Comentarios y sermones · Martín Lutero

Juan 16: comentario de Martín Lutero

Sermón para el domingo después de la Ascensión de Cristo; Juan 15:26-16:4 (2.º sermón)

1 La primera parte de este evangelio, la que se refiere al Espíritu Santo, la reservaremos para considerarla en Pentecostés, cuando corresponde explicar por qué Cristo llama al Espíritu Santo el Consolador y el Espíritu de verdad; y también cómo lo distingue del Padre y del Hijo, a saber: es la persona que procede del Padre y del Hijo, o es enviada por ellos; por eso el Espíritu Santo se llama, a la vez, Espíritu del Padre y del Hijo, es decir, de Cristo, como lo llaman respectivamente san Pablo y san Pedro en Gá 4:6 y 1 P 1:11. Aquí se testifica también que Cristo es verdaderamente Dios eterno con el Padre, cuando dice que él y el Padre envían al Espíritu Santo y lo conceden a la Iglesia cristiana. Esto se expone con más amplitud en la explicación de los capítulos 15 a 17 del Evangelio de san Juan.

I. EL CONSUELO QUE CRISTO DA A SUS DISCÍPULOS.

2 Pero el Señor Jesucristo dice estas palabras, y todo el discurso de estos tres capítulos, antes de su partida y ascensión, para consolar a sus amados discípulos, y no solo a los discípulos sino a todos los cristianos hasta el fin de los tiempos, respecto de todo lo que les sucederá en el mundo después que él haya dejado el mundo y se haya ido al Padre; para consolarlos cuando ya no esté visiblemente presente con ellos y cuando reine, no temporal sino espiritualmente. Dice estas cosas para que seamos fortalecidos y consolados mediante la fe en su Palabra, y podamos resistir las grandes y graves pruebas que aguardan a los cristianos en la tierra, como seguiremos oyendo.

3 Con frecuencia les anunció cómo el mundo se pondría en contra de ellos a causa de su oficio. Les dijo claramente, para advertirles de antemano, que el mundo no estaría de acuerdo con ellos ni aceptaría su doctrina. Hasta entonces habían esperado que todo el mundo, y más especialmente su propio pueblo, lo recibiría con gusto. Ahora les dice que el mundo no solo despreciará su enseñanza y tendrá sus palabras por afirmaciones vanas de hombres insensatos que predican tan solo a un hombre crucificado, sino que, por causa de él, los odiará y perseguirá. En una palabra, les dijo que no esperaran amistad ni bondad del mundo; quería que aprendieran que su reino no es en ningún sentido un reino temporal.

4 Pero Cristo no quería que se desalentaran por sus palabras y pensaran: ¿En qué va a parar esto? ¿Vamos a predicar si nadie nos va a oír, si aun los nuestros se han de volver enemigos nuestros en cuanto abramos la boca, sin pensar siquiera en lo que harán los demás? Callemos y dejemos que el mundo siga su camino; que crea y viva como quiera, antes que hablar solo para vernos obligados, con vergüenza y entre burlas, a guardar silencio. No lograríamos nada, pues ¿qué somos nosotros y qué podemos hacer unos pocos, pobres y despreciados, contra tantos, contra la sabiduría, el poder y la fuerza del mundo? Él no quería desanimarlos; por eso los consuela y fortalece de antemano con estas palabras:

V.26. Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.

5 Sea así, dice, aunque os odien y persigan por causa de mi nombre, y aunque el diablo, responsable de tal odio, pretenda con ello impediros hablar; con todo, no podrán sofocar ni anular vuestra predicación, pues después de mi partida, cuando piensen que estoy muerto para siempre, vendrá otro cuya boca no podrán cerrar. Él dará testimonio público de mí y hablará ante todo el mundo, sonría el mundo o se enoje. Este, dice, será el Espíritu Santo, que procede del Padre y es enviado por mí. Si ahora voy al Padre, por el sufrimiento y la muerte, y comienzo a reinar en poder y majestad divinos, entonces hablaré por medio de él; no, como ahora, personalmente y con mi débil voluntad humana, en este pequeño rincón del mundo, sino públicamente y ante todo el mundo. Porque lo enviaré de tal manera que estará en vosotros, y será vuestro Consolador, ya que del mundo no obtendréis consuelo alguno. Él os dará ánimo y fuerza para resistir la enemistad del mundo y el temor del diablo, y os capacitará para testificar de mí con confianza y públicamente. Este testimonio vuestro se llamará y será el testimonio del Espíritu Santo, dado por vosotros en vuestro oficio. Él os será enviado por el Padre y por mí, y podréis saber, y el mundo se verá obligado a reconocer, que lo que el Espíritu Santo diga por medio de vosotros es por mi poder y autoridad, y conforme a la voluntad y el mandato del Padre.

6 Este es el consuelo que Cristo da a los discípulos para fortalecer su fe. Lo necesitarían en la obra que les esperaba por él. Esta promesa es una promesa para toda su Iglesia: que, después de su resurrección y ascensión, la palabra y la enseñanza del Espíritu Santo darán testimonio en todo tiempo por medio de los apóstoles y de sus sucesores, mientras Cristo esté sentado a la diestra del Padre, y que este testimonio permanecerá en el mundo, sin importar quién lo oiga o no lo oiga. Pues los discípulos no debían preocuparse de quién oyera o recibiera su testimonio, sino saber, porque es el testimonio del Espíritu Santo, que él estaría presente y obrando con ellos, para que algunos creyeran. Ni el mundo podría estorbarlo ni impedirlo, por más que se enfureciera contra él con su odio y persecución. Es más, aunque nadie en la tierra recibiera su enseñanza, el mundo sería reprendido igualmente por la predicación de su Palabra. Dice: El Espíritu Santo redargüirá al mundo, que así recibirá el juicio de su condenación porque oyó la predicación y no quiso creerla, y por eso no tiene excusa; como dijo después: «Si no hubiera venido, ni les hubiera hablado», y «si no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado».

7 Ahora bien, cuando dice: V.27. «Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio», presenta a los apóstoles como ejemplos especiales para todos los predicadores y confirma su predicación, de modo que todo el mundo queda obligado a su palabra, a creerla sin contradicción, y tiene la certeza de que todo lo que los apóstoles enseñan y predican es la verdadera doctrina y la predicación del Espíritu Santo, oída y recibida de él mismo; como testifica 1 Jn 1:1-2: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida… os anunciamos.» Ningún otro predicador en la tierra tiene un testimonio como el de los apóstoles; a todos los demás se les manda seguir las pisadas de los apóstoles, permanecer en la misma doctrina y no enseñar otra.

8 Además, se da el verdadero criterio con que puede probarse la predicación del Espíritu Santo, cuando dice: «El Espíritu Santo dará testimonio de mí»; es decir, no predicará nada sino acerca de este Cristo, no acerca de Moisés, de Mahoma o de nuestras propias obras. San Pedro dice en Hch 4:12: «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos», sino por medio de este Cristo crucificado.

V.1, 2. Esto os he hablado para que no tengáis tropiezo. Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios.

II. LA PROFECÍA DEL ODIO Y LA PERSECUCIÓN DEL MUNDO CONTRA LOS CREYENTES.

A. Análisis del odio y la persecución.

9 Señaló con suficiente claridad lo que les sucedería en el mundo a causa de su predicación. Menciona dos fuentes de oposición al evangelio, y no podría haber otras más fuertes: una, que los predicadores serían excomulgados y muertos; la otra, que los perseguidores lo tendrían por un servicio a Dios. ¿Quién puede resistir tal persecución? ¿O quién querrá o podrá predicar, si a los que testifican de Cristo se les trata tan injuriosamente y se les da muerte? Con todo, él ha dicho que el Espíritu Santo daría testimonio de él y que ellos también serían testigos; y les asegura que su testimonio no será borrado por esta furia y persecución del mundo. Les da esta seguridad de antemano precisamente para que sepan esto y estén preparados contra tales abusos.

10 Ahora bien, es cosa extraña y casi increíble de oír que no solo el mundo se opondrá, con su amargo odio y furor, a Cristo, el Hijo de Dios y su Salvador, sino que también los mismos apóstoles habrán de escandalizarse ante tal juicio del mundo. ¿Quién podría imaginar que Cristo y su evangelio fueran recibidos de este modo entre su propio pueblo, al cual Dios se lo había prometido, y del cual no debían esperar sino lo bueno, como en efecto lo han recibido de él? Pero aquí se te dice que el evangelio es una enseñanza que, según el juicio humano, no da sino escándalo; es decir, los hombres la consideran no solo un gran error o locura, justamente burlada y despreciada por el mundo, sino cosa indigna de ser oída o tolerada, algo que hay que condenar como si fuera el más peligroso don del mismísimo diablo, venido del infierno.

11 El reino de Cristo en la tierra vendrá de tal manera que a todos ha de resultar evidente que no es un reino terrenal, a la manera de los hombres. Pero el mundo se negará a reconocer su naturaleza. No se le llamará reino de Cristo ni de Dios, sino destrucción y subversión de todo buen gobierno, tanto espiritual como temporal. Es casi inconcebible que el Hijo de Dios sea recibido así por quienes son llamados pueblo de Dios y son tenidos por los más irreprochables del mundo; pues no habla aquí de bribones declarados, malvados y sin Dios, sino de los que son tenidos por los más eminentes, los más sabios, los más santos y, como dice aquí, los siervos de Dios.

12 Hasta ahora nadie ha entendido estas palabras, ni ninguno de los papistas sabe interpretar la expresión «os expulsarán de las sinagogas», etcétera. No saben decir de este pasaje otra cosa sino que es ya cosa vieja y, en realidad, muerta, que se refiere a los judíos, pueblo malvado y endurecido que no toleró a Cristo ni a sus apóstoles. Cuesta creer que aun ahora pueda haber en la tierra, entre los cristianos o en la Iglesia, gente tan malvada como para excomulgar a sus hermanos. Pero no pueden ser los judíos ni los turcos los aludidos; estos nada tienen que ver con la Iglesia. Tampoco se ha sabido nunca que entre los papistas alguno haya sido excomulgado, perseguido o muerto por causa del evangelio o del conocimiento de Cristo. Entonces, por supuesto, este sermón no les concierne, y no les da ni instrucción ni consuelo.

13 Pero nosotros, gracias a Dios, hemos sido obligados por nuestra experiencia como predicadores del evangelio a aprender algo de lo que Cristo quiere decir aquí y de por qué ha dicho estas cosas. Descubrimos, en la controversia sobre la doctrina que sostenemos con nuestro adversario, que el papado con sus numerosos adherentes ha sido y sigue siendo esa gente tierna, piadosa y santa de la que Cristo habla aquí, que excomulga a sus cristianos por causa del evangelio y piensa que con ello rinde servicio a Dios. Ciertamente lo hicieron cuando por la fuerza suprimieron el evangelio e impusieron la sumisión, aceptando y obedeciendo la Iglesia sus mandatos, y cuando, si alguien se atrevía a decir una sola palabra en contra, era quemado sin demora en la hoguera.

14 Exterminar a los malditos herejes y enemigos de Dios se llamaba hacer una obra santa para Dios. En nuestro tiempo también han mostrado este espíritu en muchos ejemplos, y lo muestran todavía en su trato a numerosas personas piadosas a las que dan muerte cruelmente, solo por su confesión de fe en Cristo y en Dios, y no consienten en perdonarles la vida ni siquiera si estuvieran dispuestas a retractarse. Por eso este pasaje no necesita muchas anotaciones, aparte de que aprendemos de él la diferencia entre la verdadera y la falsa Iglesia, y así recibimos fuerza y consuelo en la hora de una persecución semejante. Con esto en vista, examinemos brevemente las palabras del evangelio.

15 Las palabras «os expulsarán de las sinagogas» han de entenderse, como el texto griego lo expresa con claridad, en el sentido de destierro y exclusión de la sinagoga o de la congregación del pueblo de Dios, y de virtual separación de toda comunión de la Iglesia, entregando al culpable al diablo, para ser arrojado al abismo del infierno, sin tener jamás parte alguna en el reino de Dios, de la gracia y de la salvación eterna. Es, en verdad, una palabra dura y terrible, ante la cual todo corazón piadoso debe espantarse grandemente.

16 Es verdad incontrovertible que Dios ha dado tal autoridad y poder a la Iglesia, que quien es excomulgado por ella es verdaderamente excomulgado por Dios; es decir, queda bajo la ira y la maldición de Dios y privado de toda comunión con los santos, como dice Cristo en Mt 18:17-18: «Todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo», y también: «Y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.» ¿Qué suerte más terrible podría sobrevenir a un hombre que ver pronunciadas sobre él la maldición y la imprecación de Dios y de todos los hombres, y quedar privado para siempre de todo consuelo y salvación?

17 Cuando, pues, se pronuncian este anatema y esta maldición, han de seguir estas otras palabras de Cristo: «Cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios.» Este es el castigo y la ejecución que el mundo piensa que debe llevar a cabo sobre los que son públicamente excomulgados: que sean exterminados de la tierra sin misericordia alguna. Esta pena ha de aplicarse especialmente a quienes se oponen al pueblo de Dios con una nueva enseñanza y fe; así como se acusó a los apóstoles de predicar contra la ley, el templo y el pueblo de Dios. En efecto, Dios mandó expresamente en la ley que los culpables en estos asuntos no fueran dejados con vida, sino condenados sin misericordia, y que nadie favoreciera ni a su amigo más cercano ni a su hermano, hijo o hija, si eran culpables. Dt 13:8. Esto, dice Cristo, os sucederá también a vosotros: no solo seréis excomulgados por los vuestros y puestos bajo la maldición de Dios, sino que además ejecutarán sobre vosotros la sentencia de castigo como a enemigos de Dios, y pensarán que no pueden prestar servicio más digno de alabanza que exterminar a tal gente maldita, para alabanza y gloria de Dios. Así les irá a los discípulos de Cristo como le fue a su Cabeza y Señor mismo; serán tenidos por gente tan mala, peligrosa, corruptora y maldita, que todos están obligados a ayudar a exterminarlos de la tierra; el que lo hace ha realizado una buena obra, agradable a Dios en el cielo, y no puede rendirle mejor obediencia.

IV. Qué movió a Cristo a profetizar este odio y esta persecución.

18 Mira, ¿no habría de resultar esta persecución demasiado pesada para que los discípulos la soportaran? Cristo les dice después que les tocará ver y sufrir personalmente tal trato, no solo en lo que se refiere a su Señor, en quien creen, sino también en lo que se refiere a ellos mismos; que por causa de Cristo serán vergonzosamente maldecidos y muertos por los que son llamados pueblo de Dios, que poseen la autoridad de la Iglesia y gozan del honor y del respeto de los hombres, no solo por obrar bien, sino por servir a Dios con el mayor celo, como gente piadosa y santa que promueve con ardor la honra de Dios. ¡Qué gran tribulación debe de esperar al resto del pequeño rebaño de la Iglesia de Cristo, si estas cosas ocurrieron en su comienzo y primera siembra, cuando el Espíritu Santo se manifestaba con tanto poder en milagros ante todo el mundo! ¿Qué cosa mejor podían esperar después de los paganos idólatras, si han de sufrir esto de sus propios hermanos y amigos, el pueblo judío?

19 Las palabras de Cristo significan, pues, que la Iglesia ha de ser establecida de un modo maravillosísimo, más allá de todo entendimiento humano y en contradicción con él. ¿Quién ha oído jamás que esta sea la manera en que Dios introducirá el reino de Cristo sobre la tierra, establecerá su Palabra en todo lugar y reunirá su Iglesia, si ha de comenzar de manera tan contradictoria y hallar tal oposición que los queridos apóstoles deban entregar sus vidas en vergüenza y deshonra, y que no ellos, con sus pocos seguidores, sino sus adversarios lleven el nombre de pueblo de Dios y de Iglesia de Dios? Esto debería bastar para expulsar del corazón de los discípulos la errónea ilusión que habían tenido acerca del reino temporal de Cristo, y enseñarles a no esperar de él bienes, honra, poder y paz mundanos y temporales, sino a comprender que se proponía darles otra cosa, puesto que permitía que sufrieran vergüenza y muerte.

20 Con esta palabra de consuelo Cristo prepara a sus discípulos y a los futuros cristianos, asegurándoles que el Espíritu Santo dará testimonio de él frente a tanto desaliento, como era muy necesario. Que los discípulos pudieran entender sus palabras solo puede deberse a la revelación del Espíritu Santo. ¿Cómo, si no, podrían creer que este Jesús crucificado, maldito y condenado, representado por sus discípulos y alumnos, fuera el verdadero Hijo de Dios, el Señor de la vida y de la gloria eterna?

21 Se nos presenta en este texto un cuadro de la acogida que este reino de Cristo recibe en el reino perverso y opuesto del mundo, acerca del cual Dios profetizó en la más antigua promesa de su Palabra, la promesa en la que la Iglesia tuvo su primer comienzo, cuando Dios dijo a la serpiente: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá (aplastará) en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.» Gn 3:15. Esta enemistad debe, pues, continuar en el mundo, una enemistad y una lucha sin fin; en cuanto Cristo viene enseñando la Palabra, se encuentra con la serpiente, que de inmediato se vuelve venenosa y en toda ocasión ataca y muerde con sus colmillos ponzoñosos, porque teme perder la cabeza. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, todavía no ha ganado nada y sigue bajo los pies de la Simiente de la mujer, que le pisa la cabeza, hasta que su veneno y su ira contra él se hayan gastado en vano y su poder quede totalmente destruido.

22 Tenemos el consuelo de esta victoria de Cristo: que él sostiene a su Iglesia contra la ira y el poder del diablo; pero entretanto debemos soportar del diablo tales puñaladas y crueles heridas, que necesariamente duelen a nuestra carne y sangre. Lo más duro es que debemos ver y sufrir todas estas cosas de parte de quienes se llaman a sí mismos pueblo de Dios e Iglesia cristiana. Debemos aprender a aceptarlas con calma, pues ni Cristo ni los santos lo pasaron mejor.

23 Fue también cosa amarga y dura para nuestro primer padre, Adán, aprender a entender el cumplimiento, en sus propios hijos, de esta misma verdad: «Pondré enemistad entre ti», etcétera, cuando su primogénito, el hijo que Dios le dio, asesinó a su propio hermano por causa de su ofrenda a Dios y de su obediencia hacia él. Los patriarcas, Abraham, Isaac y otros, que por entonces eran la verdadera Iglesia, tuvieron que pasar por la misma experiencia cuando hermanos que habían aprendido del mismo padre una misma fe, una misma Palabra y un mismo culto a Dios, se hicieron enemigos y uno recibió persecución de manos del otro. No debemos, pues, sorprendernos si nos toca una experiencia semejante, no solo de parte de los papistas, de quienes ya hemos recibido condenación y cuya disposición hacia nosotros es claramente manifiesta, sino también de parte de los que todavía están entre nosotros como cristianos evangélicos y que, sin embargo, no son rectos.

C. La causa de este odio y esta persecución.

24 Esta es la primera parte de este evangelio y profecía de Cristo. Sigue ahora la segunda parte, que explica cómo es que gente tan digna, los mejores, los más sabios y los más santos entre los hijos de Dios, que buscan con seriedad servir y honrar a Dios, persigan de manera tan amarga y despiadada a Cristo y a su pueblo.

V.3. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí.

25 Ahí tienes la razón. Cristo dice qué los mueve a tal odio y persecución contra los cristianos. Es, dice, porque predicáis acerca de mí, a quien ellos no conocen; pues miran con celos su propio oficio de enseñar y predicar en calidad de sumo sacerdote y escriba (y en este día de papa, obispo, etc.), repudiando toda doctrina que difiera de la de Moisés y la ley. Siguen rígidamente el mandato de Moisés en Dt 13:6 y ss. ¿Cómo, entonces, se ha de permitir a los apóstoles promulgar esta doctrina enteramente nueva acerca de un Mesías desconocido, y por añadidura uno al que rechazan como falso profeta, es más, al que han crucificado como engañador y blasfemo? ¿Quién, en oposición a toda autoridad e inteligencia reconocidas, reconocería como Cristo a esta víctima ejecutada? Estos llamados pueblo de Dios se jactan ante los apóstoles de su autoridad, diciendo, en Hch 5:28: «¿No os mandamos estrictamente que no enseñaseis en ese nombre?»

26 Que no conocen a este Cristo es cierto sin duda alguna. Su propia confesión y sus hechos lo prueban. Es claramente evidente en qué alta estima se tienen a sí mismos como pueblo de Dios, que posee la ley, la promesa, el sacerdocio y el culto de Dios (así como nuestra gente posee las Escrituras, el bautismo, el sacramento y el nombre de Cristo); y sin embargo son ciegos y carecen del verdadero conocimiento de Dios y de Cristo, y por eso se han endurecido, oponiéndose a Dios y a su Hijo con sus actos de anatema y de asesinato, bajo la misma apariencia y con la jactancia de servir con ello a Dios. Pero Cristo fortalece y consuela a los suyos para que no teman el juicio severo, ni se dejen intimidar por autoridades celosas hasta dejar de predicar y de confesar, sino que puedan decir a sus adversarios lo que los apóstoles respondieron a los sumos sacerdotes y al concilio en Jerusalén, en Hch 5:29: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.»

27 En este punto Cristo fija la norma de juicio y señala la diferencia entre la verdadera y la falsa Iglesia. La Iglesia no ha de juzgarse por el nombre y la apariencia externa; hace falta discernimiento y ha de presentarse la señal que la identifica, por la cual puedan reconocerse la santa Iglesia y el verdadero pueblo y los siervos de Dios. La razón y la sabiduría humana no pueden proporcionar las cualidades necesarias para la verdadera Iglesia. La prueba real está en averiguar quiénes tienen el verdadero conocimiento de Cristo y quiénes no lo tienen. No se puede juzgar en este caso por la mera apariencia externa y el nombre, por el oficio, la autoridad y el poder de la Iglesia; en todas estas cosas externas los judíos superaban a los apóstoles, y el papado nos supera con mucho a nosotros.

28 Por tanto, concedemos al papado que se sienta en la verdadera Iglesia, poseyendo el oficio instituido por Cristo y heredado de los apóstoles, de enseñar, bautizar, administrar el sacramento, absolver, ordenar, etc., así como los judíos se sentaban en sus sinagogas o congregaciones y eran el sacerdocio y la autoridad de la Iglesia regularmente establecidos. Admitimos todo esto y no atacamos el oficio, aunque ellos no están dispuestos a admitir otro tanto respecto de nosotros; es más, confesamos que hemos recibido estas cosas de ellos, así como Cristo descendió por nacimiento de los judíos y los apóstoles obtuvieron de ellos las Escrituras.

29 En vista de estas prerrogativas, hacen contra nosotros su perversa jactancia y nos censuran y maldicen como apóstatas obstinados y traidores, y enemigos de la Iglesia. Es desagradable sufrir tal oprobio, y por esta razón el diablo aterroriza con facilidad el corazón de algunos ignorantes y abruma a los hombres con este pensamiento: ¡Ay!, la Iglesia ha pronunciado el anatema y realmente posee el oficio; esto ciertamente no es cosa que se pueda tomar a la ligera, pues Cristo dice en Mt 18:18: «Todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo.» Por tanto, aquel a quien la Iglesia excomulga es sin duda condenado también por Dios. Ciertamente no excomulgan en nombre del diablo, ni del papa, sino en el nombre de Dios Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por la autoridad de Cristo, etc., adornando la ceremonia con palabras apropiadas, altisonantes y solemnes.

30 Para comprender a fondo el asunto es necesario entender lo que Cristo dice aquí acerca de las dos Iglesias: una es la Iglesia que el mundo no reconoce, sino que es despojada de su nombre y desterrada; la otra, la Iglesia que tiene el nombre y el honor pero persigue al pequeño rebaño de los creyentes. Tenemos así situaciones opuestas: la Iglesia a la que se niega el nombre es la verdadera Iglesia, mientras que la otra no es la realidad, aunque ocupe la sede de la autoridad y el poder, y posea y ejerza todos los oficios que se admiten como oficios y señales de la santa Iglesia; y con todo estamos obligados a sufrir su anatema y su juicio.

31 La razón de la diferencia entre las dos Iglesias está contenida en el dicho de Cristo: «Porque no conocen al Padre ni a mí»; es decir, la falsa Iglesia se tiene por superior a las enseñanzas de Cristo, cuando el conocimiento de Cristo es precisamente la base de la distinción entre la verdadera y la falsa Iglesia. No basta con tener el nombre y el oficio de la Iglesia, pues estos pueden asumirse ilegítimamente y abusarse de ellos; el segundo mandamiento y la segunda petición del Padrenuestro indican que el nombre de Dios es a menudo usado mal, no santificado sino blasfemado y deshonrado. Por eso no debemos apresurarnos a respaldar la declaración: Digo o hago esto en el nombre de Dios o de Cristo, por mandato y con autoridad de la Iglesia. Más bien debemos responder así: Acepto el nombre de Dios y de la Iglesia porque me son queridos y preciosos; pero no te concedo que en este nombre prescribas y vendas lo que se te antoje.

32 Así decimos a los papistas: Os concedemos, ciertamente, el nombre y el oficio, y los tenemos por santos y preciosos, pues el oficio no es vuestro, sino que fue establecido por Cristo y dado a la Iglesia sin consideración ni distinción de las personas que lo ocupan. Por tanto, todo lo que se ejerce mediante este oficio como institución de Cristo, y en su nombre y en el de la Iglesia, es en todo tiempo recto y apropiado, aunque participen hombres impíos e incrédulos. Debemos distinguir entre el oficio y la persona que lo ejerce, entre el uso legítimo y el abuso. El nombre de Dios y de Cristo es siempre santo en sí mismo; pero puede ser mal usado y blasfemado. Así también el oficio de la Iglesia es santo y precioso, pero la persona que lo ocupa puede ser maldita y pertenecer al diablo. Por eso no podemos decidir según el oficio quiénes son verdaderos o falsos cristianos, y cuál es la verdadera o la falsa Iglesia.

33 Sino que la base de la distinción será esta: conocer a Cristo o no conocer a Cristo; es decir, conocer la doctrina y la fe de Cristo y confesarlo. Es evidente, según la propia declaración de Cristo, que algunos no lo conocen ni a él ni al Padre; él determina que estos no son la Iglesia de Cristo, sino que la constituyen más bien los que llevan el nombre de Cristo y tienen su verdad, aunque sean perseguidos por los otros. Con la autoridad de esta conclusión, los cristianos han de estar sin temor; no han de inquietarse aunque se les denuncie como herejes y se les maldiga, sino tenerlo por señal consoladora de que son los pocos que pertenecen a Cristo, cuando son excomulgados por la mayoría que tiene el poder. Pues la excomunión ciertamente no se ejerce entre los miembros de la falsa Iglesia por causa del conocimiento de Cristo y de la fe; su política es mantenerse aprobados y sin castigo; es más, se atreven incluso a denunciar a la autoridad coronada con maldición y anatema, protegidos como están por el nombre y la santidad de la Iglesia.

34 Ahora bien, ¿qué significa conocer a Cristo y al Padre? Los papistas, claro está, se jactan de tal conocimiento, como los judíos se jactaban de poder reconocer al Mesías cuando viniera. En verdad, ¿quién había de conocer tan bien al Mesías como esos mismos judíos, que poseían su ley y sus promesas, su templo, su sacerdocio, etc., y que adoraban al Dios verdadero, creador del cielo y de la tierra y promitente del Mesías? Pero aquí aprendes que un conocimiento intelectual de Dios no basta; la ley y el servicio del templo no pueden valer; quien quiera conocer verdaderamente a Dios, debe conocerlo en este Cristo, es decir, en la Palabra, en las promesas que las Escrituras y los profetas han hablado acerca de él. La enseñanza y la predicación del evangelio no es otra cosa sino que Cristo es el Hijo de Dios, enviado por el Padre como sacrificio y rescate por el pecado del mundo, con su propia sangre, para apaciguar la ira de Dios y obtener reconciliación para nosotros, redimiéndonos del pecado y de la muerte y ganándonos justicia y vida eterna. Se sigue, entonces, que nadie, por su propia obra y santidad, puede expiar sus pecados ni apaciguar la ira de Dios, y que no hay otro camino para alcanzar la gracia de Dios y la vida eterna sino la fe que así aprehende a Cristo.

35 Esta enseñanza señala al verdadero Cristo y el verdadero conocimiento de él. El que así conoce a Cristo conoce también al Padre; porque el conocimiento de Cristo le enseña que, por causa de su Hijo, Dios será misericordioso con nosotros y nos salvará, que nadie llegará a Dios sino por medio de aquel que lleva nuestros pecados y es nuestro propiciatorio, y que todo esto y nada más es el eterno consejo, deseo y voluntad de Dios el Padre.

36 Este conocimiento es el artículo de fe por el cual llegamos a ser cristianos, y es el fundamento de nuestra salvación. Por eso, siempre que tenemos el conocimiento de Cristo, debemos dejar de confiar y de gloriarnos en la justicia propia, en las obras y en el culto al Dios de los judíos meramente practicado conforme a la ley, y no debemos poner confianza alguna en toda la quincalla de los juegos de manos y baratijas papales, inventados por ellos mismos; pues si Cristo solo ha de llevar mis pecados, no puedo al mismo tiempo expiarlos con mis propias obras y con mi pretendida dignidad.

37 Los antiguos santos judíos no quisieron aceptar ni creer esta predicación de Cristo, ni lo quieren nuestros papistas actuales; testifican, pues, con sus propios hechos que no conocen a Cristo ni al Padre que lo envió. Entretanto los judíos se forjan su propio Dios, que tiene en cuenta su santidad, una santidad que consiste en la ley, el sacerdocio y el servicio del templo, y se forjan un Cristo que, cuando venga, se complacerá mucho en tal santidad y, por causa de ella, los promoverá a posiciones de gran honra y gloria ante todo el mundo. Si oyen a los apóstoles predicar que nadie puede ser justificado ante Dios por las obras de la ley, y que no hay otro nombre dado en que podamos ser salvos sino el de este Cristo crucificado, no soportarán la doctrina, sino que perseguirán con amargura a sus defensores, pronunciando el anatema y condenando y matando a los apóstoles y a los cristianos.

38 Así hacen también los papistas; no soportarán la enseñanza de que nosotros, por causa de Cristo y no por nuestras propias obras, podemos ser tenidos por justos ante Dios y ser salvos. Aunque conserven el nombre de Cristo y de la fe, despojan sin embargo a Cristo de su obra y poder, justifican la doctrina errónea del mérito humano, y solo admiten que la fe y Cristo sirven de algo si están presentes el amor y las buenas obras. Esto significa simplemente que Cristo no cuenta tanto como nuestras propias obras; y que el mérito que confiere lo confiere a causa de nuestras obras, como enseñan en las escuelas: Propter unum quodque tale etc., y como dicen públicamente: la fe, que siempre ha de creer en Cristo, es inútil, vacía, es más, muerta, no vale, si no es revestida y vivificada por el amor, que es el alma y la vida de la fe. Dicen que por eso Cristo y la fe pueden hallarse incluso en una persona impenitente que vive abiertamente en pecado mortal. Esto no es otra cosa que hacer de Cristo una simple cáscara vacía o un recipiente, y hacer de las obras el grano y el oro; considerar a Cristo como un cuerpo muerto y a nuestras obras como el alma. Cuando se añaden obras a la fe, dicen, la fe se hace un cuerpo vivo, un recipiente lleno. Es una interpretación vergonzosa y blasfema de Cristo, que su mérito y poder hayan de depender de nuestras obras, que haya de recibir de ellas su capacidad, y hacerse mendigo nuestro para pedirnos lo que él debe darnos.

39 De estas dos convicciones, que no lo conocen y que persiguen y matan a sus defensores, Cristo pasa ahora a dictar el juicio de que la llamada Iglesia no es la Iglesia. Concluye entonces que con sus falsas doctrinas y persecuciones son a la vez mentirosos y asesinos de Dios, de Cristo y de todos sus santos.

40 Por el análisis hecho, puedes decidir por ti mismo en cuál grupo te encuentras; pues debes estar en un lado o en el otro, y es inútil esperar consejo humano en este asunto. Ya está determinado de manera irrevocable que las dos divisiones nunca podrán ponerse de acuerdo. El cuerpo mayor, que tiene la autoridad reconocida, perseguirá siempre a la minoría, hasta la excomunión y el asesinato, como se ha practicado desde el principio. Los que conocen a Cristo, los verdaderos cristianos, aceptarán la clasificación de Cristo y serán contados con la minoría, que tiene la Palabra y el conocimiento de Cristo, y sufrirán persecución por la fe antes que, por la amistad y los honores de este mundo, pertenecer a los que, condenados por Cristo, son los más amargos enemigos de Dios y de la Iglesia, y que no pueden ver el reino de Dios ni ser salvos.

41 En este artículo de fe debe hacerse distinción entre la verdadera Iglesia y la falsa; pues es mandato de Dios y de Cristo que una no se confunda con la otra. Por tanto, debemos separarnos de la Iglesia papal, sin importar que ellos confíen en la autoridad de su Iglesia y nos condenen como apóstatas.

42 Si nos excomulgan y persiguen por nuestra predicación evangélica y nuestro conocimiento de Cristo, ya tenemos la decisión de Cristo de que no son la verdadera Iglesia, y su oficio y toda la autoridad de que se jactan no pueden valer contra nosotros; antes bien, nuestra enseñanza y nuestros juicios contra ellos valdrán ante Dios en el cielo. Estamos seguros, por la prueba que Cristo aplica aquí, de que la verdadera Iglesia está con los pocos que conocen a Cristo y están unidos en doctrina, fe y confesión de él. Y donde está y permanece la verdadera Iglesia, permanecen también los oficios de la Iglesia, los sacramentos, las llaves y todas las cosas que Cristo le dio; no necesita pedirlos ni recibirlos del papa ni de concilio alguno. En la verdadera Iglesia, no solo el oficio es puro en sí mismo, sino que quienes lo ejercen lo usan legítimamente.

43 Admitimos que los papistas también ejercen los oficios establecidos de la Iglesia, bautizan, administran el sacramento, etc., cuando los observan como institución de Cristo, en nombre de Cristo y en virtud de su mandato (así como en la Iglesia debemos tener por válidos y eficaces los oficios de la Iglesia y el bautismo administrados por herejes); pero si intentan pervertir el recto uso de estos oficios ejerciéndolos contra nosotros, podemos, en virtud del juicio de Cristo, declarar nulo su acto y tenerlos a ellos mismos por apóstatas de la Iglesia de Cristo.

Sermón para el cuarto domingo después de Pascua; Juan 16:5-15

1 El sentido de esta lección del evangelio también lo hemos oído a menudo en otros lugares; el único problema es que, por lo general, no se ha entendido que las palabras tengan el sentido de cosas que nos son familiares. Por eso la explicaremos un poco, para que se vea que en estas palabras se contiene la misma enseñanza que se halla en todas las demás lecciones del evangelio. Es un hermoso evangelio, pero también requiere buenos discípulos. Omitiremos la primera parte y consideraremos lo que dice el Señor: que el Espíritu Santo ha de redargüir al mundo de pecado, de justicia y de juicio; y veremos qué significa todo esto.

2 En primer lugar, vemos aquí que el mundo es acusado de ceguera e ignorancia. Todos los que están sin el Espíritu Santo, por sabios que sean en los asuntos que pertenecen a las cosas de este mundo, son, ante Dios, necios y ciegos. No les gusta oír esto; y cuando se les dice que sus obras no valen nada ante Dios, les desagrada y los enoja, porque insisten en que poseen la razón y la luz natural que Dios creó en ellos. Pero ¿qué nos importa esto a nosotros? Ahí están las Escrituras y la Palabra de Dios, claras y sencillas: que el Espíritu Santo ha de venir para redargüir al mundo, porque no sabe qué son el pecado, la justicia y el juicio. Así está determinado, ahí está escrito; que se enoje quien quiera, a Cristo no le importa.

3 Es muy de lamentar que el mundo sea redargüido no solo a causa de su pecado y de su falta de justicia, por no poder juzgar rectamente, sino porque ni lo reconoce ni lo ve, por no hablar de su empeño en cambiar el asunto. ¡Oh, cómo se viene abajo por completo la alabanza de todos aquellos que, mientras se esfuerzan por hacer piadosas a otras personas, no saben ellos mismos qué es el pecado! Tomemos, por ejemplo, hoy en día todas las escuelas de saber y los hombres doctos, y veamos si pueden decirnos qué es esa pequeña palabra «pecado». Pues ¿quién ha oído jamás que no creer en Cristo sea pecado? Dicen que es pecado si uno habla, desea o hace algo contra la voluntad y el mandamiento de Dios. Pero ¿cómo concuerda eso con este dicho de Cristo: Es pecado porque no creen en mí? Por eso se les convence fácilmente de que no saben qué es el pecado; y por muy doctos que sean, no podrán explicar este texto.

4 De igual manera, no son capaces de saber qué es la «justicia». Pues ¿quién ha oído jamás que un hombre haya de llegar a ser piadoso y justo porque Cristo subió al cielo o va al Padre y ya no lo vemos? Ahí hay que decir: así habló un necio y no un sabio. Porque dicen que la justicia es una virtud que enseña al hombre lo que debe a los demás. Esto es verdad, pero el problema es que no entienden sus propias palabras, tan ciegos necios son. Por eso no hay que sorprenderse de que se enfurezcan tanto contra el evangelio y persigan a los cristianos. ¿Cómo podrían obrar de otro modo? No saben más.

5 Tampoco saben qué es el «juicio» o el derecho, es decir, un juicio recto, una opinión y un sentido correctos y buenos, o como quieras llamarlo. Pues dicen: Derecho es lo que está escrito en los libros, cómo se ha de conocer y distinguir las cosas, para apaciguar y terminar las disputas. Pero ¿cómo lo define Cristo? Dice: «Es derecho que el mundo sea juzgado.» ¿Quién entiende semejante lenguaje, y por dónde entra o sale, y cómo concuerda con la razón? Veamos si podemos explicarlo de manera que se entienda.

6 En primer lugar, hay que saber que la Palabra de Dios no habla solo de la existencia y las apariencias externas, sino que toca el corazón y lo profundo del alma. Por eso no juzga al hombre por su apariencia y conducta externas, sino según lo profundo de su conciencia. Ahora bien, todos experimentarán en sí mismos, si quieren reconocerlo, por piadosos que sean (aunque fueran cartujos o tan santos como cualquiera en la tierra), que en su corazón preferirían hacer lo contrario, y otra cosa distinta de lo que externamente se ven obligados a hacer. Así, si yo fuera dejado a mí mismo, siendo un monje que anda en pobreza y castidad, como ellos se jactan, y me hicieran confesar lo que siento en mi corazón, tendría que decir: Lo que hago, preferiría no hacerlo. Si no hubiera infierno y no sintiera la deshonra, dejaría mi oficio, tendría la desgracia de huir y echaría a correr. Porque no tengo deseo de corazón de hacerlo, sino que me veo forzado a ello, y tengo que hacerlo a pesar del infierno, del castigo o de la deshonra. No es posible que lo haga por elección y con gusto. Esto lo halla en su propio corazón todo el que está sin gracia. Lo mismo hallarás continuamente en otros asuntos. Nunca soy, de corazón, bondadoso y amable con mi enemigo, pues esto es imposible a la naturaleza; y aunque obre de otro modo, en mi corazón pienso así: Si no fuera por el castigo, haría mi voluntad y no me quedaría sin venganza. Así sigo andando ante el mundo, y no hago lo que quisiera y me inclina el ánimo hacer, por miedo al castigo o a la deshonra. Igualmente, si recorres todos los mandamientos, del primero al último, hallarás que no hay nadie que guarde los mandamientos de Dios desde el fondo de su corazón.

7 Ahora bien, contra este mal Dios halló un remedio y determinó enviar a Cristo, su Hijo, a este mundo, para que derramara su sangre y muriera, a fin de dar satisfacción por el pecado y quitarlo, y para que el Espíritu Santo entrara entonces en los corazones de tales personas, que andan con las obras de la ley sin querer y forzadas a ello, y las hiciera voluntarias, para que sin coacción y con corazón gozoso guarden los mandamientos de Dios. De otro modo no habría medio de remediar la miseria; pues ni la razón y el poder humanos, ni siquiera un ángel, podrían rescatarnos de ella. Así Dios ha quitado los pecados de todos los hombres que creen en Cristo, de modo que en adelante es imposible que permanezca en pecado quien tiene a este Salvador, que ha tomado sobre sí todos los pecados y los ha borrado.

8 Puesto que Cristo ha venido ya y ha mandado predicar que todo lo que podamos hacer, por grande y hermoso que parezca, es pecado, porque nada bueno hacemos con gusto y de buena gana, y que por eso él se ha presentado y ha quitado todo pecado, para que recibamos el Espíritu Santo, por quien obtenemos amor y gusto de hacer lo que Dios quiere que hagamos, a fin de que no intentemos presentarnos ante Dios por nuestras propias obras, sino por Cristo y sus méritos, ya no puede llamarse pecado cometido contra la ley, pues la ley nada hizo para ayudarnos a ser piadosos, ya que no podemos hacer nada bueno.

9 ¿Qué clase de pecado queda entonces sobre la tierra? Ningún otro sino que uno no recibe a este Salvador y rehúsa aceptar al que ha quitado el pecado. Porque si él estuviera presente, no habría pecado, pues, como he dicho, trae consigo al Espíritu Santo, que enciende el corazón y lo hace dispuesto a hacer el bien. Por eso el mundo ya no es castigado ni condenado a causa de otros pecados, porque Cristo los borra todos; solo esto sigue siendo pecado en el Nuevo Testamento: que uno no quiera reconocerlo ni recibirlo. Por eso dice igualmente en este evangelio:

V.8, 9. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, por cuanto no creen en mí.

10 Como si quisiera decir: Si hubieran creído en mí, ya todo les habría sido perdonado, cualquier pecado que hubieran cometido, pues sé que por naturaleza no pueden hacer otra cosa. Pero porque no quieren recibirme ni creer que puedo ayudarlos, esto es lo que los condenará. Por eso Dios en el juicio final pronunciará sobre ellos una sentencia como esta: Mira, estabas en pecado y no podías librarte de él, y aun así yo no quise por eso condenarte, pues te envié a mi Hijo unigénito y pretendía darte un Salvador para que te quitara el pecado. A él no lo recibiste. Por tanto, solo por esto serás condenado: porque no tienes a Cristo.

11 Esta sentencia, entonces, se da para honra y gloria de la alta gracia que Dios nos ha dado en Cristo el Señor. ¿Qué razón habría sido tan sabia como para descubrir que esto se hizo por causa del hombre? La razón no puede elevarse más en sus pensamientos que a decir: He pecado con obras hechas. Debo repararlo haciendo otras obras. Debo borrar y pagar el pecado, para así obtener un Dios propicio. Si la razón llega hasta ahí, ha llegado a su cumbre. Y sin embargo no es sino necedad y ceguera.

12 Pero Dios habla así: Si quieres verte libre del pecado, tienes que hacer otras obras con las cuales pagar el precio. Pero con todas las obras que haces, no puedes hacer sino pecar, incluso con las obras con que piensas reconciliarme a mí y hacer penitencia por tus pecados. ¿Cómo, pues, necio, borrarás pecado con pecado? Porque aun en las obras que consideras mejores y que puedes hacer, pecas si no las haces de buena gana y de corazón. Pues si no temieras el castigo, preferirías no hacerlas en absoluto. Así no haces más que procurar borrar pecados pequeños cometiendo otros mayores; o bien cometer tan grandes que puedas dejar a un lado otros.

13 Por eso es siempre gran ceguera que el hombre no vea qué es el pecado, ni sepa qué son las buenas obras, sino que tome el pecado por buenas obras. Cuando viene el Espíritu Santo, redarguye a la gente y dice: Las obras que has hecho, así como las que aún haces, no son sino pecado; por tanto, es en vano que intentes dar satisfacción por tu pecado según tus posibilidades. Entonces se sienten obligados a decir: Mira, esto yo no lo sabía. Entonces dice él: Para esto estoy aquí, para decírtelo. Si lo hubieras sabido, no habría sido necesario que yo viniera a darlo a conocer. ¿Qué harás ahora para ser ayudado? Esto debes hacer: creer en el Salvador, el Señor Cristo, que ha quitado tu pecado. Si crees esto, él es tuyo y tus pecados desaparecerán; si no, nunca te librarás del pecado, sino que caerás siempre en él más y más hondo.

14 Así, con este pasaje queda completamente derribado todo lo que hasta ahora se ha predicado acerca de la penitencia y la satisfacción por el pecado, y todo lo demás que se ha practicado y urgido. Por esto se han fundado muchas órdenes y misas, y por esto nos hemos hecho sacerdotes y monjes y hemos corrido de aquí para allá, para librarnos del pecado de la mejor manera que hay en el mundo, la que el mundo tiene por piadosa y santa. Por eso se sigue también: Sea lo que sea, no es sino puro pecado y cosa condenable. Así hemos considerado una parte de este evangelio.

15 Sigue entonces el segundo pensamiento: V.10. De justicia, por cuanto voy al Padre», dice Cristo, «y no me veréis más. Justicia significa piedad y una vida buena y honrada ante Dios. ¿Qué es esto ahora? Es, dice Cristo, «por cuanto voy al Padre». Hemos dicho a menudo, acerca de la resurrección de Cristo, que ocurrió no por causa de él, sino por causa nuestra, para que la apliquemos a nosotros mismos como una bendición que es nuestra. Por esto resucitó de los muertos y ascendió al cielo, para dar comienzo a un reino espiritual, en el cual reina en nosotros por medio de la justicia y la verdad. Por eso está sentado arriba; no descansa ni duerme, no juega consigo mismo, sino que, como dice Pablo, Ef 1:22, tiene aquí su obra sobre la tierra, gobernando las conciencias y las almas de los hombres con el evangelio.

16 Dondequiera que Cristo es ahora predicado y reconocido, allí reina en nosotros, desde la diestra de su Padre, y él mismo está aquí abajo en los corazones de los hombres. Allí reina con fuerza, poder y dominio sobre ti y sobre todos tus enemigos, y te guarda del pecado, de la muerte, del diablo y del infierno. Así su resurrección y ascensión son nuestro consuelo, vida, bendición, justicia y todo en uno. Esto es lo que el Señor quiere decir cuando habla de justicia: que con ello la gente ha de hacerse piadosa y justa, que él asciende al cielo, al Padre, y ya no lo vemos. Esto el mundo no lo sabe; por eso el Espíritu Santo debe venir y redargüir de ello al mundo.

17 ¿Cómo sucede esto? Tal como hemos oído. Si he de hacerme piadoso, no me bastará con realizar obras buenas externamente, sino que debo hacerlas desde el fondo del corazón, con gusto y de buena gana, para verme libre del temor del pecado, de la muerte y del diablo; estar gozoso, y con buena conciencia y toda confianza presentarme ante él y saber cómo estoy con él. Esto ninguna obra, ninguna criatura puede dármelo, sino solo Cristo, que ha ascendido al cielo, allá donde no se le puede ver, sino que hay que creer que está sentado allí y quiere ayudarnos. Una fe así me hace acepto a Dios; Cristo me da el Espíritu Santo en el corazón, que me hace dispuesto y feliz en el hacer de toda buena obra. De esta manera llego a ser justo, y de ninguna otra; pues las obras mismas me hacen más y más renuente cuanto más tiempo me ocupo en ellas.

18 Pero cuanto más tiempo se dedica uno a esta obra, más dispuesto se hace el corazón; porque donde hay tal conocimiento, allí no puede faltar el Espíritu Santo. Cuando viene, hace el corazón dispuesto, gozoso y feliz, de modo que uno sea libre y haga de buena gana lo que agrada a Dios, con ánimo alegre, y sufra cuanto haya que sufrir, e incluso muera de buena gana. Y en la medida en que este conocimiento es claro y grande, en esa misma medida será también grande la disposición y el gozo. Así se cumple el mandamiento de Dios y se hace todo lo que uno ha de hacer, y así eres justo. ¿Quién habría pensado jamás que esto sería la justicia y que así había de ser? Esta cuestión la hemos oído y considerado a menudo hasta ahora, y aunque las palabras aquí sean distintas, el sentido y el significado son los mismos.

19 En tercer lugar, el Espíritu Santo ha de redargüir al mundo de juicio, es decir, de que el mundo no sabe qué es el derecho. Pues ¿quién ha oído jamás que la definición de este derecho sea: porque el príncipe de este mundo ha sido juzgado? El príncipe del mundo es, por supuesto, el diablo, lo cual se puede ver fácilmente en su gobierno.

20 Si ahora he aprendido a conocer qué es el pecado y estoy libre de él, y he obtenido justicia, de modo que ahora me hallo en un nuevo carácter y vida y me he hecho otro hombre, si tengo ya al Señor Cristo y sé que para librarse del pecado se requiere algo distinto de nuestras obras, si estas cosas han sucedido en mí, se sigue entonces que puedo tener un juicio correcto, habiendo aprendido a juzgar de otra manera ante Dios. Porque, según tal entendimiento, sé cómo discutir, concluir y juzgar todas las cosas en el cielo y sobre la tierra, y emitir un juicio correcto; y cuando he emitido tal juicio, puedo vivir conforme a él. Esto nadie más puede hacerlo.

21 El mundo, en su santidad, sostiene que la justicia significa realizar buenas obras con que hacer penitencia por el pecado y reconciliar a Dios. Esto se ha enseñado en todas las escuelas de saber. Tales maestros piensan que está bien y es correcto si tan solo pueden realizar buenas obras. Pero ahora viene el Espíritu Santo y dice: No es así. Os equivocáis y os engañáis. Vuestro juicio es errado. Por tanto, debe haber otro juicio. Debéis juzgar así: Todo lo que concluye vuestra razón es erróneo y falso, y vosotros sois necios y simples.

22 La razón puede hacer otras cosas; por ejemplo, saber juzgar en asuntos y negocios mundanos y humanos, cómo edificar ciudades y casas, cómo gobernar bien, y cosas semejantes. En tales asuntos uno puede fácilmente juzgar y decidir con más sabiduría que otro. Pero de esto no hablamos aquí, sino del juicio en el sentido de lo que es recto o errado ante Dios. Aquí el Espíritu Santo concluye así: Todo juicio de la razón es falso y no vale nada. Todo lo que nace del hombre y no nace de lo alto, debe ser desarraigado y crucificado, para que nadie se jacte de ello ni se apoye en ello. Y a su vez, todo lo que el mundo considera sabiduría, lo que vota como sabia e inteligentemente ideado y realizado, es necedad ante Dios. En suma, todo lo que hace el mundo es inútil y maldito, a menos que proceda de Cristo, el Señor, y sea de su Palabra y Espíritu, como él nos enseña. Si no procede de él, es sin duda pura ceguera y no hay en ello nada bueno.

23 Por eso todo lo que el mundo tiene por bueno queda degradado. Todo es malo porque no procede de la Palabra y del Espíritu, sino del viejo Adán, que no es más que un necio ciego y un pecador. ¿Y por qué? ¿No habrían de ser necedad tu sabiduría y tu razón, y no contar para nada, puesto que es condenado el más excelso, el que posee en grado sumo todo el poder y la sabiduría de este mundo? Porque, sin duda, no hay nadie en el mundo tan sabio, astuto y razonable como el diablo, y nadie puede aparentar una piedad mayor. Y toda sabiduría y santidad que no procede de Dios, así como las cosas más hermosas del mundo, se hallan en su grado más alto en el diablo. Puesto que es príncipe y gobernante del mundo, la sabiduría y la justicia del mundo deben proceder de él; aquí reina con todo su poder. Por eso dice Cristo: Puesto que el mismo príncipe del mundo es condenado, con todo lo que tiene y puede hacer, el mundo es siempre ciego porque considera bueno lo que ya ha sido condenado, a saber, su sabiduría y su piedad.

24 Debemos, pues, emitir un juicio correcto, como el que emite Cristo, si hemos de guardarnos de todo lo que el mundo considera y declara precioso para aparecer ante Dios prudente, sabio y piadoso. Si personas que no tienen la Palabra ni el Espíritu de Cristo desean enseñar y gobernar, todo está ya condenado; porque de este modo no se logra más que fortalecer al viejo Adán y afirmarlo en su opinión de que sus obras, su piedad y su prudencia han de valer ante Dios. Con ello uno tiene que meterse más y más hondo en el reino del diablo.

25 Pero ahora, puesto que el príncipe de este mundo y el Espíritu Santo, el reino de Cristo y el reino del diablo, se oponen directamente entre sí, y el Espíritu Santo no quiere que nadie haga alarde de sus propias obras ni se alabe por ellas, pronto ha de seguir la santa cruz. El mundo no consentirá ser reprendido por su ceguera. Por eso hay que someterse de buena gana y sufrir persecución. Si tenemos la clase de fe correcta en el corazón, debemos también abrir la boca y confesar la justicia y dar a conocer el pecado. Igualmente debemos condenar y censurar las obras de este mundo y hacer saber que todo lo que emprende está condenado. Por esto seremos tenidos por herejes, y tendremos que pasar por el fuego. Dicen: Esto va contra los santos concilios y el derecho canónico del santo padre, el papa. Entonces has de responder: ¿Qué puedo hacer yo? Aquí está: el texto no dice que el Espíritu Santo ha de redargüirlos y decir que su doctrina es error, ceguera y gobierno del diablo. Esto, claro está, no lo soportarán, sino que querrían que los llamáramos nobles señores de gracia. Por eso, aquí hay que jugarse el cuello.

26 Estas son las tres partes que tenemos en esta lección del evangelio: el pecado es incredulidad; la justicia es fe; el juicio es la santa cruz. Por tanto, presta atención y aprende a considerar como nada y como condenado todo lo que está sin el Espíritu, y prepárate después para la santa cruz que tendrás que sufrir por ello. Sigue ahora en el evangelio:

V.12, 13. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad.

27 Estas palabras deben entenderse en toda su sencillez, como si el Señor dijera: «Estas tres partes que os he referido ahora, no podéis aún entenderlas del todo, aunque os las explicara. Tendría que decir mucho sobre ellas para explicarlas con más plenitud, para aclarar cómo serán las cosas, y vosotros aún estáis demasiado metidos en vuestra razón tosca y carnal para poder comprenderlo. Por eso me abstendré ahora. Cuando venga el Espíritu Santo, iluminará vuestros corazones para que lo entendáis, y os recordará todas las cosas; os lo digo ahora para que penséis en ello.» Así damos estas palabras en su sentido sencillo. Es como si yo conversara con alguien y dijera: «Aún tendría muchas cosas que decir, pero son demasiado difíciles para ti. Todavía no puedes comprenderlas ni captarlas.»

28 Pero nuestros doctores y hombres muy eruditos han usado estas palabras de manera frívola y han dicho que hacía falta algo más que el evangelio y las Escrituras; por eso también habría que soportar lo que decretan los concilios y los papas. Se esfuerzan por probar de esta manera que Cristo dice aquí: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar»; por tanto, como no les ha dicho todas las cosas, debe seguirse que las dijo a los concilios, a los papas y a los obispos, que son quienes ahora han de enseñárselas.

29 Ahora mira a estos necios, lo que dicen. Cristo dice: «Aún tengo muchas cosas que deciros.» ¿Qué significa «os»? ¿A quién habla? Sin duda, a los apóstoles. A estos dice: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad.» Por tanto, si Cristo no ha de mentir, su Palabra debió cumplirse en el momento en que vino el Espíritu Santo. El Espíritu Santo debió decirles todo y llevar a cabo todo aquello a lo que el Señor se refiere aquí, y, por supuesto, los guió a toda la verdad. ¿Cómo, pues, se nos ocurre la idea de que Cristo no debió de haber dicho todo, sino haber guardado mucho, que los concilios habían de enseñar y determinar? Con esta idea sus palabras no concuerdan en absoluto. Cristo da a entender que pronto el Espíritu Santo les diría y les explicaría todas las cosas, y que después los apóstoles habían de llevar a cabo todo, y por medio de ellos había de darse a conocer al mundo lo que habían aprendido del Espíritu Santo. Pero, según los concilios y los papas, todo depende de lo que ellos digan, enseñen y manden, hasta el fin del mundo.

30 Además, Cristo dice más: «Él os guiará a toda la verdad.» Aquí concluimos: Si lo que enseñan los concilios es la verdad, que uno ha de llevar tonsura y capucha y vivir una vida de celibato, entonces los apóstoles nunca llegaron a la verdad, pues ninguno de ellos entró jamás en un claustro ni guardó ninguna de esas leyes necias. Así, Cristo debe de habernos traicionado en esto: que dijo que el Espíritu Santo nos guiaría a toda la verdad, cuando en realidad quería enseñar cómo habíamos de hacernos sacerdotes y monjes y no comer carne en ciertos días, y cosas necias semejantes.

31 Sin duda es «verdad» ante Dios cuando uno vive una vida recta y sincera. Pero si miramos ahora a nuestros eclesiásticos, papa, obispos, sacerdotes y monjes, no vemos sino máscaras de carnaval, que se dan por fuera apariencia de piadosos, pero en su corazón son villanos. ¿Qué papas, obispos y órdenes nos han guiado jamás a esta verdad, que debe brotar de dentro, del corazón? En todo se preocupan de la apariencia externa de las cosas, para hacer alarde ante los ojos de la gente.

32 Así han pervertido magistralmente este texto para reforzar sus mentiras; ¡y todavía hemos de llamarlos señores de gracia! Oír tales cosas exaspera, y debería dolernos en el corazón que hayamos de sufrir tan grande ultraje; ver con qué vergüenza obra la gente contra la preciosa Palabra de Dios y hace mentiroso al Espíritu Santo. ¿No debería bastar este único pasaje, poderoso contra el papa y los concilios, aunque no tuviéramos otro en las Escrituras?

33 En tercer lugar, Cristo dice: «No las podéis sobrellevar ahora.» Aquí preguntamos: Querido mío, ¿habría sido demasiado difícil para los apóstoles entender u obedecer leyes como la de abstenerse de carne, y cosas semejantes? Estaban acostumbrados, en la ley de Moisés, a observar muchas ceremonias externas de este tipo, y se habían educado en ellas toda la vida, de modo que les habría sido juego de niños. Además, esto lo entendían mejor que nosotros. ¿Es cosa tan difícil que un monje deba llevar capucha negra o gris, el papa tres coronas, un obispo un sombrero puntiagudo, o el modo de consagrar iglesias y altares y bautizar campanas? ¿Son estas cosas tan difíciles como para que sea necesario que el Espíritu Santo venga del cielo a enseñar tales cosas? Si no es hacer bastante el necio que uno se burle con estas nobles palabras, entonces no sé cómo se puede ser más necio.

34 Por eso, guárdate de estos mentirosos y entiende las palabras rectamente, así: Cristo quiere hablar del carácter interior, real, no de juegos de manos externos. Quiere hacer piadoso y justo el corazón ante los ojos de Dios, para que, en primer lugar, reconozca su pecado, y en segundo lugar, lo reconozca a él como el que perdona el pecado y se deja sacrificar en la cruz. Esta es aquella «verdad» que los apóstoles aún no podían oír ni entender. Pero esas cosas externas no hacen justo a nadie, no llevan a nadie a la verdad. Solo hacen hipócritas y apariencia, con las cuales se engaña a la gente.

35 Así tenemos el verdadero sentido de este pasaje, del cual vemos cómo los necios que buscan en él apuntalar sus juegos de manos se ponen en oposición a él y edifican sobre la arena. Apenas hay un pasaje que se les oponga más fuertemente que este. Hemos explicado brevemente esta lección del evangelio para que veamos cómo enseña precisamente lo que siempre hemos predicado.

Sermón para el cuarto domingo después de Pascua; Juan 16:5-15 (2.º sermón)

I. EL ESPÍRITU SANTO REDARGUYE AL MUNDO DE PECADO.

1 Cristo nos pinta en este evangelio qué es su reino y qué sucede en él, cómo se gobierna y qué logra. Aquí aprendes que hay un reino sobre la tierra y que es invisible, y que se adhiere a la Palabra de Dios sola y descansa sobre ella. Cristo no dice que quiera que sus discípulos lo sigan de inmediato al cielo; sino que les enviará el Espíritu Santo y que se aparta de ellos precisamente para enviarles el Espíritu Santo, a fin de que así su reino se desarrolle más. Por eso dice: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.» No podían entender aquel reino, cómo había de existir y ser administrado. Su razón y sus sentidos eran todavía demasiado carnales, nunca habían visto un reino espiritual ni oído hablar de uno; por eso pensaban continuamente en un reino temporal y externo. Y aquí, como en otros evangelios, se predica la fe y la confianza en Cristo. Queremos considerar ahora los pensamientos principales de este evangelio y explicarlos hasta donde Dios nos dé su gracia para hacerlo. El Señor se dirige así a sus discípulos:

V.8. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, por cuanto no creen en mí.

2 Aquí debemos dejar que sea «pecado» lo que la alta majestad del cielo atribuye al pecado y comprende en él. En el texto solo se menciona como pecado la incredulidad, «por cuanto», dice el Señor, «no creen en mí».

3 Pero ¿qué es creer en Cristo? No es simplemente creer que es Dios, o que reina en el cielo con igual poder que Dios Padre; eso lo creen muchos otros. Yo creo en Cristo cuando creo que es un Dios misericordioso para conmigo y que ha tomado mis pecados sobre sí y me ha reconciliado con Dios Padre, que mis pecados son suyos y su justicia mía, que hay una mezcla y un intercambio, que Cristo es mediador entre yo y el Padre. Porque los pecados de todo el mundo fueron puestos sobre Cristo, y la justicia del Padre, que está en Cristo, se tragará todos nuestros pecados.

Ningún pecado puede ni debe permanecer sobre Cristo. Tal fe me hace limpio y acepto al Padre. De esta fe el papa y nuestros doctos dirigentes no saben decir nada, y mucho menos creerla. Enseñan que el hombre debe hacer muchas buenas obras si ha de ser acepto a Dios y verse libre de pecado, y que entonces Dios le concede su gracia.

4 Sin embargo, aquí el Señor habla de manera muy distinta, y dice: «El Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado, por cuanto no creen en mí.» Aquí solo se menciona la incredulidad como pecado, y se alaba la fe como la que suprime y extingue los demás pecados, aun los pecados en los santos. La fe es tan fuerte y avasalladora que ningún pecado puede ponerle obligación alguna. Aunque los pecados estén presentes en las personas piadosas y creyentes, no les son imputados, ni sus pecados las condenarán. Este es el sentido de Pablo cuando dice en Ro 8:1: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.» Sus corazones son purificados por la fe, como escribe Pedro en Hch 15:9. Por eso, todo lo que hacen en esta fe, en esta seguridad, es bueno, puro y agradable a Dios. Al contrario, sin esta fe todas sus obras son pecado y perdición, por mucho que sus buenas obras brillen y resplandezcan de hermosas, y aunque resuciten muertos. Porque Pablo dice: «Todo lo que no proviene de fe, es pecado», Ro 14:23.

5 ¿Qué será ahora de todos los sacerdotes, monjas y monjes que, queriendo escapar del pecado, corren a los claustros y emprenden muchas buenas obras sin esta fe? La incredulidad se llama pecado, como dije, pero creer en Cristo, que toma mis pecados sobre sí, me reconcilia con el Padre y a la vez me hace heredero suyo de todo lo que hay en el cielo y en la tierra, esto es buenas obras. En Jn 6:28-29, los judíos preguntaron a Cristo: «¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?» Jesús respondió: «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado.» Sí, y si predicáramos así, ¿quién entrará entonces en los claustros o contribuirá con algo para ellos? Las bolsas de los monjes se quedarían sin duda flacas, sus cocinas escasas, sus bodegas vacías y abandonadas. Por eso no permitirán que se predique la fe; más aún, condenan esta doctrina y destierran a sus predicadores. En efecto, ya han puesto manos a la obra muy en serio. Cristo dice además:

V.10. De justicia, por cuanto voy al Padre.

II. EL ESPÍRITU SANTO REDARGUYE AL MUNDO DE JUSTICIA.

6 Aquí acuden armados todos los doctos, es más, todo el mundo además, y nos dicen qué clase de justicia es esta. Sí, y errarán. Porque el mundo nunca ha conocido esta justicia; todavía no la conoce, y no quiere conocerla. Por eso dice aquí el Señor que el Espíritu Santo redargüirá al mundo de esta justicia.

7 Pero ¿qué hemos de entender aquí por «el mundo»? No debemos entender por él los pecados groseros y externos, como el adulterio, el homicidio, el hurto y el robo. Para tales sujetos se han instituido las ruedas y las horcas, de las que han de ocuparse los poderes mundanos, los reyes, emperadores y príncipes. Nosotros interpretaremos «el mundo» como los pecados sutiles y secretos, de los cuales el Espíritu Santo redarguye, y que el mundo no conoce como pecado. Es más, los declara obras divinas; los aplaude y no permite que se les llame pecados. ¿De qué otro modo pueden vivir la incredulidad y otros pecados secretos en el corazón sin que el corazón mismo sea consciente de ellos y sepa que son pecados? Pero los que redarguyen al mundo deben, por eso, ser vilipendiados como herejes y desterrados del país, como vemos en la actualidad. Por eso el Espíritu Santo debe redargüir al mundo.

8 La vara, sin embargo, con que el mundo es redargüido y castigado es la Palabra divina y el santo evangelio, proclamados por los apóstoles y predicadores, como dice Dios el Padre a su Hijo en Sal 2:9: «Los quebrantarás con vara de hierro; como vaso de alfarero los desmenuzarás.» Es decir, los humillarás con el santo evangelio. Pero el mundo se resiente de tal convicción y castigo; y sin embargo castiga con dureza, y aun con más dureza que el Espíritu Santo. El Espíritu Santo toma varas, pero el mundo usa espadas y fuego. También Isaías habla en términos semejantes de Cristo nuestro Señor en Is 11:4: «Herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío.»

9 ¿Cuál es ahora la justicia a la que el Señor se refiere aquí? Algunos dicen que la justicia es una virtud que da a cada persona lo suyo. Aunque esta es una buena definición, es engañosa, en cuanto que no sabemos cómo estamos en deuda con cada uno, con Dios y con los hombres. Esto lo desea Dios y lo exige de nosotros. Por eso su justicia no es otra cosa que la fe y la gracia de Dios, por las cuales Dios nos hace piadosos y justos. Tal justicia debemos tener y ser así justos, si hemos de ser hallados justos e irreprensibles ante Dios, y no solo ante los hombres. Porque ni la letra más pequeña ni una tilde de la ley faltará, sino que todo se cumplirá.

10 Noé fue hallado hombre justo de esta clase. De él está escrito en Gn 6:8-9: «Noé era varón justo, perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé. Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová.» También está escrito de Job, en Job 1:1, que era un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Pero eso se hace solo por la fe, cuando uno cree que Dios ha estrangulado y tragado sus pecados en su justicia. Porque esta justicia no es sino creer que Cristo está sentado a la diestra del Padre; que es igual a Dios, con igual poder; que se ha hecho Señor en virtud de su pasión, por la cual ha ascendido al Padre, nos ha reconciliado con Dios y está allí como nuestro mediador. Esto es lo que quiere decir el profeta en Sal 110:1: «Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.» Por eso san Pablo llama a Cristo unas veces mediador, 1 Ti 2:5; He 8:6; otras trono de gracia, Ro 3:25; propiciación, 1 Jn 2:2, y con otros nombres semejantes. Dios exige de nosotros esta honra y la fe la reclama: que lo poseamos como nuestro Señor y Salvador; y esta gloria no la concederá a ningún otro, como dice por el profeta: «Mi gloria no daré a otro», Is 42:8.

11 Su camino al Padre es su gloria. Porque «ir» significa morir, y pasar por la muerte al Padre y entrar en otra existencia. Se gloría de su curso futuro cuando dice: «Voy al Padre.» Por eso, aquí la justicia no es otra cosa que recorrer por la fe el camino a través de la muerte hasta el Padre. Esta fe nos hace justos ante Dios, esta fe por la cual creemos que él nos libró del pecado, de la muerte, de Satanás y del infierno, por su pasión, y que con ello Dios, el Padre, es reconciliado y nuestros pecados quedan borrados por su sangre. Esta es también la razón por la que menciona su ida, cuando dice, respecto de la justicia, no que está con el Padre, sino que va al Padre. En esta ida, el pecado es tragado en la justicia y Cristo pasa alegremente por la muerte, de modo que nadie ni siquiera se da cuenta. Por eso sigue:

V.10. Y no me veréis más.

12 Aquí se exponen la naturaleza y el arte de la fe: la fe ni siente ni palpa, ni las cosas que le atañen requieren una ciencia; sino que se dispone con alegría a creer lo que no siente ni puede medir con todas sus fuerzas, interior o exteriormente. Pablo dice en Ro 8:24: «Lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo?» Por eso el Señor dice con acierto: «Y no me veréis más.» Como si dijera que este camino de buenas obras que él recorre no será visto ni captado por los sentidos, sino que debe ser creído. Sigue ahora la tercera y última parte de nuestro evangelio.

III. EL ESPÍRITU SANTO REDARGUYE AL MUNDO DE JUICIO, O SEA, DE LA CRUZ.

V.11. De juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.

13 El príncipe de este mundo es Satanás, y sus miembros incluyen a todas las personas incrédulas e impías; toda carne con todas sus fuerzas queda condenada por estas palabras, y lo que el mundo alaba es condenado por Dios, incluyendo tanto a los piadosos como a los impíos, creyentes e incrédulos, amigos y enemigos, como cita san Pedro en su primera epístola (4:17), cuando dice: «Es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios», es decir, por los elegidos, en quienes Dios mora. Los justos, mientras viven aquí, tienen carne y sangre, en las cuales el pecado está arraigado. Para suprimir este pecado Dios los llevará a gran miseria y angustia, pobreza, persecución y toda clase de peligros (como escribe Pablo a los romanos, 7:18 y ss.; 8:4; y a los corintios), hasta que la carne quede completamente sujeta al Espíritu.

14 Eso, sin embargo, no ocurre hasta la muerte, cuando la carne se reduce por completo a cenizas. Debemos ser en todo semejantes a Cristo. Puesto que él fue aquí despreciado, escarnecido y juzgado, de modo que, como dice el profeta Isaías (53:3), fue estimado y tenido por herido y azotado de Dios, el más despreciado e indigno, varón de dolores y experimentado en quebranto, sus discípulos deben pasar también por las mismas experiencias. Todos deberían considerar esto con atención. Así está decretado, como el mismo Cristo declaró antes a sus discípulos, diciendo: «Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán.» Jn 15:20. Por eso Pablo dice con palabras muy claras en 2 Ti 3:12: «Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.»

15 Por eso san Pedro distingue con cuidado y dice: «Y si el juicio comienza por nosotros primero, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios? Y si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?» 1 P 4:17-18. Esta distinción es entre los sufrimientos de los piadosos y de los malvados. Las personas piadosas y creyentes conocen sus pecados; soportan con paciencia todo su castigo y se resignan al juicio de Dios sin la menor queja; por eso son castigadas solo en el cuerpo, y aquí en el tiempo, y su dolor y sufrimiento tienen fin. Los incrédulos, en cambio, como no son conscientes de sus pecados y transgresiones, no pueden soportar con paciencia el castigo de Dios, sino que se resienten de él y quieren que su vida y sus obras queden sin castigo, es más, sin censura. Por eso su castigo y sufrimiento son en cuerpo y alma, aquí en el tiempo, y duran para siempre más allá de esta vida. El Señor dice aquí: «El príncipe de este mundo ya ha sido juzgado.» Como si dijera: Todo lo que el mundo y los hombres en el mundo descubren, alaban y condenan, no equivale a nada; y todo lo que Dios juzga, el mundo no puede sufrirlo ni soportarlo, sino que lo rechaza, lo repudia y lo condena.

16 Así se nos han presentado en este evangelio tres pensamientos: el pecado, la justicia y, por último, la cruz y la persecución. Seremos librados del pecado por la fe. Si creemos que Cristo dio satisfacción por nuestros pecados y que su satisfacción es nuestra, esa es entonces la justicia. Cuando estamos libres de pecado, y somos justos y piadosos, entonces el mundo, Satanás y la carne se levantarán y contenderán y batallarán contra nosotros. Entonces vienen la persecución y la cruz. Esto queremos dejar expuesto brevemente por ahora a partir de este evangelio. Conceda Dios su gracia para que así lo aprendamos y sepamos gobernarnos por ello cuando lo necesitemos.

Sermón para el cuarto domingo después de Pascua; Juan 16:5-15 (3.º sermón)

I. SERMÓN SOBRE EL REINO DE CRISTO Y EL OFICIO DEL ESPÍRITU SANTO DE CONVENCER.A. Este sermón de consolación en general.

1 El sentido de este evangelio lo hemos oído a menudo en otras partes; el único problema es que su lenguaje no se entiende del todo, como si tuviera el significado de las cosas que nos son familiares. Por eso lo expondremos un poco, para que se vea que en estas palabras está la misma verdad que se contiene en casi todos los evangelios.

2 Es una parte de aquel hermoso discurso que Cristo el Señor pronunció después de la última cena que tuvo con los discípulos. Su propósito especial es consolar a sus amados discípulos ante su partida, porque ahora está a punto de morir y de dejarlos solos en el peligro y la angustia, en la hostilidad del mundo, en la persecución y la muerte por causa de él. Y así les anuncia con muchas palabras que serían expulsados de las sinagogas, y que quienes los mataran se jactarían de haber prestado un servicio a Dios. Era cosa grave y terrible para ellos oír esto, y por ello se entristecieron mucho, tanto porque iban a perder a su querido Señor como porque iban a quedar en tal miseria y angustia. Por eso era necesario consolarlos frente a todo esto, como en verdad lo hace Cristo, con toda diligencia y fidelidad, a lo largo de estos tres capítulos de su último discurso. Y la suma es esta: ante la pérdida que causa su partida, promete enviar al Espíritu Santo, que consolará y fortalecerá sus corazones, y que entonces, por primera vez, establecerá el reino de Cristo y lo extenderá por todo el mundo; y les dice claramente cuál ha de ser la naturaleza de su reino, en qué ha de consistir y qué realizará el Espíritu Santo en el mundo por medio de ellos.

3 Por eso les dice primero: Yo sé y veo claramente, amados discípulos, que ustedes están en gran temor y tristeza por lo que les he dicho, que estoy a punto de irme de ustedes. Pero este será su consuelo: les digo la verdad, mucho mejor les es que yo me vaya. Mi partida les traerá abundante gozo, pues tendrán en su lugar el consuelo del Espíritu Santo, y además el poder de que él realice por medio de ustedes lo que yo, presente ahora con ustedes, no puedo hacer. Porque en esta misión en la carne debo sufrir y morir, y así hacer mi viaje al Padre, y después enviar al Espíritu Santo, que hará por medio de ustedes cosas mucho mayores de las que ahora pueden hacerse por medio de mí, y que les concederá un oficio y una obra grandes y excelentes, por los cuales mi reino se extenderá en el mundo.

B. El reino de Cristo, del cual trata este sermón.

4 Así pues, primero les muestra cuál ha de ser la naturaleza de su reino en la tierra, para quitarles su antigua e hondamente arraigada ilusión de un dominio y gobierno externo y mundano sobre el pueblo judío y sobre el mundo en general en esta vida. Porque contra esto dice bastante claramente y con muchas palabras que se iría, que dejaría el mundo y que no sería visto más. Pero si muere y deja el mundo, no puede reinar ni gobernar al modo del mundo, externa y visiblemente, como un rey y emperador en la tierra. Lo indica todavía más claramente al anunciarles con tantas palabras, antes y después de este texto, cómo les irá después de su partida: que serán aborrecidos, perseguidos, expulsados y hasta muertos por su propia gente; y además, que llorarán y se lamentarán y tendrán tribulación en el mundo, el cual, por el contrario, estará alegre y gozoso. Todo esto no concuerda en absoluto con la idea de que ellos tuvieran un reino mundano en la tierra, en el cual esperar; deben esperar todo lo contrario. Sin embargo, han de saber que él tendrá y conservará su reino en el mundo; por eso promete al Espíritu Santo.

C. El oficio de convencer del Espíritu Santo.

5 ¿Qué clase de reino es, y cómo se gobierna? Lo indica en las palabras: V.8. Y cuando él venga, convencerá al mundo. No ha de ser un gobierno constituido y organizado a la manera del mundo con sabiduría, poder y fuerza humanos, sino un gobierno del Espíritu Santo, o un reino espiritual, en el cual Cristo reina de modo invisible y no con poder externo y corporal, solo por medio de la Palabra, que el Espíritu Santo predicará y con la cual obrará en los corazones de los hombres. Porque el Espíritu Santo, dice, convencerá al mundo. Eso no significa obligar con armaduras y armas y poder mundano, sino usar una palabra oral o un oficio de predicación, llamado la Palabra de Dios, o del Espíritu Santo, enviada por Cristo. Esta Palabra ha de recorrer el mundo y atacarlo, de modo que pueda llamarse un convencer al mundo, no solo a unos pocos, de una o dos razas y países, sino tanto a judíos como a gentiles, a los doctos, a los sabios y a los santos, que en su propio gobierno tienen la organización más hermosa y loable.

6 Porque por «mundo» no entiende al pueblo humilde y común, a la plebe, sino lo que en el mundo es mejor y más excelente, y en el gobierno externo irreprochable; en especial a los que pretenden ser santos por encima de todos los demás, como los judíos, que eran llamados pueblo de Dios y tenían la ley de Moisés, de los cuales Cristo dijo antes que lo aborrecen a él y a los suyos sin causa, como está escrito en su ley.

7 Con esto Cristo concede a sus apóstoles poder y autoridad, más aún, mando sobre todo el mundo. Este ha de estar sujeto a su predicación y oír a los apóstoles. Aunque su oficio será despreciado en el mundo y no tendrá reputación, porque son gente sencilla y corriente, y aun aparte de esto han de ser aborrecidos y oprimidos y han de sufrir en el mundo, cuando con sus convicciones vayan en contra de él, hasta que él los fortalece y consuela con la seguridad de que su oficio, sin embargo, tendrá poder, fuerza y eficacia. Los del mundo se verán obligados a oírlo y a permitir que siga su curso, sin ser derribado ni prohibido, a pesar de que rabien y se enfurezcan contra él con persecución, expulsión y muerte, y con todo el poder y la fuerza no solo del mundo, sino también de todo el reino del infierno.

8 Por eso, dice él, tienen buena razón para no espantarse ni abatirse porque yo me voy de ustedes corporalmente. Pues con ello les daré algo mejor de lo que han tenido mientras estaban conmigo, y ustedes realizarán cosas mucho mayores y más gloriosas de las que ahora pueden hacerse; a saber, el Espíritu Santo llevará a cabo por medio de ustedes, de manera mucho más gloriosa y poderosa de lo que ahora piensan, lo que pertenece a mi reino. Entonces ya no buscarán ni aspirarán, como ahora, a ser señores sobre la tierra y a tener grandes reinos bajo ustedes. Porque estas son cosas pasajeras, que a Dios no le importan, y que siempre han producido más pícaros que hombres buenos. Pero él los pondrá en un gobierno donde juzgarán las conciencias de todos los hombres; y lo más alto que hay en el mundo, a saber, su sabiduría y su santidad, les estará sujeto. Ustedes pronunciarán juicio sobre ello, convencerán y condenarán, y nadie podrá escapar del pecado, de la muerte y del infierno, ni llegar al cielo, si no oye y obedece su palabra.

9 Él les dará también tal consuelo y ánimo, que ya no estarán llenos de terror y de miedo mortal, como ahora, ante las amenazas, la furia y la rabia del mundo contra su predicación; sino que avanzarán con valentía y convencerán, sin importar lo que el mundo y el diablo puedan hacer para impedirlo con persecución, asesinato y toda la violencia del infierno.

10 Este es el ámbito de la obra que el Espíritu Santo ha de comenzar en el reino de Cristo. Es el oficio de enseñar de los apóstoles, que ha de ser de tal carácter que debe convencer al mundo, tal como lo encuentra fuera de Cristo, y nadie ha de ser exceptuado, grande, pequeño, docto, sabio, santo, de condición alta o baja, etc. Esto significa, en suma, soportar la ira del mundo y comenzar la contienda, y ser golpeado en la boca por ello. Porque el mundo, que gobierna en la tierra, no quiere ni puede soportar que se desapruebe su curso; por eso debe surgir la persecución, y una parte debe ceder ante la otra, la más débil ante la más fuerte. Pero, como el oficio de los apóstoles ha de ser solamente un oficio de enseñar, no puede usar poder mundano, y el mundo conserva su reino y poder externos contra los apóstoles. Pero, por otra parte, el oficio de los apóstoles de convencer al mundo tampoco será suprimido, porque es el oficio y la obra del Espíritu Santo, sino que vencerá a todos y triunfará; como Cristo les prometió: «Yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan.» Lc 21:15.

11 El Espíritu Santo, en verdad, convenció al mundo por la predicación desde antes, desde el principio (pues Cristo siempre reina, y es el mismo Cristo «ayer, y hoy, y por los siglos», He 13:8), por medio de los santos padres, Adán, Noé, Abraham, Moisés, Elías, Eliseo y Juan el Bautista, y esta convicción fue sostenida por poder divino. Pero ahora ha de hacerse el verdadero comienzo, y Cristo instituirá una convicción pública, que ha de extenderse no solo sobre el pueblo judío, sino sobre todo el mundo hasta el último día. Esta será mucho más eficaz y prevalecerá, y los corazones serán traspasados y heridos por ella, tal como se dice en Hch 2:37 del primer sermón de san Pedro el día de Pentecostés, que se compungieron de corazón por la predicación de los apóstoles, y así fueron iluminados y convertidos de su ceguera. Pero si no aceptan esta predicación, será eficaz para su condenación, y tropezarán, caerán y se hundirán en ruina eterna. Así resultará un poder para vida y salvación a los creyentes, y una predicación y un poder para muerte a los otros, como dice san Pablo en 2 Co 2:16.

12 Sin embargo, ¿respecto de qué convencerá el Espíritu Santo, y acerca de qué enseñará? Esto nos lo dice claramente en las palabras:

V.8. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.

13 Esto ciertamente significa morder bastante y cargar un gran peso: los pobres mendigos, los apóstoles, han de meterse así en el mundo y reprender y convencer todo lo que hace. Necesitan por fuerza espaldas fuertes y una buena reserva de fuerza. Pues aquí muestra que este convencer no ha de ser una farsa, ni ha de ser respecto de asuntos pequeños y triviales, ni siquiera de la soberanía, los países y los bienes, sino respecto de lo más alto, por lo cual existe el gobierno del mundo, a saber, la reputación de sabiduría y de justicia, y su juicio o su convencer, especialmente en las cosas elevadas, que conciernen al servicio de Dios y a lo que es bueno a los ojos de Dios.

14 Porque en cuanto al gobierno terrenal de los bienes y la riqueza, esto no concierne al Espíritu Santo ni a Cristo. En cuanto a eso, deja que la sabiduría, la ley y el orden del mundo sigan como están; pues en este campo se ha encomendado al mundo gobernar y juzgar qué es digno de alabanza y qué es punible. Igualmente, no convence a los oficios y las diferentes clases del mundo, que son creación y orden de Dios. Pero por esto convence al mundo, es decir, a la gente que en su propio gobierno gobierna de manera excelente, porque con su razón y su sabiduría procura también inmiscuirse en los asuntos y el gobierno de Dios, y presume decidir y juzgar cómo ha de ser servido Dios, e imagina que todo lo que afirme debe ser también recto y aceptable a los ojos de Dios.

15 Contra esto se dirige la convicción del Espíritu Santo. No irrumpe poco a poco sobre ciertas obras y acciones, sino que reduce a nada y condena todo lo que la razón y la sabiduría mundana proponen. En suma, los convence y censura precisamente en aquello mismo en que no quieren ser convencidos, sino más bien alabados y ensalzados, como quienes enseñan y obran bien y con rectitud.

Los pone en pecado y en vergüenza con toda su gloria y les imputa abiertamente que no saben nada de estas cosas ni son capaces de enseñar cómo ha de conocerse el pecado y librarse de él, cómo ha de alcanzarse la justicia y cómo ha de tolerarse el mal. ¿Cuánto bien queda ahora, cuando todo esto queda completamente abatido como por un rayo? Él mismo explica los tres puntos, y muestra qué significa cada uno y cómo ha de predicarse cada uno. Primero dice:

V.9. De pecado, por cuanto no creen en mí.

16 El mundo mismo debe confesar que no entiende ninguna de las cosas que Cristo dice aquí sobre estos tres pensamientos. Pues ¿quién oyó esto antes entre los sabios y doctos de la tierra, o con qué entendimiento se produjo, y en qué libros está escrito que el pecado es no creer en este Jesús de Nazaret? ¿No llaman Moisés mismo y todo el mundo pecado a lo que se hace contra la ley, por acción u omisión, de palabra o de obra o aun de pensamiento? Pues bien, se le pone nombre al niño, y el artículo es concluido y fijado por el Espíritu Santo: este es el pecado del mundo, que no cree en Cristo. No que no haya pecado contra la ley además de este; sino que este es el verdadero pecado principal, que condena a todo el mundo aunque no se le pudiera acusar de ningún otro pecado.

17 Así ha de comenzar ahora esta predicación de convicción, si la gente ha de ser llevada al recto conocimiento y a la salvación. Y lo primero será esto: hace pecadores a todos los hombres, doctos, elevados y sabios; y pecadores por esta razón, porque no creen en Cristo. De ahí que se declare la ira de Dios, y se pronuncie el juicio de condenación y muerte eterna (pues esto significa convencer de pecado) sobre aquellos que a los ojos del mundo son irreprochables, que incluso se esfuerzan con seriedad por vivir conforme a la ley y a los diez mandamientos. Tales eran Pablo antes de su conversión, y Nicodemo al principio, y muchos otros de este carácter entre los judíos, de quienes san Pablo da también testimonio de que tenían celo de Dios, y seguían la justicia, pero no alcanzaron la justicia (Ro 9:31). Así que esta palabra «pecado» comprende brevemente toda la vida y conducta sin la fe en Cristo y aparte de ella.

18 Aquí dirás: ¿Cómo es esto? ¿Es pecado vivir según los diez mandamientos con obediencia, honradez y castidad, no matar, no romper el vínculo del matrimonio, no robar, no mentir ni engañar? Respuesta: Ciertamente no. Pero eso no basta, y los diez mandamientos no se guardan si solo no se violan externamente con obras. Porque la ley de Dios no exige meramente la forma y la apariencia externas, sino que va al corazón y exige su perfecta obediencia. Por eso juzga al hombre no solo por su andar y conducta externos, sino por lo profundo de su corazón. Pero el mundo no entiende ni considera esto; pues reconoce solo los pecados públicos y externos, como el homicidio, el adulterio, el robo y lo que los juristas llaman y castigan como pecado. Pero ni conoce ni ve las verdaderas ofensas y su raíz, como el desprecio de Dios, la impureza interior innata del corazón y la desobediencia a la voluntad de Dios: cosas que sin embargo están y permanecen en todos los hombres que no son santificados por Cristo. Porque todo hombre, por piadoso que sea, si tan solo quiere confesarlo, encuentra en sí mismo lo que los verdaderos santos lamentan con seriedad: que aunque quisiera gustosamente guardar la ley de Dios, su carne y sangre, es decir, toda su naturaleza, incluido su corazón y todos sus miembros, se resisten; como dice san Pablo en Ro 7:23: «Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.» Mucho más es esto verdad de quienes están sin gracia y sin el Espíritu Santo, que viven irreprochablemente por fuera, solo por temor al castigo o por causa de la reputación y del vano honor; pero preferirían hacer lo contrario, si no temieran el infierno o la deshonra y el castigo. Porque el corazón es siempre hostil a la ley y se resiste a ella con desobediencia interior.

19 Ahora bien, siendo así que ningún hombre cumple los mandamientos de Dios y puede estar sin pecado delante de Dios, y que por tanto todos los hombres están bajo la ira de Dios y sentenciados a condenación eterna por la ley: Dios ha hallado un remedio para este mal, y resolvió enviar a su Hijo al mundo, para que se hiciera sacrificio por nosotros y diera satisfacción por nuestros pecados con el derramamiento de su sangre y su muerte, y quitara de nosotros la ira de Dios, que ninguna criatura podía reconciliar, y trajera el perdón de los pecados y además nos concediera el Espíritu Santo, para que obtuviéramos y recibiéramos todo esto, comenzáramos a ser hombres nuevos, y saliéramos del pecado y de la muerte a la justicia y a la vida eterna.

20 Esto lo ha hecho ya, y ha mandado predicarlo mediante el evangelio, y exige de todos los hombres (como oímos en los sermones de Pascua) arrepentimiento, es decir, verdadero conocimiento del pecado y seria aprensión de la ira de Dios, y fe, de que en tal arrepentimiento Dios, por causa de su Hijo, les perdonará sus pecados. El que cree esta predicación tiene por esta fe el perdón de los pecados y está en la gracia de Dios: y aunque no haya satisfecho la ley, el pecado que queda no le es imputado, sino que queda incluido en el perdón. Junto con esta fe se da también el Espíritu Santo, de modo que adquiere amor y gusto por hacer el bien y resistir el pecado. Por eso ya no es condenado por las leyes como pecador, aunque no las haya cumplido en todo aspecto; sino que es aceptado por Dios por gracia y perdón, y considerado como si no tuviera pecados.

21 Pero, por otra parte, el que no tiene fe no puede librarse del pecado ni escapar de la ira de Dios. Porque no tiene perdón y permanece bajo condenación, aunque sea muy celoso en vivir conforme a la ley; pues no puede cumplirla. Además, no acepta a Cristo, que trae el perdón y concede a los creyentes su propio cumplimiento, y da también poder para comenzar a guardar la ley desde el corazón.

22 Por eso, dondequiera que esta predicación no es aceptada, allí deben permanecer el pecado y la condenación. En efecto, esta incredulidad se vuelve entonces el pecado principal. Pues si la fe en Cristo estuviera presente, todos los pecados serían perdonados; pero ahora, como no quieren aceptar por la fe a este Salvador, son justamente condenados en sus pecados. Y de nada les sirve que hagan muchas obras de la ley y servicios divinos externos, y que juzguen conforme a la razón que, así como pecaron con obras, pagarán con obras, es decir, quitarán el pecado y merecerán el favor de Dios. Porque al hacerlo emprenden simplemente borrar el pecado con pecado, y aun expiar grandes pecados con pequeños, o cometer grandes pecados para dejar a un lado otros. Pues además de que continúan en la desobediencia y en los pecados contra los mandamientos de Dios, y están tan ciegos que ni lo ven ni lo consideran, sino que, sin arrepentimiento y sin temor de la ira de Dios, tienen la presunción y el orgullo de esperar agradar a Dios con sus propias obras y méritos: por encima de todo esto llegan no solo a despreciar esta predicación de Cristo, que exhorta al arrepentimiento y a la fe, sino incluso a perseguirla. Esto solo bastaría para traer sobre ellos ira eterna y condenación, aunque no tuvieran otros pecados y cumplieran toda la ley.

23 Por eso el Espíritu Santo, con razón y con justicia, convence como pecadores y condenados a todos los que no tienen fe en Cristo. Pues donde esta falta, deben seguir otros pecados en abundancia: Dios es despreciado y aborrecido, y toda la primera tabla es tratada con desobediencia. Porque si uno no conoce a Dios en Cristo, no puede confiar en él para ningún bien, ni invocarlo de corazón, ni conocer su palabra; sino que está enredado en las mentiras del diablo, persigue y blasfema las doctrinas verdaderas, y continúa en la obstinación y el endurecimiento, hasta el grado de calumniar al Espíritu Santo. Como consecuencia, desobedece también los demás mandamientos en su vida y estado, de modo que no hace a nadie lo que debe hacer, y no tiene en su corazón verdadero amor, bondad, mansedumbre, paciencia, ni gusto por la castidad, la justicia, la fidelidad y la verdad; sino que practica lo contrario, salvo donde tiene motivo para temer la deshonra o el castigo.

24 ¡Mira cómo la cola del dragón del diablo y todo el infierno deben seguir a la incredulidad! La razón es que el que no cree en Cristo ya se ha apartado de Dios y se ha separado por completo de él. Por eso no puede tener el Espíritu Santo, ni originar buenos pensamientos, ni tener un verdadero y sincero placer en vivir conforme a la voluntad de Dios; aunque por fuera pueda adoptar otra apariencia, como un hipócrita, y obrar de modo que no lo reprendan ni castiguen. Igual que un siervo malo y mal educado, enemigo de su amo, que hace lo que odia hacer solo porque lo obligan, y, cuando se presenta la ocasión, hace el mal. Tales son los hermosos y preciosos frutos que produce esta fuente y este tronco, si Cristo no es aceptado y oído como el Salvador que Dios nos presenta para borrar nuestro pecado y quitarnos la ira de Dios.

25 De ahí ves aquí retratado lo que es el mundo: nada más que una gran compañía de gente malvada y obstinada, que no quiere creer en Cristo, sino que desprecia la Palabra de Dios, alaba y acepta la seducción del diablo, y se opone desafiante a todos los mandamientos de Dios. Reciben todos los favores y beneficios de Dios solo para pagarle con ingratitud y blasfemia. Y sin embargo, en todo esto no quieren ser convencidos ni reprendidos, sino que desean que los llamen gente excelente, piadosa y santa. Tales eran los judíos, que crucificaron a Cristo y persiguieron a sus apóstoles, y sin embargo quisieron reclamar la gloria de haber prestado un gran servicio a Dios. Por eso el Espíritu Santo debe resistir esto y luchar con el mundo y ejercer siempre su oficio de convencer con poder y fuerza divinos hasta el último día.

26 Porque no ha comenzado a convencer con la intención de cesar y dejar que se le cierre la boca. Al contrario, debe continuar su obra de convencer en el reino del diablo, porque no hay nada bueno en él, y debe someterlo por completo a la ira y a la condenación de Dios, a pesar de la rabia y la furia del diablo, por si acaso con esta convicción algunos son llevados al arrepentimiento y a la fe, que es precisamente el objeto de esta predicación. Pero los otros, que no quieren ser convencidos, deben al menos ser persuadidos y condenados por esta predicación. Porque toda carne y sangre debe ser convencida, ya sea para salvación o para condenación, y debe mantenerse la sentencia que Cristo mandó predicar a toda criatura: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.» Baste esto del primer punto en la predicación del Espíritu Santo. El segundo es este:

V.10. De justicia, por cuanto voy al Padre, y no me verán más.

27 El mundo es convencido no solo porque tiene pecado, sino también porque no sabe cómo llegar a ser piadoso ni qué es la justicia o la piedad. Pero aquí no habla de la justicia de que tratan los filósofos y los juristas, que consiste en observar las leyes civiles o imperiales y en hacer lo que la razón enseña; sino de la justicia que vale delante de Dios o que él considera justicia. Ahora bien, ¿qué clase de justicia es esta, o en qué consiste? Esto es, dice él, que «voy al Padre, y no me verán más». Este es un lenguaje extraño y, para el mundo, ridículo. Si el primer punto era inusual y oscuro, que este es el pecado del mundo, que no cree en él; entonces esto es mucho más extraño e incomprensible, que esto solo sea la justicia, que él va al Padre y ya no es visto.

28 ¿Qué dirá todo el mundo a esto? Todos se esfuerzan por la justicia y pretenden ser piadosos delante de Dios, santos judíos, turcos y papistas, que tropiezan con esto como con una doctrina ofensiva, más aún, necia, ¡como si todas las buenas obras, devociones, piadosas intenciones, bella obediencia, vida severa y estricta de tantos hombres no fueran a ser nada delante de Dios! ¿Y por qué da una definición tan extraña y absurda, que ser piadoso delante de Dios consiste en que él va al Padre y sin embargo no es visto? ¿Cómo encaja esto, ser justo por lo que uno no puede ver ni sentir?

29 Pues bien, aprendes aquí que concluye de manera enfática y enérgica que solo es justicia lo que él llama justicia, y que el mundo es convencido por ello, porque no la posee. Es como si dijera: ¿De qué sirve que disputen tanto sobre las buenas obras, la vida santa y lo que ustedes piensan que es el camino de la justicia? Si no tienen esto, que yo voy al Padre, todo es nada y no vale nada delante de Dios. Aunque busquen y se esfuercen, piensen y estudien hasta morir, y persigan la justicia con todas sus fuerzas, nunca la discurrirán ni la alcanzarán. Es necesaria otra justicia, diferente de la que ustedes entienden y proponen, en la cual uno ha de tomar la ley, obedecerla y vivir conforme a ella. Se necesita algo muy lejano y muy por encima de todo eso, donde no hay ley, ni mandamiento, ni obra ni vida humana, sino solo lo que yo hago, a saber, que «voy al Padre», etc.

30 ¿Cómo sucede ahora esto? Respuesta: En la primera parte de este discurso oímos que todos los hombres son convencidos de pecado. De esto se sigue, como se ha explicado, que nadie cumple la ley ni los diez mandamientos. Porque si alguien los cumpliera, ciertamente no sería convencido como pecador, sino que por esta obediencia y cumplimiento de la ley sería justo, como dice san Pablo en Gá 3:21-22: «Porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley. Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado.» Puesto que ningún hombre puede cumplir la ley, no tenemos justicia de la ley por nosotros mismos y en nosotros, con la cual podamos presentarnos delante de Dios frente a su ira y su juicio. Pero, si hemos de llegar a Dios, debemos tener la justicia de otro, que Dios considere y acepte.

31 Porque la convicción de pecado se extiende sobre toda la vida humana en la tierra. Aun los santos y los cristianos deben todavía sufrir que esta convicción recaiga sobre su mejor vida y obra, y confesar que tienen pecado, que sería malo y digno de condenación, si se juzgara conforme al mandamiento de Dios y ante su tribunal; como también el profeta David, santo y lleno de buenas obras como era, ora y confiesa: «No entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano», Sal 143:2; y san Pablo (1 Co 4:4): «Aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado.» Pero que no sean condenados como los otros se debe solo a esta diferencia: ellos aceptan esta convicción, confiesan y lamentan que tienen pecado, y creen en Cristo y buscan por medio de él el perdón de los pecados. De este modo tienen la justicia de otro, que es enteramente obra, poder y mérito de Cristo el Señor. Él la llama: «Ir al Padre».

32 Porque estas palabras: «por cuanto voy al Padre», abarcan toda la obra de nuestra redención y salvación, para la cual el Hijo de Dios fue enviado del cielo, y que llevó a cabo por nosotros y sigue llevando a cabo hasta el fin; a saber, su pasión, muerte y resurrección, y todo su reinado en la iglesia. Pues este ir al Padre no significa otra cosa sino que se ofrece a sí mismo en sacrificio con el derramamiento de su sangre y su muerte para pagar por el pecado; que después triunfa en su resurrección y somete a sí el pecado, la muerte y el infierno, y se sienta vivo a la diestra del Padre, donde reina invisiblemente sobre todas las cosas en el cielo y en la tierra, y reúne y extiende su iglesia por la predicación del evangelio; y que intercede ante el Padre por los que creen, como mediador eterno y sumo sacerdote, porque todavía les quedan debilidades y pecados, y da el poder y la fuerza del Espíritu Santo para vencer el pecado, al diablo y la muerte.

33 He aquí, esta es la justicia de los cristianos delante de Dios: que Cristo va al Padre, es decir, sufre y resucita por nosotros, y con ello nos reconcilia con el Padre, de modo que por causa de él tenemos perdón del pecado y gracia. No es en absoluto por nuestra obra o mérito, sino solo por su ida, que hace por nosotros. Esta es la justicia de otro, por la cual nada hemos hecho ni merecido, ni podemos merecer nada, dada gratuitamente y apropiada a nosotros para que sea nuestra justicia, con la cual agradamos a Dios y somos sus queridos hijos y herederos.

34 Pero que esta justicia gratuitamente concedida esté en nosotros, y que podamos consolarnos con ella como nuestro tesoro y posesión principal, viene solo por la fe. Porque debe ser recibida y aceptada por nosotros. Ahora bien, no puede ser aprehendida de otro modo que con el corazón, que se aferra a la partida de Cristo y cree firmemente que por causa de él tiene perdón y redención del pecado y de la muerte. Pues esta justicia no es algo externo, que pueda lograrse con obras, ordenanzas o ejercicios humanos; sino un tesoro elevado y oculto, que no se ve con los ojos ni se comprende con nuestros sentidos: como él mismo dice: «No me verán más.» Simplemente debe ser creída.

35 Aquí queda ahora abolido y cortado de un golpe todo lo que el mundo busca, discute e indaga sin fin, a saber, cómo puede un hombre llegar a ser piadoso delante de Dios. Cada uno dice algo distinto; uno enseña esto, otro aquello; y sin embargo ninguno ha llegado jamás a ello, aunque hayan oído, aprendido y practicado toda doctrina de la ley y de las buenas obras. Con justicia se debería preguntar también a este maestro Cristo y alegrarse de oír lo que dice; como en verdad todos quisieran hacerlo, si no estuviera a mano esta predicación, y correrían gustosos hasta los confines de la tierra por ello. Pero, por supuesto, todos esperan que diga algo al caso, lo que debe hacerse, y algo más elevado y mejor que lo que todos los demás han enseñado.

36 Pero ¿qué dice? Ni una palabra sobre nuestro hacer y vivir: al contrario, dice que todo esto no es la justicia que vale delante de Dios. Sino que, si quieren llegar a ser piadosos y justos delante de Dios, es necesaria otra cosa, algo que ni ustedes ni ningún hombre es ni puede hacer, a saber, esto: «Voy al Padre.» En otras palabras, nadie llegará a ser justo delante de Dios sino por esto y a causa de esto, que yo muero y resucito. Mi partida sola es la causa de que Dios acepte con gracia a un hombre y lo cuente por justo, si se aferra a Cristo con fe.

37 Por eso deben notarse con cuidado estas palabras, en las cuales Cristo se muestra como un hombre tan aventurado al hablar contra el entendimiento y las ideas de todos los hombres, especialmente de los sabios y santos, los cuales, si se discute sobre qué es ser piadoso y justo, no saben hablar de otra cosa que de lo que llaman justitiam formalem, es decir, la virtud que hay en nosotros o que nosotros mismos hacemos, esto es, nuestra obra y obediencia.

38 Otra vez dices: ¿Y qué de la doctrina de las buenas obras? ¿Ha de quedar en nada, o no es cosa hermosa y digna de alabanza cuando un hombre se esfuerza por guardar los mandamientos, y es obediente, casto, honrado y veraz? Respuesta: Sí, ciertamente; todo esto ha de hacerse; es también una buena doctrina y vida, con tal que se deje en el lugar que le corresponde, y se mantengan distintas las dos doctrinas: cómo llega un hombre a ser piadoso y justo delante de Dios, y cómo y con qué fin ha de hacer buenas obras. Pues aunque es necesario enseñar la doctrina de las buenas obras, al mismo tiempo, más aún, incluso antes de esto, debe enseñarse también con cuidado (para que la doctrina del evangelio y de la fe se mantenga pura y sin adulterar) que todas nuestras obras, por buenas y santas que sean, no son el tesoro y el mérito por los cuales llegamos a ser aceptos a Dios y alcanzamos la vida eterna. Sino que es esto solo: que Cristo va al Padre y con su partida nos merece esto, y nos da y comunica su justicia, inocencia y méritos; y así comienza en nosotros un reino, en el que los que creemos en él somos redimidos por su poder y Espíritu del pecado y de la muerte, y viviremos con él para siempre. No ha de ser una justicia que dure solo aquí en la tierra y luego cese; sino una justicia nueva, que perdura para siempre en la vida venidera con Dios, así como Cristo vive y reina arriba para siempre.

39 Por esta razón he dicho a menudo que, para hablar y juzgar correctamente de estos asuntos, debe hacerse una cuidadosa distinción entre un hombre bueno (lo que los filósofos llaman bonum virum) y un cristiano. También nosotros alabamos el ser un hombre bueno. No hay nada más digno de alabanza en la tierra, y es un don de Dios tanto como el sol y la luna, el trigo y el vino, y todas las criaturas. Pero no deben mezclarse ni confundirse las cosas. Que el hombre bueno tenga su alabanza ante el mundo, y que se diga: Un hombre bueno es sin duda un hombre excelente y precioso en la tierra, pero por eso no es todavía cristiano; pues puede ser turco o pagano, como en siglos pasados algunos fueron muy famosos. En efecto, no puede ser de otro modo sino que, entre tanta gente malvada, se halle de vez en cuando un hombre bueno. Pero por bueno que sea, con tal bondad es y sigue siendo un hijo de Adán, es decir, un hombre terrenal bajo el pecado y la muerte.

40 Pero cuando preguntas por un cristiano, debes ir mucho más alto; porque es otra clase de hombre. No es hijo de Adán, y no tiene padre ni madre en la tierra; sino que es hijo de Dios, heredero y noble en el reino de los cielos. Se llama cristiano porque se aferra con el corazón a este Salvador, que ha ascendido al Padre, y cree que por causa de él y por medio de él tiene la gracia de Dios y la salvación y vida eternas. Esto no se logra ni se aprehende, ni se alcanza ni se aprende por nuestra vida, virtud y obra, por las cuales se nos llama hombres buenos en la tierra; ni por la justicia conforme a la ley y a los diez mandamientos. Estas, como se ha dicho, son también necesarias, y se hallan en todo cristiano; pero no llegan ni de lejos a esto principal y a esta justicia, de la cual Cristo habla aquí y que él llama justicia.

41 Porque, aunque un hombre se haya ejercitado en esto durante toda su vida mucho y largamente, y haya hecho todo lo que ha podido hacer, no puede sin embargo alcanzar por ello la certeza de que Dios se agrada de ello y le es verdaderamente misericordioso. De ahí que en toda vida así el corazón permanezca siempre incierto y en duda. Todas las conciencias experimentadas dan testimonio de esto, y aun los monjes lo atestiguan en sus libros, en los cuales enseñan abiertamente que hay que dudar, pues ningún hombre puede saber si está en estado de gracia, y sería en sumo grado presuntuoso jactarse de ello respecto de uno mismo.

42 De esto debe seguirse que, porque un hombre está en tal duda, no puede tener verdadera confianza en Dios, ni volverse a él e invocarlo de corazón; sino que es temeroso y huye de Dios, y al final debe caer en el odio a Dios y en la desesperación. Porque cuando llega la verdadera lucha y ha de comparecer ante el juicio, entonces siente y ve que con su vida y sus obras no puede soportar la ira de Dios, sino que con todo ello debe hundirse en el abismo.

43 Si ahora en tal angustia hemos de ser salvados de la desesperación y salir victoriosos, debemos tener otro fundamento que nuestra justicia o la de la ley, a saber, esta justicia eterna de Cristo, que está allí donde el diablo no puede derribarla y el juicio de Dios no puede presentar ningún cargo contra ella, es decir, a la diestra del Padre. El diablo puede derribarme, cuando quiera, con toda mi vida y mis obras, presentando el juicio y la ira de Dios. Todo esto puede volar como el viento se lleva una pequeña pluma. Pero cuando lo dirijo, de mí y de mis obras, a la diestra del Padre, donde está sentado Cristo, mi Señor, que me concede su justicia, por la cual ha ido al Padre, no lo derribará, más aún, ni siquiera se atreverá a atacarlo.

44 Por eso Cristo obra como un Salvador fiel y bueno cuando nos quita todo esto a nosotros y a todos los hombres para sí solo, y funda y edifica nuestra justicia enteramente en su partida al Padre. Así podemos saber dónde estamos seguros frente a todo embate y asalto del diablo y de las puertas del infierno. Porque si dependiera de nosotros y de nuestro mérito el haber dado satisfacción suficiente y hecho suficientes buenas obras, nuestro corazón nunca tendría reposo y al fin no podría subsistir.

45 De todo esto es manifiesto qué doctrina vergonzosa y maldita han enseñado hasta ahora los monjes y todo el papado, con la cual han extraviado al mundo. No solo no enseñaron una palabra de Cristo y de la fe, sino que incluso afirmaron con descaro que su monacato es una vida mucho más elevada, más noble y más perfecta que la de los cristianos comunes, lo cual debería ser abominación para todos los cristianos al oírlo. Porque se puede exaltar y encumbrar la vida y la piedad de todos los hombres, la castidad de las vírgenes, la disciplina y el ascetismo de los ermitaños, los hechos y virtudes loables de grandes, excelentes y piadosos señores y gobernantes, y todo cuanto pueda atribuirse a la gente piadosa, tan alto como se quiera; nunca podrá igualar a un cristiano, es decir, al que tiene a este Señor sentado a la diestra de Dios, y su justicia. Dejaremos gustosos que eso también valga lo que vale y lo alabaremos como un don precioso; pero un cristiano ha de ser ensalzado como un señor muy por encima de todo eso, como quien tiene esta posesión y herencia eternas en el reino de los cielos a la diestra de Dios con Cristo, su hermano.

46 El que entiende y sabe distinguir esto puede también enseñar y juzgar correctamente de toda vida, y andar seguro en todos los asuntos y guardarse del error. Porque juzga y mide todo con esta regla y norma que Cristo enseña aquí: que la justicia de un cristiano no es la justicia que ha crecido en nosotros, como la otra llamada la justicia de la ley y del hombre, sino que es una justicia celestial y divina, fuera de nosotros y por encima de nosotros.

47 Por eso, si alguien viene y trata de burlarse de ti, arma mucho alboroto y te cuenta maravillas sobre una gran santidad excepcional, y te dirige a vivir según el ejemplo de este o aquel gran santo, para agradar así a Dios y hacerte cristiano, puedes decirle: Querido señor, concedo que todo eso es bueno y yo también quisiera ser piadoso, obrar conforme a los mandamientos de Dios y guardarme del pecado; pero nunca me persuadirás de que de este modo me hago cristiano o alcanzo cosas mayores y más altas. También los que ayunaron, trabajaron y sufrieron tanto no se hicieron cristianos por ello. Porque esto sería usurpar los derechos de mi querido Señor Cristo, de modo que se habría ido en vano y la obra humana se pondría en pie de igualdad con la suya. Pero yo quiero ser llamado cristiano como él me enseñó y como todos los santos han tenido que hacerlo, si querían presentarse ante Dios, porque me aferro a este Salvador y, como dice san Pablo en Fil 3:9: «Y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley», sino la suya, que él ganó para mí con esta partida, con la cual venció mi pecado y mi muerte, y que me anuncia y concede por la predicación del evangelio. Cuando una vez tengas esto, entonces ve y haz tantas buenas obras como puedas; sin embargo, hazlo conforme al mandamiento de Dios, porque sin esto y delante de él no podrás hacer nada bueno, porque todavía estás en incredulidad, y no tienes ni conoces a Cristo, y por eso estás bajo pecado con todo lo que haces; como hemos oído en la primera parte de este discurso.

48 Mira, esto es hablar a la manera de Cristo y con sus palabras acerca de la justicia, la que él estima justicia. No es una cosa externa y humana sobre la tierra, sino algo incomprensible e invisible en esta vida. No se halla en nosotros los hombres en la tierra, ni se alcanza por medio de hombres, sino que es una nueva justicia celestial, que solo él ha creado y fundado con su muerte y resurrección, y que debemos aprehender por la fe, porque no la vemos, y que tiene por meta una vida y un ser eternos, sin fin, donde él reina en un estado nuevo y celestial.

49 Porque esta vida no alcanzará hasta ella, pues está enteramente corrompida por el pecado y la muerte, y al final será destruida. Por eso el Hijo de Dios desde el cielo ha fundado este reino, que no se ocupa de asuntos y gobierno externos y mundanos, como imaginaban los judíos y los apóstoles, ni de la pobre y mendiga justicia de esta vida. Su propósito es, al contrario, crear una justicia nueva y eterna, por la cual toda la naturaleza será transformada y renovada, y en ella no habrá ya pecado ni muerte, sino una obra y una vida puramente perfectas y divinas. Esta es la obra que él ha comenzado al ir al Padre y que en su propia persona ha cumplido ya plenamente. Este reino lo promueve continuamente en esta vida por la predicación del evangelio y la obra del Espíritu Santo en los corazones de los creyentes hasta el último día. Pero en la vida venidera será vivido y hallado plena y perfectamente en nosotros.

50 Este es el sentido, quiere decir, de las palabras: «Voy al Padre, y no me verán más.» No hablo de esta vida temporal y de esta existencia sobre la tierra, que en esta naturaleza corrompida no puede estar sin pecado y muerte. Por eso no puede haber en ella justicia y vida perfectas. Ni consistirá mi reino en esta naturaleza pasajera. Las cosas deben cambiar y llegar al punto de que ya no me vean, porque reino eternamente fuera de esta existencia corporal y visible, y los llevaré allá donde existen una justicia puramente nueva y perfecta y la vida eterna. Este reino lo comienzo ahora en la cristiandad por la predicación y la obra del Espíritu Santo.

V.11. De juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.

51 En los dos primeros pensamientos Cristo habló de doctrina e incluyó toda la suma del evangelio. Primero, que toda la naturaleza, poder, obrar y vida humanos son pecado y están bajo la ira de Dios, porque no creen en Cristo. Segundo, que llegamos a ser justos, es decir, somos redimidos del pecado y de la muerte, y agradamos a Dios y tenemos vida eterna, solo porque Cristo va al Padre. Ahora sigue el tercero, que incluye tanto cómo se conduce el mundo ante esta predicación, como, por el contrario, cómo el Espíritu Santo ha de seguir adelante con su predicación.

52 De esto dice que convencerá además al mundo de juicio. Este es también un lenguaje algo extraño y oscuro a los oídos de nosotros, que no estamos acostumbrados al modo de hablar hebreo. La palabra «juicio» no significa otra cosa que (como también nosotros hablamos de ello) la acción y decisión entre dos partes en disputa, sobre cuál tiene razón o no; y abarca a la vez los dos elementos que siempre deben entrar en un proceso de juicio: favor e ira, o ayuda y castigo; por una parte, que la parte inocente sea absuelta y ayudada a obtener su derecho; por la otra, que el culpable sea condenado y castigado. Sin embargo, la palabra se usa por lo general para el segundo elemento del juicio o la sentencia legal, a saber, para la condenación y su consecuencia o ejecución.

53 En este sentido Cristo también la usa aquí, y quiere indicar que cuando el Espíritu Santo prosiga los dos temas de su predicación en el mundo y lo convenza de pecado y de justicia, el mundo no la recibirá, ni querrá ser convencido de estar en pecado y sin justicia, ni se moverá a permitir que se le ofrezca la justicia de Cristo. Sino que se pondrá en contra de esta enseñanza y de este convencer del Espíritu Santo, y la condenará y perseguirá. Pretenderá tener razón al hacerlo y estar obligado a no permitir que su sabiduría y su justicia, que considera dones divinos y servicio de Dios, sean reducidas a nada. Por el contrario, el Espíritu Santo debe continuar convenciendo respecto de este juicio y urgir también la sentencia de condenación, y decir al mundo que él con su juicio está condenado, junto con su príncipe y cabeza, el diablo.

54 Entonces surge el conflicto y un juicio corre en contra del otro. Porque el mundo también rechaza esta enseñanza, no solo porque no procede de su sabiduría ni de los grandes y distinguidos hombres del mundo, sino también porque es predicada por gente pobre y humilde. Abre la boca de par en par contra ella, y dice: ¿Pues qué más es sino que unos mendigos vagabundos quieren oponerse a la autoridad establecida por todos, sí, instituida por el mismo Dios? Así condena, prohíbe y maldice tanto la doctrina como a los predicadores. Además procede a cerrarles la boca con amenazas de su poder, recurre a la severidad y a la espada, y quiere absolutamente que su error e idolatría queden sin estorbo ni reprensión, más aún, conservados y defendidos contra Dios y Cristo como sabiduría y santidad, y que la predicación del evangelio sea arrancada y exterminada.

55 Pero Cristo dice, por el contrario, que el Espíritu Santo conservará el juicio superior y prevalecerá con su convencer de esta sentencia del mundo hasta el último día. Pero a consecuencia de esto los cristianos se ven en aprietos entre la puerta y el quicio, y comienzan la cruz y la persecución. Porque, como el reino de Cristo, según hemos oído, no es de este mundo, sino espiritual y por ahora invisible en la tierra, el poder y la fuerza que el mundo tiene en la tierra se dirigen contra la iglesia con condenaciones, persecuciones, acosos, tormentos, muertes y asesinatos por espada, fuego, agua y todo medio. El mundo es también incitado y fortalecido por la amarga y feroz ira y el odio del diablo contra Cristo, que desea y procura borrar y exterminar a la iglesia. Y así, a los ojos del mundo y también de los cristianos, parece que, a consecuencia de esta persecución, crueldad y asesinato practicados contra los cristianos que confiesan y sostienen esta predicación del Espíritu Santo, la iglesia perecería por completo.

56 En esta parte del discurso Cristo profetiza primero cómo será recibida esta predicación por el mundo y qué sucedería a los apóstoles a causa de ella; a saber, en primer lugar el mundo los despreciará, porque vienen sin ninguna autoridad pública ni mandato de él e introducen una doctrina nueva en oposición al gobierno, sacerdocio y oficio de enseñar regulares, instituidos por Dios, y convencen y reprenden todo lo que él sostiene como sin validez delante de Dios; en segundo lugar, porque quieren continuar y no cesar en su predicación, el mundo procederá y dictará sentencia contra ellos y también la ejecutará, como contra gente que no ha sido enviada por Dios ni predica la palabra de Dios, sino que son emisarios del diablo, y que, habiendo sido probados y declarados blasfemos de Dios, desobedientes y rebeldes a la ley de Dios, al pueblo de Dios y al servicio de Dios, son reos de muerte e indignos de vivir. Así los judíos gritaron contra san Pablo (Hch 22:22): «Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva», y dan la razón (Hch 21:28): «Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar.»

57 Segundo, Cristo da consuelo frente a este odio de juicio y persecución del mundo. Han de saber que él, sin embargo, mantendrá su predicación y preservará su iglesia contra la ira y la rabia del mundo con su poder y fuerza divinos. El diablo y su reino serán sometidos por él y obligados a ceder, y no podrán ejecutar contra su iglesia lo que en su feroz, enloquecida ira y odio quisiera hacer. Por eso, aunque los cristianos a causa de esta predicación deban estar expuestos al diablo y al mundo, esta palabra permanecerá sin embargo sin ser destruida y al final triunfará y se mantendrá en el campo, y hará manifiesto a todo el mundo su injusto juicio contra el evangelio. Al final se les hará sentir vergüenza de sí mismos y reconocer por sí mismos que condenaron y persiguieron el evangelio sin equidad y con injusticia; así como los jueces de Cristo, sí, incluso su traidor, tuvieron que dar testimonio de su inocencia en su pasión. La razón, dice, es esta: este rey Cristo, al ir al Padre, ha vencido tanto al mundo como al diablo; y ahora hace proclamar que él es el Señor de todos y tiene poder y fuerza para condenar y castigar con el fuego eterno del infierno todo lo que se le oponga, incluidos el diablo y sus ángeles.

58 Esto es lo que dice: que esta convicción continuará contra el mundo que persigue el evangelio, y al final prevalecerá sobre él, de modo que su juicio y condenación serán superados y a su vez condenados y avergonzados; y no solo el mundo, sino también su dios, el diablo, que incita al mundo contra Cristo. Porque él está, dice, ya juzgado, y la sentencia de condenación ya ha sido pronunciada sobre él, y lo único que falta todavía es su ejecución, que se le inflija el castigo en el fuego eterno del infierno: igual que un ladrón o asesino sentenciado por el juez, sobre quien ya ha recaído la ira y el juicio de sangre y que ha sido entregado a la muerte, de modo que solo necesita ser llevado y recibir lo que merece.

59 Así, aquí este juicio procede por el poder y la fuerza del Señor Cristo, sentado a la diestra del Padre; y este juicio es proclamado públicamente por el oficio de predicar: que el príncipe del mundo con todos sus seguidores está ya definitivamente bajo condenación, y no logrará nada contra Cristo. Debe dejar que él siga siendo el Señor, bajo cuyos pies yacerá eternamente y soportará que su cabeza sea hollada. Y Cristo hace predicar esto en todo el mundo: que quien no crea en el Señor será condenado con el diablo, por alto, poderoso, docto o santo que sea, sin importar cómo se atreva a condenar esta doctrina o a suprimirla y extirparla, sea su nombre emperador romano o turco, rey y señor sobre todos.

60 Si ahora entretanto el mundo sigue su camino y desprecia este juicio, ya pronunciado sobre el diablo y todos sus miembros, y se burla de él, porque no lo ve cumplirse visiblemente, así como también condena la primera y la segunda parte de esta predicación, Cristo sin embargo prosigue siempre y deja alegremente que lo desprecien. Pero al mismo tiempo muestra también al diablo y al mundo que él es el Señor, que puede quebrar y contener la ira y la rabia del diablo, y derribar a sus enemigos, como dice de él el Salmo 110:1, hasta que haga de sus enemigos el estrado de sus pies. Porque el hacha ya está puesta a la raíz del árbol, y ya han sido echadas sobre él cadenas y ataduras, como dice 2 P 2:4, con las cuales el diablo está atado para la oscuridad eterna en el fuego del infierno. Nadie creerá esto sino los cristianos, que toman la Palabra de su Señor por verdad y conocen su poder y reino; los otros no tendrán otra recompensa que la que buscan con su señor, el diablo. Sumergidos en el abismo del infierno en tinieblas eternas, serán derribados y perecerán a causa de su rabia contra Cristo. Esta es la primera división de este evangelio del reino de Cristo y de la predicación del Espíritu Santo en el mundo. Ahora sigue:

II. Sermón sobre el oficio de enseñar del Espíritu Santo.

V.12, 13. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad.

61 Esta parte pertenece también a la promesa del Espíritu Santo y de su oficio en la iglesia. Pero aquí interrumpe lo que había comenzado a decir de la doctrina y había resumido en pocas palabras acerca de lo que el Espíritu Santo predicará; y los dirige a la verdad, diciendo que el Espíritu Santo mismo vendrá y les enseñará estas cosas, de modo que las entiendan bien y las experimenten en su obra. Porque todavía no es tiempo, dirá, de hablar mucho de la doctrina, pues está a punto de pronunciar su despedida y de consolarlos ante su partida. Además, aunque hablara de ello muy extensamente, todavía no están preparados para comprender y entender rectamente cómo será en su reino futuro. Porque están todavía demasiado hundidos en el pensamiento y la esperanza de un reino externo y temporal y de una gloria mundana, de modo que no pueden acomodarse ni tomar en su corazón lo que les dice de su reino y oficio espirituales, que cumplirá por medio del Espíritu Santo. Pues solo pueden pensar de esta manera: Si ha de ser rey, debe estar presente él mismo, y ganar el mundo para sí, ya sea con su predicación y milagros, de modo que voluntariamente le rinda obediencia y lo acepte como señor, o, si no quiere hacerlo de su propia voluntad, obligarlo por fuerza externa y castigo. Pero si esto que ahora dice que sucederá, y se va de ellos y ya no es visto, es decir, muere, ya no es de esperar que sea rey y lleve a cabo tan grandes cosas. Por eso están, y hasta después de su resurrección permanecen, completamente desconcertados, de modo que no entienden lo que él les dijo de antemano, y además sienten ya la miseria, la tristeza y la persecución del mundo, que él les anuncia aquí.

62 Esto es lo que dice: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.» Es demasiado pesado para ustedes sobrellevar lo que se ha dicho y todavía ha de decirse sobre esto; porque todo es completamente contrario a sus pensamientos y esperanzas. Pues si lo entendieran, tomarían de ello consuelo y tendrían un corazón alegre; como él también dijo antes: «Si me amarais, os habríais regocijado, porque voy al Padre.» Pero ahora lo que les digo para su consuelo acerca de mi glorificación, mi ascensión al cielo y el glorioso reino que comenzaré por medio de ustedes solo los llena de temor y de tristeza. Es verdad: «Ahora no las podéis sobrellevar.» Por eso debo reservarlo hasta que llegue el tiempo en que suceda lo que ahora les digo de antemano. Él mismo debe enseñárselo, y conducirlos y guiarlos de sus actuales pensamientos erróneos y malentendidos a la verdad y al recto conocimiento.

63 Porque, dice, su oficio será glorificarme, es decir, declarar de mí la revelación y el testimonio de que yo, levantado del sufrimiento y de la muerte a la gloria, sentado a la diestra del Padre, soy Señor de todo, y anunciar a todo el mundo que este fue el consejo del Padre. Por eso el Espíritu Santo será enviado, para que el mundo sepa esto y así sea traído a mi reino. Cuando esto suceda, y yo sea quitado de ustedes y venga el Espíritu Santo, él mismo enseñará sin duda mucho mejor de lo que ahora piensan y entienden; y en su propia experiencia se hallará lo que ahora les he hablado y que, si yo hubiera de explicarlo y aclararlo más, tendría que exponer mucho más ampliamente. En este sentido concluye él también después este capítulo, como oiremos en el evangelio del próximo domingo, y dice: «Estas cosas os he hablado en proverbios», es decir, lo que hasta ahora les he dicho de mi pasión, resurrección y de sus sufrimientos, y de cómo en medio de ellos pedirán al Padre en mi nombre, todo esto son ahora dichos extraños, oscuros y ocultos, que no entienden. Pero vendrá el tiempo «cuando ya no os hablaré por proverbios, sino que claramente os anunciaré acerca del Padre», a saber, cuando haya ascendido al cielo y les envíe el Espíritu Santo. Entonces experimentarán lo que ahora no es para ustedes sino dichos oscuros, tal como se lo digo. Este es el sentido verdadero y sencillo del texto: «Aún tengo muchas cosas que deciros.»

64 Pero estas palabras han tenido que servir a nuestros papistas y todavía deben servirles, y dejarse torcer e interpretar, para reforzar su baratija y para ser puestas como fundamento de lo que fingen y escupen: que mucho más debe creerse y guardarse que lo que enseñan el evangelio y las Escrituras, a saber, lo que los padres y los concilios han dicho y ordenado. Porque Cristo ha prometido aquí que el Espíritu Santo les dirá mucho más de lo que él ha dicho, y los guiará a toda la verdad. Como si los apóstoles hubieran entendido muy bien lo que Cristo les dice aquí, cuando ellos mismos prueban lo contrario con la obra de su incredulidad respecto de su pasión y resurrección. O como si esto fuera tan fácil de entender que el Espíritu Santo no fuera necesario, cuando hasta hoy ningún papa entiende nada de ello, como lo sé por experiencia. Porque también yo he aprendido su arte; y con sus libros dan testimonio suficiente de que no entienden nada de esto. Por eso es necesario responder a estos necios, para deshacer su tejido de mentiras.

65 Primero oyes ahora que Cristo dice: «Aún tengo muchas cosas que deciros.» ¿Quiénes son estos «ustedes»? ¿O a quién habla? Sin duda a los apóstoles, a quienes también dice: «Ahora no las podéis sobrellevar»; y «El Espíritu Santo os guiará a toda la verdad». Por eso, a menos que Cristo mintiera, esta palabra debió cumplirse cuando vino el Espíritu Santo. Él debió llevar a cabo en ellos y por medio de ellos todo lo que el Señor dice aquí, y guiarlos a toda la verdad. ¿Cómo se inferirá entonces de esto que Cristo no dijo todo a los apóstoles, ni tampoco el Espíritu Santo, sino que dejó mucho sin decir, que los concilios habrían de enseñar y determinar? Cuando, conforme a sus pretensiones, debería seguirse lo contrario: que el Espíritu Santo lo ha dicho todo a los apóstoles; y Cristo insiste en esta conclusión, que explicará todo a los apóstoles y que introducirá en el mundo por medio de ellos lo que hayan aprendido del Espíritu Santo. ¿Cómo concuerda entonces su malabarismo, de que lo que ha de saberse, creerse y hacerse en la iglesia solo ha de decirse, enseñarse, decidirse y ordenarse después de los apóstoles, al final del mundo?

66 Además, si lo que los concilios han enseñado y decidido después de los apóstoles ha de tomarse como verdad, revelada de nuevo por el Espíritu Santo, los apóstoles mismos no llegaron a toda la verdad, mucho menos aquellos a quienes predicaron. Y junto con ellos la iglesia sería engañada por Cristo cuando les promete: El Espíritu Santo los guiará a toda la verdad.

67 Segundo, Cristo dice claramente: «Aún tengo muchas cosas que deciros.» No dice: Tengo otras cosas que deciros, y el Espíritu Santo les enseñará y explicará otras cosas distintas de las que yo les he dicho. Esto es añadido de ellos, que embadurnan sobre las palabras de Cristo, y así las pervierten, de modo que enseñar muchas cosas (multa) haya de significar enseñar otras cosas (alia). Les concederíamos de buena gana la palabra «muchas», si tan solo tuvieran la gracia del Espíritu Santo para enseñar muchas cosas; pero no se puede soportar que bajo el disfraz de la palabra «muchas» quieran también introducir y tener poder para enseñar otras cosas. Porque afirman con descaro que la iglesia, por inspiración del Espíritu Santo, dispuso y ordenó después de los apóstoles muchas cosas que deben observarse; entre otras el artículo de una sola forma en el sacramento, el celibato de los sacerdotes, y cosas semejantes. Esto no es enseñar más o algo adicional, sino cosas totalmente distintas, más aún, contrarias, contra la clara ordenanza y mandamiento de Cristo, que ellos mismos deben reconocer que es justo. Sin embargo, ha de ser herejía y error obrar contra su ley conforme al mandamiento de Cristo; porque la iglesia, dicen, ha ordenado de otro modo. Si preguntas con qué fundamento, responden: «Cristo dice: "Aún tengo muchas cosas que deciros"; sí, incluso lo que es contrario a su propia Palabra y mandamiento.»

68 En verdad, sería una hermosa iglesia la que pudiera arrogarse el poder, como lo hace la iglesia anticristiana del papa, de enseñar contra Cristo lo que quisiera, y cambiar sus ordenanzas, y luego lo probara y confirmara con este dicho: «Aún tengo muchas cosas que deciros.» Cuando él dice distintamente del Espíritu Santo, y así le pone límite y medida, que el Espíritu Santo glorificará a Cristo y no hablará por sí mismo, sino que tomará y proclamará de lo suyo, es decir, de lo que es la Palabra y el mandamiento de Cristo. Por eso la compañía que enseña de otro modo no puede ser del Espíritu Santo, ni la iglesia de Cristo, sino que debe ser la secta del odioso diablo.

69 Porque la iglesia cristiana y el Espíritu Santo mismo se atienen a lo que Cristo dijo y mandó. Pueden hacer más de ello, es decir, aclararlo a lo largo y a lo ancho, pero no hacen de ello algo diferente. Porque este decir «muchas cosas» consiste en tratar un punto de múltiples maneras y decir sin embargo siempre una sola cosa. Por ejemplo, Juan el evangelista escribió muchas más cosas de las que Cristo dijo aquí; pero se atiene siempre a una sola cosa, tratando a fondo el artículo de la fe sobre la persona, el oficio y el reino de Cristo, de lo cual también habla Cristo, y su alcance o punto principal mira siempre a este Cordero de Dios. Asimismo san Pablo, en la Epístola a los Romanos y casi en toda la de los Gálatas, trata e inculca la justicia de la fe.

70 Sin duda esto es predicar mucho y decir más de lo que Cristo dijo en estas pocas palabras, pero siempre una sola cosa y no algo diferente. Porque es propio de un buen predicador poder tomar un tema y comprenderlo brevemente y resumirlo en dos o tres palabras, y luego, si hay necesidad, aclararlo y explicarlo también con dichos y ejemplos y hacer de una flor un prado entero: así como un orfebre puede doblar una pieza de plata hasta hacerla un bloque sólido, y de nuevo batirla ancha, torcida y rizada, y en delgada lámina; y así resulta un sermón largo o corto, pero siempre el mismo y sin contradicción. Porque la Palabra de Dios ha de morar en nosotros ricamente, dice san Pablo (Col 3:16), para que seamos poderosos en las Escrituras y capaces de probar con ellas la recta doctrina. Lo hace la Epístola a los Hebreos, que en su mayor parte habla del sacerdocio de Cristo, y hila un largo sermón a partir del dicho del Salmo 110:4: «Tú eres sacerdote para siempre», aduciendo muchos más dichos, textos y ejemplos; y sin embargo, vista en conjunto, no equivale a nada más que a este único punto, que Cristo es el único sacerdote eterno. Esto significa en verdad que se dice mucho más de lo que David dice en el salmo mencionado, pero aun así nada diferente. Así, desde el comienzo de la cristiandad se ha enseñado y predicado mucho más, por medio del Espíritu Santo, de lo que Cristo hizo, y todavía puede enseñarse más cada día y exponerse muy abundantemente y de toda manera, según se revele más a uno que a otro, o según a uno le toque y se le dé hablar más copiosamente que a otro; pero todavía de tal modo que, cuando al fin todo se reúne, todo se refiere a un solo Cristo. ¡Y cuántas cosas pueden aducirse como ilustraciones de toda la Biblia, más aún, de todas las criaturas, que concuerdan todas con la enseñanza del evangelio, de las cuales ninguna ha enseñado ni dicho Cristo, y sin embargo es la misma doctrina!

71 San Pablo habla también de esto cuando se refiere al don de profecía o a la interpretación de las Escrituras, y establece una medida y regla por la cual ha de regirse: «Si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe», dice en Ro 12:6, es decir, en armonía y concordancia con la doctrina de la fe. Por ejemplo, si uno quisiera aducir el ejemplo de Abraham, que llevó a su hijo Isaac al monte para sacrificarlo allí, pero dejó a sus siervos y al asno abajo, al pie del monte; este ejemplo puede interpretarse a favor y conforme a la fe, o contra la fe. Los predicadores y maestros judíos hicieron lo segundo, cuando presentaron que quien se dejara sacrificar y matar de la misma manera haría la obra más elevada y subiría de inmediato al cielo; por lo cual los reyes, que deseaban ser santos distinguidos, sacrificaron y quemaron a Dios a sus propios hijos vivos. De modo semejante lo interpretan nuestros santos monjes. Si uno quiere llegar a Dios, debe dejar abajo, al pie del monte, a los siervos y las bestias, es decir, dejar los cinco sentidos y no tener nada que ver con los asuntos externos y mundanos, sino, separado de todo esto, vivir en contemplación espiritual. Esto puede llamarse interpretar y enseñar no en proporción y conforme a la fe, sino contra ella. Pero tú puedes interpretarlo así: Quien quiera llegar a Dios debe elevarse por encima del entendimiento y los pensamientos humanos, para tener la Palabra de Dios, para aprender de ella a conocer y aprehender a Dios, y allí ofrece delante de él por la fe (si la conciencia ha de presentarse ante Dios) el sacrificio, dado por Dios como sacrificio por nosotros, Cristo, el Hijo de Dios, y entretanto deja abajo al asno con los siervos, es decir, lo que es de nuestra propia obra y hacer. De este modo he aducido este ejemplo. Esta es la misma enseñanza que el evangelio contiene en todas partes, y no es contra la fe, sino a favor de ella; aunque tampoco esta es la interpretación real y segura de esta historia.

72 Nuestros asnos, cerdos y simplones papistas no considerarán esto, sino que quieren persuadirnos de aceptar todo lo que se presenta y enseña en nombre de la iglesia o de los concilios, como si lo enseñara el Espíritu Santo, sin importar cómo concuerde y corresponda con la enseñanza del evangelio; y todo ha de confirmarse con el dicho: «Aún tengo muchas cosas que deciros.» No, querido amigo, eso no pasará, aunque él tenga más que decir; no puedes por esta razón decir lo que te plazca, o lo que cada monje ha soñado, o lo que cada papista atrevido quiere que se observe. Esto te lo concedo de buena gana, que puedes extender estas palabras de Cristo y ser un predicador copioso, y de una palabra hacer mil, para que sea clara, luminosa y limpia, y todos la entiendan; pero solo de tal modo que permanezca la única doctrina pura e incorrupta. Pero si, contrariamente a esto, sacas y presentas una doctrina nueva, por ejemplo, que si alguien se hace monje tiene un nuevo bautismo y queda tan puro como un niño pequeño recién bautizado; entonces no el Espíritu Santo, sino el diablo te enseña a hablar, y no es enseñar más, sino algo muy diferente de lo que dice Cristo y contradictorio con ello. Por eso el cristiano debe ser prudente en este asunto y, como enseña san Juan, saber probar los espíritus conforme a la Palabra de Dios, y estar en guardia para no dejarse decir otra enseñanza, sea mucha o poca, ni ser conducido y guiado por otro camino.

73 Tercero, dice: «Ahora no las podéis sobrellevar.» Observas aquí que habla de cosas excelentes y grandes, que son demasiado difíciles para ellos, y solo por esta razón no quiere decir más de ellas ahora, porque son demasiado imperfectos y débiles. Se refiere, por supuesto, a las mismas cosas y no a otras, que comenzó a decir, a saber, su reino, cómo debía avanzar en el mundo; cómo él debe morir la muerte más vergonzosa y hacerse maldición, y sin embargo ser creído como el Salvador, el Hijo de Dios y el Señor de todo. Además, que ellos serían perseguidos y muertos por el mundo, y sin embargo el evangelio prosperaría, y por él todo el pueblo judío, su sacerdocio, templo, servicio de Dios y toda su gloria caerían por tierra. En aquel tiempo no podían entender nada de estas cosas, aunque les hubiera predicado durante muchos años, hasta que fueron enseñados por el Espíritu Santo mediante la experiencia en su oficio de predicar.

74 Pero dime, en comparación con estas cosas, ¿qué es todo lo que se ha ordenado y establecido después, tras los apóstoles, por concilios y papas? ¿Es eso algo tan difícil que no pueda entenderse ni soportarse sin revelación especial y poder del Espíritu Santo? Cómo ha de guardarse tal o cual orden y regla monástica; si han de llevarse capuchas negras o grises; que el viernes no se ha de comer carne; que ha de usarse una sola forma del sacramento; ¿no habrían podido los apóstoles entender y soportar tales cosas, que cualquier bribón malvado e indocto puede entender y hacer muy bien? ¡Ah, eran cosas mucho más elevadas las que los apóstoles no podían sobrellevar, y un arte más alto que el que sueñan estos charlatanes inútiles! Ciertamente pienso que lo que los apóstoles no pudieron entender ni soportar, tampoco ustedes podrán entenderlo ni soportarlo con la iluminación del Espíritu Santo. Porque la doctrina de la fe es difícil de captar y no se aprende tan fácilmente como sueñan los espíritus inexpertos; a saber, que un hombre debe salir de sí mismo, de su propia vida y obras, y con toda su mente aferrarse a aquello que no ve ni siente en sí mismo, a saber, que Cristo va al Padre. Oh, es un arte difícil desesperar así de sí mismo, y soltar todo lo que uno tiene de su vida buena o mala, y aferrarse solo a la Palabra de Cristo y dar cuerpo y alma por ella. ¿Qué poder de la razón puede indagar o enseñar esto, aunque se recorra el mundo entero? Inténtalo solo con seriedad y en el verdadero conflicto de conciencia, y lo experimentarás. Porque el diablo y nuestra propia naturaleza, y tantas sectas y falsas doctrinas luchan también demasiado duro contra ello. Baste esto dicho contra las mentiras y el arte asnal de los papistas, con el cual manchan y embadurnan este hermoso texto, para confirmar sus mentiras.

75 Pero el sentido de que Cristo llame al Espíritu Santo «el Espíritu de verdad» pertenece a la explicación de otros evangelios, y se expone plenamente en otra parte. Pero se dice aquí con propósito «El Espíritu de verdad» y «Él os guiará a toda la verdad», es decir, a la doctrina verdadera y pura, que predica de mí y, como dice después, me glorificará. Porque ve aquí muy adelante que el espíritu de mentira, el diablo, se agitará y se presentará incluso en la iglesia, y expondrá lo suyo con gran plausibilidad y aprobación; y quisiera decir: ¡Oh, cuántas sectas surgirán, todas las cuales se jactarán maravillosamente de gran inteligencia, y sin embargo solo apartarán a la gente de Cristo y de la verdad hacia el error y la perdición!

76 Por eso describe al Espíritu Santo, y le da la verdadera señal por la cual puede ser conocido y probado: V.14. Él me glorificará; porque tomará de lo mío. Solo él es quien aclara a Cristo, tal como este se ha dado a conocer por su palabra; de modo que se sepa que quien enseñe algo diferente, y sin embargo finja ser cristiano y se adorne con el nombre, no es del Espíritu de Cristo. Porque no enseñará ninguna otra cosa, sino que se atendrá a la misma enseñanza de Cristo, salvo que la difunde más y la hace más clara y sencilla; por lo cual dice: «Él me glorificará.»

77 Además, cuando dice: V.13. No hablará por su propia cuenta, distingue de nuevo entre el Espíritu falso y el verdadero. Porque los otros vienen todos por sí mismos, y hablan por sí mismos lo que han pensado. Ahora dice que esta no es la cualidad del Espíritu Santo, sino del diablo. «Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.» Jn 8:44. Por eso quiere decir: Si se oye a un espíritu que habla por sí mismo, ciertamente es un mentiroso. Pero el Espíritu Santo no hablará por su propia cuenta; sino lo que reciba de mí y según oiga hablar entre sí a mí y al Padre.

78 Este es verdaderamente un texto incisivo para el artículo de las tres personas en el Ser divino: que el Hijo de Dios es la Palabra del Padre en la eternidad, a quien nadie oye hablar sino el Espíritu Santo; y no solo lo oye, sino que también lo testifica y lo proclama en el mundo. Y en suma, todo tiende a esto, que el propósito de Dios es que el Espíritu Santo enseñe y siga solamente el artículo de Cristo, cómo llegamos a ser justos delante de Dios por causa de él. Por eso concluye: «Él me glorificará, porque tomará de lo mío»; es decir, dirá en verdad más que yo, y hablará y explicará con más claridad; pero tomará de lo mío, y hablará de mí y no de los hombres y su santidad y obras. Este ha de ser su verdadero oficio y obra, por el cual será conocido, y que llevará adelante hasta que este Cristo sea bien conocido. Cuando hayas aprendido esto, puedes buscar otro Espíritu Santo; pero espero que todos permanezcamos discípulos de este Maestro y Doctor hasta el último día.

Sermón para el tercer domingo después de Pascua; Juan 16:16-23

I. Qué movió a Cristo a pronunciar este sermón de consuelo

1 Aquí, en este evangelio, vemos cómo el Señor consuela y da ánimo a sus hijos, a quienes está a punto de dejar, para cuando lleguen el temor y la angustia por causa de su muerte o de su caída. Notamos también qué indujo al evangelista Juan a usar tantas palabras, hasta el punto de repetir cuatro veces una misma expresión, que a nuestro parecer habría podido decir en menos palabras. Ante todo se nos presenta aquí la naturaleza del verdadero cristiano en el ejemplo de los queridos apóstoles. En segundo lugar, cómo el sufrimiento y la resurrección de Cristo han de hacerse eficaces en nosotros.

2 Vemos también que Cristo anuncia a sus discípulos cuán tristes estarían porque él los dejaría; pero ellos son todavía tan simples e ignorantes, y además están tan afligidos por su reciente conversación en la Última Cena, que no entendieron en absoluto lo que les decía; es más, lo que Cristo les presenta es demasiado grande e incomprensible para ellos. Y era también necesario que primero se entristecieran antes de poder regocijarse, así como el mismo Cristo fue un ejemplo para nosotros de que sin la cruz no podríamos entrar en la gloria. Por eso dice en Lc 24:26 a los dos con quienes caminaba a Emaús: «¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?». Si, pues, los queridos discípulos habían de tener gozo, debían pasar primero por una gran tristeza. Pero este gozo les vino por medio del Señor Jesús; porque en el evangelio está decretado que sin Cristo no hay gozo; y, por otra parte, donde está Cristo no hay tristeza, como se dice claramente en el texto. Por eso, cuando Cristo les fue quitado, estuvieron en gran tristeza.

3 Y estas palabras que hay aquí en este evangelio, Cristo el Señor las dijo a sus discípulos después de la Última Cena, antes de ser apresado. Veámoslas:

V.16. Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre.

II. EL SERMÓN DE CONSUELO MISMO. A. Contenido de este sermón.

4 «Todavía un poco», dice, «y no me veréis»; porque seré tomado preso y me entregarán a la muerte. Pero no durará mucho, y durante este breve tiempo estarán tristes; solamente permanezcan firmes en mí y síganme. Pronto tendrá fin. Tres días estaré en el sepulcro; entonces el mundo se alegrará como si hubiera ganado una victoria, pero ustedes estarán tristes, llorarán y se lamentarán. «Y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre». Es decir: al tercer día resucitaré; entonces ustedes se alegrarán y nadie les quitará su gozo, y este no será un gozo de solo tres días, como el gozo del mundo, sino un gozo eterno. Así expresa el evangelista Juan, de la manera más hermosa, la muerte y la resurrección de Cristo en estas palabras, cuando Cristo dice: «Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre».

5 Aquí se nos da un ejemplo que debemos tomar con diligencia y guardar en el corazón: si nos ocurriera como en tiempos de los apóstoles, que estuviéramos en sufrimiento, ansiedad y angustia, deberíamos recordar también que hay que ser fuertes y regocijarse porque Cristo resucitará. Nosotros sabemos que esto ya ha sucedido; pero los discípulos no sabían cómo sería resucitado ni qué quería decir con la resurrección; por eso estaban tan afligidos y tan tristes. Oyeron, sí, que lo verían, pero no entendieron qué era eso ni cómo sucedería. Por eso se decían entre sí, V.17. ¿Qué es esto que nos dice: Todavía un poco? No entendemos lo que habla. La tristeza y el dolor los habían vencido hasta tal punto que se desesperaron por completo y no sabían qué significaban estas palabras ni cómo lo verían otra vez.

6 Por lo tanto, también nosotros debemos sentir dentro de nosotros este «todavía un poco», como lo sintieron los queridos discípulos, pues esto está escrito para nuestro ejemplo e instrucción, para que por ello seamos consolados y hechos mejores. Y debemos usarlo entre nosotros como un dicho familiar; es más, debemos sentirlo y experimentarlo, para poder decir en todo tiempo: Dios a veces está cerca y a veces se ha perdido de vista. A veces recuerdo cómo la Palabra parece no conmoverme ni aplicárseme. Pasa de largo; no le hago caso. Pero a este «todavía un poco» debemos prestar atención y cuidado, para permanecer fuertes y firmes. Experimentaremos lo mismo que los discípulos. No podemos hacer otra cosa que lo que aquí está escrito, así como los discípulos tampoco pudieron hacer otra cosa.

7 El primer «todavía un poco», cuando dice: «Todavía un poco, y no me veréis», pudieron entenderlo poco después, cuando vieron que fue apresado y ejecutado; pero el segundo «todavía un poco», cuando dice: «Y de nuevo un poco, y me veréis», eso no pudieron entenderlo, y tampoco nosotros podemos entenderlo. Y cuando dice: «Porque yo voy al Padre», lo entendieron menos todavía. Así nos sucede también a nosotros: aunque sabemos y oímos que las pruebas, la desgracia y el dolor duran solo un poco, vemos que constantemente se presenta de manera distinta de lo que creemos. Entonces nos desesperamos y vacilamos, y no podemos conformarnos. Oímos y sabemos muy bien que no durará mucho, pero cómo se cumplirá ese resultado nunca podemos entenderlo, así como los discípulos aquí no pueden entenderlo.

8 Pero, si no son capaces de entenderlo, ¿por qué Cristo se lo dice, o por qué está escrito? Para que no desesperemos, sino que nos aferremos a la Palabra, seguros de que es así y no de otro modo, aunque parezca ser diferente. Y aunque a veces nos apartemos de la Palabra, no debemos por ello quedar del todo alejados de ella, sino volver otra vez, porque él cumple su Palabra. Aunque el hombre no pueda creerla, Dios lo ayudará a creerla, y esto lo hace sin la razón ni el libre albedrío del hombre y sin que el hombre añada nada. Más aún, el evangelista nos dice que los discípulos no podían entender las palabras que el Señor les dijo; cuánto menos podían entender sus obras que siguieron después. Tan poco sabe el libre albedrío y el entendimiento del hombre de las cosas que pertenecen a la salvación del alma. Estas cosas temporales el libre albedrío las puede percibir y conocer, como el canto del gallo, que puede oír y que su razón puede también entender; pero cuando se trata de entender la obra y la Palabra de Dios, entonces la razón humana tiene que rendirse; no le encuentra pies ni cabeza, aunque pretenda entender mucho de ello. La gloria de esto es demasiado brillante: cuanto más la contempla, más ciego se vuelve.

9 Esto se nos presenta con toda claridad en los discípulos, quienes, aunque habían estado tanto tiempo con el Señor, no entendían lo que les decía. Pues bien, tampoco nosotros podremos aprenderlo ni entenderlo hasta que lo experimentemos; como cuando decimos: Me sucedió tal cosa; esto sentí y así me fue; entonces estaba angustiado, pero no duró mucho. Luego me cercó esta tentación y aquella adversidad, pero Dios pronto me libró de ellas, etc.

10 Debemos tomar a pecho estas palabras y aferrarnos a ellas firmemente, y tenerlas presentes cuando estemos en tristeza y angustia, sabiendo que no durará mucho; así tendríamos también un gozo más constante, porque, así como Cristo y sus escogidos tuvieron su «todavía un poco», así tú, yo y cada uno tendremos el suyo. Pilato y Herodes no te crucificarán, pero de la misma manera que el diablo los usó a ellos, así usará también a tus perseguidores. Por eso, cuando vengan tus pruebas, no debes pensar de inmediato cómo saldrás de ellas. Dios te ayudará a su debido tiempo. Solamente espera. Es solo por un poco; no tardará mucho.

11 Pero no debes imponerte la cruz y el dolor a ti mismo, como en efecto lo han hecho algunos, que escogieron para sí la muerte y la prisión, y dijeron: Cristo entró voluntariamente en la muerte; se dejó apresar y entregar voluntariamente. Yo haré lo mismo. No, esto no te es lícito. Tu cruz y tu sufrimiento no tardarán en llegar. Esta buena gente no lo entendió. Los queridos discípulos también dijeron, en Mt 26:35, que permanecerían con Cristo y morirían con él. Pedro dijo, en Jn 13:37, que no negaría a Cristo, o que daría su vida por él; pero ¿cómo fue al final? Cristo fue al huerto, tembló y se estremeció, fue apresado, ejecutado; Pedro, en cambio, lo abandonó. ¿Dónde estaba entonces esa gran confianza, ese denuedo y ese ánimo de Pedro? Pensó que Cristo moriría con ánimo alegre y que él también lo seguiría; pero, ¡ay!, se equivocó gravemente.

12 Aquí ves fácilmente que el dolor y los sufrimientos en que esperábamos permanecer de continuo eran de nuestra propia elección; pero cuando por fin llega la hora, en la que nunca antes pensaste, apenas podrás mantenerte en pie, a menos que te hagas un hombre nuevo. El viejo Adán se desespera, no se sostiene, no puede sostenerse, porque va contra su naturaleza, contra su propósito y contra sus designios. Por eso tienes que tener tu propio tiempo, y entonces tienes que sufrir un poco. Porque Cristo se retira de ti y permite que quedes en poder del pecado, de la muerte y del infierno. Allí el corazón no puede hacer gran cosa para calmar la conciencia, haga lo que haga, porque Cristo se va y muere. Entonces tendrás el estribillo: «Todavía un poco, y no me veréis». ¿Adónde irás? No hay consuelo. No hay ayuda. Estás en medio del pecado; en medio de la muerte; en medio del infierno. Si Cristo no viniera ahora, independientemente de todo mérito tuyo, tendrías que permanecer en esta tribulación y este terror eternamente; porque así habría sucedido también a los discípulos, si Cristo no hubiera resucitado de los muertos y vuelto a la vida. Por eso fue necesario que resucitara de los muertos.

13 Ahora bien, todos deben experimentar y sufrir esto, ya sea ahora o en el lecho de muerte cuando mueran; pero cuánto mejor es experimentarlo ahora, porque cuando algún día seamos echados al fuego por causa del evangelio y se nos cuente como herejes, entonces veremos de qué provecho es esto; pues si el corazón no es fuerte en ese momento, ¿qué será de nosotros? Allí nuestros ojos verán el tormento y el terror de la muerte. ¿Adónde iremos? Por eso, si Cristo no está presente, y si entonces retirara su mano, ya estamos perdidos; pero si está con nosotros para ayudarnos, la carne bien puede morir, pero todo está bien con el alma, porque Cristo la ha tomado para sí. Allí está segura; nadie la arrebatará de su mano. Jn 10:28.

14 Pero esto no podemos lograrlo con palabras; aquí hace falta la experiencia. Bienaventurado el que lo experimenta ahora; entonces ciertamente no le será difícil morir. Es sumamente peligroso tener que aprender esto en el lecho de muerte, a saber, cómo luchar con la muerte y vencerla. Por eso fue realmente un gran favor y una gran misericordia de Dios la que mostró a los santos mártires y apóstoles, en quienes primero había vencido a la muerte, de modo que después estuvieron preparados para sufrir sin temor todo lo que se les pudiera imponer.

B. Explicación de este sermón de consuelo.

15 Todo esto se nos presenta en nuestro evangelio; pero como los discípulos no podían entender lo que quería decir con «todavía un poco», y él notó que deseaban preguntarle, continúa y se lo explica con estas sencillas palabras, y dice:

V.20. De cierto, de cierto os digo que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; y vosotros estaréis tristes, mas vuestra tristeza se convertirá en gozo.

16 Esto se dice a todos los cristianos, porque todo cristiano tiene que pasar por tentaciones, pruebas, ansiedades, adversidades, tristezas, venga lo que venga. Por eso no menciona aquí ninguna tristeza ni prueba en particular; simplemente dice que llorarán, se lamentarán y estarán tristes, porque el cristiano tiene muchas persecuciones. Unos sufren pérdida de bienes; otros sufren en su honra la ignominia y el desprecio; unos son ahogados, otros quemados; unos son decapitados; uno perece de este modo y otro de aquel; es, pues, la suerte del cristiano sufrir constantemente desgracia, persecución, pruebas y adversidad. Esta es la vara o cola de zorro con que se les castiga. No deben esperar nada mejor mientras estén aquí. Este es el color de corte por el que se reconoce al cristiano, y si alguien quiere ser cristiano, no debe avergonzarse de su color de corte ni de su librea.

17 ¿Por qué hace Dios esto y permite que los suyos sean perseguidos y acosados? Para suprimir y someter el libre albedrío, a fin de que no busque un recurso en sus obras, sino que se vuelva necio en las obras de Dios y aprenda así a confiar y depender solo de Dios.

18 Por eso, cuando esto ocurre, no podremos acomodarnos a ello ni lo entenderemos, a menos que el mismo Cristo nos despierte y nos alegre, de modo que su resurrección se haga eficaz en nosotros y todas nuestras obras se hagan pedazos y queden reducidas a nada. Por eso el texto concluye aquí con poder que el hombre, por sus propias fuerzas, no es absolutamente nada. Aquí queda condenado y derribado todo lo que se ha predicado y aún se pueda predicar acerca de las buenas obras; porque esta es la conclusión: donde no está Cristo, no hay nada. Pregunta a san Pedro cómo estaba dispuesto cuando Cristo no estaba con él. ¿Qué buenas obras hizo? Negó a Cristo. Lo renegó con juramento. Tales buenas obras hacemos cuando no tenemos a Cristo con nosotros.

19 Así, todo sirve para que nos acostumbremos a edificar solo sobre Cristo y a no depender de ninguna otra obra, de ninguna otra criatura, ni en el cielo ni en la tierra. Solo en este nombre somos guardados y bendecidos, y en ningún otro. Hch 4:12 y 10:43. Pero por eso tenemos que sufrir mucho. Lo peor de todo es que no solo tenemos que sufrir vergüenza, persecución y muerte, sino que el mundo se alegra por nuestra gran pérdida y nuestras desgracias. Esto es ciertamente muy duro y amargo. Así ha de suceder, sin duda, pues el mundo se alegrará cuando nos vaya mal; pero tenemos este consuelo: que su gozo no durará mucho y nuestra tristeza se convertirá en gozo eterno. De esto el Señor nos da una hermosa parábola, la de la mujer que está de parto, cuando dice:

V.21. La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo.

C. Este sermón de consuelo se ilustra con una parábola.

20 Con esta parábola muestra también que nuestras propias obras no son nada; pues aquí vemos que, si todas las mujeres acudieran en ayuda de esta mujer de parto, no lograrían nada. Aquí el libre albedrío llega a su fin y no puede lograr nada ni dar consejo alguno. No está en poder de la mujer dar a luz al niño, sino que siente que todo está por completo en la mano y en el poder de Dios. Cuando él ayuda y obra, entonces se logra algo; pero donde él no ayuda, todo está perdido, aunque estuviera presente el mundo entero. En esto Dios muestra a la mujer su poder, su capacidad y su fuerza. Antes de esto ella podía bailar y saltar; se regocijaba y estaba contenta; pero ahora ve que Dios tiene que hacerlo todo. Con esto percibimos que Dios es nuestro Padre, quien también tiene que sacarnos del vientre y traernos a la vida.

21 Cristo dice aquí a sus discípulos: Así les ocurrirá también a ustedes. La mujer está aquí en tal estado de ánimo que teme un gran peligro, y sin embargo sabe que toda la obra está en las manos de Dios; en él confía; de él depende; él también la ayuda y lleva a cabo la obra, que el mundo entero no podría hacer, y ella no piensa en otra cosa que en el tiempo que seguirá, cuando volverá a regocijarse; y su corazón siente y dice: Se acerca una hora peligrosa, pero después estará bien. El ánimo y el corazón se abren paso a través de todos los obstáculos. Así les sucederá también a ustedes cuando estén en tristeza y adversidad, y cuando lleguen a ser nuevas criaturas. Esperen solamente en silencio y permitan que Dios obre. Él lo cumplirá todo sin la ayuda de ustedes.

22 Esta parábola de la mujer es un argumento fuerte y obstinado contra el libre albedrío: que es enteramente impotente y sin fuerza en las cosas que pertenecen a la salvación de nuestras almas. El evangelio muestra con toda claridad que se necesitan la fuerza y la gracia divinas. El libre albedrío del hombre es demasiado débil e insignificante para lograr algo aquí. Pero nosotros hemos establecido nuestras propias órdenes y reglamentos en lugar del evangelio, y por medio de ellos queremos librarnos del pecado, de la muerte, del infierno y de toda desgracia, y ser finalmente salvos por ellos. Un gran error.

23 Aquí ves en este ejemplo que, si un hombre ha de nacer, la madre tiene que quedar primero como muerta; es decir, tiene que estar en una condición como si ya estuviera muerta; piensa que ya todo se acabó para ella. Así ha de ser también con nosotros. Si queremos llegar a ser piadosos, tenemos que estar como muertos y desesperar de todas nuestras obras; más aún, no pensar jamás que seremos capaces de lograr algo. Aquí no podrá ayudar ninguna vida monástica, ningún clericalismo y ninguna obra; espera tú con paciencia y permite que Dios haga contigo conforme a su voluntad. Él lo cumplirá; déjalo obrar. Nosotros no lograremos nada por nosotros mismos, pero a veces sentiremos la muerte y el infierno. Esto lo sentirán también los impíos, pero no creen que Dios está presente en ello y quiere ayudarlos. Así como la mujer aquí no logra nada, solo siente dolor, angustia y miseria, y no puede sacarse a sí misma de ese estado.

24 Pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda de su tristeza ni de su dolor, sino que es como si hubiera vuelto a la vida. Antes no podía siquiera pensar que su tristeza y su dolor terminarían tan pronto. Así nos sucede también a nosotros en las pruebas del pecado, de la muerte y del infierno; entonces estamos como si estuviéramos muertos; es más, estamos en medio de la muerte y Cristo nos ha abandonado. Se ha alejado de nosotros por un poco. Entonces estamos en gran dolor y no podemos ayudarnos a nosotros mismos; pero cuando Cristo regresa y se da a conocer a nosotros, nuestro corazón se llena de gozo, aunque todo el mundo esté en contra.

25 Esto nadie puede comprenderlo a menos que haya sido cercado alguna vez por la muerte. El que una vez ha sido librado de la muerte tiene que regocijarse; no que tal persona no pueda volver a caer y estar triste a veces, sino que, teniendo este gozo a la mano, no se preocupa por nada. Tampoco teme nada, por muchos peligros que lo rodeen. Este gozo puede ciertamente ser interrumpido, porque cuando vuelvo a caer en pecado, entonces temo hasta una hoja arrastrada por el viento. Lv 26:36. ¿Por qué? Porque Cristo se ha alejado de mí por un poco y me ha abandonado; pero no me desesperaré, porque este gozo volverá. No debo entonces seguir aferrado al papa ni procurar ayudarme con obras; debo esperar en silencio hasta que Cristo venga otra vez. Solo permanece fuera un poco. Cuando entonces mira de nuevo el corazón, y aparece y brilla en él, el gozo vuelve. Entonces podré hacer frente a toda desgracia y a todo terror.

26 Todo esto se dice y se escribe para que seamos conscientes de nuestra debilidad e incapacidad, y de que, en cuanto a nuestras obras, todo es nada, todo está del todo perdido. Pero este gozo es todopoderoso y eterno cuando estamos muertos; ahora, en esta vida, es mezclado. Ahora caigo y luego me levanto otra vez, y no puede ser eterno, porque la carne y la sangre todavía están conmigo. Por eso Cristo dice a sus discípulos:

V.22. También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.

27 Todo esto lo describió David en un salmo de la manera más magistral y hermosa, cuando dice en Sal 30:1-8: «Te exaltaré, oh Jehová, porque me has exaltado, y no permitiste que mis enemigos se alegraran de mí. Jehová Dios mío, a ti clamé, y me sanaste. Oh Jehová, hiciste subir mi alma del Seol; me diste vida, para que no descendiese a la sepultura. Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad. Porque por un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida; por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría. En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido. Porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte; escondiste tu rostro, fui turbado. A ti, oh Jehová, clamé, y al Señor supliqué». ¿Dónde está ahora el hombre que acababa de decir: «No seré jamás conmovido»? Pues bien, responde: cuando tú, Jehová, con tu favor afirmaste mis montes, entonces hablé así. «Escondiste tu rostro, fui turbado»; caí. Si Cristo estuviera continuamente con nosotros, realmente creo que nunca tendríamos miedo; pero como de vez en cuando se aleja de nosotros, por eso tenemos que tener miedo a veces.

28 En este salmo se nos retrata hermosamente cómo reconocer y experimentar una buena conciencia; pues aquí David considera al mundo entero como una gota y no le tiene el menor miedo, aunque se alborote y se enfurezca contra él, porque tiene al Señor consigo. Ha hecho que su monte se mantenga firme; pero cuando cayó y el Señor le escondió su rostro, entonces tuvo miedo. Entonces se le fueron el corazón, el ánimo y el monte. Entonces temió a una hoja arrastrada por el viento el que antes no temía al mundo entero, como dice también en otro salmo al Señor: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu callado me infundirán aliento». Sal 23:4. Asimismo dice en Sal 3:6: «No temeré a diez millares de gente, que pusieren sitio contra mí». Pasajes como estos se pueden multiplicar en los Salmos, y todos muestran cómo se sostiene una conciencia recta y buena, a saber: cuando Dios está con ella, es animosa y valiente; pero cuando Dios se ha alejado, es temerosa y aterrada.

29 Aquí entendemos ahora rectamente lo que significan las palabras de Cristo: «Yo voy al Padre». Antes de esto nadie las entendía, ni siquiera los discípulos. Pero este es el camino: yo debo morir, dice, y ustedes también deben morir. Pedro prometió con jactancia; pues, según el viejo Adán, quería morir con el Señor, y todos pensamos que queremos morir con Cristo, como dijeron todos los demás discípulos que entrarían en la muerte con Cristo. Mt 26:35. Pero todo esto tiene que perecer en nosotros. Tienes que llegar al momento de la prueba, cuando Cristo no está a tu lado y no muere contigo, cuando no puedes ayudarte a ti mismo, como la mujer de parto. Cuando esto sucede, entonces llegas al Padre. Es decir, eres lleno de su poder, y él hace de ti un hombre nuevo, que en adelante no tiene miedo, cuyo carácter es ya aquí un carácter celestial, como lo llama san Pablo en Fil 3:20; y esto tiene su comienzo aquí, por la fe. Entonces te vuelves animoso y valiente, y puedes decir como el profeta en el salmo: «No temeré a diez millares de gente», y «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno». ¿Por qué todo esto? Porque has llegado al Padre. ¿Quién puede ahora derribar la omnipotencia de Dios? Nadie. Sí, entonces nadie puede hacerte nada ni causarte daño alguno.

30 Esto nadie lo entenderá hasta que haya sucedido. ¿Has sido cercado por la muerte y librado de ella? Entonces dirás: Estuve en la muerte, y si el Señor no me hubiera librado, habría permanecido para siempre en las garras de la muerte. A esto se refiere todo el Salmo 30, que harás bien en examinar a fondo y considerar con fidelidad.

31 Aquí tienes ahora el fruto y el ejemplo de la muerte y la resurrección de Cristo, y cómo el libre albedrío no es nada, y también todo lo que la razón concluye acerca de estas cosas que pertenecen a nuestra salvación. Que Dios nos dé gracia para que lo tomemos y ordenemos nuestra vida conforme a ello. Amén.

Sermón para el tercer domingo después de Pascua; Juan 16:16-23 (2.º sermón)

1 Primero consideraremos este relato de la manera más sencilla, tal como ocurrió después de la Última Cena, cuando el Señor iba con sus discípulos por el huerto, camino de sus últimos sufrimientos y de su muerte. En este relato histórico del evangelio de hoy el Señor predica a sus discípulos su muerte y su resurrección; palabras que los discípulos entonces no entendieron, pues les eran dichos oscuros y totalmente ocultos; una experiencia que fácilmente puede ser también la nuestra, la de los que todavía no estamos firmemente establecidos en la fe. Pero ¿qué impedía a los queridos discípulos entender el relato? Esto, a saber: que pensaban que Cristo iba a establecer un reino temporal que causaría impresión en el mundo y avanzaría en pura vida perpetua, no en muerte, de la cual habla aquí cuando dice: V.16. Todavía un poco, y no me veréis. Como si quisiera decir: Estaré con ustedes todavía un poco más, quizá hasta la medianoche; después moriré y seré sepultado, y seré quitado de su vista, de modo que no me verán más. Pero de nuevo un poco y me verán; es decir: al tercer día resucitaré y los veré otra vez, y ustedes me verán otra vez.

2 Este es el sentido según la historia, y son palabras muy frías si no se entienden de manera espiritual. Sin embargo, el Señor consuela también a sus discípulos y dice que estarán tristes por su partida, pero que su tristeza pronto tendrá fin. Les sucederá como a una mujer que yace en los dolores del parto: apenas ha dado a luz al niño, olvida su dolor. Y aunque esto es claro y fácil de entender, los discípulos no entendieron cómo les iría, ni qué quería enseñarles el Señor con estas palabras y con esta parábola; porque nunca antes habían oído tales palabras. Pero a nosotros estos dichos nos parecen sencillos ahora, porque los predicamos y aplicamos con frecuencia. Si no fuera así, serían tan oscuros para nosotros como lo fueron para los queridos discípulos. Examinemos, por tanto, con cuidado estas palabras y consideremos primero qué significa ir al Padre.

3 Ir al Padre no significa otra cosa que entrar en una vida nueva. Como si Cristo dijera: Dejaré esta vida del tiempo, de los sentidos, de la naturaleza y de la muerte, y entraré en la vida inmortal, donde el Padre me sujetará todas las cosas, donde no hay sueño, ni comer, ni beber, como cuando yo vivía en el cuerpo, y sin embargo la carne y la sangre que tomé de la virgen María continuarán. Es decir: tomaré para mí un gobierno espiritual para regir en espíritu y en fe los corazones de los creyentes, y no fundaré, como ustedes imaginan, un reino temporal. A este gobierno espiritual no puedo llegar sino por el camino de la muerte. Pero, como dije, los discípulos no lo entendieron; pensaron que perderían al Señor por completo cuando muriera. Por eso cayeron en aflicción y tristeza.

4 Ahora bien, aquí debemos prestar atención y aprender también algo de esto, para no leer este relato en vano. Para los queridos discípulos el mayor dolor y la mayor tristeza no eran que nunca más volverían a ver al Señor en el cuerpo, sino que sus corazones hubieran perdido al Señor; esa era una angustia y una calamidad mayor. Se alegraban de contemplar al Señor en el cuerpo, pero se aferraban a él mucho más con el corazón. Por eso pensaban también: Si desaparece de nuestros ojos, desaparecerá también de nuestros corazones. Lo mismo ocurría con su gozo. Verlo otra vez en el cuerpo no era el verdadero gozo; eso apenas podían esperarlo. Pero que lo recibieran de nuevo espiritualmente y por la fe en sus corazones, como Salvador y Consolador, era su verdadero consuelo y gozo. Porque cuando se cree en él como Salvador, el corazón se regocija; y fuera de esta fe no hay ayuda, ni consejo, ni consuelo alguno a la mano.

5 Esto lo vemos en el caso de los queridos discípulos cuando huyeron, abandonaron y negaron al Señor, y cayeron de manera espantosa en el pecado de la incredulidad. Entonces ya no había Salvador delante de sus ojos. El consuelo se había ido, Cristo había desaparecido de su vista, ya no estaban presentes el consejo ni la ayuda, y habrían tenido que permanecer para siempre en esta aflicción y duda si Cristo no los hubiera hecho regocijarse otra vez; porque fuera de este Salvador no hay otro. Por eso, cuando él es quitado, no hay otro consuelo que tener, y no puede haber allí sino ansiedad, necesidad, desesperación y el infierno mismo. Esta fue la verdadera ansiedad, aflicción y tristeza de los discípulos.

6 ¿Qué agonía y qué dolor, piensan ustedes, habrán tenido cuando recordaron la bondad y la amistad del Señor, las buenas obras que les hizo, y que todos le habían sido tan infieles? Entonces sus corazones confesaron: ¡Ay, cuán amistosa y amorosamente trató con nosotros y nos mostró a todos un amor y una amistad extraordinarios! ¡Y nosotros hemos obrado así con él, lo hemos abandonado y somos abandonados por él! Como infames desleales, lo hemos negado, hemos abusado de sus enseñanzas y de su gracia. ¿Qué será de nosotros? No nos atrevemos a comparecer ante Dios, ni podemos estar en pie ante los hombres, mucho menos ante Satanás. Ya no hay consuelo. El Salvador se ha ido. Estamos en un estado sin esperanza, condenado y perdido. Observen que los queridos discípulos estaban en tal ansiedad, necesidad y aflicción que ningún ayuno, ninguna oración, ninguna penitencia habría podido ayudarlos. Todo estaba perdido.

7 De la misma manera trata Dios hoy a sus hijos. Siempre que quiere consolarlos, primero los sumerge en una ansiedad y una tentación semejantes. Es una agonía insoportable cuando la conciencia pronuncia sentencia contra uno. El corazón y todo refugio fallan, y la ansiedad penetra todos los rincones de la conciencia. La angustia y el miedo consumen la médula y el hueso, la carne y la sangre, como el profeta David lamenta con frecuencia en sus salmos.

8 Pero Cristo no deja que sus discípulos estén mucho tiempo en tal angustia y necesidad. Había dicho, V.16. Y de nuevo un poco, y me veréis. Esto sucedió el día de Pascua, cuando se les apareció y les ofreció su paz, con la cual los consoló, y olvidaron toda la angustia, el temor y la necesidad que habían soportado durante ese poco de tiempo, hasta el tercer día. Debemos recordar relatos como este cuando estemos en angustia y necesidad y hayamos perdido toda esperanza de consuelo. Cuando el hombre es atormentado por una mala conciencia a causa de sus pecados, el corazón piensa que es un dolor eterno; y lo es también, según calcula el hombre, porque no ve fin. Piensa que Dios está contra él y no lo ayudará, y él mismo no permite que Dios lo ayude. Mira a su alrededor y no halla socorro en ninguna criatura. Más aún, piensa que todas las criaturas son sus enemigas. Por eso el corazón concluye pronto y dice: Aquí hay angustia eterna, aquí no habrá cambio, aquí no hay ayuda ni consuelo. Dios y todo están contra mí. En verdad no es así, sino que es solo un tránsito. No durará mucho. Con tal que podamos guardar silencio un poco de tiempo, ciertamente él no tardará en venir con su consuelo. Este es el sentido de lo que el Señor dice aquí a los discípulos: «Todavía un poco, y no me veréis», a saber, cuando estén sumidos en angustia y aflicción. «Y de nuevo un poco, y me veréis», a saber, cuando yo los visite con mi consuelo y los haga regocijarse.

9 Puesto que los santos discípulos experimentaron lo que es ser abrumados por la angustia y la necesidad, no debemos pensar que a nosotros nos irá mejor. Dios no hará una excepción con nosotros. Pero recordemos que Cristo predice a sus discípulos su caída, su temor y su tristeza, y también los consuela para que no se desesperen. Así debemos consolarnos también nosotros y dejar que se nos diga lo mismo, para que, cuando seamos llevados cautivos por el pecado y sintamos la conciencia turbada y agobiada, no nos desesperemos, sino que recordemos que no continuará mucho. Por eso este es un evangelio muy consolador para todas las conciencias turbadas y aterradas. Primero, porque Cristo promete aquí que no las dejará cautivas de su miseria mucho tiempo; y luego, porque les muestra una amistad tan bondadosa: no los echa pronto de su presencia, aunque no aprendan ni entiendan de inmediato su discurso, sino que los soporta, los instruye y trata con ellos con toda ternura.

10 Por tanto, si una persona llega a un temor y una miseria de conciencia semejantes, debe traer a la memoria estas palabras y decir: Bien, se está produciendo un cambio. Cristo dice: Todavía un poco, y me veréis otra vez. No durará mucho. Tranquilízate. Es cuestión de poco tiempo, y entonces Cristo nos permitirá verlo otra vez. Pero donde la conciencia está tan aterrada, uno no puede captar ni entender estas palabras de consuelo, aunque las oiga. Así les sucedió aquí a los discípulos. Mientras estaban en aflicción no podían entender estas palabras. Se necesita esfuerzo para consolar a conciencias tan aterradas y afligidas. Por eso el Señor usa una parábola para explicar sus palabras anteriores, a fin de afirmar firmemente en ellas a los discípulos. Toma el ejemplo de una mujer en los trabajos del parto, y en tales trabajos que no muere de ellos, sino que trae al mundo una vista feliz. Esto es también muy consolador y se dice para que los discípulos no se desesperen cuando les sobrevenga la tentación o el temor, sino que recuerden que, como una mujer de parto, pronto tendrá fin; es dolor de solo una hora o poco más. Así Cristo, por medio de esta parábola, hace dulce y hermosa para sus discípulos su tristeza y su aflicción.

11 Ahora debemos considerar con cuidado este ejemplo. Como es aquí, así es en la tentación, y especialmente en los peligros de muerte. Observen cómo trata Dios a una mujer que sufre en el parto. Allí queda sola en su dolor, abandonada por todos, y nadie puede ayudarla. Más aún, nada en absoluto puede rescatarla de su agonía; eso descansa solo en el poder de Dios. La partera y las demás que la rodean pueden ciertamente consolarla, pero no pueden evitar la agonía. Ella tiene que pasar por ello, y aventurar y arriesgar libremente su vida, sin saber si morirá o se recuperará, a causa del niño. Allí está verdaderamente en los peligros de muerte y por completo cercada por la muerte. Esta parábola la usa también san Pablo en 1 Ts 5:3, cuando dice a los tesalonicenses que el día del juicio caerá sobre ellos de repente, como los dolores de la mujer encinta, y no podrán escapar.

12 Así ocurre también cuando la conciencia está en agonía o cuando uno yace en los peligros de muerte. Entonces ni la razón ni nada más puede ayudar. Ninguna obra, sea esta o aquella. No hay consuelo. Piensas que estás abandonado por Dios y por todos; más aún, te imaginas que Dios y todo están contra ti. Entonces debes contenerte en quietud y aferrarte solo a Dios, que debe librarte. Fuera de él nada más, ni en el cielo ni sobre la tierra, puede librar. El mismo Dios da su ayuda cuando le parece que es tiempo, como lo hace con la mujer de parto. Le da ánimo cuando ella ya no piensa en su dolor; entonces hay gozo y vida donde antes reinaban la muerte y toda angustia. De la misma manera Dios nos hace felices y nos da paz y gozo donde antes había miseria y toda clase de tristeza. Por eso Cristo nos presenta aquí todo este ejemplo y nos consuela con él, para que no nos desesperemos en el tiempo de la muerte y de la tentación. Es como si quisiera decirnos: Querido hombre, cuando lleguen el temor, la tristeza, la tentación y la tribulación, no dudes, no te desesperes. Es solo por poco tiempo. Cuando estas pasen, siguen sus frutos: paz y gozo.

13 En tal tristeza y angustia estaban los queridos discípulos cuando el Señor se apartó de ellos. Estaban abandonados por todos. No tenían dónde refugiarse. Estaban a la puerta del infierno, esperando encontrar la muerte a cada hora; y oían el juicio de Dios, pensando que habían pecado y que ahora debían ser entregados a Satanás. Pero inmediatamente después de su resurrección Cristo viene y les hace olvidar toda su aflicción y su dolor de corazón. Entonces se llenan de alegría, van y dan fruto, y se esfuerzan por ayudar a todos los hombres a llegar al mismo gozo. Es un hermoso ejemplo y un pasaje consolador de la Escritura para todos los que experimentan tentación y aflicción. Estos deben recordar que Cristo dice: «Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis», y no olvidar nunca el evangelio de la mujer de parto, que atraviesa todo con gusto y pronto alcanza la meta.

14 Así este evangelio nos arma para la tentación y la tribulación, y su suma es que Cristo el Señor se revela a los suyos como puro amor y amistad, de modo que son consolados. Esto puede ser siempre así con nosotros, puesto que sabemos, y por este evangelio aprendemos, que Cristo no abandonará a los abrumados por los peligros de muerte y las tentaciones de la conciencia, sino que vendrá y los consolará como aquí a sus discípulos, sin dejarlos mucho tiempo en su angustia. Verdaderamente todavía hay esperanza para quien está aterrado en su conciencia y turbado por sus pecados. Pero cuando uno duda y cae en tal presunción que siente en su corazón: «No hay esperanza para mí. No puede ser de otra manera. Tengo que ser condenado. No queda ayuda ni consuelo, haga yo lo que haga»; cuando el hombre llega a esto y lo arriesga todo, es una caída terrible. ¡Que Dios todopoderoso nos proteja siempre de tal caída! Aunque el pecado sea muy grande, con tal que uno no dude, no estará en aprieto. Dios ciertamente lo rescatará a su debido tiempo.

15 Así han oído aquí dos clases de tristeza: la primera, la de los discípulos cuando fueron privados de la presencia corporal de Cristo; la otra, la nuestra, cuando su presencia espiritual se aparta de nuestros corazones. La primera tristeza la quitó Cristo con su resurrección; la otra la quita cuando hace que la conciencia se regocije de nuevo. De esto habla aquí más adelante, y dice:

V.20. De cierto, de cierto os digo que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; y vosotros estaréis tristes, mas vuestra tristeza se convertirá en gozo.

E inmediatamente después de la parábola añade:

V.22. También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.

16 Aquí el Señor se refiere al gozo con que la conciencia es consolada de nuevo y hecha regocijarse cuando Cristo se da a conocer como Salvador. Porque entonces la tristeza, el pecado, la muerte, el infierno y toda desgracia desaparecen. Y este no es un gozo mundano, como el del mundo, que se alegra, canta y baila por el éxito, sino un gozo verdadero, celestial y eterno delante de Dios, y verdaderamente agradable a Dios. De este gozo dice el profeta en Sal 68:3: «Mas los justos se alegrarán; se gozarán delante de Dios, y saltarán de alegría». Y Cristo dice aquí a sus discípulos: «Y nadie os quitará vuestro gozo». ¿Cómo sucede esto? Así: cuando Cristo está de nuevo delante de tus ojos y la conciencia comprueba que posee al Señor, de quien espera todo bien, entonces ya no se le puede hacer nada; porque ¿quién dañará al corazón así establecido sobre Cristo? ¿De qué se ha de tener miedo mientras se pueda decir: Mi Señor Jesucristo es Señor de todas las cosas; de la muerte, del infierno, de Satanás y de todo lo que hay en el cielo y sobre la tierra? Como también san Pablo se jacta con desafío en Ro 8:31-39: «¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro».

17 Estas fueron las palabras de san Pablo. En el mismo espíritu habla también David en Sal 27:1-3, y dice: «Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron. Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado». Y en Sal 23:1-4 dice: «Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu callado me infundirán aliento».

18 ¡Miren cuán animoso y desafiante es este hombre! ¿Quién le dio un ánimo tan valiente y desafiante? ¿De dónde le vino? Solo del Salvador. Y cuanto más somos apartados de él, más nos aferramos a él. Cuanto más daño, desgracia y tristeza nos causan los hombres, más nos regocijamos, porque este gozo es eterno; y cuanto más nos lo quieren arrancar, mayor se hace.

19 Ahora se puede preguntar: ¿puede uno caer de este gozo? Sí. Y tan pronto como caemos, el dolor eterno está a la mano, del cual, aunque por su naturaleza es eterno, Dios rescata sin embargo a los suyos. Así el gozo continúa para siempre, pero mientras la persona esté sobre la tierra puede caer de él. Deben entenderlo así: Cristo es mi Salvador, si así lo creo y lo confieso. Este gozo es para mí un gozo eterno mientras permanezca en él. Pero cuando Cristo se aparta del corazón, el gozo se aparta también. La gracia continúa, pero la conciencia puede caer fácilmente. Les digo esto para que no se escandalicen en el futuro cuando muchos de ustedes caigan del evangelio y nieguen a Cristo. Porque dondequiera que Cristo esté con su gozo y su consuelo, allí están también pronto a la mano la cruz y la persecución. Pero temo que no tenemos ni el gozo ni la persecución, ya que nos apropiamos tan poco del evangelio. Seguimos siempre en nuestra vieja naturaleza y despreciamos el querido y precioso tesoro del evangelio; por eso Dios nos visitará con un castigo mayor que el de los judíos, a saber, con ceguera y error. Como dice Pablo a los tesalonicenses: «Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia». 2 Ts 2:1-12. Porque Dios no puede permitir que su evangelio sea deshonrado. Que uno tropiece, ciertamente lo permitirá; pero que uno desprecie así su misericordia, no lo permitirá, y no es justo que lo permita. Por eso hay que temer que vendrán la herejía y el poder del error, de modo que nadie sepa cuál es el problema, como ya es evidente y lo será todavía más. ¡Que Dios refrene a Satanás y nos libre de tal visitación! Amén.

Sermón para el tercer domingo después de Pascua; Juan 16:16-23 (3.º sermón)

I. LA PASIÓN Y LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

1 Este evangelio contiene, y a la vez nos pinta, la obra alta y excelente que Dios cumplió cuando Cristo, su Hijo unigénito, murió y resucitó de los muertos por nosotros. Mucho se ha dicho sobre este tema y hay mucho más que decir. En cuanto a mí, encuentro que cuanto más lo estudio, menos lo domino. Pero, puesto que es voluntad de Dios que pensemos en él, alabemos su obra y su gracia y le demos gracias por ellas, es justo que hablemos y oigamos todo lo que podamos acerca de ellas.

2 El Señor se dirige aquí a sus discípulos con palabras oscuras y veladas, que ellos no entienden; principalmente, sin duda, porque quiere amonestarlos así e imprimirles a fondo estas palabras tan poco oídas, para que no las olviden. Las palabras que se usan raras veces causan en uno una impresión más profunda que las formas de hablar de uso general.

3 El resultado fue que los discípulos repitieron las palabras incluso dos veces y se preguntaron unos a otros qué querrían decir. Cristo las repitió igualmente, y nada menos que cuatro veces. Aun así siguieron siendo para ellos palabras oscuras e ininteligibles hasta que después él les reveló su significado, cuando resucitó de los muertos y dio a los discípulos el Espíritu Santo. Entonces entendieron con claridad sus palabras. Así las entendemos también nosotros ahora, en cuanto las oímos y las leemos; pero que se las entienda hasta su profundidad, eso no será en esta vida. Pero, como dije, cuanto más tiempo y cuanto más se aprende de ellas, menos puede uno y más tiene que aprender.

4 Porque la Palabra de Dios es un gobierno distinto, y las Sagradas Escrituras un libro distinto de los discursos y escritos del hombre. San Gregorio dijo la verdad cuando pronunció el hermoso proverbio: Las Escrituras son un río en el que tiene que nadar un gran elefante y que un corderito puede cruzar a pie. Pues las Escrituras hablan con la claridad y sencillez suficientes al pueblo común, pero para los sabios y muy instruidos son inalcanzables. Como confiesa san Pablo de sí mismo en Fil 3:15.

5 Y san Pedro dice en 1 P 1:12 que tales cosas fueron anunciadas y escritas en las Escrituras que aun los ángeles hallan en ellas su satisfacción y bastante en qué ocuparse: en la gran obra de que Cristo, el Hijo de Dios, se hizo hombre, padeció la muerte en la cruz, pero resucitó y está sentado ahora a la diestra del Padre, Señor de todo, aun según su naturaleza humana, y gobierna y preserva a su iglesia contra la ira de Satanás y todo el poder del mundo. Nosotros tenemos, es cierto, las palabras que tratan de esto, pero los ángeles lo ven y lo entienden y en ello tienen su gozo eterno. Y como ellos no pueden contemplarlo lo bastante por la eternidad, mucho menos podemos entenderlo nosotros, pues es una obra eterna, inexpresable, inconmensurable e inagotable.

6 Esto se dice de cognitione objectiva; es decir, como se lo ve de una sola mirada, como lo contemplan los ángeles y como lo veremos en la vida venidera. Pero en esta vida debemos tener de ello un conocimiento distinto, un conocimiento práctico (cognitio practica), para que aprendamos a confesar cuál es el poder de esta obra y qué puede hacer. Esto se hace por la fe, que tiene que cesar en la vida venidera, donde también lo conoceremos por una visión plena de ella.

II. EL CONSUELO QUE CRISTO DA A SUS DISCÍPULOS EN SU TRISTEZA, Y EL GOZO DEL MUNDO. A. La tristeza de los discípulos y el gozo del mundo.

7 Debemos aprender aquí ahora qué es lo que dice el Señor: «Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis», etc. Este pasaje está cargado de tanto sentido como aquel otro: «Vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará», etc. «Mas vuestra tristeza se convertirá en gozo». Un dicho singular: un poco no ver y estar tristes, y otro poco ver de nuevo y estar gozosos.

8 Según la letra y la historia, es ciertamente fácil entender qué significan estas palabras, sobre todo en nuestros días. En la confesión de nuestra fe hasta los niños dicen: «Creo en Jesucristo», etc.; «fue crucificado, muerto y sepultado; al tercer día resucitó de entre los muertos». Estos son los dos «poquitos» de los que Cristo habla aquí. Pero como hay engaño donde también buscamos y gustamos, y debemos procurar llevarlo a la vida o a la experiencia, las palabras tienen una profundidad de sentido maravillosa: que perdamos a Cristo, a quien creemos Hijo de Dios, que murió y resucitó por nosotros, etc.; que él muera en nosotros, como lo experimentaron los apóstoles hasta el tercer día. Una terrible crucifixión y muerte comienzan cuando Cristo muere en nosotros y nosotros también en él. Como dice aquí: No me veréis, porque me voy de ustedes. Es decir: yo muero, por eso ustedes también morirán, en cuanto no me verán; y así yo estaré muerto para ustedes y ustedes estarán muertos para mí. Esta es una tristeza especial, honda y severa.

9 Así como hay muchas clases de gozo, hay muchas clases de tristeza. Por ejemplo, cuando a uno le roban su dinero y sus bienes, o es injuriado y deshonrado siendo inocente, o pierde al padre y a la madre, al hijo y a los queridos amigos, etc.; asimismo, cuando Satanás aflige y martiriza el alma de uno con pensamientos tristes, como Satanás lo hace con tanta facilidad, aunque uno no sepa por qué ni de dónde. Pero la tristeza verdaderamente grande, por encima de toda tristeza, es que el corazón pierda a Cristo, de modo que ya no esté a la vista y no haya esperanza de más consuelo de parte de él. Son pocos los que son probados tan duramente. Ciertamente no todos sus discípulos lo experimentaron. Quizá no santo Tomás, san Andrés, san Bartolomé y otros, que eran gente tan buena, común y sencilla. Pero sí los otros corazones tiernos, san Pedro, san Juan, san Felipe y otros, a quienes se aplicaban estas palabras, pues todos habían oído que perderían a Cristo y nunca más lo verían.

10 Cristo se dirige aquí también, más que a otros, a personas que creen verdaderamente y experimentan que Cristo murió y después resucitó; y para ellas es un poco, en un sentido común, pequeño e infantil, y solo una tristeza corporal. Pero los discípulos tenían que sentir y experimentar vivamente lo que es perder a Cristo de vista, no solo tenerlo quitado corporalmente, sino también espiritualmente, dejándolos en una doble miseria y tristeza. Pues no solo habían tenido el gozo de su presencia corporal, en cuanto estuvo tanto tiempo con ellos, cuidó de ellos, comió y bebió con ellos y pasó por costumbres y comunión amorosas y dulces, sino que había tratado con ellos con tanto afecto y había soportado sus debilidades; más aún, había convivido con ellos más íntima y amorosamente que un padre con sus hijos. A menudo les daba libertades notables e incluso los animaba con inocentes menudencias. Por eso les dolía perder a un Señor tan compañero.

11 Pero la causa principal de su tristeza estaba en que habían puesto su corazón en que él llegara a ser un poderoso señor y rey y fundara un gobierno por el cual los haría a ellos, junto con él, señores. Pensaban que nunca permitiría que ellos murieran. Tal había sido hasta entonces el gozo y la confianza de sus corazones en este Salvador.

12 Ahora, en cambio, pierden ambas cosas por completo y de una vez: no solo la amistosa compañía del Señor, sino también esta hermosa y gloriosa confianza, y caen de repente en el abismo del infierno y de la tristeza eterna. Su Señor es ejecutado de la manera más vergonzosa, y ellos deben esperar ahora a cada momento, por causa de él, ser apresados del mismo modo. Deben cantar ahora este canto de duelo: ¡Ay, cómo se ha perdido ahora por completo nuestra confianza! Esperábamos llegar a ser grandes señores por medio de este hombre y poseer todo el gozo que deseáramos. Ahora él yace en el sepulcro y nosotros hemos caído en manos de Caifás y de Judas, y no hay gente más miserable e infeliz en la tierra que nosotros.

13 Observen que esta es la verdadera tristeza y agonía del corazón, de la que Cristo habla aquí en realidad, a la cual Dios no lleva a todos, ni a cualquiera con tanta facilidad; porque aquí él ofrece consuelo contra ella, como muestra en este evangelio. Otros sufrimientos y necesidades corporales pueden considerarse tristeza, como cuando uno sufre persecución, prisión y miseria por causa de Cristo, y pierde sus bienes, su honra e incluso su vida. Pero la mayor de todas las tristezas es perder a Cristo. Entonces todo consuelo se ha ido y todo gozo ha terminado, y ni el cielo, ni el sol y la luna, ni ángel ni ninguna otra criatura puede ayudarte; no, ni siquiera Dios mismo. Porque fuera de este Salvador, Cristo, no hay ninguno en el cielo ni en la tierra. Ahora, cuando él se ha ido, toda salvación y todo consuelo se han ido, y Satanás ha ganado una oportunidad de plagar y aterrar al alma afligida. Esto lo desea hacer en nombre y en persona de Dios, pues entonces puede hacer el papel de señor.

14 Por otra parte, el más alto de todos los gozos es el que el corazón tiene en Cristo, nuestro Salvador. Se llama también gozo, sin duda, cuando uno se alegra por la posesión de gran fortuna, dinero y bienes, poder, honra, etc.; pero todo esto no es sino el gozo de un niño o de un maniático. Existe también el infame gozo de Satanás, que se alegra incluso del daño y de la desgracia de otros, del cual Cristo dice también aquí: El mundo se alegrará y se reirá por lo bajo de su llanto y de su lloro cuando me den muerte y les causen toda desgracia. Hay también muchos como estos en los asuntos del mundo, que nunca pueden ser felices a menos que hayan traído desgracia a su prójimo o lo hayan visto encontrarla. Son como el reptil venenoso, la salamandra, que (según corre la fábula) es tan fría que puede vivir en el fuego o existir fuera del fuego. Así viven estas gentes y engordan con las desgracias de otras personas. El fino envidioso que se entristece cuando a otro le va bien, y de buena gana tendría un ojo menos si con ello su prójimo no tuviera ninguno, es producto de Satanás.

15 Pero todo esto no es nada todavía comparado con el gozo que tiene el mundo, gobernado por Satanás, en oponerse a Cristo y a sus seguidores. Se regocija sobre todo por la gran desgracia de sus seguidores, en que Cristo es crucificado, todos los apóstoles son desterrados, la iglesia queda completamente destruida, la Palabra de Dios es acallada y su nombre totalmente borrado. Este es un gozo espiritual, tan verdaderamente como la severa tristeza es espiritual. Sin embargo, no procede del Espíritu Santo, sino de los que pertenecen, en cuerpo y alma, a Satanás, y aun así son llamados las personas más sabias, más instruidas y más santas de la tierra. Son como los sumos sacerdotes, fariseos y escribas, que no tienen paz ni conocen gozo mientras oigan mencionar el nombre de Cristo y sepan que se predica su Palabra, o vean todavía con vida a alguno de sus discípulos. Como dicen en Sabiduría de Salomón 2:15: «Nos es gravoso hasta el verlo y oírlo», y mientras Cristo cuelga de la cruz, blasfeman e injurian con gran gozo así: «Si eres Hijo de Dios y Rey de Israel, desciende de la cruz; confió en Dios; líbrele ahora si le quiere», etc. Mt 27:40-43. Vean cómo saltan de gozo sus corazones, qué paraíso y reino de los cielos tienen al ver al querido Señor injuriado en la cruz y muerto; y que ellos mismos lo hicieron, para ellos no es sino azúcar y dulces uvas.

16 Observen que Cristo da aquí tal gozo al mundo, y por otra parte una severa tristeza a sus discípulos, en que deben ver, oír y sufrir esto. Tiene que penetrar a través de sus corazones, de sus cuerpos y de sus vidas. Y pinta verdaderamente al mundo aquí tan terrible y horrible como un hijo de Satanás, que no tiene mayor gozo que ver a Cristo derrotado y a sus seguidores vergonzosamente condenados y perdidos.

17 Vemos casi esta condición ahora en nuestros astutos nobles, el papa, los obispos y su chusma; cómo se alegran y gritan con malicia cuando descubren que nos va un poco mal, y cuán ansiosos están de que en ningún caso quede oculto. Hay que pregonarlo a los cuatro vientos hasta que llegue al abismo del infierno. Querido Dios, ¿qué les hemos hecho? Ellos siguen teniendo sus bienes y su dinero, su poder y su lujo, mientras nosotros apenas tenemos nuestro pan de cada día. ¡No les basta ser superiores a nosotros en todo lo que codician, mientras nosotros somos hostigados y afligidos de otras maneras, sino que además tienen que ser enemigos tan amargos nuestros que no nos desean la gracia de Dios, sino que quisieran vernos quemados en los más profundos fuegos de la perdición!

18 Es siempre un espectáculo horrible, y el verdadero fruto del espíritu infernal, que las personas no puedan regocijarse tan sumamente por el bien ni por un gozo mundano o humano. Más aún, ningún oro ni plata aman tan intensamente, ningún instrumento de cuerda les suena tan dulce, ninguna bebida les sabe tan bien como para darles el gozo que sienten cuando ven la caída y el dolor de los cristianos piadosos. Están tan inflamados de odio y de deseo de venganza que no disfrutan ningún momento realmente feliz hasta que pueden cantar: ¡Alabado sea Dios, por fin se han quitado de en medio los bribones! Ahora hemos desarraigado el evangelio del país. No tienen descanso ni saborean gozo antes de haberlo logrado. Hasta ahora lo han buscado y en parte lo han conseguido con muchas intrigas rápidas, artimañas y malos oficios, y Dios permitió a algunos tener por breve tiempo un poco de gozo, que ciertos individuos maquinaron y arreglaron. Pero de ningún modo saciaron su ira de esta manera, como habían deseado hacerlo. B. El consuelo que Cristo da a sus discípulos.

19 Por eso Cristo quiere decir aquí: Ya han oído ustedes qué clase de gozo tendrá el mundo y qué clase de tristeza será la suya. Aprendan, pues, esto y aférrense a ello cuando lo encuentren y lo experimenten, para que tengan paciencia y echen mano del verdadero consuelo en medio de tal sufrimiento. Tengo que probarlos así y hacerles gustar lo que significa perderme a mí y que yo muera en sus corazones, para que aprendan a entender este misterio y secreto; porque de otro modo no me estudiarán a mí. Les será demasiado grande cumplir su tiempo de aprendizaje en esta obra sublime: que el Hijo de Dios vuelve al Padre, es decir, que muere y resucita por ustedes para llevarlos al cielo. Y si no permito que sean probados por un tiempo, seguirán siendo demasiado imprudentes y al final serán incapaces de obrar bien.

20 Por tanto, dice, deben adaptarse y resignarse a esto, para experimentar lo que significa este «todavía un poco», y sin embargo no desesperar ni naufragar en ello. Y por eso les digo de antemano que tiene que ser así. Tienen que pasar por tal tristeza interior y exteriormente, es decir, tanto en el cuerpo como en el alma; pero cuando suceda y llegue la hora en que no tengan nada que los consuele y me hayan perdido a mí y a Dios, entonces aférrense todavía a mi Palabra que ahora les digo. Es solo cuestión de un poco. Ahora bien, si pueden aprender este dicho y retener estas palabras pequeñas, «todavía un poco» y «de nuevo un poco», no habrá problema.

21 Es cierto que el primer «poquito», en que ahora me ven y me tienen todavía con ustedes hasta que los deje, eso lo pueden sufrir y pasar. Pero el otro «poquito», hasta que me vean otra vez, será para ustedes un tiempo especialmente largo y duro. Porque es la hora de la verdadera tristeza, cuando yo estaré muerto para ustedes, con todo el gozo, consuelo y seguridad que tenían de mí, y ustedes mismos estarán totalmente perdidos. Sin embargo, mis queridos hijitos, piensen solo en estas palabras y no olviden del todo lo que ahora les digo. No será así para siempre. Un poco estaré perdido y no seré visto. Esto tienen que aprenderlo ahora por experiencia. Pero retengan solo esto: que lo llamé «un poco», y a mis ojos es solo una horita breve, aunque en sus corazones y sentimientos no es poco, sino largo; más aún, un largo eterno y un eterno largo. Según sus sentimientos no podrán pensar de otro modo, porque cuando yo les sea quitado, lo habrán perdido todo, ya que yo soy el bien eterno y el consuelo eterno. Cuando eso se va, ya no hay un poco, no hay nada sino lo eterno: a saber, tristeza eterna y muerte.

22 Observen que Cristo predica aquí para consuelo de sus discípulos y de todos los cristianos cuando son tentados así por Dios, ya suceda interior o exteriormente, corporal o espiritualmente, sobre todo en la forma más alta, que se llama perder a Cristo del corazón; para que aprendan este pasaje y retengan esta gota de agua de lavanda con la cual refrescar y fortalecer sus corazones. Cristo, mi Señor, ha dicho ciertamente que será solo un poco. Aunque ahora lo pierda y no conozca gozo alguno, sino que yazca postrado y languidezca en pura tristeza, usaré sin embargo esa gota y me aferraré al cordial de que no seguirá perdido para mí. Dice que será solo una estación breve y pequeña, aunque a mí me parezca ciertamente grande, larga y eterna. Volverá otra vez, como dice aquí y en Jn 14:18: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros», etc. Y así poseeremos en él consuelo y gozo eternos en lugar de esta breve estación de tristeza.

23 Por otra parte, Cristo dice además que deben soportar que el mundo se regocije por su sufrimiento y su tristeza, para lo cual no tiene otra razón que los celos puramente satánicos, por los cuales está tan completamente cegado, amargado y exasperado que ningún gozo lo alivia hasta que sus celos los ven tropezar y arruinarse. Este es el deleite y el placer de su corazón, y lo estima un gozo celestial y eterno. Entonces dice: Veamos ahora si Dios lo salvará; si es el Hijo de Dios, que baje ahora de la cruz, etc. Mr 15:31-32. Como si dijeran: Ya está fuera de en medio y hemos terminado con él para siempre.

24 Pero observen lo que sigue después. Así como a ustedes, dice, no se les quitará para siempre la vista de mí ni permanecerán en su tristeza, así ellos no se regocijarán para siempre de su desgracia; sino que para ellos también será solo una breve estación y será, como dicen, un baile en la misa mayor. Porque pronto vendré a ustedes otra vez y les haré más grave y más amargo que nunca antes. Esto se cumplió en ellos después de la resurrección de Cristo, de modo que los judíos no tienen sufrimiento más severo que tener que oír y ver a Cristo, nuestro Señor. Aunque les place un poco calumniar a Cristo, a su madre María y a nosotros los cristianos de la manera más ignominiosa, el verdadero gozo nunca pueden poseerlo como lo desean. Y esperan continuamente que su Mesías vendrá y desarraigará a todos los cristianos.

25 Así también nuestro Caifás y Judas, el papa, con todas sus facciones, que se consuelan continuamente con la esperanza de que todavía seremos desarraigados, no pueden ser felices mientras vivamos y el evangelio se extienda. Nada de lo que hace regocijarse al hombre surte efecto en ellos. Algunos están tan airados que no pueden cesar en su furor y su rugido hasta que todos estemos muertos. Cuando eso suceda, serán felices por una vez, pero el gozo que anhelan nunca será suyo. Porque, aunque estemos muertos, el evangelio permanecerá y otros ocuparán nuestro lugar, y eso será para ellos una nueva agonía del corazón.

26 El turco se imagina igualmente que exterminará a Cristo y entronizará a su Mahoma en todo el mundo, y se regocija siempre que hay alguna esperanza de lograrlo; pero este gozo que anhela nunca lo experimentará. Nuestro Señor, a quien el mismo turco exalta mucho y debe estimar como un gran profeta, lo refrenará; más aún, sazonará por fin su gozo y lo hará bastante amargo por medio de la sublime obra de su muerte y resurrección, con la cual pisotea el pecado, la muerte y Satanás. La victoria que Dios cumplió por medio de Cristo fue anunciada mucho antes en las Escrituras, por lo cual los queridos profetas y padres murieron en este gozo, como dice Cristo de Abraham en Jn 8:56.

27 Puesto que Abraham recibió tal gozo antes de que hubiera sucedido, cuando solo estaba en palabra y promesa, ¡cuánto más puede y podrá recibirlo en el futuro, después de que ha sucedido y es proclamado en la tierra e incluso en el cielo por los ángeles! Ni el papa ni el turco pueden sofocarlo y apagarlo. Pueden ciertamente intentar sofocarlo, y se figuran que tienen un bocado de azúcar cuando hacen un poco de daño a la cristiandad; pero nunca obtendrán el gozo que esperan y por el que tienen sed.

28 Pueden regocijarse por una estación, dice Cristo, pero no más que mientras ustedes estén en tristeza. Ese gozo es particularmente breve, así como su tristeza es breve y dura solo un poco, y pronto se convertirá en un gozo que nadie les quitará. Sin duda ese gozo se convertirá, en cambio, también en tristeza que nunca tendrá fin.

29 Aquí en la tierra, sin embargo, no podrán tener gozo suficiente, ni será de la calidad verdadera y perfecta que apague la sed. Solo un anticipo, un bocado apetitoso o un sorbo refrescante. Es demasiado grande para agotarse alguna vez, así como la obra que produce este gozo es mucho más grande de lo que nuestro saber puede sondear. Dios mezcla y tempera así las cosas en la tierra, de modo que los que por derecho deberían regocijarse tienen que experimentar gran sufrimiento y tristeza; y, por otra parte, los que aquí deberían estar tristes están contentos y se dan buena vida, pero de tal manera que este gozo exterior les causa la ruina. Porque no pueden adquirir el verdadero gozo interior que anhelan, por eso su gozo exterior será también su destrucción. Su riqueza, poder, honra, placer y vida regalada de ningún modo los hacen felices, y no pueden reclinar la cabeza para descansar hasta que vean que Cristo está muerto y sus discípulos desterrados de la tierra. Estos son siempre gente pobre y miserable, de la cual uno puede verdaderamente compadecerse. Les va peor en que no pueden tener puro su gozo temporal, como desean, a causa de sus celos y su odio; y nosotros mismos estamos demasiado dispuestos a vengarnos haciéndoles daño. ¿Qué mayor desgracia pueden tener y qué mayor daño pueden hacerse a sí mismos que estropear y aniquilar ellos mismos su propio gozo?

30 Nosotros también tenemos verdadera tristeza, tanto exterior como interiormente, cuando Cristo se oculta de nosotros; no como ellos, movidos por los celos y el odio, sino porque no poseemos a Cristo, el bien supremo. Para esto, sin embargo, ya está mezclado con la tristeza el azúcar de que habla Cristo. Amados, perseveren solo un poco. No será tristeza eterna, sino de corta vida, y pronto estará mejor. Es solo cuestión de un poco.

31 Estas palabras las oigo, pero cuando llega la tristeza, queda tan hondamente grabada en el corazón que no siento este consuelo, y me figuro que es imposible que la tristeza tenga fin. Sin embargo, este consuelo me sostiene, de modo que no caiga de Cristo al otro partido. Aunque experimente dolor y necesidad, aun así ellas me sostienen, de modo que la tristeza no tiene por qué ser del todo amarga. Así como en el caso de los otros su gozo está endulzado y azucarado de parte a parte, pero siempre estropeado por el ajenjo y la hiel, así en nuestro caso la tristeza tiene en sí misma su azúcar y su miel.

32 Sigamos, pues, oyendo a Cristo y aprendamos a entender su lenguaje, para no juzgar según nuestros sentimientos, como si el consuelo estuviera perdido para siempre y la tristeza no tuviera fin. Que sientas y pienses así, dice, lo sé muy bien; pero escucha todavía lo que te digo y aprende solo esta palabra modicum, un poco. La tristeza también debe sentirse, pero no te hará daño y además no durará mucho. Ya con esto la tristeza queda cubierta de azúcar y templada. Más tarde, cuando el «poco» haya pasado y triunfado, entonces se siente lo que dice Cristo: «Vuestra tristeza se convertirá en gozo». Entonces comienza el verdadero gozo del corazón y el alma canta un Aleluya eterno, y Cristo ha resucitado: un gozo que en la vida venidera será perfecto, sin defecto y sin fin.

33 Observen que los artículos de nuestra fe, tanto sobre la muerte como sobre la resurrección de Cristo, se nos presentan así en este evangelio, y cómo deben ser puestos en práctica por nosotros, aprendidos y ejercitados en nuestras obras y nuestras experiencias, y no solo oídos con los oídos y dichos con la boca. También, que así lo sentimos y tal poder obra en nosotros que tanto el cuerpo como el alma quedan por ello cambiados; es decir, Cristo muere en nosotros y nosotros también morimos en él. Ese es un gran cambio, de la vida a la muerte. Sin embargo, entonces debo aferrarme firmemente por la fe a las palabras que Cristo dice, «Todavía un poco», y no solo oír, sino también tomar a pecho la verdad de que la prueba no durará para siempre, sino que habrá un cambio de la muerte a la vida cuando Cristo resucite otra vez y viva en mí y yo cobre vida en él. Entonces se cumplirán las palabras: «Os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo», etc. Para este encuentro debe estar preparado todo cristiano siempre que sea llamado a él; porque tiene que experimentar algo de ello, ya sea en vida o en la hora de la muerte; para que entonces recuerde este dicho de Cristo y no deje que nada le arranque este consuelo del corazón. Amén.

34 Todo lo que haya que decir además sobre este evangelio en una exposición textual del mismo, pueden leerlo en la explicación de los tres capítulos de Juan, los discursos que Cristo pronunció en la Última Cena a sus discípulos, donde este y el evangelio del domingo siguiente se tratan extensamente.

Sermón para el quinto domingo después de Pascua; Juan 16:23-30

1 Es costumbre leer hoy, en este domingo, el Evangelio que trata de la oración, porque esta semana se llama de Rogativas (de Súplica), en la que nos dedicamos a la oración y a las procesiones con cruces. Quienes la instituyeron al principio, sin duda lo hicieron con buena intención, pero ha resultado dañina. Pues en las procesiones de antes se practicaron muchas cosas nada cristianas, y no se oraba en absoluto, o muy poco; de modo que con razón se abolieron y se dejaron. Muchas veces he exhortado a que perseveremos en la oración, porque hay gran necesidad de ella. Ahora que se ha acabado el parloteo y el murmullo externo de las oraciones, ya no oramos de ninguna manera. Esto es una buena señal de que antes, a pesar de nuestras muchas oraciones, nunca oramos.

2 El Señor señala aquí cinco cosas necesarias para que haya verdadera oración. La primera es la promesa de Dios, que es lo principal y es el fundamento y la fuerza de todas las oraciones. Pues aquí promete que se nos dará si pedimos; y además lo jura: V.23. De cierto, de cierto os digo que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Promete esto para que estemos seguros de ser oídos en la oración; más aún, reprende a los discípulos porque son perezosos y por eso no han estado orando. Es como si dijera: Dios está dispuesto a dar más pronto, y a dar más de lo que pedís; más aún, ofrece sus tesoros con tal de que los tomemos. Es de veras una gran vergüenza y un severo castigo para nosotros los cristianos que Dios todavía nos reproche nuestra pereza en la oración, y que no dejemos que una promesa tan rica y excelente nos incite a orar. Dejamos allí ese precioso tesoro, y no lo buscamos ni nos ejercitamos para recibir el poder que hay en tal promesa.

3 Así, Dios mismo funda ahora nuestra oración en su promesa y con ello nos anima a orar. Si no fuera por esta promesa, ¿quién tendría el ánimo de orar? Hasta ahora hemos recurrido a muchas maneras de prepararnos para orar, maneras de las que están llenos los libros; pero si quieres estar bien preparado, toma la promesa y aférrate a Dios con ella. Entonces pronto crecerán tu ánimo y tu deseo de orar, ánimo que de otro modo nunca conseguirás. Porque los que oran sin la promesa de Dios se imaginan lo airado que está Dios, a quien quieren aplacar con sus oraciones. Sin fe en la promesa no hay entonces ni ánimo ni deseo de orar, sino un mero engaño incierto y un espíritu melancólico; por tanto, no hay oración que sea oída, y se pierden la oración y el trabajo.

4 Con estas palabras Cristo reprende ahora la incredulidad de los que, por su necio culto, se consideran indignos de orar, y miden la dignidad de su oración según ellos mismos y su propia capacidad, y no según la promesa de Dios. Entonces, ciertamente, no hay sino indignidad. Sin embargo, debes ser consciente de tu propia indignidad, tomando confianza no de tus propias obras, sino de la promesa de Dios, y serlo tan plenamente que, si estuvieras completamente solo y nadie más en el mundo orara, aun así orarías, por causa de esta promesa. Porque no puedes mostrarme ningún verdadero santo que orara apoyándose en su propia dignidad, y que no confiara solo en las promesas de Dios, sea Pedro, Pablo, María, Elías o cualquier otro. Todos ellos han sido indignos. No daría ni una moneda por todas las oraciones de un santo si orara por su propia dignidad.

5 El segundo requisito de la verdadera oración, después de la promesa de Dios, es la fe: que creamos que la promesa es verdadera y no dudemos de que Dios dará lo que promete. Porque las palabras de la promesa exigen fe. Pero la fe es una confianza firme, sin dudas, en que la promesa de Dios es verdadera; como dice Santiago: «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.» Stg 1:5-7. Además, el que duda y a pesar de ello ora, tienta a Dios; pues duda de la voluntad y de la gracia de Dios. Por eso su oración es nada, y anda a tientas tras Dios como el ciego tras la pared. También Juan habla de esta certeza de la fe en 1 Jn 5:14-15: «Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.» Con estas palabras Juan describe cómo está dispuesto en la oración un corazón verdaderamente creyente: que no se preocupa por nada más que porque su oración sea oída, sabiendo que ya entonces ha obtenido lo que pidió. Eso también es verdad. Pero esa fe y esa certeza definida las debe dar el Espíritu Santo; por tanto, sin el Espíritu Santo ciertamente no se ofrecerá ninguna oración.

6 Inténtalo, pues, y ora así. Entonces gustarás la dulzura de la promesa de Dios. ¡Qué ánimo y qué consuelo de corazón despierta para orar por todas las cosas! No importa cuán grandes y elevadas sean las peticiones. Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras; sin embargo, cuando oró, no llovió durante tres años y seis meses, y cuando oró otra vez, llovió. 1 R 17:1; 18:45. Fíjate: aquí ves que un solo hombre ora y por su oración es señor de las nubes, del cielo y de la tierra. Así nos deja ver Dios qué poder e influencia tiene una verdadera oración, a saber, que nada le es imposible.

7 Que cada uno pregunte ahora a su corazón cuántas veces ha orado en toda su vida. Cantar salmos y decir el Padrenuestro no se llama orar. Esto se instituyó para los niños y las personas sin instrucción, como ejercicios, para hacerlos atletas en las Escrituras. Pero tu oración nadie sino tú mismo la ve y la siente en tu corazón, y sabrás de verdad cuándo da en el blanco.

8 El tercer requisito de la verdadera oración es que uno debe nombrar de manera definida algo que presenta a Dios o por lo cual ora; por ejemplo, por una fe fuerte, por el amor, por la paz y por el consuelo de su prójimo. Hay que exponer realmente las peticiones; así como el Padrenuestro presenta siete peticiones. Esto es lo que Cristo quiere decir con las palabras: «Todo cuanto pidiereis al Padre.» «Todo», es decir, lo que sea que necesites. Además, él mismo interpreta este «todo» y dice: «Para que vuestro gozo sea cumplido.» Es decir, ora por todas las cosas que necesitas, hasta que hayas alcanzado incluso todas y tu gozo sea cumplido; y su oración solo será plenamente respondida en el día del juicio.

9 El cuarto elemento de la verdadera oración es que debemos desear, o querer que se conceda la petición, lo cual no es sino pedir; como dice Cristo: «Pedid.» Otros lo han llamado «Ascensum mentis in Deum», cuando el alma asciende a Dios y desea algo de él, y suspira desde lo profundo, diciendo: ¡Oh, si tuviera esto o aquello! A tal suspiro lo alaba san Pablo en Ro 8:26. Es una intercesión del Espíritu que no puede expresarse. Es decir, la boca quiere, pero no puede hablar tan rápida y fuertemente como el corazón desea; el anhelo es mayor que todas las palabras y pensamientos. De ahí también que el hombre mismo no sienta cuán profundo es su suspiro o su deseo. Cuando Zaqueo procuraba ver al Señor, él mismo no sentía con cuánta fuerza deseaba su corazón que Cristo hablara con él y entrara en su casa. Sin embargo, cuando se cumplió su deseo, se alegró muchísimo, pues había conseguido según todos sus deseos y oraciones; había recibido más de lo que se había atrevido a pedir de palabra o a desear. Lc 19:2 ss. Moisés, igualmente, clamó de tal modo que Dios le habló: «¿Por qué clamas a mí?» Éx 14:15, y sin embargo su boca callaba; pero su corazón, en su angustia, suspiraba profundamente, y eso se llamó clamar a Dios. De la misma manera san Pablo escribe a los efesios: «Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos.» Ef 3:20. Ahora bien, la tentación, la angustia y el sufrimiento provocan este suspiro; ellos nos enseñan lo que es el verdadero suspirar.

10 El quinto requisito de la verdadera oración es que pidamos en el nombre de Cristo. Esto no es otra cosa que venir ante Dios en la fe de Cristo y consolarnos con la firme confianza de que él es nuestro Mediador, por medio del cual se nos da todo, y sin el cual no merecemos sino ira y deshonra. Como dice Pablo a los romanos: «Por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.» Ro 5:2. Es orar rectamente en el nombre de Cristo cuando confiamos así en él, en que seremos recibidos y oídos por causa de él, y no por causa nuestra. En cambio, los que oran en su propio nombre, los que presumen que Dios los oirá o los tendrá en cuenta porque dicen tantas oraciones, tan largas, tan devotas, tan piadosas, no merecerán ni obtendrán sino ira y deshonra; porque quieren ser personas a quienes Dios deba atender sin mediador. Para ellos Cristo aquí no cuenta para nada, ni les sirve de nada.

11 Observamos que los cinco requisitos de la oración pueden cumplirse en el corazón, sin ninguna palabra de la boca. La parte oral de la oración realmente no debe despreciarse, pero es necesaria para encender y animar la oración interiormente, en el corazón. En cambio, las condiciones adicionales, de las cuales he escrito suficiente en otro lugar, deben y tienen que omitirse: que le especifiquemos a Dios el tiempo, la persona, el lugar y la medida. Debemos dejar todo eso a su libre voluntad y aferrarnos solo a pedir; no debemos dudar de que la oración es oída, y de que lo que pedimos ya está ordenado, que se dará, tan ciertamente como si ya lo tuviéramos. Esto agrada a Dios y hará como aquí promete: «Pedid, y recibiréis.» Pero los que fijan el tiempo, el lugar y la medida tientan a Dios, y no creen que son oídos ni que han obtenido lo que pidieron; por eso tampoco reciben nada. Continúa la lección del Evangelio:

V.24. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre.

12 Puede ser que ellos aún no supieran nada de tal oración y de este nombre; además, no sentían ninguna necesidad que los impulsara a orar en este nombre. Se imaginaban que mientras Cristo estuviera con ellos no necesitaban nada y tenían suficiente de todo. Pero ahora, que él se va a separar de ellos y a dejarlos, enseguida viene la angustia y tendrán motivo de sobra para moverse a orar en este nombre.

V.25. Estas cosas os he hablado en proverbios (dichos oscuros).

13 Cuando dice «estas cosas», se refiere a lo que acababa de decir: «Todavía un poco, y no me veréis; y otra vez un poco, y me veréis»; y: «Porque yo voy al Padre»; también la parábola de la mujer que da a luz. Pues todo esto no eran sino proverbios, es decir, dichos oscuros y encubiertos, que ellos no entendían. Juan llama «proverbios» a estos dichos oscuros y ocultos, aunque la lengua alemana no los designa así, sino que los llama enigmas o dichos velados. Solemos decir de quien ha pronunciado un dicho enigmático: «Eso es un plato tapado, o una comida tapada», cuando las palabras tienen un sentido que no está en la superficie. En los proverbios, el sentido que se quiere transmitir se expresa de una manera que no todos entienden. De esta naturaleza eran todos los dichos de Cristo, que dijo a sus discípulos la noche de su despedida y de su ida al Padre; ellos no podían entender nada de ellos. Pensaban que su ida no sería morir y entrar en otra existencia; la pensaban como un paseo de placer, y que Cristo volvería en el cuerpo, como uno viaja a otro país y regresa. Por eso, aunque hablaba llana y claramente, el irse y el partir eran para ellos una «comida tapada». Por eso añade:

V.25. La hora viene cuando ya no os hablaré por proverbios (dichos oscuros), sino que claramente os anunciaré acerca del Padre.

14 Es decir, lo que ahora os hablo, estando en el cuerpo, y mis proverbios que no entendéis, os lo explicaré a fondo por medio del Espíritu Santo. Hablaré claramente de mi Padre, para que entonces entendáis quién es el Padre y qué significa mi ida al Padre. Veréis claramente cómo asciendo por el sufrimiento a la vida del Padre y a su reino; que me siento a su diestra y os represento y soy vuestro mediador; que todo esto se hace por vosotros, para que también vosotros lleguéis al Padre. «Os anunciaré claramente acerca del Padre» no debe entenderse en el sentido de que nos dirá mucho acerca de la naturaleza divina de Dios, como se imaginan los sofistas; pues eso es innecesario, y la naturaleza divina de Dios es incomprensible. Pero Cristo nos dirá cómo va al Padre, cómo toma sobre sí el reino y el gobierno del Padre; como el hijo de un rey regresa a su padre y asume el gobierno del reino. Cristo dice además:

V.26. En aquel día pediréis en mi nombre.

15 Pues entonces, en vuestras muchas tribulaciones, no solo tendréis motivo para orar, sino que también sabréis y percibiréis cuál es mi nombre y cómo debéis estimarme. Entonces la oración misma os enseñará lo que ahora no entendéis en absoluto, y que hasta ahora nunca habéis orado. Por eso añade:

V.26, 27. Y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios.

16 ¿Cómo, entonces? ¿No será Cristo nuestro mediador? ¿No oraremos en su nombre? ¡Con cuánto amor y dulzura sabe hablar el Señor, y atraernos hacia sí, y por medio de sí, al Padre! Aquí él mismo explica cómo será cuando oremos en su nombre: «Vosotros», dice, «me habéis amado, y habéis creído que yo salí del Padre.» Es decir, me amáis y me conocéis; me tenéis a mí y a mi nombre y estáis en mí como yo en vosotros. Porque Cristo mora en nosotros no porque podamos pensar, hablar, cantar o escribir tanto acerca de él, sino porque lo amamos y creemos en él. Sabemos que él ha venido del Padre y vuelve al Padre; es decir, cómo se despojó, en su pasión, de toda su gloria divina y volvió otra vez al Padre en su reino, por causa nuestra. Esta fe nos lleva al Padre, y así todo se hace entonces en su nombre.

17 Así estamos seguros de que Cristo no necesita orar por nosotros, pues ya ha orado por nosotros. Nosotros mismos podemos ahora acercarnos por medio de Cristo, y orar. Ya no necesitamos un Cristo que ore por nosotros. Este único Cristo basta, él que ha orado por nosotros y ha cumplido esta obra. Por eso dice: «El Padre mismo os ama.» No es vuestro mérito, sino su amor. Él os ama, pero por causa mía, porque creéis en mí y me amáis; es decir, tiene en cuenta mi nombre en vosotros. Así, con ello he cumplido mi oficio, y ahora habéis sido llevados, por medio de mí, adonde podéis vosotros mismos, en mi lugar, presentaros en su presencia y orar. No es necesario que yo siga orando por vosotros. Estas son palabras maravillosas: que por medio de Cristo llegamos a ser semejantes a Cristo y somos sus hermanos, y podemos gloriarnos de ser hijos de su Padre, que nos ama por causa de Cristo. Él dice en Jn 1:16: «Gracia sobre gracia», es decir, Dios es misericordioso con nosotros porque es misericordioso con Cristo, que está en nosotros y nosotros en él.

18 Y aquí vemos también que «creer en Cristo» no significa creer que Cristo es una persona que es a la vez Dios y hombre; eso no ayuda a nadie. Sino que esa misma persona es el Cristo; es decir, que salió del Padre y vino al mundo, y otra vez deja el mundo y va al Padre. Las palabras significan nada menos que esto es Cristo: que se hizo hombre y murió por nosotros, resucitó y ascendió al cielo. Por este oficio suyo se llama Jesucristo, y creer esto acerca de él, que es verdad, significa ser y permanecer en su nombre. Sigue más adelante en este Evangelio:

V.29. Le dijeron sus discípulos: He aquí, ahora hablas claramente, y ninguna alegoría dices.

19 Aquí ves que hablar «claramente» («frei heraus»), o hablar en términos claros, significa hablar sin proverbios, o sin palabras oscuras y encubiertas. Y los buenos discípulos piensan que entienden muy bien lo que les dice, que Cristo viene del Padre y va al Padre; pero lo hacen como buenos y piadosos hijos de Cristo. Les es fácil entenderlo, y en amor se lo dicen. En la conversación corriente, la gente a veces se dice Sí o No, o da su asentimiento diciendo: Así es, y en cierto sentido uno entiende, aunque todavía esté lejos del sentido de las palabras del otro. En tal caso la conversación es sin hipocresía y con verdadera sencillez. Con esto el Evangelista muestra qué vida tan hermosa, sencilla, amistosa y amorosa llevaba Cristo con sus discípulos, puesto que ellos eran tan capaces de entenderlo. Entonces los discípulos dicen además:

V.30. Ahora entendemos que sabes todas las cosas, y no necesitas que nadie te pregunte.

20 Es decir, te adelantas y te explicas y ya no hablas en proverbios, sobre los cuales tengamos que preguntarte; pues sabes de antemano en qué nos falta entendimiento. Todo esto se remonta a que ellos querían preguntar qué significaba el «poco» de tiempo, y él lo notó y lo explica diciendo que debe ir al Padre; lo cual todavía no entendían, y sin embargo era más claro que sus palabras: «Todavía un poco, y no me veréis.» Ahora, porque vio sus pensamientos, que querían interrogarlo, confesaron que viene de Dios y sabe todas las cosas, de modo que no necesitamos preguntarle, pues él mismo ve muy bien dónde está la dificultad.

Sermón para el quinto domingo después de Pascua; Juan 16:23-30 (2.º sermón)

SERMÓN SOBRE LA ORACIÓN.

1 Primero notamos que para que una oración sea verdaderamente recta y sea oída se requieren cinco cosas. La primera es que tengamos de Dios su promesa o su permiso para hablarle, y que la recordemos antes de orar y se la recordemos a Dios, animándonos así a orar con ánimo sereno y confiado. Si Dios no nos hubiera mandado orar ni se hubiera comprometido a oírnos, ninguna de sus criaturas podría jamás, con todas sus oraciones, obtener siquiera un grano de trigo. De esto se sigue, pues, que nadie recibe nada de Dios en virtud de su propio mérito o del de su oración. Su respuesta viene únicamente en virtud de la bondad divina, que precede a toda oración y deseo, que nos mueve, por medio de su graciosa promesa y llamado, a orar y a desear, para que aprendamos cuánto cuida de nosotros, y cómo está más dispuesto a dar que nosotros a recibir. Quiere que procuremos hacernos atrevidos, que oremos con ánimo sereno y confiado, puesto que ofrece todo, e incluso más de lo que podemos pedir.

2 En segundo lugar, es necesario que nunca dudemos de la promesa y del compromiso del Dios verdadero y fiel. Pues con este fin Dios se comprometió a oír, más aún, nos mandó orar: para que tengamos siempre una fe segura y firme de que seremos oídos; como dice Jesús en Mt 21:22: «Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis.» Cristo dice en Lc 11:9-13: «Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Y qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si pescado, en lugar de pescado le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» Con esta y semejantes promesas y mandatos debemos ejercitarnos con consuelo y orar con verdadera confianza.

3 En tercer lugar, si uno ora dudando de que Dios lo oiga, y ofrece sus oraciones solo como una aventura, sea que se conceda o no se conceda, es culpable de dos malas obras. La primera es que él mismo vuelve ineficaz su oración y trabaja en vano. Pues Santiago dice: «Cualquiera que pida a Dios, pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.» Stg 1:6-7. Quiere decir que el corazón de tal hombre no permanece estable, por lo cual Dios no le puede dar nada; pero la fe mantiene el corazón sereno y estable y lo hace receptivo a los dones divinos.

4 La otra mala obra es que considera a su Dios, verdadero y fiel, un mentiroso, un ser inestable y dudoso; uno que no puede o no quiere cumplir su promesa; y así, por su duda, priva a Dios de su honra y de su nombre de verdad y fidelidad. En esto se comete un pecado tan grave que por él un cristiano se hace pagano, negando y perdiendo a su propio Dios, y así permanece en su pecado y debe ser condenado para siempre, sin consuelo. Además, si recibe aquello por lo que ora, se le dará no para su salvación, sino para su castigo en el tiempo y en la eternidad, y no es por causa de las oraciones, sino a causa de su ira que Dios recompensa las buenas palabras que se dijeron en pecado, incredulidad y deshonra de Dios.

5 En cuarto lugar, algunos dicen: Sí, con gusto confiaría en que mi oración sería oída, si tan solo fuera digno y orara rectamente. Mi respuesta es: Si no oras hasta que sepas y experimentes que eres apto, entonces nunca necesitarás orar. Como he dicho antes, nuestras oraciones no deben fundarse ni descansar en nosotros mismos ni en sus propios méritos, sino en la verdad inquebrantable de la promesa divina. Donde se fundan en cualquier otra cosa, son falsas y nos engañan, aunque el corazón se quiebre en medio de sus grandes devociones y lloremos gotas de sangre. La razón misma por la que oramos es nuestra indignidad; y precisamente por creer que somos indignos y aventurarnos con confianza en la fidelidad de Dios a su Palabra, llegamos a ser dignos de orar y de ser oídos. Por indigno que seas, solo mira esto, y con toda seriedad acéptalo como verdadero: que mil veces más depende de que conozcas la verdad de Dios y no cambies su fiel promesa en mentira con tu duda. Tu dignidad no te ayuda, pero tu indignidad no es obstáculo. La incredulidad te condena, y la confianza te hace digno y te sostiene.

6 Por tanto, guárdate durante toda la vida de pensar jamás que eres digno o apto para orar o para recibir; a no ser que te descubras como alguien de ánimo franco que lo arriesga todo a las fieles y seguras promesas de tu Dios misericordioso, que así quiere revelarte su misericordia y bondad. Así como él, por pura gracia, te ha prometido a ti, tan indigno, una audiencia inmerecida y no pedida, así también te oirá a ti, mendigo indigno, por pura gracia, para alabanza de su verdad y de su promesa. Esto lo hace para que agradezcas, no tu dignidad, sino su verdad, con la cual cumple su promesa, y agradezcas su misericordia, que dio la promesa, para que se mantenga lo dicho en Sal 25:8-10: «Bueno y recto es Jehová; por tanto, él enseñará el camino a los pecadores. Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera. Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios.» Misericordia o clemencia en la promesa; fidelidad y verdad en el cumplimiento u oída de las promesas. Y en otro Salmo dice: «La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron.» Sal 85:10. Es decir, se juntan en toda obra y don que recibimos de Dios por medio de la oración.

7 En quinto lugar, en esta confianza de la oración uno debe actuar de modo que no limite a Dios ni especifique el día o el lugar, ni designe la manera o la medida del cumplimiento de la oración; sino que deje todo a su voluntad, sabiduría y omnipotencia. Entonces espere confiada y alegremente la respuesta, sin querer saber siquiera cómo y dónde, cuán pronto, cuánto tiempo y por medio de quién. Su sabiduría divina hallará maneras y medidas, tiempo y lugar mucho mejores que los que podemos idear, aunque hiciéramos milagros. Así, en el Antiguo Testamento, los hijos de Israel confiaron todos en que Dios los libraría cuando aún no había ningún camino posible ante sus ojos, ni siquiera en sus pensamientos; entonces el Mar Rojo se abrió y les ofreció un camino por entre las aguas, y de repente ahogó a todos sus enemigos. Éx 14.

8 Así hizo Judit, la santa mujer, cuando oyó que los ciudadanos de Betulia querían entregar la ciudad a sus enemigos dentro de cinco días si Dios, entretanto, no ayudaba. Ella los reprendió y dijo: ¿Quiénes sois vosotros, que habéis tentado a Dios? No son designios con los que se adquiere gracia; más bien despiertan mayor deshonra. ¿Queréis fijarle a Dios un plazo para que os muestre misericordia, y señalar un día a vuestro gusto? Judit 8:10-12. Entonces el Señor la ayudó de manera maravillosa, pues ella cortó la cabeza del gran Holofernes y dispersó a los enemigos.

9 De igual manera, san Pablo dice que el poder de Dios se prueba así, en que hace mucho más abundantemente y mejor de lo que pedimos o entendemos. Ef 3:20. Por tanto, debemos saber que somos demasiado limitados para poder nombrar, figurarnos o designar el tiempo, el lugar, la manera, la medida y las demás circunstancias de aquello que pedimos a Dios. Dejemos eso enteramente a él, y creamos inamovible y firmemente que nos oirá.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.