Comentarios y sermones · Martín Lutero
Lucas 5: comentario de Martín Lutero
Sermón para el quinto domingo después del Domingo de la Trinidad; Lucas 5:1-11
1 Este evangelio es fácil de entender para los que creen, y nos presenta dos pensamientos, a saber: la fe en su relación con las bendiciones temporales, y la fe en su relación con las bendiciones eternas.
Parte I. La fe en su relación con las bendiciones temporales
2 En primer lugar, Cristo muestra que los que creen en él tendrán ciertamente también lo suficiente para esta vida presente. Y lo hace al dar a Pedro y a sus compañeros una multitud tan grande de peces, más de lo que tenían motivo para esperar; y también al proveer Cristo para el alimento de nuestros estómagos, si no fuera por nuestra maldita incredulidad. Porque mira a Pedro y examina lo profundo de su corazón, y encontrarás que no tenía idea de que fuera a pescar tantos peces; entonces vino Dios y empujó los peces hacia la red, y más de lo que todos los discípulos habían deseado.
3 Por tanto, esto es un ejemplo de que todos los que creen tendrán lo suficiente para sus necesidades temporales; pero los que no creen nunca pueden tener bastante y no tienen descanso en sus maquinaciones para conseguir riquezas, por las cuales caen en toda clase de vicios. Entonces sucede lo que dice Pablo en 1 Ti 6:6-10: «Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.»
4 Ahora bien, este pasaje de san Pablo muestra con claridad lo que sigue a nuestra incredulidad, a saber, que el que se afana tras las posesiones y quiere hacerse rico, tiene que caer en las tentaciones y lazos del diablo. Estos no podemos verlos, porque son espirituales. Sin embargo, si pudiéramos ver el daño y la ruina que él causa en las cosas espirituales, como los vemos en las corporales, entonces seríamos buenos predicadores. Pues vemos públicamente cómo un hombre incrédulo rasca y hace violencia a todos para juntar algo en lo cual poner su confianza, y decir: Sí, ahora ya tengo bastante. Así vemos qué cosa avara y desamorada es la incredulidad; porque no es de provecho para nadie, no le vende nada a nadie a menos que vea en ello su propia ventaja.
5 Porque siempre ha sido una maldición que no podamos confiar en Dios ni siquiera para el alimento diario que reclaman nuestros estómagos, y que pensemos continuamente que hemos de morir de hambre; y sin embargo, hemos de tener lo suficiente, como dice Cristo en Mt 6:25 ss.: «Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.»
6 Aquí ves cómo Dios cuida de las aves y de las flores, y las adorna tan hermosamente; mucho más nos dará lo que necesitamos; y sin embargo no podemos confiar en él. Con tanto éxito nos ha llevado cautivos el diablo con sus lazos. Si alguien llega ahora al punto de no estar satisfecho y no confiar en Dios, entonces el amor tiene que cesar de inmediato, de modo que no hace bien a nadie, sino que junta todo únicamente en su propio montón.
7 Y de esta manera surgió el oficio de los sacerdotes y monjes; solo para poder ayudarse a sí mismos y alimentar sus estómagos, y como no se les permitía trabajar, corrieron a los claustros. Y el proverbio es cierto: La desesperación hace monjes; sí, no solo monjes, sino también sacerdotes, obispos y papas; porque no confían en que Dios pueda alimentarlos y vestirlos, y solo piensan en cómo fortificarse contra toda necesidad y pobreza. Todo esto es la vida de la incredulidad. Luego van y mantienen rameras o cometen adulterio, que son los frutos que siguen a la incredulidad; porque nunca confiaron en que Dios pudiera sostenerlos si tomaban esposas y se quedaban fuera de los monasterios.
8 Ahora bien, aquí hay un ejemplo que nos excita a confiar en Dios, y primero en cuanto a las necesidades del estómago; puesto que él cuida de nosotros también en las cosas temporales. Esto lo vemos aquí en el caso de Pedro, cuando pescó así una gran multitud de peces, más de lo que llenaba sus barcas. De aquí se muestra claramente que Dios no abandonará a nadie, y que cada uno tendrá lo que necesita si confía solo en Dios; como dice el Sal 37:25: «Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan.» No falta provisión, solo falta fe; antes de que eso ocurriera vendrían los ángeles y nos servirían. Por tanto, el hecho de que la gente padezca ahora tanta necesidad se debe solo a la incredulidad.
9 Y aunque Dios está cerca de nosotros y nos dará lo que necesitamos, con todo requiere de nuestra parte tanto trabajo como esperanza, aunque tarde por un tiempo; por eso da aquí a Pedro una pesca y dice:
V.4. Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.
10 Como si el Señor dijera: Echad las redes y haced el trabajo que corresponde a un pescador, y dejadme a mí el cuidado del resto. La preocupación o solicitud no será tuya sino mía, y el trabajo tuyo. Nosotros, en cambio, queremos invertir esto para Cristo: queremos el cuidado y dejarle a él el trabajo. De ahí que todos anden tras la usura y amontonen dinero para no tener nunca necesidad de trabajar.
11 Por tanto, si quieres llevar una vida verdaderamente cristiana, deja que tu Dios vea cómo entran los peces en tu red, y ve y entra en algún oficio para que trabajes. Pero todos queremos ocupar puestos en que no necesitemos trabajar; esa ha sido siempre la treta del diablo. Y por eso nos hicimos monjes y sacerdotes, solo para vivir como nobles y no tener que trabajar. Movidas por esto, las madres dejaban a sus hijos ir a la escuela, para que tuvieran buenos días y sirvieran a Dios. De este modo se llegó a que la gente no sabía qué era vivir bien; y sin embargo Dios mandó y se complació en ello, que el hombre comiera su pan con sudor; como dijo a Adán: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan», Gn 3:19. Y mientras más te metas en la ley, mejor es. Por tanto, trabaja y cree, y deja que Dios gobierne sin estorbo.
12 Si hablamos de la fe y de que hemos de apoyarnos en Dios y dejar que él cuide de nosotros, entonces dicen: Sí, tendré que creer mucho tiempo antes de que una paloma asada me vuele a la boca, si no trabajo. Sí, es verdad, tienes que trabajar, porque se te manda; pero deja que tu Dios provea para ti. Cree y trabaja, y entonces no solo una paloma sino un ganso asado te volará a la boca.
13 Pero a esto pertenece también otra parte, a saber, que debemos esperar, aunque Dios se demore por un tiempo. De ahí que Cristo dejara aquí que ellos se afanaran toda la noche sin pescar nada, y parecía que iba a permitir que murieran de hambre. Pedro bien pudo haber pensado, puesto que pescó tanto tiempo y no pescó nada: ahora Dios dejará que el estómago desfallezca. Pero él no desespera, continúa trabajando, y se mantiene firme y espera. Entonces viene Dios y le da de una vez una multitud tan grande de peces, y más de lo que había podido pescar en ocho días.
14 Por tanto, debes aprender bien esta parte: que has de trabajar y esperar, aunque Dios se demore un poco y te deje afanarte en tu sudor, de modo que imagines que tu trabajo está ya perdido. Entonces debes ser sabio y aprender a conocer a tu Dios y a confiar en él. Entonces llega y te da más de lo que necesitas, como aquí hace con Pedro. Por tanto, si Dios ya se ha demorado, recuerda solamente que en el ejemplo de Pedro también hubo una pequeña demora y, sin embargo, vino abundantemente. Así llega en el tiempo de su beneplácito; por tanto, no desesperes, sino espera, y entonces tus obras serán de oro y agradables a él; y entonces la esperanza aguarda con paciencia, cuando Dios se retira de nosotros y no hace de inmediato lo que deseamos con ansia. Por eso tiene que hacer un apéndice y colgarle una piedra preciosa para que tus obras lleguen a ser de importancia. Esta piedra preciosa es la fe; pero las obras de los incrédulos son hojarasca, porque no están edificadas sobre la fe. Esta es la primera parte de nuestro evangelio; ahora sigue la segunda.
Parte II. La fe en su relación con las bendiciones eternas
15 Después que los discípulos pescaron los peces y probaron el fruto de la fe, su fe aumentó y creció. Ahora bien, primero debemos llegar al punto de poder encomendar a Dios el cuidado de nuestros estómagos. Porque quien no puede confiarle eso a Dios, nunca podrá encomendarle su alma. Pero esta es solo la fe del niño, en la que aprendemos a ir al banco público y a seguir mamando el pecho de nuestra madre. Y sin embargo, por medio de esto debemos aprender a confiar nuestra alma a Dios para que la guarde. A esto apunta el evangelio de hoy, cuando dice:
V.8, 9. Viendo esto Simón Pedro, se postró a las rodillas de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. Porque temor le había rodeado, y a todos los que estaban con él, por la pesca que habían hecho.
16 Que Pedro sea aquí una figura de los que han de creer en los bienes eternos, y pon en su lugar la conciencia, que ahora espera y aguarda bendiciones y posesiones temporales. Una conciencia pecadora, por su naturaleza, tiende a hacer justo lo que hace aquí Pedro: huir de su Salvador y pensar: ¡Oh, Dios, no soy digno de ser salvo y de sentarme entre los santos y los ángeles! ¡Oh, ese tesoro es demasiado alto para mí! Aquí la conciencia estrecha y pequeña no puede abarcar estos grandes tesoros, sino que piensa: Sí, si yo fuera como san Pedro y Pablo, entonces podría creerlo. Esto es necio; porque si quisieras afirmarte sobre tu santidad, edificarías sobre la arena. No, no es así; haz más bien como san Pedro. Porque al considerarse tan indigno, entonces llegó a ser digno por primera vez. Y precisamente porque eres una persona pecadora, debes confiar. Aquí debes abrir de par en par tu conciencia y ensanchar mucho tu corazón para que la gracia fluya libremente en ellos.
17 Si has aprendido ya a conocer a Dios, entonces no le niegues nada en absoluto; es decir, si contemplamos los grandes tesoros, no debemos desesperar. Es justo que nos conozcamos a nosotros mismos, y cuanto más a fondo lo hagamos, mejor; pero no debes rechazar la gracia a causa de tus pecados. Porque si encuentras que tu conciencia lucha y quisiera empujarte a la desesperación, entonces estás en la mejor situación y eres el más afortunado; entonces hallarás el consuelo en tu conciencia, y dirás como en Mi 7:18-19: «¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y echa sus pecados en el fondo del mar y los ahoga?» Todos los dioses que no quitan los pecados son ídolos. Por eso dice bien Miqueas que no hay Dios como nuestro Dios; porque los otros dioses quieren descubrir justicia, pero nuestro Dios la trae; Dios el Señor la trae y no la descubre. Por tanto, no debes desesperar, aunque tu conciencia luche y sienta sus pecados; porque cuanto más deshonrado estás, más pronto imparte Dios su gracia.
18 Ahora bien, la gran multitud de la gente va y se arregla como lo hace la gatita, y piensa que Dios los aceptará entonces. No, las Escrituras alaban a Dios porque quita los pecados y los echa en el océano. No podemos remediar nuestros pecados con nuestras obras ni hacernos justos por medio de ningún poder en nosotros mismos; Dios, y nadie más, lo hará, sin mérito y sin obras, por pura gracia; como dice en Is 43:25: «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.» Y así tiene que ser, o nunca obtendrás una conciencia alegre. Por tanto, cuando Pedro dijo: «Soy hombre pecador», hizo bien. Es verdad que tenía en efecto motivo para temer y humillarse; pero se vio obligado no a rechazar a Dios, sino a aceptarlo.
19 Por tanto, si siento mis pecados y me vuelvo como san Pedro, y quisiera huir de Dios, entonces primero tengo que volverme y acercarme más y más a él. Porque si Dios hubiera huido y no hubiera querido quitar tus pecados, no habría venido a ti ni habría corrido tras de ti. Por tanto, cuanto más sientas que eres hombre pecador y cuanto más quieras huir de Dios, tanto más debes avanzar hacia él; fíjate bien en eso. Porque como hace aquí san Pedro, así hacen todas las conciencias que se aterran ante sus pecados: quieren huir de Dios y buscar otro ídolo. Entonces no desistas, sino acércate a Dios con nueva confianza y aférrate a él. En cambio, si huimos de él y buscamos la justicia de las obras y obtenemos ayuda de otro dios, y después venimos al Dios verdadero, entonces no lo hallaremos, como las vírgenes insensatas, a las cuales, mientras iban a comprar aceite, se les cerró la puerta. Mt 25:10.
20 Pero ¿qué hizo Cristo cuando Pedro se humilló y, ante gran temor y terror, pidió al Señor que se apartara de él? ¿Lo dejó hundido en su desesperación? No, sino que vino a él, lo consoló y dijo:
V.10. No temas; desde ahora serás pescador de hombres.
21 Estas son palabras evangélicas, del evangelio, que consuelan a los corazones débiles. Y precisamente de este modo hace Dios que nuestro trabajo y nuestra tentación sean de oro ante nuestros ojos. Observa, pues, ahora cómo Dios provee para nuestros cuerpos, al dar aquí a Pedro una gran multitud de peces, cuando le habrían bastado dos, y de igual manera lo sacia y enriquece espiritualmente, de modo que de su plenitud pudiera dar a otros, y así lo hizo pescador natural y pescador espiritual; pescador natural, en cuanto pescó una gran multitud de peces que podía vender; pescador espiritual, en cuanto desde entonces pescaría hombres; porque tenía ahora el evangelio, por el cual reuniría a la gente y ensancharía el reino de Cristo.
22 Mira, así sucede: si uno cree, Dios le da tanto que puede ayudar a todos, exteriormente con sus bienes y dones; y desde dentro brota, enseña a otros y los hace también ricos interiormente, porque una persona así no puede callar, tiene que declarar a otros lo que experimentó; como dice el Sal 51:10-13: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti.» También en otro salmo, 116:10, dice David: «Creí; por tanto hablé.» Esto sucede así: si creo, conozco a Dios y entonces veo lo que les falta a los demás, y voy y les predico el evangelio.
23 Así vemos en este evangelio cómo Dios cuida de los suyos y cómo los sostiene temporal y espiritualmente, tanto en cuerpo como en alma. Pero donde por el momento hay necesidad, ciertamente es una medida de nuestra incredulidad, o de que hace poco que empezamos a creer. Porque cuando la fe es todavía nueva y pequeña, sus bendiciones son entonces pequeñas e insignificantes, a fin de que aprendamos a conocer y a confiar en Dios. Pero si hemos llegado al punto de confiar libremente en Dios, entonces no nos faltará nada, porque Dios nos llena entonces de bendiciones temporales y espirituales, y de tesoros tan sobreabundantes que podemos ayudar a todos. Eso se llama enriquecer a los pobres y alimentar a los hambrientos. Esto basta sobre el evangelio de hoy.
Sermón para el quinto domingo después del Domingo de la Trinidad; Lucas 5:1-11 (2.º sermón)
PARTE I. SOBRE LA FE, EL CUIDADO DE DIOS Y NUESTRA OCUPACIÓN DIARIA
1 Este evangelio nos presenta dos partes, en las cuales exhorta a la fe y fortalece la fe. En la primera parte muestra que Cristo cuida de los que creen en él, de modo que están abundantemente provistos contra las necesidades temporales y corporales. En la segunda parte muestra que los ayudará todavía más contra las necesidades espirituales, probando así en realidad la verdad de lo que dice san Pablo en 1 Ti 4:8: «La piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera.» Las Escrituras están por todas partes llenas de estas dos clases de promesas.
2 A la fe le asegura ayuda temporal y corporal al dar a Pedro y a sus compañeros una pesca tan grande, después de que habían trabajado en vano toda la noche sin pescar nada, y ya no podían tener expectativa ni esperanza de tomar nada. Pero en esto se atiene a la regla y al orden que él mismo ha dado y enseñado en Mt 6:33: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.» Aquí actúa conforme a este dicho y muestra su verdad con ejemplo y experiencia, en cuanto la gente se agolpa sobre él en multitudes, primero para oír sus palabras, y hasta tal punto que, para predicarles, se aparta de la tierra en una de las barcas. Pero cuando les ha enseñado, procede además a proveer para sus necesidades corporales, puesto que están en aflicción y necesidad.
3 Aunque el propósito de la venida o de la predicación de Cristo no es cuidar del cuerpo ni proveer para él, con todo no se olvida de él cuando lo primero que se busca es su reino. Toma sobre sí, pues, la angustia de estos pobres pescadores que, durante toda esta noche, y con todos sus esfuerzos y trabajo, no han pescado nada. Sin embargo, como le han prestado su barca para predicar y lo han escuchado, él, sin que ellos lo pensaran, y antes de que hubieran pronunciado oración alguna, les provee una pesca tan grande que por ella pueden aprender plenamente y entender con claridad que en él tienen un Maestro que cuida de ellos y no los abandonará, con tal que permanezcan en su Palabra y sigan siendo sus discípulos.
4 Quiere que su Iglesia, o pueblo creyente, se consuele con el hecho de que él provee para ellos, y de que en alguna parte de la tierra hallarán pan y un lugar donde permanecer, aunque en todas partes sean tan perseguidos y dispersos que su lugar y su sustento en el mundo hayan de ser inciertos. Encontramos esto expuesto, no solo en el presente caso y en otros semejantes, sino en muchos hermosos pasajes, como el Sal 34:10: «Los leoncillos necesitan, y tienen hambre; pero a los que buscan a Jehová no les faltará ningún bien.» Y Sal 33:18-19: «He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus almas de la muerte, y para darles vida en tiempo de hambre.» Y Pr 10:3: «Jehová no dejará padecer hambre al justo», etc.
5 Con este ejemplo muestra especialmente cómo les va a aquellos a quienes ha de conceder sus dones y su ayuda, y cómo acostumbra conceder estos favores. Les va como les fue a aquellos pescadores, que trabajaron toda la noche y sin embargo no tenían nada por todo su esfuerzo y trabajo, y nada tenían que esperar de consejo o ayuda humana. Múltiples tribulaciones, miserias y angustias son la experiencia diaria de toda la cristiandad. Si Cristo ha de ayudar, tiene que haber pruebas, aflicción y fatiga, y tiene que llegarse a que desesperemos de todo consejo, consuelo y capacidad humanos. Entonces viene con su ayuda y muestra que todavía tiene los medios de consuelo, consejo, protección y liberación, y que puede conceder todo esto cuando todo lo demás nos ha fallado, y cuando todo lo que hemos hecho o padecido, y aún podríamos hacer, es nada y en vano; sí, que en tal necesidad y debilidad da y ayuda en medida más rica de lo que podría hacerse con todo el poder, la habilidad y la ayuda de los hombres.
6 Por otra parte, al decir a sus discípulos: V.4. Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar, Cristo muestra que no prohíbe el trabajo ni quiere que se descuide lo que se nos ha mandado hacer. Así les ordena que continúen en su oficio manual. De este modo se mantienen bien las dos cosas una frente a la otra, a saber, que debemos trabajar, y que nuestro trabajo no logra nada. Porque si el esfuerzo y la fatiga hubieran podido lograr algo, los discípulos lo habrían logrado durante las horas de la noche; y con tanta más razón cuanto que tenían esperanzas de pescar mayor número de peces mientras duraban el silencio y la oscuridad que cuando Cristo, en pleno día, les mandó echar sus redes. Sin embargo, a la palabra de Cristo, y de una sola vez, las sacaron llenas hasta rebosar.
7 De esto todos pueden ver y aprender que ningún hombre vive de su labor o esfuerzo, por grande y sin estorbos que este sea, sino que tiene que vivir de la bendición y la gracia de Dios. Quedémonos con lo que dicen los alemanes, que «Dios ayuda», o «Dios concede sus dones de la noche a la mañana», dicho que ha llegado hasta nosotros de piadosos hombres de antaño que comprobaron su verdad en su experiencia. La experiencia diaria muestra todavía que muchos se afanan a brazo partido, con angustia y duro trabajo, y apenas pueden ganar su pan o librarse de sus deudas y de su pobreza; mientras que a otro, que se lo toma con calma y nunca se esfuerza demasiado, todo le viene y le fluye tan abundantemente que realmente tenemos que decir: «Todo esto viene de la ayuda de Dios y no del trabajo de ningún hombre.» En el Sal 127:2 se nos dice: «Pues que a su amado dará Dios el sueño», como si el salmista dijera: «En vano te inquietas y te atormentas con cuidados y trabajo, día y noche, para proveer lo necesario en casa. Puede hacer falta mucho allí; pero no depende en absoluto de tus manos ni de tu trabajo. Nada saldrá de tu esfuerzo a menos que Dios mismo sea el Padre de familia» y haga posible que digas: Dios concede sus dones de la noche a la mañana. El grano y todo alimento de la tierra, sí, todo lo que un hombre tiene o puede adquirir, tiene que serle dado por Dios.»
8 Tales favores los concede también a los impíos e incrédulos, y a ellos más que a otros. Con bienes temporales llena hasta rebosar la casa y el hogar de muchos malvados que nunca piensan en Dios. Y lo hace, no por su esfuerzo y trabajo, sino por un simple acto de bendición, como se nos dice de tales hombres en el Sal 17:14: «Cuyo vientre está lleno de tu tesoro escondido.» Es como si el salmista dijera aquí: «Líbrame de los hombres de este mundo que tienen su porción en esta vida, cuyo vientre llenas de tu tesoro», es decir, de bienes tales que son tesoros divinos y escondidos, propios tuyos, de los cuales nadie sabe de dónde vienen y sobre los cuales no tiene poder alguno; tesoros que él no puede proveerse a sí mismo, sino que han de ser provistos y concedidos por ti solo.
9 Con esto Cristo quiere que los cristianos sean despertados y fortalecidos en la fe, y protegidos contra la incredulidad con sus frutos dañinos, frutos tales, especialmente, como la avaricia y los afanes ansiosos por el cuerpo y la vida presente. Estos se adhieren al hombre por naturaleza como una plaga innata que, junto con las concupiscencias de la incredulidad, se mueve y se enfurece contra el Espíritu, como enseña san Pablo en Gá 5:17. Además, el diablo procura estorbar la fe con sus tentaciones y sugerencias para desconfiar de Dios y dudar de él. Esto lo hace también el mundo con su odio, su envidia y su persecución de los justos, cuyos bienes, honra y vida ambiciona, y a quienes quisiera usar de felpudo para sus pies. Por otra parte (digo), percibimos aquí tanto el poder como la ventaja de la fe que se aferra a la Palabra de Cristo y se arriesga sobre ella, como lo hace Pedro, diciendo: V.5. Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. Es esta fe la que hace tan grande la pesca como para llenar las dos barcas; porque sin ella no se habrían echado las redes, ni se habría pescado pez alguno.
10 Sin embargo, la Escritura muestra por todas partes el daño que hacen la avaricia y los afanes de la incredulidad. Porque la incredulidad de ninguna manera puede obtener de Dios nada que la beneficie, la consuele o la bendiga, sino que se priva de tal modo de la bendición divina que no puede tener satisfacción ni gozo en los bienes temporales que desea, y nunca puede poseer una conciencia buena y en paz. De ahí que Cristo, en Mt 13:22, hable de todo afán por el sustento como de espinos, a causa de los cuales la Palabra de Dios no puede desplegar su fuerza ni sus frutos. San Pablo expone el significado de los espinos en 1 Ti 6:9-10, diciendo: «Los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.»
11 Compara aquí los bienes que trae y hace la fe con el daño que hace la incredulidad. Porque, además de que la fe tiene la gracia y la bendición divinas, tiene también la promesa de que será suficientemente provista de todo lo que necesita. Llena el corazón de tal bondad, paz y gozo que bien puede llamarse la raíz de todas las cosas buenas. La incredulidad, en cambio, con todos sus afanes y su avaricia, tendrá por recompensa que con ello no mejora, sino que tiene que caer en toda clase de lazos por medio de muchas codicias y deseos dañosos; y así no llega al final a nada sino a la destrucción eterna. No es, pues, sino la raíz de donde brotan todas las desgracias.
12 Estas dos cosas se ven claramente en el mundo. Los hombres que se contentan con lo que Dios provee están tranquilos y en paz. Siguen su camino alegre y valerosamente, sea cual sea su oficio. Tienen suficiente para vivir, y todas sus necesidades están tan bien atendidas que tienen que decirse a sí mismos: «Ninguna tarde me he ido a dormir con hambre», aunque parezca que la aflicción y la necesidad están a sus mismas puertas, como, según nuestro texto, ocurría con Pedro. Tienen este beneficio de su confianza y fe en Dios: que no necesitan inquietarse ni herirse entre los espinos (los afanes por el cuerpo), ni ser picados y dañados por ellos, sino que pueden, por decirlo así, sentarse entre rosas en un jardín de placer. Como dice Salomón en Pr 15:15: «El de corazón contento tiene un banquete continuo.»
Los otros, en cambio, que se plantan entre los espinos de la avaricia y buscan grandes posesiones, tienen que sufrir las consecuencias de ser picados y desgarrados, y tienen que caer, no solo en múltiples tentaciones y peligros (lo cual sería una misericordia, si solo quedara en eso), sino también en lazos en los cuales quedan tan completamente atrapados que se hunden en una destrucción temporal y una condenación eterna de la cual nunca pueden volver a escapar.
13 De esto vemos a diario ejemplos en los que se jactan del evangelio y de su cristianismo. Por todas partes hallamos robo, opresión, tasaciones, usura, etc., hasta tal punto que aun Dios y la conciencia se ponen a un lado por un miserable centavo. Luego, como si tal caída no fuera bastante honda, se endurecen y continúan su camino con desafío y sacrilegio, hasta hundirse tanto que llegan a ser enemigos de la Palabra de Dios, se vuelven ciegos y sordos, sí, se vuelven tan desbendecidos y malditos que no sirven en ningún estado y no pueden hacer nada saludable, bueno o útil para el placer y provecho de otros. Todo lo que pueden hacer es causar y traer daño, desgracia y miseria sobre la tierra y el pueblo.
14 Todo viene de esto, como dice san Pablo: de que los hombres están empeñados en enriquecerse. Porque tal avaricia y tales afanes andan sin duda en compañía de un orgullo que hace que los hombres aspiren a ser algo grande y poderoso. La avaricia se apropiaría de todo. Empieza al principio diciendo: «Ojalá tuviera esta casa, este campo, este castillo, este pueblo», etc. Así crece cada vez más hasta que llega a ser una cola de dragón que arrastra todo tras de sí. Y donde la avaricia ha echado raíces, allí produce a diario afanes de cien clases distintas, mientras procura obtener aún más bienes y oro. Allí el corazón humano hierve y burbujea con innumerables concupiscencias y deseos insaciables, que no sirven a otro propósito que su propia destrucción, y no brotan de otra fuente que de la caída del hombre de la fe, y de allí de una tentación y lazo a otros. Es una plaga terrible que se ha apoderado tan por completo de los hombres que, a causa de ella, no pueden hacer nada bueno ni útil en su estado, y ya no pueden tener pensamiento alguno de servir a Dios ni a los hombres.
15 Cuando uno ha juntado mucho, no tiene menos trabajo en retenerlo y protegerlo. Tiene entonces que tratar de ganar favor y amistad, y de toda clase de maneras procurar impedir la pérdida de sus bienes. Entretanto se atrae odio y envidia y aflicciones de muchas clases, de las cuales no puede escapar; y así, como muestra san Pablo, no queda más que inquietud y dolores de conciencia, y un verdadero infierno, en el cual el hombre mismo se ha arrojado. Sobre el avaro ya se ha pronunciado la plaga y la maldición de que nunca se saciará, y de que, además, tendrá que soportar toda clase de desgracias y penas del corazón por las mismas cosas que ha codiciado, para su destrucción y condenación eternas.
16 Vemos por la experiencia diaria qué vicio vergonzoso y maldito es la avaricia, y qué daño hace, especialmente en los cargos elevados, sean eclesiásticos o civiles. Si el demonio del dinero se ha apoderado del corazón de un pastor o predicador, de modo que este, como el resto del mundo, solo aspira a asegurarse para sí grandes riquezas, entonces ya ha caído, como Judas el traidor, en las fauces del diablo, y está dispuesto, por unas piezas de plata, a traicionar a Cristo y su Palabra y su Iglesia. Así ha hecho el papa, para asegurar y mantener sus riquezas y su dominio: ha introducido, en nombre de Dios y de la Iglesia, toda clase de idolatrías y abominaciones, y ha llevado abiertamente multitudes de almas al diablo, llenando de tal modo a los hombres con los falsos terrores de su excomunión que nadie se atreve a decir una palabra contra ella.
17 Cuán dañino es en los gobiernos civiles cuando señores y príncipes están dominados por este vicio vergonzoso, aspirando a apropiarse de todo. Con ello olvidan ejercer su cargo de príncipes de modo que sean de ayuda a la tierra y al pueblo sobre los cuales, para este fin, han sido puestos como señores, y así pierden el elogio y el amor que, con toda honra y alabanza, deberían recibir como padres de su pueblo y de su país. No se preocupan de la difusión de la Palabra de Dios, de la administración y sostenimiento de iglesias y escuelas, de la debida instrucción del pueblo, ni del mantenimiento de la ley y el orden entre sus súbditos. Permiten que pastores desamparados, con sus hijos, viudas y huérfanos, sufran injusticia, violencia y necesidad. Entretanto andan con sus listas de impuestos, y solo consideran cómo podrán recaudar dinero suficiente para sus excesivos gastos y su pompa. Y cuando esto no basta, desuellan y gravan a sus pobres súbditos hasta tal punto que ellos mismos caen en perplejidades y dificultades que han de traer pobreza y ruina sobre sí mismos, su tierra y su pueblo. O si, en su avaricia, han acumulado ya lo bastante para pensar que son bien ricos, entonces, para llevar a cabo sus empresas, se enredan en múltiples tratos y negocios extraños, de modo que al fin, para su propio castigo, se echan encima grandes cargas y ruina.
18 ¡Qué desastre y ruina espantosos ha traído sobre Alemania la vergonzosa y maldita usura, que ha tomado el mando por todas partes, de modo que ya no hay freno ni límite para ella, especialmente porque los que deberían frenarla están ellos mismos metidos en ella! Hoy en día todo el que tiene poder, por medio de su dinero, empobrece a sus prójimos, y con ello pone a un lado a Dios y la conciencia. Así, con los ojos abiertos y con una mala conciencia que lo acusa, se precipita al infierno, cargado con la maldición pronunciada sobre las abominaciones de la avaricia: la maldición de que no disfrutará él mismo en paz y tranquilidad los bienes ganados por usura, sino que o bien los perderá él mismo por una visita de Dios o no pasarán a sus herederos. Sobre tales hechos anticristianos tiene que venir la temible ira y el castigo de Dios, que, ¡ay!, hace mucho que hemos merecido en gran manera; y tiene que llegar el tiempo en que nos echará de casa, junto con los turcos y otras terribles plagas, para que, ya que no quisimos prestar atención a su Palabra y amonestación, él mismo ponga fin por la fuerza a este negocio impío.
19 Esto lo evita y escapa de ello el creyente que, con buena conciencia y temor de Dios, ocupa su estado en la vida pacífica y tranquilamente, y se contenta con lo que Dios le da. No se expone a los peligros de la tentación ni de los lazos. No necesita inquietarse con afanes y ansiedades, ni meterse con otros en disputas pendencieras y alborotadas, riñas, celos y odios. Es un hombre de carácter fino, bendecido y útil, uno que puede servir y ayudar a muchos. Halla gracia y favor con Dios y con los hombres, que beneficiarán y honrarán aun a los hijos de sus hijos.
20 El ejemplo que tenemos ante nosotros en este evangelio debe enseñarnos y amonestarnos para que aprendamos a creer y así experimentemos por medio de la fe que Dios cuida de sus hijos y provee para ellos hasta tal punto que no necesitan preocuparse ni condenarse a sí mismos con afanes o avaricia. Y sin embargo, aunque los afanes y la avaricia están prohibidos, debe tenerse presente, como ya he dicho, que nadie se atreva a dejar de trabajar. El mundo invierte estas dos cosas, como suele hacerlo con todas las palabras y ordenanzas de Dios. Cuidar y esforzarse por obtener oro y bienes es algo que está decidido a hacer. Tal cuidado, sin embargo, concierne solo a Dios, y solo para sí lo ha reservado. Y sin embargo el mundo está bien dispuesto a dejar que Dios atienda el trabajo que a él se le ha mandado hacer; sí, todo el fin de sus afanes y de su avaricia es verse libre de trabajar con el sudor de su rostro. Dios quiere justo lo contrario. Quiere que nos quedemos con el trabajo y dejemos con él el cuidado. Haciendo esto cumpliremos nuestra parte y, con trabajo moderado y sin afán, pronto entraremos en posesión de todo lo que necesitamos.
21 Cuando Cristo quiso conceder su don a Pedro y a los otros, no hizo que los peces saltaran a la barca sin trabajo ni redes, como muy bien podría haberlo hecho. Sino que les mandó bogar mar adentro y echar sus redes. Es decir, que se ocuparan en el oficio manual que conocían, que habían aprendido y al que estaban acostumbrados, y actuaran como pescadores. Cristo se mantiene lejos de los perezosos e infieles holgazanes que no quieren hacer lo que se les ha mandado, y no quieren guardar sus manos y pies de andar extraviados. Así enseña una doble lección: que no nos dará nada si no trabajamos por ello, y que las cosas que obtenemos no vienen de nuestro trabajo, sino solo de la ayuda y bendición de Dios. Tienes que trabajar, pero no debes depender de ese trabajo, como si lo que resulta de él fuera logro tuyo.
22 En suma, nuestro trabajo no produce ni concede nada. Sin embargo, es necesario como medio por el cual podemos recibir lo que Dios da. Los discípulos tienen que usar sus manos para echar las redes y para recogerlas, si quieren conseguir algo, y tienen que estar dispuestos a ello. Sin embargo, están obligados a reconocer que su trabajo no produjo el resultado, pues de otro modo habrían tenido éxito, en primer lugar, sin Cristo. Por eso él les permite hacer un intento suficiente, y descubrir por experiencia que el esfuerzo de toda esta noche ha sido en vano y sin provecho.
23 Esto nos lo enseña por la experiencia diaria en toda clase de asuntos, quehaceres y gobiernos sobre la tierra. Muy a menudo nos permite trabajar larga y arduamente y sin resultados, hasta que se nos hace amargamente doloroso, y nos vemos obligados a quejarnos con Pedro: «Toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado.» Esto lo hace para que no nos atrevamos a depender de nuestro trabajo, sino que sepamos que él tiene que concederle éxito, y que no lo hemos conseguido por nuestro propio esfuerzo, habilidad o diligencia.
24 ¡Cuánta diligencia, dinero y esfuerzo han dedicado muchos padres y madres para criar a su hijo en la honra y la virtud, y eso con una esperanza y confianza tan grandes como si (para usar una expresión común) fuera a llegar a ser un ángel! Y sin embargo no ha llegado a ser sino un hijo notoriamente voluntarioso y pródigo. Por otra parte, muchos huérfanos pobres y abandonados, en quienes se ha gastado muy poco esfuerzo y diligencia, han crecido tan sorprendentemente bien educados que nos hacen pensar que simplemente sucedió así, y que no dependió de ninguna diligencia ni cuidado nuestro.
25 ¿De qué se quejan más comúnmente todos los gobiernos civiles que de labores y esfuerzos infructuosos, aun donde su trabajo se lleva adelante con energía y en serio, y donde hay hombres dispuestos y capaces de gobernar bien, hombres a quienes no falta sabiduría, entendimiento, poder ni fuerza? Estos se ven obligados a aprender, tras un largo período de gobierno, que con ello no han logrado nada. ¡Cuántas veces sucede, en efecto, que los mejores planes, los consejos más sabios y las ideas más brillantes resultan ser los peores, y no producen sino daño y ruina! Los gobernantes más sabios siempre lo han experimentado y se han quejado de ello. Y así podemos aprender que Dios no concederá prosperidad ni éxito por medio de la sabiduría, los planes y las intrigas de los hombres, si son estas las cosas en que confiamos.
26 Por tanto, si el mundo estuviera dispuesto a recibir consejo de un hombre sencillo y franco, a saber, del Señor nuestro Dios, que ciertamente ha tenido alguna experiencia y entiende el arte de gobernar, el mejor consejo sería que cada uno, en su administración del gobierno, dirigiera simplemente sus pensamientos y planes a un fiel cumplimiento y a una ejecución creyente de los deberes que se le han impuesto, sin poner dependencia alguna en sus propios pensamientos y planes, sino echando todos sus afanes sobre Dios. El hombre que hace esto estará seguro de descubrir al fin que el que confía en Dios logra más que el que procura despachar sus asuntos según su propia sabiduría y pensamiento, o con su propio poder y fuerza.
27 Así sucede en el gobierno espiritual de la Iglesia, como se indica especialmente en la narración que ahora tenemos ante nosotros. Donde yo he predicado y enseñado durante los últimos diez o veinte años, allí otro quizá habría podido hacer más en un año; y un solo sermón puede dar más fruto que muchos otros. Aquí también es verdad que nuestro trabajo, diligencia y esfuerzo no pueden lograr nada. Estas dos cosas deben ir juntas, a saber, que cada uno cumpla su deber y que, sin embargo, reconozca con Pedro: «Mi trabajo no puede producir nada, si tú no das el crecimiento.» Como dice también Pablo en 1 Co 3:6-7: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento», etc.
28 En suma, toda la naturaleza y vida humanas son tales que, hasta que Dios da el crecimiento, podemos a menudo trabajar mucho y largamente, y todo sin provecho. Pero el trabajo no ha de cesar por eso, ni debe hallarse a hombre alguno sin trabajo. Debe esperar el crecimiento hasta que Dios lo dé, como dice Salomón en Ec 11:6: «Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello», etc.
29 Sin embargo, se señalan especialmente las circunstancias en que el trabajo llega a ser útil y fructífero, a saber, cuando Cristo aparece y manda echar las redes, etc., es decir, cuando hay una fe que se aferra a su Palabra y promesa y entonces, alegre y valerosamente, hace lo que se ha mandado, esperando con oración y súplica su ayuda y bendición. Esto es decir con Pedro: «Señor, en verdad he hecho, trabajado y padecido mucho, pero sé que no lograré nada con ello, a menos que tú estés presente para dar fuerza y crecimiento. Por tanto, no confiaré en mí mismo ni en mis propias obras, sino en tu Palabra, y lo dejaré todo a tu cuidado.» Así prosperaremos; y la experiencia muestra que Cristo, cuando está presente, da más como resultado de poco trabajo y esfuerzo de lo que nadie se habría atrevido a esperar. Porque no puede haber fracaso ni frutos escasos donde él añade su bendición.
30 Así pudieron ver los discípulos por experiencia propia qué diferencia hay entre el trabajo que habían hecho toda la noche anterior sin fe en Cristo y el que hicieron cuando, sin perspectiva de pescar nada, sin embargo, por la fe en la palabra de Cristo, y de una sola vez, sacaron una multitud rebosante de peces. Por tanto, si logramos poco o nada con nuestro trabajo y esfuerzo, debemos echar la culpa a nuestra incredulidad, o a la debilidad de nuestra fe, y no a ninguna otra cosa.
31 Con todo, también es verdad que Cristo a menudo demora la concesión de su ayuda, como lo hizo en esta ocasión, y en otra, Jn 21, cuando permitió que los discípulos se afanaran toda la noche sin pescar nada, y realmente parecía como si fuera a olvidar su propia Palabra y promesa.
Pero esto lo hace para impulsarnos a implorar su ayuda con más fervor, y para que aprendamos a fortalecer y mantener nuestra fe, de modo que no dudemos ni dejemos de trabajar, sino que continuemos esperando la concesión de sus dones en su propio buen tiempo y manera. Porque su propósito es guiar a todos los cristianos a un conocimiento y experiencia del hecho de que su sustento y ayuda no dependen de lo que ven o hacen, sino de lo que es invisible y oculto. Por eso lo llama su «tesoro escondido», como ya hemos dicho respecto al Sal 17:14, es decir, tal bendición, ayuda y liberación como no hemos percibido ni alcanzado antes, sino que están escondidas en su Palabra y se asen por la fe.
32 He aquí la primera parte de nuestro evangelio, cuyos hechos ocurrieron y fueron registrados para que los cristianos fueran instruidos y consolados por el hecho de que Cristo cuida aun de las necesidades temporales de su Iglesia, de modo que es alimentada y sostenida, aunque llegue a una angustia en que todo esté a punto de ruina, y en que parezca haber hecho y padecido todo en vano. Siempre y en todas partes sucede que el evangelio, al avanzar, trae consigo la pobreza, junto con hambre, desnudez y necesidad. Pero al fin, cuando las tormentas del diablo han pasado un poco y se han saciado la codicia y el apetito del mundo, viene Cristo y declara que él también es Señor de la tierra. Porque en el Sal 24:1 está escrito: «De Jehová es la tierra y su plenitud», etc. También en el Sal 8:6-8: «Todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar.» Todos estos tienen que obedecer a nuestro Señor, y doblegarse bajo su cetro, de modo que el mundo, después de todo, no puede impedir que él y los suyos participen de su alimento.
33 Pero, como he dicho, primero tenemos que tener hambre y necesidad, es decir, la barca y la red vacías de Pedro, aun donde ha habido labor prolongada. Sin embargo, Cristo, tras tal prueba, hace sus dones tanto más abundantes, no solo una tina llena, con la cual los discípulos se habrían contentado, sino la red entera llena y las dos barcas vacías llenas. Lo hace para que con ello se fortalezca su fe en su ayuda espiritual. Muestra esta señal a Pedro, y a los otros a quienes se propone llamar para que sean sus apóstoles, no solo para que creyeran que cuidarían de sus cuerpos, sino que él los fortalecería y ayudaría de tal modo en su llamamiento apostólico que no resultara en vano ni infructuoso.
PARTE II. LA ANGUSTIA ESPIRITUAL Y EL CONFLICTO DE LA CONCIENCIA
34 La segunda parte de este evangelio presenta la gran doctrina de la angustia interior y del conflicto de la conciencia, y de lo que constituye nuestro verdadero consuelo en medio de él. Solo después de que Pedro vio esta maravillosa obra de Cristo y la abundancia que produjo, empezó a considerar qué clase de Hombre debía de ser este Hacedor de maravillas, y qué clase de hombre era él mismo en comparación. De esta gran bendición le viene una angustia mayor que la que jamás experimentó por carencia corporal alguna. Ahora se vuelve tan completamente pobre y desamparado que, a causa del terror, casi se hunde en tierra y pide a Cristo que se aparte de él. Ha comenzado a sentir su indignidad y sus pecados. Se ve forzado a reconocer y lamentar que es un pobre pecador.
35 Pedro va a llegar a ser otro hombre; y en él ha de obrarse un milagro mayor que en la pesca. El sermón que Cristo había predicado antes desde la barca comenzó ahora por primera vez a surtir efecto en él. Él, con los otros, había escuchado a Cristo antes de esto, pero no había pensado en el carácter de su Persona. No había pensado en obtener de él ningún bien temporal ni eterno; ni había comenzado todavía a temblar a causa de sus pecados.
Pero ahora, cuando Pedro percibe el milagro y la bendición, y se da cuenta, por el suceso presente, de qué clase de Hombre es este Jesús, tropieza, por un lado, con la grandeza de la bendición y de la Persona y, por otro, con la magnitud de su propia indignidad. Tiembla a causa de sus pecados. Su corazón le dice que no merece un favor tan grande, y que es mucho más digno de la ira y el desagrado de Dios. Ahora está lleno de angustia y temor, no en cuanto a la pobreza temporal ni a los medios de sustento, pues ha sido provisto de lo que necesita; sino en cuanto a su capacidad de estar en pie delante de Dios y delante de este hombre que ha mostrado este gran favor a un ser humano tan indigno y pecador como él.
36 Así comienza Cristo a hacer a Pedro espiritualmente rico en cosas eternamente buenas, para que pueda impartirlas a otros, sí, al mundo entero. Como en una ocasión anterior, tiene que sentir primero hambre y angustia espirituales, es decir, terror y angustia de conciencia, antes de poder alcanzar el perdón y el consuelo. La barca y el mundo se le han vuelto demasiado estrechos. No sabe adónde ir para apartarse de Cristo, a quien, sin embargo, ha hallado no terrible, sino amistoso y servicial.
37 Aquí ves cuán pobre y miserable es la conciencia cuando comienza realmente a sentir sus pecados. ¡Cómo tiembla! ¡Cómo corre para escapar de Dios cuando él se acerca, como si quisiera correr a través de cien mundos! Así pensó Adán en el paraíso esconderse cuando Dios le preguntó bondadosamente: «¿Dónde estás tú?» Tan tímido y asustadizo es tal corazón y conciencia que se asusta de sí mismo, y huye del susurro de una hoja como del trueno y del relámpago. No puede soportar el juicio de la Ley, que le revela sus pecados y la ira eterna de Dios. Y aquí de nada sirve consolar a un hombre recordándole los favores que Dios le ha mostrado en el pasado. Esto no hace sino aterrarlo todavía más, pues con ello se da cuenta de que merece una ira aún mayor por su ingratitud y sus pecados.
38 Sí, aun aquellos que ya han recibido por la fe el consuelo de la gracia de Dios tienen que luchar siempre con esta tentación y este temor. Porque su bondad y gracia son demasiado grandes y abrumadoras. Por otra parte, nuestro corazón, en el sentimiento y consideración de su propia indignidad, es demasiado estrecho y débil para contener y comprender tanta bondad y misericordia. Ante esto queda simplemente lleno de asombro. Por eso Dios se muestra misericordioso con nosotros velando y encubriendo estas cosas bajo palabras sencillas y bajo gran debilidad.
39 Pero tal es la terrible maldad de nuestra naturaleza que, aun cuando Cristo viene a nosotros con su gracia y consuelo, evitamos y huimos de nuestro Salvador, mientras que más bien, aunque desnudos y descalzos, deberíamos correr tras él hasta los confines de la tierra. Damos vueltas y rodeos, y recurrimos a nuestras propias obras, y querríamos primero, con nuestros propios esfuerzos, limpiarnos y hacernos lo bastante dignos para merecer un Dios y un Cristo tan misericordiosos. Así piensa Pedro buscar la paz y escapar del pecado huyendo del Señor. Busca primero algo en sí mismo que lo haga digno de venir a Cristo, pero con ello no hace sino caer tanto más hondo en el terror y la desesperación, hasta que el Salvador, con su palabra, lo levanta de nuevo.
40 Todo esto sucede, y en verdad tiene que suceder, donde no se enseña ni se entiende sino la Ley, y donde Cristo no es conocido recta y plenamente por el evangelio. El conocimiento de la Ley ha sido inscrito e implantado por naturaleza en todo corazón humano, como dice san Pablo en Ro 2:15. La Ley nos enseña lo que hemos de hacer, y nos declara culpables de desobediencia. Lo hace de muchas maneras, no solo por medio de señales y sentimientos terribles de castigo y de la ira de Dios, sino también por medio de los diversos dones y obras del Señor, que aparecen a los ojos y oídos del hombre y le señalan el pecado y la ira divina que siguen a su abuso, con desprecio y desobediencia hacia Dios. De ahí puede concluir que los que son ingratos a Dios por sus dones y favores son dignos de su ira y condenación.
41 Todos los beneficios de Dios, cuando mueven el corazón, son en realidad sermones vivos para el arrepentimiento que llevan al hombre a reconocer sus pecados y le hacen temerlos, como dice san Pablo, en Ro 2:4, al hipócrita impenitente y endurecido: «¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?»
42 Por eso no hay nada en los juegos de manos que nuestros antinomianos hacen con este ejemplo, cuando dicen que el arrepentimiento no ha de predicarse ni practicarse por medio de la Ley, sino por medio del evangelio, o, como lo expresan, por medio de la revelación del Hijo. Cambian el orden propio de las dos partes: la revelación de la gracia y la revelación de la ira, como si primero hubiéramos de predicar consuelo por la gracia y después aterrar por la ira. Esto no es sino un pretexto ciego y necio de parte de esa gente. No tienen entendimiento de la ira, ni de la gracia, ni del arrepentimiento, y no saben cómo consolar la conciencia.
43 Toda predicación del pecado y de la ira de Dios es una predicación de la Ley, no importa cómo ni cuándo se haga. Por otra parte, el evangelio es la predicación que presenta y concede solamente gracia y perdón en Cristo. Y sin embargo es verdad que los apóstoles y los predicadores del evangelio sancionaron la predicación de la Ley, como lo hizo el mismo Cristo, y comenzaron con ella en el caso de los que aún no habían reconocido sus pecados y no habían sentido temor de la ira de Dios. Así dice nuestro Señor en Jn 16:8: «Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado», etc. Es más, ¿qué prueba y predicación más solemne y terrible de la ira de Dios puede haber que los sufrimientos y la muerte de Jesucristo, su Hijo?
No es la predicación del evangelio, ni es la predicación del mismo Cristo, sino la predicación de Moisés y de la Ley a los impenitentes, mientras no se predique sino la ira de Dios y se aterre a los hombres. Porque el evangelio y Cristo no fueron ordenados ni dados para aterrar o condenar, sino para consolar y levantar a los temerosos y de corazón apocado. Y de esto se sigue que el hombre cuyo corazón ha sido rectamente impresionado por los sufrimientos de Cristo tiene que ver y sentir por sí mismo en ellos la ira insoportable de Dios contra el pecado, y quedar así tan herido de temor que el mundo se le vuelva demasiado estrecho. San Bernardo testifica que esta fue su experiencia en cuanto obtuvo una recta comprensión de los sufrimientos de Cristo. Dice: «¡Ay, yo pensaba que estaba seguro! No sabía nada del juicio y la ira que habían venido sobre mí, hasta que vi que el Hijo unigénito de Dios tuvo que ocupar mi lugar», etc.
Esta idea es tan terrible que ni siquiera los condenados en el infierno pueden tener mayor tormento, mayor sentimiento de la ira y condenación de Dios, que esta visión de la muerte del Hijo de Dios, cuyos beneficios han perdido. Así Judas, el traidor, como no quiso hacer caso de las bondadosas amonestaciones y advertencias del Señor Jesús, ni quiso considerar cómo actuaba hacia él, fue empujado finalmente a tal terror por esta visión que se predicó a sí mismo la Ley y la condenación al decir: «Yo he pecado entregando sangre inocente», etc., Mt 27:4.
44 De igual manera, Pedro se predica a sí mismo la Ley acerca de sus pecados y de la ira de Dios, y toma por texto la gran bondad de Cristo hacia él. De esa bondad no puede sacar sino ira y terror a causa de su indignidad ante Dios. Porque no tiene todavía en su corazón otro entendimiento que el de la Ley, la cual muestra que Dios es hostil al pecado y lo castigará. Aún ignora la gracia de Cristo que, por el evangelio, se ofrece gratuitamente a todos los pecadores. A esta gracia no habría podido llegar, sino que habría tenido que desesperar en medio de su terror, si Cristo no hubiera pronunciado otro sermón con el cual lo consoló y lo levantó. Porque por sí mismo ningún hombre puede captar esta doctrina, ni llegar a entenderla, sin la revelación del Espíritu Santo por medio de la palabra del evangelio.
45 Por eso esas almas necias se equivocan por completo cuando alegan que la Ley no ha de predicarse bajo la dispensación del Nuevo Testamento, o que a los hombres se les ha de aterrar con la ira de Dios por medio del evangelio solo después de que se les haya predicado la gracia. Porque es cierto que el evangelio no predica ira alguna, ni causa temor ni angustia. Cuando viene, es con el propósito de consolar las conciencias. El orden que la Escritura indica y observa en todas partes es este: que el pecado siempre ha de ser reconocido y el temor de la ira de Dios sentido, por la predicación o la experiencia de la Ley, antes de que pueda haber el consuelo que procede del perdón, siendo el propósito de este orden que los hombres sean llevados a anhelar la gracia y se hagan aptos para recibir el consuelo del evangelio. Por tanto, a los que están aún sin temor alguno de la ira de Dios, que están seguros, endurecidos e inflexibles, hay que amonestarlos y exhortarlos con fuerza al arrepentimiento con las amenazas y los terrores de esa ira; es decir, a ellos no se les ha de predicar evangelio, sino solo la Ley y a Moisés.
46 Por otra parte, no se ha de predicar ley alguna a aquellos en cuyos corazones ya ha logrado su propósito, de modo que, por el reconocimiento de sus pecados, se han aterrado, se han apocado y están temerosos. A tales no se les ha de predicar sino el evangelio y su consuelo. Porque el propósito real de la venida de Cristo, y de su mandato de predicar el evangelio a todos los pobres pecadores, es que crean que este abole y suprime todas las acusaciones, temores y amenazas de la Ley, y pone en su lugar un consuelo perfecto. Esto lo enseña en todas partes en el evangelio; y en Lc 4:18, citando Is 61:1, dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres.» He dicho a menudo, por eso, que no se debe permitir que Moisés domine las conciencias agitadas por los asaltos del diablo y por el pavor de la ira de Dios, sino que estas han de despedir de inmediato a Moisés, junto con toda la Ley, y no escucharlo.
47 Pero además debemos tener presente que la doctrina de la Ley no ha de suprimirse por completo, ni siquiera en el caso de los que son cristianos, puesto que los cristianos tienen que ejercitarse en el arrepentimiento diario, porque todavía viven en la carne, que es movida por concupiscencias pecaminosas. Por eso deben ser enseñados y amonestados así, después de haber recibido el perdón de los pecados, para que no vuelvan a caer en un estado de seguridad ni den a la carne ocasión de guerrear contra el Espíritu. Gá 5:13.
48 Tal es la experiencia de Pedro en este momento. En su terror no tiene todavía revelación ni conocimiento de la gracia ni del perdón de los pecados. La revelación de la ira está obrando en él, y esto lo impele a huir aun de Cristo, lo cual ciertamente no habría hecho si lo hubiera conocido rectamente. Pero Cristo está ahora a punto de hacer de él un verdadero cristiano, a punto de hacerle experimentar el verdadero consuelo de la conciencia que vence el terror de la Ley y levanta al hombre de la miseria del pecado a la gracia y la bienaventuranza, de la muerte a la vida, del infierno al cielo. Es necesario, por tanto, que primero pruebe realmente ese poder de la Ley que es suscitado y obrado, no por Cristo, sino por Moisés mediante los Diez Mandamientos.
49 Ahora bien, mira cuán bondadosamente consuela Cristo al corazón y a la conciencia aterrados. Dice: V.10. No temas; desde ahora serás pescador de hombres. En tonos verdaderamente amorosos habla el Salvador a todos los que están en temor y terror a causa de sus pecados. No quiere que permanezcan más en temor y angustia. Les quita todo el pavor de la Ley y les muestra que no deben, a causa de sus pecados, huir de él sino hacia él, para que aprendan a conocerlo como el Salvador amoroso que ha venido a este mundo, no para rechazar a los pobres pecadores, sino para atraerlos a sí, y para enriquecerlos y bendecirlos con su consuelo y ayuda. Por eso dice, en Lc 19:10: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.» Y en 1 Ti 1:15 dice san Pablo: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.»
50 Cristo no solo da consuelo al pobre Pedro, herido de terror, con las bondadosas palabras en que le declara y le ofrece su gracia y absolución, sino que sigue reforzando este consuelo con la gran promesa de que le dará algo muy superior a todo lo que hasta ahora ha recibido de él; y todo esto para que Pedro perciba y experimente cómo el corazón y el amor de Cristo van hacia él. «Desde ahora», dice Cristo, «serás pescador de hombres.» Que Pedro no deba alarmarse a causa de su indignidad y sus pecados es, en sí mismo, un consuelo y una gracia abundantes. Sin embargo, no solo ha de tener el perdón de sus pecados, sino que ha de saber también que Dios se propone realizar cosas aún mayores por medio de él, haciéndolo una ayuda y un consuelo para otros.
Lo que Cristo quiere decir es esto: «Lo que has logrado con esta pesca es demasiado poco; en realidad, no es nada en absoluto. Desde ahora has de llegar a ser una clase distinta de pescador, en un mar distinto, con una red y una barca distintas. Porque voy a ocuparte en un negocio que se llamará "pescar hombres"; y esto significa que, por todo el mundo, has de sacar almas del poder del diablo al reino de Dios. Entonces, por primera vez, llegarás a ser la clase de hombre que puede ayudar a otros, así como tú mismo has sido ayudado.»
51 Por este evangelio reconozcamos rectamente a Cristo y echemos mano de él y del poder de su consuelo, para que podamos consolarnos a nosotros mismos y a otros, e instruir y recordar a las conciencias que están en angustia y temor que de ninguna manera han de correr ni huir de Cristo, sino más bien huir hacia él y esperar su consuelo. Correr así, temer así, no es otra cosa que alejar de ti tu propia salvación y felicidad. Porque Cristo no ha venido para hacerte temer, sino para quitarte tus pecados y tu angustia. Ni se acerca ni te sigue para ahuyentarte, sino para atraerte bondadosamente a sí.
Por tanto, no debes hacerle el deshonor de rechazarlo lejos de ti. Y no debes pervertir en temor y desesperación tuyos el consuelo que él te trae, sino más bien correr a él con toda confianza. Entonces oirás pronto las palabras alentadoras y consoladoras: «No temas», que él habla a tu corazón, y a los corazones de todas las conciencias atribuladas, y por medio de ellas pronuncia la absolución de todos los pecados y quita todo temor. Sí, te concederá una gracia todavía más rica al hacerte un hombre tan santo, bendecido y útil en su reino que puedas ser de consuelo a otros, y puedas traer a él a aquellos que, como tú, están ahora llenos de temor y necesitados de consuelo y gracia.
52 Aquí ves cómo un hombre es librado de la pobreza y angustia espirituales, es decir, cómo, por la Palabra de Cristo, obtiene perdón de pecados y paz de conciencia junto con gracia y aumento de dones espirituales, sin mérito ni dignidad alguna de su parte, sino solo por la gracia de Cristo. En este respecto ocurre como con el milagro temporal de la pesca, que los discípulos no consiguieron por su trabajo, y que no les fue dado antes de que hubieran trabajado y se hubieran esforzado en vano, y hubieran desesperado de pescar algo. Y sin embargo, así como Cristo en aquella ocasión no les prohíbe trabajar, sino que les manda echar sus redes para pescar, así ahora no suprime las obras. Aunque Pedro no merece la gracia y el perdón por lo que hace, sino que recibe el perdón y la gracia gratuitamente, con todo el Señor no permitirá que se exima de todo trabajo y esfuerzo. Es más, le asigna el deber y el negocio de llevar las mismas bendiciones a otros y, al asignarle este deber, lo consuela con la seguridad de que se le añadirán el poder y la bendición necesarios. «Porque», dice, «yo te haré pescador de hombres.» Así se enseñan rectamente las dos partes, a saber, que la fe no merece nada por sus obras, y sin embargo que realiza toda clase de obras en su estado y llamamiento, conforme a la palabra y mandato de Dios.
PARTE III. EL SENTIDO ESPIRITUAL DE ESTA PESCA
53 El mismo Cristo enseña el significado de esta historia de la pesca de Pedro cuando dice: «Desde ahora serás pescador de hombres.» Aquí está representado el gobierno espiritual de la Iglesia, que consiste en el oficio de la predicación. El mar, o el agua, representa el mundo, los peces representan a los hombres, mientras que el oficio exterior de la predicación está representado por la mano y la red con que se pescan los peces. Porque así como la red se echa entre las olas, así el sermón se abre camino entre los hombres.
54 Pero este oficio de la predicación es doble. Uno procura ganar a los hombres sin Cristo. Esta es la predicación de la Ley, que no nos exige sino obras, y o bien hace santos arrogantes que, sin lograr nada, seguirían su propio curso libre y sin estorbos por las extensiones salvajes y acuosas, o bien solo aterra y ahuyenta a las conciencias que, sin obras, son tímidas y débiles.
55 Por eso el trabajo y esfuerzo de toda la noche (de la Ley) tienen que resultar vanos y perdidos hasta que Cristo venga con la otra clase de predicación, hasta que traiga consigo el alba y la revelación del evangelio consolador y alentador que ilumina los corazones de los hombres con el conocimiento de la gracia de Dios, hasta que nos mande echar la red para pescar. Cuando esto se hace a su palabra y mandato, resultan frutos grandes y ricos. Entonces los corazones de los hombres están dispuestos y prontos para llegar a la obediencia de la fe en Cristo, sí, aun para apresurarse hacia ella, y aventurar vida y miembros para alcanzarla, como dice Cristo en Mt 11:12: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.»
56 Esta pesca es tan grande que la barca sola (que hasta entonces representaba a la Iglesia del pueblo judío) no es capaz de sacarla ni es lo bastante grande para contenerla. Los de la una barca tienen que hacer señas a sus compañeros de la otra para que vengan a ayudarlos. Esta otra barca es la asamblea e Iglesia de los gentiles, que ha sido establecida y extendida por los apóstoles. Así fueron llenadas las dos barcas con una y la misma pesca, es decir, con una y la misma clase de predicación, y con una fe y confesión correspondientes.
57 A causa de la gran pesca las redes comenzaron a romperse, y algunos de los peces se cayeron. Estos son los que no son sinceros y no permanecen en el evangelio, sino que se echan fuera de él, prefiriendo continuar entre sus olas libres y salvajes antes que someterse a Cristo. Así hubo muchos, especialmente entre los judíos, que desobedecieron y contradijeron el evangelio. Estos, y todos los demás que establecen sectas y facciones propias, no pueden ni podrán continuar con la verdadera compañía del pueblo de Dios en la asamblea de la Iglesia, sino que se manifiestan como inservibles. Por eso dice san Pablo en 1 Co 11:19: «Es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados.» Estas sectas y facciones tienen, pues, que caer, mientras los otros son recogidos de la red y puestos en las dos barcas, donde se los mantiene, en la unidad de la Iglesia y de la fe en Cristo, de modo que no vuelvan a caer. De otro modo estarían en peligro de caer al fin, junto con las facciones por las cuales habían sido seducidos.
58 Y así como la red sufre al ser echada al agua y se moja, así tiene que sufrir el oficio de la predicación toda clase de pruebas y persecuciones en el mundo, hasta el punto de ser desgarrado y roto. No puede producir resultados provechosos o fructíferos en todos los hombres; sin embargo, se hallan gran poder y mucho fruto en los que permanecen firmes y son guardados hasta el fin. Nuestro consuelo, con todo, es que Cristo, por medio de nuestra predicación, llevará a los suyos a la barca y los mantendrá allí, aunque sabemos que no podemos hacer devotos a todos aquellos a quienes predicamos, y que no podemos escapar de la persecución a causa de nuestro oficio; sí, aunque sabemos que muchos caerán aun entre aquellos de quienes estábamos seguros de que los teníamos en la red.
Sermón para el tercer domingo después de Epifanía; Mateo 8:1-13
DOS EJEMPLOS DE FE Y AMOR; FE PROPIA Y FE AJENA, Y LA FE DE LOS NIÑOS
I. DOS EJEMPLOS DE FE Y AMOR.
1 En este evangelio se enseñan dos ejemplos de fe y amor: uno en el leproso, el otro en el centurión. Consideremos primero al leproso. Este leproso no habría sido tan atrevido como para ir al Señor y pedirle que lo limpiara, si no hubiera confiado y esperado con todo su corazón que Cristo sería bondadoso y misericordioso y lo limpiaría. Porque siendo leproso, tenía motivo para ser tímido. Además, la ley prohíbe a los leprosos mezclarse con la gente. Sin embargo, se acerca, sin importarle la ley ni la gente, ni lo puro y santo que es Cristo.
2 Mira aquí la actitud de la fe hacia Cristo: no pone delante de sí absolutamente nada sino la pura bondad y la gracia gratuita de Cristo, sin buscar ni presentar mérito alguno. Pues aquí ciertamente no se puede decir que el leproso mereciera por su pureza acercarse a Cristo, hablarle e invocar su ayuda. Al contrario, precisamente porque siente su impureza e indignidad, se acerca tanto más y mira solamente la bondad de Cristo. Esta es la verdadera fe, una confianza viva en la bondad de Dios. El corazón que hace esto tiene verdadera fe; el corazón que no lo hace no tiene verdadera fe; como les sucede a los que no tienen a la vista la bondad de Dios, y esa sola, sino que primero buscan a su alrededor sus propias buenas obras para ser dignos de la gracia de Dios y merecerla. Estos nunca se atreven a invocar a Dios con fervor ni a acercarse a él.
3 Ahora bien, esta confianza de la fe, o conocimiento de la bondad de Cristo, nunca habría nacido en este leproso por virtud de su propia razón, si no hubiera oído primero un buen informe acerca de Cristo, a saber, cuán bondadoso, misericordioso y compasivo es, dispuesto a ayudar y a favorecer, a consolar y aconsejar a todo el que viene a él. Sin duda ese informe llegó a sus oídos, y de esa fama sacó ánimo, y volvió e interpretó el informe en provecho propio. Aplicó esa bondad a su propia necesidad y concluyó con toda confianza: También conmigo será tan bondadoso como lo declaran su fama y su buen nombre. Su fe, por tanto, no brotó de su razón, sino del informe que oyó acerca de Cristo, como dice san Pablo: «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (o el informe de Cristo). Ro 10:17.
4 Este es el evangelio, que es el principio, el medio y el fin de todo bien y de toda salvación. Pues hemos oído a menudo que primero debemos oír el evangelio, y después creer, amar y hacer buenas obras; no hacer primero buenas obras e invertir así el orden, como hacen los maestros de las obras. Pero el evangelio es un buen informe, dicho o fama de Cristo, de cómo él es todo bondad, amor y gracia, como no puede decirse de ningún otro hombre ni santo. Porque aunque otros santos tengan buen informe y reputación, sin embargo no es el evangelio, a menos que hable solamente de la bondad y la gracia de Cristo; y si incluyera también a otros santos, ya no sería el evangelio. Porque el evangelio edifica la fe y la confianza sobre la roca sola, Jesucristo.
5 Ves, pues, que este ejemplo del leproso combate por la fe y contra las obras. Porque así como Cristo lo ayuda por pura gracia mediante la fe, sin obra ni mérito alguno de su parte, así lo hace con todo hombre, y quiere que todos piensen así de él y esperen de él una ayuda semejante. Y si este leproso hubiera dicho: «Mira, Señor, he orado y ayunado tanto; te ruego que mires esto y por causa de ello me limpies», si hubiera venido de esta manera, Cristo nunca lo habría limpiado. Porque tal persona no descansa en la gracia de Dios, sino en su propio mérito. De este modo la gracia de Dios no es alabada, amada, engrandecida ni deseada; sino que las propias obras privan a Dios de su honra y le roban lo que es suyo. Esto es besar la mano y negar a Dios, como dice Job 31:27-28: «Si mi boca besó mi mano, esto también sería maldad juzgada por los jueces, pues habría negado al Dios soberano»; e Is 2:8: «Se han inclinado a la obra de sus manos», es decir, la honra y la confianza que deben dar a Dios, las atribuyen a su propia obra.
6 Además, aquí se presenta el ejemplo del amor en el amor de Cristo hacia el leproso. Porque ves aquí cómo el amor hace a Cristo un siervo, de modo que ayuda gratuitamente al pobre hombre sin recompensa alguna, y no busca con ello ni ventaja, ni favor, ni honra, sino solamente el bien del pobre y la honra de Dios Padre. Por eso también le prohíbe decírselo a nadie, para que sea una obra pura y sincera de amor gratuito y misericordioso.
7 Esto es lo que he dicho a menudo: la fe nos hace señores, y el amor nos hace siervos. En verdad, por la fe llegamos a ser dioses y partícipes de la naturaleza y del nombre divinos, como se dice en Sal 82:6: «Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo». Pero por el amor llegamos a ser iguales al más pobre. Conforme a la fe no tenemos necesidad de nada, y tenemos abundancia; conforme al amor somos siervos de todos. Por la fe recibimos bendiciones de arriba, de Dios; por el amor las repartimos abajo, a nuestro prójimo. Así como Cristo en su divinidad no tenía necesidad de nada, pero en su humanidad sirvió a todo el que lo necesitaba. De esto hemos hablado ya bastante, a saber, que también nosotros por la fe debemos nacer hijos de Dios y dioses, señores y reyes, así como Cristo nace verdadero Dios del Padre en la eternidad; y, a su vez, salir de nosotros mismos por el amor y ayudar a nuestros prójimos con obras de bondad, así como Cristo se hizo hombre para ayudarnos a todos. Y así como Cristo no es Dios porque primero mereciera la divinidad por sus obras o la alcanzara por su encarnación, sino que la tiene por nacimiento, sin obra alguna, aun antes de hacerse hombre; así también nosotros no hemos merecido por obras ni por amor la filiación con Dios, de modo que nuestros pecados sean perdonados y la muerte y el infierno no puedan dañarnos; sino que sin obras y antes de nuestro amor la hemos recibido en el evangelio por gracia mediante la fe. Y así como Cristo primero se hizo hombre para servirnos después de ser Dios desde la eternidad; así también nosotros hacemos el bien y ejercemos el amor hacia el prójimo, después de haber llegado a ser piadosos, libres de pecado, vivos, salvos e hijos de Dios por la fe. Baste esto acerca del primer ejemplo, el leproso.
8 El otro ejemplo es semejante en cuanto a la fe y el amor. Porque también este centurión tiene una confianza de corazón en Cristo, y no pone ante sus ojos nada sino la bondad y la gracia de Cristo; de otro modo no habría venido a él, o no habría enviado a él, como dice Lc 7:3. Asimismo, no habría tenido esta confianza atrevida, si no hubiera oído primero de la bondad y la gracia de Cristo. También en este caso el evangelio es el principio y el estímulo de su confianza y de su fe.
9 Aquí aprendemos de nuevo que debemos comenzar con el evangelio y creerlo, y no mirar ningún mérito ni obra nuestra, pues este centurión tampoco adujo mérito ni obra, sino solamente su confianza en la bondad de Cristo. Así vemos que todas las obras de Cristo presentan ejemplos del evangelio, de la fe y del amor.
10 Observamos también el ejemplo del amor, cómo Cristo le muestra bondad gratuitamente, sin petición ni recompensa alguna, como se dijo arriba. Además, el centurión también muestra un ejemplo de amor, en cuanto se compadeció de su siervo como de sí mismo, así como Cristo también se ha compadecido de nosotros, e hizo la buena obra gratuitamente, únicamente en beneficio del siervo, pues, como dice Lc 7:2, lo hizo porque el siervo le era muy querido; como si dijera: El amor y el afecto que le tenía lo impulsaron a considerar su necesidad y a hacer esto. Hagamos nosotros también lo mismo, y cuidemos de no engañarnos ni darnos por satisfechos por tener ahora el evangelio, y sin embargo no tener consideración alguna por nuestro prójimo en su necesidad. Dicho esto de estos dos ejemplos, examinaremos ahora también algunos detalles del texto.
II. LA EXPLICACIÓN DE DOS PENSAMIENTOS DE ESTE EVANGELIO.
11 Cuando el leproso limita aquí su oración y dice: V.2. Señor, si quieres, puedes limpiarme, no debe entenderse como si dudara de la bondad y la gracia de Cristo. Porque tal fe no tendría valor alguno, aunque creyera que Cristo era todopoderoso y capaz de hacerlo y saberlo todo. Pues esa es fe viva, la que no duda de que Dios también es bueno con nosotros y está misericordiosamente dispuesto a hacer lo que le pedimos. Pero debe entenderse así: la fe no duda de la buena voluntad que Dios tiene hacia una persona, por la cual le desea todo bien; pero no sabemos si lo que la fe pide y presenta es bueno y útil para nosotros; solo Dios lo sabe. Por eso la fe ora de modo que somete todo a la voluntad misericordiosa de Dios, sea para su honra y nuestro bien, y sin embargo no duda de que Dios lo concederá, o, si no puede concederse, de que su voluntad divina lo niega con gran gracia, porque ve que es mejor no darlo. Pero en todo esto la fe permanece, con todo, cierta y segura de la voluntad misericordiosa de Dios, ya sea que dé o que niegue, como dice también san Pablo en Ro 8:26, que no sabemos orar como conviene, y como el Padrenuestro nos manda preferir su voluntad y orar por ella.
12 Esto es lo que hemos dicho a menudo: debemos creer sin dudar y sin limitar la bondad divina; pero debemos orar con la limitación de que sea para su honra, su reino y su voluntad, a fin de no limitar su voluntad a tiempo, lugar, medida o nombre, sino dejarlo todo libremente a él. Por eso la oración del leproso agradó tanto al Señor y fue pronto oída. Porque cuando nos sometemos a su voluntad y buscamos lo que le agrada, él no puede dejar de hacer, a cambio, lo que a nosotros nos agrada. La fe inclina su favor hacia nosotros, y la oración sumisa lo inclina a concedernos lo que pedimos. En cuanto a que el leproso fuera enviado a los sacerdotes, por qué se hizo y qué significaba, ya se ha dicho bastante en la Postila de los diez leprosos.
13 Sin embargo, sobre la palabra de Cristo: V.10. Ni aun en Israel he hallado tanta fe, se ha discutido con cuidado, no sea que implique que Cristo no habló con verdad o que la Madre de Dios y los apóstoles eran inferiores a este centurión. Aunque yo podría decir aquí que Cristo habla del pueblo de Israel, entre el cual había predicado y al cual había venido, y que por tanto su madre y sus discípulos quedaban excluidos, porque viajaban con él y venían con él al pueblo de Israel en su predicación, con todo, me atendré a las palabras del Señor y las tomaré tal como están; y por las siguientes razones. Primero, no es contrario a ningún artículo de fe que esta fe del centurión no tuviera paralelo entre los apóstoles ni en la Madre de Dios. Pero siempre que ningún artículo de fe contradiga abiertamente las palabras de Cristo, deben tomarse literalmente, y no han de adaptarse ni torcerse con nuestra interpretación, ni por causa de ningún santo, ni ángel, ni del mismo Dios. Porque su Palabra es la verdad misma por encima de todos los santos y ángeles.
14 Segundo, tal interpretación y adaptación brotan de una mente y una intención carnales, a saber, estimar a los santos de Dios no según la gracia de Dios, sino según su persona, valía y grandeza; lo cual es contrario a Dios, que estima de manera muy distinta, según sus dones solamente. Porque nunca concedió a Juan el Bautista hacer milagros, Jn 10:41, como sí hicieron muchos santos inferiores. En suma, con frecuencia hace por medio de santos inferiores lo que no hace por medio de los grandes santos. Se ocultó de su madre cuando tenía doce años, y permitió que ella estuviera en ignorancia y error, Lc 2:43. El domingo de Pascua se mostró a María Magdalena antes de mostrarse a su madre y a los apóstoles, Jn 20:14. Habló a la mujer samaritana, Jn 4:7, y a la mujer sorprendida en adulterio, con más bondad de la que jamás usó para hablar a su propia madre. Jn 8:10. Y cuando Pedro cayó y lo negó, el malhechor en la cruz se mantuvo firme en su fe.
15 Con estas y otras maravillas semejantes muestra que no quiere que nosotros limitemos su Espíritu en sus santos, ni que juzguemos según la persona. Quiere repartir sus dones libremente, conforme a su agrado y no conforme a nuestra opinión, como dice san Pablo en 1 Co 12:11. Más aún, de sí mismo dice en Jn 14:12: «El que en mí cree, las obras que yo hago, él también las hará; y aun mayores hará». El propósito de todo esto es impedir que los hombres se muestren presuntuosos hacia otros y que eleven a un santo por encima de otro y creen divisiones. Todos han de ser iguales en la gracia de Dios, por desiguales que sean en sus dones. Es su voluntad hacer por medio de san Esteban lo que no hace por medio de san Pedro, y por medio de san Pedro lo que no hace por medio de su madre; para que sea él solo quien lo haga todo en todos sin acepción de personas, conforme a su voluntad.
16 En este sentido debe entenderse también que en el tiempo de su predicación no halló tal fe ni en su madre ni en los apóstoles, ya hallara entonces o después mayor fe en su madre y en los apóstoles, o en muchos otros. Pues fácilmente puede ser que en el tiempo de su concepción y nacimiento concediera gran fe a su madre, y después nunca o rara vez una fe igual de grande. A veces puede haber permitido que decayera, como cuando durante tres días ella lo había perdido, Lc 2:48. Así trata a todos sus santos; y si no lo hiciera, sin duda los santos caerían en la presunción y harían ídolos de sí mismos, o nosotros haríamos ídolos de ellos, y miraríamos más su dignidad y sus personas que la gracia de Dios.
17 Aprende ahora de esto cuán necios y faltos de entendimiento somos con respecto a las obras y maravillas de Dios, cuando despreciamos al hombre cristiano sencillo y pensamos que solo los «hombres de mitras puntiagudas» y los eruditos conocen y entienden la verdad de Dios; siendo que Cristo exalta aquí a este pagano con su fe por encima de todos sus discípulos. Esto es porque nos aferramos a las personas y a las dignidades, y no a la Palabra y a la gracia de Dios. Por eso, con las personas y las dignidades nos precipitamos también en todo error, y luego decimos: La iglesia cristiana y los concilios lo han declarado así; no pueden errar, porque tienen el Espíritu Santo. Mientras tanto Cristo está con aquellos despreciados y entrega al diablo a los dignatarios y a los concilios. Por tanto, nota bien cómo Cristo exalta a este pagano. Supera a Anás, a Caifás y a todos los sacerdotes, eruditos y santos, todos los cuales por derecho deberían ser discípulos de este pagano, por no decir que nunca deberían estar por encima de él en sus opiniones y juicios. Dios a veces no concede fe a un gran santo, y a un santo pequeño le concede gran fe, para que uno siempre estime a otro como mejor que a sí mismo. Ro 12:10.
III. LA DISCUSIÓN DE LA DOCTRINA DE LA FE PROPIA Y LA FE DE OTROS; TAMBIÉN, DE LA FE Y EL BAUTISMO DE LOS NIÑOS.
V.8. «Señor, no soy digno».
18 En esto consiste la gran fe de este pagano: en que sabe que la salvación no depende de la presencia corporal de Cristo, porque esta no aprovecha, sino de la Palabra y de la fe. Pero los apóstoles aún no sabían esto, ni tal vez su madre, sino que se aferraban a su presencia corporal y no estaban dispuestos a soltarla, Jn 16:6. No se aferraban solo a su Palabra. Pero este pagano se contenta tanto con su Palabra que ni siquiera desea su presencia ni se considera digno de ella. Además, prueba su fuerte fe con una comparación y dice: Yo soy hombre y puedo hacer con lo mío lo que quiero con una palabra; ¿no podrás tú hacer lo que quieras con una palabra, puesto que estoy seguro, y tú también lo pruebas, de que la salud y la enfermedad, la muerte y la vida te están sujetas como mis siervos lo están a mí? Por eso también su siervo fue sanado en aquella hora por el poder de su fe.
19 Ahora bien, puesto que se ofrece la ocasión y este evangelio lo requiere, debemos decir un poco acerca de la fe ajena y su poder. Porque muchos se interesan en este asunto, especialmente por causa de los niños pequeños, que son bautizados y se salvan no por su propia fe, sino por la fe de otros; así como este siervo fue sanado no por su propia fe, sino por la fe de su amo. Nunca hemos tratado todavía de este asunto; por tanto debemos tratarlo ahora para prevenir, en cuanto está en nosotros, el peligro y el error futuros.
20 Primero debemos dejar firme y seguro el fundamento de que nadie se salvará por la fe o la justicia de otro, sino solamente por la suya propia; y, por otra parte, nadie será condenado por la incredulidad o los pecados de otro, sino por su propia incredulidad; como dice el evangelio clara y distintamente en Mr 16:16: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado». Y Ro 1:17: «Mas el justo por la fe vivirá». Y Jn 3:16-18: «Todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado». Estas son palabras claras y públicas, de que cada uno debe creer por sí mismo, y nadie puede ayudarse con la fe de otros, sin su propia fe. De estos pasajes no nos atrevemos a apartarnos y no debemos negarlos, caiga el golpe donde caiga, y más bien deberíamos dejar que el mundo perezca antes que cambiar esta verdad divina. Y si se presenta contra ella algún argumento plausible que no puedas refutar, debes confesar que no entiendes el asunto y encomendarlo a Dios, antes que admitir algo contrario a estas declaraciones claras. Suceda lo que suceda con los paganos, judíos, turcos, niños pequeños y todo lo que existe, estas palabras deben ser justas y verdaderas.
21 Ahora bien, la cuestión es qué sucede con los niños pequeños, puesto que aún no tienen razón y no pueden creer por sí mismos, porque está escrito en Ro 10:17: «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios». Los niños pequeños ni oyen ni entienden la Palabra de Dios, y por tanto no pueden tener fe propia.
22 Los sofistas de las universidades y las sectas del papa han inventado la siguiente respuesta a la pregunta: Los niños pequeños son bautizados sin fe propia, y sobre la fe de la Iglesia, que los padrinos confiesan en el bautismo; con ello el niño recibe en el bautismo el perdón de los pecados por el poder y la virtud del bautismo, y se le infunde una fe propia junto con la gracia, de modo que llega a ser un niño nacido de nuevo por el agua y el Espíritu Santo.
23 Pero si les pides la prueba de esta respuesta y dónde se encuentra esto en las Escrituras, se encuentra en la oscura chimenea, o señalarán su birrete de doctor y dirán: Nosotros somos los doctores altamente sabios y lo decimos; por tanto es verdad, y no debes indagar más. Porque casi toda su doctrina no tiene otro fundamento que sus propios sueños e imaginaciones. Y cuando se preparan con el mayor cuidado, arrastran alguna cita de san Agustín o de otro santo padre. Pero esto no basta en las cosas que conciernen a la salvación de las almas; porque ellos mismos son hombres, y todos los santos padres fueron hombres. ¿Quién será fiador y garantía de que dicen la verdad? ¿Quién se apoyará en ello y morirá por ello? Porque lo dicen sin Escritura y sin la Palabra de Dios. Santos por aquí, santos por allá; si mi alma está en juego, para perderse o para salvarse eternamente, no puedo depender de todos los ángeles y santos juntos, mucho menos de uno o dos santos, donde no nos muestran Palabra de Dios alguna.
24 De esta falsedad han ido más lejos y han llegado incluso al punto de enseñar, y todavía enseñan, que los sacramentos tienen tal poder que, aunque no tengas fe y recibas el sacramento (con tal de que no tengas intención de pecar), aun así recibirás la gracia y el perdón de los pecados sin fe. Esto lo han deducido de la opinión anterior, de que los niños pequeños reciben así la gracia sin fe, únicamente por la virtud y el poder del sacramento, como sueñan. Por eso atribuyen lo mismo a los adultos y a todos los hombres, y sueltan tales cosas de su propia mente, y con ello han desarraigado magistralmente la fe cristiana y la han anulado y hecho innecesaria, y han establecido solo las obras humanas por virtud del poder de los sacramentos. Sobre este asunto he dicho suficiente en lo que escribí acerca de los artículos de la bula de León.
25 Los santos padres antiguos han hablado algo mejor, aunque no con suficiente claridad. No dicen nada de este poder imaginario de los sacramentos, pero enseñan que los niños pequeños son bautizados en la fe de la iglesia cristiana. Pero como no explican a fondo cómo beneficia esta fe cristiana a los niños, si por ella reciben una fe propia, o son bautizados solo sobre la fe cristiana, sin fe propia: los sofistas se precipitan e interpretan el lenguaje de los santos padres en el sentido de que los niños son bautizados sin fe propia y reciben la gracia únicamente por causa de la fe de la iglesia. Porque son enemigos de la fe; con tal de que puedan exaltar las obras, la fe tiene que permitírselo. No se detienen ni un momento a pensar si los santos padres erraron o si ellos mismos entendieron correctamente a los padres.
26 Guárdate de este veneno y error, aunque fuera la opinión expresa de todos los padres y concilios; porque no se sostendrá; no tiene por fundamento la Escritura, sino solo las imaginaciones y sueños de los hombres. Además, se opone directa y manifiestamente a los textos principales ya mencionados, donde Cristo dice: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo». La conclusión de esto, en breve, es que el bautismo no aprovecha a nadie y no ha de administrarse a nadie, a menos que crea por sí mismo; y sin fe nadie ha de ser bautizado, como dice el mismo san Agustín: Non sacramentum justficat, sed fides sacramenti (No justifica el sacramento, sino la fe del sacramento).
27 Además de estos hay otros, como los hermanos llamados valdenses. Ellos enseñan que cada uno debe creer por sí mismo, y recibir el bautismo o la Cena del Señor con su propia fe; de otro modo ni el bautismo ni la Cena del Señor le aprovechan de nada. Hasta aquí hablan y enseñan correctamente. Pero es una burla del santo bautismo cuando siguen adelante y bautizan a los niños pequeños, aunque enseñan que no tienen fe propia. Pecan así contra el segundo mandamiento, pues consciente y deliberadamente toman en vano el nombre y la Palabra de Dios. Tampoco les vale la excusa que alegan, de que los niños son bautizados sobre su fe futura, cuando lleguen a la edad de la razón. Porque la fe debe estar presente antes del bautismo o al menos en él; de otro modo el niño no será librado del diablo ni de los pecados.
28 Por tanto, si su opinión fuera correcta, todo lo que se hace con el niño en el bautismo es necesariamente falsedad y burla. Porque el que bautiza pregunta si el niño cree, y la respuesta por el niño es: Sí. Y pregunta si desea ser bautizado, y la respuesta por el niño es de nuevo: Sí. Ahora bien, nadie es bautizado en lugar del niño, sino que es bautizado él mismo. Por tanto, también él mismo debe creer, o los padrinos tienen que decir una falsedad cuando dicen por él: Creo. Además, el que bautiza declara que ha nacido de nuevo, que tiene el perdón de los pecados, que está libre del diablo, y como señal de ello le pone un vestido blanco, y lo trata en todo como a un nuevo y santo hijo de Dios: todo lo cual sería necesariamente falso, si el niño no tuviera fe propia. En verdad, sería mejor no bautizar nunca a un niño, que burlarse y hacer juegos de manos con la Palabra y el sacramento de Dios, como si él fuera un ídolo o un necio.
29 Tampoco sirve de nada que hagan una triple distinción en el reino de Dios: primero, es la iglesia cristiana; segundo, la vida eterna; tercero, el evangelio; y luego digan que los niños son bautizados para el reino de los cielos en el tercer y el primer sentido. Es decir, son bautizados no para ser salvos por ello y recibir el perdón de los pecados, sino que son recibidos en la iglesia y llevados al evangelio. Todo esto no significa nada y es solo una invención de su imaginación. Porque no es entrar en el reino de los cielos el que yo llegue a estar entre cristianos y oiga el evangelio. También los paganos pueden hacer eso sin bautismo. Esto no es entrar en el reino de los cielos, por más que hables del primero, segundo y tercer sentido del reino de los cielos. Pero estar en el reino de los cielos significa ser miembro vivo de la iglesia, y no solo oír, sino también creer el evangelio. De otro modo un hombre estaría en el reino de los cielos igual que si yo arrojara un palo o una piedra entre los cristianos, o como está el diablo entre ellos. Todo esto no vale nada.
30 De esto se sigue también que la iglesia cristiana tiene dos clases de bautismo, y que los niños no tienen el mismo bautismo que los adultos. Sin embargo, san Pablo dice que solo hay «un bautismo, un Señor, una fe». Ef 4:5. Porque si el bautismo de los niños no efectúa ni otorga lo que efectúa y otorga el bautismo de los adultos, no es el mismo bautismo: en verdad no es bautismo alguno, sino un juego y una burla del bautismo, ya que no hay bautismo sino el que salva. Si alguien sabe o cree que no salva, no debe administrarlo. Pero si se administra, no es bautismo cristiano; porque no se cree que efectúe lo que el bautismo debe efectuar. Por tanto es otro bautismo y ajeno. Por eso sería casi necesario que los hermanos valdenses se hicieran bautizar de nuevo, como ellos bautizan de nuevo a nuestra gente; porque no solo reciben el bautismo sin fe, sino aun contra la fe, y en burla y deshonra de Dios administran otro bautismo, ajeno y no cristiano.
31 Si ahora no podemos dar una respuesta mejor a esta cuestión y probar que los niños pequeños mismos creen y tienen su propia fe, mi consejo y juicio sinceros son que nos abstengamos por completo, y cuanto antes mejor, y no bauticemos nunca a un niño, para no burlarnos ni blasfemar de la adorable majestad de Dios con tales pasatiempos y juegos de manos sin nada dentro. Por tanto, aquí concluimos y declaramos que en el bautismo los niños mismos creen y tienen su propia fe, que Dios obra en ellos por medio de los padrinos, cuando en la fe de la iglesia cristiana interceden por ellos y los llevan al bautismo. Y a esto llamamos el poder de la fe ajena: no que alguien pueda salvarse por ella, sino que por ella, como intercesión y ayuda, pueda obtener de Dios mismo su propia fe, por la cual se salva. Puede compararse con mi vida y mi muerte naturales. Si he de vivir, yo mismo debo nacer, y nadie puede nacer por mí para que yo viva; pero la madre y la partera pueden con su vida ayudarme en el nacimiento y hacer que yo viva. De la misma manera, yo mismo debo sufrir la muerte, si he de morir; pero uno puede ayudar a provocar mi muerte, si me asusta, o cae sobre mí, o me ahoga, me aplasta o me sofoca. Del mismo modo, nadie puede ir al infierno por mí; pero puede seducirme con falsa doctrina y vida, de modo que yo vaya allá por mi propio error, al cual su error me ha llevado. Así nadie puede ir al cielo por mí; pero puede ayudarme, puede predicar, enseñar, gobernar, orar y obtener de Dios la fe, por la cual yo puedo ir al cielo. Este centurión no fue sanado de la parálisis de su siervo; pero con todo logró que su siervo fuera devuelto a la salud.
32 Así también decimos aquí que los niños no son bautizados en la fe de los padrinos ni de la iglesia; sino que la fe de los padrinos y de la iglesia ora y gana para ellos la fe en la cual son bautizados y creen por sí mismos. Para esto tenemos prueba firme y fuerte en la Escritura, Mt 19:13-15; Mr 10:13-16; Lc 18:15-16. Cuando unos traían niños pequeños al Señor Jesús para que los tocase, y los discípulos se lo prohibían, él reprendió a los discípulos, abrazó a los niños, puso las manos sobre ellos y los bendijo, y dijo: «De los tales es el reino de Dios», etc. Estos pasajes nadie nos los quitará, ni los refutará con buena prueba. Porque aquí está escrito: Cristo no permite que nadie prohíba que los niños pequeños sean traídos a él; más aún, manda que se los traigan, y los bendice y les da el reino de los cielos. Prestemos la debida atención a esta Escritura.
33 Esto está escrito sin duda de niños naturales. La interpretación de las palabras de Cristo, como si hubiera querido decir solo niños espirituales, que son pequeños en humildad, no se sostendrá. Porque eran niños pequeños en cuanto a sus cuerpos, a los que Lucas llama infantes. Su bendición se pone sobre ellos, y de ellos dice que el reino de los cielos es suyo. ¿Diremos que estaban sin fe propia? Entonces los pasajes citados arriba son falsos: «El que no creyere, será condenado». Entonces Cristo también habla falsamente o finge, cuando dice que el reino de los cielos es de ellos, y no habla realmente del verdadero reino de los cielos. Interpreta estas palabras de Cristo como quieras, tenemos que los niños han de ser traídos a Cristo y no se ha de prohibir que sean traídos; y cuando son traídos a Cristo, él nos obliga aquí a creer que los bendice y les da el reino de los cielos, como hizo con estos niños. Y de ninguna manera nos corresponde obrar y creer de otro modo mientras estén las palabras: «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis». No nos corresponde menos creer que cuando son traídos a él los abraza, los bendice y les concede el cielo, mientras esté el texto de que bendijo a los niños que le fueron traídos y les dio el cielo. ¿Quién puede pasar por alto este texto? ¿Quién será tan atrevido que no permita que los niños pequeños vengan al bautismo, o que no crea que Cristo los bendice cuando vienen?
34 Él está tan presente en el bautismo ahora como lo estuvo entonces: esto lo sabemos con certeza los cristianos. Por tanto, no nos atrevemos a prohibir el bautismo a los niños. Ni nos atrevemos a dudar de que bendice a todos los que vienen allí, como hizo con aquellos niños. Así que aquí no queda nada sino la piedad y la fe de los que le trajeron los niños pequeños. Al traerlos, logran y ayudan a que los niños pequeños sean bendecidos y obtengan el reino de los cielos; lo cual no puede suceder a menos que ellos mismos tengan su propia fe, como se ha dicho. Así también decimos aquí que los niños son llevados al bautismo por la fe y la obra de otros; pero cuando llegan allí y el pastor o el que bautiza trata con ellos en lugar de Cristo, él los bendice y les concede la fe y el reino de los cielos: porque la palabra y el acto del pastor son la palabra y la obra del mismo Cristo.
35 Con esto concuerda también lo que dice san Juan en su primera Epístola, 2:13: «Os escribo a vosotros, padres; os escribo a vosotros, jóvenes; os escribo a vosotros, hijitos». No se contenta con escribir a los jóvenes; escribe también a los niños, y escribe para que conozcan al Padre. De esto se sigue que los apóstoles bautizaron también a niños, y tenían que ellos creen y conocen al Padre, como si hubieran alcanzado la razón y supieran leer. Aunque alguien podría interpretar aquí la palabra «hijitos» como adultos, como Cristo llama a veces a sus discípulos: con todo, es cierto que aquí se refiere a los que son más jóvenes que los jóvenes; de modo que es evidente que habla de jóvenes menores de quince o dieciocho años, y no excluye a nadie hasta el primer año: porque a todos estos se les llama hijitos.
36 Pero examinemos su razón para no pensar que los niños creen. Dicen que, como no han alcanzado la razón, no pueden oír la Palabra de Dios; pero donde no se oye la Palabra de Dios no puede haber fe. Ro 10:17: «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios». Dime, ¿ha de juzgar así el cristiano las obras de Dios por nuestro pensar, y decir: Los niños no han alcanzado la razón, por tanto no pueden creer? ¿Y si por esa misma razón tú ya te has apartado de la fe, y los niños llegan a la fe por su falta de razón? Querido amigo, ¿de qué sirve la razón para la fe y la Palabra de Dios? ¿No es la razón la que más resiste a la fe y a la Palabra de Dios, de modo que nadie puede llegar a la fe por medio de la razón? La razón no soportará la Palabra de Dios a menos que primero sea cegada y humillada. El hombre debe morir primero a la razón y hacerse, por así decirlo, un necio, y tan sin razón y sin entendimiento como un niño pequeño, si ha de llegar a ser creyente y recibir la gracia de Dios; como dice Cristo en Mt 18:3: «Si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». ¿Cuántas veces nos pone Cristo delante que debemos hacernos niños y necios, y condena la razón?
37 Dime también, ¿qué clase de razón tenían los niños pequeños a quienes Cristo abrazó y bendijo, y a quienes otorgó el reino de los cielos? ¿No estaban todavía sin razón? ¿Por qué manda traérselos y luego los bendice? ¿De dónde sacaron la fe que los hace hijos del reino de los cielos? Al contrario, precisamente porque están sin razón y son necios, están mejor dispuestos para creer que los adultos y los que poseen razón, porque la razón siempre estorba y con su cabezota no quiere pasar por la puerta angosta. No se debe mirar la razón ni sus obras cuando se trata de la fe y de la obra de Dios. Aquí solo Dios obra y la razón está muerta, ciega y, comparada con esta obra, un bloque sin razón, para que se cumpla la Escritura que dice: «Dios es admirable en sus santos»; y: «Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos», Is 55:9.
38 Pero ya que se aferran tanto a la razón, debemos atacarlos con su propia sabiduría. Dime, ¿por qué bautizas a un hombre cuando ha llegado a la edad de la razón? Respondes: Oye la Palabra de Dios y cree. Pregunto: ¿Cómo lo sabes? Respondes: Lo profesa con su boca. ¿Qué diré? ¿Y si miente y engaña? No puedes ver su corazón. Muy bien, entonces bautizas por ningún otro motivo que por lo que el hombre se muestra por fuera, y estás incierto de su fe, y tienes que creer que si no tiene más dentro de su corazón de lo que tú percibes por fuera, ni su oír, ni su profesión, ni su fe le ayudarán; porque todo puede ser una ilusión y no verdadera fe. ¿Quién eres entonces tú, que dices que el oír y la profesión externos son necesarios para el bautismo, y que donde faltan no se debe bautizar? Tú mismo tienes que confesar que tal oír y profesión son inciertos, y no bastan para que uno reciba el bautismo. Ahora bien, ¿sobre qué bautizas? ¿Cómo justificarás tus actos cuando así estropeas el bautismo y lo pones en duda? ¿No es cierto que has de venir a decir que no te corresponde saber ni hacer más que lo siguiente: que aquel a quien has de bautizar te sea traído y te pida el bautismo; y tienes que creer o encomendar el asunto a Dios, si interiormente cree de verdad o no? De este modo quedas excusado y bautizas correctamente. ¿Por qué entonces no harás lo mismo con los niños, a quienes Cristo manda traer a él y promete bendecir? Pero tú quieres primero el oír y la profesión externos, que tú mismo reconoces inciertos e insuficientes para el bautismo de parte del que ha de ser bautizado. Y dejas la palabra segura de Cristo, en la cual manda que los niños pequeños sean traídos a él, por causa de tu incierto oír externo.
39 Además, dime, ¿dónde está la razón de un cristiano mientras duerme, si su fe y la gracia de Dios nunca lo dejan? Si la fe puede así continuar sin la ayuda de la razón, de modo que esta no es consciente de ella, ¿por qué no podría también comenzar en los niños antes de que la razón sepa algo de ello? Del mismo modo querría decir de cada hora en que un cristiano vive y está ocupado y atareado, que no es consciente de su fe y de su razón, y sin embargo su fe no cesa por ello. Las obras de Dios son misteriosas y maravillosas, donde y cuando él quiere; y de nuevo bastante manifiestas, donde y cuando él quiere. El juicio sobre ellas es demasiado alto y profundo para nosotros.
40 Puesto que aquí se manda no impedir a los niños pequeños venir a él para recibir su bendición, y no se nos exige conocer el estado exacto de la fe interior, y el oír y la profesión externos no son suficientes en el bautizado, debemos contentarnos con que nos baste a nosotros, los que bautizamos, oír la profesión del que ha de ser bautizado, que viene a nosotros por sí mismo. Y esto para no administrar el sacramento contra nuestra conciencia, dándolo a aquellos en quienes no se espera fruto. Pero si aseguran a nuestra conciencia su deseo y su profesión, de modo que podamos administrarlo como sacramento que imparte gracia, quedamos excusados. Si su fe no es verdadera, eso quede con Dios; no hemos dado el sacramento como cosa inútil, sino con la conciencia de que es provechoso.
41 Todo esto lo digo para que no se bautice a la ligera, como hacen los que lo administran aun sabiendo deliberadamente que no tendrá efecto ni provecho alguno para quien lo recibe. Porque en esto pecan los que bautizan, pues a sabiendas usan en vano el sacramento y la Palabra de Dios, o al menos tienen la conciencia de que no está destinado a efectuar nada ni puede hacerlo; lo cual es un uso del todo indigno del sacramento y una tentación y blasfemia contra Dios. Porque eso no es administrar el sacramento, sino hacer burla de él. Pero si la persona bautizada lo niega y no cree, tú has obrado bien de todos modos, y has administrado el verdadero sacramento con la buena conciencia de que debe ser provechoso.
42 Sin embargo, en cuanto a los que no vienen por sí mismos, sino que son traídos, como Cristo nos manda traer a los niños pequeños, la fe de estos se la encomiendan a aquel que manda que sean traídos, y los bautizan por su mandato, y dicen: Señor, tú los traes y mandas bautizarlos. Tú responderás por ellos. En esto me apoyo, no me atrevo a rechazarlos ni a prohibírselo. Si no han oído la Palabra, por la cual viene la fe, como la oyen los adultos, la oyen sin embargo como niños pequeños. Los adultos la reciben con sus oídos y su razón, a menudo sin fe; pero ellos la oyen con sus oídos, sin razón y con fe. Y la fe está tanto más cerca cuanto menos hay de razón, y es más fuerte el que los trae que la voluntad de los adultos que vienen por sí mismos.
43 Estos espíritus ingeniosos tropiezan sobre todo porque en los adultos hay razón, que obra como si creyera la Palabra que oye. A esto llaman fe. Y por otra parte ven que en los niños todavía no hay razón; porque obran como si no creyeran. Pero no observan que la fe en la Palabra de Dios es algo muy distinto y más profundo que lo que la razón hace con la Palabra de Dios. Porque es obra de Dios solo, por encima de toda razón, de la cual el niño está tan cerca como el adulto, sí, mucho más cerca, y de la cual el adulto está tan lejos como el niño, sí, mucho más lejos.
44 Pero esto que la razón ingenia es obra humana. Pienso que, si algún bautismo es cierto, el bautismo de los niños es el más cierto, por la palabra de Cristo, donde manda traerlos, mientras que los adultos vienen por sí mismos. En los adultos puede haber engaño por causa de la razón, que es manifiesta; pero en los niños no puede haber engaño, por su razón oculta, en quienes Cristo obra su bendición, así como mandó que fueran traídos a él. Es una palabra gloriosa y que no debe tomarse a la ligera, que nos mande traer los niños a él, y reprenda a los que lo prohíben.
45 Pero con esto no pretendemos debilitar ni destruir el oficio de la predicación. Porque Dios ciertamente no hace que se predique su Palabra por causa del oír racional, ya que de eso no resulta fruto alguno; sino por causa del oír espiritual, el cual, como he dicho, también los niños tienen tan bien y aun mejor que los adultos; porque ellos también oyen la Palabra. Pues ¿qué otra cosa es el bautismo sino el evangelio al cual son llevados? Sin embargo, lo oyen solo una vez, pero lo oyen con más eficacia, porque Cristo, que ha mandado traerlos, los recibe. Pues los adultos tienen la ventaja de que lo oyen con frecuencia y pueden pensar en ello de nuevo. Con todo, aun en el caso de los adultos es un hecho que el oír espiritual no se logra con muchos sermones. Pero puede ocurrir una vez durante un sermón, y entonces tiene suficiente para siempre. Lo que oye después, lo oye o para mejorar el primer oír o para destruirlo de nuevo.
46 En suma, el bautismo y el consuelo de los niños están en la palabra: «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios». Él ha dicho esto y no miente. Por tanto debe ser justo y cristiano traer los niños pequeños a él. Esto solo puede hacerse en el bautismo. Así también debe ser cierto que los bendice y otorga el reino de los cielos a todos los que vienen a él, conforme a las palabras: «De los tales es el reino de Dios». Baste esto por esta vez.
47 Finalmente, sería oportuno tratar aquí del sentido espiritual de la lepra y de la parálisis. Pero de la lepra se ha dicho mucho en la Postila de los diez leprosos. Por tanto no es necesario tratarla aquí extensamente.
Sermón para el decimonoveno domingo después del Domingo de la Trinidad; Mateo 9:1-8
I. EL REINO DE CRISTO
1 Amigos míos en Cristo, como escuchamos y disfrutamos este evangelio cada año, espero que también lo entiendan y sepan lo que nos enseña, ¡y que Dios conceda que a este conocimiento le siga también la vida recta! Porque la mayor parte del evangelio lo oímos solo con el oído, y lo conocemos, pero no vivimos conforme a él, cuando debería enseñarse de tal manera que el resultado fueran pocas palabras y nada más que vida. Pero ¿qué haremos al respecto? No podemos hacer más que predicarlo, y no podemos elevarlo ni llevarlo más lejos; debemos predicarlo e insistir en él hasta que Dios venga y nos dé su gracia, para que nuestras palabras sean pocas y la vida brote y crezca. El primer tema que se nos ofrece aquí es el evangelio cuando Cristo dice:
V.2. “Hijo, ten ánimo; tus pecados te son perdonados.”
2 Estas palabras muestran y contienen brevemente lo que es el reino de Cristo, a saber, esta dulce voz, estas palabras maternales y paternales que penetran hasta lo más hondo de nuestra alma: «Tus pecados te son perdonados». No hemos de entender el reino de Cristo, hasta donde se lo entiende, en ningún otro sentido que el de cómo hemos de vivir delante de Dios. Como ustedes, amados, saben bien, nuestro mayor deber es establecer rectamente la conciencia, para que sepamos cómo estamos ante Dios y ante nuestro prójimo. Por eso debemos también aferrarnos a estas palabras y acostumbrarnos a la expresión: «Hijo, ten ánimo, tus pecados te son perdonados», y a otras sentencias semejantes de las que el evangelio está lleno.
3 De aquí se sigue que el reino de Cristo se realiza donde no reina nada sino el consuelo y el perdón de los pecados, no solo en palabras para anunciarlo, lo cual también es necesario, sino también de hecho, como veremos en este ejemplo. Pues no solo pronunció estas palabras al oído de este enfermo, sino que también le perdonó sus pecados y lo consoló. Este conocimiento nos conviene saberlo a los cristianos. Es cierto que se dice y se oye con facilidad y rapidez; pero cuando llega la prueba, la luz se apaga pronto y Satanás nos extravía enseguida; como ven aquí que los escribas se proponen destruir este conocimiento. Ya he dicho antes muchas veces, y siempre lo diré, que deben cuidarse y aprender bien el carácter y la naturaleza del reino de Cristo. Pues saben cuán inclinada está la razón, en cada uno de sus movimientos, a caer de la fe y de este conocimiento a las obras. Pero aquí no ven obra alguna, ningún mérito; aquí no hay mandamiento ni ley; no hay más que el ofrecimiento de la ayuda de Cristo, su consuelo y su gracia; solo bondad sale al encuentro del hombre enfermo de parálisis.
4 Por lo tanto, si el reino de Cristo ha de crecer, debemos mantener la ley fuera de él y no ocuparnos de obras; porque no concuerda con él decir: Sal y corre de aquí para allá y expía tus pecados; debes observar y hacer esto y aquello, si quieres quedar libre de pecado; sino que directamente, sin obra alguna y sin ley, por pura gracia, tus pecados te son perdonados. Por eso, apremiar a la gente con la ley queda fuera del ámbito del reino de Cristo.
5 Pero recibimos estas cosas solo con el oído y en la lengua, y no penetran en lo profundo del corazón; porque el pecado siempre nos cuelga todavía del cuello, se nos adhiere con fuerza, como habla de ello san Pablo en Ro 7:18-19 y en He 12:1. Pero en la muerte lo experimentaremos. De esta clase son actualmente nuestros fanáticos, que se jactan del Espíritu Santo y pretenden que harían las cosas mejor; algunos de ellos están también entre nosotros, nos escuchan y sostienen que no basta con que prediquemos solo la fe y el amor. Sí, dicen, deben hacerlo mejor y subir mucho más alto. ¿Y cuán alto debo subir, entonces? Debes destruir las imágenes, debes matar a los impíos y hacer todo lo que ellos propongan. Esta inmundicia entra ahora en casi todas las comunidades donde el evangelio acaba de ser plantado. Esta cizaña de Satanás vendrá también a nosotros, como les he advertido muchas veces. Cuiden de permanecer sanos en su conocimiento, en la verdadera doctrina de Cristo, pues este conocimiento y esta luz se pierden pronto.
6 Así lo digo, amigos míos, y quisiera rogarles que no estimen grande a aquel espíritu que les proponga cualquier clase de obra, llámenla como quieran, aunque resucitara a los muertos, cosa que todavía no han podido hacer. ¡Y cómo es que dicen: debemos matar a los impíos! Aunque Moisés lo haya mandado, de modo que tengan que hacerlo realmente, ¿qué clase de cristianos son ustedes entonces? Pero por esto experimentarán verdaderamente cuáles espíritus son de Dios y cuáles no. Porque si me dan una obra que hacer, no es el Espíritu Santo quien la hace; sino que él va y primero me trae la gracia de Cristo, y luego me conduce a las obras. Pues así habla: Tus pecados te son perdonados, ten ánimo, y cosas semejantes. No insiste primero en las obras, sino que primero conduce a Dios por medio de su dulce Palabra y su gracia, y no te remite enseguida a hacer alguna obra; pero después encontrarás obras de sobra que hacer por tu prójimo.
7 Pero los fanáticos nos atormentan enseguida con obras y pretenden tener un espíritu más noble; nos apremian e insisten en que hagamos algo antes que nada, y permiten que la fe y el amor se pasen por alto. Esto, por supuesto, no es del Espíritu Santo. Cristo toma primero posesión de la conciencia, y cuando esta está en lo recto en la fe hacia Dios, entonces nos dirige también a hacer obras hacia nuestro prójimo. Pero primero exalta muchísimo la fe y mantiene las obras en segundo plano. Esto ellos no pueden entenderlo. Yo les perdonaría todo, si tan solo no remendaran y parchearan sus buenas obras, en las que confían para su existencia, su honra y su fama. No me importaría que destruyeran todas las imágenes y fundieran cálices y campanas en una sola masa; lo que me importa es que hagan de ello un asunto de conciencia para los que no destruyen imágenes, como si el Espíritu Santo o la fe no estuvieran presentes a menos que se realice esta obra.
8 Digo esto: aunque fuera una obra que Dios mandara en esta misma hora, yo no insistiría tanto en ella ni condenaría a los que no la obedecen de inmediato; y le buscaría alguna clase de amparo, diciendo que quizá todavía es débil, y así extendería sobre él el reino de la gracia. Tengamos presente que entre ellos la obra se dirige a Dios, y no al prójimo. Ellos hacen de sus obras una necesidad y dicen: Si haces esto, eres cristiano; si no quieres hacerlo, no eres cristiano. Donde se hace esto o aquello, hay cristianos. Y la fama sigue a su obra, pues quieren ser estimados mejores que los demás. Ahora ya tienen la verdadera luz; por tanto, quedan advertidos. Prueben los espíritus. Nosotros no queremos preferirnos a nosotros mismos, como hacen estas personas; sino que nos gloriamos en esto: en que oímos la Palabra: «Hijo, ten ánimo, tus pecados te son perdonados». Yo sé que tengo un Dios misericordioso; pero estos espíritus no pueden decir eso. Por eso es una pura aparición diabólica la que llevan de casa en casa. En esto mienten contra el Espíritu Santo y culpan al Espíritu Santo de ser el padre de su causa. Y aun si las obras fueran buenas, el forzar y el obligar deben quedar en segundo plano. Que se callen, pues, en cuanto a darnos ejemplo con sus obras insensatas.
9 El reino de Cristo consiste en hallar toda nuestra alabanza y nuestra jactancia en la gracia. Las demás obras deben ser libres, no impuestas, ni hemos de querer hacernos cristianos por ellas, sino condescender con ellas hacia nuestro prójimo. Así debemos oír este evangelio, para aferrarnos a sus expresiones de modo que queden escritas en nuestros corazones, para que esta luz, esta Palabra y esta lámpara brille verdaderamente en nosotros, y por ella podamos juzgar todas las demás doctrinas. Así dice al hombre enfermo de parálisis: «Tus pecados te son perdonados». Estas palabras y otras semejantes hay que tomarlas a pecho y meditarlas, pues no son sino pura gracia, y no una obra con la que la conciencia sea oprimida y obligada a hacer algo. Así, con estas palabras deben protegerse contra los falsos maestros.
10 Ahora hemos sembrado un poco de la Palabra, y esto el diablo no lo soporta, pues nunca duerme; vendrán los gusanos y los escarabajos y la infectarán. Sin embargo, así tiene que ser: Cristo probará su Palabra y examinará quién la ha recibido y quién no. Permanezcamos, pues, en el camino recto hacia el reino de Cristo, y no andemos con obras ni apremiemos y forcemos las obras de la ley, sino solo con las palabras del evangelio que consuelan la conciencia: Alégrate, ten ánimo, tus pecados te son perdonados.
11 Por esto observen cuán estrecho y cuán ancho es el reino de Cristo. Pocos son los que reciben la Palabra de tal manera que les sepa bien y se juzguen por ella, y los que entienden lo que se dice con: «Tus pecados te son perdonados». Si ahora estamos en el reino de Cristo, ¿por qué menciona entonces el pecado? ¿Hay siempre pecados? Nadie pertenece a este reino a menos que el evangelio le haya revelado sus pecados; de otro modo, estas palabras no se aplican a nadie: «Tus pecados te son perdonados». Es cierto que todos oyen el evangelio, pero no entra en el corazón de todos, porque no todos sienten sus pecados. Pero el evangelio predica que todo lo que tenemos en nosotros es pecado. Por eso ofrece también consuelo; aquí hay perdón de pecados. Si he de recibir el perdón de los pecados, debo tener conocimiento del pecado.
12 El perdón de los pecados no es más que dos palabras, en las que consiste todo el reino de Cristo. Tiene que haber pecados, y si somos conscientes de ellos, debemos confesarlos; cuando los he confesado, el perdón y la gracia están enseguida presentes. Antes de que el perdón esté presente no hay más que pecado. Este pecado debe ser confesado para que yo sienta y sepa que todo lo que hay en mí es ceguera; de otro modo, el perdón de los pecados no podría existir donde no hay pecado. Ahora bien, no faltan pecados que confesar, sino que la falta está en no sentir y no conocer nuestros pecados para confesarlos; solo entonces sigue el perdón de ellos. Pero es algo muy distinto cuando Dios perdona pecados que cuando un hombre perdona a otro. Un hombre perdona a otro sus pecados de manera que mañana vuelve a pensar en ellos o se los echa en cara. Pero cuando Dios perdona pecados, es algo muy distinto de cuando perdona el hombre. Porque Dios ya no condena, aparta de sí toda ira; sí, ya no piensa más en el pecado, como él mismo dice por medio del profeta Isaías, 43:25. Ahora bien, si esta ira se ha ido, entonces el infierno, el diablo, la muerte y toda desgracia que el diablo pueda traer consigo tienen que desaparecer también; y en lugar de la ira Dios da gracia, consuelo, salvación y todo lo bueno que él mismo es.
13 El pecado es pura desdicha, el perdón pura felicidad. La majestad divina es grande, grande es también lo que ella perdona. Como es el hombre, así es también su perdón. Pero tienes que saber en tu corazón cuán grandes son estas palabras en las que sabes confiar, sí, por las cuales puedes morir con alegría. Pero solo pocos reciben rectamente estas palabras; por eso hay tan pocos verdaderos cristianos.
14 Este es, pues, el reino de Cristo, y quien lo posee así, lo posee de la manera correcta. Aquí no hay obra, sino solo el reconocimiento de toda nuestra desgracia y la recepción de todos los dones de Dios. Aquí no hay más que simple consuelo; aquí se oyen continuamente las palabras: Estén alegres, no se turbe su conciencia por causa del pecado, o por no haber hecho una gran cantidad de bien; yo les perdonaré todo. Por tanto, no es por mérito, sino que es un simple don. Este es el evangelio, del cual depende la fe, por la cual tomas y guardas estas palabras, para que no hayan sido dichas en vano. Porque no tenemos otro consuelo del cual Dios nos diga que nos gloriemos, sino que Dios dice: «Ten ánimo, consuélate; porque yo perdono tus pecados; y en mi perdón puedes gloriarte y regocijarte». Aquí tienes, pues, motivo para gloriarte y regocijarte, pero no en tus propias obras.
15 Esto no lo puede hacer el que busca justicia en las obras, porque la honra siempre sigue, como han dicho: La honra sigue a la virtud como la sombra sigue al hombre. Si es la honra de las obras, ya las haya mandado el hombre o Dios, no vale nada; si es la honra de las obras que Dios hace en nosotros, está bien, como dice el Salmo 118:16: «La diestra de Jehová es sublime; la diestra de Jehová hace proezas». Como si dijera: «En esto me jactaré y me gloriaré, a saber, en que él me ha levantado de la muerte, del infierno y de todo mal». Los que buscan justicia en las obras no tienen esta gloria, porque no tienen la Palabra; sino que como es la obra, así es la alabanza; nos apremian y obligan a apartarnos de la Palabra hacia la obra humana. Pero el Espíritu Santo nos empuja de nuestras obras hacia la Palabra. Los primeros se jactan de sus obras; los segundos, donde está el Espíritu Santo, se regocijan interiormente en el corazón con Dios, porque él ha hecho esta obra, y permanecen aferrados a la gracia y no atribuyen nada en absoluto a sus propias obras.
16 Así hacen aquí los escribas. Cuando oyeron estas palabras, dijeron entre sí: V.3. “Este blasfema.” Porque esta es la naturaleza del santo evangelio y de la verdadera Palabra de Dios donde de veras se cree: que es blasfemada por ambos lados, y el mundo entero quisiera destruirla; como sucedió en tiempo de los apóstoles, y como hacen ahora nuestros furiosos príncipes, que simplemente quisieran verla muerta, completamente aplastada y destruida, junto con todos los que la predican y la confiesan. Esta, sin embargo, es la menor persecución.
17 La otra persecución es mucho peor, y sucede entre nosotros como sucedió también en tiempos apostólicos entre los apóstoles. Así también nuestros hidalgos del campo, que disfrutan del evangelio con nosotros y no quieren ser seguidores del papa, sino ser tenidos por cristianos; tienen que meterse en ello; tan furiosos están que se jactan del evangelio y, sin embargo, confían en sus obras. Y aquí hay que llamar diablo al Espíritu Santo, allá el hermoso espíritu. Pero debemos atrevernos a decir: Su causa no es justa; entonces dirán a su vez: Tu causa no es recta; pues el espíritu malo no descansa a menos que se lo alabe. Nosotros tenemos un Señor que nos protege; él llevará a cabo con éxito su obra.
18 Pablo llama atrevidos y soberbios a todos los falsos espíritus. Sí, en su inmundicia, con sus protectores, son soberbios e insolentes; por lo demás, son los más cobardes bribones que se puedan hallar. Cuando han de comparecer y responder de su conducta, no pueden producir una sola respuesta. Entre ellos mismos son atrevidos y se arriesgan a atrapar a Dios en su propia Palabra; pero cuando llega la prueba, sencillamente se desesperan. En cambio, el Espíritu Santo se mantiene firme, frena sus embates, nos hace audaces y valientes, consuela las conciencias débiles y dice: «Ten ánimo, tus pecados te son perdonados». El verdadero espíritu es tímido, y se vuelve tímido a la vista de Dios, como los cristianos, que se inclinan ante Dios, lo honran y no son soberbios. Pero ante los tiranos el Espíritu Santo los anima, de modo que no temen ni a los tiranos ni a los demonios, y no se asustan aunque les arrancaran la cabeza de los hombros. Pero en presencia de Dios temen y tiemblan como una hoja que se estremece. Pero, ¡ay!, veo que la gran masa de la gente solo se preocupa de oír continuamente sin entender lo que se dice, y cuando llega el momento en que deberían dar una respuesta, se quedan como los gaiteros y no pueden responder nada. Y así también nosotros vamos a la ejecución. Debemos soportar tales asaltos y espíritus sediciosos, y no podemos cambiarlo. Sin embargo, bien podemos consolarnos con el pensamiento de que tenemos el fundamento verdadero, que nuestra causa es recta y la de ellos errada. Esto ellos mismos lo saben bien, y por eso nunca pueden ser atrevidos salvo entre ellos, y allí pueden jactarse cuanto quieran.
19 Pero el reino de Cristo consiste en esto, y con ello crece, a saber, en que la conciencia sea consolada con la Palabra. Todo lo demás que sucede por medio de obras y leyes pertenece a nuestro prójimo. Porque yo no necesito obras delante de Dios, y solo debo cuidar de confesar rectamente mis pecados. Entonces tengo el perdón de los pecados y soy uno con Dios, todo lo cual lo obra el Espíritu Santo en mí. Entonces irrumpo en bendiciones hacia mi prójimo, como hicieron aquí los que trajeron al hombre enfermo de parálisis al Señor. Estos estaban en el reino, o muestran quiénes están en el reino, pues dice el evangelista que el Señor vio la fe de ellos. Porque si no hubieran tenido fe alguna, no habrían llevado al enfermo al Señor. La fe precede a las obras, las obras siguen a la fe. Por eso, porque están en el reino por la fe, traen al enfermo y así hacen la obra.
20 En esta tierra el hombre no vive por causa de las obras, para que le sean provechosas, pues no las necesita. Pero si haces buenas obras para obtener y merecer con ellas algo de Dios, todo está perdido, y ya has caído de este reino. Pero como crees y continúas viviendo, debes saber que vives precisamente por esta causa, a saber, para llevar al enfermo. Dios no quiere que el cristiano viva para sí mismo. Sí, maldita es la vida que vive para sí. Porque todo lo que uno vive después de ser cristiano, lo vive para los demás. Así hacen también estos que traen al enfermo: ya no viven para sí mismos, sino que sus vidas sirven a otros; sí, con su fe ganan para el enfermo una fe propia. Porque este enfermo al principio no tenía fe, pero después de oír la Palabra, Cristo le infunde una fe propia y lo despierta con el evangelio, como acostumbra infundir la fe por la Palabra.
21 Así deben hacerse todas las obras, solo con el fin de que veamos cómo concuerdan con el servicio a otras personas, para llevarlas a la verdadera fe y conducirlas a Cristo. Si derribo las imágenes en las iglesias para que los hombres vean que hay un cristiano presente, eso no es de provecho para la gente ni predica cómo quedar libre del pecado; sino que solo desea alabanza, la cual no levanta las conciencias y solo hace que la gente se quede boquiabierta, con oídos, ojos y bocas bien abiertos. Es un arte despreciable el demoler imágenes. Pero conocer el reino de Cristo para que yo u otros seamos beneficiados, esto sí está bien hecho. Pero no lograrás esto aunque derribes todas las iglesias, sino solo oyendo las palabras: Hijo, ten ánimo, tus pecados te son perdonados; y luego llevando a otros a la Palabra de Dios.
22 La Palabra debe ser impuesta, debe ser metida a golpes en los hombres; aquí debo comer y beber, adornarme y vestirme, no para vivir, sino para imponer la Palabra. Porque donde la vida de un cristiano no está centrada en la Palabra, no es recta. Estoy obligado a ayudar a la conciencia con la Palabra. Debo dar de comer y de beber a mi prójimo y hacer todo lo que pueda por él a fin de alcanzar lo principal, a saber, animar la conciencia, como hacen aquí los que ayudan al enfermo a recobrar la salud corporal. Y aunque es una bondad o una obra hecha a su cuerpo, sin embargo lo ayudan de tal manera que también su alma es fortalecida. Así doy de comer al hambriento, doy de beber al sediento, visto al desnudo y cosas semejantes. Pero esto lo hago no solo para que coma y beba, sino para conseguir la oportunidad de decirle la Palabra y así llevarlo también a Cristo. Estas obras están fuera del reino, hechas a los que no están en el reino, para introducirlos en el reino.
23 Así predica el Espíritu Santo, pero el espíritu enloquecido de los separatistas solo desea realizar grandes prodigios, ver y hacer milagros y señales. Es milagro suficiente que la gente aprenda por nuestra predicación a conocer a Cristo y obtenga una conciencia alegre. Asimismo, que yo haya aprendido que la vida monástica, el sacerdocio y todo lo que pertenece al papado no son nada, es para mí un gran milagro. No hay nada en ello cuando nos acusan de que no hacemos milagros. Aunque no brillan tan resplandecientes y nuestros ministros no hacen milagros, como imaginan los papistas que ellos hacen, sin embargo, nuestra luz es pura y nuestro conocimiento correcto. Ciertamente predicamos el evangelio, y esto ellos deben confesarlo en conciencia ante todos y cada uno, quieran o no. Así han aprendido aquí que el reino de Cristo y el evangelio están dedicados a que concentren toda su vida, sean esposa, hijo o marido, para que sean uno de los que llevan a los enfermos a Cristo, y así sean de ayuda a otros.
II. LA FE DE OTROS.
24 Ahora deberíamos considerar también un poco la fe de otros y el poder de perdonar pecados, si tuviéramos tiempo. Dije antes que es un error bautizar a los niños en la fe de la iglesia; se predicaba como si fueran bautizados sin fe. Este error se introduce entre nosotros por la fuerza en la actualidad, porque el diablo no duerme. Piensan que los niños pequeños no tienen fe. El papa, con sus subordinados, ha sostenido hasta ahora que los niños no tienen fe, sino que son puestos en el regazo de la iglesia cristiana y fueron bautizados en la fe de toda la cristiandad. Estos nuevos fanáticos, como el papa, dicen también que los niños no tienen fe, sino que deberíamos esperar hasta que crezcan.
25 Nosotros decimos que la fe de otros no ayuda para la salvación, aunque estuvieran presentes dos cristiandades. El niño tiene que creer él mismo en Cristo. Porque yo no he nacido en lugar del niño ni para el niño, ni moriré en su lugar; él tiene una muerte y un nacimiento propios. Si ha de vivir y quedar libre de la muerte, debe llegar también a esto por la fe en Cristo. Sin embargo, oramos por los niños como por todos los incrédulos; y predicamos, oramos y trabajamos para que también los incrédulos y los niños vengan y crean; para esto también vivimos.
26 Así, estas personas tenían también fe, pero no el paralítico. Sin embargo, él tiene que recibirla si ha de sanar; de otro modo, la fe de ellos no le habría ayudado. Ellos, en cambio, en su fe rogaron a Cristo que diera al enfermo de parálisis una fe propia. Así, la fe de otros ayuda para que yo obtenga una fe propia.
27 Sí, alguien podría decir: «¿Cómo sabemos si los niños creen o no?». Tampoco sabemos cuáles de entre los adultos creen y cuáles no. Si soy bautizado siendo adulto y digo: creo, ¿cómo puedes saber si creo o no? ¿Cómo lo sabes? ¿Y si mintiera? Nadie más puede saberlo; a esto cada uno es llevado por su propio corazón y sus propios pensamientos; si es recto, es recto. El niño no puede apoyarse en mi fe; yo apenas tengo fe suficiente para mí. Ni lo pondré en el regazo de la cristiandad, sino en la Palabra de Cristo, donde dice: «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos». Mt 19:14. Lc 18:15. Y así diré: «Aquí, oh Cristo, te traigo a un niñito; tú me has mandado traértelo». Ahora he hecho mi parte; Cristo hará ciertamente también la suya.
Así que no bautizo al niño en mi propia fe ni en la fe de la cristiandad. Pero mi fe y la cristiandad llevan al niño al bautismo, para que, al llevarlo rectamente, Dios le dé una fe propia, para que crea como yo creo y sea preservado en la misma Palabra que Cristo me ha dado. Y no bautizo al niño sobre la base de que no tiene fe, como piensan los bohemios, de modo que cuando crezca entonces obtendrá por primera vez la fe; y pronuncian sobre el niño la Palabra de Dios: Tus pecados te son perdonados; y sin embargo, según sostienen, no cree las palabras. ¿No es esto acusar a la Palabra de Dios de ser falsa? En suma: ciertamente puedo, con mis oraciones y mi fe, ayudar a otro para que también crea, pero no puedo creer por él.
EL PODER EN LA TIERRA DE PERDONAR PECADOS.
28 Los fariseos sabían muy bien que perdonar pecados era obra de Dios y le pertenecía solo a él. Por eso consideraban a Cristo un blasfemo, que siendo hombre pretendía perdonar pecados. El perdón del pecado es de dos clases: la primera es expulsar el pecado del corazón e infundirle gracia; esta es obra de Dios solamente. La segunda clase es la declaración del perdón del pecado; esto puede hacerlo un hombre a su prójimo. Pero aquí Cristo hace ambas cosas. Infunde el Espíritu en el corazón y exteriormente declara el perdón con la palabra, que es una declaración y predicación pública del perdón interior.
29 Todos los hombres que son cristianos y han sido bautizados tienen este poder. Porque con esto alaban a Cristo, y la palabra es puesta en su boca, de modo que pueden y son capaces de decir, si quieren, y cuantas veces sea necesario: Mira, oh hombre: Dios te ofrece su gracia, te perdona todos tus pecados; consuélate, tus pecados te son perdonados; solo cree y ciertamente tendrás el perdón. Esta palabra de consuelo no cesará entre los cristianos hasta el último día: «Tus pecados te son perdonados, ten ánimo». Tal lenguaje usa siempre un cristiano y declara abiertamente el perdón de los pecados. Por esta razón y de esta manera tiene un cristiano poder para perdonar pecados.
30 Por lo tanto, si te digo: Tus pecados te son perdonados, créelo tan seguramente como si Dios mismo te lo hubiera dicho. Pero ¿quién podría hacer esto si Cristo no hubiera descendido, no me hubiera instruido y no hubiera dicho que debemos perdonarnos unos a otros nuestras ofensas? Como cuando dice, en Jn 20:22-23: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos». Y en otro lugar, Mt 18:19-20, dice: «Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La palabra penetra y lo realiza.
31 Ahora bien, si no hubiera en la tierra hombre alguno que perdonara pecados, y no hubiera sino ley y obras, ¡qué cosa débil y miserable sería una pobre conciencia atribulada! Pero ahora que Dios instruye suficientemente a cada uno, de modo que pueda decir a otros: Tus pecados te son perdonados, dondequiera que estés, ha llegado la edad de oro. Por eso hemos de ser desafiantes y jactanciosos contra el pecado, de modo que podamos decir a nuestro hermano, que está en angustia y aflicción por sus pecados: Ten ánimo, hermano mío, tus pecados te son perdonados; aunque no puedo darte el Espíritu Santo ni la fe, puedo sin embargo declarártelos; si crees, los tienes. Los que así creen estas palabras alaban y glorifican a Dios, como lo hacen aquí en el evangelio. Es decir, Dios ha dado al hombre poder para perdonar pecados, y así se extiende el reino de Cristo, y la conciencia es fortalecida y consolada. Esto lo hacemos ahora por medio de la Palabra. Dios conceda que también así lo entendamos.
Sermón para el decimonoveno domingo después de la Trinidad; Mateo 9:1-8 (2.º sermón)
1 El tema de este evangelio es el grande e importante artículo de fe llamado «el perdón de los pecados», el cual, cuando se entiende rectamente, hace un cristiano honesto y da vida eterna. Por eso es necesario enseñar este artículo en la Iglesia cristiana con diligencia y sin cesar, para que aprendamos a entenderlo clara y distintamente. Porque este es el único gran y difícil arte de un cristiano, en el cual tendrá bastante que aprender mientras viva, de modo que no necesite buscar nada nuevo, más alto o mejor.
2 Pero para que entendamos esto rectamente, debemos saber distinguir a fondo dos poderes o clases de piedad. Una es la de aquí en la tierra, que Dios también ha ordenado y ha incluido bajo la segunda tabla de los diez mandamientos. Esta se llama la justicia del mundo o del hombre, y sirve para que vivamos juntos en la tierra y disfrutemos los dones que Dios nos ha dado. Porque es su voluntad que esta vida presente se mantenga bajo el debido freno y se pase en paz, quietud y armonía, atendiendo cada uno a sus propios asuntos y sin entrometerse en los negocios, bienes o persona de otro. Por esta razón Dios ha añadido también una bendición especial, Lv 18:5: «El hombre que los cumpliere vivirá por ellos», es decir, quien en la tierra sea honesto a la vista de todos los hombres gozará de la vida; le irá bien y vivirá largo tiempo.
3 Pero si, por otra parte, el hombre no quiere hacer esto, ha ordenado que se usen la espada, la horca, el potro, el fuego, el agua y cosas semejantes, con las que refrenar y contener a los que no quieren ser piadosos. Donde no se administra tal castigo y todo el país se vuelve tan malo y pervertido que los oficiales de la ley ya no pueden refrenarlo, Dios envía pestilencia, hambre, guerra u otras plagas terribles, para trastornar la tierra y destruir a los malvados, como ha sucedido a los judíos, a los griegos, a los romanos y a otros. De esto podemos aprender su voluntad, a saber, que tal piedad sea ejercida y mantenida; y saber que él proveerá lo necesario; pero si tal piedad no se practica, él a su vez quitará y destruirá todo.
4 Este es, en resumen, el sentido y toda la sustancia de esta piedad en la tierra. Pero es necesario además urgirla y exhortar a la gente a que cada uno se ejercite en ella con diligencia, celo y voluntariamente, y no sea empujado a ella por la fuerza y el castigo. Esta exhortación consiste en exponer los mandamientos de Dios y aplicarlos a cada estado de vida en la tierra, como Dios lo ha ordenado y altamente honrado; debemos hallar placer en ellos y hacer de corazón lo que se requiere en las diferentes esferas de la vida. Cuando Dios dice: «Honra a tu padre y a tu madre», todo hijo, criado, criada, ciudadano y semejantes deben recibir la Palabra con gozo, no tener mayor tesoro en la tierra, y no imaginar que si hacen esto ya están a medio camino o del todo en el paraíso. Y esto debe hacerse únicamente para que todo corazón esté seguro, sin duda alguna, y diga: Ahora sé que tal obra, vida o posición es recta y apropiada y ciertamente agrada a Dios; porque tengo su Palabra y su mandamiento como testigo seguro, que nunca me engaña ni me falla.
5 Porque no consideren esta la menor gracia en la tierra, cuando han llegado a esta decisión en su corazón y su conciencia descansa en ella. Esta seguridad la debemos únicamente al bendito evangelio, en el cual debemos deleitarnos y al cual debemos reverenciar, aunque no recibamos de él otro beneficio o provecho que este: que aquieta nuestra conciencia y nos enseña positivamente cómo vivir y en qué relación estamos con Dios.
¡En qué error y ceguera estábamos antes, cuando ni siquiera una chispa de tal enseñanza nos iluminaba y nos dejábamos llevar en nombre del diablo por los antojos de cualquier predicador mentiroso! Probábamos toda clase de obras, corríamos de aquí para allá, gastábamos y malgastábamos nuestras fuerzas, dinero y bienes; aquí fundábamos misas y altares, allá conventos y cofradías, y cada uno andaba a tientas buscando la manera de servir a Dios; y sin embargo nadie la encontró, sino que todos permanecieron en tinieblas. Porque no había un Dios que dijera: Esto me agrada, esto lo he mandado, etc. Sí, nuestros guías ciegos no hicieron nada menos que perder de vista la palabra de Dios, separarla de las buenas obras y poner en lugar de estas otras obras por todas partes; además de esto, desecharon y despreciaron los estados de vida que Dios había establecido, como si él no supiera, ni siquiera tan bien como nosotros, cómo administrar sus asuntos.
6 Por eso debemos cuidar constantemente de inculcar esta Palabra de Dios, que no nos carga con obras especiales, grandes y difíciles, sino que nos remite a la condición en que vivimos, para que no busquemos nada más, sino que con corazón alegre permanezcamos satisfechos en ella y estemos seguros de que con tal obra se logra más que si uno hubiera fundado todos los conventos y guardado todas las órdenes, aunque sea el más insignificante trabajo doméstico. Porque hasta ahora hemos sido lamentablemente engañados por el hermoso lustre y la pompa de las obras, las capuchas, las coronillas rapadas, la ropa burda, los ayunos, las vigilias, los semblantes piadosos, el hacerse el devoto y el andar descalzo.
Nuestra necedad consiste en dar demasiada importancia a la apariencia de las obras, y cuando estas no relumbran como algo extraordinario las consideramos sin valor; y, pobres necios que somos, no vemos que Dios ha unido y atado este precioso tesoro, a saber, su Palabra, a obras tan comunes como la obediencia filial, los asuntos exteriores, domésticos o civiles, incluyéndolos así en su orden y mandamiento, que quiere que aceptemos como si él mismo hubiera aparecido desde el cielo. ¿Qué harían si Cristo mismo con todos los ángeles descendiera visiblemente y les mandara en su casa barrer la casa y lavar las ollas y los calderos? Qué felices se sentirían, y no sabrían cómo actuar de alegría, no por la obra en sí, sino porque sabrían que con ello sirven a aquel que es mayor que el cielo y la tierra.
7 Si tan solo consideráramos esto, y por el poder de la Palabra miráramos más allá de nosotros y pensáramos que no es un hombre, sino Dios en el cielo quien quiere y manda estas cosas, correríamos a toda velocidad y de la manera más fiel y diligente haríamos estas obras comunes e insignificantes, como se las considera, antes que cualesquiera otras. No hay otra razón por la que esto no se hace sino el simple hecho de que las obras están separadas de la Palabra, y el mandamiento de Dios no es tenido en cuenta ni respetado; avanzamos de un modo ciego y somnoliento y pensamos que el hacer las obras es suficiente. Porque consideramos insignificantes estas obras, nos quedamos mirando y buscando otras alrededor, nos volvemos indolentes y quejumbrosos, no hacemos nada en amor, fidelidad y obediencia, no tenemos escrúpulos por nuestra negligencia, somos infieles a nuestros semejantes, los dañamos o los irritamos, y así amontonamos sobre nosotros toda clase de miseria, ira y desgracia.
8 Esta es, pues, una parte de nuestro discurso: que esta justicia exterior sea urgida tanto en exhortaciones como en amenazas, y no sea considerada de poca importancia. Porque quien la desprecia, desprecia a Dios y su Palabra.
9 Por lo tanto, que cada uno mire por sí mismo qué es o qué tiene que hacer, y qué exige Dios de él, ya sea gobernar, mandar y ordenar, o por el contrario obedecer, servir y trabajar, para que atienda los deberes de su oficio con toda fidelidad por amor a Dios. Esté seguro de que Dios tiene más consideración por tal fidelidad que por todo el trabajo y la piedad de los monjes, que nunca han alcanzado esta justicia exterior; ni son capaces de ensalzar todas sus obras y hechos tan de corazón como un niño o una criada que cumple sus deberes conforme al mandamiento de Dios.
¡Oh, qué mundo bendito tendríamos si la gente creyera esto y cada cual permaneciera en su puesto, teniendo siempre presente la voluntad y el mandamiento de Dios! Entonces caerían del cielo como lluvia toda clase de bendiciones y dones, en lugar de los muchos disgustos y penas de corazón que ahora tenemos, esperamos y merecemos.
10 Por encima de esta piedad exterior hay otra, que no pertenece a esta vida temporal en la tierra, sino que solo vale delante de Dios y que nos conduce a la vida venidera y nos mantiene en ella. La primera piedad consiste en obras que esta vida presente exige que se hagan entre los hombres, sean nuestros superiores o inferiores, nuestros vecinos o nuestros parientes. Tiene su recompensa aquí en la tierra, termina también con esta vida, y los que no la practican acortan sus días. Pero esta última piedad se mueve y se eleva muy por encima de todo lo que hay en la tierra, y no tiene nada que ver con obras. Pues ¿cómo puede tener obras, si todo lo que este cuerpo puede realizar y que se llama obras ya está incluido en la primera piedad?
Esta piedad se llama ahora la gracia de Dios, o el perdón de los pecados, de la cual habla Cristo en este y otros evangelios, y que no es una justicia terrenal sino celestial; no viene de nuestra obra y capacidad, sino que es obra y don de Dios. Pues aquella piedad humana bien puede protegernos contra el castigo y el verdugo, y permitirnos disfrutar de los dones temporales; pero no puede alcanzarnos la gracia de Dios ni el perdón del pecado. Por eso, aunque tengamos esta piedad exterior, debemos tener, sin embargo, otra mucho más alta, que es la única que vale delante de Dios, nos libra del pecado y de una mala conciencia, y nos saca de la muerte a la vida eterna.
11 Esta es, además, la única parte, artículo y doctrina por cuya fe llegamos a ser y se nos llama cristianos, y que nos separa y aparta de todos los demás santos de la tierra; porque todos ellos tienen un fundamento y una naturaleza distintos de su santidad, ejercicios peculiares y vida rigurosa. Nos separa también de las obras de los que ocupan puestos y oficios aprobados por la Palabra de Dios, que son ciertamente mucho más elevados y mejores que todo el eclesiasticismo de elección propia de los monjes. Estos constituyen también una santa vocación, de modo que se los llama piadosos y merecen la alabanza de todos los hombres porque cumplen su deber. Pero todo esto no hace cristiano a nadie. Solo es cristiano quien recibe este artículo con fe y está seguro de que está en el reino de la gracia, en el cual Cristo lo protege y le perdona diariamente sus pecados. Pero el que busca otra cosa o quiere tratar con Dios de otra manera, debe saber que no es cristiano, sino que es rechazado y condenado por Dios.
12 Por eso se necesita la mayor destreza e inteligencia para captar y entender esta justicia, y en nuestros corazones y ante Dios distinguirla rectamente de la justicia exterior antes mencionada. Porque esta es, como se ha dicho, la destreza y la sabiduría del cristiano; pero es tan alta y grande que ni siquiera todos los amados apóstoles pudieron hablar bastante de ella; y sin embargo se encuentra con la dolorosa desgracia de que ningún arte se domina tan pronto como este.
No hay tema mayor para un predicador que la gracia de Dios y el perdón del pecado; y, sin embargo, somos gente tan mala que, una vez que lo hemos oído o leído, pensamos que lo sabemos, enseguida somos maestros y doctores, seguimos buscando algo mayor, como si lo hubiéramos hecho todo, y así hicimos nuevas facciones y divisiones.
13 Yo llevo ya muchos años enseñando y estudiando este tema con toda diligencia (más que cualquiera de los que imaginan que lo saben todo), predicando, escribiendo y leyendo, y sin embargo no puedo jactarme de haberlo dominado, y me alegro de seguir siendo alumno con los que apenas empiezan a aprender. Por esta razón debo exhortar y advertir a todos los que quieren ser cristianos, tanto maestros como alumnos, que se guarden de tal vergonzosa ilusión y hartazgo, y entiendan que este tema es dificilísimo y el mayor arte que se puede hallar sobre la tierra; de modo que hasta Pablo tuvo que confesar y decir (2 Co 9:15) que es un don inefable, es decir, uno que no se puede describir entre los hombres con palabras de modo que lo estimen tan alta y queridamente como lo es en sí mismo.
14 La razón de esto es que el entendimiento del hombre no puede ir más allá de esta piedad exterior de las obras y no puede comprender la justicia de la fe; sino que cuanto mayor y más hábil es este entendimiento, más se confina a las obras y descansa en ellas. No es posible que el hombre, en tiempos de tentación y angustia, cuando su conciencia lo golpea, deje de andar a tientas en busca de obras en las cuales apoyarse y descansar. Entonces buscamos y enumeramos las muchas buenas obras que quisiéramos hacer o hemos hecho, y como no encontramos ninguna, el corazón empieza a dudar y a desesperar. Esta debilidad está tan firmemente adherida a nuestra naturaleza que ni siquiera los que tienen fe y reconocen la gracia de Dios, o el perdón de los pecados, pueden vencerla con todos sus esfuerzos y empeños, y deben luchar contra ella cada día. En suma, está enteramente fuera del conocimiento y del entendimiento, de la capacidad y del poder humanos elevarse por encima de esta justicia terrenal y trasladarse a este artículo de fe; y aunque uno oiga mucho acerca de él y esté familiarizado con él, persiste sin embargo la vieja ilusión y la corrupción innata que quiere presentar ante Dios sus propias obras y hacerlas el fundamento de la salvación. Tal es el caso, digo, de los que son cristianos y luchan contra esta justicia de obras; otros, críticos y almas inexpertas, se pierden incluso en ella.
15 Por eso esta doctrina, que nuestra piedad ante Dios consiste enteramente en el perdón de los pecados, debe ser rectamente comprendida y firmemente mantenida. Debemos, pues, salir de nosotros mismos y ascender más alto que nuestra razón, que nos mantiene en conflicto con nosotros mismos y nos recuerda tanto el pecado como las buenas obras; y debemos remontarnos tan alto que no veamos ni pecado ni buenas obras, sino que estemos arraigados y cimentados en este artículo y no veamos ni sepamos nada más. Por eso, que la gracia o el perdón se opongan no solo al pecado, sino también a las buenas obras, y quede excluida toda justicia y santidad humanas. Así hay en el hombre dos poderes en conflicto: exteriormente, en esta vida, ha de ser piadoso, hacer buenas obras y cosas semejantes. Pero si apunta más allá de esta vida y quiere tratar con Dios, debe saber que aquí ni su pecado ni su piedad valen nada. Y aunque sienta sus pecados que turban su conciencia, y aunque la ley exija buenas obras, no los escuchará ni les prestará atención, sino que responderá con denuedo: Si yo tengo pecado, Cristo tiene perdón; sí, estoy sentado en un trono al que el pecado no puede llegar.
16 Por eso hemos de considerar el reino de Cristo como un arco o bóveda grande y hermosa que está por todas partes sobre nosotros, y nos cubre y protege contra la ira de Dios; sí, como un gran firmamento extendido que la pura gracia y el perdón iluminan y llenan de tal modo el mundo y todas las cosas que todo pecado apenas parecerá una chispa en comparación con el grande y extenso mar de luz; y aunque el pecado pueda oprimir, no puede dañar, sino que debe desaparecer y esfumarse ante la gracia. Los que entienden esto bien pueden ser llamados maestros, pero todos tendremos que humillarnos y no avergonzarnos de seguir aprendiendo esta lección mientras vivamos.
17 Porque dondequiera que nuestra naturaleza logra hallar pecado, procura hacer de él una carga insoportable. Satanás aviva la chispa y sopla hasta hacer un gran fuego que llena el cielo y la tierra. Aquí hay que dar vuelta a la hoja y concluir firmemente: por grande o gravoso que fuera el pecado, este artículo de fe es, sin embargo, mucho más alto, más ancho y más grande, y ha sido recomendado y establecido no por la sabiduría del hombre, sino por aquel que ha abarcado el cielo y la tierra y los tiene en el hueco de su mano. Is 40:12. Mi pecado y mi piedad deben quedarse aquí en la tierra, en cuanto atañen a mi vida y conducta. Pero en el cielo, arriba, tengo otro tesoro, mayor que ambos; allí Cristo está sentado y me tiene en sus brazos, me cubre con sus alas y me hace sombra con su gracia.
18 Dirás: ¿Cómo es esto, si cada día siento el pecado y mi conciencia me condena y me amenaza con la ira de Dios? Respondo: Por eso, digo, hay que entender que la justicia de un cristiano no es nada que se pueda nombrar o imaginar sino el perdón del pecado, es decir, que es un reino de poder que trata solo con el pecado y con una gracia tan abundante que quita toda ira.
Se llama el perdón del pecado por la razón de que somos verdaderamente pecadores ante Dios; sí, todo en nosotros es pecado, aunque tengamos toda la justicia humana. Porque donde Dios habla de pecado, tiene que haber pecado real y grande; así también el perdón no es una broma, sino una seriedad real. Cuando, pues, consideras este artículo, tienes ambas cosas. El pecado te quita toda tu santidad, por piadoso que seas en la tierra; a su vez, el perdón quita todo pecado y toda ira. Por eso tu pecado no puede arrojarte al infierno, ni tu piedad puede elevarte al cielo.
19 Por eso, cuando el diablo turbe tu conciencia y trate de traer desesperación a tu corazón diciendo: «¿No has aprendido que hay que ser piadoso?», entonces responde con valentía y di: Sí, tienes razón; soy pecador, eso ya lo sabía; porque este artículo, llamado el perdón de los pecados, me lo enseñó hace mucho. Debo ser piadoso y hacer lo que pueda ante el mundo; pero ante Dios estoy dispuesto a ser pecador y a que no se me llame otra cosa, para que este artículo siga siendo verdadero; de otro modo no habría perdón ni gracia, sino que tendría que llamarse corona de justicia y de méritos. Por eso, aunque no siento sino muchos y grandes pecados, ya no son pecados; porque tengo para ellos una preciosa panacea y medicina que quita el poder y el veneno del pecado y lo destruye por completo. Es esta palabra, «Perdón», ante la cual el pecado desaparece como la paja ante el fuego. Sin ella ninguna obra, sufrimiento o martirio vale contra el más pequeño pecado. Porque sin perdón el pecado es y sigue siendo puro pecado, que nos condena.
20 Por eso, confiesa este artículo de corazón y con denuedo, y di: Ante el mundo puedo ser piadoso y hacer todo lo que se requiere, pero ante Dios no es sino pecado según este artículo. Por eso soy pecador, pero un pecador que ahora tiene perdón y que se sienta ante el trono donde la gracia reina soberana, Sal 116. Si no fuera así, yo sería un pecador como Judas, que veía solo su pecado, pero ningún perdón. Pero los cristianos, por más pecado que sientan en sí mismos, en esa palabra perdón ven presentada ante ellos, y derramada sobre ellos, una gracia mucho más abundante.
21 Aprende, pues, así a engrandecer este artículo y a extenderlo hasta donde Cristo alcanza y reina, para que lo eleves muy por encima de todo lo que hay en el cielo y en la tierra. Porque así como la Palabra se eleva sobre todo esto, así también la fe, que comprende la Palabra y mantiene firme en ella el corazón, debe vencer el pecado, la conciencia, la muerte y el diablo.
22 Considera ahora qué clase de persona es un cristiano, que domina sobre la muerte y el diablo, y ante quien todo pecado es como una hoja marchita. Examínate ahora y mira hasta dónde has aprendido esta lección, y si es un asunto tan insignificante y fácil como piensan algunas almas inexpertas. Porque si la has aprendido y creído, toda desgracia, la muerte y el diablo serán como nada. Pero como todavía estás tan atormentado por el pecado, y todavía te asustas y desesperas a causa de la muerte, el infierno y el juicio de Dios, humíllate, da honra a la Palabra y confiesa que nunca has entendido todavía este asunto.
En suma, que cada uno examine su propio corazón, y hallará a un falso cristiano que imagina saber todo acerca de este tema antes de haber aprendido sus primeros principios. Las palabras se oyen, se leen y se repiten pronto, pero llevar el principio a la práctica y al carácter, de modo que viva dentro de nosotros y nuestra conciencia se funde en él y descanse en él, no está en el arte del hombre. Por eso digo y exhorto que los que quieren ser cristianos lo tengan siempre presente, lo asimilen, lo practiquen y se disciplinen con él, para que al menos tengamos un gusto de él y, como dice Santiago, 1:18, seamos una especie de primicias de sus criaturas. Porque nunca avanzaremos tanto en esta vida como para llegar a un entendimiento perfecto de él; ni siquiera los bienaventurados apóstoles, llenos del Espíritu y de fe, avanzaron tanto.
23 Hasta aquí he explicado la primera parte: qué es la justicia cristiana y en qué consiste. Pero si preguntas además de dónde viene, o cómo ha sido realizada o ganada, respondo: Jesucristo, el Hijo de Dios, ha venido del cielo y se ha hecho hombre, ha padecido y muerto por nuestros pecados. Esta es la causa, el medio y el tesoro por el cual obtenemos el perdón del pecado y por causa del cual se nos concede la gracia de Dios; porque tal tesoro no nos llega sin medio ni mérito. Pero como todos nacemos en pecado y somos enemigos de Dios, no hemos merecido sino ira y castigo eternos. Todo lo que somos y tenemos está condenado, y no hay ayuda ni salida. Porque el pecado es tan grave que ninguna criatura puede apagarlo, y la ira tan grande que ningún hombre puede aplacarla ni conciliarla. Por eso otro hombre debe ocupar nuestro lugar, a saber, Jesucristo, Dios y hombre, y mediante su padecimiento y muerte dar satisfacción por nuestros pecados y pagarlos. Este es el precio que ha sido fijado y ha sido gastado por nosotros, por el cual el pecado ha sido apagado y la ira de Dios aplacada, y el Padre ha sido reconciliado y hecho nuestro amigo.
24 Solo los cristianos saben esto y lo creen, y en este aspecto son distintos de los de cualquier otra fe y culto en la tierra. Porque los judíos, los turcos, los falsos cristianos y los que quieren ser justos por obras se jactan también de que Dios es misericordioso; y no hay hombre en la tierra que no sepa algo de la gracia de Dios, y sin embargo todos ellos fallan en obtenerla; o, en otras palabras, no tienen el tesoro en que ella reside y del cual fluye. Continúan en su ceguera e imaginan que pueden adquirirla con sus obras, su vida rígida y su propia santidad, con las cuales solo hacen más grave la ira y el desagrado de Dios.
25 Por eso es necesario que aprendamos rectamente a conocer este tesoro y busquemos el perdón donde se puede encontrar; es decir, que aprendamos a fondo a conocer, comprender y retener al Señor Jesucristo. Porque está ordenado que nadie llegue a la presencia de Dios, halle gracia ni obtenga el perdón del menor pecado sino por medio de Cristo. Porque eres pecador, y siempre lo seguirás siendo, tu conciencia está siempre presente, te condena y te amenaza con la ira y el castigo de Dios, de modo que no puedes ver la gracia de Dios.
En cuanto al perdón de los pecados, permíteme decir que no hallarás nada en tu corazón con lo cual puedas pagarlos, ni reunir fondos por los cuales Dios te reconozca y cancele la deuda en el libro de cuentas. Pero si te aferras a Cristo como el que se ha hecho tu sustituto, el que ha tomado tu pecado sobre sí y el que se ha dado a sí mismo con todo su mérito y dignidad por ti, ningún pecado puede valer nada contra ti. Si yo soy pecador, él es santo, y es Señor sobre el pecado, la muerte, Satanás y el infierno, de modo que ningún pecado puede dañarme, porque él me ha sido dado como mi justicia y salvación.
26 Por eso tenemos, ciertamente, pura gracia y perdón de todos los pecados, pero en ninguna parte sino en y por medio de Cristo solo, y solo en él se debe buscar y obtener. Por eso quien se presente ante Dios con cualquier clase de obra que Dios deba reconocer y considerar meritoria para obtener gracia, quedará defraudado y desengañado; sí, en vez de gracia amontonará ira sobre sí. Así ven que todos los demás caminos y medios son condenados como doctrinas de demonios, por las cuales los hombres son llevados y dirigidos a sus propias obras, o a la santidad y los méritos de otros, como por ejemplo de los santos que han llevado vidas ascéticas y seguido las reglas de sus órdenes, y han sufrido y expiado mucho; o como han hecho los que han consolado a las personas en las angustias de la muerte y las han exhortado a sufrir la muerte de buen grado por sus pecados. Quien se atreve a ofrecer algo más por el pecado o a expiarlo él mismo no hace otra cosa que negar al Señor Jesucristo, sí, deshonrarlo y calumniarlo, como si la sangre de Cristo no tuviera más importancia que nuestro arrepentimiento y satisfacción, o como si su sangre no bastara para quitar todos los pecados de la tierra.
27 Por eso, si quieres ser librado de tus pecados, deja de buscar obras y satisfacción y de presentarlas ante Dios; sino simplemente arrástrate bajo las alas y al seno de Cristo, como el que ha quitado tus pecados y los ha puesto sobre sí. ¡Así no necesitas castigarte con ellos ni tener nada que ver con ellos! Porque él es el Cordero de Dios, dice Jn 1:29, «que quita el pecado del mundo»; y Pedro dice, Hch 4:12: «Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos». La razón por la que somos cristianos es que tenemos a Cristo con todo su mérito y dignidad, no por nuestros esfuerzos y obras, que ciertamente hacen a un san Cartujo, a un san Francisco o a un monje agustino un siervo obediente y extremista, como se los llama; pero tales obras nunca pueden hacer a un cristiano. Mira, esta es la segunda parte que pertenece al sermón sobre este artículo.
28 El tercer pensamiento es cómo y por qué medios podemos apropiarnos de tal justicia, para recibir el tesoro adquirido por Cristo. Aquí también necesitamos cuidar de tomar el camino correcto y de no cometer el error que ciertos herejes han cometido en tiempos pasados, y que muchas mentes erradas todavía propagan, que piensan que Dios debería hacer algo especial con ellos. Estos imaginan que Dios tratará por separado con cada uno mediante alguna luz interior especial y revelación misteriosa, y le dará el Espíritu Santo, como si no hubiera necesidad de la Palabra escrita ni del sermón exterior. Por lo tanto, debemos saber que Dios ha ordenado que nadie llegue al conocimiento de Cristo, ni obtenga el perdón adquirido por él, ni reciba el Espíritu Santo, sin el uso de medios exteriores y públicos; sino que Dios ha encerrado este tesoro en la palabra oral o ministerio público, y no hará su obra en un rincón ni misteriosamente en el corazón, sino que quiere que sea proclamada y distribuida abiertamente entre la gente, como Cristo manda, Mr 16:15: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura», etc.
29 Hace esto para que sepamos cómo y dónde buscar y esperar su gracia, de modo que en toda la cristiandad haya la misma costumbre y orden, y no cada uno siga su propio parecer y actúe según sus propias ideas, y así se engañe a sí mismo y a otros, lo cual ciertamente sucedería. Como no podemos mirar dentro del corazón de ningún hombre, cada uno podría jactarse de tener el Espíritu Santo y presentar sus propios pensamientos como revelación divina que Dios le hubiera inspirado y enseñado de manera especial; y como resultado nadie sabría a quién ni qué creer.
30 Por eso esta parte también, a saber, la palabra exterior o predicación, pertenece al cristianismo como un canal o medio por el cual alcanzamos el perdón de los pecados, o la justicia de Cristo, con el cual Cristo nos revela y ofrece su gracia o la pone en nuestro seno, y sin el cual nadie llegaría jamás al conocimiento de este tesoro. Pues ¿de dónde sabría alguien, o en el corazón de qué hombre llegaría jamás, que Cristo, el Hijo de Dios, vino del cielo por causa nuestra, murió por nosotros y resucitó de los muertos, adquirió el perdón de los pecados y la vida eterna, y nos lo ofrece, sin que se anuncie y predique públicamente? Y aunque adquirió este tesoro para nosotros mediante su padecimiento y muerte, nadie podría obtenerlo ni recibirlo si Cristo no lo hiciera ofrecer, presentar y aplicar. Y todo lo que hizo y padeció sería en vano, sino que sería como algún gran y precioso tesoro enterrado en la tierra, que nadie podría hallar ni aprovechar.
31 Por eso siempre he enseñado que la palabra oral debe preceder a todo lo demás, debe ser captada con los oídos, si el Espíritu Santo ha de entrar en el corazón, el cual por medio de la Palabra lo ilumina y obra la fe. Por consiguiente, la fe no viene sino por el oír y la predicación oral del evangelio, en la cual tiene su comienzo, crecimiento y fuerza. Por esta razón la Palabra no debe ser despreciada, sino tenida en honra. Debemos familiarizarnos y acostumbrarnos con ella, y practicarla constantemente, para que nunca deje de dar fruto; porque nunca puede ser entendida y aprendida demasiado bien. Que cada uno se guarde de los desvergonzados que no tienen más respeto por la Palabra que si fuera innecesaria para la fe; o de los que piensan que lo saben todo, se cansan de ella, con el tiempo caen de ella y no retienen nada de la fe ni de Cristo.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.