Comentarios y sermones · Martín Lutero

Lucas 24: comentario de Martín Lutero

Sermón para el Domingo de Pascua: el fruto y el poder de la resurrección de Cristo; Marcos 16:1-8

El fruto y el poder de la resurrección de Cristo

1 Como oímos al explicar el sentido de la pasión de Cristo, que no basta con conocer su mera narración e historia, así tampoco basta con aprender solamente cómo y cuándo resucitó de los muertos Cristo nuestro Señor; debemos también predicar y entender el beneficio y el provecho tanto de los sufrimientos como de la resurrección de Cristo, a saber, lo que con ello adquirió para nosotros. Pues si predicamos solo su historia, es un sermón sin provecho, que Satanás y los impíos conocen, leen y entienden tan bien como los verdaderos cristianos; pero cuando predicamos para qué sirve, se vuelve provechoso, saludable y consolador.

2 El mismo Cristo señaló el beneficio de sus sufrimientos y de su resurrección cuando dijo a las mujeres, en Mt 28:10: «No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.» Estas son las primerísimas palabras que oyeron de Cristo después de su resurrección de entre los muertos, con las cuales confirmó todas las palabras anteriores y las obras de amor que les mostró, a saber, que su resurrección vale en favor nuestro, de los que creemos, de modo que por eso él se adelanta y llama sus hermanos a los cristianos que lo creen, aunque no sean testigos de su resurrección como los apóstoles.

3 El Cristo resucitado no espera a que le pidamos o le invoquemos para hacerse hermano nuestro. ¿Hablamos aquí de mérito, por el cual merezcamos algo? ¿Qué merecieron los apóstoles? Pedro negó a su Señor tres veces; los demás discípulos huyeron todos de él; se quedaron con él como el conejo con sus crías. Debería haberlos llamado desertores, más aún, traidores, réprobos, cualquier cosa menos hermanos. Por eso esta palabra les es enviada por medio de las mujeres por pura gracia y misericordia, como los apóstoles experimentaron vivamente en aquel momento, y como también nosotros experimentamos cuando estamos hundidos en nuestros pecados, tentaciones y condenación.

4 Estas son palabras llenas de todo consuelo: que Cristo recibe a malhechores desesperados como tú y yo, y nos llama sus hermanos. Si Cristo es realmente nuestro hermano, entonces quisiera saber qué nos puede faltar. Como sucede entre hermanos naturales, así es también aquí. Los hermanos según la carne disfrutan de los mismos bienes, tienen el mismo padre, la misma herencia; de otro modo no serían hermanos: así nosotros disfrutamos con Cristo de los mismos bienes, y tenemos en común con él un solo Padre y una sola herencia, que nunca disminuye por repartirse, como las otras herencias, sino que crece siempre más y más; pues es una herencia espiritual. Pero una herencia terrenal disminuye al repartirse entre muchas personas. El que tiene una parte de esta herencia espiritual, la tiene toda.

5 Pero ¿cuál es la herencia de Cristo? Su heredad es la vida y la muerte, el pecado y la gracia, todo lo que hay en el cielo y en la tierra, la verdad eterna, el poder, la sabiduría, la justicia; él gobierna y rige sobre todo, sobre el hambre y la sed, sobre la fortuna y la desgracia, sobre todo lo imaginable, en el cielo o en la tierra, no solo los asuntos espirituales sino también los seculares; y la suma de todo es que tiene todas las cosas en su mano, sean eternas o temporales. Ahora bien, si creo en él, llego a ser copartícipe con él de todos sus bienes, y obtengo no solo una parte o un pedazo, sino que, como él, lo obtengo todo: justicia eterna, sabiduría eterna, fortaleza eterna, y llego a ser señor y reino sobre todo. El estómago no tendrá hambre, los pecados no me oprimirán, ya no temeré a la muerte ni me aterrará Satanás, y nunca estaré en necesidad, sino que seré como el mismo Señor Cristo.

6 A la luz de esto entendemos ahora fácilmente los dichos que hay aquí y allá en los profetas y especialmente en los Salmos; como cuando David dice en Sal 34:10: «Los leoncillos (los ricos) necesitaron, y tuvieron hambre; pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien.» Y en otro Salmo: «Conoce Jehová los días de los perfectos, y la heredad de ellos será perpetua. No serán avergonzados en el mal tiempo, y en los días de hambre serán saciados.» Sal 37:18-19. E inmediatamente después, en el v. 25: «Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan.» Todo esto viene por sí mismo del hecho de que somos y se nos llama hermanos de Cristo; no por nuestra dignidad, sino por pura gracia de Dios. Sí, si Dios nos diera esto en el corazón, de modo que lo experimentáramos, entonces seríamos salvos; pero entra por un oído y sale por el otro. Y esto es lo que Pablo alaba tan alta y fuertemente a los romanos cuando dice: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.» Ro 8:14-17.

7 El título de ser hermanos de Cristo es tan alto que el corazón del hombre no puede entenderlo. Si el Espíritu Santo no concede esta gracia, nadie puede decir: Cristo es mi hermano. Pues la razón no es lo bastante atrevida para decirlo; aunque uno pueda decirlo con la lengua, como hacen los espíritus de los tiempos modernos. No se pronuncia de esta manera; es necesario que el corazón lo experimente; de otro modo es pura hipocresía. Si de veras lo experimentas en tu corazón, será algo tan grande que preferirás mucho más callar que hablar de ello; más aún, ante la magnitud de esta herencia dudas y vacilas fácilmente sobre si es realmente verdad o no. Los que solo gritan: ¡Cristo es mi hermano! ¡Cristo es mi hermano!, no son verdaderos cristianos. Un cristiano obra de manera muy distinta, y es cosa muy maravillosa, de modo que la carne se estremece ante ella y no se atreve ni a hablar de ella ni a confesarla.

8 Debemos esforzarnos por oír esto, no solo con el oído natural, sino también por experimentarlo en nuestros corazones, pues entonces no seríamos tan atrevidos e insolentes, sino que quedaríamos sorprendidos y asombrados. Los cristianos verdaderos y piadosos van por la vida despreciándose a sí mismos y con temor; piensan así: ¡Ah!, ¿he de ser yo, una persona pobre y miserable, sumergida en el pecado, tan exaltado que el Hijo de Dios llegue a ser mi hermano? ¡Ay!, ¿cómo es que yo, una pobre criatura miserable, soy así honrado? Al instante quedo confundido ante ello y me alimento de ello; pues verdaderamente se requiere un gran esfuerzo para creerlo; más aún, cuando uno lo experimenta así, tal como es en verdad, tiene que morir desde esa hora; porque el hombre, siendo carne y sangre, no puede entenderlo. Aquí, en esta vida, el corazón del hombre está en demasiada estrechez para captarlo; pero después de la muerte, cuando el corazón se hace más grande y más ancho, experimentamos lo que hemos oído por la Palabra.

9 En el evangelio de Juan, Cristo dice a María Magdalena el beneficio y provecho de su muerte y resurrección todavía más claramente, cuando dice: «Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.» Jn 20:17. Este es uno de los grandes y consoladores pasajes en los que podemos aventurarnos y de los que nos atrevemos a gloriarnos. Como si Cristo hubiera dicho: Ve de aquí, María, y di a mis discípulos, que me han abandonado en el campo de batalla y que han merecido bien el castigo y la condenación eterna, que mi resurrección se ha realizado en provecho de ellos; es decir, que por mi resurrección he logrado que mi Padre sea su Padre y mi Dios sea su Dios. Son pocas palabras y muy breves; pero contienen un gran pensamiento, a saber, que tenemos tanta confianza y refugio en Dios como el mismo Cristo, su Hijo. ¿Quién puede abarcar un gozo tan sobreabundante, a no ser el que habla de sí mismo cuando dice que un pobre pecador corrompido puede y le es lícito llamar a Dios su Padre y su Dios, tal como lo hace el mismo Cristo?

10 El autor de la Epístola a los Hebreos ha captado las palabras del Sal 22:22 y las ha tomado bien a pecho, cuando dice de Cristo: «Por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré.» He 2:11-12. Si algún señor del mundo se rebajara tanto como para decir a un ladrón, o a un asesino, o a un miserable truhan francés: Tú eres mi hermano, sería gran cosa y todos se asombrarían de ello; pero que este Rey, que en su gloria está sentado a la diestra de Dios, su Padre, diga a un pobre pecador: Tú eres mi hermano, eso nadie lo toma a pecho, nadie lo recibe en serio, y sin embargo de eso depende nuestro más alto consuelo y ánimo frente al pecado, la muerte, Satanás, el infierno, la ley y toda desgracia, tanto del cuerpo como del alma.

11 Puesto que somos carne y sangre, y estamos sujetos a toda clase de aflicción, se sigue que debe ser así también con nuestro hermano; de otro modo no sería semejante a nosotros en todo. Por eso, al hacerse semejante a nosotros, gusta todo lo que nosotros gustamos, para ser nuestro verdadero hermano y salvarnos, a fin de que nosotros, por nuestra parte, lleguemos a ser semejantes a él. Esto lo pinta y lo expresa muy hermosamente la Epístola a los Hebreos cuando dice: «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues por cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.» He 2:14-18.

12 San Pablo condensó de manera muy hermosa el beneficio y el provecho tanto de los sufrimientos de Cristo como de su resurrección en un solo pasaje breve, como en una cáscara de nuez, cuando dice a los romanos: «El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.» Ro 4:25.

Pero sobre este tema ya se ha dicho bastante por ahora; quien lo desee puede meditar en ello con provecho; más se escribe sobre esto en la Postila; quien desee tenerla, que la consiga y la lea. Ahora trataremos otro asunto. Puesto que la gente en muchos lugares se aferra todavía a los abusos papales, de modo que acuden en tropel al sacramento de la Cena del Señor en Pascua, y esta costumbre les está tan hondamente metida, que es muy difícil desarraigarla en todas partes, queremos dar alguna instrucción a la gente sencilla y de corazón llano sobre cómo deben participar en el tiempo presente del sacramento de la Cena del Señor. (Ed. de Rodt, 1525.) De esto habla claramente el siguiente sermón.

Sermón para el Domingo de Pascua: la resurrección de Cristo y sus beneficios; Marcos 16:1-8 (2.º sermón)

De la resurrección de Cristo

I. LA HISTORIA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.

1 En primer lugar examinaremos brevemente el texto de esta narración, y después hablaremos de los beneficios de la resurrección de Cristo y de cómo debemos edificar sobre ella. El texto dice: V.1. Cuando pasó el día de reposo. Aquí debemos recordar que Marcos escribe del sábado según la costumbre de los hebreos, pues según el cómputo judío el día comenzaba por la tarde y duraba hasta la tarde del día siguiente, como dice el primer capítulo de Génesis: «Y fue la tarde y la mañana un día», «el día segundo», «el día tercero», y así sucesivamente. Así, el primero y más grande sábado comenzó en la tarde del día en que Cristo fue crucificado, es decir, a la puesta del sol del viernes por la tarde. Nuestro cómputo transmite un sentido equivocado. Ayer fue el gran sábado, cuando Cristo yacía en el sepulcro; además de esto, los judíos tenían siete días completos que celebraban y a todos los cuales llamaban sábados, contándolos desde la primera fiesta después del gran sábado y llamándola prima sabbathorum (primero de los sábados), y a la tercera fiesta secunda sabbathorum (segundo de los sábados), y así sucesivamente. En estos días solo comían obleas y pan sin levadura, por lo cual el Evangelista los llama también días de los panes sin levadura. De esto debemos concluir que Cristo resucitó antes de la salida del sol y antes de que el ángel descendiera en el terremoto. Después el ángel vino solamente a abrir el sepulcro vacío, etc., como lo han descrito claramente los evangelistas.

2 Surge ahora la pregunta: ¿cómo podemos decir que resucitó al tercer día, si yació en el sepulcro solo un día y dos noches? Según el cómputo judío fue solo un día y medio; ¿cómo, pues, perseveraremos en creer que fueron tres días? A esto respondemos que estuvo en estado de muerte durante por lo menos una parte de los tres días. Pues murió hacia las dos de la tarde del viernes y por consiguiente estuvo muerto unas dos horas el primer día. Después de aquella noche yació en el sepulcro todo el día, que es el verdadero sábado. El tercer día, que conmemoramos ahora, resucitó de entre los muertos y así permaneció en estado de muerte una parte de este día, tal como si decimos que algo ocurrió el día de Pascua, aunque suceda por la tarde, solo una porción del día. En este sentido Pablo y los evangelistas dicen que resucitó al tercer día.

3 Por este período y no más había de yacer Cristo en el sepulcro, para que pudiéramos suponer que su cuerpo permaneció naturalmente incorrupto y que la descomposición todavía no había comenzado. Salió del sepulcro tan pronto que podemos presumir que la corrupción no había tenido lugar todavía según el curso de la naturaleza; pues un cadáver no puede yacer más de tres días antes de comenzar a descomponerse. Por eso Cristo había de resucitar al tercer día, antes de ver corrupción.

4 Debe notarse también aquí particularmente el gran anhelo y amor de las mujeres por el Señor, de modo que, sin consejo y solas, van temprano al sepulcro, sin pensar en la gran piedra que había sido puesta ante la tumba. Podrían haber pensado en esto y haber llevado con ellas a un hombre. Pero obran como personas tímidas y afligidas, y por eso siguen su camino sin pensar siquiera en las cosas más necesarias. No piensan ni en los guardias que estaban vestidos de armadura, ni en la ira de Pilato y de los judíos, sino que valerosamente se arriesgan libremente y solas se aventuran en su camino. ¿Qué impulsó a estas buenas mujeres a arriesgar la vida y el cuerpo? No fue otra cosa que el gran amor que tenían al Señor, que se había hundido tan hondo en sus corazones que por él habrían arriesgado mil vidas. Tal valor no lo tenían por sí mismas, sino que aquí se reveló el poder de la resurrección de Cristo, cuyo Espíritu hace a estas mujeres, que por naturaleza son tímidas, tan audaces y valientes que se atreven a hacer cosas que habrían amedrentado a un hombre.

5 Estas mujeres nos muestran también un hermoso ejemplo de un corazón espiritual que emprende una tarea imposible, de la cual el mundo entero desesperaría. Sin embargo, un corazón así se mantiene firme y la cumple, sin considerar imposible la tarea. Tanto decimos por ahora sobre esta narración, y veamos ahora cuáles son los frutos y beneficios de la resurrección de Cristo.

II. LOS FRUTOS Y BENEFICIOS DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.

6 San Pablo escribe en Ro 4:25 lo siguiente: «Cristo fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.» Pablo es ciertamente el hombre que exalta a Cristo de manera magistral, diciéndonos exactamente por qué y con qué propósito sufrió y cómo debemos conformarnos a sus sufrimientos, a saber, que murió por nuestros pecados. Esta es una interpretación correcta de los sufrimientos de Cristo, de la cual podemos sacar provecho. Y así como no basta saber y creer que Cristo ha muerto, tampoco bastará saber y creer que resucitó con un cuerpo transfigurado y está ahora en estado de gozo y bienaventuranza, ya no sujeto a la mortalidad, pues todo esto no me aprovecharía nada o muy poco. Pero cuando llego a entender el hecho de que todas las obras que Dios hace en Cristo se hacen por mí, más aún, me son otorgadas y dadas a mí, siendo el efecto de su resurrección que yo también resucitaré y viviré con él, eso me hará regocijarme. Esto debe llevarse a nuestros corazones, y no debemos meramente oírlo con los oídos de nuestro cuerpo ni meramente confesarlo con nuestra boca.

7 Has oído en la historia de la Pasión cómo se presenta a Cristo como nuestro ejemplo y ayudador, y que el que lo sigue y se aferra a él recibe el Espíritu, que lo capacitará también a él para sufrir. Pero las palabras de Pablo son más cristianas y deben llegar más adentro de nuestros corazones y consolarnos más, cuando dice: «Resucitado para nuestra justificación.» Aquí se revela verdaderamente el Cordero, del cual da testimonio Juan el Bautista cuando dice en Jn 1:29: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Aquí se cumple lo que fue dicho a la serpiente: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza», lo cual significa que para todos los que creen en él, el infierno, la muerte, el diablo y el pecado han sido destruidos. De la misma manera se cumple hoy la promesa que Dios dio a Abraham, cuando dijo en Gn 22:18: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra.» Aquí se habla de Cristo, que quita nuestra maldición y el poder del pecado, de la muerte y del diablo.

8 Todo esto se hace, digo, por la fe. Pues si crees que por esta simiente la serpiente ha sido muerta, entonces está muerta para ti; y si crees que en esta simiente han de ser benditas todas las naciones, entonces también tú eres bendito. Porque cada uno individualmente debería haber aplastado a la serpiente bajo sus pies y haberse redimido de la maldición, lo cual habría sido demasiado difícil, más aún, imposible para nosotros. Pero ahora se ha hecho con facilidad, a saber, por Cristo, que ha aplastado a la serpiente una vez, que es el único dado como bendición y bendecir, y que ha hecho que este evangelio sea publicado por todo el mundo, de modo que el que cree, lo acepta y se aferra a él, lo posee también, y está seguro de que es como cree. Pues en el corazón de tal hombre la Palabra llega a ser tan poderosa que vencerá a la muerte, al diablo, al pecado y a toda adversidad, como lo hizo el mismo Cristo. Tan poderosa es la Palabra que el mismo Dios preferiría ser vencido antes que su Palabra fuera conquistada.

9 Este es el sentido de las palabras de san Pablo: «Resucitado para nuestra justificación.» Aquí Pablo aparta mis ojos de mis pecados y los dirige a Cristo, pues si miro mis pecados, me destruirán. Por eso debo mirar a Cristo, que ha tomado mis pecados sobre sí, ha aplastado la cabeza de la serpiente y ha llegado a ser la bendición. Ahora ya no cargan mi conciencia, sino que descansan sobre Cristo, a quien desean destruir. Veamos cómo lo tratan. Lo arrojan por tierra y lo matan. ¡Oh Dios!, ¿dónde está ahora mi Cristo y mi Salvador? Pero entonces aparece Dios, libra a Cristo y lo hace vivir; y no solo lo hace vivir, sino que lo traslada al cielo y le permite regir sobre todo. ¿Qué ha sido ahora del pecado? Ahí yace bajo sus pies. Si entonces me aferro a esto, tengo una conciencia alegre como Cristo, porque estoy sin pecado. Ahora puedo desafiar a la muerte, al diablo, al pecado y al infierno a que me hagan algún daño. Como soy hijo de Adán, pueden ciertamente lograr que yo muera. Pero puesto que Cristo ha tomado mis pecados sobre sí, ha muerto por ellos, se ha dejado matar por causa de mis pecados, ya no pueden dañarme; porque Cristo es demasiado fuerte para ellos, no pueden retenerlo, él irrumpe y los vence, asciende al cielo (lleva cautivos el pecado y el dolor, ed. de 1531), y rige allí sobre todo por toda la eternidad. Ahora tengo una conciencia limpia, estoy gozoso y feliz y ya no temo a este tirano, pues Cristo ha quitado de mí mis pecados y los ha hecho suyos. Pero no pueden permanecer sobre él; ¿qué es entonces de ellos? Tienen que desaparecer y ser destruidos. Este es, pues, el efecto de la fe. El que cree que Cristo ha quitado nuestro pecado, está sin pecado, como el mismo Cristo, y la muerte, el diablo y el infierno son vencidos en lo que a él respecta y ya no pueden dañarlo.

10 Aquí nos referimos también al pasaje de Os 13:14, que Pablo cita en relación con la victoria que Cristo ha ganado por su resurrección y por la cual ha vencido al pecado, a la muerte, al infierno y a todos nuestros enemigos. Pablo dice que la muerte es sorbida en esta victoria, y desafía a la muerte con estas palabras: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?», como si Pablo dijera: Oh muerte, ¿dónde están tus dientes? Ven, arráncame un dedo. Antes tenías una lanza, ¿qué ha sido de ella ahora? Cristo te la ha quitado. Muerte, ¿dónde está ahora tu lanza, etc.? Pecado, ¿dónde está ahora el filo de tu espada y tu poder? Pablo dice que el poder del pecado es la ley. Cuanto más claramente entendemos la ley, más nos oprime y nos hiere el pecado. Por eso dice Pablo que Cristo ha destruido y aniquilado por completo la lanza y la piedra de afilar de la muerte. Ahora bien, este evangelio no se lo llevó consigo al cielo, sino que hizo que se predicara por todo el mundo, para que para el que cree en Cristo la lanza y la piedra de afilar, más aún, el pecado y la muerte, sean destruidos. Este es el verdadero evangelio, que da vida, fuerza, poder y tuétano, y del cual hablan todos los pasajes de la Escritura.

11 Por eso busca y aprende a conocer a Cristo rectamente, porque toda la Escritura nos confiere la justicia del verdadero conocimiento de Cristo. Pero esto debe ser obrado por el Espíritu Santo. Roguemos, pues, a Dios que su evangelio prospere, para que todos aprendamos verdaderamente a conocer a Cristo y así resucitemos con él y seamos honrados por Dios como él fue honrado.

12 Surge ahora la pregunta: si Cristo ha quitado la muerte y nuestros pecados por su resurrección y nos ha justificado, ¿por qué entonces sentimos todavía dentro de nosotros la muerte y el pecado? Porque nuestros pecados nos atormentan todavía, somos punzados por nuestra conciencia, y esta mala conciencia crea el temor del infierno.

13 A esto respondo: ya he dicho a menudo antes que sentir y creer son dos cosas distintas. Es propio de la fe no sentir, dejar a un lado la razón y cerrar los ojos, someterse absolutamente a la Palabra y seguirla en la vida y en la muerte. El sentimiento, en cambio, no se extiende más allá de lo que puede ser aprehendido por la razón y los sentidos, lo que puede oírse, verse, sentirse y conocerse por los sentidos exteriores; por esta causa el sentimiento se opone a la fe, y la fe se opone al sentimiento. Por eso el autor de la Epístola a los Hebreos escribe de la fe: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.» Porque si viéramos a Cristo visiblemente en el cielo, como el sol visible, no necesitaríamos creerlo. Pero como Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, no podemos verlo ni sentirlo, ni podemos comprenderlo con nuestra razón. Por eso debemos hacer caso omiso de nuestro sentimiento y aceptar solo la Palabra, escribirla en nuestro corazón y aferrarnos a ella, aunque parezca que mis pecados no me han sido quitados, y aunque todavía los sienta dentro de mí. No debemos considerar nuestros sentimientos, sino que debemos insistir constantemente en que la muerte, el pecado y el infierno han sido vencidos, aunque yo sienta que todavía estoy bajo el poder de la muerte, del pecado y del infierno. Pues aunque sentimos que el pecado está todavía en nosotros, solo se permite para que nuestra fe se desarrolle y se fortalezca, para que a pesar de todos nuestros sentimientos aceptemos la Palabra, y para que unamos nuestros corazones y conciencias más y más a Cristo. Así la fe nos conduce quedamente, contra todo sentimiento y comprensión de la razón, a través del pecado, a través de la muerte y a través del infierno. Entonces veremos la salvación ante nuestros ojos, y entonces sabremos perfectamente lo que hemos creído, a saber, que la muerte y todo dolor han sido vencidos.

14 Toma como ilustración los peces en el agua. Cuando quedan atrapados en la red, tú la llevas suavemente, de modo que imaginan que todavía están en el agua; pero cuando los arrastras a la orilla, quedan expuestos y comienzan a debatirse, y entonces por primera vez sienten que están atrapados. Así sucede también con las almas atrapadas con el evangelio, que Cristo compara con una red, Mt 13:47. Cuando el corazón ha sido vencido, la Palabra une a este pobre corazón con Cristo y lo conduce suave y quedamente fuera del infierno y del pecado, aunque el alma todavía siente el pecado e imagina estar todavía bajo su poder. Entonces comienza un conflicto: los sentimientos luchan contra el Espíritu y la fe, y el Espíritu y la fe contra nuestros sentimientos; y cuanto más crece la fe, más disminuyen nuestros sentimientos, y viceversa. Todavía tenemos pecados dentro de nosotros, como por ejemplo el orgullo, la avaricia, la ira y otros semejantes, pero solo para conducirnos a la fe, de modo que la fe aumente de día en día, y el hombre llegue finalmente a ser un cristiano cabal y guarde el verdadero sábado, consagrándose enteramente a Cristo. Entonces la conciencia tiene que calmarse y quedar satisfecha, y todas las olas agitadas del pecado se aquietan. Porque así como en el mar una ola sigue y golpea a la otra, como si quisieran destruir la orilla, y sin embargo tienen que desaparecer y destruirse a sí mismas, así también nuestros pecados luchan contra nosotros y quisieran llevarnos a la desesperación, pero finalmente tienen que cesar, cansarse y desaparecer.

15 En segundo lugar, la muerte está todavía a nuestro lado. También ella ha de ejercitar la fe del que cree que la muerte ha sido muerta y todo su poder quitado. Ahora bien, la razón siente que la muerte está todavía a nuestro lado y nos turba continuamente. El que sigue sus sentimientos perecerá, pero el que se aferra a la Palabra con su corazón será librado. Ahora bien, si el corazón se aferra a la Palabra, la razón también seguirá; pero si la razón sigue, todo seguirá, el deseo y el amor y todo lo que hay en el hombre. Sí, deseamos que todos lleguen al punto en que puedan considerar a la muerte como muerta y sin poder. Pero esto no puede suceder hasta que el viejo hombre, es decir, el viejo Adán, sea enteramente destruido, y mientras tanto ha estado en marcha aquel proceso del que habla Cristo en Mt 13:33, donde compara el reino de Dios con la levadura que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina. Porque aunque el amasado haya comenzado, la harina no está todavía enteramente leudada. Así sucede aquí. Aunque el corazón se aferre a la creencia de que la muerte y el infierno están destruidos, la levadura no ha obrado todavía en él por completo. Pues debe penetrar e impregnar todos los miembros del cuerpo, hasta que todo quede leudado y puro, y no quede nada sino una fe pura. Esto no se logrará antes de que el viejo hombre sea enteramente destruido; entonces todo lo que hay en el hombre es semejante a Cristo desde el centro hasta la circunferencia.

16 Estas dos cosas, el pecado y la muerte, permanecen, pues, con nosotros hasta el fin para que cultivemos y ejercitemos nuestra fe, a fin de que se haga más perfecta en nuestro corazón de día en día y finalmente irrumpa, y todo lo que somos, cuerpo y alma, llegue a ser más semejante a Cristo. Porque cuando el corazón se aferra a la Palabra, los sentimientos y los razonamientos tienen que fallar. Entonces, con el correr del tiempo, también la voluntad se aferra a la Palabra, y con la voluntad todo lo demás, nuestro deseo y amor, hasta que nos entregamos enteramente al evangelio, somos renovados y dejamos atrás el viejo pecado. Entonces viene una luz distinta, sentimientos distintos, un ver distinto, un oír, obrar y hablar distintos, y también un flujo distinto de buenas obras. Ahora bien, nuestros escolásticos y papistas han enseñado una piedad externa; querrían mandar a los ojos que no vean y a los oídos que no oigan, y pondrían la piedad en nuestros corazones desde fuera. ¡Ah, cuán lejos está esto de la verdad! Pero viene de esta manera: cuando el corazón y la conciencia se aferran a la Palabra en fe, rebosan en obras, de modo que, cuando el corazón es santo, todos los miembros llegan a ser santos, y las buenas obras siguen naturalmente.

17 Esto es lo que significa el sábado que debía santificarse y en el cual el Señor yació quietamente en el sepulcro. Significa que debemos descansar de todas nuestras obras, no movernos, más aún, no permitir que ningún pecado se agite dentro de nosotros, sino creer firmemente que la muerte, el infierno, el pecado y el diablo son destruidos por la muerte de Cristo, y que somos justos, piadosos, santos y por tanto contentos, sin experimentar ya ningún pecado. Entonces todos los miembros están calmados y quietos, convencidos de que el pecado y la muerte están vencidos y postrados. Pero esto no puede lograrse, como he dicho, hasta que este cuerpo impotente y miserable y el viejo Adán sean destruidos. Por eso es ciertamente necesario que se nos exija guardar este sábado. Porque así como Cristo yace en el sepulcro en sábado, sin sentir ni moverse, así debe ser con nosotros, como hemos oído: nuestros sentimientos y acciones deben cesar. Y digo otra vez que esto no puede cumplirse antes de que el viejo Adán sea aniquilado. Sin embargo, todavía experimentamos el pecado y la muerte dentro de nosotros, luchamos con ellos y combatimos contra ellos. Puedes atar a un cerdo todo lo bien que quieras, pero no puedes impedir que gruña (hasta que sea estrangulado y muerto, ed. de 1530). Así sucede con los pecados en nuestra carne. Como todavía no están enteramente vencidos y muertos, siguen activos, pero cuando venga la muerte, también ellos tendrán que morir, y entonces somos cristianos perfectos y puros, pero no antes. Esta es la razón por la cual debemos morir, a saber, para ser enteramente libres del pecado y de la muerte. Estas palabras sobre los frutos de la resurrección de Cristo pueden bastar por ahora, y con ellas concluiremos. Pidamos a Dios gracia para entenderlas y aprender a conocer a Cristo rectamente.

Sermón para el Domingo de Pascua; Marcos 16:1-8 (3.º sermón)

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.

I. LA HISTORIA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.

1 Esta lección del evangelio forma parte del relato general y del primer anuncio de la resurrección de Cristo, que el ángel hizo a las mujeres que fueron temprano al sepulcro para ungir el cuerpo muerto del Señor, antes de que Cristo se mostrara a ellas y hablara con ellas; porque quería revelar su resurrección por medio de la Palabra, aun antes de que ellas lo vieran y experimentaran el poder de su resurrección.

2 Y así como dijimos que hay dos maneras de considerar la pasión y la muerte de Cristo y las demás doctrinas de Cristo, así también hay dos cosas acerca de la resurrección del Señor que debemos saber y entender. Primero, la historia, que relata los hechos tal como ocurrieron, junto con las diversas circunstancias y cómo se dio a conocer vivo en diferentes manifestaciones; para que tengamos un registro y un testimonio seguros de todo, como fundamento y sostén de nuestra fe, ya que este artículo de fe sobre la resurrección es el principal, sobre el cual se apoya finalmente nuestra salvación, y sin el cual todos los demás serían inútiles y del todo infructuosos.

Ahora bien, lo que uno debe saber acerca de los acontecimientos históricos, a saber, en qué orden ocurrieron estos dos hechos, la aparición del ángel —que se refiere en parte en este evangelio— y la manifestación del Señor, eso debe tratarse en relación con el relato completo, reunido y ordenado a partir de todos los evangelistas; por tanto, trataremos la parte mencionada en este evangelio junto con ese relato.

II. EL BENEFICIO Y EL CONSUELO DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO.

3 El segundo punto, que es más importante y necesario, y por causa del cual se ha registrado y se predica la narración, es el poder, el beneficio y el consuelo de la gozosa resurrección del Señor, y el uso que hemos de hacer de esa misma fe. Acerca de esto Pablo y todos los apóstoles y las Escrituras enteras enseñan y predican de manera gloriosa y rica; pero más gloriosamente que todos predicó Cristo el Señor mismo, cuando se manifestó primero a las mujeres. Por tanto, para que nosotros también oigamos y recojamos algo provechoso de ello, consideremos las palabras que Cristo dijo a María Magdalena, según consta en el evangelio de Juan 20:17: «No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».

4 Este es el primer sermón que nuestro Señor pronunció después de su resurrección y, sin duda, también el más consolador; aunque en palabras muy breves, es en extremo bondadoso y tierno, y fue dicho primero a su amada María Magdalena, y por medio de ella también a sus discípulos, después de su profunda aflicción, dolor y tristeza, causados por su partida y su muerte, para consolarlos y alegrarlos con su resurrección. Y como esta María se preocupa por el Señor mucho más honda y tiernamente que los demás, y es la primera en llegar al sepulcro para ungir el cuerpo de Cristo con costosas especias; y sobre todo porque, al no hallarlo, se asusta y se desconcierta, profundamente turbada y en lágrimas, suponiendo que se lo han llevado; por eso él le permite gozar de esta prueba de su amor, apareciéndose primero a ella, consolándola en sus temores y predicando este hermoso sermón, que vamos a considerar ahora.

5 En primer lugar, cuando Jesús se manifiesta a ella no lejos del sepulcro, antes de que le hable, ella lo confunde con el hortelano; pero cuando la llama por su nombre y dice «María», ella reconoce enseguida la voz, y al instante se vuelve con aquel nombre en los labios con que ella, lo mismo que los demás discípulos, solía dirigirse a él en su lengua, a saber, «Raboni», es decir: oh, querido Maestro, o querido Señor, pues ellos decían Maestro, mientras que nosotros solemos decir Señor mío; e inmediatamente, como acostumbraba, se echa a sus pies para tocarlo. Pero él la detiene y dice: «No me toques», como si quisiera decir: Bien sé que me amas, pero todavía no puedes mirarme ni tocarme como es debido, como deberías mirarme y tocarme.

Pues su gozo no es más alto ni mayor que el mero placer corporal y carnal de tener otra vez vivo a su Señor, como lo tenía antes; aferrada así solamente al hecho de su regreso, y pensando que él volverá a estar con ellos como antes, para comer y beber con ellos, para predicar y hacer milagros; pretendiendo, por tanto, con su servicio y tocando sus pies, mostrarle aquel amor que le había mostrado antes, cuando lo ungió en vida y en muerte.

6 Sin embargo, no permite ahora que lo toquen de este modo, porque quiere que ella se detenga, escuche y aprenda lo que todavía no sabe; a saber, que él rehúsa ser tocado y ungido, o ser servido y atendido, como ella lo había hecho hasta entonces; sino que dice: «Te diré algo distinto y nuevo». No he resucitado para andar y permanecer con ustedes de manera corporal y temporal, sino para subir a mi Padre; por eso no necesito ni deseo tales servicios y atenciones, ni conviene que me miren como miran a Lázaro y a otros que aún viven en el cuerpo. Pues no es aquí donde pienso morar y permanecer; quiero que crean que voy al Padre, donde gobernaré y reinaré con él eternamente, y adonde también los llevaré a ustedes, sacándolos de su muerte y de su tristeza. Allí sí me tendrán visible y tangiblemente con ustedes, y se regocijarán para siempre en eterna comunión conmigo y con el Padre.

Por eso quiere decir: Abstente de ahora en adelante de todo servicio y reverencia corporal de esta clase, y ve más bien y hazte mensajera, y anuncia lo que te digo a mis queridos hermanos: que ya no estaré ni permaneceré aquí en forma corporal, sino que he dejado este estado mortal para entrar en una existencia distinta, donde ya no podrán palparme ni tocarme, sino que solo en la fe me conocerán y me poseerán.

7 Aquí usa un lenguaje enteramente nuevo, cuando dice: «Ve a mis hermanos y diles», tomado del Salmo 22:22, que trata por entero de Cristo, y en el cual habla tanto de su pasión como de su resurrección, diciendo: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos», etc. Nunca antes les había hablado así a sus apóstoles. Pues en la celebración de la Cena del Señor los llama, sí, sus «hijitos» y sus «amigos», Jn 13:33; Jn 15:14; pero ahora emplea el nombre más afectuoso y glorioso posible y los llama sus «hermanos». Y esto le importa mucho; pues no se demora, sino que, apenas ha resucitado, su primer cuidado es que se les diga lo que piensa hacer y por qué ha resucitado de los muertos.

8 Y, en verdad, esto se dice de una manera amable y dulce sin medida, de modo que quien desee creer tiene motivo más que suficiente para creer, durante toda su vida y mientras el mundo dure, que estas cosas son ciertamente verdaderas; así como los queridos apóstoles mismos hallaron en ellas ánimo suficiente, y más que suficiente, para creer. Pues el consuelo es demasiado grande y el gozo demasiado glorioso, y el corazón del hombre demasiado pequeño y estrecho para alcanzarlo.

9 Los apóstoles estaban encogidos tras puertas cerradas, no solo desanimados y amedrentados, como ovejas dispersas sin pastor, sino también turbados en la conciencia. Pedro había negado y renegado de su Señor con juramento, y se había maldecido a sí mismo; y los demás habían huido todos y se habían mostrado desleales. Aquella fue en verdad una caída tan honda y terrible que bien podían pensar que nunca se les perdonaría haber negado al Hijo de Dios y haber abandonado tan vergonzosamente a su querido Señor y fiel Salvador. ¿Cómo pudo haber entrado en sus corazones que Cristo les enviaría un saludo tan afectuoso y unos buenos días tan amables, a ellos que habían sido tan desleales y lo habían negado, y que no solo perdonaría todo, sino que además los llamaría sus queridos hermanos? ¿O quién puede creerlo y captarlo hoy? Yo mismo quisiera creerlo a veces, pero no logro metérmelo en el corazón tan completamente como para atreverme a apoyarme en ello por entero y a tenerlo por verdaderamente cierto. Sí, si tan solo pudiéramos, ya estaríamos en la bienaventuranza celestial en esta vida, y no temeríamos ni a la muerte, ni al diablo, ni al mundo, sino que nuestros corazones saltarían de gozo continuamente y cantarían a Dios un eterno Te Deum Laudamus, es decir: A ti, oh Dios, te alabamos.

10 Pero, ¡ay!, en la tierra no es así; nuestro miserable zurrón de mendigo, este viejo pellejo nuestro, es demasiado estrecho. Por eso el Espíritu Santo tiene que venir en nuestro socorro, no solo para predicarnos la Palabra, sino también para ensancharnos e impulsarnos desde dentro, sí, incluso para servirse del diablo, del mundo y de toda clase de aflicciones y persecuciones con este fin. Así como una vejiga de cerdo debe frotarse con sal y trabajarse a fondo para que se dilate, así este viejo pellejo nuestro debe ser bien salado y atormentado hasta que pidamos ayuda y clamemos en voz alta, y así nos estiremos y ensanchemos, tanto por el sufrimiento interior como por el exterior, para que finalmente alcancemos este corazón y ánimo, este gozo y consuelo de la resurrección de Cristo.

11 Pues consideremos por un momento qué clase de palabras son estas que Cristo usa aquí; y no pasemos sobre ellas a la ligera, como se ha hecho hasta ahora, y como aún se hace en todo el papado, donde las hemos leído, oído y cantado hasta el cansancio; y sin embargo hemos pasado de largo ante ellas, como una vaca pasa junto a un santuario; de modo que es pecado y vergüenza haber oído y conocido tales palabras y aun así dejarlas yacer frías y muertas fuera del corazón, como si hubieran sido dichas y escritas del todo en vano; y que incluso los mismos cristianos, aunque no las desprecian como otros, sino que las usan a diario, ni las aprecian tan altamente ni las creen tan firmemente como quisieran.

12 Pues considera, digo, lo que estas palabras contienen y ofrecen: Ve, mi querida hermana —pues así se dirigiría sin duda a estas mujeres, ya que se apareció primero a ellas—, y diles a los discípulos que negaron y fueron desleales que son llamados, y serán, mis queridos hermanos. ¿No es esto, en una palabra, incluirnos y ponernos con Cristo en la plena posesión y herencia del cielo y de todo lo que Cristo tiene? Ricos y bienaventurados deben ser en verdad los hermanos y hermanas que pueden gloriarse de este Hermano, no colgado ya en la cruz, ni yaciendo en el sepulcro bajo el poder de la muerte, sino Señor poderoso sobre el pecado, la muerte, el infierno y el diablo.

13 Pero ¿cómo han llegado estos pobres discípulos, asustados y desanimados, a tal honor y gracia, y en qué han merecido tal hermandad? ¿Fue por la vergonzosa negación de Cristo por parte de Pedro, y por la deslealtad de todos los demás hacia él? ¿Y cómo lo hemos merecido yo y otros, para aplicarnos esto también a nosotros mismos? ¿Yo, que durante quince años leí la misa idólatra, blasfemando contra Dios y ayudando cada día a crucificar de nuevo a Cristo? ¡Hermoso mérito este, por cierto, cabalgar hacia el infierno al servicio del diablo y buscar otras cofradías —las del diablo y su camarilla, que llevan nombres de santos muertos, san Antonio, san Francisco, san Sebastián, san Cristóbal, san Jorge, santa Ana, santa Bárbara, de algunos de los cuales ni siquiera se sabe si fueron santos, sí, si alguna vez existieron! ¡Vergüenza! ¡Qué pecado y qué deshonra para nosotros, que nos llamamos cristianos, haber tenido esta hermandad de Cristo el Señor tan graciosamente ofrecida, y luego despreciarla y rechazarla, y caer en tan honda ceguera que nos hicimos inscribir en la cofradía canallesca de los monjes vergonzosos y de toda la manada del papa, y predicar y alabar esto como si fuera cosa preciosa!

Pero eso es lo que merece el mundo. ¿Por qué no apreciamos la Palabra de Dios, que estaba escrita, pintada, representada, cantada y tañida ante nuestros ojos y oídos? Y aun ahora, cuando la Palabra de Dios misma lo señala y nos reprende, no cesamos de blasfemar y de perseguir; cuando deberíamos dar gracias y alabar a Dios por habernos librado tan graciosamente, sin mérito alguno nuestro y contra todo mérito, de tal ceguera y blasfemia, y por habernos concedido la gracia de reconocerlo.

14 Ahora bien, crea quien pueda. Pues, lo creamos o no, es la verdad de todos modos. Esta hermandad está fundada entre nosotros, y no es una hermandad como nuestro desordenado Kaland y la cofradía de los monjes, sino la de Cristo, en la cual Dios es nuestro Padre y su propio Hijo nuestro hermano, y donde se nos otorga una herencia que no asegura simplemente cien mil táleros, uno o varios reinos, sino en la cual somos redimidos de la compañía del diablo, del pecado y de la muerte, y obtenemos la herencia y la posesión de la vida eterna y de la justicia eterna; y aunque en otro tiempo estuvimos en pecado, dignos de muerte y de condenación eterna, y aun ahora lo estamos, debemos saber que esta hermandad es mayor, más poderosa, más fuerte y superior al diablo, al pecado y a todas las cosas. No hemos caído tan hondo, ni están las cosas tan mal y arruinadas, que esta hermandad no pueda arreglar y restaurar todo por completo, puesto que es eterna, infinita e inagotable.

15 Pues ¿quién es el que ha instituido esta hermandad? El Hijo unigénito de Dios y Señor todopoderoso de todas las criaturas, de modo que por sí mismo no necesitaba padecer ni morir. Pero todo esto lo hice, nos dice, por ustedes, como su querido Hermano, que no podía soportar ver que ustedes, separados eternamente de Dios por el diablo, el pecado y la muerte, perecieran tan miserablemente; por eso me puse en su lugar y tomé sobre mí su miseria, entregué mi cuerpo y mi vida por ustedes para que fueran librados; y he resucitado para proclamarles e impartirles esta liberación y esta victoria, y recibirlos en mi hermandad, para que posean y disfruten conmigo todo lo que tengo y poseo.

16 Así ves que a Cristo no le basta que el hecho histórico haya ocurrido y que, por lo que a él toca, todo esté cumplido; lo infunde en nosotros y crea con ello una hermandad, para que llegue a ser posesión y herencia común de todos nosotros; no lo pone in praedicamento absoluto, sino relationis; a saber, lo ha hecho, no para sí mismo personalmente ni por su propio bien, sino como nuestro Hermano y solo para nuestro bien. Y no quiere ser considerado y conocido de otro modo que como nuestro, con todos estos bienes, y que nosotros, por nuestra parte, seamos suyos; y que estemos por eso tan estrechamente unidos que no podríamos estar más íntimamente emparentados, teniendo un Padre común, disfrutando de un patrimonio igual, común e indiviso, y autorizados a usar todo su poder, honor y patrimonio, a gloriarnos de ello y a consolarnos con ello, como si fuera nuestro.

17 ¿Quién puede comprender esto plenamente? ¿Y qué corazón puede creer lo bastante que el Señor es tan completamente nuestro? Pues es cosa demasiado grande e inefable que nosotros, pobres y miserables hijos de Adán, nacidos y envejecidos en el pecado, seamos los verdaderos hermanos de la suprema Majestad, coherederos y cogobernantes en la vida eterna; como lo declara tan gloriosamente san Pablo, Ro 8:17; Gá 4:7: «Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo», etc. Pues todo esto sigue en orden: si somos llamados hijos de Dios, entonces debemos ser también verdaderamente sus herederos, y hermanos y coherederos de Cristo el Señor, que es el único Hijo esencial de Dios.

18 Por eso, quien pueda, aprenda a comenzar rectamente a orar el Padrenuestro; y a saber lo que significa para mí llamar a Dios mi Padre, y para mí considerarme, con toda verdad y plenitud, su querido hijo y hermano de Cristo el Señor, que ha compartido conmigo todo lo que tiene y me ha puesto en posesión de sus tesoros eternos. Examina aquí tu propio corazón y pregúntale si sin duda ni vacilación puedes decir así desde el fondo del corazón: «Padre nuestro»; si estás firmemente fundado y puedes estar seguro delante de Dios: Me considero tu querido hijo, y a ti mi querido Padre, no porque lo haya merecido, o pudiera merecerlo jamás, sino porque mi querido Señor quiere ser mi Hermano, y por su propia voluntad lo ha proclamado y me ha invitado a considerarlo mi Hermano, y ha dicho que él también me consideraría así.

19 Comienza tan solo esto, digo, y verás cómo te va en la tarea; y pronto descubrirás qué bellaco incrédulo se esconde en tu seno, y que tu corazón es demasiado torpe para creerlo. Oh, soy un pobre pecador, exclama la naturaleza, ¿cómo me atrevo a exaltarme tan alto, a sentarme en el cielo y a jactarme de que Cristo es mío y de que soy su hermano? Pues esta grandeza y gloria es tan sumamente alta, más allá de todo sentido, corazón y pensamiento humano, que no podemos abarcarla; como también confiesa el mismo Pablo en Fil 3:12, que prosigue para alcanzarla, pero que aún no la ha alcanzado. Sí, el hombre se asombra y se aterra de sí mismo por atreverse a recibir y a gloriarse de tal honor y gloria.

19 Pero ¿qué haremos? Ciertamente debemos decir, y es verdad, que somos pobres pecadores y que, con san Pedro, hemos negado a nuestro Señor (yo especialmente, más que otros). Pero ¿qué hacemos con eso? Es suficiente y más que suficiente lo que hice contra él al apartarme de él y hacerme un bellaco. ¿Debo, además, hacerlo a él mentiroso y bellaco, y negar este anuncio consolador, y blasfemar? ¡Dios me libre!

20 Sí, dice el diablo, por mi carne no eres digno de esto. ¡Ay!, es verdad; pero si yo no quisiera creerlo y aceptarlo, tendría que hacer mentiroso a mi Señor y declarar que no es verdad cuando me dice que es mi Hermano. ¡Dios me libre de hacerlo!, pues sería rechazar a mi Dios y toda mi salvación y bienaventuranza eterna, y pisotearlas.

21 Por tanto, diré esto: Sé muy bien que soy un ser indigno, digno de ser hermano del diablo, no de Cristo y de sus santos; pero Cristo ha dicho que yo, por quien murió y resucitó, lo mismo que por san Pedro, que como yo fue pecador, soy su hermano; y quiere seriamente que le crea, sin duda ni vacilación, y no quiere que considere que soy indigno y estoy lleno de pecado, porque él mismo no lo considerará ni lo recordará así, aunque bien podría hacerlo, teniendo abundante motivo para pagar a los suyos y hacer recaer sobre ellos lo que cometieron contra él. Pero todo está olvidado y borrado de su corazón; sí, lo ha matado, cubierto y sepultado; y ahora no sabe decir de ellos sino lo que es bondadoso y bueno, y los saluda y les habla con cariño como a sus fieles y queridísimos amigos e hijos piadosos, como si no hubieran hecho mal alguno, ni lo hubieran afligido, sino solo bien; para que sus corazones no estén inquietos ni preocupados con el pensamiento de que él lo recordaría y se lo echaría en cara o lo haría recaer sobre ellos. Ya que él no quiere que se recuerde, sino que quiere que esté muerto y sepultado, ¿por qué no lo dejaré yo así, y daré gracias, alabaré y amaré de todo corazón a mi querido Señor por ser tan misericordioso y clemente? Aunque esté cargado de pecado, ¿por qué habría de seguir y tachar de falsedad esta palabra llena de gracia, que oigo hablar a él mismo, y rechazar deliberadamente la hermandad ofrecida? Si no lo creo, no recibiré sus beneficios; pero eso ni la vuelve falsa ni prueba que algo falte en Cristo.

22 Si alguien desea ahora cargarse de nuevos pecados y no quiere que se olvide lo que él ha olvidado, que peque entonces de tal modo que nunca sea olvidado y nunca pueda ser ayudado; como leemos en la Epístola a los Hebreos, He 4:4-6 y He 10:26, acerca de los que han pecado apartándose de la Palabra de Dios y reprochándola como mentira. Este es el pecado contra el Espíritu Santo, y se describe como crucificar de nuevo al Hijo de Dios y exponerlo a vituperio, e infamar al Espíritu de gracia. ¡De esto guarde Dios a todos los que desean ser cristianos!

¡Ay!, hay demasiado de la antigua ceguera y necedad en que hemos estado envueltos hasta ahora. Esto debería perecer y ser olvidado, ahora que hemos llegado a ser sus hermanos, con tal que lo aceptemos. Si no podemos creer tan firmemente como debiéramos, comencemos, como niños pequeños, a beber siquiera una cucharadita de esta leche, hasta hacernos más fuertes, y no la rechacemos por completo.

23 Por eso, aunque tu propia indignidad te reprenda cuando te pones a orar, y aunque pienses: ¡Ay!, mis pecados son demasiados, y temo no poder ser hermano de Cristo, sacúdete y defiéndete lo mejor que puedas, para que tales pensamientos no encuentren lugar en tu mente. Pues aquí corres gran peligro de cometer el pecado contra el Espíritu Santo. Con toda confianza y osadía responde a tales pensamientos del diablo: Sé muy bien lo que soy, y no necesitas decírmelo ni enseñármelo, pues no te corresponde juzgar este caso; ¡fuera, pues, espíritu mentiroso! No quiero ni debo escucharte. Aquí está mi Señor Jesucristo, el único Hijo de Dios, que murió por mí y resucitó de los muertos; él me dice que todos mis pecados están olvidados, y que será mi Hermano, y que yo también he de ser su hermano; y es su voluntad que yo crea esto de corazón, sin vacilar.

24 Un bellaco y un villano, sí, un hermano del miserable diablo mismo ha de ser quien no quiera aceptar esto. Aunque yo no sea digno de ello, lo necesito muchísimo; y aunque no fuera así, Dios al menos es digno de que yo lo honre y lo tenga por el Dios verdadero. Pero si no creyera, yo, además de todos los demás pecados, y de la peor manera posible, amontonaría deshonra sobre él, violando el primer mandamiento, al hacerlo mentiroso y un Dios vano. ¿Qué mayor maldad y blasfemia ha oído o proclamado hombre alguno?

Antes bien, haz así: Cuando sientas que te resulta demasiado difícil creer, arrodíllate y quéjate a Dios de tu incapacidad; y di con los apóstoles: «Señor, auméntanos la fe». Lc 17:5. En el corazón, de buena gana te tendría por mi queridísimo Padre, y a Cristo por mi Hermano, pero mi carne, ¡ay!, no se somete; por eso ayuda mi incredulidad, para que honre tu nombre y tenga tu Palabra por verdadera.

25 Mira, de este modo experimentarás por ti mismo qué gran conflicto requiere creer la Palabra de Dios y orar rectamente el Padrenuestro; no porque esta Palabra en sí misma no sea lo bastante segura, firme y fuerte, sino porque nosotros somos tan débiles, sí, tan semejantes al inestable y miserable azogue, que no podemos sostener lo que bien merece ser sostenido con manos y corazones de acero y de diamante.

26 Antes, cuando éramos extraviados y engañados con mentiras y falso culto, podíamos aferrarnos y consolarnos con una fe firme, aunque falsa, en todos los santos y en las cofradías de los monjes; y decíamos con gozo: ¡Ayúdame, querido señor san Jorge, o san Antonio, o san Francisco, y hazme gozar el beneficio de tus intercesiones! No había entonces duda ni oposición; esta ocupación nos era agradable, y teníamos puños y fuerza de hierro para creer. Pero aquí, donde Cristo, la Verdad misma, nos ofrece su compañía, incluso nos invita y nos insta de la manera más afectuosa, diciendo: Amados, recíbanme como su Hermano, él no logra llevarnos a creer y aceptar. Tan poderosamente se resisten y se oponen la carne y el diablo.

27 Por eso, digo, lo mejor para cada uno es que, cuando entre en su aposento y comience a orar, se esfuerce por entender lo que dice y por sopesar debidamente dos palabras: «Padre nuestro». Por ejemplo: Amigo mío, ¿qué estás orando? ¿Cómo responde tu corazón? ¿Consideras de veras a Dios como tu Padre, y a ti mismo como su querido hijo? No, en verdad, dice el corazón, no lo sé; ¿cómo puedo atreverme a atribuirme cosa tan grande y gloriosa? Entonces ¿por qué no dejas de orar, cuando con los labios llamas Padre a Dios mientras tu corazón desmiente a ti mismo y a él, tal como él se ha revelado en su Palabra? Confiesa más bien tu debilidad y di: Yo, en efecto, te llamo mi Padre, y debo llamarte así, según tu Palabra y mandamiento; pero temo que mi corazón está mintiendo como un bellaco. Y lo peor no es que yo solo esté mintiendo, sino que también te acuso a ti de falsedad. Ayúdame, querido Señor y Padre, para que no te haga mentiroso; pues yo no puedo hacerme mentiroso sin haberte hecho mentiroso a ti primero.

28 Por eso, aunque me doy cuenta y experimento, ¡ay!, que no puedo decir «Padre nuestro» con todo mi corazón, como en verdad ningún hombre en la tierra puede plenamente, pues de lo contrario ya estaríamos en la bienaventuranza celestial, aun así haré un intento y comenzaré, como un niño pequeño empieza a mamar del pecho de su madre. Si no puedo creerlo del todo, no lo tendré por falsedad, ni diré que no. Aunque no pueda jugar el juego como corresponde, me guardaré de jugar en contra, como hacen los monjes y los corazones desesperados, que no consideran a Cristo como su Hermano, sino como un enemigo y un capataz; pues eso sería convertirlo en el mismísimo diablo. Yo, en cambio, quisiera deletrear a diario las letras, hasta poder repetir «Padre nuestro» y este sermón de Cristo tan bien o tan mal como pueda. Dios conceda que, aunque balbucee, tartamudee o cecee, lo logre siquiera en cierto grado.

29 Pues, como ya se dijo, este es el pecado de todos los pecados: que cuando Dios es misericordioso y quiere que todos nuestros pecados sean perdonados, el hombre, por su incredulidad, rechaza la verdad y la gracia de Dios, y la aparta de sí, y no deja que la muerte y la resurrección de Cristo el Señor valgan. Pues, en efecto, no puedo decir que esta hermandad, que nos trae el perdón de los pecados y toda bendición, sea obra y hechura mía, o de hombre alguno, o que alguien haya trabajado o la haya buscado. Pues esta resurrección ocurrió y se cumplió antes de que hombre alguno supiera nada de ella; y que se nos proclame y se nos predique tampoco se hace por la palabra del hombre, sino por la de Dios; por lo cual no puede fallar ni mentir. Puesto que es únicamente la verdad y la obra de Dios, nos conviene, bajo pena de la extrema ira y desagrado de Dios, aceptarla como procedente de Dios y sostenerla firmemente por la fe, para no caer en el pecado que no tiene perdón.

30 Pues todos los demás pecados que hay, contrarios al mandamiento y a la ley de Dios, la cual consiste en todo lo que hemos de hacer y que Dios exige de nosotros, están todos cubiertos por el perdón, ya que nunca estamos enteramente libres de ellos durante toda nuestra vida; y si Dios hubiera de ajustar cuentas con nosotros según nuestra vida y conducta, nunca podríamos ser salvos. Pero quien no quiere creer la Palabra de Cristo ni aceptar su obra, peca cien mil veces más; pues lucha contra la gracia y se priva a sí mismo del perdón. Porque es la gracia la que dice: La ley no te dañará ni te condenará, aunque hayas pecado gravísimamente contra ella, sino que todos estos pecados serán perdonados y quitados por Cristo; pues por eso murió por ti y resucitó, y ahora te presenta todo esto por medio de este anuncio de su hermandad.

Ahora bien, si no quieres creer ni aceptar esto, sino que tercamente te empeñas en contra, y dices: No quiero gracia, ¿qué te ayudará entonces? ¿O qué buscarás además para obtener el perdón y ser salvo? Sí, seré fraile cartujo, iré descalzo a Roma y compraré una indulgencia, etc. Muy bien, hazlo como quieras, no en nombre de Dios, sino en el del miserable diablo; pues con ello has negado no solo la gracia, sino también la ley, y has caído por completo de Dios, puesto que buscas obras y santidad que Dios no ha mandado, sí, que incluso ha prohibido.

31 ¿No debería Dios airarse y castigarnos por parlotear, cantar y leer a diario el Padrenuestro y el Credo sin entendimiento, sin fe y sin corazón, y por no pensar nada no solo en Cristo, sino tampoco en la ley de Dios; jactándonos en cambio y presentando ante Dios solo nuestros propios esfuerzos y falsa espiritualidad, por encima de su gracia y mandamiento y en oposición a ellos, esperando reconciliarlo con ello y ganar de él el cielo? Esto es lo que merecemos por despreciar la Palabra de Dios y este glorioso y consolador anuncio de Cristo: ser vergonzosamente cegados y engañados por el diablo, y castigados y atormentados por el papa; como si Dios dijera con ello: Muy bien, si no quieren a mi Hijo como su Hermano, ni a mí como su querido Padre, entonces tomen al papa con sus monjes, que los apartan del evangelio, del Credo y de los Diez Mandamientos hacia sus raídas y hediondas cogullas y la cofradía del diablo.

32 Pues, ya que no quisieron que Cristo fuera y permaneciera nuestro Hermano sin nuestro mérito y dignidad, y nos trajera la gracia de Dios y el perdón del pecado, ¿qué es esto sino negar real y efectivamente la fe en Dios y en su Hijo, como dice san Pablo, Tit 1:16, aunque lo confiesen con los labios? Como hice yo también en mi antigua ceguera, cuando ayudaba a cantar y leer estas palabras con otros, y sin embargo estimaba mucho más mi vida monástica y mis propias obras.

Pues si hubiera aceptado como verdadero y cierto lo que dice san Pablo en Ro 4:25, que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, a fin de que llegáramos a ser sus hermanos, entonces habría aprendido con ello que mis propias obras y mi cogulla de monje no podían obtenerme esto. De otro modo, ¿qué necesidad habría habido de que Cristo fuera y tomara sobre sí mis pecados y la ira de Dios en su cruz y muerte, y por su resurrección me pusiera en la herencia del perdón de los pecados, de la salvación eterna y de la gloria?

33 Pero ahora, ya que se aferran a su vida monástica y buscan la gracia de Dios por sus propios méritos, deseando con ello librarse de sus pecados y expiarlos, dan testimonio contra sí mismos de que no creen lo que dicen con los labios: Creo en Jesucristo, que murió por mí y resucitó, etc.; sino que creen, al contrario, en la cogulla y el cordón de los monjes descalzos, en santa Ana, en san Antonio y en el diablo (con perdón), en su trasero. Porque es imposible que quien conoce a Cristo en esta hermandad se ocupe en tales necedades como las que se enseñan y se observan no solo sin fe y contra ella, sino también contra los mandamientos, y que son verdaderos pecados diabólicos, los pecados de todos los pecados.

34 Por eso, frente a todo esto, un cristiano debe adquirir la costumbre de orar el Padrenuestro, persignándose con firmeza y diciendo en su pensamiento: Guárdame, querido Señor, del pecado contra el Espíritu Santo, para que no caiga de la fe y de tu Palabra, y no llegue a ser turco, judío o monje y santo papal, que creen y viven contra esta hermandad; sino que me aferre a un pequeño fleco del manto de esta hermandad. Baste que hayamos creído y vivido tanto tiempo contra ella; ahora es tiempo de rogar a Dios que haga esta fe segura y firme en nosotros.

Pues si tenemos esta fe, entonces estamos sanados y librados del pecado, de la muerte y del infierno, y podemos probar todos los demás espíritus, discernir y rechazar todo error, engaño y falsa fe, y pronunciar la sentencia: Quien se pone la cogulla y se rapa la cabeza para hacerse santo, o ingresa en la cofradía de los monjes, es un necio loco y sin sentido, sí, una criatura ciega, miserable, desdichada y desesperada; quien se tortura con mucho ayuno y mortificación, como los frailes cartujos o los santos turcos, ya está separado de Dios y de Cristo y condenado al infierno.

Pues todo esto no es sino blasfemia y contradicción de la bienaventurada hermandad celestial de Cristo. Pueden orar y leer mucho acerca de ella, como dice Is 29:13: «Este pueblo se acerca a mí con su boca», viene ante mi rostro en las iglesias, con cantos y campanas, «pero su corazón está lejos de mí». ¿Qué placer piensas que puede tener él en tales santos, que exteriormente actúan como si fueran verdaderos hijos de Dios, leyendo y cantando el evangelio, empleando las más hermosas palabras y celebrando una gloriosa fiesta de Pascua en procesiones, con estandartes y velas, y sin embargo no procuran entenderlo ni creerlo, sino que más bien se oponen a él con su doctrina y su vida?

35 Pues si lo entendieran y lo creyeran, no se aferrarían a sus burlas y vanidades, sino que enseguida pisotearían sus cogullas y cordones, y dirían: ¡Vergüenza sobre esta cofradía infame! ¡Al miserable diablo con ella, por oponerse a la hermandad que me enseñan el Credo y el Padrenuestro! Pues no es digna de atención ni de consideración.

Así Pablo, en Fil 3:5, pronuncia juicio sobre su propia vida santa en el judaísmo: Yo era, dice, un hombre piadoso e irreprensible, no solo en mi vana estimación, sino según la ley de Moisés; pero cuando llegué a conocer a Cristo, tuve por pérdida toda mi justicia bajo la ley, sí, no solo por pérdida, sino que la tuve por basura y suciedad. Yo pensaba, en verdad, que era un gran santo, que había guardado la ley estrictamente y con toda diligencia, y tenía esto por mi mayor tesoro y mi mayor ganancia; pero cuando oí de esta hermandad y herencia del Señor Jesucristo, ¡oh, cómo me abandonaron mi orgullo y la jactancia de mi propia justicia, tan por completo que ahora me estremezco ante ello y ni siquiera quiero pensar en ello!

36 Mira, él exalta la justicia que esta hermandad nos trae de tal modo que menosprecia y desprecia por completo la vida y la santidad de todos los hombres, aun cuando esté en su mejor punto según la ley de Dios, la cual ciertamente debe guardarse, y que nada hay en la tierra más digno de alabanza ni mejor que ella. Y sin embargo, porque sigue siendo nuestro propio esfuerzo y vida, no puede ni debe tener el honor y la gloria de hacernos hijos de Dios y de adquirir el perdón de los pecados y la vida eterna; sino que esto se efectúa cuando oyes la palabra de Cristo, que dice: Buenos días, mi querido hermano; en mí tu pecado y tu muerte son vencidos, porque todo lo que he hecho, lo he hecho por ti, etc.

37 Este es el fundamento del desafío de san Pablo al pecado y a la muerte: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» 1 Co 15:55 y Os 13:14. Como si quisiera decir: En otro tiempo eran enemigos poderosos y terribles, ante los cuales todos los hombres, por santos y piadosos que fueran, tenían que temblar y desesperar; pero ¿dónde están ahora? ¿Cómo los perdí tan por completo? Pues, responde, todo es sorbido y ahogado por completo en una victoria. Pero ¿dónde está la victoria, o de quién es la victoria? «Mas gracias sean dadas a Dios», responde en el v. 57, «que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo».

38 Esto es, en verdad, gloriosa y gran osadía, posible, sin embargo, solo para una fe como la de san Pablo; la cual, como él mismo lamenta, no era tan fuerte como él deseaba; con todo, ciertamente la tenía y podía sostenerla frente a la ira y el poder del diablo. Que nosotros no podamos hacer lo mismo y sigamos tan temerosos y aterrados ante la muerte y el infierno, es prueba de que todavía tenemos muy poca fe. Por eso tenemos más razón para impulsarnos a invocar a Dios y orar, y también a pedir con este fin las súplicas de nuestros hermanos, y a meter a diario la Palabra en nuestros corazones, hasta que también nosotros, en algún grado, obtengamos esta seguridad.

39 Que nuestros adversarios se burlen de nosotros y digan con desprecio que no sabemos enseñar sino la fe, y que griten que debemos subir mucho más alto y hacer mucho más. Pero si tuviéramos fe suficiente, pronto atenderíamos todo lo demás. Pues lo principal y más necesario, de lo cual ellos no saben nada, es cómo librarse del terror del pecado, de la muerte y del infierno, y cómo adquirir una conciencia en paz ante Dios, para que podamos orar verdadera y sinceramente «Padre nuestro». Donde esto no se ha hallado, todo lo demás es en vano, aunque nos torturemos hasta la muerte con nuestras obras. Pero como todos se quedan cortos en esto, no hemos de avergonzarnos de aprender y ocuparnos de estas cosas cada día, como lo hacemos de nuestro pan cotidiano, y además debemos pedir a Dios que nos dé poder y fuerza. Amén.

Sermón para el Lunes de Pascua: explicación de este evangelio y nuevas instrucciones sobre la Cena del Señor; Lucas 24:13-35

EXPLICACIÓN DE ESTE EVANGELIO, Y MÁS INSTRUCCIONES SOBRE LA CENA DEL SEÑOR.

I. LA PREPARACIÓN PARA PARTICIPAR DE LA CENA DEL SEÑOR.

1 Este evangelio, en una parte, nos enseña y nos exhorta a complacernos en hablar y obrar por nuestro Señor Jesucristo. Lo hace mostrando qué fruto sigue de tal proceder, aunque ese fruto no se entiende ni se capta tan claramente como debiera. Ven aquí que los dos discípulos están todavía llenos de incredulidad; sin embargo, como hablan acerca de Jesús, y aparentemente en vano, él no puede permanecer ausente de ellos, sino que se acerca, les abre los ojos y les interpreta las Escrituras. Debes asirte fielmente a esto y retenerlo, pues es cosa preciosa. Sin embargo, antes de tratar más a fondo el evangelio, que en cuanto a su historia es fácil, debo primero, por causa de la gente sencilla y humilde, decir algunas cosas sobre el sacramento de la Cena del Señor.

2 Amados, han oído que predicamos quiénes son dignos de recibir la Cena del Señor, a saber, los que por la Palabra de Dios son movidos en su corazón a creer, y que los que no están así preparados deben abstenerse de ella. Y es justo disuadir a todos de precipitarse a ella o de acercarse con su propia preparación, como se acostumbraba antes. Esa es la manera correcta de predicar, y quiera Dios que muchos sean así aterrados. Pero de nuevo observo en muchos, y también en mí mismo, que el espíritu diabólico presiona demasiado también por el otro lado, para causar que los corazones se cansen y se retraigan de participar de la comunión, de manera que nunca se acerquen a ella a menos que sientan con certeza que están fervientes en la fe. Esto también es peligroso, pues con ello suprimiríamos la preparación que antes era costumbre, pero estableceríamos una nueva preparación que tampoco sería correcta.

3 Hemos rechazado a los que se preparan para recibir el sacramento con sus propias obras, cosa que Dios aborrece. Pero al hacerlo podemos causar fácilmente que la gente se vuelva remolona, de modo que siempre espere hasta que Dios venga y nos dé una fe perfecta, para poder ir. Por eso nunca podemos predicar bastante acerca de la fe, aunque prediquemos largo y con seriedad sobre ella, pues nuestra razón nunca puede entenderla. Por eso, para salir al paso de este mal, lo trataremos más extensamente y debemos dividirlo en dos partes, o más bien, en las dos clases de personas que se preparan para ir a la Cena del Señor.

4 En primer lugar hemos enseñado que a nadie le aprovechaba prepararse para el sacramento con sus propias fuerzas, como hacían los que procuraban, por su confesión y otras obras, hacerse dignos de recibirlo. Este es un error y un abuso terribles, y el único consejo verdadero que podemos dar a los que emprenden tales cosas es que se abstengan de ellas y se mantengan lejos del sacramento.

5 La otra preparación, la que se hace en la fe, y de la cual hemos dicho bastante antes, es correcta, pues viene y procede de Dios. No se hace de tal manera que uno siempre se sienta seguro de ser digno. ¿Dónde estaría la fe si así fuera? Sino que ocurre así: Sin que yo prepare ni haga nada, la Palabra de Dios viene a mí. Puedo, en efecto, ir y oírla, o leerla y predicarla, de manera que así entre en mi corazón. Y esa es la preparación correcta, que no se hace por el poder y la astucia del hombre, sino por la fuerza de Dios. Por eso no hay mejor preparación para todos los sacramentos que permitir y dejar que Dios nos prepare. Esta es una breve charla sobre la preparación. Y ahora consideraremos a los que se acercan a la comunión.

II. PERSONAS PARA QUIENES NO ES LA SANTA CENA, Y PARA QUIENES SÍ LO ES.

6 El evangelio y Palabra de Dios, que es un discurso acerca de Cristo, cae a veces en los oídos de quienes no lo aceptan o incluso lo desprecian; y, como dice Cristo en Lc 8:5, cae junto al camino, es decir, en corazones duros y no preparados.

7 Luego hay otros que son viles bribones y viven en vicio abierto. Mt 13:22. Aunque oigan el evangelio y nunca se opongan realmente a él, no se preocupan mucho por él. Como ven que hacen ahora nuestros fanáticos, que pueden hablar y escupir mucho sobre él, sobre todo cuando están hartos, y lo tienen en poco. No han captado nada de él, salvo una facilidad de palabra para hablar de él. Todos son corazones malvados. De esta clase son también los que viven sumidos en la avaricia, tan materialistas que lo sienten. Y así viven en otros pecados groseros y tienen poca reverencia por el santo evangelio, aunque sepan hablar de él con soltura. Pero nunca nos interesa predicarles a ellos, pues todo se pierde en ellos y el evangelio no los hace ni humildes ni hambrientos.

8 En tercer lugar, los peores de todos son los que además persiguen el evangelio. De ellos dice Cristo en Mt 7:6: «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos». Estas tres sectas no pertenecen a la Iglesia del evangelio, y no les predicamos. Y quisiera que se aplicara la ley y que fueran castigados, esos cerdos groseros que hablan tan neciamente del evangelio como si fuera un cuento de Teodoro de Berna, o alguna otra fábula. Si alguien quiere ser cerdo, que sepa lo que conviene a un cerdo. De veras quisiera poder excluirlos de mi predicación, para que nunca la oyeran y estuvieran lejos de ella. No pueden hacer sino abusar del evangelio en perjuicio propio, y deshonrarnos, de modo que por causa de ellos la Palabra de Dios tiene que sufrir deshonra y abuso. ¡Fuera los cerdos sucios!

9 Por último, hay algunos que son como la gente de este evangelio. Miren cómo todavía les falta fe, pues hablan de esta manera: V.21. Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel. Como si quisieran decir: No sabemos cuál será el resultado. Está claramente a la vista que quedará en nada. Ahora está muerto, y aunque volviera a la vida y resucitara de los muertos, seguramente no puede redimir al pueblo ni hacerse rey. Y así pensaban que la redención había fracasado. Así, los dos discípulos aquí son la multitud que gusta el evangelio en su corazón y no soporta que sea despreciado y desobedecido; pero con todo son tan tímidos que dudan en acercarse porque sienten que no son lo bastante fuertes ni fervientes. Se retraen y no quieren acercarse hasta sentir y experimentar que son fuertes en la fe. Estas son personas a las que el evangelio pertenece, aunque a veces tropiecen, de modo que se disgustan consigo mismas, sienten su enfermedad y desean librarse de ella, y no son duras de corazón. A estas se les debe exhortar y atraer a Cristo. Nunca hemos predicado todavía sino a gente así.

10 Pues es propio de la fe que el hombre conozca sus faltas y desee seriamente verse libre de ellas. Nadie debe esperar hasta que Dios realice una señal milagrosa para él, y lo trate de modo distinto que a otras personas a quienes da las señales en el evangelio y en los sacramentos. Dios nos dio el tesoro y lo reveló con el único propósito de que fuéramos y lo tomáramos. Por eso, cuando sientas tu debilidad, debes ir y decir: Señor mío, he caído. Quiero ser fuerte. Tú has instituido la Cena del Señor para que con ella encendamos y fortalezcamos nuestra fe y así seamos ayudados. Aquí estoy, pues, y deseo recibirla. Este debe ser nuestro consuelo, y debemos usar con gozo la Palabra y los sacramentos cuando sintamos nuestra falta de fe, y alegrarnos de recibir ayuda para buscar auxilio y fuerza. Allí nuestras almas lo hallan dentro de sí.

11 Pues no debes hacer de Cristo un tirano, sino aceptarlo tal como es en verdad y dejar que sea para ti nada más que gracia rica y abundante. Sin embargo, si sientes en tu corazón que no has llegado a este punto y no crees, y con todo quisieras creer, no debes por eso desesperarte y rehuir la comunión, sino buscar tu ayuda precisamente allí, para que tu fe sea encendida y aumentada.

Pues, aunque algunos han sido terriblemente castigados por participar del sacramento indignamente y sin fe, esos son solo los que describimos arriba, a saber, los corazones endurecidos y malvados. Debes hacer y pensar así: Señor, mira, esa es tu Palabra y esta es mi enfermedad y mi falta. Tú mismo has dicho: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». Mt 11:28. ¿Piensas que dijo eso a los que ya son fervientes y fuertes en la fe? Su reino no está establecido para favorecer a los justos, Mt 9:3, sino para ayudar a los pecadores y hacerlos justos. 1 Ti 1:15. Por eso, quien sea débil y lo experimente, debe ir a la comunión y dejar que Dios lo ayude.

12 Pero hay otra manada que no va por el buen camino. Tenemos profetas por el país que enseñan al pueblo con demasiada libertad a ser atrevido y desafiante, que hablan con la divina Majestad como hablarían con un aprendiz de zapatero. Estos espíritus descarados y soberbios no han de ser seguidos de ninguna manera. Es bueno que seas retraído y tímido, y que temas y tiembles. Me agrada ese temor. Permanece en él, y ve a que se calme tu conciencia. Pero a esas mentes soberbias y corazones sin quebrantar que actúan con tanto desafío y tratan a Dios como si él tuviera que temerles, él no puede tolerarlos.

13 Por eso debes humillarte y permanecer en el temor para sentir tus luchas y debilidades, y desear la fe. Si experimentas eso, da gracias a Dios, pues es señal segura de que la Palabra te ha tocado y movido, y te ejercita, te constriñe y te impulsa.

¿Qué clase de fe sería aquella si yo fuera y no tuviera temor ni angustia de corazón para ejercitar mi fe? Pues es propio de la fe que pruebe su fuerza en el temor, en la muerte y en los pecados, y en todo lo que hace que un ser humano tema y se acobarde. Por eso, si así lo sientes, es el momento oportuno para que vayas, pues entonces tu fe hallará algo que hacer. Y con este fin es útil la confesión privada. Bueno es ir a un hombre piadoso, exponerle tu necesidad y pedirle consejo sobre si piensa que eres digno de ir a la Cena del Señor, y luego seguir su consejo. Ese es el verdadero propósito de la confesión y del sacramento. No sirven para otra cosa y han sido instituidos para ayudar a las conciencias débiles cargadas por sus pecados.

14 Pero dices: ¿Y qué, si estoy tan inerte y frío que no tengo deseo de ella, aunque siento que la necesito; y sin embargo el evangelio y el sacramento no me satisfacen, de modo que casi toda chispa en mi corazón se ha extinguido? Respuesta: No debes desistir. Mientras sientas que aún no estás perdido y que todavía no eres tan malvado como los descritos arriba; pues siempre deseas arder de celo. Por eso debes hacer lo siguiente: Toma para ti la Palabra de Dios, ve y oye que se predique, léela, escríbela o incluso cántala, con tal de que la vivas y te ocupes en ella, y entonces experimentarás algo. Luego ve a la Cena del Señor y di: Señor, soy un perezoso; pero vengo para que tú me ayudes y enciendas mi corazón. Añade las palabras y pensamientos que puedas pensar y decir. No debes detenerte a pensar cómo prepararte para ser digno de la comunión; ya estás preparado si sientes que de buena gana serías ayudado, y tu necesidad te obliga a ir.

15 Muchas veces me ha ocurrido que vacilé y así me alejé más de ella, hasta que vi que nada me ayudaba y tuve que ir. Así también hallarás tú que es el espectro del diablo el que aparta a la gente, de manera que cuanto más temen y esperan hasta experimentar la fe en su corazón, más se alejan de ella. Y al fin, si continúan en este estado, todo deseo e impulso, tanto hacia la Palabra como hacia el sacramento, se extingue en ellos, y nunca vienen. Por eso debes dejar a un lado tales pensamientos y temores, e ir y pedir a Dios que te ayude. Si lo haces con frecuencia, experimentarás que ganarás más y más deseo de ella, cosa que no habrías ganado de otro modo. Por eso quisiera que hicieras esto, y que fueran muchos los que fueran al sacramento con tal disposición y ganaran más y más placer en él, y se hicieran más y más fuertes. Pero si no vas, siempre permanecerás frío y te irás enfriando más y más.

16 Esto debe consolarte, y lo experimentarás si lo pruebas. Pues es imposible que la Palabra de Dios no produzca fruto y no sea una bendición. Dios habló así: «Porque como descendió de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié». Is 55:10-11.

Esta Escritura debe hacernos muy osados y felices, si ya nos hemos enfriado. Por la gracia de Dios tenemos la Palabra de Dios, y debemos alzar las manos y darle gracias por ella. ¿Cuántos hay en el mundo que no la poseen? ¿Cómo la habrías obtenido de otro modo? Ahí tienes todo el suministro y la preparación que la sirve, y sin embargo tienes bellaquería de sobra para contender con ella. Por eso, como Dios dice que su Palabra no volverá sin fruto, y si no la usas para burlarte de ella, sino que hablas en serio, sin duda sentirás y experimentarás algo, y cuanto más la uses, más tendrás esta experiencia.

No puedes tener malos pensamientos en tu corazón si tomas una porción de las Escrituras delante de ti y la lees, o te encuentras con otra persona y conversas con ella sobre ello. Si haces esto, las malas concupiscencias sucumbirán y la carne será sometida. Muchas veces lo he probado, y si lo pruebas hallarás también los frutos y la experiencia de que es como Dios dice. ¿Qué más deseas que se te prepare?

17 ¿No basta que poseas la Palabra de Dios que te atrae, y que además sientas que tu angustia te empuja hacia ella? Y entonces Cristo está allí y espera para ayudarte. ¿Qué más ha de hacer? Y no queda excluido nadie sino las personas soberbias e insolentes y los réprobos que no hablan en serio. Por eso debes ir y recordar que Cristo mira más hondo en tu corazón que tú mismo, como ven en este evangelio. Estos dos pobres hombres no se habrían atrevido a desear lo que les sale al encuentro. Y sin embargo se les concede tal gracia que Cristo mismo viene a ellos, mientras hablan de él, y se revela de modo que lo conocen. Esto llena sus corazones de un gozo tal que no pudieron detenerse allí, sino que corrieron y contaron a los otros discípulos cómo el Señor se les manifestó. Entonces están llenos de gozo, como no se habrían atrevido a desear; pero aun así estaba tan hondo en sus corazones que ellos mismos no percibían que lo deseaban, aunque sus corazones estaban tan puestos en ello que no habrían amado ver nada mejor que el que el Señor Jesucristo resucitara de los muertos y fuera rey. Por eso Dios mira más hondo en las profundidades del corazón que nosotros mismos, y también nos da más de lo que deseamos. Así hace también aquí. Si sientes que no eres tan ferviente como quisieras ser, él mira más hondo en tu corazón que tú mismo, puesto que anhelas ser plenamente encendido y llegar a ser una luz que arde. Por eso no debes huir de él, sino acercarte con confianza.

18 A este fin sirven muchos pasajes de los escritos de Pablo. Por ejemplo, dice a los efesios: «El Señor es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos». Ef 3:20. Ahora vemos claramente lo que nos da cuando lo recibimos y sentimos que lo recibimos con gozo. Por eso san Pablo dice que no lo vemos ni siquiera lo pensamos mientras lo deseamos; pero el Señor, que escudriña los corazones, ve y entiende nuestro deseo, y por eso nos concede su gracia abundantemente. Así leemos de santa Mónica, la madre de san Agustín, que lloró por su hijo durante nueve largos años. Era el deseo de su corazón que él se hiciera cristiano, e ideó muchos planes para llevarlo a Cristo. Quería que se casara con una mujer cristiana que hiciera de él un sencillo marido cristiano. Pero no se atrevía a esperar ni a suponer que llegaría a ser el hombre que fue después, aunque lo habría visto de buena gana.

19 Luego mira los ejemplos a lo largo del evangelio. San Pedro fue demasiado tímido cuando el Señor quiso lavarle los pies y dijo: «¿Tú me lavarás los pies?», y no entendió que su necesidad lo obligaba, y su corazón lo urgía, a ver la necesidad de que Cristo lo lavara, como dijo poco después: «Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza». Jn 13:9. Y nuestro corazón está en la misma condición: queremos ver presente al Señor Jesús, para que nos ayude, y sin embargo somos tan tímidos que le tenemos miedo y no pensamos tanto en su bondad amorosa como libremente profesamos hacerlo. Pues si lo considerásemos tal como es, diríamos como Pedro: «No sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza», y pensaríamos: ahora iré de buena gana a él, aunque tuviera una carga mayor de pecado.

Hay igualmente otro ejemplo de san Pedro en Lc 5:6-8, cuando estaban en la barca y pescaron tantos peces que se rompían sus redes. Entonces Pedro se asombró, se postró a las rodillas de Jesús y dijo: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador».

Observa que se asustó y le manda que se vaya precisamente cuando debía rogarle que viniera. Así nuestra naturaleza tímida teme siempre a Cristo, en quien no hay sino bien, y que ha venido para ayudar a todos.

Por eso dije que no debemos hacer de Cristo un tirano, sino dejar que sea un querido Señor y Salvador, que no tiene otro deseo sino ayudar a los pecadores, e invitar y atraer a todos con sus palabras y su ejemplo.

20 Esta exposición de la naturaleza de la fe es bastante clara, pues nuestra gran dificultad es que no entendemos realmente la naturaleza de la fe. Por eso haz esto: Comienza y pruébalo y lo experimentarás; y cuanto más lo practiques, más consuelo y fuerza experimentarás; y cuanto más indigno te sientas, más debes apropiarte la Palabra de Dios y practicarla, oírla o leerla y hablar de ella, y siempre hallarás y probarás algo que te agrada y te mueve. Debes, además, orar a Dios y decir como los apóstoles en Lc 17:5: «Señor, aumenta nuestra fe». Ve así y serás fortalecido. Pero si te detienes demasiado en tu timidez, nunca irás; pues entonces persistirás en sentir y no en creer. Debes experimentar tu miseria y las luchas de tu conciencia. Entonces es el momento de ir a la Cena del Señor. Aunque seas débil en la fe, no debes por eso retroceder, pues él no te rechazará, ya que ha venido con el único propósito de fortalecer a los débiles y consolar a los abatidos.

21 Pero no quiero que todo esto se predique a gente endurecida e insolente y a los fanáticos, sino solo a las conciencias desmayadas y débiles, que de vez en cuando caen, para que no se desalienten, sino que sepan dónde hallar ayuda y consuelo. Sobre este punto un padre del desierto dijo una sabia sentencia. Cuando vio que un hermano estaba débil y desfallecido, le dijo: No, hermano mío, no debes retirarte así y volver atrás, pues podrías volver tan atrás que no pudieras regresar. Porque hay que temer que cuanto más tiempo nos quedemos lejos, más fríos y perezosos nos volvamos. Deben quedarse lejos, como hemos dicho largamente, los que llevan una vida malvada e inmoral y no piensan enmendarse. Pero los que conocen sus debilidades y quieren librarse de ellas y ven que no pueden ayudarse a sí mismos, esos deben venir a la comunión en busca de ayuda.

22 De esto ven por qué Dios instituyó y ordenó que se predicara su Palabra; y por eso no debe ser despreciada. Es verdad que la Palabra sin el Espíritu de nada sirve; pero como Dios Todopoderoso mismo dijo, como hemos oído: «Mi palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía», no debe ser despreciada. Porque por medio de su Palabra da el Espíritu Santo a sus corazones y no les permitirá quedarse boquiabiertos esperando una señal milagrosa del cielo que se haga en ustedes, y así ignorar su Palabra y su sacramento. Él mismo estima y alaba altamente la Palabra, pues ha decretado dar su gracia por medio de ella, como dice Cristo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere». Jn 6:44. ¿Cómo nos trae el Padre? Por medio de Cristo. ¿Cómo por medio de Cristo? Por la Palabra. Así te invita y te llama. Si tu necesidad te impulsa, ve entonces con gozo, cuenta tu apuro con valentía; pero trae siempre contigo la Palabra.

23 Pero deja a Dios cómo podrás permanecer firme, y ve ahora, mientras tienes la Palabra y sientes tu miseria. Entonces la Palabra misma te enseñará cómo prepararte rectamente. Pues entonces debes acusarte ante Dios y decir: Señor, soy un pecador y no puedo ayudarme por mis propias fuerzas, así que vengo a ti en busca de ayuda. Si tengo gracia suficiente solo para deleitarme con todo mi corazón en la Palabra de Dios y tengo gozo y placer en ella, ciertamente puedo permanecer firme. Porque debe ser algo grande que Dios me dé su Palabra y haga que me sea agradable y atractiva. Aunque ahora no sea tan fuerte como debiera, me haré más fuerte con el tiempo y al fin llegaré al punto en que pueda confesar su gracia sin temor y consagrarle mi vida. Por eso dice Cristo: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». Mt 7:7-8.

24 Por eso quisiera exhortarte fielmente a obrar con sabiduría en este asunto. Con justicia hemos condenado a los que emprenden prepararse con sus propias obras; pero hemos invitado a los que sienten su necesidad y ven que nada pueden hacer con su propio poder, y no pueden hallar ni consejo ni ayuda, pues estos usan la Cena del Señor para su salvación personal. Por eso, si así lo sientes, ve primero a un hombre piadoso y cuéntale tu angustia y di: Mira, he caído y quisiera obtener ayuda, y pido consejo sobre qué hacer. Entonces él debe consolarlo y darle la bienvenida al sacramento, para que ejercite su fe y sea fortalecido. Pues fue instituido precisamente con este fin de ministrar consuelo y fuerza. Por eso no dejes que nada te aparte de la comunión. Si te sientes cohibido, es bueno, pues debes sentir tu indignidad. Pero si no sientes tu culpa, no estás en disposición apropiada para ir, y será mejor para ti abstenerte de ir.

25 Toma delante de ti el evangelio y las santas Escrituras, cuanto más mejor, aunque ya los conozcas y los hayas leído muchas veces. Pues sin duda es una sugestión del diablo, que trata de arrancarte tu deleite en la Palabra. Aborrece que te acerques a ella, porque sabe muy bien qué fruto da en ti. Si así te ocupas en la Palabra y te esfuerzas por vivirla lo mejor que puedas, verás que Cristo está contigo y que un fuego se enciende en tu corazón. Pero lo mejor es que dos o tres hablen entre sí con seriedad de ello, para que se oiga la voz viva. Entonces serán mucho más fuertes y el diablo tendrá que ceder. Así desaparecen toda mala concupiscencia y pensamiento, y así sobrevendrá una luz y un conocimiento como nunca antes has experimentado. La única dificultad es que nosotros, necios, tenemos tan gran tesoro tendido ante nuestras puertas y no sabemos usarlo. Y el diablo nos engaña para apartarnos de él y hacernos indiferentes, porque no puede vencerlo. Por eso debemos prepararnos para resistir las sugestiones y la influencia del diablo. De igual modo Cristo vendrá y se revelará aunque al principio no te des cuenta; cuanto más hables de ello y lo discutas, más claramente reconocerás a Cristo y sentirás que enciende tu corazón dentro de ti, como oyeron en este evangelio de los dos discípulos que iban camino a la aldea de Emaús.

III. LA CONCLUSIÓN.

26 Esto tenía que predicar ahora acerca de la Cena del Señor y del evangelio, como Dios nos dio la luz, y los exhorto, amigos míos, a captarlo y usarlo fielmente. Si hay fanáticos que deshonran el evangelio, deben ser castigados por las autoridades civiles. Pero debemos dejar que ellos también oigan, por causa de los justos, pues hemos de predicar la Palabra de Dios públicamente a todos, ya que no sabemos a quién puede tocar.

Sermón para el Lunes de Pascua; Lucas 24:13-35

I. TRES PENSAMIENTOS QUE ENSEÑA ESTE EVANGELIO.

1 Este Evangelio destaca e inculca sobre todo tres pensamientos acerca del artículo de fe sobre la resurrección de Cristo. Primero, que esta narración sucedió y fue escrita, junto con otras, como testimonio seguro y prueba de nuestra fe en este artículo de nuestro Credo. Primero, porque vemos a estos dos discípulos apartarse de la compañía de los demás, llenos de incredulidad respecto de la resurrección. Conversan entre sí sobre lo sucedido como quienes desesperan de Cristo, y él ya está muerto y sepultado para siempre en sus corazones, como quien ya no hace nada ni es capaz de hacer nada. Esto se ve en su propia confesión, cuando dicen: V.21. “Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día desde que esto ha acontecido.” Y aunque habían oído de las mujeres que estas habían visto una visión de ángeles, que les dijeron que Cristo había resucitado y vivía, insistían en que nadie lo había visto ni encontrado. En segundo lugar (y este es el hecho más importante) vemos aquí que Cristo no solo se muestra vivo a los discípulos incrédulos, para que se aseguraran de su resurrección y volvieran de inmediato a anunciarla a los otros, y oyeran de ellos la misma verdad, de modo que el testimonio de ambas partes concordara y quedara así confirmado; sino también que Cristo, antes de que lo reconocieran, probó plena y claramente por las Escrituras que era necesario que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos. Por eso les reprochó su incredulidad, porque debían haber conocido las Escrituras acerca de Cristo, puesto que él mismo les había enseñado que sus padecimientos estaban predichos en las Escrituras.

2 El segundo pensamiento que presenta este Evangelio es un ejemplo del poder y del fruto de la resurrección, manifestado en estos dos discípulos mientras hablan de él y escuchan su predicación. Esto tampoco es menos que una parte de la prueba de su resurrección. Pues Cristo prueba aquí de palabra y de hecho que no está muerto, como ellos creían antes, sino que obra en ellos y ejerce su poder por medio de la Palabra, aun antes de que lo conozcan, y hace creyentes a quienes tienen otro parecer, otro entendimiento, otro corazón y otra voluntad. Esto ellos mismos lo reconocen y confiesan, diciendo: V.32. “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba, etc.?” De esta manera sigue obrando en toda la Iglesia cristiana; aunque invisible, continúa su obra y muestra su dominio en que, como Señor viviente, los ilumina por su Palabra, los consuela y fortalece, los defiende con su poder y los guarda contra la ira del diablo y del mundo.

3 Como tercera verdad, se nos muestra aquí de qué manera Cristo revela su resurrección y cómo puede ser conocida y aprehendida, a saber, ante todo por la Palabra y la fe, más bien que por visión o sensación corporal. Por eso al principio le desconocen cuando se acerca a ellos y camina con ellos, aunque está con ellos en verdad, el mismo Cristo a quien tantas veces habían visto y oído y conocido muy bien. Pero ahora no lo conocen en absoluto, porque saben que había muerto y había sido sepultado tres días antes; y por eso solo pueden pensar en él como en un muerto. Tan extraño y desconocido se les había vuelto, que no lo habrían reconocido aunque hubiera permanecido con ellos todo el tiempo que fuera, hasta que les anunció su resurrección y predicó acerca de ella. El texto dice: V.16. “Los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen.” No era él quien había cambiado, ni era su voluntad permanecer desconocido para ellos, sino que sus corazones y pensamientos se habían vuelto extraños y muy lejanos a los de él. De la misma manera, ni la Magdalena ni los otros discípulos lo reconocieron hasta que oyeron la Palabra de su resurrección.

4 Su propósito es mostrarnos y enseñarnos que el poder de su resurrección y de su dominio se ejercerá aquí en la tierra, y se manifestará en esta vida solo por la Palabra y por la fe, que se aferra a Cristo aunque no lo ve, y así vence en él al pecado y a la muerte, y echa mano de la justicia y de la vida, etc. Este es un breve resumen de la historia contenida en este Evangelio, en cuanto atañe al artículo de fe sobre la resurrección en general, del cual oímos más hace poco.

5 Pero el propósito especial de este Evangelio es mostrarnos cuán débiles en la fe eran los discípulos, y cómo Cristo en su reino se manifiesta a tales personas de fe débil, y cómo trata con ellas. Pues vemos por toda la historia de la resurrección de Cristo, tal como la registran los Evangelios, que los apóstoles, y todos los demás discípulos después de ellos, eran tan débiles en su fe en esta doctrina, hasta el tiempo de su ascensión, que él tuvo que reprocharles su incredulidad y dureza de corazón, porque no creyeron a los que le habían visto resucitado, Mr 16:14. Manifestaron esta debilidad aunque él les había dicho muchas veces, por las Escrituras, que debía ser crucificado y resucitar al tercer día, etc.

6 De aquí aprendemos, en primer lugar, que aun en quienes han llegado a ser verdaderos cristianos permanecen debilidades y flaquezas, especialmente en lo más profundo de la doctrina y de la fe, pues no pueden entenderlo ni asirlo tan firme y fuertemente como deberían. Porque la fe no es cosa tan ligera ni fácil como se imaginan las personas ignorantes e inexpertas, y como aparentan nuestros toscos zoquetes, los borricos papistas, que creen que la fe no es más que haber oído la historia y saberla. Habiendo oído o leído una sola vez lo que el Evangelio cuenta de Cristo, esta gente se imagina que lo ha entendido y creído plenamente, y que en adelante ya no necesita aprenderlo ni creerlo.

7 Que esto no es sino una fantasía vana y ociosa se prueba por su propia confesión de que este conocimiento de la historia bíblica descansa en sus corazones como algo frío y sin vida, una mera cáscara vacía, carente de todo poder vivificante, de ningún uso ni ayuda para ellos, que ni da fuerzas ni los hace mejores; mientras que este gran y sublime milagro de la resurrección de Cristo fue realizado y ha de ser predicado, aprendido y conocido, a fin de que sea fructífero en nosotros, avive y encienda nuestros corazones, y obre en nosotros nuevos pensamientos, nuevo conocimiento, nuevas fuerzas, vida, gozo, consuelo y fortaleza. Si esto no ocurre, la historia se ha oído en vano y está muerta dentro de ti, y no te vale más que a los turcos y paganos que nunca la han oído, o no han creído que sea verdad. No te atrevas a jactarte de fe, aunque

espuma en tu lengua, o un sonido en tus oídos, o un sueño en tu memoria den testimonio de que has oído la historia, de la cual tu corazón no ha experimentado ni gustado nada.

Los papistas muestran claramente, en toda su doctrina y vida, que no creen de corazón este artículo de fe ni se aferran a él, porque buscan en sí mismos y fuera de Cristo el poder y el efecto que deberían venir de la resurrección de Cristo, enseñando que hay que buscarlo y obtenerlo por sus propias obras y méritos, mientras condenan, blasfeman y persiguen la doctrina salvadora que nos dice que nos volvamos de estas necias mentiras a Cristo y al poder de su resurrección.

8 Los cristianos, en cambio, y los verdaderos creyentes saben por triste experiencia, en otros y en sí mismos, cuán débiles son, y lamentan no poder asir esta doctrina ni retenerla en sus corazones con una fe tan fuerte como deberían. Toda su vida la pasan combatiendo esta debilidad, como dice el mismo Pablo en Fil 3:12, que no lo había alcanzado ni era ya perfecto, sino que seguía adelante, por si acaso llegaba a asirlo y a obtener el conocimiento del poder de la resurrección de Cristo, etc.

9 Pues aunque esta doctrina es en sí misma deliciosísima y consoladora, llena de gozo y bienaventuranza, y debería entrar suave y fácilmente en el corazón, la estorban dos grandes obstáculos que hacen difícil creerla. En primer lugar, esta obra de Dios es en sí demasiado sublime y demasiado grande para que jamás la entendamos a fondo en esta vida, aun si nuestra fe fuera perfectamente fuerte y sin debilidad; porque hasta que estemos en la vida venidera no veremos ni sentiremos de verdad toda su fuerza y poder. En segundo lugar, nuestra propia carne y sangre, y los corazones de todos los hombres, son por naturaleza demasiado débiles y temerosos para creer la Palabra de Dios, y por fuerza se llenan de temor y espanto cuando comparan la grandeza de esta obra consigo mismos y con su propia indignidad.

10 Dios no puede pasar por alto la primera causa y obstáculo ni tener paciencia con él; porque esta obra debe y ha de seguir siendo tan grande como es, y no se debe rebajar; más aún, ha de ser el poder al cual todas las criaturas, hombres, ángeles, el diablo y el infierno, deben ceder y someterse, porque es necesario para nuestra salvación. Pues si no fuera así, seguiríamos en el pecado, en la muerte y en la ira eterna de Dios. El otro obstáculo, a saber, que somos demasiado débiles para asir esta gran obra y poder por nuestra fe, Dios puede pasarlo por alto y tener paciencia con él; como vemos aquí que Cristo lo hace con sus discípulos, quienes ciertamente habían oído que había resucitado, y sin embargo estaban llenos de dudas tan grandes y pesadas que casi desesperaban por completo de Cristo, diciendo: V.21. “Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel.”

11 Mira con cuánta seriedad se ocupa de estos dos de fe débil, y cuida de ellos, haciendo todo para sacarlos de su debilidad y fortalecer su fe. Porque ve y sabe que con gran dolor y tristeza se habían apartado de los otros apóstoles y no saben qué pensar ni qué esperar, está resuelto a no dejarlos en tal duda y tentación. Para ayudarlos a salir de ella, se hace su compañero de camino, dejando atrás a todos los demás apóstoles, aunque también ellos estaban reunidos con gran tristeza y muy débil fe. Pero como estos dos corren gran peligro de caer en total incredulidad, viene a ellos enseguida, como si no tuviera ahora nada más que hacer, ya resucitado; les habla de la manera más amistosa, razona con ellos por las Escrituras, les da ocasión de retenerlo y de pedirle que se quede con ellos, que coma y beba en su compañía, hasta que su fe se avive de nuevo y queden libres de toda duda. Su fe se hace tan fuerte que lo reconocen como el mismo Cristo que antes había estado con ellos en vida, y a quien habían visto crucificado tres días atrás, pero a quien no habían podido reconocer en el camino a causa de la duda y de la debilidad de su fe.

12 Su propósito es, pues, enseñarnos con esta narración, dada para nuestra instrucción y consuelo, cómo ha de hacerse su obra en la Iglesia cristiana después de su resurrección, a saber, que no rechazará ni echará fuera a los que son débiles en su fe, más aún, ni siquiera a los que están retenidos en el error o la ignorancia, o que son de otro modo débiles, temerosos y desesperados. Son más bien las mismas personas en quienes ejercerá y manifestará el poder de su resurrección, no solo invitándolas a venir a él, sino también viniendo él a ellas, y tratándolas de la manera más suave y bondadosa, hablando con ellas, enseñándolas e instruyéndolas, más aún, comiendo con ellas, hasta que al fin se hagan fuertes y seguras en su fe; y sus corazones, tan tristes y afligidos por un tiempo, se llenen de nuevo de gozo. Así también nosotros debemos saber y tener esta consoladora certeza: que él es nuestro Señor, que puede soportar nuestras flaquezas y pasarlas por alto; que no rechazará ni condenará a los que no pueden creer y vivir de inmediato como deberían, con tal que en su corazón no desprecien ni nieguen a Cristo y su Palabra, sino que se deleiten en él y le amen, y deseen de verdad hacerse fuertes y perfectos en la fe y en la vida.

13 Al mirar a estos discípulos, débiles e irrazonables como son, se ve que sus corazones, sin embargo, estaban en un estado tal que sentían afecto hacia Cristo, se deleitaban tanto en hablar de él como en oír hablar de él, y no tenían mayor deseo que el de que fuera verdad lo que habían oído acerca de su resurrección. Pero la cosa era demasiado grande para que la creyeran, de modo que todavía eran del todo incapaces de aceptarla como verdadera, así como también es demasiado alta y demasiado grande para nosotros. Esto lo sabe y lo ve muy bien nuestro amado Señor, y por eso puede tener mejor paciencia con nosotros, se da por satisfecho y complacido con tal que lo escuchemos como sus discípulos y estemos dispuestos a ser enseñados y dirigidos por él.

14 Además, con ello quiere enseñarnos cómo conducirnos en su reino, particularmente con los que son débiles y enfermizos en la fe. Nosotros tampoco debemos rechazar ni condenar apresuradamente a los que vemos errar o tropezar; sino tener paciencia con ellos, así como Cristo la tuvo con nosotros y todavía debe tenerla cada día. Porque aunque en su propia persona, en virtud de su resurrección, es en poder y majestad divinos Señor del cielo y de la tierra, gobierna sin embargo su Iglesia de manera que ejerza y manifieste el poder de su resurrección en su pobre y débil grupo, sirviéndoles con este poder y fuerza para su consuelo y crecimiento.

15 En armonía con este ejemplo, aunque seamos fuertes no debemos complacernos en nosotros mismos ni jactarnos, sino más bien poner nuestros dones y fuerzas al servicio de los débiles, procurando sostenerlos y corregirlos con instrucción, consuelo, ánimo, amistosa amonestación y reprensión, etc., así como se ha de tratar con bondad y consideración a los niños débiles y frágiles y a los enfermos, cuidándolos, levantándolos y llevándolos hasta que crezcan y puedan sostenerse sobre sus propios pies.

16 Este es uno de los principales puntos de conocimiento que hay que sacar del Evangelio respecto del reino de Cristo, cómo está ordenado y gobernado, a saber, que es un gobierno bajo el cual los cristianos, que han comenzado a creer y son santos, están sin embargo acosados por la flaqueza, la ignorancia y otras enfermedades pecaminosas. Él soporta y pasa por alto estas faltas, pero esperando que sobrevenga la mejoría. Por eso no debemos soñar con una iglesia en la tierra en la cual no haya ni flaqueza ni error en la fe, como se jactan los papistas de que su iglesia y los concilios de su iglesia no pueden errar, etc. Pues aquí se nos dice que no solo estos dos discípulos, sino todos los demás apóstoles erraron en el artículo principal y más necesario de la fe, permaneciendo en su incredulidad hasta que Cristo mismo los sacó de ella por medio de muchos y variados sermones y revelaciones. Durante los tres días posteriores a la crucifixión de Cristo, la fe en su resurrección había muerto por completo en todos los corazones; en efecto, esa luz no se mantuvo encendida en ninguna parte, salvo en María, su madre, que guardaba en su corazón todo lo que había oído de él y de otros, y con ello era consolada y sostenida en su gran dolor por los sufrimientos y la muerte de su hijo.

17 Porque la fe en Cristo debe continuar y conservarse siempre en alguna parte de la Iglesia; siempre debe haber algunos que tengan la verdad y la confiesen, aunque su número sea pequeño y la mayoría caiga en el error, como aquí ocurrió. Si no hay más, debe haber una María que guarde la fe. Permite que suceda que muchos grandes santos yerren y tropiecen, para que no confiemos en los hombres, aunque sean muchos, grandes y santos. Debemos ser llevados a apoyarnos en la Palabra, que es segura y no puede engañar, como aquí estos dos hombres, y todos los demás después, fueron dirigidos a las Escrituras.

18 Aparte de esto, no pasemos por alto el ejemplo contenido en este Evangelio, que nos urge y exhorta a hablar de Cristo y a oír hablar de él con gusto, y a estudiar las Escrituras y la Palabra de Dios, aunque no siempre se entienda ni nos afecte como debería. El Evangelio nos muestra también el poder, la bendición y el efecto de la Palabra, si se acude a ella con corazón sincero.

19 Porque, en primer lugar, aunque estos dos discípulos todavía estaban llenos de incredulidad, él no quiere ni puede separarse de ellos, porque iban por su camino conversando con tristeza el uno con el otro acerca de Cristo, y preguntándose juntos casi sin resultado. Él se acercó enseguida y fue con ellos, y pronto tocó sus corazones y sus mentes. Comenzó un hermoso y magistral sermón, como nunca habían oído, precisamente sobre el artículo de fe que les causaba problema y duda. Luego, en segundo lugar, sienten enseguida su poder; sus corazones ya no están pesados, lentos y fríos para creer como antes, sino conmovidos y encendidos, e iluminados, y reciben un nuevo entendimiento, de modo que ahora comienzan a conocer bien las Escrituras, y lo que nunca habían entendido se les vuelve claro y manifiesto al alma. Finalmente se les quita la máscara y el velo de los corazones y de los ojos, de modo que ya no lo miran como a un huésped y un extraño, sino que de verdad lo conocen y sienten que ya no está lejos de ellos, sino a su lado, y produce certeza en su fe. En adelante ya no necesitan revelaciones corporales y visibles, sino que salen enseguida a predicar a otros, y a fortalecerlos y ayudarlos contra la duda y la incredulidad.

20 Por eso debemos seguir su ejemplo y oír con gusto la Palabra de Dios, sin cansarnos. Pues esto no solo es una práctica necesaria para los fuertes y para los débiles, para los sabios y para los necios, por la cual se nos da el conocimiento de todo lo que necesitamos para la salvación (tal estudio nunca puede agotarla), sino que es también el medio por el cual Dios quiere obrar en nuestros corazones, para dar la fe y el Espíritu Santo, como dice san Pablo en Ro 10:17: «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.» Si el hombre estudia con empeño, aunque el corazón esté al principio frío y reacio, con tal que persevere en la obra no será en vano, y se producirá el efecto de que los necios y los extraviados sean traídos y hechos mejores, los débiles serán fortalecidos, y al fin el corazón será encendido e iluminado, de modo que Cristo sea mejor entendido y conocido por las Escrituras.

21 Y aunque no hubiera ningún otro beneficio que sacar de este estudio, deberíamos ser movidos a él por el hecho de que agrada a Dios y al Señor Jesucristo, y le rinde un servicio. Sabemos que ciertamente no estará lejos de nosotros cuando lo hagamos, como él mismo lo ha prometido, Mt 18:20: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» Si él está con nosotros, los ángeles ciertamente están también cerca y se complacen en nuestra obra, mientras que el diablo es ahuyentado y tiene que retirarse, como dejó a Cristo cuando lo venció con la Palabra de Dios. Mt 4:11.

22 Hay una leyenda que nos cuenta que un viejo patriarca que vivía en el desierto recibía de Dios visiones y revelaciones singulares. Cuando se encontraba entre jóvenes, escuchando su conversación, veía que siempre que hablaban de las Escrituras y de las cosas divinas, hermosos jóvenes se juntaban con ellos y les sonreían con alegría; pero, por el contrario, siempre que su conversación se volvía licenciosa y necia, los mismos jóvenes se apartaban disgustados y tristes, y venían inmundos cerdos negros y se revolcaban a sus pies, etc.

II. EL SERMÓN QUE CRISTO RESUCITADO PREDICÓ A SUS DISCÍPULOS.

23 Baste esto acerca de los puntos principales de la historia de este Evangelio. Queda otra parte importante, el sermón que Cristo predicó a los discípulos a partir de las Escrituras, en el cual les mostró brevemente que era necesario que el Cristo padeciera y así entrara en su gloria, etc. De este sermón habla el Evangelista de la siguiente manera:

V.27. “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.”

24 Sin duda este fue un sermón muy hermoso y modelo. Ahora bien, es cierto que todos querríamos saber precisamente los pasajes que el Señor citó referentes a sí mismo, con los cuales iluminó, fortaleció y convenció a estos discípulos, ya que Moisés contiene tan poco, o nada, según parece, de una declaración clara sobre aquello de lo cual Cristo habla aquí: que le era necesario padecer y resucitar al tercer día, y que en su nombre se predicaría el arrepentimiento y la remisión de pecados, etc. Pues los judíos, que han tenido a Moisés por tanto tiempo y lo han leído con bastante diligencia hasta el día de hoy, nunca han descubierto todavía esta rara verdad en Moisés.

25 Pero el Evangelista responde a esto y resuelve este argumento al afirmar que su corazón ardía dentro de ellos mientras él les abría las Escrituras, y en el Evangelio siguiente dice que Cristo les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras. Aquí está el punto: Moisés ciertamente escribe acerca de Cristo, y Cristo se encuentra en los libros de Moisés; pero es necesario no solo leer, sino también entender lo que se dice. Por eso dice Pablo en 2 Co 3:14-15 que el velo de Moisés permanece delante del rostro de los judíos cuando leen el Antiguo Testamento, velo que solo Cristo puede quitar. Y a sus apóstoles Cristo dice, en Mt 13:11: «Porque a vosotros es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado»; los demás, aunque ven y oyen, no entienden.

26 Por eso la Biblia es un libro que no solo debe ser leído y predicado, sino que requiere también el verdadero intérprete, es decir, la revelación del Espíritu Santo; como aprendemos por nuestra propia experiencia hoy en día, que de nada sirve probar con la mayor claridad por la Escritura los artículos de la doctrina verdadera a nuestros adversarios y señalarles sus errores. No se ha predicado jamás un solo artículo de fe que no haya sido atacado y negado más de una vez por los herejes, aunque leen las mismas Escrituras que nosotros.

27 Pero esta revelación requiere también discípulos de la clase debida, que estén dispuestos a aprender y a ser instruidos, como estos piadosos y sencillos discípulos, no mentes sabias e hinchadas ni maestros hechos por sí mismos que con su conocimiento alcanzan más allá de los mismos cielos. Porque esta es una doctrina que hace necia nuestra sabiduría y ciega nuestra propia razón, antes de que pueda ser creída y entendida; pues no nace de la sabiduría del hombre, como las demás ciencias y artes de la tierra, que han brotado de la razón y pueden ser captadas por medio de la razón. Por eso es imposible alcanzarla por la razón, y si te empeñas en medir y calcular hasta dónde concuerda con la razón, no lo lograrás. Todas las herejías desde el principio han tenido aquí su origen, y tanto judíos como gentiles, y ahora los turcos, se ponen neciamente violentos respecto de nuestra doctrina porque no concuerda con la razón ni con la sabiduría humana. Solo la gente piadosa y sencilla puede captarla y entenderla, la que es fiel a esta regla y dice: «Dios lo ha dicho, por tanto lo creeré»; como declara el mismo Cristo en Mt 11:25 y da gracias al Padre con corazón gozoso porque esconde estas cosas de los sabios y entendidos y las revela a los niños.

28 No hay salida: a los sabios y a la razón orgullosa no se les pueden enseñar estas cosas maravillosas acerca de Cristo: que un verdadero hombre es desde la eternidad Hijo de Dios, y sin embargo murió y resucitó; que en su naturaleza humana ha llegado a ser Señor del cielo y de la tierra; que gobierna todas las criaturas con poder divino aunque nadie lo ve; y que somos salvos solo por sus méritos, si creemos en él, etc. Por eso Dios tuvo que establecer el orden de que nadie entienda a menos que esté dispuesto a ser necio, hacerse niño y creer con sencillez de corazón.

29 Mira qué clase de gente empleó para ser sus primeros mensajeros, para proclamar y atestiguar su obra más grandiosa, la resurrección. Pobres mujeres ignorantes vinieron al sepulcro después de un gasto y un trabajo inútiles al comprar costoso ungüento y sin considerar que el sepulcro estaba cubierto con una pesada piedra, más aún, sellado y guardado por soldados. Sin embargo, estas personas necias son las primeras a quienes Cristo revela su resurrección y a quienes llama para que sean sus predicadoras y testigos. Así también da a estos discípulos un conocimiento de las Escrituras que todos los escribas letrados no poseían, de modo que ahora miran a Moisés con otros ojos y se ven obligados a decir: Mira cuántas veces he leído y oído esto antes, pero nunca lo entendí.

30 Dios parecería decir con este acto: Muy bien, veo claramente que de nada sirve que todo se hable y se escriba de la manera más clara; pues en verdad todos los artículos de fe están expuestos con suficiente claridad y concisión en las Escrituras. Toma solo el artículo sobre Dios y la creación, que ciertamente está narrado y dado del modo más llano; y mira sin embargo la chusma de herejes que ha producido: maniqueos, valentinianos, marcionitas, etc. Y otra vez, ¿de qué sirvió que Cristo mismo, entre su propio pueblo, confirmara su doctrina clara y públicamente con grandes milagros? De nada más que de que empezaron a torcer tanto sus palabras como sus obras, y las llamaron palabras y obras del diablo y de Beelzebú. Por eso Dios debe continuar y decir: Puesto que no quieren tener ni recibir esta Palabra como yo se la doy, permanecerá oculta y desconocida para ellos. Haré, ciertamente, que se escriba y se predique en lenguaje claro; pero la revelaré a unos pocos, gente sencilla que busca mi Palabra. Para los otros será mera oscuridad que se puede palpar, como entre los egipcios (aunque brilla y se predica con toda claridad); más aún, no será sino ofensa y veneno, contra los cuales tropezarán y caerán en sus blasfemias y contradicciones, hasta que se hagan pedazos.

31 Así los judíos han tenido y han leído a Moisés hasta el día de hoy; sin embargo, todos ellos nada saben de lo que dice acerca de Cristo, más aún, ni siquiera en artículos menores de la fe, como tampoco sus antepasados lo supieron, salvo unos pocos que creyeron, como los profetas y después de ellos los apóstoles, que elaboraron libros enteros a partir de un solo pasaje bíblico. Esto les permitió predicar lo que todos se veían obligados a reconocer como verdadero.

32 ¿Cómo cerró Cristo la boca a los saduceos (que no creían la resurrección de los muertos y no aceptaban otra Escritura que la de Moisés), y los convenció de la resurrección de los muertos? Tomó el dicho más común de su religión, que todos los judíos conocían y citaban cada día, cuando Dios dice: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob», etc. Con estas palabras descubrió a Moisés y sacó la siguiente conclusión: Si creen que Dios es Dios de los que están muertos, ¿cómo puede ser Dios de los que han dejado de existir por completo? Por tanto, si es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, como él mismo declara, estos hombres deben estar vivos, aunque hayan muerto en cuanto a esta vida y yazcan en sus sepulcros; porque él no puede ser Dios de lo que no existe. Por eso Abraham, que ahora yace bajo la tierra, y todos los santos, deben estar vivos delante de Dios, aunque estén muertos delante de ustedes; porque este es, y será para siempre, su nombre: que es el Dios de Abraham y de todos los que creen como él, según se lo prometió a él y a todos los creyentes, diciendo: «Yo seré tu Dios», etc.

33 Ahora bien, ¿quién habría pensado que estas palabras breves y sencillas están tan llenas de sentido y proporcionan un sermón tan excelente y rico, más aún, que sobre ellas se podría escribir un libro grande? Aunque conocen bastante bien los libros de Moisés, declararon sin embargo que no se hallaba en ellos ni una palabra sobre la resurrección de los muertos. Esta fue también la razón por la cual aceptaron solo a Moisés y rechazaron a los profetas, que sin embargo fundaron sobre Moisés toda su predicación de los importantes artículos de la fe en Cristo.

34 Pero miremos más de cerca el sermón de Cristo y consideremos uno de los pasajes de Moisés que él citó. Génesis 3:15 es la primera palabra que promete gracia, y fue dada a Adán y Eva cuando habló a la serpiente: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.» Estas palabras las leen judíos, turcos y paganos, y la razón humana, pero todos las encuentran como duros guijarros, más aún, como palabras muertas e inútiles, de las cuales no pueden sacar nada por más que se esfuercen. Pero en cuanto la revelación viene en nuestra ayuda, entendemos que significan: Por el pecado la serpiente, es decir, el diablo, ha traído sobre Adán y Eva el pecado y la ira eterna de Dios. Pero para ayudarlos a salir de esta terrible caída y miseria, a la cual los condujo Satanás, Dios en su misericordia insondable ha hallado en sí mismo este remedio: que por la simiente de la mujer, es decir, por la descendencia natural de una mujer, esa misma cabeza de la serpiente, es decir, el pecado, la muerte y la ira eterna, sea aplastada y despojada de su poder, de modo que ya no sea señor de la muerte, ni pueda retener al hombre ni en el pecado, ni en la ira y condenación de Dios.

35 De aquí brota todo un Nuevo Testamento, todos los discursos de san Pablo y de los apóstoles, que no cuentan mucho de la vida y milagros de Cristo, sino que, donde es posible, usan un pasaje así como una flor, por así decirlo, con la cual cubrir un gran prado, y lo hacen con la ayuda de la revelación y del Espíritu Santo, que sabe moler y prensar bien las palabras para que den el jugo y el poder que poseen. Porque estas palabras muestran, en primer lugar, que esta simiente debe ser un hijo natural, nacido de mujer, pero sin pecado; pues la Escritura testifica que todo lo que nace en este mundo de hombre y mujer nace en pecado y está bajo la ira de Dios, como dice David, Sal 51:5: «He aquí, en maldad he sido formado», etc. Pues esta carne y sangre está completamente penetrada y corrompida por malos deseos y desobediencia contra Dios, y como esta sustancia está corrompida en el padre y en la madre, debe seguir así en el hijo; por eso ningún hombre puede nacer de hombre y mujer sin naturaleza pecaminosa. Dios, por tanto, ordenó tomar solo a una mujer para la concepción y el nacimiento de Cristo, la simiente prometida, sin hombre; ella se hace madre del niño por el Espíritu Santo, que produce en ella esta concepción y nacimiento, para que él sea un hombre natural, que tiene nuestra carne y sangre, pero sin pecado y sin poder de Satanás, cuya cabeza había de aplastar.

36 En segundo lugar, si había de ser señor sobre el pecado y la muerte, someter al diablo y arrebatarnos de su mano, tenía que tener poder divino y todopoderoso. Porque aunque un hombre fuera del todo puro y sin mancha de cuerpo ni de alma, como Adán cuando fue creado al principio, no estaría sin embargo en su poder ni en su fuerza quitar esta miseria y corrupción eternas, y obtener y dar en su lugar bienes inmutables y vida eterna. De ahí se sigue que su poder debe ser mayor que el de todas las criaturas, aun de todos los ángeles. Tal poder no se halla en ninguna parte sino en Dios mismo, el Señor de toda la creación.

37 De esto se sigue además que, si nace de mujer, es también mortal y debe morir en el cuerpo como los demás. Y puesto que se hizo hombre por causa nuestra, y fue enviado por Dios para librarnos del pecado y de la muerte, tenía que ponerse en nuestro lugar, hacerse sacrificio por nosotros, llevar y expiar aquella ira y maldición bajo la cual habíamos caído y yacíamos. Pero no era posible que permaneciera en la muerte; siendo un ser eterno, no podía ser retenido por ella, como dice san Pedro en Hch 2:31, y en pasajes semejantes; sino que incluso su cuerpo, antes de ver corrupción y descomposición, debía pasar por la muerte sin daño y, por su resurrección y vida eterna, comenzar a reinar con poder eterno y gloria eterna, para sacar a los suyos del pecado y de la muerte, y del poder de Satanás, a la justicia y a la vida eternas.

38 Nota que este es solo un pasaje sencillo, que Cristo ciertamente no pasó por alto sino que interpretó desde su propia riqueza de conocimiento, como el primero y principal pasaje, del cual después fluyen todos los demás. Aquí vemos que estas son palabras, o más bien milagros, que la razón nunca puede captar ni sondear. Solo pueden entenderse cuando el Espíritu Santo los acompaña y los predica y revela a los que creen con sencillez de corazón y permanecen en ellos. Entonces empiezan a saborear su dulce sabor y a recibir alimento espiritual, de modo que tienen que decir: Esto es lo que sirve, esto iluminará el corazón y lo pondrá en llamas.

39 Así los profetas consideraron el dicho de Moisés y sacaron de él sus gloriosas profecías acerca de Cristo, como Isaías (7:14) funda su profecía del nacimiento de Cristo en este pasaje con la declaración clara: «He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo», etc., y también todo el capítulo 53 acerca de su sufrimiento y resurrección, cómo se ofrecería a sí mismo en sacrificio por nuestros pecados, etc. Sin duda Cristo citó todas estas palabras en su sermón.

40 Los apóstoles igualmente, siendo ignorantes pescadores, aprendieron a conocer las Escrituras, no en las escuelas de los grandes escribas, sino por la revelación con la cual Cristo los condujo a las Escrituras. Así pudieron entender y escribir, a partir de un solo pasaje, un libro o un sermón que el mundo no puede comprender. Y si yo tuviera el mismo Espíritu que tuvieron Isaías o Pablo, podría tomar este pasaje y desarrollar de él un Nuevo Testamento, si no estuviera ya escrito.

41 ¿Cómo supo san Pedro, o dónde está escrito en Moisés, lo que dice en 1 P 1:10-11: «Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona o qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos»? ¿Quién le dijo que el Espíritu de Cristo existía y profetizaba de Cristo, antes de que hubiera profetas y, sobre todo, antes de que Cristo y el Espíritu Santo estuvieran presentes? ¿Son estas palabras de un pescador, o de un escriba sabio y letrado? No, es la revelación del Espíritu Santo, que también se la había revelado antes a los profetas. Otra vez, ¿dónde está escrito en Moisés lo que dice la Epístola a los Hebreos en 1:3-4, que Cristo se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, para ser Señor de todo, hecho tanto superior a los ángeles, y más excelente que ellos? etc. Ciertamente lo tomó del Antiguo Testamento, pero no lo halló por su propia razón, sino por revelación; por eso argumenta así: Si Cristo es Hijo de Dios y Señor de los ángeles, ciertamente debe ser más y de mejor naturaleza que los ángeles. Ahora bien, cada ángel es más poderoso que todo el mundo y toda la naturaleza humana juntos; sin embargo, si este verdadero hijo de una virgen ha de ser Señor, no solo de los espíritus malos, sino también de los ángeles buenos y santos, debe ser de un mismo poder y esencia con Dios. Esto nadie lo dirá ni lo creerá, salvo por revelación. Por eso estaría de acuerdo en tomar a Moisés, los Salmos e Isaías, junto con el Espíritu que estos hombres tuvieron, y hacer un Nuevo Testamento tan bueno en todo como el que escribieron los apóstoles; pero como no tenemos la misma riqueza y poder del Espíritu, tenemos que ser enseñados por ellos y beber de la fuente que nos dieron.

42 Baste esto acerca de una sola porción o de un solo pasaje del sermón que Cristo dijo a estos discípulos, y con el cual bien y plenamente ganó, más aún, pagó el hospedaje que le dieron en la posada. Pero exponer todas las otras palabras de Moisés y de los profetas que hablaron de Cristo, y que él explicó, sería una tarea mucho más grande de lo que cabe en un solo sermón; pues equivaldría por sí sola a un libro tan grande como la Biblia. Pero sin duda eran los mismos pasajes que los apóstoles citaron después, como los oyeron de su propia boca en esta ocasión, y aprendieron a entenderlos mejor el día siguiente de Pentecostés. Buen número de estos pasajes fueron citados por ellos en sus sermones, en los Hechos de los Apóstoles y en las Epístolas; y se recomiendan al estudio atento de todo cristiano, cuando lee y medita las Santas Escrituras. Entonces el Espíritu Santo estará presente con su poder para dar el entendimiento correcto, como hemos oído, puesto que él es el verdadero intérprete, con tal que los tratemos con seriedad y con sencillez de corazón. El fruto de ello será que hallaremos en ellos a Cristo y aprenderemos a conocerlo rectamente. Esto avivará y encenderá el corazón, y lo llenará de consuelo y gozo.

Sermón para el Martes de Pascua; Lucas 24:36-47

La manifestación de Cristo después de su resurrección, y el sermón que predicó a sus discípulos

I. La manifestación de Cristo después de su resurrección

1 Creo, amados, que han oído ya bastante en estos días sobre la resurrección de Cristo, lo que obra, por qué sucedió y qué fruto da. Pero como el Señor ha mandado a los que predican el Evangelio que sean constantes y diligentes en esta proclamación, debemos detenernos en ella cada vez más. Nuestro Evangelio muestra, primero, quiénes oyen provechosa y fructuosamente de la resurrección del Señor, a saber, los que aquí están reunidos con miedo y espanto tras puertas cerradas. A ellos debe predicarse sobre todo, aunque ha de predicarse a todas las naciones, como dice el Señor al final del Evangelio de Mateo. Aprendamos, pues, ante todo, qué clase de personas oyen bien el Evangelio.

2 Los discípulos están allí reunidos en retiro. Tienen miedo de los judíos, están, en efecto, en peligro de perder la vida; están temerosos y pusilánimes, y asustados del pecado y de la muerte. Si hubieran sido fuertes y valientes, no se habrían metido así en un rincón; como después, cuando vino el Espíritu Santo y los fortaleció y consoló, fueron hechos tan valientes que salieron y predicaron públicamente sin temor. Esto está escrito para nosotros, para que aprendamos que el Evangelio de la resurrección de Cristo consuela solo a los pusilánimes. ¿Y quiénes son estos? Son los pobres de conciencia herida, a quienes sus pecados pesan mucho, que sienten su corazón desfallecido, que aborrecen morir, y que casi se sobresaltan al oír el rumor de una hoja. A estas almas contritas, pobres y necesitadas, el Evangelio ofrece consuelo, para ellas es un dulce aroma.

3 Esto se aprende también de la naturaleza del Evangelio, pues el Evangelio es un mensaje y un testimonio, que declara cómo el Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos, para quitar el pecado, la muerte y todo mal de todos los que creen en él. Si lo reconozco como tal Salvador, he oído bien el Evangelio, y él se me ha revelado de verdad. Ahora bien, si el Evangelio no enseña sino que Cristo ha vencido el pecado y la muerte por su resurrección, entonces debemos confesar que no puede servir a nadie, salvo a los que sienten el pecado y la muerte. Porque los que no sienten su pecado, ni se asustan, ni ven sus flaquezas, no sacan de él ningún provecho, ni se deleitan en él. Y aunque oigan el Evangelio, no les hace efecto alguno, salvo que aprenden las palabras y hablan de lo que oyeron. No las atesoran en sus corazones, y no reciben de ellas ni consuelo ni gozo.

4 Por eso sería bueno que el Evangelio pudiera predicarse solo donde se hallan tales pusilánimes y de conciencia herida. Pero esto no puede ser, y por eso da tan poco fruto. Por esto nos lo reprochan y dicen que queremos predicar muchas cosas nuevas, y sin embargo nadie es mejor por nuestra doctrina. La culpa no está en el Evangelio, sino en los oyentes. Lo oyen, ciertamente, pero no sienten su propia aflicción y miseria, ni han procurado jamás sentirla, sino que siguen adelante, seguros y réprobos, como brutos mudos. Por eso nadie debe maravillarse si el Evangelio no da fruto en todas partes. Pues además de los buenos oyentes, de los cuales hemos hablado, hay muchos otros que no lo estiman en absoluto, no tienen ni conciencia ni corazón para él, y no piensan ni en la muerte ni en la salvación de sus almas. A estos hay que empujarlos a la fuerza, como a asnos y brutos mudos, y para este fin está establecida la espada civil. Hay además algunos que no desprecian el Evangelio, sino que lo entienden perfectamente, pero no enmiendan su vida ni procuran andar en él. Se llevan solo las palabras y parlotean mucho sobre ellas, pero no siguen ni obras ni fruto. La tercera clase, en cambio, son los que lo gustan y lo usan rectamente, de modo que da fruto en ellos.

5 Esta es entonces la conclusión del asunto: el Evangelio es un testimonio de la resurrección de Cristo, que sirve para consolar y refrescar a las conciencias pobres, afligidas y aterradas. Es necesario que hayamos captado claramente esta verdad cuando vayamos a morir, y también para que proveamos para ella en cualquier otra necesidad. Si piensas: Mira, ahora la muerte se acerca y me mira de frente; ojalá tuviera alguien que me consolara, para no desesperar, entonces sabe que para esto es bueno el Evangelio, aquí tiene su lugar, aquí su uso es bendito y saludable. En cuanto un hombre sabe y entiende esto, y cree el Evangelio, su corazón halla paz y dice: Si Cristo, mi Señor, ha vencido mi pecado y lo ha pisoteado por su resurrección, ¿por qué habría de temer, y de qué habría de tener miedo? ¿Por qué no se ha de alegrar mi corazón y estar de buen ánimo? Pero tal consuelo, paz y gozo de corazón no los sienten sino la pequeña compañía que antes estaba muy consternada y llena de tristeza, y sentía sus flaquezas. Por eso también los rudos e impenitentes no entienden ni este ni ningún otro Evangelio, pues el que no ha probado lo amargo no puede saborear lo dulce, y el que no ha visto la adversidad no entiende la felicidad. Porque, así como en el mundo el hombre que ni se preocupa ni intenta hacer nada, y nada soporta, no sirve para nada; así, en grado más eminente, en las cosas espirituales no es posible que nadie entienda el Evangelio, sino el que tiene un corazón tan consternado y aterrado.

6 De esto debes aprender que no es maravilla que muchos que oyen el Evangelio no lo reciban ni vivan conforme a él. En todas partes hay muchos que lo rechazan y persiguen, pero debemos dejarlos e irnos acostumbrando a su obra. Donde se predica el Evangelio, se hallará seguramente a tales personas; y si fuera de otro modo, no estaría bien, pues tiene que haber muchas clases de oyentes. Además, se hallarán muchos que no lo persiguen y sin embargo no lo reciben, pues no dan fruto y siguen viviendo como antes. No te preocupes por esto, porque aunque un hombre predique y persevere en el Evangelio muchos años, todavía tendrá que lamentarse y decir: Ay, nadie viene, y todos siguen en su estado anterior. Por tanto, no debes dejar que esto te aflija ni te aterre.

7 Porque fíjate en lo que sucedió en Jerusalén, donde el Evangelio se oyó por primera vez, y donde había tanta gente que se dice que en la ciudad, en la fiesta de la Pascua, había un millón cien mil hombres. ¿Cuántos de estos se convirtieron? Cuando san Pedro se puso en pie y predicó, se burlaron de ello y tuvieron a los apóstoles por necios borrachos. Cuando hubieron insistido largo tiempo con el Evangelio, reunieron tres mil hombres y mujeres. Pero ¿qué eran ellos entre tantos? Más aún, nadie podía advertir que el Evangelio hubiera logrado algo, pues todo seguía en el mismo estado que antes. No se veía ningún cambio, y apenas alguien sabía que allí había cristianos. Y así será en todo tiempo.

8 Por eso el Evangelio no debe medirse por la multitud que oye, sino por la pequeña compañía que lo recibe. Ellos, en efecto, parecen nada, son despreciados y perseguidos, y sin embargo Dios obra en ellos en secreto.

9 Además de esto, hay otra cosa que estorba el libre curso del Evangelio, a saber, las flaquezas de los creyentes. Esto lo vemos en muchos ejemplos. Así, aunque Pedro estaba lleno de fe y del Espíritu Santo, sin embargo cayó y tropezó, él y todos los que estaban con él, cuando no anduvo conforme al Evangelio ni conforme a lo que había enseñado, de modo que Pablo tuvo que reprenderlo abiertamente, Gá 2:14. Se le habían unido muchos hombres grandes y santos, y todos tropezaron con él. Otra vez, leemos que Marcos viajó con Pablo, pero después se apartó y se retiró de él; y en Hch 15:37 leemos de nuevo que Pablo y Bernabé discutieron, y hubo entre ellos una aguda contención. Y antes de esto, leemos en los Evangelios cuántas veces erraron los apóstoles en asuntos graves, aunque eran los mejores de los cristianos.

10 Estas flaquezas de los cristianos y creyentes oscurecen el Evangelio más que nada, de modo que los hombres que se tienen por sabios y letrados tropiezan y se escandalizan con ellas. Pocos son los que pueden conciliar bien estas cosas de modo que no se ofendan, y por tanto dicen: Sí, estos quieren ser buenos cristianos, y son todavía tan díscolos, envidiosos, llenos de odio y de ira, que uno piensa que el Evangelio se ha predicado en vano. Esto significa en realidad escandalizarse del Cristo débil y enfermo.

11 Así sucedió también con los discípulos. Al principio, cuando Cristo hacía obras grandes y excelentes, y ganaba grandes honores, y comenzaba la obra solo para cumplirla, permanecieron firmes, aunque muchos santos grandes y nobles y hombres letrados se escandalizaron, porque no quiso unirse a ellos. El hombre común, en cambio, fue instruido, y el pueblo se le adhirió, porque veía que con gran poder hacía obras tan excelentes; y también andaba de tal modo que nadie podía reprocharle, sino que todos tenían que decir: ¡Verdaderamente este es un gran profeta y santo! Pero cuando comenzó su pasión, todos se volvieron atrás y lo abandonaron, y ni uno de sus discípulos permaneció con él. ¿Por qué fue esto? Porque no lo consideraban el Cristo fuerte, sino el débil. Ahora estaba en manos de los judíos, ya no hacía obras ni milagros, como si hubiera perdido todo su poder y estuviera abandonado de Dios. Entonces pereció por completo su poder y su gran nombre. Antes lo tenían por un profeta como nunca había aparecido otro; ahora se le tiene por asesino y condenado. ¿Quién podía ver ahora que este era el Cristo, el Hijo de Dios? Aquí toda razón tiene que caer, más aún, todos los grandes y santos; pues pensaban: Si fuera el Cristo, tendrían que aparecer los frutos por los cuales pudiéramos saber que es él, pero ahora vemos en él solo debilidad, pecado y muerte.

12 Por eso es la más alta sabiduría en la tierra, aunque la conocen poquísimos hombres, saber soportar al Cristo débil. Porque si veo a un hombre piadoso y santo que lleva una hermosa vida piadosa, ¿quién me agradecerá que lo alabe y diga: Ahí está Cristo, y ahí está la justicia? Pues aunque los obispos y los grandes zoquetes se escandalicen de tal hombre, el pueblo común será instruido. Pero si es endeble y vacila, enseguida todos se escandalizarán y dirán: ¡Ay! Me lo había imaginado un buen cristiano, pero veo que no llega a serlo. Sin embargo, si miran a su alrededor, no hallarán a ninguno sin flaquezas semejantes, más aún, las percibirán en sí mismos. Aun así piensan que el Evangelio ha quedado en nada. Así podrían pensar si Dios no fuera capaz, en su sabiduría, de esconderlo, como puso un velo sobre Cristo cuando echó sobre él la muerte y la debilidad, y Cristo estaba debajo de él, aunque ningún hombre podía verlo. Por eso dijo de antemano a sus discípulos, Mt 26:31: «Todos, todos ustedes se escandalizarán de mí», y no pensarán ni creerán más que yo soy el Cristo. Por eso, si juzgamos el Evangelio, como he dicho, según la flaqueza y debilidad de los cristianos, cuando tropiezan a veces, se presenta un obstáculo muy grande en el que se toma ofensa y se piensa que el Evangelio no tiene poder.

13 Por tanto, el que quiera conocer bien a Cristo no debe prestar atención al velo. Y aunque veas tropezar a otro, no desesperes ni pienses que toda esperanza está perdida; piensa más bien: Dios, quizá, quiere que este lleve al Cristo débil, así como otro lleva al fuerte; pues ambos deben estar y permanecer en la tierra, aunque la mayor parte parezca débil y lo sea especialmente en nuestros días. Pero si atraviesas tal debilidad, hallarás que Cristo yace escondido en esa persona débil, y saldrá y se mostrará.

14 Eso es lo que quiere decir Pablo cuando dice a los corintios, en su Epístola 2:2: «Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado.» ¿Qué clase de gloria es esta que lo impulsa a escribir que no sabe nada sino a Cristo crucificado? Es cosa que ni la razón ni la sabiduría humana pueden entender, ni tampoco los que han estudiado y aprendido el Evangelio; porque esta sabiduría es poderosa, oculta y misteriosa, y parece sin valor, porque fue crucificado y se despojó de todo poder y fuerza divina, y colgó de la cruz como un hombre miserable y abandonado, y parecía como si Dios no quisiera ayudarle. De él solo hablo y predico, dice san Pablo. Porque el Cristo que está sentado en lo alto hace maravillas, viene y se abre paso con poder, para que todos vean quién es, y pronto puedan llegar a conocerlo. Pero para conocer al Cristo débil, que cuelga de la cruz y yace en la muerte, se necesita gran sabiduría; porque los que no lo conocen tienen que tropezar y escandalizarse.

15 Sí, se hallan también algunos que de veras conocen el Evangelio, pero se escandalizan de su propia manera de vivir. Tienen deseo de andar en piedad, pero sienten que no progresan. Empiezan a desesperar y a pensar que con ellos todo está perdido porque no sienten la fuerza que deberían tener, y desean también con ardor que Cristo se haga fuerte en ellos y se manifieste en obras poderosas. Pero Jehová, nuestro Dios, se propone con esto humillarnos, para que veamos qué criaturas débiles somos, qué hombres miserables, perdidos y condenados, si Cristo no hubiera venido y nos hubiera ayudado. Mira, esa es la gran sabiduría que tenemos, y de la cual se escandaliza todo el mundo.

16 Pero con esto no tenemos licencia para continuar para siempre en la debilidad, pues no predicamos que alguno deba ser débil, sino que debemos conocer la debilidad de los cristianos y soportarla. Cristo no colgó de la cruz para parecer un asesino y malhechor, sino para que aprendiéramos con ello cuán profundamente yace escondida la fuerza bajo la debilidad, y aprendiéramos a conocer la fuerza de Dios en la debilidad. Así nuestra debilidad no debe ser alabada, como si debiéramos permanecer en ella, sino que debemos aprender más bien a no pensar que los que son débiles no son cristianos, ni tampoco a desesperar cuando sentimos nuestra propia debilidad. Por eso nos conviene conocer nuestras propias debilidades y procurar siempre hacernos más fuertes, porque Cristo no debe padecer siempre, ni permanecer en el sepulcro, sino que debe salir de nuevo y vivir.

17 Por eso, que nadie diga que este es el curso y la condición verdaderos. Es solo un comienzo, en el cual debemos crecer día a día, cuidando solo de no apartarnos ni desesperar cuando somos tan débiles, como si todo estuviera perdido. Debemos más bien seguir ejercitándonos hasta hacernos cada vez más fuertes, y soportar y llevar la debilidad, hasta que Dios ayude y la quite. Por eso, aunque veas a tu prójimo tan débil que tropieza, no pienses que no tiene remedio. Dios no quiere que uno juzgue a otro y se complazca en sí mismo, puesto que todos somos pecadores, sino que uno lleve la flaqueza del otro (Ro 14 y Gá 6). Y si tú no quieres hacerlo, él te dejará caer y te derribará, y levantará al otro. Quiere que nos ayudemos unos a otros y llevemos las debilidades de los demás.

18 He hablado así de nuestra flaqueza para que la entiendan bien, pues tal conocimiento es muy necesario, especialmente en este tiempo. ¡Oh, si nuestros obispos, pastores y prelados hubieran tenido esta sabiduría, pues ellos la necesitaban más que nadie, cuánto mejor estarían las cosas en la cristiandad! Entonces podrían soportar a las conciencias débiles, y sabrían cómo ministrarles. Pero ahora se ha llegado a esto, que solo miran a los cristianos fuertes, y nunca pueden soportar a los débiles; sino que los tratan solo con dureza y proceden con fuerza. En tiempos pasados, cuando las cosas todavía iban bien, a los obispos les faltaba mucho esto, pues, aunque eran hombres grandes y santos, constreñían y oprimían demasiado las conciencias. Tales cosas no ocurren entre los cristianos, pues es voluntad de Cristo ser débil y enfermizo todavía por un tiempo, y tener juntos carne y huesos, como dice aquí en el Evangelio: V.39. “Palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.” Quiere tener ambos, no solo huesos, ni solo carne. Así leemos en Gn 2:23 que cuando Dios creó a Eva, dijo Adán: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne.» No dice solo carne ni solo huesos; habla de tener ambos él mismo, porque también él necesita tener ambos. Así sucede también con Cristo y con nosotros, y por eso dice aquí: Tengo carne y huesos, no hallarán en mí solo huesos, ni tampoco solo carne; hallarán que soy a la vez fuerte y enfermo.

19 Así también mis cristianos deben estar mezclados, de modo que unos sean fuertes y otros débiles. Los que son fuertes andan rectamente, son sanos y robustos, y deben llevar a los otros; ellos son los huesos. Los otros son los débiles que se adhieren a los fuertes; son también el mayor número, como en un cuerpo siempre se hallará más carne que huesos. Por eso Jesús fue crucificado y murió, y asimismo fue vivificado de nuevo y glorificado, para no ser un espíritu, como aquí lo consideran los discípulos y se llenaron de miedo de él, pensando que, como no es solo hueso y el Cristo fuerte, no es él, sino un fantasma.

20 Esta sabiduría fue urgida con diligencia por los apóstoles y por el mismo Cristo, y aparte de esto no conozco ningún libro en que se urja. Solo este libro, el Nuevo Testamento, la urge constantemente, y en todas partes procura poner delante de la gente al Cristo débil y al fuerte. Así dice san Pablo a los romanos, Ro 15:1-3: «Los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo.» Por eso debemos hacer lo mismo, y esta es la sabiduría que debemos aprender aquí.

21 A esta escuela pertenecen todos los que aquí se pintan en este Evangelio, a quienes Cristo halla aterrados y asustados. Los otros, que no pertenecen aquí, se reconocen fácilmente, pues rechazan y desprecian el Evangelio. De igual modo cada uno puede conocerse a sí mismo, si de veras se complace en el Evangelio. Y si ves en la conducta de otro señales de un ardiente deseo de ser hecho santo, no debes despreciarlo.

22 Este Evangelio muestra, por tanto, lo siguiente: Primero, que el Señor está en pie entre los discípulos y es ahora fuerte, habiendo vencido el pecado, la muerte y el diablo; pero ellos todavía no están en pie, sino que están allí sentados, y él viene y se pone en medio de ellos. ¿Dónde está él en el tiempo presente? En medio de la compañía débil y pusilánime, que está sentada en temor y debilidad, mientras que él es fuerte y poderoso, aunque todavía no es patente para el mundo. Pero aunque el mundo no lo vea, Dios lo ve. Segundo, les muestra sus manos y sus pies, y los consuela, diciendo: V.38, 39. “¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos,” etc.

23 Esto no es sino un sermón que nos enseña a no escandalizarnos del Cristo débil. No reprende con dureza a los discípulos, no dice: Fuera de aquí; no los quiero. Deberían ser fuertes y valientes, ¡pero aquí están sentados, consternados y aterrados! No hace estas cosas; sino que los consuela con amor, para hacerlos fuertes e intrépidos, y no solo esto, sino también alegres y de buen ánimo. Por eso no debemos desechar a los débiles, sino tratarlos de modo que, de día en día, los llevemos a una condición en que lleguen a ser fuertes y de buen ánimo. Esto no significa que esté bien que sean débiles, ni que deban seguir siéndolo; porque Cristo no está en medio de ellos para eso, sino para que crezcan en la fe y se hagan intrépidos.

24 Aquí podemos hablar también, como da ocasión el texto, de fantasmas o espíritus que andan, pues vemos aquí que los judíos y los mismos apóstoles sostenían que los espíritus vagan y se ven de noche y en otras ocasiones. Así en Mt 14:25 y ss., cuando los discípulos navegaban en una barca de noche y vieron a Jesús andando sobre el mar, se asustaron como ante un fantasma, y gritaron de miedo. Y aquí aprendemos que Jesús no lo niega sino que lo confirma con su respuesta, que los espíritus aparecen, pues dice: «Un espíritu no tiene carne ni huesos», etc.

25 Pero las Escrituras no dicen, ni dan ejemplo alguno, de que estos sean las almas de personas muertas que andan entre la gente y buscan ayuda, como nosotros, en nuestra ceguera y engañados por el diablo, hemos creído hasta ahora. Por eso el papa ha inventado también el purgatorio y ha establecido su vergonzoso mercado anual de misas. Bien podemos ver en esta falsa doctrina y abominación, como un fruto, que el fundamento sobre el cual está edificada, a saber, la doctrina de la migración de las almas, viene del padre de mentira, el diablo, que ha engañado a la gente en nombre de los muertos.

26 Tenemos buena razón para no creer tales apariciones de espíritus errantes que vagan y se dicen almas. Primero, porque las Escrituras no dicen en ninguna parte que las almas de los difuntos, que todavía no han resucitado, deban vagar entre la gente; mientras que todo lo demás que necesitamos saber está claramente revelado en las Escrituras. Ni una palabra sobre esto se da para nuestra instrucción, ni es posible que captemos y entendamos el estado de los espíritus que han partido del cuerpo, antes de la resurrección y del día del juicio; pues están del todo apartados y separados del mundo y de esta generación. Además, está claramente prohibido en las Escrituras consultar a los muertos o creer a los que lo hacen. Dt 18:11; Is 28:19. Y Lc 16:31 prueba que Dios no dejará que nadie resucite de entre los muertos ni predique, porque tenemos a Moisés y las Escrituras.

27 Sabe, pues, que todos los fantasmas y visiones que se hacen ver y oír, especialmente con estruendo y ruido, no son almas de hombres, sino evidentemente demonios que se divierten así, ya sea para engañar a la gente con falsas pretensiones y mentiras, o para asustarla y molestarla sin necesidad. Por eso, con un espectro que finge en nombre de un alma, un cristiano no debe tratar de otro modo que con el mismo diablo. Debe estar bien ceñido con la Palabra de Dios y con la fe, para no ser engañado ni asustado, sino permanecer en la doctrina que ha aprendido y confesado del Evangelio de Cristo, y despreciar alegremente al diablo con su ruido. Ni se detiene mucho donde siente que un alma confía en Cristo y lo desprecia a él. Digo esto para que seamos sabios y no nos dejemos extraviar por tal engaño y mentira, como en el pasado engañó y burló aun a hombres excelentes, como san Gregorio, bajo el nombre de ser un alma.

28 Ahora bien, ¿qué significa que muestre a los discípulos sus manos y sus pies? Quiere decir con ello: Vengan y aprendan a conocerme. Ahora yo soy fuerte, pero ustedes son débiles, como yo también lo fui. Procuren, pues, ahora que también ustedes se hagan fuertes.

II. El sermón que Cristo predicó a sus discípulos

29 Lo anterior es una parte principal de este Evangelio; la otra sigue al final del Evangelio, donde el Señor concluye diciendo: V.46, 47. “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones.”

30 Aquí ves que el Evangelio es la predicación del arrepentimiento y del perdón de pecados. Y no debe predicarse en un rincón, sino delante de todos los hombres, sea recibido o no, pues ha de extenderse aún más para que sea oído y dé fruto. Por eso no debemos escandalizarnos aunque pocos lo reciban, ni decir que se ha dado en vano. Debemos más bien darnos por contentos con que Cristo haya dado la orden de predicarlo en todo el mundo, para que lo reciba el que quiera. Pero debemos notar aquí en particular que dice:

31 Primero, consideremos dos pensamientos. Por arrepentimiento entiende un cambio para mejor; no como hemos llamado arrepentimiento cuando uno se azota y castiga a sí mismo y hace penitencia para expiar su pecado, o cuando el sacerdote impone a alguien esto o aquello como penitencia. La Escritura no habla de ello en este sentido. Arrepentimiento significa más bien aquí un cambio y reforma de toda la vida; de modo que cuando uno sabe que es pecador, y siente la iniquidad de su vida, desiste de ella y emprende un mejor curso de vida, de palabra y de obra, y lo hace de corazón.

32 ¿Qué es, pues, el arrepentimiento en su nombre? Con esto distingue el arrepentimiento que no se hace en su nombre, y por eso el texto nos obliga a considerar dos clases de arrepentimiento. Primero, un arrepentimiento no en su nombre es cuando vengo con mis propias obras y emprendo borrar el pecado con ellas; como todos hemos sido enseñados hasta ahora y hemos procurado hacer. Este no es arrepentimiento en nombre de Dios, sino en nombre del diablo. Porque esto es procurar aplacar a Dios con nuestras propias obras y con nuestras propias fuerzas, cosa que Dios no puede permitir.

33 Pero, por otra parte, arrepentirse en su nombre se hace así: en los que creen en Cristo, Dios obra por medio de esa misma fe un cambio para mejor, no por un momento, ni por una hora, sino por toda su vida. Pues un cristiano no queda limpio perfectamente de manera instantánea o repentina, sino que la reforma y el cambio continúan mientras viva. Aunque usemos la mayor diligencia, siempre hallaremos algo que barrer o limpiar. Porque aunque toda maldad sea vencida, todavía no hemos vencido el temor de la muerte, pues pocos han llegado tan lejos que deseen la muerte con espíritu de regocijo; por eso debemos mejorar día a día. Esto es lo que quiere decir Pablo cuando dice en 2 Co 4:16: «Aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.» Porque oímos el Evangelio cada día, y Cristo nos muestra sus manos y sus pies cada día, para que nuestras mentes se iluminen todavía más, y seamos hechos más y más piadosos.

34 Por esta razón Cristo diría: que nadie procure enmendar su vida por sus propias obras y en su propio nombre; pues por sí mismo nadie es enemigo del pecado, nadie llegará al arrepentimiento y pensará en enmendar su vida. Nada se logrará sino en mi nombre. Ese nombre solo tiene poder para hacerlo, y trae consigo voluntad y deseo de ser cambiado. Pero si se enseñan las obras y doctrinas de los hombres, iré y diré para mis adentros: ¡Ojalá no tuviera que orar, ni confesarme, ni ir a la Cena del Señor! ¿De qué te servirá tu arrepentimiento, si dejas de hacerlo con gusto o de buena voluntad, sino que te ves constreñido por el mandamiento o por el temor a la vergüenza, y de otro modo preferirías no hacerlo? ¿Pero cuál es la razón? Porque es un arrepentimiento en nombre del diablo, en tu propio nombre o en nombre del papa. Por eso sigues adelante y haces cosas peores, y quisieras que no hubiera confesión ni sacramento, para no verte obligado a asistir a ellos. Este es el arrepentimiento en nuestro propio nombre y procede de nuestras propias fuerzas.

35 Pero cuando comienzo a creer en Cristo, me aferro al Evangelio y no dudo de que él ha quitado mi pecado y lo ha borrado, y me consuela con su resurrección, mi corazón se llena de tal alegría que yo mismo lo asumo de buena gana, no por persuasión ni por necesidad, hago con gusto lo que debo y digo: Porque mi Señor ha hecho esto por mí, yo también haré su voluntad en esto, para enmendar mis caminos y arrepentirme por amor a él y a su gloria. De esta manera comienza una verdadera reforma que procede de lo más íntimo del corazón, y que es producida por el gozo que fluye de la fe, cuando comprendo la grandeza del amor que Cristo me ha manifestado.

36 En segundo lugar, debemos predicar también el perdón de pecados en su nombre. Esto no significa otra cosa sino que debe predicarse el Evangelio, que declara a todo el mundo que en Cristo los pecados de todo el mundo son tragados, y que él sufrió la muerte para quitar de nosotros el pecado, y resucitó para devorarlo y borrarlo. Todo esto lo hizo para que todo el que crea tenga el consuelo y la seguridad de que se le cuenta a él como si él mismo lo hubiera hecho; que la obra de él es mía y tuya y de todos los hombres; más aún, que se da a sí mismo a nosotros con todos sus dones para ser nuestra propiedad personal. Por eso, así como él está sin pecado y nunca muere en virtud de su resurrección, así también lo estoy yo si creo en él; y por tanto procuraré hacerme más y más piadoso, hasta que ya no haya más pecado en mí. Esto continúa mientras vivamos, hasta el día del juicio. Estando él sin pecado, nos pone delante un ejemplo, para que seamos hechos semejantes a él, aunque mientras vivimos aquí no seremos plenamente semejantes a la imagen.

37 San Pablo habla de esto al escribir a los corintios: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen.» 2 Co 3:18. Cristo, tal como ha resucitado, es la imagen, y se nos pone delante para que sepamos que resucitó de entre los muertos para vencer nuestro pecado. Esta imagen está delante de nosotros y se pone ante nuestros ojos por el Evangelio, y se refleja de tal modo en nuestros corazones que la captamos por la fe, si la tenemos por verdadera y nos ejercitamos en ella cada día. Así la gloria nos es comunicada por él, y sucede que nos hacemos cada vez más gloriosos, y crecemos hasta la misma imagen que él es. Por eso dice también que no somos hechos perfectos y fuertes de una vez, sino que debemos crecer de día en día hasta llegar a ser semejantes a él. Muchos pasajes semejantes hay aquí y allá en las Escrituras.

38 Esto es, pues, predicar el perdón de pecados en su nombre: que no señalemos solo a la confesión, o a una hora determinada; porque debemos obrar teniendo en cuenta que no se trata de nuestras obras sino de toda la persona. Aun cuando comenzamos a creer, nuestro pecado y flaqueza están siempre presentes, de modo que no hay nada puro en nosotros y somos ciertamente dignos de condenación. Pero ahora el perdón es tan grande y poderoso, que Dios no solo perdona los pecados anteriores que has cometido, sino que mira por entre los dedos y perdona los pecados que todavía cometerás; no nos condenará por nuestras flaquezas diarias, sino que perdona todo, en atención a nuestra fe en él, con tal que procuremos avanzar y librarnos del pecado.

39 Aquí puedes ver qué diferencia hay entre esto y lo que hasta ahora se ha predicado, de comprar cartas de indulgencia y de confesiones, con las cuales se pensaba que el pecado podía ser borrado. Tanto se insistía en esto y tanta confianza se ponía en ello, que se persuadía a los hombres de que si alguno moría en ello, subiría de inmediato al cielo. No sabían que todavía tenemos más pecado y no nos libraremos de él mientras vivamos. Suponían que todo está bien con tal que hayamos ido a la confesión. Por eso este es un perdón en nombre del diablo. Pero procura entenderlo correctamente: por la absolución eres absuelto y declarado libre de pecado, es decir, eres puesto en aquel estado donde hay perdón de pecado que nunca termina. Y no solo hay perdón de los pecados pasados, sino también de los que ahora tienes, si crees que Dios pasa por alto y perdona tus pecados; y aunque todavía tropieces, él no te rechazará ni te condenará, si perseveras en la fe. Esta enseñanza se oye, en efecto, en todo el mundo, pero pocos son los que la entienden.

40 Así han oído lo que es el Evangelio, y lo que son el arrepentimiento y el perdón de pecados, por los cuales entramos en otro estado, uno nuevo, saliendo del antiguo. Pero cuidado, no sea que confíes en esto y te vuelvas perezoso, pensando que cuando pecas no hay peligro, y así persistas atrevidamente en el pecado. Esto sería pecar a despecho de la misericordia de Dios y tentar a Dios. Pero si deseas ser librado del pecado, te va bien, y todo está perdonado. Baste, pues, lo dicho sobre la segunda parte de este Evangelio, y con ello nos contentaremos por ahora.

Sermón para el Martes de Pascua; Lucas 24:36-47 (2.º sermón)

UN EJEMPLO CONSOLADOR Y UNA IMAGEN DE CRISTO, Y EL SERMÓN QUE CRISTO PREDICÓ A SUS DISCÍPULOS.

I. UN EJEMPLO CONSOLADOR Y UNA IMAGEN DE CRISTO.

1 En la primera parte de este Evangelio tenemos, para nuestro consuelo, otro ejemplo que muestra cómo se manifiesta Cristo y cómo suele obrar con sus amados discípulos. Apenas han comenzado a hablar de él, cuando él mismo llega, se pone en medio de ellos y los saluda con estas palabras amables y alegres: «Pax vobis!» (V.36. ¡Paz a vosotros!) Los discípulos, sin embargo, se espantan y suponen que ven un espíritu. Pero él no permite que se espanten así, los reprende por dejar que tales pensamientos entren en su corazón y les muestra las manos y los pies, para que vean que no es un espíritu, ni otro Cristo distinto del que ha sido hasta ahora, sino de su misma carne y sus mismos huesos y de la misma naturaleza que ellos. Hace esto para que no le teman, sino que se regocijen en él, sean consolados y esperen de él cosas buenas.

2 Pues este ejemplo de su conducta ha de servir, por así decirlo, como una lección práctica que infunda consuelo a todos los corazones aterrados, especialmente contra ese espectro llamado falso Cristo. Porque también el diablo tiene la costumbre de acercarse a la gente, en público y en privado, ya sea por medio de una falsa doctrina o de una obra secreta en lo interior, e incluso finge ser el mismo Cristo. Comienza con un saludo agradable, con un «buenos días» sonriente; pero al poco tiempo hiere el corazón de tristeza y espanto, de modo que este ya no sabe qué ha sido de Cristo.

3 Pues su deleite es engañarnos bajo el nombre y la apariencia de Cristo; y siempre desea remedar a Dios e imitarlo en todo lo que le ve hacer. Ahora bien, cuando Dios se revela, procede de la siguiente manera: primero, en efecto, aterra a los que todavía no han sido aterrados. Además, los corazones naturalmente tímidos siempre temen sus palabras y sus obras a causa de su timidez natural. Pero a los que ya están aterrados, los consuela de nuevo y les habla con bondad. El diablo imita esto y viene igualmente con el nombre y las obras de Cristo; pero tanto su consuelo como sus terrores son falsificados. Pues invierte ambas cosas: aterra y desalienta a los que necesitan consuelo, y consuela y fortalece a los que deberían tener miedo y temer la ira de Dios. Para protegernos de este engaño, debemos aprender de este Evangelio a distinguir correctamente entre las doctrinas e ideas que llegan a nuestro conocimiento, tanto las que aterran como las que consuelan, para saber cuáles son de Dios y cuáles del diablo.

4 Pues, en primer lugar, ya en el Paraíso aquel espíritu mentiroso comenzó este dulce engaño cuando se acercó a Eva con sus palabras corteses, amables y melosas: Pero si no hay peligro. No tienes por qué temer ni espantarte de comer de un solo árbol. ¿Supones que Dios realmente te ha prohibido esta única fruta, que te niega el comer de este único árbol? En verdad, él sabe que si comes de él, serás mucho más sabia y serás como Dios. Esto era, ciertamente, muy alentador y un sermón agradable, pero dejó tras de sí un hedor abominable, y por él todo el género humano fue arrastrado al mal que todos lamentamos hasta hoy. Por eso se ha vuelto un dicho común entre los hombres que se han esforzado por ser piadosos y han procurado discernir los espíritus, que el diablo siempre viene al principio con palabras seductoras y alentadoras, pero deja tras de sí terror y una conciencia turbada, mientras que el Buen Espíritu hace lo contrario.

5 Y es verdad, esta es una de las travesuras que practica. Se introduce sin ser notado, como una serpiente, y primero se hace atractivo, en la manera indicada, y se insinúa en el favor de la gente; pero antes de que uno se dé cuenta, golpea con la cola y deja una herida envenenada. Por eso no se debe ser demasiado crédulo cuando un predicador llega suavemente como un ángel de Dios, se recomienda a sí mismo muy encarecidamente, jura que su único propósito es salvar almas y dice: «Pax vobis!» Pues esos son precisamente los individuos que el diablo emplea para untar de miel la boca de la gente. Por medio de ellos logra entrada para predicar y enseñar, a fin de infligir después sus daños, y para que, aunque por el momento no consiga nada más, al menos confunda las conciencias de la gente y finalmente la lleve a la miseria y a la desesperación.

6 Esto mismo lo hace por medio de pensamientos que hace surgir en el corazón, con los cuales tienta a la gente e incluso la seduce a pecados graves. Aquí también comienza invariablemente con la palabra «¡Paz!», para que la gente pierda primero de vista el temor de Dios, quitando importancia a las cosas graves y predicando y proclamando siempre: «Pax et securitas!» ¡No hay motivo de preocupación! Pero mucho más hace esto con aquellos pecados grandes y serios que tocan a la fe y a la gloria de Dios, en los cuales mueve a la gente a la idolatría y a confiar en sus propias obras y santidad. Aquí al principio finge ser santo y piadoso e infunde los pensamientos más dulces: Oh, no hay motivo de alarma, Dios no está enojado contigo. Así como dicen los profetas de tales personas, Jer 6:14; Ez 33:30. Te oirán y te dejarán predicar, pero siempre se consolarán y se bendecirán a sí mismos y dirán: Oh, no hay razón para temer; el infierno no está tan caliente, el diablo no es tan negro como lo pintan. Esta es la entrada y el engaño del diablo, aunque hable de paz y extienda un saludo amistoso. Solo después, cuando uno ya está enredado y no puede escapar, ve qué daño y aflicción ha causado. Así enseña la experiencia que muchos caen en pecado, vergüenza y castigo con tanta facilidad que ni ellos mismos se dan cuenta, atraídos por pensamientos sutiles y agradables, como por un cabello o una paja.

7 He aquí, esta es una de sus maneras, con la cual extravía a muchas mentes necias, seguras de sí y descuidadas; les hace imaginar que descansan en el regazo de Dios y que juegan con muñecas con él. Y se embriagan de tal modo con estas imaginaciones y con este dulce veneno del diablo, se vuelven tan soberbios, endurecidos y obstinados, que sencillamente no quieren escuchar ni prestar atención a nadie. Sin embargo, algunas personas temerosas de Dios lo han notado y han advertido a otros contra las artimañas del diablo, declarando cómo entra tan suavemente y finge traer consuelo divino, pero al fin deja tras de sí un hedor que delata que ha estado allí. Pero esto es comparativamente fácil y asunto de discípulos más jóvenes. Todo cristiano debería poseer sin duda sabiduría suficiente para guardarse de un veneno tan agradable. Pues el que insiste en aprender por experiencia a guardarse de las artimañas del diablo, paga caro su aprendizaje y aun entonces no comprende del todo las tretas del diablo.

8 Su segunda manera de proceder es esta: asusta a la gente, incluso en asuntos triviales, por medio de juegos de manos, por ejemplo, y de apariciones. En el pasado se ha ocupado mucho de golpecitos que se suponía eran obra de almas de difuntos. De este modo hostiga y aterra a los corazones tímidos y temerosos, y así pasa de largo sin dejar consuelo alguno. Mucho peor es, sin embargo, cuando entra en el corazón y allí comienza a discutir y razonar, citando incluso pasajes que el mismo Cristo pronunció, de manera que el corazón queda tan sobrecogido que no tiene otro pensamiento sino que oye la voz de Dios y de Cristo. Y cuando pensamientos de esta clase prevalecen, el corazón al fin ha de desesperar, pues ¿dónde más esperará hallar consuelo cuando siente que el mismo Dios, que debería ser su consuelo, lo aterra y le apunta sus flechas? Como se queja Job en 6:4: «Porque las saetas del Todopoderoso están en mí, cuyo veneno bebe mi espíritu, y terrores de Dios me combaten». Aunque no es Dios quien hace esto sino el diablo, que se complace en traspasar así los corazones con sus flechas (como también lo hizo con san Pablo, 2 Co 12), Satanás había tomado tal dominio del corazón de Job que el pobre hombre no podía decir ni pensar otra cosa sino esto: Es Dios quien hace estas cosas.

9 Este es, pues, un engaño de Satanás mucho mayor y más peligroso, cuando viene sin ningún saludo amable, sin desearnos ni «buenos días» ni «paz», sino que espanta y aterra el corazón, y todo ello con la voz y la apariencia de Dios. De modo que el hombre, dominado y abatido por esto, no puede levantarse y pensar: Es el diablo. Porque como su corazón imagina y siente como si fuera Dios, contra quien nadie puede prevalecer, el cielo y la tierra le parecen una celda estrecha, la mano de toda criatura está contra él y todo lo que ve y oye lo llena de pavor.

10 En contraste con este Satanás descaradamente mentiroso, Cristo se ha retratado y pintado aquí tal como realmente es. Pues aunque es verdad que también él viene a veces con terrores y a veces con consuelo, su único y último propósito es dar vida y consuelo y alegrar el corazón. Y sin embargo el corazón del hombre está tan falto de entendimiento en ambos casos que no lo reconoce (ayudando a la vez el diablo al engaño con sus sugerencias), y no piensa que sea Cristo, o de inmediato hace de él un falso Cristo, así como los apóstoles aquí lo toman por un espíritu o espectro; y no tienen ni corazón ni mente para creer que es Cristo, a pesar de que ven la forma y las facciones de Cristo. Es, por tanto, cosa de gran arte y entendimiento arrancar del corazón al falso Cristo y aprender a representárselo verdaderamente, porque, como se ha dicho, hay que tener presente que el diablo nos pinta un falso Cristo, más aún, se reviste de la forma de Cristo.

11 Así, pues, este Evangelio muestra lo que son el verdadero Cristo y su Palabra, a saber, en primer lugar, que dice: «Paz a vosotros», que es una parte del consuelo que trae; y en segundo lugar, que reprende a la gente y no permite que se formen ideas falsas y angustiosas acerca de él, y dice: V.38. ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Ninguna riqueza de dinero ni de bienes podría jamás pagar este texto, porque un corazón turbado puede aprender de él y concluir: Aunque el diablo cite todos los pasajes de la Biblia para aterrar el corazón, si continúa demasiado tiempo y no trae consuelo después, entonces sin duda es el diablo, aunque veas la figura de Cristo tan claramente como cuando colgaba de la cruz o como cuando se sienta a la diestra del Padre. Pues bien puede suceder que Cristo venga y te aterre al principio; aunque de ninguna manera es culpa suya, sino culpa de tu naturaleza, que no lo conozcas rectamente. Pero el que te asalta con terrores y no cesa hasta llevarte a la desesperación, es el mismo diablo.

12 Por tanto, debes distinguir claramente entre los terrores de Cristo y los del diablo. Pues aunque Cristo comience aterrando, con seguridad trae consigo consuelo y no quiere que permanezcas en el terror. El diablo, en cambio, no puede dejar de aterrar, aunque al principio consuele y actúe con agrado. Esto ha de saberlo un cristiano: debe aprender a discernir a Cristo del diablo. Especialmente en las grandes aflicciones, cuando siente angustia y espanto, debe tener presente que no habrá solo terrores y continuamente, sino que cesarán y que seguirá el consuelo.

13 Pero dices: es Cristo y su Palabra a fin de cuentas, pues también él predica sobre la ira de Dios a causa del pecado, como dice en Lc 13:5: «Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente», etc. Respondo: En efecto, con esto él se complace y tiene que suceder que te aterres a causa de tus pecados (en caso de que aún no hayas experimentado ese terror). Sí, a causa de tu naturaleza tímida, él tiene que permitir que te aterres incluso ante él, como estos discípulos. Pero no es su intención que permanezcas en el terror; al contrario, quiere que dejes de sentirlo. Sí, incluso te reprende por ello y dice que le haces una injusticia con tales pensamientos, atribuyéndole tales cosas. En suma, no desea que te espantes ante él, sino que tomes consuelo y gozosa seguridad, ahuyentando así tu terror.

14 Ahora bien, si estos pensamientos que te aterran surgen de sus palabras y obras, deja que comience así contigo, pero luego envíalo sin más a los que todavía están seguros de sí, de corazón duro y obstinados, para quienes están destinados sus terrores. Sobre ellos tiene que clamar sus ayes y a ellos tiene que amenazar con el fuego eterno del infierno. Pues son gente que de ningún modo teme a Dios; al contrario, cuando uno quiere infundirles respeto con el nombre y la Palabra de Dios, levantan los cuernos, sacuden la cabeza ante Dios y se ponen más duros que el acero o el pedernal. Pero tú, cuando sientas que te has aterrado (Dios lo conceda, sea que lo haga el verdadero Cristo o no), recuerda solo poner fin a ello y dejar tus temores. Porque si en verdad es Cristo, no es su voluntad que sigas así; pero si no es él, mucho menos debes hacerlo.

15 Por tanto, ten presente y guarda en la memoria este texto y su ejemplo: Cristo no quiere que los suyos se aterren, y no le agrada encontrarte espantado al verlo. Al contrario, es su voluntad que aprendas a conocerlo como uno que, cuando te halla turbado y alarmado, se alegra de venir a ti, y que tú también te alegres en él y despidas tus pensamientos de temor. Y no dejes de aprender que esta es su manera de hablar: «¿Por qué estáis turbados, y por qué permitís que tales pensamientos surjan en vuestro corazón?» Me pintáis como un espectro y como uno que viene solo para aterraros, ¡y he aquí que vengo a consolaros y a alegraros!

16 Por estas razones, cuando te vengan tales pensamientos opresivos acerca de Cristo, sé sabio y entiende que ciertamente no vienen de Cristo sino del diablo; y que aunque te aterres ante él, un pequeño terror repentino no te hará daño. Pues es conforme a nuestra naturaleza que nunca nos impulse a nada bueno, especialmente cuando el corazón es naturalmente tímido y angustiado. No hagas caso de tus pensamientos y nociones. Procura oír las palabras de Cristo, que no se complace en verte aterrado en su nombre, sino que desea que te alegres en él y lo recibas como quien quiere consolar tu pobre corazón pecador y turbado. Que se aterren los otros, esos pecadores testarudos e impenitentes, el papa, los tiranos y todos los enemigos y blasfemos de Cristo. Esa gente necesita un mazo que haga añicos peñascos, rocas y montañas.

17 Por tanto, si hay un Cristo que aterra, lo es y desea serlo solo para esas cabezas obstinadas; aunque ellas mismas no lo creen, sino que lo desprecian con soberbia hasta que llega su última hora y el tiempo en que él, sin misericordia alguna, tendrá que pisotearlas bajo sus pies. Pero no desea serlo para sus amados discípulos y creyentes, que ya son demasiado retraídos y tímidos, hasta el punto de alarmarse incluso en presencia de su amado Salvador. Pues de ninguna manera es su intención, como dice san Mateo en 12:20, citando al profeta Isaías 42:3, quebrar y apagar del todo la caña cascada y el pábilo que humea; es decir, las conciencias quebrantadas, turbadas, humilladas y temerosas. Ahora bien, ¿qué importa si esas mentes endurecidas, soberbias y descaradas, satánicas, no hacen ningún caso de sus terrores? ¿Habrían de sufrir los corazones tímidos y temerosos esos terrores en lugar de ellas y traer sobre sí tal miedo, cuando en suma él quiere que tengan buen ánimo? ¿O bien, puesto que ningún terror ni amenaza aprovecha con las primeras, no habría de aprovechar por eso ningún consuelo con los segundos? En tal caso la causa de Cristo estaría perdida por completo, y su reino no hallaría lugar ni daría fruto en la tierra.

18 Por eso, si te sientes aterrado y desfallecido, toma consuelo en ello tu corazón, para que Cristo halle lugar en ti; pues de ningún modo halla en ti un corazón soberbio e impenitente, que no quiere humillarse; de otro modo tendrías buena causa y necesidad de temerlo como a quien ha sido puesto por juez sobre los impíos y los escarnecedores. Pero viene a ti para traerte y ofrecerte gracia y paz, tal como lo deseas y pides. Lo digo otra vez, ten cuidado en este asunto, no sea que deseches de ti este saludo amistoso y tu propia salvación, y no sea que hagas un Satanás de este amado Salvador, o más bien, que en lugar de prestar oído a Cristo se lo prestes al diablo, que es mentiroso y homicida y se deleita en atormentar los corazones débiles y turbados. Y nunca desiste de hacerlo; y si no logra causar suficiente terror con un versículo, viene con diez o con cien, y continúa oprimiendo hasta que el corazón queda completamente abrumado y ahogado en la tristeza.

19 Ahora bien, tú, como cristiano, puedes concluir con certeza que tales pensamientos no son ni pueden ser de Cristo. Sí, aun si fuera posible que fuera el mismo Cristo, con todo tienes aquí su Palabra y su testimonio verdadero, que debes creer más que todas las apariciones. Y sin duda esto ha de preferirse a todas las visiones privadas de Cristo o de un ángel del cielo, pues estas pueden errar y engañar y no son sino imágenes mudas. Pero aquí tienes su voz viva y su Palabra, que habla públicamente ante todos sus discípulos y los reprende por tales pensamientos, para que sepamos que él está disgustado con ellos.

20 Además, muestra lo mismo con sus señales y obras externas: no le bastan las palabras con que reprende sus pensamientos, sino que les muestra también sus manos y sus pies para que sientan y vean que es él mismo. Como si dijera: ¿Por qué queréis aún dudar de mí y hacer de mí un espectro en vuestros pensamientos? Sin duda nunca habéis tocado todavía a un demonio o a un espíritu, ni visto uno que tenga carne y sangre como yo, aunque a veces asumen tal forma y engañan los sentidos.

21 Así les da, además de su Palabra, una señal segura y poderosa y los consuela con sus actos, para que no le teman en lo más mínimo. Les muestra lo que ha hecho por ellos. Porque esta es en verdad una imagen hermosa, consoladora y alegre: la vista de las manos y los pies de este amado Salvador, traspasados por mí, y con los cuales también mis pecados fueron clavados en la cruz. Esto me lo muestra como señal y testimonio de que ha padecido, ha sido crucificado y ha muerto por mí, y de ninguna manera está dispuesto a enojarse conmigo y arrojarme al infierno.

22 Pues esto es realmente ver sus manos y sus pies: si yo, por su Palabra y por la fe, percibo que lo que hizo fue hecho para mi bien, mi salvación y mi consuelo. Aquí no veo verdugo alguno, ciertamente ni muerte ni infierno, sino solo gracia dulce y deliciosa hacia todas las pobres almas afligidas, ante la cual gracia no puedo espantarme ni aterrarme; salvo únicamente en esto: que su obra es demasiado grande para que el corazón la abarque y comprenda suficientemente. Así quiere, con palabra y con obra, librarnos del temor aunque al principio nos aterremos al verlo.

23 En cambio el diablo, aunque al principio nos consuela, al final también muestra sus manos y sus pies; estos son las garras horribles y abominables de la ira de Dios y de la muerte eterna. Así, finalmente, llega con nada sino terrores, homicidio y matanza, que son sus obras desde el principio. Sabe pintar ante el alma todas las escenas terribles, los ejemplos y las historias de todos los pecados abominables, homicidios y castigos terribles que han sucedido jamás, y el número y la notoriedad de las personas a quienes ha extraviado, cegado y arrojado a la perdición.

24 Ahora bien, donde Cristo es bien entendido, allí, en consecuencia, comienza el verdadero gozo, y en tal medida, como dice el Evangelista, que los discípulos se maravillaban en su fe de puro gozo, y aun eso los estorbaba. Este es de nuevo un texto peculiar y un dicho extraño. Al principio su fe era estorbada por el miedo y los pensamientos espantosos; ahora su gozo estorba su fe, un gozo que es incluso mucho mayor que lo que fue al principio su terror. Los discípulos están ahora tan llenos de gozo por la reprensión del Señor y la vista de sus manos y sus pies que todavía no pueden creer.

25 Esta es también una de las aflicciones del cristiano, como hemos dicho antes: que la gracia es una cosa demasiado grande y gloriosa cuando miramos nuestra pequeñez e indignidad en comparación con Cristo, y que el consuelo es tan sumamente abundante que nuestros corazones son demasiado pequeños para recibirlo. Pues ¿quién tendría la osadía de concebir en su corazón la verdad de que Cristo se muestra para conmigo, pobre hombre pecador, un Salvador tan bondadoso que me da de una vez todo lo que ha hecho? ¿No se sobresaltará el corazón de inmediato ante su propia osadía y dirá: ¿De veras piensas que es verdad que el grande y majestuoso Dios, Hacedor del cielo y de la tierra, ha mirado así mi miseria y me ha visto con tanta misericordia, habiendo yo pecado contra él tan profunda y multiplicadamente, y habiendo merecido y atraído sobre mí mil veces la ira, la muerte y el infierno? ¿Cómo puede el corazón humano, o en verdad criatura alguna, abarcar tal gracia y tal tesoro?

26 En resumen, la fe en el corazón del hombre es asaltada por ambos lados y en ambas ocasiones, en el terror y la melancolía y también en el gozo. O la falta o la abundancia es demasiado grande, y los consuelos demasiado pocos o demasiados. Al principio, mientras los discípulos anhelaban algo grande, todas las bendiciones de Dios eran demasiado pequeñas e insignificantes para consolar sus corazones, cuando Cristo todavía les estaba oculto; pero ahora que ha venido y se les muestra, esto es demasiado para sus corazones, y de pura admiración no pueden creer que ha resucitado de los muertos y está ante ellos vivo.

27 Finalmente se muestra todavía más amable: se sienta con ellos a la mesa, come con ellos pescado asado y un panal de miel, y les predica un hermoso sermón para afirmarlos en la fe, a fin de que nunca más teman ni duden, sino que ahora se fortalezcan en la fe; y así toda su melancolía se desvanece.

28 Aprendamos, pues, de esto a entender el carácter y la manera de Cristo, a saber, que cuando viene y se manifiesta, luego se despide y nos dice adiós, dejando nada sino consuelo y gozo; porque al final tiene que venir con consuelo, de otro modo no es Cristo. Pero cuando permanecen en el corazón el miedo y el espanto constantes, puedes concluir con libertad que no es Cristo, aunque así se lo parezca al corazón, sino el maldito diablo. Por eso no hagas caso de tales pensamientos, sino aférrate a las palabras que él te dice, V.39. Mirad mis manos y mis pies, etc. De este modo tu corazón volverá a alegrarse, y después seguirá el fruto: entenderás las Escrituras rectamente, y su Palabra te sabrá dulce, siendo nada sino miel y el más dulce consuelo.

II. El sermón que Cristo predicó a sus discípulos después de su resurrección.

29 La segunda y principal parte de este Evangelio es aquella en que Cristo, después de haberles expuesto las Escrituras y abierto su entendimiento, dice en conclusión:

V.46, 47. «Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones».

30 Aquí ves cómo el Señor vuelve a dirigir y conducir a sus discípulos a las Escrituras, para fortalecer y confirmar allí su fe. De modo que, aunque se les revelaba y mostraba en forma visible, en el futuro, cuando ya no lo vieran, quería que se aferraran a la Palabra y que por el testimonio de la Escritura aseguraran tanto su propia fe como la de otros. Pues, a fin de cuentas, el poder y el consuelo de la resurrección no se entienden ni se reciben sino por la fe en la Palabra, como hemos oído: aunque los discípulos lo ven, aun así no lo reconocen, sino que más bien se aterran al verlo, hasta que él les habla y les abre el entendimiento por medio de las Escrituras.

31 Además quiso enseñarles por estos testimonios de la Escritura cómo ha de continuar su reino en la tierra y en qué ha de consistir; a saber, que no ha de ser un nuevo gobierno o reino, ocupado de cosas terrenales y temporales, sino un poder espiritual y divino, por el cual él reinaría invisiblemente en todas partes dentro del corazón de los hombres mediante la Palabra y el ministerio, y los haría pasar del pecado, de la ira de Dios y de la muerte eterna a la gracia y a la vida eterna en el cielo; para lo cual, en verdad, también padeció y resucitó de los muertos.

32 Todo esto lo muestra e indica con estas pocas palabras, y en ellas incluye la suma y sustancia de todo el Evangelio y las partes principales de la doctrina cristiana, que debemos predicar y practicar en todo tiempo en la iglesia: a saber, el arrepentimiento y el perdón de pecados. Por tanto, tenemos que decir algo también sobre estos temas.

33 Acerca del arrepentimiento, toda la iglesia papal no ha sabido hasta ahora enseñar otra cosa sino que consta de tres partes, que llaman contrición, confesión y satisfacción (compensación). Y sin embargo, en ninguna de ellas supieron instruir rectamente al pueblo. Ahora bien, la palabra latina «satisfactio», que significa «compensación», la hemos dejado subsistir, por complacerlos, esperando que con nuestra moderación pudiéramos llevarlos a la doctrina verdadera; pero entendiendo que esto significa no nuestra compensación, pues en realidad nosotros no podemos rendir ninguna, sino la satisfacción de Cristo, en cuanto él con su sangre y su muerte ha pagado nuestros pecados y ha reconciliado a Dios. Pero como hasta ahora hemos experimentado tantas veces, y todavía vemos claramente, que con moderación no se puede ganar de ellos absolutamente nada, y que siguen oponiéndose con tanta más violencia a la doctrina verdadera, queremos y debemos despojarnos y separarnos limpiamente de ellos, y negarnos a reconocer en modo alguno los nombres ficticios que usan en sus escuelas y con los cuales ahora solo procuran establecer sus viejos errores y falsedades. Por esta razón también esta palabra «satisfacción» quedará en adelante nula y muerta en nuestra iglesia y en nuestra teología, y remitida a los tribunales y a las escuelas de derecho, a las cuales propiamente pertenece y de donde la tomaron prestada los papistas. Que estos usen esta palabra y por ella enseñen a la gente que ha hurtado, robado, o que posee bienes obtenidos con injusticia, cómo han de dar compensación y restitución.

34 La palabra «contrición» (latín «contritio») está, es cierto, tomada de las Escrituras, que hablan de un «cor contritum», es decir, un corazón quebrantado, turbado y miserable, Sal 51:17; pero tampoco esta palabra ha sido rectamente entendida y explicada por los monjes. Pues llamaron contrición al acto, arrancado de los propios pensamientos y de la libre voluntad, de sentarse en un rincón, bajar la cabeza y contemplar con amarga meditación los pecados cometidos; de cuyo proceso, sin embargo, no seguía verdadero dolor ni desagrado por sus pecados, sino que más bien se hacían cosquillas con tales pensamientos y fortalecían su concupiscencia pecaminosa. Y por mucho que hablaran de ello, aun así no podían decidir cuán grande debía ser la contrición para bastar por el pecado. Por eso se vieron obligados a consolarse y ayudarse con este remiendo: que quien no pudiera alcanzar una contrición verdaderamente perfecta tuviera al menos lo que llamaban «attritio», una especie de media contrición, y estuviera al menos un poco pesaroso por sus pecados.

35 Luego hicieron de la confesión un tormento y una angustia insoportables; pues pensaban que era deber de todos enumerar al menos una vez al año todos sus pecados, mencionando todos los detalles, incluidos también los pecados que uno pudiera haber olvidado y recordar después. Y sin embargo no dieron a las conciencias de los hombres ninguna instrucción verdadera acerca del consuelo de la absolución, sino que dirigieron al pueblo a confiar en sus propias obras, y le informaron de que cuando hubieran estado suficientemente contritos como para hacer una confesión limpia del pecado (lo cual era, según su propia enseñanza, imposible), y rendir también satisfacción por él, entonces sus pecados serían perdonados. Aquí no se dijo palabra de Cristo ni de la fe, de modo que las almas no iluminadas y afligidas que deseaban seriamente verse libres del pecado y buscaban consuelo quedaban en eterna incertidumbre sobre este fundamento dudoso.

36 Y —este era el aspecto peor del asunto— no enseñaban rectamente qué constituye el pecado; no sabían de él más que lo que los juristas llaman pecados u ofensas, y lo que cae dentro de la esfera de los tribunales y de los estatutos de paz. Su conocimiento no les permitía hablar del pecado original ni de la impureza interior del corazón. Pues incluso afirmaban que la naturaleza humana y las fuerzas del libre albedrío del hombre eran tan perfectas que un hombre podía con sus propias fuerzas arreglárselas para cumplir la ley de Dios y así ganar la gracia de Dios, y estar tan libre de pecado que no tendría necesidad de arrepentimiento alguno. Sin embargo, para tener algo de qué confesarse, se vieron obligados a inventar pecado donde no lo había, así como por otra parte inventaron buenas obras propias. Y esos pecados los consideraban los mayores y más graves de todos, como por ejemplo cuando un laico llegaba a tocar un cáliz consagrado o cuando un sacerdote tartamudeaba al leer el canon en la misa, y otras necedades de esa clase.

37 Esta doctrina absurda y quimérica del papado acerca del arrepentimiento no se debe, pues, perder de vista, primero para poder convencerlos de su error y ceguera, ya que en el presente se están blanqueando de todas las maneras y se comportan como si nunca hubieran enseñado nada erróneo. En segundo lugar, para que por el contraste entre ambas se entienda mejor la verdadera doctrina cristiana. Hablaremos, pues, según la Escritura, sobre lo que son el verdadero arrepentimiento cristiano y el perdón de pecados que Cristo aquí manda al hombre proclamar en su nombre.

38 En primer lugar, estos pensamientos de nuestra propia invención, que los monjes llaman «contritio» y «attritio» (contrición entera y media), nunca se llaman en toda la Escritura verdadera contrición; sino que estás contrito cuando tu corazón se alarma seriamente ante la ira y el juicio de Dios, no solo a causa de pecados externos y burdos, sino a causa de la dureza real e inflexible que ves y sientes en tu interior, la presencia en tu carne y sangre de nada sino incredulidad, desprecio y desobediencia a Dios y, como dice san Pablo en Ro 8:7, «enemistad contra Dios», estando tu carne y sangre agitadas con toda clase de malos deseos y apetitos y cosas semejantes, por lo cual has atraído sobre ti la ira de Dios y has merecido ser echado eternamente de su presencia y arder en el fuego del infierno. La contrición, según las Escrituras, no es parcial, referida solo a ciertos actos que has cometido abiertamente contra los diez mandamientos y que deja sin perturbar el sueño y la ilusión del arrepentimiento monástico e hipócrita, que para su propia comodidad inventa una distinción en sus obras y después de todo descubre algo bueno en sí mismo; sino que se extiende sobre toda tu persona con toda su vida y ser, sí, sobre toda tu naturaleza, y te muestra que eres objeto de la ira de Dios y estás condenado al infierno. De otro modo la palabra «contrición» seguiría siendo demasiado judicial, como cuando en los asuntos terrenales se habla del pecado y del pesar como de una obra que uno ha hecho y luego piensa de otro modo, y desea no haberla hecho.

39 Esta contrición y este temor serio no son producto de las propias resoluciones o pensamientos del hombre, como se imaginan los monjes. Ha de ser obrada en el hombre por la Palabra de Dios, que revela la ira de Dios e hiere el corazón, de modo que comienza a temblar y a desesperar y no sabe qué hacer consigo mismo. Porque la razón humana no puede percibir ni entender por sí sola que todo lo que está en el poder y la capacidad del hombre es objeto de la ira de Dios y, ante el tribunal de su juicio, está ya condenado al infierno.

40 Por eso esto debe predicarse y proclamarse como Cristo dice aquí, si se ha de dirigir y conducir a la gente al verdadero arrepentimiento: hay que llevarla a conocer sus pecados y la ira de Dios, y así permitir primero que la Palabra la arroje bajo la ira y la condenación de Dios; para que, por otra parte, mediante la predicación de la otra verdad, la del perdón de pecados, se la ayude a alcanzar el verdadero consuelo, la gracia divina y su salvación. De otro modo el hombre nunca llegaría a conocer su miseria y angustia ni a anhelar la gracia. Mucho menos aprendería jamás cómo puede pasar de la ira y condenación de Dios a la gracia y al perdón de pecados.

41 Y esta predicación del arrepentimiento, dice él, saldrá a todas las naciones. Sin duda, una acusación que lo abarca todo, que comprende a todo el mundo, judíos y gentiles, y a quienquiera que quieran. Sin una sola excepción, concluye a todos —tal como los halla y sea cual sea su rango y pretensión— aparte de Cristo bajo la ira de Dios y dice: Todos estáis condenados juntos, con todo lo que hacéis y sois, seáis lo que seáis, seáis cuantos seáis, tan grandes, tan elevados y santos como seáis.

42 Sí, aterra y condena sobre todo a quienes hacen alarde de su propia santidad y nunca se imaginan que son pecadores y necesitan arrepentimiento. Entre los judíos lo eran los más santos fariseos (de los cuales también Pablo antes de su conversión era uno), que vivían y andaban celosamente según la ley; entre los paganos, ciertas personas cultas, muy inteligentes, sabias y respetables; entre nosotros, los que pudieron ser monjes piadosos, cartujos o ermitaños, que sinceramente se propusieron ser piadosos a la vista de Dios y vivieron de tal manera que no eran conscientes de haber cometido pecado de muerte alguno, y además de esto castigaban sus cuerpos de la manera más severa con ayunos, vigilias, durmiendo en lechos duros, algunos incluso con flagelaciones sangrientas y cosas semejantes; de modo que ellos mismos y todos los demás pensaban que, en vista de tales obras y de tal vida, ciertamente no necesitaban contrición ni arrepentimiento. Sí, pensaban con ello, como con la mejor y más meritoria obra, pagar cualesquiera pecados que hubieran cometido antes, y ganar honradamente el cielo de Dios con tal vida santa, pagándolo bastante caro. Contra gente precisamente como esta debe llevarse adelante con el mayor celo esta predicación del arrepentimiento, y como con un rayo debe derribar por tierra y arrojar al infierno y a la perdición a todos los que están seguros de sí y son presuntuosos y todavía no perciben su miseria ni la ira de Dios.

43 Así como san Juan el Bautista, que preparó el camino delante de Cristo, comenzó públicamente tal predicación; ataca con valor y ardor a toda la nación judía con esta hacha de combate y asalta a los santos fariseos y saduceos más duramente que a todos los demás, diciendo: «¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?» Mt 3:7. Porque ellos necesitan el arrepentimiento más que nadie y ante Dios merecen también una medida mayor de ira que otros pecadores más abiertos (a quienes al menos sus propias conciencias reprenden), porque yacen en ceguera y se entregan a la fantasía de que no tienen pecado, mientras que en realidad ante Dios están llenos de inmundicia y abominación y pecan contra la ley de Dios de la peor manera posible, pues carecen del temor de Dios y desprecian su ira, y son altivos y soberbios y están llenos de presunción por sus propias buenas obras y su propia santidad, practicando la idolatría con su culto a Dios elegido por ellos mismos, además del hecho de que sus corazones están llenos de inmundicia y de desobediencia interior a los mandamientos de Dios, aunque exteriormente se guardan de obras malas; así como nosotros mismos en tiempos pasados, mientras fingíamos ser los más piadosos, provocamos a Dios en extremo con la horrible idolatría de la misa, el culto a los santos y nuestra propia justicia monástica, con la cual pensábamos ganar el cielo en menoscabo de la muerte y resurrección de Cristo y con lamentable engaño de nosotros mismos y de otros.

44 Por esta razón san Juan continúa también su predicación del arrepentimiento y en el versículo 8 dice a tales personas: «Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento», etc.; es decir, tomad mi consejo y no os volváis seguros de vosotros mismos y soberbios desde el principio, sino percibid vuestro pecado y la ira de Dios sobre vosotros, humillaos ante él e implorad su misericordia. Si no lo hacéis, el juicio ya está dictado contra vosotros, más aún, la segur ya está puesta a la raíz del árbol para destruirlo, tronco y raíz, como uno que no da buen fruto y solo sirve para ser echado al fuego y reducido a cenizas, aunque sea tan alto y robusto y tenga hermosas hojas: vosotros, a saber, que os jactáis de ser hijos de Abraham y cosas semejantes.

45 Esta misma predicación fue continuada después por los apóstoles. San Pedro, por ejemplo, el día de Pentecostés y después, señaló a los judíos qué hijos piadosos eran y cómo habían ganado el favor de Dios negando a su amado Hijo, clavándolo en la cruz y matándolo. Y san Pablo dice en Hch 17:30-31: «Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia», etc.: es decir, es su voluntad que todas las personas, en todas partes de la tierra, se conozcan a sí mismas, tiemblen ante la ira de Dios y entiendan que él las juzgará y condenará a menos que se arrepientan y obedezcan esta predicación.

46 Así también Cristo dice en Jn 16:8 que el Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado, etc. (por tal predicación del arrepentimiento). Porque, como se dijo arriba, tal arrepentimiento la razón no puede enseñarlo, mucho menos realizarlo por su propia fuerza; sino que, como Cristo dice aquí, debe predicarse como una revelación, que supera el entendimiento y la sabiduría de la razón. Como san Pablo también en Ro 1:18 la llama una revelación del cielo, diciendo: «Porque la ira de Dios se revela desde el cielo», etc. Pues la razón de ningún hombre y ningún jurista dirá que soy pecador y objeto de la ira y condenación de Dios si no hurto, no robo, no cometo adulterio y cosas semejantes, sino que soy un hombre piadoso, respetable, en quien nadie puede hallar nada que reprender ni censurar, y además soy un monje piadoso. ¿Quién creería que yo, si carezco de fe, no merezco con esta bella y honorable vida sino la ira de Dios, y que no practico sino abominable idolatría con este glorioso servicio a Dios y con esta rígida disciplina que, sin mandato de Dios, he emprendido por mi propio gusto, y que con ello me condeno a un infierno más profundo que otros que son pecadores abiertos?

47 No es de extrañar, pues, que cuando el mundo oye esta predicación de arrepentimiento, por la cual es reprendido, la menor parte la acepte, mientras que las grandes masas, especialmente los sabios y justos, la desprecian, sacuden la cabeza con desafío y dicen: ¡Vaya! ¿Cómo puede ser eso verdad? ¿Voy a permitir que me traten de pecador y de hombre maldito personas que llegan con una doctrina nueva y desconocida? Pero ¿qué he hecho yo? Ciertamente me he guardado del pecado con toda seriedad y me he esforzado por hacer el bien. ¿Todo esto se ha de contar por nada? ¿Ha estado todo el mundo antes de nuestro tiempo absorto en errores? ¿Han sido vanas las vidas y los hechos de todos los hombres? ¿Cómo es posible que Dios corra tal riesgo con todo el mundo y diga que todos están perdidos y condenados? ¡Ah! El diablo te ha mandado predicar así. De este modo se defienden y se afirman en su impenitencia y, con blasfemia y persecución de la Palabra de Dios, atraen sobre sí su ira todavía más.

48 Pero a pesar de esto tal juicio y predicación continúan siempre y se abren paso más lejos, pues Cristo aquí les manda simplemente que prediquen entre todas las naciones, que digan a todos, dondequiera que vayan, que se arrepientan, y que digan que nadie puede escapar de la ira de Dios ni ser salvo si no acepta esta predicación. Que para este fin resucitó de los muertos, para fundar este reino, a fin de que esto fuera predicado a los que debían y querían ser salvos y fuera aceptado y creído por ellos, aunque se enoje el mundo, el diablo o el infierno.

49 Nota que hemos considerado la primera parte de este sermón, el verdadero arrepentimiento, que convence no solo a una masa de malhechores a quienes todo el mundo y los juristas llaman transgresores (ellos, sin duda, también merecen severo castigo), sino que ataca a las mismas personas que a la vista del mundo son las más piadosas y justas (aunque no conocen su pecado ni a Cristo), y las condena. Hace del arrepentimiento no una obra nuestra, producida por nuestro propio pensar, y parcial, referida solo a una porción de nuestros actos y que hace necesario que el hombre indague y considere largo tiempo cómo, cuándo, dónde y cuántas veces ha pecado (aunque es verdad que un solo pecado puede dar lugar a esto, como cuando David fue reprendido por adulterio y homicidio). Pero el arrepentimiento es una cosa que se extiende sobre toda tu vida y te arroja de repente, como por un rayo del cielo, entera y totalmente bajo la ira de Dios, diciéndote que eres hijo del infierno y aterrando tu corazón de modo que el mundo se vuelve demasiado pequeño para ti.

50 Por tanto debes hacer esta distinción: puedes remitir el arrepentimiento que puede llamarse obra nuestra, a saber, nuestro propio pesar, confesión y satisfacción, a las escuelas de los juristas o a las escuelas de niños, donde puede servir para la disciplina y el adiestramiento exterior; pero debes mantenerlo claramente aparte del verdadero arrepentimiento espiritual obrado por la Palabra de Dios dondequiera y cuandoquiera que esta Palabra hiere el corazón haciéndolo temblar y estremecerse ante la ira celosa y terrible de Dios, y llenándolo de tal espanto que no sabe adónde huir.

51 Tal contrición y arrepentimiento los ilustra la Biblia con numerosos ejemplos: como el de san Pablo cuando estaba por ser convertido, Hch 9:4, donde Cristo mismo le predica el arrepentimiento desde el cielo diciendo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?», etc. Y al instante acción y poder acompañan las palabras, de modo que cae de repente a tierra temblando y dice en el versículo 6: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?» Esta es verdadera contrición, no producto de su propia mente; pues sigue su camino con una fuerte convicción y seguridad de su propia santidad según la ley, sin conciencia de pecado alguno por el cual hubiera merecido la ira de Dios. Pero de repente Cristo le muestra lo que es, a saber, un perseguidor y homicida de Cristo y de su iglesia, cosa que hasta entonces no había percibido, considerando más bien sus acciones como manifestaciones de espléndida virtud y de un celo piadoso. Ahora, sin embargo, se apodera de él tal terror por causa de ellas que indica claramente que con toda su justicia según la ley está condenado ante Dios; y se alegra sobremanera de oír de Cristo la promesa graciosa de que puede obtener misericordia y el perdón de sus pecados. De igual manera se nos cuenta en Hch 2 cómo Pedro se puso en pie el día de Pentecostés y después, y lanzó este rayo sobre toda la nación judía diciendo que eran traidores y homicidas de su Cristo prometido, el Hijo de Dios; como dice el texto en el versículo 37: «Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?»

52 He aquí, también aquí hay verdadero arrepentimiento, que se apodera de repente del corazón y lo llena de pavor mortal, porque siente la ira y la condenación de Dios pesando sobre él, y comienza a darse cuenta de su verdadera culpa, de la cual hasta entonces nada sabía, y se ve obligado a decir: ¡Ay, ahora qué haré! Aquí no hay sino solo pecado e ira, cosa que hasta ahora, ¡ay!, ni he conocido ni sospechado. Como san Pablo dice también del poder de la Palabra que enfrenta a los hombres con la ira de Dios, Ro 7:9: «Yo sin la ley vivía en otro tiempo», es decir, presuntuoso y seguro, sin saber de pecado ni de la ira de Dios. Pero cuando vino el mandamiento e hirió mi corazón, entonces el pecado revivió, de modo que comencé a sentir la ira de Dios y así morí; es decir, caí en temor, angustia y desesperación, que no podía soportar y en las cuales habría perecido y caído presa de la muerte eterna si no hubiera hallado ayuda otra vez.

53 Ahora bien, cuando esto ha sido debidamente predicado, debe seguir el otro mensaje que Cristo aquí nos manda predicar, a saber, el perdón de pecados. Pues no basta hablar solo del pecado y de la ira de Dios y aterrar a la gente. Es necesario, en verdad, comenzar así la predicación, para que la gente conozca y sienta sus pecados y tenga también deseo de gracia, pero este no debe ser todo nuestro mensaje, de otro modo no habría Cristo ni salvación sino solo muerte e infierno. Así Judas, el traidor de Cristo, hizo un comienzo bastante fuerte en la primera parte de su arrepentimiento, remordimiento y conocimiento de su pecado; sí, fue demasiado fuerte en este punto, porque no siguió consuelo; de modo que no pudo soportarlo y se lanzó de inmediato a la destrucción y a la muerte eterna; como también el rey Saúl y muchos otros. Pero esto no puede considerarse predicar correcta o plenamente acerca del arrepentimiento, como Cristo quiere que se predique esta doctrina. Pues hasta ese punto el mismo diablo está dispuesto a servir de predicador, aunque no tiene llamamiento para predicar, así como siempre está dispuesto a usar el nombre y la Palabra de Dios, aunque solo sea para engañar y hacer daño. Pues pervierte ambas doctrinas, consolando donde el consuelo no viene al caso, o dedicándose solo a aterrar a la gente y llevarla a la desesperación. Pero la intención de Cristo no es que el arrepentimiento se predique de tal modo que deje a la conciencia en su estado de terror, sino que los que han sido llevados al conocimiento de sus pecados y están contritos de corazón sean consolados y levantados de nuevo. Por eso añade enseguida la otra parte y manda que prediquemos no solo el arrepentimiento sino también el perdón de pecados. Esto, pues, como él también dice, es predicar en su nombre.

54 Por tanto, cuando tu conciencia haya sido aterrada por la predicación del arrepentimiento, sea por la palabra hablada o de otro modo en tu corazón, debes recordar que has de oír y asir también la otra parte que Cristo mandó que se te predicara, a saber: que, aunque has merecido la ira eterna y eres digno del fuego del infierno, con todo Dios en su bondad y misericordia infinitas no desea dejarte ni verte perecer en la perdición, sino que desea perdonar tus pecados, para que su ira y tu condenación sean quitadas de ti.

55 Este es el mensaje consolador del Evangelio, que el hombre no puede entender por sí mismo como entiende por sí mismo la predicación de la ley (que le fue implantada al principio en su naturaleza) cuando su corazón es herido por ella; sino que es una revelación especial y la propia voz peculiar de Cristo. Porque la naturaleza y la razón humanas no pueden elevarse por encima del juicio de la ley, que concluye y dice: El que es pecador está condenado de Dios. Por eso todos los hombres tendrían que permanecer para siempre como objetos de ira y condenación si no se hubiera dado del cielo otra enseñanza, nueva. Esta enseñanza, en la cual Dios ofrece su gracia y misericordia a los que sienten sus pecados y la ira de Dios, el mismo Hijo de Dios tuvo que instituirla y mandar que se difundiera por el mundo.

56 Pero para que sea captada y creída fielmente, esta predicación debe hacerse, como él dice aquí, en su nombre; es decir, no solo en cumplimiento de su mandato, sino también con la proclamación de que los pecados han de ser perdonados por causa de él y en razón de sus méritos. De ahí que debamos reconocer que ni yo ni ningún otro hombre, con excepción de Cristo, hemos logrado ni merecido esto, ni podríamos haberlo merecido por la eternidad. Pues ¿cómo podría merecerlo yo, cuando yo y toda mi vida y todo lo que pueda hacer está, según la primera parte de este sermón, condenado ante Dios?

57 Pero ahora, si la ira de Dios ha de ser quitada de mí y yo he de obtener gracia y perdón, alguien tiene que merecerlo; porque Dios no puede ser amigo del pecado ni benigno con él, ni puede remitir el castigo y la ira a menos que se haga pago y satisfacción. Ahora bien, nadie, ni siquiera un ángel del cielo, podía hacer restitución por el daño infinito e irreparable y aplacar la ira eterna de Dios que habíamos merecido con nuestros pecados; excepto aquella persona eterna, el mismo Hijo de Dios, y solo podía hacerlo tomando nuestro lugar, asumiendo nuestros pecados y respondiendo por ellos como si él mismo fuera culpable de ellos. Esto lo hizo por nosotros nuestro amado Señor y único Salvador y Mediador ante Dios, Jesucristo, con su sangre y muerte, en la cual se hizo sacrificio por nosotros; y con su pureza, inocencia y justicia, que era divina y eterna, sobrepasó en peso todo el pecado y la ira que se vio obligado a llevar por causa nuestra; sí, los engulló y absorbió por completo, y su mérito es tan grande que Dios ahora está satisfecho y dice: Si él quiere salvar con ello, entonces habrá salvación. Como Cristo también dice de la voluntad de su Padre, Jn 6:40: «Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna». También Mt 28:18: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra». Y en su oración en Jn 17:1-2 dice: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste».

58 Esto no solo lo ha cumplido realmente, sino que lo ha hecho y llevado a cabo precisamente con el fin de que se nos predique y proclame; de otro modo no sabríamos nada de ello ni podríamos alcanzarlo. Por eso es absolutamente inmerecido de nuestra parte y se nos da enteramente gratis y por pura gracia, y precisamente para que estemos seguros de tal gracia y no tengamos causa de duda respecto a ella; pues en verdad tendríamos que permanecer para siempre en la duda si se nos exigiera buscar méritos propios y buscar una dignidad inherente en nosotros, hasta que nuestros logros fueran tales que Dios los tomara en cuenta y nos fuera benigno por causa de ellos. Pero ahora Cristo manda que el perdón de pecados se predique en su nombre, para que yo sepa que sin duda me son remitidos por causa de lo que él ha merecido, y esto me lo revela y comunica por medio de la Palabra.

59 Y además yo y cada uno para su propio bien personal podemos tomar consuelo en esto, y por otra parte nadie tiene causa para turbarse y preocuparse de si se atreve a apropiarse esta gran misericordia, pues es natural al corazón del hombre dudar y argumentar así consigo mismo: Sí, fácilmente puedo creer que Dios ha elegido para esto a ciertos grandes hombres, como, por ejemplo, san Pedro, Pablo y otros, pero ¿quién sabe si yo también soy uno de aquellos a quienes está dispuesto a conceder gracia? Quizá no he sido ordenado para ello. Por eso Cristo quiere y manda con esto que esta doctrina se difunda no en un rincón ni solo a ciertos individuos, sí, ni siquiera solo a los judíos o a unas pocas naciones más, sino por todo el ancho mundo, o, como dice él, a todas las naciones; sí, como dice en Mr 16:15, a toda criatura. Esto lo dijo Cristo para que sepamos que no es su voluntad que nadie en ninguna parte sea excluido o cerrado fuera de las bendiciones de esta predicación si solo está dispuesto a aceptarlas y no se cierra la puerta a sí mismo. Porque así como la predicación del arrepentimiento ha de ser una predicación general y extenderse sobre todas las personas para que todas perciban que son pecadoras, así también esta predicación del perdón ha de ser general y ha de ser aceptada por todos, así como todos los hombres han tenido necesidad de ella desde el principio y la tendrán hasta el fin del mundo. Pues ¿por qué se ofrecería y predicaría el perdón de pecados a todos si no tuvieran todos pecado? Para que quede la verdad como dice san Pablo, Ro 11:32: «Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos», etc.

60 Por eso esta predicación también exige fe; es decir, yo he de concluir de ella con certeza y sin duda que por amor del Señor Jesucristo me es concedido el perdón de pecados de la terrible ira de Dios y de la muerte eterna, y que es voluntad de Dios que yo crea esta predicación, sin despreciar la gracia ofrecida de Cristo, sin desecharla, sin hacer de la Palabra de Dios una mentira. Porque, puesto que él manda que esta Palabra se predique en todo el mundo, con ello y al mismo tiempo exige a cada uno que reciba esta predicación y la tenga y confiese por la verdad divina inmutable, de que ciertamente recibimos estas cosas por amor del Señor Jesucristo; y por indigno que me sienta, esto no debe impedirme ni disuadirme de tener esta fe, con tal que mi corazón esté dispuesto de modo que sienta sinceramente desagrado por mis pecados y desee de corazón librarse de ellos. Porque, así como tal perdón no se me ofrece ni predica a causa de mi dignidad, pues claramente no he aportado nada, ni me he afanado para que Cristo me mereciera el perdón y me lo hiciera proclamar como lo hizo y lo hace; así, por otra parte, no he de sufrir ninguna privación ni verme privado del perdón mientras realmente lo desee.

61 Finalmente, para que nuestro consuelo abunde más, Cristo dispone aquí lo siguiente respecto a esta predicación del arrepentimiento y del perdón de pecados: no ha de ser meramente temporal y momentánea, por así decirlo, sino que ha de estar en continua operación, sin cesar jamás en la cristiandad mientras dure el reino de Cristo. Pues quiere que tengamos en ella un tesoro duradero y eterno y una gracia perpetua, que obra eficazmente siempre; de modo que no debemos considerar el perdón como restringido a aquel momento en que se pronunció la absolución, ni como extendido solo a los pecados anteriores y pasados, como si de ahí en adelante nuestras obras hubieran de dejarnos perfectamente limpios y sin pecado.

62 Porque no es posible en esta vida presente sobre la tierra que vivamos de modo que estemos enteramente libres de pecado y flaqueza —ni aunque hayamos recibido gracia y el Espíritu Santo— debido a nuestra carne y sangre pecaminosas y depravadas, que no cesan, de este lado de la tumba, de producir malos deseos y apetitos, no, ni siquiera en los santos; aunque estos, al recibir la gracia, se abstienen del pecado y se guardan de él y resisten sus malos deseos, como el arrepentimiento requiere; por lo cual también ellos tienen aún necesidad diaria de perdón, así como se ejercitan diariamente en el arrepentimiento, a causa de estas mismas flaquezas y debilidades permanentes; sabiendo, como saben, que sus vidas y obras son todavía pecaminosas y merecen la ira de Dios (a la cual también las expondrían) si no fuera por el hecho de que estas cosas son perdonadas por amor de Cristo.

63 Por eso Cristo ha instituido con esto un reino en la tierra que se ha de llamar reino eterno de gracia y ha de ser gobernado siempre por el perdón de pecados; y ha de proteger tan poderosamente a los que creen que, aunque el pecado aún acecha en su carne y sangre y está tan hondamente arraigado que no puede ser desarraigado del todo en esta vida, con todo no les causará daño, sino que será remitido y no imputado a ellos, con tal, sin embargo, que permanezcamos en la fe y hagamos diariamente esfuerzos por extirpar el mal deseo que resta, hasta que haya sido exterminado y totalmente destruido por la muerte, y se haya podrido en la tumba y caído presa de los gusanos, para que el hombre resucite para vida eterna perfectamente renovado y limpio.

64 Sí, aun si un hombre que está bajo la gracia y es santificado vuelve a caer del arrepentimiento y de la fe y así pierde su perdón, con todo este reino de gracia permanece firme e inconmovible, de modo que uno puede ser reinstalado en él en cualquier momento, si de nuevo pertenece a él por arrepentimiento y conversión: de la misma manera que el sol sale diariamente en el cielo, y no solo destierra la noche pasada sino que sigue sin interrupción brillando durante todo el día, aunque esté oscurecido y cubierto de espesas nubes, sí, aunque alguien cierre sus puertas y ventanas contra su luz, sigue siendo el mismo sol y, derribando todas las barreras, se presenta a la vista una y otra vez.

65 He aquí, esta es la verdadera doctrina del Evangelio acerca del arrepentimiento cristiano, captada y concebida en estas dos partes, a saber, contrición, o sincera alarma a causa del pecado, y fe en el perdón por amor de Cristo. Toda la iglesia papal no ha enseñado nada de esto hasta ahora; y en especial en ninguna parte han mostrado conocimiento alguno de la fe en Cristo que debería ser la parte principal de esta predicación: solo han dirigido a la gente a sus propias obras y han pronunciado la absolución con esta condición: que hayamos estado debidamente contritos y hecho propiamente la confesión. Y así Cristo ha sido tan enteramente olvidado e ignorado, y la predicación que él aquí manda ha sido tan totalmente pervertida y oscurecida, que no ha habido arrepentimiento ni absolución en su nombre, sino en nuestros propios nombres y por causa de nuestras obras de contrición, confesión y satisfacción. A esto lo llamo suprimir por la fuerza la fe y el conocimiento de Cristo, sí, exterminarlos, y quitar a las conciencias turbadas su consuelo, llevándolas a perecer solas en la duda, si no han de estar seguras del perdón del pecado hasta que se hayan atormentado lo suficiente y hecho mártires de sí mismas con su contrición y confesión inventadas por ellas e involuntarias.

66 Y así el papa y toda su banda, por esto solo, por haber pervertido y corrompido así la doctrina del arrepentimiento cristiano y del perdón del pecado, han merecido bien, y cada día merecen todavía más (puesto que además se niegan a arrepentirse de todo este error y engaño, que ellos mismos se ven obligados a reconocer, sino que más bien blasfeman y arremeten contra la verdad clara), que sean maldecidos por todos los cristianos hasta el abismo del infierno, como Pablo maldice a los Gálatas a todos los que enseñan otro Evangelio, etc. Gá 1:9.

67 Aquí debemos decir también una palabra sobre la confesión, que conservamos y que recomendamos como cosa provechosa y saludable. Pues aunque, hablando propiamente, no es parte del arrepentimiento y no es necesaria ni mandada, con todo nos sirve bien para recibir la absolución, que no es otra cosa que simplemente la predicación y el anuncio del perdón de pecados, que Cristo aquí manda a los hombres tanto predicar como oír. Puesto que, sin embargo, es necesario conservar tal predicación en la iglesia, debe conservarse también la absolución; pues la única diferencia entre ambas es esta: en la predicación del Evangelio la Palabra se predica públicamente de manera general, a todos los presentes; y en la absolución esta misma Palabra se dice especial y privadamente a uno o más que así la desean. Esto está de acuerdo con la institución de Cristo, que tal predicación del perdón de pecados se lleve a cabo en todo tiempo y en todo lugar, no solo de manera general ante una compañía entera sino también ante personas individuales, dondequiera que haya gente que la necesite: como él dice en el Evangelio del domingo siguiente: «A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos».

68 Por eso no enseñamos la confesión como los teólogos del papa, que uno deba recitar sus pecados, fuera de lo cual, según los papistas, no hay otra manera de confesar, o que con ello uno recibe el perdón y se hace digno de absolución, como dicen: Por causa de tu contrición y confesión te declaro libre de tus pecados. Sino que enseñamos que se debe usar la confesión para oír el consuelo del Evangelio y así despertar y fortalecer su fe en el perdón de pecados, que es lo principal en el arrepentimiento. De modo que «confesar» no significa, como entre los papistas, recontar una larga lista de pecados, sino desear la absolución, lo cual es en sí confesión suficiente; es decir, reconocer tu culpa y confesar que eres pecador. Y ya no se exigirá ni requerirá que menciones por nombre todos o varios, muchos o pocos, de tus pecados, a menos que por ti mismo tengas el deseo de mencionar algo que especialmente grava tu conciencia y en lo cual necesites instrucción y consejo o particular consuelo, como es a menudo necesario con jóvenes e inexpertos, y también con otros.

69 Por eso recomendamos y conservamos la confesión no por sí misma sino por causa de la absolución. Y en la confesión esta característica es el tesoro de oro: que allí oyes proclamadas para ti las palabras que Cristo mandó predicar en su nombre a ti y a todo el mundo, de modo que aunque no las oyeras en el confesonario, con todo oyes de otra manera el Evangelio diariamente, que no es otra cosa que la palabra de absolución. Pues predicar el perdón de pecados no significa otra cosa que absolver o declarar libre de pecado, lo cual también sucede en el bautismo y en la Cena del Señor, que también fueron instituidos con el propósito de mostrarnos este perdón de pecados y asegurárnoslo. Así, ser bautizado o recibir la comunión es también una absolución, donde el perdón es, en nombre de Cristo y por su mandato, prometido y comunicado a cada uno en particular. Este perdón debes oírlo dondequiera y cuandoquiera que lo necesites, y debes recibirlo y creerlo como si lo oyeras del mismo Cristo. Porque, como no es nuestra absolución sino mandato y palabra de Cristo, por eso es tan buena y válida como si se oyera salir de su propia boca.

70 Así ves que todo lo que se enseña acerca del arrepentimiento cristiano según la Escritura está contenido por entero en las dos partes llamadas contrición, o alarma ante la ira de Dios a causa de nuestros pecados, y su antídoto, la fe en que nuestros pecados nos son perdonados por amor de Cristo. Porque no se ha mandado que se prediquen más que estas dos noticias, a saber: la Ley, que nos acusa de nuestro pecado y nos muestra el juicio de Dios; y el Evangelio, que nos dirige a Cristo y proclama la gracia y misericordia de Dios en él. Y, resumiendo todo, el arrepentimiento en su totalidad es precisamente lo que la Escritura describe con otras palabras en Sal 147:11 y en otros lugares: «Se complace Jehová en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia». Pues allí también se declaran estas dos partes: el temor de Dios, que procede del conocimiento de nuestros pecados; y la confianza en su gracia, como se exhibe en las promesas acerca de Cristo, etc.

71 Lo que dicen los papistas acerca de la «satisfacción», sin embargo, es, como se dijo arriba, de ningún modo tolerable; pues lo que en otros tiempos se llamaba satisfacción y de lo cual todavía se puede leer en los escritos de los antiguos maestros, no era otra cosa que un castigo externo y público de los que eran culpables de vicios manifiestos, que se veían obligados a soportar ante los hombres, así como un ladrón o un homicida en los tribunales del mundo paga su crimen en la horca o en la rueda. De esto la Escritura no enseña nada en ninguna parte, ni esto contribuye en nada al perdón del pecado, sino que puede, como he dicho, entre otras cosas temporales, remitirse a los juristas. Pero su afirmación de que Dios castiga los pecados con castigos y plagas temporales, a veces incluso cuando han sido perdonados, es verdad; pero eso no es satisfacción ni redención del pecado, ni es un mérito por el cual el pecado sea perdonado, sino un castigo que Dios inflige para instarnos al arrepentimiento. 72. Y aun si uno quisiera conservar la palabra «satisfacción» y la explicara como que Cristo hizo satisfacción por nuestros pecados, es con todo demasiado débil y dice muy poco acerca de la gracia de Cristo y no honra bastante sus padecimientos, a los cuales se debe dar mayor honor, confesando que no solo ha hecho satisfacción por el pecado sino que también nos ha redimido del poder de la muerte, del diablo y del infierno, y ha establecido un reino eterno de gracia y de perdón diario del pecado que permanece en nosotros; y así ha llegado a ser para nosotros, como dice san Pablo en 1 Co 1:30, redención eterna y santificación, como se ha discutido más ampliamente arriba.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.