Comentarios y sermones · Martín Lutero

Juan 4: comentario de Martín Lutero

Sermón para el vigésimo primer domingo después del Domingo de la Trinidad; Juan 4:46-54

El hijo del noble sanado.

1 El evangelio de hoy nos presenta un notable ejemplo de fe, pues san Juan anota con cuidado en tres ocasiones distintas que el noble creyó, y bien podemos quedar muy conmovidos por ello y preguntarnos qué clase de fe debió de tener, para que el evangelista la mencionara tantas veces. Ya hemos aprendido tanto sobre la fe y el evangelio que pienso que deberíamos entenderla rectamente. Pero como vuelve a presentarse una y otra vez, estamos obligados a tratarla con frecuencia.

2 En primer lugar, he dicho a menudo que la fe, por medio del evangelio, trae plenamente al Señor Jesús con todas sus riquezas a casa de cada persona; y que un cristiano tiene tanto como otro, y que el niño bautizado hoy no tiene menos que san Pedro y todos los santos del cielo. Todos somos iguales y semejantes en cuanto a la fe, y cada uno tiene su tesoro tan lleno y completo como otro.

3 Nuestra lección del evangelio habla además del aumento de la fe, y aquí sí hay diferencia. Aunque la fe posee plenamente a Cristo y todas sus riquezas, debe sin embargo mantenerse continuamente en movimiento y ejercitarse, para que tenga seguridad y retenga con firmeza sus tesoros. Hay diferencia entre tener una cosa y aferrarse a ella con firmeza, entre una fe fuerte y una débil. Un tesoro tan grande debe ser tomado con firmeza y bien guardado, para que no se pierda ni se nos quite con facilidad. Puedo tenerlo, sí, por entero, aunque lo lleve sólo en una bolsa de papel, pero no está tan bien conservado como si lo tuviera guardado bajo llave en un cofre de hierro.

4 Por eso debemos vivir así en la tierra: no pensando en algo distinto y mejor que adquirir además de lo que ya poseemos, sino esforzándonos por aferrar el tesoro cada día con más firmeza y seguridad. No tenemos razón para buscar nada más que la fe; pero aquí debemos cuidar cómo la fe puede crecer y hacerse más fuerte. Así leemos en el evangelio que, aunque los discípulos de Cristo sin duda creían (pues de otro modo no lo habrían seguido), él a menudo los reprendía por su poca fe. Tenían fe, en verdad, pero cuando fue puesta a prueba, la dejaron hundirse y no la sostuvieron. Así ocurre con todos los cristianos: donde la fe no se mantiene continuamente en movimiento y ejercicio, se debilita y disminuye, de modo que en verdad tiene que desvanecerse; y sin embargo nosotros mismos no vemos ni sentimos esta debilidad, salvo en tiempos de necesidad y tentación, cuando la incredulidad ruge con demasiada fuerza; y precisamente por eso la fe debe tener tentaciones en las cuales pueda combatir y crecer.

5 Por tanto, no es como enseñaron los charlatanes ociosos entre los teólogos de las escuelas, que nos hacen perezosos y descuidados diciendo: Si alguien tiene la más pequeña gota o chispa de amor y fe, será salvo. Las Escrituras enseñan que uno debe crecer y progresar. Es verdad que posees a Cristo por la fe, aunque sólo lleves el tesoro en un pobre trapo; pero debes cuidar de aferrarte firmemente a él y no dejar que ningún poder te lo arrebate.

6 En consecuencia, este noble u oficial, quienquiera que fuese (yo sostengo que era un cortesano del rey Herodes), había llegado en la fe hasta el punto de creer que, si podía llevar a Jesús a su casa, éste sanaría sin duda a su hijo; pues había oído la Palabra de Dios o el evangelio de Cristo: que ayudaba con alegría a toda persona que le era traída y no negaba su favor a nadie. Su fe se aferró a esto, y esa fue la razón por la que fue a Cristo. Pues si su corazón hubiera estado en suspenso, de modo que hubiera pensado: ¿Quién sabe si puede ayudarte o si querrá ayudarte?, no habría ido a él. Por tanto es cierto que de antemano se había formado tal idea de Cristo y creía que le ayudaría.

7 La naturaleza y el modo de la fe consisten en representar y reflejar así la bondad de Cristo en el corazón del hombre. Por eso dice la Epístola a los Hebreos, en 11:1: «La fe es la certeza de lo que se espera», es decir, de algo bueno, de la gracia y la bondad de Dios. Ahora bien, la fe de este hombre estaba de tal modo que, si hubiera continuado en ella, sin duda habría sido salvo, y el Señor se habría complacido en ella. Sin embargo, lo trató con dureza, halló una imperfección en su fe, lo castigó y dijo:

V.48. Si no viereis señales y prodigios, no creeréis.

8 ¿Cómo concuerda esto con lo que dije antes? Si la fe y una buena confianza en él llevaron al noble a Cristo, ¿cómo puede decirle entonces: No creeréis de ningún modo, si no viereis señales? Pero, como dije, quiere mostrarle que su fe todavía no es lo bastante fuerte; pues aún se aferra sólo a ver y a experimentar a Cristo corporalmente presente. Del mismo modo castigó Cristo a los discípulos en la barca, cuando vino la tempestad y les dijo: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?» Mt 8:26. Como si dijera: ¿Dónde está ahora vuestra fe? Por tanto, por buena y genuina que sea la fe, retrocede cuando llega la batalla, a menos que haya sido bien disciplinada y se haya hecho fuerte.

9 Por eso no debes imaginar que basta con haber comenzado a creer; debes vigilar con diligencia que tu fe se mantenga firme, o se desvanecerá; debes ver cómo puedes retener este tesoro que has abrazado; pues Satanás concentra toda su destreza y fuerza en cómo arrancarlo de tu corazón. Por tanto, el crecimiento de tu fe es en verdad tan necesario como su comienzo, y aun más; pero todo es obra de Dios. La fe joven, de leche, es dulce y débil; pero cuando se requieren largas marchas y la fe es atacada, entonces Dios tiene que fortalecerla, o no se mantendrá en el campo de batalla.

10 Por eso este hombre no habría sido ayudado por la fe que tenía al principio; se habría visto obligado a retroceder si Cristo no hubiera venido y lo hubiera fortalecido. Pero ¿cómo lo fortaleció? El noble creía que, si Cristo venía a su casa, podría sanar sin duda a su hijo. Entonces Cristo le dio una reprensión, una respuesta amarga y dura: «Si no viereis señales y prodigios, no creeréis». Con estas palabras da a la fe un desaire desdeñoso que ella no puede soportar. El pobre hombre se aterró y su fe empezó de inmediato a hundirse y a desvanecerse; por eso dice:

V.49. Señor, desciende antes que mi hijo muera.

11 Como si dijera: Sí, debes darte prisa y venir y estar presente tú mismo, o mi hijo morirá. Aquí Cristo le concede ahora una fe más fuerte, como Dios hace con todos a quienes fortalece en la fe, y lo eleva así a un grado o nivel más alto, para que se haga fuerte y crea de una manera distinta que antes; y habla así al padre:

V.50. Ve, tu hijo vive.

12 Si le hubiera dicho esto antes, que su hijo viviría, no habría podido creerlo; pero ahora cree, cuando la fe brota en su corazón y engendra en él otra fe, de modo que se convierte en otro hombre. Por eso el Señor añade a su gran reprensión una gran fortaleza. Pues ahora debe aferrarse a lo que no ve; porque antes no creía que Cristo tuviera tal poder e influencia que pudiera sanar a su hijo sin verlo y sin estar presente con él. Es en verdad una fe fuerte que un corazón pueda creer lo que no ve ni entiende, contra todos los sentidos y la razón, y pueda aferrarse sólo a la Palabra de Dios. Aquí no hay nada manifiesto, salvo que creyó; de otro modo no habría recibido ayuda. En la fe uno no debe mirar nada sino la Palabra de Dios. Quien permite que cualquier otra cosa se le represente ante los ojos ya está perdido. La fe se aferra a la Palabra desnuda y pura, no a sus obras ni a sus méritos. Si tu corazón no está así desnudo, tu causa está perdida.

13 Tomemos ahora un ejemplo de esto: cuando un sacerdote, una monja o un monje se jacta de haber guardado su castidad, dicho muchas misas, ayunado a menudo, orado mucho y cosas semejantes, y luego no tiene presente la Palabra de Dios sino sus propias buenas obras, y edifica sobre ellas, de modo que piensa que Dios tiene que escucharlo por consiguiente, entonces está perdido; porque mientras esta imagen esté en la mente, la fe no puede estar allí. Por eso, cuando alguien está a punto de morir y la muerte está presente, y busca a su alrededor una salida y el primer paso que debe dar, entonces Satanás está a mano y le pinta cuán terrible y horrible es la muerte; y además ve ante sus ojos el infierno y el juicio de Dios. Entonces Satanás vence, pues no hay ayuda mientras esto esté ante sus ojos. Si fuera sabio y no representara nada más en su corazón, y siguiera aferrado sólo a la Palabra de Dios, viviría, porque esa es una Palabra viva. Por tanto, quien se aferra a la Palabra debe estar donde está la Palabra viva y eterna.

14 Sin embargo, esto es sumamente difícil de hacer; pues aquí ves cuán difícil fue para este noble; también para los apóstoles en el evangelio, Mt 8:25-26, cuando estaban en el agua, en una barca, y la barca estaba a punto de hundirse y las olas azotaban la barca, de modo que la muerte estaba ante sus ojos; entonces perdieron su asidero en la Palabra. Si hubieran creído firmemente y dicho: Aquí tenemos la Palabra de Dios, aquí está Cristo; donde él está, allí estamos también nosotros; no habría habido peligro. Pero como no tenían tal fe, habrían tenido que hundirse y perecer si Cristo no hubiera venido en su ayuda. Así fue también con Pedro, cuando caminó sobre el mar y vino a Cristo: mientras se mantuvo en la Palabra, el agua tuvo que sostenerlo; pero cuando apartó los ojos de Cristo y soltó la Palabra, vio el viento que soplaba y comenzó a hundirse.

15 Por eso dije que debemos soltarlo todo y aferrarnos sólo a la Palabra; si nos hemos asido de ella, que rabien y rujan el mundo, la muerte, el pecado, el infierno y toda desgracia. Pero si sueltas la Palabra, tendrás que perecer. Esto lo vemos también en las personas que buscan el sustento temporal: cuando tienen suficiente, y su casa y su granero están llenos, confían fácilmente en Dios y dicen que tienen un Dios bondadoso; pero cuando no tienen nada comienzan a dudar, y entonces su fe se desvanece; pues se representan ante los ojos que no hay nada a mano ni provisión guardada alguna, y no saben cómo van a subsistir; así la preocupación y el afán echan la fe fuera del corazón. Pero si se aferraran a la Palabra de Dios, pensarían así: Mi Dios vive, me asegura que sostendrá mi vida; saldré y trabajaré, él arreglará todo, como dice Cristo, Mt 6:33: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Si retuviera esta Palabra y echara la otra de mi mente, no caería en necesidad. Pero mientras te representes ante los ojos tu pobreza, no puedes creer. Este noble sin duda tenía también una imagen ante los ojos, y podría haber pensado: No me concederá lo que pido, me dará una respuesta dura, no me acompañará a casa y me despedirá cruelmente. Si hubiera fijado los ojos en tal trato, se habría perdido; pero como apartó los ojos de tales pensamientos, Cristo le da después un bendito consuelo y dice: «Ve, tu hijo vive».

16 Esta es la naturaleza y el modo de la fe: así trata Dios con nosotros cuando quiere fortalecernos. Esto es también lo que quiere decir san Pablo en 2 Co 3:18, cuando dice: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor». La gloria del Señor para Pablo es el conocimiento de Dios. Moisés también poseía una gloria, el conocimiento y la comprensión de la ley. Cuando tengo un conocimiento de la ley, miro su rostro claro y su luz pura. Pero ahora hemos pasado más allá de eso y tenemos un conocimiento más alto de Cristo nuestro Señor. Quien lo conoce como el hombre que ayuda en tiempo de necesidad y da poder para cumplir la ley, por medio del cual hemos obtenido el perdón de los pecados: de esa manera refleja él su gloria en nosotros. Es decir, así como los rayos del sol se reflejan en el agua o en un espejo, así Cristo se refleja y despide un resplandor de sí mismo en nuestros corazones, de modo que somos transformados de un grado de gloria a otro, para que crezcamos cada día y conozcamos y entendamos más claramente al Señor. Entonces seremos cambiados y transformados en la misma imagen, de manera que todos seremos un solo pan con Cristo. Esto no se logra porque nosotros mismos lo hagamos por virtud de nuestro propio poder; sino que Dios, que es el Espíritu, debe hacerlo. Pues aunque el Espíritu Santo hubiera comenzado en nosotros tal gloria o iluminación y luego nos abandonara, entonces estaríamos como antes.

17 Ahora debemos estar armados de tal modo que no nos quedemos parados en el primer grado, sino que crezcamos continuamente; por eso deben venir la cruz, la tentación y la oposición, por medio de las cuales la fe crecerá y se hará fuerte; y a medida que aumenta la gloria de la fe, aumenta también la mortificación del cuerpo; cuanto más fuerte es la fe, más débil será la carne, y cuanto menor la fe, más fuerte la carne, y menos será negada la carne. Somos propensos a pensar: si voy a ayudar continuamente a mi prójimo, ¿qué será de mí? ¿En qué vendré a parar al final? Pero si tuviéramos reflejados en nosotros la verdadera fe y a Cristo, no dudaríamos de que tendremos suficiente, sino que recordaríamos que Dios vendrá ciertamente en nuestra ayuda cuando llegue el momento crítico. Pero si nos perdemos en una tempestad tan pequeña, ¿qué haremos en los grandes conflictos del alma? Mira, de este modo la fe es ejercitada y aumentada; si avanzamos, y hoy somos como ayer, y mañana como hoy, eso no es una vida cristiana. Ahora bien, lo segundo por lo cual Juan elogia a este hombre es que creció en la fe.

18 En tercer lugar, dice: Mientras iba a casa, sus siervos le salieron al encuentro y le dijeron que su hijo vivía, y él comprobó que su hijo comenzó a mejorar en la misma hora en que el Señor le había dicho: «Tu hijo vive»; y creyó él y toda su casa. Aquí el evangelista dice de nuevo que creyó. Pero si no había creído hasta entonces, ¿por qué vino a Cristo? Esta es una fe más perfecta, que fue confirmada por el milagro. De esta manera nuestro Señor Dios trata con nosotros para hacernos más perfectos y elevarnos siempre a un nivel más alto de fe. Si pasamos por esta condición, llegamos así a la experiencia y nos aseguramos de nuestra fe, como vemos aquí que el noble vence todas las dificultades como un iconoclasta que derriba cuadros e imágenes, recibe aplauso y se hace cierto de su causa, por haberla experimentado, y halla que la fe le ayuda, y todo concuerda: el tiempo, el milagro y la palabra con la fe.

19 ¿Qué creyó entonces ahora? No que su hijo había sido sanado, pues esa clase de fe ya ha terminado, la sanidad se ha realizado y es ya cosa del pasado. Ve ante sus ojos que su hijo vive. Pero de su experiencia surge otra fe: que Cristo seguiría ayudándole en el futuro en otros apuros y en cualesquiera imágenes sombrías que pudieran levantarse ante él; eso es lo que creyó. Si el Señor le hubiera dicho: Ve y muere, habría respondido: Aunque no sé adónde iré ni dónde está la posada, sin embargo, como ya probé antes lo que es la fe, me aferraré de nuevo a la Palabra. Me ayudaste una vez cuando yo no podía ver ni entender; me ayudarás ahora de nuevo. Además, si Cristo le hubiera dicho: Deja casa, tierra y tus posesiones, y ven, sígueme, no habría pensado: Sí, pero ¿cómo me sostendré? Sin duda la imagen habría aparecido ante sus ojos: Allí hay todo en abundancia, aquí no hay nada; ¿voy a soltar eso?, ¿en qué vendré a parar? Pero ahora piensa: Aunque aquí no hay nada y no veo nada, me aferraré sin embargo a la Palabra; él me ayudará sin duda. Ya lo probé antes. Esto es imposible para la razón, pero la fe todo lo puede.

20 Por eso la fe se ejercita en diversas tentaciones, y cada día surgen nuevas tentaciones; pues las experiencias anteriores no siempre vuelven, como se ve aquí. Este noble ya ha hecho uso de la obra de la fe, que ahora es pasada, y nunca volverá; pero ahora debe probar otra. Por eso, cuantas más veces experimenta una persona la misma tentación, mejor es para ella; cuanto más triunfa sobre la tormenta, más firmemente se aferra a Cristo y se hace hábil, para estar listo para soportar todo lo que se le imponga.

21 De igual manera les fue a los santos patriarcas, y así nos ocurre siempre a nosotros; de modo que creo que lo que ha sucedido en tiempos pasados no me sirve de ayuda, sino que mi fe debe volver siempre su atención a las cosas del futuro. Por eso, cuando Dios llamó a Abraham a salir de su tierra, lo hizo, y lo creyó, Gn 12:1 ss. Luego, cuando llegó a aquel país, Dios lo llamó a ir a otro y después a otro. Así crecía continuamente en la fe, y más tarde llegó a estar tan seguro, y había rastreado y experimentado cómo Dios trataba con él, y se hizo un carácter tan perfecto, que estuvo dispuesto a ofrecer a su propio hijo en sacrificio a Dios. De esto se sigue: quien es así muy probado y disciplinado, afronta la muerte mucho más de buena gana.

22 Ves así cómo aquí se presenta un ejemplo de fe creciente; ya está bastante claro, por tanto tómalo bien a pecho. Cada persona tiene en verdad sus propias experiencias en la vida con las cuales puede ejercitar su fe, para confiar en que Dios le ayude. Así podrá comprobar cómo Dios le ayuda, y de este modo podrá progresar y crecer en la fe. En cuanto termina una experiencia, siempre comienza otra, para que veamos y captemos la verdad de que nuestro Señor Dios es veraz. Si tenemos la confianza de que nutrirá y sostendrá nuestros cuerpos, podemos creer también que salvará nuestras almas. He hablado ya bastante sobre la fe.

23 La otra parte de este evangelio, sobre el amor, cada uno puede entenderla fácilmente por sí mismo. Está expuesta con suficiente claridad, y no es necesario hablar mucho de cómo Cristo sirvió y ayudó a este noble. Él mismo no tuvo de ello ventaja ni ganancia, sino que lo hizo puramente de balde, por amor. Ves también cómo el noble se hizo siervo de su hijo. Lo que más hay en este evangelio pertenece a su significado espiritual, y su exposición palabra por palabra la encomendaremos a los espíritus tranquilos y sabios.

Sermón para el vigésimo primer domingo después de la Trinidad; Juan 4:46-54 (segundo sermón)

DE LA FE EN GENERAL, Y DEL NOBLE EN PARTICULAR.

1 Este evangelio presenta un hermoso ejemplo de fe, pues muestra la naturaleza y el carácter de la fe, a saber, que debe crecer y hacerse perfecta; y retrata la fe de tal modo que muestra que no es una cosa quieta y ociosa, sino viva e inquieta, que o retrocede o avanza, vive y se mueve; y donde esto no ocurre, no existe la fe, sino sólo una noción sin vida del corazón acerca de Dios. Pues la fe verdadera y viva, que el Espíritu Santo derrama en el corazón, no puede estar inactiva. Digo esto para que nadie esté seguro, aunque haya alcanzado la fe, de que ya lo tiene todo; con esto no debe detenerse, pues no basta comenzar, sino que uno debe crecer y aumentar constantemente, y seguir aprendiendo a conocer mejor a Dios.

2 Pues, por otra parte, no es la naturaleza ni la costumbre de nuestro enemigo, el diablo, estar ocioso, como dice 1 P 5:8: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar». Si, pues, el diablo ni duerme ni descansa, no es correcto que un cristiano esté ocioso y cruzado de brazos; sino que debe considerar cómo puede fortificarse contra el poder del diablo; pues no en vano es llamado el príncipe de este mundo, Jn 14:30, como enseña la epístola de hoy, Ef 6:12: «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales». Este príncipe gobierna el mundo, aúlla y se enfurece, está loco y es necio, no soporta que un cristiano progrese; ni es de extrañar, pues con ello se abre una brecha en su reino y se rompe su red. Por eso, donde puede, estorba el crecimiento y el desarrollo de la vida cristiana.

3 Cuando, pues, el fuego de la fe se enciende y arde, y el diablo lo siente y se da cuenta, de inmediato lo agarra con toda su astucia, porque sabe cómo su reino está en peligro por ello. Por eso procura con gran celo proteger su reino, y se esfuerza por mantener a todos bajo su obediencia. Es cierto, por tanto, que cuando una persona comienza a creer, la tentación y la persecución la seguirán de cerca sin falta; y si esto no ocurre, es señal de que su fe no es verdadera y de que no ha asido con fuerza el evangelio. Porque ese bribón, el diablo, tiene la vista aguda y fácilmente se percata de la presencia de un verdadero cristiano. Por eso se esfuerza por atraparlo, y lo rodea y lo ataca por todos lados; pues no soporta que alguien deserte de su reino.

4 Por eso es peligroso vivir sin cuidado, pues el diablo puede tomarnos por sorpresa. Esto ocurre incluso a los grandes entre los santos, que aprehenden rectamente la Palabra de Dios. Si se creen bien seguros, este bribón está detrás de ellos, los derriba y lucha con ellos hasta vencerlos. Mira lo que ocurrió a los grandes hombres de Dios, a Moisés, a Aarón y a los príncipes de Judá. Tenían una fe excelente cuando sacaron al pueblo de Egipto, y todo el pueblo pasó con fe por el Mar Rojo, por la muerte, por el desierto y por muchas otras experiencias maravillosas en las que manifestaron su fe; pero al fin llegaron a un punto en que todo se arruinó; temieron que tendrían que morir de hambre y de sed en el desierto reseco. ¿No es una lástima que, tras manifestar su fe en tantas grandes pruebas, entrando en la muerte y pasando por ella, luchando con ella y venciéndola, cuando se tenían por estar en su mejor momento, cayeran, se dejaran vencer por su vientre y murmuraran contra Dios, y fueran atacados con tal fiereza que sucumbieran y todos fueran derribados por Satanás? Por eso nadie está seguro, a menos que su fe siga haciéndose más y más fuerte.

5 Moisés, que tenía una fe extremadamente fuerte, también cayó; cuando debía sacar agua de la roca con su vara, dudó y dijo al pueblo, Nm 20:10: «Oíd ahora, rebeldes: ¿Hemos de sacaros aguas de esta peña?» El buen Moisés, que había realizado tantos milagros, es hecho tropezar por la razón y cae en pensamientos carnales, temiendo que la incredulidad del pueblo estorbara el gran milagro y señal. Pero debió haberse adherido con firmeza a la Palabra de Dios y estimarla más alta, mayor, más fuerte y más eficaz que la incredulidad del pueblo; pero el buen hombre fue tentado tan severamente que tropezó y cayó.

6 Tenemos ejemplos semejantes en el Nuevo Testamento. Pedro era fuerte y confiado en la fe. Cuando vio a Jesús caminando sobre el agua, dijo, impulsado por su fuerte fe, Mt 14:28: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas», y salió de la barca al agua. Estaba confiado en que el agua lo sostendría. Pedro tenía una fe notable y un espíritu audaz, de modo que se aventuró sobre el agua y el peligro, más aún, la muerte, arriesgándose con osadía y valentía por su fe en Cristo. Pero cuando pensaba estar más seguro, se levantó el viento y la tempestad, y olvidó la Palabra y perdió la fe; cayó, se hundió en el agua y permitió que Satanás le arrancara la fe del corazón. ¿Dónde estaba entonces su gran fe? La fe es una cosa tierna y delicada, y nos equivocamos con tanta facilidad y somos propensos a tropezar; pero el diablo está vigilante, y a menos que los hombres vigilen, pronto logra su propósito.

7 ¡Cuán fuertemente estaba inclinada la gente hacia Cristo! Lo consideraban un Profeta, lo seguían con ansia, lo defendían con un celo tal que aun los nobles del pueblo estaban asombrados y no se atrevían a ponerle las manos encima. Pero cuando fue apresado y atado, y llevado y crucificado, el pueblo lo abandonó. ¡Ay! ¡Ay! Ya no es un Profeta; nadie está a su lado; más aún, gritan, Lc 23:21: «¡Crucifícale, crucifícale!» y, lo que es peor todavía, sus propios discípulos lo abandonan. ¿Dónde estaban ahora su fe y su santidad?

8 Así también encontramos sucesos semejantes en nuestro tiempo. Al principio, cuando se proclamó el evangelio, era un sermón hermoso y todo el mundo quería hacerse cristiano; nadie se oponía. Pero cuando se atacó a los monjes, sacerdotes y monjas, cuando se criticó la misa, ¡ay!, cayeron como hojas de los árboles. Después, cuando se atacó también a los nobles, el evangelio fue aún más perseguido y su acogida comenzó a menguar más y más. El diablo aún no descansa, y por eso suscita tantas sectas y facciones. ¿Cuántas sectas no hemos tenido ya? Uno ha tomado la espada, otro ha atacado el sacramento de la Cena del Señor, otros el del bautismo. El diablo no duerme, hará muchas cosas más como éstas, mira a su alrededor y se esfuerza por exterminar la doctrina pura en la Iglesia y, se teme, terminará por lograr que, si uno recorriera toda Alemania, no encontraría un púlpito puro donde se predique la Palabra de Dios como en los días de antes. Procura con todas sus fuerzas impedir que se enseñe la doctrina pura, pues no la puede soportar.

9 Escapar del enemigo es dificilísimo. Acecha y vigila por todas partes, y empuja sus asuntos con tanto empeño que aun los sabios caen y los escogidos tropiezan, como Moisés, san Pedro y los apóstoles. Pensamos que estamos seguros, dejamos que las cosas sigan su curso, nadie se preocupa de su propio bien, a nadie le importa. Deberíamos orar e invocar a Dios para que mantenga el evangelio y haga que su santo nombre sea proclamado cada vez más ampliamente; pero a nadie le importa, nadie ora por el avance del evangelio. La consecuencia de esto será que Dios nos derribará a nosotros y a Satanás. Nuestro fin será que nos hará morder el polvo, y por nuestra propia temeridad e indiferencia caeremos en gran miseria.

10 El diablo puede también presentar a los espíritus sectarios la idea de que ellos tienen la razón, como los arrianos, que pensaban que su causa era justa. Pero no había nadie que pudiera decidir si sus enseñanzas eran ortodoxas o no. El cristiano, en cambio, somete su razón y no se engaña a sí mismo, sino que con humildad dice a Dios: «Amado Señor, aunque me siento seguro en este asunto, sin ti no puedo sostenerlo; por eso ayúdame, o estoy perdido». Es cierto que puede sentirse seguro de ello, como Pedro sobre el agua, que difícilmente podía sentirse más seguro de que el agua lo sostendría; no conocía más impedimento; pero cuando la tempestad se desató sobre él, vio en qué le faltaba. El corazón debe haber captado a fondo esta idea: aunque nos sintamos seguros en un asunto y tengamos la Escritura a nuestro favor, y estemos preparados y fortificados de la mejor manera posible con pruebas claras, es el poder, la voluntad y la fuerza de Dios lo que nos protege y nos defiende contra el diablo, nuestro adversario y más amargo enemigo.

11 Sin embargo, esto ocurre sólo cuando Dios nos despierta y nos mantiene en su temor, para que estemos siempre solícitos y clamemos a él: «Oh Señor, ayúdanos y aumenta nuestra fe, porque sin ti estamos perdidos», Lc 17:5. Nuestros corazones deberían estar siempre en la disposición de quien hubiera comenzado a creer hoy, y estar siempre dispuestos hacia el evangelio como si nunca lo hubieran oído antes. Deberíamos hacer un comienzo nuevo cada día. La naturaleza y el carácter de la fe es crecer constantemente y hacerse más fuerte. El diablo, como ya se dijo, no está ocioso y no tiene descanso. Si es derribado una vez, se levantará de nuevo; si no puede entrar por la puerta de adelante, procura entrar por la de atrás; si no logra entrar así, irrumpe por el techo o cava por debajo del umbral, trabajando hasta lograr la entrada, empleando toda clase de astucias y planes. Si un camino falla, prueba otro y persevera hasta que lo consigue.

12 Frente a esto, el hombre es una criatura pobre y débil, como dice san Pablo, 2 Co 4:7: «Tenemos este tesoro en vasos de barro». El tesoro es el evangelio; pero yo soy más débil que el vaso en las manos del alfarero. Un vaso de barro es cosa frágil y se rompe fácilmente y se derrama su contenido. Por eso el diablo, cuando nota qué tesoro es la fe y en qué pobre vaso se guarda, se enfurece y brama, y en su ira nos dice: «Te golpearé y haré añicos tu vaso; tienes un gran tesoro, pero yo te lo derramaré; te daré un golpe. Si se me permitiera, ¡cuán pronto haría añicos el vaso! No eres, después de todo, sino un vasito pobre y débil de barro».

13 Así ha puesto Dios este pobre vasito entre enemigos. ¡Cuán pronto puede ser destruido! Puede romperse con un garrote; más aún, si una serpiente lo picara, se haría pedazos. Sería poca cosa para Satanás arruinar de repente un país entero. Por eso está airado, porque Dios toma el asunto de manera tan burlona y le opone un pobre vasito de barro, siendo él tan gran príncipe y tan poderoso señor del mundo. También yo me enojaría si, siendo un hombre fuerte, alguien me hiciera cosquillas con una paja. Sin duda aplastaría la paja en mi ira, y preferiría ser enfrentado con lanza, espada y armadura completa; así como el fuerte Goliat se irritó porque David, sin armadura, se atrevía a acercarse a él con un palo, 1 S 17:43. Así también el diablo está airado porque Dios quiere pisotearlo por medio de carne y sangre. Si se le opusiera un espíritu poderoso, no estaría tan gravemente irritado; pero le enfurece sobremanera que un pobre gusano del polvo, un frágil vaso de barro, lo desafíe: un vaso débil contra un poderoso príncipe. Dios ha puesto su tesoro, dice san Pablo, en un vaso pobre y débil; pues el hombre es débil, fácil de irritar, avaro, arrogante y abrumado por otras imperfecciones, por las cuales Satanás rompe con facilidad el vaso de barro; pues si Dios se lo permitiera, pronto habría destruido por completo todo el vaso. Rompe muchos vasos de barro con falsa doctrina. Ahora bien, todo esto sucede, dice san Pablo, para que aprendamos nuestra incapacidad de lograr algo con nuestra propia fuerza, sino sólo por el poder de Dios. Por eso Dios ha desafiado al diablo y le ha dicho: Espíritu poderoso, yo te opondré un pobre y débil vaso de barro; sin embargo, agárralo. Esto irrita sobremanera al diablo. Por eso anda alrededor como león rugiente, para romper y hacer pedazos los frágiles vasos hechos de barro.

14 Mira lo que hizo con los profetas que suscitaron los campesinos. Ciertamente nadie hizo esto sino el diablo, que quería hacer añicos los vasos, y en verdad rompió muchos de ellos, de modo que la fe y las Escrituras salieron mal paradas entre ellos.

15 Es cierto que surgirán más espíritus sectarios, y sucederá que no considerarán a Cristo como Dios, ni como hijo de una virgen. Pues el diablo es tan astuto y hábil que, si se le quita una cosa, se vale de otra. Así ha sido desde el principio, y así seguirá siendo en el futuro. Y todo esto se permite para que estemos en guardia, levantemos los ojos al cielo, conozcamos y reconozcamos a Dios, y, si hemos hecho un comienzo en la fe, para que Dios la nutra y la proteja y conserve el vaso con su poder. Pero Satanás quisiera romper este vaso de barro y aplastarlo bajo sus pies. A los otros, que le pertenecen, los empuja de aquí para allá a su gusto, y se regocija en ellos. Esto pretende servir de introducción al evangelio. Consideremos ahora el texto en su debido orden. Dice el evangelista:

V.46. Había en Capernaum un noble, cuyo hijo estaba enfermo.

16 Esto ha ocurrido también a otras personas, a saber, que han tenido hijos enfermos; pero lo que aquí debe notarse en particular aparece en estas palabras:

V.47. Este, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir.

17 Aquí comienza la fe que depende de Cristo. Este evangelio muestra que tenía fe; pues oye de Cristo, cómo sana a los enfermos; su corazón reconoce a Cristo, se une a él y piensa así: Si ayuda a todos los demás, me ayudará también a mí y sanará a mi hijo. Consideraba a Cristo como la persona que puede ayudar a los hombres, y de él espera todo beneficio. Este es, en verdad, el corazón de un verdadero cristiano, pues lo lleva a unirse a Cristo. Si, en cambio, este noble hubiera permanecido en la duda, no habría venido a Cristo, sino que su corazón habría estado en la disposición de decir: «Él ayuda ciertamente a otros, pero quién sabe si me ayudará también a mí»; y podría haber dejado el asunto en eso. Pero su fe era una fe viva, y por eso se levantó y fue a Cristo. Este fue el comienzo de la fe.

18 Ahora verás cuán extrañamente y contra toda expectativa lo recibió Cristo y cómo fue probada su fe, cuando le dijo:

V.48. Si no viereis señales y prodigios, no creeréis.

19 ¿Cómo hemos de entender esto? ¿Dice: No creéis, y sin embargo tienen fe? Así habló también el Señor a Pedro, Mt 14:31: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» Pedro estaba confiado y tenía fe; por eso se aventuró sobre el agua; pero cuando vio rugir la tempestad, dudó y se hundió. Así también aquí: el noble había oído noticias acerca de Cristo, que ayudaba a todos. Lo creyó y vino a él. Pero cuando oyó que Cristo se negaba a ir con él, se sintió herido y su fe decayó, y temió que Cristo se negara a ayudarle. Esto fue un desaire, y aquí comenzó la prueba de la fe incipiente; pues era una palabra dura: «Si no viereis señales y prodigios, no creeréis». Esta expresión fue una prueba de su fe, produjo una duda y le hizo tropezar. El diablo estaba detrás de él y le decía: Vuelve a tu casa, espera el resultado; no te ayudará. Pero el noble no se dejó repeler tan fácilmente, sino que dijo al Señor:

V.49. Señor, desciende antes que mi hijo muera.

20 La fe estaba a punto de decaer y hundirse; pero el Señor no lo abandonó, lo levantó y le dijo:

V.50. Ve, tu hijo vive.

21 Debió de tener una fe pura, o no habría pedido al Señor que fuera a su hijo. ¿Qué le faltaba entonces? Esto: creía que, si Cristo venía a su casa, podría sanar a su hijo; pero que, si no estaba presente, no podría realizar la cura. Su fe no era lo bastante fuerte para darse cuenta de que Cristo podía sanar sin estar presente. Por eso su fe tenía que alcanzar un grado más alto. Su débil fe se había ido, el vasito de barro estaba hecho añicos, y pensaba que su hijo tenía que morir; pero Cristo se acercó, lo levantó, lo puso en un nivel más alto de fe, y le dijo: «Ve, tu hijo vive». Así el hombre avanzó de su primera fe, cuando creía que Cristo podía sanar si estaba presente, a un grado más alto de fe, por el cual ahora creía la sola palabra de Cristo. Pues si no hubiera creído la Palabra, no habría cesado hasta que el Señor lo hubiera acompañado a su casa; pero aceptó la Palabra, creyó a Cristo y se aferró a su palabra; pues el hijo estaba en casa, y Cristo estaba con el padre.

22 El padre aceptó la palabra de Cristo y dijo en su corazón: Mi hijo está enfermo; pero lo hallaré sano. Esto era fe frente a la razón y la experiencia. La razón le habría llevado a decir: Cuando dejé a mi hijo, estaba enfermo. Como lo dejaste, así lo hallarás. Pero la fe dice lo contrario, se afirma sobre la Palabra y se sumerge en ella, y no duda en absoluto de que será como la Palabra declara: «Ve, tu hijo vive».

23 Esta es una fe pura y fuerte, que exige del individuo que deseche todo sentido, entendimiento, razón, ojos y corazón, y se hunda en una sola palabrita y se dé por satisfecho y se sienta seguro en ella. Cristo dice: Tu hijo vive; así que se dice a sí mismo: Ciertamente es verdad, así lo hallaré. Así la fe no permanece ociosa ni quieta, sino que progresa y se eleva más alto.

24 Así también trata Cristo con nosotros y permite que seamos probados, para fortalecer nuestra fe. Si al final de nuestra vida, cuando llegue nuestra hora de morir, tenemos una chispa de tal fe, nos irá bien; como dijo Cristo a sus discípulos en el evangelio, Mt 17:20: «Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible». Un grano de mostaza es muy pequeño, pero quien tiene tal fe será salvo ciertamente. La verdad no está en que la fe sea pequeña, sino en que el grano de mostaza permanece y no es destruido por las aves; en que el diablo no puede arrancar la fe de nuestros corazones. No importa cuán insignificante sea la fe; el poder está en cuidar que la fe no sea derribada.

25 Pedro sobre el agua conservó su fe pura mientras se aventuró sin vacilar sobre el agua conforme a la palabra de Cristo; por eso el agua lo sostuvo y no se hundió. Si hubiera permanecido en esta fe, habría podido andar cientos de millas sobre el agua; pero en cuanto vaciló, comenzó a hundirse. Así también Moisés, que tenía una fe fuerte, pero cayó de ella. Por eso no importa si la fe es fuerte o débil, sino que persevere, por débil que sea. Puede ocurrir que quien tiene una fe débil permanezca en la fe, y que quien tiene una fe fuerte dude y caiga. Moisés y Pedro tuvieron una fe grande y fuerte, de modo que Moisés por la fe condujo al pueblo de Israel por medio del mar y por medio de la muerte, y Pedro se aventuró con audacia sobre el mar; pero ambos cayeron, aunque Dios los levantó de nuevo. Pero el ladrón en la cruz se aferró a la fe de una vez por todas y se mantuvo en ella.

26 Dios trata con nosotros de manera que abata la arrogancia, y que no nos volvamos altivos y desenfrenados, sino que permanezcamos siempre en su temor. Pues cuando viene la tentación, somos propensos a caer en el error. Tenemos una hermosa parábola de esto en el árbol que empieza a florecer en primavera, y pronto se despliega cubierto por completo de flores blancas; pero en cuanto cae lluvia sobre él, muchas de las flores se echan a perder, y la escarcha destruye del todo muchas más. Después, cuando el fruto comienza a aparecer y se levanta algún viento, mucho del fruto tierno cae al suelo; cuando el fruto se ha desarrollado más, aparecen orugas y gusanos, que lo pican y destruyen hasta tal punto que apenas la vigésima parte, más aún, apenas la centésima parte madura. Lo mismo le sucede al evangelio. Al principio todos quieren hacerse cristianos, promete ir bien y agrada a todos los hombres; pero en cuanto llega el viento o la lluvia de la tentación, gran número se desvía. Después vienen las sectas y facciones, como gusanos y escarabajos, que pican y contaminan el fruto del evangelio, y se enseña tanta falsa doctrina que sólo unos pocos permanecen fieles al evangelio.

27 Esta parábola es una señal y una imagen de la fe verdadera. Así, la fe consiste primeramente en que no estemos seguros ni presuntuosos, sino que permanezcamos en temor. Por la gracia de Dios somos ricos en la Palabra de Dios y hemos sido sacados de una gran y profunda oscuridad; pero olvidamos la Palabra, nos debilitamos, seguimos despreocupados del asunto y no le tenemos gusto. Si en estas condiciones irrumpieran falsos profetas con sus falsas enseñanzas, e incluso el diablo se abriera paso y nos hallara ociosos y la casa barrida y adornada, trae consigo otros siete espíritus peores que él, y nuestro postrer estado es peor que el primero. Y aunque esto ocurra, no debemos por ello desesperar, sino instruirnos unos a otros para aferrarnos a Dios y orarle, diciendo: «Dios misericordioso, tú me has permitido llegar a ser cristiano; ayúdame a seguir siéndolo y a crecer cada día en la fe. Aunque el mundo entero cayera, y cada uno conspirara para hacer el mal, y el diablo rompiera todos los vasos de barro, yo no me dejaré apartar por ello, sino que con tu ayuda divina permaneceré en el evangelio». Cada uno debería pensar en el asunto como si estuviera solo en el mundo; así como será en la muerte, al fin del mundo, cuando nadie se preocupará por los demás, sino que cada uno deberá preocuparse por sí mismo.

28 Así la fe de este hombre fue excelentísima y noble. Oye la sola palabra: «Tu hijo vive». La cree y se va a casa, da la gloria a Dios, se asió de la palabra, se aferra a ella, y no anda a tientas tras otras cosas. Por eso Dios lo honra también a su vez, sana a su hijo, lo levanta y aumenta su fe, no permite que permanezca en la duda y en la debilidad, sino que lo hace seguro y fuerte en la fe, le permite continuar y hacerse más fuerte. Ni espera a que el hombre haya vuelto a su casa, sino que, mientras aún está en camino, hace que se le anuncie la restauración de su hijo, deja que sus siervos le salgan al encuentro en el camino, quienes le traen la alegre noticia, diciendo: «Tu hijo vive». Porque Dios no puede tardar ni quedarse fuera, donde hay un corazón verdadero, que depende sólo de él y se aferra a su Palabra, y deja todo lo demás y mira sólo a la Palabra de Dios. En un caso así Dios no puede esconderse, sino que se deja ver y entra en su corazón y hace allí su morada, como leemos en el evangelio de san Juan, Jn 14:23. Así se manifestó ricamente a este noble, y por esta razón: para que entendiéramos la naturaleza de la fe de este hombre, a saber, una fe excelente y verdadera, que fue producida puramente por la Palabra de Dios.

29 ¿Qué hay más bienaventurado y gozoso que creer la Palabra de Dios y aferrarse a ella frente a todas las tentaciones, y cerrar los ojos a todas las tentaciones del diablo, dejar a un lado el sentido y el entendimiento, la razón y la astucia, y decir sin cesar en el corazón: «Dios ha hablado, él no puede mentir»? Nada puede ser más gozoso, digo, que tal fe. Pues todo lo que pedimos a Dios con tal fe, lo recibimos más abundantemente de lo que jamás podemos imaginar, y Dios está más cerca de nosotros de lo que podemos darnos cuenta. En una palabra, todo depende de nuestra fe y confianza en él. Por eso el evangelista emplea tantas palabras innecesarias, como nos parece, como estas:

V.50-53. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue. Cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive. Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor. Y dijeron: Ayer a las siete le dejó la fiebre. El padre entonces entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive.

30 Todo esto significa que, si creemos y confiamos en Dios, sabremos que él nos dará con abundancia todas las cosas que pidamos. Y el evangelista concluye el evangelio con estas palabras:

V.53. Y creyó él con toda su casa.

31 Así su fe había aumentado, no sólo porque había subido de un grado más bajo a uno más alto de fe, sino también porque había hecho creer a los miembros de su casa. No sólo permaneció en la fe, sino que tuvo una fe activa, que no quedó quieta y ociosa en su corazón, sino que irrumpió y se mostró a otros, y predicó a Cristo a otros y lo alabó delante de ellos, contándoles cómo había venido a Cristo, había recibido consuelo de él y había recibido ayuda por medio de su fe, de modo que todos los que estaban en su casa tuvieron que creer. Pues es el carácter y la naturaleza de la fe atraer a otras personas, irrumpir y hacerse activa en amor, como dice san Pablo, Gá 5:6: «la fe que obra por el amor» es lo que vale; porque vive y no puede ni callar ni estar inactiva, como dice el rey David, Sal 116:10, y como dice san Pablo, refiriéndose a los creyentes, 2 Co 4:13: «Creí, por lo cual hablé». La fe no puede hacer otra cosa, debe irrumpir y hablar; no puede quedarse quieta, porque desea beneficiar a su prójimo. Este hombre tenía fe para sí mismo; pero no se quedó así, sino que irrumpió; pues sin duda predicó a los de su casa, contándoles cómo había venido a Cristo y recibido consuelo de él; y sin duda ellos creyeron sus palabras.

32 Así vemos que, si creemos, debemos abrir la boca y confesar la gracia que Dios nos ha mostrado. Esta es también la mayor y mejor obra de la fe: informar y enseñar a otros en la Palabra; pues como dice Pablo, Ro 10:10: «Con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación». Si alguien se avergüenza de la Palabra y la oculta, es señal de una fe laxa.

33 Así vemos que Cristo no hace distinción entre la fe débil y la fuerte, y no rechaza a nadie; pues la fe débil es también fe, y con tal que continúe, se hará cada vez más fuerte. Él vino al mundo para recibir a los débiles, y llevarlos y sostenerlos. Si fuera tan impaciente como nosotros, nos diría de inmediato: «Apártate de mí. No quiero tener nada que ver contigo; pues no crees como debes». ¿Quién podría recibir ayuda de él? Pero el gran arte de Cristo es saber tratar con ternura a los débiles, no maltratarlos ni echarlos con impaciencia. Aunque hoy no sean fuertes, puede ocurrir que en una hora capten la Palabra más ricamente que nosotros, que nos tenemos por fuertes.

34 Así debemos enseñarnos unos a otros a aferrarnos a su Palabra. Pues si permanecemos en su Palabra, estaremos suficientemente fortificados contra el diablo; porque tenemos en la Palabra un desafío contra él, aunque nosotros mismos seamos débiles. Pero para el diablo, que en una hora podría hacer pedazos todos los vasos de barro, todos los hombres serían como una pluma, y podría soplarlos cuando y adonde quisiera; pero esta pluma se le hará más pesada que el cielo y la tierra. Pues un cristiano tiene a Cristo dentro de sí; y Cristo pesa más que el cielo y la tierra. Esto debe bastar sobre este evangelio.

35 Hemos hecho un comienzo en el intento de formular una misa alemana. Ustedes saben que la misa es el oficio externo más importante, que ha sido instituido para el consuelo de los verdaderos cristianos. Por eso les ruego, cristianos, que oren y supliquen a Dios que esta obra le sea agradable. Han oído a menudo que nadie debe enseñar a menos que sepa que esto es la Palabra de Dios. Por tanto, nada debe ordenarse ni disponerse a menos que sepamos que es agradable a Dios. Ni debemos depender de nuestra razón; pues a menos que comience por sí mismo, nada saldrá de ello. Por esta razón he vacilado tanto tiempo con respecto a la misa alemana, para no dar ánimo a los espíritus sectarios, que se precipitan en las cosas sin pensar y no tienen en cuenta si es del agrado de Dios o no. Pero ahora, puesto que tantas personas de todos los países me lo han pedido, por peticiones y cartas, y puesto que el gobierno secular me obliga a ello, no podríamos excusarnos bien ni eludir el asunto, sino que debemos considerarlo voluntad de Dios. Si hay, por tanto, algo en esta obra que sea humano y nuestro, que caiga y perezca, aunque tenga una apariencia grandiosa y hermosa. Pero si es obra de Dios, debe avanzar, aunque parezca necia. Por eso todas las cosas que Dios hace, aunque no agraden a nadie, deben prosperar. Por tanto, les ruego que oren al Señor para que, si es una misa apropiada o correcta, se mantenga para su honra y gloria.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.