Comentarios y sermones · Martín Lutero

Mateo 2: comentario de Martín Lutero

Sermón para la Epifanía; Mateo 2:1-12

EPIFANÍA

1 Este evangelio concuerda con la epístola y habla de la venida temporal de los gentiles a Cristo, por la cual se significa y comienza su venida espiritual a Cristo, de la que habla la epístola. Es un evangelio a la vez aterrador y consolador: aterrador para los grandes y sabios, los satisfechos de sí mismos y los poderosos, porque todos ellos rechazan a Cristo; consolador para los humildes y despreciados, porque solo a ellos se revela Cristo.

I. LA HISTORIA O RELATO DE LA LECCIÓN

2 El evangelista menciona primero al rey Herodes para recordar la profecía del patriarca Jacob, que dijo: «No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos» (Gn 49:10). De esta profecía se desprende que Cristo había de venir cuando a los judíos les fuera quitado el reino o gobierno, de modo que ningún otro rey o gobernante de la casa de Judá se sentara en el trono. Esto se cumplió entonces, cuando Herodes, que no era de la casa de Judá ni de linaje judío, sino de Edom, y por tanto un extranjero, fue hecho rey sobre los judíos por los romanos, con gran descontento del pueblo judío. Por eso guerreó con ellos durante treinta años antes de lograr finalmente acallarlos y someterlos.

3 Cuando este extranjero había gobernado a los judíos durante treinta años y se había adueñado del gobierno, y los judíos se habían resignado a ello sin esperanza de librarse de él, y así se cumplió la profecía de Jacob, entonces llegó el tiempo; entonces vino Cristo, nació bajo este primer extranjero y apareció conforme a la profecía. Es como si dijera: El cetro ya ha sido quitado de Judá, un extranjero gobierna a mi pueblo; ya es hora de que yo aparezca y sea rey; el gobierno ahora me pertenece a mí.

4 A estos magos se les suele llamar los tres Reyes. Como no depende mucho de esto, concederemos esa opinión a la gente sencilla. Sin embargo, no se sabe si eran dos, tres o más. Pero ciertamente vinieron del rico país de Arabia o Sabá, como se ve por sus dones, a saber, oro, incienso y mirra. Los tres son muy preciosos en aquel país. Desde luego no puede suponerse que los hubieran comprado en otra parte, pues en esos países de Oriente es costumbre rendir homenaje y hacer regalos con los frutos y riquezas más escogidos del país, tal como Jacob mandó a sus hijos llevar a José, en Egipto, un presente de lo mejor de la tierra (Gn 43:11). Si estos dones de los magos no hubieran sido de su propio país, ¿por qué habrían de traer incienso, mirra y oro, que se producían en la tierra de Judea, en lugar de plata y piedras preciosas o frutos de algún otro país?

5 Por lo tanto, estos dones no fueron presentados a Cristo como los pintan los artistas, que uno ofrece oro, otro incienso y el tercero mirra, sino que presentaron los dones en común, como un solo hombre. Y probablemente eran bastantes, y unos pocos de ellos iban al frente, tal como hoy un príncipe o una ciudad envía a unos cuantos hombres valientes como mensajeros ante el emperador, con regalos.

6 El evangelista llama a estos hombres magos, que en alemán significa weissager, es decir, adivinos o pronosticadores; no a la manera en que predecían los profetas, sino como aquellos a quienes llamamos sabios y sabias, que saben decirle a la gente toda clase de cosas, que saben mucho de las artes secretas y andan tras aventuras. El arte de tales personas se llama magia, que a veces se lleva a cabo por artes negras y con ayuda del diablo, aunque no en todo, como ocurre con las brujas y los hechiceros. Porque los magos imitan a los verdaderos profetas y profetizan como ellos, aunque no por el Espíritu de Dios. Por eso a veces aciertan, ya que su obra no es, como la de las brujas, enteramente obra del diablo, sino más bien razón humana ayudada por el diablo.

7 Asimismo, sus hechos prodigiosos no se hacen del todo por astucia del diablo, como los de las brujas, sino por una combinación de fuerzas naturales y del poder del diablo. Por eso un mago siempre imita las verdaderas artes naturales. Porque en la naturaleza hay muchas fuerzas ocultas, y quien sabe aplicarlas hace milagros a los ojos de quienes no saben más, como, por ejemplo, los alquimistas que hacen oro del cobre.

8 De estas fuerzas secretas de la naturaleza Salomón sabía mucho por el Espíritu de Dios, e hizo buen uso de ese conocimiento cuando juzgó entre las dos mujeres acerca del niño vivo y el niño muerto (1 R 3:25), descubriendo a la verdadera madre al apelar a los sentimientos más hondos de la naturaleza. También Jacob se valió de este arte cuando usó las varas descortezadas, y los rebaños parieron corderos listados, pintados y salpicados de diversos colores (Gn 30:39).

9 Este es un arte hermoso y verdaderamente natural, del cual procede todo lo que los médicos y otros saben de las propiedades de las hierbas, las plantas, los metales, las piedras, etc. También las Escrituras reconocen este arte cuando hacen comparaciones con animales, piedras, árboles, plantas, etc. Este arte se practicaba y estudiaba especialmente entre los persas, los árabes y en otros países de Oriente; era un arte honroso y formaba hombres sabios.

10 Pero más tarde se metieron en él cerdos y zoquetes, como suele suceder con todas las artes y doctrinas, y se apartaron mucho de la verdad; confundieron este noble arte con la prestidigitación y la hechicería, y trataron de seguir y dominar ambas cosas. Pero como no pudieron, abandonaron el arte verdadero y se volvieron charlatanes y conjuradores, que profetizan y hacen prodigios con ayuda del diablo, aunque a veces por medio de las fuerzas de la naturaleza. Porque el diablo ha retenido mucho de este arte y a veces lo usa por medio de los magos. Así la palabra magia ha caído en descrédito, y ahora no significa otra cosa que predecir y hacer prodigios por medio del espíritu maligno, aunque a veces es digna de confianza y ayuda a los hombres, porque van unidas a ella fuerzas naturales, que siempre son fiables, y el espíritu maligno se sirve de ellas.

11 Por lo tanto, estos magos o sabios no eran reyes, sino hombres doctos y experimentados en este arte natural, aunque sin duda también practicaban conjuros. Todavía hoy los hombres de esos países de Oriente poseen grandes y variados poderes mágicos; y cuando cesó el arte verdadero y cayó en desprecio, produjeron la hechicería y la esparcieron por todo el mundo; pero antes de eso se atenían por completo al curso de los cuerpos celestes. Así la presuntuosa razón humana siempre ha mezclado y deshonrado lo que era bueno, con su imitación y su falta de juicio, tratando de remedar todo lo que ve y oye. Por eso los falsos profetas imitan a los verdaderos profetas, los falsos santos de obras a los verdaderos santos, y los falsos doctos a los verdaderos doctos. Si miramos el mundo, veremos que la obra de la razón humana no es más que remedar para imitar lo bueno, y así solo lo pervierte, y se engaña a sí misma y a otros.

12 Estos magos, pues, no eran otra cosa que lo que eran los filósofos en Grecia, los sacerdotes en Egipto y los doctos entre nosotros en las universidades. En resumen, eran los sacerdotes y los doctos del rico país de Arabia; tal como si ahora se enviara a un príncipe, con regalos, a hombres doctos o sacerdotes de las universidades. Porque también las universidades pretenden enseñar las artes naturales, a las que llaman filosofía, cuando en realidad no enseñan solamente necedades, sino también error venenoso y sueños vanos.

13 Porque el arte natural, que antes se llamaba magia y ahora fisiología, consiste en conocer las fuerzas y la obra de la naturaleza; por ejemplo, que un ciervo, con el aliento de su nariz, saca a una serpiente de la grieta de las rocas, la mata y se la come, y luego, por el gran ardor del veneno, brama por las corrientes de las aguas, como dice el Sal 42:1. O también, que una comadreja hace salir a una serpiente de su escondite meneando la cola ante la abertura para irritarla y excitarla, y luego se queda al acecho, de modo que, cuando la serpiente se asoma buscando a su enemigo, la comadreja le clava los dientes en el cuello, por debajo del colmillo venenoso, y así mata a su enemiga en su propia casa.

Tales artes estudiaban los magos, y en ellas se esconde mucha sabiduría acerca de Cristo y también acerca de la conducta de los hombres en la vida. Pero este arte no se enseña hoy en las universidades. Por eso hasta los campesinos saben más de él que nuestros sabios o maestros de la naturaleza, a quienes no sin razón se llama necios naturales, porque a pesar de tanto trabajo y esfuerzo solo han retrocedido y son los sinsontes del diablo. Por lo tanto, si queremos interpretar fielmente este evangelio, debemos decir: Han venido los maestros de la naturaleza del Oriente, o los naturalistas de Arabia.

14 Algunos se asombran también de que pudieran recorrer una distancia tan larga en tan pocos días, pues se cree que llegaron el decimotercer día después del nacimiento de Cristo, y los geógrafos dicen que Sabá, la capital de Arabia, está a sesenta días de camino del mar Mediterráneo, que no queda mucho más allá de tres millas alemanas (es decir, quince inglesas) de Belén. Pero cuestiones de este tipo no me preocupan mucho, ni es artículo de fe creer que llegaron el decimotercer día.

15 Tampoco es necesario sostener que vinieron de la capital, Sabá, o de las partes más remotas del país. Quizá vinieron de un lugar cercano a la frontera del país, y así tuvieron tiempo suficiente para llegar por el camino acostumbrado. María, estando impura, tenía que quedarse en Belén seis semanas conforme a la ley, como cualquier otra mujer, y así pudieron encontrarla allí incluso después de más de veinte o treinta días. Sin embargo, no interpretaré según la idea común de que vinieron de manera milagrosa, puesto que nadie tiene que sostener como artículo de fe la cuestión de cómo viajaron y qué acostumbraban hacer en tales casos. Lo que las Escrituras no revelan no lo consideramos artículo de fe.

16 Ahora bien, el pensamiento del evangelista es este: Cuando Cristo nació bajo Herodes, el primer rey extranjero, y se cumplió el tiempo de la profecía, sucedió esta señal maravillosa. Aquel a quien su propio pueblo y sus conciudadanos no quisieron buscar ni reconocer, fue buscado durante muchos días por tales extraños y extranjeros. A aquel a quien los doctos y los sacerdotes no quisieron reconocer ni adorar, vinieron los magos y astrólogos. Fue en verdad una gran vergüenza para toda la tierra y el pueblo judío que Cristo naciera en medio de ellos, y que tuvieran que enterarse primero por estos gentiles que vivían tan lejos. Por lo menos en Jerusalén, la capital, deberían haberlo sabido. Se les dio una seria advertencia para que buscaran y reconocieran a Cristo. Pero su cerviz era un tendón de hierro y su frente de bronce, como dice Isaías (Is 48:4).

V.2. ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.

17 El texto y las circunstancias exigen que hablemos más de los filósofos naturales o maestros de la naturaleza, porque aquí los magos conocieron por la estrella el nacimiento de un rey, como ellos declararon. Hay que observar que cada hombre conoce cierta porción del conocimiento de la naturaleza. Por ejemplo, yo sé que la lengua de un perro es buena para curar heridas, que un gato caza ratones aun cuando no tiene hambre, que un halcón caza perdices, etc. Un individuo puede también saber más que otros sobre la naturaleza, sea por su propia experiencia o por instrucción. Sin embargo, Dios no nos reveló todos los hechos de la naturaleza, sino solo una pequeña parte de ellos. Pero la razón humana es curiosa y siempre quiere saber más y más, y así nacieron el estudio y la investigación de la naturaleza.

18 Pero después de la caída de Adán, que la pervirtió, es imposible que la razón humana entienda la naturaleza más allá de lo que permiten la experiencia o la iluminación divina. Sin embargo, la inquieta razón humana no se somete ni se contenta con esto, sino que desea saberlo y verlo todo. Por eso empieza a especular y a investigar más allá de lo permitido, y así desprecia lo que la experiencia o Dios le han dado. Y aun así nunca alcanza lo que busca. Todo estudio y sabiduría no es más que error y necedad. Esta es la razón por la que los hombres, despreciando este arte natural o no pudiendo dominarlo, se dividen en numerosas sectas. Unos han escrito sobre la tierra, otros sobre el agua, unos sobre esto y otros sobre aquello, de modo que no hay fin de investigar y de hacer libros. Finalmente, cansados del estudio de la tierra, se volvieron a los cielos para dominar también la naturaleza de los cielos y de las estrellas, de la cual nadie podría tener jamás experiencia alguna. Aquí tuvieron entera libertad para soñar, mentir y engañar, y decir de los inocentes cielos lo que se les antojara. Es un dicho verdadero que quienes mienten sobre países lejanos mienten a su gusto, porque nadie tiene suficiente experiencia para contradecirlos.

19 Así también aquí: como nadie puede subir a los cielos y atestiguar por experiencia la verdad o falsedad de sus enseñanzas, mienten sin temor. Por eso enseñan que quien nace bajo tal o cual signo ha de ser jugador, que quien nace bajo tal o cual estrella se hará rico o sabio. También, que a este han de matarlo, o que aquel que construye, se casa o emprende un viaje en tal o cual día ha de irle de tal o cual manera. Dicen que la naturaleza de las estrellas del cielo es influir así en los seres humanos que nacen en tal momento. ¡Que el Señor nos ayude! A esto ha llegado la razón humana con toda sinceridad, porque todas estas son mentiras grandes y descaradas, fábulas cautivadoras e inútiles, en las que la razón, en su ceguera, encuentra el mayor placer, pues no se deleita tanto en la verdad como en fábulas y mentiras.

20 Pero al fin aparecieron los verdaderos campeones, que, desdeñando ocuparse de juegos de niños como estos, abrieron bien los ojos y comenzaron a investigar el mundo entero: de dónde vino y adónde va; si tuvo principio o existió desde la eternidad y continuará por toda la eternidad; si hay un Ser supremo que gobierna todas las cosas, etc. Aquí apareció la gran luz de la naturaleza, el maestro pagano, el supremo maestro de todos los maestros de la naturaleza, que ahora reina en lugar de Cristo en todas las universidades, a saber, el grande y famoso Aristóteles, que les enseñó y todavía les enseña que una piedra es pesada, que una pluma es liviana, que el agua es mojada y que el fuego es seco; y además, como obra maestra especial, que la tierra está arriba y los cielos abajo, lo cual prueba por el hecho de que las raíces de los árboles y de toda clase de plantas están en el suelo, y las ramas crecen hacia el cielo. Ahora bien, la parte que recibe el alimento siempre tiene que estar arriba, y la parte a la que va el alimento siempre tiene que estar abajo, como vemos en el ser humano. Por lo tanto, el hombre es un árbol puesto al revés. Y así, cuando una pluma vuela hacia arriba va hacia abajo, y cuando una piedra cae sube hacia arriba.

21 Además, cuando habla del Ser supremo, concluye que el mundo existió desde toda la eternidad y existirá para siempre, y que todas las almas mueren junto con el cuerpo. Y el Ser supremo está sentado sobre los cielos, sin ver nada de lo que sucede, sino que, como se pinta a la ciega fortuna, hace girar constantemente los cielos una vez cada día. De esta manera todas las cosas suceden tal como suceden. Su argumento es este: Si el Ser supremo viera todas las cosas, vería mucho mal e injusticia, y eso lo haría desdichado. Para seguir siendo feliz no debe ver nada más que a sí mismo, y en consecuencia gobernar el mundo a ciegas, tal como una madre mece a su hijo en la noche.

22 Esta es la sabiduría de las universidades. Quien sabe o aprende esto recibe un birrete pardo sobre la cabeza y se le llama: ¡Digno magister artium et philosophiae!, es decir, digno maestro en artes y en filosofía. Quien no sabe este arte nunca puede llegar a ser teólogo ni entender las Sagradas Escrituras; más aún, se le tiene por hereje y nunca podrá ser cristiano. Dime, ¿cómo llamaremos a esta gente? No son ni sabios, ni hechiceros, ni prestidigitadores, sino locos, frenéticos e insensatos. Considera, pues, si Cristo no nos ha castigado con justicia por haber despreciado el evangelio y haber sido ingratos, al permitir que nos volviéramos tan vergonzosos y viles juguetes del diablo, que no solo no nos damos cuenta de ello, sino que incluso con gran gasto, molestia y trabajo lo buscamos como la mayor sabiduría.

23 San Pablo profetizó todo esto cuando dijo: «Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo» (Col 2:8). Y también: «Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia, la cual profesando algunos, se desviaron de la fe» (1 Ti 6:20-21). Aquí el apóstol ciertamente condena con palabras claras las enseñanzas de las universidades, con tal énfasis que nadie puede contradecirlo, y quiere que se evite todo lo que no procede de Cristo. Sin duda todos tienen que confesar que Aristóteles, el maestro principal de todas las universidades, no solo no enseña nada de Cristo, sino que enseña cosas tan necias, como se ha dicho, que el apóstol con razón nos manda guardar la doctrina que se nos ha encomendado, y llama al arte natural de Aristóteles pláticas profanas, anticristianas y vacías, argumentos contra Cristo, falsamente llamada ciencia. ¿Cómo habría podido el apóstol explicarlo con mayor claridad que describiéndolo así? No hay gloria mayor en las universidades que la de Aristóteles, y sin embargo no es más que una falsa gloria. Porque este arte no es otra cosa que una oposición que se ha levantado para destruir a Cristo.

24 Por lo tanto, querido oyente, deja que se vaya el arte natural. Si no sabes qué poderes tienen las estrellas, las piedras, la madera, los animales o cualesquiera criaturas, que es el conocimiento que persigue el arte natural aun haciendo lo mejor que puede, conténtate con lo que te enseñan tu experiencia y tu sentido común. Ni importa mucho que sepas todo esto o no; te basta saber que el fuego es caliente y el agua fría y mojada, que en verano hay que hacer un trabajo distinto que en invierno; saber cómo atender tu campo, tu ganado, tu casa y tus hijos. Esto te basta en cuanto al arte natural. Fuera de esto, piensa solo en cómo puedes aprender a conocer a Cristo. Él te enseñará a conocerte a ti mismo, quién eres y qué poder hay en ti. De este modo conocerás a Dios y a ti mismo, cosa que ningún maestro de las artes de la naturaleza aprendió jamás, como dice San Pablo (1 Co 2:8).

25 Volviendo al texto, podrías decir: Sí, pero el evangelio dice que estos magos supieron por las estrellas el nacimiento de un rey, y por lo tanto prueba que la astrología ha de enseñarse y conocerse, ya que Dios mismo la alentó haciendo salir una estrella y enseñando así a los magos.

26 Respuesta: Atente al ejemplo y aprende como estos magos aprendieron de la estrella, y entonces obrarás bien y no caerás en error; porque no cabe duda de que el sol, la luna y las estrellas fueron creados para ser señales y servir a la tierra con su luz, como dice Moisés (Gn 1:14). Cuando sale el sol, sabes que comienza el día; cuando se pone, que el día ha terminado; y cuando está en el meridiano, que es mediodía. Además, ha sido puesto como señal y medida del tiempo y de las horas en que has de hacer tu trabajo. Así también la luna y las estrellas por la noche. Asimismo, necesitas el sol como guía para labrar tu campo y cuidar tu ganado, pues su calor determina tu trabajo. Bástete saber esto acerca del sol y de los cielos. Todo lo demás que desees saber no lo necesitas, y en su mayor parte no es más que vana curiosidad, poco fiable e inclinada al error. Por ejemplo, cuando los necios pretenden saber cuán grande es el sol, a qué distancia está de la tierra, qué poder particular tiene sobre el oro, y que quien nace bajo el signo del sol será sabio, y más necedades semejantes, de las que no pueden dar ninguna razón segura.

27 Además, debes saber también que cuando el sol pierde su brillo, es sin duda una señal que presagia desgracia; y lo mismo cuando aparece un cometa. Esto lo enseña la experiencia; y Cristo dice (Lc 21:25) que habrá tales señales en el sol, la luna y las estrellas, y que significarán la destrucción final del mundo. Las grandes tormentas, los rayos, las inundaciones y el fuego en el aire y en la tierra son también grandes señales. Pero cómo suceden estas cosas, o qué clase de fuerzas naturales hay en todas estas señales, o qué efecto producen misteriosamente, que es lo que los magos averiguan y con lo que hacen sus malabares, todo eso no tiene ningún valor para ti ni te es necesario saberlo. Basta que veas en todas estas señales la ira de Dios y enmiendes tu vida. En estos años también ha habido muchos eclipses y se han visto muchas señales en muchos países, que presagian grandes trastornos. Así, el eclipse en la pasión de Cristo significó la calamidad que pesa sobre los judíos hasta el día de hoy. Estas son, en verdad, señales ciertas, para lo cual Dios las creó; pero aquellas con que sueñan los astrólogos no son fiables.

28 Por lo tanto, estos magos no tuvieron en esta estrella otra cosa que una señal, y solo la usaron como tal, conforme al designio de Dios. Por eso los astrólogos y adivinos no pueden hallar en este evangelio aliento para su falso arte. Porque aunque estos magos también estuvieran encaprichados con ese arte, en este caso usaron la estrella solo como señal. No pronostican en absoluto lo que Cristo sería en el futuro ni lo que le sucedería; eso no les preocupa. Se contentan con que fuera señal de un gran rey, y solo preguntan dónde se le puede hallar.

29 Y para que Cristo tapara para siempre la boca de tales charlatanes, creó para su nacimiento una estrella especial y nueva, todavía no manchada por su charlatanería. Sabiendo que podrían decir que había nacido bajo el poder de esta estrella, se les adelanta y dice: Esta estrella no es como aquellas sobre las que ustedes especulan. Si el destino futuro de todos los hombres está en las estrellas, como ustedes enseñan, entonces no puede haber tal poder en esta estrella, que es nueva y de naturaleza distinta a la de las demás estrellas, de la cual hasta ahora nada han oído ni sabido. Además, si ninguna de las otras estrellas tuvo poder sobre Cristo, que tenía su propia estrella nueva, se sigue que no tienen poder sobre ningún ser humano, porque Cristo fue en todo un hombre como los demás hombres. Y más aún, si esta estrella nueva no tuvo poder sobre los demás hombres, pues existió solo por poco tiempo, ciertamente tampoco tuvo poder sobre Cristo, ya que él es como todos los demás hombres. Por esta razón la astrología es pura necedad.

30 Pero cómo pudieron estos magos ver en esta estrella una señal que significaba inequívocamente un rey recién nacido, no lo sé. Quizá leyeron en sus historias y crónicas que antiguamente el nacimiento de otros reyes había sido señalado en los cielos o por medio de una estrella. Porque también en las historias de los romanos y los griegos encontramos que la venida o el nacimiento de algunos grandes príncipes y hombres extraordinarios había sido anunciado por prodigios y señales en el aire y en los cielos. Estos magos también sabían muy bien que los judíos eran el pueblo escogido de Dios, que estaba y había estado por encima de todos los demás pueblos, especialmente favorecido por Dios. Por eso, como era una estrella tan hermosa, sin duda pensaron que Dios le había dado a este pueblo un nuevo rey. Pero lo que afirman algunos, que estos magos conocían el dicho de Balaam: «Saldrá estrella de Jacob», etc. (Nm 24:17), no sirve de nada, pues esto habla principalmente de la venida espiritual de Cristo, que es él mismo la estrella. Pero quien no se contente con esto, que piense lo que quiera al respecto. Quizá lo supieron todo por revelación divina.

31 Al principio no consideraron a este rey como Dios, sino que, a la manera usual, lo tuvieron por un rey temporal, así como la reina de Sabá tuvo a Salomón por rey y vino a él con presentes de su país. Por eso también vienen a Jerusalén, la capital, esperando hallarlo en el palacio del rey y en esplendor. Porque la estrella que vieron sobre el país de los judíos cuando todavía estaban en su tierra, en Arabia, debió de desaparecer, de modo que no la volvieron a ver en su viaje hasta que salieron de Jerusalén hacia Belén, como dice el evangelio.

32 Pero cuando dicen: «Su estrella hemos visto», todavía no piensan que Cristo la hubiera creado, sino que era su estrella porque significaba su nacimiento, así como hoy los astrólogos llaman al signo bajo el cual nació cada hombre su signo, no como si él mismo lo hubiera creado. Porque la gloria de la divinidad de Cristo permaneció oculta hasta su ascensión, aunque a veces se dejaron ver destellos de ella.

33 Así también, cuando lo adoraron, lo hicieron a la manera de aquellos países de Oriente, como dicen las Escrituras, no como si los consideraran dioses. El postrarse ante ellos y el homenaje que se les rendía las Escrituras lo llaman adoración, y se aplica tanto a los hombres como a Dios, así como las palabras señor y rey, y aun el nombre de Dios, se aplican al hombre, como cuando Jehová dijo a Moisés: «Mira, yo te he constituido dios para Faraón» (Éx 7:1).

I.II. La actitud de Herodes ante la llegada de los magos.

V.3. Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.

34 ¿Por qué se turban? ¿No esperaban los judíos al Cristo que Dios les había prometido, como hemos visto en Gn 49:10? ¿No aguardaban entonces en Jerusalén Simeón y Ana y muchas otras personas piadosas la venida de Cristo, y no se regocijaban en ella? Que Herodes se turbara tenía buena razón. Temía perder su reino, porque sabía muy bien que era extranjero y que se había ganado la mala voluntad de los judíos. Sabía también que los judíos esperaban al Cristo que había de librarlos como lo había hecho Moisés. Turbado por su conciencia, temía una insurrección contra él y ser echado de su reino. Por otra parte, los judíos temían a Herodes y a los romanos, creyendo que tener un nuevo rey significaría mucho derramamiento de sangre para ellos. Ya antes se habían rebelado contra los romanos y contra Herodes, para gran desgracia suya; por eso estaban del mismo ánimo que el pueblo de Israel en Egipto, que, cuando Moisés iba a sacarlos y fueron oprimidos más que antes, murmuró contra Moisés. Esto era señal de su débil fe, así como este temor de los judíos de Jerusalén indica incredulidad y más confianza en el poder humano que en el divino.

35 Sin embargo, los verdaderos creyentes no se asustaron, sino que más bien se alegraron. Y cuando el evangelista dice que toda Jerusalén se turbó junto con Herodes, no se refiere a todos los habitantes y ciudadanos de la ciudad, sino que habla a la manera de las Escrituras, a saber, que cuando menciona solo una ciudad y no también a sus habitantes, no se refiere a todos los que viven en ella, sino a la mayoría. Así se dice a menudo en el libro de Josué que destruyó esta y aquella ciudad, matando a todos sus habitantes y a todo lo que vivía en ella, pero refiriéndose solo a la mayor parte y número de ellos.

V.4-6. Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel.

36 Aquí preguntamos: ¿por qué Cristo no condujo a estos magos a Belén por medio de la estrella, en vez de permitir que su nacimiento, que ya era conocido, se averiguara por las Escrituras? Esto se hizo para enseñarnos a atenernos a las Escrituras y no depender de nuestra propia sabiduría ni de la enseñanza de ningún hombre. Las Escrituras se han dado con un propósito. En ellas quiere ser hallado, y en ninguna otra parte. Quien las desprecia y las rechaza no lo hallará jamás.

También hemos oído en Lc 2:12 que el ángel dio una señal a los pastores, pero no les dio a María ni a José ni a ningunos otros hombres, por piadosos que fueran, sino solamente los pañales y el pesebre en que estaba envuelto y acostado; es decir, los escritos de los profetas y la ley. En ellos está envuelto, ellos lo contienen, hablan solo de él y dan testimonio de él; son su señal segura, como él mismo dice: «Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Jn 5:39). Y Pablo dice: «Se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas» (Ro 3:21). Además, hemos oído también que Simeón y Ana representan las Escrituras, que manifiestan a Cristo y lo llevan en sus brazos. Y según Lc 16:29-31, Abraham no quiso conceder al rico en el infierno la petición de que Lázaro fuera enviado a sus hermanos, sino que remite a las Escrituras, diciendo: «A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos».

37 Contra esta doctrina divina, nuestros doctos han establecido hasta ahora toda clase de medios para conocer la verdad. Tenemos que hablar de algunos para guardarnos de ellos. En primer lugar, han establecido innumerables leyes, estatutos, artículos y enseñanzas inventados por hombres, como cánones clericales, órdenes, reglamentos, etc.; todo lo cual, sin duda, no son los pañales ni el pesebre de Cristo, ni representan a Simeón ni a Ana. San Pablo nos ha advertido seriamente contra tales enseñanzas y nos ha exhortado a permanecer solo en la Palabra de Dios. Porque todas las doctrinas humanas son peligrosas y nos hacen apartarnos de la fe, así como Salomón fue extraviado por mujeres extranjeras, y como dice Pablo, las fábulas y los mandamientos de hombres apartan de la verdad (Tit 1:14).

38 Si alguien usara las doctrinas humanas como come, bebe y se viste, podrían ser inofensivas. Nadie come, bebe o se viste con el propósito de volverse santo y ser salvo por ello. Tal opinión o convicción sería una vil necedad en cualquiera. Su intención y deseo de ser santo descansa en esto: que se esfuerza por creer firmemente en Cristo y así volverse santo y ser salvo. Tal intención es correcta y el deseo es bueno. Por lo tanto, el que ayuna, trabaja, lleva hábitos de monje o de sacerdote, o guarda las reglas de su orden, considere esto tal como considera el comer y el beber: no como algo que lo hace santo por hacerlo, ni que lo hace impío por omitirlo. Sepa que solo puede volverse santo por la fe. Haciendo esto estará seguro, y las enseñanzas humanas no le harán más daño que el comer y el beber o el vestirse. Pero ¿dónde están los que hacen esto? Entre mil apenas hay uno, porque por lo general todos dicen: Si no me vuelvo santo ni soy salvo por tal vida, orden, reglamentos y obra, ¡qué necio soy en andar en ellos y observarlos!

39 Por lo tanto, no es posible que las doctrinas humanas no aparten de la verdad, como dice Pablo. Porque tiene que suceder una de dos cosas: o bien serán despreciadas y rechazadas cuando se entienda que no nos hacen santos ni nos salvan; o bien atraparán y adormecerán la conciencia y la convicción, si se cree que sí nos hacen santos y que por eso deben guardarse. En este caso la fe queda destruida y el alma tiene que perecer. No hay ayuda ni rescate. Porque la verdadera fe no puede subsistir ni tolerar que alguien tenga en conciencia por necesaria, para volverse santo y ser salvo, otra cosa que la sola fe en Cristo. Por lo tanto, quien tiene esta fe no puede confiar en enseñanzas humanas, sino que las observa cuando y donde le place, siendo señor de ellas. Pero el que sigue doctrinas humanas sin tener fe nunca puede aprehender la fe, permanece para siempre esclavo de mandamientos humanos y nunca hará una obra verdaderamente buena, como dice San Pablo (Tit 1:16). Por esta razón debemos aferrarnos a la enseñanza clara de la Escritura, que presenta solo a Cristo, y que por la fe en él llegamos a ser verdaderos cristianos y luego hacemos libremente toda clase de buenas obras para bien de nuestro prójimo, como se ha dicho a menudo.

40 En segundo lugar, nos remiten a la tradición y a los ejemplos de los santos para reforzar y probar sus enseñanzas hechas por hombres. Y esto es muy eficaz y lleva a muchas almas a la perdición. Aparta de las Escrituras y de la fe de un modo tan suave e insospechado que nadie se da cuenta. Así señalan a San Benito, Gregorio, Bernardo, Agustín, Francisco, Domingo y muchos otros santos, a quienes todos reconocemos como hombres santos, y dicen que ellos observaron tales ordenanzas y reglamentos humanos y en virtud de ellos llegaron a ser hombres santos. Dime: ¿cómo puede el cristiano sencillo resistir tales argumentos y conservar la fe? Tiene que ser un espíritu apostólico o evangélico el que se mantenga firme aquí. ¡Oh, qué seguros están y con qué audacia desfilan! Cuando presentan tales ejemplos de hombres santos, creen haber encendido una gran luz.

41 Ahora bien, si yo les digo: Estos hombres santos también comían, bebían, dormían y se vestían; ¿se sigue de ello que también nosotros debamos establecer una orden del comer, una orden del beber, una orden del dormir y una orden del vestir? Responderán: Oh, estos santos padres no observaban esto, es decir, el comer y el beber, etc., para volverse hombres piadosos y santos, como sí observaban aquellos otros reglamentos, que creían que eran instituciones buenas y santas. Aquí respondo: Si dices que estos santos padres se volvieron piadosos y santos por tales ordenanzas humanas más que por comer y beber, dormir y vestirse, estás muy equivocado. Porque Dios sabiamente se ha abstenido de honrar jamás a uno de estos santos con un milagro a causa de sus buenas obras; más bien, todos ellos estaban llenos del espíritu y de la fe. Tú pareces no preocuparte por su espíritu y su fe, y en cambio te aferras solo a sus hechos externos. Lo mismo haría un necio que durmiera toda su vida porque oyó que San Bernardo también durmió una vez, y esperara con ello volverse santo y ser salvo. Por lo tanto, se agravia a estos hombres santos cuando se afirma que observaron esas ordenanzas para volverse santos y ser salvos, y se engaña al pueblo con la vida y en el nombre de estos santos.

42 Pero dirás: Sí, pero con todo ellos las guardaron, no las rechazaron ni las tuvieron en tan poco como tú pareces enseñar. Respuesta: No nos toca a ti ni a mí juzgar sus corazones e intenciones, pero decimos esto: No es imposible que les dieran demasiada importancia. Si fue así, erraron en ello como seres humanos. Porque todos tienen que confesar que también los santos erraron y pecaron. Por eso Dios exige que miremos solo a su Palabra, y que no sigamos el ejemplo de los santos sino en cuanto concuerda con la Palabra de Dios. Pero cuando ellos, como seres humanos, siguen también sus propias invenciones o enseñanzas humanas, entonces debemos hacer como los piadosos Sem y Jafet, que cubrieron la vergüenza de su padre, y no como el impío Cam, que anduvo contándola. Así debemos callar las debilidades de los santos y no darlas a conocer, para seguirlos solo en su fortaleza.

No es de extrañar que estos santos tropezaran y erraran en estas cosas. El conocimiento de Cristo y de la fe está tan por encima del hombre natural que solo la gracia de Dios puede obrarlo en nosotros. No nos lo puede revelar carne ni sangre, sino solo el Padre que está en los cielos, como dice Cristo (Mt 16:17). Aun santos mayores que Agustín, Benito, Gregorio y otros semejantes erraron en estas cosas. En tiempo de los apóstoles ya había tales maestros, contra los cuales escribió San Pablo todas sus epístolas, para mantener la fe enteramente libre de obras y de doctrinas humanas.

43 Y para que te maravilles todavía más: toda la iglesia cristiana en sus primeros días, y en su mejor momento, erró en estas cosas, y solo Pedro, Pablo y Bernabé se mantuvieron firmes, sosteniendo que ni la ley ni las buenas obras son provechosas ni necesarias para la salvación. San Lucas lo dice claramente en Hch 15. Allí había grandes santos, los apóstoles y sus discípulos, que insistían, y habrían seguido insistiendo, en que la ley y las buenas obras eran necesarias para la salvación, si San Pablo y Pedro no se hubieran pronunciado en contra. Y aun ellos mismos no lo habrían sabido si Dios, con señales milagrosas del cielo, no los hubiera confirmado en su parecer de que solo la fe es provechosa y necesaria para la salvación, como leemos en Hch 10:43.

44 Más aún: aunque San Pedro sabía todo esto y ayudó a defenderlo, en Antioquía también erró e hizo mal uso de su libertad cristiana, y solo San Pablo lo entendió, como escribe en Gá 2:11. No es que San Pedro creyera que tenía que guardar la ley, sino que no hizo enseguida un uso correcto de su libertad cristiana, que entendía bien, pensando que debía vacilar por causa de otros. Esto estuvo mal y Pablo lo reprendió.

Por lo tanto, no vale absolutamente nada que se aleguen aquellas obras de los santos que hicieron fuera de las Escrituras. Engañan tanto como los errores de los herejes y falsos maestros, y aun más, porque la santidad real y verdadera adorna demasiado tales debilidades. Dios permite tales cosas para sujetarnos a su Palabra y doctrina, sin la cual no hay vida ni luz, aunque todos los ángeles enseñaran tales cosas.

45 En tercer lugar, nos presentan las interpretaciones de las Escrituras hechas por los santos, y las consideran una gran luz. Al final se aferran a ellas y creen poseer en esas interpretaciones algo que nadie podría rechazar; y, para apartarnos de la Palabra pura, afirman una y otra vez que las Escrituras son oscuras y producen muchos herejes.

46 ¿No es esta una obra maestra de blasfemia? Pero ¿quién les garantiza que los padres no son también oscuros? ¿O quién nos dará la garantía de que los padres no erraron en sus interpretaciones? En verdad es bien sabido que a menudo erraron, a menudo se contradijeron a sí mismos, a menudo se contradijeron unos a otros, y muy rara vez estuvieron unánimes en su acuerdo. Dios permitió que esto sucediera para volver inciertas también las interpretaciones de los padres, y para advertirnos por todos lados que no nos apartemos de las Escrituras. Y aun así tropezamos aquí y no nos dejamos guiar por las Escrituras. Por lo tanto, debemos saber que no es verdad lo que dicen: Los padres dan luz a las Escrituras oscuras. Con eso hacen injusticia a los padres y los desmienten. La obra de los padres no era dar luz a las Escrituras con sus comentarios, sino más bien exponer las Escrituras claras e interpretar así la Escritura solo por la Escritura, sin añadidos propios.

47 Sin embargo, es verdad que los herejes surgieron de las Escrituras. ¿De dónde otro lugar habrían de surgir? No hay otro libro que enseñe la fe cristiana sino las Escrituras. Por lo tanto, así como nadie puede llegar a ser cristiano sino por las Escrituras, tampoco nadie puede llegar a ser hereje sino por esas mismas Escrituras. Cristo es, en verdad, una señal que será contradicha, puesta para caída y para levantamiento de muchos. ¿Hemos de rechazarlo por eso, o poner a su lado otro Cristo? No te hace falta vino y pan al mismo tiempo, pero ¿hemos de dejar por eso de labrar los campos y las viñas, o empezar otros además de ellos? Satanás es enemigo de las Escrituras, y por eso las ha desacreditado y calumniado con este clamor y blasfemia.

48 Pero ¿qué enseña este evangelio? En primer lugar, estos magos no preguntaron por los principales sacerdotes, ni dicen: ¿Dónde está Anás o Caifás, o cómo vivía este o aquel hombre? Sino que preguntan: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Sí, Cristo les permite, como advertencia para nosotros, extraviarse y buscarlo en Jerusalén, en la ciudad santa, entre los sacerdotes, los doctos y la realeza. No se le halla en el lugar santo ni en las costumbres santas. Ni recibieron por respuesta opiniones humanas, sino solo lo que las Escrituras dicen de Cristo, que es lo único que hay que buscar entre el pueblo santo y en los lugares santos.

49 Aquí se dan suficientes ejemplos para mostrarnos que, dejando de lado todas las obras, enseñanzas, comentarios y vidas humanas, debemos atender solo a las Escrituras claras; y, en cuanto a la vida y las enseñanzas de los santos, conservar el derecho de no rastrillar ni arrebatar todo lo que enseñan o viven, sino más bien juzgar estas cosas y aceptar con discernimiento solo lo que es compatible con las Escrituras. Pero lo que es propio de ellos, sin prueba de la Escritura, debemos considerarlo invención humana y evitarlo, como enseña San Pablo: «Examinadlo todo; retened lo bueno» (1 Ts 5:21). También Moisés lo indicó en Lv 11:3 y Dt 14:6, donde describe los animales limpios e inmundos: que todos los animales que no tienen pezuña hendida y no rumian son inmundos. Estos son los hombres que no tienen la pezuña hendida, que pasan la vida sin cuidado, rastrillan todo lo que se les pone delante y lo siguen. Pero los animales limpios son aquellos hombres que, por el Espíritu, obran con discernimiento en todas las cosas y doctrinas externas. Lo que ven que concuerda con las Escrituras lo guardan; pero lo que no tiene fundamento en la Escritura y es mera invención humana lo desechan, por grandes y famosos que sean los santos que lo enseñaron. Porque ningún santo ha sido tan perfecto que esté libre de carne y sangre, o de la lucha continua con la carne y la sangre, de modo que apenas es posible que todas sus enseñanzas y obras fueran espiritualmente perfectas y deban aceptarse como ejemplo. La naturaleza y la razón humanas intervinieron a menudo en su obra, y de ellas no hay que fiarse en absoluto. Por eso Moisés nos manda tener la pezuña hendida, y Pablo, discernir los espíritus y no aceptar todas las obras y hechos de los hombres.

50 Ahora bien, en estas tres cosas, a saber, las enseñanzas humanas, los ejemplos de los santos y los comentarios de los padres, creen, y muchos lo creen con ellos, que tienen toda la razón, que nadie se atreve a dudar de ellos ni a contradecirlos, y que aquí reinan con perfecta seguridad. Se imaginan que nadie sino ellos poseen las Sagradas Escrituras, que han resumido tan bellamente en estos tres recipientes.

51 Además de esto, se hunden todavía más en el abismo de las tinieblas espirituales cuando afirman que la luz natural o el entendimiento y la filosofía pagana son también medios seguros para descubrir la verdad. En esto las universidades se han extraviado tanto que enseñan que nadie puede ser teólogo, es decir, uno de los mejores cristianos, sin Aristóteles. ¡Oh ceguera por encima de toda ceguera!

Podría tolerarse si aquí se refirieran a verdades de la naturaleza, a lo que llamaríamos filosofía natural, a saber, que el fuego es caliente, que tres y cinco son ocho, etc., cosas que la razón reconoce enseguida. Pero ellos se remontan a lo alto e inventan sueños vanos y pensamientos inútiles sobre cosas vanas de las que nada saben; y da pena pensar en su estudio insensato y absurdo. Hacen tanto gasto y se toman tanto trabajo que hasta Satanás se burla de ellos, con lo cual Dios los castiga merecidamente, porque no quisieron permanecer en la Palabra pura. Por esta razón tienen que tragarse la inmundicia misma del infierno y perderse.

52 Después se metieron incluso en la obra del diablo y siguieron el ejemplo de las almas o espíritus que aparecen y piden ayuda, y creyeron todo lo que estos espíritus decían sin temor ni vacilación. Así se ha abusado de la misa, es decir, de la Cena del Señor, diciendo misas por las almas del purgatorio y vendiendo indulgencias, de tal manera que el mundo entero, aunque derramara lágrimas de sangre día y noche, no podría lamentarlo suficientemente.

Así el diablo se ha dejado conjurar y obligar a revelar la verdad, y ha convertido nuestra fe y nuestro sacramento en juego y burla a su antojo. Todo esto es el resultado y la paga de nuestra excesiva curiosidad, que no se ha contentado con las Escrituras de Dios y ha hecho de nuestro Dios y Padre verdadero y fiel un necio y un payaso, que finge enseñarnos por su Palabra y, sin embargo, no se preocupa de enseñarnos lo que debemos y necesitamos saber. Por eso nos lo tenemos bien merecido cuando permite que nos volvamos alumnos del diablo, ya que despreciamos su escuela.

53 Pero dirás: ¿Hemos de negar entonces que los espíritus errantes vagan y buscan ayuda? Respuesta: Deja vagar a quien quiera; tú escucha lo que Dios manda. Si tienes por sospechosos a todos esos espíritus, no pecas; pero si tienes a algunos de ellos por genuinos y honestos, ya estás en peligro de errar. ¿Y por qué? Porque Dios no quiere que busques y aprendas la verdad de los muertos. Él mismo quiere ser tu maestro vivo y del todo suficiente. A su Palabra debes aferrarte. Él sabe mejor que nadie qué decirte acerca de los vivos y de los muertos, porque lo sabe todo. Pero lo que él no quiere decirte, tú no debes desear saberlo, y dale la honra de creer que él sabe lo que no te es necesario, provechoso ni bueno saber.

54 Por lo tanto, debes echar al viento, con libertad y sin vacilar, todas esas apariciones fantasmales y no tenerles miedo; entonces te dejarán en paz. Y si te parece que quizá en tu casa oyes un duende o un espíritu que hace ruido, no hagas caso de ello, sino ten por seguro que no puede ser un espíritu bueno venido de Dios. Haz la señal de la cruz y aférrate firmemente a tu fe. Si ha sido enviado por Dios para castigarte, como a Job, está dispuesto a soportarlo de buena gana; pero si es un juego del propio espíritu, desafíalo con una fe fuerte y apóyate gozosamente en la Palabra de Dios. Ten por cierto que no atacará eso.

Sin embargo, sostengo que ninguno de estos duendes ha sido ordenado por Dios para molestarnos, sino que es su propia malicia la de aterrorizar a la gente, porque ya no tienen poder para dañar. Si tuvieran algún poder para dañar, sin duda no armarían tanto alboroto, sino que harían su mala obra antes de que pudieras darte cuenta de quién la había hecho. Pero si te visitara un espíritu bueno, no sería con tal ruido y frivolidad. Haz esto y muestra una fe fuerte, y hallarás que tal espíritu no es de Dios, y cesará su obra. Si no tienes tal fe, entonces tendrá trabajo fácil, porque entonces no está contigo la Palabra de Dios, que es lo único que él teme.

55 Las palabras de las Escrituras en las que debes apoyarte con valentía son las de Lc 16:29, donde el rico en el infierno deseaba que Lázaro, ya muerto, fuera enviado a sus hermanos que vivían en la tierra; pero Abraham, negándose a hacerlo, dijo: «A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos». De estas palabras se desprende claramente que Dios no quiere que seamos enseñados por los muertos, sino que permanezcamos en su Palabra. Por lo tanto, no importa cómo ni dónde se te presente un espíritu: no preguntes si es bueno o malo, sino échale en cara, con valentía, rapidez y desafío, las palabras: «A Moisés y a los profetas tienen», y pronto entenderá lo que quieres decir. Si es un espíritu bueno, te amará todavía más por aferrarte con tanto gusto y firmeza a la Palabra de tu Dios. Si es un espíritu malo, como lo son todos los que hacen ruido, pronto se despedirá de ti.

También hay otra palabra de Dios, dicha por Moisés en Dt 18:9-11: «Cuando entres a la tierra que Jehová tu Dios te da, no aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas naciones. No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos».

Aquí se te dice que consultar a los muertos o a los espíritus es abominación a los ojos de Dios, y está estrictamente prohibido. A esta palabra de Moisés miraba Abraham cuando no permitió que Lázaro volviera a la tierra. También puedes usar este pasaje contra esos espíritus, diciendo: No consultarás a los muertos, dice el Señor.

56 Dios ha insistido en esto con tanta firmeza que no hay en las Escrituras ningún ejemplo registrado de que los santos hayan consultado jamás a los muertos acerca de nada. Y este es el tercer argumento que puedes usar contra esos espíritus: Nadie ha oído ni leído jamás en las Escrituras un ejemplo de tales espíritus y de su obra; por lo tanto, todo ello debe condenarse y evitarse como cosa del diablo.

57 De esto podemos aprender fácilmente que la subida de Samuel fue una aparición (1 S 28:13), ya que es enteramente contraria a este mandamiento de Dios. Por lo tanto, no hay que suponer que el verdadero profeta Samuel subió por el poder de la hechicera de Endor. Y que las Escrituras callen sobre este punto, sin decirnos si fue el verdadero o un falso Samuel, se debe a que exigen de todos que recuerden bien que por medio de Moisés Dios prohibió consultar a los muertos. Y él nunca revoca su Palabra, como dicen Job y también Balaam (Nm 23:19). ¿Cómo va a tener la hechicera poder alguno sobre los santos, que descansan en las manos de Dios?

58 Sin embargo, si alguien dijera: De esta manera se negará también el purgatorio, responderé: No eres hereje por no creer en el purgatorio, puesto que en las Escrituras no se dice nada de él. Y es mejor no creer lo que está fuera de las Escrituras que apartarse de lo que está en las Escrituras. Que el papa y los papistas se enfurezcan aquí cuanto quieran, ellos que han hecho del purgatorio un artículo de fe porque les ha traído la riqueza de la tierra, pero también ha llevado al infierno innumerables almas, almas que dependían y confiaban en las buenas obras para ser redimidas de él. Dios no dio ningún mandamiento acerca del purgatorio, pero sí nos mandó no consultar de ninguna manera a los muertos ni creer lo que dicen. Ten a Dios por más veraz y digno de confianza que todos los ángeles, por no hablar del papa y los papistas, que, como toda su obra no es más que mentira y engaño, despiertan poca fe en el purgatorio. Sin embargo, si quieres orar por los muertos, no me opondré. Soy de la opinión de que el purgatorio no es tan general como dicen, sino que solo unas pocas almas entrarán en él. Pero, como he dicho, no hay ningún peligro para tu alma si no crees en un purgatorio. No se te pide creer más de lo que enseñan las Escrituras.

Pero si también presentan los dichos y comentarios de Gregorio, Agustín y otros santos acerca del purgatorio, recuerda que ya te he dicho hasta qué punto hay que seguir y creer a estos santos. ¿Quién nos asegurará que no erraron y no fueron engañados aquí, como en muchas otras cosas?

59 Nuestra fe tiene que tener un fundamento seguro, la Palabra de Dios, y no la arena o el pantano de las costumbres e invenciones humanas. Con esto concuerda también Isaías cuando dice: «Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos? ¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido», etc. (Is 8:19-20). Este es sin duda un pasaje claro que nos insta y obliga a buscar en la ley y el testimonio de Dios todo lo que queremos saber. Y quien no quiera hacerlo será privado de la luz de la mañana, que sin duda significa Cristo y la verdad misma. Nota también que, después de decir Isaías que debemos consultar a Dios, para que nadie se quede mirando al cielo esperando de Dios algo extraordinario, muestra dónde y de dónde debemos consultar a Dios, diciendo: ¡A la ley y al testimonio! No permite que se consulte a Dios en uno mismo fuera de las Escrituras, y mucho menos en otros.

60 Moisés menciona muchas maneras por las que los hombres buscan conocimiento (Dt 18:10-11). Son ocho clases, a saber: 1. Los que practican la adivinación. Son los que revelan el futuro, como los astrólogos y los falsos profetas, por inspiración del diablo. 2. Los agoreros. Señalan ciertos días como afortunados para emprender un viaje, construir, casarse, estrenar ropa fina, dar batalla y para toda clase de negocios. 3. Los sortílegos, o más bien adivinos (no sé darles mejor nombre), que conjuran al diablo por medio de espejos, imágenes, palos, palabras, vidrio, cristales, dedos, uñas, círculos, varas, etc., y esperan descubrir así tesoros escondidos, historias y otras cosas. 4. Los hechiceros o brujas, los traficantes del diablo, que roban leche, hacen el tiempo, cabalgan sobre cabras, escobas y mantos, flechan a la gente, la tullen, la atormentan y la secan, matan a los niños en la cuna, embrujan ciertos miembros del cuerpo, etc. 5. Los encantadores, que bendicen a personas y animales, embrujan serpientes, conjuran el acero y el hierro, fanfarronean y ven mucho, y pueden hacer maravillas. 6. Los que tienen espíritus familiares, que tienen al diablo en el oído y le dicen a la gente lo que ha perdido, lo que está haciendo o lo que hará en el futuro, como hacen los gitanos. 7. Los magos, que pueden cambiar las cosas en formas diferentes, de modo que algo parezca una vaca o un buey cuando en realidad es un ser humano, que pueden arrastrar a la gente a amores y tratos ilícitos, y más obras semejantes del diablo. 8. Los nigromantes, que son espíritus que andan.

61 Mira, Moisés no olvidó nada, y cerró todos los caminos por los que los hombres buscan aprender fuera de la Palabra de Dios. Así ha denunciado a menudo la presunción y la razón humana, especialmente en Dt 12:8: «No haréis como todo lo que hacemos nosotros aquí ahora, cada uno lo que bien le parece». Y en Pr 3:5: «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia». Hace esto para que sepamos que Dios no quiere que sigamos ni nuestra propia razón ni lo que está por encima de la razón, sino solo su Palabra, como dijo Isaías arriba: que no consultemos a los vivos ni a los muertos, sino que consultemos a Dios solamente en la ley y el testimonio.

También San Pedro dice en 2 P 1:19: «Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones». ¿No concuerda aquí San Pedro hermosamente con Isaías en cuanto a la Palabra de Dios y el amanecer? Y cuando San Pedro dice que solo la Palabra es una luz que alumbra en lugar oscuro, ¿no muestra claramente que donde falta la Palabra de Dios no hay más que tinieblas?

62 Esta digresión era necesaria para responder a los falsos maestros y a las doctrinas de hombres, y para conservar las Escrituras en su pureza. Volvemos ahora a nuestro texto y aprendemos de estos magos a preguntar: V.2. ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Que Herodes consulte a los sacerdotes y escribas; nosotros solo preguntaremos por el Rey recién nacido. Que las universidades pregunten: ¿Dónde está Aristóteles? ¿Dónde está el papa? ¿Qué enseña la razón humana? ¿Qué dicen San Bernardo, San Gregorio, los concilios de la iglesia y los doctores sabios, etc.? Nosotros preguntamos: ¿Dónde está Cristo? No quedamos satisfechos hasta oír lo que dicen de él las Escrituras. No nos importa cuán grande y santa sea Jerusalén, ni cuán grande y poderosa sea Roma. No buscamos ni Jerusalén ni Roma, sino a Cristo el Rey en las Escrituras. Si tenemos las Escrituras, dejamos a un lado a Herodes, a los sacerdotes y a los escribas, a Jerusalén y a Roma, y buscamos en ellas hasta hallar a Jesús.

63 Sin embargo, aprendemos aquí que las Escrituras y Cristo tienen tres clases de discípulos. Los primeros son los sacerdotes y los escribas. Conocen las Escrituras y las enseñan a todos, pero no vienen a él. ¿No es esta una gran dureza de corazón y un gran desprecio por parte de los doctos? Oyen y ven que hombres grandes y honrados vienen de un país lejano a buscar a Cristo, y se les dice que una estrella en los cielos dio testimonio de su nacimiento; además, ellos mismos presentan el testimonio de las Escrituras. Siendo los sacerdotes y los hombres más doctos, deberían haber sido los primeros en apresurarse con gozo y anhelo a Belén. Sí, aunque se les hubiera dicho que Cristo había nacido en algún país del Oriente, aun entonces deberían haber corrido hacia él a toda costa, puesto que toda su esperanza y consuelo descansaban en la venida de Cristo.

64 Pero temían a Herodes, que sin duda los habría matado si hubieran confesado a Cristo sin más y su disposición a aceptarlo como rey, así como antes había matado a Hircano y a muchos otros, y degolló a niños inocentes. Por eso, porque temían la muerte, abandonaron a su Señor y rey, y se quedaron con el tirano Herodes y con el diablo.

65 Después, cuando Cristo no apareció con esplendor y poder, miraron todo esto con desprecio e indiferencia, creyendo que los magos se habían engañado. Por eso Cristo creció entre ellos enteramente desconocido, y al final nadie sabía de dónde había de venir, como se dice en Jn 1:26.

Hay discípulos de Cristo que en verdad conocen la verdad, pero no se atreven a confesarla ni a defenderla, y por eso se pierden, como dice Cristo en Mt 10:32-33: «A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos».

66 La segunda clase de discípulos son Herodes y los suyos. Herodes escudriñó las Escrituras, creyendo que eran la verdad, que en ellas estaba predicha la venida de Cristo, y que Cristo ya había nacido; de otro modo habría despreciado todo esto y no se habría preocupado por ello. Por lo tanto, es seguro que tenía las Escrituras por Palabra de Dios que tenía que cumplirse, y que en el nacimiento de Cristo se había revelado la obra de Dios. Sin embargo, enseguida resuelve oponerse intencional y directamente a la Palabra y a la obra de Dios, y piensa que puede anular lo que Dios ha dicho y hecho, a pesar de saberlo mejor. Por eso escudriñó las Escrituras con diligencia para informarse acerca de Cristo, pero solo con el propósito de anularlo y destruirlo todo. Le inquietaba que se cumpliera lo que Dios, que no puede mentir, había dicho. ¿No es esta una arrogancia increíblemente necia? ¿Quién habría pensado que tales intenciones pudieran entrar jamás en el corazón humano? Y sin embargo el mundo está siempre lleno de tales personas, y por lo general son los gobernantes y las clases altas.

67 La tercera clase de discípulos son los piadosos magos, que dejaron su país, su hogar y sus posesiones, abandonándolo todo para hallar a Cristo. Representan a las personas que confiesan sin temor a Cristo y la verdad; pero Herodes representa a los que persiguen y destruyen a aquellos, aunque siguen afirmando que sirven a Dios y entran en la casa de Dios igual que las demás personas piadosas.

La profecía de Miqueas

68 Alguien podría preguntar por qué el evangelista cambió las palabras del profeta y dijo: V.6. Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel, mientras que el profeta Miqueas dice: «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre los millares de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel» (Mi 5:2).

Mateo dice: No eres la más pequeña; pero Miqueas dice: Eres pequeña. ¿Cómo concuerdan entre sí estas dos afirmaciones?

69 La otra diferencia entre Mateo y Miqueas, pues el primero dice «entre los príncipes de Judá» y el segundo «entre los millares de Judá», se resuelve fácilmente, ya que la palabra hebrea Alpha significa tanto príncipe como millar; por eso quien quiera puede interpretar al profeta de una u otra manera. Por ejemplo, si digo: Viene un duque, se puede entender por ello un príncipe o un ejército, pues duque significa un príncipe y también el jefe de un ejército, y lo que hace un ejército solemos decir que lo hizo el duque. También la ley de Moisés dispone que se pongan hombres como jefes sobre mil (Éx 18:21), de modo que podemos decir tanto entre los príncipes o jefes como entre los millares. Porque el príncipe representa al ejército de millares en que estaba dividido el pueblo. Y entre ellos, los príncipes o millares de Judá, se menciona la ciudad de Belén como la más pequeña, como si dijéramos: Entre las ciudades de Sajonia, Wittenberg es la más pequeña. Pero al evangelista le plugo decir «entre los príncipes» más bien que «entre los millares», ya que no es necesario que haya justamente mil hombres; basta con que haya un regimiento en el que pueda haber mil hombres, y que siempre tenga un príncipe que gobierne sobre un millar.

Así también podríamos llamar Alpha, es decir, un millar, al alcalde de cada ciudad, o a la comunidad; o una comunidad en la que puede haber unos mil habitantes que tienen un Alpha, es decir, un príncipe o un alcalde. Por lo tanto, podríamos verter las palabras del evangelista y del profeta así: Y tú, Belén, eres una ciudad humilde y común entre las comunidades o ciudades de Judá. Y en comparación con ciudades como Hebrón, Quiriat y Sefar, etc., era por entonces solo una ciudad pequeña.

70 Que el profeta llame a la ciudad Belén Efrata y el evangelista Belén de Judá es, al fin y al cabo, lo mismo, pues sin duda ambos quisieron señalar aquella ciudad que antiguamente se llamaba Efrata, pero ahora Belén, en la tierra de Judá. Oímos en la primera lección del evangelio de Navidad por qué esta ciudad se llamaba Efrata y Belén, es decir, una región rica en grano, de lo que quizá tomó su nombre. Porque Belén significa casa de pan, y Efrata significa fructífera, de modo que debió de ser una región rica y bendecida con abundancia (con abundancia de alimento).

71 Tampoco presenta dificultad alguna que el profeta diga: «El que será Señor en Israel», y el evangelista: «Un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel». Este último habla de un gobierno sin decir cuán bienaventurado es ni cómo gobierna.

72 Pero ¿cómo podemos armonizar el hecho de que el profeta llame pequeña a la ciudad, y el evangelista diga que de ningún modo es la más pequeña? Parecen diametralmente opuestos entre sí. No sería respuesta suficiente decir que los libros fueron falsificados. No cabe duda de que el evangelista mira más a la grandeza espiritual, que también indica el profeta, como si dijera: Tú, Belén, eres pequeña delante de los hombres, pero delante de Dios en verdad no eres de ningún modo la más pequeña, puesto que de ti saldrá el Señor de Israel. Así, lo que el profeta quiso decir pero no expresó, el evangelista lo dice claramente. La figura retórica por la cual una cosa no se menciona directamente, sino que solo se indica, se usa también en la conversación común. Si digo, por ejemplo: Eres mi amigo, y sin embargo te pones del lado de mis enemigos, en realidad he dicho: No eres el menor entre mis enemigos. O también: Los mendigos son pobres, y sin embargo tienen mucho dinero; es decir, no son los más pobres. Así también cuando Pablo dice en Ro 2:22: «Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio?», quiere decir: no pocas veces abominas de los ídolos para robar los templos.

73 Baste con esto, pues no da mucho gusto discutir demasiado sobre este punto, ni le es necesario hacerlo al verdadero creyente, porque él da toda la gloria a Dios y nunca duda de que todo está dicho con verdad y exactitud en las Escrituras, aunque no pueda probarlo todo. Para los doctos es necesario, a fin de defender las Escrituras contra los blasfemos y perversos. Por lo tanto, volvemos al sentido y significado de las Escrituras, que aquí no hablan de un señor común en Israel, como los había habido muchos antes, sino de uno a quien los profetas honraron tan altamente y del que predijeron que sería enteramente distinto de los demás. Porque el pasaje de Miqueas se lee como si antes no hubiera habido ningún señor en Israel, ya que dice que de Belén saldrá el que será Señor en Israel. Eso suena como si dijera: Daré al pueblo de Israel un señor, para que también tengan su propio príncipe. Hasta ahora los reyes y príncipes solo han sido siervos, y el pueblo no era suyo. Pero este será un señor a quien pertenece el pueblo.

74 Por esta razón los padres entre ellos siempre entendieron tales pasajes en el sentido de que Cristo sería no solo hombre, sino Dios, y que su gobierno no tendría fin, y no sería un gobierno temporal sino espiritual. Porque ningún hombre ni ángel tiene un pueblo propio. Solo Dios es el Señor de su propio pueblo, como dice David: «Jehová juzgará a los pueblos» (Sal 7:8). Y cuando el pueblo pidió a Gedeón que los gobernara, respondió: «No seré señor sobre vosotros, ni mi hijo os señoreará: Jehová señoreará sobre vosotros» (Jue 8:23). Y cuando el pueblo pidió un rey a Samuel, Dios dijo: «No te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos» (1 S 8:7). No es que fuera pecado tener un rey, pues él les dio uno; pero confiaban más en el poder y el gobierno humanos que en Dios. Y ese fue un gran pecado.

75 Ahora bien, si Cristo había de ser señor sobre su propio pueblo, su gobierno no podía ser ni temporal ni corporal, sino que tenía que gobernar sobre todo el pueblo, pasado, presente y futuro. Por lo tanto, tiene que ser un rey eterno. Y esto solo puede serlo espiritualmente. Pero como Dios otorga a Cristo su propio gobierno, no podía ser solamente un ser humano. Porque no es posible que Dios otorgue su gloria, su gobierno, su propiedad o su pueblo a uno que no sea Dios verdadero, como él mismo declara: «Y a otro no daré mi gloria» (Is 42:8).

76 Por eso Miqueas continúa: «Y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad». Como si dijera: Anuncio al señor que saldrá de Belén, pero no es allí donde comienza a ser; ya existía desde el principio, antes de que comenzara el mundo, de modo que no puede nombrarse ningún día ni comienzo en que no tuviera ya su ser. Ahora bien, desde toda la eternidad y antes de la creación del mundo no existía nada sino solo Dios. Por lo tanto, la salida desde la eternidad no podía ser de una sola persona, porque salir significa que había alguien de quien salió. Así prueba Miqueas que este señor tiene que ser el propio y verdadero Hijo de Dios, nacido de Dios Padre, y que el único Dios verdadero tiene que estar con él eternamente, antes de que comenzara toda la creación.

77 Además, si ha de salir de Belén en el tiempo, entonces tiene que ser un hombre verdadero y natural. Y esto, a saber, que Cristo es Dios y hombre, es la piedra angular de la fe cristiana. Son su propio pueblo y el verdadero Israel quienes lo reconocen como tal señor y le permiten gobernar y obrar en sus corazones.

78 De esto podemos concluir fácilmente por qué Cristo tuvo que morir y resucitar para gobernar espiritualmente por toda la eternidad. Porque, aunque el pasaje prueba aquí que tuvo que hacerse un hombre verdadero y natural, se sigue también que tuvo que cambiar esta vida corporal en una vida espiritual e invisible, ya que le era imposible gobernar corporalmente con la extensión y la duración que indica el profeta.

79 Miqueas continúa y dice: «Pero los dejará hasta el tiempo que dé a luz la que ha de dar a luz; y el resto de sus hermanos se volverá con los hijos de Israel. Y él estará, y apacentará con poder de Jehová, con grandeza del nombre de Jehová su Dios; y morarán seguros, porque ahora será engrandecido hasta los fines de la tierra» (Mi 5:3-4).

De estas palabras se ve claramente que el reino de Cristo había de extenderse hasta los fines de la tierra por la predicación y el sufrimiento; de ello dice el profeta que con la grandeza del nombre de Jehová predicaría y apacentaría su rebaño, mostrando también que sería perseguido a causa de su predicación. Por eso dice también el profeta que se les daría una tregua en cuanto a su existencia y gobierno temporales hasta que hubiera nacido un pueblo nuevo. La mujer que da a luz representa la pequeña manada de los apóstoles, que durante los sufrimientos de Cristo estuvo en los dolores de parto de un nuevo pueblo espiritual para este Señor de Israel, como Cristo mismo lo predice (Jn 16:2).

V.7-8. Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella; y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.

80 De este texto aprendemos que los magos no eran reyes ni príncipes, sino gente común y honrada, como los doctos y el clero. Herodes no los trata como si pertenecieran a la realeza, sino que los envía a Belén, les dice que se ocupen de su misión y, como si fueran súbditos suyos, les manda que le traigan noticias. No lo habría hecho si hubieran sido reyes o señores; los habría invitado a su palacio, los habría acompañado en su viaje y los habría tratado con gran honor. Porque todos los historiadores coinciden en que Herodes era un hombre ostentoso, que sabía tratar a la gente regiamente, a la manera del mundo, y deseaba ser admirado por el pueblo. Pero como llama a estos hombres en secreto y sin boato ni pompa, debieron de ser de rango muy inferior al suyo.

81 Pero ¿por qué los llama en secreto, si la tierra era suya y estaba bajo su pleno control? Lo hizo por esta razón: sabía muy bien que los judíos eran sus enemigos jurados y deseaban librarse de él. Temía, por tanto, que si llamaba a esos hombres públicamente y los judíos se enteraban, irían a los magos y les pedirían que no informaran a Herodes del verdadero estado de las cosas, para que el nuevo rey pudiera vivir ante sus propios ojos.

82 Cuando les pregunta por el tiempo de la estrella, lo hace por la misma inquietud. Ya estaba resuelto en su corazón a matar a los niños inocentes. Razonaba así: Si ha nacido el nuevo rey, los judíos se alegrarán y lo esconderán por un tiempo hasta que sea grande, y luego abrazarán su causa, lo pondrán en el trono y me desterrarán. Tengo que adelantarme a ellos, por tanto, e informarme cuidadosamente del tiempo de su nacimiento; y aunque me lo escondan, aun así lo hallaré entre el pueblo cuando mate a todos los niños, y su disimulo no les servirá de nada. Sigue este plan con diligencia para que se le dé a conocer el nuevo rey, manda a los magos que le traigan noticias y pone una cara piadosa y devota, como si también él quisiera adorar al niño.

83 Humanamente hablando, obró con bastante astucia en su propósito de matar a Cristo. Pero es verdad lo que dice Salomón en Pr 21:30: «No hay sabiduría, ni inteligencia, ni consejo, contra Jehová». Y el Sal 33:10: «Jehová hace nulo el consejo de las naciones, y frustra las maquinaciones de los pueblos». Y el Sal 37:32-33: «Acecha el impío al justo, y procura matarlo. Jehová no lo dejará en sus manos». Herodes se ve aquí obligado a cumplir tales pasajes contra su voluntad, y a ser ejemplo de ellos para nuestro consuelo, a fin de que seamos libres y estemos seguros y no tengamos que temer a nadie sino solo a Dios. Si él está con nosotros, ni la astucia ni la fuerza pueden dañarnos.

I.III. Cómo los magos siguen su camino, encuentran a Cristo y lo adoran.

V.9-10. «Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo».

84 No se dice aquí que le prometieran al rey volver, sino que oyeron su petición de que le trajeran noticias. Sin embargo, por el aviso que recibieron en sueños parece que, en la sencillez de su corazón, estaban dispuestos a volver a Herodes, porque no conocían su maldad ni su propósito y lo tenían por un hombre sencillo y honrado. De aquí aprendemos que los hijos de Dios pueden ser engañados de tal manera por los modales agradables y las falsas apariencias de los santos incrédulos, que tienen por bueno lo que no lo es. Pero no se quedan siempre en el engaño, porque, si hace falta, el cielo los dirige y los libra. Que oyeran al rey, como menciona el evangelista, puede entenderse también en el sentido de que escucharon las palabras del profeta: que en Belén había de nacer el nuevo rey por el que preguntaban y al que buscaban.

85 Aquí se ve cómo los enemigos de Cristo pueden a veces servir y enseñar rectamente a otros, como enseña Caifás en Jn 11:50 que convenía que un hombre muriera por el pueblo, y como Balaam, en Nm 24, dice muchas palabras hermosas acerca de Cristo, aunque a veces lo hacen sin querer y sin saberlo. Así Cristo instruye al pueblo en Mt 23:2-3 que escuchen a los escribas y fariseos y les hagan caso cuando se sientan en la cátedra de Moisés, pero les prohíbe hacer conforme a sus obras. Estos sabios, por tanto, obraron bien y nos dan un buen ejemplo al escuchar a Herodes, no por causa de Herodes ni porque él lo dijera, sino por causa de las Escrituras que él les enseñó; y siguieron esto, y no las obras de Herodes. De aquí se saca la buena regla de que debemos escuchar tanto a los obispos y sacerdotes malos como a los buenos, y seguir no su vida, sino su enseñanza, con tal que su enseñanza sea Escritura y no palabrería. Porque así como hemos de escuchar la enseñanza de la Sagrada Escritura aunque la diga Herodes, y aunque además cometa asesinatos, así tampoco hemos de escuchar doctrina humana, aunque la diga san Pedro, Pablo o un ángel, y aunque venga acompañada de muchas señales prodigiosas.

86 Ya se dijo antes que los santos yerran a menudo y dan escándalo con doctrinas y obras humanas. Por eso Dios quiere que no nos guiemos por sus ejemplos, sino por su Palabra. Por esta razón permite muchas veces que los santos presenten doctrinas y obras humanas. Y, a la inversa, dispone que a veces los impíos enseñen la Escritura clara y llana, para guardarnos de los escándalos: por un lado, de la vida perversa de los impíos; por otro, de las obras resplandecientes de los santos. Porque si no sigues solo la Escritura, la vida de los santos es diez veces más peligrosa y escandalosa que la de los impíos. Estos cometen pecados groseros, que fácilmente se reconocen y se evitan; pero los santos muestran en las doctrinas humanas una apariencia sutil y agradable, capaz de engañar aun a los escogidos, como dice Cristo en Mt 24:24.

87 Ahora bien, este escándalo de los santos va directamente contra los artículos de la fe y su doctrina; los pecados groseros, en cambio, no se oponen a la fe y a la doctrina. Si se apartan de ella, no la atacan; mientras que la doctrina humana no es otra cosa que rebelión contra la fe y su doctrina, porque hace que los hombres confíen en sí mismos y en sus obras. De esto rescata Cristo a sus santos en medio de la doctrina y las obras humanas, así como preservó a los tres varones, Sadrac, Mesac y Abed-nego (Dn 3), en Babilonia, en medio del horno de fuego. Por eso la vida de los santos no ha de seguirse en esto como ejemplo, sino más bien evitarse, como los milagros, que solo se han de admirar y alabar. Porque Dios no quiere hacer prodigios con todos en el horno de fuego, ni quiere hacer de cada uno un Bernardo, un Francisco, un Gregorio, un Benito o un Agustín.

88 Esta fue la intención del evangelista al omitir el nombre de Herodes, diciendo: oyeron al rey. Lo llama por el nombre de su oficio y dignidad, así como Jn 11:51 dice que Caifás profetizó, no porque se llamara Caifás, sino porque era sumo sacerdote. Los oficios de rey y de sacerdote son buenos y de institución divina, aunque la gente mala haga mal uso de ellos, así como el oro, la plata y todas las criaturas son buenas y, sin embargo, pueden usarse para bien o para mal.

Dios se sirve de Herodes cuando puede usarse con provecho como criatura de Dios, y lo ofrece a los sabios para su servicio. Por eso ellos no miraron ni escucharon a Herodes, sino al rey. No les importaba que él fuera malo en sí mismo: tomaron lo que había de bueno en él, como la abeja chupa la miel de la flor y deja el veneno a la araña. Lo escucharon cuando les dijo que fueran a Belén y buscaran con diligencia al niño, como el profeta había predicho; noticia que no tenía de sí mismo, sino de los sacerdotes. Pero no podían conocer su consejo y propósito malvados, ni su mala vida. Así hemos de aprender a odiar los vicios de los hombres, pero a amar a los hombres; hemos de distinguir la miel del veneno.

89 También se indica aquí que esta estrella no estaba alta en el cielo como las demás estrellas, sino que colgaba por debajo de ellas, en el aire; de otro modo les habría sido imposible averiguar si estaba sobre Jerusalén o sobre Belén. Porque, según la astronomía y la experiencia, por causa de su altura no puede discernirse sobre qué ciudad están realmente suspendidas las estrellas del cielo, pues dos ciudades, a diez millas o más una de otra, creen ambas tener la estrella encima. Además, tú no puedes percibir con el ojo su movimiento, aunque se mueven más rápido que el tiempo o el relámpago. Esta estrella, en cambio, no la vieron moverse rápidamente, sino deslizarse despacio delante de ellos, al paso de su viaje. Una estrella del cielo recorre en un momento más que diez viajes de Jerusalén a Belén, porque da una vuelta entera alrededor de la tierra y del cielo cada día y cada noche. Además, todas las estrellas se mueven de oriente a occidente.

90 Pero esta estrella, que los acompañó de Jerusalén a Belén, viajó de norte a sur. Esto era prueba de que era de otra clase, y de que su curso y su lugar en el cielo eran distintos de los de las demás estrellas del firmamento. No era una estrella fija, como las llaman los astrónomos, sino más bien una estrella móvil, que podía subir y bajar y moverse de un lugar a otro. Con esto quedan de nuevo callados aquellos astrónomos, pues la estrella no tuvo ningún significado especial en el nacimiento ni en la vida de Cristo. Probablemente no era tan grande como las estrellas del cielo, aunque parecía mayor por estar cerca. En suma, era una sierva de Cristo y no tenía poder ni autoridad alguna sobre el nacimiento de Cristo.

91 Parece extraño, sin embargo, que la estrella vuelva a aparecerles ahora, cuando ya no la necesitan, cuando conocen la ciudad del nacimiento de Cristo, mientras que antes estaba oculta, cuando la necesitaban y no conocían la ciudad. Pero esto se hizo para fortalecer su fe, como dice la ley de Moisés, que por boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Los sabios oyeron primero en Jerusalén la palabra del profeta como testigo del nacimiento de Cristo; con él concuerda el segundo testigo, la estrella, que anuncia el mismo nacimiento, para que estén seguros de su terreno. El profeta habla solo del niño en Belén; del mismo modo, la estrella no va más allá de donde está el niño, hasta Belén, y se detiene sobre él. Y se regocijaron con muy grande gozo.

V.11. «Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra».

92 Se impidió con todo cuidado que los sabios hallaran a Cristo por sí mismos o por medio de hombres. Al contrario, lo hallaron solo por las Escrituras del profeta y con la ayuda de las estrellas del cielo, para que quedara reducida a nada toda capacidad natural, toda razón humana, toda luz fuera del Espíritu y de la gracia, que ahora se jacta y pretende enseñar la verdad y guiar rectamente a la gente, como se dijo antes que se hace en las universidades. Aquí queda establecido que Cristo, el conocimiento de la salvación, no se enseña ni se adquiere por enseñanza o ayuda humana, sino que la Escritura y la luz divina tienen que revelarlo, como él dice en Mt 16:17: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Con esto Cristo desecha expresamente la carne y la sangre con su revelación, es decir, al hombre y toda la sabiduría humana, que, como no es otra cosa que tinieblas, no puede revelar a Cristo.

Cristo dice en Jn 6:44: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere». Con esto queda condenada toda jactancia de la razón humana, ya que no puede guiar rectamente y todos los que la siguen tienen que extraviarse. Tan fuertemente resiste Dios en todas partes nuestra altivez y voluntad naturales, para que sepamos que somos ciegos, desesperemos de nuestra propia luz, nos pongamos en sus manos y nos dejemos llevar por él por los caminos que la razón no puede conocer ni seguir.

La fe de los sabios

93 Los sabios nos enseñan aquí la verdadera fe. Después de oír el sermón y la palabra del profeta no fueron lentos para creer, a pesar de los obstáculos y las dificultades. Primero llegaron a Jerusalén, la capital, y no lo encontraron, y además la estrella desapareció. ¿No crees que, si hubieran seguido solo la razón humana, habrían dicho dentro de sí: «¡Ay, hemos viajado tan lejos en vano! La estrella nos ha engañado, era un fantasma. Si hubiera nacido un rey, por supuesto que habría de encontrarse en la capital y estar acostado en la cámara real. Pero cuando llegamos, la estrella desapareció y nadie sabía nada de él. ¡Nosotros, extranjeros, somos los primeros en hablar de él en su propio país y en su ciudad real! ¡Sin duda todo tiene que ser falso!»?

94 Además, su propio pueblo se turba y no quiere oír hablar de él, y nos mandan de la ciudad real a una aldehuela. ¿Quién sabe qué encontraremos? La gente se porta de modo tan frío y extraño; nadie nos acompaña para mostrarnos al niño; ellos mismos no creen que les haya nacido un rey, ¡y nosotros venimos de lejos y esperamos encontrarlo! ¡Oh, qué raro e insólito parece todo en el nacimiento de un rey! Si naciera un cachorro, habría un poco de alboroto. Aquí nace un rey, y nadie se mueve. ¿No debería el pueblo cantar y bailar, encender velas y antorchas y alfombrar las calles con ramas y rosas? ¡Oh, pobre rey el que buscamos! Necios somos al dejarnos engañar tan vergonzosamente.

95 Como eran carne y sangre, sin duda no estuvieron libres de tales pensamientos y opiniones, y tuvieron que luchar por su fe. La razón natural no habría podido mantenerse en pie aquí; si no hubieran hallado al rey como lo esperaban, habrían murmurado y se habrían quejado, diciendo: «El diablo nos ha traído hasta aquí. No puede haber nacido un rey, pues todo está tan tranquilo y no pasa nada. Hay más ruido cuando le nace un hijo a nuestro pastor, y de una vaca que pare se habla más que de este rey».

96 La razón y la naturaleza nunca van más allá de lo que pueden ver y sentir. Cuando dejan de sentir, en seguida niegan la existencia de Dios y dicen, como dice Sal 14:1: «No hay Dios»; por tanto, aquí tiene que estar el diablo. Esta es la luz de las universidades, que ha de llevar a los hombres a Dios, pero que más bien los lleva al abismo del infierno. La luz de la naturaleza y la luz de la gracia no pueden ser amigas. La naturaleza quiere sentir y estar segura antes de creer; la gracia cree antes de percibir. Por eso la naturaleza no va más allá de su propia luz. La gracia se adentra gozosa en las tinieblas y sigue la mera palabra de la Escritura, sin importar cómo parezca. La tenga la naturaleza por verdadera o por falsa, ella se aferra a la Palabra.

97 Por causa de esta misma lucha y combate, con que los sabios aceptaron la palabra del profeta y la siguieron hasta una apariencia tan extraña y antinatural de un nacimiento real, Dios los consoló y fortaleció con esta estrella, que iba delante de ellos más amigable que antes. Ahora la ven cerca, es su guía, y tienen una certeza que no necesita más preguntas. Antes estaba lejos de ellos, y no estaban seguros de dónde encontrarían al rey.

98 Así sucede siempre con el cristiano: después de haber soportado la aflicción, Dios se le vuelve más querido y está tan cerca y se le ve tan claramente, que el hombre no solo olvida la angustia y la aflicción, sino que desea una aflicción mayor. Poco a poco se hace tan fuerte que no se escandaliza de la vida insignificante y poco atractiva de Cristo. Porque ahora experimenta y comprende que, para encontrar a Cristo, tiene que parecer como si no encontrara más que deshonra.

99 Así también los sabios habrían tenido que avergonzarse de sí mismos si hubieran dudado y hubieran dicho, como quizá dijeron en secreto en su corazón: «¡Qué éxito hemos tenido! Viajemos un poco más lejos y busquemos nuevos reyes».

A esto llamo yo una payasada, como la que hace Doña Alegre, es decir, la naturaleza, ante las palabras y las obras divinas. Porque del hecho de que los sabios se alegraran tanto al ver la estrella podemos deducir que estaban en semejante tentación y con el ánimo abatido, cuando todo parecía tan incoherente. Su gozo indica que quizá estaban desalentados y tentados de incredulidad. Había motivo de sobra, si solo se mira la naturaleza. Por eso dice Cristo en Mt 11:6: «Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí». Bienaventurado, en verdad, pero ¡qué difícil, cuando las apariencias estaban en contra de la presencia de Cristo!

100 Cuando los sabios vencieron su tentación y renacieron por el gran gozo, se hicieron fuertes y no se escandalizaron de Cristo: habían vencido en la prueba. Porque aunque entran en una choza humilde y encuentran a una pobre esposa joven con un pobre niñito, y hallan menos apariencia real que la que presentaban las casas de sus propios siervos, no se extravían. Sino que, con una fe grande, fuerte y viva, apartan de sus ojos y de su mente todo lo que con su apariencia pudiera atraer e influir en la naturaleza humana, siguen con toda sencillez la palabra del profeta y la señal de la estrella, tratan al niño como a un rey, se postran ante él, lo adoran y le ofrecen presentes. Esta sí que fue una fe fuerte, porque desecha muchas cosas que impresionan a la naturaleza humana. Quizá había allí algunas personas que pensaban: «¡Qué grandes necios son estos hombres, que adoran a un niño tan pobre! Deben de estar en trance para hacer de él un rey».

101 Este es el meollo del evangelio, en el que se explica la naturaleza y el carácter de la fe como una certeza de lo que no se ve. Se aferra solo a las palabras de Dios y sigue las cosas que no se ven, tal como solo la palabra de Dios las transmite, y mira con recelo muchas cosas que la empujan a no creer la Palabra. Lo que la naturaleza llama hacer el tonto, la fe lo llama el verdadero camino. La naturaleza podrá ser sabia y lista; la fe sigue siendo la tonta y la necia de la naturaleza, y así llega a Cristo y lo encuentra. Aquí se aplican las palabras de san Pablo en 1 Co 1:25: «Lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres». Porque el sentir y el creer no van juntos.

102 Que den tres presentes y lo adoren no significa que cada uno diera un regalo distinto, sino, como se mencionó antes, que fue un presente común de los bienes de su país, con el cual lo honraron como a rey. Tampoco fue una adoración como la que se debe a Dios, porque, en mi opinión, todavía no lo reconocían como Dios; sino que, según el uso de las Escrituras, a los reyes y dignatarios se les adoraba, es decir, se les honraba y respetaba doblando la rodilla, como hacemos hoy.

103 Qué conversación tuvieron con María y José lo dejo a la imaginación de las mentes ociosas. Las lenguas del oriente no son tan ajenas al hebreo, de modo que pudieron entenderse fácilmente. Habían hablado con Herodes, con los sacerdotes y con los habitantes de Jerusalén; así que sin duda hablaron con María y José. Si tenían otra lengua, los judíos tenían tales relaciones comerciales y eran tan conocidos en el mar Rojo que en ambos países se conocían sin duda las dos lenguas, como en tierras alemanas se encuentra el francés y en Francia el alemán. La región del mar Rojo es de un lado exclusivamente árabe, y de allí vinieron los sabios.

I.IV. Cómo los magos, por mandato de Dios, volvieron a su tierra.

V.12. «Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino».

104 Aquí se ve que los que creen en Dios gozan de su protección especial. Él tiene puesto el ojo en estos sabios, de modo que vela por su regreso y los dirige en sueños.

105 ¿Y por qué no les permite volver a Herodes, siendo que podía haber protegido al niño de todo el mundo aun cuando Herodes lo hubiera conocido y encontrado? Se hace para enseñarnos a no tentar a Dios. Todo lo que puede lograrse con medios ordinarios debe hacerse. No debemos presumir de la fe y decir en la ociosidad: «Confío en Dios; todo lo que ha de crecer crecerá». Sus criaturas no tendrían ningún propósito si no nos servimos de ellas. En Gn 1 creó y ordenó todas las criaturas con sus obras, e indicó el uso que el hombre ha de hacer de ellas. Esto nunca lo revocará para ordenar algo especial para ti.

106 Aquí surge la pregunta: «¿Cómo puedo dar con el justo medio para creer y, sin embargo, no tentar a Dios, ya que tú predicas y alabas solo la fe y no puedes ensalzarla lo suficiente?». Respuesta: No debes creer sino donde tienes una palabra de Dios. Es el carácter y la naturaleza de la fe estar edificada y apoyarse en la Palabra de Dios. Donde no hay Palabra de Dios no puede ni debe haber fe alguna. ¿No está esto dicho con suficiente claridad y firmeza? Por eso en la Escritura la Palabra de Dios se llama testament, testimonia, pacta, foedera: testimonios, acuerdos, pactos, porque estos exigen fe; y Dios nunca nos mandó creer ninguna de sus obras sin su Palabra.

107 Además, ha confirmado sus obras y maravillas, como dice Cristo en Jn 10:38: «Aunque no me creáis a mí, creed a las obras». Si no tienes Palabra de Dios, debes seguir usando tus fuerzas, tus bienes, tus amigos y todo lo que Dios te ha dado, y así permanecer en el orden establecido por Dios en Gn 1. Porque no te lo dio en vano; no convertirá por tu causa el agua en vino ni la piedra en pan, sino que debes usar conforme a su orden todo lo que él ha creado, hasta que con palabra u obra te obligue a usarlo de otro modo.

108 Pero cuando llega la hora en que la criatura ya no puede ayudarte y te fallan todas tus fuerzas, mira, entonces comienza la Palabra de Dios. Porque entonces nos ha mandado reconocerlo como Dios, es decir, esperar de él todo lo bueno. Esta palabra, aunque está en vigor todo el tiempo, solo se entiende y se usa en la necesidad, cuando ninguna otra cosa sirve. De esto habla en Sal 50:15: «E invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás». De aquí se ve claramente que no podemos tentar a Dios en la necesidad, porque todas sus palabras y promesas apuntan al tiempo de la angustia, cuando nadie sino él puede ayudar. Por eso leemos en Mt 4:7 que, cuando el diablo tentó a Cristo a que se echara abajo desde el templo, Cristo dijo que no, porque escrito está: «No tentarás al Señor tu Dios», como si dijera: «Puedo bajar por las escaleras; no hace falta hacer señales y prodigios».

Asimismo leemos en las leyendas de los padres que dos hermanos iban de viaje y uno de ellos murió de hambre por amor de Dios; es decir, se fue al infierno. Porque llegaron entre gente mala que les ofreció algo de comer, y uno dijo que no aceptaría pan de esa gente, sino que esperaría su alimento del cielo. El otro lo tomó, comió y vivió. Aquel necio no hizo otra cosa que dejar de lado el orden de Dios y tentarlo. Por pecadora que sea la gente, sigue siendo criatura de Dios, igual que los espinos y los cardos. Tú usas una espina para abrir un forúnculo o para algún otro fin; ¿vas a mirarla con desprecio porque es un arbusto espinoso? Así leemos que Abraham e Isaac entregaron a sus propias esposas y dejaron que se las quitaran para no tentar a Dios. Por eso Dios los preservó, de modo que no les sobrevino ningún mal ni a ellos ni a sus esposas, mientras que grandes reyes fueron castigados. De aquí se ve claramente que tentar a Dios es pura maldad y frivolidad, salvo en tiempo de angustia.

109 Hay también otra tentación en el tiempo de la angustia, que fue castigada severamente en el pueblo de Israel y que, por desgracia, es común en comparación con la otra, e igual de irracional. Aquella tentación ocurre antes de oír la Palabra de Dios; esta, después de oírla, a saber, así: cuando sabemos que Dios ha prometido ayuda en tiempo de cualquier angustia, pero no nos conformamos con eso, nos adelantamos y no queremos esperar su promesa, sino que le prescribimos el tiempo, el lugar y el modo de su ayuda; y luego, si no viene como esperamos y deseamos, la fe se desvanece. Allí la fe es demasiado larga, aquí demasiado corta; allí es demasiado temprano, aquí demasiado tarde. En ambos casos los hombres se apartan de la Palabra. Aquellos tienen fe sin Palabra, estos tienen Palabra sin fe, y ninguna de las dos cosas sirve. Bienaventurado el término medio: la Palabra y la fe unidas en una sola cosa, como Dios y el hombre son uno en Cristo.

110 El que se aferra solo a la Palabra, confía y permanece en ella, y no duda de que sucederá lo que la Palabra dice; el que no dicta el fin, ni el tiempo, ni los medios y caminos, sino que lo entrega todo libremente a la voluntad y beneplácito de Dios en cuanto a cuándo, cómo, dónde y por quién cumplirá su Palabra; ese, digo, tiene una fe verdadera y viva, que no tienta ni puede tentar a Dios.

111 Aprende, pues, qué significa tentar a Dios; se entiende fácilmente: es una falta de verdadera fe. A la fe le pertenece ante todo la Palabra de Dios, como fundamento y roca de la fe. Por eso tentar a Dios no es otra cosa que tratar con él al margen de su Palabra, es decir, creer cuando él no mandó creer ni nos dio Palabra alguna, o no creer cuando él manda creer y nos da su Palabra. No mandó creer que te alimentaría cuando tienes comida delante o puedes hallarla sin milagro. Pero donde no puedes hallarla, ha mandado que creas firmemente que no te abandonará. Pero no debes fijarle tiempo ni medida, porque él merece ser libre, lo cual es justo, y no te abandonará, lo cual es divino; ¿qué más podrías desear?

112 Así le sucedió a Cristo. Dios podía haberlo librado del poder de Herodes. Pero como todo podía arreglarse sin aparente necesidad de un milagro, usó medios ordinarios para nuestro ejemplo, y llevó a los sabios a su tierra por otro camino. Habría sido necesario un despliegue innecesario de milagros si hubieran vuelto a Herodes y le hubieran dado a conocer la casa donde se encontraba el niño. Pero aun esto tiene su significado, como veremos más adelante.

II. El significado espiritual de este evangelio.

113 El nacimiento natural de Cristo siempre significa su nacimiento espiritual, puesto que él nace en nosotros y nosotros en él, como dice san Pablo en Gá 4:19: «Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros». Ahora bien, para que se cumpla este nacimiento son necesarias la Palabra de Dios y la fe, porque solo por medio de ellas puede obrarse en nosotros el nacimiento espiritual de Cristo. Por eso este evangelio no significa espiritualmente otra cosa que la naturaleza de la Palabra divina y de la fe; también cómo les va a los que nacen espiritualmente, y qué tentaciones y combates tiene que afrontar la fe.

114 En primer lugar: Dios se sirvió de la circunstancia de que Herodes, un extranjero, reinara sobre su pueblo, para significar con ello qué clase de reino había dentro del alma. Habían rechazado a Dios, de modo que él ya no podía gobernarlos por la fe. Los judíos se habían convertido en un pueblo puramente farisaico, saduceo, hipócrita y egoísta, que quería salvarse a sí mismo por doctrinas humanas y obras externas. No tienen fe, como lo prueban todo el evangelio y la vida de Cristo. Así como ellos, incrédulos en el espíritu, se hicieron un Herodes en lugar de Cristo, así tuvieron que someterse, en el cuerpo y en el espíritu, a un Herodes en vez de a uno que descendiera del linaje real de David; y por eso en ambos aspectos no había más que un reino de Herodes. En la lengua griega solemos llamar héroes a los que se distinguen por su gran estruendo y sus hazañas, como lo fueron Hércules, Héctor, Aquiles y otros semejantes, a quienes en alemán se llama gigantes, pero en sajón un tipo (Kerl); de ahí que el nombre Carolus o Carl signifique entre nosotros lo que héroe o Herodes en griego. Herodes viene de héroe, porque era como un tipo, como un gigante, un fanfarrón, un Dietrich de Berna, un Hildebrando, un Roldán, o como quieras llamar a estos grandes asesinos y devoradores del pueblo, que existían ya antes del diluvio y a los que Moisés llama en hebreo Niphlim (gigantes), Gn 6:4, que significa que la gente que cae sobre otros y los oprime con la fuerza, caerá ella misma. El pueblo de Israel destruyó a muchos de ellos en la tierra de Canaán, como a los anaceos, los refaítas y los emitas. Anac quiere decir cadena de oro; por eso los anaceos (Dt 2:11) eran llamados gigantes en la tierra y llevaban cadenas de oro. Los refaítas eran llamados libertadores, porque libraban a la tierra y al pueblo. Los emitas eran llamados terribles y espantosos, porque el pueblo les tenía miedo.

115 Así siempre ha habido Herodes, solo que de otra manera y con otros nombres; y así siempre habrá Herodes hasta el día del juicio, a los cuales Cristo destruirá en su venida. Ahora se llaman papa, cardenal, obispo, sacerdote, monjes, señores espirituales y santos padres, a quienes muy injustamente se llama pastores y ovejas de Cristo, pero que en realidad son lobos rapaces que desuellan y devoran al pueblo de Cristo en cuerpo, alma y bienes. Ellos son en estos últimos días los tipos poderosos, los gigantes, los devoradores del pueblo y los Herodes, a quienes nadie sino Cristo desde el cielo puede destruir.

116 Ahora bien, Cristo y Herodes son completamente distintos y diametralmente opuestos el uno al otro. El mérito de Cristo no consiste en un gran estruendo ni en hazañas pretenciosas. En él no hay obras como aquellas de que se jactan los gigantes y los tipos, sino solo pura humanidad, que no piensa en sí misma, que es despreciada y se contenta con dejar que Dios sea todo en todos, que lo haga todo y que se lleve además toda la gloria. La ambición de Herodes es hacer grandes cosas, poseer toda capacidad, hacer mucho ruido, ser todo y no carecer de nada.

117 Como los judíos eran por dentro verdaderos Herodes, que se jactaban mucho de sí mismos y de sus obras e inspiraban gran respeto por sus vidas ostentosas, la conducta humilde de Cristo no valía nada para ellos; por eso Dios les envió un rey, Herodes, que los trató en lo temporal como ellos trataban a las almas en lo espiritual. Ellos rechazaron a Cristo y a Dios; por eso él rechazó su familia real. Como no podía reinar en sus almas, no permitió que su propia carne y sangre reinara sobre sus cuerpos y bienes; y como ellos destruían y oprimían al pueblo espiritualmente con su gobierno y con doctrinas humanas, por eso él permitió que fueran destruidos, oprimidos y atormentados por Herodes. El Herodes físico fue un castigo y una señal de su Herodes espiritual.

118 Como en todo pecado se siente y se odia el castigo, pero se ama el pecado sin darse cuenta, así les pasó a los judíos. Sentían, en efecto, al Herodes físico y lo odiaban; pero al Herodes espiritual, su incredulidad y su tiranía espiritual, lo tenían por excelente, y pretendían con arrogancia haber merecido mucho ante Dios con su conducta farisaica y sectaria en doctrinas humanas y obras de la ley; y no podían discernir que con ello se habían ganado el reino de Herodes, del cual no podían librarse por mucho que lo desearan, y se tenían por dignos a causa de su conducta espiritual y santa.

119 Así también nosotros sentimos ahora vivamente a nuestro Herodes, que nos desuella y devora en cuerpo y hacienda; y como no somos cristianos sinceros ni permitimos que Cristo sea nuestro rey en una fe pura y libre, sino que nos contentamos con los asuntos espirituales que ahora existen y con nuestras propias obras, no podemos librarnos de este Herodes y no hay esperanza de alivio. Tenemos que dejarnos devorar y arruinar; no hay remedio: él tiene que ser nuestro Herodes corporal y espiritual.

120 Quede esto como verdad establecida: que Herodes significa, en primer lugar, un reino; no simplemente un reino como el que gobiernan los señores del mundo, sino un reino espiritual. Por eso ese reino no abarca solo los bienes temporales de la gente, sino también sus bienes espirituales; es decir, sus conciencias y las cosas que pertenecen a la salvación, como las buenas obras, una vida piadosa, los sacramentos y la Palabra de Dios.

121 Además, este reino espiritual puede gobernarse de dos maneras: primero, de una manera bienaventurada, cuando solo Cristo gobierna en la verdadera fe y el evangelio puro; segundo, de una manera perniciosa, cuando el hombre gobierna con obras y doctrinas humanas. Así como el pueblo de Israel fue gobernado unas veces por uno de su propia estirpe, por su propio rey, y otras por Herodes, un rey extranjero. Por eso Herodes no significa otra cosa que un reino espiritual así, en el que la gente es gobernada no por la fe y el evangelio, sino por obras y doctrinas de hombres. Tiene, en efecto, el nombre y la apariencia de ser el verdadero camino al cielo y de enseñar rectamente al pueblo, pero en realidad no es otra cosa que el camino ancho que lleva al infierno. En suma: Herodes es el papa con su reino espiritual. Allí no vemos fe ni evangelio, sino solo doctrinas y obras humanas; y él tiene un poder enorme, como de Herodes, y hace gran estruendo en el mundo. Las conciencias de los hombres deberían ser guiadas, alimentadas y preservadas solo por la Palabra de Dios; pero él las guía y alimenta únicamente con sus propias babas y habladurías, con indulgencias, órdenes, misas, oraciones, ayunos y cosas semejantes, y en esto es un gigante poderoso, un Roldán y un tipo, un Kerl.

122 Dicen que si la iglesia cristiana no fuera sostenida por el Estado se hundiría, cuando la verdad es que solo la fe en Cristo debe gobernarla. Por eso en esto sucede como dicen los campesinos: «Kuntz Hildebrand, la gran ballena, lleva el mundo sobre su cola»; es decir, si no fuera por lo que el papa hace con su reino, Dios sería demasiado débil, la manzana del mundo se le caería de la mano con toda seguridad, y ni la fe ni el evangelio servirían de nada. Pero ahora, como el papa acude en su ayuda y le echa los cimientos con sus muchas tonsuras, capuchas, hábitos, zuecos, sombreros de obispo y de cardenal, estruendo de órganos y humo de incienso, tañido de campanas y apagar de velas, gritos en la iglesia y pavos en la barriga, sobre todo en los que ayunan y no comen leche, ni huevos, ni carne y cosas por el estilo, en lo cual consiste la santidad del papa, todo se sostendrá. Y si el papa estuviera a favor de acabar con semejante gobierno espiritual, ordenado y santo, ¿dónde quedaría el mundo? Aquí tenemos lo que son Herodes y Cristo: dos reinos espirituales, el uno incrédulo y el otro creyente.

123 Ahora bien, ¿qué es la «estrella»? No es otra cosa que la nueva luz, la predicación oral y pública del evangelio. Cristo tiene dos testigos de su nacimiento y de su reino: uno es la Escritura, la Palabra escrita; el otro es la voz o la palabra predicada oralmente. A esa misma palabra Pablo la llama luz en 2 Co 4:6, y Pedro, en 2 P 1:19, antorcha.

124 Las Escrituras no se entienden hasta que ha salido la luz, porque por medio del evangelio se levantaron los profetas; por eso la estrella tiene que salir y brillar primero. En el Nuevo Testamento los sermones han de predicarse oralmente, con voz viva y en público, y lo que antes estaba escondido en la letra y en visión secreta tiene que proclamarse con palabras al oído. Puesto que el Nuevo Testamento no es otra cosa que una resurrección y revelación del Antiguo Testamento, como atestigua Ap 5:9, donde el Cordero de Dios abre el libro de los siete sellos. Vemos además que toda la predicación de los apóstoles no fue otra cosa que una exposición de las Escrituras, sobre las cuales edificaban. Cristo no escribió él mismo sus doctrinas, como lo hizo Moisés, sino que las dio de palabra, y mandó que se divulgaran por la predicación, y no mandó que se escribieran. Asimismo los apóstoles escribieron muy poco, salvo Pedro, Pablo, Juan, Mateo y algunos otros; de los demás no tenemos nada, porque muchos no consideran escritos apostólicos las epístolas de Santiago y de Judas. Los que escribieron no hacen otra cosa que remitirnos a las Escrituras del Antiguo Testamento, así como el ángel remitió a los pastores al pesebre y a los pañales, y la estrella llevó a los sabios a Belén.

125 Tampoco necesitamos más libros del Nuevo Testamento sobre la doctrina cristiana, sino que necesitamos en cada lugar predicadores buenos, doctos, espirituales y fieles, que sin libros sepan sacar la Palabra viva de las Escrituras antiguas y hacerla clara y sencilla para el pueblo, como lo hicieron los apóstoles; porque antes de escribir predicaban y conversaban de viva voz con la gente, lo cual era propiamente el modo apostólico y neotestamentario de la obra evangélica. Esta es también la verdadera estrella, que da testimonio del nacimiento de Cristo, y el mensaje del ángel acerca de los pañales y el pesebre.

126 Que hubiera necesidad de escribir libros fue ya en sí un gran perjuicio y denota una flaqueza del espíritu humano, y no brota de la naturaleza del Nuevo Testamento. Porque en lugar de predicadores piadosos vinieron herejes, falsos maestros y toda clase de gente extraviada, que daban a las ovejas de Cristo veneno en lugar de pasto. Por eso, para rescatar de los lobos por lo menos a algunas ovejas, fue necesario escribir libros en armonía con las Escrituras, para que en lo posible se alimentara a los corderos de Cristo y se conservaran puras las Escrituras, y así las ovejas pudieran protegerse de los lobos y guiarse a sí mismas cuando sus falsos pastores no quisieran llevarlas a los verdes pastos.

127 Lucas dice en su prefacio, Lc 1:1, que lo movió a escribir su evangelio el hecho de que algunos habían emprendido escribir la historia de Cristo, en cuya fiabilidad él no tenía plena confianza. El propósito de todas las epístolas de Pablo era guardar y fomentar lo que él había enseñado antes, y no cabe duda de que predicó mucho más abundantemente de lo que escribió. Si desear sirviera de algo, no se podría desear nada mejor que el que todos los libros fueran simplemente destruidos y no quedara en el mundo nada más que lo que tenían antes los cristianos, a saber, solo las Escrituras puras, o sea, la Biblia. Ella contiene, más de lo necesario, toda clase de arte y doctrina que el hombre debe conocer; pero desear ya no sirve de nada. ¡Ojalá Dios quisiera que junto a la Biblia hubiera solo libros buenos!

128 Baste por ahora que esta estrella es el sermón visible y la clara revelación de Cristo, tal como está escondido y prefigurado en las promesas de la Escritura. Por eso, el que ve la estrella reconoce con certeza al rey de los judíos, al Cristo recién nacido. Porque el evangelio no enseña otra cosa que a Cristo, y por eso la Escritura no contiene otra cosa que a Cristo. Pero el que no reconoce a Cristo podrá oír el evangelio, o incluso llevar el libro en las manos, pero todavía no tiene su verdadero sentido. Tener el evangelio sin su sentido es no tener evangelio; y tener la Escritura sin reconocer a Cristo es no tener Escritura, y no es otra cosa que dejar que esta estrella brille y, sin embargo, no verla.

129 Por eso a los herodianos y al pueblo de Jerusalén les pasa esto: la estrella sale sobre su tierra y sobre sus cabezas, pero no la ven. Así, cuando el evangelio salió sobre el pueblo judío, como dice Isaías en la epístola, Ro 10:21, lo dejaron brillar, pero no lo reconocieron. De esto escribe Pablo en 2 Co 4:3-4: «Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo», es decir, el diablo, «cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios». De aquí se ve claramente que solo la incredulidad es la causa de la ceguera, por la cual no ven el evangelio aunque brille y se predique sin cesar. Aquí se enseña con claridad que es imposible que Cristo y su evangelio sean reconocidos por la razón, sino solo por la fe. Y el ver la estrella significa esta estrella en particular.

130 Los sabios significan, y son ellos mismos, las primicias de los paganos convertidos a la fe por medio del evangelio. Porque los paganos eran los sabios, es decir, gente de la naturaleza, que vivía según su razón, que no tenía la ley y los profetas como los judíos, sino que andaba solo según la naturaleza, sin la ley divina y sin la Palabra. Ahora bien, así como los maestros naturales, los sabios, por lo general se desviaban del recto camino y convertían el arte natural en brujería y hechicería, como se dijo antes, así también la razón natural, dejada a sí misma y sin la ayuda de las enseñanzas de Dios, con toda certeza se extraviará y se perderá en el error y la ceguera, como una verdadera bruja, llena de toda clase de incredulidad.

131 Así escribe Pablo en Ro 2:14 que los paganos, aunque no se les había dado la ley de Dios, tenían sin embargo una ley natural de la conciencia y hacían las obras de la ley, que hallaban escrita en su corazón. Pero aunque estaban lejos de la verdad y no tenían la ley de Dios, fueron llevados a la fe mucho más fácilmente y mucho antes que los judíos, por la razón de que los judíos, como tenían la ley, se apoyaban en ella y creían haberla cumplido suficientemente con sus obras. Por eso despreciaban el evangelio como algo del todo superfluo y falso, porque rechazaba las obras, de las que tanto se jactaban, y alababa solo la fe. Los paganos no tenían motivo para semejante jactancia vana, porque no tenían la ley; por eso se rindieron más fácilmente al evangelio y reconocieron que era necesario y que ellos lo necesitaban.

132 Que los sabios vinieran a Jerusalén y preguntaran por el rey recién nacido no significa otra cosa sino que los paganos fueron iluminados por el evangelio, entraron en la iglesia cristiana y buscaron a Cristo. Porque Jerusalén es figura de la iglesia cristiana, en la cual se congrega el pueblo de Dios, y que en alemán puede llamarse «visión de paz», porque en la iglesia cristiana se ve la paz, es decir, cuando tienen todos buena conciencia y confianza apacible del corazón, los que, estando en la iglesia cristiana y siendo verdaderos cristianos, tienen el perdón de los pecados por la gracia de Dios.

133 Ahora bien, en este lugar de paz quiere reinar en todo tiempo Herodes, el devorador de hombres; porque todas las doctrinas y obras de hombres tienen en sí este mal fastidioso: que por su misma naturaleza extravían, oprimen y destruyen a la verdadera Jerusalén, enredando las buenas conciencias y los corazones piadosos y enseñándoles a confiar en sí mismos y en sus buenas obras; con lo cual hacen que perezca la fe, que se destruyan la paz y la buena conciencia, y que quede solo el reino de Herodes, con su gran aparato, su estruendo y sus obras sin fe.

Esto es lo que quiere decir nuestro evangelio: que así nació Cristo y fue buscado en tiempo de Herodes, en la misma ciudad de su reino. Porque la verdad evangélica libra toda su guerra contra la falsa santidad de Herodes, y cada vez que renueva la lucha encuentra Herodes que gobiernan al pueblo con sus doctrinas y obras humanas; y esto sucede por ninguna otra razón sino porque la verdad condena esas prácticas suyas y enseña la pura gracia de Dios en lugar de las obras, y la pura fe en lugar de la ley, para rescatar al pueblo de Dios del reino de Herodes y salvarlo para la verdadera Jerusalén.

134 Cuando Herodes oyó esto, se turbó, y toda Jerusalén con él. ¿Por qué? Porque Herodes temía a otro rey, al verdadero rey, pues él quería ser por la fuerza el único rey. Sucedió que por medio del evangelio los paganos comenzaron a alabar a Cristo y a tener fe, en contra de las obras y doctrinas de hombres; con eso los judíos se enfurecieron, porque podían ver fácilmente que, si este asunto crecía y se extendía, sus cosas pronto serían tenidas por inútiles y sus grandes y falsas prácticas sin duda quedarían en vergüenza. Esto no lo podían soportar, y por eso comenzaron a enfurecerse, como lo muestra la historia de los apóstoles. Porque sabían muy bien que con el avance del evangelio su gobierno, su honra, su poder y sus riquezas, que tenían en tanta abundancia bajo el reino espiritual de Herodes, recibirían un golpe tremendo.

135 Las obras y doctrinas humanas siempre dan mucha renta y ganancia carnal, mientras que las doctrinas de Dios y la obra de Cristo traen la cruz, la pobreza, la ignominia y toda clase de calamidades, cosa que la santidad de Herodes no puede soportar. Así sucede siempre: los que han enredado y oprimido a los pobres con una conciencia errada y con doctrinas humanas no quieren oír que las pobres y miserables conciencias reciban instrucción, lleguen a un recto entendimiento y busquen la Palabra de Dios sencilla y pura, y la fe. Muchos dicen que quieren un nuevo rey y que han visto su estrella; porque así el papa, los obispos, los santos padres y los señores no podrían satisfacer sus deseos carnales.

136 Por eso no le agrada ni le conviene en absoluto al reino de Herodes que los sabios, los doctos, los laicos, que no saben nada, comiencen a hablar de la luz del evangelio y a preguntar por otra cosa en medio de Jerusalén, sin hacer caso de la pompa espiritual de los gobernantes. Esto sin duda tuvo que asustar a Herodes y a sus compinches, porque tocaba a su bolsa y a su barriga. Sí, también asustó a toda Jerusalén; porque muchas personas piadosas, aunque odiaban el reino de Herodes y deseaban que las cosas no fueran así, temían también que la verdad saliera a la luz en un momento inoportuno, que con ella se causara tumulto y confusión en el mundo, que se atacara al gobierno y que quizá ese tumulto no pudiera sofocarse sin gran daño. Por eso pensaban que tal vez sería mejor retener la verdad por un tiempo, o sacarla de tal manera que no asustara a Herodes ni lo provocara a alguna acción desesperada.

137 Pero los sabios no preguntan por su susto ni por su ira, sino que hablan abiertamente de la estrella y del nuevo rey, y no les preocupa en lo más mínimo que se caiga el cielo. Porque el evangelio no se ha de confesar ni negar por causa de ninguna persona en particular; es Palabra de Dios, y Herodes tiene que ceder ante ella y seguirla. ¿Que se enfurece? Pues que se enfurezca; Cristo tiene que permanecer antes que él.

138 ¡Y ahora, miren! Herodes es el primero en querer saber del nuevo rey, no con sinceridad, sino con engaño; y así reúne a todos los doctos y escudriña diligentemente la Escritura, como si estuviera deseoso de conocer la verdad; y sin embargo sabemos que estaba resuelto a cumplir su propia voluntad e intención en lugar de obedecer a la Escritura. Aquí llegamos al verdadero carácter de Herodes; aquí vemos fielmente retratados al papa y a sus seguidores.

139 Pero que nadie me reproche que aplique esto al papa y compare con tanto desprecio su santo orden y su reino con el de Herodes. Quiero que se entienda que lo hago porque es mi deber cristiano y una deuda de fidelidad que siento en mi conciencia que tengo con todos. Si la verdad y la experiencia no prueban todo lo que digo, que cualquiera que quiera me castigue por mentiroso; yo habré cumplido debidamente mi oficio fraterno y quedaré disculpado ante Dios. Si alguien desprecia mi fiel advertencia, que responda él mismo por ello; quiero decirle que Cristo y su doctrina no han de sufrir por causa del papa y de su gobierno espiritual. Por eso, que cada uno se guarde de ellos como de su perdición eterna, y se atenga solo a Cristo. Que eso le traiga al papa y a sus teólogos alguna fortuna u honra no me importa en lo más mínimo; yo tengo que predicar a Cristo, y no la fortuna y la honra del papa y de sus teólogos. Lo que se dice del papa y de sus teólogos se dice de todos los que oprimen al pueblo con sus obras y doctrinas y no enseñan la verdadera fe, la Escritura pura y al único Cristo, como también lo hacían los judíos, que sin embargo lograron muy poco en comparación con el papa y sus compinches. El que se deje extraviar ha oído con esto mi advertencia: yo soy inocente de su sangre y de su ruina.

140 Que Herodes convocara a los principales sacerdotes y escribas del pueblo y les preguntara acerca del nacimiento de Cristo es lo mismo que nuestro reino espiritual, y es lo que hacen los chapuceros incrédulos: se guardan las Escrituras para sí, y lo que enseñan se supone que está contenido en la Escritura, pero en este sentido: que su propia opinión va primero, y las Escrituras tienen que torcerse para que concuerden con su opinión. Porque su intención es usar la Escritura solo para esto: para que sofoque la verdad y dé satisfacción a sus propias prácticas, así como Herodes escudriñó las Escrituras con ningún otro propósito que el de matar a Cristo.

141 Así hace nuestro Herodes con sus herodianos, el pueblo: escudriña, en efecto, las Escrituras y las usa, pero las explica solo de tal manera que pueda destruir su verdadero sentido e introducir en ellas el suyo propio. Con semejante apariencia son engañados aun los escogidos; porque no hay apariencia mayor, que asuste y engañe a toda conciencia, que la que pone por delante el nombre de Dios y pretende solo escudriñar y seguir la Escritura y la Palabra de Dios, mientras que al mismo tiempo solo busca con ello oponerse a las Escrituras y sofocarlas con todo su contenido. Por eso los sabios no ven la estrella en Jerusalén, y no saben adónde ir. Y todos los que andan entre gente tan fina y reluciente serán engañados y perderán el verdadero sentido cristiano por causa del gran ajetreo y del exterior reluciente de los teólogos incrédulos, a menos que se aferren firmemente a la Escritura pura.

142 Aunque tanto Herodes como los sabios recibieron aquí las Escrituras del sacerdote, Herodes las recibió en un sentido falso y vicioso; los sabios las recibieron en un sentido recto y bueno; por eso ven brillar de nuevo la estrella, y son rescatados de la hipocresía de Herodes, bajo la cual habían perdido la estrella. Así como aquí se significa la lucha entre Herodes y los sabios, así también se significa la lucha entre los verdaderos y los falsos teólogos que se colocan por encima de las Escrituras: que los verdaderos teólogos yerran, en efecto, un poco, y por un breve tiempo pierden la verdadera luz, pero no permanecen en el error. Al final captan el verdadero sentido de la Escritura, vuelven a la luz clara, y dejan que los Herodes se alaben a sí mismos en su falsa comprensión de la Escritura.

143 De esto escribe san Pablo en 2 Ti 3:1-9: «También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias. Éstas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad. Y de la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también éstos resisten a la verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe. Mas no irán más adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos, como también lo fue la de aquéllos», etc.

144 Pienso que aquí san Pablo ha hablado con toda libertad y ha señalado a nuestros señores espirituales y a los santos domésticos de Herodes. En verdad, no hay aquí una sola letra que cualquiera no pueda ver públicamente confirmada en el orden espiritual. Pero ellos tienen la mollera petrificada, e imaginan que esto no habla de ellos en absoluto; y se figuran que, como el papa los fortifica con pergamino y pluma, se les hace un gran agravio si uno entiende que las palabras de Pablo se refieren a ellos. Por eso tenemos que considerar un poco más de cerca este rico texto de Pablo, para que veamos y reconozcamos claramente a Herodes. Dice que en los últimos tiempos vendría gente, que ya lleva corriendo muchos años, y que sería peligrosa, porque por causa de tales engañadores pocos se salvarían, pues destruyen la fe y matan las almas con sus doctrinas humanas y sus tonterías particulares.

145 El apóstol no quiere que se entienda que habla de la gente común, a la que ahora llaman mundanos o laicos, sino que sus palabras son claras y apuntan con fuerza a la gente coronada de tonsura y encapuchada, al reino espiritual. Porque entre otras de sus nobles virtudes menciona de modo muy notable su virtud principal, a saber, que afectan la apariencia de la vida cristiana y del servicio de Dios, pero renuncian a la realidad. ¿Quién no sabe quiénes son? ¿Dónde está la vida espiritual, el servicio de Dios, las órdenes santas, sino en sus instituciones y conventos? Asimismo dice: «se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas», enseñándolas constantemente, lo cual se dice claramente de maestros y predicadores, sobre todo de los frailes mendicantes y vagabundos. Asimismo, la afirmación de que resisten a la verdad, como Janes y Jambres resistieron a Moisés, significa claramente que habla de los que predican y gobiernan en medio del pueblo. Pero pongamos atención a otra clase.

146 En primer lugar, son los Philauti, que piensan mucho de sí mismos y están muy satisfechos de sí mismos; todo lo que hacen está bien hecho y es correcto; solo ellos llegarán al cielo, y son los únicos que han hallado el camino recto; solo ellos son la iglesia cristiana, y son los únicos que gobiernan el cielo y la tierra. Comparados con ellos, los demás son pobres pecadores en una situación peligrosa, y tienen que comprarles intercesiones, buenas obras y méritos. Al final han llegado a tanto que a todos los demás cristianos se les llama mundanos, mientras que ellos son los espirituales. No se puede expresar cuánto les agrada este título, cómo se tienen por demasiado buenos para otros estados, y cómo creen que no hay en la tierra otra gente a la que pueda darse el nombre de Philauti sino a ellos mismos. El apóstol, en verdad, los ha retratado bien; pero sobre todo a su señor principal, el papa, que francamente apesta en todo el mundo a estima propia y a complacencia en sí mismo, de modo que ellos mismos tienen que confesar que sus pretensiones espirituales no son sino Philautia, pura satisfacción de sí mismo.

147 ¡Dios nos valga! ¡Cuánto se estima a sí misma la abominación, cuánto le agrada su estado, con qué insolencia se distingue de todos los demás cristianos, no solo en lo temporal, sino también en lo espiritual, sin hacer otra cosa que hacerse cosquillas hasta casi morirse de risa de puro desenfreno, como tiene que confesar públicamente todo el que ve su vida, su reino, sus bulas, sus leyes y sus doctrinas! Este veneno lo sacan de él los demás en sus respectivos estados, y él los ayuda con libertades, protección, bendición y alabanza. Después también los laicos lo aprenden de ellos, cada uno en su buena oracioncita y en su manera particular; y de este modo tiene que perecer la fe cristiana, que tiene su placer y su buena intención solo en Cristo, a la cual todas las demás cosas le son indiferentes, y que no tiene preferencia entre ellas.

148 En segundo lugar, son soberbios. Esto se sigue de lo primero, de su propia estima: que en su corazón se enaltecen sobre todos los demás y se creen mejores que todo el mundo. Esto lo puedes ver en abundancia en la gente y en los ministros: cómo dicen sin medida y sin vergüenza, y se jactan de sí mismos, que el estado espiritual es mejor que el temporal, aunque en este último hay cristianos; pero lo cierto es que solo el estado cristiano es bueno, el cual o no tolera tal distinción, o perece. Sí, esta soberbia espiritual es el fundamento sobre el cual se asienta todo su reino; porque si no fuera respetable y mejor, todas sus cosas y su gobierno tendrían que venirse abajo.

149 Estos dos vicios grandes, bajos y horribles son tan astutos y tan enteramente espirituales, que ellos no ven de ellos ni un destello; sí, los tienen por la verdad misma y por justicia establecida. Siguen además adelante en su vida satánica, que pretende ser santa, y se dejan llamar y honrar, con sus vicios espantosos, como gente santa, espiritual y bienaventurada.

150 En tercer lugar, son altivos. Esto se sigue de lo anterior, es decir, de su soberbia. Porque la soberbia no se contenta con honrarse a sí misma, sino que irrumpe y se eleva tan alto, se estima tanto, se cierne del todo en las regiones de arriba, se sienta en el asiento más alto de todos y obra por fuera conforme a su sentir interior. La diferencia entre la soberbia y la altivez es que la soberbia se adueña del corazón, mientras que la altivez consiste en el porte y la conducta externos y elevados. ¿Quién no puede ver esto en el papa y en todo el orden espiritual? ¿No se ponen de verdad por encima de emperadores, reyes y príncipes, y de todo lo grande y lo pequeño de la tierra? Se han puesto por encima de los bienes de los hombres, y con fuerza libre y maliciosa gobiernan cuerpo y alma, como si tuvieran el mejor derecho y la mejor causa. Y si se les dice que Cristo prohíbe semejante altivez cuando dice a sus discípulos en Lc 22:26: «Sea el mayor entre vosotros como el más joven», y en Lc 22:25: «Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas… mas no así vosotros», le arrancan al pasaje toda su fuerza en su favor con una explicación que nadie sino ellos puede dar, diciendo que Cristo no prohibió con esto la autoridad y el señorío sobre otros, sino que esto se refiere a la intención del corazón, es decir, que no han de enaltecerse ni tenerse por mejores que los demás. Porque, dicen, puede haber un prelado que sea humilde y no se enaltezca en su corazón sobre los demás, y sin embargo tiene que elevarse sobre ellos por fuera. Por eso citan varios pasajes de los padres, y con ello se ciegan y se engañan a sí mismos y a todos los demás.

151 El apóstol diría de esta arrogancia externa: «Sé muy bien que el que ha de enseñar y gobernar a otros tiene que ser espiritualmente superior; pero ellos hacen espiritual lo que es corporal», porque quieren elevarse en lo corporal: sus bienes, su honra, su conducta, sus personas, sus asuntos, su derecho y su gobierno tienen que estar por encima de todos los demás bienes, honras, personas, asuntos y gobiernos. Quieren tenerlo todo a su manera, e insisten además en que así sea, estos queridos hidalgos; y por eso convierten los bienes temporales, la honra, la persona, la conducta, los vestidos, etc., en cosas espirituales.

152 Cristo fue espiritualmente el más alto de la tierra, porque enseñó a todos como maestro y señor; pero no elevó su persona sobre ningún hombre. Sí, sirvió a los hombres con todo lo que tenía y podía hacer. Los profetas y los apóstoles también estuvieron sin duda entre los más altos de la tierra en lo espiritual; pero ¿cuándo puso alguno de ellos su persona, sus bienes y su existencia por encima de los demás, y mucho menos por encima de reyes y príncipes? Más bien les estaban sujetos y les ofrecían su servicio, como también Cristo estuvo sujeto al César, Mt 17:2-7. Queridos herodianos, el reino espiritual no se ve con los ojos, y no gobierna sobre bienes ni personas, sino sobre almas y espíritus por medio de la Palabra de Dios. Pero ustedes lo convierten en un reino terrenal y le dan el nombre de espiritual para cubrir y adornar su maldita altivez, para no estar sujetos a nadie, ni pagar intereses, impuestos ni peajes, para estar exentos de toda obligación, y solo recibir y robar.

153 He olvidado y pasado por alto que debería haberles atribuido la avaricia, y por eso tengo que considerarla aquí en cuarto lugar. Este vicio es tan enorme en el papa y en el orden espiritual, que la madera y las piedras claman por él. Pero esto no es nada comparado con lo que pocos ven, a saber, que el orden espiritual está fundado casi por completo sobre la usura, por medio de las condenabilísimas ventas de rentas, que el papa ha instituido como reserva y patrona de la avaricia, para tragarse a ojos vistas el mundo. Además, entre mil apenas uno ve la avaricia secreta que reina entre ellos: que son espirituales simplemente por causa del sustento y la manutención del cuerpo.

154 El refrán ha dado en la verdad: «El desaliento hace al monje». Porque ¡cuántos hay que se hacen espirituales por ninguna otra razón que la angustia de no poder alimentarse, o de tener que hacerlo con trabajo y preocupación! Hay ahora obispos y dignatarios que llegaron a serlo por esta misma razón. ¿Qué es esto sino avaricia, cuando uno no confía en Dios, que lo creó, hasta el punto de creer que también lo alimentará? Pero algunos se hacen también espirituales porque están desalentados en cuanto a su salvación; estos, sin embargo, son los pocos, y como esta no es una buena razón, no están bien asentados.

155 En quinto lugar, son calumniadores. Esto tiene que seguirse de las virtudes anteriores. Porque si su orgullo, su altivez, su avaricia y su estima propia han de mantenerse y conservarse, tienen que equiparse con armadura y defenderse contra los que castigan con la Escritura tales pecados, como justamente merecen ser castigados; y no pueden soportar la Escritura. Por eso el papa tiene que enviar aquí sus bulas y su ley, y tiene que maldecir, condenar, calumniar y excomulgar a todos los que militan contra su reino, y decir que no es Palabra de Dios sino del diablo; a todos los que resisten a su santidad y a sus teólogos, a quienes hay que evitar como a los peores herejes; como también anunció san Pedro en 2 P 2:2 que tal gente hablaría mal del camino de la verdad, y después diría que lo hizo todo para honra de Dios y por causa de los bienes espirituales. Pero la facción del papa, sus compinches al estilo de Herodes, se adherirán a él y extenderán tal calumnia y maldición hasta donde prevalezcan su avaricia, su orgullo y su altivez, de modo que el mundo se llenará de blasfemias y maldiciones.

156 ¡Oh Dios, Padre celestial! Tu terrible ira y tu temible juicio caen sobre todo el mundo en estos tiempos peligrosos y miserables, y, ¡ay!, nadie lo reconoce. ¿Habrás creado en vano a todos los hombres?

157 En sexto lugar, son desobedientes a los padres. Después de la obediencia a sí mismo, antes y por encima de todo lo demás, Dios ha mandado la obediencia a los padres. Pero ¿qué enseñan ahora el papa y su reino espiritual? Si un padre ha criado a un hijo para que sea cura u obispo, ha levantado un señor sobre sí mismo, que no tiene ninguna obligación de obedecerle, por causa de esta gran dignidad y de la exultante santidad de la espiritualidad herodiana. Por eso también la gente, como podemos ver, lleva una vida libre y desenfrenada. El mandamiento de Dios sobre la obediencia a los padres se pasa por alto, y ellos pretenden estar bajo la más alta obediencia a Dios; aunque Dios no ha mandado ni una sola letra de lo que pretenden, sino que todo es invención suya. Ahora bien, Dios no revoca ni un solo mandamiento, ni siquiera por su propia cuenta, y mucho menos por causa de la elección y selección de los hombres. Asimismo, también los conventos se han puesto de moda para deshacerse de este mandamiento de Dios; por eso el hijo o la hija, sin la voluntad del padre, deja la casa paterna y se va al convento. El santo padre papa y sus herodianos deciden que esto es justo y apropiado, y así obligan a la gente a quebrantar el mandamiento de Dios. Así todo el orden espiritual se ha hecho libre e independiente del más alto y primero de los mandamientos de la segunda tabla.

158 Pero si quieres escucharme, te aconsejaré rectamente con toda mi alma, en el nombre de Cristo Jesús. Si tu hijo se hace clérigo contra tu voluntad, sea sacerdote, monje o monja, puedes, si lo decides después, aprobar y tolerar la desobediencia. Pero si no la apruebas, y si temes que por debilidad tu hijo no pueda guardar su castidad, o que de otro modo lleve una vida perversa y disoluta, o que quizá esté espiritualmente extraviado, o si necesitas su ayuda en casa, entonces no discutas el asunto, sino ve sin vacilar y saca a tu hijo del convento, de su hábito de monje y de su tonsura, o de cualquier otra cosa en que se haya metido. No cedas aunque haya hecho cien mil votos y todos los obispos juntos lo hayan bendecido. Dios te ha confiado a tu hijo para que lo gobiernes, y a ti te será pedido de nuevo. ¿Qué respuesta darás si lo dejas perderse, cuando puedes aconsejarlo y salvarlo? Si las autoridades se oponen, opónles tú a tu vez el mandamiento de Dios de que los hijos han de obedecer a sus padres, sobre todo cuando los padres se preocupan por el peligro que corren y no lo permiten. ¡Si hasta la ley del papa permite a una esposa sacar sin impedimento a su marido del convento y del sacerdocio! Ahora bien, el cuarto mandamiento, obedecer a los padres en cosas que no sean contrarias al mandamiento de Dios, es tan mandamiento de Dios como el de que el hombre y la mujer no se separen.

159 Por eso digo que el papa se toma, por pura insolencia, la libertad de sacar a monjes y monjas de los conventos, aunque no tiene poder para hacerlo. Los padres tienen el poder de dejar allí a su hijo o sacarlo cuando les plazca, o según vean que le conviene al hijo.

160 Pero cuando los herodianos dicen aquí que la obediencia a los padres cesa cuando el servicio de Dios lo ordena, y que el primer mandamiento está por encima del cuarto, respóndeles con valentía que el servicio de Dios no es su orden espiritual, acerca del cual Dios no ha mandado nada, y que mienten cuando llaman servicio de Dios a su inventito. El servicio de Dios no es otra cosa que guardar sus mandamientos. En la primera tabla, sus mandamientos exigen fe y amor a Dios. Ahora bien, no andan en fe y amor a Dios los que se hacen clérigos solo en cosas externas y particulares, en las cuales hay menos amor que en los asuntos domésticos y mundanos.

161 Pero ahora, ¡ay!, a mucha gente le agrada ver que sus hijos se hacen clérigos, porque no ven el peligro que hay en ello. Algunos prometen solemnemente a sus hijos al estado clerical. Todo eso es pura ignorancia acerca de la fe y del estado cristiano. Sin embargo, si los padres exigieran algo contrario a los mandamientos de Dios, por ejemplo contra la fe y el amor al prójimo, no se les ha de obedecer. Aquí tiene que valer la palabra de Cristo: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí», Mt 10:37; fuera de esto, el mandamiento de la obediencia permanece. Pero los padres pueden y deben estar dispuestos, e incluso dejarse persuadir, a entregar a su hijo cuando sea posible y necesario para su alma.

162 En relación con esto hay que considerar otro asunto de gran importancia, a saber, el matrimonio de nuestros hijos. Nadie, desde luego, es tan necio como para forzar a su hijo al matrimonio. Esto no debe hacerse. Cuando una hija quiere casarse, sostengo que debe mantener la obediencia en su virginidad y pedir el consentimiento de su padre. Tampoco se la debe obligar a tomar a este o a aquel hombre, sino que debe tener su propia libre elección, como en el caso de Rebeca, Gn 24:58. Pero cuando se exige obediencia, sostengo que hay que respetarla.

163 Pero la cuestión aquí es si el padre tiene poder para anular el matrimonio cuando el hijo se comprometió contra su voluntad. El papa responde que no, y libera al hijo de la obediencia al padre; pero yo digo que sí, y no libero al hijo de la obediencia al padre. Y pienso también que ningún otro hombre tiene poder para liberarlo antes de entrar en el estado matrimonial. Pero cuando ya se ha entrado en ese estado y los frutos son visibles, y quieren seguir juntos, es muy poco amable de parte del padre separarlos y arrancarlos el uno del otro, aunque tenga el poder de hacerlo; porque, por grande que sea su poder, es un deber que le debe al amor y a la amistad hacer un poco la vista gorda y obrar conforme al deseo del hijo, para que tal separación no se haga por capricho y desenfreno, emprendida sin causa alguna.

164 Porque los padres a veces se inclinan a atender a su propio parecer más que al provecho y la necesidad del hijo. Aunque el hijo tenga que sufrir de este modo, no está bien de parte del padre, cuyo deber es ser amable y usar su poder, en la medida de sus posibilidades, para el bien de su hijo; así como Manoa y su mujer escucharon la súplica de Sansón de conseguirle la mujer que él deseaba, aunque no era de su agrado, Jue 14:8.

165 Pero cuando sucede que la doncella se compromete a escondidas, mientras que el padre, o quien hace sus veces, le había dado otro, entonces debe pisotear la trampa del papa, y sin ningún escrúpulo de conciencia despedir al primero y tomar al segundo. Porque el papa no tiene poder para obrar contra el mandamiento de Dios, ni para hacer valer el primer compromiso y romper el segundo, haciendo errar con ello las conciencias, diciendo que esa doncella es adúltera si se casa con el segundo, y obligándola a volver al primero, alegando que tiene que sufrirlo y no tomar de buena gana al segundo, ni exigir el deber conyugal. ¡Oh, tú, asesino de almas! ¡Qué miserablemente consuelas a las conciencias! ¡Revuelves una cosa con otra hasta que ya no queda lugar para la salvación, y causas tiempos peligrosos! Si la doncella pide perdón a su padre y le suplica que la deje vivir con el primero, porque lo desea con tanta fuerza, que lo haga; de otro modo la obediencia es una mera farsa; ella puede exigir el deber conyugal y obrar como si nunca se hubiera comprometido. Si se hubiera conservado este precepto, los compromisos clandestinos se habrían suprimido hace mucho, y nunca habría prevalecido la gran trampa destructora de las conciencias en la jurisdicción del papa.

166 Ahora puedes ver, pienso, con cuánta agudeza entendió san Pablo este reino espiritual, que pretende enseñar a todos los hijos a obedecer a sus padres, y sin embargo les da libertad para elegir estados temporales o espirituales, o para permanecer en los ya elegidos, sin la aprobación de los padres. De este modo ha destruido y anulado sin más el mandamiento de Dios acerca de la obediencia, y con ello ha confundido tan lamentablemente las conciencias que no saben qué hacer. Así como enseñan la desobediencia a los padres y el apartarse del mandamiento de Dios por medio de su santidad espiritual, así también enseñan a los jóvenes y a la gente del mundo a obrar mal en el estado matrimonial.

167 Pero un hijo piadoso tiene que aprender a honrar a sus padres y a estar contento y satisfecho con el trato que le dan, cuando no obran contra el mandamiento de Dios. Y aunque pudiera resucitar muertos, o el cielo abriera sus puertas a su mandato, no debe emprender nada de eso sabiendo que tal acto sería contrario a la voluntad de sus padres. Porque el que obedece a sus padres obedece también a Dios, cuyo mandamiento es obedecer a los padres. Por eso uno debería alegrarse de ver destruido lo que se hace contra la obediencia a los padres cuando Dios no lo exige, por bueno y por gran servicio de Dios que parezca; porque no puede agradar a Dios lo que va contra los padres, si Dios no lo ha mandado. Por eso Dios dice a los padres por medio de Jeremías, Jer 29:6: «Dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas», etc., para que los hijos no las tomen por sí mismos, sino que los padres tengan el poder de disponer de ellos. Podría decirse más sobre este punto, pero baste esto por ahora.

168 En séptimo lugar, son ingratos, no solo para con Dios, lo cual es consecuencia necesaria cuando blasfeman, condenan su palabra y destruyen sus mandamientos, sino también para con los hombres; porque han recibido gran bien y honra de los príncipes del mundo entero, y toda su vida cómoda es el sudor y la sangre de otros. Tampoco reconocen que, cuando una ciudad o una comarca es destruida, deben contribuir y ayudar con sus abundantes riquezas y tesoros; esto no es otra cosa que guardarse sus tesoros en el bolsillo. Además, si de algún modo se tocan sus intereses y bienes, no se ejerce misericordia alguna en excomuniones, persecuciones y martirios. Nadie piensa ni dice: «Muy bien, puesto que tenemos tales y cuales bienes o tierras de sobra, y puesto que ellos han sufrido tal aflicción y ruina, ahora les mostraremos amor y les tenderemos una mano». Es un bien espiritual y no debe servir a los asuntos del mundo; sí, consideran el mayor de los vicios ser caritativos, y dicen: «El que hace eso saquea los bienes del obispado, del convento y de la santa iglesia». Por eso, para que los bienes de la iglesia permanezcan siempre, tienen que perecer el amor cristiano y la gratitud genuina. Y sin embargo, los que hacen tales cosas no son gente espiritual ni santa, y entrarán en el cielo tan poco como una vaca en una ratonera.

169 En octavo lugar, no hacen caso de las cosas santas. Aquí el apóstol les asesta un golpe tremendo llamándolos Anosios. Osios quiere decir consagrado, santo, espiritual, como los que se ocupan de cosas santas y están ordenados para ello; como los que por la consagración se hacen espirituales y santos. Anosios, por tanto, quiere decir no consagrado e impío. Pero ¿no es un apóstol insolente el que, seca y abiertamente, llama no espirituales a estos tipos espirituales y no consagrados a los consagrados? ¿No tienen la tonsura y no están ungidos con óleo? ¿No tienen túnicas blancas, y no celebran misas, cantan en voz alta y leen en voz baja, tocan órganos y flautas, campanas y címbalos resonantes, consagran iglesias y capillas, queman incienso y rocían agua, llevan la cruz y los estandartes, se visten de seda y terciopelo, llevan capas doradas y píxides de plata, y hacen todo lo que es grande? Si estas no son cosas espirituales, entonces ¿qué es espiritual? Así tienen que extraviarse el papa y los obispos. Ciertamente san Pablo está bajo la excomunión del papa, porque ha hablado contra semejante derecho espiritual, en el cual se hacen puras cosas espirituales como esas.

170 No hay vaca, ni asno, ni cerdo tan del todo desprovisto de sentido que no pueda reconocer que estas cosas son físicas y externas, y que por ellas nadie puede hacerse espiritual ni santo. Tampoco nosotros llamamos ahora espiritual y consagrado todo lo de este gobierno herodiano. Por eso san Pablo los llama con razón los eclesiásticos no espirituales, por causa de estas cosas no espirituales que les hacen descuidar las verdaderas cosas espirituales. Él entendió su perversión y cómo ocupaban el lugar de eclesiásticos, y por eso les cambió el nombre, como si dijera: «Estos hombres dicen ser los espirituales y dicen que administran cosas santas; más bien son los no espirituales, que se ocupan de obras necias y descuidan las verdaderas cosas espirituales».

171 Porque se llama osios, o espiritual, el que administra la Palabra de Dios y los sacramentos para llevarse a sí mismo y a sus semejantes a Dios. Este es en verdad el oficio de los espirituales. Pero ellos no hacen ninguna de las dos cosas; sí, por su abuso de todos los sacramentos, especialmente de la misa, se alejan a sí mismos y a todos los demás todavía más de Dios. Tampoco predican el evangelio ni cumplen rectamente sus deberes espirituales. Mucho podría decirse sobre esto. El apóstol ha abarcado en estas palabras todo lo que pertenece a su verdadero oficio y por lo cual se les llama espirituales, y dice: «No hacen ninguna de estas cosas; por tanto, más bien son los no espirituales».

Mateo 2:9

172 En noveno lugar, son sin afecto natural. No quieren a nadie de corazón; es decir, no se interesan por nadie: dejan que cada cual se las arregle como pueda y vaya adonde quiera. Con tal de tener ellos lo suficiente, están satisfechos. Como ya se ha dicho, el deber del clero es atender las necesidades espirituales del pueblo y también cuidar de que a los pobres no les falte lo necesario para vivir. Ahora bien, es evidente que nadie en la tierra muestra menos interés por sus semejantes que el clero. Y todo esto lo causan la maldad ya mencionada, el amor al dinero, la ingratitud y la impiedad. Son un pueblo muy unido, empeñado en su propio provecho y ventaja, tanto en lo temporal como en lo espiritual.

173 ¿O hay alguien que llamaría bondad a que el papa y sus aliados derramen la sangre de tantos cristianos, a que inciten al mundo entero a la guerra, a que agoten, chupen y desuellen al mundo con sus indulgencias y con toda clase de bribonadas? Es, sin duda, una virtud muy hermosa en los gobernantes interesarse por sus súbditos y preocuparse de corazón por sus asuntos y necesidades en las cosas de este mundo; pero es una virtud todavía más hermosa que el clero haga lo mismo en las cosas espirituales, como lo haría si de veras fueran Osii. Pero ahora son anosii y astorgi: impíos y, además, sin afecto.

174 En décimo lugar, son implacables, no dispuestos a ayudar a otros. Aquí San Pablo ataca con vehemencia el santo derecho canónico, que tanto habla de privilegios, libertades y exenciones, y golpea el santo scrinium pectoris (el cofre del corazón) de Roma. La naturaleza y la disposición de Dios ordenan que las personas que han de vivir juntas en una comunidad se unan para llevar las cargas comunes sobre espaldas comunes y hacer el trabajo común con manos comunes. Así quedan unidas por cargas comunes. Sin hacer caso de esto, el papa y el derecho canónico tienen sus privilegia, libertates, immunitates, indulta, gratias: nada más que excepciones. Él y sus aliados se aprovechan de las ventajas que ofrece la comunidad, pero dejan a otros el trabajo común y el llevar las cargas comunes. ¡Sí, sería para ellos el mayor de los pecados seguir a San Pablo, renunciar a sus privilegios y ayudar a llevar las cargas de la comunidad! Y, sin embargo, ven claramente que tales libertades hacen que la gente los mire de reojo y con descontento, que con razón amargan el corazón de los demás y que, por tanto, son contrarias al amor fraternal.

175 Además, el santísimo padre, el papa, tiene poder, si algunos miembros del clero quisieran unirse o se hubieran unido a la comunidad, para romper todos esos lazos y absolverlos de sus juramentos y votos, alegando que se hicieron en perjuicio de la iglesia. Es fruto de la falta de afecto que nadie sino ellos haya de ser libre y rico, tener lo necesario y lo placentero de la vida y vivir sin la carga del peligro y de la preocupación.

176 Se eximen de las obligaciones que tienen como miembros de la comunidad y solo están sujetos al papa; por eso San Pablo los llama aspondos: los que se eximen a sí mismos, los implacables, que no sirven en nada a sus semejantes, pero quieren disfrutar del servicio de todos los demás; que quieren gozar de la ventaja en todas las cosas, pero rechazan la desventaja. Semejante estado de cosas no puede tolerarse en ninguna comunidad y es, en verdad, contrario no solo al amor cristiano, sino también a toda equidad y a toda razón.

177 En undécimo lugar, son dormilones y calumniadores. ¡Qué vicio tan terrible es este del que habla aquí San Pablo! Se encuentra con mucha más frecuencia en el clero que en otros hombres, y también entre aquellos que, a los ojos de la gente, tienen gran fama de ser personas educadas, honorables y de carácter recto. Fíjate nada más en la actitud que esta gente toma ante los pecados y faltas de los demás: cómo presumen de su amor y su bondad como ejemplos de buena educación, honor y rectitud; con cuánta seriedad se aplican a la justicia, como si en verdad no les faltara nada en cuanto al amor y la misericordia hacia su prójimo.

178 Para entender bien esto, hablaremos de ello con cuidado y despacio. En los vicios anteriores se ha mostrado qué actitud toman estos hombres hacia la persona y los bienes de su prójimo. Aquí nos dice en particular qué actitud toman hacia los pecados de su prójimo. ¡Oh, qué ciegos e ignorantes son en esto, cómo se dejan llevar por su propio gusto y su soberbia! Las Escrituras nos enseñan qué actitud tomar ante los pecados de nuestro prójimo, a saber, esta:

179 Primero, no debemos ser suspicaces, sino que debemos dar, si es de algún modo posible, la mejor interpretación a todo lo que vemos en nuestro prójimo que no sea un pecado manifiesto. Porque así escribe San Pablo en 1 Co 13:7: el amor «todo lo cree»; es decir, tiene la mejor opinión de todos y no sospecha de nadie; piensa que los demás obran y piensan como el amor mismo obra y piensa. El amor siempre tiene buena intención, aunque a veces sus acciones parezcan malas; por eso da la mejor interpretación a todo lo que hacen los demás, por malo que parezca.

180 Segundo, cuando la obra de nuestro prójimo es un pecado manifiesto y no puede interpretarse de otro modo, el amor obra así: si nadie más ha visto esa obra ni la conoce, el amor la callará y no la descubrirá; no se la contará a nadie y, si es posible, la cubrirá para que nadie más la sepa, y así preservará la honra de su prójimo. Pero el amor también lo reprenderá y orará por él, tendrá paciencia y misericordia con él, y pensará como pensaba cierto padre de la iglesia: él cayó ayer, yo puedo caer hoy; o bien: si él peca en esto, yo peco en otra cosa; ambos necesitamos la misma gracia. Por eso el amor perdonará y ayudará, así como también nosotros pedimos en oración ser perdonados y ayudados. Así nos enseña Cristo en Mt 18:15: «Por tanto, si tu hermano peca contra ti (es decir, en secreto, de modo que nadie más que tú lo ha visto), ve y repréndele estando tú y él solos». Y San Pablo, en Gá 6:1: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado».

181 Tercero, si el pecado de nuestro prójimo se ha cometido públicamente y no puede cubrirse porque ya lo conocen varias personas, el amor volverá a obrar así: guardará silencio, no contará ese pecado a nadie más, sino que irá y lo dará a conocer a su superior, a quien corresponde reprenderlo, y con eso se dará por satisfecho; luego orará por él y tendrá misericordia de él, como antes. Así leemos en Gn 37:2 que José informó a su padre Jacob de la mala fama que corría acerca de sus hermanos. No contó una acción secreta de ellos, sino, como dice el texto, la mala fama de ellos, lo cual muestra que su acción ya no era un secreto, sino que se había hecho pública y andaba en boca de la gente.

182 Compara con esto lo que hacen ahora estos amantes de la disciplina y del honor. En primer lugar, como en secreto se tienen en tan alta estima y están tan satisfechos de sí mismos, creen que nadie obra y piensa tan bien como ellos. Son la gente más suspicaz de la tierra, llena de cuidados y temores innecesarios de que nadie haga bien las cosas, y dan la peor interpretación a todo; y aun cuando una obra es buena, piensan de todos modos que la intención es mala. Entonces buscan y cavilan minuciosamente la intención que alguien pudiera tener, y no se quedan tranquilos hasta haber oído algo malo de su prójimo. ¡Oh, cuántas personas respetables y honorables son adictas a este vicio! Y a veces de verdad parece como si en ellos no fuera más que prudencia y miedo a ser engañados. Pero la prudencia considera el peligro que podría presentarse y se protege de ser rebajada, y habla abiertamente: «Creo que no tienes malas intenciones, pero todos somos humanos; tú puedes cambiar y equivocarte igual que yo», etc. La sospecha, en cambio, solo considera la obra presente, sin pensar nada bueno de ella, y no el peligro que podría presentarse; considera ya malo lo que la prudencia tiene por bueno y para lo cual busca medios que impidan que se vuelva malo.

183 Segundo, cuando la sospecha ve en secreto la mala obra del prójimo o se entera de ella, se alegra, porque ahora puede mostrar lo piadosa que es ella y lo malos que son los demás, cuánto ama la justicia, el decoro y el honor. El pobre publicano tiene que someterse al fariseo; Noé tiene que soportar que su hijo Cam vea su desnudez. Sí, solemos decir: «¡Qué hombre tan honorable y piadoso es este! Ahora todo el mundo tiene que enterarse de la mala obra de este prójimo». Algunos se complacen mucho en oír y hablar de los pecados ajenos y dicen: «Sí, es verdad». Este vicio ha tomado proporciones mayores de lo que nadie cree, sobre todo entre los que parecen personas honorables y bien educadas. Aquí no hay nadie que encubra, nadie que reprenda, nadie que corrija, nadie que interceda; sino que todos calumnian y difaman, ¡y aun así son gente santa y espiritual!

184 Tercero, cuando quieren reprender o acusar a otro, lo tratan con tan poca misericordia como si ellos mismos no necesitaran ninguna gracia y como si jamás hubieran cometido pecado alguno. No se lo dicen a su superior, sino que lo vilipendian públicamente ante quienes antes no sabían nada. Aquí el amor a la justicia se compra a un precio muy alto, porque con ello se le roba al prójimo su honra y se le deshonra. Aquí no les importa que lo empujen a la desesperación, que arriesgue su cuerpo y su alma, que se convierta en un hombre desesperado. Ellos han reprendido el pecado como gente piadosa y honorable; en cuanto a la enmienda, que otro se encargue de eso. Lo arrojan de sí como a alguien que siempre será un inútil. ¡Oh, qué montón insensato de gente santa y honorable! No tienen escrúpulos de conciencia; se van a orar como si hubieran cumplido bien con su parte. ¡Mira! A este vicio añaden los mencionados antes: son jactanciosos, amadores de sí mismos, y también sin afecto natural, implacables; no se preocupan por nadie, no sirven a nadie y solo buscan su propia honra, para vergüenza y perjuicio de los demás. Por eso San Pablo los llama aquí diabolus, calumniadores, difamadores, que no conocen otra manera de tratar los pecados de su prójimo que deshonrarlo con ellos y robarle públicamente su buen nombre, para que solo a ellos se los tenga por hombres piadosos, bien educados y honrados. Porque si fueran misericordiosos y de buen corazón, procurarían enmendar a su prójimo, y no difamarlo ni desecharlo, sino destruir su pecado.

185 San Pablo los ha descrito, en verdad, a la perfección; porque la experiencia enseña con qué locura el clero y los hombres de esta clase se empeñan en escuchar los pecados y la vergüenza de otras personas, en burlarse de ellos, en hablar de ellos y en divulgarlos, de modo que en verdad merecen el nombre de diaboli o diablos. San Pablo usa siempre esta palabrita diabolus en este sentido, aunque algunos la usan para referirse al diablo, cuya naturaleza también es exponer, divulgar y agrandar los pecados de la gente. Pero cuando San Pablo habla del diablo, suele decir Satanás. Así dice en 1 Ti 3:6: un obispo no debe ser «un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diabolus», es decir, del calumniador, para que este no tenga ocasión de juzgarlo mal, etc.

186 En duodécimo lugar, son impúdicos. ¿Cómo podría ser de otro modo, si llevan una vida tan altiva, libre, segura, ociosa, alegre y licenciosa? ¿Cómo es posible que permanezcan castos, entregados a todos los vicios ya mencionados, cuando apenas lo logran quienes llevan una vida irreprochable y virtuosa? Ahora bien, es públicamente sabido que este vicio existe entre ellos: se entregan a él sin medida y, sin embargo, quedan impunes. Pero de esta impureza nadie es responsable sino el papa, porque ha prohibido al clero casarse. Si se les permitiera casarse, muchos se apartarían de los vicios, aunque muchos de ellos se verían obligados a escoger otra vocación. El espíritu maligno lo sabía bien, y para que ese vicio se afianzara, movió al papa a prohibir el matrimonio. Así se ha originado esta peculiar institución, que tanto les agrada a ellos. Y, por último, los ha engañado con este pretexto: que no reconocen, ni lamentan, ni se arrepienten de los once vicios descritos antes, sino que los tienen por rectos y virtuosos, y con ellos entran en el cielo. Pero este duodécimo vicio es tan burdo que no pueden negarlo. Aquí sí hacen penitencia y lo confiesan, y con ello quedan otra vez blancos como la nieve; igual que una puerca que se revuelca en el lodo con todo el cuerpo, pero mantiene limpias solo una oreja y unas cuantas cerdas del lomo.

187 En decimotercer lugar, son crueles; es decir, son gente del todo no probada, no disciplinada, sin experiencia, que no entiende de ninguna vergüenza; en cuanto los tocas, pierden los estribos. Y todo esto tiene que resultar de la vida desenfrenada en que se han criado. Así como un niño al que se le ha dejado hacer lo que le daba la gana se vuelve tosco y áspero como un nudo, así también ellos son gente inflexible, sin mansedumbre, insoportable. Están acostumbrados a ser honrados, a recibir en abundancia, a salirse con la suya y a quedar impunes; por eso, si algo distinto se les atraviesa en el camino, no lo toleran. Pero si estuvieran bajo disciplina como los demás, muchas veces tendrían que ceder y abstenerse de lo que ahora hacen libremente, y sin duda se volverían más blandos y apacibles, de modo que uno podría llevarse mejor con ellos. Este vicio también es muy manifiesto, sobre todo en los monasterios, donde se llaman a sí mismos pas-donates, es decir, los que se enojan fácilmente.

188 En decimocuarto lugar, no aman lo bueno; es decir, no les importa el bien, se desentienden por completo de hacer buenas obras y proceden como si no necesitaran buenas obras y como si conocieran otro camino mejor al cielo. Porque sostienen que son tan sobreabundantemente ricos en buenas obras, por decir misa y rezar sus horas, que hasta pueden vendérselas a otros. Sencillamente no conocen otras buenas obras que sus propias obras, impuestas y escogidas por ellos mismos, acerca de las cuales Dios no ha mandado nada. Los más piadosos hacen su testamento al morir, fundan misas y vigilias, aumentan los estipendios de los clérigos oficiantes y acrecientan los bienes y el culto de la santa iglesia. Esas son sus buenas obras; fuera de eso, toda su vida no sirve para nada ni beneficia a nadie. ¿O llamarías buena obra a que le saquen el dinero a la gente pobre, como hacían los judíos, practiquen la usura en todas las tierras e impongan tributos a cada casa y a cada cabeza? No creas que alguna vez darían sin recibir nada a cambio, o prestarían sin interés; al contrario, tienen que juntar para sus testamentos y sus misas por las almas. Por eso ha llegado a ser proverbio que el testamento de un cura es una salchicha, sigue siendo una salchicha y será una salchicha. Así la herencia pasa de un testador a otro, una y otra vez, de modo que los bienes no llegan a servir de provecho a la gente pobre. Lo mismo ocurre con las otras buenas obras, como visitar a los enfermos, vestir al desnudo, consolar al abatido y cosas semejantes: servir y ser de provecho al prójimo no es para ellos ni motivo de preocupación ni acto de culto. Se atienen a sus misas y a sus aullidos en la iglesia, y hacen de la misa una buena obra y un sacrificio. Eso no les cuesta ni trabajo ni dinero, sino que les trae dinero y les asegura días ociosos y buenos.

189 Luego pasan a hablar de dos clases de obras de misericordia, las espirituales y las corporales, y dicen: «Las espirituales son mejores que las corporales». Por eso desprecian las corporales como inferiores y se atienen a las espirituales como superiores; y así, en secreto y sin darse cuenta, se apartan de los caminos y los mandamientos de Cristo. Las obras espirituales de misericordia, dicen, son la misa y lo que ella manda; por lo tanto, lo que no es misa ni vigilia es vil a sus ojos. Así olvidan y desprecian por completo las buenas obras. Dime, te ruego: ¿cómo podría el diablo engañarlos mejor que enseñándoles a llamar a su misa y a su oración obras espirituales y mejores que las corporales, que Cristo mandó, y que nada sabe de sus obras espirituales?

190 Por eso el apóstol los ha retratado con toda claridad cuando les reprocha su falta de interés por las buenas obras. No dice que no sepan qué son las buenas obras, sino que no les importan. Porque saben muy bien que Cristo las ha mandado; sí, ellos mismos confiesan que hay obras corporales de misericordia. Pero luego vienen con su interpretación y las destruyen con sus buenas obras espirituales. Mi querido amigo, mira todos los conventos y monasterios y dime quién saca de esta gente provecho siquiera por valor de un centavo. ¿A quién sirven? ¿A quién ayudan? Dicen hacer solo obras espirituales de misericordia, que no son otra cosa que sus misas idólatras y sus viles berridos y murmullos en las iglesias. A esto ellos mismos lo llaman buenas obras espirituales, pero Dios no, pues ciertamente no son más que un fantasma del diablo.

191 Ahora bien, esto tal vez podría soportarse si solo ellos se fueran con ello al infierno; pero esta chusma maldita arrastra a la condenación al mundo entero. Porque otros aprenden de ellos a despreciar las buenas obras, y los siguen y obedecen en misas, vigilias, oraciones, ofrendas a los santos y otras buenas obras satánicas semejantes. Así sucede que ellos viven en la ociosidad y la pereza, que no se les permite hacer el bien a nadie, sino que dejan que otros les hagan el bien y les den, de modo que todos se unen a ellos en sus buenas obras espirituales y dejan sin hacer las buenas obras corporales. Nadie ayuda a otro, sino que cada uno se empeña en hacer esas buenas obras espirituales. Son buenas obras espirituales, sin duda, pero no obradas por el Espíritu Santo, sino por el espíritu maligno.

192 ¡Oh, cuántos miles de veces más bendito es el estado del matrimonio o cualquier oficio secular! Porque la vida de casado exige buenas obras para con los hijos y los criados. Un hombre casado tiene que ser, por necesidad, de provecho corporal para otros tanto como para sí mismo; y un gobierno secular sin duda tiene que ser de algún provecho para sus súbditos. Los criados, las criadas y todos los súbditos tienen que ser de algún provecho y servicio para otros. Pero esta chusma miserable no es de provecho para nadie en este mundo, sino que quiere que todos sean de provecho para ella, y está ahogada en su desprecio por todo lo que es bueno. Y aun así oran y dicen misa por otras personas, como si la oración y la misa se les hubieran encomendado solo a ellos y no a toda la congregación. ¡Oh Señor Dios, mira esta conducta maldita y este culto divino pervertido!

193 En decimoquinto lugar, son traidores. ¡Ay, San Pablo! ¿Adónde vas? ¿Cuándo vas a parar? ¡Cómo muerdes, picas y golpeas tan terriblemente a esta tierna multitud de oídos delicados! ¿De veras son traidores de la raza de Judas, que vendió a Cristo? ¿En qué se han hecho culpables? Un traidor acepta dinero o favores y con buenas palabras lleva a su señor o a su amigo al peligro y a la muerte; así como Judas aceptó dinero y con un saludo amoroso y un beso entregó al Señor en manos de sus enemigos. Esto mismo hacen continuamente el papa y su clero en lo espiritual: toman los tesoros del mundo entero y dan a cambio indulgencias; y sus predicadores predican a la gente pobre sus mentiras sobre las indulgencias y las obras falsas, y con buenas palabras los llevan de la fe a las obras, para que pierdan a Cristo y caigan en las redes del diablo. Esta es, en verdad, una traición grande y abominable contra todas las almas del mundo. Pero, con todo, es espiritual. Sin embargo, hay que entender que San Pablo se refiere también a la traición corporal.

194 Muchas veces podemos leer cómo los papas, con sus palabras melosas, incitaron a reyes y príncipes unos contra otros y contra los turcos, prometiéndoles el cielo, y así destruyeron su cuerpo y su alma y llenaron el mundo de sangre de cristianos. Y siguen traicionando todavía de este modo a la gente pobre cuando les place: predican y mandan predicar cuán sagradas son las guerras que se hacen por los tesoros espirituales y por la iglesia. Sin embargo, solo se preocupan de su vientre, y su predicación no es más que mentiras. En cuanto al papa mismo, siempre ha sido pérfido en su trato con emperadores y reyes, como lo prueba abundantemente la historia. Y en esto los obispos y el clero están de su lado y lo ayudan; de otro modo no habría podido lograrlo. La perfidia es tan común entre todos ellos que el apóstol con razón los llama traidores. Y seguirán traicionando y vendiendo a emperadores y reyes cada vez que se les presente la ocasión, porque de otro modo no pueden someterlos ni dominarlos. Ahora tienen que ponerse de parte de uno, ahora de otro, para someterlos uno tras otro y así conservar su poder.

195 Y en esto no tienen escrúpulos de conciencia; al contrario, es un gran mérito, porque quien se pone de parte del santísimo padre, el papa, no es traidor, sino un hijo obediente de la iglesia cristiana. Así como han traicionado corporalmente a reyes, países y pueblos, así también se traicionan espiritualmente unos a otros: se dejan llevar a la traición con palabras melosas, como si fuera un acto de culto, y reciben como recompensa la bendición y la gracia del papa, y ayudan a traicionar al mundo entero. ¿Ves con qué claridad vio San Pablo todas estas cosas mucho tiempo antes y con cuánta exactitud describe el estado de cosas tal como existe ahora y como ya ha existido desde hace mucho? No ha errado ni por un pelo.

196 En decimosexto lugar, son impetuosos; es decir, cometen su traición y todos sus vicios libremente, con seguridad, con osadía, sin ninguna timidez ante los hombres y sin ningún temor de Dios, como si les fuera imposible equivocarse o como si nadie los viera que pudiera juzgarlos y castigarlos. Son gente de lo más temeraria, sedienta y presuntuosa en todo lo que emprenden. Como se han liberado de todos los deberes y obligaciones, no se les ocurre nada que no emprendan con audacia y avidez, con tal de tener la oportunidad y el derecho de hacerlo.

197 Este vicio lo encontramos sobre todo en el papa, que se deja llamar plenitudinem potestatis (poder absoluto), e igualmente proprium motum et certam scientiam (voluntad absoluta y conocimiento infalible). Los demás también son adictos a este vicio, y lo llaman zelum veritatis et justitiae, reverentiam ecclesiae (celo por la verdad y la justicia, y reverencia a la iglesia), y cosas semejantes. Si una vez tienen a alguien bajo su influencia, ¡cuidado!, no hay allí más que pura malicia y sed.

198 En decimoséptimo lugar, son infatuados, tienen un corazón grande e hinchado. Esto se sigue con toda naturalidad del vicio que acabamos de mencionar, su impetuosidad. Porque cuando han cometido traición y toda maldad de la manera más desvergonzada, se jactan de ello, lo pregonan y dicen: «¿Quién nos va a castigar por eso? ¿Quién nos va a detener? ¿Quién nos va a juzgar por ello? No tenemos obligaciones con nadie; nosotros podemos juzgar y castigar, pero nadie ha de juzgarnos ni castigarnos». Así, no solo quieren tener libertad para hacer toda clase de bribonadas, sino que desafían a los que quisieran detenerlos, y quedan sin ser juzgados. Uno ha de callarse al respecto, llamarlos jóvenes señores clementes y dejar que hagan todo el daño que quieran al cuerpo, al alma, a los bienes y a la honra de todo el mundo.

199 Acerca de este vicio escribe también San Pablo, 2 P 2:18, que quieren quedar impunes, «hablando palabras infladas y vanas», como si tuvieran la garganta hinchada. Muchas leyes del derecho canónico del papa son de esta clase, porque en ellas se hincha como una víbora y desafía al mundo entero: nadie ha de entrometerse en nada de lo que él haga, ni juzgarlo a él ni a sus asociados. Y todo el clero sigue su ejemplo: también ellos son altivos y ampulosos, no se dejan juzgar por nadie, amenazan con rayos, truenos y veinticuatro infiernos, como enseña la experiencia. Porque San Pablo no dice nada de ellos que no hayan cometido públicamente; y así cumplen rica y abundantemente las palabras de San Pablo.

200 En decimoctavo lugar, son ciegos. ¡Cuidado, santo apóstol, cuidado! Estos son los doctos y las lumbreras del mundo, que tienen poder para hacer nuevos artículos de fe y sin los cuales nadie puede atreverse a interpretar las Escrituras. Tú quisieras armar un alboroto e incitar a los laicos contra el clero; entonces el culto divino se pondría patas arriba, y los cielos, que descansan solo sobre ellos, se vendrían abajo con toda seguridad. Más te vale callar, o reprender solo a los laicos; porque reprender al clero no trae ningún bien, fomenta el descontento en el pueblo y hace que desprecie la autoridad espiritual. Tampoco estos sujetos se van a reformar con tus amonestaciones; solo se enojan y se vuelven peores que antes; quisieran ponerte bajo anatema, condenarte y quemarte como hereje.

201 Pero ¿por qué son ciegos? ¿Por qué se ocupan de tales necedades, cuya inutilidad ven hasta los niños y los tontos? No ven una chispa de la verdadera luz de la fe y del evangelio. Tinieblas egipcias se han asentado tan espesas sobre ellos y dentro de ellos que casi pueden palparse; y, sin embargo, las tienen por puras virtudes. Ahora la virtud más alta de los obispos es ser grandes y toscas cabezas de asno sin letras, que tienen por vergüenza ser verdaderamente doctos.

202 En decimonoveno lugar, son «amadores de los deleites más que de Dios». En esto el apóstol coincide con el refrán popular: «El clero se da buena vida». Si hay en la tierra una vida de placeres sensuales, es la suya; porque viven sin trabajar, cosechan los frutos del sudor y la sangre de otros, llevan una vida perezosa, comen y beben lo mejor de lo mejor, se visten con las telas más finas, tienen las mejores tierras y casas y, además, las mozuelas más hermosas, o cualquier otro placer y diversión, de modo que comúnmente se dice: «Las cosas buenas son del clero».

203 Pero la santa cruz, que Cristo pone sobre todos sus seguidores y que no puede conciliarse con el placer sensual, la han pervertido de manera magistral: la han engastado en plata, porque así puede llevarse con más facilidad y no causa dolor; sí, han vendido sus besos y su bendición, y se ha convertido en útil sirvienta del placer sensual. Pero en su corazón la querida cruz no puede entrar, ni se atreve a tener nada que ver con su vida; porque su libertad, su sed, su desprecio y su pompa han levantado una barrera entre ellos y la cruz. Y aun así llevan la cruz del Señor en plata para alabanza de él y con ello se van al cielo. Si el Señor les dijera ahora: «Yo mismo he llevado mi cruz y no les he mandado a ustedes llevarla; que cada uno de ustedes lleve su propia cruz y me siga», entonces quizá volverían a burlarlo inventando una cruz doble, como han inventado obras de misericordia dobles, y dirían que la cruz de Cristo es mejor que la suya; que por eso se han atenido a la mejor y han abandonado su propia cruz, para poder llevar honrosamente la de él; sí, para honrarla y adorarla como su ídolo. Así es como ahora, por desgracia, guían a esta pobre gente y le enseñan a adorar madera, plata y oro, hablándole de su relación con Dios por medio de la cruz; como si el pobre hombre común pudiera entender sus sutiles bufonadas cuando reza a la santa cruz. Son enemigos de la cruz de Cristo: esa es la suma y sustancia de todo.

204 En vigésimo y último lugar: «tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella». ¡Con qué dureza procede el apóstol y se adelanta a una pregunta y objeción de peso, a saber, que alguien diga: «¿Cómo es posible esto? Oran y cantan tanto, dicen misa a diario y celebran el culto divino con gran pompa y honra. Y así el clero ha vivido siempre en obediencia, pobreza y castidad bajo sus santas órdenes y reglas»! A todo esto, y a cualquier otra cosa que todavía se pueda alegar, el apóstol responde brevemente y dice: No es más que apariencia, brillo y color, bajo los cuales se cubren, se adornan y se engordan tan abominables vicios; porque todas sus cosas son escogidas e inventadas por hombres y no mandadas por Dios. Por eso abandonan los mandamientos de Dios y se aferran a sus propias necedades, y son verdaderos electores, que no hacen la voluntad de Dios, sino lo que ellos mismos han escogido. El mismo Señor Jesús, en Mt 24:15, menciona brevemente todos estos vicios, bajo tal apariencia, y los llama abominación, y dice: «Por tanto, cuando veáis ... la abominación desoladora», etc. Porque es una abominación que con razón causa horror a todos que bajo una apariencia tan pequeña crezcan y florezcan vicios tan grandes, feos y escandalosos.

205 Habla también con mucha inteligencia: niegan el poder o la fuerza de la vida piadosa, que es más sencilla y más severa. Carecen del poder y la actividad de una vida piadosa; la niegan y la combaten. Pero qué significa esto lo consideraremos más adelante, cuando volvamos a Herodes y hablemos de su culto. Baste ahora con que se reconozca a San Pablo en este texto y veamos cómo concuerda con el evangelio. Porque aquí los magos buscan y tienen las Escrituras con intención sincera, y Herodes también las tiene, pero solo en apariencia y con mala intención, a saber, para estorbarlos a ellos por amor de su reino, como también hacen los papistas. Por eso consideraremos el texto de San Pablo hasta el final.

206 Dice: «¡Cuidado! A éstos evita». Aquí nos advierte que nos guardemos de este gobierno y de estas órdenes clericales, y nos da permiso, sí, nos manda dejarlos si hemos caído en sus redes, como oiremos; abre de par en par todos los monasterios y conventos y deja libre a todo sacerdote y monje. Así también enseña Cristo, en Mt 24:16, a huir de ellos y evitarlos.

207 Además, retrata a algunos de ellos en particular cuando dice: «Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias. Estas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad». ¿Quién puede interpretar esto de otro modo sino que aquí se refiere a las órdenes mendicantes, que el apóstol previó aquí con claridad? Ellos son los que siempre se han metido en las casas. San Pablo llama casa a lo que ahora llamamos iglesia, porque en su tiempo no había iglesias, sino que los cristianos se reunían en casas, así como puede ocurrir ahora que diez o veinte vecinos se juntan, predican, oran y todos reciben el sacramento.

208 Así también estas órdenes mendicantes se meten ahora en las iglesias parroquiales que no les pertenecen y predican allí sus sermones. Este derecho se lo ha dado el papa en virtud de su propia insolencia y poder. Lo otro es que casi toda la confesión la gobiernan solo ellos. También este privilegio se lo ha dado el papa en virtud del mismo poder con el que les ha permitido meterse en las casas. Esto es de verdad un juego del diablo, y las mujeres se adhieren a él, sobre todo las que ya son culpables de transgresiones graves, como dice aquí San Pablo: cargadas de pecados. Porque cuando estas mujeres necias están turbadas en su conciencia y no saben cómo ayudarse ni aconsejarse, van y derraman sus penas ante el sacerdote y piensan que todo está bien. Pero entonces quedan atrapadas, y dan y llevan todo lo que tienen y pueden. Y luego vienen los santos padres, predican y exhortan al pueblo a confesar sus pecados, citando muchos ejemplos de mujeres que estaban en perdición y que, aparecidas después de muertas, declaran que fueron condenadas por haber descuidado la confesión; y profieren mentiras papistas tan enormes que hasta las piedras tiemblan y sudan.

209 Si observas con atención estos ejemplos que aducen, descubrirás que solo las mujeres han sido condenadas por descuidar la confesión, y no los hombres; de modo que se ve claramente que un gran archibribón inventó estos ejemplos, deseoso de conocer los secretos del corazón de las mujeres. Viendo que las mujeres, por su natural pusilanimidad, son por naturaleza más vergonzosas que los hombres, se dijo: «Les daré un buen consejo y por medio del miedo a la confesión llegaré a conocer su corazón»; y con ayuda del diablo lo consiguió. Pero con ello ha enredado y condenado a muchas conciencias que, por la vergüenza y la timidez que no pudieron vencer, no se confesaron, y sin embargo pecaron con ello contra su conciencia, porque creían que era necesario confesarse y no lo habían hecho. Porque como tú creas, así te juzgará Dios; si crees que es tu deber hacer algo y no lo haces, pecas. Estoy convencido de que un bribón así, que con tales ejemplos enreda y condena conciencias por medio de una fe falsa, merece que no solo su cuerpo, sino también su alma, sea despedazado y molido por todos los diablos en cien mil pedazos. ¡Qué horribles asesinatos de almas cometen en todo el mundo estos traidores infernales y mentirosos papistas! ¡Oh, llore quien pueda llorar por tan lamentable destrucción de las pobres almas!

210 Cuando las pobres mujeres tímidas, que por naturaleza son sencillas y crédulas y quieren ser devotas y piadosas, oyen un sermón así, se dejan atrapar; y cuando buscan consejo y ayuda en su padre espiritual, ese asno tosco y guía ciego no sabe decirles nada de Cristo ni de la fe, sino que se pone a enseñarles que deben expiar sus pecados con satisfacciones y obras. Entonces comienza el tormento del que habla aquí San Pablo: así, siempre están aprendiendo y nunca llegan al conocimiento de la verdad. Por eso la conciencia de la mujer no halla descanso; sus pecados la oprimen y la torturan; quisiera verse libre de ellos y no puede. Entonces sucede lo que dice San Pablo, que son arrastradas por diversas concupiscencias: empieza a ayunar a pan y agua, hace peregrinaciones descalza a los santos; algunas se azotan hasta que corre la sangre, otras dan aquí a la iglesia y allá al cáliz, y sus diversos deseos no tienen fin ni medida. Todo lo que oyen que es bueno para expiar sus pecados lo intentan hacer con toda seriedad, pero no hallan descanso. Mientras tanto, el santo padre espiritual está sentado y descansa, habiendo atrapado a las pobres criaturas, que para él no valen más que otras tantas vacas lecheras. Y una vez atrapadas las mujeres, pronto también los hombres quedarán atrapados, y habrá que hacer lo que la confesión secreta les imponga.

211 Si quieres predicar correctamente la penitencia libre, di así: «Queridas mujeres, si alguna está cargada de pecado, que se confiese si quiere; se confiese o no se confiese, que tenga una fe firme en que Cristo le perdonará sus pecados, y que se los confiese a él en secreto, con plena y sincera confianza en su gracia, que él ha prometido a todos los que la desean, sin dudar jamás; y entonces sus pecados le están ciertamente perdonados. Luego apártense de ellos y hagan buenas obras para con su prójimo que las necesite: inviten a los pobres, lávenles los pies y sírvanles con humildad». ¡Mira! Este es el camino correcto para rescatar a una mujer pecadora, y puede hacerse sin cargar la conciencia, con buena voluntad y con gozo, como agrada a Dios. Pero si se hiciera esto, estos hombres que asesinan almas y aterran espíritus perderían el centavo de la confesión, la vaca lechera se secaría y las pobres conciencias quedarían libres, y ya no serían llevadas de acá para allá por su enseñanza y su predicación interminables. Pero esto le dolería al santo clero; sí, tendrían que morirse de hambre. Porque no sin razón ha mencionado el apóstol a las mujeres cargadas de pecados, pues a las otras, las inocentes, no las molestan con tales ejemplos, enseñanzas y encarcelamientos diabólicos. Para que esta leche no disminuya, tienen que infundir tal espanto en las conciencias, sobre todo en las mujeres que se dejan engañar fácilmente; y eso, en particular, cuando están cargadas con una conciencia mala y pecadora. Porque entonces no hay nada que no obedezcan, y nunca se les puede imponer demasiado. Con el tiempo se vuelven almas inconstantes y al final desesperadas, que han aprendido a consolarse no con la gracia de Dios, sino con sus propias obras, y quieren que sus pecados les sean quitados no por medio de la fe, sino por medio de la satisfacción; y eso es imposible.

212 Nos piden que tengamos consideración con el clero, que no lo reprendamos ni lo censuremos, sino que lo honremos y lo excusemos. Sí, si solo ellos fueran malos y solo se arruinaran a sí mismos, bien podría yo callarme; pero su gobierno destruye al mundo entero. Quien calla ante esto y no arriesga su cuerpo y su vida no es un verdadero cristiano, y no ama la salvación de su prójimo como la suya propia. Si tan solo pudiera arrancar las almas de las fauces del infierno, entonces reprendería con más moderación. Ellos le prenden fuego a la ciudad y dicen que yo no debo gritar «¡fuego!» ni apagar las llamas. «Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová», dice Jeremías en Jer 48:10, «y maldito el que detuviere de la sangre su espada». Dios quiere que golpeemos con vigor con nuestras espadas, que corra la sangre; el que hace la obra con infidelidad es maldito. Ellos, en cambio, quieren que se los trate con blandura y con mucha indulgencia. ¡No así, querido amigo!

213 San Pablo dice además: «Y de la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también éstos resisten a la verdad». Aquí no habla solo de las órdenes mendicantes, sino también de los miembros del clero antes mencionados, que resisten a la verdad y no permiten que el pueblo sea sacado de su gobierno de miedo al conocimiento de la fe libre. Cualquiera puede ver ahora que temen que su gobierno y su tiranía sean suprimidos. Así sucedió cuando los hijos de Israel estaban oprimidos en Egipto por el rey Faraón, y Dios envió a Moisés para librarlos. Moisés hizo dos milagros para probar que Dios lo había enviado; entonces dos de los magos del rey Faraón, Janes y Jambres, hicieron los mismos milagros, y con ello detuvieron al rey e hicieron ineficaces los milagros de Moisés, de modo que los israelitas tuvieron que quedarse hasta que se hizo el tercer milagro. Este no pudieron hacerlo los magos, y entonces se supo que ellos estaban equivocados y que Moisés tenía la razón.

214 Así ha sido siempre: los tiranos en medio del pueblo de Dios siempre han tenido una apariencia; actúan como si fueran los verdaderos santos. Así estorban y detienen a los sencillos, para que no puedan llegar a ser libres; porque estos son débiles de conciencia y no pueden distinguir con claridad entre la apariencia y la realidad, entre el pretexto y la verdad. Por eso el pueblo siempre quedará atrapado por la apariencia y el pretexto, y la verdad es estorbada y detenida. Así fueron detenidos los magos en Jerusalén por Herodes, que fingía escudriñar las Escrituras. Y ahora el boato clerical también impide que la gente llegue a la fe y a la verdad, porque tiene buena apariencia y se parece mucho al culto verdadero. San Pablo dice además:

215 «Hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe». Aquí puedes ver lo que realmente son: su entendimiento y su imaginación están corrompidos. Porque insisten en que lo que ellos hacen es lo correcto y que no hay otra cosa, y sin embargo no saben nada de la fe. Solo la verdadera fe puede formar entendimientos incorruptos y vírgenes espirituales. Enseña una imaginación correcta y un buen entendimiento quien insiste en que solo la gracia de Dios es nuestro consuelo. El que no tiene este sentir es tan cristiano como la ramera es virgen, aunque haga las buenas obras de todos los santos. Donde hay un entendimiento tan corrompido, hay poca esperanza de que lleguen alguna vez a la verdadera fe; sobre todo cuando han llegado al punto de oponerse a la verdadera fe y se dejan corromper después de que la verdadera fe fue plantada en ellos por el bautismo.

216 Además: «Mas no irán más adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos». Así les irá también al papa y a nuestro clero: la verdad permanecerá y será tan fuerte contra ellos que su vana apariencia y sus bribonadas tendrán que quedar al descubierto, aunque se enfurezcan y se agiten y tengan de su lado a cuatro mil emperadores turcos. La apariencia y la mentira no pueden prevalecer al final, porque eso es imposible, aunque puedan salvarse y mantenerse por un tiempo. Baste ahora con esto acerca del texto de San Pablo, y volvamos al evangelio y a su interpretación.

217 Que Herodes llamara a los magos y averiguara de ellos en secreto cuándo había aparecido la estrella indica que los Herodes espirituales no niegan exteriormente el evangelio, sino que lo aprenden de los verdaderos cristianos, aunque solo con la intención de usarlo para hacer daño; así como Herodes quería aquí usar el tiempo en que apareció la estrella para matar a Cristo y afianzar su propio reino. Así también ahora, cuando presentamos el evangelio a nuestro clero, no niegan que sea el evangelio: lo oyen y lo aceptan. Pero niegan que ese sea su sentido correcto; dicen que tiene una glosa y una interpretación que no hemos de recibir de nadie sino de ellos, y que todos deben reconocer su interpretación. Así no niegan el evangelio, sino que lo despojan de su poder, y bajo el nombre y la apariencia del evangelio enseñan sus propios sueños. A esto San Pablo, en 2 Ti 3:5, lo llama: «tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella». No dice que carezcan del poder de la esencia divina, aunque también eso es verdad; sino que dice, con mucha más fuerza, que lo niegan. Con ello nos da a entender claramente que son impíos no solo en su vida y conducta, sino también en su doctrina y gobierno; que con su vida se apartan a sí mismos, y con su doctrina apartan a otros, del evangelio y de la salvación. Esto hacen ahora el papa y el clero en todos sus sermones. Aunque gritan a voz en cuello: «¡Evangelio! ¡Evangelio!», niegan, condenan y maldicen todo lo que hay en el evangelio, con todo su contenido. Igual que Herodes se informó de la estrella, pero procuró destruir todo lo que la estrella significaba. Consideraremos ahora algunas de sus doctrinas, y guardémonos de ellas.

218 El evangelio enseña que la salvación es solo por la fe. Esto lo oyen y no lo niegan; sin embargo, destruyen todo su poder diciendo que la fe sin obras es inútil. Así se apartan en secreto de la fe a las obras, y públicamente condenan la fe y lo atribuyen todo a las obras. Por eso conservan la palabrita fe solo en apariencia, y niegan, condenan y maldicen todo lo que es propio de la fe, y empiezan a dividirla en muchas partes: unos dicen que hay una fe natural, otros una espiritual; unos, una común; otros, una particular; unos, una simple; otros, una compleja; y ellos mismos, estos guías ciegos, saben menos de lo que están barajando que cualquier tonto de nacimiento. El evangelio no sabe nada de su fe múltiple; solo tiene una, que se funda en la pura gracia de Dios, sin ningún mérito de obras. De esta no tienen ni la menor idea; sí, la condenan como la peor herejía, y aun así dicen que van a defender el evangelio y la fe cristiana.

219 Asimismo, el evangelio dice que Cristo es nuestro Salvador. Esto lo oyen, pero luego desatan y debilitan toda obra, manera y atributo propio de Cristo, por cuanto enseñan públicamente que el hombre puede ganar la gracia de Dios por medio de sus fuerzas y obras naturales. Por eso condenan a Cristo y todas sus obras, como San Pedro profetizó de ellos en 2 P 2:1: «habrá entre vosotros falsos maestros, ... y aun negarán al Señor que los rescató». Porque si la naturaleza misma puede alcanzar la gracia de Dios, como ahora sostienen y enseñan, de acuerdo con el papa, todas las universidades, fundaciones y conventos, entonces Cristo nació y murió en vano. ¿Por qué habría de derramar Cristo su sangre para adquirirnos la gracia, si nosotros mismos, por nuestra naturaleza, hubiéramos podido adquirirla? Y, sin embargo, quieren ser cristianos y enarbolan en alto el nombre de Cristo, y bajo su apariencia vilipendian y condenan como herejía toda la esencia cristiana.

220 Asimismo, el evangelio enseña que la ley de Dios es espiritual y que de ningún modo puede ser cumplida por la naturaleza, sino que el Espíritu de Dios tiene que cumplirla en nosotros por medio de la fe (Ro 8:2-3). Ellos no niegan ni el Espíritu ni la ley, pero aun así destruyen todo su poder, y enseñan que el hombre, sin la ayuda del Espíritu, puede cumplir la ley naturalmente en todas sus obras, aunque con ello no pueda ganarse el cielo. Esto no es otra cosa que negar el poder de la ley y del Espíritu, conservando solo el nombre.

221 Luego siguen adelante y despedazan la ley de Dios allí donde la creen demasiado difícil para la naturaleza, y hacen de ella cosas superfluas e innecesarias: por ejemplo, que no es necesario ni está mandado que amemos a Dios con todo el corazón, ni que demos la capa junto con la túnica; asimismo, que no debemos ir a juicio; asimismo, que debemos prestar y dar a todos sin provecho ni ganancia; asimismo, que debemos sufrir el mal y hacer el bien a nuestros enemigos, etc. Así han destruido la verdadera naturaleza del cristianismo, que consiste solo en esto: en sufrir la injusticia y hacer el bien a todos. Y luego ponen en su lugar su propio mandamiento: que lleven tonsura y capucha, que no coman carne, huevos, mantequilla ni leche, que hagan gran ruido en la iglesia; de modo que ya no queda nada de la ley de Dios.

222 Asimismo, el evangelio alaba la pura gracia de Dios como la que perdona y destruye el pecado. Ahora bien, ellos no niegan la palabrita gracia, sino que en apariencia la tienen en alta estima; pero además enseñan una multitud de satisfacciones por el pecado, pagos de dinero, órdenes, divisiones de la penitencia, para comprarle a Dios el perdón del pecado y pagarle por su gracia. Por eso la naturaleza y la obra de la gracia quedan destruidas y condenadas hasta los cimientos; porque la gracia es pura gracia, o no es nada en absoluto.

223 Asimismo, el evangelio enseña que por el pecado original todos los hombres están bajo ira y desfavor, y que por eso todas sus obras se vuelven pecaminosas. Ellos no niegan la expresión «pecado original», pero destruyen su fuerza diciendo que la naturaleza todavía es buena, que sus obras no son pecaminosas y que todavía puede prepararse bien para la gracia. Dicen también que el pecado original no dañó la naturaleza de modo que deba ser condenada, sino que solo la debilitó para el bien y la inclinó al mal. Si no sigue su inclinación, cosa que de por sí no tiene por qué hacer, no merece el infierno y puede además adquirir la gracia de Dios. ¡Mira! Esto es tanto como decir: el pecado original no es pecado original; y bajo este nombre niegan la obra y la naturaleza del pecado.

224 Asimismo, el evangelio enseña que el amor no busca lo suyo, sino que solo sirve a los demás. Ahora bien, ellos sí se aferran a la palabrita amor, pero recortan toda su naturaleza, por cuanto enseñan que el amor ordenado empieza por uno mismo y se ama a sí mismo primero y más que a nadie. Luego dicen que ya es amor suficiente con desearle el bien a otro, y que no es necesario añadir la obra de servirle; porque sería indecoroso que el papa se humillara y sirviera a su súbdito; en cambio, deja que le besen los pies y cree que basta con decir: «Deseo el bien a todos, menos a mis enemigos». ¡Mira! Aquí yacen en ruinas la naturaleza y el poder del amor, y no queda más que el simple nombre vacío.

225 Asimismo, el evangelio enseña cómo la esperanza edifica solo sobre la pura revelación divina; ellos confiesan la palabrita esperanza, pero enseñan que la esperanza no descansa en la revelación divina, sino en los propios méritos.

226 Asimismo, el evangelio enseña cómo la providencia de Dios es eternamente segura; ellos, en cambio, enseñan que descansa en el libre albedrío y es incierta.

227 En resumen, confiesan a Dios y su nombre, pero arrancan de raíz y condenan como la peor herejía todo lo que Dios ordena, quiere, hace, establece y ejecuta. De ahí podemos ver claramente cómo la pasión de Cristo se cumple ahora espiritualmente bajo el gobierno del papa. ¡Mira! En su enseñanza tienen la apariencia de la fe, de la esperanza, del amor, de la gracia, del pecado, de la ley, de Cristo, de Dios, del evangelio; y, sin embargo, niegan toda su fuerza y naturaleza, y hasta lo condenan todo como la peor herejía. Por eso habló el apóstol con tanta dureza cuando dijo: niegan el poder de todo el culto y la vida divinos, y solo viven su apariencia. ¡Oh Señor Dios del cielo! ¿Dónde están los ríos de agua, sí, de sangre, que con razón deberían brotar de nuestros ojos en este último tiempo, terrible y espantoso, de la indecible e inmensurable ira de Dios sobre el mundo por su pecado y su ingratitud?

228 Además, Herodes envía a los magos a Belén y les manda buscar con diligencia al niño, fingiendo que también él quería ir a adorarlo. Aquí se muestra a nuestros herodianos otra cosa, a saber, que deberían vivir como predican. En ellos, la enseñanza y la vida son vana apariencia y negación de la verdad, porque la vida tiene que ser como la enseñanza lo indica. Sin embargo, el papa y las órdenes religiosas permiten ahora que los cristianos sean piadosos, y les mandan buscar a Cristo y la verdad; pero con este añadido: que tienen que ser traidores a él y servir al sacerdocio en esa búsqueda de Cristo. Porque el papa declara ahora sin vergüenza y con afán a todo el mundo: «A cualquiera le está permitido buscar a Cristo y vivir rectamente; pero si no obedece también las órdenes y el mandato del papa, y no le sirve con toda su buena vida, y no se somete a su autoridad, aun así no puede ser salvo». Así se le hace creer a la gente que de la obediencia al papa depende más, o al menos tanto, como de los mandamientos de Dios.

229 Mira, este es el añadido de Herodes: no solo envía a los magos a Belén, sino que además los mantiene sujetos a sí y se siente obligado a destruir a Cristo a traición. Porque ¿qué otra cosa hacen todos los que sostienen que la obediencia al papa es necesaria para la salvación, y que quien no la tenga está condenado, sino traicionar y entregar a Cristo para que Herodes lo encuentre y lo mate? Porque la fe cristiana no puede existir junto a semejante obediencia o semejante conciencia, como se ha dicho muchas veces. Porque solo la fe ha de salvar; y si semejante obediencia se tiene por útil y permitida, la fe tiene que perecer y Herodes reinar en lugar de Cristo. Eso es, pues, entregar y traicionar de verdad a Cristo y la propia fe.

230 Pero cuando Herodes dice: «Yo también iré y lo adoraré», todos ven que miente, que son meras palabras y un claro pretexto, bajo el cual sigue tramando algo muy distinto, a saber, matar a Cristo y destruir su reino. Aquí tienes en Herodes la imagen de todos los santos incrédulos, bien y brevemente trazada. En primer lugar, Herodes no finge nada ordinario: no dice que quiere darle oro o mirra, ni que quiere ayudarlo o ser su verdadero amigo, sino que emprende lo más alto y lo mejor que hay en el servicio de Dios, a saber, la humildad y la adoración. «Iré», dice, «como un humilde, y le mostraré la honra más alta, la adoración misma».

231 Así hacen ahora también los herodianos, los sacerdotes, que no emprenden ninguna obra ordinaria, sino la más alta de todas: el servicio de Dios. Se lo apropian a sí mismos, en cuanto se ejercitan en él y dicen abiertamente que la vida de los demás hombres es temporal y mundana, pero que ellos están en el servicio de Dios día y noche, y que, mientras los demás trabajan, ellos oran y sirven a Dios por la gente pobre.

El culto verdadero y el falso a Dios.

232 Aquí no hay mejor criterio para distinguir que la Palabra de Dios. El culto que ella enseña tiene que ser, sin duda, el verdadero culto; pero el que se levanta al lado de la Palabra de Dios o fuera de ella, inventado por los hombres, tiene que ser, con toda certeza, el falso culto de Herodes. Ahora bien, el culto a Dios no está establecido en ninguna parte, sino solo en sus mandamientos. Porque, sin duda alguna, solo sirve a Dios el que guarda sus mandamientos; así como de un criado en una casa se dice que sirve a su amo únicamente cuando hace y atiende todo lo que su amo le manda. Pero si no hace esto, aunque por lo demás haga la voluntad de toda la ciudad, no se dice que sirva a su amo. Así pues, quien no guarda los mandamientos de Dios no sirve a Dios, aunque guarde las enseñanzas y los mandamientos de todos los hombres.

233 Ahora bien, el culto a Dios consiste en esto: que confieses, honres y ames a Dios con todo tu corazón, que pongas en él toda tu confianza y seguridad, y que nunca dudes de su bondad, ni en la vida ni en la muerte, ni en los pecados ni en el buen vivir, como enseña el primer mandamiento. A esto podemos llegar solamente por el mérito y la sangre de Cristo, que nos ha ganado y nos da un corazón así, si oímos y creemos su palabra; porque nuestra naturaleza no puede tener por sí misma un corazón así. Mira, este es el culto principal a Dios y lo más grande, a saber, una fe cristiana sincera y el amor a Dios por medio de Cristo. Por eso el primer mandamiento se cumple en nosotros por la preciosa sangre de Cristo, y a Dios se le sirve fielmente de corazón.

234 En segundo lugar, si honras el nombre de Dios y lo invocas en la necesidad, y lo confiesas abiertamente ante los tiranos y perseguidores de este verdadero culto, sin temerlos, sino reprendiendo a los herodianos y cuidando, en cuanto puedas, de que no deshonren el nombre de Dios con su falsa vida y doctrina, presentadas bajo el nombre de Dios; lo cual es verdaderamente algo grande y echa sobre sí las cargas del mundo. Mira, este es el segundo artículo del culto, que se guarda en el mandamiento.

235 En tercer lugar, si llevas la santa cruz y tienes que sufrir mucho a causa de esa fe y confesión, de modo que por ella debas arriesgar cuerpo y vida, bienes y honra, amigos y favor; esto es guardar y santificar debidamente el día de reposo, puesto que no eres tú, sino solo Dios quien obra en ti, porque tú no eres más que un hombre que padece y es perseguido. Este es el tercer artículo del culto, y está incluido en el tercer mandamiento. Mira, aquí está la primera tabla con los tres primeros mandamientos, que se contienen en los tres artículos: fe, confesión y sufrimiento. Por ellos se renuncia a la vida presente y al mundo, y solo Dios es alabado.

236 En cuarto lugar, pasamos a la segunda tabla, y desde aquí sirves a Dios si honras a tu padre y a tu madre, si les estás sujeto y les obedeces, y los ayudas donde lo necesiten, antes que a todos los demás hombres; y si no entras en una orden religiosa sin su consentimiento cuando ellos necesitan tus servicios de alguna otra manera.

237 En quinto lugar, que no hagas daño a nadie en su cuerpo, sino que muestres bondad a todos, aun a tus enemigos; que visites a los enfermos y a los presos, y des una mano a todos los necesitados, y tengas un corazón bueno y amable para con todos los hombres.

238 En sexto lugar, que vivas casta y sobriamente, o que honres siempre tu voto matrimonial y ayudes a otros a honrar el suyo.

239 En séptimo lugar, que no engañes ni perjudiques a nadie, ni te aproveches de él en los negocios; sino que prestes y des a todos, o hagas trueque con ellos, en cuanto puedas, y protejas a tu prójimo contra el daño.

240 En octavo lugar, que guardes tu lengua y no hagas daño, ni calumnies, ni mientas contra nadie, sino que defiendas, excuses y trates con indulgencia a todos.

241 En noveno y décimo lugar, que no codicies la mujer ni los bienes de nadie.

242 Mira, estas son las partes del culto verdaderamente bueno. Esto y nada más te pide Dios; si haces algo más, él no lo estima. Esto además es claro y fácil de entender para todos. Ahora ves que el verdadero culto tiene que ser común a todos los estados y a todos los hombres, y que solo este puede hallarse entre el pueblo de Dios. Y donde se encuentre otro culto, ese tiene que ser, con toda certeza, falso y engañoso; porque no será común a todos, sino que se limita a ciertos estados y personas particulares. Hasta aquí hemos hablado del culto verdadero, universal y único.

243 Veamos ahora el culto falso, particular, partidista y multiforme, que Dios no ha mandado, sino que han inventado el papa y sus sacerdotes. Allí puedes ver muchas clases de conventos, órdenes y claustros, de los cuales ninguno tiene nada en común con otro. Un monje lleva una tonsura grande, otro una pequeña; uno viste de gris, otro de negro, otro de blanco; otro lleva ropa de lana, otro de lino, otro de cilicio; este reza en tales días y a tales horas; este come carne, aquel pescado; este es cartujo, aquel es fraile descalzo. Este tiene tales ceremonias, aquel otras; uno reza con el banco vuelto hacia Roma, otro con el escaño vuelto hacia Jerusalén; este dice la misa así, aquel de otra manera; este está atado a este convento, aquel a otro; este berrea en este coro, aquel en otro, y las iglesias están llenas de sus murmullos. Viven además en celibato y tienen toda clase de disciplinas. ¿Y quién podrá nombrar todas sus prácticas incontables, partidistas, extrañas y sectarias?

Pues bien, este culto ha vomitado otro todavía más desmesurado. No hay límite ni medida en la construcción de iglesias, capillas, conventos y altares, en la fundación de misas y vigilias, en el establecimiento de horas de oración, y en la fabricación de vestiduras para la misa, capas de coro, cálices, custodias, imágenes y adornos de plata, candeleros, cirios, luces, incienso, mesas y campanas. ¡Ah, qué océano, qué bosque de estas cosas hay! En esto se ha ido toda la devoción, el tributo, el dinero y los bienes de los laicos; a esto lo llaman aumentar el culto a Dios y cuidar del servicio divino, como lo llama el papa en su derecho divino.

244 Compara ahora este artículo con el verdadero culto, y dime: ¿dónde ha mandado Dios jamás a nadie una sola letra de este artículo? ¿Todavía dudas, entonces, de que todo el clero bajo el papa no es otra cosa que la criatura, la vana apariencia o la impostura de Herodes, solo para que la gente sea estorbada y apartada del verdadero culto? Estos son los altares y las arboledas por los que los profetas se lamentan acerca del pueblo de Israel, porque cada ciudad levantaba su propia arboleda y su propio altar, y abandonaba el verdadero templo de Dios. Exactamente así este culto impío, supersticioso, papista y herodiano ha llenado todos los rincones del mundo y ha desplazado y destruido el único verdadero culto a Dios.

245 Quizás miras a tu alrededor y piensas: «¿Cómo? ¿Tanta gente podría estar equivocada a la vez?» Ten cuidado, y no dejes que su número te turbe; aférrate a la palabra de Dios; ella no puede engañarte, aunque todos los hombres sean falsos, como en efecto dice la Escritura, Sal 116:11: «Todo hombre es mentiroso». No te asombres de que tantos estén hoy en el error, porque en los días de Elías solo había siete mil justos en todo Israel, 1 R 19:18. Dime, ¿qué eran siete mil hombres frente a todo Israel, que tenía más de un millón doscientos mil hombres de guerra, sin contar mujeres y niños? ¿Y qué era todo ese pueblo frente al mundo entero, que estaba todo a la vez en pecado? ¿Qué sucederá entonces ahora, ya que Cristo y los apóstoles han dicho cosas tan terribles de estos tiempos, que aun Cristo mismo dice, Lc 18:8: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?» Estas tienen que ser cosas grandes y terribles, y han de extraviar a muchísima gente; y los que serán gobernados por el Anticristo, que extravía al mundo, serán sobre todo aquellos de quienes menos se esperaría. Deberíamos estar seguros, puesto que no tenemos en cuenta el juicio de Dios ni tomamos a pecho su ira, de que no sería ningún milagro que él dejara apenas a un hombre justo en la tierra.

246 Este es el último y peor tiempo, del cual toda la Escritura ha hablado de manera tan terrible. Da gracias a Dios, por tanto, de que ves su palabra, que dice cuál es el culto verdadero y cuál el falso. Luego procura permanecer en ella y no sigas a la multitud que anda errante sin la palabra de Dios. Si apenas permanecen firmes los que tienen la palabra de Dios y se aferran a ella, ¿dónde quedarán los que, sin la palabra de Dios, siguen su propia cabeza? Por eso, dude quien quiera; la palabra de Dios y el culto de Dios muestran de manera convincente que el papa es el Anticristo y los sacerdotes sus discípulos, que extravían a todo el mundo.

247 Mira ahora, ¿no está bien dispuesto? El culto herodiano tiene campanas de bronce, y estas son muchas y grandes, con las que atraen a la gente a semejante culto. Como es el culto, así son también las campanas o reclamos. Al verdadero culto Dios le ha dado otras campanas, las correctas, a saber, los predicadores, que deberían hacer sonar y resonar ese culto en los oídos del pueblo. Pero ¿dónde están ahora? Esas son campanas muertas y sin sentido, y serían más útiles si se hicieran con ellas ollas y vasijas. Así también el culto está muerto y es inútil, y sería mejor que se practicara semejante negocio en el terreno de los juegos de manos.

248 Mira, este es el culto de Herodes, que aparenta adorar a Cristo y servir a Dios, y no es más que engaño. Sin embargo, finge tan bien que diariamente engaña a muchas personas buenas y piadosas, y a menudo las ha engañado, como dice Cristo, Mt 24:24, que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Así les sucedió a san Bernardo, a san Francisco, a santo Domingo y a otros, los cuales, sin embargo, no perecieron en el error ni permanecieron en él, porque su fe salvadora los guardó a salvo a través de ese error y los sacó de él.

249 Así les sucedió también a estos piadosos magos. Tenían una fe y un propósito buenos y verdaderos; con todo, se equivocaron respecto de Herodes, pues tomaron por verdadero su fingimiento y creyeron sus mentiras, y estaban dispuestos también a hacer lo que se les decía y a obedecerle, si no hubieran sido instruidos de otra manera desde el cielo. Así sucede hoy y así ha sucedido: muchos obedecen al papa y creen con fe sencilla que su estado es recto y bueno, y así caen en el error. Pero su fe cristiana los ayuda, de modo que ese veneno al final no les hace daño, como dice Cristo, Mr 16:17-18: «Y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño», si creen en mi nombre. Pero ¿qué bebida puede ser más mortífera que tales mentiras e hipocresía de la falsa doctrina y del culto errado?

250 Así como ya hemos aprendido a conocer el culto de Herodes y hemos percibido su astuta hipocresía, veamos ahora también su mal propósito y su malicia, con la cual planea destruir no solo el verdadero culto, sino también a Cristo, el Rey, y todo su reino. Intenta hacerlo de tres maneras. Primero, con la misma apariencia hipócrita de este falso culto. Porque semejante apariencia de culto es una seducción tan fuerte que aparta del verdadero culto, que solo puede vencerse por una gracia especial, de modo que san Pablo bien la llama energiam erroris, un poder engañoso. El pueblo no puede defenderse de semejante seducción donde no hay verdaderos obispos y predicadores que prediquen el único culto verdadero, mantengan al pueblo en la pura palabra de Dios y prohíban el falso culto, como hacían los profetas en Israel, que por esa razón fueron todos muertos.

251 En segundo lugar, Herodes destruye el verdadero culto por medio de su doctrina, de la cual ya hemos hablado. Así, enseña obras en lugar de fe, contra el primer mandamiento de honrar y servir a Dios; en el segundo y tercer mandamientos pervierte las cosas y enseña las obras propias y la propia suficiencia, y prohíbe confesar la fe y el nombre de Dios. Como se ha dicho, enseña la desobediencia al padre y a la madre, contra el cuarto mandamiento. Contra el quinto enseña que no es necesario amar al enemigo y hacerle bien. Contra el sexto hace pedazos el matrimonio. Roba y hurta, y hasta justifica que se haga, quebrantando así el séptimo mandamiento. Enseña también que no es necesario prestar ni dar. Summa summarum, enseña que no es necesario amar a Dios y al prójimo de corazón. Eso significa, por cierto, que destruye toda la Escritura y todo el culto a Dios.

252 En tercer lugar, no se contenta con tales ejemplos venenosos y enseñanzas mortíferas, sino que va más allá y ejerce en ellos dos clases de violencia: destierra y maldice las almas que no lo siguen, y además quema, persigue y acosa sus cuerpos, bienes y honra de la manera más vergonzosa. ¿Qué mal mayor podría hacer? Quiero decir que es un Herodes; sin embargo, tiene que dejar en paz a Cristo y no puede llevar a cabo su voluntad. Destruye a muchos, pero la fe permanece hasta el fin del mundo, aunque oculta, fugitiva y desconocida.

253 Pero aquí quizás me preguntes: ¿qué deben hacer entonces los que están cautivos espiritualmente bajo Herodes en el falso culto, en conventos y monasterios? Respondo: No puedes hacer otra cosa que dejar el falso culto y aferrarte a la palabra de Dios y al verdadero culto; o hacer como hicieron los magos, y beber el veneno creyendo firmemente que no te hará daño. No encontrarás otro medio: la palabra de Dios permanecerá inmutable por toda la eternidad. Pero, aunque ya he hablado de esto en otro evangelio, tengo que hablar de ello otra vez.

254 Pues bien, pongamos delante de nosotros a alguien que se mantiene firme en este asunto y argumenta contra nosotros que un sacerdote, un monje, una monja o cualquier otra persona que ha entrado en una orden está obligada a guardar el voto que pronunció, y que no puede de ninguna manera, en toda su vida, abandonarlo ni apartarse de él. Ese hombre puede apoyarse en la Escritura, que dice que uno debe cumplir lo que ha prometido. Pero hablemos, sin embargo, de los votos que Dios no ha mandado, sino que los hombres hacen por su propia cuenta. Porque, ya que en el bautismo hicimos voto de servir a Dios y guardar su mandamiento, ese voto Dios lo exige de todos los hombres, como dice la Escritura, Sal 22:25: «Mis votos pagaré delante de los que le temen», y Sal 116:18: «A Jehová pagaré ahora mis votos delante de todo su pueblo». Pero el voto de las órdenes religiosas él no lo ha mandado.

255 Con este adversario trataremos de dos maneras. Primero, decidamos de manera definitiva las cosas en las que no hay duda ni discusión; segundo, disputemos con él, examinemos y busquemos la verdad. Primero, nadie puede ni debe dudar de que todo lo que es contrario al mandamiento de Dios, ya sea vivir o morir, hacer voto o quedar libre, hablar o callar, ha de ser condenado y de todos modos cambiado y evitado. Porque la voluntad de Dios tiene que estar por encima de todo y hacerse en el cielo y en la tierra, como oramos, aunque un hombre pudiera hacer todos los milagros. Esto es bastante claro y cierto. Así que aquí no hay duda ni discusión, sino que está determinado con certeza: si alguien ha sido consagrado sacerdote, monje o monja contra la voluntad de Dios, ese sacerdocio y ese monacato no son nada y han de ser del todo condenados, y él está obligado a dejarlo todo y cambiar. Así, si alguien se ha hecho sacerdote o monje solo con el propósito de robar un cáliz u ornamentos, ciertamente ha hecho el voto contra el mandamiento de Dios, y además ha pecado al hacerlo, y su voto no lo obliga. Ese hombre puede y debe volver a la vida secular, o bien tiene que hacer el voto de nuevo y por motivos rectos. Porque su propósito nunca ha sido entrar en el clero; y si la inclinación al robo no lo hubiera impulsado, ciertamente no habría hecho el voto ni habría pensado en entrar en la orden. Por consiguiente, Dios no puede aceptar ese voto, ni el hombre está obligado a cumplirlo.

256 Pero ante los hombres es distinto, porque quien ha prometido algo debe cumplir su voto, aunque no lo haya querido de corazón. Porque el hombre no ve el corazón de su prójimo, y por eso acepta su voto como honesto y cree que es de corazón. Así tiene derecho a pedirle que lo cumpla, y puede decir con honradez que no está obligado a creer que el que prometió ha cambiado de parecer y se ha arrepentido del trato. Si el otro mintió, la pérdida es suya. Pero a Dios no se le puede engañar, y él juzga solo por el corazón. Por eso semejante voto no cuenta para nada ante él, y no lo pide, sino que se enoja de que alguien lo tiente de esa manera.

257 Ahora bien, si alguien hubiera hecho votos contra el primer gran mandamiento de Dios de la primera tabla, estaría mucho más obligado a abandonar su voto que aquel ladrón que hizo voto contra el séptimo mandamiento, puesto que el primer mandamiento es más alto que el séptimo. Porque el que roba así contra el séptimo mandamiento solo roba bienes terrenales, la más pequeña de las cosas creadas. Pero el que obra contra el primer mandamiento roba y niega a Dios mismo, el sumo bien y Creador de todo. Así pues, los sacerdotes y monjes que pecan contra el primer mandamiento son muchas veces peores que aquel tramposo ladrón que quebranta el séptimo mandamiento. ¿Y si ahora pudiéramos probar que casi todos los sacerdotes y monjes entran en las órdenes contra el primer mandamiento, y que se hacen espirituales tan poco como esos bribones ladrones, o aún menos? ¡Oh, esto es abrir de par en par monasterios y conventos y dejar libres a los monjes y sacerdotes! Pues bien, considera y escucha.

258 El primer mandamiento contiene la fe cristiana, porque el que no cree no puede tener un Dios ni conocerlo; toda incredulidad es idolatría. La fe cristiana es esta: la que confía solo en la gracia de Dios, ganada para nosotros y dada a nosotros por la sangre de Cristo, y que no considera ninguna obra útil o buena para ganar el favor de Dios. Porque esto sería demasiado difícil para la naturaleza, que es concebida y nacida en pecado, y que también vive, obra y muere en él, si Cristo no viniera en su ayuda, ganándonos la misericordia de Dios solo por sus obras y no por las nuestras. Por medio de él también cumplimos el primer mandamiento y tenemos un Dios de cuya misericordia podemos depender con toda confianza, de modo que sin mérito nuestro nos perdona todos nuestros pecados y nos salva en Cristo, como ya se ha dicho muchas veces. Por eso es imposible que esta fe permita a su lado una confianza en las obras, como si alguien pudiera obtener por ellas el perdón de los pecados y la gracia, y llegar a ser santo y salvarse; porque esto le pertenece solo a Cristo, que lo hace todo por su obra. Así, solo tenemos que creer y encomendarnos a él con confianza.

259 Por tanto, no hay penitencia, ni satisfacción por el pecado, ni adquisición de la gracia, ni llegar a ser santos, porque creemos solamente en Cristo: que él ha satisfecho plenamente por nuestro pecado, nos ha ganado misericordia y nos ha salvado. Después de eso, ante todo, debemos hacer buenas obras de libre voluntad, para su honra y para el bien de nuestro prójimo; no para llegar a ser santos, ni para salvarnos, ni para quitar con ellas el pecado, porque eso tiene que quedar encomendado solo a Cristo por la fe. Él no les concede a los ángeles, y mucho menos a nuestras buenas obras, que quiten el pecado, ganen la gracia y hagan santos: eso le pertenece a él; él solo lo ha hecho y lo hace. Esto quiere que lo creamos, y si lo creemos, entonces lo tenemos.

De esto dice san Pablo: «No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo», Gá 2:21. Es decir, si somos capaces de hacer tanto que Dios nos perdone los pecados y nos dé gracia y salvación a causa de nuestras obras, entonces no necesitamos a Cristo. Porque ¿por qué otra razón murió, sino para expiar nuestros pecados y ganar la gracia, para que perdamos la esperanza en nosotros mismos y en nuestras obras, no las tengamos por nada, confiemos solo en Cristo y sostengamos con fe firme que él es aquel a quien Dios mira en lugar nuestro, y por cuyo solo mérito nos perdona nuestros pecados, se reconcilia con nosotros y nos salva? Esta es la fe cristiana, de la cual dice Cristo, Mr 16:16: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado».

260 Consideremos ahora las órdenes religiosas y evaluémoslas frente al primer mandamiento y a la fe cristiana. Si alguien quiere hacerse sacerdote o hacer un voto con espíritu cristiano, de modo que no vaya contra el primer mandamiento ni tiente a Dios, entonces la intención de su corazón tiene que ser tal que pueda decir: «Pues bien, me propongo hacerme sacerdote, monje o monja, o hacer algún otro voto, no porque considere ese estado de vida u orden un camino de salvación, ni porque espere llegar a ser santo por medio de esa vida, expiar el pecado y ganar la gracia de Dios. ¡Dios me guarde de esto!, porque esto sería contra Cristo y su sangre, sería destruir todo su mérito y su honra, y el peor desprecio y burla de Dios. Porque todo eso lo esperaré de él en pura fe, ya que no dudo de que él lo ha hecho por mí. Pero, como tengo que hacer algo en la tierra, tomaré esta vida, me ejercitaré en ella, castigaré mi cuerpo y serviré a mi prójimo, así como otro hombre trabaja en el campo, en el huerto o en su oficio, sin buscar mérito ni provecho en sus obras». Mira, donde no está este propósito, allí tiene que ser negado Cristo y destruido el primer mandamiento, y encontrarse una vida vana, anticristiana, incrédula, judía y pagana. Esto dice también la poderosa verdad de la Escritura de san Pablo, Ro 14:23: «Todo lo que no proviene de fe, es pecado». Porque sin fe nadie será salvo, Mr 16:16. Así también, sin fe no puede haber justicia ni verdad.

261 Dime ahora, ¿cuántos sacerdotes y monjes crees que se encontrarán que hagan votos y vivan bajo votos con un propósito tan cristiano? ¿No hablan casi todos así?: «Pues bien, si mi orden no me vale más para expiar el pecado, llegar a ser santo e ir al cielo, que al campesino su arado o al sastre su aguja, entonces ¿qué hago yo en la orden del sacerdocio? No, yo haré buenas obras, diré muchas misas, oraré y haré penitencia por mí y por otras personas». ¿Qué clase de palabra es esta, sino la de un corazón incrédulo que ha negado a Cristo y que atribuye a su orden y a sus obras lo que solo debería esperarse de Cristo por la fe?

262 Además, como se ha dicho antes, el sentir y la enseñanza de todos los que están en las órdenes religiosas es que uno puede, por su propia obra, ganar la gracia de Dios y quitar el pecado. Son tan desvergonzados que venden, prometen y reparten a otros sus buenas obras, su mérito y su cofradía; son tan atrevidos que hacen por los hombres lo que solo Cristo es capaz de hacer, a saber, quitar los pecados de los hombres y hacerlos santos. De esto Cristo ha profetizado especialmente y ha dicho, Mt 24:5: «Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo». Amados, presten atención a la palabra. ¿No es verdad, como se acaba de decir, que nuestros sacerdotes y monjes se hacen a sí mismos Cristo? Aunque ninguno de ellos dice con la boca: «Yo soy Cristo», sin embargo dicen: «Yo ayudo a otras personas, les doy mi mérito, les gano la gracia, les quito su pecado», lo cual es obra y oficio solo de Cristo. Por consiguiente, son Cristo, aunque no se llamen Cristo. Porque Mateo no dice que dirán: «Me llaman Cristo», sino: «Yo soy el Cristo». No es el nombre, sino el oficio y la obra de Cristo lo que toman para sí.

263 Por tanto, concluimos aquí, sin ninguna disputa, cuestión ni duda, que todos los que están en las órdenes religiosas y no son sacerdotes, monjes o monjas con el propósito cristiano antes mencionado, ciertamente han hecho votos y viven contra el primer mandamiento de Dios, y son diez veces peores que aquel bribón ladrón y tramposo del que hemos hablado. Y son verdaderamente la multitud perdida, paganos y judíos, propiedad del diablo, tal como van y vienen; son verdadera y exactamente aquellos de quienes dice san Pedro, 2 P 2:1-3: «Habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató… Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas». Esto lo hacen a la perfección, porque todas las posesiones y tributos van a parar a las órdenes religiosas a causa de su vida falsa y anticristiana, que sostienen con palabras falsas.

264 Por consiguiente, a todos estos hay que aconsejarles que dejen tonsuras y capuchas, monasterio y convento, y que dejen de guardar su voto; o que empiecen de nuevo a prometer esa vida con fe y propósito cristianos. Porque el voto guardado sin el propósito cristiano no vale ante Dios más que esto: «Mira, Dios, te prometo no ser cristiano mientras viva. Revoco el voto de mi bautismo, y ahora haré y guardaré para ti un voto mejor, aparte de Cristo, en mis propios hechos y obras». ¿No es este un voto terrible y horrendo? Pues no es otra cosa, como puede verse claramente por lo anterior. Y estos son los que hacen votos de la mejor manera, según ellos suponen.

265 Porque la gran multitud insensata que se hace sacerdote y monje por amor al vientre, para tener sustento en este mundo, y que compone la mayor parte del clero, no merece siquiera que se hable de ella, y mucho menos tiene su voto validez alguna. Estos ciertamente pueden volverse seculares si quieren, porque nunca se han hecho religiosos ni lo han sido. Y en verdad sería necesario que dejaran de burlarse de Dios con su mascarada, y que renunciaran a su prebenda, a su beneficio, a su sacerdocio, a su vida de monje o de monja. ¡Oh, Señor Dios, qué ciego está el mundo del todo, qué pervertido está! El mundo ahora es religioso, y las órdenes religiosas son ahora el mundo. ¡Qué fuerte es el dominio del Anticristo!

266 En segundo lugar, argumentaremos ahora y diremos: aunque alguien hubiera hecho el voto honestamente y con intención cristiana, ¿no tiene la facultad, si la ocasión lo exige, de volver a la vida secular? Aquí quisiera que prestaran atención solo los espíritus piadosos y honestos, que no se apresuran a juzgar, sino que están deseosos de aprender y razonar. Porque a los papistas y herodianos furiosos no se les puede decir nada; nadie puede discutir con ellos: solo saben taparse los oídos, rechinar los dientes y gritar: «¡Hereje, hereje, fuego, fuego, fuego!». A estos los dejamos en paz como a seres sin razón, y hablamos con los que gustosamente quisieran tener instruida su propia conciencia y la de otros.

267 Es innegable que el propósito cristiano de hacer votos consiste, como se ha dicho antes, en esto: que no hace el voto porque la orden sea útil y necesaria para quitar el pecado, ganar la gracia, llegar a ser piadoso, servir especialmente a Dios y ser salvo. Estas son propiedades solo de la fe cristiana común, que no espera tales bienes en ninguna parte sino en Cristo, y que, libre y exenta de semejante locura anticristiana, solo piensa en aceptar una buena disciplina del cuerpo en esta vida. Igualmente innegable es que Dios no acepta ningún voto ni orden religiosa, a menos que se tome con este propósito cristiano, pues san Pablo se mantiene firme aquí y dice, Ro 14:23: «Todo lo que no proviene de fe, es pecado». Pero Dios no puede aceptar el pecado, Sal 5:5; Hab 1:13. Por tanto, puesto que Dios no acepta tal voto y orden sino como voluntarios e innecesarios para la salvación, y puesto que el verdadero propósito cristiano no empieza ni hace votos de otra manera, me gustaría oír al hombre que, a fondo y con razón honesta, pudiera negar que alguien que está en una orden religiosa pueda volver a la vida secular sin daño para su alma y con buena conciencia ante Dios, sobre todo si tuviera motivo para hacerlo.

268 Que muchos digan: «No es costumbre; los santos padres hicieron y escribieron otra cosa», no resuelve nada, como cualquiera puede ver. Aquí no preguntamos qué hace la costumbre ni qué piden los escritos de los padres, sino qué es recto y agradable ante Dios. ¿Quién nos asegurará que la costumbre no está equivocada y que los padres no están en el error, puesto que aun Cristo declara, Mt 24:24, que incluso los escogidos serán engañados por falsos cristos, como los que están en las órdenes religiosas? Di lo que quieras, no se puede hacer concordar que algo que es libre e innecesario para la salvación del alma, emprendido o prometido así ante Dios y la conciencia, no pueda dejarse, sino que, por el contrario, deba guardarse hasta la muerte con riesgo de la salvación del alma. Las dos cosas son exactamente opuestas, como puedes ver por ti mismo.

269 Un voto cristiano de entrar en una orden religiosa tiene que ser ante Dios así: «Mira, querido Dios, te prometo llevar esta vida, que por su naturaleza puede llevarse libremente y sin relación con la salvación». ¿No tendría Dios que responder aquí?: «Bien, ¿qué me has prometido entonces, y qué es lo que guardas? ¿No tienes bastantes cosas necesarias que observar? En esto no me prometes nada, puesto que puedes observarlo y volver a dejarlo. Está bien, esto lo permitiré». Y así el voto ante Dios implica por naturaleza que la vida bajo el voto sigue siendo libre de observarse o de dejarse. Es exactamente como si tu criado te hiciera un voto y te prometiera: «Señor, te prometo en este día extra un servicio libre, que puedo hacer o dejar de hacer; en los otros días estoy obligado a servirte». Aquí, creo yo, ya sea que el criado lo hiciera o lo dejara de hacer, según se diera el caso, habría cumplido suficientemente su voto.

270 No puedo entender otra cosa sino que el voto de todos los que están en las órdenes religiosas es el mismo; por la razón de que la fe hace libres todas las cosas, y es imposible que algo sea necesario o se haga necesario para la salvación, ya sea por nosotros mismos, por los ángeles o por cualquier criatura, excepto solo la fe. Y esta es la libertad que Cristo nos ha ganado, de la cual enseña san Pablo, Gá 5:1, y dice contra toda la enseñanza de los hombres: «Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres». Por eso el voto de todos los que están en las órdenes tiene que llevar en sí por naturaleza la libertad de dejar otra vez esta vida, y debería decir así: «Prometo a Dios y a ti castidad, pobreza y obediencia, según la regla de san Agustín, para ser guardadas o dejadas libremente, hasta la muerte».

271 Aquí probablemente alguien empieza a reírse y a decir que ese sería un voto necio y ridículo, y un mero engaño. Respondo: No te sorprendas de que los hombres hagan cosas ridículas y necias cuando dejan el orden de Dios para seguir su propia ceguera y hacer, no lo que enseña la Palabra de Dios, sino lo que les conviene. Ridículo, necio e inútil es semejante voto; pero, con todo, por él se cumple la ira de Dios e innumerables almas son extraviadas, de modo que apenas escapan los escogidos.

272 Los hombres han inventado tales votos y tal vida; por eso es y sigue siendo un orden humano. Hace muchos años, cuando se recibía a los jóvenes para enseñarlos y criarlos de manera cristiana, como ahora debería hacerse en las escuelas, se les permitía, por su libre voluntad, permanecer un tiempo bajo disciplina. Entonces algunos permanecieron de buena gana en este estado toda su vida, y se acostumbraron tanto a él que pocos abandonaban la comunidad, sino que permanecían del todo en ella hasta su fin; así surgieron finalmente los monasterios y conventos.

Pero como ahora los maestros se han vuelto perezosos y la juventud indócil, los hombres inventaron estas cuerdas y cadenas del voto, y con ellas tomaron prisioneras las conciencias y se libraron del cuidado y la vigilancia, haciendo que cada uno se obligara a sí mismo a ser y permanecer disciplinado y piadoso a causa del lazo de su voto; así como también en las escuelas superiores prevalece la abominable práctica de vigilarlo y llevarlo todo a cabo con juramentos y votos, para atar tan vergonzosamente a la pobre juventud sin necesidad alguna.

273 Así, de las libres escuelas cristianas han surgido conventos y claustros, y la fe ha sido pervertida en obras, y la libertad destruida y atada por medio de votos. Por consiguiente, no es de extrañar que, donde la libertad cristiana vuelve a brillar, los votos humanos parezcan ridículos y necios. La libertad cristiana no puede existir en ningún momento junto con los votos temerosos de obras externas. Una de las dos tiene que ceder; eso es inevitable. La fe hace libres todas las cosas externas; el voto las ata firmemente; ¿cómo pueden entonces permanecer juntas las dos? Además, la fe es divina y el voto es humano; por eso no es posible que Dios deje ir la fe y tenga en cuenta nuestro voto. Por lo tanto, no es posible que peque contra Dios o quebrante su voto el que permanece sacerdote, monje o monja mientras quiera, y vuelve a la vida secular cuando quiera.

274 Queremos seguir tratando esto para consuelo de las conciencias miserables y cautivas, oprimidas bajo este Herodes y Anticristo. Si damos por sentado que los votos hechos de manera cristiana deben cumplirse, ¿qué dirás entonces si uno de ellos se volviera imposible de observar para alguien? Tomo el que es más plausible, el voto de castidad, que, como vemos con nuestros propios ojos, la mayoría no puede guardar, porque la naturaleza es demasiado débil para guardarlo donde no está presente una gracia especial.

275 Moisés ha escrito mucho acerca de la relación sexual natural entre el hombre y la mujer, tanto en la vigilia como en el sueño, de lo cual nadie se atreve ahora a hablar abiertamente. Tanto más puros se han vuelto nuestros oídos que la boca del Espíritu Santo, que nos avergonzamos donde no hay nada de qué avergonzarse, y no nos avergonzamos donde hay motivo de vergüenza. Sin embargo, es necesario que todos sepan y sean instruidos en estas cosas, y especialmente la juventud. Donde no se encuentra una gracia celestial especial, allí la naturaleza tiene que satisfacerse según su constitución. Si el hombre y la mujer no se unen, la naturaleza sigue su propio curso y se desenfrena, de modo que sería mejor que el hombre y la mujer se unieran, como Dios los creó y como la naturaleza los impulsa. Se han escrito muchas enseñanzas y libros sobre esto; ¡ojalá Dios quisiera que todos estuvieran bien escritos y fueran provechosos!

276 Así que ahora pregunto: ¿qué aconsejarán a aquel para quien es imposible contenerse? Dices que tales personas deben protegerse con prohibiciones. Pues bien, donde no hay una gracia especial, seguirá una de estas tres cosas: el hombre y la mujer se unirán, si pueden, como sucede ahora entre los sacerdotes; o la naturaleza se aliviará por sí misma; o, donde no sucede ninguna de las dos, habrá un continuo quemarse y un sufrimiento secreto. Aquí tienes, pues, una tortura diabólica, y sucede que el hombre tomaría a la mujer más fea de la tierra, y la mujer al hombre más repugnante, a causa de la furiosa y mala concupiscencia de la carne.

277 Los oídos pudorosos deben perdonarme, y lo harán; tengo que echar mano de la enfermedad de las almas como el médico echa mano de los excrementos y de las partes íntimas, si he de ayudar en algo. Ahora bien, Dios no puede ni quiere tener una castidad forzada y contra la voluntad, que para él no es castidad; tiene que ser voluntaria, como todos los demás servicios a Dios tienen que ser voluntarios, o él no los tiene en cuenta. ¿Qué haces, entonces, al retener a este pobre hombre toda su vida en una castidad impura, de modo que sin cesar peca con el corazón contra su voto, cuando sería mejor que el joven tuviera una joven y la joven tuviera un joven?

278 Aquí algunos enseñan que basta con que uno empiece voluntariamente la vida de castidad y haga el voto en consecuencia, porque, en virtud de ese comienzo voluntario, no le hará daño si después se vuelve involuntaria. ¡Oh, traidores y guías ciegos, que ajustan el servicio a Dios a las obras y no al Espíritu! Todo lo que se hace contra la voluntad es en vano, y mejor sería dejarlo sin hacer. Porque puede suceder que el hombre y la mujer que viven juntos tengan mucho menos fuego y concupiscencia que esos hombres y mujeres solitarios; pero cuanto mayor es la concupiscencia, mayor es el pecado de impureza. Así que ahora estas tres clases de hombres no encuentran consejo alguno; el papa los deja arder y ser martirizados como puedan, de modo que los considero como aquellos niños que entre el pueblo de Israel eran ofrecidos y quemados ante el ídolo de fuego de Moloc.

279 Entonces dices: «¿Qué otra cosa debo hacer? No es conveniente dejarlos casarse, a causa del voto, puesto que la Escritura dice: Vovete et reddite, prometed y cumplid». Esa respuesta la esperaba. Ahora respóndeme tú otra vez: «No es conveniente dejarlos casarse», dices; ¿por qué entonces es conveniente dejarlos vivir disolutamente, tener relaciones sexuales en secreto y quemarse? ¿No se violará aquí el voto peor que si estuvieran casados? ¡Qué astutamente ayudas al voto cuando prohíbes el matrimonio y ves que no puedes impedir la disolución y la concupiscencia! Pienso que hacer esto sería dejar la viga en el ojo y sacar la paja.

280 «Sí», dices, «el hombre puede al final dejar a la mujer y vivir castamente, y esto no podría hacerlo si estuviera casado». Querido amigo, dame algunos ejemplos: antes sucedería que los casados se separaran y se abstuvieran voluntariamente que semejante gente. Pero dejemos eso para otra ocasión. Respóndeme aquí: san Agustín establece una regla de que sus hermanos no han de ir solos, sino de dos en dos. Esto lo he prometido hasta la muerte; pues bien, me toman prisionero y me obligan a estar solo; dime, ¿qué pasa con mi voto? Si he de guardar aquí mi voto, entonces tengo que dejarme matar antes que estar solo. Pero ¿y si no quieren matarme y me mantienen solo por la fuerza? Entonces o mi voto tiene que quebrantarse, o yo tengo que haberme puesto siempre esta condición: que prometo guardar la regla en tal o cual punto en cuanto me sea posible.

281 Además, prometo orar, llevar un hábito y otras cosas semejantes según la regla. Pues bien, me enfermo, tengo que guardar cama y no puedo observar ninguna de ellas. ¿Qué pasa ahora con el mandato: Vovete et reddite, prometed y cumplid? De nada me sirve estar enfermo, porque el mandamiento de Dios siempre debe guardarse, tanto en la muerte como en la vida, tanto en la enfermedad como en la salud. ¿Qué dirás a esto? Aquí no vale inventar excusas descuidadas, perezosas e infundadas; estamos tratando asuntos serios, de los cuales depende la salvación del alma, de modo que hay que responder con honradez, rectitud y a fondo. Por consiguiente, si dijeras: «Si estoy preso y obligado a estar solo, si estoy enfermo de modo que no puedo guardar las otras reglas, basta con que tenga la voluntad de guardarlas y que actúe contra la regla en contra de mi voluntad; Dios acepta la voluntad donde el acto no puede seguir», entonces digo yo: Amigo mío, eso no ayuda; mi voto descansa en el hecho y abarca no solo la voluntad, sino también la obra prescrita en la regla.

282 Por tanto, donde la obra no sigue, el voto está quebrantado, o bien el voto excluye de sí el caso de que falte la capacidad. De otro modo, yo también podría tomar mujer y decir: «Lo hago contra mi voluntad, y por elección quisiera con gusto permanecer casto, pero me es imposible; mi naturaleza me fuerza, me agarra y me arrastra». ¿Quién hay en el mundo que no preferiría vivir casto y solo, si pudiera hacer lo que quisiera? Aquí tienes que responder de otra manera.

283 Ahora mira: así como en otros puntos de los votos religiosos se exceptúa la imposibilidad (como nadie puede negar), y así como nadie peca, aunque nunca en su vida guarde el voto, a causa de la imposibilidad, quisiera oír razones honestas de por qué solo la castidad tiene que observarse, sea posible o imposible observarla, y por qué no se ha de poner en el voto esta condición: «Prometo castidad en cuanto me sea posible». Si quisiéramos hablar sin palabrería necia, tendríamos que decir que o bien la castidad imposible, como las demás cosas imposibles, nunca ha de prometerse, o bien nunca hubo un monje en la tierra. Porque nunca ha habido uno que no haya estado en algún momento enfermo o impedido de otra manera, de modo que tuvo que dejar de hacer ciertas partes de su regla, lo cual es contrario a su voto.

284 Además de todo esto, está de acuerdo con su costumbre habitual dejar tales partes de la regla en poder del abad, para que pueda dispensar a sus inferiores y excusarlos de guardar lo que él quiera; no solo a causa de la imposibilidad, sino también por conveniencia y según le parezca bien, todo lo cual es contrario al voto, si los votos han de entenderse sin condición alguna. Porque lo que prometes a Dios guardar, ninguna criatura puede quitarlo. Ahora bien, tú prometes toda la regla, y tu prelado te excusa en cualquier punto que él quiera o que tú necesites, de modo que sin duda todos los votos de los monjes pueden considerarse con este sentido: «Prometo guardar la regla en cuanto me sea posible y le parezca bien a mi superior». Si ese no es el contenido y el sentido del voto, entonces todas las órdenes y claustros son falsos y condenables, o nunca ha habido un monje en la tierra. Porque nadie ha creído ni considerado este punto de otra manera. ¿Por qué, entonces, no habría de tener un superior la facultad de dar a un hermano permiso para volverse secular y casarse, cuando ve cómo lo atormentan las tentaciones ardientes e incesantes de la carne? Si no puede liberar del voto de castidad, ¿cómo puede entonces liberar de los otros? Pero si puede liberar de los otros, ¿por qué no también del voto de castidad, para el cual hay mucho más motivo que para los otros?

285 Por eso ha sucedido que han dividido los votos en substantialia y accidentialia; es decir, unos votos son fijos y otros son removibles. De votos fijos han hecho tres: pobreza, castidad y obediencia. Todos los demás, con toda la regla y la orden, los llaman removibles.

Mateo 2:11-12

286 ¡Qué pícaro es el diablo y qué lleno está de mil artimañas! Si aquí les preguntamos por qué razón hacen tal diferencia y quién les ha dado poder para hacerlo, no pueden decir otra cosa sino que lo hacen por su propio poder, sin razón ni causa alguna. Porque, cuando vieron que era imposible hacer voto de toda la orden y la regla, y que no podía cumplirse, pensaron: «Bueno, ¿qué haremos ahora? Todo esto está votado y no se cumplirá. Si todos hubieran de ser condenados, no habría ningún monje en estado de santidad, y todas las órdenes y reglas no serían más que cosas imposibles y necias. Haremos así: apartaremos tres puntos que se llamarán fijos, y quien no los guarde será condenado; los demás se llamarán removibles y no condenables». Y así ha sucedido: así lo sostienen, lo practican y lo enseñan todos. Pero esperen, queridos señores, que tenemos algo que discutir con ustedes sobre esto.

287 Si es verdad que ustedes tienen poder para hacer votos fijos y removibles, también tienen poder para condenar a la gente y para salvarla. Pero díganme: ¿cómo estaré seguro de que esta división suya es correcta y agradable a Dios? ¿Quién calmará mi conciencia y le dará seguridad cuando la apremie el mandamiento Vovete et reddite? ¿Creen que me bastará con que ustedes dividan así, o con que señalen que no hace falta observarlo? No; su división y su inobservancia no me bastarán contra esta tormenta: Vovete et reddite. Yo no hice voto solo de los votos fijos, sino de toda la regla, con los votos removibles y los fijos. El Juez de todos no permitirá que yo cambie su palabra y diga: Omnia vovete, aliqua reddite; sino que dirá: Quodcunque voveris, redde. Et iterum: Redde vota tua.

288 Por tanto, apartar estos tres votos es sin duda algo insensato y engañoso, inventado por pura presunción humana; o todos los votos han de ser igualmente removibles, porque todos se han votado por igual, los exige el mismo mandamiento y han de cumplirse o dejarse por igual. ¿Qué pueden decir a esto, queridos señores? Dirán: «Semejante vida religiosa es algo imposible e inútil». Eso es muy cierto. Somos necios: hacemos votos y no sabemos lo que votamos, y después quisiéramos arreglárnoslas y hacer posible lo imposible, observar, dejar, quitar y fijar según nos convenga. Pero el Altísimo no nos permitirá esto; no dejará que su mandamiento se mueva de aquí para allá según nuestra voluntad.

289 Esto lo han aprendido del papa. También él toma este mandamiento de Dios, Vovete et reddite, y lo estira hasta donde quiere. Quiere anular todos los votos, excepto los de castidad y las peregrinaciones a Roma, a Santiago y a Jerusalén; y así el mandamiento de Dios pasa a significar ahora: «Haz voto de castidad y de peregrinar a Santiago, a Roma y a Jerusalén, y cúmplelo; lo que hayas votado aparte de esto, no te atrevas a cumplirlo». ¡Mira! Está en su poder decidir cuáles mandamientos de Dios se han de observar y cuáles no. ¡Oh maldita abominación, qué desvergonzada, qué frívola es tu insolencia contra tu Dios! ¿Pero qué razón y causa tiene para esto? Ninguna otra sino que la castidad y la peregrinación son cosas grandes, y los demás votos son pequeños.

Mira aquí al necio insensato y blasfemo, que anula el mandamiento de Dios si manda una cosa pequeña y enseña a observarlo si manda una cosa grande. Esto es directamente contrario a Cristo, Mt 5:19: «De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos». No debes sostener, como el papa, que una cosa es insignificante. Nosotros escuchamos el mandamiento Vovete et reddite aun en las cosas pequeñas; mientras que las órdenes religiosas hacen como les enseña su padre, el papa, y dicen: Vovete et reddite en los tres votos fijos, pero Vovete et non reddite en los votos removibles. Mira, pues, si las órdenes religiosas no son el gobierno y la naturaleza propios del diablo, fundados en puras mentiras y blasfemias.

290 ¿No es así, querido amigo? Sea pequeño o grande, todo lo que está comprendido en los mandamientos de Dios debe y tiene que observarse. Aquí uno no debe guiarse por las obras, sino por el mandamiento. No has de considerar si la obra es grande o pequeña, sino solo si está mandada. Si está mandada, no hay que descuidarla, sea como sea. Porque Cristo dice que ni una jota ni una tilde pasará de la ley hasta que todo se haya cumplido. Pero el papa y sus discípulos quitan de este mandamiento, Vovete et reddite, no solo la jota y la tilde, sino también las letras, el texto, el sentido y todo.

291 Las órdenes religiosas no pueden negar que hacen votos removibles, que incluyen bajo la palabra Vovete; porque los llaman Vota, votos, aunque los conviertan en removibles. Así que nunca pueden negar que están obligados a cumplirlos, y que también han de quedar bajo la palabra Reddite. De otro modo, podrías ser enemigo de tu prójimo en tu corazón y decir que no estás obligado a amarlo, sino que basta con que no lo mates; y así guardarías la parte mayor del quinto mandamiento y descuidarías la menor. En adelante podríamos dividir todos los mandamientos de Dios en grandes y pequeños, o en partes removibles y fijas, y decir que no estamos obligados a observar las pequeñas o removibles. Esto es contrario a Dios, aunque el papa y las universidades así lo sostengan y enseñen, y las órdenes religiosas los sigan.

292 ¿Qué haremos ahora? Si las órdenes religiosas tienen todos sus votos y reglas por fijos, ¿quién de ellos podrá salvarse? ¿Los vas a condenar entonces a todos? Yo no quisiera condenar a ninguno; preferiría mucho más que todos escaparan de los conventos o se hicieran santos de otra manera. Por este camino, ciertamente, todos han de ser condenados, si desgarran y tuercen la palabra de Dios según sus caprichos. He tratado todo esto para concluir, sin que nadie pueda contradecirlo, que todos los votos han de ser removibles o todos fijos e iguales: uno tiene que ser como el otro. Y si uno de ellos puede dejarse con buena conciencia por alguna causa, entonces también el voto de castidad y todos los demás pueden y deben dejarse, donde la necesidad y la causa lo exijan. Espero haber tapado ya la boca a todos los contradictores, de modo que en esto tengan que callar y no tengan nada que responder.

293 Puesto que ahora vemos claramente que los votos imposibles tienen que dejarse, aun por la gente santa, y que Dios no se los exige, habré concluido que ningún voto será aceptado por Dios, ni puede hacerse, de otra manera que con esta restricción y este sentido: «Si es posible y le agrada al superior». Por consiguiente, podemos dar esposas y esposos a todos los monjes y monjas jóvenes y dejarlos volver a la vida secular, donde sea necesario y donde no podamos retenerlos con buena conciencia de manera que agrade a Dios. De este modo devolveremos los conventos a su pureza y naturaleza originales, como escuelas cristianas en las que los muchachos y las muchachas aprendan disciplina, reverencia y fe; después de lo cual podrán quedarse allí libremente hasta la muerte, o tanto tiempo como quieran, si Dios no ha dispuesto y querido otra cosa para ellos.

294 Además, quisiéramos tener otro encuentro con ellos, para que veamos qué cosa tan enteramente confusa y sin fundamento es la vida «religiosa». Les concedo que su sueño de los tres votos fijos, pobreza, castidad y obediencia, sea verdadero. La pobreza es de dos clases: espiritual y corporal. De la pobreza espiritual dice Cristo, Mt 5:3: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Esto significa que el hombre está contento y dispuesto a negarse todas las riquezas, y que en su corazón no lleva hacia ellas más que un deseo renunciado, aunque tenga y administre grandes riquezas, como Abraham, Isaac, Jacob y muchos cristianos piadosos. Esta pobreza de espíritu la votan todos los cristianos en común en el bautismo, y no la votan las órdenes religiosas; porque su voto exige que exista primero la pobreza cristiana, evangélica y común.

295 La pobreza corporal significa no poseer ni tener nada exteriormente. Esto no es posible. Cristo ni la exigió ni la practicó, porque el hombre no puede vivir sin alimento y vestido corporales. Por eso le han dado este sentido: que la pureza corporal consiste en no tener nada propio. Esta pobreza la describe Lucas en Hch 4:34: «Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido». También Cristo la practicó, porque su bolsa, que llevaba Judas, era común a todos los apóstoles; así que Juan no dice que Judas tenía que llevar la bolsa de Cristo, sino: «teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella», Jn 12:6. Esta palabra prueba que la bolsa era común a todos; de lo contrario, habría dicho: «Tenía la bolsa de Cristo y llevaba lo que se daba a Cristo».

296 Ahora bien, mira: san Buenaventura fue cardenal; Eugenio, el papa, fue discípulo de san Bernardo; y muchos de las órdenes religiosas han llegado a ser obispos y papas. Dime, ¿qué fue de su voto de pobreza? Siempre son santos. Y si su voto no hubiera sido removible y libre delante de Dios, ciertamente habrían sido condenados, puesto que no guardaron su voto hasta la muerte. Pues bien, los papas, cardenales y obispos siempre tienen bienes propios y hacen con ellos lo que quieren; lo cual es directamente contrario al voto de pobreza, de modo que ser papa, cardenal u obispo es tenido por todos como algo secular, frente a las órdenes monásticas.

297 ¿Dirás aquí: «Siguieron la obediencia y ascendieron a una orden más perfecta, y no tienen bienes propios, sino que administran los de la iglesia»? Querido amigo, fíjate en lo que dices: ¿no son palabras vacías? ¿O piensas taparme la boca con esto? ¿No es así, querido hermano? Yo diría, en primer lugar: obediencia aquí, obediencia allá; cumplir los propios votos es mandamiento y obediencia de Dios, de la cual no debemos apartarnos ni aun por seguir a un ángel, como dice san Pablo, Gá 1:8: «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema». También san Pedro, Hch 5:29: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres». ¿Han dejado ahora la obediencia de Dios por la obediencia del papa? Entonces han dejado el cielo por el infierno. No, no te atrevas a tirar así el mandamiento y la obediencia de Dios. Entonces yo también diría que puedes apartarte del voto de castidad por causa del papa, y anular todos los mandamientos de Dios. Si puedes anular un mandamiento de Dios por causa de los hombres, entonces puedes anularlos todos.

298 En segundo lugar, aunque las órdenes del papa, los cardenales y los obispos fueran una orden perfecta, no por eso deberíamos librarnos del mandamiento de Dios. Porque sin el mandamiento de Dios no hay orden alguna, y mucho menos una orden perfecta, sino puro error y seducción. La perfección no es contraria al mandamiento de Dios; al contrario, sigue los mandamientos de Dios, y no pasa por alto ninguno, sino que los observa todos. ¡Mira con qué grandes mentiras y necedades anda esta gente, que no sabe qué dice ni de qué habla, que establece una perfección sin el mandamiento de Dios y quiere con ella abolir el mandamiento de Dios! Pero ahora, como las órdenes del papa, los obispos y los cardenales forman una verdadera aristocracia y son las más imperfectas, no conservaremos a estos santos a menos que confesemos que todos los votos existen delante de Dios solo por un tiempo y pueden cambiarse, como vemos que aquí se cambia este voto de pobreza. Porque ¿por qué no ha de cambiarse el voto de castidad por necesidad y causa, puesto que no se vota con más fuerza que la pobreza? Pero supongamos que tales santos hayan pasado del voto de pobreza al estado perfecto; entonces tienes que concederme que el estado del matrimonio es perfecto frente al estado de impureza, o frente a una castidad imposible, como dice san Pablo, 1 Co 7:9: «pues mejor es casarse que estarse quemando». Siempre es mejor tener una esposa legítima que vivir ilegítimamente con una mujer o quemarse. Pues bien, que pasen a este estado perfecto del matrimonio los que tienen una castidad impura o un estado de castidad imperfecto y forzado; o, si no quieres eso, tu excusa del estado perfecto no vale nada.

299 En tercer lugar, ¿cómo puedes atreverte a decir que el voto de pobreza no se quebranta porque no se ocupan de sus propios bienes, sino de los de la iglesia? Si eso fuera verdad, ¿en qué serían mejores que un criado o un funcionario secular? ¿Por qué entonces no tienes también a estos por «religiosos», puesto que no administran bienes propios? Esto es charla vacía y necia. ¿Pero acaso no es cierto que los obispos tienen bienes propios, y que su vida, en cuanto a la pobreza, dista mil millas de la de los monjes? Por consiguiente, aquí no se puede alegar nada: tienes que reconocer que la pobreza se vota solo hasta donde el prelado quiera o la causa lo exija, si queremos conservar a nuestros santos.

300 ¿Y qué necesidad hay de tanto rodeo? Es claro que el hombre de una orden religiosa solo hace voto de la pobreza infantil y servil, que consiste en no tener bienes en sus manos, sino en estar sujeto y tomar lo que la gente le da. Pero en cuanto llega al poder y se pone al frente de otros para administrar bienes, ya no está bajo el voto de pobreza, a menos que sea depuesto y vuelva a estar sujeto. Porque ¿qué diferencia hay entre semejante gobernante y el padre de familia o el funcionario secular en cuanto a tener, usar, gobernar y administrar bienes? Lo que se diga en contra no son más que palabras fingidas, como dice san Pedro: en realidad es un oficio, una obra y un orden puramente seculares. Por eso vemos que Dios no acepta votos si no son libres y removibles; de lo contrario, ningún convento podría tener un prelado, de modo que la necesidad nos obliga a sostener los conventos o escuelas para la formación de los jóvenes.

301 De la misma manera, la obediencia no puede ni debe entenderse de otro modo que como obediencia infantil y servil; porque las palabras del voto exigen claramente obediencia al abad o al prior. Si entonces uno llega a ser obispo o prelado, ¿qué fue de su voto de obediencia? Ahora la gente tiene que obedecerle a él, y él no obedece.

302 ¿Vas a sacar otra vez tu necio pretexto de que tal hombre pasa a una obediencia más alta, o de que conserva su corazón dispuesto a volver a obedecer? Todo esto ya quedó descartado, porque dice: Vovete et Reddite; contra esta palabra no hay glosa que valga. Dios no quiere que se destruya su mandamiento por causa de una obediencia más alta, mediana o más baja. Es claro, pues, que los de las órdenes religiosas hacen voto de una sujeción, no del corazón, sino solo del cuerpo; porque la sujeción voluntaria del corazón hacia todos es común a todos los cristianos, como dice san Pablo, Ro 12:10: «Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros». Pero entonces, otra vez, los conventos no podrían tener prelados ni proveer obispos; o la palabra «sujeción» se acaba con el voto. Mira, pues, con cuánta astucia se llaman inamovibles esos dos votos, y qué fábulas y palabras fingidas usan. Dios permite a sus santos tanto hacer votos como vivir así; soporta su necedad; pero no acepta los votos fijos, como ves por toda esta discusión, puesto que son contrarios a la libertad cristiana y a todo buen orden, y solo existen para que Satanás se divierta con los incrédulos y obre en ellos su engaño, como enseña san Pablo.

303 Ahora solo queda el voto de castidad. Solo ese ha de quedar fijo e inmutable, cuando con justicia debería ser el primero de todos y el más removible. En todos los demás dicen Vovete et non reddite; solo aquí es como hierro y acero: Vovete et reddite. ¿No es esto una perversión horrible? Pero Satanás lo ha hecho por esta razón: para mantener más firmemente a las almas en la impureza; y agarra justamente donde son más débiles y más fáciles de sujetar. Porque vio claramente que todos los demás votos podían cumplirse con más facilidad. Por eso no insistió en ellos, sino que insiste solo en esta cosa imposible, para estar seguro de su tiranía. ¡Ay, oh Dios, qué ilusión y qué burla hace con las órdenes religiosas!

304 No hallamos, pues, en toda la vida «religiosa» nada fundamental, cierto ni permanente; todo tiembla y se mueve sin Escritura ni razón, de modo que hay motivo suficiente para que huyamos de todo ello. Hay especialmente esta razón: que no tiene fundamento en la Escritura y que tiene tantas clases de errores y mentiras en sus puntos principales. Además, está tan condenada y maldecida por Cristo en Mt 24, por san Pablo en 2 Ti 3 y por san Pedro en 2 P 2, que, aunque hubieras hecho diez votos, si vieras que es obra del diablo y contraria a Dios, estarías obligado a dejarla o a hacer votos de una manera nueva y libre, como se ha dicho arriba.

305 Tienen una cosa que alegan: «Ha habido santos padres en las órdenes religiosas». Pero aquí deberían aterrarse cuando Cristo dice que aun los escogidos pueden ser engañados por ellos, como aquí los magos fueron engañados por Herodes, y muchos otros ejemplos. Los tres jóvenes de Israel, Ananías, Azarías y Misael, permanecieron en el horno de fuego de Babilonia. Solo Naamán el sirio permaneció piadoso en el templo del dios falso. José permaneció piadoso en Egipto. ¿Qué diré? Santa Inés permaneció casta en un burdel común, los mártires permanecieron piadosos en los calabozos, y los cristianos todavía hoy permanecen piadosos cada día en la carne, en el mundo y en medio de los demonios. ¿No habrá podido Dios, entonces, preservar a Francisco, a Bernardo y a sus semejantes en medio del error, y, aunque a veces erraron, rescatarlos de nuevo de ese error?

306 Apenas ha dejado vivir sin error a algún gran santo. Dejó tropezar a Moisés, a Aarón y a María, a David, a Salomón, a Ezequías y a muchos más, para que nadie se apoye, sin la Escritura, en el mero ejemplo y la obra de los santos. Pero nosotros echamos mano de todo lo que vemos y oímos de los santos, y así damos con lo que generalmente encontramos: que, como hombres, erraron en su debilidad. Ese error tiene entonces que ser para nosotros una verdad fundamental, y así edificamos sobre la pared torcida de que habla el Sal 62:3-4: «¿Hasta cuándo maquinaréis contra un hombre, tratando todos vosotros de aplastarle como pared desplomada y como cerca derribada? Solamente consultan para arrojarle de su grandeza. Aman la mentira; con su boca bendicen, pero maldicen en su corazón».

307 Pero aunque todo lo demás fuera bueno en el sacerdocio, el abuso de la misa bastaría para que uno huyera de él dondequiera que lo oyera. Creo que ese abuso del santo sacramento está reservado para esta orden como el peor, el más destructivo y el más horrible que ha venido sobre la tierra, y que será el mayor y el último de los males. Así hacen de la misa un sacrificio y una buena obra que venden a la gente, y sacan de ella toda clase de dinero. ¡Oh, qué terrible perversión! ¿Qué ira no merecerá? ¡Ojalá Dios quisiera que se suprimieran todas las misas secundarias! Entonces podría haber esperanza de que Dios fuera un poco más misericordioso con nosotros. Pero ahora, ciegos como estamos, pensamos que cometeríamos un gran pecado si dejáramos las misas, y pretendemos aplacar y servir a Dios con tan horrible abuso. Así su ira no tiene fin, y toda nuestra oración se vuelve solo pecado, como ha declarado el Sal 109:1-7. Solo debería celebrarse una misa al día, y esta debería tratarse como sacramento para todos; sí, una misa a la semana sería todavía mejor. Pero la cosa no puede enmendarse; está demasiado arraigada.

308 Estas palabras quiero haberlas dicho en provecho de quien quiera usarlas; no me importa que los sacerdotes se enojen conmigo y griten contra mí. Prefiero que se enojen ellos antes que Cristo. Sé que estoy obligado a aconsejar y ayudar a las conciencias y almas miserables, y a compartir con todos lo que Dios me ha dado. No quiero dejar la culpa sobre mí. No seré responsable del hombre que no lo acepte; que él mire por sí mismo. Hasta aquí tiene mi fiel servicio y consejo; si pudiera hacer más por él, haría más. Quien quiera puede entrar y quedarse en una orden religiosa; pero quien quiera ser salvo tiene que procurar hacerse cristiano, y dejar que los curas y los monjes sean curas y monjes.

309 Aquí probablemente los corazones castos y los santos sacerdotes de Dios, a quienes nada agrada sino lo que ellos mismos dicen y escriben, fruncirán la boca y dirán: «¡Oh, cómo le aprieta la cogulla al monje, cómo quisiera tener mujer!». Pero dejen que calumnien y disfruten de su malicia los corazones castos y los grandes santos; que sean de hierro y acero, como pretenden ser. Pero tú no niegues que eres un hombre de carne y sangre, y deja que Dios juzgue después entre los fuertes héroes angélicos y tú, el pobre pecador despreciado. Espero haber llegado tan lejos que, por la gracia de Dios, permaneceré como estoy; aunque todavía no he pasado la montaña, y no me atrevo a compararme con los corazones castos. Lamentaría hacerlo, y que Dios en su misericordia me guarde de ello. Porque, si supieras quiénes son los que fingen tan grande castidad y hacen alarde de disciplina, y qué es lo que dice san Pablo en Ef 5:12: «Porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto», no considerarías su tan alabada castidad digna ni de que una ramera se limpiara con ella el zapato. También aquí se encuentra la perversión: los castos son los impuros, y todo lo que reluce engaña.

310 Querido joven, no te avergüences de desear a una muchacha, ni la muchacha de desear a un muchacho; solo que esto termine en matrimonio y no en impureza, y entonces no es más vergonzoso que comer y beber. El celibato debería ser una virtud que se da entre los milagros de Dios, como el caso de un hombre que ni come ni bebe. Está por encima de la naturaleza sana, por no hablar de la naturaleza pecadora y caída. Dios no ha dejado vivir mucho a muchas vírgenes, sino que las sacó pronto del mundo, como a Cecilia, Inés, Lucía, Águeda y sus semejantes; porque él sabe bien cuán noble es ese tesoro y cuán difícil es conservarlo mucho tiempo. Si en cada ciudad hubiera cinco jóvenes y cinco doncellas de veinte años, enteramente puros, que no hubieran experimentado nada de los flujos naturales, entonces podría decir que la cristiandad de hoy es mejor que en los tiempos de los apóstoles y los mártires.

311 ¡Ay, Señor Dios! Considero que por ningún otro medio ha podido extenderse la impureza más rápida y terriblemente que por semejante mandamiento y voto de castidad. ¡Qué Sodoma y Gomorra ha establecido el diablo por medio de tal mandamiento y voto, y qué completamente vil ha hecho esta misma castidad, hasta una miseria indecible! Ni la casa pública de prostitución ni ninguna otra seducción es tan destructiva como este mandamiento y voto inventado por el mismo diablo.

312 Aquí diré algo de los muchachos y muchachas que hicieron el voto antes de sentir lo que son la carne y la sangre, cuando solo tenían quince, dieciséis o veinte años. A estos hay que sacarlos enseguida, si así lo desean; porque su voto todavía no es nada en absoluto, como si un niño se hubiera comprometido a casarse. Aquí no hay que tener en cuenta la consagración de carnaval, sea el hombre sacerdote, diácono o tenga cualquier otro rango religioso. Tal consagración es un juego de manos y no vale nada ante Dios. Pero basta de esto; volvamos a nuestro tema, donde lo dejamos.

313 Cuando los sabios vinieron de donde Herodes y se dirigieron a Belén, la estrella se les apareció de nuevo, y se alegraron mucho. Esto sucede siempre que, después del error y el engaño de la doctrina humana, el corazón vuelve al conocimiento de la verdad pura y del evangelio. Entonces queda enseguida libre de Herodes y ve cuán enteramente cierto y ligero es el camino de la verdad, frente a las apariencias que fingen los herodianos; así el corazón se alegra. Porque el evangelio es una doctrina consoladora, que nos saca de la presunción humana y nos lleva a la confianza en la pura gracia de Dios, como dice el Sal 4:7-8.

314 En cambio, todos los que andan errantes en las doctrinas de los hombres y en sus propias fuerzas llevan una vida dura y angustiosa, y aun así no les sirve de nada. ¿Qué corazón no se alegraría al descubrir que el gobierno del papa no es más que molestia y carga para la conciencia, y que engaña a todo el mundo con su apariencia? La luz y la verdad celestiales tienen esta naturaleza: levantan la conciencia, consuelan el corazón y crean un espíritu libre; así como, por el contrario, la doctrina de los hombres naturalmente oprime la conciencia, atormenta el corazón y apaga el espíritu.

315 Así, la estrella va delante de ellos y no los deja hasta que los lleva a Cristo; pero no va más allá, sino que se detiene sobre donde está el niño. Lo mismo hace la luz del santo evangelio: es como una antorcha en lugar oscuro, como la llama san Pedro en 2 P 1:19, y va delante de nosotros y nos guía; si tan solo la guardamos con una fe firme, no nos deja hasta que nos lleva a Cristo y a la verdad; pero no va más allá, porque fuera de Cristo no nos enseña nada.

316 Por consiguiente, en esta guía de la estrella se muestra la manera y la obra del evangelio, y en los sabios, todos los creyentes. Así como la estrella los llevó corporalmente a Cristo y ellos la siguieron con el cuerpo, así el evangelio guía espiritualmente los corazones de los hombres en este mundo, y los corazones creyentes lo ven y lo siguen con gozo hasta que llegan a Cristo.

Así también se gloría san Pablo, 1 Co 2:2: «Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado». Y en Col 2:8 nos prohíbe seguir ninguna doctrina que no enseñe a Cristo. ¿Qué otra cosa es esto sino que la estrella señala solo a Cristo, y a nada más, y no va más allá? En esta figura, por tanto, quedan condenadas todas las doctrinas de los hombres, y ya no deben predicarse a los cristianos; solo ha de predicarse la luz pura y sencilla del evangelio, y solo esta estrella debemos seguir. Por eso el papa, los obispos, los curas y los monjes, con todo su gobierno y sus enseñanzas, quedan aquí condenados, y hay que evitarlos como la tiranía de Herodes.

317 Aquí también se cierra la boca de los papistas y herodianos, y se castigan justamente sus mentiras, puesto que enseñan con sacrilegio deliberado que solo en ellos podemos hallar la iglesia y la fe cristianas, y que quien no los oye ha de ser considerado como si no oyera a la iglesia cristiana. Quieren ser la señal y la estrella que lleva a Cristo, pero todo eso es mentira. ¿Quieres saber dónde están Cristo y la verdad? Apréndelo aquí, de esta historia. No mires al papa ni a los obispos, ni a las universidades y monasterios; no te dejes extraviar por su abundante predicar, orar, cantar y decir misas; no te fijes en que se sientan en el lugar de los apóstoles y usurpan la jurisdicción espiritual: todo eso puede engañar, y engaña continuamente; ellos están en el error y enseñan el error. Hay una sola señal segura por la que puedes reconocer dónde están Cristo y su iglesia, a saber, la estrella, el santo evangelio; todo lo demás es falso. Pero donde se predica el evangelio, allí brilla esta estrella, allí está ciertamente Cristo, allí encuentras con seguridad la iglesia, sea en Turquía, en Rusia, en Bohemia o en cualquier otra parte. No es posible que se oiga la palabra de Dios y que Dios, Cristo y el Espíritu Santo no estén allí. Por otra parte, no es posible que Dios, Cristo, el Espíritu Santo, la iglesia o cosa santa alguna estén donde no se oye la palabra de Dios, aunque hicieran todos los milagros; en tal lugar solo puede haber herodianos y el gobierno del diablo. Ahora cualquiera puede ver cómo el papa y el clero se ocupan, no de la palabra de Dios, sino de la doctrina humana.

V.11. «Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron».

319 Esta casa es la iglesia cristiana, la congregación de todos los creyentes en la tierra, y solo en ella puedes encontrar a Cristo y a su madre; porque solo en la iglesia cristiana están los que, llenos del Espíritu Santo, producen los frutos del cristianismo y llevan una vida cristiana. Todo lo que está fuera de esta casa, por hermoso que parezca y por razonable que sea, no tiene ni a Cristo ni a su madre; es decir, allí no hay ningún cristiano, porque estos no pueden existir sin la fe y el Espíritu Santo.

320 Por tanto, si el papa, los obispos o cualquier otro te exigen que mires a ellos si quieres ver la iglesia, piensa en este evangelio y mira a la estrella. Ten por seguro que donde no está la estrella no está la casa donde se encuentran Cristo y su madre. En otras palabras, donde el evangelio no da su luz, allí ciertamente no se halla la iglesia cristiana. Esta estrella nunca te fallará, y sin ella nunca llegarás al lugar correcto. Guía a esta casa y se queda sobre esta casa; y exactamente así el evangelio te lleva a la iglesia y se queda sobre la iglesia, mantiene su lugar y no se deja ahuyentar por ninguna persecución. Aquí resuena y brilla libre y claramente, para despecho de todos sus enemigos, como vemos plenamente cumplido en los apóstoles, los mártires y todos los santos, y todavía cada día, donde se predica.

«Y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra».

321 Todos los sacrificios corporales de la ley de Moisés, dondequiera que aparecen, señalan al sacrificio espiritual del que habla He 13:15: «Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre». Y Os 14:2-3: «Vuelve, oh Israel, a Jehová tu Dios; porque por tu pecado has caído. Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien», es decir, quita el mal que traes sobre nosotros con tu mano, y toma el bien en tu mano para dárnoslo; «y te ofreceremos la ofrenda de nuestros labios» como becerros, es decir, alabanza y acción de gracias. Estos son los verdaderos becerros que debemos ofrecerte, de los cuales habla también el Sal 51:21: «Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén. Entonces te agradarán los sacrificios de justicia; entonces ofrecerán becerros sobre tu altar». También el Sal 50:7-15: «Oye, Israel, yo soy tu Dios. No te reprenderé por tus sacrificios. ¿Qué me ofrecerán? ¿He de comer yo carne de toros, o de beber sangre de machos cabríos? Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo, y todas las aves de los montes, y las fieras del campo. Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo. El que sacrifica alabanza me honrará, y ese es el camino de la salvación». De estos versículos podemos ver que el sacrificio, si ha de hallar favor delante de Dios, tiene que ser alabanza y acción de gracias, o al menos no ha de ser sin alabanza y acción de gracias. Y donde se ofrece un sacrificio sin alabanza ni acción de gracias, él lo rechazará, como dice: «¿Para qué me sirve la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos».

322 Además, no podríamos darle a Dios ninguna otra cosa, porque todo es ya suyo, y todo lo tenemos de él; solo alabanza, gracias y honra podemos darle. Así lo enseña también el Sal 116:12-13: «¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo? Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre de Jehová. Tú has roto mis prisiones. Te ofreceré sacrificio de alabanza». Ahora bien, alabar no es otra cosa que reconocer el favor recibido de Dios y atribuirlo, no a nosotros mismos, sino a él. Y esta alabanza y confesión se rinde de dos maneras: primero solo delante de Dios, y luego delante de los hombres; y es una verdadera obra y fruto de la fe. De esto enseña san Pablo en Ro 10:9-10: «que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación». Es como si san Pablo dijera: «No es la verdadera fe si crees en Cristo en secreto en tu corazón y lo alabas en algún rincón escondido; tienes que confesarlo libremente con tu boca delante de todos, tal como crees en tu corazón». Esto quizá te cueste la vida. Porque a los demonios y a los hombres no les gusta oír semejante confesión, y la cruz va con tal confesión, como ves que aun ahora el papa, los obispos, los curas y los monjes no pueden soportar ni aguantar la palabra de Cristo; de modo que bien dice el profeta: «Tomaré la copa de la salvación, y predicaré el nombre del Señor». Es como si dijera: «Si alabo y confieso a Dios, me afligirán y perseguirán con la copa de los mártires; pues bien, la tomaré en el nombre de Dios y no dejaré de alabar a Dios. Él no me hará daño, sino que será mi Salvador y me ayudará pronto a la salvación». Esto hará también Cristo, Mr 8:38: «Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles».

323 Muchos han comentado estas tres ofrendas, uno de un modo y otro de otro; pero todos coinciden en que es una confesión triple. Por eso tomaremos de todos lo que nos parezca verdadero. La ofrenda del oro, dicen, significa que confiesan a Cristo como rey; el incienso, que es sacerdote; la mirra, que murió y fue sepultado. Los tres artículos se aplican a Cristo según su naturaleza humana; pero de tal manera que él es Dios, y que tales cosas le han sucedido a su humanidad a causa de su divinidad.

324 En primer lugar, la fe cristiana confiesa y se alegra de que Cristo es rey y señor sobre todas las cosas, según las palabras del Sal 8:6: «Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies». También el Sal 110:1: «Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies». Esta confesión de la verdadera fe es una alta y fuerte defensa y gloria para todos los que creen en Cristo contra todo lo que está en su contra, sea, como dice san Pablo en Ro 8:36, espada, hambre, frío o cualquier otra criatura. ¿Quién puede dañar o aterrar a un cristiano si ofrece este oro, cree y confiesa que su Señor Cristo es Señor también sobre la muerte, sobre el infierno, sobre los demonios y sobre todas las demás criaturas, y que todo está en sus manos, sí, debajo de sus pies?

325 Si alguien tiene un príncipe benévolo, no teme nada de lo que está bajo el poder de ese príncipe; se gloría y proclama el favor y el poder de su señor. ¡Cuánto más se gloría y se jacta un cristiano frente al dolor, la muerte, el infierno y el diablo, y le dice confiadamente: «¿Qué puedes hacerme? ¿No estás bajo los pies de mi Señor? ¡Atácame y devórame sin su voluntad, si puedes!». Mira, un corazón libre así hace esta ofrenda de oro. ¡Oh, qué raro se ha vuelto esto! Por eso es verdaderamente consolador, cuando algo te aterra o te daña, salir abiertamente, confesar a Cristo y decir: Omnia subjecisti sub pedibus ejus, todas las cosas están debajo de sus pies; ¿quién estará entonces contra mí?

326 En segundo lugar, usaban incienso en los servicios divinos, según la ley de Moisés, para quemarlo en el templo, lo cual pertenece al oficio del sacerdote. Por tanto, ofrecer incienso no es otra cosa que reconocer a Cristo como sacerdote, que es intercesor entre Dios y nosotros, como dice san Pablo en Ro 8:34: que habla por nosotros y es nuestro intercesor delante de Dios, lo cual nos es sumamente necesario. Porque por su reino y su gobierno nos protege contra el mal en todas las cosas; pero por su sacerdocio nos defiende contra todo pecado y contra la ira de Dios, se pone delante de nosotros y se ofrece a sí mismo para aplacar a Dios, a fin de que por él tengamos confianza para con Dios y nuestra conciencia no se aterre ante su ira y su juicio, como dice san Pablo, Ro 5:12: «Por medio de él tenemos paz para con Dios y entrada por la fe a su gracia».

327 Ahora bien, esto es algo mucho mayor, que nos ponga a salvo delante de Dios y dé paz a nuestras conciencias, de modo que Dios y nosotros no estemos enemistados, que el que haga inofensivas para nosotros a las criaturas. Porque la culpa es mucho mayor que la pena, y el pecado mayor que la muerte, puesto que el pecado trae la muerte, y sin pecado no habría muerte, o no sería dañina. Como Cristo es ahora Señor sobre el pecado y la muerte, y tiene en su poder dar gracia y vida a todos los que creen en él, ofrecer oro e incienso es reconocer estos dos oficios y obras suyos y darle gracias por ellos, como hace san Pablo en 1 Co 15:55-57: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo».

328 Esta es sin duda una fuerte defensa: que un hombre pueda poner a este sumo sacerdote frente a su pecado, frente a su mala conciencia, frente a la terrible ira y juicio de Dios, y con fe inconmovible decir y confesar: Tu es sacerdos in aeternum, tú eres sumo sacerdote para siempre. Y si eres sumo sacerdote, intercedes por todo pecado de los que te confiesan como tal sacerdote. Tan poco como el juicio y la ira de Dios, el pecado y la mala conciencia pueden condenarte o aterrarte a ti, tan poco me condenan y me aterran a mí, para quien tú eres tal sacerdote. Mira, esto es ofrecer verdadero incienso: estar sin temor frente a todo pecado y a la ira de Dios por la fe en Cristo.

329 En tercer lugar, usaban la mirra para ungir los cuerpos muertos, a fin de que no se corrompieran en la tumba. Por eso aquí se presentan la muerte y la resurrección de Cristo; puesto que solo él murió y fue sepultado y no se corrompió, sino que resucitó de los muertos, como dice el Sal 16:10: «Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción». Y su incorruptibilidad está señalada en todos los que son preservados y conservados por medio de la mirra corporal. Por consiguiente, ofrecer mirra equivale a confesar que Cristo murió y, sin embargo, permaneció incorrupto; es decir, que la muerte ha sido vencida por la vida, que según su divinidad nunca murió, y que su naturaleza humana despertó de nuevo de la muerte.

330 Esta confesión es la más importante de las tres, aunque las tres son necesarias y deben ir sin dividirse. Porque, puesto que él se ha hecho rey y sacerdote por ti y te ha dado tan gran posesión, no debes pensar que se ha hecho en vano, o que ha costado poco, o que te ha venido por tu propio mérito. El pecado y la muerte han sido vencidos para ti en él y por él, y se te han dado la gracia y la vida; pero para él fue amargo, le costó mucho y se ha comprado a alto precio, a saber, con su propia sangre, su cuerpo y su vida. Porque era imposible quitar la ira y el juicio de Dios, la conciencia, el infierno, la muerte y todo mal, a menos que se satisficiera la justicia divina, se expiara el pecado y se venciera la muerte en justicia. Por eso era costumbre de san Pablo, cuando predicaba la gracia de Dios en Cristo, mencionar a la vez su sufrimiento y su sangre, para mostrar cómo todos nuestros bienes nos han sido dados por Cristo, pero no sin su indecible mérito y costo, como dice en Ro 3:25: «a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe». También 1 Co 2:2: «Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado», etc. Por tanto, ofrecer mirra es confesar el gran costo y los dolores que significó para Cristo llegar a ser nuestro sacerdote y rey.

331 Mira, estas son las tres partes en que debemos alabar y confesar sus tres obras, que nos ha mostrado y nos mostrará cada día hasta el día del juicio. Y también el orden es hermoso; pero el evangelista pone el oro en primer lugar. Porque no sería posible que él fuera rey sobre todas las cosas para nuestro bien si primero no nos hubiera reconciliado con Dios y asegurado nuestra conciencia, para que con calma y paz pudiera gobernar y obrar en nosotros como en su propio reino. Por consiguiente, primero tiene que ser sacerdote para nosotros. Pero, si ha de ser sacerdote y reconciliarnos con Dios según su oficio sacerdotal, tiene que cumplir por nosotros la justicia de Dios. Y no había otra satisfacción: tenía que entregarse a la muerte y vencer en su propia persona el pecado con la muerte. Así también, por la muerte llegó al sacerdocio, y por el sacerdocio al reino; de modo que recibió la mirra antes que el incienso, y el incienso antes que el oro. Pero la Escritura siempre declara primero el reino, luego el sacerdocio y finalmente su muerte, como hace también el Sal 110:1-7, que describe en primer lugar su reino así: «Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies». Sigue después su sacerdocio así: «Juró Jehová, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec». Finalmente, cierra con su martirio así: «Del arroyo beberá en el camino, por lo cual levantará la cabeza». También aquí quiere decir: «Probará la mirra, por eso llegará a ser sacerdote; es sacerdote, y por eso será también rey»; de modo que uno se sigue del otro, uno es la causa del otro, y van uno tras otro.

332 Con estas interpretaciones sencillas y llanas dejo el asunto, y encomiendo las consideraciones elevadas a la gente ociosa. Aquí lo que más nos importa es cuidar de no tomar ninguna de estas tres confesiones sola, sino ofrecerlas juntas. Y aunque Is 60:6 habla solo de oro e incienso y calla la mirra, bien puede ser por esta razón: que el reino y el sacerdocio de Cristo han existido desde el principio del mundo, como dice san Pablo en He 13:8: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Porque todos los santos han sido redimidos de la muerte y del pecado por él y por la fe en él; y, sin embargo, en aquel tiempo la tercera parte, su pasión, la mirra, todavía no se había cumplido, y propiamente le correspondía al evangelista anunciarla después de su cumplimiento.

333 Pero los herodianos y papistas no solo han separado estas tres ofrendas, sino que con un ultraje indecible las han destruido. Conservan, sin embargo, los nombres, y confiesan de palabra que Cristo es rey y sacerdote y que murió por nosotros. Pero con otras palabras contradictorias niegan todo esto con el corazón y con toda su vida, y lo condenan de la manera más vergonzosa. Para observar esto, hemos comenzado por la mirra. Ellos enseñan que el hombre, sin la gracia de Dios, por sí mismo y por la fuerza natural de su razón y de su libre albedrío, puede hacerse digno y capaz del favor divino. ¿Qué otra cosa es esto sino querer, sin la sangre y el sufrimiento de Cristo, satisfacer por el propio acto la justicia divina, aplacar la ira y el juicio de Dios y dar paz a la conciencia? Esto es, en verdad, tener en nada la sangre de Cristo y todo su sufrimiento, sí, toda su humanidad y toda su obra, considerarlos inútiles y pisotearlos; de lo cual dice san Pablo en He 6:5-6: «Es imposible que los que recayeron sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio». Porque sin Cristo no hay gracia ni arrepentimiento, sino solo ira. Sin embargo, los papistas enseñan que podemos buscar y hallar la gracia sin él. Por consiguiente, la ofrenda de la mirra queda enteramente suprimida.

334 Entonces, necesariamente, la ofrenda del incienso deja de existir también. Porque ¿cómo será Cristo su sacerdote e intercesor, si ellos son tan buenos y puros que no necesitan su sangre ni su intercesión, sino que interceden por sí mismos, se presentan por sí mismos delante de Dios y alcanzan la gracia y la vida eterna por su propia capacidad?

Con ello confiesan y enseñan que la capacidad natural es pura y buena, y que por tanto Cristo no necesita ser sacerdote. ¿Quién habría creído jamás que los cristianos llegarían a tal punto que alguien enseñara y oyera cosas tan espantosas de pensar?

335 Pero ahora vemos que todas las escuelas superiores, así como el papa y su clero, no enseñan ni sostienen otra cosa; sí, condenan como herejía todo lo que no se conforma a su enseñanza. ¡Con qué claridad los ha descrito Pedro cuando dice en 2 P 2:1: «Habrá entre vosotros falsos maestros, que aun negarán al Señor que los rescató»! No dice: «Negarán a Cristo», sino: «al Señor que los rescató»; como si quisiera decir: «A Cristo lo confesarán de palabra; pero no lo tendrán por el que los compró con su sangre, sino que, sin su sangre, se redimirán a sí mismos; por su propia fuerza natural alcanzarán la gracia de Dios, que solo Cristo nos compró a todos con su sangre». Esto es lo que quieren decir cuando afirman que alcanzar la gracia de Dios no cuesta nada ni exige nada. Por eso quieren redimirse a sí mismos, y no soportan oír hablar de la redención de Cristo.

336 Y donde Cristo no es reconocido como sacerdote, mucho menos es reconocido como rey. Porque de ningún modo se sujetan a él; son sus propios amos, es decir, la propia casa del diablo. Aunque no le permiten gobernar sobre ellos ni ejercer su poder en ellos, él es, sin embargo, rey, sacerdote y redentor sobre todas las criaturas, sin su consentimiento. Mira, así ves que ahora es el tiempo en que san Pedro niega tres veces a Cristo. ¡Ojalá Dios quisiera que oyeran el canto del gallo, que volvieran de su error, reconocieran su caída, lloraran amargamente y salieran de la casa de Caifás, es decir, de la asamblea diabólica del papa, donde se ha encendido el fuego del amor mundano y donde la servidumbre del papa se calienta; porque el amor divino está en ellos completamente apagado! Baste esto de las ofrendas espirituales. Llegamos ahora a:

V.12. «Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino».

337 Este es el desenlace y el fin: que hemos de huir de la doctrina humana y no recaer en ella una vez que hemos sido redimidos de ella; así como los sabios, una vez librados de Herodes, no vuelven a él. Así digo yo también que hemos de huir de la ley y la doctrina del papa y de todos los papistas, si no queremos incurrir en el desagrado de Dios y arriesgar la salvación de nuestra alma, puesto que ya hemos experimentado la verdadera verdad evangélica. Porque su doctrina nos aparta de Dios y nos hace seguir nuestra propia razón y obra. Con eso se estorba la obra de Dios, que debería darnos y obrar en nosotros todas las cosas, y quiere darlas y obrarlas, y desea también que lo esperemos de él.

338 La doctrina humana, en cambio, nos lleva a que seamos nosotros los que comenzamos todas las obras, a querer ser los primeros en buscar a Dios, y a esperar luego que Dios venga después a mirar lo que hemos comenzado. Déjame darte este ejemplo: los que parecen ser los mejores maestros de los jóvenes les dicen que estén dispuestos a orar y a ir a la iglesia, a vivir castamente y a ser piadosos; pero no les dicen dónde han de comenzar y buscar todo esto, como si bastara con haberles instruido a ser piadosos. Además, cuando después han de casarse o entrar en una orden, piensan que basta con haber comenzado ellos mismos; no miran a Dios ni le consultan sobre ello; sino que, cuando ya han comenzado, quieren que Dios venga a ver lo que han hecho y que quede satisfecho con ello.

339 Sí, a los jóvenes se los educa de tal modo que a una muchacha le da vergüenza pedirle a Dios un joven, y a un joven pedirle a Dios una muchacha; consideran necio pedirle a Dios semejante cosa, y quieren hacerlo ellos mismos. ¿No debería enseñarse con toda seriedad a una muchacha a acudir a Dios y decir con toda confianza: «Mira, querido Dios, ya tengo edad para casarme; sé tú mi Padre y déjame ser tu hija; dame un joven piadoso y ayúdame benignamente a entrar en el estado del matrimonio; o, si te agrada, dame un espíritu para permanecer casta»? Así también un joven ha de pedir una muchacha, y no ha de comenzar nada por sí mismo, sino pedir a Dios que él comience y ponga la primera piedra. Estos serían en verdad hijos de Dios: los que no comienzan nada sin consultarlo con Dios, por insignificante que sea. Así Cristo seguiría siendo nuestro rey, y todas nuestras obras serían obras suyas y estarían bien hechas. Pero las doctrinas humanas no permiten esto; actúan como si no hubiera Dios, y como si ellos tuvieran que hacer todo lo que ha de hacerse bien. Mira, de estos ejemplos puedes aprender cómo toda doctrina humana es seductora y contraria a Dios.

340 Hay, sin embargo, tres maneras de evitar la doctrina humana. La primera, que se evite solo con la conciencia y no con el hecho. Por ejemplo, cuando me confieso, oro y ayuno según el canon del papa, no como si nos fuera necesario hacerlo, o como si fuera pecado no hacerlo, sino cuando lo hago de buena gana, por mi propia voluntad, no obligado por la necesidad, pudiendo dejarlo sin hacer si quiero. Aquí el hecho está bajo la doctrina humana, pero la conciencia es libre: no considera el hacerlo ni más ni menos que el no hacerlo; no cree que sea pecado omitirlo, ni una buena obra hacerlo; porque no obedece, sino que lo hace por su propia voluntad. Esta es la mejor manera.

341 Así, los sabios todavía están en la tierra de Herodes, viajan también bajo su gobierno, pero no le hacen caso, no van a él y no le obedecen. Por tanto, el que ahora está también bajo el papa y observa su ley, no por obediencia, sino por su propia voluntad, cómo, cuándo, dónde y por cuanto tiempo le plazca, ese, digo, no sufre ningún daño. Pero este entendimiento está por encima de la mente común y se encuentra en muy pocas personas; y así como se les dio a los sabios en secreto mientras dormían, así nosotros lo experimentamos solo en nuestro corazón por el Espíritu de Dios; no se le puede dar a nadie desde fuera, si el corazón mismo no lo recibe del cielo.

342 La segunda manera es que la doctrina humana se evite tanto con la conciencia como con los hechos, como hacen los que la pisotean y hacen justamente lo contrario con una conciencia alegre y segura. Y esta manera es la más necesaria y la mejor para las conciencias débiles, para que sean liberadas y se hagan fuertes, perfectas y libres, como la anterior. Esto no puede lograrse muy fácilmente solo con palabras y con la conciencia, si no muestras lo contrario con ejemplos; así como hizo Cristo, que permitió a sus discípulos, contra la ley de los fariseos, dejar de lavarse las manos. Así sería bueno que durante cierto tiempo dejáramos la confesión, la oración y el ayuno prescritos, y mostráramos con ejemplos que las leyes del papa son burla y engaño; y que en otro tiempo hiciéramos todo esto por nuestra propia voluntad.

343 La tercera manera es que se evite solo con el hecho y no con la conciencia, como hacen los que descuidan atrevidamente la doctrina humana y, sin embargo, creen que obran mal al no observarla. Y, por desgracia, semejante conciencia se encuentra siempre entre el pueblo común. Por causa de ellos san Pablo llama a estos tiempos «tiempos peligrosos», 2 Ti 3:1. Porque tales conciencias pecan continuamente, sea que observen o que no observen, y el papa con su ley es el asesino de sus almas y la causa de tal peligro y pecado. Si observan, lo hacen contra la fe, que ha de ser libre de toda doctrina humana. Si no observan, lo hacen contra su conciencia, que cree que hay que observarla. Es necesario que estos sean bien instruidos en la libre fe cristiana y dejen a un lado esta falsa conciencia; o, si no son capaces de hacerlo, que soportemos por un tiempo sus flaquezas, como enseña san Pablo en Ro 15:1, y les permitamos seguir y observar tal conciencia junto con la fe, hasta que también ellos hayan crecido y se hayan hecho fuertes.

344 Mira, esta es la otra manera de volver a la propia tierra y no regresar a Herodes. Porque, por lo general, cuando la gente comienza a ser piadosa, lo hace por medio de la doctrina humana y de la santidad exterior; pero tenemos que abandonar esto y llegar a la fe pura, y no dejarnos caer otra vez de la fe en las obras. Así llegamos ciertamente a nuestra patria, de donde hemos venido, es decir, a Dios, que nos ha creado. Así el fin se junta con el principio, como en un anillo de oro. Dios nos lo conceda por medio de Cristo, nuestro rey y sacerdote, que sea bendito por toda la eternidad.

III. El regreso de los padres de Jesús a Nazaret, y la niñez de Jesús.

V.39. «Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret».

116 El evangelio del día de la Candelaria explicará qué son las cosas que cumplieron conforme a la ley del Señor. El significado de Galilea y de Nazaret se explicará en el evangelio de la fiesta de la Anunciación. Pero aquí tenemos que referirnos a las palabras de san Mateo (2:13 ss.), que escribe que, después de que partieron los sabios, que encontraron a Cristo en Belén y le ofrecieron presentes, oro, incienso y mirra, un ángel se apareció en sueños a José y le mandó huir a Egipto con el niño y su madre, y que José así lo hizo. ¿Cómo concuerda esto con la narración de Lucas, según la cual volvieron a Nazaret después de transcurridas seis semanas y de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor? Aquí tenemos que suponer una de dos cosas: o que fueron a Egipto inmediatamente después de cumplirse las seis semanas de la purificación, y luego, a su debido tiempo, volvieron de Egipto a Nazaret; o bien creer, que es también mi opinión, que volvieron a casa inmediatamente después de pasadas las seis semanas, como relata aquí Lucas. Entonces la aparición del ángel que les mandó huir a Egipto, de la que habla Mateo, no ocurrió en Belén, sino en Nazaret; y ocurrió, en efecto, después de la partida de los sabios, como dice Mateo, pero no inmediatamente después. Mateo escribe así porque, inmediatamente después de la partida de los sabios, narra la huida a Egipto y omite lo que Lucas relata aquí de la presentación en el templo. Así queda claro que los dos evangelistas no se contradicen.

117 Aquí se señala también cómo tuvieron que cargar su cruz. Después de que la pobre madre había estado fuera de casa siete u ocho semanas a causa del nacimiento repentino de su hijo, y después de haber vuelto ya y haberse asentado para descansar de sus viajes, tienen otra vez que dejarlo todo y emprender sin demora un viaje mucho más largo. Así el Señor Cristo comienza sus viajes en su más tierna infancia, siempre peregrinando sobre esta tierra, sin lugar ni morada fija donde quedarse. ¡Qué distinta de la de los demás niños es la crianza y el trato de este niño real! ¡Cómo probó, especialmente en este caso, las penas y los trabajos de la vida! La pobre madre tiene que huir con el pobre niño a Egipto, de la ira de Herodes. Hablaremos más de esto cuando se explique este evangelio.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.