Comentarios y sermones · Martín Lutero
Mateo 18: comentario de Martín Lutero
Sermón para el tercer domingo después del Domingo de la Trinidad; Lucas 15:1-10
PARÁBOLA DE LA OVEJA PERDIDA
1 Las palabras del evangelio son vivas y vivificantes, si tan solo las comprendemos bien. Pero, para que aprendamos a entender mejor este evangelio, pondremos ahora delante de nosotros a dos clases de hombres, a saber, los pecadores públicos y los fariseos, y haremos de Cristo su juez. Han oído a menudo que es nuestro deber, por amor, servir a nuestro prójimo en todo. Si es pobre, hemos de servirle con nuestros bienes; si está en deshonra, hemos de cubrirlo con el manto de nuestro honor; si es pecador, hemos de adornarlo con nuestra justicia y piedad. Eso es lo que Cristo hizo por nosotros. Fil 2. Él, que era sobremanera rico, se despojó a sí mismo por causa nuestra y se hizo pobre. Nos sirvió con sus bienes, para que nosotros, en nuestra pobreza, llegáramos a ser ricos. Fue hecho pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.
2 Ahora bien, las obras exteriores del amor son muy grandes, como cuando ponemos nuestros bienes al servicio de otro. Pero la mayor es esta: que yo entregue mi propia justicia y la haga servir para los pecados de mi prójimo. Porque servir y ayudar exteriormente con los bienes propios es amor solo en su aspecto exterior; pero prestar ayuda y servicio con la propia justicia, eso es algo grande y pertenece al hombre interior. Esto significa que debo amar al pecador y ser su amigo, debo ser enemigo de sus vicios y reprenderlos con seriedad, y sin embargo debo amarlo con todo mi corazón, de modo que cubra sus pecados con mi justicia. Se me manda reprender; pero Cristo me dice, en Mt 18:15-18, cómo debo hacerlo: «Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenlo por gentil y publicano. De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.»
3 En una palabra, tal enemigo de mi prójimo debo ser, que no pueda dejarlo sufrir. Tan entrañablemente debo amarlo, que hasta corra tras él y llegue a ser como el pastor que busca la oveja perdida, como la mujer que busca la moneda de plata perdida. Por eso, en esta ocasión hablaremos de esa grande obra de amor que se muestra cuando un hombre piadoso reviste al pecador con su propia justicia, cuando una mujer piadosa reviste a la más disoluta ramera con su propio honor.
4 Esto es algo que ni el mundo ni la razón harán. Una obra como esta no pueden hacerla los hombres honorables y piadosos que se mueven solo por la razón, hombres que quieren probar su piedad mirando con desdén a los pecadores, como aquí lo hacen los fariseos, que murmuran y refunfuñan contra los pecadores públicos.
5 Esto es lo que hacen nuestros monjes. Han andado haciendo muecas a todos los que yacen en sus pecados, y han pensado: «¡Ah, pero este es un hombre mundano! No nos incumbe. Si de veras quisiera ser piadoso, que se ponga la cogulla de monje». De ahí que la razón y tales hipócritas no puedan dejar de despreciar a los que no son como ellos. Están hinchados por su propia vida y conducta, y no logran avanzar lo bastante como para tener misericordia de los pecadores. Esto no lo saben: que han de ser siervos, y que su piedad ha de servir a otros. Además, se vuelven tan soberbios y duros que no son capaces de mostrar ningún amor. Piensan: «Este campesino no es digno de desatar la correa de mis zapatos; así que no me digan que debo mostrarle algún afecto». Pero en este punto Dios interviene, permitiendo que el soberbio reciba una caída y un golpe tan severos que a menudo se hace culpable de pecados como el adulterio, y a veces hace cosas todavía peores, y luego debe golpearse a sí mismo, diciendo: «Cállate, hermano, y contente; eres exactamente de la misma pasta que aquel campesino». Así reconoce que todos somos astillas del mismo tronco. «Ningún asno tiene por qué burlarse de otro por ser bestia de carga; porque todos somos de una misma carne».
6 Esto lo vemos claramente en las dos clases de personas que aquí se nos presentan como ejemplos. En primer lugar, tenemos a los fariseos y a los hipócritas, que son gente en extremo piadosa, y estaban metidos hasta las orejas en santidad. En segundo lugar, tenemos a los pecadores manifiestos y a los publicanos, que estaban metidos hasta las orejas en pecados. A estos, pues, aquellos santos resplandecientes los despreciaban y no los consideraban dignos de su compañía. Pero aquí Cristo interviene con su juicio y dice que aquellos santos deben agacharse y cargar a los pecadores sobre sus hombros, y tener presente que, con su justicia y piedad, están para ayudar a otros a salir de sus pecados. ¡Pero no! Eso no lo harán. Y así es, en efecto, como van las cosas.
7 Una obra verdaderamente cristiana es que descendamos y nos metamos en el lodo del pecador tan hondo como él mismo está metido, tomando su pecado sobre nosotros y debatiéndonos con él para salir, no obrando de otro modo que si su pecado fuera el nuestro. Debemos reprenderlo y tratar con él en serio; y sin embargo no hemos de despreciarlo, sino amarlo sinceramente. Si eres soberbio para con el pecador y lo desprecias, estás del todo condenado.
8 Estas son, pues, grandes y buenas obras en las que debemos ejercitarnos. Pero nadie les presta atención. Tales obras se han desvanecido por completo y se han extinguido. Entretanto, uno va, en nombre del diablo, a Santiago; otro se pone a construir una iglesia; un tercero manda decir misas: este hace esto, el otro hace aquello, y nadie piensa en orar por el pecador. Por eso hay que temer que los más santos estén en lo más hondo del infierno, y que los pecadores estén en su mayoría en el cielo.
Pero sería una obra verdaderamente cristiana, si recibieras a los pecadores, si entraras en tu aposento y allí dijeras, en oración ferviente al Señor: «¡Oh, Dios mío! De fulano oigo esto y aquello, yace en sus pecados, ha caído. Oh, Señor, ayúdale a levantarse de nuevo», etc. Esta es precisamente la manera de recibir y servir al pecador.
9 Así obró Moisés cuando los israelitas adoraron el becerro de fundición. Se mezcló libremente con el pueblo en sus pecados. Sin embargo, los castigó con severidad, e hizo matar a tres mil hombres de puerta en puerta. Éx 32. Después subió y se postró delante de Dios, y le rogó que perdonara al pueblo su pecado, o que lo borrara a él del libro de la vida. Mira, aquí tenemos a un hombre que sabía que Dios lo amaba y que había escrito su nombre en el libro de los bienaventurados; y sin embargo dice: «Señor, preferiría que me condenaras a mí y salvaras al pueblo».
10 También Pablo obró así. A veces reprendía severamente a los judíos, llamándolos perros y otros nombres. Y sin embargo se arrodilló y dijo: «Deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos». Ro 9:3. Es como si hubiera dicho: «De buena gana sería anatema, con tal de que la multitud del pueblo fuera ayudada». Un proceder como este es demasiado elevado para la razón y sobrepasa su comprensión. Así debemos obrar también nosotros, y así debemos servir a nuestro prójimo.
11 Y otra vez, tenemos un episodio en el primer libro de Samuel. Cuando el pueblo pidió un rey, y no quiso ser gobernado solo por la Palabra de Dios, sino que perdió la fe en el Señor y dijo que querían un rey temporal que saliera delante de ellos y peleara sus batallas, como todas las naciones, 1 S 8:20. Entonces vino Dios y los castigó por el pecado de haberlo despreciado, y habló así al profeta Samuel: «No te han desechado a ti, sino a mí me han desechado». Después de eso el pueblo vino a Samuel y le rogó que orara por ellos, diciendo: «Ruega por tus siervos a Jehová tu Dios, para que no muramos; porque a todos nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para nosotros». Entonces Samuel, entre otras cosas, les dijo: «Así que, lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto. Solamente temed a Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón, considerando cuán grandes cosas ha hecho por vosotros». 1 S 12:19-24.
12 También David obró así. Cuando el Señor envió las plagas sobre Israel, habló al Señor y dijo: «Yo pequé, yo hice la maldad; pero estas ovejas, ¿qué hicieron? Te ruego que tu mano se vuelva contra mí, y contra la casa de mi padre».
13 Tal debe ser tu proceder para con los pecadores: por dentro, el corazón en servicio; por fuera, la lengua con seriedad. Dios nos exige esto; y esto es lo que Cristo, nuestro Capitán, ha manifestado en sí mismo, como dice Pablo a los filipenses, 2:4-9: «no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz».
14 Cristo estaba lleno de toda justicia, y con justicia habría podido condenarnos a todos como pecadores. Pero no lo hizo. ¿Qué hizo, entonces? Se entregó para ser nuestro Siervo. Su justicia ha servido para nuestros pecados, su plenitud para nuestra flaqueza, su vida para nuestra muerte. Esto lo vemos ilustrado, para nuestro ejemplo, en el evangelio que tenemos delante, donde se conduce con tal bondad hacia los pecadores que los fariseos murmuran. Por eso el Señor les propone las siguientes parábolas para enseñarles cómo han de recibir a los pecadores y servirles, diciendo:
V.4-8. ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?, etc. ¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?
15 Cristo es tanto el pastor como la mujer; pues él ha encendido la lámpara, es decir, el evangelio, y anda por el desierto, es decir, el mundo. Barre la casa y busca la oveja perdida y la moneda de plata perdida cuando viene con su Palabra y nos proclama, primero nuestros pecados, y luego su gracia y misericordia. La declaración de Cristo de que él es el pastor y que ha puesto nuestros pecados sobre su espalda u hombros nos hace confiar plenamente en él, y hace que los publicanos y otros pecadores corran tras él. Estos no habrían venido así a él, si lo hubieran considerado un juez duro e iracundo; pues antes ya se habían reconocido pecadores y necesitados de su gracia. Y así fueron atraídos a él cuando oyeron su amorosa doctrina. Aquí sale la oveja del desierto, y aquí es hallada la moneda de plata perdida.
16 Aprende de esto, pues, que a nuestro prójimo hay que buscarlo como a una oveja perdida, que su vergüenza ha de ser cubierta con nuestro honor, que nuestra piedad ha de ser un manto para sus pecados. Pero hoy, cuando los hombres se juntan, hablan mal unos de otros; y así quieren mostrar cuán celosos son contra el pecado. Por tanto, ustedes, hombres, siempre que se junten, no hablen mal de sus prójimos. No pongan una cara ante una persona y otra ante otra. No le corten a uno el pie y a otro la mano; no hagan tal tráfico de carne viva. Asimismo, ustedes, mujeres, cuando se junten, oculten la vergüenza ajena, y no causen heridas que no puedan sanar. Si se encuentran con algo semejante en la casa de alguien, echen su manto sobre la vergüenza y las heridas, y cierren la puerta. Una muy buena razón para hacerlo es que quisieran que otros hicieran lo mismo con ustedes. Luego, si han guardado el asunto en secreto, hagan comparecer después a los implicados, denles una buena reprimenda, y que el asunto quede con ustedes como un secreto.
17 Cristo también obra así. Guarda silencio y cubre nuestros pecados. Bien podría exponernos a la vergüenza y pisotearnos, como muestra nuestro texto que hacían los fariseos. Pero no lo hace. Todo saldrá a la luz, sin embargo, en el juicio final. Entonces todo lo oculto será revelado. Entonces la virgen pondrá su corona sobre la ramera, la mujer piadosa echará su velo sobre la adúltera, y todo lo que tenemos servirá como vestido para cubrir los pecados de otros. Pues cada hombre tendrá su oveja, y cada mujer tendrá su moneda de plata. Todos nuestros dones deberán ser dones de otros.
18 Por eso, en el juicio de Dios no hay en la tierra pecado mayor que el que cometen los hombres, mujeres y vírgenes piadosos cuando desprecian a los que yacen en su pecado y se atribuyen a sí mismos sus dones naturales, hinchándose y despreciando a su prójimo.
19 Por eso este evangelio es muy consolador para los pecadores. Pero si bien es amable con los pecadores, es motivo de gran temor para los fariseos. Si este evangelio no fuera más que un buen consejo, no habría sido tan consolador; pero ahora que ha sido mandado, puedo reconocer la mente de Dios en Cristo, pues él así lo quiere, y ordena que cubramos los pecados de otros. Es más, lo que es todavía mayor, el mismo Cristo lo hace, y para esto fue enviado; pues ningún hombre cumple la ley de Dios tan perfectamente como él. Nosotros apenas somos una chispa en medio del fuego y la luz divinos. Él es el fuego del cual están llenos el cielo y la tierra.
20 El evangelio se dirige solo a los que reconocen sus pecados, y reconocen sus pecados cuando se arrepienten de ellos. Pero este evangelio de nada sirve a los fariseos, porque no reconocen sus pecados. A los que sí los reconocen, y están a punto de desesperar, hay que llevarles el evangelio. Pero en este punto el diablo monta su juego, y sugiere a las conciencias de los que reconocen sus pecados y anhelan verse libres de ellos, que este vaya a Santiago, aquel a Roma, este se refugie en oraciones, el otro en la confesión. Y entonces se les dice: «Da seis libras de cera, manda decir tantas misas, haz esto, haz aquello, y así quedarás libre de tus pecados». Con eso se los aleja cada vez más del evangelio y se los lleva al punto de vista de las obras. Así, por fuerza, terminarán desesperando.
21 Por eso, cuando sientas que tus pecados te roen, y sientas que tu corazón tiembla y se agita, colócate junto a los publicanos allí donde están. Estos son precisamente los que recibirán el evangelio. Hazlo con gozo, y di: «¡Oh, Dios! Tu palabra es la que dice que habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento, y que todos los justos y los ángeles han de intervenir y cubrir los pecados. Ahora, ¡oh Dios!, he llegado a sentir mis pecados. Ya estoy juzgado. Solo necesito al único Pastor que me busca; y por eso me aventuraré libremente en tu evangelio».
22 Así es como vienes a Dios. Ya eres la oveja puesta sobre sus hombros. Has hallado al Pastor. Eres la moneda de plata en la mano. Eres aquel por quien hay gozo en el cielo en presencia de todos los ángeles. No debemos inquietarnos si no lo experimentamos o sentimos de inmediato. El pecado disminuirá cada día, y su aguijón te impulsará a buscar a Dios. Debes luchar contra ese sentimiento por la fe, y decir: «¡Oh, Dios! Sé que tú has dicho esto, y me apoyo en tu Palabra. Yo soy la oveja y la moneda de plata; tú el pastor y la mujer».
23 Podrías decir: Sí, esto lo haré con gusto; pero no puedo expiar mis pecados. No puedo dar satisfacción por ellos. Considera entonces a los publicanos y pecadores. ¿Qué bien han hecho? Ninguno. Vinieron a Dios, oyeron su Palabra y la creyeron. Haz tú lo mismo. Sus palabras son vivas. El evangelio es demasiado profundo para ser sondeado con palabras humanas. Los hombres de conciencia que lo han intentado lo entienden fácilmente.
24 Los eruditos y ociosos pueden determinar el sentido de las noventa y nueve en el desierto. A nosotros nos basta aprender el pensamiento principal de este evangelio.
Sermón para el tercer domingo después del Domingo de la Trinidad; Lucas 15:1-10 (2.º sermón)
1 Este evangelio contiene la enseñanza que tenemos y de la que nos gloriamos como nuestra doctrina principal, la que se llama la verdadera enseñanza cristiana, a saber, la doctrina de la gracia y del perdón de los pecados, y de la libertad cristiana respecto de la ley. Es una exhortación muy amorosa y amable al arrepentimiento y al conocimiento de Cristo. Y siempre es una lástima que a una persona impía y descarada se le permita oír un sermón tan excelente, consolador y gozoso. Y más triste aún es que cada uno se gradúa tan pronto en él y lo domina de tal modo, que piensa que lo conoce tan bien que ya nada más puede aprender de él. Sin embargo, Dios, nuestro Señor, no se deja irritar ni cansar de repetirlo cada año, más aún, cada día, y lo inculca como si no supiera predicar otra cosa, y como si no tuviera otra destreza ni arte. Mientras que nosotros, pobres y miserables, nos volvemos enseguida tan sabihondos, tan satisfechos, tan cansados de ello y además tan hastiados, que ya no tenemos deseo ni amor por él.
2 Pero antes de abordar el asunto que enseña este evangelio, examinemos primero lo que san Lucas da como introducción para mostrar qué movió a Cristo a predicar el siguiente sermón, cuando dice: V.1. Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, porque querían estar cerca de él para oír su palabra, y expresa libre y claramente qué clase de gente tenía a su alrededor, a saber, los que vivían abiertamente como no debían vivir, y eran llamados sencillamente pecadores y gente malvada. Así parecería que los fariseos tenían motivo suficiente para censurarlo, porque él, que pretendía ser un hombre piadoso y santo, andaba en compañía de gente tan baja.
3 Pues en aquel tiempo se llamaba publicanos a los hombres esparcidos por todo el país a quienes los romanos encomendaban una ciudad, o la recaudación, u otros deberes o cargos, y les exigían una cierta suma de ingresos; así como ahora los turcos o los venecianos asignan una ciudad o un cargo a cierta persona, de la cual debe entregar muchos miles de táleros al año, y todo lo que extorsiona por encima de esa suma es suyo. De esta manera procedían. Los que recaudaban tal renta e impuesto procedían de modo que sacaban provecho de ello. Y como la suma así fijada era grande para cada ciudad o cargo, los oficiales extorsionaban sin estorbo alguno, para disfrutar más como propio; pues sus amos eran tan estrictos con ellos que no podían ganar mucho para sí mismos, si querían obrar con justicia y no aprovecharse de nadie. Por eso en todas las tierras se decía de ellos que eran grandes extorsionadores, en quienes poco de bueno o de honradez se podía hallar.
4 Así, a las demás grandes multitudes en general se les llamaba «pecadores», que por lo demás eran gente peor y vivían públicamente de manera vergonzosa y desenfrenada, en la avaricia, el adulterio y cosas semejantes. Estos se acercaban a Cristo para oírle, pues habían oído que, por la luz de su doctrina y sus muchos milagros, era un hombre excelente.
5 Ahora bien, después de todo, había en ellos una chispa o dos de virtud y honradez, pues tenían deseo de Cristo y oían de buena gana su doctrina y veían lo que hacía. Como sabían bien que era un hombre bueno, y no oían de él sino bien, tanto en palabras como en obras, de modo que su proceder no concordaba ni armonizaba con la vida de él; y sin embargo no sienten enemistad contra él, ni huyen de él, sino que van a él, no para buscar nada malo en él, sino para ver y oír algo bueno, y para esperar que podrían llegar a ser mejores.
6 Los fariseos y los escribas, en cambio, que eran tenidos y estimados como los más piadosos y santos, eran reptiles tan venenosos que no solo eran enemigos de Cristo, y no podían soportar verlo ni oírlo, ni tolerar que los pobres pecadores fueran a él y lo oyeran para ser hechos mejores, sino que además murmuraban y lo censuraban por acogerlos y recibirlos, y decían: Miren, ¿es este aquel hombre excelente y santo? ¿Quién dirá ahora que es de Dios, si se junta con tales bribones y gente malvada? Sí, es un «comilón y bebedor de vino», y dicen en otro lugar: «amigo de publicanos y de pecadores».
7 Tales nombres debía llevar de parte de esa gente santa, no porque fuera disoluto o dado a la glotonería y a la embriaguez, sino solo porque permitía que vinieran a él y no los apartaba de sí ni los despreciaba. Porque ellos pensaban que debía haberlo hecho, y haber salido con un sayo gris y semblante agrio y haberse mantenido apartado de la gente común, y que al ver a tales publicanos y pecadores debía haberse tapado la nariz y mirado hacia otro lado, para no contaminarse con ellos, como acostumbraban hacer ellos mismos, como gente santa. Como escribe de ellos Isaías, 65:5: que se guardaban tan puros que no se atrevían a tocar a un pecador; como también puede verse en el ejemplo de Lc 7:39, donde los fariseos se oponían tan amargamente a Cristo porque se dejaba tocar por una mujer que era pecadora. Pues bien, estos eran los que en todo tiempo querían ser su maestro, y prescribirle y darle reglas de cómo debía conducirse y vivir santamente. Por eso murmuran aquí, porque él no se aparta de los pecadores públicos, como ellos.
8 Ahora bien, Cristo es también un poco terco, y muestra aquí que sencillamente no se deja dictar nada por nadie, y que será libre en todas las cosas, como vemos también en todas partes en el evangelio que en este hombre se halla una firmeza o terquedad peculiar, siendo sin embargo en otras ocasiones un hombre tan manso, dispuesto y pronto a ayudar, cuyo semejante nunca se halló en la tierra. Pero cuando le venían con leyes y querían ser sus maestros, entonces se acababa toda amistad; se sobresalta y rebota, como cuando se golpea sobre un yunque, y habla y hace justo lo contrario de lo que le exigen, aunque ellos digan incluso algo correcto y bueno, y tengan para ello la palabra de Dios, como aquí donde vienen y dicen: Debes hacer así, debes juntarte con la sociedad de la gente buena y no con los pecadores. Esta es una doctrina preciosa tomada de la Escritura; pues el mismo Moisés escribe que deben evitar a los impíos y quitar el mal de en medio de ellos. Tienen el texto de su parte, y vienen canturreando con su Moisés, y quieren atarlo y gobernarlo con sus leyes.
9 Pero, sea la ley de Dios o la ley de los hombres, en suma, él quiere estar desatado, como el unicornio, del cual se dice que no se le puede coger vivo, por más que se intente. Se dejará atravesar, herir y matar, pero nunca se someterá a ser capturado. Así obra también Cristo: aunque te acerques a él con leyes para echárselas encima, no lo soportará, sino que las revienta como una telaraña, y además les da una buena lección. Como en Mt 12:3, donde censuraban a sus discípulos porque arrancaban espigas en el día de reposo, alegando el mandamiento divino de santificar el día de reposo; él le da la vuelta del todo y revienta el mandamiento, y prueba además, tanto por las Escrituras como por ejemplos, justo lo contrario. Otra vez, en Mt 16:22-23, donde dice a sus apóstoles cómo ha de padecer y ser crucificado, y Pedro, con buena intención, sale con la ley del amor y le pone delante el mandamiento de Dios y dice: «Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca». En este caso también le da una buena y fuerte respuesta, y lo trata con dureza y sin miramientos, y dice: «¡Quítate de delante de mí, Satanás; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres».
10 En una palabra, dondequiera que empiezan a tratar con él solo conforme a leyes, él se resiente y quiere ser libre de todas las leyes, y ser Señor de todas ellas, con lo cual los aparta de sí, y no quiere guardar ley alguna, como si estuviera obligado a guardarla. Y sin embargo, por el contrario, cuando brota de él mismo, ninguna ley es tan insignificante que no la guarde de buena gana, más aún, mucho más de lo que la ley podría exigir, de modo que no se podría hallar siervo más dispuesto, cuando se le deja libre sin amo. Más aún, se humilla tanto que lava y besa los pies de Judas, su traidor, y hasta protege de noche a sus discípulos, como cuenta la historia de él, y bien podemos creerlo, como dice él mismo, Mt 20:28: «Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir». Ahí, por supuesto, entran las obras de la ley, pero no como brotando de la ley ni forzadas por la ley. Como también se ve por su vida, en que siempre anda de acá para allá por el país, duerme de noche sobre la tierra desnuda, ayuna cuarenta días sin descanso, y realiza tantos trabajos que temían que perdiera el juicio, Mr 3:21, o dañara su cuerpo. Hace todo lo que debe y puede, pero quiere ser libre y desatado, y no quiere que se le prescriban leyes, y dondequiera que uno lo intenta, allí se detiene y se defiende con la mayor determinación. Así es a la vez el más obstinado y el más bondadoso de todos los hombres, y al mismo tiempo no es ni testarudo ni servil, pues no hará nada a lo que la ley lo empuje, y sin embargo lo hace todo en abundancia, como un torrente de buenas obras, cuando solo se le permite obrar por su propia voluntad libre, sin ser dominado ni enseñado.
11 Esto se ha escrito para nosotros como ejemplo, para que aprendamos qué hombre verdaderamente cristiano es él según el Espíritu, y para que no lo juzguemos conforme a la ley, ni lo dominemos conforme a nuestra propia astucia; por esta razón Cristo es también nuestro Señor, para hacer de nosotros gente como él mismo es. Y así como él no se deja atar por ley alguna, sino que es Señor de la ley y de todas las cosas, así tampoco debe tolerarlo la fe de una iglesia cristiana. Porque por medio de Cristo y de su bautismo hemos de ser tan altamente exaltados y libertados que nuestra conciencia, según la fe, no conozca ley alguna, sino que simplemente permanezca no dominada ni juzgada por ella, de modo que nada nos resulte tan alegre, según la experiencia interior de la conciencia, como si nunca hubiera aparecido ley en la tierra, ni diez ni un solo mandamiento, ni de Dios, ni del papa, ni del emperador; sino que estemos en todo tiempo en libertad, de modo que podamos decir: No conozco ley alguna, ni deseo conocerla.
12 Porque en este estado y naturaleza en virtud de los cuales nos hicimos cristianos, cesan todas las obras humanas, y por tanto toda ley. Pues donde no hay obra, no puede haber ley que exija obra y diga: haz esto, deja aquello; sino que por el bautismo y por la sangre de Cristo estamos sencillamente libres de todas las obras, y justificados por pura gracia y misericordia, y aun vivimos delante de Dios solo por ellas. Este es, digo, nuestro tesoro, conforme al cual somos cristianos y vivimos y estamos delante de Dios. Pues cómo hayamos de vivir en cuanto a la vida exterior en nuestra carne y sangre delante del mundo, nada tiene que ver aquí.
13 Por tanto, un cristiano debe aprender a gobernar su conciencia delante de Dios de tal modo que no se deje enredar por ley alguna, sino que, siempre que su fe sea atacada por la ley, se defienda de ella y obre como Cristo aquí y en otros lugares, donde se muestra tan firme, excepcional y extraño, que ni Moisés ni exactor alguno de la ley puede hacer nada con él, aunque por lo demás es el más humilde, el más manso y amable de los hombres.
14 Sin embargo, este es un arte excelente y sublime, que nadie conoce sino aquel que fue su maestro, que pudo desafiar a todas las leyes y a todos los maestros de la ley. Nosotros, en cambio, no podemos alcanzar este alto grado, pues el diablo juega con nuestra carne y sangre cuando ataca a un hombre en su conciencia y le hace decir lo que ha hecho y lo que no ha hecho, y disputa con él tanto acerca de sus pecados como de su piedad. Aquí el hombre es arrastrado a un pozo de arcilla y de lodo profundo, de modo que no puede salir, sino que se hunde más y más. Porque le pesa encima como una carga pesada y lo oprime, de modo que no puede elevarse por encima de ella; bajo ella sigue adelante y se consume con ella, y no puede alcanzar paz. Como lo siento también en mi propia experiencia, cuando con mi labor no puedo salir, aunque trabaje sin cesar, y aunque me estrangule por salir del pozo, para elevarme por encima de la ley y hacer lo suficiente para obligarla a callar y a decir: Bueno, has hecho bastante, ¡ahora estoy satisfecha contigo! Pero no sirve de nada, pues es un pozo y un lodazal tan hondo que nadie puede salir de él, aunque tome a todo el mundo en su ayuda, como todos los que lo han probado, y aún lo experimentan cada día, pueden dar testimonio de mí.
15 Ahora bien, la causa de esto es que toda nuestra naturaleza es tal que, en suma, está inclinada a ocuparse de obras y leyes y a oír lo que dictan y a seguir a los que dicen: ¿Por qué come con publicanos y pecadores? Si comiera y bebiera con nosotros, entonces haría bien. Y otra vez: ¿Por qué sus discípulos arrancan espigas y hacen lo que no se debe hacer en el día de reposo? Y siempre actúan y disputan con la ley hasta que ella dice: Ahora eres bueno. Porque no puede subir más alto ni entender nada mejor que el hecho de que la doctrina de la ley es la doctrina más alta, y su justicia la mejor vida delante de Dios. Así la naturaleza humana permanece en la ley, para siempre cautiva y atada. Y por más que se agarre y lo intente, nunca puede acallar la ley, de modo que no tenga nada que exigir ni castigar, sino que se ve obligada a permanecer cautiva bajo la ley como en una cárcel perpetua. Y cuanto más lucha y se aflige la naturaleza humana con la ley, peor se vuelve, hasta ser vencida por completo.
16 ¿Qué debo hacer, entonces, cuando la ley me ataca y oprime mi conciencia, porque soy consciente de no haber hecho lo que ella exige? Respondo: Mira lo que Cristo hace aquí: le planta cara, se afirma, y no permite que se le imponga ley alguna, aunque sea tomada de la ley de Dios. Así debes aprender a hacer tú, y decirle sin rodeos: Mi querida ley, cesa tu contienda y sigue tu camino, pues nada tengo que ver contigo; sí, precisamente porque vienes a disputar conmigo y a preguntar cuán bueno soy, no te oiré; porque delante de este juez, con quien ahora disputamos, de nada vale lo que yo soy y haya de hacer o no hacer; sino solo lo que Cristo es, da y hace. Pues ahora estamos en la cámara nupcial, donde la esposa y el esposo han de estar a solas; tú no tienes derecho a entrar allí ni a hablar de este asunto.
17 Pero de este mismo modo la ley sigue llamando a la puerta y diciendo: Sí, sin embargo debes hacer buenas obras, guardar el mandamiento de Dios, si quieres salvarte. Aquí responde otra vez: ¿No oyes claramente que ahora de nada sirve considerar esto? Porque yo ya tengo mi justicia y la suma de toda salvación en Cristo mi Señor sin obra alguna, y ya estaba salvo mucho antes de que tú vinieras, de modo que no tengo necesidad alguna de ti. Porque, como dije, donde las obras de nada valen, tampoco la ley vale nada, y donde no hay ley, tampoco hay pecado. Por tanto, nada gobernará aquí sino la esposa sola en la cámara nupcial con Cristo, en quien posee todas las cosas juntas, y no le falta nada de lo necesario para la salvación; y la ley debe quedar excluida con tambores y trompetas, y valientemente despreciada y desterrada cuando quiera atacar la conciencia. Porque no pertenece aquí, viene a destiempo, y quiere armar un gran alboroto donde no debe entrometerse, pues aquí estamos en el terreno del artículo de la fe: Creo en Jesucristo, mi Señor, que padeció por mí, murió y fue sepultado, resucitó de los muertos, etc. Ante él debe ceder el lugar la ley de Moisés, del emperador y de Dios, y yo he de rechazar todo lo que quiera disputar conmigo sobre el pecado, el bien o el mal, y todo lo que yo pueda hacer.
18 Mira, Cristo quiere presentarnos aquí tal libertad, para que nosotros, como cristianos, según nuestra fe, no toleremos otro amo, sino que sostengamos únicamente que estamos bautizados y llamados a Cristo, y por medio de él hemos sido justificados y santificados, y digamos: Esta es mi justicia, mi tesoro, mi obra y todo contra el pecado y el mal que la ley pueda hacer y traer contra mí. Si quieres otra justicia, obra, ley, pecado, llévalos adonde quieras, no los hallarás en mí. De esta manera puede uno defenderse y resistir las sugestiones y tentaciones del diablo, ya se refieran a pecados pasados o presentes; para que estas dos cosas se mantengan bien separadas: Moisés y Cristo, las obras y la fe, la conciencia y la vida exterior; de modo que, cuando la ley me ataque y quiera aterrar mi corazón, entonces es tiempo de dar licencia a la buena ley, y si no quiere irse, echarla valientemente, y decir: De buena gana haría y promovería buenas obras donde pueda, a su debido tiempo, entre la gente; pero aquí, donde mi conciencia debe estar delante de Dios, no quiero saber nada de ellas; en esto solo déjame en paz, y no me hables de lo que hago o dejo de hacer. Aquí no escucharé ni a Moisés ni a los fariseos, sino que mi bautismo y Cristo solo reinarán aquí con pleno dominio, y yo, como María, me sentaré a sus pies y oiré su Palabra. Pero Marta debe quedarse fuera e ir a la cocina y hacer sus quehaceres domésticos, y en suma, dejar en paz la conciencia.
19 Pero ¿qué pasa si todavía tengo continuamente pecado en mí?, eso ciertamente no está bien. Respondo: Es verdad, soy pecador y obro mal; pero no voy a desesperar por eso ni a correr derecho al infierno, ni a huir de la ley; pues todavía tengo una justicia y una obra muy por encima de Moisés, con la cual me aferro a aquel que se ha aferrado a mí, y me adhiero a aquel que me abrazó en el bautismo y me puso en su seno, y por su evangelio me ha elevado a la comunión de todos sus beneficios, y me manda creer en él. Donde él está, allí mando a los fariseos, y a Moisés con sus tablas, a todos los juristas con sus libros, a todos los hombres con sus obras, que callen inmediatamente y se retiren. Porque aquí ninguna ley tiene derecho a acusar ni a exigir, aunque yo no lo haya hecho ni pueda hacerlo, pues en Cristo tengo todas las cosas en abundancia, todo lo que necesito o me falta.
20 Tal es, digo, la doctrina y el arte del cristiano, y pertenece solo allí donde Cristo reina y la conciencia obra como en la presencia de Dios. Pero esto no se predica a gente ruda, descarada y frívola, que no entiende nada de ello y que, como dice san Pedro en su Segunda Epístola, 3:16, no hace sino confundir y pervertir tal doctrina para su propia condenación, y de ella toman licencia para vivir como les place, y dicen: ¡Bah! ¿Por qué he de hacer buenas obras? ¿Qué daño hay si soy pecador? ¿No ha abolido Cristo la ley? Pues tampoco esto valdrá, porque aquí debes mirar a Cristo desde otro punto y observar lo que hace además. Porque aquí él mismo dice que es el hombre que busca la pobre oveja perdida, y lo prueba además con su hecho presente, pues recibe a publicanos y pecadores, y les predica. Aquí verás que hace mucho más de lo que la ley ha mandado, y con su ejemplo te enseña también a ti a hacer lo mismo. Es tan altivo que no quiere estar bajo la ley; y a la vez es tan dispuesto que desea hacer mucho más de lo que la ley puede exigir.
Haz tú también lo mismo, y no esperes primero a ser empujado y atormentado por la ley, sino haz lo que debes por tu propia voluntad sin la ley, como amonesta san Pedro, 1 P 2:16: «Como libres, pero no usando la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios»; y en Ro 6:18 dice: «Y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia». Estos son los que hacen todas las cosas con una conciencia libre, sin la coacción de la ley.
21 Porque donde el evangelio está verdaderamente en el corazón, crea un hombre nuevo que no espera a que venga la ley, sino que, tan lleno de gozo en Cristo y de deseo y amor por lo bueno, ayuda de buena gana y hace el bien a todos dondequiera que puede, de corazón libre, antes de haber pensado siquiera una vez en la ley. Arriesga por completo su cuerpo y su vida, sin preguntar qué deberá padecer por ello, y así abunda en buenas obras que fluyen por sí mismas. Justo como Cristo no quiere ser obligado a recoger una paja, pero sin coacción se deja clavar en la cruz por mí y por todo el mundo, y muere por la oveja perdida. Esto bien puede llamarse obra por encima de toda obra.
22 Por tanto, aprende ahora con cuidado a discernir, a colocar y a dividir bien estas cosas, cuando llegue la prueba, y cuando la ley y el pecado quieran disputar con la conciencia, para que tomes valientemente la palabra de la boca de Moisés y le digas que se calle, y lo mandes a tu viejo hombre, al cual has de llevar a la escuela de Moisés, para que dispute con él y le diga: Escucha, eres perezoso y lento para hacer el bien y para servir a tu prójimo. Cuando deberías alabar a Cristo, más bien te bebes una jarra de cerveza. Y antes de exponerte al peligro por amor de Cristo, prefieres robar y engañar a tu prójimo dondequiera que puedes. Porque a ese mismo bribón perezoso que no se mueve, cuyas manos no quieren trabajar, cuyos pies no van adonde deben, cuyos ojos no son castos, aquí puedes tomar piedras y golpear al viejo Adán hasta que se mueva.
23 Por tanto, cuando Moisés me ataque donde tiene razón, le diré: De buena gana te oiré y te seguiré, a saber, con mis manos y mi vida, aparte de la fe y de la justicia de mi conciencia delante de Dios; ahí puedes reinar como un maestro de escuela entre los siervos de la familia, y mandarme ser obediente, casto y paciente, hacer bien a mi prójimo, ayudar al pobre, alabar y honrar a Dios, y además dejarme deshonrar y calumniar por causa de su Palabra, y sufrir que el mundo descargue sobre mí todos sus tormentos. En todo esto me complazco, y estoy dispuesto a hacer aun más de lo que puedo en cuanto al hombre exterior. Pues Cristo dice que el espíritu está dispuesto, y más que dispuesto, pero la carne es débil. Porque así se deja circuncidar, ofrecer en el templo, azotar y crucificar, nada de lo cual le era necesario, ni la ley podía exigírselo.
Pero si Moisés va más allá, donde no tiene derecho, es decir, hasta mi corazón y mi conciencia, allí ni lo oiré ni lo veré. Porque allí tengo otro tesoro grande e inefable, llamado Cristo, con su bautismo y evangelio. En una palabra, en lo que atañe al hombre exterior, allí Moisés no puede cargar ni urgir demasiado, pero no debe cargar en lo más mínimo la conciencia. Porque donde está el Espíritu que nos trae a Cristo, él está por encima de toda ley, como dice san Pablo, 1 Ti 1:9: «la ley no fue dada para el justo», y sin embargo al mismo tiempo hace más de lo que puede cumplir según la carne. Pues según la carne no somos sino pecadores, y en cuanto a nuestra persona tendríamos por supuesto que permanecer condenados bajo la ley; pero en virtud de Cristo y del bautismo nos elevamos muy por encima de toda ley.
24 Así, deje Moisés hacer su ruda labor, aparte de Cristo, para apremiar a los que no son cristianos, o para espolear siempre al viejo Adán. A los cristianos no puede hacerlos con ello ni piadosos ni justos; pero sí hace esto, a saber, les muestra su deber, que según el Espíritu ellos cumplen de buena gana, y mucho más aún, salvo que la carne no sigue ni obedece de buen grado al Espíritu, de modo que por ello todavía necesitan ser amonestados y apremiados. Pero al mismo tiempo la conciencia debe permanecer libre, pues la ley no tiene aquí derecho ante Dios a acusar y condenar. Por eso en la cristiandad hay que mantener tal doctrina y exhortación, como hicieron incluso los apóstoles, por la cual cada uno es amonestado y recordado del deber de su vocación.
25 Pero hay que dejar a Moisés que tenga dominio absoluto sobre los que no son cristianos, y que los cargue tanto por fuera como por dentro, para que pueda forzarlos y atormentarlos a hacer lo justo y omitir lo malo, aunque no lo hagan de buena gana, como la multitud licenciosa y la gente de dura cerviz, que ni estiman ni entienden la libertad de Cristo, aunque pueden parlotear y jactarse del evangelio, y sin embargo solo abusan de él para su libertinaje. Deben recordar que pertenecen bajo Moisés.
Porque no son gente que pueda captar nuestra doctrina. Andan tan seguros y piensan que no tienen necesidad del evangelio, o que lo conocen bastante bien; pero este es solo para los que así disputan con la ley a causa de sus pecados y de la ira de Dios, y se asustan ante ella y sienten que su corazón les dice: ¡Ay de mí! ¿Cómo he vivido? ¿Cómo compareceré ante Dios? Y así andan demasiado tímidos y apocados, mientras que otros son demasiado duros y presuntuosos, de modo que no sienten ni se preocupan por ley alguna ni por sus pecados y su miseria. Por eso a ambos se les reparte desigualmente: los que no deberían tener nada que ver con la ley son los únicos que la sienten y tienen demasiada; pero los otros, que son los únicos que deberían sentirla, no se preocupan de ella en absoluto; es más, cuanto más intentas aterrarlos con la ley y con la ira de Dios, más duros se vuelven. Por tanto, necesitan otro maestro, a saber, el verdugo y el alguacil que los enseñen; si no quieren hacer el bien en nombre de Dios, que se vean obligados a hacerlo en nombre de otro, y no tengan gracias por ello, sino que reciban por recompensa el fuego del infierno y todos los tormentos.
26 Por el contrario, Cristo, aquí y en todas partes, como he dicho, nos enseña a los que sentimos nuestros pecados y la carga de la ley, y quisiéramos de buena gana ser cristianos, tanto con su ejemplo como con sus sermones, a acostumbrarnos a contender contra ella, y nos dirige de nosotros mismos a él, y a no dar lugar al diablo, que por la ley querría invadir la cámara nupcial de Cristo y sentarse en su lugar, es decir, robar a la conciencia su gozo y consuelo, para forzar al hombre a la desesperación, de modo que no pueda levantar la cabeza ni el corazón a Dios. Porque esto se llama el arte del cristiano, que debe aprender y saber más de lo que la multitud vulgar y profana puede saber y entender, a saber, que puedan contender contra el diablo y resistirlo cuando nos ataca y desea disputar con nosotros con la ayuda de Moisés; de modo que sencillamente no le permitamos argumento ni conversación, sino que lo dirijamos de Moisés a Cristo y nos quedemos con este; pues él solo anda con astucia para llevarnos de Cristo a Moisés; porque sabe que, cuando logra esto, tiene la victoria.
27 Por eso guárdate de ser desviado del camino o tentado fuera de tu terreno; sino que, aunque ya exponga muchas cosas de la ley, que es también Palabra de Dios, a la cual estás en deber de obedecer, puedes responderle y decirle: ¿Es que de veras no entiendes que ahora no quiero saber ni oír de ley alguna? Porque ahora estamos dentro de un terreno y sobre un suelo donde no se trata de lo que yo haya de hacer o dejar de hacer. Ya sé bastante bien que no he hecho, ni hago, lo que la ley exige; pero aquí la cuestión es cómo puedo alcanzar un Dios misericordioso y el perdón de los pecados, y cómo aprenderé el artículo de la fe acerca de Cristo. Aquí permaneceré en los brazos de Cristo y me colgaré de su cuello, y me meteré en su bautismo, Dios lo conceda, y que la ley diga y mi corazón sienta lo que quieran. Si tan solo podemos mantener puro este punto principal, y firme y bien asegurado este baluarte, entonces de buena gana haré y sufriré exteriormente cuanto se me imponga.
28 Mira, quien aprende bien este arte es un hombre verdaderamente perfecto, como lo fue Cristo, tan por encima de toda ley que podía incluso llamar diablo a san Pedro, necios y guías ciegos a los fariseos, y tapar la boca a Moisés y mandarle callar, y así vivir enteramente sin ley alguna, y sin embargo cumplir todas las leyes y ser altivo y firme frente a todo lo que quisiera atarlo y llevarlo cautivo, y aun así ser, por su propia voluntad libre, servicial y sujeto a todos los hombres.
29 Pero en esto siempre estamos faltos, pues nunca podemos aprenderlo como es debido, porque el diablo se cruza en nuestro camino y nos lleva tan lejos que lo pervertimos y estamos demasiado prontos y dóciles para oír todo lo que dice la ley y asustarnos ante ella, cuando deberíamos levantar la cabeza y ni oírla ni seguirla. Y de nuevo, en las cosas exteriores, somos demasiado propensos a caer en el libertinaje, cuando deberíamos mantener valientemente sujeto el cuerpo y ejercitarlo con la ley, para que se vea obligado a sufrir todo lo que le causa dolor, porque todavía comete continuamente pecado; pero de modo que el pecado quede aquí fuera, donde debe quedar, y tenga su Moisés que le cargue sobre la espalda y lo oprima. Pero interiormente ningún pecado ni ley debe reinar, sino Cristo solo con pura gracia, gozo y consuelo. Entonces todo iría bien, y el hombre estaría preparado para toda buena obra, tanto para hacer como para sufrir todas las cosas con gozo, con corazón alegre y dispuesto, por buena y sincera fe en la gracia de Dios por medio de Cristo, [de modo que la conciencia permanezca señora sobre todas las leyes, y la carne esté sujeta a todas las leyes].
30 Ahora bien, quien pueda hacer tales cosas, dé gracias a Dios, y cuide de poder hacerlo solo que no se jacte demasiado ni en voz alta de tener gran destreza. Porque yo, y los que son como yo, aún no podemos cumplirlo como debemos, aunque de hecho lo hemos intentado más y lo hemos practicado más tiempo; pues es, como he dicho, un arte que nadie posee sino los cristianos, todos los cuales deben seguir siendo discípulos y aprenderlo toda su vida; salvo únicamente esos otros espíritus seguros, que pretenden que solo ellos lo saben todo, y sin embargo con tal pretendida destreza no saben nada en absoluto, y con ello se han apartado más lejos de él. No hay cosa más molesta, ni mayor aflicción o daño que pueda sucederle a la cristiandad, que el que todo se llene de facciones y sectas por causa de tales sofistas; siendo ellos solo gente que no sirve ni a Dios ni al mundo, y no oyen bien ni la ley ni el evangelio, sino que desprecian con seguridad la primera y se hastían del segundo, y siempre andan buscando alguna otra doctrina. Pero nosotros no predicamos en favor de ellos, pues no son dignos de ello, y son castigados por Dios de modo que nunca pueden aprenderlo ni sacar provecho alguno de ello, aunque lo oigan; y también, que nosotros sin embargo lo retenemos y ellos no toman nada de ello de nosotros, salvo que solo oyen de ello un sonido vacío y ruido.
Esta es la primera parte que Cristo enseña aquí con su propio ejemplo; [cómo debemos mantener nuestra conciencia libre de todas las disputas de la ley y de todos los terrores de la ira de Dios y del pecado]. Examinemos ahora este hermoso sermón del Señor, donde comienza y dice:
Segunda parte
V.4-8. ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?
31 Cristo el Señor no solo es firme, al negarse a obedecer su doctrina y su despotismo, sino que además muestra buenas razones para ello, y con gran y fina destreza derriba sus objeciones y les tapa la boca, de modo que no tienen nada que decir en contra; más aún, los envuelve con sus propias acciones y ejemplo, y los obliga a avergonzarse en su propio corazón de haberle exigido tales cosas y de censurarlo en asuntos tan graves, cuando ellos mismos hacen lo mismo en cosas mucho más triviales, y quieren hacerlas incluso con honra.
32 Pues ¿cómo podría responderles mejor que diciendo: Grandes maestros y queridos sofistas, ¿quieren ordenarme y enseñarme que aparte de mí a los pobres pecadores que me desean y vienen a mí para oír mis palabras? Cuando incluso ustedes mismos, por una sola oveja perdida, hacen mucho más: cuando entre cien echan de menos una sola, dejan las noventa y nueve en el desierto, es decir, en el campo con los pastores, quedándose ellas solas, y corren tras la una de las cien y no tienen reposo hasta encontrarla, y a esto lo llaman una obra buena y digna de alabanza, y si alguien los reprendiera por ello, lo tendrían por loco y necio. ¿Y no habría de hacer yo, el Salvador de las almas, por los hombres lo que ustedes hacen por una oveja, aunque no hay comparación alguna entre un alma y todo lo demás que vive y se mueve de todas las criaturas de la tierra? Entonces, ¿no deberían avergonzarse en su corazón de mandarme y reprenderme en una obra que es infinitamente mejor que la obra que ustedes mismos alaban y se ven obligados a alabar? Así que, si me reprenden, primero tienen que condenarse a sí mismos.
33 Esto se llama dar una buena respuesta y, con toda honra, hacerlos callar, pues da razones suficientes de por qué no necesita en absoluto su gran autoridad; más aún, no la quiere soportar, ni debe hacerlo. Y así siguen ellos su curso, como es su naturaleza, pues de ese modo no obtienen sino sus propios pecados y su vergüenza. Porque es verdaderamente una vergüenza para todos los maestros, y un ultraje insufrible, que pretendan dictarle a aquel que Dios ha constituido Señor de todos. Pero debe ser como he dicho: quien desee dirigir y juzgar a un cristiano, y apartarlo de su bautismo y del artículo de la fe en Cristo, y gobernarlo con su sabiduría y sus leyes, no solo se hace necio a sí mismo, sino que causa abominación y homicidio; pues profana el templo y santuario de Dios, e invade con un ultraje diabólico su reino, donde él solo debe reinar por su Espíritu Santo. Por eso merece justa y merecidamente que Dios también lo ponga en pecado y vergüenza ante todo el mundo, porque quiere ser maestro en nombre del diablo, siendo que solo Cristo es el Maestro, y con su cabeza va a chocar contra aquel que es demasiado alto y sabio para él.
34 Por eso no es bueno jugar con los cristianos, pues son santos vivos, que están tranquilos ante todo el mundo solo por causa de su hombre, cuyo nombre es Cristo; porque los hombres no ganan nada con él de ningún modo, ya que no sufrirá que otros lo enseñen y gobiernen. Así también un cristiano no puede ni debe sufrirlo, pues si lo sufre y cede y se rinde a sugestiones de esta clase, donde uno quisiera censurar y dominar a Cristo en él, o atacar su fe con la ley y la doctrina de las obras, entonces está perdido y caído de Cristo. Por tanto, aferrémonos solo firmemente a él, y no nos importe si todo el mundo nos supera en astucia y nos domina. Porque cuando permanecemos en él y nos mantenemos firmes en el verdadero sentido de este artículo de la fe, venceremos fácilmente a todos tales fanáticos y los pondremos en vergüenza. Porque este Cristo permanecerá y quiere permanecer sin corrección y sin maestro, pero él solo gobernará y reformará a todo el mundo, de modo que o bien por gracia lo reconozcan como su Señor y Maestro, y a sí mismos como necios, o sin gracia sean expuestos a la vergüenza y perezcan totalmente.
35 Pero, como he dicho, este sermón es demasiado bueno, dulce y consolador para la multitud tosca y ruda, y la chusma enloquecida y nudosa, y por eso no se lo predicamos a ellos para que lo conozcan; sino solo a los que están en los terrores y la angustia de la conciencia, o en el peligro y los apuros de la muerte, y cuando el diablo disputa con ellos acerca de sus pecados para arrastrarlos a la melancolía y a la desesperación. A esos hay que presentarles este amable cuadro, para que se consuelen y alegren. Pero los demás, que ya viven en la borrachera y saben muy poco de melancolía y de tristeza espiritual, han de ser remitidos a Moisés y al señor verdugo y sus criados, y después al diablo. Porque está pintado con tanta amabilidad y mucho mejor de lo que hombre alguno pueda pintarlo, y nadie es tan elocuente como para esbozarlo o igualarlo con palabras, sino que, en cuanto sea posible, debe ser captado por la fe en el corazón. Sin embargo, debemos notar un poco de ello, para dar ocasión de meditar en él.
36 Cristo dice: Tengo cien ovejas, es decir, el pequeño rebaño de toda la cristiandad, del cual una se ha perdido y ha caído de la comunión de los cristianos. Si quieres saber cómo está mi corazón, ¡describe verdaderamente a un pastor así y a su oveja perdida!
37 Pues aunque el pastor es solo un hombre y cuida animales mudos, creados para ser degollados y muertos, sin embargo tiene un corazón tan compasivo para con su oveja perdida que está en tanta angustia por encontrar la oveja como ella por encontrar a su pastor. Porque en cuanto la oveja sabe, como lo sabe por instinto, que él es su pastor, no tiene ningún miedo, sino que corre hacia él con toda confianza, y camina delante de él con perfecta seguridad. Sí, apenas oye su voz, bala y corre tras él, y no tiene reposo hasta llegar a él. Y así hay, por supuesto, la más pura amistad y amor entre los dos, y tienen el uno para con el otro un solo corazón y una sola mente; de modo que si el cordero pudiera hablar y desahogar su corazón, no desearía otra cosa que a su pastor. Y a su vez, el pastor no tiene otros cuidados ni angustias que cómo podrá hallar de nuevo a su querida mascota, que se ha ido de su lado y se ha extraviado. Se apresura y envía criados adonde piensa que pueda hallarse, y no cesa hasta encontrarla y traerla a casa. Porque sabe bien qué pobre animal es, que solo puede vivir con la ayuda y bajo la protección de su pastor, y no puede cuidar de sí misma en absoluto, sino que está del todo perdida y debe perecer si se ve privada de su pastor, y además es naturalmente temerosa y propensa a extraviarse; y en cuanto deja el camino y pierde al pastor, queda de inmediato desconcertada y no puede descansar, aunque llegue entre otros pastores y ovejas, y el extraño la llame, sino que en su espanto corre a través de zarzas y agua y todo lo que tiene delante, hasta caer presa del lobo o perecer de otro modo.
38 Pero aun así tiene la virtud y buena naturaleza de mantenerse con toda diligencia junto a su pastor y de conocer tan bien su voz, y cuando la oye, corre de inmediato a él, y no permite que la aparten de él, aunque todo el mundo llame y halague. Y aunque ya esté perdida o extraviada, todavía tiene la esperanza, hasta donde el instinto se la da, de que si tan solo pudiera oír una vez más a su pastor, estaría alegre y libre de todo cuidado. Así, el pastor no tiene el propósito, cuando la halla de nuevo, de enojarse con ella y rechazarla, o de echarla a las fauces del lobo; sino que todos sus cuidados y pensamientos son solo atraerla de la manera más amable y tratarla de la forma más tierna: la toma sobre sus hombros, la sostiene y la lleva hasta traerla de nuevo a casa.
39 El cuadro que nos pinta esta criatura de Dios es cómo Cristo muestra su disposición hacia nosotros, qué hará por nosotros y qué podemos esperar de él. Porque, si todo esto es verdad en la naturaleza, mucho más lo es en el reino de Cristo, que es un reino de gracia, de puro amor y de consuelo. Por eso ten presente esta oveja que pertenece al pastor, y hallarás también con cuánto más y mayor afecto la toma para sí, y cuán amable, perfecta y cordialmente cuida de ella para hacerla volver. Con esto quiere mostrar y derramar su inagotable amor y su ardiente deseo hacia las conciencias pobres, pecadoras, atemorizadas y débiles, que son sus verdaderas ovejas.
40 Porque cuando un hombre ha perdido a este pastor y no oye su voz, le sucede exactamente como a la oveja perdida, que siempre vaga más y más lejos de él. Y aunque sea atraído y llamado por doctrinas extrañas a correr hacia ellas y piense que llega a su pastor, sin embargo no lo halla, sino que corre siempre de un rincón a otro, y cuanto más corre, más se extravía, y no tiene consuelo ni ayuda hasta que vuelve a oír en sus oídos la voz de su verdadero Pastor. Como también nos lo muestra claramente la experiencia, y cada uno puede experimentarlo en su propio corazón. Porque si se quita el segundo artículo del credo acerca de Cristo o no se enseña, entonces aquí viene un espíritu sectario, allá un fanático, uno pervierte el sacramento del altar, el otro el bautismo, y uno predica esto, el otro aquello, acerca de una santidad de vida extraña, y cada uno atrae a la pobre oveja hacia sí, y pretende ser el Pastor, con lo cual la oveja se extravía más y más, hasta perder del todo el camino.
41 Además, el diablo también se suma con sus propios pensamientos, que dispara al corazón: ¡Ah, si hubieras hecho esto y aquello, o no lo hubieras hecho! Con lo cual el corazón se vuelve solo más inconstante y errante, de modo que no sabe adónde ir. Esto ocurre ciertamente cuando Cristo es quitado de la vista y no se enseña el artículo de la fe acerca de él. No importa cómo enseñen, aconsejen y amonesten, solo será peor y se acercará más a la destrucción, a menos que el verdadero Pastor vuelva a él con su propia voz.
42 Por eso debemos aprender ahora a conocer y reconocer rectamente a Cristo nuestro Señor, para que no lo consideremos un tirano o un juez airado, como hasta ahora se nos ha predicado, y como el diablo siempre lo presenta al corazón, como uno que está detrás de nosotros con una espada. Sino como el corderito ve naturalmente a su pastor, no como a uno que quisiera asustarlo, cazarlo y abatirlo, sino que, en cuanto lo ve, se alegra y concibe una esperanza como si ya hubiera recibido ayuda, y no necesita ya temer ni preocuparse, y corre derecho a él con toda confianza.
43 Así también, si nuestra confianza ha de comenzar, y hemos de ser fortalecidos y consolados, debemos aprender bien la voz de nuestro Pastor, y dejar pasar todas las otras voces, que solo nos extravían y nos persiguen y empujan de acá para allá. Debemos oír y captar solo aquel artículo que nos presenta a Cristo de la manera más amable y consoladora posible. De modo que podamos decir con toda confianza: Mi Señor Jesucristo es verdaderamente el único Pastor, y yo, ¡ay!, la oveja perdida, que se ha extraviado en el desierto, y estoy angustiada y temerosa, y quisiera de buena gana ser buena, y tener un Dios misericordioso y paz de conciencia, pero aquí se me dice que él está tan angustiado por mí como yo por él. Yo estoy angustiada y con dolor por cómo llegaré a él para obtener ayuda; pero él está en angustia y preocupación y no desea otra cosa que traerme de nuevo a sí.
44 Mira, si pudiéramos así retratar su corazón, e imprimirlo en el nuestro, y ver que tiene tal deseo desbordante, angustia y anhelo por nosotros, entonces no podríamos temerle ni tenerle miedo, sino que correríamos gozosos hacia él y permaneceríamos solo con él, y no oiríamos otra doctrina ni maestro. Porque dondequiera que venga una doctrina diferente, sea de Moisés o de otros, ciertamente no logrará nada, sino solo perseguirnos y atormentarnos, de modo que no podamos hallar ni descanso ni paz. Por eso Cristo dice también, Mt 11:28-29: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas». Como si dijera: Corran y busquen dondequiera que quieran, oigan y aprendan todo lo que el hombre pueda predicar, y sin embargo no hallarán descanso ni paz de corazón sino en mí solo.
45 De buena gana permitimos la predicación de las buenas obras, los diez mandamientos y toda otra enseñanza moral; pero a la conciencia atada en tormento y terror por causa de sus pecados, positivamente no se le ha de predicar otra palabra que la Palabra de Cristo. Porque esta es aquella pobre oveja perdida, que no debe ni puede tener ni soportar otro amo sino este su único Pastor, que no trata con ella por coacciones y exigencias de la ley, sino de la manera más dulce y tierna, y toma sobre sí a la querida oveja con todo su apuro, pecados y angustia, y hace él mismo lo que la oveja debería hacer, como oiremos más adelante.
46 Pero, como he dicho ya bastante, debemos distinguir bien aquí entre dos clases de predicación, o sea, la voz de Moisés y la voz de Cristo, de modo que de ningún modo permitas que ningún Moisés se acerque a la oveja perdida, por excelente que sea su predicación. Porque si se confunden estas cosas y tratamos de consolar la conciencia turbada con la ley, así: ¡Anímate, no has cometido homicidio ni adulterio ni ningún otro atropello, o bien es que todo lo has hecho con buena intención!, también esto es un consuelo, pero no durará mucho ni resistirá los bofetones del diablo. Porque esto no es ni más ni menos que un consuelo contigo mismo, con el cual la pobre oveja no es beneficiada, pues sigue extraviada y perdida a pesar de esto, y no puede ayudarse a sí misma ni llegar a su Pastor.
47 Sin embargo, si se le ha de ayudar, hay que mostrarle al verdadero Pastor, que viene y lo busca para traerlo a casa, y hacer oír su voz; entonces puede recibir verdadero consuelo, de modo que se atreva a responder a Moisés y decir: Ya no me importa ni tu consuelo ni tu terror, y puedes hacerme tan malo como puedas, puedes hacerme homicida una y otra vez, y decir que he ahorcado a mi padre y a mi madre; pero ahora, porque estoy en angustia y terror ante la ira de Dios y la condenación eterna, no te oiré ni te obedeceré. Porque yo mismo siento y confieso que soy, ¡ay!, una pobre oveja perdida; pero esta es mi salvación y consuelo, en el cual triunfo: que tengo al Pastor que él mismo me busca a mí, su oveja perdida, y me lleva sobre sus hombros. Hablemos ahora de esto, y no de cuán bueno o malo soy, sino de cómo he de llegar a Cristo.
48 Por eso, toda predicación debe adaptarse a la capacidad de los oyentes. Porque he dicho que esta doctrina no es adecuada para un hombre carnal y endurecido, así como no conviene dar a un robusto trillador azúcar y costosos manjares, que están destinados a los enfermos, sino darle un buen trozo de pan duro y queso y un trago de agua. Pero reserva la otra comida blanda y delicada para los enfermos y los niños pequeños, que no pueden digerir nada duro. Así debes observar también aquí cómo dividir bien y dar a cada uno su porción debida, como un padre de familia prudente. Igualmente, mantente firme en la predicación de Moisés y de la ley, hasta que halles gente dura y viciosa, que vive segura y sin temor. A estos debes permitirles comer solo la comida ordinaria de los jornaleros, es decir, oír al Moisés airado, que truena y relampaguea desde el monte Sinaí, que destruye a los hijos de Israel y los mata en el desierto, y ahoga al rey Faraón en el Mar Rojo.
49 Pero dondequiera que haya corazones y conciencias turbados y débiles, que se han vuelto ya ovejas perdidas, allí calla sobre Moisés y todas las obras de Dios hechas bajo la ley, y habla solo de las obras hechas por Cristo en el tiempo de la gracia, y grava bien en la pobre conciencia cómo se muestra hacia la oveja perdida; a saber, que es el querido y buen Pastor, que está tan angustiado y preocupado por la oveja que lo deja todo y lo abandona todo, solo para hallarla de nuevo, y no cesa hasta traerla a casa. Porque le duele que un hombre permanezca en pecado, temor y temblor; y no puede soportar que se quede allí y perezca. Pero te llama con su evangelio de la manera más amable, para que solo vengas a él, y seas tomado y llevado sobre sus hombros, y sigas siendo su querida oveja.
50 Pero no se ha de llamar oveja perdida a esa multitud que vive segura y en desenfreno y no se preocupa de si Dios allá arriba está airado o se ríe, pues es una cabra montés que no quiere ser ni guiada ni protegida. Sino que se llama ovejas extraviadas y perdidas a aquellas a quienes sus pecados oprimen y que luchan en el combate de la fe, donde el peligro no es perder a Moisés, sino a Cristo y su artículo principal de fe, es decir, donde la conciencia está en angustia y preocupación de si Dios le es misericordioso. Esta es la verdadera oveja que suspira y clama por su Pastor, y se alegraría de recibir ayuda, como dice David, Sal 119:176: «Yo me extravié como oveja perdida; busca a tu siervo», etc. A estas les sabe bien el azúcar y este amable y dulce refrigerio, con el cual el corazón revive para no desesperar, sino para levantarse de nuevo con tal consuelo, no por Moisés sino en Cristo; no para hacer de Moisés su amigo ni poder acallar su voz, sino porque tiene un Dios misericordioso en su Señor y Cristo. Dios lo conceda. Que Moisés se quede con su consuelo donde pueda.
51 Aunque también es cosa buena, y así debe ser, que un hombre no viva contra la ley, ni robe, ni hurte, ni mate, ni haga mal a su prójimo y le cause dolor; sin embargo, tal vida no da al corazón verdadero consuelo, sino que solo hace cosquillas en la piel, que no entra en el corazón ni dura. Porque cuando el diablo viene y se apodera del corazón, le quita todo ese consuelo, y aunque hayas obrado bien, él por supuesto acusa diez veces más por lo que hiciste al contrario. Sí, incluso en las mejores obras puede hallar fácilmente mucha impureza, y convertirlo todo en pecado. Por eso nada puede edificarse sobre tal consuelo, sino solo desecharlo valientemente y decir: Dios lo conceda; sea que yo sea bueno o no, esto lo reservaré para su lugar propio, cuando lleguemos a enseñar y tratar de las obras; pero en este círculo en el que ahora estoy, de nada vale tratar de mis obras y bondad, sino de Cristo y de sus obras que ha hecho por mí, su oveja perdida. Si ahora preguntas si soy bueno, responderé sencillamente: No, y no quiero estar en este círculo de gente buena.
52 Pero si preguntas si Cristo es bueno, entonces sin vacilar puedo decir que sí, y presentarlo como mi justicia, y apelar desafiante a él. Porque en él he sido bautizado, y tengo aquí en el evangelio el sello y el documento de que soy su querida oveja, y él es mi bueno y piadoso Pastor que busca su oveja perdida, y trata con ella enteramente sin la ley, nada me exige, ni empuja, ni amenaza, ni asusta, sino que me muestra pura y dulce gracia, y se humilla por debajo de mí y me toma sobre sí, para que yo solo yazga sobre su espalda y sea llevado. ¿Por qué habría de temer entonces los terrores y truenos de Moisés, o al diablo además, si estoy bajo la protección de aquel hombre que me da su santidad y todo lo que tiene, para poseerlo como mío, y que me lleva y me sostiene de modo que no pueda perderme, mientras yo permanezca oveja y no niegue al Pastor ni caiga malignamente de él?
53 Así tienes este cuadro presentado de la manera más amable en que es posible presentarlo. Pero todo esto se hace solo por causa de la fe. Porque el cuadro es ciertamente hermoso y lleno de consuelo, y es la verdad misma. Pero le falta esto: que no se siente en la experiencia como debiera. Porque mientras la oveja corre extraviada, es decir, cuando el hombre siente sus pecados y estos lo oprimen, y no sabe dónde apoyarse, y el diablo lo aterra, entonces solo sucede lo contrario, y no puede captar que sea verdad, pues todo lo que ha oído aquí se aparta por completo a causa de sus sentimientos y experiencia presentes. Porque el diablo ha pervertido de tal modo su visión que no ve sino la ira e indignación de Dios, con lo cual su corazón está tan cargado que no puede elevarse por encima de ella ni apartar de ella los ojos, pues se ha hundido tan hondo en ella que ni siquiera en Cristo ve otra cosa que un Juez airado, como hasta ahora lo han descrito y grabado a la fuerza en todos los corazones los escandalosos papistas, sentado solo sobre el arco iris con una espada en la boca.
54 Porque el verdadero arte y bellaquería del diablo, que practica con la pobre oveja errante, es que pervierte este cuadro y arma un continuo griterío en su presencia, de modo que ya no pueda reconocer a su Pastor, para poder, en nombre de Cristo, llevar al hombre bajo Moisés, disputando acerca de Cristo tal como antes disputaba acerca de Moisés; de modo que de veras necesita una fe fuerte de que es verdad, y un hombre ante todo debe luchar contra sí mismo por esta causa. Porque su propio sentimiento es poderoso en sí mismo, y el diablo agranda tanto el pecado y el terror que los nervios y los huesos, y el corazón en el cuerpo, podrían fallar.
55 Por eso no se aprende tan fácilmente como algunos imaginan. Cuando todo es paz, es fácil creer que Cristo es dulce y amable, pero cuando la angustia y el terror irrumpen y abruman el corazón, entonces el hombre está ciego y errante, y juzgará solo según su corazón y sentimientos, a los cuales se aferra y se confirma en su error, pues está cautivo en él, y no puede pensar otra cosa sino que es como lo siente, y sin embargo no es verdad.
56 Ahora bien, sería un arte poder decir a su corazón: Si te reconoces oveja perdida, dices la verdad; pero que por eso huyas de Cristo, e imagines que es un hombre que te perseguiría y te asustaría, esto es obra del mismísimo diablo miserable. Porque si lo miras y confiesas rectamente como tu verdadero Pastor, no tendrías miedo ni te asustarías de él, sino que correrías hacia él con gozo y confianza. Porque él no está aquí para condenarte, sino que viene a buscarte, a llevarte sobre su espalda, a ayudarte y librarte del pecado, del error, del poder del diablo y de toda desgracia.
Si ahora sientes que eres pecador y que has merecido la ira de Dios, entonces debes, precisamente por eso, clamar y correr con más empeño a tu querido Pastor, para que te libre, y no debes imaginarlo de otro modo que como la oveja a su pastor, que no puede temerle, sino que está contenta y feliz en cuanto lo ve y lo oye, aunque se haya extraviado de él y por eso haya merecido temerle. Pero sabe muy bien que él no guarda ira ni indignación contra tal oveja, y que no puede esperar de él sino amor y todo bien.
57 Por eso todo aquí depende solo de esto: que aprendas rectamente a mirar a Cristo según la Palabra, y no según tus propios pensamientos y sentimientos, pues los pensamientos humanos son fraudes y mentiras, pero su Palabra es verdadera y no puede mentir. Porque él mismo lo ha probado con hechos vivos y ejemplos, y lo prueba aún cada día en toda la cristiandad. Por eso debemos solo apretar la Palabra contra nuestro corazón, y entretejernos con ella, y aprender el arte de reprender a nuestro propio corazón con sus mentiras, y oponerle este artículo de la fe. Porque solo esto debe permanecer verdadero, y todo lo que se le oponga debe ser falso y una sarta de mentiras. Pero este es un arte que yo no puedo dominar, y mucho menos otros espíritus vanos, que tanto se jactan de él, como si lo supieran todo, con solo haberlo oído una vez, y sin embargo nunca gustan ni experimentan nada de ello. Porque es cosa fácil hablar y predicar de ello; pero cuán difícil es probarlo en la realidad, lo experimentan a fondo los que se preocupan seriamente de ello.
58 Esta es, pues, la primera descripción del amable Cristo, presentada por él mismo en este evangelio: que derrama todo su corazón y está tan angustiado por la oveja que va tras ella solo, dejando las noventa y nueve; no para asustarla ni golpearla, sino para ayudarla y traerla de nuevo a casa, y para alegrar con su voz dulce y amable el corazón y la conciencia desdichados y afligidos, de modo que de ambas partes no haya sino cordial amor y gozo el uno por el otro, para que veas cuánto amor y placer le das cuando te aferras a él con todo el corazón y esperas de él todo bien.
59 Ves en segundo lugar cómo derrama su gozo y bondad inefable con señales y gestos externos de toda clase, y cómo, cuando ha hallado la oveja, se muestra tan amable, pues no trata con ella en absoluto según su propia ley o fuerza, a la que ciertamente tiene derecho, para arrearla delante de sí como las demás ovejas y dejarla ir sola. Al contrario, la toma y la pone sobre sus hombros y la lleva él mismo todo el camino a través del desierto, toma sobre sí todo el trabajo y la fatiga solo para que la oveja tenga descanso y un hogar, y lo hace de buena gana y de corazón, pues está lleno de puro gozo, solo porque la tiene otra vez bajo su cuidado. Y observa también cuán bien le va a la oveja, cómo yace en toda paz y seguridad sobre los hombros de su Pastor, y cuán contenta está de yacer tan blandamente y de no tener que caminar, segura y sin cuidado, tanto de perros como de lobos, es decir, de todo error y mentira, peligro y destrucción. Este es ciertamente un cuadro amable, excelente, hermoso y reconfortante de contemplar.
60 Porque precisamente así hace Cristo nuestro Señor cuando nos libra, lo cual hizo una vez corporalmente con sus padecimientos y muerte, pero ahora lo hace continuamente en poder y espíritu por su Palabra. De este modo nos pone sobre sus hombros, nos lleva y nos defiende, para que estemos a salvo de todo peligro de pecado, de muerte y del diablo, aunque ellos incluso nos aterren y hagan como si quisieran arrancarnos y devorarnos. Porque ser así llevados es nuestra salvación, y permanecemos seguros de todo peligro y no necesitamos temer nada; así como el precioso cordero que yace sobre los hombros del Pastor no se deja perturbar, aunque los perros, como demonios, ya ladren y el lobo ronde, mientras él deja caer la cabeza sin cuidado alguno y duerme dulcemente.
Así hacemos también nosotros, si estamos y permanecemos en este artículo de la fe: Creo en Jesucristo, nuestro Señor, que padeció, murió y resucitó por nosotros, etc.; entonces no necesitamos preocuparnos de perdernos, ni de que el diablo pueda devorarnos, aunque abra sus fauces cuanto quiera. Porque entonces no vamos por nuestro propio camino, ni caminamos con nuestros propios pies, sino que colgamos del cuello de nuestro querido Pastor y yacemos sobre su espalda, donde estamos enteramente seguros. Pues aunque el pecado, la muerte y el infierno parezcan tan malignos y terribles, no pueden devorarlo a él; de otro modo nosotras, pobres ovejas, nos perderíamos y destruiríamos demasiado pronto.
61 Porque así como la oveja no puede protegerse ni proveer para sí misma a fin de no extraviarse, a menos que el pastor la dirija y guíe continuamente por el camino; y cuando se ha extraviado y perdido, no puede por sí misma hallar el camino correcto ni llegar a su pastor, sino que el mismo pastor debe ir tras ella y buscarla hasta hallarla, y cuando la ha hallado, la sostiene y lleva sobre su espalda, para que ya no se espante lejos de él ni sea cazada o arrebatada por el lobo. Así también nosotros no podemos ni ayudarnos ni aconsejarnos para obtener descanso y paz de conciencia, y escapar del diablo, de la muerte y del infierno, a menos que Cristo mismo nos traiga de nuevo y nos llame a sí por su Palabra. Y cuando venimos a él y estamos en estado de fe, aun entonces no podemos mantenernos en la fe ni ser constantes, a menos que él mismo, por su Palabra y poder, nos sostenga y lleve, porque el diablo nos acecha por todos lados y sin cesar, y ronda a nuestro alrededor como león rugiente, como dice san Pedro en 1 P 5:8, para devorarnos. De modo que aquí de nada vale jactarnos de nuestro libre albedrío y fuerza, ya sea para comenzar o para continuar nuestro regreso al Pastor y permanecer con él, sino que Cristo solo, nuestro Pastor, debe hacerlo todo.
62 Pero de esto estamos seguros: que mientras estemos colgados del cuello de Cristo, estaremos a salvo de todo terror y desgracia. Porque ciertamente no permitirá que seamos arrancados de su cuello, ni nos desechará, porque está tan feliz y de buen ánimo de tener otra vez su oveja y de poder traerla de vuelta al resto del rebaño. En suma, aquí no hay nada de terror, de empujar y de mandar, sino un sencillo y amable llevar y una mera vida de gracia, con la cual cuida a sus ovejas de la manera más tierna. Por el contrario, Moisés, no como pastor de ovejas pobres y débiles, sino de ganado rudo y fuerte, con su cayado y vara arrea a su rebaño delante de sí tres días de camino por el desierto, Éx 3:1, hasta que se cansan; pues tal trato es propio de gente endurecida y soberbia.
63 También nosotros, cuando caemos bajo Moisés, a saber, según la carne y la vida exterior, debemos entonces ir nosotros mismos y hacer lo que la ley exige. Pero según nuestra fe no debemos tolerar que se nos imponga ni exija obra alguna, sino solo dejarnos llevar y levantar de la manera más tierna, no en caballo y carro, sino sobre su propia espalda y hombros. Lo cual, como dije, se hace cuando él permite que se nos predique su Palabra: que murió por nosotros, y llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre la cruz, y puso al diablo con la muerte y el pecado bajo sus pies, y nos ha conducido a la vida eterna, y siempre nos lleva mientras vivamos, de modo que no necesitamos mirar a nuestra vida, cuán buenos y fuertes somos, sino solo yacer sobre sus hombros. Porque en este círculo o artículo de la fe no necesitamos inquietarnos por pecado, muerte o vida alguna, sino que lo tenemos todo en Cristo, que nos lleva y nos defiende.
64 Ahora bien, no se contenta con las dos partes, con buscar tan amorosamente la oveja perdida y llevarla tan suavemente y con gozo; sino que además, cuando la trae a casa, dispone una fiesta especial y un tiempo de regocijo, y convoca a sus amigos y vecinos para que se regocijen con él. Sí, hace un jubileo tan grande que Dios en el cielo, junto con todas las huestes celestiales y todas las criaturas, se regocija por un pecador que se arrepiente. Con esto muestra y explica quién es el que se llama oveja perdida, a saber, el pecador que se arrepiente, es decir, que siente sus pecados y se duele de corazón por ellos, y quisiera verse libre de ellos y venir a Cristo y enmendar su vida, lo cual se llama tener un corazón miserable y afligido y una conciencia angustiada, a la que el diablo ataca para que perezca de pena y tristeza. Porque Cristo es un hombre tal que no busca ni lleva ninguna oveja sino la que está perdida y no conoce refugio ni ayuda propios.
65 Y ahora considera: ¿cómo podría predicar de manera aún más amable y consoladora, o qué más debería hacer para alegrar el corazón y despertar una fuerte confianza en él? Viendo tal Pastor, somos pintados por él nosotros, pecadores miserables, a quien tan de mala gana pierde su oveja y con tanta angustia la busca, y cuando la ha hallado la lleva con todo gozo, y difunde tal gozo que todos los ángeles y santos en el cielo, sí, y todas las criaturas se regocijan y nos sonríen tan amablemente que hasta el sol debe brillar mucho más hermoso. Porque así como es natural que cuando un hombre está triste, el sol y todo le parece oscuro, y en cambio cuando el corazón está alegre, el hombre parece dos veces más gozoso y todo le parece más ligero y brillante.
66 Ahora bien, quien pueda creer esto firmemente, recibirá también verdadero consuelo y gozo en y por Cristo el Señor, porque tiene aquí la promesa cierta de que, si se adhiere así a Cristo y se deja llevar sobre sus hombros, es un querido huésped en el reino de los cielos, y será recibido con gran gozo.
67 Pero en la tristeza y melancolía de la conciencia tenemos un sentimiento del todo distinto, cuando el corazón no puede pensar otra cosa sino que todo ángel está detrás de nosotros con la espada desenvainada, de modo que no podemos tener buen ánimo ni de parte de Dios ni de los ángeles; hasta el punto de que algunos no pueden contemplar criatura alguna con gozo, y temen al mismo amable sol, sí, a cada hoja que se mueve. Todo lo cual surge de atormentarse y consumirse con sus propios pensamientos, de los que quisieran desenredarse, y se afanan tanto y se sienten tan bien de que no necesitan temer; pero con ello solo empeoran el mal.
68 Pero si deseas poseer verdadero consuelo y gozo en tu alma, aprende solo a grabar en tu corazón este amable cuadro y palabra de este evangelio, para que lo busques donde se ha de hallar, a saber, en Cristo, y en ninguna otra parte. Porque en este hombre hallarás todas las cosas, si solo permaneces bajo su protección y yaces quieto sobre sus hombros. Pero cualquier gozo que se busque fuera de él, nunca entra en el corazón, aunque tomaras en tu ayuda a todas las criaturas y tuvieras en un solo lugar el gozo y placer de todo el mundo.
Sermón para el vigésimo segundo domingo después del Domingo de la Trinidad; Mateo 18:23-35
LA PARÁBOLA DEL SIERVO QUE NO PERDONÓ
1 Este evangelio o parábola lo dijo Cristo nuestro Señor en respuesta a san Pedro, a quien acababa de confiar las llaves para desatar y atar, Mt 16:19, cuando Pedro le preguntó cuántas veces debía perdonar a su prójimo, si bastaban siete veces. Él respondió: V.22. No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete, y entonces Cristo relató esta parábola, y con ella concluye que nuestro Padre celestial hará con nosotros, si no perdonamos a nuestro prójimo, lo que hizo este rey con su siervo, que no quiso perdonar a su consiervo una deuda muy pequeña, después de que él le había perdonado una deuda tan grande.
2 Primero, antes de considerar el evangelio mismo, examinemos qué clase de reprensión es esta, con la que se le niega su derecho a este siervo. Porque el otro siervo, que le debía cien denarios, según la justicia debía pagarle justamente ese dinero. También el primero tenía buen derecho a reclamar lo que era suyo. Si se hubiera apelado al sentir público, todos se habrían visto obligados a darle la razón y a decir: Es justo y recto que pague lo que debe. ¿Por qué entonces este proceder, en que su señor anula su reclamo y, además, condena al siervo porque exige y hace valer su derecho? Respuesta: Se escribió así para que supiéramos que ante los ojos de Dios es algo enteramente distinto que ante los ojos del mundo, y que a menudo lo que no es recto delante de Dios es recto y justo delante del mundo. Porque delante del mundo este siervo es un hombre honorable; pero delante de Dios se le llama siervo malo, y se le reprocha haber obrado como quien es digno de condenación eterna.
3 Queda, pues, decretado que, cuando tratamos con Dios, debemos quedar libres y dejar ir bienes, honra, derecho, agravio y todo cuanto tenemos; y no seremos excusados si decimos: Yo tengo la razón, por eso no voy a permitir que nadie me haga agravio; porque Dios exige que renunciemos a todos nuestros derechos y perdonemos a nuestro prójimo. Sin embargo, nuestras altas escuelas y los doctos han predicado y enseñado sobre esto algo muy distinto: que no estamos obligados a ceder ante otro ni a renunciar a nuestro derecho, sino que es justo que cada uno asegure lo que se le debe. Este es el primer rechazo. Ahora consideremos más ampliamente este evangelio.
4 Hemos dicho a menudo que el evangelio o reino de Dios no es otra cosa que un estado o gobierno en el que no hay sino perdón de pecados. Y dondequiera que haya un estado o gobierno en el que los pecados no se perdonan, allí no se encuentra evangelio ni reino de Dios. Por eso debemos distinguir claramente estos dos reinos entre sí: aquel en que los pecados se reprenden y aquel en que los pecados se perdonan; o aquel en que se exige nuestro derecho y aquel en que nuestro derecho se perdona. En el reino de Dios, donde Dios gobierna con el evangelio, no hay exigencia de derecho ni de deudas, sino todo es puro perdón, indulto y dádiva, nada de ira, nada de castigo, sino todo es puro servicio fraterno y bondad.
5 Con esto, sin embargo, no se abolen nuestros derechos civiles. Porque esta parábola no enseña nada del reino de este mundo, sino solo del reino de Dios. Por eso, quien está solamente bajo el gobierno civil del mundo está lejos del reino de los cielos, pues todo esto pertenece todavía a la perdición. Así, cuando un príncipe gobierna a su pueblo de tal modo que no permite que nadie sea agraviado y castiga al malhechor, obra bien y es alabado. Porque así es en este gobierno: Paga lo que debes; si no, serás echado en la cárcel. Debemos tener tal gobierno, pero nadie llegará por él al cielo, ni el mundo será salvo por él. Es necesario, sin embargo, para que el mundo no empeore; es solo una protección contra la maldad y un freno para ella. Porque si no existiera este gobierno, unos devorarían a otros, y nadie podría proteger su vida, sus bienes, su mujer y sus hijos. Así, para que todo no se arruine, Dios ha instituido las funciones de la espada, con las cuales la maldad pueda ser en parte impedida, de modo que el gobierno civil asegure y mantenga la paz y nadie agravie a otro. Por eso debe ser tolerado. Y sin embargo, como hemos dicho, no ha sido establecido para ciudadanos del cielo, sino simplemente para que la gente no caiga más hondo en el infierno ni empeore las cosas.
Por tanto, nadie que esté bajo el gobierno civil se atreva a jactarse de que por ello obra rectamente delante de Dios. Delante de él, todo es todavía torcido. Porque tienes que llegar al punto de evitar también lo que el mundo pretende que es justo.
6 El propósito de este evangelio es describirnos el perdón para ambas partes. Primero el señor perdona al siervo toda su deuda. Luego le exige que él también perdone de igual modo a su consiervo y le indulte su deuda. Esto exige Dios, y así se sostendrá su reino. Por tanto, nadie debe ser tan malo ni permitirse estar tan airado como para no poder perdonar a su prójimo. Y, como está escrito, aunque te ofenda setenta veces siete, es decir, tantas veces como pueda ofenderte, debes dejar tu derecho y tu reclamo, y darle gratuitamente todo. ¿Por qué? Porque Cristo también ha hecho lo mismo por ti, al comenzar y establecer un reino en el que no hay sino gracia, que ha de durar para siempre, para que todo, cuantas veces pecas, sea perdonado; porque ha enviado su evangelio no para proclamar castigo, sino gracia solamente. Ahora bien, mientras este gobierno permanezca, puedes levantarte de nuevo en todo tiempo, por hondo y por muchas veces que caigas. Porque aunque caigas, este evangelio y este propiciatorio permanecen y quedan para siempre; por eso, en cuanto vienes y te levantas de nuevo, tienes otra vez gracia. Pero él exige de ti que perdones a tu prójimo lo que haya hecho contra ti; de otro modo no estarás en este reino de gracia ni gozarás del evangelio, para que tus pecados sean perdonados. Esta es, en breve, la idea y el sentido de este evangelio.
7 Sin embargo, aquí no se olvida quiénes son los que reciben y gozan el evangelio. Porque es ciertamente un reino glorioso y un gobierno de gracia, pues se predica en él nada más que el perdón de los pecados, aunque no entra en el corazón de todos. Por eso hay muchas personas toscas y viciosas que abusan del evangelio, que viven una vida licenciosa y hacen lo que les place, y piensan que nadie los reprenderá jamás, porque el evangelio no predica sino el perdón de los pecados. A estos no se les predica el evangelio, a los que así desprecian el gran tesoro y lo tratan con desenfreno; por eso no pertenecen a este reino, sino solo al gobierno civil, donde se les puede impedir hacer lo que quieran.
8 ¿A quién, pues, se predica el evangelio? A los que sienten su miseria como este siervo la suya. Observa, entonces, cómo le va a él. El señor se compadece de su desdicha y le da más de lo que podía desear. Pero antes de que esto ocurra, el texto dice que el señor quiso hacer cuentas con sus siervos; y al comenzar a hacerlas, se le presentó uno que le debía diez mil talentos; pero como no tenía con qué pagar, su señor mandó que lo vendieran, con su mujer e hijos y todo lo que tenía, y que se hiciera el pago. Este no era ciertamente un sermón alentador, sino pura seriedad y la sentencia más terrible. Entonces él se inquieta tanto que cae de rodillas y suplica gracia, y promete más de lo que tiene y puede pagar, y dice: V.26. Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Aquí se retrata y se presenta a los que gozan del evangelio en toda su medida.
9 Porque así es entre Dios y nosotros. Cuando Dios quiere hacer cuentas con nosotros, envía la predicación de la ley, por la cual aprendemos a conocer lo que debemos. Como cuando Dios dice a la conciencia: «No tendrás dioses ajenos», sino que me estimes solo a mí como Dios, y me ames con todo tu corazón, y confíes solo en mí; este es el ajuste de cuentas y el registro en el que está escrito lo que debemos; esto lo toma en la mano y nos lo lee y dice: ¿Ves lo que se te exige? Debes temerme, amarme y honrarme solo a mí, y confiar únicamente en mí, y esperar de mí lo mejor. Pero tú haces lo contrario y eres mi enemigo, no crees en mí, sino que pones tu confianza en otras cosas. En suma, ves aquí que no guardas ni una sola letra de la ley.
10 Ahora bien, cuando la conciencia oye tales cosas y la ley nos alcanza a fondo, entonces vemos nuestro deber y que no lo hemos cumplido, y percibimos que no hemos guardado ni una letra de ella, y debemos confesar que no hemos creído ni amado a Dios ni un solo momento. ¿Qué hará ahora el Señor? Cuando la conciencia es así llevada cautiva y confiesa que debe perderse, y se llena de angustia y temor, él dice: Vendedlo a él y todo lo que tiene, para que se haga el pago. Esta es la sentencia que sigue inmediatamente cuando la ley revela los pecados y dice: Esto debías hacer y haber hecho, pero no lo has hecho. Porque el castigo sigue al pecado, para que se haga el pago. Pues Dios no ha dado su ley con el fin de dejar escapar a los que la desobedecen. No es dulce ni amable, sino que trae consigo un castigo amargo y horrible, y nos entrega a Satanás, nos echa en el infierno y nos deja en el castigo hasta que hayamos pagado el último cuadrante.
Esto lo ha explicado correctamente san Pablo a los romanos, Ro 4:15: «La ley produce ira.» Es decir, cuando nos revela que hemos obrado mal, no trae a nuestros corazones sino su ira y su desagrado. Porque cuando la conciencia ve que ha obrado mal, siente que es digna de muerte eterna; y si el castigo siguiera pronto, tendría que desesperar. Esto es lo que significa que el señor mande vender a este siervo con todo lo que tiene, porque no puede hacer el pago.
11 ¿Qué hace ahora el siervo? Se pone necia y neciamente a la obra y piensa que todavía pagará la deuda; se postra y pide al señor que tenga paciencia con él. Este es el tormento de todas las conciencias, cuando viene el pecado y las hiere hondamente hasta que sienten en qué triste estado se hallan delante de Dios; entonces no tienen descanso, corren de acá para allá, buscan ayuda aquí y allá para verse libres del pecado, y en su presunción piensan que pueden hacer lo bastante para pagar a Dios por completo. Tal como se nos ha enseñado hasta ahora; de ahí han salido también tantas peregrinaciones, fundaciones de caridad, claustros, misas y otras necedades; así ayunábamos y nos azotábamos, y nos hacíamos monjes y monjas. Y todo esto vino de que emprendimos comenzar una vida y hacer muchas obras de las cuales Dios debía tomar cuenta y dejarse pagar por ellas, y habíamos pensado calmar y poner en paz la conciencia con Dios; y así hemos obrado igual que este necio de la lección de hoy.
12 Ahora bien, un corazón así herido por la ley, que siente sus golpes y su angustia, está verdaderamente humillado. Por eso cae ante el Señor y pide gracia, salvo que aún comete el error de creer que se ayudará a sí mismo; pues esto no podemos arrancarlo de nuestra naturaleza. Cuando la conciencia siente tal miseria, se atreve a prometer más de lo que todos los ángeles del cielo pueden hacer. Aquí uno puede prometer fácilmente y obligarse a hacer todo lo que se le exija; porque se encuentra siempre tan dispuesto que todavía espera hacer lo bastante por su pecado mediante sus buenas obras.
13 Mira ahora lo que los hombres hicieron antaño en la historia del mundo, y verás que es así. Entonces se predicaba: Da a la iglesia, corre al claustro, funda muchas misas, y entonces tus pecados serán perdonados. Y cuando en el confesionario forzaban nuestras conciencias, hacíamos todo lo que nos imponían, y dábamos más de lo que nos exigían. ¿Qué debía hacer la pobre gente? Se alegraba de ser ayudada de esta manera; por eso corrían y se martirizaban para librarse de sus pecados; y sin embargo no servía de nada, porque la conciencia quedaba en duda como antes, sin saber en qué términos estaba con Dios; o, si se sentía segura, se volvía todavía peor y caía en la presunción de que Dios tenía que tomar en cuenta sus obras. La razón no puede dejar esto en paz ni rodearlo para abandonarlo.
14 Por eso viene el Señor y se compadece de esta angustia, porque el siervo yace así cautivo y atado en sus pecados y, además, es tan necio que quiere ayudarse a sí mismo, no busca misericordia, no sabe decir nada de gracia y no siente sino pecados que lo oprimen pesadamente, y no conoce a nadie que lo ayude. Entonces su señor tiene misericordia de él y lo pone en libertad.
15 Aquí se nos representa el evangelio y su naturaleza, y cómo trata Dios con nosotros. Cuando estás así preso en los pecados y te atormentas para librarte de ellos, viene el evangelio y dice: «No, así no, mi querido amigo, de nada te servirá torturarte y atormentarte hasta la locura; tus obras nada consiguen, sino que la misericordia de Dios lo hace todo; él se compadece de tu aflicción, y te ve cautivo en tal angustia, debatiéndote en el lodo sin poder sacarte a ti mismo, ve que no puedes pagar la deuda, por eso te lo perdona todo.»
Por tanto, es pura misericordia. Porque te perdona la deuda no por tus obras y méritos, sino porque se compadece de tus clamores, quejas y humillación. Esto significa que Dios mira a un corazón humilde, como dice el profeta David en Sal 51:17: «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.» Tal corazón, dice, está quebrantado y abatido y no puede ayudarse a sí mismo, y se alegra cuando Dios le tiende una mano; este es el mejor sacrificio delante de Dios, y el verdadero camino al cielo.
16 Ahora bien, esto sigue de la misericordia; como Dios se compadece de nuestra angustia, cede sus reclamos y los anula, y nunca dice: Vende lo que tienes y haz el pago. Bien podría haber procedido y haber dicho: Tienes que pagar, tengo derecho a exigirlo, no voy a anular mi propio derecho por causa tuya; y nadie habría podido censurarlo. Sin embargo, no quiere tratar con él según nuestras ideas del derecho, sino que cambia la justicia en gracia, tiene misericordia de él y le da libertad, con mujer e hijos y todo lo que tiene, y además le regala la deuda.
Esto es lo que Dios predica por medio del evangelio, a saber: Al que cree, no solo la deuda, sino también el castigo le será remitido. A esto no se han de añadir obras; porque quien predica que por sus obras se puede expiar la deuda y el castigo, ya ha negado el evangelio. Pues las dos cosas no pueden tolerarse juntas: que Dios tenga misericordia y que tú tengas algún mérito. Si es por gracia, ya no es por mérito; pero si es por mérito, entonces es justicia y no gracia. Ro 11:6. Porque si pagas lo que debes, él no te muestra misericordia; pero si muestra misericordia, tú no pagas por lo que recibes. Por tanto, debemos dejarlo a él obrar con nosotros, recibir de él y creer. Esto es lo que enseña el evangelio de hoy.
17 Ahora ves que, como este siervo es así humillado por el conocimiento de sus pecados, la Palabra le ministra un consuelo muy fuerte, cuando el Señor lo declara libre y le remite tanto la deuda como el castigo. Con esto se indica que el evangelio no alcanza a los corazones viciosos, ni a los que andan con descaro, sino solo a las conciencias turbadas a quienes sus pecados oprimen y de los cuales desean verse libres; de estos tendrá Dios misericordia y les concederá todas las cosas.
18 Así recibió este siervo la Palabra, y por ella llegó a ser amigo de Dios. Porque si no hubiera recibido la Palabra, de nada le habría servido, y el perdón habría quedado en nada. Por eso no basta con que Dios nos haya ofrecido el perdón de los pecados y haya proclamado el año de oro del reino de gracia; sino que también hay que asirlo y creerlo. Si lo crees, estás libre de pecado y todo está bien. Esta es la primera parte de una vida cristiana, enseñada por este y por todos los evangelios, que consiste propiamente en la fe, la cual trata solo con Dios. Además se indica que no podemos asir el evangelio a menos que exista primero una conciencia afligida y miserable por causa del pecado.
19 Concluye, pues, de esto que no es sino engaño lo que se predica acerca de nuestras obras y nuestro libre albedrío, y si se enseña otro camino para borrar el pecado y obtener la gracia distinto del que aquí defiende este evangelio, a saber, que la divina Majestad mira nuestra miseria y tiene misericordia de nosotros. Porque el texto dice claramente que presenta y remite a los que nada tienen; y así concluye que no tenemos con qué recompensar a Dios. Puedes, pues, tener libre albedrío como quieras en las cosas temporales, en la vida y el carácter externos, o en la piedad y la virtud externas, como el hombre puede tenerlas por su propia fuerza; pero oyes ahora que ante Dios es nada. ¿Qué puede hacer aquí el libre albedrío? No hay en él, de todos modos, sino forcejeo y temblor. Por tanto, si quieres verte libre del pecado, debes desistir de todas tus propias obras y desesperar de ellas, y aferrarte a la cruz, y pedir gracia, y entonces asir el evangelio por la fe.
20 Sigue ahora la segunda parte de esta parábola, la del consiervo. Con gusto moriríamos a cada hora por causa de nuestra fe. Porque este siervo tiene bastante: conserva su vida y sus bienes, su mujer y sus hijos, y tiene un señor clemente; sería, pues, un gran necio si fuera ahora a hacer todo lo que pudiera para obtener un señor clemente. Su señor bien podría decir entonces que solo se burla de mí. Por eso no debe añadir ninguna obra, sino solo recibir la gracia que se le ofrece, estar alegre y dar gracias al Señor, y hacer con otros lo que el Señor hizo con él.
21 Así nos pasa ahora a nosotros. Si creemos, entonces tenemos un Dios clemente y no necesitamos más, y en verdad nos convendría morir pronto. Pero si hemos de vivir en la tierra, nuestra vida no debe dedicarse a obtener el favor de Dios por medio de nuestras obras; porque quien hace esto se burla de Dios y lo blasfema. Como se ha enseñado hasta ahora: que debemos estar tanto tiempo importunando a Dios con nuestras buenas obras, con oraciones, ayunos y cosas semejantes, hasta obtener la gracia. La gracia ya la hemos recibido, no por nuestras obras sino por la misericordia de Dios. Si has de vivir, debes tener algo que hacer y en qué trabajar, y todo esto debe dedicarse a tu prójimo, dice Cristo.
22 Pero aquel siervo salió. ¿Cómo sale? ¿Dónde había estado dentro? Había estado en la fe, pero ahora sale por el amor, con el cual debe mostrarse ante la gente. Porque la fe lleva a las personas de entre las personas hacia Dios, pero el amor sale hacia las personas. Antes estaba dentro, entre Dios y él solos, porque nadie puede ver la fe ni dar testimonio de ella, de cómo ambos obran juntos. Por eso es preciso salir de la vista de la gente, donde no se ve ni se siente a nadie sino a Dios; esto se trata solo por la fe, y ninguna obra externa puede añadírsele. Ahora sale ante su prójimo. Si se hubiera quedado dentro, bien habría podido morir; pero debe salir y vivir entre otras personas y mezclarse con ellas. Aquí encuentra a un consiervo, al que golpea y maltrata, y lo ahoga, exige el pago y no muestra misericordia.
23 Esto es lo que hemos dicho a menudo: que nosotros los cristianos debemos irrumpir y mostrar con nuestros hechos y ante la gente que tenemos la verdadera fe. Dios no necesita tus obras, tiene bastante en tu fe. Sin embargo, quiere que obres para que con ello muestres tu fe a ti mismo y a todo el mundo. Porque Dios ciertamente ve la fe, pero tú y la gente todavía no la ven; por eso debes dedicar las obras de la fe al beneficio de tu prójimo. Así este siervo es ejemplo y retrato de todos los que deben servir a su prójimo por la fe.
24 Pero ¿qué hace? Justo como nosotros, que pensamos que creemos, y en parte creemos, y nos alegramos de haber oído el evangelio y podemos decir mucho de él; pero nadie quiere seguirlo en su vida. Hemos llevado las cosas hasta el punto de que la doctrina y los malabarismos del diablo han sido en parte derribados, y ahora vemos qué es recto y qué es torcido: que con Dios debemos tratar solo por la fe, pero con nuestro prójimo por nuestras obras. Pero no logramos que, en cuanto al amor, uno haga con otro lo que Dios ha hecho con él; como nosotros mismos nos quejamos de que algunos de nosotros nos hemos vuelto mucho peores de lo que éramos antes.
25 Así como este siervo no quiere perdonar a su prójimo, sino que busca cobrar lo que se le debe, así también nosotros hacemos y decimos: No estoy obligado a dar lo mío a otro ni a ceder mis derechos. Si otro me ha ofendido, me debe reconciliarme y pedirme perdón. Porque así enseña y obra el mundo. Y en esto tienes razón, y ningún príncipe ni rey te obligará a dar a otro lo tuyo; antes bien, deben permitirte hacer con lo tuyo lo que quieras. El gobierno civil solo obliga hasta el punto de que no puedas hacer con los bienes ajenos lo que quisieras, no de que debas dar tus bienes a otro. Esto es justo ante el mundo, como concluye la razón: A cada uno pertenece lo suyo. Por tanto, no hace mal quien usa sus bienes como quiere y a nadie despoja de lo suyo.
26 Pero ¿qué dice este evangelio? Si Dios también hubiera obrado así y hubiera mantenido su derecho y hubiera dicho: Obro en armonía con la justicia cuando castigo a los malos y tomo lo que es mío, ¿quién me lo impedirá?, ¿dónde estaríamos entonces todos nosotros? Todos nos arruinaríamos. Por eso, como él ha renunciado a su reclamo contra ti, desea que tú también hagas lo mismo. Renuncia, pues, también a tu derecho y piensa: Si Dios me ha dado diez mil libras, ¿por qué no daría yo a mi prójimo cien denarios?
27 Así tus bienes ya no son tuyos, sino de tu prójimo. Dios, ciertamente, habría podido conservar lo suyo, pues nada te debía. Sin embargo, se entrega enteramente a ti, se hace tu Señor clemente, es bondadoso contigo y te sirve con todos sus bienes, y lo que tiene es todo tuyo; ¿por qué, entonces, no harás tú también lo mismo? Por tanto, si quieres estar en su reino, debes hacer como él hace; pero si quieres permanecer en el reino del mundo, no entrarás en su reino. Por eso la sentencia de Mt 25:42, que Cristo pronunciará en el último día, pertenece a los que no son cristianos: «Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber», y lo que sigue.
28 Pero dirás: ¿Sigues insistiendo en que Dios no tendrá en cuenta nuestras buenas obras y que por ellas no salvará a nadie? Respuesta: Quiere que se hagan gratuitamente, sin pensar en recompensa; no para que con ello obtengamos algo, sino para que las hagamos a nuestro prójimo y así mostremos que tenemos la verdadera fe; pues ¿qué tienes tú que le hayas dado y con lo cual merezcas algo, para que él tenga misericordia de ti y te perdone todo lo que has hecho contra él? ¿O qué provecho saca él de ello? Nada tiene, sino que tú lo alabes y le des gracias, y hagas como él ha hecho, para que Dios sea agradecido en ti; entonces estás en su reino y tienes todas las cosas que debes tener. Esta es la otra parte de la vida cristiana, que se llama amor, por la cual uno sale de Dios hacia su prójimo.
29 Los que no prueban su fe con obras de amor son siervos que quieren que otros los perdonen, pero ellos no perdonan a su prójimo ni ceden sus derechos; por eso les irá también como a este siervo. Porque cuando los otros siervos, que predican el evangelio, ven que Dios les ha dado gratuitamente todas las cosas, y que ellos se niegan a perdonar a nadie, se entristecen al ver tales cosas, y les duele que obren tan neciamente frente al evangelio y que nadie lo asga. ¿Qué hacen entonces? No pueden hacer más que presentarse ante su Señor con su queja y decir: Así van las cosas; tú les perdonas la deuda y el castigo, y les das gratuitamente todas las cosas; pero no logramos que hagan con otros lo que tú has hecho con ellos. Esta es la queja. Entonces Dios los citará a comparecer ante él en el juicio final y los acusará de estas cosas y dirá: Cuando tuvisteis hambre, sed y aflicción, yo os ayudé; cuando yacíais en pecados, tuve compasión de vosotros y os perdoné la deuda; por eso ahora también tenéis que pagar vuestra deuda. Ya no hay gracia ni misericordia, sino solo ira y castigo eterno, ninguna oración valdrá de ahí en adelante, y quedan sin habla, y son echados en tormento hasta que paguen el último cuadrante.
30 San Pedro dijo lo mismo de los que oyeron el evangelio y volvieron a apartarse. 2 P 2:21: «Mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado.» ¿Por qué sería mejor? Porque si se vuelven atrás les irá dos veces peor que antes de haber oído el evangelio; como dice Cristo en Mt 12:45 del espíritu inmundo, que toma consigo otros siete espíritus peores que él, viene con ellos y habita en el hombre de quien fue expulsado, y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero.
31 Así nos pasa ahora también a nosotros, y será todavía más así. Así ocurrió también con Roma. Allí las cosas estaban en excelente condición en los días de los mártires. Pero después se arruinaron, y surgieron abominaciones y reinó el Anticristo, y la ciudad se volvió tan mala que no podía ser peor. La gracia de Dios predicada por el evangelio es tan grande que la gente no la capta; por eso también debe seguir un castigo grande y terrible. Así veremos venir sobre nosotros el justo castigo, por cuanto no obedecemos el evangelio que tenemos y conocemos.
32 Porque cada vez que Dios ha afligido a los pueblos con un castigo severo, antes encendió una gran luz; como cuando sacó a los judíos de su país al cautiverio, primero hizo surgir al piadoso rey Josías, que restauró la ley para reformar al pueblo; pero cuando volvieron a apartarse, Dios los castigó como merecían. Así también, cuando quiso derribar a los egipcios, envió a Moisés y a Aarón a predicar y a iluminarlos, Éx 4:14. Igualmente, cuando quiso destruir el mundo con el diluvio, levantó al patriarca Noé, Gn 6 y 7. Pero como la gente no quiso creer y solo empeoró, siguió un castigo terrible. Así fue con las cinco ciudades; Sodoma y Gomorra, con las demás, fueron castigadas porque no quisieron oír al piadoso Lot, Gn 19.
Por eso tales castigos terribles vendrán también ahora sobre los que oyen el evangelio y no lo reciben. Así este siervo del evangelio es rechazado y debe pagar lo que debe. Esto significa que debe soportar el dolor y las consecuencias. Pero quien soporta el dolor por la deuda no se salvará jamás. Porque al pecado pertenece la muerte, y cuando uno muere, muere para siempre, y ya no hay para él ayuda ni salvación. Recibamos, pues, estas cosas como una advertencia; los endurecidos, en cambio, que no quieren oír, tendrán que guardarse de ello.
33 Este es un evangelio elegante y consolador, y es dulce para la conciencia afligida, porque no contiene sino perdón de pecados. Pero para las cabezas obstinadas y los corazones endurecidos es una sentencia terrible, y en particular porque este siervo no es un pagano, sino que pertenece a los que están bajo el evangelio, que tenían la fe. Porque, como el Señor tiene misericordia de él y le perdona lo que había hecho, sin duda debe de ser cristiano. Por tanto, este no es un castigo para los paganos, ni para la multitud común que oye el evangelio con el oído externo y lo tiene en la lengua, pero no vive conforme a él. Así tenemos la suma de este evangelio.
34 Lo que además suelen discutir aquí los sofistas, si volverán los pecados que una vez fueron perdonados, lo dejo pasar. Porque no saben qué es el perdón del pecado, y piensan que es algo que se queda clavado en el corazón y allí yace quieto, siendo que es todo el reino de Cristo, que dura para siempre sin fin. Porque así como el sol brilla y alumbra igualmente aunque yo cierre los ojos, así este propiciatorio o perdón de los pecados permanece para siempre, aunque yo caiga. Y como veo el sol de nuevo en cuanto abro los ojos, así tengo de nuevo el perdón de los pecados cuando alzo la vista y vuelvo a Cristo. Por eso no debemos hacer el perdón tan estrecho como sueñan los necios. Esto se dice sobre el evangelio de hoy.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.