaban con empeño su abuelo Matusalén y su padre Lamec; porque creer así era tan difícil como lo fue para la virgen María creer que ninguna otra sino ella había de ser la madre del Hijo de Dios.
- Esta fe le enseñó a despreciar la presunción del mundo, que se burlaba de él como de un viejo chocho. Esta fe lo impulsó a continuar con diligencia la construcción del arca, obra que aquellos gigantes probablemente ridiculizaban como una locura extrema. Esta fe hizo a Noé fuerte para estar solo contra los muchos malos ejemplos del mundo y para despreciar con la mayor vehemencia el juicio unánime de todos los demás.
- Pero casi indecible y milagrosa es esta fe, cargada como está de extraños y gravísimos obstáculos, que el Espíritu Santo muestra de paso, sin entrar en muchos detalles, para movernos a meditar con más diligencia en sus circunstancias. Considera primero la gran corrupción de la época. Mientras que antes la Iglesia había tenido muchos y santísimos patriarcas, ahora estaba privada de tales gobernantes: Adán, Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoc, todos han muerto, y el número de los patriarcas se reduce a tres: Matusalén, Lamec y Noé. Solo estos quedan cuando se publica el decreto sobre la destrucción del mundo. Estos tres se ven obligados a presenciar y sufrir la increíble malicia de los hombres, su idolatría, blasfemia, actos de violencia y pasiones inmundas, hasta que finalmente también Matusalén y Lamec son llamados de esta vida. Entonces Noé fue el único que se opuso al mundo que se precipitaba a la destrucción y que se esforzó por conservar la justicia y reprimir la injusticia. Pero, lejos de tener éxito, tuvo que ver cómo aun los hijos de Dios caían en la maldad.
- Esta ruina y devastación de la Iglesia afligía al justo y casi le partía el corazón, como dice Pedro de Lot en Sodoma, 2 P 2:8. Ahora bien, si Lot estaba tan turbado y afligido por la maldad de una sola ciudad, ¿qué no sería de Noé, contra quien no solo se enfurecía la generación de Caín, sino a quien se oponía también la generación decadente de los patriarcas, y luego incluso la casa de su propio padre, sus hermanos, sus hermanas y los descendientes de sus tíos y tías? Porque todos estos fueron corrompidos y apartados de la fe por las hijas de los hombres. Como dice el texto, «viendo… las hijas de los hombres».
III. LOS PECADOS DEL MUNDO ANTIGUO EN PARTICULAR.
A. LOS MATRIMONIOS PROHIBIDOS.
- Pero, pregunto yo, ¿por qué no se hace queja también de los hombres, o por qué no se incluye en esta queja a las hijas de Dios? Dice solamente que «vieron las hijas de los hombres». Fue sin duda por esta razón: que la santa generación de Set había recibido el mandato particular de guardarse de la comunión con los cainitas, puesto que estos habían sido excluidos de la verdadera Iglesia, y de no mezclarse con ellos ni socialmente por medio del matrimonio ni eclesiásticamente por medio del culto, porque los justos deben evitar toda ocasión de escándalo.
- Al prohibir el matrimonio con los cainitas, el propósito principal de los padres piadosos era mantener pura su generación; porque las hijas llevan a las casas de sus maridos las ideas y costumbres de sus padres. Así leemos de Salomón en el libro de los Reyes que fue extraviado por mujeres extranjeras; y así Jezabel introdujo la maldad de los sirios en el reino de Israel.
- Los santos padres vieron que lo mismo sucedería en su generación; por eso, después de haber sido separados de los cainitas por mandato divino, resolvieron que los hijos de la generación santa no se casaran con las hijas de los hombres. A las hijas de la raza de los justos se las podía retener con más facilidad de casarse con los cainitas, mientras que los hijos eran independientes y testarudos.
- De este modo Moisés quiere mostrar que el mal comenzó desde el momento en que los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres, viendo que eran hermosas. Los hijos de los hombres, que eran soberbios, fuertes y apasionadamente dados al placer, sin duda despreciaban a las sencillas doncellas de la raza piadosa, que habían sido criadas por los santos patriarcas no con delicadeza, sino con sencillez y modestia, vestidas con ropa humilde. Por eso no era necesario dar una ley también para las doncellas, puesto que de todos modos los nobles cainitas no les hacían caso.
- Si estudias la historia de las naciones, encontrarás que las mujeres han sido ocasión de la caída de los reinos más fuertes. Bien conocida es la deshonra de Helena. También los escritos sagrados muestran que la mujer ocasionó la caída de todo el género humano. Esto, sin embargo, debe decirse sin menosprecio del sexo, porque tenemos un mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre», Éx 20:12. Asimismo: «Maridos, amad a vuestras mujeres», Col 3:19. Es verdad que Eva fue la primera en arrancar la manzana; pero primero pecó por idolatría y cayó de la fe, la cual, mientras está en el corazón, gobierna también el cuerpo; pero cuando se ha apartado del corazón, el cuerpo sirve al pecado. La culpa no es propia del sexo, sino del pecado, que el hombre tiene en común con la mujer.
- Así describe Moisés la injusticia y la lujuria que prevalecían. Pero da a entender al lector que, antes de pecar contra la segunda tabla de la ley, se había violado la primera y se había despreciado la Palabra de Dios. De lo contrario, los hijos de Dios habrían obedecido la voluntad de sus padres piadosos, que prohibían casarse con los de fuera de la Iglesia.
- Moisés concluye, pues, que, como los hijos de Dios habían abandonado el culto y la Palabra de Dios y se habían apartado de los preceptos de sus padres, para caer luego en la sensualidad y la lujuria y tomar por mujer a quien les placía, se volvieron también violentos y se apropiaron de los bienes ajenos. El mundo no puede hacer otra cosa. Cuando ha abandonado a Dios, adora al diablo; cuando ha despreciado la Palabra y caído en la idolatría, se lanza a todos los pecados de la pasión, en los que se despiertan alternadamente la furia de la ira y la furia del deseo, y así todos los apetitos quedan en el mayor desorden. Cuando los justos reprenden esto, el resultado es el resentimiento y la violencia contra ellos.
- El pecado del diluvio abarca, pues, todo lo que puede llamarse pecado, tanto contra la primera como contra la segunda tabla. Los hombres malvados se apartan primero de Dios por la incredulidad; luego desprecian la obediencia a los padres, y finalmente se vuelven homicidas, adúlteros, etc.
- Menciono esto para que nadie crea que el sexo o el estado matrimonial tienen la culpa en sí mismos. Lo que se condena es principalmente la transgresión de los mandamientos de Dios y la desobediencia a los padres. Puesto que no había comunión entre los cainitas y la verdadera Iglesia, los padres piadosos querían también la separación social de los cainitas, por temor a que sus hijos fueran pervertidos por las costumbres de esposas impías. Pero, descuidado el mandamiento de Dios y despreciada la autoridad de los padres, la generación más joven cayó en las pasiones de la concupiscencia y la violencia. De este modo se conservan el honor del sexo y la dignidad del matrimonio: la acusación recae únicamente sobre la injusticia que primero se aparta de Dios y luego se manifiesta dañando a los santos.
- Esto es lo que enseñan las palabras: «Viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas». ¿Por qué no miraron a las hijas de Dios y desearon a las de la Iglesia, que poseían la promesa de la simiente? ¿No quedan convictos de desprecio hacia las hermanas de su propia generación, es decir, la verdadera Iglesia, y de mezclarse con la generación carnal e impía de Caín? Desprecian la sencillez y el recato de sus hermanas y prefieren las sonrisas, los vestidos y las artimañas de las hijas de Caín; a estas las desean y las cortejan, a aquellas las tratan con descuido o con deshonra.
- Con los mismos ojos con que Eva miró las manzanas cuando cayó en pecado, miraron los hijos de Dios a las hijas de los hombres. Eva había visto antes el árbol prohibido, pero con ojos de fe que miraban al mandamiento de Dios; por eso no lo codiciaba, sino que más bien huía de él. Pero cuando los ojos de la fe se oscurecieron y contempló el árbol solo con ojos carnales, extendió la mano con deseo e invitó también a Adán, su marido.
- Del mismo modo, los hijos de los patriarcas habían visto mucho antes que las hijas de los cainitas sobresalían en figura, vestido y elegancia de modales. Sin embargo, no se mezclaban con ellas, porque el ojo de la fe miraba al mandamiento de Dios y a la promesa de la simiente que había de nacer de la generación de los justos. Pero, perdidos los ojos de la fe, ya no veían ni el mandamiento ni la promesa de Dios, sino que seguían solamente el deseo de la carne. A las muchachas sencillas, buenas y virtuosas de su propia generación las despreciaron; con las cainitas se casaron, viendo que eran refinadas, encantadoras y agradables.
- No es pecado, por tanto, que se casen, ni se condena el sexo en sí mismo. La condenación está en esto: que, despreciando el mandamiento divino, se casan ilícitamente; que se dejan extraviar por sus mujeres del culto verdadero al culto malvado de una iglesia falsa; que, a la manera de los cainitas, no hacen caso de la autoridad de los padres y se hacen culpables de violencia, opresión y otros pecados.
Moisés revela claramente su pecado cuando dice: «Tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas», como si dijera: Casarse con una mujer no es un mal, sino una bendición, si se hace lícitamente. Pero pecaron en que se casaron sin juicio, contra la voluntad y el propósito de los padres, casándose con quien querían y con cuantas querían, sin importar su propio estado, estuvieran casados o solteros.
- Esta es una palabra severa, con la que Moisés califica de gran pecado que tomaran arbitrariamente dos mujeres o más, que las cambiaran o se las arrebataran a otros, a la manera de Herodes, que se apoderó de la mujer de su hermano. Es este reinado desenfrenado de la mala concupiscencia lo que Moisés pone al descubierto y condena.
- Beroso escribe que entre ellos se celebraban también matrimonios incestuosos, de modo que se casaban incluso con sus madres y hermanas. Pero dudo que fueran tan malvados. Ya es pecado bastante grave que al casarse prescindieran del juicio, de la autoridad de sus padres y aun de la Palabra de Dios, siguiendo del todo la guía de la concupiscencia y del deseo. Tomaban a quienes querían y a quienes podían, y con tal licencia sembraron el caos en las relaciones domésticas, públicas y eclesiásticas.
B. DESORDEN EN TODOS LOS ÓRDENES DE LA SOCIEDAD.
El pecado del mundo primitivo fue, por tanto, un trastorno de todo orden establecido, ya que la Iglesia estaba desmoralizada por la idolatría y las falsas formas de culto. Esta situación se agravaba por aquellos opresores que perseguían cruelmente a los maestros justos y a los hombres santos. La disciplina pública fue destruida por la opresión y los actos de violencia, y la disciplina doméstica por la concupiscencia desenfrenada. A tal subversión de la piedad y la integridad siguió una depravación universal; los hombres no eran simplemente malos, sino claramente incorregibles.
C. La tiranía ejercida.
V. 4a. Había Nephilim (gigantes) en la tierra en aquellos días,
- Moisés continúa la descripción del pecado y la ofensa que provocaron el diluvio. El primer punto fue que los hijos de Dios habían caído del temor de Dios, y la Palabra se había vuelto del todo carnal, pervirtiendo no solo la Iglesia, sino también el Estado y el hogar. Ahora añade que la maldad había crecido hasta el punto de que surgieron gigantes sobre la tierra. Afirma claramente que del concubinato de los hijos de Dios con las hijas de los hombres no nacieron hijos de Dios, sino gigantes; es decir, hombres audaces que se arrogaban a la vez el gobierno y el sacerdocio.
- Exactamente así el papa se arroga a la vez la espada espiritual y la temporal. Esto no sería el colmo del mal si él usara su poder para la conservación del Estado y de la Iglesia; pero el mayor pecado es que abusa de su poder para establecer la idolatría, para hacer la guerra a la sana doctrina y para oprimir incluso en el Estado. Cuando se reprende a los papistas con la Palabra de Dios, rechazan tal reprensión, alegando que ellos son la Iglesia y que son incapaces de errar. A esta clase de gente Moisés la llama «gigantes»: hombres que se arrogan el poder tanto político como eclesiástico y que pecan con el mayor desenfreno.
- Tales hombres se describen en el libro de la Sabiduría, que dicen: «Sea la injusticia nuestra ley», 2:11. También en Sal 12:4: «Que dijeron: Por nuestra lengua prevaleceremos; nuestros labios son nuestros; ¿quién es señor de nosotros?». Y en el Sal 73: «Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería», etc. Así eran los gigantes que resistían cara a cara al Espíritu Santo, el cual, por boca de Lamec, de Noé y de los hijos de Noé, exhortaba, suplicaba, enseñaba y reprendía.
- Hay quienes discuten el significado del sustantivo Nephilim y lo derivan de Naphal, que significa «caer». Comúnmente lo toman en sentido pasivo, queriendo decir que los demás hombres, al ver sus formas toscas y su tamaño extraordinario, caían por tierra de miedo. Que los rabinos respondan de que esto sea correcto; es ridículo llamarlos «Nephilim» porque otros caían. Algunos, sin embargo, sugieren la etimología de que se les llamó así porque se habían salido de la estatura común de los hombres, y alegan como prueba Nm 13:33, de donde se desprende que los gigantes tenían cuerpos enormes, como los anaceos y los refaítas. Cuál de estos tiene razón, no lo decido, sobre todo porque es cierto que no puede darse una teoría de todas las palabras ni demostrarse su origen.
- Pero aquí se presenta otra pregunta: ¿Por qué solo los nacidos de los hijos de Dios y de las hijas de los hombres habrían de diferir de la estatura común del hombre? No tengo otra respuesta sino que el texto no dice nada de la estatura en este lugar. En Nm 13:33 se dice: «También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos». Allí se muestra la enormidad del cuerpo, pero no aquí; por tanto, pueden llamarse gigantes por alguna otra razón que no sea su estatura corpulenta.
- Para dar mi opinión sobre la palabra, sostengo que no ha de tomarse en sentido neutro ni pasivo, sino activo, ya que la palabra «naphal» se usa a menudo en sentido activo, aunque no pertenece a la tercera conjugación, en la que se encuentran casi todos los verbos transitivos. Así, en Jos 11:7: «Y vino Josué, y con él toda la gente de guerra, contra ellos junto a las aguas de Merom, y cayeron de repente sobre ellos». Si el verbo se interpreta como neutro, como si Josué y sus hombres hubieran caído ante los enemigos, la historia lo contradice; porque el sentido es que cayeron sobre los enemigos y los vencieron de repente.
- Por tanto, este pasaje y otros semejantes me mueven a entender que «nephilim» no designa el volumen del cuerpo, sino la tiranía y la opresión, puesto que dominaban por la fuerza, sin hacer caso de la ley ni del honor, sino entregándose solo a su placer y a su deseo. A los gobernantes legítimos la Escritura los llama pastores y príncipes, pero a los que gobiernan con injusticia y violencia se los llama con razón «Nephilim», porque caen sobre los que están debajo de ellos y hacen presa en ellos.
Así en el Sal 10: «Se encoge, se agacha, y Venaphal Baa Zumaf Helkaim (cae con sus fuertes sobre los pobres)». El Espíritu Santo habla allí del reinado del Anticristo, al que describe enfureciéndose de tal manera que aplasta lo que puede y, en todo caso, doblega lo que no puede aplastar, para después suprimir con todas sus fuerzas lo que ha doblegado. Porque baazuma puede traducirse indistintamente por «con su fuerza» o «con sus fuertes». Este poder, dice, lo usa solo contra los que son Hilkaim, es decir, los pobres, los que ya antes se encontraban en algún estado de aflicción. A otros que sobresalen en poder los adula para atraerlos a su lado.
- Por consiguiente, interpreto «gigantes» en este pasaje no como hombres de estatura enorme, como en Nm 13:33, sino como violentos y opresores; tal como los poetas pintan a los cíclopes, que no temen ni a Dios ni a los hombres, sino que siguen solo sus deseos, confiando en su fuerza y su poder. Porque los opresores se sientan entronizados en majestad, dominan imperios y reinos y se arrogan incluso el poder espiritual, pero usan ese poder contra la Iglesia y la Palabra de Dios para satisfacer su concupiscencia.
- Observa aquí el extraño consejo de Dios: nos manda temer a las autoridades, obedecerlas, servirlas y honrarlas, mientras que al mismo tiempo las amenazas y terribles reprensiones que él administra van dirigidas casi siempre contra los que están en autoridad, contra reyes y príncipes, como si Dios procediera contra ellos con un odio particular. La Escritura nos ordena honrar a la autoridad, pero ella misma no la honra; más bien la destruye con la amenaza de los castigos más graves. La Escritura nos ordena temer a la autoridad, pero ella misma parece despreciar a las autoridades, puesto que no las alaba, sino que las amenaza.
- ¿No declama María con vehemencia en su cántico contra los príncipes, Lc 1:51-53: «Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos»? Si creemos que esto es verdad, ¿quién querría encontrarse entre las autoridades, para quienes está preparada e inminente una perdición tan cierta? ¿Quién no preferiría vivir en una condición humilde y pasar hambre? El segundo salmo acusa a las autoridades del crimen más grave cuando dice que se ponen con fuerzas y esfuerzos unidos en oposición a Dios y a su ungido, y hacen violencia a su reino. «Porque convertiste la ciudad en montón, la ciudad fortificada en ruina», Is 25:2. Toda la Biblia abunda en sentencias semejantes.
- Así, la Biblia no honra a las autoridades, sino que las amenaza con peligro y las arrastra a un desprecio manifiesto; y sin embargo, con sumo cuidado nos manda reverenciarlas y temerlas y prestarles toda clase de servicio. ¿Por qué es esto? Sin duda porque Dios mismo quiere castigarlas, y se ha reservado la venganza en lugar de dejarla en manos de sus súbditos. Jeremías discute en el cap. 12:1 sobre la prosperidad del camino de los impíos, siendo el Señor justo. Pero concluye: «Tú, oh Señor, los engordas y los preparas para el sacrificio».
- Así podría decirse que las autoridades son, por así decirlo, los cerdos de Dios: él los engorda, les da riqueza, poder, fama y la obediencia de sus súbditos. No son perseguidos, mientras que ellos mismos persiguen y oprimen a otros; no sufren ningún daño, sino que lo infligen a otros; no dan a otros, sino que les roban, hasta que llega la hora en que, como cerdos cebados, son degollados. De ahí el proverbio alemán: Un príncipe es ave rara en el reino de los cielos; o bien: los príncipes son caza salvaje en el cielo.
- Por consiguiente, aquellos a quienes Moisés llama aquí «Nephilim», que es un nombre odioso y vergonzoso, eran sin duda los administradores legítimos de la Iglesia y del Estado. Pero como no usaban su oficio como debían, Dios los marca y los estigmatiza con este nombre oprobioso. Así como nosotros, en este estado corrupto de la naturaleza, somos incapaces de usar el menor don sin soberbia, así Dios, que no soporta en absoluto la soberbia, derriba de su trono a los poderosos y deja vacíos a los ricos.
- Acepto, pues, la palabra «Nephilim» con significado activo, equivalente a tiranos, opresores, juerguistas. Creo, además, como ha sucedido también en otras lenguas, que Moisés trasladó el uso de esta palabra de su propio tiempo al de antes del diluvio, cambiando algo su sentido, ya que estos descendientes degenerados de los hijos de Dios abusaban de su poder y de su posición para oprimir a los buenos, así como aquellos anaceos eran tiranos que confiaban en la fuerza corporal; y así lo mostrará Moisés enseguida.
V.4b. «Y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre».
- Jerónimo traduce: Isti sunt potentes a seculo (estos son poderosos desde el principio). Pero la palabra seculum (olam) no significa aquí duración de tiempo, ni predica extensión. Estos gigantes no existieron desde el principio; no nacieron hasta que los hijos de Dios hubieron degenerado. Pero seculum (olam) connota un segundo predicado, el de la sustancia, de modo que Moisés explica que la naturaleza del poder en que confiaban era secular o mundana. Despreciaban el ministerio de la Palabra como un oficio vil; por eso se apoderaron de otro oficio, uno secular. Exactamente lo mismo han hecho nuestros papistas. Les ha agradado más tener rentas abundantes y reinos mundanos que ser aborrecidos por todos a causa del evangelio.
- En lo que toca a Moisés, el sustantivo olam designa el mundo mismo, y también la época o el tiempo. Por eso hay que observar con cuidado cuándo olam (seculum) significa en las Escrituras duración de tiempo y cuándo significa «mundo». Aquí significa necesariamente «mundo», porque ellos no existieron desde el principio.
- Esta cláusula describe, pues, acertadamente el poder que habían recibido, no de la Iglesia ni del Espíritu Santo, sino del diablo y del mundo. Es, por así decirlo, la contrapartida de lo que Cristo dice ante Poncio Pilato, Jn 18:36: «Mi reino no es de este mundo». Los siervos de la Palabra luchan con el hambre y cargan con el odio de todas las clases. En consecuencia, no pueden ejercer tiranía; pero los que poseen reinos, los que gobiernan estados, los que poseen castillos y dominios, están equipados para ejercer la tiranía.
- Esta cláusula contiene también una alusión sugestiva a la pequeña Iglesia con sus pocas almas. Estos son portadores de la cruz sin riquezas; pero poseen la Palabra. Su única riqueza es lo que el mundo desprecia y persigue. Los Nephilim, en cambio, o gigantes, usurpan como descendientes de los patriarcas el espléndido nombre de la Iglesia, y poseen además reinos. Ejercen dominio y persiguen con su poder a la mísera Iglesia. De acuerdo con esto, Moisés los llama poderosos ante el mundo o en el mundo; es decir, mundanos y potentados temporales.
- Lo que Jerónimo traduce viri famosi (varones famosos) es en hebreo «hombres de nombre», es decir, renombrados o famosos en el mundo. Moisés toca aquí también el pecado de los cíclopes, que, poseyendo todo en el mundo, poseían también un nombre famoso y eran renombrados en todo el mundo; mientras que, por el contrario, los verdaderos hijos de Dios, es decir, Noé y sus hijos, eran tenidos en el mayor desprecio y considerados herejes, hijos del diablo, una mancha sobre la grandeza de la Iglesia y del Estado. Así sucede ahora con nosotros. Cristo testifica en Mt 24:37 que los últimos tiempos se parecen a los tiempos de Noé.
- Moisés había testificado antes que el Espíritu Santo sería quitado a los impíos y que estos serían entregados a los caminos de su propio deseo. Eran, por tanto, bribones como el papa hoy con sus cardenales y obispos, que no solo se titulan príncipes y poseen reinos, sino que además se atribuyen el nombre de Iglesia, para someternos como herejes a la excomunión y condenarnos tranquilamente. No permiten que se los llame tiranos, ni malvados, ni sacrílegos. Quieren que se los titule señores benignísimos, santísimos y reverendísimos.
- El sentido, por tanto, no es el que sigue Lira cuando entiende «famosos» como «notorios». Así como el mundo no llama al papa Anticristo, sino que le atribuye el nombre del mayor santo y lo admira como si él y sus criaturas carnales estuvieran llenos del Espíritu Santo y fueran incapaces de errar, y por eso adora humildemente todo lo que manda o aconseja, exactamente así aquellos gigantes tenían un nombre noble y eran admirados por todo el mundo. Por el contrario, Noé con sus seguidores era condenado como rebelde, como hereje, como calumniador de la dignidad del Estado y de la Iglesia. Así nos miran hoy los obispos a nosotros, que profesamos el evangelio.
D. EL PECADO CONTRA EL ESPÍRITU SANTO.
- Este pasaje ofrece una descripción de los pecados de que estaba cargada aquella época: los hombres eran reacios a la Palabra; estaban entregados a sus propias concupiscencias y a una mente reprobada; pecaban contra el Espíritu Santo con una impenitencia persistente, defendiendo su conducta impía y haciendo la guerra a la verdad reconocida. Y sin embargo, con todas estas blasfemias conservaban el nombre y la autoridad, no solo del Estado, sino también de la Iglesia, como si Dios los hubiera exaltado al lugar de los ángeles. Estando así las cosas, y enseñando en vano Noé y Lamec con su piadoso antepasado Matusalén, Dios los entregó a los deseos de sus corazones (Sal 81:12) y guardó silencio hasta que experimentaran el diluvio, cuya profecía se negaron a creer.
- Esto es apartarse de Dios y de la Iglesia y entrar en matrimonios ilícitos. Un pecado, si no se corrige enseguida, lleva a otro, y así indefinidamente, hasta llegar al estado que describe Salomón en Pr 18:3: «Cuando viene el impío, viene también el menosprecio, y con el deshonrador la afrenta». Los que así pecan, aunque después sean reprendidos, no hacen caso. Se imaginan que no necesitan ningún maestro y creen defender una causa justa. No creen en una vida después de esta, ni siquiera esperan la salvación, mientras viven en pecado abierto. Sin embargo, el desprecio y la vergüenza los abrumarán. Fue esta impenitencia persistente y este consumado desprecio de la Palabra lo que movió a Dios a castigar a toda carne con un diluvio universal.
IV. El arrepentimiento y el dolor de Dios por haber hecho al hombre.
A. El arrepentimiento de Dios.
V.5, 6. Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón.
- Este es el pasaje que hemos usado contra el «libre albedrío», del cual Agustín escribe que sin la gracia del Espíritu Santo no puede hacer otra cosa que pecar. Pero los escolásticos, campeones del libre albedrío, no solo se ven en grandes aprietos por este pasaje tan claro, sino también por la autoridad de Agustín, y sudan. De Agustín dicen que su lenguaje es hiperbólico. Así escribe Basilio de uno que, al refutar al bando contrario, había ido demasiado lejos: que hizo como los campesinos, que al tratar de enderezar ramas torcidas las doblan un poco de más hacia el otro lado. Y así afirman que Agustín, al rechazar a los pelagianos, habló contra el libre albedrío, en defensa de la gracia, con más severidad de la que el asunto merecía.
- En cuanto a este pasaje, se le calumnia cuando se sostiene que habla solo de la generación malvada anterior al diluvio y que ahora los hombres son mejores, al menos algunos que hacen buen uso de su libre albedrío. Esos miserables intérpretes no ven que el pasaje habla del corazón humano en general, y que se añade claramente una partícula, Rak, que significa «solamente». En tercer lugar, no ven que después del diluvio se repite la misma declaración en el capítulo 8 casi con las mismas palabras. Pues Dios dice: «El intento del corazón del hombre es malo desde su juventud», Gn 8:21. Aquí es evidente que no habla solo de los antediluvianos. Habla más bien de aquellos a quienes promete que nunca más vendrá otro diluvio universal de aguas, es decir, de toda la descendencia de Noé. Son palabras de aplicación universal: «El intento del corazón del hombre es malo».
- Sacamos, por tanto, la conclusión general de que el hombre sin el Espíritu Santo y sin la gracia no puede hacer otra cosa que pecar, y así avanza sin detenerse de pecado en pecado. Si además no soporta la sana doctrina, sino que rechaza la palabra de salvación y resiste al Espíritu Santo, se convierte en enemigo de Dios, blasfema contra el Espíritu Santo y sigue sin más los malos deseos de su corazón. Testigos de ello son los ejemplos de los profetas, de Cristo y de los apóstoles, el del mundo primitivo que tuvo por maestro a Noé, y también el ejemplo de nuestros adversarios de hoy, a quienes nada puede convencer de que están en error, de que pecan, de que su culto es impío.
- Otras declaraciones de la Sagrada Escritura prueban lo mismo. ¿No es bastante universal lo que dice el Salmo 14, v. 3: «Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron»? Así también Sal 116:11: «Todo hombre es mentiroso»; y Pablo: «Dios sujetó a todos en desobediencia», Ro 11:32. Estos pasajes son de lo más universales y obligan enfáticamente a concluir que todos nosotros, sin el Espíritu Santo, cuyo dispensador es Cristo, no podemos hacer otra cosa que errar y pecar. Por eso Cristo dice en el evangelio: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos… separados de mí nada podéis hacer», Jn 15:5. Sin mí eres un pámpano cortado, seco, muerto y listo para el fuego.
- Y la razón misma por la que el Espíritu Santo desempeña el oficio de convencer al mundo es llamarlo de nuevo al arrepentimiento y a reconocer su desvarío. Pero el mundo sigue siendo fiel a sí mismo: no oye, cree que puede agradar a Dios con formas de culto elegidas por él mismo y sin el respaldo de la Palabra divina, y no se deja sacar de su engaño.
- Si alguna vez se celebrara un concilio, la declaración y conclusión final sobre este mismo punto, el libre albedrío, sería que debemos atenernos a las decisiones del papa y de los padres. Podemos gritar hasta quedar roncos que el hombre en sí mismo, sin el Espíritu Santo, es malo; que todo lo que hace sin el Espíritu Santo o sin fe está condenado delante de Dios; que su corazón está depravado, y también todo su pensamiento: no conseguiremos nada.
- Por eso hay que afirmar la mente en esto y aferrarse a la doctrina que nos pone delante nuestro pecado y nuestra condenación. Este conocimiento de nuestro pecado es el comienzo de la salvación: debemos desesperar por completo de nosotros mismos y dar solo a Dios la gloria de la justicia. ¿Por qué otra cosa se queja Pablo en otro lugar, y en Romanos 7:18 confiesa abiertamente que no hay nada bueno en él? Dice claramente «en mi carne», para que entendamos que solo el Espíritu Santo puede sanar nuestra enfermedad. Cuando esto ha quedado fijo en nuestro corazón, el fundamento de nuestra salvación está en gran parte puesto, puesto que después se dan testimonios claros de que Dios no desechará al pecador, es decir, al que reconoce su pecado, desea volver en sí y tiene sed de justicia y del perdón del pecado por medio de Cristo.
- Cuidémonos, pues, de no hallarnos entre esos cíclopes que se oponen a la Palabra de Dios y proclaman su libre albedrío y sus propias fuerzas. Aunque a menudo erremos, caigamos y pequemos, si cedemos a la reprensión del Espíritu Santo con una humilde confesión de nuestra depravación, el Espíritu Santo mismo estará presente; y no solo no nos imputará el pecado que reconocemos, sino que la gracia de Cristo lo cubrirá, y él derramará sobre nosotros otros dones necesarios tanto para esta vida como para la venidera.
- Pero hay que considerar más de cerca las palabras de Moisés, porque con un propósito definido usó aquí una expresión peculiar. No dijo simplemente: «Los pensamientos del corazón del hombre son malos», sino «el designio de los pensamientos de su corazón». Así expresa lo más alto que el hombre puede alcanzar con sus pensamientos, o con su razón y su libre albedrío. «Designio» llama a lo que el hombre, con su mayor esfuerzo, idea, escoge, forma como un alfarero, y cree que es lo más hermoso.
Pero ese designio es malo, dice, y no una vez, sino siempre. Porque nuestra razón sin el Espíritu Santo carece por completo del conocimiento de Dios. Y carecer del conocimiento de Dios significa ser enteramente vil, habitar en tinieblas y tener por muy bueno lo que en realidad es muy malo.
- Pero cuando hablo de lo bueno, lo hago desde el punto de vista teológico, porque debemos distinguir entre el punto de vista teológico y el civil. Dios aprueba también el gobierno de los impíos; honra y recompensa la virtud también entre los impíos, pero solo en lo que toca a las cosas de esta vida y a lo que capta una razón recta desde el punto de vista civil; la vida futura no está comprendida en esa recompensa. Su aprobación no mira a la vida futura.
- Cuando disputamos sobre el libre albedrío, la cuestión para nosotros es qué puede hacer desde el punto de vista teológico, no en los asuntos civiles ni en los que están sujetos a la razón. Creemos que el hombre sin el Espíritu Santo está totalmente corrompido delante de Dios, aunque se presente adornado con todas las virtudes paganas; pues ciertamente hay ejemplos distinguidos de moderación, de generosidad, de amor a la patria, a los padres y a los hijos, de valentía y de humanidad, aun en la historia de los gentiles. Sostenemos que los mejores pensamientos del hombre acerca de Dios, del culto a Dios, de la voluntad de Dios, son peores que las tinieblas cimerias; porque la luz de la razón, que se ha dado solo al hombre, entiende únicamente los bienes corporales. Tal es el perverso embotamiento de nuestros malos deseos.
- Esta declaración, por tanto, no debe interpretarse a la ligera, como hacen los judíos y los sofistas, que creen que aquí se habla solo de la parte inferior del hombre, que es bestial, y que la razón anhela cosas mejores. «El designio de los pensamientos» lo aplican, en consecuencia, a la segunda tabla, como el fariseo que condena al publicano y dice que no es como los demás. Las palabras que usa el fariseo son muy hermosas, pues dar gracias a Dios por sus dones no es pecado; y, sin embargo, declaramos que eso mismo es impío y malvado, porque procedía de una crasa ignorancia de Dios; es, en verdad, una oración convertida en pecado, que no tiende ni a la gloria de Dios ni al bien de los hombres.
- Puedes observar que los filósofos han discutido en distintas ocasiones con bastante ingenio acerca de Dios y de la providencia con que él gobierna todas las cosas. A algunos esas palabras les han parecido tan piadosas que casi han puesto a Sócrates, Jenofonte y Platón en el mismo rango que los profetas. Sin embargo, como en esas discusiones los filósofos ignoran que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para salvar a los pecadores, esas hermosas sentencias son, según la declaración de este pasaje, consumada ignorancia de Dios y puras blasfemias; porque el pasaje afirma sin ambigüedad que todo designio y esfuerzo del corazón humano es solamente el mal.
- El texto habla, por consiguiente, no solo de los pecados anteriores al diluvio, sino de toda la naturaleza del hombre, de su corazón, su razón y su entendimiento, aun cuando el hombre aparenta justicia y quiere ser muy santo, como hacen hoy los anabaptistas cuando se proponen en su corazón sobresalir de tal modo que no les falte nada, cuando para aparentar intentan alcanzar las virtudes más hermosas. La verdad es que los corazones sin el Espíritu Santo no solo ignoran a Dios, sino que por naturaleza hasta lo odian. ¿Cómo, entonces, puede ser otra cosa que malo lo que procede de la ignorancia y del odio a Dios?
- Aquí se plantea otra cuestión. Moisés dice así: «Cuando vio Jehová que todo designio de los pensamientos del corazón del hombre era de continuo solamente el mal, se arrepintió de haber hecho hombre en la tierra». Si Dios lo prevé todo, ¿por qué dice el texto que ahora ve por primera vez? Si Dios es sabio, ¿cómo puede sobrevenirle el pesar por haber creado algo? ¿Por qué no vio este pecado o esta naturaleza depravada del hombre desde el principio del mundo? ¿Por qué la Escritura atribuye así a Dios cosas como una voluntad, una visión y un propósito temporales? ¿No son los propósitos de Dios eternos e inalterables, incapaces de arrepentimiento? Hay casos parecidos también en los profetas, donde Dios amenaza con castigos, como por ejemplo a los ninivitas, y sin embargo perdona a los arrepentidos.
A esta cuestión los sofistas no tienen otra respuesta que esta: que la Escritura habla a la manera de los hombres, y que por eso tales cosas se atribuyen a Dios mediante una figura retórica. De ahí que sostengan una doble voluntad de Dios: la voluntad expresada por señales (voluntas signi) y la voluntad de su beneplácito (voluntas beneplaciti). La voluntad de su beneplácito, dicen, es constante e inmutable, mientras que la voluntad expresada está sujeta a cambio, porque las señales por las que se expresa las cambia cuando le place. Así abolió la circuncisión e instituyó el bautismo, mientras que la voluntad de su beneplácito, fijada desde la eternidad, permanece.
- Aunque no condeno esta interpretación, parece que un sentido más sencillo de la Escritura es que las Sagradas Escrituras expresan el pensamiento de los hombres que ejercen el ministerio. Porque cuando Moisés dice que Dios ve y se arrepiente, esto sucede realmente en el corazón de quienes tienen el ministerio de la Palabra. Así dijo más arriba: «No contenderá mi espíritu con el hombre»; pero no lo dice simplemente del Espíritu Santo tal como existe en su propia naturaleza, ni de la majestad divina, sino del Espíritu Santo en el corazón de Noé y de Matusalén, es decir, del Espíritu Santo en cuanto actúa y administra la Palabra por medio de los santos.
- De esta manera vio Dios la maldad del hombre y se arrepintió; es decir, Noé, que tenía el Espíritu Santo y era ministro de la Palabra, vio la maldad de los hombres y, al ver tales cosas, fue movido a dolor por el Espíritu Santo. Así dice Pablo en Efesios 4:30 que el Espíritu Santo en los justos se contrista por la impiedad y la malicia de los malvados. Puesto que Noé es un fiel ministro de la Palabra y un instrumento del Espíritu Santo, se dice que el Espíritu Santo se duele cuando Noé se duele y desea que el hombre más bien no existiera antes que ser tan inicuo.
- El sentido, por tanto, no es que Dios no viera estas cosas desde la eternidad; todo lo vio desde la eternidad. Pero como esta maldad se manifiesta ahora con toda su ferocidad, Dios la revela ahora por primera vez en el corazón de sus ministros y profetas.
Desde la eternidad, pues, Dios es firme y constante en su propósito. Todo lo ve y todo lo sabe. Pero solo a su debido tiempo Dios revela esto a los justos, para que también ellos lo vean. Este me parece el sentido más sencillo de este pasaje, y Agustín no difiere mucho de él.
- Sin embargo, sigo siempre la regla de evitar, en cuanto sea posible, las cuestiones que nos arrastran ante el trono de la altísima majestad. Es mejor y más seguro estar junto al pesebre de Cristo, el hombre. Perderse en los laberintos de la divinidad está lleno de los mayores peligros.
- A este pasaje pertenecen también otros semejantes en que se pinta a Dios con ojos, oídos, boca, nariz, manos y pies, tal como Isaías, Daniel y otros profetas lo vieron en sus visiones. En esos pasajes la Biblia habla de Dios de la misma manera que de un hombre. Por eso los antropomorfitas fueron condenados como herejes, porque atribuían a la esencia divina una forma humana.
- Como los antropomorfitas se imaginaban cosas tan groseras, con razón fueron condenados. Su fantasía es manifiestamente errónea, pues un espíritu, como dice Cristo (Lc 24:39), no tiene carne ni huesos. Yo más bien opino que los antropomorfitas quisieron adaptar la forma de su doctrina a la gente más sencilla. Porque en su sustancia Dios es incognoscible, indefinible, inexpresable, por más que nos hagamos pedazos en el esfuerzo por discernirlo o representarlo.
- Por eso Dios mismo desciende al bajo nivel de nuestro entendimiento y se nos presenta con sencillez infantil en representaciones, como bajo un disfraz, para darse a conocer a nosotros de algún modo. Así el Espíritu Santo apareció en forma de paloma; no porque sea una paloma, sino que en esta forma tosca quiso ser reconocido, recibido y adorado, pues era realmente el Espíritu Santo. Nadie dirá, por cierto, que el mismo pasaje define a Dios como una voz que habla desde el cielo; y, sin embargo, bajo esta imagen tosca, una voz humana desde el cielo, fue recibido y adorado.
- Cuando la Escritura atribuye así a Dios forma, voz, acciones y estados de ánimo humanos, lo hace como ayuda no solo para los incultos y débiles; también nosotros, los grandes, los doctos y entendidos en la Escritura, debemos aferrarnos a estas representaciones, porque Dios las ha presentado y se nos ha revelado por medio de ellas. Del mismo modo, los ángeles aparecen en forma humana, aunque es cierto que son solo espíritus; a los espíritus no podemos reconocerlos cuando se presentan como tales, pero las semejanzas sí las reconocemos.
- Esta es la manera más sencilla de tratar tales pasajes, porque la naturaleza de Dios no podemos definirla. Lo que no es, sí podemos definirlo bien: no es una voz, una paloma, agua, pan, vino. Y, sin embargo, en estas formas visibles se nos presenta y trata con nosotros. Nos muestra estas formas para que no nos volvamos espíritus errantes e inquietos que disputan acerca de Dios, pero lo ignoran por completo, puesto que en su majestad desnuda no puede ser aprehendido. Él ve que nos es imposible conocerlo en su propia naturaleza. Porque habita, como dice la Escritura en 1 Timoteo 6:16, en luz inaccesible, y ha declarado lo que nosotros podemos aprehender y entender. Los que permanecen en estas cosas lo asirán verdaderamente, mientras que los que se jactan de visiones, revelaciones e iluminaciones y van tras ellas, o serán aplastados por su majestad, o permanecerán en la más densa ignorancia de Dios.
- Así también los judíos tenían sus representaciones en las que Dios se les manifestaba, como el propiciatorio, el arca del pacto, el tabernáculo, las columnas de humo y de fuego. Dios dice en Éxodo 33:20: «No me verá hombre, y vivirá»; por eso da una representación de sí mismo en la que se nos manifiesta de tal modo que podamos asirlo. En el nuevo pacto tenemos el bautismo, la Cena del Señor, la absolución y el ministerio de la Palabra.
- Esto es lo que los escolásticos llaman voluntas signi, la voluntad expresada por señales, que debemos mirar cuando queremos conocer la voluntad de Dios. Otra es la voluntas beneplaciti, la voluntad de su beneplácito, la voluntad esencial de Dios, o su majestad desnuda, que es Dios mismo. De esta hay que apartar los ojos. No se la puede asir, porque en Dios no hay nada más que divinidad, y la esencia de Dios es su sabiduría infinita y su poder omnipotente. Estas son absolutamente inaccesibles a la razón: lo que él ha querido según la voluntad de su beneplácito, eso lo ha visto desde la eternidad.
- En esta voluntad esencial y divina no debemos husmear, sino abstenernos por completo de ella, como de la majestad divina, porque es inescrutable y Dios no ha querido declararla en esta vida. Quiere mostrarla bajo ciertas señales o velos, como el bautismo, la Palabra y la Cena del Señor. Estas son las imágenes de la divinidad y son su voluntad expresada por señales, por las cuales trata con nosotros al nivel de nuestro entendimiento. Por eso debemos mirar solo a ellas. La voluntad de su beneplácito hay que dejarla por completo fuera de la contemplación, a menos que seas Moisés, o David, o algún hombre igual de perfecto; aunque aun ellos miraron de tal modo la voluntad del beneplácito divino que nunca apartaron los ojos de la voluntad expresada por señales.
- Esta voluntad de Dios se llama su obrar (effectus Dei), en el cual sale a nuestro encuentro y trata con nosotros vestido con el ropaje de cosas ajenas a él mismo; a estas sí podemos asirnos: la Palabra de Dios y las ceremonias instituidas por él mismo. Esta voluntad de Dios no es la de su omnipotencia, porque aunque Dios en los diez mandamientos ordena lo que debe hacerse, no por eso se hace. Así, Cristo instituyó la Cena del Señor para fortalecer en nosotros la fe en su misericordia, y sin embargo muchos la reciben para su condenación, es decir, sin fe.
- Pero vuelvo a Moisés. Dice que Dios ve la maldad del hombre y se arrepiente. Los escolásticos lo explican así: ve y se arrepiente, es decir, según la voluntad expresada, no la de su beneplácito, o voluntad esencial.
- Nosotros decimos que el corazón de Noé es movido por el Espíritu Santo a entender que Dios está airado con el hombre y quiere destruirlo. Esta interpretación se recomienda a nuestro entendimiento y no nos arrastra a discusiones sobre la voluntad absoluta o la majestad de Dios, que son muy peligrosas, como lo he visto en muchos. A tales espíritus el diablo primero los infla, de modo que creen poseer el Espíritu Santo, descuidan la Palabra hasta blasfemar contra ella y no se jactan de otra cosa que del Espíritu y de visiones.
- Este es el primer grado del error: que los hombres, sin hacer caso de la Divinidad en imagen y encarnada, buscan al Dios desnudo. Después, cuando llega la hora del juicio y sienten la ira de Dios, cuando Dios mismo juzga y escudriña su corazón, el diablo deja de inflarlos, y desesperan y mueren. Andan bajo el sol sin mitigar y abandonan la sombra que libra del calor, Is 4:6.
- Que nadie, por tanto, medite en la divinidad desnuda; huya de tales pensamientos como de los infiernos y de las mismas tentaciones de Satanás. Procuremos, en cambio, permanecer en estos símbolos por los que Dios se nos ha revelado: el Hijo, nacido de la virgen María, acostado entre las bestias en el pesebre, y la Palabra, el bautismo, la Cena del Señor y la absolución. En estas imágenes vemos y hallamos a Dios de un modo en que podemos soportarlo; él nos consuela, nos levanta a la esperanza y nos salva. Los otros pensamientos sobre la voluntad del beneplácito, o la voluntad esencial y eterna, matan y condenan.
- Sin embargo, llamar a esta la voluntad «del beneplácito» es un nombre inapropiado. Porque merece llamarse voluntad del beneplácito la que revela el evangelio, de la cual dice Pablo: «para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios», Ro 12:2. Y Cristo dice: «Esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna», Jn 6:40. También: «Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano», Mt 12:50. Y además: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia», Mt 3:17. Esta voluntad de gracia se llama correcta y propiamente la voluntad «del beneplácito divino», y es nuestro único remedio y amparo contra aquella otra voluntad, llámese «voluntad expresada» o «voluntad del beneplácito», acerca de cuya manifestación en el diluvio y en la destrucción de Sodoma disputan los escolásticos.
- En ambas ocasiones se muestra una ira terrible, contra la cual ningún alma podría hallar protección, excepto en aquella voluntad de gracia, teniendo presente que el Hijo de Dios fue enviado en la carne para librarnos del pecado, de la muerte y del poder del diablo.
- Esta voluntad del beneplácito divino ha sido determinada desde la eternidad, y revelada y publicada en Cristo. Es una voluntad vivificante, llena de gracia y amable, y por eso solo ella merece llamarse «la voluntad del beneplácito». Pero los buenos padres casi pasan por alto las promesas; no insisten en ellas, aunque con toda propiedad podrían llamarse «la voluntad del beneplácito».
- Por tanto, cuando mandan mirar a la voluntad expresada por señales, hacen bien, pero eso no basta en absoluto. Cuando consideramos los diez mandamientos, ¿no nos aterra la vista de nuestros pecados? Y cuando se añaden aquellos terribles ejemplos de ira, que también son voluntad divina expresada por señales, es imposible que el alma se levante si no es volviendo la mirada a la voluntad del beneplácito, como la llamamos, es decir, al Hijo de Dios, que nos retrata el espíritu y la voluntad de su Padre, el cual no aborrece a los pecadores, sino que quiere tener compasión de ellos por medio de su Hijo. Cristo dice a Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre», Jn 14:9.
- El Hijo de Dios, pues, que se encarnó, es aquella señal o velo de Dios en el que la majestad divina, con todos sus dones, se nos ofrece de tal modo que ningún pecador es tan miserable que no se atreva a acercarse a él con la firme confianza de obtener perdón. Esta es la única visión de la Divinidad que en esta vida es conveniente y posible. Pero los que hayan muerto en esta fe serán iluminados en el último día por el poder de lo alto, de modo que contemplarán la majestad misma. Mientras tanto, nos conviene acercarnos al Padre por el camino, que es Cristo mismo. Él nos guiará con seguridad y no seremos engañados.
- Lo que el texto añade: «Se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra», creo que tiene el propósito de poner de relieve la antítesis: que Dios no tiene en mente al hombre terrenal, sujeto al pecado y a la muerte, sino al hombre celestial, que es señor sobre ellos. Al segundo le expresa su amor, mientras que al primero lo aborrece y planea su destrucción.
B. EL DOLOR DE DIOS.
V.6b. Y le dolió en su corazón.
- Tal fue el arrepentimiento de Dios que le dolió en su corazón. La palabra aquí es azab, que se usó antes cuando dijo (Gn 3:16): «Con dolor darás a luz los hijos»; también en el Salmo 127:2: «el pan de dolores». Esta expresión debe entenderse según el uso de la Escritura. No debemos pensar que Dios tenga corazón o que pueda sufrir dolor; pero cuando el espíritu de Noé, de Lamec o de Matusalén se aflige, se dice que Dios mismo se aflige. Podemos entender este dolor no de su naturaleza divina, sino de su modo de proceder. Noé, con su padre y su abuelo, siente en su corazón, por una revelación del Espíritu Santo, que Dios aborrece al mundo por el pecado y quiere destruirlo; por eso se afligen por esta impenitencia.
- Este es el sentido sencillo y verdadero. Si refieres estas palabras a la voluntad de la esencia divina y sostienes que Dios lo resolvió desde la eternidad, se emplea un argumento peligroso, a la altura del cual solo están los hombres espirituales y probados por la prueba, como por ejemplo Pablo, que se atrevió a razonar sobre la predestinación. Pongámonos en un plano más humilde, menos expuesto al peligro, y sostengamos que Noé y los otros padres sintieron un dolor gravísimo cuando el Espíritu les reveló tal ira. Estos gemidos indecibles de los mejores hombres se atribuyen, en consecuencia, a Dios mismo, porque proceden de su Espíritu.
- Un ejemplo de tales gemidos lo vemos después en Abraham, que se interpuso como un muro por la salvación de los sodomitas y no abandonó la causa hasta que bajaron a cinco justos. Sin duda el Espíritu Santo llenó el pecho de Abraham de gemidos infinitos y frecuentes en sus esfuerzos por lograr la salvación de aquellos miserables. Lo mismo Samuel: ¿qué no hace por Saúl? Clama y suplica con tal vehemencia que Dios se ve obligado a contenerlo: «¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado para que no reine sobre Israel?», 1 S 16:1. Así Cristo, previendo la destrucción de Jerusalén pocos años después a causa de sus pecados, se conmueve y se duele en su alma con la mayor violencia.
- Tales impulsos despierta el Espíritu de oración en las almas piadosas. Presente en todas partes, se conmueve por las desgracias de otros, enseña, informa, no escatima esfuerzo, ora, se queja, gime. Así Moisés y Pablo están dispuestos a ser anatema por amor a su pueblo.
- De esta manera Noé, el hombre más santo, y su padre y su abuelo se consumen de dolor al ver tan terrible ira de Dios. No se alegra de esta ruina de todo el género humano, sino que se llena de angustia y del dolor más grave, mientras que al mismo tiempo los hijos de los hombres viven en la mayor seguridad, burlándose, jactándose y escarneciendo. Así el Salmo 109:4: «En pago de mi amor me han sido adversarios; mas yo oraba». Así Pablo: «Os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando», Fil 3:18. ¿Y qué otra cosa podían hacer los hombres santos sino llorar, cuando el mundo de ningún modo se dejaba corregir?
- Siempre es el aspecto de la verdadera iglesia que no solo sufre, no solo es humillada y pisoteada, sino que además ora por sus atormentadores y se inquieta seriamente por los peligros que corren; los otros, en cambio, juegan y retozan tanto más cuanto más se acercan a su ruina. Pero cuando llega la hora del juicio, Dios a su vez cierra sus oídos tan por completo que ni siquiera oye a sus propios hijos amados cuando oran e interceden por los malvados. Así se lamenta Ezequiel de que no se halla nadie que se ponga como muro protector por Israel, y dice que ese es el oficio de los profetas, Ez 13:5.
- A los impíos les es imposible orar; que nadie, por tanto, abrigue la esperanza de que los papistas, nuestros adversarios, oren. Nosotros oramos por ellos y nos plantamos como un muro contra la ira de Dios; y sin duda es por nuestras lágrimas y gemidos que se salvan, si acaso se arrepienten.
- Es un ejemplo terrible que Dios no perdonara al primer mundo, por el cual Noé, Lamec y Matusalén se pusieron como un muro. ¿Qué podemos esperar, entonces, donde no existen tales muros, donde no hay iglesia en absoluto? La iglesia es siempre un muro contra la ira de Dios. Siente dolor, es atormentada en su alma, ora, intercede, instruye, enseña, exhorta, mientras la hora del juicio no ha llegado aún, sino que viene. Cuando ve que estos servicios no sirven de nada, ¿qué otra cosa puede hacer sino sentir un dolor gravísimo por la destrucción de los impenitentes? El dolor de los padres piadosos aumentaba al ver a tantos parientes y allegados ir a la vez a la perdición.
- Este dolor no pudo expresarlo Moisés con una descripción mejor ni más gráfica que diciendo que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre. Antes, cuando describe la naturaleza del hombre como formada a imagen de Dios, dice que Dios vio todo lo que había hecho y era bueno en gran manera. Dios, pues, se deleita en sus criaturas y se goza en ellas. Aquí cambia por completo aquella afirmación por otra enteramente contraria: que Dios se duele en su corazón y hasta se arrepiente de haber creado al hombre.
- Fueron Noé y los otros padres quienes sintieron esto por la revelación del Espíritu Santo; de otro modo habrían compartido aquellos pensamientos de gozo y habrían juzgado, según la profecía anterior, que Dios se deleitaba en todas sus obras. Nunca habrían pensado que la ira de Dios fuera tal que destruyera no solo a todo el género humano, sino también a toda carne viviente del cielo y de la tierra, que ciertamente no había ofendido; sí, aun a la tierra misma, pues la tierra, a causa del pecado del hombre, no conservó después del diluvio su excelencia original. Algunos han escrito, como nos recuerda Lira, que por el diluvio la superficie de la tierra fue arrastrada hasta tres palmos de profundidad. Lo cierto es que el paraíso fue destruido por completo por el diluvio. Por eso hoy poseemos una tierra más profundamente maldita que antes del diluvio y después de la caída de Adán; aunque el estado de la tierra después de la caída no podía compararse con la grandeza de su estado primitivo antes del pecado.
- Estos desastres, pues, los santos padres los vieron por revelación del Espíritu Santo ciento veinte años antes. Pero tal era la maldad del mundo que hizo callar al Espíritu Santo. Noé no podía aventurarse a revelar tales amenazas sin exponerse a los más graves peligros. Con su padre y su abuelo, con sus hijos y su esposa, hablaría de esta gran ira de Dios. Pero los hijos de los hombres no tenían más ganas de oír estas cosas que las que tienen hoy los papistas de oírse llamar iglesia de Satanás y no de Cristo. En consecuencia, se jactaban de sus antepasados y oponían a las proclamaciones de Noé la promesa de la simiente, creyendo imposible que Dios destruyera de esta manera a toda la humanidad.
- Por la misma razón, los judíos no creyeron a los profetas, ni siquiera a Cristo mismo, cuando fueron llamados al arrepentimiento, sino que sostenían que eran el pueblo de Dios, puesto que tenían el templo y el culto. Los turcos de hoy están inflados por sus victorias, que creen ser la recompensa de su fe y su religión, porque creen en un solo Dios. A nosotros, en cambio, nos miran como paganos y nos tienen por creyentes en tres dioses. Dios no nos daría tales victorias y dominios, dicen, si no nos favoreciera y aprobara nuestra religión. Este mismo razonamiento ciega también a los papistas. Como ocupan una posición encumbrada, sostienen que son la iglesia y por eso no temen el castigo divino. Diabólico es, por tanto, ese argumento con que los hombres toman el nombre de Dios para encubrir sus pecados.
- Pero si Dios no perdonó al primer mundo, la generación de los santos patriarcas, que tenía como propia la promesa de la simiente; si salvó solo a un remanente pequeñísimo, en vano se jactarán los turcos, los judíos y los papistas del nombre de Dios. Según Miqueas 2:7, la Palabra de Dios promete bendiciones a los que andan en rectitud. Pero los que no andan en rectitud son malditos. A esos amenaza, a esos destruye. Tampoco tiene en cuenta el nombre de «iglesia» ni su número, sino que salva al remanente que anda en rectitud. Pero nunca convencerás de esto al mundo.
- Con toda probabilidad, los descendientes de los patriarcas que perecieron en el diluvio abusaron vergonzosamente del argumento de la dignidad de la iglesia y condenaron a Noé por blasfemia y mentira. Decir, argumentaban, que Dios está a punto de destruir todo el mundo con un diluvio equivale a decir que Dios no es misericordioso ni Padre, sino un tirano cruel. ¡Tú proclamas la ira de Dios, oh Noé! ¿Entonces Dios no es tal que promete librarnos del pecado y de la muerte por la simiente de la mujer? La ira de Dios, por tanto, no se tragará toda la tierra. Nosotros somos el pueblo de Dios. Tenemos de Dios dones magníficos; nunca nos los habría dado Dios si hubiera resuelto obrar contra nosotros con tal hostilidad. De esta manera suelen los malvados aplicarse a sí mismos las promesas y confiar en ellas. Todas las advertencias, en cambio, las desprecian y se burlan de ellas.
- Es provechoso contemplar esto con diligencia, para que estemos a salvo de ese vicioso descuido de los malvados. Porque lo que le sucedió a Moisés nos sucede ahora también a nosotros. Nuestros adversarios se atribuyen el nombre de pueblo de Dios, el verdadero culto, la gracia y todo lo santo; a nosotros, todo lo diabólico. Y cuando los reprendemos por su blasfemia y decimos que son la iglesia de Satanás, se enfurecen contra nosotros con toda clase de crueldad. Por eso nos lamentamos con Noé y encomendamos la causa a Dios, como hizo Cristo en la cruz —¿qué otra cosa podríamos hacer?—, y esperamos a que Dios juzgue la tierra y muestre que ama al remanente de los que le temen y que aborrece a la multitud de pecadores impenitentes, a pesar de que se jactan de ser la iglesia, de tener las promesas, de tener el culto de Dios. Cuando Dios destruyó todo el mundo original, manifestó la promesa de la simiente a aquel miserable y pequeñísimo remanente: Noé y sus hijos.
V. Cómo solo Noé fue hallado justo, y cómo fue destruido el mundo entero.
A. Solo Noé fue hallado justo.
V.8. Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová.
- Estas son las palabras con que Noé fue levantado y vivificado de nuevo. Porque tal ira de la majestad divina lo habría matado si Dios no hubiera añadido la promesa de salvarlo. Es probable, sin embargo, que su fe tuviera una lucha y fuera débil. No podemos imaginar cuánto debilita el ánimo una contemplación así de la ira de Dios.
- Esta expresión singular del Espíritu Santo la usa también el mensajero celestial Gabriel cuando habla a la bienaventurada virgen, Lc 1:30: «Has hallado gracia delante de Dios». La expresión excluye del modo más palpable el mérito y recomienda la fe, solo por la cual somos justificados delante de Dios, hechos aceptos y agradables a sus ojos.
Génesis 6:9-10
V.9. Estas son las generaciones de Noé: Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé.
- Con este pasaje los judíos comienzan no solo un nuevo capítulo, sino también una nueva lectura. Es una historia muy breve, pero ensalza grandemente a nuestro patriarca Noé: solo él permaneció justo y recto mientras los demás hijos de Dios degeneraban.
- Recordemos que entre los hijos de Dios hubo muchos hombres excelentísimos, de los cuales algunos vivieron con Noé cerca de quinientos años. En aquella época antes del diluvio el hombre vivía muchísimo; no solo los hijos de Dios, sino también los hijos de los hombres. Esta gente había reunido una experiencia muy amplia y rica durante tantos años. Mucho aprendieron de sus progenitores, y mucho vieron y vivieron.
- En medio de la corrupción de todos ellos se levanta Noé, un hombre verdaderamente admirable. No se desvía ni a la izquierda ni a la derecha. Conserva el verdadero culto a Dios. Conserva la doctrina pura y vive en el temor de Dios. No hay duda de que una generación depravada lo odiaba desmesuradamente, lo atormentaba de varias maneras y lo insultaba así: «¿Eres tú el único sabio? ¿Solo tú agradas a Dios? ¿Todos los demás estamos en error? ¿Seremos todos condenados? Solo tú no yerras. Solo tú no serás condenado». Y así el hombre justo y santo tuvo que concluir en su mente que todos los demás estaban en error y a punto de ser condenados, mientras que solo él y su descendencia serían salvos. Aunque su convicción era correcta en el asunto, su suerte fue dura. El santo varón era turbado de diversas maneras por tales reflexiones.
- Los miserables papistas nos acosan hoy con este único argumento: ¿Creen ustedes que todos los padres han estado en error? Parece difícil creerlo, especialmente de los más dignos, como Agustín, Ambrosio, Bernardo y toda esa multitud de hombres excelentes que gobernaron iglesias con la Palabra y fueron adornados con el augusto nombre de la iglesia. Las labores de tales hombres las alabamos y admiramos.
- Pero sin duda no menor dificultad enfrentó el mismo Noé, el único llamado justo y recto, en un tiempo en que hasta los hijos de los hombres hacían alarde del nombre de la iglesia. Cuando los hijos de los padres se aliaron con estos, creyeron, claro está, que Noé y los suyos deliraban, porque seguía otra doctrina y otro culto.
- Hoy nuestra vida es muy breve y, aun así, está bien a la vista hasta dónde llega la naturaleza humana. ¿Cómo podemos imaginar que era la situación en una existencia tan larga, en la que la amargura y la vehemencia de la naturaleza humana eran todavía más fuertes? Hoy somos por naturaleza mucho más torpes y necios, y sin embargo hombres singularmente dotados se lanzan a la maldad. Más adelante se dice que toda carne había corrompido su camino sobre la tierra; solo Noé era justo y recto.
- De estas dos palabras podemos sacar la idea de que Noé es tenido por «justo» en cuanto honraba la primera tabla, y por «recto» en cuanto honraba la segunda. Se le llama «justo» por su fe en Dios, porque primero creyó la promesa general acerca de la simiente de la mujer, y luego también la particular acerca de la destrucción del mundo por el diluvio y de la salvación de su propia descendencia. Por otra parte, se le llama «recto» porque anduvo en el temor de Dios y evitó con escrúpulo de conciencia el homicidio y los demás pecados con que los malvados se contaminaban desafiando la conciencia. Tampoco se dejó mover por los frecuentes escándalos de hombres ilustrísimos, sabios y aparentemente santos.
- Grande fue su valor. Hoy nos parece imposible que un solo hombre se oponga a toda la humanidad, condenándolos como malos, mientras ellos se jactan de la iglesia, de la Palabra y del culto de Dios, y que sostenga que solo él es hijo de Dios y acepto delante de él. Noé es, por tanto, un hombre admirable; y Moisés alaba esa misma grandeza de ánimo cuando añade expresamente «en sus generaciones», o «en su época», como si quisiera decir que su época fue en verdad la más malvada y corrompida.
- Más arriba, en la historia de Enoc, explicamos qué significa caminar con Dios, a saber, defender públicamente la causa de Dios. Ser justo y recto denota virtud privada; pero caminar con Dios es algo público: defender la causa de Dios ante el mundo, manejar su Palabra, enseñar su culto. Noé no fue simplemente justo y santo para sí mismo, sino que fue también un confesor: enseñó a otros las promesas y las amenazas de Dios, e hizo y sufrió todo lo que corresponde a una persona pública en una época tan sumamente malvada y corrompida.
- Si hubiera sido yo quien viera que hombres tan grandes de la generación de los impíos se me oponían, sin duda, desesperado, habría abandonado mi ministerio. Porque no se puede concebir cuán difícil es para un solo hombre oponerse él solo a la unanimidad de todas las iglesias; impugnar el juicio de los mejores y más amables de los hombres; condenarlos; enseñar, vivir y hacerlo todo en oposición a ellos. Esto es lo que hizo Noé. Estaba animado de una admirable firmeza de propósito, pues él, inocente ante los hombres, no solo tuvo en cuenta la causa de Dios, sino que la sostuvo con el mayor empeño entre hombres de lo más nefastos, hasta que se le dijo: «No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre». Y la palabra «contender» retrata finamente el espíritu con que los impíos oían a Noé instruirlos.
- También Pedro expone bellamente qué significa caminar con Dios cuando llama a Noé pregonero, no de la justicia del hombre, sino de la de Dios, es decir, la de la fe en la simiente prometida. Pero qué recompensa recibió Noé de los impíos por su mensaje, Moisés no lo indica. Basta la afirmación de que predicó la justicia, de que enseñó el verdadero culto a Dios mientras toda la tierra se le oponía. Eso quiere decir que los mejores, los más religiosos y los más sabios de los hombres estaban contra él. Por consiguiente, hizo falta más de un milagro para impedir que los impíos le tendieran una emboscada y lo mataran. Vemos hoy cuánta ira, odio y envidia puede provocar un solo sermón al pueblo. ¿Qué debemos creer que habrá sufrido Noé, que enseñó no cien, no doscientos años, sino aún más, hasta el último siglo, cuando Dios ya no quiso que los malvados recibieran más instrucción, no fuera que se volvieran todavía más feroces y depravados?
- Por tanto, podemos conjeturar, a partir de la condición y naturaleza del mundo mismo y del diablo, de la experiencia de los apóstoles y los profetas, y también de la nuestra, qué noble ejemplo de paciencia y de otras virtudes fue Noé, que fue justo e irreprochable en aquella generación impía y caminó con Dios, es decir, gobernó las iglesias con la Palabra; y que, cuando se fijaron los ciento veinte años, pasados los cuales el mundo había de ser destruido por un diluvio, frente a una amenaza tan terrible, contrajo matrimonio y engendró hijos.
- Es muy probable que recorriera la tierra de un lado a otro; que enseñara por todas partes; que exhortara en todas partes a adorar a Dios en verdad; que, impedido por muchos trabajos, se abstuviera del matrimonio a causa de la abundancia de tribulaciones y con la esperanza de que llegara una época mejor y más religiosa. Pero cuando reconoció que esa esperanza no tenía fundamento, y una voz divina le advirtió que se había fijado un plazo para la destrucción del mundo, entonces, y no antes, movido por el Espíritu, decidió casarse, para transmitir a la nueva época una simiente salida de él. Y así el santo varón preservó el género humano, no solo espiritualmente, en la verdadera Palabra y el verdadero culto, sino también corporalmente, engendrando hijos.
- Así como en el paraíso, antes del diluvio, una nueva iglesia tuvo su comienzo por la fe de Adán y Eva en la promesa, así también aquí surgen un nuevo mundo y una nueva iglesia del matrimonio de Noé: un semillero de aquel mundo que perdurará hasta el fin.
- Dije más arriba (§88) que este matrimonio fue ocasión de gran escándalo para los impíos y que se burlaron de él de la manera más extraordinaria. ¡Qué incongruente que el mundo vaya a perecer tan pronto, cuando Noé, con quinientos años, se hace padre! Consideraban su acto como la prueba más segura de que el mundo no perecería por un diluvio. Por eso comenzaron a vivir con más desenfreno todavía y a despreciar todas las amenazas con la mayor seguridad. Cristo dice en Mateo 24:38 que en los días de Noé comían, bebían, etc. El mundo no entiende los planes de Dios.
- En cuanto al orden de los hijos de Noé, dije más arriba que Jafet fue el primero, que Sem nació dos años después, cuando Noé comenzó a construir el arca, y Cam dos años más tarde. Moisés no lo explicó claramente, pero aun así se ha notado con cuidado.
B. La destrucción del mundo entero.
V.11. Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia.
- Lira, quizá influido por la interpretación rabínica, sostiene aquí que aun las aves y los demás animales abandonaron su naturaleza y se mezclaron con los de otra especie. Pero yo no lo creo, porque la creación o naturaleza de los animales permanece tal como fue formada. Ellos no han caído por el pecado, como el hombre, sino que, al contrario, fueron formados solo para esta vida corporal. Por consiguiente, ni oyen la Palabra ni la Palabra les concierne. Carecen por completo de la ley de la primera y de la segunda tabla. Por tanto, este pasaje se refiere solo al hombre.
- Pero que las bestias cargaran con la pena del pecado y perecieran junto con el hombre en el diluvio fue consecuencia del propósito de Dios de destruir al hombre por completo; no solo en cuerpo y alma, sino con los bienes y el dominio que le pertenecían desde la creación. En el Antiguo Testamento hay casos de un castigo semejante. En el capítulo 6 de Daniel vemos a los enemigos de Daniel echados en el foso de los leones junto con sus mujeres, sus hijos y familias enteras. En el capítulo 16 de Números se narra un suceso parecido en la destrucción de Coré, Datán y Abiram. Semejante es también un caso del que habla Cristo, cuando el rey manda vender al siervo junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía.
- De esta manera, evidentemente, no solo los hombres, sino todos sus bienes fueron destruidos, para que el castigo fuera pleno y completo. Las bestias, los campos y las aves del cielo fueron creados para el hombre. Son propiedad y bienes del hombre. Por eso perecieron los animales: no porque hubieran pecado, sino porque Dios quiso que el hombre pereciera en medio de todas sus posesiones terrenales.
- En este pasaje, Moisés afirma expresamente que «se corrompió la tierra delante de Dios», para mostrar que Noé era tratado y considerado a los ojos de su época como un tonto y un inútil. El mundo, en cambio, se veía a sus propios ojos perfectamente santo y justo, y creía tener justa causa para perseguir a Noé, sobre todo en lo tocante a la primera tabla de la ley y al culto a Dios. La segunda tabla no carece de su disfraz de hipocresía, pero en esto no admite comparación con la primera. El adúltero, el ladrón, el homicida pueden permanecer ocultos por un tiempo, aunque no para siempre. Pero los pecados de la primera tabla por lo general permanecen ocultos bajo el manto de la santidad hasta que Dios los saca a la luz. La impiedad nunca quiere ser impiedad, sino que va tras la reputación de piedad y religión, y pule su culto tan finamente que, comparados con él, el verdadero culto y la verdadera religión parecen toscos.
- El verbo shiheth es muy frecuente y notable en la Sagrada Escritura. Moisés lo usa en el capítulo 31 de Deuteronomio, v. 29: «Porque yo sé que después de mi muerte, ciertamente os corromperéis y os apartaréis del camino que os he mandado». Y David dice: «Todos se desviaron, a una se han corrompido», Sal 14:3. Ambos pasajes hablan en particular de los pecados contra la primera tabla; es decir, acusan a los santos aparentemente más devotos de falso culto y falsa doctrina, porque es imposible que una vida justa se siga de una enseñanza falsa.
- Cuando Moisés dice que la tierra se corrompió delante de Dios, señala claramente el contraste: los hipócritas y opresores juzgaban la enseñanza y la práctica de Noé como del todo equivocadas, y las suyas como del todo santas. Lo contrario, dice Moisés, era la verdad. La humanidad estaba ciertamente corrompida si se la medía por la primera tabla. Les faltaban la verdadera Palabra y el verdadero culto. Esta distinción entre la primera y la segunda tabla me parece muy acertada, y sin duda la sugirió el Espíritu Santo.
- Lo que se añade —«y estaba la tierra llena de violencia»— señala esta secuencia infalible. Perdida la Palabra, extinguida la fe, y reemplazado el verdadero culto por tradiciones y culto voluntario —para usar la expresión de san Pablo (Col 2:8)—, el resultado es la violencia y una vida vergonzosa.
- El significado correcto de la palabra hamas es violencia, fuerza, injusticia, con la suspensión de toda ley y equidad; un estado en que el capricho es ley y todo se hace no por derecho, sino por la fuerza. Pero si tal era su vida, dirás, ¿cómo podían mantener la apariencia y la reputación de santidad y justicia? ¡Como si no tuviéramos hoy ante los ojos casos semejantes! ¿Ha visto el mundo alguna vez algo más cruel que los turcos? Y ellos adornan toda su ferocidad con el nombre de Dios y de la religión.
- Los papas no solo se han apoderado de las riquezas de la tierra, sino que han llenado la iglesia misma de errores estupendos y doctrinas blasfemas. Viven en un desenfreno escandaloso. Enajenan a su antojo el corazón de los reyes. Mucho hacen para provocar derramamiento de sangre y guerras. Y, sin embargo, con todas esas blasfemias y ultrajes, se arrogan el nombre y el título de los mayores santos y se jactan de ser vicarios de Cristo y sucesores de Pedro.
- Así la mayor injusticia se alía con los nombres de iglesia y de verdadera religión. Si alguien se opone, al instante se le excomulga y se le condena como hereje y enemigo de Dios y de los hombres. Fuera de los romanos y sus cómplices, no hay pueblo que se vanaglorie más de religión y justicia que los turcos. A los cristianos los desprecian como idólatras; a sí mismos se tienen por santísimos y sapientísimos. Y sin embargo, ¿qué es su vida y su religión sino incesante homicidio, robo, rapiña y otros horribles ultrajes?
- Los tiempos presentes ilustran, pues, cómo pueden hallarse unidas esas dos cosas incompatibles: la mayor religiosidad con abominaciones, la mayor injusticia con apariencia de derecho. Y esta es precisamente la causa de que los hombres se endurezcan y se sientan seguros, sin temer el castigo que merecen por sus pecados.
Génesis 6:12
V.12. Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra.
- Como la ira de Dios es espantosa y la destrucción es inminente para toda carne, excepto ocho personas, Moisés es algo redundante en este pasaje y usa repeticiones, que no son superfluas, sino que expresan un énfasis propio. Más arriba dijo que la tierra estaba corrompida; ahora dice que Dios, como siguiendo el procedimiento judicial acostumbrado, lo vio y meditó el castigo. De esta manera pinta, por así decir, el orden en que Dios procede.
- El juicio de las personas espirituales acerca del papa en nuestros días es que es el Anticristo, que se enfurece contra la Palabra y el reino de Cristo. Pero los que lo censuran no pueden corregir esta maldad. La maldad crece día a día, y el desprecio de la piedad se hace mayor cada día. Entonces viene el pensamiento: ¿Qué hace Dios? ¿Por qué no castiga a su enemigo? ¿Duerme, y ya no se ocupa de los asuntos humanos? La demora del juicio causa angustia a los justos. Ellos mismos no pueden socorrer a una religión abatida, y ven que Dios, que podría ayudar, hace la vista gorda ante el furor de los papas, que pecan con toda seguridad contra la primera y la segunda tabla de la ley.
- Así ve Noé la tierra llena de injusticias. Por eso gime y suspira al cielo, para despertar a Dios en lo más alto de los cielos a hacer juicio. Tales voces aparecen aquí y allá en los Salmos: «¿Por qué estás lejos, oh Jehová?» (10:1); «¿Hasta cuándo, Jehová?» (13:1); «Ten misericordia de mí, Jehová; mira mi aflicción» (9:13); «Levántate, oh Jehová… júzgame», etc. (7:6-9).
- Lo que Moisés describe aquí acaba por suceder: que también Dios ve estas cosas y oye el clamor de los justos, que pueden juzgar al mundo; porque los espirituales juzgan todas las cosas (1 Co 2:15), aunque no pueden cambiar nada. La maldad es incorregible cuando se adorna con apariencia de piedad, y lo mismo la opresión cuando se disfraza de justicia y prudencia. No es nada nuevo que quienes se apoderan de las mujeres, las hijas, las casas, las tierras y los bienes de otros quieran ser justos y santos, como mostramos más arriba respecto del papado.
- Esta es, pues, la segunda etapa: cuando los santos han visto y juzgado la maldad del mundo, también Dios la ve. De los sodomitas dice: «El clamor contra ellos ha subido de punto delante de Jehová» (Gn 19:13); y más arriba (cap. 4:10): «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí». Pero siempre, antes de que el Señor tome nota, preceden los sollozos y gemidos de los justos, que despiertan, por así decir, al Señor de su sueño.
Lo que Moisés quiere mostrar en este pasaje con la palabra «miró» es que Dios por fin percibió las aflicciones y oyó los clamores de los justos, que al fin llenaban todo el cielo. El que hasta entonces había hecho la vista gorda a todo y parecía favorecer el éxito de los malvados, despertó como de un sueño. Lo cierto es que él lo vio todo mucho antes que Noé, porque es el que escudriña los corazones y no puede ser engañado por una piedad fingida, como nosotros. Pero solo ahora, cuando medita el castigo, percibe Noé que él ve.
- Así estamos afligidos hoy por una maldad extrema e inaudita, porque nuestros adversarios condenan por puro capricho la verdad que conocen y profesan. Intentan echarnos mano al cuello y derramar la sangre de los justos con furia satánica. Tales hechos blasfemos, sacrílegos y parricidas contra el reino y el nombre de Dios, manifiestos como tales sin posibilidad de negarlo, los defienden como el colmo de la justicia. Luchando por mantener su posición tiránica, llegan hasta arrogarse el nombre de iglesia. ¿Qué otra cosa podemos hacer aquí sino clamar a Jehová que santifique su nombre y no permita el derrocamiento de su reino ni la resistencia a su voluntad paternal?
- Pero hasta ahora el Señor duerme. Aparentemente no observa tal maldad, porque todavía no da señal de observarla. Más bien permite que seamos atormentados por espectáculos tan lamentables. Estamos, pues, hasta ahora en la primera etapa, y este versículo, que dice que toda la tierra está corrompida, se aplica a nuestra época. Pero a su debido tiempo se llegará a la segunda etapa, cuando podremos declarar con la certeza de la fe que no solo nosotros, sino también Dios, ve y aborrece tal maldad. Aunque Dios, en su longanimidad, ha seguido haciendo la vista gorda a muchas cosas, conservará el nombre de Aquel que juzgará la tierra con justicia.
- Cuán amarga y dura es esa demora para los justos lo muestran las lamentaciones de Jeremías en Jeremías 12:1ss. y 20:7ss. Allí el santo varón casi raya en la blasfemia, hasta que se le dice que el rey de Babilonia vendría a castigar a los burladores incrédulos. Entonces Jeremías reconoce que Dios mira desde lo alto sobre la tierra y es Juez sobre la tierra.
- El juicio universal que sigue es terrible en extremo: que toda carne sobre la tierra había corrompido su camino, y que Dios, cuando comenzó a examinar a los hijos de los hombres, no halló, desde el más anciano hasta el más joven de los padres, a nadie a quien pudiera salvar de la destrucción.
Esto suena todavía más espantoso a nuestros oídos cuando consideramos la condición del mundo primitivo, sin juzgar por los miserables fragmentos que tenemos hoy. Así como la condición física del mundo en aquel tiempo aventajaba infinitamente a esta época, así podemos concluir que la majestad y la pompa de nuestros gobernantes y la apariencia de santidad y sabiduría de los papas no pueden compararse con la apariencia de religión, justicia y sabiduría que había entre aquellos hombres famosos del mundo primitivo.
Y, sin embargo, el texto dice que toda carne había corrompido su camino, excepto Noé y su descendencia. Eso significa que todos los hombres eran malvados, vivían en idolatría y falsa religión y aborrecían el verdadero culto a Dios. Despreciaban la promesa de la simiente y perseguían a Noé, que proclamaba el perdón por medio de la simiente y amenazaba con la condenación eterna a quienes no creyeran en ese perdón.
VI. Dios decide castigar al primer mundo; manda a Noé construir un arca; el pacto.
A. Dios decide castigar al mundo antiguo.
V.13. Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra.
- Después de que Noé y los suyos hubieran levantado durante mucho tiempo su clamor acusador contra la depravación del mundo, el Señor dio muestras de que veía la depravación y se proponía vengarla. Esta segunda etapa la esperamos también nosotros hoy, y no hay duda de que habrá hombres a quienes se revele esta destrucción venidera del mundo, a menos que la destrucción sea el último día y el juicio final, lo cual deseo de veras. Hemos visto bastante maldad en estos días nuestros, breves y malos. Los hombres impíos, como en tiempos de Noé, adornan sus vicios con el nombre de santidad y justicia. Por eso no hay que esperar arrepentimiento ni reforma. Alcanzada esta etapa en tiempos de Noé, se pronuncia al fin la sentencia, que el Señor ya había anunciado cuando mandó que cesara la contienda y declaró que se arrepentía de haber hecho al hombre.
- La razón es incapaz de creer y entender perfectamente semejante ira. Considera cuán distinto es esto de lo que había sido. Más arriba hemos leído (cap. 1:31) que Dios vio todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera; que dio al hombre y a la bestia la bendición adicional de la propagación; que sometió al dominio del hombre la tierra y todos sus tesoros; que, como bendición suprema, añadió la promesa de la simiente de la mujer y de la vida eterna, e instituyó no solo la casa y el Estado, sino también la iglesia. ¿Cómo es, entonces, que el primer mundo, llamado a la existencia de este modo por la Palabra, haya de perecer, para usar la expresión de Pedro, anegado en agua?
- No hay duda de que los hijos del mundo le echaban todo esto en cara a Noé cuando predicaba la destrucción universal venidera, y lo acusaban públicamente de mentir, con el argumento de que la casa, el Estado y la iglesia habían sido instituidos por Dios; que Dios ciertamente no derribaría su propia institución con una destrucción final; que el hombre había sido creado para propagarse y dominar sobre la tierra, no para que el agua lo dominara y lo destruyera.
- Del mismo modo nos acosan los papistas con el único argumento de que Cristo estará con la iglesia hasta el fin del mundo (Mt 28:20), y de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16:18). De esto se jactan a grandes voces, creyendo que su destrucción es imposible. La barca de Pedro podrá ser azotada por las olas, dicen, pero las aguas no pueden hundirla.
- Muy parecidas eran la seguridad y la confianza antes del diluvio; sin embargo, vemos que toda la tierra pereció. Los burladores se jactaban de que las ordenanzas de Dios son perpetuas y de que Dios nunca había abolido ni alterado por completo su creación. Pero considera el desenlace y verás que ellos estaban equivocados, y que solo Noé tenía razón.
- A menos que se conceda la luz adicional del Espíritu Santo, el hombre quedará sin duda convencido por semejante argumento. Porque ¿no equivale a hacer a Dios inconstante y mudable sostener que destruirá por completo a su criatura? Y, sin embargo, Dios revela a Noé que pondrá fin a la carne y a la tierra, no en parte, sino a toda carne y a toda la tierra. ¿No sería ya bastante terrible repartir la tierra en tres partes y amenazar con destruir una? Pero enfurecerse contra toda la tierra y contra toda la humanidad parece estar en conflicto con el gobierno de Dios y con la declaración de que todo es bueno en gran manera. Estas cosas son demasiado sublimes para que la razón humana las entienda o las abarque.
- ¿Cuál es la causa de una ira tan grande? Sin duda, el hecho de que la tierra está llena de violencia, como dice aquí. ¡Razón asombrosa! No dice nada aquí de la primera tabla; menciona solo la segunda. Es como si dijera: No diré nada de mí mismo, de que odian, blasfeman y persiguen mi Palabra. ¡Entre ellos mismos, qué vergonzosamente viven! Ni la casa ni el Estado se administran debidamente; todo se hace por la fuerza, nada por la razón y la ley. Por eso destruiré a la vez a la humanidad y la tierra.
- Vemos también en nuestra época que Dios hace la vista gorda ante la profanación de la misa, una abominación horrible que llena toda la tierra, y ante las enseñanzas impías y otros escándalos que hasta ahora han estado en boga en la religión. Pero cuando los hombres viven juntos de tal manera que no hacen caso ni del Estado ni de la casa, cuando una codicia enorme, corrupción de toda clase e iniquidad múltiple se han hecho fuertes, ¿no queda claro para todo hombre que Dios se ve obligado, por así decir, a castigar, sí, a derribar a Alemania?
- Es la plenitud de su misericordia y de su amor lo que mueve a Dios a quejarse más de los agravios hechos a sus miembros que de los hechos a él mismo. Observamos que guarda silencio sobre estos últimos, mientras amenaza con castigo no solo al hombre, sino a la tierra misma.
- Al diluvio se le puede atribuir un doble efecto: un debilitamiento de las fuerzas del hombre y un menoscabo de su riqueza y de la de la tierra. El fruto de los árboles en los tiempos posteriores de ningún modo puede compararse con el de los días anteriores al diluvio. Los nabos antediluvianos eran mejores que después los melones, las naranjas o las granadas. La pera era más fina que las especias de hoy. Así también es probable que el dedo de un hombre tuviera más fuerza que hoy todo su brazo. Del mismo modo, la razón y el entendimiento del hombre eran muy superiores. Pero Dios, a causa del pecado, hizo caer el castigo no solo sobre el hombre, sino también sobre sus bienes y su dominio, como testimonio de su ira también para la posteridad.
Pero ¿cómo había de efectuarse la destrucción? Ciertamente, tomando el elemento del agua y borrándolo todo. Todos saben con qué fuerza suele enfurecerse este elemento. Aunque el aire esté apestado, no siempre infecta los árboles y las raíces. Pero el agua no solo lo derriba todo, no solo arranca árboles y raíces, sino que levanta la misma superficie de la tierra. Altera el suelo, de modo que los campos más fértiles quedan arruinados por la inundación de tierra salada y arena (Sal 107:34). Esto equivalía, por tanto, a la ruina del mundo primitivo.
- El castigo del mundo presente, en cambio, será distinto, como lo muestra el color del arco iris. El color más bajo, cuya extensión está bien delimitada, es el del agua. Porque la furia del agua en el diluvio fue tan grande que se pusieron límites a sus estragos, y la tierra fue devuelta al remanente de los piadosos después de la destrucción de los malhechores. Pero el otro arco del arco iris, el exterior, que no tiene límites claramente definidos, es del color del fuego, el elemento que consumirá todo el mundo. A esta destrucción le seguirá un mundo mejor, que durará para siempre y servirá a los justos. Esto parece haberlo escrito el Señor en el color del arco iris.
B. Dios manda a Noé construir un arca.
V.14. Hazte un arca de madera de gofer; harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea (betún) por dentro y por fuera.
- El primer pensamiento de Dios fue salvar un remanente por medio de aquella simiente pequeñísima, los tres hijos de Noé, pues Noé no engendró más hijos desde entonces. Esto atestigua con fuerza la misericordia de Dios hacia los que andan en sus caminos.
- Gopher algunos lo interpretan como pino, otros como abeto, otros como cedro; por eso es bastante difícil adivinarlo. Parece que se eligió por su ligereza o por ser resinosa, para que flotara más fácilmente sobre el agua y fuera impermeable a ella.
- Kinnim significa «nidos» o «cámaras», es decir, espacios separados para los distintos animales. Los osos, las ovejas, los ciervos y los caballos no habitaban en un mismo lugar, sino que cada especie tenía sus propios compartimentos.
- Pero qué se quiere decir con betún, no lo sé. Entre nosotros las embarcaciones se hacen estancas con pez y estopa. La pez, es cierto, resiste el agua, pero también atrae la llama. No tenemos entre nosotros betún que resista el agua; por eso no ponemos objeción a que «betún» se traduzca por «pez».
- Podrías preguntar: ¿Por qué prescribe Dios todo con tanta exactitud? Habría bastado el mandato de construir el arca. La razón podría haber determinado por sí misma las reglas sobre las dimensiones y el modo de construcción. ¿Por qué, entonces, da Dios instrucciones tan cuidadosas sobre las dimensiones y los materiales? Sin duda para que Noé, después de emprenderlo todo según la dirección del Señor (como Moisés construyó el tabernáculo según el modelo recibido en el monte), confiara con mayor fe en que él y los suyos serían salvados, y no abrigara ninguna duda acerca de una obra ordenada por el Señor mismo, incluso en el modo de hacerla. Esta es la razón por la que el Señor da sus instrucciones con tanta atención al detalle.
Génesis 6:15
V.15. Y de esta manera la harás: de trescientos codos la longitud del arca, de cincuenta codos su anchura, y de treinta codos su altura.
- Aquí se presenta un lindo ejercicio geométrico y matemático acerca de la forma y las dimensiones del arca. Las opiniones de los escritores varían. Algunos afirman que era cuadrangular; otros, que tenía techo a dos aguas, como casi todas nuestras construcciones en Europa. Yo, por mi parte, sostengo que era cuadrangular. Los pueblos orientales no conocían los edificios con techo a dos aguas. Los suyos eran evidentemente de forma cuadrangular, pues la Biblia menciona gente que camina sobre los terrados. Semejante era la forma del templo.
- Hay también diferencia de opiniones sobre la disposición de los animales en sus compartimentos: cuáles ocupaban la parte superior, cuáles la central y cuáles la inferior, pues esta es la distinción que el texto autoriza. Pero no se puede llegar a ninguna certeza. Es probable que Noé mismo y las aves ocuparan la parte superior, los animales limpios la central y los animales inmundos la inferior. Los rabinos afirman que la parte inferior servía para almacenar el estiércol. Pero yo pienso que el estiércol se echaba por la ventana, pues era necesario sacarlo con semejante multitud de bestias viviendo en el arca por más de un año.
- Agustín cita a Filón contra Fausto al afirmar que, según principios geométricos, el arca tenía las proporciones del cuerpo humano; porque cuando un hombre yace en el suelo, su cuerpo es diez veces más largo que alto y seis veces más largo que ancho. Así, trescientos codos son seis veces cincuenta y diez veces treinta.
- Se hace de esto una aplicación al cuerpo de Cristo, la iglesia, que tiene el bautismo como puerta, por la cual entran sin distinción limpios e inmundos. Aunque la iglesia es pequeña, gobierna, no obstante, la tierra, y a ella se debe que el mundo sea preservado, así como los animales inmundos fueron preservados en el arca. Otros estiran la aplicación hasta señalar que la herida en el costado del cuerpo de Jesús estaba prefigurada por las ventanas del arca. Son alegorías no precisamente profundas, pero inofensivas, porque no encierran error y sirven a un fin distinto del de la disputa, a saber, al de adorno retórico.
Génesis 6:16
V.16. Una ventana harás al arca, y la acabarás a un codo de elevación por la parte de arriba; y pondrás la puerta del arca a su lado; y le harás piso bajo, segundo y tercero.
- ¡Mira qué diligente arquitecto es Dios! ¡Con cuánto cuidado se ocupa de todas las partes de la estructura y de su disposición! Además, la palabra Zohar no significa propiamente ventana, sino luz del mediodía. Se puede plantear aquí la cuestión de si el arca tenía una sola ventana o varias. Porque la lengua hebrea permite usar el singular por el plural, o el término colectivo por el distributivo, como por ejemplo: «Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres». Aquí evidentemente no se habla de un solo hombre, sino de muchos. Pero a mí me parece que había una sola ventana, que daba luz a la morada del hombre.
- El intérprete latino es tan extrañamente oscuro que no logra hacerse entender. Mi opinión sin reservas es que no pudo desprenderse de la imagen de un barco moderno, en el que la gente suele viajar en la parte inferior. Tampoco es del todo inteligible lo que dice de la puerta, puesto que es seguro que la ventana de un codo estaba en la parte superior y la puerta en el centro del costado, o en el ombligo del arca. Así también Eva fue formada de la parte media del cuerpo del hombre. Toda la estructura estaba dividida en tres compartimentos, uno superior, uno central y uno inferior, y era el superior el que, a mi parecer, recibía la luz del día por la ventana.
- Pero dirás: ¿Qué clase de ventana era, o cómo podía existir en aquellas lluvias frecuentes y violentas? Porque la lluvia no caía entonces como suele caer, ya que el agua subió en cuarenta días hasta cubrir los montes más altos por quince codos. Los judíos afirman que la ventana estaba cerrada con un cristal que dejaba pasar la luz. Pero una investigación demasiado curiosa de estas cosas me parece inútil, puesto que ni la piedad ni el reino de Cristo corren peligro por el hecho de que ignoremos algunos rasgos de esta estructura de la cual Dios fue el arquitecto. Me parece bastante satisfactorio suponer que la ventana estaba en el costado del compartimento superior.
- En cuanto a la puerta, es seguro que estaba a unos trece o catorce codos del suelo. El arca, cuando flotaba, se hundía unos diez pies en el agua con su gran peso de animales de toda especie y de provisiones para más de un año. Esto puede bastar como una idea aproximada del arca; porque, además de la altura y la longitud, Moisés solo indica que tenía tres compartimentos, una puerta y una ventana.
- Dejaremos a un lado innumerables otras cuestiones, como estas: ¿Qué clase de aire se respiraba en el arca? Porque una masa de agua tan enorme, sobre todo agua que cae, tuvo que producir un hedor violento y pestilente. ¿De dónde sacaban el agua para beber? Porque el agua no puede conservarse un año entero; por eso los marineros a menudo hacen escala en puertos cercanos para abastecerse de agua. Y además, ¿cómo podía sacarse el agua de sentina con su olor repugnante?
- Tales cuestiones y otros puntos secundarios relacionados con la experiencia del marinero podemos pasarlos por alto. De lo contrario, las cuestiones no tendrán fin. Nos contentaremos con la sencilla suposición de que la parte inferior probablemente servía para asegurar a los osos, leones, tigres y otros animales salvajes; la parte central, para alojar a los animales mansos y dóciles, junto con las provisiones, que no pueden guardarse en un lugar sin ninguna corriente de aire; y la superior, para acomodar a los seres humanos mismos, junto con los animales domésticos y las aves. Esto debe bastarnos.
Génesis 6:17
V.17. Y he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo; todo lo que hay en la tierra morirá.
- Más arriba Dios amenazó en general al género humano con la destrucción. Aquí señala el método, a saber, que se propone destruirlo todo por medio de un desastre nuevo, un diluvio. Semejante castigo el mundo no lo había conocido hasta entonces. Los castigos habituales, como vemos por los profetas, son la pestilencia, el hambre, la espada y las fieras. Hombres y bestias perecen por la pestilencia. La tierra queda asolada por la guerra, porque se ve privada de quienes la cultivan. Los sufrimientos del hambre, aunque parecen menos crueles, son con mucho los más terribles. De la cuarta clase de castigos, nuestras regiones casi no tienen experiencia alguna. Aunque cada uno de ellos basta para castigar al género humano, el Señor quiso emplear contra el mundo primitivo una clase nueva de castigo, por la cual había de perecer toda carne que tuviera aliento de vida.
- Como este castigo era inaudito en las épocas anteriores, los malvados fueron más lentos en creerlo. Razonaban así: Si Dios está enojado de alguna manera, ¿no puede corregir a los desobedientes con la espada, con la pestilencia? Un diluvio destruiría también a las demás criaturas, que no tienen pecado; seguramente Dios no planeará nada semejante para el mundo.
- Pero para quitar esa incredulidad de la mente de Noé y de los justos, repite con énfasis el pronombre: «Y yo, he aquí que yo traigo». Después añade claramente que destruirá toda carne que está debajo del cielo y en la tierra; porque excluye aquí a los peces, cuyo reino se ensancha con las aguas. Este pasaje tiende a mostrar la magnitud de la ira de Dios, por la cual los hombres pierden no solo el cuerpo y la vida, sino también el dominio universal sobre la tierra.
C. El pacto de Dios con Noé.
V.18. Mas estableceré mi pacto contigo, y entrarás en el arca tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo.
- A este consuelo apuntaba Moisés antes, cuando declaró que Noé había hallado gracia. Noé lo necesitaba, no solo para escapar de la desesperación en medio de tal ira, sino también para fortalecer su fe ante el castigo que se desataba. Porque no era cosa fácil creer que todo el género humano había de perecer. El mundo, por consiguiente, juzgaba a Noé un necio por creer tales cosas, se burlaba de él y sin duda hacía de su barco objeto de sátira. Para fortalecer su ánimo en medio de tales escándalos, Dios habla con él a menudo, y ahora hasta le recuerda su pacto.
- Los intérpretes discuten la cuestión de qué pacto era ese. Lira lo explica como la promesa de defenderlo contra los hombres malvados que habían amenazado con asesinarlo. Burgensis afirma que este pacto se refiere a los peligros en medio de las aguas, que habían de ser evitados. Otros aún creen que era el pacto del arco iris, que el Señor hizo después con Noé.
- En mi opinión, habla de un pacto espiritual, o de la promesa de la simiente que había de herir la cabeza de la serpiente. Los gigantes tenían este pacto, pero cuando su abuso desembocó en soberbia y maldad, cayeron de él. Así sucedió después con los judíos, cuya presunción carnal respecto de Dios, la ley, el culto y el templo los llevó a perder estos dones, y perecieron. A Noé, en cambio, Dios le confirma este pacto declarando con certeza que de su posteridad nacería Cristo, y que Dios dejaría, en medio de tan grande ira, un semillero para la iglesia. Este pacto incluye no solo la protección del cuerpo de Noé, que es la opinión que defienden Lira y Burgensis, sino también la vida eterna.
- El sentido de la promesa es, por tanto, este: Esos insolentes despreciadores de mis promesas y amenazas me obligarán a castigarlos. Primero les retiraré la protección y la seguridad que les pertenecen en virtud de su pacto conmigo, para que perezcan sin pacto y sin misericordia. Pero ese pacto lo transferiré a ti, para que seas salvado no solo de ese poder de las aguas, sino también de la muerte eterna y de la condenación.
- La afirmación clara es: «Contigo». No menciona a los hijos ni a las mujeres, a quienes también había de salvar, sino solo a Noé, de quien la promesa pasó a su hijo Sem. Esta es la segunda promesa de Cristo, que se quita a todos los demás descendientes de Adán y se confía solo a Noé.
- Después esta promesa se va aclarando de tiempo en tiempo. Pasó de la raza a la familia, y de la familia al individuo. De toda la raza de Abraham fue llevada adelante solo a David; de David a Natán; de Natán hasta una sola virgen, María, que era la rama seca o raíz de Isaí, y en quien este pacto halla su término y cumplimiento. El establecimiento de tal pacto era de lo más necesario ante la inminencia de la increíble e incalculable ira de Dios.
- Observarás aquí, sin embargo, un llamamiento especial cuando dice: «Entrarás en el arca tú, tus hijos, etc.». Si Noé no hubiera recibido este llamamiento especial, no se habría atrevido a entrar en el arca.
- ¡Qué terrible es que de todo el género humano solo ocho personas sean escogidas para salvación, y que, sin embargo, de entre ellas Cam, el tercer hijo de Noé, sea desechado! Por boca de Dios es contado aquí entre los escogidos y los santos. Sí, con ellos es protegido y salvado. Tampoco se le distingue de Noé. Si no hubiera creído y pedido las mismas cosas, si no hubiera temido a Dios, de ningún modo habría sido salvado en el arca; ¡y, sin embargo, después es desechado!
- Los sofistas disputan aquí acerca de una elección que se realiza según el propósito de Dios. Pero muchas veces he exhortado a guardarse de las especulaciones sobre la majestad desnuda, porque, además de no tener nada de verdaderas, están lejos de ser provechosas. Pensemos más bien en Dios tal como se nos ofrece en su Palabra y en sus sacramentos. No hagamos remontar estos casos a una elección oculta, en la que Dios lo dispuso todo consigo mismo desde la eternidad. Esa doctrina no podemos aprehenderla con nuestra mente, y vemos que choca con la voluntad revelada de Dios.
- ¿Qué diremos, entonces, preguntarás, acerca de estos ejemplos? Nada más que se nos señalan para infundirnos el temor de Dios, de modo que creamos que es posible caer de la gracia después de haberla recibido una vez. Pablo advierte: «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga», 1 Co 10:12. Debemos atender a tales ejemplos para que nos enseñen humildad, para que no nos enaltezcamos con nuestros dones ni nos volvamos perezosos en el uso de las bendiciones recibidas, sino que nos extendamos a lo que está delante, como dice Pablo en Filipenses 3:13. Nos enseñan a no creer que lo hemos alcanzado todo.
- Maligno y amarguísimo es nuestro enemigo, y nosotros somos débiles y llevamos este gran tesoro en vasos de barro, 2 Co 4:7. Por eso no debemos gloriarnos como si estuviéramos seguros, sino que, viendo que hombres tan santos cayeron de la gracia que habían aceptado y disfrutado por largo tiempo, debemos mirar a Dios con ansiedad, como si estuviéramos en peligro en este mismo momento. De esta manera se tratan estos ejemplos para nuestro provecho; pero los que no les prestan atención y van tras altos pensamientos intrincados sobre una elección según el propósito de Dios, empujan y arrojan sus almas a la desesperación, a la que por naturaleza se inclinan.
VII. Los animales y su alimento, y la obediencia de Noé.
A. LOS ANIMALES QUE NOÉ LLEVÓ AL ARCA.
V.19, 20. Y de todo lo que vive, de toda carne, dos de cada especie meterás en el arca, para que tengan vida contigo; macho y hembra serán. De las aves según su especie, y de las bestias según su especie, de todo reptil de la tierra según su especie, dos de cada especie entrarán contigo, para que tengan vida.
- Aquí surge otra vez una disputa, como sucede cuando en las narraciones históricas se pasa a la aplicación y a los rasgos accesorios. Nuestro texto parece dar la razón a la opinión de que aquí se habla de dos en dos; pero al comienzo del capítulo 7, de siete en siete. Por eso Lira discute con un tal Andrés, que creía que se metieron en el arca catorce ejemplares, porque está escrito: «De todo animal limpio tomarás de siete en siete». Pero yo apruebo la interpretación de Lira, que dice que se encerraron en el arca siete ejemplares de cada clase, tres machos y tres hembras, y el séptimo también macho, para que Noé lo usara en el sacrificio.
- Cuando Moisés dice aquí que se metieron en el arca de dos en dos de las distintas especies, necesariamente debemos entender que se habla solo de los animales inmundos, porque el número de los animales limpios era mayor, y de estos, según el capítulo 7, se encerraron en el arca siete de cada especie.
- Es necesario también que tratemos aquí el significado de términos como «todo lo que vive», «bestias», «ganado». Aunque a menudo se usan sin distinción, en varios lugares la Escritura los emplea distinguiéndolos; por ejemplo, cuando dice: «Produzca la tierra seres vivientes», Gn 1:24; «Produzcan las aguas seres vivientes», Gn 1:20. En esos lugares las palabras del género designan a todos los seres vivos de la tierra y de las aguas. Aquí se nombran las especies que lo componen —chayah, remes y behemah—, aunque con frecuencia se usan sin distinción.
- Al ganado lo llama aquí behemoth, aunque en el capítulo 1 de Ezequiel aquellos cuatro seres se llaman con el nombre común de hachayoth, palabra con que solemos designar no tanto a los animales como a las fieras, que no se sustentan de heno ni de otra cosa que brote de la tierra, sino de carne, como el león, el oso, el lobo y la zorra. Behemoth son el ganado o los brutos que viven de heno y de hierbas que brotan de la tierra, como las ovejas, las vacas, los ciervos y los corzos.
- Remes significa reptil. La palabra se deriva de ramas, que significa pisar. Cuando nos comparamos con las aves, somos remasian, porque nos arrastramos y pisamos la tierra con los pies, como los perros y las demás bestias. Pero el significado propio es: animales que no andan con el rostro erguido. Los animales que se arrastran y que llamamos reptiles tienen un nombre específico: se llaman sherazim, como vemos en Levítico, de la palabra sharaz, que significa moverse, y que se usa más adelante en el capítulo 7. La palabra oph es conocida: significa ave.
- Tales son las diferencias entre estos términos, aunque, como dije antes, en algunos lugares no se observan. La interpretación, sin embargo, debe limitarse al tiempo posterior al diluvio; de lo contrario se sacaría la conclusión de que tales fieras salvajes existían también en el paraíso. ¿Quién dudará de que antes del pecado, habiéndose dado al hombre el dominio sobre todos los animales de la tierra, había concordia no solo entre los hombres, sino también entre los animales y el hombre?
- Aunque el capítulo 1 prueba claramente que estas fieras fueron creadas con los demás animales, a causa del pecado su naturaleza fue alterada. Los que fueron creados mansos e inofensivos se volvieron, después de la caída, salvajes y dañinos. Esta es mi opinión, aunque, desde que perdimos aquel estado de existencia inocente, es más fácil aventurar una conjetura que llegar a una definición de aquella vida.
- Pero, preguntas, si a causa del pecado la naturaleza de los animales quedó completamente alterada, ¿cómo pudo Noé dominarlos, especialmente a los salvajes y feroces? Al león ciertamente no se le podía dominar, ni a los tigres, las panteras y otros semejantes. La respuesta es: esos animales salvajes entraron en el arca milagrosamente. A mí esto me parece razonable. Si no hubieran sido forzados por un mandato divino a entrar en el arca, no habría estado en poder de Noé dominar animales tan feroces. Sin duda tuvo que ejercer su propio poder humano, pero este solo no bastaba. Y el texto implica ambas condiciones, porque primero dice: «Meterás en el arca», y luego añade: «Dos de cada especie entrarán contigo». Si no hubieran sido guiados milagrosamente, no habrían venido de dos en dos y de siete en siete.
- Que vinieran por su propia cuenta de dos en dos y de siete en siete es un milagro y una señal de que tenían un presentimiento de la ira de Dios y del terrible desastre que venía. Aun las naturalezas brutas tienen presentimientos y barruntos de las calamidades inminentes, y a menudo, como movidas por cierto sentimiento de compasión, muestran angustia por un hombre que está en evidente peligro. Vemos que los perros y los caballos entienden los peligros de sus amos y se muestran afectados por ese conocimiento: los perros aullando, los caballos temblando y sudando copiosamente. De hecho, no es raro que las fieras en peligro busquen refugio junto al hombre.
- Así pues, si en otras ocasiones hay en las naturalezas brutas semejante entendimiento, ¿es de extrañar que, después de haber sido despertadas divinamente al sentido del peligro venidero, se unieran voluntariamente a Noé? Porque el texto muestra que vinieron voluntariamente. Del mismo modo la historia da testimonio, y nuestra experiencia lo confirma, de que cuando se desata una peste terrible o es inminente una gran matanza, los lobos, los más feroces de los animales, huyen no solo a las aldeas, sino a veces hasta a las ciudades, se refugian entre los hombres y piden humildemente, por así decir, su ayuda.
B. El alimento que Noé llevó al arca.
V.21. Y toma contigo de todo alimento que se come, y almacénalo, y servirá de sustento para ti y para ellos.
- Como el diluvio había de durar un año entero, era necesario recordarle a Noé los alimentos que debía reunir de las hierbas y los frutos de los árboles para conservar la vida del hombre y de los animales. Aunque la ira de Dios fue terrible, hasta la destrucción de todo lo nacido sobre la tierra, la bondad del Señor resplandece, no obstante, en esta espantosa calamidad. Él cuida de la preservación del hombre y de los animales, y, mediante la preservación de estos, de la de las especies. Los animales escogidos para ser preservados en el arca eran sanos y de cuerpo sin defecto, y por la providencia divina recibieron alimento adecuado a su naturaleza.
- En cuanto al hombre, es cosa establecida que todavía no usaba la carne como alimento. Comía solo de la vegetación de la tierra, que era mucho más apetecible antes del diluvio que ahora, después de la notable corrupción de la tierra por las aguas salobres.
- Observamos aquí la providencia de Dios, por cuyo consejo los malos son castigados y los buenos salvados. Por un milagro Dios preserva una parte de sus criaturas cuando castiga a los malvados, y provee con su gracia para su posteridad.
- Habría sido cosa fácil para Dios preservar a Noé y a los animales durante un año entero sin alimento, como preservó sin alimento a Moisés, a Elías y a Cristo, este último durante cuarenta días. Él hizo todo de la nada, lo cual es aún más maravilloso. Sin embargo, Dios, en su gobierno de las cosas creadas, como observa sabiamente Agustín, les permite desempeñar sus funciones propias. En otras palabras, aplicando la opinión de Agustín al asunto que nos ocupa, Dios realiza sus milagros siguiendo las líneas de la ley natural.
- Dios también exige que no desechemos los recursos de la naturaleza, lo cual sería tentar a Dios, sino que usemos con acción de gracias las cosas que Dios ha preparado para nosotros. El hombre hambriento que espera pan del cielo en vez de procurar obtenerlo por medios humanos, peca. Cristo manda a los apóstoles comer lo que se les ponga delante, Lc 10:7. Así se le ordena aquí a Noé emplear los métodos ordinarios de reunir alimento. Dios no le mandó esperar en el arca una provisión milagrosa de alimento del cielo.
- La vida de los monjes es toda ella una tentación a Dios. No pueden ser continentes y, sin embargo, se abstienen del matrimonio; asimismo se abstienen de ciertos alimentos, aunque Dios los creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad, porque todo lo que Dios creó es bueno y nada es de desecharse si se toma con acción de gracias, 1 Ti 4:3-4. El uso de la medicina es legítimo; sí, ha sido creada como medio necesario para conservar la salud. El estudio de las artes y de las lenguas debe cultivarse y, como dice Pablo: «Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque por la palabra de Dios y por la oración es santificado», 1 Ti 4:4-5.
- Dios podía preservar a Noé en medio de las aguas. Cuentan la fábula de que Clemente tenía una celda en medio del mar. Sí, el pueblo de Israel fue preservado en medio del mar Rojo, y Jonás en el vientre de la ballena. Pero esto no era lo que Dios quería. Quiso más bien que Noé se valiera de la ayuda de la madera y de los árboles, para que así la habilidad humana tuviera un campo en que ejercitarse.
- Pero cuando los medios humanos fallan, entonces te toca o sufrir o esperar la ayuda del Señor. Ningún esfuerzo humano podía sostener a los judíos cuando estaban junto al mar y rodeados por la retaguardia por el enemigo. Por eso había que esperar una liberación milagrosa, o sufrir una muerte segura.
C. La obediencia de Noé.
V.22. «Y lo hizo así Noé; hizo conforme a todo lo que Dios le mandó».
- Esta frase es muy frecuente en la Escritura. Este es el primer pasaje en que el elogio de la obediencia a Dios se reviste de tales palabras. Más adelante leemos una y otra vez que Moisés, que el pueblo, hicieron conforme a todo lo que Dios les mandó. Pero Noé recibió este elogio como ejemplo para nosotros. La suya no era una fe muerta, que no es fe en absoluto, sino una fe viva y activa. Obedece los mandamientos de Dios, y como cree tanto las promesas como las amenazas de Dios, cumple con cuidado lo que Dios le mandó acerca del arca y de reunir los animales y el alimento. Este es un elogio singular de la fe de Noé: que se mantiene en el camino real, que no añade nada, no cambia nada ni quita nada al mandato divino, sino que permanece por completo en el precepto que ha oído.
- Es el pecado más común y a la vez el más dañino en la Iglesia: que la gente, o bien cambia del todo los mandamientos de Dios, o bien pone otra cosa por encima de ellos. Hay un solo camino real al que debemos atenernos. Pecan los que se desvían demasiado a la izquierda, porque no cumplen los mandamientos divinos. Los que se desvían a la derecha y hacen más de lo que Dios ha mandado, como Saúl cuando perdonó a los amalecitas, pecan aún más gravemente que los que se desvían a la izquierda. Añaden una piedad fingida; porque, mientras los que yerran por la izquierda no pueden excusar su error, estos no vacilan en atribuirse un mérito notable.
- Y este error es comunísimo. Dios suele a veces mandar cosas comunes, insignificantes, ridículas y hasta chocantes; pero la razón se deleita en cosas espléndidas. Ante las comunes, o bien retrocede, o bien las emprende a regañadientes. Así los monjes huyeron de los deberes domésticos y eligieron para sí otros aparentemente de mayor brillo. Hoy la gran multitud, al oír que en el evangelio se predican tareas comunes, desprecia el evangelio como una enseñanza vulgar, sin elegancia. ¿Qué tiene de notable enseñar que los siervos deben obedecer a su amo y los hijos a sus padres? Esta doctrina tan común y tantas veces enseñada, los doctos papistas no solo la descuidan, sino que hasta la ridiculizan. Prefieren algo singular, algo notable, ya sea por su fama de sabiduría o por su aparente dificultad. Tal es la locura de la sabiduría humana.
- En general, es sabio fijarse no tanto en la persona que habla como en lo que dice, porque los defectos del maestro siempre saltan a la vista. Pero cuando consideramos los preceptos de Dios y la verdadera obediencia, este axioma debe invertirse. Entonces no debemos fijarnos tanto en lo que se dice, sino en la persona del que habla. En cuanto a los preceptos divinos, si te fijas en lo que se dice y no en quién lo dice, tropezarás fácilmente. Lo muestra el ejemplo de Eva, cuya mente no se detuvo en la persona que dio el mandamiento. Solo miró el mandamiento y concluyó que probar la manzana era cosa de poca monta. ¡Pero qué daño se causó con ello a todo el género humano!
- El que se fija en quien da el mandamiento concluirá que lo que en apariencia es insignificante es grandísimo. Los papistas tienen por cosa ligera gobernar el Estado, ser esposo o esposa, educar a los hijos. Pero la experiencia enseña que son asuntos importantísimos, para los cuales la sabiduría humana no basta. Vemos que a veces los hombres más espirituales han caído aquí vergonzosamente. Por eso, cuando recordamos a quien da el mandamiento, lo insignificante y común se convierte en una responsabilidad demasiado grande para cumplirla sin ayuda divina.
- Por lo tanto, los papistas, que solo miran la máscara exterior, como la vaca mira la puerta, pueden tomar a la ligera los deberes del hogar y del Estado, e imaginar que cumplen otros de mayor excelencia. Precisamente en que son adúlteros desvergonzados, blasfemos contra Dios, profanadores del santuario y descarados derrochadores de los bienes de la Iglesia, dan fuerte testimonio contra sí mismos de que no saben apreciar en modo alguno los deberes domésticos y públicos, insignificantes, comunes y vulgares.
- ¿En qué consiste, pues, la santidad de la que se jactan? ¡Pues en que ciertos días se abstienen de carne, en que se atan a ciertos votos, en que tienen predilección por ciertos tipos de trabajo! Pero, les pregunto, ¿quién ha mandado hacer esas cosas? Nadie. Lo que Dios ha ordenado o mandado, no lo respetan. Ponen por encima otra cosa acerca de la cual Dios no ha dado ningún mandamiento.
- De ahí la importancia vital de esta regla: que nos fijemos no en el contenido del mandamiento, sino en su autor. El que no lo hace, como dije, a menudo se escandalizará por lo insignificante o absurdo de una tarea. A Dios hay que reconocerle sabiduría y bondad. Sin duda, lo que él mismo ordena está bien y sabiamente ordenado, aunque la razón humana juzgue de otro modo.
- Los papistas le quitan a Dios su sabiduría cuando consideran insignificantes las tareas que él ha ordenado e intentan emprender algo mejor o más difícil. Tales obras no aplacan a Dios, sino que más bien lo provocan, como muestra el ejemplo de Saúl. Como si Dios fuera necio, cobarde y cruel por haber mandado destruir a los amalecitas y todo lo que tenían, Saúl concibió un plan más benigno y reservó el ganado para ofrecerlo en sacrificio. ¿Qué otra cosa fue esto sino tenerse a sí mismo por sabio y a Dios por necio?
- Por eso Moisés elogia con razón en este pasaje la obediencia de Noé cuando dice que hizo todo lo que el Señor le había ordenado. Eso es reconocerle a Dios sabiduría y bondad. No discutió la tarea, como hicieron Adán, Eva y Saúl para gran daño suyo. Mantuvo los ojos puestos en la majestad del que daba el mandamiento. Eso le bastaba, aunque el mandamiento fuera absurdo, imposible o inconveniente. Todas esas objeciones las pasa por alto, como con los ojos cerrados, y se afirma en lo único que Dios mandó. Así pues, este texto es conocido en cuanto a oírlo; pero en cuanto a cumplirlo y practicarlo, lo conocen muy pocos y es sumamente difícil.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.