Comentarios y sermones · Martín Lutero
Hechos 6: comentario de Martín Lutero
Sermón para el día de San Esteban; Hechos 6:8-14 y 7:54-60
EL EJEMPLO DE FE DE ESTEBAN.
1 Para entender esta lección de la epístola, es necesario introducir algo de lo que se omite y presentar, en relación con el relato, las cosas que dieron origen a él. La disputa surgió de la afirmación de Esteban de que todo lo que no procede de la fe no aprovecha, y de que los hombres no pueden servir a Dios por la edificación de iglesias ni por obras independientes de la fe en Jesucristo. Solo la fe nos hace piadosos; solo la fe edifica el templo de Dios: los corazones creyentes. Los judíos se opusieron a la doctrina de la fe, alegando la ley de Moisés y el templo de Jerusalén. Pues la Biblia menciona con frecuencia a Jerusalén como la ciudad escogida por Dios, hacia la cual sus ojos están siempre dirigidos, una ciudad llamada casa de Dios. Tal argumento presumían que era concluyente.
2 Esteban, sin embargo, se les opone citando Is 66:1-2: «Jehová dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo? Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová». Esta declaración es clara y poderosa, imposible de refutar. Muestra que Dios no habita en casas hechas por manos, porque los elementos esenciales de estas son, en primer lugar, creación suya y le pertenecen. Además, si ni el cielo ni la tierra pueden contenerlo —y aquí afirma que el cielo no es su casa, sino su trono, y la tierra no su habitación, sino el estrado de sus pies—, ¿cómo se puede esperar que habite en una casa hecha por hombres? Salomón habla con el mismo propósito en 1 R 8:27, refiriéndose a la casa que él mismo había construido.
3 Derrotados por la fuerza de este pasaje de Isaías, y de citas semejantes que no podían refutar, los judíos procedieron a torcer las palabras de Esteban, haciendo ver que él declaraba que Jesús destruiría el templo y cambiaría las costumbres de Moisés. Sin embargo, Esteban no tenía intención de dar tal impresión. Simplemente afirmaba que somos salvos no por la Ley ni por el templo, sino por la fe en Jesucristo; y que, teniendo fe, podemos guardar rectamente la Ley, haya templo o no. El propósito de Esteban era solamente quitar a los judíos su falsa confianza en sus propias obras y en el templo.
4 Igual que ellos, los papistas de hoy, cuando oyen decir que las obras no son eficaces y que la fe en Cristo debe preceder y debe ser la única eficaz, gritan que se prohíben las buenas obras y se blasfema contra los mandamientos de Dios. Si Esteban fuera predicador hoy, quizá no sería apedreado, pero sí sería quemado, o despedazado con tenazas, por los papistas enfurecidos.
5 Esteban responde a la falsa acusación de los judíos. Comenzando con Abraham, sigue a través de las Escrituras, mostrando cómo, antes del tiempo de Salomón, que construyó una casa para Dios, ni Abraham ni ninguno de los patriarcas construyeron jamás una casa para su servicio, pero no por eso fueron menos estimados por Dios. Luego Esteban añade la cita de Isaías. Dice: vv. 47-50. «Mas Salomón le edificó casa; si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano, como dice el profeta: El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor; ¿O cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hizo mi mano todas estas cosas?»
6 Después de estas palabras los reprende, diciendo: vv. 51-53. «¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores; vosotros que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis.»
7 Ahora sigue la última parte de nuestra lección, comenzando en v. 54. «Oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él.» Es evidente, entonces, que la disputa era acerca de la fe y las buenas obras. Pero ¿qué pasa con los papistas, que no tienen ni la menor apariencia de fundamento para su posición, fuera de sus propias leyes y doctrinas humanas? Si pudieran producir para sí siquiera una sombra de apoyo como la que tenían los judíos al alegar que Dios dio la ley de Moisés y escogió el templo de Jerusalén, al instante levantarían el grito de: “Por derecho divino” (de jure divino), como de hecho hicieron sus antepasados los judíos.
LA CONSTRUCCIÓN DE IGLESIAS NO ASEGURA EL FAVOR DE DIOS.
8 Este texto de la epístola parece no ser en absoluto difícil; es claro. Presenta en Esteban un ejemplo de la fe de Cristo. Hace falta poco comentario. Lo examinaremos brevemente. El primer principio que enseña es que no podemos asegurar el favor de Dios por medio de la edificación de iglesias y otras instituciones. Esteban hace claro este hecho en su cita de Isaías.
9 Pero si hemos de adoptar esta posición y mantenerla, debemos correr el mismo riesgo que Esteban. Tal posición exige eliminar las bulas del papa, las innumerables indulgencias, las leyes de los eclesiásticos y la predicación incesante acerca de iglesias, altares, fundaciones, claustros, cálices, campanas, mesas, velas y vestiduras. Así la santidad del papa y de sus partidarios sería ofendida, y no sin razón. Porque, en consecuencia, los lujos de la cocina y de la bodega disminuirían, y también todas las posesiones temporales. Con el tiempo, la ociosidad, la voluptuosidad y la comodidad tendrían que ceder su lugar al trabajo, la pobreza y la inquietud. ¡El orden clerical se vería obligado a estudiar y orar, o a mantenerse como lo hace la demás gente! Tal camino no les sería agradable. La santa Iglesia cristiana sería despreciada, como lo fueron Cristo y los apóstoles. Sus oficiales ya no podrían vivir con pompa real, haciendo guerra, saqueando y derramando sangre, todo bajo el pretexto de honrar a Dios y exaltar a la santa Iglesia. Pues eso es lo que han hecho, y todavía hacen, los santísimos padres en Dios.
10 No debemos, sin embargo, llegar a la conclusión de que está mal edificar y dotar iglesias. Pero sí está mal ir al extremo de perder la fe y el amor en el esfuerzo, presumiendo así hacer buenas obras que merezcan el favor de Dios. Eso produce abusos que excluyen toda moderación. Cada rincón y cada esquina se llenan de iglesias y claustros, sin tener en cuenta el propósito de construir iglesias.
11 No hay otra razón para construir iglesias que proveer un lugar donde los cristianos puedan reunirse para orar, oír el evangelio y recibir los sacramentos; si es que de verdad hay razón para ello. Cuando las iglesias dejan de usarse para estos fines, deberían ser derribadas, como otros edificios cuando ya no sirven. Pero ahora, el deseo de cada individuo en el mundo es establecer su propia capilla o altar, incluso su propia misa, con miras a asegurar la salvación, a comprar el cielo.
12 ¿No es un error y engaño miserable, deplorable, enseñar a la gente inocente a depender de sus obras, con gran menosprecio de su fe cristiana? Mejor sería destruir todas las iglesias y catedrales del mundo, quemarlas hasta convertirlas en cenizas —es menos pecado incluso cuando se hace por malicia— que permitir que un alma sea engañada y se pierda por tal error. Dios no ha dado ningún mandamiento especial respecto a la construcción de iglesias, pero sí ha dado sus mandamientos respecto a nuestras almas, sus verdaderas y propias iglesias. Pablo dice acerca de ellas (1 Co 3:16-17): «¿No sabéis que sois templo de Dios...? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él».
13 Pero observa la santidad de los papistas. El fundamento de toda alma es perturbado por su error, y la verdadera Iglesia de Dios es derribada. Este hecho no detiene a los papistas; más bien, contribuyen gustosamente al derribo de la Iglesia. Con su doctrina de obras no logran otra cosa que la destrucción de la verdadera Iglesia por todas partes. Luego proceden a sustituirla por edificios de iglesia, de madera y piedra. Abusan de la conciencia hasta hacerle creer que la leve marca de un cuchillo sobre tal madera y piedra es una profanación de toda la iglesia, y que debe incurrirse en el gasto y el trabajo de volver a consagrarla. ¿No están fuera de sí, furiosos, necios y fanáticos, sí, frenéticos e iracundos, aquellos individuos que no tienen escrúpulos de conciencia por la destrucción de la verdadera Iglesia, que incluso convierten ese gran pecado en mérito eterno, y al mismo tiempo son extremadamente escrupulosos respecto al vano malabarismo de su propio edificio de iglesia?
Sigo afirmando que, por el bien de exterminar el error mencionado, sería bueno derribar de una vez todas las iglesias del mundo, y utilizar viviendas comunes o el campo abierto para predicar, orar y bautizar, y para todas las necesidades cristianas.
14 Especialmente hay justificación para hacerlo por la inútil razón que los papistas asignan para construir iglesias. Cristo predicó por más de tres años, pero solo tres días en el templo de Jerusalén. El resto del tiempo habló en las escuelas de los judíos, en el desierto, en los montes, en barcos, en las fiestas y también en casas particulares. Juan el Bautista nunca entró en el templo; predicó junto al río Jordán y en todas partes. Los apóstoles predicaron en la plaza y en las calles de Jerusalén el día de Pentecostés. Felipe predicó en un carro al eunuco. Pablo predicó a la gente junto al río; en la cárcel de Filipos y en varias casas particulares. De hecho, Cristo mandó a los apóstoles (Mt 10:12) predicar en casas particulares. Supongo que los predicadores mencionados eran tan buenos como los de hoy.
15 Pero parece que para los falsos predicadores y maestros diabólicos de hoy se requieren edificios costosos con arcos magníficos, aunque la Palabra de Dios no pudo hallar en todo Belén una posada donde nacer. ¿No deberíamos entonces, con Esteban, clamar a estas criaturas irracionales: «¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo. Vosotros sois entregadores y asesinos de almas cristianas inocentes e inofensivas. Aunque habéis recibido los mandamientos de los apóstoles, no habéis guardado ninguno de ellos»? Supongo que, si lo hiciéramos, sus corazones estarían a punto de reventar de rabia y crujirían los dientes, diciendo que habíamos blasfemado contra Dios y hablado contra el lugar santo; sí, que habíamos profanado todas las iglesias. ¡Oh Dios, los guías ciegos y asesinos de almas, que gobiernan bajo el papado maldito!
16 Ahora ven algo de la razón por la que el rayo golpea las costosas iglesias papistas con más frecuencia que a otros edificios. Al parecer, la ira de Dios reposa especialmente sobre ellas porque allí se cometen pecados más grandes, se profieren más blasfemias y se obra una destrucción mayor de almas y de iglesias que la que tiene lugar en los burdeles y en las cuevas de ladrones. El encargado de un burdel público es menos pecador que el predicador que no predica el verdadero evangelio, y el burdel no es tan malo como la iglesia del falso predicador. Aun si el dueño del burdel prostituyera diariamente a vírgenes, esposas piadosas y monjas, por espantosa y abominable que tal acción fuera, no sería peor ni haría más daño que esos predicadores papistas.
17 ¿Te asombra esto? Recuerda que la doctrina del falso predicador no hace otra cosa que extraviar y violar diariamente a las almas recién nacidas en el bautismo: jóvenes cristianos, almas tiernas, las puras y consagradas novias vírgenes de Cristo. Puesto que el mal se obra espiritualmente, no corporalmente, nadie lo advierte; pero Dios está desmedidamente disgustado. En su ira clama, por medio de los profetas, en términos inequívocos: ¡Tú ramera que invitas a todo el que pasa! Tan poco puede Dios tolerar la falsa predicación. Jeremías, en su oración (Lm 5:11), presenta esta queja: «Violaron a las mujeres en Sion, a las vírgenes en las ciudades de Judá.» Ahora bien, la virginidad espiritual, la fe cristiana, es inmensamente superior a la pureza corporal; porque solo ella puede obtener el cielo.
18 Las falsas doctrinas y obras de los papistas son destructivas no solo para la fe, sino también para el amor cristiano. Al necio siempre se le conoce por su gorro. Más de uno pasa de largo junto a su pobre prójimo, que tiene un hijo o una esposa enfermos, o que de alguna otra manera necesita ayuda, y no hace ningún esfuerzo por servirle, sino que en cambio contribuye para dotar alguna iglesia. O también, mientras conserva la salud, procura amontonar tesoros, y cuando por fin llega a su lecho de muerte hace un testamento legando su patrimonio a cierta institución. Estará rodeado de sacerdotes y monjes. Ellos elogiarán su acto, absolverán al hombre religioso, administrarán el Sacramento y lo enterrarán con honores. Proclamarán su nombre desde el púlpito y durante la misa, y gritarán: “¡Aquí sí hay una conducta digna! El hombre ha provisto abundantemente para su alma. Más adelante se le concederán muchas bendiciones”. Sí, más adelante; pero, ay, también eternamente demasiado tarde.
19 Pero nadie, mientras vive, le advierte al hombre de sus pecados por no atender las necesidades de su prójimo cuando está en su poder socorrerlo; por pasar de largo junto a él, e ignorarlo como el rico hizo con Lázaro en el Evangelio. Y él mismo no reconoce sus pecados. Por eso tienen que quedar sin confesar, sin arrepentimiento y sin absolución, por más que hayan intervenido muchas bulas, indulgencias y padres espirituales. Este descuido es precisamente el pecado acerca del cual Cristo dirá en el día del juicio: «desnudo, y no me cubristeis»; Mt 25:43. Entonces el religioso responderá: “Amontoné tesoros para fundarte una institución, en obediencia al decreto del Papa, y por eso él me ha absuelto de todos mis pecados”. ¿Qué pueden esperar oír personas como él, sino la sentencia: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno»? Porque por sus obras destruyen la fe cristiana, y por causa de simple madera y piedra desprecian el amor cristiano.
20 Seamos, por tanto, amados amigos, sabios; la sabiduría es esencial. Aprendamos de verdad que somos salvos por la fe en Cristo, y solo por ella. Este hecho ya ha sido manifestado suficientemente. Entonces, que nadie confíe en sus propias obras. Ocupémonos en nuestra vida solamente en obras que aprovechen a nuestros prójimos, sin dar importancia a testamentos e instituciones, y dirijamos nuestros esfuerzos a mejorar todo el curso de la vida de nuestros prójimos.
21 Se cuenta de una mujer piadosa, santa Isabel, que una vez, al entrar en un claustro y ver en la pared una hermosa pintura que representaba los sufrimientos de nuestro Señor, exclamó: “El costo de esta pintura debería haberse ahorrado para el sustento del cuerpo; los sufrimientos de Cristo deben ser pintados en sus corazones”. ¡Con cuánta fuerza se dirige esta piadosa expresión contra las cosas generalmente consideradas preciosas! Si santa Isabel hablara así hoy, los papistas ciertamente la quemarían por blasfemar contra los sufrimientos de Cristo y por condenar las buenas obras. La denunciarían como hereje, aunque sus méritos superaran los méritos combinados de diez santos.
LOS MANDAMIENTOS DE DIOS NO PUEDEN CUMPLIRSE POR LAS OBRAS DEL HOMBRE.
22 Esteban no solo rechaza las ideas de los judíos acerca de las iglesias y de su construcción, sino que también denuncia todas sus obras, diciendo que recibieron la Ley por disposición de ángeles y no la guardaron. Así los judíos, en respuesta, reprenden a Esteban como si hubiera hablado contra el templo y, además, blasfemado la ley de Moisés y quisiera enseñar obras extrañas. Es cierto que Esteban no podría justamente haberlos acusado de no observar la Ley, en lo que respecta a las obras externas. Porque estaban circuncidados, y observaban las reglas acerca de comidas, vestido y fiestas, y todos los mandamientos de Moisés. Fue su conciencia de haber observado la Ley lo que los llevó a apedrearlo.
23 Pero las palabras de Esteban fueron impulsadas por el mismo Espíritu que movió a Pablo cuando dijo, en Ro 3:20 y ss., que por las obras de la Ley nadie es justificado delante de Dios, sino que solo la fe justifica. Donde el Espíritu Santo no está presente para conceder gracia, el corazón del hombre no puede estar a favor de la Ley de Dios; preferiría que la Ley no existiera. Cada individuo es consciente de su propia apatía y falta de inclinación hacia lo bueno, y de su disposición para hacer el mal. Como dice Moisés en Gn 8:21: «el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud».
Si el hombre no quiere, entonces no tiene verdadero deleite en hacer las obras de la Ley. Al faltarle la motivación correcta, es forzado a obrar por miedo al castigo, a la vergüenza y al infierno, o bien por interés y esperanza de salvación; no por amor a Dios ni por deseo de honrarlo. Todas las obras hechas así son pura hipocresía, y a los ojos de Dios no son buenas. Pero al que cree en Cristo se le promete el Espíritu Santo, y por la gracia de Cristo el Espíritu produce en el corazón un deseo de lo bueno. Bajo su influencia, el individuo realiza voluntariamente y sin esperar recompensa sus buenas obras para honra de Dios. Por la fe y por el Espíritu ya está justificado y en estado de salvación, estado al que nunca podría haber llegado por ninguna obra. Conforme a este principio, podemos concluir fácilmente que todos los que carecen de fe y de gracia no guardan la Ley, aunque se torturen hasta la muerte con sus exigencias.
24 Cuando Esteban declara que los judíos resisten siempre al Espíritu Santo, quiere dar a entender que por sus obras se vuelven presuntuosos, no están dispuestos a aceptar la ayuda del Espíritu, y no quieren que sus obras sean rechazadas por ineficaces. Siempre obrando y obrando para satisfacer las demandas de la Ley, pero sin cumplir su más mínimo requisito, permanecen hipócritas hasta el fin. Como no quieren abrazar la fe por la cual serían capaces de hacer buenas obras, ni la gracia del Espíritu que crearía un amor por la Ley, hacen imposible observarla libre y espontáneamente. Pero Dios acepta solo al que observa la Ley voluntariamente, y a ningún otro.
25 Esteban llama a los judíos “duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos” porque se niegan a escuchar y entender. Continuamente claman: “¡Buenas obras, buenas obras! ¡Ley, Ley!”, aunque ellos mismos no logran hacer lo más mínimo. Así hacen también nuestros papistas. Como hicieron sus antepasados, así hacen sus descendientes, la multitud de esta generación; persiguen a los justos y se jactan de hacerlo por causa de Dios y de su Ley. Ahora tenemos la sustancia de esta lección. Pero examinémosla un poco más.
UN EJEMPLO DE CELO PIADOSO Y AMOR CRISTIANO.
26 Primero, vemos en la conducta de Esteban amor hacia Dios y hacia el hombre. Manifiesta su amor a Dios censurando a los judíos con seriedad y severidad, llamándolos traidores, asesinos y transgresores de toda la Ley; sí, duros de cerviz, y diciendo que resisten el cumplimiento de la Ley y resisten también al mismo Espíritu Santo. Más aún, los llama “incircuncisos de corazón y de oídos”. ¿Cómo podría haberlos censurado más severamente? De tal manera los despoja de todo lo que pudiera darles crédito, que parecería como si lo movieran la impaciencia y la ira.
27 Pero, ¿a quién toleraría hoy el mundo si intentara censurar así a los papistas? El amor de Esteban por Dios lo obligó a hacerlo. Nadie que posea el mismo grado de amor puede callar y permitir tranquilamente que se rechacen los mandamientos de Dios. No puede disimular. Tiene que censurar y reprender a todo el que se opone a Dios. No puede permitir tal conducta, aun si arriesga su vida para reprenderla. A este tipo de amor la Escritura lo llama “zelum Dei”, una santa indignación. Porque el rechazo de los mandamientos de Dios es un desprecio de su amor y menosprecia de manera intolerable el honor y la obediencia que se le deben, honor y obediencia que la persona celosa procura promover ardientemente. Tenemos un ejemplo de ello en el profeta Elías, que se destacó por su santa indignación contra los falsos profetas.
28 Debemos inferir del ejemplo de Esteban que quien pasa por alto en silencio la transgresión de los mandamientos de Dios, o cualquier pecado, no tiene amor por él. Entonces, ¿qué pasa con los hipócritas que aplauden la transgresión? ¿Y con los calumniadores y con quienes se ríen y escuchan con gusto, y hablan con avidez, de las faltas ajenas?
29 El hecho de que el Papa, en sus absurdas leyes, ordene a los papistas que no censuren a los gobernantes, no es razón suficiente para que ningún hombre deje de administrar la reprensión debida. ¿A quién censura aquí Esteban? ¿No es a los gobernantes de Jerusalén? Y sin embargo, él era solo un hombre común; no ordenado, no revestido del oficio sacerdotal. Su ejemplo enseña el derecho de todo cristiano a censurar justamente al Papa y a los gobernantes. De hecho, está obligado a hacerlo. Que nadie, pues, se conforme con pensar que no tiene ese derecho. Especialmente deben ser reprendidos los pecados espirituales. La reprensión de Esteban no se dirigió contra pecados groseros, sino contra la hipocresía; porque los judíos, en incredulidad, resistían al Espíritu Santo. Así hacían más daño que el que viene de los pecados groseros. Con sus leyes y con sus obras se extraviaban a sí mismos y a la multitud.
30 Del mismo modo, el Papa, los obispos y todos los papistas merecen censura pública como hipócritas duros de cerviz e incircuncisos, que resisten al Espíritu Santo y deshonran todos los mandamientos de Dios, traicionando y asesinando almas cristianas; siendo así traidores y asesinos del Cristo que los compró con su propia sangre.
31 Acabamos de tener ocasión de decir que Esteban era un laico, un cristiano común, no un sacerdote. Pero los papistas cantan sus alabanzas como si fuera un levita, que leyó la epístola o la lectura del Evangelio en el altar. Los papistas, sin embargo, pervierten completamente la verdad. Por tanto, es necesario que sepamos lo que Lucas dice en Hch 4 y 5. Él cuenta cómo los cristianos, en el inicio de la Iglesia, en Jerusalén, hicieron comunes todos sus bienes, y los apóstoles distribuían a cada miembro de la congregación según su necesidad. Pero sucedió que a las viudas de los judíos griegos no se les proveía como a las viudas hebreas; por eso surgió una queja. Los apóstoles, viendo que el deber de atender estas cosas sería tan pesado que en cierta medida interferiría con sus deberes de orar y predicar, reunieron a la multitud de los discípulos y dijeron: «No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra»; Hch 6:2-4. Así que Esteban, junto con otros seis, fue escogido para distribuir los bienes. De ahí viene la palabra “diácono”, siervo o ministro. Porque estos hombres servían a la congregación, atendiendo sus necesidades temporales.
32 Claramente, entonces, Esteban era un mayordomo, o un administrador y guardián de los bienes temporales de los cristianos; su deber era administrarlos a los necesitados. Con el tiempo, su oficio fue pervertido hasta convertirse en el de un sacerdote que lee las lecturas de la epístola y del Evangelio. La única huella que queda del oficio de Esteban es el leve parecido que se encuentra en el deber de los prepósitos de las monjas, y en el de los administradores de hospitales y de los encargados de los pobres. Los lectores de las selecciones de la epístola y del Evangelio no deberían ser los consagrados, los tonsurados, los que llevan dalmáticas y espantan moscas en el altar, sino laicos piadosos comunes que lleven un registro de los necesitados y tengan a su cargo el fondo común para distribuirlo según lo requiera la necesidad. Tal era el verdadero oficio de Esteban. Él nunca soñó con leer epístolas y evangelios, ni con coronillas rapadas y dalmáticas. Todo eso son invenciones humanas.
LA AUTORIDAD DE LOS LAICOS PARA PREDICAR.
33 En cuanto a la cuestión que puede surgir de si a un laico común se le puede permitir predicar: aunque Esteban no fue designado para predicar —los apóstoles, como se ha dicho, se reservaron ese oficio para sí mismos—, sino para desempeñar los deberes de administrador, sin embargo, cuando fue al mercado y se mezcló entre la gente, de inmediato causó conmoción al hacer señales y prodigios, como dice la epístola, y hasta reprendió a los gobernantes. Si el Papa y los suyos hubieran estado presentes, ciertamente habrían preguntado por sus credenciales: su pasaporte eclesiástico y su condición clerical; y si le hubieran faltado la coronilla rapada y el libro de oraciones, sin duda lo habrían entregado a las llamas como hereje, ya que no era sacerdote ni clérigo. Estos títulos, que las Escrituras conceden a todos los cristianos, los papistas se los han apropiado solo para sí, llamando a todos los demás hombres “los laicos”, y a sí mismos “la Iglesia”, como si los laicos no fueran parte de la Iglesia. Al mismo tiempo, esta gente que tanto presume de refinamiento y nobleza no cumple ni una sola vez el oficio ni hace la obra de un sacerdote, de un clérigo o de la Iglesia. No hacen más que engañar al mundo con sus invenciones humanas.
34 El precedente de Esteban sigue siendo válido. Su ejemplo da a todos los hombres autoridad para predicar dondequiera que puedan encontrar oyentes, ya sea en un edificio o en el mercado. Él no limita la predicación de la Palabra de Dios a coronillas rapadas y largas vestiduras. Al mismo tiempo, no interfiere con la predicación de los apóstoles. Atiende los deberes de su propio oficio y calla de buena gana donde corresponde a los apóstoles predicar.
Es cierto, debe guardarse el orden. No todos pueden hablar a la vez. Pablo escribe en el capítulo catorce de 1 Corintios (1 Co 14) que se ha de permitir hablar a uno o dos, y que si una revelación es dada a uno que escucha, el que habla debe callar. Que tal era la práctica de los apóstoles es evidente en Hch 15, donde leemos cómo, después de los discursos de ciertos fariseos, Pedro predicó, y cuando él terminó siguieron Bernabé y Pablo, y por último Jacobo. Cada uno habló por turno. En muy pequeña medida la costumbre todavía existe en los debates de los colegios, pero en la actualidad los sermones no son más que charla ociosa acerca de Dietrich de Bern o algún sueño del predicador.
35 Un sermón propiamente dicho debería desarrollarse como una disertación sobre cualquier tema en la mesa de la convivencia. Por eso Cristo instituyó la Santa Cena como una ocasión en la que pudiéramos tratar de su Palabra mientras estamos sentados a la mesa. Pero ahora todo está pervertido y el orden divino ha sido desplazado por arreglos meramente humanos. Pero baste esto sobre este punto.
36 En segundo lugar, la conducta de Esteban es un hermoso ejemplo de amor al prójimo, en que no guarda mala voluntad ni aun hacia sus asesinos. Por severamente que los reprenda en su celo por el honor de Dios, tan bondadoso es el sentir que tiene por ellos, que en las mismas agonías de la muerte, habiendo provisto para sí mismo al encomendar su espíritu a Dios, ya no piensa más en sí, sino que todo su cuidado es por ellos. Bajo la influencia de ese amor entrega su espíritu. No sin intención coloca Lucas la oración de Esteban por sus asesinos al final del relato. Observa también que, cuando oró por sí mismo y encomendó su espíritu a Dios, estaba de pie; pero se arrodilló para orar por sus asesinos. Además, clamó a gran voz al orar por ellos, cosa que no hizo por sí mismo.
37 ¡Cuánto más fervientemente oró por sus enemigos que por sí mismo! ¡Cómo debió arder su corazón, desbordarse sus ojos y agitarse y conmoverse todo su cuerpo de compasión al contemplar la miseria de sus enemigos! Es la opinión de san Agustín que Pablo fue salvo por esta oración. Y no es irrazonable creer que Dios verdaderamente la oyó y que desde la eternidad previó un gran resultado de esta intervención. La persona de Pablo es evidencia de la respuesta de Dios a la oración de Esteban. No podría negarse, aunque no todos hayan sido salvos.
38 Esteban escoge bien sus palabras, diciendo, v. 60. «No les tomes en cuenta este pecado»; es decir, no hagas que su pecado quede inconmovible, como una columna o un fundamento. Con estas palabras Esteban confiesa, se arrepiente y da satisfacción por el pecado, en favor de sus asesinos. Sus palabras implican: “Amado Señor, en verdad ellos cometen un pecado, una injusticia. Esto no puede negarse”. Así como es costumbre en el arrepentimiento y la confesión simplemente lamentar y confesar la culpa. Luego Esteban ora, ofreciéndose a sí mismo para que ciertamente se haga abundante satisfacción por el pecado.
39 Observa cuán gran enemigo y al mismo tiempo cuán gran amigo puede ser el verdadero amor; cuán severas son sus reprensiones y cuán dulce su ayuda. Es como una nuez con cáscara dura y almendra dulce. Amargo para nuestra naturaleza del viejo Adán, es sobremanera dulce para el nuevo hombre en nosotros.
EJEMPLO DE CONSUELO Y ÁNIMO.
40 Esta lección de la epístola, por el ejemplo dado, inculca la poderosa doctrina de la fe y del amor; y aún más, ofrece consuelo y ánimo. No solo enseña; incita e impulsa. A la muerte, el terror del mundo, la llama sueño; Lucas dice, v. 60. «durmió». Es decir, la muerte de Esteban fue tranquila y sin dolor; partió como quien se va a dormir, sin saber cómo: cae dormido sin darse cuenta.
41 La enseñanza de que la muerte del cristiano es un sueño, un tránsito apacible, tiene firme fundamento en la declaración del Espíritu. El Espíritu no nos engañará. La gracia y el poder de Cristo hacen apacible la muerte. Su amargura es muy quitada por la muerte de Cristo cuando creemos en él. Él dice (Jn 8:51): «De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, nunca verá muerte». ¿Por qué no la verá? Porque el alma, abrazada en su Palabra viva y llena de esa vida, no puede percibir la muerte. La Palabra vive y no conoce muerte; así también el alma que cree en esa Palabra y vive en ella no gusta la muerte. Por eso las palabras de Cristo son llamadas palabras de vida. Son palabras de vida; el que se aferra a ellas, el que cree en ellas, debe vivir.
42 El consuelo y el ánimo aumentan aún más con la afirmación de Esteban: «Veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios». Aquí vemos cuán fiel y amorosamente vela Cristo por nosotros, y cuán dispuesto está a ayudarnos si tan solo creemos en él y queremos arriesgar con gozo la vida por su causa. La visión no fue dada solamente por causa de Esteban; no fue registrada para provecho suyo. Fue para nuestro consuelo, para quitar toda duda de nuestro privilegio de disfrutar los mismos benditos resultados, siempre que nos conduzcamos como Esteban lo hizo.
43 El hecho de que los cielos estén abiertos nos da el mayor consuelo y quita todo terror a la muerte. ¿Qué no habría de estar abierto y listo para nosotros, cuando los cielos, la obra suprema de la creación, nos esperan de par en par y se regocijan por nuestra llegada? Quizá desees verlos visiblemente abiertos para ti. Pero si todos vieran, ¿dónde quedaría la fe? Que la visión haya sido dada una vez a un hombre basta para el consuelo de todos los cristianos, para el consuelo y fortalecimiento de su fe y para quitar todos los terrores de la muerte. Porque así como creemos, así experimentaremos, aunque no veamos físicamente.
44 ¿No prestarían los ángeles, sí, todas las criaturas, ayuda voluntaria cuando el Señor mismo está listo para socorrer? Notablemente, Esteban no vio a un ángel, ni a Dios mismo, sino al hombre Cristo, aquel que más deleita a la humanidad y que da al hombre el más fuerte consuelo. El hombre, especialmente cuando está en angustia, recibe con más agrado la visión de otro hombre que la de ángeles u otras criaturas.
45 Nuestros maestros astutos, que quisieran medir las obras de Dios por su propia razón, o los mares con una cuchara, preguntan: “¿Cómo pudo Esteban mirar dentro de los cielos, cuando nuestra vista no puede distinguir un ave cuando remonta un poco de altura? ¿Cómo pudo ver a Cristo con suficiente claridad para reconocerlo con certeza? Un hombre sobre una alta torre nos parece un niño, y no podemos reconocer su persona”. Intentan resolver la cuestión declarando que la visión de Esteban debió de haber sido sobrenaturalmente avivada, permitiéndole ver con claridad en el espacio infinito. Pero supongamos que Esteban hubiera estado bajo un techo o dentro de una bóveda. ¡Fuera con tales necedades humanas! Pablo, cuando estaba cerca de Damasco, ciertamente oyó la voz de Cristo desde el cielo, y su oído no fue avivado para aquella ocasión. Los apóstoles en el monte Tabor, Juan el Bautista (Lc 3:22) y otra vez la gente (Jn 12:29), todos ellos oyeron la voz del Padre con su oído ordinario. ¿No es más difícil oír una voz desde una gran distancia arriba que ver un objeto en ese mismo lugar? El alcance de nuestra vista es inmensurablemente mayor que el alcance de nuestro oído.
46 Cuando Dios desea revelarse, el cielo y todo lo demás necesario están cerca. No importa si Esteban estaba debajo de un techo o al aire libre; el cielo estaba cerca de él. No era necesaria una vista extraordinaria. Dios está en todas partes; no hay necesidad de que descienda del cielo. Una visión, a corta distancia, de Dios realmente en el cielo es fácilmente posible sin avivar ni trastornar los sentidos.
47 No importa si comprendemos plenamente o no cómo se efectúa tal visión. No es el propósito que las maravillas de Dios sean puestas al alcance de nuestra comprensión; se manifiestan para producir en nosotros fe y confianza. Explíquenme, ustedes que tanto presumen de sabiduría, cómo la manzana, o la pera, o la cereza, comparativamente grandes, pueden crecer a través del pequeño tallo; o expliquen aun cosas menos misteriosas. Pero dejen que Dios obre; crean en sus maravillas y no pretendan reducirlo a su comprensión.
48 ¿Quién puede contar las virtudes ilustradas en el ejemplo de Esteban? Allí aparecen todos los frutos del Espíritu. Encontramos amor, fe, paciencia, benevolencia, paz, mansedumbre, sabiduría, verdad, sencillez, fortaleza, consuelo, amor al prójimo. Vemos allí también odio y censura contra toda forma de mal. Notamos una disposición a no valorar la ventaja mundana ni temer los terrores de la muerte. Libertad, tranquilidad y todas las nobles virtudes y gracias están presentes. No hay virtud que no sea ilustrada en este ejemplo; no hay vicio que no reprenda. Bien puede decir el evangelista que Esteban estaba lleno de fe y de poder. Poder aquí implica actividad. Lucas querría decir: “Su fe era grande; de ahí sus muchas y poderosas obras”. Porque cuando la fe existe verdaderamente, sus frutos deben seguir. Cuanto mayor es la fe, tanto más abundantes son sus frutos.
49 La verdadera fe es un principio fuerte, activo y eficaz. Nada le es imposible. No descansa ni vacila. Esteban, a causa de la actividad superior de su fe, no hizo meramente obras ordinarias, sino que obró públicamente prodigios y señales, grandes prodigios y señales, como dice Lucas. Esto está escrito como una señal de que el individuo inactivo carece de fe, y no tiene derecho a jactarse de tenerla. No sin intención se coloca la palabra “fe” antes de la palabra “poder”. La intención era mostrar que las obras son evidencia de la fe, y que sin fe nada bueno puede hacerse. La fe debe ser lo primero en cada acto. Para esto Dios nos ayude. Amén.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.