Comentarios y sermones · Martín Lutero
Génesis 9: comentario de Martín Lutero
Capítulo 9
I. DIOS BENDICE A NOÉ Y AL LINAJE HUMANO.
A. El estado del matrimonio es bendecido.
V.1. Bendijo Dios a Noé y a sus hijos, y les dijo: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra.
- Este consuelo era sin duda necesario, después de que todo el género humano había sido destruido por el diluvio y solo ocho almas se habían salvado. Ahora Noé sabía que Dios era verdaderamente misericordioso, pues, no contento con aquella primera bendición que había otorgado al género humano en la creación del mundo, añadió esta nueva bendición, para que Noé no tuviera ningún recelo en cuanto al futuro crecimiento de su descendencia. Y el gozo que trajo esta promesa fue tanto mayor por la enfática promesa que Dios había hecho antes de que nunca más visitaría al género humano con un castigo tan severo.
- En primer lugar, pues, este capítulo renueva la institución del matrimonio. Dios, por su Palabra y su mandato, une al varón y a la mujer con el fin de repoblar la tierra. Como Dios había sido provocado a ira antes del diluvio por el pecado de la lujuria, era necesario ahora, después de aquella terrible prueba de su ira, mostrar que Dios no aborrece la unión legítima del hombre y la mujer, sino que es su voluntad multiplicar el género humano por este medio.
- Dios había expresado como su voluntad que el género humano se propagara mediante la unión del hombre y la mujer, fin que habría podido lograr a partir de piedras, a la manera de Deucalión, de quien fabulan los poetas, si no hubiera aprobado esa unión como legítima. Este hecho servía para dar a Noé una prueba segura de que Dios amaba al hombre y deseaba su bien, y de que ahora toda ira había terminado. Por eso este pasaje ilustra la dignidad del matrimonio, que es el fundamento de la familia y del Estado, y el semillero de la Iglesia.
- Aquí se plantea la objeción de que Noé ya había llegado a una edad que no era apta para la procreación, puesto que la Biblia no registra ningún caso de hijos nacidos de él después, y que por tanto esta promesa no tenía valor. A esto respondo que esta promesa no se dio solo a Noé, sino también a sus hijos, e incluso a todo el género humano; de modo que aun el abuelo Noé abrigaba la esperanza de descendencia.
- Este pasaje, además, sirve para convencernos de que los hijos son un don de Dios y fruto de su bendición, como se muestra en el Sal 127:3. Los paganos, que no saben nada de la Palabra de Dios, atribuyen el crecimiento del género humano en parte a la naturaleza y en parte al azar, en vista de que quienes son evidentemente los más aptos para la procreación a menudo se quedan sin descendencia. Por eso no dan gracias a Dios por este don, ni reciben a sus hijos como una bendición de Dios.
B. El uso y el dominio del hombre sobre los animales.
V.2. El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueva sobre la tierra, y en todos los peces del mar; en vuestra mano son entregados.
- Parecería que aquí se aumenta el dominio del hombre para su mayor consuelo. Porque, aunque después de la creación se le dio al hombre dominio sobre todos los animales, no leemos que las bestias le temieran y huyeran de él como lo describe Moisés. La razón está en que hasta entonces los animales no estaban destinados a ser alimento del hombre; el hombre había sido un señor bondadoso de las bestias, no quien las mataba y se las comía.
- Aquí, en cambio, quedan sometidas al hombre como a un tirano con poder ilimitado de vida y muerte. Como se aumenta la servidumbre de las bestias y se extiende el poder del hombre sobre ellas, los animales viven acosados por el terror y el miedo al hombre. Vemos que ni siquiera los domesticados se dejan manejar con facilidad; sienten el dominio del hombre y tienen un instinto constante de peligro. No creo que esto fuera así antes de que se pronunciara esta Palabra de Dios. Antes de ese tiempo, los hombres usaban los animales adecuados para su trabajo y para el sacrificio, pero no como alimento. Este aumento de poder es también una señal del favor de Dios; otorga un privilegio desconocido para los patriarcas, como muestra de su amor y de su interés por el hombre.
- No debemos menospreciar este beneficio de la autoridad sobre las bestias, porque es un don especial de Dios del que los paganos no sabían nada, porque les falta la Palabra. Nosotros somos quienes sacamos el mayor provecho de este don. Cuando se dio esta revelación a Noé y se le concedió semejante privilegio, en realidad no había necesidad de él. Unos pocos hombres poseían toda la tierra, de modo que podían gozar en abundancia de sus frutos y no era necesario añadir la carne de los animales. Pero nosotros hoy no podríamos vivir solo de los frutos de la tierra; es un gran beneficio para nosotros que se nos permita comer la carne de las bestias, de las aves y de los peces.
- Esta palabra, por tanto, instituye el oficio de carnicero; pone liebres, pollos y gansos en el asador y llena nuestras mesas de toda clase de platos. La necesidad hace industriosos a los hombres. No solo cazan los animales de los bosques, sino que engordan con cuidado otros en casa para comerlos. En este pasaje Dios se constituye, por así decirlo, en matarife, pues por su palabra entrega a la matanza y a la muerte a los animales aptos para alimento, como recompensa al temeroso Noé por sus tribulaciones durante el diluvio. Por eso quería Dios alimentar a Noé con mano generosa.
- No debemos pensar que este privilegio no fue ordenado por Dios. Los paganos creen que esta costumbre de matar animales ha existido siempre. Tales cosas son instituidas, o más bien permitidas, por la Palabra de Dios; no se habrían podido matar las bestias sin pecado si Dios no lo hubiera permitido expresamente por su Palabra. Es una gran libertad para el hombre matar toda clase de bestias aptas para alimento y comerlas sin hacer mal. Si se hubiera reservado para alimento una sola clase de bestias, habría sido ya un gran beneficio; ¡cuánto más debemos valorar esta bendición generosa de que todas las bestias aptas para el sustento han sido entregadas en poder del hombre!
- Los impíos y los gentiles no reconocen esto, ni tampoco los filósofos. Creen que este privilegio ha sido siempre del hombre. Nosotros, en cambio, debemos tener plena luz sobre el tema, para que nuestras conciencias gocen de descanso y libertad en el uso de lo que Dios ha creado y permitido, pues no hay absolutamente ninguna ley contra tales alimentos. No puede haber pecado en su uso, aunque los malvados sacerdotes han cargado criminalmente a la Iglesia en esta materia.
- En este pasaje, pues, se aumenta el poder del hombre y se le entregan las bestias irracionales, hasta la muerte. Bajo el nuevo orden temen al hombre y huyen de él, al contrario de lo que ocurría en el pasado. Adán habría tenido reparo en matar siquiera un pajarito para comérselo. Pero ahora, desde la promulgación de esta Palabra, sabemos que Dios, como bendición especial, ha provisto nuestras cocinas de toda clase de carnes. Más adelante se ocupará también de la bodega, enseñando al hombre a cultivar la vid.
- Estas son pruebas seguras de que Dios ya no aborrece al hombre, sino que lo favorece. Esta historia atestigua que, así como la ira de Dios, una vez encendida, es insoportable, así también su misericordia es infinita y sin medida cuando vuelve a encenderse. Pero su misericordia se ejerce con mayor abundancia, porque es la naturaleza misma de Dios, mientras que la ira es en realidad ajena a Dios: la toma sobre sí contra su naturaleza, forzado a ello por la maldad de los hombres.
Génesis 9:3
V.3. Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo.
- Aquí surge una pregunta. En el cap. 7:2 Moisés mostró la diferencia entre animales limpios e inmundos; aquí, en cambio, habla de todos los animales sin distinción alguna. ¿Permitió, entonces, Dios al hombre usar también los animales inmundos como alimento?
- La afirmación como tal es general: todo lo que se mueve sobre la tierra. Hay quienes creen que los hombres del tiempo de Noé no hacían distinción entre animales limpios e inmundos en cuanto a la comida. Pero yo sostengo otra opinión. Como esa diferencia se había establecido antes de ese tiempo y se observó cuidadosamente después en la Ley, creo que los hombres usaban solo animales limpios como alimento, es decir, los que se ofrecían en sacrificio. Por tanto, la declaración general debe entenderse con una modificación: todo lo que vive y se mueve, de entre los animales limpios, os será para mantenimiento. Porque, en general, la naturaleza humana siente asco por las serpientes, los lobos, los cuervos, los ratones y los lirones, aunque haya ciertas tribus que se deleitan incluso en estos animales. El temor y el miedo del hombre están sobre todas las bestias de la tierra porque se le permite matarlas; pero de ahí no se sigue que el hombre las use todas como alimento. Es probable que Noé comiera solo animales limpios; y sabía que solo los animales limpios eran aceptos a Jehová en sacrificio.
- Pero hay otra cosa difícil de entender. ¿Cómo puede ser que el temor y el miedo del hombre estén sobre todos los animales, cuando los lobos, los leones, los osos, los jabalíes y los tigres devoran a los hombres y son más bien un terror para ellos? Lo mismo sucede con toda la familia de las serpientes, de las que huimos apenas las vemos. ¿Qué diremos aquí? ¿Es falsa la Palabra de Dios? Respondo: aunque nosotros, conscientes del peligro, huimos de esas bestias y les tenemos miedo, ellas a su vez temen al hombre. Aun las bestias más feroces se aterrorizan y huyen a la primera vista del hombre; pero cuando se enfurecen, vencen al hombre por su fuerza corporal.
- Pero, dirás, ¿por qué temen si son más fuertes? Respondo: saben que el hombre está dotado de razón, que es más poderosa que cualquier bestia. La destreza del hombre domina aun a los elefantes, los leones y los tigres. Lo que la fuerza corporal del hombre no puede hacer, lo logra con su destreza y su capacidad de razonar. ¿Cómo sería posible, de otro modo, que un muchacho de diez años gobernara todo un rebaño de ganado? ¿O que el hombre guiara a un caballo, animal de singular fiereza y fuerza, para que vaya en la dirección que él desee, ahora apremiándolo, ahora obligándolo a un paso más moderado? Todas estas cosas las hace la destreza del hombre, no su fuerza. Por tanto, no nos faltan pruebas claras de que el temor del hombre permanece sobre las bestias, que dañan al hombre cuando se enfurecen, y por eso él les teme.
- No tengo ninguna duda, sin embargo, de que en tiempos de Noé y de los patriarcas que le siguieron inmediatamente este temor era mayor en las bestias, porque entonces florecía la justicia y había menos pecado. Después, cuando decayó la santidad de vida y aumentó el pecado, el hombre comenzó a perder esta bendición, y las fieras se convirtieron en castigo del pecado. Moisés amenaza en Dt 32:24 que Dios enviaría sobre ellos «diente de fieras». ¡Qué terrible fue también la plaga de las serpientes ardientes en el desierto! (Nm 21:6). Unos osos despedazaron a los muchachos que se burlaban del profeta (2 R 2:24). ¿Por qué perdieron aquí las bestias su temor al hombre? ¿Por qué se enfurecieron contra el hombre? ¿No fue el pecado la causa?
- Por tanto, como se dijo antes, cuando surgen nuevos pecados, surgirán también nuevos castigos. Así vemos que en nuestros días se generalizan enfermedades y desgracias hasta ahora raras, como el sudor inglés, las langostas que en el año 1542 devastaron grandes extensiones de tierra en Polonia y Silesia, y otros ejemplos.
- De la misma manera, Dios prometió tiempos de sementera y de siega, de calor y de frío, y sin embargo no cierra los ojos a nuestros pecados de tal modo que las estaciones, tanto de sementera como de siega, no estén sujetas a trastornos del clima, como la terrible sequía del año 1504 y las lluvias casi interminables de los dos años siguientes. Considerando la maldad de nuestra época, ¿por qué hemos de asombrarnos de que la bendición ceda su lugar a la maldición, de modo que las bestias, que nos temerían si no fuéramos malvados, sean ahora un terror y un daño para nosotros?
- La tierra de los sodomitas era como un paraíso; pero a causa del pecado se convirtió en un mar de asfalto. Y quienes han visto esa tierra nos cuentan que allí crecen manzanas hermosísimas, pero que al abrirlas se hallan llenas de ceniza y de un olor repugnante. La razón es que los sodomitas no reconocieron los dones de Dios, que los bendecía, sino que abusaron de ellos a su antojo. Además, blasfemaron a Dios y persiguieron a sus santos, ensoberbecidos por esos buenos dones. Por eso se les quitó la bendición y todo quedó bajo maldición. Esta es la verdadera explicación de que, aunque hay señales de terror en los animales salvajes, nosotros les tengamos miedo y ellos nos hagan daño.
- Estoy bastante seguro de que en otro tiempo vivieron en esta tierra nuestra hombres muy malvados; ¿cómo explicaríamos, si no, el suelo reseco y los arenales estériles? También los nombres muestran que en algún tiempo los judíos poblaron esta tierra. Donde vive gente mala, allí la tierra se va volviendo mala poco a poco por la maldición de Dios.
- La ciudad de Brujas, en Flandes, solía ser un puerto famoso; pero desde el tiempo en que tuvieron cautivo al rey Maximiliano, el mar se retiró y el puerto dejó de existir. Lo mismo dicen hoy de Venecia. Y no es muy de extrañar, pues a los innumerables pecados de los gobernantes del Estado se añadieron la defensa de la idolatría y la persecución del evangelio.
Génesis 9:4
V.4. Pero carne con su vida, que es su sangre, no comeréis.
- Lo que hemos oído hasta aquí se refería a asuntos domésticos; ahora Dios añade un mandamiento que concierne al gobierno civil. Como ya no era pecado matar un buey o una oveja para comer, como no lo era arrancar una flor o una hierba que crece en el campo, había cierto peligro de que los hombres abusaran de este poder sobre las bestias, dado por Dios, y lo sobrepasaran hasta llegar a derramar sangre humana. Por eso añade ahora una nueva ley: que no debe derramarse sangre humana; y al mismo tiempo restringe la libertad de comer carne: les prohíbe comer carne que antes no haya sido desangrada.
- El texto hebreo presenta muchas dificultades y, por eso, los intérpretes discrepan. No es necesario enumerar todas las versiones de este versículo. Sigo firmemente la regla de que las palabras deben explicar las cosas, y no las cosas las palabras. Por tanto, no pierdo tiempo en las ideas de quienes explican las palabras según sus propias inclinaciones, poniéndolas al servicio de las nociones preconcebidas que traen a su lectura.
- Veamos primero el significado de las palabras. Rephesh denota propiamente un cuerpo con alma, o un animal vivo, como el buey, la oveja, el hombre, etc. No denota solo el cuerpo, sino un cuerpo vivo, como cuando Cristo dice: «Pongo mi vida por las ovejas» (Jn 10:15). Aquí la palabra «vida» no significa otra cosa que la vida que anima el cuerpo. Basar, en cambio, significa carne, que es una parte del elemento material y, sin embargo, tiene su aliento y su energía, no del cuerpo, sino del alma. Porque la carne o el cuerpo, por sí mismo y sin el alma, es una cosa inanimada, como un leño o una piedra; pero cuando se llena del aliento del alma, entonces sus humores y todas las fuerzas corporales entran en actividad.
- Dios prohíbe aquí comer un cuerpo que todavía contiene el alma que se agita, se mueve y vive, como el halcón devora a los pollos y el lobo a las ovejas sin matarlos, sino mientras todavía están vivos. Esta crueldad la prohíbe aquí Jehová, que pone límites al privilegio de matar, para que no se haga de un modo tan bestial que se devoren cuerpos vivos o partes de ellos. Debe observarse la manera legítima de matar, como se hacía en el altar y en los ritos religiosos, donde la bestia, muerta sin crueldad y debidamente limpia de sangre, se ofrecía finalmente a Dios. Sostengo que el sentido sencillo y verdadero del texto, que dan también algunos maestros judíos, es que no debemos comer carne cruda ni miembros que todavía palpitan, como hacían los lestrigones y los cíclopes.
Génesis 9:5
V.5. Porque ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas; de mano de todo animal la demandaré, y de mano del hombre; de mano del varón su hermano demandaré la vida del hombre.
- Aquí el texto hebreo es aún más difícil que en el versículo anterior. Lyra, citando a los rabinos, halla aquí indicadas cuatro clases de homicidio: divide la afirmación en dos partes y encuentra una doble explicación para cada una. Entiende que la primera parte se refiere a quienes ponen manos homicidas sobre sí mismos. Si esto es correcto, este pasaje es un testimonio de la inmortalidad; porque ¿cómo podría Dios pedir cuentas a una persona que, estando muerta, ya no existe? Así, podría indicarse aquí el castigo del pecado después de esta vida. Pero me parece que la filología milita contra esta explicación. Aunque no pretendo tener un conocimiento perfecto de la lengua hebrea, estoy seguro de que tal sentido no aparece aquí.
- La segunda clase de homicidio la ilustra con la costumbre de arrojar seres humanos a las fieras, como se hacía antiguamente en los teatros, espectáculo verdaderamente bárbaro y repugnante para todo sentimiento humano; la tercera clase es el homicidio por instigación de otro; la cuarta, el homicidio de un pariente.
- Esta distinción sería bastante satisfactoria si pudiera probarse con las palabras del texto; pero es una invención judía nacida de su odio a las leyes romanas. Es mucho más sencillo entender este pasaje como una prohibición general del homicidio, conforme al quinto mandamiento, que dice: «No matarás». Dios no quiere que se mate ni siquiera a una bestia, salvo para un fin sagrado o para provecho del hombre. Mucho menos permite quitar la vida a un hombre, salvo por autoridad divina, como se explicará más adelante.
- En primer lugar, pues, se prohíbe la matanza voluntaria y perversa. La cultura se opone a matar animales por capricho y a comer carne cruda. En segundo lugar, Dios prohíbe el homicidio de cualquier clase; porque si Dios demandará la sangre de un ser humano asesinado de la bestia que lo mató, ¡con cuánta más severidad la demandará de mano del hombre! Así, este pasaje expresa el sentido del quinto mandamiento: que nadie derrame sangre humana.
II. La ley contra el homicidio; el pacto de Dios con Noé; el arco iris.
A. La ley contra el quitar la vida.
V.6a. El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada.
- Aquí merece reproche el descuido del traductor latino, porque omitió la expresión tan necesaria «por el hombre». Así se pone de relieve la diferencia entre el tiempo anterior y el posterior al diluvio. Cuando Caín mató a su hermano Abel, Dios tuvo en tan alta estima la sangre humana que amenazó con castigar siete veces a cualquiera que matara a Caín. No quería que el homicida fuera ejecutado ni siquiera mediante un debido proceso legal; y aunque Adán castigó severamente el pecado de su hijo expulsándolo, no se atrevió a pronunciar contra él sentencia de muerte.
- Pero aquí Jehová establece una nueva ley, que exige que el homicida sea muerto por el hombre, ley sin precedentes, porque hasta entonces Dios se había reservado todo juicio. Cuando vio que el mundo iba de mal en peor, finalmente ejecutó el castigo contra un mundo perverso por medio del diluvio. Aquí, en cambio, Dios concede al hombre una parte de su autoridad, dándole el poder de vida y muerte, para que sea así el vengador de la sangre derramada. A quien quite la vida a un hombre sin la debida autorización, Dios lo somete no solo a su propio juicio, sino también a la espada del hombre. Aunque Dios use al hombre como su instrumento para castigar, él mismo sigue siendo el vengador. Si no fuera por el mandato divino, pues, no sería ahora más lícito matar a un homicida de lo que lo era antes del diluvio.
- Esta es la fuente de donde brotan todas las leyes civiles y el derecho de gentes. Si Dios concede al hombre el poder de vida y muerte, ciertamente le concede también poder en asuntos de menor importancia: poder sobre los bienes, la familia, la esposa, los hijos, los siervos y los campos. Dios quiere que estas cosas estén bajo el control de ciertos hombres, que han de castigar a los culpables.
- Debemos recordar bien que entre el poder de Dios y el de los hombres hay esta diferencia: Dios tiene poder para matarnos aun cuando el mundo no puede siquiera acusarnos, cuando ante él somos inocentes. El pecado nace con nosotros; todos somos culpables delante de Dios. Los hombres no tienen autoridad para matar sino donde la culpa es manifiesta y el crimen está probado. Por eso se han establecido tribunales y se ha instituido un procedimiento definido para investigar y probar el crimen antes de dictar la sentencia de muerte.
- Presta atención, pues, a este pasaje. Establece la autoridad civil como institución de Dios, con poder no solo de vida y muerte, sino también con jurisdicción en asuntos en que no está en juego la vida. Los magistrados han de castigar la desobediencia de los hijos, el robo, el adulterio, el perjurio: todos los pecados prohibidos en la segunda tabla. Quien concede jurisdicción sobre la vida del hombre concede al mismo tiempo el juicio sobre asuntos menores.
- La importancia de este texto y su derecho a nuestra atención consisten en que registra la institución de la autoridad civil por Dios, con la espada como insignia de poder, para que se refrene el libertinaje y se impida que la ira y los demás pecados crezcan sin límite alguno. Si Dios no hubiera concedido este poder al hombre, ¿qué clase de vida, les pregunto, llevaríamos? Él previó que la maldad florecería siempre, y estableció este remedio externo para impedir que el libertinaje se extendiera indefinidamente. Con esta salvaguardia Dios protege la vida y los bienes como con una cerca y un muro.
- Hallamos aquí una prueba del gran amor de Dios hacia el hombre no menor que su promesa de que el diluvio nunca más volverá a desatarse, y su promesa de que se puede comer carne para el sustento de la vida humana.
V.6b. Porque a imagen de Dios es hecho el hombre.
- Esta es la poderosa razón por la que Dios no quiere que los hombres sean muertos por decisión privada. El hombre es una criatura noble que, a diferencia de los demás seres vivientes, ha sido formada conforme a la imagen de Dios. Aunque es verdad que ha perdido esta imagen por el pecado, como hemos visto más arriba, puede ser restaurada por la Palabra y el Espíritu Santo. Esta imagen quiere Dios que la reverenciemos unos en otros; nos prohíbe derramar sangre por el ejercicio de la pura fuerza. Pero quien se niega a respetar la imagen de Dios en el hombre y cede a la ira y a la provocación —los peores consejeros de todos, como alguien los ha llamado—, ese tiene su vida entregada por Dios, como prenda perdida, a la autoridad civil, pues Dios manda que también su sangre sea derramada.
- Así, el tema que consideramos enseña la institución en el mundo de la autoridad civil, que no existía antes del diluvio. A Caín y a Lamec —y este es un ejemplo al caso— no se les dio muerte, aunque los santos patriarcas eran los árbitros y jueces de los asuntos públicos. Pero en esta Escritura se manda a quienes tienen la espada que la usen contra los que han derramado sangre.
- Así queda resuelto aquí el problema que inquietó a Platón y a todos los sabios. Concluyeron que es imposible ejercer el gobierno sin injusticia, porque todos los hombres están en el mismo nivel de dignidad y posición. ¿Por qué gobernó César el mundo? ¿Por qué otros le obedecían, si él no era más que un hombre como ellos, ni mejor ni más fuerte, y expuesto a morir tan pronto como ellos? Estaba sujeto a las mismas condiciones que todos los hombres. Por eso parece tiranía que él, que era del todo semejante a los demás hombres, usurpara el mando entre los hombres. Si es como los demás hombres, es el colmo del agravio y la injusticia pasar por alto esta semejanza e imponer por la fuerza su dominio sobre otros.
- Esta es la conclusión a la que llega la razón, y no puede admitir ninguna opinión contraria. Pero nosotros, que tenemos la Palabra, vemos que a tal razonamiento debemos oponer el mandato de Dios, autor de este orden de cosas. Por consiguiente, nos toca prestar obediencia al orden divino y soportarlo, para que a nuestros otros pecados no se añada este: ser desobedientes a la voluntad de Dios precisamente en el punto del que sacamos provecho de tantas maneras.
- En suma, este pasaje permite matar animales para uso religioso y personal, pero prohíbe enfáticamente quitar la vida al hombre, porque el hombre está hecho a imagen de Dios. A quienes violan su mandato, él los entrega en manos de las autoridades para que les den muerte.
Génesis 9:7
V.7. Mas vosotros fructificad y multiplicaos; procread abundantemente en la tierra, y multiplicaos en ella.
- Concedida la matanza de animales, no solo para el sacrificio sino también para alimento, y prohibida la muerte de seres humanos, se nos da la razón por la cual Dios mira con tanta aversión el derramamiento de sangre humana. Él quiere que el género humano se multiplique sobre la tierra; pero la matanza de hombres asola la tierra y produce un desierto. Lo vemos en el caso de la guerra. Dios no creó la tierra sin propósito. Quiso que fuera habitada (Is 45:18). La hace fecunda con la lluvia y el sol para provecho del hombre. Por eso le desagradan quienes quitan de la tierra a sus habitantes. Su voluntad es la vida y no la muerte (Sal 30:5).
- Estos y otros dichos semejantes de los profetas se basan en promesas como la que hallamos aquí, en que Dios manda al hombre multiplicarse. Es claro que está más inclinado a dar vida y a hacer el bien que a enojarse y matar. Si fuera de otro modo, ¿por qué prohibiría quitar la vida humana? ¿Por qué la peste sería algo raro? La peste y las epidemias generales ocurren apenas una vez cada diez años. Los hombres nacen, los animales crecen, y continuamente brotan cosechas sin fin.
- Todos estos hechos muestran que Dios no ama la muerte, sino la vida. Creó al hombre no para que muriera, sino para que viviera; «pero por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sab 2:24). Pero aun después de la caída, las bendiciones que permanecen están tan resguardadas que la conclusión es inevitable: Dios ama la vida más que la muerte.
Nos conviene meditar muy a menudo en estas cosas; así, como con verdad dijo Salomón, Jehová será para nosotros una fuente de bendiciones (Pr 18:22).
B. El pacto de Dios con Noé.
V.8-11. Y habló Dios a Noé y a sus hijos con él, diciendo: He aquí que yo establezco mi pacto con vosotros, y con vuestros descendientes después de vosotros; y con todo ser viviente que está con vosotros; aves, animales y toda bestia de la tierra que está con vosotros, desde todos los que salieron del arca hasta todo animal de la tierra. Estableceré mi pacto con vosotros, y no exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra.
- Ya antes hemos explicado en varias ocasiones esta acumulación de palabras. Cuando el Espíritu Santo es prolijo, hay una causa para ello. Consideremos, pues, qué temor, qué espanto y qué peligro soportaron Noé y su familia, y se entenderá fácilmente por qué era necesario que Dios dijera y recalcara las mismas cosas con tanta frecuencia.
- Cuando, además, se recuerda que el pacto del que aquí se habla no concierne solo al hombre, sino que abarca a todo ser viviente, reconocemos que la promesa no se refiere a la simiente, sino solo a esta vida corporal, de la que el hombre goza en común con las bestias; esta no la destruirá Dios con otro diluvio.
Génesis 9:12-19
V.12-16. Y dijo Dios: Esta es la señal del pacto que yo establezco entre mí y vosotros y todo ser viviente que está con vosotros, por siglos perpetuos: Mi arco he puesto en las nubes, el cual será por señal del pacto entre mí y la tierra. Y sucederá que cuando haga venir nubes sobre la tierra, se dejará ver entonces mi arco en las nubes. Y me acordaré del pacto mío, que hay entre mí y vosotros y todo ser viviente de toda carne; y no habrá más diluvio de aguas para destruir toda carne. Estará el arco en las nubes, y lo veré, y me acordaré del pacto perpetuo entre Dios y todo ser viviente, con toda carne que hay sobre la tierra.
- La expresión «por siglos perpetuos» merece especial atención: abarca no solo a los hombres y a los animales de aquel tiempo, sino a toda su descendencia hasta el fin del mundo. De este pasaje aprendemos otra cosa. Dios suele confirmar su promesa con una señal externa. En el capítulo 3 leímos de las túnicas de pieles con que cubrió la desnudez de los primeros padres, como señal de su protección y de su cuidado.
- Algunos ofrecen la siguiente explicación alegórica, bastante acertada. Así como la piel de la oveja muerta abriga nuestro cuerpo, así Cristo, habiendo muerto, nos abriga con su Espíritu, y en el último día nos resucitará y nos dará vida. Otros dicen que se escogieron las pieles como señal de la mortalidad. Pero esto parece innecesario: toda nuestra vida nos recuerda que somos mortales. Más conveniente era una señal de vida, que sugiriera la bendición y el favor de Dios. La función de tales señales es consolar, no aterrar. Así fue dada la señal del arco iris, como complemento de la promesa.
- En el capítulo 8:21-22, Dios dice en su corazón que se arrepiente de aquel terrible castigo, y promete no repetirlo, porque el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud. Si quisiera castigar así el mal, haría falta un diluvio cada día. Aquí vuelve a enviar su Palabra a los hombres, por medio de un ángel o quizá por boca de Noé, y promete que en adelante no vendrá ningún diluvio sobre la tierra. Que la promesa se repita tantas veces prueba el empeño de Dios, en su misericordia, por quitar al hombre el temor del castigo y poner delante de él la esperanza de la bendición y de la misericordia más grande.
- Noé y los suyos necesitaban ese consuelo. Quien ha sido humillado por Dios no puede olvidar la herida y el dolor. El castigo se recuerda más que la bendición. Los niños son un buen ejemplo. La madre tierna, después de castigar a su hijo con la vara, procura calmarlo con juguetes y otros halagos; pero el recuerdo del dolor persiste, y el niño no puede contener los suspiros frecuentes y los sollozos amargos. ¡Cuánto más le cuesta a la conciencia aceptar consuelo después de haber sentido la ira de Dios y el miedo a la muerte! Estas cosas quedan tan grabadas en la mente que el alma tiembla y teme a pesar de los dones y consuelos que se le ofrecen.
- Así Dios muestra aquí su buena voluntad de muchas maneras y siente un gozo singular en derramar misericordia. Es como una madre que mima y acaricia a su niño hasta que por fin empieza a olvidar sus lágrimas y a sonreír mirando el rostro de su madre.
- Por eso se emplean figuras, se acumulan palabras y el asunto se presenta cada vez con más claridad, para adaptar el consuelo a las necesidades de aquella pobre gente que, durante un año entero, había sido testigo de la inmensa ira de Dios. No podían ser librados del miedo y del terror con una palabra ocasional. Era necesario repetir la promesa, explicándola mucho, para secar sus lágrimas y suavizar su dolor. Porque, aunque eran santos, eran carne, igual que nosotros.
- Del mismo modo, nosotros necesitamos hoy este consuelo. Siempre que los elementos se enfurecen, podemos estar seguros de que las fuentes del cielo y los manantiales del abismo están cerrados por la palabra de Dios. El arco iris se muestra hasta hoy para significar que en adelante nunca habrá otro diluvio universal. Y esta promesa requiere de nuestra parte la fe de confiar en que Dios, en su misericordia, nunca traerá sobre nosotros otro gran diluvio.
C. EL ARCO IRIS.
- Además se discute si las causas naturales del arco iris significan esto. Es bien sabido que los filósofos, sobre todo Aristóteles en su libro de los Meteoros, emplean toda clase de argumentos sobre el color del arco iris, sobre la naturaleza de las nubes donde se forma y sobre su curvatura. Con bastante acierto se señala la semejanza entre un espejo, que refleja una imagen, y la nube húmeda y arqueada, que recoge los rayos del sol y, por reflexión, produce el arco iris. La razón ve en estos fenómenos lo que le parece más probable, pero no descubre la verdad en todas partes. Eso no está en el poder de la criatura, sino solo del Creador. En cuanto a mí, nunca he dado menos crédito a un libro que al de los meteoros, cuyo principio fundamental es suponer que las causas naturales lo explican todo.
- Algunos afirman que el arco iris anuncia una tormenta que durará tres días, y estoy dispuesto a admitirlo; pero lo que es seguro es que significa que nunca habrá otro diluvio. Sin embargo, no recibe este significado de ninguna causa natural, sino solo de la Palabra de Dios. Significa esto únicamente porque Dios lo ordena y lo declara así por su Palabra. La circuncisión era señal de que la descendencia de Abraham era el pueblo de Dios; pero la circuncisión no tenía ese significado en sí misma, sino solo por la Palabra que iba unida a ella. Asimismo, las túnicas de pieles significaban vida y seguridad, no porque contuvieran esta garantía por naturaleza, sino porque Dios lo había prometido. Así, el significado del arco iris, que el diluvio no volverá, no se basa en otra cosa que en la Palabra de Dios.
- No desconozco del todo las teorías de las leyes naturales sobre estas cosas; pero como no están comprobadas, confío poco en ellas. El razonamiento de Aristóteles acerca de la nube húmeda y hueca como causa del arco iris no es fiable: puede haber tales nubes sin que se produzca un arco iris. Además, según la mayor o menor densidad del medio, el arco puede verse más ancho o más estrecho. Yo he visto aquí, en Wittenberg, un arco iris circular que formaba un anillo completo, no simplemente un arco que termina sobre la superficie de la tierra, como suelen verse los arcos iris. ¿Por qué, entonces, toman formas distintas en distintas ocasiones? Un filósofo, supongo, pensará en alguna razón, porque le parecerá una vergüenza no poder dar razón de todas las cosas. Pero, en verdad, nunca me convencerá de que dice la verdad.
- La única opinión coherente e irrefutable es que todos estos fenómenos son obra de Dios o de los espíritus malos. No tengo ninguna duda de que las «cabras danzantes» (estrellas), las serpientes voladoras, las lanzas de fuego y cosas semejantes son producidas por espíritus malos, que así juguetean en el aire, para aterrar o para engañar a los hombres. Las llamas que aparecen a bordo de los barcos eran tenidas por los paganos como Cástor y Pólux. A veces aparece la imagen de una luna sobre las orejas de los caballos. Es seguro que todas estas cosas se deben a las travesuras de los espíritus malos en el aire, aunque Aristóteles crea que son aire luminoso, así como también declara que un cometa es vapor resplandeciente.
- A mí me parece que andaremos con mayor seguridad y certeza si, razonando de la causa al efecto, concluimos que el cometa arde, cuando a Dios le place, como señal de calamidad, así como el arco iris resplandece, cuando a Dios le place, como señal de misericordia. ¿Quién puede calcular todas las causas que producen la aparición del arco iris con tal variedad de hermosos colores y en forma de un arco de curvatura perfecta? La disposición de las nubes por sí sola no produce, sin duda, esta perfección. Por tanto, es por la voluntad y la promesa de Dios, y para cumplir su beneplácito, que el arco iris es señal para el hombre y para los animales de que nunca jamás habrá otro diluvio.
- Por esta señal debemos dar gracias a Dios. Cada vez que aparece el arco iris, proclama al mundo, por así decirlo, a gran voz, la historia de la ira de Dios, que una vez destruyó el mundo con un diluvio. Y nos proclama consuelo, para que concluyamos que Dios nos es propicio en adelante y que nunca más enviará sobre nosotros un castigo tan terrible. Enseña a la vez el amor y el temor de Dios, las virtudes más altas, de las que la filosofía no sabe nada. La filosofía solo discute sobre las causas materiales y formales. No conoce la causa final de esta hermosísima criatura. Pero la teología sí la explica.
- En relación con esto, también se ha prestado mucha atención a la cuestión de si el arco iris existía desde el principio. Y en esta controversia se ha desplegado mucho empeño. Como está escrito más arriba (cap. 2:2-3) que Dios creó los cielos y la tierra en seis días y luego reposó de todas sus obras, algunos concluyen que el arco iris existía desde el principio; de lo contrario, se seguiría que la creación se extendió más allá de aquellos seis días. Lo que ocurrió en tiempos de Noé, dicen, es que el arco iris, creado en el principio, fue escogido por Dios y hecho, mediante una palabra nueva, un símbolo fijo, cuando hasta entonces había existido sin ningún significado especial. Para apoyar esta opinión citan incluso la palabra de Salomón: «nada hay nuevo debajo del sol», Ec 1:9. Sobre esto fundan su argumento de que después de aquellos seis días no se ha creado nada nuevo.
- Mi opinión es todo lo contrario: que el arco iris nunca había existido antes; fue creado entonces y allí. Así, las túnicas de pieles con que Dios vistió a los primeros padres no fueron creadas, sin duda, en aquellos seis días, sino después de la caída del hombre; por tanto, fueron una creación nueva. La afirmación de que Dios reposó no debe interpretarse en el sentido de que no creó nada después; porque Cristo dice: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo», Jn 5:17.
- La afirmación de Salomón de que nada hay nuevo debajo del sol ha dado mucho trabajo a los eruditos. Pero ¿no es evidente que no se refiere a las obras de Dios, sino al pecado original? Quiere decir que en el hombre de hoy se hallan las mismas facultades de razonar que tuvo Adán después de la caída: los mismos debates sobre las costumbres, los vicios, las virtudes, el cuidado del cuerpo y el manejo de los negocios. Como dice el poeta cómico, hablando de otro asunto: «No se dice nada que no se haya dicho antes». En realidad, dentro del ámbito de la actividad y del esfuerzo humanos no hay nada nuevo; las mismas palabras, pensamientos, propósitos, las mismas emociones, penas, afectos y sucesos existen ahora como existieron siempre. Por consiguiente, es del todo inapropiado aplicar este aforismo a Dios y a sus obras.
- Por tanto, creo que el arco iris fue una creación nueva, que no se había visto en el mundo antes de aquel tiempo. Fue establecido para recordar al mundo la ira pasada, cuyas huellas todavía se ven en el arco iris, y para darle la seguridad de la misericordia de Dios. Es un testimonio, o una pintura, en que se revelan a la vez la ira pasada y la misericordia presente.
- También hay diversidad de opiniones en cuanto a los colores del arco iris. Algunos dicen que hay cuatro colores: el de fuego, el amarillo brillante, el verde y el color del agua, o azul. Pero yo pienso que solo hay dos: el del fuego y el del agua. El color de fuego está arriba, a menos que el arco iris se vea invertido; entonces, como en un espejo, lo que está arriba se ve abajo. Donde los tonos del fuego y del agua se encuentran o se mezclan, resulta el amarillo.
- Dios dispuso así los colores con un propósito definido. El azul debe recordarnos la ira pasada; el color de fuego es para nosotros una imagen del juicio venidero. Mientras que la parte interior, o azul, está limitada, el color exterior, de fuego, no tiene límites. Así, el primer mundo pereció por el diluvio, pero se puso un fin a la ira de Dios. Se conservó un remanente y surgió un segundo mundo, pero también a este se le han puesto límites. Cuando Dios destruya el mundo por el fuego, esta vida corporal nunca será restaurada. Los impíos sufrirán el castigo eterno de la muerte en el fuego, mientras que los santos serán resucitados para una vida nueva y eterna que, aunque en el cuerpo, no será del cuerpo, sino del espíritu.
- Que esta señal nos enseñe a temer a Dios y a confiar en él. Así podremos escapar del castigo del fuego, como hemos escapado del castigo del diluvio. Será más provechoso pensar en estas cosas que considerar aquellos argumentos filosóficos sobre la causa material.
III. ACERCA DE LAS ALEGORÍAS.
A. Las alegorías en general.
- Por fin hemos terminado la historia del diluvio, que Moisés describe cumplidamente y con gran extensión. Es un ejemplo terrible de la ira inmensa, casi sin límites, de Dios, que ninguna palabra humana puede expresar. Queda por decir una o dos palabras sobre su sentido alegórico. Muchas veces he declarado que no me agradan mucho las alegorías, aunque en mi juventud me fascinaban tanto que pensaba que había que mostrar que todo tenía un sentido alegórico. En esto me influyó el ejemplo de Orígenes y de Jerónimo, a quienes admiraba como los más grandes de todos los teólogos. Puedo añadir que también Agustín usa la alegoría con bastante frecuencia.
- Pero, mientras seguía el ejemplo de estos hombres, descubrí por fin, con gran pérdida mía, que había seguido una sombra y había pasado por alto la savia y la médula misma de las Escrituras. Entonces comencé a aborrecer las alegorías. Son agradables, sin duda, sobre todo cuando contienen alusiones felices. Pueden compararse con cuadros escogidos. Pero, así como los objetos reales con sus colores naturales superan a un cuadro, aunque brille, como dice el poeta (Stat. Silv. 5.1.5), con colores dignos de Apeles, copiados fielmente de la naturaleza, así la narración histórica misma es superior a la alegoría.
- En nuestros días la turba ignorante de los anabaptistas está tan llena de un ansia desmedida de alegorías como los monjes. Les encanta hurgar en los libros más misteriosos, como el Apocalipsis de Juan y esa invención sin valor que pasa bajo el título de segundo y tercer libro de Esdras. Porque allí tienes libertad para seguir tu fantasía como quieras. Recordamos que Müntzer, aquel espíritu sedicioso, lo convertía todo en alegoría. Pero es verdad que quien hace alegorías sin juicio, o sigue las que otros han hecho, no solo será engañado, sino que sufrirá un daño lamentable, como lo prueban los ejemplos.
- Las alegorías, o se evitan del todo, o se elaboran con el mejor juicio. Deben ajustarse a la regla que siguieron los apóstoles, de la que pronto tendremos ocasión de hablar. Guardémonos de caer en los absurdos feos y dañinos, no solo de los que falsamente se llaman teólogos, sino también de los canonistas, o más bien «asnistas», de lo cual son ejemplo las decretales y decisiones de aquel maestro detestabilísimo, el papa.
- Sin embargo, esta afirmación no debe tomarse como una condena general de toda alegoría. Cristo y los apóstoles usaron alegorías a veces. Pero estas estaban de acuerdo con la fe, según el mandato de Pablo (Ro 12:6) de que la profecía, o la doctrina, sea conforme a la medida de la fe.
- Cuando proscribimos la alegoría, nos limitamos a aquella especie que, dejando a un lado la autoridad de la Escritura, es enteramente producto de la mente y de la fantasía del hombre. Las que se prueban por la analogía de la fe no solo sirven de adorno a la doctrina, sino también de consuelo para el alma.
- Pedro convierte esta misma historia del diluvio en una hermosísima alegoría, cuando dice que el bautismo está simbolizado por el diluvio y nos salva. Porque en él no solo se quita la inmundicia de la carne, sino que la conciencia da buena respuesta ante Dios por la resurrección de Jesucristo, que está entronizado a la diestra de Dios y ha destruido la muerte para hacernos herederos de la vida eterna; quien, además, subió al cielo, y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades, 1 P 3:21-22. Esta sí es una alegoría teológica, conforme a la fe y llena de consuelo.
- Tal es también la alegoría de Cristo en Jn 3:14 sobre la serpiente levantada en el desierto y la curación de los mordidos por el diente de las serpientes que la miraban. Asimismo, está aquella de Pablo (1 Co 10:1-4): todos nuestros padres bebieron de la misma roca espiritual, etc. Alegorías como estas no solo concuerdan con el asunto mismo, sino que instruyen el corazón en la fe y ayudan a la conciencia.
- Pero mira la alegoría corriente de Jerónimo, Orígenes y Agustín. Estos hombres, cuando crean una alegoría, dejan la fe completamente de lado y se limitan a ventilar opiniones filosóficas, ajenas tanto al ámbito de la fe como al de la moral; por no decir que son bastante necias y un montón de absurdos.
- En un capítulo anterior (cap. 3, §§ 61, 298, 304) oímos la alegoría de Agustín sobre la creación del hombre y de la mujer, con la que ilustra las facultades superiores e inferiores del hombre, es decir, la razón y las emociones. Pero, pregunto yo, ¿qué valor tiene esta invención?
- Pero el papa se lleva los verdaderos honores de piedad y de saber cuando truena desde su alta silla de esta manera: Dios hizo dos grandes lumbreras, el sol y la luna; el sol representa la autoridad del papa, de la cual su majestad imperial toma prestada su luz, como la luna la toma del sol. ¡Fuera con tan temeraria desvergüenza y tan viciosa ambición!
- Del mismo estilo es la comparación del arca de la historia de Noé con la Iglesia Católica Romana, en la que se encuentra el papa con sus cardenales, obispos y prelados, mientras los laicos nadan en el mar. Es decir, los laicos están entregados por completo a los negocios terrenales y no se salvarían si aquellos timoneles del arca, o de la Iglesia, no echaran tablas y cuerdas a los que nadan y los metieran por esos medios en el arca. Los monjes pintaban con frecuencia cuadros de este tipo para representar a la Iglesia.
- Orígenes muestra más cordura que los papistas, pues sus alegorías se ajustan, por lo general, a normas morales. Aun así, debió haber tenido presente la regla establecida por Pablo, que exige que la profecía sea guardiana de la fe; porque la fe edifica y es el ámbito propio de la Iglesia. Reglas sobre la moral pueden darlas incluso los filósofos paganos, que no saben absolutamente nada de la fe.
B. LAS ALEGORÍAS EN DETALLE.
- Escribiendo a los corintios, Pablo dice (1 Co 10:2) que los israelitas «en Moisés fueron todos bautizados en la nube y en el mar». Si miras solo la circunstancia externa y las palabras, también Faraón fue bautizado, pero pereció con sus hombres, mientras que Israel pasó a salvo y sin daño. Noé y sus hijos fueron salvados en este bautismo del diluvio, mientras que todo el resto del mundo, por estar fuera del arca, pereció en él. Esta manera de hablar es apropiada y enérgica. «Bautismo» y «muerte» son intercambiables en la Escritura. Pablo dice (Ro 6:3): «todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte»; y Jesús dice: «De un bautismo tengo que ser bautizado; ¡y cómo me angustio hasta que se cumpla!» (Lc 12:50). Y a sus discípulos les dijo: «seréis bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado» (Mt 20:23).
- En este sentido, el mar Rojo fue verdaderamente un bautismo. Para Faraón representó la muerte y la ira de Dios. Y, aunque Israel fue bautizado con el mismo bautismo, pasó por él sin daño. Así el diluvio es verdaderamente la muerte y la ira de Dios, y sin embargo los fieles son salvados en medio del diluvio. La muerte engulle y traga a toda la humanidad; porque la ira de Dios hiere a buenos y malos, a piadosos e impíos, sin distinción. El diluvio fue enviado sobre Noé igual que sobre el resto del mundo. El mar Rojo que sepultó a Faraón fue el mismo por el que Israel pasó sin daño. Pero en ambos casos los creyentes son salvados, mientras los impíos perecen. Esa es la diferencia. El arca fue la salvación de Noé, y no era sino una expresión de la promesa y de la Palabra de Dios. En ellas tenía vida; pero los impíos, que no creyeron la Palabra, fueron abandonados a la perdición.
- Esta es la diferencia que el Espíritu Santo quiso destacar, para que los justos, advertidos por este ejemplo, crean y esperen la salvación por la misericordia de Dios en medio mismo de la muerte. Ellos consideran el bautismo como unido a la promesa de vida, como Noé consideraba el arca. Por tanto, aunque el sabio y el necio tengan que sufrir la misma muerte —porque Pedro y Pablo mueren no de otra manera que Nerón y otros impíos—, los justos creen que en la muerte serán salvados para vida eterna. Y esta esperanza no es vana, porque tienen a Cristo, que recibe sus almas y que en el último día resucitará también los cuerpos de sus creyentes para vida eterna.
- Este tipo de alegoría es de gran utilidad y sirve para consolar el corazón cuando consideras el contraste en el desenlace final. El testimonio de los ojos del cuerpo parecería confirmar la afirmación de Salomón (Ec 2:16) de que el sabio muere igual que el necio, de que el justo muere como si no fuera amado de Dios. Pero los ojos del alma deben mirar esta diferencia: Israel entra en el mar Rojo y es salvado, mientras que Faraón, pisándole los talones a Israel, es arrollado por las olas y perece. Es, pues, la misma muerte la que se lleva al justo y al impío, y casi siempre el fin del primero es ignominioso, mientras que el del segundo va acompañado de esplendor y de poder; pero a los ojos de Dios, mientras la muerte de los pecadores es lamentable, la de sus santos es preciosa, porque está consagrada por Cristo, por quien se convierte en el comienzo de la vida eterna.
- Así como el diluvio y el mar Rojo fueron instrumentos para salvar de la muerte a Noé y a Israel, así para nosotros la muerte no es sino el instrumento para darnos vida, si permanecemos en la fe. Cuando los hijos de Israel estaban en el mayor peligro, de pronto el mar se abrió y se levantó a derecha e izquierda como un muro de hierro, de modo que Israel pasó sin peligro. ¿Por qué? Para que así la muerte fuera obligada a servir a la vida. El poder divino vence los asaltos de Satanás. Así sucedió en el Paraíso. Satanás se propuso matar a toda la humanidad con su veneno. Pero ¿qué sucede? Por causa de la culpa verdaderamente feliz de nuestros primeros padres, como canta la Iglesia, ocurre que el Hijo de Dios se encarnó para librarnos del mal.
- Esta alegoría, pues, nos enseña, fortalece y consuela hermosamente, y nos capacita para no temer ni a la muerte ni al pecado, sino para despreciar todos los peligros, dando gracias a Dios porque nos ha llamado y tratado de tal manera que aun la muerte, la destructora universal, se ve obligada a ser sierva de la vida. Así el diluvio, que fue ocasión de destrucción para el resto del mundo, fue de salvación para Noé; y el mar Rojo, cuando Faraón encontró su fin, sirvió para salvar a los hijos de Israel.
- Lo que aquí se ha dicho se aplica a la tentación en general, para que aprendamos a despreciar los peligros y a tener esperanza aun donde parece que no queda ninguna. Cuando la muerte o cualquier otro peligro nos amenaza, debemos salirle al encuentro diciendo: «Mira, aquí está mi mar Rojo; aquí está mi diluvio, mi bautismo y mi muerte. Aquí mi vida —como dijo el filósofo de los navegantes— dista de la muerte apenas un palmo. Pero no temas: este peligro es como un puñado de agua frente al diluvio de gracia que es mío por la Palabra. Por tanto, la muerte no me destruirá, sino que me levantará y me llevará a la vida». La muerte es tan absolutamente incapaz de destruir al cristiano que constituye la escapatoria misma de la muerte. Porque la muerte corporal da paso a la liberación del espíritu y a la resurrección de la carne. Así Noé en el diluvio no fue sostenido por la tierra, ni por los árboles, ni por los montes, sino por el mismo diluvio que destruyó a todo el resto del género humano.
- Con razón los profetas ensalzan a menudo aquellas obras maravillosas de Dios: el paso por el mar Rojo, la salida de Egipto y otras semejantes. Porque el mar, que por naturaleza solo puede tragar y destruir, se ve obligado a abrirse, a levantarse y a proteger a los israelitas, para que no sean arrollados por sus aguas. Lo que en su misma naturaleza es ira se convierte en gracia para el creyente; lo que en realidad es muerte se convierte en vida. Por tanto, cualquier calamidad que venga —y esta vida las tiene en medida infinita— a amenazar nuestros bienes y nuestras vidas, todo se convertirá en salvación y gozo con tal que estemos en el arca, es decir, con tal que por la fe nos aferremos a la promesa hecha en Cristo. Entonces aun la muerte, por la que somos quitados de aquí, tendrá que convertirse en vida, y el infierno que nos traga, en camino al cielo.
- Por eso dice Pedro (1 P 3:21) que somos salvados por el agua en el bautismo, prefigurado por el diluvio. El agua que corre a nuestro alrededor, o la inmersión en ella, es muerte; y sin embargo, de esta muerte o inmersión resulta la vida, en virtud del arca de salvación: la Palabra de la promesa a la que nos aferramos. Las Escrituras inspiradas presentan esta alegoría, que no solo está libre de defectos, sino que sirve en todo sentido y es digna de nuestra atención cuidadosa, pues ofrece un consuelo maravilloso aun en los peligros más extremos.
- Los padres han añadido otra alegoría tomada de la forma y las dimensiones del arca. El cuerpo humano, medido desde la coronilla hasta la planta del pie, es seis veces más largo que ancho. Ahora bien, el arca, que tenía cincuenta codos de ancho, medía seis veces más de largo, es decir, trescientos codos. Por eso, dicen, el arca es figura de Cristo hombre, en quien convergen todas las promesas. Por tanto, los que creen en él son salvados aun en medio del diluvio, es decir, en la muerte misma.
- Esta idea es a la vez apropiada y hermosa; sobre todo, concuerda con la fe. Aunque pueda haber un error en la aplicación, el fundamento es firme y seguro. No hay duda de que el Espíritu Santo halló diversas maneras de ilustrar las promesas que se cumplirían en Cristo y el maravilloso designio de salvación para la humanidad por la fe en Cristo. Por eso, alegorías de este tipo, aunque les falte acierto, no son necesariamente malvadas ni motivo de escándalo.
- Si alguien dijera que el sol representa a Cristo y la luna a la Iglesia, que recibe su luz por la gracia de Cristo, quizá se equivocaría en la elección de la ilustración, pero su error no descansaría sobre un fundamento erróneo, sino sobre uno seguro. Pero cuando el papa declara que el sol representa la autoridad papal y la luna la del emperador, entonces no solo la aplicación es desacertada y necia, sino que el fundamento mismo es malo. Tales alegorías no las concibe ni las inventa el Espíritu Santo, sino el diablo, el espíritu de mentira.
- Las alegorías deben tener alguna relación con las promesas y con la doctrina de la fe si han de consolar y fortalecer el alma. La alegoría de Pedro nos enseña esto. Como Pedro vio que Noé fue librado en medio de la muerte y que el arca fue un instrumento de vida, con razón aplicó el arca como figura de Cristo. Solo el poder divino puede salvar en medio de la muerte y conducir a la vida. Las Escrituras declaran que «de Jehová el Señor es el librar de la muerte» (Sal 68:20), y él hace de la muerte la ocasión, más aún, una ayuda para la vida.
- De aquí vienen expresiones de la Escritura en que las aflicciones y los peligros se comparan con una copa que embriaga. Es una figura acertada y viva. Así, la pasión de Cristo se llama beber del arroyo (Sal 110:7), lo cual significa que es un trago o mezcla medicinal que, aunque amarga, sana con su amargura y da vida causando la muerte. Palabras tan suaves sirven para consolarnos, para que aprendamos a despreciar la muerte y otros peligros y a enfrentarlos con mayor disposición.
- También Satanás tiene su copa; pero es dulce y embriaga hasta la náusea. Quien, atraído por su dulzura, la bebe, pierde la vida y muere de muerte eterna. Tal fue la copa que apuraron los babilonios, como dice el profeta (Jer 25:15-27). Aceptemos, pues, con acción de gracias la copa de la salvación y, como Pablo dice de los creyentes, gloriémonos en las tribulaciones (Ro 5:3).
- Habiendo explicado esta figura del arca y el significado del diluvio según las Escrituras canónicas, diremos algo también sobre los demás detalles de esta historia: el cuervo que no volvió, y las palomas, la primera de las cuales volvió porque no halló dónde sentar la planta de su pie, mientras la segunda trajo consigo una rama de olivo, y la tercera no volvió porque la tierra ya no estaba cubierta de agua.
- Al tratar la narración propiamente dicha, dijimos que estas cosas ocurrieron para consuelo de Noé y de sus hijos, para asegurarles que la ira de Dios había pasado y que él estaba ya aplacado. La paloma no trajo la rama de olivo por su propia voluntad. Obedeció milagrosamente al poder divino. Así, la serpiente en el Paraíso habló, no por voluntad propia, sino por inspiración del diablo, que se había apoderado de ella. Así como en aquella ocasión la serpiente habló por instigación del diablo, con el resultado de que el hombre fue llevado al pecado, así en esta ocasión no fue su propia voluntad ni su instinto lo que movió a la paloma a traer la rama de olivo, sino el impulso de Dios, para que Noé recibiera consuelo con aquella grata visión. Porque el olivo no le da alimento a la paloma; ella prefiere las diversas clases de trigo o las arvejas.
- El episodio de la paloma es, pues, un suceso milagroso con un significado definido. Los profetas, en sus mensajes sobre el reino de Cristo, mencionan con frecuencia las palomas (Sal 68:13; Is 60:8). También Salomón, en su Cantar, parece mencionar la paloma con particular agrado. Por tanto, no debemos despreciar la imagen que esta alegoría pone delante de nosotros, sino tratar su verdad con habilidad y acierto.
- Es bien conocida la alegoría del cuervo inventada por los doctores. Como los cuervos se deleitan en comer cadáveres, se han tomado como imagen de los hombres carnales, que se deleitan en los placeres carnales y se entregan a ellos. Los epicúreos serían un ejemplo. Es una explicación bastante buena, pero insuficiente, porque es solo de aquel tipo moral y filosófico que Erasmo solía dar siguiendo el ejemplo de Orígenes.
- Debemos buscar una explicación teológica. En primer lugar, aquellos moralistas no advierten que la Escritura elogia al cuervo porque no salió del arca por su propia voluntad. Salió por orden de Noé, para averiguar si las aguas habían cesado y si la ira de Dios había terminado. El cuervo, sin embargo, no volvió, ni fue mensajero de buen augurio. Se quedó fuera del arca y, aunque iba y venía, no se dejó tomar por Noé.
- En todos estos puntos la alegoría representa con acierto el ministerio de la ley. El negro, color del ave, es señal de tristeza, y el sonido de su voz es desagradable. Así son los maestros de la ley, que enseñan la justificación por las obras. Son ministros de muerte y de pecado; Pablo llama al ministerio de la ley ministerio de muerte (2 Co 3:6-7). La ley es para muerte (Ro 7:10). «La ley produce ira» (Ro 4:15). «La ley se introdujo para que el pecado abundase» (Ro 5:20).
- Y sin embargo, Moisés fue enviado por Dios con la ley, así como el cuervo fue enviado por Noé. Es voluntad de Dios que a los hombres se les enseñe la moral y la santidad de vida, y que se anuncien ira y castigos seguros a todos los que transgreden la ley. Con todo, tales maestros no son más que cuervos que vagan sin rumbo alrededor del arca; ni tienen la seguridad cierta de que Dios está aplacado.
- Porque la ley es una enseñanza de tal naturaleza que no puede dar seguridad, fortalecer ni consolar a una conciencia inquieta, sino que más bien la aterra, pues solo enseña lo que Dios exige de nosotros, lo que quiere que hagamos. Nuestras conciencias dan testimonio contra nosotros de que no solo no hemos cumplido la voluntad de Dios expresada en la ley, sino que hemos hecho precisamente lo contrario.
- Con toda justicia, pues, podemos decir de los maestros de la ley, con las palabras del Sal 5:9: «No hay certeza en su boca». Nuestra traducción dice: «No hay fidelidad en su boca». Su enseñanza, en el mejor de los casos, solo puede decir: «Si haces esto, si haces aquello, serás salvo». Cristo habla con ironía cuando responde al escriba que había expuesto con grandeza la doctrina de la ley: «haz esto, y vivirás» (Lc 10:28). Le muestra al escriba que la doctrina es santa y buena; pero como nosotros estamos corrompidos, se sigue que somos culpables, pues no cumplimos ni podemos cumplir la ley.
- Por eso declaramos con razón que no somos justificados por las obras de la ley. Por obras de la ley no entendemos los mandamientos ceremoniales, sino aquellos mandamientos supremos: amar a Dios y al prójimo. La razón por la que no somos justificados es que no podemos guardar los mandamientos. Tenemos, sin embargo, motivo para desafiar la desvergüenza de nuestros adversarios, que levantan el grito de que prohibimos las buenas obras y condenamos la ley de Dios porque negamos que la justificación sea por las obras. Eso sería verdad si no admitiéramos que el cuervo fue enviado fuera del arca por Noé. Pero sí decimos que el cuervo fue enviado fuera del arca. Lo que negamos es que no fuera un cuervo, o que fuera una paloma. Todo el clamor, los insultos y las blasfemias de nuestros adversarios no tienen otro propósito que obligarnos a declarar que el cuervo era una paloma.
- Pero examina ahora sus libros y considera con cuidado su doctrina. ¿Es algo más que una doctrina de obras? «Esto es bueno, esto es honroso», dicen; «esto debes hacerlo; aquello es deshonroso y malo, por tanto no debes hacerlo». Con semejante enseñanza se creen verdaderos teólogos y doctores. Pero que nos muestren a la persona que haya hecho o vaya a hacer todas esas cosas, sobre todo si presentas no solo la segunda tabla de la ley, como hacen ellos, sino también la primera.
- Quien se apoya en esta doctrina de la ley no es, pues, verdaderamente más que un oyente. No aprende nada excepto sus exigencias. Como tales personas no desean aprender nada más, debería bastarles con que se les diera el poema de Catón, o Esopo, a quien considero mejor maestro de moral. Estos dos escritores son lectura provechosa para los jóvenes. Los mayores deberían estudiar a Cicerón, a quien algunos, para mi asombro, consideran inferior a Aristóteles en el campo de la ética. Esto sería un plan de estudio razonable. En lo que toca a impartir preceptos morales, hay que elogiar las buenas intenciones y la diligencia de los paganos. Sin embargo, son inferiores a Moisés. Él no solo expone la moral, sino que también enseña el verdadero culto a Dios. Aun así, quien pone su confianza únicamente en Moisés no tiene más que el cuervo que vaga sin rumbo fuera del arca. De la paloma y de la rama de olivo no tiene nada.
- El cuervo, pues, representa no solo la ley dada por Dios, sino todas las leyes y toda la filosofía que son producto de la razón y de la sabiduría humanas. No nos dicen más que lo que se debe hacer, y no dan la fuerza para hacerlo. El juicio de Cristo es verdadero: «cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos» (Lc 17:10).
- Es verdad que el cuervo es enviado. Dios quiere que se enseñe la ley. La revela desde el cielo; más aún, la escribe en el corazón de todos los hombres, como prueba Pablo (Ro 2:15). De este conocimiento innato procedieron todos los escritos de los filósofos más sensatos: de Esopo, Aristóteles, Platón, Jenofonte, Cicerón y Catón. Y no es impropio ponerlos delante de las personas sin instrucción y viciosas, para que sus malas inclinaciones sean refrenadas en alguna medida.
- Pero si buscas la paz de la conciencia y una esperanza cierta de vida eterna, esos filósofos son como el cuervo, que vaga alrededor del arca sin hallar paz afuera, pero sin buscarla adentro. Pablo dice de los judíos: «Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó» (Ro 9:31). La razón es que la ley es como el cuervo: o es ministerio de muerte y de pecado, o produce hipócritas.
- Ahora bien, quien quiera, desarrolle esta alegoría estudiando la naturaleza del cuervo. Es un ave impura, de color sombrío y fúnebre, de pico fuerte y voz áspera y chillona. Olfatea los cadáveres a gran distancia, y por eso los hombres temen su voz como augurio seguro de una muerte inminente. Se alimenta de carroña y le gustan los lugares ensuciados por las ejecuciones públicas.
- Aunque yo no aplicaría a la ley todas y cada una de estas características, ¿quién no ve lo bien que les cuadran a los servidores del papa, a los sacerdotes de misas y a los monjes? No solo engordaron con la matanza de las conciencias por medio de sus falsas doctrinas, sino que usaron también los cadáveres para ganarse la vida, pues hicieron un negocio lucrativo de sus vigilias, sus aniversarios, su agua purificadora usada en los entierros y aun del purgatorio mismo. Y, sin duda, esta devoción a los muertos les resultaba más provechosa que el cuidado de los vivos.
Verdaderamente, pues, son cuervos que se alimentan de cadáveres y se posan sobre ellos con gritos salvajes. No solo se puede comparar con razón a los sacerdotes papistas con los cuervos, sino que todo el ministerio del papado, aun en lo mejor que tiene, no hace otra cosa que desgarrar y asesinar conciencias. No muestra el camino a la verdadera justicia, sino que solo produce hipócritas, como la ley.
- Entre otros crímenes de los falsos profetas, Ezequiel enumera (cap. 13:19) que, por puñados de cebada y por pedazos de pan, matan a las almas que no deben morir y dan vida a las almas que no deben vivir. Esto es verdad de estos cuervos, los maestros de la ley. Llaman justos a los que viven según la letra de la ley, y sin embargo esas son precisamente las almas que no viven. Por otro lado, condenan a los que violan sus tradiciones, así como los fariseos condenaron a los discípulos cuando arrancaron espigas, cuando no se lavaron las manos y cuando no ayunaron. Es un griterío feroz y lúgubre, que nos recuerda a los cuervos posados sobre los cadáveres.
- Cuando maldecían a un malvado, los griegos decían: «¡A los cuervos!». De modo semejante, los alemanes usan la expresión: «¡Que te coman los cuervos!». Si hacemos de esta maldición un elemento de la alegoría, su carácter grave se hace evidente. Porque ¿qué hay más lamentablemente desastroso que tener maestros cuya mejor enseñanza termina en la muerte, y que enredan la conciencia en dificultades que no se pueden desenredar? Aunque algunos digan que esta alegoría del cuervo se aplica mal al sacerdocio, es verdadera, sin embargo, y concuerda con la verdad fundamental; y no solo es muy acertada, sino muy provechosa para la enseñanza.
- Por otro lado, el episodio de la paloma es una imagen deliciosa del evangelio, sobre todo si consideras con cuidado las características de la paloma. Suelen enumerarse diez: 1. No tiene engaño. 2. No hace daño con la boca. 3. No hace daño con las garras. 4. Recoge granos puros. 5. Cría a los pichones de otras. 6. Su canto es un gemido. 7. Vive junto a las aguas. 8. Vuela en bandadas. 9. Anida en lugares seguros. 10. Su vuelo es rápido. Estas diez características se han expresado en seis versos, como sigue:
Libre de engaño es la paloma; el pico no hiere al picar; heridas no abren sus garras; puro es el grano que come. Frecuente y veloz es su vuelo hacia las corrientes brillantes de agua. ¡Escucha su voz, y mira!, gemidos oirás, pero no canto. Cría pichones ajenos; en bandadas cruza el aire. Seguro y alto es el sitio donde prepara su morada.
- El Nuevo Testamento nos dice que el Espíritu Santo apareció en forma de paloma (Mt 3:16). Por eso tenemos razón al usar la paloma como alegoría del ministerio de la gracia.
- Moisés da a entender que la paloma no voló sin rumbo alrededor del arca, como el cuervo, sino que, habiendo sido enviada y no hallando dónde posarse, volvió al arca y fue tomada por Noé.
- Esta paloma es una imagen de los santos profetas enviados a enseñar al pueblo cuando el diluvio, es decir, el tiempo de la ley, todavía no había pasado. Así David, Elías e Isaías, aunque no vivieron para ver el tiempo del Nuevo Testamento, fueron enviados como mensajeros con la noticia de que el diluvio llegaría finalmente a su fin, aunque ese tiempo estaba lejos. Después de entregar su mensaje, volvieron al arca; es decir, fueron justificados y salvados sin la ley, por la fe en la simiente bendita, en la que creyeron y a la que anhelaron.
- Después de esto se envió otra paloma, que halló la tierra seca, y no solo los montes, sino también los árboles, libres de agua. Se posó sobre un olivo, arrancó una rama y se la trajo a Noé.
- El sentido alegórico de este episodio lo interpretan las Escrituras. El olivo se usa muy a menudo como símbolo de la gracia, de la misericordia o del perdón de los pecados. La paloma trae la rama en el pico, y así representa el ministerio externo, o la Palabra hablada. Porque el Espíritu Santo no enseña mediante nuevas revelaciones al margen del ministerio de la Palabra, como sueñan los entusiastas y los anabaptistas, esos maestros verdaderamente fanáticos. Fue voluntad de Dios que una rama de un olivo vivo fuera llevada a Noé en la boca del ave, para enseñar que en el Nuevo Testamento, pasado ya el tiempo del diluvio o de la ira, Dios quiere poner su misericordia delante del mundo por la Palabra hablada.
- Los mensajeros de esta Palabra son palomas; es decir, hombres sinceros, sin engaño y llenos del Espíritu Santo. Is 60:8 compara a los ministros del evangelio, o de la gracia, con palomas que vuelan a sus ventanas. Y aunque Cristo les manda imitar la sencillez de las palomas (Mt 10:16), queriendo decir que sean sinceros y libres de veneno, les advierte también que sean prudentes como serpientes; es decir, que se guarden de la gente falsa y astuta y sean cautos como la serpiente, de la que se dice que protege su cabeza con especial habilidad en la pelea.
- También el verdor fresco de la rama de olivo es figura de la Palabra del evangelio, que permanece para siempre y nunca está sin fruto. El Sal 1:3 compara a los que estudian la Palabra con un árbol cuya hoja no cae. Nada parecido oímos antes acerca del cuervo, que volaba de aquí para allá cerca del arca. Esta segunda paloma enviada es figura del Nuevo Testamento, donde la gracia y el perdón de los pecados se prometen abiertamente por el sacrificio de Cristo. Por eso el Espíritu Santo quiso aparecer en forma de paloma en el Nuevo Testamento.
- La tercera paloma no volvió. Después del cumplimiento de la promesa dada a todo el mundo por la boca de la paloma, no hay que esperar ninguna enseñanza nueva, sino que simplemente aguardamos la revelación de las cosas que creemos. Aquí tenemos un testimonio cierto de que el evangelio permanecerá hasta el fin del mundo.
- El texto, además, especifica el tiempo que Noé esperó después de haber enviado la primera paloma: siete días. Estos siete días representan el tiempo de la ley, que necesariamente precedió al período del Nuevo Testamento.
- Leemos también que la segunda paloma volvió al atardecer, trayendo la rama de olivo. Al evangelio le ha sido asignada la última edad del mundo. Y no debemos buscar otra clase de doctrina, pues Cristo comparó el evangelio con una cena (Mt 22:2; Lc 14:16).
- Es cierto que la doctrina del evangelio ha estado en el mundo desde la caída de nuestros primeros padres, y el Señor confirmó esta promesa a los patriarcas con diversas señales. Las primeras edades no conocieron el arco iris, ni la circuncisión, ni las otras señales que Dios ordenó después. Pero todas las edades han conocido la simiente bendita. Puesto que ella ha sido revelada, no queda otra cosa que la revelación de lo que creemos. Con la tercera paloma volaremos a aquella otra vida, para no volver nunca a esta vida de aquí, tan miserable y tan llena de dolor.
- Estos son mis pensamientos sobre esta alegoría. Los he expuesto brevemente, porque no debemos detenernos en ellos como lo hacemos con las narraciones históricas y los artículos de fe.
- Orígenes, Jerónimo, Agustín y Bernardo buscan con diligencia las alegorías. Pero esta práctica tiene un inconveniente. Cuanta más atención dirigen a las alegorías, más la apartan de los hechos de la historia sagrada y de la fe, con exclusión de estas cosas más importantes. Las alegorías deben emplearse para suscitar y aumentar, explicar y fortalecer aquella fe de la que tratan todas las historias. No es de extrañar que quienes no buscan la fe en las historias de la Biblia busquen la región de las sombras alegóricas como un agradable campo de juego por donde pasear.
- Así como en la iglesia papista se cantan con dulce música palabras falsas y ajenas a la Escritura, así los hombres doctos han estropeado con demasiada frecuencia, con sus alegorías pueriles, el buen sentido de una historia bíblica que contiene una lección útil de fe.
- Muchas veces he hablado del tipo de teología que prevalecía cuando comencé a estudiar. Sus defensores decían que la letra mata (2 Co 3:6). Por eso Lira era el intérprete que menos me gustaba, porque seguía con mucho cuidado el sentido literal. Pero ahora lo prefiero, precisamente por esa razón, a todos los intérpretes de la Escritura.
- Te aconsejo con todas mis fuerzas que aprecies plenamente el gran valor de la historia bíblica. Pero siempre que quieras emplear la alegoría, esfuérzate por seguir la analogía de la fe; es decir, haz que la alegoría concuerde con Cristo, con la Iglesia, con la fe, con el ministerio del evangelio. Construidas de esta manera, las alegorías no se apartarán de la fe, aunque no sean genuinas en todos sus puntos. Este fundamento permanecerá firme, mientras la paja perece. Pero volvamos a nuestra historia.
IV. Noé y su caída.
A. Noé.
V.20-22. Después comenzó Noé a labrar la tierra, y plantó una viña; y bebió del vino, y se embriagó, y estaba descubierto en medio de su tienda. Y Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre, y lo dijo a sus dos hermanos que estaban afuera.
- Qué clase de hombre fue Noé durante el diluvio lo muestra suficientemente la historia misma del diluvio. Qué clase de hombre había sido antes del diluvio lo muestra la declaración de Moisés de que era justo y perfecto. Con ser tan grande este hombre, no oímos nada más de él, excepto que su continencia maravillosa y casi increíble se insinúa y se elogia discretamente al decir que engendró a su primogénito a los quinientos años de edad. Este mismo hecho muestra que la naturaleza humana era en aquel tiempo mucho más fuerte en su integridad, y que el Espíritu Santo reinaba más perfectamente en los santos hombres del mundo primitivo que en nosotros, que somos, por así decirlo, las heces y los restos de lo que el mundo ha producido.
Sin duda fue un testimonio honroso para Noé que se le tuviera por justo y perfecto delante de Dios; es decir, lleno de fe y del Espíritu Santo, adornado de castidad y de toda buena obra, puro en el culto y en la religión, sufriendo muchas tentaciones del diablo, del mundo y de sí mismo, todas las cuales venció triunfalmente. Así era Noé antes del diluvio.
- De su vida después del diluvio, Moisés nos dice muy poco. Pero ¿no es evidente que un hombre tan noble, que vivió unos 350 años después del diluvio, no podía estar ocioso, sino que tuvo que estar ocupado en el gobierno de la Iglesia, que él solo estableció y dirigió?
- En primer lugar, pues, desempeñó los deberes de un obispo. Asediado por diversas tentaciones, su principal empeño era resistir al diablo, consolar a los afligidos, traer de vuelta al buen camino a los extraviados, fortalecer a los que dudaban, animar a las almas desesperadas, excluir de su Iglesia a los impenitentes y recibir de nuevo con alegría paternal a los arrepentidos. Porque estos son los deberes que un obispo debe cumplir por medio del ministerio de la Palabra.
- Además, tenía deberes civiles: establecer formas de gobierno y dar leyes, sin las cuales no se pueden refrenar las pasiones humanas. A esto se sumaba el gobierno de su propia casa, o el cuidado de su hogar.
B. La caída de Noé.
- Aunque la razón nos dice que Noé cargó con estos múltiples deberes después del diluvio, Moisés no los menciona. Le parece suficiente limitarse a decir que Noé comenzó a plantar una viña y que yacía en su tienda ebrio y desnudo.
Esto parece, sin duda, un relato necio y muy inútil en comparación con los muchos actos dignos de alabanza que habrá realizado en el curso de tantos años. Se podrían haber registrado otras cosas para edificación y para enseñar la justicia de vida. Pero esta historia hasta parece respaldar un escándalo, dando pie a los borrachos y a los que pecan en la embriaguez.
- Sin embargo, el propósito del Espíritu Santo es evidente por lo que hemos dicho. Es consolar, con este relato de los grandes pecados cometidos por los patriarcas más santos y perfectos, a aquellos justos que se desalientan al conocer su propia debilidad y por eso están abatidos. En ellos hemos de hallar pruebas de nuestras propias faltas, para llegar a una confesión humilde y, al mismo tiempo, buscar y esperar el perdón. Esta es la razón real y teológicamente verdadera por la que el Espíritu Santo registra la gran caída de este gran hombre, en lugar de asuntos aparentemente más importantes.
- Lira excusa a Noé diciendo que no conocía la fuerza del vino y que fue engañado a beber con demasiada libertad. No sé si el vino se conocía antes o si Noé comenzó a cultivarlo por su propia habilidad y por sugerencia divina; pero creo que Noé conocía muy bien la naturaleza de este producto y que había usado a menudo el vino en compañía de su familia, en parte para sí mismo y en parte también en sus ofrendas o libaciones. Pienso que, al usar el vino para su propio refrigerio, bebió de él con demasiada libertad.
- De ningún modo excuso su acción. Si alguien quisiera hacerlo, habría argumentos de más peso que los que usa Lira. Según estos, este anciano, agotado por la gran cantidad de sus deberes y preocupaciones diarias, fue vencido por el vino aunque ya estaba acostumbrado a él. Porque el vino vence con más facilidad a los que están agotados por mucho trabajo o cargados de años. Las personas en la plenitud de la edad, en cambio, y las de ánimo despreocupado, pueden beber cantidades considerables de vino sin perjudicar mucho su razón.
- Pero quien excusa así al patriarca desecha voluntariamente aquel consuelo que el Espíritu Santo consideró necesario para la Iglesia: que aun los santos más grandes caen a veces en pecado.
- Una transgresión como esta puede parecer leve, y sin embargo causa gran escándalo. No solo se escandaliza Cam, sino también el otro hermano, y posiblemente también sus mujeres. Y no debemos imaginar que Cam era un niño de siete años. Nacido cuando Noé tenía quinientos años, había llegado por lo menos a los cien años de edad y tenía uno o dos hijos propios.
- Por tanto, no fue la irreflexión de un muchacho lo que llevó a Cam a reírse de su padre, como hacen los muchachos cuando rodean en la calle a un campesino borracho y se burlan de él. Se escandalizó de verdad por el pecado de su padre y se creyó más justo, santo y religioso que él. La acción de Noé fue un escándalo no solo en apariencia, sino en verdad, pues Cam fue tentado de tal manera al saberlo que juzgó a Noé y halló en ese pecado motivo de burla.
- Si queremos juzgar bien el pecado de Cam, debemos tener en cuenta el pecado original, es decir, la maldad del corazón. Este hijo nunca se habría burlado de su padre por haber sido vencido por el vino si antes no hubiera echado de su alma aquella reverencia y estima que el mandamiento de Dios exige que los hijos tengan hacia sus padres.
- Antes del diluvio, la mayoría de los hombres había tenido a Noé por necio, lo había condenado como falso maestro y despreciado como hombre de ideas descabelladas. Ahora su hijo se ríe de él como de un necio y lo condena como pecador. Noé era el único gobernante de la Iglesia y del Estado, y regía su propia casa con cuidado y trabajo incansables. Sin duda, con ello había ofendido de muchas maneras el espíritu soberbio y altivo de su hijo. Pero la depravación de su corazón, que ahora, al hacerse manifiesto el pecado del padre, salió a la superficie, había estado hasta entonces ocultada con éxito.
- Cuando consideramos la fuente del pecado de Cam, su fealdad aparece por primera vez a su verdadera luz. Nadie llega a ser adúltero ni comete un asesinato sin haber echado primero de su corazón el temor de Dios. Un alumno no se rebela contra su maestro si antes no ha perdido la debida reverencia hacia él. El Sal 14:2 dice que Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido que buscara a Dios. Cuando vio que no había ninguno, añade que no había quien hiciera el bien; que todos se habían hecho inútiles, lenguas que pecan, manos que pecan, temiendo donde no había que temer, y cosas semejantes.
- Así Cam, a su propio juicio, era sabio y santo. A su parecer, su padre había obrado muchas veces injusta o neciamente. Su actitud descubre un corazón que despreciaba no solo al padre, sino también el mandamiento divino. Por eso al hijo malintencionado no le queda más que aprovechar la ocasión para obtener pruebas con que delatar la necedad de su padre. No se ríe de su padre ebrio como lo haría un muchacho, ni llama a sus hermanos solo para que vean un espectáculo risible. Quiere que esto sea una prueba abierta de que Dios se ha apartado de su padre y lo ha aceptado a él. Por eso se deleita en descubrir a otros el pecado de su padre. Como dije antes, Cam no era un muchacho de siete años, sino que había llegado por lo menos a los cien.
- El pecado original muestra su tendencia depravadora en que hace a los hombres arrogantes, altivos y engreídos. Pablo exhorta en Ro 12:3 a pensar de sí con cordura, «conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno». Pero el pecado original no permite a Cam ocupar este lugar humilde; por eso pretende ir más allá de su posición al juzgar a su padre.
- Observamos la misma actitud en Absalón. Antes de levantar una rebelión contra David, su padre, juzga injustamente el gobierno de David. A este descontento con el gobierno de su padre siguieron después el desprecio sin disimulo y la violencia abierta, con el objetivo de destruir a David. Estando el corazón de Cam lleno del veneno que había recogido de su padre, como la araña recoge veneno de la rosa más hermosa, tenía que seguirse precisamente ese resultado.
- Estos ejemplos sirven para llamar nuestra atención sobre la batalla librada desde el principio del mundo entre la Iglesia y Satanás con sus seguidores, los hipócritas o falsos hermanos. Esta acción de Cam no debe verse como fruto del gusto juvenil por las travesuras, sino de la enemistad amarguísima de Satanás, con la que enciende a sus seguidores contra la Iglesia. En particular los incita contra los que están en el ministerio, llevándolos a vigilar atentamente en todo tiempo en busca de material para la calumnia.
Los papistas no tienen hoy otro oficio que vigilar nuestra conducta para calumniarnos. Siempre que caemos en algún error humano (porque de verdad somos débiles y estamos asediados por nuestras faltas), se lanzan sobre nuestra inmundicia moral como cerdos hambrientos y se deleitan mucho en publicar y delatar nuestras debilidades, como Cam el maldito. Verdaderamente tienen hambre y sed de nuestras faltas. Aunque, por la gracia de Dios, no pueden achacarnos adulterio, asesinato ni errores semejantes, salvo inventándolos ellos mismos (esta gente desvergonzada no aborrece ninguna clase de mentira), recogen asuntos menores, que después exageran ante el público.
- La experiencia de David es bien conocida. Estaba rodeado por todas partes de enemigos que buscaban ansiosamente toda ocasión para perseguirlo. Le tenían envidia porque había sido llamado al trono por Dios; por eso triunfaron sobre su horrible caída.
- Su caso, sin embargo, sirve para nuestra instrucción. Dios permite a veces que aun hombres justos y santos tropiecen y caigan en escándalos, reales o aparentes, y debemos cuidarnos de no juzgar enseguida, a ejemplo de Cam, que, habiendo despreciado en secreto a su padre desde mucho antes, ahora lo hace abiertamente. Declaró que su padre, chocho por la edad, había sido claramente abandonado por el Espíritu Santo, pues no fue capaz de guardarse de la embriaguez, aunque sobre sus hombros descansaba el gobierno de la Iglesia, del Estado y de la casa. ¡Oh miserable Cam, qué feliz eres por haber hallado al fin lo que buscabas: veneno en una rosa deliciosísima!
- Alabanzas y bendiciones eternas sean dadas a Dios, cuyo trato con sus santos es verdaderamente maravilloso. Mientras permite que sean débiles y caigan, que sean abrumados por la deshonra y los escándalos, y mientras el mundo los juzga y los condena, él les perdona sus debilidades y tiene compasión de ellos; en cambio, entrega en manos de Satanás a los que se tienen por ángeles, y los rechaza por completo.
La primera lección de esta historia es que las personas piadosas tienen el consuelo que necesitan contra sus debilidades cuando ven que aun los hombres más santos cayeron a veces de la manera más vergonzosa por causa de debilidades semejantes.
- En segundo lugar, el caso de Cam es un ejemplo terrible del juicio divino, para enseñarnos por la experiencia de Cam a no condenar enseguida, aun cuando veamos que los gobernantes del Estado, de la Iglesia o de la casa —como nuestros padres— caen en error y en pecado. ¿Quién puede decir por qué Dios lo permite? Tales pecados no deben excusarse; pero vemos que tienen valor para el consuelo de los piadosos. Nos enseñan que Dios puede soportar los errores y pecados de su pueblo, y que también nosotros, cuando nos asedian los pecados, podemos confiar en la misericordia de Dios y no tenemos por qué desanimarnos.
- Pero lo que es medicina para los justos es veneno para los impíos. Estos no buscan ser enseñados y consolados por Dios. Su indignidad les impide reconocer su gloria en los santos. No ven más que la piedra de tropiezo y el lazo, y el resultado es que caen y quedan solos para perecer.
- Respetemos, pues, de verdad a los que tienen autoridad sobre nosotros. Si caen, no debemos escandalizarnos. Debemos recordar que son humanos y que los caminos de Dios son maravillosos en sus santos, porque es su voluntad que los impíos se escandalicen y se irriten. Así amenaza Moisés a los judíos: «los provocaré a ira con una nación insensata» (Dt 32:21). Porque, durante todo el período del reino, se negaron a oír a los profetas, Dios dio el escándalo de desechar a un pueblo sabio y religioso, que tenía las promesas y descendía de los patriarcas. En su lugar escogió la basura y las heces del mundo, un pueblo insensato; es decir, sin piedad, sin religión, sin culto, sin aquella sabiduría divina que es su Palabra. Este escándalo provocó en los judíos una ira demente.
- Esta será la suerte de los papistas. Dios les dará algún gran escándalo contra el cual se hallarán impotentes, y así acabarán mal como Cam. Este, renunciando a la reverencia debida tanto a Dios como a su padre, teniéndose por más capaz que Noé de gobernar la Iglesia, burlándose de su padre o censurándolo en secreto, termina ofreciendo el espectáculo de descubrir ante otros su actitud malvada e irreverente.
- Los otros dos hermanos, Sem y Jafet, no siguieron el mal ejemplo de Cam. Aunque conscientes del hecho escandaloso de que su padre estaba ebrio y yacía en vergonzosa desnudez como un niño pequeño, y aunque reconocían que esto no le convenía al gobernante de la Iglesia y del Estado, no olvidaron la reverencia debida a un padre. Se tragaron el escándalo recibido; lo ocultaron y le dieron, por así decirlo, un aspecto más digno, cubriendo a su padre con una ropa y acercándose a él con los rostros vueltos. No habrían sido capaces de esta hermosa expresión exterior de reverencia hacia su padre si no hubieran tenido en su corazón una actitud correcta hacia Dios y no hubieran creído que su padre era sacerdote y gobernante por derecho divino.
- Es un ejemplo terrible este de Cam. Aunque fue uno de los pocos salvados durante el diluvio, olvida toda piedad. Es provechoso considerar con cuidado cómo llegó a caer. Los pecados externos se cometen primero en nuestra mente; es decir, antes de que los pecados se cometan de manera visible, el corazón se aparta primero de la Palabra y del temor de Dios. No conoce a Dios ni lo busca, como leemos en el Sal 14:2. Tan pronto como el corazón empieza a dejar de lado la Palabra y a despreciar a los ministros y profetas de Dios, siguen la ambición y la soberbia. Los que se interponen en el camino de nuestros deseos son arrollados por el odio y la calumnia, hasta que finalmente el habla insolente termina en asesinato.
- Los que han de ser gobernantes de la Iglesia o del Estado deberían orar a Dios cada día con fervor para permanecer humildes. Historias de este tipo tienen por objeto poner este deber delante de nosotros, porque es evidente qué ocasionó la terrible caída de Cam.
- Si, pues, los santos caen en pecado, no nos escandalicemos. Mucho menos debemos alegrarnos de la debilidad de otros, teniéndonos con altivez por más valientes, sabios o santos que ellos. Más bien soportemos y cubramos tales faltas, y aun interpretémoslas en buen sentido y excusémoslas en cuanto podamos, recordando que quizá mañana suframos lo que a ellos les pasó hoy. Porque todos formamos una unidad, nacidos de la misma carne. Sigamos, pues, el consejo de Pablo: «el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Co 10:12). Así miraron los otros dos hermanos a su padre ebrio. Sus pensamientos eran estos: «Mira, nuestro padre ha caído. Pero Dios es maravilloso en su trato con los santos, a quienes a veces permite caer para nuestra instrucción, para que no desesperemos cuando nos aflija una debilidad semejante».
- ¡Imitemos su sabiduría! Los pecados de otros no nos dan derecho a juzgarlos. Para su propio señor están en pie o caen (Ro 14:4). Además, si la caída de otros nos desagrada (ya que, en verdad, muchos actos ni pueden ni deben excusarse), tengamos tanto más cuidado de que no nos sobrevenga algo parecido. No nos sentemos a juzgar con soberbia y altivez, porque este es el pecado original en toda su corrupción: pretender una sabiduría excepcional y andar a la caza de los tropiezos morales de otros para ganarnos fama de justos.
- Nosotros somos verdaderamente pecadores débiles y debemos confesar abiertamente, como humanos que somos, que nuestra conducta no siempre está libre de tropiezos. Pero, aunque compartimos esta debilidad con nuestros enemigos, cumplimos con diligencia nuestro deber: difundimos la Palabra de Dios, enseñamos a las iglesias, corregimos el mal, instamos al bien, consolamos a los débiles, reprendemos a los obstinados y, en pocas palabras, hacemos cualquier deber que Dios nos impone.
- En cambio, como nuestros adversarios no buscan otra cosa que la hipocresía y una apariencia externa de santidad, añaden a la fragilidad que tienen en común con nosotros los pecados más graves, porque no siguen su vocación, sino que se ocupan de sus honores y sus ganancias. Descuidan las iglesias y dejan que decaigan miserablemente. Condenan la verdadera doctrina y enseñan idolatría. En resumen, en la vida pública son sabios, pero en su propio ámbito son completamente necios. Este es el mal más destructivo en la Iglesia.
- Esta es la primera parte de la historia, y Moisés, al preparar su relato, se ha limitado a ella. Es cierto que Noé fue un hombre justo, dotado de muchas virtudes heroicas, y que realizó cosas importantísimas tanto para la Iglesia como para el Estado. No es posible establecer comunidades políticas ni fundar iglesias sino con esfuerzo diligente. La vida, en estas dos manifestaciones (no diré nada del gobierno de la casa), está rodeada de muchos peligros; porque Satanás, mentiroso y homicida, es el enemigo más implacable de la Iglesia y del Estado.
- Pero Moisés pasa por alto todos estos logros, sin aludir siquiera a ellos. Registra solo esta circunstancia: que Noé se embriagó y que su hijo menor se burló de él. Lo quiso como un ejemplo valioso, que enseña a las almas piadosas a confiar en la misericordia de Dios. Por otro lado, los soberbios, los amantes de la palabrería piadosa, los mojigatos, los sabihondos, ¡que aprendan a temer a Dios y a guardarse de juzgar temerariamente a los demás! Como declara el rey Manasés, Dios muestra en sus santos tanto sus maravillas como sus terrores «contra los hombres impíos y pecadores». Esto se ilustra en el caso de Cam, que no cayó entonces por primera vez, sino que había alimentado este odio contra su padre desde hacía mucho tiempo, para después llenar el mundo de idolatría.
Génesis 9:23-27
V.23-27. Entonces Sem y Jafet tomaron la ropa, y la pusieron sobre sus propios hombros, y andando hacia atrás, cubrieron la desnudez de su padre, teniendo vueltos sus rostros, y así no vieron la desnudez de su padre. Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que le había hecho su hijo más joven, y dijo: Maldito sea Canaán; siervo de siervos será a sus hermanos.
- Es de veras un hermoso y memorable ejemplo de respeto a un padre el que Moisés registra en este pasaje. Los hijos podrían, sin pecar, haberse acercado a su padre y cubrirlo con el rostro vuelto hacia él. ¿Qué pecado habría si alguien, al toparse con una persona desnuda, viera sin quererlo lo que tiene delante? Aun así, los dos hijos no lo hacen. Cuando oyeron de su hermano, altanero y burlón, lo que le había pasado a su padre, pusieron una ropa sobre los hombros de ambos, entraron en la tienda con el rostro vuelto (¡qué admirable!) y, bajando la ropa hacia atrás, cubrieron a su padre.
- ¿Quién no ve aquí el cuidado de la voluntad y de la Palabra de Dios, y la reverencia ante la majestad de la paternidad, que Dios exige que los hijos honren y no desprecien ni ridiculicen? Dios parece aprobar esta reverencia y aceptarla como una ofrenda agradabilísima y como el culto y la obediencia más nobles. En cambio, su odio extremo recae sobre Cam, que podría haber visto sin pecado lo que vio, pues se le presentó por casualidad, con tal de que lo hubiera cubierto, con tal de que hubiera callado, con tal de que no se hubiera mostrado complacido por el pecado de su padre. Pero él, que despreciaba a Dios, la Palabra y el orden establecido por Dios, no solo no cubrió a su padre con una ropa, sino que hasta se burló de él y lo dejó desnudo.
- Al describir el acto de los dos hermanos, Moisés resalta la malicia de Cam, lleno de un odio violento y satánico contra su padre. ¿Quién de nosotros, si encontrara a un extraño tirado junto al camino, borracho y desnudo, no lo cubriría al menos con su propio abrigo para evitarle la deshonra? ¡Cuánto más se exige esto en el caso de un padre! Sin embargo, Cam no hace por su padre, el más alto gobernante del mundo, lo que la humanidad común nos enseña a hacer por los extraños. Además, divulga el hecho con alegría, insultando a su padre ebrio y dando a conocer el pecado de su padre a sus hermanos como si trajera una buena noticia.
- Por eso Moisés nos presenta a Cam como un ejemplo temible, que debe enseñarse con cuidado en las iglesias, para que los jóvenes aprendan a respetar a sus mayores, a sus gobernantes y a sus padres. No por causa de Noé ni por causa de Cam, sino por causa de los que habían de venir —por causa nuestra— se escribió esta historia, y se pinta a Cam, con su desprecio de Dios y de su padre, con los colores más repulsivos.
- También se nos presenta con cuidado el castigo de esta maldad. Noé, a quien su hijo miraba como a un viejo necio, demente y ridículo, se levanta ahora con la majestad de un profeta para anunciar a su hijo una revelación divina de acontecimientos futuros. Con razón declara Pablo que «el poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co 12:9); porque la certeza que caracteriza las palabras de Noé prueba que estaba lleno del Espíritu Santo, aunque su hijo se había burlado de él y lo había despreciado como a alguien completamente abandonado por el Espíritu Santo.
- No intentaré resolver aquí la cuestión mencionada antes (cap. 5, §95) sobre el orden de los hijos de Noé: cuál de ellos era el primogénito y cuál el menor. Más digno de nuestra atención es el hecho de que el Espíritu Santo está tan lleno de fuerte ira contra aquel hijo desobediente y burlador, que ni siquiera quiere llamarlo por su propio nombre, sino que lo llama Canaán, por el nombre de su hijo. Algunos dicen que, como Dios había querido salvar a Cam en el arca como a alguien bajo su bendición, igual que a los demás, no quiso maldecirlo a él, sino que maldijo en su lugar a Canaán; una maldición que, sin embargo, no podía dejar de recaer sobre Cam, que la había provocado. Así perece aquí el nombre de Cam, porque el Espíritu Santo lo aborrece, y su aborrecimiento es, en verdad, un aborrecimiento serio. Leemos en el salmo: «Los aborrezco por completo» (Sal 139:22). Cuando el Espíritu Santo ejerce su ira, tiene que seguir la muerte eterna.
- Aunque Cam había pecado contra su padre de muchas maneras, es notable que el fruto del primer pecado y la malicia del diablo no se manifestaran hasta que el padre yació ebrio y desnudo. Cuando, con este pecado, los anteriores alcanzaron la plenitud de su fuerza y crecimiento, el Espíritu Santo lo condenó y, como advertencia para otros, anunció además que le vendría una servidumbre sin fin.
V.26. Dijo más: Bendito por Jehová mi Dios sea Sem, y sea Canaán su siervo.
Estas son dos profecías sublimes, dignas de mucha atención. Tienen significado para nuestro tiempo, aunque los judíos las tergiversaron groseramente. Los judíos observan que Cam es maldecido tres veces; y tuercen este hecho para gloria de su propia nación, prometiéndose un dominio mundano.
V. CAM MALDECIDO; SEM Y JAFET BENDECIDOS.
A. La maldición pronunciada sobre Cam.
- Pero hay otra razón para esta maldición repetida. Dios no puede olvidar una irreverencia tan grande hacia los padres, ni la deja sin castigo. Exige que se mire a los padres y a los gobernantes con reverencia. Exige que se honre a los ancianos, y manda que uno se levante delante de las canas (Lv 19:32). Y hablando de los ministros de la Palabra, dice: «El que a vosotros desecha, a mí me desecha» (Mt 10:40; Lc 10:16).
- Por eso la desobediencia a los padres es una señal segura de que la maldición y la desgracia están cerca. Del mismo modo se castiga el desprecio a los ministros y a los gobernantes. Cuando la gente del mundo primitivo comenzó a burlarse de los patriarcas y a despreciar su autoridad, vino el diluvio. Cuando, en el pueblo de Judá, el joven comenzó a levantarse con soberbia contra el anciano, como dice Isaías (cap. 3:5), Jerusalén fue asolada y Judá se hundió. Tal corrupción de las costumbres es señal segura de un mal inminente. Con razón tememos para Alemania una suerte semejante cuando vemos la falta de respeto a la autoridad que hoy reina.
- Pero demos testimonio de una costumbre que atestiguan tanto la Sagrada Escritura como nuestra experiencia. Como Dios demora el castigo con que amenaza, se burlan de él y lo tienen por mentiroso. En esta costumbre debemos ver algo así como el sello de toda profecía. Cam oye que es maldito; pero como la maldición no se cumple de inmediato, la desprecia y se burla de ella con toda seguridad.
- Así se burló el primer mundo de la profecía de Noé cuando hablaba del diluvio. Si hubieran creído que un castigo así estaba cerca, ¿habrían seguido viviendo tan seguros? ¿No se habrían arrepentido más bien y comenzado una vida mejor? Si Cam hubiera creído que era verdad lo que oyó de su padre, habría buscado refugio en la misericordia y, confesando su crimen, habría pedido perdón. Pero no hizo ni lo uno ni lo otro; al contrario, abandonó con altivez a su padre para irse a Babilonia. Allí, con su descendencia, se entregó a la construcción de una ciudad y de una torre, y se hizo señor de toda el Asia Mayor.
- ¿Cuál es la razón de esta seguridad? Está en que las profecías divinas deben creerse; no se pueden percibir con los sentidos ni por la experiencia. Esto vale tanto para las promesas de Dios como para sus amenazas. Por eso a la carne siempre le parece verdadero lo contrario.
- Cam es maldecido por su padre; pero se apodera de la mayor parte de la tierra y establece vastos reinos. En cambio, Sem y Jafet son bendecidos, pero, comparados con Cam, ellos y su descendencia son unos mendigos.
¿Dónde, entonces, hemos de buscar la verdad de esta profecía? Respondo: esta profecía y todas las demás, sean promesas o amenazas, no pueden entenderse por la razón, sino solo por la fe. Dios demora tanto los castigos como las recompensas; por eso hace falta paciencia. Porque «el que persevere hasta el fin, este será salvo», como dice Cristo (Mt 24:13).
- La vida de todos los piadosos es enteramente de fe y de esperanza. El testimonio de nuestros sentidos, la historia y el curso del mundo nos enseñarían lo contrario. Cam es maldito, y sin embargo solo él obtiene el dominio. Sem y Jafet son bendecidos, y sin embargo solo ellos cargan con el oprobio y la aflicción. Como tanto las promesas como las amenazas de Dios se extienden hacia el futuro, hay que esperar su cumplimiento con fe. Habacuc dice (cap. 2:3): «Sin duda vendrá, no tardará».
- Grande es la ira del Espíritu Santo, que aquí lo mueve a decir de Cam: «Siervo de siervos será»; es decir, el más bajo y vil de los esclavos. Pero si dejas hablar a la historia, verás a Cam reinar en Canaán, mientras que Abraham, Isaac y Jacob, y otros que los siguieron y tenían la bendición, vivieron como siervos entre los cananeos. Los egipcios son descendencia de Cam, ¡y qué cruel fue la servidumbre que Israel sufrió allí!
- ¿Cómo era cierto, entonces, que Cam era maldito y Sem bendito? De este modo: el cumplimiento de la promesa y de la amenaza estaba en el futuro. Esta demora está ordenada para que los impíos colmen la medida de su pecado y no puedan acusar a Dios de no haberles dado lugar para el arrepentimiento. Por otro lado, cuando los justos sufren a manos de los injustos y se vuelven siervos de siervos, pasan por esa prueba y disciplina para crecer en la fe y en el amor a Dios; para que, ejercitados en múltiples molestias y tribulaciones, alcancen la promesa.
Cuando se cumplió el tiempo, el poder de la descendencia de Cam no fue lo bastante grande para resistir a la descendencia de Sem. Entonces sí se cumplió aquella maldición que Cam y su descendencia habían despreciado y no creído durante tanto tiempo.
- Casi lo mismo nos pasa hoy. Tenemos la verdadera doctrina y el verdadero culto. Por eso podemos gloriarnos de que somos la verdadera Iglesia, que tiene la promesa de bendiciones espirituales en Cristo. Como la iglesia del papa condena nuestra doctrina, sabemos que no es la Iglesia de Cristo, sino la de Satanás, y en verdad, como Cam, un «siervo de siervos». Y sin embargo cualquiera puede ver que el papa reina, mientras que nosotros somos siervos y la escoria, como dice Pablo (1 Co 4:12).
- ¿Qué haremos, pues, nosotros, pobre gente oprimida? Mientras tanto hemos de consolar nuestras almas con nuestro dominio espiritual. Sabemos que tenemos el perdón de los pecados y un Dios misericordioso por medio de Cristo, hasta que en el último día se nos conceda también la libertad temporal. Y no nos faltan rastros de libertad temporal aun en esta vida; porque mientras los tiranos se oponen obstinadamente al evangelio, son cortados de la tierra, de raíz y rama.
- Así fue destruido el Imperio romano después de que perecieron todas las otras potencias mundiales; pero la Palabra y la Iglesia de Dios permanecen para siempre. Del mismo modo, Cristo debilita poco a poco el poder del papa; pero que sea quitado del todo y se vuelva siervo de siervos junto con el impío Cam es algo que la fe debe esperar. Cam está excluido del reino de Dios y posee por un tiempo los reinos del mundo, así como el papa está excluido de la Iglesia de Dios y tiene por un tiempo el dominio temporal. Pero su dominio desaparecerá.
- La ley y el orden divinos son que los justos tengan el dominio, pero por la fe, contentos con esa bendición espiritual: un Dios misericordioso y la esperanza cierta del reino celestial. Mientras tanto, dejamos a los impíos la posesión de los reinos del mundo hasta que Dios disperse también su poder mundano y, por medio de Cristo, nos haga herederos de todas las cosas.
- Además, aprendemos de esta profecía que Noé, por una iluminación especial del Espíritu Santo, pudo ver, en primer lugar, que su descendencia permanecería para siempre y, en segundo lugar, que la familia de Cam, aunque había de gobernar por un tiempo, perecería al fin y, sobre todo, perdería la bendición espiritual.
- Sin embargo, la explicación dada antes (cap. 4, §182) acerca de los descendientes de Caín vale también aquí. No sostengo la opinión de que los descendientes de Cam estuvieran condenados sin excepción. Algunos hallaron la salvación convirtiéndose a la fe, pero esa salvación no se debió a una promesa determinada, sino a una gracia fuera del pacto, por así decirlo. Del mismo modo se salvaron los gabaonitas y otros cuando los hijos de Israel ocuparon la tierra de Canaán. Job, Naamán el sirio, los ninivitas, la viuda de Sarepta y otros de entre los gentiles se salvaron, no en virtud de una promesa, sino por una gracia fuera del pacto.
B. La bendición pronunciada sobre Sem.
- Pero ¿por qué no dice Noé «Bendito sea Sem», sino «Bendito sea Jehová, el Dios de Sem»? Respondo que es por la grandeza de la bendición. No se refiere aquí a una bendición temporal, sino a la bendición futura por medio de la simiente prometida. Ve que esta bendición es tan grande que no puede expresarla; por eso se vuelve a la acción de gracias. Parece que Zacarías pensaba precisamente en este pasaje cuando dijo, por una razón semejante: «Bendito el Señor Dios de Israel» (Lc 1:68).
- La bendición de Noé toma la forma de una acción de gracias a Dios. Bendito es Dios, dice, el cual es el Dios de Sem. En otras palabras: No hace falta que yo extienda mi bendición sobre Sem, que ya ha sido bendecido antes con bendición espiritual; ya es hijo de Dios, y de él continuará la Iglesia, como continuó de Set antes del diluvio. Lleno de un significado maravilloso es el hecho de que Noé junta a Dios con Sem, su hijo, y, por así decirlo, los une.
- El corazón de Noé tuvo que haber sido iluminado por Dios, ya que hace tal distinción entre sus hijos: rechaza a Cam con su descendencia y pone a Sem en la línea de los santos y de la Iglesia, porque la bendición espiritual dada en el paraíso acerca de la simiente reposaría sobre él. Por eso este santo varón bendice a Dios y le da gracias.
C. La bendición pronunciada sobre Jafet.
V.27. Engrandezca Dios a Jafet, y habite en las tiendas de Sem, y sea Canaán su siervo.
- Esta profecía es maravillosa por lo acertado de cada una de sus palabras. Noé no bendijo a Sem, sino al Dios de Sem, dando gracias a Dios por haber acogido a Sem y haberlo adornado con una promesa espiritual, es decir, con la bendición de la simiente de la mujer. Pero cuando menciona a Jafet no usa la misma manera de hablar que en el caso de Sem. Sus palabras están escogidas para mostrar el misterio del que hablan Pablo (Ro 11:11) y Cristo (Jn 4:22): que la salvación viene de los judíos, y sin embargo también los gentiles llegaron a ser partícipes de esta salvación. Solo Sem es la verdadera raíz y el tronco; sin embargo, los gentiles son injertados en este tronco como una rama ajena y se hacen partícipes de la grosura y de la savia que hay en el árbol escogido.
- Noé, viendo esto por el Espíritu Santo, predice, con alusiones oscuras pero correctamente, que el reino de Cristo se extenderá por el mundo desde la raíz de Sem, y no desde la de Jafet.
- Los judíos parlotean que Jafet representa a las naciones vecinas de Jerusalén, que fueron admitidas al templo y a su culto. Pero Noé hace poco caso del templo de Jerusalén o del tabernáculo de Moisés; sus palabras se refieren a cosas mayores. Trata de los tres patriarcas que han de llenar la tierra. Aunque afirma de Jafet que no pertenece a la raíz del pueblo de Dios que posee la promesa del Cristo, declara que será incorporado, por el llamamiento del evangelio, a la comunión de aquel pueblo que tiene a Dios y las promesas.
- Aquí tenemos, pues, una imagen de la Iglesia de los gentiles y de la de los judíos. Cam, por ser impío, no es admitido a la bendición espiritual de la simiente, salvo cuando ocurre por una gracia fuera del pacto. A Jafet, en cambio, aunque no tiene la promesa de la simiente como Sem, se le da sin embargo la esperanza de que en algún tiempo futuro será recibido en la comunión de la Iglesia. Así nosotros, los gentiles, que somos hijos de Jafet, no tenemos en verdad una promesa directa, y sin embargo estamos incluidos en la promesa dada a los judíos, porque estamos predestinados a la comunión del santo pueblo de Dios. Estas cosas se registran aquí no tanto por Sem y Jafet como por su descendencia.
- Aprendemos por qué los judíos son tan altivos y jactanciosos. Ven que solo Sem, su padre, tiene la promesa de la bendición eterna, que se da por medio de Cristo. Hasta ahí, bien. Pero cuando creen que la promesa no corresponde a la fe, sino más bien a la descendencia carnal, se equivocan. Pablo trató este tema de manera espléndida (Ro 9:6). Allí establece que los hijos de Abraham no son sus descendientes carnales, sino los que tienen su fe (Gá 3:7).
- El mismo pensamiento lo sugiere aquí Moisés, que dice expresamente: «Bendito sea Jehová, el Dios de Sem». Esto muestra que no hay bendición sino por el Dios de Sem. Por lo tanto, ningún judío participará de esta bendición si no tiene al Dios de Sem; es decir, si no cree. Tampoco Jafet participará de la bendición si no habita en las tiendas de Sem; es decir, si no se une a él en la fe.
- Esta es una promesa grandiosa, válida hasta el fin del mundo. Pero así como se limita a los que tienen al Dios de Sem, es decir, a los que creen, así también la maldición se limita a los que permanecen en la maldad de Cam. Noé no dijo estas palabras apoyado en una autoridad y un sentimiento humanos, sino por el Espíritu de Dios. Sus palabras, pues, no se refieren a una maldición temporal, sino a una espiritual y eterna. Y no debemos entender que habla de una maldición que lo es solo a los ojos del mundo, sino de una que lo es a los ojos de Dios.
- Lo mismo se dijo antes (cap. 4, §182) acerca de la maldición de Caín. A juzgar por las apariencias, Caín obtuvo una bendición terrenal mayor que Set. Dios quiere que su Iglesia en este mundo parezca sufrir la maldición pronunciada sobre los impíos y que, por el contrario, los impíos parezcan benditos. Caín fue el primer hombre que edificó una ciudad, y la llamó Enoc; mientras que Set habitaba en tiendas.
- Así edificó Cam la ciudad y la torre de Babel y gobernó a lo largo y a lo ancho, mientras que Sem y Jafet eran pobres y vivían en humildes tiendas. Los hechos de la historia enseñan, pues, que tanto las promesas como las maldiciones de Dios no deben entenderse de modo carnal, ni referidas a la vida presente, sino espiritualmente. Aunque oprimidos en el mundo, los justos son con toda seguridad herederos e hijos de Dios; mientras que los impíos, aunque florezcan por un tiempo, al final serán cortados y se secarán: una advertencia que se repite a menudo en los Salmos.
- Hay una semejanza notable entre la conducta y la suerte de Caín y de Cam. Caín mató a su hermano, lo cual muestra con suficiente claridad la falta de reverencia hacia su padre que había en su corazón. Puesto bajo interdicto por su padre, abandona la Iglesia del Dios verdadero y el verdadero culto, edifica la ciudad de Enoc y se entrega por completo a las cosas del mundo. Del mismo modo peca Cam deshonrando a su padre. Y cuando después recibe como sentencia la maldición por la que queda excluido de la simiente prometida y de la Iglesia, se separa de Dios y de la Iglesia sin ningún recelo, puesto que la maldición no recae sobre su persona sino sobre la de su hijo, y emigra a Babilonia, donde establece un reino.
- Estos son ejemplos muy ilustres y necesarios para la Iglesia hoy frente al turco y al papa: nos permiten gloriarnos de la promesa celestial y eterna, porque tenemos la doctrina del evangelio y somos la Iglesia. Ellos conocen, sin embargo, nuestro juicio sobre ellos: que consideramos y condenamos tanto al papa como al turco como el mismísimo Anticristo. ¡Con qué seguridad pasan por alto nuestro juicio, confiados en la riqueza y el poder que poseen, y también en nuestra debilidad de carácter y de número! El mismo espíritu lo vemos claramente en Caín y en Cam, en los condenados y excomulgados.
- Estas verdades nos inculcan la lección de que no debemos buscar en esta existencia corporal una ciudad o una patria permanente, sino, en medio de sus cambios y vicisitudes, mirar a la esperanza de la vida eterna, prometida por medio de Cristo. Este es el puerto final; y debemos esforzarnos por llegar a él a vela y remo, como marineros ansiosos y empeñosos mientras ruge la tempestad.
- ¿Y qué si el turco llegara a dominar el mundo entero, cosa que jamás hará? Miguel, como dice Daniel, socorrerá al pueblo santo, la Iglesia (cap. 10:13). ¿Qué importa si el papa llegara a apoderarse de las riquezas de todo el mundo, como lo ha intentado durante muchos siglos con todas las riquezas a su disposición? ¿Escaparán por eso el turco y el papa de la muerte, o asegurarán siquiera la permanencia de su poder temporal? ¿Por qué, entonces, habríamos de dejarnos engañar por las bendiciones temporales que ellos disfrutan, o por nuestras desgracias y peligros, si sabemos que ellos están desterrados de la comunión de los santos, mientras que nosotros gozamos de bendiciones eternas por medio del Hijo de Dios?
- Si Caín y Cam, y el papa y el turco, que son entre sí como padre e hijo, pueden permitirse despreciar el juicio de la verdadera Iglesia apoyados en éxitos pasajeros y escasos en esta vida, ¿por qué no podemos nosotros, a nuestra vez, despreciar su poder y su censura, apoyados en las bendiciones eternas que poseemos? A Cam no lo conmovió la maldición de su padre. Lleno de ira contra él y despreciándolo como a un viejo loco, se va y se arma con el poder del mundo, estimando esto más que ser bendecido por su padre junto con Sem.
- Esta historia debería darnos fuerza para experiencias semejantes hoy. Los sacerdotes y los obispos nos cubren de desprecio, diciendo: ¿Qué pueden hacer esos herejes muertos de hambre? El sacerdote y el obispo están inflados con su riqueza y su poder. Pero soportemos esta insolencia de los impíos con ánimo sereno, como Noé soportó la de su hijo. Consolémonos con la esperanza y la fe en la bendición eterna, de la cual, como sabemos, ellos están privados.
- Dije antes (§172) que el Espíritu Santo estaba tan enojado por el pecado de Cam que no podía soportar ni siquiera nombrarlo en la maldición. Y es verdad, como lo muestra el castigo, que Cam pecó gravemente. La otra razón mencionada antes como nada improbable, la repetiré aquí: Cam había sido llamado y recibido en el arca por la Palabra divina, y había sido salvado con los demás, y Noé quería perdonar a aquel a quien Dios había perdonado en el diluvio. Por eso transfirió la maldición que Cam merecía a Canaán, su hijo, a quien Cam sin duda quería tener consigo.
- Los judíos ofrecen otra explicación: Canaán, el hijo, fue el primero en ver a su abuelo Noé tendido desnudo y se lo anunció a su padre, que entonces lo vio por sí mismo; así, Canaán le dio a su padre ocasión de cometer el pecado. Que el lector juzgue qué valor tiene esta exposición.
- Pero hay también una cuestión filológica que debe tratarse en relación con esto. Los eruditos piden cuentas a los traductores por la versión «Engrandezca Dios a Jafet», cuando las palabras hebreas no lo permiten, aunque no solo los hebreos sino también los caldeos coinciden en general en que la palabra jepheth significa «ensanchar». Sin embargo, discusiones técnicas de este tipo son a veces muy útiles para aclarar el sentido preciso de un pasaje.
- Algunos eruditos derivan el nombre Jafet del verbo jephah, que significa ser hermoso, como en Sal 45:2: japhjaphita mibene Adam, «Eres el más hermoso de los hijos de los hombres». Pero es fácil demostrar que esto es un error; porque el verdadero origen de la palabra es el verbo phatah, que significa «persuadir», «engañar con palabras bonitas», como en Éx 22:16: ki jephateh isch betulah, «Si alguno engañare a una doncella… deberá dotarla». Y en Jer 20:7: pethithani jehovah va-epath, «Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido»; Pr 1:10: Im-jephatukah, «Si los pecadores te quisieren engañar». No hacen falta más ejemplos, porque la palabra aparece con frecuencia, y no dudo de que se deriva de la palabra griega peitho, pues tiene el mismo significado.
- Pero volvamos a la pregunta: ¿Por qué todos los traductores han puesto «Engrandezca Dios a Jafet», si no se trata de la palabra pathach, que significa «ensanchar» o «abrir», sino más bien de la palabra pathah? No dudo de que a los traductores les influyó lo duro de la expresión. Como se trata de una promesa, les pareció demasiado duro afirmar que Noé hubiera dicho: «Engañe Dios a Jafet». Esto parecería una palabra de maldición, no de bendición. Por eso escogieron un término más suave, aunque violara las reglas de la lengua. Y como entre pathach y pathah hay solo una ligera diferencia, usaron uno por el otro. Querían preservar el hecho importante de que esto es una promesa.
- Pero no tenemos necesidad de alterar el texto de este modo ni de violar su construcción gramatical, puesto que la palabra pathah ofrece un sentido muy apropiado. Como es una palabra de doble sentido, igual que la palabra latina suadere, puede tomarse en mal sentido o en buen sentido. Por eso no es irreverente aplicar esta palabra a Dios. La encontramos claramente usada así en Os 2:14, donde el Señor dice: «Pero he aquí que yo la atraeré (mephateha) [o la seduciré con halagos] y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón». La amamantaré, le hablaré con dulzura, y así, por decirlo así, la engañaré, para que se ponga de acuerdo conmigo, para que la Iglesia se una a mí, etc.
En este sentido la palabra puede tomarse aquí correctamente como «atraer», «persuadir», «engatusar con palabras amables y halagos». Que Dios amamante, persuada y engañe con persuasión a Jafet, para que Jafet mismo, atraído, como su nombre lo indica, sea invitado de manera amistosa y así sea ganado.
- Pero dirás: ¿Qué significará esto? ¿O por qué habría necesidad de que Jafet fuera ganado o persuadido, y eso por Dios mismo? Respondo: Noé se sirve de los nombres para su propósito en esta profecía. Da gracias a Dios porque los establece para que permanezcan como una raíz firme de la cual había de brotar Cristo. Porque el verbo sum significa «poner», «colocar en su lugar», «establecer».
- Por Jafet, en cambio, ora para que llegue a ser un verdadero Jafet. Como era el hijo mayor, al que normalmente se le habría dado el derecho de primogenitura, ora para que Dios lo persuada amistosamente, en primer lugar, a no envidiar a su hermano este honor ni estar descontento porque este privilegio le fue quitado y dado a su hermano. Además, como este asunto toca solo a la persona de Jafet, Dios incluye a toda su descendencia en la bendición. Aunque la promesa se le dio solo a Sem, Dios no excluye de ella a la descendencia de Jafet, sino que le habla con amor por medio del evangelio, para que también ellos lleguen a ser jepheth, persuadidos por la Palabra del evangelio. Esta es una persuasión divina, que viene del Espíritu Santo; no de la carne, ni del mundo, ni de Satanás, sino santa y vivificadora. Pablo usa esta expresión en Gá 1:10, donde dice: «¿Busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios?». Y en Gá 3:1: «¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad?»; es decir, para que no se pongan de acuerdo con la verdad, para que no se dejen persuadir por lo que es verdadero.
- Considerado el nombre de Jafet en este caso, significa una persona de las que llamamos sencillas, que cree con facilidad, que se deja persuadir fácilmente de una cosa, que no disputa ni se aferra a sus propias ideas, sino que somete su mente al Señor y descansa en su Palabra, permaneciendo como aprendiz, sin querer ser dueño de las palabras y las obras de Dios.
Por eso es una oración conmovedora la que aquí se registra: que Dios persuada a Jafet; es decir, que le hable con cariño. Noé ora para que, aunque Dios no le hable a Jafet sobre la base de una promesa, como lo hace con Sem, le hable sin embargo sobre la base de la gracia y de la bondad divina.
- Esta oración de Noé prevé la difusión del evangelio por todo el mundo. Sem es el tronco. De su descendencia nació Cristo. La Iglesia es de los judíos, que tuvieron patriarcas, profetas y reyes. Y sin embargo Dios le muestra aquí a Noé que también los miserables gentiles habían de habitar en las tiendas de Sem; es decir, habían de entrar en aquella herencia de los santos que el Hijo de Dios trajo a este mundo: el perdón de los pecados, el Espíritu Santo y la vida eterna. Profetiza claramente que también Jafet oirá el dulce mensaje del evangelio, como su nombre lo sugiere; de modo que, aunque no tenga el mismo título que Sem, que fue puesto como el tronco del cual había de brotar Cristo, tenga sin embargo al persuasor, es decir, el evangelio.
- Fue por medio de Pablo como se cumplió esta profecía. Él, casi sin ayuda, enseñó la doctrina del evangelio a la descendencia de Jafet. Dice: «Desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo» (Ro 15:19). Casi toda Asia, con excepción de los pueblos orientales, junto con Europa, pertenece a la descendencia de Jafet. Los gentiles, pues, no recibieron de Dios el reino y el sacerdocio, como los judíos. No tenían ni la ley ni la promesa. Sin embargo, por la misericordia de Dios han oído aquella dulce voz del evangelio, el persuasor, que se indica en el nombre mismo de Jafet.
- Los intérpretes no reconocieron este como el verdadero sentido, y Dios les permitió cometer este error. Aun así, no erraron del todo el verdadero sentido. Porque el verbo hirchib, que significa «ensanchar», significa también «dar consuelo», así como, a la inversa, en latín la palabra angustiae (lugar estrecho) significa también «dolores», «peligros» o «desgracia». Así leemos en Sal 4:1: «Cuando estaba en angustia, tú me hiciste ensanchar». El único ensanchamiento o consuelo verdadero es la Palabra del evangelio.
- Así se armonizan las distintas exposiciones mediante una interpretación adecuada. Pero el sentido primario de ensanchar, que transmite la idea de persuasión, es el nativo y propio. Arroja una luz brillante sobre el hecho de que nosotros, los gentiles, aunque la promesa no se nos dio a nosotros, hemos sido llamados sin embargo al evangelio por la providencia de Dios. La promesa pertenece solo a Sem, pero Jafet, como dice Pablo en Ro 11:17, fue injertado en el olivo, como un olivo silvestre, y se hizo partícipe de la grosura original, es decir, de la savia del olivo. Las partes más antiguas de la Biblia concuerdan con las más nuevas, y lo que Dios prometió en los días de Noé, lo cumple ahora.
- «Cam» significa «el caliente y ardiente». Este nombre se lo dio su padre, creo, por las grandes cosas que esperaba de su hijo menor. Para Noé, los otros dos eran hombres fríos en comparación. Eva se alegró mucho cuando nació Caín (Gn 4:1). Creyó que él restauraría todo lo que se había hecho mal. Sin embargo, fue el primero en dañar a la humanidad de una manera nueva, al matar a su hermano.
- Así cambia Dios, según su consejo inescrutable, las expectativas aun de los santos. Cam, de quien su padre, al nacer, había esperado que ardiera con mayor celo que sus hermanos por el sostén de la Iglesia, fue en verdad caliente y ardiente cuando creció, pero en otro sentido. Ardió contra su padre y contra su Dios, como lo muestra su acción. Por eso su nombre fue de mal agüero, sin que Noé lo sospechara cuando se lo puso.
- Esta es la profecía de Noé acerca de sus hijos, que han llenado la tierra con su descendencia. El hecho, pues, de que Dios haya permitido que la luz del evangelio brille sobre Alemania se debe a la profecía acerca de Jafet. Vemos hoy el cumplimiento de lo que Noé predijo. Aunque no somos de la simiente de Abraham, habitamos sin embargo en las tiendas de Sem y gozamos del cumplimiento de las profecías acerca de Cristo.
Génesis 9:28-29
V.28, 29. Y vivió Noé después del diluvio trescientos cincuenta años. Y fueron todos los días de Noé novecientos cincuenta años; y murió.
- La historia muestra que Noé murió cincuenta años después del nacimiento de Abraham. Abraham, pues, que gozó de la instrucción de un maestro tan capaz y renombrado hasta sus cincuenta años, tuvo ocasión de aprender algo de religión. Y no cabe duda de que Noé, lleno del Espíritu Santo, cuidó a este descendiente suyo con especial cuidado y amor, como único heredero de las promesas de Sem.
- En aquel tiempo florecía la descendencia de Cam, que esparcía la idolatría por las regiones del Oriente. Abraham estaba en contacto con ella, y no sin peligro para sí. Sin embargo, fue salvado por Noé, pues era casi el único que reconocía la grandeza de un hombre que era el único sobreviviente del mundo antiguo. Los demás, olvidados de la ira que se había desatado en el diluvio, se burlaban del piadoso anciano; en especial la descendencia de Cam, inflada por la riqueza y el poder. Colmaban de insultos al padre Noé y —enloquecidos por el éxito— ridiculizaban la maldición de servidumbre pronunciada sobre ellos como señal de su chochez. Amén.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.