Comentarios y sermones · Martín Lutero
Lucas 2: comentario de Martín Lutero
Sermón para el Día de Navidad; Lucas 2:1-14
La historia del nacimiento de Jesús; y el cántico de los ángeles
I. El nacimiento de JesúsLa historia del nacimiento de Jesús
1 Está escrito en Hag 2:6-7 que Dios dice: «Haré temblar los cielos; y vendrán los deseados de todas las naciones». Esto se cumple hoy, pues los cielos fueron sacudidos, es decir, los ángeles en los cielos cantaron alabanzas a Dios. Y la tierra fue sacudida, es decir, la gente sobre la tierra fue agitada: uno viajando a esta ciudad, otro a aquella por toda la tierra, como nos cuenta el evangelio. No fue una sublevación violenta y sangrienta, sino pacífica, suscitada por Dios, que es el Dios de paz.
No debe entenderse que todos los países de la tierra fueron así agitados, sino solo los que estaban bajo dominio romano, que no abarcaban ni la mitad de toda la tierra. Sin embargo, ninguna tierra fue agitada como la de Judea, que había sido repartida entre las tribus de Israel, aunque en este tiempo estaba habitada sobre todo por la raza de Judá, pues las diez tribus llevadas cautivas a Asiria nunca volvieron.
2 Este censo, empadronamiento o inscripción, dice Lucas, fue el primero; pero en el evangelio según Mateo, 17:24, y en otros lugares leemos que se continuó de tiempo en tiempo, que incluso pidieron tributo a Cristo y lo tentaron con la moneda del tributo, Mt 22:17. El día de su pasión testificaron también contra él que prohibía dar tributo a César. A los judíos no les gustaba pagar tributo y se sometían de mala gana al censo, sosteniendo que eran el pueblo de Dios y libres de César. Tenían grandes disputas sobre si estaban obligados a pagar el tributo, pero no podían valerse por sí mismos y se veían obligados a someterse. Por eso les habría agradado meter a Jesús en la discusión y ponerlo bajo la jurisdicción romana. Este censo no era, pues, otra cosa que un decreto común en todo el imperio de que cada individuo pagara anualmente un denario, y los funcionarios que cobraban el tributo se llamaban publicanos, que en alemán se interpretan impropiamente como pecadores notorios.
3 Observa cuán exacto es el evangelista al afirmar que el nacimiento de Cristo ocurrió en tiempo de César Augusto, cuando Cirenio era gobernador de Siria, de la cual la tierra de Judea era parte, así como Austria es parte de la tierra alemana. Siendo este el primerísimo censo, parece que este tributo nunca se había pagado antes, hasta justo el tiempo en que Cristo iba a nacer. Con esto Jesús muestra que su reino no había de ser de carácter terrenal ni ejercer poder y señorío mundanos, sino que él, junto con sus padres, está sujeto a las autoridades superiores. Al venir en el tiempo del primerísimo empadronamiento, no deja duda alguna al respecto, pues si hubiera querido dejarlo en duda, habría podido querer nacer bajo otro empadronamiento, para que pudiera decirse que sucedió así por casualidad, sin intención divina.
4 Y si no hubiera querido ser sumiso, habría podido nacer antes de que se decretara empadronamiento alguno. Puesto que todas las obras de Jesús son preciosas enseñanzas, esta circunstancia no puede interpretarse de otro modo sino que él, por consejo y propósito divino, no quiere ejercer autoridad mundana alguna, sino estarle sujeto. Este es, pues, el primer reproche al gobierno del papa y a todo lo de ese carácter, que concuerda con el reino de Cristo como la noche con el día.
5 Este evangelio es tan claro que requiere muy poca explicación, pero debe ser bien considerado y tomado profundamente a pecho; y nadie recibirá de él más provecho que quienes, con corazón sereno y tranquilo, destierran de su mente todo lo demás y lo contemplan con diligencia. Es como el sol, que se refleja en el agua tranquila y da un calor vigoroso, pero que no puede verse tan fácilmente ni dar tanto calor en agua que está en movimiento rugiente y rápido.
Por eso, si quieres ser iluminado y calentado, si quieres ver las maravillas de la gracia divina y tener tu corazón encendido e iluminado, devoto y gozoso, ve adonde puedas meditar en silencio y grabar esta imagen en lo profundo de tu corazón, y verás milagro sobre milagro. Pero para dar a la gente común un comienzo y un motivo para contemplarla, la ilustraremos en parte, y después entraremos en ella más profundamente.
6 Primero, mira cuán ordinario y común nos resulta lo que sucede en la tierra, y sin embargo cuán alto es tenido en el cielo. En la tierra ocurre de este modo: he aquí una joven pobre, María de Nazaret, no muy estimada, sino de las más humildes ciudadanas de la aldea. Nadie es consciente de la gran maravilla que lleva; ella calla, guarda su propio consejo y se tiene por la más humilde del pueblo. Se pone en camino con su marido José; muy probablemente no tenían criado, y él tenía que hacer el trabajo de amo y de criado, y ella el de señora y de criada. Por eso se vieron obligados a dejar su casa desocupada o a encomendarla al cuidado de otros.
7 Es evidente que tenían un asno, en el cual María iba montada, aunque el evangelio no lo menciona, y es posible que ella fuera a pie con José. Imagina cuán despreciada fue en las posadas y lugares de descanso del camino, siendo digna de viajar con pompa en un carro de oro.
Había sin duda en aquel tiempo muchas esposas e hijas de hombres prominentes que vivían en hermosas habitaciones y con gran esplendor, mientras la madre de Dios emprende un viaje en pleno invierno en las circunstancias más penosas. ¡Qué distinciones hay en el mundo! Había más de un día de camino de Nazaret de Galilea a Belén en la tierra de Judea. Tenían que viajar junto a Jerusalén o a través de ella, pues Belén está al sur de Jerusalén y Nazaret al norte.
8 El evangelista muestra cómo, cuando llegaron a Belén, eran los más insignificantes y despreciados, de modo que tuvieron que ceder el paso a otros hasta verse obligados a refugiarse en un establo, a compartir con el ganado alojamiento, mesa, alcoba y cama, mientras muchos hombres malvados se sentaban a la cabecera en las posadas y eran honrados como señores. Nadie notó ni fue consciente de lo que Dios estaba haciendo en aquel establo. Deja que las casas grandes y las costosas habitaciones queden vacías, deja que sus habitantes coman, beban y se diviertan; pero este consuelo y este tesoro les están ocultos. ¡Oh, qué noche oscura fue esta para Belén, que no era consciente de aquella luz gloriosa! Mira cómo Dios muestra que desprecia por completo lo que el mundo es, tiene y desea; y además, que el mundo muestra cuán poco sabe o advierte lo que Dios es, tiene y hace.
9 Mira, esta es la primera imagen con la que Cristo avergüenza al mundo y pone al descubierto todo lo que hace y sabe. Muestra que la mayor sabiduría del mundo es necedad, sus mejores acciones son erróneas y sus mayores tesoros son desgracias. ¿Qué tenía Belén cuando no tenía a Cristo? ¿Qué tienen ahora quienes entonces tenían suficiente? ¿Qué les falta ahora a José y a María, aunque entonces no tenían lugar donde dormir cómodamente?
10 Algunos han comentado la palabra «diversorium», como si significara un portal abierto por el que todo el mundo podía pasar, donde estaban algunos asnos, y que María no pudo llegar a un lugar de alojamiento. Esto no es correcto. El evangelista quiere mostrar que José y María tuvieron que ocupar un establo porque no había lugar para ella en el mesón, en el sitio donde solían alojarse los huéspedes peregrinos. Todos los huéspedes fueron atendidos en el mesón o caravasar, con habitación, comida y cama, excepto estos pobres, que tuvieron que meterse a rastras en un establo donde se acostumbraba alojar al ganado.
Esta palabra «diversorium», que Lucas llama «katalyma», no significa otra cosa que un lugar para huéspedes, lo cual se prueba por las palabras de Cristo en Lc 22:11, donde envió a los discípulos a preparar la cena: «Decid al padre de familia de esa casa: El Maestro te dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos?». Así también aquí José y María no tenían lugar en el katalyma, el mesón, sino solo en el establo perteneciente al mesonero, quien no habría sido digno de dar albergue a tal huésped. No tenían dinero ni influencia para conseguir una habitación en el mesón, y por eso se vieron obligados a alojarse en un establo. ¡Oh mundo, qué necio eres! ¡Oh hombre, qué ciego eres!
11 Pero el nacimiento mismo es aún más lastimoso. No había nadie que tuviera compasión de esta joven esposa que por primera vez iba a dar a luz un hijo; nadie que tomara a pecho su condición, que siendo forastera no tenía lo más mínimo que una madre necesita en una noche de parto. Allí está ella, sin preparativo alguno, sin luz ni fuego, sola en la oscuridad, sin que nadie le ofrezca su servicio, como es costumbre que hagan las mujeres en tales ocasiones. Todo está en agitación en el mesón, hay un enjambre de huéspedes de todas partes del país, nadie piensa en esta pobre mujer. Es también posible que no esperara el suceso tan pronto, pues de lo contrario probablemente se habría quedado en Nazaret.
12 Imagina qué clase de pañales eran aquellos en que envolvió al niño. Posiblemente su velo o alguna prenda de su ropa que pudiera prescindir. Pero que lo envolviera en los calzones de José, que se exhiben en Aquisgrán, parece del todo falso y frívolo. Es una fábula, de las que hay más en el mundo. ¿No es extraño que el nacimiento de Cristo ocurra en pleno invierno frío, en tierra extraña y de manera tan pobre y despreciable?
13 Algunos discuten sobre cómo tuvo lugar este nacimiento, como si Jesús hubiera nacido mientras María oraba y se regocijaba, sin dolor alguno y antes de que ella lo advirtiera. Aunque no descarto del todo esa piadosa suposición, evidentemente fue inventada por causa de la gente sencilla. Pero debemos atenernos al evangelio, que nació de la virgen María. No hay aquí engaño, pues la Palabra dice claramente que fue un verdadero nacimiento.
14 Es bien sabido lo que significa dar a luz. La experiencia de María no fue distinta de la de otras mujeres, de modo que el nacimiento de Cristo fue un verdadero nacimiento natural, siendo María su madre natural y él su hijo natural. Por eso su cuerpo realizó las funciones de dar a luz que le pertenecían naturalmente, salvo que dio a luz sin pecado, sin vergüenza, sin dolor y sin daño, así como había concebido sin pecado. La maldición de Eva no cayó sobre ella, donde Dios dijo: «Con dolor darás a luz los hijos», Gn 3:16; por lo demás, le sucedió en todo como a cualquier mujer que da a luz un hijo.
15 La gracia no interfiere con la naturaleza ni con su obra, sino que más bien la mejora y la promueve. Igualmente María, sin duda, alimentó al niño con leche de su pecho y no con leche ajena, ni de una manera distinta de la que la naturaleza proveía, como cantamos: ubere de coelo pleno, con su pecho lleno desde el cielo, sin daño ni impureza. Menciono esto para que estemos afirmados en la fe y sepamos que Jesús fue un hombre natural en todo, igual que nosotros, siendo la única diferencia su relación con el pecado y la gracia, pues no tenía naturaleza pecaminosa. En él y en su madre la naturaleza fue pura en todos los miembros y en todas las operaciones de esos miembros. Ningún cuerpo ni miembro de mujer realizó jamás su función natural sin pecado, salvo el de esta virgen; aquí Dios concedió por una vez un honor especial a la naturaleza y a sus operaciones. Es un gran consuelo para nosotros que Jesús tomara sobre sí nuestra naturaleza y carne. Por eso no debemos quitarle a él ni a su madre nada que no esté en conflicto con la gracia, pues el texto dice claramente que ella lo dio a luz, y los ángeles dijeron: os ha nacido.
16 ¿Cómo pudo Dios mostrar su bondad de manera más sublime que humillándose para participar de carne y sangre, de modo que ni siquiera despreció la intimidad natural, sino que honra a la naturaleza en grado sumo en aquella parte donde en Adán y Eva fue más miserablemente avergonzada? para que en adelante pueda considerarse piadoso, honesto y puro incluso aquello que en todos los hombres es lo más impío, vergonzoso e impuro. Estos son verdaderos milagros de Dios, pues de ninguna manera podía habernos dado imágenes de castidad más fuertes, más contundentes y más puras que en este nacimiento. Cuando miramos este nacimiento y reflexionamos cómo la sublime Majestad se mueve con gran seriedad y amor y bondad inexpresables sobre la carne y sangre de esta virgen, vemos cómo aquí queda desterrado todo mal deseo y todo mal pensamiento.
17 Ninguna mujer puede inspirar en un hombre pensamientos tan puros como esta virgen; ni ningún hombre puede inspirar en una mujer pensamientos tan puros como este niño. Si al reflexionar en este nacimiento reconocemos la obra de Dios que se encarna en él, de él brotan solo castidad y pureza.
18 Pero ¿qué sucede en el cielo con respecto a este nacimiento? Cuanto es despreciado en la tierra, tanto y mil veces más es honrado en el cielo. Si un ángel del cielo viniera y te alabara a ti y a tu obra, ¿no lo considerarías de mayor valor que todas las alabanzas y honras que el mundo pudiera darte, y por las cuales estarías dispuesto a soportar la mayor humillación y afrenta? ¡Qué alto honor es este, cuando todos los ángeles del cielo no pueden contenerse de prorrumpir en regocijo, de modo que hasta los pobres pastores en los campos los oyen predicar, alabar a Dios, cantar y derramar su gozo sin medida! ¿No habría que considerar como mera escoria y abominación, en la que nadie quiere pensar, toda la alegría y honra que se realizaron en Belén, sí, toda la alegría y honra experimentadas por todos los reyes y nobles de la tierra, en comparación con el gozo y la gloria que aquí se muestran?
19 Mira con cuánta riqueza honra Dios a los despreciados de los hombres, y con gran gusto. Aquí ves que sus ojos miran a las profundidades de la humildad, como está escrito: «Se sienta sobre los querubines» y mira a las profundidades. Ni pudieron los ángeles hallar príncipes ni hombres valientes a quienes comunicar las buenas nuevas, sino solo laicos sin letras, la gente más humilde de la tierra. ¿No habrían podido dirigirse a los sumos sacerdotes, de quienes se suponía que sabían tanto acerca de Dios y de los ángeles? No, Dios escogió a pobres pastores que, aunque eran de poca estima a los ojos de los hombres, en el cielo fueron tenidos por dignos de tan gran gracia y honra.
20 ¡Mira cómo derriba Dios por completo lo que es elevado! Y sin embargo nosotros nos enfurecemos y desvariamos por nada más que esta honra vacía, como si no tuviéramos honra que buscar en el cielo; nos salimos continuamente de la vista de Dios, para que no nos vea en las profundidades, adonde solo él mira.
21 Esto se ha considerado lo suficiente para la gente sencilla. Que cada uno lo pondere más por sí mismo. Si cada palabra es bien captada, es como fuego que enciende el corazón, como dice Dios en Jer 23:29: «¿No es mi palabra como fuego?». Y como vemos, el propósito de la Palabra divina es enseñarnos a conocer a Dios y su obra, y a ver que esta vida no es nada. Pues como él no vive según esta vida ni tiene posesiones ni honra y poder temporales, no los estima y nada dice sobre ellos, sino que enseña solo lo contrario. Obra en oposición a estas cosas temporales, mira con favor aquello de lo cual el mundo se aparta, enseña aquello de lo cual huye y toma aquello que desecha.
22 Y aunque no estemos dispuestos a tolerar tales actos de Dios ni queramos recibir bendición, honra y vida de esta manera, sin embargo así ha de quedar. Dios no cambia su propósito, ni enseña ni obra de manera distinta de la que propuso. Nosotros debemos adaptarnos a él; él no se adaptará a nosotros. Además, quien no quiere atender a su palabra ni a la manera en que él obra para llevar consuelo a los hombres, ciertamente no tiene buena evidencia de estar salvo. ¿De qué manera más amable podía haber mostrado su gracia a los humildes y despreciados de la tierra que por medio de este nacimiento en pobreza, del cual se regocijan los ángeles y que no dan a conocer a nadie sino a los pobres pastores?
23 Miremos ahora los misterios que se nos presentan en esta historia. En todos los misterios de aquí se exponen especialmente dos cosas, el evangelio y la fe, es decir, lo que ha de predicarse y lo que ha de creerse, quiénes han de ser los predicadores y quiénes los creyentes. Esto lo consideraremos ahora.
II. EL NACIMIENTO DE JESÚS CONSIDERADO EN SU SENTIDO ESPIRITUAL.A. La enseñanza sobre la fe.
24 La fe es lo primero, y es justo que la reconozcamos como lo más importante en toda palabra de Dios. No sirve de nada creer solamente que esta historia es verdadera tal como está escrita; pues todos los pecadores, incluso los condenados, creen eso. La Escritura, la Palabra de Dios, no enseña acerca de la fe que sea una obra natural, sin gracia. La fe recta y llena de gracia que Dios exige es que creas firmemente que Cristo ha nacido para ti, y que este nacimiento tuvo lugar para tu bien. El evangelio enseña que Cristo nació, y que hizo y padeció todo en favor nuestro, como aquí lo declara el ángel: «He aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo; que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor». En estas palabras ves claramente que ha nacido para nosotros.
25 No dice simplemente: Cristo ha nacido, sino: para ti ha nacido; ni dice: doy buenas nuevas, sino: a ti te doy nuevas de gran gozo. Además, este gozo no había de quedarse en Cristo, sino que será para todo el pueblo. Esta fe no la tiene ningún condenado ni malvado, ni puede tenerla; pues el fundamento recto de la salvación que une a Cristo y al corazón creyente es que tienen todas las cosas en común. Pero ¿qué tienen?
26 Cristo tiene un nacimiento puro, inocente y santo. El hombre tiene un nacimiento inmundo, pecaminoso, condenado; como dice David, Sal 51:5: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre». Nada puede ayudar a este nacimiento impío sino el nacimiento puro de Cristo. Pero el nacimiento de Cristo no puede repartirse en sentido material, ni eso serviría de nada; por eso se comunica espiritualmente, por medio de la Palabra, como dice el ángel: se da a todos los que creen firmemente, de modo que ningún daño les venga por causa de su nacimiento impuro. Este es el camino y la manera en que hemos de ser limpiados del miserable nacimiento que tenemos de Adán. Para esto quiso Cristo nacer, para que por medio de él naciéramos de nuevo, como dice en Jn 3:3, que esto se realiza por la fe; como dice también san Santiago en 1:18: «Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas».
27 Vemos aquí cómo Cristo, por así decirlo, toma de nosotros nuestro nacimiento y lo absorbe en su nacimiento, y nos concede el suyo, para que en él lleguemos a ser puros y santos, como si fuera nuestro propio nacimiento, de modo que todo cristiano pueda regocijarse y gloriarse en el nacimiento de Cristo tanto como si él mismo hubiera nacido de María como Cristo. Quien no cree esto, o duda, no es cristiano.
28 Oh, este es el gran gozo del que habla el ángel. Este es el consuelo y la sobreabundante bondad de Dios: que si un hombre cree esto, puede gloriarse del tesoro de que María es su madre legítima, Cristo su hermano y Dios su padre. Pues estas cosas realmente sucedieron y son verdaderas, pero debemos creerlas. Esto es lo principal y el tesoro principal en todo evangelio, antes de que pueda sacarse de él doctrina alguna de buenas obras. Cristo debe ante todo llegar a ser nuestro, y nosotros suyos, antes de que podamos hacer buenas obras.
Pero esto no puede ocurrir sino por la fe que nos enseña a entender rectamente el evangelio y a asirlo como es debido. Esta es la única manera en que Cristo puede ser rectamente conocido, de modo que la conciencia quede satisfecha y se alegre. De aquí nacen el amor y la alabanza a Dios, que en Cristo nos ha concedido dones tan inefables. Esto da ánimo para hacer o dejar de hacer, y, viviendo o muriendo, para sufrir todo lo que agrada a Dios. Esto es lo que significa Is 9:6: «Un niño nos es nacido, hijo nos es dado»; a nosotros, a nosotros, a nosotros nace, y a nosotros se nos da este niño.
29 Por eso cuida de no complacerte en el evangelio solo como historia, pues eso es meramente pasajero; ni lo consideres solo como ejemplo, pues sin fe no tiene valor; sino cuida de hacer tuyo este nacimiento y de que Cristo nazca en ti. Así será si crees; entonces reposarás en el regazo de la virgen María y serás su hijo querido. Pero debes ejercitar esta fe y orar mientras vivas; nunca podrás establecerla demasiado firmemente. Este es nuestro fundamento y herencia, sobre el cual deben edificarse las buenas obras.
30 Si Cristo ha llegado así a ser tuyo, y por tal fe has sido limpiado por medio de él y has recibido tu herencia sin mérito personal alguno, sino solo por el amor de Dios, que te da como propios el tesoro y la obra de su Hijo, se sigue que harás buenas obras haciendo a tu prójimo como Cristo ha hecho contigo. Aquí las buenas obras son su propio maestro. ¿Cuáles son las buenas obras de Cristo? ¿No es verdad que son buenas porque han sido hechas para tu beneficio, por amor de Dios, que le mandó hacer las obras en tu favor? En esto, pues, Cristo fue obediente al Padre, en que nos amó y nos sirvió.
31 Por lo tanto, puesto que has recibido bastante y te has hecho rico, no tienes otro mandamiento para servir a Cristo y rendirle obediencia que dirigir tus obras de modo que sean de provecho para tu prójimo, así como las obras de Cristo son de provecho y utilidad para ti. Por eso dijo Jesús en la Última Cena: «Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado», Jn 13:34. Aquí se ve que él nos amó e hizo todo para nuestro beneficio, para que hagamos lo mismo, no a él, pues no lo necesita, sino a nuestro prójimo; este es su mandamiento, y esta es nuestra obediencia. Por lo tanto, por la fe Cristo llega a ser nuestro, y su amor es la causa de que seamos suyos. Él ama, nosotros creemos; así ambos quedan unidos en uno. A su vez, nuestro prójimo cree y espera nuestro amor; por eso debemos amarlo también a cambio y no dejar que lo anhele en vano. Lo uno es igual a lo otro: como Cristo nos ayuda a nosotros, así nosotros ayudamos a cambio a nuestro prójimo, y todos tienen suficiente.
32 Observa ahora, por esto, cuánto se han desviado del camino quienes han unido las buenas obras a la piedra, la madera, la ropa, el comer y el beber. ¿De qué provecho es para tu prójimo que edifiques una iglesia toda de oro? ¿De qué provecho le es el frecuente repicar de grandes campanas de iglesia? ¿De qué provecho le son el brillo y las ceremonias en las iglesias, las vestiduras de los sacerdotes, el santuario, las imágenes y vasijas de plata? ¿De qué provecho le son las muchas velas y el mucho incienso? ¿De qué provecho le son el mucho canturreo y murmullo, el canto de vigilias y misas? ¿Piensas que Dios se dejará pagar con el sonido de campanas, el humo de velas, el brillo del oro y tales fantasías? No ha mandado ninguna de estas cosas, sino que si ves a tu prójimo extraviarse, pecar o sufrir en cuerpo o alma, debes dejar todo lo demás y ayudarle al instante de todos los modos que puedas, y si no puedes hacer más, ayudarle con palabras de consuelo y con oración. Así ha hecho Cristo contigo y te ha dado ejemplo para que lo sigas.
33 Estas son las dos cosas en que debe ejercitarse un cristiano: la una, que atrae a Cristo dentro de sí y por la fe lo hace suyo, se apropia los tesoros de Cristo y edifica confiadamente sobre ellos; la otra, que se abaja a su prójimo y lo hace partícipe de lo que ha recibido, así como él participa de los tesoros de Cristo. Quien no se ejercite en estas dos cosas no recibirá provecho alguno, aunque ayunara hasta morir, sufriera tormento o incluso entregara su cuerpo para ser quemado, y pudiera hacer todos los milagros, como enseña san Pablo, 1 Co 13.
B. El sentido espiritual de la doctrina de este evangelio.
34 El otro misterio, o enseñanza espiritual, es que en las iglesias debe predicarse solo el evangelio y nada más. Ahora bien, es evidente que el evangelio no enseña sino las dos cosas anteriores: Cristo y su ejemplo, y dos clases de buenas obras, la una perteneciente a Cristo, por la cual somos salvos mediante la fe, la otra perteneciente a nosotros, por la cual nuestro prójimo recibe ayuda. Por lo tanto, quien enseña algo distinto del evangelio extravía a la gente; y quien no enseña el evangelio en estas dos partes extravía a la gente todavía más y es peor que el primero, que enseña sin el evangelio, porque abusa de la Palabra de Dios y la corrompe, como se queja san Pablo de algunos, 2 Co 2:17.
35 Ahora bien, está claro que la naturaleza no pudo haber descubierto tal doctrina, ni todo el ingenio, la razón y la sabiduría del mundo pudieron haberla ideado. ¿Quién sería capaz de descubrir por sus propios esfuerzos que la fe en Cristo nos hace uno con Cristo y nos da como propio todo lo que es de Cristo? ¿Quién sería capaz de descubrir que ninguna obra tiene valor alguno excepto las destinadas a beneficiar a nuestro prójimo? La naturaleza no enseña más que lo que produce la ley. Por eso recae en su propia obra, de modo que este piensa cumplir el mandamiento fundando alguna institución u orden, aquel ayunando, este por la clase de ropa que viste, aquel yendo en peregrinaciones; este de esta manera, aquel de aquella; y sin embargo todas sus obras son inútiles, pues nadie es ayudado por ellas. Tal es el caso en el tiempo presente, en que todo el mundo está cegado y se extravía por las doctrinas y obras de los hombres, de modo que la fe y el amor, junto con el evangelio, han perecido.
36 Por lo tanto, el evangelio, rectamente comprendido, es un sermón y una luz sobrenaturales que dan a conocer solo a Cristo. Esto se señala ante todo por el hecho de que no fue un hombre quien lo dio a conocer a otros, sino que un ángel descendió del cielo y dio a conocer a los pastores el nacimiento de Jesús, mientras ningún ser humano sabía nada de ello.
37 En segundo lugar, se señala por el hecho de que Cristo nació a medianoche, con lo cual indica que todo el mundo está en tinieblas en cuanto a su porvenir y que Cristo no puede ser conocido por la mera razón, sino que el conocimiento acerca de él debe ser revelado desde el cielo.
38 En tercer lugar, se muestra por la luz que resplandeció alrededor de los pastores, la cual enseña que aquí debe haber una luz enteramente distinta de la de la razón humana. Además, cuando san Lucas dice Gloria Dei, la gloria de Dios los rodeó de resplandor, llama a esa luz una claridad, o la gloria de Dios. ¿Por qué dice eso? Para llamar la atención sobre el misterio y revelar el carácter del evangelio. Pues siendo el evangelio una luz celestial que no enseña más que a Cristo, en quien se nos da la gracia de Dios y todo mérito humano queda enteramente descartado, exalta solo la gloria de Dios, de modo que en adelante nadie pueda gloriarse de su propio poder, sino que deba dar la gloria a Dios, porque solo por su amor y bondad somos salvos por medio de Cristo.
Mira, el honor divino, la gloria divina, es la luz en el evangelio, que resplandece alrededor de nosotros desde el cielo por medio de los apóstoles y sus seguidores que predican el evangelio. El ángel estaba aquí en lugar de todos los predicadores del evangelio, y los pastores en lugar de todos los oyentes, como veremos. Por eso el evangelio no puede tolerar otra enseñanza fuera de la suya; pues la enseñanza de los hombres es luz terrenal y gloria humana; exalta el honor y la alabanza de los hombres y hace que las almas se gloríen en sus propias obras; mientras que el evangelio se gloría en Cristo, en la gracia y bondad de Dios, y nos enseña a gloriarnos en Cristo y a confiar en él.
39 En cuarto lugar, esto está representado por el nombre de Judea y Belén, donde Cristo escogió nacer. Judea se interpreta confesión o acción de gracias; como cuando confesamos, alabamos y damos gracias a Dios, reconociendo que todo lo que poseemos son dones suyos. Quien así confiesa y alaba se llama Judaeus. Tal rey de los judíos es Cristo, como dice la expresión: «Jesus Nazarenus Rex Judaeorum», Jesús el Nazareno, el rey de los judíos, de los que confiesan a Dios. Con esto se muestra que ninguna enseñanza puede hacer tal confesión excepto el evangelio, que enseña a Cristo.
40 Beth significa casa; Lehem significa pan; Belén, casa de pan. La ciudad tenía ese nombre porque estaba situada en un país bueno y fructífero, rico en grano, de modo que era el granero de los pueblos vecinos, o, como diríamos, un país fértil. En tiempos antiguos el nombre de la ciudad era Efrata, que significa fructífera. Ambos nombres implican que la ciudad estaba en una tierra fructífera y rica. Con esto se representa que sin el evangelio esta tierra es un desierto y no hay confesión de Dios ni acción de gracias.
41 Además, donde están Cristo y el evangelio, allí está la fructífera Belén y la agradecida Judea. Allí cada uno tiene suficiente en Cristo y rebosa de acción de gracias por la gracia divina. Pero aunque los hombres se muestren agradecidos por las enseñanzas humanas, estas no pueden saciar, sino que dejan una tierra estéril y un hambre mortal. Ningún corazón puede jamás quedar saciado a menos que lleve a Cristo rectamente proclamado en el evangelio. En esto el hombre llega a Belén y lo encuentra a él, llega también a Judea y permanece en ella y da gracias a su Dios eternamente; aquí queda saciado, aquí Dios recibe su alabanza y confesión, mientras que fuera del evangelio no hay sino ingratitud y hambre.
42 Pero el ángel muestra con la mayor claridad que en la cristiandad no ha de predicarse nada sino el evangelio: toma sobre sí el oficio de predicador del evangelio. No dice: os predico, sino «os doy nuevas». Soy un evangelista y mi palabra es un evangelio, buena noticia. El significado de la palabra evangelio es un mensaje bueno y gozoso, que se predica en el Nuevo Testamento. ¿De qué da testimonio el evangelio? ¡Escucha! El ángel dice: «Os doy nuevas de gran gozo»; mi evangelio habla de gran gozo. ¿Dónde está? Oye de nuevo: «Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor».
43 Mira aquí qué es el evangelio, a saber, un sermón gozoso acerca de Cristo, nuestro Salvador. Quien lo predica rectamente predica el evangelio de puro gozo. ¿Cómo es posible que el hombre oiga de mayor gozo que el de que Cristo le ha sido dado como suyo? No dice solamente: Cristo ha nacido, sino que hace nuestro su nacimiento al decir: para ti un Salvador.
44 Por eso el evangelio no enseña solo la historia acerca de Cristo, sino que capacita a todos los que lo creen para recibirlo como propio, que es la manera en que obra el evangelio, como se acaba de exponer. ¿De qué me serviría que Cristo hubiera nacido mil veces, y que cada día se me cantara al oído del modo más hermoso, si nunca hubiera de oír que nació para mí y que iba a ser mío propio? Si la voz emite este grato sonido, aunque sea en frase sencilla, mi corazón escucha con gozo, porque es un sonido amable que penetra el alma. Si hubiera algo más que predicar, el ángel evangélico y evangelista angélico ciertamente lo habría tocado.
C. El sentido espiritual de las señales, el ángel y los pastores.
45 El ángel dice además: «Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre». Los pañales no son otra cosa que las santas Escrituras, en las cuales yace envuelta la verdad cristiana, en las cuales se describe la fe. Pues el Antiguo Testamento no contiene otra cosa que a Cristo tal como se predica en el evangelio. Por eso vemos cómo los apóstoles apelan al testimonio de las Escrituras y con ellas prueban todo lo que ha de predicarse y creerse acerca de Cristo. Así dice san Pablo, Ro 3:21, que la fe de Cristo, por la cual llegamos a ser justos, es testificada por la ley y los profetas. Y el mismo Cristo, después de su resurrección, les abrió las Escrituras, que hablan de él. Lc 24:27.
Cuando fue transfigurado en el monte, Mt 17:3, Moisés y Elías estaban junto a él; es decir, la ley y los profetas como sus dos testigos, que son señales que apuntan a él. Por eso dice el ángel que la señal por la cual se le reconoce son los pañales, pues no hay en la tierra otro testimonio acerca de la verdad cristiana que las santas Escrituras.
46 Conforme a esto, la túnica sin costura de Cristo, que no fue dividida y que durante su pasión fue jugada a la suerte y repartida, Jn 19:23-24, representa el Nuevo Testamento. Indica que el papa, el Anticristo, no negaría el evangelio, sino que lo encerraría con violencia y jugaría con él mediante falsa interpretación, hasta que ya no se encuentre a Cristo en él. Entonces los cuatro soldados que crucificaron al Señor son figuras de todos los obispos y maestros de los cuatro rincones de la tierra, que reprimen violentamente el evangelio y destruyen a Cristo y su fe con sus enseñanzas humanas, como hace tiempo lo ha hecho el papa con sus papistas.
47 De esto vemos que la ley y los profetas no pueden ser predicados ni conocidos rectamente a menos que veamos a Cristo envuelto en ellos. Es cierto que Cristo no parece estar en ellos, ni los judíos lo encuentran allí. Parecen pañales insignificantes y sin importancia, palabras sencillas que parecen hablar de asuntos exteriores de poca monta, cuyo sentido no se reconoce; pero el Nuevo Testamento, el evangelio, debe abrirlos, arrojar su luz sobre ellos y revelarlos, como se ha dicho.
48 Ante todo, pues, debe oírse el evangelio, y debe creerse la aparición y la voz del ángel. Si los pastores no hubieran oído del ángel que Cristo yacía allí, podrían haberlo visto diez mil veces sin saber jamás que el niño era Cristo. Por eso dice san Pablo, 2 Co 3:16, que la ley permanece oscura y encubierta para los judíos hasta que se conviertan a Cristo.
Primero debe oírse a Cristo en el evangelio; entonces se verá cuán hermoso y amable es todo el Antiguo Testamento en armonía con él, de modo que el hombre no pueda sino entregarse en sumisión a la fe y quedar capacitado para reconocer la verdad de lo que dice Cristo en Jn 5:46: «Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él».
49 Guardémonos, pues, de toda enseñanza que no presente a Cristo. ¿Qué más querrías saber? ¿Qué más necesitas, si en verdad conoces a Cristo, como se ha expuesto arriba, si andas por la fe en Dios y por el amor a tu prójimo, haciendo a tu semejante como Cristo ha hecho contigo? Esta es en verdad toda la Escritura en su forma más breve, de modo que no son necesarias más palabras ni libros, sino solo vida y acción.
50 Yace en el pesebre. Nota aquí que por todo el mundo no ha de predicarse nada sino a Cristo. ¿Qué es el pesebre sino las congregaciones de cristianos en las iglesias para oír la predicación? Nosotros somos las bestias ante este pesebre; y Cristo es puesto ante nosotros para que con él alimentemos nuestra alma. Quien va a oír la predicación va a este pesebre; pero debe ser la predicación de Cristo. No todos los pesebres tienen a Cristo, ni todos los sermones enseñan la verdadera fe. Había un solo pesebre en Belén en que yacía este tesoro, y además era un pesebre vacío y despreciado, en el que no había forraje.
Por eso la predicación del evangelio está separada de todas las demás cosas; no tiene ni enseña nada fuera de Cristo; si se enseñara algo más, ya no sería el pesebre de Cristo, sino el pesebre de caballos de guerra, lleno de cosas temporales y de forraje para el cuerpo.
51 Pero para mostrar que Cristo en pañales representa la fe en el Antiguo Testamento, daremos aquí varios ejemplos. Leemos en Mt 8:4 que cuando Cristo limpió al leproso, le dijo: «Ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos». Aquí percibes que la ley de Moisés fue dada a los judíos para testimonio, o señal, como dice también aquí el ángel, a saber, que tal ley representa algo distinto de sí misma. ¿Qué? Cristo es el sacerdote; todos los hombres son leprosos espirituales a causa de la incredulidad; pero cuando llegamos a la fe en él, nos toca con su mano, nos da y nos impone su mérito, y quedamos limpios y sanos sin mérito alguno de nuestra parte. Debemos, pues, mostrarle nuestra gratitud y reconocer que no nos hemos hecho piadosos por nuestras propias obras, sino por su gracia; entonces nuestro camino será recto delante de Dios. Además, debemos presentar nuestras ofrendas, es decir, dar de lo nuestro para ayudar a nuestro semejante, para hacerle bien como Cristo nos ha hecho a nosotros. Así se sirve a Cristo y se lleva una ofrenda al verdadero sacerdote, pues se hace por amor a él, para amarlo y alabarlo.
¿Ves aquí cómo, en sentido figurado, Cristo y la fe están envueltos en las Escrituras sencillas? Aquí se hace evidente cómo Moisés en la ley dio solo testimonio e interpretación de Cristo. Todo el Antiguo Testamento debe entenderse de esta manera, y debe tomarse como los pañales, como una señal que señala y da a conocer a Cristo.
52 Además, se mandó que el sábado se guardara estrictamente y no se hiciera obra alguna, lo cual muestra que no nuestras obras sino las obras de Cristo deben morar en nosotros; pues está escrito que no somos salvos por nuestras obras sino por las obras de Cristo. Ahora bien, estas obras de Cristo son de dos clases, como se mostró antes. Por un lado, las que Cristo ha hecho personalmente sin nosotros, que son las más importantes y en las cuales creemos. Las otras, las que realiza en nosotros, en nuestro amor al prójimo. Las primeras pueden llamarse las obras de la tarde y las segundas las obras de la mañana, de modo que tarde y mañana hacen un día, como está escrito en Gn 1:5, pues las Escrituras comienzan el día en la tarde y lo terminan en la mañana, es decir, la tarde con la noche es la primera mitad, la mañana con el día es la segunda mitad del día natural entero. Ahora bien, como la primera mitad es oscura y la segunda es luminosa, así las primeras obras de Cristo están ocultas en nuestra fe, pero las otras, las obras de amor, han de aparecer, han de mostrarse abiertamente hacia nuestro semejante. Aquí ves, pues, cómo se guarda y se santifica todo el sábado.
53 ¿Ves cuán hermosamente yace Cristo en estos pañales? ¿Cuán hermosamente revela el Antiguo Testamento la fe y el amor de Cristo y de sus cristianos? Ahora bien, los pañales son por regla general de dos clases: el exterior de paño burdo de lana, el interior de lino. El exterior, o paño burdo de lana, representa el testimonio de la ley, pero los de lino son las palabras de los profetas. Como dice Isaías en 7:14: «He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel», y pasajes semejantes que no se entenderían de Cristo si el evangelio no lo hubiera revelado y mostrado que Cristo está en ellos.
54 Tenemos aquí, pues, estas dos cosas, la fe y el evangelio: que estas, y nada más, han de predicarse por toda la cristiandad. Veamos ahora quiénes han de ser los predicadores y quiénes los que aprenden. Los predicadores han de ser ángeles, es decir, mensajeros de Dios, que han de llevar una vida celestial, han de ocuparse constantemente de la Palabra de Dios, de modo que bajo ninguna circunstancia prediquen la doctrina de los hombres. Es lo más incongruente ser mensajero de Dios y no promover el mensaje de Dios. Angelus significa mensajero, y Lucas lo llama mensajero de Dios (Angelus Domini). Además, el mensaje es de más importancia que la vida del mensajero. Si lleva una vida perversa, solo se perjudica a sí mismo, pero si trae un mensaje falso en lugar del mensaje de Dios, extravía y perjudica a todo el que lo oye, y causa idolatría entre el pueblo, pues aceptan mentiras por verdad, honran a los hombres en lugar de a Dios y oran al diablo en lugar de a Dios.
55 No hay en la tierra plaga, desgracia ni causa de aflicción más terrible que un predicador que no predica la Palabra de Dios; de los cuales, ¡ay!, el mundo hoy está lleno; y sin embargo piensan que son piadosos y que hacen el bien, cuando en verdad toda su obra no es sino asesinar almas, blasfemar contra Dios y levantar idolatría, de modo que sería mucho mejor para ellos que fueran ladrones, asesinos y los peores bribones, pues entonces sabrían que obran mal. Pero ahora andan bajo nombres y apariencias espirituales, como sacerdote, obispo, papa, y son al mismo tiempo lobos rapaces con vestidos de ovejas, y sería bueno que nadie oyera jamás su predicación.
56 Los que aprenden son pastores, gente pobre en los campos. Aquí Jesús hace lo que dice, Mt 11:5: «A los pobres es anunciado el evangelio», y Mt 5:3: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Aquí no hay sabios, ni ricos, ni poderosos, pues tales personas por regla general no aceptan el evangelio. El evangelio es un tesoro celestial que no tolerará ningún otro tesoro y no se avendrá con ningún huésped terrenal en el corazón. Por eso quien ama lo uno debe soltar lo otro, como dice Cristo, Mt 6:24: «No podéis servir a Dios y a las riquezas».
Esto lo muestran los pastores en que estaban en el campo, bajo el techo del cielo, y no en casas, lo cual muestra que no se aferran ni se apegan a las cosas temporales; y además están en el campo de noche, despreciados y desconocidos por el mundo, que duerme en la noche y de día se complace en andar de modo que se le note; pero los pobres pastores hacen su trabajo de noche. Representan a todos los humildes que viven en la tierra, a menudo despreciados y desapercibidos, pero que moran solo bajo la protección del cielo; estos desean ansiosamente el evangelio.
57 Que hubiera pastores significa que nadie ha de oír el evangelio para sí solo, sino que cada uno ha de contárselo a otros que no lo conocen. Pues quien cree para sí tiene suficiente y debe procurar llevar a otros a tal fe y conocimiento, de modo que uno sea pastor del otro, para servirle y guiarlo al pasto del evangelio en este mundo, durante la noche de esta vida terrenal.
Al principio los pastores tuvieron gran temor a causa del ángel; pues la naturaleza humana se escandaliza cuando oye por primera vez en el evangelio que todas nuestras obras son nada y están condenadas delante de Dios, porque no abandona fácilmente sus prejuicios y presunciones.
58 Ahora examínese cada uno a la luz del evangelio y vea cuán lejos está de Cristo, cuál es el carácter de su fe y de su amor. Hay muchos que se encienden en una devoción soñadora cuando oyen de tal pobreza de Cristo, casi se enojan con los ciudadanos de Belén, denuncian su ceguera e ingratitud, y piensan que, si hubieran estado allí, habrían prestado al Señor y a su madre un servicio más digno y no habrían permitido que se les tratara tan miserablemente. Pero no miran a su lado para ver cuántos de sus semejantes necesitan su ayuda, y a los cuales dejan seguir en su miseria sin socorro. ¿Quién hay en la tierra que no tenga a su alrededor pobres, miserables, enfermos, extraviados o pecadores? ¿Por qué no ejercita su amor con ellos? ¿Por qué no hace con ellos como Cristo ha hecho con él?
59 Es del todo falso pensar que has hecho mucho por Cristo si nada haces por esos necesitados. Si hubieras estado en Belén, habrías prestado tan poca atención a Cristo como ellos; pero como ahora se ha dado a conocer quién es Cristo, profesas servirle. Si él viniera ahora y se acostara en un pesebre y te mandara decir que era él, de quien ahora sabes tanto, quizá harías algo por él, pero no lo habrías hecho antes. Si al rico del evangelio se le hubiera dado a conocer positivamente a qué alta posición sería exaltado Lázaro, y hubiera estado convencido del hecho, no lo habría dejado yacer y perecer como lo hizo.
60 Por lo tanto, si tu prójimo fuera ahora lo que será en el futuro, y yaciera ante ti, seguramente le prestarías atención. Pero ahora, como no es así, das golpes al aire y no reconoces al Señor en tu prójimo, no haces con él como él ha hecho contigo. Por eso Dios permite que seas cegado y engañado por el papa y por falsos predicadores, de modo que derroches en madera, piedra, papel y cera aquello con que podrías ayudar a tu semejante.
III. EXPLICACIÓN DEL CÁNTICO DE ALABANZA DE LOS ÁNGELES.
61 Finalmente debemos tratar también del cántico de los ángeles, que usamos diariamente en nuestro culto: Gloria in excelsis Deo. Hay tres cosas que considerar en este cántico: la gloria a Dios, la paz en la tierra y la buena voluntad para con los hombres. La buena voluntad podría entenderse como la buena voluntad divina que Dios tiene hacia los hombres por medio de Cristo. Pero admitiremos que significa la buena voluntad que se concede a los hombres por medio de este nacimiento, como se expone en las palabras así: «en anthropis eudokia, hominibus beneplacitum».
62 La primera es la gloria a Dios. Así debemos comenzar también nosotros, de modo que en todas las cosas se dé la alabanza y la gloria a Dios como al que hace, da y posee todas las cosas, y que nadie se atribuya nada a sí mismo ni reclame mérito alguno para sí. Pues la gloria no pertenece a nadie sino solo a Dios, y no permite hacerse común al ser compartida por persona alguna.
63 Adán robó la gloria por medio del espíritu malo y se la apropió, de modo que todos los hombres con él han caído en deshonra; este mal está tan hondamente arraigado en toda la humanidad que no hay vicio en ellos tan grande como la vanidad. Cada uno está muy satisfecho de sí mismo y nadie quiere ser nada, y no desean nada; este espíritu de vanidad es la causa de toda aflicción, contienda y guerra en la tierra.
64 Cristo ha devuelto de nuevo la gloria a Dios, al enseñarnos que todo lo que tenemos o podemos hacer no es sino ira y desagrado delante de Dios, para que no seamos jactanciosos ni pagados de nosotros mismos, sino que más bien nos llenemos de temor y vergüenza, de modo que de esta manera nuestra gloria y nuestra propia satisfacción sean quebrantadas, y nos alegremos de librarnos de ellas, para que seamos hallados y preservados en Cristo.
65 La segunda es la paz en la tierra. Pues así como debe haber contienda donde no se halla la gloria de Dios, como dice Salomón, Pr 13:10: «Solamente por la soberbia viene la contienda», así también, donde está la gloria de Dios debe haber paz. ¿Por qué habrían de pelear cuando saben que nada es suyo, sino que todo lo que son, tienen y pueden desear viene de Dios? Lo dejan todo en sus manos y están contentos de tener un Dios tan misericordioso. Sabe que todo lo que pueda tener no es nada delante de Dios; no busca su propia honra, sino que piensa en aquel que es algo delante de Dios, a saber, Cristo.
66 De esto se sigue que donde hay verdaderos cristianos no hay contienda, disputa ni discordia; como dice Isaías en 2:4: «Volverán sus espadas en azadones, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra».
67 Por eso nuestro Señor Cristo es llamado rey de paz y está representado por el rey Salomón, cuyo nombre implica rico en paz, para que interiormente nos dé paz en nuestra conciencia para con Dios por medio de la fe; y exteriormente, para que ejercitemos amor hacia nuestros semejantes, de modo que por medio de él haya paz en todas partes de la tierra.
68 La tercera es la buena voluntad para con los hombres. Por buena voluntad no se entiende la voluntad que hace buenas obras, sino la buena voluntad y paz de corazón, que se somete por igual a todo lo que pueda sobrevenir, sea bueno o malo. Los ángeles sabían muy bien que la paz de que cantaron no se extiende más allá de los cristianos que creen verdaderamente; estos ciertamente tienen paz entre sí. Pero el mundo y el diablo no tienen reproche alguno; no les permiten tener paz, sino que los persiguen hasta la muerte; como dice Cristo, Jn 16:33: «En mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción».
69 Por eso no bastó a los ángeles cantar paz en la tierra; le añadieron la buena voluntad para con los hombres, de modo que se complazcan en todo lo que Dios hace, tengan por sabio y bueno todo el trato de Dios con ellos, y lo alaben y le den gracias por ello. No murmuran, sino que se someten de buen grado a la voluntad de Dios. Además, puesto que saben que Dios, a quien han recibido por la fe en Cristo como Padre misericordioso, todo lo puede, se alegran y regocijan aun bajo la persecución, como dice san Pablo, Ro 5:3: «Nos gloriamos en las tribulaciones». Consideran que todo lo que les sucede es para lo mejor, por la abundante satisfacción que tienen en Cristo.
70 Mira, es tal buena voluntad, complacencia, buena opinión en todas las cosas, sean buenas o malas, la que los ángeles quieren expresar en su cántico; pues donde no hay buena voluntad, la paz no durará mucho. Los incrédulos interpretan todo de la peor manera, siempre agrandan el mal y duplican todo contratiempo. Por eso el trato de Dios con ellos no les agrada, lo querrían distinto, y se cumple lo que está escrito en Sal 18:25-26: «Con el misericordioso te muestras misericordioso, y recto para con el hombre íntegro; limpio te muestras para con el limpio», es decir, quien tiene tal complacencia en todas las cosas que tú haces, en él te complacerás tú y todos los tuyos; «y con el perverso te muestras rígido», es decir, como tú y todo lo que haces no le agrada a él, así él no es agradable a ti ni a todos los tuyos.
71 Acerca de la buena voluntad dice san Pablo: 1 Co 10:33: «Como también yo en todas las cosas agrado a todos». ¿Cómo lo hace? Si estás contento y satisfecho con todo, agradarás a su vez a todos. Es una regla breve: si no quieres agradar a nadie, no te agrades de nadie; si quieres agradar a todos, agrádate de todos; en la medida, sin embargo, en que no violes la Palabra de Dios, pues en ese caso cesa todo agradar y desagradar. Pero lo que pueda omitirse sin violentar la Palabra de Dios, omítase, para que agrades a todos y al mismo tiempo seas fiel a Dios; entonces tienes esta buena voluntad de la que cantan los ángeles.
72 De este cántico podemos aprender qué clase de criaturas son los ángeles. No consideres lo que sueñan de ellos los grandes maestros del arte; aquí todos están pintados de tal manera que su corazón y sus propios pensamientos pueden ser reconocidos. En primer lugar, al cantar gozosamente, atribuyendo la gloria a Dios, muestran cuán llenos están de su luz y fuego, no alabándose a sí mismos, sino reconociendo que todas las cosas pertenecen solo a Dios, de modo que con gran seriedad atribuyen la gloria a aquel a quien pertenece. Por eso, si quieres pensar en un corazón humilde, puro, obediente y gozoso que alaba a Dios, piensa en los ángeles. Este es su primer paso, aquel por el cual sirven a Dios.
73 El segundo es su amor hacia nosotros, como se ha mostrado. Aquí ves qué grandes y bondadosos amigos tenemos en ellos, que nos favorecen no menos que a sí mismos; se regocijan en nuestro bienestar tanto como en el suyo propio, hasta tal punto que en este cántico nos dan un incentivo sumamente consolador para considerarlos los mejores amigos. De este modo entiendes rectamente a los ángeles, no según su ser, que los maestros del arte intentan retratar sin temor, sino según su corazón, espíritu y sentir interior, de modo que, aunque no sé qué son, sé cuál es su principal deseo y su constante obra; por esto miras dentro de su corazón. Esto basta acerca de este evangelio. Lo que significan María, José, Nazaret se explicará en Lc 1.
La armadura de este evangelio.
74 En este evangelio está el fundamento del artículo de nuestra fe cuando decimos: «Creo en Jesucristo, nacido de la virgen María». Aunque el mismo artículo está fundado en diferentes pasajes de la Escritura, sin embargo en ninguno tan claramente como en este. San Marcos no dice más que Cristo tiene una madre; lo mismo ocurre con san Juan, sin decir ninguno nada de su nacimiento. San Mateo dice que nació de María en Belén, pero lo deja en eso, sin proclamar gloriosamente la virginidad de María, como oiremos a su debido tiempo. Pero Lucas lo describe clara y diligentemente.
75 En tiempos antiguos fue proclamado también por patriarcas y profetas; como cuando Dios dice a Abraham, Gn 22:17-18: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra». De nuevo dice a David, Sal 89:3-4 y 132:11: «Juró Jehová a David en verdad, y no se retractará de ello: De tu descendencia pondré sobre tu trono». Pero esas son palabras oscuras en comparación con el evangelio.
76 Asimismo está representado también en muchas figuras, como en la vara de Aarón que floreció de manera sobrenatural, aunque era un trozo de madera seca, Nm 17:8. Así también María, exenta de toda generación natural, dio a luz de manera sobrenatural, real y verdaderamente, un hijo natural, así como la vara produjo almendras naturales y siguió siendo una vara natural. Asimismo por el vellón de Gedeón, Jue 6:37, que fue mojado por el rocío del cielo mientras la tierra alrededor permanecía seca, y muchas figuras semejantes que no es necesario enumerar. Estas figuras tampoco están en conflicto con la fe, sino que más bien la adornan; pues primero debe creerse firmemente antes de que yo pueda creer que la figura sirve para ilustrarla.
77 Hay mucho en este artículo de lo cual, en tiempo de tentación, no quisiéramos ser privados, pues el espíritu malo no ataca nada tan severamente como nuestra fe. Por eso es de la mayor importancia que sepamos dónde en la Palabra de Dios se expone esta fe, y en tiempo de tentación apuntemos a eso, pues el espíritu malo no puede sostenerse contra la Palabra de Dios.
78 Hay también muchas enseñanzas éticas en el evangelio, como por ejemplo la mansedumbre, la paciencia, la pobreza y cosas semejantes; pero estas se tocan lo bastante y no son puntos de controversia, pues son frutos de la fe y de las buenas obras.
Sermón para el Día de Año Nuevo; Lucas 2:21
LA CIRCUNCISIÓN Y LA IMPOSICIÓN DEL NOMBRE, SEGÚN LA COSTUMBRE EN LA CIRCUNCISIÓN.
1 Es costumbre «repartir el Año Nuevo» desde el púlpito en este día, como si no hubiera otras materias útiles y saludables que predicar y fuera necesario presentar tales fábulas inútiles en lugar de la Palabra de Dios, y hacer de un oficio tan serio un juego y una vergüenza. El evangelio nos exige predicar sobre la circuncisión y el nombre de Jesús. ¡Y eso haremos!
I. DE LA CIRCUNCISIÓN DE JESÚS.
2 Preguntemos primero a la mujer sabia, la señora Jezabel, la razón natural: ¿No es un mandamiento necio, ridículo e inútil que Dios exija la circuncisión? ¿No pudo encontrar otro miembro del cuerpo sino este? Si Abraham hubiera seguido aquí a la razón, no habría creído que era Dios quien le pedía esto. Pues a nuestros ojos es algo tan necio que apenas puede haber nada más absurdo. Los judíos tuvieron que soportar por ello gran infamia y deshonra, fueron despreciados por todos y tratados como una abominación. Además, no sirve para nada. ¿Qué provecho hay en que el cuerpo sea mutilado? El hombre no se hace mejor por ello, pues todo depende del alma.
3 Pero tales son todos los mandamientos y obras de Dios, y así deben ser. A nuestros ojos parecen lo más necio, lo más despreciable y lo más inútil, para que la altiva Razón, que se cree lista y sabia, sea avergonzada y cegada, y renuncie a su presunción y se someta a Dios, le dé honra y crea que todo lo que él ordena es lo más útil, lo más honroso y lo más sabio, aunque ella no lo vea y piense de manera muy distinta. Si Dios hubiera dado una señal que le resultara adecuada, y útil, sabia y honrosa a su parecer, ella habría permanecido en su vieja piel, no habría renunciado a su altivez, habría continuado en su costumbre de buscar y amar solo la honra, la ganancia y la sabiduría de la tierra, y así se habría arraigado cada vez más hondo en las cosas mundanas y temporales. Pero ahora que le presenta cosas necias, inútiles y despreciables, la arranca de la búsqueda de la ganancia, la honra y la sabiduría, y le enseña a mirar solo la sabiduría, la honra y la ganancia invisibles y divinas, y por causa de ellas a soportar de buena gana la falta de honra, ganancia y sabiduría temporales, y a ser necia, pobre, inútil y despreciada por amor a Dios. Por tanto, a Dios no le importaba la circuncisión, sino la humillación de la naturaleza y de la razón soberbias.
4 Así también tenemos en el Nuevo Testamento el bautismo, para que seamos sepultados en el agua y creamos que por él somos limpiados de los pecados y salvados; también que el cuerpo de Cristo está en el pan del altar; también que adoramos como Señor y Dios al hombre crucificado. Todo esto está inmensamente por encima de la razón y en contra de ella. Así, las obras y las palabras de Dios son todas contrarias a la razón, y esta, a su vez, es también contraria a Dios y retrocede ante la señal que es contradicha. Ante los hombres fue un discurso muy necio cuando Noé construyó el arca y dijo que el mundo sería inundado. Así también Lot debió de parecer un necio cuando dijo que Sodoma y Gomorra perecerían. Moisés y Aarón eran necios ante el rey Faraón. En suma, la Palabra de Dios y sus predicadores tienen que ser necios, como dice san Pablo en 1 Co 1:21. En todo esto Dios no busca sino esta humildad: que el hombre lleve cautiva su razón y se sujete a la verdad divina. Abraham y su descendencia recibieron el necio rito de la circuncisión para que por él dieran gloria a Dios y le permitieran a él solo ser sabio.
5 Ahora bien, la circuncisión era una marca externa por la cual el pueblo de Dios se distinguía de las demás naciones; así como vemos que todo príncipe da a su pueblo y a su ejército su estandarte y su contraseña, por los cuales se reconocen entre sí y por los cuales los extranjeros pueden saber a qué señor pertenecen. Así Dios nunca ha dejado a su pueblo sin tal señal o contraseña, por la cual se pueda saber exteriormente en el mundo dónde se encuentra su pueblo. A los judíos se les reconoce por la circuncisión: esa era su marca divina. Nuestra marca es el bautismo y el cuerpo de Cristo. Por eso los antiguos padres llamaban a estas señales characteres, symbola, tesseras, es decir, contraseñas o estandartes, lo que ahora llamamos sacramentos, es decir, señales sagradas. Pues donde hay bautismo, allí ciertamente hay cristianos, estén donde estén en el mundo. No importa que no estén bajo el papa, como él pretende; pues él quisiera hacerse a sí mismo un sacramento y una contraseña cristiana.
6 Baste esto sobre la razón temporal de la circuncisión. Veamos ahora también la razón espiritual y su significado. Primero: ¿por qué no mandó circuncidar un dedo, una mano, un pie, una oreja o un ojo, o algún otro miembro? ¿Por qué eligió justamente el que en la vida humana no sirve para ningún trabajo ni oficio y que Dios creó para el nacimiento natural y la multiplicación? Si se trataba de cortar el mal, ciertamente la mano o la lengua, entre todos los miembros, debían haber sido circuncidadas; pues por la lengua y las manos se comete toda maldad entre los hombres.
7 Se dice que fue por esta razón: que el mal deseo se manifiesta sobre todo en este miembro del cuerpo; por lo cual también Adán y Eva sintieron allí la desobediencia de su carne y buscaron con qué cubrir su desnudez. Todo eso es verdad; pero además significa, como solemos decir, que Dios no condena ni salva a la persona por sus obras, sino a las obras por la persona. Así, nuestra falta no está en las obras, sino en nuestra naturaleza. La persona, la naturaleza y toda la existencia están corrompidas en nosotros por la caída de Adán. Por eso ninguna obra puede ser buena en nosotros hasta que nuestra naturaleza y nuestra vida personal sean cambiadas y renovadas. El árbol no es bueno, por eso sus frutos son malos.
8 Así Dios ha enseñado aquí a todos que nadie puede llegar a ser justo por obras ni por leyes, y que todas las obras y esfuerzos por llegar a ser justo y ser salvo son en vano mientras la naturaleza y la persona no sean renovadas. Ves ahora que, si hubiera mandado circuncidar la mano o la lengua, esto habría sido una señal de que la falta que había que cambiar estaba en las palabras o en las obras; de que él era favorable a la naturaleza y a la persona, y solo aborrecía las palabras y las obras. Pero ahora, al elegir aquel miembro que no tiene más obra que la de que por él surjan la naturaleza y la existencia personal, da claramente a entender que la falta está en todo el estado de la naturaleza, que su nacimiento y su origen son corrompidos y son pecado. Este es el pecado original, o el pecado de la naturaleza, o el pecado de la persona, el verdadero pecado principal. Si este no existiera, tampoco habría pecado actual alguno. Este pecado no se hace, como todos los demás pecados; sino que existe, vive y hace todos los pecados, y es el pecado esencial, que peca no por una hora ni por una temporada, sino dondequiera y mientras la persona exista.
9 Dios mira solo este pecado de la naturaleza. Este no puede ser desarraigado por ninguna ley, por ningún castigo, aunque hubiera mil infiernos; solo la gracia de Dios, que hace pura y nueva la naturaleza, debe limpiarlo. La ley solo lo manifiesta y enseña a reconocerlo, pero no salva de él; la ley refrena solamente la mano o el miembro, no puede impedir que la persona y la naturaleza sean pecadoras; pues en el nacimiento la naturaleza se ha anticipado ya a la ley y se ha hecho pecado antes de que la ley pudiera prohibirlo. Así como no está en el poder humano nacer ni recibir la existencia natural, tampoco está en su poder estar sin pecado ni escapar de él. El que nos ha creado, solo él debe quitarlo. Por eso primero da la ley, por la cual el hombre reconoce este pecado y tiene sed de gracia; luego da también el evangelio y lo salva.
10 En segundo lugar: ¿por qué manda circuncidar solo a los varones, cuando la naturaleza y el nacimiento atañen también a la mujer? El profeta se queja también más de la madre que del padre, cuando dice en Sal 51:5: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre». Fue ciertamente por causa de Cristo y de su madre, porque él había de venir, y porque era posible que un hombre y una persona naturales nacieran de una mujer sin pecado y sin trato natural. Pero en toda concepción de varón, peca el varón lo mismo que la mujer, y el pecado de ambos lados no puede evitarse. Por eso Cristo no quiso ser concebido de varón, para que su madre tampoco tuviera la necesidad de pecar y de concebirlo en pecado. Por eso se sirvió de su carne y cuerpo de mujer para el nacimiento natural, pero no para la concepción natural, y fue concebido y nació verdadero hombre sin pecado. Como, pues, es posible que de una mujer se derive un nacimiento, una naturaleza y una persona puros e inocentes, pero de un varón solo un nacimiento, una naturaleza y una persona pecadores, la circuncisión se impuso solo a los varones, para significar que todo nacimiento de varón es pecaminoso y condenado, y requiere circuncisión y cambio; pero que un nacimiento derivado solo de una mujer sin varón es inocente y no condenado, y no requiere circuncisión ni cambio. Y aquí puede aplicarse lo que escribe Juan en Jn 1:12-13: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios», entendiendo que «voluntad de varón» se refiere al nacimiento de varón. Si fuera posible ahora que más mujeres dieran a luz sin varones, estos nacimientos serían totalmente puros y santos; pero esto ha sido reservado para esta única madre.
11 En tercer lugar: ¿por qué era necesario hacerlo al octavo día? Aquí se indica de nuevo el pecado de la naturaleza. Pues el pobre niño no tiene pecado actual propio; y sin embargo debe ser circuncidado y tomar la señal de purificación del pecado. Si hubiera mandado circuncidar después de ocho años, se podría decir que se hacía por los pecados cometidos y para evitar los futuros. Pero al mandar circuncidar al octavo día excluye ambas ideas, que se haga por pecados cometidos o por causa de los futuros; sin duda porque un pecado mayor que cualquier pecado actual nace y está arraigado en la naturaleza humana.
12 Pero aquí podría objetarse que Abraham, sus siervos y su casa fueron circuncidados ya adultos y ancianos, Gn 17:23; por tanto la circuncisión podría significar pecados actuales cometidos. La respuesta es: la Escritura se anticipa y suprime la idea de que Abraham fue justificado por la circuncisión, pues ya estaba justificado de sus pecados cuando recibió la circuncisión; porque está escrito en Gn 15:6 que fue hecho justo por su fe antes de su circuncisión, cuando tenía ochenta años o poco más, y recibió la circuncisión a los noventa y nueve; de modo que la circuncisión fue instituida casi veinte años después de su justificación. De aquí san Pablo, en Ro 4:11, concluye contra los judíos que no la circuncisión, sino la fe sin circuncisión justifica, como lo muestra de modo concluyente el ejemplo de Abraham. Por tanto, la circuncisión no es un despojarse del pecado, sino una señal de tal despojo, que se cumple solo por la fe, como sucedió con Abraham. Por eso exige, como en Abraham, así en todos los hombres, la fe, que quita el pecado de la naturaleza y hace a la persona justa y aceptada.
13 Si la fe de Abraham no se hubiera descrito antes de su circuncisión, habría sido una señal cierta de pecado original en él, como lo es en el caso de los niños, cuya fe no se describe de antemano. Las Escrituras lo han dispuesto así: que Abraham primero creyó y después fue circuncidado, y otros primero fueron circuncidados y después creyeron, para que ambas verdades se sostuvieran: primero, que la circuncisión es solo una señal de la justificación y nadie es justificado por ella; segundo, que la fe justifica sola, sin la cooperación de la circuncisión; y así la fe y su señal quedan claramente distinguidas, para confusión de la justicia que confía en las obras.
14 Quizá el octavo día se fijó también por razones corporales, para que el niño primero se fortaleciera, no fuera a parecer que había muerto por la circuncisión, si se le circuncidaba justo después de nacer y moría de debilidad.
15 Pero el significado espiritual es de mayor importancia. Los siete días significan el tiempo de este mundo hasta el último día, porque el tiempo presente se mide por la semana o siete días descritos en Gn 1. El octavo día es el último día después del tiempo presente, cuando cesarán las semanas, los meses y los años, y solo habrá un día eterno. Ese día se cumplirá la circuncisión, cuando no solo el alma, sino también el cuerpo, será redimido del pecado, de la muerte y de toda impureza, y resplandecerá como el sol. Entretanto el alma es circuncidada del pecado y de la mala conciencia por la fe.
16 Vemos así que las Escrituras en todas partes urgen a la fe, pero solo a la fe en Cristo. Por eso la circuncisión no fue dada por la ley de Moisés, ni a los padres antes de Abraham, sino a Abraham, a quien fue prometido Cristo, su descendencia, para bendición, de modo que la circuncisión corporal estuviera en todo de acuerdo con la circuncisión espiritual.
17 ¿Por qué ha cesado, pues, si esa misma fe en Cristo, a la que señala, permanece todavía? La respuesta es: Dios ha mantenido siempre, desde el principio del mundo hasta el fin, una sola fe en Cristo; pero no ha dado una sola señal de ella. Si permanecieran todas las señales que se refieren a la fe, ¿quién podría guardarlas? Pero como la fe es interior e invisible, Dios la ha prefigurado a los hombres con muchas señales externas, para que fueran incitados a creer como por muchos ejemplos, y ha permitido que cada una continuara durante su tiempo. ¡Cuántas señales hizo Moisés solo en Egipto y en el desierto, que todas pasaron y duraron su tiempo, y sin embargo todas eran señales de la fe! Así, cuando Dios prometió a Abraham las bendiciones en su descendencia y le dio una señal de ello, a saber, la circuncisión, esta no podía subsistir en virtud de esa promesa más tiempo que el cumplimiento de la promesa. Pero cuando vino Cristo, la descendencia bendita, la promesa quedó terminada y cumplida; ya no había que esperarla. Por tanto, también la señal necesariamente quedó terminada y cumplida; ¿por qué habría de continuar más tiempo, si la promesa de la que dependía había terminado? Pero lo que ella significaba, la fe, permanece siempre, ya sea que la promesa con su señal pase o permanezca.
18 Sin embargo, la circuncisión no ha sido abolida de manera que sea pecado circuncidarse, como sostienen san Jerónimo y muchos otros; sino que ha quedado libre. Si alguien quiere, puede circuncidarse o no circuncidarse, con tal de que no obre con la opinión de que es necesario y mandado, o de que la promesa de Dios a Abraham no está cumplida y ha de esperarse todavía. Porque la fe no puede soportar ninguna de estas opiniones. Por tanto, no depende de la obra, sino de la imaginación y la opinión de quien hace la obra. Si alguien se circuncidara con la misma opinión con que se corta el cabello, la barba o la piel, por amor y servicio a otro, no cometería pecado; porque lo haría no atado por la ley ni por la necesidad de la justificación, ni contra la promesa cumplida de Dios, sino por libre voluntad y elección propia, ya que la promesa está cumplida y la señal unida a ella ha terminado.
19 Además, Dios nunca ha tenido la costumbre de establecer de nuevo una señal cuando una vez ha llegado a su fin, sino que siempre ha instituido otras señales nuevas. Así, después del cumplimiento de su promesa, tras la venida de Cristo, instituyó para la descendencia de Abraham otra señal nueva, a saber, el bautismo. Esta es ciertamente la última señal que se ha de instituir antes del último día, porque la instituyó en persona. Con todo, la misma fe en Cristo que estaba en Abraham permanece siempre; pues no conoce ni día ni noche, ni ninguna transformación exterior. Este bautismo tiene el mismo significado que la circuncisión, como se mostrará a su debido tiempo.
II. LA IMPOSICIÓN DEL NOMBRE DE JESÚS, SEGÚN LA COSTUMBRE EN LA CIRCUNCISIÓN.
20 Por último, era costumbre dar al niño su nombre en la circuncisión, como vemos aquí y en el caso de Juan el Bautista, a quien también se le dio su nombre en su circuncisión. Sin embargo, así como Cristo no estaba obligado a ser circuncidado y esta señal estaba vacía en su caso, así también su nombre le había sido dado antes por el ángel, de modo que no lo obtuvo por la circuncisión. Esto se hizo y está escrito para que él fuera enteramente libre de la ley y del pecado por encima de todos los demás hombres, y nos sirviera solo sometiéndose a la ley y haciéndose semejante a nosotros para redimirnos de ella, como dijo san Pablo en la última epístola: «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley», Gá 4:4-5.
21 Pues cuando la muerte cayó sobre él y lo mató, sin tener derecho ni causa contra él, y él se sometió voluntaria e inocentemente y se dejó matar, la muerte quedó en deuda con él, le hizo agravio y pecó contra él, y se puso por completo en evidencia, de modo que Cristo tiene un reclamo legítimo contra ella. Ahora bien, el agravio del que la muerte se hizo culpable respecto a él es tan grande que la muerte jamás podrá pagarlo ni expiarlo. Por eso debe estar sujeta a Cristo y en su poder para siempre; y así la muerte es vencida y muerta en Cristo. Cristo no hizo esto para sí mismo, sino para nosotros, y nos ha otorgado en el bautismo esta victoria sobre la muerte. Por eso todos los que creen en Cristo deben ser también señores sobre la muerte, y la muerte debe ser su súbdita, más aún, su criminal, a quien han de juzgar y ejecutar; como lo hacen cuando mueren y en el último día. Pues por el don de Cristo la muerte se ha hecho culpable también ante todos los que han recibido este don de Cristo. ¡Mira, esta es la dulce y gozosa redención de la muerte por medio de Cristo; estas son las victorias espirituales de Josué sobre los paganos de Canaán, en especial sobre los cinco reyes, sobre cuyos cuellos los príncipes de Israel pusieron sus pies por mandato suyo, Jos 10.
22 Así también la circuncisión hizo agravio a Cristo, pues él no estaba sujeto a ella. Por eso está justamente sujeta a él y él tiene poder sobre ella, la ha vencido y nos ha concedido que deba cesar y ha perdido su derecho sobre los que creen en Cristo. Nos ha librado de la circuncisión solo sometiéndose a ella inocentemente y otorgándonos su derecho contra ella.
23 Mira, esto es poner a Cristo bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo ella, Gá 4:5. Además, se ha sometido a todas las demás leyes, a ninguna de las cuales estaba obligado, siendo Señor y Dios sobre todo. Por eso todas han caído en su poder, le han hecho agravio y ahora deben justamente estarle sujetas.
24 Todo esto nos lo ha dado también a nosotros. Por tanto, si creemos en Cristo, y la ley quisiera castigarnos como pecadores, y la muerte insistiera en ello y tratara de arrastrar al infierno a la conciencia miserable; y si entonces tú les presentas a su vez su pecado y el agravio que han hecho a Cristo, tu Señor, ¿no crees que también ellas serán avergonzadas y te temerán más de lo que tú las temes a ellas? La muerte sentirá su culpa y huirá con deshonra; la ley se verá obligada a renunciar a su terror y a sonreír amistosamente a Cristo. De esta manera el pecado debe ser desterrado por el pecado. Los pecados que han cometido contra Cristo y ahora también contra ti por causa de tu fe son mayores que los que tú has cometido contra ellas. En este caso Dios, el Juez justo, no permitirá que un gran ladrón ahorque a uno pequeño; al contrario, si el grande ha de quedar libre, con mayor razón debe quedar libre el pequeño. De esto dice san Pablo en 1 Co 15:55-57: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ... ya que el aguijón de la muerte es el pecado ... Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo»; «sorbida es la muerte en victoria». ¿No es esta, mira, una redención preciosa de la ley por medio de aquel que inocentemente se sometió a la ley?
25 ¡Alabado sea Dios, qué cosa tan sumamente rica y poderosa es la fe! Hace del hombre un dios, para quien nada es imposible, como dice Cristo en Mr 9:23: «Si puedes creer, al que cree todo le es posible». Por eso también se dice en Sal 82:6: «Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo».
26 Su nombre se llama con razón en este día Jesús, que se interpreta Salvador; pues llamamos salvador al que salva, redime, trae salvación y es de ayuda para todos; a este el idioma hebreo lo llama Jesús. Así habló el ángel Gabriel a José en sueños, Mt 1:21: «Dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Aquí el mismo ángel explica por qué se llama Salvador, Jesús, a saber, porque es ayuda y salvación para su pueblo. Hemos oído ya cómo sucede esto por la fe, a la cual él da todo su derecho y posesión que tiene sobre el pecado, la muerte y la ley. La hace justa, libre y bienaventurada.
27 Ahora bien, así como la circuncisión significa nuestra fe, como hemos oído, así la imposición del nombre a los niños significa que por la fe tenemos un nombre y somos conocidos ante Dios. Pues Dios no conoce a ninguno de los que no creen, como se dice en Sal 1:6: «Porque Jehová conoce el camino de los justos; mas la senda de los malos perecerá». Y en Mt 25:12: «De cierto os digo, que no os conozco». ¿Cuál es, pues, nuestro nombre? Sin duda, así como Cristo nos da todo lo que es suyo, así también nos da su nombre; por eso todos nos llamamos cristianos por él, todos hijos de Dios por él, todos Jesuses por él, todos Salvador por él, y cualquiera que sea su nombre, ese es también el nuestro; como escribe san Pablo en Ro 8:24: «En esperanza fuimos salvos», pues ustedes son Jesuses o Salvadores. ¡Mira, pues, que no hay medida para la dignidad y la honra de un cristiano! Estas son las riquezas sobreabundantes de su bondad, que derrama sobre nosotros, para que nuestro corazón esté libre, gozoso, en paz y sin temor, y guarde la ley de buena voluntad y con alegría. Amén.
Sermón para el domingo después de Navidad; Lucas 2:33-40
1 Es muy probable que la epístola de hoy haya sido escogida por un puro malentendido, pues quien la asignó a este domingo pensó probablemente que se refiere a Cristo niño, porque habla de un joven heredero que es señor de todo. Muchas otras epístolas y evangelios han sido escogidos para días inapropiados por malentendidos semejantes. Sin embargo, nada depende del orden de la selección; da lo mismo lo que se predique en las diferentes épocas, con tal de que se conserve el sentido correcto. Así, los hechos de este evangelio ocurrieron el día de la Candelaria, cuando María llevó al niño al templo, y sin embargo se lee en este domingo. Menciono todo esto para que nadie se confunda por el orden cronológico ni se vea impedido de entender correctamente el evangelio. Lo dividiremos en dos partes: la una trata de Simeón, y la otra, de Ana. Es en verdad un evangelio rico y bien ordenado: primero, el hombre Simeón; segundo, la mujer Ana, ambos ancianos y santos.
I. DE SIMEÓN.
V.33. Y José y su madre estaban maravillados de todas las cosas que de él se decían.
2 ¿Cuáles son esas cosas maravillosas que se decían de él? Son las cosas de las que san Simeón había hablado inmediatamente antes, cuando en el templo tomó al niño Jesús en sus brazos y dijo: «Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel». De estas cosas, dice san Lucas, se maravillaban: a saber, de que este anciano santo estuviera allí delante de ellos en el templo, tomara al niño en sus brazos y hablara de él con tanto júbilo, llamándolo la luz del mundo, Salvador de todas las naciones, gloria de todo el pueblo de Israel; y de que Simeón mismo tuviera de él una opinión tan alta que ahora deseaba partir de esta vida después de haber visto al niño.
3 Ahora bien, ciertamente debe causar asombro que Simeón proclamara abiertamente tales cosas en aquel lugar público y sagrado acerca de aquel niño pobre e insignificante, cuya madre era tan humilde y sencilla y cuyo padre José no era rico. ¿Cómo podía considerarse a tal niño el Salvador de todos los hombres, la luz de los gentiles y la gloria y honra de todo Israel? Ahora, después de tantas pruebas de la grandeza de Cristo, estas palabras ya no nos parecen tan maravillosas; pero entonces, cuando aún no se sabía nada de Jesús, eran en verdad asombrosas, y este humilde niño era muy distinto del ser grande y poderoso que describía Simeón. Pero José y María lo creyeron a pesar de todo, y precisamente por eso se maravillaban. Si no lo hubieran creído, las palabras de Simeón les habrían parecido insignificantes, falsas y sin valor, y nada maravillosas. Por tanto, el hecho de que se maravillaran muestra que José y María poseían una fe fuerte y sublime.
4 Pero alguien podría decir: ¿por qué, entonces, se maravillan de esto? ¿No les habían dicho antes los ángeles que este niño era Cristo y el Salvador, y no habían dicho también los pastores cosas gloriosas acerca de él? Era también muy maravilloso que los reyes o sabios hubieran venido de tierras lejanas a adorarlo con sus ofrendas. María sabía bien que lo había concebido del Espíritu Santo y que su nacimiento había sido acompañado de sucesos maravillosos. Además, el ángel Gabriel había dicho que sería grande y sería llamado Hijo del Altísimo. En suma, todos los sucesos anteriores habían sido maravillosos hasta este momento; ahora no ocurre nada maravilloso, sino que solo se anuncian y proclaman acerca de él cosas que no han sucedido y que aún no se ven.
5 Me parece que en este caso no hace falta buscar muy lejos una explicación. El evangelista no niega que también antes se hubieran maravillado. Simplemente quiere relatar aquí lo que hicieron cuando san Simeón dijo cosas tan gloriosas acerca del niño. Quiere decir: cuando san Simeón habló así, los padres del niño no despreciaron sus palabras, sino que las creyeron firmemente. Por eso se quedaron, lo escucharon y se maravillaron de sus declaraciones; ¿qué más podían hacer? Así, aquí no se niega que antes se hubieran maravillado igual, si no más.
6 Más adelante indagaremos el significado espiritual de este asombro; ahora nos ocupa el sentido literal, que sirve de ejemplo de nuestra fe y nos enseña cuán maravillosas son las obras de Dios para con nosotros; porque el fin es muy distinto del principio. El principio no es nada, el fin lo es todo; así como aquí el niño Cristo parece muy insignificante, y sin embargo llegó a ser finalmente el Salvador y la luz de todas las naciones.
7 Si José y María hubieran juzgado según las apariencias externas, habrían considerado a Cristo nada más que un niño pobre. Pero pasan por alto la apariencia externa y se aferran a las palabras de Simeón con fe firme; por eso se maravillan de su discurso. Así también nosotros debemos prescindir de todos los sentidos al contemplar las obras de Dios y aferrarnos solo a sus palabras, para que nuestros ojos y nuestros sentidos no nos hagan tropezar.
8 El hecho de que se maravillaran de las palabras de Simeón se menciona también para enseñarnos que la Palabra de Dios nunca se predica en vano, como leemos en Is 55:11: «Así será mi palabra que sale de mi boca» (es decir, de la boca de los mensajeros de Dios): «No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié». Así el evangelista quiere decir que Simeón pronunció un sermón cálido y hermoso, predicando el puro evangelio y la Palabra de Dios. Pues el evangelio no es sino un sermón cuyo tema es Cristo, que lo declara Salvador, luz y gloria de todo el mundo. Tal predicación llena el corazón de gozo y de asombro ante esta gran gracia y consuelo, si se recibe con fe.
9 Pero aunque este sermón fue muy hermoso y consolador, solo unos pocos creyeron; más aún, la gente lo despreció como una necedad, yendo de aquí para allá en el templo. Unos oraban, otros hacían otra cosa, pero no prestaban atención a las palabras de Simeón. Sin embargo, como la Palabra de Dios debe producir resultados, hubo algunos que la recibieron con gozo y asombro, a saber, José y María. El evangelista reprende aquí también la incredulidad de los judíos, pues como esto ocurrió públicamente en el templo, había muchos presentes, y sin embargo no quisieron creer, porque el hecho de que el Salvador fuera solo un niño los hacía tropezar a todos. Así aprendemos aquí que debemos oír con gusto la Palabra de Dios, pues invariablemente producirá buenos frutos.
El significado espiritual de este evangelio acerca de Simeón.
10 Esto nos lleva al significado espiritual de este asombro de José y María. El templo es morada de Dios y por eso significa todo lugar donde Dios está presente. Entre otras cosas significa también las Sagradas Escrituras, donde se puede hallar a Dios como en su propio lugar. Llevar a Cristo al templo no significa otra cosa que seguir el ejemplo de las personas mencionadas en Hch 17:11. Después de haber recibido la Palabra con toda solicitud, escudriñaban cada día las Escrituras para ver si las cosas eran así.
11 Ahora bien, hallamos en este mismo templo a Simeón, que en su persona representa a todos los profetas llenos del Espíritu Santo, tal como dice san Lucas de Simeón. Ellos han hablado y escrito movidos por el Espíritu Santo y han esperado la venida de Cristo, igual que Simeón. No han cesado de hacerlo hasta que Cristo vino, como dice san Pedro en Hch 3:24 que todos los profetas han hablado de estos días de Cristo. Y Cristo mismo dice en Mt 11:13 que todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan, es decir, hasta el bautismo de Cristo, cuando comenzó a mostrarse como el Salvador y la luz de todo el mundo.
12 Todo esto está significado por Simeón, que no había de morir sin haber visto a Cristo. Por eso se llama Simeón, que significa «el que oye», porque los profetas solo habían oído hablar de Cristo como de aquel que aún no había nacido y vendría después de ellos. Por eso, teniéndolo, por así decir, tras de sí, lo oían. Ahora bien, si entramos así en el templo con Cristo y los evangelios y contemplamos las Escrituras, todos los dichos de los profetas le son tan amables, lo toman, por así decir, en sus brazos, y declaran todos con gran gozo: Este es en verdad el Hombre de quien hemos hablado, y ahora nuestras declaraciones acerca de él han llegado a su meta en paz y gozo. Y ahora comienzan a dar los más hermosos testimonios acerca de él, como Cristo, el Salvador, la luz, el consuelo y la gloria de Israel; y todo esto lo declara y anuncia aquí Simeón acerca de él. De esto habla san Pablo en Ro 1:2, donde dice que Dios prometió el evangelio antes por sus profetas en las Santas Escrituras; lo cual nos muestra lo que significan Simeón y el templo. Nos remitimos también a Ro 3:21: «Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas», y también a las palabras de Cristo en Jn 5:39: «Escudriñáis las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí»; y en el v. 46: «Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí; porque de mí escribió él». Esto podría probarse con ejemplos, pero aquí no tenemos tiempo. De la epístola y el evangelio de Navidad hemos visto qué hermosos y muy apropiados testimonios reunieron los apóstoles de la Sagrada Escritura. Lo hemos tratado también al explicar el evangelio de Navidad, cuando hablamos de los pañales en que fue envuelto el niño.
13 Por ahora puede bastar la profecía de Moisés, que hallamos en Dt 18:15 y que citan los apóstoles en Hch 3:22 y 7:37, y en muchos otros lugares, y que dice así: «Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis». Aquí Moisés declara que el pueblo ya no lo oirá a él, y que su enseñanza terminará cuando aparezca este profeta, Cristo, a quien desde entonces deberán oír. Esto demuestra también que Cristo había de ser luz y Salvador después de Moisés, y sin duda mejor que Moisés; pues de otro modo Moisés no habría declarado que su enseñanza y su guía terminarían, sino que continuarían junto con las de Cristo. También dice Isaías, 28:16: «He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure». Mira cuán hermosamente concuerdan estos y otros pasajes de la Santa Escritura con el evangelio, declarando de Cristo lo que los apóstoles predicaron acerca de él y lo que proclaman continuamente todas las Santas Escrituras.
14 Por eso Simeón tenía que ser un anciano, para representar completa y adecuadamente a los profetas antiguos. No toma al niño en sus manos ni en su regazo, sino en sus brazos. Hay en esto un sentido más profundo, pero baste decir ahora que las profecías y los pasajes de las Escrituras no guardan a Cristo para sí, sino que lo exhiben y ofrecen a todos, así como hacemos con las cosas que llevamos en los brazos. San Pablo se refiere a esto en Ro 4:23 y 15:4, cuando dice que todo fue escrito no por causa de ellos, sino para nuestra enseñanza. Y en 1 P 1:12 leemos que los profetas no se servían a sí mismos, sino a nosotros, en estas cosas que nos han sido anunciadas.
15 Por eso san Lucas no dice que José y María se maravillaban de las palabras de Simeón, sino «de todas las cosas que de él se decían». Pasa en silencio el nombre de Simeón, apartando deliberadamente nuestra atención de Simeón hacia este significado espiritual, para que así entendamos los dichos de la Escritura.
16 Solo su padre y su madre se maravillaban de estas cosas. Es notable que el evangelista no mencione aquí los nombres de José y María, sino que los llame padre y madre, no dando así ocasión para señalar el significado espiritual. ¿A quiénes se entiende por el padre y la madre espirituales de Cristo? Él mismo menciona a su madre espiritual en Mr 3:34-35 y Lc 8:21: «Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre». San Pablo se llama a sí mismo padre en 1 Co 4:15: «Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio». Es claro, por tanto, que la iglesia cristiana, es decir, todos los que creen, es la madre espiritual de Cristo, y todos los apóstoles y maestros del pueblo que predican el evangelio son su padre espiritual. Cada vez que se crea la fe en un hombre, Cristo nace de nuevo en él. Estas son las personas que se maravillan de los dichos de los profetas; pues cuán hermosa y precisamente se aplican estos a Cristo y cuán gloriosamente hablan de él, demostrando de manera magistral la verdad de todo el evangelio. No hay mayor deleite en esta vida que percibir y experimentar esto al leer las Escrituras.
17 Pero la gran multitud de los incrédulos desprecia a este Simeón, se burla de él y tergiversa sus palabras como las de un necio, y continúa sus payasadas y bufonadas en el templo, y hasta levanta allí ídolos y el altar de Damasco, como el rey Acab, 1 R 16:32-33. Estos son los que tergiversan a placer las Escrituras y las desacreditan; las juzgan según su entendimiento humano y elevan a su ídolo favorito, la razón, haciendo así de las Escrituras una doctrina de obras y de leyes humanas. Finalmente profanan y destruyen por completo este templo de las Escrituras y practican en él su pecado y su vergüenza, como el papa con sus decretos y las grandes sedes del saber con su devoción a Aristóteles han hecho y siguen haciendo. Al mismo tiempo son muy devotos y consagran muchas iglesias, capillas y altares de madera y de piedra, muestran su indignación contra los turcos que profanan y destruyen estas iglesias, y creen que Dios debe recompensarlos por profanar y devastar diez mil veces peor su preciosísimo templo, que es inmensamente mejor y eterno. Son un pueblo ciego, loco y torpe; déjenlos ir en su ceguera a la perdición eterna.
18 Algunas personas sencillas podrían sorprenderse de que Lucas llame a José padre de Cristo, a pesar de que María era virgen. Pero habla así según la costumbre que prevalecía entre el pueblo y conforme a la tradición de la ley, según la cual a los padrastros también se les llamaba padres, lo cual es en verdad la costumbre general en todas partes y siempre. Además, a José se le llama con propiedad su padre, porque era el esposo prometido de su madre. El evangelista tuvo razón suficiente para hablar así, pues antes había escrito muy claramente acerca de la virginidad de María, de modo que probablemente pensó que nadie tendría la impresión de que José era el verdadero padre de Cristo. Como, por consiguiente, no había peligro, por las precauciones que había tomado, pudo escribir de esta manera sin reserva alguna. Pues la narración anterior nos convence abundantemente de que María era su verdadera madre y José era su verdadero padre solo en el sentido convencional de la palabra; y así es verdad que tuvo padre y madre.
Lucas 2:34-35
V.34. Y los bendijo Simeón.
19 Esta bendición no significa otra cosa sino que les deseó felicidad y gozo, honra y toda prosperidad. Lucas relata que no bendijo solo al niño, sino a cada uno de ellos: al niño, a su padre y a su madre.
20 Esta bendición parece una cosa inútil y trivial, pues la gente suele hacerlo y desearse mutuamente todo lo bueno. Pero bendecir a Cristo y a sus padres es una obra grande y excepcional, por la razón de que Cristo y nuestra naturaleza son enteramente opuestos entre sí. Cristo condena todo lo que el mundo elige, nos da la cruz para llevarla y sufrir todo mal, priva a este mundo de todos sus placeres, posesiones y honras, y enseña que los hombres se ocupan de cosas enteramente necias y pecaminosas. Y mira, nadie querrá ni podrá aceptar esto de él. Entonces empiezan a execrar, blasfemar y perseguir a Cristo y a todos sus discípulos, y solo hay unos pocos Simeones que lo bendicen; pero el mundo entero está lleno de los que lo maldicen y le desean todo mal, deshonra y desgracia. Pues quien no está dispuesto a despreciar de buena gana todas las cosas y a sufrirlo todo, no bendecirá ni alabará a Cristo por mucho tiempo, sino que pronto tropezará.
21 Hay ciertamente algunos que lo alaban, porque hace lo que ellos desean y los deja como están. Pero entonces no es Cristo y no hace con ellos las obras de Cristo, sino que es lo que ellos son y desean. Cuando, en cambio, empieza a ser Cristo para ellos y se les exige abandonar sus obras y dejarlo a él solo morar en ellos, no hay sino huida, blasfemia y execración.
22 Hay también algunos que creen que, si vieran ante sí al niño Cristo con su madre, como Simeón, también ellos lo bendecirían gozosamente. Pero mienten; pues su niñez, su pobreza y su apariencia despreciable ciertamente los harían tropezar. Lo prueban al no hacer caso, aborrecer y perseguir tal pobreza y humilde apariencia en los miembros de Cristo, cuando aún podrían hallar cada día entre ellos a Cristo, su cabeza. Si ahora rehúyen la cruz y odian su apariencia despreciable, ciertamente harían lo mismo si todavía lo vieran con sus ojos. ¿Por qué no muestran tal honra a los pobres? ¿Por qué no quieren honrar la verdad? Pero Simeón era de otro parecer. Las apariencias externas no lo hicieron tropezar; al contrario, confesó que el Salvador había de ser una señal contradicha, y se complace en que Cristo rechace la apariencia de grandeza mundana y muestre la cruz. Por eso no bendice a Cristo solo, sino también a sus miembros, el padre y la madre.
23 Así Simeón, como predicador y amante de la cruz y enemigo del mundo, al bendecir al niño dio un ejemplo notable de exaltar y honrar a Cristo, que entonces era despreciado, maldecido y rechazado en su propia persona, y ahora es tratado de la misma manera en sus miembros, que por su causa soportan pobreza, deshonra, muerte y toda ignominia. Sin embargo, nadie acudirá en su auxilio, los recibirá y los bendecirá, sino que la gente quiere ser cristianos piadosos orando y ayunando, con legados y buenas obras.
El significado de la bendición sobre la madre y el padre de Cristo.
24 Explicando esto en sentido figurado, hallamos que el Cristo espiritual, o su padre y madre espirituales, es decir, la iglesia cristiana con sus apóstoles y seguidores, está sometida en la tierra a toda ignominia, hecha como la basura del mundo, el desecho de todos, como dice san Pablo en 1 Co 4:13. Por eso es ciertamente necesario que reciban bendición y consuelo de otra fuente, de Simeón en el templo, es decir, de los profetas en la Santa Escritura, como dice san Pablo en Ro 15:4: «Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza».
25 Por tanto, un cristiano no debe imaginarse ni procurar que lo alaben y bendigan las gentes de este mundo. No, ya está decidido que debe esperar oprobio y desprecio y sometérsele de buena gana. Solo puede esperar bendición de Simeón en el templo. Las Escrituras son nuestro consuelo, que alaban y bendicen a todos los que son vituperados por el mundo por causa de Cristo. Esta es toda la enseñanza del Salmo 37, también del Salmo 9 y de muchos otros, que nos dicen que Dios rescatará a todos los que sufren en este mundo. Así escribe Moisés en Gn 4:9 que Dios cuida tanto del piadoso Abel después de su muerte que, sin habérselo pedido, se mueve a la venganza solo por su sangre, haciendo más por él después de su muerte que mientras vivía. Esto muestra que no puede abandonar ni siquiera a los muertos; más aún, se acordará más de sus creyentes cuando estén muertos que mientras viven. En cambio, después de que Caín fue muerto, guardó silencio, sin mostrar interés alguno en él.
26 Estos y semejantes pasajes de la Escritura son nuestro consuelo y bendición, si somos cristianos; a ellos debemos aferrarnos y con ellos debemos darnos por satisfechos. Aquí vemos cuán bienaventurados son los que sufren oprobio, y cuán miserables son los que nos persiguen. A los primeros Dios nunca los olvidará ni los abandonará, y a los segundos no los reconocerá ni se acordará de ellos. ¿Podríamos desear un consuelo y una bendición más abundantes, más grandes? ¿Qué es la bendición y el consuelo de este mundo comparados con este consuelo y bendición de Simeón en el templo?
V.34, 35. Y dijo a su madre María: He aquí, este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.
27 ¿Por qué no dice esto también al padre, y por qué llama a la madre por su nombre? Quiere dirigirse aquí a la madre verdadera, y no al padre. Como Jesús era hijo suyo propio, todo lo que le sucedía a él naturalmente le sucedía también a ella y le causaba un dolor genuino y real. Quizá Simeón habló solo a María también por la razón de que José no había de vivir hasta el tiempo de los sufrimientos de Cristo, que la madre experimentaría sola; y además de toda esta aflicción, ella había de ser una viuda pobre y solitaria, y Cristo había de sufrir como un pobre huérfano. Es una situación indeciblemente digna de lástima, y Dios mismo, según las Escrituras, se interesa mucho por las viudas y los huérfanos, y se llama padre de huérfanos y defensor de viudas.
28 Pues María vivió en los tres estados: en el de la virginidad, en el del matrimonio y en el de la viudez, este último el más digno de lástima, sin protección ni ayuda alguna. La virgen tiene a sus padres, la casada a su marido, pero la viuda está sola. Y en esta condición lastimosa Simeón le anuncia tan gran dolor, mostrándole y explicándole así que su bendición es una bendición de Dios y no del mundo. Pues a los ojos del mundo todo iba a invertirse, y ella no solo no iba a ser bendecida, sino que su hijo llegaría a ser también el blanco y la diana de las maldiciones de todos, así como los arcos y las flechas apuntan al blanco. Mira, esto significa, en mi opinión, ser bendecida en el templo. Era en verdad necesario que fuera fortalecida y consolada con una bendición espiritual y divina contra las flechas de las maldiciones futuras, pues su alma sola había de llevar y soportar esta gran tempestad de la execración de su hijo.
29 Simeón declara en primer lugar que Cristo está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel. Este es, pues, el primer consuelo que su madre había de experimentar en él y para el cual había de educarlo: que muchos se escandalizarían de él, aun en Israel, el pueblo escogido. Es un pobre consuelo a juicio de los hombres ser la madre de un hijo que ha de hacer tropezar y caer a muchos aun en Israel. Algunos han explicado este texto así: que muchos han sido conmovidos por Cristo y su orgullo ha caído, para que se levanten de nuevo en humildad; así como san Pablo cayó y se levantó de nuevo, y todos los que se creen justos deben caer, desesperar de sus propias fuerzas y levantarse de nuevo en Cristo, si quieren ser salvos. Es una buena interpretación, pero no agota aquí el sentido. Simeón dice de Cristo que muchos judíos se ofenderían de él y tropezarían, cayendo así en la incredulidad, tal como ha sucedido en el pasado y sigue sucediendo. Era ciertamente un cuadro sombrío y un anuncio terrible el que esta santa madre tuvo que escuchar.
30 Pero la causa de esta caída no es Cristo, sino la presunción de los judíos. Sucedió así. Cristo vino para ser luz y Salvador de todo el mundo, como dijo Simeón, para que todos fueran justificados y salvos por la fe en él. Si esto ha de realizarse, toda otra justicia en nosotros mismos, buscada fuera de Cristo con obras, debe ser rechazada. Los judíos no quisieron oír de esto, como dice san Pablo en Ro 10:3: «Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios». Así se ofenden de la fe, caen cada vez más hondo en la incredulidad y se endurecen en su propia justicia, hasta el punto de haber perseguido con todas sus fuerzas a todos los que creían.
31 Todos los que quieren salvarse por su propia justicia tienen que hacer lo mismo. Dependen de sus obras, y cuando se exige la fe en Cristo tropiezan y caen, quemando, condenando y persiguiendo a todos los que rechazan sus obras o las consideran inútiles. Tales son el papa, los obispos, los escolásticos y todos los papistas. Y esto lo hacen con la impresión de que sirven seriamente a Dios, defienden la verdad y preservan el cristianismo, así como los judíos también pretendían conservar el verdadero servicio de Dios y la ley de Moisés cuando mataron a los apóstoles y a otros cristianos y los persiguieron.
32 Por tanto, así como Simeón dice aquí a la madre de Cristo que no todo el pueblo de Israel lo recibirá como su luz y Salvador, y que no solo unos pocos, sino muchos se ofenderán de él y caerán, así también la madre espiritual de Cristo, es decir, la iglesia cristiana, no debe sorprenderse cuando muchos falsos cristianos, aun entre el clero, no crean. Pues tales son los que dependen de las obras y buscan su propia justicia, que tropiezan y caen porque Cristo exige fe, y que persiguen y matan a los que se les oponen. Esto fue profetizado hace tiempo por el Simeón espiritual, a saber, los profetas, que casi a una voz han hablado de esta caída. En Is 8:11-15 leemos lo siguiente: «Porque Jehová me dijo de esta manera con mano fuerte, y me enseñó que no caminase por el camino de este pueblo, diciendo: No llaméis conspiración a todas las cosas que este pueblo llama conspiración; ni temáis lo que ellos temen, ni tengáis miedo. A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo. Entonces él será por santuario; pero a las dos casas de Israel por piedra para tropezar, y por tropezadero para caer, y por lazo y por red al morador de Jerusalén. Y muchos tropezarán entre ellos, y caerán, y serán quebrantados; se enredarán y serán apresados». Hay muchos otros pasajes con los que se puede mostrar que Cristo debe ser una roca contra la cual tropezarán los mejores y los más grandes, como leemos en Sal 78:31: «Y mató a los más robustos de ellos, y derribó a los escogidos de Israel». Pues Cristo está puesto como Salvador y no puede ceder ni cambiar. Pero estos arrogantes son testarudos y obstinados, no quieren renunciar a su vanidad y embisten con la cabeza contra Cristo, de modo que uno de los dos debe quebrarse y caer. Pero Cristo debe permanecer y no puede caer; por consiguiente, caen ellos.
33 Por otra parte, así como se mantiene firme frente a los legalistas y no cede ante ellos, así también está inconmovible para todos los que quieren fundar su fe en él, como leemos en Is 28:16: «He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure». Y en Mt 16:18 dice él mismo: «Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Ahora bien, así como por la caída y el quebrantamiento de que se habla aquí no se entiende otra cosa que la incredulidad y la dependencia de las obras, así levantarse y ser edificado sobre esta roca no significa sino creer y no hacer caso de sus obras. Esto lo hacen los creyentes, para cuyo levantamiento solo está puesto Cristo. Y como en tiempos de Cristo muchos del pueblo de Israel se levantaron en él, así será hasta el fin del mundo, pues nadie puede levantarse por sus obras ni por las doctrinas de los hombres, sino solo por Cristo. Esto se realiza por la fe, como se ha dicho a menudo, sin mérito ni obras alguna; las obras solo seguirán después de que nos hayamos levantado.
34 Percibirás, pues, cómo toda la Escritura habla solo de fe y rechaza las obras como inútiles, más aún, como un estorbo para la justificación que nos impide levantarnos. Pues Cristo solo está puesto para el levantamiento de muchos, y los que no quieran levantarse deben caer. Nada puede ponerse a su lado por lo cual podamos levantarnos. ¿No es abominable la vida de los papistas y sacerdotes? Pues embisten con la cabeza contra esta roca, y su conducta es tan directamente opuesta al cristianismo que bien puede llamarse el dominio y gobierno del Anticristo. El Simeón espiritual habla también de este levantamiento a la madre espiritual de Cristo. Pues todos los profetas enseñan a la iglesia cristiana que solo en Cristo pueden levantarse todos los hombres, y san Pablo en Ro 1:17 y He 10:38 cita el pasaje de Hab 2:4: «Mas el justo por su fe vivirá».
35 Vemos, por tanto, que esta caída y levantamiento por Cristo debe entenderse espiritualmente, y que la caída y el levantamiento se aplican a distintas clases de personas. La caída se aplica solo a los que son grandes, sabios, poderosos y santos, y que confían demasiado en sí mismos. Así nos dice el evangelio que Cristo nunca tuvo desacuerdo ni conflicto con los pecadores, sino que los trató con la mayor bondad. Pero con el pueblo selecto, los escribas y los sumos sacerdotes no puede entenderse, ni les es favorable. Si, pues, solo pueden caer los que están en pie, solo pueden levantarse los que han caído y yacen postrados. Estos son los que conocen su pobreza y anhelan la gracia, que se dan cuenta de que ellos no son nada y Cristo lo es todo.
36 Es de notar que Simeón añade la palabra «Israel». Pues Cristo había sido prometido por todos los profetas solo al pueblo de Israel. Al mismo tiempo se anunciaba que muchos de ese pueblo caerían solo por causa de su propia justicia. Este es ciertamente un ejemplo terrible para nosotros los gentiles, a quienes nada ha sido prometido; pero por pura gracia hemos sido introducidos inesperadamente en el reino y nos hemos levantado por Cristo, como nos dice san Pablo en Ro 15:9 y como dijimos al explicar la epístola del segundo domingo de Adviento. Por eso el ejemplo de la caída de Israel debe tocar nuestros corazones, como nos exhorta el apóstol en Ro 11:20, para que no caigamos también nosotros, o quizá más gravemente que los judíos y los turcos, seducidos por el Anticristo y llevando el nombre de Cristo para deshonra de Dios y daño nuestro.
37 En segundo lugar, Simeón dice que Cristo está puesto para señal que será contradicha. ¿No es una gran lástima que el Salvador y luz del mundo deba ser contradicho, condenado y rechazado, él a quien el mundo entero debería desear y buscar? Esto nos muestra el carácter del mundo y cómo usa nuestra naturaleza humana la libertad de la voluntad. Este mundo es el reino de Satanás y enemigo de Dios, y no solo transgrede los mandamientos de Dios, sino que con furia insensata persigue y mata también al Salvador, que quería ayudarlos a guardar los mandamientos de Dios. Pero un pecado lleva a otro; los que se ofenden de él tienen que hablar también contra él y no pueden hacer otra cosa. Por otra parte, los que se levantan por él deben confesarlo, dar testimonio y predicar de él, y tampoco ellos pueden hacer otra cosa. Pero una espada traspasará sus almas, como veremos ahora.
38 Ahora presta atención al texto. Simeón no dice que Cristo será contradicho, sino que está puesto para una señal que será contradicha; así como se pone un blanco o diana para el tirador, de modo que todos los arcos y armas de fuego, flechas y piedras se dirijan contra él. Se coloca tal blanco para que los tiros se dirijan solo a él y a ningún otro lugar. Así Cristo es la marca que todos notan y hacia la cual se dirige toda oposición. Y aunque los adversarios estén en desacuerdo entre sí, se unen cuando se oponen a Cristo. Esto se prueba en Lc 23:12, donde leemos que Pilato y Herodes se hicieron amigos en su oposición a Cristo, mientras que antes estaban enemistados entre sí. Los fariseos y los saduceos nunca pudieron ponerse de acuerdo, pero en su oposición a Cristo estuvieron unidos. David habla de esto y expresa su asombro en Sal 2:1-2: «¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido».
39 De la misma manera los herejes, por mucho que diferían entre sí y se oponían unos a otros, estaban sin embargo unidos en su oposición contra la única iglesia cristiana. Aun ahora, cuando todos los obispos, establecimientos religiosos, órdenes y monasterios están en desacuerdo entre sí, de modo que hay casi tantas sectas y opiniones distintas como cabezas, son sin embargo unánimes en su oposición contra el evangelio. Asaf escribe también en Sal 83:6-8 que muchas naciones conspiraron contra el pueblo de Israel, a saber, Edom y los ismaelitas, Moab y los agarenos, Gebal, Amón y Amalec, Filistea con los habitantes de Tiro, y Asiria, y sin embargo eran enemigos entre sí. La maldad y la falsedad están en desacuerdo consigo mismas, pero están unidas contra la verdad y la justicia, y todo ataque y oposición se dirige contra esta marca. Creen tener buenas razones para ello. Pues cada facción lucha contra su propio adversario: Pilato contra Herodes, los fariseos contra los saduceos, Arrio contra Sabelio, los monjes contra los sacerdotes. Pero cada facción tiene sus partidarios y amigos, y su discordia o armonía es solo parcial.
40 Pero Cristo es muy descortés e irrazonable, y los reprende a todos; Pilato es para él lo mismo que Herodes, y los fariseos lo mismo que los saduceos, de modo que no toma partido por ninguno de ellos. Por eso, como está contra todos ellos, todos están contra él. Así la verdad se opone a todas las mentiras y falsedades, y por eso todas las mentiras se unen contra la verdad y hacen de ella una señal contradicha. Tiene que ser así. Pues Cristo y la verdad no hallan ni un solo hombre piadoso y agradable a Dios, como leemos en Sal 116:11: «Todo hombre es mentiroso». Por eso Cristo debe reprenderlos sin distinción y rechazar sus obras, para que todos sientan la necesidad de su gracia y la anhelen. Pero solo unos pocos creerán y aceptarán esto.
41 Así tenemos aquí dos Simeones. El Simeón literal dice a María que Cristo en su propia persona está puesto para señal que será contradicha. Con estas palabras indica lo que el Simeón espiritual, es decir, los profetas, enseñarían a la iglesia acerca de nuestra fe cristiana: que esta fe y evangelio, la palabra viva de verdad, es una roca en la que muchos tropezarán y con cuya ayuda muchos se levantarán, y que finalmente es una señal contradicha. Así expresa Isaías su sorpresa cuando dice en el cap. 53:1: «¿Quién ha creído a nuestro anuncio?», como si quisiera declarar que no son muchos los que lo creen. En Is 8:15 y 28:13 leemos también que muchos tropezarán en esta palabra, de modo que apenas se salvará la hez del pueblo. Los profetas han escrito copiosamente de este caer, levantarse y ser contradicho.
42 Simeón ha declarado antes que Cristo es la luz y el Salvador de todo el mundo, lo cual han declarado también los profetas. Esto nos muestra el carácter de Cristo y su actitud hacia el mundo. Pero cuando Simeón habla de caer, levantarse y ser contradicho, muestra lo que Cristo logrará, cuál es el carácter del mundo y qué actitud toma hacia Cristo. Así resulta que Cristo está ciertamente dispuesto y capacitado para ser la luz y el Salvador de todo el mundo, y se muestra abundantemente como tal. Pero el mundo no lo recibirá y se hace solo peor, oponiéndosele y persiguiéndolo con todas sus fuerzas.
43 Esto nos muestra que este mundo es el reino de Satanás, no solo lleno de maldad y ceguera, sino que ama también estas cosas, como dice Cristo en Jn 3:19: «La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz». Mira cómo peregrinamos en la tierra entre demonios y enemigos de Dios, de modo que esta vida debería ser en verdad un horror para nosotros.
44 De aquí aprendemos a estar seguros de que podemos consolarnos y sobrellevarlo con alegría cuando muchos tropiezan en nuestra Palabra y hablan contra nuestra fe, especialmente los grandes, los sabios y los sacerdotes. Esto es señal de que nuestro mensaje y fe son rectos, pues reciben el trato predicho por Simeón y todos los profetas. Tienen que ofenderse de ella, tropezar en ella, levantarse por ella y hablar contra ella; no puede ser de otro modo. El que quiera que sea de otro modo debe buscar otro Cristo. Cristo está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha; por consiguiente, sus miembros, o todo cristiano, deben ser semejantes a él por su fe y su mensaje. Es llamado «antilegómenos», el que es contradicho. Su doctrina debe ser rechazada, condenada y execrada como la peor herejía, error y necedad. Se la trata como se debe cuando esto sucede; pero cuando no sucede, entonces no tenemos ni a Cristo, ni a su madre, ni a Simeón, ni a los profetas, ni la fe, ni el evangelio, ni cristianos alguno. Pues ¿qué significa contradecir sino negar, blasfemar, maldecir, condenar, rechazar, prohibir y perseguir con toda deshonra e ignominia como la peor herejía?
45 Pero hallamos todavía otro consuelo en nuestro texto. Simeón dice que Cristo es una señal que será contradicha, pero que no será derribada ni exterminada. El mundo entero puede condenar mi fe y mi Palabra, llamarla herejía y presentarla falsamente y tergiversarla de la manera más vergonzosa, pero tendrán que dejarla permanecer y no pueden quitármela. Con toda su rabia y furia no lograrán nada, sino que solo podrán hablar contra mí, y yo debo ser su blanco y diana. Pero ellos caerán, y yo permaneceré en pie. Que hablen contra mí cuanto quieran; Dios también se les opondrá y con sus hechos combatirá contra sus palabras. Veremos quién ganará la victoria. Aquí están los hechos de Dios, que establecen firme y sólidamente esta señal sobre un buen fundamento. Una meta está puesta por Dios, ¿quién la derribará? Pero los otros no tienen más que palabras fugaces y un soplo impotente de la boca. Las moscas hacen un gran aleteo con sus alas y afilan sus picos, pero solo ensucian la pared y tienen que dejarla en pie.
46 De esto se sigue que la doctrina y la fe del papa, los obispos, los establecimientos religiosos, los monasterios y las universidades es del mundo y del diablo, pues nadie se ofende de ellos ni habla contra ellos, ni sufren daño alguno. No cosechan sino honra, poder, riquezas, paz y placer, y engordan en el pesebre, con excepción de unos pocos que a veces pueden hallarse y que son atormentados por el diablo con tentaciones espirituales acerca de su fe y esperanza. Pues donde está Cristo y su fe, allí hay también oposición; de otro modo no es Cristo. Si los hombres no se oponen abiertamente, los demonios lo hacen en secreto. Estas son tentaciones penosas de incredulidad, desesperación y blasfemia. Tales personas pueden ser preservadas y salvadas. La gran multitud, en cambio, vive sin Cristo, sin María, sin Simeón, sin la menor verdad, pero entretanto rezan muchas misas, cantan en voz alta y baja, llevan tonsuras y vestiduras eclesiásticas, y son los monos de Salomón y como gatos de la India. Como no quieren sufrir que se hable contra ellos y no son dignos de ello, no tienen ni hacen nada que provoque oposición, se convierten ellos mismos en opositores. ¿Qué otra cosa podrían hacer? Su obra es condenar, prohibir, maldecir y perseguir la verdad.
47 Menciono todo esto porque quiero cumplir mi deber y señalar a todo cristiano su peligro, para que todos se guarden del papa, los escolásticos y los sacerdotes y los eviten como evitan el reino de Satanás, pues la Palabra de Dios no prevalece entre ellos. Aférrate al evangelio y averigua dónde hay oposición y dónde hay alabanza. Donde no halles oposición, allí Cristo no está presente; y aquí no nos referimos a la oposición de los turcos, sino a la de nuestros vecinos más cercanos. Cristo no es una señal puesta para la caída de muchos en Babilonia o en Asiria, sino en Israel, es decir, entre el pueblo en medio del cual mora y que se jacta de ser suyo.
48 En tercer lugar, Simeón dice a María: «Una espada traspasará tu misma alma». Esto no significa una espada real, sino que debe entenderse en sentido figurado, como Sal 107:10: «Los que moraban en tinieblas y sombra de muerte, aprisionados en aflicción y en hierros», y también Dt 4:20: «Jehová os tomó, y os ha sacado del horno de hierro». Significa que su corazón había de llenarse de gran dolor y pena, aunque su cuerpo no fuera atormentado. Todos saben cómo sucedió esto. Así debemos tomar estas palabras como una figura hebrea que expresa gran dolor y pena, así como hablamos de un «dolor que parte el corazón», o usamos expresiones como «se me rompe el corazón» o «mi corazón va a estallar».
49 Hablaremos más de esto durante el tiempo de la Pasión, cuando consideremos los sufrimientos de Cristo. Por ahora solo podemos notar cómo Simeón interpreta su bendición prediciendo tal dolor, para que no se entendiera como una bendición mundana. Pero ¿qué significa que Simeón hable aquí solo a María, la madre, y no a José? Significa que la iglesia cristiana, la virgen María espiritual, permanecerá en la tierra y no será exterminada, aunque los predicadores y su fe y el evangelio, el Cristo espiritual, sean perseguidos. Así José murió antes de que Cristo sufriera, y María en su viudez fue privada de su hijo, y sin embargo vivió, y toda esta pena abrumó su alma. Así la iglesia cristiana será siempre una viuda, que siente gran dolor porque los santos padres, representados por José, mueren, y el evangelio es perseguido. La iglesia debe sentir la espada, y sin embargo permanecerá hasta el último día.
50 ¿Qué puede ser más doloroso para un cristiano que ver y experimentar cuán furiosamente los tiranos e incrédulos persiguen y exterminan el evangelio de Cristo? Esto se hace en el tiempo presente, bajo el papa, más que nunca antes. Con esto concuerda el nombre de María, que significa «mar de amargura». Esto declara que hay en ella no solo una gota, ni un río, sino todo un mar de amargura, pues todas las olas de dolor pasan sobre ella, de modo que bien puede llamarse María, mar amargo.
51 Finalmente Simeón dice que todo esto sucederá para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones. ¡Qué fruto tan bienaventurado y necesario de esta caída y de este ser contradicho! Pero para entenderlo debemos notar que hay dos clases distintas de tentación entre los hombres. Está la tentación a pecados groseros, como, por ejemplo, ser desobediente a los padres, matar, ser impuro, robar, mentir y blasfemar, etc., que son pecados contra la segunda tabla de la ley. Los que hacen estas cosas no necesitan ofenderse de una señal contradicha; sus pensamientos quedan suficientemente revelados por su mala vida. Las Escrituras hablan poco de esta tentación.
52 Pero la tentación más peligrosa está prefigurada por Cozbi, hija de Zur, príncipe de Madián, por causa de la cual fueron muertos veinticuatro mil en Israel, como escribe Moisés en Nm 25:15. Esta es la tentación mediante los pecados brillantes y resplandecientes de las buenas obras y el servicio de Dios, que traen la desgracia sobre todo el mundo y contra los cuales nadie puede guardarse lo suficiente. Estos son los pecados contra la primera tabla de la ley, contra la fe, la honra de Dios y sus obras.
53 Pues una vida de buenas obras, de conducta irreprochable y de respetabilidad externa es el tropiezo mayor, más peligroso y destructor. Las personas que llevan tal vida son tan rectas, razonables, honorables y piadosas que apenas una sola alma podría haberse preservado o salvado si Dios no hubiera puesto una señal contra la cual pudieran tropezar y por la cual se revelaran los pensamientos de sus corazones. Así vemos sus corazones tras sus hermosas palabras y buenas obras, y hallamos que estos grandes santos y sabios son paganos y necios; pues persiguen la fe por causa de sus obras y no soportan que se reprendan sus caminos. Así sus pensamientos quedan al descubierto y se manifiestan confiando en sus propias obras y en sí mismos, pecando no solo continuamente contra los primeros mandamientos, sino procurando también en su enemistad contra Dios exterminar y destruir todo lo que pertenece a Dios, alegando hacerlo por causa de Dios y para preservar la verdad. Mira, tales son el papa, los obispos y casi todos los sacerdotes, que han llenado el mundo de innumerables lazos y tropiezos haciendo de la vida espiritual un brillo externo. Entre ellos no hay fe, sino solo obras; no prevalece el evangelio, sino solo leyes humanas.
54 Toda la Escritura habla de este tropiezo, y Dios con todos sus profetas y santos combate contra él. Esta es la verdadera puerta del infierno y el ancho camino a la condenación eterna; por eso esta ramera se llama bien Cozbi, «mendacium meum», mi mentira. Todo lo que reluce miente y engaña, pero sus hermosos adornos y afeites engañan aun a los príncipes de Israel, y por eso no se llama simplemente «mendacium», sino «meum mendacium», mi mentira, porque con su engaño atrae y tienta a casi todos.
55 Pero para protegernos Dios ha puesto a su Cristo como señal, en la cual ellos tropiecen y caigan y a la cual se opongan, para que no seamos seducidos por sus obras y palabras, ni las consideremos buenas ni las imitemos. Debemos más bien saber que ante Dios ninguna vida moral sin fe es aceptable; donde no hay fe, solo hay Cozbi, nada sino mentiras y engaño. Esto se hace manifiesto tan pronto como predicamos contra ellos y consideramos sus obras sin valor en comparación con la fe. Mira, entonces tienes que ser un hereje con tu fe; ellos se revelan y descubren su corazón ante ti sin querer y sin saberlo. Entonces percibes las abominaciones espantosas de la incredulidad ocultas tras esa hermosa vida, los lobos con piel de oveja, la ramera adornada con la corona, que exige descaradamente que consideres su deshonra y vicio como honra y virtud, o que amenaza con matarte. Por eso Dios le dice en Jer 3:3: «Tuviste frente de mujer ramera, no quisiste tener vergüenza», y en Is 3:9: «La apariencia de sus rostros testifica contra ellos, pues como Sodoma disimulan su pecado, no lo encubren». ¿No se consideraría loca y descarada a la ramera que quisiera que se ensalzara su adulterio aun delante de su marido? Pero esto lo hacen todos los predicadores de obras y maestros sin fe, que predican sin vergüenza la justicia por las obras, pero condenan la fe, o la castidad conyugal, que llaman castidad a su lascivia, y a la verdadera castidad la llaman lascivia. Ahora bien, todo esto podría permanecer oculto, y la naturaleza humana y la razón nunca descubrir tales vicios, pues sus obras son demasiado atractivas y sus modales demasiado pulidos. En efecto, la naturaleza humana ideó todo esto y se deleita en ello, creyéndolo bueno y recto, persistiendo y endureciéndose en ello. Por eso Dios pone una señal para que nuestra naturaleza tropiece y todos aprendan cuánto más elevada es la vida cristiana que la naturaleza y la razón. Las virtudes de la naturaleza son pecados, su luz es tinieblas, sus caminos son errores. Necesitamos un corazón y una naturaleza enteramente nuevos; el corazón natural se revela como enemigo de Dios.
56 Esto está prefigurado por los filisteos, 1 S 5:6, a quienes Dios hirió con tumores cuando el arca de Dios estaba con ellos. Los tumores son los pensamientos de los corazones incrédulos, que brotan cuando el arca de Dios llega a ellos, es decir, cuando se predican el evangelio y Cristo, lo cual no toleran. Así sucede que los corazones de estos santos, que de otro modo no podrían conocerse, quedan revelados cuando se les presenta a Cristo. San Pablo dice en 1 Co 2:15: «En cambio el espiritual juzga todas las cosas; sin embargo, él no es juzgado de nadie», pues conoce su disposición y la actitud de sus corazones cuando percibe que no aceptan la Palabra de Dios ni la fe.
II. De Ana.
La segunda parte de este evangelio
V.36, 37. Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser (la cual era de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y era viuda hacía unos ochenta y cuatro años), que no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones.
57 Aquí alguien podría decir: Por el ejemplo de Ana ves que las buenas obras son enaltecidas, como por ejemplo ayunar, orar e ir a la iglesia; por lo tanto, no deben condenarse. Pero ¿quién ha condenado jamás las buenas obras? Nosotros solo rechazamos las buenas obras hipócritas y falsas. Ayunar, orar e ir a la iglesia son buenas obras, si se hacen con el espíritu debido. Pero el problema es que estos zopencos explican tan torpemente las Escrituras, fijándose solo en las obras y en los ejemplos de los santos, y pensando que ahora pueden aprender de ellos e imitarlos. Así no llegan a ser más que monos e hipócritas, pues no perciben que las Escrituras hablan más del corazón que de los hechos de los hombres. El sacrificio y las obras de Abel son alabados en la Escritura, pero él mismo mucho más. Ellos, en cambio, desprecian la persona y solo observan el ejemplo, se fijan en las obras y no prestan atención a la fe, comen el salvado y tiran la harina, como leemos en Os 3:1: «Ellos miran a dioses ajenos, y aman las tortas de pasas.» Si deseas ayunar y orar como Ana, muy bien. Pero cuida mucho de imitar primero su carácter y después sus obras. Sé primero como Ana. Pero veamos qué dice Lucas de sus obras y de su carácter, para que su ejemplo sea entendido correctamente.
58 En primer lugar dice que era profetisa, y sin duda una profetisa piadosa y temerosa de Dios. Con toda certeza el Espíritu Santo moraba en ella, y por eso era buena y justa con independencia de todas sus obras. Por lo tanto, las obras que ella producía también debían de ser buenas y justas. Ves, pues, que Lucas no quiere decir que por sus obras ella llegó a ser santa y profetisa, sino que antes ya era una santa profetisa, y por esa razón sus obras también eran buenas. ¿Por qué querrías mutilar este ejemplo y pervertir el evangelio, poniendo la mayor atención en las obras, cuando Lucas describe ante todo a la persona entera, y no solo las obras?
59 En segundo lugar la alaba como viuda, que hacía las obras propias de su viudez y de su estado en la vida. Pero él no las presentaría como extraordinarias ni como las únicas buenas obras con que podemos servir a Dios, rechazando todas las demás. San Pablo escribe así sobre la vida de las viudas en 1 Ti 5:3-6: «Honra a las viudas que en verdad lo son. Pero si alguna viuda tiene hijos, o nietos, aprendan primero a ser piadosos para con su propia familia, y a recompensar a sus padres; porque esto es lo bueno y agradable delante de Dios. Mas la que en verdad es viuda y ha quedado sola, espera en Dios, y es diligente en súplicas y oraciones noche y día. Pero la que se entrega a los placeres, viviendo está muerta.»
60 De esto ves que Ana debió de ser una viuda sola en el mundo, sin hijos ni padres de quienes ocuparse; de lo contrario no habría servido a Dios sino al diablo, al no apartarse del templo y descuidar su deber de gobernar su casa conforme a la voluntad de Dios. Lucas lo indica al escribir que llevaba ochenta y cuatro años viuda. Cualquiera puede entonces calcular fácilmente que sus padres debían de haber muerto y sus hijos estar colocados, de modo que, ya anciana, era atendida por ellos y no tenía otra cosa que hacer sino orar y ayunar y renunciar a todos los placeres del mundo. Lucas no dice que los ochenta y cuatro años de su vida los pasara de esta manera; sino que en el tiempo en que Cristo nació y fue llevado al templo ella comenzó a llevar tal vida, cuando todo estaba provisto, lo mismo que sus hijos y sus padres, y ella estaba enteramente sola.
61 Es, pues, cosa peligrosa fijarse solo en las obras y no considerar todo el carácter de una persona, así como su estado y su vocación. Dios no puede soportar que alguien descuide los deberes de su vocación o estado en la vida para imitar las obras de los santos. Si, por lo tanto, una mujer casada siguiera en esto a Ana, y dejara a su marido y a sus hijos, su casa y sus padres para ir en peregrinación, orar, ayunar e ir a la iglesia, no haría otra cosa que tentar a Dios, confundir el estado matrimonial con el estado de viudez, abandonar su propia vocación y hacer obras que pertenecen a otros. Sería tanto como caminar sobre las orejas, ponerse un velo en los pies y una bota en la cabeza, y poner todo patas arriba. Las buenas obras deben hacerse, y debes orar y ayunar, pero no debes por ello desatender ni descuidar los deberes de tu vocación y estado. El servicio de Dios no consiste en la ejecución de una o dos obras especiales, ni está atado a una vocación en particular, sino que Dios puede ser servido en toda vocación. El deber de Ana y de todas las viudas que, como ella, están solas, es orar y ayunar, y en esto san Lucas coincide con san Pablo. El deber de las mujeres casadas no es solo orar y ayunar, sino que deben gobernar a sus hijos y su casa conforme a la voluntad de Dios y cuidar de sus padres, como dice san Pablo en 1 Ti 5:4. Por esta razón el evangelista, al describir la vida de Ana, cuida tanto de mencionar su estado y su edad, para desanimar a los que solo se fijarían en sus obras y sacarían veneno de las rosas. Primero llama la atención sobre su vocación.
62 En tercer lugar, la misma razón lo lleva a escribir que vivió con un marido siete años desde su virginidad. Aquí enaltece el estado del matrimonio y los deberes de ese estado, para que nadie piense que él considera buenas obras solo el orar y el ayunar. Pues ella no se dedicó por entero a orar y ayunar mientras vivió con su marido, ni durante el tiempo de su doncellez, sino solo después de haberse hecho una viuda anciana y solitaria. Sin embargo, su virginidad y su vida de casada con sus deberes son también alabadas y puestas como ejemplo de obras verdaderamente buenas. ¿Por qué las pasarías por alto y te aferrarías solo a las obras de la viuda?
63 Y con buen propósito el evangelista alaba primero su vida de casada y luego su viudez, pues quería quitar por completo el suelo bajo los pies de los ciegos legalistas. Fue una doncella piadosa, una esposa piadosa y una viuda piadosa, y en estos tres estados cumplió sus respectivos deberes.
64 Haz tú también lo mismo. Reflexiona sobre tu condición, y hallarás buenas obras de sobra que hacer, si quieres llevar una vida piadosa. Cada vocación tiene sus propios deberes, de modo que no necesitamos indagar por otros fuera de nuestro estado. He aquí, entonces, que serviremos verdaderamente a Dios, tal como Lucas dice que Ana servía con ayunos y oraciones noche y día. Pero los legalistas no sirven a Dios, sino a sí mismos, más aún, al diablo, pues no cumplen sus deberes y abandonan su propia vocación. Así, todo depende del carácter de la persona y de su vocación para que sus obras sean buenas, como hemos dicho más arriba al explicar el evangelio del día de san Juan Evangelista.
Baste esto por ahora. Veamos ahora qué significa Ana en sentido espiritual.
El significado espiritual de Ana, la profetisa
65 Dijimos en los §11 y 12 que por Simeón se significa a los santos profetas, que han hablado de Cristo en la Santa Escritura. Por lo tanto, Ana debe significar a los que están presentes y oyen este mensaje, asintiendo a él y aplicándolo a sí mismos, como hizo Ana, que estaba presente cuando Simeón habló de Cristo. Así, Ana no significa otra cosa que la santa sinagoga, el pueblo de Israel, cuya vida e historia están registradas en la Biblia. Pues Ana se halla en el templo, es decir, en la Escritura. Y así como María significa a la Iglesia cristiana, el pueblo de Dios después del nacimiento de Cristo, así Ana significa al pueblo de Dios antes del nacimiento de Cristo. Por eso Ana tiene casi cien años y está cerca de su muerte, mientras que María es joven y está en la flor de la vida. Así la sinagoga declinaba en tiempos de Cristo, mientras que la Iglesia estaba en sus comienzos.
66 Se indica entonces aquí que los santos antes del nacimiento de Cristo entendieron y creyeron el mensaje de los profetas y todos han sido salvos en Cristo y por la fe en él, como dice Cristo de Abraham: «Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó»; también Lc 10:24: «Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.» Pablo dice en He 13:8: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos», y más claramente en 1 Co 10:1-4: «Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo.» Tales pasajes y otros semejantes prueban que todos los santos antes del nacimiento de Cristo han sido salvos en Cristo como nosotros. Por eso leemos en He 11 ejemplos de fe: de Abel, Enoc, Noé, Abraham, Moisés y otros, que pasaron su vida en Cristo y para Cristo, que lo oyeron y por las palabras del profeta lo conocieron, creyeron en él y esperaron su venida.
67 Por esta razón todas las narraciones del Antiguo Testamento responden tan hermosamente a Cristo y dan testimonio de él a una sola voz, rodeándolo así como aquí Ana literalmente estaba de pie junto a él. Es un gran deleite leer y percibir cómo todas miran y señalan a Cristo. Fijémonos en un solo ejemplo. Isaac fue sacrificado por su padre y, sin embargo, su vida fue perdonada, pues se puso un carnero en su lugar, que Abraham vio detrás de sí trabado por los cuernos en el matorral. Aquí es figurado Cristo, el Hijo de Dios, que murió en la cruz como un hombre mortal. Sin embargo, la naturaleza divina no murió, siendo sacrificada en su lugar la naturaleza humana, la cual está designada en el carnero que por sus cuernos (esto es, la predicación del evangelio, que reprende y castiga la perversidad y obstinación de los escribas y sacerdotes) quedó trabado en este matorral, estando detrás de Abraham, es decir, viniendo después de él. De esta narración podrían aprenderse muchas más lecciones importantes.
68 Así José fue vendido a Egipto y, después de haber estado en la cárcel, llegó a ser gobernante de toda la tierra, Gn 37 y 41. Esto ocurrió y fue registrado para que fuera figurado Cristo, que mediante sus padecimientos llegó a ser el Señor de todo el mundo. Pero ¿quién tiene tiempo bastante para explicar todas estas narraciones y mostrar cómo Sansón, David, Salomón, Aarón y otros son tipos apropiados y perfectos de Cristo?
69 Por eso Lucas usa aquí con respecto a Ana la palabra «epistasa», que significa que ella se puso de pie sobre, o junto a, o cerca de lo que sucedía con Cristo en el templo. En el texto latino leemos «superveniens», que significa que ella se acercó en ese momento. Esto también es verdad, pero la otra expresión, que ella «estuvo sobre» lo que sucedía, es mejor. Significa que se abrió paso con gran empeño para verlo. Así decimos: Cómo se agolpa la gente para ver esto o aquello. Así hacen las narraciones de la Santa Escritura con Cristo, para poder ser tipos de él.
70 Sin embargo, los santos no se habrían salvado por esto, y probablemente no sabían entonces que por sus hechos llegaban a ser tipos de Cristo. Pues nuestra fe no puede fundarse en figuras e interpretaciones, sino que primero debe establecerse sobre pasajes claros de la Escritura, que deben explicarse según el sentido natural de las palabras. Entonces, una vez puesto el fundamento de la fe mediante las palabras de la Escritura, tales interpretaciones de la historia deben basarse en la fe, la cual con ello es alimentada y fortalecida. Por lo tanto, como he dicho, ellos fueron tipos de Cristo solo en su conducta y obras externas, por las cuales nadie pudo ser santificado, pero creyeron de corazón en el Cristo que había de venir, a quien conocían literalmente por pasajes claros de la Santa Escritura.
71 Así Cristo fue prometido a Adán y Eva después de la caída, cuando Dios dijo a la serpiente, Gn 3:15: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.» Esta promesa vale para Adán y Eva, y ellos creyeron en la simiente de la mujer, que había de herir la cabeza de la serpiente. Así fue hasta el tiempo de Noé, a quien se dio otra promesa cuando Dios dijo, Gn 6:18: «Mas estableceré mi pacto contigo.» Cuando, pues, Eva dio a luz a Caín, su primer hijo (Gn 4:1), se alegró y creyó que era la simiente de quien Dios había hablado, diciendo: «Por voluntad de Jehová he adquirido varón», como si dijera: Este será el hombre, la simiente, que ha de luchar contra la serpiente. Deseaba ver a Cristo, pero el tiempo aún no había llegado. Después comprendió que Caín no era el Salvador y que su fe debía mirar hacia otra mujer.
72 Luego vino la clara promesa a Abraham (Gn 12:3 y 22:18), a quien Dios dijo: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra», de lo cual hemos hablado al explicar la Epístola. La fe de todos los santos antes del nacimiento de Cristo, hasta el tiempo de su venida, se fundaba en esta promesa, de modo que este pasaje puede referirse también al «seno de Abraham», de que habla Cristo en Lc 16:22. Una promesa así se hizo ciertamente también a David, pero solo en virtud de la promesa a Abraham. Este hijo de María es, pues, la simiente de la mujer, que hace la guerra a la serpiente para destruir el pecado y la muerte. Por eso leemos en el texto que la simiente ha de herir la cabeza de la serpiente, con la cual sin duda se significa a la serpiente que sedujo a Eva, es decir, Satanás en la serpiente, y Adán y Eva ciertamente lo entendieron así. ¿Quién nos mostrará otro hijo o simiente que hiera la cabeza? Si se hubiera dicho de un simple hombre, podría entenderse tanto de Adán como de cualquiera de sus hijos. Pero no Adán, ni un hijo de Adán, había de hacerlo, sino el hijo de una mujer, de una virgen.
73 Está bien dicho, por contraste, que esta simiente ha de herir la cabeza de Satanás, la sede de la vida; Satanás, en cambio, no herirá la cabeza de la simiente, sino su calcañar, o la planta de su pie. Esto significa que Satanás daña, destruye y mata ciertamente la vida y la actividad externa y corporal de Cristo; pero la cabeza, es decir, la naturaleza divina, permanece viva e incluso levanta de la muerte el calcañar, o la naturaleza humana, que fue herida por Satanás. Así, en todos los cristianos daña y destruye su vida y su obra, hiriendo así sus calcañares; pero no puede tocar la cabeza, o sea la fe, y por eso su vida y su obra también serán restauradas. Por otra parte, los pies de Satanás permanecen, su fuerza y su furor son grandes; pero su cabeza, es decir, el pecado y la esencia más íntima de su vida, es herida. Por eso sus pies deben morir eternamente con el pecado y la muerte. He aquí que de esta manera salvó Dios a los santos antiguos por su Palabra y su fe, y los ha guardado del pecado y del poder del diablo hasta la venida de Cristo, significada por esta santa Ana.
74 Por esta razón ella no toma al niño Cristo en sus brazos como Simeón, ni habla acerca de él como Simeón, sino que está presente y habla de él a otros. Pues los amados padres antiguos y los santos no han pronunciado profecías acerca de Cristo como los profetas, ni han hablado de él, sino que se han interesado en gran manera por el anuncio de los profetas, les han creído firmemente y lo han transmitido a otras personas y generaciones, tal como Lucas dice aquí de Ana.
75 Todo concuerda con esto que Lucas relata aquí de ella. En primer lugar, es profetisa, es decir, tiene la penetración de los profetas. Así todos los santos antiguos han aprehendido a Cristo por la fe en los pasajes de la Escritura, y por consiguiente todos eran profetas.
76 En segundo lugar, se llama Ana, que en latín es «gratia», que significa favor o gracia. Los dos nombres, Ana y Juan (Johannes), son casi uno en hebreo. Ana significa agraciada, o la que es favorecida. Esto significa que los padres y santos antiguos no recibieron tal fe y la promesa de Dios por su propio mérito, sino por el favor y la gracia de Dios, según cuya misericordia le fueron agradables. De la misma manera, todos los hombres no son aceptos y agradables a Dios a causa de su dignidad, sino solo por la gracia de Dios. Este es también el modo de la naturaleza humana, que a menudo muestra predilección por algo poco atractivo, y es dicho común entre nosotros que el amor y el favor pueden caer tanto sobre una rana como sobre la púrpura, o que nadie puede hacer que nos disguste lo que amamos. Así nos ama Dios a nosotros, que somos pecadores e indignos, y todos somos favorecidos por él. Todos somos Juanes y Anas ante sus ojos.
77 En tercer lugar, es hija de Fanuel. Después que Jacob luchó con el ángel, Gn 32:30, llamó el nombre de aquel lugar Peniel o Fanuel, y dijo: «Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.» Peniel o Fanuel significa «rostro de Dios». Ahora bien, el rostro de Dios no es otra cosa que el conocimiento de Dios, y a Dios solo se le puede conocer por la fe en su Palabra. La Palabra y las promesas de Dios no declaran sino consuelo y gracia en Cristo, y quien les cree contempla la gracia y la bondad de Dios. Este es el conocimiento de Dios, que alegra y bendice el corazón, como dice David en el Sal 4:6-7: «Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro. Tú diste alegría a mi corazón», y en el Sal 80:3: «Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.» Leemos mucho en la Escritura acerca del ocultar y del mostrar el rostro de Dios.
78 He aquí que de esta manera los padres y santos antiguos fueron hijos espirituales de Fanuel, del conocimiento y la sabiduría divinos, que los llenaba de gozo. A esto llegaron por la fe en la promesa divina y así llegaron a ser profetas. Pero la fe y las promesas de Dios las obtuvieron solo porque fueron favorecidos por él, por pura gracia y misericordia de Dios.
79 Esto nos lleva al cuarto punto, a saber, que era de la tribu de Aser. Aser significa felicidad (Gn 30:13). La fe nos hace hijos de la sabiduría y de la bienaventuranza divinas. Pues la fe destruye el pecado y redime de la muerte, como dice Cristo en Mr 16:16: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo.» Ser salvo no significa otra cosa que redención del pecado y de la muerte.
80 Ana es, pues, hija de Fanuel y de Aser, llena de sabiduría y con buena conciencia frente a todos los pecados y los terrores de la muerte. Todo esto es otorgado por la fe en la promesa divina de misericordia; y así una cosa sigue a la otra: Ana, la profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Esto significa que obtenemos la promesa de Dios y creemos en ella solo por la gracia divina, por la cual aprendemos a conocer a fondo a Dios y su bondad, lo cual llena el corazón de gozo, seguridad y bienaventuranza, y nos libra por completo del pecado y de la muerte.
81 Llegamos ahora, en quinto lugar, a las interpretaciones más profundas y espirituales. Vivió con un marido siete años, y después fue viuda durante ochenta y cuatro años, sin marido. Si uno tuviera tiempo y destreza suficientes, podría hallar la Biblia entera contenida en este número. Pero para que veamos cómo, siendo cristianos, no necesitamos a Aristóteles ni saber humano, sino que tenemos en las Escrituras bastante que estudiar por toda la eternidad, si así lo quisiéramos, consideremos también este número en relación con las maravillas de la Escritura mencionadas antes. El número siete se toma comúnmente como significado de nuestra vida temporal, la vida de este cuerpo, porque todo el tiempo se mide por los siete días de la semana (Gn 1), que es la primera y mejor medida para el cómputo del tiempo, establecida por las Escrituras. Pues en Gn 1 Moisés escribe que Dios creó primero los días y fijó siete de ellos como un período determinado de tiempo. De las semanas se hicieron luego los meses, y de los meses los años, en que se divide toda nuestra vida. Estos siete años significan, pues, todo el curso de la vida temporal y de la conducta de los santos antiguos.
82 Pero ¿quién era el marido? San Pablo explica en Ro 7:2 que un marido significa la ley. Pues así como la mujer está sujeta a su marido mientras él vive, así todos están sujetos a la ley mientras viven bajo ella. Ahora bien, la ley no ha sido dada a ningún pueblo de la tierra sino a esta Ana, el pueblo judío, como dice Pablo en Ro 3:2 que les fueron confiados los oráculos de Dios. En el Sal 147:19-20 leemos: «Ha manifestado sus palabras a Jacob, sus estatutos y sus juicios a Israel. No ha hecho así con ninguna otra de las naciones; y en cuanto a sus juicios, no los conocieron»; también el Sal 103:7: «Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras.» El evangelio, en cambio, no lo reveló a una sola nación, sino a todo el mundo, como leemos en el Sal 19:4: «Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras», lo cual se refiere a las palabras de los apóstoles. Por lo tanto, Ana, que vivió siete años con su marido, significa al pueblo de Israel bajo la ley, en su conducta externa y su vida temporal.
83 Ahora bien, hemos oído en la Epístola de hoy que los que viven bajo la ley no viven rectamente, pues hacen las obras de la ley de mala gana y sin deleite, y son siervos, no hijos. Porque la ley no tendrá por justo a nadie que no la guarde de buena gana. Pero tal buena voluntad solo la otorga la fe, como se ha dicho a menudo. La fe producirá obras justas y cumplirá la ley. Al creyente le da lo mismo estar bajo la ley que libre de ella, puesto que también Cristo estuvo bajo la ley.
84 Pero san Lucas, o más bien el Espíritu Santo, quiere mostrar que esta santa Ana, el santo pueblo antiguo, no estuvo solo bajo la ley ni fue solo un siervo. Señala que, además de su vida bajo la ley, ella andaba también en la libertad de la fe y del Espíritu, cumpliendo la ley no solo con obras externas como un siervo, sino más bien en la fe. Esto es significado por los ochenta y cuatro años de su viudez, es decir, la vida espiritual de fe que llevaron los santos antiguos. Pues la viudez, la vida sin marido, significa libertad respecto de la ley. Así la vida bajo la ley y la vida de fe existieron juntas. Los creyentes antiguos, en cuanto a sus almas, fueron justificados sin las obras de la ley, solo por la fe, y en este aspecto eran verdaderamente viudas; pero en su conducta externa y en cuanto a sus cuerpos estaban sujetos a la ley. Sin embargo, no creían ser justificados por las obras, sino que, habiendo sido justificados por la fe, guardaban la ley voluntariamente, con alegría y para gloria de Dios. El que vive de esta manera puede también hacer las obras de la ley, que no le harán daño ni lo harán siervo, pues también Cristo y los apóstoles guardaron la ley. He aquí a los que a la vez viven siete años con un marido y ochenta y cuatro años sin marido, que a la vez están libres de la ley y sin embargo bajo la ley, como dice san Pablo de sí mismo en 1 Co 9:20: «Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley.»
85 ¿Cómo puede estar a la vez bajo la ley y libre de la ley? Para ganar a otros cumplía de buen grado las obras externas de la ley, pero en su corazón se aferraba a la fe, por la cual era justificado sin las obras de la ley. Pues cumplía la ley y, sin embargo, no quería ser justificado por ella, lo cual en verdad es imposible. De esta manera Ana, el santo pueblo, ha guardado la ley. Pues quien cree y ha sido justificado por la fe puede guardar no solo la ley de Dios, sino las leyes de todo el mundo, y no le estorbarán; porque las guarda voluntariamente, no con la opinión de que así adquiere justicia. Pero aquellas personas que solo siguen a Ana en que viven siete años con un marido, y no viven ochenta y cuatro años sin marido, están sin el Espíritu y sin la fe y son siervos. Creen que haciendo las obras de la ley llegan a ser justos. Pero de esta manera nunca pueden llegar a ser justos y piadosos, como lo explica suficientemente la Epístola de hoy. Está bien dispuesto que primero se mencionen los siete años de vida matrimonial y luego los ochenta y cuatro años de viudez, pues san Pablo dice también en 1 Co 15:46: «Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual.»
86 Si el hombre ha de hacerse espiritual y creyente, necesariamente debe estar primero bajo la ley; pues nadie puede conocer sus faltas sin la ley, y el que no conoce su pecado no anhelará la gracia. Pero la ley exige tanto que el hombre debe darse cuenta y confesar que no puede satisfacer esas exigencias. Entonces debe desesperar de sí mismo y suspirar con toda humildad por la gracia de Dios. He aquí, pues, que los siete años vienen primero, la ley precede a la gracia, así como Juan el Bautista fue el precursor de Cristo. La ley mata y condena al hombre natural y sensual, para que la gracia levante al hombre espiritual e interior.
87 Sin embargo, nada se dice de los años de virginidad de Ana, los cuales significan la vida infructuosa antes de que actúe la ley o la gracia, y que no vale nada ante Dios. Por eso la virginidad, como estado estéril, era del todo despreciada y desaprobada en el Antiguo Testamento.
88 Pero ¿cómo es que la fe o la vida espiritual del hombre interior, que sin la ley está viuda, sin marido, es significada por el número 84? Sigamos aquí el ejemplo de san Agustín e intentemos hallar su significado alegórico. Todos saben que los números siete y doce son los más gloriosos en la Santa Escritura. Pues estos dos números se mencionan con frecuencia, sin duda porque hubo doce apóstoles que fundaron y establecieron la fe en todo el mundo, y que solo enaltecieron la fe con su doctrina y su vida. Mientras que el único Moisés recibió la ley de los ángeles, uniendo así a Ana con un marido y exigiendo a los hombres obras externas. Así los apóstoles, que fueron doce veces más en número que Moisés, recibieron el evangelio, no de ángeles, sino del Señor mismo, y nos hicieron viudas, libres por la fe y justificadas sin obras. Ahora bien, los santos antiguos, como hemos dicho antes, poseyeron esta fe apostólica junto con la ley. Por eso no solo han adquirido el número siete, sino también el número doce, no solo han poseído al único Moisés, sino también a los apóstoles, que eran doce veces más, han vivido tanto bajo la ley como libres de la ley, como hemos oído antes. Así el número siete significa al único Moisés, y el número doce veces más que Moisés. Es, pues, indudable que el número doce significa a los apóstoles, la doctrina apostólica, la fe apostólica, la verdadera viudez, la vida espiritual sin la ley. Así también el número siete significa a Moisés, la enseñanza de Moisés, las obras de la ley, el verdadero estado matrimonial de servidumbre.
89 Los doce apóstoles son figurados por los doce patriarcas, las doce piedras preciosas en el vestido santo de Aarón, los doce príncipes del pueblo de Israel, las doce piedras sacadas del Jordán, los doce cimientos y puertas de la nueva Jerusalén, etc. Pues toda la Escritura pone el acento en la fe y en el evangelio, predicado y establecido por los apóstoles. Así esta fe es significada también por estos ochenta y cuatro años, que contienen el número doce de una manera admirable.
90 En primer lugar, ochenta y cuatro es igual a doce veces siete. Esto significa que el maestro de la ley es uno solo, Moisés, siendo solo una vez siete, es decir, la ley y la vida bajo la ley. Pero los apóstoles son doce, doce veces más que Moisés. Ochenta y cuatro guarda con siete la misma relación que doce con uno. Ahora bien, como la ley fue dada por medio de uno y el evangelio por medio de doce, es evidente que siete significa a Moisés y ochenta y cuatro a los apóstoles. Así los discípulos de Moisés están representados por Ana en el estado de matrimonio, mientras que la viuda Ana significa a los seguidores de los apóstoles, poniendo los primeros el acento en la conducta externa, los segundos en una vida en el Espíritu y en la fe. Esto significa también que la fe excede a las obras tanto como doce excede al número uno, u ochenta y cuatro al número siete. Comprende toda la suma y la herencia, como también el apóstol la llama «holokleros», la herencia entera, 1 Ts 5:23; pues el número doce comprende a todo el pueblo de Israel, dividido en doce tribus. El que cree lo posee todo, es heredero del cielo y hijo bienaventurado de Dios. Observa también aquí la disposición divina. Como Ana no fue viuda doce años ni casada un año, Dios ordenó que los años de su vida matrimonial fueran siete y los de su viudez ochenta y cuatro, guardando el primer número con el segundo la misma relación que uno con doce. Además de esto, se halla así también, como hemos visto, un mayor significado espiritual en el número siete, en su vida de casada y en el estado de su viudez.
91 En segundo lugar, los aritméticos dividen los números en las llamadas partes alícuotas, es decir, examinan cuántas veces puede dividirse un número dado en partes iguales. Así el número doce puede dividirse cinco veces en partes iguales. Pues doce es, en primer lugar, doce veces uno, todas partes alícuotas; en segundo lugar, seis veces dos; en tercer lugar, cuatro veces tres; en cuarto lugar, tres veces cuatro; en quinto lugar, dos veces seis. En este caso no cabe otra división en partes alícuotas. Siete y cinco son también doce; igualmente tres y nueve, uno y once, pero esos números no son partes alícuotas de doce. Ahora suman estas partes alícuotas para hallar su suma. Así, las partes alícuotas de doce son 1, 2, 3, 4, 6, que sumadas dan 16, excediendo al número mismo en cuatro. Esto se llama número abundante, porque la suma de las partes alícuotas excede al número mismo. Por otra parte, a veces las partes alícuotas de un número sumadas dan menos que el número mismo. Por ejemplo, ocho es ocho veces uno, cuatro veces dos, dos veces cuatro. Pero 1, 2 y 4 suman solo siete, uno menos que ocho. Esto se llama número deficiente. Entre estos dos está el número perfecto, que es igual a la suma de sus partes alícuotas. Así, seis es seis veces uno, tres veces dos y dos veces tres; ahora bien, uno, dos y tres sumados dan seis.
92 Observa también aquí que Moisés, representado por el número siete, no puede ser dividido así, como no pueden serlo todos los números impares. Pues esta división solo es posible con números pares. Pero ochenta y cuatro, que significa a los apóstoles, es un número abundante y puede dividirse once veces en partes alícuotas. Judas, el traidor, no pertenece al número abundante, aunque es uno del número. Aquí se le omite, para que no haya doce. Pertenece al número de los apóstoles de nombre, pero no en realidad. En primer lugar, ochenta y cuatro es 84 veces uno; luego 42 veces 2, 28 veces 3, 21 veces 4, 14 veces 6, 12 veces 7, 7 veces 12, 6 veces 14, 4 veces 21, 3 veces 28, 2 veces 42. Si sumas las partes alícuotas 1, 2, 3, 4, 6, 7, 12, 14, 21, 28, 42, el resultado es 140, 56 más que el número mismo.
93 Todo esto significa que Moisés sin dividir, o la ley, como el número siete, permaneció solo, sin haber pasado más allá del pueblo judío ni ejercido influencia sobre otras naciones; pero la vida espiritual y el evangelio predicado por los apóstoles se ha extendido abundantemente por todo el mundo. Y así como el número uno comparado con doce es muy pequeño e insignificante, de modo que apenas podría parecer más despreciable, así también el número siete comparado con ochenta y cuatro es muy insignificante. Pues la ley con sus obras no confiere a sus siervos sino bienes temporales y honra mundana, una posesión pobre y miserable, que no aumentará, sino que ciertamente disminuirá. En cambio, el uno es grande y se multiplicará en vez de disminuir; pues la fe tiene la bendición de Dios y abunda para siempre en bienes y honra. Hemos divagado ya bastante y hemos visto que ni una tilde de las Escrituras fue escrita en vano. Los amados padres antiguos nos han mostrado grandes ejemplos de fe, y con sus obras han señalado siempre aquello en lo que debemos creer, a saber, Cristo y su evangelio. Por eso nada leemos en vano acerca de ellos, sino que toda su conducta fortalece y mejora nuestra fe. Sigamos ahora con Ana.
94 Lucas dice que no se apartaba del templo. ¡Qué exhortación tan saludable y necesaria! Hemos oído que por el templo se significan las Santas Escrituras. Fue un pecado especial del pueblo que le gustaba escuchar a falsos profetas y doctrinas humanas; lo demostró levantando altares fuera del templo, en lugares altos y en valles. Moisés habló contra esto en Dt 5:32 y 12:32, cuando dijo: «Cuidareis de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás.» Quiere, por así decirlo, que el pueblo sea como Ana, que no se apartaba del templo. Pero no todos eran como Ana, sino que se volvieron del templo a sus altares, de la ley de Dios a sus propias invenciones y a los falsos profetas.
95 Pero esto no era nada comparado con el estado de cosas en el tiempo presente. No solo hemos sido seducidos por el papa y las doctrinas humanas para apartarnos del templo, sino que además lo hemos destruido y profanado arbitrariamente con toda suerte de profanaciones y abominaciones, más de las que podemos expresar. Pero deberíamos prestar atención a lo que san Antonio enseñaba con tanta diligencia a sus discípulos, a saber, que nadie hiciera nada que no hubiera sido mandado o aconsejado por Dios en las Escrituras, para que de todos modos permaneciéramos en el templo. De esto habla el Sal 1:1-2: «Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche.» En 1 P 4:18 leemos: «Y si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?» (traducción de Lutero: «¿quién está en el templo?»). Esto significa que Satanás tienta también a los que confían solo en la Palabra de Dios; estos apenas se salvan. ¿Cómo se salvarán entonces esas personas seguras y descuidadas que fundan su fe en las doctrinas de los hombres?
96 Una vida santa no puede soportar las doctrinas humanas: son piedra de tropiezo y lazo peligroso. Debemos permanecer en el templo y no apartarnos nunca de él. Esto hicieron los santos antiguos, de quienes habla san Pablo en Ro 11:4, donde cita la respuesta de Dios a Elías: «Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla ante Baal.» David se queja de estos perseguidores y engañadores en el Sal 140:1, 4-5: «Líbrame, oh Jehová, del hombre malo; guárdame de hombre violento; que han pensado trastornar mis pasos. Me han escondido lazo y cuerdas los soberbios; han tendido red junto a la senda, me han puesto lazos.» Todo esto va dirigido contra las doctrinas humanas que nos apartan del templo. Pues la Palabra de Dios y las doctrinas de los hombres no pueden concordar en absoluto en un mismo corazón. Sin embargo, estos insensatos enemigos de las almas, los papistas con el Anticristo, el papa, declaran que debemos enseñar y observar más de lo que se halla en la Biblia. Con sus rangos y órdenes eclesiásticos llevan a todo el mundo al infierno.
97 Finalmente Lucas dice de Ana que servía con ayunos y oraciones noche y día. Aquí vemos cómo las buenas obras siguen a la fe. Ella debe ser primero Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, viuda de ochenta y cuatro años, sin apartarse del templo: entonces su ayunar y su orar es recto, entonces el sacrificio de Abel es aceptable, entonces se puede servir a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Pero quien comienza por las obras lo trastoca todo y no obtiene nada. Así, después que san Pablo enseñó a los romanos la fe, comienza en Ro 12:1 a enseñarles muchas buenas obras, exhortándolos a presentar sus cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que sería su culto racional. Esto se rinde a Dios cuando el cuerpo es mortificado con ayunos, vigilias y trabajos, lo cual hace Ana.
98 Todos los santos antiguos han hecho esto, pues ayunar significa toda corrección y disciplina del cuerpo. Aunque el alma es justa y santa por la fe, el cuerpo no está todavía enteramente libre del pecado y de los apetitos carnales, por lo cual debe ser sometido y disciplinado y sujetado al alma, como dice san Pablo de sí mismo en 1 Co 9:27: «Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.» Leemos también en 1 P 2:5 que debemos ofrecer sacrificios espirituales, es decir, no ovejas ni becerros, como bajo la ley de Moisés, sino nuestro propio cuerpo y a nosotros mismos, mediante la mortificación del pecado en nuestra carne y la disciplina del cuerpo. Nadie puede hacer esto si primero no cree.
99 Por eso he dicho a menudo que las obras que siguen a la fe no deben hacerse con la intención de merecer la justicia; pues esta debe existir antes de que puedan hacerse buenas obras. Deben hacerse con miras a disciplinar el cuerpo y a servir al prójimo. Las buenas obras son un verdadero servicio de Dios si se hacen libre y voluntariamente, para honra de Dios. ¿Por qué querría él que ayunáramos si con ello no reprimimos nuestro pecado y nuestra carne, que según su voluntad deben ser sometidos? Pero muchos ayunan solo para agradar a los santos o en tiempos determinados, no para disciplinar el cuerpo. Tal ayuno, sin embargo, es enteramente inútil.
100 Pero Ana no ayuna solo en días especiales, en sábados y viernes, en días de los apóstoles o de las cuatro témporas, ni sabe nada de una diversidad de carnes. Sino que Lucas dice que servía noche y día y con ello servía a Dios, lo cual significa que disciplinaba continuamente su cuerpo, no porque deseara hacer una obra meritoria, sino para servir a Dios y someter el pecado.
101 San Pablo habla también de este ayuno en 2 Co 6:4-5, cuando dice, entre otras cosas, que debemos recomendarnos como ministros de Dios en ayunos. Pero nuestro necio ayuno inventado por los hombres consiste solo en no probar carne, huevos, mantequilla ni leche durante unos días, no como servicio de Dios ni con la intención de disciplinar el cuerpo y someter la carne; sino que con ello solo servimos al papa, a los papistas y a los pescaderos.
102 Ana servía noche y día, por lo tanto ciertamente también debía de velar. Pero no debemos creer que oraba y ayunaba noche y día sin interrupción, pues estaba obligada también a comer, beber, dormir y descansar. Ayunar y orar era el modo de vida que seguía noche y día. Hacer algo de día o de noche no significa que lo hagamos todo el día y toda la noche.
103 Esta es la segunda parte del servicio de Dios, por la cual el alma le es ofrecida, como el cuerpo lo es mediante el ayuno. Y por oración no entendemos solamente la oración vocal, sino también el oír, proclamar, contemplar y meditar la Palabra de Dios. Muchos salmos son oraciones, aunque apenas contienen una petición; otros enseñan alguna lección o reprenden el pecado, y meditando en ellos conversamos con Dios, con nosotros mismos y con los hombres. He aquí cuál era el servicio que rendían a Dios los amados padres y santos antiguos, que no buscaban sino la honra de Dios y la salvación de los hombres. Así leemos en la Escritura de un gran anhelo de los antiguos padres y de su anhelo por Cristo y por la salvación del mundo. Esto puede notarlo cualquiera especialmente en los Salmos.
104 Pero en el tiempo presente la gente ora solo a horas fijas, cuenta las cuentas del rosario y despacha sus oraciones a matracas. Nadie piensa seriamente en pedir y obtener algo de Dios, sino que lo cumplen solo como un deber obligatorio, y luego se dan por satisfechos. Como un trillador que maneja su mayal, mueven la lengua y solo ganan el pan para el cuerpo. Mucho menos se preocupan por servir a Dios con sus oraciones y pedirle que alivie la necesidad general de la cristiandad, sino que incluso los mejores entre ellos creen haber hecho bastante cuando son piadosos para sí mismos y oran solo por sí mismos. Por eso, hipócritas como son, no merecen nada sino el infierno con sus oraciones, pues no sirven ni a Dios ni a los hombres, sino solo a su propio cuerpo y provecho. Si quisieran servir a Dios y a su prójimo como deben, no pensarían en el número de oraciones y salmos que repiten, sino que con todo su corazón buscarían la honra de Dios y la salvación de los hombres, lo cual sería un verdadero servicio de Dios. Entonces, por una sola cosa que desearan con ardor, orarían a menudo todo un día. Esto sí sería orar y servir como Ana. Cuando Lucas escribe que servía a Dios con oraciones, condena la multitud de nuestras necias oraciones, con las cuales solo aumentamos y multiplicamos nuestros pecados, porque no servimos ni buscamos a Dios. Volvamos ahora a nuestro texto.
Lucas 2:38
V.38. Y ella, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.
105 Nuestros textos latinos dicen: «la redención de Israel», pero el griego tiene: «los que esperaban la redención en Jerusalén». Ana hablaba a los que estaban en Jerusalén y esperaban la redención. Pues, como no se apartaba del templo, solo podía hablar a los que estaban en Jerusalén, ya fueran sus habitantes o visitantes. En la interpretación espiritual hemos hablado suficientemente del significado de que ella se pusiera cerca. Porque cuando venimos con Cristo al templo de las Escrituras para presentarlo a Dios con acción de gracias, se halla en esa misma hora también esta santa Ana, con todos los santos de toda la sinagoga, que unánimemente lo miran y lo señalan con su fe y con toda su vida.
106 Notamos también aquí la gran distinción concedida a esta santa mujer, que fue favorecida más que muchos grandes personajes cuando reconoció a este pobre niño como el verdadero Salvador. Sin duda había sacerdotes presentes que recibieron las ofrendas de José y María, pero no conocieron al niño, y quizá consideraron las palabras de Simeón y de Ana como simples cuentos de viejas. Ella debió de ser especialmente iluminada por el Espíritu Santo, y una mujer santa a los ojos de Dios, que la iluminó más que a otros.
107 He aquí que aquí se reúnen cinco personas: el niño Cristo, su madre María, José, Simeón y Ana. Con este pequeño número de personas está representado todo estado de la vida: marido y mujer, joven y anciano, virgen y viuda, casado y soltero. Aquí comienza Cristo a reunir a su alrededor personas de todo estado honroso, y no quiere estar solo. Por lo tanto, quien no se halle en uno de estos estados no va camino de la salvación.
108 «Daba gracias a Dios.» En la lengua hebrea se atribuyen diferentes sentidos a la palabra «confesar», para los cuales nosotros necesitamos diversas expresiones, como por ejemplo: confesar (pecados), reconocer, dar gracias. Así, dar gracias se expresa en hebreo con la palabra «confesar», y muy apropiadamente. Pues dar gracias no es otra cosa que confesar que hemos recibido beneficios, reconocer la bondad del benefactor y que el don no es merecido. El que reconozca y confiese esto también dará gracias sinceramente. «Confesar» significa también admitir algo. Así dice Cristo en Mt 10:32-33: «A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.»
109 Ahora bien, así como se dijo arriba, al explicar la bendición de Simeón, que es una virtud grande y extraordinaria bendecir a Cristo, a quien todo el mundo rechaza, así también es un hecho notable dar gracias a Dios por Cristo. Lo hacen los que lo conocen, pero son pocos. Los demás blasfeman contra Dios, condenan, persiguen y se oponen a Cristo y a su doctrina. Tratan a él y a Dios su Padre como tratan su doctrina, conforme a sus palabras en Lc 10:16: «El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió.» Es cosa terrible que el mundo esté lleno de blasfemos y perseguidores, y que tengamos que vivir entre ellos. San Pablo predice en 2 Ti 3:1-2 que en los postreros días habrá muchos maldicientes. Esta profecía se está cumpliendo ahora en el papa y las grandes escuelas, los conventos y monasterios, que no hacen otra cosa que rechazar, perseguir y condenar el evangelio de Cristo.
110 Considera, pues, una manifestación de la gracia de Dios en ti el que llegues a conocer a Cristo y des gracias a Dios por él, el que no lo tengas por hereje maldito y seductor y no blasfemes, ni desprecies ni abandones a Dios y su enseñanza, como hace la gran multitud. Pues Cristo no quiere ante todo que su persona y su nombre sean exaltados, cosa que hacen todos sus enemigos, sino que exige que su doctrina sea honrada, lo cual es el mayor arte. Él mismo dice en Lc 6:46: «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?», y en Mr 8:38: «Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él.» Percibes aquí que lo que más le importa es su doctrina. El papa y los papistas también lo llaman Señor; es más, en su nombre, para su honra y en su servicio rechazan su doctrina, matan a su Ana y la persiguen por todo el mundo. Es espantoso e insoportable ver cómo grandes multitudes de gente blasfeman contra Dios y su Cristo, y en su fanatismo descienden al infierno.
111 Él es una señal que es contradicha, y más tropiezan y caen contra él en el tiempo presente que nunca antes. Deo gratias (¡gracias a Dios!) es un dicho común, pero apenas hay uno entre mil que lo diga de verdad. En el tiempo de Elías, que era todavía un tiempo de gracia, quedaron solo siete mil entre el pueblo judío, que sin duda contaba más de un millón; pero ¿cuántos quedarán en estos últimos tiempos, que Daniel llama los tiempos de la indignación (Dn 11:36)? Bien podríamos preguntar a Dios con las palabras del Sal 89:49: «Señor, ¿dónde están tus antiguas misericordias, que juraste a David por tu verdad?»
112 Ana no solo daba gracias a Dios, sino que también hablaba de él a todos los que esperaban la redención en Jerusalén. Lucas tiene una razón especial para añadir que Ana hablaba de Cristo solo a los que esperaban la redención. Ciertamente no eran muchos, y ninguno en absoluto entre los sacerdotes muy instruidos. ¡Qué podían aprender estas personas grandes, santas y cultas de una anciana tan necia! Se consideraban a sí mismos los verdaderos guías del pueblo. Así, las palabras de Ana fueron sin duda despreciadas por estos grandes señores. Pues la Palabra de Dios acerca de Cristo necesariamente ha de ser despreciable, necia, herética, sacrílega y presuntuosa a los oídos de estos hombres grandes, doctos y espirituales. Por eso solo la reciben las almas hambrientas y anhelantes que esperan la redención, como dice aquí Lucas, que sienten su pecado y desean gracia, luz y consuelo, que nada saben de sabiduría ni justicia propias.
113 Ahora bien, la fe y el conocimiento de Cristo no pueden callar. Irrumpen y dan testimonio, para que otros sean ayudados y reciban la luz, como leemos en el Sal 116:10: «Creí, por eso hablé.» La fe es demasiado bondadosa y generosa para guardar para sí todos esos tesoros. Pero cuando habla es perseguida por todos los santos incrédulos; sin embargo, ella no hace caso y sigue adelante. ¡Y quién sabe cómo fue tratada Ana! Pero quizá la perdonaron por su edad y su sexo, y simplemente la despreciaron como a una necia boba. De otro modo apenas se le habría conservado la vida, porque proclamaba tal error y herejía, declarando de Cristo cosas tan maravillosas, en oposición a todas las doctrinas y sistemas de los sacerdotes doctos y de los maestros de la ley, que están llenos de sabiduría y justicia a tal grado que no necesitan redención alguna, sino que solo merecen una corona y un galardón por sus buenas obras y grandes méritos. Pues si hablamos de la redención de Cristo, declaramos que están atados en el pecado y en la ceguera. ¡Y esto es demasiado para estos grandes santos: que se les llame pecadores ciegos! Por eso no soportan oír nada de Cristo y de su redención, y en consecuencia la condenan como error peligroso y herejía diabólica.
114 Entendemos ahora fácilmente cómo es que la Ana espiritual da gracias a Dios y habla de Cristo a todos los que esperan la redención de Jerusalén. Pues los amados santos del Antiguo Testamento conocían bien a Cristo. Por eso con toda su vida alaban a Dios y le dan gracias, ilustrando la Biblia y proclamando solo esta redención: cómo Cristo vino únicamente para los que lo necesitan y tienen hambre de él. Esto lo prueban todas las narraciones del Antiguo Testamento. Pues Dios nunca ayudó a los que se consideran fuertes y no abandonados. En cambio, nunca abandonó a los necesitados que deseaban su ayuda. Aquí podría corroborarse esto con todas las historias de la Biblia, pero es suficientemente claro y manifiesto para todos los que quieran leerlas.
115 El evangelista, al escribir de estas cosas, menciona especialmente a Jerusalén, por la razón de que Jerusalén significa visión de paz y significa los corazones pacíficos, no pendencieros. San Pablo escribe en Ro 2:8 que los que son contenciosos no obedecen a la verdad. La verdad divina exige corazones tranquilos que escuchen con atención y deseen aprender. Pero los que alborotan y fanfarronean, los que son testarudos y exigen señales y razones antes de aceptar la verdad, nunca la hallarán. Están en el tumulto de Babilonia y no conocen la paz de Jerusalén. Por eso ni esperan la redención ni escuchan las palabras de Ana. Pero podemos leer también «Israel» en lugar de «Jerusalén»; no importa mucho cuál de estas dos palabras se use aquí.
III. El regreso de los padres de Jesús a Nazaret, y la niñez de Jesús.
V.39. Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
116 El evangelio del día de la Candelaria explicará cuáles son las cosas que cumplieron conforme a la ley del Señor. El significado de Galilea y Nazaret se explicará en el evangelio de la fiesta de la Anunciación. Pero debemos remitirnos aquí a las palabras de san Mateo (2:13 ss.), que escribe que, después de que se fueron los magos, que hallaron a Cristo en Belén y le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra, un ángel se apareció a José en sueños y le mandó huir a Egipto con el niño y su madre, y que José así lo hizo. ¿Cómo concuerda esto con la narración de Lucas, según la cual volvieron a Nazaret después de pasadas seis semanas, y habiendo cumplido todo lo prescrito en la ley del Señor? Debemos suponer aquí, o bien que fueron a Egipto inmediatamente después de cumplirse las seis semanas de la purificación y luego, a su debido tiempo, regresaron de Egipto a Nazaret, o bien creer, lo cual es también mi opinión, que volvieron a casa inmediatamente después de transcurridas las seis semanas, como Lucas relata aquí. Entonces la aparición del ángel que les mandó huir a Egipto, de la cual habla Mateo, ocurrió no en Belén, sino en Nazaret; y sucedió ciertamente después de la partida de los magos, como dice Mateo, pero no inmediatamente después. Mateo escribe así porque inmediatamente después de la partida de los magos registra la huida a Egipto, y omite lo que Lucas relata aquí de la presentación en el templo. Así es claro que los dos evangelistas no discrepan.
117 Se señala también aquí cómo estuvieron obligados a tomar su cruz. Después de que la pobre madre estuvo fuera de casa siete u ocho semanas a causa del súbito nacimiento de su hijo, y después de haber vuelto ahora y de haberse asentado para descansar de sus viajes, deben dejarlo todo otra vez y, sin demora, emprender un viaje mucho más largo. Así comienza el Señor Cristo sus viajes en su más tierna infancia, siempre errante en esta tierra y sin lugar ni morada fija donde pudiera permanecer. ¡Cuán diferentemente de otros niños es criado y tratado este niño real, y cómo probó él, especialmente en este caso, los pesares y las penas de la vida! La pobre madre debe huir con el pobre niño a Egipto de la ira de Herodes. Hablaremos más de esto cuando se explique este evangelio.
Lucas 2:40
V.40. Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.
118 Algunas personas curiosas, no satisfechas con la información dada en las Escrituras, han deseado saber qué hizo Cristo en su niñez, y han recibido su premio por su curiosidad. Algún necio o bribón ha fabricado un libro legendario sobre la infancia de Cristo, y no ha temido ni tardado en poner por escrito sus mentiras y fraudes, relatando cómo Cristo iba a la escuela y muchas otras payasadas absurdas y blasfemas. Así bromea con sus mentiras a expensas del Señor, a quien todos los ángeles adoran y temen, y ante quien tiemblan todas las criaturas, de modo que este bribón habría merecido que le colgaran al cuello una gran piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar, porque no estimó al Señor de todos en más que para hacerlo objeto de sus absurdas bufonadas. Sin embargo, todavía se hallan personas que imprimen este libro, lo leen y lo creen, que fue en efecto el propósito de este malvado. Por eso digo que tales libros deberían ser quemados por el papa, los obispos y las universidades, si quisieran seguir a Cristo. Pero ellos producen libros mucho peores, son guías ciegos y siguen siéndolo.
119 Cristo nunca fue a la escuela, pues en aquel tiempo no existían escuelas como las nuestras. Ni siquiera tuvo una educación elemental, como leemos en el evangelio de san Juan, 7:15: los judíos se maravillaban, diciendo: «¿Cómo sabe este letras, sin haber estudiado?» Leemos también en Mr 6:2-3 que estaban atónitos de su sabiduría y decían: «¿De dónde tiene este estas cosas? ¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por sus manos son hechos? ¿No es este el carpintero, hijo de María?» Les parecía extraño que un laico, hijo de un carpintero, tuviera tan gran conocimiento sin haber estudiado jamás. Por eso se escandalizaban de él, como relata el evangelista, y pensaban que debía de estar poseído por un espíritu malo.
120 Contentémonos, pues, con la narración del evangelio, que nos dice bastante de su niñez. Lucas escribe que «el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría», etc. Más adelante escribe que estaba sujeto a sus padres. ¿Qué más debía haber relatado? No había llegado aún el tiempo en que hiciera milagros. Fue criado como otros niños, con la excepción de que, así como unos niños sobresalen de otros en capacidad, Cristo fue también un niño extraordinariamente listo. Así no podía escribirse de él más de lo que Lucas registra. Si hubiera relatado cómo comía, bebía y qué hacía cada día, cómo andaba, estaba de pie, dormía y velaba, ¿qué clase de narración habría sido?
121 No es necesario creer, ni pienso que sea verdad, que su túnica, que era tejida de una sola pieza desde arriba, creciera en tamaño con él desde su juventud. Probablemente su madre la hizo, y en aquel país era la vestidura común de los pobres. Debemos tener una fe pura que no acepta nada que no se halle en las Escrituras. En las Escrituras hay contenido bastante para que creamos, sobre todo porque Cristo no comenzó a hacer sus milagros y obras poderosas hasta después de su bautismo, como está escrito en Jn 2:11 y Hch 10:37.
122 Algunos sutiles se sienten perplejos por las palabras de Lucas, según las cuales Cristo, aunque era Dios, se fortalecía y se llenaba de sabiduría. Admiten que creció, lo cual es ciertamente sorprendente, pues son muy rápidos en inventar milagros donde no los hay y desprecian aquellos en los que deberían creer. La razón de su perplejidad y de sus angustiosas preguntas es esta: que han inventado un artículo de fe según el cual Cristo desde el primer momento de la concepción estuvo lleno de sabiduría y del Espíritu en el grado más alto posible, como si el alma fuera un odre que puede llenarse por completo. Ellos mismos no entienden lo que dicen, ni lo que afirman con tanta seguridad, como escribe san Pablo en 1 Ti 1:7.
123 Aunque yo no pudiera entender lo que Lucas quiere decir cuando dice que Cristo se fortalecía y se llenaba de sabiduría, aun así creería su palabra porque es la Palabra de Dios, y la honraría como la verdad, aunque nunca llegara a descubrir cómo podría ser verdad; y abandonaría mi imaginario artículo de fe como necedad humana, que es demasiado inútil para ser regla de la verdad divina. Todos debemos reconocer que Cristo no estaba siempre alegre, a pesar de que el que está lleno del Espíritu está también lleno de gozo, puesto que el gozo es fruto del Espíritu, según Gá 5:22. Tampoco Cristo estaba siempre manso y sereno, sino que a veces se indignaba y se enojaba, como por ejemplo cuando echó del templo a los judíos, Jn 2:15-17, y cuando se enojó y se entristeció por la dureza de su corazón, Mr 3:5.
124 Por lo tanto, debemos entender las palabras de Lucas sencillamente como aplicadas a la naturaleza humana de Cristo, que era instrumento y templo de la Deidad. Y aunque estaba siempre lleno del Espíritu y de la gracia, sin embargo el Espíritu no lo movía siempre, sino que lo impulsaba ora a hacer esto, ora otra cosa, según lo requería la necesidad. Aunque el Espíritu estaba en él desde el primer momento de la concepción, así como su cuerpo crecía y su razón se desarrollaba naturalmente como en otros hombres, así también era él lleno y movido por el Espíritu más y más. No es ilusión cuando Lucas dice que se fortalecía y avanzaba en sabiduría, sino que las palabras nos dicen claramente que en edad y en estatura, y conforme crecía en estatura se desarrollaba su razón, y con el desarrollo de su razón se hacía más fuerte en el Espíritu y se llenaba de sabiduría delante de Dios, en sí mismo y delante de los hombres, lo cual no necesita más explicación. Esta es una explicación cristiana que puede aceptarse sin ningún peligro, y no importa si derriba algunos artículos de fe imaginarios.
125 San Pablo concuerda con esto cuando dice en Fil 2:7 que Cristo, siendo en forma de Dios, se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre. San Pablo no habla aquí de la semejanza de la naturaleza humana de Cristo con la nuestra, sino que dice: Cristo, el hombre, después de haber tomado sobre sí la naturaleza humana, fue hecho semejante a los hombres y hallado en la condición de hombre. Ahora bien, como todos los hombres crecen naturalmente en cuerpo, razón, mente y sabiduría, lo cual es experiencia universal, Lucas concuerda con Pablo cuando dice que Cristo creció del mismo modo, siendo sin embargo un niño extraordinario que se desarrollaba más rápidamente que otros. Pues su constitución corporal era más noble, y los dones y gracias de Dios le fueron concedidos más abundantemente que a otros. Así el sentido de las palabras de Lucas se entiende fácilmente, es claro y sencillo, con tal que estos sabihondos dejaran sus sutilezas. Tanto sobre este evangelio.
Sermón para el primer domingo después de Epifanía; Lucas 2:41-52
Un ejemplo de la cruz y del consuelo bajo la cruz
I. Un ejemplo de la cruz, o del sufrimiento santificado
1 Este es un evangelio que nos presenta un ejemplo de la santa cruz, mostrándonos por qué experiencias han de pasar los que son cristianos y cómo deben llevar su dolor. Pues quien desea ser cristiano debe esperar ayudar a llevar la cruz. Porque Dios lo pondrá entre las espuelas y lo probará a fondo para que sea humilde, y nadie vendrá a Cristo sin sufrimiento. De esto tenemos aquí un ejemplo, que debemos imitar y que vamos a considerar ahora.
2 Aunque la santa madre María, que fue sumamente bendecida y sobre quien se derramaron muchos favores, tenía sin duda el mayor deleite en su hijo, el Señor dispuso, sin embargo, que su gozo no estuviera sin dolor, y, como todos los demás, ella no alcanzó la bienaventuranza completa hasta que entró en el cielo. Por esta razón tuvo que sufrir en la tierra tanto pesar, dolor y angustia. Fue su primer gran dolor tener que dar a luz a su hijo en Belén, en una ciudad extraña, donde no halló lugar con su niño sino en un establo. Luego, su segunda triste experiencia fue que, poco después de las seis semanas de su purificación, se vio obligada a huir con su hijo a Egipto, un país extraño, lo cual era en verdad un pobre consuelo. Sin duda experimentó muchas otras pruebas semejantes, que no han sido registradas.
3 Una de ellas se relata aquí, cuando su hijo le causó tanta ansiedad al quedarse en el templo y dejar que ella lo buscara tanto tiempo sin poder encontrarlo. Esto la alarmó y la afligió de tal modo que casi desesperó, como indican sus palabras: V.48. He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Pues bien podemos imaginar que pensamientos como estos pudieron pasar por su mente: «Mira, este niño es solo mío, esto lo sé muy bien, y sé que Dios me lo ha confiado y me ha mandado cuidar de él; ¿por qué entonces me es quitado? La culpa es mía, porque no lo he cuidado ni vigilado lo bastante. Quizá Dios no me juzga digna de velar por este niño y me lo quitará otra vez.» Sin duda se asustó mucho, y su corazón tembló y se llenó de dolor.
4 Aquí ves lo que ella experimentó. Aunque es la madre de un niño del cual podría haberse gloriado ante todas las madres, y aunque su gozo era inmensamente mayor que cualquiera que hubiera sentido jamás, ves sin embargo cómo Dios la priva de toda felicidad, en cuanto ya no puede llamarse la madre de Jesús. En su gran consternación probablemente deseó no haber conocido nunca a su hijo, y fue tentada a mayores pecados que los que madre alguna hubiera cometido jamás.
5 De la misma manera el Señor nuestro Dios puede quitarnos nuestro gozo y consuelo, si así lo desea, y causarnos el mayor dolor con las mismas cosas que son nuestro mayor gozo y, por otra parte, darnos el mayor deleite en las cosas que más nos aterran. Pues el mayor gozo de María era ser la madre de este niño, pero ahora él se ha vuelto la causa de su mayor dolor. Así, no tememos nada más que el pecado y la muerte, y sin embargo Dios puede consolarnos de tal modo que nos gloriemos, como dice san Pablo en Ro 7, de que el pecado sirvió para que fuéramos justificados, y de que anhelemos la muerte y deseemos morir.
6 El gran dolor de la madre de Cristo, privada de su hijo, vino sobre ella para que se le quitara incluso su confianza en Dios. Pues tenía motivo para temer que Dios estuviera airado con ella y no quisiera ya que fuese la madre de su Hijo. Nadie entenderá lo que ella sufrió si no ha pasado por experiencias semejantes. Por eso debemos aplicarnos este ejemplo, pues no fue registrado por causa de ella, sino para nuestro provecho. Ella está ya al final de sus dolores; por eso debemos aprovechar su ejemplo y estar preparados para llevar nuestro dolor si nos sobreviene una aflicción semejante.
7 Cuando Dios nos concede una fe fuerte y una firme confianza en él, de modo que estamos seguros de que es nuestro Dios bondadoso y podemos depender de él, entonces estamos en el paraíso. Pero cuando Dios permite que nuestro corazón se desanime y creemos que nos quita a Cristo nuestro Señor; cuando nuestra conciencia siente que lo hemos perdido y entre temblores y desesperación se nos va la confianza, entonces estamos verdaderamente en miseria y angustia. Pues aunque no seamos conscientes de ningún pecado en particular, en tal condición temblamos y dudamos si Dios todavía se interesa por nosotros; así como María aquí duda y no sabe si Dios todavía la juzga digna de ser la madre de su Hijo. Nuestro corazón piensa en el tiempo de la prueba así: Dios me ha dado ciertamente una fe fuerte, pero quizá me la quitará y no querrá ya que sea su hijo. Solo los espíritus fuertes pueden soportar tales tentaciones, y no son muchas las personas a quienes Dios prueba hasta ese grado. Sin embargo, debemos estar preparados, para no desesperar si tales pruebas llegaran a venir sobre nosotros.
8 Hallamos muchos ejemplos de esto en las Escrituras, como por ejemplo en Jos 7:6-7. Dios había dado a Josué grandes y firmes promesas, diciéndole que exterminaría a los paganos y encargándole que atacara a sus enemigos con valor y vigor, lo cual él también hizo. Pero ¿qué sucedió? Cuando su fe era fuerte, envió tres mil hombres contra una ciudad para tomarla. Estaban orgullosos, viendo que era una ciudad pequeña con pocos hombres para defenderla. Cuando los hombres de Israel se acercaron, el enemigo salió de la ciudad y derrotó al pueblo. Entonces Josué se postró en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová hasta la tarde, alzando su voz y lamentándose delante de Dios, diciendo: «¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan?» Su fe se había debilitado y estaba totalmente desanimado, de modo que Dios mismo tuvo que levantarlo de nuevo. Así trata Dios a sus grandes santos, a quienes a veces priva de Cristo, es decir, de su fe y confianza.
9 Pero Dios hace todo esto por su sobreabundante gracia y bondad, para que percibamos por todas partes cuán bondadosa y amorosamente nos trata y nos prueba el Padre, a fin de que nuestra fe se desarrolle y se haga continuamente más y más fuerte. Y lo hace especialmente para guardar a sus hijos de un doble peligro que de otro modo podría amenazarlos. En primer lugar, siendo fuertes en su propia mente y arrogantes, podrían llegar a depender de sí mismos y creer que pueden lograrlo todo con sus propias fuerzas. Por esta razón Dios permite a veces que su fe se debilite y sea postrada, para que vean quiénes son y se vean forzados a confesar: Aunque quisiera creer, no puedo. Así el Dios omnipotente humilla a sus santos y los mantiene en su verdadero conocimiento. Pues la naturaleza y la razón siempre se gloriarán de los dones de Dios y dependerán de ellos. Por eso Dios debe llevarnos a reconocer que es él quien pone la fe en nuestro corazón y que nosotros no podemos producirla. Así el temor de Dios y la confianza en él no deben separarse el uno de la otra, pues necesitamos ambos, para no hacernos presuntuosos y demasiado confiados, dependiendo de nosotros mismos. Esta es una de las razones por las que Dios conduce a sus santos por tan grandes pruebas.
10 Otra razón es que quiere darnos un ejemplo. Pues si en las Escrituras no tuviéramos ejemplos de santos que pasaron por las mismas experiencias, no podríamos soportar nuestras pruebas e imaginaríamos que solo nosotros somos así afligidos, que Dios nunca trató a nadie de esta manera; por lo tanto, mi sufrimiento debe de ser señal del desagrado de Dios conmigo. Pero cuando vemos que la virgen María y otros santos también han sufrido, con ello somos consolados y no necesitamos desesperar, pues su ejemplo muestra que debemos esperar con calma y paciencia hasta que Dios venga y nos fortalezca.
11 Hallamos en las Escrituras muchos ejemplos de pruebas semejantes, y aquí podríamos remitirnos a las palabras de David en el Sal 31:22: «Yo decía en mi premura: Cortado soy de delante de tus ojos», así como a veces pensamos que Dios no nos quiere. Tales pruebas son insoportables y severas sin medida, por lo cual los santos que pasan por ellas se lamentan mucho, pues si Dios no los librara estarían en el infierno. Comparadas con estas pruebas, otras tentaciones y penas son triviales, como por ejemplo cuando se nos quitan nuestras posesiones y honores, o cuando fueron muertos los niños inocentes y Jesús fue obligado a huir a Egipto. El profeta habla de esto en el Sal 94:17: «Si no me hubiera ayudado Jehová, pronto habría yo habitado en el silencio.» Tan grandes son el terror y la angustia de tales visitaciones. Pero Dios las permitió para que nos aferremos a estos ejemplos, seamos consolados y salvados de la desesperación. Al final de nuestra vida también debemos pasar por pruebas semejantes. Por eso debemos estar armados y preparados para ellas.
II. Un ejemplo de consuelo bajo la cruz
12 Tal es la narración y el ejemplo del gran dolor tal como se retrata en este evangelio, pero se nos muestra también dónde puede hallarse consuelo. Los padres de Jesús lo perdieron, habiendo andado un día de camino y buscándolo entre los parientes y conocidos, pero no lo hallaron. Vuelven a Jerusalén y, tras una búsqueda de tres días, ellos lo encuentran en el templo. Aquí Dios ha señalado cómo podemos hallar consuelo y fortaleza en todos nuestros dolores, y especialmente en estas grandes pruebas, y cómo podemos hallar a Cristo el Señor, a saber, buscándolo en el templo. Jesús dijo a sus padres: V.49. ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?
13 Las palabras de Lucas V.50. Mas ellos no entendieron las palabras que les habló deben notarse especialmente aquí. Con estas palabras silenció la charla ociosa de los que exaltaban y alababan demasiado a la virgen María, afirmando que ella lo sabía todo y no podía errar. Pues ves aquí cómo el Señor permite que ella busque a su hijo mucho tiempo en vano, hasta que lo halla en el templo después de tres días. Además de esto, Jesús parece reprenderla cuando dice: V.49. ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? Ella no entendió las palabras que él le habló. Por consiguiente, toda la charla ociosa a que nos hemos referido no es sino falsedad, y la virgen María no necesita esta alabanza fabricada y mentirosa. Dios le ocultó mucho y la condujo por muchas pruebas, para que permaneciera humilde y no se creyera mejor que los demás.
14 Pero el consuelo de que he hablado es que Cristo solo se halla en el templo, es decir, en la casa de Dios. Pero ¿cuál es la casa de Dios? ¿No es toda la creación? Es cierto que Dios está en todas partes, pero está especialmente presente en las Santas Escrituras, en su Palabra, más que en ningún otro lugar. Aprendemos, pues, aquí que nadie puede pretender derivar consuelo de nada sino de la Palabra de Dios; solo en el templo hallarás al Hijo. Mira ahora a la madre de Jesús, que todavía no entiende esto y no sabe que debe buscarlo en el templo. Cuando lo buscó entre los parientes y conocidos, y no en el lugar correcto, no lo halló.
15 Por eso he dicho a menudo, y lo repito, que en la iglesia cristiana no debe predicarse nada sino la pura Palabra de Dios. Con esto concuerda el evangelio cuando dice que no hallaron al Señor entre los parientes y conocidos. Es, pues, erróneo decir que debemos creer lo que los concilios han decretado, o lo que Jerónimo, Agustín y otros santos padres han escrito. Debemos señalar el lugar donde puede hallarse a Cristo, que él mismo señala cuando dice que le es necesario estar en la casa de su Padre, lo cual significa que solo puede hallársele en la Palabra de Dios. Por eso no debemos creer que nuestra conciencia pueda confiar en las enseñanzas de los santos padres ni derivar consuelo de ellas. Ahora bien, si te dicen: ¿No debemos creer a los santos padres?, puedes responder: Cristo no se halla entre los parientes y conocidos. Bien estaría que los cristianos en general prestaran atención a este ejemplo del evangelio y lo usaran como máxima contra toda doctrina que no concuerde con la Palabra de Dios.
16 Pero para subrayar esto más y aclararlo, veamos qué otras doctrinas se han proclamado que no concuerdan con la Palabra de Dios. Hasta ahora hemos tenido tres sistemas de doctrina diferentes. El primero y más grosero es el de santo Tomás (si es que es santo). Este fue tomado del sistema de la ciencia y el arte paganos escrito por aquella gran lumbrera de la naturaleza, Aristóteles. Ahora dicen que su filosofía es como un plato brillante y resplandeciente, y la Palabra de Cristo es como el sol. Y así como el sol brilla sobre el plato, haciéndolo relucir y centellear más, así la luz divina brilla sobre la luz de la naturaleza y la ilumina. Con este hermoso símil han introducido doctrinas paganas en la iglesia cristiana, que han sido enseñadas y cultivadas por las grandes universidades y en las cuales han sido instruidos maestros y predicadores. El diablo les ha enseñado a hablar de este modo. Así la Palabra de Dios es pisoteada, pues cuando se le da plena libertad, subvierte todas estas doctrinas satánicas.
17 En segundo lugar, han enseñado y prescrito leyes humanas, llamadas las instituciones y preceptos de la santa Iglesia cristiana. Con ellas estos necios han pensado llevar a los hombres al cielo y poder consolar y apaciguar nuestra conciencia. Estas leyes humanas prevalecen a tal grado que, como un gran diluvio, cubren todo el mundo y lo han sumergido todo, de modo que es casi imposible que alguien se salve de descender al infierno. Pues claman sin cesar como locos: Esto lo han decretado los santos concilios y aquello lo ha mandado la Iglesia; lo hemos observado largo tiempo, ¿no lo creeremos ahora?
18 Por eso debemos responder a esto con el evangelio, como dije: Aunque María, la santa virgen, hubiera hecho esto, no sería de extrañar que hubiera errado. Era la madre de Dios, y sin embargo no sabía dónde hallar a Cristo; lo buscó entre sus parientes y conocidos y no lo halló. Ahora bien, si ella no logró hallar a Cristo entre sus parientes, sino que al fin tuvo que venir al templo, ¿cómo esperaremos hallarlo fuera de la Palabra de Dios, en doctrinas humanas, en los decretos de los concilios o en las enseñanzas de los escolásticos? Los obispos y concilios sin duda no han poseído el don del Espíritu Santo en tan gran medida como María. Si ella erró, ¿por qué no habrían de equivocarse también los que se imaginan hallar a Cristo en otra parte que no sea la casa de su Padre, esto es, la Palabra de Dios?
19 Si, pues, encuentras a alguno que se adhiere a estos dos sistemas de doctrina diferentes, creyéndolos correctos y confiando en ellos, pregúntale si está muy seguro de que consolarán su alma en la hora de la muerte o ante el juicio y la ira de Dios, si podrá decir entonces con una conciencia impávida: Esto ha sido declarado y decretado por el papa y los obispos en sus concilios, yo me apoyo en ello y estoy muy seguro de que no fallaré. Pronto se verá obligado a decir: ¿Cómo puedo estar tan seguro de esto? Así, cuando llegue el momento y estés ante la muerte, tu conciencia dirá: Es cierto que los concilios decretaron esto, pero ¿y si se equivocaron?, ¿y quién sabe si tenían razón? Entonces, cuando estés en tales dudas, no podrás resistir, y Satanás te asaltará y te derribará por tierra, de modo que yazgas allí sin ayuda.
20 En tercer lugar, además de estas dos teorías, nos han señalado también las Santas Escrituras y han dicho que, por encima de toda otra doctrina, deben observarse en materia de fe las leyes y decretos del papa. Pero aquí exceptúan las enseñanzas de algunos de los santos padres, que han interpretado las Escrituras, y a quienes han exaltado tanto que los ponen al mismo nivel que el papa de Roma, o un poco por encima de él, afirmando incluso que no podían errar y clamando: ¿Cómo sería posible que los santos padres no entendieran las Escrituras? Pero dejen que estos necios digan lo que quieran; recuérdales siempre las palabras de Cristo: V.49. ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? Ante todo debemos tener la Palabra de Dios y aferrarnos a ella, pues Cristo estará allí y en ninguna otra parte. Por eso es en vano que lo busques en otro lugar. Pues ¿cómo puedes convencerme de que Cristo debe hallarse en los escritos de los santos padres?
21 Este evangelio es, por lo tanto, una dura estocada contra toda doctrina y todo consuelo de cualquier clase que no derive de la Palabra de Dios. Puedes, pues, decir: No importa cuán alto exaltes la razón y la luz de la naturaleza, me reservo el derecho de no poner mi confianza en ella. Los concilios han dictado decretos y el papa o los santos padres han enseñado lo que han querido, pero eso no me concierne; no dependeré de ellos. Pronto nos pondremos de acuerdo si deciden y proponen lo que quieran, pero concédanme la libertad de decir: Si me place, lo observaré, pero no como algo especialmente meritorio. Sin embargo, no nos concederán este derecho; pues no se contentan con dejarnos usar nuestro propio criterio en estas cosas, sino que exigen además que fundemos en ellas nuestra confianza y consuelo, enseñando que confiar en ellas es tanto como poner nuestra confianza en Cristo y en el Espíritu Santo. No podemos tolerar sus engaños, según los cuales piensan que hacen una buena obra los que guardan sus leyes, y que, por otra parte, es pecado no guardarlas. Pues declaran que los preceptos y doctrinas del papa y de la Iglesia vienen del Espíritu Santo y son la Palabra de Dios, por lo cual debemos creerlos y observarlos. Pero esto es una mentira evidente y desvergonzada; pues ¿cómo pueden probarlo?
22 Pero, dicen, la Iglesia cristiana es siempre guiada por el Espíritu Santo, que no permitirá que la Iglesia yerre ni se extravíe. A esto respondemos con lo que dijimos antes: Por buena que sea la Iglesia, nunca ha poseído el Espíritu en tan gran medida como María, quien, aunque era guiada por el Espíritu, erró sin embargo, para que aprendiéramos de su experiencia. Si ella misma no está segura, ¿cómo puedes darme seguridad a mí? ¿Adónde iremos entonces? También nosotros debemos entrar en el templo, es decir, debemos aferrarnos a la Palabra de Dios, que es segura y no nos fallará, y donde ciertamente hallaremos a Cristo. Debo, por lo tanto, estar siempre con la Palabra, si me aferro a ella. Si la Palabra de Dios avanza venciendo a través de la muerte y permanece viva, yo también debo pasar por la muerte a la vida, y nada puede estorbarme ni destruirme: ni el pecado, ni la muerte, ni el diablo. El consuelo y la osadía que obtengo de la Palabra de Dios no pueden ser engendrados por ninguna otra doctrina, pues ninguna puede compararse con ella.
23 Por eso es necesario que entendamos esto claramente y no pongamos nuestra confianza en doctrinas humanas ni en las enseñanzas de los santos padres. Dios lo ha demostrado con muchos otros ejemplos, para enseñarnos a no depender en lo más mínimo de los hombres, pues también los santos pueden a veces equivocarse. Leemos, por ejemplo, en Hch 15:5 ss. que no más de dieciocho años después de la ascensión de Cristo los apóstoles y la mayoría de los cristianos celebraron una conferencia. Se planteó la cuestión de si debía obligarse a los gentiles a someterse a la circuncisión. Se levantaron los cabecillas de la secta de los fariseos que habían creído y dijeron: «Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés.» Hubo gran conmoción y todos parecían tener la misma opinión. Solo Pedro, Pablo, Bernabé y Santiago se oponían a este parecer, y Pedro especialmente se levantó y les dijo: Dios ha dado el Espíritu Santo a los gentiles que han oído de mí el evangelio, lo mismo que a nosotros; y no hizo diferencia alguna entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. Ahora bien, si recibieron el Espíritu Santo y no estaban circuncidados, ¿por qué queréis forzarlos y poner sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos.
24 Notas que en este concilio había muchos cristianos que eran verdaderos creyentes, en un tiempo en que la Iglesia estaba en su vigor juvenil y era casi perfecta, y sin embargo Dios permite que todos yerren, con excepción de tres o cuatro hombres. Si estos pocos hombres no hubieran protestado, se habrían enseñado doctrinas erróneas y se habría establecido una ley no conforme con el evangelio de Cristo. Y nosotros somos tan ciegos y necios que decimos continuamente: Los concilios y la Iglesia han mandado esto o aquello, y como no pueden estar en error, sus decretos deben observarse.
25 Más adelante leemos que incluso los más destacados dirigentes, tanto Pedro como Bernabé, cayeron en error, y todos los demás judíos con ellos. Entonces Pablo solo se levantó y reprendió a Pedro públicamente, como él mismo escribe en Gá 2:11. Ahora bien, si estos santos concilios y hombres santos erraron, ¿por qué habríamos de poner nuestra confianza en nuestros propios concilios? Pues no pueden compararse ni por un instante con los concilios celebrados por los apóstoles.
26 ¿Por qué permite Dios que ocurran estas cosas? Lo hace para que no dependamos de las palabras y doctrinas de los hombres, por santos que sean, ni derivemos consuelo de ellas, sino que pongamos nuestra confianza solo en la Palabra de Dios. Si, pues, viniera incluso un apóstol o un ángel del cielo, como dice san Pablo en Gá 1:8-9, que predicara otro evangelio, deberíamos declarar abiertamente que no es la Palabra de Dios y negarnos a escucharlo. No olvides que el niño no puede hallarse en ningún otro lugar sino en el templo, o casa de Dios. María lo buscó ciertamente entre los parientes, que son la gente grande, docta y piadosa, pero no lo halló entre ellos.
27 Hay muchos ejemplos y figuras semejantes en otros lugares del evangelio que señalan la misma verdad, a saber, que no debe enseñarse nada sino la Palabra de Dios y que no debe aceptarse ninguna otra doctrina, porque Cristo solo puede hallarse en las Escrituras. Así leemos en el evangelio de Navidad, Lc 2:12, donde el ángel, que anunció el nacimiento de Cristo, dijo a los pastores: «Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.» ¿Por qué no los dirige a María y a José, sino que solo los remite a los pañales y al pesebre? La razón es que Dios no quiere remitirnos a ningún santo, ni siquiera a la santa madre misma, pues todos pueden errar. Por eso debe señalarse un lugar especial donde está Cristo, a saber, el pesebre, donde ciertamente puede hallársele, aunque José y María no estuvieran presentes. Esto significa que Cristo está completamente envuelto en las Escrituras, así como el cuerpo está envuelto en los pañales. El pesebre es la predicación del evangelio, donde él yace y donde es aprehendido, y de donde tomamos nuestro alimento. Ahora bien, parecería que el niño debía yacer donde están José y María, estas personas grandes y santas. Sin embargo, el ángel señala solo el pesebre, que no quiere que sea pasado por alto ni deshonrado. Es una expresión insignificante y sencilla, pero en ella se halla a Cristo.
28 La misma verdad se señala también en otras narraciones, como por ejemplo en la del santo Simeón, que había recibido de Dios la promesa de que no vería la muerte antes de haber visto al Señor Cristo. Vino en el Espíritu al templo, halló al niño y lo recibió en sus brazos. Pero aquí solo se destaca que halla a Cristo en el templo. De todo esto aprendemos que Dios quiere advertirnos contra las doctrinas humanas, por excelentes que sean, aconsejándonos no depender de ellas, sino aferrarnos al único guía verdadero, la Palabra de Dios. Deja a un lado todo lo demás. Sus declaraciones y decretos pueden ciertamente ser buenos y rectos, pero nuestro corazón no puede confiar en ellos.
29 Este es, pues, el consuelo que derivamos de este evangelio en nuestras grandes pruebas, de las cuales hemos hablado arriba. Sabemos que el consuelo solo puede hallarse en las Escrituras, la Palabra de Dios. Por esta razón Dios hizo que esto fuera registrado, para que aprendiéramos estas lecciones, como escribe san Pablo a los romanos: «Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza.» Ro 15:4. Aquí dice que las Escrituras consuelan, que imparten paciencia y consuelo. Por consiguiente, no puede haber nada más que consuele el alma, ni siquiera en las tentaciones más triviales. Pues todo lo demás con que el hombre se consuela, por grande que sea, es enteramente incierto, y el corazón pregunta constantemente: ¿Quién sabe si es correcto? ¡Si tan solo estuviera seguro de ello!, etc. Pero cuando el corazón se aferra a la Palabra de Dios, puede decir sin vacilar: Esta es la Palabra de Dios, que no puede mentir ni errar, de esto estoy seguro. Y este es nuestro mayor combate: que guardemos y mantengamos firmemente la Palabra; pues si esta es quitada del corazón, el hombre está perdido.
30 Estemos, pues, preparados para sus representaciones y reconvenciones en el sentido de que la Iglesia cristiana no puede errar, para que sepamos cómo enfrentarlas, y decir: Aquí no está la palabra del hombre, sino la Palabra de Dios. Leemos en este evangelio que su madre, María, estaba llena del Espíritu Santo, y sin embargo erró. Igualmente leemos en Hechos que hubo un concilio cristiano de personas que creían y tenían el Espíritu, y sin embargo tropezaron y habrían establecido una ley anticristiana, si otros no hubieran protestado. Por eso no debemos creer a ningún concilio ni santo, si vienen sin la Palabra de Dios. Esta es, pues, la suma de este evangelio, y si hay algo más que decir sobre él, dejaremos que lo expliquen los que tengan tiempo; pero el que lo estudie con fidelidad lo entenderá fácilmente.
31 Algunos se han roto la cabeza sobre el sentido de las palabras de Lucas donde dice que Cristo avanzaba en sabiduría y gracia, pues suponen que, como verdadero Dios, poseía toda la sabiduría y gracia desde el tiempo de su concepción. Pero aquí han alterado vergonzosamente el texto con sus comentarios. Por eso abstente de tal charla ociosa y deja que las palabras queden tal como están, sin comentario alguno. Debemos entenderlas sencillamente como diciendo que crecía continuamente y se fortalecía en el Espíritu, como cualquier otro hombre, como lo hemos explicado más ampliamente en el evangelio del domingo después de Navidad.
Sermón para el primer domingo después de Epifanía; Lucas 2:41-52 (2.º sermón)
LA MANIFESTACIÓN DE CRISTO ES UN EJEMPLO DE LA CRUZ, Y LA ENSEÑANZA DE DÓNDE HAY QUE BUSCAR A CRISTO.
I. UN EJEMPLO DE LA CRUZ Y DEL SUFRIMIENTO SEVERO.
1 Hasta ahora, bajo la ceguera del papado, sobre los bienaventurados santos de Dios no se enseñaba otra cosa que cubrirlos de alabanzas y elogios desmedidos, y ensalzarlos por su elevada devoción y su gozo celestial, como si en la tierra no hubieran sido también seres humanos y nunca hubieran sufrido ni sentido las adversidades, las desgracias y las flaquezas de los hombres; y como si no pudieran ser honrados lo bastante a menos que se los representara en madera y en piedra. Han procurado reforzar esta idea con mentiras falsas y vergonzosas y con fábulas ociosas, como si así se honrara altamente a los santos y los hombres hablaran de ellos solo con asombro y no vieran en ellos sino ejemplos tales que nadie podría alcanzar en esta vida ni hallar consuelo en ellos. En consecuencia, se los ha convertido en ídolos, y se ha enseñado a los hombres a invocarlos como intercesores, mediadores y socorredores en la necesidad, en lugar del Señor Jesucristo, con vergonzosa blasfemia y negación de nuestro bienaventurado Salvador y sumo sacerdote, Jesucristo.
2 Así también se han imaginado falsamente que exaltaban a la madre de Cristo, y no conocen mayor honra para ella que colmarla y sobrecargarla de gracias y dones, como si nunca hubiera sufrido tentaciones, como si nunca hubiera vacilado ni errado en su juicio ni en cosa alguna. Las Sagradas Escrituras y este evangelio, en cambio, muestran cómo Dios trata a sus santos de una manera maravillosa, según el Salmo 4:3, y de un modo del todo contrario a la razón humana; y que cuanto más los dota de gracia y los exalta y honra, tanto más hondo los sumerge en el dolor y el sufrimiento, sí, aun en la deshonra, la vergüenza y el abandono.
3 La razón humana sin duda enseñaría y aconsejaría a Dios que no permitiera que a su propio Hijo se le tratara de manera vergonzosa e ignominiosa, como a un asesino y malhechor, ni que se derramara su sangre, sino que procurara más bien que los ángeles lo llevaran en sus manos, y que todos los reyes y nobles cayeran a sus pies y le rindieran toda honra. Porque la sabiduría humana consiste en esto: que no ve, ni busca, ni desea otra cosa que lo alto y lo precioso y lo que trae honra; y, a la inversa, nada rehúye ni evita más prontamente que la deshonra, el desprecio, el sufrimiento, la miseria y cosas semejantes. Así Dios invierte el orden y obra al contrario: trata a su amadísimo Hijo con tanta dureza y con tanto escándalo, según la razón y la opinión humanas, como no trataría a ningún hombre sobre la tierra, ¡como si no fuera Hijo de Dios, ni siquiera de hombre, sino hijo de Satanás! De la misma manera trató también a su siervo muy amado, Juan el Bautista, de quien Cristo dice, en Mt 11:11, que entre los nacidos de mujer no se ha levantado otro mayor que él; y con todo, le concedió el honor de ser decapitado por un bellaco. Fue, ciertamente, una muerte de lo más deshonrosa y vergonzosa.
4 De igual modo trató a su amada madre, de manera que ella tuvo que aprender y experimentar cuán maravillosamente trata Dios a sus santos; y los Evangelios señalan con suficiente claridad que muy rara vez les permitió ver y experimentar lo noble, lo precioso y lo gozoso, sino que la mayoría de las veces les hizo experimentar sufrimiento y angustia, como el anciano y santo Simeón se lo había anunciado, como figura de todos los cristianos. Además, le habló con dureza y la rechazó de un modo poco amistoso.
5 Por eso este evangelio presenta, ante todo, a la madre de Cristo como ejemplo de llevar la cruz y de gran sufrimiento, como el que Dios permite que sus santos soporten. Porque aunque la santa Virgen fue grandemente bendecida con toda gracia, y fue un hermoso templo del santo Dios, y con preferencia a todas recibió la alta honra de ser la madre del Hijo de Dios, y sin duda tuvo el mayor placer y gozo posibles en su hijo, más que cualquier otra madre, como era natural; con todo, Dios dispuso que no tuviera solamente placer exaltado, sino también gran angustia, dolor y pena por causa de él. Porque su primera angustia fue hallarse en tierra extraña cuando él nació en Belén, donde no encontró para su niño más lugar que un establo común. Su otra angustia fue que, a las seis semanas de su nacimiento, se vio obligada a huir con el niño y a permanecer desterrada siete años. Además, debió de soportar muchas cosas que no están registradas.
6 Una de estas aflicciones, y no la menor, es la miseria que le hizo padecer cuando permitió que se le perdiera en el templo y dejó que lo buscara tanto tiempo. Con ello la aterró y entristeció de tal modo que pudo desesperar de hallarlo, como lo confesó cuando exclamó, v. 48: Tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Pues pensemos un momento cómo debió de sentirse y afligirse. Todo padre y toda madre pueden comprender fácilmente la miseria y el dolor que causa la separación inevitable de un hijo querido, cuando solo saben que el hijo está perdido. Y aunque la separación durara solo una hora, ¡qué grande es la pena y el lamento, y cuántas lágrimas se derraman, sin consuelo, sin fuerzas para comer, beber, dormir o descansar, y con tal miseria que preferirían morir! ¡Cuánto mayor el sufrimiento si esa condición hubiera de continuar un día y una noche, o aun más, cuando cada hora debe de parecer cien años!
7 Ahora bien, mira, por otra parte, a esta madre que primero pierde a su único hijo, un hijo como el cual ni ella ni nadie puede tener otro; que es solo hijo suyo, y ella sola su madre, sin padre natural; sí, que es verdaderamente el Hijo unigénito de Dios y de modo especial le fue dado y encomendado por Dios, para que ella, como su madre, lo atendiera, cuidara de él y velara por él con toda diligencia. Hasta entonces lo había criado, no sin mucho cuidado y pena, y lo había defendido con denuedo entre extraños y enemigos. Ahora que ha crecido algo y ella podría tener en él su mayor gozo y consuelo, tiene que perderlo de repente, cuando creía que estaba más seguro y sus penas habían pasado, y perderlo no solo por dos horas, ni por un día y una noche, sino por tres días enteros, de manera que se vio obligada a pensar que estaba perdido para siempre. ¿Quién puede pensar o decir cuán angustiado y afligido debió de estar su corazón de madre durante los tres días enteros que lo estuvo buscando? Fue maravilloso que sobreviviera a este gran dolor.
8 La aflicción y el sufrimiento que se vio obligada a soportar no eran de tal naturaleza que hubieran ocurrido sin culpa suya, sino que su conciencia la forzaba a recordar cómo Dios le había confiado al niño y que nadie más respondía por él; y así estallaban y retumbaban tormentas en su corazón: Mira, has perdido al niño. Esto no es culpa de nadie sino tuya; porque debías haberlo atendido y cuidado, y no permitir que se alejara de tu vista ni por un momento. ¿Cómo darás cuenta de esto ante Dios, ya que has dejado de velar por él? Este es el resultado del pecado, y ya no eres digna de ser su madre; sí, has merecido que él te condene ante todos los pueblos, siendo que te ha concedido la gran honra y el favor de elegirte por madre.
9 ¿No debió desfallecer y desmayar aquí su corazón de angustia, por dos razones? Primera, porque perdió a su hijo y no podía encontrarlo; segunda, que era la más severa de todas y que no podía sucederles a otras madres, lo cual hacía el dolor todavía más agudo: porque debía aborrecerse a sí misma ante Dios, el único Padre del niño, pensando que ya no la tendría ni la consideraría como madre suya, y por eso debía estar más apenada y triste de corazón que cualquier otra mujer sobre la tierra. En su propio corazón se considera culpable del mismo pecado que Eva, la primera madre, que llevó a la ruina a todo el género humano. Porque ¿qué son todos los pecados comparados con este, que ella haya descuidado y perdido a este niño, el Hijo de Dios y Salvador del mundo? Y si no fuera hallado, o, ya que no podía perderse, si Dios lo hubiera tomado de nuevo consigo, ella sería la causa de que se impidiera la realización de la obra de la redención del mundo. Estos pensamientos, y sin duda muchos otros, llenaban su corazón de gran temor, especialmente siendo ella, como piadosa hija de Dios, de corazón y conciencia muy tiernos.
10 Aquí puedes ver cómo trató Dios a la persona más santa, la madre de su Hijo, aunque había sido honrada por él en sumo grado y su gozo en su Hijo había sido inmensamente grande, como el que ninguna madre tuvo jamás; y con todo, Dios la asaltó de tal manera, y ella tuvo que ser despojada de tal modo de su honra y de su consuelo, que no puede decir: Soy la madre del Hijo. Antes había sido exaltada hasta el cielo; ahora ha sido arrojada de repente al más hondo infierno, y está en tal terror y tristeza que pudo desesperar y morir, y desear no haber visto nunca al niño ni haber oído hablar de él; y así pudo haber cometido un pecado más grave que el que persona alguna cometió jamás.
11 Ves así que Dios puede tratar a sus santos de manera que los prive de felicidad y consuelo cuando le plazca, y arrojarlos al mayor temor precisamente en aquello en que tienen su mayor gozo. Así también puede volver a concederles el mayor gozo. Porque este fue el mayor gozo de esta santa Virgen: haber llegado a ser la madre de este niño; pero ahora no tiene mayor terror y pena que la causada por este Hijo. Así, no podemos tener mayor terror que el causado por el pecado y la muerte; y con todo, Dios puede consolarnos aun en esto, de modo que nos gloriemos en ello, como dice san Pablo, Ro 5:20-21, en que el pecado tuvo que servir para que la gracia fuera mayor y abundara mucho más. Y la muerte, vencida por Cristo, nos da la razón por la que podemos desear la muerte y poder morir con alegría.
12 Asimismo, si Dios nos ha dado una fe preciosa y por eso vivimos en fuerte confianza de que tenemos un Dios propicio por medio de Cristo, estamos en el paraíso. Pero antes de darnos cuenta puede suceder que Dios haga desfallecer nuestro corazón y pensemos que quiere arrancar a Cristo de nuestros corazones, y que Cristo se nos oculte de tal modo que no podamos hallar consuelo en él, sino que en cambio recibamos en nuestros corazones solo pensamientos horribles del diablo; de manera que sintamos como si hubiéramos perdido a Cristo y luchemos y temblemos como si por nuestros pecados no hubiéramos merecido de él sino ira y condenación.
13 Sí, aunque no se trate de un pecado manifiesto, el diablo puede hacer pecado de lo que no es pecado, y conmover y aterrar de tal modo el corazón que se atormente con este pensamiento: ¿Quién sabe si Dios te aceptará, o si Cristo te será favorable? Así aquí: esta amada madre dudó de si él la consideraría todavía como su madre, y sintió en su corazón como si hubiera descuidado y perdido a su Hijo, aunque era inocente en todo el asunto, pues él no estaba perdido. Así habla el corazón en la tentación: Sí, Dios te ha dado en verdad una excelente fe; pero quizá ya no te la dará más. Por alguna causa o por otra has merecido esto.
14 Y esta es la prueba y el sufrimiento más grande y más severo que Dios a veces envía sobre sus santos y con que los ejercita, a saber, el que solemos llamar abandono de la gracia (desertionem gratiae), a causa del cual el corazón humano siente como si la gracia de Dios hubiera sido retirada, de modo que, adondequiera que se vuelva, no ve sino ira y terror. Pero esta gran prueba no la experimenta todo el mundo, y nadie puede entender su significado a menos que la haya experimentado. Se requiere un espíritu fuerte para soportar tales golpes.
15 Sin embargo, estos ejemplos se nos proponen para que aprendamos de ellos cómo guardarnos y consolarnos en la tentación, y para prepararnos para el tiempo en que Dios tenga a bien asaltarnos con pruebas grandes semejantes, a fin de que no seamos llevados a la desesperación. Porque esto no ha sido escrito por causa de esta Virgen, la madre de Cristo, sino por nuestro provecho, para que por ello seamos enseñados y consolados.
16 Por la misma razón se presentan en las Escrituras numerosos ejemplos de las grandes pruebas de otros santos eminentes, entre los cuales estuvo sin duda el patriarca Jacob, de quien Moisés escribe, en Gn 32:24, que luchó toda la noche con Dios; asimismo Josué, Jos 7:7, a quien Dios había dado la grande y poderosa promesa de que podría vencer a los paganos que se le oponían, y lo exhortó a tener ánimo y a no desmayar, porque él estaría con él, etc. Confiado en esta promesa, Josué avanzó gozosamente, arremetió con osadía contra sus enemigos y obtuvo una gran victoria. Pero ¿qué sucedió? Aun cuando poseía tal fe y tal valor, y con esa misma fe había tomado y destruido Jericó, ocurrió que no más de tres mil hombres de entre todo el pueblo de Israel fueron enviados a Hai para conquistarla y destruirla. Eran soberbios y audaces, porque la ciudad era pequeña y los enemigos pocos. Pero cuando llegaron a la ciudad, fueron de pronto presa del miedo, volvieron la espalda y huyeron del enemigo, aunque no murieron más de treinta y seis de los suyos. El mismo Josué perdió el ánimo, se postró en tierra y estuvo sobre su rostro todo el día y clamó a Dios: «¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!» He ahí al gran y valiente héroe tendido en el suelo con su fe, él que había recibido la poderosa Palabra de Dios, y solo Dios puede levantarlo de nuevo. ¿Por qué está tan abatido? Simplemente porque Dios, para probarlo, se había ocultado y por ello lo había desanimado, a fin de que Josué aprendiera a comprender lo que es el hombre y lo que puede sin la ayuda divina.
17 Sufrimientos como estos son inmensamente pesados e insoportables para la naturaleza humana; por eso los santos claman y se quejan dolorosa y miserablemente bajo ellos, de lo cual se hallan muchos ejemplos en los Salmos, como en el Salmo 31:22: «Yo dije en mi premura: Cortado soy de delante de tus ojos», es decir: «Yo no sabía ni sentía otra cosa sino que mi corazón me decía: A Dios no le importas.» Y si Dios no los sostuviera con su poder y no los ayudara a salir de sus sufrimientos, tendrían que hundirse en el infierno. Así dice el Salmo 94:17: «Si no me ayudara Jehová, pronto moraría mi alma en el silencio.»
18 Por eso esta santa Virgen fue una verdadera mártir por tres días, y estos días fueron más pesados para ella que el dolor externo del martirio para otros santos. Tuvo tal angustia por causa de su Hijo que no habría podido sufrir dolor más amargo. Porque esa es la mayor tortura y aflicción: cuando el corazón es atacado y torturado. Todos los demás sufrimientos que asaltan el cuerpo son más soportables; sí, en medio de ellos el corazón puede estar alegre y despreciar todo sufrimiento corporal, como leemos de santa Inés y de otros mártires. Eso es solo medio sufrimiento, cuando solo el cuerpo es afligido mientras el corazón y el alma permanecen llenos de gozo; pero cuando el corazón solo se ve obligado a soportar el sufrimiento, únicamente los espíritus grandes y nobles, y una gracia y fortaleza especiales, son capaces de soportarlo.
19 Ahora bien, ¿por qué permite Dios que estas aflicciones vengan sobre sus amados? Ciertamente no sin razón, ni por ira o falta de gracia, sino por motivos de gran gracia y misericordia, para mostrarnos cómo en todas las cosas nos trata de manera amistosa y paternal, y cuán fielmente cuida de los suyos y los guía de tal modo que su fe se ejercite más y más y se vuelva cada vez más fuerte. Pero lo hace especialmente por las razones siguientes.
20 Primero, para guardar a los suyos de la presunción, de modo que los grandes santos, que han recibido de Dios gracia y dones especiales, no presuman ni confíen en sí mismos. Porque si estuvieran siempre fuertes en espíritu, y experimentaran solo gozo y dulzura, podrían caer finalmente en la fatal soberbia del diablo, que desprecia a Dios y confía en sí misma. Por eso deben ser curtidos y templados para no sentir siempre el poder del Espíritu; sino que su fe a veces tropiece y sus corazones tiemblen, para que vean lo que son y se vean obligados a confesar que nada pueden hacer si Dios no los sostiene por su pura gracia. Así Dios los mantiene en humildad y en el conocimiento de sí mismos, para que no se vuelvan soberbios ni carnalmente seguros respecto de su fe y su santidad, como le sucedió a san Pedro cuando se jactó de estar dispuesto a poner su vida por Cristo, Jn 13:37.
21 Así el profeta David confiesa que tuvo que aprender esta lección, Sal 30:6-7: «En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido. Escondiste tu rostro, fui turbado.» Y san Pablo, en 2 Co 1:8-9, se queja de la gran aflicción que le sobrevino en Asia, diciendo: «No queremos, hermanos, que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos.» Y en 2 Co 12:7-9 dice que le fue dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que lo abofeteara, para que no se exaltase desmedidamente por la grandeza de las revelaciones que había recibido; y que Dios no quiso quitárselo, aunque había rogado tres veces, sino que tuvo que aferrarse al consuelo que Dios le ofreció, a saber, que se contentara con su gracia y por medio de ella venciera su debilidad. Por lo tanto, tal prueba de los santos es tan necesaria, o aún más necesaria, que el alimento y la bebida, para que permanezcan en temor y humildad y aprendan a adherirse solo a la gracia de Dios.
22 Segundo, Dios permite que sus santos sufran estas pruebas como ejemplo para otros, tanto para alarmar a los carnalmente seguros como para consolar a los tímidos y alarmados. Los impíos e impenitentes pueden aprender de ello a enmendar sus caminos y a guardarse del pecado, pues pueden ver que Dios trata aun a los santos de modo que produce angustia, para que no sientan sino ira y desagrado, y se alarmen como si hubieran cometido los pecados más graves que el hombre puede cometer. Así aquí, la madre de Cristo tuvo que luchar hasta el tercer día con un corazón pesado, que la acusaba como si hubiera perdido al Hijo de Dios, un pecado cuyo igual nadie más en la tierra había cometido, y tuvo que temer solo al Altísimo; y con todo, verdaderamente no había tal pecado, ni ira, ni desagrado.
23 Si, pues, los corazones de los piadosos son abrumados por una alarma y una angustia tan pesadas e insoportables, ¿qué será de los demás, que yacen seguros y continúan impenitentes en pecados reales, y que merecen y acumulan la ira de Dios? ¿Cómo podrán mantenerse en pie cuando de repente los sobrecoja el temor, lo cual puede suceder en cualquier momento?
24 Asimismo, tales ejemplos están destinados a servir de consuelo para las conciencias alarmadas y angustiadas, cuando ven que Dios ha atacado no solo a ellas, sino también a los más excelsos santos, y les ha permitido sufrir las mismas pruebas y angustias. Porque si no tuviéramos en la Escritura ejemplos que muestren que estas cosas les sucedieron a los santos, no podríamos soportarlo, y las conciencias tímidas serían llevadas a clamar: Sí, solo yo me veo obligado a soportar estos sufrimientos; ¿cuándo permitió Dios que los piadosos y santos fueran así tentados? Por tanto, debe de ser señal de que Dios no quiere saber nada de mí. Pero cuando vemos y oímos que Dios trató de igual manera a sus santos y no perdonó ni a su propia madre, tenemos el conocimiento y el consuelo de que no necesitamos desesperar en nuestras pruebas, sino permanecer quietos y esperar hasta que él nos ayude, así como ha ayudado a todos sus santos.
25 En tercer lugar, notamos la verdadera razón por la que Dios hace esto, a saber, para enseñar a sus santos a buscar el verdadero consuelo y prepararse para hallar a Cristo y retenerlo. La parte principal de esta lección del evangelio es enseñarnos cómo y dónde hemos de buscar y hallar a Cristo. Así, el texto dice que María y José buscaron al niño Jesús durante tres días sin hallarlo, ni en Jerusalén, ni entre sus amigos y conocidos, hasta que llegaron al templo, donde estaba sentado en medio de los maestros y donde se estudian las Escrituras y la Palabra de Dios. Y cuando se asombraron y comenzaron a quejarse de cómo lo habían buscado con angustia, él les dijo:
II. LA ENSEÑANZA DE DÓNDE HEMOS DE BUSCAR A CRISTO.
V.49. ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?
26 ¿Qué significa «me es necesario estar en los negocios de mi Padre»? ¿No son del Padre todas las criaturas? Todas las cosas le pertenecen; pero nos dio las criaturas para nuestro uso, para que las usemos en nuestra vida terrena conforme a nuestro mejor entendimiento. Pero una cosa se reservó para sí, que es santa y se llama propia de Dios, y que hemos de recibir de él de manera especial. Esta es su santa Palabra, por medio de la cual gobierna los corazones y las conciencias, y santifica y salva. Por eso también el templo se llama su lugar santo o su santa morada, para que allí se manifieste y sea oído por medio de su Palabra. Así pues, Cristo está en los negocios de su Padre cuando nos habla por su Palabra y por medio de ella nos conduce al Padre.
27 Mira, reprende a sus padres porque habían errado y lo habían buscado entre los asuntos terrenales y humanos, entre amigos y conocidos, sin pensar que él debía estar en lo que es de su Padre. Con ello quiere indicar que su reino y toda la esencia del cristianismo consisten solo en la Palabra y en la fe, no en cosas externas (como la santidad externa e hipócrita del judaísmo), ni en ordenanzas o gobiernos temporales y mundanos. En una palabra: no permitirá que se lo halle ni entre amigos y conocidos, ni en cosa alguna fuera de su Palabra. Porque no quiere ser mundano, ni estar en lo que es mundano, sino en lo que es de su Padre, así como siempre se manifestó desde su nacimiento durante toda su vida. Estaba, en verdad, en el mundo, pero no se conformaba al mundo, como también dijo a Pilato: «Mi reino no es de este mundo.» Estaba entre amigos y conocidos y acudía a ellos, pero no se identificaba con ninguno de sus asuntos en el mundo, salvo que peregrinaba en el mundo como huésped y lo usaba para satisfacer las necesidades de su cuerpo; pero se ocupa solo de lo que es de su Padre, es decir, la Palabra. Allí se lo puede hallar; allí debe buscarlo quien de veras desee hallarlo.
28 Por eso, como ya he dicho, Dios no tolerará que dependamos de otra cosa y permitamos que nuestros corazones confíen en algo que no sea Cristo en su Palabra, por más santo y espiritual que sea. La fe no tiene otro fundamento sobre el cual sostenerse. Por eso sucedió que la sabiduría, los pensamientos y las esperanzas de la madre de Cristo y de José tuvieron que fallar, y todo se perdió mientras lo buscaban en otros lugares. Porque no lo buscaron como debían, sino como lo hacen la carne y la sangre, que siempre andan a tientas tras otro consuelo que el de la Palabra; pues siempre quiere lo que puede ver y sentir, y adquirir por meditación y razón.
29 Por eso Dios permite que caigan y fallen, para que aprendan que todo consuelo que no se funda en la Palabra, sino en la carne y la sangre, en los hombres y en todas las demás criaturas, tiene que fallar inevitablemente. Aquí hay que abandonarlo todo: amigos, conocidos y toda la ciudad de Jerusalén, todo arte, ingenio y cuanto pertenece a estas cosas y a los hombres; porque todo esto ni da ni ayuda a dar consuelo, hasta que se busca al Señor en el templo, puesto que él está en lo que es de su Padre. Allí puede hallársele de verdad y el corazón se alegra; de otro modo tendría que quedarse sin el menor consuelo.
30 Por tanto, si Dios permite que seamos probados tan duramente, debemos aprender entonces a no seguir nuestra propia opinión ni el consejo humano, que nos dirige de acá para allá, ni a depender de nosotros mismos y de otros, sino que debemos considerar que hemos de buscar a Cristo en los negocios de su Padre; es decir, que nos aferremos simple y únicamente a la Palabra del evangelio, que a nosotros los cristianos nos dirige por el camino recto y nos da el conocimiento correcto. Por eso, si deseas consolar a otros o a ti mismo, aprende en esta y en todas las demás pruebas espirituales a decir con Cristo: ¿Por qué corres de acá para allá y te atormentas así con pensamientos angustiosos y tristes, como si Dios ya no tuviera gracia para ti y como si Cristo no pudiera ser hallado, y no te darás por satisfecho a menos que lo halles con tus propios esfuerzos y puedas sentirte santo y sin pecado? Nada puede resultar de esto; es solo esfuerzo y trabajo perdidos. ¿No sabes que él no quiere ser hallado sino en lo que es de su Padre? No en lo que tú o todos los demás hombres son o tienen. La culpa no es de Cristo ni de su gracia; él en verdad ni está ni permanece perdido; siempre puede ser hallado. Pero la culpa está en ti, porque no lo buscas rectamente donde ha de ser hallado, ya que juzgas según tus propios sentimientos y piensas que puedes asirlo con tus propios pensamientos. Debes llegar a esto: donde no está tu obra ni tu regla, ni las de ningún ser humano, sino la de Dios, a saber, su Palabra. Allí lo encontrarás, y oirás y verás que allí no hay ni ira ni desagrado, como temías y recelabas que hubiera, sino pura gracia y sincero amor hacia ti, y que como amigable y querido mediador ruega al Padre por ti con el mayor fervor y eficacia. Ni te envía tal prueba para desecharte, sino para que aprendas mejor a conocer su Palabra y te aferres más estrechamente a ella, para reprender tu falta de entendimiento y para que experimentes cuán seria y fielmente cuida de ti.
31 Mira, esta es la preciosa doctrina de este evangelio, a saber, cómo buscar rectamente a Cristo y cómo se lo puede hallar; y señala el verdadero consuelo que puede satisfacer a las conciencias turbadas, quitar todo terror y angustia y alegrar de nuevo el corazón y darle al mismo tiempo una vida nueva. Pero el corazón debe hacerse pesado antes de poder alcanzar y asir esta verdad; primero debe correr y experimentar que todo lo demás está perdido y es inútil en la búsqueda de Cristo, y que al final no hay consejo posible, a menos que te entregues, sin tu propio consuelo ni ningún consuelo humano, a la sola Palabra. En los infortunios y apuros corporales puedes buscar consuelo en el oro, las posesiones, los amigos y conocidos; pero en estos asuntos debes tener algo que no sea humano sino divino, a saber, la Palabra, mediante la cual solamente Cristo trata con nosotros y nosotros podemos tratar con él. Esto, sin embargo, ha de notarse especialmente, como dice el evangelista:
V.50. Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.
32 Esto debería cerrar la boca de los charlatanes vanos que exaltan a la santa Virgen María y a otros santos como si lo supieran todo y no pudieran errar; pues puedes ver aquí cómo yerran y vacilan, no solo en que buscan a Cristo y no saben dónde hallarlo hasta que por casualidad llegan al templo, sino también en que no pudieron entender estas palabras con que él censuró su ignorancia y se ve obligado a decirles: «¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?» El evangelista lo ha señalado con gran diligencia, para que los hombres no den crédito a tales falsedades como las que presentan, al exaltar a los santos, maestros ignorantes, inexpertos y engreídos de la justicia por las obras, que hasta los erigen como ídolos.
33 La santa Virgen no necesita tales alabanzas falsamente inventadas. Dios la condujo de tal manera que le ocultó mucho y permitía cada día que sucedieran muchas cosas que ella no había sabido de antemano, para mantenerla humilde, de modo que no se considerara mejor que los demás. Y esta es alabanza y honra suficiente para ella: que él la guió y sostuvo por su gracia, aunque la había dotado de muchos dones mucho mayores que los de otros; y sin embargo, de modo que ella, como los demás, se vio obligada, mediante múltiples tentaciones y penas, a aprender cada día y a crecer en la gracia.
34 Ejemplos como este son útiles y necesarios para mostrarnos que aun los santos, que son hijos de Dios y gozan de mayor favor que otros, todavía tienen debilidades, de modo que con frecuencia yerran y tropiezan, sí, conservan muchas faltas y a veces hasta cometen grandes pecados; pero no intencionada ni voluntariamente, sino por debilidad e ignorancia, como vemos una y otra vez en la vida de los apóstoles. Esto sucede para que aprendamos a no edificar ni depender de hombre alguno, sino, como enseña este evangelio, a aferrarnos solo a la Palabra de Dios; y para que hallemos consuelo en tales ejemplos y no seamos llevados a la desesperación, aunque seamos débiles e ignorantes; y sin embargo, para que no nos volvamos atrevidos ni carnalmente seguros por causa de tal gracia, como suelen hacer los santos soberbios y fingidos.
35 En una palabra, tienes en este evangelio un ejemplo poderoso para derribar el clamor común tanto de los falsos santos como de los grandes críticos, que todavía mantienen, para poder seguir en sus frivolidades contra la Palabra de Dios; es decir, que nos echen en cara los escritos y enseñanzas de los padres y los decretos de la iglesia y de los concilios; porque, dicen, estos tenían el Espíritu Santo, y por tanto no podían errar, etc. Así desean engañarnos acerca de las Escrituras y del verdadero lugar al que el mismo Cristo señala y donde con seguridad se lo puede hallar; para que lo que les sucedió a María la madre y a José nos suceda también a nosotros, a saber, que busquemos a Cristo por todas partes y no lo hallemos en ninguna sino en el lugar donde ha de ser hallado. Lo mismo se ha llevado a cabo con gran poder en la cristiandad mediante el maldito gobierno del papa, que se ha esforzado, tanto con sus enseñanzas y obras como con amenazas y castigos, por hacer que los hombres fracasen en buscar o hallar a Cristo en las Escrituras.
36 Como se dijo en la exposición del evangelio del domingo anterior, llenaron el mundo con tres clases de doctrinas por las cuales los hombres han sido apartados de la Palabra de Dios. La primera fue la muy grosera que escribió santo Tomás (de dudosa santidad) y otros escolásticos, que procede del arte pagano y de la razón natural, acerca de la cual han dicho: La luz de la naturaleza es como una hermosa y brillante tablilla, y la Escritura es como el sol que brilla sobre esa tablilla y hace que resplandezca aún más. Así también la luz divina brilla sobre la luz de la naturaleza y la ilumina. Con esta comparación introdujeron esta doctrina pagana en la cristiandad. Conforme a esta opinión han enseñado y dirigido las escuelas superiores de modo que invirtieron la comparación, y así intentaron, por medio de la razón y de Aristóteles, del arte y de la enseñanza, iluminar la Escritura, que sin embargo es la única luz verdadera, y sin la cual toda la luz de la razón es simplemente tinieblas en las cosas divinas y en los artículos de fe, como hemos dicho a menudo antes.
37 En segundo lugar, el mundo ha sido llenado con las enseñanzas y mandamientos de los hombres y las llamadas ordenanzas y mandamientos de la iglesia acerca de ayunos, celebraciones, oraciones, cantos, vestiduras, vida monástica, etc., de los cuales están llenas todas las trampas del papa y los libros de los sumistas, y por medio de ellos han dado al pueblo la falsa esperanza de llevarlo al cielo. Esto ha irrumpido sobre los hombres como un diluvio y ha ahogado al mundo, ha enredado y capturado todas las conciencias, de modo que es casi imposible rescatar a alguien de estas fauces del infierno. Sobre esta base se ha guiado así los ejemplos de los santos y de los engañados, y esto ha sido confirmado por papas y concilios, de modo que se vieron obligados a tenerlos por de igual valor que los artículos de fe. Por eso gritaban como insensatos, sin cesar: Sí, los concilios lo han decretado, la iglesia lo ha mandado, se ha mantenido durante tanto tiempo, y afirmaciones semejantes.
38 En tercer lugar, además de estas dos doctrinas, han abandonado la Sagrada Escritura; aunque de modo que la vincularon con algunos de los escritos y exposiciones de los padres, pero no más lejos de lo que agradaba al papa y sin que resultara contraria a su ley, y que nadie usara la Escritura sino conforme al agrado del papa, a quien solo pertenece la interpretación de las Escrituras y cuyo conocimiento y juicios todos están obligados a aceptar. Con todo, honran a los padres hasta el punto de exigir que se sigan sus interpretaciones y explicaciones. Todo el mundo aceptó esto, y así recibieron todo lo que los padres dijeron, como si no pudieran errar, y volvieron a gritar: Sí, ¿cómo sería posible que tantos hombres santos, doctos y de tan alta inteligencia no hubieran entendido las Escrituras?
39 A esto debemos responder como se enseña en este evangelio: Llámense santos, doctos, padres, concilios o con cualquier otro nombre, aunque fueran María, José y todos los santos, no se sigue que no pudieran haber errado y cometido equivocaciones. Porque aquí aprendes que la madre de Cristo, aunque poseía gran inteligencia e iluminación, mostró gran ignorancia al no saber dónde hallar a Cristo, y por eso fue reprendida por él porque no sabía lo que debía haber sabido. Si ella falló y por su ignorancia fue llevada a tal angustia y pena que pensó haber perdido a Cristo, ¿es de extrañar que otros santos hayan errado y tropezado a menudo cuando siguieron sus propias ideas sin la guía de la Escritura, o pusieron sus propias ideas en la Escritura?
40 Por tanto, no significa nada afirmar que los hombres deben creer y atenerse a los decretos de los concilios o a las enseñanzas y escritos de los santos padres; porque todos estos pueden errar y de hecho pueden hacerlo. Por el contrario, hay que señalar un lugar definido donde Cristo está y quiere ser hallado, a saber, como él mismo lo indica aquí cuando dice: Es necesario que esté en lo que es de su Padre.
41 Bueno sería para nosotros los cristianos que siguiéramos siempre el ejemplo presentado en este evangelio y lo hiciéramos una máxima contra todas las enseñanzas y contra todo lo que pueda oponerse a la Palabra de Dios, y dijéramos: A Cristo no se le debe buscar entre parientes y conocidos, ni en nada que los hombres puedan tener, por santos, piadosos o grandes que sean; porque la misma madre de Cristo erró y pecó porque no supo ni entendió esto.
42 Por eso la conciencia no puede establecerse sobre ningún santo ni criatura alguna, sino solo sobre Cristo. Puedo estimar y honrar la razón y la luz natural cuanto se quiera, pero me reservo esto: que no me atrevo a depender de ellas. Lo que los santos padres y los concilios hayan enseñado, decretado y ordenado, según les pareció bien, lo dejo pasar por lo que valga, pero solo de modo que no quede atado a ello, como si estuviera obligado a observarlo o a depender de ello. En una palabra, puedes dejar que todas estas cosas permanezcan y valgan por su verdadero valor en los asuntos humanos, que se regulan como mejor nos parezca; pero no nos atrevemos a ponerlas en lugar de Cristo, es decir, en lugar de los consuelos de nuestras almas, sino que las consideramos solo como referidas a la vida humana exterior ante el mundo.
43 Si los papistas hubieran estado dispuestos a admitir esto, como enseña la Palabra de Dios, hace mucho que estaríamos unidos con ellos, nos habríamos dado por satisfechos con que ordenaran y establecieran estos asuntos humanos como les pluguiera, reservándonos, sin embargo, la libertad de no ser obligados a mantenerlos más allá de lo que sea de nuestro agrado, no por necesidad ni como si tuvieran algún valor ante Dios. Pero no están dispuestos a hacerlo, sino que han colgado a ello sus añadiduras, de modo que los hombres están obligados a observar sus ordenanzas como si fueran necesarias para la salvación, y las llaman mandamientos de la Iglesia de Cristo y a su inobservancia pecado mortal. Nosotros ni podemos ni queremos hacer ni permitir cosa semejante.
44 Sí, dicen ellos, la iglesia, los santos padres y los concilios han decretado y determinado muchas cosas en artículos controvertidos contra los herejes, que han sido recibidas, que cada uno debe creer y observar; por tanto, lo que la iglesia y los concilios han decretado sobre otros asuntos debe tener también autoridad.
45 Respuesta: aquí deben permitirnos de nuevo libertad de juicio, para que no quedemos atados, sin excepción alguna, a lo que los concilios decretaron o los padres enseñaron; sino que se nos permita mantener esta distinción, a saber: si han determinado y establecido algo en armonía con la Palabra de Dios, lo aceptamos, no por causa de ellos, sino a causa de la Palabra misma, en la cual se fundan y a la cual nos dirigen. En ese caso no obran como meros hombres, sino que nos conducen a lo que es de Dios, y ya no están entre amigos y conocidos, sino que se sientan entre los que oyen a Cristo y le preguntan sobre las cosas de la Escritura. Entonces los honramos de buena gana escuchándolos. Pero cuando determinan algo contrario a esta regla y fuera de ella sobre otros asuntos, no conforme a la Palabra de Dios sino conforme a su propia opinión, esto no atañe a la conciencia. Por tanto, ha de considerarse un asunto humano por el cual no nos atrevemos a quedar atados, ni a ser obligados a tenerlo como si contuviera fe y doctrina cristianas; sino, como dijo correctamente san Agustín: Totum hoc genus habet liberas observationes, — en cuanto a lo que esto sea, somos libres de observarlo o no.
46 Dices además: Sí, la iglesia y los padres estaban dotados del Espíritu Santo, que los guardaba del error. La respuesta a esto no es difícil: La iglesia y los concilios pueden haber sido todo lo santos que se quiera, pero no tenían el Espíritu Santo en mayor medida que María, la madre de Cristo, que también era miembro, sí, en aquel tiempo el miembro más eminente de la Iglesia. Y aunque había sido santificada por el Espíritu Santo, con todo él permitió que a veces errara, aun en asuntos importantes de la fe. De esto no se sigue que los santos, que estaban dotados del Espíritu, no pudieran por ello errar, ni que todo lo que dijeron tuviera que ser correcto. Gran debilidad e ignorancia pueden hallarse aun en las personas más eminentes, y por eso no podemos juzgar sobre doctrinas y asuntos de fe basándonos en la santidad personal, pues todo esto puede fallar. Pero aquí llegas a la Palabra de Dios, que es segura e infalible, donde ciertamente hallarás a Cristo y al Espíritu Santo, y puedes estar y permanecer firmemente fortalecido contra el pecado, la muerte y el diablo.
47 Ejemplos como estos, que muestran que aun los santos y la gran multitud llamada la iglesia pueden errar, los encontramos en otros lugares de la Escritura, especialmente en Hch 15, donde se muestra que solo dieciocho años después de la ascensión de Cristo los apóstoles y todo el cuerpo de los cristianos se reunieron en Jerusalén. En aquel tiempo se levantaron los más eminentes y doctos de los fariseos que habían llegado a ser creyentes, y enseñaron que los convertidos del paganismo tendrían que ser circuncidados y obligados a observar la ley de Moisés, y con esta enseñanza atrajeron a sus opiniones a casi todo el cuerpo de creyentes. Entonces Pedro, Pablo, Bernabé y Jacobo se quedaron solos frente a esta opinión, y concluyeron por las Escrituras que a los gentiles no se les debía cargar con la observancia de la ley, puesto que Dios les había dado, sin la ley, por la predicación del evangelio, el Espíritu Santo lo mismo que a los judíos. Mira, había aquí tantos cristianos que tenían fe, en un tiempo en que la iglesia era joven y estaba en su mejor momento; y sin embargo todos ellos, salvo esos tres o cuatro, cayeron en el error de pensar que la ley de Moisés era necesaria para la salvación. Si estos pocos no hubieran contendido contra este error, se habría establecido y confirmado un artículo y mandamiento erróneos contra Cristo. Asimismo, en un tiempo posterior, san Pedro, que había sostenido la doctrina verdadera, tropezó con Bernabé en ese mismo artículo, al disimular con los judíos que se negaban a comer con los gentiles, y así dieron ocasión de tropiezo a los gentiles, con quebranto de esta libertad, de modo que san Pablo se vio obligado a reprenderlos públicamente, como lo hace en Gá 2:11. Aprendamos, pues, de este ejemplo a ser prudentes en los asuntos que conciernen a la fe y a Cristo, no dejándonos guiar por hombres, sino atenernos a la Palabra y mantener la regla que san Pablo establece en Gá 1:8-9: que aunque un ángel del cielo viniera y predicara otro evangelio, sea anatema; y queda en pie que a Cristo no se lo puede hallar en ningún otro lugar que en lo que es de Dios.
48 La misma verdad ha sido presentada antes en muchas figuras y ejemplos, como en el evangelio de Navidad, Lc 2:12, donde los ángeles no dan a los pastores otra señal por la cual pudieran hallar a Cristo que el pesebre y los pañales. Allí habrían de hallarlo acostado y envuelto, no en el seno de la madre ni en su regazo, lo cual habría parecido creíble. Es decir, Dios no quiere dirigirnos a ningún santo ni a persona alguna de hombre, sino solo a la Palabra o Escritura, en la cual Cristo está envuelto como en pañales, y al pobre pesebre (esto es, la predicación del evangelio), tan estimado y que sirve meramente para alimentar al ganado. Asimismo, también hemos oído del anciano y santo Simeón, quien, como Dios se lo había prometido, no había de morir hasta haber visto a Cristo, pero no lo reconoce hasta que, por impulso del Espíritu Santo, entra en el templo. Así también los magos de oriente, quienes, cuando llegaron a Jerusalén y ya no veían la estrella, no oyen de otra señal acerca de Cristo, sobre dónde nació y dónde podía hallársele, que la Escritura del profeta Miqueas. Baste lo dicho acerca de la enseñanza más importante y de las partes principales de este evangelio. Finalmente, ha de notarse también que el evangelista dice:
V.51. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.
49 Esto se nos da también como amonestación, para que procuremos guardar la Palabra de Dios en nuestros corazones, como lo hizo la bienaventurada Virgen, quien, viendo que había errado y le había faltado entendimiento, se volvió tanto más diligente en guardar en su corazón todo lo que oía de Cristo. Ella nos ofrece otro ejemplo: que sobre todas las cosas debemos atenernos a la Palabra y no permitir que salga de nuestros corazones, sino usarla constantemente, aprender a sacar fuerza de ella, hallar consuelo en ella y crecer en ella, como es en verdad necesario para todos nosotros. Porque cuando llegamos al punto en que hemos de ser probados y tentados, corremos el riesgo de ser olvidados o abandonados aun por los que son diligentes.
50 Cualquier otra cosa que pudiera decirse acerca de este evangelio, como que Cristo volvió a casa con sus padres y les fue obediente y sujeto, etc., es fácil y puede averiguarse sin dificultad. Asimismo, cómo hemos de entender que Cristo crecía en sabiduría y en gracia fue expuesto en el evangelio de un domingo anterior.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.