Comentarios y sermones · Martín Lutero
Marcos 16: comentario de Martín Lutero
Sermón para el Domingo de Pascua: el fruto y el poder de la resurrección de Cristo; Marcos 16:1-8
El fruto y el poder de la resurrección de Cristo
1 Así como oímos, al explicar el sentido de la pasión de Cristo, que no bastaba conocer su mera narración e historia, tampoco basta aprender solamente cómo y cuándo resucitó de los muertos Cristo nuestro Señor; debemos también predicar y entender el beneficio y el provecho tanto de los sufrimientos como de la resurrección de Cristo, es decir, lo que con ellos adquirió para nosotros. Porque si predicamos solo su historia, es un sermón inútil, que Satanás y los impíos conocen, leen y entienden tan bien como los verdaderos cristianos; pero cuando predicamos para qué sirve, se vuelve provechoso, saludable y consolador.
2 El mismo Cristo señaló el beneficio de sus sufrimientos y de su resurrección cuando dijo a las mujeres en Mt 28:10: «No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.» Estas son las primerísimas palabras que oyeron de Cristo después de su resurrección de los muertos, con las cuales confirmó todas sus declaraciones anteriores y las obras de amor que les mostró, a saber, que su resurrección vale en favor de nosotros los que creemos, de modo que él nos anticipa y llama sus hermanos a los cristianos que lo creen, aunque no sean, como los apóstoles, testigos de su resurrección.
3 El Cristo resucitado no espera a que le pidamos o le invoquemos para hacerse hermano nuestro. ¿Hablamos aquí de mérito, por el cual merezcamos algo? ¿Qué merecieron los apóstoles? Pedro negó tres veces a su Señor; los demás discípulos huyeron todos de él; se quedaron con él como el conejo con sus crías. Debió haberlos llamado desertores, más aún, traidores, réprobos, todo menos hermanos. Por eso esta palabra les es enviada por medio de las mujeres por pura gracia y misericordia, como los apóstoles experimentaron entonces vivamente, y como también nosotros experimentamos cuando estamos hundidos en nuestros pecados, tentaciones y condenación.
4 Estas son palabras llenas de todo consuelo: que Cristo recibe a malvados desesperados como tú y yo y nos llama sus hermanos. Si Cristo es realmente nuestro hermano, quisiera saber entonces de qué podemos tener necesidad. Como sucede entre hermanos naturales, así sucede también aquí. Los hermanos según la carne gozan de los mismos bienes, tienen el mismo padre, la misma herencia; de otro modo no serían hermanos: así nosotros gozamos con Cristo de los mismos bienes, y tenemos en común con él un mismo Padre y una misma herencia, que nunca disminuye al repartirse, como otras herencias, sino que siempre crece más y más; porque es una herencia espiritual. En cambio, una herencia terrenal disminuye al repartirse entre muchas personas. El que tiene una parte de esta herencia espiritual, la tiene toda.
5 Ahora bien, ¿cuál es la herencia de Cristo? Su heredad es la vida y la muerte, el pecado y la gracia, todo lo que hay en el cielo y en la tierra, la verdad eterna, el poder, la sabiduría, la justicia; él gobierna y rige sobre todo, sobre el hambre y la sed, sobre la fortuna y la desgracia, sobre todo cuanto pueda imaginarse, sea en el cielo o en la tierra, no solo en los asuntos espirituales sino también en los seculares; y la suma de todo es que tiene todas las cosas en su mano, sean eternas o temporales. Ahora bien, si creo en él, me hago partícipe con él de todos sus bienes, y obtengo no solo una parte o un pedazo, sino que, como él, lo obtengo todo: justicia eterna, sabiduría eterna, fortaleza eterna, y me hago señor y reino sobre todo. El estómago no tendrá hambre, los pecados no me oprimirán, ya no temeré a la muerte ni me aterrará Satanás, y nunca estaré en necesidad, sino que seré como el mismo Cristo el Señor.
6 A la luz de esto entendemos ahora fácilmente los dichos que hay aquí y allá en los profetas y especialmente en los Salmos; como cuando David dice en Sal 34:10: «Los leoncillos (los ricos) necesitaron, y tuvieron hambre; pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien.» Y en otro Salmo: «Conoce Jehová los días de los perfectos, y la heredad de ellos será para siempre. No serán avergonzados en el mal tiempo, y en los días de hambre serán saciados.» Sal 37:18-19. E inmediatamente después, en el v. 25: «Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan.» Todo esto viene de suyo del hecho de que somos y se nos llama hermanos de Cristo; no por nuestra dignidad, sino por la pura gracia de Dios. Sí, si Dios nos diera esto en el corazón, de modo que lo experimentáramos, entonces seríamos salvos; pero nos entra por un oído y nos sale por el otro. Y esto es lo que Pablo alaba tan alta y fuertemente a los romanos cuando dice: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.» Ro 8:14-17.
7 El título de ser hermanos de Cristo es tan alto que el corazón del hombre no puede comprenderlo. Si el Espíritu Santo no concede esta gracia, nadie puede decir: Cristo es mi hermano. Porque la razón no es lo bastante atrevida para decirlo; aunque uno pueda decirlo con la lengua, como lo hacen los espíritus de los tiempos modernos. No se pronuncia de este modo; es necesario que el corazón lo experimente; de otro modo es pura hipocresía. Si de verdad lo experimentas en tu corazón, será algo tan grande que preferirás mucho más guardar silencio que hablar de ello; más aún, ante la magnitud de esta herencia dudas y vacilas con facilidad sobre si es realmente verdad o no. Los que solo gritan: ¡Cristo es mi hermano! ¡Cristo es mi hermano! no son verdaderos cristianos. Un cristiano obra de manera muy distinta, y es cosa muy maravillosa, de modo que la carne se estremece ante ella y no se atreve ni a hablar de ella ni a confesarla.
8 Debemos esforzarnos por oír esto, no solo con el oído natural, sino también por experimentarlo en nuestros corazones, pues entonces no seríamos tan atrevidos y descarados, sino que nos sorprenderíamos y asombraríamos de ello. Los cristianos verdaderos y piadosos van por la vida despreciándose a sí mismos y con temor; piensan así: ¡Ah, yo, pobre y miserable persona, empapada en pecado, ¿voy a ser ahora tan exaltada que el Hijo de Dios se haga mi hermano? ¡Ay, cómo es que yo, una pobre y miserable criatura, soy así honrada! Quedo de inmediato confundido ante ello y me alimento de ello; porque en verdad requiere un gran esfuerzo creerlo; más aún, cuando uno lo experimenta así, tal como es en verdad, debe morir desde esa hora; porque el hombre, siendo carne y sangre, no puede comprenderlo. Aquí en esta vida el corazón del hombre está en demasiada estrechez para captarlo; pero después de la muerte, cuando el corazón se hace más grande y más ancho, experimentamos lo que hemos oído por la Palabra.
9 En el Evangelio de Juan Cristo dice a María Magdalena el beneficio y el provecho de su muerte y resurrección todavía más claramente, cuando dice: «Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.» Jn 20:17. Este es uno de los grandes y consoladores pasajes en que podemos aventurarnos y de los cuales nos atrevemos a gloriarnos. Como si Cristo hubiera dicho: Ve de aquí, María, y di a mis discípulos, que me han abandonado en el campo de batalla y que bien han merecido castigo y condenación eterna, que mi resurrección ha tenido lugar en beneficio de ellos; es decir, que por mi resurrección he logrado que mi Padre sea su Padre y mi Dios sea su Dios. Son pocas palabras y muy breves; pero contienen un gran pensamiento, a saber, que tenemos en Dios tanta confianza y refugio como el mismo Cristo, su Hijo. ¿Quién puede abarcar tan sobreabundante gozo, a no ser que hable uno de sí mismo, cuando dice que un pobre pecador corrompido puede y le es lícito llamar a Dios su Padre y su Dios, igual que el mismo Cristo?
10 El autor de la Epístola a los Hebreos ha captado las palabras del Sal 22:22 y las ha tomado muy a pecho, cuando dice de Cristo: «Por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré.» He 2:11-12. Si algún señor del mundo se rebajara tanto como para decir a un ladrón, a un homicida o a un tipo francés de baja estofa: Tú eres mi hermano, sería gran cosa y todos se asombrarían de ello; pero que este Rey, que en su gloria está sentado a la diestra de Dios, su Padre, diga a un pobre pecador: Tú eres mi hermano, eso nadie lo toma a pecho, nadie lo recibe en serio, y sin embargo de ello depende nuestro más alto consuelo y ánimo contra el pecado, la muerte, Satanás, el infierno, la ley, y contra toda desgracia, tanto del cuerpo como del alma.
11 Puesto que somos carne y sangre, y estamos sujetos a toda clase de aflicciones, se sigue que lo mismo debe ocurrirle a nuestro hermano; de otro modo no sería semejante a nosotros en todo. Por eso, al hacerse semejante a nosotros, prueba todo lo que nosotros probamos, para ser nuestro verdadero hermano y salvarnos, a fin de que nosotros, por nuestra parte, lleguemos a ser semejantes a él. Esto lo pinta y lo expone muy hermosamente la Epístola a los Hebreos cuando dice: «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.» He 2:14-18.
12 San Pablo condensó de manera muy hermosa el beneficio y el provecho tanto de los sufrimientos de Cristo como de su resurrección en un solo pasaje breve, como en una cáscara de nuez, cuando dice a los romanos: «El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.» Ro 4:25.
Pero sobre este tema se ha dicho suficiente por ahora; quien lo desee puede meditar en él con provecho; más se escribe sobre ello en la Postila; quien desee tenerla, que la consiga y la lea. Trataremos ahora otro asunto. Puesto que en muchos lugares la gente sigue aferrada a los abusos papales, de modo que acude en tropel al sacramento de la Cena del Señor en Pascua, y esta costumbre está tan arraigada en ellos que es muy difícil extirparla en todas partes, queremos dar alguna instrucción a la gente sencilla y llana sobre cómo debe participar en la actualidad del sacramento de la Cena del Señor. (Ed. de Rodt, 1525.) De esto habla claramente el sermón siguiente.
Sermón para el Domingo de Pascua: la resurrección de Cristo y sus beneficios; Marcos 16:1-8 (2.º sermón)
De la resurrección de Cristo
I. LA HISTORIA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.
1 En primer lugar examinaremos brevemente el texto de esta narración, y después hablaremos de los beneficios de la resurrección de Cristo y de cómo debemos edificar sobre ella. El texto dice: V.1. Cuando pasó el día de reposo. Aquí debemos recordar que Marcos escribe del sábado según la costumbre de los hebreos, pues según el cómputo judío el día comenzaba en la tarde y duraba hasta la tarde del día siguiente, como dice el primer capítulo de Génesis: «Y fue la tarde y la mañana un día», «el día segundo», «el día tercero», y así sucesivamente. Así el primero y mayor sábado comenzó en la tarde del día en que Cristo fue crucificado, es decir, a la puesta del sol del viernes por la tarde. Nuestro cómputo da un sentido equivocado. Ayer fue el gran sábado, cuando Cristo yacía en el sepulcro; además de esto los judíos tenían siete días completos que celebraban y a todos los cuales llamaban sábados, contándolos desde la primera fiesta después del gran sábado y llamándola prima sabbathorum (primero de los sábados), y la tercera fiesta secunda sabbathorum (segundo de los sábados), y así sucesivamente. En esos días comían solamente hostias y pan sin levadura, por lo cual el Evangelista los llama también los días de los panes sin levadura. De esto debemos concluir que Cristo resucitó antes de la salida del sol y antes de que el ángel descendiera en el terremoto. Después el ángel solo vino a abrir el sepulcro vacío, etc., como han descrito claramente los Evangelistas.
2 Surge ahora la pregunta: ¿Cómo podemos decir que resucitó al tercer día, si yació en el sepulcro solo un día y dos noches? Según el cómputo judío fue solo un día y medio; ¿cómo, entonces, vamos a persistir en creer que fueron tres días? A esto respondemos que estuvo en estado de muerte por lo menos durante una parte de cada uno de los tres días. Pues murió hacia las dos de la tarde del viernes y en consecuencia estuvo muerto unas dos horas el primer día. Después de aquella noche yació en el sepulcro todo el día, que es el verdadero sábado. El tercer día, que conmemoramos ahora, resucitó de los muertos y así permaneció en estado de muerte una parte de este día, así como si decimos que algo ocurrió el día de Pascua, aunque suceda en la tarde, solo una porción del día. En este sentido Pablo y los Evangelistas dicen que resucitó al tercer día.
3 Por este período y no más había Cristo de yacer en el sepulcro, para que pudiéramos suponer que su cuerpo permaneció naturalmente incorrupto y que aún no había comenzado la descomposición. Salió del sepulcro tan pronto que podemos presumir que la corrupción aún no había tenido lugar según el curso de la naturaleza; porque un cadáver no puede yacer más de tres días sin que empiece a descomponerse. Por eso Cristo había de resucitar al tercer día, antes de ver corrupción.
4 Debe notarse aquí también especialmente el gran anhelo y amor de las mujeres por el Señor, de modo que sin consejo y solas van temprano al sepulcro, sin pensar en la gran piedra que fue puesta delante de la tumba. Pudieron haber pensado en ella y llevar consigo a un hombre. Pero obran como personas tímidas y afligidas, y por eso siguen su camino sin pensar siquiera en las cosas más necesarias. No piensan siquiera en los vigilantes que estaban vestidos de armadura, ni en la ira de Pilato y de los judíos, sino que audazmente se arriesgan con libertad y solas se aventuran en su camino. ¿Qué impulsó a estas buenas mujeres a arriesgar vida y cuerpo? No fue sino el gran amor que tenían al Señor, que se había hundido tan profundamente en sus corazones que por él habrían arriesgado mil vidas. Tal valor no lo tenían por sí mismas, sino que aquí se reveló el poder de la resurrección de Cristo, cuyo Espíritu hace a estas mujeres, que por naturaleza son tímidas, tan audaces y valientes que se atreven a hacer cosas que habrían acobardado a un hombre.
5 Estas mujeres nos muestran también un hermoso ejemplo de un corazón espiritual que emprende una tarea imposible, de la cual el mundo entero desesperaría. Sin embargo, un corazón así se mantiene firme y la lleva a cabo, sin pensar que la tarea sea imposible. Esto es lo que decimos por ahora sobre esta narración, y veamos ahora cuáles son los frutos y beneficios de la resurrección de Cristo.
II. LOS FRUTOS Y BENEFICIOS DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.
6 San Pablo escribe en Ro 4:25 lo siguiente: «El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.» Pablo es ciertamente el hombre que ensalza a Cristo de manera magistral, diciéndonos exactamente por qué y para qué padeció y cómo debemos conformarnos a sus sufrimientos, a saber, que murió por nuestros pecados. Esta es una interpretación correcta de los sufrimientos de Cristo, de la cual podemos sacar provecho. Y así como no basta saber y creer que Cristo ha muerto, tampoco bastará saber y creer que resucitó con un cuerpo transfigurado y está ahora en estado de gozo y bienaventuranza, ya no sujeto a la mortalidad, pues todo esto no me aprovecharía nada o muy poco. Pero cuando llego a entender el hecho de que todas las obras que Dios hace en Cristo son hechas para mí, más aún, me son otorgadas y dadas, siendo el efecto de su resurrección que yo también resucitaré y viviré con él, eso me hará regocijarme. Esto debe llegar a nuestros corazones, y no debemos meramente oírlo con los oídos de nuestro cuerpo ni meramente confesarlo con nuestra boca.
7 Han oído en la historia de la Pasión cómo Cristo es presentado como nuestro ejemplo y ayudador, y que el que lo sigue y se une a él recibe el Espíritu, que lo capacitará también para sufrir. Pero las palabras de Pablo son más cristianas y deben llegar más a fondo en nuestros corazones y consolarnos más, cuando dice: «Resucitado para nuestra justificación.» Aquí se revela verdaderamente el Cordero, de quien Juan el Bautista da testimonio cuando dice en Jn 1:29: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Aquí se cumple lo que fue dicho a la serpiente: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza», lo cual significa que para todos los que creen en él, el infierno, la muerte, el diablo y el pecado han sido destruidos. De la misma manera se cumple hoy la promesa que Dios dio a Abraham cuando dijo en Gn 22:18: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra.» Aquí se refiere a Cristo, que quita nuestra maldición y el poder del pecado, la muerte y el diablo.
8 Todo esto se hace, digo, por la fe. Porque si crees que por esta simiente ha sido muerta la serpiente, entonces ha sido muerta para ti; y si crees que en esta simiente han de ser benditas todas las naciones, entonces tú también eres bendito. Pues cada uno individualmente habría debido aplastar la serpiente bajo sus pies y redimirse de la maldición, lo cual habría sido demasiado difícil, más aún, imposible para nosotros. Pero ahora se ha hecho con facilidad, a saber, por Cristo, que ha aplastado la serpiente una vez, que solo él es dado como bendición y benedicción, y que ha hecho que este evangelio sea publicado por todo el mundo, de modo que el que cree, lo acepta y se aferra a él, lo posee también, y está seguro de que es como cree. Porque en el corazón de tal hombre la Palabra se hace tan poderosa que vencerá la muerte, el diablo, el pecado y toda adversidad, como el mismo Cristo lo hizo. Tan poderosa es la Palabra que el mismo Dios preferiría ser vencido antes que su Palabra sea conquistada.
9 Este es el sentido de las palabras de san Pablo: «Resucitado para nuestra justificación.» Aquí Pablo aparta mis ojos de mis pecados y los dirige a Cristo, porque si miro mis pecados, me destruirán. Por eso debo mirar a Cristo, que tomó mis pecados sobre sí, aplastó la cabeza de la serpiente y se hizo la bendición. Ahora ya no cargan mi conciencia, sino que descansan sobre Cristo, a quien desean destruir. Veamos cómo lo tratan. Lo arrojan al suelo y lo matan. ¡Oh Dios! ¿Dónde está ahora mi Cristo y mi Salvador? Pero entonces Dios aparece, libra a Cristo y lo vivifica; y no solo lo vivifica, sino que lo traslada al cielo y le hace gobernar sobre todo. ¿Qué ha sido ahora del pecado? Allí yace bajo sus pies. Si me aferro entonces a esto, tengo una conciencia alegre como Cristo, porque estoy sin pecado. Ahora puedo desafiar a la muerte, al diablo, al pecado y al infierno a que me hagan daño alguno. Como soy hijo de Adán, pueden lograr en verdad que yo muera. Pero puesto que Cristo ha tomado mis pecados sobre sí, ha muerto por ellos, se ha dejado matar a causa de mis pecados, ya no pueden dañarme; porque Cristo es demasiado fuerte para ellos, no pueden retenerlo, irrumpe y los vence, asciende al cielo (lleva cautivos el pecado y el dolor, Ed. 1531), y gobierna allí sobre todo por la eternidad. Ahora tengo una conciencia limpia, estoy gozoso y feliz y ya no temo a este tirano, porque Cristo ha quitado de mí mis pecados y los ha hecho suyos. Pero no pueden permanecer sobre él; ¿qué es entonces de ellos? Tienen que desaparecer y ser destruidos. Este es, pues, el efecto de la fe. El que cree que Cristo ha quitado nuestro pecado, está sin pecado, como el mismo Cristo, y la muerte, el diablo y el infierno son vencidos en cuanto a él y ya no pueden dañarlo.
10 Aquí nos referimos también al pasaje de Os 13:14, que Pablo cita en referencia a la victoria que Cristo ha ganado con su resurrección y por la cual ha vencido el pecado, la muerte, el infierno y todos nuestros enemigos. Pablo dice que la muerte es sorbida en esta victoria, y desafía a la muerte con estas palabras: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?», como si Pablo dijera: Oh muerte, ¿dónde están tus dientes? Ven, arráncame un dedo. Antes tenías una lanza, ¿qué ha sido de ella ahora? Cristo te la ha quitado. Muerte, ¿dónde está ahora tu lanza, etc.? Pecado, ¿dónde está ahora el filo de tu espada y tu poder? Pablo dice que el poder del pecado es la ley. Cuanto más claramente entendemos la ley, tanto más nos oprime y nos punza el pecado. Por eso dice Pablo que Cristo ha destruido y aniquilado por completo la lanza y la piedra de afilar de la muerte. Ahora bien, este evangelio no se lo llevó consigo al cielo, sino que hizo que se predicara por todo el mundo, para que, para el que cree en Cristo, la lanza y la piedra de afilar, más aún, el pecado y la muerte, sean destruidos. Este es el verdadero evangelio, que da vida, fuerza, poder y tuétano, y del cual hablan todos los pasajes de la Escritura.
11 Por eso busca y aprende a conocer a Cristo rectamente, porque toda la Escritura nos confiere la justicia del verdadero conocimiento de Cristo. Pero esto debe ser obrado por el Espíritu Santo. Oremos, pues, a Dios para que su evangelio prospere, para que todos aprendamos verdaderamente a conocer a Cristo y así resucitemos con él y seamos honrados por Dios como él fue honrado.
12 Surge ahora la pregunta: Si Cristo ha quitado la muerte y nuestros pecados con su resurrección y nos ha justificado, ¿por qué sentimos entonces todavía la muerte y el pecado dentro de nosotros? Porque nuestros pecados aún nos atormentan, la conciencia nos punza, y esta mala conciencia produce el temor del infierno.
13 A esto respondo: he dicho a menudo antes que el sentir y la fe son dos cosas distintas. Es propio de la fe no sentir, dejar a un lado la razón y cerrar los ojos, someterse absolutamente a la Palabra y seguirla en la vida y en la muerte. El sentir, en cambio, no se extiende más allá de lo que puede ser aprehendido por la razón y los sentidos, lo que puede oírse, verse, sentirse y conocerse por los sentidos externos; por esta causa el sentir se opone a la fe y la fe se opone al sentir. Por eso el autor de la Epístola a los Hebreos escribe de la fe: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.» Porque si viéramos a Cristo visiblemente en el cielo, como el sol visible, no necesitaríamos creerlo. Pero como Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, no podemos verlo ni sentirlo, ni tampoco comprenderlo con nuestra razón. Por eso debemos desatender nuestro sentir y aceptar solo la Palabra, escribirla en nuestro corazón y aferrarnos a ella, aunque parezca que mis pecados no me han sido quitados, y aunque todavía los sienta dentro de mí. No debemos tener en cuenta nuestros sentimientos, sino que debemos insistir constantemente en que la muerte, el pecado y el infierno han sido vencidos, aunque yo sienta que aún estoy bajo el poder de la muerte, del pecado y del infierno. Pues aunque sentimos que el pecado está todavía en nosotros, solo se permite para que nuestra fe se desarrolle y se fortalezca, para que a pesar de todos nuestros sentimientos aceptemos la Palabra, y para que unamos más y más nuestros corazones y conciencias a Cristo. Así la fe nos conduce con quietud, contra todo sentir y toda comprensión de la razón, a través del pecado, a través de la muerte y a través del infierno. Entonces veremos la salvación ante nuestros ojos, y entonces sabremos perfectamente lo que hemos creído, a saber, que la muerte y todo dolor han sido vencidos.
14 Toma como ilustración los peces en el agua. Cuando están atrapados en la red, uno la lleva con suavidad, de modo que imaginan que aún están en el agua; pero cuando los arrastras a la orilla, quedan expuestos y comienzan a debatirse, y entonces por primera vez sienten que están atrapados. Así sucede también con las almas atrapadas con el evangelio, que Cristo compara con una red, Mt 13:47. Cuando el corazón ha sido vencido, la Palabra une este pobre corazón a Cristo y lo conduce suave y quietamente fuera del infierno y del pecado, aunque el alma todavía siente el pecado e imagina estar aún bajo su poder. Entonces comienza un conflicto, luchando los sentimientos contra el Espíritu y la fe, y el Espíritu y la fe contra nuestros sentimientos; y cuanto más crece la fe, tanto más disminuyen nuestros sentimientos, y viceversa. Tenemos aún pecados dentro de nosotros, como por ejemplo soberbia, avaricia, ira, etcétera, pero solo para llevarnos a la fe, para que la fe crezca de día en día, y el hombre llegue por fin a ser un cristiano cabal y guarde el verdadero sábado, consagrándose enteramente a Cristo. Entonces la conciencia debe quedar serena y satisfecha y todas las olas turbulentas del pecado aquietarse. Porque así como en el mar una ola sigue a otra y la azota, como si quisieran destruir la orilla, y sin embargo tienen que desaparecer y destruirse a sí mismas, así también nuestros pecados luchan contra nosotros y quisieran llevarnos a la desesperación, pero al final tienen que desistir, cansarse y desaparecer.
15 En segundo lugar, la muerte está todavía a nuestro lado. También ella sirve para ejercitar la fe del que cree que la muerte ha sido muerta y que se le ha quitado todo su poder. Ahora bien, la razón siente que la muerte está todavía a nuestro lado y nos turba continuamente. El que sigue sus sentimientos perecerá, pero el que se aferra a la Palabra con su corazón será librado. Ahora bien, si el corazón se aferra a la Palabra, la razón también seguirá; y si la razón sigue, todo seguirá, el deseo y el amor y todo lo que hay en el hombre. Sí, deseamos que todos lleguen al punto en que consideren que la muerte está muerta e impotente. Pero esto no puede suceder hasta que el hombre viejo, es decir, el viejo Adán, sea enteramente destruido, y entretanto ha estado en marcha aquel proceso del cual habla Cristo en Mt 13:33, donde compara el reino de Dios con la levadura que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina. Porque aunque haya comenzado la amasadura, la harina aún no está completamente leudada. Así es aquí. Aunque el corazón se aferra a la creencia de que la muerte y el infierno están destruidos, la levadura todavía no ha obrado por completo en él. Pues debe penetrar e impregnar todos los miembros del cuerpo, hasta que todo quede leudado y puro, y no quede sino una fe pura. Esto no se logrará antes de que el hombre viejo sea enteramente destruido; entonces todo lo que hay en el hombre es semejante a Cristo del centro a la circunferencia.
16 Estas dos cosas, el pecado y la muerte, permanecen, pues, con nosotros hasta el fin para que cultivemos y ejercitemos nuestra fe, a fin de que se haga más perfecta en nuestro corazón de día en día y finalmente irrumpa, y todo lo que somos, cuerpo y alma, se haga más semejante a Cristo. Porque cuando el corazón se aferra a la Palabra, los sentimientos y los razonamientos tienen que fallar. Entonces con el tiempo la voluntad también se aferra a la Palabra, y con la voluntad todo lo demás, nuestro deseo y amor, hasta que nos entregamos enteramente al evangelio, somos renovados y dejamos atrás el viejo pecado. Entonces viene una luz distinta, sentimientos distintos, un ver distinto, un oír, un obrar y un hablar distintos, y también un flujo distinto de buenas obras. Ahora bien, nuestros escolásticos y papistas han enseñado una piedad externa; querrían mandar a los ojos que no vean y a los oídos que no oigan, y poner la piedad en nuestros corazones desde fuera. ¡Ah, cuán lejos está esto de la verdad! Pero viene de este modo: cuando el corazón y la conciencia se aferran a la Palabra en fe, rebosan en obras, de modo que, cuando el corazón es santo, todos los miembros se hacen santos, y las buenas obras siguen naturalmente.
17 Esto es lo que significa el sábado que había de santificarse y en el cual el Señor yació quieto en el sepulcro. Significa que debemos descansar de todas nuestras obras, no debemos movernos, más aún, no debemos permitir que se mueva pecado alguno dentro de nosotros, sino que debemos creer firmemente que la muerte, el infierno, el pecado y el diablo son destruidos por la muerte de Cristo, y que somos justos, piadosos, santos y por tanto contentos, sin experimentar ya pecado alguno. Entonces todos los miembros están serenos y quietos, convencidos de que el pecado y la muerte están vencidos y postrados. Pero esto no puede lograrse, como he dicho, hasta que este cuerpo impotente y miserable y el viejo Adán sean destruidos. Por eso es ciertamente necesario que se nos exija guardar este sábado. Pues así como Cristo yace en el sepulcro en el sábado, nunca siente ni se mueve, así debe ser con nosotros, como hemos oído: nuestros sentimientos y acciones deben cesar. Y digo de nuevo que esto no puede cumplirse antes de que el viejo Adán sea aniquilado. Con todo, todavía experimentamos pecado y muerte dentro de nosotros, luchamos con ellos y combatimos contra ellos. Puedes atar a un cerdo todo lo bien que quieras, pero no puedes impedir que gruña (hasta que sea estrangulado y muerto, Ed. 1530). Así sucede con los pecados en nuestra carne. Como aún no están enteramente vencidos y muertos, todavía están activos, pero cuando venga la muerte, también ellos tendrán que morir, y entonces seremos cristianos perfectos y puros, pero no antes. Esta es la razón por la cual debemos morir, a saber, para ser enteramente libres del pecado y de la muerte. Estas palabras sobre los frutos de la resurrección de Cristo pueden bastar por ahora, y con ellas terminaremos. Pidamos a Dios gracia para que las entendamos y aprendamos a conocer a Cristo rectamente.
Sermón para el Domingo de Pascua; Marcos 16:1-8 (3.º sermón)
LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.
I. LA HISTORIA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.
1 Esta lección del evangelio forma parte del relato general y del primer anuncio de la resurrección de Cristo, hecho por el ángel a las mujeres que fueron muy de mañana al sepulcro para ungir el cuerpo muerto del Señor, antes de que Cristo se les mostrara y hablara con ellas; pues quiso revelar su resurrección por medio de la Palabra, aun antes de que ellas lo vieran y experimentaran el poder de su resurrección.
2 Y así como dijimos que hay dos maneras de considerar la pasión y la muerte de Cristo y las demás doctrinas de Cristo, también hay dos cosas acerca de la resurrección del Señor que debemos conocer y entender. Primero, la historia, que relata los hechos tal como sucedieron, junto con las distintas circunstancias y el modo en que se mostró vivo en diversas manifestaciones, para que tengamos un registro y un testimonio seguros de todo, como fundamento y sostén de nuestra fe; porque este artículo de fe sobre la resurrección es el principal, aquel en que se apoya finalmente nuestra salvación y sin el cual todos los demás serían inútiles y del todo infructuosos.
Ahora bien, lo que se debe saber acerca de los hechos históricos, a saber, en qué orden ocurrieron estos dos sucesos, la aparición del ángel —de la cual se informa en parte en este evangelio— y la manifestación del Señor, eso debe tratarse en relación con el relato completo, reunido y ordenado a partir de todos los evangelistas; por eso trataremos la parte mencionada en este evangelio en relación con aquel relato.
II. EL BENEFICIO Y EL CONSUELO DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.
3 El segundo punto, que es más importante y necesario, y por causa del cual se ha escrito y se predica la narración, es el poder, el beneficio y el consuelo de la gozosa resurrección del Señor, y el uso que hemos de hacer de ella por la fe. Acerca de esto, Pablo y todos los apóstoles y toda la Escritura enseñan y predican de manera gloriosa y rica; pero con la mayor gloria lo predicó el mismo Cristo el Señor cuando se manifestó primero a las mujeres. Por eso, para que también nosotros oigamos y recojamos algo provechoso de ello, consideremos las palabras que Cristo dijo a María Magdalena, según consta en el evangelio de Jn 20:17: «Suéltame, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.»
4 Este es el primer sermón que nuestro Señor pronunció después de su resurrección y, sin duda, también el más consolador; aunque en palabras muy breves, es en extremo bondadoso y tierno, y fue dicho primero a su amada María Magdalena y, por medio de ella, también a sus discípulos, tras su profundo dolor, aflicción y tristeza causados por su partida y su muerte, para consolarlos y alegrarlos con su resurrección. Y como esta María se preocupa por el Señor mucho más honda y tiernamente que los demás, y es la primera en la tumba para ungir el cuerpo de Cristo con costosas especias; y sobre todo porque, al no encontrarlo, se asusta y se turba, profundamente afligida y en lágrimas, creyendo que se lo han llevado, él le permite gozar de esta prueba de su amor, apareciéndose primero a ella, consolándola en sus temores y predicándole este hermoso sermón, que ahora vamos a considerar.
5 En primer lugar, cuando Jesús se le manifiesta no lejos del sepulcro, antes de que él le hable ella lo confunde con el hortelano; pero cuando la llama por su nombre y le dice «María», ella reconoce enseguida la voz y se vuelve de inmediato con aquel nombre en los labios con que ella, lo mismo que los otros discípulos, solía dirigirse a él en su lengua, a saber, «Raboni», es decir: oh querido Maestro, o querido Señor (pues ellos decían Maestro, mientras que nosotros solemos decir Mi Señor); y enseguida, como acostumbraba, se echa a sus pies para tocarlo. Pero él la detiene y dice: «Suéltame», como queriendo decir: Sé bien que me amas, pero todavía no puedes mirarme ni tocarme rectamente, como deberías mirarme y tocarme.
Porque su gozo no es más alto ni mayor que el mero placer corporal y carnal de tener otra vez vivo a su Señor como lo tenía antes; se aferra así solo al hecho de que ha vuelto, y piensa que estará de nuevo con ellos como antes, para comer y beber con ellos, para predicar y hacer milagros; con la intención, pues, de mostrarle con su servicio y con el toque de sus pies aquel amor que le había mostrado antes, cuando lo ungió en vida y en muerte.
6 Pero ahora no permite que lo toquen de esta manera, porque quiere que ella se detenga, escuche y aprenda lo que todavía no sabe: que él rehúsa que lo toquen y lo unjan, o que lo sirvan y lo atiendan, como ella había hecho hasta entonces. Él dice: «Te voy a decir algo distinto y nuevo. No he resucitado para andar y permanecer con ustedes corporal y temporalmente, sino para subir a mi Padre; por eso no necesito ni deseo tal servicio y atención, ni conviene que me consideren como consideran a Lázaro y a otros, que aún viven en el cuerpo. Porque no es aquí donde pienso habitar y permanecer; quiero que creas que voy al Padre, donde reinaré y gobernaré con él eternamente, y adonde también los llevaré a ustedes, sacándolos de su muerte y de su tristeza. Allí me tendrán, en verdad, visible y palpablemente con ustedes, y se regocijarán para siempre en la comunión eterna conmigo y con el Padre.»
Por eso quiere decir: Dejen de una vez todo ese servicio y reverencia corporal, y vayan más bien a ser mensajeros, y anuncien lo que les digo a mis queridos hermanos: que ya no estaré ni permaneceré aquí en forma corporal, sino que he dejado este estado mortal para entrar en una existencia distinta, donde ya no podrán manejarme ni tocarme, sino que solo en la fe me conocerán y me poseerán.
7 Aquí usa un lenguaje enteramente nuevo cuando dice: «Ve a mis hermanos», tomado del Salmo 22:22, que trata por completo de Cristo y en el cual habla tanto de su pasión como de su resurrección, diciendo: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos, etc.» Nunca antes había hablado así a sus apóstoles. Pues en la celebración de la Cena del Señor los llama, sí, sus «hijitos» y sus «amigos», Jn 13:33; Jn 15:14; pero ahora emplea el nombre más afectuoso y glorioso posible y los llama sus «hermanos». Y le importa muchísimo; porque no se demora, sino que, apenas ha resucitado, su primer cuidado es que se les diga lo que se propone hacer y por qué ha resucitado de los muertos.
8 Y en verdad esto se dice de una manera amable y dulce más allá de toda medida, de modo que quien desee creer tiene razón suficiente para creer, toda su vida y mientras el mundo exista, que estas cosas son ciertas; así como los queridos apóstoles mismos hallaron en ellas ánimo suficiente, y más que suficiente, para creer. Porque el consuelo es demasiado grande, el gozo demasiado glorioso, y el corazón del hombre demasiado pequeño y estrecho para haberlo alcanzado.
9 Los apóstoles estaban agazapados tras puertas cerradas, no solo desanimados y acobardados, como ovejas dispersas sin pastor, sino también turbados en su conciencia. Pedro había negado y renegado de su Señor con juramento, y se había maldecido; y los demás habían huido todos y se habían mostrado desleales. Era una caída tan honda y terrible que bien podían pensar que nunca se les perdonaría haber negado al Hijo de Dios y haber abandonado tan vergonzosamente a su querido Señor y fiel Salvador. ¿Cómo pudo entrar jamás en su corazón que Cristo les enviaría un saludo tan afectuoso y un buen día tan amable a ellos, que habían sido tan desleales y lo habían negado, y que no solo perdonaría todo, sino que además los llamaría sus queridos hermanos? ¿O quién puede creerlo y captarlo hoy? Yo mismo quisiera creerlo a veces, pero no logro metérmelo en el corazón tan por completo que me atreva a apoyarme del todo en ello y a tenerlo por verdaderamente cierto. Sí, si tan solo pudiéramos, ya estaríamos en la bienaventuranza celestial en esta vida, y no temeríamos ni a la muerte, ni al diablo, ni al mundo, sino que nuestros corazones saltarían de gozo continuamente y cantarían a Dios un eterno Te Deum Laudamus, es decir: A ti, oh Dios, te alabamos.
10 Pero, ¡ay!, en la tierra no es así; nuestra miserable alforja de mendigo, esta vieja piel nuestra, es demasiado estrecha. Por eso el Espíritu Santo tiene que venir en nuestra ayuda, no solo para predicarnos la Palabra, sino también para ensancharnos e impulsarnos por dentro, sí, incluso para valerse del diablo, del mundo y de toda clase de aflicciones y persecuciones con este fin. Así como una vejiga de cerdo debe frotarse con sal y trabajarse a fondo para que se hinche, así esta vieja piel nuestra debe ser bien salada y atormentada hasta que pidamos ayuda y clamemos a gritos, y así nos estiremos y nos ensanchemos, tanto por el sufrimiento interior como por el exterior, para que finalmente logremos y alcancemos este corazón y ánimo, este gozo y consuelo, de la resurrección de Cristo.
11 Porque consideremos un momento qué clase de palabras son estas que Cristo usa aquí, y no pasemos ligeramente sobre ellas, como se ha hecho hasta ahora y se sigue haciendo en todo el papado, donde las hemos leído, oído y cantado hasta el cansancio; y sin embargo hemos pasado de largo junto a ellas como una vaca junto a un santuario; de modo que es pecado y vergüenza haber oído y conocido tales palabras y aun así dejarlas yacer, frías y muertas, fuera del corazón, como si hubieran sido dichas y escritas del todo en vano; y que incluso los cristianos mismos, aunque no las desprecian como los demás sino que las usan a diario, ni las aprecian tan altamente ni las creen tan firmemente como quisieran.
12 Porque considera, digo, lo que estas palabras contienen y ofrecen: Ve, mi querida hermana (pues así habría hablado sin duda a estas mujeres, ya que se les apareció primero), y di a los discípulos que me negaron y me fueron desleales que son llamados, y serán, mis queridos hermanos. ¿No es esto, en una palabra, incluirnos y ponernos con Cristo en la plena posesión y herencia del cielo y de todo lo que Cristo tiene? Ricos y bienaventurados han de ser, en verdad, los hermanos y hermanas que pueden gloriarse de este Hermano, que ya no cuelga de la cruz ni yace en el sepulcro bajo el poder de la muerte, sino que es un Señor poderoso sobre el pecado, la muerte, el infierno y el diablo.
13 Pero ¿cómo llegaron estos pobres discípulos, asustados y desanimados, a tal honra y gracia, y en qué merecieron tal hermandad? ¿Fue por la vergonzosa negación de Cristo por parte de Pedro y por la deslealtad de todos los demás hacia él? ¿Y cómo lo hemos merecido yo y otros para aplicárnoslo también a nosotros? ¿Yo, que durante quince años leí la misa idólatra, blasfemando contra Dios y ayudando a diario a crucificar de nuevo a Cristo? ¡Buen mérito, por cierto, cabalgar hacia el infierno al servicio del diablo y buscar otras hermandades, las del diablo y su pandilla, que llevan nombres de santos muertos, san Antonio, san Francisco, san Sebastián, san Cristóbal, san Jorge, santa Ana, santa Bárbara, de algunos de los cuales no se sabe si fueron santos, más aún, si acaso vivieron alguna vez! ¡Qué vergüenza! ¡Qué pecado y afrenta para nosotros, que nos llamamos cristianos, haber tenido esta hermandad de Cristo el Señor, tan graciosamente ofrecida, y luego despreciarla y rechazarla, y caer en una ceguera tan profunda que nos hemos hecho inscribir en la canallesca hermandad de los vergonzosos monjes y de toda la manada del papa, y hemos predicado y alabado esto como si fuera algo precioso!
Pero eso es lo que merece el mundo. ¿Por qué no apreciamos la Palabra de Dios que se escribía, se pintaba, se representaba, se cantaba y se tañía ante nuestros ojos y oídos? Y ahora mismo, cuando la Palabra de Dios misma lo señala y nos reprende, no dejamos de blasfemar y de perseguir; cuando deberíamos dar gracias y alabar a Dios porque tan graciosamente nos ha librado, sin mérito alguno de nuestra parte y contra todo mérito, de tal ceguera y blasfemia, y porque nos ha concedido la gracia de reconocerla.
14 Ahora, crea quien pueda. Porque lo creamos o no, no por eso deja de ser la verdad. Esta hermandad está fundada entre nosotros, y no es una hermandad como nuestro suelto Kaland ni como la hermandad de los monjes, sino la de Cristo, en la cual Dios es nuestro Padre y su propio Hijo nuestro hermano, y donde se nos concede una herencia que no asegura simplemente cien mil táleros, uno o varios reinos, sino en la cual somos redimidos de la comunión del diablo, del pecado y de la muerte, y obtenemos la herencia y posesión de la vida eterna y de la justicia eterna; y aunque en otro tiempo estuvimos en pecado, dignos de muerte y de condenación eterna, y aun ahora lo estemos, debemos saber que esta hermandad es mayor, más poderosa, más fuerte y superior al diablo, al pecado y a todas las cosas. No hemos caído tan hondo, ni las cosas están tan mal y arruinadas, que esta hermandad no pueda arreglarlo y restaurarlo todo por completo otra vez, puesto que es eterna, infinita e inagotable.
15 Porque ¿quién es el que ha instituido esta hermandad? El Hijo unigénito de Dios y Señor todopoderoso de todas las criaturas, de modo que por sí mismo no necesitaba sufrir ni morir. Pero todo esto lo he hecho, nos dice, por ustedes, como su querido Hermano, que no podía soportar ver que ustedes, separados eternamente de Dios por el diablo, el pecado y la muerte, perecieran tan miserablemente; por eso me puse en su lugar y tomé sobre mí su miseria, di mi cuerpo y mi vida por ustedes para que fueran librados; y he resucitado para proclamarles e impartirles esta liberación y victoria, y recibirlos en mi hermandad, para que posean y disfruten conmigo todo lo que tengo y poseo.
16 Ves así que a Cristo no le basta con que el hecho histórico haya ocurrido y con que, por lo que a él toca, todo esté cumplido; lo infunde en nosotros y crea con ello una hermandad, para que llegue a ser posesión y herencia común de todos nosotros; no lo pone in praedicamento absoluto, sino relationis, es decir, lo ha hecho no para sí mismo personalmente ni por su propio bien, sino como nuestro Hermano y únicamente para nuestro bien. Y no quiere ser considerado ni conocido de otra manera que como nuestro, con todos estos bienes, y que nosotros, por nuestra parte, seamos suyos; y que por eso estemos tan estrechamente unidos que no podríamos estar más íntimamente emparentados, con un Padre común, disfrutando una herencia igual, común e indivisa, y autorizados a usar todo su poder, honra y bienes, a gloriarnos de ello y a consolarnos con ello como si fuera nuestro.
17 ¿Quién puede comprender esto plenamente? ¿Y qué corazón puede creer lo bastante que el Señor es tan enteramente nuestro? Porque en verdad es algo demasiado grande e inefable que nosotros, pobres y miserables hijos de Adán, nacidos y envejecidos en el pecado, seamos los verdaderos hermanos de la suprema Majestad, coherederos y cogobernantes en la vida eterna; como lo declara san Pablo tan gloriosamente en Ro 8:17; Gá 4:7: «Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, etc.» Porque todo esto sigue en orden: si se nos llama hijos de Dios, entonces debemos ser verdaderamente también sus herederos, y hermanos y coherederos de Cristo el Señor, que es el único Hijo esencial de Dios.
18 Por eso, quien pueda, aprenda a comenzar rectamente a orar el Padrenuestro; y a saber lo que significa para mí llamar a Dios mi Padre, y para mí considerarme, con toda verdad y plenitud, su querido hijo y hermano de Cristo el Señor, quien ha compartido conmigo todo lo que tiene y me ha puesto en posesión de sus tesoros eternos. Aquí examina y pregunta a tu propio corazón si sin duda ni vacilación puedes decir así desde el fondo del corazón: «Padre nuestro»; si estás firmemente fundado en ello y puedes estar seguro ante Dios: Me considero tu querido hijo, y a ti mi querido Padre, no porque lo haya merecido o pudiera merecerlo alguna vez, sino porque mi querido Señor quiere ser mi Hermano, y por su propia voluntad lo ha proclamado y me ha invitado a considerarlo mi Hermano, y ha dicho que también él me consideraría como tal.
Comienza esto, digo, y verás cómo te va en la tarea; y pronto descubrirás qué bribón incrédulo se esconde en tu pecho y cuán torpe es tu corazón para creerlo. ¡Oh, soy un pobre pecador!, exclama la naturaleza, ¿cómo me atrevo a exaltarme tan alto, sentarme en el cielo y jactarme de que Cristo es mío y yo soy su hermano? Porque esta grandeza y gloria es tan sumamente alta, más allá de todo sentido, corazón y pensamiento humanos, que no podemos comprenderla; como el mismo Pablo también confiesa en Fil 3:12, que sigue adelante para alcanzarla, pero todavía no la ha alcanzado. Sí, el hombre se asombra y se aterra de sí mismo por atreverse a recibir y jactarse de tal honra y gloria.
19 Pero ¿qué haremos? Ciertamente debemos decir, y es verdad, que somos pobres pecadores, y con san Pedro hemos negado a nuestro Señor (yo especialmente más que otros). Pero ¿qué haremos al respecto? Ya es suficiente, y más que suficiente, lo que hice contra él al apartarme de él y hacerme un bribón. ¿Debo, además, hacerlo a él mentiroso y bribón, y negar este anuncio consolador y blasfemar? ¡Dios nos libre!
20 Sí, dice el diablo, por mi carne no eres digno de esto. Ay, es verdad; pero si no quisiera creerlo ni aceptarlo, tendría que hacer mentiroso a mi Señor y declarar que no es verdad cuando me dice que es mi Hermano. ¡Dios me guarde de hacer esto!, porque sería rechazar a mi Dios y toda mi salvación y bienaventuranza eterna, y pisotearla.
21 Por tanto, diré esto: Sé muy bien que soy un ser indigno, digno de ser hermano del diablo, no de Cristo y sus santos; pero ahora Cristo ha dicho que yo, por quien murió y resucitó, lo mismo que por san Pedro, que como yo fue pecador, soy su hermano; y desea seriamente que le crea, sin duda ni vacilación, y no quiere que considere que soy indigno y estoy lleno de pecado, porque él mismo no lo considerará ni lo recordará, aunque bien podría hacerlo, teniendo sobrada causa para pagar a sus seguidores y hacer caer sobre ellos lo que cometieron contra él. Pero todo está olvidado y borrado de su corazón; más aún, lo ha matado, cubierto y sepultado; y ahora no sabe decir de ellos sino lo que es bondadoso y bueno, y los saluda y les habla afectuosamente como a sus fieles y queridísimos amigos e hijos piadosos, como si no hubieran hecho mal alguno ni lo hubieran afligido, sino solo bien; para que sus corazones no estén inquietos ni preocupados con el pensamiento de que él lo recordaría y se lo echaría en cara o lo haría caer sobre ellos. Puesto que entonces él no quiere que se recuerde, sino que quiere que esté muerto y sepultado, ¿por qué no he de dejarlo así, y dar gracias, alabar y amar de todo corazón a mi querido Señor por ser tan bondadoso y misericordioso? Aunque esté cargado de pecado, ¿por qué habría de seguir adelante y marcar como falsedad esta Palabra llena de gracia, que le oigo decir a él mismo, y rechazar deliberadamente la hermandad que se me ofrece? Si no lo creo, no recibiré sus beneficios; pero eso ni lo hace falso ni prueba que falte algo en Cristo.
22 Si alguien desea ahora cargarse con nuevos pecados y no quiere que quede olvidado lo que él ha olvidado, que peque entonces de tal modo que nunca sea olvidado y nunca pueda ser ayudado; como leemos en la Epístola a los Hebreos, He 4:4-6 y He 10:26, acerca de los que han pecado apartándose de la Palabra de Dios y tachándola de mentira. Este es el pecado contra el Espíritu Santo, y se describe como crucificar de nuevo al Hijo de Dios y afrentar al Espíritu de gracia. ¡De esto guarde Dios a todos los que desean ser cristianos!
Ay, hay demasiado de la antigua ceguera y necedad en que hasta ahora hemos estado envueltos. Esto debería perecer y ser olvidado, ahora que nos hemos hecho sus hermanos, con tal que lo aceptemos. Si no podemos creer tan firmemente como debiéramos, comencemos, como niños pequeños, a beber al menos una cucharadita de esta leche, hasta que seamos más fuertes, y no la rechacemos del todo.
23 Por eso, aunque tu propia indignidad te reprenda cuando te pones a orar, y aunque pienses: Ay, mis pecados son demasiados y temo no poder ser hermano de Cristo, defiéndete a golpes como mejor puedas, para que tales pensamientos no hallen lugar en tu mente. Porque aquí estás en gran peligro de cometer el pecado contra el Espíritu Santo. Con toda confianza y denuedo responde a tales pensamientos del diablo: Sé muy bien lo que soy, y no necesitas decírmelo ni enseñármelo, porque no te toca a ti juzgar este caso; ¡fuera, pues, espíritu mentiroso! No quiero ni debo escucharte. Aquí está mi Señor Jesucristo, el Hijo único de Dios, que murió por mí y resucitó de entre los muertos; él me dice que todos mis pecados están olvidados, y que será mi Hermano, y que yo también he de ser su hermano; y es su voluntad que yo crea esto de corazón, sin vacilar.
24 Bribón y malvado, sí, hermano del miserable diablo mismo ha de ser quien no quiera aceptar esto. Aunque no soy digno de ello, lo necesito muchísimo; y aunque no fuera así, Dios al menos es digno de que yo lo honre y lo tenga por el Dios verdadero. Pero si no creyera, añadiría a todos los demás pecados, del peor modo posible, deshonra contra él, en violación del primer mandamiento, haciéndolo mentiroso y un Dios vano. ¿Qué mayor maldad y blasfemia ha oído o proclamado hombre alguno?
Más bien haz esto: cuando sientas que te resulta demasiado difícil creer, échate de rodillas y quéjate a Dios de tu incapacidad; y di con los apóstoles: «Señor, auméntanos la fe.» Lc 17:5. De corazón quisiera contarte gustoso como mi queridísimo Padre, y a Cristo como mi Hermano, pero mi carne, ay, no se somete; ayuda, pues, mi incredulidad, para que honre tu nombre y tenga tu Palabra por verdadera.
25 Mira, de esta manera experimentarás por ti mismo qué gran conflicto exige creer la Palabra de Dios y orar rectamente el Padrenuestro; no porque esta Palabra en sí misma no sea lo bastante segura, firme y fuerte, sino porque somos tan débiles, más aún, tan parecidos al miserable e inestable azogue, que no podemos retener lo que bien merece ser retenido con manos y corazones de acero y de diamante.
26 Antes, cuando éramos extraviados y engañados con mentiras y falso culto, podíamos aferrarnos y consolarnos con una fe firme, aunque falsa, en todos los santos y en las hermandades de los monjes; y decíamos gozosos: ¡Ayúdame, querido señor san Jorge, o san Antonio, y san Francisco, y déjame gozar el beneficio de tus intercesiones! Entonces no había duda ni oposición; esta ocupación nos era agradable, y teníamos puños y fuerza de hierro para creer. Pero aquí, donde Cristo, la Verdad misma, nos ofrece su comunión, y hasta nos invita y nos insta del modo más afectuoso, diciendo: Amados, recíbanme como su Hermano, no logra llevarnos a creer y aceptarlo. Tan poderosamente resisten y se oponen la carne y el diablo.
27 Por eso, digo, lo mejor es que cada uno, cuando entra en su aposento y comienza a orar, se esfuerce por entender lo que dice y por sopesar debidamente dos palabras: «Padre nuestro.» Por ejemplo: Amigo mío, ¿qué estás orando? ¿Qué responde tu corazón? ¿Consideras de veras a Dios como tu Padre, y a ti mismo como su querido hijo? No, en verdad, dice el corazón, no lo sé; ¿cómo puedo atreverme a atribuirme algo tan grande y glorioso? Entonces, ¿por qué no dejas de orar, cuando con tus labios llamas a Dios tu Padre, mientras tu corazón desmiente a ti mismo y a él tal como se ha revelado en su Palabra? Más bien confiesa tu debilidad y di: Yo, en verdad, te llamo mi Padre, y debo llamarte así, según tu Palabra y mandamiento; pero temo que mi corazón esté mintiendo como un bribón. Y lo peor de todo no es que solo yo mienta, sino que también te acuso a ti de falsedad. Ayúdame, querido Señor y Padre, para que no te haga mentiroso; porque yo no puedo hacerme mentiroso sin haberte hecho mentiroso primero a ti.
28 Por eso, aunque reconozco y experimento, ay, que no puedo decir «Padre nuestro» con todo mi corazón, como en verdad ningún hombre en la tierra puede plenamente, pues de otro modo ya estaríamos en la bienaventuranza celestial, con todo intentaré y comenzaré, como un niño pequeño empieza a mamar del pecho de su madre. Si no puedo creerlo plenamente, con todo no lo tendré por falsedad ni diré que no. Aunque no pueda jugar el juego como es debido, me guardaré de jugar en contra, como hacen los monjes y los corazones desesperados, que no consideran a Cristo como su Hermano, sino como un enemigo y un capataz; porque eso sería convertirlo en el diablo mismo. Yo, en cambio, quisiera deletrear a diario las letras, hasta que pueda repetir «Padre nuestro» y este Sermón de Cristo tan bien o tan mal como pueda. Dé Dios que, aunque balbucee, tartamudee o cecee, lo logre al menos en algún grado.
29 Porque, como ya se dijo, este es el pecado de todos los pecados: que cuando Dios es benigno y quiere que todos nuestros pecados sean perdonados, el hombre, por su incredulidad, rechaza la verdad y la gracia de Dios, la arroja lejos de sí y no deja que valgan la muerte y la resurrección de Cristo el Señor. Porque, en efecto, no puedo decir que esta hermandad, que nos trae el perdón de los pecados y toda bendición, sea obra y hechura mía, ni de hombre alguno, ni que alguien se haya esforzado por ella o la haya buscado. Pues esta resurrección ocurrió y se cumplió antes de que hombre alguno supiera nada de ella; y el que se nos proclame y predique tampoco se hace por palabra de hombre, sino por la de Dios; por lo cual no puede fallar ni mentir. Puesto que entonces es únicamente verdad y obra de Dios, nos corresponde, bajo pena de la extrema ira y desagrado de Dios, aceptarla como venida de Dios y retenerla por la fe, para no caer en el pecado que no tiene perdón.
30 Porque todos los demás pecados que hay, contrarios al mandamiento y a la Ley de Dios, la cual consiste en todo lo que hemos de hacer y que Dios exige de nosotros, quedan todos cubiertos por el perdón, ya que nunca estamos enteramente libres de ellos durante toda nuestra vida; y si Dios hubiera de ajustar cuentas con nosotros según nuestra vida y conducta, nunca podríamos salvarnos. Pero quien no quiere creer la Palabra de Cristo ni aceptar su obra, peca cien mil veces más; porque lucha contra la gracia y se roba a sí mismo el perdón. Pues es la gracia la que dice: La ley no te dañará ni te condenará, aunque hayas pecado gravemente contra ella, sino que todos estos pecados serán perdonados y quitados por Cristo; pues por eso murió por ti y resucitó, y ahora te presenta todo esto mediante este anuncio de su hermandad.
Ahora bien, si no quieres creer ni aceptar esto, sino que obstinadamente te empeñas en oponerte y dices: No quiero gracia, ¿qué te ayudará entonces? ¿O qué buscarás además para obtener el perdón y ser salvo? Sí, seré fraile cartujo, iré descalzo a Roma y compraré una indulgencia, etc. Muy bien, hazlo como quieras, no en nombre de Dios, sino en el del miserable diablo; porque con esto has negado no solo la gracia, sino también la ley, y has caído por completo de Dios, ya que buscas obras y santidad que Dios no ha mandado, más aún, que ha prohibido.
31 ¿No debería Dios airarse y castigarnos por parlotear, cantar y leer a diario el Padrenuestro y el Credo sin entendimiento, sin fe y sin corazón, y por no pensar nada no solo en Cristo, sino tampoco en la Ley de Dios; jactándonos en cambio, y presentando ante Dios solo nuestros propios esfuerzos y falsa espiritualidad, por encima de su gracia y mandamiento y en contra de ellos, esperando con ello reconciliarlo y ganarle el cielo? Esto es lo que merecemos por despreciar la Palabra de Dios y este glorioso y consolador anuncio de Cristo: ser vergonzosamente cegados y engañados por el diablo, y castigados y atormentados por el papa; como si Dios dijera con ello: Muy bien, si no quieren a mi Hijo por Hermano ni a mí por su querido Padre, tomen entonces al papa con sus monjes, que los alejan del evangelio, del Credo y de los Diez Mandamientos hacia sus raídas y hediondas cogullas y la hermandad del diablo.
32 Porque, puesto que no quisieron que Cristo fuera y permaneciera nuestro Hermano sin nuestro mérito y dignidad, y nos trajera la gracia de Dios y el perdón del pecado, ¿qué es esto sino negar real y efectivamente la fe en Dios y en su Hijo, como dice san Pablo, Tit 1:16, aunque lo confiesen con los labios? Tal como yo también lo hice en mi antigua ceguera, cuando ayudaba a cantar y leer estas palabras con otros, y sin embargo estimaba mucho más mi monacato y mis propias obras.
Pues si hubiera aceptado como verdadero y cierto lo que dice san Pablo en Ro 4:25, que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, a fin de que llegáramos a ser sus hermanos, entonces habría aprendido que mis propias obras y mi cogulla de monje no podían obtenerme esto. De otro modo, ¿qué necesidad había de que Cristo fuera y tomara sobre sí mis pecados y la ira de Dios en su cruz y muerte, y por su resurrección me pusiera en la herencia del perdón de los pecados, de la salvación eterna y de la gloria?
33 Pero ahora, como se aferran a su monacato y buscan la gracia de Dios por sus propios méritos, deseando con ello deshacerse de sus pecados y expiarlos, dan testimonio contra sí mismos de que no creen lo que dicen con los labios: Creo en Jesucristo, que murió por mí y resucitó, etc.; creen, por el contrario, en la cogulla y el cordón de los monjes descalzos, en santa Ana, en san Antonio y en el diablo (perdónenme), en su trasero. Porque es imposible que quien conoce a Cristo en esta hermandad se ocupe en tales necedades como las que se enseñan y practican no solo sin fe y contra ella, sino también contra los mandamientos, y que son verdaderos pecados diabólicos, los pecados de todos los pecados.
34 Por eso, frente a todo esto, el cristiano debe adquirir la costumbre de orar el Padrenuestro, persignándose con firmeza y diciendo en su pensamiento: Guárdame, querido Señor, del pecado contra el Espíritu Santo, para que no caiga de la fe y de tu Palabra, ni me haga turco, judío o monje y santo papal, que creen y viven contra esta hermandad; sino que me aferre a un pequeño fleco del manto de esta hermandad. Baste que hayamos creído y vivido contra ella tanto tiempo; ahora es tiempo de rogar a Dios que haga esta fe segura y firme en nosotros.
Porque si tenemos esta fe, entonces estamos sanados y librados del pecado, de la muerte y del infierno, y podemos probar todos los demás espíritus, discernir y rechazar todo error, engaño y falsa fe, y pronunciar la sentencia: El que se pone la cogulla y se afeita la cabeza para hacerse santo, o ingresa en la hermandad de los monjes, es un necio loco y sin sentido, más aún, una criatura ciega, miserable, desdichada y desesperada; el que se tortura con mucho ayuno y castigo, como los frailes cartujos o los santos turcos, ya está separado de Dios y de Cristo y condenado al infierno.
Porque todo esto no es sino blasfemia y contradicción de la bienaventurada hermandad celestial de Cristo. Pueden, en verdad, orar y leer mucho acerca de ella, como dice Is 29:13: «Este pueblo se acerca a mí con su boca», viene delante de mi rostro en las iglesias, con cantos y campanas, «pero su corazón está lejos de mí». ¿Qué placer piensas que puede tener él en tales santos, que por fuera obran como si fueran verdaderos hijos de Dios, leyendo y cantando el evangelio, empleando las palabras más hermosas y celebrando una gloriosa fiesta de Pascua en procesiones, con estandartes y velas, y sin embargo no procuran entenderlo ni creerlo, sino que más bien se oponen a él con su doctrina y su vida?
35 Porque si lo entendieran y lo creyeran, no se aferrarían a su burla y a sus vanidades, sino que pisotearían de inmediato sus cogullas y cordones, y dirían: ¡Qué vergüenza de hermandad! ¡Al miserable diablo con ella, por oponerse a la hermandad que me enseñan el Credo y el Padrenuestro! Porque no es digna de atención ni de aprecio.
Así Pablo, en Fil 3:5, pronuncia juicio sobre su propia vida santa en el judaísmo: Yo era, dice, un hombre piadoso e irreprensible, no solo según mi vana estimación, sino conforme a la ley de Moisés; pero cuando llegué a conocer a Cristo, tuve por pérdida toda mi justicia bajo la ley, más aún, no solo por pérdida, sino que la tuve por basura y suciedad. Yo pensaba, en verdad, que era un gran santo, que había guardado la ley estrictamente y con toda diligencia, y tenía esto por mi más alto tesoro y mi mayor ganancia; pero cuando oí de esta hermandad y herencia del Señor Jesucristo, ¡oh, cómo me abandonaron mi orgullo y la jactancia de mi propia justicia, tan por completo que ahora me estremezco ante ello y ni siquiera quiero pensar en ello!
36 Mira, él ensalza la justicia que esta hermandad nos trae de tal modo que empequeñece y desprecia por completo la vida y la santidad de todos los hombres, aun en su mejor grado conforme a la ley de Dios, ley que ciertamente debe guardarse, y que en verdad no hay nada más digno de alabanza ni mejor en la tierra. Y sin embargo, como sigue siendo nuestro propio esfuerzo y vida, no puede ni debe tener la honra y la gloria de hacernos hijos de Dios y de adquirir el perdón de los pecados y la vida eterna; esto se logra cuando oyes la palabra de Cristo que dice: Buenos días, mi querido hermano; en mí han sido vencidos tu pecado y tu muerte, todo lo que he hecho, lo he hecho por ti, etc.
37 Este es el fundamento del desafío de san Pablo al pecado y a la muerte: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» 1 Co 15:55 y Os 13:14. Como si quisiera decir: En otro tiempo eran enemigos poderosos y terribles, ante los cuales todos los hombres, por santos y piadosos que fueran, tenían que temblar y desesperar; pero ¿dónde están ahora? ¿Cómo los perdí tan por completo? Pues, responde, todo ha sido sorbido y completamente ahogado en una victoria. Pero ¿dónde está la victoria, o de quién es la victoria? «Gracias sean dadas a Dios», responde en el v. 57, «que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.»
38 Esto es, ciertamente, un denuedo glorioso y grande, posible, sin embargo, solo para una fe como la de san Pablo; la cual, como él mismo lamenta, no era tan fuerte como él deseaba; con todo, ciertamente la tenía, y podía mantenerla contra la ira y el poder del diablo. Que nosotros no podamos hacer lo mismo y sigamos tan temerosos y aterrados ante la muerte y el infierno es prueba de que aún tenemos muy poca fe. Por eso tenemos más razón para impulsarnos a invocar a Dios, a orar y también a pedir para ello las súplicas de nuestros hermanos, y a meter a diario la Palabra en nuestros corazones, hasta que también nosotros, en algún grado, obtengamos esta seguridad.
39 Que nuestros adversarios se burlen de nosotros y digan con escarnio que no sabemos enseñar nada sino la fe, y que griten que hay que subir mucho más alto y hacer mucho más. Pero si tuviéramos fe suficiente, pronto nos ocuparíamos de todo lo demás. Porque lo principal y más necesario, de lo cual ellos no saben nada, es cómo librarse del terror del pecado, de la muerte y del infierno, y cómo adquirir una conciencia en paz delante de Dios, para que podamos orar verdadera y sinceramente «Padre nuestro». Donde esto no se ha hallado, todo lo demás es en vano, aunque nos torturemos hasta la muerte con nuestras obras. Pero como todos se quedan cortos en esto, no debemos avergonzarnos de aprender y preocuparnos de estas cosas cada día, como lo hacemos por nuestro pan de cada día, y además debemos pedir a Dios que nos dé poder y fuerza. Amén.
Sermón para el Lunes de Pascua: explicación de este evangelio y nuevas instrucciones sobre la Cena del Señor; Lucas 24:13-35
EXPLICACIÓN DE ESTE EVANGELIO, Y NUEVAS INSTRUCCIONES SOBRE LA CENA DEL SEÑOR.
I. LA PREPARACIÓN PARA PARTICIPAR DE LA CENA DEL SEÑOR.
1 Este evangelio, en una parte, nos enseña y nos urge a complacernos en hablar y obrar por nuestro Señor Jesucristo. Lo hace mostrando qué fruto sigue de tal proceder, aunque ese fruto no se entienda ni se capte tan claramente como debiera. Ves aquí que los dos discípulos están todavía llenos de incredulidad; sin embargo, como hablan acerca de Jesús, y en apariencia en vano, él no puede permanecer ausente de ellos, sino que se acerca, les abre los ojos y les interpreta las Escrituras. Debes asirte fielmente a esto y retenerlo, porque es algo precioso. Con todo, antes de tratar más a fondo el evangelio, que es fácil en cuanto a su historia, debo primero, por causa de la gente sencilla y llana, decir unas pocas cosas acerca del sacramento de la Cena del Señor.
2 Amados, han oído que predicamos quiénes son dignos de recibir la Cena del Señor, a saber, aquellos a quienes la Palabra de Dios mueve en su corazón a creer, y que los que no están así preparados deben abstenerse. Y es justo disuadir a todos de precipitarse a ella o de ir con su propia preparación, como era común antes. Esa es la manera correcta de predicar, y quiera Dios que muchos se atemoricen así. Pero de nuevo noto en muchos, y en mí mismo también, que el espíritu del diablo empuja demasiado hacia el otro lado, de modo que los corazones se cansan y se vuelven remisos a participar de la comunión, y nunca se acercan a ella a menos que sientan con certeza que arden en fe. Esto también es peligroso, pues con ello suprimiríamos la preparación que antes era costumbre, pero estableceríamos una preparación nueva que tampoco sería recta.
3 Hemos rechazado a los que se preparan para recibir el sacramento con sus propias obras, cosa que Dios aborrece. Pero al hacerlo podemos fácilmente hacer que la gente se vuelva lenta, de modo que espere siempre hasta que Dios venga y nos dé una fe perfecta para poder ir. Por eso nunca podemos predicar bastante acerca de la fe, aunque prediquemos largo y con empeño sobre ella, porque nuestra razón nunca puede entenderla. Por eso, para salir al paso de este mal, lo trataremos más extensamente y debemos dividirlo en dos partes, o más bien, en las dos clases de personas que se preparan para ir a la Cena del Señor.
4 En primer lugar hemos enseñado que a nadie le aprovechaba prepararse para el sacramento con sus propias fuerzas, como hacían los que procuraban con su confesión y otras obras hacerse dignos de recibirlo. Este es un error y un abuso terribles, y el único consejo verdadero que podemos dar a quienes emprenden tales cosas es que se abstengan de ellas y se mantengan lejos del sacramento.
5 La otra preparación, la que se hace en fe, y de la cual hemos dicho bastante antes, es recta, pues viene y procede de Dios. No se hace de modo que uno siempre sienta confianza de ser digno. ¿Dónde estaría la fe si así fuera? Sino que sucede así: Sin que yo prepare ni haga nada, la Palabra de Dios viene a mí. Puedo, en efecto, ir a oírla, o leerla y predicarla, de modo que así entre en mi corazón. Y esa es la preparación correcta, que no se hace por el poder y la astucia del hombre, sino por la fuerza de Dios. Por eso no hay mejor preparación para todos los sacramentos que permitir y dejar que Dios nos prepare. Esta es una breve charla sobre la preparación. Y ahora consideraremos a los que comulgan.
II. PERSONAS PARA QUIENES NO ES LA SANTA CENA, Y PARA QUIENES SÍ LO ES.
6 El evangelio y la Palabra de Dios, que es un discurso acerca de Cristo, cae a veces en los oídos de quienes no lo aceptan o incluso lo desprecian; y, como dice Cristo en Lc 8:5, cae junto al camino, es decir, en corazones duros y no preparados.
7 Luego hay otros que son viles bribones y viven en vicio abierto. Mt 13:22. Aunque oigan el evangelio y nunca se opongan realmente a él, no les preocupa mucho. Como ven que hacen ahora nuestros fanáticos, que pueden hablar y escupir mucho sobre él, sobre todo cuando están llenos, y tomarlo a la ligera. No han captado nada de él, salvo una soltura para hablar de él. Todos son corazones malvados. De esta clase son también los que viven en profunda avaricia, tan materialistas que se les nota. Y así viven en otros pecados groseros y tienen poca reverencia por el santo evangelio, aunque sean capaces de hablar de él con soltura. Pero nunca nos interesa predicarles, porque con ellos todo se pierde y el evangelio no los hace ni humildes ni hambrientos.
8 En tercer lugar, los peores son los que además persiguen el evangelio. De ellos dice Cristo en Mt 7:6: «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos.» Estas tres sectas no pertenecen a la Iglesia del evangelio, y no les predicamos. Y quisiera que se hiciera cumplir la ley y que fueran castigados, estos cerdos groseros, que hablan tan neciamente del evangelio como si fuera la historia de Theodocius de Berna, o algún otro cuento. Si alguien quiere ser cerdo, que sepa lo que conviene a un cerdo. De veras quisiera poder excluirlos de mi predicación, para que nunca la oyeran y estuvieran lejos de ella. No pueden hacer sino abusar del evangelio para su propio daño, y deshonrarnos, de modo que por causa de ellos la Palabra de Dios tiene que sufrir deshonra y abuso. ¡Fuera los cerdos sucios!
9 Finalmente, hay algunos que son como la gente de este evangelio. Mira cómo aún les falta fe, pues hablan de esta manera: V.21. Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel. Como si quisieran decir: No sabemos cuál será el resultado. Es claramente evidente que no llegará a nada. Ahora está muerto, y aunque volviera a vivir y resucitara de los muertos, ciertamente no puede redimir al pueblo ni hacerse rey. Y así pensaban que la redención había fracasado. Por eso los dos discípulos de aquí son la multitud que saborea el evangelio en su corazón y no quiere que sea despreciado ni desobedecido; pero aun así son tan tímidos que dudan en acercarse porque sienten que no son lo bastante fuertes ni fervientes. Se echan atrás y no quieren acercarse hasta sentir y experimentar que son fuertes en la fe. Estas son las personas a quienes pertenece el evangelio, aunque tropiecen a veces, de modo que se disgusten consigo mismas, sientan su enfermedad y deseen librarse de ella, y no sean duras de corazón. A estas se las debe animar y atraer a Cristo. Nunca hemos predicado todavía sino a gente así.
10 Porque es propio de la fe que uno conozca sus faltas y desee con ardor verse libre de ellas. Nadie debe esperar a que Dios haga una señal milagrosa por él y lo trate de manera distinta que a las otras personas a quienes da las señales en el evangelio y en los sacramentos. Dios nos dio el tesoro y lo reveló con el único propósito de que fuéramos y lo tomáramos. Por eso, cuando sientas tu debilidad, debes ir y decir: Mi Señor, he caído. Quiero ser fuerte. Tú has instituido la Cena del Señor para que con ella encendamos y fortalezcamos nuestra fe y así seamos ayudados. Aquí estoy, pues, y deseo recibirla. Este debe ser nuestro consuelo, y debemos usar con gozo la Palabra y los sacramentos cuando sintamos nuestra falta de fe, y alegrarnos de recibir ayuda para buscar socorro y fuerza. Allí nuestras almas lo hallan dentro de sí.
11 Porque no debes hacer de Cristo un tirano, sino aceptarlo como verdaderamente es y dejar que sea para ti nada sino gracia rica y abundante. Sin embargo, si sientes en tu corazón que no has llegado a este punto y no crees, y con todo quisieras creer, no debes, pese a todo, desesperar y rehuir la comunión, sino buscar tu ayuda precisamente allí, para que tu fe sea encendida y aumentada.
Pues aunque algunos han sido terriblemente castigados por participar del sacramento indignamente y sin fe, son solo aquellos que describimos arriba, a saber, los corazones endurecidos y malvados. Debes hacer y pensar así: Señor, mira, esa es tu Palabra y esta es mi enfermedad y mi falta. Tú mismo has dicho: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.» Mt 11:28. ¿Piensas que dijo eso a quienes ya son fervientes y fuertes en la fe? Su reino no está establecido para favorecer a los justos, Mt 9:3, sino para ayudar a los pecadores y hacerlos justos. 1 Ti 1:15. Por eso, quien sea débil y lo experimente, debe ir a la comunión y dejar que Dios lo ayude.
12 Pero hay otro rebaño que no va por el camino recto. Tenemos profetas por la tierra que enseñan a la gente con demasiada libertad a ser atrevida y desafiante, que hablan con la divina Majestad como lo harían con un aprendiz de zapatero. A estos espíritus descarados y soberbios no se ha de seguir de ninguna manera. Te conviene ser remiso y tímido, y temer y temblar. Me gusta tal temor. Permanece tú en él, ve y haz que tu conciencia se tranquilice. Pero a tales mentes soberbias y corazones sin quebrantar, que obran tan desafiantes y tratan con Dios como si él debiera tenerles miedo, él no puede tolerarlos.
13 Por eso debes humillarte y permanecer en el temor para sentir tus luchas y debilidades, y desear la fe. Si experimentas eso, da gracias a Dios, porque es una señal segura de que la Palabra te ha golpeado y movido, y te ejercita, te constriñe y te impulsa.
¿Qué clase de fe sería esa si yo fuera y no tuviera temor ni angustia de corazón que ejercitaran mi fe? Porque es propio de la fe que pruebe su fuerza en el temor, en la muerte y en los pecados, y en todo lo que hace que un ser humano tema y se acobarde. Por eso, si te sientes así, es el momento oportuno para que vayas, pues entonces tu fe encontrará algo que hacer. Y para esto es útil la confesión privada. Conviene ir a un hombre piadoso, exponerle tu necesidad y pedirle consejo sobre si cree que eres digno de ir a la Cena del Señor, y luego seguir su consejo. Ese es el verdadero propósito de la confesión y del sacramento. No sirven para otra cosa y fueron instituidos para ayudar a las conciencias débiles que están cargadas por sus pecados.
14 Pero dices: ¿Y qué, si soy tan inerte y frío que no tengo deseo de ello, aunque siento que lo necesito; y sin embargo el evangelio y el sacramento no me satisfacen, de modo que casi toda chispa en mi corazón se ha apagado? Respuesta: No debes desistir. Porque mientras sientas que aún no estás perdido y no eres todavía tan malvado como los descritos arriba, siempre deseas arder con celo. Por eso debes hacer lo siguiente: toma para ti la Palabra de Dios, ve y óyela predicar, léela, escríbela o incluso cántala; con tal que la vivas y te ocupes en ella, experimentarás algo. Luego ve a la Cena del Señor y di: Señor, soy un perezoso; pero vengo para que tú me ayudes y enciendas mi corazón. Añade a ello las palabras y pensamientos que puedas pensar y decir. No debes detenerte a pensar cómo prepararte para ser digno de la comunión; ya estás preparado si sientes que con gusto serías ayudado y tu necesidad te obliga a ir.
15 Me ha sucedido a menudo que vacilaba y así me alejaba más de ella, hasta que vi que nada me ayudaba y tuve que ir. Así también tú descubrirás que es el espectro del diablo el que aparta a la gente, de modo que cuanto más temen y esperan hasta experimentar la fe en sus corazones, más se alejan de ella. Y al fin, si continúan en este estado, todo deseo e impulso, tanto hacia la Palabra como hacia el sacramento, se apaga en ellos y nunca vienen. Por eso debes dejar a un lado tales pensamientos y temores, e ir y pedir a Dios que te ayude. Si lo haces a menudo, experimentarás que ganarás cada vez más deseo de ello, cosa que no habrías ganado de otro modo. Por eso quisiera que hicieras esto, y que hubiera muchos que fueran al sacramento con tal disposición y ganaran cada vez más gusto en él y se fortalecieran más y más. Pero si no vas, permanecerás siempre frío y te enfriarás cada vez más.
16 Esto debe consolarte, y lo experimentarás si lo pruebas. Porque es imposible que la Palabra de Dios no produzca fruto y no sea una bendición. Dios habló así: «Porque como descendió de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.» Is 55:10-11.
Esta Escritura debe hacernos muy valientes y felices, si ya nos hemos enfriado. Por la gracia de Dios tenemos la Palabra de Dios, y debemos alzar las manos y darle gracias por ella. ¿Cuántos hay en el mundo que no la poseen? ¿De qué otro modo podrías haberla obtenido? Ahí tienes todo el suministro y la preparación que la sirve, y sin embargo tienes bribonería suficiente para pelear con ella. Por eso, como Dios dice que su Palabra no volverá sin fruto, si no la usas para burlarte de ella, sino que vas en serio con ella, sin duda sentirás y experimentarás algo, y cuanto más la uses, más tendrás esta experiencia.
No puedes tener malos pensamientos en tu corazón si tomas una porción de las Escrituras delante de ti y la lees, o si encuentras a otra persona y conversas con ella sobre ello. Si haces esto, los malos deseos sucumbirán y la carne será sometida. Lo he probado a menudo, y si tú lo pruebas también hallarás los frutos y experimentarás que es como Dios dice. ¿Qué más quieres que se te prepare?
17 ¿No basta que poseas la Palabra de Dios que te atrae, y además sientas tu angustia empujándote hacia ella? Y entonces Cristo está allí y espera para ayudarte. ¿Qué más ha de hacer? Y no queda excluido nadie sino los soberbios, los insolentes y los réprobos que no van en serio. Por eso debes ir y recordar que Cristo mira más hondo en tu corazón que tú mismo, como ves en este evangelio. Estos dos pobres hombres no se habrían atrevido a desear lo que les sale al encuentro. Y sin embargo se les concede tal gracia que Cristo mismo viene a ellos, mientras hablan de él, y se revela para que lo conozcan. Esto llena sus corazones de gozo, de modo que no pudieron quedarse allí, sino que corrieron y contaron a los otros discípulos cómo el Señor se les había manifestado. Entonces están llenos de gozo, como no se habrían atrevido a desear; y sin embargo estaba tan hondo en sus corazones que ellos mismos no percibían que lo deseaban, aunque sus corazones estaban tan puestos en ello que no habrían amado ver nada mejor que el que el Señor Jesucristo resucitara de los muertos y fuera rey. Por eso Dios mira más hondo en las profundidades del corazón que nosotros mismos, y también nos da más de lo que deseamos. Así lo hace también aquí. Si sientes que no eres tan ferviente como quisieras ser, él mira más hondo en tu corazón que tú, pues estás ansioso de ser encendido por completo y convertirte en una luz que arde. Por eso no debes huir de él, sino acercarte con confianza.
18 Para esto sirven muchos pasajes de los escritos de Pablo. Por ejemplo, dice a los efesios: «El Señor es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos.» Ef 3:20. Ahora vemos claramente lo que nos da cuando lo recibimos y sentimos que lo recibimos con gozo. Por eso san Pablo dice que no lo vemos ni siquiera lo pensamos mientras lo deseamos; pero el Señor, que escudriña los corazones, ve y entiende nuestro deseo, y por eso nos concede su gracia abundantemente. Así leemos de santa Mónica, madre de san Agustín, que lloró por su hijo durante nueve largos años. Era el deseo de su corazón que él se hiciera cristiano, e ideó muchos planes para llevarlo a Cristo. Quería que se casara con una mujer cristiana que hiciera de él un sencillo marido cristiano. Pero no se atrevía a esperar ni a aguardar que llegara a ser el hombre que fue después, aunque con gusto lo habría visto.
19 Mira luego los ejemplos a lo largo del evangelio. San Pedro fue demasiado tímido cuando el Señor quiso lavarle los pies y dijo: «¿Tú lavarme los pies?», y no entendió que su necesidad lo obligaba y su corazón lo impulsaba a ver la necesidad de que Cristo lo lavara, como dijo poco después: «Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza.» Jn 13:9. Y nuestro corazón está en la misma condición: queremos ver al Señor Jesús presente, para ayudarnos, y sin embargo somos tan tímidos que le tenemos miedo y no pensamos tanto en su bondad amorosa como libremente profesamos hacerlo. Porque si lo consideráramos como es, diríamos como Pedro: «No sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza», y pensaríamos: ahora iré a él con gusto, aunque tuviera una carga mayor de pecado.
Hay igualmente otro ejemplo de san Pedro en Lc 5:6-8, cuando estaban en la barca y pescaron tantos peces que se rompían sus redes. Entonces Pedro se asombró, se postró a las rodillas de Jesús y dijo: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.»
Nota que se asustó y le manda que se vaya precisamente cuando debía rogarle que viniera. Así nuestra naturaleza tímida siempre teme a Cristo, en quien no hay sino bien, y que ha venido para ayudar a todos.
Por eso dije que no debemos hacer de Cristo un tirano, sino dejar que sea un querido Señor y Salvador, que no tiene otro deseo sino ayudar a los pecadores, e invitar y atraer a todos con sus palabras y su ejemplo.
20 Esta exposición de la naturaleza de la fe es bastante clara, pues nuestra gran dificultad es que no entendemos de veras la naturaleza de la fe. Por eso haz esto: comienza y pruébalo y lo experimentarás; y cuanto más lo practiques, más consuelo y fuerza experimentarás; y cuanto más indigno te sientas, más debes apropiarte la Palabra de Dios y practicarla, oírla o leerla y hablar de ella, y siempre hallarás y comprobarás algo que te agrade y te mueva. Debes, además, orar a Dios y decir como los apóstoles en Lc 17:5: «Señor, aumenta nuestra fe.» Así ve y serás fortalecido. Pero si te detienes demasiado en tu timidez, nunca irás; pues entonces persistirás en sentir y no en creer. Debes experimentar tu miseria y las luchas de tu conciencia. Entonces es el tiempo de que vayas a la Cena del Señor. Aunque seas débil en la fe, no debes por eso echarte atrás, pues él no te rechazará, ya que ha venido con el único propósito de fortalecer a los débiles y consolar a los abatidos.
21 Pero no quiero que todo esto se predique a caracteres endurecidos e insolentes ni a los fanáticos, sino solo a las conciencias desmayadas y débiles, que de vez en cuando caen, para que no se desanimen, sino que sepan dónde hallar ayuda y consuelo. Sobre este punto un padre del desierto dijo una sabia sentencia. Al ver que un hermano estaba débil y desmayado, dijo: No, hermano mío, no debes retirarte así y volver atrás, porque podrías retroceder tanto que no pudieras regresar. Pues es de temer que cuanto más tiempo nos quedemos lejos, más fríos y perezosos nos volvemos. Deben quedarse lejos, como hemos dicho extensamente, los que llevan una vida malvada e inmoral y no piensan enmendar su conducta. Pero los que conocen sus debilidades y quieren librarse de ellas y ven que no pueden ayudarse a sí mismos, esos deben venir a la comunión en busca de ayuda.
22 De esto ves por qué Dios instituyó y ordenó que su Palabra fuera predicada; y por eso no debe ser despreciada. Es cierto que la Palabra sin el Espíritu no sirve de nada; pero como Dios Todopoderoso mismo dijo, según hemos oído, «Mi palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía», no debe ser despreciada. Porque por medio de su Palabra da el Espíritu Santo en sus corazones y no permitirá que se queden con la boca abierta esperando una señal milagrosa del cielo que se haga sobre ustedes, y así ignoren su Palabra y sacramento. Él mismo estima y alaba altamente la Palabra, pues ha decretado dar su gracia por medio de ella, como dice Cristo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.» Jn 6:44. ¿Cómo nos trae el Padre? Por medio de Cristo. ¿Cómo por medio de Cristo? Por la Palabra. Así te invita y te llama. Si tu necesidad te impulsa, ve entonces con gozo, cuenta tu aflicción con valentía; pero lleva siempre contigo la Palabra.
23 Pero deja a Dios cómo podrás permanecer firme, y ve ahora, mientras tienes la Palabra y sientes tu miseria. Entonces la Palabra misma te enseñará cómo prepararte rectamente. Porque entonces debes acusarte delante de Dios y decir: Señor, soy pecador y no puedo ayudarme con mis propias fuerzas, así que vengo a ti por ayuda. Si tengo gracia suficiente tan solo para deleitarme con todo mi corazón en la Palabra de Dios y tengo gozo y placer en ella, ciertamente puedo permanecer firme. Porque ha de ser algo grande que Dios me dé su Palabra y haga que me sea agradable y atractiva. Aunque ahora no sea tan fuerte como debiera, me haré más fuerte con el tiempo y al fin llegaré al punto en que pueda confesar su gracia sin temor y dedicarle mi vida. Por eso dice Cristo: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.» Mt 7:7-8.
24 Por eso quisiera exhortarte fielmente a obrar con prudencia en este asunto. Hemos condenado con justicia a los que emprenden prepararse con sus propias obras; pero hemos invitado a los que sienten su necesidad y ven que nada pueden por su propio poder, y no hallan consejo ni ayuda, pues estos usan la Cena del Señor para su salvación personal. Por eso, si te sientes así, ve primero a un hombre piadoso y cuéntale tu aflicción y di: He aquí que he caído y quisiera obtener ayuda, y pido consejo sobre qué hacer. Entonces él debe consolarlo y darle la bienvenida al sacramento, para que ejercite su fe y sea fortalecido. Porque fue instituido precisamente para este fin de ministrar consuelo y fuerza. Por eso no dejes que nada te aparte de la comunión. Si te sientes cohibido, está bien, pues debes sentir tu indignidad. Pero si no sientes tu culpa, no estás en disposición adecuada para ir, y será mejor para ti abstenerte de ir.
25 Toma el evangelio y las Santas Escrituras delante de ti, cuanto más mejor, aunque ya las conozcas y las hayas leído a menudo. Porque ciertamente es una sugestión del diablo, que trata de arrancarte tu deleite en la Palabra. Odia que te acerques a ella, pues sabe muy bien qué fruto da en ti. Si así te ocupas en la Palabra y te esfuerzas por vivirla lo mejor que puedas, verás que Cristo está contigo y que se enciende un fuego en tu corazón. Pero lo mejor es que dos o tres hablen entre sí con seriedad sobre ella, de modo que se oiga la voz viva. Entonces serán mucho más fuertes y el diablo tendrá que ceder. Así desaparecen todo mal deseo y pensamiento, y así sobrevendrá una luz y un conocimiento como nunca antes has experimentado. La única dificultad es que nosotros, necios, tenemos un tesoro tan grande tendido ante nuestras puertas y no sabemos usarlo. Y el diablo nos engaña para apartarnos de él y hacernos indiferentes, porque no puede vencerlo. Por eso debemos prepararnos para resistir las sugestiones e influencia del diablo. Del mismo modo Cristo vendrá y se revelará aunque al principio no lo adviertas; cuanto más hables de ello y lo discutas, más claramente reconocerás a Cristo y sentirás que enciende tu corazón dentro de ti, como oíste en este evangelio de los dos discípulos que iban camino de la aldea de Emaús.
III. LA CONCLUSIÓN.
26 Esto tenía que predicar ahora acerca de la Cena del Señor y del evangelio, como Dios nos dio la luz, y los exhorto, amigos míos, a asirla y usarla fielmente. Si hay fanáticos que deshonran el evangelio, deben ser castigados por las autoridades civiles. Pero también a ellos debemos dejarlos oír, por causa de los justos, pues hemos de predicar públicamente la Palabra de Dios a todos, ya que no sabemos a quién puede alcanzar.
Sermón para el Lunes de Pascua; Lucas 24:13-35
I. TRES PENSAMIENTOS QUE ENSEÑA ESTE EVANGELIO.
1 Este Evangelio expone y subraya especialmente tres pensamientos sobre el artículo de fe acerca de la resurrección de Cristo. Primero, que esta narración sucedió y fue escrita junto con otras como testimonio y prueba segura de nuestra fe en este artículo de nuestro Credo. Primero, porque vemos a estos dos discípulos apartarse de la compañía de los demás, llenos de incredulidad en cuanto a la resurrección. Conversan entre sí sobre las cosas que habían sucedido, como quienes desesperan de Cristo; él ya está muerto y sepultado para siempre en sus corazones, y no hace ya nada ni es capaz de hacer nada. Esto se ve por su propia confesión, cuando dicen: V.21. “Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido.” Y aunque habían oído de las mujeres que estas habían visto una visión de ángeles, los cuales decían que Cristo había resucitado y vivía, insistían en que nadie lo había visto ni encontrado. En segundo lugar (y este es el hecho más importante), vemos aquí que Cristo no solo se muestra vivo a los discípulos incrédulos, para que se aseguren de su resurrección y vuelvan enseguida a anunciarla a los otros y a oír de ellos la misma verdad, de modo que el testimonio de ambas partes concuerde y quede así confirmado; sino además que Cristo, antes de que lo conocieran, demostró plena y claramente por las Escrituras que era necesario que el Cristo muriera y resucitara de entre los muertos. Por eso los reprendió por su incredulidad, pues debían haber conocido las Escrituras acerca de Cristo, ya que él mismo les había enseñado que sus padecimientos estaban anunciados en las Escrituras.
2 El segundo pensamiento que presenta este Evangelio es un ejemplo del poder y del fruto de la resurrección, tal como se manifiesta en estos dos discípulos mientras hablan de él y escuchan su predicación. Esto tampoco es nada menos que una parte de la prueba de su resurrección. Pues Cristo demuestra aquí con palabra y con obra que no está muerto, como ellos creían antes, sino que obra en ellos y ejerce su poder por medio de la Palabra, aun antes de que lo conozcan, y hace creyentes a quienes tenían otro parecer, otra razón, otro corazón y otra voluntad. Esto lo reconocen ellos mismos y lo confiesan, diciendo: V.32. “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba, etc.?” De esta manera sigue obrando en toda la iglesia cristiana; aunque invisible, continúa su obra y muestra su dominio, pues, como Señor viviente, los ilumina por su Palabra, los consuela y fortalece, los defiende con su poder y los guarda contra la ira del diablo y del mundo.
3 Como tercera verdad, se nos muestra aquí de qué manera revela Cristo su resurrección y cómo puede ser conocida y comprendida, a saber, ante todo por la Palabra y la fe, más bien que por visión o sensación corporal. Por eso al principio no lo conocen cuando viene a ellos y camina con ellos, aunque está con ellos en verdad, el mismo Cristo a quien tantas veces habían visto, oído y conocido muy bien. Sin embargo, ahora no lo conocen en absoluto, porque saben que había muerto y que lo habían sepultado hacía tres días; y por eso solo pueden pensar en él como en un muerto. Tan extraño y desconocido se había vuelto para ellos que no lo habrían reconocido por mucho que se hubiera quedado con ellos, hasta que les anunció su resurrección y les predicó acerca de ella. El texto dice: V.16. “Los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen.” No era él quien había cambiado, ni era su voluntad permanecer desconocido para ellos, sino que sus corazones y pensamientos se habían vuelto extraños y estaban muy lejos de los de él. De la misma manera, ni la Magdalena ni los otros discípulos lo reconocieron hasta que oyeron la Palabra de su resurrección.
4 Su propósito es mostrarnos y enseñarnos que el poder de su resurrección y de su dominio se ejercerá aquí en la tierra, y se manifestará en esta vida solo por la Palabra, y por la fe que se aferra a Cristo, aunque no lo ve, y así vence en él al pecado y a la muerte, se apodera de la justicia y de la vida, etc. Este es un breve resumen de la historia contenida en este Evangelio, en cuanto se refiere al artículo de fe sobre la resurrección en general; de lo cual oímos más hace poco.
5 Pero el propósito especial de este Evangelio es mostrarnos cuán débiles eran en la fe los discípulos, y cómo Cristo, en su reino, se manifiesta a esas personas de fe débil y cómo trata con ellas. Pues vemos por toda la historia de la resurrección de Cristo, tal como está escrita en los Evangelios, que los apóstoles, y después de ellos todos los demás discípulos, fueron tan débiles en su fe en esta doctrina, hasta el tiempo de su ascensión, que él tuvo que reprenderlos por su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado, Mr 16:14. Mostraron esta debilidad, aunque él les había dicho muchas veces, por las Escrituras, que debía ser crucificado y resucitar al tercer día, etc.
6 De aquí aprendemos, en primer lugar, que aun en los que han llegado a ser verdaderos cristianos permanecen debilidades y flaquezas, sobre todo en las cosas más profundas de la doctrina y de la fe, pues no pueden entenderlas ni asirlas tan firme y fuertemente como deberían. Porque la fe no es una cosa tan ligera ni tan fácil como se imaginan las personas ignorantes e inexpertas, y como pretenden nuestros toscos cabezas duras, los burros papistas, que creen que la fe no es más que haber oído la historia y conocerla. Por haber oído o leído una sola vez lo que el Evangelio cuenta de Cristo, esta gente se figura que lo ha entendido y creído por completo, y que en adelante ya no necesita aprenderlo ni creerlo.
7 Que esto no es sino una fantasía vana y ociosa lo prueba su propia confesión de que este conocimiento de la historia bíblica descansa en sus corazones como una cosa fría y muerta, una mera cáscara vacía, sin ningún poder que dé vida, sin utilidad ni ayuda para ellos, que ni les da fuerza ni los hace mejores; siendo así que este gran y sublime milagro de la resurrección de Cristo fue realizado y ha de ser predicado, aprendido y conocido para que sea fructífero en nosotros, avive y encienda nuestros corazones, y obre en nosotros nuevos pensamientos, nuevo conocimiento, nuevas fuerzas, vida, gozo, consuelo y fortaleza. Si esto no sucede, la historia se ha oído en vano y está muerta dentro de ti, y no te vale más que a los turcos y paganos que nunca la han oído o no han creído que sea verdad. No debes jactarte de tener fe, aunque
espuma en tu lengua, o un sonido en tus oídos, o un sueño en tu memoria den testimonio de que has oído la historia, de la cual tu corazón no ha experimentado ni gustado nada.
Los papistas muestran claramente, en toda su doctrina y vida, que no creen de corazón este artículo de fe ni se aferran a él, porque buscan el poder y el efecto que debe venir de la resurrección de Cristo en sí mismos y fuera de Cristo, enseñando que hay que buscarlo y obtenerlo por medio de sus propias obras y méritos, mientras condenan, blasfeman y persiguen la doctrina salvadora que nos dice que nos volvamos de estas necias mentiras a Cristo y al poder de su resurrección.
8 Los cristianos, sin embargo, y los verdaderos creyentes saben por triste experiencia, en otros y en sí mismos, cuán débiles son, y lamentan no poder comprender esta doctrina ni retenerla en sus corazones con una fe tan fuerte como debieran. Toda su vida se gasta en combatir esta debilidad, como dice incluso Pablo en Fil 3:12, que no la había alcanzado ni era ya perfecto, sino que proseguía, por si acaso pudiera alcanzarla, y llegar a conocer el poder de la resurrección de Cristo, etc.
9 Pues aunque esta doctrina es en sí misma sumamente deleitosa y consoladora, llena de gozo y de bienaventuranza, y debería entrar suave y fácilmente en el corazón, sin embargo es estorbada por dos grandes obstáculos que hacen difícil creerla. En primer lugar, esta obra de Dios es en sí demasiado sublime y demasiado grande para que jamás la entendamos a fondo en esta vida, aun si nuestra fe fuera perfectamente fuerte y sin debilidad; pues hasta que estemos en la vida venidera no veremos ni sentiremos verdaderamente toda su fuerza y su poder. En segundo lugar, nuestra propia carne y sangre, y los corazones de todos los hombres, son por naturaleza demasiado débiles y temerosos para creer la Palabra de Dios; y por fuerza se llenan de miedo y terror cuando comparan la grandeza de esta obra consigo mismos y con su propia indignidad.
10 Dios no puede pasar por alto la primera causa y obstáculo ni tener paciencia con él; pues esta obra debe permanecer y permanecerá tan grande como es, y no se debe rebajar; más aún, tiene que ser el poder al cual todas las criaturas, hombres, ángeles, el diablo y el infierno, deben ceder y someterse, porque es necesaria para nuestra salvación. Porque si no fuera así, seguiríamos en el pecado, en la muerte y en la ira eterna de Dios. El otro obstáculo, a saber, que somos demasiado débiles para asir esta gran obra y este gran poder por nuestra fe, Dios puede pasarlo por alto y tener paciencia con él; como vemos aquí que hace Cristo con sus discípulos, quienes ciertamente habían oído que había resucitado, y sin embargo estaban llenos de dudas tan grandes y pesadas que casi desesperaban por completo de Cristo, diciendo: V.21. “Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel.”
11 Mira con cuánta seriedad vela por estos dos de fe débil y cuida de ellos, haciendo todo para levantarlos de su debilidad y fortalecer su fe. Como ve y sabe que en gran pena y tristeza se habían apartado de los demás apóstoles y no saben qué pensar ni qué esperar, está resuelto a no dejarlos en tal duda y tentación. Para sacarlos de ella, se hace su compañero en el camino, dejando atrás a todos los demás apóstoles, aunque también ellos estaban reunidos en gran tristeza y con muy débil fe. Pero porque estos dos corren gran peligro de caer en total incredulidad, viene enseguida a ellos, como si ahora que había resucitado no tuviera otra cosa que hacer; les habla del modo más amistoso y razona con ellos por las Escrituras, les da ocasión de retenerlo y de rogarle que se quede con ellos, que coma y beba en su compañía, hasta que su fe sea avivada de nuevo y queden libres de todas las dudas. Su fe se hace tan fuerte que lo reconocen como el mismo Cristo que había estado con ellos antes en vida, y a quien habían visto crucificado tres días atrás, pero a quien no habían podido reconocer en el camino por causa de la duda y de la debilidad de su fe.
12 Su propósito es, pues, enseñarnos con esta narración, dada para nuestra instrucción y consuelo, cómo se ha de hacer su obra en la iglesia cristiana después de su resurrección, a saber, que no rechazará ni echará fuera a los que son débiles en su fe, más aún, ni siquiera a los que están retenidos en error o ignorancia, o que son de otro modo débiles, temerosos y desesperados. Son más bien las personas mismas en quienes ejercerá y manifestará el poder de su resurrección, no solo invitándolas a venir a él, sino también viniendo a ellas y tratándolas del modo más suave y bondadoso, hablando con ellas, enseñándolas e instruyéndolas, más aún, comiendo con ellas, hasta que por fin se hagan fuertes y seguras en su fe; mientras sus corazones, tan tristes y afligidos por un tiempo, se llenan otra vez de gozo. Así también nosotros debemos saber y tener esta consoladora seguridad de que él es nuestro Señor, que puede soportar nuestras flaquezas y pasarlas por alto; que no rechazará ni condenará a los que no pueden creer y vivir enseguida como deberían, con tal que no desprecien ni nieguen en su corazón a Cristo y su Palabra, sino que se deleiten en él y lo amen, y deseen de veras hacerse fuertes y perfectos en la fe y en la vida.
13 Al mirar a estos discípulos, débiles e irrazonables como son, se ve que sus corazones, con todo, estaban en un estado tal que sentían afecto hacia Cristo, se deleitaban tanto en hablar de él como en oír hablar de él, y no tenían mayor deseo que el de que fuera verdad lo que habían oído acerca de su resurrección. Pero la cosa era demasiado grande para que ellos la creyeran, de modo que todavía eran del todo incapaces de aceptarla como verdadera, así como también es demasiado alta y demasiado grande para nosotros. Esto lo conoce y lo ve muy bien nuestro querido Señor, y por eso puede tener mejor paciencia con nosotros, y se contenta y se agrada con que solo lo escuchemos como discípulos suyos y estemos dispuestos a ser enseñados y guiados por él.
14 Además, con ello quiere enseñarnos cómo conducirnos en su reino, particularmente con los que son débiles y enfermos en la fe. Tampoco nosotros debemos rechazar ni condenar apresuradamente a los que vemos errar o tropezar; sino tener paciencia con ellos, así como Cristo la tuvo con nosotros y todavía tiene que tenerla cada día. Pues aunque en su propia persona, en virtud de su resurrección, es en poder y potencia divinos Señor del cielo y de la tierra, con todo gobierna su Iglesia de manera que ejerza y manifieste el poder de su resurrección en su pobre y débil grupo, sirviéndoles con este poder y potencia para su consuelo y crecimiento.
15 En armonía con este ejemplo, aunque seamos fuertes no debemos complacernos en nosotros mismos ni jactarnos, sino más bien poner nuestros dones y fuerzas al servicio de los débiles, procurando sostenerlos y corregirlos con instrucción, consuelo, ánimo, amonestación amistosa y reprensión, etc., así como se debe obrar con bondad y consideración hacia niños débiles y frágiles y hacia enfermos, cuidándolos, levantándolos y llevándolos hasta que crezcan y puedan sostenerse sobre sus propios pies.
16 Este es uno de los puntos principales de conocimiento que se han de obtener del Evangelio, respecto al reino de Cristo, cómo está ordenado y gobernado, a saber, que es un gobierno bajo el cual los cristianos, que han comenzado a creer y son santos, están sin embargo asediados por la flaqueza, la ignorancia y otras debilidades pecaminosas. Él soporta y pasa por alto estas faltas, pero con la expectativa de que sobrevenga la mejoría. Por eso no debemos soñar con una iglesia en la tierra en la cual no haya ni flaqueza ni error en la fe, como se jactan los papistas de que su iglesia y sus concilios no pueden errar, etc. Pues aquí se nos dice que no solo estos dos discípulos, sino todos los demás apóstoles erraron en el artículo principal y más necesario de la fe, y permanecieron en su incredulidad hasta que Cristo mismo los sacó de ella por medio de muchos y variados sermones y revelaciones. Durante los tres días después de la crucifixión de Cristo, la fe en su resurrección había muerto por completo en todos los corazones; en verdad, esa luz no se mantuvo encendida en ninguna parte sino en María, su madre, que guardaba en su corazón todo lo que había oído de él y de otros, y era consolada y sostenida por ello en su gran dolor por los padecimientos y la muerte de su hijo.
17 Porque la fe en Cristo debe continuar siempre y conservarse en algún lugar de la Iglesia; siempre debe haber algunos que tengan la verdad y la confiesen, aunque su número sea pequeño y la mayoría caiga en el error, como aquí sucedió. Si no hay más, tiene que haber una María que guarde la fe. Él permite que suceda que muchos grandes santos yerren y tropiecen, para que no confiemos en los hombres, aunque sean muchos, grandes y santos. Hemos de ser llevados a apoyarnos en la Palabra, que es segura y no puede engañar, como aquí estos dos hombres, y todos los otros después, fueron dirigidos a las Escrituras.
18 Aparte de esto, no pasemos por alto el ejemplo contenido en este Evangelio, que nos exhorta y amonesta a hablar y oír de Cristo con gusto, y a estudiar las Escrituras y la Palabra de Dios, aunque no siempre se entienda ni nos afecte como debiera. El Evangelio nos muestra también el poder, la bendición y el efecto de la Palabra, si se acude a ella con corazón sincero.
19 Pues, en primer lugar, aunque estos dos discípulos estaban todavía llenos de incredulidad, él no quiere ni puede separarse de ellos, porque iban por su camino conversando tristemente entre sí acerca de Cristo, y discutiendo juntos casi sin resultado. Enseguida se acercó y fue con ellos, y pronto tocó sus corazones y sus mentes. Comenzó un hermoso y magistral sermón, como nunca habían oído, acerca del mismo artículo de fe que les causaba turbación y duda. Luego, en segundo lugar, sienten enseguida su poder; sus corazones ya no están pesados, lentos y fríos para creer como antes, sino conmovidos y encendidos, e iluminados, y reciben un nuevo entendimiento, de modo que ahora empiezan a conocer bien las Escrituras, y lo que nunca habían entendido antes se les hace claro y manifiesto en el alma. Por último, se les quita la máscara y el velo del corazón y de los ojos, de modo que ya no lo miran como a un huésped y un extraño, sino que verdaderamente lo conocen y sienten que ya no está lejos de ellos, sino a su lado, y que produce certeza en su fe. En adelante ya no necesitan revelaciones corporales y visibles, sino que salen enseguida a predicar a otros, y a fortalecerlos y ayudarlos contra la duda y la incredulidad.
20 Por eso debemos seguir su ejemplo y oír con gusto la Palabra de Dios, sin cansarnos. Porque esto no es solo una práctica necesaria para los fuertes y para los débiles, para los sabios y para los necios, por la cual se nos da el conocimiento de todo lo que necesitamos para la salvación (tal estudio nunca puede agotarla), sino que es también el medio de castigo con que Dios quiere obrar en nuestros corazones, para dar la fe y el Espíritu Santo, como dice san Pablo en Ro 10:17: «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.» Si el hombre estudia con empeño, aunque el corazón sea al principio frío y reacio, con tal que persevere en la obra, no será en vano, y se producirá el efecto de que los necios y los que yerran serán traídos y mejorados, los débiles serán fortalecidos, y al fin el corazón se encenderá y se iluminará, de modo que Cristo sea mejor entendido y conocido por las Escrituras.
21 Y aunque no hubiera otro beneficio que sacar de este estudio, deberíamos ser impulsados a él por el hecho de que agrada a Dios y al Señor Jesucristo, y le presta un servicio. Sabemos que ciertamente no estará lejos de nosotros cuando lo hagamos, como él mismo lo ha prometido, Mt 18:20: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» Si él está con nosotros, los ángeles ciertamente están también cerca y se complacen en nuestra obra, mientras que el diablo es ahuyentado y tiene que retirarse, como dejó a Cristo cuando lo venció con la Palabra de Dios. Mt 4:11.
22 Hay una leyenda que nos cuenta que un antiguo patriarca que vivía en el desierto recibía de Dios visiones y revelaciones singulares. Cuando se hallaba entre jóvenes, escuchando su conversación, veía que siempre que hablaban de las Escrituras y de las cosas divinas, hermosos jóvenes se juntaban con ellos y les sonreían con alegría; pero, por el contrario, siempre que su conversación se volvía licenciosa y necia, los mismos jóvenes se apartaban disgustados y tristes, y venían cerdos negros y sucios y se revolcaban a sus pies, etc.
II. EL SERMÓN QUE CRISTO RESUCITADO PREDICÓ A SUS DISCÍPULOS.
23 Baste esto sobre los puntos principales de la historia de este Evangelio. Queda otra parte importante, el sermón que Cristo predicó a los discípulos a partir de las Escrituras, en el cual les mostró brevemente que era necesario que el Cristo padeciera y así entrara en su gloria, etc. De este sermón habla así el evangelista:
V.27. “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.”
24 Sin duda este fue un sermón muy hermoso y modelo. Es cierto que todos querríamos saber precisamente los pasajes que el Señor citó refiriéndose a sí mismo, con los cuales iluminó, fortaleció y convenció a estos discípulos, ya que Moisés contiene tan poco, o nada, según parece, de una declaración clara sobre aquello de lo que Cristo habla aquí: que era necesario que padeciera y resucitara al tercer día, y que en su nombre se predicara el arrepentimiento y el perdón de pecados, etc. Pues los judíos, que han tenido a Moisés por tanto tiempo y lo leen con bastante diligencia hasta el día de hoy, nunca han descubierto todavía esta rara verdad en Moisés.
25 Pero el evangelista responde a esto y resuelve este argumento al decir que su corazón ardía dentro de ellos mientras él les abría las Escrituras, y en el Evangelio siguiente dice que Cristo les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras. Este es el punto: Moisés ciertamente escribe acerca de Cristo, y Cristo se halla en los libros de Moisés; pero es necesario no solo leer, sino también entender lo que se dice. Por eso Pablo dice en 2 Co 3:14-15 que el velo de Moisés permanece delante del rostro de los judíos cuando leen el Antiguo Testamento, velo que solo Cristo puede quitar. Y a sus apóstoles Cristo dice, en Mt 13:11: «A vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado»; los demás, aunque ven y oyen, no entienden.
26 Por tanto, la Biblia es un libro que no solo debe ser leído y predicado, sino que requiere además el verdadero intérprete, esto es, la revelación del Espíritu Santo; como aprendemos por nuestra propia experiencia en estos días, de nada sirve probar con la mayor claridad por la Escritura los artículos de la verdadera doctrina a nuestros adversarios y señalarles sus errores. No se ha predicado jamás un solo artículo de fe que no haya sido atacado y negado más de una vez por los herejes, aunque leían las mismas Escrituras que nosotros tenemos.
27 Pero esta revelación requiere también discípulos de la clase debida, que estén dispuestos a aprender y a ser instruidos, como estos piadosos y sencillos discípulos, y no mentes sabias e hinchadas ni maestros hechos por sí mismos que con su conocimiento alcanzan más allá de los cielos mismos. Porque esta es una doctrina que convierte nuestra sabiduría en necedad y ciega nuestra propia razón antes de que pueda ser creída y entendida; pues no nace de la sabiduría del hombre, como las otras ciencias y artes de la tierra, que han brotado de la razón y pueden ser asidas por medio de la razón. Por eso es imposible llegar a ella por la razón, y si emprendes medir y calcular hasta dónde concuerda con la razón, no lo lograrás. Todas las herejías desde el principio han tenido aquí su origen, y tanto judíos como gentiles, y ahora los turcos, se enfurecen insensatamente contra nuestra doctrina porque no concuerda con la razón y la sabiduría humana. Solo la gente piadosa y sencilla puede asirla y entenderla, la que es fiel a esta regla y dice: «Dios lo ha dicho, por tanto lo creeré»; como declara el mismo Cristo en Mt 11:25 y da gracias al Padre con corazón gozoso porque escondió estas cosas de los sabios y entendidos, y las reveló a los niños.
28 No hay salida: los sabios y la razón orgullosa no pueden ser enseñados en estas cosas maravillosas acerca de Cristo: que el verdadero hombre es Hijo de Dios desde la eternidad, y sin embargo murió y resucitó, que en su naturaleza humana ha sido hecho Señor del cielo y de la tierra, que gobierna a todas las criaturas con poder divino aunque nadie lo ve, y que somos salvos solo por sus méritos, si creemos en él, etc. Por eso Dios tuvo que establecer el orden de que nadie entienda a menos que esté dispuesto a ser necio, hacerse niño y creer con sencillez de corazón.
29 Mira, ¿qué clase de gente empleó para que fueran sus primeros mensajeros, para proclamar y testificar su obra más grandiosa, la resurrección? Pobres mujeres ignorantes vinieron al sepulcro, tras un gasto y una molestia inútiles en comprar costoso ungüento, y sin considerar que la tumba estaba cubierta con una pesada piedra, más aún, sellada y guardada por soldados. Sin embargo, a estas personas necias son a las primeras a quienes Cristo revela su resurrección, y las llama a ser sus predicadoras y testigos. Así también da a estos discípulos un conocimiento de las Escrituras que todos los escribas letrados no poseían, de modo que ahora miran a Moisés con otros ojos y se ven forzados a decir: Mira, cuántas veces he leído y oído esto antes, pero nunca lo entendí.
30 Parecería que Dios dijera con este acto: Muy bien, veo claramente que de nada sirve que todo se hable y se escriba del modo más claro; porque en verdad todos los artículos de fe están expuestos con suficiente claridad y concisión en las Escrituras. Toma solo el artículo sobre Dios y la creación, que ciertamente está contado y dado del modo más sencillo; y mira la chusma de herejes que ha producido: maniqueos, valentinianos, marcionitas, etc. Y otra vez, ¿de qué sirvió que el mismo Cristo, entre su propio pueblo, confirmara su doctrina clara y públicamente con grandes milagros? De nada más que de que empezaron a torcer tanto sus palabras como sus obras, y las llamaron palabras y obras del diablo y de Beelzebú. Por eso Dios tiene que continuar y decir: Puesto que no quieren tener ni recibir esta Palabra como yo se la doy, permanecerá oculta y desconocida para ellos. Ciertamente haré que se escriba y se predique en lenguaje claro; pero la revelaré a unas pocas personas sencillas que buscan mi Palabra. Para los otros será pura tiniebla palpable, como entre los egipcios (aunque brilla y se predica con la mayor claridad); más aún, no será sino ofensa y veneno, contra los cuales tendrán que tropezar y caer en sus blasfemias y contradicciones, hasta que se hagan pedazos.
31 Así, los judíos han tenido y han leído a Moisés hasta este día; sin embargo, todos ellos no saben nada de lo que él dice acerca de Cristo, más aún, ni siquiera en artículos menores de fe, como tampoco lo sabían sus antepasados, salvo unos pocos que creyeron, como los profetas y los apóstoles después de ellos, que elaboraron todos sus libros a partir de un solo pasaje de la Biblia. Esto les permitió predicar lo que todos se veían obligados a reconocer como verdad.
32 ¿Cómo cerró Cristo la boca a los saduceos (que no creían la resurrección de los muertos y no aceptaban otra Escritura que Moisés) y los convenció de la resurrección de los muertos? Tomó el dicho más común de su religión, que todos los judíos conocían y citaban cada día, cuando Dios dice: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob», etc. Con estas palabras dio a conocer a Moisés y sacó la siguiente conclusión: Si crees que Dios es Dios de los que están muertos, ¿cómo puede ser Dios de los que han dejado de ser por completo? Por tanto, si es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, como él mismo declara, estos hombres tienen que estar vivos, aunque hayan muerto en cuanto a esta vida y yazgan en sus sepulcros; porque él no puede ser Dios de lo que no existe. Por eso Abraham, que ahora yace bajo la tierra, y todos los santos, tienen que estar vivos delante de Dios, aunque estén muertos delante de ti; porque este es, y será para siempre, su nombre: que es el Dios de Abraham y de todos los que creen como él, según lo prometió a él y a todos los creyentes, diciendo: «Yo seré tu Dios», etc.
33 ¿Y quién habría pensado que estas palabras breves y sencillas están tan llenas de sentido y proporcionan un sermón tan excelente y rico, más aún, que podría escribirse sobre ellas un libro grande? Aunque conocían bastante bien los libros de Moisés, declararon sin embargo que no se hallaba en ellos ni una palabra sobre la resurrección de los muertos. Esta fue también la razón por la que aceptaban solo a Moisés y rechazaban a los profetas, quienes, con todo, basaban en Moisés toda su predicación de los importantes artículos de la fe en Cristo.
34 Pero miremos más de cerca el sermón de Cristo y consideremos uno de los pasajes de Moisés que él citó. Gn 3:15 es la primera palabra que promete gracia, y fue dada a Adán y Eva cuando habló a la serpiente: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.» Estas palabras las leen los judíos, los turcos y los paganos, y la razón humana, pero todos ellos las hallan solo duros guijarros, más aún, palabras muertas e inútiles, de las cuales no pueden sacar nada por más que se esfuercen. Pero en cuanto la revelación viene en nuestra ayuda, las entendemos así: Por el pecado, la serpiente, es decir, el diablo, ha traído sobre Adán y Eva el pecado y la ira eterna de Dios. Pero para ayudarles a salir de esta terrible caída y miseria, a la que Satanás los condujo, Dios, en su insondable misericordia, ha hallado en sí mismo este remedio: que por la simiente de la mujer, es decir, por la descendencia natural de una mujer, la cabeza misma de la serpiente, es decir, el pecado, la muerte y la ira eterna, sea aplastada y despojada de su poder, para que ya no sea señor de la muerte ni pueda mantener al hombre ni en el pecado ni en la ira y condenación de Dios.
35 De aquí brota un Nuevo Testamento entero, todos los discursos de san Pablo y de los apóstoles, que no cuentan mucho de la vida y los milagros de Cristo, sino que, donde es posible, usan un pasaje así como una flor, por decirlo así, con la cual cubrir un gran prado, haciéndolo con la ayuda de la revelación y del Espíritu Santo, que sabe moler y prensar bien las palabras para que den el jugo y el poder que tienen. Pues estas palabras muestran, en primer lugar, que esta simiente debe ser un hijo natural, nacido de mujer, pero sin pecado; porque las Escrituras testifican que todo lo que nace en este mundo de hombre y mujer nace en pecado y está bajo la ira de Dios, como dice David, Sal 51:5: «He aquí, en maldad he sido formado» etc. Porque esta carne y sangre está completamente penetrada y corrompida de malos deseos y de desobediencia contra Dios, y como esta sustancia está corrompida en el padre y en la madre, tiene que seguir así en el hijo; por eso ningún hombre puede nacer de hombre y mujer sin naturaleza pecaminosa. Por tanto, Dios ordenó tomar solo a una mujer para la concepción y el nacimiento de Cristo, la simiente prometida, sin hombre; ella llega a ser la madre del niño por el Espíritu Santo, que obra en ella esta concepción y este nacimiento, para que él sea un hombre natural, que tenga nuestra carne y sangre, pero sin pecado y sin poder de Satanás, cuya cabeza había de herir.
36 En segundo lugar, si había de ser señor sobre el pecado y la muerte, sujetar al diablo y arrancarnos de su mano, tenía que tener poder divino y todopoderoso. Pues aunque un hombre fuera del todo puro y sin mancha de cuerpo ni de alma, como fue creado Adán al principio, con todo no estaría en su poder ni en su fuerza quitar esta miseria y corrupción eternas, y obtener y dar en su lugar bienes inmutables y vida eterna. Así se sigue que su poder debe ser mayor que el de todas las criaturas, incluso que el de todos los ángeles. Tal poder no se halla en ninguna parte sino en Dios mismo, el Señor de toda la creación.
37 De esto se sigue además que, si nace de mujer, es también mortal y debe morir en el cuerpo como los demás. Y puesto que se hizo hombre por causa nuestra, y fue enviado por Dios para librarnos del pecado y de la muerte, tuvo que ponerse en nuestro lugar, hacerse sacrificio por nosotros, llevar y expiar aquella ira y maldición bajo la cual habíamos caído y yacíamos. Pero no era posible que permaneciera en la muerte; siendo un ser eterno no podía ser retenido por ella, como dice san Pedro en Hch 2:31 y en pasajes semejantes; sino que incluso su cuerpo, antes de ver corrupción y descomposición, tenía que pasar por la muerte sin daño, y por su resurrección y vida eterna comenzar a reinar en poder perpetuo y gloria eterna, para sacar a los suyos del pecado y de la muerte, y del poder de Satanás, a la justicia y a la vida eternas.
38 Nota que este es solo un pasaje sencillo, que Cristo ciertamente no pasó por alto sino que interpretó desde su propia riqueza de conocimiento, como el primero y principal, del cual fluyen después todos los demás. Aquí vemos que estas son palabras, o más bien milagros, que la razón nunca puede asir ni sondear. Solo pueden ser entendidas cuando el Espíritu Santo las acompaña, y las predica y las revela a los que creen con sencillez de corazón y permanecen en ellas. Entonces empiezan a gustar el dulce sabor y reciben alimento espiritual, de modo que tienen que decir: Esto lo hará, esto iluminará el corazón y lo pondrá en llamas.
39 Así miraron los profetas el dicho de Moisés y sacaron de él sus gloriosas profecías acerca de Cristo, como Isaías (7:14) funda su profecía del nacimiento de Cristo sobre este pasaje con la clara declaración: «He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo» etc., y también todo el capítulo 53 acerca de su padecimiento y resurrección, cómo se ofrecería a sí mismo en sacrificio por nuestros pecados, etc. Todas estas palabras Cristo sin duda las citó en su sermón.
40 Los apóstoles asimismo, siendo pescadores ignorantes, aprendieron a conocer las Escrituras, no en las escuelas de los grandes escribas, sino por la revelación mediante la cual Cristo los condujo a las Escrituras. Así pudieron entender y escribir, sobre la base de un solo pasaje, un libro o un sermón que el mundo no puede comprender. Y si yo tuviera el mismo Espíritu que tuvieron Isaías o Pablo, podría tomar este pasaje y desarrollar de él un Nuevo Testamento, si no estuviera ya escrito.
41 ¿Cómo supo san Pedro, o dónde está escrito en Moisés, lo que dice en 1 P 1:10-11: «Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona o qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos»? ¿Quién le dijo que el Espíritu de Cristo existía y profetizaba de Cristo antes de que hubiera profetas y, sobre todo, antes de que Cristo y el Espíritu Santo estuvieran presentes? ¿Son estas palabras de un pescador, o de un escriba docto y sabio? No, es la revelación del Espíritu Santo, quien también se la había revelado antes a los profetas. Otra vez, ¿dónde está escrito en Moisés lo que dice la Epístola a los Hebreos en 1:3-4, que Cristo se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, para ser Señor de todo, hecho tanto superior a los ángeles y más excelente que ellos? etc. Ciertamente lo tomó del Antiguo Testamento, pero no lo halló por su propia razón, sino por revelación; por eso argumenta así: Si Cristo es Hijo de Dios y Señor de los ángeles, ciertamente debe ser más y de mejor naturaleza que los ángeles. Ahora bien, todo ángel es más poderoso que todo el mundo y toda la naturaleza humana juntos; sin embargo, si este verdadero hijo de una virgen ha de ser Señor, no solo de los espíritus malos, sino también de los ángeles buenos y santos, debe ser de un mismo poder y esencia con Dios. Esto nadie lo dirá ni lo creerá, sino por revelación. Por tanto, yo estaría de acuerdo en tomar a Moisés, los Salmos e Isaías, junto con el Espíritu que estos hombres tuvieron, y hacer un Nuevo Testamento tan bueno en todo como el que escribieron los apóstoles; pero como no tenemos la misma riqueza y poder del Espíritu, debemos ser enseñados por ellos y beber de la fuente que nos dieron.
42 Baste esto sobre una sola parte o un solo pasaje del sermón que Cristo habló a estos discípulos, y con el cual bien y cumplidamente ganó, más aún, pagó el hospedaje que ellos le proporcionaron en la posada. Pero exponer todas las otras palabras de Moisés y de los profetas que hablaron de Cristo y que él explicó sería una tarea con mucho demasiado grande para un solo sermón; pues sería en sí mismo un libro tan grande como la Biblia. Pero sin duda eran los mismos pasajes que los apóstoles citaron después, tal como los oyeron de su propia boca en esta ocasión, y aprendieron a entenderlos mejor el día siguiente de Pentecostés. Buen número de estos pasajes fueron citados por ellos en sus sermones, en los Hechos de los Apóstoles y en las Epístolas; y se recomiendan para un estudio atento a todo cristiano, mientras lee y medita las Santas Escrituras. Entonces el Espíritu Santo estará presente con su poder para dar el entendimiento recto, como hemos oído, puesto que es el verdadero intérprete, con tal que los tratemos con seriedad y con sencillez de corazón. El fruto de ello será que hallaremos en ellos a Cristo y aprenderemos a conocerlo rectamente. Esto avivará y encenderá el corazón y lo llenará de consuelo y gozo.
Sermón para el Día de la Ascensión de Cristo; Marcos 16:14-20
1 Hoy hemos de considerar el artículo de fe en el que decimos: «Creo en Jesucristo, que subió al cielo y está sentado a la diestra de Dios Padre.» Nuestra lección del Evangelio repasa brevemente la historia de esta ascensión. Pero Lucas trata el asunto con más extensión y escribe que el Señor reunió a todos los discípulos, cuarenta días completos después de su resurrección, así como se les había mostrado con frecuencia, y habló con ellos y les dio mandamiento de lo que debían hacer; y estando ellos reunidos y hablando con él en Betania, adonde los había llevado, algunos le preguntaron: «Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?» Y les dijo: «No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.» Y habiendo dicho estas cosas, los bendijo y les dio las buenas noches y se apartó de ellos, y fue elevado mientras ellos lo miraban, y una nube lo recibió y lo ocultó de sus ojos. Y estando ellos allí, mirando fijamente tras él, con la boca abierta hacia los cielos, he aquí que se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales dijeron: «Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.» Entonces volvieron de Betania, del monte de los Olivos, a Jerusalén, y se reunieron en el aposento alto de la casa donde se hospedaban, y perseveraban unánimes en oración, con las mujeres, y con María la madre de Jesús. Esta es la historia de la ascensión de nuestro Señor Jesucristo. Consideremos ahora el Evangelio.
2 En primer lugar, hay en este Evangelio dos partes: una en la que el Señor manda a los apóstoles predicar el Evangelio en todo el mundo; la otra, que trata de su ascensión. Pasaremos por alto el comienzo del texto, donde el Señor reprende su incredulidad y dureza de corazón, y tomaremos la parte donde dice: V.15. “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” Aquí tienes, dicho en lengua llana, lo que es realmente el Evangelio, a saber: V.16. “El que creyere y fuere bautizado, será salvo.” En estas palabras está comprendido todo; el que las tiene, tiene el Evangelio.
I. LA COMISIÓN DE CRISTO A SUS DISCÍPULOS DE PREDICAR EL EVANGELIO.
3 Hemos dicho a menudo hasta ahora que el Evangelio, hablando con propiedad, no es algo escrito en libros, sino una proclamación oral, que ha de ser oída en todo el mundo y gritada libremente ante todas las criaturas, de modo que todas tendrían que oírla si tuvieran oídos; es decir, ha de predicarse tan públicamente que predicarla más públicamente sería imposible. Porque la Ley, que existió antiguamente, y lo que predicaron los profetas, no se gritó en todo el mundo ante todas las criaturas, sino que la predicaban los judíos en sus sinagogas. Pero el Evangelio no ha de estar así encerrado; ha de predicarse libremente a todo el mundo.
4 No hay necesidad, por tanto, de comentar el texto como algunos han hecho, diciendo que omnis creatura (toda criatura) significa el hombre. Pues nada en estas palabras indica que el Evangelio haya de predicarse solo a los hombres, sino que ha de gritarse ante toda la creación, de modo que la tierra no tenga rincón ni recoveco en el que no penetre antes del último día. Tal es el consejo de Dios, en el cual ha decretado que aun los que no saben leer y no han oído a Moisés y a los profetas oigan, sin embargo, el Evangelio.
5 ¿Qué es el Evangelio? Son estas palabras que el Señor habla: V.16. “El que creyere y fuere bautizado, será salvo.” Hemos dicho a menudo (y pienso que ya deberíamos entenderlo a fondo) que el Evangelio no puede permitirnos predicar obras, por buenas y grandes que sean; pues procura derribarnos de nuestra presunción y ponernos y plantarnos solo sobre la misericordia de Dios, para que solo su obra y su gracia sean ensalzadas. Por eso no nos permite confiar en nuestras obras. Porque una de estas dos cosas tiene que perecer: si me apoyo en la gracia y misericordia de Dios, no me apoyo en mis méritos y obras; y, a la inversa, si me apoyo en mis obras y méritos, no me apoyo en la gracia de Dios. Porque, «si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia», dice san Pablo, Ro 11:6. No puedo decir que Dios me deba una recompensa, sino que debo confesar que me la ha dado enteramente como un don gratuito.
6 Por eso, el que quiera predicar el Evangelio debe echar a un lado todas las obras que se pretende que justifiquen a los hombres, y no dejar que quede nada sino la fe; es decir, debo creer que Dios, sin mérito alguno mío y sin tener en cuenta todas mis obras, me ha concedido su gracia y la vida eterna, de modo que me veo obligado a darle gracias y decir: Me regocijo, alabo y doy gracias a Dios porque libremente y por pura gracia me ha dado este don excelentísimo. Igualmente, que el Evangelio es, como dice la Escritura, ni más ni menos que una declaración del honor, la alabanza y la gloria de Dios. Como leemos en Sal 19:1-2: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría.» Por tanto, debemos predicar de manera que la gloria y la alabanza se den a Dios y no a nosotros. Ahora bien, no hay mayor alabanza ni gloria que podamos dar a Dios que esta: confesar que él, por pura gracia y misericordia, quita de nosotros el pecado, la muerte y el infierno, y da por nosotros a su amado Hijo, y todos sus tesoros a nosotros. Tal confesión debe dar gloria, honor y alabanza a él solo.
7 Y a esto tienden todos aquellos pasajes de los profetas donde Dios se gloría de que establecerá una predicación que mostrará su alabanza; como cuando dice en Is 43:21: «Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará.» Como si dijera: Ustedes, hipócritas, no hacen más que alabarse a sí mismos en sus corazones, y así mi alabanza tiene que perecer; pues ustedes hacen de mí un juez severo y un Dios poco amigo, de modo que en secreto el pueblo me odia y piensa dentro de sí: Ah, si tuviéramos otro Dios, uno que no exigiera tanto de nosotros; a ese sí lo amaríamos. Por tanto, formaré para mí otro pueblo, que me conozca y me ame. Cuando vean que no tendré en cuenta sus obras sino que les daré todo bien gratuitamente, sus corazones rebosarán de gozo y nunca se cansarán de mi alabanza.
8 Por tanto, guárdate de glosar el texto y de tratar de mejorar las palabras de Cristo. Nuestros doctores y colegios han intentado mejorarlas y han dicho que estas palabras deben entenderse así: «El que creyere» (entiéndase: y hiciere buenas obras) «será salvo.» ¿Quién les dio autoridad para hacer esa inserción? ¿Piensan que el Espíritu Santo fue demasiado necio para hacerla? Así han oscurecido por completo, más aún, pervertido, esta preciosa declaración con su inserción. Por tanto, ten cuidado y no dejes que nadie haga una inserción para ti, sino atente al texto tal como dice y entiéndelo así: «El que creyere será salvo» sin su mérito, sin ninguna obra. ¿Por qué? Por esta razón: porque Dios ha hecho predicar y proclamar ante nosotros que hizo venir a su Hijo Jesucristo para quitar el pecado y todo mal. Pues vio que nosotros no éramos capaces de hacerlo, que nos era imposible borrar el pecado con nuestras obras y fuerzas. De otro modo, se habría ahorrado el trabajo y el costo de entregar a su propio Hijo para que padeciera y muriera; y hace que esto se nos predique en el Evangelio.
9 Ahora bien, ¿qué exige tal predicación? Exige que yo crea en ella, pues de ningún otro modo puedo asirla. Si la escribes en un libro, no servirá a nadie, por más que te entregues a pensar mucho en ella. Otra vez, puedes predicar y hablar de ella, o escucharla; no servirá de nada. Debes creerla y confiar firmemente en que la cosa es como dice el Evangelio: que no tus obras, sino la muerte y resurrección del Señor Jesucristo quita tu pecado y tu muerte. A esto no puedes llegar sino por la fe.
10 Otra vez, Cristo dice: V.16. “El que no creyere,” aunque esté bautizado, “será condenado.” Estas palabras también debes dejarlas tal como están. Porque no dice así: El que no cree y además hace malas obras; sino que, sin barniz alguno, dice: Aunque tuvieras la castidad de todas las vírgenes, los padecimientos de todos los mártires y, para ser breve, todas las obras que jamás hicieron todos los santos, aunque tuvieras todo esto en un montón, si faltara la fe, todo estaría perdido.
11 Por tanto, este es el pasaje con el cual se derriba todo el claustro, el sacerdocio, el monaquismo y las monjas; pues es una causa perdida. Haz lo que quieras, la sentencia ya está dictada y el decreto ya ha salido: Si no crees, ya estás condenado. Así de pesada y poderosamente embisten estas dos sentencias contra toda doctrina y obra fundadas en las obras y fuerzas del hombre.
12 Ahora pon las dos una al lado de la otra, y podrás concluir con razón: Donde hay fe, no puede haber tantos pecados que no sean con seguridad devorados y exterminados por la fe; donde hay incredulidad, nunca podrás hacer buenas obras suficientes para borrar el más pequeño pecado. Así, pues, como el pecado tan poco puede subsistir en presencia de la fe, así tampoco pueden las buenas obras estar junto con la incredulidad. Por tanto, para hacer buenas obras no se necesita nada sino la fe; y para hacer el pecado y las malas obras no se requiere nada más que la incredulidad. De ahí se sigue que el que cree no tiene pecado y no hace sino buenas obras; por otra parte, el que no cree, en verdad, no hace ninguna buena obra, sino que todo lo que hace es pecado.
13 Por eso digo, sin embargo, que no puedes haber cometido tantos pecados, ni es Satanás un enemigo tan invencible tuyo, que todo no sea quitado y perdonado en cuanto empieces a creer. Pues por la fe tienes a Cristo como tesoro propio, que te fue dado precisamente para quitar el pecado; y ¿quién será tan osado que condene a Cristo? Por esta razón, ningún pecado puede quedar, por grande que sea, si crees. Así, eres entonces hijo amado de Dios y todo está bien, y todo lo que hagas está bien. Si no crees, estás condenado, por más que hagas lo contrario; pues como no tienes a Cristo, te es imposible borrar un solo pecado.
14 Ahora bien, puesto que no hay otro medio de quitar el pecado sino Cristo, podrías preguntar: ¿Cómo es entonces que se nos exige, no obstante, hacer buenas obras, si, como dices, todo depende de la fe? Respondo: Donde la fe es genuina no puede existir sin buenas obras, así como, por otra parte, donde hay incredulidad no puede haber buena obra. Por tanto, si crees, de tu fe tienen que seguirse necesariamente solo buenas obras. Porque, así como la fe te trae salvación y vida eterna, así también te trae buenas obras; no pueden ser contenidas. Así como una persona viva no puede dejar de moverse, de comer y beber y de trabajar, siendo imposible que tales actividades cesen mientras vive, y nadie necesita mandarle ni empujarle a hacer tales cosas, sino que (déjale la vida y las hará); como todo esto es verdad en la vida física, así no se requiere nada más, para que se hagan buenas obras, que la fe. Solo cree, y harás todo por tu propia cuenta.
15 Así, no hay necesidad de que exijas buenas obras a quien cree, pues la fe le enseña todo eso; y, hechas en fe, todo lo que hace está bien hecho y todas son obras buenas y preciosas, por insignificantes que parezcan. La fe es una cosa tan noble que ennoblece al hombre entero. Ahora bien, no es posible que un hombre viva en la tierra y no tenga nada que hacer. Por eso todas las obras que se hacen por fe son obras preciosas. Por otra parte, donde hay incredulidad el hombre tampoco puede estar sin obras; por tanto, tales obras son igualmente todas pecado. Cristo no está allí, por tanto todo está perdido. De ahí la declaración de san Pablo a los Romanos, 14:23: «Todo lo que no proviene de fe, es pecado.» Como si dijera, al contrario: Todo lo que proviene de fe es todo gracia y justicia; eso es una conclusión previa. Por tanto, no hay necesidad de preguntar si se han de hacer buenas obras, pues vienen por sí mismas, sin que nadie las mande. Tal es también el sentido del salmista, Sal 25:10: «Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad.» Es decir, cuando Dios obra y crea la fe en nosotros, todo lo que hacemos es misericordia, y todo es verdad; esto es, todo se hace con sinceridad y no por hipocresía. Sin embargo, se sigue, por otra parte, que todos los caminos de los hombres no son misericordia sino pura ira, no verdad sino mera apariencia e hipocresía, porque brotan de la incredulidad.
16 Guárdate, pues, de que en ninguna circunstancia glose el texto y digas: La fe sola no basta; también son necesarias las obras para justificar. Pues por lo que hemos dicho está bastante claro que las obras nada contribuyen a este fin. Nada hace daño sino la incredulidad. Las obras no bastan. Si la fe estuviera presente, todo estaría bien. Por tanto, así como las obras nada contribuyen al mal de la incredulidad, así en la fe nada contribuyen al bien; sino que la incredulidad sola corrompe todas las obras, y la fe hace buenas todas las obras.
17 Pero aún hay una cosa más aquí, que Cristo dice: V.16. “El que creyere y fuere bautizado, será salvo.” Aquí podrías decir: Percibo, entonces, que también se requiere el bautismo. Ciertamente se requiere, pero el bautismo no es una obra que nosotros hagamos. Se ha de unir, sin embargo, con la fe, porque Dios no quiere que la fe permanezca oculta en el corazón, sino que estalle y se manifieste al mundo. Por eso ordenó tales señales externas, por medio de las cuales cada uno pueda mostrar y confesar su fe, a fin de que lleguemos a la santa cruz. Porque si la fe se guardara en secreto, oculta en el corazón, estaríamos bastante seguros de no tener que llevar la cruz ni seguir a Cristo; si el mundo no supiera que creemos, no seríamos perseguidos.
18 En segundo lugar, nunca seríamos el medio de llevar un alma al arrepentimiento y a la fe si no confesáramos abiertamente el Evangelio y no observáramos una señal externa por la cual los hombres pudieran saber quiénes y dónde están los cristianos. Ahora bien, Dios ha ordenado así que nuestra fe se manifieste ante los paganos; por eso, todo el que es cristiano y ha recibido el bautismo corre peligro de su vida entre los paganos y los incrédulos. Es necesario que recibamos el bautismo si somos cristianos; o, si eso está fuera de nuestro alcance, que digamos al menos: Deseo sinceramente ser bautizado.
19 Además, la señal del bautismo se nos da también para mostrar que Dios mismo nos ayudará, y que debemos estar seguros de su gracia, y que cada uno pueda decir: Para esto me dio Dios una señal, para que yo esté seguro de mi salvación, que me ha prometido en el Evangelio. Porque nos ha dado la Palabra, es decir, el documento escrito; y junto a la Palabra, el bautismo, esto es, el sello. Así la fe, que asimila la Palabra, puede ser fortalecida por la señal y el sello.
20 Pero en este asunto no ves ninguna obra del hombre; porque el bautismo no es mi obra sino de Dios. El que me bautizó está en lugar de Dios y no hace la obra de un hombre, sino que es la mano y la obra de Dios. Dios es el verdadero obrador. Por tanto, puedo y debo decir: Dios, mi Señor, me bautizó él mismo, por mano de un hombre. De esto puedo gloriarme, y en esto me he de apoyar, y decir: Dios, que no quiere ni puede mentir, me ha dado esta señal para asegurarme de que es misericordioso conmigo y está dispuesto a salvarme y me ha dado por medio de su Hijo todo lo que tiene. Así, de nuestra parte no hay nada sino la sola fe; y de la suya, solo la Palabra y la señal. Pero nos hemos detenido en este asunto con bastante frecuencia y no hay necesidad de extenderse ahora en él.
21 La siguiente parte de nuestro texto habla de las señales que seguirán a los que creen. Tampoco discutiremos estas por ahora, sino que pasaremos a la otra parte que hemos escogido considerar, y que trata de la ascensión de Cristo.
22 De paso, sin embargo, sea dicho: No debemos suponer que las señales mencionadas aquí por Cristo son todas las señales que harán los creyentes, ni debemos imaginar que todos los cristianos las harán; sino que Jesús quiere decir: Todos los cristianos pueden hacer las señales y les es lícito hacerlas. O sea, si yo creo, entonces soy capaz de hacerlas; tengo el poder. Por la fe obtengo tanto que nada me es imposible. Si fuera necesario y conducente a la propagación del Evangelio, podríamos hacer fácilmente las señales; pero como no es necesario, no las hacemos. Porque Cristo no enseña que los cristianos practiquen lo espectacular, sino que dice que tienen el poder y que pueden hacer estas cosas. Y tenemos muchas promesas semejantes en toda la Escritura; por ejemplo, en Jn 14:12, donde Cristo dice: «El que en mí cree, las obras que yo hago, él también las hará; y aun mayores hará.» Por eso debemos dejar que estas palabras permanezcan y no glosarlas para quitarles fuerza, como han hecho algunos que dijeron que estas señales eran manifestaciones del Espíritu al comienzo de la era cristiana y que ahora han cesado. Eso no es correcto; porque el mismo poder está todavía en la iglesia. Y aunque no se ejerza, eso no importa; seguimos teniendo el poder de hacer tales señales.
II. LA ASCENSIÓN DE CRISTO AL CIELO.
23 Ahora debemos considerar la ascensión del Señor Jesucristo. En primer lugar, es fácil decir y entender que el Señor ascendió al cielo y está sentado a la diestra de Dios. Pero son palabras muertas para el entendimiento si no se asen con el corazón.
24 Debemos, por tanto, concebir su ascensión y su señorío como algo activo, enérgico y continuo, y no debemos imaginar que él está sentado arriba mientras nosotros tenemos las riendas del gobierno aquí abajo. No; ascendió allá porque allí puede hacer mejor su obra y ejercer su dominio. Si hubiera permanecido en la tierra en forma visible, ante la gente, no habría podido obrar tan eficazmente, pues todo el pueblo no habría podido estar con él ni oírlo. Por eso inauguró un recurso que hizo posible que estuviera en contacto con todos y reinara en todos, predicara a todos y fuera oído por todos, y estuviera con todos. Por tanto, guárdate de imaginar dentro de ti que se ha ido y que ahora está lejos de nosotros. Lo contrario es lo verdadero: mientras estaba en la tierra, estaba lejos de nosotros; ahora está muy cerca.
25 La razón no puede comprender cómo puede ser esto. Por eso es un artículo de fe. Aquí hay que cerrar los ojos y no seguir la razón, sino asirlo todo por la fe. Pues ¿cómo puede la razón captar la idea de que haya un ser semejante a nosotros, que lo ve todo y conoce todos los corazones y da a todos los hombres la fe y el Espíritu; o que esté sentado arriba en el cielo, y sin embargo esté presente con nosotros y en nosotros y nos gobierne? Por tanto, no procures comprender, sino di: Esto es Escritura y esta es la Palabra de Dios, que está inmensurablemente por encima de todo entendimiento y razón. Deja tu razonar y asiéte de las Escrituras, que testifican de este ser: cómo ascendió al cielo y está sentado a la diestra de Dios y ejerce dominio. Examinemos algunas Escrituras que se refieren a este asunto.
26 En primer lugar, Sal 8:4-6 dice de Cristo: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies.» Aquí el profeta habla a Dios acerca de un hombre y se maravilla de que Dios humillara por un tiempo a ese hombre, cuando permitió que muriera, lo humillara hasta el punto de que parecía que Dios no estaba con él. Pero después de un poco de tiempo Dios lo exaltó, de modo que todas las cosas le deben obedecer, tanto en el cielo como en la tierra. A estas palabras debemos atenernos, a estas palabras debemos aferrarnos, en estas palabras debemos creer; porque la razón no se someterá ni se adaptará a ellas, sino que dice que son mentiras. Ahora bien, si todas las cosas han de estar sujetas a este ser y caer a sus pies, tiene que estar sentado donde pueda mirar todo el mundo, el cielo y el infierno y todo corazón; donde pueda ver todo pecado y toda justicia, y no solo ver todas las cosas, sino gobernar conforme a ello.
27 Por eso estas son palabras majestuosas y poderosas. Dan al corazón gran consuelo, de modo que los que creen esto se llenan de gozo y de ánimo y dicen desafiantes: Mi Señor Jesucristo es Señor sobre la muerte, Satanás, el pecado, la justicia, el cuerpo, la vida, los enemigos y los amigos. ¿A qué temeré? Porque mientras mis enemigos están ante mi misma puerta y planean matarme, mi fe razona así: Cristo ha ascendido al cielo y se ha hecho Señor sobre todas las criaturas, por tanto mis enemigos también tienen que estar sujetos a él, y así no está en su poder hacerme daño. Los desafío a que levanten un dedo contra mí o dañen un cabello de mi cabeza contra la voluntad de mi Señor Jesucristo. Cuando la fe se aferra a este artículo y se afirma en él, se mantiene firme y se vuelve audaz y desafiante, hasta decir: Si mi Señor quiere que ellos, mis enemigos, me maten, bienaventurado soy; con gusto me voy. Así verás que ascendió al cielo, no para permanecer en indiferencia, sino para ejercer dominio; y todo para nuestro bien, para darnos consuelo y gozo. Este es un pasaje.
28 Además, en el Salmo segundo, versículos 7 y 8, leemos que Dios dice a Cristo: «Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra.» Aquí ves de nuevo que Cristo es constituido por Dios Señor sobre toda la tierra. Ahora bien, si él es mi amigo y estoy persuadido de que murió por mí y me dio todas las cosas y por mi causa está sentado en el cielo y vela por mí, ¿quién entonces puede hacerme algo? O si alguien me hiciera algo, ¿qué daño podría venir de ello?
29 Además, David dice otra vez en el Salmo 110, versículo 1: «Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.» Y más adelante, en los versículos 5, 6 y 7: «El Señor a tu diestra quebrantará a los reyes en el día de su ira. Juzgará entre las naciones, los llenará de cadáveres; quebrantará las cabezas en muchas tierras. Del arroyo beberá en el camino, por lo cual levantará la cabeza.»
30 Otra vez, en otro Salmo, David dice (Sal 68:18): «Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres, y también para los rebeldes, para que habite entre ellos JAH Dios.» Y todos los profetas se esforzaron mucho por describir la ascensión de Cristo y su reino. Porque, así como sus padecimientos y su muerte están hondamente fundados en las Escrituras, así también lo están su reino, su resurrección y su ascensión. De esta manera debemos considerar la ascensión de Cristo. De otro modo no nos dará ni placer ni provecho. Pues ¿de qué te servirá si solo predicas que ascendió al cielo y está allí sentado con las manos cruzadas? Esto es lo que quiere decir el profeta en el Salmo: Cristo ha ascendido a lo alto y ha llevado cautiva la cautividad. Es decir, no solo está sentado allá arriba, sino que está también aquí abajo. Y con este fin ascendió allá, para estar aquí abajo, para llenar todas las cosas y estar presente en todas partes; cosa que no habría podido hacer si hubiera permanecido en la tierra, pues aquí en el cuerpo no habría podido estar presente con todos. Ascendió al cielo, donde todos los corazones pueden verlo, donde puede tratar con todos los hombres, para llenar toda la creación. Está presente en todas partes y todas las cosas están llenas de su plenitud. Nada hay tan grande, sea en el cielo o en la tierra, que él no tenga poder sobre ello, y que no deba estar en perfecta obediencia a él. No solo gobierna y llena toda la creación (eso no ayudaría en nada a mi fe ni quitaría mis pecados), sino que también ha llevado cautiva la cautividad.
31 Algunos han interpretado esta cautividad en el sentido de que sacó a los santos patriarcas de la fortaleza del infierno; pero esa interpretación tampoco beneficia en nada a nuestra fe, pues no edifica particularmente la fe. Por eso debemos entender el asunto simplemente así: que se refiere a aquella cautividad que nos captura y nos tiene cautivos. Yo soy hijo de Adán, lleno de pecado y sucio de inmundicia; por eso la ley me ha tomado cautivo, de modo que estoy encadenado en la conciencia y sentenciado a muerte.
32 De esta cautividad nadie puede librarse a sí mismo, sino solo aquel hombre, Cristo. ¿Qué hizo? Hizo al pecado, a la muerte y a Satanás sus deudores. El pecado cayó sobre él como si fuera a vencerlo, pero perdió la jornada; él devoró el pecado. Y a Satanás, a la muerte y al infierno les fue lo mismo. Pero nosotros no podemos hacer esto a menos que él esté presente para ayudarnos. Solos, tendríamos que perecer. Pero él, como no había hecho pecado y estaba lleno de justicia, pisoteó a Satanás, a la muerte y al infierno, y los devoró, y tomó cautivo todo lo que quería capturarnos, de modo que el pecado y la muerte ya no pueden hacer daño.
33 Este es, pues, el poder que hace predicar: que todos los que creen en él son liberados de la cautividad. Creo en aquel por quien el pecado, la muerte y todas las cosas que nos afligen fueron llevados cautivos. Es un discurso agradable y lleno de consuelo cuando se nos dice que la muerte ha sido quitada y muerta, de modo que ya no se siente. Sin embargo, da placer y consuelo solo a los que lo creen. No hallarás liberación de la cautividad en tus obras, ayunos, oraciones, castigos, tonsuras y hábitos, ni en cuantas otras cosas hagas; sino solo en el lugar donde Cristo está sentado, adonde ascendió y adonde llevó consigo la cautividad. Por eso, el que quiera ser libre del pecado y librado de Satanás y de la muerte, debe venir allá donde está Cristo. Ahora bien, ¿dónde está? Está aquí con nosotros, y con este fin se sentó en el cielo, para estar cerca de nosotros. Así, nosotros estamos con él allá arriba y él está con nosotros aquí abajo. Por la palabra él desciende, y por la fe nosotros ascendemos.
34 Así vemos por todas partes en las Escrituras que la fe es una cosa tan inefablemente grande que nunca podemos predicar suficientemente acerca de ella ni alcanzarla con palabras. No se puede oír ni ver, por eso hay que creerla. Tal es la naturaleza de la fe: que no siente nada en absoluto, sino que solo sigue las palabras que oye y se aferra a ellas. Si crees, tienes; si no crees, no tienes. De esta manera debemos entender este artículo de fe: que Cristo ha ascendido al cielo y está sentado a la diestra de Dios.
Sermón para el Día de la Ascensión de Cristo; Marcos 16:14-20 (2.º sermón)
1 En el evangelio de hoy se nos presenta de nuevo la esencia de la vida cristiana, a saber, la fe y el amor; justo lo que oyes constantemente en todas las lecciones del evangelio. Puesto que el evangelio te pone siempre delante este tema, debemos predicarlo y tratarlo continuamente; pues Jesús dice a sus discípulos: V.15, 16. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo. Consideraremos en orden los pensamientos de este texto del evangelio.
I. CRISTO REPRENDE A SUS DISCÍPULOS POR SU INCREDULIDAD.
2 Primero, Cristo reprende a sus discípulos por su incredulidad y dureza de corazón, los censura por ello y les muestra sus faltas. No los rechaza ni los trata con demasiada severidad, sino que los reprende; como cuando decimos a una persona: ¿No te da vergüenza haberte atrevido a hacer tal cosa? Con lo cual queremos llevarla a conocerse a sí misma y hacerla enrojecer de vergüenza, para que desista de su mala intención o de su mala obra, aunque no la rechazamos ni apartamos de ella nuestro amor.
3 Sin embargo, no es poca cosa que el Señor reprendiera aquí a los discípulos; porque la incredulidad es el mayor pecado que se pueda nombrar. Cristo les dice la causa de su incredulidad cuando dice que sus corazones están endurecidos, y aun así los trata con suavidad y mansedumbre.
4 Esto se nos da a todos para nuestro consuelo, para que no desesperemos cuando, faltos de fe, dudamos, tropezamos y caemos; es para ayudarnos a levantarnos de nuevo, a fortalecer nuestra fe y a elevar nuestros corazones a Dios, a fin de que asgamos y mantengamos firme la confianza en Dios, que no nos trata con severidad, sino que sabe llevarnos con paciencia y pasar por alto mucho. Y quien lo crea así, así lo hallará; si lo tenemos por un Dios misericordioso, se deja hallar misericordioso y se muestra así con nosotros; pero una mala conciencia y un corazón incrédulo no tienen tal confianza en Dios, sino que huyen de él y lo tienen por un Juez duro, y por eso mismo lo encuentran tal.
5 Así debemos tratar también a nuestro prójimo. Si lo vemos caer de la fe, o errar y pecar, no debemos fortalecerlo en su maldad ni justificar su causa, sino amonestarlo y reprender con mansedumbre sus faltas, sin guardarle enemistad ni apartar de él nuestro amor. Así habla san Pablo a los gálatas: Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre. Gá 6:1. Pero nuestro señor el papa, los obispos, sacerdotes, monjes y monjas no permiten que nadie los reprenda cuando obran mal; nunca están dispuestos a reconocer que alguna falta sea suya, sino siempre de sus súbditos, y su política hacia los súbditos es de rigor y severidad.
6 En suma: debemos exponer y reprender lo que está mal, y ejercer la verdad y el amor hacia todos; debemos hablar con claridad, sin dejarnos silenciar, pues ninguno de nosotros, siendo de carne y hueso, vivirá de modo que se le halle sin culpa en todo. Yo en esto, tú en aquello. Todos vemos que aun los apóstoles fallaban en lo principal, y sin embargo eran las piedras angulares, los cimientos y la mejor parte de la cristiandad.
7 Pero nadie piense que los apóstoles eran del todo incrédulos; creían lo que estaba escrito en la Ley y los profetas, aunque su fe todavía no era perfecta. Había allí una fe y a la vez ninguna fe; aún no creían todas las cosas, aunque creían que Dios creó los cielos y la tierra y era el Hacedor de toda criatura. Así, los apóstoles no carecían por completo de fe, pues tenían fe en parte. La fe es algo que siempre crece. Con la fe pasa como con un enfermo que empieza a sanar y va cobrando fuerzas. Por eso el Señor muestra en qué no creían y qué les faltaba: no creían la resurrección de Cristo de entre los muertos. Aunque creían las demás cosas, les faltaba todavía esta. Tengo por cierto que creían que tenían un Dios propicio. Pero esto no bastaba; debían creer también la resurrección de Cristo. El Señor les reprochó su incredulidad, los reprendió y les dijo que, a pesar de todo lo que habían visto, no creían, que aún les faltaba cierto artículo de fe, a saber, el artículo de la resurrección. De ahí las palabras de Cristo en la Última Cena: «Creéis en Dios, creed también en mí.» Jn 14:1.
8 ¿Qué significa, pues, creer la resurrección de Cristo, cosa tan importante, por la cual los discípulos fueron llamados incrédulos y sin fe, y sin la cual de nada les serviría lo demás que creían? Creer la resurrección de Cristo no es otra cosa que creer que tenemos un Mediador ante Dios. Quién es Cristo, que nos hace santos y aceptables a Dios el Padre. Pues lo que el hombre posee por nacimiento y naturaleza no es sino pecado y corrupción, con lo cual atrae sobre sí la ira de Dios. Pero Dios es justicia y pureza eternas, y por eso, por su misma naturaleza, aborrece el pecado. De ahí que haya siempre enemistad entre Dios y el hombre natural, y no puedan ser amigos ni estar en armonía el uno con el otro.
9 Por esta causa, Cristo se hizo hombre y tomó sobre sí nuestros pecados y también la ira del Padre, y ahogó ambos en sí mismo, reconciliándonos así con Dios el Padre. Sin esta fe somos hijos de ira, incapaces de hacer obra buena alguna que agrade a Dios, y nuestras oraciones tampoco pueden serle aceptables. Pues así está escrito en Sal 18:41: «Clamaron, y no hubo quien los salvase; aun a Jehová, mas no los oyó.» Sí, aun nuestras obras más nobles, con las cuales pensábamos obtener de Dios misericordia, ayuda y consuelo, se nos cuentan por pecado; como dice el profeta, Sal 109:7: «Su oración sea para pecado»; pues Dios no podía ser reconciliado con todas nuestras fuerzas, ya que en verdad no hay fuerza alguna en nosotros.
10 Por eso Cristo tenía que venir, para presentarse ante el rostro del Padre, reconciliarnos con él y obtenernos todo lo que nos faltaba. Por medio de este mismo Cristo debemos pedir a Dios todo lo que necesitamos. Has oído en el evangelio del domingo pasado que el Señor dice: «Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará.» Todo lo que obtengamos de Dios, debemos recibirlo por medio de este Cristo, que nos ha ganado un Padre misericordioso. Porque Cristo es nuestro sostén y refugio, donde podemos escondernos, como los polluelos se esconden bajo las alas de la gallina. Solo por él es aceptable nuestra oración ante Dios y solo por él es respondida, y obtenemos el favor y la misericordia del Padre; pues Cristo ha hecho expiación por nuestros pecados, y de un juez airado ha hecho un Dios benigno y misericordioso. Creer en la resurrección de Cristo significa, pues, creer, como dije, que Cristo ha tomado sobre su cabeza nuestros pecados y los pecados de todo el mundo, y también la ira del Padre, y así los ha ahogado a ambos en sí mismo, por lo cual hemos sido reconciliados con Dios y hechos enteramente justos.
11 Ahora, observen ustedes mismos cuán pocos cristianos hay que tengan esta fe, por la cual sola el hombre es librado de sus pecados y llega a ser enteramente santo; pues no creen en la resurrección de Cristo, es decir, que sus pecados son quitados por medio de Cristo, ya que procuran hacerse santos con sus propias obras. Este corre a un claustro, aquella se hace monja, uno hace esto, otro aquello, para quedar libres de pecado; y sin embargo dicen siempre que creen en la resurrección de Cristo de entre los muertos, a pesar de que sus obras prueban lo contrario.
12 Los apóstoles insistieron en este artículo y lo predicaron más que ningún otro; así habla san Pablo a los corintios: «Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.» 1 Co 15:14. Y poco después, en el versículo 17, dice: «Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.» ¿Qué clase de conclusión es esta? ¿Cuál es su análisis lógico? Este: si Cristo no ha resucitado de entre los muertos, entonces el pecado y la muerte lo han devorado y matado, y nosotros no podemos librarnos de nuestros pecados por nosotros mismos. Jesucristo los tomó sobre sí para pisotear el pecado, la muerte y el infierno y hacerse su señor. Pero si no ha resucitado, entonces no ha vencido el pecado, sino que ha sido vencido por el pecado. Asimismo, si ha sido vencido por el pecado, entonces no ha resucitado; si no ha resucitado, entonces no te ha redimido; entonces aún estás en tus pecados. Igualmente Pablo dice a los romanos: «Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.» Ro 10:9. A esto concuerdan todas las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento.
13 Ahora bien, no basta con que creamos el hecho histórico de la resurrección de Cristo; pues esto lo creen todos los impíos, y hasta el diablo cree que Cristo ha padecido y ha resucitado. Debemos creer también el sentido, el significado espiritual de la resurrección de Cristo, comprendiendo su fruto y sus beneficios, lo que hemos recibido por ella, a saber, el perdón y la redención de todos los pecados; debemos creer que Cristo ha sufrido la muerte y con ello ha vencido y pisoteado el pecado y la muerte, sí, todo lo que puede dañarnos, y está sentado a la diestra del Padre en los cielos como Señor Todopoderoso sobre el pecado y el diablo, la muerte y el infierno, y todo lo que nos daña, y que todo esto sucedió para nuestro bien. Esto los impíos no lo creen.
14 Ven cuánto depende de este artículo de fe sobre la resurrección. Podemos prescindir mejor de todos los demás artículos que de este. ¿De qué serviría creer todos los otros artículos, como que Cristo nació de la virgen María, murió y fue sepultado, si no creyéramos que resucitó? A este asunto se refiere Dios en Hab 1:5, cuando dice: «Haré una obra en vuestros días, que aun cuando se os contare, no la creeréis.»
15 La importancia de este asunto es también la razón de que Pablo lo haya urgido y predicado, y de que en todas sus epístolas no haya tratado de ninguna obra o milagro de Cristo tan a menudo como de su resurrección. Calla acerca de las muchas obras y maravillas de Cristo, y predica y enseña con énfasis el beneficio y el alcance de la resurrección de Cristo: lo que hemos recibido de ella. Ningún otro apóstol nos ha retratado a Cristo a la luz en que lo ha hecho Pablo. No sin sentido dijo Cristo de él a Ananías: «Instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.» Hch 9:15-16.
16 Ahora bien, ninguna obra buena ayudará a quienes no tienen esta fe en la resurrección, por más que finjan hipocresía. A las vírgenes no les sirve su virginidad o pureza; ni a los monjes sus largas oraciones. Aquí de nada sirve predicar de obras, ni siquiera se nombran; sino que todo debe obtenerse de Dios por medio de Cristo, como han oído. Así oró David en Sal 84:9: «Mira, oh Dios, escudo nuestro, y pon los ojos en el rostro de tu ungido.» Esto basta sobre la primera parte de este evangelio. Ahora siguen en el texto las palabras:
V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
II. LA COMISIÓN MISIONERA QUE CRISTO DA A SUS DISCÍPULOS.
A. El contenido de esta comisión.
17 ¿Qué han de predicar? Nada más, dice, que justamente esto: que yo he resucitado de entre los muertos y he vencido y quitado el pecado y toda miseria. El que cree esto, será salvo; la fe sola basta para su salvación. Por tanto, el evangelio no es otra cosa que la predicación de la resurrección de Cristo: V.16. El que creyere será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Aquí quedan abolidas todas las obras. Aquí ves también la naturaleza y el carácter de la fe. La fe no obligará a nadie a aceptar el evangelio, sino que deja su aceptación libre a cada uno y la hace un asunto personal. El que cree, cree; el que viene, viene; el que se queda fuera, se queda fuera.
18 Ves así que el papa yerra y comete injusticia contra el pueblo al atreverse a empujarlo a la fe por la fuerza; pues el Señor no mandó a los discípulos nada más que predicar el evangelio. Así lo hicieron también los discípulos: predicaron el evangelio y dejaron su aceptación a quienes quisieran tomarlo, y no dijeron: Cree, o te mato.
19 Sobre este pasaje surge una pregunta, V.15. Id por todo el mundo, acerca de cómo ha de entenderse, ya que los apóstoles ciertamente no visitaron todo el mundo. Ningún apóstol llegó hasta acá, a nosotros; y desde entonces se han descubierto muchas islas paganas donde nunca se ha predicado el evangelio. Sin embargo, la Escritura dice: «Por toda la tierra ha salido su voz.» Ro 10:18. Respuesta: su predicación salió por todo el mundo, aunque todavía no ha llegado a todo el mundo. Esta salida se ha iniciado y continúa, aunque aún no se ha completado; el evangelio, sin embargo, será predicado cada vez más lejos y más ampliamente, hasta el día del juicio. Cuando esta predicación haya alcanzado todas las partes del mundo y haya sido oída en todas partes, entonces el mensaje estará completo y su misión cumplida; entonces también estará cerca el último día.
20 La predicación de este mensaje puede compararse a una piedra arrojada al agua, que produce ondas que se extienden en círculos desde ella, las olas rodando siempre y siempre, empujando una a la otra, hasta llegar a la orilla. Aunque el centro se aquiete, las olas no descansan, sino que avanzan. Así sucede con la predicación de la Palabra. Fue iniciada por los apóstoles y avanza constantemente, es empujada cada vez más lejos por los predicadores, llevada de acá para allá por el mundo, dándose a conocer siempre a quienes nunca la habían oído, aunque sea detenida a mitad de su curso y condenada como herejía. Como decimos cuando alguien envía un mensaje, que el mensaje ha salido, aunque todavía no ha llegado a su destino, sino que va en camino; o como decimos que el mensaje del emperador es enviado a Núremberg, o al Turco, aunque todavía no haya llegado: así hemos de entender la predicación de los apóstoles.
B. La promesa unida a esta comisión.
21 Pero aquí surge otra pregunta a partir de este pasaje del evangelio de hoy, V.16. El que creyere, será salvo: si la fe basta para la salvación y sola salva; o si debemos también hacer buenas obras para ser salvos. Aquí nuestros doctísimos doctores han querido gobernar al Espíritu Santo, afilarle la lengua y ponerle un palito bajo la lengua, como si no pudiera hablar claro, y han forzado y torcido este pasaje, y lo han desgastado y desgarrado de tal modo que no le queda médula ni vitalidad. Han dicho que las buenas obras son necesarias para la fe, y que la fe no basta para la salvación. Esto no es verdad. La fe sola, por sí misma, sin obra alguna, como la Palabra de Dios dice aquí claramente, nos trae la salvación, y las obras no ayudan en nada a la justicia ni a la salvación. Debemos dejar este pasaje desnudo y sin adulterar, y sin añadidura alguna. Si el Espíritu Santo lo hubiera querido, fácilmente habría podido decir otras palabras, así: «El que creyere y hiciere obras, será salvo.» Pero no lo hizo, por eso debemos y queremos dejarlo como está.
22 Esto lo digo para que se fortalezcan con tales pasajes, aferrándose al verdadero sentido de las palabras. Aunque hay muchos pasajes en la Escritura que enseñan que la fe sola salva, los sofistas y escolásticos los han cubierto y oscurecido de tal manera, los han sacudido en pedazos y estirado, que su recto sentido ha sufrido. San Pablo dice a los gálatas: «Si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.» Gá 2:21. Es decir: si podemos ser salvos de otra manera o labrar nuestra salvación, entonces Cristo murió en vano; pues pretender ser justificado por la ley significa pensar que el hombre puede hacerse justo por sus obras.
23 Por tanto, para concluir: la justicia principal es la fe; la maldad principal es la incredulidad. Tampoco hay pecado tan grande que pueda condenar al hombre; la incredulidad sola condena a todos los que son condenados. Y, a la inversa, solo la fe salva a cada uno; porque solo la fe trata con Dios, ninguna obra puede comparecer ante él. Pues las obras tienen que ver solo con los hombres, y el hombre deja que sus obras sean aprovechadas como él ha aprovechado a Cristo. No hacen santo a nadie; son solo las marcas distintivas de un hombre que ya se ha hecho justo por la fe, la cual sola purifica el corazón.
24 Puedo asentir fácilmente al dicho: las obras no te hacen piadoso, sino que muestran que eres piadoso; o cuando oigo decir: el que cree sirve a su prójimo, admito que así es. Pero que la explicación de este texto sea que la fe no basta para la salvación, que debemos hacer además el bien, esta es una libertad que el texto puede soportar tan poco como esta iglesia podría soportar que yo derribara sus pilares. Sigue después en el texto:
V.16. El que creyere y fuere bautizado, será salvo.
25 Dios ha acompañado siempre su Palabra con una señal externa para hacérnosla más eficaz, para que fuéramos fortalecidos de corazón y nunca dudáramos de su Palabra ni vacilásemos. Así dio a Noé el arco iris en el cielo como señal segura de que cumpliría su promesa y no destruiría el mundo con otro diluvio. El arco iris es, por decirlo así, un sello o señal para Noé y para todos nosotros, tal como un sello en una carta certifica el documento. Y así como un noble tiene su propio escudo de armas, de cierto diseño o color, por el cual es conocido, así Dios ha acreditado sus palabras para nosotros con señales, como con un sello, para que nunca dudemos. A Abraham le dio el rito de la circuncisión, para mostrar que Cristo vendría y bendeciría al mundo. Así ha hecho aquí, añadiendo a esta su promesa, «El que creyere y fuere bautizado, será salvo», una señal externa, a saber, el bautismo, y también el sacramento del pan y del vino, que fue instituido especialmente para usarse en tiempos de tentación y cuando se acerca la muerte, para que por él fortalezcamos nuestra fe, recordemos a Dios su promesa y lo mantengamos en ella.
26 Un hombre puede creer aunque no esté bautizado; pues el bautismo no es más que una señal externa que ha de recordarnos la promesa divina. Si podemos tenerlo, bien está; recibámoslo, porque nadie debe despreciarlo. Pero si no podemos recibirlo, o se nos niega, no seremos condenados con tal que creamos el evangelio. Pues donde está el evangelio, allí está también el bautismo y todo lo que un cristiano necesita. La condenación no sigue a ningún pecado sino al pecado de incredulidad. Por eso el Señor dice: V.16. El que no creyere, será condenado; no dice: el que no sea bautizado. Calla acerca del bautismo; porque el bautismo no vale nada sin fe, sino que es como sellos puestos en una carta donde nada está escrito. El que tiene las señales que llamamos sacramentos y no tiene fe, tiene solo sellos sobre una carta de papel en blanco.
27 Aquí ves también cuál es el oficio de los apóstoles, al cual deberían ajustarse todos los obispos y los que se llaman ministros, puesto que se jactan de ser los sucesores de los apóstoles en la predicación del evangelio. Porque el Señor dice aquí, V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio. Por tanto, no debemos escuchar a quienes no predican el evangelio. Ahora vienen nuestros papistas y citan el pasaje de Lc 10:16: «El que a vosotros oye, a mí me oye.» Este versículo ha sido hasta ahora la espada del papa, con la cual ha dominado a todo el mundo, y nadie ha entendido rectamente este pasaje, que significa que los maestros han de ser obedecidos solo cuando predican el evangelio. Así, el Señor inspira aquí a los apóstoles a hablar el evangelio, que es su Palabra. Solo a Cristo se ha de oír, y los apóstoles no son sino mensajeros e instrumentos de esta palabra de Cristo. Por eso, aquí quedan condenados de nuevo el papa, los obispos, los monjes y los sacerdotes, y todos los que predican algo distinto del evangelio.
28 Pero ¿qué quiere decir el Señor cuando dice: V.15. Predicad el evangelio a toda criatura? ¿He de predicar también a los árboles y las piedras, a los montes y las aguas? ¿De qué serviría eso? San Gregorio predicó sobre este texto y dijo que «toda criatura» significa el hombre; que el hombre es uno con todas las criaturas: con los ángeles en el entendimiento, con los animales en los sentidos, y con los árboles en el crecimiento. No debemos, pues, abusar del texto ni tomar su sentido de manera demasiado literal, porque así lo interpretaremos mal. El sentido es que el evangelio debe predicarse pública y universalmente, darse a todos; no debe esconderse en ningún rincón, sino predicarse libremente en todos los lugares, como está escrito en Sal 19:3-4: «No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras.» El comienzo y la salida se han cumplido por medio de los apóstoles, pero la obra aún no ha terminado; el evangelio no ha llegado todavía a su límite, pues no sé si Alemania ha oído alguna vez la Palabra de Dios. La palabra del papa, por cierto, la hemos oído.
29 El Señor dice aquí a los apóstoles: V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura, con el fin de que este evangelio sea publicado a todos, de modo que hasta los árboles y las piedras lo oyeran si tuvieran oídos, y pudieran dar testimonio de que hemos oído el evangelio; y que aquella columna de allí pudiera decir: yo he oído que se te predicó el evangelio. Así, general y públicamente ha de proclamarse y predicarse en todo el mundo, sin negarse a nadie, hasta que llegue a los confines del mundo, como registra el Salmo. Así ha llegado ahora a nosotros, que habitamos en el fin del mundo, pues vivimos cerca del mar. Esto tiene presente Pablo cuando dice a los efesios: «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios.» Ef 4:11-13. A continuación, el texto habla de las señales que seguirán a la fe, y nombra cinco señales, una tras otra, así:
V.17, 18. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.
30 ¿Cómo procederemos aquí para preservar la verdad del pasaje: el que cree tendrá también poder y podrá mostrar estas señales? Porque el Señor dice que todas estas señales acompañarán. Ahora bien, sabemos que los apóstoles no presentaron todas las señales, pues no leemos que ningún otro bebiera veneno sino Juan el Evangelista, y no hay otros casos individuales. Si el pasaje ha de entenderse literalmente, entonces pocos creyentes serán absueltos y pocos santos tendrán derecho al cielo; pues estas señales, todas y cada una, no los han acompañado, aunque hayan tenido poder para hacer señales y hayan mostrado algunas de ellas.
31 Algunos se lanzan aquí a explicar estas señales como espirituales, para preservar el honor de los santos; pero no conviene forzar las palabras. No llevan tal sentido, y por eso no soportarán tal explicación. Eso pone sobre la Escritura una interpretación incierta para nosotros.
32 Otros, con igual ligereza, dicen que, aunque no todo individuo tiene el poder y hace las maravillas mencionadas, la Iglesia en conjunto, la multitud de la cristiandad, sí lo tiene; uno puede echar fuera demonios, otro sanar enfermos, y así sucesivamente. Por eso, dicen, tales señales son una manifestación del Espíritu; donde están las señales, allí está también la Iglesia cristiana, y así por el estilo.
33 Pero estas palabras no se refieren a la Iglesia como un todo, sino a cada persona por separado. El sentido es: si hay un cristiano que tiene fe, tendrá poder para hacer estos milagros que acompañan, y le seguirán, como dice Cristo en Jn 14:12: «De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará», pues un cristiano tiene igual poder que Cristo, es una congregación y se sienta con él en tenencia conjunta. El Señor ha dado poder a los cristianos, como está escrito en Mt 10:8, también contra los espíritus inmundos, para que los echen fuera y sanen toda enfermedad. Así está escrito en Sal 91:13: «Sobre el león y el áspid pisarás; hollarás al cachorro del león y al dragón.»
34 Leemos también que esto se ha cumplido. Hubo una vez un patriarca en el desierto que, al encontrarse con una serpiente, la tomó con ambas manos y la partió en dos, y no pensó más en ello, sino que dijo: ¡Oh, qué cosa tan buena es tener una conciencia limpia e inocente! Así, donde hay un cristiano, hay todavía el poder de hacer estas señales si es necesario. Pero nadie debe intentar ejercer este poder si no es necesario o si la necesidad no obliga. Los apóstoles no lo ejercieron siempre, sino que solo hicieron uso de él para probar la Palabra de Dios, para confirmarla con los milagros; como está escrito aquí en el texto: V.20. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían.
35 Pero ya que el evangelio se ha difundido y dado a conocer a todo el mundo, no hay necesidad de hacer milagros como en tiempos de los apóstoles. Si surgiera la necesidad, y los hombres llegaran a denunciar y combatir el evangelio, entonces en verdad tendríamos que emplear el obrar maravillas antes que permitir que el evangelio sea escarnecido y suprimido. Pero espero que tal camino no sea necesario y que tal eventualidad nunca surja. Otro ejemplo: que yo hable aquí en lenguas nuevas no es en absoluto necesario, puesto que todos ustedes pueden oírme y entenderme bien; pero si Dios me enviara adonde la gente no pudiera entenderme, fácilmente podría concederme su habla o su lengua, para que se me entendiera.
36 Entonces, que nadie, sin urgente necesidad, se ponga a hacer prodigios. Porque leemos de los hijos de los patriarcas que una vez trajeron gran cantidad de serpientes en sus capas y las sacudieron a los pies de sus padres; a lo cual sus padres los reprendieron por tentar a Dios innecesariamente. Del mismo modo, leemos de muchas señales que han hecho los creyentes. Sucedió una vez que uno de los padres cogió por casualidad un basilisco. Lo miró y exclamó de inmediato: ¡Oh Señor, yo debo morir, o este reptil debe morir!, porque el basilisco mata con la mirada. Al instante reventó y voló en pedazos.
37 No sé qué decir de quienes se atreven a hacer señales donde no son necesarias. Por ejemplo, algunos echan fuera demonios. Pero sé que es una empresa peligrosa. El diablo, en efecto, se deja echar fuera, pero no piensa sufrir por ello; lo permite solo para fortalecer en tal error al hacedor de señales. Yo no querría fiarme de él. Tenemos muchos casos así en nuestros tiempos. Sé también de muchos que ocurrieron no hace mucho.
38 Hubo un sacristán que quiso aprender alquimia del diablo, es decir, el arte de separar el oro de la arena y de hacer oro de otros metales. El diablo acordó ir a él a la hora de las once, pero el sacristán debía llevar puestas una túnica y una casulla. ¡Miren con qué obras de necios anda el diablo! Como si le importara mucho la casulla. El sacristán fue, dio vuelta al reloj de arena y anotó la hora. A las once se puso la casulla. Vino el diablo y llamó. El sacristán se asustó y preguntó quién estaba allí. El diablo dijo que el sacristán debía acudir de inmediato al párroco y asistir al Sacramento. El sacristán se quitó la casulla y salió corriendo de prisa, pero no halló a nadie. Entonces el diablo, por segunda vez, exigió al sacristán que saliera. La tercera vez vino el diablo y dijo que el párroco lo esperaba con impaciencia; que viniera sin demora. Entonces el sacristán salió, pero para entonces la hora había pasado, y el sacristán no llevaba puesta la casulla. Entonces el sacristán vio por primera vez que era el diablo, y quiso volver de prisa a la casa y tomar la casulla. El diablo, sin embargo, no lo permitió, sino que dijo: No, mi buen amigo, el tiempo ha pasado. Agarró al sacristán, le rompió el cuello y lo arrojó al suelo. Tales ocasiones busca el diablo, y así obra. Baste con este evangelio.
Sermón para el Día de la Ascensión de Cristo; Marcos 16:14-20 (3.º sermón)
I. LA DUREZA DE CORAZÓN DE LOS DISCÍPULOS.
1 En pocas palabras, san Marcos resume en este evangelio todo lo que Cristo hizo durante los cuarenta días después de su resurrección hasta que ascendió al cielo. No todas las palabras de Cristo, tal como aquí se registran, fueron dichas al mismo tiempo. Algunas personas han dudado de la autenticidad de este capítulo porque no parece concordar con los otros evangelios. Relata el episodio en que el Señor reprende a los discípulos por su incredulidad y aquel en que les manda predicar el evangelio, como si ambas palabras se hubieran dicho al mismo tiempo, mientras que los otros evangelistas nos informan de muchas cosas ocurridas entre estos dos episodios. Nos cuentan que se apareció a todos sus discípulos, no solo una vez, sino a menudo, y que durante estos cuarenta días comió y bebió con ellos para que ya no dudaran de su resurrección. La reprensión a los discípulos tuvo lugar poco después de su resurrección, entre la Pascua y el octavo día siguiente. Después de que todos hubieron visto al Salvador resucitado, se despidió de ellos, ascendiendo desde el monte donde les había mandado reunirse con él.
2 Al reprender a los discípulos por su incredulidad y dureza de corazón, Cristo les imputa una debilidad nada pequeña. Les dice que no son solo incrédulos, sino también obstinados, hasta el punto de dudar tercamente de lo que han oído de testigos oculares, a saber, que el Señor ha resucitado. Por otra parte, Cristo muestra gran paciencia y bondad hacia quienes no solo no creen, sino que además son obstinados. No los rechaza ni los desprecia por su dureza, sino que los sobrelleva. Al final los hace predicadores de aquello que ellos mismos, hasta entonces, no creían. Sabe que, por esa misma razón, su testimonio de él será más fuerte. Ellos mismos iban a experimentar el predicar no solo a los ignorantes e incrédulos, sino también a los endurecidos, e incluso a sus perseguidores. Así, por su propia experiencia, aprenderían a soportar a otros que pudieran ser igualmente obstinados, aunque no a los que se enfurecieran voluntaria y maliciosamente contra la verdad reconocida.
3 Los queridos discípulos tenían, sin embargo, un motivo para su dureza de corazón que otros nunca podrían tener. Eran judíos, y la enseñanza judía era que solo en Jerusalén debía fundarse aquel reino que se llama el reino de Dios y de Cristo. Para esta creencia pensaban tener prueba y evidencia en los profetas, donde se afirmaba en muchos pasajes que Cristo reinaría para siempre en Jerusalén, en la casa y sobre el trono de David. Los gentiles no tenían promesa alguna de tal reino.
4 Por eso, a los judíos les parecía ridículo e increíble, más aún, escandaloso, que Cristo pasara por alto a Jerusalén, al sacerdocio y todo lo perteneciente a la nación judía, y, sin tener en cuenta nada de esto, enviara al mundo a predicar a unos pocos pobres discípulos que no tenían ni nombre ni fama, pretendiendo así cumplir la gloriosa profecía de casi todos los profetas de que, como dice Sal 68:11, de Jerusalén saldría el gran mensaje y las grandes huestes de mensajeros del evangelio por todo el mundo. Esto debía cumplirse sin duda y hacerse realidad. Como el mismo Cristo, al despedirse, encargó a sus discípulos que no se fueran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre, como dice san Lucas en Hch 1:4-8, «hasta que recibáis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo». Y hace poco, en la Pascua, Cristo dijo: «Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.» Lc 24:46-47. Se creía universalmente que, cuando llegara el tiempo de que Cristo proclamara su mensaje para traer el mundo a su reino, ciertamente consultaría a los grandes, a los sumos sacerdotes, a los gobernantes y al concilio de Jerusalén, y nada haría sin ellos; pues ¿no era por la Ley de Moisés que la nación tenía su misma existencia? Pero Cristo ignora con serena seguridad a los cabezas representativos de la nación, y llama a sí a un puñado de forasteros y mendigos, los lleva a Jerusalén y les encomienda hacer estas cosas. Eso era bastante escandaloso para los judíos en general, e incluso para los discípulos; les parecía increíble que Cristo empleara medios tan humildes para un fin tan elevado y con tal indiferencia hacia las opiniones, el saber y la ayuda de los funcionarios judíos.
5 Sin embargo, los discípulos sabían, o podían haber sabido por las Escrituras, que Cristo no vendría del sacerdocio, sino de la casa de Judá; de modo que los jefes religiosos de Jerusalén no tenían por qué mirar a las filas sacerdotales. Ni mencionaban las Escrituras a algún ciudadano, ya de Jerusalén, ya de Belén, de quien Cristo hubiera de ser hijo. Por eso los judíos debieron dar la honra a Dios y pensar: hemos de esperar que venga no de nuestra propia tribu ni de otra que la tribu de Judá, de la casa de David. Conocían bastante bien la profecía y sobre ella habían basado sus registros y cálculos. Leemos que el ciego junto al camino (Lc 18:39) y la mujer cananea (Mt 15:22) clamaron diciendo: «Ten misericordia de mí, Señor, Hijo de David.» ¿Cómo supieron este pobre mendigo y esta mujer extranjera que Cristo era hijo de David, si no hubiera sido bien sabido entre todo el pueblo que el Mesías no vendría de otra casa que la de David?
6 Aunque Cristo no pertenecía a la casa que entonces reinaba en Jerusalén, los judíos sabían que pertenecía a la casa de David y que se había criado en Nazaret, y por esta razón debieron haberlo aceptado, sobre todo porque oían sus enseñanzas y veían sus milagros. Porque todos tenían que confesar que nadie más podía predicar con tal poder ni hacer obras tan poderosas como él. Sabían también que el tiempo al que apuntaban los profetas estaba cerca. El profeta Zacarías había declarado claramente que Cristo sería humilde, es decir, de las filas del pueblo común, sin gran pompa y poder, honra y riqueza.
7 Pero como ellos desprecian todo esto y no quieren oírlo ni conocerlo, él procede a cumplir la Escritura. Reúne un pequeño rebaño y establece por medio de él su reino, sin que ni los sacerdotes ni el concilio de Jerusalén se enteren. Quedan, por así decirlo, mirando embobados y pensando que, cuando Cristo viniera y estableciera su reino, sin duda los haría a ellos sus instrumentos principales. Esto no lo hace. Establece su reino en Jerusalén y manda a los discípulos permanecer allí hasta que se enviara sobre ellos el Espíritu Santo, quien continuaría la misma obra entre ellos, convenciéndolos y obligándolos a creer que las predicciones de los profetas se habían cumplido.
8 Pero los apóstoles son débiles y lentos para creer esto; no se dan cuenta de que Cristo se ha manifestado exactamente de la manera en que ellos y todos los judíos habían esperado y aguardado. Los discípulos se preguntaban por qué, si él era realmente el Cristo, como ellos lo consideraban, no convencía así a todo el pueblo de Jerusalén y no organizaba, preparaba, establecía y confirmaba su reino de modo que toda la nación acudiera a él, y el mundo entero cantara y proclamara el gran poder y la gloria de este rey por medio del cual toda la humanidad sería honrada y obtendría riqueza y salvación. Como él procede de un modo tan contrario a sus expectativas, se deja crucificar y muere en la cruz, y después de su resurrección se muestra solo a unas pocas personas, nunca pueden creer que por medio de él hayan de realizarse las cosas maravillosas del nuevo reino, aquellas que habían aprendido de los escritos de los profetas.
9 Cristo tiene que soportar en ellos tal dureza de corazón, aunque los reprende e instruye su ignorancia. Estando ellos reunidos y a punto de dejarlos, les dice cómo se ha de entrar en su reino y cómo él llevará a cabo su comienzo por medio de ellos. No será con la ayuda y el consejo de los funcionarios de Jerusalén, ni con su conocimiento. No será con fuerza ni poder temporal, sino que se hará sentir únicamente por el mensaje y la comisión del ministerio que les encarga, diciendo:
V.15, 16. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.
II. LA COMISIÓN MISIONERA DE CRISTO A SUS DISCÍPULOS: PREDICAR EL EVANGELIO A TODA CRIATURA.
I. La comisión misma.
10 Estas son palabras del Soberano, palabras dignas de su majestad, que encomiendan a estos pobres mendigos salir a proclamar este nuevo mensaje, no solo en una ciudad o un país, sino en todo el mundo, en principados y reinos, y proclamarlo pública y alegremente; hablar delante de todas las criaturas, para que toda la humanidad oiga el mensaje. Eso significa ciertamente extender los brazos y reunir para Cristo una gran multitud. En verdad, es una comisión tan poderosa que nunca se dio otra semejante en el mundo.
11 El mandato de un gobernante temporal no va más allá de los confines de su propio reino; asimismo el de un padre, a su propia casa: pero esta comisión de Cristo concierne a todos los reyes, príncipes, países y pueblos, grandes y pequeños, jóvenes y viejos, sencillos y sabios, pecadores y santos. Con este solo mensaje reclama todo dominio y poder, toda sabiduría, santidad, majestad y el derecho de gobernar sobre la tierra con autoridad ilimitada. ¿Qué otra cosa puede pensar y decir el mundo sobre ello sino esto: ¡Cómo! ¡Este hombre y sus once pobres mendigos se atreven a asumir autoridad sobre Moisés y todos los profetas, sí, sobre todos los pueblos! Aun Moisés fue enviado solo a Faraón y a su pueblo en Egipto. ¿Ha de tener este hombre el mundo entero por campo? ¡Frente a él no es más que un jornalero común!
12 Ha de ser un maestro de no poca autoridad el que se atreve a ejercer el derecho de enviar mensajeros no solo a una o varias cabezas coronadas, sino a todos los gobernantes del mundo. Cristo hace todo esto como si poseyera pleno poder y autoridad sobre ellos como súbditos suyos, encargando a sus discípulos que no temieran a nadie, por grande y poderoso que fuese, sino que salieran alegremente, avanzando hasta las partes más remotas del mundo, y predicaran el evangelio, con la seguridad de que no podían dejar de ser oídos y de que nadie podía estorbarlos.
13 Así se cumplió. «Comenzando desde Jerusalén», el reino alcanzó al mundo entero. Ningún otro reino tuvo jamás tal poder. Nunca vivió gobernante que lograra la supremacía ni siquiera sobre la mitad del mundo. ¿Cómo es, entonces, que desde Jerusalén hasta los rincones más remotos de la tierra todos los hombres conocen a este rey que se llama Cristo? Y todo esto se logró sin una sola estocada y sin poder militar; simplemente por medio de estos pobres mendigos, a quienes Cristo envió a tantos reinos y principados que les resistieron con la espada, con fuego y agua y con todas sus fuerzas. Si los apóstoles hubieran dependido de su propio poder, habrían fracasado miserablemente antes de cruzar sus propios umbrales. Habían tenido miedo de su propio pueblo, los judíos, y se habían escondido tras puertas cerradas con cerrojo. Pero más tarde, apoyados en esta comisión, salieron con denuedo, no solo entre su propio pueblo, sino en todos los reinos, por todos los principados y frente a todos los poderes y la resistencia del mundo y del diablo.
14 ¿De dónde obtuvieron tal valor y fuerza? Ciertamente no de algún rey de Persia ni emperador de Roma, de Turquía o de Tartaria. No, fue del Señor solo, que ascendió al cielo y les mandó ir y predicar a toda criatura. Y así como Cristo comenzó a establecer su reino, así continuará hasta el fin del mundo. Ciertamente no es Señor en sentido temporal alguno. Es aquel a quien se ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, como él mismo declara en Mt 28:18. A él deben someterse tanto los ángeles como los hombres y todas las criaturas, como Dios mismo le dice en Sal 2:8: «Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra.» Esta es la razón por la que lo conocemos y creemos en él. Solo Cristo pudo haber llevado al mundo en todas partes a creer en uno que aparentemente era un simple judío.
15 Estas palabras de su mandato son maravillosamente poderosas. En ellas muestra que es mayor que todos los emperadores, reyes y gobernantes de la tierra, sometiendo a sí todas las criaturas por su propio poder. No encarga a sus discípulos llevar sus saludos ni pedir favores a ciertos gobernantes de la tierra, sino que con plena autoridad dirige a todos los gobernantes un mandato: que acepten su mensaje y obedezcan sus órdenes. Es evidente también que este que manda es más poderoso que cualquier ángel. Los ángeles son, en efecto, seres poderosos y fuertes, enviados por Dios a cumplir su voluntad respecto de algunos de sus siervos; como, por ejemplo, vemos a Moisés sacando de Egipto a su pueblo por medio de un ángel. Pero Cristo da su propio mandato, que ha de alcanzar a todo el mundo, sí, a todas las criaturas, dando a entender que todo le pertenece. Tal autoridad no se da a nadie más que a este hijo nacido de la Virgen. Él debe ser, por tanto, el único Señor sobre todas las cosas, sobre ángeles y hombres, el único Dios y Hacedor de todas las criaturas.
III. La predicación del evangelio ordenada en este mandato.
A. La predicación del evangelio en sí misma.
16 Ahora bien, esta es la comisión: V.15. Id y predicad el evangelio a toda criatura. Cristo mira lejos hacia el futuro. No quiere que su mensaje quede escondido en un rincón. No quiere que tengan temor alguno a causa de él, ni que vayan con él en secreto ni con engaño. Lo quiere proclamado tan públicamente que hasta el sol en los cielos, sí, los bosques y las piedras lo oyeran si tuvieran oídos. Y así ha sido proclamado, aunque el mundo se le ha opuesto durante tantos siglos. Ha avanzado sin cesar. Nunca hubo en el mundo una fuerza y un poder semejantes; nada de igual dominio y autoridad. Este mensaje, pues, debe ser de poder divino. No trata de las cosas insignificantes, vanas o pecaminosas del mundo, como robar, hurtar, mentir, engañar, matar, la violencia, la opresión y la tiranía, sino de cosas puras, celestiales y divinas. Así que no puede ser de origen humano, sino mensaje del mismo Dios. Palabra y obra, pues, concuerdan y testifican abiertamente de la autoridad de Cristo ante todas las criaturas bajo el cielo, en la tierra y en el mar.
17 Cristo no envía, pues, un decreto para levantar rebelión en el mundo ni para derribar el poder legal de reyes, príncipes u otra autoridad temporal, sino que simplemente pone su palabra y su mandato en la boca de los discípulos para que lleven a efecto su propio poder por medio de su hablar y su ministerio. No hablarán de instituciones mundanas, autoridad mundana ni riquezas terrenales, ni de la gloria del pueblo judío, sus leyes, ritos religiosos y sacerdocio, aunque era expectativa de todos los judíos que estos fueran honrados por el mundo, sino que el contenido del mensaje será enseñar cosas más nobles, a saber, cómo podemos ser reconciliados con Dios, cómo ser redimidos del pecado, de la muerte y de todo mal, y ser salvos; cómo obtener justicia, vida y gloria eternas.
18 Este era, en efecto, un mensaje nuevo, del cual el mundo nada sabía. Difiere mucho de toda otra predicación y enseñanza. Sí, el cielo lo eleva por encima de todo lo que puede enseñarse en la tierra. Toda otra enseñanza debe ceder ante él, pues solo él ministra el poder para ser salvo. Cuando Cristo dice, V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura, no desea que nadie quede excluido; sino que muestra que todo el mundo nada sabe de su doctrina: a pesar de toda su sabiduría, es ciego en estas cosas, por muy docto y santo que pretenda ser. Su propio pueblo, los judíos, aunque no tienen la luz ni el conocimiento de la salvación a que se refiere el profeta Zacarías en su cántico, Lc 1:77: «Para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados.» Si los judíos hubieran sabido esto antes, o hubieran podido descubrirlo por sí mismos, no habría sido necesario predicárselo. Cristo no habría tenido que descender del cielo ni enviar a sus siervos al mundo entero con el mensaje.
19 Todo el mundo es enviado aquí a la escuela, para oír y aprender del reino de Cristo y confesar que no sabía nada de él. Los hombres pueden saber muy bien cómo edificar, cómo cuidar sus bienes, gobernar, ser exteriormente piadosos y llevar una vida decente y honrada, y pueden ser capaces de enseñar a otros lo que saben; pero de las cosas que pertenecen al reino de Dios, y de cómo escapar del pecado y de la muerte, nada saben. Cristo deja a un lado todas las enseñanzas, incluso la de Moisés y los diez mandamientos. Se da la orden a los discípulos de salir y decir a todos los hombres lo que no saben: que todos deben oír y aceptar, por mandato de Dios, este mensaje, si quieren ser salvos.
20 El sentido de este mensaje Cristo lo muestra claramente. En primer lugar, le da un nombre digno, llamándolo predicación del evangelio. Sin duda le da este nombre nuevo y peculiar por una razón especial, para distinguirlo de toda otra enseñanza y predicación. Es algo distinto de la Ley de Moisés y de las enseñanzas de los hombres. Un nombre nuevo se grabaría en la mente de los discípulos. Pues la palabra «evangelio» significa un mensaje nuevo, un buen mensaje que trae alegres noticias, que anuncia algo que uno oye con gusto y con avidez. No una ley ni un mandamiento que nos fuerza o exige y amenaza con castigo y condenación si no lo obedecemos. Tal mensaje a nadie le gusta oírlo. Aunque nosotros, con todas nuestras fuerzas, enseñemos y obedezcamos la ley, no resultará de ello consuelo ni gozo alguno; porque nunca podemos cumplir sus exigencias tan perfectamente que deje de golpearnos y acusarnos. Por eso, si íbamos a ser rescatados, Dios tenía que enviarnos, por medio de su Hijo, un mensaje distinto de la Ley, del cual derivar consuelo y paz.
21 Qué es el evangelio y cuál es la diferencia entre la Ley y el evangelio, ya se ha dicho bastante. Sin embargo, observamos aquí cómo el mismo Cristo da la definición y muestra lo que enseña el evangelio, diciendo:
V.16. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.
22 Este es, en verdad, un mensaje bondadoso, amistoso y consolador, y con razón se llama evangelio; aquí, en una sola palabra, oyes salvus erit, es decir, será salvo: las puertas del cielo abiertas, el infierno cerrado, la Ley y el juicio apartados, el pecado y la muerte destruidos, y la vida y la salvación concedidas a todo el mundo con tal que crea el mensaje. ¡Oh, si uno pudiera aprender a fondo estas palabras: Cree y sé salvo! Se deletrean con pocas letras, y sin embargo son un sermón de tal poder que el mundo no puede captar la gloriosa gracia y el inefable tesoro que se nos da por medio de este mensaje. Y todo esto sin mérito alguno de nuestra parte, pues no hemos hecho absolutamente nada para ganarlo, ni siquiera sabíamos nada de ello. Si el mundo lo hubiera creído de verdad, estoy convencido de que, por puro amor, habría abrumado a los predicadores del evangelio, en particular a los apóstoles, y habría acudido en grandes multitudes a besarles alegremente los pies y a llevarlos en las manos, alabando y dando gracias a Dios por haber vivido para oír a un predicador del evangelio cristiano.
23 El evangelio se enseña y se practica fielmente en nuestro día, y sin embargo seguirá siendo necesario, como aquí, que Cristo reprenda a sus discípulos por su incredulidad y dureza de corazón. La incredulidad es todavía demasiado fuerte en nosotros, y nuestros corazones son demasiado estrechos y débiles para captar estas maravillosas palabras. Nos dejamos dominar demasiado por nuestros propios deseos y sentimientos cuando el pecado nos turba y la ira de Dios nos sobresalta y aterra, aunque deseamos ser salvos. Buscamos y nos esforzamos por descubrir cómo podemos salvarnos por nuestras propias obras; tratamos de hallar en nosotros mismos aquello con lo cual justificarnos ante Dios.
24 Debemos, pues, aprender, predicar y exhortar constantemente acerca de este mensaje de salvación, aunque no pueda entrar de una vez en el corazón de los hombres: eso es imposible. Pero día tras día, año tras año, el evangelio puede irse captando más y más, hasta el límite de nuestra comprensión aquí en la tierra. La promesa depende de la condición. No podemos separar estas dos cosas; deben permanecer juntas tal como Cristo las une y dice: «El que creyere será salvo.» En cuanto a una parte, a saber, será salvo, en verdad nada falta, ni es incierto; esta es sin duda una promesa en la Palabra, que es la verdad inmutable de Dios. Pero en cuanto a la otra parte, nuestro creer, en verdad falta mucho. No creemos con firmeza; no aceptamos ni nos aferramos a la palabra de promesa de Dios. Como he dicho, la gracia y los tesoros espirituales que se ofrecen son tan grandes que el corazón humano se asombra y se abruma cuando comprende que la alta y eterna majestad abre tan de par en par las puertas del cielo, y hace resplandecer su gracia y misericordia sobre todos los pecados y la miseria del mundo entero, y que este gran caudal de gracia y riquezas espirituales se nos da solo por medio de la Palabra.
25 Sin embargo, este pasaje está aquí y declara tanto qué es el evangelio, un mensaje acerca de la fe en Cristo, como qué poder tiene, a saber, salvar al que cree. Los judíos han esperado hasta hoy la venida de su Mesías para restaurar la ciudad de Jerusalén y su templo, y para exaltar de tal modo la Ley de Moisés que sea aceptada por todo el mundo. Pero ¿qué sucede? En el mismo lugar y en el mismo tiempo en que sus servicios del templo son más gloriosos y sus hombres mejores, más nobles y más sabios observan con más empeño la Ley, el Hijo de Dios mismo pronuncia juicio sobre ellos, mandando a sus discípulos que vayan y prediquen por toda Judea y por todo el mundo que no salvará el servicio del templo ni el sacerdocio levítico, ni la circuncisión ni la Ley y su observancia, que Dios en verdad les había dado, sino que el que creyere será salvo, sea judío o gentil. No hay distinción (Ro 3:23), ni uno que posea privilegios especiales. Este evangelio ha de predicarse a toda criatura.
26 Esto, ciertamente, era abrir un tremendo boquete en las expectativas e ideas de los judíos: proclamarse a sí mismo como el único que tiene autoridad y a quien todos deben someterse; pues ni Moisés ni ninguno de los profetas se habría atrevido a hacerlo. Todos tenían que ser circuncidados y observar la Ley bajo pena de perder cuerpo y alma. Y ahora este hombre Jesús interviene con plena autoridad, y hasta deja a un lado la Ley con indiferencia, como si nada supiera de ella. Manda, en pocas y sencillas palabras, a sus discípulos así: No dirán al mundo, en cualquier parte de él que estén, que la gente debe ir a Jerusalén, o debe guardar la ley de Moisés, etc., sino que les dirán a todos que, si quieren ser salvos, que es lo que todos desean (en especial los judíos de entonces), deben creer este mensaje mío, y luego ser bautizados, etc. Comiencen esta clase de predicación entre mi pueblo, que desea ser salvo por su Ley y su servicio del templo, y salgan por todo el imperio romano y hasta todos los rincones del mundo. A los que confían en sus ídolos, repréndanlos y condénenlos, a todos sin excepción, y díganles que este es el mandato que yo, el Señor del cielo y de la tierra, les doy: que crean en mí. Este es mi mensaje; irá por todo el mundo sin estorbo ni molestia. No importa que los judíos no crean y se escandalicen de él, y los excomulguen, entregándolos al diablo, y no se inquieten si los gentiles procuran suprimirlo por la fuerza.
27 Este es también un mensaje consolador para nosotros, porque también nosotros estamos incluidos en estas palabras de Cristo cuando dice: V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. Aquí quedan encerrados todos los que oyen este mensaje, dondequiera que vivan, sean pocos o muchos. «Todo el mundo» no significa una o dos partes de él, sino todo lugar dentro de él donde habiten personas. Por eso el evangelio tenía que ser proclamado conforme al mandato, como todavía hoy se proclama. Aunque no triunfa de continuo en todo lugar, está destinado a llegar hasta los confines de la tierra y a resonar en todos los lugares y rincones del mundo. Así como es un mandato general predicar el evangelio en todas partes, a todos los hombres, también es una orden general y un mandato del Señor que todos crean este mensaje.
28 Era esencial que Cristo, en su mandato, recalcara «todo el mundo». Los judíos, que querían así silenciar al resto de la humanidad, se jactaban de que solo ellos eran el pueblo de Dios, a quienes se habían dado los padres y los profetas, y de cuya descendencia se había prometido que vendría Cristo. Esta jactancia Cristo tenía que matarla; de lo contrario, nos habrían vencido a nosotros los gentiles y nos habrían obligado a hacernos judíos y aceptar la circuncisión. Directamente opuesto a su pretensión está el hecho de que Cristo mandó que el evangelio se predicara a todas las criaturas. Cristo dice: El que cree pertenece al pueblo de Dios y es salvo, sea judío o gentil, griego o bárbaro, sacerdote o laico, varón o mujer, etc. Es cierto que Dios no dio a ninguna otra nación sino a su pueblo escogido, los judíos, aquellos honores y bendiciones especiales que fueron suyos en sus poderosos caudillos dados por Dios, en los milagros que hizo por ellos y en el hecho de que a ellos primero se dieron las promesas divinas y las Escrituras.
29 Pero ahora hemos sido hechos un solo pueblo a la vista de Dios. Nadie tiene preferencia o privilegio de que jactarse. Cristo no quiere que nadie sea despreciado ni rechazado. La orden dice: A todas las criaturas, los discípulos lo predicarán y lo proclamarán. La persona más grande, más poderosa, de más noble cuna, más docta y más santa no es en nada mejor que la más humilde, más sencilla y más despreciada de la tierra. Todos son traídos a una sola compañía y comunión. Nadie es preferido sobre otro. No se muestra parcialidad. Nadie es representado ni apartado para honra o ventaja especial; sino que todo depende enteramente de «El que creyere». No importa qué pueblo, nación o rango, ni qué posición en el mundo ocupen. Por supuesto, debe haber diferencia en la vida física de los diversos habitantes de la tierra, pues las criaturas son y se llaman cada una según su naturaleza y cada una es distinta de la otra: el sol de la luna, el hombre de la mujer, el amo del siervo.
30 Por eso, así como en el mundo cada país y pueblo tiene sus propias leyes, derechos y costumbres especiales, así también, como en los ordenamientos temporales externos, debe haber una diferencia en la predicación. Cada estado y cada oficio debe responder y ser instruido en su esfera asignada. Pero aunque el deber se cumpla bella y fielmente, aunque todos los judíos sean perfectos en el servicio del templo, todo el gobierno temporal se administre sin falta, toda la disciplina y obediencia se observen y presten en materia de leyes y costumbres, con todo eso no basta para asegurar la salvación a quien lo hace. En este reino de Cristo toda la humanidad es llevada al mismo lugar; todos son hechos un solo pan (kuchen); todos deben cumplir la misma condición. No será salvo este o aquel que vive de cierta manera y hace cierta cosa, sino: «El que creyere será salvo.» Aquí lo tienes todo. No importa que seas judío o gentil, amo o siervo, virgen o casado, monje o laico: si crees, dice Cristo, entonces estás en mi reino, salvo y redimido del pecado y de la muerte.
31 Por este mensaje el reino de Cristo se distingue claramente de todos los demás reinos del mundo. En los reinos terrenales, el que obedece las leyes y preceptos, no roba, no hurta ni mata, no será castigado, sino que será elogiado, honrado y protegido como ciudadano obediente del reino. No sirve decir: El que cree tendrá honra y riquezas en este reino temporal. Tales honra y riquezas significarían una requisición temporal y visible. El que es piadoso y bueno a los ojos del mundo y lleva una vida perfecta no está, por eso, en el reino de Dios. Se necesita algo más alto y mejor. Debe creer en Cristo, que ascendió al cielo y está sentado a la diestra de Dios. Un reino temporal nada sabe de las cosas espirituales de la fe. No trata de ellas ni las gobierna. Y sin embargo, el mundo ciego se atreve a intentar lo que no es capaz de entender ni de juzgar rectamente.
32 Por otra parte, el reino de Cristo nada tiene que ver con los reinos de los hombres. Él permite que continúen en sus propias prácticas. Cristo manda que los discípulos prediquen el evangelio a todas las criaturas. Las criaturas existían antes de que el evangelio llegara a ellas. Los gobiernos son instituidos y las leyes formadas por los hombres, mediante la razón y sabiduría dadas por Dios. San Pedro las llama ordenaciones humanas en 1 P 2:13. Se las llama también ordenación de Dios en Ro 13:2. En tales cosas Cristo no quiere establecer cambio alguno; permite que permanezcan como están, de hecho y de nombre. Pero instruye al mundo acerca de su propio reino eterno: cómo es posible que uno sea librado del pecado y de la muerte eterna, y cómo todos, sin diferencia, le estarán sujetos y lo reconocerán, por la fe, como su Señor.
33 Debemos examinar y entender rectamente las palabras «El que creyere», para no pervertirlas ni estropearlas con añadiduras y glosas. Con ellas los papistas nublan y anulan este pasaje sublime y poderoso, agregándole sus sermones y diciendo que aquí deben entenderse «buenas obras» junto con la palabra «fe», de modo que deba leerse: El que creyere y además hiciere buenas obras, será salvo. Estos son los maestros doctísimos que llevan a Cristo a la escuela, corrigen su lenguaje y le enseñan cómo hablar, parloteando en su ceguera lo que se les antoja, aunque no saben qué ni de qué hablan tocante a estas cosas sublimes. Pero nosotros haremos a Cristo el honor de mantener su Palabra pura e inmaculada. Él sabía muy bien cómo expresar estas cosas y qué quería que dijeran los discípulos cuando les mandó predicar su mensaje a todo el mundo.
34 Cristo hizo a propósito la declaración tan clara: V.16. El que creyere y fuere bautizado, etc., para corregir las ilusiones y pretensiones de los judíos y de todo el mundo acerca de la salvación por las propias obras del hombre. Sobre la fe y el bautismo, no sobre nuestras obras sino sobre las suyas, lo basa todo. En oposición, los judíos, y el mundo en general, quieren atender a su propio orgullo y gloria. Se jactan de su propia santidad, sin querer ser censurados ni condenados en ese punto. Los judíos, porque observan la circuncisión, la Ley y muchos servicios del templo, cosas que en su propia estimación bastan para asegurarles la salvación, no consentirán por eso que los gentiles, que no observan nada de esto, sean considerados sus iguales, llamados pueblo de Dios y salvados, hasta que también se conformen a estas prácticas y se hagan judíos. Así también los falsos apóstoles, y muchos de los que se hicieron cristianos, con gran pretensión pelearon por estas cosas y argumentaron contra las enseñanzas de los apóstoles.
35 ¿Qué han hecho jamás por sí mismos los gentiles, que no tenían la Palabra de Dios ni el verdadero conocimiento de él? Y sin embargo no querían oír ni aceptar el evangelio, precisamente porque no querían abandonar su idolatría. Alegaban que ellos también servían al Dios verdadero con sus ofrendas y ritos religiosos. No querían escuchar la condenación de estas cosas.
36 Todos los que dependen de las buenas obras y enseñan al pueblo la salvación por medio de ellas están por igual en el error. No soportan que se desestimen sus obras en el asunto de la salvación. No pueden aprobar una doctrina como la que Cristo declara aquí verdadera: «El que creyere será salvo», etc. Aunque reciben el evangelio y quieren ser cristianos, como nuestros papistas, no aceptan esta doctrina en su pureza, sino que tienen que mancharla con sus añadiduras y glosas, alegando que debe entenderse así: El que cree y además hace buenas obras, será salvo. Su interpretación significa que se obtiene la salvación no por la fe sola, sino también por las buenas obras. Así también los falsos apóstoles y discípulos de entre los judíos añadieron a esta doctrina, pretendiendo que no basta la fe sola para asegurar la salvación, sino que también debe guardarse la ley de Moisés. Decían: «Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos.» Hch 15:1. Así confundieron a los verdaderos discípulos y cristianos, y los apóstoles en Jerusalén tuvieron que rechazar públicamente esta afirmación.
37 Pero dirás: En efecto, tú mismo enseñas que un cristiano debe hacer buenas obras; Dios mismo mandó hacerlas, imponiendo la guarda de la Ley, y Cristo también dice: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos», Mt 19:17. Ahora bien, la fe sola no justifica ni salva. Este mensaje debe entenderse como que no excluye las buenas obras; sino que Cristo aquí, además y más allá de las buenas obras, exige también la fe, que los judíos y gentiles no ejercían. Nuestros papistas sostienen también que las buenas obras no bastan para la salvación de quienes no tienen fe, sino que la fe y las buenas obras deben ir juntas. Ni entienden por «obras» la observancia de la ley de Moisés, de la circuncisión y del servicio del templo judío, que ahora están obsoletos; sino que se refieren a las obras que exigen los diez mandamientos, que enseñan la obediencia que todos los hombres deben a Dios.
Y para probar que estas palabras deben entenderse así, los papistas remiten a Mt 28:19-20: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolas», etc., y «enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado». Estas últimas palabras, dicen, pertenecen también al mandato que Cristo dio aquí a los discípulos; por tanto, este texto debe interpretarse en el sentido de que exige no la fe sola, sino también las buenas obras.
38 Respondemos: Todo esto, como he dicho antes, es mero parloteo, comentario falso y pervertido de sofistas ciegos que nada entienden de este texto ni de la gloriosa doctrina del evangelio. No saben lo que dicen, ni de la fe ni de las buenas obras, ni saben distinguir debidamente entre ambas. Nosotros también confesamos, y siempre hemos enseñado mejor y con más fuerza que los papistas, que las buenas obras deben hacerse; que deben seguir a la fe, y que la fe está muerta si faltan las buenas obras. Por eso esta doctrina de la fe no denuncia las buenas obras; no enseña que no deban practicarse. Ni se trata aquí de si las buenas obras son o no necesarias. Pero la fe y las buenas obras difieren, y debe enseñarse con discernimiento cuál es el valor de cada una por sí misma. Cada una debe considerarse en sus debidas relaciones, para que entendamos tanto lo que la fe logra y recibe como por qué son necesarias las buenas obras. Esta distinción se enseña en todas partes en el evangelio y fue predicada por los apóstoles. Es, pues, ceguera, si no malicia deliberada, que estos sofistas papales, sin hacer aquí distinción alguna, de un modo porcino tergiversen y pervierten estos pasajes de manera que ninguno de los dos pueda entenderse claramente.
39 Insistimos, por tanto, en que estos dos pasajes, este y el escrito en Mateo, sean debidamente interpretados a la luz de su redacción y orden reales. En nuestras enseñanzas es justo que instruyamos a los hombres a observar todo lo que Cristo mandó. Pero no podemos pasar por alto lo que Cristo dice aquí acerca de la fe. Debemos observar siempre el lugar y el orden que Cristo da a sus palabras. Ahora bien, hallamos en este texto, Mt 28:19-20, que Cristo manda primero a los once ir y hacer discípulos a todas las naciones, y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es decir, han de predicarles la enseñanza del evangelio, cómo deben ser salvos, lo cual todavía no sabían ni los judíos ni los gentiles, y en este conocimiento bautizarlos, haciendo a la gente discípulos o cristianos. Estas son las primeras cosas esenciales, y a ellas concuerdan las palabras: «El que creyere y fuere bautizado», etc. Luego viene la otra parte, que debe seguir a las enseñanzas del evangelio, a saber, lo que han de hacer los que creen y son bautizados. A estos, dice Cristo, les enseñarán a guardar todas las cosas que yo les he mandado, de modo que todo sea conforme a mi Palabra, y no conforme a la ley y las ceremonias judías, ni a leyes hechas por hombres tocantes a obras o servicios religiosos escogidos por uno mismo.
40 Por eso estas dos cosas, la fe y las buenas obras, no deben confundirse. Deben distinguirse claramente una de otra. La fe y el bautismo, como la parte principal y el fundamento de nuestra salvación, deben ir primero. La otra parte sigue. Ambas deben enseñarse, pero cada una en su debida relación. Como he dicho a menudo, y como es también claramente evidente, hay una vasta diferencia entre la eficacia de nuestras propias obras y la de lo que Cristo ha cumplido por nosotros. En nuestra enseñanza, esto último debe ser exaltado y hecho infinitamente superior a lo primero. Ahora bien, en estas palabras de Cristo: «Enseñad a todas las naciones y bautizadlas», etc.; y «El que creyere y fuere bautizado», es evidente que nos presenta no nuestras obras indignas ni las exigencias de la Ley, sino sus propios méritos y su don; estos no podemos aceptarlos de otro modo que por la fe. Estos son los tesoros por los cuales somos salvos, que no fueron ganados ni conseguidos por nosotros, sino que nos fueron presentados por gracia por él. Porque nunca podemos atrevernos a jactarnos de que merecemos el don de Cristo, en quien creemos, ni de que el bautismo que recibimos en su nombre es obra nuestra o ha sido instituido por algún ser humano.
41 Para probar mis afirmaciones, considera esto: Cristo dice clara y llanamente: V.16. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; como si dijera: Si quieres saber cómo puedes ser salvo, entonces esta se considerará la condición principal y esencial: creer y ser bautizado. La cuestión no es si debemos o no hacer buenas obras. No hay disputa sobre eso. Pero hay algo más importante. El punto no es lo que hacemos nosotros mismos, sino dónde hemos de buscar, con la certeza de hallar, aquello por lo cual podemos ser salvos del pecado y de la muerte, y obtener vida y salvación. Aquí Cristo explica claramente cuál ha de ser la doctrina principal del evangelio. La basa enteramente en la fe y el bautismo, concluyendo que seremos salvos por la sola razón de que tenemos a Cristo por la fe y el bautismo.
42 Creer significa: tener por verdadero, y con todo el corazón confiar en lo que el evangelio y todos los artículos de fe dicen acerca de Cristo; que Dios el Padre nos lo ha enviado, que padeció, murió, resucitó y ascendió al cielo por la sola razón de que obtengamos de Dios el Padre, en su nombre, el perdón del pecado y la vida eterna. Para que nuestra fe capte y sostenga esto con más firmeza, nos da el santo bautismo, para probarnos por esta señal visible que Dios el Padre nos aceptará y nos dará sin falta lo que se nos ofrece en el evangelio.
43 Ahora bien, si he de creer esto, entonces no debo adulterar mi fe con la creencia en mis propias obras. No debo depender de mis propios méritos ni atreverme a ofrecerlos a Dios, como hacen los monjes y los judíos que se creen justos. Hay dos doctrinas que no concuerdan y que nunca pueden mantenerse combinadas, a saber, la creencia de que nosotros, por causa de Cristo y sin nuestros méritos, obtenemos la gracia de Dios; y la creencia de que obtenemos la gracia de Dios por nuestras propias obras. Porque si pudiéramos obtener esta gracia por nuestros propios méritos, entonces no necesitaríamos además a Cristo. Tal confusión y detestable remiendo de los sofistas no puede tolerarse: alegar que Cristo, en efecto, expió los pecados originales y los pecados cometidos antes y que abre la puerta del cielo, pero que nosotros mismos, por nuestras propias buenas obras, debemos ahora también expiar pecados y merecer gracia para obtener plenamente la salvación. Esto es robar a Cristo su honra; sí, dejarlo a un lado, con su muerte, resurrección y ascensión, como si su mérito no nos bastara y como si sus padecimientos y su sangre no pudieran expiar los pecados. Pero san Juan dice que él es la única propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo. 1 Jn 2:2.
44 Y que el pasaje que consideramos y otros semejantes deben entenderse así lo enseña san Pablo en sus epístolas, especialmente en la dirigida a los romanos, donde prueba que somos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre. Ro 3:24-25. Aquí menciona claramente la palabra gratis, es decir, gratuitamente, sin nuestros méritos y no por causa de nuestras obras. Así podemos tener un consuelo seguro y no dudar de la gracia y salvación de Dios, aunque en verdad somos indignos y todavía tenemos en nosotros restos de pecado. Si se enseña al pueblo así: Si deseas el perdón de los pecados y un Dios misericordioso, debes hacer suficientes buenas obras y poseer suficientes méritos para vencer y quitar tus pecados, entonces la fe ya queda anulada. Cristo no tiene entonces eficacia alguna, la conciencia es despojada de todo consuelo y el hombre es empujado a la desesperación, porque busca ayuda por sí mismo y en sí mismo, y se atreve a intentar cumplir por sí lo que Cristo fue enviado a hacer y que solo él podía hacer por nosotros. Cristo vino a cumplir la Ley y a ganarnos, con su obediencia, la gracia y la vida eterna.
45 Así, nuestro pasaje sobre la fe, y otros como él, deben entenderse a esta luz; no pervertidos ni estropeados con comentarios engañosos y añadiduras, con el propósito de menospreciar la fe y contradecir el sentido de Cristo. Tal error resultará sin duda si se confunde la enseñanza de las buenas obras con la de la fe; si no se distingue entre la doctrina principal del evangelio de Cristo, la apropiación por la sola fe, y la enseñanza de la Ley sobre las buenas obras. Como dije arriba, estas dos doctrinas no pueden estar una junto a otra; son directamente contradictorias. Creer que solo por causa de Cristo se conceden la gracia y la vida eterna, y al mismo tiempo buscarlas y pretender obtenerlas por nuestros propios méritos, es absurdo.
46 Repito: Cristo condenaría con estas palabras las pretensiones de los judíos y de todo el mundo, su jactancia de su ley y sus obras, y declararía que nadie será salvo por obras, sino solo por la fe en el Señor. Está escrito que solo Cristo ha vencido el pecado y la muerte, y ahora está sentado a la diestra de Dios, etc.
47 Con toda esta explicación puedes ahora distinguir claramente entre estos dos pasajes de Mateo y Marcos, que los papistas, por su ignorancia, confunden entre sí, de modo que ambos quedan justificados. Por el texto: «El que creyere y fuere bautizado», etc., nuestras propias obras y quehaceres, en cuanto se consideran un mérito, no se consideran junto con la fe, sino que quedan excluidos cuando hablamos de la justificación y salvación del hombre ante Dios. No que las buenas obras no tengan lugar en el credo de un creyente, sino que este debe tener conciencia de que por su propia dignidad no puede ser salvo, de que sus propias obras y hechos no le merecen gracia ni vida eterna; de que esto le ha sido merecido solo por Cristo, concedido por causa de Cristo, y debe ser asido por la fe. Entonces este texto, «El que creyere y fuere bautizado, será salvo», queda rectamente entendido.
48 Cuando uno entiende y cree este texto, entonces debe seguir la enseñanza del otro texto, a saber, que debemos hacer también buenas obras. Pero las buenas obras deben acompañar a la fe y depender de la fe, que siempre se aferra a Cristo y ruega ante Dios que acepte por gracia y por causa de Cristo la vida y las obras del suplicante y se complazca en ellas, y no le impute lo que pudiera haber de imperfecto y pecaminoso en él. A esto sigue propiamente el texto de Mt 28:20: «Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.» No dejes de observar la primera y esencial condición; pues si falta la fe, todas nuestras buenas obras y vida recta no cuentan para nada ante Dios. En verdad, no es posible hacer obras verdaderamente buenas sin fe. Cristo dice en Jn 15:5: «Porque separados de mí nada podéis hacer», etc.
49 Observa: haciendo esta distinción puedes entender rectamente este pasaje. Aprende a aplicarlo y a sacar de él consuelo en la lucha con una conciencia aterrada por el pecado y la muerte. Solo en la experiencia de tal agonía puede uno conocer el poder de la fe. Esta verdad es patente incluso entre los papistas y todos los sectarios, pues también ellos predican estas palabras, aunque de manera superficial e indiferente, como si no tuvieran importancia. Así muestran, con sus añadiduras manchadoras, que nada entienden del asunto. ¡Ay!, exclaman los papistas, que no predicas más que fe, cuando no somos incrédulos ni turcos. Bien, mi buen hombre, si es tan fácil, pruébalo una vez y verás cómo te va en la hora en que te alcance la muerte, o cuando Satanás te aterre y desanime, y cuando tu razón y todos tus sentidos no sientan sino la ira de Dios y la angustia del infierno.
50 Si eres cristiano, como pretendes, entonces debes en verdad creer, y nunca dudar, la afirmación de que Cristo murió por ti, y por su resurrección y ascensión venció por ti el pecado, la muerte y el infierno; sí, los destruyó y los tragó. ¿Por qué, entonces, sigues temiendo la muerte, huyendo de Dios y temiendo su juicio? Esta es sin duda una señal inequívoca de que te falta la fe, puesto que quien tiene fe no puede ser turbado ni aterrado por la muerte ni el infierno. Donde hay fe, ella fortalece y libra el corazón del temor, de modo que podemos decir con alegría: ¿Qué me importan el pecado, la muerte y los terrores de Satanás, si tengo un Señor y Salvador que está sentado en el cielo a la diestra de Dios el Padre, y gobierna sobre todo en el cielo y en la tierra, y me da su justicia y vida? ¿Puedes aprender a fondo el arte de hacer esto? Entonces diré que eres doctor de todos los doctores. Sin embargo, experimentarás sin duda, como todos los demás, aun los mayores santos, que eres lamentablemente deficiente cuando llega una prueba y tentación real.
51 La razón de que el mundo no se preocupe nada de la predicación de la fe es que vive en falsa seguridad y descuido, sin conocimiento ni experiencia de los terrores del pecado y de una conciencia turbada. Pero cuando la muerte y sus horrores lo alcanzan, entonces no sabe de ayuda alguna y se hunde de repente en la desesperación. Entonces sí, habiendo esperado demasiado, comprenderá lo que es tener fe, de la cual hasta entonces nada sabía. Aprenderá que la fe no es letra muerta, ni meras palabras de la lengua, una idea vaga o una simple imaginación, lo que los papistas llaman fe, sino un ánimo intrépido y fuerte que, con toda osadía de corazón, se apoya en Cristo, desafiando al pecado, la muerte y el infierno.
52 En tales tiempos, aun los mejores hombres santos deploran su debilidad y deben confesar que su fe todavía es insuficiente, porque están tristes y turbados por el temor y la angustia. En cuanto a estas palabras, «El que creyere será salvo», etc., no hay, en verdad, duda alguna de que por ellas el infierno queda cerrado, el cielo abierto, y se conceden la vida y el gozo eternos. Pero aquí falta lo principal, a saber, que todavía no eres la persona qui credit, es decir, que cree, o que todavía eres débil en la fe. Sin embargo, aunque no seas fuerte, si solo te aferras a Cristo obtendrás el consuelo, el poder y la fuerza que vencen todo terror de la muerte y del infierno, lo que todo poder, obras y méritos humanos no pueden lograr.
53 Aquí tu conciencia, cargada por las exigencias de la Ley, dirá: Todavía tienes pecado y no has guardado los mandamientos de Dios, que bajo amenaza de condenación eterna estás obligado a guardar. Responde: Todo esto lo sé, ay, demasiado bien, y no me hables de ello. Espera con tus exigencias de la Ley sobre lo que debo hacer, hasta que yo posea primero esta parte principal de mi salvación, a saber, Cristo y su justicia, Cristo que vence por mí el pecado y la muerte. Esto solo quiero oír ahora, y ha de superar a lo otro en importancia tanto como los cielos son más altos que la tierra. Porque por ahora la cuestión no es cómo debo vivir y qué debo hacer, sino cómo puedo vencer el pecado y la muerte, o, como Cristo dice aquí, ser salvo. Pero después de haber alcanzado todo esto, y estando, a pesar de todo lo que se llama pecado, muerte, infierno, ira de Dios, Ley y obras, justificado y salvo en Cristo, y hecho heredero de la vida eterna, entonces quiero saber también cómo debo vivir aquí en la tierra. Entonces puedes venir y enseñarme y amonestarme, como un fiel maestro de escuela, cuanto puedas, pero sin ir nunca más lejos con tu Moisés de lo que es justo y necesario; sin enseñarme que por ello puedo ser salvo o vencer el pecado y la muerte.
54 Ahora bien, este es el mensaje que Cristo manda predicar a todas las criaturas. Pero para que sepamos que en su reino quiere que este mensaje sea supremo, de modo que nunca dudemos de él ni esperemos otra cosa, sino que dependamos enteramente de él y sepamos que ha de permanecer como declaración irrevocable de este Señor de toda la creación, Cristo repite el mensaje una vez más, haciéndolo todavía más fuerte en forma negativa, diciendo:
V.16. Mas el que no creyere, será condenado.
55 Aquí tienes el juicio final contra el orgullo jactancioso y la vanagloria de los judíos y de todo el mundo. Así como la primera parte del texto con una palabra abre el cielo, cierra el infierno y aparta a Moisés y las amenazas de la Ley para los que creen, así Cristo aquí con una palabra cierra el cielo, deja abiertas las fauces del infierno, permite que la muerte reine y que Moisés sea un tirano intolerable para todos los que no creen. Para esto no hay ni habrá ayuda, aunque tú, como los judíos, te atormentes hasta la muerte guardando la Ley, torturándote y cargándote incluso, diciendo: ¿No hice muchas buenas obras y hasta sufrí mucho? Ay, aquí tienes la decisión: «El que no creyere, será condenado.»
56 Aunque el hombre cumpla todo lo que le sea posible, sin Cristo todo está ya encerrado bajo pecado y bajo la ira de Dios; como oímos en el evangelio de san Juan, que el Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado, por cuanto no creen, etc. Jn 16:8. Aquí, en el texto que consideramos, el juicio de condenación ya está pronunciado sobre el mundo, junto con toda su justicia de la Ley y su servicio religioso. Nadie en la tierra puede escapar de este juicio ni ser rescatado de la condenación, sino oyendo y creyendo este mensaje, que dice que los que creen en este Señor y Salvador no serán condenados a causa de sus pecados, sino que por causa de él tendrán perdón de pecados y vida eterna.
Cristo dice en Jn 3:16 que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda», etc. «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.» Jn 3:17. Por eso, «El que en él cree, no es condenado», pero «el que no cree», dice, «ya ha sido condenado». Jn 3:18. Este juicio de condenación permanece sobre él a causa de su incredulidad, imputándosele todos los pecados, que no pueden ser perdonados. Así aumenta su pecado y hace más fuerte su condenación; además de todos los otros pecados, desprecia también a Cristo al no creer en él.
B. Las señales que Cristo dispuso que acompañaran esta predicación.
57 Cuando Cristo añade el bautismo a la primera parte, «El que creyere», tiene a la vista el rito establecido entre el pueblo cristiano. Leemos en Mt 28:19, donde junta ambas partes: «Haced discípulos a todas las naciones, bautizándolas», etc. Muestra así, primero, que la fe que predica el evangelio no debe quedar oculta; no basta con que cada uno siga su camino y crea para sí mismo, después de haber oído este mensaje del evangelio, juzgando innecesario confesar su fe ante otros. Al contrario, para que se haga evidente no solo dónde se predica este evangelio, sino también dónde se acepta y se cree, es decir, dónde pueda estar la Iglesia y el reino de Cristo en este mundo, Cristo quiere unirnos y mantenernos juntos por virtud de esta señal divina, el bautismo.
Si los cristianos estuvieran sin tal ordenanza, si no tuvieran un vínculo común en forma de sello o señal, la organización ni se extendería ni se conservaría. Cristo quiere ligarnos por una comunión divina, para fomentar la difusión del evangelio, para que otros, por nuestra confesión, sean traídos al redil. Por eso el bautismo es un testimonio público de la enseñanza del evangelio y de nuestra fe, por el cual el mundo puede saber dónde y entre quiénes reina el Señor.
58 En segundo lugar, Cristo ha ordenado especialmente esta señal con el fin de que, por medio del oficio de la Palabra y del bautismo, tengamos conciencia de la obra de Dios y de su poder en su Iglesia; para que el cristiano, al aceptar el bautismo, sepa que, siendo el mismo Cristo testigo, es aceptado por Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Eso es lo que significa ser bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en obediencia al mandato de Cristo. Así, el bautismo es una señal y sello, además de la Palabra o promesa, de que hemos sido llamados y traídos al reino de Cristo, hemos llegado a ser hijos de Dios y herederos de la vida eterna, si por la fe nos aferramos a Cristo. Esto lo hemos enseñado a menudo en otros lugares acerca del bautismo.
59 Está sabiamente ordenado por Cristo que en su reino, que se extenderá por todo el mundo y entre todas las naciones, no instituyó muchas ceremonias, como era costumbre entre los judíos, ni diversidad de formas entre los diversos países y naciones, pueblos y lenguas; sino que ordenó solo la señal más sencilla y común; en todas partes se observa de la misma manera, así como la predicación del evangelio es igual en todos los lugares, haciendo a todos, adultos y niños, ricos y pobres, grandes y humildes, a todos sin excepción en el mundo, iguales ante Dios. Por eso, si un cristiano de los confines del mundo viniera a nosotros y observara nuestras formas, tendría que decir: Son exactamente la misma Palabra y señal que yo he aprendido y recibido.
60 Entre los diversos habitantes que pueblan nuestra tierra, cada individuo y cada nación tiene sus propias características. Pero los cristianos en todas partes pueden reconocerse por su única doctrina, un solo lenguaje, una sola señal, así como tienen una sola fe y una sola confesión. En verdad, el reino de Cristo es en todas partes un reino de amor, unidad y paz. Pero le sería imposible resistir siempre, con firmeza y en unidad, a los demonios y sus artimañas, si Cristo, por su poder divino, no lo conservara y protegiera.
Sin embargo, vemos que, aunque Satanás hace surgir muchas sectas y facciones, pronto luchan entre sí y desaparecen de nuevo. ¡Cuántas camarillas y tiranos fanáticos sin cuento ha producido Satanás para oponerse al evangelio durante estos mil quinientos años, procurando desgarrar y destruir el reino de Cristo! Y sin embargo permanece hasta hoy un mismo mensaje del evangelio, una fe, un bautismo y todo lo demás; aun el mundo, si no estuviera voluntariamente ciego y endurecido, podría ver y sentir la fuerza y el poder de este Señor.
61 Cristo juzga suficiente decir, en la primera parte de nuestro texto: V.16. El que creyere y fuere bautizado, y en la otra parte: Mas el que no creyere, etc., sin mencionar ya el bautismo. La razón es, por supuesto, que la primera parte ordena suficientemente la ordenanza y que el bautismo se manda en otro lugar, a saber, en Mt 28:19: «Haced discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre», etc. Por eso no tenemos autoridad en estos pasajes para omitir el bautismo; ni razón para sostener que, porque uno tiene fe, no necesita bautismo. Si uno se hace cristiano y cree de veras, sin duda aceptará también con gusto esta señal. Querrá tener este testimonio y confirmación divinos de su salvación, para fortaleza y consuelo durante toda la vida, y también para confesar públicamente su fe ante el mundo. San Pablo aclara el deber del cristiano cuando dice: «Con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.» Ro 10:10. Es cierto que puede ser que uno crea aunque no esté bautizado; y, a la inversa, que algunos reciban el bautismo aunque no crean.
62 Este texto, sin embargo, debe entenderse como mandando y confirmando el bautismo: nadie debe despreciar la ordenanza, sino que, como se ha dicho, es deber de todos aceptarla. Pero no deben trazarse las líneas tan estrechas que uno sea condenado y perdido por no haber recibido el bautismo si no pudo obtenerlo.
Marcos 16:20
63 En resumen, de este texto sacamos las siguientes proposiciones:
Algunos creen y son bautizados, lo cual está de acuerdo con el mandato general de Cristo, la regla que ha de enseñarse y observarse. Algunos creen, pero no son bautizados. Algunos no creen, y sin embargo son bautizados. Algunos no creen y tampoco son bautizados.
64 Esta distinción la hace el texto mismo. (A los dos primeros casos pertenece, como hemos dicho, esa parte del pasaje que afirma y promete la salvación, a saber: «será salvo». Ed. 1546). Siempre se ha creído unánimemente que quien muere creyente no se pierde, aunque no haya sido bautizado; pues puede ocurrir que la muerte sorprenda de repente a un verdadero creyente antes de que pueda recibir el bautismo que deseaba. (También sucede que los niños mueren a veces antes de nacer, durante el nacimiento o inmediatamente después. A estos, ya encomendados al Señor por la fe y las oraciones de los padres o de otros cristianos, sin duda Cristo los recibirá, conforme a sus palabras: «Dejad a los niños venir a mí». Pero en cuanto a los otros dos casos, a saber, los que no creen, ya sea que Dios permita que sean bautizados o no, sobre ellos se pronuncia sentencia de condenación. Ed. 1546). Sobre esto no es necesario decir más.
65 Pero las molestas sectas anabaptistas hablan con desprecio del santo bautismo, alegando que nadie debe ser bautizado si no cree primero. Su intención es abolir el bautismo de los niños. Pero como se ha escrito ya suficiente contra este error de los anabaptistas en postillas anteriores y en otros lugares, no nos detendremos ahora en este asunto. Basta saber que Cristo y los apóstoles distinguen entre estos dos puntos, a saber, enseñar y bautizar. El bautismo se administra una sola vez. Necesitaríamos muchos para realizar la ceremonia si el bautismo tuviera que administrarse tantas veces como predicamos y enseñamos. La enseñanza y la predicación son de la mayor importancia y deben hacerse constantemente.
66 Aquí no se dice si el bautismo debe administrarse antes o después de la enseñanza, pero quiera Dios que el oficio de predicar se ejerza por encima de todo lo demás; entonces seguirán los bautismos. Es evidente que quien recibe el bautismo una vez no necesita de nuevo esta señal. Pero la enseñanza de la Palabra, por la cual la fe se enciende, se fortalece y se conserva, la necesitamos continuamente. Por eso vemos que el oficio de bautizar fue encomendado a personas de condición mucho más humilde que el oficio de predicar. Cristo mismo no bautizó a nadie, como leemos en Jn 4:2, sino que mandó a sus discípulos que lo hicieran. San Pablo dice que fue enviado no a bautizar, sino a predicar el evangelio, 1 Co 1:17, y que él mismo bautizó a pocas personas, aunque predicó el evangelio entre todos los gentiles.
67 La suma y sustancia de la lección es, pues, que prestemos atención a la Palabra y a la enseñanza, y que no juzguemos si alguien cree verdaderamente o no. Donde está la Palabra, allí administraremos también el bautismo, sean jóvenes o viejos. Porque no se nos manda realizar el imposible de mirar en el corazón de un hombre para juzgar si cree o no. Esto debe dejarse a Cristo solo. Tampoco se nos manda, en nuestro oficio de predicar, procurar saber cómo cree cada uno, o quién acepta la Palabra y quién no. No te sirve decir que solo predicarías a aquellos de quienes pudieras saber de antemano que están dispuestos a creer y a aceptar la Palabra. En ese caso nunca te atreverías a predicar. Lo mismo vale para el bautismo. No debes esperar hasta estar seguro de quién cree y quién no, sino atender a esto: dondequiera que se predique y se oiga la Palabra, y se desee el bautismo, allí se te manda administrar el bautismo, tanto a jóvenes como a viejos. Donde la Palabra, lo principal, se predica rectamente, lo demás seguirá naturalmente. Y, por otra parte, donde la enseñanza de la Palabra es errónea, todo lo demás es en vano; porque no hay allí ni fe ni Cristo. Es la Palabra la que nos trae todo: los sacramentos con su poder, la paz de la conciencia e incluso al mismo Cristo; porque es su poder y su fortaleza, o, como la llama David: «La vara de tu poder enviará Jehová desde Sion», Sal 110:2; o, como dice san Pablo: «Poder de Dios para salvación a todo aquel que cree», Ro 1:16.
68 La predicación es, pues, la obra principal que Cristo y todos los apóstoles realizaron y nos mandaron hacer. Cristo da el encargo: V.15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura, etc. La otra obra, siendo inferior en importancia, puede en efecto ser realizada por quienes no tienen la mayor responsabilidad de predicar. Se recordará que tanto Cristo como los apóstoles enviaron a muchos a imponer las manos sobre los enfermos. Podemos suponer con seguridad que, cuando por la predicación de los apóstoles en Pentecostés y después el número de los creyentes que recibieron la Palabra y fueron bautizados aumentó hasta cinco mil, no toda esa multitud fue bautizada por los apóstoles solos. Los apóstoles tenían que atender a su oficio de predicar, como se les había mandado. Los bautismos se realizaban con la ayuda de otros que acompañaban a los apóstoles. San Pablo, ya llamado al apostolado, fue bautizado por el discípulo Ananías. Hch 9:18.
69 Por lo tanto, no depende de la persona, quienquiera que sea, que administra el bautismo o lo recibe; ni de quién predica la Palabra o la oye. Pueden ser santos o pecadores, creyentes o incrédulos; con tal que la Palabra se predique y se enseñe en su pureza, el ministerio también es recto, sea quien sea el ministro. Observado primero el oficio de predicar, Cristo habla entonces a ti y a mí, que oímos la Palabra y deseamos ser cristianos, amonestándonos con este pasaje: V.16. «El que creyere y fuere bautizado, será salvo».
70 A los cristianos que ocupan este oficio y poseen el talento que debe dar interés se les manda predicar dondequiera que sea posible y, junto con la predicación, administrar también el bautismo. Pero en cuanto a quién puede creer o no creer, esto debes encomendarlo al mismo Cristo, pues no está en poder del predicador salvar ni condenar, sino solo en poder de Cristo. Él es Señor de la vida y de la muerte, y por eso puede concederlo o negarlo a quien él quiera.
71 Sin embargo, Cristo no calla acerca de a quién concederá la salvación. Dice: V.46. «El que creyere y fuere bautizado, será salvo». Y de nuevo: «El que no creyere, será condenado». Nada más puede ayudar ni estorbar; no vale diferencia alguna de persona o de posición; un ser le es tan querido como otro. Solo el que cree y desea el bautismo servirá para salvación. Todos los que son discípulos u oyentes de este mensaje deben aprenderlo así.
72 Los predicadores y maestros deben cuidar de predicar y enseñar fielmente y, como dice san Pablo, no rehuir anunciar todo el consejo de Dios, Hch 20:27, para que los oyentes sepan lo que Dios exige y lo que ha decretado acerca de ellos. Todo el mundo ha deseado, indagado y buscado siempre saber esto, pero nadie alcanzó jamás tal conocimiento hasta que fue revelado desde el cielo por medio de Cristo. Está contenido en este mensaje. No debemos buscar ni esperar ya ninguna otra revelación. Aquí puede percibirse claramente que el mismo evangelio da testimonio de que la Palabra predicada y los sacramentos son los medios por los cuales puedes conocer el decreto de Dios acerca de ti mismo. Si crees el mensaje, serás salvo. Pero si no crees, entonces está también decretado que caerás bajo sentencia de condenación, por más seriamente que hayas procurado obtener la salvación mediante tus obras y hechos. Aunque hubieras realizado todas las obras y maravillas de ángeles y de hombres, sería inútil. Todo el mundo queda así dividido en dos clases, completamente separadas una de otra, la una para el cielo y la otra para el infierno. En el último día no se pronunciará otro juicio que el conforme a este mensaje, a saber, la recompensa de la fe o de la incredulidad.
73 Por lo tanto, debemos dar gracias a Dios de que pertenecemos a los que han de ser salvos. Porque estamos entre las criaturas de Dios llamadas, a quienes él manda que se predique este mensaje. Y somos también, gracias a Dios, bautizados en Cristo, y hemos predicado y confesado ante el mundo que él es el Señor que está sentado a la diestra de Dios Padre y que gobierna sobre todo el mundo. Nuestra predicación, fe y confesión son, en verdad, puras y verdaderas; quiera Dios que nuestra vida sea conforme a nuestra fe y confesión.
Todo esto se ha dicho acerca de la predicación del evangelio, el cual Cristo mandó que se proclamara en todo el mundo después de su ascensión al cielo. Sigue ahora la última parte, a saber:
V.17. «Y estas señales seguirán a los que creen».
74 Aquí los sectarios han cavilado sobre la cuestión de las señales, preguntando en vano por qué no acompañan nuestra predicación y si ya no pueden esperarse. Basta saber que estas señales siguieron como testimonio y confirmación pública de este mensaje del evangelio. Fueron especialmente necesarias al principio, para favorecer la propagación del evangelio. Pero una vez cumplida la predicación de la Palabra en todas las tierras y lenguas, su frecuencia disminuyó y su testimonio se hizo menos necesario.
75 Sin embargo, es verdad que el mismo poder y eficacia de Cristo permanece en la cristiandad. Si fuera necesario, tales señales podrían realizarse aun ahora. Ha ocurrido a menudo, y aún ocurre, que los demonios son echados fuera en el nombre de Cristo; asimismo los enfermos son sanados por la oración en su nombre, y muchos reciben ayuda en grandes angustias tanto del cuerpo como del alma. El evangelio se predica ahora en nuevas lenguas, donde antes era desconocido. Las señales se dan a toda la cristiandad, como dice Cristo, a los que creen. Es cierto que no siempre observamos este don en cada creyente cristiano, y ni siquiera los apóstoles hacían estas maravillas con igual poder.
76 Estas señales son inferiores y muy insignificantes en comparación con las verdaderamente grandes maravillas que Cristo obra sin cesar en el mundo por su omnipotencia divina. Él hace frecuentes alusiones a ellas. Estas son verdaderamente grandes maravillas: que la cristiandad es defendida y preservada en la tierra; que la Palabra de Dios y la fe, o incluso un solo creyente cristiano, permanece en la tierra a pesar del diablo y sus ángeles; que él nos protege contra tantos tiranos y sectas, tantas personas falsas y desagradecidas entre los cristianos, sí, incluso contra nuestra propia carne y sangre, todos ellos enfurecidos contra el reino de Cristo. Y sin embargo el diablo, con todo su poder y la ayuda de todos sus siervos, nunca podrá (aunque lo ha intentado en su gran ira y todavía lo intenta por medio del papa, el turco y todas sus huestes) quitar la pila bautismal de la iglesia, el evangelio del púlpito, extirpar el nombre de Cristo ni destruir, de su reino en el mundo, al pequeño rebaño que se aferra a él. Este gran milagro, el poder de Cristo, es profetizado y alabado en Sal 110:2: «Domina en medio de tus enemigos», que en verdad están tan airados y amargados que, si pudieran, en un momento pervertirían y derribarían todo lo que vive y se mueve en la cristiandad. Y sin embargo, un solo creyente cristiano, con su predicación y su oración, puede ser el medio de salvación para incontables multitudes. A pesar del odio de Satanás y de su deseo de estorbar, muchas personas oyen el evangelio, reciben el bautismo y se hacen maestros de la fe; y por la influencia del evangelio se preservan la santidad del hogar y de la patria.
77 Esta buena obra bien puede ser llamada por los cristianos creyentes echar fuera demonios, tomar serpientes en las manos y hablar nuevas lenguas. Aquellas maravillas visibles eran solo señales para los incrédulos ignorantes, como dice Pablo en 1 Co 14:22, y con el propósito de traerlos a Cristo. Pero ¿por qué habríamos de necesitar tales señales nosotros, que sabemos esto y creemos el evangelio? Y si fueran necesarias, podemos creer fácilmente que se hicieron. Vemos que por medio de Cristo se hacen entre nosotros maravillas mayores: el poder de Satanás y los terrores del pecado y de la muerte son vencidos en nuestros corazones, y muchos cristianos, jóvenes y viejos, mueren alegremente en Cristo y con su fe pisotean a Satanás. El poder maravilloso del reino de Cristo es constantemente el tema de san Pablo y de los demás apóstoles, y el mismo Cristo lo alaba por encima de todas las demás señales y maravillas en Lc 10:19-20, diciendo: «He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará», etc. «Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos», etc.
78 Así, aun en nuestros días, hay grandes señales y maravillas sobre maravillas. He aquí un ejemplo: en una gran ciudad un pequeño rebaño de cristianos se mantiene en el conocimiento de Dios y en la verdadera fe, a pesar de que más de cien mil demonios se han soltado contra ellos y el mundo está lleno de sectas, de bribones y de tiranos. A pesar de la oposición de todos estos, el evangelio, el bautismo, la Cena del Señor y la confesión de Cristo se conservan aún. Podemos ver que para los paganos eran necesarias señales exteriores y tangibles. Los cristianos, en cambio, contemplan señales espirituales, en comparación con las cuales aquellas otras no son sino terrenales. No debemos, pues, extrañarnos de que ya no estén a la vista ahora que el evangelio reina por todo el mundo y entre aquellos que antes no podían comprender a Dios hasta que los trajo al redil por medio de señales visibles, como a los niños pequeños se les persuade con manzanas y peras.
79 Además, debemos maravillarnos y ensalzar los grandes y gloriosos milagros que Cristo realiza cada día en su cristiandad, en la cual los cristianos vencen el poder del diablo y arrebatan tantas almas de las fauces de la muerte y del infierno. Contra su obra el diablo lucha cada día en el mundo y echa espumarajos en su terrible ira y rencor. Sin embargo, tiene que huir del cristiano. ¿Qué importa que sea echado de un pobre corazón en el que ha estado furioso? El mundo entero sigue estando indefenso en su poder a menos que sea traído al conocimiento de Cristo. Pero dondequiera que un cristiano, a pesar de los terrores del pecado, de la muerte y del infierno, muere con corazón alegre en Cristo, allí Satanás ha sido verdaderamente echado de su morada y despojado de su poder y de su reino.
80 El mundo malvado no verá ni atenderá tales señales y maravillas, sino que con ojos abiertos y corazones endurecidos pasará de largo y las blasfemará, así como siempre desprecia las obras de Dios, blasfemando incluso los milagros públicos e indiscutibles de Cristo y de los apóstoles. El mundo despreciaría aún más tales señales si fueran hechas por nosotros. Dios tiene que retenerlas, puesto que el evangelio está ahora revelado por todas partes, y darle al mundo solo esas otras señales, de las cuales se escandaliza y por las cuales es por tanto derribado y destruido por el poder de Dios. Así les ocurrió a los judíos cuando despreciaron las señales con que Cristo manifestó la ayuda y las bendiciones que ofrecía. Buscaban y exigían otras señales. Entonces él se abstuvo y no quiso darles otra señal que la señal de Jonás, yaciendo, después de su crucifixión, tres días en el sepulcro, en debilidad y muerte. Después salió de la muerte y del sepulcro, demostrando su poder por su resurrección y ascensión. Ahora gobierna poderosamente sobre todo el mundo, y lo derribará y destruirá, junto con todo su poder y su gloria.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.