Comentarios y sermones · Martín Lutero

Mateo 4: comentario de Martín Lutero

Sermón para el primer domingo de Cuaresma; Mateo 4:1-11

El ayuno y la tentación de Cristo

I. EL AYUNO DE CRISTO.

1 Este evangelio se lee hoy, al comienzo de la Cuaresma, para presentar a los cristianos el ejemplo de Cristo, a fin de que guarden debidamente la Cuaresma, que se ha convertido en pura burla. En primer lugar, porque nadie puede seguir este ejemplo y ayunar cuarenta días y cuarenta noches sin comer alimento alguno, como hizo Cristo. Cristo más bien siguió el ejemplo de Moisés, que ayunó también cuarenta días y cuarenta noches cuando recibió la ley de Dios en el monte Sinaí. Así también Cristo quiso ayunar cuando estaba por traernos la nueva ley y darle expresión. En segundo lugar, la Cuaresma se ha convertido en pura burla porque nuestro ayuno es una perversión y una institución de hombres. Porque, aunque Cristo ayunó cuarenta días, no hay ninguna palabra suya en que nos exija hacer lo mismo y ayunar como él ayunó. De hecho, hizo muchas otras cosas que no quiere que nosotros hagamos; pero, en todo lo que él nos llama a hacer o a dejar de hacer, debemos procurar tener su palabra que respalde nuestras acciones.

2 Pero lo peor de todo es que hemos adoptado y practicado el ayuno como una buena obra: no para sujetar nuestra carne, sino como obra meritoria delante de Dios, para expiar nuestros pecados y obtener la gracia. Y esto es lo que ha hecho de nuestro ayuno un hedor, algo tan blasfemo y vergonzoso, que ningún beber y comer, ninguna glotonería ni borrachera, podría haber sido tan malo y tan sucio. Mejor habría sido que la gente estuviera borracha día y noche que ayunar así. Además, aunque todo hubiera ido bien y recto, de modo que su ayuno se hubiera aplicado a la mortificación de la carne, como no era voluntario ni se dejaba a cada uno hacerlo según su libre voluntad, sino que era obligatorio en virtud de un mandamiento humano, y lo hacían de mala gana, todo se perdía y no servía de nada. No mencionaré los muchos otros males que resultaron, como que las madres embarazadas y sus criaturas, los enfermos y los débiles, quedaron arruinados por ello, de modo que podría llamarse un ayuno de Satanás en lugar de un ayuno para santidad. Por eso consideraremos con cuidado cómo este evangelio nos enseña, con el ejemplo de Cristo, qué es el verdadero ayuno.

3 Las Escrituras nos presentan dos clases de verdadero ayuno. Una es aquella con la que procuramos sujetar la carne al espíritu, de la cual habla san Pablo en 2 Co 6:5: «en trabajos, en desvelos, en ayunos». La otra es la que tenemos que soportar con paciencia, y sin embargo recibir de buena gana, a causa de nuestra necesidad y pobreza, de la cual habla san Pablo en 1 Co 4:11: «Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed», y Cristo en Mt 9:15: «cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán». Esta clase de ayuno nos enseña aquí Cristo, mientras está solo en el desierto sin nada que comer y sufre su penuria sin murmurar. La primera clase de ayuno uno puede terminarla cuando quiere, y puede satisfacerla con alimento; pero la otra tenemos que guardarla y soportarla hasta que Dios mismo la cambie y nos sacie. Por eso es mucho más preciosa que la primera, porque se mueve en una fe mayor.

4 Esta es también la razón por la que el evangelista la pone primero con gran cuidado: «Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto», para ayunar allí y ser tentado; a fin de que nadie imite su ejemplo por su propia elección y haga de ello un ayuno egoísta, arbitrario y placentero, sino que espere más bien al Espíritu, que le enviará bastantes ayunos y tentaciones. Porque quien, sin ser guiado por el Espíritu, se lanza por capricho al peligro del hambre o a cualquier tentación, cuando en verdad es una bendición de Dios poder comer y beber y tener otras comodidades, tienta a Dios. No debemos buscar la necesidad ni la tentación; con seguridad vendrán por sí mismas; entonces debemos hacer lo mejor que podamos y obrar con rectitud. El texto dice: «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto»; y no: «Jesús mismo decidió ir al desierto». «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios», Ro 8:14. Dios da sus bendiciones para que las usemos con acción de gracias, y no para que las dejemos ociosas y así lo tentemos; porque él lo quiere así, y nos obliga a ayunar por el Espíritu o por una necesidad que no podemos evitar.

5 Esta narración, sin embargo, está escrita tanto para nuestra instrucción como para nuestra amonestación. Primero, para instrucción: para que sepamos cómo Cristo nos ha servido y ayudado con su ayuno, su hambre, su tentación y su victoria; y también que quien cree en Cristo nunca sufrirá necesidad, y que la tentación nunca le hará daño, sino que tendremos bastante en medio de la escasez y estaremos seguros en medio de la tentación; porque su Señor y Cabeza triunfó sobre todo esto en su favor, y de esto está seguro, como dice Cristo en Jn 16:33: «pero confiad, yo he vencido al mundo». Dios, que pudo alimentar a Cristo cuarenta días sin alimento alguno, puede alimentar también a sus cristianos.

6 En segundo lugar, esto está escrito para nuestra amonestación, para que, a la luz de este ejemplo, también nosotros suframos con alegría la necesidad y la tentación en el servicio de Dios y por el bien de nuestro prójimo, como Cristo lo hizo por nosotros, cada vez que la necesidad lo requiera; lo cual ciertamente sucede si aprendemos y confesamos la palabra de Dios. Por eso este evangelio es dulce consuelo y fuerza contra la incredulidad y la infamia del estómago, para despertar y fortalecer la conciencia, a fin de que no nos afanemos por el sustento de nuestros cuerpos, sino que estemos seguros de que él puede darnos, y nos dará, nuestro pan de cada día.

II. LA TENTACIÓN DE CRISTO.

7 Pero cómo sucede la tentación y cómo se vence, todo eso se nos pinta aquí muy hermosamente en Cristo. Primero, que es llevado al desierto; es decir, Dios, los ángeles y los hombres, todas las criaturas, lo dejan solitario y solo. ¿Qué clase de tentación sería si no estuviéramos abandonados y solos? Pero es doloroso cuando no sentimos nada más que cosas que nos dan la espalda; por ejemplo, que yo tenga que mantenerme y no tenga ni un centavo, ni un hilo, ni una ramita, y no experimente ayuda de otros ni se me ofrezca consejo alguno. Eso significa ser llevado al desierto y ser dejado solo. Allí estoy en la verdadera escuela, y aprendo lo que soy, cuán débil es mi fe, cuán grande y rara es la verdadera fe, y cuán profundamente atrincherada está la incredulidad en el corazón de todos los hombres. Pero quien tiene llenos su bolsa, su bodega y sus campos, todavía no ha sido llevado al desierto ni ha sido dejado solo; por eso no es consciente de la tentación.

8 En segundo lugar, el tentador se presentó y atacó a Cristo precisamente con estas preocupaciones por el alimento del cuerpo y con la incredulidad en la bondad de Dios, y dijo: V.3. Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan; como si dijera: «Sí, confía en Dios y no hornees ni cocines nada; solo espera con paciencia hasta que un ave asada te vuele a la boca. ¿Dices ahora que tienes un Dios que cuida de ti? ¿Dónde está ahora tu Padre celestial, que se ocupa de ti? Sí, me parece que te deja en una linda situación. Come ahora y bebe de tu fe; veamos cómo vas a saciar tu hambre; sí, cuando tienes piedras por pan. ¡Qué buen Hijo de Dios eres! ¡Qué paternal se muestra contigo, que no te manda ni una rebanada de pan y deja que estés tan pobre y necesitado! ¿Sigues creyendo ahora que eres su hijo y que él es tu padre?». Con pensamientos semejantes ataca en verdad a todos los hijos de Dios. Y Cristo sintió de veras esta tentación, porque no era un tronco ni una piedra; aunque él era y permaneció puro y sin pecado, lo cual nosotros no podemos.

9 Que Satanás atacó a Cristo con las preocupaciones por el alimento diario, o con la incredulidad y la avaricia, lo prueba la respuesta de Cristo, cuando dice: V.4. No sólo de pan vivirá el hombre. Suena como si dijera: «Tú quieres dirigirme solo al pan y me tratas como si no pensara en nada más que en el sustento de mi cuerpo». Esta tentación es muy común también entre la gente piadosa, y la sienten con especial intensidad los que tienen hijos y familia y no tienen nada que comer. Por eso dice san Pablo en 1 Ti 6:10 que la avaricia es raíz de toda clase de males; porque es un fruto de la incredulidad. ¿No crees que la incredulidad, el afán y la avaricia son las razones por las que la gente teme entrar en la vida matrimonial? ¿Por qué la evitan y viven en la impureza, sino por el temor de tener que morir de hambre y sufrir necesidad? Pero aquí debemos considerar la obra y el ejemplo de Cristo, que sufrió necesidad cuarenta días y cuarenta noches, y al final no fue abandonado, sino que aun los ángeles le sirvieron.

10 En tercer lugar, mira cómo Cristo resiste esta tentación del pan y la vence. No ve más que piedras y cosas que no se pueden comer; entonces acude a la palabra de Dios, se aferra a ella, se fortalece con ella y derriba con ella al diablo. Todos los cristianos deberían aferrarse a este dicho cuando vean que hay escasez y necesidad, y que todo se ha vuelto piedras, de modo que el ánimo tiembla; y deberían decir: «¿Qué importaría si el mundo entero estuviera lleno de pan? Aun así, el hombre no vive solo de pan, sino que a la vida pertenece algo más, a saber, la palabra de Dios». Pero las palabras son tan hermosas y poderosas que no debemos pasarlas por alto a la ligera, sino explicarlas con cuidado.

11 Estas palabras las cita Cristo de Dt 8:3, donde dice Moisés: «Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre». Esto equivale a decir: «Puesto que Dios permite que tengas hambre y aun así sigues viviendo, deberías entender que Dios te alimenta sin pan por medio de su palabra; porque, si hubieras de vivir y sustentarte solo de pan, tendrías que estar continuamente lleno de pan». Pero la palabra que nos alimenta es que él nos promete, y hace que se anuncie, que es nuestro Dios y quiere ser nuestro Dios.

12 Así, pues, el sentido de Moisés y de Cristo es este: quien tiene aquí la palabra de Dios y cree, tiene ambas bendiciones. La primera: cuando está en necesidad y no tiene nada, sino que tiene que sufrir hambre, esa palabra lo sostendrá, de modo que no morirá de hambre ni perecerá, igual que si tuviera abundancia que comer; porque la palabra que tiene en su corazón lo alimenta y sostiene sin comer ni beber. Y si tiene poco que comer, un bocado o una rebanada de pan lo alimentará y nutrirá como un banquete real; porque no solo el pan, sino también la palabra de Dios alimenta el cuerpo de manera natural, así como crea y sustenta todas las cosas, He 1:3. La otra bendición la disfrutará también, a saber, que al final el pan estará ciertamente a mano, venga de donde venga, aunque tuviera que llover del cielo como el maná donde no crece ni puede crecer. En estos dos pensamientos puede confiar libremente toda persona: que en tiempo de hambre recibirá pan o algo que comer; o, si no, que su hambre se volverá tan moderada y soportable que lo alimentará tan bien como el pan.

13 Lo que se ha dicho del comer y del alimento del cuerpo lo entendía también del beber, el vestido, la casa y todas nuestras necesidades: a saber, que, aunque todavía permite que quedemos desnudos y suframos falta de vestido, casa, etc., al final el vestido tiene que estar a mano; y antes de que falte, las hojas de los árboles tendrán que convertirse en abrigos y mantos; o, si no, los abrigos y vestidos que llevamos nunca tendrán que envejecer, como les sucedió a los hijos de Israel en el desierto, Dt 8:2-4, cuyos vestidos y zapatos nunca se gastaron. Asimismo, el desierto salvaje tendrá que convertirse en sus casas, y tendrá que haber camino donde no hay camino, y agua donde no hay agua; las piedras tendrán que volverse agua. Porque aquí está la palabra de Dios, que dice: «él tiene cuidado de vosotros»; y san Pablo en 1 Ti 6:17: «Dios, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos»; y Mt 6:33-34: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana». Estas palabras y otras semejantes tienen que seguir siendo verdaderas y permanecer firmes para siempre.

14 Todo esto puede aprenderlo cada uno de sus propias experiencias diarias. Porque se sostiene, y yo casi lo creo, que no crecen tantas gavillas de trigo como personas viven sobre la tierra; pero Dios bendice y multiplica cada día el trigo en el saco, la harina en la artesa, el pan en la mesa y en la boca, como hizo Cristo, Jn 6:12 ss. También es notable que, por regla general, los pobres y sus hijos están más robustos, y su alimento les rinde más y les sienta mejor que a los ricos con todas sus provisiones. Pero que los impíos a veces sufran necesidad, o que en tiempos de hambre muchos mueran de hambre, lo causa una plaga especial, como la peste, la guerra, etc. Por lo demás, vemos que en todas las cosas no es el alimento, sino la palabra de Dios, lo que alimenta a todo ser humano.

15 Ahora bien, que Dios sustente a toda la humanidad por medio del pan, y no solo por la palabra, sin pan, se hace con este fin: que oculta su obra en el mundo para ejercitar a los creyentes. Así como mandó a los hijos de Israel armarse y pelear, y sin embargo no le agradaba que la victoria viniera por su propia espada y sus propios hechos, sino que él mismo había de matar a sus enemigos y triunfar con las espadas de ellos y por medio de sus hechos. Aquí también podría decirse: «El guerrero no venció solo con su espada, sino por toda palabra que salía de la boca de Dios», como canta David en el Sal 44:6: «Porque no confiaré en mi arco, ni mi espada me salvará». También el Sal 147:10 y el 33:16-17: «Ni se complace en la agilidad del hombre». «No se escapa el valiente por la mucha fuerza. Vano para salvarse es el caballo». Sin embargo, él usa al hombre y al caballo, la espada y el arco; pero no a causa de la fuerza y el poder del hombre y del caballo, sino que, bajo el velo y la cobertura del hombre y del caballo, él pelea y lo hace todo. Esto lo prueba en que a menudo hizo, y cada día hace, lo mismo sin el hombre y sin el caballo, donde hay necesidad y no se le tienta.

16 Así hace también con el pan: puesto que está a mano, nos alimenta por medio de él y con él, de modo que no lo vemos y pensamos que es el pan el que lo hace; pero donde no está a mano, nos alimenta sin el pan, solo por la palabra, como lo hace por medio del pan. De modo que así el pan es ayudante de Dios, como dice Pablo en 1 Co 3:9: «Porque nosotros somos colaboradores de Dios»; es decir, por medio de nuestro oficio ministerial exterior y bajo él, Dios da interiormente su gracia, la cual también podría dar, y de hecho da, sin nuestro oficio; pero, puesto que el oficio está a mano, no se lo debe despreciar ni tentar a Dios. Así Dios nos sustenta exteriormente con el pan; pero solo él da interiormente el crecimiento y la permanencia, que el pan no puede dar. Y el resumen es este: todas las criaturas son máscaras y disfraces de Dios, a las que él permite obrar con él y ayudar a hacer todo lo que él puede hacer, y hace de otro modo, sin su cooperación, a fin de que nos aferremos solo a su palabra. Así, si hay pan a mano, que no confiemos más por eso; o, si no hay pan, que no desesperemos más por eso; sino que lo usemos cuando está a mano y prescindamos de él cuando no lo hay, seguros de que en ambos casos seguiremos viviendo y seremos sustentados por la palabra de Dios, haya pan o no lo haya. Con semejante fe se vence de la manera correcta la avaricia y el afán temporal por el pan de cada día.

17 La segunda tentación de Cristo es opuesta a la primera y repugna al sentido común. Su sustancia es que el diablo nos enseña a tentar a Dios; como aquí incita a Cristo a echarse abajo desde el pináculo del templo, lo cual no era en absoluto necesario, puesto que seguramente había buenos escalones por los que podía bajar. Y que esta tentación tenía por fin tentar o poner a prueba a Dios lo prueba también claramente la respuesta de Cristo, cuando dice: V.7. No tentarás al Señor tu Dios. Con esto muestra que el diablo quería llevarlo a tentar a Dios.

18 Y esto sigue muy apropiadamente a la primera tentación. Porque, cuando el diablo percibe que un corazón confía en Dios en tiempos de escasez y necesidad, pronto cesa su tentación del pan y de la avaricia, y piensa: «Espera, ¿quieres ser muy espiritual y creyente? Yo te ayudaré». Se acerca y ataca por el otro lado, para que creamos donde Dios no nos ha mandado creer ni quiere que creamos. Por ejemplo, si Dios les diera pan en sus casas, como lo da cada año en todas partes del mundo, y ustedes no quisieran usarlo, sino que se causaran ustedes mismos necesidad y escasez, y dijeran: «¡Pues hemos de creer a Dios! No comeré el pan, sino que esperaré con paciencia hasta que Dios me envíe maná del cielo». Mira, eso sería tentar a Dios; porque no es creer cuando está a mano todo lo que necesitamos y debemos tener. ¿Cómo puede uno creer que recibirá lo que ya tiene?

19 Así ves aquí que Satanás puso delante de Cristo escasez y necesidad donde no había ni escasez ni necesidad, sino donde había ya buenos medios para bajar del templo sin semejante manera de bajar, recién inventada e innecesaria. Para esto llevó Satanás a Cristo a lo alto del templo, en la santa ciudad, dice el evangelista, y lo puso en un lugar santo. Porque crea en el hombre pensamientos tan preciosos que este cree estar lleno de fe y en el verdadero camino de la santidad; y, sin embargo, no está dentro del templo, sino solo por fuera del templo; es decir, no está en la verdadera mente santa ni en la vida de fe; y, sin embargo, está en la santa ciudad; es decir, tales personas solo se encuentran en la cristiandad y entre los verdaderos cristianos, que oyen mucha predicación sobre la fe. A estas personas les aplica los dichos de la Escritura. Porque tales personas aprenden también la Escritura oyéndola cada día; pero no más allá de lo que pueden aplicarla a sus opiniones erróneas y a su falsa fe. Porque Satanás cita aquí del Salterio, Sal 91:11-12, que Dios mandó a los ángeles proteger a los hijos de Dios y llevarlos en sus manos. Pero Satanás, como pícaro y tramposo, deja de citar lo que sigue, a saber, que los ángeles protegerán a los hijos de Dios en todos sus caminos. Porque el salmo dice así: «Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra». Por tanto, la protección de los ángeles, según el mandato de Dios, no llega más allá de los caminos por los que Dios nos ha mandado andar. Cuando andamos en estos caminos de Dios, sus ángeles cuidan de nosotros. Pero el diablo omite citar «los caminos de Dios», e interpreta y aplica la protección de los ángeles a todas las cosas, también a lo que Dios no ha mandado; entonces falla y tentamos a Dios.

20 Ahora bien, esta tentación rara vez se da en cosas exteriores como el pan, el vestido, la casa, etc. Porque encontramos a muchas personas temerarias que arriesgan y ponen en peligro la vida, sus bienes y su honra, sin ninguna necesidad de hacerlo; como hacen los que entran voluntariamente en batalla, o se lanzan al agua, o juegan dinero, o de otras maneras se aventuran al peligro, de los cuales dice el sabio en Eclesiástico 3:27: «Quien ama el peligro perecerá en él»; porque en la medida en que uno se esfuerza por conseguir algo, lo logrará: los nadadores suelen ahogarse, y los buenos trepadores suelen caerse. Pero es raro que los de falsa fe en Dios se abstengan del pan, del vestido y de otras cosas necesarias para la vida cuando están a mano. Como leemos de dos ermitaños que no querían aceptar pan de la gente, sino que pensaban que Dios debía enviárselo directamente del cielo; y la consecuencia fue que uno de ellos murió y se fue con su padre, el diablo, que le había enseñado semejante fe y lo había dejado caer desde el pináculo.

21 Pero en las cosas espirituales esta tentación es poderosa, cuando se trata del alimento, no del cuerpo, sino del alma. Aquí Dios nos ha puesto delante la persona y el camino por los cuales el alma puede ser alimentada para siempre de la manera más rica posible, sin escasez alguna, a saber, Cristo, nuestro Salvador. Pero este camino, este tesoro, esta provisión, nadie la desea. Todos buscan otro camino, otras provisiones para ayudar a sus almas. Los verdaderos culpables son los que quieren salvarse por su propia obra; a estos el diablo los pone bien a la vista en lo alto del templo. Lo siguen y bajan por donde no hay escalera; creen y confían en su propia obra, donde no hay fe ni confianza, ni camino ni puente, y se rompen el cuello. Pero Satanás se vale de las Escrituras y los persuade por medio de ellas a creer que los ángeles los protegerán, y que su camino, sus obras y su fe agradan a Dios, quien por las Escrituras los llamó a hacer buenas obras; pero no les importa con cuánta falsedad explican las Escrituras.

22 Quiénes son estos, lo hemos señalado bastante a menudo y muy por extenso: los justos por obras y los hipócritas incrédulos, bajo el nombre de cristianos y en medio de la congregación del pueblo cristiano. Porque la tentación tiene que darse en la santa ciudad, y una tentación rara vez va contra otra. En la primera tentación, la escasez y el hambre son las razones por las que no hemos de creer, y por las cuales nos afanamos por tener plena suficiencia, de modo que no queda lugar para creer. En la segunda tentación, en cambio, la abundancia y la plena suficiencia son las razones por las que no creemos, por las cuales nos cansamos del tesoro común, y cada uno intenta hacer algo por sus propias fuerzas para proveer a su alma. Así hacemos: si no tenemos nada, dudamos de Dios y no creemos; si tenemos abundancia, nos cansamos de ella y queremos tener algo distinto, y otra vez dejamos de creer. Allá huimos de la escasez, nos volvemos contra ella y buscamos la abundancia; aquí buscamos la escasez y huimos de la abundancia que tenemos. No, lo que Dios hace por nosotros nunca está bien. Tal es la maldad sin fondo de nuestra incredulidad.

23 La tercera tentación de Cristo consiste en la honra y el poder temporales, como enseñan claramente las palabras del diablo, cuando Satanás le muestra y le ofrece a Cristo todos los reinos del mundo si lo adora. A esta clase pertenecen los que caen de su fe por causa de la honra y el poder, para disfrutar de buenos días, o que no creen más allá de lo que alcanzan su honra y su poder. Tales son también los herejes que inician sectas y facciones en asuntos de fe entre los cristianos, para hacer gran ostentación ante el mundo y encumbrarse en su propia honra. Por eso se puede poner esta tercera tentación a la derecha, y la primera a la izquierda. La primera es la tentación de la desgracia, por la cual el hombre es movido a la ira, la impaciencia y la incredulidad; la tercera y última, la tentación de la prosperidad, por la cual el hombre es atraído al placer, la honra, la alegría y todo lo que es alto. La segunda, o la del medio, es espiritual y tiene que ver con los ciegos engaños y errores que desvían la razón de la fe.

24 Porque a quien el diablo no puede vencer con pobreza, escasez, necesidad y miseria, lo ataca con riquezas, favor, honra, placer, poder y cosas semejantes, y pelea contra nosotros por ambos lados; sí, «anda alrededor», dice san Pedro en 1 P 5:8. De modo que, si no puede derribarnos ni con el sufrimiento ni con el amor, es decir, ni con la primera tentación, a la izquierda, ni con la tercera, a la derecha, se retira a un método más alto y distinto, y nos ataca con el error, la ceguera y una falsa comprensión de la Escritura. Si allí gana, nos va mal por todos lados y en todas las cosas; y sea que uno sufra pobreza o tenga abundancia, sea que pelee o se rinda, todo está perdido. Porque, cuando uno está en el error, no le sirve ni la paciencia en la desgracia ni la firmeza en la prosperidad; puesto que en ambas cosas los herejes son a menudo fuertes, y el diablo deliberadamente hace como si hubiera sido vencido en la primera y en la última tentación, aunque no lo ha sido, con tal que haya ganado en la del medio o segunda. Porque deja que sus propios hijos sufran mucho y sean pacientes, y aun que a veces desprecien el mundo; pero nunca con un corazón verdadero y sincero.

25 Ahora bien, estas tres tentaciones juntas son pesadas y duras; pero la del medio es la mayor, porque ataca en el alma la doctrina misma de la fe, y es espiritual y versa sobre cosas espirituales. Las otras dos atacan la fe en las cosas exteriores, en la fortuna y la desgracia, en el placer y el dolor, etc., aunque ambas nos prueban severamente. Porque es triste tener que aferrarse al cielo y estar siempre en necesidad y comer piedras donde no hay pan. Y también es triste despreciar favores, honra y posesiones, amigos y compañeros, y dejar lo que uno ya tiene. Pero la fe, arraigada en la palabra de Dios, lo puede todo; si la fe es fuerte, al creyente también le resulta fácil hacer esto.

26 El orden de estas tentaciones, tal como le sobrevinieron a Cristo, no se puede determinar con certeza, porque los evangelistas las dan en distinto orden. La tentación que Mateo pone en medio, Lucas la pone al final, Lc 4:4 ss.; y, a su vez, la que Lucas pone en medio, Mateo la pone al final, como si poco dependiera del orden. Pero, si uno quisiera predicar o hablar de ellas, el orden de Lucas sería mejor. Porque es una buena ocasión para repetir y contar que el diablo comenzó con la escasez y la desgracia; cuando eso no funcionó, comenzó con la prosperidad y la honra; y por último, cuando todo falla, irrumpe desenfrenada y malvadamente y golpea a la gente con terror, mentiras y otros engaños espirituales. Y puesto que en la práctica y en la experiencia no tienen orden, sino que sucede que un cristiano puede ser atacado una vez con la última y otra vez con la primera, etc., Mateo prestó poca atención al orden que un predicador debe observar al hablar de este tema. Y quizá con Cristo sucedió lo mismo durante los cuarenta días: que el diablo no guardó ningún orden, sino que hoy lo atacó con esta tentación y mañana con otra, y otra vez, a los diez días, con la primera, y así sucesivamente, según se le daba la ocasión.

27 Al final vinieron ángeles y le servían. Esto tiene que haber sucedido en sentido literal: que se aparecieron en forma corporal y le dieron de comer y de beber, y, como en una mesa, atendieron todas sus necesidades. Porque el servicio se ofrece exteriormente a su cuerpo, así como, sin duda, el diablo, su tentador, se apareció también en forma corporal, quizá como un ángel. Porque, al ponerlo sobre el pináculo del templo y mostrarle en un momento todos los reinos del mundo, tiene que haber sido un ser más alto que un hombre, puesto que se presenta como un ser superior, al ofrecerle todos los reinos del mundo y pretender ser adorado. Pero ciertamente no llevaba la figura del diablo, porque quiere ser hermoso cuando miente y engaña, como dice de él san Pablo en 2 Co 11:14: «porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz».

28 Pero esto está escrito para nuestro consuelo, para que sepamos que también a nosotros nos sirven muchos ángeles donde un solo diablo nos ataca. Si peleamos con espíritu de caballero y nos mantenemos firmes, Dios no nos dejará sufrir necesidad; antes aparecerían los ángeles del cielo para ser nuestros panaderos, meseros y cocineros, y atender todas nuestras necesidades. Esto no está escrito por causa de Cristo, porque él no lo necesita. Si los ángeles le sirvieron a él, también pueden servirnos a nosotros.

Sermón para el quinto domingo después del Domingo de la Trinidad; Lucas 5:1-11

1 Este evangelio es fácil de entender para los que creen, y nos presenta dos ideas, a saber: la fe en su relación con los bienes temporales, y la fe en su relación con los bienes eternos.

Parte I. La fe en su relación con los bienes temporales

2 En primer lugar, Cristo muestra que los que creen en él tendrán ciertamente lo suficiente también para esta vida presente. Y esto lo hace al darles a Pedro y a sus compañeros una multitud tan grande de peces, más de lo que tenían motivo para esperar; también en esto, que Cristo provee aun para alimentar nuestro estómago, si no fuera por nuestra maldita incredulidad. Porque mira a Pedro y observa hasta el fondo de su corazón, y hallarás que no tenía idea de que iba a pescar tantos peces; entonces vino Dios y arreó los peces a la red, y más de lo que todos los discípulos habían deseado.

3 Por tanto, esto es un ejemplo de que todos los que creen tendrán lo suficiente para sus necesidades temporales; pero los que no creen nunca tienen bastante, y no hallan reposo tramando cómo asegurarse riquezas, por lo cual caen en toda clase de vicios. Entonces sucede lo que dice Pablo en 1 Ti 6:6-10: «Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores».

4 Ahora bien, este pasaje de san Pablo muestra claramente lo que sigue a nuestra incredulidad, a saber, que quien corre tras las posesiones y quiere hacerse rico, tiene que caer en las tentaciones y lazos del diablo. Estos no los podemos ver, porque son espirituales. Pero si pudiéramos ver el daño y la ruina que él hace en las cosas espirituales, como lo hace en las corporales, entonces seríamos buenos predicadores. Porque vemos públicamente cómo un hombre incrédulo rasca y hace violencia a todo el mundo para amontonar algo en que poner su confianza, y decir: ¡Sí, ahora tengo bastante! Así vemos qué cosa tan avara y tan poco amable es la incredulidad; porque no le hace bien a nadie, no le vende nada a nadie a menos que vea en ello su propio provecho.

5 Porque siempre ha sido una maldición que no podamos confiar en Dios ni siquiera para el alimento diario que nuestro estómago pide, y que continuamente pensemos que vamos a morir de hambre; y, sin embargo, hemos de tener lo suficiente, como dice Cristo en Mt 6:25ss: «Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal».

6 Aquí ves cómo Dios cuida de las aves y de las flores, y las adorna tan hermosamente; mucho más nos dará a nosotros lo que necesitamos; y sin embargo no podemos confiar en él. Con tanto éxito nos ha tomado cautivos el diablo con sus lazos. Y cuando uno llega al punto de no estar satisfecho y de no confiar en Dios, entonces el amor tiene que cesar de inmediato, de modo que no le hace bien a nadie, sino que lo amontona todo en su propio montón.

7 Y de este modo surgió la vocación de los sacerdotes y de los monjes: solo para ayudarse a sí mismos y alimentar su estómago; y como no se les permitía trabajar, corrieron a los claustros. Y es verdad el refrán: La desesperación hace monjes; sí, no solo monjes, sino también sacerdotes, obispos y papas; porque no confían en que Dios pueda alimentarlos y vestirlos, y solo piensan en cómo fortificarse contra toda necesidad y pobreza. Todo esto es la vida de la incredulidad. Luego van y mantienen rameras o cometen adulterio, que son los frutos que siguen a la incredulidad; porque nunca confiaron en que Dios pudiera sustentarlos si tomaban esposa y se quedaban fuera de los monasterios.

8 Pues bien, aquí hay un ejemplo que nos anima a confiar en Dios, y primero para las necesidades del estómago, ya que él cuida de nosotros también en las cosas temporales. Esto lo vemos aquí en el caso de Pedro, cuando pescó una multitud tan grande de peces, que llenó sus barcas de sobra. Por esto se muestra claramente que Dios no desamparará a nadie; cada uno ha de tener lo que necesita si confía solo en Dios, como dice el Sal 37:25: «Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan». No faltan provisiones; solo falta fe. Antes de que eso sucediera, vendrían los ángeles a servirnos. Por tanto, el hecho de que la gente sufra ahora tal necesidad se debe solo a la incredulidad.

9 Y aunque Dios está cerca de nosotros y nos dará lo que necesitamos, él requiere de nuestra parte tanto trabajo como esperanza, aun cuando tarde por un tiempo; por eso le da aquí a Pedro una pesca de peces y dice:

V.4. «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar».

10 Como si el Señor dijera: Echen las redes y hagan el trabajo que le corresponde a un pescador, y déjenme a mí cuidar del resto. El cuidado o la preocupación no será tuyo sino mío, y el trabajo será tuyo. Nosotros, en cambio, queremos invertirle esto a Cristo: queremos el cuidado y dejarle a él el trabajo. De ahí viene que todos corran tras la usura y acumulen dinero, para no tener que trabajar nunca.

11 Por tanto, si quieres llevar una vida verdaderamente cristiana, deja que tu Dios se encargue de cómo llegan los peces a tu red, y ve y entra en alguna vocación en la vida para que trabajes. Pero todos queremos ocupar puestos en los que no tengamos que trabajar; esa ha sido siempre la artimaña del diablo. Y por eso nos hicimos monjes y sacerdotes, solo para vivir como nobles y no tener que trabajar. Movidas por esto, las madres enviaban a sus hijos a la escuela, para que tuvieran buenos días y sirvieran a Dios. De este modo se llegó a tal punto que la gente no sabía lo que era vivir bien; y sin embargo Dios mandó, y se complació en ello, que el hombre comiera su pan con sudor, como le dijo a Adán: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan», Gn 3:19. Y cuanto más hondo estés metido en la ley, mejor. Por tanto, trabaja y cree, y deja que Dios gobierne sin estorbo.

12 Cuando hablamos de la fe y de que debemos apoyarnos en Dios y dejar que él cuide de nosotros, entonces dicen: Sí, tendría que creer mucho tiempo antes de que una paloma asada me volara a la boca, si no trabajo. Sí, es verdad, tienes que afanarte, porque se te manda hacerlo; pero deja que tu Dios provea para ti. Cree y trabaja, y entonces no solo una paloma, sino un ganso asado te volará a la boca.

13 Pero a esto pertenece también otra parte, a saber, que debemos esperar, aun cuando Dios tarde por un tiempo. Por eso Cristo los dejó aquí afanarse toda la noche sin pescar nada, y parecía que iba a permitir que murieran de hambre. Pedro bien pudo haber pensado, puesto que había pescado tanto tiempo sin sacar nada: Ahora Dios va a dejar que el estómago desfallezca. Pero no desespera, sigue trabajando, y se mantiene firme y espera. Entonces viene Dios y le da de una vez una multitud tan grande de peces, más de los que habría podido pescar en ocho días.

14 Por tanto, tienes que aprender bien esta parte: que debes trabajar y esperar, aun cuando Dios tarde un poco y te deje afanarte en tu sudor, de modo que te imagines que tu trabajo ya está perdido. Entonces tienes que ser sabio y aprender a conocer a tu Dios y a confiar en él. Entonces llega y te da más de lo que necesitas, como lo hace aquí con Pedro. Por tanto, si Dios ya ha tardado, recuerda solamente que en el ejemplo de Pedro también hubo una pequeña demora, y sin embargo llegó en abundancia. Así da el golpe a la hora de su beneplácito; por tanto, no desesperes, sino espera, y entonces tus obras serán de oro y agradables a él; y entonces la esperanza aguarda con paciencia cuando Dios se aparta de nosotros y no hace enseguida lo que deseamos con ardor. Por eso tiene que hacer un apéndice y colgarle una piedra preciosa, para que tus obras lleguen a tener valor. Esta piedra preciosa es la fe; pero las obras de los incrédulos son hojarasca, porque no están edificadas sobre la fe. Esta es la primera parte de nuestro evangelio; ahora sigue la segunda.

Parte II. La fe en su relación con los bienes eternos

15 Después de que los discípulos pescaron los peces y probaron el fruto de la fe, su fe aumentó y creció. Ahora bien, primero tenemos que llegar al punto de poder encomendar a Dios el cuidado de nuestro estómago. Porque quien no puede confiarle eso a Dios, nunca podrá encomendarle su alma. Pero esta es solo la fe del niño, cuando aprendemos a andar agarrados del banco y seguimos mamando del pecho de nuestra madre. Sin embargo, por esto tenemos que aprender a confiar nuestra alma a Dios para que él la guarde. A esto apunta el evangelio de hoy cuando dice:

V.8, 9. Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él.

16 Sea Pedro aquí una figura de los que han de creer en los bienes eternos, y pon en su lugar la conciencia, que ahora aguarda y busca bendiciones y bienes temporales. Una conciencia pecadora, por su naturaleza, tiende a hacer justamente lo que hace aquí Pedro: huir de su Salvador y pensar: ¡Oh Dios, no soy digno de ser salvo y de sentarme entre los santos y los ángeles! ¡Oh, ese tesoro es demasiado alto para mí! Aquí la conciencia estrecha y pequeña no puede abarcar estos grandes tesoros, sino que piensa: Sí, si yo fuera como san Pedro y san Pablo, entonces podría creerlo. Esto es necio; porque si quisieras afirmarte sobre tu santidad, edificarías sobre la arena. No, así no; sino haz como san Pedro. Porque en cuanto se consideró tan indigno, entonces precisamente llegó a ser digno. Y justamente porque eres una persona pecadora, tienes que confiar. Aquí tienes que abrir de par en par tu conciencia y ensanchar mucho tu corazón, para que la gracia fluya libremente en ellos.

17 Si ya has aprendido a conocer a Dios, entonces no le niegues nada en absoluto; es decir, si contemplamos los grandes tesoros, no debemos desesperar. Es justo que nos conozcamos a nosotros mismos, y cuanto más a fondo lo hagamos, mejor; pero no debes rechazar la gracia por causa de tus pecados. Porque si hallas que tu conciencia lucha y quiere empujarte a la desesperación, entonces estás en la mejor situación y eres muy dichoso; entonces hallarás el consuelo en tu conciencia, y dirás como Mi 7:18-19: «¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y echa sus pecados en el mar y los ahoga?». Todos los dioses que no quitan los pecados son ídolos. Por eso dice bien Miqueas que no hay Dios como nuestro Dios; porque los otros dioses quieren descubrir justicia, pero nuestro Dios la trae; Dios el Señor la trae y no la descubre. Por tanto, no debes desesperar aunque tu conciencia luche y sienta sus pecados; porque cuanto más deshonrado estés, tanto más pronto te imparte Dios la gracia.

18 Ahora bien, la gran multitud de la gente va y se acicala como hace el gatito, y piensa que entonces Dios la aceptará. No; las Escrituras alaban a Dios porque él quita los pecados y los echa en el océano. No podemos remediar nuestros pecados con nuestras obras ni hacernos justos por ningún poder que haya en nosotros mismos; Dios, y nadie más, lo hará, sin mérito y sin obras, por pura gracia; como dice en Is 43:25: «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados». Y así tiene que ser, o nunca obtendrás una conciencia alegre. Por tanto, cuando Pedro dijo: «Soy hombre pecador», hizo bien. Es verdad que tenía motivo para temer y humillarse; pero estaba obligado a no rechazar a Dios, sino a recibirlo.

19 Por tanto, si siento mis pecados y me pongo como san Pedro, y quisiera huir de Dios, entonces tengo que volverme primero y acercarme más y más a él. Porque si Dios hubiera huido y no hubiera querido quitar tus pecados, no habría venido a ti ni habría corrido tras de ti. Por tanto, cuanto más sientas que eres un hombre pecador y más quieras huir de Dios, tanto más debes avanzar hacia él; fíjate bien en esto. Porque como hace aquí san Pedro, así hacen todas las conciencias que se aterran ante sus pecados: quieren huir de Dios y buscar otro ídolo. Entonces no desistas, sino acércate a Dios con nueva confianza y aférrate a él. En cambio, si huimos de él y buscamos la justicia por obras y el auxilio de otro dios, y después venimos al Dios verdadero, entonces no lo hallaremos, como les pasó a las vírgenes insensatas, a quienes, mientras iban a comprar aceite, se les cerró la puerta, Mt 25:10.

20 Pero ¿qué hizo Cristo cuando Pedro se humilló y, en medio de gran temor y espanto, pidió al Señor que se apartara de él? ¿Lo dejó hundido en su desesperación? No, sino que vino a él, lo consoló y le dijo:

V.10. «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

21 Estas son palabras evangélicas, palabras del evangelio, que consuelan a los corazones débiles. Y justamente de este modo Dios hace que nuestro trabajo y nuestra tentación sean de oro ante nuestros ojos. Observa, pues, ahora cómo Dios provee para nuestros cuerpos, al darle aquí a Pedro una multitud tan grande de peces, cuando le habrían bastado dos; y de igual manera lo sacia y lo enriquece espiritualmente, de modo que de su plenitud pudiera impartir a otros. Y así lo hizo pescador natural y pescador espiritual: pescador natural, en cuanto pescó una multitud tan grande de peces que podía vender; pescador espiritual, en cuanto desde entonces había de pescar hombres; porque ahora tenía el evangelio, con el cual había de reunir al pueblo y ensanchar el reino de Cristo.

22 Mira, así sucede: si uno cree, Dios le da tanto que puede ayudar a toda la gente, por fuera con sus bienes y dones; y desde dentro irrumpe, enseña a otros y los hace ricos también interiormente, porque una persona así no puede callar: tiene que anunciar a otros lo que ha experimentado; como dice el Sal 51:10-13: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti». También en otro salmo, el 116:10, dice David: «Creí; por tanto hablé». Esto sucede así: si creo, conozco a Dios, y entonces veo lo que les falta a otras personas, y voy y les predico el evangelio.

23 Así vemos en este evangelio cómo Dios cuida de los suyos y cómo los sustenta temporal y espiritualmente, en cuerpo y alma. Pero donde por un tiempo hay necesidad, eso es sin duda una medida de nuestra incredulidad, o señal de que hace poco que empezamos a creer. Porque cuando la fe todavía es nueva y pequeña, sus bendiciones en ese tiempo son pequeñas e insignificantes, a fin de que aprendamos a conocer a Dios y a confiar en él. Pero si hemos llegado al punto de confiar libremente en Dios, entonces no nos faltará nada, porque Dios nos llena de bendiciones temporales y espirituales, y de tesoros tan sobreabundantes que podemos ayudar a toda la gente. Eso se llama enriquecer a los pobres y alimentar a los hambrientos. Esto basta sobre el evangelio de hoy.

Sermón para el quinto domingo después del Domingo de la Trinidad; Lucas 5:1-11 (2.º sermón)

PARTE I. SOBRE LA FE, EL CUIDADO DE DIOS Y NUESTRA OCUPACIÓN DIARIA

1 Este evangelio nos presenta dos partes, en las que exhorta a la fe y fortalece la fe. En la primera parte muestra que Cristo cuida de los que creen en él, de modo que están abundantemente provistos frente a las necesidades temporales y corporales. En la segunda parte muestra que los ayudará todavía más frente a las necesidades espirituales, probando así en la realidad la verdad de lo que dice san Pablo en 1 Ti 4:8: «La piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera». Las Escrituras están llenas por todas partes de estas dos clases de promesas.

2 A la fe le asegura ayuda temporal y corporal al darles a Pedro y a sus compañeros una pesca tan grande de peces, después de haber trabajado en vano toda la noche sin pescar nada, cuando ya no podían tener expectativa ni esperanza de sacar algo. Pero en esto se atiene a la regla y al orden que él mismo ha dado y enseñado en Mt 6:33: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Aquí obra conforme a este dicho y muestra su verdad por el ejemplo y la experiencia, puesto que la gente se agolpa sobre él en multitudes, primero para oír sus palabras, y a tal punto que, para predicarles, se aparta de tierra en una de las barcas. Pero una vez que les ha enseñado, pasa además a proveer para sus necesidades corporales, ya que están en aprieto y necesidad.

3 Aunque en verdad no es el propósito de la venida o de la predicación de Cristo sustentar y proveer para el cuerpo, él no se olvida de ello cuando lo primero que se busca es su reino. Por eso toma sobre sí la angustia de estos pobres pescadores que, durante toda esta noche y con todos sus esfuerzos y trabajo, no han pescado nada. Sin embargo, como le han prestado su barca para predicar y lo han escuchado, él, sin que ellos lo pensaran y antes de que pronunciaran oración alguna, les proporciona una pesca tan grande que por ella pueden aprender plenamente y entender con claridad que en él tienen un Maestro que cuida de ellos y no los desamparará, con tal que permanezcan en su palabra y sigan siendo sus discípulos.

4 Él quiere que su iglesia, o pueblo creyente, sea consolada por el hecho de que él provee para ellos, y de que en algún lugar de la tierra hallarán pan y morada, aunque en todas partes sean tan perseguidos y dispersados que su lugar y su sustento en el mundo tengan que ser inciertos. Esto lo hallamos expuesto no solo en el presente caso y en otros semejantes, sino en muchos pasajes hermosos, como el Sal 34:10: «Los leoncillos necesitan, y tienen hambre; pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien». Y el Sal 33:18-19: «He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus almas de la muerte, y para darles vida en tiempo de hambre». Y Pr 10:3: «Jehová no dejará padecer hambre al justo», etc.

5 Con este ejemplo muestra especialmente cómo les va a aquellos a quienes ha de conceder sus dones y su auxilio, y cómo suele conceder estos favores. Les va como les fue a aquellos pescadores, que trabajaron toda la noche y sin embargo no tuvieron nada por todo su trabajo y fatiga, y no tenían nada que esperar del consejo o de la ayuda humana. Múltiples tribulaciones, miserias y angustias son la experiencia diaria de toda la cristiandad. Si Cristo ha de ayudar, tiene que haber pruebas, aflicción y fatiga, y tiene que llegarse al punto de desesperar de todo consejo, consuelo y capacidad humanos. Entonces viene él con su ayuda, y muestra que todavía tiene los medios de consuelo, consejo, protección y liberación, y que puede conceder todo esto cuando todo lo demás nos ha fallado, y cuando todo lo que hemos hecho o padecido, y todavía podamos hacer, no es nada y es en vano; sí, que en tal necesidad y debilidad él da y ayuda en medida más rica de lo que podría hacerse con todo el poder, la habilidad y la ayuda humanos.

6 Por otra parte, al decir a sus discípulos: V.4. Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar, Cristo muestra que no prohíbe el trabajo ni quiere que se descuide lo que se nos ha mandado hacer. Con ello les ordena continuar en su oficio. Así se mantienen bien las dos cosas una frente a la otra, a saber, que tenemos que trabajar, y que nuestro trabajo no logra nada. Porque si el esfuerzo y la fatiga hubieran podido lograr algo, los discípulos lo habrían logrado durante las horas de la noche; y tanto más cuanto tenían esperanza de sacar mayor número de peces mientras duraban el silencio y la oscuridad que cuando Cristo, a plena luz del día, les mandó echar las redes. Sin embargo, a la palabra de Cristo, y de una sola redada, las sacaron llenas hasta rebosar.

7 De esto puede ver y aprender cada uno que nadie vive de su trabajo o de su esfuerzo, por grande y libre de estorbos que sea, sino que tiene que vivir de la bendición y la gracia de Dios. Quédese en esto, como dicen los alemanes: «Dios ayuda», o «Dios da sus dones de la noche a la mañana»; dicho que nos ha llegado de hombres piadosos de antaño que comprobaron su verdad en su experiencia. La experiencia diaria todavía muestra que muchos se afanan con uñas y dientes, con angustia y duro trabajo, y sin embargo apenas pueden ganar su pan o librarse de sus deudas y de su pobreza; mientras que a otro, que se lo toma con calma y nunca se esfuerza de más, todo le llega y le fluye con tanta abundancia que realmente tenemos que decir: «Todo esto viene de la ayuda de Dios y no del trabajo de ningún hombre». En el Sal 127:2 se nos dice: «A su amado se lo da mientras duerme», como si el salmista dijera: «En vano te inquietas y te atormentas con afanes y trabajo, día y noche, para proveer lo que se necesita en la casa. Mucho puede necesitarse allí; pero no depende en absoluto de tus manos ni de tu trabajo. Nada saldrá de tu esfuerzo a menos que Dios mismo sea el padre de familia» y te haga posible decir: «Dios da sus dones de la noche a la mañana. El grano y todo alimento de la tierra, sí, todo lo que un hombre tiene o pueda adquirir, tiene que dárselo Dios».

8 Tales favores los concede también a los impíos e incrédulos, y a ellos más que a otros. Con bienes temporales llena hasta rebosar la casa y el hogar de muchos hombres malvados que nunca piensan en un Dios. Y esto lo hace no por su esfuerzo y trabajo, sino por un simple acto de bendición, como se nos dice de tales hombres en el Sal 17:14: «Cuyo vientre está lleno de tu tesoro». Es como si el salmista dijera aquí: «Líbrame de los hombres de este mundo, que tienen su porción en esta vida, cuyo vientre llenas de tu tesoro», es decir, de bienes tales que son divinos y tesoros escondidos tuyos, de los cuales nadie sabe de dónde vienen y sobre los cuales no tiene poder; tesoros que no puede procurarse a sí mismo, sino que tienen que ser provistos y concedidos solo por ti.

9 Con esto Cristo quiere que los cristianos sean despertados y fortalecidos en la fe, y protegidos contra la incredulidad con sus frutos dañinos, frutos tales, sobre todo, como la codicia y los afanes ansiosos por el cuerpo y por la vida presente. Estos se adhieren al hombre por naturaleza como una plaga innata que, junto con las concupiscencias de la incredulidad, se mueve y se enfurece contra el Espíritu, como enseña san Pablo en Gá 5:17. Además, el diablo procura estorbar la fe con sus tentaciones y sugestiones a desconfiar de Dios y a dudar de él. Esto lo hace también el mundo con su odio, su envidia y su persecución de los justos, tras cuyos bienes, honra y vida anda, y a quienes quisiera usar como felpudos para sus pies. Por otra parte (digo), aquí percibimos tanto el poder como el provecho de la fe que se aferra a la palabra de Cristo y se aventura sobre ella, como hace Pedro al decir: V.5. «Toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red». Es esta fe la que agranda tanto la pesca que llena las dos barcas; porque sin ella no se habrían echado las redes, ni se habría pescado pez alguno.

10 La Escritura, sin embargo, muestra por todas partes el daño que hacen la avaricia y los afanes de la incredulidad. Porque la incredulidad no puede de ningún modo obtener de Dios nada que la beneficie, la consuele o la bendiga, sino que se priva de tal manera de la bendición divina que no puede tener satisfacción ni gozo en los bienes temporales que desea, y nunca puede poseer una conciencia buena y en paz. De ahí que Cristo, en Mt 13:22, llame espinos a toda ansiedad respecto del sustento, a causa de los cuales la palabra de Dios no puede desplegar su fuerza ni sus frutos. San Pablo explica el significado de los espinos en 1 Ti 6:9-10, diciendo: «Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores».

11 Compara aquí los bienes que la fe trae y obra con el daño que hace la incredulidad. Porque, además de tener la gracia y la bendición divinas, la fe tiene también la promesa de que será suficientemente provista de todo lo que necesita. Llena el corazón de tal bondad, paz y gozo que bien puede llamarse la raíz de todos los bienes. La incredulidad, en cambio, con todos sus afanes y su codicia, tendrá como recompensa que no mejora con ello, sino que tiene que caer en toda clase de lazos por medio de muchas codicias y deseos dañosos; y así no alcanza al final otra cosa que la destrucción eterna. Por tanto, no es sino la raíz de donde brotan todas las desgracias.

12 Estas dos cosas se ven claramente en el mundo. Están en reposo y en paz los hombres que se contentan con las cosas que Dios provee. Siguen su camino alegres y animosos, cualquiera que sea su vocación. Tienen suficiente para vivir, y todas sus necesidades están tan bien provistas que tienen que decirse a sí mismos: «Ninguna noche me he ido todavía a dormir con hambre», aunque parezca que la aflicción y la necesidad están a su misma puerta, como sucedía con Pedro según nuestro texto. Tienen este provecho de su confianza y de su fe en Dios: que no necesitan inquietarse ni herirse entre los espinos (los afanes por el cuerpo), ni ser punzados y lastimados por ellos, sino que pueden, por así decirlo, sentarse entre rosas en un jardín de delicias. Como dice Salomón en Pr 15:15: «El de corazón contento tiene un banquete continuo».

Los otros, en cambio, que se plantan entre los espinos de la avaricia y buscan grandes posesiones, tienen que sufrir las consecuencias de ser punzados y desgarrados, y tienen que caer no solo en múltiples tentaciones y peligros (lo cual sería una misericordia, si solo quedara en eso), sino también en lazos en los que quedan atrapados tan por completo que se hunden en una destrucción temporal y en una condenación eterna de la que nunca más pueden escapar.

13 De esto vemos ejemplos diarios en los que se jactan del evangelio y de su cristianismo. Por todas partes hallamos robo, opresión, tributos abusivos, usura, etc., a tal punto que aun Dios y la conciencia se dejan a un lado por un miserable centavo. Luego, como si tal caída no fuera bastante profunda, se endurecen y siguen su camino desafiante y sacrílegamente, hasta que se hunden tanto que se vuelven enemigos de la palabra de Dios, se vuelven ciegos y sordos, sí, se vuelven tan desdichados y malditos que no sirven para nada en ningún estado, y no pueden hacer nada que sea sano y bueno o útil para el agrado y el provecho de otros. Todo lo que pueden hacer es causar y traer daño, desgracia y miseria sobre la tierra y el pueblo.

14 Todo viene de esto, como dice san Pablo: que los hombres se empeñan en ser ricos. Porque tal codicia y tales afanes van ciertamente acompañados de un orgullo que hace que los hombres aspiren a ser algo grande y poderoso. La codicia quiere apropiárselo todo. Al principio empieza diciendo: «¡Ojalá tuviera esta casa, este campo, este castillo, esta aldea!», etc. Así crece más y más, hasta que se convierte en una cola de dragón que arrastra todo tras de sí. Y donde la codicia ha echado raíz, allí produce cada día cien clases distintas de afanes, mientras procura obtener todavía más bienes y oro. Allí el corazón humano hierve y borbotea con innumerables concupiscencias y deseos insaciables, que no sirven a otro propósito que a su propia destrucción, y no brotan de otra fuente que de la caída del hombre de la fe, y de allí de una tentación y un lazo en otro. Es una plaga espantosa que se ha apoderado tan completamente de los hombres que, por causa de ella, no pueden hacer nada bueno ni útil en su estado, y ya no pueden tener pensamiento alguno de servir a Dios ni al hombre.

15 Cuando uno ha amontonado mucho, no tiene menos trabajo en retenerlo y protegerlo. Entonces tiene que procurar ganarse favor y amistad, y buscar por todos los medios evitar la pérdida de sus bienes. Mientras tanto, atrae sobre sí odio, envidia y aflicciones de muchas clases de las que no puede escapar; y así, como muestra san Pablo, no queda otra cosa que turbación y dolores de conciencia, y un verdadero infierno en el que el hombre se ha arrojado. Sobre el hombre avaro ya se han pronunciado la plaga y la maldición de que nunca estará satisfecho, y, además, de que tiene que soportar toda clase de desgracias y penas del corazón por las mismas cosas que ha codiciado, para su destrucción y condenación eternas.

16 Vemos por la experiencia diaria qué vicio tan vergonzoso y maldito es la codicia, y qué daño hace, especialmente en los altos cargos, sean eclesiásticos o seculares. Si el demonio del dinero se ha apoderado del corazón de un pastor o predicador, de modo que, como el resto del mundo, solo aspira a asegurarse grandes riquezas, entonces ya ha caído, como Judas el traidor, en las fauces del diablo, y está dispuesto, por unas cuantas piezas de plata, a traicionar a Cristo, su palabra y su iglesia. Así el papa, para asegurar y mantener sus riquezas y su dominio, ha introducido, en nombre de Dios y de la iglesia, toda clase de idolatrías y abominaciones, y ha llevado abiertamente multitudes de almas al diablo, llenando de tal modo a los hombres con los falsos terrores de su excomunión que nadie se atreve a decir una palabra contra ella.

17 ¡Qué dañino es en los gobiernos civiles cuando señores y príncipes están dominados por este vicio vergonzoso y aspiran a apropiárselo todo! Por ello se olvidan de ejercer su oficio de príncipes de modo que sean de ayuda a la tierra y al pueblo sobre los cuales, para este fin, han sido puestos como señores; y así pierden la estima y el amor que, con toda honra y alabanza, deberían recibir como padres de su pueblo y de su país. No se preocupan de la difusión de la palabra de Dios, de la administración y el sostén de iglesias y escuelas, de la debida instrucción del pueblo, ni del mantenimiento de la ley y el orden entre sus súbditos. Permiten que pastores pobres, con sus hijos, viudas y huérfanos, sufran injusticia, violencia y necesidad. Mientras tanto, andan con sus listas de impuestos y solo piensan en cómo recaudar dinero suficiente para sus gastos excesivos y su pompa. Y cuando esto no basta, desuellan y gravan a sus pobres súbditos a tal punto que ellos mismos caen en apuros y dificultades que han de traer pobreza y ruina sobre sí mismos, su tierra y su pueblo. O si, en su avaricia, ya han acumulado lo suficiente para creerse muy ricos, entonces, para llevar a cabo sus empresas, se enredan en múltiples tratos y negocios extraños que al final, para su propio castigo, les traen grandes cargas y la ruina.

18 ¡Qué desastre y qué ruina tan espantosos se han traído sobre Alemania solo por la vergonzosa y maldita usura, que por todas partes ha tomado la delantera, de modo que ya no hay freno ni límite para ella, sobre todo porque los que deberían frenarla están ellos mismos metidos en ella! Hoy en día todo el que tiene el poder empobrece a sus vecinos por medio de su dinero, y con ello deja a un lado a Dios y a la conciencia. Así, con los ojos abiertos y con una conciencia mala que lo acusa, corre a toda prisa al infierno, cargado con la maldición que se ha pronunciado sobre las abominaciones de la codicia: la maldición de que él mismo no disfrutará en paz y tranquilidad los bienes ganados con usura, sino que o bien él mismo los perderá por la visitación de Dios, o no pasarán a sus herederos. Sobre tales obras anticristianas tiene que venir la terrible ira y el castigo de Dios, que, ¡ay!, hace mucho que hemos merecido de sobra; y tiene que llegar el tiempo en que nos eche fuera de casa, junto con los turcos y otras plagas terribles, para que, ya que no quisimos atender a su palabra y a su amonestación, él mismo ponga fin por la fuerza a este negocio impío.

19 Esto lo evita y escapa de ello el creyente que, con buena conciencia y temor de Dios, ocupa su estado en la vida en paz y tranquilidad, y se contenta con las cosas que Dios le da. No se expone a los peligros de la tentación ni a los lazos. No tiene necesidad de atormentarse con afanes y ansiedades, ni de enredarse con otros en disputas, riñas, pleitos, celos y odios. Es un hombre de carácter fino, bendito y útil, alguien que puede servir y ayudar a muchos. Halla gracia y favor ante Dios y ante los hombres, que beneficiarán y honrarán aun a los hijos de sus hijos.

20 El ejemplo que tenemos delante en este evangelio debe enseñarnos y amonestarnos para que aprendamos a creer, y así experimentemos por la fe que Dios cuida de sus hijos y provee para ellos hasta tal punto que no necesitan preocuparse ni condenarse con afanes o con codicia. Y sin embargo, aunque los afanes y la codicia están prohibidos, hay que tener presente, como ya he dicho, que nadie debe dejar de trabajar. El mundo pone estas dos cosas al revés, como suele hacer con todas las palabras y ordenanzas de Dios. Preocuparse y esforzarse por obtener oro y bienes es algo que está resuelto a hacer. Tal cuidado, sin embargo, le corresponde solo a Dios, y él se lo ha reservado solo para sí. Y aun así el mundo está muy dispuesto a dejar que Dios se encargue del trabajo que a él se le ha mandado hacer; sí, todo el fin de sus afanes y de su codicia es verse libre de trabajar con el sudor de su rostro. Dios quiere precisamente lo contrario. Quiere que nosotros nos quedemos con el trabajo y le dejemos a él el cuidado. Haciendo esto, haremos nuestra parte, y con un trabajo moderado y sin afán, pronto llegaremos a poseer todo lo que necesitamos.

21 Cuando Cristo quiso conceder su don a Pedro y a los otros, no hizo que los peces saltaran a la barca sin trabajo ni redes, como muy bien podría haberlo hecho. Sino que les mandó bogar mar adentro y echar sus redes. Es decir, debían dedicarse al oficio que entendían, habían aprendido y al que estaban acostumbrados, y debían obrar como pescadores. Cristo se mantiene lejos de los ociosos perezosos e infieles que no quieren hacer lo que se les ha mandado, y no quieren impedir que sus manos y sus pies anden extraviados. Así enseña una doble lección: que no nos dará nada a menos que trabajemos para ello, y que las cosas que obtenemos no vienen de nuestro trabajo, sino solo de la ayuda y la bendición de Dios. Tú has de trabajar, pero no has de depender de ese trabajo, como si lo que resulta de él fuera logro tuyo.

22 En resumen, nuestro trabajo no produce ni concede nada. Sin embargo, es necesario como medio por el cual podemos recibir lo que Dios da. Los discípulos tienen que usar sus manos para echar las redes y para sacarlas, si quieren conseguir algo, y tienen que estar dispuestos a hacerlo. Pero están obligados a reconocer que su trabajo no produjo el resultado; de lo contrario, habrían tenido éxito desde el principio sin Cristo. Por eso les permite hacer una prueba suficiente y descubrir por experiencia que el esfuerzo de toda esta noche ha sido en vano y sin provecho.

23 Esto nos lo enseña por la experiencia diaria en toda clase de asuntos, obras y gobiernos en la tierra. Muy a menudo nos permite trabajar mucho tiempo, arduamente y sin resultado, hasta que se nos vuelve amargamente doloroso y nos vemos obligados a quejarnos con Pedro: «Toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado». Esto lo hace para que no nos atrevamos a depender de nuestro trabajo, sino que sepamos que él tiene que concederle el éxito, y que no lo hemos conseguido por nuestro propio esfuerzo, habilidad o diligencia.

24 ¡Cuánta diligencia, dinero y esfuerzo han invertido muchos padres y madres para criar a su hijo en la honra y la virtud, y eso con una esperanza y confianza tan grandes como si (para usar una expresión común) fuera a llegar a ser un ángel! Y sin embargo no ha llegado a ser sino un hijo notoriamente obstinado y pródigo. En cambio, muchos huérfanos pobres y desamparados, en quienes se ha invertido muy poco esfuerzo y diligencia, han crecido tan sorprendentemente bien educados que nos hacen pensar que así sucedió sin más, y que no dependió de ninguna diligencia ni cuidado nuestro.

25 ¿De qué se quejan más comúnmente todos los gobiernos civiles que de trabajos y esfuerzos infructuosos, aun cuando su obra se lleva adelante con energía y en serio, y donde hay hombres que quieren y pueden gobernar bien, hombres a quienes no les falta sabiduría, entendimiento, poder ni fuerza? Estos tienen que aprender, después de un largo período de gobierno, que con ello no han logrado nada. ¡Cuántas veces sucede, en efecto, que los mejores planes, los consejos más sabios y las ideas más brillantes resultan ser los peores de todos, y no terminan sino en daño y ruina! Los gobernantes más sabios siempre lo han experimentado y se han quejado de ello. Y así podemos aprender que Dios no concederá prosperidad y éxito por medio de la sabiduría, los planes y las intrigas humanas, si son esas las cosas de las que dependemos.

26 Por tanto, si el mundo quisiera recibir consejo de un hombre llano y franco, a saber, del Señor nuestro Dios, que ciertamente ha tenido alguna experiencia y entiende el arte de gobernar, el mejor consejo sería que cada uno, en su administración del gobierno, dirigiera sencillamente sus pensamientos y planes a cumplir con fidelidad y a desempeñar con fe los deberes que se le han impuesto, sin depender de sus propios pensamientos y planes, sino echando toda su ansiedad sobre Dios. El hombre que hace esto al final descubrirá con seguridad que quien confía en Dios logra más que quien procura llevar sus asuntos conforme a su propia sabiduría y pensamiento, o con su propio poder y fuerza.

27 Así sucede en el gobierno espiritual de la iglesia, como se indica especialmente en el relato que ahora tenemos delante. Donde yo he predicado y enseñado durante los últimos diez o veinte años, allí otro quizá habría podido hacer más en un año; y un sermón puede dar más fruto que muchos otros. También aquí es verdad que nuestro trabajo, diligencia y esfuerzo no pueden lograr nada. Estas dos cosas tienen que ir juntas, a saber, que cada uno haga su deber y que, no obstante, reconozca con Pedro: «Mi trabajo no puede producir nada si tú no das el crecimiento». Como dice también Pablo en 1 Co 3:6-7: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento», etc.

28 En resumen, toda la naturaleza y la vida humanas son de tal suerte que, hasta que Dios da el crecimiento, muchas veces podemos trabajar mucho tiempo y mucho, y todo sin provecho. Pero no por eso ha de cesar el trabajo, ni ha de hallarse a ningún hombre sin trabajo. Tiene que esperar el crecimiento hasta que Dios lo dé, como dice Salomón en Ec 11:6: «Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello», etc.

29 Sin embargo, se señalan especialmente las circunstancias en que el trabajo se vuelve útil y fructífero, a saber, cuando Cristo aparece y manda echar las redes, etc.; es decir, cuando hay una fe que se aferra a su palabra y promesa y luego, con alegría y valentía, hace lo que se ha mandado, esperando con oración y súplica su ayuda y su bendición. Esto es decir con Pedro: «Señor, en verdad he hecho, trabajado y padecido mucho, pero sé que con ello no lograré nada a menos que tú estés presente para dar fuerza y crecimiento. Por tanto, no dependeré de mí mismo ni de mis propias obras, sino de tu palabra, y lo dejaré todo a tu cuidado». Así prosperaremos; y la experiencia muestra que Cristo, cuando está presente, da como resultado de poco trabajo y esfuerzo más de lo que nadie se habría atrevido a esperar. Porque no puede haber fracaso ni frutos escasos donde él añade su bendición.

30 Así los discípulos pudieron comprobar por su propia experiencia qué diferencia hay entre el trabajo que habían hecho toda la noche anterior sin fe en Cristo, y el trabajo que hicieron cuando, sin perspectiva de pescar nada, sin embargo, por la fe en la palabra de Cristo y de una sola redada, sacaron una multitud desbordante de peces. Por tanto, si logramos poco o nada con nuestro trabajo y esfuerzo, tenemos que echarle la culpa a nuestra incredulidad, o a la debilidad de nuestra fe, y no a ninguna otra cosa.

31 Pero también es verdad que Cristo a menudo tarda en conceder su ayuda, como lo hizo en esta ocasión, y en otra, Jn 21, cuando permitió que los discípulos se afanaran toda la noche sin pescar nada, y realmente parecía como si fuera a olvidar su propia palabra y promesa.

Pero esto lo hace para empujarnos a implorar su ayuda con más fervor, y para que aprendamos a fortalecer y mantener nuestra fe, de modo que no dudemos ni dejemos de trabajar, sino que sigamos esperando que él conceda sus dones a su debido tiempo y a su manera. Porque su propósito es guiar a todos los cristianos a conocer y experimentar que su sustento y su ayuda no dependen de lo que ven o hacen, sino de lo invisible y escondido. Por eso lo llama su «tesoro escondido», como ya dijimos acerca del Sal 17:14; es decir, una bendición, una ayuda y una liberación tales que no hemos percibido ni asido antes, sino que están escondidas en su palabra y se aprehenden por la fe.

32 Mira, esta es la primera parte de nuestro evangelio, cuyos sucesos acontecieron y fueron registrados para que los cristianos fueran instruidos y consolados por el hecho de que Cristo cuida aun de las necesidades temporales de su iglesia, de modo que sea alimentada y sustentada, aunque llegue a una angustia en la que todo esté a punto de arruinarse y en la que parezca haber hecho y padecido todo en vano. Siempre y en todas partes sucede que el evangelio, a medida que avanza, trae consigo pobreza, junto con hambre, desnudez y necesidad. Pero al final, cuando las tormentas del diablo han amainado un poco y la avidez y el apetito del mundo se han saciado, viene Cristo y declara que él también es Señor de la tierra. Porque en el Sal 24:1 está escrito: «De Jehová es la tierra y su plenitud», etc. También en el Sal 8:6-8: «Todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar». Todos estos tienen que obedecer a nuestro Señor y doblegarse bajo su cetro, de modo que el mundo, después de todo, no puede impedir que él y los suyos participen de su alimento.

33 Pero, como he dicho, primero tenemos que tener hambre y necesidad, es decir, la barca y la red vacías de Pedro, aun donde ha habido un trabajo prolongado. Sin embargo, Cristo, después de tal prueba, hace sus dones tanto más abundantes: no solo una tina llena, con la que los discípulos se habrían dado por satisfechos, sino la red entera llena y las dos barcas vacías llenas. Esto lo hace para que con ello se fortalezca su fe en su ayuda espiritual. Muestra esta señal a Pedro y a los otros a quienes piensa llamar a ser sus apóstoles, no solo para que crean que él cuidaría de sus cuerpos, sino que los fortalecería y ayudaría de tal modo en su vocación apostólica que esta no resultaría vana ni infructuosa.

PARTE II. LA ANGUSTIA ESPIRITUAL Y EL CONFLICTO DE LA CONCIENCIA

34 La segunda parte de este evangelio presenta la gran doctrina de la angustia interior y del conflicto de la conciencia, y de qué es lo que constituye nuestro verdadero consuelo en medio de ellos. Solo después de que Pedro vio esta obra maravillosa de Cristo y la abundancia que produjo, empezó a considerar qué clase de Hombre debía de ser este Hacedor de maravillas, y qué clase de hombre era él mismo en comparación. De esta gran bendición le sobreviene una angustia mayor que cualquiera que haya experimentado por alguna necesidad corporal. Ahora se vuelve tan completamente pobre y desamparado que, a causa del terror, casi se hunde en la tierra y le pide a Cristo que se aparte de él. Ha comenzado a sentir su indignidad y sus pecados. Se ve obligado a reconocer y lamentar que es un pobre pecador.

35 Pedro ha de llegar a ser un hombre distinto, y en él ha de obrarse un milagro mayor que en la pesca. El sermón que Cristo había predicado antes desde la barca ahora empezó a surtir efecto en él. Él, con los otros, había escuchado en efecto a Cristo antes de esto, pero no había pensado en la naturaleza de su Persona. No había pensado en obtener de él ningún bien temporal ni eterno; ni había empezado todavía a temblar por causa de sus pecados.

Pero ahora, cuando Pedro percibe el milagro y la bendición, y comprende por el suceso presente qué clase de Hombre es este Jesús, tropieza por un lado con la grandeza de la bendición y de la Persona, y por otro con la magnitud de su propia indignidad. Tiembla a causa de sus pecados. Su corazón le dice que no merece tan grande favor, y que merece mucho más la ira y el desagrado de Dios. Ahora está lleno de ansiedad y temor, no por la pobreza temporal ni por los medios de sustento, porque ha sido provisto de lo que necesita, sino por su capacidad de estar en pie delante de Dios y delante de este hombre que ha mostrado este gran favor a un ser humano tan indigno y pecador como él.

36 Esta es la manera en que Cristo empieza a hacer a Pedro espiritualmente rico en bienes eternos, para que pueda impartirlos a otros, sí, al mundo entero. Como en la ocasión anterior, primero tiene que sentir hambre y angustia espirituales, es decir, terror y angustia de conciencia, antes de poder alcanzar el perdón y el consuelo. La barca y el mundo se le han vuelto demasiado estrechos. No sabe adónde huir de Cristo, a quien, sin embargo, ha hallado no terrible, sino amigable y servicial.

37 Aquí ves qué pobre y miserable es la conciencia cuando de veras empieza a sentir sus pecados. ¡Cómo tiembla! ¡Cómo corre para escapar de Dios cuando él se acerca, como si quisiera correr a través de cien mundos! Así Adán en el paraíso pensó esconderse cuando Dios le preguntó bondadosamente: «Adán, ¿dónde estás tú?». Tan asustadizo y temeroso es un corazón y una conciencia así que se espanta de sí mismo, y huye de una hoja que se mueve como del trueno y del relámpago. No puede soportar el juicio de la ley, que revela sus pecados y la ira eterna de Dios. Y aquí de nada sirve consolar a un hombre recordándole los favores que Dios le ha mostrado en el pasado. Esto solo lo aterra todavía más, porque por ello se da cuenta de que merece una ira aún mayor a causa de su ingratitud y de sus pecados.

38 Sí, aun aquellos que ya han recibido el consuelo de la gracia de Dios por la fe tienen que luchar siempre con esta tentación y este temor. Porque su bondad y su gracia son demasiado grandes y abrumadoras. Por otra parte, nuestro corazón, al sentir y considerar su propia indignidad, es demasiado estrecho y débil para contener y comprender tan grande bondad y misericordia. Ante esto, sencillamente se llena de asombro. Por eso Dios se muestra misericordioso con nosotros velando y cubriendo estas cosas bajo palabras sencillas y bajo gran debilidad.

39 Pero tal es la terrible maldad de nuestra naturaleza que, aun cuando Cristo viene a nosotros con su gracia y su consuelo, evitamos a nuestro Salvador y huimos de él, cuando más bien deberíamos, aunque fuera desnudos y descalzos, correr tras él hasta los confines de la tierra. Damos vueltas y rodeos, y recurrimos a nuestras propias obras, y quisiéramos primero, por nuestros propios esfuerzos, limpiarnos y hacernos lo bastante dignos para merecer un Dios y un Cristo tan misericordiosos. Así piensa Pedro buscar la paz y escapar del pecado huyendo del Señor. Primero busca algo en sí mismo que lo haga digno de venir a Cristo, pero con ello solo cae más hondo en el terror y la desesperación, hasta que el Salvador, con su palabra, lo levanta de nuevo.

40 Todo esto sucede, y en verdad tiene que suceder, donde no se enseña ni se entiende otra cosa que la ley, y donde Cristo no es conocido recta y plenamente por el evangelio. El conocimiento de la ley ha sido inscrito e implantado en todo corazón humano por naturaleza, como dice san Pablo en Ro 2:15. La ley nos enseña lo que hemos de hacer, y nos declara culpables de desobediencia. Lo hace de muchas maneras, no solo por medio de señales y sentimientos terribles de castigo y de la ira de Dios, sino también por medio de los diversos dones y obras del Señor, que se presentan a los ojos y a los oídos del hombre y le señalan el pecado y la ira divina que siguen a su abuso en menosprecio y desobediencia hacia Dios. De esto puede concluir que los que son ingratos con Dios por sus dones y favores son dignos de su ira y condenación.

41 Todos los beneficios de Dios, cuando mueven el corazón, son en realidad sermones vivos de arrepentimiento que llevan al hombre a reconocer sus pecados y le hacen temerlos, como dice san Pablo en Ro 2:4 al hipócrita impenitente y endurecido: «¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?».

42 Por tanto, no valen nada los juegos de prestidigitación que nuestros antinomianos hacen con este ejemplo, cuando dicen que el arrepentimiento no ha de predicarse y practicarse por medio de la ley, sino por medio del evangelio, o, como ellos lo expresan, por medio de la revelación del Hijo. Cambian el orden propio de las dos partes, la revelación de la gracia y la revelación de la ira, como si primero hubiéramos de predicar consuelo por la gracia y después aterrar por la ira. Esto no es más que un pretexto ciego y necio de parte de esta gente. No entienden ni la ira, ni la gracia, ni el arrepentimiento, y no saben consolar la conciencia.

43 Toda predicación del pecado y de la ira de Dios es predicación de la ley, no importa cómo o cuándo se haga. Por otro lado, el evangelio es la predicación que presenta y concede solamente gracia y perdón en Cristo. Y sin embargo es verdad que los apóstoles y predicadores del evangelio aprobaron la predicación de la ley, como lo hizo Cristo mismo, y comenzaron con ella en el caso de los que todavía no habían reconocido sus pecados ni habían sentido temor de la ira de Dios. Así dice nuestro Señor en Jn 16:8: «El Consolador, cuando venga, convencerá al mundo de pecado», etc. Sí, ¿qué prueba y predicación de la ira de Dios puede haber más solemne y terrible que los sufrimientos y la muerte de Jesucristo, su Hijo?

No es la predicación del evangelio, ni es la predicación propia de Cristo, sino la predicación de Moisés y de la ley a los impenitentes, mientras no se predique otra cosa que la ira de Dios y los hombres sean aterrados. Porque el evangelio y Cristo no fueron ordenados ni dados para aterrar ni condenar, sino para consolar y levantar a los temerosos y pusilánimes. Y de esto se sigue que el hombre cuyo corazón ha sido rectamente impresionado por los sufrimientos de Cristo tiene que ver y sentir por sí mismo en ellos la insoportable ira de Dios contra el pecado, y quedar por ello tan herido de temor que el mundo se le vuelve demasiado estrecho. San Bernardo testifica que esta fue su experiencia tan pronto como obtuvo una recta comprensión de los sufrimientos de Cristo. Dice: «¡Ay, yo creía estar seguro! No sabía nada del juicio y de la ira que habían venido sobre mí, hasta que vi que el unigénito Hijo de Dios tuvo que ocupar mi lugar», etc.

Esta idea es tan terrible que aun los condenados en el infierno no pueden tener mayor tormento, ni mayor sentimiento de la ira y la condenación de Dios, que esta visión de la muerte del Hijo de Dios, cuyos beneficios han perdido. Así Judas, el traidor, como no quiso atender a las amonestaciones y advertencias bondadosas del Señor Jesús, y no quiso tomar en cuenta cómo actuaba con él, fue finalmente arrastrado a tal terror por esta visión que se predicó a sí mismo la ley y la condenación, diciendo: «He entregado sangre inocente», etc., Mt 27:4.

44 De igual manera Pedro se predica a sí mismo la ley acerca de sus pecados y de la ira de Dios, y toma como texto la gran bondad de Cristo para con él. De esta bondad no puede sacar otra cosa que ira y terror por causa de su indignidad delante de Dios. Porque todavía no tiene en su corazón otro entendimiento que el de la ley, la cual muestra que Dios es enemigo del pecado y lo castigará. Todavía ignora la gracia de Cristo, que por el evangelio se ofrece gratuitamente a todos los pecadores. A esta gracia no habría podido llegar, sino que habría tenido que desesperar en medio de su terror, si Cristo no hubiera pronunciado otro sermón con el cual lo consoló y lo levantó. Porque por sí mismo ningún hombre puede asir esta doctrina ni llegar a entenderla sin la revelación del Espíritu Santo por medio de la palabra del evangelio.

45 Por tanto, están completamente equivocadas esas almas necias que alegan que la ley no ha de predicarse bajo la dispensación del Nuevo Testamento, o que los hombres han de ser aterrados con la ira de Dios por medio del evangelio solo después de habérseles predicado la gracia. Porque es cierto que el evangelio no predica ira, ni causa temor y angustia. Cuando viene, es con el propósito de consolar las conciencias. El orden que la Escritura indica y observa en todas partes es este: que el pecado siempre tiene que ser reconocido y el temor de la ira de Dios experimentado, por medio de la predicación o de la experiencia de la ley, antes de que pueda haber el consuelo que procede del perdón; y el propósito de este orden es que los hombres sean llevados a anhelar la gracia y sean hechos aptos para recibir el consuelo del evangelio. Por tanto, a los que todavía no tienen temor alguno de la ira de Dios, a los que están seguros, endurecidos e inflexibles, hay que amonestarlos e instarlos fuertemente al arrepentimiento con las amenazas y los terrores de esa ira; es decir, a ellos no hay que predicarles ningún evangelio, sino solo la ley y a Moisés.

46 En cambio, no hay que predicar ninguna ley a aquellos en cuyo corazón ella ha cumplido su propósito, de modo que, al darse cuenta de sus pecados, se han vuelto aterrados, pusilánimes y temerosos. A estos no hay que predicarles otra cosa que el evangelio y su consuelo. Porque este es realmente el propósito de la venida de Cristo y de su mandato de predicar el evangelio a todos los pobres pecadores: que crean que él anula y quita todas las acusaciones, temores y amenazas de la ley, y pone en su lugar un consuelo perfecto. Esto lo enseña por todas partes en el evangelio; y en Lc 4:18, citando Is 61:1, dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres». Por eso he dicho muchas veces que no se debe permitir a Moisés dominar las conciencias agitadas por los asaltos del diablo y por el pavor de la ira de Dios, sino que estas han de despedir enseguida a Moisés, junto con toda la ley, y no escucharlo.

47 Pero además hay que tener presente que la doctrina de la ley no ha de suprimirse por completo, ni siquiera en el caso de los que son cristianos, puesto que los cristianos tienen que ejercitarse en el arrepentimiento diario, porque todavía viven en la carne, que es movida por concupiscencias pecaminosas. Por eso hay que enseñarles y amonestarles, después de haber recibido el perdón de los pecados, de modo que no recaigan en un estado de seguridad carnal ni den ocasión a la carne de hacer guerra contra el Espíritu, Gá 5:13.

48 Tal es la experiencia de Pedro en este momento. En su terror todavía no tiene revelación ni conocimiento alguno de la gracia o del perdón de los pecados. La revelación de la ira está obrando en él, y esto lo impulsa a huir aun de Cristo, cosa que ciertamente no habría hecho si lo hubiera conocido rectamente. Pero Cristo está ahora a punto de hacer de él un verdadero cristiano, a punto de hacerle experimentar el verdadero consuelo de la conciencia, que vence el terror de la ley y levanta al hombre de la miseria del pecado a la gracia y la bienaventuranza, de la muerte a la vida, del infierno al cielo. Por tanto, es necesario que primero pruebe de verdad ese poder de la ley que es despertado y obrado, no por Cristo, sino por Moisés mediante los Diez Mandamientos.

49 Mira ahora con qué bondad consuela Cristo el corazón y la conciencia aterrados. Dice: V.10. «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Con palabras tan verdaderamente amorosas habla el Salvador a todos los que están con temor y terror a causa de sus pecados. No quiere que sigan más tiempo en temor y angustia. Les quita todo el pavor de la ley, y les muestra que no deben huir de él por causa de sus pecados, sino hacia él, para que aprendan a conocerlo como el Salvador amoroso que ha venido a este mundo, no para rechazar a los pobres pecadores, sino para atraerlos a sí y enriquecerlos y bendecirlos con su consuelo y su ayuda. Por eso dice en Lc 19:10: «El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido». Y en 1 Ti 1:15 dice san Pablo: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero».

50 No solo da Cristo consuelo al pobre Pedro aterrado con las palabras bondadosas en que le declara y ofrece su gracia y su absolución, sino que además fortalece este consuelo con la gran promesa de que le dará algo que supera con mucho todo lo que hasta ahora ha recibido de él; y todo esto para que Pedro perciba y experimente cómo el corazón y el amor de Cristo se vuelven hacia él. «Desde ahora», dice Cristo, «serás pescador de hombres». Que Pedro no haya de alarmarse por causa de su indignidad y de sus pecados es en sí mismo un consuelo y una gracia abundantes. Sin embargo, no solo ha de tener el perdón de sus pecados, sino que ha de saber también que Dios se propone realizar por medio de él cosas todavía mayores, haciéndolo ayuda y consuelo para otros.

Lo que Cristo quiere decir es esto: «Lo que has logrado con esta pesca es demasiado poco; en realidad, no es nada en absoluto. Desde ahora has de llegar a ser otra clase de pescador, en otro mar, con otra red y otra barca. Porque voy a ocuparte en un negocio que se llamará "pescar hombres"; y esto significa que, por todo el mundo entero, has de sacar almas del poder del diablo al reino de Dios. Entonces, por primera vez, llegarás a ser la clase de hombre que puede ayudar a otros, así como tú mismo has sido ayudado».

51 Por este evangelio reconozcamos rectamente y asgamos a Cristo y el poder de su consuelo, para que podamos consolarnos a nosotros mismos y a otros, e instruir y recordar a las conciencias que están en angustia y temor que de ningún modo han de correr ni huir de Cristo, sino que mucho más deben huir hacia él y esperar su consuelo. Huir así, temer así, no es otra cosa que alejar de ti tu propia salvación y tu dicha. Porque Cristo no ha venido a infundirte miedo, sino a quitarte tus pecados y tu angustia. Ni se acerca y te sigue para echarte, sino para atraerte bondadosamente a sí.

Por tanto, no debes hacerle la deshonra de rechazarlo lejos de ti. Y no debes torcer para tu propio temor y desesperación el consuelo que te trae, sino mucho más correr a él con toda confianza. Entonces pronto oirás las palabras alentadoras y consoladoras: «No temas», que él dice a tu corazón y a los corazones de todas las conciencias turbadas, y por ellas pronuncia la absolución de todos los pecados y quita todo temor. Sí, te concederá una gracia todavía más rica, haciéndote un hombre tan santo, bienaventurado y útil en su reino que puedas ser de consuelo para otros, y puedas llevar a él a los que, como tú, están ahora llenos de temor y necesitados de consuelo y de gracia.

52 Aquí ves cómo un hombre es librado de la pobreza y la angustia espirituales, es decir, cómo por la palabra de Cristo obtiene el perdón de los pecados y la paz de la conciencia, junto con la gracia y el aumento de los dones espirituales, sin mérito ni dignidad alguna propia, sino solo por la gracia de Cristo. En este respecto sucede como con el milagro temporal de la pesca, que los discípulos no consiguieron a causa de su esfuerzo, y que no les fue dado antes de que hubieran trabajado y luchado en vano y hubieran desesperado de pescar algo. Y sin embargo, así como Cristo en aquella ocasión no les prohíbe trabajar, sino que les manda echar sus redes para pescar, así ahora no suprime las obras. Aunque Pedro no merece la gracia y el perdón por lo que hace, sino que recibe el perdón y la gracia gratuitamente, el Señor no le permitirá prescindir de todo trabajo y esfuerzo. Sí, le asigna el deber y la tarea de llevar las mismas bendiciones a otros, y al asignarle este deber lo consuela con la seguridad de que se le añadirán el poder y la bendición necesarios. «Porque», dice, «te haré pescador de hombres». Así se enseñan rectamente las dos partes, a saber, que la fe no merece nada por sus obras, y sin embargo realiza toda clase de obras en su estado y vocación, conforme a la palabra y al mandato de Dios.

PARTE III. EL SENTIDO ESPIRITUAL DE ESTA PESCA

53 Cristo mismo enseña el sentido de esta historia de la pesca de Pedro cuando dice: «Desde ahora serás pescador de hombres». Aquí se representa el gobierno espiritual de la iglesia, que consiste en el oficio de la predicación. El mar, o el agua, representa el mundo; los peces representan a los hombres; mientras que el oficio externo de la predicación está representado por la mano y la red con que se pescan los peces. Porque así como la red se echa entre las olas, así el sermón se abre camino entre los hombres.

54 Pero este oficio de la predicación es doble. Uno procura ganar a los hombres sin Cristo. Esta es la predicación de la ley, que no nos exige otra cosa que obras, y o bien produce santos arrogantes que, sin lograr nada, quieren seguir su propio curso libre y sin estorbo por los parajes salvajes y acuáticos, o bien solo aterra y ahuyenta a las conciencias que, sin obras, son tímidas y débiles.

55 Por eso el trabajo y el esfuerzo de toda la noche (de la ley) tienen que resultar vanos y perdidos hasta que Cristo viene con la otra clase de predicación; hasta que trae consigo el alba y la revelación del evangelio consolador y alentador, que ilumina los corazones de los hombres con el conocimiento de la gracia de Dios; hasta que nos manda echar la red para pescar. Cuando esto se hace a su palabra y mandato, el resultado son frutos grandes y ricos. Entonces los corazones de los hombres están dispuestos y prontos a venir a la obediencia de la fe en Cristo, sí, aun a abrirse paso hacia ella y a arriesgar la vida y los miembros por alcanzarla, como dice Cristo en Mt 11:12: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan».

56 Esta pesca es tan grande que una sola barca (que hasta entonces representaba la iglesia del pueblo judío) no puede sacarla ni es lo bastante grande para contenerla. Los de una barca tienen que hacer señas a sus compañeros de la otra para que vengan a ayudarles. Esta otra barca es la asamblea e iglesia de los gentiles, que fue establecida y extendida por los apóstoles. Así se llenaron las dos barcas con una y la misma pesca, es decir, con una y la misma clase de predicación, y con una fe y una confesión correspondientes.

57 A causa de la gran pesca, las redes empezaron a romperse, y algunos de los peces se cayeron. Estos son los que no son sinceros ni permanecen en el evangelio, sino que se echan fuera de él, prefiriendo seguir entre sus olas libres y salvajes antes que someterse a Cristo. Así hubo muchos, especialmente entre los judíos, que desobedecieron al evangelio y lo contradijeron. Estos, y todos los demás que establecen sectas y facciones propias, no pueden ni deben permanecer con la verdadera compañía del pueblo de Dios en la asamblea de la iglesia, sino que se manifiestan como gente que no sirve para nada. Por eso dice san Pablo en 1 Co 11:19: «Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados». Por tanto, estas sectas y facciones tienen que desprenderse, mientras que los otros son recogidos de la red y puestos en las dos barcas, donde son guardados en la unidad de la iglesia y de la fe en Cristo de tal modo que no vuelven a caer. De otro modo, estarían en peligro de caer al final, junto con las facciones que los habían seducido.

58 Y así como la red sufre al ser echada en el agua y se moja, así también el oficio de la predicación tiene que sufrir en el mundo toda clase de pruebas y persecuciones, hasta el punto de ser rasgado y desgarrado. No puede producir resultados provechosos o fructíferos en todos los hombres; pero se halla gran poder y mucho fruto en los que permanecen firmes y son guardados hasta el fin. Nuestro consuelo, sin embargo, es que Cristo, por medio de nuestra predicación, llevará a los suyos a la barca y los guardará allí, aunque sabemos que no podemos hacer piadosos a todos aquellos a quienes predicamos, y que no podemos escapar de la persecución a causa de nuestro oficio; sí, aunque sabemos que muchos caerán aun entre aquellos de quienes estábamos seguros de tenerlos en la red.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.