Comentarios y sermones · Martín Lutero

Juan 12: comentario de Martín Lutero

Sermón para el primer domingo de Adviento; Mateo 21:1-9

1 En el prefacio dije que en las lecciones del evangelio hay dos cosas que notar y considerar: primero, las obras de Cristo que se nos presentan como don y bendición, a las cuales nuestra fe ha de aferrarse y en las cuales ha de ejercitarse; segundo, las mismas obras ofrecidas como ejemplo y modelo para que las imitemos y sigamos. Todas las lecciones del evangelio nos guían a la luz primero de la fe y luego de las buenas obras. Consideraremos, pues, este evangelio bajo tres aspectos: hablando primero de la fe; segundo, de las buenas obras; y tercero, de la historia de la lección y su sentido oculto.

I. SOBRE LA FE

2 Este evangelio estimula y exige la fe, o prefigura a Cristo que viene con gracia, y nadie puede recibirlo ni aceptarlo sino el que cree que él es el hombre, y tiene el sentir que este evangelio muestra en Cristo. Aquí solo se muestran la misericordia, la ternura y la bondad de Cristo, y quien así lo recibe y cree en él se salva. No está sentado sobre un corcel orgulloso, un animal de guerra, ni viene con gran pompa y poder, sino sentado sobre un asno, un animal de paz, apto solo para cargas y trabajo y ayuda del hombre. Con esto indica que no viene a asustar al hombre, ni a empujarlo o aplastarlo, sino a ayudarlo y a llevar su carga por él. Y aunque era costumbre del país montar en asnos y usar caballos para la guerra, como nos dicen a menudo las Escrituras, aquí el propósito es mostrar que la entrada de este rey será mansa y humilde.

Además, muestra también la pompa y la conducta de los discípulos hacia Cristo, que le traen el pollino, lo ponen sobre él y tienden sus mantos en el camino; y también la de la multitud, que igualmente tendió sus mantos en el camino y cortó ramas de los árboles. No manifestaron miedo ni terror, sino solo una bienaventurada confianza en él, como en alguien para quien se atrevían a hacer tales cosas y que lo recibiría con agrado y lo consentiría de buena gana.

3 Además, emprende su camino y llega al monte de los Olivos para indicar que viene por pura misericordia. Porque el aceite de oliva en las Escrituras significa la gracia de Dios, que suaviza y fortalece el alma como el aceite suaviza y fortalece el cuerpo.

4 En tercer lugar, no hay armadura alguna, ni grito de guerra, sino cantos y alabanza, regocijo y acción de gracias al Señor.

5 En cuarto lugar, Cristo, como escribe Lucas 19:41, llora sobre Jerusalén porque no conoce ni recibe tal gracia; sin embargo, se dolió tanto de su pérdida que no la trató con dureza.

6 En quinto lugar, su bondad y misericordia se muestran mejor cuando cita las palabras de los profetas, Is 62:11; Zac 9:9, e invita tiernamente a los hombres a creer en Cristo y aceptarlo; para el cumplimiento de estas profecías sucedieron los hechos de este evangelio y se escribió la historia, como el mismo Evangelista testifica. Por eso debemos mirar este versículo como la parte principal de este evangelio, pues en él se nos pinta a Cristo y se nos dice qué hemos de creer y esperar de él, qué hemos de buscar en él y cómo podemos ser beneficiados por él.

7 Primero dice: V.5. Decid a la hija de Sion. Esto se dice al ministerio, y se le da un sermón nuevo para predicar, a saber, nada más que lo que indican las palabras siguientes, un recto conocimiento de Cristo. Quien predique cualquier otra cosa es lobo y engañador. Este es uno de los versículos en que se promete el evangelio, del cual escribe Pablo en Ro 1:2; porque el evangelio es un sermón de Cristo, tal como aquí se nos pone delante, pidiendo fe en él.

8 He dicho con frecuencia que hay dos clases de fe. Primera, una fe en la cual ciertamente crees que Cristo es un hombre tal como aquí y en todos los evangelios se lo describe y proclama, pero no crees que sea tal hombre para ti, y dudas de si tienes alguna parte en él y piensas: Sí, él es tal para otros, para Pedro, Pablo y los santos bienaventurados; pero ¿quién sabe si lo es para mí y si puedo esperar lo mismo de él y confiar en ello, como lo hicieron estos santos?

9 Mira, esta fe no es nada; no recibe a Cristo ni disfruta de él, ni puede sentir amor y afecto alguno hacia él ni de parte de él. Es una fe acerca de Cristo y no en Cristo ni de Cristo, una fe que también tienen los demonios, así como los hombres malos. Porque ¿quién no cree que Cristo es un rey clemente para los santos? Esta fe vana y perversa es la que ahora enseñan las sinagogas perniciosas de Satanás. Las universidades (París y sus escuelas hermanas), junto con los monasterios y todos los papistas, dicen que esta fe basta para hacer cristianos. De este modo niegan virtualmente la fe cristiana, hacen paganos y turcos de los cristianos, como san Pedro había predicho en 2 P 2:1: «Habrá falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató.»

10 En segundo lugar menciona en particular, V.5. La hija de Sion. Con estas palabras se refiere a la otra fe, la verdadera. Porque si manda que se proclamen las palabras siguientes acerca de Cristo, tiene que haber alguien que las oiga, las reciba y las atesore con fe firme. No dice: Hablad de la hija de Sion, como si alguien hubiera de creer que ella tiene a Cristo; sino que a ella se le ha de decir que crea esto de sí misma, y que no dude en modo alguno de que se cumplirá como las palabras declaran. Solo eso puede llamarse fe cristiana: la que cree sin vacilar que Cristo es el Salvador no solo para Pedro y para los santos, sino también para ti. Tu salvación no depende de que creas que Cristo es el Salvador de los piadosos, sino de que él es un Salvador para ti y se ha hecho tuyo.

11 Tal fe producirá en ti amor a Cristo y gozo en él, y las buenas obras seguirán naturalmente. Si no siguen, ciertamente la fe no está presente; porque donde está la fe, allí está el Espíritu Santo, y este debe producir amor y buenas obras.

12 Esta fe es condenada por los cristianos apóstatas y rebeldes, el papa, los obispos, los sacerdotes, los monjes y las universidades. Dicen que es arrogancia querer ser como los santos. Con ello cumplen la profecía de Pedro en 2 P 2:2, donde dice de estos falsos maestros: «Por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado.» Por eso, cuando oyen alabar la fe, piensan que se prohíben el amor y las buenas obras. En su gran ceguera no saben qué son la fe, el amor y las buenas obras. Si quieres ser cristiano, debes permitir que se te digan estas palabras, aferrarte a ellas y creer sin duda alguna que experimentarás lo que dicen. No debes considerar arrogancia el ser en esto semejante a los santos, sino más bien una humildad necesaria, y desesperar no de la gracia de Dios sino de tu propia dignidad. Bajo pena de perder la salvación, Dios pide osadía hacia su gracia ofrecida. Si no deseas llegar a ser santo como los santos, ¿dónde vas a estar? Eso sería arrogancia: desear ser salvo por tus propios méritos y obras, como enseñan los papistas. Llaman arrogancia a lo que es fe, y fe a lo que es arrogancia; ¡pobre, miserable y engañada gente!

13 Si crees en Cristo y en su venida, es la más alta alabanza y acción de gracias a Dios ser santo. Si reconoces, amas y engrandeces su gracia y su obra en ti, y dejas de lado y condenas el yo y las obras del yo, entonces eres cristiano. Decimos: «Creo en la santa iglesia cristiana, la comunión de los santos.» Si deseas ser parte de la santa iglesia cristiana y comunión de los santos, debes ser también santo como ella, no por ti mismo sino solo por Cristo, en quien todos son santos.

14 En tercer lugar dice: V.5. He aquí. Con esta palabra nos despierta de inmediato del sueño y de la incredulidad, como si tuviera algo grande, extraño o notable que ofrecer, algo que hemos deseado desde hace tiempo y que ahora recibiríamos con gozo. Tal despertar es necesario porque todo lo que atañe a la fe es contrario a la razón y a la naturaleza; por ejemplo, ¿cómo pueden la naturaleza y la razón comprender que sea rey de Jerusalén uno que entra con tanta pobreza y humildad que cabalga sobre un asno prestado? ¿Cómo le conviene tal venida a un gran rey? Pero la fe es de tal naturaleza que no juzga ni razona por lo que ve o siente, sino por lo que oye. Depende de la Palabra sola, y no de la visión ni de la vista. Por eso Cristo fue recibido como rey solo por los seguidores de la palabra del profeta, por los creyentes en Cristo, por los que juzgaron y recibieron su reino no por la vista sino por el espíritu: estas son las verdaderas hijas de Sion. Porque no es posible que no se escandalicen de Cristo los que andan por vista y sentimiento y no se adhieren firmemente a la Palabra.

15 Recibamos primero y retengamos firmemente esta imagen en la que se nos pone delante la naturaleza de la fe. Porque así como la apariencia y el objeto de la fe, tal como aquí se presentan, son contrarios a la naturaleza y a la razón, así también se hallará esa misma apariencia ineficaz e irrazonable en todos los artículos y casos de fe. No sería fe si apareciera y obrara como la fe obra y como las palabras indican. Es fe precisamente porque no aparece ni se comporta como fe ni como las palabras declaran.

Si Cristo hubiera entrado con esplendor como un rey de la tierra, la apariencia y las palabras habrían sido conforme a la naturaleza y a la razón y habrían parecido a la vista conformes a las palabras, pero entonces no habría habido lugar para la fe. El que cree en Cristo debe hallar riquezas en la pobreza, honra en la deshonra, gozo en el dolor, vida en la muerte, y aferrarse a ellas en esa fe que se adhiere a la Palabra y espera tales cosas.

16 En cuarto lugar: V.5. Tu rey. Aquí distingue a este rey de todos los demás reyes. Es tu rey, dice, el que te fue prometido, de quien eres propiedad, el único que te dirigirá, aunque en el espíritu y no en el cuerpo. Es aquel por quien has suspirado desde el principio, a quien los padres desearon ver, que te librará de todo lo que hasta ahora te ha cargado, afligido y mantenido cautivo.

¡Oh, esta es una palabra consoladora para un corazón creyente!, porque sin Cristo el hombre está sujeto a muchos tiranos rabiosos que no son reyes sino asesinos, a cuyas manos sufre gran miseria y temor. Estos son el diablo, la carne, el mundo, el pecado, y también la ley y la muerte eterna, por todos los cuales la conciencia atribulada es cargada, está bajo servidumbre y vive en angustia. Porque donde hay pecado no hay conciencia limpia; donde no hay conciencia limpia, hay una vida de incertidumbre y un temor inextinguible de la muerte y del infierno, en presencia de los cuales no puede existir verdadero gozo en el corazón, como dice Lv 26:36: «El sonido de una hoja que se mueve los perseguirá.»

17 Donde el corazón recibe al rey con fe firme, está seguro y no teme al pecado, a la muerte, al infierno ni a ningún otro mal; porque sabe bien y no duda en modo alguno que este rey es el Señor de la vida y de la muerte, del pecado y de la gracia, del infierno y del cielo, y que todas las cosas están en su mano. Por esta razón se hizo nuestro rey y descendió hasta nosotros, para librarnos de estos tiranos y reinar él solo sobre nosotros. Por tanto, quien está bajo este rey no puede ser dañado ni por el pecado, ni por la muerte, ni por el infierno, ni por Satanás, ni por hombre alguno ni por ninguna otra criatura. Como su rey vive sin pecado y es bienaventurado, así debe ser guardado él para siempre sin pecado y sin muerte, en bienaventuranza viva.

18 Mira cuántas cosas tan grandes se contienen en estas palabras aparentemente insignificantes: V.5. He aquí, tu rey. ¡Qué dones sin límite trae este rey pobre y despreciado! Todo esto la razón no lo entiende, ni la naturaleza lo comprende, sino solo la fe. Por eso se le llama tu rey; tuyo, que estás vejado y acosado por el pecado, Satanás, la muerte y el infierno, la carne y el mundo, para que seas gobernado y dirigido en la gracia, en el espíritu, en la vida, en el cielo, en Dios.

Con esta palabra, pues, exige fe para que estés seguro de que es tal rey para ti, tiene tal reino, y ha venido y es proclamado con este fin. Si no crees esto de él, nunca adquirirás tal fe por obra alguna tuya. Lo que piensas de él, eso tendrás; lo que esperas de él, eso hallarás; y como creas, así te será hecho. Él seguirá siendo lo que es, el Rey de la vida, de la gracia y de la salvación, se crea en él o no.

19 En quinto lugar: él V.5. «viene». Sin duda tú no vas a él ni lo traes a ti; él es demasiado alto y está demasiado lejos de ti. Con todo tu esfuerzo, obra y trabajo no puedes llegar a él, no sea que te jactes como si lo hubieras recibido por tu propio mérito y dignidad. No, querido amigo, todo mérito y dignidad está fuera de cuestión, y de tu parte no hay sino demérito e indignidad, y de la suya nada sino gracia y misericordia. Aquí se encuentran el pobre y el rico, como dice Pr 22:2.

20 Con esto quedan condenadas todas esas infames doctrinas del libre albedrío, que vienen del papa, de las universidades y de los monasterios. Porque toda su enseñanza consiste en que nosotros hemos de empezar y poner la primera piedra. Deberíamos, por el poder del libre albedrío, buscar primero a Dios, ir a él, correr tras él y adquirir su gracia. ¡Guárdate, guárdate de este veneno! No es sino doctrina de demonios, con la cual todo el mundo es engañado. Antes de que puedas clamar a Dios y buscarlo, Dios debe haber venido a ti y haberte hallado, como dice Pablo, Ro 10:14-15: «¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?» Dios debe poner la primera piedra y empezar contigo, si tú has de buscarlo y orar a él. Él está presente cuando empiezas a buscar. Si no lo estuviera, no podrías lograr nada sino puro pecado, y cuanto mayor el pecado, tanto mayor y más santa la obra que intentarás, y llegarás a ser un hipócrita endurecido.

21 Preguntas: ¿cómo empezaremos a ser piadosos y qué haremos para que Dios comience su obra en nosotros? Respuesta: ¿No entiendes que no te toca a ti obrar ni comenzar a ser piadoso, como tampoco promoverlo y completarlo? Todo lo que empiezas está en pecado y sigue siendo pecado, por más brillante que resplandezca; no puedes hacer otra cosa que pecar, hagas lo que hagas. Por eso, la enseñanza de todas las escuelas y monasterios es engañosa cuando enseña al hombre a empezar a orar y a hacer buenas obras, a fundar algo, a dar, a cantar, a hacerse espiritual y así buscar la gracia de Dios.

22 Dirás, sin embargo: ¿Entonces debo pecar por necesidad, si por mi libre albedrío obro y vivo sin Dios? ¿Y no podría evitar el pecado, hiciera lo que hiciera? Respuesta: En verdad es así: que debes permanecer en pecado, hagas lo que hagas, y que todo lo que haces solo por tu libre albedrío es pecado. Porque si por tu libre albedrío pudieras evitar el pecado y hacer lo que agrada a Dios, ¿qué necesidad tendrías de Cristo? Sería un necio al derramar su sangre por tu pecado, si tú mismo fueras tan libre y capaz de hacer algo que no sea pecado. De aquí aprendes cómo las universidades y los monasterios, con sus enseñanzas del libre albedrío y de las buenas obras, no hacen otra cosa que oscurecer la verdad de Dios, de modo que no sabemos qué es Cristo, qué somos nosotros ni cuál es nuestra condición. Arrastran consigo a todo el mundo al abismo del infierno, y en verdad es tiempo de que erradiquemos de la tierra todos los capítulos y monasterios.

23 Aprende, pues, de este evangelio lo que sucede cuando Dios empieza a hacernos piadosos, y cuál es el primer paso para llegar a serlo. No hay otro comienzo sino que tu rey venga a ti y empiece a obrar en ti. Sucede de este modo: El evangelio debe ser lo primero; este debe ser predicado y oído. En él oyes y aprendes cómo todas tus obras no valen nada ante Dios y que todo lo que obras y haces es pecaminoso. Tu rey debe estar primero en ti y gobernarte. Mira, aquí está el comienzo de tu salvación; renuncias a tus obras y desesperas de ti mismo, porque oyes y ves que todo lo que haces es pecado y no vale nada, como te dice el evangelio, y recibes a tu rey por la fe, te aferras a él, imploras su gracia y hallas consuelo solo en su misericordia.

Pero cuando oyes y aceptas esto, no es tu poder, sino la gracia de Dios, la que hace fructífero el evangelio en ti, de modo que creas que tú y tus obras no son nada. Porque ves cuán pocos son los que lo aceptan, de modo que Cristo llora sobre Jerusalén y, como ahora hacen los papistas, no solo lo rehúsan, sino que condenan tal doctrina, pues no quieren que todas sus obras sean pecado, desean poner la primera piedra y se enfurecen y braman contra el evangelio.

24 Además, no es por virtud de tu poder ni de tu mérito que se predica el evangelio y viene tu rey. Dios debe enviarlo por pura gracia. Por eso, no existe mayor ira de Dios que allí donde no envía el evangelio; allí solo hay pecado, error y tinieblas, allí puede el hombre hacer lo que quiera. Y a su vez, no hay mayor gracia que allí donde envía su evangelio, pues tiene que haber gracia y misericordia en su séquito, aunque no todos, quizá solo unos pocos, lo reciban. Así, el gobierno del papa es la más terrible ira de Dios, de modo que Pedro los llama hijos de execración, pues no enseñan evangelio alguno, sino pura doctrina humana de sus propias obras, como, ¡ay!, vemos en todos los capítulos, monasterios y escuelas.

25 Esto es lo que significa «Tu rey viene». Tú no lo buscas, sino que él te busca a ti. Tú no lo encuentras, él te encuentra. Porque los predicadores vienen de él, no de ti; sus sermones vienen de él, no de ti; tu fe viene de él, no de ti; todo lo que la fe obra en ti viene de él, no de ti; y donde él no viene, tú te quedas fuera; y donde no hay evangelio no hay Dios, sino solo pecado y condenación, y el libre albedrío puede hacer, sufrir, obrar y vivir como quiera y pueda. Por tanto, no debes preguntar dónde empezar a ser piadoso; no hay comienzo, excepto donde el rey entra y es proclamado.

26 En sexto lugar, viene V.5. «a ti». Ti, ti, ¿qué significa esto? ¿No basta con que sea tu rey? Si es tuyo, ¿cómo puede decir que viene a ti? Todo esto lo dice el profeta para presentar a Cristo de manera entrañable e invitar a la fe. No basta con que Cristo nos salve del dominio y la tiranía del pecado, de la muerte y del infierno, y se haga nuestro rey, sino que se ofrece a sí mismo a nosotros como posesión, para que todo lo que él es y tiene sea nuestro, como escribe san Pablo, Ro 8:32: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?»

27 Por eso la hija de Sion tiene dos dones de Cristo. El primero es la fe y el Espíritu Santo en el corazón, por los cuales llega a ser pura y libre de pecado. El otro es Cristo mismo, para que se gloríe en las bendiciones dadas por Cristo, como si todo lo que Cristo es y tiene fuera suyo, y para que descanse en Cristo como en su propia herencia. De esto habla san Pablo, Ro 8:34: «Cristo... intercede por nosotros.» Si intercede por nosotros, nos recibirá y nosotros lo recibiremos como nuestro Señor. Y 1 Co 1:30: «Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.» De los dos dones habla Isaías en 40:1-2: «Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado ha sido perdonado; ya ha recibido de la mano de Jehová doble por todos sus pecados.»

Mira, esto significa que viene a ti, para tu bien, como tuyo; en cuanto es tu rey, recibes gracia de él en tu corazón, de modo que te libra del pecado y de la muerte, y así llega a ser tu rey y tú su súbdito. Al venir a ti se hace tuyo, de modo que participas de sus tesoros, como una novia, por las joyas que el novio le pone, llega a ser copartícipe de sus posesiones. ¡Oh, esta es una forma de hablar alegre y consoladora! ¿Quién desesperaría y temería la muerte y el infierno, si cree en estas palabras y gana a Cristo como suyo?

28 En séptimo lugar: V.5. Manso. Esta palabra ha de notarse especialmente, y consuela a la conciencia cargada de pecado. El pecado hace naturalmente una conciencia timorata, que teme a Dios y huye, como hizo Adán en el paraíso, y no soporta la venida de Dios, el saber y sentir que Dios es enemigo del pecado y lo castiga severamente. Por eso huye y se asusta cuando solo se menciona a Dios, y teme que él se le eche encima con uñas y dientes. Para que tal ilusión y timidez no nos persigan, nos da la consoladora promesa de que este rey viene con mansedumbre.

Como si dijera: No huyas ni desesperes, porque no viene ahora como vino a Adán, a Caín, en el diluvio, en Babel, a Sodoma y Gomorra, ni como vino al pueblo de Israel en el monte Sinaí; no viene con ira, no quiere ajustar cuentas contigo ni exigir su deuda. Toda ira está puesta a un lado, solo quedan ternura y bondad. Ahora tratará contigo de tal modo que tu corazón tenga placer, amor y confianza en él, de modo que en adelante permanezcas mucho más con él y halles en él refugio, de lo que antes lo temías y huías de él. Mira, para ti no es sino mansedumbre, es otro hombre, obra como si lamentara haberte asustado alguna vez y haberte hecho huir de su castigo y de su ira. Desea tranquilizarte y consolarte y traerte a sí con amor y bondad.

Esto es hablar consoladoramente a una conciencia cargada de pecado, esto es predicar rectamente a Cristo y proclamar su evangelio. ¿Cómo es posible que tal forma de hablar no alegre un corazón y ahuyente todo temor del pecado, de la muerte y del infierno, y establezca una conciencia libre, segura y buena que en adelante haga de buena gana todo lo que se manda y más?

29 El Evangelista, sin embargo, alteró ligeramente las palabras del profeta. El profeta dice en Zac 9:9: «Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.» El Evangelista expresa brevemente la invitación al gozo y al regocijo con estas palabras: «Decid a la hija de Sion.» Más adelante omite las palabras: «justo y salvador.» Además, el profeta dice «humilde»; el Evangelista, «manso». El profeta dice: «sobre un pollino hijo de asna»; menciona la última palabra en plural; el Evangelista dice: «sobre un pollino, hijo de animal de yugo, que se usa para el trabajo diario y para llevar cargas.» ¿Cómo armonizaremos estos relatos?

30 Primero, debemos tener presente que los evangelistas no citan a los profetas palabra por palabra; les basta con que tengan el mismo sentido y con mostrar el cumplimiento, dirigiéndonos a las Escrituras para que nosotros mismos leamos lo que omiten, y veamos por nosotros mismos que no se escribió nada que no se haya cumplido ricamente. Es natural también que quien tiene la sustancia y el cumplimiento no se preocupe tanto por las palabras. Así hallamos a menudo que los evangelistas citan a los profetas algo cambiados, pero sin detrimento del entendimiento y la intención del original.

31 Al invitar a la hija de Sion y a la hija de Jerusalén al gozo y a la alegría, el profeta nos da abundantemente a entender que la venida de este rey es sumamente consoladora para toda conciencia cargada de pecado, pues él quita todo temor y temblor, de modo que los hombres no huyan de él ni lo miren como a un juez severo que los apremiará con la ley, como hizo Moisés, de modo que no pudieran tener una confianza gozosa en Dios, pues el conocimiento y la percepción del pecado vienen naturalmente de la ley. Pero él quiere despertarlos con esta primera palabra a esperar de él toda gracia y bondad. ¿Por qué otra razón los invitaría a alegrarse y les mandaría incluso dar voces y estar sumamente contentos? Dice este mandamiento de Dios a todos los que están en tristeza y temor de Dios. Muestra también que es la voluntad y el pleno propósito de Dios, y exige que tengan una confianza gozosa en él contra el temor y la alarma naturales. Y esta es la voz natural del evangelio, que el profeta comienza aquí a predicar, como Cristo habla igualmente en el evangelio y los apóstoles siempre exhortan a regocijarse en Cristo, como oiremos más adelante.

También está lleno de sentido que venga del monte de los Olivos. Notaremos que esta gracia, por su grandeza, podría llamarse un monte de gracia, una gracia que no es solo una gota o un puñado, sino gracia abundante y amontonada como un monte.

32 Menciona dos veces al pueblo, mientras el Evangelista dice solo una vez hija de Sion. Porque es un solo pueblo, hija de Sion e hija de Jerusalén, a saber, el pueblo de la misma ciudad, que cree en Cristo y lo recibe. Como dije antes, el Evangelista cita las Escrituras solo brevemente y nos invita a leerlas nosotros mismos y a averiguar allí más por nuestra cuenta. Que el Evangelista no invite al gozo como el profeta, sino que diga simplemente: Decidlo a la hija de Sion, lo hace para mostrar cómo debe llevarse adelante el gozo y el regocijo. Nadie debe esperar un gozo corporal sino espiritual, un gozo que solo puede recogerse de la Palabra por la fe del corazón. Desde el punto de vista mundano no había nada gozoso en la entrada de Cristo; su venida espiritual debe ser predicada y creída; es decir, su mansedumbre; esto hace al hombre gozoso y alegre.

33 Que el profeta dé a Cristo tres títulos, humilde, justo y salvador, mientras el Evangelista tiene solo uno, manso, se hace de nuevo por brevedad; sugiere más de lo que explica. Me parece que el Espíritu Santo guio a los apóstoles y evangelistas a abreviar pasajes de las Escrituras con el propósito de mantenernos cerca de las santas Escrituras, y de no dar mal ejemplo a los futuros exegetas, que hacen muchas palabras fuera de las Escrituras y con ello nos alejan secretamente de las Escrituras hacia doctrinas humanas. Como si dijera: Si expongo las Escrituras al pie de la letra, todos seguirán el ejemplo y sucederá que leeremos más en otros libros que en los santos escritos del libro principal, y no habría fin al escribir libros y seríamos llevados de un libro a otro, hasta que finalmente nos alejaríamos por completo de las santas Escrituras, como de hecho ha sucedido. Por eso, con tales citas incompletas nos dirige al libro original donde pueden hallarse completas, de modo que no haya necesidad de que cada uno haga un libro aparte y abandone el primero.

34 Notamos, pues, que la intención de todos los apóstoles y evangelistas en el Nuevo Testamento es dirigirnos e impulsarnos al Antiguo Testamento, al que llaman propiamente las Santas Escrituras. Porque el Nuevo Testamento debía ser solo la Palabra viva encarnada y no escritura. Por eso Cristo no escribió nada él mismo, sino que dio el mandato de predicar y extender el evangelio, que estaba oculto en las Escrituras, como oiremos el domingo de Epifanía.

35 En la lengua hebrea las dos palabras manso y humilde no suenan distintas, y significan no a un pobre que carece de dinero y bienes, sino a quien en su corazón es humilde y desdichado, en quien en verdad no se halla ira ni altivez, sino mansedumbre y compasión. Y si queremos obtener el pleno sentido de esta palabra, debemos tomarla como la usa Lucas, quien describe cómo Cristo, en su entrada, lloró y se lamentó sobre Jerusalén.

Interpretamos, pues, las palabras humilde y manso a la luz de la conducta de Cristo. ¿Cómo se muestra? Su corazón está lleno de dolor y compasión hacia Jerusalén. No hay ira ni venganza, sino que llora por ternura ante su inminente ruina. Nadie era tan malo que él le hiciera o le deseara daño. Su compasión lo hace tan bondadoso y lleno de piedad que no piensa en ira, en altivez, en amenazas ni en venganza, sino que ofrece una compasión y buena voluntad sin límites. Esto es lo que el profeta llama humilde y el Evangelista manso. Bienaventurado el que así conoce a Cristo en sí y cree en él. No puede tenerle miedo, sino que tiene una verdadera y consoladora confianza en él y entrada a él. Tampoco trata de hallarle faltas, porque, como cree, así lo halla; estas palabras no mienten ni engañan.

36 La palabra «justo» no significa aquí la justicia con que Dios juzga, que se llama la severa justicia de Dios. Porque si Cristo viniera a nosotros con esta, ¿quién podría estar delante de él? ¿Quién podría recibirlo, si ni siquiera los santos pueden soportarla? El gozo y la gracia de esta entrada se convertirían así en el mayor temor y terror. Pero se entiende aquella gracia por la cual nos hace justos o rectos. Quisiera que la palabra justus, justitia, no se usara para la severa justicia judicial; pues originalmente significa piadoso, piedad. Cuando decimos: es un hombre piadoso, las Escrituras lo expresan: es justus, justificado o justo. Pero la severa justicia de Dios se llama en las Escrituras: severidad, juicio, tribunal.

El sentido del profeta, por tanto, es este: Tu rey viene a ti piadoso o justo, es decir, viene para hacerte piadoso por medio de sí mismo y de su gracia; bien sabe que tú no eres piadoso. Tu piedad no debe consistir en tus hechos, sino en su gracia y don, de modo que seas justo y piadoso por medio de él. En este sentido habla san Pablo, Ro 3:26: «Para que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.» Es decir, solo Cristo es piadoso ante Dios y solo él nos hace piadosos. También Ro 1:17: «Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe»; es decir, se predica en el evangelio la piedad de Dios, a saber, su gracia y misericordia, por la cual nos hace piadosos ante él. Ves en este versículo del profeta que Cristo es predicado para nosotros para justicia, que viene piadoso y justo, y nosotros llegamos a ser piadosos y justos por la fe.

37 Nota bien este hecho: que cuando halles en las Escrituras la expresión justicia de Dios, no debe entenderse de la justicia inmanente y existente por sí misma de Dios, como sostuvieron los papistas y muchos de los padres, para que no te asustes; sino que, según el uso de la Santa Escritura, significa la gracia y misericordia de Dios reveladas por Jesucristo en nosotros, por medio de las cuales somos tenidos por piadosos y justos ante él. Por eso se llama justicia de Dios, efectuada no por nosotros, sino por Dios mediante la gracia, así como obra de Dios, sabiduría de Dios, fortaleza de Dios, palabra de Dios, boca de Dios, significan lo que él obra y habla en nosotros. Todo esto lo demuestra claramente san Pablo, Ro 1:16: «No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios (que obra en nosotros y nos fortalece) para salvación a todo aquel que cree. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela», como está escrito en Hab 2:4: «Mas el justo por su fe vivirá.» Aquí ves que habla de la justicia de la fe y la llama justicia de Dios, predicada en el evangelio, pues el evangelio no enseña otra cosa sino que el que cree tiene gracia y es justo ante Dios y es salvo.

De la misma manera debes entender Sal 31:1: «Líbrame en tu justicia», es decir, por tu gracia, que me hace piadoso y justo. La palabra Salvador o Redentor nos obliga a aceptar este como el sentido de la palabrita «justo». Porque si Cristo viniera con su severa justicia, no salvaría a nadie, sino que condenaría a todos, pues todos son pecadores e injustos. Pero ahora viene para hacer no solo justos y rectos, sino también bienaventurados, a todos los que lo reciben, para que él solo, como el justo y el Salvador, sea ofrecido graciosamente a todos los pecadores por bondad inmerecida y justicia.

38 Cuando el Evangelista llama a su montura un pollino de asna que lleva cargas y trabaja, describe el animal que los profetas quieren decir. Quiere decir: La profecía se cumple en este animal de carga. No era un animal especial adiestrado para este fin, como según la costumbre del país se adiestran los animales de montar, y cuando el profeta habla del pollino de asna su sentido es que era un potro, pero no un potro de caballo.

II. De las buenas obras.

39 Hemos dicho bastante de la fe. Pasamos ahora a considerar las buenas obras. Recibimos a Cristo no solo como don por la fe, sino también como ejemplo de amor hacia nuestro prójimo, a quien hemos de servir como Cristo nos sirve a nosotros. La fe te trae y te da a Cristo con todas sus posesiones. El amor te da a tu prójimo con todas tus posesiones. Estas dos cosas constituyen una vida cristiana verdadera y completa; luego siguen el sufrimiento y la persecución por tal fe y amor, y de ellos brota la esperanza en la paciencia.

40 Preguntarás quizá cuáles son las buenas obras que has de hacer a tu prójimo. Respuesta: No tienen nombre. Así como las buenas obras que Cristo te hace no tienen nombre, tampoco tus buenas obras han de tener nombre.

41 ¿Por qué las reconoces? Respuesta: No tienen nombre, para que no se haga distinción ni se dividan, de modo que hicieras unas y dejaras otras sin hacer. Debes entregarte a él por completo, con todo lo que tienes, igual que Cristo no simplemente oró o ayunó por ti. La oración y el ayuno no son las obras que hizo por ti, sino que se entregó enteramente a ti, con oración, ayuno, todas las obras y sufrimiento, de modo que no hay nada en él que no sea tuyo y no se haya hecho por ti. Así, no es tu buena obra que des limosna o que ores, sino que te ofrezcas a tu prójimo y lo sirvas, dondequiera que te necesite y de todas las maneras que puedas, sea con limosna, oración, trabajo, ayuno, consejo, consuelo, instrucción, amonestación, reprensión, defensa, vestido, alimento, y por último con sufrir y morir por él. Dime, ¿dónde se hallan ahora tales obras en la cristiandad?

42 Quisiera a Dios tener una voz como un rayo, para predicar a todo el mundo y arrancar la expresión «buenas obras» de los corazones, bocas, oídos y libros de la gente, o al menos su recto entendimiento. Todo el mundo canta, habla, escribe y piensa en buenas obras, todos quieren ejercitarse en buenas obras, y sin embargo no se hacen buenas obras en ninguna parte, nadie tiene el recto entendimiento de las buenas obras. ¡Oh, que todos esos púlpitos de todo el mundo fueran echados al fuego y quemados hasta las cenizas! ¡Cómo extravían a la gente con sus buenas obras! Llaman buenas obras a lo que Dios no ha mandado: peregrinaciones, ayunos, edificar y adornar sus iglesias en honor de los santos, decir misas, pagar vigilias, rezar con rosarios, mucha cháchara y griterío en las iglesias, hacerse monja, monje, sacerdote, usar comida, vestido o morada especiales; ¿quién puede enumerar todas las horribles abominaciones y engaños? Este es el gobierno y la santidad del papa.

43 Si tienes oídos para oír y mente para observar, escucha y aprende, te lo ruego, por amor de Dios, qué son y qué significan las buenas obras. Una obra es buena porque es útil y beneficia y ayuda a aquel para quien se hace; ¿por qué otra razón habría de llamarse buena? Porque hay diferencia entre obras buenas y obras grandes, largas, numerosas, hermosas. Cuando lanzas una piedra grande a gran distancia, es una gran obra, pero ¿a quién beneficia? Si sabes saltar, correr, esgrimir bien, es una bella obra, pero ¿a quién beneficia? ¿A quién ayuda que lleves un abrigo costoso o construyas una hermosa casa?

44 Y para venir a la obra de nuestros papistas, ¿de qué sirve que pongan plata u oro en las paredes, madera y piedra en las iglesias? ¿Quién se haría mejor si cada aldea tuviera diez campanas tan grandes como las de Erfurt? ¿A quién ayudaría que todas las casas fueran conventos y monasterios tan espléndidos como el templo de Salomón? ¿Quién se beneficia si ayunas por santa Catalina, san Martín o cualquier otro santo? ¿A quién beneficia que te rapes la mitad o toda la cabeza, que lleves un capuchón gris o negro? ¿De qué serviría que todo el mundo oyera misa a cada hora? ¿Qué provecho hay en que en una iglesia, como en Meissen, canten día y noche sin interrupción? ¿Quién es mejor por ello, si cada iglesia tuviera más plata, imágenes y joyas que las iglesias de Halle y Wittenberg? Es necedad y engaño; mentiras de hombres inventaron estas cosas y las llamaron buenas obras; todos pretenden que así sirven a Dios y oran por el pueblo y por sus pecados, como si ayudaran a Dios con sus bienes o como si sus santos necesitaran nuestra obra. Los palos y las piedras no son tan toscos y locos como nosotros. Un árbol da fruto, no para sí mismo, sino para el bien del hombre y de la bestia, y esos frutos son sus buenas obras.

45 Oye, pues, cómo explica Cristo las buenas obras, Mt 7:12: «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.» ¿Oyes ahora cuál es el contenido de toda la ley y de todos los profetas? No has de hacer el bien a Dios ni a sus santos muertos, ellos no lo necesitan; menos aún a la madera y a la piedra, a las cuales de nada sirve, ni lo necesitan, sino a los hombres, a los hombres, a los hombres. ¿No oyes? A los hombres debes hacerles todo lo que quisieras que ellos te hicieran a ti.

46 No quisiera que me construyeras una iglesia ni una torre ni que me fundieras campanas. No quisiera que me hicieras un órgano de catorce registros y diez hileras de flautas. De esto no puedo comer ni beber, ni mantener mujer ni hijo, ni conservar casa ni tierra. Puedes festejar mis ojos con esto y cosquillear mis oídos, pero ¿qué daré a mis hijos? ¿Dónde están las cosas necesarias para la vida? ¡Oh locura, locura! Los obispos y señores, que deberían impedirlo, son los primeros en tal necedad, y un ciego guía al otro. Tales personas me recuerdan a las niñas que juegan con muñecas y a los muchachos que cabalgan en palos. En efecto, no son sino niños y jugadores con muñecas, y jinetes de caballitos de palo.

47 Ten presente que no necesitas hacer ninguna obra para Dios ni para los santos difuntos, sino que pides y recibes de él el bien por la fe. Cristo lo ha hecho y cumplido todo por ti, expió tus pecados, aseguró gracia, vida y salvación. Conténtate con esto, solo piensa cómo puede llegar a ser cada vez más tuyo y fortalecer tu fe. Por tanto, dirige todo el bien que puedas hacer y toda tu vida a que sea buena; pero es buena solo cuando es útil a otras personas y no a ti mismo. Tú no la necesitas, pues Cristo ha hecho y dado por ti todo lo que pudieras buscar y desear para ti mismo, aquí y en el más allá, sea perdón de pecados, mérito de salvación o como quiera llamarse. Si hallas en ti una obra por la cual beneficias a Dios o a sus santos o a ti mismo y no a tu prójimo, sabe que tal obra no es buena.

48 Un hombre ha de vivir, hablar, actuar, oír, sufrir y morir por el bien de su mujer y de su hijo, la mujer por el marido, los hijos por los padres, los criados por sus amos, los amos por sus criados, el gobierno por sus súbditos, los súbditos por el gobierno, cada uno por su prójimo, aun por sus enemigos, de modo que uno sea del otro mano, boca, ojo, pie, incluso corazón y mente. Esta es una obra verdaderamente cristiana y buena, que puede y debe hacerse en todo tiempo, en todo lugar, hacia todas las personas. Notas que las obras de los papistas en órganos, peregrinaciones, ayunos, etc., son ciertamente hermosas, grandes, numerosas, largas, anchas y pesadas, pero no hay entre ellas ninguna obra buena, útil y provechosa, y se les puede aplicar el proverbio: Ya es malo.

49 Pero guárdate de sus agudas sutilezas, cuando dicen: Si estas obras no son buenas para nuestro prójimo en su cuerpo, hacen un bien espiritual a su alma, pues sirven a Dios y lo propician y le aseguran su gracia. Aquí es hora de decir: Mientes tanto como te cabe en la boca. A Dios no se le ha de adorar con obras, sino por la fe; la fe debe hacer todo lo que haya de hacerse entre Dios y nosotros. Puede haber más fe en un muchacho de molino que en todos los papistas, y puede lograr más que todos los sacerdotes y monjes con sus órganos y sus malabarismos, aun si tuvieran más órganos que estos tienen ahora tubos. El que tiene fe puede orar por su prójimo; el que no tiene fe no puede orar por nada.

Es una mentira satánica llamar obras espiritualmente buenas y útiles a tal pompa exterior. Una molinera, si cree, hace más bien, logra más, y yo confiaría más en ella, cuando quita el saco al caballo, que en todos los sacerdotes y monjes, aunque se maten cantando día y noche y se atormenten hasta lo vivo. Grandes y groseros necios, ¿pretendéis ayudar a la gente con vuestra vida sin fe y repartir bienes espirituales, cuando no hay en la tierra gente más miserable, necesitada e impía que vosotros? Debéis ser llamados no espirituales, sino desespiritualizados.

50 Mira, tales buenas obras enseña Cristo aquí con su ejemplo. Dime, ¿qué hace él para servirse a sí mismo y hacerse bien a sí mismo? El profeta dirige todo a la hija de Sion y dice: V.5. Viene a ti, y que viene como Salvador, justo y manso, es todo para ti, para hacerte justo y bienaventurado. Nadie le había pedido ni rogado que viniera; pero vino, viene por su libre voluntad, por puro amor, para hacer bien y ser útil y ayudar.

Ahora bien, su obra es múltiple, abarca todo lo necesario para hacernos justos y bienaventurados. Pero justificación y salvación implican que nos libra del pecado, de la muerte, del infierno, y lo hace no solo por sus amigos, sino también por sus enemigos, sí, por nadie sino por sus enemigos, y sin embargo lo hace con tanta ternura que llora por los que se oponen a tal obra y no quieren recibirlo. Por eso no deja nada sin hacer para borrar su pecado, vencer la muerte y el infierno y hacerlos justos y bienaventurados. No retiene nada para sí, y se contenta con que ya tiene a Dios y es bienaventurado; así nos sirve solo a nosotros según la voluntad de su Padre, que quiere que lo haga.

51 Mira, pues, cómo cumple la ley: «Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos.» ¿No es verdad que todos desean de corazón que otro se interponga entre el hombre y su pecado, lo tome sobre sí y lo borre, de modo que ya no aguijonee su conciencia, y lo libre de la muerte y del infierno? ¿Qué desea cada uno más profundamente que ser libre de la muerte y del infierno? ¿Quién no querría ser libre del pecado y tener una conciencia buena y gozosa ante Dios? ¿No vemos cómo todos los hombres se han afanado por esto, con oraciones, ayunos, peregrinaciones, donaciones, monasterios y sacerdocio? ¿Quién los impulsa? Es el pecado, la muerte, el infierno, de los cuales querrían ser salvos. Y si hubiera un médico en el fin del mundo que pudiera ayudar en esto, todas las tierras quedarían desiertas y todos se apresurarían a ese médico y arriesgarían bienes, cuerpo y vida para hacer el viaje.

Y si el mismo Cristo, como nosotros, estuviera rodeado de muerte, pecado e infierno, desearía que alguien lo ayudara a salir de ello, le quitara su pecado y le diera una buena conciencia. Como querría que otros hicieran esto por él, procede y lo hace por otros, como dice la ley: toma sobre sí nuestros pecados, entra en la muerte y vence por nosotros el pecado, la muerte y el infierno, de modo que en adelante todos los que creen en él e invocan su nombre serán justificados y salvos, estarán por encima del pecado y de la muerte, tendrán una conciencia buena, gozosa, segura e intrépida para siempre, como dice en Jn 8:51: «El que guarda mi palabra, nunca verá muerte», y Jn 11:25-26: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.»

52 Mira, este es el gran gozo al cual invita el profeta cuando dice: «Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén.» Esta es la justicia y la salvación por las cuales viene el Salvador y Rey. Estas son las buenas obras hechas por nosotros con las cuales cumple la ley. Por eso la muerte del creyente en Cristo no es muerte sino un sueño, pues ni ve ni gusta la muerte, como se dice en Sal 4:8: «En paz me acostaré y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado.» Por eso la muerte se llama también sueño en las Escrituras.

53 Pero los papistas y sus discípulos, que quieren librarse de la muerte, del pecado y del infierno por sus propias obras y satisfacción, deben permanecer en ellos eternamente, porque emprenden hacer por sí mismos lo que solo Cristo hizo y pudo hacer, de quien deberían esperarlo por la fe. Por eso son gente necia y engañada que hace obras por Cristo y sus santos, las cuales deberían hacer por su prójimo. Además, lo que deberían esperar de Cristo por la fe pretenden hallarlo en sí mismos, y han llegado a gastar en piedra y madera, en campanas e incienso lo que deberían gastar en sus prójimos. Siguen adelante y hacen bien a Dios y a sus santos, ayunan por ellos y les dedican oraciones, y al mismo tiempo dejan a su prójimo como está, pensando solo: ¡Ayudémonos primero a nosotros mismos! Entonces viene el papa y les vende su carta de indulgencia y los lleva al cielo, no al cielo de Dios, sino al cielo del papa, que es el abismo del infierno. Mira, este es el fruto de la incredulidad y de la ignorancia de Cristo, esta es nuestra recompensa por haber dejado el evangelio en la oscuridad y haber puesto en su lugar la doctrina humana. Lo repito: quisiera que todos los púlpitos del mundo yacieran en cenizas, y los monasterios, conventos, iglesias, ermitas y capillas, y todo fuera ceniza y polvo, por este vergonzoso extravío de las almas.

54 Ahora sabes qué son las buenas obras. Piénsalo y actúa en consecuencia. En cuanto al pecado, la muerte y el infierno, cuida de no aumentarlos, porque aquí no puedes hacer nada, tus buenas obras de nada valdrán, necesitas que otro obre por ti. A Cristo mismo pertenecen propiamente tales obras; debes consentir en que el que viene es el rey de Sion, que solo él es el Salvador justo. En él y por medio de él borrarás el pecado y la muerte por la fe. Por tanto, si alguien te enseña a borrar tu propio pecado con obras, guárdate de él.

55 Cuando en oposición a esto citen versículos de la Biblia como Dn 4:27: «Tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades con misericordias para con los oprimidos», y 1 P 4:8: «El amor cubrirá multitud de pecados», y semejantes, no te dejes engañar: tales pasajes no significan que las obras puedan borrar o quitar el pecado, pues esto despojaría a Cristo de su palabra y de su venida, y anularía toda su obra; sino que estas obras son una obra segura de la fe, que en Cristo recibe la remisión de los pecados y la victoria sobre la muerte. Porque es imposible que quien cree en Cristo como Salvador justo no ame y no haga el bien. Si, en cambio, no hace el bien ni ama, es seguro que la fe no está presente. Por eso el hombre conoce por los frutos qué clase de árbol es, y por el amor y la obra se prueba si Cristo está en él y si cree en Cristo. Como dice san Pedro en 2 P 1:10: «Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás»; es decir, si practicas con valentía las buenas obras estarás seguro y no podrás dudar de que Dios te ha llamado y elegido.

56 Así, la fe borra el pecado de manera distinta que el amor. La fe lo borra por sí misma, mientras que el amor o las buenas obras prueban y demuestran que la fe lo ha hecho y está presente, como dice san Pablo, 1 Co 13:2: «Y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.» ¿Por qué? Sin duda porque la fe no está presente donde no hay amor; no están separados el uno de la otra. Cuida, pues, de no errar ni ser desviado de la fe a las obras.

57 Las buenas obras deben hacerse, pero no debemos confiar en ellas en lugar de en la obra de Cristo. No debemos tocar el pecado, la muerte y el infierno con nuestras obras, sino dirigirlos de nosotros al Salvador, al rey de Sion, que cabalga sobre un asno. Quien sabe tratar el pecado, la muerte y el infierno, borrará el pecado, vencerá la muerte y someterá el infierno. Si le permites realizar estas obras mientras tú sirves a tu prójimo, tendrás entonces un testimonio seguro de la fe en el Salvador que venció la muerte. Así el amor y las buenas obras borrarán tu pecado para que lo percibas; como la fe lo borra ante Dios donde no lo percibes. Pero de esto más adelante.

LA HISTORIA DE LA LECCIÓN Y LAS FALSAS NOCIONES QUE LOS JUDÍOS TENÍAN ACERCA DEL MESÍAS.

58 En la historia de este evangelio dirigiremos primero nuestra atención a la razón por la cual el Evangelista cita las palabras del profeta, en las cuales se describió hace mucho tiempo, con palabras claras, hermosas y maravillosas, la entrada y venida corporal y pública de nuestro Señor Jesucristo al pueblo de Sion o Jerusalén, como dice el texto. En ello el profeta quiso mostrar y explicar a su pueblo y a todo el mundo quién es el Mesías y cómo y de qué manera vendría y se manifestaría, y ofrece una señal sencilla y visible en esto que dice: «He aquí, tu rey vendrá a ti, manso, y cabalgando sobre un asno», etc., para que estuviéramos seguros de ello, y no disputáramos acerca del Mesías o Cristo prometido, ni esperáramos a otro.

Con ello se anticipa a la idea equivocada de los judíos, quienes pensaban que, como se decían y escribían cosas tan gloriosas de Cristo y de su reino, él se manifestaría con gran pompa y gloria mundanas, como un rey contra sus enemigos, especialmente contra el imperio romano, a cuyo poder estaban sujetos, y derribaría su poder y fuerza, y en su lugar pondría a los judíos como señores y príncipes. Así, no esperaban en el Cristo prometido nada sino un reino mundano y la liberación de un cautiverio corporal. Aún hoy se aferran a tales sueños y por eso no creen en Cristo, porque no han visto tal alivio corporal y poder mundano. A esta noción fueron llevados, y en ella confirmados, por sus falsos sacerdotes, predicadores y doctores, que pervirtieron las Escrituras acerca de Cristo y las interpretaron según su propio entendimiento mundano como referidas a cosas corporales y mundanas, porque querían ser grandes señores terrenales.

59 Pero los queridos profetas predijeron claramente y advirtieron fielmente que no pensáramos en tal reino terrenal ni en salvación corporal, sino que miráramos atrás y prestáramos atención a las promesas de un reino espiritual y de una redención de la perniciosa caída del género humano en el paraíso; de la cual se dice en Gn 2:17: «El día que de él comieres, ciertamente morirás.» También la primera profecía de Cristo va contra ello, Gn 3:15: «La simiente de la mujer herirá a la serpiente en la cabeza.» Lo cual significa que librará a todo el género humano del poder del diablo y del cautiverio del pecado y de la muerte eterna, y en su lugar traerá justificación ante Dios y vida eterna. Por eso este profeta lo llama «justo y salvador». Esta es verdaderamente otra salvación que la de la libertad, el poder y la gloria corporales, cuyo fin es la muerte, y bajo la cual todo debe permanecer eternamente.

Deberían haber considerado esto y haberse regocijado en ello, ya que los profetas lo habían anhelado y pedido de corazón, y este profeta exhorta a tan gran gozo y alegría. Pero ellos y sus descarados predicadores hicieron de esta miseria y desgracia un asunto temporal, como si fuera una broma lo del pecado y la muerte o el poder del diablo, y consideraron la mayor desgracia que hubieran perdido su libertad temporal y fueran hechos súbditos del emperador y obligados a pagarle tributos.

60 El Evangelista cita, pues, este dicho del profeta para castigar la ceguera y las falsas nociones de los que buscan bienes corporales y temporales en Cristo y su evangelio, y para convencerlos con el testimonio del profeta, que muestra claramente qué clase de rey era Cristo y qué debían buscar en él, al llamarlo justo y salvador y añadir sin embargo esta señal de su venida por la cual han de conocerlo: «Viene a ti manso y cabalgando sobre un pollino, hijo de asna.» Como si dijera: Un jinete pobre, miserable, casi mendigo, sobre un asno prestado que se tiene junto a su madre no para ostentación sino para el servicio. Con esto desea apartarlos de mirar y esperar una entrada gloriosa de un rey mundano. Y ofrece tales señales para que no duden del Cristo ni se escandalicen de su aspecto de mendigo. Toda pompa y esplendor han de dejarse fuera de vista, y el corazón y los ojos dirigirse al pobre jinete, que se hizo pobre y miserable y no se dio reputación de rey, para que no buscaran en él las cosas de este mundo sino las eternas, como indican las palabras «justo y salvador».

61 Este versículo elimina primero clara y eficazmente el sueño y engaño judío de un reinado mundano del Mesías y de su libertad temporal. Quita toda causa y apoyo de excusa si no reciben a Cristo, y corta toda esperanza y expectativa de otro, porque anuncia y amonesta clara y distintamente que vendría de este modo y que ha cumplido todo. Así, nosotros los cristianos tenemos contra los judíos un fundamento firme y un título y convicción ciertos, tomados de su propia Escritura, de que este Mesías que así vino a ellos es el Cristo predicho por los profetas y que ningún otro vendrá, y de que en la vana esperanza de la venida de otro pierden su salvación temporal y eterna.

III. La interpretación espiritual de este evangelio

62 Esto es lo que se ha dicho sobre la historia de este Evangelio. Tratemos ahora de su sentido oculto o espiritual. Debemos recordar aquí que el andar y el trato terrenal de Cristo significan su andar espiritual; su andar corporal significa, por tanto, el Evangelio y la fe. Así como con sus pies corporales caminó de un pueblo a otro, así vino al mundo por medio de la predicación. Por eso esta lección muestra claramente qué es el Evangelio y cómo ha de predicarse, qué hace y qué produce en el mundo, y su historia es una hermosa y agradable pintura e imagen de cómo se lleva adelante el reino de Cristo por el oficio de la predicación. Lo consideraremos punto por punto.

V.1. «Cuando se acercaron a Jerusalén, y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos».

63 Todos los apóstoles declaran que Cristo se haría hombre al fin del mundo, y que el Evangelio sería la última predicación, como está escrito en 1 Jn 2:18: «Hijitos, ya es el último tiempo; y así como vosotros habéis oído que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo», etc. Aquí menciona al Anticristo. Anticristo, en griego, significa el que enseña y obra contra el verdadero Cristo. Y también 1 Co 10:11: «Estas cosas… están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos». Así como los profetas vinieron a los hombres antes del primer advenimiento de Cristo, así los apóstoles son los últimos mensajeros de Dios, enviados antes del último advenimiento de Cristo, en el último día, para predicarlo fielmente. Cristo lo indica al no enviar a sus apóstoles a traer la asna hasta que se acercó a Jerusalén, donde iba ahora a entrar. Así el Evangelio es traído a este mundo por los apóstoles poco antes del último día, cuando Cristo entrará con su rebaño en la Jerusalén eterna.

64 Esto concuerda con la palabra «Betfagé», que significa, según dicen algunos, casa de la boca, pues san Pablo dice en Ro 1:2 que el Evangelio fue prometido antes por las Santas Escrituras, pero no fue predicado de viva voz y en público hasta que vino Cristo y envió a sus apóstoles. Por eso la iglesia es una casa de la boca, no una casa de la pluma, pues desde el advenimiento de Cristo se predica de viva voz ese Evangelio que antes estaba oculto en libros escritos.

Es propio del Evangelio y del Nuevo Testamento que se predique y se trate de viva voz, con voz viva. Cristo mismo no escribió nada, ni mandó escribir, sino predicar de viva voz. Así, los apóstoles no fueron enviados hasta que Cristo llegó a su casa de la boca, es decir, hasta que llegó el tiempo de predicar de viva voz y de llevar el Evangelio de la escritura muerta y del trabajo de la pluma a la voz viva y a la boca. Desde entonces la iglesia se llama con razón Betfagé, pues tiene y lleva la voz viva del Evangelio.

65 El envío muestra que el reino de Cristo está contenido en el oficio público y oral de la predicación, que no ha de quedarse quieto ni permanecer en un solo lugar, como antes estaba oculto en las Escrituras solo con la nación judía y anunciado por los profetas para el futuro, sino que ha de ir abiertamente, libre y sin trabas por todo el mundo.

66 El monte de los Olivos significa la gran misericordia y gracia de Dios, que envió a los apóstoles y nos trajo el Evangelio. El aceite de oliva significa en la Santa Escritura la gracia y la misericordia de Dios, con las cuales se consuelan y se sanan el alma y la conciencia, así como el aceite alivia, ablanda y sana las heridas y los males del cuerpo. Y por lo dicho antes aprendemos qué inefable gracia es que conozcamos y tengamos a Cristo, el Salvador justo y rey. Por eso no envía a la llanura, ni a un monte desierto y pedregoso, sino al monte de los Olivos, para mostrar a todo el mundo la misericordia que lo movió a tal gracia. No hay solamente una gota o un puñado de ella, como antes, sino que, por su gran abundancia, podría llamarse un monte. El profeta también llama a tal gracia, en Sal 36:6, monte de Dios, y dice: «Tu justicia es como los montes de Dios», esto es, grande y abundante, rica y desbordante. Esto puede entenderlo quien considera lo que significa que Cristo lleve nuestro pecado, y venza la muerte y el infierno, y haga por nosotros todo lo que es necesario para nuestra salvación. No espera que hagamos nada para ello, sino que la ejerzamos con nuestro prójimo, para saber por eso si tenemos o no tal fe en Cristo. Así pues, el monte de los Olivos significa que el Evangelio no fue predicado ni enviado hasta que llegó el tiempo de la gracia; desde entonces la gran gracia sale al mundo por medio de los apóstoles.

V.1, 2. «Entonces Jesús envió dos discípulos, diciéndoles: Id a la aldea que está enfrente de vosotros».

67 Estos dos discípulos representan a todos los apóstoles y predicadores enviados al mundo. La predicación evangélica ha de constar de dos testigos, como dice san Pablo en Ro 3:21: «Se ha manifestado la justicia de Dios… testificada por la ley y por los profetas». Así vemos cómo los apóstoles presentan la ley y los profetas, que profetizaron de Cristo, para que se cumpliera lo que Moisés dijo en Dt 17:6 y Cristo en Mt 18:16: «Por boca de dos o tres testigos conste toda palabra».

68 Cuando dice: «Id a la aldea que está enfrente de vosotros», sin mencionar el nombre, significa que los apóstoles no son enviados a una sola nación, como los judíos estaban separados de los gentiles y solos llevaban el nombre de «pueblo de Dios», y solo con ellos estaban la palabra de Dios y la promesa del Mesías futuro. Pero ahora, cuando viene Cristo, envía a sus predicadores a todo el mundo y les manda ir derecho adelante y predicar en todas partes a todos los paganos, y enseñar y reprender, sin distinción, a quienquiera que encuentren, por grande, sabio, docto y santo que sea.

Cuando llama aldea a la gran ciudad de Jerusalén y no da su nombre, lo hace porque el nombre de Jerusalén tiene un significado santo. El reino de los cielos y la salvación son la Jerusalén espiritual en la que Cristo entra. Pero los apóstoles fueron enviados al mundo, entre sus enemigos, que no tienen nombre.

69 El Señor consuela y fortalece aquí a los apóstoles y a todos los ministros cuando llama aldea a la gran ciudad y añade que está enfrente de ellos. Como si dijera, igual que en Mt 10:16: «He aquí, yo os envío como ovejas en medio de lobos», os envío al mundo, que está contra vosotros y parece algo grande, pues allí hay reyes, príncipes, sabios, ricos y todo lo que es grande en el mundo y vale algo; esto está contra vosotros. Y como dice en Mt 10:22: «Seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre». Pero no temáis nunca, seguid adelante; apenas es una aldea; no os dejéis conmover por las grandes apariencias, predicad con valor contra ella y no temáis a nadie. Pues no es posible que predique la verdad del evangelio quien teme a la multitud y no desprecia todo lo que el mundo estima en alto. Aquí está decretado que esta aldea está contra los apóstoles; por eso no deben sorprenderse si las órdenes grandes, elevadas, ricas, sabias y santas no aceptan su palabra. Tiene que ser así, la aldea tiene que estar contra ellos; y a su vez los apóstoles tienen que despreciarlas y presentarse ante ellas, pues el Señor no quiere un adulador como predicador. No dice: Rodead la aldea, o id por un lado de ella; dice: Entrad con valor y decidles lo que no les gusta oír.

70 ¡Qué pocos son ahora los que entran en la aldea que está contra ellos! Vamos de buena gana a los pueblos que están de nuestro lado. El Señor habría podido decir: Id a la aldea que tenéis delante. Eso habría sido un modo de hablar agradable y acostumbrado. Pero quiso indicar este misterio del ministerio, y por eso habla de manera desacostumbrada: Id a la aldea que está enfrente de vosotros. Es decir: Predicad a los que están dispuestos a perseguiros y mataros. Recibiréis así tal paga, y no procuraréis agradarles, pues tal es el camino de los hipócritas y no el de los evangelistas.

V.2. «Y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos».

71 Esto se ofrece también como consuelo a los ministros, para que no se preocupen de quién habrá de creerles o recibirlos. Porque está decretado, Is 55:11: «No volverá a mí vacía mi palabra». Y san Pablo dice en Col 1:6: «El evangelio… en todo el mundo está dando fruto». No puede ser de otra manera: donde se predica el Evangelio habrá algunos que lo acepten y crean. Este es el sentido del misterio de que los apóstoles hallarán al punto la asna y el pollino, con tal que vayan. Como si dijera: Id no más y predicad; no os importe quiénes sean los que os oigan. De eso me ocuparé yo. El mundo estará contra vosotros, pero no tengáis miedo: hallaréis a quienes os oirán y os seguirán. Vosotros no los conocéis todavía, pero yo los conozco; vosotros predicad, y dejadme lo demás a mí.

72 Mirad, de esta manera los consuela, para que no dejen de predicar contra el mundo; aunque este se resista y contradiga por duro que sea, no será en vano. Hay ahora quienes creen que debemos callar y no causar alboroto, porque es imposible convertir al mundo. Todo es en vano, dicen; el papa, los sacerdotes, los obispos y los monjes lo rechazan y no cambiarán su vida; ¿de qué sirve predicar y tronar contra ellos? Es lo mismo que si los apóstoles hubieran dicho a Cristo: Tú nos dices que vayamos a la aldea que está enfrente de nosotros; si está contra nosotros, ¿de qué sirve que entremos allí? Quedémonos mejor fuera.

Pero el Señor lo refuta y dice: Id allá y predicad; ¿qué importa que esté contra vosotros? Hallaréis allí lo que digo. Nosotros debemos hacer ahora lo mismo. Aunque las masas se enfurezcan contra el Evangelio y no haya esperanza de que mejoren, hemos de predicar; aún se hallarán quienes escuchen y se conviertan.

73 ¿Por qué les hace traer dos asnos, uno no joven y otro joven, o ambos jóvenes o viejos, si le bastaba uno para montar? Respuesta: Así como los dos discípulos representan a los predicadores, así el pollino y su madre representan a sus discípulos y oyentes. Los predicadores han de ser discípulos de Cristo y enviados por él, es decir, no deben predicar más que la doctrina de Cristo. Ni deben ir a predicar si no son llamados, como fue el caso de los apóstoles. Pero los oyentes son viejos y jóvenes.

74 Debemos recordar aquí que en la Santa Escritura el hombre se divide en dos partes: un hombre interior y un hombre exterior. El hombre exterior se llama así por su vida y trato externos, visibles y corporales; el interior, por su corazón y su conciencia. Al hombre exterior se le puede forzar a hacer el bien y a dejar el mal por medio de la ley, el dolor, el castigo y la vergüenza, o atraerlo con favor, dinero, honra y recompensa. Pero al hombre interior no se le puede forzar a hacer de su propia voluntad lo que debe, a menos que la gracia de Dios cambie el corazón y lo haga dispuesto.

Por eso la Escritura dice que todos los hombres son mentirosos, que ningún hombre hace el bien por su propia voluntad, sino que cada cual busca lo suyo y no hace nada por amor a la virtud. Porque si no hubiera cielo ni infierno, ni deshonra ni honra, nadie haría el bien. Si fuera tan gran honra y premio cometer adulterio como honrar el matrimonio, verías cometerse el adulterio con mucho mayor gusto del que ahora se tiene al considerar sagrado el matrimonio. De igual modo todos los demás pecados se harían con más celo del que ahora se ponen en practicar las virtudes. Por eso toda buena conducta sin gracia es puro brillo y apariencia; solo toca al hombre exterior, sin alcanzar la mente y la libre voluntad del hombre interior.

75 Estos son los dos asnos: La vieja es el hombre exterior; está atado como esta, con leyes y temor de la muerte, del infierno, de la vergüenza, o con atractivos del cielo, de la vida, de la honra. Avanza con la apariencia externa de buenas obras y es un bribón piadoso, pero lo hace de mala gana, con corazón pesado y conciencia pesada.

Por eso el apóstol la llama «subjugalem», el animal uncido, que trabaja bajo carga y se afana duramente. Es una vida miserable y lastimosa la que vive bajo la compulsión del temor del infierno, de la muerte y de la vergüenza. El infierno, la muerte y la vergüenza son su yugo y su carga, pesados sin medida; de ahí que tenga una conciencia cargada y sea en secreto enemigo de la ley y de Dios. Tales eran los judíos que esperaban a Cristo, y tales son todos los que confían en su propio poder para cumplir los mandamientos de Dios y merecer el cielo. Están atados por su conciencia a la ley: tienen que cumplirla, pero preferirían no hacerlo. Son cargadores de sacos, perezosas bestias de carga y bribones uncidos.

76 El pollino, el asno joven, de que escriben Marcos y Lucas, sobre el cual ningún hombre había montado, es el hombre interior, el corazón, la mente, la voluntad, que nunca puede someterse a la ley, aunque esté atado por la conciencia y sienta la ley. Pero no tiene deseo ni amor por ella hasta que Cristo viene y lo monta. Así como nadie había montado este pollino, así el corazón del hombre nunca ha estado sujeto al bien; antes bien, como dice Moisés en Gn 6:5 y 8:21, es malo continuamente desde su juventud.

77 Cristo les dice que los desaten, es decir, les dice que prediquen el Evangelio en su nombre, en el cual se proclaman la gracia y el perdón de los pecados, y cómo él cumplió la ley por nosotros. El corazón queda aquí libre de las ataduras de la conciencia y de las cosas. Así el hombre queda suelto, no de la ley, para que se vuelva gozoso, dispuesto y ansioso de hacer y de dejar de hacer todas las cosas. Así el hombre queda suelto, no de la Ley, para que no haga nada, sino de una conciencia sin gozo y pesada que tiene por causa de la ley, y con la cual era enemigo de la ley que lo amenaza con la muerte y el infierno. Ahora tiene una conciencia limpia bajo Cristo, es amigo de la ley, no teme ni la muerte ni el infierno, y hace libre y voluntariamente lo que antes hacía de mala gana. Mira, de este modo el Evangelio libra al corazón de todo mal, del pecado y de la muerte, del infierno y de la mala conciencia, por la fe en Cristo.

78 Cuando les manda traerlos a él, habla contra el papa y todas las sectas y engañadores, que apartan las almas de Cristo para llevarlas a sí mismos; pero los apóstoles las traen a Cristo; no predican ni enseñan sino a Cristo, y no su propia doctrina ni leyes humanas. Solo el Evangelio nos enseña a venir a Cristo y a conocer rectamente a Cristo. En esto los necios prelados reciben una fuerte reprensión por su sistema de traer las almas a sí mismos, como dice Pablo en Hch 20:29-30: «Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos». Pero el Evangelio convierte a los hombres a Cristo y a ningún otro. Por eso envía el Evangelio y ordena predicadores, para atraernos a todos a sí mismo, para que lo conozcamos, como dice en Jn 12:32: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo».

V.3. «Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor los necesita; y luego los enviará».

79 San Pablo compara en Gá 4:2 la ley con los tutores y curadores bajo los cuales el joven heredero es educado en el temor y la disciplina. La ley obliga con amenazas a que nos abstengamos externamente de las malas obras, por temor de la muerte y del infierno, aunque el corazón no se haga bueno por ello. Aquí están, como escribe Lucas, los dueños de la asna y del pollino, que hablan a los apóstoles: ¿Qué hacéis desatando el pollino? Donde el Evangelio comienza a librar la conciencia de sus propias obras, parece prohibir las buenas obras y el guardar la ley. Es la conversación común de todos los maestros de la ley, de los escribas y doctores, decir: Si todas nuestras obras no valen nada y si las obras hechas bajo la ley son malas, nunca [haremos] el bien. Vosotros prohibís las buenas obras y desecháis la ley de Dios; tú, hereje, desatas el pollino y quieres hacer libres a los malos. Entonces se ponen a prohibir que se desate el pollino y la conciencia y que se la traiga a Cristo, y dicen: Tenéis que hacer buenas obras, y mantienen a las gentes atadas en esclavitud a la ley.

80 Nuestro texto muestra cómo deben obrar los apóstoles con tales personas. Deben decir: «El Señor los necesita»; deben instruirlos en las obras de la ley y las obras de la gracia y decir: No prohibimos las buenas obras, sino que libramos la conciencia de las falsas buenas obras, no para hacerla libre para cometer malas acciones, sino para que venga bajo Cristo, su verdadero Maestro, y bajo él haga verdaderamente buenas obras; para esto los necesita y los quiere. De esto trata Pablo tan bien en Ro 6, donde enseña que por la gracia somos libres de la ley y de sus obras; no para hacer el mal, sino para hacer verdaderamente buenas obras.

81 Todo se reduce a que los escribas y maestros de la ley no saben qué son las buenas obras; por eso no quieren desatar el pollino, sino que lo arrean con obras humanas despiadadas. Sin embargo, donde se da una instrucción sana acerca de las buenas obras, la dejan pasar, si son al menos maestros sensatos y honrados de la ley, como aquí se los representa. Los tiranos furiosos, frenéticos con las leyes humanas, no se mencionan en este Evangelio. Trata solo de la ley de Dios y de los mejores maestros de la ley. Porque sin la gracia, aun la ley de Dios es una cadena y produce conciencias cargadas e hipócritas a quienes nadie puede ayudar, hasta que se enseñen otras obras, que no son nuestras sino de Cristo, y que son obradas en nosotros por la gracia. Entonces termina toda la constricción y coacción de la ley, y el pollino queda suelto.

V.4, 5. «Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Decid a la hija de Sion».

82 Este versículo ya ha sido suficientemente explicado. El Evangelista lo introduce para que veamos cómo Cristo ha venido no por causa de nuestros méritos, sino por causa de la verdad de Dios. Pues fue profetizado mucho antes de que existiéramos nosotros, a quienes viene. Dios, por pura gracia, ha cumplido las promesas del Evangelio para demostrar la verdad de que cumple sus promesas, a fin de movernos a confiar con seguridad en su promesa, porque la cumplirá. Y este es uno de los pasajes en que se promete el Evangelio, de los cuales habla Pablo en Ro 1:2: «El cual él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo Jesucristo», etc. Hemos oído cómo en este versículo se predican de la manera más clara y consoladora el Evangelio, Cristo y la fe.

V.6, 7. «Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó; y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima (y ellos lo sentaron encima)».

83 Estos son los ministros que por el Evangelio han librado las conciencias de la ley y de sus obras y las han llevado a las obras de la gracia, que han hecho verdaderos santos de hipócritas, de modo que Cristo en adelante cabalga sobre ellos.

84 Aquí surge la pregunta de si Cristo montó sobre ambos animales. Mateo habla como si los discípulos lo pusieran sobre ambos, mientras que Marcos, Lucas y Juan mencionan solo el pollino. Algunos piensan que se sentó primero sobre el pollino y, por ser este demasiado retozón e indómito, se sentó luego sobre su madre. Esas son fábulas y sueños. Nosotros entendemos que montó solo sobre el pollino. Hizo traer ambos por el significado espiritual mencionado arriba. Cuando Mateo dice que se sentó sobre ellos, como si montara en ambos, está dicho al modo de las Escrituras y en la manera común de hablar por sinécdoque, en que se atribuye a la comunidad, a todo el pueblo, lo que solo se aplica a unos pocos de ellos; por ejemplo, Mateo escribe que los ladrones en la cruz lo injuriaban, cuando solo uno lo hizo, como nos dice Lucas. Cristo dice en Mt 23:37 que la ciudad de Jerusalén apedreó a los profetas, cuando solo unos pocos de la ciudad lo hicieron. Tú dices que los turcos mataron a los cristianos, aunque mataron solo a unos pocos. Así Cristo montó sobre los asnos, aunque montó solo sobre el pollino, porque los dos se comparan a una comunidad. Lo que sucedió a uno se expresa como si hubiera sucedido a todos.

85 Considera ahora el cabalgar espiritual. Cristo cabalga sobre el pollino, su madre lo sigue; es decir, cuando Cristo vive por la fe en el hombre interior, estamos bajo él y somos gobernados por él. Pero el hombre exterior, la asna, anda suelto; Cristo no cabalga sobre ella, aunque ella sigue en la retaguardia. El hombre exterior, como dice Pablo, no está dispuesto, se esfuerza contra el hombre interior, ni lleva a Cristo, como dice Gá 5:17: «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis». Porque el pollino lleva a Cristo, es decir, el espíritu está dispuesto por la gracia, la asna, es decir, la carne, tiene que ser llevada del ronzal, pues el Espíritu castiga y crucifica la carne, de modo que se sujete.

86 Esta es la razón por la que Cristo cabalga sobre el pollino y no sobre su madre, y sin embargo usa a ambos para su entrada en Jerusalén: porque tanto el cuerpo como el alma han de ser salvados. Si aquí en la tierra el cuerpo no quiere, no es capaz de la gracia ni de la guía de Cristo, tiene que llevar al espíritu, sobre el cual cabalga Cristo, quien lo adiestra y lo conduce por el poder de la gracia recibida por medio de Cristo. El pollino montado por Cristo, sobre el cual nadie había montado, es el espíritu dispuesto, a quien nadie antes pudo hacer dispuesto, manso o listo, salvo Cristo por su gracia. En cambio, la portadora de sacos, la que lleva cargas, el viejo Adán, es la carne, que anda sin jinete sin Cristo; por esta razón tiene que llevar la cruz y seguir siendo una bestia de carga.

87 ¿Qué significa que los apóstoles pusieran, sin que se les mandara, sus mantos sobre el pollino? Sin duda tampoco aquí todos los discípulos pusieron sus mantos, ni fueron puestos todos sus mantos; quizá solo el manto de un discípulo. Pero está escrito por el sentido espiritual, como si todos los mantos de todos los discípulos se hubieran usado. Era una pobre silla y un pobre adorno, pero rico en significado. Pienso que era el buen ejemplo de los apóstoles, con el cual la iglesia cristiana es cubierta y adornada, y Cristo es alabado y honrado, a saber, su predicación y confesión, su sufrimiento y muerte por amor a Cristo, como dice Cristo de Pedro, que glorificaría a Dios con una muerte semejante, Jn 21:19. Pablo dice en una de sus epístolas que nos vistamos de Cristo, con lo cual sin duda quiere mostrar que las buenas obras son las vestiduras de los cristianos, con las cuales Cristo es honrado y glorificado ante todos los hombres. En la epístola dice Pablo, Ro 13:12: «Vistámonos las armas de la luz». Con esto quiere mostrar que las buenas obras son vestiduras con las cuales andamos ante los hombres, honrosa y bien adornados. Los ejemplos de los apóstoles son los mejores y más nobles por encima de todos los santos; nos instruyen mejor y enseñan a Cristo con la mayor claridad; por eso no deben, como los demás, yacer en el camino, sino sobre el pollino, para que Cristo cabalgue sobre ellos y el pollino ande debajo de ellos. Debemos seguir esos ejemplos, alabar a Cristo con nuestra confesión y nuestra vida y adornar y honrar la doctrina del Evangelio, como dice Tit 2:10.

88 Oye cómo Pablo pone sus mantos sobre el pollino, 1 Co 11:1: «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo», y He 13:7: «Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe». Ningún ejemplo de santo alguno es tan puro en la fe como el de los apóstoles. Todos los demás santos después de los apóstoles tienen una añadidura de doctrina y obras humanas. Por eso Cristo se sienta sobre sus mantos, para mostrar que son ejemplos verdaderamente cristianos y más fieles que los otros.

89 Que lo sentaran encima ha de significar también algo. ¿No podía montar él por sí mismo? ¿Por qué actúa con tanta formalidad? Como dije arriba, los apóstoles no querían predicarse a sí mismos, ni cabalgar ellos sobre el pollino. Pablo dice, 2 Co 1:24: «No que nos enseñoreemos de vuestra fe». Y 2 Co 4:5: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús». Y también 1 P 5:3: «No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado». Nos predicaron la fe pura y ofrecieron sus ejemplos, para que Cristo reinara en nosotros y nuestra fe permaneciera sin mancha, para que no recibiéramos su palabra y su obra como si fueran de ellos, sino para que aprendiéramos a Cristo en sus palabras y obras. Pero ¿cómo es hoy? Uno sigue a san Francisco, otro a santo Domingo, el tercero a este y el cuarto a aquel santo; y en ninguno se busca solo a Cristo y la fe pura; pues estos pertenecen solo a los apóstoles.

V.8. «Y una multitud muy numerosa tendió sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino».

90 Los mantos son los ejemplos de los patriarcas y profetas, y las historias del Antiguo Testamento. Pues, como aprenderemos, la multitud que iba delante significa a los santos antes del nacimiento de Cristo, por quienes el sermón del Nuevo Testamento y el camino de la fe son bellamente adornados y honrados. Pablo hace lo mismo cuando cita a Abraham, Isaac, Jacob, y Pedro cita a Sara, y en He 11 se nombran muchos patriarcas como ejemplos, y con ellos se confirman la fe y las obras de la fe de manera magistral. Las ramas significan los dichos de los profetas, uno de los cuales se menciona en este Evangelio, que no son historias ni ejemplos sino profecía de Dios. Los árboles son los libros de los profetas. Los que predican a partir de ellos cortan ramas y las tienden en el camino de la fe cristiana.

91 Todo esto enseña el carácter de un sermón evangélico, un sermón sobre la fe pura y el camino de vida. Debe tener primero la palabra que Cristo manda a los apóstoles, diciendo: Id, desatad y traed acá. Luego debe añadirse la historia y el ejemplo de los apóstoles, que concuerdan con la palabra y la obra de Cristo; estos son los mantos de los apóstoles. Luego deben citarse pasajes del Antiguo Testamento; estos son los mantos y las ramas de la multitud. De esta manera los pasajes y ejemplos de ambos Testamentos se llevan a casa al pueblo. De esto habla Cristo en Mt 13:52: «Todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas». Esto significa los dos labios de la boca, las dos puntas del gorro del obispo, las dos cintas que lleva y algunas otras figuras semejantes. Pero ahora ninguna de estas cosas se mantiene ante los ojos; el diablo, por medio de los papistas, echa azufre y brea en el camino, él mismo cabalga sobre el pollino y destierra a Cristo.

92 Tender mantos en el camino significa que, siguiendo el ejemplo de los apóstoles, debemos con nuestra confesión y con toda nuestra vida honrar, adornar y ensalzar a Cristo, renunciando a toda gloria, sabiduría y santidad propias e inclinándonos ante Cristo en fe sencilla; y también que volvamos todo lo que tenemos, honra, bienes, vida, poder y cuerpo, a la gloria y el avance del Evangelio y renunciemos a todo por lo único necesario. Los reyes y señores y los grandes, poderosos y ricos deben servir a Cristo con sus bienes, honra y poder; promover el Evangelio y por causa de él abandonarlo todo. Los santos patriarcas, profetas y piadosos reyes del Antiguo Testamento lo hicieron así con sus ejemplos. Pero ahora todo está al revés, especialmente entre las multitudes papales, que usurpan toda honra y poder contra Cristo y así suprimen el Evangelio.

93 Cortar ramas de los árboles y tenderlas en el camino significa también el oficio de la predicación y el testimonio de las Escrituras y de los profetas acerca de Cristo. Con esto ha de confirmarse el sermón de Cristo y dirigirse toda la predicación a que por ella Cristo sea conocido y confesado. Juan escribe en 12:13 que tomaron ramas de palmeras y salieron a recibirle. Algunos añaden que debió de haber también ramas de olivo, porque sucedió en el monte de los Olivos. Esto no es increíble, aunque los Evangelios no lo cuentan.

94 Hay una razón por la que se mencionan ramas de palmera y ramas de olivo. Significan lo que ha de confesarse, predicarse y creerse acerca de Cristo. Es propio de la palmera que, usada como viga, no cede a peso alguno, sino que se alza contra el peso. Estas ramas son las palabras de la sabiduría divina; cuanto más se las oprime, más alto se levantan. Esto es verdad si crees firmemente esas palabras. Hay en ellas un poder invencible, de modo que bien pueden llamarse ramas de palmera, como dice san Pablo en Ro 1:16: «El evangelio… es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree»; y como dice Cristo: «Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Mt 16:18. La muerte, el pecado, el infierno y todo mal tienen que doblegarse ante la Palabra divina, o solo levantarse, cuando esta se pone contra ellos.

95 Se nombran ramas de olivo porque son palabras de gracia, en las cuales Dios nos ha prometido misericordia. Hacen al alma mansa, tierna, gozosa, como el aceite al cuerpo. La Palabra de gracia y el dulce Evangelio están prefigurados en Gn 8:11, donde la paloma trajo al arca, al atardecer, en su pico una hoja de olivo verde, lo cual significa que el Espíritu Santo trae el Evangelio a la Iglesia al fin del mundo por la boca de los apóstoles.

V.9. Y la multitud que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!

96 Por esta razón llevaban palmas delante de reyes y señores cuando habían obtenido una victoria y celebraban su triunfo. Además, llevar ramas de palmera era señal de sumisión, especialmente de los que pedían misericordia y paz, como se hacía comúnmente entre los antiguos.

Con su pompa ante Cristo indicaron que lo recibirían como su Señor y Rey, enviado por Dios como Salvador victorioso e invencible, mostrándose sumisos a él y buscando gracia de él. Cristo debe ser predicado y dado a conocer en todo el mundo como el Rey victorioso e invencible contra el pecado, la muerte y el poder del diablo y de todo el mundo, para los que están oprimidos y atormentados, y como un Señor con quien hallarán abundante gracia y misericordia, como su fiel Sacerdote y Mediador ante Dios.

La palabra del Evangelio acerca de este Rey es una palabra de misericordia y gracia, que nos trae paz y redención de parte de Dios, además de poder y fuerza invencibles, pues san Pablo en Ro 1:16 llama al Evangelio «poder de Dios para salvación», y «las puertas del Hades no prevalecerán contra ella», como dice Cristo en Mt 16:18.

97 Pablo dice, He 13:8: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Todos los que serán salvos desde el principio hasta el fin del mundo son y tienen que ser cristianos y tienen que ser salvos por la fe. Por eso dice Pablo, 1 Co 10:3-4: «Nuestros padres… todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual». Y Cristo dice en Jn 8:56: «Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó».

98 Por eso las multitudes que iban delante significan a todos los cristianos y santos antes del nacimiento de Cristo; las que siguen significan a todos los santos después del nacimiento de Cristo. Todos creyeron en el único Cristo y se adhirieron a él. Los primeros lo esperaban en el futuro, los segundos lo recibieron como el que había venido. Por eso todos cantan el mismo cántico y alaban y dan gracias a Dios en Cristo. Tampoco podemos dar a Dios otra cosa que alabanza y acción de gracias, puesto que todo lo recibimos de él, sea gracia, palabra, obra, Evangelio, fe y todo lo demás. El único culto verdaderamente cristiano es alabar y dar gracias, como dice Sal 50:15: «Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás».

99 ¿Qué significa «Hosanna al Hijo de David»? Hosanna en Sal 118:25-26 significa: «Oh Jehová, salva ahora, te ruego; oh Jehová, te ruego que hagas prosperar ahora. Bendito el que viene en el nombre de Jehová». Este versículo se aplicó a Cristo y es un buen deseo, como deseamos felicidad y seguridad a un nuevo gobernante. Así el pueblo pensaba que Cristo sería su rey terrenal, y le deseaban gozo y felicidad con ese fin. Pues Hosanna significa: «Oh, da prosperidad»; o: «Amado, ayuda»; o: «Amado, salva»; o lo que otra cosa quieras expresar en un deseo así. Añaden: «Al Hijo de David», y dicen: «¡Dé Dios prosperidad al Hijo de David! ¡Oh Dios, da prosperidad, bendito sea», etc. Nosotros diríamos: ¡Oh, querido Señor, da felicidad y prosperidad a este Hijo de David para su nuevo reino! ¡Que entre en el nombre de Dios, para que sea bendito y prospere su reino!

100 Marcos prueba claramente que se referían a su reino cuando escribe expresamente en Mr 11:10 que decían: «¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en las alturas!» Cuando algunos en las iglesias lo leen «Osanna», no es correcto; debe ser «Hosanna». Hicieron de ello un nombre de mujer, y a la que deberían llamar Susana la llaman Osanna. Susana es nombre de mujer y significa una rosa. Finalmente, después de hacer una farsa del bautismo, los obispos bautizan campanas y altares, lo cual es un gran disparate, y llaman Osanna a las campanas. ¡Pero fuera los guías ciegos! Aquí también debemos aprender a cantar Hosanna y Hazelihana al Hijo de David junto con aquellas multitudes, es decir, a desear con alegría felicidad y prosperidad al reino de Cristo, a la santa cristiandad, para que Dios aparte toda doctrina humana y deje que Cristo solo sea nuestro rey, que gobierna por su Evangelio y nos permite ser sus pollinos. Dios lo conceda, amén.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.