Comentarios y sermones · Martín Lutero

Lucas 20: comentario de Martín Lutero

Sermón para el vigésimo tercer domingo después del Domingo de la Trinidad; Mateo 22:15-22

1 En este Evangelio se nos muestra cómo la alta razón y la sabiduría humana concuerdan con la sabiduría divina, y con qué desvergüenza atacan justo cuando quieren ser más prudentes. Así sucede aquí con los fariseos, que eran la gente mejor y más inteligente entre los judíos, como ellos mismos lo demuestran; y sin embargo su sabiduría tiene que volverse necedad. No habían podido atrapar a Cristo en sus sermones ni en sus obras, y con todo habrían querido encontrar un motivo para darle muerte. Por eso pensaron prenderlo de la manera más sutil, y le plantearon un silogismo agudo, tan agudo que la razón humana no habría podido idear otro más agudo; y le dijeron:

V.16, 17. “Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas el camino de Dios con verdad, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no?”

2 Se imaginaron así: ahora sí lo tenemos agarrado, porque tiene que responder que sí o que no. Si dice que sí, lo hemos vencido; si dice que no, también queda atrapado. Al decir «Maestro» pretenden obligarlo a responder y a darles la razón; y al decir «Sabemos que eres amante de la verdad» le recuerdan su oficio. ¿Adónde iba a huir Cristo? Todas las puertas le estaban cerradas. Pero él no quiso escapar por la abertura que ellos le habían dejado.

3 ¿No fue este un ardid sutil? ¿No muestran suficientemente que eran gente prudente? Cualquiera que fuese la respuesta de su Señor, habría quedado apresado. Más aún, ¿no obraron con bastante astucia al traer consigo a los servidores de Herodes? Pensaron, en efecto, que lograrían su propósito por medio de la estratagema, de modo que él no escapara. Pensaron así: Espera, ahora lo vamos a aconsejar; si dice que no, aquí están los servidores de Herodes, que lo matarán como a un revolucionario y como a alguien que se pone contra el gobierno romano. Si dice que sí, hablará entonces contra la independencia del pueblo judío, y nosotros levantaremos al pueblo contra él. Porque los judíos quieren ser un pueblo libre y tener su propio rey, de su propia sangre, como Dios se lo prometió por medio de Moisés cuando escribió en Deuteronomio 17:15: «Sin falta pondrás por rey sobre ti al que Jehová tu Dios escogiere; de entre tus hermanos pondrás rey sobre ti; no podrás poner sobre ti a hombre extranjero, que no sea tu hermano.» Y no sabían otra cosa sino que ese mismo reino debía subsistir hasta el tiempo del verdadero rey, hasta el tiempo de Cristo, como lo predicó el patriarca Jacob acerca de él, diciendo: «No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh», Gn 49:10. Y con ese fin Dios escogió también especialmente a este pueblo y formó un reino de él solamente por causa de Cristo. Tenían muchos otros dichos para concluir que no debían servir a nadie, que eran la cabeza y no la cola, etc., Dt 28:44. Estos y otros pasajes semejantes movían a los fariseos y escribas entre el pueblo, y se jactaban de ello; como ahora se les mete a golpes en la cabeza a la gente que la Iglesia no puede errar. Por eso pensaron así: Si dice que sí, blasfema contra Dios y es digno de muerte como blasfemo de Dios, y el pueblo lo apedreará; porque Dios prometió y convino en dar libertad a este pueblo, y ellos fueron en todo tiempo el pueblo de Dios, aun en medio de su cautividad.

4 Sin embargo, en aquel tiempo, como en el presente, no tenían rey, y por eso surgía entre el pueblo en general un gran murmullo, bandos e insurrección. Pues este pueblo había sido educado por la ley para que tuviera un rey de su propia carne y sangre, como dije; por eso no cesaban de ponerse contra los reyes y gobernantes extranjeros, hasta que fueron destruidos y muchos, por consiguiente, sufrieron la muerte. Y esto ocurría con frecuencia; porque eran un pueblo terco, rudo y endurecido; por eso los romanos, que entonces tenían el mando y la autoridad sobre ellos, protegían bien el país, y lo tuvieron que dividir en cuatro provincias, y en todos los lugares lo ocuparon a fondo por medio de príncipes y tetrarcas, para que así divididos no pudieran juntarse tan pronto ni provocar una revolución, y para poder mantenerlos mejor sometidos donde quisieran rebelarse contra el imperio romano. De ahí que Pilato fuera un gobernador puesto por Roma en el país de los judíos; Herodes, tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe, tetrarca de la región de Iturea y de Traconite, y Lisanias, tetrarca de Abilinia, como lo cuenta Lucas en 3:1, y todo con el propósito de hacer súbditos de Roma a los judíos. Por eso los judíos se enojaron, se enfurecieron y se volvieron necios, y sobre todo en el tiempo de Cristo, cuando deseaban vivamente tener su propio rey.

En consecuencia, los fariseos urdieron ahora este plan y pensaron así: Espera, los romanos quieren tener la autoridad y el mando; si responde que no a nuestra pregunta, ahí está el tetrarca, que lo decapitará; si dice que sí, entonces el pueblo en masa se alzará contra él y lograremos nuestro fin. Quieren así, como piensan, hallar motivo para dar muerte al Señor, o suprimir para siempre su doctrina y su obra entre el pueblo.

5 Como hacen ahora aquí los judíos, así sucede en todas partes: se pasa por alto lo principal y nos preocupamos por otros asuntos innecesarios. Así, los fariseos aquí se toman a pecho y se inquietan por si son libres o no, puesto que tenían en la ley y en la Palabra de Dios la promesa de que no estarían sujetos a nadie sino a su propio rey, y sin embargo ahora están sujetos al emperador romano. Aprendieron en sus Escrituras cómo debían honrar a Dios y amar a su prójimo; dejaron eso y se ocupan de otros asuntos. Tenían la promesa de que, si obraban conforme a la Palabra y al mandamiento de Dios, serían un pueblo libre. De hacer esto no se preocuparon, y sin embargo querían ser libres y tener su propio rey. Nosotros obramos también exactamente de la misma manera. Queremos gozar de la libertad cristiana e imaginamos que, si destruimos las imágenes o desobedecemos al gobierno, somos por eso cristianos, y así pasamos por alto la fe y el amor.

6 Pero ¿qué hace Cristo cuando los fariseos lo atrapan tan astutamente? Los mata con sus propias palabras y los atrapa con su propio consejo, con el cual pensaban atraparlo a él: no dice ni sí ni no, como escribe el Evangelista y dice:

V.18-21. “Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Ellos le presentaron un denario. Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Le dijeron: De César.”

7 Aquí ves el golpe maestro que usa el Señor. Les pide que le entreguen la moneda del tributo y pregunta de quién es la imagen y la inscripción que lleva. Entonces le responden: De César. Él concluyó entonces libremente que estaban sujetos a César, a quien estaban obligados a pagar impuesto y tributo. Como si dijera: Si han permitido que César venga entre ustedes, de modo que acuña su dinero y su moneda circula y es aceptada entre ustedes, entonces él ha triunfado en el juego; como si dijera: ustedes tienen la culpa de que César sea su gobernante. ¿Qué podían hacer ahora ante esta respuesta? Se maravillaron y se fueron; pensaban vencerlo de manera magistral, pero su sabiduría y su astucia los engañaron.

8 Esto está escrito para nuestro consuelo, para que nosotros, que creemos en Cristo, sepamos que tenemos una sabiduría que sobrepasa con mucho toda otra sabiduría; una fortaleza y una justicia que no se pueden comparar con ninguna fortaleza ni justicia humana; porque contra el Espíritu Santo ningún consejo puede prevalecer. Tenemos el poder, por medio de Cristo, de pisotear el pecado bajo nuestros pies y de triunfar sobre la muerte, y también una sabiduría que sobrepasa la sabiduría del mundo entero. Si Cristo vive en nosotros por la fe, entonces poseemos al que establece esto en nosotros; pero no se experimenta sino en tiempos de tentación y oposición: por eso, si hago uso de ello, él viene y me da el poder para abrirme paso vigorosamente por todas las dificultades hasta la victoria.

9 De la misma manera no debemos preocuparnos de que nuestra doctrina fracase y quede avergonzada. Porque aunque todos los sabios y prudentes del mundo se levanten juntos contra la Palabra de Dios, pasan por alto la burla de que se opusieron a ella, de que ocurrió por causa de ellos. Bien puede suceder que aúllen, muerdan y den dentelladas contra ella, de modo que la gente piense que el Evangelio fracasará; pero cuando se le oponen y quieren derribarlo, entonces es seguro que son débiles, y con la misma trampa con que quisieron prender y tomar a Cristo, ellos mismos quedan por fin atrapados. Como vemos en este Evangelio, y aquí y allá en los escritos de Pablo, y sobre todo en la historia de san Esteban, vemos cómo no citaron bien las Escrituras; más aún, lo que citaron se usa contra ellos, pues los judíos acusaron a Esteban de que hablaba contra el templo, Hch 6:7, y también contra Dios, que les había mandado edificar el templo; presentaron pasajes de la Escritura con los cuales trataban de suprimirlo y vencerlo; pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, les mostró con un pasaje de la Escritura tras otro cómo Dios no habita en templos hechos de mano. David quiso edificarle una casa, pero él no la quiso. ¿Cuál era la razón? Dios había vivido mucho tiempo antes de los días de David entre su pueblo; ha de ser en verdad un Dios pobre el que necesita una casa por morada. Y así, por muchas historias prueba que Dios no habita en casas hechas por el hombre. ¿Qué habían de hacer los judíos? Tienen claramente ante sus ojos el pasaje que citaron contra Esteban (y que da testimonio contra ellos mismos).

10 De la misma manera han de quedar avergonzados y ser derribados todos los que se levantan contra esta sabiduría divina y contra la Palabra de Dios. Por tanto, nadie debe temer, aunque toda la sabiduría y el poder del mundo se opongan al Evangelio, más aún, aunque piensen suprimirlo derramando sangre; porque cuanta más sangre se derrama, más cristianos habrá. La sangre de los cristianos, como dice Tertuliano, es la semilla de la que crecen los cristianos. Satanás tiene que ahogarse en la sangre de los cristianos; por eso no hay arte que pueda suprimir el Evangelio por la fuerza. Con el Evangelio sucede como con la palmera, que tiene la naturaleza y el carácter de florecer en la cumbre, y se la puede cargar con todo el peso que se quiera; y en especial, si se la usa como viga o soporte, no se debilita bajo ninguna carga, sino que se yergue a pesar de la carga. Tal es también la naturaleza del Evangelio: cuanto más se le opone uno, con más fuerza se apodera de nosotros, y cuanto más se le carga, más crece.

11 Por eso no debemos tener miedo de los poderes. Pero sí debemos temer nuestra prosperidad y nuestros buenos días, que nos causan más daño que nuestra angustia y persecución; y no debemos tener miedo ante la sabiduría y la astucia del mundo, porque no pueden hacernos daño. Sí, cuanto más se opone la sabiduría del mundo a la verdad, más pura y más clara se vuelve la verdad; por eso el Evangelio no puede experimentar nada mejor que el que el mundo se levante contra él con toda su fuerza y sabiduría; más aún, cuanto más me atacan mi conciencia, el pecado y satanás, más fuerte se vuelve mi justicia. Porque los pecados que me inquietan me duelen; entonces persevero con más y más empeño en la oración y en mi clamor a Dios; entonces la fe y la justicia se hacen más y más fuertes. Esto es lo que quiere decir san Pablo cuando dice en 2 Co 12:9: mi poder se perfecciona en la debilidad. Ahora bien, puesto que poseemos un tesoro tal, que se fortalece por la prueba y la oposición, no debemos temer, sino tener buen ánimo y regocijarnos en la tribulación, como dice san Pablo a los romanos, Ro 5:3, y como hicieron los apóstoles, que salieron de la presencia del concilio gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre, Hch 5:41. Si satanás fuera lo bastante prudente para callarse y dejar que se predique el Evangelio, recibiría menos daño de él; porque si no se ataca al Evangelio, este se oxida por completo y no tiene ocasión ni motivo para mostrar su poder e influencia.

12 Así, nosotros estamos aquí todavía tranquilos, nadie nos ataca; por eso seguimos siempre igual que estábamos, más aún, nos ponemos peores. En cuanto ciertos enemigos nos atacan con las Escrituras, ganan muy poco. Al tomar la pluma contra nosotros, no consiguen más que si soplaran sobre el fuego; pero si nos hubieran echado al fuego o nos hubieran roto la cabeza, habría en verdad más cristianos por causa nuestra.

13 Por eso tenemos aquí un consuelo cuando somos atacados: que Cristo está en nosotros y por medio de nosotros mantiene el campo de la victoria. Cristo está tan cerca de nosotros que triunfamos en todo tiempo por medio de él, porque permanecemos en Cristo. Mientras no tenemos oposición que nos tome por el cuello, él no hace nada; pero cuando somos atacados y vencidos, entonces está a la mano y avergüenza a todos nuestros enemigos.

14 Aquí podemos aprender también la lección de que los que son un poco más que los demás, más brillantes, más fuertes, dotados de dones especiales de razón, de naturaleza y de fortuna, que son más artistas, más letrados e inteligentes que otros, que en verdad están dotados de palabra y tienen talento para dirigir a otras personas y son capaces de gobernar y disponer todo de la mejor manera, esos son los más opuestos a Dios y a la fe, y confían más en su propia fuerza y razón que en Dios. Porque la naturaleza, envenenada como está, los lleva al punto de que no pueden ni quieren usar sus dones de la mejor manera, para el bienestar y la edificación de su prójimo; pues confían en sus dones, y piensan que obtendrán ahora esto, ahora aquello, y nunca recuerdan que necesitan también la ayuda y la fuerza de Dios para ello. Como hacen aquí los fariseos y escribas, que están tan seguros, según piensan, de que si así prenden a Cristo lo tomarán cautivo, porque no es posible, dicen, que escape; lo hemos enredado, diga que sí o diga que no.

15 ¡Mira cuán astuta y perversa es la naturaleza humana! Me parece que aquí está bien retratada. Sí, no hay en el hombre sino maldad, mentira y engaño, astucia y toda clase de malicia. En verdad, en su misma naturaleza el hombre no es otra cosa que un mentiroso, Sal 116:11. No se le puede confiar nada al hombre. No imagines que alguien te dice la verdad; el hombre miente en todo lo que habla. ¿Y por qué? La fuente es mala, es decir, el corazón no es bueno; por eso tampoco pueden ser buenos los ríos que fluyen de ella. Por eso el Señor llama a menudo a los hombres generación de víboras y camada de serpientes, Mt 22:34. ¿No es un hermoso título para el hombre? ¡Anda tú y jáctate de tu piedad, de tu fuerza o de tu libre albedrío! Ante el mundo, en verdad, uno puede ser fino y piadoso, resplandeciendo de santidad; pero en el fondo no se hallará nada sino una generación de víboras y una camada de serpientes, y eso sobre todo en las personas más dignas, más estimables, inteligentes y sabias. Si repasas la historia de los griegos, los judíos y los romanos, hallarás que los mejores y más sabios gobernantes, que según el juicio de los hombres gobernaron bien, no pensaron en Dios, sino que confiaron solo en sí mismos; al poder de Dios no atribuyeron nada.

16 De aquí se sigue que cuanto menos hábil es una persona ante el mundo, menos hará contra Dios; y los que son ingeniosos y honrados en el mundo mienten y engañan más que los otros, pensando encubrir su engaño y su malicia con actos falaces y astutos. Es verdad que bien pueden ocultarlo; pero el Espíritu Santo tiene un ojo agudo y los conoce muy bien. Por eso la Escritura llama a menudo a tales sujetos leones, lobos, osos, cerdos y fieras, a saber, los que se enfurecen, comiendo y devorando todo con su engaño. De ahí que en el Antiguo Testamento se prohibiera a los judíos comer algunos animales, por inmundos —los que se enumeran y otros—, por ninguna otra razón sino para indicar así que hay algunas personas fuertes, poderosas, ricas, hábiles, letradas, inteligentes y sabias, personas de las que hay que apartarse y huir como de algo inmundo; personas que extravían y engañan a otros por su apariencia, su poder y su sabiduría. Porque la gente no las considerará como tales, ni creerá que son hombres que planean cosas malas y se atreven a llevarlas a cabo. A ningún hombre, pues, se le ha de confiar ni creer. No creas a nadie: te extraviará dondequiera que pueda. Sí, si en verdad confías en alguien, obrarás contra Dios, no confiando en él. Porque escrito está, Jer 17:5: «Maldito al varón que confía en el hombre… Bendito el varón que confía en Jehová.»

17 Ahora alguno podría objetar: ¿Qué hay que hacer? ¿No hemos de tener trato y negocios unos con otros? ¿Y cómo, si no, podría continuar la vida humana? ¡Seguramente tenemos que comprar, vender y comerciar nuestros bienes entre la gente! ¡Si nadie creyera ni confiara en el otro, todo el trato humano llegaría a su fin! Respondo: Es verdad que hay que tratar unos con otros, y que uno necesita la ayuda del otro. Pero exijo esto: en todo lo que trates con los hombres, al comprar o vender, lo has de considerar como algo incierto, en lo cual no se ha de confiar ni creer. Porque es cierto que, si confías en algún hombre, ya estás engañado, pues la naturaleza humana, en sí misma, no puede sino mentir y engañar. Todo es incierto entre los hombres, sus hechos y sus palabras son inestables; bien puedes creerlo.

18 Por eso hemos de poner toda nuestra confianza solo en el Señor, y decir: Oh Señor, tú eres mi vida, mi alma y mi cuerpo, mis bienes y posesiones, y todo lo que es mío. Dirige y ordena todo según tu voluntad divina. En ti confío, en ti creo. Tú ciertamente no me abandonarás en una empresa tan arriesgada con tal y tal hombre, en quien no confío. Si sabes que es bueno para mí, entonces procura que él me sea fiel; si no ves que me ayudará, entonces no dejes que cumpla su palabra. Estoy contento, hágase tu voluntad.

19 Pero en cuanto piensas que un comprador es un hombre honrado que cumplirá su palabra, y de quien estás seguro de que no te engañará, en ese mismo momento has caído lejos de Dios, has orado a un espectro y has puesto tu confianza en un mentiroso. Por eso, al tratar con un hombre, piensa simplemente de esta manera: Si es fiel, bien; si no, pues bien, en el nombre de Dios, déjalo; no puede hacer otra cosa que mentir y engañar. Yo lo dejaré todo a Dios; él lo arreglará todo bien.

20 De esta falsa y mala confianza puesta en el hombre se ha deslizado en la cristiandad el abuso del culto a los santos. Por esto la iglesia cristiana, es decir, la verdadera congregación de los fieles, ha sufrido notable decadencia y daño. ¿Qué ha sido el culto a los santos sino una cosa puramente diabólica? Porque así ha razonado la gente: Fulano ha sido santo; tales cosas dijo e hizo; por lo tanto lo seguiremos, y enseñaremos y haremos lo mismo. San Jerónimo, san Agustín y Gregorio han hecho esto; por lo tanto es correcto, y yo lo creeré. San Francisco, Benito, Domingo y san Bernardo vivieron así, hicieron tal y tal cosa; por lo tanto yo también viviré así y haré como ellos hicieron. Además, san Agustín se salvó por tal regla. ¡Ay, qué cosa tan pobre, inestable y miserable es esta, nada sino mentiras y sueños del hombre! Yo condenaría a san Agustín y su regla, si la hubiera establecido con el propósito de salvarse por ella. Tan ciega y necia es nuestra razón que acepta incluso un espectro y una ficción, siendo que en asuntos de salvación solo se ha de aceptar la Palabra de Dios. Si, por ejemplo, Herodes, Pilato, Caifás y Anás predicaran el Evangelio, yo tendría que aceptarlo. Y, por otra parte, si los que son tenidos por santos se levantaran y predicaran mentiras acerca de reglamentos, capuchas y hábitos, tonsuras, ceremonias y otras invenciones del hombre, yo no debería aceptarlas. Porque en tales casos no se han de considerar las personas, sino lo que predican.

21 Ahora alguno podría decir: Mira, ¿serías tú más sabio que todos los padres de la iglesia y santos, que todos los obispos y gobernantes del mundo entero? Lejos de mí. No pretendo ser más sabio que ellos. Pero esto es verdad: es imposible que lo que es sabio, prudente, grande, hermoso, poderoso y potente ante el mundo concuerde con la Palabra de Dios. Porque así está ordenado por Dios, que tales personas siempre persigan el Evangelio; si no fueran así, el Evangelio no resplandecería ni triunfaría como lo hace. Los emperadores romanos Adriano, Trajano y Diocleciano fueron de los gobernantes más sabios, y reinaron tan bien que todo el mundo alabó su gobierno. Y sin embargo persiguieron el Evangelio y no pudieron tolerar la verdad. Asimismo leemos de reyes judíos, Acaz y otros, que gobernaron bien, que despreciaron la Palabra de Dios y obraron contra la voluntad de Dios. En nuestros tiempos nunca ha habido emperadores, príncipes ni otras personas comparables a aquellos. Pero entonces tenía que suceder que Dios avergonzara toda la sabiduría de este mundo por la necedad de la predicación, 1 Co 1:21.

22 Todo esto se nos muestra en este Evangelio, que, aunque aparentemente sencillo y común, es sumamente rico y comprende muchas cosas. ¿Cómo trata, pues, el Señor por fin a los fariseos después de que le mostraron la moneda del tributo y respondieron que la imagen y la inscripción eran de César? El Evangelista nos dice que respondió así:

V.21. “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.”

23 Aunque no lo merecían del Señor, él les enseña el camino recto. Y con estas palabras confirma también la espada mundana, es decir, el gobierno. Ellos habían esperado que la condenara y hablara contra ella; pero no lo hace, sino que alaba el gobierno terrenal y manda que se le dé lo que se le debe. Es, pues, su deseo que haya magistrados, príncipes y señores, a quienes hemos de obedecer, sean como sean y hagan lo que quieran; y tampoco hemos de preguntar si poseen y ejercen el gobierno y la autoridad con justicia o injusticia. Solo hemos de atender a ese poder y autoridad que es bueno, porque está ordenado e instituido por Dios, Ro 13:1. No te es lícito reprochar al gobierno cuando a veces te oprimen príncipes y tiranos que abusan del poder que tienen de Dios: algún día ciertamente tendrán que responder por ello. El abuso de una cosa no la hace mala, si en sí misma era buena. Una cadena de oro es buena, y no se hace peor porque la lleve al cuello una ramera; o si alguien me destruyera un ojo con ella, ¿debería por eso culpar a la cadena? En verdad que no.

24 Así también hay que soportar la autoridad del gobernante. Si abusa de ella, yo no he de guardarle rencor por eso, ni vengarme de él y castigarlo con mis manos. Hay que obedecerle únicamente por amor de Dios, porque está en lugar de Dios. Que impongan impuestos todo lo intolerables que quieran: hay que obedecerles y sufrirlo todo con paciencia, por amor de Dios. Si obran bien o no, de eso se cuidará a su debido tiempo. Si, pues, los que tienen el poder te quitan tus posesiones, sí, tu vida y todo lo que tienes, entonces has de decir: Se lo doy de buen grado, los reconozco como mis señores, con gusto les obedeceré. Si usan bien o mal el poder que Dios les ha dado, ese es asunto de ustedes.

25 Pero ¿y si quisieran quitarnos el Evangelio o prohibirnos predicarlo? Entonces has de decir: El Evangelio y la Palabra de Dios no se los entregaré. Esto no está en su poder, porque su gobierno es un gobierno temporal, sobre asuntos mundanos; pero el Evangelio es un tesoro espiritual y celestial, y por eso su autoridad no se extiende sobre el Evangelio ni sobre la Palabra de Dios. Reconocemos al emperador como señor de los asuntos temporales, no de la Palabra de Dios; esta no permitiremos que se nos arranque, porque es poder de Dios, Ro 1:16, contra el cual ni siquiera las puertas del infierno prevalecerán.

26 Por eso el Señor resume bellamente estas dos cosas y en una sola frase las distingue una de otra: «Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.» Esta honra se debe a Dios: que lo tengamos por Dios verdadero, todopoderoso y sabio, y le atribuyamos todas las cosas buenas que puedan nombrarse. Y aunque yo no le rinda esta honra, él la conserva igualmente; nada se le añade ni se le quita. Pero en mí él es verdadero, todopoderoso y sabio si lo considero como tal y creo que es como él mismo se proclama. Al emperador, en cambio, y a todos los que tienen el poder, se les debe reverencia, impuestos, tributos y obediencia. Dios quiere el corazón; el cuerpo y los bienes son del gobierno, que ha de regir sobre ellos en lugar de Dios. Esto lo dice san Pablo a los romanos en palabras redondas y claras, Ro 13:1-7: «Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra.»

27 Y por esta razón también ha ordenado Dios el gobierno: para que mantenga la paz general, cosa que por sí sola no puede pagarse con todo el dinero del mundo. Hace poco notamos algunas cosas en el levantamiento de los campesinos: qué daño, miseria y desgracia causan la rebelión y la ruptura de la paz. Quiera Dios que las cosas no vayan más lejos y que no experimentemos más. Basta de lo dicho sobre este Evangelio. Del gobierno temporal hemos escrito un librito especial. Quien desee leerlo, puede hacerlo. Allí encontrará más sobre este tema.

Sermón para el vigésimo segundo domingo después del Domingo de la Trinidad; Mateo 22:15-22 (2.º sermón)

EL CONSEJO DE LOS FARISEOS, REDUCIDO A NADA.

1 Este Evangelio es en sí bastante sencillo y fácil de entender. Su contenido es notable, sobre todo por la respuesta de Cristo a una pregunta práctica y por su doctrina. Ante todo, nuestra atención se dirige a la persecución intensamente malvada, amarga y venenosa contra Cristo y su Palabra por parte de los judíos, que tramaron atacarlo con preguntas astutas y engañosas. Porque estos villanos y gente ruin habrían querido darle muerte, como a alguien que los había cansado hasta lo insoportable y había que quitar de en medio, aunque no podían hallar motivo para impugnar ni su doctrina ni su vida, por más que lo buscaban con empeño. Idearon toda clase de artificios y medios para atraparlo en sus palabras y condenarlo, y lo mantuvieron hasta que Dios les permitió desahogar su rencor y crucificarlo. Esa clase de gente obtendrá lo que persigue, incluso para su propio daño. Tuvieron su tiempo de prueba y pudieron arrepentirse cuando el Hijo de Dios apareció en medio de ellos, pero se negaron rotundamente a aceptarlo, y Dios los dejó seguir su camino y llenar la medida de su pecado hasta el extremo, pues mataron al que vino a salvarlos. Su fin fue la destrucción y el aniquilamiento como nación. Los enemigos del Evangelio no son mejores en nuestros días. Quitarían a Cristo de en medio si pudieran, y así será hasta el fin de los tiempos, con el mismo resultado. Amén.

2 Mira ahora cómo traman y cómo tienen éxito. Los dirigentes más sabios y letrados se reúnen, juntan las cabezas y deciden uno de los muchos planes astutos para causar la muerte de Cristo. Su sabio consejo es este: Si sopesamos y calculamos la situación, hallamos dos maneras de prenderlo y acusarlo. Primero, si se opone a César, se le puede acusar de conspiración; y si se le considera conspirador, lo tendremos en nuestro poder como culpable, como un ladrón y salteador que despojaría al emperador de su majestad y su corona y es digno de muerte, con la cual la ley castiga tal crimen. Si este plan fallara, podemos recurrir a otro, a saber, probar que es culpable de robar a Dios, y hacer que lo condenen como blasfemo. Se tendría por un crimen aún mayor probar que roba a Dios la honra que se le debe y que extravía al pueblo bajo el manto de servirle. Porque si dijera: Debemos pagar tributo a César y reconocerlo como nuestro soberano, restaría a Dios, que es el único que quiere ser el soberano de esta nación y que nos ha escogido entre todas las razas para que no tengamos más rey que él. Esto también lo condenaría a muerte. Sea cual sea, pues, su respuesta, quedará atrapado y caerá en nuestras manos. Si favorece a César, roba a Dios; y si se decide a favor de Dios, se declara contra César y se hace conspirador.

3 Tal es el consejo de esos sabihondos y santitos que resolvieron prender a Cristo con toda ley y autoridad, como enemigo de Dios o de César. No es que les importara tanto el uno o el otro, sino que querían salirse con la suya. Estaban, en efecto, bastante ansiosos de librarse del yugo del poder romano, y provocaban frecuentes insurrecciones y atraían sobre sus propias cabezas ejecuciones más que merecidas, por centenares y millares, hasta sufrir por fin la destrucción total como nación.

De la misma manera eran ante Dios ladrones y malhechores, porque corrompían su Palabra y perseguían su doctrina pura. Tan completamente sumidos estaban en estos dos vicios, que se habían hecho doblemente dignos de muerte, ante Dios y ante César; además manifestaron su maldad al tratar de atrapar a un hombre inocente como si fuera culpable de su propio pecado, fingiendo ser los santos más piadosos ante Dios y los súbditos más leales de César.

4 Los judíos estaban acostumbrados a esto desde tiempo inmemorial; habían tratado de manera semejante a sus profetas y a muchos maestros piadosos, y después hicieron lo mismo con los apóstoles, de modo que no es de extrañar que nos traten a nosotros de la misma manera. ¿Y de qué han de quejarse en particular los apóstoles o nosotros, si no perdonaron a su Señor y Dios? El mundo no puede hacer otra cosa. Está bajo el control del diablo, se regodea en el robo y la rebelión, y al mismo tiempo imputa estos crímenes a los cristianos, como si fueran pecadores por encima de todos los pecadores.

5 Y mira además cómo hacen su truco y buscan enredar al Señor para no fallar en sus planes. No plantean la pregunta de golpe, sino que se acercan a él con una pulcra introducción de lisonja, como si tuvieran las mejores intenciones y hablaran realmente en serio sobre el asunto. Lo alaban y lo halagan con palabras suaves; porque piensan que es humano y un predicador como ellos, al cual le gusta oír tales lisonjas y alabanzas, y dicen: Eres un verdadero maestro y un hombre recto, lo que dices y haces es justo y bueno, etc., etc. Con tales alabanzas un joven necio podría dejarse extraviar a predicar lo que la gente quiere oír, como hacen casi todos los falsos profetas, que buscan la aprobación de los hombres más que la de Dios. Aceptan honra y predican lo que se les paga; donde termina su paga, allí termina también su predicación. Estos eran de la clase que Cristo caracteriza cuando dice de ellos que aman ser llamados Rabí, etc., Mt 23:7. Como son tan necios, piensan que a él también le gusta que le hagan cosquillas y que se le puede engañar con servil adulación, entregándose a sus dos puntas y a sus estocadas mortales antes de darse cuenta de peligro alguno.

6 Pero es verdad el dicho: «El Señor se burlará de ellos.» No es cosa rara que un hombre engañe a otro, pero ninguna treta vale con Cristo. Él entiende las artimañas de los hombres y sabe atraparlos en sus propios ardides. Así aquí: obliga a estos hipócritas a decir la pura verdad, aunque tengan en el corazón muchas otras cosas, y así los avergüenza por completo. Es muy cierto que enseña el camino de Dios rectamente y no teme a nadie, mientras que ninguno de sus enemigos habla desde el corazón. Los labios pueden pronunciar una verdad que se reduce a pura mentira. Las palabras de Cristo son verdaderas, por más que ellos las tuerzan. Lo juzgan por sí mismos y lo presentan como un perturbador de la paz, que quitaría a César su tributo y reuniría al pueblo a su alrededor en rebelión, mientras que tiene miedo de hacer tal declaración en público. Ese es su designio y su plan, pero lo velan bajo las palabras: V.16. “Enseñas el camino de Dios con verdad”, alabanza que no ha de condenarse en cuanto llega.

Caifás, el sumo sacerdote, obró de la misma manera, Jn 11:48-50, cuando dijo: «Os conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar y nuestra nación.» Esa fue una declaración verdadera, que les cuadraba, mientras disimulaban los sentimientos de su corazón. No creían que vendrían los romanos, sino que estaban resueltos a quitar a Cristo de en medio, pensando que entonces les iría mejor. Y sin embargo les sucedió tal como ellos habían profetizado: Cristo tuvo que morir por el pueblo, y los romanos los despojaron de su tierra y de su nación.

7 Esa es la suerte de los que quieren engañar y burlarse de Dios: se burlan de sí mismos y vienen a parar en desgracia. Buscan a un maestro de verdad, y lo encuentran en él, contra su deseo, porque los golpea en la cabeza con la verdad de tal manera que los hace tambalearse confundidos. Quieren plantearle una pregunta enredada, no sobre la ley y los asuntos de la salvación, sino una innecesaria y insidiosa. Pasan por alto todo el Pentateuco y lo que pertenece a la Palabra de Dios y al camino de la verdad, y se agarran de algo calculado para confundirlo. Moisés no nos ha instruido acerca de dar tributo, ni Cristo tenía nada que ver con eso.

8 Ahí, piensan, lo tenemos seguro, como entre dos lanzas. Si dice que sí, lo acusamos como quien quiere robar a Dios, como quien sostiene una herejía y, como judío apóstata, enseña contra Moisés y los profetas; si, por el contrario, dice que no, sabremos qué hacer, pues los servidores de Herodes están a mano. Tiene que caer en manos de estos tentadores o en las de la chusma; en cualquiera de los dos casos está perdido; más aún, tiene que caer en manos de ambos y morir sin remedio, porque no hay escape posible ni en el sí ni en el no, representados por las dos clases de gente, judío y gentil. ¿No estaba esto planeado con suficiente astucia? ¿Quién podría escapar de un dilema semejante, con guanteletes a ambos lados? Ellos mismos no habrían logrado salir de un apuro parecido.

9 Pero los sabios se encontraron con una sabiduría que ni conocían ni esperaban: era la sabiduría divina. Cristo toma la lanza y el garrote que tienen en las manos y vuelve sus armas contra ellos mismos, sin responder ni sí ni no, sino obligándolos a dar una respuesta que los acusa a ellos mismos. Ahí es el Maestro, como ellos lo habían saludado; prueba que puede responder por medio de ellos mismos a su resbaladiza interrogación. Así se ven obligados a pasar entre las filas de golpes, y quedan atrapados en la red con la que habían planeado atraparlo a él.

10 Como en ánimo de juego, Cristo les hace mostrarle primero la moneda del tributo, y pregunta de quién es el cuño y la inscripción que lleva. De esa manera infantil pudo haber dado la impresión de que no lo sabía, o de que no sabía leer, de modo que ellos concluyeron: Ahora sí lo tenemos; tiene miedo y quiere disimular a favor de César, sin atreverse a decir una palabra contra él, etc. En lugar de eso les quita la palabra de los labios, haciéndoles admitir que están atrapados. Tienen que confesarlo, y no pueden hacer otra cosa que decir: Es de César. Con esa respuesta vuelve la conclusión contra ellos: Si la moneda y su imagen son de César, y también la inscripción, entonces les doy las gracias por haber dicho ustedes mismos que sí a la pregunta que me plantearon. ¿Para qué molestarme con un asunto que pueden resolver tan fácilmente? Esto es verdaderamente cavar un foso para otros y caer en él uno mismo; tender una trampa y quedar atrapado en ella.

11 Cristo se sirve de la misma dialéctica al responder a otros que quieren impugnar su carácter, y los enreda allí donde ellos pensaban enredarlo a él. Como en Lc 19:21-22, donde un siervo había escondido en un pañuelo la mina que se le confió, diciendo: «Porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que no sembraste.» Él le dice: «Mal siervo, por tu propia boca te juzgo», etc. Es decir: sea como lo has dicho. Puesto que me tuviste por hombre severo, que toma lo que no puso, te está bien que se te trate así, y que se te quite tu mina, como a quien me obliga a ser severo y estricto con él. Doy esto como advertencia, para que la gente aprenda a tener cuidado y a no jugar con las cosas santas. Porque a los hombres se les puede engañar, pero los que tratan de engañar a Dios se engañan a sí mismos.

12 He dicho a menudo que Dios obra con el hombre según el hombre está dispuesto; como piensas y crees de él, así es él para ti. El siervo de quien hablamos no tenía por señor a un hombre austero y severo; al contrario, fue tratado con bondad y justicia; pero como se lo imaginaba así, tuvo que aprender lo que se siente. Lo mismo pasa con nuestra fe o nuestra incredulidad. Si nuestros corazones se lo figuran clemente o airado, agradable o duro, así lo tenemos. De Dios no hay que burlarse. Los que lo consideran airado contra ellos, lo hallarán así; pero los que puedan decir: Sé que será para mí un Padre clemente y me perdonará mis pecados, tendrán esa experiencia con él. Sin embargo, no debe haber hipocresía ni disimulo, como si los labios dijeran una cosa y el corazón pensara lo contrario.

13 Puesto que, pues, esta gente lo llama Maestro y maestro de la verdad, aunque no creen lo que dicen y simplemente tratan de atraparlo y engañarlo en sus palabras, él vuelve el asunto para su confusión y les da una prueba inesperada de lo que profesan sus labios. Así también, si lo considerásemos equivocadamente un Dios desagradable e irritado, así lo experimentaríamos, porque es como él dice: «Por tu propia boca te juzgo»; y también: «Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado», Mt 12:37. Eso nos estaría bien y sería justo. ¿Por qué no lo miras directamente a los ojos y lo juzgas como lo que es, o crees en él tal como se revela en su Palabra, a saber, como maestro y salvador de todos los que están cargados de pecado y desean ser piadosos? Si tal ideal no te conviene y te formas otro distinto, tendrás que recibir lo que tú mismo te has provisto.

14 Esta es la experiencia que hacen estos conspiradores. Sus palabras lo declaran maestro de la verdad, y en sus corazones son falsos; sin embargo, él es un verdadero maestro para ellos y pone al descubierto su bellaquería e hipocresía. Cristo es un buen médico. Los médicos que entienden claramente la enfermedad han de ser elogiados; pueden ayudar al paciente mucho mejor que quien simplemente experimenta con el caso. Él pronto aprende qué bellacos son; pero como lo llaman Maestro, como si quisieran aprender de él, tienen que oír lo que no esperan, a saber: «Si soy maestro y maestro de la verdad, les diré con verdad lo que ven y buscan: Son hipócritas a mi juicio.» Dicho en lenguaje llano, esto significa: «Son gente engañosa.» Lo merecen, primero, porque no son piadosos en absoluto; segundo, porque encubren y adornan su falsedad haciendo ante el pueblo un fingimiento de virtud. «Son doblemente hipócritas; no buscan el camino de Dios ni la verdad, y sin embargo me adulan como quien enseña tal cosa, para parecer santos ustedes; y porque no quieren oír la verdad que podría salvarlos, tienen que oír la verdad que pondrá al descubierto su hipocresía y la condenará. Pues yo soy, como dicen, un maestro de la verdad. Para unos eso significa vida, para otros, muerte y condenación, según sean su fe y su corazón. Por eso les digo claro y con verdad lo que son por dentro, a saber, hipócritas y pícaros desesperados que no tienen remedio ni consejo y que pertenecen al diablo. Pero a los que son piadosos y quisieran serlo, a esos les digo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”, Mt 11:28.

15 Mira, así hallan al verdadero maestro de la verdad, no para su salvación, sin embargo, que no buscan, sino para su condenación. Son enemigos de la verdad y no les gusta oír tal predicación; y sin embargo tienen que oírla, como si saliera de sus propios labios, respondiendo ellos mismos a su pregunta, para su propia exposición; como se explicó arriba.

16 Después de esta exposición y reprensión de su descaro, silenciándolos con su propia respuesta, el Maestro continúa: V.21. “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.” Que se bautice al niño para que se conozca su nombre. Es decir: «Ustedes quieren quitar a César lo que es suyo, y ya han quitado a Dios lo que es de Dios. Ustedes, pues, son rebeldes y blasfemos. Toman y retienen, y ni siquiera ponen en cuestión su propia deshonestidad, ni manifiestan propósito de hacer lo recto. Eso se llama en verdad y con razón deslealtad, cuando uno se niega a dar a César lo que puede reclamar como suyo.

17 Esta verdad tienen que oírla de este maestro de la verdad, por más que les disguste ser reprendidos tan severamente. Odian que se les llame ladrones y salteadores, como si estuvieran dispuestos a despojar al emperador (César) de su autoridad y de sus bienes y a usurpar los derechos de sus superiores bajo pretexto de justicia, por lo cual merecían castigo en el cuerpo y en los bienes como rebeldes por partida doble. Este es el primer pensamiento.

18 Segundo. Así como se ha mostrado que son ladrones y salteadores respecto del Estado, son igualmente culpables de robar a Dios. Retienen lo que es de Dios e incluso pretenden tener razón al hacerlo. El profeta Jeremías, 23:11, llama «profanadores» a los que no predican la Palabra de Dios en nombre de Dios, porque la retienen del pueblo para el cual fue dada; roban y toman, no a Dios en el cielo, sino al pueblo al cual Dios la envió y mandó que se la diera, y les dan otra cosa en su lugar. Así profanan y roban a Dios, reteniendo la honra y la obediencia que le deben. ¡Tales son los frutos de estos santos listos, que quisieron poner en afrenta a Cristo! Por eso tienen que oír las reprensiones que se les dirigen y ser expuestos como ladrones de Dios que merecen pena capital.

19 Prestemos ahora atención a los hipócritas de nuestro día: esos mojigatos pietistas, los obispos y toda la camarilla de clérigos del papa, que persiguen a Cristo y a sus seguidores porque rechazan y condenan su Palabra y la verdad reconocida del Evangelio. Cristo los llama con razón salteadores y profanadores de Dios y de César. No obedecen ni a Dios ni a la verdadera iglesia cristiana; ni al Estado ni a autoridad constituida alguna, sino que quieren ser señores ellos mismos y vivir y hacer como les plazca, sin que nadie se atreva a oponérseles. Son desobedientes en persona, y además asaltan a cristianos inocentes, devoran y matan a los que pueden y destruirían por completo el reino de Dios; y sin embargo quieren que se hable bien de ellos como quienes tienen razón, son obedientes, piadosos y pacíficos, y nos tienen por herejes y pecadores contra Dios, contra la cristiandad y contra las autoridades, y que por eso merecemos la muerte. Igual que estos del Evangelio, que no darían nada ni a Dios ni a César; aparentan gran piedad, mientras buscan quitar a Cristo de en medio como quien enseña lo contrario a la religión y al patriotismo.

20 Pero ¿y si la rueda diera la vuelta y echara la culpa, que ahora amontonan sobre nosotros los cristianos, sobre sus propias cabezas, de modo que recibieran el galardón debido a los rebeldes abiertamente condenados y a los ladrones de Dios, que profanan la majestad del derecho divino y del humano? Es verdad que ni el Evangelio ni el propio Cristo se sirven del castigo físico, pero deberían cuidarse de que vengan otros (y temo mucho que así será) que los traten con dureza y les enseñen, como se ha enseñado a otros, que deben dejar de perseguir a los cristianos. Esto sería tratarlos a su propia manera. El papa, con todos sus apóstoles, discípulos, juristas y teólogos, enseña: No hay que soportar la violencia, sino que vim vi repellere licet, es decir, la violencia abierta puede repelerse con la fuerza. Dicen que lo que Cristo enseña, Mt 5:39, no es un deber, sino un simple consejo, y que nadie está obligado por él, a saber: «Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra», etc. Su interpretación de esto tiene el respaldo de todas las universidades, instituciones y monasterios; se encuentra en todos sus libros, y no vacilan en alabarla y justificarla, sosteniendo que nadie está obligado a soportar el mal ni siquiera del emperador, sino que es lícito resistir el mal y devolver el golpe en defensa propia, caiga sobre César o sobre quien caiga.

21 No sería, por tanto, malo, según su propia enseñanza, resistir por la fuerza tal injuria insufrible; y yo no me lamentaría demasiado si, como castigo de Dios, sucediera por obra de algún falso predicador o cabecilla de la plebe que tales tiranos fueran muertos. Porque ellos están empeñados en el desorden; sus enseñanzas y sus hechos incitan a levantamientos y a la guerra, mientras echan la culpa a nosotros, que enseñamos la justicia, tenemos en honor al gobierno y nos oponemos a la conspiración de palabra y de hecho. Nos matarían gustosos, y aunque faltan a su lealtad, quieren ser honrados y resguardados en su maldad para que no les sobrevenga ningún daño. Los papas con sus séquitos no solo han enseñado así, sino que también lo han practicado con sus actos, oponiéndose a reyes y emperadores según les convenía, despreciando toda autoridad y pisoteando la ley, alegando incluso derecho divino para sus acciones. Harían lo mismo ahora, si pudieran, jactándose de que están en la autoridad suprema y no deben lealtad a gobernante alguno.

22 Si ahora permitieran que se predicara entre ellos tal doctrina, como podría hacerlo yo mismo si quisiera vengarme (Dios lo prohíba), o si el público tomara tales enseñanzas de sus libros y estatutos, y se siguiera un levantamiento general, ¿a quién tendrían que culpar y quién podría razonar otra cosa sino que les estaba bien empleado? ¿Por qué son tan desesperados y perversos que reprochan a Cristo sus enseñanzas como sediciosas y blasfeman contra el que es su Señor, siendo ellos mismos rebeldes y profanadores de Dios? Difunden y defienden tales enseñanzas impías y sediciosas, y nos persiguen a nosotros, que predicamos el Evangelio puro, como bien saben, y que con todos los fieles resistimos y predicamos contra la deslealtad y el desorden. Ellos mismos tienen que reconocer, si quisieran o pudieran hacerlo en su malicia encubierta, que a ninguna otra fuente deben sino a nuestra predicación el que durante tanto tiempo hayan estado y estén todavía a salvo de la rebelión, pues si no hubiera sido por nosotros habrían tenido experiencias distintas. Con su enseñanza no podrían mantener ni imponer la paz, ya que favorece los levantamientos, y si yo pudiera aprobarla, no me atrevería a abogar por cualquier resistencia de sus partidarios en defensa propia por la fuerza, ni siquiera a hacerme el desentendido.

23 Pero nosotros no enseñaremos ni permitiremos que las palabras de Cristo no sean más que un consejo; enseñamos que los cristianos deben sufrir la injusticia, si es necesario, y dejar la venganza a Dios. Han de ser lo que las Escrituras llaman en el Salmo 44:22, «ovejas para el matadero», que pueden esperar la muerte a cada hora del día. Los papistas saben muy bien que están seguros en nuestra presencia; muestran su gratitud persiguiéndonos, devorándonos y asesinándonos sin cesar, hasta que acaben del todo con nosotros. Pero ¿no puede suceder también que al hacerlo se encuentren con quienes defiendan sus derechos contra ellos y les den su merecido, tan ricamente ganado, pagando así el daño que han hecho al Evangelio y a nosotros? Su sentencia está sellada. Por ahora tenemos que sufrir, y dejar a Dios cómo y cuándo nos vengará. El castigo que merecen está en la mano de Dios para que lo administre a su tiempo y a su manera. Aunque fingen tener miedo de nosotros, no les haremos ningún daño, y les permitimos que imiten a los fariseos frente al pueblo común que se adhiere a Cristo. Otros les darán lo que temen de nosotros, como hicieron los romanos con los que se opusieron a Cristo y a sus seguidores y desconfiaron de ellos, dándoles su galardón completo cuando se creían seguros.

24 Así les irá a estos con el tiempo. Tienen miedo, aunque saben que no hemos intentado nada en su perjuicio, ni lo hacemos ahora; les ofrecemos paz y sostenemos la paz, exhortando y enseñando a nuestro pueblo y al público en general a abstenerse de actos desleales. No mancharemos nuestras manos con su sangre. De eso no queremos ser culpables. Nos gloriamos de nuestra inocencia frente a ellos ante todo el mundo y no nos implicaremos en su caída. Pero se levantarán otros que descargarán sobre ellos lo que está escrito en la Biblia de esa clase de gente, como, por ejemplo, en Proverbios 10:24: «Lo que el impío teme, eso le vendrá.» Y como lo expresa Cristo en Mt 12:37: «Porque por tus palabras serás justificado.» Te has quejado de deslealtad; deslealtad será tu porción. Entonces diremos: Amén, y deo gratias, gracias a Dios, además.

25 Baste lo dicho sobre este texto a los que quieren reprochar a Cristo para fomentar su propia reputación y posición, a fin de que vean y aprendan qué clase de maestro de verdad es él, que expone sus mentiras y falsedad y les endosa lo que ellos gustan de acusarle, como a verdaderos mentirosos y asesinos, o extraviadores y rebeldes; insisten en tal proceder, pero procuran echar la sospecha sobre Cristo y sus seguidores, a pesar de que estos son y enseñan lo totalmente contrario.

26 Pero debemos tener esta Palabra ante nuestros ojos; es nuestra regla de conducta hacia los dos reinos, el de Dios y el de César, para que demos a cada uno la honra que se le debe, pues ambos son de orden y ejemplo divinos. Que en ambos hay muchos que no temen a Dios, que abusan del encargo y de la posición que se les ha confiado, sobre todo hacia los cristianos, persiguiéndonos como desobedientes y desleales, lo admitimos, pero no nos perturba. Debemos sufrirlo y estamos dispuestos a ello; al mismo tiempo mantenemos nuestro derecho de castigarlos de palabra, diciéndoles la verdad y devolviéndoles las acusaciones que se amontonan sobre nosotros. Al hacerlo satisfacemos la justicia y cumplimos nuestro deber; el resto lo encomendamos a Dios, cómo y por quién él quiera vengarnos.

27 Hemos dicho mucho sobre la enseñanza de la respuesta de Cristo; porque es la doctrina en la que insistimos: que los dos poderes o gobiernos, el de Dios y el de César, o los reinos espiritual y temporal, deben mantenerse separados, como hace Cristo aquí en una declaración clara y breve, no solo haciendo una distinción, sino ilustrando también admirablemente cómo ha de constituirse y administrarse cada uno. Cuando dice, V.21. “Dad a César lo que es de César”, se refiere a la relación de los súbditos con sus gobernantes; la otra parte, V.21. “Dad a Dios lo que es de Dios”, está pensada especialmente para los que están en autoridad.

28 Pues así está ordenado por Dios que los súbditos deben y han de dar a sus gobernantes lo que necesitan; cuando les manda dar, se da a entender que estos pueden tomar; y donde hemos de dar lo que se debe, allí inferimos que les debemos algo, de modo que el lenguaje podría ser: «devolver», más que simplemente dar u ofrecer. Eso es para los súbditos bajo la autoridad civil.

29 Por otra parte, se ponen restricciones a los gobernantes: que gobiernen con el mismo espíritu, y no tomen de sus súbditos lo que no se les debe; sino que recuerden dar y hacer también lo que están en deber de hacer por presidir sobre países y naciones, para que estos crezcan y prosperen. Por eso fueron elevados por Dios a sus respectivas posiciones de honor, no para que se sienten allí simplemente como ladrones de puestos y hagan lo que les plazca.

30 Pero si se pusiera énfasis en eso, se hallaría que el mundo está lleno de verdaderos ladrones y pícaros, tanto gobernantes como súbditos, y en verdad sería pequeño el número de los que, del más alto al más bajo, obedecen y hacen lo recto. Los súbditos están por lo común dispuestos a engañar a su gobernante y a apropiarse para su propio uso de lo que es de él, dondequiera que pueden, por no hablar de dar con alegría, vacilando quizá en admitirlo. Los príncipes y funcionarios quieren tener el nombre de cristianos y súbditos obedientes del emperador, y sin embargo hacen solo lo que les conviene y, si pudieran, usurparían gustosos los puestos de sus superiores.

31 Lo mismo ocurre con los caballeros que sirven y asisten a los príncipes; si pudieran, confiscarían todo con gusto, despojarían a sus jefes de lo que tienen y los pisotearían; en cambio se apoderan de aldeas y castillos, se deleitan en que se les llame «queridos súbditos», aconsejan y gobiernan en su propio interés, y así se regodean, oprimen y atormentan tanto a señores como a súbditos, a su dulce voluntad. Dicho sea de paso, ¿cuántos príncipes y funcionarios hay ahora en altos puestos que podrían afirmar que dan a César lo que es de César? ¿No preferirían todos llenar sus propias arcas, bolsas y bolsillos? Todo esto lo pueden hacer todos; pero dar a César lo que le pertenece es difícil de hallar; quitarle y robarle es mucho más común.

32 Un estado de cosas semejante hay en todas las demás situaciones y oficios. Los criados engañan y estafan a sus amos, las criadas a sus amas, los jornaleros y artesanos a aquellos para quienes trabajan. Así es en el trato diario, en el mercado y en otras partes; robar y saquear, incluso con descaro y abiertamente, es la práctica común. De esa manera van las cosas entre grandes y pequeños, de modo que no hay residencia real, ni ciudad, ni casa que no esté llena de bellacos y ladrones. Si el mundo estuviera plagado solo de este pecado, ya sería demasiado y merecería haber sido destruido hace mucho; y sin embargo nadie quiere que se le acuse ni castigue por robo, los malhechores preferirían reclamar honra por su mala conducta; sobre todo es así con los señores de la nobleza que se pasean pavoneándose con cadenas resplandecientes. Pero si se les tratara como merecen, no se les permitiría llevarlas por las calles, sino que se les daría el trato de los que robaron cinco o seis táleros. Aquí sucede, como dice el refrán: «A los ladrones pequeños se los cuelga con cadenas de hierro; a los grandes ladrones públicos se les permite pasearse con cadenas de oro.»

33 No debería ser así, sino que cada uno debería respetar su estado y su posición y hacer lo que le corresponde. Sí, dirás tú, ¿no basta con que yo no tome nada a nadie? Sí, ciertamente; pero hay muchas maneras de tomar; no solo por debajo del banco, donde no hay nada que te pertenezca, ni de la bolsa o el arca de otro, sino también donde eres infiel a tu patrón y permites que se produzca daño por negligencia o malicia, más bien que a consecuencia de un error. Como, por ejemplo, cuando un ciudadano o vecino cobra de más a otro, y el noble hurta y exprime. Según el séptimo mandamiento, todo tal negocio tramposo se llama robar y obrar mal; los que lo practican son ladrones a quienes no importa una conciencia turbada, y la máxima «Dad a César lo que es de César» se vuelve un ave rara. Todo el mundo está lleno de la perversidad de «quitar a César lo que es de César», de abajo arriba; desde el criado hasta los caballeros y príncipes, de modo que no hay estado en la tierra tan plagado de ladrones y pícaros como el del emperador y el gobierno.

34 También hay que decir al gobierno cómo ha de obrar hacia sus súbditos. Los que están en autoridad también roban y toman lo que no es suyo, y eso bajo la responsabilidad de sus superiores. Como cuando un emperador o príncipe sigue atormentando tierra y pueblo con contribuciones innecesarias y otras cargas. En esa situación tú también tienes que oír tu texto. Si deseas que los súbditos pongan en práctica su lección y sean honrados contigo, tú también debes evitar tomarles lo que no es tuyo. Porque Cristo no dice aquí: Dad a César lo que quiere y le place, sino que le asigna límites, hasta dónde puede llegar, es decir: «Lo que es de César», o aquello a lo que tiene derecho legítimo.

35 Por tanto, la tierra, las ciudades, los hogares no han de gobernarse como le plazca al que tiene autoridad sobre ellos, como si un patrón pudiera tratar a sus empleados a su antojo, contra la justicia del Señor. No, diría el empleado: Te debo lo que es tuyo, no lo que se te antoje tener. Alguien podría exigir tanto como mi cabeza o mi puño, o no me pagaría salario ni comida y vestido, y así me saquearía y atormentaría hasta no dejar un trapo sobre mi cuerpo. Eso sería quitar sus derechos al criado, y su propiedad a la criada.

36 Así también, si un burgomaestre, gobernante o funcionario obligara y atormentara al pueblo para servir a sus caprichos, eso no podría considerarse un derecho señorial, sino robo y mal obrar, tanto como si un conciudadano les robara. Sin embargo, hoy no hay posición tan insignificante cuyo ocupante no desee tener el derecho y el poder de hacer y mandar lo que le plazca, estudiando cómo oprimir al pueblo y sosteniendo que su autoridad lo faculta para exprimir, arrear y atormentar a todos a su gusto. Como sucede ahora más en especial con los pobres clérigos y predicadores, de modo que hay peligro en todos los estados, sobre todo en los más altos, porque en ellos se hallan los verdaderamente grandes ladrones. Un criado puede empobrecer a un padre de familia con su deshonestidad; pero un noble puede robar lo que vale algo, a saber, todo un principado, tierra y gente.

37 Por eso tenemos que decirles cómo Cristo ha limitado sus prerrogativas en este texto, para que no hagan lo que personalmente quisieran. Se iría demasiado lejos, y entraría en vigor la regla del papa, siendo ellos azotados por sus súbditos; pero nosotros ni enseñamos ni aprobamos tal práctica. Cristo no habla de facto, sed de jure, no de hecho, sino de derecho; es decir, enseña lo que cada hombre debe hacer, a saber, que los súbditos deben dar, y que el gobierno no debe tomar más de lo que se le debe; pero quién ha de castigar donde ambas partes pecan contra la ley no se dice.

38 Cristo no hace como enseña el papa, que se ha de devolver el golpe, ni permite que nadie se vengue, ni el patrón ni su empleado; la imposición del castigo y el juicio los reserva para sí como Señor supremo y Dios. «Mía es la venganza», dice Dios, Dt 32:35. El que no preste atención a esta enseñanza experimentará este juicio. Si Dios no castiga por medio de las autoridades ordinarias, lo hará por peste, guerra, revoluciones y otras plagas; porque puede castigar a los gobernantes lo mismo que a sus súbditos. Por eso a ambos se les instruye sobre su deber, y nos atendremos a su declaración. No debemos ni queremos coaccionar a nadie con medidas violentas, sino decir solamente lo que es justo y resistir el mal obrar de palabra. A quien no haga caso de eso, lo excomulgamos conforme a la enseñanza de Cristo, diciéndole que pertenece al diablo, y lo dejamos ir. Otros podrán castigar al papa y a sus seguidores, que no quieren atenerse a la Palabra de Dios, sino que recurren a la violencia.

39 Esta es una breve exposición sobre el primer estado o gobierno, tanto en sus funciones superiores como en las inferiores, para mostrar cuán lejos estamos de nuestra verdadera posición y cuán lleno está el mundo por todas partes de latrocinio. Pero estos asuntos son los peores de todos si uno ha de exponer este pasaje («Dad a Dios lo que es de Dios») y hablar de los ladrones de Dios en el gobierno espiritual de la cristiandad, en el cual estamos yo y los de mi clase. Porque tan alto como el cielo está sobre la tierra, así de peligroso y difícil es este oficio en comparación con los puestos seculares o imperiales que, ciertamente, también son peligrosos cuando sus ocupantes no invocan la ayuda de Dios para desempeñar sus deberes como es debido y sin daño para sus súbditos. Pero si ministros o predicadores infieles llegan a su oficio, no serán ladrones de pan, carne o vestido, con que se nutre el cuerpo y de lo cual se ocupan los juristas, que no enseñan nada más que lo que sirve al vientre y procuran frenar esa clase de robo; sino que los que ocupan el oficio que ha de dar a las almas el pan de vida eterna y, en cambio, les causan sed, hambre y desnudez eternas, quitando la palabra por la cual el hombre es alimentado de la muerte a la vida, tales no son simplemente ladrones de vientre, sino ladrones de Dios y del reino celestial.

40 Tal es ahora el papa con sus obispos y todo su séquito, que no predican al pueblo, sino que más bien le impiden recibir la Palabra de Dios y lo que esta da y ofrece; haciendo lo mejor que pueden en su maldad cuando prohíben y estorban que el sacramento se administre bajo las dos especies, como Cristo lo instituyó, y lo saben muy bien, por pura violencia y sed blasfema; no pueden con razón llamarse otra cosa que ladrones públicos sacrílegos de Dios, saqueadores de su Palabra y de su sacramento.

41 Hay entre nosotros también algunos que atormentan y aprietan a los pobres pastores con hambre y cuidados, de modo que no pueden hacer su trabajo como es debido; algunos también rebajan su vocación para alcanzar las cosas celestiales y al mismo tiempo anhelan los bienes carnales, como hacen también las camarillas del papa y del clero, encargados de asuntos espirituales, pero que ni los predican ni permiten que se prediquen. Practican las dos clases de robo y merecen tanto más severo castigo. Sin embargo, el mundo está tan lleno de esta miserable deshonestidad como de la secular, y son ladrones de parte a parte, de arriba abajo, del menor al mayor.

42 Pero ¿cómo será al final, cuando tenga lugar el juicio final? ¿Qué significa que Dios tenga que seguir llamando y predicando: «Den ustedes a Dios y a César lo que les corresponde», pero todo en vano, y que así se le haga burla y se pisotee su Palabra? ¿No hemos de esperar que por fin llueva sobre el mundo un diluvio con truenos, relámpagos y fuego del infierno? No puede ni debe ser de otra manera, porque la transgresión contra el derecho de Dios y de César continúa tan audaz y tan ansiosa, y convierte el robo sencillo en doble, defendiendo siempre su curso y resistiendo su castigo. Dios no querrá ni podrá soportar eso para siempre. ¡Ojalá nos quitara a nosotros y a los nuestros con misericordia, para que se nos ahorre la calamidad que viene! La maldad es tan grande y tan múltiple en todo el mundo, que excede en número a las hojas de los árboles y a las briznas de hierba sobre la tierra. ¡Que Dios nos guarde y nos libre de esta angustia, y nos conceda la gracia de que nos aferremos a su Palabra con seriedad y seamos librados de tal mal! Amén.

Sermón para el decimoctavo domingo después del Domingo de la Trinidad; Mateo 22:34-46

1 Este evangelio consta de dos preguntas. En la primera, el intérprete de la ley pregunta a Cristo, en nombre de los demás fariseos: ¿Cuál es el gran mandamiento de la ley? En la segunda, el Señor pregunta a los fariseos y al intérprete de la ley: ¿De quién es hijo David? Estas dos preguntas atañen a todo cristiano, pues quien quiera ser cristiano debe entenderlas a fondo. Primero, qué es la ley y para qué sirve; y en segundo lugar, quién es Cristo y qué debemos esperar de él.

2 Cristo explica aquí la ley a los fariseos, diciéndoles cuál es la suma de toda la ley, de modo que quedan completamente callados, tanto por su respuesta como por su pregunta, y saben menos que nada de lo que es la ley y de quién es Cristo. De esto se sigue que, aunque la incredulidad pueda parecer sabiduría y santidad ante el mundo, es sin embargo necedad e injusticia delante de Dios, sobre todo donde falta el conocimiento de las dos preguntas mencionadas.

Pues quien no sabe cómo está ante la ley, ni qué puede esperar de Cristo, ciertamente no tiene la sabiduría de Dios, por muy sabio y prudente que pretenda ser. Consideremos, pues, la primera pregunta, a saber: qué es la ley, qué manda y cómo ha de interpretarse espiritualmente.

3 Cuando el intérprete de la ley preguntó a Cristo cuál era el gran mandamiento de la ley, el Señor le dijo:

V.37-40. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.

4 Como si el Señor dijera: Quien posee amor a Dios y amor a su prójimo lo tiene todo y, por tanto, cumple la ley; porque toda la ley y todos los profetas apuntan a estos dos temas, a saber: cómo han de ser amados Dios y nuestro prójimo.

5 Ahora alguien querrá preguntar: ¿Cómo puedes conciliar la afirmación de que todo se resume en estos dos mandamientos, si a los judíos se les dio la circuncisión y muchos otros mandamientos? Para responder, veamos en primer lugar cómo explica Cristo la ley, a saber, que debe cumplirse con el corazón. En otras palabras, la ley debe entenderse espiritualmente; porque quien no toma la ley con el corazón y con el Espíritu ciertamente no la cumplirá. Por eso el Señor da aquí al intérprete de la ley el fundamento y la verdadera sustancia de la ley, y dice que estos son los mayores mandamientos: amar a Dios con el corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

De aquí se sigue que quien no está circuncidado, quien no ayuna ni ora, no lo hace de corazón; aunque realice actos externos, no hace nada delante de Dios, porque Dios mira el corazón y no nuestros actos, 1 S 16:7. No aprovechará nada al hombre la obra que realice, si su corazón no está en ella.

6 De aquí surge otra pregunta: Si las obras no aprovechan nada al hombre, ¿por qué entonces dio Dios tantos mandamientos a los judíos? A esto respondo: estos mandamientos fueron dados para que llegáramos a ser conscientes de si realmente amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas, y además a nuestro prójimo como a nosotros mismos; porque san Pablo dice en Ro 7:7 (3:20) que la ley no es sino un conocimiento y una revelación del pecado. ¿Qué sabría yo del pecado, si no hubiera una ley que me lo revelara?

Aquí está, pues, la ley que dice: Amarás a Dios con tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo. Esto lo cumplimos si hacemos todo lo que la ley exige; pero no lo estamos haciendo. Así nos muestra en qué fallamos, y que, aunque en verdad debiéramos hacer algo, no estamos haciendo nada.

7 Que los judíos tuvieran que practicar la circuncisión era, en efecto, una ceremonia necia, sí, un mandato ofensivo para la razón, aunque fuera dado por Dios aún hoy. ¿Qué servicio era para Dios cargar a su pueblo con este penoso mandamiento? ¿Qué provecho le daba a él, o qué servicio prestaba al prójimo? Es más, ni siquiera aprovechaba al judío que era circuncidado. ¿Por qué, entonces, dio Dios el mandamiento? Para que este mandamiento y esta ley les mostraran si realmente amaban a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, y si lo hacían de buena gana o no. Porque si hubiera un corazón piadoso, diría: En verdad no sé por qué Dios me dio la circuncisión, ya que no aprovecha a nadie, ni a Dios, ni a mí, ni a mi prójimo; pero como agrada a Dios, la haré de todos modos, aunque se la tenga por un acto insignificante y despreciado. Así pues, la circuncisión era un ejercicio del mandamiento: Amarás a Dios con todo tu corazón.

8 También fue un mandato necio el que Dios dio a Abraham, de matar a su hijo, Gn 22:2. Porque si la razón hubiera sido juez en esto, tanto ella como todos los hombres no habrían llegado a otra conclusión que esta: Es un mandato hostil y enemigo, ¿cómo puede venir de Dios, si el mismo Dios dijo a Abraham que multiplicaría su descendencia por medio de este hijo, y que llegaría a ser innumerable como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar? Por tanto, era un mandamiento necio, penoso, duro e insoportable. Pero ¿qué hizo Abraham? Cierra sus sentidos, cautiva su razón y obedece la voz de Dios, va y hace como Dios le mandó.

Con esto demostró que obedecía de corazón; de otro modo, aunque hubiera dado muerte a su hijo cien veces, a Dios no le habría importado; pero a Dios le agradó que el hecho viniera de su corazón y se hiciera en verdadero amor a Dios; sí, salía de un corazón que debió de pensar: Aunque mi hijo muera, Dios es todopoderoso y fiel, cumplirá su palabra, encontrará caminos y medios más allá de lo que yo pueda idear; tú solo obedece, no hay peligro. Si no hubiera tenido esta osadía y esta fe, ¿cómo habría podido su corazón de padre matar a su hijo único y muy amado?

9 Más tarde los judíos quisieron seguir este ejemplo y, como Abraham, ofrecieron sus hijos a Dios, esperando prestar con ello un servicio agradable a Dios; pero estaban lejos de conseguirlo. Estos pobres llegaron a esta conclusión: El servicio de Abraham agradó a Dios, por tanto agradará también el nuestro, y en consecuencia mataron a un hijo tras otro. ¡Oh, cuántos hijos sanos, nobles y hermosos perecieron! Los profetas protestaron contra este servicio, predicaron, advirtieron y escribieron contra él, diciendo al pueblo que era engaño, pero todo fue en vano. Es más, más de un profeta perdió la vida por esto, como muestra la historia en los libros de los reyes.

10 Pero ¿por qué desagradaba a Dios este servicio de los judíos? Porque no procedía de su corazón ni se hacía por amor a Dios; simplemente miraban el servicio y lo hacían sin el mandato ni la palabra de Dios; pero Dios dice: Mis queridos señores, a mí no me importaba que Abraham ofreciera a su hijo, sino que demostrara con este acto que me amaba con todo su corazón. Primero debe haber amor en el corazón, y luego sigue el servicio que será agradable a Dios; porque todas las obras de la ley tienden a que con ellas probemos nuestro amor a Dios, que está en el corazón; amor que la ley exige y quiere por encima de todo lo demás.

11 Debemos notar también aquí que todas las obras de la ley no se mandan simplemente para que las realicemos y nada más; no, no; porque aunque Dios hubiera dado aún más mandamientos, no querría que los guardáramos en perjuicio y destrucción del amor. Es más, si estos mandamientos se oponen al amor al prójimo, quiere que los dejemos y los anulemos. Toma el ejemplo que les di hace poco: Moisés sacó de Egipto a los hijos de Israel y los condujo durante cuarenta años por el desierto, y ninguno de ellos fue circuncidado, aunque se les había mandado. ¿Dónde estaba su obediencia al mandamiento? ¿No estaba Dios airado con ellos porque no obedecían su mandamiento? No, había entonces en vigor un mandamiento superior, a saber, que debían obedecer a Dios, que les mandó salir de Egipto de prisa hacia la tierra prometida. Con su marcha obedecían cada día a Dios, y Dios lo aceptaba como obediencia; de otro modo se habría airado porque no guardaban sus mandamientos. Estaban presentes tanto la necesidad como el amor, que dejaban de lado todos los mandamientos, pues habría sido insoportable sufrir el dolor de la circuncisión y al mismo tiempo la carga del viaje. Por eso el amor ocupó el lugar del mandamiento de la circuncisión, y así deben guardarse todos los mandamientos: en amor, o de ningún modo.

12 De igual manera Cristo excusó a sus discípulos, como consta en Mt 12:3-4, cuando los judíos los acusaron de transgredir la ley, de hacer en sábado lo que no era lícito hacer en el día de reposo, al arrancar espigas y comerlas. Entonces el Señor les dio a entender que no hacían nada malo, como diciendo: Aquí no hay sábado; porque el cuerpo necesita alimento, la necesidad lo exige; tenemos que comer, aunque sea en sábado. Por eso el Señor citó el ejemplo de David, que puso ante los judíos, y dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando tuvo hambre, él y los que con él estaban; cómo entró en la casa de Dios, y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que estaban con él, sino solamente a los sacerdotes?» 1 S 21:3s. Entonces David comió el pan, aunque no era sacerdote, porque el hambre lo apremiaba. Tampoco Ahimelec el sacerdote violó la ley al dar el pan a David, porque estaba presente el amor y lo movió a darlo. Así, hasta la ley entera habría tenido que servir a David en su necesidad.

13 Por tanto, cuando la ley empuja a alguien contra el amor, cesa y ya no debe ser ley; pero donde no hay obstáculo, el cumplimiento de la ley es prueba del amor, que está oculto en el corazón. Por eso ustedes necesitan la ley, para que el amor se manifieste; pero si no puede cumplirse sin daño para nuestro prójimo, Dios quiere que la suspendamos y la pasemos por alto.

14 Así has de ordenar tu vida y tu conducta. Hay en nuestros días muchas costumbres, muchas órdenes y ceremonias con las que falsamente pensamos merecer el cielo; y sin embargo no hay sino este único principio, a saber: el amor al prójimo, que incluye en sí todas las buenas obras. Te daré un ejemplo que oímos hace poco. Aquí hay un sacerdote o monje que debe leer sus oraciones o la regla de su orden, o celebrar misa, o rezar una penitencia. En ese momento llega hasta él un pobre o una pobre que necesita su ayuda y consejo. ¿Qué hará este sacerdote o monje? ¿Realizará su servicio o socorrerá al pobre? Debe, pues, obrar con prudencia y pensar: Es verdad que estoy obligado a leer mis oraciones, celebrar misa o rezar la penitencia; pero por otra parte, aquí hay un pobre; necesita mi ayuda y debo acudir en su socorro. Dios me mandó esto; pero lo otro lo inventaron e instituyeron los hombres. Dejaré los mandatos de los hombres y serviré a mi prójimo conforme al mandamiento de Dios.

15 Sin embargo, muy rara vez pensamos que el precioso servicio de celebrar misa y leer oraciones deba pasar a segundo plano, y que un servicio tan humilde, como ustedes lo consideran, deba tener la preferencia. Pero ¿cuál es la razón? La razón es que estos predicadores soñadores, que no tienen otra cosa que presentarnos sino las ordenanzas de los hombres, nos han hecho tan tímidos y temerosos que llegamos a la conclusión de que, si no nos regulábamos en todo según su predicación, el cielo mismo se caería. Sí, dejarían morir de hambre a diez pobres antes que dejar de decir una misa. Aun hoy encontramos muchos monjes o sacerdotes que antes dejarían helarse a un pobre que violar sus estatutos y ordenanzas. Tan lamentable y miserablemente los han engañado sus predicadores y maestros impíos, y sus superiores, que con sus estatutos y ordenanzas diabólicas los han apartado, y siguen apartándolos, cada vez más de la ley de Dios hacia nuestras propias ideas.

16 Estos son los principales frutos de la incredulidad y la impiedad que, como declaran las Escrituras, provocan a Dios. ¿No debería Dios airarse conmigo, si me manda mostrar amor a mi prójimo y yo voy y sigo mis propios sueños o los de otros? Es como si un amo dijera a su siervo: Ve y trabaja en el campo, y el siervo fuera y quisiera lavar los platos. ¿No tendría el amo razón para airarse con tal siervo? Así sucede también con Dios. Quiere que guardemos sus mandamientos y que los estimemos más que los mandamientos de los hombres, y que todos los mandamientos estén subordinados al amor, de modo que todo quede comprendido en estos dos mandamientos de los que el Señor habla aquí en este evangelio: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.»

17 ¿Quieres hacer algo agradable a Dios? Hazlo entonces por genuino amor. Que los judíos practicaran la circuncisión, ayunaran mucho, oraran mucho y realizaran otros servicios semejantes no agradaba a Dios, porque no procedía del corazón, como exige este mandamiento: Amarás a Dios con todo tu corazón. Así será también contigo, aunque pertenecieras a los frailes cartujos o a una orden aún más rigurosa; todo sería en vano si no tuvieras el amor de Dios. De aquí has de concluir que todas las obras que no nacen del amor, o que van contra el amor, no son nada. Ningún mandamiento debe estar en vigor, salvo aquellos en los que puede ejercitarse la ley del amor.

18 De aquí se ve ahora cuán engañosa es la vocación de los monjes y sacerdotes, pues quieren merecer el cielo solo por sus obras, y además obligan al pueblo a hacer buenas obras para merecer así el cielo, lo cual es un servicio maldito e impío. Por tanto, como ya se dijo, la ley ha de ser solo un ejercicio para probar nuestro amor; fuera del amor, Dios nunca pregunta por las obras, por excelentes que sean.

19 Ya pueden ver cuántos saben lo que significa la ley: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo. Ciertamente son pocos los que lo saben, y menos aún los que lo cumplen. ¿Cómo pueden guardar lo que no conocen? Somos ciegos, y nuestra naturaleza es totalmente ciega, y lo mismo la razón humana. Nada conoce tan imperfectamente como lo que exige la ley de Dios.

20 Ahora bien, Cristo muestra aquí a los fariseos y a los escribas una doble bondad. En primer lugar, disipa su ceguera y les enseña qué es la ley. En segundo lugar, les enseña cuán imposible les es guardar la ley. Disipa su ceguera al enseñarles qué es la ley, a saber, que el amor es la ley. La razón humana no puede comprender esto hoy más que los judíos entonces, pues si hubiera sido posible que la razón humana lo comprendiera, los fariseos y escribas, que en aquel tiempo eran los mejores y más sabios del pueblo, habrían podido entenderlo; pero ellos pensaban que consistía solo en cumplir las obras externas de la ley; en dar a Dios, sea de buena o de mala gana; pero su ceguera interior, su codicia y su corazón endurecido no podían verlos, y pensaban que entendían a fondo la ley y que eran unos buenos sujetos, gente santa y piadosa; pero se estorbaban a sí mismos la luz. Porque nadie puede guardar la ley a menos que su naturaleza sea completamente renovada.

21 Ten, pues, por cosa establecida que la razón nunca podrá entender y cumplir la ley, aunque conozca el significado de la ley. ¿Cuándo haces a otro lo que quieres que él te haga a ti? ¿Quién ama de corazón a su enemigo? ¿Quién ama morir? ¿Quién sufre de buena gana la deshonra y la vergüenza? Querido señor, ¡muéstrame a un hombre que goce de tener mala fama o de vivir en pobreza! Porque la naturaleza y la razón humana huyen por completo de esto, temen, se aterran y se espantan; y si fuera posible, en cuanto estuviera en su poder, nunca sufrirían tal desgracia. La naturaleza humana por sí sola nunca podrá cumplir lo que Dios exige en este mandamiento, a saber, que sometamos nuestra voluntad a la voluntad de Dios, de modo que renunciemos a nuestra razón, nuestra voluntad, nuestra fuerza y nuestro poder, y digamos de corazón: Hágase tu voluntad. Y en verdad, en ninguna parte hallarás a una persona que ame a Dios con todo su corazón y a su prójimo como a sí misma. Bien puede suceder que dos compañeros vivan amistosamente; pero aun allí se esconde la hipocresía, que dura hasta que él te hiere; entonces verás cómo lo amas, y si eres carne o espíritu. Este mandamiento me exige, pues, ser amable con todo mi corazón con quien me ha ofendido; pero ¿cuándo lo hago?

22 Así quiere Cristo mostrarnos que predicamos rectamente la ley solo cuando aprendemos de ella que no somos capaces de cumplirla y que somos propiedad del diablo. Esto lo aprendemos por experiencia, y las Escrituras lo muestran de vez en cuando, especialmente san Pablo cuando dice en Ro 8:7-8: «Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden», y sigue que los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.

23 Toma, pues, para ti este mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y piensa en él, contémplalo y examina qué clase de ley es; cuán lejos estás de cumplirla, es más, cómo ni siquiera has hecho aún un comienzo en sufrir y hacer de corazón lo que Dios te exige. Es pura hipocresía que alguien quiera arrastrarse a un escondite y pensar: ¡Oh, yo amaré a Dios! ¡Oh, cómo lo amo, él es mi Padre! ¡Cuán bondadoso es conmigo!, y cosas semejantes. Sí, cuando Dios hace nuestro gusto, fácilmente decimos tales cosas; pero cuando envía desgracia y adversidad, ya no lo tenemos por nuestro Dios ni por nuestro Padre.

24 El verdadero amor a Dios no obra así, sino que en el corazón piensa y con los labios dice: Señor Dios, yo soy tu criatura; haz conmigo como quieras; no me importa. Siempre soy tuyo, eso lo sé; y si lo deseas, moriré en esta misma hora o sufriré cualquier gran desgracia; lo haré alegremente de corazón. No estimaré mi vida, mi honra, mis bienes y todo lo que tengo, más alto ni más grande que tu voluntad, la cual será mi deleite todos mis días. Pero nunca hallarás a una persona que se ordene constantemente según este mandamiento; porque toda la vida que vives en el cuerpo, en los cinco sentidos, y todo lo que haces en tu cuerpo, debería ordenarse de modo que se hiciera para la gloria de Dios, según las normas de este mandamiento que dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente.» Como si Cristo dijera: Si amas a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, entonces no faltará nada; lo experimentarás en tu vida diaria, a saber, cuando todo lo que haces, ya velando o durmiendo, ya trabajando o descansando, ya comiendo o bebiendo, se dirige y se hace por amor a Dios desde el corazón. De igual manera, tu mente y tus pensamientos se dirigirán también total y enteramente a Dios, de modo que no aprobarás nada de lo que no estés seguro de que agrada a Dios. Sí, ¿dónde están los que hacen esto?

25 Y esta parte, donde dice «con toda tu mente», argumenta poderosamente contra los escritos y enseñanzas de los hombres, en los cuales él se apoya especialmente, pensando obtener así un Dios misericordioso y merecer el cielo. Tal imaginación de la razón humana nos aparta de modo asombroso de este mandamiento, de manera que no amamos a Dios con toda la mente; como se ha hecho hasta ahora, y aún se hace en el presente. Porque estos sacerdotes y monjes no piensan otra cosa sino que Dios se mueve por la misa y por otras invenciones humanas; pero él lo aborrece y no lo desea, como se dice en Is 29:13: «En vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.» Mt 15:8-9. El mandamiento te exige aquí que no tengas por bueno nada que sea contra Dios y contra todo lo que él ha mandado o prohibido. Así te exige entregarte total y enteramente a él en toda tu vida y conducta.

26 De aquí puedes concluir que no hay ser humano que no esté condenado, ya que nadie ha guardado este mandamiento, y Dios quiere que todos lo guarden. Allí estamos, en medio del temor y la angustia, sin poder ayudarnos a nosotros mismos, y el primer conocimiento de la ley es que vemos que nuestra naturaleza humana no puede guardar la ley; porque quiere el corazón, y si no se hace con el corazón, de nada vale delante de Dios. Bien puedes hacer las obras exteriormente, pero Dios no se satisface así, cuando no se hacen de corazón, por amor; y esto nunca se hace a menos que el hombre nazca de nuevo por el Espíritu Santo. Por tanto, Dios no pretende lograr con la ley nada más sino que de este modo seamos obligados a reconocer nuestra incapacidad, fragilidad y enfermedad, y que con nuestros mejores esfuerzos no podemos cumplir ni una letra de la ley. Cuando te das cuenta de esto, la ley ha cumplido su obra. Esto es lo que Pablo quiere decir cuando dice en Ro 3:20: «Por medio de la ley es el conocimiento del pecado.»

27 De aquí se ve claramente que todos somos iguales y uno en la maldad interior del corazón, que la ley revela cuando la miramos rectamente. Por eso bien podríamos decir: Si uno es bueno, todos son buenos. Por tanto, nadie debe acusar a otro. Es cierto que en los pecados públicos y groseros hay pegado un pecado más profundo; pero el corazón es igualmente malo, a menos que sea renovado por el Espíritu Santo. Pero ¿qué haré cuando haya reconocido mi pecado? ¿De qué me sirve? Me ayuda muchísimo, porque cuando he llegado hasta aquí, no estoy lejos del reino; como dice Cristo a un escriba en Mr 12:34, que también sabía que las obras de la ley eran nada sin amor.

28 Pero ¿qué haremos para librarnos de nuestra mala conciencia? Aquí sigue ahora la otra parte de este evangelio, a saber, quién es Cristo y qué podemos esperar de él. De él debemos recibir y asegurar la libertad de una conciencia mala, o permaneceremos en nuestros pecados eternamente, porque para esto Cristo es dado a conocer y entregado por el Padre, para librarnos del pecado, de la muerte, de una conciencia mala y de la ley.

29 Hemos oído ahora qué es la ley y cómo por medio de la ley llegamos al conocimiento del pecado; pero esto no basta, otro tiene aquí una obra que hacer, cuyo nombre es Cristo Jesús; aunque la primera, la ley, ciertamente debe permanecer; es más, es necesaria. Porque si no siento mis pecados, nunca preguntaré por Cristo; como hacen aquí los fariseos y escribas, que pensaban haber hecho todo lo que la ley mandaba y estar dispuestos a hacer aún más; pero de Cristo no sabían nada. Por eso, ante todo, cuando se conoce la ley y se revela el pecado por medio de la ley, es necesario entonces que sepamos quién es Cristo; de otro modo el conocimiento del pecado de nada nos sirve.

30 Pero la ley se conoce cuando aprendo de ella que estoy condenado, y veo que no hay esperanza ni consuelo en ninguna parte para mí, y que ni siquiera puedo ayudarme a mí mismo, sino que necesito que otro me libre. Entonces es tiempo de que busque a quien pueda ayudar, y ese es Cristo Jesús, que con este fin se hizo hombre y se hizo semejante a nosotros, para ayudarnos a salir del lodo en que hemos caído. Él amó a Dios con todo su corazón y a su prójimo como a sí mismo, y sometió su voluntad a la voluntad de su Padre, cumplió la ley en todo respecto; esto yo no podía hacerlo y, sin embargo, se me exigía. Por eso el Padre lo acepta a él; y lo que él cumplió en la ley, me lo ofrece a mí. Me da gratuitamente su vida con todas sus obras, para que yo pueda apropiármelas como una posesión que es mía y se me otorga como don gratuito. Nos libra de la ley, pues cuando la ley dice: Ama a Dios con todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo, o serás condenado, entonces yo digo: No puedo hacerlo. Entonces Cristo dice: Ven a mí, tómame y aférrate a mí por la fe; entonces te librarás de la ley.

31 Ahora bien, esto se cumple de la siguiente manera: Cristo, por su muerte, nos ha asegurado el Espíritu Santo; y él cumple la ley en nosotros, y no nosotros. Porque ese Espíritu, que Dios envía a tu corazón por causa de su Hijo, hace de ti un hombre enteramente nuevo, que hace con gozo y amor de corazón todo lo que la ley exige, lo que antes te habría sido imposible hacer. Este hombre nuevo desprecia la vida presente y desea morir, se regocija en toda adversidad y se somete total y enteramente a la voluntad de Dios. Todo lo que Dios hace con él le agrada. Este Espíritu no puedes merecerlo tú mismo, sino que Cristo lo ha asegurado y merecido. Cuando creo de corazón que Cristo hizo esto por mí, recibo también ese mismo Espíritu Santo que me hace un hombre enteramente nuevo. Entonces todo lo que Dios manda es dulce, amable y agradable, y hago todo lo que él desea de mí; no con mis propias fuerzas, sino con la fuerza de aquel que está en mí, como dice Pablo en Fil 4:13: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.»

32 Pero debes cuidarte de no emprender conseguir esta fe en Jesucristo por tus propias obras o poder, ni de tomar a la ligera este asunto; porque es imposible para el hombre natural; el Espíritu Santo debe hacerlo. Guárdate, pues, de los predicadores de la propia justicia, que simplemente parlotean y dicen: Debemos hacer buenas obras para ser salvos. Pero nosotros decimos que la fe sola basta para ello. Nuestras buenas obras tienen otro fin, a saber, probar nuestra fe, como ya me han oído decir con frecuencia.

33 Este es, pues, el propósito de la pregunta que el Señor hizo a los fariseos: ¿Qué piensan del Cristo? ¿Quién es y de quién es hijo? Pero su respuesta, cuando dicen: Es hijo de David, el Señor la rechaza y la oscurece, y remite a un pasaje del Salmo, para dejarlos en la duda, de modo que nadie pudo responderle una palabra.

34 Ahora bien, cuando David llama a Cristo su Señor, al decir en el Sal 110: «Dijo Jehová a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies», debe entenderse que David habla de él como Dios y como hombre, pues según la carne solamente era hijo de David. Pablo también une estas dos cosas cuando dice en Ro 1:1-4: «Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne; que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos.» Pero es algo saber que Cristo es Señor; porque esto tiene fuerza y poder y consuela especialmente en el tiempo de la aflicción. Pero sobre esto he dicho más en otro lugar y por eso concluiré ahora, y pido a Dios gracia.

Sermón para el decimoctavo domingo después de la Trinidad; Mateo 22:34-46 (2.º sermón)

LA DOCTRINA ACERCA DE LA LEY Y EL EVANGELIO; O EL MAYOR MANDAMIENTO Y CRISTO.

1 En este evangelio Cristo responde a la pregunta que los fariseos le hicieron: ¿Cuál es el mayor mandamiento de la Ley? y a su vez les hace la pregunta: ¿Qué piensan del Cristo?, ¿de quién es hijo? Así este evangelio nos presenta lo que oímos continuamente y debemos oír, de modo que estos dos sermones han de seguir predicándose en la cristiandad, a saber: el primero, la enseñanza de la Ley o de los diez mandamientos, y el segundo, la doctrina acerca de la gracia de Cristo. Porque si uno de ellos cae, arrastra consigo al otro; y por el contrario, dondequiera que uno permanece firme y se pone fielmente en práctica, trae consigo al otro.

2 Y Dios ha ordenado que estos dos temas se prediquen para siempre en la Iglesia cristiana; es más, desde el principio del mundo siempre se han acompañado el uno al otro; fueron dados a nuestro padre Adán cuando aún estaba en el paraíso, y más tarde fueron confirmados por medio de Abraham, Moisés y los profetas.

Porque los exige la necesidad de la humanidad, caída como está bajo el poder de Satanás, de modo que vivimos y nos movemos en el pecado y somos dignos de muerte eterna. Adán sintió y lamentó el pecado y sus daños; pero más tarde el sentido del pecado pronto se debilitó y se descuidó, de modo que los paganos no lo consideraban pecado, aunque sentían en sus cuerpos mala concupiscencia y deseo; pero se imaginaban que todo eso pertenecía al carácter y la naturaleza del hombre. Enseñaban, sin embargo, que el hombre debía refrenar tales deseos y no dejarlos ir demasiado lejos; pero esta naturaleza en sí no la condenaban.

3 Por eso Dios dio esta única y sencilla enseñanza que revela lo que el hombre es, lo que ha sido y lo que debe volver a ser. Esta es la doctrina de la Ley, que Cristo cita aquí: V.37. Amarás a Dios con todo tu corazón, etc. Como si dijera: Así fuiste, y así debes seguir siendo y llegar a ser. En el paraíso estabas en posesión del tesoro y fuiste creado de tal modo que amabas a Dios con todo tu corazón; esto lo has perdido; pero ahora debes volver a ser como eras, o nunca entrarás en el reino de Dios. De igual manera habla clara y llanamente en otros lugares, Mt 19:17: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» Asimismo, Lc 10:28: «Haz esto, y vivirás, etc.» Esto debe, en suma, guardarse; y que queramos disputar tanto sobre ello no sirve de nada, como si uno pudiera salvarse sin ello, es decir, sin lo que se llama amar a Dios con todo el corazón y a tu prójimo como a ti mismo. Esta ley divina debe ser cumplida por ti tan pura y completamente como la cumplen los ángeles en el cielo.

4 Por tanto, es erróneo y no debe permitirse lo que algunos dijeron en la antigüedad y lo que ahora dicen algunos espíritus necios: Aunque no guardes el mandamiento y no ames a Dios ni a tu prójimo, es más, aunque seas incluso un adúltero, eso no importa; si solo crees, serás salvo. No, querido mortal, eso no vale nada; nunca ganarás así el cielo; debe llegarse al punto de que guardes los mandamientos y permanezcas en amor hacia Dios y hacia tu prójimo. Porque allí está brevemente determinado: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» Y también a los Gálatas, Gá 5:19-21: «Y manifiestas son las obras de la carne, que son… de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios, etc.»

5 Y Cristo quiere que los cristianos observen esta doctrina para que sepan lo que han sido, lo que aún les falta y lo que deben volver a ser, para que no continúen en la miseria e inmundicia en que se encuentran ahora; porque si continúan, tienen que perderse.

Cristo habla claramente en Mt 5:17-18: «No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo…» La Ley debe enseñarse y observarse de tal modo que no pasará ni una jota ni una tilde de ella, hasta que todo se haya cumplido. Además, Cristo dice en Mt 12:36: «Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.» Y san Pablo en Ro 8:4: Dios envió a su Hijo en carne para que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros. Y en Ro 3:31: «¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.» Es decir, precisamente por eso enseñamos la fe, por la cual se cumple la ley.

6 Pues esta es en verdad una doctrina gloriosa que enseña lo que hemos de llegar a ser; pero para que también se realice y no se siga predicando en vano, debe añadirse la otra doctrina, a saber, cómo y por qué medios podemos volver a nuestro estado anterior. Volvemos cuando oímos lo que perdimos en el paraíso; cuando Adán vivía en pleno amor a Dios, y en puro amor a su prójimo, y en perfecta obediencia sin mala concupiscencia, y que si hubiera permanecido así, nosotros seguiríamos siéndolo; pero ahora, puesto que por el pecado cayó de este mandamiento, también nosotros yacemos en la misma miseria, llenos de pecado y desobediencia, bajo la ira y la maldición de Dios, y caemos de un pecado en otro, y la Ley está ahí, nos declara culpables, nos apremia y exige que seamos piadosos y obedientes a Dios.

7 ¿Qué haremos entonces aquí, si la Ley manda y empuja continuamente y nosotros no tenemos fuerzas? Porque aquí mi propia conciencia argumenta siempre contra mí: Puesto que debo amar a Dios con todo mi corazón y a mi prójimo como a mí mismo, y no lo hago, debo, por tanto, ser condenado, y Dios aprueba y confirma la sentencia de condenación. ¿Quién me aconsejará en este caso? No sé qué aconsejarte, dice la Ley; pero decreta y exige llanamente que seas obediente.

Aquí vienen ahora los profetas y predican a Cristo, y dicen: Viene uno que dará consejo sobre cómo el hombre puede recobrar lo que perdió y volver al estado del que cayó, al cual lo apunta la Ley. Este es el otro sermón que debe y tiene que predicarse hasta el día del juicio, a saber, la ayuda contra el pecado, la muerte y Satanás, y la restauración de nuestros cuerpos y almas, para que lleguemos al estado en que amemos a Dios y a nuestro prójimo de corazón. Esto se hará plena y perfectamente en la vida futura, pero aquí en esta vida debe comenzarse.

8 Porque en la vida venidera ya no habrá fe, sino amor perfecto, y todo lo que la Ley exige lo haremos con todo nuestro corazón. Por eso debemos predicar ahora lo que debemos llegar a ser y seguir siendo para siempre, a saber, que hemos de amar a Dios y a nuestro prójimo con todo nuestro corazón. Esto lo comenzaré, dice Cristo, y lo completaré, no solo en cuanto a mi propia persona, sino que los ayudaré a hacer un comienzo y a continuar siempre en ello, hasta que lleguen adonde también lo cumplirán perfectamente.

9 Ahora bien, esto sucederá así. Puesto que no podemos guardar la Ley y es imposible para el hombre natural hacerlo, Cristo vino y se puso entre el Padre y nosotros, y ora por nosotros: Amado Padre, sé misericordioso con ellos y perdónales sus pecados. Yo tomaré sobre mí sus transgresiones y las llevaré; yo te amo con todo mi corazón, y además a todo el género humano, y esto lo probaré derramando mi sangre por la humanidad. Además, yo he cumplido la Ley y lo hice para su bien, a fin de que participen de mi cumplimiento de la Ley y por ello lleguen a la gracia.

10 Así se nos da primero, por medio de Cristo, la certeza de que no cumplimos la Ley y de que el pecado es plena y completamente perdonado; sin embargo, esto no se otorga de manera ni con el fin de que en adelante no tengamos que guardar la Ley y podamos seguir pecando para siempre, ni de que enseñemos que, si tenemos fe, ya no necesitamos amar a Dios y a nuestro prójimo. Sino que se nos otorga la certeza de que el cumplimiento de la Ley puede ahora, por primera vez, intentarse con éxito y realizarse perfectamente, y esta es la voluntad eterna, fija e inmutable de Dios. Para esto es necesario predicar la gracia, para que el hombre halle consejo y ayuda para llegar a una vida perfecta.

11 Pero la ayuda que se nos ofrece es que Cristo ruega al Padre que nos perdone nuestros pecados contra esta Ley y que no nos impute lo que todavía debemos. Luego promete también dar el Espíritu Santo, con cuya ayuda el corazón comienza a amar a Dios y a guardar sus mandamientos. Porque Dios no es benigno y misericordioso con los pecadores para que no guarden su Ley, ni para que permanezcan como estaban antes de recibir la gracia y la misericordia; sino que perdona y remite tanto el pecado como la muerte por causa de Cristo, que cumplió toda la Ley para endulzar así el corazón y, por el Espíritu Santo, encenderlo y moverlo a comenzar de nuevo a amar de día en día más y más.

12 Así comienza en nosotros no solo el amor, sino también la verdad, es decir, un carácter verdadero, como la Ley lo exige; como dice san Juan en Jn 1:17, que Cristo está lleno de gracia y de verdad, y por medio de él crecen en nosotros la gracia y la verdad, que ni Moisés ni la ley pueden darnos. Porque la Ley no queda abolida por la gracia de modo que se pase por alto la verdad y no amemos a Dios; sino que por medio de él experimentamos que no guardamos la Ley tan perfectamente como debiéramos en el reino del perdón o de la gracia. Pero además se nos da el Espíritu Santo, que enciende en nosotros una nueva llama o fuego, a saber, amor y deseo de hacer los mandamientos de Dios. En el reino de la gracia esto debe comenzar y crecer siempre hasta el día del juicio, cuando ya no se llamará gracia ni perdón, sino pura verdad y perfecta obediencia. Entretanto él sigue dando, perdonando, soportando y sobrellevando, hasta que seamos puestos en nuestras tumbas.

13 Ahora bien, si así continuamos en la fe, es decir, en lo que el Espíritu Santo da y perdona, en lo que comienza y termina, entonces el fuego del día del juicio, en el cual será consumido el mundo entero, nos limpiará y purificará, de modo que ya no necesitaremos este dar y perdonar, como si hubiera algo inmundo y pecaminoso en nosotros, como realmente lo hay al presente; seguramente seremos como el resplandor del querido sol, sin mancha ni defecto, llenos de amor, como fue Adán al principio en el paraíso.

Así se dirá entonces con verdad que la Ley queda confirmada y cumplida, Ro 3:31. Porque entonces ya no nos culpará ni nos reprenderá; sino que la Ley se dará por satisfecha y la deuda por pagada, incluso por nosotros mismos; puesto que todo se ha cumplido ya, no por nosotros, y sin embargo por ello somos libres y salvos, de modo que nos guarecemos bajo el manto y las alas de Cristo, que hace satisfacción por nosotros hasta que yazcamos bajo la tierra y salgamos de nuevo de la sepultura con un hermoso cuerpo glorificado, que será pura santidad y pureza, con un alma limpia, llena del amor de Dios. Entonces ya no necesitaremos su manto ni sus oraciones, sino que todos estaremos allí perfectos y completos, como debemos ser. Ahora, puesto que creo en él, mis pecados son perdonados y se me llama hijo de la gracia. Y además, la verdad debe surgir también en mí, es decir, un nuevo carácter justo, que ha de continuar hasta que me perfeccione; puesto que Cristo, la verdad, ha venido, no para abolir la Ley, sino para confirmarla, no solo en sí mismo, lo cual se hizo hace mucho, sino en mí y en todos los cristianos.

14 Estas son las dos doctrinas que deben acompañarse una a la otra, ya que van juntas o la una está en la otra, y siempre deben ir juntas mientras vivamos aquí, por las cuales la Ley o el mandamiento de Dios puede comenzar a obrar en los cristianos, para que los impíos y desobedientes del mundo sean refrenados y castigados. Puesto que no temerán ni amarán a Dios como los cristianos y creyentes, están obligados a temer el fuego eterno, la perdición y otros castigos. Otros, en cambio, aprenderán por ella de dónde han caído y cuán dolorosa y plenamente han heredado el pecado.

15 Porque cuando comparo mi vida con la Ley, veo y experimento siempre lo contrario de lo que la Ley ordena. Debo confiar a Dios mi cuerpo y mi alma, y amarlo con todo mi corazón; sin embargo, preferiría tener un tálero en mi arca que diez dioses en mi corazón, y me alegro más cuando sé cómo ganar diez táleros que cuando oigo todo el evangelio. Que un príncipe dé a una persona un castillo o varios miles de táleros: ¡qué saltos y alegría se producen! En cambio, que una persona sea bautizada o reciba la comunión, que es un tesoro celestial y eterno, y no hay ni la décima parte de alegría. Así somos por naturaleza; no hay nadie que se regocije tan de corazón por los dones y la gracia de Dios como por el dinero y los bienes terrenales; ¿qué significa eso sino que no amamos a Dios como debemos? Porque si confiáramos en él y lo amáramos, nos alegraríamos más de que nos diera el sentido de la vista que de poseer el mundo entero. Y la palabra de consuelo que me habla por el evangelio debería darme una alegría mayor que el favor, el dinero, la riqueza y los honores de todo el mundo. Pero que no sea así, y que diez mil táleros puedan alegrar a la gente más que toda la gracia y los bienes de Dios, prueba qué clase de fruto somos y en qué angustiosa y horrible caída yacemos. Y sin embargo no lo veríamos ni lo comprenderíamos si no se nos revelara por medio de la Ley, y tendríamos que permanecer para siempre en ella y perdernos, si no fuéramos ayudados a salir de ella por medio de Cristo. Por eso se nos dan la Ley y el Evangelio, para que aprendamos a conocer tanto cuán culpables somos como a qué debemos volver.

16 Esta es, pues, la enseñanza y predicación cristiana que, sea Dios alabado, conocemos y poseemos, y no es necesario por ahora desarrollarla más, sino solo ofrecer la exhortación de que se mantenga en la cristiandad con toda diligencia. Porque Satanás la ha atacado continuamente, dura y fuertemente, desde el principio hasta el presente, y de buena gana la apagaría por completo y la pisotearía. Porque no soporta que la gente permanezca en ella y se conduzca rectamente, y busca cien mil artes y astucias solo para aplastarla. Por eso yo predico esto con tanto gusto, pues es muy necesario; porque hasta el presente nunca se ha oído ni se ha conocido en el papado.

17 Porque yo mismo era un docto doctor en teología y sin embargo nunca entendí bien los diez mandamientos. Es más, había muchos doctores muy celebrados que no sabían si eran nueve, diez u once los mandamientos, y mucho menos conocíamos el evangelio y a Cristo. Lo único que se enseñaba y defendía era: Invoquen a la Virgen María y a otros santos como sus mediadores e intercesores; ayunen a menudo y oren mucho; hagan peregrinaciones, entren en claustros y háganse monjes, o paguen para que se digan muchas misas y obras semejantes. Y así nos imaginábamos que, al hacer estas cosas, habíamos merecido el cielo.

18 Aquel fue el tiempo de la ceguera, cuando nada sabíamos de la Palabra de Dios, sino que nos conducíamos a nosotros mismos y a otros a la miseria con nuestra propia charla vana y nuestros sueños. Y yo fui uno de los que en verdad se bañaron en este sudor o en este baño de angustia. Por eso pongamos atención para captar a fondo y retener esta doctrina, por si otros fanáticos y espíritus falsos quieren atacarla, de modo que estemos prevenidos y aprendamos mientras tenemos el tiempo y el querido sol nos alumbra de nuevo, y compremos mientras el mercado está a nuestra puerta. Porque sucederá que, cuando estas luces que Dios da ahora hayan partido, Satanás no descansará hasta levantar otros espíritus fanáticos para hacer daño; como ya ha comenzado a hacerlo en muchos lugares en nuestra generación. ¿Qué sucederá después de que nos hayamos ido?

19 Por tanto, aprenda quien pueda aprender, y aprenda bien, para que conozcamos primero los diez mandamientos, lo que debemos a Dios. Porque si no sabemos esto, no sabemos nada y no preguntaremos en lo más mínimo por Cristo. Igual que hacíamos nosotros los monjes, que o tenían a Cristo por un juez airado o lo despreciaban por completo ante nuestra santidad imaginaria. Nos figurábamos que no estábamos en pecado, que es lo que los diez mandamientos muestran y castigan; sino que teníamos la luz natural de la razón y el libre albedrío, y si vivíamos conforme a eso, en cuanto podíamos, Dios tendría que concedernos su gracia, etc. Pero ahora, si hemos de conocer a Cristo como nuestro ayudador y Salvador, entonces debemos saber primero de qué puede ayudarnos, no del fuego ni del agua, ni de otra necesidad y peligro corporal, sino del pecado y del odio de Dios. Pero ¿de dónde sé que yazgo ahogado en la miseria? De ninguna otra fuente sino de la Ley, que debe mostrarme cuál es mi pérdida y mi enfermedad, o nunca preguntaré por el médico y su ayuda.

20 Así tenemos las dos partes de la ayuda de Cristo: la una, que debe representarnos ante Dios y ser un manto que cubra nuestra vergüenza, como quien toma sobre sí nuestros pecados y deshonra; un manto, digo, para nosotros, como quien toma sobre sí nuestros pecados y vergüenza, pero ante Dios un trono de gracia en quien no hay pecado ni vergüenza, sino solo virtud y honra. Y como una gallina extiende sus alas contra el milano, el diablo con su pecado y su muerte, para que Dios por causa de él lo perdone todo y a nosotros no pueda hacernos daño. Pero con la condición de que solo permanezcas bajo estas alas. Porque mientras estás bajo su manto y protección y no sales de debajo de él, el pecado que aún hay en ti no ha de ser pecado, por causa de aquel que te cubre con su justicia.

21 Luego, en segundo lugar, Cristo no solo nos cubre y protege así, sino que también nos nutrirá y alimentará como la gallina a sus pollitos, es decir, nos da el Espíritu Santo y fuerza para comenzar a amar a Dios y a guardar sus mandamientos. Y esto continuará hasta el último día, cuando cesarán la fe y este manto de vergüenza, de modo que contemplaremos al Padre sin medio ni cubierta alguna, y nosotros mismos estaremos ante él, y ya no habrá pecado en nosotros que perdonar; sino que todo será restaurado y devuelto o perfeccionado, como dice san Pablo en Hch 3:21, purificado y perfecto, lo que Satanás desde el principio perturbó y arruinó.

22 Ahora bien, Cristo quiere enseñar esto con su respuesta y con la pregunta con la que reprendió a los fariseos. Como si dijera: No saben más que hablar de la Ley, que les enseña que deben amar a Dios y a su prójimo, y sin embargo no la entienden; porque se imaginan haberla cumplido, aunque están aún lejos de hacerlo. Como aquel de Mt 19:20-21, que se jacta de haber guardado todos los mandamientos desde su juventud; pero Cristo le dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres.» Esto equivale a decir: Quien quiera amar rectamente a Dios y guardar sus mandamientos debe poder sacrificar sus posesiones, su cuerpo y su vida. Por eso, dirá Cristo, es necesario que sepan otra cosa, a saber, que conozcan y posean al hombre llamado Cristo, que nos ayuda para que esta doctrina de la Ley sea confirmada y perfeccionada en ustedes.

23 Pero ¿qué significa conocer rectamente a Cristo? Esto no lo saben los fariseos y escribas; porque no lo consideran más que hijo de David, es decir, el que ha de sentarse en el trono de David (como nacido de su carne y sangre) y es señor y rey, también mayor y más poderoso que David, y sin embargo solo un gobernante temporal que haga de su pueblo los señores del mundo y ponga a todos los paganos bajo su dominio, etc. Pero que ellos lo necesitaran en su estado perdido, para ayudarlos a salir del pecado y de la muerte, de eso no sabían nada. Por eso el Espíritu Santo debe enseñar que no era solo hijo de David, sino también Hijo de Dios, como se enseñó después de su resurrección.

24 Ahora bien, aquí Cristo no explica esto, sino que solo plantea que David, en el Sal 110:1, llamó a Cristo su Señor: V.43. ¿Cómo, pues, dice, David en el Espíritu le llama Señor? No suena bien y es contra la naturaleza que un padre llame señor a su hijo, y le esté sujeto y le sirva. Pues David llama a Cristo su Señor, y un Señor a quien el mismo Jehová dice: V.44. Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies, es decir, sé como yo, reconocido y adorado como el Dios verdadero y cierto; porque a ningún otro le conviene sentarse a su diestra; en efecto, es tan celoso que no permite que nadie fuera de él mismo se siente igual a él, como dice en la profecía de Is 48:11: «Mi honra no la daré a otro.» Puesto que Jehová pone ahora a Cristo igual a sí mismo, debe ser más que todas las criaturas. Por eso les propone una gran pregunta, pero los deja así atascados; porque no la entendieron y aún no era el tiempo de darlo a conocer públicamente. Pero el sentido es el que nos enseñan nuestros artículos de fe que creamos: que Cristo era tanto verdadero hijo natural de David, de su sangre y carne, como también Señor de David, a quien el mismo David debe adorar y tener por Dios. Sin embargo, era imposible hacer concordar estas afirmaciones, como sigue siendo imposible para la razón humana, si el Espíritu Santo no lo revela, cómo pueden ser ambas cosas a la vez en un solo Cristo: que fuera verdaderamente descendiente de David e Hijo de Dios por naturaleza.

25 Ahora bien, Cristo propuso esta pregunta para enseñar que no basta tener la Ley, que es lo único que muestra de qué estado hemos caído; sino que quien quiera volver a él y ser renovado, eso lo debe hacer Cristo mediante el conocimiento de él, que en efecto nació de David y es su carne y sangre, pero no nacido en pecado, como nacen David y todos los hombres, sino que debía nacer sin varón, de una gota de la sangre pura de una virgen, santificada por el Espíritu Santo, para que naciera verdadero y real hombre sin pecado alguno.

26 Él es el único hombre que ha podido guardar y cumplir la Ley; semejante a todos los demás hombres por naturaleza, y sin embargo sin la misma culpa, criado sin pecado y sin la ira de Dios. Este había de interceder por nosotros ante Dios y ser nuestra diestra y protección, ser para nosotros lo que la gallina es para sus pollitos, en quien tenemos perdón de pecados y liberación de la ira de Dios y del infierno. Y no solo esto, sino que también nos da el Espíritu Santo para seguirlo, y aquí comienza a apagar y matar el pecado, hasta que lleguemos a él y seamos como él, sin pecado alguno y en perfecta justicia; porque fue resucitado de entre los muertos a la diestra del Padre para abolir totalmente el pecado, la muerte y el infierno y llevarnos a la nueva justicia eterna y a la vida eterna. Amén.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.