Comentarios y sermones · Martín Lutero

Juan 3: comentario de Martín Lutero

Sermón para el Domingo de la Trinidad; Juan 3:1-15

I. LA SANTA TRINIDAD.

1 Hoy celebramos la fiesta de la Santa Trinidad, a la cual debemos referirnos brevemente, para no celebrarla en vano. Es verdad que el nombre «Trinidad» no se encuentra en ninguna parte de las Sagradas Escrituras, sino que ha sido concebido e inventado por los hombres. Por eso suena algo frío, y haríamos mejor en hablar de «Dios» que de la «Trinidad».

2 Esta palabra significa que en Dios hay tres personas. Es un misterio celestial que el mundo no puede entender. Les he dicho a menudo que este artículo, como todo otro artículo de fe, no debe fundarse en la razón ni en comparaciones, sino que debe entenderse y establecerse por medio de pasajes de las Escrituras, pues solo Dios tiene el conocimiento perfecto y sabe hablar acerca de sí mismo.

3 Las grandes universidades han inventado múltiples distinciones, sueños y ficciones con las cuales pretenden explicar la Santa Trinidad, y han quedado como necias. Por tanto, citaremos solamente pasajes de las Escrituras para determinar y establecer la divinidad de Cristo. En primer lugar, citamos del Nuevo Testamento, donde hallamos muchos textos probatorios; por ejemplo, Jn 1:1-3: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho». Ahora bien, si él no es hecho, sino que es él mismo el Hacedor, ciertamente debe ser Dios. Juan dice también más adelante: «Y aquel Verbo fue hecho carne».

4 Citamos de nuevo del Antiguo Testamento, donde David dice, en Sal 110:1: «Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra», es decir, siéntate en el trono real y sé señor y rey sobre todas las criaturas, las cuales deben estar sujetas a ti, «hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies». En Sal 8:4-8 leemos: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar». Eso significa: Tú lo has hecho Señor de todo el mundo. Pablo explica este pasaje de manera magistral en Ef 1:20 y Col 2:9-10. Ahora bien, si Dios lo ha puesto a su diestra y lo ha hecho señor de todo en el cielo y en la tierra, ciertamente debe ser Dios; porque no sería propio que lo pusiera a su diestra y le diera tanto poder sobre todas las criaturas como el que él mismo posee, si no fuera Dios. Dios no dará su gloria a otro, como dice en Is 48:11. Así, tenemos aquí dos personas: el Padre, y el Hijo, a quien el Padre ha dado todo lo que le está sujeto. «Sentarse a la diestra de Dios» significa estar sobre todas las criaturas de Dios; por tanto, debe ser Dios aquel a quien todo esto es dado.

5 Dios nos ha mandado también no adorar dioses ajenos. Ahora bien, leemos en Juan que, conforme a la voluntad de Dios, debemos honrar al Hijo como honramos al Padre. Son las palabras de Jn 5:19-23, donde Cristo dice a los judíos: «De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis. Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, asimismo también el Hijo a los que quiere da vida. Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió». Estas son, a mi parecer, palabras verdaderamente claras y distintas acerca de la divinidad de Cristo. Ahora bien, como Dios manda que tengamos un solo Dios, y que no rindamos a ninguna otra criatura la gloria que pertenece a Dios y le es debida, y sin embargo da esta gloria a Cristo, Cristo debe ser ciertamente Dios.

6 Pablo dice en Ro 1:2-4: «El cual él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, Jesucristo, Señor nuestro». Por tanto, según la carne comenzó a existir, pero según el Espíritu existía desde la eternidad, aunque antes no se entendía claramente; pues no era necesario que hiciéramos de él un Dios, sino solamente que declaráramos y entendiéramos que es el Hijo de Dios. Esta es la obra del Espíritu Santo, como dice el mismo Cristo en Jn 16:13: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad». Y en otro lugar escribe el Evangelista, Jn 17:1-5: «Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese».

7 Leemos también en Sal 2:8: «Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra». Verdaderamente está entronizado como rey de todos. Es el Hijo de Dios, y el mundo no está sujeto a ningún otro príncipe o rey. Asimismo, en otro salmo, David lo llama abiertamente Dios, cuando dice: «Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino. Has amado la justicia y aborrecido la maldad; por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros». Sal 45:6-7. Dios no hará rey a nadie que no sea Dios, porque no soltará las riendas de sus manos; él solo será el Señor sobre el cielo y la tierra, la muerte, el infierno, el diablo y todas las criaturas. Si, pues, hace a Cristo Señor de todo lo creado, Cristo debe ser verdaderamente Dios.

8 No podemos, por tanto, tener un fundamento más seguro para nuestra fe en la divinidad de Cristo que envolver y encerrar nuestros corazones en las declaraciones de las Escrituras. Las Escrituras nos conducen gradual y hermosamente a Cristo: primero nos lo revelan como hombre, luego como señor de todas las criaturas, y finalmente como Dios. Así somos conducidos con éxito al verdadero conocimiento de Dios. Pero los filósofos y los sabios de este mundo quieren comenzar por arriba, y por eso se han vuelto necios. Nosotros debemos comenzar por abajo y avanzar gradualmente en el conocimiento, para que no se nos apliquen las palabras de Pr 25:27: «Comer mucha miel no es bueno, ni el buscar la propia gloria es gloria».

9 Nuestra fe en estas dos personas, el Padre y el Hijo, queda, pues, suficientemente establecida y confirmada por pasajes de las Escrituras. Pero del Espíritu Santo, la tercera persona, leemos en Mt 28:19 que Cristo envió a sus discípulos diciéndoles: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Aquí se atribuye también divinidad al Espíritu Santo, ya que yo no puedo confiar ni creer en nadie sino en Dios. Y solo debo confiar en aquel que tiene poder sobre la muerte, el infierno, el diablo y todas las criaturas, cuya autoridad les impide hacerme daño, y que puede salvarme. Ninguno bastará, excepto aquel en quien pueda confiar absolutamente. Ahora bien, Cristo en este pasaje manda que creamos y confiemos también en el Espíritu Santo; por tanto, él debe ser Dios. En el Evangelio según Juan, Cristo habla con frecuencia a sus discípulos del Espíritu Santo, de su poder o de su ser.

10 En Gn 1:2 leemos: «Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». Pero este pasaje no es tan claro como el último que citamos; los judíos lo atacan y afirman que la palabra «espíritu» en hebreo significa «viento».

11 David dice en Sal 33:6: «Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca». Aquí es completamente claro que el Espíritu Santo es Dios, porque los cielos y todos sus ejércitos fueron hechos por él. Y de nuevo David dice en Sal 139:7-8: «¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás». Ahora bien, esto no puede decirse de ninguna criatura: que esté en todas partes y llene todo el mundo; sino solo de Dios, el Creador.

12 Por tanto, nos aferramos a las Escrituras, a esos pasajes que testifican de la Trinidad de Dios, y decimos: Sé muy bien que en Dios hay el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; pero cómo pueden ser uno, no lo sé, ni debo saberlo. Esto puede bastar para la primera parte. Volvamos ahora al Evangelio y digamos algo sobre él en el tiempo que nos queda.

Parte II: La explicación de este Evangelio; la conversación de Cristo con Nicodemo.

I. La conversación en general

1 En este Evangelio ven claramente lo que pueden hacer la razón y el libre albedrío. Pueden verlo con nitidez en Nicodemo, que era el mejor de los mejores, príncipe y jefe de los fariseos, y los fariseos ocupaban el primer lugar en su tiempo. Sin embargo, en las cosas más altas, en la vida espiritual, estaban completamente ciegos y muertos delante de Dios, por santos, sabios, buenos y poderosos que los hombres los consideraran. Cuanto más trata Nicodemo con Cristo, menos entiende a Cristo, aunque de él solo se espera que entienda las cosas terrenales y la manera de la muerte de Cristo. La razón es tan ciega que no puede percibir ni entender las cosas de Dios, ni todas las cosas que pertenecen propiamente a su propio campo. Este es un golpe para la naturaleza y la razón humana, tenidas en tan alta estima por la filosofía y los sabios de este mundo; los sabios han dicho que la razón siempre se esfuerza por alcanzar lo mejor.

2 Dios nos ha dado aquí un ejemplo que muestra que aun lo mejor de la naturaleza debe fracasar. Donde la naturaleza humana está en su mejor estado, es ciega, por no hablar de su envidia y su odio. Cristo ha demostrado aquí con ejemplos, palabras y hechos que la razón humana está completamente ciega y muerta delante de Dios; por tanto, no puede apreciar las cosas divinas ni desearlas.

3 Ahora bien, Nicodemo, que es un hombre piadoso y bienintencionado, no puede comprender la obra y la Palabra de Dios; ¿cómo, entonces, las comprenderían Anás y Caifás? Viene al Señor de noche, lo cual hizo por temor, no queriendo ser llamado hereje por otros. De ahí podemos concluir que era por naturaleza un viejo Adán, que buscaba cobardemente a Cristo de noche, y que aún no poseía la verdadera luz. Si hubiera sido un «hombre nuevo», habría venido en la clara luz del día, sin temer a nadie. A causa de su hipocresía, el Señor lo trata con dureza, cortando su saludo y toda conversación ulterior, como veremos. Nicodemo se acerca al Señor con estas palabras:

V.2. «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él».

II. La conversación en detalle.

4 Él piensa que ha pronunciado estas palabras con toda sinceridad; pero todavía está la vida vieja y nada más que hipocresía. Por eso Cristo no aceptará su saludo, sino que quitará a Nicodemo todo aquello en lo que se siente seguro y hará de él un hombre «nuevo», dándole un corazón nuevo y capacitándolo para andar por la fe. Le dice:

V.3. «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios».

5 Las palabras de Cristo son como si dijera: No, mi querido Nicodemo, no me conmueven tus hermosas palabras. Debes abandonar tu vida vieja y hacerte un hombre nuevo. No tienes la fe que dices tener; todavía tienes miedo. Aunque el hombre natural oye la Palabra de Dios, el evangelio, y se deleita en ella, no entra en el corazón. Por eso debemos matar la razón y experimentar el nuevo nacimiento. Esto es lo que Cristo quiere decir cuando dice que debemos nacer de nuevo. La razón no puede entender esto, y por eso Nicodemo responde:

V.4. ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?

6 Así la razón se escandaliza del Espíritu, imagina irrealidades y concibe este nuevo nacimiento como un nacimiento natural. Por eso Cristo continúa, explicándole este nacimiento para aclarar su malentendido, y dice:

V.5. «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios».

7 En otras palabras: El nuevo nacimiento del cual hablo debe explicarse de otro modo. Yo no suprimo el nacimiento natural, sino que hablo de un nacimiento que es de agua y del Espíritu. Luego continúa:

V.6. «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es».

8 Estas palabras no pueden ser captadas por la razón, que busca explicar las palabras «Espíritu» y «agua», especulando cómo puede ser tal nacimiento. Aquí no ve nada que tenga naturaleza de nacimiento y por eso hace el papel de necia diciendo: ¿Cómo puede un hombre nacer de agua y del Espíritu? Ciertamente, tal origen no produciría sino burbujas de agua.

9 Ahora Cristo habla y destruye la razón, diciendo: «¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?». Deberías enseñar a otros el nacimiento espiritual, para que se hicieran justos, pero tú mismo no lo entiendes. Derrota la razón y toda la ley, y dice: Amigo mío, ¿no sabes cómo pueden ser estas cosas? Para mí es claro, como lo fue también para los profetas, que corroboran mis palabras. Renuncia a tu razón y cierra tus ojos; aférrate solo a mi Palabra y créela. Dice de nuevo:

V.7, 8. «No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu».

10 Es como si dijera: Presumes juzgar las cosas espirituales con tu razón, y al mismo tiempo no puedes entender las cosas sencillas de la naturaleza. Llama la atención de Nicodemo sobre el viento. Ningún filósofo ni científico ha podido jamás comprender y describir la naturaleza del viento: dónde tiene su comienzo o dónde termina. No podemos ver de dónde viene el viento, ni cómo sopla al pasar junto a nosotros, ni hasta dónde llega. Ahora bien, si con nuestra razón no podemos sondear lo que vemos a diario en la naturaleza, mucho menos podremos sondear con nuestra razón las obras divinas que Dios realiza dentro de nosotros.

11 Cómo nace de nuevo un hombre puede decirse fácilmente con palabras. Pero cuando se trata de la experiencia, como aquí con Nicodemo, entonces es cosa difícil de entender y requiere esfuerzo alcanzar la experiencia. Es fácil decir: Debemos cegar nuestra razón, no hacer caso de nuestros sentimientos, cerrar los ojos y aferrarnos solo a la Palabra; en fin, morir y sin embargo vivir. Pero perseverar en esto, cuando se vuelve cuestión de experiencia y cuando somos realmente probados, requiere penas y trabajo. Es una experiencia muy amarga.

12 Tenemos un ejemplo de este nuevo nacimiento en Abraham, cuyo hijo había de heredar el mundo y cuya descendencia había de ser como las estrellas del cielo, como se le prometió en Gn 15:5. Entonces vino Dios y le mandó matar a su hijo. Ahora bien, si Abraham hubiera obrado como la razón dictaba, habría concluido así: Sí, Dios me ha dado esta descendencia, con la cual ha prometido multiplicar mi familia, y ahora me manda ofrecerlo en sacrificio. Ciertamente Dios no puede mandar esto; debe de ser el diablo. Pero Abraham mata la razón y honra a Dios, pensando: Dios es tan poderoso que puede resucitar a mi hijo de entre los muertos y multiplicar mi familia por medio de él, o puede darme otro hijo, o cumplir su propósito de alguna otra manera que yo no conozco. Así Abraham lo encomienda todo a Dios. Aquí Abraham deja su vida vieja y se entrega a Dios, cree en él y se hace un hombre nuevo. Entonces viene el ángel y le dice: «Abraham, Abraham, no extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya sé que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único», Gn 22:11-12. Abraham no podía haber imaginado que Dios vendría así en su auxilio; más aún, ya había matado a su hijo en su corazón.

13 Ahora bien, el comienzo de este nacimiento fue en el bautismo. El agua es el bautismo; el Espíritu es esa gracia que se nos da en el bautismo. El resultado de este nacimiento se ve claramente en la hora de la muerte o en tiempos de prueba por la pobreza y la tentación. El que ha nacido de la carne lucha para defenderse, mira a un lado y a otro, emplea su razón para ganarse la vida. Pero el que ha nacido de nuevo razona así: Estoy en las manos de Dios, que antes me ha sostenido y alimentado de manera maravillosa; también me alimentará y me sostendrá en el futuro, y me librará de toda pena y desgracia.

14 Cuando estamos por morir, sentimos que debemos partir y no sabemos a dónde; la casa de refugio no está lista y no sabemos si será una casa blanca o una casa negra. Porque donde hay carne y sangre, allí está aún el viejo Adán, que no sabe a dónde irá, si abajo o arriba, a la izquierda o a la derecha; sobre qué debe reposar su alma y partir. Entonces hay angustia y miseria, a modo de un verdadero infierno; pues el tormento del infierno no es sino miedo, terror, espanto y desesperación. Pero si creo en Dios y he nacido de nuevo, cierro los ojos y no ando a tientas. Estoy dispuesto a que la condición del alma cambie por completo, y pienso: Oh Dios, mi alma está en tus manos; tú la has preservado durante mi vida y yo nunca he sabido dónde la has puesto, ni quiero saber a qué lugar la destinarás ahora. Solo sé que está en tus manos y que tú cuidarás de ella. Así debemos abandonar la vida de la carne y entrar en una vida nueva, muertos a la vieja. Este es un verdadero morir, y no meramente una sensación dolorosa, como quitarse una costra rascándola, como han dicho los filósofos; y han comparado el entrar en la vida nueva con el enjuague de una olla por la cocinera. Debe haber un cambio real y una transformación completa de la naturaleza, pues el estado natural y el sentimiento natural deben ser derribados por completo.

15 Ahora bien, el Señor dice aquí: «Lo que es nacido de la carne, carne es». «Carne» significa el hombre entero, con cuerpo y alma, razón y voluntad, que aún no ha nacido del Espíritu. Porque el alma ha entrado tan hondamente en la carne para guardarla y protegerla del daño, que el alma es más carne que la carne misma. Lo vemos en la muerte, cuando la carne no entrega de buen grado la vida porque el alma todavía está presente; pero tan pronto como el alma ha partido, el cuerpo se deja mutilar y permite todo lo que se haga con él. El Señor nuestro Dios alude también a esto con estas palabras en Génesis, dichas antes del diluvio: «No contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne». El hombre no desea la destrucción de la carne, o, en otras palabras, morir; pero esta es la voluntad del Espíritu, por lo cual desea que la carne sea pronto destruida. Así la naturaleza del alma debe cambiar y debe hacerse enemiga del cuerpo, deseando que el cuerpo muera, para que ella (el alma) entre en una vida nueva. Que esto será así, debemos creerlo, pero no saber cómo. Es obra de Dios, y él no nos ha mandado sondearla.

16 Así el Señor quiere señalar con esta comparación del viento que el hombre espiritual no está ni aquí ni allá y no está limitado a tiempo ni lugar alguno. No se pone cogulla, ni hace ninguna de las cosas meramente materiales, pues sabe que no valdrán. En resumen, ninguna peregrinación, ningún ayuno, ningún dinero dado para misas, ninguna buena obra vale de nada; debe haber una vida nueva, es decir, todas nuestras obras deben perecer y reducirse a nada, como se ha dicho. La vida nueva, sin embargo, no consiste en depender de las obras, sino que permanece y persevera en la gracia de Dios, que él nos da por medio de Jesucristo. Si he de mantenerme firme, mis obras y todo lo que he ideado deben hacerse pedazos y reducirse a nada. En consecuencia, en el hombre nuevo no hay comienzo ni fin definido. Oímos en verdad el soplar del viento, pero no sabemos de dónde viene ni a dónde va. Así ocurre aquí: un hombre predica y la Palabra está en su boca, pero nadie sabe de dónde le viene, qué logrará ni dónde dará fruto.

17 De este pasaje concluimos, pues, que un cristiano no debe depender de las obras, de ciertos lugares o de ciertas personas. La razón se asombra de esto y pregunta: ¿Cómo puede ser que todo el que es nacido del Espíritu se compare con el viento y que todas nuestras obras no signifiquen nada? ¿Qué resultados pueden seguirse? Si esto fuera así, todos los sacerdotes, monjes y monjas, con sus vidas hermosas y dignas, deberían ser condenados. Cristo responde a la pregunta de Nicodemo, V.9. ¿Cómo puede hacerse esto?, de la siguiente manera:

V.10. ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?

18 En otras palabras: Ciertamente deberías saber esto, porque eres de los que enseñan al pueblo, pero veo que no sabes nada de ello. Lo que te he explicado, a saber, que debemos nacer de nuevo, deberías haberlo enseñado al pueblo. Pero les has enseñado lo contrario: han procurado saber de dónde viene el viento y a dónde va, se han ocupado de su soplar y de otras cosas inútiles; pero las cosas más necesarias para ustedes y para el pueblo las han descuidado. Oigan, pues, lo que les digo:

V.11. «De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio».

19 Como si Cristo dijera: ¿Debo mostrarte cómo pueden ser estas cosas? No se puede hacer. Debes creerme, ya que tú mismo dices que soy un maestro venido de Dios. Cuando he dicho que un hombre debe nacer de nuevo y que todas tus obras son inútiles, no puede demostrarse de modo que lo veas con tus ojos; solo puede explicarse con palabras. Si lo crees, lo entenderás. Pero Nicodemo no lo entendió. Por eso el Señor, descubriéndole más y más su necedad, continúa:

V.12. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?

20 Solo te he hablado de cosas terrenales: cómo todos debemos quedar reducidos a nada; que el hombre es polvo y ha de volver al polvo; cómo sopla el viento; y sin embargo no lo entiendes. ¿Qué sabrías si te hablara mucho acerca de Dios? Te he hablado de cosas insignificantes, y no las entiendes. ¿Cómo entenderías si te dijera que nuestros cuerpos inmortales, después de la muerte, brillarán tan claros y resplandecientes como el sol? ¿Y si te hablara de lo que viene después de la muerte? Lo entenderías mucho menos. Luego explica a Nicodemo algunas de estas cosas celestiales y continúa:

V.13. «Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo».

21 La razón no entiende lo que esto significa, pues es un sermón del cielo; como si Cristo dijera: El Hijo del Hombre vino a la tierra y sin embargo permaneció en el cielo. Subió de nuevo al cielo; es decir, llegó a ser Señor del cielo y de la tierra y de todas las criaturas. Sepan, pues, que yo soy el que ha descendido, el que descendió incluso al infierno, y sin embargo permaneció en el cielo. Porque cuando Cristo estaba en la muerte, vivía; cuando era tenido por el más insignificante y despreciado de los hombres, era delante de Dios considerado el más digno de honra y el más grande. Subió de nuevo al cielo, después de resucitar de entre los muertos, tomó de nuevo todo poder y ha llegado a ser señor de todas las criaturas de la tierra. Nadie lo ha seguido en esto.

22 Nosotros estamos verdaderamente también en la muerte, pero al mismo tiempo estamos en el cielo como Cristo. El pecado y la muerte reinan dentro de nosotros, pero no han podido vencer a Cristo; más aún, en su mano y en su poder están la vida y la muerte, como dice en Jn 10:17-18: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar». Nadie sino Cristo obtiene tal poder que todas las cosas le estén sujetas. Aunque delante del mundo estaba muerto, vivía delante de Dios, su Padre; y aunque delante del mundo estaba en gran deshonra y vergüenza, era sin embargo muy honrado por Dios. Pero todo esto lo hizo solo por nosotros. Pues en la caída de nuestro primer padre Adán, todos hemos caído. Cristo tuvo que expiar esta caída con su deshonra, vergüenza, ignominia y muerte, para que pudiéramos obtener de nuevo honra y vida.

23 Cristo reprende aquí de nuevo a Nicodemo, como lo había hecho antes cuando dijo: «Lo que es nacido de la carne, carne es». Dice en efecto: Presumes subir al cielo y escapar del infierno, pero fracasarás. La carne y la sangre no pueden entrar en el cielo. Solo sube al cielo el que ha descendido del cielo, de modo que el dominio de todo esté en sus manos. Él puede destruir todo lo que vive, dar vida a todo lo que está muerto y empobrecer a todo lo que es rico. Queda, pues, determinado aquí que nada de lo que ha nacido de la carne puede entrar en el cielo. Pero la subida de Cristo al cielo, así como su descenso hasta nosotros, fue para nuestro provecho, para que nosotros, que somos carnales, pudiéramos también entrar en el cielo. Sin embargo, es solo con la condición de que primero nuestro cuerpo mortal perezca. En suma, nada podemos lograr con nuestras propias obras, pues Dios nos salvará solo por medio de Cristo, que es la única escalera por la cual subimos al cielo. Cómo se nos concede esta subida al cielo, cómo llega a ser nuestra, lo explica Cristo cuando dice:

V.14, 15. «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna».

24 ¿Qué quiere decir Cristo con esto? Quiere decir que todos los que desean entrar en el cielo y seguirlo deben hacerse nuevas criaturas; él subió al cielo para que lo siguiéramos. La narración a que Cristo se refiere está escrita en Nm 21:6-9: «Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel. Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: Hemos pecado por haber hablado contra Jehová, y contra ti; ruega a Jehová que quite de nosotros estas serpientes. Y Moisés oró por el pueblo. Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre un asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá. Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre un asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía».

25 Cristo usa esta Escritura para señalarse a sí mismo; su referencia es como si dijera: Así como los judíos en el desierto, mordidos por serpientes ardientes, fueron salvados mirando la serpiente de bronce que Moisés puso sobre un asta, así también es conmigo. Ninguno que me mire perecerá; es decir, todos los que tienen mala conciencia, atormentados por el pecado y la muerte, deben creer que he descendido por causa de ellos y he subido de nuevo. Entonces ni el pecado ni la muerte les harán daño; más aún, no perecerán por toda la eternidad. Quien quiera entrar en el cielo y ser salvo, debe ser salvado por esta serpiente, que es Cristo; de otro modo perecerá. Así, este Evangelio condena el libre albedrío y todo logro humano, y señala solo a esta serpiente.

26 El significado espiritual de la narración de Números es este: La serpiente que mordió y envenenó a los judíos es el pecado, la muerte y una mala conciencia. Sé que debo morir y que estoy bajo el poder de la muerte; no puedo librarme a mí mismo y debo permanecer en este estado hasta que se levante para mí una serpiente muerta, una que, por no estar viva, no puede dañar a nadie, sino más bien beneficiar, como la serpiente de Moisés. Ahora bien, esta es Cristo. Lo veo colgado en la cruz, ni hermoso ni muy honrado. Si su muerte en la cruz estuviera de moda para ganarle los aplausos de los hombres, la carne podría decir que merecía sus honores y su exaltación por sus obras. Pero lo veo colgado en deshonra en la cruz, como un asesino y malhechor; por tanto, la razón debe decir que es maldito delante de Dios. Los judíos creían que esto era verdad y solo podían considerarlo el más maldito de todos los hombres delante de Dios y del mundo, pues recordaban este pasaje de la ley de Moisés: «Maldito de Dios es el colgado». Dt 21:23.

27 Moisés tuvo que levantar una serpiente de bronce, que se parecía a las serpientes ardientes, pero no mordía ni dañaba a nadie; más aún, salvaba al pueblo. Así también Cristo tiene la forma y la apariencia de un pecador, pero se ha hecho mi salvación; su muerte es mi vida; él expía mi pecado y aparta de mí la ira del Padre. La serpiente viva y ardiente está dentro de mí, porque soy pecador, pero en él hay una serpiente muerta; fue en verdad considerado pecador, pero nunca cometió pecado alguno.

28 Si, pues, el hombre cree que la muerte de Cristo ha quitado su pecado, se hace un hombre nuevo. El hombre carnal y natural no puede creer que Dios quitará y perdonará gratuitamente todos nuestros pecados. La razón argumenta de este modo: Has pecado, debes también expiar tu pecado. Entonces inventa una buena obra tras otra y procura quitar el pecado con buenas obras. Pero el evangelio de Cristo es: Si has caído en pecado, otro debe expiar por ti; si un hombre cree esto, se hace uno con Cristo y tiene todo lo que es de Cristo.

29 Este Evangelio, pues, significa que nuestras obras no son nada, y que todo lo que puede hacer el poder humano es inútil, pero la fe en Cristo lo hace todo.

Sermón para el Domingo de la Trinidad; Juan 3:1-15 (2.º sermón)

LA INSTRUCCIÓN QUE CRISTO DA A NICODEMO SOBRE EL NUEVO NACIMIENTO, Y LA JUSTICIA QUE VALE DELANTE DE DIOS.

1 Este es otro hermoso Evangelio y trata de la doctrina principal y capital de la cristiandad, a saber, el artículo sobre cómo una persona llega a ser santa y justa a los ojos de Dios. Y se nos pone delante una hermosa alegoría que muestra cómo la razón en su mejor forma y la santidad en su grado más alto sobre la tierra encallan contra la verdad genuina y la espiritualidad de este asunto. Porque esta persona, Nicodemo, es muy elogiada por el evangelista Juan, quien declara que era grande tanto por la estima en que lo tenían sus semejantes como por su hermosa vida conforme a la ley. Era un magistrado de los judíos, es decir, un consejero en los asuntos de gobierno de ellos; y además fariseo, es decir, uno de los hombres más instruidos, pues se los tenía por los más sabios. Además, era uno de los hombres más piadosos; pues los miembros de esta secta eran considerados los mayores santos. Así, no se le puede achacar falta ni culpa, y no se lo puede hacer mayor: en el gobierno es magistrado, en el saber el más sabio, y en su vida el más santo.

2 Además de estas, hay en él otra gracia, a saber, que siente afecto por Cristo, el Señor. Esta era una virtud muy por encima de las otras tres. Los demás magistrados y fariseos, aunque eran los hombres más sabios y santos, perseguían a Cristo y lo asociaban con el diablo; y nadie se atrevía a murmurar contra su decisión, pues el que murmuraba era expulsado del concilio y excomulgado. Con todo, Nicodemo es tan santo que ama a Cristo y se le acerca en secreto para hablar con él y mostrarle su amor.

3 En verdad, debió de ser un hombre particularmente excelente entre los fariseos y un hombre tan verdaderamente piadoso como puede serlo por naturaleza y conforme a la ley, que buscaba con seriedad la verdad e indagaba cómo y qué enseñaban y predicaban los hombres. Siendo un hombre sabio, observó también que este Jesús debía de ser una persona extraordinaria, y movido por sus milagros deseó oírlo personalmente y hablar con él acerca de su doctrina. Pues sin duda había oído y sabido que Juan el Bautista había introducido poco antes una nueva clase de predicación y de bautismo, y había proclamado al Mesías, que entonces venía, mientras atacaba y reprendía dura y severamente a los fariseos, como ahora también lo hace este hombre. Así que se siente movido a ir a él y a oír qué es lo que enseña y qué es lo que reprende. Porque una persona inteligente como él no puede entender por qué habría de haber algo digno de censura o de reproche en la vida santa de los fariseos conforme a la ley y en sus hermosas obras.

4 Por eso va a Cristo con pensamientos como estos: Cristo se alegrará de verme venir y estará sumamente complacido de que un hombre tan grande y excelente, uno de los magistrados y de los mejores hombres, se humille así y muestre tal honra a una persona humilde como Cristo, al ir a él y buscar su amistad, cosa que Cristo no se atrevería a esperar de nadie. Así se pone en camino de buen humor, esperando ser bien acogido y recibido con mucha amabilidad. Ni siquiera teme lo más mínimo que pueda ser reprendido o puesto en la escuela, sino que se imagina que, ya que obra como un buen amigo, Cristo lo tratará a su vez con respeto y amabilidad. A veces todavía puede ocurrir que un predicador serio sea engañado por una persona de esta clase y deje que la buena opinión expresada le haga cosquillas, y así él, a su vez, adule y lisonjee.

5 Nicodemo, pues, comienza con estas palabras: V.2. Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, etc. Esa es una gran alabanza para este predicador, con la cual Nicodemo ofrece su testimonio de que la doctrina de Cristo es de Dios; es decir, que es la verdad genuina y la Palabra de Dios, a pesar de que no todos los fariseos y magistrados estimaban así a Cristo, sino que lo consideraban más bien un espíritu sedicioso y un impostor que se había presentado sin encargo de las autoridades competentes y que, en oposición a ellas, quería atraerse al pueblo, etc. Sin embargo, como Cristo introduce una doctrina distinta de la que ellos habían aprendido hasta entonces de la ley, y como ataca tan vigorosamente a los fariseos, Nicodemo está todavía perplejo y desea saber qué cosas mejores y diferentes puede enseñar Cristo.

Sus observaciones son como si dijera: Vemos y sabemos muy bien que tu doctrina está por encima de todo reproche y censura y debe ser verdadera y divina; y quien quiera dar testimonio de la verdad debe confesarlo así. Porque esto lo prueban las señales y los prodigios que haces y que ningún otro ha hecho jamás ni puede hacer. Sin embargo, ¿qué pretendes al presentar otra doctrina y al reprendernos? ¿Son, pues, vanas y sin valor nuestra doctrina y nuestras obras? ¿Qué hallas en ellas que censurar? Tenemos sin duda la ley de Moisés, que sin duda alguna fue dada por Dios. ¿Por qué, entonces, nos reprendes cuando nos esforzamos con toda diligencia por guardar y cumplir la ley, como si Dios no se complaciera en ello y no pudiéramos por eso entrar en el cielo? ¿Y por qué recibes, en cambio, a publicanos y a otros pecadores manifiestos? ¿Qué otras cosas y mejores pueden enseñarse o practicarse para agradar a Dios?

6 Así ven que la pregunta que Nicodemo procura que Cristo responda no es otra sino: ¿Cómo puede una persona llevar una vida justa a los ojos de Dios o, como lo expresan los apóstoles, cómo hacerse justa y obtener la vida eterna? A esta pregunta Cristo da una respuesta seca y cortante; se muestra como una persona del todo distinta de la que Nicodemo esperaba encontrar. Primero, afrenta a Nicodemo con bastante dureza y lo rechaza, por así decirlo, con un rayo, diciendo:

V.3. «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios».

7 Este es ciertamente un texto duro, y una respuesta poco amistosa a un saludo tan amistoso. Porque con estas palabras trastorna todas las pretensiones de Nicodemo; más aún, derriba y condena todas sus obras y su vida. Quiere decir: Tú me consideras incapacitado para censurar su hermosa disciplina y culto de fariseos, e incapaz de enseñar nada mejor; es decir, no me estimas más que como un maestro e instructor de obras humanas, así como tampoco estimas más a tu Mesías y esperas que no sea más que una persona que alabará y elogiará, guardará y conservará tu ley y tus reglamentos, y que por eso los pondrá a ustedes en gran honra y autoridad. Pero ya que me tomas por un maestro venido de Dios, te diré algo que no has oído antes y que no sabes: Mi querido Nicodemo, no imagines que agradarás a Dios y serás salvo por tu vida y tus obras, por hermosas y preciosas que sean, aunque sean conforme a la ley.

Aunque es verdad que Dios ha dado la ley y exige que la guardes, con todo no eres justo a los ojos de Dios por eso; porque una cosa es tener la ley y otra cumplirla. Está lejos de ser cumplida con la ejecución externa de sus obras. Debe guardarse entera y perfectamente, con cuerpo y alma, y desde lo más íntimo del corazón, sin desobediencia ni pecado alguno. Ustedes, fariseos y gente que se cree justa, no hacen esto; porque se imaginan que pueden dar a Dios lo que le es debido con una santidad externa, y, confiando en tal santidad y sintiéndose seguros en ella, viven en una falsa confianza, vacíos del temor de Dios; más aún, desprecian su ira contra el pecado. Además, desprecian y condenan a otras personas que no estiman en mucho su santidad y no se ajustan a su modelo.

8 Para decirlo brevemente, dice: Tu vida y tus obras, que consideras santas, y las de todos los fariseos, más aún, las de todos los hombres, son vacías y de nada valen a los ojos de Dios. Debe tener lugar un cambio por el cual la persona nazca de nuevo, es decir, debe hacerse una persona enteramente distinta; de otro modo no puede entrar en el reino de Dios. Ya ves, pues, cuál es mi doctrina, sobre la cual has preguntado. Yo no enseño en oposición a la ley de Dios para destruirla, sino que solo les acuso de no haberla guardado, más aún, de no haberla entendido, aunque pretenden ser sus maestros y se imaginan que la cumplen. Se imaginan que yo debería predicar la ley, lo mismo que ustedes, y que si las leyes de Moisés, que dicen haber guardado, no bastan, yo debería traerles una ley nueva y mejor que enseñe buenas obras, así como ustedes han establecido muchas obras de su propia elección además de la ley de Dios, como si ya la hubieran cumplido.

9 Pero yo no les hablo de artículos, leyes u obras nuevas, pues las que la ley ordena ya son más de lo que pueden hacer y guardar. Yo enseño que deben hacerse personas del todo distintas. Mi enseñanza no trata de lo que deben hacer o dejar de hacer, sino de lo que deben llegar a ser. No apunta a la ejecución de obras nuevas, sino primero a nacer de nuevo; no a una vida distinta, sino a un nacimiento distinto. No sirve poner el fin antes del comienzo, o junto a él; esperar fruto antes de la raíz o tan pronto como hay raíz. Primero el árbol debe ser hecho nuevo y debe haber una raíz buena y apropiada, si los frutos y las obras han de ser buenos. No son la mano y el pie ni sus acciones lo que debe cambiar, sino la persona, es decir, el hombre entero. Si esto no ha ocurrido, las obras no tienen valor ni provecho alguno y una persona no puede ver el reino de Dios; en otras palabras, debe permanecer bajo la condenación del pecado y de la muerte eterna.

10 Esta fue, en verdad, una predicación extraña e inaudita, y una respuesta ruda y hosca para nuestro santo Nicodemo, que había venido al Señor con buena intención y pensando que iba por buen camino. Lo que menos había esperado era que Cristo condenara, o pudiera condenar, su buena vida y su celo en guardar la ley. Al contrario, había esperado que Cristo tuviera que alabarlos como ejemplo para otros, o que lo animara a continuar, o que le sugiriera alguna otra obra que aún debía hacer. Estaba preparado para oír y hacer tal cosa. Y ahora oye, en cambio, que Cristo lo rechaza por completo y condena toda su vida buena y santa, procediendo de un modo del todo absurdo. Él alaba a Cristo como buen hombre; Cristo a su vez lo aborda diciéndole: Y tú eres un mal hombre. Él da honra a Cristo y lo llama maestro venido de Dios; Cristo a su vez le dice que tanto su doctrina como su vida son erróneas y que ya han sido excluidas del cielo. Pues ¿qué otra cosa significan sus palabras sino esto: Haces muchas obras hermosas y te imaginas santo e irreprochable, de modo que necesariamente debes agradar a Dios. Pero yo te digo que todo lo que has hecho en tu vida pasada, o que aún puedas hacer en esta vida, es trabajo perdido y condenado a los ojos de Dios, y no solo tus obras sino también tu corazón y toda tu naturaleza, todo lo que eres y todo lo que haces. Todo debe ser puesto a un lado; el árbol con su raíz y sus frutos debe ser arrojado y quemado, y debe crearse un árbol nuevo.

11 Así, esta primera parte de la conversación de Cristo con Nicodemo no es otra cosa que un verdadero y agudo llamado al arrepentimiento. Cristo, como fiel predicador, se compadece de Nicodemo porque es tan ignorante y está todavía muy lejos del reino de Dios. Por eso le corta secamente la palabra y le niega el cielo; más aún, lo condena y lo entrega al diablo, declarando que, tal como vive ahora o pueda vivir en el futuro, nunca podrá entrar en el reino de Dios, sino que debe perderse y permanecer en poder del diablo, de la muerte y del infierno. Hace esto para que Nicodemo llegue al conocimiento de sí mismo y alcance un genuino entendimiento y una vida genuina delante de Dios. Una predicación penitencial de esta clase es particularmente necesaria para personas como Nicodemo, que siguen su camino en la justicia de sus propias obras y pretenden ser santas y justas a los ojos de Dios porque son irreprochables a los ojos del mundo.

12 Así, Cristo comienza siempre la predicación del evangelio con este punto: primero revela y enseña lo que ninguna razón humana ha recogido ni conocido de la ley, a saber, que todos los hombres en su estado y vida naturales están condenados y bajo pecado. San Pablo lo prueba también de manera concluyente al comienzo mismo de su Epístola a los Romanos. Y esta es la primera sentencia y conclusión aquí establecida: que en su estado natural y con todas sus capacidades, el hombre no puede cumplir la ley de Dios, aunque intente guardarla; que guardar la ley no significa hacer sus obras exteriormente, hasta donde alcanza la fuerza humana; y que, en consecuencia, la ley no puede ayudar al hombre a ser santo a los ojos de Dios ni salvarlo del pecado y de la ira eterna.

13 Si esto estuviera en poder del hombre y pudiera lograrse en nuestra naturaleza por medio de la ley, Cristo no podría decir acerca de todos los hombres, como lo dice aquí: «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios». Eso es ciertamente decir que el hombre en su naturaleza vieja, por muy eminente altura que alcance con sus dones de razón, sabiduría y virtud, no puede librarse del pecado ni del poder de la muerte, ni puede agradar a Dios. En suma, debe haber un ser enteramente distinto; es decir, la persona entera debe ser cambiada de modo que obtenga una mente y un corazón del todo nuevos, y nuevos pensamientos y sentimientos.

14 Así ven derribadas, como por un poderoso rayo, todas las enseñanzas y jactancias de los hombres que se proponen instruir a la gente sobre cómo hacerse justos por la fuerza y las obras de la naturaleza humana, o que al menos querrían poner las obras junto a la fe, y que sostienen que los hombres deben aportar algo por sí mismos a su justicia. Porque aquí se les dice claramente que una persona debe nacer de nuevo o ser cambiada antes de poder ver el reino de Dios o hacer algo que agrade a Dios. Ahora bien, el hombre ciertamente no puede aportar nada a su nacimiento con sus propias obras; más aún, antes de poder actuar en absoluto, su nacimiento debe haberse cumplido. Entonces, puesto que aquí se exige un nuevo nacimiento, las obras y la actividad del nacimiento viejo nunca pueden tener valor ni ayuda alguna; de hecho, todas están rechazadas y condenadas de antemano.

15 Tampoco puede sostenerse la afirmación de que las obras que siguen al nuevo nacimiento contribuyen algo a nuestra justicia, pues el nuevo nacimiento debe haber ocurrido antes de que una persona pueda actuar en virtud de él; es decir, primero se debe pertenecer al reino y al cielo antes de comenzar a hacer obras que agraden a Dios. Pero este punto será explicado más plenamente por los versículos siguientes, en los cuales Cristo expone el proceso del nuevo nacimiento. Aquí tenemos solo la introducción, en la cual derriba la presunción del fariseo y establece la doctrina contraria. Al oír esto, Nicodemo queda perplejo, y como no sabe qué pensar de las palabras de Cristo, suelta y dice:

V.4. ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?

16 Quiere decir: ¡Qué afirmación y enseñanza tan rara y absurda! ¿Quién ha oído jamás que una persona nazca de nuevo, o que sea posible nacer de otro modo que como uno ha nacido? ¿Qué pretendes al proponer y exigir una cosa tan imposible? Si quieres enseñar a la gente, debes decirle algo que un ser humano pueda hacer. Esta es la respuesta que la sabiduría y la razón de los hombres dan a la predicación del arrepentimiento y del nuevo nacimiento, por la cual la ley recibe su verdadera gloria. Y, en efecto, tienen que responder así, porque no saben otra cosa. A causa de ese adiestramiento externo en una vida santa que una persona puede obtener con su propia fuerza, con tal que oiga la ley, Nicodemo no puede soportar oír que estas cosas tan encomiables a los ojos del mundo hayan de ser tenidas por sin valor y condenadas, especialmente porque hay muy pocos hombres que lleven así una vida hermosa y virtuosa. Todos los gobernantes de este mundo, por inteligentes, sabios y grandes que sean, consideran dañina la enseñanza que menosprecia una vida tan hermosa, y por eso acusan al evangelio de pretender prohibir las buenas obras, etc.

17 Sin embargo, al hacerlo así, dan testimonio de su propia ceguera e ignorancia en estas cosas divinas. Nicodemo, que pasa por maestro e instructor, con la confesión de su propia boca sella su sabiduría con mayor necedad, porque sueña con un nacimiento natural de padre y madre e imagina que comprende el sentido de Cristo y que ha frustrado eficazmente su propósito. Tal es el hábito corrompido de la razón humana, que siempre presume juzgar la Palabra de Dios y actuar como su tutora, aunque no la entiende. ¡Como si Cristo, a quien Nicodemo tiene que reconocer como maestro venido de Dios, no fuera lo bastante sabio para saber por sí mismo que una persona no puede nacer de nuevo en un nacimiento físico, y que tal nacimiento no le aprovecharía! Y, en efecto, el mismo Cristo sale al paso de esta idea.

V.5. «Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios».

18 Quiere decir: No necesitas enseñarme cómo expresarme. Sé muy bien lo que he dicho, y para que sepas que una persona no entra en el reino de Dios por su propia capacidad, digo otra vez que debe nacer de otra manera, o no puede entrar. Sin embargo, no hablo del nacimiento natural, de la descendencia de padre y madre, con lo cual estás soñando porque no conoces otro nacimiento; sino que hablo de un nacimiento distinto, un nuevo nacimiento, de agua y del Espíritu. Ciertamente me has oído rechazar este mismo nacimiento de padre y madre por el cual tú y todos los demás hombres, judíos o no judíos, han nacido. Aun si yo concediera que este fuera el sentido del nuevo nacimiento de una persona, todavía una persona podría nacer de nuevo del vientre de su madre cien veces, y sin embargo cada nuevo nacimiento de esta clase no sería distinto ni mejor que el anterior. La razón la declara así:

V.6. «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es».

19 Estas son dos declaraciones claras con las cuales derriba la idea y el sueño del fariseo de un nacimiento natural, y explica sus observaciones iniciales, en las que había dicho que, a menos que una persona reciba un nacimiento distinto, no puede entrar en el reino de Dios. La expresión «lo que es nacido de la carne» define todo lo que el hombre es, y puede hacer, según su naturaleza humana en su estado presente, desde Adán. Pues el significado de «carne» en la Escritura es el hombre natural, en su sentido humano, nacido de padre y madre, tal como vive, obra, piensa, habla y actúa, no importa cuándo, cuántas veces o de quién nazca, ni si se lo llama judío o gentil. Jn 1:12 habla de ser nacido de sangre, es decir, nacido de manera natural, de los santos padres, u obtener el nacimiento por voluntad de varón y con ello aceptar la pertenencia entre el pueblo y los hijos de Dios. Todo esto no es sino carne, es decir, está vacío del Espíritu. Ahora bien, estar vacío del Espíritu no significa otra cosa que lo que él llama no poder entrar en el reino de Dios, es decir, estar condenado en el pecado, bajo la ira de Dios, a la muerte eterna.

20 Este es ciertamente un veredicto seco, sin adornos, solemne y terrible sobre todos los hombres en su estado natural. Establece la conclusión de que por la enseñanza y las obras de la ley, es decir, las obras que el hombre puede hacer conforme a ella, ninguna persona queda libre del pecado ni es justa a los ojos de Dios, porque su naturaleza no es cambiada por las obras, sino que permanece lo que era antes. Por esta razón nadie puede, bajo la ley, entrar en el reino de Dios ni obtener la vida eterna.

21 Dice de nuevo: «Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es». Llama «Espíritu» a lo que Dios obra en nosotros por encima de la capacidad de la naturaleza humana, a saber, aquel conocimiento, luz y entendimiento espirituales que él nos revela, a fin de que conozcamos a Dios, nos volvamos a él, echemos mano de su gracia y nos aferremos a él. Para que el hombre reciba estas revelaciones, su corazón debe ser primero renovado e iluminado por el Espíritu Santo, para que aprenda a conocer la voluntad de Dios para con él y entienda el camino para obtener gracia y vida eterna.

22 La predicación y la enseñanza de la ley por sí solas no pueden hacer esto; ella, en verdad, exige de nosotros obras y obediencia, pero como estas cosas no son posibles para nuestra naturaleza, que es característica de todo lo contrario, el único efecto de la ley, correctamente entendida, es hacernos culpables y condenarnos al infierno eterno bajo la ira de Dios. Y es con este fin que debe ser predicada, pues fue dada por Dios para que el hombre aprendiera primero esta verdad. Ahora bien, si el hombre no ha de permanecer bajo condenación, sino que ha de mirar a Dios en busca de gracia y consuelo, debe añadirse la predicación de una palabra diferente. Aquí se nos dice que tal palabra es la predicación y el oficio del Espíritu Santo, revelado y traído del cielo por Cristo, el Hijo de Dios. Cristo habla ahora de este oficio y lo explica más plenamente después.

23 Así este pasaje nos muestra la razón de lo que la primera parte de este discurso ha declarado, a saber, la razón por la cual una persona no puede entrar en el reino de Dios con la naturaleza que tiene por nacimiento, y por qué es necesario otro nacimiento, uno que debe ser cumplido por el Espíritu Santo. Cristo reprende aquí no solo la ignorancia y el error humanos, sino que comienza también a enseñar qué es el nuevo nacimiento y cómo se realiza, aunque no incluye aquí todas las partes que le pertenecen, sino que muestra, en primer lugar, solo las causas efficientes, las causas y los medios de los cuales brota este nuevo nacimiento y por los cuales se efectúa. Más adelante dirá cómo se adquiere y por quién; también el modo de recibirlo. Por eso debemos mirar estas palabras un poco más de cerca, para aprender qué significa nacer de agua y del Espíritu.

24 Observen, en primer lugar, que dirige a Nicodemo a la ordenanza externa en la Iglesia, a saber, a la predicación y al bautismo, porque dice que uno debe nacer de agua y del Espíritu. Habla de la ordenanza que había sido introducida por Juan el Bautista, precursor y siervo de Cristo. Los fariseos y Nicodemo la conocían muy bien, porque la habían visto. Al señalarle esta ordenanza, Cristo quiere confirmar la predicación y el bautismo de Juan como instituciones que han de estar en vigor y operación para siempre, y que son designadas por Dios con el propósito del nuevo nacimiento; y así nadie irá al cielo que no las acepte o que las desprecie. Es como si dijera: Si quieren ver el reino de Dios, todos tendrán que aceptar esta misma predicación y este bautismo que Juan practicó, y que ustedes, fariseos, no quisieron aceptar porque no querían dejarse reprender por él y se ofendieron de su predicación nueva e inaudita contra su santidad por la ley. Todos sus lavamientos, purificaciones, sacrificios, culto y santidad mosaicos y legales no les servirán de ayuda ni de provecho. Pueden entrar en el reino de los cielos y ser salvos de ningún otro modo que por esta ordenanza que predica a Cristo y bautiza en su nombre.

25 Engrandece esta ordenanza declarando que es el oficio y la obra del Espíritu Santo, por la cual una persona nace de nuevo; que no es simplemente bautizar con agua, sino que el Espíritu Santo también está presente. Una persona así bautizada es bautizada no solo con agua, sino con el Espíritu Santo. La presencia del Espíritu no podría reclamarse para ningún otro lavamiento y bautismo con agua, como los lavamientos ceremoniales de los judíos, pues de otro modo no habría sido necesario un nuevo bautismo; y no podría afirmarse que fuera necesario otro medio, aparte de la ley y la forma de culto mosaicas, para el nuevo nacimiento de una persona por el Espíritu. La razón es claramente esta: porque mediante las ceremonias mosaicas el Espíritu Santo no es otorgado ni actúa.

26 Así muestra que no hay otro medio por el cual una persona nazca de nuevo y entre en el reino de Dios que el oficio de la predicación y del bautismo, y que el Espíritu Santo está unido a este oficio y por su medio opera en los corazones de los hombres. No habla del Espíritu en sus cualidades ocultas y desconocidas, tal como es en su persona y esencia divina, sin los medios por los cuales se ha revelado, sino del Espíritu tal como se revela en la ordenanza externa, por la cual es oído y visto, a saber, por el oficio de la predicación del evangelio y la administración del sacramento. Dios no pretende venir y obrar por su Espíritu Santo en secreto y a escondidas, ni tratar con cada individuo de una manera particular; en tal caso, ¿quién podría saber con certeza dónde y cómo buscar y hallar al Espíritu Santo? Pero él ha ordenado que el Espíritu Santo sea revelado a los oídos y a los ojos de los hombres por la Palabra y el sacramento, y que obre por medio de esta ordenanza externa, para que los hombres sepan que los efectos que allí se producen son verdaderamente causados por el Espíritu Santo.

27 Por tanto, las palabras «El que no naciere de agua y del Espíritu» equivalen a decir: Una persona debe nacer de nuevo por la predicación del evangelio y la ordenanza del bautismo, por los cuales opera el Espíritu Santo. Porque por medio de la Palabra ilumina el corazón y revela la ira de Dios contra el pecado; y, por otra parte, mostrándonos la gracia de Dios que ha sido prometida por causa de su Hijo, Cristo, enciende de tal modo nuestros corazones que comenzamos a creer y pronto nos volvemos a Dios, tomamos consuelo de su gracia y lo invocamos. Y para despertar y fortalecer nuestra fe añade el bautismo como señal segura, junto con la Palabra, para mostrar que lava y borra nuestro pecado y promete guardarnos siempre firmemente esta gracia y el don del Espíritu Santo que nos ha prometido. De esto se hablará más en otra ocasión.

28 Observen en este texto cómo Cristo, en palabras claras, atribuye al bautismo, al cual llama agua, tal gloria y poder que dice que el Espíritu Santo está presente en él y que por su medio una persona nace de nuevo. Con esta declaración quedan derribadas todas las falsas doctrinas y errores contra la doctrina de la fe y del bautismo. Entre ellas está, en primer lugar, la de los papistas, y otros semejantes, que buscan obtener justicia y salvación por sus propias obras. Porque aquí se les dice que el propio mérito y la propia santidad de una persona, que posee por su nacimiento viejo de carne y sangre, o que ha logrado siguiendo su propia elección e imaginación, son insuficientes y de nada sirven para este fin. Debe haber un nuevo nacimiento por el santo bautismo, al cual el hombre no puede aportar nada por sí mismo, sino que por la voluntad y la gracia de Dios el Espíritu Santo es otorgado por medio de la predicación de la Palabra y del agua, que actúan como padre y madre en este nuevo nacimiento por el cual uno llega a ser una persona nueva, pura y santa, y heredero del cielo.

29 En segundo lugar, queda aquí derribado el pretexto de los anabaptistas y sectas afines, que enseñan a la gente a buscar el Espíritu fuera de la Palabra y los sacramentos y sin ellos, por revelaciones y operaciones especiales del cielo, sin medios, etc. Más aún, desprecian el bendito bautismo, considerándolo no más que simple agua inútil. Por eso acostumbran decir blasfemamente: ¿Qué puede aprovechar al alma un puñado de agua? Sin embargo, Cristo dice claramente que el Espíritu Santo está presente con esta agua, y declara que una persona debe nacer de nuevo de esta agua. Ciertamente se refiere a agua real y natural, como la que usó Juan y como mandó a sus discípulos usar al bautizar. Por eso san Pablo, en Ef 5:26, llama al bautismo lavamiento del agua con el cual es purificada la Iglesia de Cristo, y en Tit 3:5 lo llama el lavamiento de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo.

30 Más aún, Cristo ordena así sus palabras en este pasaje: pone a la cabeza el «agua» y tras ella el «Espíritu», para indicar que no debemos buscar el Espíritu sin los medios externos ni fuera de ellos, sino saber que el Espíritu pretende operar en, por y con los medios y la ordenanza externos. Por eso ambos deben permanecer unidos, y una persona debe nacer de nuevo, de agua, por el Espíritu Santo, o del Espíritu Santo con y por el agua. Aparte de este caso, es muy cierto que si hubiera solo agua sin el Espíritu, no habría mayores efectos que en otras aguas y lavamientos, y ciertamente no resultaría un nuevo nacimiento. Por esta razón este nacimiento se llama nacimiento no solo de agua, sino también del Espíritu, además del agua y con ella. El Espíritu Santo que actúa en este nacimiento es la parte masculina, y el agua es la parte femenina, o madre.

31 Además, de estas palabras se deduce que el bautismo no es una cosa tan innecesaria como blasfemamente afirma la secta de los anabaptistas, diciendo que se lo puede omitir fácilmente o dejar para la vejez; o parloteando que el bautismo no aprovecha a los niños, solo porque no entienden cómo puede ser. Hay aquí una declaración clara que incluye a todos los hombres en esta ordenanza divina, a saber, que todos los que quieran entrar en el reino de Dios deben nacer de nuevo de agua y del Espíritu. Por tanto, no conviene en absoluto despreciar este asunto, ni aplazarlo, pues eso sería despreciar y poner a un lado deliberadamente la ordenanza de Dios. Tal acción, ciertamente, no podría hacerse con la guía del Espíritu Santo.

Además, es cierto que Cristo no excluye a los niños en este pasaje, sino que están incluidos en él, y si han de entrar en el reino de Dios, el bautismo debe serles comunicado y administrado. Sin duda él los quiere nacidos de nuevo y desea obrar en ellos. En otro lugar manda que se los traigan y dice que de los tales es el reino de los cielos. Ahora bien, si han de venir a Cristo, no se les deben negar los medios y los símbolos por los cuales Cristo obra en ellos.

32 Pero esto lo digo de la ordenanza y regla común, que debe observarse dondequiera y cuandoquiera que pueda obtenerse el bautismo. En un caso extremo, donde no puede obtenerse, debe haber excepciones, como en casos semejantes de necesidad; entonces el deseo de ser bautizado debe bastar, y la persona debe ser llevada a Cristo y presentada a él confiando en su Palabra. De este asunto no quiero hablar más por ahora. Ahora bien, esto es lo que Cristo ha declarado acerca de la regeneración por el bautismo de agua y del Espíritu. Continúa:

V.7, 8. «No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu».

33 A Nicodemo, el fariseo sabio, inteligente y santo, le parece una declaración maravillosa y extraña que su obra y su santidad, y las de todos los hombres también, sean rechazadas de tal modo que no valgan nada a los ojos de Dios; que deba soltarlo todo, por muchas y grandes que sean las cosas que haya logrado en su vida; y que deba hacerse otro hombre. En realidad, no hay nada mejor que Nicodemo conozca o que sepa hacer. Además, se lo dirige de manera preeminente a esta ordenanza, en la cual no se hace ni se ve nada más que la ceremonia externa de bautizar a uno con agua y el oír la Palabra; y ha de creer que por la recepción de estas cosas se opera en uno tal cambio que nace de nuevo y se hace puro, santo y justo a los ojos de Dios, bendiciones todas que no pueden alcanzarse de ningún modo por obra y capacidad humanas. ¡Ay!, reflexiona, ¿cómo es posible esto? ¿Qué puede lograrse con una cosa tan insignificante como ser bautizado o bañado con agua? ¿No es un asunto de mucho mayor mérito ejercitarse con gran seriedad y diligencia en buenas obras y culto santo conforme a la ley, y brillar en el esplendor de una vida hermosa y recta y de gran virtud? ¿Puedes nombrar y ensalzar algo más noble y mejor en todo el mundo?

34 Mientras el fariseo reflexiona y se maravilla así, Cristo responde, explicándole por medio de una parábola lo que había dicho sobre el nuevo nacimiento de agua y del Espíritu; le dice que este asunto no debe considerarse según la regla de la razón, que atiende al brillo de las obras meritorias y de la vida ejemplar y las admira, imaginando que deben ser tan recomendables a los ojos de Dios como lo son a los suyos propios. Mi querido Nicodemo, dice, te diré cómo ocurre esto: Tu concepción del asunto no es la correcta; lo miras como miras cualquier cosa perceptible por los sentidos o por la razón. Pero este es un asunto que está más allá de lo que la razón y el pensamiento humanos pueden sondear, y lo realiza en el hombre el Espíritu Santo.

35 Su proceso en el corazón es semejante al fenómeno del viento, que sopla y brama cuando y donde quiere, y pasa a través de todo lo que crece y se mueve y vive en la creación. En el caso del viento no hay más que un soplo o aire, que reposa quieto por un tiempo pero de pronto comienza a moverse, a soplar y a lanzarse, y no sabes de dónde viene. Ahora sopla aquí, ahora allá, produciendo toda clase de cambios repentinos del tiempo, y sin embargo no puedes verlo ni concebir qué es; solo lo oyes rugir. Notas su presencia, su agitación y movimiento sobre el agua o en los campos de trigo, pero no puedes decir, cuando te golpea, cuándo o dónde o a qué distancia de ti comenzó ni hasta dónde más allá de ti dejará de soplar, ni puedes fijar tiempo, espacio y medida para su ir y venir. En suma, no está en poder de hombre alguno atar y dominar el viento, ponerlo en marcha o calmarlo; se mueve libremente, por su propia cuenta, y hace su obra sin estorbo ni impedimento, cuando, donde y como le place. Ningún hombre puede hacer nada en esto, ni descubrir el proceso y el origen, sino que, como dice Sal 135:7, Dios lo saca de sus depósitos y lugares secretos, que ningún hombre conoce de antemano ni puede descubrir.

36 «Así es todo aquel», dice, «que es nacido del Espíritu». No deben quedarse boquiabiertos esperando ver obras grandes y excelentes de santidad aparente que llamen la atención. No deben intentar estimar y captar estas cosas espirituales con su razón y según la ley y el aspecto externo, examinando qué grandes obras hace la persona a quien se puede llamar nacida de nuevo y heredera del cielo, y cómo vive y se conduce. Este asunto no puede captarse ni comprenderse así, ni puede pintarse y representarse de modo que podamos decir: Miren a esa persona; es un judío piadoso y, además, un fariseo que guarda la ley con gran seriedad y diligencia; por tanto, es un santo viviente y un hijo de Dios, etc. Pero este nuevo nacimiento que engendra hijos de Dios, o justicia a los ojos de Dios, es una cosa muy distinta. Ocurre en el corazón, no por elección o acción propia de la persona (pues eso es todo carne y no puede ver el reino de Dios), sino por la palabra del evangelio, que revela al corazón tanto la ira de Dios contra los hombres (induciendo al arrepentimiento) como su gracia por medio del Mediador, Cristo, para consuelo y paz de su conciencia delante de Dios.

37 Ninguna manifestación peculiar o gloriosa, en verdad, se verá exteriormente en esta obra exaltada y suprema, pues para ella no se requiere nada sino la Palabra y el agua, que oímos y percibimos, y sin embargo el poder y la eficacia del Espíritu Santo están presentes, encendiendo y vivificando el corazón para el verdadero temor de Dios, la verdadera confianza y consuelo en su gracia, y también para la verdadera oración, renovando así el corazón y haciendo que la persona que recibe la Palabra en su corazón venza la ira de Dios, y el pecado, la muerte, la carne y el mundo, se vuelva a Dios sinceramente y conciba deseo y amor por todo lo bueno.

38 Estas son obras genuinas y vivas del Espíritu Santo, mucho mayores y más gloriosas que la justicia de las obras del hombre, las cuales tienen ciertamente gran brillo y son muy alabadas a los ojos de los hombres, pero son meras cosas muertas, sin poder para cambiar en manera alguna el corazón, y a las que no sigue un consuelo genuino e infalible ni una transformación de la vida. El hombre, en su propia justicia, permanece en el viejo estado mental carnal, sin arrepentimiento, en incredulidad y duda, en secreto desprecio, desobediencia, odio y enemistad contra Dios. Esto se hace evidente después en el verdadero conflicto y terror de la conciencia, donde sobrevienen la huida real de Dios, la desesperación y finalmente la impaciencia y la blasfemia contra Dios.

39 Tales son los frutos genuinos de la grande y hermosa santidad de los fariseos. Su santidad es sin el conocimiento de Cristo y sin fe, y sin embargo pretende ser justa y santa según la regla de la ley. Al final surge el gran y espinoso problema que Pablo, en Ro 7:13, llama el pecado despertado por la ley. Por ella el pecado se hace sobremanera pecaminoso; es decir, se hace grande y grave, sumergiendo a la persona y haciéndola perecer en muerte eterna. Sin embargo, antes, ese mismo pecado y malicia oculta del corazón estuvo cubierto por un tiempo con la apariencia externa de grandes y santas obras en obediencia a la ley, permitiendo a la persona vivir segura en su mente carnal y, como dice san Pablo, sin la ley, es decir, sin un conocimiento y percepción genuinos del pecado y, por tanto, también completamente sin el Espíritu.

40 En cambio, dondequiera que está presente el Espíritu Santo, él produce en uno un corazón y una mente nuevos, que ya no huye de Dios sino que, aunque sabe y reconoce que ha pecado y merecido la ira de Dios, toma con todo consuelo de la gracia de Cristo, la cual Cristo ha prometido y proclamado por la Palabra de Dios a los que se arrepienten y creen. Así uno obtiene un corazón de hijo para con Dios como su amado Padre, y puede presentarse alegremente ante él e invocarlo por la fe en el Mediador, Cristo.

41 Un corazón y una vida nuevos como estos, digo, los obra en uno el Espíritu Santo por ningún otro medio externo o visible que la Palabra y el bautismo, aunque estos no producen apariencia externa alguna. Se efectúa interiormente, antes de que pueda verse el menor cambio en la persona, y sin embargo Cristo dice que es verdaderamente, y se llama, un nacimiento del Espíritu. La razón y la sabiduría humana no pueden comprender cómo una obra tan significativa ha de realizarse por cosas aparentemente tan insignificantes. Aunque la razón oye, todavía no cree. Nicodemo, también, queda aún más sorprendido, maravillándose de estas palabras, y es reprendido por Cristo porque quiere captar el asunto con su razón y no creerlo.

42 Tenemos, pues, en esta parábola un hermoso cuadro que presenta claramente ante nuestros ojos el proceso de este nuevo nacimiento. En primer lugar, está el oficio externo de la Palabra y el poder que el Espíritu Santo ejerce por medio de ella. Así como en el viento hay estos dos rasgos (el soplar, que es el viento mismo, y el sonido, que se oye por fuera, aunque el soplar no se ve ni se siente sino por la persona que recibe la fuerza del viento), de igual manera hay dos rasgos en el nuevo nacimiento: a saber, la Palabra, que es un sonido físico que uno oye, y el Espíritu, que opera con y por la Palabra. Este poder no lo ve ni lo siente nadie sino aquel a quien el Espíritu toma, y sin embargo ciertamente ocurre dondequiera que la Palabra externa y el bautismo son agentes. El Espíritu, pues, puede ser visto y aprehendido corporalmente, por así decirlo, en esta institución externa, que nos da una señal cierta que indica dónde debemos buscarlo y dónde opera, aunque el poder interior esté oculto a los ojos humanos.

43 Por tanto, como he dicho, no deben entender estas palabras «nacido del Espíritu» como referidas al Espíritu Santo en su esencia divina invisible e incomprensible en el cielo, sino a la manera en que debe ser conocido y aprehendido en la Iglesia aquí en la tierra, en la Palabra y en los símbolos. Por eso, donde se oyen y se ven estas cosas, se puede decir: Allí oyen y ven al Espíritu Santo. Así como dicen del soplar del viento: Allí oyen y ven el viento. En suma, todo lo que se logra por el oficio de la Palabra y del bautismo debe declararse obrado por el Espíritu Santo. Así como Cristo en nuestro texto llama nacida del Espíritu a la persona que ha recibido la Palabra y el bautismo, o como dice en otro lugar, el que creyere y fuere bautizado, etc. Mr 16:16.

44 En segundo lugar, esta parábola muestra acertadamente que el cristianismo no está atado a asuntos externos, lugares, personas, vestiduras y otras cosas, como requería la santidad externa de los judíos. Un cristiano está puesto en la libertad del Espíritu, libre de la ley y de todas sus ataduras. No puede ser atado ni hecho cautivo por ninguna clase de leyes, reglas u obras que se le propongan con miras a hacerse justo mediante su eficacia a los ojos de Dios. (No hablamos ahora de su vida exterior, en la cual puede guardar todas las leyes, con tal que se haga sin perjuicio ni daño de su libertad espiritual de mente y conciencia.) Por tanto, por la fe en la Palabra y en su bautismo permanece un hombre libre, superior a todas las leyes, porque tiene por Cristo el perdón del pecado, la gracia de Dios y el Espíritu Santo, y gobierna toda su vida conforme a ello. Por el Espíritu Santo, que opera en su corazón, ha sido hecho justo y ha sido vivificado, y, salvo en cuanto el Espíritu Santo lo guía y lo dirige por la Palabra, no busca otra enseñanza sobre obras de santidad.

45 Por tanto, como Cristo declara aquí, el cristianismo es como el viento que sopla de donde quiere, y sin embargo nadie ve ni sabe de dónde viene ni a dónde va, ni a través de qué distancia o extensión pasa. De igual manera, el Espíritu en un cristiano no puede ser confinado por reglas y enseñanzas, ni puede ser determinado por la razón, sino que debe quedar sin tutela y sin juicio de nadie, como declara san Pablo en 1 Co 2:15. No se siente, no se oye ni se manifiesta exteriormente sino en la Palabra y en su proclamación, por la cual todos deben ser gobernados, sin consideración a las personas de los hombres que la predican, por grandes y santos que sean; el único requisito es que ejerzan rectamente el oficio y la Palabra del Espíritu.

46 Sin embargo, es y siempre será cosa extraña, algo de lo cual la sabiduría humana se ofenderá y escandalizará, que una obra tan significativa, sublime y divina se realice de manera tan humilde y baja, por la débil voz de un pobre mortal que solo pronuncia estas palabras: Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y de nuevo: Por mandato del Señor Cristo te anuncio el perdón de los pecados, etc. En estos actos no hay nada sino el aliento o sonido de las palabras que golpean el oído, y sin embargo se afirma que por ello se logran estas grandes cosas, a saber, que eres limpiado de pecados, salvado de la muerte eterna, vivificado y hecho hijo de Dios recién nacido.

47 Mucho dolor y trabajo hay antes de que una persona nazca naturalmente a este mundo; diez meses debe yacer en el vientre de su madre, y después tanto la madre como el niño están en extremo peligro de perder la vida en el nacimiento que introduce al hombre solo en esta vida mortal y miserable. Pero en este caso del nuevo nacimiento es tan fácil y tan pronto cumplido que ninguna obra podría ser más fácil. Solo se le habla la Palabra a uno y es bautizado con agua, y sin embargo el efecto (con tal que el corazón lo tome por fe) es tan significativo que la persona en ese momento nace para la vida eterna y es arrebatada de la muerte eterna y del infierno.

48 Sin embargo, es parte de la arrogancia perversa de la razón querer, en un asunto tan trascendental, decidir y juzgar según sus concepciones, su manera de mirar el asunto y conforme a la medida de la grandeza tal como se presenta a los sentidos, negándose a considerar la voluntad de Dios y a reconocer su ordenanza, cuando ha dado su palabra de mando en este asunto, y por tanto es él mismo quien predica, bautiza y opera por medio de los medios externos. Resultados divinos seguirían necesariamente, aun si él los produjera por medios externos todavía más insignificantes. Esa es la razón por la cual Cristo ataca y reprende tan duramente a Nicodemo, que emprende formarse aquí su juicio sobre la base de su sabiduría.

V.9-11. «Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio».

49 Aquí pueden ver cómo en la comprensión de Nicodemo no ha llegado a entrar en absoluto lo que Cristo había declarado sobre el nuevo nacimiento por el bautismo y había explicado por medio de una parábola, a saber, que el verdadero carácter espiritual de este asunto no podía verse con el ojo ni ser juzgado, determinado y captado, como Nicodemo quería hacerlo, por la sabiduría y el entendimiento que poseía por la enseñanza de la ley. Queda tan confundido por la respuesta de Cristo que retrocede de inmediato, y no puede evitar ofenderse de Jesús porque este propone lo que, en su opinión, es una idea absurda. Su actitud es como si dijera: ¿Solo este único acto de bautizar a un hombre con agua ha de tener valor, y la ley, que Dios nos ha mandado expresamente guardar y que ha confirmado con grandes señales, ha de ser declarada sin valor y vacía? ¿Cómo es posible que tu bautismo sea un asunto tan trascendental cuando una persona no puede ver en absoluto sus efectos?

50 Antes de terminar el discurso que había comenzado, Cristo da una respuesta cortante y solemne, para mostrar a Nicodemo su ignorancia y refutar su noción carnal. ¿Cómo?, dice, eres maestro de Israel, es decir, una persona cuyo deber es enseñar y gobernar al pueblo de Dios, ¿y eres tan completamente ignorante de estas cosas? ¿No es una vergüenza que tú, que has sido designado para instruir y quieres ser ensalzado como maestro de otras personas, no poseas percepción verdadera alguna de estas cosas divinas? ¿En qué eres mejor que los paganos, que no son el pueblo de Dios y no tienen la Palabra de Dios? Porque no tienes más conocimiento que el de las obras humanas de santidad, como también las enseñan hombres inteligentes y sabios entre los paganos. Ignoras por completo la enseñanza que debería ser conocimiento común en la Iglesia, acerca de Cristo, el reino de Dios y las cosas espirituales auténticas. Y sin embargo tienes la Palabra de Dios en abundancia en Moisés y en las Escrituras. Deberías enseñar al pueblo desde la ley a conocer la ira de Dios contra su pecado y, en consecuencia, a buscar la gracia por la fe en la promesa de Cristo. En cambio, lo has pervertido todo; no tienes conocimiento ni experiencia del arrepentimiento genuino, y sin embargo haces alarde de tu santidad, seguros e insolentes, confirmándose a ustedes mismos y a otros en el desprecio de Dios y en la incredulidad, y con todo esto sueñan con un Mesías que los coronará por su santidad judía y les dará el dominio del mundo. Tales cosas hacen ustedes, que pretenden ser el pueblo principal de la tierra, y con ello se alejan más del reino de Dios y merecen para sí un castigo más grave que otros, aun pecadores manifiestos, que son más fácilmente instruidos y convertidos que ustedes, que se hacen pasar por grandes santos.

51 A eso lo llamo darle una buena y aguda lección. Sin embargo, se hace con espíritu amistoso, porque Cristo habla con una persona que, a diferencia de los demás, no desprecia obstinadamente a Cristo; y esta amonestación es necesaria para mostrar a Nicodemo la salida de su ignorancia y despertar su atención a la instrucción sobre cómo ha de entrar en el reino de Dios y en el cielo. Por eso prosigue:

V.11. «De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos», etc.

52 Ustedes, que pretenden ser maestros, no tienen conocimiento ni entendimiento de cosas que debería entender todo el mundo en esa sociedad de hombres llamada el pueblo de Dios. Y sin embargo, se niegan a creer las enseñanzas que son evidentes por la Palabra y el testimonio de Dios, y juzgan simplemente según sus nociones. No, no conviene que con sus concepciones ciegas e inciertas actúen como tutores en las cosas de nuestra enseñanza y testimonio definidos, y que disputen su verdad. ¿Cuánto aprenderá un alumno que empieza poniendo en duda la corrección de la enseñanza de su maestro y queriendo ser maestro él mismo antes de haber comenzado a aprender? Si no tienen conocimiento ni entendimiento, no deben juzgar ni pretender ser listos en este asunto. Si ustedes no han visto estas cosas, nosotros sí: Juan y todos mis profetas; y no les ofrecemos fantasías inciertas, como las que una persona urde de su propia cabeza, sino la doctrina que Dios ha revelado y ha hecho testificar por el Espíritu Santo. Es inútil que intenten aceptar esta doctrina por su razón, o captar, ver con sus ojos, sentir, cómo ocurre este nuevo nacimiento del hombre, de la misma manera que contemplan y captan sus obras de culto externo. Deben encerrar su razón y abrir solo sus oídos y su corazón, y creer lo que les dice la Palabra de Dios, la cual ciertamente hemos recibido de Dios con el mandato de enseñarla y de dar testimonio de ella.

53 Si quieren saber cuál es el camino, escuchen: Deben creer y recibir la Palabra, y soltar sus nociones que pretenden comprender y abarcar asuntos que ninguna razón puede entender ni alcanzar. De otro modo, ¿qué necesidad habría de enseñar la Palabra de Dios que yo he oído y recibido del Padre, como también Juan y los profetas la han recibido por revelación divina del Espíritu Santo y han dado testimonio de ella? Así san Pedro, en su Segunda Epístola, 2 P 1:21, dice que ninguna profecía fue dada jamás por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. Por esta razón manda que en la Iglesia no se enseñe nada sino lo que sabemos con certeza que es la Palabra de Dios, no lo que parece bueno y justo a la razón y sabiduría humanas.

54 Por tanto, Cristo reprende muy justamente a sus maestros judíos, que querrían gobernar e instruir las conciencias de los hombres en el asunto de su relación con Dios sin testimonio cierto de la Palabra de Dios, y que querrían armonizar su enseñanza con la razón humana. El resultado de tal práctica deja al oyente en duda e incertidumbre, confundido con nociones paganas de los hombres, y sin llegar nunca al verdadero conocimiento y experiencia de la verdad.

V.12. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?

55 Hasta ahora les he hablado de cosas terrenales: cómo una persona debe nacer de agua y del Espíritu, es decir, cómo opera el Espíritu por medio del oficio externo de la Palabra y del bautismo; cosas que pueden ver y captar con su entendimiento. Han oído mi doctrina expresada en una parábola, en una figura de cosas que les son familiares, y se ven obligados a confesar que he hablado correctamente. Ahora bien, si no quieren creer las cosas que se les presentan de manera material, mucho menos podrán creer si les hablo de cosas no terrenales sino celestiales y pertenecientes al consejo de Dios, que nadie conoce sino Dios solo y el que viene del cielo, a saber, el Hijo de Dios. Quien desee comprender en alguna medida las cosas del cielo debe oír y creer solo a aquel que ha venido del cielo, y que ha visto y testifica de estas cosas. Él dice:

II. La justicia que vale ante Dios.

V.13. “Y nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.

56 Aquí comienza a hablar de asuntos infinitos y celestiales: del consejo y la voluntad secretos, eternos e inefables que Dios concibió en la eternidad. Y así completa la segunda parte de este discurso acerca del nuevo nacimiento, es decir, cómo una persona pecadora llega a ser justa, hija de Dios y heredera de la vida celestial y eterna; de dónde el bautismo tiene tal poder y por quién ha sido adquirido y merecido; y también cómo debe recibirse. Y ahora empieza a hablar de sí mismo como el Mesías prometido y enviado por Dios, como Hijo de Dios, y de su oficio y su obra. De estas cosas los fariseos estaban en total ignorancia, cosas que les parecían mucho más extrañas que las que él ya les había dicho. No podían concebir en absoluto que su Mesías tuviera que ser enviado del cielo para redimir y reconciliar a todo el mundo, y en particular a su propio pueblo judío, que estaba condenado y perdido, bajo la ira de Dios, y esto a pesar de que tenían la ley y el ceremonial de Moisés. Mucho menos entendían que él tenía que morir en la cruz, que debía ser crucificado y hacerse sacrificio por sus pecados y por los pecados de todo el mundo, y que su dominio no había de ser a la manera de un reino terrenal. Que se les dijeran estas cosas les resultaba totalmente ofensivo e intolerable. La razón era que no reconocían que toda la naturaleza del hombre, delante de Dios, solo merecía condenación y perdición; y que, en su santidad, se consideraban sin pecado, o bien eran tan osados que imaginaban poder quitar y expiar sus pecados con sus propias buenas obras, y que así no necesitarían un Mesías, sino solo uno que los librara de su servidumbre temporal y de la opresión extranjera y que los vengara de sus enemigos.

57 Las palabras de Cristo significan: Mi querido Nicodemo, aparta por completo tus pensamientos de tu propia justicia legal y santidad, y de la de todos los demás hombres, y cuídate de intentar entrar en el reino de Dios por sus méritos. Toda la capacidad de los hombres, por sabios, instruidos y santos que sean, no sirve de nada. Está determinado por Dios desde el principio que ningún hombre puede entrar en el cielo tal como desciende de Adán.

58 Sí, nunca ha habido un santo que por su propio mérito pudiera ir al cielo, fuera quien fuera, ya fuese Adán, Noé, Abraham, Moisés, Elías, Juan o cualquier otro. Ninguno de ellos se distinguió como digno de entrar en el cielo, de reconciliar a Dios, de quitar el pecado y la muerte, de merecer la vida eterna para sí mismo y para otros. Pero antes de que el hombre pueda llegar al cielo, es decir, entrar en el reino de Dios y recibir la vida eterna, tiene que venir primero del cielo Uno que tenga en sí mismo la justicia y la vida eternas, que pueda apaciguar la ira de Dios y abolir el pecado y la muerte. Él debe ser el Mediador por quien también nosotros podamos entrar en el cielo. Sí, para esto mismo tuvo que descender del cielo Uno y, por causa nuestra, hacerse carne y sangre como nosotros; es decir, tuvo que tomar sobre sí nuestra miseria y nuestro pecado.

59 Con estas palabras Cristo nos dirige a sí mismo como el punto central de todo lo que había dicho antes acerca del nuevo nacimiento y el reino de Dios, para que sea manifiesto que nadie puede valerse de estas cosas sino por medio de él y por causa de él. Sin él, sería en vano que el hombre deseara siquiera ser librado de su antiguo nacimiento, ser renovado por el Espíritu y llegar a ser puro. Porque si Uno no nos hubiera obtenido primero estas cosas, nadie las habría alcanzado. Tampoco habría virtud alguna en el santo bautismo y en el Espíritu si no fueran concedidos por medio de él y por causa de él. Por lo tanto, el punto del que todo depende ahora es que esta persona, por quien también nosotros podemos ser salvos, sea conocida y aprehendida. Este hecho lo expone él para concluir.

60 Así es como describe su propia persona: Él es el Salvador prometido, venido del cielo, es decir, es el verdadero Hijo de Dios desde la eternidad; porque si ha venido del cielo, debe haber estado con Dios en la eternidad. Pero ha descendido del cielo, no como un ángel que aparece y después de un tiempo desaparece de nuevo, sino que ha tomado sobre sí la naturaleza del hombre y, como dice Juan 1:14, ha habitado entre nosotros en la tierra. Por eso aquí se llama a sí mismo el Hijo del Hombre, es decir, hombre verdadero, con carne y sangre como las nuestras.

61 El significado de este descenso del Hijo del Hombre es que se ha arrojado a nuestra miseria y aflicción, que ha tomado sobre sí nuestros pecados y se ha hecho sacrificio ante la ira eterna de Dios, que habíamos merecido por nuestros pecados. A esto alude cuando dice aquí que debe ser levantado. Ahora bien, puesto que este hombre desciende del cielo, personalmente debe estar sin pecado alguno, inocente y de pureza divina. No puede decirse de él que nació de la carne, como nosotros, sino del Espíritu Santo; y su carne no es carne y sangre pecaminosas, sino pura y santa. Todo esto se realizó a fin de que pudiera hacer pura y santa nuestra carne y sangre pecaminosas por su pureza y por su santo e inmaculado sacrificio.

62 Pero, ¿qué significan estas palabras: «El Hijo del Hombre, que está en el cielo»? ¿Cómo es que ha descendido del cielo y sigue estando en el cielo? ¿No ascendió primero en las nubes cuarenta días después de su resurrección? Es cierto que descendió a nuestra carne y sangre y se humilló por debajo de todos los hombres, hasta la muerte en la cruz, como un hombre abandonado y maldito por Dios. Sin embargo, no estuvo entretanto separado de Dios, sino que permaneció con Dios todo el tiempo y por tanto estuvo siempre en el cielo; existe desde la eternidad, contemplando siempre a su Padre y presente con él, gobernando y obrando juntamente con él, igual en poder y en majestad. Estos rasgos de su omnipotencia no eran de ningún modo visibles en su estado de humillación, cuando se despojó a sí mismo de la forma de Dios, como dice Pablo en Filipenses 2:7, y anduvo en forma de siervo, soportando sufrimiento y muerte, hasta que fue librado de ese estado y fue exaltado de nuevo y se sentó a la diestra de Dios, hecho ya Señor sobre la muerte y el infierno y sobre todos los elementos de su naturaleza humana. Todo esto lo ha manifestado con su ascensión visible, cuando fue elevado en las nubes ante los ojos de sus discípulos, y de la misma manera visible volverá y será visto por todos los hombres.

63 Esa es la explicación del relato según el cual el Hijo del Hombre descendió y ascendió y al mismo tiempo permaneció en el cielo en esencia y poder divinos, y en comunión eterna con el Padre. No se refiere a un cambio material de lugar, sino a un traslado espiritual de la humillación a la exaltación, de su sufrimiento y muerte a su resurrección y comunión celestial con el Padre, en la cual no está limitado por condiciones materiales. Su divinidad y su comunión con el Padre las ha tenido desde la eternidad y ha continuado en posesión de ellas todo el tiempo, incluso desde el momento en que tomó sobre sí las limitaciones de su naturaleza humana.

V.14, 15. “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, tenga vida eterna.”

64 Aquí muestra cómo nosotros también podemos entrar en el cielo; es decir, muestra lo que ha hecho por nosotros y cómo hemos de recibir su bendición y hacernos partícipes de ella. Con estas palabras proclama la grande obra de la redención, que fue decretada por Dios en su consejo eterno y que, por tanto, tenía que cumplirse así, por el amor inefable e insondable de Dios hacia el género humano, al cual no quería que se perdiera (como hemos oído en el Evangelio del lunes de Pentecostés, que sigue poco después de estas palabras). Puesto que no había en otra parte ayuda ni remedio alguno, ningún recurso para apaciguar su ira eterna contra el pecado, ninguna esperanza de redimir a los hombres de la muerte eterna por medio de criatura alguna del cielo o de la tierra, el único Hijo de Dios tuvo que ocupar nuestro lugar y hacerse sacrificio por nuestro pecado, para apaciguar así la ira de Dios y pagar por nosotros. Esta obra es ahora nuestra salvación y consuelo y el poder que opera en el bautismo, a fin de que lleguemos a ser hombres nacidos de nuevo y entremos en el cielo.

65 Esta es la enseñanza: su ascender y descender y su estar en el cielo le pertenecen a él y no nos ayudan a nosotros. Son sus prerrogativas y nadie puede hacer lo mismo. Sin embargo, dice: Yo tengo todas las cosas en mi poder y habito en el cielo arriba, pero no quiero ascender solo, sino atraer a los hombres hacia arriba conmigo; de otro modo no podrían ascender, pero si se aferran a mí, se cumplirá. Yo me dejaré crucificar y resucitaré. A los que crean que he muerto por ellos, los atraeré tras de mí, aunque no puedan entrar en el cielo por sus propias fuerzas. Así nos pone sobre sus hombros y nos lleva arriba hasta el lugar al que él asciende. Por tanto, nuestra salvación no es por nuestra fuerza, sino por la de otro. Con estas palabras todas nuestras obras son rechazadas una vez más.

66 Ahora introduce una hermosa alegoría de Números 21:6-9, que retrata acertadamente a Cristo. Cuando los judíos viajaban por el desierto, siendo largo el camino y faltando el pan y el agua, murmuraron contra Moisés y se impacientaron mucho. Fue entonces cuando Dios envió entre ellos serpientes ardientes, que mordieron al pueblo. En los países hacia el sur hay grandes desiertos, donde no se halla comida ni bebida, y hay también multitudes de alimañas dañinas. Las serpientes de esta ocasión eran de una especie particularmente feroz, pues su mordedura causaba tal fiebre y tal sed inextinguible que la gente tenía que morir. Por esta razón se las llama serpientes ardientes, como las que los griegos llamaban dipsades. Puede haber, sin embargo, otra razón para el término, pues leemos que algunas de las serpientes de aquellas tierras son tan ardientes que cuando silban o echan aliento, sale de ellas, por así decirlo, puro fuego.

67 A causa de esta cruel aflicción de los judíos hubo entre el pueblo muchos clamores y llamados lastimeros a Moisés, pero él no pudo dar consejo alguno hasta que Dios se compadeció de ellos y dijo a Moisés: Hazte una serpiente de bronce, semejante a las que muerden al pueblo, y ponla sobre un asta. Cualquiera que sea mordido, al mirarla, vivirá. «Y Moisés», así dice el relato, «hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre un asta; y cuando alguna serpiente mordía a algún hombre, miraba a la serpiente de bronce, y vivía».

68 Mira ahora cómo Cristo ha sido representado en esta historia. En primer lugar, lo principal es que los judíos, mordidos por las serpientes, no podían encontrar ayuda ni remedio hasta que fueron socorridos mirando algo tan sencillo como la serpiente de bronce. Esta serpiente tenía la apariencia de una serpiente real, pero estaba muerta y sin veneno; más aún, era saludable. No que el bronce pudiera ayudarles; lo que la hacía eficaz era el hecho de que a ella estaban unidos el mandato de Dios y esta promesa: El que sea mordido y mire a la serpiente, vivirá. Esta palabra estaba envuelta en torno a la serpiente, y en virtud de ella la serpiente ayudaba al pueblo.

69 Ahora Cristo hace la aplicación a sí mismo y dice: «Como Moisés levantó la serpiente, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado», etc. Esta es la verdadera explicación e interpretación de esta alegoría, o figura: Nosotros también hemos sido picados o mordidos por el colmillo mortal del diablo, que es el pecado. Como dice san Pablo, el pecado es una mordedura, o aguijón, ardiente y venenoso. Si el veneno entra en la conciencia, nunca hay descanso. El pecado se lanza contra nosotros y nos echa encima la muerte; la muerte acosa al hombre, haciéndole sentir que está en un verdadero infierno. Y no hay ayuda ni remedio. Puedes hacer tantas obras como quieras, aun así estás condenado, hasta que te llegue este milagro de gracia; es decir, hasta que se levante otra serpiente que no es venenosa ni dañina y que solo tiene la forma de una serpiente.

70 Pero, ¿por qué Cristo no escoge un símbolo diferente? ¿Por qué el de la serpiente por la cual los hombres habían sido mordidos? Ciertamente pudo haber escogido alguna otra figura. La razón la da san Pablo en Romanos 8:3: De peccato damnavit peccatum. Por el pecado condenó al pecado. Ha echado fuera la muerte con la muerte; ha vencido la ley con la ley. ¿Cómo lo ha hecho? Cristo fue hecho pecador sobre la cruz, llevando el título de un archidemonio en medio de bribones. Sufrió el juicio y el castigo que un pecador debe sufrir. Era inocente, nunca cometió pecado alguno; sin embargo, el nombre de pecador y la culpa y el castigo se asentaron verdaderamente sobre él, y así ha abolido el pecado tomando sobre sí el pecado que no era suyo, y dejándose juzgar y condenar como malhechor.

71 Ahora bien, aunque es ciertamente inocente, sin embargo es semejante a un pecador, y hay en él un pecado saludable, con el cual quiere salvarnos a nosotros, que somos verdaderamente pecadores, del veneno mortal. Ha condenado el pecado en la cruz; porque el pecado le hizo agravio cuando lo condenó y le infligió la muerte. Por eso ahora obtiene autoridad sobre el pecado del mundo entero y con razón y justicia condena el pecado, porque quiso condenarle a él. Por consiguiente, ahora pronuncia a todos los que creen este veredicto de justicia en lugar de su pecado: El pecado no te hará daño; porque se ha hecho sujeto a mí y me debe penitencia. Por tanto, o no será pecado, o será un pecado ya sentenciado.

72 Ahora bien, la conclusión que saca Cristo se expresa así: «Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Eso es decir lo mismo que se dijo respecto a la serpiente: «El que la mire vivirá». Mirar a Cristo crucificado es creer en él. Con ese acto el pecado queda cancelado y no puede dañarnos; o, si nos daña, no nos causará perjuicio. Por consiguiente, todo depende de mirar a Jesús y no de obra alguna. Sin embargo, mientras que en aquella ocasión mirar era una acción física, mirar en este caso se realiza espiritualmente, en el corazón, creyendo que Cristo con su inocencia ha destruido el pecado.

73 Ahora bien, Cristo podría haber muerto en la cruz mil veces y nosotros habríamos sido ayudados tan poco como habrían sido ayudados los israelitas levantando por su propia cuenta mil serpientes, si no se hubiera dado esta palabra de promesa, a saber, lo que está escrito: «Todo aquel que en él cree, no se pierda», etc. Esta palabra nos apropia y aplica estos beneficios y nos hace ciertos de que llegaremos al cielo; es decir, ciertos de que por causa de este Cristo exaltado y crucificado obtendremos la gracia de Dios y la victoria sobre el poder del pecado, la muerte y el infierno, y recibiremos la vida eterna, si creemos en él y así somos llevados hacia arriba aferrados a él.

74 Mira, esta es la alegoría que nos retrata fielmente la miseria y la necesidad de toda nuestra naturaleza humana, y el oficio de redención de Cristo nuestro Señor, y la manera de obtener estos beneficios de los que hemos estado hablando. Muestra cómo todos los hombres fueron heridos de muerte por el veneno ardiente e infernal del diablo, y no se habría podido procurar para ellos remedio ni ayuda si el Hijo de Dios no hubiera sido dado y no hubiera aparecido con este fin, para deshacer las obras del diablo, como afirma 1 Jn 3:8. Y esto lo hizo, no con una exhibición del gran poder, fuerza y potencia de su majestad divina, sino en la mayor debilidad y flaqueza, sufriendo y muriendo, cuando colgó de la cruz, gusano maldito y dañino. Pero hay una muerte saludable en la forma de esta serpiente muerta; trae a todos los que, por sus pecados, han sido envenenados y contaminados para la muerte eterna, un bálsamo de sanidad por medio del cual se recobran y se salvan para siempre.

75 Es muy extraño decir y creer que esta salvación se logra completamente sin cooperación humana. Aquellos pobres israelitas que tenían que yacer entre las serpientes ardientes no fueron ayudados en absoluto, aunque probaron todos los remedios que pudieron conseguir; solo empeoraban cuanto más se afanaban y cuanto más tiempo se esforzaban por defenderse de las serpientes. Y al fin, cuando habían desesperado de toda ayuda y ya no había más consuelo ni esperanza, no se les propone otro plan que este: que debían levantar entre ellos una serpiente semejante, hecha de bronce —¡una vista que pudo haberlos aterrado y espantado todavía más!— y alzar sus ojos hacia esa serpiente. Y sin embargo ocurrió que todo el que obedeció esta palabra de Dios se recobró de inmediato y quedó sin daño en adelante.

76 Así también en este caso, el que desee obtener ayuda y salvación infalibles contra el pecado y la muerte eterna debe oír y seguir este extraño consejo de Dios, abandonando todo otro consuelo y esfuerzo, y debe fijar su corazón solo en este Cristo, que ha llevado nuestros pecados y nuestra muerte en su propio cuerpo. Porque está establecido que para nuestra salvación ningún otro nombre bajo el cielo valdrá sino el de Cristo crucificado. Hch 4:12.

77 Así Cristo ha pronunciado todo el discurso acerca del nuevo nacimiento, o la justicia del hombre delante de Dios, recorriendo todas las partes que necesariamente debían enseñarse en este contexto, a saber, de dónde y por qué medios se realiza y cómo se obtiene. Nos ha instruido acerca de la Palabra, el bautismo y el Espíritu que obra por medio de ellos; acerca del mérito y el sacrificio de Cristo, por cuya causa se nos dan la gracia de Dios y la vida eterna; y acerca de la fe, por la cual nos apropiamos de estos beneficios. Por tanto, ahora debes retener el hilo de todo este discurso de modo que el final concuerde con el principio. Cuando se te pregunte: ¿Cómo tiene lugar el nuevo nacimiento, en el cual el Espíritu, mediante el agua y la Palabra, hace de una persona un hijo de Dios?, debes responder: De la manera que Cristo ha dicho aquí: tiene lugar cuando, frente al terror a causa de tu pecado, aferras este consuelo, la creencia de que Cristo, el Hijo de Dios, ha venido del cielo por causa tuya y ha sido levantado en la cruz por ti, para que no te pierdas sino que tengas vida eterna. Esta fe es el cofre, o santuario, que guarda el tesoro del perdón de los pecados y la herencia de la vida eterna, y por ella el hombre es salvo; como dice Cristo: «Tu fe te ha salvado», etc.

Sermón para el Lunes de Pentecostés; Juan 3:16-21

I. CÓMO CRISTO SE PRESENTA EN ESTE SERMÓN COMO MEDIADOR Y SALVADOR.

1 Esta es otra de las verdaderas lecciones del evangelio, como suele escribirlas Juan; pues escribe de tal manera que solo él es digno del nombre de evangelista. Ahora bien, como han oído a menudo, el evangelio no enseña otra cosa sino que se debe aprender a conocer solo a Cristo, y así el Espíritu Santo no enseña nada más. Por tanto, examinen únicamente las palabras mismas; son de peso, preciosas y consoladoras más allá de toda medida. Primero dice Cristo:

V.16. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

2 Ahora bien, fíjense en que Cristo nos presenta al Padre como nada menos que el todo amoroso y atrayente, y nos lleva por medio de sí mismo al Padre. Todo lo que Cristo hace tiende a ayudarnos a adquirir una confianza amorosa en el Padre. Simplemente temer al Padre no confiere beneficio alguno; pero tenerle un amor de compañero, de rara calidad, nos hace bienaventurados. Ahora bien, Cristo dice aquí que el Padre amó de tal manera al mundo que dio a su hijo amado por el mundo, y estableció para nosotros un camino para venir a él; ese camino es Cristo. He dicho a menudo que la fe sola no basta delante de Dios, sino que también debe estar presente el precio de la redención. El turco y el judío también creen en Dios, pero sin medio ni mediador.

3 ¿Cuál es ahora el costo de la redención? El evangelio de hoy lo señala. El Espíritu Santo enseña en todas partes que no poseemos al Padre sino por medio de un mediador, y no permitirá que nos acerquemos al Padre sin uno. Ahora bien, las escuelas nos enseñan a acercarnos al Padre sin mediador, por nuestras propias buenas obras. Eso significa rechazar a Cristo como mediador, como nos dice Jeremías que hicieron los impíos, que pensaban y decían: Echemos leño en su pan, y arranquémoslo de la tierra, y no haya más memoria de su nombre. Pero sus planes no resultaron como ellos pretendían. Por tanto, no nos unamos nunca a ellos. Sería a riesgo de nuestras vidas, pues estaríamos despreciando el sacrificio inestimable que el Padre hizo por nosotros. Antes bien, demos gracias al Padre por haberlo ordenado como lo ha hecho, y por haber puesto entre nosotros a uno que es Dios e igual a Dios, y también hombre, a nivel del hombre; porque nosotros somos humanos y él es Dios. Donde Dios y el hombre se oponen, el hombre halla destrucción inmediata, pues no puede sostenerse contra Dios. Dios ha intervenido poniendo como mediador a uno que es a la vez verdadero Dios y verdadero hombre. Por medio de él hemos de venir al Padre; con el precio que nosotros podemos pagar no se logra nada.

4 Ahora bien, las escuelas enseñan que el hombre ha de salvarse por sus propias obras; dicen: Quien se haga monje o monja, o rece cada día la oracioncilla de santa Brígida, será salvo eternamente; y todos los libros están llenos de enseñanzas semejantes. Esto no es menos que decir: Yo obraré lo suficiente para escapar de la perdición; convertiré mis pecados en vapor, para que desaparezcan y me abran un camino al cielo. Quieren descubrir en sí mismos el sacrificio o precio de la salvación e ignorar a Cristo como mediador. Pero tienen que perecer, ya que quieren venir al Padre sin mediador, sin Cristo, a quien el Padre nos presenta por su bondad misericordiosa. Cristo enseña aquí que no estamos perdidos, sino que tenemos vida eterna; es decir, que Dios nos ha amado tanto que permitió que el rescate le costara a su único hijo amado. A él lo puso en nuestro lugar para sufrir miseria, infierno y muerte, y le hizo beber nuestra copa hasta las heces. Este es el camino por el que hemos de ser salvos.

5 Ahora bien, si hubiera otro camino al cielo, sin duda él nos lo habría dado a conocer. No hay otro. Por tanto, aferrémonos a las palabras, guiemos firmemente nuestros corazones por este camino y mantengámonos en él, y cerremos los ojos y digamos: Aunque yo tuviera los méritos de todos los santos, la santidad y pureza de todas las vírgenes, y además la piedad de san Pedro, aun así no daría un higo por todo lo que llamo mío. Debo tener otro fundamento sobre el cual edificar, a saber, las palabras: Dios ha dado a su Hijo, para que todo aquel que en él cree, a quien el Padre envió por amor, sea salvo. Y jactémonos con desafío de que hemos de ser sostenidos. Establezcámonos sin temor sobre sus palabras, que ni Satanás, ni el infierno, ni la muerte pueden derribar, porque el Padre escribe poderosamente su Palabra sobre estos terrores y todo lo que se les adhiere. Pase lo que pase, digamos: Aquí está la Palabra de Dios; esa es mi roca y mi ancla; a ella me aferro y ella permanece; y donde ella permanece, allí permanezco yo también. Porque Dios no puede mentir; antes pasarían los cielos y la tierra que faltar la más pequeña letra o tilde de su Palabra.

6 Fíjense bien ahora en que el hombre debe tener un mediador, y ese mediador es Cristo. Asciende por él al Padre, y di: Aunque no puedo subsistir delante de tu majestad ni de la de ángel alguno —todos deben estremecerse y temblar—, aquí tengo sin embargo a uno, Cristo, a quien no puedes dejar de mirar. Estoy bajo su protección y confío en tu Palabra de que me recibirás por medio de él. No me rechazarás, porque tendrías que rechazarlo a él antes de rechazarme a mí. De esta manera se debe venir al Padre por medio de Cristo, ganando así en él un refugio hermoso y amoroso.

7 Esto levanta y alegra una conciencia tímida y desesperada y le da paz. Aparte de la Palabra de Dios nada ayuda: ni las cogullas ni las tonsuras, ni el sacerdocio ni la vida monástica. Ninguna obra humana, por santa que se la llame, es capaz de acallar el juicio de Dios y dar paz a nuestros corazones. Dios, por amor, nos ha dado a su Hijo, por medio del cual seremos salvos; por tanto, que nadie haga otro camino que este. Guárdate de añadirle algo, pues así no harías sino dejarlo sin valor. El que le añade, conduce del camino recto a un desvío que va al desierto. Por eso, que tu conciencia no confíe en obra alguna, en mérito alguno de los santos, sino solo en la Palabra de Dios. Esa no te mentirá, sino que su promesa será suficiente. Entonces te asirás de Dios con sus propias palabras; sobre ellas puedes edificar; a ellas puedes anclar tu corazón y tu confianza. Sigue ahora, además, en este evangelio:

V.17. “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.”

8 Con estas palabras se puede aprehender a Dios tal como debe ser aprehendido. Tú no lo buscas; más bien él te busca a ti, y pone delante de ti a su Hijo como Salvador y no como juez. Así se te abre un refugio en el Padre.

9 Es costumbre común representar al Salvador misericordioso como juez, y de esta costumbre ha brotado la dependencia de los méritos de los santos, que nos hace apartarnos de Cristo y refugiarnos en el santo; nos imaginamos que los santos son más misericordiosos y más bien dispuestos hacia nosotros que el mismo Dios. Por eso uno dice: San Pedro es mi apóstol; otro dice: San Pablo es mi patrono; y así con santa Bárbara, san Erasmo y otros. Pero Dios no puede permitir esto; la gloria debe pertenecerle a él. Mi conciencia debe descansar sobre el fundamento, la verdad eterna y omnisciente, o de lo contrario fracasa. Ahora bien, solo Dios es la verdad, y la conciencia debe descansar en él y en nada más.

10 Si me represento a Cristo solo como juez, le temeré. El resultado será que pronto me sentiré constreñido delante de él, le cobraré miedo y luego le odiaré, y mi corazón se corromperá y se hará blasfemo. Pero cuando lo conozco tal como lo retrata el evangelio, y lo anhelo como el mejor amigo que mi corazón puede escoger, entonces todo está bien; el amor pronto sigue. Ningún amigo puede hacer por nosotros tanto como él ha hecho. Olvido padre y madre y lo amo a él; entonces tengo una fuerte confianza en él. Pero si uno simplemente le teme, entonces recae en sus buenas obras y no reconoce a Cristo como mediador, pensando correr a la presencia de Dios sin él. De esta manera labra su propia ruina. Le pasa lo que dice el salmista de los necios e impíos, Sal 53:5: «Allí se sobresaltaron de pavor, donde no había miedo». Y en Pr 28:1 dice Salomón: «Huye el impío sin que nadie lo persiga». Porque sus corazones obstinados tienen miedo delante de Cristo, aunque él sigue siendo su mejor amigo, y corren sin que nadie los persiga, únicamente por su obstinada y falsa concepción de Cristo.

11 Aprende, pues, de esta lección a conocer a Cristo rectamente y a tenerlo entre ti y el Padre; que solo él sea el sacrificio que asegure el cielo y la salvación. Oh, cuando este pasaje venga a la mente en la hora de la muerte, cuando llegue la prueba, ¡qué consuelo meditar en su mensaje: cómo el Señor no vino para condenar al mundo, sino para salvarlo! El que cree no puede perderse, sino que será salvo, ya que es verdad que nada logra nuestra salvación sino solo Cristo, que vino para ser nuestro Salvador. Cree, pues, en él. En las palabras que estudiamos, llama a todos, e incluso amenaza además de llamar, concluyendo así:

V.18. “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”

II. EL JUICIO QUE CRISTO PRONUNCIA SOBRE EL MUNDO Y SOBRE LOS CREYENTES.

12 Cuando las escuelas doctas quieren hacer piadosa a la gente, le ponen delante el juicio, haciéndolo tan ardiente como pueden; de este modo llevan a los hombres al terror, donde los abandonan, sin señalarles nunca una vía de escape. Aquí Cristo también presenta el juicio y amenaza a los hombres, pero al mismo tiempo les dice cómo pueden huir de la ira. Esta es su enseñanza: Habrá un juicio, del cual nadie puede escapar sino los que creen sin peros ni condiciones. Si le añades algo, has entrado en el desvío hacia el bosque y estás perdido; porque el que no cree, ya está perdido. Yo soy la única puerta que abre al cielo. El camino es estrecho; tienes que hacerte pequeño si quieres pasar por la roca. Los que están adornados de buenas obras, como un justo por obras lo está de conchas, nunca podrán abrirse paso a la fuerza. Deben despojarse y hacerse pequeños. Uno solo puede cumplir las condiciones cuando desespera de sí mismo. Si vienes estorbado con grandes cargas de buenas obras, nunca podrás forjarte un camino al cielo; debes dejarlas a un lado antes de poder entrar.

13 De esto se sigue que donde hay fe, allí el pecado no daña; porque la fe nos hace de Cristo. Pero donde no hay fe, allí hay o temor y odio a Dios, o una vida disoluta y pecaminosa. Nos encontramos con esta misma verdad cuando aprendimos que el Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado porque, como dice Cristo, no creyeron en él. El único pecado es la incredulidad. La fe arranca de raíz todos los pecados. La incredulidad es la única razón por la cual el hombre no conoce a Dios. A causa de ella está en temor en la presencia de Dios. Cuando un hombre está en temor, odia y blasfema a Dios, amontonando sus pecados y sin guardar ninguno de los mandamientos. Ahora bien, Cristo da una razón para este juicio; dice:

V.19. “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.”

14 La luz es Cristo el Señor, manifestado en el conocimiento de él, tal como aquí se lo retrata en este evangelio. Como una mirada al sol, podemos mirar en este evangelio y ver lo que Dios es. Esta luz ha venido al mundo por la predicación de los apóstoles y ha brillado por todo el mundo. El hombre es su enemigo solo a causa de sus malas obras; el mundo entero está firmemente atado a ellas. ¿Por qué el papa y los obispos, los sacerdotes y los monjes no permiten que se expongan sus obras y se saque a la luz su manera de vivir? Por la razón de que sus obras son malas. Ahora bien, la luz nos revela que todas nuestras obras no valen nada y que debemos tener solo a Cristo. Cuando aplicamos la prueba de esa luz, dicen: ¡Cómo! ¿Habría yo ayunado y orado tanto tiempo por nada? ¡Fuera, herejes! Si los hombres ya no creyeran en la eficacia de las obras, nadie asistiría a las vigilias y a la misa; entonces las cocinas de los monjes se harían pequeñas y sus bodegas quedarían vacías. Como no pueden tolerar tal posibilidad, tienen que odiar la luz.

15 Dios los ha cegado de modo que edifican sobre piedra y madera, pasando por alto el fundamento de la verdad y sin edificar sobre Cristo. Pero el evangelio se propone establecer el corazón sobre el fundamento eterno de la verdad. Ahora bien, si alguien quisiera derribar su manera de edificar, habría que traer la luz y hacer manifiestas sus obras, para que sean avergonzados. Pero ellos nunca tolerarán tal inspección, sino que deben proteger sus hechos, con la consecuencia de que se hacen enemigos de esta luz. Eso es precisamente lo que dice el Señor:

V.20. “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.”

16 Aborrecen la luz, dice Cristo, porque hacen lo malo; llevan una vida vergonzosa, creyendo al mismo tiempo que es una vida piadosa. También el diablo querría ser un buen compañero. Está ansioso de sentarse en un lugar limpio, y no yacer ante la puerta; querría entrar en el corazón, pero nunca a la luz; llevaría el manto de la respetabilidad, para que no se vea su injusticia. Ahora bien, tomemos la luz del día como ilustración. El sol no se negará a salir porque yo sea perezoso y quisiera dormir de buena gana una hora o dos más. No, sigue su curso y no esconde su luz, aunque no me sea agradable. Del mismo modo se levantará el Sol de justicia; los malhechores no quieren venir a la luz, sino que cubren y guardan sus pecados y malas obras. Con ello merecen el juicio; porque no solo han obrado mal, sino que quieren defender su acción, lo cual es un pecado doble.

17 Pero los justos se acercan de buena gana a la luz, dispuestos a que todos juzguen sus obras, e incluso dejan que el diablo las examine. Han cultivado en buena tierra, porque poseen fe, y salen en su fe a ayudar a los pobres. Estas obras son obradas en ellos por Dios, de modo que no pueden ser malas. Así una persona justa permite gustosa que todo el mundo actúe como juez sobre sus obras. Es una cosa hermosa cuando un creyente, al ver rechazada su obra, dice: Sí, no hay ningún bien en las obras hechas por mí mismo, pero las obras que Cristo, mi Señor, obra en mí, esas son buenas. No desea honra alguna, sino que atribuirá toda honra a Dios; poseerá en Dios todo lo que debe poseer, y puede, con buena conciencia, ir a la luz y no ser avergonzado. Eso es lo que Cristo quiere decir en sus palabras finales:

V.21. “Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.”

18 Ahora hemos oído cuál es nuestro consuelo y nuestro refugio final y único, sobre el cual debemos poner nuestro fundamento y edificar. Ninguna persona que profese ser cristiana debe atreverse a emprender obra alguna imaginando ser salva por ella; no se salva sino solo por Cristo, a quien le costó todo lo que tenía. Debemos llegar a la salvación por medio de él y de su obra, sin nada más añadido. Si edificamos sobre obras humanas, estamos contando directamente contra la gracia de Dios.

19 Por otra parte, no debemos abandonar las obras, diciendo como dicen los descarados: Entonces ya no haré buenas obras para ser salvo. Es verdad, no debes hacer nada con la intención de que sea meritorio para la salvación, para el perdón del pecado y para apaciguar la conciencia; tienes suficiente para esto en tu fe. Pero tu prójimo no tiene suficiente; debes tenderle una mano de ayuda. Para que puedas prestar ese servicio, Dios te permite vivir; si no fuera así, pronto se pediría tu ejecución. Vives con el propósito de servir con tu vida, no a ti mismo, sino a tu prójimo.

20 Cristo el Señor también tenía suficiente; lo que el mundo tenía era suyo. Pudo habernos pasado por alto, pero no es propio de la verdadera vida hacerlo. No, maldita sea hasta la perdición esa vida que vive para sí; porque vivir así es propio de paganos y no de cristianos. Entonces los que ahora tienen su suficiencia de Cristo deben seguir el ejemplo de Cristo y con total sinceridad hacer bien a sus prójimos, como Cristo lo hizo con nosotros: gratuitamente, sin el menor pensamiento de obtener algo con ello, solo con el deseo de que sea agradable a Dios.

21 Nosotros los cristianos somos como un niño nacido en la casa del padre. Trae consigo el título a la herencia, en su carne y sangre; el título a la heredad le pertenece en virtud de su nacimiento. Un siervo, en cambio, adquiere su mérito, no en la familia, sino fuera de ella. Cuando el hijo de la casa crece, debe sin embargo ayudar a aumentar y mejorar la herencia, haciéndola más valiosa; pero no gana la herencia primeramente por obras, pues ya la ha adquirido en virtud de su nacimiento. Así también, si creemos en Dios, entonces ya somos herederos y no necesitamos adquirir la herencia por nuestras obras; sin embargo, debemos ser colaboradores del Padre para aumentarla. Pablo habla de igual manera a los filipenses: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.» Fil 2:5ss. Es decir: Lleva una vida exterior tal que sea semejante al ejemplo de Cristo, y ayuda a tu prójimo con tu vida y tus bienes, sin pensar en ganar la primogenitura por tus obras. Guarda tu filiación, no por tu propia temeridad, sino por la fe, y sé colaborador en extender el reino.

Sermón para el Lunes de Pentecostés; Juan 3:16-21 (2.º sermón)

I. LA GLORIOSA GRACIA Y DÁDIVA EN CRISTO.

LA GRACIA Y EL JUICIO DE CRISTO.

1 Esta es una de las mejores y más gloriosas lecciones del evangelio, como las que Juan escribió en particular. Es digna de ser escrita con letras de oro, no sobre papel, sino, si fuera posible, sobre el corazón; debería ser la lección y la meditación diaria de los cristianos, que deberían repetirla para fortalecer su fe y despertar sus corazones a la oración. Las palabras alegran al triste y dan vida al muerto, con tal que el corazón las crea firmemente.

2 Da también instrucción sobre el artículo principal de la fe cristiana, sobre la gloria y la libertad de los cristianos, por las cuales el pecado, la ley, la ira de Dios, la muerte y el infierno son desterrados de los creyentes y abolidos, y además toda sabiduría, justicia y santidad humanas quedan reducidas a nada en lo que pertenece al reino de Dios. Dice: «Todo aquel que en el Hijo de Dios cree, no se pierda, mas tenga vida eterna»; la muerte, el diablo, el terror de la ley deben ser desterrados para siempre, sin que nuestro mérito y dignidad hagan nada para ello. Así se retrata aquí el excelente, grande, eterno y divino tesoro, que debemos poseer para estar sin temor ante el juicio y la condenación de la naturaleza humana por la caída de Adán, y en su lugar tener salvación y victoria, y además toda bendición. Todo esto se ofrece y se otorga por pura gracia, y así se presenta solo como una dádiva que únicamente se puede obtener por la fe.

I. ESTA GLORIOSA GRACIA Y DÁDIVA EN GENERAL.

3 Con palabras vivas y significativas el evangelista esboza brevemente esta gracia y dádiva en Cristo, para engrandecerla y retratar minuciosamente a todos los implicados: el dador, el receptor, la dádiva, sus frutos y beneficios. Todo es tan elocuentemente grande que es indescriptible, y es difícil de creer solo por su misma grandeza.

4 Antes de considerar esto, sin embargo, oigamos por qué y con qué propósito habla así Cristo. Lo expresa en las siguientes palabras: «Para que todo aquel que en él cree, no se pierda», etc. Aquí quiere mostrar al mundo la miseria y el desamparo en que yace; que está enteramente perdido, y habría tenido que permanecer perdido eternamente, si Cristo no hubiera venido con este anuncio; porque toda su sabiduría, arte, doctrina, ley y libre albedrío no valdrían en este respecto; y a pesar de toda su enseñanza y sus esfuerzos, está y permanecerá perdido para siempre. Pues desde su mismo nacimiento yace en pecado, bajo la ira de Dios, en el reino del diablo y bajo el poder de la muerte, incapaz de ayudarse o de librarse de esta condición. En verdad está tan aturdido y entorpecido que nunca habría conocido ni comprendido su miseria si esta no le hubiera sido revelada por la Palabra.

5 Cristo enseña la misma verdad más extensamente en la declaración hecha a Nicodemo, inmediatamente anterior a este texto, donde le dice llana y claramente que ni él ni ninguno de los judíos de su clase, aunque tenían la ley y realizaban con diligencia obras y cultos exteriores (que eran en aquel tiempo, ciertamente, los más recomendables del mundo), podían por ello llegar jamás al cielo, ni ver el reino de Dios. Porque tal vida y tales obras son todavía solo obras del hombre, que, en su descendencia natural de Adán, no es sino carne sin espíritu, es decir, sin verdadero entendimiento y conocimiento de la voluntad divina, y sin genuina obediencia de corazón a Dios; en suma, no puede convertirse a Dios, puesto que se ha apartado total y plenamente de Dios. Por tanto, por medio de la ley el hombre nunca podría librarse del pecado, de la ira de Dios y de la muerte eterna. Por consiguiente, si ha de ver el reino de Dios, debe nacer de nuevo y tener una naturaleza enteramente diferente, una que no procede de la carne, como la antigua, sino del Espíritu, y que es espiritual; y para ello debe recibirse otra palabra y declaración distinta de la que tienen en la ley, y un poder que está más allá de la capacidad del hombre.

6 Para que lleguemos a ser hombres nuevos, dice, debemos ser librados primero de la maldición del antiguo nacimiento, es decir, libertados del pecado y de la muerte. Pero como todavía tenemos carne y sangre y vivimos en la tierra, el antiguo nacimiento continúa. Por sí mismo, debe seguir siendo lo que es por naturaleza. Bajo su yugo, el hombre, al morir, debe ser condenado, porque ningún hombre es capaz de apaciguar y quitar la ira y la condenación pronunciadas sobre él; por lo tanto, nadie vería jamás a Dios ni entraría en el cielo. Como dice Cristo: «Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo», etc. Por eso había que hallar otro camino. Solo podía ser por medio de algún ser celestial, justo e inocente en el más pleno sentido, agradable y aceptable a Dios, que adaptara sus perfecciones a nuestra naturaleza humana, de modo que el pecado y la condenación que le eran propios por nacimiento fueran quitados, y ella fuera reconciliada con Dios y rescatada de la muerte eterna, y se volviera a Dios y comenzara de nuevo a conocerle, amarle y obedecerle rectamente, y así experimentara el comienzo del nuevo nacimiento y, finalmente, por medio de la muerte, fuera completamente purificada de la inmundicia que queda del hombre viejo, libre para siempre del pecado.

7 Ahora bien, la ira de Dios contra el pecado es tan intensa que ninguna criatura habría podido idear medios para apaciguarlo ni lograr una reconciliación; la condenación era tan enorme que ningún ángel era lo bastante poderoso para quitarla y restablecer la vida. Por lo tanto, esa Persona única, el Hijo de Dios, tuvo que tomar sobre sí el pecado, la ira de Dios y la muerte, bajo los cuales yacía sin ayuda la humanidad, y hacer el sacrificio por ellos. De esto dice el mismo Cristo, inmediatamente antes de este texto, que el Hijo del Hombre debe ser levantado, como Moisés levantó la serpiente en el desierto, «para que todo aquel que en él cree, no se pierda». Aquí añade la causa que movió a Dios a llevar a cabo esta gran obra, cuando dice:

V.16. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

8 Con estas palabras nos conduce directamente al corazón del Padre, para que veamos y sepamos que fue el grande y maravilloso consejo de Dios, resuelto desde la eternidad, que recibiéramos ayuda por medio de este Hijo. Todo tenía que cumplirse, para que la verdad de Dios permaneciera, tal como lo había prometido antes en las Escrituras. Así es evidente que Dios no pretende echarnos fuera ni condenarnos a causa de nuestros pecados; sino que quiere que, por causa de este Salvador y Mediador, si tememos su ira a causa de nuestros pecados, y tenemos presente y creemos firmemente esta voluntad divina eterna, alcancemos la gracia eterna de Dios y la vida eterna.

II. ESTA GLORIOSA GRACIA Y DÁDIVA EN PARTICULAR.

9 Consideremos ahora qué palabras tan significativas y consoladoras son estas, que retratan en todas sus relaciones, y de múltiples maneras, esta maravillosa obra de Dios, con su inexpresable tesoro que aquí se nos ofrece gratuitamente. En primer lugar, el Dador no es un hombre, un emperador ni un rey, ni siquiera un ángel; sino que es la Majestad excelsa y eterna, Dios mismo, en comparación con el cual todos los hombres, por ricos, poderosos y grandes que sean, no son sino polvo y ceniza. Is 40. ¿Cómo lo describiremos? Es incomprensible, inmenso, inagotable.

10 No es, pues, ya un capataz que simplemente nos exige —como lo llama Moisés (Dt 4:24), fuego que consume, fuego devorador—, sino una fuente rica, desbordante y eterna de gracia y de todos los dones, que con justicia merece ser llamado Gebhard (príncipe o campeón de los dadores). En comparación con él, ¿qué son todos los emperadores y reyes, con sus dádivas, oro, plata, tierras y pueblos? Aquí el corazón debe ensancharse y crecer en deseo, anhelo y expectación de lo que el Señor Dios se propone dar; pues ciertamente tiene que ser algo grande y valioso lo que pueda convenir a esta excelsa Majestad y a este Dios rico. Comparado con tal Dador y tal dádiva, todo lo que hay en el cielo y en la tierra debe ser muy pequeño e insignificante.

11 En segundo lugar, ¿por qué da, y qué lo movió a ello? Nada sino puro e inexpresable amor. No da porque sea una deuda o un deber, ni porque alguien se lo haya pedido o rogado, sino que lo mueve a hacerlo su propia bondad como el Señor que da de buena gana y se deleita en dar gratuitamente y sin que se lo pidan.

12 Así como no hay mayor Dador que Dios, tampoco hay mayor virtud, ni en Dios ni en los hombres, que el amor. Uno sacrificará todo por lo que ama, aun su vida. La paciencia, la humildad y todas las demás virtudes no son nada comparadas con él, o bien están incluidas en su esencia. Porque a quien amo, con él ciertamente nunca me enojaré, ni le haré daño ni le molestaré, ni me haré intolerable para él, sino que estaré dispuesto a servirle, aconsejarle y ayudarle siempre que vea que me necesita. En suma, soy suyo por completo, en cuanto a mi cuerpo, mis bienes y todas mis posesiones.

13 Por consiguiente, aquí también el corazón crecerá y se hará fuerte contra toda tristeza, porque se nos pone delante tanta riqueza de amor divino insondable, que fluye de un corazón paternal y tiene su fuente en la más alta virtud, que es la fuente de todo bien, y que por eso hace valiosa y preciosa la dádiva; así como el proverbio estima valiosa una dádiva pequeña cuando dice: Viene de una mano amorosa. Porque donde hay amor y amistad, no se mira tanto la dádiva como el corazón; es el amor lo que añade gran valor a la dádiva. Si Dios me hubiera dado solo un ojo, una mano o un pie, y yo supiera que lo hizo por amor de padre, me sería mucho más querido que mil mundos. Ahora bien, puesto que nos ha dado el precioso bautismo, su Palabra, la absolución y la Cena del Señor, deben ser considerados nuestro paraíso y cielo diarios; no por la apariencia de tales dones, que no son grandes a los ojos del mundo, sino por el gran amor con que se dan.

14 En tercer lugar, considera la dádiva misma. Sin duda debe ser algo excelente e inexpresablemente grande lo que un Dador tan rico nos da, con un amor tan sincero y generoso. ¿Qué da? No grandes reinos, no uno o varios mundos llenos de plata y oro, no el cielo y la tierra con todo lo que contienen, no toda la creación, sino a su Hijo, que es tan grande como él mismo. Esa es una dádiva eterna e incomprensible, así como el Dador y su amor son incomprensiblemente grandes. Él es la fuente y el manantial de toda gracia, bondad y benignidad; sí, la esencia misma de las bendiciones y tesoros eternos de Dios. Eso es amor, no de palabra, sino de hecho, en el más alto grado, probado con la más preciosa bondad y la más maravillosa obra de que el mismo Dios es capaz.

15 ¿Qué más puede hacer y dar? Puesto que da a su Hijo, ¿qué retiene todavía, que no dé? Sí, se da a sí mismo por completo y enteramente, como dice Pablo, Ro 8:32: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» Ciertamente todo debe haberse dado con aquel que es su Hijo unigénito y amado, el Heredero y Señor de toda la creación; por tanto, todas las criaturas, ángeles, demonios, muerte, vida, cielo y tierra, pecado, justicia, todo lo presente y lo por venir, nos están sujetos. Dice Pablo en 1 Co 3:22-23: «Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios»; porque este Hijo es todo en todo.

16 En cuarto lugar, ¿cómo y de qué manera es dado el Hijo? ¡Míralo en lo que ha hecho y sufrido! Por nosotros se hace hombre, es puesto bajo la ley, es decir, bajo la ira de Dios (a causa de nuestros pecados). Es llevado a la muerte, y a la muerte más ignominiosa: levantado sobre la cruz y suspendido en el aire. Fue condenado (como Cristo había dicho poco antes), tomando sobre sí la ira y el furor del diablo y del infierno, y luchando con ellos hasta tal punto que hay que decir que fue totalmente abandonado. Sin embargo, pisoteó al diablo, al pecado, a la muerte y al infierno, y obtuvo la victoria sobre ellos por su resurrección y ascensión. Todo esto nos lo dio para que fuera nuestro, para que poseyéramos tanto a él como todo lo que él realizó. Y esto lo hace de tal manera que no pueda decirse que la dádiva se nos haya conferido ni como salario ni por mérito, ni es prestada, tomada a préstamo ni a cambio de recompensa, sino dada libremente y otorgada por pura gracia benigna. El que recibe no debe ni puede hacer más en este caso que abrir su mano y tomar lo que Dios tan misericordiosamente le da, y lo que verdaderamente necesita, con amor y acción de gracias.

17 En quinto lugar retrata al receptor, que es, en una palabra, el mundo. Este es en verdad un caso maravilloso y singular de amar y dar. Aquí el amado contrasta extrañamente con el que ama. ¿Cómo se puede explicar este amor de Dios por el mundo? ¿Qué ve en el mundo, para estar tan dispuesto a abrirle su pecho? Si hubiera amado a los ángeles, estos son al menos criaturas gloriosas y nobles, dignas de su amor. Pero, ¿qué es el mundo, por el contrario, sino una gran masa de gente que ni teme, ni ama, ni alaba, ni da gracias a Dios, que abusa de toda criatura, blasfema el nombre de Dios y desprecia su Palabra, y además es desobediente, homicida, adúltera, ladrona, bribona, mentirosa, traidora, llena de perfidia y de toda malicia; en suma, transgresora de todo mandamiento, y en cada particular rebelde y obstinada, adherida al archienemigo de Dios, el abominable diablo? ¡Mira este fruto delicioso y gracioso! Concede, como a una hermosa y amada novia e hija, a su querido Hijo, y con él todas las cosas, cuando habría tenido más que suficiente razón, al solo mencionar al mundo, para aplastarlo al instante con truenos y relámpagos hasta reducirlo a polvo y arrojarlo al abismo del infierno. La palabra «mundo» es un sonido odioso a Dios más allá de toda expresión; y esta es una paradoja extrañísima: Dios ama al mundo. Aquí se combinan dos cosas en el más alto grado antagónicas. Es casi como decir: Dios ama la muerte y el infierno, y es amigo de su más amargo y eterno enemigo, el maldito diablo.

18 Esa es en verdad una prueba ilimitada de amor, y hace inexpresablemente grande la dádiva, cuando se colocan lado a lado al Dador y a aquel a quien se da, y se representa a Dios derramando todo su corazón a su imagen odiosa y hostil, cuando solo debería haberla visitado con ira, venganza y condenación, y cuando no presta atención al hecho de que el mundo está lleno de desprecio, blasfemia, desobediencia hacia Dios y estupenda ingratitud por todos los dones que le había otorgado hasta entonces, sino que se traga todos sus vicios y pecados. Por grande y benéfico que sea el Dador, la maldad y la perversidad del mundo, que es excesiva e inmensamente grande, debería disuadirlo y repelerlo. Porque ¿qué hombre puede siquiera notar y comprender suficientemente su propio pecado y desobediencia? Y sin embargo este gran amor vence de tal modo a Dios que quita del mundo todo pecado y transgresión, y no los recuerda más contra él para siempre, de manera que están muertos y desaparecidos, y en su lugar da a su Hijo, y con él todas las cosas.

19 Con esto quedan ahora suficiente e irrefutablemente demostradas y probadas las verdades por las que luchan Pablo y los artículos de la fe; a saber: que tenemos perdón de pecados y vida eterna, sin mérito ni dignidad de nuestra parte, por pura gracia (gratis), y solo por causa de su amado Hijo, en quien Dios nos amó de tal manera que este amor ha quitado y borrado todos nuestros pecados y los pecados del mundo entero; porque no había en nosotros sino pecado, en lugar del cual nos ha otorgado su amor y su perdón, como dice el profeta Isaías (40:2) acerca de Jerusalén, y como debemos predicar en el evangelio: «Su pecado ha sido perdonado; ha recibido de la mano de Jehová el doble por todos sus pecados».

20 Por tanto, esta dádiva —toda de gracia— es mucho mayor, trasciende y es más poderosa que todos los pecados de la tierra, de modo que la indignidad de cualquier hombre, sí, de todos los hombres juntos, y aun la ira eterna y la condenación que han merecido, no pueden ser tan grandes que la grandeza de este amor y gracia, o perdón, no las supere en cada particular, sí, no las trague; como dice Pablo en Ro 5:20: «Mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia»; y Sal 103:11-12: «Porque como la altura de los cielos sobre la tierra… hasta ahora alejó de nosotros nuestras rebeliones». Pues ¿qué otra cosa puede ser eso sino perdón de pecado, cuando ama al mundo mientras yace aún en pecado, abominación y blasfemia? Si pudo amar de tal modo al mundo, su enemigo y blasfemo, como para dar tanto, aun a sí mismo, por él, ¿cómo podría enojarse contigo y no estar dispuesto a perdonar tus pecados, si deseas y buscas su gracia?

21 ¿Qué corazón no rendiría con alegría todo bien a aquel que ha mostrado tal amor como para conceder a su querido Hijo a gente malvada y desesperada, es decir, al mundo entero, lo cual significa a toda la gente, que nunca hizo nada bueno, sino que en todo tiempo ha hecho lo contrario de sus mandamientos? ¿Cómo puede gente como esta esperar como recompensa un amor tan grande y riquezas tan inexpresables? ¡Pensar en lo que yo he hecho y en lo que ha sido mi experiencia en mi vida monástica, cuando crucifiqué a Cristo diariamente durante quince años y practiqué toda clase de idolatría! Y sin embargo, a pesar de que lo provoqué tan gravemente, me ama de tal modo que ya no recuerda toda mi maldad, sino que me revela a su Hijo, y a sí mismo, con toda gracia. Esto sí puede llamarse riquezas incomprensibles de un amor insondable.

22 ¡Oh Señor Dios, cuán poco toma el mundo a pecho cosas tan grandes y sublimes! ¿No deberíamos todos regocijarnos y alegrarnos de corazón de haber vivido para ver el tiempo en que podemos oír tales cosas, y amar y alabar por ello a nuestro Dios, y en gratitud no solo servirle de buena gana, sino sufrir gustosos todas las cosas e incluso sonreír si tuviéramos que morir por causa de su Palabra y obediencia y permitir que estos cuerpos —gusanos del polvo— sean consumidos por el fuego o la espada, o sufrir cualquier otra forma de martirio? ¡Tan poco agradecida es la vergonzosa y abominable incredulidad, en su gran y ciega oscuridad, de la cual el mismo Cristo se queja más adelante, que hay corazones tan poseídos, rígidos y muertos que pueden oír tales cosas y aun así no creer!

23 En sexto lugar, tenemos la causa final: por qué y con qué propósito hace todo esto, y cuál es su intención. Por supuesto, no lo ha concedido para que yo tenga de ello comida y bebida, o algún beneficio temporal inferior, riquezas, honra, poder; ni lo ha dado para que dañe y envenene; no ha dado su Palabra, el bautismo y la Cena del Señor como veneno, sino para que nos sean del mayor provecho. Como dice, se dan para que el hombre no se pierda, sino que tenga vida eterna. No es con el propósito de darme muchas coronas de oro y reinos, pues entonces yo seguiría en pecado y muerte; sino para que yo sea libre del infierno y de la muerte eterna, y no me pierda eternamente. Eso es lo que esta dádiva ha de lograr; para mí el infierno queda borrado y el diablo arrojado bajo mis pies, y de un corazón temeroso, triste y humillado sale uno gozoso y vivo. En suma, Dios ha hecho todo esto para que yo tenga una vida eterna e imperecedera a cambio de la destrucción y muerte eternas.

24 Tras la recepción de una dádiva tan grande e imperecedera tiene que seguir que, cuando el Hijo de Dios es rectamente conocido y abrazado con todo el corazón, tenemos la victoria sobre todo mal y somos rescatados de él, y disfrutamos de libertad, gloria y felicidad eternas; porque donde él está, allí todo debe ser bueno. No que lo hayamos merecido, sino que en su gran y eterno amor Dios tuvo compasión de nosotros en nuestra miseria y desamparo, y nos dio a su Hijo para que fuéramos ayudados; de otro modo nos habríamos perdido y habríamos tenido que permanecer eternamente perdidos, a pesar de toda nuestra justicia por obras y nuestros cultos, y nunca habríamos alcanzado la vida eterna.

25 El que ahora quisiera hincharse de gozo el corazón por estos hechos, tiene razón más que suficiente para hacerlo. Pues ¿qué más glorioso y mejor podría desear el corazón, que se le diga que la vida eterna le será otorgada; que nunca verá la muerte; que nunca experimentará necesidad, angustia, tristeza y tentación, sino que tendrá puro gozo y una riqueza perfecta de todo bien, y tendrá la seguridad de que tenemos un Dios misericordioso, y de que todas las criaturas nos sonreirán con alegría? De aquí es muy evidente que no es el propósito ni la intención de Dios engañar y destruir a la gente, como el diablo quiere hacer creer a los corazones tímidos, poniéndoles delante la ley y su indignidad; sino que quiere otorgar vida, y vida que sea eterna y bienaventurada. Como prenda y verdadero testimonio de esto, nos da a su único Hijo, lo cual nunca habría hecho si no nos hubiera amado sino estuviera todavía airado y pensara condenarnos.

26 Este y otros pasajes semejantes, gloriosos y consoladores, deben ser rectamente atesorados y estimados por todo cristiano por encima de todo lo demás en el mundo, porque son palabras que nadie puede agotar ni sondear; y cuando se creen rectamente, deberían hacer de uno un buen teólogo, o más: un cristiano fuerte y gozoso, que pueda hablar y enseñar rectamente de Cristo, juzgar todas las demás doctrinas, aconsejar y consolar a cualquiera, y soportar con paciencia todas las cosas que le toque experimentar.

27 Pero aquí debemos orar para que el Espíritu Santo grabe esto en nuestros corazones, y debemos ejercitarnos diariamente en estas cosas, de modo que nos acostemos y nos levantemos con estas palabras en la mente. Pero ahora, tal como las estimamos, así es su efecto sobre nosotros. Si no entran en nuestros corazones no pueden producir el fruto que deben; tienen que lamentar la ingratitud del mundo, que las hace pasar por nuestros oídos y corazones sin afectarnos, mientras corre tras bienes perecederos, honra y fama, perdiendo así este tesoro eterno; por lo cual se condenará y se maldecirá a sí mismo eternamente en el infierno.

28 En séptimo y último lugar, ¿de qué manera podemos asir tal tesoro y dádiva, o cuál es la bolsa o caja fuerte en que puede guardarse? Es la fe sola, como dice aquí Cristo: «Para que todo aquel que en él cree, no se pierda», etc. La fe extiende las manos y abre el saco, y se deja obsequiar con cosas buenas. Así como Dios, el Dador, otorga en amor esta dádiva, así nosotros somos los receptores por la fe, la cual no hace más que recibir la dádiva. Porque no es obra nuestra, y no puede merecerse por nuestra obra. Ya ha sido otorgada y presentada. Todo lo que tienes que hacer es abrir tu boca, o más bien tu corazón, quedarte quieto y dejar que se llene por completo. Sal 81:10. Esto no puede hacerse de otro modo que creyendo estas palabras; pues observas que aquí él requiere fe, y la fe se apropia plena y perfectamente de este tesoro.

29 Aquí puedes ver también qué es la fe y cómo se llama. No es simplemente un pensamiento vacío acerca de Cristo, de que nació de la virgen María, padeció, fue crucificado, resucitó, ascendió al cielo, sino un corazón que asió y abraza al Hijo de Dios, como se expresa en estas palabras, y sostiene positivamente que Dios dio a su Hijo unigénito por nosotros a la muerte, y nos amó de modo que, por causa de él, no nos perdiéramos, sino que tuviéramos vida eterna. Por eso dice claramente: «Todo aquel que en él cree». Debe ser una fe que no mira sus propias obras, ni su propia fuerza y dignidad, es decir, su propia cualidad o la virtud infundida e inherente al corazón, con la que sueñan y fantasean los ciegos sofistas, sino que, sin depender de sí misma, se aferra a Cristo, abrazándolo como su propio tesoro concedido, con la certeza de que por causa de él Dios se movió a amarnos, y no por causa de la propia obra, dignidad y mérito; porque estas cosas no son el tesoro que Dios dio, es decir, Cristo, el Hijo de Dios, en quien debemos creer.

30 ¿De qué provecho es el don de la fe si no es más que un vaso vacío como ese? ¿De qué valor, a menos que uno mire y se consuele en el pensamiento de lo que ella contiene, y de lo que sola la hace preciosa, de modo que pueda decir: La fe podrá ser solo una custodia o píxide o cajita pequeña e insignificante, pero en ella hay, sin embargo, una joya tan preciosa que el cielo y la tierra no pueden contenerla?

31 Por eso enseñamos así, según las Escrituras, acerca de la fe: que solo por ella somos justificados y aceptos delante de Dios; porque es la fe sola la que asió y retiene este tesoro, el Hijo de Dios. Si peso esta dádiva y mis obras en la misma balanza, el contraste y la preponderancia son tan abrumadoramente grandes que la santidad de todos los hombres no es nada comparada con la más pequeña gota de sangre que Cristo dio y derramó por nosotros, por no hablar de todo lo que hizo y sufrió; por lo tanto, en ningún respecto puedo depender de mi virtud y dignidad.

32 ¿Y por qué habríamos de jactarnos tanto de nuestros esfuerzos cuando aprendemos que estamos en tal situación que todos estaríamos perdidos para siempre si no se hubiera dado este tesoro por nosotros? Con ello se quita la gloria, no solo a todas las obras humanas, sino a toda la ley de Dios; pues aunque uno la poseyera toda, y conforme a su capacidad cumpliera todas sus exigencias, todavía no habría alcanzado lo necesario para salvarse de la destrucción eterna. ¿Qué otro propósito tienen estas palabras: «Para que todo aquel que en él cree, no se pierda», etc.? Son un testimonio continuo de que ni Moisés (la ley) ni tampoco la santidad de todos los hombres podían redimir de la muerte ni dar vida eterna. Por tanto, todo depende enteramente de este único Hijo de Dios.

33 Ahora bien, puedes ver qué asunto tan sublime y significativo abarca este pasaje, ya que el Dador, tan grande y poderoso, el Creador de toda criatura, no dice simplemente: ¡Buenos días!, y concede una sonrisa amistosa; sino que ama, sí, ama con tanta sinceridad que no da simplemente una dádiva mezquina de bienes perecederos, sino su mayor y más precioso tesoro, su Hijo, que es también Señor del cielo y de la tierra. Este amor no lo muestra solo a sus amigos, sino a sus enemigos, y ninguna criatura, salvo el mismo diablo, es menos digna de este amor que sus enemigos. No se dio a sí mismo por ellos con otro propósito que arrebatarlos de la muerte y del infierno y hacerlos ciertos de la vida eterna. ¿De qué maravilla se podría hablar o pensar que sea más maravillosa en todo particular?

34 Por grande e indecible que sea todo esto, todavía es mayor y más maravilloso, en comparación, que el corazón humano haya sido capacitado para creerlo todo. Ese sí que debe ser un gran corazón, que puede abrazar más de lo que caben el cielo y la tierra. Por eso debe ser evidente qué grande, sublime y divino poder y obra es la fe, que puede hacer lo que es imposible a la naturaleza y a todo el mundo, y por tanto no es menor milagro que todos los otros milagros y obras de Dios. Es aún más maravillosa que el hecho de que Dios se hiciera hombre, nacido de una virgen, como dice san Bernardo. Estas cosas, como hemos oído, a saber, el amor del Dador y de aquel que fue dado, y la indignidad del receptor, puestas lado a lado, son incomparables en grandeza. Por una parte todo es tan grande, y por otra el corazón del hombre es tan pequeño, estrecho y débil, que lo infinito de la diferencia asombra y sobrecoge.

35 Si se me dijera que Dios me ha concedido, por encima de todos los demás hombres, el don de vivir en la tierra varios miles de años, en el disfrute de paz y felicidad y de todo lo que mi corazón deseara, respondería: No, esa no puede ser la palabra de Dios, es demasiado para creerlo. ¿Quién soy yo, para que Dios me dé tales cosas? ¡Cuánto menos puede el corazón del hombre darse cuenta de que Dios le dio un tesoro así, su Hijo, y con él la vida eterna y la salvación! ¿Quién puede expresar este asombroso hecho? ¡Cuán preciosa y excelente es incluso esta vida temporal! ¿Y quién la daría por todos los reinos, todo el oro y las posesiones de este mundo? Pero la extensión de esta vida, comparada con la vida eterna y sus bendiciones, es mucho menos que un solo momento. En suma, la vida eterna es inconcebible; solo podemos intentar concebirla restándole algo, o contrastándola con la pérdida y miseria que se llama pérdida eterna.

36 Ahora bien, el cristiano debe finalmente reconocer que la honra pertenece a Dios y a Cristo el Señor; que la Palabra de Dios es la verdad, y debe denunciar como mentira la propia incredulidad del hombre. Donde se hace este reconocimiento, el Espíritu Santo ya ha comenzado con su poder y obra de fe, y el corazón se abre, de modo que puede asir este tesoro, que es mayor que el cielo y la tierra; es verdad que el corazón avanza con gran debilidad, y en la tierra nunca puede alcanzar la fe que debería, y no pasa de los anhelos y gemidos del espíritu, porque la salvación es inexplicable para el hombre, y el corazón debe clamar: ¡Oh, si fuera verdad! o: ¡Oh, si uno pudiera creerlo!

37 Sin embargo, tales suspiros y pequeñas chispas de fe tienen tanto valor que Dios los reconoce como fe completa y dice: Como creíste, así te sea hecho, y puesto que lo has creído, ciertamente serás salvo. Porque esta palabra es un poder y una fuerza más poderosa que todos los terrores del pecado y de la condenación, y esta dádiva es tan grande que el pecado, la muerte y el infierno son tragados por ella como una gotita de agua en un horno encendido, o como una chispita sobre una paja se apaga al caer en el gran océano. Si tan solo el corazón, en la tentación, pudiera recordar estas palabras, ni el diablo ni el infierno podrían espantarlo, y diría con gozo: ¿De qué debo tener miedo? ¿No tengo al Hijo de Dios, dado a mí por el Padre, en testimonio de lo cual me da la Palabra, que sé que es su Palabra? Eso no puede mentirme, como tampoco él podría mentirme y engañarme, aunque yo, ¡ay!, no pueda creerlo tan firmemente como debería.

38 Dices: Sí, con gusto lo creería si yo fuera como san Pedro y san Pablo y otros que son piadosos y santos; pero soy un pecador demasiado grande, ¿y quién sabe si estoy predestinado? Respuesta: ¡Mira estas palabras! ¿Qué dicen, y de quién hablan? «De tal manera amó Dios al mundo»; y «para que todo aquel que en él cree». Ahora bien, el mundo no es simplemente san Pedro y san Pablo, sino todo el género humano tomado colectivamente, y aquí nadie queda excluido: el Hijo de Dios fue dado por todos, a todos se les pide creer, y todos los que creen no se perderán, etc. Tómate de la nariz, busca en tu pecho si no eres también un hombre (es decir, un pedazo del mundo) y si no perteneces al número que abarca la palabra «todo aquel», igual que los demás. Si tú y yo no hemos de tomar para nosotros este consuelo, entonces estas palabras deben haberse dicho falsamente y en vano.

39 Y ciertamente esto no se ha predicado a nadie más que a la humanidad. Por tanto, cuídate de excluirte a ti mismo y de dar lugar al pensamiento: ¿Quién sabe si se me ha dado a mí? Porque eso sería acusar a Dios de hablar falsamente en su Palabra. Al contrario, hazte una cruz con estas palabras, y di: Si no soy san Pedro ni san Pablo, soy sin embargo una parte del mundo. Si él hubiera querido dárselo solo a los dignos, habría hecho que se predicara solo a los ángeles, porque ellos son puros y sin pecado. Entonces no habría podido dárselo a san Pedro, a David ni a Pablo, porque eran pecadores igual que yo. Sea lo que sea yo, sé que la Palabra de Dios es verdadera; y si no la acepto, cometo, por encima de todos los demás pecados, también este pecado: que blasfemo contra la Palabra de Dios y la verdad, y acuso a Dios de mentir.

V.17. “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.”

40 En estas palabras oyes aún más fuerte y claramente cuáles son la voluntad y el propósito de Dios respecto al mundo, es decir, respecto a los que están en pecado y que, por tanto, ya están bajo juicio y sentencia de condenación. Quita todo lo que nos aterraría a causa de nuestros pecados. Dice llana y claramente que Cristo fue enviado, y su reino establecido, no con el propósito de juzgar y condenar. Tal juicio y sentencia ya han venido sobre todos los hombres por la ley, porque todos nacen en pecado y están, por tanto, entregados a la muerte y al verdugo, y no falta sino que se desenvaine la espada. Ahora Cristo se interpone, por mandato de Dios, y ordena al juez y al carcelero que se detengan, rescata al condenado y lo pone en libertad. Esta es la razón por la que viene a ayudar al mundo, que halló ya bajo condenación. Esto se prueba también con las palabras que dijo: «Sino para que el mundo sea salvo por él». Estas palabras muestran muy claramente que el mundo estaba bajo condenación, pues ¿por qué, si no, era necesaria la salvación?

41 Pero en aquel tiempo la salvación se predicaba a los judíos y aún no la había oído el mundo en general; pero ellos no creían estar en tal condición que Cristo tuviera que venir a salvarlos, un pueblo perdido y condenado; esperaban un Cristo que los elogiara y honrara a causa de su ley y su santidad, por lo cual no podían ni creer ni aceptar su anuncio. En Jn 8:33, cuando les dijo que el Hijo de Dios los haría libres, replicaron: «Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie»; como si quisieran objetar: «¿Cómo te atreves a decir que has sido enviado a salvarnos? No somos un pueblo condenado, como los paganos».

42 Pero ahora oímos que Cristo ha sido enviado para salvar a los que están juzgados y condenados; para que sepamos que ha venido a salvarnos a nosotros, que lo reconocemos y comprendemos. Porque algunos tienen que ser salvos, para que no haya venido en vano. Estos no son otros que los que están oprimidos y aterrados a causa de su miseria y condenación; a ellos se dirigen las palabras amistosas: «De tal manera amó Dios al mundo», es decir, a los que no sienten amor, sino solo ira y condenación. Y Dios envió a su Hijo, no para condenar, sino para salvar a los que ya están condenados, etc. A los que no creen que son pecadores y condenados, el evangelio se les predica en vano: pues mucho menos creerán que son salvos solo por medio de Cristo.

III. JUICIO SOBRE LOS CREYENTES Y EL MUNDO.

V.18. “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”

I. JUICIO SOBRE LOS CREYENTES.

43 Aquí está el veredicto que hace la distinción entre los salvos y los condenados. No depende de cuán digno o indigno seas, pues ya se ha determinado que todos son pecadores y merecen ser condenados; sino que depende de si crees en este Jesucristo o no. Si crees, entonces estás absuelto, y el juicio y la condenación son quitados; si no quieres creer, el juicio permanecerá sobre ti; sí, no hará sino hacerse mayor y más pesado que antes, porque simplemente aumentas el pecado al no aceptar a Cristo, que ha de librarte del juicio y de la condenación.

44 Y este, de nuevo, es un pasaje consolador con el cual oponerse a la tentación y a los terrores de las conciencias tímidas que suspiran por consuelo y anhelan saber cómo están a los ojos de Dios. Esos deben oír y tomar a pecho estos pasajes; a ellos se dirigen, para que sepan que Dios envió a su Hijo no para juzgar sino para salvar, y que Dios ya ha decretado que todo aquel que cree en su Hijo no será juzgado, y no tendrá razón para temer juicio ni condenación alguna, sino que es libre. El juicio y la condenación de la ley le son quitados, y la gracia de Dios y la vida eterna le son prometidas y otorgadas por medio de Cristo, con tal que crea estas palabras.

45 Por el contrario, se pronuncia un juicio temible sobre los que no creen este anuncio, sino que pretenden presentarse ante Dios y ser salvos sobre la base de su propia santidad y méritos; porque son al instante negados y cortados de toda gracia, e incluidos en la condenación, de la cual no hallarán alivio mientras no crean, aunque hayan hecho muchas obras grandes e importantes y hayan andado aparentemente en eminente santidad. No es simplemente que la condenación de Cristo los esté esperando, sino que ya han sido juzgados por la ley de Dios, porque no reconocieron sus pecados ni que, por naturaleza, estaban bajo la ira de Dios. Lo que es aún peor, tratan de aparecer hermosos y piadosos delante de Dios; además, se le oponen con el pecado de despreciar al Hijo de Dios, que fue dado para su reconciliación y redención. Por eso la ira y la maldición eternas deben venir sobre ellos, porque no buscan el perdón de sus pecados en Cristo, sino que los aumentan y confirman con su desprecio. Esto es lo que dice también Juan el Bautista, Jn 3:36: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él».

46 Cristo da la razón de esto: «Porque no ha creído», dice, «en el nombre del unigénito Hijo de Dios». Como todos son ya culpables, estando bajo pecado y condenación, por eso Dios no librará a nadie, ni lo recibirá, sino por medio de este Hijo, a quien dio y apartó para la reconciliación; y eso significa, por tanto: Cree en el nombre del unigénito Hijo de Dios, es decir, en la Palabra que el Hijo predicó acerca de él. Porque la fe no puede ver lo que él da aquí, ni puede ser asida y comprendida con los sentidos; no aprehende más que el nombre que le ha sido dado y la Palabra oral, oída con los oídos. A esto quiere sujetarnos y atarnos, para que por la fe en ella escapemos del juicio y seamos salvos. Los demás son justamente condenados, no porque tengan pecado, sino porque desprecian al Hijo y no quieren creer en el nombre que se les ha proclamado para su salvación y bienaventuranza eterna. Pues ante este nombre, dondequiera que se predica y se cree, toda criatura y pecado y muerte deben ceder, y por él el diablo y todas las puertas del infierno serán espantados y huirán.

II. EL JUICIO SOBRE EL MUNDO.

V.19. “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.”

47 Aquí comienza la contienda acerca de este nombre y anuncio de Cristo, y el veredicto de condenación contra los incrédulos es manifiesto, porque no reciben esta palabra, sino que, al contrario, se oponen a Dios y se adhieren perversamente a su propia presunción y arrogancia, en directa oposición a la clara Palabra de Dios y a la revelación de su voluntad. Esto no puede ser sino tinieblas, porque es contrario a la luz de su Palabra, que brilla públicamente ante todo el mundo, llevando a los creyentes al conocimiento de Dios y a la salvación, pero descubriendo y revelando los pensamientos de los demás, como profetizó el anciano Simeón acerca de Cristo, Lc 2:35, mostrando que no son lo que aparentan ser ante el mundo cuando se adornan con una falsa apariencia de santidad, sino que son gusanos despreciables y venenosos, gente perniciosa y maldita.

48 Por este contraste que Cristo hace arriba en el versículo 16 puedes ver lo que es el mundo; me refiero a los tiernos, piadosos y santos hipócritas y eminentes siervos de Dios. Son gente que no solo está en tinieblas, es decir, en error e ignorancia (lo cual podría perdonarse), sino que al mismo tiempo ama estas cosas; es decir, las sostiene, las defiende y se adhiere a ellas, en desagrado de Dios y de su Palabra. Y son tan perversos y están tan empapados de maldad que odian amargamente tanto a Dios, el Dador, como a la grande y preciosa Dádiva, su amado Hijo, rechazando este amor y esta Dádiva divinos, a pesar de su indignidad. Estos son, sin duda, hijos amorosos y piadosos, que no pueden sufrir ni soportar la verdad, sino que odian y rechazan su propia salvación.

49 ¿Qué diremos de tal maldad del mundo? ¿Quién podría creer que la gente sobre la tierra pudiera ser tan malvada y estar tan endemoniada que, aun cuando oye y ve la luz de un amor y beneficio divinos tan inexpresables, que les otorgaría vida eterna por medio de su Hijo, sin embargo no soporta este anuncio, sino que lo considera el más dañino veneno y herejía, contra la cual todos deberían cerrar sus oídos? Sí, aunque esta luz es tan clara que no pueden decir nada contra ella, sino que deben confesar que es la verdad, sin embargo están tan amargamente airados que no pueden ni quieren aceptarla, sino que a sabiendas se le oponen. Eso, digo, ningún corazón humano lo creería si Cristo no lo hubiera dicho; sí, nadie entendería estas palabras si los hechos y la experiencia no las hubieran enseñado y probado. Siempre debería considerarse una maldad maldita e infernal no solo no preguntar en lo más mínimo por la Palabra de Dios, despreciar su amor y gracia y no honrar la verdad, sino además amar y buscar a sabiendas la propia condenación; como dice Pablo en Hch 13:46 acerca de los judíos, que se juzgaron indignos de la vida eterna.

50 Eso es lo que hacen los que se llaman pueblo de Dios, y son los más santos y piadosos ante el mundo, llenos de las llamadas buenas obras y cultos ante Dios. No soportarán en lo más mínimo que su vida y sus obras sean llamadas malas, como lo hace aquí Cristo. Como el Espíritu Santo quiere mostrarles sus pecados y llevarlos a Cristo, para que sean redimidos de sus pecados y condenación y sean salvos, acusan a esta doctrina de prohibir y condenar las buenas obras, y dicen que por tanto no debe ser tolerada. Y así Dios y su Palabra tienen que cargar con la culpa de su maldad, aunque él quisiera corregirlos y con muchísimo gusto ayudarlos a llevar una vida piadosa y bienaventurada. Ha hecho bastante por el mundo, todo lo que es necesario hacer, al haber permitido que su luz brille para él y al haberle ofrecido y certificado su amor y la vida eterna en Cristo. ¿Qué razón puede alegar ahora para no ser justamente condenado según su propio juicio, y a causa de su propia culpa?

V.20, 21. “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.”

51 Así se prueba que sus obras son malas, porque odian la luz y no toleran ser puestos abiertamente a la luz, para ser probados y para que sea manifiesto si son rectos o no, sino que solo buscan aparentar bien y brillar ante los hombres. Así actúa el mundo en sus asuntos, como dice Cristo, y cada uno hace lo que le place y desea, y sin embargo no quiere ser tenido por haber obrado mal, sino que quiere ser considerado por todos irreprochable y piadoso. Aunque un hombre en sus actos sea sumamente grosero en presencia de la gente, sin embargo procura encubrir y tapar sus hechos. Por eso nadie puede ser condenado a menos que sea públicamente convicto y refutado. Todos comparecen ante el tribunal para probar que ellos tienen razón y su adversario no; por tanto, para llegar a la verdad, su conducta debe ser expuesta mediante testimonio y prueba públicos.

52 En verdad, es en sí misma evidencia suficiente de que algo anda mal cuando uno no se deja llamar a cuentas, y teme y resiste ser llevado públicamente a la luz, o no tolera que se dé información y se haga justicia. Así como el que yace desnudo en la cama se resiste y se enfurece antes de permitir que le quiten las cobijas; sí, se retuerce, se menea y recurre a cualquier expediente que pueda idear para que su desnudez no quede expuesta; así todo miserable, homicida y adúltero, por malvado que sea, aunque su propia conciencia lo condene, quiere ser llamado hombre de honor. Mucho menos se someterá el mundo a ser juzgado en las cosas que la razón no condena ni censura, y cuando el diablo se adorna y se cubre con un porte y apariencia hermosísimos. Y así todo el que hace lo malo quiere ser considerado piadoso, puro y santo, y por eso persigue el evangelio, porque lo castiga; por lo cual Dios debe continuar con su luz hasta que finalmente se manifieste de quién son fruto los que persiguen a Cristo, que quisiera ayudarlos a ellos y a todo el mundo. La Palabra de Dios, que les trae toda gracia y bienaventuranza, la blasfeman y rechazan; a la gente piadosa e inocente, que confiesa su Palabra y ama a Cristo, la destierran y la asesinan.

53 Este también es uno de los frutos del evangelio: que reprende y convence del mal, y expone al diablo, que antes reinaba con pompa, sin estorbo y con la apariencia del mismo Dios. Ahora, en cambio, delira y se enfurece porque está tan expuesto que su presencia es evidente para todos. Ahora tiene que hacerse manifiesto cuál es la verdadera y cuál la falsa Iglesia, y quiénes son los verdaderos y piadosos hijos de Dios, y quiénes son los hijos del diablo y los hipócritas, mentirosos y homicidas.

54 «Mas el que practica la verdad», dice Cristo, «viene a la luz», etc.; es decir, el que por la Palabra de Dios es llevado al conocimiento de sus pecados, busca la gracia y ama a Cristo, también se hace manifiesto. Sí, él mismo viene a la luz, se aferra a la Palabra de Dios, honra la verdad y está dispuesto a que todas sus doctrinas, hechos y disposición se hagan manifiestos; desafía a todos los demonios y hombres, y abierta y sin temor se deja ver y oír, probar y perseguir. Así hacen, ¡alabado sea Dios!, por medio de nuestro evangelio, los cristianos piadosos, en su confesión y en su vida; mientras que otros, por el contrario, encubren sus hechos e intentan justificarse con mentiras y engaños y toda clase de bribonadas, para dar algún colorido a sus hechos, a pesar de haber sido avergonzados por la luz de nuestras doctrinas y enseñanzas. Por tanto, por sus obras y manifestaciones se podrá conocer quién es recto, y quién en verdad realiza las obras que se hacen en Dios, conforme a su Palabra y voluntad, y son agradables a sus ojos.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.