Comentarios y sermones · Martín Lutero

Juan 20: comentario de Martín Lutero

Sermón para el Domingo de Pascua: el fruto y el poder de la resurrección de Cristo; Marcos 16:1-8

El fruto y el poder de la resurrección de Cristo

1 Así como oímos, al explicar el sentido de la pasión de Cristo, que no bastaba conocer su mera narración e historia, tampoco basta aprender solamente cómo y cuándo resucitó de los muertos Cristo nuestro Señor; debemos también predicar y entender el beneficio y el provecho tanto de los sufrimientos como de la resurrección de Cristo, a saber, lo que con ello adquirió para nosotros. Porque si predicamos solo su historia, es un sermón sin provecho, que Satanás y los impíos conocen, leen y entienden tan bien como los verdaderos cristianos; pero cuando predicamos para qué sirve, se vuelve provechoso, saludable y consolador.

2 El propio Cristo señaló el beneficio de sus sufrimientos y de su resurrección cuando dijo a las mujeres en Mt 28:10: «No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.» Estas son las primerísimas palabras que oyeron de Cristo después de su resurrección de entre los muertos, con las cuales confirmó todas las palabras anteriores y las obras de amor que les mostró, a saber, que su resurrección vale a favor nuestro, de los que creemos, de modo que por eso se adelanta y llama sus hermanos a los cristianos que creen esto, y que sin embargo no son, como los apóstoles, testigos de su resurrección.

3 El Cristo resucitado no espera a que le pidamos o lo invoquemos para ser sus hermanos. ¿Hablamos aquí de mérito, por el cual merezcamos algo? ¿Qué merecieron los apóstoles? Pedro negó a su Señor tres veces; los demás discípulos huyeron todos de él; permanecieron con él como una coneja con sus gazapos. Habría podido llamarlos desertores, más aún, traidores, réprobos, cualquier cosa menos hermanos. Por eso esta palabra se les envía por medio de las mujeres por pura gracia y misericordia, como los apóstoles experimentaron entonces vivamente, y nosotros también lo experimentamos cuando estamos hundidos en nuestros pecados, tentaciones y condenación.

4 Estas son palabras llenas de todo consuelo: que Cristo recibe a malvados desesperados como tú y yo, y nos llama sus hermanos. Si Cristo es de veras nuestro hermano, entonces quisiera saber de qué podemos tener necesidad. Así como sucede entre hermanos naturales, así sucede también aquí. Los hermanos según la carne disfrutan de los mismos bienes, tienen el mismo padre, la misma herencia, de lo contrario no serían hermanos; así nosotros disfrutamos con Cristo de los mismos bienes, y tenemos en común con él un mismo Padre y una misma herencia, que nunca disminuye por repartirse, como otras herencias, sino que crece cada vez más; porque es una herencia espiritual. En cambio, una herencia terrenal disminuye cuando se reparte entre muchas personas. El que tiene una parte de esta herencia espiritual, la tiene toda.

5 Ahora bien, ¿cuál es la herencia de Cristo? Su heredad es la vida y la muerte, el pecado y la gracia, todo lo que hay en el cielo y en la tierra, la verdad eterna, el poder, la sabiduría, la justicia; gobierna y rige sobre todo, sobre el hambre y la sed, sobre la fortuna y la desgracia, sobre todo lo imaginable, sea en el cielo o en la tierra, no solo en los asuntos espirituales sino también en los seculares; y la suma de todo es que tiene todas las cosas en su mano, sean eternas o temporales. Ahora bien, si creo en él, llego a ser copartícipe con él de todos sus bienes, y obtengo no solo una parte o un pedazo, sino que, como él, lo obtengo todo: justicia eterna, sabiduría eterna, fortaleza eterna, y me hago señor y reino sobre todo. El estómago no tendrá hambre, los pecados no me oprimirán, ya no temeré a la muerte ni me aterrará Satanás, y nunca estaré en necesidad, sino que seré como el mismo Señor Cristo.

6 A la luz de esto entendemos ahora fácilmente los dichos que aquí y allá hay en los profetas y especialmente en los Salmos; como cuando David dice en Sal 34:10: «Los leoncillos (los ricos) necesitaron, y tuvieron hambre; pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien.» Y en otro Salmo: «Conoce Jehová los días de los perfectos, y la heredad de ellos será para siempre. No serán avergonzados en el mal tiempo, y en los días de hambre serán saciados.» Sal 37:18-19. E inmediatamente después, en el v. 25: «Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan.» Todo esto viene por sí mismo del hecho de que somos y se nos llama hermanos de Cristo; no por nuestra dignidad, sino por la pura gracia de Dios. Sí, si Dios nos diera esto en el corazón, de modo que lo experimentáramos, entonces estaríamos salvos; pero entra por un oído y sale por el otro. Y esto es lo que Pablo alaba tan alta y fuertemente a los romanos cuando dice: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.» Ro 8:14-17.

7 El título de hermanos de Cristo es tan elevado que el corazón del hombre no puede comprenderlo. Si el Espíritu Santo no concede esta gracia, nadie puede decir: Cristo es mi hermano. Porque la razón no es lo bastante osada para decirlo; aunque uno pueda decirlo con la lengua, como lo hacen los espíritus de los tiempos modernos. No se pronuncia de este modo: es necesario que el corazón lo experimente; de lo contrario es pura hipocresía. Si de verdad lo experimentas en tu corazón, será algo tan grande que preferirás mucho más callar que hablar de ello; más aún, ante la magnitud de esta herencia fácilmente dudas y vacilas sobre si es realmente verdad o no. Los que solo gritan: ¡Cristo es mi hermano! ¡Cristo es mi hermano! no son verdaderos cristianos. Un cristiano obra de manera muy distinta, y es algo maravilloso, tanto que la carne se estremece ante ello y no se atreve ni a hablar de ello ni a confesarlo.

8 Debemos esforzarnos por oír esto, no solo con el oído natural, sino también por experimentarlo en nuestros corazones, pues entonces no seríamos tan atrevidos e impudentes, sino que nos sorprenderíamos y asombraríamos por ello. Los cristianos verdaderos y piadosos van por la vida despreciándose a sí mismos y con temor; piensan así: ¡Ah!, ¿he de ser yo, una persona pobre y miserable, sumida en el pecado, tan exaltado que el Hijo de Dios se haga mi hermano? ¡Ay!, ¿cómo es que yo, una pobre y miserable criatura, soy así honrado? Al instante quedo confundido ante ello y me alimento de ello; porque realmente se requiere un gran esfuerzo para creerlo; más aún, cuando uno lo experimenta así, tal como es en verdad, tiene que morir desde esa hora; porque el hombre, siendo carne y sangre, no puede comprenderlo. Aquí, en esta vida, el corazón del hombre está en demasiada estrechez para captarlo; pero después de la muerte, cuando el corazón se hace más grande y más ancho, experimentamos lo que hemos oído por la Palabra.

9 En el Evangelio de Juan Cristo dice a María Magdalena todavía más claramente el beneficio y el provecho de su muerte y resurrección, cuando dice: «Pero ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.» Jn 20:17. Este es uno de los grandes y consoladores pasajes en los que podemos aventurarnos y de los que nos atrevemos a gloriarnos. Es como si Cristo hubiera dicho: Ve de aquí, María, y di a mis discípulos, que me han abandonado en el campo de batalla y que han merecido bien el castigo y la condenación eterna, que mi resurrección ha tenido lugar para su beneficio; es decir, que por mi resurrección he conseguido que mi Padre sea su Padre, y mi Dios sea su Dios. Son pocas palabras y muy breves; pero contienen un pensamiento grande, a saber, que tenemos en Dios una confianza y un refugio tan grandes como los tiene Cristo, su Hijo mismo. ¿Quién puede abarcar tan sobreabundante gozo, a no ser que hable por experiencia propia cuando dice que un pobre pecador corrompido puede y le es lícito llamar a Dios su Padre y su Dios, igual que lo hace el mismo Cristo?

10 El autor de la Epístola a los Hebreos ha captado las palabras de Sal 22:22 y las ha tomado bien a pecho, cuando dice de Cristo: «Por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la congregación te alabaré.» He 2:11-12. Si algún señor del mundo se rebajara tanto como para decir a un ladrón, o a un asesino, o a un pícaro francés de baja estofa: Tú eres mi hermano; eso sería algo grande y todos se asombrarían de ello; pero que este Rey, que en su gloria está sentado a la diestra de Dios, su Padre, diga a un pobre pecador: Tú eres mi hermano, eso nadie lo toma a pecho, nadie lo recibe en serio, y sin embargo de ello depende nuestro más alto consuelo y ánimo contra el pecado, la muerte, Satanás, el infierno, la ley y contra toda desgracia, tanto del cuerpo como del alma.

11 Puesto que somos carne y sangre, y estamos sujetos a toda clase de aflicciones, se sigue que así debe ser también con nuestro hermano; de lo contrario no sería semejante a nosotros en todo. Por eso, al hacerse semejante a nosotros, gusta de todo lo que nosotros, para ser nuestro verdadero hermano y salvarnos, a fin de que nosotros, por nuestra parte, lleguemos a ser semejantes a él. Esto lo pinta y lo expone muy hermosamente la Epístola a los Hebreos cuando dice: «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.» He 2:14-18.

12 San Pablo condensó de una manera muy hermosa el beneficio y el provecho tanto de los sufrimientos de Cristo como de su resurrección en un breve pasaje, como en una cáscara de nuez, cuando dice a los romanos: «El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.» Ro 4:25.

Pero sobre este tema ya se ha dicho bastante por ahora; quien lo desee puede meditarlo con provecho; se escribe más sobre ello en la Postila; quien quiera tenerla, que la consiga y la lea. Ahora trataremos otro asunto. Puesto que en muchos lugares la gente sigue aferrada a los abusos papales, de modo que acuden en tropel al Sacramento de la Cena del Señor en Pascua, y esta costumbre está tan hondamente metida en ellos que es muy difícil desarraigarla por todas partes, queremos dar alguna instrucción a la gente sencilla y de corazón simple sobre cómo deben participar en el tiempo presente del Sacramento de la Cena del Señor. (Edición de Rodt, 1525.) De esto habla claramente el siguiente sermón.

Sermón para el Domingo de Pascua: la resurrección de Cristo y sus beneficios; Marcos 16:1-8 (2.º sermón)

De la resurrección de Cristo

I. LA HISTORIA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.

1 En primer lugar examinaremos brevemente el texto de esta narración, y después hablaremos de los beneficios de la resurrección de Cristo y de cómo debemos edificar sobre ella. El texto dice: V.1. Cuando pasó el día de reposo. Aquí debemos recordar que Marcos escribe sobre el sábado según la costumbre de los hebreos, pues según el cómputo judío el día comenzaba al atardecer y duraba hasta el atardecer del día siguiente, como dice el primer capítulo de Génesis: «Y fue la tarde y la mañana un día», «el día segundo», «el día tercero», y así sucesivamente. Así, el primero y más grande sábado comenzó en la tarde del día en que Cristo fue crucificado, es decir, a la hora de la puesta del sol en la tarde del viernes. Nuestro cómputo transmite un sentido equivocado. Ayer fue el gran sábado, cuando Cristo yacía en el sepulcro; además de esto los judíos tenían siete días completos que celebraban y a todos los cuales llamaban sábados, contándolos desde la primera fiesta después del gran sábado y llamándola prima sabbathorum (primero de los sábados), y a la tercera fiesta secunda sabbathorum (segundo de los sábados), y así sucesivamente. En estos días comían solamente hostias y pan sin levadura, por lo cual el Evangelista los llama también los días de los panes sin levadura. De esto debemos concluir que Cristo resucitó antes de la salida del sol y antes de que el ángel descendiera en el terremoto. Después el ángel solo vino a abrir el sepulcro vacío, etc., como lo han descrito claramente los Evangelistas.

2 Surge ahora la pregunta: ¿Cómo podemos decir que resucitó al tercer día, si estuvo en el sepulcro solo un día y dos noches? Según el cálculo judío fue solo un día y medio; ¿cómo, entonces, vamos a insistir en creer que hubo tres días? A esto respondemos que estuvo en estado de muerte al menos durante una parte de los tres días. Pues murió hacia las dos de la tarde del viernes y por consiguiente estuvo muerto unas dos horas el primer día. Después de esa noche yació en el sepulcro todo el día, que es el verdadero sábado. El tercer día, que ahora conmemoramos, resucitó de los muertos y así permaneció en estado de muerte una parte de este día, tal como si decimos que algo ocurrió el día de Pascua, aunque suceda por la tarde, solo una porción del día. En este sentido Pablo y los Evangelistas dicen que resucitó al tercer día.

3 Cristo debía yacer en el sepulcro por este período y no más, para que supongamos que su cuerpo permaneció naturalmente incorrupto y que la descomposición aún no había comenzado. Salió del sepulcro tan pronto que podemos presumir que la corrupción todavía no se había producido según el curso de la naturaleza; pues un cadáver no puede yacer más de tres días antes de que empiece a descomponerse. Por eso Cristo debía resucitar al tercer día, antes de ver corrupción.

4 También debe notarse particularmente aquí el gran anhelo y amor de las mujeres por el Señor, de modo que, sin consejo y solas, van temprano al sepulcro, sin pensar en la gran piedra que había sido puesta ante la tumba. Podrían haber pensado en esto y haber llevado consigo a un hombre. Pero obran como personas tímidas y afligidas, y por eso van por su camino sin pensar siquiera en las cosas más necesarias. No piensan siquiera en los guardas que estaban vestidos con armadura, ni en la ira de Pilato y de los judíos, sino que valientemente se arriesgan libremente y solas se aventuran en su camino. ¿Qué impulsó a estas buenas mujeres a arriesgar la vida y el cuerpo? No fue sino el gran amor que tenían al Señor, que se había hundido tan profundamente en sus corazones que por él habrían arriesgado mil vidas. Tal valor no lo tenían por sí mismas, sino que aquí se reveló el poder de la resurrección de Cristo, cuyo Espíritu hace que estas mujeres, que por naturaleza son tímidas, sean tan atrevidas y valientes que se aventuran a hacer cosas que habrían intimidado a un hombre.

5 Estas mujeres nos muestran también un hermoso ejemplo de un corazón espiritual que emprende una tarea imposible, de la cual todo el mundo desesperaría. Sin embargo, un corazón así se mantiene firme y la cumple, sin pensar que la tarea sea imposible. Tanto decimos por ahora sobre esta narración, y veamos ahora cuáles son los frutos y beneficios de la resurrección de Cristo.

II. LOS FRUTOS Y BENEFICIOS DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.

6 San Pablo escribe en Ro 4:25 lo siguiente: «El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.» Pablo es de veras el hombre que exalta a Cristo de manera magistral, diciéndonos exactamente por qué y con qué fin padeció y cómo debemos conformarnos a sus sufrimientos, a saber, que murió por nuestros pecados. Esta es una interpretación correcta de los sufrimientos de Cristo, de la cual podemos sacar provecho. Y así como no basta saber y creer que Cristo ha muerto, tampoco bastará saber y creer que resucitó con un cuerpo transfigurado y ahora está en estado de gozo y bienaventuranza, ya no sujeto a la mortalidad, pues todo esto no me aprovecharía nada, o muy poco. Pero cuando llego a entender el hecho de que todas las obras que Dios hace en Cristo se hacen por mí, más aún, se me otorgan y se me dan, siendo el efecto de su resurrección que yo también resucitaré y viviré con él, eso me hará regocijar. Esto debe llevarse a nuestros corazones, y no debemos simplemente oírlo con los oídos de nuestro cuerpo ni simplemente confesarlo con nuestra boca.

7 Han oído en la historia de la Pasión cómo Cristo es presentado como nuestro ejemplo y ayudador, y que el que lo sigue y se aferra a él recibe el Espíritu, quien lo capacitará también para padecer. Pero las palabras de Pablo son más cristianas y deben llegar más hondo a nuestros corazones y consolarnos más, cuando dice: «Resucitado para nuestra justificación.» Aquí se revela verdaderamente el Cordero, del cual da testimonio Juan el Bautista, cuando dice en Jn 1:29: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Aquí se cumple lo que se dijo a la serpiente: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza», lo cual significa que para todos los que creen en él, el infierno, la muerte, el diablo y el pecado han sido destruidos. De la misma manera se cumple hoy la promesa que Dios hizo a Abraham, cuando dijo en Gn 22:18: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra.» Aquí se habla de Cristo, que quita nuestra maldición y el poder del pecado, de la muerte y del diablo.

8 Todo esto se hace, digo, por la fe. Porque si crees que por esta simiente la serpiente ha sido muerta, entonces está muerta para ti; y si crees que en esta simiente han de ser benditas todas las naciones, entonces tú también eres bendito. Pues cada uno individualmente tendría que haber aplastado la serpiente bajo sus pies y haberse redimido de la maldición, lo cual habría sido demasiado difícil, más aún, imposible para nosotros. Pero ahora se ha hecho fácilmente, a saber, por Cristo, que ha aplastado la serpiente de una vez, que solo él es dado como bendición y bendición, y que ha hecho que este Evangelio se publique por todo el mundo, de modo que el que cree, lo acepta y se aferra a él, también está en posesión de él y tiene la certeza de que es como cree. Porque en el corazón de tal hombre la Palabra se hace tan poderosa que vencerá la muerte, el diablo, el pecado y toda adversidad, como lo hizo el mismo Cristo. Tan poderosa es la Palabra que Dios mismo preferiría ser vencido antes que su Palabra fuera conquistada.

9 Este es el sentido de las palabras de san Pablo: «Resucitado para nuestra justificación.» Aquí Pablo aparta mis ojos de mis pecados y los dirige a Cristo, pues si miro mis pecados, me destruirán. Por eso debo mirar a Cristo, que ha tomado mis pecados sobre sí, ha aplastado la cabeza de la serpiente y se ha hecho la bendición. Ahora ya no cargan mi conciencia, sino que reposan sobre Cristo, a quien desean destruir. Veamos cómo lo tratan. Lo arrojan al suelo y lo matan. ¡Oh Dios!, ¿dónde está ahora mi Cristo y mi Salvador? Pero entonces Dios aparece, libra a Cristo y lo hace vivir; y no solo lo hace vivir, sino que lo traslada al cielo y le hace reinar sobre todo. ¿Qué ha sido ahora del pecado? Allí yace bajo sus pies. Si entonces me aferro a esto, tengo una conciencia alegre como Cristo, porque estoy sin pecado. Ahora puedo desafiar a la muerte, al diablo, al pecado y al infierno a que me hagan daño. Como soy hijo de Adán, pueden lograr ciertamente que yo deba morir. Pero puesto que Cristo ha tomado mis pecados sobre sí, ha muerto por ellos, se ha dejado matar a causa de mis pecados, ya no pueden dañarme; porque Cristo es demasiado fuerte para ellos, no pueden retenerlo, él irrumpe y los vence, asciende al cielo (lleva cautivos el pecado y el dolor, Ed. 1531), y reina allí sobre todo por toda la eternidad. Ahora tengo una conciencia limpia, estoy gozoso y feliz y ya no tengo miedo de este tirano, pues Cristo ha quitado de mí mis pecados y los ha hecho suyos. Pero no pueden permanecer sobre él; ¿qué sucede entonces con ellos? Tienen que desaparecer y ser destruidos. Este es, pues, el efecto de la fe. El que cree que Cristo ha quitado nuestro pecado, está sin pecado, como el mismo Cristo, y la muerte, el diablo y el infierno son vencidos en lo que a él respecta y ya no pueden dañarlo.

10 Aquí nos referimos también al pasaje de Os 13:14, que Pablo cita con referencia a la victoria que Cristo ha ganado por su resurrección y por la cual ha vencido al pecado, la muerte, el infierno y todos nuestros enemigos. Pablo dice que la muerte es sorbida en esta victoria, y desafía a la muerte con estas palabras: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» —como si Pablo dijera: Oh muerte, ¿dónde están tus dientes? Ven, arráncame un dedo. Antes tenías una lanza, ¿qué ha sido de ella ahora? Cristo te la ha quitado. Muerte, ¿dónde está ahora tu lanza, etc.? Pecado, ¿dónde está ahora el filo de tu espada y tu poder? Pablo dice que el poder del pecado es la ley. Cuanto más claramente entendemos la ley, más nos oprime y nos pica el pecado. Por eso dice Pablo que Cristo ha destruido y aniquilado por completo la lanza y la piedra de afilar de la muerte. Ahora bien, este Evangelio no se lo llevó consigo al cielo, sino que hizo que se predicara por todo el mundo, para que para el que cree en Cristo, lanza y piedra de afilar, más aún, pecado y muerte, sean destruidos. Este es el verdadero Evangelio, que da vida, fuerza, poder y meollo, y del cual hablan todos los pasajes de la Escritura.

11 Por eso busca y aprende a conocer a Cristo rectamente, pues toda la Escritura nos confiere la justicia del verdadero conocimiento de Cristo. Pero esto tiene que ser obrado por el Espíritu Santo. Oremos, pues, a Dios para que su Evangelio prospere, para que todos aprendamos verdaderamente a conocer a Cristo y así resucitemos con él y seamos honrados por Dios como él fue honrado.

12 Surge ahora la pregunta: Si Cristo ha quitado la muerte y nuestros pecados por su resurrección y nos ha justificado, ¿por qué entonces sentimos todavía dentro de nosotros la muerte y el pecado? Pues nuestros pecados todavía nos atormentan, la conciencia nos pica, y esta mala conciencia produce el temor del infierno.

13 A esto respondo: He dicho a menudo antes que el sentir y la fe son dos cosas distintas. Es propio de la fe no sentir, dejar a un lado la razón y cerrar los ojos, someterse absolutamente a la Palabra y seguirla en la vida y en la muerte. El sentir, en cambio, no se extiende más allá de lo que puede aprehenderse con la razón y los sentidos, lo que puede oírse, verse, sentirse y conocerse por los sentidos externos; por esta causa el sentir se opone a la fe y la fe se opone al sentir. Por eso el autor de la Epístola a los Hebreos escribe de la fe: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.» Porque si viéramos a Cristo visiblemente en el cielo, como el sol visible, no necesitaríamos creerlo. Pero puesto que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, no podemos verlo ni sentirlo, ni tampoco comprenderlo con nuestra razón. Por eso debemos hacer caso omiso de nuestro sentir y aceptar solo la Palabra, escribirla en nuestro corazón y aferrarnos a ella, aunque parezca que mis pecados no me han sido quitados, y aunque todavía los sienta dentro de mí. No hay que tener en cuenta nuestros sentimientos, sino que debemos insistir constantemente en que la muerte, el pecado y el infierno han sido vencidos, aunque yo sienta que todavía estoy bajo el poder de la muerte, del pecado y del infierno. Porque aunque sentimos que el pecado todavía está en nosotros, solo se permite para que nuestra fe se desarrolle y se fortalezca, para que a pesar de todos nuestros sentimientos aceptemos la Palabra, y para que unamos nuestros corazones y conciencias cada vez más a Cristo. Así la fe nos lleva tranquilamente, contra todo sentir y comprensión de la razón, a través del pecado, a través de la muerte y a través del infierno. Entonces veremos la salvación ante nuestros ojos, y entonces sabremos perfectamente lo que hemos creído, a saber, que la muerte y todo dolor han sido vencidos.

14 Toma como ilustración los peces en el agua. Cuando están atrapados en la red, la llevas tranquilamente, de modo que se imaginan que todavía están en el agua; pero cuando los arrastras a la orilla, quedan expuestos y empiezan a debatirse, y entonces sienten por primera vez que están atrapados. Así sucede también con las almas atrapadas con el Evangelio, que Cristo compara con una red, Mt 13:47. Cuando el corazón ha sido vencido, la Palabra une este pobre corazón a Cristo y lo saca suave y tranquilamente del infierno y del pecado, aunque el alma todavía siente el pecado y se imagina que aún está bajo su poder. Entonces comienza un conflicto, luchando los sentimientos contra el Espíritu y la fe, y el Espíritu y la fe contra nuestros sentimientos; y cuanto más crece la fe, más disminuyen nuestros sentimientos, y viceversa. Todavía tenemos pecados dentro de nosotros, por ejemplo soberbia, avaricia, ira y así sucesivamente, pero solo para llevarnos a la fe, para que la fe crezca de día en día, y el hombre llegue por fin a ser un cristiano cabal y guarde el verdadero sábado, consagrándose enteramente a Cristo. Entonces la conciencia debe quedar calmada y satisfecha y todas las olas encrespadas del pecado aquietarse. Pues así como en el mar una ola sigue y golpea a la otra, como si quisieran destruir la orilla, y sin embargo tienen que desaparecer y destruirse a sí mismas, así también nuestros pecados luchan contra nosotros y querrían llevarnos a la desesperación, pero finalmente tienen que desistir, cansarse y desaparecer.

15 En segundo lugar, la muerte todavía está a nuestro lado. También ella sirve para ejercitar la fe del que cree que la muerte ha sido matada y que todo su poder le ha sido quitado. Ahora bien, la razón siente que la muerte todavía está a nuestro lado y nos turba continuamente. El que sigue sus sentimientos perecerá, pero el que se aferra con el corazón a la Palabra será librado. Ahora bien, si el corazón se aferra a la Palabra, la razón también seguirá; pero si la razón sigue, todo seguirá, el deseo y el amor y todo lo que hay en el hombre. Sí, deseamos que todos lleguen al punto en que consideren que la muerte está muerta y sin poder. Pero esto no puede llegar a suceder hasta que el viejo hombre, es decir, el viejo Adán, sea completamente destruido, y mientras tanto ha estado en marcha aquel proceso del que habla Cristo en Mt 13:33, donde compara el reino de Dios con la levadura que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina. Porque aunque el amasado haya comenzado, la harina todavía no está completamente leudada. Así es aquí. Aunque el corazón se aferra a la creencia de que la muerte y el infierno están destruidos, la levadura todavía no ha obrado del todo en él. Pues debe penetrar e impregnar todos los miembros del cuerpo, hasta que todo quede leudado y puro, y no quede nada sino una fe pura. Esto no se logrará antes de que el viejo hombre sea completamente destruido; entonces todo lo que hay en el hombre es semejante a Cristo, del centro a la circunferencia.

16 Estas dos cosas, el pecado y la muerte, permanecen, pues, con nosotros hasta el fin, para que cultivemos y ejercitemos nuestra fe, a fin de que se haga más perfecta en nuestro corazón de día en día y por fin irrumpa, y todo lo que somos, cuerpo y alma, se vuelva más semejante a Cristo. Porque cuando el corazón se aferra a la Palabra, el sentir y el razonar tienen que fallar. Entonces, con el correr del tiempo, también la voluntad se aferra a la Palabra, y con la voluntad todo lo demás, nuestro deseo y nuestro amor, hasta que nos entregamos enteramente al Evangelio, somos renovados y dejamos atrás el viejo pecado. Entonces viene una luz distinta, sentimientos distintos, un ver distinto, un oír, un actuar y un hablar distintos, y también un flujo distinto de buenas obras. Ahora bien, nuestros escolásticos y papistas han enseñado una piedad externa; ordenarían a los ojos que no vean, y a los oídos que no oigan, y meterían la piedad en nuestros corazones desde fuera. ¡Ah, qué lejos está esto de la verdad! Pero viene de esta manera: Cuando el corazón y la conciencia se aferran a la Palabra en fe, rebosan en obras, de modo que, cuando el corazón es santo, todos los miembros se vuelven santos, y las buenas obras siguen naturalmente.

17 Esto lo significa el sábado que debía santificarse y en el cual el Señor yació quieto en el sepulcro. Significa que debemos descansar de todas nuestras obras, no debemos movernos, más aún, no debemos permitir que se mueva dentro de nosotros ningún pecado, sino que debemos creer firmemente que la muerte, el infierno, el pecado y el diablo son destruidos por la muerte de Cristo, y que somos justos, piadosos, santos y por tanto contentos, sin experimentar ya ningún pecado. Entonces todos los miembros están calmados y quietos, convencidos de que el pecado y la muerte están vencidos y postrados. Pero esto no puede lograrse, como he dicho, hasta que este cuerpo impotente y miserable y el viejo Adán sean destruidos. Por eso es ciertamente necesario que se nos exija guardar este sábado. Porque así como Cristo yace en el sepulcro el sábado, sin sentir ni moverse nunca, así debe ser con nosotros, como hemos oído: nuestros sentimientos y acciones deben cesar. Y digo otra vez que esto no puede cumplirse antes de que el viejo Adán sea aniquilado. Sin embargo, todavía experimentamos pecado y muerte dentro de nosotros, luchamos con ellos y combatimos contra ellos. Puedes atar a un cerdo tan bien como quieras, pero no puedes impedir que gruña (hasta que sea estrangulado y muerto, Ed. 1530). Así sucede con los pecados en nuestra carne. Como aún no están completamente vencidos y muertos, todavía están activos, pero cuando venga la muerte, también ellos tendrán que morir, y entonces somos cristianos perfectos y puros, pero no antes. Esta es la razón por la que debemos morir, a saber, para que seamos enteramente librados del pecado y de la muerte. Estas palabras sobre los frutos de la resurrección de Cristo pueden bastar por ahora, y con ellas terminaremos. Pidamos a Dios gracia para que las entendamos y aprendamos a conocer a Cristo rectamente.

Sermón para el Domingo de Pascua; Marcos 16:1-8 (3.º sermón)

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.

I. LA HISTORIA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.

1 Esta lección del evangelio forma parte del relato general y del primer anuncio de la resurrección de Cristo, que hizo el ángel a las mujeres que fueron temprano al sepulcro para ungir el cuerpo muerto del Señor, antes de que Cristo se les mostrara y hablara con ellas; pues quiso dar a conocer su resurrección mediante la Palabra, aun antes de que ellas lo vieran y experimentaran el poder de su resurrección.

2 Y así como dijimos que hay dos maneras de considerar la pasión y la muerte de Cristo y las demás doctrinas de Cristo, así también hay dos cosas acerca de la resurrección del Señor que debemos conocer y entender. Primero, la historia, que relata los hechos tal como ocurrieron, con sus diversas circunstancias y el modo en que se mostró vivo en distintas apariciones; para que tengamos un registro y un testimonio seguros de todo ello como fundamento y apoyo de nuestra fe, ya que este artículo de fe sobre la resurrección es el principal, aquel en que se funda finalmente nuestra salvación, y sin el cual todos los demás serían inútiles y del todo infructuosos.

Ahora bien, lo que hay que saber acerca de los hechos históricos, a saber, en qué orden ocurrieron estos dos acontecimientos, la aparición del ángel —de la cual este evangelio informa en parte— y la manifestación del Señor, eso debe tratarse junto con el relato completo, reunido y ordenado a partir de todos los evangelistas; por eso trataremos la parte mencionada en este evangelio junto con ese relato.

II. EL PROVECHO Y EL CONSUELO DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.

3 El segundo punto, que es más importante y necesario, y por causa del cual se ha escrito la narración y se predica, es el poder, el provecho y el consuelo de la gozosa resurrección del Señor, y el uso que hemos de hacer de esa misma fe. Acerca de esto Pablo y todos los apóstoles y las Escrituras enteras enseñan y predican de manera gloriosa y rica; pero con mayor gloria que todos predicó el mismo Cristo, el Señor, cuando se manifestó primero a las mujeres. Por tanto, para que también nosotros oigamos y recojamos de ello algo provechoso, consideremos las palabras que Cristo dijo a María Magdalena, según se registra en el evangelio de Juan 20:17: «No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; pero ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.»

4 Este es el primer sermón que nuestro Señor pronunció después de su resurrección y, sin duda, también el más consolador; aunque en palabras muy breves, pero sumamente bondadosas y tiernas, y dicho primero a su amada María Magdalena, y por medio de ella también a sus discípulos después de su profunda aflicción, dolor y tristeza, causados por su partida y su muerte, para consolarlos y alegrarlos con su resurrección. Y puesto que esta María se preocupa mucho más profunda y tiernamente por el Señor que los demás, y es la primera en llegar a la tumba para ungir el cuerpo de Cristo con costosas especias; y sobre todo porque, al no hallarlo, se asusta y se desconcierta, profundamente turbada y en lágrimas, suponiendo que se lo han llevado; por eso él le permite gozar de esta prueba de su amor, apareciéndose primero a ella, consolándola en sus temores y predicando este hermoso sermón, que vamos a considerar ahora.

5 En primer lugar, cuando Jesús se le manifiesta no lejos del sepulcro, antes de que le hable, ella lo toma por el hortelano; pero cuando la llama por su nombre y dice «María», ella reconoce enseguida la voz, y de inmediato se vuelve con aquel nombre en los labios con que ella, lo mismo que los demás discípulos, solía dirigirse a él en su lengua, a saber «Raboni», es decir: Oh querido Maestro, o querido Señor, pues ellos decían Maestro, mientras que nosotros decimos por lo general Mi Señor; e inmediatamente, como acostumbraba, se echa a sus pies para tocarlo. Pero él la detiene y dice: «No me toques», como si quisiera decir: Sé bien que me amas, pero todavía no puedes mirarme ni tocarme rectamente, como deberías mirarme y tocarme.

Porque su gozo no es mayor ni más alto que el mero placer corporal y carnal de tener otra vez vivo a su Señor como lo tenía antes; aferrándose así solo al hecho de su regreso, y pensando que él estará de nuevo con ellos como antes, para comer y beber con ellos, para predicar y hacer milagros; con el propósito, por tanto, de mostrarle con su servicio y tocando sus pies aquel amor que le había mostrado antes, cuando lo ungió en vida y en muerte.

6 Pero ahora no permite que lo toquen de esta manera, porque quiere que ella se detenga, escuche y aprenda lo que todavía no sabe; a saber, que rehúsa ser tocado y ungido o ser servido y atendido, como ella lo había hecho hasta entonces; sino que dice: «Te diré algo diferente y nuevo»: No he resucitado para andar y permanecer con ustedes corporal y temporalmente, sino para subir a mi Padre; por eso no necesito ni deseo tal servicio y atención, ni conviene mirarme como miran a Lázaro y a otros que aún viven en el cuerpo. Porque no es aquí donde pienso habitar y permanecer; sino que quiero que crean que voy al Padre, donde reinaré y gobernaré con él eternamente, y adonde también los llevaré a ustedes, sacándolos de su muerte y de su tristeza. Allí me tendrán, en verdad, visible y palpablemente con ustedes, y se regocijarán para siempre en eterna comunión conmigo y con el Padre.

Por eso quiere decir: Absténte de aquí en adelante de todo ese servicio y reverencia corporales, y ve más bien y hazte mensajera, y anuncia lo que te digo a mis queridos hermanos: que ya no estaré ni permaneceré aquí en forma corporal, sino que he dejado este estado mortal para entrar en una existencia diferente, donde ya no podrán palparme ni tocarme, sino que me conocerán y me poseerán solo por la fe.

7 Aquí usa un lenguaje enteramente nuevo, cuando dice: «Ve y di a mis hermanos», tomado del Salmo 22:22, que trata por entero de Cristo, y en el cual habla tanto de su pasión como de su resurrección, diciendo: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos», etc. Nunca antes había hablado así a sus apóstoles. Porque en la celebración de la Cena del Señor los llama, ciertamente, sus «hijitos» y sus «amigos», Jn 13:33; Jn 15:14; pero ahora emplea el nombre más afectuoso y glorioso posible y los llama sus «hermanos». Y le importa mucho; pues no se demora, sino que apenas ha resucitado, su primera preocupación es que se les diga lo que se propone hacer y por qué ha resucitado de entre los muertos.

8 Y esto, por cierto, se dice de una manera amable y dulce sin medida, de modo que quien desee creer tiene motivo suficiente para creer, durante toda su vida y mientras el mundo subsista, que estas cosas son verdaderas; así como los queridos apóstoles mismos hallaron en ellas ánimo suficiente, y más que suficiente, para creer. Porque el consuelo es demasiado grande y el gozo demasiado glorioso, y el corazón del hombre demasiado pequeño y estrecho para alcanzarlo.

9 Los apóstoles estaban agazapados tras puertas cerradas, no solo desanimados y acobardados, como ovejas dispersas sin pastor, sino también turbados en la conciencia. Pedro había negado y renunciado a su Señor con juramento, y se había maldecido; y los demás habían huido todos y se habían mostrado desleales. Fue, en verdad, una caída tan honda y terrible que bien podían pensar que nunca serían perdonados por haber negado al Hijo de Dios y haber abandonado tan vergonzosamente a su querido Señor y fiel Salvador. ¿Cómo pudo haber entrado en sus corazones que Cristo les enviaría un saludo tan afectuoso y unos buenos días tan amables, a ellos, que habían sido tan desleales y lo habían negado, y que no solo perdonaría todo, sino que además los llamaría sus queridos hermanos? ¿O quién puede creerlo y comprenderlo hoy? Yo mismo quisiera creerlo a veces, pero no logro metérmelo en el corazón tan por completo que me atreva a apoyarme del todo en ello y a tenerlo por verdaderamente cierto. Sí, si tan solo pudiéramos, estaríamos ya en la bienaventuranza celestial en esta vida, y no temeríamos ni a la muerte, ni al diablo, ni al mundo, sino que nuestros corazones saltarían continuamente de gozo, y cantarían a Dios un eterno Te Deum Laudamus, es decir: A ti, oh Dios, te alabamos.

10 Pero, ¡ay!, en la tierra no es así; nuestra miserable alforja de mendigo, este viejo pellejo nuestro, es demasiado estrecha. Por eso el Espíritu Santo tiene que venir en nuestro auxilio, no solo para predicarnos la Palabra, sino también para ensancharnos e impulsarnos desde dentro, sí, incluso para valerse del diablo, del mundo y de toda clase de aflicciones y persecuciones con este fin. Así como una vejiga de cerdo tiene que frotarse con sal y trabajarse a fondo para dilatarla, así este viejo pellejo nuestro tiene que ser bien salado y atormentado hasta que pidamos ayuda y clamemos en alta voz, y así nos estiremos y nos ensanchemos, tanto por el sufrimiento interior como por el exterior, para que finalmente logremos y alcancemos este ánimo y alegría, este gozo y consuelo, de la resurrección de Cristo.

11 Porque consideremos por un momento qué clase de palabras son estas que Cristo usa aquí; y no pasemos sobre ellas a la ligera, como se ha hecho hasta ahora, y como todavía se hace en todo el papado, donde las hemos leído, oído y cantado hasta el cansancio; y sin embargo hemos pasado de largo junto a ellas, como una vaca pasa junto a un santuario; de modo que es pecado y vergüenza haber oído y conocido tales palabras y aun así dejarlas yacer, frías y muertas, fuera del corazón, como si hubieran sido dichas y escritas del todo en vano; y que incluso los mismos cristianos, aunque no las desprecian como otros, sino que las usan a diario, ni las aprecian tanto ni las creen tan firmemente como quisieran.

12 Pues consideren, digo, lo que estas palabras contienen y ofrecen: Ve, mi querida hermana, pues así, sin duda, habría hablado a estas mujeres, ya que se apareció primero a ellas, y di a los discípulos que me negaron y me fueron desleales que son llamados, y serán, mis queridos hermanos. ¿No es esto, en una palabra, incluirnos y ponernos con Cristo en la plena posesión y herencia del cielo y de todo lo que Cristo tiene? Ricos y bienaventurados deben de ser los hermanos y hermanas que pueden gloriarse de este Hermano, que ya no cuelga de la cruz, ni yace en el sepulcro bajo el poder de la muerte, sino que es un poderoso Señor sobre el pecado, la muerte, el infierno y el diablo.

13 Pero ¿cómo han llegado estos pobres discípulos, asustados y desanimados, a tal honra y gracia, y en qué han merecido tal hermandad? ¿Fue por la vergonzosa negación de Cristo por parte de Pedro, y por la deslealtad de todos los demás hacia él? ¿Y cómo he merecido yo y otros el aplicárnoslo también a nosotros mismos? ¿Yo, que durante quince años leí la misa idolátrica, blasfemando contra Dios y ayudando cada día a crucificar de nuevo a Cristo? ¡Bonito mérito, por cierto, cabalgar hacia el infierno al servicio del diablo y buscar otras cofradías, las del diablo y su camarilla, que llevan los nombres de santos muertos, san Antonio, san Francisco, san Sebastián, san Cristóbal, san Jorge, santa Ana, santa Bárbara, de algunos de los cuales no se sabe si fueron santos, más aún, si acaso existieron! ¡Qué vergüenza! ¡Qué pecado y vergüenza para nosotros, que nos llamamos cristianos, haber tenido esta hermandad de Cristo el Señor tan graciosamente ofrecida, y luego despreciarla y rechazarla, y caer en tan profunda ceguera como para hacernos inscribir en la canallesca cofradía de los vergonzosos monjes y de todo el rebaño del papa, y predicar y alabar esto como si fuera algo precioso!

Pero eso es lo que merece el mundo. ¿Por qué no apreciamos la Palabra de Dios que fue escrita, pintada, representada, cantada y tañida ante nuestros ojos y oídos? Y aun ahora, cuando la misma Palabra de Dios lo señala y nos reprende, no cesamos de blasfemar y perseguir; siendo así que deberíamos dar gracias y alabar a Dios por habernos librado tan graciosamente, sin mérito alguno de nuestra parte y aun contra él, de tal ceguera y blasfemia, y por habernos concedido la gracia de reconocerlo.

14 Ahora bien, crea quien pueda. Porque lo creamos o no, es la verdad de todos modos. Esta hermandad está fundada entre nosotros, y no es una hermandad como nuestro disoluto Kaland y la hermandad de los monjes, sino que es la de Cristo, en la cual Dios es nuestro Padre y su propio Hijo nuestro hermano, y donde se nos otorga una herencia que no asegura meramente cien mil táleros, uno o varios reinos, sino en la cual somos redimidos de la comunión con el diablo, del pecado y de la muerte, y obtenemos la herencia y posesión de la vida eterna y de la justicia eterna; y aunque en otro tiempo estuvimos en pecado, dignos de muerte y de condenación eterna, y lo estamos aun ahora, debemos saber que esta hermandad es mayor, más poderosa, más fuerte y superior al diablo, al pecado y a todas las cosas. No hemos caído tan hondo, ni las cosas están tan mal y arruinadas, que esta hermandad no pueda arreglarlo y restaurarlo todo por completo otra vez, pues es eterna, infinita e inagotable.

15 Porque ¿quién es el que ha instituido esta hermandad? El único Hijo de Dios y Señor todopoderoso de todas las criaturas, de modo que por sí mismo no necesitaba soportar sufrimiento ni muerte. Pero todo esto lo he hecho, nos dice, por ustedes, como su querido Hermano, que no podía soportar ver que ustedes, separados eternamente de Dios por el diablo, el pecado y la muerte, perecieran tan miserablemente; por eso me puse en su lugar y tomé sobre mí su miseria, di mi cuerpo y mi vida por ustedes para que fueran librados; y he resucitado para proclamarles e impartirles esta liberación y victoria, y recibirlos en mi hermandad, para que posean y disfruten conmigo todo lo que yo tengo y poseo.

16 Ven, pues, que a Cristo no le basta que el hecho histórico haya ocurrido y que, por lo que a él toca, todo esté cumplido; lo infunde en nosotros y crea con ello una hermandad, para que llegue a ser posesión y herencia común de todos nosotros; no lo pone in praedicamento absoluto, sino relationis, a saber: lo ha hecho, no para sí mismo personalmente ni por su propio bien, sino como Hermano nuestro y solo para nuestro provecho. Y no quiere ser considerado ni conocido de otro modo que como nuestro, con todos estos bienes, y que nosotros, por nuestra parte, seamos suyos; y que por eso estemos tan estrechamente unidos que no podríamos estar más íntimamente emparentados, teniendo un Padre común, gozando de una herencia igual, común e indivisa, y autorizados para usar todo su poder, su honra y su patrimonio, para gloriarnos de ello y consolarnos con ello, como si fuera nuestro.

17 ¿Quién puede comprender esto plenamente? ¿Y qué corazón puede creer suficientemente que el Señor es tan enteramente nuestro? Porque, en verdad, es cosa demasiado grande e indecible que nosotros, pobres y miserables hijos de Adán, nacidos y envejecidos en el pecado, seamos los verdaderos hermanos de la suprema Majestad, coherederos y cogobernantes en la vida eterna; como san Pablo lo declara tan gloriosamente, Ro 8:17; Gá 4:7: «Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo», etc. Pues todo esto sigue en orden: si somos llamados hijos de Dios, entonces debemos ser también, en verdad, sus herederos, y hermanos y coherederos de Cristo el Señor, que es el único Hijo esencial de Dios.

18 Por eso, el que pueda, aprenda a empezar rectamente a orar el Padrenuestro; y a saber lo que significa para mí llamar a Dios mi Padre, y para mí considerarme, con toda verdad y plenitud, su querido hijo y hermano de Cristo el Señor, que ha compartido conmigo todo lo que tiene y me ha puesto en posesión de sus tesoros eternos. Examina aquí y pregunta a tu propio corazón si, sin duda ni vacilación, puedes decir así desde el fondo de tu corazón: «Padre nuestro»; si estás firmemente fundado en ello y puedes estar seguro ante Dios: Me considero tu querido hijo, y a ti mi querido Padre, no porque lo haya merecido ni pudiera jamás merecerlo, sino porque mi querido Señor quiere ser mi Hermano, y por su propia voluntad lo ha proclamado y me ha invitado a considerarlo mi Hermano, y ha dicho que él también me consideraría así.

Empieza solamente, te digo, y verás cómo te va en la tarea; y pronto descubrirás qué bribón incrédulo se esconde en tu pecho, y que tu corazón es demasiado torpe para creerlo. ¡Oh, soy un pobre pecador!, exclama la naturaleza, ¿cómo me atrevo a exaltarme tan alto, a sentarme en el cielo y a gloriarme de que Cristo es mío y yo su hermano? Porque esta grandeza y gloria es tan sumamente alta, más allá de todo sentido, corazón y pensamiento humanos, que no podemos comprenderla; como también el mismo Pablo confiesa en Fil 3:12 que sigue adelante para alcanzarla, pero que aún no la ha alcanzado. Sí, el hombre se asombra y se aterra de sí mismo por presumir de recibir y gloriarse de tal honra y gloria.

19 Pero ¿qué haremos? Debemos decir, en efecto, y es verdad, que somos pobres pecadores, y con san Pedro hemos negado a nuestro Señor (yo especialmente más que otros). Pero ¿qué haremos al respecto? Es suficiente, y más que suficiente, lo que hice contra él al apartarme de él y hacerme un bribón. ¿Debo, además, hacerlo a él mentiroso y bribón, y negar este consolador anuncio, y blasfemar? ¡Dios me guarde!

20 Sí, dice el diablo, por causa de tu carne no eres digno de esto. Ay, es verdad; pero si no quisiera creerlo y aceptarlo, tendría que hacer a mi Señor mentiroso, y declarar que no es verdad cuando me dice que es mi Hermano. ¡Dios me guarde de hacer esto!, pues sería rechazar a mi Dios y toda mi salvación y bienaventuranza eterna, y pisotearlo.

21 Por eso diré esto: Sé muy bien que soy un ser indigno, digno de ser hermano del diablo, no de Cristo y de sus santos; pero ahora Cristo ha dicho que yo, por quien murió y resucitó, lo mismo que por san Pedro, que como yo fue pecador, soy su hermano; y quiere seriamente que le crea, sin duda ni vacilación, y no quiere que considere que soy indigno y estoy lleno de pecado, porque él mismo no quiere considerarlo ni recordarlo, como bien podría hacerlo, teniendo abundante motivo para pagar a sus seguidores y hacer caer sobre ellos lo que cometieron contra él. Pero todo está olvidado y borrado de su corazón; sí, lo ha matado, cubierto y sepultado; y ahora no sabe decir de ellos sino lo que es amable y bueno, y los saluda y les habla afectuosamente como a sus fieles y queridísimos amigos e hijos piadosos, como si no hubieran hecho mal alguno ni lo hubieran afligido, sino solo bien; para que sus corazones no estén inquietos ni preocupados con el pensamiento de que él lo recordaría y se lo reprocharía o se lo cobraría. Ya que entonces él no quiere que se recuerde, sino que quiere que esté muerto y sepultado, ¿por qué no habría yo de dejarlo así, y dar gracias, alabar y amar a mi querido Señor con todo mi corazón por ser tan clemente y misericordioso? Aunque esté cargado de pecado, ¿por qué habría yo de seguir y tachar de falsedad esta palabra llena de gracia, que oigo hablar a él mismo, y rechazar voluntariamente la hermandad que se me ofrece? Si no lo creo, no recibiré sus beneficios; pero eso ni la hace falsa ni prueba que algo falte en Cristo.

22 Si alguno desea ahora cargarse con nuevos pecados, y no quiere que se olvide lo que él ha olvidado, que peque entonces de modo que nunca se olvide y nunca se le pueda ayudar; como leemos en la Epístola a los Hebreos, He 4:4-6 y He 10:26, acerca de los que han pecado apartándose de la Palabra de Dios y tachándola de mentira. Este es el pecado contra el Espíritu Santo y se describe como crucificar de nuevo al Hijo de Dios y exponerlo a vituperio, e infamar al Espíritu de gracia. ¡De esto guarde Dios a todos los que desean ser cristianos!

¡Ay!, hay demasiado de la antigua ceguera y necedad en que hemos estado envueltos hasta ahora. Esto debería perecer y ser olvidado, ahora que hemos llegado a ser sus hermanos, si tan solo lo aceptamos. Si no podemos creer tan firmemente como debiéramos, empecemos, como niños pequeños, a beber al menos una cucharadita de esta leche, hasta que nos hagamos más fuertes, y no la rechacemos del todo.

23 Por eso, aunque tu propia indignidad te reprenda cuando te pones a orar, y aunque pienses: Ay, mis pecados son demasiados, y temo no poder ser hermano de Cristo, defiéndete a golpes como mejor puedas, para que tales pensamientos no encuentren lugar en tu mente. Porque aquí estás en gran peligro de cometer el pecado contra el Espíritu Santo. Con toda confianza y osadía responde a tales pensamientos del diablo: Sé muy bien lo que soy, y no necesitas decírmelo ni enseñármelo, porque no te corresponde juzgar este caso; ¡por tanto, fuera, espíritu mentiroso! No quiero ni debo escucharte. Aquí está mi Señor Jesucristo, el Hijo único de Dios, que murió por mí y resucitó de entre los muertos; él me dice que todos mis pecados están olvidados, y que será mi Hermano, y que yo igualmente he de ser su hermano; y es su voluntad que yo crea esto de corazón, sin vacilar.

24 Un bribón y un villano, sí, un hermano del mismo miserable diablo ha de ser quien no aceptara esto. Aunque yo no sea digno de ello, sin embargo lo necesito mucho; y aun si no fuera así, Dios al menos es digno de que yo lo honre y lo tenga por el Dios verdadero. Pero si no creyera, añadiría, además de todos los demás pecados, deshonra sobre él de la peor manera posible, en violación del primer mandamiento, haciéndolo mentiroso y un Dios vano. ¿Qué mayor maldad y blasfemia ha oído o proclamado hombre alguno?

Haz más bien esto: Cuando sientas que te es demasiado difícil creer, cae de rodillas y quéjate a Dios de tu incapacidad; y di con los apóstoles: «Señor, auméntanos la fe.» Lc 17:5. Quisiera de corazón tenerte por mi queridísimo Padre, y a Cristo por mi Hermano, pero mi carne, ay, no se somete; por eso ayuda mi incredulidad, para que honre tu nombre y tenga tu Palabra por verdadera.

25 Ve, de este modo experimentarás por ti mismo qué gran conflicto se requiere para creer la Palabra de Dios y para orar rectamente el Padrenuestro; no como si esta Palabra en sí misma no fuera bastante segura, firme y fuerte, sino porque somos tan débiles, sí, tan semejantes al mercurio miserable e inestable, que no podemos sujetar lo que bien merece ser sujetado con manos y corazones de acero y de diamante.

26 Antes, cuando nos extraviaban y engañaban con mentiras y falso culto, podíamos aferrarnos y consolarnos con una fe firme, aunque falsa, en todos los santos y en las cofradías de los monjes; y decíamos alegremente: ¡Ayúdame, querido señor san Jorge, o san Antonio, y san Francisco, y déjame gozar del beneficio de tus intercesiones! No había entonces duda ni oposición; esta ocupación nos resultaba agradable, y teníamos puños y fuerza de hierro para creer. Pero aquí, donde Cristo, la Verdad misma, nos ofrece su compañía, y aun nos invita y nos insta del modo más afectuoso, diciendo: Amados, reciban en mí a su Hermano, no consigue llevarnos a creerlo y aceptarlo. Con tal fuerza se resisten y se oponen la carne y el diablo.

27 Por eso, digo, lo mejor para cada uno, cuando entra en su aposento y empieza a orar, es esforzarse por entender lo que dice, y sopesar debidamente dos palabras: «Padre nuestro.» Por ejemplo: Amigo mío, ¿qué estás orando? ¿Qué responde tu corazón? ¿Consideras de veras a Dios como tu Padre, y a ti mismo como su querido hijo? No, en verdad, dice el corazón, no lo sé; ¿cómo puedo atreverme a atribuirme algo tan grande y glorioso? Entonces, ¿por qué no dejas de orar, cuando con los labios llamas a Dios tu Padre, mientras tu corazón desmiente a ti mismo y a él tal como se ha revelado en su Palabra? Confiesa más bien tu debilidad y di: Yo, en verdad, te llamo mi Padre, y debo llamarte así, según tu Palabra y mandamiento; pero temo que mi corazón está mintiendo como un bribón. Y lo peor de todo no es que yo solo esté mintiendo, sino que te acuso también a ti de falsedad. Ayúdame, querido Señor y Padre, para que no te haga mentiroso; porque yo no puedo hacerme mentiroso sin haberte hecho mentiroso a ti primero.

28 Por eso, aunque me doy cuenta y experimento, ay, que no puedo decir «Padre nuestro» con todo mi corazón, como en verdad ningún hombre en la tierra puede plenamente, pues si no ya estaríamos en la bienaventuranza celestial, sin embargo haré un intento y empezaré, como un niño pequeño empieza a mamar del pecho de su madre. Si no puedo creerlo plenamente, no lo tendré, sin embargo, por falsedad, ni diré que no. Aunque no pueda jugar el juego como corresponde, me guardaré de jugar en contra, como hacen los monjes y los corazones desesperados, que no consideran a Cristo como su Hermano, sino como un enemigo y un capataz; porque eso sería convertirlo en el mismo diablo. Sino que quisiera deletrear cada día las letras, hasta poder repetir «Padre nuestro» y este sermón de Cristo tan bien o tan mal como pueda. Dios conceda que, aunque balbucee, tartamudee o cecee, lo logre al menos en cierta medida.

29 Porque, como ya se dijo, este es el pecado de todos los pecados: que cuando Dios es clemente y quiere que todos nuestros pecados sean perdonados, el hombre, por su incredulidad, rechaza la verdad y la gracia de Dios, y la arroja lejos de sí, y no deja que la muerte y la resurrección de Cristo el Señor le aprovechen. Porque, en verdad, no puedo decir que esta hermandad, que nos trae el perdón de los pecados y toda bendición, sea obra y hechura mía, o de hombre alguno, ni que alguien haya trabajado o la haya buscado. Pues esta resurrección ocurrió y se cumplió antes de que hombre alguno supiera algo de ella; y que se nos proclame y predique tampoco se hace por la palabra del hombre, sino por la de Dios; por eso no puede fallar ni mentir. Puesto que entonces es únicamente la verdad y la obra de Dios, nos corresponde, bajo pena de la extrema ira y desagrado de Dios, aceptarla como venida de Dios, y sostenerla firmemente por la fe, para no caer en el pecado que no tiene perdón.

30 Porque todos los demás pecados que hay, contrarios al mandamiento y a la Ley de Dios, la cual consiste en todo lo que hemos de hacer y que Dios exige de nosotros, están todos cubiertos por el perdón, ya que nunca estamos enteramente libres de ellos durante toda nuestra vida; y si Dios hubiera de ajustar cuentas con nosotros según nuestra vida y conducta, nunca podríamos salvarnos. Pero el que no quiere creer la Palabra de Cristo ni aceptar su obra peca cien mil veces más; porque lucha contra la gracia y se despoja a sí mismo del perdón. Pues es la gracia la que dice: La ley no te dañará ni te condenará, aunque hayas pecado gravemente contra ella, sino que todos estos pecados serán perdonados y quitados por Cristo; ya que por eso murió por ti y resucitó, y ahora te presenta todo esto mediante este anuncio de su hermandad.

Ahora bien, si no quieres creer ni aceptar esto, sino que obstinadamente pones tu cabeza en contra y dices: No quiero gracia, ¿qué te ayudará entonces? ¿O qué buscarás además para obtener el perdón y salvarte? Sí, seré fraile cartujo, iré descalzo a Roma y compraré una indulgencia, etc. Muy bien, hazlo como quieras, no en nombre de Dios, sino del miserable diablo; porque con esto has negado no solo la gracia, sino también la ley, y has caído por completo de Dios, ya que buscas obras y santidad que no son mandadas por Dios, sino incluso prohibidas.

31 ¿No debería Dios enojarse y castigarnos por parlotear, cantar y leer cada día el Padrenuestro y el Credo sin entendimiento, sin fe y sin corazón, y por no pensar nada, no solo en Cristo, sino tampoco en la Ley de Dios; jactándonos en cambio y presentando ante Dios solo nuestros propios esfuerzos y falsa espiritualidad, por encima de su gracia y mandamiento y en contra de ellos, esperando con eso reconciliarlo y ganar de él el cielo? Esto es lo que merecemos por despreciar la Palabra de Dios y este glorioso y consolador anuncio de Cristo: ser vergonzosamente cegados y engañados por el diablo, y castigados y atormentados por el papa; como si Dios dijera con ello: Muy bien, si no quieren a mi Hijo como su Hermano, y a mí como su querido Padre, entonces quédense con el papa y sus monjes, que los apartan del evangelio, del Credo y de los Diez Mandamientos, hacia sus cogullas raídas y hediondas y la cofradía del diablo.

32 Porque, ya que no quisieron que Cristo fuera y permaneciera nuestro Hermano sin nuestro mérito y dignidad, y nos trajera la gracia de Dios y el perdón del pecado, ¿qué es esto sino negar real y efectivamente la fe en Dios y en su Hijo, como dice san Pablo, Tit 1:16, aunque lo confiesen con los labios? Tal como hice yo también en mi antigua ceguera, cuando ayudaba a cantar y leer estas palabras con otros, y sin embargo estimaba mucho más mi vida de monje y mis propias obras.

Pues si hubiera aceptado como verdadero y cierto lo que dice san Pablo en Ro 4:25, que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, a fin de que llegáramos a ser sus hermanos, habría aprendido entonces que mis propias obras y mi cogulla de monje no podían obtenerme esto. De otro modo, ¿qué necesidad había de que Cristo fuera y tomara sobre sí mis pecados y la ira de Dios en su cruz y muerte, y por su resurrección me pusiera en la herencia del perdón de los pecados, de la salvación eterna y de la gloria?

33 Pero ahora, puesto que se aferran a su vida de monjes y buscan la gracia de Dios por sus propios méritos, deseando con ello librarse de sus pecados y expiarlos, dan testimonio contra sí mismos de que no creen lo que dicen con los labios: Creo en Jesucristo, que murió por mí y resucitó, etc.; sino que creen, al contrario, en la cogulla y el cordón de los monjes descalzos, en santa Ana, en san Antonio, y en el diablo (perdónenme), en su trasero. Porque es imposible que quien conoce a Cristo en esta hermandad se ocupe en tales necedades como las que se enseñan y observan, no solo sin fe y contra ella, sino también contra los mandamientos, y que son verdaderos pecados diabólicos, los pecados de todos los pecados.

34 Por eso, frente a todo esto, un cristiano debería adquirir la costumbre de orar el Padrenuestro, santiguándose con firmeza y diciendo en su pensamiento: Guárdame, querido Señor, del pecado contra el Espíritu Santo, para que no caiga de la fe y de tu Palabra, y no me haga turco, judío o monje y santo papal, que creen y viven contra esta hermandad; sino que me aferre a un pequeño flequillo del manto de esta hermandad. Baste que hayamos creído y vivido contra ella tanto tiempo; ahora es tiempo de rogar a Dios que haga esta fe segura y firme en nosotros.

Porque si tenemos esta fe, entonces estamos sanados y librados del pecado, de la muerte y del infierno, y podemos probar todos los demás espíritus, discernir y rechazar todo error, engaño y falsa fe, y pronunciar la sentencia: El que se pone la cogulla y se rapa la cabeza para hacerse santo, o ingresa en la cofradía de los monjes, es un necio loco y sin sentido, sí, una criatura ciega, miserable, desdichada y desesperada; el que se tortura con mucho ayuno y castigo, como los frailes cartujos o los santos turcos, ya está separado de Dios y de Cristo y condenado al infierno.

Porque todo esto no es sino blasfemia y contradicción de la bienaventurada hermandad celestial de Cristo. Pueden, ciertamente, orar y leer mucho acerca de ella, como dice Is 29:13: «Este pueblo se acerca a mí con su boca», viene ante mi rostro en las iglesias, con cantos y campanas, «pero su corazón está lejos de mí». ¿Qué agrado, piensan ustedes, puede tener él en tales santos, que por fuera actúan como si fueran verdaderos hijos de Dios, leyendo y cantando el evangelio, empleando las más hermosas palabras y celebrando una gloriosa fiesta de Pascua en procesiones, con estandartes y velas, y sin embargo no procuran entenderlo ni creerlo, sino que más bien se oponen a él con su doctrina y su vida?

35 Porque si lo entendieran y creyeran, no se aferrarían a sus burlas y vanidades, sino que pisotearían de inmediato sus cogullas y cordones, y dirían: ¡Vergüenza de esta vergonzosa cofradía! ¡Al miserable diablo con ella, por oponerse a la hermandad que me enseñan el Credo y el Padrenuestro! Porque no merece atención ni aprecio.

Así Pablo, en Fil 3:5, pronuncia juicio sobre su propia vida santa en el judaísmo: Yo era, dice, un hombre piadoso e irreprensible, no solo en mi propia vana estimación, sino según la ley de Moisés; pero cuando llegué a conocer a Cristo, tuve por pérdida toda mi justicia bajo la ley, sí, no solo por pérdida, sino que la tuve por basura y por inmundicia. Yo, en efecto, pensaba que era un gran santo, que había guardado la ley estrictamente y con toda diligencia, y tenía esto por mi mayor tesoro y mi mayor ganancia; pero cuando oí de esta hermandad y herencia del Señor Jesucristo, ¡oh, cómo me abandonaron mi orgullo y la jactancia de mi propia justicia, tan por completo que ahora me estremezco ante ello y ni siquiera quiero pensar en ello!

36 Ve, él ensalza la justicia que esta hermandad nos trae de tal modo que menosprecia y desprecia por completo la vida y la santidad de todos los hombres, aun cuando esté en su mejor estado según la ley de Dios, ley que ciertamente debe guardarse, y de la cual en verdad no hay nada más digno de alabanza y mejor sobre la tierra. Y sin embargo, porque sigue siendo nuestro propio esfuerzo y vida, no puede ni debe tener la honra y la gloria de hacernos hijos de Dios y de adquirir el perdón de los pecados y la vida eterna; sino que esto se logra cuando oyes la palabra de Cristo, que dice: Buenos días, mi querido hermano; en mí tu pecado y tu muerte están vencidos, porque todo lo que he hecho, lo he hecho por ti, etc.

37 Este es el fundamento del desafío de san Pablo al pecado y a la muerte: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» 1 Co 15:55 y Os 13:14. Como si quisiera decir: En otro tiempo eran enemigos poderosos y terribles, ante los cuales todos los hombres, por santos y piadosos que fueran, tenían que temblar y desesperar; pero ¿dónde están ahora? ¿Cómo los perdí tan por completo? Pues, responde, todo ha sido sorbido y ahogado por completo en una victoria. Pero ¿dónde está la victoria, o de quién es la victoria? «Gracias sean dadas a Dios», responde en el v. 57, «que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.»

38 Esto es, ciertamente, una osadía gloriosa y grande, posible, sin embargo, solo para una fe como la de san Pablo; la cual, como él mismo lamenta, no era tan fuerte como él deseaba; aun así, ciertamente la tenía, y pudo mantenerla frente a la ira y el poder del diablo. Que nosotros no podamos hacer lo mismo y todavía estemos tan temerosos y aterrados ante la muerte y el infierno es prueba de que aún tenemos muy poca fe. Por eso tenemos más razón para impulsarnos a invocar a Dios y orar, y también a pedir con este fin las súplicas de nuestros hermanos, y a meter cada día la Palabra en nuestros corazones, hasta que también nosotros, en cierto grado, alcancemos esta seguridad.

39 Que nuestros adversarios se burlen de nosotros y digan con escarnio que no sabemos enseñar nada sino la fe, y que clamen que debemos subir mucho más alto y hacer mucho más. Pero si tuviéramos fe suficiente, pronto atenderíamos todo lo demás. Porque lo principal y más necesario, de lo cual ellos nada saben, es cómo librarse del terror del pecado, de la muerte y del infierno, y cómo adquirir una conciencia en paz ante Dios, para que podamos orar verdadera y sinceramente «Padre nuestro». Donde esto no se ha hallado, todo lo demás es en vano, aunque nos torturemos hasta la muerte con nuestras obras. Pero como todos se quedan cortos en esto, no debemos avergonzarnos de aprender y de ocuparnos de estas cosas cada día, como nos ocupamos de nuestro pan de cada día, y además debemos pedir a Dios que nos dé poder y fuerza. Amén.

Sermón para el domingo después de Pascua; Juan 20:19-31

1 Este evangelio alaba el fruto de la fe e ilustra su naturaleza y carácter. Entre los frutos de la fe están estos dos: la paz y el gozo, como escribe san Pablo a los gálatas, donde menciona en orden toda clase de frutos diciendo: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.» Gá 5:22. Así, estos dos frutos se mencionan también en nuestro texto. En primer lugar, Cristo está allí entre los discípulos, que están sentados con temor y espanto, y cuyos corazones están muy turbados a cada hora, esperando la muerte; a ellos viene y los consuela, diciendo: V.19. Paz a vosotros. Este es un fruto. En segundo lugar, de esta dulce palabra sigue el otro fruto: que los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Luego concede además a la fe poder y autoridad sobre todas las cosas en el cielo y en la tierra, y de veras la ensalza al decir: V.21. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y de nuevo: V.22, 23. Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. Consideremos ahora cada pensamiento en orden.

2 La fe, como hemos dicho a menudo, es de tal naturaleza que cada uno se apropia la resurrección del Señor Jesucristo, de la cual ya hemos dicho bastante; a saber, que no basta simplemente creer que Cristo resucitó de entre los muertos, porque esto no produce ni paz ni gozo, ni poder ni autoridad; sino que debes creer que resucitó por ti, para tu provecho, y que no fue glorificado por sí mismo, sino para ayudarte a ti y a todos los que creen en él, y que por su resurrección el pecado, la muerte y el infierno son vencidos y la victoria te es dada.

3 Esto lo significa el que Cristo entre por las puertas cerradas y se ponga en medio de sus discípulos. Porque este ponerse en pie no denota otra cosa sino que está en pie en nuestros corazones; allí está en medio de nosotros, de modo que es nuestro, pues está allí y ellos lo tienen entre ellos. Y cuando así está en pie dentro de nuestros corazones, oímos enseguida su voz amorosa que dice a las conciencias turbadas: Paz, no hay peligro; tus pecados están perdonados y borrados, y ya no te harán daño.

4 Y esta entrada la hizo el Señor aquí por puertas cerradas, atravesando madera y piedra, y dejando sin embargo todo entero, sin romper nada, y con todo llegando hasta sus discípulos. Esto ilustra cómo el Señor entra en nuestros corazones y está en pie en nosotros, a saber, por medio del oficio del ministerio. Por tanto, puesto que Dios ha mandado a los hombres predicar su Palabra, no se debe en modo alguno despreciar a un hombre mortal en cuya boca ha puesto su Palabra; no sea que nos hagamos la idea de que cada uno debe esperar un mensaje especial del cielo, y que Dios debe hablarle por la palabra de su boca. Porque si concede la fe a alguien, lo hace por medio de la predicación del hombre y de la palabra externa del hombre.

Esto es atravesar puertas cerradas: cuando entra en el corazón por la Palabra, sin romper ni desplazar nada. Porque cuando viene la Palabra de Dios, no hiere la conciencia ni trastorna el entendimiento del corazón ni los sentidos externos; como hacen los falsos maestros, que rompen todas las puertas y ventanas, irrumpiendo como ladrones, sin dejar nada entero e ileso, y pervirtiendo, falseando y dañando toda la vida, la conciencia, la razón y los sentidos. Cristo no obra así. Tal es, pues, el poder de la Palabra de Dios. Así tenemos dos partes: predicar y creer. Su venida a nosotros es la predicación; su estar en pie en nuestros corazones es la fe. Porque no basta que esté ante nuestros ojos y oídos; debe estar en medio de nosotros, en nuestros corazones, y ofrecernos e impartirnos la paz.

5 Porque el fruto de la fe es la paz; no solo la que uno tiene por fuera, sino aquella de la que habla Pablo a los filipenses (4:7), diciendo que es una paz que sobrepasa toda razón, sentido y entendimiento. Y donde esta paz existe, no se puede ni se debe juzgar según la razón. Esto lo veremos aún más adelante en nuestra lección del evangelio.

6 Primero, los discípulos están sentados allí tras puertas cerradas, con gran temor de los judíos, sin atreverse a salir, con la muerte a la vista. Por fuera, ciertamente, tienen paz, nadie les hace daño; pero por dentro sus corazones están turbados y no tienen ni paz ni descanso. En medio de su temor y angustia viene el Señor, aquieta sus corazones y los alegra, de modo que su temor desaparece, no porque se quite el peligro, sino porque sus corazones ya no temían. Pues con ello la malicia de los judíos no es quitada ni cambiada; ellos deliran y se enfurecen como antes, y por fuera todo sigue igual. Pero ellos son cambiados por dentro, y reciben tal osadía y gozo que declaran: V.25. Hemos visto al Señor. Así aquieta sus corazones, de modo que se vuelven alegres y sin temor, sin importarles cuánto se enfurezcan los judíos.

7 Esta es la verdadera paz que satisface y aquieta el corazón; no en tiempos en que no hay adversidad a la mano, sino en medio de la adversidad, cuando por fuera no hay ante los ojos más que contienda. Y esta es la diferencia entre la paz mundana y la espiritual. La paz mundana consiste en quitar el mal exterior que perturba la paz; como cuando los enemigos sitian una ciudad no hay paz, pero cuando se retiran vuelve la paz. Lo mismo ocurre con la pobreza y la enfermedad. Mientras te afligen, no estás contento; pero cuando se quitan y te libras de la angustia, vuelven la paz y el descanso desde fuera. Pero el que experimenta esto no ha cambiado, pues está igualmente pusilánime esté presente el mal o no; solo que lo siente y se asusta cuando está presente.

8 La paz cristiana o espiritual, en cambio, da la vuelta a la cosa, de modo que por fuera el mal permanece, como los enemigos, la enfermedad, la pobreza, el pecado, la muerte y el diablo. Estos están ahí y nunca desisten, rodeándonos por todos lados; sin embargo, por dentro hay paz, fuerza y consuelo en el corazón, de modo que el corazón no se preocupa por mal alguno, más aún, es en verdad más osado y gozoso en su presencia que en su ausencia. Por eso es la paz que sobrepasa y trasciende todo entendimiento y todos los sentidos. Porque la razón no puede captar paz alguna sino la paz mundana o externa, pues no puede reconciliarse con ella ni entender cómo eso es paz si el mal está presente, y no sabe cómo satisfacer y consolar a una persona; por eso piensa que si el mal se va, la paz se va también. Pero cuando viene el Espíritu, deja que la adversidad exterior permanezca, pero fortalece a la persona, haciendo intrépido al tímido, osado al que tiembla, y cambiando al turbado en una conciencia quieta y en paz; y tal persona es osada, intrépida y gozosa en las cosas que de otro modo aterran a todo el mundo.

9 ¿De dónde recibe esto? De su fe en Cristo. Porque si creo de veras en el Señor desde lo más hondo de mi corazón, de modo que mi corazón pueda decir en verdad: Mi Señor Cristo ha vencido por su resurrección mi necesidad, mi pecado, la muerte y todo mal, y estará así conmigo y en mí, de modo que el cuerpo y el alma nada echarán de menos, que tendré todo lo que necesite, y ningún mal me dañará: si creo esto, me es imposible ser pusilánime y tímido por mucho que el pecado y la muerte me opriman. Porque la fe está siempre presente y dice: ¿Te agobia el pecado, te aterra la muerte? Mira a Cristo, que murió por ti y resucitó y venció todo mal; ¿qué puede dañarte? ¿Por qué, entonces, temerás? Así también, si otras desgracias te agobian, como la enfermedad o la pobreza, aparta de ellas tus ojos, cierra la puerta a la razón y échate sobre Cristo y aférrate a él, y serás fortalecido y consolado. Si miras a Cristo y crees en él, ningún mal que pueda sobrevenirte es tan grande que pueda dañarte y hacerte desesperar. Por eso es imposible que este fruto quede afuera, donde hay fe, de modo que la paz no siga.

10 De la paz sigue ahora el otro fruto, como se enseña en este evangelio. Cuando Cristo vino a los discípulos y dijo: «¡Paz a vosotros!» y les mostró las manos y los pies, entonces los discípulos se regocijaron al ver al Señor. Sí, por cierto, tenían que alegrarse, pues ver a Cristo era el mayor gozo que el corazón del hombre puede experimentar. Hasta ahora se nos ha permitido ver nuestras manos, es decir, se nos ha enseñado a confiar en nuestras obras; esto no traía alegría. Pero ver a Cristo nos alegra. Y esto ocurre por la fe; porque así dice san Pablo en Ro 5:1-2: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.»

11 Así tenemos el fruto por el cual conocemos quiénes son verdaderos cristianos. Porque el que no tiene paz en aquello en que el mundo no halla sino inquietud, y está gozoso en aquello que en el mundo no es sino tinieblas y tristeza, todavía no es cristiano y todavía no cree. Esta verdad se canta también en esta estación por todas partes en el himno sobre la resurrección del Señor; pero casi nadie la entiende. Quien lo compuso ciertamente la entendió bien. No se detiene en que el Señor ha resucitado, cuando dice: «Cristo ha resucitado de su Pasión»; como si esto bastara, sino que nos lo aplica y añade: Alegrémonos todos en esto. Pero ¿cómo podemos alegrarnos en ello, si nada tenemos de ello y no es nuestro? Por tanto, si he de alegrarme en ello, tiene que ser mío, para que pueda reclamarlo como propiedad mía, para que me aproveche. Y finalmente concluye: Cristo será nuestro consuelo, de modo que no podemos ni podremos tener otro consuelo sino Cristo. Él quiere serlo por sí mismo y solo él, para que nos aferremos a él en todo tiempo de necesidad; porque ha vencido todo para nuestro provecho, y por su resurrección consuela a todas las conciencias turbadas y a los corazones tristes. Esto es lo que el evangelio enseña acerca de la fe y sus frutos.

12 Sigue ahora el oficio del ministerio. El poder de la fe desarrolla ahora el amor. Porque todavía no basta que yo tenga al Señor de modo que sea mío, y que halle en él todo consuelo, paz y gozo; sino que de ahora en adelante debo también hacer como él ha hecho: pues así sigue en el texto: V.21. Como me envió el Padre, así también yo os envío.

13 La primera y más alta obra de amor que un cristiano debe hacer cuando se ha hecho creyente es llevar también a otros a creer del modo en que él mismo llegó a creer. Y aquí notan que Cristo comienza e instituye el oficio del ministerio de la Palabra externa en cada cristiano; porque él mismo vino con este oficio y con la Palabra externa. Aferrémonos a esto, pues debemos admitir que se nos dijo a nosotros. De este modo el Señor quiere decir: Ya han recibido de mí bastante, paz y gozo, y todo lo que deben tener; para su persona no necesitan nada más. Por tanto, trabajen ahora y sigan mi ejemplo: como yo he hecho, así hagan ustedes. Mi Padre me envió al mundo solo por causa de ustedes, para servirles, no para mi propio provecho. Yo he terminado la obra, he muerto por ustedes y les he dado todo lo que soy y tengo; recuérdenlo y hagan ustedes igualmente, para que de ahora en adelante solo sirvan y ayuden a todos; de otro modo no tendrían nada que hacer en la tierra. Porque por la fe tienen bastante de todo. Por eso los envío al mundo como mi Padre me ha enviado a mí; a saber, que todo cristiano instruya y enseñe a su prójimo, para que también él llegue a Cristo. Con esto no se delega poder alguno exclusivamente a papas y obispos, sino que a todos los cristianos se les manda confesar públicamente su fe y también llevar a otros a creer.

14 En segundo lugar, si te has ejercitado en esta obra suprema y has enseñado a otros el recto camino de la verdad, entonces resuélvete a seguir adelante y a servir a todos. Entonces sigue el ejemplo de tu vida y de tus buenas obras; no para que con ello puedas merecer y adquirir algo, puesto que de antemano tienes todo lo necesario para la salvación. Además, Cristo da ahora un mandato: sopla sobre los discípulos y dice:

V.22, 23. Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.

15 Este es un poder grande y poderoso, que nadie puede ensalzar bastante, dado a hombres mortales de carne y hueso sobre el pecado, la muerte y el infierno, y sobre todas las cosas. También el papa se jacta en el derecho canónico de que Cristo le ha dado poder sobre todas las cosas terrenales; lo cual sería ciertamente correcto si la gente lo entendiera rectamente. Porque ellos lo aplican al gobierno civil; este no es el pensamiento de Cristo; sino que él da poder y gobierno espirituales, y quiere decir esto: Cuando ustedes digan una palabra acerca de un pecador, será dicha en el cielo, y valdrá tanto como si Dios mismo la dijera en el cielo; porque él está en su boca, por lo tanto tiene la misma fuerza que si él mismo la hablara. Ahora bien, siempre es verdad, si Cristo dice una palabra, puesto que es Señor sobre el pecado y el infierno, y te dice: Tus pecados te son perdonados, entonces tienen que ser perdonados y nada puede impedirlo. Y otra vez, si dice: Tus pecados no te serán perdonados, entonces quedan sin perdonar, de modo que ni tú, ni un ángel, ni un santo, ni criatura alguna puede perdonar tu pecado, aunque te martirizaras hasta la muerte.

16 Este mismo poder pertenece a todo cristiano, puesto que Cristo nos ha hecho a todos partícipes de su poder y dominio; y aquí el suyo no es un gobierno civil sino espiritual, y sus cristianos también gobiernan espiritualmente. Porque no dice: Esta ciudad, este país, este obispado o reino gobernarán, como hace el papa; sino que dice: Tendrán poder para perdonar y retener los pecados. Por eso este poder concierne a la conciencia, de modo que en virtud de la Palabra de Dios puedo emitir juicio sobre aquello a lo que la conciencia puede aferrarse, para que contra ello y por encima de ello ninguna criatura pueda hacer nada, ni el pecado, ni el mundo, ni Satanás. Este es el verdadero poder. Pero con ello no se me da poder para gobernar sobre asuntos temporales, sobre un país y un pueblo, externamente al modo de los gobiernos civiles, sino un poder mucho más alto y más noble, que en ningún sentido puede compararse con aquel.

17 Por eso daremos gracias a Dios de que ahora conocemos el gran poder y gloria que se nos ha dado por medio de Cristo en su Palabra clara, como también san Pablo lo alaba y ensalza grandemente a los efesios, diciendo: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo.» Ef 1:3. Y de nuevo: «Nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.» Ef 2:5-10.

18 Observen qué gran consuelo trascendente tenemos en que Dios despierta en nosotros también el mismo poder que ejerce en Cristo, y nos concede igual autoridad. Así como lo hizo sentar en los lugares celestiales, sobre todo poder y potestad y todo lo que se nombra, así nos ha investido también a nosotros del mismo poder, de modo que los que creen tienen todo poder sobre el cielo y la tierra. Esto lo tenemos en las palabras que dejó tras de sí; y son tan poderosas que, cuando las pronunciamos nosotros, valen tanto como si él mismo estuviera en la tierra y las hablara en la majestad y gloria en que ahora existe. Y este es el poder que tenemos de su resurrección y ascensión; allí nos da poder para matar y para dar vida, para entregar al diablo y para arrebatar de él.

19 Pero en este asunto hay que proceder con cuidado, y no hacer como los papas. Porque ellos han llegado al punto de tener el poder de que, como y lo que digan, así tiene que ser, porque ellos lo dicen. No, este poder tú no lo tienes, sino que solo lo tiene la Majestad divina. Ellos dicen así: Si el papa dice una palabra y dice: Tus pecados te son perdonados, están borrados, aunque no te arrepientas ni creas. Quieren decir con esto que tienen el poder de conceder y negar el cielo, de abrirlo o cerrarlo, de colocar a uno en el cielo o arrojarlo al infierno; ¡lejos de que sea así! Porque de ello se seguiría entonces que nuestra salvación dependería de las obras, la autoridad y el poder del hombre. Por tanto, puesto que esto está en conflicto con todas las Escrituras, no puede ser verdad que cuando tú abres o cierras, tenga que estar abierto o cerrado.

20 Por eso debemos entender rectamente a Cristo cuando dice: V.23. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos; que esto no establece el poder del que habla sino el de los que creen. Ahora bien, el poder del que habla y el del que cree están tan separados como el cielo y la tierra.

Dios nos ha dado la Palabra y la autoridad para hablar; pero de esto no se sigue que deba hacerse así, como también Cristo predicó y enseñó la Palabra, y sin embargo no todos los que la oyeron creyeron, y no en todas partes se hizo como él habló la Palabra, aunque era Palabra de Dios. Por tanto, el sentido de Cristo es: Tendrán el poder de hablar la Palabra y de predicar el evangelio, diciendo: El que cree tiene la remisión de sus pecados; pero el que no cree no tiene remisión de pecado. Pero ustedes no tienen el poder de crear la fe. Porque hay gran diferencia entre plantar y dar el crecimiento; como Pablo dice a los corintios: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios.» 1 Co 3:6. Por eso no tenemos autoridad para gobernar como señores, sino para ser siervos y ministros que han de predicar la Palabra, por medio de la cual incitamos a la gente a creer. Por tanto, si crees la Palabra, ganas este poder; pero si no crees, entonces lo que yo hable o predique de nada valdrá, aunque sea Palabra de Dios; y si no crees estas palabras, no es a mí sino al mismo Dios a quien tratas con deshonra y desprecio.

21 Por eso la incredulidad no es sino blasfemia, que hace a Dios mentiroso. Porque si yo digo: Tus pecados te son perdonados en nombre de Dios, y tú no lo crees, es lo mismo que si dijeras: Quién sabe si será verdad, y si hablará en serio. Con esto acusas a Dios y a su Palabra de mentira. Por eso más te vale estar lejos de la Palabra, si no la crees. Pues cuando un hombre predica su Palabra, Dios quiere que se la estime tan altamente como si él mismo la hubiera predicado. Este es, entonces, el poder dado por Dios, que todo cristiano tiene, y del cual ya hemos hablado mucho y a menudo; por eso basta con esto por ahora.

Sermón para el domingo después de Pascua; Juan 20:19-31 (2.º sermón)

I. DE LA VERDADERA PIEDAD; DE LA LEY Y LA FE.

1 En el evangelio de hoy se nos presenta cómo ha de ser la vida de un cristiano y que consta de dos partes: primero, que el Señor muestra a Tomás sus manos y sus pies; segundo, que es enviado como Cristo es enviado. Esto no es otra cosa que fe y amor, los dos pensamientos que se nos predican en todos los textos del evangelio.

2 Antes oyeron, y ¡ay!, se predica en todo el mundo, que si alguien desea hacerse justo, debe comenzar por las leyes humanas. Esto se hacía bajo el reinado del papa, y casi todos los mejores predicadores no predicaban otra cosa que cómo ha de ser uno piadoso por fuera, y acerca de las buenas obras que brillan ante el mundo. Pero esto está todavía lejos de la verdadera justicia que vale ante Dios.

3 Hay otro modo de comenzar a hacerse justo, que empieza enseñándonos las leyes de Dios, de las cuales aprendemos a conocernos a nosotros mismos, lo que somos y cuán imposible nos es cumplir los mandamientos divinos. La ley habla así: Tendrás un solo Dios, adóralo solo a él, confía solo en él, busca solo en él ayuda y consuelo. Éx 20. El corazón oye esto y, sin embargo, no puede hacerlo. ¿Por qué, entonces, manda la ley algo tan imposible? Para, como he dicho, mostrarnos nuestra incapacidad, y para que aprendamos a conocernos y a vernos como somos, como uno se ve en un espejo. Cuando ahora la conciencia, así herida por la ley de Dios, comienza a temblar y halla que no guarda el mandamiento de Dios, entonces la ley hace su obra propia; porque la verdadera misión de la ley es únicamente aterrar la conciencia.

4 Pero hay dos clases de hombres que cumplen la ley, o que se imaginan que la cumplen. La primera son los que, cuando la han oído, comienzan con obras externas; quieren realizarla y cumplirla por obras. ¿Cómo proceden? Dicen: Dios ha mandado: Tendrás un solo Dios; yo ciertamente no adoraré a otro dios; lo serviré a él y a ningún ídolo, y no tendré imagen idolátrica pagana en mi casa ni en mi iglesia; ¿por qué habría de hacerlo? Tales personas hacen ostentación con su brillante y fabricado servicio a Dios, como el clero de nuestros días, y piensan que guardan esta ley cuando doblan las rodillas y saben cantar y parlotear mucho acerca de Dios. Con esta apariencia son engañados también los pobres laicos; los siguen y quieren también obedecer la ley por sus obras. Pero el ciego guía al ciego y ambos caen en un hoyo, Lc 6:39. Esta es la primera clase, que se aferra y se imagina que guardará la ley, y sin embargo no la guarda.

5 La otra clase son los que se conocen a sí mismos por la ley y estudian lo que ella busca y requiere. Por ejemplo, cuando la ley dice: «Tendrás un solo Dios, y solo a él adorarás y honrarás», este mismo corazón medita: ¿Qué significa esto? ¿Has de doblar las rodillas? ¿O qué es tener un solo Dios? Ciertamente es algo distinto de una reverencia corporal y externa; y al fin percibe que es algo muy diferente de lo que generalmente se supone; que no es sino tener confianza y esperanza en Dios, que él ayudará y asistirá en toda angustia y aprieto, en toda tentación y adversidad, que lo salvará del pecado, de la muerte, del infierno y del diablo, sin cuya ayuda y salvación él solo nada puede hacer. Y este es el sentido de tener un solo Dios. Un corazón así, del todo humilde, desea tener a Dios; a saber, un corazón que ha quedado enteramente aterrado y sacudido por este mandamiento, y que en su angustia y aflicción huye solo a Dios.

6 Esto no pueden hacerlo ahora los hipócritas y los santos de obras, que llevan una hermosa vida ante el mundo; porque su confianza se basa solo en su propia justicia y piedad externa. Por eso, cuando Dios los ataca con la ley y hace ver a los pobres que no han guardado la ley, sí, ni lo más mínimo de ella, y cuando, abrumados por la angustia y el aprieto y una mala conciencia, perciben que las obras externas no bastarán y que guardar los mandamientos de Dios es algo muy diferente de lo que pensaban, entonces se lanzan adelante y buscan cada vez más y más, y otras y todavía otras obras, y se imaginan que con ellas aquietarán su conciencia; pero yerran gravemente el camino. De ahí viene que uno quiera hacerlo con rosarios, otro con ayunos; este con oración y aquel torturando su cuerpo; uno corre a Santiago, otro a Roma, este a Jerusalén, aquel a Aquisgrán; aquí uno se hace monje, otra monja, y buscan su fin de tantas maneras que apenas pueden enumerarse.

7 ¿Por qué hacen todo esto? Porque quieren salvarse a sí mismos, rescatarse y ayudarse. La consecuencia de esto es gran blasfemia contra Dios, pues también se jactan poderosamente de estas obras, y se envanecen y dicen: He estado tanto tiempo en una orden, he rezado tantos rosarios, he ayunado tanto, he hecho esto y aquello; Dios me dará el cielo como recompensa. Esto es, pues, tener un ídolo. Este es también el sentido de Isaías cuando dice: «Se han inclinado a la obra de sus manos», Is 2:8. No habla de piedra y madera, sino de las obras externas, que tienen apariencia de bondad y belleza ante los hombres. Estos hipócritas son bastante ingeniosos para dar la paja a Dios y guardar el trigo para sí. Esta es, pues, verdadera idolatría, como escribe san Pablo a los romanos: «Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio?» Ro 2:22. Esto es robo espiritual.

8 Por eso hallarás que no hay nada bueno en hombre alguno por sí mismo. Pero tienes esta distinción: que los rectos, en quienes la ley ha ejercido su obra, cuando sienten su enfermedad y debilidad, dicen: Dios me ayudará; confío en él; me apoyo en él; él es mi roca y mi esperanza. Pero los otros, como los hipócritas y los santos de obras, cuando la prueba, el aprieto y la angustia están a la mano, se lamentan y dicen: ¡Ay, adónde iré! Al fin tienen que desesperar de Dios, de sí mismos y de sus obras, aunque tengan muchísimas.

9 Tales son, en primer lugar, estos falsos e injustos discípulos de la ley, que presumen cumplirla con sus obras. Porque tienen apariencia y brillo por fuera, pero en sus corazones no tienen sino suciedad e inmundicia. Por eso tampoco merecen nada ante Dios, que no mira las obras externas hechas sin corazón alguno.

10 En segundo lugar, son los verdaderos y auténticos discípulos, que guardan la ley, que saben y son conscientes de que hacen el mal, y se tienen por nada, se rinden, tienen todas sus obras por inmundas a los ojos de Dios, y desesperan de sí mismos y de todas sus propias obras. Los que esto hacen no tendrán dificultad, salvo que no deben engañarse con pensamientos vanos e infructuosos ni aplazar este asunto hasta la muerte; porque si alguien lo pospone obstinadamente hasta la muerte, tendrá un triste porvenir.

11 Pero debemos cuidar de no desesperar, aunque todavía sintamos inclinaciones pecaminosas y no seamos tan puros como quisiéramos. No barrerás enteramente de tu corazón toda esta basura, porque todavía somos carne y sangre. Esto sí puede hacerse ciertamente: se pueden impedir las malas obras externas y evitar palabras y obras carnales y vergonzosas, aunque se logre con dificultad. Pero nunca sucederá aquí que estés libre de la concupiscencia y de la mala inclinación. San Jerónimo emprendió arrancar tales inclinaciones de su corazón con oración, ayuno, trabajo y tortura del cuerpo; pero descubrió lo que logró: de nada sirvió, la concupiscencia permaneció. Las obras y las palabras pueden refrenarse, pero los deseos y las inclinaciones nadie puede desarraigarlos de sí mismo.

12 En suma, si deseas alcanzar la verdadera justicia que vale ante Dios, debes desesperar del todo de ti mismo y confiar solo en Dios; debes entregarte por completo a Cristo y aceptarlo, de modo que todo lo que él tiene sea tuyo, y todo lo que es tuyo llegue a ser suyo. Porque de esta manera comienzas a arder en amor divino y te haces otro hombre, completamente nacido de nuevo, y todo lo que hay en ti se convierte. Entonces tendrás tanto deleite en la castidad como antes tenías placer en la impureza, y así con todos los deseos e inclinaciones.

13 Esta es, pues, la primera obra de Dios: que nos conozcamos a nosotros mismos, cuán condenados, miserables, débiles y enfermizos somos. Es entonces bueno y voluntad de Dios que un hombre se desanime y desespere de sí mismo cuando oye: Esto harás y aquello harás. Porque cada uno debe sentir y experimentar en sí mismo que no lo hace y no puede hacerlo. La ley ni puede ni está destinada a darte este poder de obedecerla; sino que produce lo que dice san Pablo: «La ley produce ira», Ro 4:15, es decir, la naturaleza se enfurece contra la ley y desearía que la ley no existiera.

14 Por eso los que presumen satisfacer la ley con obras externas se hacen hipócritas; pero en los otros produce solo ira y hace que los pecados aumenten, como dice san Pablo en otro lugar: «El poder del pecado, la ley.» 1 Co 15:56. Porque la ley no quita el pecado, sí, multiplica el pecado y hace que yo sienta mi pecado. Así dice de nuevo a los corintios: «La letra mata», 2 Co 3:6, es decir, la ley obra muerte en ti; en otras palabras, te reduce a nada; «mas el Espíritu vivifica». Porque cuando él viene por el evangelio, la ley ya está cumplida, como oiremos.

15 Por eso el mundo yerra cuando intenta hacer justos a los hombres por medio de leyes; de tales esfuerzos solo resultan simuladores e hipócritas. Pero invierte esto y di como dice san Pablo: La ley produce pecado. Porque la ley no me ayuda lo más mínimo, salvo en que me enseña a conocerme; allí no hallo sino pecado; ¿cómo, entonces, habría de quitar el pecado? Veremos ahora cómo se expone este pensamiento en este evangelio. El texto dice:

V.19. Cuando fue la tarde de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos, por miedo de los judíos.

16 ¿Qué temen los discípulos? Temen la muerte; sí, estaban en medio mismo de la muerte. ¿De dónde les venía su temor de la muerte? Del pecado, porque si no hubieran pecado, no habrían temido. Ni la muerte podría haberles dañado; porque el aguijón de la muerte, con el cual mata, es el pecado, 1 Co 15:56. Pero ellos, como todos nosotros, aún no tenían un verdadero conocimiento de Dios. Porque si hubieran estimado a Dios como Dios, habrían estado sin temor y en seguridad; como dice David: «¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.» Sal 139:7-10. Y como dice en otro lugar: «En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado.» Sal 4:8. Es fácil morir si creo en Dios; pues entonces no temo muerte alguna. Pero el que no cree en Dios tiene que temer la muerte, y nunca puede tener una conciencia gozosa y segura.

17 Ahora bien, Dios nos empuja a esto poniendo delante de nosotros la ley, para que por la ley lleguemos al conocimiento de nosotros mismos. Porque donde no hay este conocimiento, nadie puede jamás salvarse. El que está sano no necesita médico; pero si un hombre está enfermo y desea sanar, debe saber que está débil y enfermo, de otro modo no se le puede ayudar. Pero si uno es necio y se niega a tomar el remedio que lo restablecería a la salud, ciertamente tiene que morir y perecer. Pero nuestros papistas nos han cerrado los ojos, de modo que no fuimos obligados, ni pudimos, conocernos a nosotros mismos, y dejaron de predicar el verdadero poder de la ley. Porque donde la ley no se predica debidamente, no puede haber conocimiento de uno mismo.

18 David tenía tal conocimiento cuando dijo: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio. He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.» Sal 51:1 ss. Como si David quisiera decir: Mira, estoy formado de tal carne y sangre, que de suyo es pecado, que no puedo sino pecar. Porque aunque refrenes tus manos y pies o tu lengua para que no pequen, las inclinaciones y deseos permanecen siempre, porque la carne y la sangre están presentes, vayas adonde vayas, a Roma o a Santiago.

19 Si ahora un corazón recto que llega al punto de conocerse a sí mismo es alcanzado por la ley, ciertamente no comenzará ni buscará ayudarse a sí mismo con obras; sino que confiesa su pecado y desamparo, su flaqueza y enfermedad, y dice: Señor Dios, soy un pecador, un transgresor de tus divinos mandamientos: ayuda tú, porque estoy perdido. Ahora bien, cuando un hombre está en tal temor y clama así a Dios, Dios no puede dejar de ayudarlo; como en este caso Cristo no estuvo mucho tiempo ausente de los discípulos atormentados por el temor; sino que pronto está presente, los consuela y dice: V.19. ¡Paz a vosotros! Tengan ánimo; soy yo; no teman. Lo mismo sucede ahora. Cuando llegamos al conocimiento de nosotros mismos por la ley y estamos ya en profundo temor, Dios nos despierta y hace que se nos predique el evangelio, por el cual nos da una conciencia gozosa y segura.

20 Pero ¿qué es el evangelio? Es esto: que Dios ha enviado a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores, Jn 3:16, y para aplastar el infierno, vencer la muerte, quitar el pecado y satisfacer la ley. Pero ¿qué debes hacer tú? Nada sino aceptar esto y mirar a tu Redentor y creer firmemente que ha hecho todo esto para tu bien y te da todo gratuitamente como tuyo, de modo que en los terrores de la muerte, del pecado y del infierno puedas decir con confianza y apoyarte con osadía en ello, y decir: Aunque no cumplo la ley, aunque el pecado todavía está presente y temo la muerte y el infierno, sin embargo sé por el evangelio que Cristo me ha concedido todas sus obras. Estoy seguro de que no mentirá, su promesa la cumplirá ciertamente. Y como señal de ello he recibido el bautismo. Porque dice a sus apóstoles y discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.» Mr 16:15-16. En esto ancoro mi confianza. Porque sé que mi Señor Cristo ha vencido la muerte, el pecado, el infierno y el diablo, todo para mi bien. Porque era inocente, como dice Pedro: «El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca.» 1 P 2:22. Por eso el pecado y la muerte no pudieron matarlo, el infierno no pudo retenerlo, y él se ha hecho su Señor y ha concedido esto a todos los que lo aceptan y creen. Todo esto se realiza no por mis obras o méritos, sino por pura gracia, bondad y misericordia.

21 Ahora bien, quien no se apropie esta fe tiene que perecer; y quien posea esta fe será salvo. Porque donde está Cristo, vendrá el Padre y también el Espíritu Santo. Habrá entonces pura gracia, ninguna ley; pura misericordia, ningún pecado; pura vida, ninguna muerte; puro cielo, ningún infierno. Allí me consolaré con las obras de Cristo, como si yo mismo las hubiera hecho. Allí ya no me preocuparé por cogullas ni tonsuras, por Santiago ni Roma, por rosarios ni escapularios, por oraciones ni ayunos, por sacerdotes ni monjes.

22 ¡Mira cuán hermosa es la confianza hacia Dios que surge en nosotros por medio de Cristo! Puedes ser rico o pobre, estar enfermo o sano, y siempre dirás: Dios es mío, estoy dispuesto a morir; porque esto es agradable a mi Padre, y la muerte no puede dañarme; es sorbida en victoria, como dice san Pablo en 1 Co 15:57, aunque no por medio de nosotros, sino: «Gracias sean dadas a Dios», dice, «que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.» Por eso, aunque tenemos que morir, no tememos la muerte, porque su poder y fuerza están quebrantados por Cristo, nuestro Salvador.

23 Así, pues, entienden que el evangelio no es sino predicación y buenas nuevas de cómo Cristo entró en las angustias de la muerte por nosotros, tomó sobre sí todos nuestros pecados y los abolió; no porque le fuera necesario hacerlo, sino porque agradó al Padre; y que nos ha concedido todo esto, para que nos afirmemos osadamente sobre ello contra el pecado, la muerte, Satanás y el infierno. De ahí surge un gran gozo indecible, como el que los discípulos experimentan aquí. El texto dice: V.20. Los discípulos se regocijaron cuando vieron al Señor; no a un Señor que les infundiera terror o los cargara de labor y fatiga, sino que velaba por ellos y cuidaba de ellos como un padre es señor de su hacienda y cuida de los suyos. Sí, entonces se regocijaron sobre todo por causa de él, cuando les habló: «¡Paz a vosotros! Soy yo», y cuando les mostró sus manos y sus pies, es decir, sus obras, todas las cuales habían de ser de ellos.

24 De la misma manera viene todavía a nosotros por el evangelio, nos ofrece paz y nos concede sus obras: si creemos, las tenemos; si no creemos, no las tenemos. Porque las manos y los pies del Señor no significan realmente sino sus obras, que ha hecho aquí en la tierra por los hombres. Y el mostrar su costado no es sino mostrar su corazón, para que veamos cuán bondadoso, amoroso y paternal es su ánimo hacia nosotros. Todo esto se nos presenta en el evangelio tan cierta y claramente como se reveló y mostró corporalmente a los discípulos en nuestro texto. Y es mucho mejor que se haga por el evangelio que si ahora entrara aquí por la puerta; porque no lo conocerías, aunque lo vieras en pie delante de ti, mucho menos aún de lo que lo reconocieron los judíos.

25 Este es el verdadero camino para hacerse justo: no por mandamientos humanos, sino guardando los mandamientos de Dios. Ahora bien, nadie puede hacer esto sino por la fe en Cristo solo. De ella fluye el amor, que es el cumplimiento de la ley, como dice san Pablo en Ro 13:10. Y esto no resulta del ejercicio de virtudes y buenas obras, como se enseñó hasta ahora, lo cual produjo solo verdaderos mártires de Satanás e hipócritas; sino que la fe hace justo, santo, casto, humilde, etc. Porque, como dice Pablo a los romanos: «El evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.» Ro 1:16-17. Como si san Pablo dijera: Sus obras no los salvarán, pero el evangelio sí, si creen; su justicia no es nada, pero la justicia de Cristo vale ante Dios; el evangelio habla de esto y ningún otro escrito lo hace. Quien, pues, quiera vencer la muerte y borrar los pecados con sus obras, dice que Cristo no ha muerto; como dice san Pablo a los gálatas: «Si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.» Gá 2:21. Y los que predican de otro modo son lobos y seductores.

26 Esto se ha dicho de la primera parte de nuestro evangelio, para mostrar cuál ha de ser nuestra actitud hacia Dios: a saber, que hemos de aferrarnos a él con fe; y muestra cuál es la verdadera justicia que vale ante Dios y cómo se alcanza: a saber, por la fe en Cristo, que nos ha redimido de la ley, de la muerte, del pecado, del infierno y del diablo; y que nos ha dado gratuitamente todo esto para que nos apoyemos en ello desafiando a la ley, la muerte, el pecado, el infierno y el diablo. Sigue ahora cómo hemos de conducirnos con nuestro prójimo; esto también se nos muestra en el texto, donde el Señor habla así:

II. DEL AMOR AL PRÓJIMO.

V.21. Como me envió el Padre, así también yo os envío.

27 ¿Por qué envió Dios el Padre a Cristo? Por ningún otro propósito que hacer la voluntad del Padre, a saber, redimir al mundo. No fue enviado para merecer el cielo con buenas obras ni para hacerse justo con ellas. Hizo muchas buenas obras, sí, toda su vida no fue otra cosa que un continuo hacer el bien. Pero ¿para quién lo hizo? Para la gente que lo necesitaba, como leemos aquí y allá en los evangelistas; porque todo lo que hizo, lo hizo con el fin de servirnos. «Como me envió el Padre», dice aquí, «así también yo os envío». Mi Padre me ha enviado a cumplir la ley, a tomar sobre mí el pecado del mundo, a matar la Muerte y a vencer el infierno y al diablo; no por mí mismo, pues no lo necesito; sino todo por ustedes y en su favor, para servirles. Así también harán ustedes.

28 Por la fe lograrán todo esto. Los hará justos ante Dios y los salvará, y asimismo vencerá la muerte, el pecado, el infierno y el diablo. Pero esta fe han de mostrarla en el amor, de modo que todas sus obras se dirijan a este fin; no para que busquen merecer algo con ellas, porque todo en el cielo y en la tierra es de ustedes de antemano; sino para que con ellas sirvan a su prójimo. Porque si no dan tales pruebas de fe, es cierto que su fe no es recta. No que las buenas obras se nos manden con esta Palabra; porque donde la fe en el corazón es recta, no hay necesidad de mandar mucho que se hagan buenas obras; ellas siguen por sí mismas. Pero las obras de amor son solo una prueba de la existencia de la fe.

29 Este es también el propósito de san Pedro cuando nos exhorta en 2 P 1:5 a poner toda diligencia para hacer segura nuestra fe y probarla con nuestras buenas obras. Pero las buenas obras son las que hacemos a nuestro prójimo sirviéndole, y lo único que se exige a un cristiano es amar. Porque por la fe ya es justo y salvo; como dice san Pablo en Ro 13:8: «No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.» Por eso Cristo dice a sus discípulos en Jn 13:34-35: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.»

30 De este modo hemos de dar prueba de nosotros ante el mundo, para que todos vean que guardamos el mandamiento de Dios; y no para ser salvos o hacernos justos con ello. Así, pues, obedezco al gobierno civil porque sé que Cristo fue obediente al gobierno, y sin embargo no tenía necesidad de serlo; lo hizo solo por nosotros. Por eso yo también lo haré por Cristo y en favor de mi prójimo, y por la única razón de probar mi fe por mi amor; y así por todos los mandamientos. De esta manera nos exhortan los apóstoles a las buenas obras en sus escritos; no para que nos hagamos justos y seamos salvos por ellas, sino solo para probar nuestra fe tanto a nosotros mismos como a otros, y hacerla segura. El evangelio continúa:

V.22, 23. Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.

31 Este poder se da aquí a todos los cristianos, aunque algunos se lo han apropiado solo para sí, como han hecho el papa, los obispos, los sacerdotes y los monjes: declaran pública y arrogantemente que este poder fue dado solo a ellos y no a los laicos. Pero Cristo no habla aquí ni de sacerdotes ni de monjes, sino que dice: «Recibid el Espíritu Santo.» Quien tiene el Espíritu Santo, se le da poder, es decir, a todo el que es cristiano. Pero ¿quién es cristiano? El que cree. Quien cree tiene el Espíritu Santo. Por eso todo cristiano tiene el poder que en este caso tienen el papa, los obispos, los sacerdotes y los monjes: perdonar los pecados o retenerlos.

32 ¿Oigo entonces que puedo instituir la confesión, bautizar, predicar y administrar la Cena del Señor? No. San Pablo dice en 1 Co 14:40: «Pero hágase todo decentemente y con orden.» Si todos quisieran oír confesión, bautizar y administrar la Cena del Señor, ¿qué orden habría? Asimismo, si todos quisieran predicar, ¿quién escucharía? Si todos predicáramos al mismo tiempo, ¡qué balbuceo confuso sería, como el ruido de las ranas! Por eso ha de observarse el siguiente orden: la congregación elegirá a uno que sea idóneo, y él administrará la Cena del Señor, predicará, oirá confesión y bautizará. Es cierto que todos tenemos este poder; pero nadie debe atreverse a ejercerlo públicamente, salvo el que ha sido elegido por la congregación para ello. Pero en privado puedo ejercerlo libremente. Por ejemplo, si mi prójimo viene y dice: Amigo, tengo la conciencia cargada; pronuncia sobre mí la absolución; entonces soy libre de hacerlo, pero digo que debe hacerse en privado. Si yo tomara asiento en la iglesia, y otro y todos oyeran confesión, ¿qué orden y armonía habría? Tomemos una ilustración: si hay muchos herederos entre la nobleza, con el consentimiento de todos los demás eligen a uno, que solo administra la hacienda en favor de los otros; porque si cada uno quisiera gobernar el país y el pueblo, ¿cómo sería? Sin embargo, todos tienen igualmente el poder que tiene el que gobierna. Así también es con este poder de perdonar los pecados y de retenerlos.

33 Pero esta palabra, perdonar los pecados o retener los pecados, concierne a los que confiesan y reciben más que a los que han de impartir la absolución. Y con ello servimos a nuestro prójimo. Porque de todos los servicios el mayor es librar del pecado, librar del diablo y del infierno. Pero ¿cómo se hace esto? Por el evangelio, cuando se lo predico a una persona y le digo que se apropie las palabras de Cristo y crea firmemente que la justicia de Cristo es suya y sus pecados son de Cristo. Este, digo, es el mayor servicio que puedo prestar a mi prójimo.

34 Maldita sea la vida en que uno vive solo para sí mismo y no para su prójimo; y, al contrario, bendita sea la vida en que uno no vive para sí mismo sino para su prójimo y le sirve enseñando, reprendiendo, ayudando y de cualquier manera y medio. Si mi prójimo yerra, debo corregirlo; si no puede seguirme de inmediato, debo entonces soportarlo con paciencia; como hizo Cristo con Judas, que tenía la bolsa con el dinero y se descarrió y robó de ella. Cristo lo sabía muy bien; sin embargo tuvo paciencia con él, lo amonestó con diligencia, aunque de nada sirvió, hasta que él mismo se deshonró.

35 Así hemos de cuidar de hacerlo todo en favor de nuestro prójimo, y tener siempre presente que Cristo ha hecho esto y aquello por mí; ¿por qué no habría yo también, por amor a él, de hacerlo todo gratuitamente por mi prójimo? Y cuiden de que todas las obras que hagan no se dirijan a Dios, sino a su prójimo. Quien sea gobernante, príncipe, alcalde, juez, no piense que es gobernante para ganar con ello el cielo ni para buscar su propia ventaja, sino para servir al público. Y así con las otras obras que me propongo hacer para el bien de mi prójimo. Por ejemplo, si tomo esposa, me hago cautivo; ¿por qué hago esto? Para no hacer daño a la esposa y a las hijas de mi prójimo, y así sujetar mi cuerpo; y así con todas las demás obras.

36 Así, pues, tienen bellamente retratados en este evangelio, como en casi todas las lecciones del evangelio, estos dos pensamientos: fe y amor. Por la fe pertenecemos arriba a Dios; por el amor abajo a nuestro prójimo. Para que nos aferremos así a esta verdad, ¡que Dios nos dé su ayuda! Amén.

Sermón para el domingo después de Pascua: el fruto de la resurrección de Cristo y el oficio de las llaves; Juan 20:19-31 (3.º sermón)

EL FRUTO DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO Y LA AUTORIDAD Y EL OFICIO DE LAS LLAVES QUE CRISTO EJERCIÓ.

I. EL FRUTO DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.

1 La primera parte de esta lección del evangelio es la misma narración que oímos en el evangelio del martes después de Pascua. El suceso ocurrió la tarde del día de Pascua, llamado por los evangelistas el primer día de reposo, cuando Cristo se apareció por primera vez a sus discípulos atemorizados, que estaban todos reunidos, salvo Tomás, y los consoló y los fortaleció en la fe de su resurrección. Así oímos de nuevo cuál es el poder y el beneficio de la resurrección de Cristo, a saber, que Cristo, cuando viene con un sermón semejante, trae paz y gozo; y estos son los verdaderos frutos de la fe, como los menciona san Pablo entre los demás frutos del Espíritu en Gá 5:22.

2 Porque al llegar encuentra a sus discípulos todavía sentados en el temor y el espanto, tanto por fuera, a causa de los judíos, como por dentro, a causa de sus conciencias, y además muy débiles y tardos de corazón para creer, aunque habían oído de las mujeres y de algunos de los discípulos que había resucitado de los muertos. Pero mientras esto entristecía sus corazones y hablaban entre sí sobre ello, he aquí que Cristo aparece y los saluda con el amistoso saludo según la costumbre hebrea, v. 19. Paz a vosotros. Lo cual, en nuestro idioma, significa desear a alguien todo bien. Porque llamamos paz a aquello donde todo va bien, el corazón está contento y reina la prosperidad. Este es el gozoso mensaje que Cristo trae siempre consigo, pues lo repite por segunda y tercera vez en esta narración.

3 Pero esta paz de Cristo es muy secreta y oculta a los ojos y a los sentidos, pues no es de la naturaleza que el mundo imagina y busca, ni como la entienden la carne y la sangre. Porque los cristianos, por causa de Cristo, nunca pueden esperar paz alguna ni bien alguno de sus enemigos, el diablo y el mundo. Deben sufrir a diario la desgracia y la contienda, pues el diablo los alarma, los aflige y los hostiga con los terrores del pecado y de su castigo; el mundo, con su persecución y su tiranía; y la carne, con su propia debilidad, impaciencia, etc. Por eso esta no es una paz visible o tangible, que consista en una sensación corporal, sino una paz interior y espiritual, que consiste en la fe, la cual no se aferra ni se sostiene de nada sino de lo que oye en nuestro texto, a saber, estas palabras llenas de gracia de Cristo, que dice a todas las almas atemorizadas y turbadas: «Pax tibi; paz a ti. No temas», etc. Y tal cristiano, por lo tanto, está contento y satisfecho con tener a Cristo por amigo y con tener un Dios misericordioso que desea su constante bienestar, aunque, hablando en términos materiales, no tenga paz en el mundo, sino continua lucha y contienda. Esta es la paz de la que habla san Pablo en Fil 4:7: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús», y de la que Cristo dice en Jn 16:33: «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción», etc.

4 Porque el diablo no permitirá que un cristiano tenga paz; por eso Cristo debe concedérsela de una manera distinta de aquella en que el mundo la tiene y la da: él aquieta el corazón y quita de dentro el temor y el espanto, aunque por fuera permanezcan la contienda y la desgracia. Y esto lo vemos en el ejemplo de estos discípulos de Cristo, que están en gran temor a causa de los judíos; están tras puertas cerradas con cerrojo, sin atreverse a salir, y en constante temor de la muerte. Aunque tienen paz por fuera y nadie los molesta, sin embargo sus corazones están agitados y no tienen ni descanso ni paz. Mientras están así en el temor y el espanto, entra el Señor; aquieta sus corazones y les trae paz, no quitando el peligro, sino aquietando sus corazones. Pues la maldad de los judíos no es quitada ni cambiada por ello, ya que están tan llenos de odio y de furia como antes, y por fuera no hay ningún cambio; pero por dentro los discípulos son cambiados, se han vuelto valientes y audaces, y el odio de los judíos les importa ya muy poco.

5 Esta es la verdadera paz, que puede calmar el corazón, no en tiempo de buena fortuna, sino en medio de la desgracia, cuando por fuera no hay más que contienda. Pues aquí está la diferencia entre la paz mundana y la espiritual. La paz mundana consiste en quitar los males externos que causan la contienda; por ejemplo, cuando unos enemigos sitian una ciudad, hay guerra, pero cuando se van, vuelve la paz. Así también, cuando te oprimen la pobreza y la enfermedad, no estás contento, pero cuando son quitadas y te ves libre externamente de la desgracia, estás de nuevo en paz y reposo. Pero el que soporta esto no ha sido cambiado; sigue tan desanimado cuando estas cosas existen como cuando no existen, con la única diferencia de que las siente y le oprimen cuando están presentes.

6 Pero con la paz cristiana o espiritual encontramos condiciones exactamente opuestas, a saber, que los males de fuera permanecen, como los enemigos, la enfermedad, la pobreza, el pecado, el diablo y la muerte. Están siempre presentes y nos rodean; sin embargo hay paz interior, fuerza y consuelo en el corazón, de modo que el corazón no se preocupa por la desgracia, sí, está aún más valiente y gozoso en su presencia que en su ausencia. Por eso puede llamarse con toda razón una paz que sobrepasa todo entendimiento. Porque la razón no entiende ni busca otra paz que la que viene de fuera mediante los bienes que el mundo puede dar, pero que no sabe aquietar ni consolar el corazón en tiempos de necesidad, cuando todo lo demás falla. Pero cuando Cristo viene, no cambia las circunstancias externas desagradables, sino que fortalece a la persona y hace de un corazón temeroso un corazón sin miedo, de un corazón trémulo un corazón audaz, y de una conciencia inquieta una conciencia pacífica y tranquila, de modo que la persona es valiente, audaz y gozosa en medio de aquellas cosas en las que de otro modo todo el mundo se aterra; es decir, en la muerte, en el terror del pecado y en toda angustia, en las cuales el mundo con su consuelo y sus bienes no puede prestar ayuda alguna. Esta es, pues, una paz verdadera y constante, que permanece para siempre y es invencible mientras el corazón se aferre a Cristo.

7 Por lo tanto, esta paz no es otra cosa que la certeza del corazón de que tiene un Dios misericordioso y el perdón de los pecados, pues sin esto no puede mantenerse en el tiempo de necesidad y de peligro, ni quedar satisfecho con ninguna fortuna terrenal.

8 Pero esto sucede y se cumple solo cuando Cristo nos muestra sus manos y su costado; es decir, cuando nos muestra por medio de la Palabra cómo fue crucificado por nosotros y derramó su sangre y murió, para pagar la deuda de nuestros pecados y reconciliar y apartar la ira de Dios. Esta es la señal segura que consuela la conciencia y el corazón atemorizados y da certeza de la gracia divina y del perdón del pecado. Estas señales las muestra para que nunca duden, sino que estén seguros de que es él mismo, que no está airado con ellos, sino que es su amado Salvador; pues esta paz no la captan ellos tan fácilmente, ni ninguna conciencia turbada, mientras estén aterrados y en el combate. Por eso viene y los fortalece tanto con la Palabra como con señales visibles.

9 Esto lo hace todavía constantemente después de su resurrección, no de manera visible, sino por la voz del ministerio, a la cual hemos de creer aunque no lo veamos, como él mismo dice al final de este evangelio, y por la cual muestra también cómo derramó su sangre por nosotros; pues basta ciertamente con que lo mostrara una vez a sus discípulos, para fortalecer su fe y la nuestra y para mostrar que verdaderamente ha resucitado y es el mismo Cristo que por nosotros fue clavado en la cruz y traspasado.

10 Por lo tanto, lo segundo que sigue al amistoso saludo de Cristo, o al ofrecimiento de la paz, y al mostrar sus manos y su costado, si se recibe por la fe, se llama gozo, como dice el texto: v. 20. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Porque es en verdad el mayor gozo que el corazón del hombre puede experimentar volver a ver y reconocer a Cristo, que antes había estado muerto para él, y con quien habían huido todo consuelo y todo gozo; y poder ahora tener de nuevo en él el consuelo gozoso, y saber que tiene en él un amado Salvador, y que por medio de él ha hallado gracia y consuelo delante de Dios contra todo el terror del pecado y de la muerte, y contra el poder del mundo y del infierno. Esto es lo que quiere decir san Pablo en Ro 5:1: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes», etc.

11 De esto cantamos también en este tiempo en el antiguo himno de Pascua sobre la resurrección del Señor: «Cristo ha resucitado de todas sus angustias», porque no solo se nos cuenta la historia de su resurrección, sino que se nos acerca y se nos dice que nos regocijemos en ella como en nuestro tesoro y salvación, por la cual tenemos paz y todo buen don de Dios. Pues ¿cómo podríamos regocijarnos en él, si nada tuviéramos de él ni nos apropiáramos como posesión propia de lo que ha hecho por nosotros? Por eso quiere también enseñarnos que Cristo es nuestro consuelo, y este consuelo debemos ciertamente obtenerlo y no desear otro en el cual podamos apoyarnos en todo tiempo de necesidad. Porque por su resurrección lo ha vencido todo y nos otorga como propio todo lo que ha hecho y sufrido.

12 Pero del hecho de que Cristo venga a los discípulos por la puerta cerrada, hemos de aprender que después de su resurrección y en su reino aquí en la tierra ya no está atado a las cosas corporales, visibles, tangibles y mundanas, como el tiempo, el lugar, el espacio y semejantes, sino que ha de ser reconocido y creído como uno que por su poder puede reinar en todas partes, que puede estar presente con nosotros en todos los lugares y en todo tiempo, cuando y donde sea necesario, y que nos ayudará sin ser cautivado ni estorbado por el mundo y su poder.

13 En segundo lugar, muestra también que dondequiera que viene con su gobierno y reinado, por el oficio de la Palabra, no viene con gran ruido, con tormenta y alboroto, sino muy ordenadamente; sin cambiar ni quebrantar nada en los asuntos externos de la vida y del gobierno humanos. Simplemente permite que estas cosas permanezcan en su condición y oficio tal como las encuentra, y gobierna a la cristiandad de tal manera que el gobierno ordenado ni se abole ni se debilita sobre la tierra. Así no trastorna ni desplaza nada en el hombre, ni sus sentidos ni su razón; pero ilumina y cambia para mejor su corazón y su razón.

14 El diablo, por el contrario, lo desorganiza y arruina todo por medio de sus espíritus sediciosos y perturbadores, sus siervos estrepitosos y alborotadores, tanto en el gobierno y la vida externos y mundanos como internamente en los corazones de los hombres, a quienes vuelve verdaderamente locos y ciegos por medio de sus espíritus malignos, como lo hemos experimentado ahora con sus profetas sublevados, fanáticos y anabaptistas.

15 Así trata la primera parte de este evangelio de cómo Cristo consuela y alegra a sus queridos discípulos por su resurrección, y los resucita, junto con él, de la pesada muerte y tristeza de sus corazones, en la que Cristo estaba ahora perdido y eternamente muerto para ellos. Y como ahora tienen este beneficio y fruto, y para que este poder y consuelo de la resurrección sea dado a conocer a otros, él continúa y da el mandato de difundirlo en el mundo por medio de su oficio, como leemos:

II. EL GOBIERNO Y EL OFICIO DE LAS LLAVES QUE CRISTO INSTITUYÓ.

V.21-23. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.

16 El Señor muestra con estas palabras lo que llevó a cabo por su resurrección, a saber, que estableció un gobierno que no ha de tener nada que ver con el dinero y el oro, ni con nada de lo que pertenece a la vida temporal, ni con cómo hemos de adquirirlos y conservarlos. Porque tal gobierno ya existía, establecido desde el principio del mundo y sometido a la razón del hombre por medio de la Palabra de Dios, como dice en Gn 1:28: «Señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.» Este es el antiguo gobierno, en el cual el poder mundano legisla y ejecuta, para lo cual no se necesita al Espíritu Santo, y sobre el cual poco hay que enseñar en el cristianismo. Los juristas pueden aconsejar y ayudar sobre cómo ha de llevarse a cabo.

17 Pero además de este hay otro gobierno, que está por encima de la conciencia y se ocupa de las cosas que se refieren a Dios. Este gobierno es de dos clases: uno fue fundado por Moisés, y el otro lo estableció aquí el Señor, cuando dijo: «Como me envió el Padre, así también yo os envío», etc. El gobierno de Moisés sirve para enseñarnos qué es pecado y qué no lo es, y pertenece a los que no conocen ni sienten el pecado, como en el presente los antinomianos, que dicen que no hay que predicar la ley. Es inútil enseñar mucho de la gracia entre esta gente, pues si no se predica la ley, no podemos conocer el pecado, como dice san Pablo: «Sin la ley el pecado está muerto», lo cual significa que donde no hay ley no hay transgresión; porque el pecado, por grande que sea, y la ira de Dios, solo se conocen por la ley. Por eso, cuando no se predica la ley, la gente se vuelve perfectamente pagana y piensa que obra bien, aunque peque gravemente contra el mandamiento de Dios.

18 La autoridad mundana puede ciertamente castigar y refrenar el pecado manifiesto; pero lo hace muy poco, aunque recurra a todos los libros de los juristas para ilustrar o enseñar qué es el pecado delante de Dios. Por eso se dio la ley, para que la gente aprenda de ella qué es pecado. Donde el pecado permanece desconocido no podemos entender, y menos aún desear, el perdón y la gracia. Sí, aun la gracia misma no sirve entonces de nada, pues la gracia debe combatir y vencer en nosotros contra la ley y el pecado, para que no desesperemos. Es como un buen médico, que debe ser experimentado en su profesión, para conocer primero la naturaleza de la enfermedad, pues de otro modo, si quisiera ayudar al paciente sin conocer la causa del mal, podría darle un veneno peligroso en lugar de una medicina provechosa. Así el pecado debe ser conocido y experimentado primero antes de que podamos predicar la gracia. Pero la ley es necesaria para obtener tal conocimiento, y es necesario instruir al pueblo en el catecismo y enseñarle con diligencia los diez mandamientos. Porque, como ya he dicho, la razón humana, con toda su sabiduría y toda la habilidad del jurista, es incapaz de alcanzar este conocimiento. Y aunque hay implantado en ella un poco de este conocimiento, es demasiado insignificante; por eso Dios estableció la predicación de la ley de Moisés, que él había recibido primero de los patriarcas.

19 Tal predicación la instituyó Cristo mismo, cuando mandó a sus discípulos, como hemos oído en la última lección del evangelio, predicar primero el arrepentimiento en su nombre; y Jn 16:8 dice: «Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado», etc., pues aunque en realidad pertenece al gobierno de Moisés poner al descubierto el pecado, sin embargo, para que Cristo pueda llegar a su gobierno y obrar, el comienzo debe hacerse predicando la ley donde no hay conciencia de pecado; porque donde eso no se hace, el pecado no puede ser perdonado.

20 El otro gobierno o reino es el fundado sobre la resurrección de Cristo, pues por ella quiso establecer un reino nuevo que se ocupa del pecado despertado por la ley, y de la muerte y del infierno. Este no nos enseña nada sobre el matrimonio, la casa, el gobierno de una ciudad y de un país, cómo conservar la paz mundana, cómo edificar y plantar, etc., sino que su fin es mostrarnos dónde podemos permanecer cuando este reino temporal y perecedero y esta existencia hayan pasado, cuando debamos dejar atrás bienes, honra, casa, hacienda, mundo y todo lo que hay sobre la tierra, junto con esta vida, como lo esperamos a cada momento. Ahora bien, para esto ha sido establecido el reino de Cristo, que está entronizado como Rey eterno, para que sea Señor sobre el pecado y la justicia, sobre la muerte y la vida. Su reino tiene que ver con estas cosas y ha de regirlas. Esto es lo que el Señor quiere decir cuando dice: «Recibid el Espíritu Santo: a quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.» Aquí puedes ver que su propósito es librar a la gente del pecado, o dejarla permanecer en el pecado y mostrar que está condenada.

21 Ciertamente no podemos decir que con ello haya fundado un reino mundano, como se jacta el papa de su poder de las llaves, de que tiene poder para desatar y atar aun lo que no es pecado, sí, aun lo que Cristo ni ata ni desata, haciendo así de ello un poder mundano. Pero Cristo muestra aquí con bastante claridad cuáles son sus llaves, a saber, que no son para hacer leyes y volver a abolirlas, como hace el papa, sino para remitir o retener el pecado. Quiere decir: Para esto existirá mi reino: primero, para que la gente cobre conciencia de que son pecadores. Esto se lo he mandado enseñar a Moisés, no con el fin, sin embargo, de atarlos, pues ya están en verdad atados; ni con el fin de crear pecado ni de tener que ver con pecado creado, como hace el papa con sus mandamientos y con su poder de las llaves, creando pecado donde no hay pecado; sino con el fin de tratar aquellas transgresiones que por naturaleza son pecados contra los mandamientos de Dios, como por ejemplo despreciar a Dios y la incredulidad, blasfemar su nombre, despreciar su Palabra, la desobediencia, etc., que ciertamente no son pecado en virtud de los mandamientos del papa, sino pecados en verdad, que están arraigados en la carne y la sangre del hombre, que no pueden ser absueltos ni quitados por la llave de desatar del papa tal como él la usa, sino que permanecen en el hombre hasta que está en su sepulcro.

22 El propósito del reino de Cristo es que sepamos ahora cómo podemos ser libres del pecado. Por eso no se llama un reino temporal o terrenal, sino el reino de los cielos; pues apenas comenzará cuando este reino temporal cese por la muerte, para que la gente sepa cómo llegará entonces al cielo. Este reino, dice, comenzará y continuará así:

V.21. Como me envió el Padre, así también yo os envío.

23 Con estas palabras quita a sus discípulos, en primer lugar, su mente carnal, que todavía tenían después de su resurrección, a saber, que él reinaría y gobernaría, como un Rey y Señor temporal, con poder externo y carnal. Por eso dice: Ya habéis visto qué clase de oficio he desempeñado sobre la tierra, para el cual fui enviado por mi Padre, a saber, establecer un reino espiritual contra el del diablo, el pecado y la muerte, y llevar así a la vida eterna a los que creen en mí. Esto lo he hecho ya, y lo he terminado en lo que toca a mi persona, y no he tomado sobre mí nada de carácter ni de gobierno mundano. Sí, el mundo me ha dado muerte también por causa de este mi oficio y servicio, y estoy separado de él, pero ahora, por mi resurrección, he entrado en aquella gloria donde reinaré para siempre sobre todas las criaturas a la diestra de mi Padre. Por eso os envío también a vosotros de la misma manera, para que seáis mis mensajeros, no para ocuparos de asuntos temporales, sino para desempeñar el mismo oficio que yo he desempeñado hasta ahora, a saber: predicar la Palabra que habéis oído y recibido de mí, oficio por el cual son librados del pecado y de la muerte los que experimentan el pecado y la muerte y desean ser librados de ellos.

24 Por medio de este oficio los apóstoles y sus sucesores son también exaltados como señores hasta el fin del mundo, y se les da una autoridad y un poder tan grandes como los que el Hijo de Dios, Cristo, poseyó él mismo, en comparación con los cuales el poder y el dominio de todo el mundo no es nada (aunque ante el mundo ni se parece a un dominio ni se le llama así). Y sin embargo este oficio no debe ni puede extenderse más allá de aquello que solo delante de Dios se llama pecado; de modo que dondequiera que el pecado empiece y obre, allí empezará y obrará también su gobierno o reinado, y todo lo que vive y se llama humano sobre la tierra estará sujeto a su gobierno, sea emperador o rey, grande o pequeño; nadie queda excluido. Por eso dice: «A quienes remitiereis los pecados.» Este «a quienes» no significa otra cosa sino que todos están incluidos, judíos, gentiles, grandes y pequeños, sabios e ignorantes, santos o impíos; que nadie entrará en el cielo ni llegará a la vida eterna si no la recibe de vosotros, es decir, por medio del oficio que habéis recibido.

25 Pues todos ellos están también sujetos al pecado y encerrados bajo él por estas palabras, con las cuales muestra que sobre la tierra no encontrarán sino pecado, y pronuncia la sentencia de que todo el género humano al que sean enviados los apóstoles y sus sucesores son pecadores y condenados delante de Dios en su persona y en su vida, y que debe ocurrir una de dos cosas: o sus pecados son perdonados, si los confiesan y desean el perdón, o deben permanecer eternamente atados en el pecado hasta la muerte y la condenación.

26 Ahora bien, para ejercer y cumplir el fin de esta autoridad y gobierno se requiere un poder especial que no es humano sino divino. Por eso no les da espadas ni armas, ni los equipa con armadura y poder mundano, sino que sopla sobre ellos y dice: «Recibid el Espíritu Santo», es decir, que sepan que tal oficio y obra no puede llevarse a cabo con su propia fuerza, sino con su poder por medio del Espíritu Santo, que obra por medio de su oficio y de su palabra; y así será oficio del Espíritu Santo, que es dado con este fin por Cristo, que aunque el mensaje parezca solo débil, y nada más que un débil soplo de la boca de un hombre, sin embargo se ejercerá por medio de él tal poder que el pecado, la ira de Dios, la muerte y el infierno tendrán que ceder ante él.

27 A esto podemos también dar fácilmente una respuesta, si alguien preguntara y cuestionara con espíritu crítico cómo puede el hombre perdonar pecados, siendo esto propio de Dios solamente. Porque es ciertamente verdad que no está en el poder ni en la capacidad del hombre, ni en su mérito y dignidad, perdonar pecados, aunque fuera tan santo como todos los apóstoles juntos y todos los ángeles del cielo. Por eso condenamos al papa mismo con sus monjes, que prometen al pueblo el perdón de los pecados en virtud de su propio mérito, obras y santidad, y le dan la absolución, y así engañan vergonzosamente a la pobre gente, que anhela un consuelo verdadero y seguro.

28 Pero aquí debemos hacer una verdadera diferencia, que los papistas y su chusma ni conocen ni pueden dar, a saber, entre lo que el hombre es capaz de hacer con su propio poder y dignidad, y lo que se manda hacer en el nombre de Cristo, y que él cumple por medio de su poder. No sirve de nada, por cierto, que venga un embaucador descalzo y se proponga dar absolución y perdón a una pobre conciencia en virtud de su propio dolor y arrepentimiento, y de los méritos de los santos y de su orden, como de hecho dicen sus indulgencias (de lo cual se les puede convencer por las cartas de su cofradía que han vendido al pueblo): «Los méritos de los sufrimientos de Cristo y de María, la bienaventurada Virgen, y de todos los santos; los méritos de esta orden severa y penosa, la humildad de tu arrepentimiento y dolor de corazón, y todas las buenas obras que has hecho o harás, te servirán para el perdón de tus pecados y la vida eterna», etc. Esto no es en verdad otra cosa que una espantosa blasfemia contra Cristo y la perversión de la recta absolución, pues aunque mencionan sus sufrimientos, no son sinceros en ello, ya que no los consideran suficientemente eficaces para el perdón de los pecados, sino que deben añadir los méritos de María y de los santos, y especialmente de su propia orden y de sus prácticas monásticas, y ponerlos en pie de igualdad con los sufrimientos de Cristo. Esto lo hacen sin mandato alguno de Cristo; sí, contra su Palabra y mandato. Esto no viene del Espíritu Santo, sino de su propio espíritu, el diablo, que es el padre y fundador de esta falsa doctrina.

29 Pero para que la absolución sea recta y eficaz, debe brotar del mandato de Cristo, que es como sigue: Yo te declaro libre de todos tus pecados, no en mi propio nombre, ni en nombre de ningún santo, ni por causa de ningún mérito humano, sino en el nombre de Cristo y por la autoridad de su mandato, que me ha encargado decirte que todos tus pecados te son perdonados; por lo tanto, no yo, sino él mismo, por su propia boca, te perdona tus pecados, y tú tienes la obligación de recibir esto y creerlo firmemente, no como palabra de hombre, sino como si lo hubieras oído de los labios del Señor Cristo mismo.

30 Por lo tanto, aunque este poder de perdonar pecados pertenece solo a Dios, debemos saber sin embargo que él ejerce y comunica este poder por medio de este oficio externo, al cual Cristo ha llamado a sus apóstoles, y les manda proclamar en su nombre el perdón de los pecados a todos los que lo deseen. Los pecados son perdonados, pues, no por voluntad y poder humanos, sino por el mandato de Cristo; para esto envía entonces también al Espíritu Santo, a saber, para perdonar los pecados.

31 Dios hace esto también para nuestro bien, para que no tengamos que mirar en vano al cielo cuando no lo recibimos, y nos veamos obligados a decir, como san Pablo cuando cita a Moisés: «¿Quién subirá al cielo?», etc. Pero lo hace para que tengamos la certeza de ello: ha puesto el perdón de los pecados en el oficio público y en la Palabra, para que lo tengamos continuamente con nosotros, en nuestros labios y en nuestros corazones. Allí hallaremos la absolución y el perdón, y sabemos que dondequiera que oigamos que se nos proclama este mensaje por mandato de Cristo, estamos obligados a creerlo como si nos lo anunciara el mismo Cristo.

32 Mira, tal es la autoridad dada por medio de este oficio de los apóstoles a la iglesia, que se extiende más lejos y más alto que toda autoridad sobre la tierra, de modo que sin ella nadie, no importa cuán grande y poderoso sea, llegará ni puede llegar a Dios, ni tener el consuelo de la conciencia, ni ser libre de la ira de Dios y de la muerte eterna. Porque aunque todos los emperadores y reyes juntaran su fuerza y su poder, su dinero y sus posesiones, no podrían librar ni a sí mismos ni a ningún ser humano del más pequeño pecado; pues si el corazón del hombre está amedrentado, ¿qué importa que sea un rey poderoso o un emperador? ¿De qué le sirvió al grande y poderoso rey Nabucodonosor de Babilonia cuando se volvió loco, de modo que fue rechazado por su pueblo y tuvo que yacer con las bestias irracionales del campo y comer hierba, y nada pudo ayudarle sino que el profeta Daniel tuvo que absolverlo de sus pecados?

33 Pero ¿quién puede expresar cuán inefable, poderoso y bienaventurado consuelo es que un ser humano pueda con una palabra abrir el cielo y cerrar el infierno a un semejante suyo? Porque en este reino de gracia que Cristo ha fundado por su resurrección no hacemos en verdad otra cosa que abrir nuestra boca y decir: Te perdono tus pecados, no por mi cuenta, ni por mi poder, sino en lugar de Jesucristo y en su nombre; pues no dice: Vosotros perdonaréis pecados por vuestra cuenta, sino: «Yo os envío, como me envió el Padre.» Yo mismo no hago esto por elección o consejo propio, sino que soy enviado por el Padre. Este mismo mandato os doy a vosotros hasta el fin del mundo, para que tanto vosotros como todo el mundo sepan que tal perdón o retención del pecado no se hace por poder ni fuerza humanos, sino por mandato de aquel que os envía.

34 Esto no se dice solamente a los ministros o siervos de la iglesia, sino también a todo cristiano. Aquí cada uno puede servir a otro en la hora de la muerte, o dondequiera que haya necesidad, y darle la absolución. Si ahora oyes de mí las palabras: «Tus pecados te son perdonados», entonces oyes que Dios quiere ser misericordioso contigo, librarte del pecado y de la muerte, y hacerte justo y bienaventurado.

35 Sí, dirás, tú me has dado ciertamente la absolución, pero ¿quién sabe si es cierto y verdadero delante de Dios que mis pecados son perdonados? Respuesta: Si yo he hecho esto y lo he dicho como hombre, entonces bien puedes decir: No sé si tu absolución es efectiva y eficaz o no; pero para que estés seguro en cuanto a esto, debes ser instruido en la Palabra de Dios, de modo que puedas decir: No he sido absuelto ni por el ministro ni por ningún otro hombre; pues el ministro no me ha enseñado a creer así: sino que Dios ha hablado y lo ha hecho por medio de él; de esto estoy seguro, porque mi Señor Cristo ha mandado y dicho: Como me envió el Padre, así también yo os envío. Aquí pone ciertamente a aquellos a quienes da el mandato en pie de igualdad consigo mismo, porque son enviados por él para cumplir aquello para lo cual él es enviado por Dios, a saber, remitir y retener pecados. Ahí descansa la cosa y eso lo hace; de otro modo, sin tal mandato, la absolución no sería nada.

36 Si tú, pues, estás triste y angustiado a causa de tus pecados, y tienes miedo de la muerte, con la cual Dios castiga eternamente el pecado, y oyes de tu ministro —o si no puedes acudir a él, de un prójimo cristiano— que te consuela con estas o parecidas palabras: Querido hermano o hermana, veo que estás temeroso y desesperado, y temes la ira y el juicio de Dios a causa de tus pecados, de los cuales eres consciente, y por los cuales estás aterrado; escúchame y déjame anunciarte: Ten ánimo y consuelo, porque Cristo tu Señor y Salvador, que vino al mundo por los pecadores para salvarlos, ha dado el mandato por medio del oficio público a sus siervos llamados, y dondequiera que sea necesario, a cada uno en particular, de que uno consuele a otro por amor de Cristo, y en su nombre lo absuelva de sus pecados. Digo que cuando oigas este consuelo, lo recibas con alegría y acción de gracias, como si lo oyeras del mismo Cristo; entonces tu corazón estará en verdad en paz, afirmado y consolado, y podrás entonces decir con gozo: He oído a un hombre hablarme y consolarme; por él mismo no creí ni una sola palabra, pero creo a mi Señor Cristo, que ha establecido este reino de gracia y de perdón de los pecados, y ha dado este mandato y esta autoridad a los hombres para remitir y retener pecados en su nombre.

37 Por eso todo cristiano, cuando el diablo lo ataca y le sugiere que es un gran pecador, y que debe estar perdido y condenado, etc., no debe contender mucho con él ni quedarse solo, sino ir a su ministro, o llamarlo, o a cualquier otro buen amigo, exponerle su dificultad y buscar de él consejo y consuelo, y permanecer firme en lo que Cristo declara aquí: «A quienes remitiereis los pecados», etc., y como dice en otro lugar: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»; y lo que esta persona le diga en el nombre de Cristo desde las Escrituras, que lo crea, pues conforme a su fe le será hecho. Porque dos o más se reúnen en el nombre de Cristo cuando conversan entre sí, no sobre cosas temporales, sobre cómo se puede adquirir o ganar dinero y riquezas, sino sobre lo que sería de provecho para la salvación y la felicidad de sus almas; como por ejemplo, cuando estás en el confesionario o en cualquier otro lugar dando a conocer tus debilidades y tentaciones, y aquel a quien se lo declaras ve que Moisés por la ley te tiene en un aprieto; que tu pecado te oprime; que la muerte te alarma y te aterra, y gimes y te quejas de tu propia vida, de modo que hasta palabras como estas suelen escaparse: ¡Ah, si nunca hubiera nacido!, o: ¡Ah, si Dios prolongara mi vida, yo enmendaría mi vida!, etc.

38 Si entonces tu pastor, o cualquier otro, comienza a consolarte, no de manera mundana ni por causa del dinero, sino porque ve que estás en angustia y temor del pecado y de la muerte, y te dice: Deja ir todo lo que hay sobre la tierra —dinero, bienes, todo lo que pertenece al hombre— y presta ahora atención a esto; tu corazón está en verdad en grandes angustias y pregunta: ¿Puedo ser librado de mi sufrimiento, de mi miseria y de mi mala conciencia? ¿Cómo puedo escapar de Moisés con sus temibles amenazas? Digo: escúchalo cuando te hable de esta manera: Te digo en el nombre del Señor Cristo, que murió por tus pecados, que debes dejarte consolar, creer y estar seguro de que tus pecados son perdonados y de que la muerte no puede dañarte.

39 Sí, mi querido hermano, dirás, ¿cómo probarás que esto es verdad? Respuesta: Cristo nuestro Señor dijo a sus discípulos y a toda la cristiandad: Os mando y os ordeno que perdonéis y retengáis el pecado. Todo lo que hagáis, pues, en esto, no lo hacéis por vosotros mismos; sino que, porque lo hacéis por mi mandato y orden, por eso lo hago yo mismo. Por lo tanto, tu ministro o pastor, como el que cuida de tu alma (Seelsorger), o cualquier cristiano en tal caso, es llamado y enviado para consolarte. Y como busca solamente la salvación de tu alma, estás por eso obligado a creerle como si Cristo mismo estuviera allí presente y pusiera su mano sobre ti y pronunciara la absolución.

40 Mira, así es como tratamos con los pecados, reteniéndolos o perdonándolos. Fuera de esto no hay consejo ni ayuda para ellos; como pretende hacer el papa con su falsa doctrina, que remite a la gente a sus propias obras o suficiencia, les dice que vayan a los conventos, a Roma, a los santos, que se torturen, que edifiquen iglesias, que doten ricamente los conventos, que digan misas, etc. Este no es en verdad el camino recto. Bien puedes emplear mejor tus andanzas, tu dinero y tus obras. Aquí el asunto es del todo diferente, como ya se ha dicho. Pues cuando Moisés viene con sus temibles amenazas, es decir, cuando por la ley te revela tus pecados y muestra cuán grandes y cuántos son, y te lleva a gran temor y desesperación, cuando ya no estás en la multitud grande, malvada y endurecida, sino con el pequeño rebaño, que comprende y siente su miseria y desesperación, y que por eso se asustaría hasta del susurro de una hoja, entonces esta es la única ayuda: Yo, yo he fundado, dice Cristo, el reino de gracia. Consumirá y destruirá el pecado y la muerte, y sacará a luz la justicia y la vida.

41 Por eso no digas: ¿Dónde hallaré esto? ¿He de ir a Roma o a Jerusalén por ello? No de esta manera; sí, aunque pudieras subir al cielo, y de ser posible por una escalera de oro, nada lograrías; sino que debe venir así: presta atención a su Palabra y mandato cuando dice: «Yo os envío», etc., como si quisiera decir: Primero debo venir a vosotros para anunciaros la voluntad de mi Padre por medio del evangelio; instituir los santos sacramentos y la absolución. No debéis venir a mí de otra manera. Pero como no puedo estar corporalmente en todos los lugares del mundo entero, y no estaré siempre visiblemente presente con vosotros, haré como hizo mi Padre. Él tomó un pequeño rincón de la tierra, a saber, la tierra de Judea, adonde me envió, para que yo fuera allí predicador; recorrí Galilea y Judea; tanto pude cumplir personalmente; prediqué el evangelio para consuelo de los pobres pecadores del pueblo judío, sané a los enfermos y resucité a los muertos, etc. Esta, notaréis, fue la obra que le fue encomendada. Para esto fue enviado por el Padre. Allí se le encontraba, no en las cortes de los reyes entre los libertinos, ni con Anás, Caifás y otras personas santas, ricas y letradas; sino entre los ciegos, cojos, leprosos, sordos, muertos y tentados, las ovejas pobres y afligidas. A estos lleva ayuda para el alma y para el cuerpo. Les lleva el más costoso tesoro, que nadie tiene, y mucho menos puede dar, si no lo recibe de él, a saber, la justicia y la salvación. Y así, dice, haréis también vosotros en todos los lugares adonde vayáis, y para esto os envío, para que corráis como mis mensajeros por el mundo entero. Y además de vosotros y después de vosotros ordenaré a otros que correrán y predicarán, como yo os envié a vosotros, hasta el fin del mundo, y seguiré estando con vosotros para que sepáis que no sois vosotros los que lo lleváis a cabo, sino yo por medio de vosotros.

42 De este mandato tenemos también el poder de consolar las conciencias afligidas y de absolver del pecado, y sabemos que dondequiera que ejercemos este oficio, no somos nosotros sino Cristo mismo quien lo hace. Por eso todo cristiano, en este caso como cuando oye predicar la Palabra desde el púlpito, debe oírla, no como palabra de hombre, sino como la Palabra de Dios mismo; entonces puede estar ciertamente seguro y no necesita dudar un momento de que tiene el perdón de los pecados, pues Cristo ha establecido por su resurrección que cada vez que un siervo llamado de la iglesia, u otro en el tiempo de necesidad, absuelva a su prójimo angustiado que desea consuelo, valga tanto como si Cristo mismo lo hubiera hecho, porque se hizo por su mandato y en su nombre.

43 Por eso, cuando dos tratan así el uno con el otro están reunidos en el nombre de Cristo, pues, como hemos dicho antes, ninguno busca el dinero ni los bienes del otro, como hacen los siervos del papa, que hablan a los enfermos y dicen: Mi buen hombre, se acerca el tiempo en que debes morir. ¿Adónde irán tus posesiones? Piensa en tu pobre alma y danos una parte, y rogaremos a Dios por ti, y haremos mucho con ello después, etc.; en cambio debería hablar al enfermo y decirle: Este no es tiempo de ocuparse de tu dinero y tu hacienda, que otros se ocupen de eso. Veo muy bien que tu corazón está abatido y aterrado; luchas con dudas y no puedes ayudarte ni librarte a ti mismo; pero Cristo ha establecido sobre la tierra un reino consolador y bienaventurado, cuando dice: «Como me envió el Padre, así también yo os envío.» Nos ha consagrado a todos para ser sacerdotes, a fin de que uno anuncie al otro el perdón de los pecados. Por eso vengo a ti en el nombre de este nuestro bienaventurado Señor Cristo, y te digo que no estés tan abatido y aterrado como si ya no hubiera consuelo, ayuda ni consejo. ¿No oyes lo que dice Cristo, que vino por los pecadores, no por los justos, para salvarlos? Por eso ten paz, recibe con gozo estas buenas nuevas y dale gracias de todo corazón por ellas, porque permite que yo te las anuncie sin ninguna molestia ni gasto de tu parte; sí, incluso da orden de que tus pecados sean remitidos. Por eso te absuelvo y te hago libre de todos tus pecados, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. A esto responderás con gozo: Te doy gracias, Dios misericordioso, Padre celestial, porque me has perdonado mis pecados por medio de tu amado Hijo Cristo; y no dudes de que estás ciertamente absuelto por Dios el Padre mismo.

44 De esto puedes ver que este párrafo sobre el oficio de las llaves no confirma en absoluto la tiranía del papa, sino que está ahí con el propósito, no de que tú me hagas rico a mí, ni yo a ti, ni de que yo sea tu señor y tú mi súbdito, como el papa, el archibellaco y negador de Dios, hace en verdad de ello una pompa y un poder mundanos; sino de que yo pueda acudir a ti, cuando tu conciencia esté angustiada, para ayudarte y aconsejarte en tu última hora, o en otras ocasiones, y decirte: El poder, el dinero, la honra y los bienes, todo debe ser dejado a un lado; ahora solo tenemos que hablar del reino de Cristo; solo por esto y por nada más debes ser ayudado frente al pecado y la muerte.

45 Esto no significa en verdad un dominio o poder externo y mundano, sino un servicio, pues no busco nada de ti, quiero servirte y traerte un tesoro grande y precioso, pero no oro ni plata; porque tu corazón desea ser consolado y tener un Dios misericordioso en el cielo, vengo a ti y te traigo este gozoso mensaje, no por mi propia voluntad o elección, sino por mandato y encargo de Cristo, que dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.» También: «Todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo», o como dice en este pasaje: «A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos.»

46 ¿No puede esto llamarse un servicio y la entrega gratuita de un tesoro inefable, celestial y eterno, que ni tú ni el mundo pueden comprar con todas sus posesiones y riquezas? Pues ¿qué son todos los tesoros del mundo y todas las coronas de los reyes, el oro, la plata, las piedras preciosas, y todo lo que el mundo tiene por grande, en comparación con este tesoro llamado perdón de los pecados, por el cual eres hecho libre del poder del diablo, de la muerte y del infierno, y tienes la seguridad de que Dios en el cielo será ahora misericordioso contigo, y misericordioso de manera que serás su hijo y heredero, y hermano y coheredero de Cristo, por amor de Cristo? Por eso es imposible vender por dinero un tesoro tan precioso, o comprarlo con dinero, como ha hecho nuestro Judas Iscariote, el papa. Este tesoro debe darse y recibirse gratuitamente, o no te aprovecha, pues el don de Dios no se puede comprar con dinero. Hch 8:20.

47 Pero esto no lo digo para que la gente no dé nada a los siervos de la iglesia, que enseñan la Palabra de Dios en su verdad y pureza, como, ¡ay!, están ansiosos de hacer, y muchos están dispuestos a escatimar a su ministro cada bocado, y si pudieran robarían los bienes de la iglesia y de los ministros, y demostrarían con sus actos que de buena gana matarían de hambre a sus ministros y se librarían de ellos. Pero qué desorden y calamidad seguirían, pronto se experimentaría, si el gobierno no interviniera. No, este no es de ningún modo mi sentido. Vuestros pastores deben ser sostenidos como es debido, pues si no tienen qué comer, beber y vestir, ni para sus demás necesidades, no pueden cumplir mucho tiempo su oficio, porque tendrían que pensar en cómo sostenerse de otras maneras. Así el evangelio no duraría mucho, y esto es lo que el diablo busca por medio de esta gente.

48 Pero que estamos obligados a sostener como es debido a nuestros pastores lo dice también Cristo mismo, cuando dice en Lc 10:7: «Porque el obrero es digno de su salario.» Como dice san Pablo en Gá 6:6: «El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye», añadiendo en el v. 7 una palabra severa: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado», y en 1 Ti 5:17: «Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar.» Sostenemos a otros que están en oficios mundanos, en los cuales sirven al público, para que puedan cumplir su servicio. ¿Cuánto más se lo debemos a los que sirven en la Palabra de Dios, de los cuales dice san Pablo que son «dignos de doble honor»?

49 Y para que la doctrina del evangelio permanezca pura en nuestros púlpitos en el futuro, y para que nuestra posteridad conserve y oiga estas doctrinas, no solo estamos obligados a sostener como es debido a los que sirven a la iglesia, sino que debemos también velar con toda diligencia por que nuestras escuelas estén provistas de maestros competentes, que también deben ser sostenidos como es debido, para que el pueblo sea formado y llegue a tener no solo ministros comunes, simplemente preparados para instruir a la congregación cristiana en la Palabra, sino hombres doctos, que sean capaces de combatir contra la chusma y los espíritus sediciosos. Para este fin es deber de todos contribuir de buena voluntad y con alegría, no solo los príncipes y señores, sino también los ciudadanos y los campesinos.

50 De lo que se ha dicho cada uno puede ver por sí mismo qué tesoro grande y precioso es oír el evangelio o la absolución en su verdadero sentido del predicador o pastor. Si viene a ti en tiempo de enfermedad y te consuela, entonces puedes estar seguro de que Cristo el Señor mismo te visita y te consuela. Porque nadie podría venir a ti en tal carácter sin mandato divino, y no sabría ni ayudar ni aconsejar; pero como oyes que él mismo lo ha mandado, puedes estar plenamente seguro y decir con gozo: Aquí viene Cristo mismo a mí en mi confesor, pues no habla su propia palabra, sino la Palabra de Dios, para hacer lo cual es enviado, y tiene el mandato de hacerlo.

51 Aquí tienes, pues, un apoyo seguro contra el terror y la desesperación de la conciencia. No necesitas flotar y cabecear en la incertidumbre, como nos enseñaría la doctrina del papa, que nunca absuelve a nadie de pecado a menos que haya tenido bastante dolor y se haya confesado bastante hasta quedar limpio. No había el menor pensamiento acerca de la fe y del poder de las llaves tal como Cristo los instituyó, pues tales doctrinas y tal conocimiento eran tan completamente desconocidos que yo mismo, doctor en teología, que ciertamente debería haber sabido más, no sostenía ni enseñaba otra cosa sino que mis pecados eran perdonados si mi penitencia y mi confesión eran suficientes. Pero si nuestros pecados no son perdonados antes de que los compensemos con nuestro dolor, penitencia y buenas obras, nunca podemos esperar recibir el perdón. Porque yo nunca puedo llegar a la conclusión de que mi dolor y arrepentimiento hayan sido suficientes; por lo tanto, ningún hombre, sea llamado papa o como sea, puede por esa razón absolverme ni declararme libre.

52 De esta manera la conciencia ha sido lamentablemente desviada de la Palabra de la fe y del mandato de Dios hacia su incierto dolor y arrepentimiento, por las falsedades del papa. Esto ha traído grandes ingresos, y con ellos se han edificado muchas iglesias, conventos, capillas y altares ricamente dotados. Sí, todavía existen bulas y cartas del papa que se refieren a esto y confirman estas cosas, con las cuales ha engañado al mundo de manera lamentable, de modo que es imposible calcular, y mucho menos describir, el daño y el dolor que de ello han surgido. Por esta razón exhortamos fiel y constantemente, y ayude el que pueda, para que mantengamos escuelas, ministros y púlpitos, a fin de que tal error, o uno peor, no aumente entre nosotros, como en verdad desea el diablo.

53 Esta es la verdadera doctrina acerca del reino de Cristo y del oficio de las llaves, y si obramos conforme a ella, permaneceremos cristianos y estaremos preparados para todo en nuestra relación con Dios y con los hombres. Daremos también de corazón gracias a Dios porque nos ha librado de la coacción y de la tiranía del papa, que hizo del poder de las llaves un mero espectáculo y dominio mundano, aunque fueron establecidas y ordenadas por Cristo para ayudar a todo el mundo a obtener un tesoro que no se puede comprar con dinero.

54 Seamos, pues, verdaderamente agradecidos a nuestro querido Señor y Salvador, que por su resurrección fundó este reino de gracia, establecido para que hallemos siempre en él, para todas nuestras necesidades y angustias, ayuda y consuelo seguros. Y no necesitamos ir muy lejos por este precioso tesoro, ni necesitamos procurarlo con gran gasto, pues él ha dado mandato y pleno poder a sus apóstoles y a sus sucesores, y en caso de necesidad a todo cristiano, hasta el fin del mundo, para que consuelen y fortalezcan a las almas débiles y desanimadas, y les remitan sus pecados en su nombre, etc.

Sermón para el domingo después de Pascua; Juan 20:19-31 (4.º sermón)

Tomás librado de su incredulidad

1 Juan el evangelista escribe además que Tomás no estaba presente cuando el Señor se apareció por primera vez a sus discípulos reunidos la tarde de Pascua. Que el Señor venga precisamente cuando santo Tomás está ausente por primera vez no ocurre sin razón; pues Cristo habría podido elegir fácilmente una hora en que Tomás se encontrara en compañía de los demás apóstoles. Pero sucedió para nuestra instrucción y consuelo, a fin de que la resurrección del Señor recibiera más y más fuerte evidencia y testimonio documental. Ahora bien, en Pascua se apareció a los once reunidos; una semana después, es decir, hoy, se les apareció de nuevo y al mismo tiempo también a Tomás, por cuya causa únicamente tuvo lugar esta aparición o manifestación, que es más hermosa y gloriosa que la de ocho días antes.

I. LA INCREDULIDAD DE TOMÁS.

2 Aquí vemos qué cosa tan pobre es el corazón humano cuando empieza a desfallecer, que no podemos fortalecerlo ni consolarlo de nuevo. Tanto los otros discípulos como Tomás no solo oyeron, durante el tiempo que estuvieron con el Señor, que enseñaba al pueblo con gran autoridad, y vieron después cómo confirmaba su doctrina con los grandes milagros realizados en los ciegos, los cojos, los leprosos, los mudos, etc., a quienes sanó; sino también que resucitó a tres personas de entre los muertos, especialmente a Lázaro, que llevaba cuatro días en su sepulcro. Y, según parece, santo Tomás era el más intrépido y valeroso de todos los discípulos, pues dijo, cuando Cristo quiso ir otra vez a Judea, donde estaba Lázaro muerto: «Vamos también nosotros, para que muramos con él», Jn 11:16. Tales excelentes hombres eran los discípulos de Cristo, y especialmente santo Tomás, que al parecer tenía un corazón más viril que los otros, y además había presenciado hacía poco cómo Cristo resucitó a Lázaro, que había estado cuatro días en el sepulcro, y había comido y bebido con él; y sin embargo no podía creer que el Señor mismo hubiera resucitado de los muertos y estuviera vivo.

3 Además, vemos en los apóstoles que en verdad no somos nada cuando Cristo retira su mano y quedamos librados a nosotros mismos. Las mujeres, María Magdalena y las otras, lo anunciaron, y ahora los propios discípulos proclaman que han visto al Señor resucitado. Sin embargo, santo Tomás es obstinado y no lo quiere creer; sí, y no se dará por satisfecho aunque lo vea, a no ser que vea la marca de los clavos en sus manos y meta sus dedos en la marca de los clavos y su mano en su costado. Y así el amado discípulo se perderá también y será condenado, por no querer creer. Porque no puede haber ni perdón de pecados ni salvación si uno no cree, pues en esto está toda la virtud y el poder de la fe y de la vida eterna, como dice san Pablo: «Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron», etc. 1 Co 15:14-18. A la perdición irá también santo Tomás, no se salvará sino que quiere perderse, porque no quiere creer que Cristo ha resucitado. Y habría perecido y sido condenado en su incredulidad si Cristo no lo hubiera rescatado de ella por esta manifestación.

4 Así el Espíritu Santo ilustra y enseña ahora con este ejemplo que sin fe estamos simplemente ciegos y completamente endurecidos, como vemos en todas partes en las santas Escrituras que el corazón humano es lo más duro del mundo, más duro que el acero y el diamante. Y por otra parte, si es tímido, abatido y blando, no hay agua ni aceite tan blando como el corazón humano.

5 Encuentras muchos ejemplos y narraciones que lo ilustran en la Escritura. Faraón, ante quien Moisés realizó tantas señales y prodigios terribles que no pudo replicarles, sí, tuvo que admitir que era el dedo de Dios y por eso confesó también que había pecado contra Dios y contra su pueblo, etc.: sin embargo su corazón se hizo continuamente más duro y obstinado hasta que el Señor lo ahogó con todo su ejército en el mar. Asimismo los judíos; cuanto más poderosamente probó Cristo, de palabra y de obra, que era aquel que había sido prometido a sus padres para ser bendición para ellos y para todo el mundo, tanto más violenta y amargamente se enfurecieron contra él, y su odio, su blasfemia y su persecución no conocieron medida ni fin hasta que condenaron a su Señor y Dios a la muerte más ignominiosa y lo crucificaron entre dos malhechores; nada pudo impedirlo, aunque el propio juez Pilato declaró contra ellos que era inocente, la creación obró de manera distinta a la habitual y con ello testificó que su Señor y Creador colgaba allí en la cruz, etc.; asimismo el ladrón confesó libremente en público que, aunque Cristo colgaba allí en verdad y moría, era sin embargo un rey que tenía un reino celestial eterno; y el centurión pagano clamó públicamente: «Verdaderamente este era Hijo de Dios», etc. Mt 27:54. Todo esto, digo, no ayudó en nada a producir esta conversión.

6 Así obra el mundo impío y condenado: cuanta más gracia y bondad le muestra Dios, tanto más ingrato y malvado se vuelve. Ahora bien, es justo y debido que todos demos gracias a Dios de corazón porque ha revelado su santa Palabra tan pura y clara antes del día del juicio, de la cual aprendemos qué tesoros inexpresables nos ha dado en Cristo, a saber, que por él somos salvos del pecado y de la muerte, y seremos ahora justos y bienaventurados, etc. ¿Cuál es la actitud del mundo ante esto? Según su costumbre, no sabe cómo abusar, blasfemar y condenar bastante esta Palabra de gracia y de vida, y cómo perseguir y destruir, donde sea posible, a los que la confiesan; y aunque el mundo oye que Dios castigará severamente tal pecado con el fuego del infierno y la condenación eterna, piensa poco en ello, sigue adelante confiado y obstinado, como si nada fuera, y goza de su diversión, como vemos claramente ahora en el papa y en su séquito. Y sin embargo es una ira tan horrible y espantosa que todas las criaturas se aterran ante ella. Por eso es ciertamente verdad que ninguna piedra, acero, diamante, sí, nada sobre la tierra es tan duro como el corazón impenitente del hombre.

7 Por otra parte, si el corazón pierde el ánimo y se aterra, es más blando que el agua y el aceite, de modo que, como dice la Escritura, se asusta del ruido de una hoja que se mueve. Y cuando tal persona está sola en una habitación y oye un pequeño crujido de una viga o de un travesaño, piensa que la alcanzan el trueno y el rayo, y está en tal angustia y temor (como he visto a menudo) que nadie puede consolarla ni fortalecerla, y todos los predicadores y todos los proverbios consoladores son pocos para calmarla. Así, no hay moderación en el corazón humano; o es demasiado duro, como madera y piedra, de modo que no pregunta ni por Dios ni por Satanás, o, por el contrario, es demasiado tímido, voluble y abatido.

8 Así los apóstoles están aquí demasiado asustados y aterrorizados por el escándalo que vieron en su Señor, tan ignominiosamente escarnecido, escupido, azotado, traspasado y por fin crucificado, de modo que ya no tenían corazón en el cuerpo, ellos que antes, mientras tenían a Cristo entre ellos, eran tan audaces y valientes que Santiago y Juan se atrevieron a pedir que descendiera fuego del cielo y consumiera a los samaritanos que no quisieron recibir a Cristo, Lc 9:54. También sabían jactarse gloriosamente de que los demonios se les sujetaban en el nombre de Jesús; y Tomás exhortó a los otros y dijo: «Vamos, para que muramos con él»; y Pedro, más impetuoso que los demás, hiere con la espada entre la multitud cuando quisieron prender y apresar a Cristo. Pero ahora yacen postrados en gran temor y espanto, encerrados, y no dejan que nadie llegue a ellos. Por esta razón se aterraron también ante el Señor cuando viene y los saluda, y todavía piensan (lo cual es ciertamente señal de que están completamente vencidos por el miedo y la desesperación) que ven un espíritu o un fantasma. Tan pronto habían olvidado todos los milagros, señales y palabras que habían visto y oído de él, que el Señor tuvo bastante que hacer durante los cuarenta días después de su resurrección, antes de separarse de ellos, con sus apariciones y manifestaciones de diversas maneras, ahora a las mujeres, luego a los discípulos, tanto individual como colectivamente, además de comer y beber con ellos; todo para que estuvieran seguros de que ha resucitado. Y sin embargo es tan difícil que esta verdad entre en sus corazones.

9 Asimismo, cuando después de cuarenta días les habló desde las Escrituras acerca del reino de Dios, que debía comenzar ahora y ser un reino en el cual se proclamaría en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados entre todas las naciones, levantan la voz y le preguntan cuando estaba a punto de subir de entre ellos en una nube, y dicen: «Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?» Tienen pensamientos totalmente distintos sobre el reino de Cristo de los que él les había estado enseñando. Aquí ves cuán sumamente difícil es consolar y fortalecer a los corazones tímidos y abatidos, aun después de haber sido rectamente instruidos, de modo que sepan qué clase de rey es Cristo y qué ha logrado con su muerte y resurrección.

10 Así son indescriptibles tanto la obstinación como la timidez del corazón humano. Cuando está fuera de peligro, es duro y obstinado sin medida, de modo que no le importa nada la ira ni la amenaza de Dios. Aunque oye durante mucho tiempo que Dios castigará el pecado con la muerte y la condenación eternas, sin embargo sigue adelante y se ahoga en soberbia, avaricia, etc. Por otra parte, cuando el corazón empieza a temer, se abate tanto que no puede ser recuperado de nuevo. Es en verdad una gran lástima que seamos gente tan malvada. Si no estamos en necesidad, seguimos viviendo en pecado sin el menor temor ni vergüenza, sí, nos ponemos rígidos como un cadáver; lo que se nos dice es como si se dijera a una roca. Por el contrario, si hay un cambio en nosotros y sentimos nuestros pecados, nos aterran la muerte, la ira y el juicio de Dios; nosotros, por otro lado, nos ponemos rígidos por la gran angustia y tristeza, de modo que nadie puede fortalecernos; sí, nos aterramos incluso ante lo que debería consolarnos, como los discípulos ante Cristo, que vino a ellos precisamente para que fueran consolados y alegrados. Aunque no los pone bien de inmediato, tiene que curarlos durante los cuarenta días, como dije. Toma y usa toda clase de consuelo y de medicina y aun así apenas puede fortalecerlos de nuevo, hasta que les da la bebida fuerte adecuada, a saber, el Espíritu Santo, de la cual bebieron y fueron consolados de la manera correcta, de modo que ya no son como antes, tímidos y aterrados.

II. TOMÁS SALVADO DE SU INCREDULIDAD.

11 Finalmente, tenemos en santo Tomás una ilustración del poder de la resurrección de Cristo. Acabamos de oír cuán firme e incluso terco fue en su incredulidad, de modo que, aunque los otros discípulos testificaron unánimes que habían visto al Señor resucitado, sin embargo simplemente no quiere creerlo. Parece haber sido un carácter excelente y valiente que había resuelto por completo no creer tan pronto a los otros. Porque había visto que el Señor, solo tres días antes, fue muerto en la cruz, y los clavos traspasaron sus manos y sus pies, y la lanza hirió su costado. Esta imagen se le había grabado tan indeleble y profundamente que simplemente no podía creer en lo más mínimo lo que los otros le decían, que Cristo había resucitado. Por eso dice pronto y desafiante: V.25. Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Así profiere una hipérbole, una afirmación exagerada: que no creerá solo a sus ojos, sino que palpará y tentará con sus manos el cuerpo de Cristo. Como si dijera: Nadie me persuadirá a creer, sino que me mantendré tan firme en el no que no creeré ni aunque lo vea, como decís que lo visteis. Pero si he de creerlo, entonces él debe acercarse tanto a mí que, si fuera posible, pueda tocar su alma y meter mis manos en sus ojos.

12 Eso es estar empapado muy firme y profundamente de incredulidad. Y es admirable lo que quiere decir con ello, que propone de inmediato una cosa absurda: meter su mano y su dedo en las aberturas de sus heridas. Porque siempre había sido tan listo como para pensar: Puesto que Cristo estaba otra vez vivo, había vencido la muerte y estaba libre de todos los golpes de los azotes y de la corona de espinas, ciertamente habría sanado y quitado también las cinco heridas.

13 Ahora bien, esto ha ocurrido para nuestro ejemplo y consuelo, que el gran apóstol tuviera también que fallar y tropezar, en lo cual vemos cómo se muestra y se conduce Cristo con sus débiles discípulos, que puede tolerar también a los que todavía son tan duros y obstinados como lo es aquí santo Tomás, y que no los condenará ni los rechazará por ello, si solo en lo demás desean sinceramente seguir siendo sus discípulos, y no blasfeman maliciosamente contra él ni se hacen sus enemigos; y con esto nos enseña que no debemos escandalizarnos ni desanimarnos por ello, sino, en armonía con este su ejemplo, seguir con ellos con mansedumbre, sirviendo su debilidad con nuestra fuerza hasta que se afirmen y se hagan fuertes.

14 Pero sirve más aún al fin, como empecé a decir, de que la resurrección del Señor no solo se muestre y pruebe claramente por medio de este incrédulo y obstinado Tomás, que perseveró ocho días en su incredulidad y yacía allí casi rígido; sino también de que el poder de la resurrección se dé a conocer y sea de provecho para nosotros; como aparece en Tomás, que por ella fue llevado de la incredulidad a la fe, de la duda al conocimiento cierto y a una hermosa y gloriosa confesión.

15 Ahora ocurre, dice el evangelista, recién al octavo día después de su resurrección, cuando Tomás se había afianzado en su incredulidad frente al testimonio de todos los otros, y a estas alturas está muerto y nadie espera que se le muestre de manera especial. Justo entonces viene Cristo y le muestra las mismas cicatrices y heridas, tan frescas como las había mostrado a los otros discípulos ocho días antes, y le dice que acerque su dedo y su mano y los ponga en las marcas de los clavos y en su costado. Cristo cede a Tomás tanto que no solo ve, como los otros, sino que además lo toca y lo palpa, como había dicho: «Si no viere en sus manos», etc., y le dice además: V.27. No seas incrédulo, sino creyente.

16 Aquí ves que Cristo no se contenta con quedarse en la narración; sino que solo le importa que Tomás llegue a ser creyente y resucite de su obstinada incredulidad y pecado. Esto sigue de manera poderosa, pues santo Tomás pronto comienza y dice a Cristo: V.28. ¡Señor mío, y Dios mío! Hay de pronto otro hombre, no el antiguo Tomás Dídimo (que en inglés significa un gemelo, no un dudoso, como se ha interpretado erróneamente a partir de este texto), como poco antes, cuando estaba tan frío, rígido y muerto en su incredulidad que no creería si no metía su dedo en sus heridas; sino que comenzó de repente a pronunciar una gloriosa confesión y sermón acerca de Cristo, cuyo igual ningún apóstol hasta entonces había predicado todavía, a saber, que la persona, el resucitado, es verdadero Dios y hombre. Pues son admirables las palabras que dice: «¡Señor mío, y Dios mío!» No está borracho, no bromea ni se burla; no quiere decir un Dios falso; por lo tanto, ciertamente no dice una mentira. Además, no es aquí reprendido por Cristo, sino que su fe es confirmada, y debe ser verdad y sinceridad.

17 Es, pues, el poder de la resurrección de Cristo lo que hace que santo Tomás, que estaba tan hundido y obstinado en la incredulidad, más que cualquier otro discípulo, fuera tan repentinamente cambiado, se hiciera un hombre enteramente distinto, que confiesa pública y libremente que no solo cree que Cristo ha resucitado, sino que es también iluminado por el poder de la resurrección de Cristo, de modo que cree firmemente y confiesa que él, su Señor, es verdadero Dios y hombre, por medio del cual, así como él resucita ahora de la incredulidad, la fuente de todo pecado, resucitará también de los muertos en el día del juicio y vivirá con él para siempre en inefable gloria y bienaventuranza. Y no solo él, sino todos los que creen así, como Cristo mismo le dice además: V.29. Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

18 Finalmente, en cuanto a que Tomás mete su dedo en las heridas. No discutiré si Cristo conservó siempre después de su resurrección las heridas y marcas de los clavos; sin embargo sostengo que no aparecían horribles, como de otro modo podrían haber sido, sino frescas y consoladoras. Y si estaban todavía frescas, abiertas y rojas como las pintan los artistas, lo dejo a otros decidirlo. Por lo demás, es una buena idea representarlas ante la gente común para que tenga un memorial y una imagen que le recuerde y le exhorte acerca de los sufrimientos y las heridas de Cristo. Es posible que conservara las mismas señales o marcas, que probablemente iluminarán mucho más hermosa y gloriosamente en el día del juicio todo su cuerpo, y las mostrará ante todo el mundo, como dice la Escritura: «Mirarán a mí, a quien traspasaron», Zac 12:10. Esto lo recomendaría a todo ejercicio devocional para consideración.

19 El pensamiento principal, sin embargo, que debemos aprender y retener de este evangelio es que creamos que la resurrección de Cristo es segura y que obra en nosotros de modo que resucitemos tanto del pecado como de la muerte; como habla san Pablo de ello ricamente y con consuelo, y Cristo mismo aquí, cuando dice: «Bienaventurados los que no vieron, y creyeron», y san Juan, concluyendo este evangelio, enseña y exhorta acerca del uso y el beneficio de la resurrección: V.31. Estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

20 Este es ciertamente un pasaje poderoso y claro, que alaba altamente la fe y da testimonio de que por ella tenemos ciertamente la vida eterna; y de que esta fe no es un pensamiento vacío y muerto sobre la historia de Cristo, sino aquella que concluye y está segura de que él es el Cristo, es decir, el Rey y Salvador prometido, el Hijo de Dios, por medio del cual todos somos librados del pecado y de la muerte eterna; para lo cual también murió y resucitó; y de que solo por causa de él adquirimos la vida eterna, de una manera que se llama en su nombre, no en el nombre de Moisés ni en el nuestro ni en el de ningún otro hombre, es decir, no por causa de la ley, ni de nuestra dignidad y obras, sino solo a causa de los méritos de Cristo, como dice Pedro en Hch 4:12: «Ni hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos», etc.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.