Comentarios y sermones · Martín Lutero
Juan 6: comentario de Martín Lutero
Sermón para el cuarto domingo de Cuaresma; Juan 6:1-15
La alimentación de los cinco mil
I. LA ALIMENTACIÓN DE LOS CINCO MIL.
1 En el evangelio de hoy Cristo nos da otra lección de fe: que no debemos estar demasiado angustiados por nuestro pan de cada día y nuestro sustento temporal; y nos anima por medio de un milagro, como si dijera con su acto lo que dice con sus palabras en Mt 6:33: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Pues aquí vemos que, como la gente seguía a Cristo por causa de la Palabra de Dios y de las señales, y así buscaba el reino de Dios, él no los abandonó, sino que los alimentó con abundancia. Con ello muestra también que, antes que dejar que los que buscan el reino de Dios pasen necesidad, la hierba del desierto se volvería trigo, o una migaja de pan se convertiría en mil panes; o un bocado de pan alimentaría a tanta gente, y tan plenamente, como mil panes; para que las palabras de Mt 4:4 permanezcan firmes: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Y para confirmar estas palabras, Cristo es el primero en preocuparse por la gente, por lo que han de comer, y pregunta a Felipe antes de que ellos se quejen o se lo pidan; para que en verdad le dejemos cuidar de nosotros, recordando que él se preocupa por nosotros más y antes que nosotros mismos.
2 En segundo lugar, da un ejemplo de gran amor, y lo hace de muchas maneras. Primero, porque deja que disfruten del alimento no sólo los piadosos, que lo seguían por causa de las señales y de la Palabra, sino también los esclavos del apetito, que sólo comen y beben y buscan en él honra temporal; como se ve después, cuando discutieron con él en Capernaum acerca del alimento, y él les dijo en Jn 6:26: «Me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis del pan», etc., y también porque querían hacerlo rey; así también aquí hace salir su sol sobre malos y buenos, Mt 5:45. En segundo lugar, porque soporta con tanta bondad la torpeza y la poca fe de sus discípulos. Pues que ponga a prueba a Felipe, que viene así con su razonamiento, y que Andrés hable tan pueril sobre el asunto, todo sucede para sacar a la luz las imperfecciones de los discípulos y, por el contrario, presentar con una luz más hermosa y amorosa su amor y su trato con ellos, para animarnos a creer en él y darnos un ejemplo para que hagamos lo mismo; como nos enseñan los miembros de nuestro cuerpo y todas las criaturas de Dios en su relación unas con otras. Pues están llenas de amor, de modo que una soporta a la otra, la ayuda y conserva lo que Dios ha creado.
3 Que tome ahora los cinco panes y dé gracias, etc., enseña que nada es demasiado pequeño e insignificante para que él lo haga por los suyos, y que puede bendecir de tal modo su escasa provisión que tengan en abundancia, mientras que ni siquiera los ricos tienen bastante con todas sus riquezas; como dice el Sal 34:10: «Los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien», pero los ricos tendrán que padecer hambre. Y María, en su cántico de alabanza, dice: «A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos». Lc 1:53.
4 Además, que les diga con tanta fidelidad que recojan los pedazos que sobraron nos enseña a ser ahorradores, y a conservar y usar sus dones, para que no tentemos a Dios. Pues así como es la voluntad de Dios que creamos cuando no tenemos nada y estemos seguros de que él proveerá, así también él no quiere ser tentado, ni que las bendiciones que ha concedido sean despreciadas, o queden sin uso y se echen a perder, mientras esperamos otras bendiciones del cielo por medio de milagros. Lo que él da, debemos recibirlo y usarlo; y lo que no da, debemos creer y esperar que lo concederá.
II. LA INTERPRETACIÓN ALEGÓRICA.
5 Que Cristo, con la alimentación milagrosa de los cinco mil, nos haya animado a participar de un alimento espiritual, y nos haya enseñado que debemos buscar y esperar de él el sustento del alma, lo prueba con claridad todo el capítulo sexto de Juan, en el que se llama a sí mismo el pan del cielo y el verdadero alimento, y dice: «De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará». Jn 6:26-27. En armonía con estas palabras explicaremos también esta historia evangélica en su sentido y significado espiritual.
6 Primero, había mucho heno o hierba en el lugar. El evangelista no podía dejar de mencionarlo, aunque parece innecesario; sin embargo, significa al pueblo judío, que florecía y brotaba como la hierba por su santidad exterior, su sabiduría, su honra, sus riquezas, etc., como dice Is 40:6-7: «Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. Se seca la hierba, se marchita la flor, porque el viento de Jehová sopló en ella; ciertamente como hierba es el pueblo». Del pueblo judío salió la Palabra de Dios y se nos dio el verdadero alimento; pues la salvación viene de los judíos, Jn 4:22. Ahora bien, como la hierba no es alimento para el hombre sino para el ganado, así toda la santidad de la justicia exterior de los judíos no es más que alimento para animales, para corazones carnales, que nada saben ni poseen del Espíritu.
7 Lo mismo enseña que la gente estuviera sentada sobre la hierba; pues los verdaderos santos desprecian la santidad exterior, como lo hace Pablo en Fil 3:8, al considerar su justicia anterior como basura e incluso como un estorbo. Sólo la gente común y hambrienta recibe la Palabra de Dios y se nutre de ella. Pues aquí ves que ni Caifás ni Anás, ni los fariseos ni los escribas siguen a Cristo y ven las señales de Cristo; antes bien las desdeñan; son hierba y se alimentan de hierba. Este milagro se realizó también cerca de la fiesta de la Pascua de los judíos; pues estaba cerca la verdadera fiesta de Pascua, cuando Cristo iba a ser ofrecido en sacrificio, en la cual comenzó a alimentarlos con la Palabra de Dios.
8 Los cinco panes significan la palabra exterior y natural, formada por la voz y entendida por los sentidos del hombre; pues el número cinco significa las cosas exteriores que pertenecen a los cinco sentidos del hombre, por los cuales vive; como también las cinco y cinco vírgenes lo ilustran en Mt 25:1. Estos panes están en el canasto, es decir, encerrados en las Escrituras. Y un muchacho los lleva, lo cual quiere decir la clase servil y el sacerdocio entre los judíos, que poseían las palabras de Dios, colocadas bajo su cuidado y confiadas a ellos, Ro 3:2, aunque no las disfrutaban. Pero que Cristo los tomara en sus propias manos, y que por ello fueran bendecidos y aumentados, significa que las Escrituras se explican, se entienden rectamente y se predican por las obras y los hechos de Cristo, y no por nuestros hechos ni por nuestra razón. Esto lo da él a sus discípulos, y los discípulos a la gente. Pues Cristo toma la Palabra de las Escrituras; así todos los maestros la reciben de Cristo y la dan al pueblo, con lo cual se confirma lo que dice Mt 23:10: «Porque uno es vuestro Maestro, el Cristo», que está sentado en el cielo, y enseña a todos sólo por la boca y la palabra de los predicadores mediante su Espíritu, esto es, contra los falsos maestros, que enseñan su propia sabiduría.
9 Los dos peces son el ejemplo y el testimonio de los patriarcas y profetas, que también están en el canasto; pues con ellos los apóstoles confirman y fortalecen su doctrina y a los creyentes, como hace san Pablo en Ro 4:2-6, donde cita a Abraham y a David, etc. Pero son dos, porque los ejemplos de los santos están llenos de amor, que no puede estar solo, como puede la fe, sino que debe salir en ejercicio hacia el prójimo. Además, los peces estaban preparados y cocidos; pues tales ejemplos son en verdad mortificados por muchos sufrimientos y martirios, de modo que no hallamos nada carnal en ellos, y no consuelan a nadie con una falsa fe en sus propias obras, sino que siempre señalan a la fe y mortifican las obras y la confianza en ellas.
10 Las doce cestas de pedazos son todos los escritos y libros que los apóstoles y evangelistas nos legaron; por eso son doce, como los apóstoles, y estos libros no son sino lo que queda del Antiguo Testamento y lo que se ha desarrollado a partir de él. Los peces también están significados por el número cinco (los libros de Moisés); como dice Jn 21:25: «Pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir» acerca de Cristo, todo lo cual, sin embargo, fue escrito y proclamado antes en el Antiguo Testamento acerca de Cristo.
11 Que Felipe dé consejo sobre cómo alimentar a la gente con sus pocos denarios, y sin embargo dude, significa a los maestros humanos que con gusto ayudarían al alma con sus enseñanzas; pero su conciencia siente que no ayuda en nada. Pues la conversación que Cristo sostiene aquí con sus discípulos ocurre para que veamos y entendamos que es naturalmente imposible alimentar a tanta gente con nuestro propio consejo, y para que esta señal fuera más pública. Así nos deja también avergonzarnos y afanarnos con doctrinas humanas, para que veamos y entendamos cuán necesaria y preciosa es la Palabra de Dios y cómo las doctrinas no ayudan en lo más mínimo sin la Palabra de Dios.
12 Que Andrés señalara al muchacho y los panes, y sin embargo dudara aún más que Felipe, significa a los maestros que quieren hacer piadosa a la gente y tranquilizarla con las leyes de Dios; pero su conciencia no halla en ellas satisfacción ni paz, sino que sólo empeora continuamente, hasta que Cristo viene con su Palabra de gracia. Él es quien, y sólo él, da satisfacción, libra del pecado y de la muerte, da paz y plenitud de gozo, y lo hace todo por su libre voluntad, gratuitamente, contra y por encima de toda esperanza y presunción, para que sepamos que el evangelio ha sido ideado y concedido, no por nuestro mérito, sino por pura gracia.
13 Finalmente, ves en este evangelio que Cristo, aunque tenía en la más alta estima la pobreza evangélica y no se afanaba por el día de mañana, como enseña en Mt 6:34, tenía aun así algunas provisiones, como los doscientos denarios, los cinco panes y los dos peces; para que aprendamos que tal pobreza y libertad de afán no consisten en no tener absolutamente nada, como profesan los fanáticos descalzos y los monjes, que además ellos mismos no se atienen a ello; sino que consisten en un corazón libre y un espíritu pobre. Pues aun Abraham e Isaac tenían grandes posesiones, y sin embargo vivían sin preocupación y en pobreza, como lo hacen los mejores cristianos.
Sermón para el Miércoles de Pentecostés; Juan 6:44-51
I. Sobre la fe y el venir a Cristo.
1 Este texto del evangelio enseña exclusivamente sobre la fe cristiana y despierta esa fe en nosotros; así como Juan, a lo largo de todo su evangelio, sencillamente nos instruye sobre cómo confiar en Cristo el Señor. Esta fe sola, cuando se funda en las promesas seguras de Dios, es la que debe salvarnos, como nuestro texto lo explica con claridad. Y a la luz de todo ello, tienen que quedar como necios quienes nos han enseñado otros caminos para llegar a ser piadosos. Todo lo que el ingenio humano pueda idear, por santo y luminoso que sea, tiene que venirse abajo si el hombre ha de ser salvo a la manera de Dios, en un camino distinto del que el hombre mismo planea. El hombre puede hacer siempre lo que quiera, pero nunca podrá entrar en el cielo a menos que Dios dé el primer paso con su Palabra, que le ofrece la gracia divina e ilumina su corazón para que tome el camino recto.
2 Este camino recto, sin embargo, es el Señor Jesucristo. Quien desee buscar otro camino, como se atreven a hacer las grandes multitudes por medio de sus propias obras, ya se ha desviado del camino recto; pues Pablo dice a los gálatas: «Si por la ley fuese la justicia», es decir, por las obras de la ley, «entonces por demás murió Cristo». Gá 2:21. Por eso digo que el hombre debe caer sobre este evangelio y quedar hecho pedazos, y yacer postrado en profunda conciencia, como un hombre sin fuerzas, incapaz de mover mano ni pie. Debe quedarse tendido sin moverse y clamar: Dios todopoderoso, Padre misericordioso, ¡ayúdame ahora! Yo no puedo ayudarme. Cristo, mi Señor, ayúdame ahora, ¡porque con mi solo esfuerzo todo está perdido! Así, a la luz de esta piedra angular, que es Cristo, todos quedan reducidos a nada; como dice Cristo de sí mismo en Lc 20:17-18, cuando pregunta a los fariseos y escribas: «¿Qué, pues, es lo que está escrito: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo? Todo el que cayere sobre aquella piedra, será quebrantado; mas sobre quien ella cayere, le desmenuzará». Sal 118:22. Por tanto, o bien caemos sobre esta piedra, Cristo, con toda nuestra incapacidad y desamparo, rechazando nuestros propios méritos, y somos quebrantados, o bien él nos aplastará para siempre con su severa sentencia y juicio. Es mejor que caigamos sobre él que no que él caiga sobre nosotros. Por eso el Señor dice en este evangelio:
V.44. Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.
3 Sin duda ha de perecer aquel a quien el Padre no atrae. Así está decretado: quien no venga a este Hijo, será condenado para siempre. El Hijo se nos da únicamente para que nos salve; fuera de él, nada nos salva, ni en el cielo ni en la tierra. Si él no nos ayuda, nada lo hará. Sobre esto dice Pedro en los Hechos de los Apóstoles (4:11-12): «Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos». ¿Dónde están, a la luz de esto, nuestros teólogos y profesores, que nos enseñaron que llegamos a ser piadosos por nuestras muchas buenas obras? Aquí queda avergonzado el gran maestro Aristóteles, que proclamó que la razón aspira a lo mejor y siempre sigue lo bueno. Cristo responde a esto: No; si el Padre no viene primero y atrae a los hombres, tendrán que perecer para siempre.
4 Aquí todos los hombres deben confesar su incapacidad e impotencia para hacer el bien. Si alguien se imagina que puede hacer algo bueno con sus propias fuerzas, no hace menos que dejar por mentiroso a Cristo el Señor; llegaría al Padre con rudeza y desafío, y con toda temeridad subiría al cielo. Por eso, dondequiera que va la Palabra de Dios pura y sencilla, hace pedazos todo lo que el hombre exalta, convierte en valles todos sus montes y abaja todos sus collados, como dice el profeta Isaías (40:4). Todo corazón que oye esta Palabra debe perder la confianza en sí mismo; de lo contrario no podrá venir a Cristo. Las obras de Dios no hacen sino destruir y dar vida, condenar y dispensar salvación. Ana, la madre de Samuel, canta del Señor: «Jehová mata, y él da vida; Él hace descender al Seol, y hace subir». 1 S 2:6.
5 Así, pues, la persona que es herida de este modo en su corazón por Dios, hasta confesar que es alguien que, a causa de sus pecados, debe ser condenado, es como el justo a quien Dios hiere con las primeras palabras de este evangelio, y por causa de esa herida le pone el lazo o cuerda de su gracia divina, con la cual lo atrae, de modo que tiene que buscar ayuda y consejo para su alma. Antes no podía obtener de Dios ayuda ni consejo, ni jamás los deseó; pero ahora halla el primer consuelo y la primera promesa de Dios, que Lc 11:10 registra así: «Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». Con tales promesas cobrará ánimo mientras viva, y ganará cada vez mayor confianza en Dios. Tan pronto como oye que la gracia es obra de Dios solamente, la deseará de Dios como de la mano de su Padre bondadoso, que quiere atraerlo. Ahora bien, si es atraído por Dios a Cristo, experimentará ciertamente lo que el Señor dice aquí: «Yo lo resucitaré en el día postrero». Pues se ha aferrado a la Palabra de Dios y confía en Dios. En esto tiene una señal segura de que es uno a quien Dios ha atraído, como dice Juan en su Primera Epístola (5:10): «El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo».
6 Por tanto, necesariamente se sigue que es enseñado por Dios, y que ahora sabe en verdad que el significado de Dios no es otro que Ayudador, Consolador, Salvador, como decimos de quienes nos rescatan de un peligro: Hoy fuiste mi Dios. De esto queda claro que Dios no quiere ser para nosotros nada menos que un salvador, un ayudador y un dador de toda bienaventuranza, que ni exige ni desea nada de nosotros. Sólo da, sólo nos ofrece; como dice a Israel en el Sal 81:10: «Yo soy Jehová tu Dios, que te hice subir de la tierra de Egipto; abre tu boca, y yo la llenaré». ¿Quién no se sentiría bien dispuesto hacia un Dios así, que se acerca a nosotros con tanto amor y gracia, y nos ofrece su favor y sus bendiciones con tal que lo reconozcamos como Dios y estemos dispuestos a ser enseñados por él? No pueden escapar del severo y eterno juicio de Dios quienes desprecian tal gracia, como dice la Epístola a los Hebreos (10:28-29): «El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado?»
7 ¡Oh, cuán diligente y serio es san Pablo en todas sus epístolas para que siempre alcancemos rectamente el conocimiento de Dios! ¡Cuántas veces expresa el deseo de que crezcamos en el conocimiento de Dios! Como si dijera: Si tan sólo supieran y entendieran lo que Dios es, ya estarían salvos, ganarían amor por él y harían solamente lo que le agrada. Así dice a los colosenses (1:9-12): «Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad con gozo; dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz». Y en el Sal 119:34 dice David: «Dame entendimiento, y guardaré tu ley, y la cumpliré de todo corazón».
8 Así aprendes, por la primera frase del evangelio de hoy, que este conocimiento debe venir de Dios el Padre; él debe poner en nosotros la primera piedra del fundamento; de lo contrario nunca haremos nada. Pero esto se realiza de la siguiente manera: Dios nos envía predicadores, a quienes él ha enseñado, para que nos prediquen su voluntad. Primero nos instruye en que toda nuestra vida y carácter, por hermosos y santos que sean, son ante él como nada, más aún, son abominación y desagradan; esto se llama predicación de la ley. Luego nos ofrece gracia; es decir, nos dice que no nos condenará ni rechazará del todo, sino que nos recibirá en su amado Hijo, y no sólo nos recibirá, sino que nos hará herederos de su reino, señores de todo lo que hay en el cielo y sobre la tierra. Esto se llama predicar la gracia o predicar el evangelio. Pero Dios es el origen de todo; él despierta primero a los predicadores y los obliga a predicar. Este es el sentido de las palabras de san Pablo cuando dice a los romanos: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios». Ro 10:17. Esta verdad la declaran también las palabras del Señor en el evangelio de hoy, cuando Cristo dice:
V.45, 46. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó del Padre, y aprendió de él, viene a mí. No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre.
9 Ahora bien, bajo la primera predicación, la predicación de la ley, a saber, que somos condenados con todas nuestras obras, el hombre está inquieto y temeroso delante de Dios, y no sabe qué hacer con su vida y sus hechos. Sufre por una conciencia acusadora y temerosa, y si no le llegara pronto alivio de alguna parte, tendría que desesperarse para siempre. Por eso no debemos demorarnos mucho con la otra predicación; debemos predicarle el evangelio y llevarlo a Cristo, como aquel a quien el Padre nos ha dado para ser nuestro mediador, para que seamos salvos únicamente por medio de él, por pura gracia y misericordia, sin ninguna obra ni mérito de nuestra parte. El corazón se regocija con esta palabra y corre hacia tal gracia como el ciervo sediento hacia el agua. Este anhelo lo experimenta David con viveza cuando dice en el Sal 42:1-2: «Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo».
10 Ahora bien, cuando alguien viene a Cristo, es decir, a su evangelio, oye la voz personal de Cristo el Señor, que confirma el conocimiento que Dios le enseñó, a saber, que Dios no es sino un Salvador muy misericordioso, que quiere ser clemente y misericordioso con todos los que lo invocan. Por eso el Señor añade:
V.47-51. De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.
11 En estas palabras el alma halla una mesa bien preparada, en la cual sacia todo su hambre; pues sabe con certeza que quien dice estas palabras no puede mentir. Por eso el alma se lanza sobre la Palabra, se aferra a ella, confía en ella, y edifica también su morada sobre la fortaleza de esta mesa bien preparada. Este es el banquete para el cual el Padre celestial mató sus bueyes y animales engordados y nos invitó a todos.
II. El pan del cielo.
12 El pan vivo, del cual habla aquí el Señor, es Cristo mismo, del cual participamos. Si en nuestro corazón nos aferramos siquiera a un bocado de este pan, tendremos para siempre suficiente y nunca podremos ser separados de Dios. El participar de este pan no es sino la fe en Cristo nuestro Señor, en que él es, como dice Pablo en 1 Co 1:30, «hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención». Quien come de este alimento vive para siempre. Por eso dice el Señor, inmediatamente después de esta lección del evangelio, donde los judíos contendían entre sí acerca de este discurso suyo: V.53, 54. De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.
13 El pan del cielo que los padres comieron en el desierto, como dice aquí Cristo, no tenía poder para impedirles morir; pero este pan hace inmortal. Si creemos en Cristo, la muerte no puede dañarnos; más aún, ya no es muerte. El Señor expresa la misma verdad en otro pasaje cuando dice a los judíos: «De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, nunca verá muerte». Jn 8:51. Aquí habla claramente de la palabra de la fe y del evangelio.
14 Pero alguien dirá, como los judíos, que se escandalizaron de estas palabras del Señor: Sin embargo, los santos murieron, y Abraham y los profetas también murieron. A esto respondemos: La muerte de los cristianos es sólo un sueño, como la llaman en todas partes las Escrituras. Un cristiano ni gusta ni ve la muerte; es decir, nunca tiene conciencia de muerte alguna; pues este Salvador, Cristo Jesús, en quien cree, ha destruido la muerte, de modo que ya no necesita gustarla ni pagar su pena. Para los cristianos la muerte es sólo un tránsito de vida, más aún, una puerta a la vida; como dice Cristo en Jn 5:24: «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida».
15 Por eso la vida cristiana es una vida de bienaventuranza y gozo. El yugo de Cristo es fácil y dulce; la razón de que nos parezca molesto y pesado es que el Padre aún no nos ha atraído, y así no hallamos placer en él, ni esta lección del evangelio nos da consuelo. Pero si nos apropiáramos rectamente de las palabras de Cristo, nos serían de mucho mayor consuelo. Por la fe participamos de este pan que ha descendido del cielo, Cristo el Señor, cuando creemos en él como nuestro Salvador y Redentor.
16 A la luz de esto les recuerdo ahora que estas palabras no deben tergiversarse ni hacerse referir al sacramento del altar; quien así las interpreta hace violencia a este texto del evangelio. No hay en él una sola letra que se refiera a la Cena del Señor. ¿Por qué había de tener Cristo en mente aquí ese sacramento, si aún no estaba instituido? Todo el capítulo del que se toma este evangelio no habla sino del alimento espiritual, es decir, de la fe. Cuando la gente seguía al Señor sólo con la esperanza de volver a comer y beber, como el Señor mismo se lo reprocha, él tomó la figura del alimento temporal que buscaban y habla en todo el capítulo de un alimento espiritual. Dice: «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida». Con ello muestra que los alimenta con el fin de inducirlos a creer en él, y que así como participaron del alimento temporal, así deben participar también del espiritual. Sobre este tema diremos más en otra ocasión.
17 Ahora fijémonos en que el Señor se acerca a nosotros con tanto amor y gracia, y se nos ofrece a sí mismo, su sangre y su carne, con palabras tan tiernas que en toda razón debería mover el corazón a creer en él; a creer que este pan, su carne y su sangre, nacido de la virgen María, fue dado porque él tuvo que pagar la pena de muerte y sufrir en nuestro lugar los tormentos del infierno, y además cargar con la culpa de pecados que nunca cometió, como si fueran suyos. Esto lo hizo voluntariamente y nos recibió como hermanos y hermanas. Si creemos esto, cumplimos la voluntad del Padre celestial, que no es otra que creamos en el Hijo. Cristo dice, justo antes de nuestro texto: «Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero». Jn 6:40.
18 Es evidente, pues, que quien tiene fe en este pan del cielo, en Cristo, en esta carne y sangre de las que aquí habla, diciendo que le son dadas y que son suyas, y las acepta como propias, ya ha hecho la voluntad de Dios y ha comido de este maná celestial; como dice Agustín: ¿Qué preparas para tu boca? Cree solamente, y ya has comido.
19 Todo el Nuevo Testamento trata de esta cena espiritual, y de modo especial lo hace Juan aquí. El sacramento del altar es un testamento y una confirmación de esta verdadera cena, con la cual debemos fortalecer nuestra fe y estar seguros de que este cuerpo y esta sangre, que recibimos en el sacramento, nos ha rescatado del pecado y de la muerte, del diablo, del infierno y de toda miseria. Sobre esto he hablado y escrito más en otras ocasiones.
20 ¿Cuál es la prueba por la que uno puede saber que este pan celestial es suyo y que está invitado a tal cena espiritual? Sólo necesita mirar su propio corazón. Si lo halla dispuesto de modo que se ablanda y alegra con las promesas de Dios, y está firme en la convicción de que puede apropiarse este pan de vida, entonces puede estar seguro de que es uno de los invitados; pues como uno cree, así se le hace. Desde ese momento ama a su prójimo y lo ayuda como a su hermano; lo rescata, le da, le presta, y no hace por él sino lo que desearía que su prójimo hiciera por él mismo. Todo esto se debe a que la bondad de Cristo para con él ha leudado su corazón de dulzura y amor, de modo que halla placer y gozo en servir a su prójimo; más aún, se siente en miseria si no tiene a nadie a quien mostrar bondad. Además de todo esto, es manso y humilde con todos; no estima en mucho las pompas pasajeras del mundo; acepta a cada uno como es, no habla mal de nadie, y lo interpreta todo de la mejor manera donde ve que las cosas no van bien. Cuando a sus prójimos les falta fe, amor, vida, ora por ellos, y de corazón le duele que alguien ofenda a Dios o a su prójimo. En suma, en él la raíz y la savia son buenas, pues está injertado en una vid rica y fructífera, en Cristo; por eso tales frutos tienen que salir.
21 Pero si uno no tiene fe y no es enseñado por Dios, si nunca come de este pan del cielo, ciertamente nunca produce estos frutos. Pues donde no se producen tales frutos, ciertamente no hay verdadera fe. San Pedro nos enseña en 2 P 1:10 que debemos hacer firme nuestra vocación para salvación por las buenas obras; allí habla en realidad de las obras del amor, de servir al prójimo y tratarlo como a la propia carne y sangre. Esto basta sobre este evangelio. Oremos pidiendo la gracia de Dios.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.